domingo, 3 de julio de 2011

Fuerte de Nossa Senhora da Graça V

Bueno, con esta entrada concluyo todo lo referente a esta joya pétrea. Hemos ido viendo su historia, su morfología, su recinto principal, y ya solo quedan las obras exteriores que se extienden en la ladera norte del cerro sobre el que se yergue.
Como vimos en la tercera entrada, constan, de dentro hacia afuera, de un revellín, un hornabeque, otro revellín y, finalmente, un bonete, todos ellos separados unos de otros por sus respectivos fosos. Eso implicaba a un hipotético asaltante, como ya comenté, tener que superar siete obstáculos solo para poder llegar al foso principal.
No he podido averiguar en qué consistieron las modificaciones que llevó a cabo Valleré sobre el proyecto inicial del conde de Lippe, o si estas obras exteriores fueron parte de dicho proyecto o surgidas con posterioridad. Pero, por simple curiosidad, imprimí la foto zenital que aparece en la tercera entrada y, con una regla y un rotulador, pasé un rato trazando el ángulo de tiro de cada cañonera, teniendo en cuenta como es lógico que, por la forma trapezoidal de las mismas, dicho ángulo podía ser mayor o menor. El resultado no me sorprendió: no había un solo resquicio en todo el contorno del fuerte donde se permaneciera a salvo del fuego de la artillería de dotación del edificio. Igualmente, cada obra exterior quedaba enteramente bajo el fuego de las que le precedían, de forma que, en caso de ser invadidas por tropas enemigas, estas podían ser barridas con botes de metralla y fuego de fusilería.
En todo caso, es un hecho que era posible rendir este tipo de fortificaciones, como ya expliqué en la entrada dedicada a los asedios a plazas fuertes. Pero, cuando estás dentro de una de estas fortificaciones y ves la magnificencia y el poder que albergaban, no deja de causar admiración, más si cabe, el tesón de los asaltantes que de los defensores.
Bueno, vamos a visitarlas:


Ahí tenemos una vista panorámica de todo el complejo de obras exteriores, tomada desde la planta superior de la casa del gobernador. En primer término vemos el revellín más cercano al edificio. Se aprecian en la foto la plataforma de tiro para las seis bocas de fuego con que contaba, así como, a cada extremo del mismo, los pañoles de munición. Hacia el fondo se extienden el resto de obras y, a continuación, una loma que sería el único padrastro de la fortaleza. Precisamente por eso se decidió añadir toda esa serie de obras: era el único punto accesible del cerro de Nossa Senhora de Graça.

Ahí tenemos uno de los accesos a las obras exteriores. Todos ellos parten del foso principal. Las puertas que iremos viendo a lo largo del mismo dan a las galerías en la que se abren multitud de troneras fusileras para defenderlo. La escalera de la izquierda conduce al hornabeque, creo... Y digo creo porque, como se ve, la parte superior está tapiada. El parapeto superior da al foso que separa el hornabeque del primer revellín. Mucho cuidado con estas escaleras. Son irritantemente resbaladizas, y más si el tiempo es húmedo.


Ahí vemos el foso en cuestión. Obsérvese que se ha cuidado la defensa hasta el más mínimo detalle: el foso, en pendiente hacia su salida para dificultarla aún más. A la izquierda de la imagen está el hornabeque, con su muro diafragma que, como se ve, solo dispone de un estrechísimo camino para poder cruzarlo. No tiene ni un metro de ancho. Y casi a nivel del suelo, una hilera de troneras fusileras para batir el foso. Naturalmente, en el lado opuesto se abren otras tantas. Cruzar el foso sin ser abatido a tiros sería prácticamente imposible. Y a eso, añadir el fuego de cañón con que se le batiría desde el baluarte situado al fondo de la imagen.

Esa zona corresponde al primer perímetro defensivo. Obsérvense dos detalles bastante interesantes: uno, el pequeño parapeto a la izquierda que, a modo de los antiguos paradós medievales, limita el ángulo de tiro a los posibles atacantes que circulen por el foso, permitiendo a la guarnición moverse por el camino a salvo de sus disparos. El otro detalle es ese túnel que servía pa emplazar una pequeña pieza de artillería para batir dicho camino hacia el fondo de la imagen. La abertura del final del túnel iba provista de una puerta corredera, posiblemente de hierro, cuyas acanaladuras, labradas en sillares de piedra, no permitían que se pudiera cerrar completamente, dejando apenas hueco para asomar la boca del cañón. O sea, que si el enemigo se hacía con el control del bonete y pretendía avanzar por ese camino hacia el interior, ya vemos lo que les esperaba. Un bote de metralla disparado a esa distancia barre literalmente de atacantes todo el camino.


Esa imagen muestra el revellín que defendía la cortina del hornabeque. Lo separa del bonete su foso correspondiente. Obsérvese la fábrica del edificio: sillería esquinera, mampuesto enlucido con motero y, a partir del cordón, ladrillo. Éste último material era muy apreciado por su elasticidad a la hora de recibir impactos de la artillería enemiga. Las garitas que se ven en los extremos de la imagen corresponden a las que controlan los medios baluartes del hornabeque. Desconozco la utilidad de la pequeña alberca que se ve en la parte inferior de la imagen. La escasa altura de su pretil no da para almacenar mucha agua, y en esa zona no hay ya dependencias de ningún tipo. Igual se trata de un punto de recogida de agua que iba a parar a algún aljibe situado en otra zona.


Ahí tenemos una de las galerías que se abren en la contraescarpa del foso principal. A la derecha vemos las aberturas de las troneras fusileras. Al fondo, tres troneras más destinadas a batir desde ellas a posibles asaltantes. Como ya he repetido varias veces, no hay un solo resquicio del fuerte que no disponga de elementos defensivos para rechazar a todo aquel enemigo que quiera hacerse con el control del mismo. Aunque la foto se ve bien iluminada, esa galería está completamente a oscuras, así que linterna al canto si queremos verla.


Esa foto nos permite hacernos una idea de la complejidad del edificio. De derecha a izquierda tenemos: La escalera que conduce al perímetro exterior, el foso que separa éste del hornabeque, el hornabeque, el foso que lo separa del revellín, y el revellín. A nivel del suelo, diferentes dependencias, destinadas a alojamiento de la guarnición de la obra exterior. El orificio circular que vemos en la base del hornabeque es una cañonera, a la cual no pude acceder. Pero no dejaba de preguntarme cómo puñetas pudieron meter ahí un cañón. Igual construyeron el edificio con el cañón dentro, quién sabe, jeje...

Esa es una de las rejas que cierran los accesos a las galerías del foso. Como se ve, la forman gruesos barrotes trabados. Se cierran mediante la tranca basculante que vemos en primer término, también de hierro. Obsérvese la mortaja abierta en el muro para poder alojarla y permitir abrir la reja por completo. A pesar de tener ya siglos sobre sí, están en perfecto estado de conservación. Este tipo de rejas solo podrían derribarse a cañonazos. Dispararle a la cerradura no serviría de nada, ya que eso solo permitiría moverla, pero desde el interior. Y, -¿quién se acerca a cometer semejante hazaña cuando le están disparando por todas partes? El héroe y candidato a cadáver de turno estaría siendo enfilado desde las troneras del recinto principal, a su espalda, desde el parapeto superior del mismo, así como desde las troneras de las galerías adyacentes y, por supuesto, a través de la reja.


Y ahí tenemos el interior de una de esas dependencias. En el centro, una chimenea para la guarnición. A la izquierda se abre una de las galerías de la contraescarpa.
En algunas de ellas se ven restos de albañilería moderna, que muestran que se usaron durante su período como prisión militar como corrales. Un fin muy poco digno de ellas, pero la necesidad obligaba supongo. Estas zonas están bastante oscuras, así que mucho cuidado al movernos.



Bien, con esto terminamos la visita al fuerte de Nossa Senhora da Graça. Como se ve, creo que merece la pena hacerle una visita cuanto antes, y más si tenemos en cuenta que su destino final está aún en el aire. Aunque esté en mal estado, sucio y ya solo es un reflejo de su glorioso pasado, creo que es mejor verlo así que convertido en un hotel o algo peor, con chiringuitos en sus baluartes y guiris que entran y salen sin prestarle apenas atención, más interesados en contar a sus amiguetes que durmieron en un fuerte que en el fuerte en sí mismo.
Desde este humilde blog, solo me restan dos cosas: una, rendir homenaje a los hombres que lo hicieron posible. Al rey don José I, que ordenó su construcción, al conde de Lippe, gracias a cuyo ingenio surgió su magistral trazado, al general Valleré, que dirigió las obras y lo mejoró, a los 6.000 hombres anónimos que trabajaron como mulos durante 30 años para verlo concluido, e incluso a las 4.000 acémilas que los ayudaron a remover los miles y miles de toneladas de tierra necesarias para edificarlo. Y, por supuesto, al pueblo portugués, de cuyos impuestos salió el dinero para hacerlo realidad, así como por su innegable patriotismo a la hora de defender su suelo que, por desgracia, tengo que envidiar en los tiempos que corren en España.
Y la otra, un ruego a las autoridades a cuyo cargo esté actualmente el fuerte: NO LO VENDAN, NO PERMITAN QUE LO PROFANEN. Es la joya de la corona de Elvas, el mayor complejo fortificado de Europa. Sería un atentado contra la historia permitir que el fuerte se vea convertido en objeto de mercadeo. He dicho.



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