domingo, 12 de junio de 2011

Tormentaria II: El trabuco o fundíbulo


Con esta entrada damos comienzo al mundo de la tormentaria, los engenhos o ingenios de que se valían antaño para lanzar todo lo imaginable al interior de ciudades o fortificaciones sitiadas. He decidido comenzar por el fundíbulo por ser, hasta la aparición de la artillería, la más poderosa máquina ideada para tal fin, tanto en alcance como en potencia destructiva.

Parece ser que el invento es de origen persa, y que fue introducido en Europa Occidental por los árabes alrededor del siglo XII, si bien ya se conocía en Grecia allá por el siglo VI. En cualquier caso, la primera referencia al uso de una de estas máquinas en Europa se remonta al sitio de Castelnuovo Bocca d'Adda, en el norte de Italia, que tuvo lugar en 1199. Se puede hablar de tres tipos diferentes, a saber:

* Trabucos de contrapeso
* Trabucos de tracción
* Trabucos híbridos, en los que se combinaban ambas formas

Esta primera entrada la dedicaremos al más poderoso de todos, el de contrapeso. La representación más antigua que se conoce de este tipo de trabuco se encuentra en un manual de guerra escrito para Salah al-Din por Murdi ibn Ali al-Tarsusi en 1187. Se ha especulado mucho acerca del alcance efectivo de estas máquinas, el cual dependía de varios factores, a saber: peso del contrapeso, peso del proyectil y longitud del brazo de palanca. Es pues bastante complicado saber cual era su alcance real, así como la energía capaz de desarrollar, ya que cada vez que se fabricaba uno se podría decir que era una pieza única. En todo caso, podemos hablar de alcances de hasta 300 metros e incluso más para los modelos más grandes, lo que no es ningún dislate si consideramos que una de las premisas básicas a la hora de emplazarlos era el que estuvieran fuera del campo de tiro de las armas ligeras de los sitiados si bien estos, como se puede suponer, también empleaban máquinas similares para intentar destrozar las del enemigo.


Pero para que nadie se quede con la duda en el aire, mencionaré una que aparece en el cuaderno de Villard de Honnencourt, realizado entre 1220 y 1240, en el que describe un trabuco cuyo contrapeso tenía una capacidad de alrededor de 18 m3. Conforme a unos estudios realizados, se ha calculado que podía contener un peso superior a las 30 Tm., lo que le permitiría lanzar un bolaño de 100 kg. de peso a más de 400 metros de distancia. La imagen de la derecha nos muestra un plano de planta del mismo. Las patas que se ven en la parte superior parece ser que estaban destinadas a actuar como una especie de amortiguador para soportar la oscilación en péndulo de la enorme masa del contrapeso cuando era disparado. Por cierto que la imagen de cabecera, de un grabado decimonónico, está inspirada precisamente en el diseño de Honnencourt.
La necesidad de obtener un alcance lo mayor posible no era porque sí. Por poner un ejemplo, en el cerco de Algeciras en 1340, los musulmanes dispusieron nada menos que 20 trabucos para dañar la línea de contravalación establecida por el ejército castellano, así como para desmontar sus engenhos, cosa que consiguieron con bastante tino por cierto. Eso conllevó a verdaderos duelos artilleros entre ambos ejércitos, intentando los cercados destruir la maquinaria de los sitiadores, y estos abrir una brecha en una muralla o derruir alguna torre por donde poder iniciar un asalto.

En lo referente a su fabricación, como vemos en la imagen de cabecera, era una máquina enorme y compleja, para la que se requerían grandes cantidades de madera, así como carpinteros cualificados que debían seleccionar el tipo de madera más apropiado, cortarla, etc., más la intervención de herreros para fabricar clavijas, resortes, pasadores y todo tipo de piezas para montarla. Como se puede suponer, estas máquinas no se fabricaban in situ. Sólo el secado de la madera llevaría meses antes de poder ser usada. Por ejemplo, tenemos un fundíbulo mandado construir por Eduardo I de Inglaterra que requirió el trabajo de cinco maestros carpinteros, cuarenta y nueve operarios y tres meses de trabajo. Una vez terminadas, se trasladaban desmontadas hasta el lugar de donde se las requerían, con el ímprobo trabajo que ello suponía con la deplorable red viaria de la época, y montadas por los carpinteros una vez llegadas a su emplazamiento. Durante el cerco a Algeciras antes mencionado fueron traslados dos fundíbulos desde Sevilla, fabricados por genoveses. Tardaron unos 15 días en recorrer los aproximadamente 200 km. que separan ambas ciudades.

Su funcionamiento era en sí bastante simple, ya que actuaba como una honda. Para bajar el brazo se usaba un torno como el de la imagen, o unas ruedas colocadas a los lados y accionadas de la misma forma que esas ruedas que se usan para que los hamsters enjaulados se entretengan en algo. Una vez retenido, se colocaba en la máquina el proyectil y se liberaba el brazo. Dichos proyectiles podían ser de los siguientes tipos:

* Bolaños. Eran piedras talladas en forma circular. Eso les daba mayor alcance y precisión. Su peso solía oscilar entre los 40 y los 90 kilos, si bien podían lanzarse hasta de 250 kilos. Su uso estaba destinado a abrir brechas en las murallas, derribar parapetos, etc.
* Pellas de estopa. Eran bolas de ese material previamente impregnadas en brea o aceite que eran encendidas justo antes de ser lanzadas. También podían contener azufre, lo que convertía el fuego en especialmente virulento. Su misión era, como es evidente, propalar incendios en el interior del recinto sitiado.
* Vasijas de brea o fuego griego. Al igual que las pellas, eran proyectiles incendiarios si bien estos eran bastante más efectivos ya que, al caer, se rompía la vasija y salía el líquido ardiendo disparado en todas direcciones. En el caso de fuego griego, del que hablaremos en otra entrada con más detenimiento, sus efectos eran devastadores porque era muy difícil apagarlo. Era el napalm de la época.
* Cadáveres de todo tipo: animales putrefactos, restos humanos infectados con enfermedades contagiosas, cabezas de prisioneros... Ya hablamos de eso en la entrada sobre la guerra psicológica.
* Cestas con piedras. Funcionaba de forma similar a la metralla. Cientos de guijarros lanzados a una velocidad muy superior a la que se conseguía con una honda normal podían barrer literalmente un adarve lleno de defensores.

Como ya se ha comentado, el alcance de estas máquinas iba en función de la masa del contrapeso, que normalmente solía oscilar entre las 4 y las 13 toneladas, y de la longitud del brazo. Se tiene noticia de un fundíbulo fabricado en Alemania cuyo brazo tenía nada menos que 18 metros de largo. Pero con todo y a pesar de su tremenda contundencia, tenían un inconveniente de complicada solución: no era posible, debido a su enorme peso, la corrección del ángulo de tiro horizontal. O sea, donde se emplazaba la máquina, allí se quedaba porque una variación de unos pocos metros en el ángulo suponía tener que desmontarla y volverla a montar. Lo que sí se podía corregir era la parábola que describía el proyectil, a fin de que realizara un tiro tenso para impactar en una muralla, o bien curvo para que éste cayera dentro del recinto. Para lograr una trayectoria tensa, el proyectil debía soltarse cuando el brazo estaba perpendicular al suelo. Para un tiro curvo, unos grados antes de llegar a la perpendicular.
Era habitual emplazarlas en batería, caso de disponer de más de una, a fin de lograr una mayor concentración de fuego. Así, disparo tras disparo, se iba desmoronando poco a poco un lienzo de muralla hasta abrir una brecha y poder iniciar el asalto. Pero no siempre era posible disponer de un fundíbulo en un asedio. Bien por no haber un lugar adecuado para emplazarlo, bien por falta de medios, el caso es que a veces había que recurrir a máquinas basadas en el mismo principio de funcionamiento pero más simples, más pequeñas y, por ende, menos potentes. En este caso nos referimos a los trabucos de tracción manual.De esos ya hablaremos otro día...


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