domingo, 1 de mayo de 2011

Los fuertes


La apacición de las armas de fuego dejaron obsoletos los castillos medievales en cuestión de pocas décadas. El castillo medieval, que basaba su poder en la altura inalcanzable de sus murallas, se convirtió en un blanco perfecto de las bombardas y culebrinas que surgieron a lo largo del siglo XVI, cuya potencia de fuego convertía en escombros las hasta entonces poderosas murallas que, con apenas 2 varas de espesor, que era el habitual (alrededor de 1,68 metros), no soportaban el embate de los proyectiles, primero de piedra y despues de hierro, disparados por una bombarda.
A pesar de que su recarga era lentísima, ya que había que esperar hasta 45 minutos a que se enfriase el cañón, la energía cinética que desarrollaban sus proyectiles superaban con enorme diferencia a las lanzadas por la más potente máquina neurobalística, el fundíbulo o trabuco. Así pues, los ingenieros militares de la época tuvieron que cambiar de forma radical el diseño de las fortificaciones. La altura de las murallas era una forma de facilitar la puntería del enemigo, así que las rebajaron para ofrecer menos blanco. El escaso espesor de las muralla medievales dio paso a otras de varios metros de grosor. Y la morfología al uso en la época, casi siempre basada en la adaptación del edificio al terreno, dio paso a estructuras geométricas ideadas para repeler los proyectiles de una artillería cada vez más potente y precisa.
Como se ve en la imagen de cabecera, hablamos de edificios de escasa altura, que a veces casi se confunden con el terreno, con forma de estrella más o menos uniforme y con una serie de elementos defensivos basados en un patrón generalizado. Era lo que se conoció como traza italiana, desarrollada a mediados del siglo XVI con el fin, no solo de defenderse de la artillería enemiga, sino de hacerles frente con la artillería propia basandose en la posiblidad de realizar fuego cruzado contra los atacantes, anulando así cualquier ángulo muerto por donde pudieran aproximarse a la fortificación. El máximo artífice de este tipo de diseño fue un francés, ingeniero al servicio de Luis XIV: Sébastien Le Preste, marqués de Vauban, cuyo título ha pasado a la posteridad para distinguir este tipo de fortificación.
Pero, a pesar del imponente aspecto que ofrecían estas fortificaciones, algunas de varias hectáreas de superficie total contando los fosos y defensas exteriores, no eran imbatibles. Como el mismo Maquiavelo reconocía en su "El arte de la guerra", no había muralla, por gruesa que fuese, que resistiese de forma indefinida los disparos de la artillería. Y no sólo se les atacaba con cañones de tiro tenso, sino con los temibles morteros, piezas de aspecto rechoncho que disparan en parábola, permitiendo así hacer verdaderos estragos en el interior de los fuertes, como en el caso de Almeida, en donde una granada alcanzó el pañol de pólvora unicado en el antiguo castillo medieval, situado dentro de la plaza, haciéndolo volar literalmente por los aires, y matando de paso a más de 40 familias que se refugiaban en las cercanías.
En la ilustración inferior se pueden ver las partes más significativas de este tipo de fortificación. Básicamente, se trata de un sistema defensivo escalonado en el que las defensas exteriores están a un nivel más bajo que las porteriores, permitiendo así a los defensores batirlas con fuego propio en caso de caer en manos enemigas. Además, la gola de dichas fortificaciones externas, o sea, la parte trasera, no contaba con ningún tipo de protección para facilitar de ese modo la aniquilación del enemigo.


Como se puede ver, se trata de estructuras sumamente complejas, basadas en la geometría pura. En posteriores entradas se irán estudiando cada una de ellas, a fin de hacernos una clara idea de hasta donde llegaban los ingenieros de la época a la hora de ponerlo más complicado a un hipotético agresor.
En cuando al país que nos ocupa, Portugal está lleno de este tipo de fortificaciones. Sus costas, especialmente desde el Algarbe hasta Lisboa, disponían de una red de fuertes costeros que cruzaban fuegos unos con otros. La costa portuguesa es bien diferente a la nuestra, con playas de kilómetros y kilómetros de extensión. Allí es diferente. Lo que impera son las costas abruptas, llenas de acantilados y con pequeñas playas disponibles para poder desembarcar una fuerza enemiga. Es en esas zonas donde veremos la mayor concentración de fuertes que, como digo, cruzaban el fuego de sus piezas de artillería, imposibilitando o poniendo muy difícil llevar a cabo un desembarco con los medios de la época, bien por tropas de un país enemigo, bien por los piratas que en aquella época infestaban los mares y no dudaban en atacar las poblaciones costeras en busca de botín.
Por otro lado, tenemos la frontera con España. Los constantes conflictos que mantuvimos desde la Guerra de Restauración hasta principios del siglo XIX, con la Guerra de las Naranjas, obligó a nuestros vecinos a fortificarla desde sus fronteras con Galicia hasta Ayamonte, a fin de impedir dentro de lo posible, cosa que no siempre conseguían, ver su territorio invadido por tropas españolas. Y no solo veremos fuertes aislados, sino verdaderos complejos de fortificaciones formados por fortines, reductos, fuertes y  plazas de guerra en los puntos más estratégicos de la frontera. El más significativo es indudablemente Elvas, que aparte de las formidables fortificaciones que rodeaban la ciudad contaba para su defensa con dos fuertes: al sur, el fuerte de Santa Luzia, y al norte el de Nossa Senhora de Graça, éste último considerado como el máximo exponente de las fortificaciones de este tipo, diseñado por el conde de Lippe. Y además, dos fortines más al sur: el de São Mamede y  el de São Pedro, y hacia el oeste el de Santo Domingos, protegiendo el acueducto que llevaba agua a la ciudad. Y todos, mirando recelosos hacia la zona de la  frontera española más frecuentada a la hora de invadirlos: Badajoz.
Finalizar esta introducción a los fuertes con una observación. Ya no hablamos de castillos aislados con guarniciones de pocas decenas de hombres que, lo más que podían hacer, era resistir a duras penas los ataques de fuerzas a veces abrumadoramente superiores en número. Los fuertes, además de contar con  numerosas bocas de fuego (a veces más del centenar), albergaban guarniciones formadas por centenares de hombres, e incluso millares, además de caballería y todo lo necesario para, si era preciso, no ya defender la plaza, sino salir de ella a batir al enemigo en batalla campal. En sus pañoles daban cabida a toneladas de pólvora, a miles de bolas de cañón, granadas, fusilería... Sus aljibes tenían capacidad para disponer de agua durante meses, e incluso años, aún sin recoger una sola gota de agua de lluvia. Y si alguien intentaba asaltarlos, tenía ante sí una red de fortificaciones escalonadas, fosos, fuego cruzado que les hacía llover metralla desde todas partes, y una guarnición formada por tropas profesionales que sabían lo que se jugaban en el envite. Sólo los implacables bombardeos que duraban semanas podían acabar con su resistencia. Pero de eso ya hablaremos más adelante...

Castillo de Sabugal


Distrito de Guarda
Coordenadas: 40º 21' 05" N // 7º 05' 38" O
Acceso desde España: Saliendo por Ciudad Rodrigo, tomar la A25 y salir en dirección sur por la salida 32, donde tomaremos la N324 que nos llevará directamente a la población.

El origen de Sabugal, curiosamente, no es portugués, sino leonés. Fue Alfonso IX de León el que la fundó hacia 1224 sobre un cabezo de escasa altura en un meadro del río Cõa, lo que permitía controlar la zona de forma bastante eficaz. Más de uno dirá que si no se trata de un río navegable, qué puñetas iban a controlar allí. Obviamente, el tráfico fluvial no, pero sí los vados y posibles puentes por donde un ejército enemigo pudiese infiltrarse en el territorio. De hecho, varias líneas defensivas de la península se formaron siguiendo el curso de los ríos que servían de barrera natural. En una época en que los puentes escaseaban, sólo era posible cruzarlos por un vado, y en esos vados es donde muchas veces se erigían potentes fortificaciones para quitarles las ganas a los invasores de seguir adelante.
Hay que tener en cuenta que los ejércitos de la época, contrariamente a lo que se suele pensar, no se movían con tanta facilidad como aparece en las películas, grandes propaladoras de camelos. Un ejército de apenas varios centenares de hombres llevaba consigo impedimenta en carromatos, pertrechos de todo tipo, e incluso máquinas de asedio desmontadas. Es pues evidente que no iban a cruzar un cauce así como así, aunque apenas tuviera unas decenas de metros.
Así pues, don Alfonso tuvo a bien fundar la ciudad, si bien el castillo que vemos en la imagen fue mandado edificar por don Dinis cuando éste se apoderó de ella en 1296. Don Dinis fue un monarca que, por lo visto, se tomó un enorme interés en remozar todas las fortificaciones de su reino, e incluso mandó edificar varias. Es evidente que no estaba por la labor de ver a los castellanoleoneses haciendo de las suyas por sus dominios.
Cuando este tipo de fortificación cayó en la obsolescencia, aún fue usado como acuartelamiento por las tropas inglesas que intervinieron en el país vecino cuando el corso Bonaparte le dio por ser el amo del mundo con el resultado que todos conocemos. Finalmente, abandonado y sin utilidad militar alguna, fue el cementerio de la villa (destino que han corrido muchos castillos) hasta 1927, año en que fue definitivamente abandonado y sometido al habitual expolio de sus materiales por el vecindario. Obviamente, su magnífico aspecto actual obedece a la campaña de restauraciones que se llevaron a cabo a partir de los años 40, cuando Salazar, como buen dictador, se empeñó en hacer resurgir de sus cenizas a muchas de las venerables ruinas del país por aquello del glorioso pasado lusitano, que ya sabemos que a los dictadores les tira mucho eso de enaltecer los añejos valores patrios.
Pasemos a darle un repaso a su morfología: el castillo tiene forma trapezoidal, y sus altas murallas están defendidas por cuatro torres de planta cuadrangular, aparte de la imponente torre del homenaje, de planta pentagonal y situada en el flanco SE. El recinto está rodeado por una falsabraga en forma de pentánogo irregular, con la entrada situada en la cortina SO. Para llegar a la puerta del castillo hay que girar a la derecha y recorrer un tramo de liza rodeando la torre del homenaje hasta llegar a ella.

Como se puede ver, la puerta estaba muy bien defendida. A la izquierda de la foto está la torre del homenaje, fuera de encuadre, y a la derecha vemos una de las torres de flanqueo. Sobre la puerta, un matacán permite hostigar a los posibles atacantes. Para que nos aclaremos: en el caso de que los agresores lograsen traspasar la falsabraga, cosa que sólo podía hacerse lanzando escalas y tomándola por asalto, tras ella se encontraban con una elevada muralla y una puerta a la que era suicida acercarse aún estando protegidos por gatas o manteletes, ya que los defensores podían rociarlos con brea o vinagre hirviendo y hacerles desistir. La estrechez de la liza impide siquiera intentar usar un pequeño ariete, y además los que los manejaban serían literalmente acribillados a virotazos desde las almenas. Que no era nada fácil, vaya.

En la siguiente foto podemos contemplar el aspecto de la liza: como se ve, forma un pasillo de pocos metros de ancho que, en algunas zonas incluso no llega a los 3 metros. Era una ratonera de la que había que salir lo antes posible para no ser aniquilado por los defensores. Imaginemos la escena: varios atacantes corren por ese pasillo, buscando la forma de llegar a una salida, o bien buscando la entrada al recinto principal. Desde las azoteas de las torres de flanqueo, los ballesteros disparan contra ellos virotes capaces de pasar de lado a lado a un hombre armado de punta en blanco, y desde el adarve de la muralla son hostigados de la misma forma o arrojan sobre ellos piedras o brea ardiendo. No debía ser nada nada agradable verse en una situación semejante...

Pasemos al interior, ya que hoy día nos dejan entrar pagando un mísero euro y sin necesidad de jugarnos el pellejo. Como se ve en la siguiente imagen, el castillo dispone de una amplia plaza de armas. Largas y empinadas escaleras conducen al adarve, donde tenemos también la entrada a la torre del homenaje. En este caso, la torre es maciza hasta la altura de dicho adarve, no contando en su interior con aljibes como en otros casos. Aquí, la cisterna se encuentra en el extremo norte del patio de armas.
Muchos se preguntarán que dónde se alojaba la tropa, o dónde estaban las cuadras, etc. Pues en ese patio, actualmente vacío. Pero sus cuadras, almacenes, alojamientos, y demás dependencias ya no existen porque, por lo general, estaban construidos con madera. La piedra era muy cara, y la madera no. Sólo la torre del homenaje, la vivienda del alcaide, era lo que se podía llamar un hogar dentro de lo que cabe. Conviene reparar también en un detalle, y es el pequeño pretil que vemos en el adarve. Es el paradós. Servía como parapeto a los defensores en caso de que el patio de armas fuera invadido por los atacantes, recuciendo el ángulo de tiro de sus arcos o ballestas.


Finalmente, tenemos la torre del homenaje que, en este caso, no se trata de una torre lóbrega y austera, sino de un espacio que, aparte de disponer de buenas defensas, cuenta en su interior con ciertos elementos decorativos que la convierten en una torre más palaciega que militar. Para su defensa, cuenta con cinco matacanes en sus flancos, siendo uno de ellos el destinado a defender la puerta de acceso a la misma. En la foto de la izquierda se puede ver la escalera de acceso a la primera planta, labrada con sillería. Las bóvedas, formadas con nervaduras góticas sustentadas sobre ménsulas, le dan a la cámara un aspecto elegante. Es posible que, en su época, las paredes estuviesen pintadas o revocadas con yeso formando elementos decorativos. La cámara de la imagen servía, digamos, de despacho del alcaide, donde atendía sus asuntos cotidianos. La vivienda propiamente dicha estaba en la cámara superior, donde estaba la alcoba. En este caso no dispone de chimeneas, así que para caldear el ambiente se recurría a braseros y a cubrir el suelo de paja para aislarlo un poco de la humedad. 
Finalizar comentando que, por su proximidad con el reino de León, al igual que en otras zonas fronterizas, la corona estableció en Sabugal un coto de homicidas para fomentar su poblamiento. A pesar de la cerca que defendía la ciudad, así como el potente castillo que, llegado el caso, servía de abrigo a la población, pocos eran los que estaban dispuestos a ver aparecer un mal día una hueste de castellanos o leoneses dispuestos a esquilmarlos. No eran necesarios muchos hombres para llevar a cabo una algarada semejante. Las guarniciones de los castillos no eran numerosas, y bastaban 200 o 300 hombres de armas capacitados para llevar a cabo una verdadera escabechina entre el vecindario, robarles el ganado, sus escasas pertenencias y dejarlos sumidos en la más absoluta pobreza.
Conviene no olvidar que esas incursiones no solo se debían a cuestiones políticas, sino más bien eran el modus vivendi de gran parte de la nobleza de la época. Si las cosechas propias eran escasas y, por ello, las rentas disminuían, no les quedaba otra que ir en busca del sustento a casa del vecino. Dicho en plata: a robar para vivir.

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