jueves, 22 de septiembre de 2011

Proyecto de martillo de guerra

Sí, hijos míos, sí... También me gusta darle a la lima, rebanarme los dedos, aplastarmelos a martillazos, y lo que sea con tal de aplacar las maldades que urde mi mente inquieta. Nunca he comentado nada aquí acerca de mis múltiples aficiones, demasiadas creo yo, para llevar una existencia razonablemente apacible. Cierto es que, con esto de la crisis, llevo una temporada más aplacado, que no está el horno para bollos ni para dilapidar los dineros. En cualquier caso, sí es cierto que, a lo largo de mi vida, he practicado o practico las cosas más variopintas, desde el tiro deportivo a la pesca, pasando por el modelismo militar, la fotografía, las motos y tropocientas cosas más que no voy a enumerar porque no vienen al caso. Ah, y los castillos y las armas de todo tipo, desde una quijada de asno cainita a una bomba térmica.

Debido a ello, hace ya mucho tiempo, antes siquiera de que se me pasara por la cabeza esto del blog, que ya tenía in mente realizar mis propias réplicas de armas medievales. Y, salvo las espadas o las dagas, que requieren conocimientos más profundos sobre aceros, temples, revenidos y demás historias, pues veía que podía fabricarme cualquier otra arma. Sólo hacía falta una elevada dosis de paciencia, y de eso me sobra. Así pues, he decidido acometer la empresa, empezando por lo que estimo más fácil: un martillo de guerra.

Y digo fácil porque para su consecución solo se requiere un cacho de cuadrillo de hierro, y echarle unas horas de lima. Bueno, esa sería la hipotética criatura:



Tengo otro en cartera, dotado de pica, pletinas de enmangue y mango de madera, pero el que muestro es más facilito, creo, ya que dicho mango es un simple cuadrillo de hierro como el que se usa para las ventanas. Las piezas son bien pocas: cabeza de armas, mango, dos arandelas (una como varaescudo y la otra como remate de la empuñadura), y unas cachas de madera que se pueden obtener de una simple barra de cortina que ya me agenciaré cortando un cacho de las de mi dormitorio, que le sobran al menos 25 cm. Está de más decir que vivo solo, ya que ninguna esposa furibunda me permitiría capar la barra de cortina, y a mi me da una soberana higa que esté un poco más corta.

En cuanto a la fabricación, la sola visión del plano creo que ya lo dice todo. Si alguien acepta el reto, que copie la imagen, la aumente con el Paint hasta lograr el tamaño deseado, y que se ponga morado de darle a la lima. En pocas semanas lucirá una turgente musculatura en el brazo derecho (o el izquierdo si es zurdo, naturalmente), así como una esplendorosa tendinitis, que siempre le da un toque especial a todo trabajo manual especialmente largo.

Ignoro cuando le daré término. Igual me da el avenate y lo liquido en pocos días que tardo un año. En cualquier caso, se aceptan todo tipo de sugerencias, consejos, palabras de ánimo, así como alguna técnica casera para darle a la cabeza de armas un temple adecuado. No tengo intención de darle uso, espero, pero me gustaría que su acabado fuese el mismo que el que blandieron nuestros belicosos ancestros. En fin, ahí queda eso...

He dicho

El castillo románico portugués




Si alguno daba por sentado que todos los castillo medievales, o sea, hasta la aparición del castillo abaluartado, están todos construidos por un mismo patrón, se equivoca de medio a medio. La morfología de este tipo de fortificaciones fue variando con el curso del tiempo, lo que nos permite datar un determinado castillo solo por su apariencia general. Sí, sí, ya sé que muchos de ellos sufrieron modificaciones a lo largo del tiempo, conteniendo elementos de diversas épocas. Pero eso no quita, en esos casos, que conserven parte o gran parte de su morfología original.

Debemos tener en cuenta que costaba mucho tiempo y muchísimo dinero constuir un castillo, y que, siempre que se podía, se aprovechaba uno anterior para, sobre el mismo, llevar a cabo las reformas oportunas, generalmente encaminadas a reforzar sus defensas. Pero, a pesar de todo, muchos conservaron su morfología original. Estos, por lo general, eran castillos que, al avanzar la reconquista, fueron quedando cada vez más alejados de las fronteras que se iban expandiendo hacia el sur por lo que, al perder su utilidad militar, no mereció la pena invertir dinero en su "reciclado" o "actualización", como diríamos actualmente. A lo más que se limitaron fue a mantenerlos en servicio tal como estaban, simplemente para asegurar la zona y, desde ellos, ejercer una labor de tipo policial contra bandidos o algaras de la morisma que, en busca de botín, se andentraban en el territorio en forma de pequeños grupos muy móviles, formados por gente muy bragada y resuelta, con el simple objeto de robar a calzón quitado, hacer todo el daño que pudiesen, y volver a sus fronteras a toda prisa, antes de que una mesnada de importancia les cerrara el paso y los aniquilara.

Debido a ello, estos catillos han llegado a nuestros días conservando la pureza de su estructura primigenia y, salvo las perpetraciones de turno, la mayoría presentan un estado más que aceptable de conservación gracias a las campañas de restauración que se llevaron a cabo a partir de 1940, cuando Salazar, decidido impulsor del nacionalismo portugués, fomentó dichas restauraciones a fin de ensalzar las añejas glorias patrias. La mayor parte de las reformas que convirtieron estos castillos en castillos góticos se llevaron a cabo durante el reinado de don Dinis (1261-1325), al cual se deben prácticamente casi la totalidad de las grandes reformas llevadas a cabo en este  período de la historia, esforzándose en mejorar de forma sustancial las fortificaciones de su país, no ya contra la morisma, que durante su reinado ya estaban fuera de Portugal, sino contra el eterno enemigo que jamás descansaba: Castilla y León.

Dicho esto, a modo de introito, pasemos a estudiar la morfología de este tipo de fortificaciones.

Por su estructura, podríamos afirmar que proceden directamente de las torres normandas, embrión de los futuros castillos europeos. Estas eran torres señoriales que, para mejorar sus defensas, eran rodeadas de empalizadas y un foso. Pero estos señores locales, a lo más peligroso que se solían enfrentar era a vasallos cabreados o, como mucho, a señores vecinos que lo más que juntaban eran unas decenas de hombres. Debido a ello, en la Península hubo que recurrir a defensas más adecuadas, ya que el enemigo era bastante más numeroso, y a albácares lo suficientemente amplios como para dar refugio a la población en caso de verse atacados. Así pues, podemos dividirlos en tres tipos:

Castillos con torre del homenaje integrada en la muralla


Como se ve en el plano, esta tipología suele tener una planta generalmente ovalada irregular, adaptada al terreno circundante, que suele ser un otero o zona elevada. Suelen tener pocas torres de flanqueo, y en algunos casos ninguna al carecer de sentido flanquear una muralla que no ofrece una superficie rectilínea. La puerta de acceso estará casi siempre cerca de la torre del homenaje, sirviéndo esta para su defensa. No suelen disponer de elementos defensivos de fábrica, como matacanes, si bien es probable que, en su época, tuvieran cadalsos de madera. Como se ve, el albácar es amplio, y las dependencias para la guarnición estaban ubicadas en el mismo, generalmente construidas con madera, por lo que actualmente no queda rastro de las mismas. En dicho albácar se puede ver el aljibe para almacenaje de agua. Es habitual ver varios tramos de escaleras que llevan al adarve, en muchos casos dispuestas a pares enfrentados. Y en el tramo de muralla que da a la zona más quebrada e inaccesible del exterior, buscando una desenfilada para no ser vista, estará la poterna. La porta da traiçao de la que ya hemos hablado varias veces.


En ese otro plano de alzado podemos ver como la torre del homenaje suele tener su acceso varios metros sobre el suelo. Al mismo se accedería mediante un patín de fábrica, una escalera de madera, o incluso una escala de mano que se retiraba desde el interior. Esta disposición de la puerta obedece, no solo a dificultar su acceso a posibles asaltantes, sino a que la planta baja era utilizada como aljibe (véase la entrada dedicada a la torre del homenaje), a fin de establecer en la torre el último reducto de resistencia en caso de ataque. Los entresuelos podrán ser en su mayoría de madera o, en menor grado, una bóveda de fábrica. Las entradas de luz se limitarán a simples aspilleras, casi siempre una por costado, y el interior de la torre contará generalmente con tres plantas, a saber: la baja, que albergará el aljibe; la primera, sala de trabajo del alcaide; y la segunda, alcoba. En cuanto a la azotea, si la techumbre es de madera tendrá un tejado a cuatro aguas, dejando un estrecho pasillo para defender las almenas, y si es una bóveda dispondrá de una amplia terraza.

Por lo demás, los merlones serán generalmente en forma de pirámide cuadrangular, y la fábrica del edificio de sillería, siendo muy raro el mampuesto. En Portugal abunda la buena piedra, y la utilizaron a base de bien.

Castillos con torre del homenaje exenta


La morfología de la muralla de este tipo es idéntica a la anterior. Sus únicas diferencias radicán en que la torre del homenaje estará aislada en el albácar y que la puerta de acceso al castillo, al carecer de la defensa que le brinda la torre como vimos en el caso anterior, contará con una o dos torres de flanqueo para tal fin.
Como ya se comentó en su momento, esta innovación la introdujeron en Portugal los templarios, a los que se deben algunos ejemplos muy señalados en el vecino país, como el de Almourol o Pombal. La torre exenta es el más próximo ejemplo a la torre normanda aislada dentro de una empalizada, por lo que no sería absurdo suponer que, siendo la orden originaria de Francia, estos importaran sus diseños a los países donde gozaron de mayor influencia, como ocurrió en Portugal. En cuanto al resto de las torres de flanqueo, pues su distribución será como en el caso anterior, y lo mismo respecto a las puertas.

Castillos anejos a murallas urbanas

Su tipología puede ser cualquiera de las dos anteriores, si bien en este caso estarán integrados en el perímetro defensivo de la muralla urbana de la población que defienden. Es muy habitual encontrar en Portugal este tipo de castillos que, en su día, fueron en cierto modo núcleo fundacional de muchas poblaciones, o bien edificados para proteger las que ya existían. Con posterioridad a su construcción se llevaron a cabo las obras para defender la villa, quedando integrados en un extremo de la misma, generalmente el más elevado por razones obvias. En estos casos, veremos que, generalmente, la muralla del castillo tendrá tres puertas: una que da a la villa, otra que da al exterior, y la poterna de turno, que jamás falta. En caso de que un ataque enemigo superara las defensas de la cerca urbana, la población acudiría a refugiarse en el albácar, prosiguiendo allí la defensa. Y si la muralla del castillo también era superada por los atacantes, los restos de la guarnición y el alcaide se encerrarían en la torre del homenaje, a fin de establecer una defensa final a la espera de ayuda. De todo eso ya se habló en las entradas correspondientes, así que no voy a redundar en lo mismo.

Como hemos visto, se trata se fortificaciones simples, sin las complejidades que vinieron de mano de los castillos góticos. Sus elementos defensivos, como torres de flanqueo, matacanes, etc., son escasos, confiando su defensa a las murallas y la torre del homenaje. Por su ubicación, en cotas elevadas y sobre afloramientos rocosos, no contaban con fosos. Esto facilitaba la aproximación de máquinas de batir o de aproche, pero imposibilitaba el minado. Y, por sus dimensiones, no albergaban guarniciones numerosas. Pero, a pesar de sus muchas carencias, estos castillos fueron los que formaron las primeras líneas defensivas contra los embates de la morisma que, deseosa de recuperar el terreno perdido, buscaba la forma de infiltrarse en el territorio. Estas líneas, como la del Zêzere, el Mondego o el Tajo, formadas por este tipo de fortificaciones en su mayoría, fueron la llave que cerró para siempre todo lo reconquistado. Hale, he dicho...