sábado, 30 de abril de 2011

Génesis de Portugal

Antes de comenzar, conviene poner en antecedentes al personal de los orígenes de Portugal, ya que es probable que, como me ocurrió a mi, desconozcan el como y el por qué se segregó del reino de León a principios del siglo XII. Obviamente, haré una relación bastante resumida, ya que no es el objeto de este blog narrar todos y cada uno de los hechos que llevaron a la formación del reino vecino, hechos que tuvieron lugar en una época turbulenta y caótica por mor de la desmedida ambición de reyes, nobles y obispos, todos ávidos de poder y riquezas, lo cual no debe causar extrañeza tanto en cuanto esa ha sido la tónica dominante en la historia de Europa y causa en muchos casos de la formación de los países que actualmente la componen.
En 1087, Enrique de Borgoña y su hermano Raimundo llegaron a la corte del rey Alfonso VI ofreciendo sus servicios, práctica ésta habitual entre los retoños de la nobleza a fin de ganar fama, gloria y, a ser posible, una esposa de alcurnia con la que emparentar. Ciertamente, no le salió mal la cosa al borgoñón, ya que en 1093 le fue dada en matrimonio una hija bastarda del rey llamada Teresa, habida con Jimena Muñoz, una dama de alcurnia que le dio otra hija más, Elvira. Teresa, que apenas contaba con trece años cuando fue desposada, no puede ser considerada como un mal partido. Quizás muchos desconozcan que los bastardos reales no estaban marcados con el estigma de la ilegitimidad, y que muchos de ellos alcanzaron poder y fama, e incluso la corona. Sirvan como ejemplo, en el caso de varones, don Juan de Austria, hijo de Carlos I y una alemana llamada Bárbara Blomberg, o Enrique de Trastámara, fundador de esa dinastía e hijo de Alfonso XI y Leonor de Guzmán. Las mujeres eran destinadas a ser dadas en matrimonio a personajes de rango o incluso reyes con fines meramente políticos. Pero que nadie piense que eran meros objetos para apuntalar alianzas entre monarcas, ya que muchas de ellas, como la misma doña Teresa, fueron mujeres con la suficiente capacidad como para convertirse en personajes muy influyentes.
Enrique, por los servicios prestados a la corona, no sólo recibió en matrimonio a la bastarda regia, sino que obtuvo en feudo el entonces llamado condado Portucalense, un territorio formado por el antiguo ducado de Coimbra, que fue suprimido en 1091, la región de Tras-os-Montes y zonas del sur de Galicia. El borgoñón actuó en su feudo con una autonomía comparable a la de un monarca independiente hasta su muerte en 1112, quedando como regente del condado su mujer Teresa. El heredero, Alfonso (nacido en 1109), era el menor de los seis hijos habidos del matrimonio, y el único que pasó de la infancia. Los otros dos varones, un Alfonso que fue el primogénito y Enrique, murieron ambos con apenas cuatro años.  
Pero las aspiraciones de doña Teresa iban mucho más allá de ser la regente y esperar la mayoría de edad de su hijo Alfonso para entregarle el gobierno del condado y, como solían hacer las viudas de ilustre linaje en la época, retirarse a un convento a pasar allí el resto de sus días entregada a la vida contemplativa. Antes al contrario, la caótica situación dinástica en León le hizo abrigar proyectos de más envergadura.
De entrada se alió con la nobleza gallega encabezada por el obispo de Santiago y por Pedro Froilaz, conde de Traba y cabeza visible de la más encumbrada casa nobiliaria gallega, a fin de apoyar los derechos de Alfonso, hijo de Raimundo de Borgoña (o sea, sobrino político de Teresa), al trono de Galicia. Eso le permitiría debilitar a la corona leonesa con el fin de obtener así la independencia total y poder ser reina, que no condesa, de Portugal. Parece ser que tampoco sobrellevaba bien la viudez (en aquella época contaba con treinta y tantos años), por lo que mantuvo una relación amorosa con el hijo de Pedro Froilaz, Fernando Pérez, al cual concedió el gobierno de Oporto y Coimbra.
Pero Fernando Pérez era gallego, no portugués, y el aún adolescente don Alfonso no veía con buenos ojos que un “extranjero” gozase de tantos privilegios, y tampoco que compartiese el lecho con su madre. Eso hizo que en 1125, cuando el futuro monarca apenas contaba con 14 años de edad y recién armado caballero, empezase a tramar como sacudirse de encima la tutela materna, que amenazaba con relegarle al papel de heredero mientras ella viviese. Para ello contaba con el apoyo del obispo de Braga, que tenía un poder económico y militar similar al de un monarca, y de muchos nobles que, como él, veían con malos ojos la privanza de Fernando Pérez y la ambición de doña Teresa.
Esta truculenta historia llena de traiciones, conspiraciones, alevosías entre parientes y demás villanías tuvo término el 24 de junio de 1128, en un lugar cercano a Guimarães llamado San Mamede, donde Alfonso Henriques, que aún no había cumplido los 19 años, derrotó a las tropas de su madre, la cual vio arruinados sus proyectos y tuvo que ceder por la fuerza el gobierno a su hijo, despejando así el camino del que más tarde sería el primer monarca portugués.
En todo caso, no fueron nada fáciles para don Alfonso sus inicios como gobernante. Quitarse de encima a su ambiciosa madre y su favorito no fue más que el comienzo de una larga andadura. De hecho, tras su victoria no se podía considerar aún como rey de Portugal, ya que para ello debía contar entre otras cosas con el beneplácito de la Santa Sede, el apoyo de la nobleza y contener las agresiones de un irritado rey leonés que veía como perdía parte de su territorio. Y aparte de todo esto, proseguir con la Reconquista haciendo frente a los musulmanes. En definitiva, una tarea monumental para un hombre que, indudablemente, fue capaz de cargar sobre sí la creación de un reino, lo que ya dice mucho del carácter y la capacidad de don Alfonso.
De hecho, no fue hasta el año de 1143 cuando, tras la firma del Tratado de Zamora, Alfonso VII de Castilla y León, primo suyo y nieto de Alfonso VI (hablamos de Alfonso, hijo de Raimundo de Borgoña y fundador de la dinastía del mismo nombre) , reconoció a Alfonso como rey de Portugal y se puso fin, de momento, a las hostilidades entre ambos reinos, siendo la data de la firma del tratado, el 5 de octubre de ese año, fecha en la que se considera de forma oficial el día del nacimiento de Portugal como reino independiente. Aún tuvo que esperar a que Alejandro III, en 1179, promulgara la bula Manifestus probatum , gracias a la cual fue reconocido por la Santa Sede como soberano de Portugal y vasallo de la Iglesia, si bien él ya usaba el título de rey desde que fue aclamado como tal por sus tropas tras la sonada victoria de Ourique, en 1139.
Tras de sí dejó un gran número de conquistas, incluyendo Lisboa y Santarém, así como abundante progenie tanto legítima como bastarda. De estos últimos, algunos alcanzaron cargos de gran responsabilidad como Alfonso, que fue maestre del Hospital, Fernando Alfonso, que fue condestable del reino, o Pedro Alfonso, primer maestre de la Orden de Avís.
Fue en su hijo Sancho en quién recayó la tarea de consolidar los logros paternos y aumentar el patrimonio heredado, pero eso ya forma parte de la historia del reino, no de su nacimiento como nación 

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