jueves, 30 de junio de 2011

Fuerte de Nossa Senhora da Graça II

Ese señor que nos mira desde el pasado con cierto aire arrogante es  Friedrich Wilhelm Ernst zu Schaumburg-Lippe, un militar alemán a cuyo ingenio se debe la construcción del fuerte que nos ocupa. Era el segundo hijo del conde soberano de Schaumburg-Lippe, un pequeño estado situado en la Baja Sajonia, por lo que, como era costumbre en la nobleza de la época, fue destinado a la carrera militar ya que la herencia y el título iban a parar al primogénito.
Así pues, fue enviado a realizar sus estudios a Ginebra, Leiden y, finalmente, a Montpellier para acabar sirviendo como oficial en la Guardia Real de Gran Bretaña. Nuestro hombre adquirió una vasta cultura, un notable dominio del arte militar y aprendió varios idiomas incluyendo el latín, lengua esta que cualquier persona que quisiera hacer gala de un nivel cultural aceptable debía conocer.
Por avatares del destino, su hermano mayor murió como consecuencia de un duelo, lo que lo convirtió en el heredero al título y las posesiones familiares. Europa se encontraba convulsionada en aquella época. Bueno, Europa ha estado convulsionada casi siempre, pero el siglo XVIII fue un poco más virulento que de costumbre debido a los conflictos entre las potencias menguantes, como España, y las emergentes, como Francia e Inglaterra, más todos los países de segundo orden que querían sacar su tajada a costa de los territorios del contrario, sobre todo en lo referente a las ricas colonias de Ultramar. Para no dilatarme mucho, comentar que participó activamente en la Guerra de los Siete Años, y que sus méritos militares quedaron sobradamente demostrados en todas las campañas en las que participó.

En 1761, tras la firma del Pacto de Familia entre Francia y España, Portugal, siempre fiel aliado de Inglaterra, vio muy comprometida su situación. Por tierra estaba cercada por el aún poderoso ejército español, al que encima se le había unido el francés. Por mar, las igualmente poderosas flotas de ambas naciones amenazaban con un bloqueo que los sumiría en la ruina más absoluta. Y, para rematar la cosa, Portugal no contaba con un ejército eficaz para hacer frente a la amenaza. Don João V, que había muerto once años antes, pasó su reinado sumido en los conflictos derivados de la Guerra de Sucesión española, aliándose con Inglaterra a costa de salir mal parado de ello, los problemas en Brasil, las luchas internas con la nobleza, etc. Así, su heredero José I, se encontró con un ejército casi inexistente, sin pertrechos ni mandos capacitados. Por ese motivo, el valido del rey José, el todopoderoso marqués de Pombal, invitó a varios militares de prestigio de Europa a acudir a Portugal a fin de reorganizar la maltrecha milicia lusitana. Y, entre ellos, llamó a nuestro hombre el cual, a pesar de tener un estado que gobernar, no dudó en hacer la maleta y largarse a hacer frente al reto que tenía ante sí.


Al tomar posesión de su cargo, el buen conde se quedó espantado por la situación del ejército. Las fortificaciones estaban en un estado ruinoso, las deserciones eran abrumadoras, y las pocas tropas disponibles no eran fiables en absoluto. Así pues, y a la vista del desolador panorama, se puso manos a la obra dando preferencia ante todo al remozamiento de las defensas fronterizas con España, así como a la construcción de otras de nueva planta. Lo basó todo en una estrategia defensiva que, con pocas tropas, pudiera impedir la entrada indiscriminada de ejércitos españoles en suelo portugués, si bien el proyecto no era cosa baladí, ya que la inversión requerida para ello era astronómica. Hasta el año de 1764 se dedicó a recorrer todas las fortificaciones existentes, ordenando su reparación, mejorando en lo posible sus defensas y ordenando la construcción de otras nuevas, tras lo cual partió a su condado para no volver hasta tres años después a comprobar si sus instrucciones se habían llevado a cabo de forma satisfactoria. Y entre las de nueva planta estaba nuestro fuerte, cuyas obras empezaron en julio de 1763 bajo la dirección del ingeniero militar francés Etienne, autor de un tratado sobre minado y obras de zapa de cierta difusión en su época. Sin embargo, Etienne tuvo que partir hacia Alemania para hacerse cargo de la dirección de las obras de la fortaleza de Wilhelmstein, así que el conde eligió como sucesor al general Guillermo de Valleré, que llevó a cabo algunas modificaciones sobre el proyecto inicial. Las obras no fueron concluidas hasta  1792 y, según dejó escrito la hija del general Valleré en un Elogio Histórico dedicado a su padre, costó la friolera de 767.199.039 reales. Para tan faraónica empresa fue necesario el trabajo de 6.000 obreros y 4.000 acémilas, de las cuales estaban destinadas 1.500 solo para acarrear agua desde la fuente de Marechal .

Los motivos que indujeron a Lippe a edificar el fuerte eran de peso. El cerro de Nossa Senhora de Graça era un padrastro que comprometía seriamente la plaza fuerte de Elvas. En el siglo XVII, aparte de la muralla urbana, para su defensa contaba con el fuerte de Santa Luzia al sur. Pero el norte de la ciudad no es que estuviera indefenso, sino literalmente vendido en caso de un ataque ya que la plaza fuerte de Campo Maior, situada en esa dirección, está bastante alejada de Elvas. Así, apenas un piquete guarnecía la altura que, sin fortificar, miraba amenazadoramente hacia Elvas.
De esa grave deficiencia se dio cuenta don Luis de Haro, que mandaba el imponente ejército español que puso cerco a Elvas en 1658, dentro del contexto de la Guerra de Restauración. Así pues, tras desalojar a la mínima guarnición que lo defendía, el maestre de campo mandó emplazar en dicho cerro su artillería, con la que machacó de forma inmisericorde la población, distante apenas 1500 metros en línea recta y a una cota superior. Por no ser el tema de esta entrada, no voy a extenderme en lo referente al largo asedio y la posterior batalla, que se saldó ciertamente con una abrumadora victoria portuguesa sobre las armas españolas. Pero sí quiero que observéis el grabado inferior, que nos ofrece una vista panorámica del evento. En un óvalo rojo está el cerro de Graça aún sin fortificar y, si uno se fija con detenimiento, podrá ver las piezas de artillería españolas disparando contra la ciudad, situada justo debajo del óvalo.




A pesar del bombardeo sufrido, parece ser que la aplastante victoria hizo olvidar las penurias pasadas por la población, y nadie se preocupó más del peligroso padrastro al norte de la ciudad. Pero Lippe sí que se dio cuenta, y por ello diseño el fuerte y ordenó su construcción, la cual fue llevada en todo momento con bastante secretismo por temor a que espías procedentes de España pudieran conocer sus entresijos. De hecho, incluso una vez concluido, no se permitía a nadie acceder a su interior así como así, fuera aparte de sus mandos y guarnición, salvo a militares del ejército portugués. Su descripción ya la detallaré en la siguiente entrada, así que seguimos con su historia.
Como ya dije, no fue hasta las postrimerías del siglo XVIII cuando por fin fue activado. Se le asignó una guarnición, para estados de sitio, de unos 1.200 hombres de infantería, a los que había que sumar 100 zapadores minadores y 200 artilleros para servir las 183 bocas de fuego de dotación. La guarnición procedía de las tropas acantonadas en Elvas, consistentes en dos regimientos de infantería y uno de caballería, destinado éste último a misiones de reconocimiento. La efectividad de su diseño quedó patente apenas unos años más tarde cuando, a raíz de la Guerra de las Naranjas (1801), el ejército español enviado a Elvas no pudo ocuparlo. Al ser conminado a la rendición, el gobernador de la plaza, general Francisco de Noronha, se negó a capitular. Tras algunas escaramuzas, el ejército español levantó el campo ante la imposibilidad de tomar el fuerte. Valga como comparación el hecho de que pudimos apoderarnos Olivenza, mejor fortificada incluso que Badajoz, y Juromenha, pero no hubo manera de rendir el fuerte de Lippe, que es como se le conocía en honor a su promotor y diseñador. Diez años más tarde, también resistió el tremendo bombardeo al que lo sometió la artillería del general francés Soult, sin que tampoco pudiera ocuparlo.


Su vida operativa, a pesar de lo costoso de su construcción, como de los 30 años de trabajo que se tardó en culminarlo, fue breve y, tras la retirada de las tropas francesas de la Península y alejada para siempre la amenaza española, su función militar fue quedando relegada a la obsolescencia. A lo largo del siglo XIX, su guarnición estaba bajo mínimos, y fue usado en determinadas ocasiones como prisión política. Su último cometido consistió en algo tan poco digno de su grandeza como verse convertido en un presidio militar. La foto de la izquierda muestra uno de los castigos impuestos a los presos: la barrilada. Consistía en transportar, por el empinado camino que lleva a la cima,  barriles de entre 25 y 35 litros de agua desde la fuente de Marechal hasta el fuerte, desde el alba hasta el anochecer, parando solo entre las 10 y las 10:30 para leer el correo, y entre las 12 y las 13 horas para comer.
No dejó buen recuerdo en la memoria de nuestros vecinos este postrero destino del fuerte de Graça. A mediados de los 80 concluyó su triste función para, a finales de la década, ser desactivado y pasar más de 20 años en un estado de progresivo abandono hasta que, este año, fue cedido finalmente por el ministerio de Defensa al ayuntamiento de Elvas. Actualmente le amenaza un estado de ruina preocupante, a la espera de que se le de el tratamiento que se merece, y espero que, como por desgracia suele pasar a veces, no vaya a parar a las ávidas manos de los mercantilistas de turno que lo quieren convertir en un casino o en un hotel. Mayor infamia y peor destino no sería posible.
Finalizo con la letra de una copla popular que es una clara muestra de la siniestra fama que acabó ganándose por su triste destino carcelario. Creo que no precisa traducción...


Maldito forte da Graça
Presídio de desgraçados
Sepultura de homens vivos
Debaixo do chão enterrados

Adeus ó Forte da Graça
Peço para lá não ir
Tal é a minha desgraça
Choro eu p'ra  outro rir.


Logo à porta do Forte
Esta um dragão encantado
Quem lá entra já não sai
Fica por lá encerrado.

Cheguei à secretaria
Fui presente ao capitão
Por ser o primeiro dia
Deu-me logo um “ramotã"

Continuará...


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