Imagino que el ariete fue inventado al poco rato de que a un jefe tribal se le ocurriera cercar su poblado con algo más consistente que una simple empalizada. De hecho, es quizás la máquina más antigua que se conocen para este fin, teniéndose constancia de su existencia en el siglo IV a.C.. Su nombre proviene del latín aries, en referencia a la cabeza de carnero de bronce que solían poner los romanos como terminal del mismo.
Antes de nada, conviene aclarar una cosa. La imagen que habitualmente se tienen de los arietes es usándolos contra una puerta. Bien, pues va a ser que no. Lo habitual era usarlos para batir murallas a fin de abrir una brecha por donde poder iniciar un asalto. ¿Y por qué batir la muralla en vez de la puerta, que era más blandita? Pues porque las puertas, por razones obvias, estaban muy bien protegidas y, en la mayoría de los casos, ubicadas en sitios donde un ariete no se podía emplazar, como las puertas en recodo o las que iban literalmente embutidas entre dos torres (Véase Las Puertas) o, simplemente, no se disponía de espacio suficiente ante la puerta para ello. Y como se trataba de derruir potentes paramentos de piedra, es evidente que dicha labor no era cosa de cinco minutos, por lo que el peso y el tamaño del ariete lo hacían imposible de manejar agarrándolo entre varios hombres. Por ello, era suspendido con sogas o cadenas de la viga central de una casamata rodante o tortuga. El terminal no necesariamente tenía que tener esa forma de cabeza de carnero, que requería tener que llevarla consigo porque no se podía fundir in situ por razones obvias. Así, usaban cabezales puntiagudos (cónicos o con forma de pirámide cuadrángular) o bien con hileras de dientes, ambos fabricados con hierro o bronce, como el que vemos en la foto de la izquierda.
Su funcionamiento era bien simple: Como se ve en el croquis de la derecha, se adosaba la tortuga a la muralla previamente cubierta de pieles crudas para impedir que los defensores la incendiasen. Se bloqueaban las ruedas clavando cuñas de madera en el suelo y, a cubierto de los proyectiles enemigos, varios hombres hacían oscilar el ariete y golpeaban la muralla hasta que conseguían derruir el paramento y abrir una brecha en ella por la que poder entrar. Obviamente, la existencia de taludes o fosos ante la muralla podía hacer desistir a los atacantes de usar éste tipo de máquina. Varios hombres, seleccionados entre los más fortachones, se introducían en la tortuga y hacían oscilar el ariete. A medida que se iban rompiendo piedras, uno de ellos las removía con una palanca de hierro. Una vez derruido el paramento se encontraban con el relleno del mismo que, como se recordará, era generalmente de tierra compactada. En ese momento era preciso eliminar la tierra antes de seguir batiendo, ya que esta lo que hacía era amortiguar los golpes y, una vez eliminada, proseguir a fin de echar abajo el paramento posterior.
Para defenderse contra éste ingenio, los defensores podían recurrir a varios métodos que ya eran usados desde muy antiguo. El más habitual, aparte de intentar incendiarlo con brea o algún líquido inflamable, era dejar caer grandes piedras o gruesos maderos sobre la cabeza del ariete a fin de partirla o separarla de la viga. Otro era descolgar desde lo alto de la muralla fardos de paja, mimbre o arena para amortiguar los golpes. Otro, más básico, simplemente consistía en intentar atrapar el ariete con lazos o ganchos para inmovilizarlo o intentar volcar la tortuga. Y más de uno dirá que valiente chorrada, que con cortar las cuerdas de los ganchos bastaba. Sí, claro. Siempre y cuando no hubiera docenas de ballesteros acechando en la muralla y dispuestos a dejar como un acerico al héroe de turno en cuando se asomase y perdiese la protección que le brindaba la tortuga.
En caso de pretender usarlo contra una puerta, la cosa variaba. Por lo general, batir una puerta era algo que se improvisaba sobre la marcha, por lo que el ejército sitiador no solía tener nada previsto al respecto. Así pues, se recurría a un simple tronco si llegaba el caso. Una puerta no requería un ariete enormemente pesado ni provisto de una cabeza metálica, así que podían manejarlo varios hombres y derribarla en poco rato protegidos por los escudos de sus compañeros de armas. Pero, claro, siempre había un listo que se anticipaba y mandaba forrar la puerta de aguzadas puntas de hierro, como la de la foto de la derecha. ¿Que para qué eran las puntas? Pues para que el tronco se quedase clavado a cada golpe que daban. Obsérvese que las puntas no cubren toda la puerta, sino solo la zona donde puede ser batida. Se conservan pocas puertas originales de la época, pero alguna que otra queda aún, y en algunas se pueden ver las puntas de marras.
El ariete solo tenía un defecto, por meras cuestiones de física: funcionaba como un péndulo. En un movimiento pendular, al final del recorrido es cuando menos fuerza o energía desarrolla la viga del ariete. Pero si, por el contrario, a ésta la impulsan tirando de juegos de poleas, es precisamente al final de su recorrido cuando transmitirá su máxima energía. Debido a esa enjundiosa conclusión, los ingenieros militares romanos que, todo hay que decirlo, fueron tan geniales que sus creaciones perduraron hasta finales de la Edad Media, idearon el cangrejo. El cangrejo era un ariete que se deslizaba por unas guías, tirado por varios hombres con la ayuda de juegos de poleas. Eso permitía dos cosas: una, lograr con el mismo peso más energía, ya que el ariete era lanzado a más velocidad. La otra, requerir de menos hombres para su uso, y cansarlos mucho menos. Con todo, llegaron a construir cangrejos descomunales. Se tiene noticia de uno que precisaba para su funcionamiento nada menos que 6.000 hombres, o sea, los efectivos de una legión entera.
Bueno, esto es lo que dan de sí los arietes. Su uso cayó en el olvido en el instante en que las bombardas los suplieron en su labor de derribar murallas. La descomunal energía desarrollada por un bolaño disparado por una de aquellas rudimentarias piezas de artillería envió al baúl del olvido estos ingenios que, durante dos mil años, tomaron casi siempre parte en los asedios de la época. Para terminar, ahí dejo una ilustración decimonónica que muetra un cangrejo. Como se ve, es un tanto básica, pero no he encontrado otra más esclarecedora. En todo caso, creo que se ve bastante bien de qué va la cosa. Y si alguien no lo ve, pues que pregunte y se lo cuento. He dicho...





No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada