viernes, 9 de marzo de 2012

Cómo veo el mundo III

Gaio Julio César aseguraba a todo el que quisiera escucharlo, que solían ser muchos porque para eso era el dictador y tenía una pléyade de pelotas a su alrededor constamente, que deseaba morir joven y de forma rápida. Casio, Casca, Bruto y los demás conjurados se hicieron cargo de cumplir tan anhelado deseo del noble patricio asestándole 23 puñaladas en la curia de su gran enemigo Gneo Pompeyo cuando contaba con solo 56 años. Sin embargo, creo que la mayoría no tenemos el más mínimo deseo de emular al romano, y todos queremos llegar a viejos y entregar la cuchara apaciblemente.

Sin embargo, la inexorable senectud nos atemoriza. Al menos a mí. Y no ya por la proximidad del viaje sin retorno, sino por ver como hemos perdido facultades tanto físicas como mentales. La máquina, simplemente, va camino del desguace de forma imparable.

Suelo observar mucho a los ancianos y, curiosamente, su actitud muestra...¿cómo lo diría? ¿Resignación tal vez? ¿O es que la Naturaleza, tan infinitamente sabia, hace que nuestro cerebro rinda menos y, simplemente, nos atonte?




Veo al típico vejete dormitando a todas horas, traspuesto, como si no le importara nada perder el poco tiempo que le queda. O tal vez es que consideran que todo lo que tenían que hacer ya está hecho. Cierto es que hay abueletes que son un turbión a pesar de sus años, pero son los menos. La mayoría adoptan la misma indolencia que el de la foto superior: apalancado donde primero les pilla, entregados en una plácida nebulosa preludio de la Nada.





Otros se pasan horas y horas mirando al vacío, pensativos. No sé si hacen un repaso de su existencia, o aún proyectan algo o, simplemente, están en Babia. Otros miran pasar a la gente, o incluso observan con un repentino ramalazo de lujuria a las cincuentonas que se cruzan ante su mirada acuosa.





Otros se enfrentan a un enemigo aún peor que la muerte: la soledad. El humano, animal gregario como pocos, soporta muy mal la soledad, y más cuando se siente ya débil, sin fuerzas y con las facultades mermadas. Creo que, como la abuela de la foto, sienten verdadero pánico a verse solos en casa. Por eso, quizás, prefieren estar más tiempo en la calle donde, al menos, el bullicio urbano les hace sentirse menos solos. Pero siempre queda la gran duda: ¿tendrán quién les estreche la mano en el momento supremo?

Quizás el gran César meditó sobre todo eso y, a pesar de su incuestionable coraje, pensó que sería más fácil morir como murió. No tuvo que esperar la llegada de la muerte. Fue la muerte la que lo buscó. Sí, quizás sea eso más fácil... ¿O no?

Hale, he dicho...