lunes, 2 de mayo de 2011

Los fuertes costeros I


Como ya comenté el litoral lusitano está plagado de este tipo de fortificaciones. Las constantes amenazas provenientes del mar en un país que tiene la mitad de su contorno dando a la costa eran obvias: piratas, agresiones de otras potencias, corsarios... Todo ello hizo necesario invertir fabulosas sumas de dinero en establecer una línea de fortificaciones capaces de alejar, disuadir o aniquilar a cualquier agresor.

Estos fuertes, en su mayoría, no eran de gran tamaño. Salvo los grandes fuertes destinados a proteger ciudades costeras o las desembocaduras de ríos importantes, casi todos son pequeños edificios situados unos de otros a una distancia que les permitía cruzar el fuego de sus cañones, salvo en casos donde lo abrupto de la costa no lo hiciese necesario por ser literalmente imposible encontrar un punto donde desembarcar. Sus emplazamientos solían ser en salientes rocosos en los extremos de calas factibles de ser usadas para desembarcar tropas enemigas, en playas o barras con las mismas características que las anteriores, o bien en elevados acantilados desde donde, además de hostigar a posible agresores, podían disponer de un amplio campo de visión y poder así avisar a las demas fortificaciones de la proximidad del enemigo. A ellos dedicaremos esta entrada.

Básicamente, la mayoría de los que veremos están basados en dos diseños en concreto, si bien, obviamente, no hablamos de edificios estandarizados, ya que cada uno tiene sus peculiaridades. Pero, a grosso modo, la mayoría de ellos están basados en estos dos tipos:

En el croquis de la superior vemos uno de ellos. Se trata de un edificio de planta cuadrangular con dos niveles: el inferior, donde está el patio de armas y las dependencias, y la terraza, donde se emplezaba la artillería. A veces se les dotaba de un foso, bien seco, bien inundable gracias al reflujo de la marea. Obviamente, si su emplazamiento era en un saliente rocoso rodeado por el mar, dicho foso era irrelevante. Su acceso da a un patio de armas de reducidas dimensiones donde se encuentran las diferentes dependencias, según se ve en el plano. Las piezas de artillería eran subidas por la rampa a la terraza. Por lo general, contaban con pocas bocas de fuego, entre cuatro y doce, dependiendo del tamaño del recinto, y apuntando hacia el mar o los flancos.



Este otro ofrece un aspecto diferente. Como se ve, dispone de cuatro baluartes dotados de cañoneras tanto para hostigar al enemigo que se aproxima como para barrer de flanco las cortinas en caso de un intento de asalto. Algunos, como el que se muestra, disponen de un pequeño foso seco para proteger la puerta. A diferencia con el anterior, todo el recinto está al mismo nivel. Es lo que se conoce como terraplén, y solo, a veces, los baluartes están a una altura un poco más elevada respecto al resto del edificio.

En ambos casos disponen de las dependenciasd habituales: casa del comandante (o gobernador de la plaza en caso de fortificaciones de más envergadura), pañoles de munición, cuarteles para la tropa, pozo o cisterna y la omnipresente capilla. En un país eminentemente católico como Portugal, jamás faltaba en sus recintos militares, pudiendo verse algunas de verdadero mérito artístico.

Estas líneas de fuertes eran a veces complementadas por baterías o reductos, fortificaciones de mucha menor entidad, a veces un simple parapeto dotado de cañoneras, y que no contaban por lo general con una guarnición permanente, siendo puestos en orden de combate en caso de peligro. Estas baterías apenas disponían de un pequeño cuartel para la mínima guarnición formada por los artilleros, los servidores de las piezas y un pequeño contingente de fusileros, y estaban dotadas de escasas bocas de fuego, generalmente no más de cuatro o cinco. No solían disponer de cisternas, por lo que había que acarrear el agua desde alguna fuente cercana.

La mayoría de estos fuertes están en un estado de conservación bastante bueno. Algunos, incluso podrían estar perfectamente operativos si tuviesen utilidad militar. Otros son usados aún por la Armada portuguesa como dependencias de tipo logístico o administrativo. Otros, más bien pocos, son de propiedad particular, comprados en pública subasta a finales del siglo XIX cuando, ya completamente obsoletos y siendo una carga para el erario público su mantenimiento, el gobierno los vendió al mejor postor. En algunos casos podemos ver en ellos viviendas particulares. Y otros, en fin, están en un lamentable estado de ruina, bien por falta de cuidados, bien por el vandalismo de los cerriles de turno que, por desgracia, nunca falta. La inmensa mayoría de ellos están en lugares perfectamente accesibles. Cuando los vayamos estudiando uno a uno veremos como podemos literalmente aparcar el coche en la puerta en bastantes casos. Muy pocos están en sitios complicados de encontrar o, como el de Baralha, en un acantilado muy alejado de los caminos y que, para llegar a él, hay que darse una larga caminata.

En posteriores entradas hablaremos de los dos tipos que quedan: los fuertes de interior, que defendían casi todos la frontera con España, y los descomunales fuertes costeros que controlaban puntos estratégicos de una importancia vital, como puertos de envergadura, capitales costeras, etc. La plazas fuertes y complejos fortificados similares son otra historia y tendrán su etiqueta propia.
Acabar comentando que la foto de cabecera corresponde al fuerte de Ponta da Bandeira, en Lagos, en la costa sur del Algarbe. Solo le faltan las bocas de fuego para estar plenamente operativo. De hecho, hasta le funciona aún el puente levadizo.