jueves, 21 de enero de 2021

TRAMPAS PARA BOBOS. ESTACAS PUNJI

 

Dos sonrientes charlies plantando mogollón de estacas a la espera de que algún yankee despistado le de por pasearse por ahí. Eran efectivas y no costaban un duro, o sea, el arma cuasi perfecta

Si alguna vez nos preguntan por el paradigma de la ley del máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo o costo, sin lugar a dudas debemos responder que son las estacas punji. Mientras que los yankees tenían que invertir literalmente millones de dólares en liquidar a un probo vietcong canijo y su bicicleta mohosa que circulaba por la Ruta Ho Chi Minh, ese mismo probo vietcong podía mandar al hospital una temporada, cuando no directamente a la fosa, a un probo imperialista yankee con un puñado de cañas de bambú que no le habían costado más que el trabajo de sacarle punta. Y a eso, sumarle el devastador efecto psicológico que ejercía sobre los compadres del yankee el oír a este berreando como gorrino en día de matanza y viendo como una o varias estacas ensangrentadas sobresalían de sus botas o sus pantalones. Colijo que si a la mayoría nos da bastante repeluco que nos pongan una inyección en el culete, pues que te claven un palo en cualquier punto de la anatomía debe dar mucho más repullo, y más de uno preferiría recibir un disparo antes que verse como Drácula al final de la peli o con una bayoneta en la barriga. 

Trampa de pozo para lobos localizada en Baviera

En realidad, eso de cavar un pozo y llenarlo de palos afilados es de mucho antes de los tiempos de Noé. Algún HOMO SAPIENS tuvo la ocurrencia para no tener que jugarse el pellejo a la hora de cazar a un poderoso búfalo o incluso a un fiero oso, cuya carne es al parecer muy sabrosa. Bastaba con preparar la trampa y, haciendo mucho jaleo y tal, obligar a animal a encaminarse por un determinado sendero donde lo esperaba el pozo mortal. Cuando caía, su propio peso lo empalaba en las estacas, y solo había que rematarlo a lanzazos y pedradas o, simplemente, esperar a que palmara desangrado. Cabe suponer que no debió pasar mucho tiempo hasta que los humanos se percataran de que estos pozos también tenían uso militar, en aquella época limitados a conflictos tribales por el control de un determinado territorio o, posiblemente, incluso para defender la entrada de la cueva de la inopinada visita de algún cuñado que, atraído por el penetrante aroma de una chuleta de mamut a la brasa, intentaba colarse a gorronear un poco.

Haciendo acopio de planchas erizadas de piquetas de hierro

Sea como fuere, lo cierto es que eso de preparar trampas ocultas con porquerías punzantes dentro se convirtió en costumbre hasta que en Europa, más evolucionados en la cosa bélica que el resto del mundo, empezaron a matarse a nivel industrial con armas más sofisticadas y con estrategias que permitían obviar viles artimañas. Además, a la vista de la magnitud de los ejércitos que empezaron a moverse en el continente, cavar un pozo con capacidad para toda una hueste era un poco complicado, así que se dejaron de lado. Sin embargo, en Asia y África se siguieron empleando estas trampas si bien con fines venatorios, lo que no era óbice para desecharlas cuando había que hacer ver al vecino que su visita no era bien recibida, y se le instaba a que se largase por donde había venido. Estas trampas serían las abuelas de las tristemente célebres estacas punji que tanto dieron que hablar y tantas suelas agujerearon en el interminable conflicto de Indochina y, tras darle las del tigre a los gabachos (Dios maldiga al enano corso), Vietnam, donde le dieron también las del tigre a los imperialistas yankees autoproclamados líderes del mundo libre por haber ayudado a mandar a hacer gárgaras al ciudadano Adolf apenas 20 años antes.

Prisioneros gabachos tras la humillante derrota de Dien Bien Phu,
librada entre marzo y mayo de 1954. Se les trasladó a los campos
de prisioneros situados en la frontera china, a más de 600 km. de distancia,
en un paseo de 40 días de duración. Muchos se quedaron en el camino

Bien, dicho esto imagino que ya nadie tendrá dudas acerca del origen de estas cruentas trampas pero, ¿de dónde salió eso de punji? Como no podía ser menos, hay varias teorías. Una afirma que lo tomaron los british (Dios maldiga a Nelson) hacia 1872, siendo un término originario del tibetano-birmano con el que designaban a las cañas de bambú con que los nativos de Bengala sembraban los pozos para cazar tigres y demás fieras. Otra afirma que las usaron los kachin, un pueblo vecino de Birmania, pero no contra los tigres, sino contra los british. Sea como fuere, lo cierto es que punji era el nombre que le daban a las cañas de bambú afiladas para ser usadas como trampa, y que el palabro fue importado por los hijos de la Gran Bretaña, que para eso fueron los primeros europeos en conocerlas. Por otro lado, los que las sufrieron en sus propias carnes antes que nadie no fueron los yankees, sino los gabachos, como ya comentamos más arriba.

Desembarco de los yankees en Da Nang el 8 de marzo de 1965. Lo
último que imaginarían era que una década más tarde tendrían que salir
de allí por patas a pesar de su abrumador poder militar

Aunque la popularización de estas trampas para bobos fue obra de los primeros, lo cierto es que los segundos ya tuvieron ocasión de comprobar lo desagradables que eran durante el conflicto que, entre 1946 y 1954, mantuvieron con la otrora apacible colonia de Extremo Oriente convertida en un avispero comunista. Indochina, que comprendía Laos, Camboya y Vietnam, fue el penúltimo reducto colonial francés, y tras ocho años de cruenta guerra optaron por largarse en buena hora porque aquello no valía la sangre y el dinero que llevaba costado, y con Ho Chi Minh y sus muchachos a un paso de sus aliados chinos y soviéticos estaba claro que tenían ya poco futuro por aquellos lares por mucho que insistieran en que Saigón era el París del Lejano Oriente. La llegada de los sobrinos del tío Sam para poner freno a la expansión comunista por aquellos lares obligó al Vietcong a recurrir a todo lo imaginable para hacerles frente ante la descomunal diferencia de capacidad tecnológica y militar, así que las ancestrales estacas retomaron un siniestro protagonismo en el momento en que los yankees, chorreando seguridad en sí mismos por ser los líderes del mundo libre y tal, empezaron a caer en las trampas tendidas por los malvados esbirros del comunismo y verse agujereados por simples palos. Aquel ardid tan básico empezó a poner de los nervios al personal, porque cuando patrullaban por la jungla no sabían si el paso siguiente sería el paso que les conduciría del Más Acá al Más Allá o, en el mejor de los casos, al hospital con uno o varios agujeros en sus pellejos. En fin, ya vale de introito y vamos al grano de una vez...

En primer lugar debemos desechar dos tópicos, a saber: durante el conflicto, el término "punji stick", estaca punji en cristiano, fue más generalista. Ya no solo eran cañas de bambú afiladas y con la punta endurecida con fuego (foto 1), sino también simples palos igualmente afilados y endurecidos (foto 2), así como finas piquetas de hierro armadas con un arponcillo en el extremo para dificultar, cuando no imposibilitar, su extracción (foto 3). Según el tipo de trampa se usaban indistintamente unos u otros, o incluso combinaciones de ellos según se aprecia en algunas fotos de trampas descubiertas a tiempo por los yankees. Y para aumentar sus nocivos efectos tanto en los organismos como en las psiques del personal, embadurnaban las estacas con heces humanas, estiércol y, en un alarde de sádico refinamiento, mierda de cuñado, la más letal de todas. El otro tópico desechable es que el Vietcong poco menos que había sembrado todo Vietnam del Sur con sus trampas para bobos, pero lo cierto es que estaban distribuidas de forma muy específica y con bastante mala leche, aprovechando al máximo sus ínfimos recursos para sacarles el máximo partido.

Una LZ ideal para sembrarla de trampas: libre de árboles, pero con una
espesa cobertura de hierba que llega por encima de las rodillas y que impide
ver el suelo donde hay decenas de pozos preparados para dar la bienvenida

Por lo tanto, buscaban los lugares óptimos para ello, e instalaban un tipo determinado de trampa según el lugar como veremos más adelante. En todo caso, los sitios habituales eran los senderos practicables en la jungla, los canales y arrozales por donde circulaban las patrullas yankees, las proximidades de las aldeas o incluso las chozas donde mantenían depósitos de armas, municiones y pertrechos, los túneles donde se aventuraban los sufridos ratas y, sobre todo, las LZ (Landing Zone), las zonas donde solían tomar tierra los helicópteros UH-1 para descargar a toda prisa al personal cuando llevaban a cabo algún tipo de ofensiva o para transportar refuerzos a una posición comprometida. En esos casos, rodeaban la LZ con pozos y, cuando se producía el desembarco de tropas, abrían fuego para obligar a los hombres a desperdigarse a toda velocidad en dirección a la jungla en busca de refugio. Obviamente, cuando te están friendo a tiros nadie se preocupa de caminar cuidadosamente sin perder de vista el suelo, por lo que las víctimas de las trampas en situaciones de ese tipo aumentaban de forma notable, lo que obligaba a evacuarlos en el viaje de regreso de la siguiente oleada. La visión de los heridos afectaba como es lógico la moral de los recién llegados, por lo que los efectos de las puñeteras estacas era aún mayor. Por un lado, habían producido varias bajas, y por otro, sus colegas se acojonaban aún más imaginando qué les esperaría en la espesura de la selva. Más aún: si la LZ se encontraba en una zona cubierta por hierba de una altura respetable, los vietcong incluso plantaban estacas del grosor y la longitud adecuados- de hasta 1,80 metros de largo a veces- para perforar la fina chapa de aluminio de los Huey cuando tomaban tierra, llegando a herir de gravedad a los sufridos pasajeros que, antes siquiera de poderse bajar del helicóptero, ya sentían en sus imperialistas culos los efectos de las dichosas estacas.

Canal donde asoman algunas estacas. Esquivarlas suponía plantar
el pie precisamente donde estaba la verdadera trampa

Por otro lado, los charlies habían desarrollado una refinada capacidad de engaño a la hora de despistar a sus enemigos. Sabedores de que los yankees aumentaban cada vez más las precauciones cuando se movían por zonas susceptibles de topar con una de estas trampas, solían colocar algunas que pudieran ser descubiertas con cierta facilidad, ni tan ocultas como para pasar desapercibidas, pero ni tan descaradas que indujesen a sospechas. Alguna punta asomando en la superficie de un canal como consecuencia de una bajada del nivel del agua... un pozo cuyo camuflaje dejaba a la vista una pequeña parte de la estructura de cañas que lo ocultaba... en resumen, pseudo-trampas que hacían que el personal se relajase dando por sentado que ya no habría peligro. Pero de eso nada. Las verdaderas trampas estaban precisamente donde cualquiera las pondría, pero como descubrir las falsas había hecho bajar la guardia a las tropas, pues caían como gazapos. En la última parte del artículo veremos con más detalle qué tipos de heridas producían así cómo el tratamiento a seguir con ellas, pero lo cierto es que las más leves causaban una baja que suponía un mínimo de dos o tres semanas lejos del frente. Así pues, un mísero cacho de palo embadurnado de mierda era capaz de inutilizar a un soldado cuyo entrenamiento, armas y equipo costaban miles de dólares, más el gasto médico y el infalible shock psicológico causado tanto en el herido como en sus compañeros. Y, ojo, hablamos de las heridas más frecuentes producidas en las extremidades inferiores pero, aunque en menor porcentaje, también las sufrieron en el tronco, los brazos y la cabeza, aparte de los que palmaron sin más. Lo dicho, el arma cuasi perfecta.

A los yankees se les olvidaba de inmediato lo de "conquistar corazones
y mentes" en cuando se ponían nerviosos y hacían pagar a la población
civil sus supuestas traiciones. Eso solo les sirvió para ganarse más enemigos

Veamos a continuación los tipos más habituales porque, como ya podrán suponer, estas trampas podían adoptar infinitas formas, tantas como magines de los malvados charlies había en el planeta. Además, ni siquiera se tenían que molestar en arriesgarse a buscar las cañas o los palos para preparar las trampas. Como tenían acojonados a todos los habitantes de las aldeas del Sur, los obligaban a colaborar con una determinada cuota a modo de "impuesto revolucionario" si no querían verlos aparecer con sus monos negros y su armamento chino o ruso y fusilar al jefe del poblado y sus compadres. 

Vietnamitas haciendo acopio de bambú para cumplir su cuota de cañas
con el Vietcong de su sector
Así pues, se limitaban a decirles qué cantidad debían cosechar y le indicaban un punto donde debían depositarla. Ellos se encargarían de recogerla al amparo de la noche, cuando los yankees dormían el sueño de los justos y nadie se atrevía a internarse en la jungla ni para cobrar una Primitiva con bote de los gordos. No olvidemos que el Vietcong había implantado un régimen de terror sumamente eficaz que convertía a los desdichados vietnamitas del sur en víctimas de los dos bandos: el Vietcong los obligaba a colaborar bajo pena de muerte, y los yankees y el ARVN (el ejército regular de Vietnam del Sur) los consideraban por ello traidores y no dudaban en quemarles las aldeas, las cosechas y, de paso, cargarse a los que consideraban responsables de la supuesta traición. En fin, esas sí que fueron verdaderas víctimas inocentes del todo y castigadas por todos.

TRAMPAS DE POZO

Obviamente, eran las más habituales. Bastaba cavar un pozo cúbico de unos 40 cm. de lado y 60 de profundidad que, en caso de que el terreno fuera poco consistente, se forraba con un cajón hueco de madera para impedir que un desprendimiento estropease la trampa. No obstante, las dimensiones podían variar en base al emplazamiento o al simple arbitrio del que la preparaba. En el fondo se clavaban varias estacas, ya fueran cañas, palos o piquetas, generalmente de entre 30 y 60 cm. de longitud (foto A). Una vez clavadas las estacas, el pozo se cubría con un entramado de cañas y una estera de juncos que, finalmente, quedaba oculta con maleza, hojarasca o, si el terreno era propicio, con barro (foto B). La cuestión era que bajo ningún concepto el enemigo pudiera sospechar que allí había un hoyo que podía darle a cualquiera un disgusto de los gordos.

Una variante de esta trampa era un pozo de mayor tamaño que estaba cubierto por una tapa basculante. Como vemos en el gráfico, tenía una longitud de cuatro metros y dos y medio de profundo, por lo que el desdichado que se cayera ahí lo tenía crudo, y sus compañeros se encontraban en un verdadero problema para sacarlo sin herirse ellos mismos. La tapa oscilaba sobre un eje que, a su vez, estaba bloqueado por una caña transversal que actuaba como bloqueo, pero que se partía en cuanto sentía el peso de un hombre sobre ella. Cuando se pisaba, el travesaño se rompía, la tapa giraba y el pozo se tragaba a la víctima. Y lo peor era que, gracias a sus generosas dimensiones, podían caer dos o más hombres si eran tan imprudentes como para caminar demasiado cerca unos de otros. 

Una variación de esta trampa basculante la podemos ver a la derecha. En este caso, el paseante de turno pisaría una plataforma de madera que, debido a su peso, giraría sobre un eje, elevando otra plataforma erizada de punjis. La víctima, al resbalar hacia abajo, no sería alcanzando en las piernas, sino que las estacas o piquetas se le clavarían en el abdomen, el pecho o incluso la cara. Este tipo de trampas ya eran mucho más serias, y no hablamos de piernas o pies perforados, sino de heridas incisivas que podían alcanzar una gran profundidad y, por ende, interesar algún órgano vital. Uséase, que podía dejar listo de papeles al desgraciado que la pisase. Si las estacas alcanzaban el pecho y perforaban uno o los dos pulmones, un neumotórax podría liquidarlo en menos que canta un gallo, y todo ello sin contar con las heces que entrarían en la máquina de respirar y que se propagarían por su interior con las consecuencias que podemos imaginar. En resumen, aunque lo habitual era que las estacas punji provocaran heridas relativamente leves, lo cierto es que algunas trampas podían producir la muerte sin dar siquiera tiempo a evacuar al herido.

Aparte de lo que llevamos visto, el esquivar un pozo no implicaba en modo alguno verse a salvo porque los taimados esbirros del Vietcong ponían a veces varias trampas consecutivas, como vemos en la foto A. En la foto B podemos apreciar con más detalle el cuidadoso entramado a base de cañas con que cubrían los pozos, suficientemente fuerte para soportar el peso de una esterilla de juncos y una cobertura de maleza, tierra o barro sin problemas, pero que cedería ante la masa de un yankee de Alabama de 80 kilos más los 30 del equipo, las municiones y las armas, exceso que, por cierto, contribuía a clavarse las estacas aún más profundamente. En la foto C vemos un pozo descubierto con las asquerosas estacas apuntando hacia arriba como los colmillos de una mala bestia ávida de carne de imperialista defensor de la democracia y tal.

La contrapartida a pequeña escala eran las denominadas "trampas para osos", por su similitud a un artificio similar usado por los tramperos del Nuevo Mundo. Como podemos ver, era un pequeño pozo donde se colocaban dos tablas erizadas de piquetas que, al pisarlas, se cerraban hacia el interior, clavándose profundamente en la pantorrilla del soldado. Para aumentar sus efectos, las tablas podían unirse con un alambre de forma que, al pisarlo, el mismo peso del hombre hacía que las tablas se cerraran aún con más fuerza, como si de un cepo se tratase. Si encima añadían otra piqueta más en el fondo del pozo, pues los efectos eran aún más terribles. En el detalle vemos una foto que muestra cómo un pie podía verse atrapado en las piquetas. Como protección ante estas trampas, algunos yankees recurrían a las latas de las raciones de combate. Eliminaban las tapas de la lata y las abrían en sentido longitudinal, creando así una rudimentaria greba que se colocaban en la pantorrilla. Esta defensa era de utilidad si el pozo era poco profundo o en vez de piquetas se usaban cañas o palos, pero de no ser así el daño estaba garantizado.

Para terminar con el surtido de trampas de pozo veamos la que se me antoja como más cruelmente refinada y que mostramos a la izquierda. En un pozo normal se introducía una estructura metálica a base de varillas soldadas y sujetas a una base de madera de donde emergía una piqueta. En la parte superior del armazón se añadían otras seis piquetas barbadas orientadas hacia abajo. El "mecanismo" era más básico que los estudios de un político: el que metía la pata se veía con el pie atravesado, y si tiraba hacia arriba se clavaría las piquetas de la parte superior en la pantorrilla. Al que cayera en esa trampa solo se le podría liberar si se cortaban las malditas piquetas, y de no disponer de herramientas para ello tendrían que evacuarlo al hospital con el chisme ese unido a la pierna. Supongo que a la víctima lo pondrían hasta las cejas de morfina para soportar el traslado sin que los alaridos se oyeran en Indonesia como poco.

TRAMPAS DE SUPERFICIE

Cuando el terreno era propicio por la abundancia de maleza o a la hora de cruzar canales o cualquier curso fluvial, eran especialmente eficaces las planchas erizadas de piquetas. Las turbias aguas llenas de lodo impedían ver más allá de la superficie, y cualquier vado o sendero cortado por un canal era susceptible de poner varias de estas trampas como la que aparece en el detalle de la foto de la derecha. Eran simples tablas de buen grosor o, mejor aún, unas chapas de hierro donde se soldaban las piquetas barbadas. De ese modo no se volcarían con la corriente y permanecerían siempre erguidas. Como se puede ver, la densidad de las piquetas haría que si alguien las pisaba se vería con el pie perforado en al menos dos o tres sitios.

Y si el curso fluvial estaba cruzado por una pasarela, pues la cortaban por el centro de forma que se partiese con el peso de varios hombres. En ese momento, todos los que se encontrasen sobre la pasarela irían de cabeza al agua, cayendo sobre las estacas repartidas alrededor. En la mayoría de los casos, estas trampas se encontraban en canales que podían subir o bajar de nivel de un día para otro ya que formaban parte del sistema de regadío del país, por lo que tenían que tomar dos precauciones para el caso de que una repentina bajada no dejase las estacas a la vista. Una era bloquear el portillo que regulaba el paso del agua. La otra era cubrir con barro las estacas, por lo que estas quedarían invisibles pero sin perder eficacia ya que un cuerpo al caer no se vería amortiguado por la capa de fango. 

TRAMPAS COLGANTES

La que vemos a la derecha se usaba por aquellos lares para la caza del tigre, al parecer. Estaba construida con una pesada estructura de ramas o cañas gruesas donde eran atadas varias estacas con las puntas hacia abajo. Una vez lista, se suspendía de cualquier árbol cuyas ramas se encontrasen situadas justo encima de un sendero frecuentado por los yankees. La trampa la accionaba el que encabezase la patrulla tirando sin darse cuenta del alambre que cruzaba el sendero (foto A). Al instante, el alambre tiraría de la pieza de madera que mantenía la trampa elevada (foto B), y esta caería de inmediato (foto C) hasta detenerse a escasa distancia del suelo (foto D). Como podemos apreciar, las estacas usadas en estas trampas eran de una longitud generosa, por lo que si el que había activado la trampa se daba cuenta y se tiraba al suelo sería igualmente alcanzado. 

Otra, también usada desde tiempos inmemoriales, era una trampa de péndulo cuyo sistema de accionamiento era similar al anterior. La diferencia radicaba en que, en vez de tener una caída vertical, la trampa descendía de un lado a otro, cruzando el sendero. En este caso se usaban pesadas masas erizadas de estacas (foto A), bloques de hierro macizo igualmente erizados de piquetas barbadas (foto B) o incluso enormes pelotas de barro en donde se incrustaban las estacas antes de que se secara. A más peso, más rápido caían sobre el candidato a víctima. Si se daban las circunstancias idóneas podían instalarse de forma que cayesen desde delante, longitudinalmente al sendero, por lo que podrían golpear a más de un hombre. Obviamente, en este caso también se producirían heridas mortales. Las trampas colgantes añadían un plus de angustia existencial a los yankees que no podían ir como los camaleones, con un ojo mirando al suelo y con otro a las ramas de los árboles.

Bien, básicamente, este era el surtido de trampas habituales, y como vemos no era precisamente escaso. De hecho, podríamos añadir un par de ellas más. La primera la vemos a la derecha. Era lo que lo yankees denominaban una "bamboo whip", látigo de bambú, y los british una "puerta malaya". No hace falta un largo discurso para entender su funcionamiento: una gruesa caña de bambú era colocada entre dos árboles que harían las veces de resorte. Al flexionar la caña hacia atrás, en el momento en que se liberase el retén que la mantenía sujeta los dos árboles la empujarían violentamente hacia adelante al recuperar su verticalidad. En el extremo ya vemos la sorpresa: una plataforma de tablas erizada de estacas y piquetas. A capricho del que preparaba la trampa, esta podía impactar en las piernas o el cuerpo del que la
activase pero, en todo caso, conste que si golpeaba en el cuerpo tenía todas las papeletas para dejar a un fulano en el sitio convertido en un acerico. ¿Recuerdan la peli de "Acorralado"? Pues esta trampa es la que usa el enloquecido y muy cabreado John Rambo para dejar fuera de combate a uno de sus perseguidores, en este caso con las piernas atravesadas por las puñeteras estacas.
 
La otra era una trampa que actuaba por gravedad. Como vemos en las fotos, se instalaban en las puertas de las chozas susceptibles de ser registradas por las patrullas que buscaban depósitos de armas y municiones que el Vietcong obligaba, de buen o mal grado, a almacenar en las aldeas bajo su control. En la foto A vemos a un probo imperialista a punto de entrar en una choza. Tironcito del alambre y la T erizada de estacas se le estampaba en la barriga. La foto B nos muestra la misma trampa ya desactivada, y si nos fijamos bien veremos que las cinco hileras de estacas están formadas por parejas, para chinchar más y mejor. Estas trampas no requerían la acción de ningún resorte ya que su propio peso bastaba para producir los efectos deseados con un simple movimiento pendular.

Bien, y visto lo visto, ¿de qué medios disponía el ejército más poderoso del mundo para esquivar o protegerse de este amplio surtido de putaditas? Pues prácticamente ninguno. No eran detectables con la ayuda de perros ya que estaban fabricadas con materiales "ecológicos", no eran visibles a simple vista, y solo las que se activaban mediante un alambre o hilo de nylon podrían preverse siempre y cuando el que encabezaba la patrulla los viese a tiempo. Pero lo cierto es que algo tan simple como un puñetero hoyo lleno de palos pasaba más desapercibido que un B-52 volando a 15 km. de altura. Aparte de la capacidad de observación, la desconfianza y la suerte, la única herramienta que les pudieron facilitar fueron suelas blindadas, aparte de las grebas de circunstancias que se las fabricaban con latas, pero que a los mandamases nunca se les ocurrió producir bajo un diseño adecuado.

Cuando USA entró en guerra, las botas reglamentarias eran el mismo modelo de cuero usado en la 2ª Guerra Mundial. Pronto quedó claro que el ambiente húmedo y las condiciones del terreno eran totalmente inadecuadas para ese tipo de calzado, así que se recurrió a la bota modelo 1945, un modelo para climas tropicales destinadas a la guerra del Pacífico que no llegaron a entrar en combate. No obstante, las existencias que ya se habían fabricado eran escasas como para equipar a todo el personal y, por otro lado, llevaban ya dos décadas almacenadas por lo que no tardaron mucho en deteriorarse, y más teniendo en cuenta el clima de Vietnam. Así pues, se recurrió a un nuevo diseño llevado a cabo en 1944 por el sargento Raymond Dobie que, aparte de tener partes de cuero y partes de loneta, su suela estaba especialmente concebida para impedir la acumulación de barro gracias al dibujo de los tacos tipo Vibram que se unían al resto del calzado mediante un proceso de vulcanizado que impedía que la suela acabara separada de la bota. Como vemos en la foto de la derecha, las condiciones ambientales ponían a prueba el calzado más resistente, a lo que había que añadir el moho producido por la humedad.

Así pues, se puso en producción la bota diseñada por el sargento Dobie, que entró en servicio como Bota de Jungla modelo 1966 (foto A), cuya puntera y talón eran de cuero mientras que la caña estaba fabricada de loneta de algodón, más un refuerzo de nylon en los tobillos. Para facilitar la evacuación de agua del interior de la bota disponía de los drenajes que vemos en el detalle y en el óvalo blanco. En la parte inferior podemos ver el dibujo de la suela. También con vistas a favorecer en lo posible la aireación del pie, este modelo disponía de unas plantillas Saran, un material a base de cloruro de polivinilideno o,
 abreviado, PVDC, que formaba capas que facilitaban la circulación del aire. Pero, obviamente, estas pijadas solo servían para tener un calzado razonablemente cómodo, pero que podía ser atravesado sin problemas. Así pues, se diseñaron unas plantillas para sustituir a las originales que podemos ver en las fotos B (cara superior) y C (cara inferior). En su interior había una serie de láminas de acero inoxidable que, al menos, podrían detener una estaca o una piqueta, pero si estas apuntaban a las pantorrillas o cualquier otro sitio no había nada que hacer. Las botas equipadas con estas plantillas llevaban en la parte superior de la lengüeta la leyenda "spike protective",  que podemos traducir como "protección contra pinchos".

Pero, como decimos, las estacas podían alcanzar los sitios más increíbles, desde perforar la zona peritoneal o el recto penetrando por el ano a producir heridas en el abdomen, el pecho, el rostro y hasta casos de perforación del paladar al penetrar la estaca bajo el mentón. Da tela de repeluco, ¿qué no? No obstante, las zonas afectadas más habituales eran los pies y las piernas, que en muchas ocasiones se venían atravesados de lado a lado tal como podemos ver en las fotos A y A', donde además se aprecian los orificios de entrada y salida, así como las finas estacas que produjeron las heridas. También podía darse el caso, como ya se ha comentado, de ser literalmente empalado al caer en un pozo de los grandes y palmarla allí mismo, como el probo cadáver de la foto B.

Una de las cosas que influían de forma favorable en la moral de los
yankees eran los tiempos razonablemente breves desde que eran
heridos hasta ser evacuados, así como la certeza de saber que en
retaguardia disponían de los mejores hospitales. Los charlies, si
acaso, una camilla en una enfermería medieval bajo tierra y gracias
En cualquier caso, las estacas punji cumplían su misión de forma eficaz y segura. Los heridos eran tratados con una antitetánica que solían inyectar los sanitarios in situ y, caso de no disponer de ellas, pues se las ponían nada más ingresar en el hospital. El tratamiento era bastante básico: tras la aplicación de anestesia local en caso de heridas leves, o raquídea o general dependiendo de la zona afectada si era de más gravedad, se practicaba un desbridamiento para eliminar restos de tejido irrecuperable y limpieza de caca comunista y demás porquerías, sutura y chute de dosis de 600.000 unidades de penicilina y 500 mg. de estreptomicina dos veces al día durante cinco días. Si la estaca había perforado una articulación y se requería una intervención quirúrgica de más envergadura, chute intravenoso de entre 20 y 30 millones de unidades de penicilina durante tres días seguido de las dosis intramusculares normales de cinco días. Resumiendo: salvo contadas excepciones en que la estaca hubiese producido un daño permanente o cuyas secuelas incapacitasen al herido, la media de estancia hospitalaria era de 12 días, tras los cuales se pasaba a un período de convalecencia de entre 7 y 10 días antes de ser enviados de nuevo a sus respectivas unidades sumamente compungidos ante la perspectiva de volver a caer en uno de aquellos pozos malditos.

En fin, no creo que olvide ningún detalle relevante, y con todo este tocho tienen lectura para deleitarse largo y tendido. Como conclusión y a título de curiosidad curiosa chincha-cuñados, comentar que Collin Powell,  el que fue Secretario de Estado durante la presidencia de Bush hijo, se vio con un pie atravesado durante su estancia en Vietnam siendo un joven capitán asesor del ARVN. La estaca estaba embadurnada de estiércol de búfalo, lo que le provocó que en menos de media hora el pie se le pusiera como un globo, apenas pudiera caminar y tomara un preocupante color morado. Cuando finalmente fue evacuado, al ver el panorama, el médico que lo trató no se anduvo con medias tintas para eliminar la mierda de búfalo: cogió una gasa, la enrolló en un palito y la metió en la herida como si de una baqueta se tratase. Luego, chutes masivos de antibióticos y santas pascuas. En la foto de la derecha podemos ver al capitán Powell con su impoluto uniforme, cuando no podría ni imaginar lo impresionante que sería su carrera como militar y político, alcanzando puestos que nunca antes había logrado un negro en el país donde hubo una guerra para liberar de la esclavitud a los negros y poder putearlos en total libertad. Manda cojones los líderes del "Mundo Libre", y que en la época de la foto de Powell los negros podían ser enviados a "combatir por su país", pero se les negaba el derecho a voto en los estados sureños porque si se ponían chulos los del Klan ya se encargaban de convencerlos que votar era una chorrada.

Bueno, ya'tá...

Hale, he dicho

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sábado, 16 de enero de 2021

CURIOSIDADES. LOS PRIMEROS ARTILLEROS AÉREOS


Observador-ametrallador alemán armado con una Parabellum MG-14. Muchos de los grandes ases de la Gran Guerra como Von Richthofen iniciaron sus carreras aeronáuticas con este cometido. Por lo general, el piloto solía ser de una graduación inferior al artillero ya que sus deberes eran mucho más complejos que limitarse a pilotar. Además de pegar tiros debía tener conocimientos sobre artillería, radio-telegrafía y fotografía



Observador liado con su cámara. Como vemos, el avión
estaba desprovisto de armamento
Suele ser de común creencia que los aviones no fueron armados hasta que comenzó la Gran Guerra, y eso solo cuándo empezaron a ser acosados por otros aviones previamente artillados para chafarles la sesión fotográfica de turno ya que, como sabemos, la labor inicial de estos chismes voladores era la observación. Siempre he dicho y mantenido que las guerras han sido desde tiempos inmemoriales el principal acicate para la evolución humana, y el desarrollo de la aviación es una buena muestra de ello. Basta ver que en apenas once años, desde que el 17 de diciembre de 1903 los hermanos Wright asombraran al mundo con su breve pero increíble vuelo de 12 segundos de duración, que es más de lo que un cuñado tarda en dejar pelado un 5 jotas gran reserva, los aviones pasaron a ser un armazón de madera y tela más endeble que las promesas de un político a aparatos capaces de volar a varios kilómetros de altura a gran distancia y, además, arrojar bombas y porquerías de todo tipo sobre los enemigos. Es pues evidente que los 12 segundos birriosos que duró el primer vuelo de los Wright a apenas 37 metros de altitud cambiaron para siempre el devenir de la historia y, por supuesto, de la guerra.

Globo cautivo durante la Guerra de Secesión

Los MILITES ya llevaban décadas sacando rendimiento a los globos cautivos, unos chismes que, como sabemos, vinieron de perlas para corregir el tiro de una artillería con cada vez más alcance, así cómo para observar los movimientos del enemigo desde una posición que, de otra forma, sería imposible ver nada. Ya no valía ocultar las tropas tras una loma o avanzar sigilosamente por un sendero oculto por un bosque, porque desde un globo se veía hasta el guripa que se salía de la fila para echar una meadita. Obviamente, la perspectiva de disponer de una máquina que, en vez de permanecer estática y verse ceñida a un sector concreto podía pasearse de un lado a otro a voluntad del piloto, era una ocasión que no podía ser desaprovechada, y más teniendo en cuenta que la fotografía, esencial para las labores de observación en campos de batalla cada vez más complejos, había avanzado una burrada en apenas medio siglo. Pero las eminencias grises de los estados mayores no solo vieron en el aeroplano una herramienta insuperable para observar, sino también para, aprovechando el paseo, agredir al enemigo desde una posición dominante ¿Qué podría hacer la gallarda caballería si, en plena carga, se veía de repente atacada por varios aparatos armados con ametralladoras? ¿Qué podría hacer la sufrida infantería en pleno avance hacia el enemigo si de forma sorpresiva aparecían dos o tres aviones volando a baja altura disparando contra ellos? Chungo, ¿no?

August Euler (1868-1957)
Este nuevo concepto de avión tripulado por un tándem formado por el piloto y el observador-artillero empezó a tomar consistencia rápidamente. El 23 de julio de 1910, August Euler, un probo y polifacético tedesco que, además de fabricar bicicletas, máquinas de coser, automóviles y dedicarse a las carreras de coches, patentó un afuste para emplazar una ametralladora en la proa de un avión. Porque el tema del armamento planteó desde el primer momento una disyuntiva en lo tocante a la posición del motor que hubo que solventar antes de nada. Por lógica, la posición ideal de un observador era delante del piloto, desde donde podía observar, mirar, contemplar y admirar el paisaje a su sabor, así como hacer fotitos molonas en vertical de las posiciones enemigas. Y si a ese observador se le equipaba además con una ametralladora, una cosa sí estaba clara: el motor debía ser de impulsión, no de propulsión. Para entendernos, la hélice tenía que estar situada en la parte trasera del fuselaje porque disparar a través de ella era la forma más rápida de verla saltar convertida en astillas y caer elegantemente hasta estamparse contra el suelo.

Royal Aircraft Factory F.E. 2b. Para manejar la segunda ametralladora,
el artillero debía ponerse de pie y vuelto de espaldas. Una experiencia
de lo más estimulante cuando el piloto no paraba de mover el
avión para esquivar al enemigo que lo perseguía

Para esta configuración era necesario que el habitáculo de la tripulación y el compartimento del motor estuviesen en una góndola separada del timón de cola, que quedaría unido al resto del aparato por las alas tal como vemos en el aparato de la ilustración de la derecha. De ese modo, el observador-ametrallador dispondría un amplio campo de visión, así como la posibilidad de barrer a golpe de ráfagas a los enemigos. En este punto, más de uno dirá que está harto de ver aviones biplaza con motores de propulsión en los que el observador viajaba tras el piloto y también disponía de una ametralladora. Cierto. Pero hablamos de una configuración adoptada posteriormente, una vez comenzada la guerra, cuando el papel del observador ya no era ofensivo, sino defensivo, o sea, su posición trasera también le permitía sacar fotos y observar todo lo observable, pero al mismo tiempo podía defenderse de los aviones enemigos que le atacaban por la zaga.

Foto de un F.E. 2d que nos permite hacernos una idea del
valor que tenía que echarle el artillero para manejar la Lewis
trasera. A eso, añadir que en esta versión el piloto también disponía
de una máquina que se vislumbra a su derecha, por lo que si se
descoordinaban un poco podía volarle los sesos al observador.
La flecha señala la cámara del mismo situada a su izquierda

Así pues, partimos de la base de que la configuración inicial para el emplazamiento de armas a bordo era en aviones con motor de impulsión si bien ya hubo quien intuyó lo que vendría a continuación. Concretamente, el capitán Bertram Dickson ya elaboró un memorando que envió al Comité de Defensa Imperial advirtiendo que en el momento en que, en caso de guerra, se empezaran a usar aviones con fines de reconocimiento, ello conduciría de inmediato a una guerra aérea para obtener la supremacía en el aire, lo que solo se lograría mediante aparatos armados. O sea, los cazas armados con una o dos máquinas que todos conocemos de sobraPero en aquel momento, cuando la paz reinaba a duras penas en el mundo, el problema estaba en dónde colocar la ametralladora ya que los mecanismos de sincronización para disparar a través de la hélice estaban por inventar, por lo que solo quedaban dos opciones viables: disparar por fuera del radio de la hélice, lo que obligaría al observador poco menos que a subirse en una escalera en vez de ir en su asiento o, más fácil, usar aviones con motor de impulsión, donde el puesto del observador-ametrallador sería la proa y desde donde podría chinchar al enemigo casi con total impunidad... de momento. En cualquier caso, la cuestión es que se tomaron muy en serio el tema y no tardaron mucho en pasar del dicho al hecho. En este caso, el estreno estuvo a cargo de los yankees (Dios maldiga a Hearst).

La prueba tuvo lugar el 7 junio de 1912, con el capitán Charles De Forest Chandler actuando como artillero y el teniente Thomas De Witt Milling pilotando un Wright modelo B, un biplaza de apenas 567 kg. de peso bruto equipado con un motor de 35 CV y con los asientos en paralelo. En la foto de la derecha tenemos a los valerosos aviadores antes de la prueba. Como vemos, Chandler llevaba una Lewis entre las piernas con el extremo del cañón sujeto en un rudimentario afuste sobre la barra reposapiés del aparato, lo que le permitía una mínima capacidad de corregir el tiro. La prueba consistió en disparar sobre un blanco formado por una lona extendida en el suelo a una altura de 300 pies (91 metros) sobre la que vació el tambor de 47 cartuchos de la Lewis, acertando con apenas un 12% de impactos sobre el blanco. Con estos modestos resultados se puede decir que la figura del artillero aéreo acababa de ser inventada, y su presencia de determinados tipos de aparatos continua vigente como, por ejemplo, en los C-130 Hércules que aún dan estopa a base de bien en los conflictos actuales, desde los de la antigua Yugoslavia a Afganistán o Irak.

Una vez comprobado que la idea era viable, rápidamente empezaron a salir emuladores deseosos de demostrar que su idea era aún más guay. El 27 de noviembre del año siguiente, Marcus D. Manton, un piloto civil británico, se puso a los mandos de un Grahame-White con el teniente belga Stellingwerf como  observador-artillero apalancado en un asiento de mimbre justo debajo. Este auténtico héroe, porque ya tuvo que echarle valor para volar colgado de semejante chisme, realizó la prueba sobre el campo de aviación de Bisley en la incómoda posición que vemos en la foto, con la Lewis emplazada de la misma forma que la del capitán Chandler. En este caso se hizo fuego sobre un lienzo de 8 m² extendido sobre el suelo a una altura de unos 90 metros. En la primera pasada, Stellingwerf realizó una ráfaga de 25 disparos de los que 11 acertaron en el blanco. En una segunda pasada vació el tambor de 47 cartuchos, impactando 15 veces más en el lienzo. 

Las bases para el desarrollo de aviones tripulados por un observador-artillero ya estaban asentadas, por lo que los demás países europeos se pusieron manos a la obra para desarrollar sus propios diseños, y más si tenemos en cuenta que, en aquel momento, la guerra se consideraba ya como inevitable, y los estados mayores se dedicaban a planificar cómo acabar con los enemigos cuánto antes. Obviamente, no tenían ni idea del cirio que se iba a montar y, sobre todo, la terrorífica evolución que tendría el conflicto, que se calculaba inicialmente de pocos meses y se solventaría con unos miles de bajas y, finalmente, duró algo más de cuatro años y costó la vida a más de veinte millones de ciudadanos. Una escabechina suntuaria, vaya...

Abatir un avión enemigo con un fusil de cerrojo debía ser
toda una proeza

Una vez que empezó la guerra, tal como vaticinó el capitán Dickson, quedó claro que la aviación sería un arma de importancia capital, y que los aparatos destinados inicialmente a observación se verían de inmediato acosados por cazas diseñados para derribarlos y solo pudieran observar como el suelo se acercaba a ellos a una velocidad cada vez más preocupante hasta que se estrellaban. De hecho, muchos aparatos de observación ni siquiera estaban armados, y según se comentó en una entrada anterior los observadores tenían que optar por soluciones de circunstancias, como llevar encima fusiles de reglamento, pistolas y hasta escopetas de caza, que un buen postazo en plena jeta al piloto enemigo solventaría la persecución en un periquete. Por ese motivo, como anticipamos más arriba, la posición ofensiva que inicialmente se asignó al observador se trasladó en muchos casos a una defensiva, con el puesto tras el piloto en biplazas que les permitieran cumplir con su cometido principal: informar a los puestos de mando de los movimientos enemigos.

Un "Gunbus" en vuelo. La foto nos permite apreciar claramente
la morfología de la góndola, así como la posición del motor y
los tripulantes. Su techo de vuelo era de 9.000 pies

Con todo, desde el primer momento se tuvo claro que la mejor forma de acabar con los aparatos de observación era usando cazas, por lo que se llevaron a cabo diseños cuya finalidad no era otra que abatir aviones enemigos. Ya en 1912, el Almirantazgo británico ordenó la creación de un avión puramente ofensivo, un fighting aeroplane, o sea, un avión de combate. El prototipo lo llevó a cabo la Vickers con el modelo 18 "Destroyer" o EFB 2 , un biplaza con el puesto del observador en la proa y armado con una ametralladora Maxim alimentada por cinta sobre un montaje de rótula que le permitía un ángulo de tiro de hasta 60º en vertical y otros tantos en horizontal. Obviamente, una máquina alimentada por cinta en un avión no era precisamente lo más recomendable, por lo que fue cambiada por una Lewis de calibre .303 British convencional, que mataba igual de bien. Del EFB 2 solo se fabricó el prototipo, que dio paso al Vickers FB 5 "Gunbus", que en puridad podría considerarse como el primer caza de la historia, y su fabricación en serie fue autorizada por el Almirantazgo en noviembre de 1912.

Observador alemán en su puesto situado en la parte trasera del
aparato. Está armado con una Parabellum MG-14 de calibre 8x57,
además de bengalas y bombas de mano para arrojarlas sobre las
posiciones enemigas cuando volaban a baja cota. La máquina se
alimentaba con una cinta de 100 cartuchos enrollada en un tambor

Una vez empezada la guerra, el problema de la configuración de aparatos con motor de impulsión perduró tanto en cuanto aún no se había desarrollado un sistema de sincronización para las ametralladoras por lo que, inicialmente, fueron estos aviones los que entraron en el conflicto con la posibilidad de ir armados hasta que los tedescos, siempre tan creativos, adoptaron el diseño que nos es más conocido: un biplaza con el observador en el puesto trasero y su arma emplazada en un montaje circular que le daba un extenso ángulo de tiro y, muy importante, no solo podía ametrallar a los que se paseaban por las trincheras, sino a los cazas enemigos que se colocaban tras ellos para abatirlos. Por cierto que, a pesar de eso, muchos observadores y pilotos siguieron con su costumbre de llevar armas, digamos, auxiliares, en forma de pistolas Mauser, fusiles, escopetas o lo que fuera.

El capitán Nésterov y una ilustración de la época que muestra
el momento en que estrella su aparato contra el enemigo

Y, naturalmente, pronto empezaron a tener lugar los primeros combates aéreos a base de intercambios de disparos aunque, inicialmente, sin consecuencias. El primer combate con la destrucción del enemigo tuvo lugar el 8 de septiembre (26 de agosto por el calendario juliano aún vigente en la Rusia de la época) de 1914 pero, por ser el primero, fue bastante peculiar. Lo protagonizó el capitán Piotr Nikoláievich Nésterov, un figura que había sido el primer piloto en realizar en septiembre de 1913 un "loop" (un rizo), motivo por el que le metieron 10 días de arresto al haber puesto en peligro un valioso aparato propiedad del gobierno del padrecito Nikolai Románov. Nésterov, que pilotaba un monoplano biplaza Morane-Saulnier Tipo G, se abalanzó contra un Albatros autro-húngaro tripulado por el feldwebel (suboficial) Franz Malina y el teniente Friedrich, Freiherr Rosenthal como observador. Ambos aparatos estaban desarmados, por lo que Nésterov sacó su revólver y la emprendió a tiros con los austriacos. Al ver que no había forma de acabar con ellos, le pegó un subidón de testiculina y optó por una solución bastante drástica que, con todo, la llevaron a cabo algunos pilotos a lo largo de la guerra: el tarán ( tарàн, ariete en ruso), o sea, embestir al enemigo. Por cierto que esto del ariete también fue un invento de Nésterov. Era un ciudadano de lo más creativo, aunque por lo que se ve excesivamente proclive a la impulsividad. Una pena...

Morane-Saulnier tipo G como el usado por Nésterov

La embestida fue rotunda. Tanto que el belicoso capitán palmó al estamparse la jeta contra el parabrisas de su avión mientras que el Albatros prosiguió a duras penas el vuelo hasta que, finalmente, perdió el control y cayó debido a los daños que le produjo el impacto del aparato enemigo. Como está mandado, sus dos tripulantes también dejaron la vida en el lance. Sin embargo, aunque fue un combate aéreo en toda regla no se consideró como tal ya que el derribo no se efectuó abatiendo al enemigo con las armas de a bordo, sino estrellándose contra el mismo, así que a Nésterov, aunque pasó a la historia por su incuestionable arrojo, se quedó con las ganas de ser el primero en apuntarse una victoria aérea.

Combate entre el Voisin y el Aviatik que se saldó con el
primer derribo de la historia

Ese honor le correspondió al cabo mecánico Louis Jean Quenault, observador-ametrallador del sargento Joseph Frantz, piloto del Voisin LA III de la escuadrilla V 24 que derribó al Aviatik B1 tripulado por el sargento Wilhelm Schlichting y el teniente Fritz von Zangen, pertenecientes a la Flieger Abteilung 18. El derribo tuvo lugar sobre Jonchery-sur-Vesle, en el sector del Marne, y lo cierto es que los gabachos (Dios maldiga al enano corso) se las vieron y se las desearon para acabar con los tedescos. El Voisin estaba armado con una ametralladora Hotchkiss mod. 1909 de 8 mm. Lebel, mientras que su enemigo solo disponía del armamento de circunstancias habitual, fusiles en este caso. Quenault casi gastó su provisión de cartuchos mientras el tedesco se defendía como gato panza arriba hasta que, finalmente, logró meter una ráfaga en el Aviatik y mandarlo al suelo envuelto en llamas. Según otras fuentes, Quenault llegó a quedarse sin munición y tuvo que echar mano a un fusil con el que acertó al piloto alemán. Sea como fuere, lo cierto es que pudieron certificar que aquel 5 de octubre de 1914 se produjo el primer derribo de la historia. A Quenaul le dieron la Medalla Militar por ser solo un clase de tropa, mientras que al sargento piloto le endilgaron nada menos que la Legión de Honor.

Contorsionismo aéreo. La dos bolsas de lona eran para
recoger las vainas servidas

En fin, la continuación de la historia no creo que precise de muchas aclaraciones. El arma aérea acabó armada hasta los dientes, los pilotos de caza se enzarzaban en terroríficos combates donde caían como moscas, y tras la guerra bastaron apenas 25 años para que los aviones de madera y tela que volaban a 15o km/h con un par de ametralladoras fueran sustituidos por otros fabricados enteramente de metal, armados con cañones de hasta 30 mm. u 8 ametralladoras de calibre 12'70 mm. y estuvieran equipados con motores a reacción. Me reafirmo: lo que más estimula la capacidad evolutiva del hombre es, por desgracia, la guerra, y cuando más terrible sea, mejor.

Hale, he dicho

Hacia el final de la guerra los observadores-artilleros eran verdaderamente temibles. En este caso vemos un R.E. 8 armado con un montaje giratorio con dos Lewis para rechazar cualquier ataque. Pero el piloto también disponía de un arma, en este caso una Vickers adosada al costado del fuselaje y cuyo cajón de mecanismos se aprecia a la izquierda de la foto

miércoles, 13 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 2ª PARTE

 

Mercaderes nubios pasando el puesto fronterizo establecido en la fortaleza de Semna Occidental. Solo los mercaderes y los mensajeros podían cruzar hacia el norte, pero no más allá de Mirgissa, donde podían vender sus cargamentos a los tratantes egipcios. Obsérvese la coracha que baja desde la muralla hasta el Nilo para asegurarse el suministro de agua en caso de asedio

Escena de un asedio representada en la tumba de Khety I. Como
vemos, la fortaleza ha sido representada de forma muy esquemática
y solo nos permite hacernos una idea de su aspecto general
Bueno, como la conjuntiva parece que tiene menos "itis" y me casi no me pican los ojos cuando fijo la vista, prosigamos. No obstante, antes de empezar debemos hacer una aclaración aclaratoria para aclarar lo referente a las medidas que iremos desgranando en este artículo ya que la totalidad de los restos que se conservan están, en el mejor de los casos, bastante mermados en sus estructuras, cuando no prácticamente en los cimientos. Esto ha permitido saber con cierta exactitud la superficie de sus recintos, la longitud de sus murallas o el grosor de las mismas, pero nada en lo tocante a la altura, que se ha deducido de forma aproximada en base a la anchura de paramentos, muros, etc. Por otro lado, las representaciones gráficas de la época no son fiables para deducir tamaños ya que están fuera de escala, así que solo han valido para tener una idea aproximada de la morfología de estas fortificaciones, así como de determinados elementos defensivos como la merlatura que coronaba las murallas. Así pues, recordemos en todo momento que cuando decimos que tal muralla o recinto tenía tal altura hablamos de cifras muy aproximadas, pero en modo alguno exactas como lo puedan ser la anchura o extensión de las diversas estructuras que se mencionarán.

Dicho esto, en la entrada anterior ya cometamos los orígenes de las fortificaciones faraónicas, así como los materiales de construcción usados en las mismas, por lo que ahora toca meternos en los entresijos de su

DISEÑO Y ELEMENTOS DEFENSIVOS

A la derecha vemos la fortaleza de Semna Occidental, y frente a ella
la de Kumma. Ambas cerraban literalmente el paso en ese sector del Nilo
Los castillos de los faraones eran recintos de tamaño más que respetable. De hecho, bastante mayores que un castillo convencional de la Edad Media. Los motivos podrían ser varios, a saber: ante todo, hablamos de fortificaciones situadas en lugares muy comprometidos, fronterizos con los nubios con los que anduvieron a la greña durante siglos. Obviamente, para defender las fronteras era necesario disponer de contingentes de tropas numerosos, así como de espacio para albergar refuerzos en caso de ser necesarios. Por otro lado, estos castillos eran también almacenes donde se guardaban, no solo las provisiones y bastimentos para la guarnición, sino también los bienes procedentes de la Nubia que debían ser puestos a buen recaudo hasta que llegase el momento de enviarlos a la metrópoli, especialmente el oro y el cobre. Finalmente, cabe suponer que, caso de intentar un asedio, los nubios no juntaban a cuatro compadres para formar un ejército, sino que debían organizar una hueste respetable a la vista de las formidables fortificaciones con que los egipcios protegieron sus fronteras.

Básicamente, hablamos de recintos que podemos dividir en dos tipos: los emplazados en las llanuras junto al Nilo y los situados en elevaciones del terreno. Los primeros eran mucho mayores y, por norma, rodeados por fosos de considerables dimensiones ya que hablamos en cavas de unos 3 a 5 metros de profundas y de hasta 7 o 9 metros de ancho. En una época en que la poliorcética aún estaba prácticamente en pañales, debemos suponer que los asedios solo se solucionaban de dos formas: o sentándose a esperar a que los defensores se empezasen a comer unos a otros, lo que no debía ser frecuente a la vista de las grandes cantidades de grano que almacenaban y muchas de ellas con el Nilo junto a sus murallas, o tomándolas por asalto, como vemos representado en muchos testimonios gráficos. Pero como algunos dibujitos valdrán más que una extensa filípica, mejor vamos explicando sobre ejemplos conocidos y así nos aclaramos antes y mejor...

A la derecha tenemos un plano de la fortaleza de Semna Occidental, situada en un promontorio en la orilla oeste del Nilo. Fue construida en el 8º año del reinado de Senusret III y se apoyaba con las fortalezas de Semna Meridional y Kumma, separadas unas de otras menos de dos kilómetros. Como vemos, se trata de un  amplio  recinto en forma de L con una superficie total de 7.856,5 m². Para darle consistencia al edificio el terreno se niveló con escombros de granito. En A y A' aparecen las puertas principales, mientras que en B se encuentra la puerta  del río. Por lo general, estas fortalezas tenían una o dos puertas mirando hacia tierra y otras tantas al Nilo, usadas como muelle de carga y como coracha de agua para asegurarse el suministro del líquido elemento. Semna estaba rodeada por un foso por los lados sur, oeste y norte, quedando el sector oriental protegido por el río. La muralla no era para tomarla a broma: fabricada con ladrillo crudo, su espesor oscilaba entre los 5 y los 8 metros y se le calcula una altura aproximada de nada menos que 14 metros, lo mismo que un edificio de cinco pisos aproximadamente. Como vemos, salvo en el lado oriental, en el resto de la muralla se reparten varias torres en cuyo extremo se ensanchan para dar cabida a más defensores. En el detalle vemos que actuaban básicamente como albarranas ya que, proyectadas varios metros por delante de la muralla, podían cubrir las zonas situadas junto a la base de la misma. Pero lo más significativo, y que es un elemento común en todas las fortalezas de la frontera nubia, son los resaltes que dan a las murallas un aspecto dentado y que son hasta la fecha motivo de enjundiosos debates ya que, al no existir la parte superior de los mismos, se dan diversas teorías sobre su utilidad.

La explicación que se dio cuando se comenzaron a estudiar estas fortalezas entre finales del siglo XIX y principios del XX era que se trataba de torres de flanqueo. Pero su pequeño tamaño, así como la escasa distancia entre unas y otras, por lo general inferior a los 5 metros, pronto hizo pensar que una serie de torres tan cercanas y que apenas dejaban sitio para, a lo sumo, dos hombres, eran inviables. De hecho, para que un defensor pudiera hostigar a un asaltante pegado a la muralla tendría literalmente que volcar medio cuerpo entre las almenas, lo que no era precisamente aconsejable cuando los arqueros enemigos estarían a la caza de cualquier tontaina que asomase la cabeza. Como vemos en el gráfico, el arquero situado en la supuesta torre lo tendría muy complicado para hostigar a los atacantes que se aproximasen a la muralla. Así pues, surgió la teoría de que, en realidad, se trataba de simples contrafuertes como el que vemos a la izquierda, que ocuparían una altura equivalente a unos ⅔ de la altura total. El hecho de que estos contrafuertes no tuvieran trabazón con la muralla y que en caso de colapsarse no afectase en nada la solidez de la misma parece una teoría más cercana a la realidad.

No obstante, algunos autores han sugerido una tercera posibilidad, y es que fuesen pilares para sustentar estructuras voladizas similares a los cadalsos medievales. Al ser el ladrillo mucho más pesado que las estructuras lignarias de dichos cadalsos, en vez de ménsulas requerirían algo más resistente, que en este caso serían precisamente los pilares de ladrillo. La opción de los voladizos la vemos plasmada en el gráfico A de la ilustración de la derecha. Los pilares permitirían darles una base sólida y en el suelo, fabricado de madera, se abrirían buheras entre pilar y pilar para arrojar sobre los enemigos cualquier porquería disponible. No obstante, hay una cuarta teoría, que es la que vemos en la figura B. Ya que el escaso espacio entre contrafuertes se convertiría en un refugio para los asaltantes, para impedirlo se colocarían pequeños balcones a modo de ladroneras sustentados por troncos y puntales con su correspondiente buhera en el suelo. De ese modo, el espacio muerto entre contrafuertes sería adecuadamente protegido ya que, obviamente, servían de protección a los enemigos que lograran alcanzarlos ya que quedarían a resguardo del fuego de flanqueo procedentes de las torres, que solían distar entre 20 y 50 metros unas de otras, o sea, dentro del campo de tiro eficaz de cualquier arco de la época.

LOS FOSOS

Aparte de sus generosas dimensiones ya mencionadas anteriormente, tenían unas características que los hacían especialmente eficaces ante unos enemigos que solo dispondrían de escalas para intentar un asalto. Veamos el gráfico de la izquierda, correspondiente a la fortaleza de Buhen que, como ya se comentó, es la que ha salido mejor parada al cabo de los siglos y ha permitido conocer mejor este tipo de fortificaciones. En primer lugar vemos un murete de escasa altura ante el cual se extiende un talud de varios metros de largo. Este primer obstáculo tenía dos funciones: una, impedir que la arena entrase en el foso. Considerando que el viento mueve cantidades masivas de la misma en aquella zona, tendrían que estar cada dos por tres paleando arena para impedir que quedase cegado en poco tiempo. Y por otro lado, el talud impedía a los atacantes ver el foso, que quedaba oculto tras el mismo. Los que se acercasen al castillo solo verían la muralla, pero al llegar al murete se quedarían con la jeta a cuadros al ver que no solo había un foso, sino unas torres que, a modo de barrefosos o caponeras, aniquilaría a todo aquel que se atreviese a bajar al mismo. Y además de las caponeras, todo el perímetro estaba provisto de un antemuro desde donde también podrían hostigar a los agresores. Como vemos en el detalle, las aspilleras eran de una tipología única: cada una de ellas se dividía en tres ramales para dar mayor ángulo de tiro a los arqueros y, además, disponían de dos niveles, o sea, seis aspilleras en total: las tres superiores cubrían el murete o el glacis dependiendo de si estaban situadas en el antemuro o la muralla, y las inferiores cubrirían la liza y el fondo del foso en el mismo caso. En resumen, pasar del foso era bastante complicado ya que, además, se tenía por norma chapar las escarpas y las contraescarpas con ladrillos para impedir a los asaltantes trepar por ellas, precisando necesariamente de escaleras que, como ya podemos imaginar, retrasaría el asalto y los dejaría a merced de los arqueros que defendían la fortaleza.

LAS PUERTAS

Sin duda, eran las estructuras más formidables. De hecho, eran talmente similares a las barbacanas medievales, por lo que podrían continuar la resistencia aún en el caso de ver la fortaleza invadida por los enemigos. La que vemos a la derecha es una reconstrucción de la puerta de tierra de Buhen, que disponía de dos más de menor tamaño en el sector del río. La ilustración procede de las primeras excavaciones, por lo que vemos los misteriosos salientes de la muralla con forma de torres. Bien, como vemos, la puerta estaba formada por un recinto con forma de U que avanzaba entre 15 y 25 metros de la muralla principal. En su extremo exterior vemos como el pasillo se estrecha, dejando apenas unos tres metros de ancho para pasar y, de ese modo, dificultar una invasión en masa. Pero la invasión lo tenía crudo porque a partir de ahí se encontraban con una empinada rampa y varias puertas consecutivas, incluyendo en algunos casos, como por ejemplo en Buhen, un foso o salto de lobo con un puente levadizo en la parte central del pasillo, tras el cual había otras dos puertas más. En el grabado se puede ver la puerta que daba acceso a la liza, lo que permitiría a los defensores tanto ocuparla en caso de ataque como evacuarla en caso de verse desbordados. Este que vemos no era un diseño único, habiendo variantes como, por ejemplo, estar proyectadas más hacia el interior que hacia el exterior y con el pasillo de acceso formando un embudo cada vez más estrecho a medida que se avanzaba.

En cuanto a las puertas del río, a la izquierda podemos ver su aspecto, en esta ocasión también las pertenecientes de Buhen. Como vemos, se trata de sendas puertas de pasillo con acceso directo como la principal, pero de menor tamaño. De cada puerta sale un muelle destinado a facilitar la carga y descarga de las naves, así como para asegurarse el suministro de agua. Para impedir que los enemigos se infiltrasen en el reducido espacio que quedaba entre la muralla y el río, en algunas fortalezas se construían corachas que cerraban literalmente el paso y que resultaban infranqueables ya que solían tener entre dos y tres metros de espesor y seis de altura. Como complemento, estas fortalezas también disponían de postigos para facilitar el paso de tropas de un punto a otro y, en el caso de grandes recintos como Buhen o Mirgissa, que eran en realidad asentamientos fortificados con una ciudadela interior, para que la población pudiera salir y entrar del mismo sin que se produjeran aglomeraciones en las puertas principales que, recordemos, eran solo una o dos a lo sumo. Hablamos de murallas que, como la de Buhen alcanzaron un perímetro de 1,6 km., lo que la convertía en una población con un tamaño más que decente para la época. Su misión no solo era dar protección a colonos, tratantes y demás probos hijos de Amón para sus trapicheos con los nubios sin que se vieran asaltados por partidas de bandidos, sino también para alojar tropas de refuerzo en caso de necesidad. En fin, ya vemos que no se diferenciaban gran cosa, por no decir nada, de cualquier estructura similar de la Edad Media.

DEPENDENCIAS INTERNAS

Una fortaleza egipcia disponía todo un complejo de dependencias en su interior incluyendo el templo de turno, que la cosa religiosa siempre la tenían muy presente y no era plan de cabrear al extenso panteón patrio por no dedicarle las preces adecuadas. Básicamente, podemos dividirlas en varias partes bien definidas: en primer lugar estarían las dependencias del comandante de la guarnición que, en una sociedad profundamente clasista como la egipcia, es evidente que dispondría de todas las comodidades imaginables, como si estuviera en su palacio de Tebas. En realidad, era la mejor forma de tenerlos contentitos y, por ende, alejados de corruptelas, alevosías o ambas cosas. En cuanto a las tropas, como ya podemos imaginar, no disponían de tantas comodidades. 

En el gráfico de la derecha podemos ver el aspecto de los cuarteles y que es similar en las fortalezas donde han aparecido este tipo de recintos. En la figura 1 vemos un plano que nos muestra su distribución: formaban un rectángulo de 8 x 5 metros dividido de la siguiente forma: En A tenemos un espacio común que serviría para esparcimiento de la tropa, para cocinar o contarse chistes verdes. B y B' eran los dormitorios con una superficie interior de 5 x 2 metros. No sabemos cuántos hombres los ocupaban, pero teniendo en cuenta la época y las condiciones de vida de esta gente igual metían a cuatro en cada habitación. Los muros estaban fabricados de ladrillo, con un grosor de 50 cm. En la figura 2 podemos ver una recreación de su apariencia. Se ha representado con una segunda planta, a la que se accedería por las escalas que vemos apoyadas en el muro. Así mismo, podrían tener una salida por el techo con la finalidad de que, caso de ser invadidos, tener una salida de emergencia para moverse por el recinto de un lado a otro a fin de prolongar la defensa. Por lo demás, estas dependencias se agrupaban en manzanas, o sea, dos filas de cuarteles adosados por los muros traseros.

Otra parte importante eran los graneros, donde no solo se almacenaba el que serviría de alimento a la tropa, sino el que sería enviado a la metrópoli. Afortunadamente, tenemos cantidad de testimonios gráficos hallados en los frescos que adornan tumbas y templos, así que en este caso no creo que podamos tener dudas al respecto. A la izquierda tenemos un par de ellas que muestran escenas similares: mientras los esclavos proceden al llenado de los silos, los capataces y contables llevan un control riguroso de las cantidades que se almacenan. Al parecer, una vez terminada la operación se sellaban las puertas para impedir robos, y cada vez que había que sacar o meter más grano el capataz rompía los sellos para acceder al interior, sellos que eran nuevamente colocados cuando se acababa la faena. Estos sellos eran simples galletas de barro fresco que unían los extremos de la soga con que se cerraban las puertas. En el sello se estampaba el cartucho con el nombre del faraón. Por lo demás, como vemos en ambas ilustraciones, podían ser abovedados o con el techo raso si bien en ambos casos las escaleras dejan claro que se accedía a ellos desde la parte superior.

Por último, quedarían por mencionar los almacenes. En ellos se guardaba todo lo que no era grano: cerveza, salazones, dátiles y provisiones de todo tipo, además de servir de armería y posiblemente de talleres. No obstante, parece ser que había un SANCTA SANCTORVM cuya custodia era de vital importancia: la dependencia donde se guardaba el oro que en lengua egipcia se denominaba "casa de plata". Su existencia está corroborada por multitud de impresiones en tablillas de barro y, concretamente en el caso de Uronarti, estaba formada por un patio rectangular con tres dependencias paralelas estrechas y largas adosadas a los cuarteles. Imagino que en el patio se contabilizaba la pasta gansa, mientras que en las dependencias se guardaba bajo siete llaves hasta que llegase la hora en embarcarlo hacia el norte.

Por último, solo nos resta mencionar las atalayas, de cuya existencia hay testimonios gráficos que nos permiten conocer su morfología e incluso su distribución interior. En el centro, arriba, vemos una tablilla procedente del cementerio real de Abidos, mientras que la figurita de marfil inferior, de solo 4,9 cm. de alta, representa un edificio prácticamente idéntico datado hacia el 3100 a.C., por lo que podemos suponer que este tipo de torre, aparte de tener un diseño más antiguo que Noé, permaneció invariable durante siglos. A la izquierda hemos recreado su aspecto original, con un cuerpo cónico rematado por la típica merlatura ondulada egipcia. El acceso, como es habitual en este tipo de torres aisladas, estaba a una considerable altura y solo se podía llegar al mismo mediante una escala de cuerda que sería retirada en caso de peligro. El interior estaría dividido en tres plantas separadas mediante entresuelos de madera. La baja sería el almacén y las otras dos los alojamientos de la guarnición. Para pasar de una a otra, así como a la azotea, se valdrían de simples trampillas y escalas de mano. Estas torres se encontrarían diseminadas por el territorio para, como es de rigor, avisar a las fortificaciones principales de posibles movimientos sospechosos de tropas enemigas.

Bueno, creo que con esto ya podemos conocer un poco más las desconocidas fortificaciones construidas por los egipcios hace miles de años, cuando en Europa aún andaban a garrotazos y metidos en chozas que, a lo sumo, rodearían con burdos muros de lajas de piedra. Otro día hablaremos de la organización de las tropas que servían en estas fortalezas, y así tenemos todo el repertorio necesario para chafarle la tarde a esos cuñados que se han visto los documentales de Canal Historia donde siempre sale un experto que no lo conocen ni en su casa revelándonos detalles tan sorprendentes que no se entiende como se le pasaron por alto a Emery, Petrie, Borchardt, Lawrence etc.

Hale, he dicho

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Recreación de Buhen obra de J.C. Golvin vista desde el lado oeste. Obsérvese la magnificencia de la puerta principal, el foso y la ciudadela interior, provista también de su correspondiente foso y un antemuro. Así mismo, merece la pena reparar en las pequeñas corachas que aparecen a ambos lados, al fondo del recinto, que impedían el paso a la zona portuaria de la fortificación. Salta a la vista que no tiene nada que envidiar a cualquier plaza fuerte medieval o incluso posterior. Su superficie alcanzó 2,7 Ha., y su muralla exterior tenía 5 metros de espesor y entre 10 y 14 metros de altura