Una de las cosas que más me deleitan es pasear los fines de semana por la añeja Spal a horas tempranas. Parece que la urbe es tuya. Ni una puñetera alma por las calles salvo los tres o cuatro noctámbulos que aún se resisten a meterse en la piltra, hasta las cejas de calimocho y haciendo el cretino sin necesidad de ello, afición ésta que aún desconozco qué extraños placeres místicos reportan a los que la practican salvo levantarse con una resaca fastuosa.
Pero lo más importante es que puedes hacer fotos a mansalva sin que el pesado de turno se te plante delante. Porque, ignoro el motivo, hay sujetos que, en cuanto te ven cámara en ristre, se ponen en medio y se quedan allí mirando al infinito. Eso sí, a veces se ponen tan pesados que tengo que pedirles, amablemente, por supuesto, que se vayan a hacer gárgaras y se cambien de sitio. Jamás entenderé al personal, ni su pertinaz empeño en meterse donde no le llaman. Por eso quizás mi misantropía innata vaya en aumento a medida que pasan los años. No soporto a la gente, vaya. Son extremadamente aburridos, insulsos, banales y se empeñan en hablar de fútbol a todas horas sin preocuparse previamente en averiguar si a uno le gusta ese espectáculo o, como es mi caso, me da una soberana higa eso de ver a 22 ciudadanos pateando una pelota a cambio de unos estipendios dignos de un sátrapa oriental. Ah, y las miembras de etnia gitana, antes gitanas a secas, aún no se han apoderado de las calles dando la murga con su sempiterna cantinela de "tié carita de marqué" o "ven que te lea la mano, miarma". Lea usted a Pío Baroja y déjeme en paz, cojones...
En fin, por todo lo expuesto y como no soy dado a permanecer en el jergón más tiempo que el necesario para levantarme con la espalda hecha fosfatina, pues me largo a patear las angostas calles del centro histórico. Eso sí, tras regalarme cuerpo y espíritu con una suculenta tostada con aceite y jamón ( eso de profanar el jamón añadiendo tomate, como que no) y mi café con leche tibia. Porque, como digo siempre, spiritu sine corpore fortis nihil esse.
Bueno, como hoy no estaba por la labor de entradas enjundiosas y tal, pues ahí dejo una docenilla de fotos de paisajes urbanos tomados en horas en que, salvo la beata de turno que acude a misa de 7 o los niñatos incombustibles, no hay un alma en la calle. Es la hora en que en Amo del Castillo es el dueño del asfalto:
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Ni un alma. Los ciudadanos roncan plácidamente en sus piltras de látex. |
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Calle San Esteban. Solo dos beatas y una guiri madrugadora que no debe saber que los museos no abren hasta más tarde. |
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| Una hermosa y florida balconada en la Alameda de Hércules, que desde que exiliaron al puterío se ha convertido en un sitio de lo más agradable. |
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Ni siquiera los que se empeñan en diñarla de un ataque al corazón por correr a todas horas han ocupado el puente del Alamillo, que no sé por qué atrae a muchos galopantes de estos. |
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Aquí, ni siquiera las beatas han hecho aún acto de presencia. |
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Muchas veces, nos perdemos vistas chulísimas por ir mirando siempre al suelo. En las ciudades suele haber más cosas bonitas en las alturas que en las aceras, llenas de cacas perrunas. |
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Otra prueba de que conviene mirar hacia arriba de vez en cuando. Eso sí, previamente hay que constatar que no hay cacas perrunas a la vista, por si acaso. |
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Madrugada ante la Puerta del León del alcázar hispalense. Nadie. Todo vacío, todo para mí. |
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Con todo, siempre te topas con los pesados que se niegan a irse a casita para dejarlo todo lleno de vomitonas, meadas y botellas vacías. |











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