lunes, 27 de abril de 2015

Sables para tropa de la caballería ligera española 2ª parte


Carga de Taxdirt, de Ferrer Dalmau. Esta célebre acción de guerra fue protagonizada por el 4º Escuadrón del
21º Rgto. de Cazadores, los cuales iban armados con el sable prusiano que vimos en la entrada anterior.

Bueno, prosigamos...

Ayer ya vimos las diferentes tipologías de sables empleados hasta la puesta en servicio del modelo Puerto-Seguro, quedando claro que nuestras unidades de caballería ligera estuvieron dotadas de armas de buena calidad, en la línea tradicional con la industria espadera española. De hecho, tras la elaboración de las hojas se sometía a estas a una serie de pruebas que eran meticulosamente revisadas y que, caso de detectarse el más mínimo fallo o indicios que indicaran fatiga en los materiales, estas eran inmediatamente desechadas. Las pruebas eran las siguientes y por este mismo orden:

  1. Combar la hoja apoyándola en la rodilla.
  2. Arquearla apoyando la punta en la pared hasta formar un semicírculo
  3. En la misma postura, hacer una S con la hoja apoyando la mano derecha en la espiga y la izquierda en el primer tercio.
  4. Dar un tajo sobre un casco de hierro templado colocado sobre un sombrero relleno de borra que actuaba de falsa cabeza.
  5. Volver a arquear la hoja sobre la rodilla para ver los efectos de la cuchillada en la misma.
Fraguas de la Fábrica de Toledo
Los defectos a detectar consistían en melladuras, grietas longitudinales o transversales en la hoja o pérdida de material al saltar escamas del mismo. Una vez comprobada cada hoja y dada por buena se daba el visto bueno a las medidas con sus tolerancias admitidas, se bruñía y se montaba en la empuñadura. Los sables terminados eran empacados en cajas con paja bien prensada formando varias capas y sin que se tocasen entre ellos para evitar golpes o arañazos, guardando en cada caja entre 20 y 22 armas. Una vez empacados eran enviados a los parques de armamento que, a su vez los distribuían entre las unidades que precisaban de los mismos. 

Afiladora a pedal. La cubeta metálica
se llenaba de agua para mantener
mojada la piedra de amolar
En cuanto al mantenimiento, se ponía especial empeño en que no se arañasen las hojas ya que eso favorecía la aparición del óxido, insistiendo en que se debían mantener siempre las hojas bruñidas porque era la mejor forma de que el orín tardase en aparecer. De hecho, se recomendaba que tras el afilado se bruñese cuidadosamente la hoja ya que, al cabo, la piedra de amolar lo que hacía era arañar la hoja. Aparte de eso, como el lógico, se mantenían engrasadas con una fina capa de grasa y, cuando no estaban en uso, fuera de sus vainas para de ese modo poder comprobar en todo momento el buen estado de las hojas. Además, estando envainadas se propiciaba la oxidación al no haber renovación del aire húmedo que pudiera haber en el interior de las vainas, y más en el caso de que estas fueran de cuero ya que este material solía atraer a la humedad.

En cuanto a las guarniciones, por un lado estaban los tirantes, que eran unas correas mediante las que se colgaba la vaina al cinturón. Dichas correas, en un número similar al de anillas en la vaina, tenían los acabados más diversos en función de la uniformidad del regimiento de turno. Como vemos en la foto de la derecha, podían ser de cuero negro, blanco o en su color natural, charoladas, de tela, etc. Su longitud obligaba a tener que llevar el sable sujeto con la mano cuando se iba a pie, pero dicha longitud estaba ideada para que, al cabalgar, el arma quedara inclinada sobre el muslo con la empuñadura cerca del nivel de la cintura.  Para asegurar el arma estaba el fiador, que es el cordón que cuelga de la guarnición del sable, y antes de desenvainarlo había que pasar la muñeca por el mismo. Al igual que en el caso de los tirantes, su aspecto y acabado variaba según la unidad si bien en ambos casos era habitual disponer de al menos dos tipos, uno para uso diario y otro de gala. 

En algún momento durante la segunda mitad del siglo XIX, alguien con dedos de frente se percató de un detalle, y es que la vaina colgando del cinturón era un chollo para la infantería, que podía descabalgar al jinete tirando de la misma y machacarlo a culatazos y bayonetazos una vez derribado. Así pues, se optó por que el arma pendiera de un tahalí unido a la silla de montar. A la derecha tenemos lo que se denominaba bolsa de herrajes, que era dicho tahalí con la pequeña bolsa que va unida al mismo y que servía para guardar en su interior herraduras de repuesto para el caballo. En la foto podemos verla del derecho y del revés, así como el aspecto de un sable colocado en la misma. 

Merodeando
En cuanto al uso y los efectos de los sables, a pesar de su intimidatorio aspecto no eran tan mortíferos como las espadas, como ya se explicó detalladamente en una entrada anterior cuya lectura recomiendo a todo aquel que no lo hiciera en su momento. Debemos tener en cuenta que la caballería ligera tenía unos cometidos diferentes en el contexto de una batalla, independientemente de que participaran en cargas convencionales. Pero la realidad es que las unidades de húsares, cazadores y dragones tenían como principales misiones la exploración del terreno, las avanzadillas, merodear, el envío de mensajes entre las diferentes unidades del ejército en liza, la persecución o el hostigamiento del enemigo, actuar contra las unidades de caballería pesada enemiga para interceptar sus cargas o, al menos, restarles empuje y, por último, pues cargar contra la infantería si no quedaba otra.

Húsar contra coracero
Pero el sable era un arma concebida para ser manejada en orden abierto, o sea, en un escenario en el que el jinete tenía mucha más libertad de movimientos que un coracero que cargaba estribo contra estribo y que no podía dar tajos, sino estocadas. De ahí que fuera un arma bastante idónea para, aprovechando que descargar una cuchillada es un movimiento mucho más natural y cómodo en alguien que va a caballo, poder así sablear a su sabor a los enemigos que huían o incluso a la caballería enemiga cuando lograban desbaratar su ataque, siendo en ese momento cuando tenían lugar combates individuales entre parejas de jinetes enemigos. En ese caso, el jinete armado con un sable lo tenía más fácil a la hora de herir a su enemigo, que tenía que buscar una postura adecuada para lanzarle una estocada o detener sus cuchilladas. 


Para ello, generalmente tenía por necesidad que hacer girar su montura para ofrecer al enemigo su costado derecho, cosa complicada con un caballo enloquecido por el pánico y hostigado por un jinete que caracoleaba a su alrededor buscando el momento para descargarle un tajo. De ahí que, por ejemplo, las unidades de coraceros fuesen dotadas de cascos de acero y calzaran guantes con puñetas de grueso cuero como las que vemos en la foto. Si observamos la imagen podremos ver como a los guantes normales de cabritilla se le han cosido dos puñetas de un cuero de más grosor, destinado a proteger los antebrazos del jinete. De hecho, alrededor de un 70% de las heridas que recibían los coraceros eran precisamente en esa parte del cuerpo, y casi todas procedentes de cuchilladas de sables durante sus encuentros con la caballería ligera enemiga. En todo caso, esta heridas, aunque no eran mortales salvo que se presentase la infección de turno, podían seccionar tendones y dejar la mano o el brazo inútil, pero mejor medio manco que muerto, digo yo.

Una buena cuchillada, pero en modo alguno mortal
Así pues, las cuchilladas propinadas por los sables no eran tan temidas como las estocadas con que los coraceros escabechaban a sus oponentes. Aunque un sablazo era una herida más aparatosa ya que solían producir profusas hemorragias, casi siempre eran más o menos superficiales. Los gruesos paños con que se confeccionaban los uniformes de la época, los altos morriones de fieltro o de pelo de oso y demás bichos profusamente velludos que, además, iban provistos en muchos casos por dentro de casquetes de hierro, solían amortiguar bastante bien los golpes de las afiladas hojas de los sables. 

Así pues, la inmensa mayoría de las heridas producidas por los sables eran cortes en los antebrazos, de mayor o menor entidad y debido al movimiento instintivo de los infantes para protegerse del golpe; en el cuello, que solía estar protegido por los gruesos y altos cuellos de los uniformes de la época que, además, en muchos casos llevaban el añadido de los distintivos regimentales fabricados en metal y, finalmente, en la cara y la cabeza, estas últimas en scalp por lo general. No obstante, como es lógico podían también producirse cortes limpios más o menos profundos en función de la fuerza del jinete y de la protección que el herido llevase en la cabeza. Un ejemplo lo tenemos a la izquierda, en el que vemos un soldado confederado que muestra un tajo en mitad de la cabeza que, a pesar de su inquietante aspecto, ni siquiera logró traspasar el cráneo e incluso dejó al herido con la misma jeta de mala leche que debía tener antes de recibirlo. Por cierto que muchas unidades de infantería e incluso de caballería solían portar la manta o el capote enrollado y colgado en bandolera, por lo que también servía de protección para el hombro izquierdo (el lado derecho se dejaba libre para no restarle movilidad). De ese modo, una cuchillada en esa parte del cuerpo no tenía el más mínimo efecto salvo que el jinete acertase justo entre la manta y el cuello.

A la derecha tenemos otra muestra de diversos tajos similares procedentes de la información gráfica que nos legaron los médicos militares americanos tras la Guerra de Secesión. Me irrita sobremanera que jamás se pueda encontrar información similar procedente de fuentes españolas, pero es lo que hay y bueno, al fin y al cabo una herida de sable tiene el mismo aspecto en la testa de un americano como de un gabacho o incluso un español de pura cepa. Como podemos ver, en los tres casos muestran un aspecto un tanto terrible que, a pesar de todo, solo dejaron en sus pacientes una cicatriz que en dos de ellos quedó invisible en cuanto les creció el pelo. No obstante, a más de uno le rebanarían limpiamente una tira de cuero cabelludo que igual lo dejaba con un trozo de cráneo a la vista, como le ocurrió a von Richthofen si bien en su caso fue como consecuencia de un balazo.

Obviamente, esto no quiere decir que los sables no causaran muertos. A pesar de que hay constancia de que hubo heridos que llegaron a los hospitales de campaña con más de 20 sablazos y salieron vivos del brete, otros muchos no vivieron para contarlo al verse con la cabeza abierta como un melón o con medio cuello cercenado o, simplemente, desangrados al verse afectado algún vaso importante pero, en comparación con los efectos de otras armas blancas, los niveles de mortandad de los sables eran inferiores.  En la imagen superior tenemos dos ejemplos bastante gráficos. El de la izquierda muestra una herida en scalp con un ángulo bastante raro para un sable, por lo que cabe pensar que la cuchillada partió desde una altura bastante superior y desde atrás, o sea, como propinada a un enemigo que huía y había caído de rodillas. En ese caso llegó a arrancar un fragmento de hueso frontal que, si no mató al dueño del cráneo, lo dejó tan mal herido que alguien lo remataría a continuación, quizás el mismo jinete. El otro nos muestra algo más expeditivo: un profundo tajo que, además, arrancó una parte importante el parietal izquierdo. A ese debieron dejarlo en el sitio y su matador no debía ser precisamente un sujeto birrioso. Es una herida equiparable a las que en su día vimos sobre las causadas por el armamento medieval, mucho más pesado y contundente.

En fin, con esto creo que ya podemos tener una clara idea de todo lo referente a este tipo de armas durante el siglo XIX. Aunque a medida que avanzaba el siglo se iban escribiendo las últimas páginas sobre el uso bélico de los sables, nuestra valerosa caballería aún tuvo tiempo de hacer buen uso de ellos tanto en las cainitas guerras carlistas como en Cuba, Filipinas o la guerra de África que tantos ríos de sangre y dinero costó.

Curiosa foto en la que vemos a una unidad de caballería republicana durante la guerra civil portando sables del
modelo prusiano, quizás el modelo 1880. Obviamente, tuvieron que echar mano a los que aún quedaban en los
parques de armamento que estaban en sus manos.

domingo, 26 de abril de 2015

Sables para tropa de la caballería ligera española 1ª parte


Carga de caballería carlista, de Ferrer Dalmau. Este hombre pinta unos cuadros que flipas en colores.


Desde que a lo largo del siglo XVIII se crearan las primeras unidades de caballería conforme a los usos tácticos de la época, parece ser que los mandamases de turno no estaban mucho por la labor de introducir el sable en el equipamiento reglamentario. De hecho, los regimientos de dragones existentes en aquel momento, que eran los únicos que en teoría deberían estar equipados con este tipo de armas tanto en cuanto eran caballería ligera, estuvieron más tiempo armados con espadas ya que estas estaban consideradas como más ofensivas. De hecho, los dos únicos modelos de sable operativos en aquella época salvo los de dotación en la Guardia Real son los que se muestran en la imagen. El que vemos en la parte superior de la foto es un modelo en uso hacia 1750 provisto de guarnición a la valona y una hoja de 786 mm. de largo por 29 de ancho vaciada a una mesa en toda su longitud y con una acanaladura en la parte superior, justo bajo el lomo. El modelo de abajo es diez años posterior, y tiene una guarnición con concha, dos guardamanos unidos por un gavilán y empuñadura con monterilla corrida. La hoja es similar a la anterior, si bien 5o mm. más larga y con doble filo en la pala, o sea, en el tercio final de la hoja, a fin de aumentar su capacidad para herir de punta .

Aparte de estos dos sables, nuestra caballería disponía de un tipo denominado como "sable en uso en 1803", una robusta arma provista de una empuñadura de estribo y una hoja de acusada curvatura con unas dimensiones bastante generosas: 855 mm. de largo, 35 de ancho y 6 de grueso. No se sabe con certeza cuando se empezó a fabricar o su designación oficial si bien parece ser que su producción no fue abundante. No obstante, Barceló lo señala como el modelo de dotación de los húsares de Olivenza durante la francesada por lo que es evidente que tuvo cierta difusión. Su aspecto podemos verlo en la foto superior. En cuanto a la vaina, esta era de cuero recubierto por un brocal y una contera de latón de forma que apenas quedan unos centímetros de cuero visto por la parte central. Iba rematada por una contera de hierro. Un modelo similar equipaba la Guardia de Honor de Godoy, si bien la hoja era 7 cm. más larga, su anchura alcanzaba los 38 mm. y el grosor subía hasta los 8 mm. En definitiva, un sable de categoría, que para eso era para los guardias del controvertido Príncipe de la Paz.

Bien, con este magro equipamiento en sables contaba el ejército patrio cuando el enano corso y su horda de psicópatas violadores y saqueadores de tumbas hizo acto de presencia en España. Ante la evidente escasez de armamento de este tipo para dotar a las nuevas unidades de caballería ligera, se recurrió a la compra del sable inglés (Dios maldiga a Nelson) modelo 1795 el cual podemos ver en la foto superior, así como a las abundantes armas tomada a la caballería del enano corso las cuales fueron recicladas para pasar a acuchillar gañotes de gabachos.

 18 Rgto. de Cazadores de Albuera,
obra de Ferrer Dalmau. El jinete va
armado con el sable modelo 1840
Cuando finalmente el tiránico enano fue enviado a pudrirse lentamente a Santa Elena- es de las pocas cosas decentes que han hecho los ingleses en su historia-, nuestro ejército precisaba de urgentes reformas para adecuarlo a la época y equipararlo a nivel táctico y material con los demás ejércitos modernos de Europa tras el nefasto periodo en el que el antecesor de Hitler arrasó el continente para repartirlo entre sus advenedizos familiares. Así pues, dentro de las reformas realizadas en el Arma de Caballería, el 1 de junio de 1815 se decretó, entre otras cosas, la formación de ocho regimientos de caballería ligera, en concreto cuatro de húsares y cuatro de cazadores. No obstante, conviene tener en cuenta que a lo largo de todo el siglo XIX se realizaron constantes cambios en esta arma, disolviendo, fusionando, aumentando o disminuyendo el número y el tipo de unidades. Pero, en cualquier caso, lo que sí se tenía más que claro es que nuestra caballería ligera no podía seguir armada con el batiburrillo de sables sobrantes de la francesada, y era pues preciso adoptar un modelo reglamentario que uniformizase el armamento de los regimientos antes mencionados. 

Esto supuso el inicio de un proceso que duró entre 1815 y 1840 en los que se crearon cuatro modelos reglamentarios- algunos estudiosos incluyen algunos sub-tipos que, en realidad, colijo que eran armas recompuestas con hojas y empuñaduras de diferentes modelos- cuyas guarniciones estaban claramente inspiradas en una espada de dragones de la caballería gabacha, concretamente el modelo Año XIII que podemos ver en la foto superior. Como podemos apreciar, la empuñadura estaba conformada por una elegante guarnición de bronce con guardamanos y tres gavilanes que envolvían la mano que la empuñaba. El conjunto estaba rematado por una monterilla.

Las cosas no estaban precisamente fáciles ya que el personal de la Fábrica de Armas de Toledo había tenido que ser trasladado a Cádiz durante la visita del enano corso y, además, el taller de fundición de la fábrica toledana había sido dañado por su horda de psicópatas, así que las hojas se comenzaron a fabricar en las fraguas de la Fábrica de Toledo mientras que las guarniciones fueron encargadas a una fundición de Eibar propiedad de Gabriel de Ybarzabal, el cual las estuvo suministrando hasta 1833. No se sabe a ciencia cierta si su colaboración con la fábrica toledana cesó a raíz de las guerras carlistas o, por el contrario, se debió simplemente a que se volvió a poner en marcha en dicha fábrica el taller de fundición destruido veinte años antes. En cualquier caso, las armas resultantes durante esos veinticinco años las podemos ver en la ilustración inferior y, como se puede apreciar, básicamente eran variaciones sobre la misma arma, con pequeñas diferencias en las empuñaduras y las dimensiones de las hojas ya que todas mantuvieron básicamente sus cánones originales:


A: Sable modelo 1815, el primero de la serie. Su hoja tenía una longitud de 865 mm. por 35 de ancho y 7,5 de grosor, con el filo corrido y un amplio vaceo en los dos primeros tercios. Su guarnición consta de guardamanos y tres gavilanes, tal como vemos en el modelo francés en que se inspiró, pero con los añadidos de una monterilla corrida y una virola en la que se encajaba el puño de madera, el cual se forraba con piel de lija y se alambraba con torzal de cobre. Su peso total alcanzaba los 1.300 gramos, alcanzando los 2.225 gramos con la vaina de acero la cual iba provista de una boquilla atornillada a la misma y dos abrazaderas con sendas anillas. El batiente podemos verlo mejor en el detalle de la izquierda y, como se puede apreciar, este tipo de vaina siempre fue el mismo para los cuatro modelos. El precio de este sable era de 154 reales y de 60 la hoja suelta.

B: Sable modelo 1822. Básicamente, las diferencias con su hermano mayor radican solamente en la hoja que, como se puede ver, tenía un contrafilo en el tercio débil de la misma. La empuñadura era la misma salvo en el detalle de que la monterilla, en este caso, es redondeada mientras que en el modelo anterior tenía una pequeña visera o pico. Por lo demás, el precio era el mismo y las dimensiones básicamente iguales con mínimas variaciones.

C: Sable modelo 1825. La hoja tenía el mismo diseño que en el modelo anterior si bien era más grande y pesada. Su longitud alcanzaba los 905 mm. por 33 de ancho y 10 de grosor. Ciertamente, un tajo con ese chisme debía ser una cosa seria. En cuanto a la empuñadura, en este caso sí mostraba notables diferencias respecto a los modelos anteriores. Los gavilanes no eran tan envolventes, dejando a la vista más porción del puño, y la monterilla iba rematada con un sombrerete.

D: Sable modelo 1840. El último de esta serie, cuya hoja recuperaba las dimensiones de los modelos de los años 15 y 22 si bien la curvatura de la misma era menos acentuada. La empuñadura tiene unas guarniciones similares a las del modelo 1825, mostrando un ángulo más acusado en su mitad superior. Este modelo fue el más longevo ya que estuvo en uso hasta el año 1860 si bien, cuando fue sustituido por otro en esa fecha, los que estaban aún depositados en los parques de armamento fueron destinados a la Guardia Civil, donde sirvieron hasta 1891. Este modelo fue considerado como el mejor de toda la serie.

Como vemos, se trataba de una serie de armas sólidas y de diseño elegante que, además, contaban con la garantía de estar forjadas en las mejores fraguas del mundo. En cuanto a su fabricación, el diseño estaba concebido para poder sustituir las hojas deterioradas con la mayor facilidad. A la derecha tenemos una hoja con su espiga de sección cuadrangular sobrepuesta sobre una empuñadura del modelo 1815. 

Según podemos ver, dicha espiga transcurría por dentro del puño de madera para salir por la monterilla, donde era remachada y limada hasta dejarla enrasada tal como aparece en la foto de la izquierda. En caso de tener que ser sustituida bastaba eliminar la rebaba del remachado y extraer la hoja. En el detalle de la ilustración superior podemos ver la textura de la piel de lija usada para forrar los puños. Las lijas, para los que lo desconozcan, son una variedad de escualos cuya piel no tiene escamas, sino una piel áspera que se presta perfectamente a este tipo de armas por su buena adherencia. Por último, el puño se reforzaba con un torzal de cobre o de latón. Conviene aclarar que las espadas de los oficiales eran exactamente iguales salvo en que los puños se fabricaban con maderas exóticas, principalmente de ébano, y no se forraban con piel. En cuanto a las vainas, se fabricaban con unas costillas internas de madera que impedían deformaciones o abolladuras a causa de los golpes.

Sable prusiano con
guarnición reformada
Tras varias décadas de uso de esta tipología inspirada en un diseño francés, en junio de 1856 se ordenó la fabricación de 400 sables basados en el modelo reglamentario del ejército prusiano los cuales fueron presentados para su aprobación cuatro años después, decidiéndose finalmente la fabricación de un modelo cuyas guarniciones mostraban determinadas diferencias con el tipo original y que dieron pie al sable modelo 1860, también denominado como "modelo prusiano". En este caso, la guarnición era de hierro y carecía de los elegantes gavilanes de los tipos anteriores. Antes al contrario, constaba de una cazoleta cerrada que, aunque de apariencia más austera, ofrecía indudablemente una protección más adecuada a la mano del jinete. El precio del arma se fijó en 106 reales de vellón. No obstante, se presentó también un modelo con las guarniciones caladas denominado "modelo reformado" el cual podemos ver en la foto superior derecha. Su costo era de 100 reales pero, a pesar de haber sido también aprobado, no parece que llegara a fabricarse salvo los ejemplares de pruebas. Este diseño dio lugar a otra familia de sables de caballería que constó de tres modelos que podemos ver en la ilustración inferior:



A: Sable modelo 1860. El primero de la serie, fue declarado reglamentario el 16 de noviembre de 1860, el cual presentaba una hoja de 860 mm. de largo por 32 de ancho y 8,5 de grosor, teniendo un peso total de 1.190 gramos. El filo corrido hasta la punta, vaciado a dos mesas en el tercio débil y vaceos de media caña en los dos primeros tercios. La empuñadura constaba, como hemos dicho, de una cazoleta completa de hierro con virola y una monterilla corrida con dos orejetas en las que se fijaba el puño mediante un remache pasante. Dicho puño, como era habitual, iba forrado de piel y alambrado. Además, como añadido llevaba un seguro o guardamonte de cuero para el dedo índice que se puede apreciar en la foto de la derecha, y para asegurar el fiador tenía en la parte superior del guardamano la ranura que vemos marcada con una flecha. En cuanto a la vaina, iba provista de un amplio brocal y dos abrazaderas con sendas anillas. Su método de fabricación era el mismo que el de los modelos vistos anteriormente, con costillas interiores de madera.

B: Sable modelo 1880. Era básicamente una mejora del anterior en la que se reducía el peso del arma a los 912 gramos a base de estrechar la hoja dos milímetros, aminorar su grosor otros dos y medio y  fabricar las guarniciones con acero, lo que permitía hacerlas más finas sin perder resistencia. La longitud permaneció igual si bien el lomo era redondo en vez de cuadrado, lo que le daba una mayor resistencia y flexibilidad y, por último, se suprimieron los vaceos. En cuanto a la vaina, era exactamente igual salvo en el detalle de que se le suprimió la abrazadera inferior, dejando solo la superior pero provista de dos anillas para los tirantes. Su precio era el mismo que el del modelo anterior si bien su distribución no se llevó a cabo hasta que se fueran agotando las existencias del modelo anterior ya que había grandes excedentes del mismo en los parques de armamento.

Detalle de la empuñadura del
modelo 1895
C: Sable modelo 1895. El último de la serie y, al mismo tiempo, el último sable de la caballería española ya que su sustituto fue la espada-sable (que como vimos en su día era una espada en toda regla y no tenía nada de sable) modelo Puerto-Seguro. Este modelo fue declarado reglamentario en julio de 1895 y era una versión aún más aligerada del anterior con un puño totalmente reformado. Su hoja tenía la misma conformación si bien era de dimensiones más reducidas: 821 mm. de largo por 28 de ancho  y 6 de grosor. El peso total del sable era de apenas 835 gramos. La vaina era la misma del modelo 1880, pero con una anilla menos en su única abrazadera. En cuanto a la empuñadura, se dejó de lado el ancestral forrado y alambrado por un diseño más moderno. En este caso constaba de unas cachas anatómicas de madera cuadrillada sujetas mediante un tornillo pasante con ovalillo. La espiga, como era habitual, estaba remachada en la monterilla. Al parecer, el aligerado de la hoja solo contribuyó a hacerlo más débil de la cuenta, careciendo de la solidez y la resistencia de los modelos anteriores. Respecto a esta familia, añadir solo que, en este caso, los sables de la oficialidad sí mostraban sensibles diferencias en lo referente al tamaño y peso de los mismos, si bien eso ya lo estudiaremos en una entrada dedicada a ellos.

Bueno, con esto vale por hoy. Mañana proseguiremos dando cuenta de las pruebas de se realizaban para verificar la resistencia de las hojas, los complementos, el mantenimiento y, faltaría más, la sesión gore de turno en la que estudiaremos los efectos de estas armas sobre los atribulados ciudadanos que se veían sableados sin piedad.

Hale, he dicho

Húsar francés. Estas tropas son las que quizás estén más asociadas al uso del sable a lo largo del siglo XIX.
La imagen corresponde a un fotograma de la película "Los duelistas", de Ridley Scott, la cual recomiendo
a todos los amantes de estos temas. Su ambientación es sencillamente fastuosa, y muchos la comparan en su
perfeccionismo con la película de Kubrik "Barry Lyndon"




martes, 21 de abril de 2015

Las balas Minié y sus terribles efectos 2ª parte




Hospital de sangre ruso en Crimea. Las tropas del zar
fueron las primeras en sufrir los efectos de las balas Minié
Como ya comentábamos en la entrada anterior, la constante evolución del armamento hizo que la vida operativa de las balas Minié apenas durase un par de décadas. Sin embargo, en los dos principales conflictos en los que intervino, la Guerra de Crimea y la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, bastaron para convertirla en el proyectil más mortífero de la historia hasta aquel momento, el que más muertos y mutilados produjo e incluso podemos sumarle el dudoso honor de ser la causante de más de un 90% de las heridas producidas en la guerra civil americana. Por otro lado, la aparición de la fotografía permitió que el público conociera de primera mano las espantosas carnicerías que tenían lugar ya que, hasta entonces, lo que la gente sabía de las guerras se limitaba a los relatos de los que volvían razonablemente enteros del frente y, por norma, lo que contaban solía basarse en la versión heroica que siempre daban los que habían intervenido en el conflicto para no ser tachados de cobardes o pusilánimes. 

Pila de piernas amputadas en un hospital de campaña
durante la Guerra de Secesión. Lo complejidad de su
tratamiento así como la avalancha de heridos hacían
imposible actuar de otra forma que no fuera amputar
los miembros heridos que, de todas formas, poco
arreglo tenían.
A todo ello debemos añadir que los avances de la medicina permitieron que muchos soldados que apenas 30 años antes deberían haberla diñado como héroes en el campo del honor volvieran a casa con un aspecto bastante inquietante, mostrando unas cicatrices y unos muñones que eran la prueba palpable de que participar en una guerra no solo no era ninguna tontería, sino que los avances en cuestiones de armamento estaban convirtiendo los campos de batalla en los lugares más desagradables del planeta, donde las probabilidades de ser herido o muerto habían aumentado una bestialidad desde la época en que el abuelo había tomado parte en tal o cual batalla. De hecho, los médicos militares también empezaron a dejar constancia gráfica de lo que tenían que ver a diario ya que las dantescas imágenes que aparecían en los periódicos de la época hicieron que la gente cuestionase los buenos oficios de los cirujanos militares los cuales, en realidad, se toparon con heridas tan terribles que las técnicas reconstructivas el momento no podían solventar, por lo que siempre era preferible constatar dichas heridas para que la gente se diera cuenta de que hacían todo lo que podían e incluso más.

Pero, cuestiones de tipo social o de la prensa amarilla de la época, ¿qué hizo a la mala Minié tan letal? Vayamos por partes...

En primer lugar debemos tener en cuenta el material con que se fabricaban. Sí, plomo, se dirá más de uno, como todas las balas de la época. Ciertamente, todas las municiones se llevaban fabricando con plomo desde los comienzos de las armas de fuego, pero había una diferencia en la que no todos reparan. Para poder expandirse de forma satisfactoria, la bala Minié debía estar fundida con plomo puro, sin mezclar con estaño y antimonio ya que, en ese caso, la bala resultante habría sido más dura y, por ende, menos maleable. Y por otro lado, las balas esféricas al uso hasta aquella época eran macizas mientras que las Minié tenían el culote hueco. Estos dos detalles aparentemente nimios eran en gran parte los causantes de las carnicerías que provocaba este tipo de munición y cuyo mejor testimonio lo ofrece la imagen de la izquierda, que muestra una de estas balas tras haber impactado en un cuerpo humano, triplicando su diámetro a causa de la expansión del material, la cual se producía sin necesidad de chocar con partes duras sino simplemente atravesando la piel. A eso habría que añadir un, digamos, efecto secundario responsable de infinidad de muertes por infecciones, septicemias y gangrenas, y es que, debido a la alta velocidad que alcanzaban, este tipo de bala cortaba la ropa como si fuera un sacabocados, introduciendo fragmentos de la misma en el cuerpo. Obviamente, la ropa en cuestión estaba mugrienta, llena de un amplio surtido de bacterias con muy mala leche e incluso de parásitos de todas clases.

Ilustración de época que muestra los orificios de entrada
y salida de una bala Minié. 
Dicha velocidad se traducía también en un mayor destrozo en las partes blandas del cuerpo. Mientras que la bala esférica de un mosquete apenas llegaba a los 300 m/seg. y, además, perdía velocidad rápidamente debido a su escaso coeficiente aerodinámico, una bala Minié superaba holgadamente esa velocidad, la cual mantenía con más facilidad. Debido a ello, una bala de mosquete se deformaba menos al impactar contra el blanco, por lo que la cesión de energía cinética era inferior. Sin embargo, en el caso de las Minié era precisamente lo contrario: lo dúctil del material con que estaban fabricadas más una velocidad remanente superior suponía una cesión de energía muy traumática que, caso de impactar contra los huesos, implicaba un estallido literal de los mismos; si por el contrario solo tocaba partes blandas y se producía un orificio de salida, lo que era menos frecuente, este era de un tamaño notablemente superior al de entrada.  

Del mismo modo, para que un proyectil adquiera una energía cinética capaz de hacer verdadero daño conviene que tenga una masa de cierta importancia. Así pues, si hablamos de balas con un peso de 27 gramos en el caso de las reglamentarias en España- sirva como comparación que una bala de 9 mm. Parabellum pesa solo 8,12 gramos- tenemos que este tipo de munición no solo era capaz de hacer añicos los huesos más gruesos del cuerpo, como fémures o caderas, sino que a una velocidad remanente de apenas 65 m/seg. (una pelota de tenis sale a esa misma velocidad en manos de un jugador aficionado con buen saque) aún conserva energía para romperlos. Ese era precisamente uno de los principales problemas con que se topaban los médicos en campaña: fracturas de imposible reconstrucción con los medios disponibles en un hospital de sangre así que no les quedaba más opción que amputar. Las fotos que vemos arriba son un testimonio bastante gráfico al respecto. Se trata de dos fémures procedentes de la guerra civil americana en los que podemos ver lesiones similares, consistentes en ambos casos en una pérdida de masa ósea en el lugar del impacto y un astillamiento que, en el momento de producirse la herida, convirtió ambos huesos literalmente en fosfatina con el añadido de un destrozo abrumador en la masa muscular, ligamentos y tendones de la zona. Ya podemos imaginar el estado en que debieron quedan ambas piernas un poco por encima de la articulación de la rodilla, que es donde se recibieron ambos disparos, así que serrucho al canto porque no quedaba otra. En todo caso, conviene aclarar que una Minié era capaz de partir el hueso de un caballo a 1.000 metros, así que sus efectos en un hueso humano a 50 o 100 metros eran los que vemos.

Y si en un fémur, que es el hueso de más envergadura del esqueleto humano, una de estas balas era capaz de provocar semejante destrozo ya podemos imaginar en el resto. A la izquierda tenemos un húmero en el que se aprecian unos daños similares a los vistos más arriba. Es un tipo de fractura idéntico: pérdida de masa ósea y un astillamiento que produjo la fragmentación del mismo. Con los medios de la época, salvo amputar el miembro lo más que podían hacer era eliminar la parte dañada y unir lo que quedaba a ambos lados, produciendo un acortamiento de la extremidad. Un caso así lo tenemos en el personaje de la foto, el soldado Kegerreis, perteneciente al Rgto. de Artillería Pesada de Pennsylvania y que fue herido en junio de 1864. La herida fue bestial, y parece imposible que en aquella época lograran sacar adelante a este hombre. La bala le penetró por el lado izquierdo del cuello, perforando la tráquea y saliendo por el hombro derecho. Tras ser etiquetado como "amputable" nada más aparecer en el hospital de sangre, al parecer rompió la etiqueta y fue enviado a un hospital en retaguardia, donde fue tratado y curado al cabo de un mes. Curiosamente, una infección en el hueso del hombro hizo que ¡tres años después! hubiera que cortarle un fragmento y dejarlo tal como aparece en la foto: medio manco pero, eso sí, vivo y coleando. 

En cualquier caso, este procedimiento se realizaba siempre que fuera posible a fin de evitar la amputación, pudiendo de ese modo conservar al miembro afectado aunque se viera con sus funciones disminuidas. Es el caso de la imagen de la derecha, perteneciente al soldado Porubsky y que procede del "Álbum de Cirugía de la Guerra Civil" de Bontecou. Como digo, este remedio tuvo al parecer bastante aceptación siempre y cuando hubiera tiempo para realizar la compleja cura y, naturalmente, si el paciente sobrevivía tanto a la intervención como a la posible infección que degeneraría en una gangrena. 



Por otro lado, el problema que se presentaba con las heridas causadas por las Minié en zonas como hombros o caderas era el de una amputación muy complicada de realizar. ¿Cómo cortar si no había apenas sitio por donde hacerlo? Pues cortaban, cortaban. La intervención consistía en esa cosa horripilante de la izquierda, en la que la cabeza del húmero era sacada de su sitio, separada del cuerpo y, a continuación, te eliminaban el brazo literalmente al ras. Da grima, ¿que no?


Y si los disparos en las extremidades producían heridas fastuosas, ya podemos imaginar lo que una Minié era capaz de hacer en la cabeza de un probo ciudadano. A la derecha podemos ver dos ejemplos bastante gráficos: la que aparece en primer lugar muestra una herida que penetró a un lado de la nariz, justo debajo de la órbita del ojo derecho en sentido oblícuo, por lo que produjo un orificio de salida del tamaño de una boca de metro. El de la derecha es similar, un disparo en plena jeta que, aunque parezca asombroso, no mató al hombre al instante. Pertenecía al soldado J. Luman, herido el 17 de noviembre de 1863. Fue evacuado a un hospital de campaña en el que permaneció varios días a la espera de ser trasladado sin que durante ese tiempo se hiciera otra cosa que vendarle la herida. Finalmente, el 8 de diciembre siguiente fue trepanado, tal como se aprecia en el orificio redondo de la parte superior, a fin de intentar extraerle del cerebro la infinidad de esquirlas de hueso. Por último, tras cinco días en coma, se murió. Es absolutamente increíble, pero fue un caso real y, según he estado leyendo, no fue el único de hombres que sobrevivieron varios días o incluso pudieron curarse tras sufrir heridas en teoría más mortales que una plaga de cuñados con moquillo.

El artífice de estas escabechinas fue James Burton, el cual, mientras era asistente del Maestro Armero del arsenal de Harper Ferrys diseñó una mejora de la Minié, adaptándola a la producción en masa ya que, como vemos en la parte inferior de la imagen de la derecha, carecía de la cuña de expansión. Esta bala, con un calibre de 14,7 mm., un peso de 32,5 gramos e impulsada por una carga de solo 3,9 gramos de pólvora era capaz de perpetrar las matanzas que se llevaron a cabo durante la guerra civil americana, conflicto que, como comentaba al principio, supuso el más preclaro exponente de la efectividad de este tipo de munición. En el detalle de la izquierda se pueden ver varios ejemplos de las deformaciones que sufrían las balas diseñadas por Burton tras impactar contra el personal. Por cierto que al estallar la guerra sirvió en el ejército confederado como teniente coronel de artillería, no siendo víctima de su malévolo diseño ya que estiró la pata apaciblemente en 1894. No obstante, no debemos olvidar que el verdadero mérito radicó en Minié, que fue el que la inventó y que Burton se limitó a mejorar el diseño no para que matara más, sino para facilitar su fabricación en masa.

Fotograma de la película "Tiempos de gloria", de Edward
Zwick, que nos permite hacernos una idea de como sería
el disparo de una Minié en la cabeza
Como colofón a todo lo dicho, solo comentar que, según unas estadísticas realizadas en base a los archivos procedentes de los hospitales y el cuerpo de Sanidad que intervinieron en la Guerra de Secesión, el 95% de los muertos y heridos en el conflicto lo fueron por heridas de armas de fuego ligeras, en su inmensa mayoría de fusil. Las de bayonetas y armas blancas apenas alcanzaron un 1% y el 4% restante a causa de metralla, artillería en general, aparte de un resto ínfimo con los motivos más diversos incluyendo coces de mulas, caídas de caballo y chorradas similares que le impedían a uno diñarla como un auténtico y verdadero héroe.

Bueno, esto es todo, amén.

Hale, he dicho.

Fotos como esta, obtenida tras la batalla de Gettysburg, las cuales eran muchas veces hábilmente manipuladas por los fotógrafos para aumentar su dramatismo cambiando de postura los cadáveres y cosas así, fueron las que hicieron saber
al personal civil de retaguardia que las guerras tenían poco de heroico y mucho de asqueroso y horrible. No obstante,
150 años después seguimos sin querernos enterar.









lunes, 20 de abril de 2015

Las balas Minié y sus terribles efectos 1ª parte


Fusileros del 68º Rgto. de Infantería Ligera de Durham en Crimea. Este conflicto, que duró entre 1853 y 1856,
supuso el bautismo de fuego para este tipo de munición.

Brochadora para estriar cañones
Aunque algunos autores afirman que las armas con cañón estriado ya se fabricaban a finales del siglo XVI, la tecnología del momento no permitía ni la manufactura en masa de las mismas y, por otro lado, los conocimientos en balística tampoco habrían permitido el aprovechamiento de este tipo de cañones. De hecho, incluso cuando ya se habían ideado máquinas capaces de elaborar estriados con rapidez y precisión seguía siendo inviable el uso militar de los cañones rayados debido a que, para obligar al proyectil a tomar las estrías, era preciso introducir la bala forzándola a golpes o bien envolviéndola en un calepino de tela o de cuero previamente engrasados. A eso había que añadir el hecho de que la combustión de la pólvora negra produce tal cantidad de residuos que,  al cabo de pocos disparos, la suciedad hacía casi imposible introducir la bala en el cañón; para rematar la cosa, al no lograrse una obturación perfecta el viento balístico actuaba como un soplete al escapar entre las estrías y la bala, fundiendo parte del plomo el cual se quedaba depositado en el fondo de las estrías y causando un emplomado en las misma que, aparte de ser muy difícil de eliminar, también restaba precisión al arma. Así pues y como es evidente, ambos sistemas eran inapropiados para una infantería cuya misión era mantener una cadencia de tiro lo más elevada posible, cosa que solo podían conseguir con los mosquetes de ánima lisa que les permitían efectuar tres o cuatro disparos por minuto. 

Estas descargas cerradas podían tener como resultado
no abatir a un solo enemigo
Sin embargo, el precio que se pagaba por poder mantener esa cadencia de fuego se traducía en la obligación de seguir empleando armas con el mismo tipo de ánima que las que se usaban en el siglo XV. O sea, que en más de 300 años solo había variado el mecanismo de disparo, pero los cañones seguían siendo los mismos. De hecho, los cerebros pensantes de finales del siglo XVIII y principios del XIX se dieron cuenta de un detalle nada baladí: la imprecisión de los mosquetes al uso en esa época requerían un gasto simplemente abrumador para, a cambio, obtener unos resultados tan birriosos que casi traía más cuenta tirar piedras al enemigo. Veamos algunos datos: Sir James Emerson Tennent (1804-1869), en su obra "La historia de las armas" publicada en 1864, señala que en la batalla de Los Arapiles, cuando el enano corso y su horda de psicópatas violadores y saqueadores de tumbas se dedicaban a arrasar Europa de cabo a rabo, se produjeron 8.000 bajas gabachas para lo cual fue necesario disparar la friolera de tres millones y medio de cartuchos, lo que traducido a cifras porcentuales nos daría que para abatir a un gabacho eran precisos nada menos que 437 disparos. El general Jean-Jaques Gassendi (1748-1828), inspector general de la artillería del enano corso iba más lejos, asegurando que eran precisos 3.000 cartuchos para apiolar a un enemigo. O sea que, como podemos ver, era una opinión generalizada el que la rentabilidad de los mosquetes de ánima lisa era similar a la de una tienda de neveras en la Antártida. El coronel Schlimmbach, de la artillería prusiana, expresaba esto mismo pero de forma más expeditiva, muy en la línea de sus conmilitones germánicos: para dejar fuera de combate a un enemigo eran precisos su peso en plomo y diez veces su peso en hierro. En definitiva, costaba un ojo de la cara enviar al otro barrio al adversario y, para colmo, esa descargas cerradas contra los cuadros de infantería enemiga que avanzaba a pecho descubierto hacían mucho ruido, pero la cosecha de nueces era ínfima. De ahí que el arma que verdaderamente solventaba las batallas hasta aquella época era la bayoneta. El resto era más humo que otra cosa.

Ante ese cúmulo de datos tan demoledor, estaba claro que había que idear un método que hiciese posible el uso militar de armas provistas de ánimas estriadas. Los medios para fabricarlas en masa estaban ya al alcance de cualquier nación desarrollada, así que solo faltaba averiguar qué tipo de munición podría usarse para poner mantener la misma cadencia de tiro que las armas de ánima lisa. Veamos pues los diversos inventos que se llevaron a cabo para lograrlo...

DESARROLLO

El primero que ideó algo razonablemente práctico fue el capitán Henri-Gustav Delvigne (1800-1876) que, en 1826, desarrolló un fusil provisto de una recámara de menor calibre que la del arma. La idea consistía en que, gracias a ese detalle, se podría introducir una bala subcalibrada que poco menos que caía hasta el final del ánima por su propio peso y que, una vez apoyada contra dicha recámara, bastaban dos o tres fuertes golpes de baqueta para producirle un ensanchamiento que le obligase a tomar las estrías. Sin embargo, y a pesar de que Delvigne se desgañitaba asegurando que su invento era una maravilla, este sistema adolecía de dos defectos notables: uno, que seguía usando una bala esférica que, quieras que no, tenía unas pésimas cualidades aerodinámicas. Y dos, la deformación que sufría dicha bala solo servía para aumentar aún más su imprecisión. Cierto es que mejoraba respecto a los mosquetes de ánima lisa, pero el sistema de Delvigne aún estaba muy lejos de ser perfecto. No obstante, logró que en la ordenanza del 23 de septiembre de 1840 se crearan diez regimientos de cazadores los cuales estarían dotados del fusil de Delvigne. Un perfeccionamiento para este sistema lo aportó el coronel De Poncharra el cual ideó unir la bala a un taco de madera si bien la esencia del problema subsistía ya que para lograr que la bala tomase las estrías era preciso golpearla con fuerza, lo que hacía que el taco se rompiese en muchas ocasiones. Estaba claro pues que para obtener resultados más adecuados era necesario irse olvidando de las añejas balas esferoidales.

Así pues, se probaron balas con otras morfologías para dar con la más idónea. El mismo Delvigne probó una cilíndrico-ojival (A) y otra cilíndrico-cónica (B), las cuales se vieron superadas por la bala ojival C diseñada por el capitán François Tamisier la cual iba provista además de unas estrías o acanaladuras que, además de facilitar la toma de estrías, permitían engrasar la bala. Esto no solo mejoraba la introducción de la misma en el cañón sino que, además, valía para eliminar los residuos depositados en las estrías por el disparo anterior de forma que, cada vez que se cargaba el arma, se limpiaba el ánima de la misma. Con todo, estos diseños seguían teniendo el culote macizo lo que implicaba tener que seguir deformando la bala a golpes de baqueta para obligarlas a tomar las estrías. Y esto no solo se traducía como ya hemos comentado en una pérdida de precisión, sino de tiempo ya que ralentizaba el proceso de carga.

Más atinado que Delvigne y la defensa a ultranza de su invento fue el coronel Thouvenin el cual optó por volver a poner recámara y ánima con el mismo diámetro y, para facilitar la expansión de la bala, colocó una espiga al final de la recámara, quedando la carga de pólvora repartida alrededor de la misma. En el gráfico superior podemos verlo con claridad. En vez de una bala esférica, Thouvenin prefirió un proyectil ojival con un coeficiente aerodinámico muy superior al que, además, la deformación que sufría no afectaba a su ojiva sino solo el culote del mismo. Como vemos en el dibujo inferior, la espiga ha penetrado en la abertura practicada en el culote y lo ha ensanchado, obligándole a tomar las estrías. Este sistema fue rápidamente adoptado en España, Francia y otros países, pero tenía un defecto de difícil solución: la suciedad acumulada alrededor de la espiga era muy difícil de eliminar, llegando un momento en que esta quedaba literalmente cegada por los residuos. En definitiva: a pesar de haber sido rápidamente adoptado por varios países tuvo menos vida operativa que un pavo en Navidad, y las unidades que se fabricaron fueron en muchos casos reconvertidas al poco tiempo, precisamente cuando apareció la que sería la solución al problema.

La cual, tras una serie de pruebas iniciadas en 1849, vino de la mano del capitán de infantería Claude-Étienne Minié, instructor de la Escuela de Tiro de Vincennes. Este sujeto fue el que acertó de pleno con su bala forzada a cuña, que era el nombre oficial con que designó a una bala que fue un poco como el crisol perfeccionado de los modelos que hemos ido estudiando. A la izquierda podemos verla. Se trataba de una bala tronco-cónica provista de unas acanaladuras o bandas de engrase como la de Tamisier; el ensanchamiento del culote para la toma de estrías no lo llevaba a cabo una espiga de forma previa al disparo, como la inventada por Thouvenin, sino que dicha dilatación tenía lugar precisamente cuando se disparaba. Para ello, en el hueco del culote tenía una cuña de madera que, al verse impulsada hacia adelante, obligaba a la bala a tomar las estrías, eliminando casi por completo el viento balístico- apenas medio milímetro- y obteniendo una precisión muy superior a las anteriores ya que la deformación de la bala no se producía mediante golpes que podían variar su centro de gravedad o el centrado respecto al ánima.

En el gráfico de la derecha podemos ver la secuencia de disparo para entenderlo mejor. En el dibujo superior vemos la bala firmemente asentada sobre la carga de pólvora. A lado vemos como dicha bala no ha tomado aún las estrías, dejando vacíos los fondos de las mismas. En el dibujo inferior tenemos el momento en que la deflagración de la pólvora impulsa la bala hacia adelante. El taco de madera ha avanzado, dilatando el culote y logrando una obturación perfecta y una eliminación del viento que le proporcionará una precisión nunca vista hasta entonces en un arma militar. Además, al tratarse de balas subcalibradas como las vistas anteriormente el proceso de carga era bastante rápido, similar al de un mosquete de ánima lisa. No obstante, el taco de madera fue prontamente sustituido por uno cerámico ya que las altas temperaturas causadas por la ignición de la pólvora quemaba el de madera, o bien se desprendía durante el proceso de carga quedando en el interior del ánima en una postura inapropiada.

Esa pega la solucionaron los ingleses, sustituyendo los tacos de madera o de cerámica por una cápsula de hierro semi-esférica que quedaba perfectamente fijada al culote, sistema este que fue adoptado por todo el mundo (véase lámina de la izquierda). Está de más decir que la bala de Minié alcanzó en un breve lapso de tiempo una enorme popularidad, comenzándose a fabricar fusiles y carabinas para la misma en toda Europa. Pero la bala Minié aportaba otra serie de ventajas, a saber: 
  1. Al aumentar la presión en el interior del cañón debido a una total obturación del mismo hubo que rebajar el peso de la bala. La consecuencia lógica era pues reducir los calibres que, hasta aquella época, oscilaban entre los 17 y los 22 mm. con el consiguiente ahorro de plomo. En el caso español se optó por un calibre de 14,1 mm., lo que supuso una reducción de peso de unos 2 gramos.
  2. Dicha reducción de peso supuso a su vez un aumento de la velocidad, la cual oscilaba entre los 350 y los 380 m/seg. de Vo. Eso se traducía igualmente en un aumento de la precisión y del alcance efectivo, pasando de los 100 metros escasos de un mosquete de ánima lisa a los 400 metros o más de un fusil con bala Minié. Para hacernos una idea de la caída que llegaba a tener una bala esférica del ejército inglés, para tirar a 600 yardas (unos 550 metros) apuntaban a unos 40 metros sobre el blanco. Sin embargo, un fusil con bala Minié era capaz de meter cinco tiros a esa misma distancia en una diana de 50x50 cm.
  3. Por otro lado, una bala más ligera unida a una obturación más efectiva requería una carga inferior de pólvora para alcanzar una buena velocidad. Por ejemplo, el cartucho para bala esférica reglamentario en España contenía un proyectil 17,3 mm. de calibre con un peso de 30,5 gramos y una carga de pólvora de 10,7 gramos. Esto se traducía en un retroceso unas tres veces mayor que el producido por un Mauser 93 español en calibre 7x57. La carga de una carabina modelo 1851 descendía hasta los 5,3 gramos, o sea, prácticamente la mitad de la carga usada para bala esférica.
  4. Todo esto se traducía en la práctica en lo siguiente:

  • Se obligaba a la artillería a emplazar sus cañones a más de 1.500 metros de la infantería enemiga mientras que en las guerras napoleónicas (Dios maldiga al enano corso) bastaban apenas 200 o 300 metros para que los servidores de las piezas se sintieran seguros y razonablemente alejados del peligro que suponían los fusiles de la infantería enemiga.
  • Las tácticas habituales de la infantería de avanzar hacia el enemigo soportando sus descargas a pecho descubierto para llegar a la bayoneta convirtieron los campos de batalla en verdaderas carnicerías ya que el fuego procedente de los fusiles enemigos podía abatir a decenas de combatientes en cada descarga. Curiosamente, este absurdo empleo táctico de la infantería perduró hasta la Gran Guerra, lo que indica claramente que a los mandamases le daban varias higas la vida del personal.
  • El aumento de la velocidad suponía, como es lógico, una mayor energía cinética. Esto, trasladado a niveles prácticos, se traducía en unos proyectiles muchísimo más mortíferos que las balas esféricas tradicionales. Las balas Minié fueron, sin quererlo, las precursoras de las conocidas Dum-Dum, y los testimonios que nos han llegado de los conflictos que protagonizaron antes de caer en la obsolescencia por la llegada de la munición metálica de retrocarga son escalofriantes. 

Cartucho de papel
En cuanto al proceso de carga, seguía siendo el habitual. El soldado portaba una dotación de cartuchos de papel el cual era encerado o engrasado para protegerlos de la humedad. En su interior contenía la carga de pólvora y la bala si bien en este caso, al haberse extinguido las armas con llaves de chispa, no era preciso reservar una parte de la pólvora para el cebado. Por lo tanto, se vertía el contenido íntegro del cartucho en el cañón. A continuación se embocaba la bala con el papel hacia abajo, eliminando el sobrante, y se empujaba con la baqueta. No era preciso golpear la bala, sino simplemente asentarla con firmeza sobre la carga.

A continuación, el soldado cogía un pistón de la cebetera, una pequeña bolsa que pendía del cinturón o de una bandolera y lo colocaba en la chimenea. Amartillaba el arma, que durante el proceso de carga había mantenido el martillo en posición de seguro y solo restaba abrir fuego. A la izquierda tenemos los accesorios precisos para tener el arma en orden de combate. Ojo, no están a escala.

  1. Cebetera. No cebemos confundirla con la cartuchera ya que estas, aparte de ser más grandes, solían ser de forma cuadrangular para alojar mejor los paquetes de cartuchos.
  2. Paquete de cartuchos, en este caso para el fusil Enfield 1853 usado en Inglaterra. En España, los cartuchos se embalaban también en paquetes de 10 unidades que, a su vez, eran empacados en cajas o barriles de 120 paquetes. Los cartuchos, cuyo precio fijado por la Dirección General de Artillería era de 6 maravedises la unidad, estaban confeccionados con trapecios papel color blanco mientras que los de prácticas se fabricaban con papel azul.
  3. Útil provisto de destornillador, sacabalas, escariador para chimeneas y llave para las mismas. Con esa pequeña herramienta podía desmontarse el fusil hasta la última pieza.
  4. Chimeneas de repuesto.
  5. Pistones de aletas. También llamados cebos, fulminantes o cápsulas, eran los encargados de iniciar la ignición de la pólvora. Se entregaban 13 unidades por cada 10 cartuchos, y se fabricaban en la Pirotecnia de Sevilla a un precio de 19 reales el millar. La mezcla detonante constaba de clorato potásico, salitre y sulfuro de antimonio o fulminato de mercurio, sustancia esta última bastante delicada ya que se tornaba muy inestable con el paso del tiempo y, además, era bastante corrosiva lo que obligaba a limpiar con especial atención las partes del arma que pudieran tener restos de la misma, como las chimeneas y las recámaras de las armas. El motivo de las aletas era facilitar su manipulación por manos ateridas de frío, muy curtidas, sucias o, en definitiva, con la sensibilidad de los dedos un tanto mermada por cualquier motivo.
En el momento en que este tipo de bala se popularizó en Europa y Estados Unidos, cada país llevó a cabo las modificaciones que estimó oportuno, como la eliminación de las bandas de engrase, el perfil de la bala o incluso la cuña que dilataba el culote ya que, según demostró el coronel belga Timmherans, la expansión del mismo se realizaba sin necesidad de añadidos, bastando solo la presión de la deflagración de la pólvora para ello. Otros, como el también belga Peeters, modificaron el hueco del culote añadiéndole un vástago de plomo que salía en la misma colada de la bala lo que, según él, mejoraba notablemente el vuelo de la misma. En los Estados Unidos por ejemplo se adoptó inicialmente una bala sin bandas de engrase de forma cónica la cual se mostró totalmente inapropiada. Si observamos el gráfico de la derecha podemos ver la marcada como A que, debido a ese perfil no se asentaba de forma concéntrica en el ánima, sino inclinada hacia un lado con la evidente merma en la precisión que ello implicaba. De ahí que fuera rápidamente sustituida por la B, la bala típicamente ojival que, como vemos, carecía de cuña al igual que la anterior.

No obstante y a pesar del enorme éxito logrado por la bala Minié, esta llegó bastante tarde a los campos de batalla. Su vida operativa apenas superó los 20 años ya que en la década de los 70 del siglo XIX las armas de avancarga pasaron a la historia. Sin embargo, durante esas dos décadas dejaron tras de sí un reguero de miembros destrozados, cráneos reventados y heridas de todo tipo que no tienen nada que envidiar a las producidas por las armas más letales de nuestros días, si bien eso lo veremos en la próxima entrada porque ya no tengo ganas de enrollarme más. Así pues, 

hale, he dicho.

Soldado de la Confederación caído en combate en Virginia. Solo las muertes por infección superaron el número de muertos producidos por las balas Minié durante este cruento conflicto.