Jurovos, dilectos blogueros, que los lunes son absolutamente abominables. Tanto cuerpo como espíritu adolecen una especie de jetlag findesemanero que me deja más mohíno que un pavo escuchando una zambomba. Una indolencia cerebral masiva, un colapso neuronal galopante, una pereza supina es lo que me abruma los lunes, el día de la Luna, el primer día de la semana cristiana. Si fuera judío protestaría los domingos. Si fuera moro, los sábados. Pero como soy cristiano protesto los lunes, qué carajo. Y digo yo que si Dios Nuestro Señor acabó molido tras crear el universo y el domingo se tiró a la bartola, fijo que el lunes siguiente estaría en un estado similar.
Dicho esto y como estoy al borde del derrumbamiento total, cuasi lloroso y mustio como un tiesto de geranios en mitad del Sáhara, pues ahí dejo algunas fotillos de abandonos varios, cosecha de estos días atrás que, dicho sea de paso, tampoco han dado ocasión para mucho divertimento a causa de la lluvia.
He ahí pues los abandonos mentados, escombros pútridos que cobijan alacranes, serpientes y demás sabandijas en sus recovecos, osamentas de edificios que conocieron tiempos mejores, armazones vacíos, llenos sólo de aire húmedo y maloliente, sin alma, sin calor humano. Esos pozos que antaño rebosaron agua y hoy contienen tierra o la espantosa niña esa que sale en "The Ring". Acojona, ¿no?









