miércoles, 4 de mayo de 2016

Cascos españoles




No está de más descansar de vez en cuando de tanto medioevo, así que hoy vamos a darle un repasillo a los cascos empleados por el ejército español desde la introducción de estos chismes a raíz de la Gran Guerra. Recordemos que el casco solo había permanecido operativo en algunas unidades de caballería pesada, mientras que la infantería se limitó a proteger sus apreciados cerebros más su envoltura ósea con simples prendas de tela como quepis, sombreros, morriones o, en el caso español, con el ros, un gorro de visera que aún usa la Guardia Real en paradas y demás fastos militares. Veamos pues...

Varios legionarios tocados con el chambergo reglamentario. La foto da una
idea de la crueldad que se desplegó en el conflicto del Rif, y por ambas
partes ciertamente.
La neutralidad española durante la Gran Guerra (en buena hora) no obligó al ejército a plantearse siquiera el diseño y fabricación de un casco de acero a pesar de que en aquellos tiempos nos batíamos el cobre bonitamente con los rifeños del alevoso Abd el-Krim, un taimado moro que, tras servir en la administración colonial española, se nos rebeló y dio mogollón de guerra el muy bellaco. Y ojo, que los rifeños no nos ofendían con espingardas del año de catapúm ni con gumías, sino con buenos fusiles Mauser y artillería, lo que hacía un poco absurdo el hecho de mantener a nuestras tropas bajo la mísera protección de los chambergos y gorros isabelinos reglamentarios de la época, y más tras haber tenido constancia del buen resultado que dio el introducir el casco de acero a la hora de evitar bajas a causa de las esquirlas de metralla y las bolas de los metralleros.

No fue hasta el 1 de septiembre de 1926, cuando apenas quedaban ocho meses para la conclusión del conflicto, cuando se emitió una circular en la que se convocaba un concurso público para la fabricación de un casco de guerra para el ejército español, al que se presentaron fabricas no solo españolas, sino también foráneas. Pero como aquí el tema de la industria metalúrgica aún estaba en pañales si lo comparamos con el avanzado estadio de la europea, y más tras la Gran Guerra, solo hubo dos firmas españolas que presentaron sus proyectos. Una fue la Fábrica Nacional de Artillería de Trubia, creada en 1794 para suministrar de armas al ejército español, y la otra una firma particular radicada en Barcelona por nombre "Hijos de B. Castells", una empresa creada en 1874 por Bernardo Castells bajo la denominación de "Bernardo Castells e Hijos" que tomó el cambio de denominación tras el fallecimiento del fundador y pasar la empresa a manos de su hijo, Jenaro Castells. Esta última presentó un diseño basado en el Adrian francés el cual no era apto para la fabricación en masa ya que la empresa, dedicada desde siempre a la producción de efectos militares y cascos de gala, no tenía sin embargo medios para fabricación a gran escala, por lo que fue inmediatamente desechado. El casco en cuestión podemos verlo en la ilustración superior, y en la misma se puede apreciar una evidente inspiración en el modelo francés que, dicho sea de paso, no se distinguió precisamente por su eficacia.

A la derecha tenemos el modelo presentado por Trubia, el cual fue diseñado por el comandante de Artillería Antonio Ramírez de Arellano. Como se puede apreciar, tiene una clara impronta germánica, quizás debida a que el diseño alemán fue sin lugar a dudas el más eficaz de todos los empleados durante la Gran Guerra y del que ya hablamos en su momento. El modelo Trubia tenía una cúpula de ventilación en la parte superior del casco, y el emblema del Cuerpo de Artillería estampado y soldado a continuación en el frontal. Se fabricaron 150 ejemplares para las pruebas dictadas en el concurso, pero tampoco se consideró válido para ser elegido como modelo reglamentario. Así, el 30 de mayo del siguiente año se publicó la Circular Resolutiva del Concurso en la que se declaraba que ninguno de los prototipos presentados era válido "como casco  metálico defensivo para el Ejército". O sea, que o las pruebas eran excesivamente duras para ser aceptado, o que verdaderamente los modelos presentados eran un churro. No obstante, el prototipo de Trubia fue el que mejor puntuación obtuvo en las pruebas de bala y metrallero. Los 150 ejemplares se perdieron en alguna maestranza militar y nunca más se supo, y de todos los que acudieron al concurso solo la fábrica de Trubia se tomó la molestia de no abandonar el proyecto del comandante Ramírez de Arellano y siguieron buscando un modelo que fuese aceptado por el Ejército.

Así surgieron dos prototipos basados en el modelo anteriormente desechado pero eliminando elementos superfluos como la bóveda de ventilación y haciéndolo más básico con vistas a una producción en serie más fácil y económica. Uno fue el modelo denominado "sin ala", que en realidad lo que quería decir es "sin visera", el cual vemos en la ilustración de la izquierda. Era, como salta a la vista, de una simpleza cuasi espartana. El acusado ángulo del faldón fue eliminado, y para la ventilación del interior solo quedaron los remaches perforados de aluminio donde iba fijado el barboquejo. El interior estaba formado por una guarnición de cuero de tres lengüetas sujeta mediante seis remaches en todo su perímetro. El casco se obtenía partiendo de una lámina de 1,8 mm. que se quedaba en 1,1 mm. tras el proceso de estampación. El peso total con sus guarniciones era de 1 kilo. Tras pasar por la Junta de Evaluación del Cuerpo de Artillería en 1930 se encargaron 12.000 unidades en una circular del 3 de noviembre de ese mismo año, pendiente solo de concretar qué tipo de guarnición sería adoptada finalmente. Y aunque el encargo no llegó hasta 1930, el casco fue denominado como modelo 1926 sin ala.

El otro modelo es el que vemos a la derecha. Era denominado, en un alarde de ingenio, como "con ala", es decir, con visera. Pero no solo estaba provisto de la misma, lo que venía siempre bien a la sufrida tropa para protegerles los ojos del sol, la lluvia y, naturalmente, los cascotes que caían tras una explosión. Curiosamente, el modelo anterior sin ala fue el que más interés despertó entre los miembros de la comisión de turno, todos ellos artilleros. En todo caso, este prototipo era mucho más aceptable a nivel de diseño aunque sus prestaciones en lo tocante al material eran similares ya que la chapa empleada era la misma, y solo pesaba 50 gramos más que su hermano. Del mismo modo, las guarniciones seguían siendo iguales si bien en este caso llevaban un relleno de fieltro por el interior en un intento, supongo, de emular el grueso relleno que ya se mostró en los modelos alemanes, destinados a amortiguar los golpes que se recibían en el casco. Con todo, ambos modelos eran, como ya se comentó anteriormente, extremadamente básicos en lo tocante a su acabado, muy lejos de los refinamientos tedescos como, por ejemplo, los rellenos citados o el rebordeado de toda la pieza y, como no, la calidad del acero empleado por los súbditos del mostachudo káiser. Por lo demás, la entrada de la república en 1931 dio lugar al parecer a ciertos equívocos de tipo burocrático ya que el pedido de 12.000 unidades del modelo sin ala fue cambiado o dejado de lado por otro de 20.000 del casco de ala ya que en la Real Orden no se especificó qué modelo en concreto era el elegido, si el que llevaba ala o el que no. Sea como fuere, la infantería española salió bien parada con el malentendido ya que este último era un diseño más logrado, al menos para las unidades que tenían que combatir en el frente.

En 1934 se lanzó otro prototipo que era básicamente igual al anterior pero con una guarnición diferente, en este caso montada sobre un esqueleto metálico a base de flejes unidos al casco por un único remache situado en la parte superior del mismo. También era más ligero, solo 930 gramos, ya que se empleó chapa de 1 mm. de espesor, y al parecer estaban destinados a equipar a la Guardia de Asalto ya que su excesiva ligereza no debía hacerlo apto para el combate en primera línea. De todos modos, tampoco estaban las cosas en aquellos turbulentos tiempos para muchas historias, con el personal cada vez más cabreado y los odios entre todos cada vez más encendidos. En cuanto a los colores empleados, aunque inicialmente se había elegido el gris cemento, posteriormente cada cuerpo o arma fue repintando los suyos en tonos más acordes. La infantería optó por el tradicional caqui, el Ejército del Aire por un azul oscuro, la Armada blanco y, con el estallido de la guerra civil, se llegó incluso a pintar símbolos políticos, consignas, etc., especialmente entre los milicianos y demás tropas irregulares. En las fotos superiores tenemos varios ejemplos, incluyendo a una miliciana que no sé de donde sacaría tiempo para pintarse las cejas y los morros con tiralíneas. En cuanto a su casco, en un modelo 1926 con ala al que ha añadido una burda calavera para dar "zuzto" al enemigo.

Cuando dio término la contienda, en las maestranzas militares se encontraron con miles de cascos no solo españoles, sino rusos, alemanes, checos, franceses e italianos. Así pues, y a fin de unificar con un solo modelo reglamentario a todo el ejército, nada más terminar la guerra se empezó a trabajar sobre diversos modelos a fin de sustituir tanto a los modelos españoles como el batiburrillo de cascos foráneos. Sin embargo, no se devanaron mucho la sesera ya que, finalmente y a toda luces influenciados por la "amistad" hispano-alemana, se adoptó un modelo que no era más que una copia de inferior calidad en cuanto a los acabados del modelo 1935 alemán con el que quizás muchos de los que me leen hicieron la mili. Este casco, denominado Z-42, tenía una presilla en el frontal donde, como se aprecia en la fotos, se fijaba el escudo del arma o cuerpo, en este caso de la Infantería a la izquierda y de la Policía Armada a la derecha. Dicho escudo se colocaba para las paradas, actos castrenses y demás historias, aparte de para la vida cuartelera habitual. Solo para acciones de combate era eliminado. Este modelo entró en servicio en 1943, y estuvo operativo hasta 1980.

Por lo demás, en 1979 entró en servicio una variante del Z-42 denominada Z-42/79 (foto de la izquierda) en la que, básicamente, lo que variaba era la guarnición, dejando de lado la antigua del mod. 1926 que aún equipaba al Z por otra más elaborada a base de cuero y lona, así como un barboquejo con mentonera más acorde a las necesidades de un ejército moderno. En cuanto a los excedentes de los viejos modelos de Trubia, estos fueron almacenados al acabar la guerra como reserva para caso de necesidad. Recordemos que mientras duró la Segunda Guerra Mundial la cosa estuvo pendiente de un hilo, e igual nos habríamos visto invadidos por los tedescos para poder llegar estos a Gibraltar como por los british (Dios maldiga a Nelson) por el apoyo prestado por Franco a Hitler en Rusia. En todo caso, no hubo que recurrir a esa chatarra, que fue desapareciendo a partir de 1950 si bien muchas unidades auxiliares tipo sanidad o el Ejército del Aire aún los mantuvo operativos unos años más. En cuanto al Z-42/79, aún estaba en servicio a mediados de los años 80 mientras que fue poco a poco sustituido por el Marte.

Bueno, básicamente esta es la historia de los cascos hispanos durante el pasado siglo. No he mencionado el Marte porque se pasa de moderno para los límites del blog pero bueno, si algún me quedo sin repertorio, que lo dudo, ya lo retomaremos.

Hale, he dicho








domingo, 1 de mayo de 2016

Yelmos con máscara facial


Réplica actual de un casco de caballería romano
Los yelmos con máscara facial suelen ser por lo general una tipología que pasa desapercibida por bastantes "personas humanas". No es raro que, en muchas ocasiones, se pase del Spangenhelm a los yelmos de cimera sin considerar que fueron precisamente los provistos de máscaras faciales el nexo que unió ambos tipos. Y no solo se pasa por alto estos yelmos, sino que tampoco se repara en la relación entre estos y los yelmos vikingos que, durante la Alta Edad Media, ya iban provistos de máscaras faciales. En realidad, este accesorio no era precisamente una novedad. De hecho, los romanos ya usaban los conocidos yelmos equipados con esas vistosas máscaras de expresión hierática que resultaban un tanto inquietantes. Sin embargo, la llegada de la Edad Media que, como sabemos, supuso un retroceso en muchos aspectos, relegó al olvido los eficaces diseños de griegos y romanos para acabar limitando la protección a los valiosos cráneos del personal a un simple capacete semiesférico y, en un alarde de inventiva, se le añadió posteriormente la barra nasal que ya llevaba siglos inventada para no acabar con sus napias convertidas en engodo para pescar barbos.

No obstante, los vikingos ya se adelantaron a sus vecinos del sur de Europa tanto en cuanto diseñaron diversos tipos de yelmos que, en algunos casos, podríamos decir que estaban basados en la misma morfología de los cascos de caballería romanos. El más conocido es el ejemplar hallado en 1939 en Sutton Hoo, (Suffolk, Gran Bretaña)el cual formaba parte del ajuar funerario de algún régulo anglo-sajón de postín a la vista de su lujosa apariencia a pesar del estado de degradación alcanzado a causa del tiempo, ya que la pieza fue datada hacia el siglo VII. En la ilustración superior podemos ver una reconstrucción del famoso yelmo el cual presenta una máscara antropomórfica, quizás inspirada en el rostro de su dueño. En los detalles de la izquierda se ven algunos ejemplares más basados en diseños vikingos, que fueron más allá de la simple barra nasal de los Spangenhelm añadiendo una pequeña máscara metálica que cubría ojos y mejillas o, como se ve en la parte inferior izquierda, máscaras antropomórficas de diseño similar al ejemplar hallado en Sutton Hoo, el cual por cierto me da la impresión de que se trata de una copia basada en los diseños de los vikingos, que en aquellos tiempos tenían la fea costumbre de darse continuos garbeos a la brumosa Albión para robar más que un político aforado.

Katafraktos cubierto por un yelmo
reforzado y un camal unido al mismo
Con todo, parece ser que en el resto de la Europa no se habían enterado aún de la innovación ya que los bellatores de la época seguían anclados en sus capacetes semiesféricos o cónicos que, a lo sumo, iban provistos de la conocida barra nasal y, en algunos casos, de una barra similar en la parte trasera a modo de cubrenucas. Sin embargo, las jetas y la parte inferior de sus cráneos estaban vendidas ante los golpes propinados con armas contundentes, cuyos efectos intentaban amortiguar en lo posible con almófares de malla y cofias de armar rellenas de crin y hierba seca bien prensadas. Donde al parecer más en serio se tomaban lo de proteger la cara era en los restos del Imperio Romano de Oriente y sus dominios en la zona de los Balcanes, donde ya antes del año 1000 equipaban a sus tropas de caballería pesada, los katafraktoi, con unos yelmos semiesféricos provistos de camales de malla cerrados que solo dejaban a la vista los ojos. Este tipo de yelmo, de clara inspiración orientalizante, fue profusamente usado tanto en las zonas de influencia de Bizancio como en el norte y el este de Europa, llegando desde allí incluso a la Inglaterra. La unión de la malla al yelmo podía llevarse a cabo tanto de la forma que aparece en la foto superior, a base de unir las anillas a las perforaciones que ya tenía en el borde inferior, o bien como en los camales de los bacinetes de Europa Occidental de siglos posteriores, mediante una banda de cuero que era luego unida al yelmo.

Efigie de William Clito en
la abadía de St. Bertin, en
St. Omer. Aunque murió en
1128, esta pieza data de
1170, así que ya se tomaron
tiempo para terminarla
Bien, estos serían los antecedentes de las máscaras faciales en el sentido de la búsqueda de medios para proteger la cara del personal, que como ya sabemos solía quedar en un lamentable estado si recibía un mazazo fuerza 5. La innovación llegó en algún momento de la primer cuarto del siglo XII, o incluso tal vez a finales del siglo anterior. No se pueden dar fechas con certeza tanto en cuanto no han llegado a nuestros días ejemplares sobre los que poder establecer dataciones fiables, así que nos tenemos que ceñir a las representaciones artísticas de la época. Así pues, el ejemplo más antiguo que se ha encontrado sobre la nueva tipología protagonista de la entrada hoy lo tenemos a la izquierda. Se trata de la efigie funeraria de William Clito, un noble normando nieto del duque Guillermo el Conquistador que fue aliñado en 1128 durante un asedio a la ciudad de Gante. El grabado, obra de Francis Sanford, es de 1677. Bien la cuestión es que este Clito, cuya edad era la misma del segundo milenio cuando palmó como un héroe, o sea, en 1128, aparece en el grabado con la panoplia típica de los normandos de aquella época: enteramente cubierto de malla, con su escudo de cometa reforzado con tiras de bronce y, y esta era la novedad, un yelmo semiesférico repujado al que se habían añadido a ambos lados de la barra nasal sendas piezas provistas de aberturas para los ojos, así como de ranuras de ventilación dispuestas en sentido vertical. Este diseño casa bastante bien con los vikingos que hemos visto anteriormente, de lo que podemos colegir que el origen de las máscaras faciales usadas en Europa Occidental a partir de aquellos años provenían del intercambio cultural entre normandos y los rubicundos vecinos del norte los cuales ya habrían dejado su semilla en Inglaterra tras tantos años de latrocinio constante. O sea, que no sería raro que lo normandos, tras invadir la isla en 1066, copiaran determinados accesorios de los anglo-sajones que, a su vez, los habrían tomado de los vikingos.

Sea como fuere, porque en esto no podemos aportar certezas, la cuestión es que a partir del siglo XII se empezó a generalizar el empleo de los yelmos con máscara facial, sobre todo añadidas a una nueva tipología que empezó a ganar popularidad frente a los añejos yelmos cónicos. Según podemos ver en la foto de la derecha, tenían forma de cono truncado invertido con la parte superior bien cónica o bien llana, y también solían tener barra nasal. En lo referente a su denominación, tampoco sabemos si recibían alguna en concreto así que, para ahorrar letras, usaremos el término que actualmente le dan algunos autores: calota. Supongo que el motivo de haber elegido dicho término es por la similitud de este tipo de yelmo con los bonetes (calotte en francés) usados por los curas, o también podría ser porque ese mismo término, también en francés, significa bóveda. Los ingleses, siempre tan imaginativos ellos, se conforman con llamarlos pot helm, o sea, yelmo de olla o de pote. En todo caso, no ha llegado a nuestros días ningún ejemplar, así que en su acabado interior nos tendremos que guiar por algunos detalles que, como siempre en estos casos, proceden de las representaciones artísticas de la época. 

Folio de un SPECVLVM VIRGINVM datado hacia 1200. Los
dos combatientes de la izquierda se han hundido respectiva-
mente sus yelmos a espadazos, lo que indica la vulnerabilidad
de los mismos por su incapacidad para desviar impactos
desde la vertical. En casos así había que pedir la baja
definitiva por razones obvias.
En cuanto a su peculiar morfología, ciertamente se podría pensar que era un retroceso en lo que a capacidad defensiva se entiende. Un yelmo con la parte superior casi o totalmente plana era el sueño dorado de cualquier combatiente para hundirlo de un mazazo o hendirlo con su pesada espada. Y aunque algunos autores sugieren que, aunque en efecto esto suponía un inconveniente, su forma cilíndrica era más ventajosa a la hora de desviar un puntazo de lanza o un proyectil de arco o de ballesta. Sin embargo, a mí me parece una chorrada tanto en cuanto un yelmo cónico ya cumplía esta misión y, además, desviaba perfectamente los golpes verticales, así que el que inventó estos orinales ferrosos no tuvo a mi entender la idea del milenio. No obstante, cierto es que gozaron de bastante popularidad, aunque de un francés o un inglés se puede esperar cualquier cosa. De hecho, los primeros yelmos de cimera adoptaron un diseño similar y se mantuvieron operativos bastante tiempo a pesar de que eran muy vulnerables por la parte superior, así que solo cabe pensar que le temían más a un lanzazo de frente que a un mazazo desde arriba a pesar de que los testimonios gráficos de la época dejan bien claro que te podían escabechar de un espadazo en un periquete. La cosa es que en aquellos tiempos fue cuando se empezó a difundir la costumbre de embrazar la lanza, así que un puntazo dirigido a la cabeza era fatal en caso de acertar. En fin, podemos tirarnos catorce lustros debatiendo este tema sin llegar a nada definitivo.

En lo tocante al interior de estos yelmos, lo más probable es que no tuvieran guarnición ya que, en base a algunos testimonios pétreo-funerarios como la efigie de un ignoto caballero que se encuentra en el Temple de Londres (grabado de la derecha), solían portar bajo el yelmo un burelete como los que vemos en las figuras de la izquierda. En el caso superior se trata de un rosco de cuero cosido al almófar, mientras que el inferior forma parte de una cofia que se vestía sobre dicho almófar. Esto impedía que el yelmo bailase en la cabeza, y bien anudado bajo el mentón no se movería demasiado cada vez que recibían un trastazo en el cráneo. No obstante, algunos autores afirman que sí disponían de guarnición en base a los remaches que se ven en el perímetro inferior del estos cascos, pero esa afirmación carecería de sentido ante la evidente existencia de los bureletes que, por cierto, también se emplearon en los yelmos de cimera. De ahí que se sugiera que estos remaches no sustentaban ninguna guarnición, sino una simple banda interior de cuero para aminorar el roce del metal con la cofia.

Las calotas no tardaron en hacerse muy populares por toda Europa, especialmente en la zona occidental bajo influencia normanda: Francia, Italia e Inglaterra. La protección que brindaba al rosto y los ojos era muy superior a la de los antiguos modelos, y eso de volver a casa con el careto tan deformado que hasta la parienta salía corriendo del susto siempre era una perspectiva más inquietante. En algunos casos da la impresión de que se trataba de cascos con barra nasal reciclados ya que hay testimonios que muestran el uso de este tipo de yelmos provistos de máscara en vez de las calotas citadas anteriormente. Un ejemplo lo tenemos en el fresco de la derecha, ubicado en la iglesia de los Santos Juan y Pablo de Spoleto (Italia), y que representa el martirio de santo Tomás Becket. Las pinturas datan de finales del siglo XII, lo que es una muestra de la rápida difusión del invento ya que en esa época ya era tan popular en la Italia central como para que un artista lo plasmase en una de sus obras.

A partir de ese momento comenzaron a proliferar diversos diseños en función de los gustos personales de cada cual, o bien en base a la moda militar del momento en una determinada zona. De hecho, la aparición de las calotas no supusieron en modo alguno la desaparición de los cascos cónicos, ya que hay constancia de que muchos de ellos estaban provistos de máscara. Los que vemos a la izquierda son de inspiración alemana, especialmente el que lleva toda la parte superior estriada. Como vemos en ambos casos, las máscaras están llenas de orificios circulares para la renovación del aire, accesorio este que no se daba en otras zonas de Europa. El mismo ejemplar tiene además un saliente en la parte central que servía de refuerzo para proteger la nariz ya que esa arista era más difícil de hundir de un golpe. Por lo demás, ambos yelmos estaban provistos de sus respectivas tiras de cuero para anudarlas bajo el mentón. Y no, no se usaban aún hebillas para este menester, quizás por su precio, o tal vez por ser más fácil echar un nudo. Con todo, unas tiras de cuero bien engrasado tampoco requería hebillas ni accesorios de ningún tipo para conseguir una sólida lazada.

A la derecha vemos dos réplicas modernas de una tipología similar al del fresco anterior. Concretamente la de la izquierda está ciertamente basada directamente en el mismo, y el casco partía de un modelo más antiguo y muy propio de los normandos. Su característica principal radicaba en el pequeño espolón que coronaba el casco. Por lo demás, esas máscaras alargadas con la parte inferior saliendo hacia fuera eran bastante habituales en las zonas de influencia normanda en Italia incluyendo Sicilia. Lo que desconocemos es si estas máscaras eran de bronce, como hemos recreado en el ejemplar de la derecha, o bien se trataba de pintura ya que era una moda muy extendida en aquella época eso de pintar los yelmos con fines identificativos y, por lo general, recurriendo a los colores de los blasones de sus dueños. De hecho, el que vemos en el fresco presenta un color dorado tanto en la máscara como en la banda metálica de refuerzo del casco, pero no sabemos si era bronce o simple pintura amarilla.

Pero fuese o no pintura la causa del color dorado de la máscara de ese yelmo en concreto, lo que sí es cierto es que la moda de pintarlos gozó de bastante popularidad. De hecho, la naciente ciencia de la heráldica como medio de identificar a los combatientes de postín no solo se limitó a los escudos o las cotas de armas, sino que en toda la Europa se implantó también en los yelmos. Como vemos en las figuras de la ilustración superior, las combinaciones podían ser infinitas: casco pintado y máscara sin pintar, ambas piezas pintadas combinando los colores del blasón, el casco pintado con los colores del blasón dejando la máscara sin pintar y, en definitiva, un et cétera kilométrico porque en esto no había más reglas que el gusto personal del dueño. Además, se solía añadir el mobiliario del escudo, que en dos de estos casos hemos representados como animales heráldicos: un águila employada en la calota y un león rampante en el yelmo del centro.

En España, las máscaras faciales también tuvieron su difusión, si bien con diseños diferentes a la vista de los escasos testimonios que han llegado a nuestros días, lo que no implica que no se utilizaran los mismos que en Francia o Italia. Al cabo, el intercambio de información en lo tocante a cuestiones militares era constante debido a la costumbre de muchos caballeros y nobles de acudir allá donde hubiera alguna guerra en curso, y en la Península no faltaron hasta 1492. El ejemplar que vemos a la izquierda está basado en dos testimonios de la época: uno es un guerrero que aparece en un capitel de la puerta del monasterio de Santa María la Real en Sangüesa, Navarra. Como podemos ver, está formado por un yelmo cónico con el borde inferior moldeado para completar la ocularia del mismo, mientras que la máscara es una pieza con grandes orificios sin respiraderos de ningún tipo. 

A la izquierda tenemos al guerrero de Santa María la Real, y a la derecha un detalle del Códice del Monasterio de Cardeña en el que aparece un yelmo exactamente igual con la máscara quizás pintada. El hecho de que veamos la misma tipología en dos obras distintas parece dejar claro que esta tipología debió gozar de una difusión ciertamente notable. Respeto al otro ejemplar del párrafo anterior, es un caso un tanto misterioso ya que no hay más datos al respecto que pertenecía a la colección de William Scollard, y es de principios del siglo XIV. Se trata de una peculiar morfología que es complicada de clasificar ya que, en pureza, ese yelmo no tiene máscara facial, sino que más bien es como si le hubieran alargado el borde inferior y le hubiesen abierto dos orificios para los ojos. Con todo, algunos autores incluso cuestionan su misma existencia ya que no hay ni una sola imagen del mismo más que un burgo dibujo en una obra de David Nicolle.

Lógicamente, los yelmos con máscara facial tuvieron una vida operativa más bien corta ya que, aunque convivieron un tiempo con sus sucesores, el tránsito hacia el yelmo completamente cerrado era algo obvio tanto en cuanto la nuca permanecía indefensa. El proceso podemos verlo en la ilustración de la derecha, en la que vemos el perfil de una calota de la tipología más antigua comparado con el de una de los últimos estadios de las mismas, en la que como vemos ya lleva añadido una pequeña pieza en la parte trasera. En el momento en que esa pieza se alargó nació el yelmo de cimera, el gran yelmo, o el yelmo de barril, como queramos definirlo. Con todo, lo que sí es más que cierto es que sin la aparición de los yelmos con máscara facial, la creación del yelmo de cimera posiblemente se habría retrasado un tiempo. 

En fin, hora de merendar, o cenar, o lo que sea, de modo que ahí queda eso.

Hale, he dicho

Fragmento del Relicario de Carlomagno, en la catedral de Aquisgrán. Fue construido entre 1200 y 1207, y a la
derecha podemos ver un grupo de jinetes que portan en sus cabezas yelmos con máscara facial y pequeños cubrenucas
en la parte trasera. Esto nos indica que ya en aquellos tiempos, con apenas un siglo o menos de existencia, la
evolución de las máscaras faciales hacia el yelmo de cimera era cosa hecha.




martes, 26 de abril de 2016

El almete italiano


Hace ya bastante tiempo se dedicó una entrada sobre este tipo de yelmos tan molón que, como se comentó, podríamos decir que era la culminación tecnológica de todos los diseños creados para proteger los aristocráticos cráneos de sus propietarios. Así mismo se estudiaron las dos variantes de los mismos, si bien no en profundidad sino de una forma más generalista. Así pues, creo que no estaría de más profundizar en la que tuvo más difusión durante su larga vida operativa ya que tuvieron bastante aceptación, aparte de en Italia, en España, Francia e Inglaterra. De hecho, los arneses provistos de almetes que se conservan en las diversas armerías de estas naciones son mayormente de manufactura italiana, exceptuando las fastuosas piezas tedescas adquiridas por el césar Carlos que, fiel a sus orígenes germánicos, solía tirar más para su tierra. Por cierto, una aclaración antes de proseguir: el hecho de que un arnés fuese de estilo italiano no quiere decir que necesariamente estuviera fabricado en Italia, ya que en los centros armeros de Europa proliferó este estilo de la misma forma que hoy día se fabrica la ropa siguiendo la misma moda en todas partes. Un ejemplo sería el ejemplar que vemos en la foto superior, manufacturado en Flandes hacia 1500.


A modo de recordatorio echemos un vistazo a a imagen de la derecha, en la que vemos las diferentes partes que constituían uno de estos yelmos. Por norma eran cinco: la calva, con su larga lengüeta trasera donde se apoyaban cada una de las dos yugulares, el casquete frontal que daba forma a la parte superior de la ocularia y, finalmente, el visor. Aparte, lógicamente, estaban las piezas de menudeo como bisagras, aldabillas, tetones, etc., así como su peculiar varaescudo colocado en la nunca y cuya disposición y uso ya se estudiaron detalladamente en la entrada que se dedicó en su momento al sistema de fabricación de estos yelmos y que pueden vuecedes consultar aquí.

La pieza con una datación más antigua que se conserva pertenecía según Ewart Oakeshott a la armería de los Trapp, en el castillo de Churburg para, posteriormente, ser adquirida por un coleccionista particular. Dicho ejemplar, que podemos ver en la foto de la izquierda, está datado según qué autor entre 1410 y 1430, y su manufactura es atribuida al armero milanés Petrolo da Fagnano. Una de sus características más señaladas es la peculiar forma de asegurar el cierre, que hemos recreado sobre la foto original. Esta consistía en una tira de cuero o tela fuerte que circunvalaba el cuello del yelmo para asegurarlo con una corregüela que era anudada en el cogote. De la hilera de orificios de vemos en el borde inferior de la yugular se fijaba un camal de malla destinado a proteger el cuello sin restarle movilidad. O sea, que se podría decir que este almete era en algunos aspectos similar a los bacinetes de pico de gorrión y los klappvisier pero, curiosamente, en este caso está desprovisto de visera ya que no hay rastro de la existencia de goznes o bisagras que lo sustentaran. En definitiva, este curioso almete contenía rasgos propios de diversas tipologías, como si fuese una especie de compendio de lo fabricado hasta aquel momento.


Otro ejemplar también bastante temprano es el que vemos a la derecha y que ya presenta alguno de los rasgos que definen por norma los almetes. Esta pieza, atribuida al milanés Balzarino da Trezzo y datada entre 1420 y 1430, muestra la hilera de tetones perforados para cerrarlo mediante una corregüela que, en este caso, debería además tener su correspondiente camal de malla ya que no se observan perforaciones en el borde inferior del yelmo. Como elementos, digamos, ajenos a esta tipología, tenemos por un lado la peculiar forma de peine del visor, y por otro el cierre delantero efectuado mediante una palometa. Este almete, que actualmente no conserva el visor que hemos añadido para mostrar cómo sería su apariencia original, debía estar concebido para justar o combatir a pie ya que, eliminando dicho visor tal como se hacía con los bacinetes, permitía a su dueño un mayor campo visual sin el inconveniente de dejar el rostro desprotegido.

A lo largo del segundo cuarto del siglo XV se generó el almete tal como lo conocemos, conviviendo con el bacinete de pico de gorrión hasta aproximadamente 1450, cuando esta tipología empezó a caer en desuso ya que los almetes brindaban una protección muy superior en todos los sentidos. En la figura A tenemos el que sería el diseño más primitivo, que se caracterizaba por su carencia de forma en el mentón y por que la abertura para el rostro era más pequeña en comparación a sus sucesores. Por otro lado, el cierre mediante corregüelas desaparece a favor de un sistema de tetones implantado en la parte delantera y por detrás, donde las yugulares se fijaban a la estrecha lengüeta curvaba que descendía desde la calva. La figura B presenta una tipología posterior, en la que ya se empieza a dibujar, si bien aún de forma discreta, una leve curvatura en la zona del mentón que, además, aumenta el ángulo de deflexión de esa zona para desviar con más facilidad los lanzazos, tajos, etc. dirigidos a la cara. Así mismo, la parte del cuello ya no cae recta hacia abajo, sino que presenta un saliente cuya misión era detener o desviar los golpes de espada y demás armas de corte que impactasen en los laterales para que no acabaran en el hombro.

El visor es una pieza que merece un par de observaciones. Según vemos en la foto de la derecha, la parte superior estaba terminada formando un ángulo respecto al conjunto de la pieza para, tal como se muestra en las flechas, desviar hacia arriba cualquier objeto punzante, especialmente flechas o virotes, impidiendo de ese modo que penetren por la ocularia. Lo mismo tenemos en el borde del yelmo, que ofrece un saliente con idéntico cometido. Otro detalle a tener en cuenta es la pequeña argolla que remata el pasador del visor, lo que ha hecho pensar a más de un autor que, tal como se hacía con los bacinetes, estos pasadores podrían ir provistos de una cadenilla para no perderlos cuando se removía el visor a la hora de combatir a pie. No obstante, conviene señalar que nunca ha aparecido ningún bacinete provisto de este tipo de pasador con las cadenillas de marras. Por último, tengamos en cuenta otro detalle prácticamente común en esta tipología, y es el orificio situado en la calva, destinado a alojar un vástago que actuaba de soporte para las cimeras.

Dicho soporte lo podemos ver a la izquierda. El sistema de anclado era asaz ingenioso, y permitía una fijación bastante sólida en el orificio que vemos en la vista superior de la calva de un almete. Básicamente era una barra de hierro cuyo tercio inferior se dividía en tres, actuando las dos partes laterales como resortes. Al final del todo se practicaban unas muescas para el bloqueo de la pieza. A la hora de colocar el vástago se apretaban los resortes antes citados y se introducían por el orificio de forma que coincidiese con la muesca del mismo para, a continuación, girarlo 180º y soltar ambos resortes. La pieza quedaba sujeta al yelmo tal como vemos en la imagen de perfil. La rosca superior era para fijar la cimera. En la imagen superior mostramos un detalle de "La Batalla de San Romano", de Paolo Uccello, en la que se ven varios hombres de armas cada uno con su correspondiente cimera. Lógicamente, la longitud de la barra estaba condicionada por el diseño de la cimera.

Sin embargo, a pesar de su espléndido diseño, el almete italiano tenía un punto flaco, y era la unión entre las yugulares, especialmente por la parte delantera. Un golpe propinado con un arma contundente podría en un momento dado doblar una de ellas y abrir el yelmo, por lo que empezó a generalizarse el uso de barbutas- una combinación de gorguera y gola- como la que vemos en la ilustración de la derecha. Estas piezas de refuerzo tenían su origen en las usadas en los torneos, colocadas delante del yelmo para impedir que un lanzado en plena jeta le hundieran al personal el yelmo y las muelas. Pero las barbutas de torneo protegían solo la parte izquierda del rostro ya que por ahí vendría el golpe del adversario, así que a alguien se le ocurrió fabricar ejemplares de guerra que protegían ambos lados. Como vemos, no solo cubrían la parte inferior del yelmo, sino también el cuello y la parte superior del pecho. Sus launas estaban articuladas y se fijaban mediante una o, más raramente, dos correas que se abrochaban generalmente al lado izquierdo mediante hebillas. Al parecer, el varaescudo de la nuca tenía la misión de proteger esta correa de los tajos propinados por detrás. Si se partía ésta, obviamente la barbuta se iba a hacer puñetas. Para levantar el visor, observemos que tenían en el borde superior derecho una muesca donde encajaba un tetón que permitía subirlo o bajarlo con facilidad. Este detalle delataría a cualquier almete que tuviera previsto el uso de una barbuta.

Caso de no usar barbuta, la defensa del cuello quedaba encomendada a un camal de malla que, tal como se comentó al principio, podía ir fijado a la tira de cuero que cerraba el yelmo o bien, como en el caso de la foto de la derecha, a una lámina de hierro perforada que previamente había sido unida al yelmo mediante remaches. Las flechas marcan los tetones perforados que cerraban este almete mediante un simple cordón o una fina tira de cuero. En este caso se prescindía del varaescudo ya que no tenía mucha utilidad que digamos. Y como todo tiene sus pros y sus contras, mientras que la barbuta impedía mover la cabeza en cualquier dirección que no fuese hacia el frente- recordemos que, al cabo, era un accesorio proveniente de los torneos- el camal de malla dejaba una total libertad de movimientos a la cabeza. Lógicamente, se podían añadir bajo el mismo protecciones adicionales como un manto de obispo que, para los que no lo recuerden, eran unas golas de malla muy tupidas, fabricadas con anillas muy pequeñas y generalmente en una proporción de 6 a 1, lo que las hacía más espesas que la habitual de 4 a 1. En la foto superior derecha se puede ver un soberbio ejemplar conservado en la Colección Wallace de Londres.

La evolución de estos yelmos tampoco supuso cambios notables en su aspecto general. Aparte del antes citado respecto al aumento del perfil en la zona del mentón, se crearon piezas como la que vemos a la izquierda, en las que la articulación del visor quedaba oculta de forma que un tajo no pudiera alcanzarla y lo arrancase. También se aumentó el tamaño del crestón y el brocal del cuello para desviar golpes. Y, por último, el visor se hizo aún más agudo, en forma de pico de gorrión, muy adecuados para escupir hacia los lados cualquier objeto punzante. Como detalle a tener en cuenta, observemos que el ventalle solo está perforado por el lado derecho, norma esta que era habitual para no debilitar el lado opuesto que es por donde provenían los golpes salvo que el enemigo fuese zurdo, cosa que en aquella época debía escasear más que cervecerías en el Sáhara debido a que se corregía al personal desde muy críos, pensando que era una "desviación" impropia de hombres. De hecho, esta absurda costumbre ha perdurado hasta no hace demasiados años.

Por último, comentar otro par de detalles. Por un lado, los orificios que algunos solían tener en los laterales para mejorar la audición. Estos orificios solían estar distribuidos de forma circular, y en muchas ocasiones rodeados de algún grabado geométrico. Recordemos que los almetes eran unos yelmos que se ajustaban mucho a la cabeza, por lo que la posición de estos orificios debía estar perfectamente calculada para que no perdieran su utilidad. El otro detalle radica en la posición del portaplumas que, al carecer de espacio para colocarlo en la nuca, su ubicación habitual en cualquier yelmo, se fijaban en la parte trasera izquierda tal como vemos en la foto. ¿Que por qué en la izquierda? Pues para que el plumerío no estorbase en un momento dado al manejar la espada o la lanza, empuñadas con la derecha como era habitual. 

Un close helmet. O sea, un almete de diseño alemán por
mucho que los british le den otro nombre
En fin, esto es lo que ha dado de sí el tema. Con todo, como ya se comentó en alguna entrada anterior, este emblemático yelmo aún perduró hasta finales del siglo XVI y comienzos del XVII, y ya sin uso bélico hasta tiempos tan tardíos como el siglo XVIII cuando a los monarcas de la época les daba por posar armados de punta en blanco, como en los tiempos de sus bisabuelos. En cuanto a la versión alemana, que es denominada por los ingleses (Dios maldiga a Nelson) como close helmet (yelmo cerrado) cuando en realidad es un almete con un sistema de apertura distinto y algunas diferencias más, ya hablaremos otro día.

Hale, he dicho

domingo, 24 de abril de 2016

Curiosidades. ¿Cómo es una armadura por dentro? Petos y piezas corporales




Gola, peto, espaldar, volante y
fajas de una armadura maximiliana.
Tras lo que parece mera decoración
hay muchos elementos defensivos.
Obviamente, los petos, espaldares y demás piezas que componían las defensas corporales son por su parte interna menos complejas que los yelmos tanto en cuanto carecen de guarniciones o rellenos. Sin embargo, puede que a muchos se les pase por alto que, en diversos estilos, están formadas por varias piezas sobrepuestas que convertían la armadura en una especie de cebolla, con dos o tres capas de acero colocadas una encima de la otra. Esto no suponía ni remotamente un aumento del peso total del arnés como para hacerlo insoportable, y encima se mejoraba de forma ostensible la capacidad defensiva del mismo. Así pues, en esta entrada no solo nos centraremos en los entresijos de las partes interiores de estas piezas, sino también en los diversos métodos constructivos utilizados por los armeros de la época para crear "trampas" con las que detener o desviar los golpes de las armas enemigas, detalles estos que, por lo general, suelen ser pasados por alto por la mayoría de los que contemplan armaduras bajo-medievales o renacentistas, generalmente por desconocimiento de los mismos. De hecho, podemos afirmar que las armaduras fabricadas desde mediados del siglo XV hasta el XVII eran todo un compendio de ingeniosos añadidos que, escondidos bajo la apariencia de la abigarrada decoración de esos arneses, impedían que los tajos, golpes, estocadas o lanzazos no llegaran al cuerpo del combatiente, haciéndolos casi invulnerables siempre y cuando se mantuvieran sobre sus carísimos pencos de batalla o en pie si luchaban desmontados. Comencemos pues...

En primer lugar nos detendremos a comentar las principales piezas que defendían el cuerpo del hombre de armas, las cuales variaban en función del estilo de la armadura. A la izquierda vemos las de un arnés italiano, que se caracterizaban por disponer de dos piezas diferentes para proteger tanto el pecho como la espalda de forma que las zonas abdominal y lumbar tenían ante sí dos capas de acero. En la parte izquierda de la ilustración vemos las tres partes principales: peto/espaldar, sobrepeto/gangreja y volante. El peto, como vemos a la derecha, llegaba solo hasta la mitad de la barriga para no inmovilizar en exceso el tronco del combatiente, por lo que la zona baja del abdomen quedaba protegida por el sobrepeto, que era unida al peto y al espaldar mediante sendas correas de cuero. Las caderas se cubrían con el faldón o volante, del cual pendían las escarcelas por la parte delantera.

Tanto los petos-espaldares como los sobrepetos estaban unidos mediante bisagras por el costado izquierdo, y se cerraban abrochando las correas que había en el derecho. Así pues, en primer lugar había que armarse con el peto y el espaldar (foto inferior), abrochándolos al costado y por ambos hombros, tras lo cual se colocaba el sobrepeto con la cangreja (foto superior). Ambas fotos muestran el reverso de todas esas piezas, y en ellas podemos apreciar el burdo acabado de las mismas, llenas de señales de martillazos y golpes. Obviamente, si se hubieran desbastado y bruñido el precio del arnés se duplicaría sin que ello supusiera una mejora en su resistencia sino más bien lo contrario debido a la cantidad de material que se perdería en esas operaciones. Por lo demás, en la foto superior vemos las correas que unían las launas del volante, y dentro del círculo rojo una chapa de refuerzo donde están los remaches que sujetaban el ristre. Y a pesar de lo aparatoso que parecen estas piezas, por lo general no rebasaban los 4 ó 5  kilos de peso, o sea, algo más que le yelmo y alrededor de un 20-25% del peso total del arnés.

A la izquierda tenemos otro interior, en este caso de una armadura alemana en la que el peto carecía de sobrepeto si bien lleva un volante que pende del peto. Aparte del acabado rugoso que se puede apreciar en la superficie interna de la pieza, podemos ver las tres correas que sujetan cada launa del volante. Básicamente, podemos decir que, por norma, este era el sistema habitual de unión de todas las piezas articuladas de una armadura salvo determinados casos que ya se irán comentando en su momento. Las cuatro correas que se ven al final del volante son para sujetar las escarcelas. En cuanto a los detalles, en la parte superior vemos como las cuatro pontecillas del ristre están remachadas sobre una chapa de refuerzo como la vista en el párrafo anterior. En dicho detalle se aprecia la parte externa del peto con la pontecillas y el pasador que sujetaba el ristre, todo lo cual se explicó detalladamente en la entrada que dedicamos a esa pieza en concreto. En el detalle inferior vemos el sistema de unión del volante al peto, que en este caso consistía en un tetón giratorio unido al volante y que entraba en un orificio del peto tras lo cual se giraba, bloqueando ambas piezas. Y el mismo sistema se adoptaba en este caso al espaldar que vemos a la derecha de la imagen, provisto de cangrejo y su correspondiente volante. Para que no se crean que la cosa va de mariscadas, el cangrejo o espaldar de cangrejo era la pieza equivalente al sobrepeto , pero en la espalda.

Un sistema similar se adoptaba en las armaduras de fajas espesas como la que vemos a la derecha. Mientras que las launas inferiores estaban articuladas mediante las tiras de cuero habituales, las superiores, que precisaban de menos capacidad de movimiento, estaban unidas mediante remaches que oscilaban de arriba abajo mediante una ranura según podemos ver en los dos detalles de la derecha. En el superior tenemos su aspecto visto desde fuera, en el que la cabeza del remache permite ver por encima de ella el extremo de la ranura, mientras que en la inferior vemos el mismo remache por la parte interna, el cual está remachado sobre una arandela para no abocardar el orificio de la launa como consecuencia del uso. 

En lo tocante a las trampas para golpes y demás agresiones alevosas, a la izquierda tenemos las, digamos, estandarizadas, o sea, las que llevaban por norma todas las corazas. Consistían en rebordes salientes en las aberturas para el cuello y los brazos, las cuales señalamos con flechas rojas. Estos rebordes detenían o desviaban cualquier tipo de moharra, ya fuera de una lanza de ristre o de armas enastadas de infantería como picas, alabardas, bisarmas, ronconas, etc. La forma tan abombada del abdomen tenía como misión hacer lo propio con las puntas de las armas mencionadas, desviándolas hacia arriba o hacia abajo, donde la protección era mayor gracias al sobrepeto.

Pero, lógicamente, había más. A la derecha tenemos otra de esas trampas, en este caso destinadas a detener o, al menos frenar de forma notable los impactos que podrían acabar en el cuello. Aunque, como vimos en el párrafo anterior, esa zona ya contaba con un reborde para esa finalidad, los añadidos que vemos en esta ocasión ayudaban en caso de que una lanza de ristre, que golpeaba con una energía cinética simplemente bestial, no acabara medio decapitando al dueño de la armadura. La que vemos a la izquierda consiste en un ángulo que, por su morfología, desviaba la moharra de la lanza enemiga hacia los laterales del peto. El ejemplar de la derecha más que desviarla pretendía frenarla, ya que por su forma podríamos decir que "atrapaba" la moharra sin dejarla avanzar ni salir desviada. En ambos casos, la fijación de estas piezas es mediante tornillos o remaches, lo cual facilitaba su sustitución. No sería raro, debido a su exposición a los puntazos enemigos, que hubiese que reponer estas piezas con relativa frecuencia.

Las armaduras maximilianas son quizás el más refinado ejemplo de cómo combinar la decoración con la protección. La pieza de la izquierda es uno de ellos: conforme al acabado habitual de este tipo de armaduras, el peto está enteramente cubierto de estrías longitudinales en sentido vertical. Son "frenos" que impiden que las armas enemigas avancen libremente a través de su pulida superficie, aminorando sus efectos hasta que, finalmente, son detenidos en los gruesos rebordes de los costados. Así mismo, tanto estos rebordes como el del cuello están decorados con un cincelado en forma de cordón que traba sin problemas el filo de cualquier espada o hacha, impidiéndole así que el golpe avance peligrosamente hacia el interior de la armadura. En cuanto al ejemplar que vemos a la derecha, de manufactura italiana, ofrece un estriado a ambos costados y otro superior en forma de ángulo que, en este caso, está repujado en el metal, y no en forma de pletina independiente como vimos más arriba. No obstante, este sistema es también de una eficacia aceptable de cara a las armas de la infantería.

Y para terminar, dos piezas que quizás desconozcan muchos de los que me leen. La de la izquierda es un sobrepeto que, como se ve, cubre por completo el peto salvo el espacio destinado al ristre. Este añadido se puso de  moda cuando las bajas producidas por los arcabuzazos enemigos comenzaron a ser preocupantes, así que muchos optaron por añadir esa protección extra a sus armaduras porque eso de sentirse invulnerable para, un mal día, acabar con un boquete en la barriga, no era bien digerido por los encumbrados y linajudos caballeros de la época. El cangrejo de esta pieza solo cubría la zona lumbar ya que la parte superior del espaldar solía tener la protección extra de las faldas de los guardabrazos, piezas que ya se verán en otra entrada. En cuanto al ejemplar que vemos a la derecha, es un accesorio propio de las armaduras italianas del siglo XVI, consistente en una pequeña falda de malla que pende del volante. Bajo la misma se vestía un calzón con la zona púbica también cubierta de malla, el cual ya se vio en una entrada anterior, de modo que así se añadía una protección extra en esa zona tan delicada de la anatomía viril.

En fin, no creo que se me haya pasado por alto alguna cosilla, así que me piro.

Hale, he dicho


viernes, 22 de abril de 2016

Curiosidades. ¿Cómo es una armadura por dentro? Yelmos y golas


La imagen que todos solemos tener de una armadura de placas es la de un chisme con forma humanoide, muy pulido y repleto de remaches, o sea, algo más o menos similar a lo que vemos en la foto de la derecha. Esa en concreto es el famoso arnés que perteneció al emperador Maximiliano, el abuelo paterno de Carlos I y que, como muchos monarcas de su tiempo, se pirraba por coleccionar esas virguerías metálicas que costaban meses de trabajo y tanto dinero como para alimentar a un pueblo entero durante un año. Sin embargo, esas superficies bruñidas como espejos son la fachada al exterior ya que por dentro la cosa variaba un poco: señales del martilleado, cabezas de remaches, rebabas y bastantes trozos de cuero para permitir al "habitante" de la armadura tener un mínimo de capacidad de movimiento en el tronco. Así pues, y como es muy posible que muchos de los que me leen no hayan visto en su vida el interior de un arnés, pues ilustraremos esta entrada con imágenes adecuadas para que puedan hacerse una idea del aspecto que tenían y como estaban acabados.

Empecemos por la cabeza. En la foto la izquierda vemos el almete de un arnés de justa perteneciente al emperador Fernando II de Alemania, fabricado por Conrad Richter en 1555. Pesa "solo" 5,6 kilos de nada, y está fabricado con acero bronceado. La foto central nos ofrece una perspectiva del interior del almete, con la flecha señalando cual es la parte delantera del mismo. Las launas que conforman la gola, tanto por delante como por detrás, están unidas mediante gruesas tiras de cuero remachadas de forma que las cabezas exteriores de los remaches quedan ocultas por el solapado de cada una de las launas. Esto permitía mover la cabeza de adelante hacia atrás, lo que venía bastante bien a la hora de cargar contra el enemigo ya que así se tenía mejor visión a través de la angosta rendija de la ocularia. El movimiento hacia atrás impedía que en el momento del impacto le entrase una astilla o incluso la moharra de la lanza por ese mismo sitio. En cuanto a la guarnición interior,en este yelmo solo perdura la tira de cuero que la sujetaba la mismo, restando de ella apenas dos tiras. A la derecha vemos un relleno perteneciente a otro almete pero que bien podría servir para este. Como era habitual, estaba relleno de crin y paja bien prensados para amortiguar los golpes.

Esa otra foto presenta una babera perteneciente a una celada gótica. La imagen de la izquierda muestra una vista frontal de la pieza, mientras que la otra permite ver el reverso de la misma con el relleno de crin que protegía la parte inferior del rostro y la zona alta del cuello. El relleno es similar al que hemos visto en el párrafo anterior, y estaba fijado a la pieza en la parte central, quedando los remaches ocultos por las dos piezas movibles que están señaladas con sendas flechas. Si el fustán con que estaba fabricada la cubierta del relleno se manchaba siempre podía limpiarse, pero si se rompía o se desgastaba de alguna forma el único arreglo era cambiarlo por otro nuevo, para lo cual era necesario eliminar todos los remaches que sujetaban la pieza a la babera.

A continuación podemos ver el interior de una celada. En este caso, el remachado de la guarnición sí queda a la vista en forma de una hilera de cabezas alineada en todo el perímetro del yelmo. El interior, como se puede apreciar, es básicamente igual al de cualquier casco moderno, variando solo el material con que está fabricado. Aunque estos tipos de yelmos hacían innecesario el uso de cofias, era habitual usar una de lana o lino finos para enjugar el sudor y preservar de la suciedad la guarnición ya que, como hemos visto, cambiarla era un tanto complicado.

A continuación tenemos una borgoñota, en este caso parte de un arnés de guerra que perteneció a Jakob von Trapp. Fue fabricado en Innsbruck hacia 1530 por Michael Witz. Lo más significativo en este caso son las yugulares del yelmo, las cuales también están provistas de su correspondiente acolchado para salvaguardar la aristocrática jeta de su propietario de los mazazos y hachazos enemigos. Cabe destacar el cuidadoso acabado de estas guarniciones, que incluso daban cabida cómodamente a las orejas en las partes de las yugulares perforadas para permitir una mejor audición. 

Por último, echemos un vistazo a la apariencia de una gola. En la imagen de la derecha tenemos una de ellas vista por fuera. Por cierto, esas dos especies de antenas que lleva a los lados eran para sujetar la capa cuando tocaba ponerse de tiros largos. En la parte superior se aprecian los restos del relleno que protegía el cuello del combatiente que, recordémoslo, con este tipo de armaduras ya no solía llevar ningún tipo de protección adicional en la cabeza, por lo que era la misma armadura la que iba provista de los medios para impedir rozaduras además de amortiguar los golpes. Según vemos, estas golas estaban compuestas de varias launas que permitían mover el cuello como en el almete que vimos al inicio de la entrada. Sin embargo, había yelmos que cerraban bajo el mentón, dejando la defensa del cuello confiada a las golas, por lo que era preciso proveer a estas de piezas articuladas. A la derecha vemos el interior de una de ellas, con las launas unidas mediante tiras de cuero remachadas. Y, al igual que el almete al que nos hemos referido hace un momento, las cabezas de los remaches solían quedar ocultas por el solapado. En el círculo rojo se ve la muesca donde encajaba el tetón que permitía cerrar la gola, cuyas dos piezas giraban sobre un gozne en el lado opuesto. Este tetón, provisto de una pequeña lengüeta, pivotaba para efectuar un cierre fiable.

Bueno, mañana seguimos.

Hale, he dicho