miércoles, 29 de junio de 2011

Fuerte de Nossa Senhora da Graça I


Por una vez y sin que sirva de precedente, voy a contar las impresiones que tuve al visitar este fuerte. Sí, debo reconocerlo, durante años fue para mi una verdadera obsesión. Cualquiera que me lea se extrañará de lo que digo, pero es así. Por lo tanto, esta entrada la dedicaré exclusivamente a contar mis penurias hasta que, por fin, un glorioso día de esta pasada primavera pude patearlo a fondo. Además, el edificio es tan grande, tan complejo y tan laberíntico que requerirá más de dos entradas para poder siquiera exponerlo con un mínimo de detalle.
Tuve conocimiento de la existencia de este fuerte en el verano de 2008, cuando comencé mis andanzas por el vecino país. Aprovechando las vacaciones estivales fui a Elvas y al fuerte de Santa Luzia. Y, mira por donde, veo en la cima de un empinado cerro al norte de la ciudad la silueta de este edificio. Pregunté al guarda del fuerte de Santa Luzia y me informó que estaba cerrado, que era propiedad del ministerio de Defensa y, aunque no se usaba hacía años, un piquete de guardias impedía el acceso. Un tanto desilusionado, me acerqué de todas formas a verlo, aunque fuera por el exterior. Tras subir la empinada carretera me vi ante la puerta del Dragón, que, medio encajada y a la vista de su mal estado, daba la impresión de que allí no había nadie.
Si hubiera estado en España habría entrado sin dudarlo y, si me topo con los guardias, pues me hago el loco y me largo por donde he venido. Pero tengo la sana costumbre de no meterme en camisa de once varas cuando estoy en el extranjero porque no sé como puede acabar la cosa. Asi que hice un par de fotos de la puerta y me largué bastante mohíno, porque lo poco que se veía del interior ya me ponía los dientes largos.
Nada más volver a casa, tiempo me faltó para ponerme a bichear en la red en busca de información. Me metí en el Google Earth y... ¡oh!. Ante mis atónitos ojos, la fortificación más asombrosa que podía imaginar. La foto de abajo habla por si sola, y así se entenderá como, desde ese momento, entrar en el dichoso fuerte se convirtió en algo obsesivo, porque si desde el aire parecía majestuoso, desde dentro tenía que ser la releche.



Acojonante, ¿verdad?... Estáis viendo la que en su día estaba considerada como la fortificación, técnicamente hablando, más perfecta de todo Portugal. Ver esta foto y admirar su diseño, que llega al extremo de haber cavado la ladera del monte donde se yergue siguiendo el mismo angulo del glacis de las murallas, y saber que no podía entrar, era motivo más que sobrado, a causa de mi carácter vehemente, para no quitarme la idea de la cabeza.
Envié correos al ayuntamiento de Elvas. Nada... Por mediación de una conocida que vive en Portugal se intentaron gestiones para facilitarme la entrada. Nada... Y así tres largos años.
Pero, mira por donde, un buen día un amigo me pasa un correo con un enlace de una noticia aparecida en un periódico de Badajoz, en la que decían que una asociación de allí había organizado una visita concertada con el ministerio de Defensa portugués para conocer el fuerte. Casi me da un chungo del berrinche por no haberme enterado a tiempo. Quinientas (sí, 500) personas se reunieron para, acompañados por un capitán y un suboficial del ejército portugués, patear el fuerte de cabo a rabo. En fin, mi ansiedad iba en aumento, porque el puñetero fuerte seguía en manos de los militares y no se podía entrar salvo con su permiso.
Pero un día, como decía Salieri en la película esa de "Amadeus", ¿sabéis que ocurrió? Un milagro. En una visita en la pasada primavera al castillo de Elvas, que no había podido ver en dos intentonas anteriores por estar cerrado por obras, al pagar al entrada me quedé mirando una postal del fuerte que había sobre el mostrador. La señora que cobraba debió ver mi mirada lánguida y tal porque, sonriente, me dice en perfecto español:
-¿No conoce usted el fuerte de Gracia?
Levanto las cejas, perplejo, y le respondo:
-Ya quisiera yo. Llevo años intentando entrar, pero sigue cerrado.
Y la señora, esa santa bendita, ese ángel que me anunció la buena nueva, esa alma noble que leyó los entresijos de mi alma atormentada se ríe y me replica:
-No, señor. Está abierto.
Pasmo total. Boca desencajada. Solo me faltó una furtiva lágrima sobre mi curtida jeta de castillero empecinado y darle 38 besos a la taquillera.
-¿Qué me está diciendo?- farfullé- ¿Se han ido los militares?
-Sí, señor. El pasado 25 de abril dejaron el fuerte (era el aniversario de la Revolución de los Claveles)
-Entonces, ¿se puede entrar?
-Sí, señor, cuando usted quiera.
-¿Segura?
-Que sí
-¿Y no hay militares?
La buena señora se desternillaba de risa ante mi incredulidad.
-No hay militares. Cuando le de la gana puede ir.
Y no fui porque estaba cayendo un aguacero monumental y, además, apenas quedaban un par de horas de luz en aquel día lúgubre pero maravilloso al mismo tiempo. Pero el sábado siguiente, a las 07:30 horas estaba plantado ante la puerta del Dragón cámara en ristre, con una sonrisa triunfal y dispuesto a gastar todas las tarjetas de memoria que llevaba encima.
Creo que Colón debió sentir lo mismo que yo cuando pisó tierra en el Nuevo Mundo. ¿Qué exagero? Para nada. Además, ¿quién leches sabe lo que sintió Colón, que hasta se dice que ya estuvo antes allí?
Seis horas, seis, me tiré dentro del fuerte. ¡Y NO LO PUDE VER TODO!. No es coña. Solo el reducto central, la casa del gobernador que se ve en el centro del edificio, es un verdadero laberinto, casi todo sumido en la oscuridad más absoluta. Dar con la escalera de acceso a la planta superior me costó más de 10 minutos dando vueltas, y encima, cuando bajé, resulta que lo hice por otra escalera que no había visto antes, así que imaginad como sería el resto. De hecho, el hornabeque fue imposible de visitar. No hubo forma de dar con la entrada. Subías por una escalera y dabas a un foso, subías por otra y aparecías en una galería que no tenía salida. Te metías por una puerta y aparecías en otro foso. En fin, es para vivirlo más que para contarlo.
Bueno, no me alargo más. Así es como, por fin, pude penetrar en las entrañas del fuerte de Gracia. Más adelante ya contaré su historia y sus pormenores. Pero antes de concluir, aviso a navegantes:

1: NO ENTRAR SOLOS BAJO NINGÚN CONCEPTO. En la casa del gobernador el suelo puede hundirse a cada paso, y hay bocas del inmenso aljibe que surtía al fuerte por todas partes, incluido el foso, el cual está cubierto de maleza y no se ven.
2: NO ENTRAR SIN LINTERNAS. En cuanto entras en alguna dependencia, la oscuridad es absoluta.
3: NO ADENTRARSE EN DEPENDENCIAS SIN DEJAR ALGUNA SEÑAL PARA VOLVER. Y no es coña. El interior es un verdadero laberinto.
4: LLEVAR EL MOVIL CON LA BATERÍA A TOPE POR SI ACASO, PILAS DE RESPUESTO PARA LA LINTERNA, Y VARIOS BOCATAS PARA MATAR EL GUSANILLO.

Hale, he dicho...


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