Dilectos blogueros, nada mejor para comenzar el año con buen pie que fabricarse uno mismo un fastuoso látigo de armas que hará pareja con la porra confeccionada anteriormente. Cierto es que éste chisme es un poco más complicado de manufacturar que la porra, pero los resultados son tan espléndidos que vale la pena el esfuerzo requerido para ello.
Dicho esto, veamos los ingredientes necesarios:
1. Una baqueta de tambor rociero. Como no voy al Rocío a hacer el gamba hace 20 años y tampoco pienso volver, no necesito para nada el tambor. Aquellos que carezcan de tambor, pues les vale un simple palo.
2. Un cacho tubo que le sustraje al del almacén de hierros mientras discutía acaloradamente con un ciudadano acerca de no sé qué historia entre el Betis y el Sevilla.
3. Unos trozos de cadena que encontré en el fondo de la caja de herramientas. Si en las cajas de herramientas de vuecedes no hay cachos de cadena, vayan a la ferretería.
4. Unas argollas de hierro que encontré debajo de una caja de plástico y que, casualmente, me venían de perlas.
5. Unos plomos de bronce de pesca. Esos los tuve que comprar. 1 euro la unidad porque estaban de oferta.
6. La inestimable colaboración del compinche, o sea, el segundogénito, que es el que sabe soldar y que no aparece en la foto porque quedaba fuera de encuadre.
He ahí pues los ingredientes:
Primero hemos cogido los plomos y se les ha suprimido la lengüeta perforada para el sedal. A continuación se les ha practicado un orificio adecuado para pasarles las argollas y se han unido estas a cada fragmento de cadena. Recuerden vuecedes que, en éste tipo de armas, las cadenas no deben rebasar los dos tercios de la longitud total del mango para no hacerse papilla la mano. Las argollas serán soldadas cuando llegue el momento de montar todo el conjunto. He ahí el resultado:
A continuación, se han sacado del cacho de tubo hábilmente birlado dos barretas de enmangue a las que se les ha dado cierta forma de huso para adaptarlas al perfil de la baqueta rociera. Tras eliminar rebabas y demás, se les han practicado tres orificios para fijarlas mediante remaches pasantes elaborados con clavos. En la foto aparecen fijadas de forma provisional con tornillos para soldarle la argolla, no fuese a fastidiarse el invento con los remaches ya puestos y se liara la cosa más de la cuenta. Una vez soldada la argolla, se retiraron los tornillos y se fijaron definitivamente al mango con los remaches. Así quedaron las barretas tras darles un repaso con esmeril y eliminar restos de soldadura:
Y para concluir el trabajo, se soldaron las argollas de cada ramal, se repasaron y así quedó el fastuoso látigo de mi alma:
Chulísimo de la muerte es poco. Ha quedado regio, qué carajo. Por cierto, el mango no lo encordé porque como traía esas ranuras, me pareció mejor no ocultarlas, así que con eso queda terminado el trabajo. Está de más decir que tanto el compinche como yo nos preguntábamos sobre la efectividad del chisme, así que salimos a mi patio mugroso y decadente y, tras voltearlo, golpeó un bidón de pintura lleno de agua, el cual quedó literalmente destrozado. Así pues, y a fin de hacer partícipes a vuecedes de la contundencia del arma en cuestión, ahí dejo constancia gráfica de la misma. Como no me quedaban bidones de pintura viejos, llené con agua el bote que aparece en el vídeo. El resultado del golpe creo que habla por sí solo:
Acojonante, ¿verdad? Da un poco de repeluco pensar en los efectos sobre la jeta de un enemigo. Bueno, ya tenemos dos piezas en la colección. Próximo proyecto, un morgenstern que saldrá del mango de un pico que me encontré el otro día detrás de una estantería. Para el resto de materiales, espero que el del almacén de hierros siga discutiendo de balompié con algún compadre.
Hale, he dicho...




