viernes, 24 de enero de 2014

El complejo mundo de la heráldica






Si hay algo a los que los hombres veneran más que a un cuñado generoso, de esos que siempre que van a casa llevan una botellita de vino del bueno, es a los símbolos. ¿Qué hay mejor que un símbolo para comunicar de forma simple y concisa al resto del personal que uno es el más valiente, el más fiero o el más adinerado? Nada. Se puede uno pasar catorce horas intentando explicar lo belicoso que es uno y la mala leche que gasta en la batalla y siempre habrá un memo que no captará de qué va la cosa; pero si al memo le plantas delante un símbolo explícito lo entenderá enseguida: en campo de gules, un caballero rampante en oro haciendo pipí sobre una calavera de sable. Bordura de gules con ocho testículos de oro. ¿Alguien dudaría que el propietario de ese blasón era un máquina matado enemigos? Nadie, naturalmente. Ni siquiera el memo.



La heráldica como ciencia data de la segunda mitad de la Edad Media, pero como concepto es muchísimo más antiguo. Tenemos constancia documentada y absolutamente cierta de que siglos antes ya se usaban símbolos para identificarse o para informar al enemigo que uno era un tipo aguerrido y con elevadas dosis de testiculina. Los animales que representaban a las legiones romanas o las calaveras de enemigos muertos que ponían en lo alto de un palo los bárbaros eran un aviso simple pero tremendamente explícito, como queriendo decir "si das un paso más acabarás como el tontolaba que llevo de adorno en el palo". Incluso en épocas más pretéritas los griegos ya adornaban sus escudos con símbolos que, en teoría, debían poner al enemigo sobre aviso de quienes tenía ante sí: cabezas de Medusa, letras lambda (la L griega inicial de Lacedemonia, o sea, Esparta), etc. Pero estos símbolos eran usados de forma conjunta para representar naciones, pueblos o unidades militares, de forma que eran bastante genéricos mientras que, por el contrario, la heráldica de que hablamos era a nivel individual, un símbolo personal de las virtudes o cualidaes de su portador. 

Así pues, y ya que llevamos algunas entradas dedicadas al tema de la caballería, convendría dar un repasillo somero a una de las ciencias que, desde su creación, han caminado parejas. Ojo, que esta entrada no pretende ser un manual o un compendio de tan extensa y compleja ciencia, sino una exposición de sus inicios y pormenores para que vuecedes sepan de que va la cosa y no digan que el jabalí que aparece en tal blasón se debe a que su poseedor se iba de montería todos los domingos pero que, al no tener pasta para pagar al taxidermista, puso un retrato del bicho en el escudo para dar envidia a sus cuñados. Veamos pues...



En el tapiz de Bayeux ya podemos ver varia-
ciones en los adornos de los escudos de cometa
de normandos y sajones
En primer lugar, el origen de la heráldica. No hay unanimidad (como suele ser habitual en estos temas) acerca de la fecha en que surgió, ni tampoco en qué país se empezó a usar si bien la mayoría de los estudiosos la ubican hacia mediados del siglo XII. Como contraposición a esta fecha, las crónicas detallan que nuestro héroe nacional, Rodrigo Díaz, ya hacía uso de un dragón dorado en su escudo para acojonar más y mejor a los moros, y eso ocurría cien años antes de la fecha mencionada. En cualquier caso, siglo más o menos, es en esos tiempos cuando los guerreros empezaron a hacer uso de símbolos en sus escudos con meros fines identificativos. ¿Que igual era más fácil escribir su nombre y poner "Soy Nuño" en el escudo? Claro, pero seguramente el dueño no sabría escribir, y los que le rodeaban no sabrían leer. Un problema ¿verdad?, así que era más fácil poner el dragón de oro que todos sabían que era el que usaba Ludrik al-Kabatayur, el feroz Campidoctor castellano. 



El león, una de las figuras
heráldicas más antiguas
Por todo ello, podemos tener claro que el origen de la heráldica consistía en un mero sistema para identificarse unos a otros de forma fácil y sin tener que llevar encima un "listín de blasones" para saber quién era quién en el campo de batalla. Por ello, dichos símbolos eran de diseño básico, fácil de recordar, y aún no existían reglas acerca de su composición en lo tocante a los colores, esmaltes o mobiliario, es decir, a las figuras que aparecen en los escudos de armas. Así pues, estos blasones primigenios eran elegidos por sus mismos portadores y, en muchos casos, solían encerrar arcanos significados ya que eso era muy del gusto de la época. Por otro lado, el diseño no pasaba de padres a hijos ya que no eran blasones de nobleza ni otorgados por hechos militares, así que cada cual se diseñaba el suyo propio conforme a sus gustos o como deseara ser reconocido con la ayuda de la extensísima gama de símbolos de la época.