miércoles, 30 de enero de 2013

Los rostros de la pobreza



Los que me leen con cierta regularidad ya saben que uno de mis pasatiempos es patearme le populosa Híspalis a la caza y captura de almas para inmortalizarlas con mi cámara. Y sabrán también que me suelen llamar la atención especialmente los marginales, que son para mi un verdadero arcano. Bueno, casi todos, porque algunos se nota que siempre han mamado miseria. Otros, por contra, en sus ademanes se les adivina que, quizás en un pasado remoto, gozaban de otro nivel de vida.

Por desgracia, pobretones para fotografiar hay demasiados. La mayoría de ellos son inopes foráneos, casi siempre procedentes de Rumanía, país éste que en el que deben haberse quedado solo los ricos, porque los pobres nos los han enviado en masa a nosotros. Aunque todos nos sabemos de memoria el tópico de "vienen buscando una vida mejor", me temo que aquí no han encontrado su Arcadia, y mucho menos el Cuerno de la Abundancia. Pero bueno, nadie dijo nunca que el mundo fuera un lugar especialmente agradable, salvo para los que tienen jugosas cuentas en paraísos fiscales con muchos ceros.

En fin, hoy no he tenido un buen día. Ha tocado chequeo médico, y juro a Cristo que es una experiencia que me deja literalmente agotado física y mentalmente porque, como es de todos sabido, aunque uno se encuentre como una manzana, los galenos de turno siempre te sacan algo para acojonarte: que si el colesterol, los triglicéridos, las trasaminasas, el ácido úrico, el nivel de glucemia, que si no coma, no beba, no fume, no respire, no se siente, no se levante, etc... Los odio. Pero un odio bíblico, no un odio birrioso, qué carajo. Total, que estoy aún más amorcillado que ayer, de modo que toca plasmar una serie de retratos de los más sugestivos de mi colección de inopes callejeros. Ah, por cierto, no comentaré las fotos, como suelo hacer habitualmente. Que cada cual medite sobre lo que ve. Bueno, helos ahí:


































Ésta última me gusta a rabiar. La propia vida me costó hacerla, agazapado junto a un confesionario de la iglesia en cuya puerta estaba apostada la joven inope foránea. Pero valió la pena, ¿o no?

Pero hay algo aún más difícil que estarse una hora apalancado a la caza de la foto. Y es cuando te miran. Ciertamente, esas son las mejores fotos. Pero, la verdad, se le encoge a uno un poco el ombligo cuando, a través del visor, ve uno esa mirada que te dirigen, tan triste, por ser objeto de mi curiosidad. No sé si se sentirán humillados, por lo que prefiero hacerlas a distancia siempre que puedo. Ya que me apodero de sus almas, al menos dejarles intacta su dignidad, digo yo...

Bueno, esto es lo que hay.

Hale, he dicho...