martes, 18 de marzo de 2014

Venganzas cátaras



Avignonet
En la entrada anterior pudimos ver como las gastaban los señores cruzados a la hora de combatir a los herejes cátaros. Pero, aunque hoy día nos parezcan acciones aberrantes, por desgracia era una forma de proceder habitual en aquellos turbulentos tiempos. Y, naturalmente, que nadie piense que los herejes que nos ocupan eran mansos corderos que soportaban estoicamente todos los castigos e injurias que los legados papales, los inquisidores y los cruzados hacían caer sobre sus heréticas cabezas. Y, menos aún, la nobleza occitana la cual, aparte de sus obvias ínfulas propias de su linaje, no aceptaba que se les arrebatasen sus dominios así como así. 

Domingo de Guzmán en plena
quema de libros heréticos
Así pues, no perdían ocasión de devolverles los golpes que recibían, que eso de poner la otra mejilla no figuraba en los manuales de cátaros contumaces. Uno de estos casos tuvo lugar treinta y tres años después de la brutal masacre de Béziers y sobre la persona de varios inquisidores y su séquito. El lugar, Avignonet, una pequeña villa situada en el condado de Toulouse. Esta es la historia...

Los años transcurridos desde el comienzo de la cruzada albigense no habían en modo alguno contribuido a apaciguar los ánimos entre la Iglesia y los herejes. Antes al contrario, el acoso constante que estos últimos padecían a manos de los inquisidores capitaneados por Domingo de Guzmán los obligaba a ser cada vez más cautos y precavidos debido al estado policial instaurado por la Inquisición. Cualquiera podía ser denunciado por la más mínima sospecha con solo dos denuncias cuya autenticidad no se preocupaban mucho por corroborar y, para colmo de males, sin poder disponer de un abogado defensor. Y no porque estuviera prohibido, sino porque ningún abogado estaba dispuesto a ponerse en entredicho por defender a un sujeto el cual era público y notorio que era un hereje de tomo y lomo.

Así las cosas, en mayo de 1242 se le presentó a los cátaros una ocasión de oro para dar a entender a los del Santo Oficio que no estaban por la labor de dejarse apiolar como gazapos. El día 28 de ese mes arribó a Avignonet una comitiva de inquisidores proveniente de Lavaur, donde habían quemado vivos a varios herejes. La encabezaban Guillaume Arnaud, un dominico que luego fue beatificado, y Etienne de Saint Thibéry, un franciscano igualmente beatificado por estos acontecimientos. Junto a ellos iban los habituales escribanos y demás funcionarios más una escolta armada que, en total, sumaban unos cincuenta hombres. 

Una vez aposentados en una casa del conde de Toulouse que había sido confiscada por el Santo Oficio, se presentó ante los inquisidores Ramón d'Alfaro, el senescal del conde Raymond VII, hijo del que ya vimos en la entrada anterior. Ante lo jugoso de la presa, el senescal se relamió de gusto ya que era también un hereje redomado así que, para que no desconfiaran, los trató gentilmente y se ofreció para todo lo que fuera menester. Pero aquella misma noche mandó aviso a Pierre-Roger de Belissen, señor de Mirepoix, caudillo de la guarnición de Montségur para que acudiera lo antes posible. La distancia era de apenas 75 km.

Montségur
El ansia de venganza hace que Mirepoix y su gente recorran en una sola etapa el camino entre Montségur y Avignonet, sumándoseles por el camino gente que, enterada de su misión, se apuntaron a la fiesta porque también tenían agravios pendientes con los inquisidores. Finalmente se detuvieron en el bosque de Antioche, cercano a la población, donde Mirepoix se quedó con un pequeño grupo de hombres por si había que acudir a apoyar al resto durante su retirada. Antes de partir les recomendó especialmente que le llevaran la cabeza de fray Guillaume Arnaud, al cual parece ser el tenía un especial rencor. El senescal ya los estaba esperando ante la casa en la que se alojaban los inquisidores y su séquito, y al que se le habían unido varios vecinos más con cuentas pendientes con el Santo Oficio. Siendo simples villanos desarmados, el senescal los había provisto de hachas. Sin más prolegómenos, todo el grupo entró en tropel en la estancia en la que dormían a pierna suelta, agotados por el viaje.

- Va be! Está be!- exclamó el senescal antes de descargar su maza sobre el cráneo de una de las víctimas que, arrodillada, clamaba por su vida.

La escabechina apenas duró unos minutos, tiempo sobrado para despedazar al personal y salir de la casa de lo más contentos por haber satisfecho su añejas ansias de venganza. Cuando se reunieron con Mirepoix, éste reclamó la cabeza de Fray Guillaume, a lo que le respondieron que no se la habían llevado por haber quedado un poco averiada, o sea, hecha añicos a golpes de maza.

- Debíais habérmela traído - dijo Mirepoix desilusionado -. Habría engastado en oro los trozos de cráneo para hacerlo servir de copa y beber en él durante el resto de mi vida.

Es evidente que el dominico le caía fatal al caudillo de Montségur.

Pero donde las dan las toman, y ni los cruzados, ni el rey de Francia ni, por supuesto, el papado, estaban por la labor de dejar impune el ver a sus inquisidores apiolados en plena noche. Así pues, en seguida se comenzó a fraguar la aniquilación del bastión de donde había partido  el ataque: Montségur, de cuyo asedio ya hablamos en su momento.

En fin, ya vemos que estos odios religiosos se enconaban de tal forma que solo cabía una solución: el exterminio del bando contrario. 

Bueno, ya seguiremos.

Hale, he dicho...

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