jueves, 26 de mayo de 2016

El cruel destino de los enemigos del faraón




Caer en manos de los enemigos nunca ha sido agradable, y menos aún cuando uno forma parte del ejército agresor. Por norma, los prisioneros de guerra han sido víctimas de la sed de venganza de los vencedores con dos fines: uno, castigar, humillar y, en definitiva, putear a todo aquel que formase parte de las tropas enemigas con diversos motivos, como por ejemplo un simple desquite o como ofrenda a los dioses de la guerra o a los dioses tribales como acción de gracias por haber obtenido la victoria. Y dos, como forma de escarmiento para quitarle a los que pudieron escapar las ganas de volver.

Tropas libias postrándose ante el faraón a ver si se ablanda un poco
y no los manda apiolar allí mismo
Obviamente, la condición de prisionero de guerra ha variado a lo largo del tiempo en función de las diversas culturas que han poblado el mundo, así como su preeminencia sobre otras naciones. Así mismo, el estatus del prisionero condicionaba su futuro ya que, por lo general aunque no siempre, un jefe tribal o algún miembro de su familia siempre gozaría de un trato más favorable que un simple soldado ya que por la vida de los primeros se podría obtener algún tipo de beneficio en forma de rescate en dinero o bien mediante la cesión de tierras, esclavos, etc. Sin embargo, la vida del soldado valía menos que una caca de perro en una cuneta, así que su futuro era más negro que el de un pavo en Navidad ya que sólo había dos opciones para él: o la esclavitud o la muerte. Y ojo, lo más sangrante de este tema es que ha sido así durante milenios, y aún en nuestros tiempos se siguen viviendo situaciones similares. Buena prueba de ello fue el fatal destino de los desdichados que cayeron en manos de los alemanes o los rusos durante la Segunda Guerra Mundial, en los que la crueldad de ambos bandos dieron lugar a actos criminales como la matanza de oficiales polacos en Katyn a manos del NKVD por orden de Stalin, o las bestialidades llevadas a cabo por los alemanes contra las tropas rusas que se rendían por miles al comienzo de la guerra.

Prisioneros de guerra de diversas naciones en un
bajorrelieve del templo de Medinet Habu. 
Bien, dicho esto a modo de introducción, vamos a dedicar la entrada de hoy a los primeros prisioneros de guerra de los que tenemos información concisa y detallada: los derivados de las guerras contra los egipcios, ciudadanos estos que siempre se estaban peleando con su numeroso vecindario formado por nubios, libios, hicsos, los Pueblos del Mar, los asirios, los hititas, los filisteos, los canaanitas, etc. Igual es que eran cuñados, vete a saber... Bueno, la cuestión es que los egipcios, con su impenitente hábito de dejar constancia gráfica de todo lo habido y por haber, pero especialmente de las derrotas infligidas por sus monarcas a los enemigos de su pueblo, nos han permitido conocer a fondo el trato que daban a los que osaban ultrajar al divino faraón, ya fuese invadiendo sus fronteras o atacando a cualquiera de sus aliados. Porque la cosa es que los egipcios, que debían tener un elevadísimo concepto de sí mismos, se tomaban fatal que les quisieran hacer la guerra, e incluso consideraban una ofensa personal contra su rey el hecho de vulnerar las fronteras de su nación.

Ramsés II agarra por el pelo a tres enemigos para darles
muerte con el hacha que lleva en la mano. Actuar como
verdugo no era algo indigno de su rango, sino todo lo
contrario: el faraón era el que exterminaba a los enemigos
de su pueblo
De hecho, levantarse en armas para atacar Egipto era tomado como un acto de rebelión contra su dios y faraón aunque, obviamente, los enemigos no lo veían de ese modo, sino como una mera agresión producida por fines diversos: una represalia por una derrota anterior, una incursión para obtener botín o esclavos, etc. Sin embargo, para ellos, atacar a su rey era atacar a Rá, y como eso estaba muy feo se lo tomaban muy mal, y castigaban a los agresores como si hubiesen cometido un acto de traición contra el mismísimo dios. Por cierto, para los que no lo sepan, el término faraón, derivado del griego ϕαραώ (faraó), fue la helenización hecha por Herodoto del término egipcio per-aa, que significa casa grande. De ese modo es como se designaban los monarcas egipcios en su tierra. Con todo, conviene tener en cuenta que las causas de tantos conflictos no se debían a que los vecinos de los egipcios fuesen especialmente malvados, sino al expansionismo militar de los faraones, lo que obviamente producía bajas en forma de muertos y heridos y, por supuesto, prisioneros de guerra que lo tenían bastante chungo precisamente por haber atentado contra el dios Rá hecho hombre en la persona del faraón de turno.

Funcionarios contabilizando prisioneros nubios
El arte egipcio nos ha legado infinidad de detalles acerca del destino que corrían tantos los caídos en combate como los prisioneros de guerra, y la verdad es que no era precisamente una perspectiva gratificante porque, aparte del mero ejercicio de una venganza contra ellos, era una forma de persuasión contra los que habían podido regresar al terruño, que contarían a sus colegas lo bestias que eran las tropas del faraón y lo mal que se habían portado con ellos. Pero, al mismo tiempo, para el faraón era motivo de orgullo regresar victorioso pudiendo alardear de haber causado un elevado número de muertos a los enemigos, por lo que se hizo necesario llevar una minuciosa contabilidad de las bajas producidas, así como de los prisioneros capturados. Las primeras referencias a estos detalles se remontan a la XVIII dinastía (1550-1295 a.C.), precisamente la más belicosa y la que mayor expansión territorial llevo a cabo. 

Paleta de Narmer. A la izquierda, el faraón se dispone a
ejecutar a un libio de un mazazo. A la derecha, el reverso
de dicha paleta nos muestra una serie de enemigos
decapitados con las cabezas entre las piernas, y sobre ellas
los penes de los mismos.
Por las referencias que tenemos de esa época, sabemos que se practicaba la amputación de determinados miembros a los enemigos muertos y, posiblemente, también a los prisioneros de forma previa a su ejecución sumaria. Es posible que muchos de los que me leen hayan oído alguna vez eso de cortar una mano para facilitar el recuento de caídos, pero también se recurría a cortar cabezas e incluso a la castración o la amputación del miembro viril. ¿Que por qué precisamente esas partes del cuerpo, y no otras menos aparatosas como una oreja o un dedo? Pues porque los egipcios, además de por la simple cuestión meramente contable, también pretendían que la amputación fuese un acto simbólico, cercenando así la capacidad ofensiva del enemigo (que ya lo estaba de hecho tanto en cuanto estaba muerto, pero los símbolos son los símbolos) dejándolo sin su mano derecha, así como una forma de castigo permanente ya que su alma partiría incompleta al inframundo, por lo que las pasaría putas durante toda la eternidad, como cuando un cuñado se nos pega como una lapa durante un bodorrio y el posterior ágape. Por otro lado, la amputación del pene implicaba destruir la semilla del vencido, impidiéndole de ese modo perpetuarse y fabricar más enemigos del estado egipcio. Hay gran cantidad de referencias a este tipo de mutilación, por lo general en términos como "eliminó su semilla con su espada" o como reza la Gran Inscripción de Karnak a este respecto: "... cargados con falos incircuncisos (los egipcios se circuncidaban como una práctica de tipo higiénico), de las tierras extrajeras de Rebu, junto con las manos cortadas de todas las regiones que estuvieron junto a ellos en recipientes y cestas". O sea, que con esto nos indican que, para diferenciar a los miembros de la nación enemiga de sus aliados, a los primeros les cortaban la churra, y a los otros la mano. Una forma muy práctica de llevar la cuenta como Amón manda, ¿no?

Bajorrelieve de Abydos que muestra a un escriba
contabilizando un motón de manos enemigas
Pero, según se desprende de algunas inscripciones de la época, la amputación de miembros no solo tenía connotaciones contables y simbólicas, sino también como trofeo de guerra. Los faraones, según dichas inscripciones, premiaban a sus soldados por la entrega de trofeos en forma de armas enemigas, prisioneros y manos de los muertos, los cuales pagaban con  oro de su propio peculio a fin de incentivar la agresividad entre sus tropas. Una vez acaparados todos los trofeos entregados por sus soldados, regresaba en loor de multitudes mostrando a su pueblo los prisioneros y las armas capturadas, así como los cestos llenos de manos, penes o cabezas. Las vívidas escenas de los bajorrelieves que muestran estos hechos nos permiten ver como los faraones retornaban triunfantes con los prisioneros de guerra uncidos a su carro, y en muchos otros se puede ver como los ejecuta agarrándolos por el pelo para, a continuación, apiolarlos de un mazazo o un hachazo en la cabeza. Mientras tanto, sus escribas llevaban una contabilidad exacta de las manos cortadas que él presenta para demostrar a su pueblo la de enemigos que ha liquidado: Tutmosis III acreditó 83 manos tras la batalla de Meggido, mientras que Amenhotep  II alcanzó la cifra de 372 tras llevar a cabo una serie de acciones punitivas contra las ciudades de Aituren y Migdolain. No obstante, en otros casos las cifras están a todas luces infladas para mayor gloria del faraón porque se habla de incluso, por ejemplo, 17.000 prisioneros nubios, cantidad esta que correspondería a un ejército descomunal para aquella época.

Escena que muestra como el carro de Tutankamón aplasta
a un enemigo nubio mientras un soldado le corta la mano
con su cuchillo de bronce
Pero las represalias contra los prisioneros y las mutilaciones de cadáveres no eran la única forma de mostrar a los enemigos hasta donde llegaba la ira del faraón cuando se le ofendía. También se recurría a la exposición de los cadáveres en los límites fronterizos de sus dominios con los del país agresor para, a modo de advertencia, mostrar el destino que sufriría cualquiera que traspasase dichos límites en son de guerra. Así mismo, se mostraban también los cadáveres de los prisioneros ejecutados de forma sumaria en las ciudades egipcias como advertencia a los extranjeros y los espías de otras naciones, que lógicamente informarían de ello a sus paisanos para que se atuvieran a las consecuencias. Un ejemplo de esta forma de actuar la tenemos en el faraón de las XIX dinastía Merneptah, que hizo empalar en Memphis a una cifra indeterminada de libios y miembros de los Pueblos del Mar como escarmiento y señal de aviso, o los nubios que tuvieron el mismo final por orden de Akhenatón tras la batalla de Ikayta. El motivo de emplear un castigo tan cruel como el empalamiento obedecía a que era el que se empleaba contra los perjuros y los saqueadores de tumbas, delitos estos que los egipcios consideraban tan abyectos como para merecer una muerte terrible, quedando así equiparados al de la rebeldía ante la persona del rey.

En esta otra escena, Ramsés II se dispone a ejecutar a un
gran número de prisioneros a golpe de hacha épsilon.
Como vemos, para los faraones era un orgullo mostrarse ante
su pueblo como el más eficaz exterminador de enemigos
Otra forma de humillar y profanar los cadáveres de los vencidos, especialmente a los de sus caudillos, era colgarlos cabeza abajo en la proa de la nave del faraón. De ese modo, al regresar remontando el Nilo, mostraba a su pueblo no solo que había derrotado al líder enemigo, sino que le daba el castigo que merecía por su acto de rebelión. De hecho, la ejecución de los jefes enemigos era, además del consabido acto de venganza, una forma de quitar de en medio a sus mejores militares, lo que les aseguraba una temporada de inactividad forzosa por la simple carencia de líderes adecuados. En algunos casos, las represalias iban más allá de las formas de castigo habituales, quizás debido a que consideraban la agresión aún más intolerable. Un buen ejemplo de esta conducta aparece en la estela de Amada, que narra como Merneptah mandó quemar vivos a todos los jefes nubios capturados en una batalla tras cortarles las manos, mientras que a otros les mandó sacar los ojos y cortarlas orejas para, a continuación, hacerlos volver a su país para que todos vieran lo que les esperaba a los que atacasen los dominios del faraón. Todos estos alardes pretendían, además de escarmentar tanto a los agresores como avisar a enemigos potenciales, ensalzar el poder del faraón y mostrar a su pueblo cómo se preocupaba por aniquilar a todo aquel que pretendiera invadirlos, por lo que el efecto propagandístico era doble y de ahí el empeño por inmortalizar las venganzas faraónicas en multitud de bajorrelieves, estelas, etc. 

Tras la batalla, el consabido recuento para que figurase en la estela
que conmemorase tan gran acontecimiento
Para concluir, comentar que el final menos trágico que podía sufrir un prisionero en manos de los egipcios era ser reducido a la esclavitud, para lo cual eran marcados a fuego con el nombre del faraón victorioso. Luego eran enviados como currantes a perpetuidad a las tierras del faraón o a los templos para servir a los poderosos sacerdotes. Para los monarcas egipcios, pasar a la posteridad como un rey que se preocupó del bienestar de su pueblo era algo que tenían presente durante toda su vida, y en dicho bienestar se incluía aplastar sin piedad a las naciones que atentaran contra la paz y la riqueza de su nación. 


Ramsés II presenta unos prisioneros de guerra nubios a los dioses.
De izquierda a derecha aparecen Amón-Rá, Khonsu y la diosa Mut
Así pues, según hemos ido viendo, los prisioneros de guerra en Egipto no eran reducidos a la esclavitud, como ocurrió luego en otras naciones, como una mera forma de obtener mano de obra barata, o ser ejecutados para, simplemente, reducir el número de posibles combatientes en una guerra posterior. En Egipto, ante todo, se castigaba rebelarse contra el faraón, y cuestiones como la obtención de mano de obra o la venganza contra un pueblo hostil era algo circunstancial, una consecuencia de un acto de agresión que quedaba supeditada, ante todo, al castigo que debía sufrir todo aquel que se levantara en armas contra "la casa grande". En definitiva, que lo mejor era no caer prisionero de esta gente porque las perspectivas no eran nada nada halagüeñas.

Bueno, vale por hoy.

Hale, he dicho

Dibujo dieciochesco de uno de los bajorrelieves del templo de Beit el-Wali, mandado construir por Ramsés II en Nubia.
La ilustración muestra al faraón sujetando por el pelo a tres prisioneros libios mientras que pisa a otros dos de ellos. Ante él se presenta su hijo Amun-her-khepsef llevando atado por el cuello a otro prisionero. La proliferación de este tipo de escenas
nos da una idea de la importancia que tenía el mostrar a los monarcas sometiendo a los enemigos de su país

miércoles, 25 de mayo de 2016

Las armas de los Conquistadores españoles


Ante todo conviene aclarar que en esta entrada no se hablará de armamento que no conozcamos ya tanto en cuanto la panoplia usada por las tropas españolas en el Nuevo Mundo era exactamente la misma que la que se utilizaba en Europa: espadas, lanzas, ballestas, arcabuces, etc. ¿Que qué sentido tiene entonces esta entrada? Pues muy fácil. Las armas, obviamente, eran las mismas, pero el enemigo y el terreno en que se usaban no tenían nada que ver con lo que los belicosos españoles se toparon en las Américas, por lo que tuvieron que llevar a cabo diversas modificaciones en el empleo táctico de su armamento, indumentaria y, de paso, aprovechar el efecto psicológico que ejercían sobre los probos indígenas las armas y animales que desconocían: armas de fuego, perros y caballos sobre todo. De todo ello nos ha llegado abundante información tanto gráfica como escrita gracias a los códices, manuscritos e informes enviados a la corona por los mismos que vivieron aquella epopeya, así que podemos hablar con total conocimiento de causa ya que los datos que poseemos actualmente son fiables al ciento por ciento.

Así pues, dividiremos la entrada por tipos de armas, sus efectos y empleo en función de las circunstancias que se daban en aquellas lejanas tierras, las cuales no tenía nada que ver con las del Viejo Mundo. Al grano pues.

Las ventajas y desventajas tácticas

Este solía ser el resultado de muchas escaramuzas y
emboscadas contra unos enemigos a veces invisibles
Está de más decir que las tropas españolas tenían a su favor una serie de factores que les permitía generalmente llevar la iniciativa en la multitud de enfrentamientos que tuvieron con los distintos pueblos amerindios a pesar de que jamás alcanzaron ni remotamente el número de efectivos de sus enemigos. De hecho y a modo de ejemplo, la mesnada con que Cortés desembarcó en Tabasco en 1519 para iniciar la conquista de Méjico no habría servido en Europa más que para una escaramuza de poca monta: 553 peones, 82 ballesteros, 13 arcabuceros, algunos piqueros, los 110 marineros que tripulaban las once naves con que fueron transportados desde Cuba y 200 indios que posiblemente serían usados más bien como porteadores que como combatientes. O sea, ni siquiera un millar de efectivos para enfrentarse a ejércitos que los superaban en cifras del orden de 10 a 1 o más como poco. De hecho, las tropas españolas muy rara vez llegaron a superar el millar de hombres juntando todos los tipos de combatientes, a lo que habría que añadir las escasas piezas de artillería que fueron llegando a las Indias que nunca llegaban a la veintena y en un 80% piezas ligeras como versos, sacres y falconetes. Con todo, es evidente que el pánico que producían las armas de fuego entre los indios era ya de por sí una poderosa arma si bien, como es natural, llegó un momento en que solo las temían por sus efectos y no por sus connotaciones "sobrenaturales".

Infante español con una de sus más temibles
armas: un enorme mastín
Un complemento muy eficaz lo tuvieron en los caballos y los perros de guerra. Los amerindios no habían visto un caballo en sus puñeteras vidas, y eso de contemplar totalmente pasmados como se abalanzaban sobre ellos una suerte de extraño ser mitad hombre mitad bestia de cuatro patas que, además, los ensartaban bonitamente con sus lanzas o los acuchillaban a mansalva, debía resultarles una experiencia más inquietante que ver aparecer en casa a un cuñado un domingo a las 10 de la mañana con toda su familia en pleno. Y con los perros, pues más de lo mismo. Los indios sí tenían perros, pero de unas razas pequeñas, dóciles y sumisas y destinados a servir de alimento llegado el caso. A eso, los españoles les correspondían con mastines, alanos y dogos de gran tamaño, muy agresivos y especialmente adiestrados para la guerra. Para esta gente sería algo similar a si nos azuzan a uno de esos bichos raros que salen en las películas de ciencia ficción. 

Los descomunales cursos fluviales de Sudamérica fueron
unos de los mayores retos para los conquistadores
Por último, debemos considerar el elemento humano. Los españoles que pasaron a las Indias eran hombres muy curtidos en el ejercicio de las armas, hombres que escapaban de la miseria en busca de fortuna y que no solo no tenían nada que perder, sino que les daba una higa dejar el pellejo en su intento de retornar al terruño cargados con el oro y la plata que, según contaban, eran tan abundantes que solo había que agacharse a cogerlos del suelo. Eran además hombres que habían guerreado contra la morisma, contra Francia, en Italia, en Flandes, y poco menos que habían echado los dientes volteando una espada de madera luchando contra enemigos imaginarios en los corrales de sus casas. A eso habría que añadir el natural agresivo y orgulloso de aquellos tiempos, que los impulsaba a luchar hasta vencer o morir por una mera cuestión de honra aunque salieran del brete más pobres y miserables de como llegaron.


Y si los ríos eran una dificultad, las zonas montañosas
ni te cuento. Cruzar senderos así suponía tener que dejar
atrás la caballería y parte de la impedimenta
Pero los valerosos infantes españoles se encontraron con un panorama muy diferente al que conocían de sus andanzas por la Europa. En América, las cosas eran muy distintas, y no se enfrentaban con ejércitos armados y desplegados en el campo de batalla de la misma forma que ellos, sino con tribus que, aunque provistas de un armamento muy inferior, sabían sacarle partido a su entorno y, en muchas ocasiones, poner las peras a cuarto a los invasores. En definitiva, aunque la superioridad tecnológica era evidente, las limitaciones medio-ambientales, la prácticamente inexistente logística y la dificultad para reponer las armas perdidas o deterioradas no pusieron nada fácil crear lo que, con el tiempo, dio lugar al mayor imperio conocido hasta la época.

El impacto del armamento español


Guerrero jaguar
Durante la conquista, los españoles se enfrentaron a ejércitos que, tecnológicamente hablando, estaban siglos por detrás, prácticamente en la Edad de Piedra. El armamento utilizado por los amerindios se basaba en artefactos de madera a los que añadían lascas de obsidiana que, aunque cortantes como el acero, obviamente no tenían ni de lejos su durabilidad ni su resistencia. De hecho, el único metal que usaban era el cobre, poco enemigo para las armaduras y las espadas españolas, que empleaban para elaborar puntas de flecha y cabezas de armas para sus mazas. Así pues, las espadas, junto con las ballestas, los arcabuces y las picas fueron las armas que más sorprendieron a los nativos por motivos diversos: las espadas por su resistencia y su capacidad para anular el efecto de sus armas de madera y, además, por su capacidad para herir de punta. Como ya sabemos, una estocada es mucho más letal que un golpe de filo, y la medicina de los indios estaba a la misma altura que la española: pócimas inservibles, ungüentos hediondos, compresas a base de hierbas y, en vez de rezar a Dios, menear una maraca briosamente por encima del herido para que los dioses fueran benevolentes con él y saliera vivo del brete. Por otro lado, las picas permitían ofender y mantener a los enemigos a distancia, lo que era una novedad para ellos tanto en cuanto jamás se habían enfrentado a un cuadro de picas formado por tropas profesionales y, por otro lado, las lanzas usadas por los indios medían como mucho unos 2,5 metros.


Infante español protegido por un ichcahuipilli
Las ballestas les resultaron enormemente impactantes por la tremenda potencia que podían desarrollar, especialmente las de torno y las de cranecrin. Los indios, cuyo armamento defensivo se limitaba a un escudo y un ichcahuipilli, y eso siempre y cuando se tratase de personajes de cierto estatus, no tenían nada que oponer a estas armas, capaces de atravesar sin problemas sus mínimas defensas corporales. Y en lo referente a los arcabuces, ya podemos imaginar el efecto psicológico que ejercieron: un estampido, una llamarada, y un cuñado caía al suelo fulminado con un boquete en el pecho y otro en la espalda. Cosa de los dioses, naturalmente, que estaban a favor de aquellos sujetos pálidos, barbudos y con muy mala leche. 


En un entorno así de poco o nada servía la proverbial
disciplina de la infantería española en el campo de batalla
Pero a todo lo malo se acostumbra uno, y los indios, que serían impresionables pero no tontos, acabaron habituándose a estas armas y a sacarle beneficio a los peores enemigos de los conquistadores: el clima y el terreno.

En campo abierto, los indios tenían escasísimas probabilidades de salir airosos salvo que su superioridad numérica fuese abrumadora. De ahí que optaran en muchas ocasiones por tender emboscadas aprovechando las zonas selváticas en las que la disciplina de las formaciones españolas perdía su eficacia ya que no podían desplegarse en un terreno semejante. Y en cuando al clima, el calor y la elevadísima humedad ambiental resultaban fatales para hombres embutidos en corazas de hierro, lo que los obligó a irse desprendiendo de ellas porque, total, puestos a morirse era preferible hacerlo rápidamente de un flechazo que consumido por la fatiga o por un golpe de calor. Una muestra de lo penoso que llegaba a ser el clima para los conquistadores es el hecho de que muchos hasta abandonaron el uso de calzas y zapatos, prefiriendo llevar las piernas desnudas y usar como calzado las sandalias de los indios.

Y no solo los combatientes se vieron obligados a aligerar su armamento, sino también los caballos. Las defensas de hierro habituales en estos- testeras, gruperas, etc.- fueron sustituidas por perpuntes similares a los de los humanos, algo similar a los petos que usan actualmente los caballos de los picadores. Estas defensas podían ser también de cuero en forma incluso perneras ya que los españoles tenían una verdadera obsesión por preservar a los escasos caballos disponibles. Recordemos que en América no había cuadrúpedos de estos, que llevarlos desde España era caro y complejo, y que hasta que no se empezaron a reproducir en el Nuevo Mundo la caballería era una unidad no ya de élite, sino de verdadero lujo. 

La cuestionable eficacia de ballestas y arcabuces


Arcabucero español
Aunque, como se ha comentado más arriba, estas armas resultaron enormemente impactantes para los indígenas, la realidad es que su eficacia era muy relativa dejando de lado la cuestión meramente psicológica. Es más, la realidad es que los arcos de los indios eran mucho más polivalentes y adecuados para el tipo de guerra que se desarrollaba allí si bien, afortunadamente para los hispanos, su potencia no se asemejaba ni de lejos a la de los arcos galeses al uso en Occidente. La cosa es que nunca he entendido el motivo del apego español por las ballestas, cuando estaba más que claro que el arco era mucho más eficaz en campo abierto. Sea como fuere, la gran potencia de la ballesta se veía contrarrestada por su lentitud de recarga, que hacía que mientras se completaba el proceso completo de la misma un indio podía poner en el aire hasta una decena de flechas. De hecho, en enfrentamientos en campo abierto hubo que organizar grupos de ballesteros para mantener una cadencia de tiro que contrarrestase de alguna forma a las lluvias de flechas disparadas por los indios. Para ello, mientras que uno era el encargado de disparar, tres o cuatro camaradas se afanaban en cargar y armar al menos un par de ballestas más para que en todo momento hubiera una ballesta a punto. 


Arcabuces, perros y caballos resultaban una buena combinación para
acojonar al personal, las cosas como son
Y lo mismo sucedía con los arcabuces, a los que habría que añadir una dificultad extra: la lluvia. En un clima tan húmedo y con trombas de agua repentinas, un arcabuz se convertía en un tocho de madera con un tubo de hierro que solo servía para dar estacazos al enemigo. Por ello, si a su lentitud de carga añadimos que tanto las mechas como la pólvora quedaban inutilizadas, aparte de su impacto psicológico poco más podían hacer. Una advertencia: no quiero decir con esto que ni las ballestas ni los arcabuces fueran unas armas prácticamente inútiles, sino que su eficacia en combate estaba en las Indias muy por debajo de los resultados habituales en Europa.

El armamento defensivo


Rodeleros españoles armados con coseletes.
Los almetes pronto tuvieron que ser
sustituidos por morriones o borgoñotas
Como ya hemos comentado, las armaduras al uso en España se convirtieron pronto en un estorbo más que en una protección útil. El calor las convertía en verdaderos hornos, y el copioso sudor mezclado con el hierro caliente producía severas rozaduras que, en un clima tan insalubre, podían llegar a resultar mortales al degenerar en una infección. De ahí que las armaduras completas al uso a comienzos del siglo XVI fueran aligeradas de piezas, eliminando en muchos casos las defensas de brazos y piernas para quedarse con el coselete, muchas veces sin espaldar, las escarcelas para proteger al menos parte de los muslos y que no estorbaban tanto. En cuanto a los yelmos, los que acabaron imponiéndose fueron los morriones, los capacetes y las borgoñotas ya que los almetes, las celadas góticas y las borgoñotas cerradas eran simplemente insoportables en un sitio así, prefiriéndose siempre los modelos que permitieran mantener el rostro descubierto para, simplemente, no asfixiarse. Así pues, el calor y el peso de las armas obligó a muchos a quedarse solo con el peto y el yelmo, y otros incluso prefirieron recurrir a las obsoletas cotas de malla que se recalentaban menos. Es más, el agobiante calor hizo que se adoptaran los ichcahuipilli usados por los indios ya que, al cabo, eran la réplica de los antiguos perpuntes. Estas defensas eran capaces de detener los dardos y flechas de los ejércitos aztecas, incas, etc., así que tampoco tenía mucho sentido ir armado con un arnés de 30 kilos de peso en un sitio donde cada paso que se daba era un tormento. No obstante, muchos añadían a la protección de los ichcahuipilli  la loriga, ya que siempre podían toparse con un indio cachas armado de un macuajuitl capaz de decapitar a un caballo de un tajo. 


Hernán Cortés según el magistral pincel de Ferrer
Dalmau. Este cuadro refleja el armamento
defensivo habitual de un jinete español
en las Indias
Solo los jinetes, fuerza de choque por antonomasia con la misión de romper las líneas enemigas, se mantuvieron fieles a las armaduras si bien aligerándolas dentro de unos márgenes razonables para no agotarse tanto ellos como sus monturas. La borgoñota sustituyó a los almetes, y se optó por medias armaduras o armaduras de fajas espesas, dejando las pantorrillas protegidas por sus gruesas botas de cuero. Así mismo, y a fin de limitar el peso extra en los caballos, se sustituyeron las pesadas sillas de monta a la brida por otras a la jineta, bastante más ligeras. Además, eran más útiles para el tipo de guerra que se hacía allí, donde las cargas cerradas de caballos coraza no tenían sentido.

Respecto a los escudos, los españoles llegaron a América con las mismas rodelas que usaban en Europa. Eran los mismos escudos redondos con que los rodeleros escabechaban gabachos en cantidad cuando se infiltraban entre sus cuadros de picas. Pero una rodela metálica de poco servía cuando uno tenía que llevarla encima a todas horas, acabando agotado. Debemos considerar que, según reflejan las crónicas de la época, los españoles se veían obligados a permanecer armados constantemente ante el peligro que suponía verse atacados en cualquier momento. Debido a ello, y al igual que ocurrió con las armaduras, estas pesadas rodelas fueron dejadas de lado en favor de adargas de cuero, mucho más ligeras y capaces de resistir el embate de las flechas indígenas, e incluso escudos fabricados de corcho, lo que es una clara muestra de hasta donde llegaba el empeño por aligerarse de cada gramo extra para resistir en un medio ambiente hostil y agotador en grado sumo.

La artillería


Fragmento del Códice de Tlaxcala en el que se ven varios tamemes acarreando
no solo piezas de artillería, sino incluso a personas.Como se ve en el ángulo
inferior derecho, la disciplina que imponían los españoles era bastante severa
El uso de artillería fue puntual durante la conquista. Las piezas disponibles eran escasas y, por lo general, de pequeño y mediano calibre, y su transporte por zonas donde la jungla apenas permitía avanzar a los hombres era un verdadero infierno. El terreno, como ya hemos comentado, jugaba a favor de los indígenas, convirtiendo estas terribles armas en un engorro de dudosa eficacia. La ausencia de caminos, las selvas impenetrables y los caudalosos cursos fluviales obligaban a acarrearlas desmontadas a hombros de tamemes, porteadores indios al servicio de los españoles y, en más de una ocasión, se vieron obligados a abandonarlas en mitad del camino ante la imposibilidad de seguir avanzando con ellas. Obviamente, en caso de una emboscada no servían absolutamente de nada, y ponerlas en orden de combate llevaba su tiempo ya que había que montar toda la pieza. A eso, añadir el mismo problema que adolecían los arcabuces: la humedad que inutilizaba la pólvora y las mechas. Por otro lado, esta misma humedad obligaba a usar piezas de bronce obtenidas mediante fundición ya que las viejas bocas de fuego de hierro se oxidaban en un periquete y, como ya podemos suponer, aún tuvo que pasar bastante tiempo hasta que se establecieron las primeras fundiciones en América. Además, los cañones de bronce eran mucho más caros que los de hierro, así como más complejos de fabricar.


Como vemos, la logística necesaria para hacer uso de la artillería era un verdadero alarde de voluntad y un despliegue de medios tremendo. Según el cronista Díaz  del Castillo, Cortés tuvo que emplear nada menos que un millar de tamemes para acarrear su parque artillero desde Tlaxcala hasta Méjico para iniciar su asedio,  que era donde estas armas podían desarrollar su verdadero potencial, tanto real como psicológico. Pero los problemas a la hora de emplear artillería no se limitaban al transporte o a las inclemencias del tiempo, sino también a los artilleros. Como ya sabemos, los maestros artilleros eran los únicos con los conocimientos necesarios para disparar las piezas de artillería. En una época en que cada modelo era un mundo y precisaba una determinada carga en función de diversos factores, solo los artilleros cualificados podían hacer buen uso de los tiros disponibles si no querían verlos saltar en pedazos, reventados por emplear una carga errónea. Y, como ya podemos suponer, los maestros artilleros eran tan escasos o más que los caballos, por lo que ver a uno de ellos palmarla de disentería, fiebres o simplemente acribillado a flechazos significaba simplemente que los cañones traídos desde España con tantos esfuerzos y gastos y, posteriormente, acarreados hasta su destino a fuerza de brazos, eran simplemente inútiles.

En fin, como vemos, la superioridad tecnológica española no fue tan determinante como muchos imaginan, y los indios tampoco fueron unos enemigos que salían echando leches al primer disparo de arcabuz. La conquista de América fue ante todo, al menos a mi entender, un faraónico ejercicio de voluntad férrea en el que las verdaderas armas fueron la ambición, el ansia de poder y el infinito anhelo por dejar atrás la miseria que muchos padecieron en Castilla aún a costa de ir a parar a una tierra infernal para ellos. Solo así se comprende como unos cientos de hombres lograran imponerse, por muchas armas que llevasen, a naciones enteras porque, no lo olvidemos, las armas no dan la victoria por sí mismas, sino los hombres que las manejan.

Como colofón, ahí dejo los enlaces a algunas entradas donde se estudian con detalles las armas de esa época por si alguno las desconoce.

La ballesta, tipos de proyectiles, fabricación de los mismos, espadas roperas, arcabuces, adargas y rodelas. Para consultar los diversos tipos de yelmos, mejor pinchar en la etiqueta sobre los mismos porque hay mogollón.

Bueno, ya está. Hora de la pitanza.

Hale, he dicho

lunes, 23 de mayo de 2016

Curiosidades etimológicas bélicas


Los lunes son tan desagradables que uno le desearía a todos los cuñados del planeta vivirlos a diario sin solución de continuidad hasta el último hálito de sus misérrimas vidas. Así pues, y como hoy no tengo el ánimo especialmente exultante, dedicaremos la entrada de hoy a temas etimológicos, que siempre vienen bien para saber si hacemos un uso adecuado de nuestra gloriosa lengua española.

Como ya se ha comentado en alguna que otra ocasión, en nuestras expresiones cotidianas aplicamos muchos términos sin que sepamos que son de origen militar o proveniente de términos creados por o para la milicia. En algunos casos, la realidad es que dicho origen no tienen absolutamente nada que ver con el significado actual, lo que no deja de ser asaz curioso debido a los arcanos de la evolución de las lenguas. Veamos pues algunos ejemplos:

Tiro de artillería británica durante la Gran Guerra. Por si
alguno se pregunta por qué los caballos de estos tiros siempre
llevaban un jinete encima era por algo muy simple: si por
accidente se soltaban los animales, de esa forma permanecían
siempre bajo control y no dejaban la pieza tirada
1. TIRO. Es el término que empleamos cuando tenemos noticia de que un probo ciudadano, poseído de justa cólera, echa mano a la escopeta del abuelo y escabecha a su cuñado cuando lo sorprende asaltando de forma inmisericorde su reserva de licores selectos. Decimos que "Fulano le pegó un tiro y lo dejó seco", ¿no? De hecho, asociamos por norma la palabra tiro al disparo de un arma, por lo general ligera. Un tiro de pistola, un tiro de escopeta, de fusil... Bien, pues en su origen, los tiros no tenían nada que ver con los disparos. El palabro se remonta a los primeros tiempos de la creación de la artillería, y era como se denominaba de forma genérica a las bocas de fuego independientemente de su nombre particular, ya fuesen falconetes, versos, sacres, culebrinas, bombardas, cañones, pasavolantes, ribadoquines, etc. de la misma forma que nosotros, actualmente, llamamos cañón a cualquier pieza de artillería aunque se trate de un obús, si bien hoy día el surtido de tipos de piezas es infinitamente más corto. Así pues, dichas piezas eran denominadas tiros por el hecho de que eran acarreadas por un tiro de acémilas o caballos, y se decía que un ejército llevaba, por ejemplo, diez tiros cuando llevaba consigo diez piezas de artillería sin especificar su tipo exacto. De hecho, aún se usa el término "tiro de artillería" cuando aparecen esos cañones Krupp del año de Maricastaña tirados por poderosos caballos bretones en los desfiles del Día de las Fuerzas Armadas. Seguro que no muchos habían caído en que los tiros artilleros eran el origen de los tiros a los cuñados, ¿eh?

Un estafermo
2. HOMBRE DE PAJA. Este término, actualmente muy en boga debido a los apabullantes niveles de corrupción que sufrimos a manos de la panda de ladrones que rigen nuestros destinos, también tiene un origen militar. Un hombre de paja se asimila hoy día a un sujeto que da la cara o actúa en nombre de otro que es el que, desde la sombra, manipula y atraca sin misericordia para quedar impune y, llegado el caso, a cambio de un jugoso estipendio será el que se coma el marrón y purgue en un presidio las culpas del cabecilla de la trama. Sin embargo, los hombres de paja, al igual que los cabezas de turco, estafermos o testaferros, eran unos monigotes empleados para el adiestramiento de las tropas de caballería, y como se llevaban todas las estocadas, sablazos y lanzazos sin ser culpables de nada, pues se acabó empleando para designar a todo aquel que, sin ser el responsable directo de un determinado delito, es el que da la cara o carga con las culpas de un tercero.

Un auténtico y verdadero sablazo, y de los chungos además
3. SABLAZO. Y ya que hablamos de sables, pues eso, los sablazos que hoy día nos dan los cuñados y compadres con que, gracias a sus proverbiales picos de oro, nos sacan el dinero para no devolvérnoslo jamás de los jamases. Y lo peor es que son tan hábiles que pueden sablear al mismo pardillo varias veces, aumentando con ello la deuda y dando por sentado el primo de turno que nunca volverá a ver los euros que le prestó al pedigüeño. Obviamente, de los sablazos que se llevaban los infantes de manos de las unidades de caballería armadas con sables es de donde proviene el actual término.

4. BOMBILLA. Juraría por mis sacrosantas barbas que muchos de los que me leen no han caído en la cuenta de que esos objetos de cristal que se encienden cuando le damos a un botón fijado en la pared o en una lámpara se llaman así por su similitud con las bombas. Y al decir bombas me refiero a las primitivas bombas de artillería, que eran esféricas como ya se ha explicado en su momento. Y como no eran tan grandes como dichas bombas, pues se las denominó en diminutivo: bombillas.

5. GENDARME. Todos sabemos lo que es un gendarme, término policial que no se usa en España pero sí en otros países. En cualquier caso, usamos esa palabra para denominar a los policías de uniforme de Francia, país éste de donde precisamente proviene el palabro ya que gendarme es la castellanización de gens d'armes, o sea, gente de armas, y que equivaldría a nuestros hombres de armas. Ambos, naturalmente, son términos que tienen su origen en la Edad Media.

6. TERRAPLÉN. Hoy día solemos usar este término para referirnos a desniveles con una pendiente más bien acusada. Por ejemplo, lo usamos cuando decimos que una carretera discurre entre dos terraplenes, o cuando vemos un barranco de escasa profundidad. Sin embargo, en origen se trata de un galicismo proveniente de terre plein, o sea, lleno de tierra. Era como se denominaba en la época de las fortificaciones pirobalísticas a los parapetos para las bocas de fuego, fabricados con fajinas recubiertas de tierra tras los que se emplazaban los cañones. Por extensión se acabó denominando así a la superficie de los baluartes que, curiosamente, no estaban precisamente desniveladas, sino planas como el electroencefalograma de un político.

7. LEGGINS. Es un anglicismo últimamente muy de moda para denominar unas mallas que, a modo de leotardos, usan las mujeres para infinidad de ocasiones: ir al gimnasio, para uso cotidiano, para irse al catre, etc. Sin embargo, unos leggings, que de esa forma es como se escribe en inglés, eran unas polainas abotonadas que usaba la infantería en los siglos XVIII, XIX e incluso parte del XX para protegerse las piernas desde el tobillo a la rodilla. En pureza, los leggins femeninos actuales se asemejan más a las calzas usadas por los hombres en la Edad Media. Y hablando de calzas: ir calzado sería vestir unas calzas las cuales en muchas ocasiones iban provistas de suelas, por lo que cumplían también la función de unos zapatos. Sin embargo, si nos ponemos en plan estricto, en teoría llevar puestos unos zapatos sería ir enzapatado, no calzado, ya que las calzas dejaron de usarse hace siglos, digo yo.

8. TACO. Hoy día, lanzar un taco es decir una palabra mal sonante. Hay tacos horribles como cáspita, caramba, recórcholis o carape, mientras que otros son más, digamos, suavitos: carajo, coño, host... estoooo, no, es al revés, creo. Bueno, da lo mismo, un taco es una palabra fea que se suelta como un disparo cuando la ira nos domina. Y precisamente de los disparos es de donde viene esa acepción, ya que cuando se lanzaba un taco lo que se estaba haciendo era disparar una salva, o sea, un disparo solo con la carga de pólvora y el taco que la comprimía. De ahí lo de lanzar el taco.

9. RETACO. En este caso, un retaco no tiene nada que ver con las palabrotas, sino con los ciudadanos escasos de estatura y metidos en carnes, lo que les da una apariencia rechoncha. Bien, pues ese era el aspecto de unas escopetas o carabinas de cañón corto y calibre generoso que, además, en algunos casos solían tener gruesos cañones para poder usar cargas potentes. Ese tipo de armas eran denominadas retacos, palabro que hoy día ya no tiene connotaciones belicosas, sino más bien fisiológicas.

10. SEMÁFORO. Esos chismes tan horrorosos que cambian de color justo diez metros antes de llegar al mismo, lo que nos obliga a detenernos so pena de vernos triturados por una multa feroz, eran originariamente un sistema de señales óptico, bien por espejos, bien por banderas, usados en las torres costeras para comunicarse con los buques que navegaban por las cercanías, así como el sistema de señales usado en las torres ópticas que, en los escasos años que estuvieron operativas a mediados del siglo XIX, dependían del ejército, por lo que disponían de una pequeña guarnición que podía defenderlas mediante las troneras fusileras que, por sistema, se abrían en las bases de estas torres. La aparición del telégrafo por cable relegó a la obsolescencia estos semáforos, que resucitaron un tanto cambiados cuando el tráfico empezaba a alcanzar densidades preocupantes. La etimología del término está basada en el griego: σῆμα (sema, señal) y φόρο (foro, llevo), o sea, llevo o envío una señal.

En fin, ya está.

Hale, he dicho

sábado, 21 de mayo de 2016

Los perros de guerra de los conquistadores españoles


La visión de los hombres barbudos cubiertos de hierro acompañados de
poderosos perros traídos del otro lado del mar producían verdadero
terror entre los indios
Hace ya varios billones de nanosegundos se publicó una entrada sobre el uso de estos adorables animalitos en las desavenencias entre humanos. Dicha entrada trató este interesante tema de forma generalizada, desde los remotos tiempos en que asirios o romanos se hacían acompañar por enormes molosos hasta la Edad Media, cuando eran lanzados contra las cargas de caballos coraza recubiertos por armaduras y provistos de picas y teas de resina ardiente que espantaban a los ilustres pencos de los caballeros. Así pues, y considerando que los perros de guerra jugaron un papel importantísimo en la conquista del Nuevo Mundo, estimo que no estaría de más tratar este tema de forma más detallada. Al cabo, en muchos casos podríamos asegurar que muchas de las victorias de los españoles sobre los indios se debieron en gran parte a estos fieros animales. Veamos pues...

Antes de nada y para comprender el tremendo impacto que supuso la llegada a las Indias de los perros de presa españoles convendría saber qué tipos de cánidos existían en el Nuevo Mundo donde, al contrario que los caballos, los perros ya formaban parte de la vida de los humanos desde hacía 8.000 años. Sin embargo, estos animales eran todo lo opuesto a los alanos, dogos y mastines hispanos: muy dóciles, mansos, simples perros falderos que, en algunos casos, incluso eran criados para ser sacrificados en sus ritos religiosos así como para ser comidos como si se tratase de un conejo o un pollo. Algunas de estas razas ni siquiera ladraban y, en todos los casos, no mostraban agresividad en ningún momento. En definitiva, pacíficos chuchos domésticos que solo se preocupaban de comer y dormir. El afecto que sentían los indios por sus perros llegaba al extremo de que, según fray Reginaldo de Lizárraga, cuando los sacaban a pasear ni siquiera permitían que caminasen, sino que los llevaban en brazos. Cronistas españoles como fray Bernardino de Sahagún dieron cumplida cuenta de las razas más representativas, las cuales podemos ver en la ilustración superior, tres de ellas, de la A a la C extraídas del Libro XII de la Historia General de las Cosas de Nueva España, también conocida como el Código Florentino, obra de este autor. 

Ejemplar de xoloitzcuintli. Como se ve, es feo de cojones.
Parece un gremlim de esos, ¿verdad?
El A es el llamado xoloitzcuintli, un perro al que desde que era cachorro le aplicaban una resina para que perdiera el pelo. A cambio de dejarlo en cueros, por la noche los cubrían con mantas no se fueran a resfriar. Esta raza estaba considerada como sagrada ya que acompañaban a los muertos en su viaje al Más Allá, por lo que cuando el dueño palmaba liquidaban al chucho y lo enterraban junto a él. El B es un izcuintli, un animal de tamaño medio que era considerado como una especie de mestizo. El C es un ejemplar de talchichi, una raza destinada sobre todo como alimento. De hecho, eran castrados para que engordasen con más rapidez y eran ofrecidos en los mercados junto a pollos, pavos, etc. Los españoles los llamaban perrillos comestibles, y ciertamente en más de una ocasión tuvieron que catarlos al verse sin otra cosa que llevarse a la boca. De hecho, se extinguió debido a la escasez de carne que solían padecer los españoles. Por último tenemos el D, un perro mudo denominado gozque, otra raza también destinada a servir de alimento al igual que como animal de compañía o para ser sacrificado a los dioses. Según la RAE, el término gozque proviene de gozc, que era la voz que usaban los indios para llamar a los perros. Al parecer, esta raza tenía una carne especialmente buena, hasta el extremo de que los españoles los comían deleitándose con su sabor, y bastaba abrirlo por el espinazo, abrirlo como si de un lechón se tratase, y asarlo. Por cierto que de esta raza solo nos quedan las piezas de cerámica como la que mostramos ya que se extinguieron.

Como vemos, las razas amerindias no tenían más rasgos en común con los perros de presa hispanos que pertenecer a la misma especie animal. Los indios llevaban desde siempre conviviendo con unos chuchos apacibles, totalmente indefensos y que solían servir de primer plato en muchas ocasiones. Obviamente, el impacto que les produjo la llegada de los perros españoles debió ser bestial.

Ilustración del Códice de Florencia que muestra el
desembarco de las tropas de Cortés en Méjico. Junto al
ganado, echado en el suelo en actitud vigilante, aparece
un perro guardián
Los perros procedentes del Viejo Mundo llegaron a las Indias en 1493, en el segundo viaje de Colón. El encargado de organizar la flota fue Juan Rodríguez de Fonseca, en aquel momento deán de la catedral hispalense el cual hizo embarcar una veintena de mastines y galgos, así como reses de diversas especies que no existían en las Indias para comenzar la colonización. Cabe suponer que, inicialmente, el envío de estos perros no tenía relación con un posible uso militar, sino de guarda y de caza. No obstante, cuando la expedición llegó a La Española y vieron que los indios habían arrasado el fuerte de la Navidad y no habían dejado títere con cabeza, Colón tuvo claro que los perros embarcados por el deán iban a serle de gran ayuda en cuanto se percató del espanto que producían en los indios. Eran animales muy grandes, fuertes, que emitían poderosos ladridos y, sobre todo, extremadamente agresivos. 

A la izquierda tenemos ejemplares de las razas utilizadas por los conquistadores para dedicarlas a fines militares. El A es un majestuoso mastín, unos animales que pueden alcanzar los 100 kilos de peso y que, a pesar de su carácter en apariencia indolente, en situación de defensa y ataque se convierten en verdaderas fieras, y de eso doy fe porque tuve dos de esos animalitos. El mastín más conocido en su época fue Amadís, propiedad de Juan de Rojas, gobernador de Santa Marta. Este animal ganó fama durante las represalias contra las poblaciones de Bonda, Pocigueyca y Taironaca. El B es el famoso alano, una raza que se la creía extinta hasta que hace unos 30 años se pudo recuperar. Los alanos son también una raza autóctona española que produce unos perros que, aunque de tamaño medio, unos 60 cm. hasta la cruz, son increíblemente fuertes y muy agresivos. Además, son extremadamente fieles y muy inteligentes, siendo el paradigma de estos chuchos los famosos Becerrico y su hijo Leoncillo, los que ya fueron mencionados en la entrada dedicada a los perros de guerra. Estos dos animales producían tal pavor entre los indios que incluso cuando lograron acabar con ellos los españoles procuraron propalar por todas partes que seguían vivos para aumentar el mito en que ambos se habían convertido. El C es un dogo español, un animal de una alzada un poco más pequeña que el alano pero igualmente poderoso. Por último, en D tenemos un lebrel o galgo español, raza que se usó más con fines venatorios pero que, llegado el caso, también hizo un buen servicio como perro de guarda e incluso para atacar a los indios. Prueba de ello fue el comportamiento de Bruto, un galgo propiedad de Hernando de Soto el cual era especialmente hábil a la hora de atrapar indios huidos, como en un caso en que fue capaz de derribar uno tras otro a cuatro de ellos una y otra vez hasta que sus amos llegaron y los apresaron de nuevo. Aunque es un perro muy enjuto, su alzada supera los 70 cm. lo que no es moco de pavo y, como es lógico, capaces de atrapar al indio más veloz como si tal cosa.

Alano español en actitud un poco agresiva. Induda-
blemente, verse atacado por ese adorable chucho
debía ser muy desagradable
Pero el uso militar de estos perros no solo se limitaba al ataque sin más. Antes al contrario, eran también extremadamente útiles como centinelas, para descubrir las trampas que los indios solían poner en los senderos y, quizás lo más importante, para hacer frente a estos cuando tendían una emboscada en plena jungla sin dar tiempo ni a calar las cuerdas en los arcabuces o a armar las ballestas. Y no solo protegían a sus amos de los ataques de los indios, sino también de las fieras que poblaban la selva, haciendo frente y derrotando a las panteras y jaguares que, de vez en cuando, aparecían para atacar a los caballos o reses de los campamentos. Cada perro tenía asignado un adalid a modo de guía canino, el cual se encargaba de su cuidado, alimentación y adiestramiento. Bastaba darles la orden de "¡Tómalo!", "¡Es ido!" o "¡Búscalo!" para que estos feroces perros se abalanzaran contra cualquiera sin dar muestra en ningún momento de miedo o recelo. Hay gran cantidad de testimonios de los cronistas españoles de la época que narran como estos adalides no dudaban en lanzar su perro contra algún indio huido, permitiendo luego, cuando era atrapado, que el animal lo despedazara literalmente y se lo comiera, lo que contribuía a aumentar el terror cerval que estas bestias despertaban entre los nativos. 

Para ayudar a provocar más pánico, los adalides equipaban a sus perros con carlancas o carrancas, unos collares rígidos de gran anchura que ya se usaban en España desde los tiempos más remotos para proteger el cuello de los perros de guarda de los ataques de los lobos. Si a las carrancas se les añadía el corte de orejas y del rabo, el desdichado que se viera atacado por uno de estos chuchos estaba perdido ya que no podía echar mano a ninguna parte de la anatomía perruna para intentar quitárselo de encima. En las fotos de la izquierda podemos ver varios ejemplares en los que destacan las largas y aguzadas puntas que imposibilitarían agarrar al perro por el pescuezo. En la foto inferior vemos un alano provisto de uno de estos collares el cual le abarca toda la longitud del cuello. Además, las chapas donde se articulan los petos protegen al animal de golpes propinados con armas cortantes.

Pero además de estos collares, a los animales más selectos les proveían de una pechera denominada carlanca de lanceta que, como vemos en la ilustración de la derecha, estaban armadas con afiladas hojas o pinchos. Para protegerlos de las flechas y dardos envenenados de los indios les añadían un escaupil, castellanización del término ichcahuipilli, una prenda similar a los perpuntes al uso en Europa, la cual estaba fabricada con algodón y era la armadura habitual de los indios. Los escaupiles, endurecidos a base de baños en salmuera, era sumamente eficaces a la hora de detener los proyectiles enemigos, sobre todo los untados con curare. Obviamente, para los conquistadores estos animales tenían un valor enorme, y se esforzaban en protegerlos como fuese. La pérdida de uno de ellos no solo suponía un gran quebranto a las tropas, sino motivo de regocijo para los indios, que veían que aquellas temibles bestias eran vulnerables.

Una "montería" de indios. Esta aberrante acción fue
perpetrada en muchas ocasiones. 
Con el paso del tiempo los perros de guerra se utilizaron cada vez más, y no ya en batalla, sino como medio de represión contra los indios rebeldes o para someter a los caciques que no se prestaban de buen grado a colaborar con los conquistadores. En algunos casos se llegó incluso a alimentarlos por sistema con carne humana ante la indiferencia de los capitanes que mandaban las tropas, y hasta se llegaron a organizar cacerías humanas de indígenas para obtener carne con qué dar de comer a sus chuchos. A esto habría que añadir los aperreos con que se castigaba a los sediciosos o a los reos de sodomía o bestialismo, pecados nefandos que los españoles aborrecían. Un ejemplo de ello sería el aperreo al que Balboa sometió al hermano del cacique Cuareca, al cual encontraron con unos cuarenta homosexuales como él vestidos de mujer, costumbre esta que, al parecer, adoptaban los indios para dar a conocer sus apetencias sexuales al personal. Está de más decir que todos fueron despedazados ante la rechifla de Balboa y su gente. Así mismo, se recurría al aperreo como escarmiento en casos de rebelión, como hizo Pedro de Ursúa con los 1.200 esclavos negros que se amotinaron en Panamá en 1522 al mando de un tal Bayano. Tras sofocar la revuelta, el cabecilla fue enviado a España para ser juzgado mientras que muchos de los rebeldes, enviados de vuelta a Panamá y a Nombre de Dios, fueron aperreados en presencia de sus compinches para quitarles las ganas de volver a amotinarse sin permiso.

Un aperreo contra un cacique
Finalmente y ante las protestas del clero ante el emperador Carlos, éste promulgó en octubre de 1541 una Real Cédula en la que no solo se prohibían los aperreos entre los indios, que al cabo eran tan vasallos suyos como un zamorano, sino que también se ponía término a la existencia en el virreinato del Perú de "perros carniceros", como eran denominados. Además, se ordenaba matar a los ejemplares adiestrados para la guerra, si bien dudo mucho que se llevase a cabo semejante orden con la prontitud y el rigor debido. En años sucesivos estas medidas se fueron extendiendo por todos los territorios de la corona, llevándose a cabo matanzas de estos animales que tan buen servicio habían prestado. Con todo, al fin y al cabo los perros solo eran culpables de hacer lo que les mandaban. Esto provocó que muchos de estos animales, quizás abandonados por sus dueños, se asilvestrasen, provocando grandes matanzas de ganado que causaban enormes pérdidas entre los colonos, llegándose en algunos cabildos a recompensar a los vecinos que lograran matar al menos dos perros al mes, para lo cual debían presentar como prueba sus orejas.

Al final, el término de la conquista propiamente dicha y la normalización de las relaciones entre los amerindios con los españoles supusieron el abandono definitivo de los perros de guerra en las Américas. Las razas autóctonas fueron desapareciendo debido al enorme consumo como alimento que de ellos se hizo, mientras que las importadas desde España se difundieron y mezclaron entre ellas con otros fines más pacíficos, como perros de guarda, de pastor o de simple compañía.

Bueno, es hora de merendar, así que sanseacabó.

Hale, he dicho

Almagro parte a descubrir tierra al sur del Perú en 1536. Al frente camina un adalid con dos enormes perros