viernes, 2 de diciembre de 2011

Mitos y leyendas: Calabozos y mazmorras



Uno de los muchos estereotipos extendidos universalmente es la asociación de los castillos con las lóbregas mazmorras donde un señor muy demacrado, canijo, con barba de 7 años y cubierto de harapos languidece en espera de una libertad que jamás llegará. Bueno, pues es otra de las muchas falsedades que casi todo el mundo el mundo toma como artículo de fe. A los que hayan visitado alguna vez un castillo en un estado de conservación aceptable simplemente les pregunto: ¿habéis visto alguna vez algo que se asemeje a un calabozo o una mazmorra, salvo que el restaurador de turno, para darle morbillo a la cosa, haya empotrado en algún muro una argolla con cadena y grilletes? Apostaría a que no. Veamos de qué iba la cosa...


Antes de nada, conviene conocer el origen de los dos términos: calabozo y mazmorra. Según Covarrubias, calabozo es una palabra compuesta del árabe y el castellano. "Cala" provendría de "qalat", o sea, castillo, y de pozo. Un castillo pozo, vaya. Esto vendría a significar un pozo o subterráneo fuerte y seguro, pero no necesariamente para hacer de cárcel, sino para guardar cualquier cosa que se quiera tener a buen recaudo. Puede ser un silo, un almacén, dineros o, naturalmente, un preso. En cuanto a mazmorra, es un término árabe que proviene de "mizmarra", que viene a significar lo mismo: silo, aljibe seco, subterráneo. Al parecer, los moros tomaron la costumbre de meter a sus esclavos en estos silos durante la noche para que no tomaran las de Villadiego. En la foto de la izquierda tenemos un ejemplo de estos silos, actualmente desprovistos de sus bóvedas. Como se ve, son simples almacenes subterráneos destinados a guardar las provisiones para proveer de sustento a la guarnición: grano, salazones, aceite, legumbres secas, etc.



Bien, aclarado este punto, concretar otro detalle. Los castillos no eran edificios concebidos como prisiones. Otra cosa es que, en caso de necesidad, se habilitara alguna dependencia del mismo para poner a buen recaudo a alguien, para lo cual era tan válida la cámara de una torre como uno de estos silos o, ya puestos, el establo. Bastaba con engrilletar al sujeto, fijar la cadena al muro y ese no se movía de allí en cien lustros si hacía falta. Y si el lugar elegido era un silo subterráneo como el que aparece a la derecha, simplemente se le hacía bajar por una escala de cuerda y, salvo que le nacieran alas en la espalda, no se escaparía jamás. Estos silos eran bastante frecuentes en los castillos si bien, actualmente, la inmensa mayoría están cegados. Como tampoco se preocupan las autoridades competentes, a la hora de restaurarlos, en vaciarlos de escombros y tierra, nadie sabe que están ahí. Pero haberlos, haylos.


Aclarado también este punto os preguntaréis: ¿de dónde viene pues esa creencia? Veamos... El sistema penal de la Edad Media no solía concebir la privación de libertad como una pena en sí misma. Otra cosa era la prisión preventiva a la espera de juicio, para lo cual valía cualquier dependencia en la casa consistorial de la población de turno. Las penas por delitos eran o pena de muerte o bien castigos físicos, tales como azotes, amputación de miembros, cepos, etc. y, más tarde, galeras (para más detalles sobre esta pena, pinchar aquí). Entonces, ¿quiénes eran los huéspedes forzosos de los castillos? Pues, por lo general, nobles prisioneros de guerra, que eran puestos a buen recaudo a la espera de que llegase el rescate que comprase su libertad, enemigos del estado que no convenía ejecutar pero sí quitar de la circulación y, aunque parezca increíble, miembros de la familia nobiliaria de turno que, por sus constantes desavenencias entre ellos, encerraban para que no les incordiasen demasiado. La lista de encumbrados personajes que fueron encerrados en castillos es extensísima, y va desde monarcas como Ricardo Corazón de León o Francisco I de Francia, a obispos, nobles, hidalgos y caballeros de rango. Dependiendo de la categoría de cada cual, como es lógico, su lugar de encierro iba acorde con su persona. En la foto de la izquierda tenemos la alcoba del Palacio de Sintra en la que pasó preso sus últimos nueve años de vida el rey Alfonso VI de Portugal tras ser depuesto. Como se ve, no es precisamente un lugar inhóspito, pero para eso era o había sido rey. 



Por otro lado, quizás el hecho de que hubiese fortalezas destinadas por norma a encerrar en ellas a los enemigos del estado diera lugar a esta creencia, como fueron la Torre de Londres (imagen de la derecha) o la Bastilla, en París, o bien como centro de poder de la Inquisición, como el tristemente célebre castillo de San Jorge, en Sevilla (véase imagen de cierre). En todo caso, los establecimientos penitenciarios y las penas de cárcel como las conocemos actualmente son un invento más bien moderno, ya que las primeras surgieron en el siglo XIX. Y para tal fin fueron aprovechadas muchas fortificaciones que, inútiles ya para sus fines militares, eran el sitio óptimo para habilitarlas como prisión. Bastaba construir o aprovechar sus dependencias y ya tenemos una cárcel estupenda de la que era bastante complicado fugarse. Gruesos y altos muros, situación aislada que permitía una mejor vigilancia, fosos y demás elementos defensivos que en su día valieron para que nadie entrase, pues venían de perlas también para que nadie saliese. Incluso hoy día se siguen usando algunos de los antiguos fuertes pirobalísticos para tal fin, sobre todo como prisiones militares o cárceles de alta seguridad. Por poner algunos ejemplos, tenemos el castillo de Chinchilla de Montearagón, que tuvo como huésped ilustre a César Borgia y fue usado como cárcel moderna entre 1930 y 1950, o el fuerte de Peniche (Portugal), usado como prisión política durante la dictadura de Salazar, o el castillo de Bellver (Mallorca), usado a partir del siglo XVIII como prisión política y militar. Pero, obviamente, no fueron construidos para tal fin, sino aprovechados cuando ya no tenían uso militar.

En definitiva, como se ha visto, esa imagen del sujeto encadenado años y años en una profunda mazmorra en un castillo carece de sentido. Los castillos normales no fueron cárceles salvo para ocasiones muy concretas y durante espacios de tiempo muy breves, así que cuando visitéis alguno, no esperéis encontrar la mazmorra-prisión de turno, porque no las había.

Hale, he dicho...