jueves, 1 de marzo de 2012

Fuerte de Sagres




Distrito de Faro

Coordenadas: 37º 00' 01'' N // 8º 56' 53'' O

El fuerte de Sagres es un edificio ciertamente peculiar. Tras esa impresionante fachada de 160 metros de longitud que vemos en la foto de cabecera, la cual cierra literalmente el paso del istmo que une tierra firme con la pequeña península que se encuentra tras la misma, aparte de unas dependencias cuarteleras reconvertidas en el consabido centro de interpretación y salas de exposiciones, la iglesia y el pañol no hay nada. Pero de eso hablaremos luego. Antes de nada, su historia...


El origen del fuerte se remonta a tiempos del infante don Enrique, o don Enrique el Navegante, como es más conocido. Esta pequeña península, de apenas 800 x 300 metros aproximadamente y elevada sobre pavorosos acantilados, fueron dadas en señorío al infante por su hermano, el regente don Pedro, en 1443 junto con Sagres y São Vicente. Dicho lugar, muy adecuado para controlar las bahías que se abren a cada lado de la misma, se repobló dando lugar a la Vila do Infante. El cabo de Sagres, una especie de finisterre meridional, vino de perlas a la corona portuguesa en sus comienzos expansionistas por el océano, e incluso se creó en dicha villa una escuela de navegación. Para defenderla de los piratas berberiscos que infestaban las aguas se procedió a cerrar el istmo con una primera muralla a la cual se le añadieron dos baterías en sus extremos en 1573.

A partir del advenimiento de la Casa de Austria a la corona portuguesa se llevaron a cabo ciertas mejoras a fin de reforzar las defensas de la añeja muralla medieval, las cuales se vieron totalmente desbordadas como consecuencia de un ataque llevado a cabo en 1587 por el pirata inglés Francis Drake, que arrasó totalmente la villa. Así pues, por orden de Felipe III (IV de España), se llevó a cabo la reparación de las murallas y sus defensas con elementos ya adaptados a la pirobalística, las cuales prosiguieron tras la Guerra de Restauración y la ascensión al trono de João IV.


El devastador terremoto de Lisboa en la madrugada del 1 de noviembre de 1755 arruinó por completo la fortificación que, en aquella época, era una malgama de restos de la antigua fortaleza medieval y de las obras de nueva planta llevadas a cabo en el siglo anterior. El maremoto fue en esa zona de tal magnitud que la ola que produjo superó en altura el acantilado, arrasando totalmente la península. Da escalofríos solo pensarlo, ya que el acantilado debe superar los 30 metros de altura. Pocos años después, la reina doña María ordenó la reconstrucción del fuerte, quedando concluídas las obras hacia 1793 con la morfología que podemos ver actualmente.

Bien, esa es básicamente la historia de nuestro fuerte de hoy. Veamos con más detalle lo concerniente a su estructura.




La imagen de la izquierda nos muestra la posición geográfica del mismo. Como se puede ver, descolla entre dos pequeñas ensenadas que, en su día, fueron de gran utilidad a los navegantes para resguardarse de los vientos oceánicos. Dentro del círculo negro tenemos el fuerte de Sagres, que con sus bocas de fuego cubre sin problemas la ensenada que se encuentra al este de la península. Con apenas 1.400 metros de longitud, toda ella queda dentro del alcance efectivo de los cañones de la época, impidiendo así un posible desembarco en la pequeña playa que se extiende en la misma. Hacia el oeste tenemos, en un círculo rojo, el fuerte del Cabo de San Vicente y, en blanco, el fuerte de Beliche, con los cuales cruzaba fuegos. Los zonas sombreadas de colores nos dan una idea del cono de fuego que podían cubrir, cerrando literalmente con llave la entrada a la ensenada.


A la derecha tenemos un plano del recinto. Como se ve, es un simple hornabeque con orejones en los flancos de sus medios baluartes. La zona sombreada de rojo corresponde a una curiosa estructura que se descubrió a raíz de la restauración que se llevó a cabo en 1921. Se trata de un círculo de 58 metros de diámetro que contiene 32 radios los cuales marcan diversas direcciones. Dichos radios son simples hiladas de piedras alineadas sin más, no estando fijadas al suelo por mortero ni nada similar. Se desconoce su verdadera utilidad y parece datar de tiempos del infante don Enrique. Una teoría afirma que se trata de una rosa de los vientos, otra que es un reloj de sol... En fin, vete a saber. En azul aparece un caballero que descolla sobre la muralla, el cual está provisto de cañoneras para tres bocas de fuego destinadas a defender el frente del fuerte, especialmente su única puerta de acceso. En verde vemos la cortina que une los medios baluartes, provista de parapeto con banqueta para fusileros. A la izquierda tenemos el baluarte de San Antonio y a la derecha el de Santa Bárbara. Curiosamente, el interior de ambos, sombreado en amarillo, está hueco en vez de enteramente macizo, lo que le daría más resistencia y más si consideramos, a la vista de la potente artillería con que estaba dotado el fuerte, que su concepción era ante todo repeler ataques provenientes de tierra firme.


Su dotación artillera, como digo, era formidable. Dos bocas de fuego en cada orejón baten de flanco la cortina, quedando además desenfiladas respecto a la artillería enemiga, más otras dos en cada flanco de cada medio baluarte. Seis más en cada cara hacen un total de veinte bocas de fuego sólo para defender la muralla. A eso, añadir las distribuidas tanto en los medios baluartes como en las baterías con parapeto a barbeta destinadas a batir las ensenadas en caso de ataque por mar. En la imagen vemos una de ellas, apuntando hacia el fuerte de Beliche. Veamos ahora algunas fotillos...




Ahí tenemos el túnel de entrada al fuerte. Obsérvense las troneras que se abren en la techumbre de la bóveda, desde las cuales se podía hostigar con fuego de fusilería a posibles atacantes. Al contrario de lo habitual, este túnel no tiene la característica curva destinada a impedir la entrada en el recinto de proyectiles de artillería. Cabe pensar que la puerta que se ve al fondo ha sido abierta a fin de poder introducir en el fuerte maquinaria moderna para la consecución de las obras, incapaz de maniobrar en tan poco espacio, y siendo la original otra que queda fuera de la vista, en un recodo situado a la izquierda de la imagen. La puerta de entrada carecía de rastrillo, si bien en la parte superior de la misma se ven las aberturas para las cadenas de un puente de torno, por lo que supongo que en su día dispondría de foso. En todo caso, la abrumadora potencia de fuego que se podía concentrar ante ella podría repeler con seguridad cualquier tipo de agresión.



Ahí vemos la parte trasera del caballero. A la derecha de la imagen aparece la puerta de entrada al recinto, y a la izquierda la empinada rampa que permitía subir las piezas de artillería a la batería. Sobre la puerta se ve la lápida conmemorativa en memoria del infante don Enrique que se colocó en 1840. El caballero queda unido a la muralla por lo que sería la bóveda del túnel, en la que se abren las fusileras mencionadas en la imagen anterior si bien su único acceso es a través de la rampa.





Ese es el pañol de munición, totalmente aislado del recinto principal y alejado unos 170 metros de la puerta de acceso. Como se ve, no está semienterrado ni protegido por un muro, como era habitual. Quizás la distancia y las dependencias cuarteleras que lo precedían lo hicieron innecesario. Con todo, parece que disponía de bóveda a prueba de bomba, aunque no se puede saber con exactitud debido a que en su interior se ha instalado un salón de actos y la techumbre está forrada con madera.





Ahí vemos la iglesia del fuerte, consagrada a Nuestra Señora de Gracia. Fue edificada hacia 1570 sobre el solar que ocupó una ermita anterior mandada construir por el infante don Enrique. Tras el terremoto de Lisboa resultó bastante dañada, y al ser reconstruida se le añadió el campanario. Dentro de la misma, ante el altar, hay tres enterramientos de gobernadores de la plaza, dos ellos castellanos ya que Felipe I (II de España) la guarnicionó con tropas españolas. La más antigua data de finales del siglo XVI, y pertenece a Juan (João figura en la misma) Fernández de Luna, capitán de infantería y primer alcaide español, fallecido el 28 de febrero de 1589. La siguiente pertenece a Diego Misia Chirinos, fallecido el 14 de diciembre de 1627. Junto a él reposa su madre, Leonor de Vilches y Benavides. La última, situada entre las anteriores, es del teniente general Ascenso Álvarez Barreto, muerto el 16 de noviembre de 1663.



A la derecha podemos contemplar la enigmática "rosa de los vientos". Como se ve, sus radios parecen marcar diferentes rumbos, u horas, o direcciones de corrientes, o de vientos, o quien sabe... Tras la misma, una de las antiguas dependencias reconvertida en un horripilante edificio moderno que da cabida a la tienda de recuerdos. A la derecha, otro horripilante edificio que alberga una cafetería enorme, los servicios públicos y salas de exposiciones. Mira que hay sitio para construir, pues nada, a fastidiar los restos antiguos. A la izquierda, pegada al edificio de marras, se encuentra una falsa torre que contiene un aljibe en su interior. En el otro se aprecia, adosada al mismo, un tramo de la antigua muralla que cerraba el istmo.

En fin, no se me olvida nada relevante, creo. Añadir solo que la entrada cuesta 3 €, cierran los lunes, como está mandado, y que las vistas de los acantilados son asombrosas. Contemplar su enorme altura e imaginar como tuvo que ser la ola que alcanzó la cima cuando el terremoto de Lisboa lo deja a uno un tanto acojonado, la verdad.

Hale, he dicho...