viernes, 13 de enero de 2012

Castillo de Arnóia




Distrito de Braga

Coordenadas: 41º 21' 49'' N // 8º 03' 06'' O


Bueno, en la entrada anterior se habló de la restauración llevada a cabo en este castillo así que, para no perdernos mucho, hablaremos hoy de su historia y de ese modo se podrá hilvanar lo uno con lo otro sin tener que andar dando tumbos. Vamos a ello...



Ya en tiempos tan remotos como la primera mitad del siglo IX, esta zona había sido reconquistada por Alfonso II de Asturias el cual, como era habitual, puso especial interés en repoblar las comarcas conquistadas para afianzar la presencia cristiana y asegurar su dominio. La Tierra de Bastos en concreto comprendía lo que hoy día son los concejos de Cabeceiras de Basto, Celorico de Basto y Mondim de Basto y, para defenderla, se contruyó el castillo que nos ocupa en una fecha indeterminada entre finales del siglo X y la primera mitad del XI. Del primer alcaide que se tiene noticia es de Múnio Moniz o Muniz, cuyo enterramiento (foto de la izquierda) se encuentra en el cercano monasterio de São João do Ermo, constando en el mismo como fecha de su fallecimiento el año de 1072 de la Era Hispánica, o sea, 1034 de nuestro actual calendario. Ello corrobora pues la existencia de esta fortificación en tiempos tan remotos, cuando aún no existía siquiera Portugal como nación. Este Múnio Moniz, cercano al rey Fernando I de León, fue un personaje de ilustre abolengo, antepasado de Egas Moniz, ayo y consejero del que luego fue primer monarca portugués, don Afonso Henriques.


El avance de la reconquista hacia el sur no supuso la decadencia de este enclave ya que, por su cercanía con las fronteras de la corona castellano-leonesa, siguió manteniendo su vigencia operativa como cabeza de las Tierras de Bastos, siendo encomendada la tenencia del mismo a familias de la nobleza, capaces de mantener tropas para su custodia. El más sonado de todos fue Martim Vasques da Cunha, del que ya se ha hablado alguna vez en el blog, y que fue un linajudo personaje que ostentó diversas alcaidías en tiempos de don Dinis. Siendo alcaide de Arnóia protagonizó un curioso suceso ya que, puesto de parte del infante don Afonso contra el rey, no quiso faltar a su pleito de homenaje como alcaide, por lo que metió fuego al castillo para, de ese modo, impedir que cayera en manos del monarca pero sin permitir que el aspirante se hiciera con el mismo. Tras este suceso, en 1282, don Dinis alquiló tanto el castillo como las tierras comprendidas en el concejo de Celorico a Martim Joanes por un montante de 210 maravedises con la obligación de nombrar un alcaide a cargo suyo, siendo elegido para el cargo miembro de la casa de Barcelos llamado Pero Mendes. No le duró mucho el cargo al tal Mendes, ya que dos años más tarde don Dinis cambió de inquilino, trocando a Martim Joanes por los vecinos de Celorico.


Sin embargo, no tardó la comarca en retornar a manos de los Cunha. Tras la crisis sucesoria de 1383-1385, el nuevo monarca, don João I, devolvió la tenencia a un descendiente del controvertido alcaide anterior, dándosela a su nieto Gil Vasques da Cunha. Es evidente que el rey, deseando atraer a su partido a las más poderosas casas nobiliarias portuguesas, no estaba por la labor de enemistarse con los Cunha como su antecesor don Dinis. Solo con el advenimiento de Felipe II de España como monarca portugués, el castillo de Arnóia volvió a cambiar de manos, en este caso a los Castro, por ser firmes partidarios de los derechos del rey español al trono portugués.

El ocaso de esta comarca y su castillo llegó el 21 de abril de 1719 cuando, por orden de don João V, la sede del concejo fue trasladada de Celorico a Freixeiro, lo que supuso una progresiva decadencia en una zona que, debido a su aislamiento y lo dificultoso de sus accesos, ya desde años antes comenzó su declive. La ruina se apoderó del castillo, de forma que en 1726 ya constaba su estado de degradación, el cual se vio aumentado con el paso del tiempo debido, entre otras causas, a una leyenda que decía que en sus entrañas se hallaba escondido un tesoro de tiempos de los moros (una chorrada, ya que el castillo es de factura cristiana), lo que hizo que los daños y el expolio se vieran aumentados hasta épocas recientes.

Bien, esa es la historia. Ahora, vamos a darnos un paseo por el edificio...



El castillo se encuentra enclavado en la cima de un risco de casi 250 metros de altura cuyo acceso es un tanto complicado. A la izquierda tenemos un plano que nos muestra su planta triangular, adaptada al terreno, y sus pequeñas dimensiones, de apenas 28 x 24 metros midiendo desde los extremos más alejados. En el mismo podemos ver, sombreada en azul, la posición de la cisterna en el patio de armas. En rojo tenemos la única torre del edificio y, en verde, los tres accesos con que contaba para subir al adarve. Su morfología se corresponde con la detallada en la entrada referente al castillo románico portugués.

A la derecha tenemos la única puerta de acceso al castillo, un tanto peculiar por su moldura recta en lugar del habitual arco de medio punto, el cual sí podemos ver por el interior de la misma. Como vemos, está sobreelevada sobre el nivel del suelo y formando un pequeño recodo para dificultar su acceso. Como vemos en el paño de muralla, toda la fábrica de la misma es a base de sillería de granito sacado de la zona, muy rocosa y rica en este tipo de piedra. La puerta, como se ve en el plano, estaba defendida por la misma torre del homenaje, y carece de elementos de tiro vertical que hubiesen podido ser añadidos con posterioridad a su construcción.



A la izquierda tenemos una panorámica del pequeño patio de armas. Al fondo destaca la torre del homenaje, con su puerta de acceso sobreelevada unos tres metros sobre el suelo. Ante la misma aparece el enrejado que cubre la cisterna y, adosada a la cortina de la derecha, una escalera y una pasarela metálicas de reciente instalación para que el personal no se parta la crisma por las angostas escaleras de piedra, cuyo detalle vemos en la esquina superior derecha de la imagen. Sus peldaños, cubiertos de musgo, son verdaderamente peligrosos. Por lo demás, son de una simpleza absoluta, estando formados por simples sillares trabados con los de la muralla, cuyo grosor oscila entre los 175 y los 200 cm. aproximadamente. No hay rastro de dependencias en el patio de armas salvo unos cimientos que emergen del suelo en el saliente norte del mismo. En todo caso, como era habitual, estas debían ser de madera por lo que es lógico que no hayan perdurado. En cualquier caso, tampoco se observan en los paramentos interiores de la muralla mechinales que indiquen la existencia de en algún momento de techumbres de madera.

Y ahí abajo tenemos a la reina del conjunto, la torre del homenaje. El edificio consta de tres plantas, siendo la que queda a nivel del suelo el sótano de la torre, usado en su época posiblemente como almacén. Las dos plantas restantes, separadas por entresuelos de madera como se explicó en la entrada anterior, y con una cubierta a cuatro aguas cerrando su parte superior, dejando un estrecho adarve alrededor del mismo para circular por la azotea. En el detalle de la derecha tenemos el vano de la puerta de entrada, de una tipología muy peculiar pero, al mismo tiempo, muy común en los edificios medievales portugueses. Consta, como se ve, de un dintel fabricado con una sola pieza del granito sobre el cual lleva un arco de descarga para que el peso del muro no caiga sobre el mismo. Era un sistema bastante eficaz para no precisar durante las obras de tener que fabricar las estructuras de madera necesarias para la construcción de cualquier tipo de arco.






Finalmente, a la derecha tenemos un plano en sección de la misma. Se trata de un potente edificio de planta cuadrangular de 9 x 9 metros de lado, con unos muros de alrededor de 1,5 metros de espesor y unos 13 de altura, enteramente labrados con sillería de granito. En sus caras se abren aspilleras en ambas plantas, siendo la única entrada de luz disponible en el interior. Su superficie interna, de 36 m2, es completamente diáfana, careciendo de chimeneas o cualquier otro indicio de comodidades. En una comarca tan inhóspita y con un clima tan frío no se debían pasar allí unos inviernos precisamente agradables. Del interior de la misma ya puse alguna foto en la entrada anterior, así que bajad un poco el cursor y veréis como es por dentro.

Bueno, ya está. Hale, he dicho...