miércoles, 1 de agosto de 2012

Pedigüeños

Suele decirse que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Sin embargo, creo que otro lo supera en el tiempo: vivir a costa de los demás. Coligo que mucho antes de que las féminas decidieran vender su cuerpo a cambio de sus favores, ya había más de uno y más de dos que se habían percatado que la caridad, ese noble sentimiento inherente al alma humana, les venía de perlas para vivir sin dar un palo al agua. Cierto es que muchos de esos pedigüeños se verían obligados a inspirar la compasión del prójimo por verse tullidos, ciegos o con cualquier defecto que les impidiese desempeñar un oficio. Pero, a la par, otros muchos optaron por simular una inexistente enfermedad o tara para, apaciblemente sentados, recabar sus ingresos de balde.

Con el paso del tiempo, las grandes urbes se convirtieron un reclamo para estos listos. El trasiego de gente y el movimiento de buenos dineros les daba ocasión de obtener beneficios sin doblarla, lo que siempre es bastante enojoso. Una de estas ciudades es mi natal Sevilla, cuna de pícaros inmortalizados por Cervantes y demás genios de la pluma, y en la que actualmente los herederos de Rinconete, Cortadillo o el buscón don Pablos hacen su agosto a cuenta de mover la caridad del personal. Son personajes que casi se puede decir forman parte del paisaje urbano, inasequibles al desaliento, al meteoro y, por supuesto, al desdén del personal que, hastiados de tanto acoso, aprietan el paso porque en la misma calle se ha topado con media docena de aspirantes al óbolo. Naturalmente, esta fauna imperecedera puede clasificarse por categorías, ya que cada cual opta por una estrategia determinada y acorde a sus habilidades para sacar a los ciudadanos unas monedas que, al cabo del día, pueden llegar a cifras por las que más de uno dejaba su puesto de funcionario de Hacienda. Veamos unos ejemplos captados en vivo y en directo...




Aquí tenemos el pedigüeño más ancestral: el eclesiástico. Desde que se edificaron los templos, estos han sido el puesto de trabajo de aquellos que prefieren pasar el día sentados en sus atrios a la espera de beneficios antes de irse a cavar zanjas, que es una cosa muy desagradable y que cansa horrores. La táctica es perfecta: ¿quién tiene la sangre fría de salir de la iglesia a rogar a Dios y no cumplir con su mandato de "amarás al prójimo como a tí mismo"? Lógicamente, Dios dijo que fuéramos hermanos, pero no primos, así que muchos optan por mirar descuidadamente hacia otro lado y pasar del pedigüeño. Además, la variedad eclesiástica va en claro descenso porque la gente cada vez acude menos a la iglesia, de modo que es una especie en vías de extinción. Veamos otro...




Aquí podemos ver la variedad de pedigüeño cantor, heredero directo del pedigüeño cuenta-cuentos ya extinto tiempo ha. La televisión e internet dieron buena cuenta de aquellos pedigüeños que, a cambio de un estipendio voluntario, narraban historias en las plazas de las poblaciones. Debido a ello, se reciclaron en cantores, independientemente de sus cualidades, timbre, tesitura, etc. Algunos disponen de equipos de lo más sofisticado, como micrófonos, amplificadores y demás artilugios para hacerse oír más y mejor. Creo que su éxito radica en que la gente paga con tal de que se callen y se larguen a otro sitio, ya que algunos abusan del nivel de decibelios de forma notable ante la impasibilidad de los policías municipales, que prefieren obtener un plus de productividad poniendo multas a destajo antes que perder el tiempo desalojando a estos ruidosos de las aceras. 




Este otro es el que podríamos clasificar como pedigüeño familiar. Alegan tener una abundosa progenie a la que mantener, mostrando incluso documentación gráfica de la misma, cosa que antaño se demostraba en vivo y en directo con depauperados críos en persona, muchos de los cuales eran alquilados a terceros y con la orden de poner cara de pena bajo la amenaza de recibir una soberana paliza si no eran lo suficientemente persuasivos en su gesto. En este caso, nuestro pedigüeño incluso afirma no tener piso. Muchos no tienen piso, oiga. Y a otros muchos, el banco se los ha quitado para, encima, dejarlos entrampados de por vida. Algunos pensarán quizás que soy un tipo insensible, pero cuando se pasa durante meses por el mismo sitio y se ve al mismo pedigüeño con el mismo saludable aspecto de siempre, a uno le asaltan serias dudas sobre la veracidad de la inopia del sujeto en cuestión. En realidad, su técnica se basa precisamente en estimular la piedad, no para sí, sino para la inocente supuesta prole. Otros alegan enfermedades (nunca se especifica cual), lo que no tiene mucho sentido cuando en España, de momento, la sanidad es gratuita hasta para los inmigrantes ilegales.




Y para terminar, aquí tenemos el ejemplar más típico y ancestral de la capital hispalense: el pedigüeño saleroso, gremio copado en exclusiva desde tiempos inmemoriales por miembros de etnia gitana, antes gitanos a secas. Es una variedad desarrollada solo por los miembros femeninos del clan, ya que quedaría feo verse a un gitano de luto eterno y con mostacho diciéndote eso de "!miarma, que tié carita de marqué¡", o "¡toma una matita romero, mi rey, que vá a sé mu felí en la vía!", o con un churumbel a cuestas como muestra de su necesidad alimentaria, a pesar de lo cual todas, sin excepción, están tan orondas como la de la foto. No deja de ser contradictorio que te diga que tiene hambre un espécimen de tan generosas dimensiones, digo yo. Su táctica se basa en ser exhaustivamente cansinas, y además te atacan por todos los flancos. Una tras otra te van ofreciendo el puñetero ramito de romero, supuestamente gratis, o leerte la mano, cosa que debe ser más aburrida que el Boletín Oficial del Estado. Son absolutamente inasequibles al desaliento. Ni siquiera una feroz mirada asesina las atemoriza. Lo mejor es, caso de ser forastero, imitar lo mejor posible el acento sevillano y decirles "ehtamo en crisi', miarma, tengo meno dinero c'uno que se´htá duchando", y así, tomándolo a uno por nativo, te dejan en paz.

Bueno, estos son los pedigüeños más representativos. Ya seguiremos otro día.

Hale, he dicho...