domingo, 19 de junio de 2011

Palacio da Pena


Distrito de Lisboa

¿Quién no conoce el castillo de Neuschwanstein, construido por Luis II de Baviera? Supongo que pocos. Bueno, pues aquí tenemos un palacio que, no sólo es anterior cronológicamente, sino que, además, no tiene nada que envidiar ni en hermosura ni en el maravilloso entorno en el que se yergue al edificado por el rey loco.
Este singular edificio, fruto del romanticismo decimonónico, fue mandado construir por el rey consorte don Fernando II en 1838 sobre las ruinas de un antiguo monasterio edificado por Manuel I que, tras el devastador terremoto de Lisboa, quedó casi arrasado. Las obras fueron dirigidas por un arquitecto alemán, el barón Wilhelm Ludwig von Eschwege, el cual se pateó media Europa e incluso el norte de África en busca de inspiración, a fin de plasmar en el edificio los elementos arquitectónicos más representativos y hermosos de la Edad Media. Las obras fueron concluidas en un tiempo bastante breve teniendo en cuenta la magnitud del edificio y, en 1847, apenas nueve años después, el palacio quedó terminado.
Don Fernando, al morir la reina doña María II, se volvió  a casar, esta vez con una cantante de ópera por nombre Elise Hensler que incluso había tenido un hijo siendo soltera, lo que supongo sería un escándalo monumental en la época. Tras la muerte de don Fernando, fue esta señora la que se quedó con el palacio de marras, teniendo la corona que llegar a un acuerdo con ella para reintegrarlo al patrimonio portugués.
De ese modo, se convirtió en residencia veraniega de los monarcas lusos, siendo el palacio predilecto de la reina Amalia, que no reparó en gastos a la hora de decorarlo. Finalmente, tras el derrocamiento del rey Manuel II en 1910, y con ello el fin de la monarquía, el edificio fue declarado bien nacional y pasó a convertirse en el museo que podemos admirar actualmente donde, aparte del palacio en sí, se pueden visitar las dependencias regias y quedarse uno embobado con el magnificente esplendor que conservan. No voy a enrollarme dando cuenta punto por punto de cada detalle, porque estas cosas mejor se contemplan en persona.
El palacio se yergue en lo alto de una montaña que domina Sintra. Si me preguntaran qué ciudad es absolutamente imprescindible visitar en Portugal, diría sin dudarlo que Sintra. No solo cuenta con este fastuoso palacio, sino también con el impresionante castillo de los Moros, así como el Palacio Nacional, que data del siglo XV. Aparte de eso, tenemos las suntuosas villas edificadas en el camino que sube hasta el palacio da Penha, como la Quinta da Regaleira, que parece sacada de un cuento de hadas.
En definitiva, esta entrada pretende ser más una recomendación que otra cosa, porque el palacio que nos ocupa hay que ir a verlo y maravillarse largo y tendido. Sintra merece un día entero. Ah, para los que no son dados a  subir cuestas terroríficas, decir que hay un autobús que, por un módico estipendio, te lleva a la entrada del palacio. Lo digo para que alguno no se lo deje atrás alegando cansancio irreprimible. De verdad, merece la pena. Y una última advertencia: Ojo con las consumiciones en los bares de la plaza frente al Palacio Nacional. Te meten unas clavadas que te dejan pasmado, así que la Sagres fresquita la tomamos en otro sitio.
Y como una imagen vale más que mil palabras, ya no cuento más y dejo algunas fotillos para poner los dientes largos al personal.


Ahí tenemos una vista panorámica del palacio. La foto fue tomada desde el castillo de los Moros, pero con un zoom. En realidad la distancia es mucho mayor.


Esa es la entrada principal. Obsérvese la mezcla de estilos que, aún siendo tan dispares, están estéticamente proporcionados, dándole un aire mágico al conjunto.


Fachada de un patio interior. El balcón muestra una alegoría de Tritón. No faltan tampoco los azulejos que han dado tanta fama a Portugal.

Bueno, espero que este mínimo anticipo de lo que se puede visitar haya estimulado a más de uno. Añadir solo que no está permitido sacar fotos en el interior, así que compacta al bolsillo y a esperar la ocasión, jeje...

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