martes, 6 de septiembre de 2011

Castillo de Melgaço



Distrito: Viana do Castelo
Coordenadas: 42º 06' 01'' N // 8º 15' 34'' O

El castillo de Melgaço, ubicado en la población del mismo nombre, está a menos de 700 metros del río Miño, o sea, de España. Su construcción se debe, como tantas otras fortificaciones portuguesas, al empeño de su primer monarca, Afonso Henriques, de fortificar las lindes de su nuevo reino contra los ataques procedentes de León. En este caso, Melgaço ocupaba una posición estratégica de máxima importancia, ya que guarnecía el río que, desde aquella época, ya era la frontera natural entre León y Portugal. Las obras dieron comienzo hacia 1170 recurriendo a los fondos aportados por la corona, los cercanos monasterios de Longos Vales y Fiães y el vecindario, deseosos estos últimos de tener un lugar donde guarecerse en caso de ver aparecer a los cabreadísimos leoneses por allí, que no se andaban precisamente con muchos miramientos con sus, hasta hacía poco, compatriotas.

Las obras quedaron concluídas a inicios del siglo XIII, en tiempos de don Sancho I, heredero de Afonso Henriques. Sin embargo, no fue hasta finales el reinado de Sancho II, concretamente en 1245, cuando se comenzaron las obras de la cerca urbana, de la que aún quedan algunos lienzos de la muralla norte y oeste, que arrancan justamente de la del castillo. Las obras duraron hasta 1263, siendo dirigidas por su alcaide, Martinho Gonçalves, y un tal Fernando, que era el magister petrum que se encargó del trazado de la misma. Durante la crisis sucesoria de 1383-1385, tanto la población como su alcaide se pusieron de parte de la aspirante castellana, doña Beatriz. Cercada la población por don João I en 1387, finalmente cayó en manos portuguesas tras un asedio de dos meses de duración.


Ya en el siglo XVIII, sus defensas medievales fueron reforzadas con fortificaciones adaptadas a la pirobalística, como lo fueron las cercanas Monçao y Valença. Tal como vemos en ese plano, se construyeron en el vértice norte de la muralla medieval un baluarte orientado hacia el Miño, y otro más en el lado este. Más abajo vemos un hornabeque de grandes proporciones y una lengua de sierpe al sur. Obsérvese que toda la cerca medieval fue antecedida de un antemuro, y delante de cada torre de dicha cerca se construyó un pequeño revellín para defenderlas de los tiros de la artillería. Por desgracia, nada de estas fortificaciones ha perdurado, habiendo siendo todo engullido por el caserío urbano excepto los dos lienzos de muralla antes mencionados.



Volviendo al castillo, como vemos en el plano, tiene una forma oval. Su majestuosa torre del homenaje, como muchos otros castillos de origen románico, está aislada en el centro del patio de armas. Su interior está dividido en tres plantas, con la entrada a la torre situada a varios metros de altura en el flanco norte. La muralla, que contaba con cinco torres de flanqueo de planta cuadrangular y de las que solo quedan tres de ellas, disponía de dos puertas de acceso. La que vemos en la foto da la villa pero, como se ve, es de una fecha posterior a la construcción del castillo, y está provista de dos troneras de cruz  y palo para el uso de arcabuces. La puerta medieval a la villa se encuentra en el flanco oeste, al lado de una torre desde donde arranca la cerca urbana. En el lado este de la muralla se abre una poterna que da a campo abierto.



A la izquierda tenemos una imagen del aljibe, situado en el lado norte del patio de armas (marcado con la letra N en el plano de arriba). Como se ve, parece ser esta compuesto por un solo cuerpo, cubierto por una bóveda de cañón y con una toma de agua sobre la misma. Obsérvense los afloramientos rocosos del suelo de los alrededores, que indican que el recinto está cimentado sobre una masa rocosa a fin de impedir su minado. Merece atención la bóveda, rodeada enteramente por una potente zapata de sillería.



En la foto de la derecha tenemos otra vista del aljibe y de la muralla, en donde vemos varias de las escaleras con que cuenta para acceder al adarve. Al igual que el resto del edificio, está construida con sillería bien labrada de granito, lo que le da una magnífica resistencia al conjunto. La puerta que se abre al fondo de la imagen corresponde a la poterna, la porta da traiçao de marras que hay en todos los castillos de Portugal. Ojo con los escalones, que son irritantemente estrechos y enojosamente altos. Mejor subir a cuatro patas, que más vale la osamenta intacta que la dignidad maltrecha.


Finalmente, ahí tenemos una toma de la imponente torre del homenaje vista por su cara norte. Como se ve, no se abre en la misma una sola aspillera.  Solo tiene una en su cara sur, dos en la cara este, y otras dos en la cara oeste, lo que hace pensar que su interior debía ser bastante oscuro. Sus entreplantas son de tablazón de madera sustentado por jácenas, y la azotea está cubierta por un tejado a cuatro aguas que deja apenas espacio para moverse por la misma.
Cabe pensar que en la planta inferior, o sea, la que queda a nivel del suelo, podría haber un aljibe. Este tipo de torres exentas que, como ya comenté en su momento, introdujeron los templarios, eran el último reducto defensivo en caso de ataque, por lo que tenían la necesidad de contar con suministro de agua independiente. Por lo demás, su fábrica, como el resto del recinto, es a base de buena sillería, asentada en una zapata del mismo material construida para nivelar el terreno. El almenado, en el que se abren algunas aspilleras, es el típico de las fortificaciones románicas, a base de merlones con capuchones en forma de prisma piramidal. Las ménsulas que sustentan el parapeto podrían haber sido un matacán corrido, si bien en la azotea de la torre no se ven aberturas que así lo indiquen. Puede que, en algún momento de su historia, fuesen tapadas al dejar de ser útiles para la defensa.

Por lo demás, la entrada es gratuita, cierran los lunes (segunda feira, para los que aún se hagan un lío con los días de la  semana en portugués. Sus semanas empiezan los domingos, en vez de los lunes, como las nuestras), y el castillo está a menos de dos minutos de una placita en la que se yergue una simpática iglesia románica ante la cual podemos sentarnos a degustar un refresco tras la visita. Hale, he dicho...




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