domingo, 26 de mayo de 2019

TORRES MARTELLO. Origen y desarrollo



Las cosas claras y el chocolate espeso. Lo he repetido cien veces y lo repetiré las que hagan falta: los british (Dios maldiga a Nelson), esa raza de piratas que construyó su imperio a base de robar a otros los territorios que previamente habían descubierto, tienen dos virtudes incuestionables. Una, tienen los mejore sastres del planeta. Y dos, saben venderse mejor que nadie. Su mezcla de flema, arrogancia, soberbia meliflua y la aparente seguridad que se supone les proporciona vivir en una isla brumosa y que hasta ellos mismos se han acabado creyendo, han servido para difundir al resto de los humanos un dogma en apariencia irrefutable: siempre han vivido seguros y tranquilos porque nadie podrá invadirles. Falso. Falso como las promesas de un político. Los british llevan siglos acojonados ante la perspectiva de que su aparentemente inexpugnable territorio rodeado de agua sea invadido y, de hecho, han sufrido a lo largo de la historia amenazas más o menos serias, pero el canguelo los ha perseguido desde hace muuuucho tiempo. Los primeros en hacerles visitas intempestivas fueron los vikingos, cuando se presentaban sin llevar siquiera unas pastas para acompañar el té y saqueaban, mataban y violaban a su sabor un día sí y otro también. Las andanzas de Pedro Niño, eximio personaje que, como es habitual en España, es prácticamente desconocido pero ponía las peras a cuarto a los isleños. La flota del "demonio negro del sur", o sea, el segundo Felipe, tuvo en vilo a la herética y depravada Isabel Tudor mucho tiempo. Luego vino la amenaza del enano corso (Dios lo maldiga hasta el infinito y más allá), que les resultó aún más preocupante porque a ese lo tenían a 35 km. escasos de sus costas y, finalmente, los tedescos estuvieron a punto de meterles mano si bien al final optaron por lo más cómodo: convertir en escombreras sus ciudades desde el aire.

Durante años y años, estos desaforados paganos saquearon sin descanso la
costa oriental de la isla, desde Pictland, la actual Escocia, a Essex, pasando
por Mercia, Northumbria y East Anglia. O sea, que solo con eso ya deberían
haber aprendido que vivir en una isla no lo libra a uno de ser atacado
En resumen, aunque pueda parecernos que los british nunca se han visto agobiados por la posibilidad de ser invadidos, es el enésimo tópico que se considera rigurosamente cierto, debido entre otras cosas a que no nos solemos molestar mucho en corroborar si los camelos que se cuentan tienen un ápice de verdad. Precisamente el tema que nos ocupa hoy nos servirá para refutar esa ficticia idea de seguridad insolente que nos han vendido desde siempre, y que el gobierno del gracioso de su majestad estuvo muy, pero que muy preocupado cuando, tras el advenimiento al poder del enano cabezón, dieron por sentado que los gabachos estaban deseosos de devolverles el apoyo prestado a los fieles a la monarquía recién decapitada, y que figuraban los primeros en la lista negra del advenedizo corso para apoderarse de su amada y húmeda isla. De ahí que se vieran obligados a crear extensas líneas defensivas formadas por torres costeras artilladas que, en caso de detectar la presencia de una flota invasora, pudieran intentar rechazarlos o, cuanto menos, amortiguar la primera embestida. Para ello, fortificaron las costas sur y este de la isla gastando cifras astronómicas en decenas de torres inspiradas en sus homólogas españolas que cubrían toda la costa levantina hasta Tarifa para contener los continuos ataques de los piratas berberiscos que infestaban el Mediterráneo.

Atalaya de Níjar, en la costa almeriense. De origen musulmán, todo el litoral
sur y sureste estaba minado con este tipo de torres cuya capacidad defensiva
era mínima, pero sin embargo permitían otear a enormes distancias la
presencia de naves hostiles y avisar con tiempo a la población cercana
De hecho, las atalayas costeras ya existían desde mucho antes si bien su potencial defensivo era prácticamente nulo. Las torres construidas tanto por los reinos cristianos como por los moros tenían como finalidad actuar como meros observatorios en los que parejas de torreros se turnaban para atisbar la posible presencia de naves piratas que, en el momento en que se comprobaba que se dirigían a la costa, daban la alarma en forma de ahumadas o banderas tanto a los vecinos de las poblaciones cercanas como a las torres vecinas para que todo el mundo saliera echando leches con sus bienes y ganados, impidiendo así el saqueo y la captura de gente para venderlos como esclavos. Sin embargo, a partir del reinado de Felipe II y hasta tiempos de Carlos III, independientemente de las fortificaciones construidas en los territorios de ultramar, las costas de las posesiones españolas en el Mediterráneo, o sea, España y los reinos de Nápoles y Sicilia- se vieron constantemente reforzadas gracias a campañas de construcción en las que las añejas torres de vigía dieron paso a potentes torres artilladas que, estratégicamente situadas en las zonas susceptibles de efectuarse un desembarco, complicaban mucho la aproximación a las costas, y enviar a la playa varias decenas de chalupas atestadas de tropas era una misión cuasi suicida porque serían batidos sin piedad con granadas y botes de metralla sin apenas tener un mal sitio donde protegerse mientras remaban echando el bofe para intentar alcanzar la orilla antes de que los convirtieran en comida para gatos.

Torre del Salto de la Mora, en Málaga, construida en tiempos de Felipe II.
Esta torre no solo podía ofender a cualquier nave que se aproximase a la
costa, sino barrer las playas adyacentes ante un intento de desembarco
Y precisamente fue el intento de desembarcar en una playa de Córcega por parte de una flotilla de los british lo que les hizo ver que el hecho de naves magníficamente armadas no eran capaces de ofender posiciones terrestres bien fortificadas, y que si querían dormir tranquilos tendrían que rascarse el bolsillo a base de bien a la vista de la eficacia que mostraban las torres artilladas que defendían las costas ante los intentos de aproximación por parte de fuerzas navales hostiles. Esta "revelación" fue lo que dio lugar a las que se conocen como torres Martello, una tipología que, aunque inspirada en la arquitectura militar española es prácticamente desconocida por estos lares, siendo concebidas, diseñadas y desarrolladas por los british desde las postrimerías del siglo XVIII y, especialmente, los comienzos del XIX, cuando empezaron a tomar conciencia de la desagradable posibilidad de que los gabachos hicieran acto de presencia y los dejaran sin un mal budín o sin uno solo de sus abominables pasteles de riñones que llevarse a las fauces. Y tras este introito para situarnos en el contexto y el tiempo, comencemos con esta historia...

La Round Tower de Portsmouth. Como se puede ver, estaba unida a las
murallas de la ciudad
Los ingleses no se habían preocupado de fortificar sus costas a pesar de que su siniestro país era todo costa. La primera torre artillada fue la Cow Tower, en Norwich, siguiéndola contados ejemplares cuya misión era exclusivamente la defensa de los principales puertos de la nación, verbi gratia la Round Tower de Portsmouth o la torre del castillo de Camber, en el puerto homónimo. En el siglo XVII se edificaron dos torres artilladas, la Mount Batten, en Plymouth y la Comwell, el las islas Sorlingas, al parecer como defensa a posibles ataques de los holandeses, otros piratas herejes enemigos de Dios. 

La poderosa torre de Mount Batten. Recientemente restaurada, actualmente
se usa para que los british cursis celebren sus ceremonias matrimoniales
en el interior. Al menos sirve de consuelo saber que son tan memos como
aquí dando usos ridículos a sus añejas fortificaciones
Por sus dimensiones y potencia de fuego, la torre de Mount Batten era en puridad un pequeño fuerte circular. Construida en 1646, estaba concebida para emplazar en su terraplén nada menos que diez bocas de fuego. La de Cromwell, construida entre 1650 y 1652, defendía el puerto de New Grimsby y tenía capacidad para seis piezas. No obstante, la artillería usada en aquella época andaba cortita de potencia ya que se trataba de cañones de 4 libras. Esto indica que su cometido era simplemente cerrar con llave y candado la bocana del puerto, pero no servirían de gran cosa para hostigar naves que podían ofenderles impunemente desde mucha más distancia y, lo que era peor, podían reducirlas a escombros sin problema sin sufrir daños por quedar fuera del alcance de las pequeñas piezas emplazadas en las torres.

La torre Mortella según una acuarela de un oficial británico que se molestó
en levantar un plano de la misma. A la derecha, su estado actual tras ser
volada por orden de lord Howe. Obsérvese el enorme grosor de sus muros
A principios de febrero de 1794, dos navíos de la Royal Navy destinados a bloquear Córcega, en aquel tiempo ya en poder de Francia, atacaron una torre situada al norte de la isla, concretamente en un lugar llamado Punta Mortella y que defendía el acceso a la bahía de San Fiorenzo. Esta torre, llamada Torre Mortella, había sido construida por los genoveses siguiendo el trazado del arquitecto italiano Giovanni Paleari entre 1563 y 1564 para, junto a otras más, defender la isla de los puñeteros berberiscos que pululaban como moscas cojoneras por todo el Mediterráneo. Al mando de la escuadra estaba lord Howe, del que ya hablamos en la entrada que dedicamos al submarino Turtle en el contexto de la Guerra de Independencia de los yankees. Howe, que era de los que se aburrían si se limitaba a echar el ancla y hacer de simple perro guardián durante los bloqueos navales, ordenó llevar a cabo un ataque para apoderarse la la bahía, el cual se llevó a cabo el día 7. 

Bajo su mando tenía dos buenos buques, el HMS Fortitude, de 74 cañones, y la fragata HMS Juno, de 32, con los que durante dos horas bombardearon sin descanso la torre la cual prácticamente ni se inmutó. Sin embargo, las dos piezas de 18 libras emplazadas en su terraplén- disponía de un tercer cañón de 6 libras apuntando hacia atrás en prevención de un ataque por tierra- sí hicieron notar sus efectos en los barcos británicos. Solo el Fortitude, al mando del capitán Young, sufrió daños en el casco, el aparejo, el velamen, tres piezas inutilizadas y tuvo 62 bajas, 6 permanentes por defunción irreversible y 52 heridos. Finalmente, la puñetera torre solo pudieron rendirla tras llevar a cabo un desembarco con piezas de artillería de campaña que, obviamente, superaba con creces al pequeño cañón que defendía la zaga de la torre ya que las piezas grandes no podían ser apuntadas hacia atrás. En todo caso, el gasto de pólvora y hombres no sirvió de gran cosa ya que los british evacuaron la isla en 1796 no sin antes volar la torre Mortella, que dejaron totalmente inutilizada por si algún día tenían ocasión de volver por allí. En el plano de la izquierda podemos ver una planta de la torre con el emplazamiento de sus cañones de 18 libras y la pequeña pieza de 6 apuntando hacia la retaguardia. Las líneas de puntos marcan el campo de tiro cada pieza que, como se puede ver, podían incluso efectuar un devastador fuego cruzado.

El fogoso lord Howe (1726-1799)
Aquí debemos abrir un paréntesis para aclarar un aspecto que puede que a más de uno ya le haya saltado en las meninges. ¿Qué tiene que ver una torre Mortella con las torres Martello? Sí, suenan parecido, pero no es la misma palabra y, sin embargo, los british usan el término "Martello towers" de forma genérica para estas torres artilladas costeras. Bien, hay varias teorías como está mandado porque, obviamente, las torres Martello surgieron a raíz del breve pero intenso cambio de impresiones que mantuvieron los gabachos que defendían la Torre de Mortella y lord Howe y sus muchachos. La opinión más extendida es que se trata de una simple corrupción fonética debido quizás a la dificultad por pronunciar correctamente el nombre de la torre en cuestión. Otra teoría, que teniendo en cuenta el carácter de los british y su servilismo hacia los mandamases no debemos desechar sin más, afirma que lo de Martello en vez de Mortella se debió simplemente a que Howe se equivocó al escribir el nombre, lo que suele pasarnos a todos cuando nos referimos a algo ajeno a nuestro idioma, y nadie se atrevió a corregirle el gazapo. En la Inglaterra de la época un lord estaba en tercer lugar en la escala social después de Dios y el rey, y el hecho de indicarles que habían metido la pata era poco menos que una blasfemia, así que nadie quiso contristar al mandamás. Y por añadir una teoría más, se cree que el término se tomó de la palabra italiana martello, martillo o también repicar (suonare a martello), en referencia a las campanas con que estas torres hacían sonar la alarma cuando las cosas se ponían feas. En todo caso, como ya hemos dicho, el término martello tuvo éxito y pasó a usarse para denominar las torres artilladas con los que los british fortificaron las costas de Inglaterra, Irlanda y, por supuesto, de sus posesiones más preciadas a lo largo de su imperio si bien fue en la isla madre donde, por razones obvias, se construyó el grueso de las mismas ante el peligro de ver a la Grande Armée desfilando delante del palacio de Buckingham o usando la abadía Westminster como cuadra y la Torre de Londres como cuartel. Cerramos el paréntesis y proseguimos.

Sir David Dundas (1735-1820) que al cabo fue el primero en
plantear la necesidad de fortificar adecuadamente las costas
En 1797, sir David Dundas, general al mando del Distrito Sureste, ya había presentado un proyecto para fortificar la costa bajo su jurisdicción con "cien torres de piedra". Este sujeto, que había tomado parte en el bloqueo de Córcega y tuvo conocimiento de primera mano de lo sucedido en Punta Mortella, vio claramente desde el primer momento que la creación de una línea fortificada a lo largo de la costa era la mejor forma de asegurarse de que los gabachos no se presentarían sin avisar. Pero, como suele pasar, hasta que no olemos de verdad el peligro no solemos tomar conciencia del mismo y los mandamases, chorreando seguridad en sí mismos, no acabaron de tomar muy en serio las sensatas advertencias del general Dundas. Sin embargo, apenas un año más tarde el gobierno revolucionario francés reunió una potente fuerza de desembarco para atacar a sus aborrecidos vecinos por el camino más corto, el Paso de Calais. Ante semejante perspectiva, el capitán Reynolds, de los Ingenieros Reales, recuperó el proyecto de sir David para fortificar la costa sur entre Dover y Littlehampton, pero el ejército invasor al mando del enano corso fue finalmente enviado a Egipto para aprender a saquear tumbas faraónicas. El peligro inminente había sido conjurado de momento, pero el primer aviso ya estaba dado, y era más que evidente que podían darles otro susto a las primeras de cambio.

John Pitt (1756-1835) II conde de Chatham y primogénito
de William Pitt el Viejo. Como Maestre General de la
Artillería fue uno de los principales impulsores de las torres
Martello junto a su hermano Pitt el Joven
Y dicho peligro volvió en 1803 cuando el enano, que un año antes había sido nombrado cónsul vitalicio, retomó el proyecto de invadir Inglaterra y acabar con el que eran en aquel momento su enemigo más poderoso. En esta ocasión fue otro oficial de los Ingeniero Reales, el capitán Ford, el que presentó un proyecto para fortificar la que era a todas luces la zona más susceptible de ser atacada, la costa sur de la isla en el área comprendida entre Folkestone y Eastbourne, concretando con minuciosidad todas y cada una de las playas donde se podía efectuar un desembarco. Cualquier flota que partiese desde Calais o Boulogne-sur-Mer estaría lo que se dice a un paseo de las costas británicas, por lo que arribarían antes incluso de que el personal empezara a marearse con el meneo de los barcos. Aunque el proyecto de Ford estaba claramente inspirado en el que presentó el capitán Reynolds apenas cinco años antes, difería  en que el de este último contemplaba la construcción de torres combinadas con baterías de forma que se apoyasen unas a otras, mientras que el de Ford se basaba simplemente en la construcción de torres aisladas fuertemente artilladas que, en teoría, debían bastarse por sí solas para rechazar una escuadra enemiga.

La Wish Tower, en Easbourne, fue parte de la primera línea construida.
Inicialmente estaba rodeada por un foso que, como vemos en la foto,
fue cegado en su día por lo que su altura no corresponde a la original.
Una vez que el enano se autocoronó como empereur des français- literalmente, porque le quitó la corona de las manos al papa Pío VII y se la plantó él mismo en la calva- puso todos los medios a su alcance para retomar la invasión a su odiada isla. Reunió en Calais nada menos que 160.000 hombres y se requisaron todas las embarcaciones menores y barcazas disponibles para transportarlos al otro lado del Canal. Para defenderse, los british disponían de unos 130.000 hombres y las obras para la construcción de las torres prácticamente no habían comenzado siquiera porque la burocracia del estado era simplemente laberíntica y paquidérmica. Un organismo era el que ponía la pasta, otro el que aportaba las armas siempre y cuando el anterior facilitara los fondos, otro era el encargado de constuirlas, pero para ello debía disponer, además de los dineros, de los contratos con las empresas de construcción necesarias, las cuales a su vez tenían que sub-contratar a otras firmas porque ellos de por sí no daban abasto, a lo que había que sumar los proveedores de materiales de construcción, tema que, aunque parezca irrelevante, en Inglaterra era de lo más enjundioso porque las torres debían fabricarse preferentemente de ladrillos- era considerado el material más idóneo porque su elasticidad favorecía la absorción de los impactos enemigos- y cada torre requería entre 200 y 250.000 unidades como mínimo. Y, por supuesto, estaban de por medio los distintos organismos consultores de cada departamento y, como no podía ser menos, tropocientos políticos que querían tener la razón, opiniones encontradas entre estos y los militares y entre los militares de distintos cuerpos. En resumidas cuentas, sacar adelante un proyecto de semejante envergadura no era cosa de dos días, y mientras tanto las hordas del enano sacaban punta a sus bayonetas para hurgar las tripas de los atribulados british. De hecho, desde que empezaron las reuniones para dirimir la viabilidad del proyecto del capitán Ford pasaron nada menos que quince meses, por lo que hasta hasta 1805 no se acometieron las obras para construir las 74 torres que debían proteger la costa sur y que, evidentemente, no estarían terminadas en unos meses, sino que tardarían años. No fue hasta 1810 cuando se terminaron las obras, y para entonces el enano estaba dedicado a otros asuntos.

Torres 14 y 15 de la playa de Hythe, en Kent. Las torres de la  primera
"hornada" fueron identificadas por números, mientras que para la segunda
se usaron letras. La cercanía de estas dos se debía a lo extenso de una playa
en la que llevar a cabo un desembarco era extremadamente fácil
Pero el susto ya lo tenían metido en el cuerpo, la población había tomado conciencia de que la amenaza era real y ya no se podía seguir con la política de mirar por encima del hombro y levantar la ceja como si el penco preferido del lord de turno volviera cojo de una cacería del zorro. El peligro, aunque latente, no estaba ni remotamente conjurado y el enano podía retomar su añejo plan de invasión en cualquier momento, así que en 1805 se aprobó un nuevo proyecto para construir otras 29 torres más entre Clacton-on-Sea, en Essex, hasta Aldeburgh, el Suffolk, que se fue completando entre 1809 y 1812. Aquel mismo año se presentó un nuevo proyecto, este de 55 torres y dos baterías, para completar el tramo de costa entre Aldeburgh y Brightlingsea destinado a proteger, además de las playas, los estuarios de los ríos por donde las naves de una hipotética invasión podrían adentrarse en tierra firme. Con todo, y a la vista de que el presupuesto engordaba más que las comisiones de un alcalde declarando zonas urbanizables los cementerios y los vertederos de basuras, finalmente se redujo la cantidad a 26 torres más pequeñas, una torre grande y un reducto en Harwich. En fin, a tanto llegó la sensación de peligro que se acabó fortificando toda la costa oriental de la isla empezando desde Escocia y acabando en el extremo sudoeste, en Gales, así como la costa este de Irlanda, donde se construyeron unas cincuenta. Además, las campañas de fortificación con torres Martello se extendió por todas sus colonias: Canadá, las Bermudas, las Islas Vírgenes, Australia, la India, Sudáfrica, etc., e incluso en Menorca durante los escasos cinco años que nuestra isla estuvo en su poder. Las últimas se terminaron en fechas tan tardías como 1850, cuando en realidad su utilidad era ya más que cuestionable a la vista de los avances en la artillería de la época, pero la cosa es que incluso con el enano enterrado bien hondo tras su derrota en Waterloo en 1815 y su defunción en Santa Elena en 1821 no se detuvo la construcción de las torres. 

Foto de 1909 de la torre CC de Aldeburgh, en Sufflok, que aún conservaba
por aquellas fechas el semáforo de señales
Sin embargo, y a pesar de las monstruosas sumas de dinero destinadas a la consecución de las obras para fortificar las costas del imperio y, ante todo, de la metrópoli, las torres Martello jamás llegaron a entrar en acción. Ni los barcos del enano llegaron a cruzar el Canal, ni las construidas en sus vastas posesiones se vieron en la necesidad de rechazar a ningún enemigo. En 1820 el Almirantazgo decidió darles alguna utilidad como torres de señales estableciendo una cadena de estaciones de semáforos aprovechando una idea surgida diez años antes que consistía en emplear los mástiles de la bandera para, con un básico sistema de señales que solo requería tres pelotas de lona de color negro, poder comunicarse entre una torre y otra. No obstante, y de nuevo la maldita burocracia, la Junta de Artillería no permitió el uso de las torres para este cometido, aunque sí dio permiso para instalar los semáforos en los terrenos colindantes a las mismas con la condición de que no interfirieran en el cometido defensivo de las torres, y prohibiendo que los alojamientos para los señaleros estuvieran construidos con materiales lo suficientemente resistentes- léase piedra o ladrillo- como para que, en caso de un desembarco, pudieran ser usados por el enemigo como refugio. Así pues, los mástiles de los semáforos se instalaron a distancias que oscilaban entre los 18 y los 45 metros de las torres, y al personal que los manejaba se les permitió alojarse en las mismas en tiempo de paz o bien en barracones de madera.

Torre 8 en Folkestone habilitada como vivienda. Algunas se ofrecen en plan
residencia de lujo de vacaciones para alquilar. No comment...
Hacia finales del siglo XIX las torres Martello fueron desactivadas y abandonadas salvo contadas excepciones que se siguieron empleando para dependencias portuarias y similares. Para concluir  y a modo de curiosidad, la única torre Martello que entró en acción fue la situada al nordeste del muelle de Pembroke durante la 2ª Guerra Mundial, cuando las tropas que la usaban como puesto de observación abrieron fuego con ametralladoras Lewis contra unos bombarderos tedescos que se dirigían al interior de la isla aunque, al parecer, sin que sirviera de nada. Algunas torres de la costa sur se emplearon también como puestos de observación sin que en todo el conflicto sus guarniciones hicieran otra cosa que hartarse de té con plum cake de boniatos y budín de nabos por aquello del racionamiento. Al día de hoy muchas de ellas han desaparecido, otras siguen en pie a duras penas, otras han sido "puestas en valor" y otras han sido adquiridas por particulares para su uso como viviendas, donde podrán dormir tranquilos porque son verdaderos monolitos que, debidamente cuidados, pueden durar siglos en pie antes de que se les caiga el tejado en la cabeza.

Bueno, por hoy ya vale. En el próximo artículo hablaremos de la morfología, los sistemas constructivos y el armamento de que estaban provistas estas torres que tanto costaron y de nada sirvieron.

Ahí queda eso.

Hale, he dicho

miércoles, 22 de mayo de 2019

FLAKTÜRME. Armamento. MG-151/20


Efectos de la munición de 20 mm. sobre la cola de un Short Striling alcanzado durante una incursión a Duisburg en abril
de 1943. Aunque el aparato pudo regresar a base, el artillero de cola quedó hecho un colador y dos tripulantes más
sufrieron heridas de diversa consideración. Como vemos, ser alcanzado por la artillería ligera no era ninguna tontería

MG-151/20 sobre una base fija en la
G-turm de Friedrichshain, en Berlín
Bueno, criaturas, con este chisme completamos lo referente a la artillería ligera emplazada en las Flaktürme protagonistas de esta pequeña monografía y, ciertamente, es el arma más singular de todas ya que sus orígenes no tenían nada que ver con la artillería antiaérea, sino que fue creada para armar los cazas de la recién nacida Luftwaffe. En todo caso, si un arma instalada en un avión sirve para destruir otro avión, esa misma arma será igualmente válida para mandar a hacer gárgaras al mismo avión estando emplazada en tierra o incluso en la mesita de noche junto a la piltra para, de ese modo, poder conciliar el sueño mientras uno se entretiene derribando aparatos enemigos. En fin, a lo que vamos...

Como ya sabemos sobradamente, cuando el ciudadano Adolf se hizo el amo del cotarro empezó a bajar la descomunal tasa de paro de Alemania a base, entre otras cosas, de iniciar el rearme del maltrecho ejército tedesco, que hacían la instrucción poco menos que con tirachinas. Las prestigiosas firmas armamentísticas germanas estaban más mustias que un pescadero en el Sáhara, y cada cual subsistía como podía o le dejaban. Como es obvio, en cuanto el ciudadano Adolf llegó al poder y se reunió con los mandamases del Heer para anunciarles que el Tratado de Versalles era papel mojado y que ya podían hacerle una lista de lo que necesitaban para devolver a la nación su poder militar, todos se pusieron a hacer palmitas empezando por los fabricantes de armas, que por fin veían la luz al final de un túnel que había durado quince años.

La criatura. El cable era para conectar el arma al sistema eléctrico del avión
Uno de ellos era la Waffenfabrik Mauser A.G., que apenas se mantenía fabricando fusiles y sus magníficas pistolas C96 que exportaban a todo el mundo, especialmente a los chinos que, por aquel entonces, pasaban el tiempo matándose entre ellos y que mantenían una gran demanda de este tipo de armas que suministraban entre los tedescos y las afamadas copias españolas de la icónica pistola. En 1935 la Mauser recibió el encargo de desarrollar una ametralladora de 15 mm. destinada a armar los aparatos de la recién nacida Luftwaffe. Esta máquina debía estar preparada para disparar munición de alta velocidad y, por su calibre, ser complementaria de la MG-131 de 13 mm. fabricada por la  de Rheinmetall. Básicamente, el resultado fue una ametralladora provista de un sistema de disparo eléctrico que eliminaba los problemas de sincronización- recordemos que muchos aviones disparaban a través de la hélice- que, entre otras cosas, reducía las posibilidades de interrupciones ya que la introducción del cartucho en la recámara, el cierre de la misma y la expulsión de la vaina servida no se llevaba a cabo por un sistema mecánico tradicional, sino eléctrico, por lo que si un cartucho fallaba era extraído y expulsado de forma automática. O sea, algo parecido a lo que actualmente vemos en los cañones rotativos. 

Fragmento de cinta de cartuchos de 15x96 mm. En el detalle se pueden ver
como eran los eslabones, unidos unos a otros por una simple pestaña
Las prestaciones de la munición de 15 mm. eran bastante notables. Su velocidad inicial era ligeramente superior a los 1.000 m/seg. logrando una cadencia de entre 650 y 700 dpm. La alimentación se llevaba a cabo mediante cintas formadas por eslabones desintegrables, el mismo sistema que emplea, por ejemplo, una M60 o una MG42, reduciendo así las posibilidades de interrupciones ya que cuando el cartucho era empujado hacia la recámara los eslabones se desprendían, cayendo por una ventana de expulsión. Y, como hemos dicho ya, la alimentación y el sistema de disparo por electricidad aseguraba el funcionamiento del arma. Por lo demás, las cintas por eslabones permitía su reutilización cuando, posteriormente, se empezaron a usar estas armas en emplazamientos terrestres ya que bastaba unirlos para recargarlos y formar una nueva cinta, para lo que no hacía falta emplear ningún tipo de máquina llegado el caso aunque el proceso fuese más lento. 

MG-151 de 20 mm. Este modelo en concreto no está provisto de
mecanismo ni disparador eléctrico
Sin embargo, lo que en teoría era una ventaja, en este caso la alta velocidad del proyectil, dejó claro durante las pruebas que se llevaron a cabo que en realidad era un verdadero problema y gordo además. Dicha velocidad, unida a la alta cadencia de tiro del arma, liquidaba el estriado del ánima en un tiempo bastante corto con los inconvenientes que suponía. Pero había otro inconveniente más, y era que la munición de 15 mm. no daba cabida a una carga decente de alto explosivo, por lo que su poder letal se limitaba a convertir en un colador a los aviones enemigos, pero si no alcanzaba el motor o los depósitos de combustible de poco servía. Sólo disponían de un proyectil trazador con dispositivo de auto-destrucción que cargaba 2,8 gramos de explosivo, pero al parecer no era lo bastante dañino para asegurar el derribo de un aparato enemigo.

Arriba tenemos un proyectil de 15 mm. Debajo, el de 20 mm. La diferencia
es más que notable
Así pues, la Mauser se puso las pilas para rediseñar el cañón y adaptarlo a un calibre que fuera menos veloz, por lo que el desgaste del rayado no sería un problema, y que tuviera un poder destructivo mayor. Los encargados del proyecto fueron los mismos que crearon la primera versión: el profesor Kurt Fleck, que era el que controlaba la producción del arma, y los profesores von Lossnitzer y Doerge, que fueron los responsables del diseño. El calibre elegido era un cartucho de 20×82 mm. resultante de recortar y ensanchar el diámetro de la vaina del cartucho de 15 mm. Lógicamente, el proyectil de 20 mm. era mucho más poderoso y su capacidad permitía además una variedad más amplia de municiones en función del uso requerido. Por otro lado, su mayor masa permitía poner en el aire más cantidad de metal capaz de hacer pupa: 42 kilos contra 86, y además la cadencia de la variante de 20 mm. era de 50 disparos por minuto más, por lo que su potencia de fuego era notablemente superior a la de su antecesor de 15 mm. Por todo ello, a partir 1941 fue el cañón estándar de la aviación tedesca. 

MG-151/20 en configuración de arma anticarro. A 100 metros podía
perforar hasta 18 mm. de acero con una inclinación de 30º
Por cierto que, en este punto, conviene abrir un paréntesis acerca de la denominación del arma. Conforme a las normas alemanas de la época, todo lo que fuera de un calibre inferior a 20 mm. se consideraba como un arma larga: fusil, fusil anti-carro, ametralladora... Por lo tanto, su denominación original era la correcta ya que el arma disparaba un cartucho de 15 mm. Era una Maschinen Gewher o MG, una ametralladora. Pero al reconvertirla para disparar un proyectil de 20 mm. en teoría sería un Maschinen Kanone, un MK, o sea, un cañón ametrallador. Sin embargo, conservó su denominación original basada, según las citadas normas, en que los dos primeros números indicaban el calibre en milímetros, 15, y el segundo el modelo del arma, 1 en este caso, de donde sale el 151 por el que todos lo conocemos. Así pues, la denominación oficial pasó a ser MG-151 15/20 para hacer notar que era una variación del modelo original. Sin embargo, al poco tiempo la coletilla del 15/20 se dejó de usar, quedando su denominación como MG-151 de 20 mm. y santas pascuas.

Curiosa foto que muestra una cinta de munición de 20 mm.
en una G-Turm. Al fondo se ve la pieza pero con lo cañones
desmontados. Igual les estaban sacando brillo, digo yo...
Bien, ese es el origen del arma. Pero en 1944 y a la vista de como estaba el patio, los mandamases de la Luftwaffe llegaron a la conclusión de que los 20 mm. ya se quedaban cortos, y más cuando se trataba de derribar bombarderos cuatrimotores erizados de ametralladoras o los poderosos cazas yankees con sus seis u ocho ametralladoras Browning M2 de calibre 12'70 mm. Los P-47, P-52 o P-38 eran verdaderas malas bestias porque uno de esos trastos podía poner en el aire unos 4.000 proyectiles por minuto, que no es moco de pavo. Los tedescos prefirieron menos ametralladoras y más cañones, así que se decantaron por los MK-108 de 30 mm. que con unos pocos disparos podían mandar a hacer puñetas a un B-17 o un B-24, para no hablar de un caza. Obviamente, las MG-151 no fueron ni mucho menos eliminadas ya que, solo la Mauser, entre 1940 y 1943 había fabricado 29.500 unidades, pero se les empezó a dar uso instalando afustes para tres armas en vehículos, ferrocarriles, sobre cureñas remolcadas, patrulleros de la Kriegsmarine e incluso se llegaron a emplear como arma contra vehículos y carros ligeros instalando un cañón sobre una cureña rodante. Su capacidad de penetración hasta los 300-400 metros oscilaba entre los 10 y los 15 mm. dependiendo del grado de inclinación del blanco, por lo que podían dejar fuera de combate a más de un enemigo. Y, por supuesto, se destinaron a emplazamientos fijos como el caso de las Flaktürme que nos ocupan. 

En estos casos se dejó de lado el mecanismo eléctrico por uno convencional ya que, por razones obvias, no siempre era posible disponer de una fuente de energía adecuada y, por otro lado, en su uso terrestre una interrupción no era lo mismo que verse en pleno combate aéreo sin poder defenderse, así que se hicieron las modificaciones oportunas para ello. El resultado podemos verlo a  la derecha. El conjunto estaba formado por tres MG-151 montadas sobre un pedestal. Su capacidad de giro horizontal era de 360º, y el grado de elevación iba de -10 a 60º. El peso de cada cañón era de 42 kilos, y con su cadencia de 750 dpm. ponía en el aire 2.250 proyectiles. Recordemos que este chisme no funcionaba con peines de 2o cartuchos como el Flak 30/38, sino por cintas. Estas se alojaban en dos depósitos situados en los costados para las dos armas laterales con capacidad para 240 cartuchos, mientras que la del cañón central, situado en la parte delantera, era para 500 cartuchos. La recarga no tenía ningún misterio. Bastaba quitar el depósito vacío, sustituirlo por otro lleno e introducir la cinta por la tolva. Como en muchas ametralladoras había que accionar el cierre dos veces para cargar el arma: una para sacar el cartucho de la cinta, y otra para introducirlo en la recámara. Para manejar el arma disponía de dos apoyos para los hombros, uno de ellos circular y generosamente acolchado, que incluían un freno de bloqueo, y un asidero a cada lado como si se tratara del manillar de una moto. El disparador estaba en la empuñadura derecha.

En la foto de la izquerda podemos ver el aspecto del drilling (trío) sobre un SdKfz 251/21, uno de los vehículos más empleados para convertirlos en plataformas antiaéreas, contra vehículos o incluso anti-personal. Como podemos observar, los cañones laterales estaban montados en su cureña levemente girados hacia fuera, imagino que para facilitar su recarga. El sistema de puntería para uso terrestre era el visor de 3×8º que ya vimos en la entrada que se dedicó al Flak de 37 mm., mientras que para uso antiaéreo se tenían que conformar con la típica mira de anillas y ayudarse con las trazadoras. En el caso del SdKfz 251/21, el escudo envolvente que vemos le limitaba bastante el grado de elevación, que se veía reducido a un rango de -5º a 49º. Pero lo más reseñable de esta foto son las peculiares bocachas llamadas schrägdüse (bocacha oblicua) que llevan los cañones laterales y que son motivo de controversia entre el personal aficionado a estos temas sin que nadie tenga claro el motivo de su uso. Si nos fijamos, tienen un corte cejado, quedando la parte más corta hacia fuera mientras que el cañón central no lleva bocacha. 

Esto ha hecho pensar a más de uno que el motivo era impedir que el rebufo de las armas laterales interfirieran en la precisión de la central. Sin embargo, mi conclusión es otra, debido entre otros motivos a que hay gran cantidad de fotos en las que aparecen los drilling sin estas bocachas, ergo no necesariamente había que usarlas para no perjudicar la precisión. Observemos el gráfico de la derecha donde vemos el morro de un Messerschmitt Me 410 armado con dos MG-151, una a cada lado del fuselaje. Como vemos, la peculiar forma de estas bocachas servían para adaptar la boca del cañón a la forma curvilínea del fuselaje, nada más. Y, como es lógico, cada una debía adaptarse al lado que le correspondía, derecho o izquierdo, por lo que cada una quedaba mirando hacia el lado correspondiente. 

Así pues, mi teoría es que, simplemente, cuando usaron cañones procedentes de aviones no se molestaron en desmontar las puñeteras bocachas. ¿Que por qué entonces el cañón central no llevaba ninguna puesta? Pues quizás por la misma razón que el drilling sobre pedestal que vemos en la foto solo tiene puesta la del cañón derecho, o por la misma por la que el montaje ferroviario de la foto de al lado no lleva ninguna. Capricho, estética o, tal vez, la creencia de que lo del rebufo podría interferir en la trayectoria del proyectil central. Pero digo yo que, en ese caso, ¿qué pasa con los montajes triples de los acorazados, que disparan proyectiles cuyo rebufo es capaz de mandar a hacer puñetas un camión bien gordo? En cualquier caso, ahí dejo el tema por si alguien sabe la respuesta y nos quiere sorprender a todos, lo cual será de agradecer.

Y en lo referente a las Flaktürme, en 1944 se empezaron a enviar estas armas para sustituir o complementar la artillería ligera emplazada tanto de las G-Türme como las L-Türme. En la foto de la derecha vemos como una de ellas a la que se le ha desmontado provisionalmente el cañón central es izada para, una vez arriba, emplazarla en la plataforma triangular con discos regulables en altura en cada pata para nivelar la pieza. En el caso de ser enviadas como refuerzo su pequeño tamaño permitía colocarlas en cualquier parte de la plataforma inferior de las torres, no siendo necesario ocupar un nido de golondrina. La dotación de cada drilling era de seis hombres que, aparte del tirador, se dedicaban a reponer a toda velocidad el arma cada vez que un depósito de munición se vaciaba, lo que ocurriría con bastante rapidez, o a acarrear dichos depósitos desde los respuestos a la pieza. Ciertamente, la potencia de fuego que podían desplegar era superior a la del Flakvierling 38 que, limitado por sus cargadores de 20 cartuchos, ponía 800 proyectiles por minuto en el aire mientras que la MG-151, con un cañón menos, sobrepasaba los 2.200 proyectiles.

Auxiliares de la Luftwaffe recargando una
cinta con los eslabones que quedan esparcidos
por el suelo tras una refriega
Como ventaja añadida, en caso de sobrecalentamiento si se mantenía fuego sostenido cambiar de cañón era extremadamente fácil. Bastaba agarrarlo con los guantes de amianto, darle un cuarto de vuelta y ya estaba fuera. Se ponía otro de repuesto y a seguir repartiendo estopa. Un artillero entrenado hacía el cambio en segundos, así que bastaba tener a mano un juego o dos de cañones para irlos reponiendo cuando fuese necesario. Por cierto que, contrariamente a los Flakvierling 38, los drilling no podían efectuar fuego selectivo, o sea, que cuando se pulsaba el disparador funcionaban siempre los tres cañones. Por lo demás, de la misma forma que llegaron a las Flaktürme se fueron. No hay constancia ni datos que permitan saber con certeza quién fue el que ordenó armar estas torres con las MG-151, pero tampoco quién y por qué se ordenó que fueran retirados. Del mismo modo tampoco hay noticias de su eficacia, ni de que lograran algún derribo. Quizás su eficacia no fuera la que se esperaba o tal vez sus sistemas de puntería, válidos solo contra aparatos que volasen a muy baja cota, fue la consecuencia de su magra cosecha de derribos. O puede que fuesen más necesarios en los SdKfz 251/21, donde podían acudir a apoyar unidades de infantería que, en esos casos, sí eran ciertamente hostigadas por cazas que volaban a muy poca altura. 

Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Con todo, antes de concluir debemos tener en cuenta que, a pesar de que en las torres no dieran el resultado apetecido, estas armas tuvieron un rendimiento francamente bueno a lo largo de la guerra tanto como armamento aéreo como en sus diversos empleos terrestres. De hecho, tras el conflicto fueron usados por Rumanía, Rodesia, Portugal e incluso Francia, que los empleó para artillar helicópteros en sus violentos cambios de impresiones con los viet-congs de Indochina. 

En fin, s'acabó. Me piro, vampiro.

Hale, he dicho

Un drilling en un emplazamiento de circunstancias. La foto nos permite observar los depósitos de munición con sus
peculiares aberturas para facilitar la salida de la cinta sin interrupciones. Encima se ve la tolva de alimentación. Por
cierto que, en este caso, las polémicas bocachas no están orientadas hacia los lados, sino hacia abajo. Misterio misterioso...

jueves, 16 de mayo de 2019

Las torres Winkel


Vista aérea del complejo industrial de la Focke-Wulf en Bremen bastante perjudicado por los bombardeos aliados.
Las dos cosas esas con aspecto de supositorios amenazadores son dos torres Winkel

Andenes del metro de Madrid durante una noche movidita
Uno de los muchos estereotipos que el personal tiene marcado a fuego en el magín es la imagen opresiva de los refugios antiaéreos subterráneos. Cada vez que sale en una peli una escena de bombardeo contiene los mismos ingredientes: mogollón de gente hacinada en un espacio angosto y tenebroso con las bombillas que fallan cada dos por tres, el nene acojonado abrazado a su osito, sus abnegados progenitores mirando con cara de agobio al techo, de donde no para de caer polvo cada vez que suena una explosión con el contrapunto del llanto de un crío de teta de fondo, el abuelo pasota que le da una  higa todo y acaricia el lomo de su nietecita mientra fuma apaciblemente en pipa y, en fin, la impresión general de pánico ante la perspectiva de que la entrada quede cegada por los escombros y sufrir una de las cosas que más espantan a las "personas humanas", palmarla enterrados vivos. Fotos como la que aparece arriba las hemos visto repetidas mil veces: túneles del metro, alcantarillas, sótanos y, en fin, cualquier hoyo bien hondo donde meterse, porque dentro de las tácticas de bombardeo que se empezaron a desarrollar precisamente durante nuestra guerra civil estaba el empleo de espoletas de retardo, destinadas a detonar cuando la bomba había penetrado varios metros en el suelo, provocando con ello el colapso de los edificios previamente debilitados por la acción de las bombas cargadas con alto explosivo y a continuación calcinados con las de fósforo. En algunos casos incluso se retardaba la detonación un largo rato, para que explotaran cuando la gente empezaba a salir de los refugios. Mala leche, ¿que no?

Obsérvese que la ropa y el cabello de las víctimas no
ha ardido, o sea, no perecieron bajo la acción directa
del fuego, sino de un aire que alcanzó los 800º. El
Apocalipsis tuvo lugar antes de Hiroshima
Como ya podemos imaginar, mucha gente murió en los refugios subterráneos entre otras cosas porque la furia desencadenada en algunos ataques alcanzó niveles apocalípticos en los que las tormentas de fuego acabaron con todo bicho viviente, bien por la acción directa de las explosiones, por quedar sepultados bajo toneladas de escombros o para acabar simplemente achicharrados por la acción del aire hirviente que llegaba desde el exterior, como el caso de la escalofriante imagen de la derecha, en la que se ve una familia entera convertida en momias calcinadas tras una de las oleadas de cientos de bombarderos que atacaron Hamburgo durante la "Operación Gomorra" en julio de 1943. Obviamente, solo a alguien como a Harris se le pudo ocurrir dar un nombre semejante a dicha operación porque fue literalmente un calco del castigo que Yahvé envió sobre la depravada población bíblica. En todo caso, aunque esa imagen claustrofóbica que tenemos archivada en el magín es rigurosamente cierta, y más en el caso de poblaciones que lo último que pensaban era verse víctimas de ataques aéreos como ocurrió durante la guerra civil y se tenían que meter donde fuera, la cuestión es que, en modo alguno, todos los refugios estaban construidos bajo tierra y, de hecho, en muchas poblaciones alemanas incluso se edificaron dándole el aspecto exterior de un bloque de viviendas normal y corriente para no ser tomados como referencias de blanco, que fue uno de los inconvenientes de las Flaktürme, cuya peculiar morfología permitía identificarlas de inmediato. Otra cosa es que su formidable estructura las hiciera prácticamente invulnerables, pero eran un imán que convertía las zonas adyacentes en el blanco de las miles de bombas que se dejaban caer durante los bombardeos de alfombra que redujeron a la condición de solares grandes extensiones de terreno de las ciudades alemanas.

Carga bélica de un bombardero alemán Gotha. A lo tonto a lo tonto, las
incursiones de estos aparatos hicieron bastante daño
Bien, la cosa es que, como ya hemos tratado en alguna entrada al respecto, los tedescos abrieron la Caja de Pandora durante la Gran Guerra cuando iniciaron lo que hasta aquel momento era algo impensable e incluso moralmente reprobable (como si la guerra en sí fuese moral), bombardear poblaciones civiles que, en aquel momento, estaban indefensas ante la supuesta imposibilidad de que algo así pudiera ocurrir. Pero ocurrió, y además inició un nuevo tipo de guerra que iba más allá de los frentes de batalla. Al enemigo ya no solo se le aniquilaban sus ejércitos, sino también se destruían sus fábricas, sus casas y, por supuesto, se mataba a la población civil. Está de más decir que el término de la contienda no puso punto y final al uso táctico de una aviación cada vez más moderna y letal contra objetivos situados a retaguardia, sino que se consideró como una parte primordial de cara a minar los recursos de los enemigos. Y como era más que lógico que si uno tiraba bombas a la azotea del vecino el vecino haría lo propio, ya en los años 20, con los cañones aún enfriándose, empezaron a diseñar planes para poder llevar a cabo una defensa eficaz contra posibles ataques aéreos sobre las ciudades, para lo que en 1927 se creó la Deutsche Luftschutz-Liga (Liga de Defensa Aérea Alemana), cuya misión era informar a la población acerca de cómo actuar en caso de ataque, cómo usar las máscaras antigás, ya que se consideraba que la posibilidad del empleo de gases venenosos sería un hecho y, como buenos germanos, pedir a los vecinos que, de forma voluntaria, participasen tanto en la construcción de refugios antiaéreos e incluso hiciesen aportaciones económicas para la distribución de máscaras antigás entre las personas que, carentes de medios, no pudieran adquirir una. Abro un paréntesis para afirmar que, indudablemente, en este sentido los alemanes echan la pata con creces al resto de los europeos, siendo capaces de levantar a su país de las ruinas dos veces en un período de apenas 35 años y convertirse en la primera potencia económica del continente. Cierro paréntesis y prosigo.

Probas y solidarias tedescas de la Reichsluftschutzbund con sus monos, sus
máscaras y sus cascos procedentes de la Gran Guerra
Cuando el ciudadano Adolf se hizo el amo del cotarro se tomaron muy en serio el tema de la protección civil. La antigua Deutsche Luftschutz-Liga, que dependía de la policía, dio paso en abril de 1933 a una nueva organización, la Reichsluftschutzbund (Federación de Defensa Aérea del Reich) bajo el control del Ministerio del Aire, o sea, del inefable y orondo Göring. Como está mandado, se organizó con precisión germánica dividiendo todo el territorio en provincias, regiones, áreas y distritos con sus correspondientes responsables civiles que debían hacerse cargo de dirigir los refugios y edificios bajo su jurisdicción. De ese modo, en caso de ataque todo el mundo sabía qué hacer, dónde dirigirse y, una vez pasada la alarma, cómo colaborar en la evacuación de heridos, desescombrar, apagar incendios, etc. Ojo, no hablamos de cuatro gatos. En 1939, la Reichsluftschutzbund contaba con nada menos que 15 millones (sí, 15.000.000, aproximadamente el 23% de la población alemana de la época) de miembros entre hombres y mujeres perfectamente adiestrados y que, como no podía ser menos, tenían hasta su uniforme, su casco, sus insignias y su máscara antigás en casa por si se liaba parda y había que actuar. 

Armeros cargando la bodega de
un Short Striling para hacer
una visita a Alemania
Bueno, sirva esto de reseña para hacernos una idea de lo que preocupaba al ciudadano Adolf el tema de la defensa antiaérea, hasta el extremo de que no pasó mucho tiempo hasta que toda la población estaba obligada en mayor o menor grado a tomar parte en la misma a medida que avanzaba la guerra. De hecho, esta cuestión es para dedicarle un artículo bastante extenso, así que nos limitaremos de momento a aportar estos datos para poder comprender mejor el contexto en que se desarrollaron nuestras protagonistas de hoy. Señalar finalmente que, a la vista de como se puso el patio a raíz de los bombardeos iniciados por la RAF entre agosto y septiembre de 1940 el ciudadano Adolf mandó poner en funcionamiento el Führer-Sofort, un programa de emergencia para iniciar una construcción masiva de nada menos que 6.000 refugios antiaéreos a prueba de bombas más otros muchos preparados para resistir metralla de la gorda con capacidad para 35 millones de personas en 92 ciudades, es decir, la mitad de la población. El proyecto, que era algo más que faraónico, habría requerido la friolera de 200 millones de m³ de hormigón. ¿Que a cuánto equivale eso? Pues la Línea Maginot necesitó "solo" 1'5 millones, así que baste ese dato para imaginar lo que habría supuesto darle término. Porque, como es evidente, no se pudo acabar jamás de los jamases, y eso que cuando a los tedescos se les mete algo en sus cuadriculadas cabezas son capaces de lo que sea por conseguirlo.


Leo Winkel en la vejez. Duró más que un martillo
en manteca, porque palmó en 1981 con 95 tacos
A mediados de los años 30, un probo arquitecto llamado Leo Winkel tuvo una idea que se salía por completo de los cánones establecidos hasta la época en lo tocante a los refugios antiaéreos. En vez me meterlos bajo tierra optó por diseñar una torre cilíndrica o, mejor dicho, tronco-cónica, estando rematada por una techumbre cónica sumamente aguzada para que, en caso de que una bomba acertase, fuese desviada sin problemas. El 18 de septiembre de 1934 presentó la primera patente, que consistía en un edificio de 20 metros de altura con nueve pisos en su interior, dos de ellos bajo tierra, y con capacidad para 200 personas distribuidas cómodamente en su interior. El diseño estaba inspirado en la estructura de los altos campanarios renacentistas italianos, requiriendo una cimentación mínima ya que el mismo peso de la torre, construida enteramente de hormigón, se asentaba sólidamente en el terreno. La idea entusiasmó a los mandamases de la Luftwaffe debido, entre otra cosas, a que podían construirse en cualquier sitio donde hubiera un mínimo espacio disponible sin necesidad de abrir enormes hoyos en el suelo o cavar bajo edificios ya existentes.


A la izquierda podemos ver el plano original de la primera patente. El techo estaba reforzado con un cono de acero que hacía prácticamente impenetrable la torre salvo que la bomba impactase con un grado de 45º o menos, lo que era cuasi imposible. Tenía dos accesos, uno en la planta baja y otro al nivel de la primera planta mediante una escalera de madera. Los pisos interiores eran accesibles mediante las escaleras que vemos en el centro, y en la planta del sótano se instalarían tanto extractores de aire como aspiradores que lo pasaban por unos filtros colocados en el último piso en prevención de un ataque con gases asfixiantes. El personal se acomodaba en unos bancos circulares colocados alrededor de cada planta con el número de plaza correspondiente pintado en cada lugar. Todo muy ordenado y muy prusiano, como no podía ser menos. No obstante, el grosor del muro de esta torre no garantizaba una explosión cercana ya que solo alcanzaba los 30 cm., así que nuestro hombre no se durmió en los laureles y prosiguió efectuando mejoras.


Bomba de aire con sus manubrios por si fallaba el motor.
La bomba expulsaba el aire viciado y renovaba el interior
previamente filtrado.
En febrero de 1938, Winkel registró una nueva patente que presentaba una versión mejorada del modelo anterior que, básicamente, lo que hacía era reforzar más las paredes y eliminar los sótanos. Para facilitar el acceso incluso había tenido en cuenta que los escalones de las escaleras interiores tuvieran la menor altura posible para facilitar la subida a personas de todo tipo y edad. Del mismo modo, diseñó torres con más capacidad que eran denominadas en función de la misma. Inicialmente se construyeron torres de hormigón para 400, 315, 247 y 168 personas, y las de hormigón armado eran de cinco tipos: 500, 391, 305, 220 y 174 personas. Las mayores alcanzaban una altura que oscilaba entre los 20 y los 25 metros y un diámetro en la base de entre 8,4 y 10 metros. 


Restos de los antiguos bancos de madera de una torre. Se
distribuían de forma concéntrica en cada planta
El grosor de los muros se había aumentado hasta los 2 metros a la altura del suelo que disminuía progresivamente unos 5 cm. por metro ascendente hasta quedarse en 1,5 metros. Para probar su resistencia, en septiembre de 1935 ya habían sido testadas en un lugar secreto por la Luftwaffe, siendo bombardeadas por Stukas sin que lograran acertarles ni una sola vez, y eso que aquellos chismes tenían una precisión escalofriante. Finalmente, hicieron detonar en el suelo las bombas más pesadas que portaban estos aparatos, las SC 500, sin que afectaran en nada la estructura de la torre. Curiosamente, y para calibrar los efectos que podían tener entre las personas que ocupasen el refugio, los llenaron de cabras, las cuales solo se quedaron sordas como tapias con los tímpanos hechos fosfatina. Se basaron en que, según decían, la capacidad auditiva de esos bichos es similar a la de los humanos. Obviamente, este problema se subsanó cuando se engrosaron los muros.


Acceso a la última planta de una torre y aspecto de una de
las mirillas
Tras ser aceptado el proyecto, Winkel fundó una empresa de construcción de Duisburg que, a su vez, recurrió a otras firmas como sub-contratistas hasta un total de doce. Pero el proyecto, al ser considerado como de secreto de estado por las autoridades, obligaba a que las empresas subsidiarias no podían disponer de todos los planos, que se les iban entregando a medida que los necesitaban e incluso se llevaba un registro de cuándo, durante cuánto tiempo, para qué y quiénes los pedían. Cada plano llevaba estampado un sello estatal que advertía que estaban bajo la protección del art. 88 del Código Penal del Reich, así que ponerse a tontear con los planos era la mejor forma de acabar colgado de un gancho en Plötzensee, que ya sabemos que con esta gente chorradas las justas. 


A la izquierda vemos los filtros de aire. A la derecha, arriba, una toma de
aire exterior blindada, y abajo la rejilla por donde circulaba el aire en el
interior. Estaban situadas en una columna en el centro de cada piso
En 1936, el Ministerio de Aviación decidió que las torres Winkel o, dicho con propiedad, las Winkeltürme, estaban especialmente indicadas para servir de refugios a los obreros de las fábricas. Los costos de construcción eran menores que los de un refugio convencional, especialmente si se comparaban con los subterráneos, y aunque su característica morfología delataba lo que eran eso carecía de importancia tanto en cuando el objetivo de la aviación enemiga sería la fábrica, por lo que detectar la presencia de refugios era lo de menos. Otra cosa sería ver esas torres en plena ciudad, lo que haría pensar que habría algún organismo, cuartel o edificio gubernamental en las cercanías. Por cierto que las torres Winkel carecían de comodidades como servicios, camas o dependencias para estancias largas ya que estaban concebidas para ser ocupadas solo durante el tiempo que durase la alarma. Al estar situadas en fábricas, por las noches obviamente no serían de utilidad salvo para los cuatro pringados que tuvieran que vigilar y cosas así o, en todo caso, para personal que currase en turnos de 8 horas durante todo el día.


En la última planta algunos tipos tenían unas aberturas a modo de aspilleras para que los ocupantes pudieran ver lo que pasaba en el exterior sin exponerse abriendo el portón blindado de acceso. Gracias a su buena visibilidad solían ser empleadas por los bomberos para ir tomando nota de donde se iban produciendo incendios y acudir a extinguirlos nada más cesar la alarma. Lo que sí quedó demostrada era su resistencia y su eficacia ya que, de todas las que se construyeron, solo una llegó a ser perforada por una bomba justo debajo del cono de acero del techo. El hecho ocurrió en una de las tres torres de la fábrica de la Focke-Wulf de Hastedt, en Bremen, alcanzada el 12 de octubre de 1944 y matando a los cinco hombres de la Luftwaffe que había en su interior. En la foto de la derecha vemos el boquete que abrió la bomba y, de paso, nos permite apreciar el enorme grosor de la cúpula de hormigón. El cono de acero permaneció intacto.


En cuanto a los precios, eran más que asequibles. La torre más cara, la de 500 personas, costaba 57.000 marcos, siendo la más económica la de 164, con un costo de 28.000 marcos. No obstante, en diciembre de 1941 el Ministerio del Aire ordenó que cesara la construcción de las torres Winkel por tres motivos: el primero era por su mayor consumo de hormigón, el doble de un refugio convencional. El segundo era que la madera usada para los encofrados no era reutilizable en su mayor parte para otras estructuras, y la tercera que los distintos pisos no quedaban sellados unos de otros debido a las escaleras situadas en el centro. Si uno de ellos lograba ser perforado por una bomba y estallaba en su interior, la llamarada se extendería por toda la torre, achicharrando a todos sus ocupantes sin excepción. En la foto de la izquierda podemos ver una de ellas en plena construcción. Cabe suponer que su extenso surtido de modelos era precisamente uno de los motivos que hacían inservibles gran parte de los materiales de una a otra. En tiempo de paz esos detalles eran prácticamente irrelevantes, pero cuando las materias primas empezaron a escasear se medía todo con cuentagotas, y aunque el costo global era muy razonable se tenía en cuenta que los metros cúbicos de madera empleados para construir cada torre no valían para otros usos, así que se cerró el grifo. 


Con todo, en total se llegaron a construir cerca de 200 torres de diversos tipos y acabados: con el cuerpo levemente abombado, con un sombrerete en el techo en vez del cono afilado, más anchas y bajas, más altas y esbeltas... También, como no, recibieron sus correspondientes apodos: spitzer (aguzadas, véase foto de la derecha), betonzigarre (cigarro de hormigón) y zuckerhunt, que aunque lo suelen traducir como "sombrero de azúcar" creo que en realidad es "cono de azúcar" (hunt es la misma palabra para cono y sombrero), un dulce que consumen los tedescos y ciertamente con la misma forma que estas peculiares torres como podemos ver en el detalle de la foto de la derecha. Por lo demás, los refugios de superficie no fueron patrimonio exclusivo de Winkel ya que hubo otros muchos modelos que también alcanzaron una difusión aceptable como las Zombeck o las Dietel, pero de esas ya hablaremos otro día que por hoy ya vale. 


El destino de la mayoría de las Winkeltürme ya podemos imaginarlo: fueron destruidas por los aliados al término de la guerra. Sin embargo, las que se conservan han tenido un uso de lo más variopinto, desde bares de copas a zonas de entrenamiento de escalada para los chavales, y algunas hasta las han pintado de colorines o las usan como atracción turística. Otras, por el contrario, han sido condenada y ahí siguen esperando a que el paso de los siglos acabe desmoronándolas poco a poco. A la izquierda tenemos una de las supervivientes, una tipo 2c ubicada en Hannover. Obsérvese el peculiar sombrerete superior y un detalle común en todas: las entradas se encuentran siempre separadas a más o menos altura del suelo para que, caso de producirse un derrumbe, que los escombros no taponen las salidas. De hecho, algunas torres tenían una segunda puerta al nivel de la segunda planta por esa razón. Junto a la escalera de madera se ve otra de metal empotrada en el muro, destinada a que, en caso de que la de madera se fuera al garete, poder bajar por ella sin tener que saltar al vacío.

Bueno, s'acabó.

Hale, he dicho

Voladura de una torre en una fábrica de Hamburgo