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domingo, 9 de agosto de 2026

LA TORRETA SPERRY

 

Probo homicida literalmente embutido en la torreta esférica de un B-17. No era precisamente el puesto más demandado para servir como artillero en los bombarderos pesados que se dedicaban a reducir Alemania a la condición de escombrera

Imagino que, aunque desconozcan el nombre, seguro que las han visto en mogollón de fotos, ¿no?, pero, ¿qué sabemos de ellas? Ná de ná, ¿no? Bueno, pues cuando terminemos sabremos más. Pero, ante todo, un breve introito para ponernos en contexto. Veamos...

Artillero de cintura de un B-17 en acción

En Europa, los yankees emplearon bombarderos pesados B-17, B-24 y, en las postrimerías del conflicto, B-32- que no era más que un B-24 modernizado- para visitar a los tedescos. Aunque las visitas solían componerlas decenas o incluso centenares de aparatos, en cuanto se adentraban en territorio alemán salían a recibirlos enjambres de cazas que revoloteaban como moscas cojoneras entre las formaciones de bombarderos disparando como energúmenos. De ahí la necesidad de dotar a estos de armamento suficiente ya que su defensa dependía de ellos mismos. Los cazas yankees carecían de autonomía para escoltarlos en el viaje de ida y vuelta, por lo que se tenían que ver las caras con los Messerschmitt y los Focke-Wulf que los freían literalmente a tiros. Por lo tanto, de los 10 tripulantes de los bombarderos, salvo el piloto y el copiloto, todos eran artilleros. En el caso de los B-17, tenían cuatro artilleros nominales: el de cola, el de la torreta ventral y los dos de cintura. Pero el operador de radio tenía también que servir una máquina emplazada en un portillo abierto en el techo del aparato; el ingeniero, ídem, sirviendo una cúpula dorsal situada entre la bodega de bombas y la carlinga, y el navegante y el bombardero, ambos situados en el morro, pues ídem de ídem. Según la configuración del aparato podían llevar hasta cuatro máquinas para ellos dos. Como vemos, las cosas no eran nada fáciles para estos probos demoledores de ciudades, que tras 25 misiones los mandaban de vuelta a casa... si las cumplían, naturalmente.

El diseño de la cúpula ventral tuvo su origen en algo bastante elemental: los cazas tedescos no solo los atacaban por detrás, según todos los manuales de aviación del mundo, sino también desde una cota inferior, por debajo del ángulo vertical mínimo de las ametralladoras de cola. En esa posición, un caza podía gastar toda la munición disparando a un bombardero impunemente. A la izquierda tenemos un ejemplo bastante elocuente. Un B-17, aun con su Sperry en la panza, es acosado sin piedad por un Messerschmitt Bf 110. La imagen forma parte de una secuencia filmada con la cámara del caza, y el tedesco se despacha a gusto porque durante casi un minuto ametralla sin descanso al bombardero, viéndose incluso cómo saltan despedidos grandes fragmentos del fuselaje. La película se corta cuando el 
Messerschmitt, una vez que alcanza el B-17, cesa de disparar y pasa por debajo, dejando que el bombardero se desplome elegantemente con los motores 1, 2 y 3 bastante perjudicados, y la Sperry, aunque en algún momento se ve que abre fuego, queda inerte con los cañones a 90º, por lo que sería posible que el artillero la girase para salir de ella. En fin, algo muy desagradable.

Bien, con este introito ya tenemos una idea clara de qué iba la cosa, ¿no? Pasemos pues a la enjundia del tema.

Un primate metido en ese chisme debía sentir lo mismo que un pollo cinco minutos antes de romper el cascarón. Como pueden ver en la ilustración de la derecha, el habitante de la Sperry debía adoptar una posición fetal que se prolongaba durante horas. Literalmente no se podía mover porque todo el interior estaba lleno de chismes, como queda patente. Y, para más inri, ni siquiera tenía la posibilidad de hacer sus necesidades salvo que aún quedase un buen rato para entrar en territorio enemigo y pudiera salir un momento de la torreta. Ni el B-17 ni el B-24 tenían nada parecido a una letrina. Solo un aliviadero en forma de embudo junto a la bodega de bombas para echar una meada, y un balde o una caja de munición si sobrevenía un malvado apretón. Pero si el fulano de la Sperry no podía salir por el motivo que fuese, y esto era extensivo al artillero de cola, pues quedaba la "Opción Bebé": mearse y/o cagarse encima. Pero una simple meadita también era un problema para el resto de la tripulación, porque a partir de los siete u ocho mil metros la temperatura en el interior del aparato podía descender hasta los -50º, y sacarse la picha en esas circunstancias no era nada recomendable. La cosa es que estos chismes no se presurizaban, por lo que sus tripulantes dependían por completo de las máscaras de oxígeno y siete capas de ropa gorda para no palmarla de hipoxia y/o congelados. De hecho, todos llevaban trajes calefactables, y encima gruesas cazadoras, pantalones, manoplas y botas de cuero forrados de zalea ovina. Vamos, que la perspectiva de sacar la colita para la meadita ya era bastante enojosa. 

Por lo tanto, el personal seleccionado para tripular estas torretas eran por norma homicidas bajitos y de constitución birriosa tirando a canija. Ojo, que quede clara una cosa: ni remotamente había cola para convertirse en pseudo-pollo. Antes al contrario, era el puesto menos deseado entre los tripulantes, y los tiparracos de metro ochenta y 90 kilos se ponían muy contentitos en cuando sabían que quedaban descartados de antemano. Bien, para que se hagan una idea, miren la foto de la izquierda, con la que podrán establecer comparaciones. Cuando se cierre la escotilla, el artillero se quedará ahí metido como en la placenta materna recordando su faceta como feto durante unas cuantas horas. Y observen a su compadre que, a pesar de no ser precisamente un Sansón, tiene un volumen nada desdeñable comparado con el de la torreta. Y, de paso, fíjense en los pantalones y las botas. Debajo lleva el traje calefactable que enchufaría a una toma de corriente, de las que todo el avión disponía en los puestos de cada tripulante.

En cuanto al emplazamiento de la torreta, en ambos aviones estaban acopladas en un armazón fijado al techo del fuselaje. Por la columna central de dicho armazón transcurría el cableado eléctrico e hidráulico para su manejo. La foto nos permite ver su situación en el interior de un B-17, entre los artilleros de cintura y la cabina del operador de radio. La torreta estaba encajada en una corona de rodamiento de 118 cm. de diámetro que le permitía girar en cualquier dirección, pero tenía un inconveniente: en el B-17 su posición era fija, uséase, siempre estaba asomando en la panza (véase detalle inferior), mientras que en el B-24 era retráctil, como vemos en el detalle superior. Esto no era un tema baladí, porque si el avión se veía obligado a tomar tierra sin poder bajar el tren de aterrizaje y la torreta se había quedado bloqueada, el habitante de la misma era hombre muerto. Al tocar tierra, salvo contados milagros de los que ha quedado constancia, la Sperry y el que iba dentro eran inexorablemente chafados. Por cierto, la bombona amarilla de la foto era el oxígeno del artillero. Daba para unas dos horas de autonomía por lo que, si la cosa se alargaba, alguno de sus colegas tenía que cambiarla por otra si no quería palmar de hipoxia en caso de volar a más de 8.000 metros. En cualquier caso, la cuestión es que estaba terminantemente prohibido ocupar la torreta durante el despegue y el aterrizaje, por si acaso. 

Bien, cuando llegaba el momento de despegar, la Sperry del B-24 estaría retraída en el interior del aparato, mientras que la del B-17 estaría fuera, con los cañones de las máquinas en posición horizontal mirando hacia atrás y bloqueada para que no se menease por los movimientos del avión. Una vez que todo el grupo de aparatos había despegado y adoptaban la formación adecuada, lo que tomaba un largo rato, llegaba el momento de ocupar la torreta. En la foto vemos como el pseudo-pollo acciona la manivela que desbloquea la Sperry girando el manubrio que vemos en el detalle. Para poder abrir la escotilla tenía que colocar los cañones de las máquinas en posición vertical. Solo en esa posición la escotilla quedaba mirando hacia el interior del fuselaje. Una vez liberada la torreta, llegaba el momento de incrustarse en el huevo. Y esto era lo que se encontraba:


Agobiante, ¿qué no? Bueno, antes de entrar en detalles, algunos datos técnicos: 

1. La chapa del fondo es el asiento. Era un cacho acero de 1'52 cm. de espesor que protegía el culo del pseudo-pollo. Tras el asiento está el conector para el traje calefactable y el tubo de oxígeno, que vemos asomar un poco en la parte rebajada del borde de la chapa.

2. El respaldo, que es donde vemos la alfombrilla, también era una chapa de acero de 6'6 mm de espesor. En cuanto a la escotilla, que no aparece en la foto, era una gruesa chapa de aluminio provista de dos manijas para abrir o cerrar. Se podían manejar desde fuera y desde dentro.

3. Todas las superficies transparentes eran de plexiglás salvo el visor circular del fondo, fabricado con vidrio laminado que, aunque no resistía un impacto de bala, sí funcionaba contra las esquirlas de metralla de los proyectiles antiaéreos. En la foto de la derecha tenemos un buen ejemplo. El orificio es de una bala de 13 mm. de un caza Messerschmitt Bf 109-G tedesco que, cabe suponer, aliñó al pseudo-pollo. No obstante, y contrariamente a lo que pueda pensarse en vista de ocupar una posición tan expuesta, los artilleros de la Sperry eran, junto a los de cola, los que tuvieron un porcentaje de bajas menor, de alrededor de un 6%. Sin embargo, tripulantes aparentemente más seguros, como los copilotos, doblaron ese porcentaje. Para que luego digan...

4. La cincha de lona de cruza el hueco de entrada era un cinturón de seguridad para, caso de abrirse la escotilla en plena movida, que el pseudo-pollo no se cayera. El espacio interior era tan angosto que no podía usar ni chaleco antibalas ni paracaídas. Solo llevaba puesto el arnés, y si había que saltar y le daba tiempo de salir de la torreta, lo tenía colocado junto al puesto del operador de radio. Solo tenía que engancharlo con los mosquetones y largarse echando leches. En la foto podemos verlo con más claridad. Observen la flecha, que señala la cincha en cuestión, situada justo en la nuca del pseudo-pollo. Queda claro que, sin ella, si se abre la escotilla tiene mogollón de papeletas para salir despedido y adiós muy buenas.

Bien, una vez que el pseudo-pollo se acomodaba- es un decir- accionaba todos los mandos necesarios para que la torreta funcionase. Solo dejaba en posición "off" los de las ametralladoras, que no eran conectadas hasta que empezase la fiesta. Cada máquina tenía su interruptor, que activaba un solenoide conectado al disparador.

Empecemos con las flechitas:

Flecha colorá: La madre del cordero, el visor computarizado K-4 desarrollado también por la Sperry. Ese chisme era una joya para la época. Era capaz de calcular la deriva del objetivo, de la munición, la velocidad de giro de la torreta, la distancia al blanco y todo lo habido y por haber. El retículo, situado en la parte inferior, quedaba justo delante de los ojos del pseudo-pollo, que solo se tenía que preocupar de disparar. Para ello disponía de dos mandos que vemos en el detalle por quedar fuera de encuadre. Estaban situados justo encima del K-4 (flecha celeste), y además de disparar servían para mover la torreta, incluso haciendo dos movimientos- vertical y horizontal- al mismo tiempo. Era muy rápida. Un giro de 360º le tomaba apenas 8 segundos, y desde la horizontal a la vertical solo 3 segundos. Una curiosidad curiosa: la práctica habitual de poner una bala trazadora de cada cinco en la cinta fue suprimida en las Sperry porque el destello dificultaba el uso del K-4 debido a los brillos que producía en el retículo. Por lo demás, el chisme ese costaba un huevo, unos 3.600 dólares de la época, que equivaldrían hoy día a unos 67.000 del ala. Como para cargárselo de una patada al meterse en la torreta... Por cierto, el precio de la Sperry era de 14.300 dólares, equivalentes a unos 265.000 actuales. No olviden ese dato, sus cuñados no lo harán cuando se lo digan, jejeje...

Flechas amarillas: Reposapiés o, mejor dicho, reposatacones. En el derecho llevaba un pulsador con el que activar el intercomunicador para hablar con el resto del personal. Como ya sabrán, las tripulaciones llevaban un laringófono en el cuello, que era menos engorroso que un micrófono convencional. Sobre las piernas estaban los depósitos de munición, ambos de forma semicircular. Para recargarlos bastaba abrir la trampilla que los cubría orientándola hacia el interior del fuselaje. El nº 1 corresponde a la máquina derecha, con capacidad para 445 cartuchos de calibre 12'70 mm. El nº 2 es el de la izquierda, con capacidad para 571 cartuchos. Un detalle: para disparar ambas máquinas no era necesario pulsar los dos botones, sino que bastaba con uno, dejando así una mano libre al pseudo-pollo por si tenía que darle a algún otro botoncito. Posteriormente se desarrolló una versión mejorada en la que los depósitos estaban instalados en el exterior de la torreta, unidos al armazón que la sujetaba al fuselaje y con una capacidad mucho mayor. Las vainas servidas eran expulsadas por sendas ventanas situadas junto a las máquinas.

Flechas blancas: Para el pseudo-pollo, amartillar las ametralladoras una vez embutido en la torreta era imposible. Las palancas quedaban situadas un poco más adelante de su cabeza, por lo que era complicado hacer la fuerza necesaria para ello. Se solucionó sin problemas colocando dos poleas y dos cables de acero que podemos ver en la foto. Las flechas señalan las empuñaduras de las que había que tirar para cargar las armas.

Círculo verde: Ese chisme era un indicador de posición, una especie de brújula interior que indicaba al pseudo-pollo la posición de la torreta respecto al avión. Este accesorio era especialmente útil cuando el artillero no veía el fuselaje, por lo que no tenía ninguna referencia de su posición. Como medida de prevención, tenía en la parte delantera de la torreta una leva de orientación diseñada por la Ford que, cuando disparaba hacia adelante con las máquinas en su posición más elevada (85º), desconectaba los disparadores para no triturar las hélices. Obviamente, en el fragor del combate el pseudo-pollo estaba más pendiente de acribillar tedescos que de su posición respecto al aparato.

El parto de la Sperry
Bien, así era, grosso modo, el funcionamiento de los principales componentes de la Sperry. Si había habido suerte y el avión retornaba a base sin daños, pues una vez que se habían alejado lo suficiente del territorio enemigo y la altitud permitía moverse sin tener que usar la mascarilla, el pseudo-pollo salía del cascarón. Para ello, desconectaba todo lo conectado, especialmente las armas, giraba la torreta hasta ponerla en posición vertical y salía todo entumecido como un feto por el útero materno. Una vez fuera, cerraba la escotilla y volvía a colocarla en posición horizontal, bloqueándola finalmente. En ese caso, una misión menos para volver a casa a devorar las deliciosas tartas de manzana de mamá y las deleitosas tetas de Mary Jane en el asiento trasero de los espaciosos automóviles yankees de la época.

Pero si algún malvado tedesco había fastidiado alguna pieza importante o se había cargado el sistema hidráulico del aparato, las tartas de manzana de mamá y las tetas de Mary Jane podían convertirse en historia. Si la torreta quedaba inmovilizada, adiós muy buenas. Si el tren de aterrizaje no bajaba, adiós muy buenas. Si tampoco funcionaba el sistema manual, que además era lento de cojones, adiós muy buenas. La Sperry se acababa de convertir en una ratonera, y al pseudo-pollo solo le quedaba rogar al Cielo porque ocurriera lo que casi nunca ocurría: que el armazón anclado al techo del fuselaje lo atravesara en el momento del impacto, por lo que la torreta era introducida en el interior del avión en plan bestia, aunque el ocupante podía salir ileso o, al menos, razonablemente maltrecho. La imagen de la derecha es sumamente ilustrativa. El pseudo-pollo no salió vivo del brete. Lo digo por si alguno aún alberga alguna duda piadosa.

No obstante, siempre quedaba la opción del milagro a medias, por el cual el tren de aterrizaje lograba hacer descender una rueda delantera y la trasera. En ese caso, como vemos en la foto, lo habitual era que la única rueda operativa soportase el peso del avión al tocar tierra, y que a continuación se inclinase hacia el ala del lado opuesto hasta que se detuviera por la fricción. Como se puede observar, la torreta no solo no sufre ningún daño, sino que incluso se mantiene a una distancia del suelo lo suficientemente amplia como para no pasar de un susto de muerte. Lo malo es que pasar un brete semejante no te contabilizaba como doble misión, de modo que había que cumplir el resto sí o sí.

Bueno, criaturas, creo que con esto ya tienen material para dar la brasa a sus cuñados y primos lejanos "expertos" en aviación. Y como creo que no se me ha olvidado nada relevante y, además, la joía caló me va a matá, me piro al patio a regarme.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM


domingo, 19 de julio de 2026

UNA CURIOSIDAD CURIOSA AÉREA

 


Estimados lectores, tras hacer un intenso ejercicio de acumulación energética, he logrado reunir los bríos necesarios para publicar este articulillo que, aunque breve, es posible que resulte curioso a más de uno porque no es una cuestión de la que suelan hablar con sus cuñados. Veamos...

Observen la foto superior. Nos muestra una imagen archi-repetida durante la 2ª Masacre Mundial, en la que un caza abrasa a tiros a un enemigo, le incendia el aceite, la gasofa o ambas cosas y se acabó lo que se daba. Por cierto, si alguna vez se han preguntado quién leches filmaba esos combates aéreos, era el mismo piloto. Los cazas de la 2ª GM estaban generalmente equipados con un chisme llamado foto-ametralladora, una cámara instalada en el morro que se ponía en marcha cuando el piloto apretaba el pulsador y disparaba el armamento de a bordo. A la derecha pueden ver una de ellas. Se trata de una cámara Tipo N-6 GSAP fabricado por Fairchild Aviation, un chisme que cargaba 50 pies (15'24 metros) de película de 16 mm. en b/n fabricada por Eastman Kodak. La película iba en un contenedor metálico, y equipó a la práctica totalidad de los cazas yankees del conflicto. La cámara se ponía en funcionamiento durante 5 segundos cada vez que se abría fuego, y se podía elegir la velocidad de filmación, 16 o 64 fotogramas por segundo. ¿Y que para qué leches servían las foto-ametralladoras? Pues para confirmar derribos, analizar el comportamiento de aviones propios o del enemigo, analizar los combates, etc. 

Armamento de una de las alas de un P-51
Bien, la curiosidad curiosa no tiene nada que ver con las foto-ametralladoras, pero lo incluyo para que informen a sus cuñados cómo se obtenían esas pelis que, aunque muy movidas y borrosas, son bastante chulas, la verdad. Y estas pelis tan chulas son las que sí nos permiten plantear la cuestión de la curiosidad: ¿Cómo era posible que, según vemos por la trayectoria de las balas trazadoras, era tan difícil acertar a un enemigo? ¿Cómo una lluvia literal de cientos proyectiles pasasen de largo sin tocar al avión que iba delante? Ojo, que en algunos casos hablamos de cazas armados con hasta ocho máquinas. Las primeras versiones del Spitfire llevaban ocho Browning calibre .303 British (Dios maldiga a Nelson), y la mayoría de los cazas yankees más mortíferos- P-47, P-51 y F-4U- armaban seis Browning M2 de calibre 12'70 mm. Una ráfaga de apenas cinco segundos de cualquiera de ellos ponía en el aire cientos de proyectiles muy dañinos. 

Bien, observen ahora ese otro fotograma. Procede de una filmación realizada por la Fairchild de un P-51 que atacó a un barco el cual, obviamente, no navega tan rápido como un avión. Prácticamente está inmóvil, y totalmente a merced del caza. Se puede ver el fulgor de las trazadoras, que pasan a decenas de metros del barco, y más lejos los surtidores de agua que levantan los proyectiles a más de 50 metros del objetivo. ¿A qué es debida esa imprecisión? ¿El piloto es un cuñado que no le daría ni a un mamut con sobrepeso a dos metros? Pues nones. Era debido a un problema que tenían absolutamente todos los cazas de aquella época: la correcta alineación de las armas. ¿Que de qué leches va eso? Pues esa es la curiosidad curiosa...

Armeros tedescos ajustando el mecanismo sincronizador
de un Fokker. Al disparar el arma y perforar la bala el círculo
de madera podían saber cual era la zona segura para disparar
Como ya saben, durante la Gran Guerra se planteó un dilema chungo: si se instalaban las máquinas en el capó del avión lo más probable era ver saltar hechas astillas las hélices nada más abrir fuego. Obviamente, en aquella época no se podían instalar en las alas porque, en ese caso, serían estas las que se harían astillas debido al retroceso, por lo que no quedó otra que emplazar las armas fuera del radio de giro de las hélices. En algunos casos, un tirador iba en la cabina delantera de aviones con hélice impulsora, uséase, detrás del fuselaje. En otros, como en el SE-5A de los british, se colocó sobre el plano superior. Pero fueron los tedescos, como no, los que ya tenían ideado desde 1910 un mecanismo. La idea fue de August Euler, un probo aviador y constructor de aeroplanos que diseñó un chisme que interrumpía el disparador del o de las armas cuando la pala de la hélice pasaba delante de la boca de fuego. 

Bien, la cosa es que, por aquel entonces, ni las distancias de combate ni la solidez de los aviones hacían necesario instalar más de un par de máquinas, por lo que la alineación de las mismas no era complicado. Bastaba con que el punto de impacto coincidiera con el punto de mira y poco más. Sin embargo, cuando los aviones empezaron a ser más robustos y los bombarderos se diseñaron cada vez más grandes y, encima, armados hasta los dientes, quedó claro que había que aumentar el armamento de los cazas. Pero el morro de un avión no daba para mucho, teniendo en cuenta que tenía que dar cabida ante todo al motor, de modo que se trasladó a las alas lo cual, además, eliminaba el inconveniente del sincronizado con las hélices. Pero esto trajo otro problema: ¿hacia dónde disparan varias máquinas divididas en dos baterías separadas varios metros? Tomemos como baremo al Spitfire, que tuvo varias combinaciones de armas a lo largo del tiempo...


Cartucho del .303 British Vs. 20 mm.
Obsérvese la sutil diferencia entre
ambos
Ahí tenemos dos de ellas. El Mk. I, el modelo más primitivo, armaba ocho máquinas con la distribución que vemos en el dibujito. Como las ocho máquinas empezaron a quedarse cortitas porque los Me-109 tedescos empezaban a llevar armas más pesadas, pues no les quedó otra que hacer lo propio: eliminar cuatro máquinas y sustituirlas por dos cañones Hispano de 20 mm. en el modelo Mk. IX. En los gráficos vemos punteado de rojo la trayectoria teórica de cada arma. Pero es exactamente eso, teórica. La velocidad y altitud del avión, la dirección del viento, la temperatura de cada arma y mil factores más influyen en dicha trayectoria, lo que hacía que la concentración de fuego fuese un poco bastante muy complicada de lograr, de modo que el enemigo podía ser rociado de balas que pasaban por todas partes, menos por donde él estaba, como vimos en la imagen del barco. Y a eso debemos sumar otro factor: no tiene la misma velocidad, la misma cadencia de tiro ni el mismo alcance una bala de calibre .303 British, uséase, el mismo de los fusiles de infantería, que la de un cañón de 20 mm. Sí, es cierto que, por lo general, el piloto dispusiera de un selector para disparar con las armas que le convinieran según el blanco a batir, pero si las cosas estaban chungas pues disparaban con todo, y el punto de impacto de las ametralladoras no era el mismo de los cañones. Para ello no queda más remedio que calcular la convergencia de tiro.

Y ahí tenemos el resultado. Los armeros colocaban en tierra el aparato en posición horizontal, y regulaban el ángulo de las máquinas de forma que los disparos se cruzasen a una determinada distancia considerada como la más idónea en función del calibre del arma y del enemigo a batir. Por ejemplo, no era lo mismo para un Me-109 disparar contra otro caza que no podía devolverle el fuego porque estaba a su cola, que a un B-17 o un B-24 literalmente erizado de ametralladoras de calibre 12'70 que podían reducirlo a chatarra volante en un periquete. De ahí que, en el caso de un aparato armado solo con ametralladoras, estas tuvieran un ángulo de convergencia de unos 250-300 metros. Si el caza tenía armas de diferentes calibres, se graduaban las ametralladoras por un lado, mientras que el ángulo de convergencia de los cañones se alargaba hasta los 400 ó 450 metros.

Este problema, que era bastante recurrente por los constantes desajustes, se solventó en parte instalando armas en el morro. Aviones como el Me-109 o el Zero llevaban dos ametralladoras pesadas sobre el motor, y en el caso del Me-109 G6 incluso llegó a disponer de un cañón de 20 mm. que disparaba a través del buje de la hélice. Otros, como el P-38, que tenía los motores en las alas- o las alas en los motores, según se mire, estaba provisto de cuatro M2 de calibre 12'70 y un cañón de 20 mm. agrupados en el morro, con lo que lograba una concentración de fuego a lo bestia. Los tedescos hicieron lo propio con el Me-262, cuyo morro también estaba libre para meter chismes en cantidad. Estos optaron por cuatro cañones Mk-108 de 30 mm. que eran máquinas de picar bombarderos. En este caso, disponía de un selector para disparar solo con dos cañones o con los cuatro y, a pesar de estar en el morro, en los dos aparatos citados también precisaban de una correcta graduación de convergencia. La del Me-262, al ser las cuatro armas del mismo calibre, estaban graduadas entre 450 y 500 metros.

En fin, esta es la curiosidad curiosa. Ojo, que esto de la convergencia no pasó a la historia en dos días. Durante muchos años más fue necesario controlar este aspecto tanto en cuanto aviones de todas las naciones seguían armadas  con baterías colocadas en sitios diferentes. ¿Recuerdan el F-86 Sabre, con sus dos tríos de máquinas en los costados? ¿O el F-5, con sus dos cañones en el morro? Bueno, pues hasta que no se llegó al uso de un único cañón no se acabó el problema. Bastaba con graduarlo conforme al sistema de puntería para que alcanzase el blanco y santas pascuas, aparte de que la artillería aérea ya se usa más bien poco, habiendo tomado el protagonismo los tropocientos tipos de misiles diseñados para destruir tropocientos tipos de objetivos. A la derecha tenemos un cañón rotativo M-61 Vulcan de 20 mm. Con una cadencia teórica de 6.000 dpm, uséase, 100 disparos por segundo, puede volatilizar cualquier cosa sin tener que preocuparse del dichoso ángulo de convergencia. Basta con que el arma y la mira apunten al mismo sitio.

Bueno, la curiosidad curiosa aérea ha concluido. Es hora del aperitivo, de modo que me piro.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM


domingo, 11 de junio de 2023

AMETRALLADORA LIGERA LEWIS. MANEJO Y USO TÁCTICO

 

Tirador y servidor de una Lewis tras un parapeto de circunstancias esperando la embestida de los tedescos durante la Kaiserschlacht iniciada durante la primavera de 1918. Estas máquinas, gracias a su movilidad, permitían trasladarlas rápidamente donde fuera necesario aportar potencia de fuego

Sección de ametralladoras del ejército británico a principios
de la guerra. Al fondo, en el centro, vemos el teniente que
estaba al mando de la misma
Al inicio de la Gran Guerra, la unidad básica del ejército british (Dios maldiga a Nelson) era el batallón. Hablamos de la infantería, naturalmente. Un batallón estaba compuesto por 1.007 probos homicidas al mando de un teniente coronel. Cada batallón estaba compuesto por una plana mayor, cuatro compañías con 227 oficiales, suboficiales, clases y fusileros al mando cada una de un capitán y, finalmente, una sección de ametralladoras con dos Vickers. Las compañías de fusileros se dividían a su vez en secciones de 50 fulanos al mando cada una de un teniente, y cada sección en cuatro pelotones de 12 fusileros al mando de un cabo (siempre hablamos de cifras aproximadas ya que los efectivos de cada batallón variaban constantemente). Como salta a la vista, si nos fijamos en la sección de ametralladoras vemos que su número eran bastante birrioso, y que las máquinas disponibles eran ametralladoras pesadas destinadas a ocupar una posición estática con la misión de intervenir si a los tedescos les daba por hacerles una visita precedida por una preparación artillera. Cuando la fiesta se puso seria y se dieron cuenta de la contundente eficacia de estas armas, allá por febrero de 1915 a los mandamases les faltó tiempo para duplicar el número de Vickers por batallón porque, por una mera cuestión matemática, si dos ametralladoras mataban a 100 tedescos, pues cuatro matarían a 200. Elemental, ¿no?

Trinchera alemana Vs. trinchera británica. A pesar de que las primeras
eran más confortables y seguras, eso no impidió a los tedescos desplegar
toda su agresividad y mala leche durante todo el conflicto

Sin embargo, a lo largo del aquel año el ejército isleño experimentó un revulsivo notable al ver que el despliegue táctico convencional ya había quedado totalmente obsoleto. Como se comentó en el articulillo anterior sobre estas armas, vieron que la infantería carecía de armas capaces de proporcionar potencia de fuego cuando llevaban a cabo un contrataque o una ofensiva, y sus fusileros no tenían nada con qué ofender a los tedescos que, retirados a su segunda línea defensiva, los diezmaban con sus Maxim con total impunidad salvo que la artillería propia lograse expulsarlos nuevamente de sus posiciones, lo que no era fácil ya que los sistemas de atrincheramiento y fortificación tedescos les daban cien vueltas al de los aliados, especialmente a los british cuyos mandos, muy sagaces ellos, tenían por norma impedir la construcción de trincheras sólidas y confortables en base a una teoría tan discutible como simplista: una trinchera segura hace que los hombres se tornen acomodaticios y prefieran no salir a combatir; una mierda de trinchera les hacía vivir en un estado de inseguridad que aumentaba su agresividad, lo que les empujaría a atacar con denuedo para eliminar la amenaza enemiga. Sin comentarios, ¿no?

Insignia de gorra del Cuerpo de Ametralladoras
Bien, el revulsivo mencionado supuso un cambio total en la distribución de las ametralladoras del batallón. En octubre de 1915 se creó el Cuerpo de Ametralladoras, por lo que las Vickers fueron retiradas de los mismos y pasaron a ser integradas en compañías dependientes de las brigadas, que se encargaban de distribuirlas en su sector según su criterio o las peticiones de los comandantes de cada batallón. A cambio, los batallones recibieron inicialmente cuatro Lewis que podían emplazarse en trípodes para su uso como ametralladoras estáticas o, llegado el caso, sacarlas de sus nidos y emplearlas como armas de apoyo para infantería. Como cabe suponer, la intención de los mandamases era aumentar de forma progresiva la dotación de máquinas por batallón hasta alcanzar al menos 16 de ellas, a razón de una por pelotón, pero no era nada fácil por dos motivos: uno, porque la BSA aún no daba abasto para cumplir los pedidos pendientes, y eso que, como recordarán, inicialmente los british solo se interesaron por la Lewis para armar aeroplanos; el otro problema estaba concatenado al anterior ya que, además de los problemas de suministro, a medida que avanzaba la guerra también aumentaba el número de batallones enviados al frente que debían disponer de sus máquinas. Con todo, hacia finales del conflicto se había logrado alcanzar nada menos que 36 ametralladoras por batallón a razón de dos por pelotón, más cuatro a disposición de la Plana Mayor destinadas principalmente a la defensa antiaérea.

A la izquierda vemos una Lewis emplazada sobre un trípode pesado que, a su vez, ha sido colocado sobre una rueda de carro para disponer de un rudimentario afuste giratorio para fuego antiaéreo. A la derecha tenemos el trípode reglamentario para este cometido, con un largo mástil que permitía hacer fuego rodilla en tierra. En el detalle vemos la mira para uso antiaéreo que se acoplaba en la carcasa del radiador, y en la abrazadera del mismo el pequeño dióptero que se instalaba en el alza del arma

Las dotaciones de los pelotones de ametralladoras dependían directamente de los batallones, y eran sus comandantes los que elegían a los que consideraban más aptos. Estos pelotones estaban formados básicamente por cinco hombres, a saber: 

El tirador, o Nº 1, que generalmente era un cabo y el jefe del pelotón. Estos hombres se seleccionaban en base a su puntuación en las prácticas de tiro con fusil, debiendo obtener al menos 130 puntos sobre 200 para obtener el rango.

El servidor, o Nº 2, era el encargado de retirar los cargadores servidos, colocar los nuevos y, caso de producirse una interrupción, ayudar a solucionarla. Era además el encargado de llevar la bolsa de herramientas y repuestos necesarios para solventar cualquier contingencia, y entre ambos podían desarmar una máquina en cuestión de segundos.

Los porteadores de munición, o Nº 3, 4 y 5, que debían acarrear entre cuatro y doce cargadores dependiendo de la misión a cumplir. Además, eran los encargados de recargar los cargadores tras cada movida, operación que se podía realizar manual mente con un útil del que ya hablamos en el articulillo anterior o con una máquina de recarga. 

Pelotón de Lewis en acción. El tirador está extrayendo el cargador,
mientras el Nº 2 le ofrece uno lleno. A su izquierda se pueden ver las
bolsas de transporte de los mismos
A estos cinco hombres se solían añadir, si había disponibilidad de ellos, dos o tres fusileros que, además de ayudar a cargar munición, tenían como principal cometido defender la máquina a ultranza, así como actuar de avanzadilla para localizar posibles emplazamientos durante un contrataque o una ofensiva. El armamento individual para los Nº 1 y 2 era el revólver Webley de calibre .455, mientras que los demás portaban el fusil Lee-Enfield reglamentario. Por lo demás, los tiradores estaban exentos de los servicios habituales entre la tropa si bien tenían que entregarse en cuerpo y alma a mantener su máquina en perfecto estado, y recordemos que ya se ha comentado que el buen funcionamiento de una Lewis dependía de una limpieza y un lubricado impecables. A cambio, tenían un sobresueldo de 6 peniques diarios, lo que no era ninguna tontería tanto en cuanto suponía un 50% más de paga que la de un soldado raso, que cobraba un chelín diario. No obstante, todos los miembros del pelotón recibían entrenamiento para hacer fuego en caso de que hubiera bajas entre ellos.

La dotación de cargadores de cada máquina era de 44 unidades, lo que suponía un total de 2.068 cartuchos; cada cargador lleno tenía un peso de 2 kilos. Los porteadores eran los encargados de recargarlos y guardarlos. Inicialmente se transportaban en macutos, sacos o donde podían, pero en 1915 se suministró un contenedor de lona de forma cilíndrica con capacidad para cuatro cargadores. Dicho contenedor se cerraba con una tapa plegable del mismo material, y para transportarlos solo disponía de una asa, lo que disminuía el número de cargadores que podía llevar cada hombre manteniendo una mano libre. A la izquierda podemos ver el contenedor en cuestión. Para darle rigidez, la parte inferior llevaba por dentro un cilindro de chapa ondulada. A la izquierda de la foto tenemos un porteador con uno de estos contenedores en la mano.

Obviamente, estos contenedores no eran especialmente prácticos tanto en cuanto limitaban la capacidad de cargadores a transportar con relativa comodidad y, lo que era más preocupante, eran susceptibles de perderse o dejarlos olvidados si había que salir de naja. Para remediarlo, en 1917 se suministró un nuevo modelo mucho más práctico y que permitía a cada porteador llevar encima ocho cargadores con más comodidad y con el peso- 16 kilos en total- repartidos de forma más racional por el cuerpo. Estas bolsas estaban unidas a un atalaje que permitía llevarlas como si fueran las cartucheras convencionales, como vemos en las dos fotos superiores. Dos quedaban colocados delante y los otros dos hacia atrás. En la parte inferior vemos el aspecto de los contenedores con sus respectivos cargadores, así como las dos parejas sueltas que, llegado el caso, permitían llevar encima menos cantidad llevando una pareja colgando del cuello. Recordemos que, según la misión encomendada, el pelotón llevaba más o menos cantidad de municiones para evitar ir sobrecargados.

Para su almacenamiento en las trincheras se empleaban unos cofres de acero que ya mencionamos en el articulillo anterior y que podemos ver con detalle en las fotos de la izquierda. Cada cofre, con un peso de 3'75 kilos, estaba dividido en dos compartimentos separados por un panel de madera, y tenían capacidad para ocho cargadores. Podían guardarse tanto en las bolsas circulares como en los contenedores o, simplemente, sueltos si bien, como ya dijimos en su momento, se hacía todo lo posible para impedir que la mugre y la humedad entrara en los cargadores. En el detalle vemos el receptáculo para el útil que se usaba para la recarga manual, y la flecha señala el lugar donde iba colocado en el cofre. Para facilitar su transporte estaban provistos de un asa de cuero situada justo debajo del cierre, como podemos ver en la foto inferior. Aunque, en teoría, estos cofres estaban destinados a almacenar la munición en las posiciones, si las condiciones del terreno y/o el clima por donde se movería el pelotón eran especialmente complicadas, pasaban de las bolsas y optaban por acarrear la munición en ellos a pesar de lo engorroso y pesado. Pero todo fuera por preservarlos de la humedad y el fango, porque ya sabemos que les iba la vida en ello.

Como complemento para el acarreo del material de cada pelotón, se distribuyeron unos carros de mano. Obviamente, no eran válidos para moverse en las trincheras, sino para trasladar armas, munición y pertrechos hasta primera línea. Este chisme no gozó de una especial popularidad, y se decía de él que "...se asemejaba a un ataúd montado sobre dos ruedas de bicicleta con neumáticos de goma maciza. Eran tan bajos que obligaba a agacharse a los hombres que tiraban y empujaban el carro". En la foto podemos ver dos pelotones arrastrando sus carros donde, además de armas y demás chismes, aprovechaban para cargar objetos personales. La foto, tomada en Fricourt en septiembre de 1916 y en vista de lo ligeros de ropa que van los british, hace suponer que hacía calorcito.

A principios de 1917 se sustituyeron los "ataúdes sobre ruedas" por el denominado General Service Wagon (Carro de Uso General, foto de la izquierda), unos carromatos en toda regla tirados por dos caballerías de los que se suministraban nueve por batallón a razón de uno para cada cuatro pelotones, que a lo tonto a lo tonto tenían que acarrear una notable cantidad de peso:
  1. 4 ametralladoras Lewis a razón de 12'25 kg/ud. = 49 kilos
  2. 4 bolsas de repuestos y herramientas a razón de 6'8 kg/ud. = 27'2 kilos
  3. 176 cargadores llenos a razón de 2 kg/ud. = 352 kilos
  4. 4 cofres de madera para pertrechos a razón de 15 kg/ud. = 60 kilos
  5. 22 cofres metálicos de munición a razón de 3'7 kg/ud. = 82 kilos
  6. 9 cajas de 1.000 cartuchos .303 British a razón de 34 kg/ud. = 306 kilos
Bolsa de herramientas y piezas de repuesto para las Lewis
Así pues, cada carro transportaba unos 876 kilos a los que habría que sumar bastimentos y los tropocientos cachivaches que, por lo general, todo el mundo solía añadir para hacer sus míseras existencias en el frente menos misérrimas. Cada batallón recibió nueve de estos carros para transportar las 36 Lewis con que contaba cada uno de ellos, aparte de los pertrechos, municiones y demás. Sin embargo, su tránsito por los caminos del frente no era precisamente fácil, y más si consideramos que había otros muchos vehículos más circulando en ambos sentidos por caminos bastante maltrechos, generalmente dañados por la artillería, mal reparados aprisa y corriendo por las unidades de zapadores y, en cuanto venían las lluvias, convertidos en pistas de fango pegajoso. No pocas veces los sufridos pencos del batallón se veían incapaces de arrastrar su carga, y no pocas veces el personal del batallón se veía obligado a echarse a cuestas toda la impedimenta para proseguir su camino hasta que lograban desatascar el dichoso carro o el tráfico disminuía de densidad. Y si, mientras tanto, los tedescos se aburrían y decidían batir con un poco de fuego artillero la zona, pues para qué hablar...

Tres Lewis controlan el paso sobre el Canal d'Aire cerca de Robecq,
en el sector de Ypres. La potencia de fuego desplegada por esas tres
máquinas solo podría ser suprimida mediante el uso de artillería
En cuanto a su uso táctico, fue la misma guerra la que marcó el camino a seguir. Cuando se sustituyeron las Vickers por las Lewis a nivel de batallón, sus comandantes las trataron como meras sustitutas, de modo que las emplazaron en trípodes como si fueran ametralladoras pesadas. Obviamente, en el momento en que había que hacer un fuego sostenido ante una avalancha de enemigos, las interrupciones eran continuas. No tardaron mucho en darse cuenta de que ese papel era para las Vickers, que deberían ser solicitadas a la brigada, y el de las Lewis como fuego de apoyo para la infantería que avanzaba, para cubrir ángulos muertos o bien para establecer puntos de resistencia en una zona conquistada mientras recibían refuerzos. 

Un tirador y su Nº 2 en algún lugar fuera de sus posiciones intentando
rechazar o derribar un avión enemigo que los acosa. Si palmaban
ahí, la valiosa Lewis se quedaría haciendo compañía a sus
maltrechas osamentas
No fue hasta finales de 1916 cuando se empezó a tener claro el uso táctico adecuado para estas armas. Las experiencias acumuladas durante el primer año y medio de guerra sirvieron para formar una serie de oficiales que se encargaron de formar a su vez a los comandantes de los batallones en cómo obtener un rendimiento óptimo de sus máquinas y, de ese modo, no desperdiciar armamento, municiones y hombres que eran difíciles de sustituir. De hecho, la escasez de ametralladoras y armamento individual en general obligaba a cada compañía a intentar recuperar el material perdido durante un avance fallido. Como ya podemos suponer, cada vez que un fulano caía como un auténtico y verdadero héroe, su fusil o su Lewis se quedaban tirados en la tierra de nadie, e intentar recuperarlas era una misión un poco bastante suicida porque los eficientes francotiradores tedescos se apalancaban en sus apostaderos dispuestos a dejar seco al primero que viesen paseando por el paisaje lunar, no ya en busca de heridos, sino de armas.

Tedescos haciendo prácticas con una Lewis y un Madsen
Para evitar estas situaciones tan irritantes, a las Lewis, siendo por razones obvias las armas más valiosas, se les ataba a la culata un fuerte y larguísimo cordel cuyo extremo era fijado lo más cerca posible de las alambradas propias. De ese modo, si el tirador caía durante un avance, solo había que arrastrarse hasta la piqueta donde estaba el cordel y tirar del mismo para recuperar la máquina. Sí, un sistema bastante primitivo, pero al parecer permitió recobrar no pocas ametralladoras que, o se habrían perdido para siempre, o habrían caído en manos de los tedescos que, ante la escasez de ametralladoras ligeras, echaban mano de todas las que podían y las enviaban a retaguardia para recamarar los cañones a su 8x57 mm. reglamentario y hacer las adaptaciones pertinentes en los mecanismos para esa munición.

Grupo de yankees practicando el tiro desde la cadera en Fort Custer
tras la guerra. A pesar de que el resultado de esta forma de disparar
se distinguió por sus pésimos resultados, ellos siguieron erre que erre
En cuanto a su despliegue a la hora de avanzar, los british nunca colocaron a sus ametralladores formando parte de la primera oleada, como hacían los gabachos. Estos últimos intercalaban sus pésimos Chauchat entre las filas de los atacantes y, como ya podrán imaginar, se convertían en el objetivo principal de las Maxim y los fusileros tedescos. Disparando desde la cadera, su precisión era un churro, y más si consideramos que no se movían precisamente por un suelo bien nivelado, sino todo lo contrario. Los yankees, cuando entraron en el conflicto y compraron ese fusil ametrallador a falta de algo mejor, adoptaron la misma táctica. Lo cierto  es que eso de disparar desde la cadera queda muy guay en las pelis, pero hacerlo sobre un enemigo protegido tras un parapeto estando el tirador en movimiento solo sirve para calentar el arma y quemar munición inútilmente. Bastaría con que un tirador enfilara al fulano del Chauchat para neutralizar la amenaza en un periquete. Esta forma de disparar, que denominaban como "fuego caminante", solo resultaba útil cuando había que limpiar trincheras y el tirador permanecía en una posición estática o avanzando muy despacio por un terreno razonablemente llano (el suelo de la trinchera), pero si lo hacía trotando por la tierra de nadie sus disparos formarían un cono de fuego tan amplio que hasta un elefante con sobrepeso pasaría entre las balas como si tal cosa.

Pelotón de Lewis esperando un contrataque alemán durante la
Kaiserschlacht cerca de Meteren, en abril de 1918
Por el contrario, los british, como ya hemos comentado, optaban por apoyarse con fuego de artillería que, a base de cronómetro, iba avanzando conforme lo hacían las tropas, lo que dio lugar a no pocas bajas por fuego amigo. Pero a los pelotones de Lewis no los situaban en primera fila, sino más atrás. Ya habían visto cómo los gabachos caían como moscas, de modo que no era plan de imitar tan absurda táctica. Por lo tanto, su despliegue lo llevaban a cabo de la siguiente manera: los pelotones avanzaban tras la primera línea de asaltantes, ocupando cráteres o posiciones protegidas desde las que podían abrir fuego sin ser alcanzados, apoyando así a sus compañeros intentando silenciar a las Maxim tedescas incluso recurriendo al tiro en desenfilada. Cierto era que esta táctica conllevaba el riesgo de romper el contacto entre la primera oleada y los pelotones de ametralladoras, pero pensaron que era preferible a verlos caer como bolos.

Distintivos de manga de los ametralladores de Lewis. LG
significa simplemente Lewis Gun
Otro uso que dio unos resultados bastante aceptables fue a la hora de suprimir las dotaciones de las Maxim de forma previa a un avance. Para ello, los pelotones de ametralladores se internaban en la tierra de nadie en plena noche hasta dar con un cráter que les permitiera ocultarse del enemigo. No olvidemos que las bengalas no paraban de iluminar la zona con su fría y tenebrosa luz de magnesio, y los tiradores de ambos lados abrían fuego hasta si veían moverse un cadáver a consecuencia de los gases de la putrefacción. Mientras tanto, un pelotón de fusileros hacía lo propio para atraer sobre ellos el fuego de las Maxim, que de ese modo delataban su posición. A continuación, los de las Lewis intentaban dar un golpe de mano, avanzando hasta la trinchera enemiga, barrer a los fulanos de las Maxim y salir de allí echando leches antes de que los perplejos teutones se recuperasen de la sorpresa. También se recurría a los pelotones de Lewis para proteger a las unidades de zapadores encargadas de reparar o abrir nuevas trincheras aprovechando la oscuridad.

Un pelotón de Lewis en el sector de Ypres en octubre de 1917. En
vista del abundante cargamento de munición que llevan encima,
cabe suponer que se dirigen a tomar parte en alguna movida
Por último, debemos mencionar el importante papel de las Lewis a la hora de consolidar el terreno arrebatado al enemigo. Para ello, era vital emplazar las máquinas en posiciones que pudieran resistir el inevitable fuego de barrera tedesco, para lo cual estos fulanos estaban muy bien entrenados. Los pelotones de Lewis se pertrechaban con el máximo posible de munición de cara a mantener una cadencia de fuego que mantuviera a la infantería a raya si iniciaban un contrataque hasta que la infantería propia pudiera proseguir el avance. Por lo general, el movimiento de tropas no solía efectuarse hasta la llegada de la noche para evitar que los cañonearan bonitamente, de modo que les esperaba una larga jornada intentando por todos los medios contener un contrataque o resistir el devastador fuego de los cañones enemigos. Está de más decir que muchos servidores de las Lewis dejaron el pellejo en el intento, y que muchos avances se vieron frustrados en el momento en que no quedaban hombres para ofrecer fuego de apoyo a la siguiente oleada.

Pelotón de Lewis preparándose para un ataque. Posiblemente,
para alguno, varios o quizás todos los que aparecen en la foto,
ese fue su último día en este atribulado planeta
Ya hacia el final del conflicto, las secciones de infantería de los batallones habían sufrido una profunda metamorfosis. En vez de ser parte de una compañía que actuaba al unísono, se proveyó a cada sección con dos Lewis, mientras que los otros dos pelotones fueron equipados de granaderos especialmente adiestrados en el lanzamiento de bombas de mano y de granadas de fusil. Esta nueva unidad tenía una enorme flexibilidad táctica, podían actuar de forma independiente desplegando una enorme potencia de fuego, podían dar golpes de mano o, en resumen, cualquier tipo de movimiento que, gracias al reducido número de componentes de la sección, podían infiltrarse en zona enemiga, perpetrar la escabechina y salir pitando.

Distintivo inicial de los servidores de ametralladoras.
MG = Machine Gun. Posteriormente, cuando los de las
Lewis recibieron el suyo propio, estos solo fueron
usados por los de las Vickers
En fin, criaturas, con esto terminamos. Como hemos visto, el concepto de ametralladora ligera que hoy nos es tan básico no surgió sin más, y fueron precisos muchos meses de guerra y muchos hombres muertos hasta que se dieron cuenta de que la capacidad letal de las ametralladoras iba mucho más allá de las máquinas emplazadas en posiciones estáticas. En la 2ª Guerra Mundial, el trípode quedó relegado a las casamatas y trincheras fijas, y la imagen del ametrallador de esa época es la del tedesco con la MG-34 o 42 al hombro, galopando por esos mundos de Dios, y al british con su Bren a cuestas. Los hijos del padrecito Iósif, que aunque contaban con sus Degtyarev permanecieron fieles a las Maxim, los afustes Sokolov al menos les permitían una movilidad que era impensable en una Maxim o una Vickers de la Gran Guerra.

Bueno, ya no me enrollo más. 

Hale, he dicho

Lewis haciendo una demostración de su arma hacia 1920. Por aquella época, todo lo que tenía que demostrar estaba ya demostrado, creo yo...