jueves, 27 de agosto de 2015

Asesinatos: Enrique IV de Francia


Enrique IV según H. Iacobsen (1614)
Asesinar monarcas es una cosa muy fea, y más en una época en que detentaban un poder absoluto y cesarlos en el cargo de forma repentina suponía dejar a una nación sin gobierno. No obstante, cierto es que, casi siempre, el sustituto estaba disponible en un tiempo récord bien en forma de heredero, regente o valido. Sea como fuere, lo que sí es cierto es que desde la baja Edad Media hasta nuestros días han sido escasos los reyes asesinados por el bien del estado, y la gran mayoría de los regicidios han sido gestados en alevosas conspiraciones  y generalmente consumados por sujetos poseídos de ciertas dosis de mesianismo en todas sus variantes, o bien por meros intereses personales o incluso por estar simplemente como puñeteras cabras. 

La muerte de Enrique IV de Francia, o Enrique Navarra si vuecedes así lo prefieren, a manos de François de Ravaillac obedecería a una mezcla de los tres supuestos: era un tipo que daba por hecho que su acción beneficiaría a su país, obedecía a sus intereses personales ya que era un fanático católico y, naturalmente, no debía hilar muy fino para atentar contra un rey al que su pueblo tenía en muy alta estima hasta el extremo de apodarle como "le bon roi Henri", el buen rey Enrique.

La reina madre, Catalina de Médicis, contempla el
resultado de la matanza de San Bartolomé. Enrique
se libró al prometer que abjuraría del protestantismo.
El Borbón fue el primer monarca de su dinastía tras la muerte sin herederos de Enrique III, el último de los Valois. Antes de ser coronado como rey de Francia ya lo había sido de Navarra por herencia de su madre Juana de Albret, que lo educó bajo sus creencias protestantes. De hecho, se libró por los pelos de no ser aliñado durante la Noche de San Bartolomé ya que era un señalado líder de los hugonotes. Pero bueno, cuando dijo aquello de que París bien vale una misa dejó claro a todo el mundo que prefería contemporizar y abjurar de su fe con tal de trincar la poltrona. Eso le valió ser tenido como un advenedizo por los católicos y como un traidor por los calvinistas, situación esta que dio como resultado verse sometido a un amplio surtido de odios que degeneraron en los doce atentados que sufrió nuestro hombre a lo largo de su reinado antes de ser definitivamente escabechado.

Maximilien de Béthune, duque de Sully,
uno de los más cercanos ministro del rey
En mayo de 1610, su segunda mujer, María de Médicis, logró que la coronara como reina consorte, cosa que no gustaba nada a su marido y que, de hecho, intentó alargar todo el tiempo que pudo. Y no por mero capricho, sino porque se llevaba fatal con ella a causa principalmente de los constantes devaneos del monarca que a su mujer, como buena italiana, la ponían de los nervios a causa de sus celos. Sin embargo, ante la inminencia de una confrontación contra Austria que lo mantendría alejado del reino acabó transigiendo. Así pues, el 13 de ese mes se celebró la coronación a pesar de que el evento llenó de terribles presagios la mente de Enrique. De hecho, le confió al duque de Sully que "su corazón le decía que alguna desgracia le iba a pasar", e incluso que "la coronación sería la causa de su muerte" y que "jamás saldría vivo de París". Al parecer, incluso había sido advertido por algún adivino o similar de que sería asesinado en la primera ceremonia que celebrase tras dicho augurio- la coronación de marras- y que debía morir en un carruaje. Por cierto que estas cuitas acabaron cabreando seriamente a la reina la cual, al parecer, se tomó muy a mal tantos temores ya que podrían considerarse como una especie de conspiración por su parte.

El Arsenal
Así estaban las cosas el viernes, 14 de mayo de 1610. Ese día y a pesar de los negros presagios que lo traían por la calle de la amargura, el rey Enrique decidió ir al Arsenal a visitar a Sully, que estaba enfermo. Sin embargo, aún dudo bastante tiempo si ir o no. Varias veces le preguntó a su mujer si debía salir o quedarse en casa hasta que, finalmente, dio orden de preparar su carruaje para salir después del almuerzo no sin antes advertir que volvería en poco rato, y que después de la visita iría directamente a palacio. Junto al carruaje lo esperaba Charles de Choiseul, marqués de Praslin y capitán de su guardia personal, para acompañarle, a lo que el rey se negó diciéndole que se podía marchar y que quería ir solo. No estuvo acertado el monarca al tomar esa decisión.

El carruaje real era un vehículo bastante aparatoso provisto de tres filas de asientos para acomodar al séquito del monarca. El rey, tal como vemos en el grabado de la derecha, se sentó en la parte trasera con el señor de D'Epernon. Los demás ocupantes eran los señores de Montbazon y De la Force, el mariscal de Lavardin, el señor de Cresqui, el marqués de Mirabeau y el caballerizo real. El tráfico en París era muy denso debido a la ceremonia de consagración de la reina coronada que tendría lugar dos días más tarde, lo que hizo que al llegar a la calle de los Herreros se vieran retrasados por un carro que obligó al cochero a circular muy cerca de las herrerías y tiendas de ferralla.

Retrato del asesino, que aparece con el
arma homicida en la mano.
Ese fue el momento que aprovechó el asesino, François de Ravaillac, para asaltar el coche. Es evidente que el regicida no lo esperaba en ese lugar ya que no sabía qué ruta tomaría su víctima, por lo que podemos deducir que debió seguirlo hasta ver la ocasión ideal, que no fue otra que el instante en que el carruaje tuvo que ralentizar su marcha debido al carro que le bloqueó parcialmente el paso. Su ataque fue sorpresivo y fulgurante ya que la pequeña escolta que marchaba a pie no tuvo tiempo de reaccionar, permitiéndole asestar dos puñaladas al monarca. Curiosamente, el asesino abordó el carruaje justo delante de una tienda cuyo distintivo era un corazón coronado y atravesado por una flecha. La primera cuchillada le alcazó entre la axila y la tetilla izquierda, si bien no tuvo más consecuencias que un rasguño. Pero a continuación le propinó otra entre la quinta y la sexta costillas que fue fatal, produciéndole una severa hemorragia. 


Instante en que el magnicida es apresado por los
miembros de la escolta regia
Al sentir el hierro penetrando en su cuerpo, el rey dio un grito y se agitó. El señor D'Epernon, con quien estaba hablando en ese momento, le preguntó si le pasaba algo, a lo que el rey le respondió en voz muy baja que no era nada. Cabe suponer que el atentado fue tan fugaz que los ocupantes del carruaje ni se percataron de lo que había pasado rodeados por la vorágine callejera. Pero los guardias de la escolta sí que se habían dado cuenta de todo, y rápidamente se abalanzaron contra el asesino el cual no opuso resistencia. El cochero dio media vuelta y salió echando leches hacia el Louvre con el rey prácticamente inconsciente a causa de la hemorragia. Cuando llegaron a palacio ya se sabía lo que había ocurrido gracias a que algunos de sus escoltas salieron corriendo y se adelantaron para dar aviso. 

Esperando junto a las escaleras que daban al aposento de la reina estaba el señor de Cerisy, teniente de la guardia real. Le dieron un sorbo de vino para intentar reanimarlo pero el rey, cuya cabeza sujetaba Cerisy, solo movió un poco los párpados y se quedó inmóvil. Entre el señor de Montbazon y el conde de Curzon llevaron el cuerpo hasta el aposento real, donde quedó tumbado en la cama. Los médicos de la corte quisieron desvestir al rey para intentar curar las heridas, pero Pierre Milon, el médico principal, se dio cuenta de que no había nada que hacer. 

-Esto se acabó. Se ha ido- sentenció.

Y, en efecto, el rey Enrique IV acababa de palmar de forma totalmente silenciosa, desangrado hasta morir por la certera cuchillada que le propinó su asesino. Tenía 56 años.

Cadáver de Enrique IV expuesto en su alcoba
La consternación fue mayúscula cuando se supo la muerte del monarca. De hecho, el mismo Sully, muy acojonado al pensar que la cosa era un complot en toda regla para cercenar la nueva dinastía, a pesar de su enfermedad se presentó en el Louvre seguido de cuarenta hombres a caballo, y exhortó a los ministros y consejeros del rey a que, ante todo, debían jurar que se mantendrían fieles tanto a la memoria del soberano difunto como al príncipe delfín para que nada ni nadie impidiera su ascenso al poder. Tan convencido estaba de que tras el asesinato había una conspiración en toda regla que, tras su paso por el Louvre, se encerró en la Bastilla tras requisar todo el pan que pudo encontrar en París por si la cosa se ponía chunga, e incluso dio aviso a su yerno, el señor de Rohan, para que marchara sobre la capital con seis mil mercenarios suizos porque su fidelidad se compraba con dinero.

Momento cumbre de la ejecución. No se andaban con
tonterías en aquellos tiempos, vaya que no...
Sin embargo, tras apretarle bien las tuercas a Ravaillac se llegó a la conclusión de que, en efecto, el crimen había sido idea suya y que no tenía cómplices. Al parecer, su intención era impedir que se llevara a cabo la campaña contra Austria, una nación católica, la cual tenía previsto llevar a cabo con la ayuda de nobles protestantes alemanes. Está de más decir que pagó con creces el regicidio, porque para su ejecución debieron echar mano al "Manual del verdugo competente". El suplicio se consumó el 27 de mayo siguiente en la plaza de la Grêve, donde le fueron aplicados hierros al rojo por el cuerpo, se le quemó la mano derecha con azufre, se le vertió plomo fundido en las quemaduras y, finalmente, fue desmembrado por cuatro caballos. Curiosamente, fue considerado como un héroe por muchos católicos al ser considerado como un defensor de la fe. 

Mascarilla funeraria vaciada en yeso tras
la exhumación que tuvo lugar el 12 de
octubre de 1793. El estado de la
momia era sorprendentemente bueno.
En fin, así fue el asesinato de Enrique de Borbón, el cual no sirvió para nada ni tuvo consecuencias políticas de calado. La reina María ejerció la regencia hasta 1617, cuando su hijo Luis fue declarado mayor de edad, y el asesino quedó reducido a cenizas tras ser quemado en el mismo patíbulo. Su dinastía estaba sobradamente consolidada gracias a su abundosa prole, así que el abyecto atentado solo adelantó en unos cuantos años el advenimiento de Luis XIII.

Tras ser embalsamado, su cadáver fue enterrado en la basílica de Saint Denis, de donde fue vilmente exhumado y profanado en octubre de 1793 junto a los restos de otros muchos reyes a manos de la chusma durante la revolución francesa. La momia fue expuesta a las iras del populacho y quedó bastante averiada, perdiéndose su cabeza la cual estuvo desaparecida hasta 1919, pero eso es ya otra historia. 

Así pues, con lo contado ya vale por hoy.

Hale, he dicho

Reconstrucción forense llevada a cabo sobre un modelo tridimensional del cráneo del monarca. Parece vivo, ¿no?




martes, 25 de agosto de 2015

La agitada vida ultraterrena del obispo Adhémar


El obispo Adhémar cabalgando al frente
de su mesnada en plan Santiago Matamoros
Está de más decir que si una campaña militar se ve apoyada de forma fehaciente por Dios nuestro Señor, la Virgen o los santos, pues tiene garantizado el éxito, faltaría más. Y a falta de la divinidad o del santoral en pleno, pues se recurre al auxilio de los fallecidos que en vida hayan gozado de una reputación por encima de todo comentario y que nunca hayan sido tachados de putañeros, malsines o cortabolsas porque eso está muy feo.

Como ya se anticipó en la entrada anterior, durante la Primera Cruzada no faltaron visionarios de todas las calañas que, adecuadamente utilizados, eran bastante útiles para levantar los ánimos del personal cuando se amohinaban como consecuencia de las derrotas, las enfermedades o las privaciones. Y en este caso, qué mejor que echar mano al fantasma del obispo de Le Puy, un hombre con muy buena prensa, como diríamos hoy día, entre la tropa e incluso los arrogantes líderes militares de la empresa.


Los cruzados encuentran la
Sagrada Lanza en Antioquía
Ya vimos como Pedro Bartolomé anunció a bombo y platillo sus visiones en las que San Andrés, acompañado de Jesucristo, le daba cumplida cuenta del lugar donde se hallaba la Sagrada Lanza en la iglesia de San Pedro, en Antioquía, lo cual vino de perlas para exaltar los decaídos ánimos de la tropa que, sabedores de que tan sagrado objeto les protegía, no dudarían de que ningún enemigo se resistiría a su empuje. Como es lógico, jamás sabremos si las visiones de Pedro fueron de creación propia o tal vez inspiradas por personajes como Pedro el Ermitaño o cualquier líder que practicase rudimentos de guerra psicológica pero, en todo caso, cierto es que las apariciones que tenía el santón provenzal siempre eran de lo más oportunas. 

La primera aparición tuvo lugar en la noche del 3 de agosto de 1098, dos días después del deceso del obispo Adhémar. En la visión, éste se le presentó en la capilla de Raimundo de Saint-Gilles para informarle de lo siguiente: por haber dudado de sus afirmaciones acerca de la veracidad de la lanza encontrada en la iglesia de San Pedro había sido castigado con pasar dos días en el puñetero infierno, y que Jesucristo le había provisto de una capa para que le protegiera del fuego en recompensa por una que había regalado a un pobre cuando fue nombrado obispo. Esta visión da un cante tremendo ya que, con ella, el listo de Pedro pudo dar un marchamo de calidad a sus anteriores apariciones acerca de la dichosa lanza. Pero el personal estaba dispuesto a creerse todo lo habido y por haber, así que nadie dudó de sus palabras.

Pedro Bartolomé en plena ordalía con la lanza
en la mano.
El fantasma de Adhémar pidió al santón que encendiera una vela por su alma y se hiciera una donación de tres denarios en bien de la Sagrada Lanza. Pero lo más importante eran los mensajes que tenía para los mandamases de la Cruzada, a los que exoneraba de transportar su cuerpo a Jerusalén cuando fuera tomada. Así mismo, encomendaba al conde de Tolosa a que nombrara un nuevo obispo en Le Puy, y pedía a todos que no lloraran su muerte ya que desde el Mas Allá les estaría ayudando en el Más Acá cuando fuese menester. Terminaba diciendo que si alguien cuestionaba lo dicho, que abrieran su tumba y comprobasen que su rostro estaba quemado ya que esa parte del cuerpo no había estado protegida por la capa que le había prestado Jesucristo. Añadió que el infierno era un sitio muy desagradable y que no era nada aconsejable pecar porque, de hacerlo, nadie se vería libre de pasar por el tostadero aquel. Sin embargo, a Pedro Bartolomé le duró el chollo visionario apenas nueve meses porque, al cabo de ese tiempo, el personal estaba hasta el gorro de su actitud amenazante y, quizás también, por haberse arrogado un liderazgo espiritual que no le correspondía. La cosa es que el fantasma del obispo le cortó la comunicación directa, y en abril de 1099 un tal Arnulfo, capellán de Roberto de Normandía, le dijo que era un embustero de tomo y lomo, que sus visiones eran un camelo y su lanza sagrada aún más. Así pues, se tuvo que someter a un juicio de Dios para probar su verdad paseando sobre llamas de las que, caso de ser cierto lo que decía, en teoría debería salir indemne. Sin embargo, acabó más achicharrado que un torrezno y la palmó bonitamente al poco tiempo.

El obispo Adhémar guiando a los fieles a la Cruzada
cuando aún no había abandonado su envoltura carnal.
Naturalmente, el occiso visionario tuvo sus émulos. Uno de ellos fue Pedro Desiderio, un cura también de la Provenza, tierra esta que, al parecer, daba más santones que mangantes la clase política. En este caso, el obispo se presentó acompañado de san Nicolás y le aseguró que lo de la lanza era totalmente cierto y que las llamas infernales le habían quemado la mitad de la cara junto con el pelo y la barba de ese lado de la cabeza. Añadía que, aunque ya había sido liberado del castigo, no se le permitiría contemplar a Dios hasta que se le igualara la pelambre craneal y facial. En este caso, es más que probable que Desiderio fuese incitado por Raimundo de Saint-Gilles, cuyo liderazgo estaba en entredicho y le convenía seguir dando la matraca con el tema de la lanza ya que él apoyó oficialmente su veracidad porque le convino en ese momento. 

Lanza de Echmiadzin. Esta fue la lanza
hallada en Antioquía por Pedro Bartolomé.
Como se puede comprobar, las dudas
acerca de su autenticidad estaban
perfectamente justificadas.
Otro de los agraciados con la visita del fantasma episcopal fue Bernardo de Le Puy, un clérigo que formaba parte del séquito de Adhémar. Al cura este no se le presentó su antiguo jefe con ningún santo, sino con el espectro de su abanderado, un tal Heraclio. Este sujeto había fallecido durante el encuentro que tuvieron con el atabeg de Mosul a consecuencia de un flechazo en plena jeta que lo escabechó en un periquete. La visión, según Bernardo, obedecía al hecho de estar enfermo, por lo que el obispo vino a decirle que sus males eran como consecuencia de su falta de fe en la autenticidad de la puñetera lanza, que estaba dando más que hablar que cornudo en reunión de comadres. Aunque el cura protestó afirmando que él creía en la lanza, Adhémar le replicó que no lo suficiente, por lo que no sanaría hasta que su fe aumentara de forma ostensible. Como vemos, la lanza es por norma el motivo de las apariciones.




Dos de las Sagradas Lanzas más conocidas. La de la
izquierda es la que se conserva en Viena, y la otra la
que se exhibe en Cracovia y que se considera como una
copia de la anterior. En ambos casos, su parecido con

el PILVM romano también es pura coincidencia.
Aún hubo un cuarto visionario, Esteban de Valence, el mismo personaje que, junto con Pedro Bartolomé, afirmó haber visto a Jesucristo indicándole que la lanza era más auténtica que la indecencia de un político. En su caso, la aparición fue un poco brusca ya que el fantasma del obispo le golpeó con una barra de hierro para llamar su atención. Supongo que el hombre estaría despistado en ese momento tal vez. Bueno, la cosa es que le pegó el barrazo durante el cerco de Arqah, en la misma época en que su compadre Pedro Bartolomé se cremó para dar fe de sus visiones y, en este caso, no se mencionó la lanza ya que el obispo apareció para reprender al personal por no portar la cruz delante del ejército. Además, le aseguró que a la Virgen le agradaría mucho ese gesto, a lo que Esteban replicó que deseaba fervientemente ver a la Madre de Dios, deseo que le fue concedido. En ese momento se le reveló acompañada de santa Ágata y de otra santa que no se molestó en presentarse. Tras la sobrecogedora visión, el obispo conminó a Esteban a que se dijeran tres misas por sus padres, así como a que tanto la lanza como la cruz fueran siempre encabezando el ejército en manos de clérigos revestidos con sus atributos sacerdotales, y no por militares. Cabe reseñar que el cerco de Arqah era mantenido a toda costa por el conde de Tolosa contra el parecer de su hueste, por lo que no es ninguna tontería dar por hecho que estas visiones fueron, como siempre, especialmente oportunas ya que de ese modo se lograba intensificar el asedio.

Procesión de cruzados alrededor de Jerusalén tal como aconsejó el
fantasma del obispo. A pesar de tan piadosa actitud en las tropas, la
matanza que causaron durante tras asalto fue algo nunca
visto hasta entonces
Pero la que quizás fue la más importante visión de todas tuvo lugar, también de forma muy oportuna, durante el asedio a Jerusalén. En esta ocasión, el afortunado por recibir la visita del obispo fue nuevamente Pedro Desiderio, al cual le dijo que, a la vista de lo decaídos que estaban los ánimos, era preciso que las tropas hicieran penitencia y se liberaran de sus muchos pecados. Por ello, conminó a todo el ejército a que organizaran una procesión en la que todos, sin excepción, debían caminar descalzos alrededor de las murallas de la ciudad y que, una vez concluido el acto de penitencia, atacaran con denuedo. De ese modo, la ciudad caería en manos de los cruzados de ahí a nueve días. No obstante y a pesar de que venía de perlas en aquel momento, los líderes de la Cruzada dudaron mucho si dar fe o no a esta aparición ya que, al parecer, el personal estaba ya un poco harto de tanta visita episcopal. Al final decidieron darla por buena porque, simplemente, les convenía. Sin embargo, prefirieron no decir nada acerca del obispo Adhémar por temor a que nadie tomara la visión en serio. El pobre fantasma había perdido credibilidad a manta. Pero a pesar de todo, el recuerdo del buen obispo seguía en las mentes de todos ya que, cuando comenzó el asalto, muchos aseguraron que vieron a Adhémar trepando por una escala y coronar el parapeto antes que nadie mientras animaba a las tropas a seguirle.

Otra versión de la procesión en la que se
ven a los sarracenos pitorreándose de
ellos desde las murallas. Ciertamente, les
hicieron pagar cara la mofa.
En fin, cuando la ciudad santa cayó en manos de los cruzados el fantasma debió considerar que su misión había concluido felizmente porque ya no se volvió a aparecer a nadie más. Pero lo verdaderamente interesante de todo este cúmulo de camelos y supercherías radica en el inteligente uso que se hizo de las mismas, aprovechando la superstición y el miedo de las tropas para manipularlas de la mejor forma posible. Las apariciones milagrosas en plena batalla fueron una tónica habitual en toda la Edad Media e incluso en pleno Renacimiento, y en épocas tan tardías como el siglo XVII, los herejes aún pensaban que Dios era español cuando los tercios les daban estopa a base de bien aún teniendo todas las de perder. Lo malo es que, como hoy día todo el mundo es tan descreído y tan ateíllo, pues no es posible recurrir a estos eficaces métodos para poner contentito al personal. 

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho 

lunes, 24 de agosto de 2015

Obispos guerreros: Adhémar de Monteil


El papa Urbano II predica la Cruzada el 27 de noviembre de 1095. Tras él aparece el obispo Adhémar de Monteil

El papa Urbano dirigiéndose a Clermont (izqda.)
y reunido con los obispos en dicha ciudad (dcha.)
Cuando se menciona la Primera Cruzada, al personal se le suelen venir a la mente los nombres de los principales nobles que tomaron parte en la misma: Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa y el primero en unirse a la empresa; Godofredo de Bouillon, duque de Lorena y cabeza del reino de Jerusalén tras su conquista, o el fiero y ambicioso normando Bohemundo de Tarento, príncipe de Antioquía. Sin embargo, pocos suelen tener conocimiento del líder espiritual de esta empresa, el hombre designado por el papa Urbano II como legado suyo y, por ende, la primera jerarquía del poderoso ejército enviado para liberar Tierra Santa de manos de los infieles: Adhémar de Monteil, obispo de Le Puy. Curiosamente, su vida anterior al inicio de la Cruzada es casi desconocida, habiendo muy pocos datos de sus hechos hasta ser nombrado legado pontificio. Veamos pues quien fue este probo clérigo.

Escudo de armas de los
condes de Valentinois
Adhémar de Monteil era miembro de una añeja familia oriunda del Delfinado y establecida en la Occitania en el siglo XI. Curiosamente, nuestro hombre era el mayor de tres hermanos. Y digo curiosamente porque, contrariamente a los usos de la época, siendo el mayor debería haber sido la cabeza visible del clan por lo que cabe suponer que su vocación religiosa era real. Era hijo de Hugues de Adhémar (c. 1035-1076), conde de Valence (o Valentinois) y señor de Monteil (o Montelimar) y de Marta de Toulouse (c.1035-1077), los cuales pusieron en el mundo una prole de tres retoños: Adhémar, nacido posiblemente hacia 1055, Lambert François (c. 1065-1119), señor de Peyrins y Guillaume Hugues (c. 1075), el cual heredó el señorío de Monteil a la muerte de su hermano mayor.


Castillo de Adhémar, en Montelimar. Este castillo fue edificado sobre
una mota castral construida en el siglo XI por el conde de Tolosa.
Su aparición en la historia tuvo lugar durante el tercer cuarto del siglo XI a raíz de los líos entre el obispo de Clermont, Étienne de Polignac, y el del Le Puy, Étienne d'Auvergne. Polignac, perteneciente a una linajuda familia de la región, fue acusado de simonía y excomulgado por Gregorio VII en marzo de 1077, por lo que nuestro hombre alcanzó la dignidad episcopal en la elección celebrada tras la destitución de su antecesor si bien no se conoce la fecha exacta del nombramiento.

Catedral de Le Puy. La diócesis data del siglo IV. 
El verse elevado de rango le enfrenta a la familia de los Polignac, que eran los que llevaban la torta de años haciendo lo que les daba la gana, lo que da lugar a tener que imponer su autoridad tanto espiritual como secular y excomulgar a los levantiscos nobles para meterles las cabras en el corral. A partir de ahí, lo único que se sabe es que entre 1086 y 1087 se largó a Tierra Santa como peregrino, lo que corrobora la conjetura de que el buen Adhémar era ciertamente un sujeto poseído de una profunda vocación religiosa. Debemos tener en cuenta que, en aquellos tiempos, la inmensa mayoría de los jerarcas de la Iglesia se quedaban en sus palacios pegándose la vidorra padre, y eso de irse a la otra punta del mundo a patear desiertos cuajados de serpientes, alacranes y musulmanes no les atraía nada de nada por mucho que fuera la tierra que pisó Jesucristo.

Sarracenos atacando a unos peregrinos en Tierra Santa. Este fue uno
de los motivos que justificaron la Cruzada
Por otro lado, la peregrinación del obispo tiene más relevancia de lo que pueda parecer ya que, según algunos estudiosos, fue precisamente su conocimiento de primera mano de la situación en Palestina lo que más influyó en Urbano. No obstante, hay quien asegura que dicha peregrinación no tuvo lugar si bien no ofrecen al parecer argumentos sólidos para desechar esa idea. De hecho, se tiene constancia de que aún no había regresado cuando tuvo lugar la elección del abad de Saint-Chaffre, un tal Guillaume, el cual no pudo ser bendecido por el obispo Adhémar hasta su retorno de Tierra Santa en 1807. Sea como fuere, la cuestión es que cuando se empieza a tener información más detallada sobre nuestro hombre es precisamente a raíz de la predicación de la Cruzada el 27 de noviembre de 1095, cuando es el primero en ofrecerse para encabezar la expedición nada más terminar el papa su discurso. Se da por sentado que este "gesto heroico" ya estaba pactado de antemano entre Adhémar y Urbano pero bueno, la cuestión es que el hombre se ofreció y el papa lo nombró delegado suyo en aquel instante. Tras dedicarse en cuerpo y alma tanto a la organización del ejército como a la recaudación de dinero para la empresa, el buen obispo partió hacia Tierra Santa acompañado de su hermano Guillaume Hugues en octubre de 1096.


Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa, jura su adhesión a la
Cruzada. A su derecha aparece un envejecido obispo Adhémar, que
en aquella época debía tener unos 40 años a lo sumo. De hecho, ambos
tenían prácticamente la misma edad. En todo caso,
estos anacronismos son habituales en el arte del Romanticismo
Sin embargo, este nombramiento no suponía el mando supremo de la expedición aunque, en teoría, siendo como era una empresa auspiciada por la Iglesia el legado pontificio sería la máxima autoridad. Antes al contrario, Adhémar se vio en todo momento bajo una gran presión por parte de los poderosos nobles que se unieron a la Cruzada ya que todos ellos, está de más decirlo, querían detentar el mando de la misma. En cualquier caso, lo que nadie le negó nunca fue el liderazgo espiritual que, las cosas como son, se ganó a pulso gracias a su capacidad para negociar, contemporizar y aunar voluntades, cualidades estas que hay que reconocerle a nuestro hombre ya que, gracias a ellas, se impidió que la expedición acabara en nada debido precisamente a la constante pugna entre los grandes señores que querían a toda costa hacerse los amos del cotarro.


Alejo I Comneno
Algunos historiadores señalan que fue precisamente esta gran capacidad negociadora y su habilidad como político lo que hizo que Urbano delegara en el obispo Adhémar. El papa ya sabía que no solo tendría que ejercer como líder de una horda nutrida en muchos casos por las cloacas de Europa, sino con los sibilinos y taimados bizantinos que querían usar los ejércitos cruzados en beneficio propio ya que la expedición había surgido a raíz de la petición de ayuda por parte del emperador Alejo I; no obstante, este no se podía ni imaginar que los belicosos francos, germanos y demás energúmenos buscarían en Palestina la forma de aumentar sus posesiones. Y por si no tenía bastante con tener que aplacar a los altivos nobles y a los retorcidos griegos, también se las tuvo que ver con los místicos y santones que acompañaban al ejército y que estaban a todas horas dando la murga con supuestas apariciones y mensajes del Más Allá, lo que no debía ser precisamente agradable ya que las tropas, ignorantes y supersticiosas como ellas ellas solas, tenían la enojosa tendencia a la credulidad más absoluta, y cualquier presagio salido de boca de estos correveidiles de la divinidad era tomado como artículo de fe.


Juicio de Dios al que fue sometido Pedro
Bartolomé en abril de 1099 para probar la
veracidad de la lanza de marras.
El visionario más empecinado de todos era un campesino provenzal llamado Pedro Bartolomé, el cual afirmó haber sido informado de la ubicación de la Lanza Sagrada en la iglesia de San Pedro de Antioquía. Esta revelación le fue comunicada por el mismísimo san Andrés, el cual se le había aparecido acompañado de otra persona que luego fue identificada como Jesucristo nada menos. El obispo Adhémar no estaba por la labor de tomar en serio al santón debido a que ya había una Lanza Sagrada en Constantinopla (actualmente se veneran varias Lanzas Sagradas), y por otro lado las visiones de Pedro no le merecían el más mínimo crédito. Pero si las visiones de Pedro no eran suficientes, se le unieron las de un monje de la Provenza por nombre Esteban al que, como no, también se le había aparecido Jesucristo en persona en la iglesia de Santa María de Antioquía. No obstante y a pesar de la renuencia de Adhémar, éste optó por hacer como que se creía la historia del santón debido a que las tropas, siempre proclives a creérselo todo, veían en ese símbolo una clara muestra de apoyo divino a su empresa. En definitiva, que aceptó el trágala aquel con tal de mantener alta la moral, y hasta transigió con que Raimundo de Aguilers, capellán del conde de Tolosa y cronista de la Cruzada, portara la dichosa lanza al frente de las tropas provenzales.


Los cruzados "bombardean" a los defensores de Nicea
con las cabezas de los enemigos capturados para dejarles
bien claro que tenían muy mala leche.
Pero la labor de Adhémar de Monteil no solo se limitó a cuestiones de tipo espiritual y diplomático, sino también militar. En las crónicas de la época, especialmente en el GESTA FRANCORVM, y la HISTORIA FRANCORVM de Aguilers, hay constancia de su intervención en el cerco de Nicea. En este caso estuvo al mando del ala derecha del ejército del conde de Tolosa durante la batalla que tuvo lugar ante los muros de la ciudad contra las tropas enviadas por el sultán de Rüm, Kilij Arslan I, para obligar a los cruzados a levantar el cerco y liberar la ciudad. Así mismo, su mesnada llevó a cabo el minado de una torre durante el asedio, aunque sin éxito. Por otro lado, participó en la batalla de Dorilea (1 de julio de 1097), que se puede decir que se ganó gracias a que el obispo, seguido por sus tropas, atacó de flanco a los turcos cuando estos tenían la victoria en sus manos. Yendo junto con otras mesnadas al auxilio de Bohemundo de Tarento, su estrategia se basó, no en atacar directamente a los turcos, sino en dirigir a su gente por un sendero entre las montañas que le permitió cargar contra los enemigos de forma sorpresiva cuando estos estaban centrados en rematar a las tropas del normando.


Adhémar de Monteil carga contra los turcos
enarbolando la Lanza Sagrada durante la
batalla de Antioquía. En realidad, el encargado
de portarla era Raimundo de Aguilers.
Y no solo se jugaba el pellejo dando estopa a los sarracenos, sino que incluso ponía las peras a cuarto al personal cuando las cosas se ponían chungas. Una situación de ese tipo se vivió en Antioquía la cual, tras ser tomada en junio de 1098 después de más de seis meses de asedio, se vio nuevamente cercada, pero esta vez por Kerbogha, el atabeg de Mosul. Los cruzados se vieron encerrados en una ciudad recién ocupada con las vituallas bajo mínimos y con considerables cantidades de enfermos y heridos, lo que hizo que las tropas se acojonaran vilmente ante la magnificencia del ejército otomano. Al ver que las deserciones empezaban a ser verdaderamente preocupantes, en connivencia con Bohemundo de Tarento no dudó en ordenar establecer una estricta vigilancia en las rutas de escape por las que los desertores tomaban las de Villadiego. Fue en este contexto cuando tuvieron lugar las apariciones de Pedro Bartolomé y Esteban, y de ahí el que Adhémar, agobiado por la perspectiva de ver caer la ciudad que tantos esfuerzos les había costado tomar, se hiciera el loco y aceptara como buenas las visiones de los dos santones. Lo cierto es que, al parecer, en el lugar indicado por Pedro solo apareció una barra de hierro. Sea como fuese, la cuestión es que los cruzados llevaron a cabo una exitosa salida el 28 de junio bajo el amparo de la Sagrada Lanza que logró poner en fuga a un ejército numéricamente muy superior.


Muerte del obispo Adhémar de Monteil,
obispo de Le Puy, en Antioquía
Por desgracia, el buen obispo no tuvo la oportunidad de avistar la ciudad santa de la misma forma que a Moisés de le negó la Tierra Prometida. Mientras los líderes militares de la Cruzada se repartían el inmenso botín que quedó tras la toma de Antioquía y la derrota del atabeg de Mosul, Adhémar de Monteil se murió no se sabe de qué el 1 de agosto. Según Runciman, el obispo ya arrastraba hacía algún tiempo una salud malucha, quizás por algún tipo de enfermedad infecciosa contraída durante el cerco de Antioquía que bien podría tratarse de tifus. En cualquier caso, la cuestión es que su muerte fue un duro golpe para todos los componentes de la Cruzada, y la pérdida de un hombre tan capacitado en todos los aspectos una peligrosa grieta en la unidad de sus líderes, más dados a pensar en los bienes terrenales que en los espirituales. Fue enterrado el día 2 en la iglesia de San Pedro de Antioquía, la misma donde "apareció" la Sagrada Lanza. Pero la noche del día después del sepelio, su fantasma se personó ante Pedro Bartolomé para hacerle una serie de revelaciones de lo más estimulantes. 

-Mis hermanos no deben lamentar que mi vida haya llegado a su término- aseguró el fantasma al atribulado santón, que tenía línea directa con el Más Allá a la vista del elevado número de visiones que tuvo- , porque nunca he sido para ellos tan útil en el pasado como lo seré en el futuro, pero siempre y cuando estén dispuestos a guardar los Mandamientos de Dios. De hecho, yo, junto a todos mis hermanos cuya vida ha terminado como la mía, estaré junto a ellos y me apareceré para daros mejores consejos de los que os he dado hasta ahora.


El obispo Adhémar junto a otros líderes cruzados
Está de más decir que la revelación de Pedro Bartolomé causó furor, así como los motivos que adujo el espectro del obispo para darse de vez en cuando un garbeo por el Más Acá para asesorar a sus conmilitones. Pero de eso hablaremos mañana, que por hoy ya vale. Como colofón, añadir solo que la muerte de Adhémar no solo supuso un gran pesar para las tropas y el fin de un incuestionable liderazgo espiritual sino además, como comentaba anteriormente, la pérdida del que quizás fue el único nexo de unión entre los jerifaltes de la Cruzada. De hecho, una vez desaparecido el único hombre con autoridad moral para sujetar la ambición desmedida de los nobles, los conflictos entre ellos fueron la tónica habitual.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho


viernes, 21 de agosto de 2015

FACTVM EST


Bueno, por fin. "Yago el asesino" ya está a la venta en Amazon. Tras los habituales ataques de furia visigoda, ideas homicidas e incluso suicidas, erratas, errores, marrones, gazapos, abundosas dosis de Nolotil, resuellos, rechinar de dientes, alaridos, gemidos, ayes, lamentos y, en fin todo tipo de expresiones y gestos desagradables propios de quien no domina las modernas tecnologías, mi tercera criatura ha visto la luz. 




Sí, la portada ha sufrido algunos cambios en el diseño de las fuentes, pero esta queda más chula, sobre todo las dos gotas de sangre de la O de Yago, que me dan un morbillo bestial porque promete masacres fastuosas y tal. 

Es un relato no excesivamente largo, muy adecuado para los ratos de ocio estival o, llegado el caso, para regalarlo a algún cuñado odioso con una dedicatoria insinuante. Ya saben, algo así como "...y no imaginas lo que me identifico con el protagonista."

Bueno, sírvanse vuecedes rascarse un poco las faltriqueras, que la crisis ya dicen que está amainando y, total, por 2,99 eurillos no te dan en el chiringo de la playa ni un botellín recalentado.

Espero sea del agrado de vuecedes y esas cosas que se dicen, amén.

Hale, he dicho

viernes, 14 de agosto de 2015

Yago, el asesino




Dilectos lectores, seguidores y demás amantes del medioevo. Me gratifica el espíritu informar a vuecedes de que por fin he podido dar término a este ameno relato que, a diferencia de los dos anteriores, es una obra de pura ficción si bien, como tengo por inamovible norma, busco en todo momento mantener la máxima fidelidad histórica posible. 

El protagonista es Yago, un infanzón venido a menos que, por circunstancias de la vida, se ve arrastrado a una vida nada recomendable y deberá enfrentarse con enemigos de toda calaña. Una vez le de el repasillo final al texto y demás zarandajas técnicas procederé a colgarlo en Amazón, donde podrán vuecedes adquirir la novela por el módico precio de 2,99 míseros euros, ni lo que vale un café con leche y unos churros.

A modo de anticipo, ahí dejo el primer capítulo para ir haciendo boca y, de paso, así tienen vuecedes lectura para hoy. 

Hale, he dicho

ANNO DOMINI 1343

Capítulo 1

Soy Yago. Yago, el asesino. Yago, el lobo. También Yago el albarraz, e incluso Yago el morisco, pero es mentira. Soy cristiano viejo, descendiente del antiguo linaje de los Monroy. Mi padre luchó junto al rey don Alfonso para dejar el pellejo durante una algara en un villorrio de mierda a manos de un perro infiel que lo pasó de lado a lado con una lanza vieja. Mi padre, tan bragado él, tan gallardo, sin un maravedí en la bolsa pero con orgullo por arrobas, se fue de este mundo vomitando cuajarones de sangre y con las calzas meadas. Y a mi madre, a mis hermanos y a mí nos dejó con el sobrado vacío, la casa pignorada al usurero judío Amós ben Menashe para pagar a los diez peones que le acompañaron a la aceifa y con varios pagarés pendientes de abonar a nuestro vecino y enemigo de toda la vida, Ordoño Díaz de Vargas, un hideputa cicatero y resabiado que ni afilaba la espada por no gastar la piedra de amolar y que decía descender del valeroso Diego Pérez de Vargas. Pero, en realidad, era el biznieto de un criado de dicho caballero del cual tomó el apellido para ocultar su origen morisco.

Un mal día se presentó en casa Roi, el escudero de mi padre. Con cara de circunstancias, se plantó ante mi madre, le dijo que se había quedado viuda, y que en la cuadra le dejaba el maltrecho bridón de su mentor, así como su panoplia aún ensangrentada. Y sin decir una palabra más se largó. Un escudero pobretón tenía la necesidad de buscar cuanto antes un nuevo caballero al que servir. Mi madre, que tenía más redaños que un gazul, tragó saliva, lloró lo que dura un Avemaría y nos llamó a mis hermanos y a mí para comunicarnos la noticia. Mi hermana mayor, Elvira, se fue corriendo a su alcoba a llorar. Mi hermano gemelo, Fadrique, recibió una sonora bofetada de mi madre en cuanto la primera lágrima resbaló por su cara que ya se veía ensombrecida por el bozo juvenil. Echando fuego por los ojos, le espetó que un hijo de Rodrigo Méndez no lloraba ni aunque le sacasen la piel a tiras. Fadrique se tragó la lágrima mientras notaba el escozor del bofetón. Luego, mi madre me miró a mí, como esperando la ocasión para soltar otro guantazo. Pero yo no lloré. Yo tenía ya diecisiete años, me daba buena maña en el manejo de las armas, montaba como un jinete experto y esperaba la vuelta de mi padre con el botín suficiente para poder armarme caballero.

En mis noches insomnes, mi mente volaba como la de todos los rapaces que sueñan con comerse el mundo, con vencer en justas y torneos ostentando los colores de una hermosa dama, con derrotar al mismísimo miramamolín y entregarlo cargado de cadenas a mi rey. Pero Roi, con su lacónico discurso, acababa de mandar al garete todos mis sueños juveniles para, muy a mi pesar, convertirme en un hombre a una edad en la que aún me daba un poco de miedo dormir a oscuras.

Como es de suponer, nuestra vida pasó desde aquel momento de ser modesta a ser una auténtica mierda. Entre el judío y Ordoño Díaz arramblaron con nuestro escaso patrimonio con la anuencia del corregidor el cual, enarbolando los pagarés y el crédito que le firmó enhoramala al judío, tomó posesión de nuestra casa y enseres en nombre de los dos puercos aquellos dejándonos solo con lo puesto. Ni siquiera se libró del expolio León, el bridón de mi padre, el cual fue revendido a un chalán y acabó tirando de un arado. Mal destino para un animal criado para la batalla, ¿no? Afortunadamente, anduve listo y oculté las armas de mi padre en casa de Suero, mi amigo de aventuras y cómplice de mis fallidos proyectos de gloria. 

En cuanto a mi madre no se inmutó. Cuando el corregidor tomó posesión de nuestra casa y enseres soltó un escupitajo en plena jeta al judío, el cual tampoco pareció acusarlo mucho de tan acostumbrado como estaba a los desplantes y desprecios de los gentiles, y a Ordoño Díaz le espetó sin dejar de mirarle a los ojos que era un sodomita, un perro malsín y un bellaco hijo de mil padres. Debía ser verdad, porque Ordoño se quedó muy callado con la mirada baja. Las perspectivas no eran nada halagüeñas, las cosas como son, independientemente de que mi madre saliese de la casa seguida por su prole con la cabeza tan alta que parecía ir mirando si iba a llover. Elvira no paraba de llorar, ya que por su condición femenina y por verse de la noche a la mañana sin dote que le permitiese un matrimonio ventajoso, digamos que le estaba permitido el desahogo. Fadrique, siempre tan apocado el pobre, caminaba cabizbajo sin atreverse siquiera a mirar atrás. Y yo, que por lo visto heredé los redaños de mi madre y la tendencia a la cólera de mi padre, aproveché que Ordoño estaba discutiendo con el judío acerca de a cuál de ellos le pertenecían ciertos enseres de la casa, le solté tal patada en sus partes que, mientras corría, podía escuchar sus alaridos y las carcajadas del alguacil.

Mi madre no era mujer para quedarse pensando mucho rato en cómo solucionar nuestra penosa situación. Fue a casa de un pariente lejano, el cual se avino a darnos cobijo durante el tiempo necesario hasta que encontrásemos mejor acomodo. Tras darle las gracias, nos dejó en manos de la mujer de su pariente, una comadre gorda y bondadosa que, apiadada de nuestra situación, nos atiborró de gachas antes en mandarnos a dormir al sobrado, ya que la casa tampoco disponía de mucho espacio. 

Al día siguiente, mi madre nos reunió en consejo familiar para comunicarnos lo que había decidido para solucionar nuestro futuro. No nos pidió opinión, sino que dictó sentencia sin más. A Fadrique, sabedora de su carácter timorato y por ser el segundo varón de la familia- había nacido unos minutos después que yo-, lo envió a un cercano monasterio franciscano. Por nuestra condición de hidalgos lo tenía fácil, y para eso mi padre había soltado buenas limosnas a fray Tomás, el prior. Sin añadir nada más, le entregó una carta de presentación, le dio su bendición y le anunció que a la mañana siguiente a más tardar debía marcharse. Fadrique, en honor a la verdad, respiró aliviado. Nunca había sido aficionado a las artes marciales propias de nuestra condición, era un desastre manejando la espada, y lo único que era capaz de montar sin caerse era el asno de la noria. Sabía que el monasterio disfrutaría de la paz y el sosiego que tanto gustaba, podría aprender a leer y a escribir y, quién sabe, hasta podía llegar a prior con el paso de los años. De modo que Fadrique, esbozando por primera vez una leve sonrisa en varios días, tomó la carta de manos de mi madre, agachó la testuz en signo de agradecimiento y se sumió en un mutismo absoluto. Creo que igual pensaba ya en verse de obispo, que de imaginación siempre hemos estado sobrados en la familia.

Luego le tocó el turno a Elvira. A sus quince años era una mocita verdaderamente hermosa, con un cabello castaño y unos ojos luminosos que eran un primor. Pero más soportable le habría resultado ser fea, estar calva y tener los ojos acuosos o ser incluso ciega, porque su porte y su donaire iban a ir a parar a un convento de clausura. La hija de un hidalgo sin dote valía lo mismo que un palafrén cojo de modo que, sin medios para casarla con alguien de igual condición, su único destino posible era ir a dar con su lozano cuerpo a un beaterio. Los berridos de Elvira resonaron en toda la casa hasta que mi madre los silenció de dos bofetadas, y la cosa no acabó a correazos porque la buena comadre medió y se llevó a la niña a llorar su amargura junto al hogar, intentando calmarla susurrándole al oído vete a saber qué.

Yo, siendo en teoría el jefe del clan a pesar de mi corta edad,  también tuve que someterme al dictado materno. No salí mal parado del brete, las cosas como son. Ella sabía que no aceptaría jamás vestir un hábito y, además, alguno tenía que quedar para perpetuar nuestro linaje, de modo que me dijo que ya había escrito a su hermano Beltrán para que fuese admitido como escudero suyo. Mi tío Beltrán había sido armado caballero hacía apenas unos meses ya que mi abuelo tardó años en ahorrar lo necesario para pagarle el caballo y las armas, y pocos jóvenes se prestaban a servir de escuderos a caballeros pobres salvo que, como era mi caso, fuesen aún más pobres que el caballero. Pero veía que aquella era la mejor salida para mí, y confiaba en que mi valor y mi tesón me permitirían medrar con el tiempo. 

Yo había visto a mi tío apenas media docena de veces en mi vida, pero guardaba un buen recuerdo de él. Era la antítesis de mi madre que, con apenas treinta y dos años, tenía el carácter amargado y siempre estaba de mal humor. Mi tío, por el contrario, era un sujeto jovial, siempre alegre y chistoso. Cuando venía a visitarnos, mi padre, al que Dios haya perdonado, se revolcaba de risa con sus ocurrencias cuando, al amor de la lumbre y hartos de hidromiel, se contaban infinidad de camelos y de batallas más falsas que una dobla de plomo. Por lo tanto consideré que, a la vista de las circunstancias, era el mejor destino al que podía optar. Me atraía la vida militar, y sabía de buena tinta que muchos medraban, bien al servicio del rey, bien al de grandes señores, bien formando parte de partidas reclutadas en los poblados de la frontera que, verano tras verano, entraban a saco en tierra de moros a robarles a destajo. Bien es verdad que los moros, en justa correspondencia, al cabo de pocas semanas devolvían la visita pero, para entonces, los hombres de armas y caballeros que habían participado en la aceifa ya estaban lejos con el botín a buen recaudo, y los que se veían esquilmados eran los habitantes de las vapuleadas aldeas fronterizas.

Así pues y como decía, mi hermano Fadrique partió, tal como le habían mandado, a la mañana siguiente. En un hatillo llevaba un trozo de queso, unas cebollas, un cuarto de hogaza de pan y una bota con vino aguado, lo suficiente para la media jornada de marcha que separaba nuestro villorrio del monasterio. Bajo su birrete llevaba la carta de presentación destinada a fray Tomás. Besó la mano de mi madre, se despidió cariñosamente de nuestros caritativos parientes, a mi me dio un abrazo, y a Elvira no le dio nada porque llevaba toda la noche llorando como una plañidera por su triste destino y no hubo forma de hacerla salir del sobrado que nos servía de aposento. Sin mirar atrás se puso en camino a buen paso, quizás deseando dejar atrás tan amarga etapa de su corta vida, quizás deseando perder de vista para siempre a nuestra dominante madre que, en honor a la verdad, no hizo nunca gran cosa para ganarse nuestro afecto sino más bien todo lo contrario. 

Elvira no llegó a tener que pasar por el amargo trance de una despedida. Tras una semana de llantos y lamentos, perdió el juicio. Mi madre, que ni por un solo momento tuvo la ocurrencia de darle consuelo, se limitaba a mostrarle su desprecio por su supuesta debilidad. Yo ni me atrevía a intervenir porque nunca he sabido comprender lo que pasa por las cabezas de las mujeres, pero deduzco que la perspectiva de verse encerrada de por vida cuando la suya empezaba a florecer, tan bonita y galana como era, le arrebató la razón. No hace falta dar más detalles de algo tan escabroso. Baste decir que se ahorcó en la cuadra. Mi madre, al ver su cadáver colgando como un pelele con la cara amoratada y medio palmo de lengua fuera, se limitó a mirar el cuerpo de su hija con cara de asco, dar media vuelta y dejarme a mí y a su pariente el mal trago de descolgar a la pobre Elvira. Desde ese día, odié con toda mi alma a mi madre, incapaz de mostrar, no ya el más mínimo sentimiento humano, sino materno, que hasta las fieras salvajes lo tienen.

Sus exequias fueron penosas. Privada de sepultura en sagrado por ser una suicida, entre nuestro pariente, un amigo suyo que le prestó un carro para transportar el burdo ataúd y yo, le dimos sepultura en una encrucijada. Al no poder marcar su tumba, puse sobre el túmulo una teja donde, con la punta de un cuchillo, grabé su nombre: Elvira Rodríguez. Mi madre no se dignó asistir. Prefirió quedarse en compañía de la comadre, que no paraba de llorar, pelando pichones la muy hideputa. Jamás la perdoné. ¡Jamás!

Al cabo de dos semanas apareció mi tío Beltrán. Tan jovial como siempre, se apeó de su palafrén riendo a mandíbula batiente nadie sabía por qué. Se le ensombreció el rostro cuando supo del triste destino de su sobrina, y más aún cuando, en un aparte, le puse al corriente de la actitud de mi madre. Mi tío, moviendo la cabeza, optó por apremiar la partida. Al día siguiente, con el alba, preparamos la marcha. Recogí de casa de mi amigo Suero las armas de mi padre y me despedí de él. La comadre nos avió de vituallas para varias jornadas, me dejó la cara llena de babas con sus besos, me dio su bendición y se puso a llorar. Su marido, que demostró ser un buen hombre, me regaló unos maravedíes para no salir de su casa pobre como las ratas. Mi madre, tras darle instrucciones a su hermano acerca de cómo debía educarme e insistiendo en que no dudase en usar el látigo conmigo por mi habitual rebeldía, me tendió la mano para que se la besase. Pero yo, en vez de mostrarle acatamiento, di media vuelta, me agarré a la cola del palafrén de mi tío y le pedí que nos fuéramos de una vez. Debió quedarse de piedra, porque no abrió la boca. Lo último que esperaría de mí debía ser aquel postrero acto de desprecio hacia ella.

Durante las largas horas que tuve que trotar acompasando el paso al del palafrén de mi tío tuve tiempo sobrado de imaginar mil venganzas bíblicas contra los autores de mi deplorable estado, y con tan corta edad ya aprendí a sentir arder el odio en el interior de mi alma que, a cada zancada que daba, se iba tornando más negra y más lúgubre. Entre jadeo y jadeo y entre cada tropezón y tropezón, mi juvenil imaginación recreaba incansablemente una y otra vez las formas en que podría tomarme cumplida venganza por todo lo ocurrido en un espacio de tiempo tan breve que no daría ni para digerir la cebolla y el mendrugo remojado en agua que había tomado para desayunar. Porque las penurias padecidas durante la niñez y la adolescencia se marcan en el ánimo con más profundidad que si se soportan de adulto, cuando el carácter ya está curtido por los avatares de la vida y se aprende a olvidar para no volverse loco. Pero los agravios que mi joven y calenturienta mente, frágil y ávida al mismo tiempo, tuvo que tolerar por parte de personas con las que había compartido mi breve existencia e incluso con la que me había dado el ser, fueron más que suficientes para iniciar una lista negra de indeseables a los que me juré dar su merecido tarde o temprano, y supliqué a Dios, o a Satanás o al que me quisiera complacer que me mantuviera vivo el tiempo preciso para poder ver cumplidas mis ansias de venganza. 

Porque a cada paso que daba, cada vez que escupía la saliva mezclada con el polvo del camino, cada vez que pisaba una piedra afilada que me arrancaba un grito de dolor, cada vez que el penco de mi tío me soltaba una boñiga en plena jeta, un adarme más de odio aumentaba el rencor que sentía el cual, cuando por fin llegamos a nuestro destino, me pesaba ya como una losa. Sí, el odio pesa, pero aún pesa más verte convertido de la noche a la mañana en una mierda de asno al que ni su propia madre le ha ofrecido una palmada de consuelo. 

viernes, 7 de agosto de 2015

Ametralladores I


Servidores de una MG-08 alemana posando en plan victoriosos guerreros. El bidón que aparece ante ellos es el
depósito de agua del cilindro refrigerador.

La Maschinengewehr-08 fue la ametralladora pesada del
ejército imperial alemán durante todo el conflicto.
Los tedescos, esa raza de ciudadanos que cuando se les mete algo en la mollera es necesario que tenga lugar una guerra para que se olviden de ella, se percataron del gran potencial de la ametralladora como eficaz herramienta para masacrar bonitamente a miles de enemigos de una tacada. Pero ametrallar al prójimo con propiedad no era cosa baladí, y sacar el máximo provecho de esas máquinas conllevaba una serie de factores que no podían ser dejados de lado, empezando por disponer de un personal competente y diestro en su cometido. Veamos pues como se fue la evolución del uso táctico de estos chismes.

El tirador y el servidor acarreaban de ese modo los 56 kg.
del conjunto ametralladora-afuste, como si de una
camilla se tratase.
Al comienzo de la contienda, la ametralladora era un arma destinada a acompañar a la infantería durante sus avances. O sea, su misión era ser transportada por sus servidores para apoyarlos durante el ataque y desencadenar sobre los enemigos que les hicieran frente un infierno en forma de miles y miles de balas capaces de detener a una manada de elefantes cabreados. Para tal fin, cada regimiento disponía de una compañía de ametralladoras dotada de seis máquinas las cuales habían sido provistas de un afuste de trineo que, en teoría, les permitía avanzar transportando su ametralladora MG-08 de forma razonablemente cómoda. Pero hablar de comodidad a la hora de acarrear por la tierra de nadie un chisme que pesaba 34 kilos más los 22 de la máquina propiamente dicho no era cosa baladí si bien, en caso de que el terreno estuviera enfangado o fuese difícil moverse por el campo de batalla, la ametralladora era desmontada de su afuste y transportada por otros dos hombres.

Para facilitar el transporte del afuste y la ametralladora, sus servidores se valían de unas anchas y robustas correas de cuero que, enganchadas en el conjunto, les permitían disponer de sus brazos en caso de necesidad. En la foto de la izquierda podemos ver su aspecto. Pero la vida de los ametralladores no era fácil ya que, además de la máquina, había que transportar la munición de la misma, lo que tampoco era moco de pavo debido a su elevado peso: cada cinta de 250 cartuchos pesaba 7 kg., lo que requería al menos a dos soldados para transportar la munición, más otro que también debía cargar con el bidón para el agua de refrigeración. En total, la dotación de cada máquina era de seis hombres: un suboficial que iba al mando de la misma, el tirador, el servidor y tres hombres para la munición.

Cuando se saltaba la trinchera solo aguardaba al personal el implacable
fuego de las ametralladoras enemigas, capaces de segar una compañía
entera en cuestión de escasos minutos.
Por otro lado, los germanos tuvieron claro nada más comenzar la guerra que eso de ir acarreando estos voluminosos chismes por mitad del campo carecía de sentido en un conflicto en el que la movilidad se había reducido a las escasas decenas de metros que separaban las líneas de trincheras de ambos bandos las cuales, por cierto, solo eran atravesadas por la infantería ya que las ametralladoras pesadas no servían de gran cosa durante esos avances. Sin embargo, se dieron cuenta de que había que potenciar el número de ametralladoras para defender las posiciones propias en base a una deducción bastante básica: la artillería no era lo suficientemente efectiva contra tropas que avanzaban desperdigadas por tierra de nadie, pero el fuego cruzado de las ametralladoras eran capaces de detener las más empecinadas ofensivas. De ahí que ya en 1914, como se mencionó anteriormente, se fijara el número de máquinas en seis por compañía si bien no de una forma regulada, sino a requerimientos del coronel de cada regimiento.

Dotación de una MG-08 en acción. El de los prismáticos es el
suboficial al mando de la máquina.
Sin embargo, los miembros de las compañías de ametralladoras no eran personal especialmente seleccionado, sino que simplemente se elegían a criterio del jefe de su unidad. Con todo, la necesidad de aumentar el número de máquinas por regimiento hizo precisa la creación de secciones independientes al mando de un oficial y nutridas por 30 ó 40 hombres con tres o cuatro ametralladoras, las cuales eran enviadas a un sector u otro en función de las necesidades del momento. 

Distintivo de los ametralladores del ejército alemán
Pero el desarrollo del conflicto dejó bien claro que este tipo de armas tenía una importancia capital, y que de su buen uso táctico podía depender el éxito o el fracaso de una ofensiva enemiga. Por ese motivo, a finales de 1915 se ordenó la creación de un nuevo tipo de unidad denominada como Sección de Tiradores de Ametralladoras cuyos miembros seguían un curso de cuatro o cinco semanas en los que no solo se les enseñaba a sacarle el máximo partido a sus armas, sino que también se les adiestraba en el funcionamiento y manejo de las misma de forma que pudieran resolver in situ averías que requirieran la sustitución de determinadas piezas, para lo cual se obligaba a proveer a estas unidades de las necesarias para no verse con una máquina inutilizada por chorradas que podían resolverse en pocos minutos en manos de un hombre cualificado. 

Una sección de tiradores dando estopa al enemigo. La eficacia de estas
tropas especializadas quedó patente en batallas como la del Somme, en
la que los british perdieron casi 60.000 hombres solo en el primer día.
Se formaron unas 200 unidades de este tipo, las cuales empezaron a operar a principios de 1916. Cada una de ellas estaba compuesta por un oficial- capitán o teniente-, un sargento mayor, seis cabos que actuaban como jefes de pieza, veinte soldados de primera clase, cuarenta soldados rasos, un sanitario, un ciclista que actuaba como enlace y un armero. Del mismo modo, en agosto de ese mismo año se estandarizó el número de máquinas por compañía, estableciéndose en seis ametralladoras más una de reserva. En esa época, el número de ametralladoras en servicio había aumentado en total hasta las 16.000 unidades frente a las 5.000 con que contaban a comienzos de la guerra.

3ª Cía. de Ametralladoras del 6º Rgto. Bávaro de la Reserva. Esos eran los hombres destinados a hacer funcionar
como un reloj suizo las seis máquinas de dotación de la unidad.

Posición de ametralladoras. Los servidores
están protegidos por planchas de blindaje.
Pero que nadie piense que por pertenecer a una unidad considerada de élite y llevar un distintivo chulísimo en la manga izquierda de la guerrera la vida era fácil, y menos en un sitio tan asqueroso como el frente. De entrada, los componentes de las compañías de ametralladoras debían construir las posiciones para el emplazamiento de las mismas, bien cavando en el terreno o bien fabricando un parapeto con sacos terreros. Estas posiciones tenían forma de T invertida, recomendándose especialmente que no sobresalieran del terreno a fin de que el enemigo no fuera capaz de localizar su situación ya que, en ese caso, se convertían en el principal objetivo de la artillería. Pero no solo tenían que cavar como topos para colocar sus armas de la forma más discreta posible, sino que tenían que cargar literalmente como mulos con los miles de cartuchos de dotación de cada máquina. Se había establecido la cifra de 12.000 cartuchos para cada ametralladora, lo que equivalía a 48 cintas de munición de 250 disparos. Estas cantidades de cartuchería suponían nada menos que dos toneladas por compañía a lo que habría que añadir las piezas de repuesto, el agua para la refrigeración de las ametralladoras y las planchas de blindaje, que pesaban 27 kilos cada una.

Caja de munición para la MG-08
Por otro lado y contrariamente a la imagen que se suele tener, durante el día las ametralladoras permanecían a buen recaudo en los refugios pero a punto para entrar en acción. Obviamente, esta medida se tomaba mientras que su presencia no fuera necesaria en los parapetos ya que, de ese modo, estaban a salvo de los proyectiles de artillería enemigos. Recordemos que en caso de una preparación artillera, cuando miles y miles de obuses caían sobre las trincheras, serían destruidas si permanecían en sus emplazamientos. Junto a cada máquina debía haber una dotación de uso inmediato de 16 cajas de munición, o sea, 4.000 disparos. Caso de existir la posibilidad de agotarse los 12.000 de cada arma, los servidores de la ametralladora debían salir echando leches hacia los depósitos de munición para reponerla lo antes posible.

Cinta de lona para 250 disparos. Estas cintas eran
recargadas con una máquina en el mismo frente.
Así pues, solo de noche eran sacadas de los refugios y puestas en posición por si se desencadenaba un ataque repentino, permaneciendo vigiladas en todo momentos por dos centinelas. Además de los 4.000 cartuchos de uso inmediato, se disponían tres cañones de repuesto, un balde de agua para reponer la que se evaporaba a causa de las elevadas temperaturas que se alcanzaban cuando se hacía fuego sostenido y seis granadas de mano para defender la posición si había peligro de verse superados por el enemigo. Y si a alguien le parecen excesivas las cantidades de cartuchos mencionadas, que sepa que una cinta de 250 disparos apenas daba para cuatro minutos disparando a ráfagas cortas, forma de hacer fuego que economizaba bastante munición. 

En caso de recibir orden de disparar a más de 2.000 metros se instalaba en el arma el visor Zielfernrohr 12, el cual podemos ver en la foto de la izquierda. Este visor se graduaba con la rueda que se aprecia en la imagen, calibrada de 50 en 50 metros. A continuación vemos la funda donde era guardado y, finalmente, la imagen que se veía a través del visor. El punto de impacto está en el vértice del ángulo. Otra opción era el visor Goerz de 2,5 aumentos. En ambos casos, el tirador disponía de un calculador de tiro para regularlos adecuadamente.

Dotación de una MG-08/15. En este caso y para facilitar
su manejo, la munición va en tambores de 100 cartuchos
Con estas máquinas, servidas por tropas bien adiestradas, los germanos llevaban a cabo verdaderas escabechinas entre las filas enemigas. Sin embargo y a pesar de haber desarrollado de forma óptima el nuevo concepto de ametralladora pesada, se quedaron atrás en el de las ametralladoras ligeras. Al contrario que los británicos, que ya habían entrado en guerra con armas como la Lewis, los alemanes no tenían al comienzo del conflicto un arma capaz de aportar potencia de fuego a las tropas que avanzaban a toda velocidad por tierra de nadie, lo que los puso en clara desventaja en este aspecto hasta la aparición de la MG-08/15, pero eso lo dejamos para otra entrada que es hora de cenar y, como siempre digo, SPIRITV SINE CORPORE FORTIS NIHIL ESSE, AMÉN.

Hale, he dicho


Dotación de dos ametralladoras Vickers británicas. En este caso, las tropas pertenecen a una unidad de voluntarios
irlandeses. Ni uno solo de ellos volvió a casa, lo que es una clara muestra de que, contrariamente a lo que se pueda
pensar ya que ellos no tomaban parte en los ataques suicidas por tierra de nadie, su oficio no era precisamente fácil.