Estoy un tanto atocinado. Los cambios de estación me sientan como una patada en el páncreas. El Lo Monaco me odia más que yo a él, que me tiene los lomos dolientes. Ello me produce desde hace unos días unos vahídos tremendos, y todo me da vueltas. Y para colmo de males, el termo del agua me ha declarado una guerra inmisericorde. Es un artefacto diabólico, alevoso, malvado, taimado, perverso... El hermano de mi Pilarita, que es un manitas donde los haya, viene, mira al termo, y funciona. Se larga y deja de funcionar. No sé qué hacer, si cambiar de termo o pedirle al hermano de Pilarita una foto suya para ponerla junto al puñetero termo. O que haga acto de presencia cuando vaya a ducharme.
En definitiva, no estoy para entradas enjundiosas como las de estos días atrás, la verdad. Y como no quiero abandonarme, que me conozco y me entra la desidia permanente, pues hoy toca hablar de algo que, aunque un tanto banal, no deja de tener su interés. No voy a hablar sobre verdaderos personajes, o sea, individuos cuyos hechos les dieron fama y gloria tanto a ellos como a la ciudad que los vio nacer. Me refiero en concreto a esos sujetos que, por vistos, parece que forman parte del mobiliario urbano o incluso que son un poco parte del alma de la urbe. Siempre que pasas por un determinado sitio están allí, como el kiosko de toda la vida, el árbol centenario o la estatua del prócer de turno. Son infalibles, inexorables. A veces uno hasta llega a pensar si pasan la noche en su apostadero. Por todo ello, y según el léxico sevillano, se les da la categoría de personajes aunque su vida haya sido más improductiva que la de un espermatozoide derrotado por un vil condón. Vamos a ello...
Bueno, aquí tenemos al primero. Este ciudadano sonriente se ubica en la plaza del Duque, siempre en el mismo sitio: junto al kiosko de prensa. Se sienta en el bordillo elevado del vapuleado parterre que rodea la plaza y se tira allí el día entero sin perder ni un segundo su leve sonrisa. Ya sea verano o invierno, jamás cambia su vestuario. No habla con nadie, solo mira pasar a la gente. En fin, se ha hecho famoso sin querer, lo cual no deja de tener su mérito porque, además, no lo han llevado a uno de esos programas plastas a que cuente su vida. Eso mantiene el enigma sobre su persona, lo cual le hace merecedor de la categoría de personaje.
Prosigamos. Todo aquel que se pasee por el centro de la ciudad se verá asaltado por miembras de etnia gitana, o sea, gitanas de toda la vida, ofreciendo una matita "gratuita" de arrayán para, si cometes la imprudencia de aceptarla, abrasarte para que a cambio del "regalo" le endilgues un óbolo (mínimo, 1 euro). Si encima te dejas leer la mano vas listo. Aviso a paseantes: ni aunque les digan "miarma, que tié cara de marqué" o "ninia, que ere mu guapísima y vá a sé mu felí" se les ocurra a vuecedes detenerse. En caso de verse literalmente rodeado por esta horda, basta exclamar "¡sapos y culebras!", y su natural supersticioso hará que salgan pies en polvorosa, si bien acordándose de toda la parentela de uno. En fin, les doy la categoría de personajes por pesadas. Ah, por cierto, como se ve en la imagen, la materia prima para su negocio la tienen por todas partes. Vamos, que no se trata de una plantación en propiedad para su uso exclusivo. Y añado: aunque aseguran que precisan del óbolo para comer, ya que afirman tener hambre, jamás he visto una gitana delgada. Como demuestra claramente la imagen, antes al contrario les vendría bien perder alguna arroba de peso y rebajar las opulentas lorzas que muestran.
Este que ven a continuación es alguien verdaderamente extraordinario. Se trata, nada más y nada menos, que del Dorian Grey sevillano. En realidad se llama Antonio, pero debe tener también hecho un pacto con el Maligno porque llevo viéndolo hace más de 35 años y siempre está igual. Según me narró una vez un conocido suyo, este ciudadano se quedó con el seso un poco averiado a raíz de la prematura muerte de su progenitora, a raíz de lo cual optó por dedicarse a dar unos paseos interminables por la ciudad. Sólo su aspecto muta. Igual lo ves gordísimo y con unas barbas de profeta que escuálido y afeitado al poco tiempo. Pero lo que no cambia es su rostro y su mirada gélida. Es serio él, circunspecto, silencioso, de aspecto imponente por su casi 1,90 de estatura. Desde los años en que, siendo yo mocito, ya lo veía deambular por las calles con unas zancadas largas, cadenciosas y sin apenas bracear, hasta el día de hoy, solo se le ha puesto el pelo gris.
Lo que demuestra que ha pactado la inmortalidad con Belcebú es que hace tres décadas ya estaba casi igual que como aparece en la foto. No ha dado un palo al agua en su vida (igual se mantiene joven por eso), y no tengo ni la más remota idea de cual debe ser su verdadera edad. Es mayor que yo, o sea, que por narices pasa del medio siglo aunque no lo aparente porque, encima, no tiene una sola arruga en su jeta de esfinge. Igual tenía 40 años hace 30. Igual tiene ahora 70, o 30, o qué se yo. Obviamente, un sujeto así se merece la categoría de personaje, qué carajo...
Como colofón, un auténtico y verdadero personaje al que hasta el incomparable Francisco Palacios El Pali le dedicó unas sevillanas: Vicente el de las almendras, también conocido como Vicente el del canasto. Véanlo, véanlo. La foto no es mía porque el tal Vicente entregó el canasto hace ya la torta de años, que conste:
Sobre este peculiar ciudadano se contaban las historias más variopintas. Se paseaba con su canasto por el centro de Sevilla dando tumbos, farfullando y, como aparece en la foto, tapándose la cara. Cuando un coche pasaba junto a él, se ponía la mano en visera y miraba al interior. Más de una vez estuvieron a punto de llevárselo por delante. El motivo de tan peculiar conducta jamás se supo. La leyenda urbana más extendida decía que su estado se debía a una novia o mujer que lo abandonó, partiendo con su amante en un coche. Por este motivo miraba siempre al interior de los mismos, por si acaso la veía. Yo siempre pensé que, simplemente, Vicente estaba como un cencerro sin más.
Ignoro cual fue su final. Algunos decían que acabó precisamente arrollado por un coche en su pertinaz empeño en atisbar su interior. Tampoco le vi jamás vender una sola almendra. ¿Quién se iba a acercar a un tipo tan estrafalario a comprarle garrapiñadas, no? Como se ven el la foto, parece pertenecer a una época más añeja de los años 70 en que lo veía con frecuencia. Canijo y bajito, como típico producto de la posguerra, con su faja y su pantalón de pana, orejas de soplillo, gesto siempre agrio y malencarado y mirada un tanto agresiva, Vicente era jaleado por todo el que se cruzaba en su camino, lo cual le cabreaba sobremanera y la gente, con su mala leche habitual, lo picaban para verlo saltar y despotricar. En todo caso, un buen día desapareció y jamás se volvió a saber nada de él.
Bueno, voy a ver si encuentro quien me arregle el puñetero termo.
Hale, he dicho...



