sábado, 19 de septiembre de 2015

Montségur, la sinagoga de Satán II




Bueno, lo prometido es deuda, así que ahí va el segundo cacho:

La preocupación que sentía pudo más que el agotamiento. Durante toda la noche, Raimón no hizo otra cosa que dar vueltas en el humilde jergón que su sobrino Oth le había cedido, obligando al muchacho a dormir con los hombres de armas lo cual, en realidad, le hacía bastante ilusión por aquello de sentirse uno más entre la gente de guerra de su tío. El señor de Perelha ni siquiera se desvistió, y en cuanto el gallo desgarró el aire con su canto se levantó de un salto y fue al salón donde el obispo aún roncaba a pierna suelta. Su hermana dormía en el suelo delante de la chimenea, echa un ovillo sobre una apolillada piel de lobo que llevaba lustros en la familia antes de que Azalaïs se la llevara cuando se casó. Lo había matado su abuelo a cuchilladas defendiendo el potro de una yegua recién parida, y cuando era un mocoso los criados lo asustaban cubriéndose con ella y persiguiéndolo por toda la casa.
         Raimon sacudió suavemente a Guilhabert, que se despertó sobresaltado, como siempre. Quería concluir cuanto antes la entrevista y largarse de allí porque, aunque era algo que ocultaba celosamente, sentía una tremenda sensación de inseguridad cuando salía de sus escasos dominios. No era cobardía ni mucho menos, sino una inquietante desazón que le hacía permanecer en guardia a todas horas hasta agotarlo psicológicamente.
         El obispo se desperezó después de comprobar un tanto perplejo que llevaba durmiendo desde la tarde anterior. Azalaïs se despertó al escuchar movimiento junto a ella y, tras dar los buenos días, se fue a la cocina a cocer pan.
         -Debemos tratar vuestro asunto cuanto antes, Guilhabert- apremió Raimon cuando se quedaron solos-. Ambos corremos peligro, y no sería raro que a estas horas el conde de Tolosa o el obispo de Narbona tengan noticia de este encuentro.
         -¿Creéis de verdad que el buen Raymond de Saint-Gilles nos traicionaría?
         -El conde está acorralado como un conejo rodeado de hurones, obispo, y de un hombre desesperado me lo espero todo. ¿Sabéis que no hace mucho mandó quemar a más de noventa Perfectos en la Montaña Negra solo para callarle la boca a Raymond de Fauga?
-¿Quién es ese tal Fauga?
- El nuevo obispo de Tolosa. Es el que ha sustituido a Fulco, pero es un fraile de los Predicadores aún más fanático que su predecesor; así pues, vamos al grano, que a los dos nos conviene poner tierra de por medio antes de que salga el sol.
         -Bien, sea como vos dispongáis- aceptó Guilhabert.
El frío de la madrugada se hacía sentir en la estancia, así que antes de proseguir se levantó con dificultad y se acercó a la chimenea. Echó un par de troncos y sopló en las brasas para avivar el fuego, inundando la sala de sombras saltarinas.
         -Desde hace algún tiempo, los demás obispos y yo debatimos acerca de la necesidad de disponer de un lugar seguro que, por decirlo de algún modo, se convierta en la sede principal de nuestra iglesia- explicó Gilhabert tras acomodarse de nuevo en la jamuga-. Los terribles años que hemos pasado desde que se inició la cruzada contra nosotros nos han enseñado que no debemos exponernos a tantos peligros sin necesidad. Cierto es que los cónsules y los burgueses nos protegen en su mayoría, pero sabéis de sobra que los afectos se tornan igual que el viento cambia de dirección, y la gente no está dispuesta a pasar por algo similar a lo que el abad de Cîteaux hizo en Béziers. Por otro lado, no sería justo que muera más gente por defendernos, ¿no creéis?
         -Ciertamente, obispo- aceptó Raimon-. Pero a mí lo que me preocupa de verdad es ver como desde hace veinticinco años los franceses han ido adueñándose del Languedoc. El rey de Francia, con el apoyo de ese lacayo del Maligno del Papa, nos ha masacrado, nos ha robado, y si aún no nos han barrido de este mundo es por temor a que nos aliemos con el rey de Aragón o incluso con el emperador.
         -Calmaos, hijo mío, porque estamos hablando de cuestiones diferentes- le replicó Guilhabert intentando aplacar al belicoso noble-. Yo no he venido a hablar de política, y mucho menos de posibles alianzas para enfrentarnos a los franceses o al Papa.
         -Bien, perdonadme- se excusó Raimon, que siempre que surgían temas similares explotaba como agua vertida en plomo fundido-. Proseguid.
         -Como os decía, nuestra iglesia necesita una capital, una sede que se convierta en punto de encuentro para los nuestros. Un refugio que permita a los Perfectos vivir a salvo de los malvados que los acechan como si fueran alimañas. Un centro de predicación donde la gente pueda acudir a escuchar nuestro mensaje y, también muy importante, un lugar donde poder tener a buen recaudo nuestros fondos.
         -¿Fondos?- se sorprendió Raimon- ¿Queréis decir dineros? ¿Desde cuándo los Buenos Hombres se preocupan por eso?
         -Desde que tenemos que pagar por nuestra protección- afirmó con contundencia el obispo-. ¿Sabíais que cada vez que un Perfecto acude a visitar a un creyente para administrarle el consolamentum tiene que pagar cien sueldos a su escolta? Y no ya porque le importe ser capturado y quemado, que para nosotros librarnos de nuestra envoltura carnal es una bendición de Dios. Pero si todos morimos, ¿quién difunde nuestro mensaje? ¿Cómo hacemos saber al resto de los mortales que estos cuerpos son una prisión en la que nuestras almas están encarceladas? ¿Cómo les explicamos que solo alcanzando la Pureza librarán a sus almas de un eterno peregrinar, reencarnándose una y otra vez y teniendo que volver a vivir en este mundo infernal?
         Raimon estaba totalmente perplejo. No tenía ni la más remota idea de que entre los miembros de la secta se hubiera extendido un concepto tan materialista como el del dinero, y mucho menos que tuvieran tanto como para necesitar donde guardarlo.
         -¿Y de dónde han salido esos fondos, obispo?
         -De donaciones por parte de creyentes adinerados, de herencias legadas por muchos de ellos e incluso de hermanos que, por temor a que les despojen de lo poco que les queda, han optado por entregarlo a nuestra iglesia para su custodia. De hecho, hemos organizado desde hace tiempo una red de cuestores que recaudan esos fondos, así como de depositarios que se encargan de guardarlo.
         -¿Y de qué cuantía hablamos?- preguntó, no pudiendo resistir la curiosidad.
         -Hablamos de un auténtico tesoro, Raimon- respondió Guilhabert con un brillo divertido en los ojos al ver la expresión de asombro en la cara de su interlocutor-. No os puedo decir la cantidad exacta porque actualmente está repartida entre los depositarios de nuestros cuatro obispados, pero sé que es mucho. Y aparte del dinero, tenemos la obligación de preservar todos nuestros libros y objetos sagrados, especialmente el más precioso de todos, el que los demonios que habitan la Tierra anhelan recuperar como sea para devolver a Lucifer todo su poder. Dios nos ha encargado su custodia, y como comprenderás no puede caer bajo ningún concepto en manos de nuestros enemigos. Si eso sucediera sería nuestro fin y, con toda seguridad, el caos se adueñaría del mundo.
         Raimon tardó un poco en asimilar aquella novedad. Sus correligionarios, a los que siempre había tenido como arquetipo de la pobreza que predicó Jesucristo, se habían convertido poco menos que en banqueros, y sus ministros viajaban escoltados como un abad católico. Aturdido por aquella avalancha de información tan sorprendente, se rascó la coronilla sin acabar de ver cuál era su cometido en todo aquello.
         -Bien, ya veo que es lo que deseas pero, ¿qué pinto yo en todo eso?- preguntó tras ver que era inútil seguir devanándose los sesos.
         -Pues pintas más de lo que imaginas. Para solucionar nuestro problema necesitamos que cedas a nuestra iglesia tu castillo de Montségur. Es el que mejor se adapta a nuestras necesidades y, de hecho, ya hace muchos años es un referente para los nuestros.
         -¡Ni hablar!- exclamó Raimon sin dudarlo ni un instante.
         El obispo fue ahora el asombrado, perplejo ante la firme negativa por parte del señor de Perelha.
         -No me esperaba esto, Raimon- murmuró Guilhabert un poco cohibido por la tajante respuesta-. Siempre he dado por sentado que podíamos contar contigo para lo que fuera, y más en este caso ya que no tuviste reparo en cederlo en su día para cobijar a los perseguidos, pagando de tu peculio la reconstrucción del recinto.
         -Todo tiene un límite, obispo. Montségur es lo único que me queda de mis antiguas posesiones. Bastante he hecho tolerando a la comunidad que se ha instalado allí desde hace años y por la que estoy señalado en todas partes. Pero de eso a que se convierta en el Compostela de nuestra iglesia hay un trecho.
         Guilhabert optó por callarse. Conocía sobradamente el carácter visceral del señor de Perelha, y sabía que insistir en aquel momento solo serviría para que se encastillara en una negativa que podría ser definitiva solo por una mera cuestión de orgullo. Así pues, lo dejó despotricar un rato para que desfogara su furia que, justo era reconocerlo, estaba plenamente justificada. Echó pestes del Papa Inocencio III, al que consideraba como fuente de todos sus males por ser el promotor de la cruzada; deseó mil infiernos a Simón de Montfort, el principal caudillo de la misma y verdadero buitre que se adueño de infinidad de tierras de los señores occitanos fieles a su iglesia y, por último, desolló al conde de Tolosa por su actitud siempre ambigua. Aunque sus devaneos con los albigenses le habían costado verse expoliado por los franceses y por Roma, no acababa de decantarse de forma clara por ningún bando. Cuando terminó su diatriba, estaba echando espumarajos por la boca. Era más que evidente que la impetuosa sangre de los Mirepoix, que corría como un torrente de fuego por sus venas, podía más que su pertenencia a una fe que propugnaba la paciencia y la humildad. Finalmente se calló casi sin resuello, jadeando con un brillo homicida en sus ojos claros.
         -Raimon- dijo con voz serena el obispo, que había aprovechado el desaforado discurso para preparar una réplica lo suficientemente persuasiva-, a pesar de vuestra apasionada verborrea no puedo negar que tenéis razón cuando os sentís afrentado. Pero decidme, ¿creéis acaso que no seguís figurando en la lista negra del rey de Francia y del Papa? Sois un faidit, Raimon, y lo seréis mientras viváis o mientras no abjuréis. Nadie va a devolveros vuestras tierras salvo que las recuperéis por la fuerza o vayáis a Roma a postraros ante el Papa y le imploréis clemencia. ¿Haríais eso?
         -¡Jamás, voto a Dios!- exclamó olvidando en su enfado que tenían terminantemente prohibido jurar-. ¡Antes me tiro de cabeza a un pozo!
         -Entonces, razón de más para que accedáis a lo que os pido. Y no ya por el hecho de que haríais un gran servicio a nuestra causa, sino porque os ayudaríamos a conservar Montségur de la codicia de vuestros enemigos.
         A Raimon se le cambió la expresión una vez más, apabullado por las constantes sorpresas que le estaba dando el obispo en tan poco tiempo.
         -¿Ayudarme a conservarlo? Explicaos y, por favor, id al grano porque este asunto está empezando a cargarme.
         Guilhabert se dio cuenta de que acababa de descubrir una grieta en la firme resolución de Raimon así que, midiendo cuidadosamente sus palabras, le expuso la idea.
         -Ante todo, recordad que vuestra madre, vuestra mujer y vuestra pobre hija Esclarmonda viven allí junto a otras muchas mujeres. Todas ellas están expuestas a que, en cualquier momento, se presenten allí hombres del conde Raymond o cruzados que las capturen y las lleven a Tolosa o a Carcassonne para ser quemadas vivas.
         El recuerdo de Esclarmonda nubló la mirada de Raimon. Su hija, tullida de nacimiento, era una espina en su alma al saberla tan indefensa ante cualquier desalmado. La sola idea de verla arrastrada a una pira por la gente del preboste le enfermaba, y sería capaz de arrancarle la cabeza al mismo emperador por impedir que nadie le tocara un cabello.
         -Por eso, hijo mío, además de todas las razones que os expuse al principio, no sería un desatino que Montségur se convirtiera en el cofre de nuestra fe- prosiguió Guilhabert dándose cuenta de que había acertado de pleno al mencionar a la familia de Raimon-. Disponemos de medios económicos para fortificar la montaña, mejorando sus ya de por sí formidables defensas naturales y, por otro lado, para guarnicionar el lugar con routiers a sueldo. Comprendo que no queráis perder lo poco que os queda, pero la opción que os ofrezco es a mi entender la única que os permitiría conservar vuestro patrimonio. Cuantas más facilidades tengamos para divulgar nuestra fe más seremos, y cuantos más seamos más fácil nos resultará poner freno a la codicia de los franceses y al despiadado acoso de Roma. Montségur, hijo mío, puede ser el germen que nos permita devolver la Occitania a sus legítimos dueños y, con la ayuda de Dios, incluso convertirla en un enclave desde el que nuestra iglesia se extienda al resto de Europa. ¿Qué decidís pues?
         Raimon cerró los ojos sin decir una palabra. El astuto obispo había sabido tocar el único punto flaco por el que sería capaz de aceptar lo inaceptable, pero no quería rendirse tan pronto más por su incurable orgullo que por poner pegas a una oferta que, ciertamente, tal como la había planteado era inmejorable. Sus arcas estaban llenas de aire, y si conservaba Montségur era porque no suponía un enclave estratégico como los castillos de Termes, Minerve, Auriac o Lavaur, los cuales hacía años que habían caído en manos de los cruzados. Los escasos hombres de armas que podía pagar no serían suficientes si, un mal día, el rey de Francia enviaba allí a un ejército, y además los necesitaba como escolta para moverse por el Languedoc, dejando de ese modo totalmente indefensa a su familia.
         -Dadme unos días para pensarlo, obispo- respondió secamente-. Cuando haya tomado una determinación os lo haré saber. Y ahora, mejor será que partamos cada uno por nuestro lado. Ya es casi de día.
         Sin decir nada más, dio los tres besos de rigor al obispo, recibió su bendición y salió de la sala haciendo retumbar el suelo. Fuera lo esperaba ya su escolta dispuestos para partir.
         -Oth- dijo a su sobrino mayor tras abrazarlo-, te encomiendo el cuidado de tu madre y tus hermanos, especialmente de tu hermana Faye. No te fíes de nadie, y si recelas de algo o de alguien, envíame aviso enseguida a Montségur.
         El muchacho le aseguró con decisión que nada ocurriría estando él al frente del clan. A pesar de su juventud, Oth ya mostraba la firme determinación y el fogoso carácter de los Mirepoix. Tras besar a su hermana y a sus demás sobrinos metió el pie en el estribo que le ofrecía su escudero y se aupó en el corcel.
         -¡Benedicite, parcite vobis!- exclamó Azalaïs cuando su hermano picó espuelas y salió a galope tendido seguido por su gente. En menos de un minuto ya se habían fundido con la bruma que precedía a la amanecida, dejando tras ellos solo el eco sordo de los cascos de sus monturas sobre la tierra húmeda.
         No tardó mucho el obispo en seguirle. Tras una frugal colación, se despidió de la dueña de la casa la cual, con la discreción habitual entre las Perfectas, no preguntó nada sobre la entrevista que había mantenido con su hermano. No obstante, su intuición femenina le decía que algo bastante importante se había cocido en el rato que había durado la conferencia.
         -Que Dios os guarde, hermana- le dijo el obispo poniendo sus manos sobre la cabeza de su anfitriona-. Gratia Domini nostri Iesu Christi sit cum omnibus vobis.
         Su partida no fue tan escandalosa como la de Raimon porque su mula no daba para muchas florituras ecuestres y, por otro lado, su edad tampoco le permitía cabalgar con la soltura de antaño.
         Azalaïs de Massabrac se quedó ante la casona hasta que perdió de vista al grupo de jinetes. Siempre que se despedía de alguien le acometía la inquietante sensación de que jamás lo volvería a ver, y eso la sumía en una aplastante melancolía que cada vez se le hacía más difícil superar. Luego entró en la casa para reanudar su día a día ante el telar colocado en el mismo salón donde los ancestros de su marido celebraban las grandes ocasiones o festejaban el buen resultado de una jornada de caza, inundando la vieja casona de risas y cantos que ya casi ni recordaba como sonaban. Miró a su alrededor y fue incapaz de recrear en su memoria el acogedor aspecto que tenía la estancia, ahora deslucida, casi vacía y oscura. El opresivo ambiente hizo que finalmente los ojos se le llenaron de lágrimas.

En fin, espero haya sido del agrado de vuecedes. Cuando esté en el Amazon ese, descuiden que aviso inmediatamente.

Hale, he dicho