domingo, 1 de mayo de 2011

Castillo de Sabugal


Distrito de Guarda
Coordenadas: 40º 21' 05" N // 7º 05' 38" O
Acceso desde España: Saliendo por Ciudad Rodrigo, tomar la A25 y salir en dirección sur por la salida 32, donde tomaremos la N324 que nos llevará directamente a la población.

El origen de Sabugal, curiosamente, no es portugués, sino leonés. Fue Alfonso IX de León el que la fundó hacia 1224 sobre un cabezo de escasa altura en un meadro del río Cõa, lo que permitía controlar la zona de forma bastante eficaz. Más de uno dirá que si no se trata de un río navegable, qué puñetas iban a controlar allí. Obviamente, el tráfico fluvial no, pero sí los vados y posibles puentes por donde un ejército enemigo pudiese infiltrarse en el territorio. De hecho, varias líneas defensivas de la península se formaron siguiendo el curso de los ríos que servían de barrera natural. En una época en que los puentes escaseaban, sólo era posible cruzarlos por un vado, y en esos vados es donde muchas veces se erigían potentes fortificaciones para quitarles las ganas a los invasores de seguir adelante.
Hay que tener en cuenta que los ejércitos de la época, contrariamente a lo que se suele pensar, no se movían con tanta facilidad como aparece en las películas, grandes propaladoras de camelos. Un ejército de apenas varios centenares de hombres llevaba consigo impedimenta en carromatos, pertrechos de todo tipo, e incluso máquinas de asedio desmontadas. Es pues evidente que no iban a cruzar un cauce así como así, aunque apenas tuviera unas decenas de metros.
Así pues, don Alfonso tuvo a bien fundar la ciudad, si bien el castillo que vemos en la imagen fue mandado edificar por don Dinis cuando éste se apoderó de ella en 1296. Don Dinis fue un monarca que, por lo visto, se tomó un enorme interés en remozar todas las fortificaciones de su reino, e incluso mandó edificar varias. Es evidente que no estaba por la labor de ver a los castellanoleoneses haciendo de las suyas por sus dominios.
Cuando este tipo de fortificación cayó en la obsolescencia, aún fue usado como acuartelamiento por las tropas inglesas que intervinieron en el país vecino cuando el corso Bonaparte le dio por ser el amo del mundo con el resultado que todos conocemos. Finalmente, abandonado y sin utilidad militar alguna, fue el cementerio de la villa (destino que han corrido muchos castillos) hasta 1927, año en que fue definitivamente abandonado y sometido al habitual expolio de sus materiales por el vecindario. Obviamente, su magnífico aspecto actual obedece a la campaña de restauraciones que se llevaron a cabo a partir de los años 40, cuando Salazar, como buen dictador, se empeñó en hacer resurgir de sus cenizas a muchas de las venerables ruinas del país por aquello del glorioso pasado lusitano, que ya sabemos que a los dictadores les tira mucho eso de enaltecer los añejos valores patrios.
Pasemos a darle un repaso a su morfología: el castillo tiene forma trapezoidal, y sus altas murallas están defendidas por cuatro torres de planta cuadrangular, aparte de la imponente torre del homenaje, de planta pentagonal y situada en el flanco SE. El recinto está rodeado por una falsabraga en forma de pentánogo irregular, con la entrada situada en la cortina SO. Para llegar a la puerta del castillo hay que girar a la derecha y recorrer un tramo de liza rodeando la torre del homenaje hasta llegar a ella.

Como se puede ver, la puerta estaba muy bien defendida. A la izquierda de la foto está la torre del homenaje, fuera de encuadre, y a la derecha vemos una de las torres de flanqueo. Sobre la puerta, un matacán permite hostigar a los posibles atacantes. Para que nos aclaremos: en el caso de que los agresores lograsen traspasar la falsabraga, cosa que sólo podía hacerse lanzando escalas y tomándola por asalto, tras ella se encontraban con una elevada muralla y una puerta a la que era suicida acercarse aún estando protegidos por gatas o manteletes, ya que los defensores podían rociarlos con brea o vinagre hirviendo y hacerles desistir. La estrechez de la liza impide siquiera intentar usar un pequeño ariete, y además los que los manejaban serían literalmente acribillados a virotazos desde las almenas. Que no era nada fácil, vaya.

En la siguiente foto podemos contemplar el aspecto de la liza: como se ve, forma un pasillo de pocos metros de ancho que, en algunas zonas incluso no llega a los 3 metros. Era una ratonera de la que había que salir lo antes posible para no ser aniquilado por los defensores. Imaginemos la escena: varios atacantes corren por ese pasillo, buscando la forma de llegar a una salida, o bien buscando la entrada al recinto principal. Desde las azoteas de las torres de flanqueo, los ballesteros disparan contra ellos virotes capaces de pasar de lado a lado a un hombre armado de punta en blanco, y desde el adarve de la muralla son hostigados de la misma forma o arrojan sobre ellos piedras o brea ardiendo. No debía ser nada nada agradable verse en una situación semejante...

Pasemos al interior, ya que hoy día nos dejan entrar pagando un mísero euro y sin necesidad de jugarnos el pellejo. Como se ve en la siguiente imagen, el castillo dispone de una amplia plaza de armas. Largas y empinadas escaleras conducen al adarve, donde tenemos también la entrada a la torre del homenaje. En este caso, la torre es maciza hasta la altura de dicho adarve, no contando en su interior con aljibes como en otros casos. Aquí, la cisterna se encuentra en el extremo norte del patio de armas.
Muchos se preguntarán que dónde se alojaba la tropa, o dónde estaban las cuadras, etc. Pues en ese patio, actualmente vacío. Pero sus cuadras, almacenes, alojamientos, y demás dependencias ya no existen porque, por lo general, estaban construidos con madera. La piedra era muy cara, y la madera no. Sólo la torre del homenaje, la vivienda del alcaide, era lo que se podía llamar un hogar dentro de lo que cabe. Conviene reparar también en un detalle, y es el pequeño pretil que vemos en el adarve. Es el paradós. Servía como parapeto a los defensores en caso de que el patio de armas fuera invadido por los atacantes, recuciendo el ángulo de tiro de sus arcos o ballestas.


Finalmente, tenemos la torre del homenaje que, en este caso, no se trata de una torre lóbrega y austera, sino de un espacio que, aparte de disponer de buenas defensas, cuenta en su interior con ciertos elementos decorativos que la convierten en una torre más palaciega que militar. Para su defensa, cuenta con cinco matacanes en sus flancos, siendo uno de ellos el destinado a defender la puerta de acceso a la misma. En la foto de la izquierda se puede ver la escalera de acceso a la primera planta, labrada con sillería. Las bóvedas, formadas con nervaduras góticas sustentadas sobre ménsulas, le dan a la cámara un aspecto elegante. Es posible que, en su época, las paredes estuviesen pintadas o revocadas con yeso formando elementos decorativos. La cámara de la imagen servía, digamos, de despacho del alcaide, donde atendía sus asuntos cotidianos. La vivienda propiamente dicha estaba en la cámara superior, donde estaba la alcoba. En este caso no dispone de chimeneas, así que para caldear el ambiente se recurría a braseros y a cubrir el suelo de paja para aislarlo un poco de la humedad. 
Finalizar comentando que, por su proximidad con el reino de León, al igual que en otras zonas fronterizas, la corona estableció en Sabugal un coto de homicidas para fomentar su poblamiento. A pesar de la cerca que defendía la ciudad, así como el potente castillo que, llegado el caso, servía de abrigo a la población, pocos eran los que estaban dispuestos a ver aparecer un mal día una hueste de castellanos o leoneses dispuestos a esquilmarlos. No eran necesarios muchos hombres para llevar a cabo una algarada semejante. Las guarniciones de los castillos no eran numerosas, y bastaban 200 o 300 hombres de armas capacitados para llevar a cabo una verdadera escabechina entre el vecindario, robarles el ganado, sus escasas pertenencias y dejarlos sumidos en la más absoluta pobreza.
Conviene no olvidar que esas incursiones no solo se debían a cuestiones políticas, sino más bien eran el modus vivendi de gran parte de la nobleza de la época. Si las cosechas propias eran escasas y, por ello, las rentas disminuían, no les quedaba otra que ir en busca del sustento a casa del vecino. Dicho en plata: a robar para vivir.

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