domingo, 2 de agosto de 2015

Reciclando torretas, 1ª parte




Las dos décadas que separaron los dos conflictos mundiales sirvieron para que los estados mayores se devanaran los sesos largo y tendido intentando sacar conclusiones provechosas de los cuatro terroríficos años que duró la Gran Guerra, la cual dejó atrás para siempre determinadas tácticas mientras que trajo otras nuevas. La más importante fue, como sabemos, que eso de avanzar bonitamente por el campo de batalla como quien va de excursión había pasado a la historia para siempre jamás. El poder de la artillería y las ametralladoras habían convertido la tierra de nadie en un sitio tan desagradable que no quedó ni uno con ganas de darse un garbeo por allí. Y, por otro lado, la aparición de los carros de combate también dejó claro que eran el arma del futuro, y que quien dispusiera de un buen arsenal de aquellos artefactos se llevaría el gato al agua en la próxima guerra.

FT's en el desfile de la victoria en París, en 1918. En
pocos años, los miles de unidades fabricadas se quedarían
más obsoletas que un yesquero.
El desarrollo y la constante evolución del carro del combate fue el objetivo principal de muchos ejércitos empezando por el alemán el cual, muy escarmentado tras haber visto lo bien que iban los Renault gabachos, así como los male y female británicos, se pusieron a devorarse las neuronas para diseñar las mejores máquinas, todo ello muy en secreto ya que el Tratado de Versalles les prohibía siquiera pensar en ellas. Así pues, durante los años 20 y el primer lustro de los 30 se avanzó de tal forma que las máquinas que había sido decisivas apenas 10 ó 15 años antes habían quedado relegadas a la condición de dinosaurios de chatarra. Pero esa chatarra era cara, había costado un pastizal fabricarla y, lo que era peor, no podía ser usada en los nuevos proyectos tanto en cuanto carecían del blindaje y la capacidad para albergar cañones más potentes. De ahí que, ya que la Gran Guerra también había marcado un antes y un después en lo tocante a las fortificaciones, se decidiera hacer uso del material obsoleto para, combinándolo adecuadamente con casamatas de hormigón, dar a las torretas que se habían quedado anticuadas un nuevo uso para el que eran perfectamente válidas: formar parte de dichas fortificaciones.

La Línea Stalin
En este caso no fueron los tedescos los que tuvieron la idea, sino los rusos. Fue a finales de 1927 cuando el padrecito Stalin decidió que había que fortificar adecuadamente el paraíso comunista, no fuesen a sufrir una invasión de proletarios de toda Europa deseosos de largarse a la Unión Soviética a disfrutar de las indudables maravillas que ofrecía el nuevo modelo socio-económico-político que no solo te garantizaba el trabajo, sino incluso trabajar más horas que nadie so pena de ser enviado de vacaciones a un gulag por un par de décadas, así como un elevado nivel de prestaciones y seguridad ciudadana de la que se hacían cargo los amables agentes de la GPU, luego NKVD y luego KGB. Así pues, el mostachudo jefe de los proletarios- que por cierto fumaba en una carísima pipa inglesa Dunhill, como un lord- ordenó crear una inmensa línea fortificada que recibió su nombre- faltaría más- y que a lo largo de unos 2.000 km. se extendía desde el Báltico hasta el Mar Negro. La línea en cuestión estaba formada por unas 3.000 posiciones que contenían fortificaciones de todo tipo: puestos de mando, nidos de ametralladoras, casamatas para artillería de campaña y anticarro, casamatas para comunicaciones, almacenes, polvorines, etc.

Tamaña obra les estaba costando millones de rublos, y la maltrecha economía soviética no alcanzaba a sufragar los monstruosos gastos que suponía la creación de semejante línea fortificada especialmente en lo tocante a la fabricación de cúpulas de acero similares a las que los gabachos instalaron en su igualmente cara e igualmente inútil Línea Maginot. Y ante esa carencia de cúpulas tuvieron la genial idea de echar mano de las torretas de los carros que se habían ido quedando obsoletos, especialmente los T-18, T-24, BT y T-26- en este último caso solo de los modelos más antiguos- e instalarlas en casamatas de hormigón, logrando de ese modo matar dos pájaros de un tiro: disponer de fortificaciones blindadas y no gastarse un rublo. Estas casamatas recibieron el nombre de Tankovaya ognievaya totshka, más conocidas por su acrónimo: TOT. Su morfología obedecía a un patrón común para todas ellas el cual podemos ver en la ilustración superior. En cuanto a su instalación, y esto es extensivo a cualquier torreta reciclada fuese quien fuese el que la usase, solo requerían la corona de rodamiento del carro. Para girar la torreta se accionaba una manivela de la misma forma que si fuese instalada sobre el casco. Recordemos que en estos casos aún no se habían ideado torretas que girasen mediante un motor, sino que el giro era manual.

De entrada, conviene señalar que estas casamatas no estaban concebidas para ser ocupadas de forma indefinida ya que carecían de espacio y las comodidades mínimas para albergar a su pequeña guarnición. Como podemos ver, constaban de tres dependencias separadas por puertas de madera forrada de acero mientras que la de acceso principal era enteramente metálica. En la dependencia central se instalaba un aparato de radio, teléfono o telégrafo y un ventilador para renovar el aire viciado. Como se ve en el gráfico, una pequeña tronera permitía abrir fuego contra la puerta de entrada en caso de verse invadidos. En cuanto a la cámara de combate, estaba dividida en dos pisos: el superior, donde se situaban el comandante de la casamata y el cargador, y la inferior, donde estaba el pañol de munición y un par de hombres para ir arrimando proyectiles. El grosor de los muros de hormigón era bastante aceptable: 150 cm. para el frontal, 100 cm. para los laterales y 120 cm. para el techo. Las TOT estaban distribuidas de forma que se apoyasen unas a otras, y cuidaban especialmente el camuflarlas de la mejor forma posible ya que estas torretas carecían del masivo blindaje de las cúpulas de acero. Obviamente, ya que les salían gratis no iban a ofrecer además una protección máxima.

Pero no solo construyeron casamatas en todas regla sino que incluso recurrieron a algo mucho más económico y fácil: enterrar en carro entero dejando solo la torreta a la vista tal como podemos ver en la ilustración de la izquierda. Para estos menesteres hicieron uso especialmente de los T-28, un carro basado en el FT gabacho si bien en el caso ruso con tal cantidad de fallos de todo tipo que más de un ingeniero debió partir para Siberia sin billete de vuelta tras ser declarado enemigo del pueblo. Como vemos, el casco era desprovisto de todo lo que contenía: suspensión, tren de rodaje, motor, etc., quedando solo el chasis mondo y lirondo para convertirlo en una cámara de combate. Tras cavar un hoyo de dimensiones adecuadas se procedía a enterrarlo no sin antes cubrirlo de piedras para darle más resistencia al conjunto. Otra opción era, tal como vemos en el dibujo inferior, practicar la entrada por la parte inferior del casco mediante un túnel entibado con troncos. En cuanto a su misión, podían ser desprovistos de armamento para convertirlos en puestos de observación o de comunicaciones, o bien como nido de ametralladoras en el caso de las torres armadas con máquinas Degtarev o incluso como casamatas anticarro gracias a las 200 torretas disponibles armadas con cañones de 45 mm., suficiente para los blindajes de aquel momento.

Está de más decir que los gabachos aplicaron estos mismos principios en la construcción de su Línea Maginot ya que ellos les sobraban miles de FT de la Gran Guerra que ya no servían para nada, así que hicieron diversos usos de ellos. A la derecha tenemos un ejemplo que, básicamente, nos muestra el mismo concepto que ya habían creado los rusos si bien en este caso con un nivel de acabado muy superior. Según podemos apreciar, el casco del FT ha sido cubierto por una capa de hormigón que aumenta de forma notoria la resistencia del conjunto. Además, contempla la posibilidad de que sus dos servidores puedan disponer de un alojamiento mínimamente cómodo para caso de necesidad gracias a las literas adosadas al muro. Por lo demás, el acceso a la cámara de combate se realizaba por la parte trasera del casco, el cual había sido recortado para este menester.

También aprovecharon más de 200 carros de comunicaciones Renault TSF para convertirlos en puestos de observación como el que vemos en la foto de la izquierda. En este caso se actuaba de la misma forma que con los FT: eran enterrados y cubiertos de hormigón si bien en este caso, al disponer de un buen acceso al interior del vehículo, la entrada al mismo se efectuaba por dicha escotilla y no mediante una galería. Por lo demás, tampoco era necesaria una protección superlativa ya que, caso de verse el observador con el enemigo a la vista, pasaba de quedarse allí contemplando el panorama y salía echando leches hacia sus líneas.

Otro invento más fueron las STG, o Tourelle Démontable Modèle 1935 que, aunque no eran propiamente dicho torretas recicladas, su diseño se basaba en un concepto similar. Se trataba de una pequeña torreta de una apariencia parecida a la del FT armada con una ametralladora Hotchkiss y que, en vez de ir sobre una casamata de hormigón o el casco de un carro de combate, estaba instalada en una estructura cilíndrica provista de una puerta de acceso. El concepto de la STG era el de emplazarlas en lugares concretos en función de las necesidades del momento, especialmente para cubrir ángulos muertos entre fortificaciones de más envergadura. 

Para que nos entendemos: bastaba cavar un hoyo y una pequeña zanja que permitiera acceder a la puerta blindada y ya está. Si en algún momento era preciso su traslado a otro sector, pues bastaba sacarla de su hoyo y meterla en otro. Para ello solo se tardaban unas tres horas y media, que era lo que tardaban cuatro zapadores en cavar el hoyo que daba cabida al cilindro. Se construyeron casi mil unidades de STG, estando diseñadas para resistir al menos un impacto directo de un cañón de 25 mm., lo cual era más bien una birria de blindaje, y su acceso podía hacerse bien a través de la escotilla del cilindro o bien desde la que había en el techo de la torreta. Pero su gran inconveniente es que el desgraciado que se veía metido allí debía sentir una claustrofobia bestial, aparte de serle materialmente imposible dormir al siesta, lo cual debía ser muy enojoso.

Cúpulas del sector de Hackenberg, en la Línea Maginot.
Como vemos, se dan apoyo unas a otras y están
comunicadas bajo tierra con el reducto principal.
Por último, convendría concretar un detalle que se me antoja importante. A la vista de lo leído, puede que algún que otro lector piense que estas torretas recicladas estaban concebidas para actuar como puntos de resistencia aislados capaces de hacer frente a todo lo que les viniera por delante. Bueno, pues de eso nada. Estas pequeñas casamatas, ya fueran de hormigón o el casco enterrado en un hoyo, formaban redes de puntos defensivos conectados unos con otros mediante trincheras y/o túneles que podían cubrir todos los ángulos posibles dentro de su sector, bien como apoyo a una fortificación mayor o bien para cerrar el paso por determinadas zonas según vemos en la foto de la derecha. Pero si los enemigos lograban aproximarse a estas casamatas o las localizaban, lo mejor era apagar la luz y salir como un cohete en busca de un refugio más adecuado. 

Dos "pioniere" germanos incinerando enemigos como
quién prepara chicharrones.
¿Por qué? Fácil: estas torretas eran, como ya se ha dicho, obsoletas, y provistas de un blindaje mínimo que la artillería de cualquier carro podía vulnerar. Y si no era infantería apoyada por carros la que atacaba un sector cubierto por estas fortificaciones, una compañía de ingenieros armados con lanzallamas podían desalojarlas en un periquete si los defensores no querían verse convertidos en torreznos. Y en eso de tomar por asalto posiciones fortificadas los tedescos se habían convertido en verdaderos maestros, como dejaron claro cuando traspasaron la "invulnerable" Línea Maginot como si fuera mantequilla. Para unos cuantos defensores encerrados en una angosta casamata ver aparecer a un probo ciudadano echando llamaradas a diestro y siniestro era un argumento de lo más contundente, y la perspectiva de ver entrar el petróleo inflamado por las mirillas era muy preocupante para ellos.

En definitiva, el reciclado de torretas fue una opción válida para aprovechar ingentes cantidades de material obsoleto cuando aún se creía que las líneas fortificadas eran la solución para evitar invasiones, así como el no verse abocados a tener que invertir aún más dinero en fabricar material nuevo. De ahí que fuesen los alemanes los que, tras encontrarse con cientos y cientos de carros capturados al enemigo por toda Europa hicieran también uso de este material con su habitual y meticulosa precisión teutónica. Pero de eso hablaremos en la próxima entrada, que es hora de merendar y eso es sacrosanto.

Hale, he dicho





jueves, 30 de julio de 2015

Yelmos de torneo




Aunque ya en su día se dedicó una entrada a los baúles de justa, no eran estos los únicos yelmos que se usaban en los belicosos juegos marciales en los que los gentiles y gallardos caballeros se dedicaban a deslomarse y a perder la honra, sus onerosos pencos de batalla y sus costosísimas panoplias. Eso sí, si salían vencedores se volvían a casa con un pastizal ya que, como sabemos, los ganadores se quedaban con las armas y el caballo de los perdedores o bien les cobraban un rescate por los mismos. En definitiva, volvían magullados y hechos polvo pero con la vida resuelta para una temporada.

Bacinete de justa del primer cuarto del siglo XV. Su
visor, aún móvil, ya marca la morfología de los
futuros yelmos de cabeza de rana diseñados de forma
específica para justar a caballo.
Hasta aproximadamente la primera mitad del siglo XV, los yelmos al uso en estos eventos seguían siendo los enormes yelmos de cimera y los grandes bacinetes que, obsoletos para la guerra por la aparición de las borgoñotas, barbotas y celadas, aún seguían formando parte de las panoplias de los caballeros de la época para estos menesteres. Y, por otro lado, las diversas formas de combatir en los torneos hizo necesaria la aparición de tipologías específicamente diseñadas para ello ya que un baúl de justa era absolutamente inútil a la hora de justar a pie o a caballo con espada o maza. Así pues, esta entrada estará dedicada precisamente a los diversos tipos de yelmos que se desarrollaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XV y la práctica totalidad del XVI, cuando finalmente este entrenamiento marcial pasó a convertirse poco a poco en un deporte ecuestre en el que se dejó de lado la vertiente puramente bélica del mismo en favor de la mera destreza en la monta, y el manejo de la lanza relegado a los juegos de cañas o a combatir contra estafermos en vez de para ensartar enemigos. Bueno, al grano pues...

Como vemos en la foto, el yelmo de cimera protegía toda
la cabeza, pero el cuello quedaba a merced  de los

golpes del enemigo.
Lo que quizás hizo preciso la creación de diseños específicamente para torneos debió ser sin duda las reglas que se habían ido estableciendo para su desarrollo. Ya en tiempos de Alfonso X se concretaba que, por ejemplo, si un jinete rompía su lanza contra el yelmo del adversario ese golpe valía por dos lanzas rotas. ¿Resultado? Pues que la cabeza se convertía en un objetivo principal. Como ya podemos suponer, un impacto directo en esa parte del cuerpo, aún estando protegida por un yelmo de cimera, podía ser devastador. El encontronazo haría que el cuello sufriera una torsión hacia atrás que le dejaría al personal las cervicales como para estarse dos meses hasta las cejas de Valium, pero con el problema añadido de que el Valium aún estaba por inventar. El yelmo de cimera no estaba diseñado para soportar golpes directos de una lanza, sino tajos de espada, mazazos, etc., por lo que hubo que ver la forma de que el yelmo destinado a los torneos formase un sólido conjunto con la coraza de forma que el impacto fuese absorbido por el cuerpo y no por el cuello.

La solución fue el baúl de justa que ya vimos en su día, un enorme y pesado yelmo surgido durante la segunda mitad del siglo XV que fue el que podríamos denominar como primer yelmo especializado para torneos. Esta tipología con forma de cabeza de rana no reposaba sobre la cabeza de su portador, sino sobre los hombros. De esa forma, el peso del yelmo era más soportable y, lo más importante, el cuello quedaba a salvo de los tremendos golpes que recibiría en la cabeza.


Las fotos superiores nos permitirán conocer mejor estos yelmos. El A es un ejemplar anglo-flamenco fabricado hacia 1510. Su peso es de 4,4 kg. y, como podemos observar en su gorguera, esta está llena de orificios para fijar el yelmo al peto mediante tornillos. Ojo, no se usaban todos los orificios, sino que su elevado número era para buscar los que mejor coincidieran con los del peto. Para disponer de un poco de ventilación lleva una abertura en el lado izquierdo protegida por una sólida pestaña que impediría la entrada de cualquier objeto extraño. Porque, si nos fijamos, estos yelmos carecen de todo tipo de abertura por lo general aparte de la OCVLARIA a fin de impedir la entrada de las puntas de las lanzas adversarias así como de las peligrosas astillas que salían despedidas en cada encuentro. El B es un tipo similar pero con un sistema de fijación al peto distinto: las pletinas que lleva por delante y por detrás estaban ideadas para bloquear el yelmo mediante unas sólidas correas fijadas a la coraza. En la foto C vemos el yelmo de un arnés de justa perteneciente a Maximiliano de Austria fabricado en 1494 por Jörg y Lorenz Helmschmid. En la imagen podemos ver claramente como dicho yelmo está sólidamente unido al peto mediante tres tornillos de generoso tamaño.

Para lograr un bloqueo prácticamente absoluto de la cabeza dentro del yelmo se recurría a unas engorrosas cofias de armar como las que vemos en la imagen inferior.



Estas prendas, fabricadas con un resistente fustán y un grueso relleno de crin, iban provistas de lazadas y correas que permitían inmovilizar la cabeza dentro del yelmo. ¿Que para qué? Pues porque la inercia producida por el testarazo haría que el jinete se golpeara con su propio yelmo. O sea, éste no se movería apenas por ir anclado a la coraza, pero la cabeza sí podía moverse en cualquier dirección dentro del enorme baúl por lo que era preciso dejarla "aislada" en el interior del yelmo para impedir un cabezazo de antología. La imagen superior nos permitirá entenderlo fácilmente: a la izquierda vemos la cabeza del jinete cubierta por la cofia la cual, gracias a sus correas y lazos, es fijada al interior del baúl. A la derecha tenemos el baúl en cuestión en el que se aprecian las ranuras por donde salen las correas, así como los ollaos de bronce por donde saldrían los cordeles. De esa forma no había forma de mover la cabeza en ninguna dirección, impidiendo que se golpeara o que el cuello sufriera dolorosas torsiones.

Da tela de repeluco, ¿que no? Ni echándole
un colirio creo que se le aliviara el dolor,
pobre hombre...
Pero si alguien piensa que los que practicaban este deporte marcial exageraban en lo tocante a la protección personal, o que un accidente era cuasi imposible llevando semejante trasto en la cabeza, pues que se deleite con la imagen que vemos a la derecha. Se trata de un retrato que se exhibe en la colección de curiosidades del castillo de Ambras, en Innsbruck (Austria), el cual pertenece a un caballero húngaro llamado Gergely Paksy (llamado Gregor Baci o Baxi en alemán) el cual recibió la espeluznante herida que podemos ver en el cuadro. Sí, no es ningún camelo. Al tal Paksy le entró una lanza por el ojo derecho y le salió por el cogote durante un torneo y vivió para contarlo. En  el detalle se puede ver la réplica tridimensional que se hizo de su cráneo para corroborar que, en efecto, no alcanzó ningún punto vital y que el riesgo de una posible infección se vio aminorado por el plomo presente en la pintura de la lanza que, al parecer, actuó como un bactericida. De hecho, tras serle extraída el asta vivió varios años. Eso sí, el ojo se fue a hacer puñetas como es lógico. Por cierto, la sangre que mana del ojo sano se debería a la hemorragia en los senos frontales, y su apariencia saltona sería por la inflamación interna.

Como vemos en esa ilustración del Libro de los Torneos,
a pesar de tantas protecciones los contendientes
mostraban en sus nobiliarias jetas hematomas y heridas
producidos por los golpes.
También tenemos testimonios escritos de este tipo de heridas tan desagradables. Aparte del conocido accidente que sufrió rey Enrique II de Francia, en el relato del Passo Honroso de Suero de Quiñones tenemos una vívida descripción de como fue muerto un caballero aragonés por nombre Esberte de Claramonte: "... a la novena y triste carrera tornó Suero a encontrar al miserable caballero Claramonte, e diole por la visera del almete metiéndole todo el fierro de la lança por el ojo izquierdo fasta los sesos, e fízole saltar el ojo del casco...", o sea, que lo aliñó bonitamente si bien en este caso el tal Claramonte no tuvo tanta suerte como el húngaro que vimos más arriba. En definitiva, creo que queda claro que esto de los torneos no era ninguna tontería y más en este caso en que, como en tantas ocasiones, se usaban armas a todo trance, o sea, armas de guerra. Bueno, prosigamos...

Pero no solo se cruzaban lanzas en los torneos, sino que también se combatía con espadas y mazas de madera en las furibundas mêlées en las que dos equipos de contendientes se enzarzaban en un maremagno de porrazos y costaladas hasta que quedaba un vencedor. Para ello, como podemos suponer, los pesados y aparatosos baúles no servían para nada porque, entre otras cosas, solo permitían cierta visibilidad cuando el jinete se inclinaba hacia adelante según se explicó en su momento. De ahí que precisaran de un tipo de yelmo que permitiera un amplio campo visual pero, al mismo tiempo, que protegiera el rostro y el cuello de los brutales testarazos que se propinaban.



Espada y maza de cortesía fabricadas de madera. Su peso
las hacía bastante contundentes, que conste. Tanto como
para derribar a un jinete a golpes.
Estos descomunales yelmos eran de todo menos cómodos y ligeros. El de la izquierda es un ejemplar perteneciente al emperador Maximiliano fabricado hacia 1480 en Augsburg, y pesa la friolera de 9,6 kilos. El grueso vástago superior era para acoplar la cimera. Estos yelmos, como podemos ver, tenían una amplia zona abierta la cual era a su vez protegida por un enrejado extremadamente sólido. Proporcionaban pues un buen campo visual ya que en la mêlée podían lloverles los palos por cualquier sitio y, al mismo tiempo, les brindaban una buena protección en la cara. Además, según podemos ver, en este caso también iban fijados a la coraza si bien, gracias a su enorme tamaño, la cabeza podía moverse sin problemas en su interior. Y no, en este caso no era preciso inmovilizarla ya que los golpes que recibían eran dados con la fuerza del brazo, y no en forma de lanza en cuya punta iba concentrada la velocidad del corcel más el peso del mismo y el del jinete.

El conde de Warwick, a la izquierda, hiere en un hombro
al famoso condottiero Pandolfo Malatesta, el
Lobo de Rímini, durante una justa a pie con picos.
Pero no solo se justaba a caballo, sino también a pie, y para ello también era preciso un yelmo que se adaptase a este tipo de combate. En este caso no se luchaba con armas de madera, sino con alcones y picos por lo general. Este tipo de armas, provistos de largas y aguzadas picas, hacían necesario otro diseño ya que por los enrejados de los yelmos para justar a caballo podía fácilmente colarse una de esas picas y ensartarle a uno la cabeza como la aceituna de un martini. Por otro lado, este tipo de armas eran bastante pesadas, y sus golpes podían desarrollar una energía devastadora si el combatiente era un experto en su manejo. Un golpe en la cabeza tras un molinete podía causar una severa lesión si el adversario no la llevaba bien protegida, así que tuvieron que dar con un diseño adecuado para este tipo de lucha.




Y este fue el resultado: unos almetes grandes y pesados que, como los empleados para justar a caballo eran unidos a la coraza mediante tornillos para no poner en peligro al cuello con graves lesiones. Por otro lado, sus portadores necesitaban un buen campo de visión pero sin dejar resquicios excesivamente grandes por donde su adversario pudiera, bien de forma accidental o bien a posta por el calor del combate, meterle una pica que lo escabechara en un periquete. El de la izquierda perteneció a sir Gilles Capel, y se fabricó hacia el año 1510. Su peso no es en modo alguno despreciable: 6,1 kilos, lo que indica que, como todos los yelmos destinados a estos menesteres, estaban fabricados con una chapa mucho más gruesa de lo habitual para resistir tanto el trato que recibirían como para impedir que sus dueños causaran baja permanente por quedar tullidos, medio tontos de tanto trastazo o simplemente muertos de forma definitiva.

El almete fue el tipo de yelmo que acabó imponiéndose para todas las disciplinas ya que, como comentaba en la entrada dedicada a su fabricación, a lo largo del siglo XVI era habitual encargar arneses provistos de accesorios que los hacían válidos tanto para la guerra como para justas y torneos. A la derecha tenemos dos ejemplos: el primero de ellos es el almete de un arnés italiano de finales del siglo XVI para justar a caballo. Como vemos, está reforzado por una bufa que le cubre incluso hasta el hombro derecho, siendo esta pieza la que se llevaría el impacto de la lanza adversaria. Para airear el interior del yelmo bastaría subir el visor y, por otro lado, al estar los almetes enteramente forrados por dentro y quedar la cabeza ajustada a ellos, no precisaban de las engorrosas cofias que vimos más arriba. Y para justar a pie tenemos el ejemplar de la derecha el cual se fijaba al peto mediante tornillos como los grandes almetes que vimos en el párrafo anterior. Se trata de una pieza de origen alemán, concretamente de Augsburg y está datada entre los años 1495-1500. La babera quedaba bloqueada por la gorguera, pudiéndose alzar el visor para la renovación de aire o, simplemente, para justar con un mayor campo visual.

Solo nos restaría mencionar unos complementos que, aunque no son parte de los yelmos, estaban ideados para aumentar la protección de los mismos.


Arnés fabricado en Augsburg hacia 1590. Como
vemos, el almete, la tarja y el peto forma un sólido
conjunto unido mediante tornillos.
Se trata, como vemos en las fotos de arriba, de una serie de añadidos con que los arneses de guerra se podían convertir en arneses de justa. El A es una hombrera que lleva añadida una enorme bufa destinada a proteger la parte inferior del almete. Al ir unida al peto, cualquier golpe sería detenido sin que lograra alcanzar para nada el yelmo. En B vemos una pieza que actúa de hombrera, sobre-peto y bufa y va atornillada al peto por una media palometa. Estos añadidos impedirían mover el brazo izquierdo, lo cual sería irrelevante en este caso ya que la mano zurda solo se usaría para empuñar las riendas. Por otro lado, el grosor añadido por estos accesorios a la armadura les permitía prescindir de escudos o tarjas. Finalmente, en C vemos una tarja convencional que, en ocasiones, llevaban repujada una retícula como la que aparece en la foto de la derecha, ideada para "atrapar" la punta de la lanza, impidiendo así que se deslizara hacia arriba y acabara estampándose en el yelmo. Esta serie de piezas extra se encargaban junto al arnés de forma que con el mismo se podía, a base de intercambiar piezas, justar a pie, a caballo y, naturalmente, ir a la guerra. No obstante, como ya podemos suponer, esto entrañaba un notable gasto que se debía añadir al ya de por sí carísimo arnés si bien tenía como ventaja poder prescindir de diversos tipos de arneses según para que modalidad de justa.

Como colofón, añadir que es posible ver yelmos diferentes a los mostrados tanto en cuanto, como ya he repetido infinidad de veces, el diseño de estos arneses era algo muy personal y, aunque las modas imperantes marcaban de forma bastante nítida las tendencias de cada época, siempre podría surgir alguien que por mero capricho, para hacerse notar o simplemente porque los modelos al uso no le resultaban adecuados, optaba por un diseño distinto.

Bueno, se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho


Ilustración de libro de los torneos de René de Anjou en la que aparecen dos jinetes justando a caballo con armas de
cortesía. Aunque pueda parecer lo contrario, un trastazo con una de esas pesadas armas fabricadas con madera
muy dura podía hacer verdadero daño si no se iba adecuadamente protegido.


miércoles, 29 de julio de 2015

Asesinatos: Rasputín, 2ª parte


Rasputín echando una bendición. Su aspecto charrapastroso debía invitar, más que a la piedad, a salir echando leches
de su presencia.
Bueno, prosigamos...

En la entrada anterior ya dimos cumplida cuenta del ominoso final que tuvo el Loco, así que nos toca ahora ver qué fue de sus matadores:

Yusúpov con su mujer y su única hija, Irina.
La foto corresponde a la época en que se
cometió el benéfico asesinato
Félix Felíxovich Yusúpov Según la tradición, cabecilla del complot que mandó al Más Allá al nefasto personaje pero, según vimos ayer, posiblemente aunó sus ansias homicidas con las del gran duque Dimitri Pavlóvich. En cualquier caso, el príncipe quedó bajo arresto domiciliario a la espera de la decisión del zar el cual, independientemente de que aprobara o no el crimen, sí tenía claras dos cosas: una, que Yusúpov estaba casado con su sobrina, por lo que pertenecía a la familia imperial y una cosa era proteger al depravado Rasputín y otra mandar apiolar a un pariente. Debemos tener en cuenta que en un país pseudo-medieval como Rusia, la aristocracia estaba en un estamento superior no ya por su mera condición nobiliaria, sino por el hecho de que atentar contra ellos era poco menos que ofender a Dios. Y por otro lado, en cuanto se supo que Yusúpov había acabado con el odiado personaje se convirtió en un héroe popular, por lo que era muy peligroso tomar medidas que, además, lo convirtieran en un mártir y más en este caso en que la popularidad del zar, y en especial la de la zarina, estaba bajo mínimos.

Yusúpov con su mujer Irina en su exilio parisino.
Por otro lado, toda la familia imperial se puso de parte de El Pequeño. La misma hermana de la zarina, Isabel Fiódorovna, le envió una sentida carta a su cuñado el zar alegando que el pobrecito Félix, tan blandito él, que no podía ni ver la sangre, se vio obligado a escabechar al malvado Rasputín por amor a su patria, y que era un verdadero héroe ruso por ello. Total, que el zar se vio en un brete sabiendo que Yusúpov era cuasi intocable, así que se limitó a exiliarlo a sus posesiones rurales, lo cual debió ser todo un alivio para nuestro hombre, que así se libraba de la quema y, sobre todo, del rencor de la zarina. 

Cuando los bolcheviques se hicieron con el poder, Yusúpov y su mujer pudieron poner tierra de por medio, iniciando un peregrinaje por diversas capitales europeas para, finalmente, asentarse en París, donde pasó el resto de su vida. Palmó en 1967, con 80 años.

Dimitri Pavlóvich con su mujer y su único hijo, Pavel, el
cual, tras el divorcio de sus padres en 1937 se marchó
con su madre a los EE.UU, donde sirvió como militar y
hasta fue alcalde de Palm Beach en tres ocasiones.
Dimitri Pavlóvich Románov Todas las circunstancias descritas para Yusúpov son igualmente válidas para el gran duque: era un miembro de la familia imperial, por lo que no podía ser tratado como un criminal cualquiera y, además, era el primo predilecto del zar. No obstante, y prueba de que aunque la leyenda dice que fue Yusúpov el artífice tanto del complot como el ejecutor de Rasputín, es evidente que los informes policiales que llegaron a manos del zar dejaban claro otra cosa, porque sino no es comprensible que saliera más perjudicado que su compinche. O sea, que el zar sabía perfectamente que fue su sobrino Dimitri, y no Yusúpov, el que en realidad había aliñado a tiros al depravado Rasputín. Por esa razón y a pesar de que toda la familia Románov se puso de parte de Dimitri Pavlóvich, el zar lo tuvo claro: desterró a su sobrino a la frontera persa. En este caso, Nicolás II fue inflexible e incluso hizo caso omiso de una misiva firmada por toda la familia imperial en la que estos intercedían por el bueno de Dimitri. 

El gran duque Dimitri con Olga Nikoláiyevna, cuyo
matrimonio frustró Rasputín. Si hubiese sabido el triste
final que tendría su amada Olga a manos de los comunistas,
quizás le habría estado agradecido al Loco porque él
habría acabado igual.
En todo caso, su destierro le vino de perlas ya que le permitió escapar a raíz de la revolución de 1917. De ese modo, mientras su familia era vilmente apiolada por los comunistas, nuestro hombre pudo llegar a París, meca de gran parte de la aristocracia rusa exiliada. Allí se casó con una tal Audrey Emery, una yankee forrada de pasta a la que, previamente, el gran duque Kirill Vladímirovich Románov, primo del extinto Nicolás II y cabeza visible de la familia Románov tras auto-nombrarse zar a raíz de la desaparición del legítimo monarca, concedió el título de princesa Románovskaya-Ilyinskaya. Tras una vidorra intensa de aristocrático seductor- llegó a tener como amante a Coco Chanel- murió de tuberculosis en Suiza en 1942 con apenas 50 años de edad.

Purishkévich vestido de uniforme
durante la Gran Guerra
Vladímir Mitrofánovich Purishkévich El desaforado y enérgico diputado monárquico tampoco salió mal parado. Su popularidad como político y el verse convertido en un héroe nacional, al igual que los demás conjurados, a raíz del asesinato, le libró de las iras imperiales. Aparte de eso, recordemos que se largó en su tren hospital junto a su médico Lazavert, por lo que puso una saludable distancia entre su persona y la airada zarina. 

Su ideología derechista lo convirtió en un enemigo de la revolución, como ya podemos suponer, y a raíz de la caída del zar dedicó sus esfuerzos a crear organizaciones clandestinas de ideología monárquica en un intento de restaurar la institución recién derrocada. En noviembre de 1917 fue capturado por los bolcheviques, siendo procesado por un tribunal revolucionario del que, quizás por su participación en el asesinato de Rasputín, no salió mal parado si tenemos en cuenta que los bolcheviques tenían una irritante tendencia a fusilar al personal por cualquier nimiedad. La cosa es que le cayeron solo once meses de trabajos públicos más cuatro años de cárcel con servicio comunal incluido. No obstante, sus buenas relaciones le permitieron ser amnistiado el 1 de mayo de 1918 bajo promesa de no meterse en más líos de política.

El tren hospital de nuestro hombre, que acabó recalando
en la frontera rumana tras salir a toda pastilla de
San Petersburgo después del asesinato.
Pero no era Vladímir Mitrofánovich hombre de quedarse apaciblemente sentado viendo pasar el tiempo, así que se unió a los rusos blancos de Kérenski y fundó un nuevo partido de corte anti-semita. Al final, de poco le valieron sus inagotables energías ya que estiró la pata en 1920 a causa de unas fiebres tifoideas en Novorossiysk, una ciudad costera a orillas del Mar Negro que era en aquella época el cuartel general de Anton Ivanóvich Denikin, un antiguo picatoste del ejército imperial reciclado en general blanco durante la guerra civil rusa.

En cuanto a los otros dos conjurados, poca información podemos encontrar, por lo que su relevancia histórica se limitó a su mera participación en el asesinato. El doctor Stanislav Lazavert, que en realidad era de origen polaco, se había alistado en el ejército ruso para servir como médico militar en el tren hospital de Purishkévich. Se sabe que falleció en París, por lo que obviamente pudo largarse de Rusia a tiempo. Y lo mismo podemos decir del teniente Sergei Mijáilovich Sukhotin. Solo sabemos que, además de que servía en el prestigioso Regimiento Preobrazhenski, debía tener 29 años en el momento del atentado. 

En fin, no salieron mal librados del crimen, sobre todo los dos principales conspiradores. En todo caso, de poco sirvió quitar de en medio a Rasputín ya que el pueblo estaba al borde de la rebelión por la pésima gestión de gobierno del zar y el odio acumulado durante siglos contra las clases dirigentes. Quizás si hubieran adelantado el asesinato unos años podría haberse enderezado la cuestión, o tal vez solo habrían alargado un poco más lo inevitable, y la presencia del nefasto Loco solo fue un clavo más en la tapa del ataúd que encerraría para siempre a los Románov.

ALGUNAS CURIOSIDADES CURIOSAS SOBRE RASPUTÍN

Rasputín con sus tres hijos cuando aún
era un simple campesino
1. Ante todo, el apellido. Aunque nosotros lo acentuamos en la I, en ruso el acento está en la U, o sea, que la verdadera pronunciación sería Raspútin. Este palabro tiene un significado nada edificante ya que proviene del término rasputa, el cual podemos traducir como persona inmoral o depravada, o sea, un rasputnyi, lo que ciertamente le venía de perlas a la vista de su lascivo carácter. No obstante, sus apologistas y demás pelotas se empeñaron en que, en realidad, Rasputín provenía de rasputitsa (época del año en que las carreteras se tornaban intransitable por el barro), o rasputia (encrucijada de caminos). 

2. Rasputín, a pesar de que suele aparecer en las fotos con una larga levita a modo de sotana, no era clérigo ni nada por el estilo. Aunque lo consideraban como un monje, este sujeto no era más que un mujik, o sea, un campesino. Desde que tuvo capacidad para trabajar, se limitó a ayudar a su padre Yefim Yakólevich en las labores del campo y ser un currante más. De hecho, a los 28 años se había casado con Praskovia Fiódorovna Dubrovina, de 30 años, con la que tuvo cinco hijos, tres varones y dos hembras, de los que solo sobrevivieron tres: Dimitri, Matryona y Varvara.

Haciendo como que sabía leer.
3. Era un analfabeto de tomo y lomo. Aunque en algunas fotos posaba con un libro en la mano, en realidad no sabía apenas leer, y menos aún escribir salvo algunas palabras. Una de sus obsesiones era llevar un diario ya que, según veía en los miembros de la corte, todos tenían uno donde se contaban a sí mismos los pormenores cotidianos, así que él no podía ser menos. Obviamente, su diario no era más que un cúmulo de palabras escritas apuñalando el papel. Y aparte de sus carencias de tipo intelectual, tampoco dominaba el ruso ya que su lengua materna era un dialecto siberiano.

4. De los muchos motes que tuvo, los más conocidos fueron los de grishka, El Loco, y starets, anciano. El término starets era y es un tratamiento de respeto empleado con los clérigos ortodoxos. Por buscarle una comparación, sería como el reverendo o el venerable que usamos en España para referirnos a los curas, especialmente a los de cierto nivel o rango. Aparte de estos dos sobrenombres, en la correspondencia entre la zarina y el zar se referían a él como Nuestro Amigo.

Casa de Rasputín en Pokrovskoye, Siberia
5. Recibió de manos de la zarina enormes cantidades de dinero que, en teoría, debería haber dedicado a obras pías. Cuando lo liquidaron, sus herederos fueron a ver si tenía fondos en alguna cuenta bancaria ya que había trascendido que poseía unos 300.000 rublos; y cual no fue su sorpresa cuando les informaron que no solo no tenía ni un kópec en ningún banco, sino que encima se había pulido una verdadera fortuna en francachelas, borracheras, comilonas y, en fin, en los mil y un vicios que lo dominaban.

6. Según su hija Matryona, su peinado con la raya en medio y el pelo cubriéndole un poco la frente era debido al parecer a que tenía una especie de quiste o algo similar que se asemejaba a un cuerno emergiendo del cráneo. Obviamente, no era plan de ir de santón por la vida con un atributo diabólico en ciernes en la cabeza.

7. En cuanto empezó a ganar fama y dineros no tardó mucho en hacerse con una hermosa casa en Pokrovskoye, su pueblo natal. Y no solo la casa estaba muy por encima de lo habitual en un simple campesino, sino que incluso la decoró con mobiliario de categoría, y hasta se agenció un piano, que naturalmente nadie en su casa sabía tocar, y un gramófono para bailotear al ritmo de la música, cosa que al parecer le gustaba mucho.

8. Buena prueba de que Rasputín no era un monje, como se suele pensar, es que hay fotos suyas en las que aparece vistiendo la kosovorotka, la típica camisa rusa con el cuello cerrado y los botones en el lado. A la derecha tenemos un ejemplo en el que vemos al Loco rodeado por la zarina, sus nenes y la institutriz de los mismos, María Vishnyakova. Una de las cosas que más detestaba la nobleza era el hecho de que Rasputín tenía libre acceso a la familia imperial mientras que sus parientes y allegados tenían que pedir audiencia. Por cierto que, para no levantar suspicacias, cada vez que el místico acudía a palacio entraba por una puerta de servicio con la excusa de visitar a la institutriz, sorteando así el registro de visitas que había de cumplimentar si lo hacía por la puerta principal. De ese modo, sus contactos con la familia imperial permanecían en secreto.

La prole imperial con el tsarévich Alexei Nikoláyevich en el centro. La
hemofilia heredada de su madre fue la llave que permitió a Rasputín
incrustarse en la familia Románov y apoderarse por completo de la
voluntad de la zarina.
9. El tema del ignominioso apellido de Rasputín era motivo de preocupación en la zarina. Le irritaba sobremanera que el hombre que había sanado milagrosamente a su hijo hemofílico cuando todos los médicos lo daban por perdido fuese por la vida llamándose Grigori Yefímovich Depravado. Así pues, ordenó al conde Paul Beckendorff, Jefe de la Cancillería Imperial, que realizase las gestiones oportunas para cambiar el indigno apellido de su santón particular. El 22 de diciembre de 1906 fue renombrado legalmente como Rasputín-Novy (Nuevo) según petición personal del místico. Aunque el mismo zar en persona ordenó que desde aquel momento fuese llamado como Novy, la cosa es que ha trascendido hasta nuestros días el apellido original. En cualquier caso, tampoco veo mucha diferencia entre apellidarse Depravado a secas o Depravado Nuevo, la verdad...

Anna Alexándrovna Vyrubova, la más entregada
seguidora del malévolo santón. Pudo escapar de los
comunistas exiliándose a Finlandia, donde pasó
el resto de su vida.
10. Aunque, tal como indicamos en la entrada anterior, Rasputín fue enterrado en secreto en la catedral de Fiódorov, en Tsárkoye Seló, sus restos fueron profanados al comienzo de la revolución. Un tal capitán Klimov, acompañado por un destacamento, logró dar con la tumba, tras lo cual procedieron a exhumar el féretro de zinc en el que reposaba el Loco pensando que estaría lleno de joyas y objetos de valor. Pero lo único que encontraron dentro fue un icono que había sido depositado sobre el cadáver por Anna Alexándrovna Vyrubova, confidente y amiga íntima de la zarina que, al mismo tiempo, se había convertido en la más leal defensora y protectora de Rasputín. El icono estaba firmado en el reverso por la zarina, sus hijas y la misma Anna. 

11. A fin de borrar toda huella carnal del santón maléfico aquel, Kérenski ordenó que fuese llevado a otra parte y que fuera enterrado en algún lugar secreto. Así pues, cargaron el féretro en un camión y se lo llevaron a San Petersburgo, donde estuvo una temporada en la cochera de la antigua Cancillería de la Corte. Pero como no era plan de dejarlo allí para siempre rodeado de fastuosas carrozas, un día lo volvieron a cargar en un vehículo para enterrarlo en cualquier sitio a lo largo de la carretera de Vyborg, una ciudad situada a 130 km. al NO de San Petersburgo. Sin embargo, el vehículo se averió durante el trayecto, por lo que los encargados de dar tierra a Rasputín optaron por fabricar una pira allí mismo, poner encima al pútrido cadáver y, tras rociarlo con gasofa, meterle un cerillo y cremarlo allí mismo. Finalmente esparcieron sus cenizas, así que nadie se moleste en buscar la tumba de Rasputín porque no existe.

Matryona Grigórievna de mocita, cuando
acompañaba a su padre a las reuniones con
la alta sociedad
12. La nieta de Yusúpov, Xenia, conoció durante un viaje en tren a la mujer del embajador de Holanda en Grecia. Se cayeron estupendamente y trabaron una buena amistad durante el trayecto. Al llegar a destino, la mujer del embajador, que era una de las hijas de Matryona Grigórievna Raspútina, le dijo a Xenia:

- Quiero revelarte una verdad amarga que puede que te desagrade. El hecho es que mi abuelo era Grigori Rasputín.

Xenia, que no había dicho a su contertulia su apellido real ya que usaba el de su marido, le replicó:

- Mi verdad quizás te desagrade aún más. Mi abuelo mató al tuyo.

No se sabe si a continuación se liaron a bolsazos o, simplemente, quedaron tan amigas. Total, tampoco tenían la culpa de las andanzas de sus respectivos abueletes.

En fin, ya está.

Hale, he dicho

El controvertido místico rodeado de sus seguidores y demás pelotas en una de las muchas reuniones que mantenía
con la alta sociedad y la aristocracia rusa. Como vemos, en esta foto tampoco iba vestido en plan monje, sino con la

indumentaria típica de los hombres rusos: camisa ceñida a la cintura, pantalones y botas altas.





martes, 28 de julio de 2015

Asesinatos: Rasputín




Caricatura que muestra a Rasputín enarbolando
una botella de vodka mientras es adorado por el
matrimonio imperial. La zarina, en actitud orante,
está desnuda bajo el manto de armiño.
Un tipo siniestro, ¿eh? Esos ojillos penetrantes y fanáticos hundidos en una jeta curtida y cubierta de una gran barba enmarañada, digna de profeta perdido en el desierto... Ese pelo grasiento con la raya en medio... Esa napia grande y levemente desviada... Bebedor hasta límites inhumanos, lujurioso como un macaco hasta las cejas de Viagra y dotado de una personalidad hipnótica capaz de someter a cualquiera, especialmente si era del sexo femenino. No creo pues que haya mucha gente que no haya escuchado hablar alguna vez de este peculiar místico ruso que, con su verborrea y sus supuestos dones curativos, se metió en el bolsillo a la familia imperial rusa encabezada por la zarina Alexandra Fiódorovna la cual, seducida por la personalidad de este sujeto, arrastró tras de sí a toda la familia imperial y a gran parte de la corte hasta convertirlo en una especie de mesías cuya nefasta influencia fue uno de los factores determinantes para que estallase la revolución bolchevique que sometió al pueblo ruso a la más abyecta tiranía comunista durante la friolera de 70 años.

A tanto llegó el poder ejercido por Grigori Yefímovich Rasputín entre la familia imperial y los principales cortesanos que miembros de la nobleza, el ejército, la política y hombres influyentes empezaron a creer que la única forma de acabar con la nociva presencia del "Loco" no era otra que escabechándolo de forma expeditiva y definitiva. Además, la cada vez más impopular zarina era constantemente objeto de las burlas y las maledicencias que, propaladas por la propaganda bolchevique en forma de crueles caricaturas- algunas incluso pornográficas- impresas en pasquines y libelos, la ponían poco menos que como amante de nuestro hombre, haciendo que la opinión pública fuese abominando cada vez más de una monarquía que, desde tiempos inmemoriales, era para ellos algo sagrado y revestido de un poder otorgado directamente por Dios.

El gran duque Nikolai Mijáilovich, cuyos buenos
oficios solo sirvieron para cabrear a la obstinada
zarina. Fue asesinado por los comunistas en el
fuerte de San Pedro y San Pablo en San
Petersburgo en enero de 1919.
A lo largo del año 1916, la tensión provocada por la cuestión de Rasputín alcanzaba niveles extremadamente preocupantes. De hecho, miembros de la misma familia imperial que incluían a la madre y las hermanas de Nicolás II se reunieron en cónclave para adoptar una opinión común contra el advenedizo visionario y advertir seriamente al zar de que la calle era un hervidero, y que los miembros de la Duma estaban ya bastante hartos del vil servilismo de los monarcas hacia aquel extraño personaje. El encargado de entrevistarse con el zar fue el gran duque Nicolai Mijáilovich, pariente cercano del padrecito y considerado por todo el mundo como un hombre ponderado, de preclaro entendimiento y con un verbo bastante fácil. La audiencia se celebró el día 2 de noviembre y, como cabía esperar, no surtió efecto. Y no tanto por que Nicolás II estuviera obcecado con Rasputín sino porque, en realidad, con quien sí lo estaba era con su mujer. Es de todos sabido que el encoñamiento que este hombre sentía por su venerada Alix- que era como la llamaba en la intimidad- le hacía incapaz de hacer o decir nada que contraviniera sus deseos. Y la zarina se negaba simplemente a escuchar o creer nada de lo que le contaran que fuesen negativo sobre "nuestro amigo" Grigori. De hecho, cuando leyó la carta que, en nombre de toda la familia, había entregado el gran duque al zar se agarró tal rebote que hasta pidió a su marido que lo enviase a hacer puñetas a Siberia.

El gran duque Dimitri Pavlóvich, que
jamás perdonó a Rasputín haberle
fastidiado el braguetazo.
Aunque por norma se ha dado por sentado que el que organizó la conspiración para acabar con el depravado Grigori fue el príncipe Félix Felíxovich Yusúpov, apodado "El Pequeño" para diferenciarlo de su padre de igual nombre, actualmente han surgido otras teorías acerca del verdadero cerebro de la conspiración el cual, aunque tomó parte en el asesinato, siempre ha sido considerado como un miembro más del complot. Hablamos del gran duque Dimitri Pavlóvich Románov, un apuesto y atlético joven que incluso había participado como jinete el las Olimpiadas y que, estando prometido con Olga Nikoláyevna, la primogénita del zar, se vio con un palmo de narices porque al Rasputín se le metió en la cabeza que la gran duquesa no debía casarse con él. Esto debió sentarle como una patada en el páncreas a este hombre ya que, aparte de verse privado de emparentar con el zar, lo cierto es que Olga era, al igual que sus hermanas, una muchacha francamente hermosa. En cualquier caso, ya fuese el príncipe Yusúpov o el gran duque Dimitri el que tuviera la ocurrencia en primer lugar, lo cierto es que el núcleo de la conspiración lo formaron ambos hombres, los cuales se pusieron rápidamente manos a la obra para buscar los cómplices adecuados para llevar a cabo el asesinato ya que, si la cosa llegaba a oídos del matrimonio imperial, podían darse por remitidos AD SECVLA SECVLORVM hacia Siberia sin billete de vuelta o incluso algo peor.

Vladímir Mitrofánovich
Purishkévich
El primero en unirse al complot fue un vehemente político de la Duma, Vladímir Mitrofánovich Purishkévich, diputado por Kursk y fundador de varias organizaciones de derechas bastante ruidosas. Purishkévich era un furibundo monárquico que veía claramente el peligro que suponía para la institución la presencia de Rasputín en la corte, así como el riesgo que entrañaban para la monarquía las paranoias de la atribulada zarina, por lo que el 19 de noviembre de aquel año de 1916 largó desde la tribuna un desaforado discurso poniendo a caldo tanto al advenedizo visionario como a la misma Alexandra, acusándolos de la caída en desgracia de políticos de renombre e incluso de las negras perspectiva en el frente. Recordemos que Rusia andaba metida hasta las cejas en la Gran Guerra y les iba fatal contra los alemanes. El colmo del rencor hacia la zarina y su protegido llegó con las siguientes palabras: 

"...pongo a los pies del trono los pensamientos de las masas rusas y el amargo sabor del resentimiento del frente ruso producido por los ministros del zar que se han convertido en marionetas cuyos hilos están movidos por las firmes manos de Rasputín y la emperatriz Alexandra Fiódorovna (...) que sigue siendo una alemana en el trono de Rusia y ajena al país y a su gente".

Félix Félixovich Yusúpov en la época del
asesinato, cuando servía en el Cuerpo
de Pajes si bien se libró de ir al frente
por ser hijo único.
Es pues más que evidente que Purishkévich no estaba más que diciendo la verdad del credo, que no era otra que el personal estaba hasta el gorro del visionario y la zarina la cual, por su condición de tedesca, no había gozado nunca de las simpatías del pueblo. Así pues y a la vista de las escasa simpatías que mostraba el diputado hacia el "El Loco", al día siguiente Yusúpov se puso en contacto con él para atraerlo a su causa. Naturalmente, aceptó.

Un segundo hombre se unió al complot, posiblemente por mediación del gran duque Dimitri. Se trataba de un joven teniente llamado Sergei Mijáilovich Sukhotin el cual servía en el Regimiento Preobrazhenski. Esta unidad, una de las más antiguas del ejército ruso, estaba considerada como un cuerpo de élite reservado a los aristócratas cuya lealtad al zar estaba por encima de todo comentario. Por último, Yusúpov añadió a la lista de conspiradores a su propia mujer, Irina Alexándrovna Románova, sobrina del zar. Cuando Irina tuvo constancia de lo que tramaba su marido se cabreó bastante. Bien por escrúpulos de conciencia, bien porque le daba miedo meterse en semejante follón, la cosa es que le recriminó severamente haberle hecho formar parte del complot sin más, dando por hecho que podrían contar con ella. Pero lo que Yusúpov no le dijo es que, en realidad, su interés por tenerla como aliada no se debía más que a una cosa: usarla como cebo ya que el depravado Grigori sentía por ella una inclinación que iba mucho más allá de la mera admiración cortés y ansiaba profundamente conocerla en persona.

Irina Alexándrovna Románova
Ya solo restaba dar forma al plan para acabar con el aborrecido Rasputín. Tras sopesar todo lo sopesable, los conjurados decidieron que el mejor sitio sería el palacio de Yusúpov. Era el sitio ideal: razonablemente aislado, grande y propiedad de un pariente del zar, lo que alejaba posibles indiscreciones por parte de las autoridades. Solo había un inconveniente, y era que justo frente al palacio había una comisaría de policía, lo que impedía formar mucho escándalo, por lo que decidieron que la mejor forma de acabar con el místico aquel era envenenándolo. Para ello, Purishkévich requirió un quinto conjurado, su médico personal el doctor Lazavert el cual, por ser además un personaje poco conocido, serviría para ayudar a deshacerse del fiambre. El veneno, cianuro de potasio en cristales, lo proporcionó el que en aquel momento era Ministro del Interior, Vasily Alexándrovich Maklakov el cual, como tantos otros políticos, odiaba a muerte a Rasputín. Se tomó tanto interés en el asunto que incluso proporcionó a los conjurados una barra de hierro forrada de goma procedente de unas pesas para, en caso de que el veneno no fuese fulminante, poder triturarle bonitamente el cráneo.

Vasily Alexándrovich Maklakov. Tras el
asesinato se negó a reconocer su partici-
pación en el mismo.
A finales de noviembre tuvo lugar la última reunión para ultimar todos los detalles. Se celebró en el vagón personal del tren hospital que Purishkévich, como otros rusos pudientes, costeaba de su propio peculio como ayuda a las tropas del frente. El día D sería la noche del 16 al 17 de diciembre ya que el gran duque Dimitri Pavlóvich andaba ocupado hasta ese día y, por otro lado, el tren de Purishkévich partía hacia el frente el mismo día 17, lo que le venía de perlas para quitarse de en medio tras el asesinato que, sin lugar a dudas, pondría patas arriba a San Petersburgo.

El plan era bastante simple. Bajo la excusa de que Irina, la mujer de Yusúpov, deseaba entrevistarse con Rasputín, el príncipe y Lazavert irían a recogerlo a su casa pasada la medianoche ya que hasta las 23:00 horas estaba vigilado por una escolta policial. Lazavert, para no despertar sospechas, se encargaría de conducir el automóvil de Yusúpov disfrazado de chófer. Antes de partir, Lazavert se encargaría de rociar con cianuro unos pastelitos de crema rosa que habían preparado como ágape y que por su color eran fácilmente identificables, así como pastas de té. Así mismo, pondría veneno en el vino de Madeira al que tan aficionado era "El Loco". Según palabras del mismo médico, puso cianuro suficiente como para matar a varios hombres de forma instantánea. Recordemos que el cianuro es uno de los tósigos más letales y de acción más rápida que existen.

El fastuoso palacio de Yusúpov, junto al río Moika, en San
Petersburgo. La familia Yusúpov era la más acaudalada de
Rusia tras la familia imperial.
Para no ser vistos, entrarían en el palacio por una puerta de servicio situada en un patio lateral, evitando de ese modo que ojos indiscretos o incluso los mismos policías que hacían guardia en la comisaría de enfrente identificaran la inconfundible silueta alta y desgarbada del nocivo Grigori. Tras llegar a palacio, el aspirante a víctima sería conducido a una dependencia situada en el sótano la cual había sido reformada para la ocasión como una especie de salita privada. De ese modo el crimen sería llevado a cabo con la máxima discreción. Solo restaba un detallito, y era la posibilidad de que Rasputín hubiese informado a alguien de su cita con Yusúpov. Así pues, para despistar urdieron una estratagema un poco chorra pero que se les antojó válida: sabiendo que el místico solía acudir a cenar a un restaurante llamado Villa Rhode, el teniente Sukhotin llamaría por teléfono al local una vez finiquitado el asesinato preguntando si había llegado ya Rasputín. Como obviamente le dirían que no, respondería que seguramente se presentaría en seguida. De ese modo, si aparecía el cadáver siempre podían alegar que, en realidad, ellos habían quedado en el restaurante, y que si había aparecido muerto sería cosa de algún malvado terrorista.

El gabinete donde se perpetró el crimen, recreada con dos
muñecos de cera a imagen de Rasputín y Yusúpov.
Sin embargo, el día 3 de diciembre la gran duquesa Irina envió una carta a su marido diciendo que estaba muy depre, que aquello de verlo convertido en un asesino la estaba matando del berrinche y que, naturalmente, ya se podía ir olvidando de que se presentara en San Petersburgo para facilitar el crimen. No obstante y aunque era un serio revés, el plan permaneció básicamente igual. La única diferencia con el original consistía en que, ausente Irina de palacio, al llegar Rasputín lo llevarían a la salita del sótano mientras que en un salón de la planta baja pondrían un gramófono y gente parloteando para, de ese modo, decirle que se trataba de una visita que se iría en seguida, y que podía amenizar la espera en la salita a base de canapés de cianuro. El día 13 de diciembre, Yusúpov llamó a Purishkévich para darle la contraseña "Ha llegado Vanya", lo que indicaba que todo estaba listo para el día 16.

Cianuro de potasio en una presentación similar a la
usada por Lazavert, el cual desmenuzó el veneno en
el interior de los pastelitos con las manos protegidas
por guantes quirúrgicos por si las moscas.
Esa noche, hacia las 00:30, Yusúpov llegó a palacio acompañado de su víctima con el doctor Lazavert haciendo las veces de chófer. Nada más oír el ruido del motor en el patio donde se encontraba la puerta de servicio, Purishkévich puso en marcha el gramófono, sonando la conocida marcha Yankee Doodle mientras se ponía de palique con Sukhotin para aparentar que había visitas. Y es en este momento cuando comienzan las contradicciones que, como está mandado, son la salsa de todas las historias de crímenes. La versión más conocida y generalmente dada por cierta es que Rasputín, tras ser acomodado en el gabinete del sótano, empezó a trasegar pastelitos, pastas y vino de Madeira a pesar de que inicialmente se había negado a comer ni beber nada, inquieto por la perspectiva de conocer a Irina. Sin embargo, y a pesar de su vehemente y desconfiado carácter, no chistó durante las más de dos horas que tuvo que esperar mientras que Yusúpov, para amenizarle la demora, hasta se dedicó incluso a cantarle canciones populares acompañado de su guitarra a la espera de que el puñetero veneno surtiera efecto. Otra versión sugiere que, en realidad, la espera no supuso ningún quebranto a Rasputín ya que dedicó el tiempo a tontear o, posiblemente, a algo más... intenso con su anfitrión ya que, según parece, Yusúpov era bisexual y se sentía extrañamente atraído por su víctima. Del mismo modo, al lascivo y lúbrico místico tampoco le importaba catar tanto la carne como el pescado, y más en este caso ya que el príncipe era un hombre joven, apuesto y refinado.

Pistola Savage 1907. Esta arma, provista de un cargador de 10
cartuchos, gozó de cierta popularidad en el mercado civil, así
como entre la oficialidad francesa durante la Gran Guerra.
Sea como fuere, la cosa es que Rasputín no se moría ni a la de tres, lo que puso de los nervios a su anfitrión y sus cómplices, los cuales esperaban en la planta baja y eran informados de vez en cuando por el mismo príncipe que subía con la excusa de "ver si se habían marchado las visitas". Sin embargo, y según testimonio de la hija de Rasputín, Matryona Grigórievna, su padre seguía una dieta digamos, de tipo espiritual, según la cual jamás comía dulces ni carne sino solo pescado ya que, según afirmaba, le favorecía para sus cualidades de sanador. De ahí que, posiblemente, lo único que probó sería el vino. Pero lo que desconocían los asesinos es que, al parecer, el alcohol actúa como antídoto contra el cianuro, por lo que si además la dosis era escasa por haber usado casi todo el tósigo con los dichosos pastelitos y las pastas teteras, era lógico pues que no surtiera los fulminantes efectos que se le suponía. Totalmente desesperado, Yusúpov subió a la planta baja sin saber que hacer. Tras un breve conciliábulo con sus compinches y viendo que Lazavert estaba a punto de sufrir una apoplejía debido a la tensión del momento, decidieron acabarlo de un tiro. Para ello, Purishkévich le entregó su pistola, una Savage modelo 1907 de calibre 7,65 mm.

Patio donde fue rematado Rasputín. La puerta de la izquierda es por
donde salió intentando escapar de sus asesinos.
Sin más dilación, Yusúpov volvió al gabinete y le endilgó un balazo a su víctima sin darle tiempo a decir esta boca es mía. Al escuchar el disparo, los demás conjurados bajaron a toda velocidad para encontrarse al príncipe muy tieso en mitad del gabinete empuñando la pistola y a Rasputín tirado sobre una piel de oso, sangrando y emitiendo gruñidos y estertores. Aunque el disparo no había sido definitivo dieron por finiquitado el enloquecido místico. A continuación, todos salieron del gabinete dejando la puerta cerrada con llave y subieron al salón donde habían esperado el desenlace del atentado para serenarse un poco. Mientras tanto, Yusúpov bajó de nuevo al sótano para cerciorarse de que Rasputín había partido al Más Allá pero, para sorpresa suya, no solo no había palmado, sino que incluso se abalanzó sobre él intentando estrangularlo. Absolutamente acojonado, Yusúpov dio la alarma mientras el pseudo-muerto gateaba por las escalera en busca de una salida.

Continuación de la foto anterior. Por la cancela de la derecha es por
donde entró el automóvil de Yusúpov con Lazavert al volante y
Rasputín de pasajero la madrugada del 16 al 17 de diciembre de 1916
Purishkévich, al escuchar las voces de su compinche, echó mano a la pistola y salió en busca del incombustible Grigori, el cual berreaba como un poseso gritando que se lo contaría todo a la zarina. El acojonamiento era mayúsculo, y las perspectivas si lograba escapar de lo más negras. Rasputín logró llegar al patio mientras Purishkévich le perseguía empuñando su Savage. Le disparó dos veces, pero en ambas ocasiones falló. Lo intentó nuevamente y, por fin, le acertó en la espalda, cayendo su víctima como un fardo sobre la nieve. Otra versión afirma que, en realidad, Purishkévich no llegó a acertarle en ninguna ocasión por ser poco diestro en el manejo de las armas, y que fue el gran duque Dimitri el que lo apioló de dos disparos propinados con una FN 1900: uno en la espalda y otro de remate en la cabeza casi a bocajarro, lo cual suena más creíble tanto en cuanto era militar y, por ende, más habituado a las armas. 

Pistola FN modelo 1900 en calibre 7,65 mm. similar a la
usada por el gran duque Dimitri. 
Sea como fuere, la cosa es que los disparos llamaron la atención en la comisaría situada frente al palacio y, en este caso, también nos encontramos con varias versiones. Según el propio guardia que acudió a ver qué pasaba, un tal Vlasyuk, vio al príncipe en el patio y le preguntó si había oído disparos, a lo que Yusúpov respondió que no había oído nada. Sin embargo, el mismo Yusúpov narra en sus memorias que informó al guardia de que estaban de fiesta y que un amigo, poseído por una cogorza monumental, se había liado a tiros. Finalmente, el príncipe dijo por otro lado que había tenido que matar a uno de sus perros que se había puesto un poco borde.

Aspecto del rostro de Rasputín cuando fue recuperado. En
el mismo se aprecian los hematomas y deformaciones
producidos por los golpes propinados por Yusúpov, así
como el pequeño orificio de un disparo en la frente.
Pero excusas e invenciones aparte, la cuestión es que los conjurados echaron mano al maltrecho Rasputín, que a pesar de todo seguía vivo, y lo metieron de nuevo en palacio. Yusúpov, poseído de una mezcla de pánico y odio, echó mano a la barra de hierro que le había proporcionado Maklakov y empezó a aporrear sin piedad a su víctima, el cual no dejaba de farfullar su nombre y, para mayor desesperación, seguía aún vivo. Finalmente, cuando en apariencia ya había estirado la pata, optaron por atar y envolver el cuerpo y, tras meterlo en el coche, salieron en busca de un lugar adecuado donde deshacerse del fiambre.

Puente Bolshoy Petrosvsky. Construido en 1838, en 1916
fue adaptado para soportar el tráfico rodado moderno.
Mientras Yusúpov se quedaba en palacio para borrar las huellas del delito, Purishkévich, el gran duque Dimitri y Lazavert se dedicaron a localizar un paraje discreto para rematar la faena. Tras una breve búsqueda, vieron un sitio que se prestaba de maravilla para mandar a paseo al muerto. Desviaron el coche hacia el puente Bolshoy Petrovsky, sobre el río Neva, en el cual había un agujero en la capa de hielo que cubría la superficie que les permitiría no solo despedirse del occiso, sino también hacerlo desaparecer. Tras detener el coche, dejaron caer el cadáver en el agua gélida, le hicieron dos higas y se largaron bonitamente la mar de contentitos por haber librado a la Madre Rusia de semejante bicho. Tras el exitoso término del atentado, dejaron el coche por haberse averiado y tomaron un coche de caballos para irse a la estación de Varsovia, donde esperaba el tren hospital de Purishkévich. Él y Lazavert se quedaron allí mientras el gran duque se largó a su palacio. Eran las 05:00 horas aproximadamente.

El inmenso palacio de Tsárkoye Seló, residencia de los zares situada
a apenas 25 km. de San Petersburgo, en aquella época capital de Rusia
Pero la paz y el sosiego les duró bien poco porque aquel mismo día, a eso de las 17:00 horas, se presentó Sukhotin nervioso perdido en la estación en busca de Purishkévich. Las noticias que traía lo dejaron laminado: la zarina ya había sido informada del deceso de su adorado místico y, para colmo, alguien se había ido de la lengua y había dado sus nombres a la policía zarista. Ambos salieron echando leches hacia el palacio del gran duque Dimitri, donde ya estaba Yusúpov, ambos más blancos que un calamar paliducho y extremadamente acojonados. Al parecer, lo único que se les ocurrió fue redactar una carta en la que se declaraban inocentes de los hechos, y se limitaron a esperar acontecimientos. Mientras tanto, Purishkévich y Lazavert salieron hacia el frente la noche del 18 en su tren hospital, poniendo tierra de por medio. Yusúpov y Dimitri Pavlóvich se quedaron en San Petersburgo a la espera de que el zar llegara a la ciudad procedente de Tsárkoye Seló.

El día 19 por la mañana apareció el cadáver flotando cerca del mismo puente donde lo arrojaron al agua. Al no haberse preocupado de añadirle algún peso para que se hundiera para siempre, poco tardó en retornar a la superficie. Pero lo que dejó al personal epatado no fue la aparición en sí, sino el hecho de que, a pesar de haber sido maniatado, había sido capaz de forcejear y desatarse, habiendo muerto finalmente ahogado. La foto muestra el cadáver nada más ser extraído del agua, congelado y con los brazos levantados en una postura que sugiere que estaba vivito y coleando cuando fue tirado desde el puente. Sin embargo, la autopsia reveló que no tenía agua en los pulmones, por lo que ya estaba muerto antes de caer al agua. ¿Cuál de ambas afirmaciones es la cierta? Ah... quién sabe... La cosa es que hay contradicciones a mansalva en este asunto.

Dimitri Kosorotov, del Departamento de Medicina
Forensa de la Academia de Medicima Militar
De allí fue trasladado a la Academia de Medicina Militar, donde fue visitado por la misma zarina y sus hijas. Al día siguiente, por la noche, el doctor Dimitri Kosorotov le practicó la autopsia, la cual tenía diversas contradicciones respecto a las declaraciones que hicieron sus asesinos. Ante todo, los múltiples golpes que mostraba eran, según Kosorotov, post mortem, lo cual invalidaba el relato de Yusúpov acerca de que cuando lo apaleó con la barra de hierro aún estaba vivo. Por otro lado, aparecieron tres heridas de bala: una en la espalda, seguramente procedente de uno de los disparos realizados por el gran duque Dimitri, la cual le destrozó un riñón. Otra en la frente, también producida por el gran duque, que era mortal de necesidad y que sería tal vez la que lo remató. Una tercera, que sería la primera que recibió por parte de Yusúpov en el gabinete, con un orificio de entrada en el costado izquierdo y que interesó el hígado, el cual partió por la mitad, y el estómago, produciéndole una intensa hemorragia.

La herida producida por Yusúpov
Solo una de las balas pudo ser recuperada, concretamente la disparada por Yusúpov con la Savage de Purishkévich. Las otras dos habrían atravesado el cuerpo, por lo que no fue posible dictaminar si procedían de la misma arma o de dos distintas. Tras despachar al apiolado místico, vistieron su cadáver y lo metieron en un ataúd metálico; se celebró allí mismo una misa de réquiem por solicitud del obispo Isidor y, a continuación, se procedió a su traslado a la catedral de Fiódorov, en Tsárkoye Seló, donde fue sepultado con la mayor discreción en la mañana del día 21, estando presentes la familia imperial, el confesor de los zares, padre Alexander Vasiliev, y algunos personajes más. A las 9 de la mañana todo se había consumado, la fosa tapada y aquí paz y después gloria. El furibundo, lascivo, putañero, borrachuzo y místico Grigori Yefímovich Rasputín era ya historia.

Antes de concluir, una meditación respecto a las contradicciones reflejadas en los distintos relatos del asesinato: ¿por qué Yusúpov montó aquella película sobre la supuesta invulnerabilidad de Rasputín, al que ni un potente veneno ni los disparos ni los golpes podían matarlo? Seguramente, aparte de para adornar su hazaña, para aumentar su gloria personal, retratándose a sí mismo como el hombre que fue capaz de acabar con un demonio al que nada parecía surtir efecto en bien de la Madre Rusia. Obviamente, de cara a la opinión pública supo vender la moto y quedar como un héroe.

Y como ya me he enrollado bastante, pues mañana proseguiremos dando cumplida cuenta del destino de los asesinos, así como una serie de curiosidades curiosas sobre este controvertido personaje protagonista de la entrada de hoy.

Hale, he dicho

La familia imperial cuando aún no se oían tambores de guerra. Jamás pudo imaginar la zarina Alejandra
(en el centro, con diadema) las nefastas consecuencias que tuvo para su país, la monarquía, su familia y para ella
misma su absurda entrega a alguien como Rasputín. A la izquierda aparece Olga, la causante del odio acérrimo
que el gran duque Dimitri Pavlóvich profesaba al "Loco".