martes, 14 de junio de 2011

Castillo de Chaves


Distrito de Vila Real
Coordenadas: 41º 44' 22'' N // 7º 28' 18'' O

Esa potente torre es lo que queda del castillo de Chaves. Pero aún siendo aparentemente poca cosa, puedo asegurar que merece la pena visitarla. Y no ya por su imponente aspecto, sino por su magnífico estado de conservación, tanto exterior como interior donde, además, hay un pequeño museo militar con algunas piezas bastante interesantes para los aficionados a las armas. Bueno, vamos a ver un poco de su historia.

Chaves fue inicialmente arrebatada a los musulmanes por Alfonso III de León en el siglo IX, antes de la existencia del Portugal como nación. En 1093, Chaves fue incluida en la dote de doña Teresa, hija bastarda de Alfonso VI de Castilla, a raíz de sus esponsales con Enrique de Borgoña (véase Génesis de Portugal). Una vez segregado el condado Portucalense de la corona de León, Chaves se vio constantemente envuelta a lo largo del tiempo en las inacabables disputas fronterizas entre Portugal y Castilla por su cercanía a la frontera por la zona de Galicia, actualmente apenas 9 km. De hecho, a lo largo del siglo XIII cambió de manos varias veces por cuestiones hereditarias, si bien el interés real por la posesión de la plaza radicaba en su situación estratégica.


El castillo que vemos hoy y cuyo aspecto podemos contemplar en la lámina de la izquierda, procedente del Livro das Fortalezas de Duarte de Armas, se debe a las obras comenzadas por Afonso III de Portugal en 1258, para lo cual se estableció un impuesto a los habitantes de Chaves y Montenegro, así como la anúduva, que era la obligación de aportar trabajadores a las obras, cosa esta bastante común en la época y a la que los vecinos se prestaban de buen grado, tanto en cuanto la construcción de un castillo y una buena cerca urbana era una salvaguarda contra las incursiones que, anualmente, solían dejar esquilmados a todos aquellos que no contaran con un sitio donde guarecerse. Las obras no fueron concluidas hasta el reinado de don Dinis, quedando así la ciudad enteramente amurallada y el castillo terminado y con el aspecto de la lámina de Duarte de Armas. La torre en la que ondea el pendón de Portugal es la que aparece en la foto de cabecera. Como se ve, no difiere mucho de 1509 a nuestros días.

A raíz de la Guerra de Restauración se llevaron a cabo entre 1658 y 1662 las obras necesarias para adaptar la plaza al uso de la artillería, con la construcción de murallas tipo Vauban, así como dos fuertes: São Francisco y São Neutel, de los que ya se hablará en su momento. Por desgracia, el caserío urbano acabó devorando las murallas seiscentistas, perdurando solo un baluarte justo donde se asienta la torre, y que actualmente es un agradable jardín con unas magníficas vistas del entorno de la ciudad y del río Tamega. Dicho esto, vamos a ver la torre con más detalle...


La escalera que vemos en la foto da acceso a la primera de las tres plantas con que cuenta el edificio. Dispone también de un aljibe en lo que sería la planta que queda a nivel del suelo (véase Torre del homenaje. Partes del castillo). Esta puerta está defendida por un balcón amatacanado que, además, sirve para acceder al adarve a través de una pasarela de madera que, en caso de necesidad, podía retirarse dejando la torre aislada del mismo en caso de ser ocupado por posibles asaltantes. Por otro lado, cuenta con la protección que le brinda el matacán que vemos en la azotea. La reja que se ve en el arranque de la escalera da al aljibe, si bien me da la impresión de que esa abertura no se hizo con la torre, sino que es bastante posterior. Una vez en el interior de la misma nos encontramos con un amplio salón de casi 100 m2 (la torre tiene 12x10 metros de lado y 28 de altura), con techo abovedado. En el suelo se puede ver la buhera para la toma de agua desde el interior del edificio.

En la foto de la derecha tenemos una imagen de dicha cámara. Las escaleras, que en su día serían de madera, dan paso a la planta superior, dotada de los elementos propios de una torre palaciega como ventanas geminadas, con poyetes, etc. Como se puede apreciar, la altura de la bóveda es notable. La torre está rematada por una techumbre a cuatro aguas, tal como aparece en el dibujo de Duarte de Armas, quedando un estrecho pasillo para facilitar el movimiento de tropas en la azotea. Su defensa la componen cuatro matacanes, uno en cada flanco, y cuatro garitones esquineros sobre ménsulas, también amatacanados.

Tras visitar la torre podemos deleitarnos en su contemplación degustando una bica del delicioso café portugués. Y si se hace en buena compañía, como hice yo, pues sabe mejor y la torre se ve como más altiva y gallarda. Concluyo con esa vista nocturna que podemos admirar si nos quedamos a cenar en cualquiera de los restaurantes de los alrededores. Puedo asegurar que merece la pena. He dicho.



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