miércoles, 25 de marzo de 2015

Partes del castillo: muros diafragma


Reconstrucción virtual del muro diafragma del castillo de Setefilla, el Lora del Río (Sevilla), que fue sede del bailiato
de las Siete Villas (Septe Fillas) instaurado por los hospitalarios tras la reconquista de la zona en tiempos de Fernando III durante su avance hacia Sevilla en 1247.  Este muro, defendido por la potente torre del homenaje que se yergue en
el centro del mismo y la torre que vemos a la derecha, separaba el albácar del pequeño reducto dentro del cual quedaba
a buen recaudo una cisterna, así como las torres de más entidad del recinto. La puerta que se ve a la izquierda no es

la de la fortaleza, sino la que daba paso desde el albácar al reducto.

El muro diafragma era un recurso bastante habitual en las fortalezas de cierta envergadura. Su misión consistía en colocar barreras dispuestas en el interior de las mismas de forma que, en caso de que el enemigo lograra invadir el patio de armas, poder aislar las zonas vitales del castillo – torre del homenaje, cisternas- y continuar de ese modo con la resistencia ya que estos muros disponían de los suficientes dispositivos defensivos para detener el avance de los enemigos. Del mismo modo, eran bastante válidos para poder establecer una resistencia eficaz en caso de disponer de una guarnición de pocos efectivos. Recordemos que en aquella época no existían los ejércitos permanentes, y que el mantenimiento de tropas en tiempos de paz era muy caro ya que había que optar por profesionales de la milicia, o sea, hombres de armas y caballeros. Así pues, en caso de ataques por sorpresa o de no haber llegado refuerzos a tiempo, los escasos defensores de un castillo podían hacerse fuertes tras el muro diafragma donde, además, disponían de la torre más fuerte del recinto y del agua potable sin la que sería imposible mantener cualquier resistencia. También  debemos tener en cuenta que muchos castillos tenían amplios espacios dedicados como albácares en los que el vecindario de las poblaciones cercanas podía refugiarse con sus escasas pertenencias y sus ganados pero sin que se vieran mezclados ni con la guarnición ni con el núcleo defensivo principal de las fortificaciones.

En cuanto a la morfología de estos muros, lo habitual es que fueran de menos grosor y altura que una muralla normal, si bien se les dotaba de dispositivos adecuados para el uso de las armas, como saeteras y troneras, así como fosos, puentes levadizos o incluso de plataformas artilleras. En la Península tenemos cantidad de ejemplos con diversas tipologías, cada una de ellas destinadas a una finalidad específica en base a la morfología de la fortaleza en la que se fueron edificados. Veamos algunos ejemplos...

A la derecha tenemos una imagen del patio de armas del castillo de Burgalimar, en Baños de la Encina (Jaén). En primer término vemos el arranque del muro diafragma que dividía el amplio espacio interior y que, como se puede apreciar, no solo tiene un grosor similar al de la muralla principal del castillo, sino que estaba reforzado por una potente torre de flanqueo de planta circular. El dibujo que vemos en la parte superior, del siglo XVII, muestra el aspecto que tenía originariamente, en forma de ángulo con la torre en el vértice del mismo. Esta disposición daba lugar a un patio interior de forma triangular que, al igual que la torre del homenaje, debió ser construida tras su conquista a manos de Fernando III en 1225. La foto inferior muestra el aspecto del mismo hace unos años, cuando la cortina norte aún no había sido reconstruida. Actualmente, las actuaciones llevadas a cabo en el interior de esta fortaleza han sacado a relucir los cimientos de las dependencias que había en su interior, así como la reconstrucción del muro diafragma en cuestión. Veamos otro...

Este pertenece al castillo de Medellín, en Badajoz. Este castillo, construido hacia 1357 por Enrique II, fue a parar a manos de la poderosa casa de los Portocarrero, los cuales le dieron el aspecto actual a lo largo de la segunda mitad del siglo XV aumentando notablemente sus defensas al verse metidos hasta las cejas en los conflictos sucesorios entre Isabel de Castilla y la dudosa hija de su medio hermano Enrique IV el Pitopausico. Su particularidad radica en que divide el interior del amplio patio de armas de algo más de 7.000 m² en dos mitades, uniendo las torres más importantes del recinto a lo largo de un adarve de 55 metros de longitud provisto de un parapeto en ambos lados en cuya parte central contiene cuatro escaraguaitas sustentadas mediante lámparas aboceladas, cada pareja de ellas mirando a cada lado del patio de armas. Es evidente que su intención era poder contener invasores procedentes desde cualquier punto de la fortaleza, así como mantener la resistencia gracias a la conexión entre las dos torres principales, al pie de una de las cuales se encuentra uno de los aljibes con que se surtía de agua al personal del castillo. En un alarde defensivo y como dato especialmente curioso, tanto el muro diafragma como algunos tramos de la muralla de este castillo contienen en su interior pasadizos que unen determinadas zonas del recinto fuera de la vista de cualquier enemigo, tanto exterior como interior; ello no da una idea del refinamiento constructivo que se puso en juego por sus constructores para lograr una mejor defensa de la fortaleza.

Por último, tomemos el ejemplo del muro diafragma que se conserva en la alcazaba de Alcalá de Guadaíra (Sevilla), en la parte edificada por el marqués de Cádiz en el mismo contexto de conflictos civiles del caso de Medellín. El marqués, enfrentado con los Guzmanes por el control del alfoz hispalense, se personó un buen día allí, tomó posesión del castillo con el eficaz argumento de "aquí están mis cojones", mandó a paseo al alcaide y a la guarnición sustituyéndolos por tropas fieles a su persona, y mandó construir un pequeño reducto en el ángulo occidental del recinto que acogía a una potente albarrana reciclada en torre del homenaje y un aljibe construido en la superficie. El marqués sabía que su presencia allí sería cuestionada por todo el mundo, así que no perdió el tiempo y mandó reforzar su reducto con  un muro diafragma provisto de todo lo necesario para rechazar a cualquier enemigo que, para avanzar, tendría que hacerlo a pecho descubierto a lo largo del amplio patio de armas que se extendía ante el muro. Como vemos en las fotos, disponía de foso, que originariamente sería bastante más profundo, y de troneras de cruz y orbe tras las cuales había cámaras de tiro lo bastante amplias como para que los arcabuceros pudieran manejarse con cierta comodidad. Aparte del efecto disuasorio del diafragma tenemos, según se aprecia en la imagen superior, dos torres (marcadas con flechas rojas) que ayudarían a rechazar un ataque y que, como vemos, cortaban el paso del adarve caso de que el enemigo lograra hacerse con el control del mismo, y a eso habría que añadir la terraza que formaba la techumbre del aljibe y las dependencias anejas que, provista de su correspondiente parapeto, añadiría una dificultad más a los posibles encargados de desalojar al belicoso marqués. 

En fin, supongo que con estos ejemplos quedará claro para qué servían estos muros interiores.

Hale, he dicho...

La foto muestra el interior del alcázar de Niebla, en Huelva. En este caso, el diafragma separaba la zona palaciega
de la militar, creando gracias a su enorme altura dos recintos totalmente diferenciados. En primer término se pueden
ver los restos del amplio patio porticado del alcázar de los Guzmanes, mientras que tras la zona sombreada que une
los dos fragmentos del diafragma que se conservan estarían las dependencias de servicio para la guarnición, cuadras,
almacenes, etc. Es probable que este muro careciese de vanos que comunicaran ambas partes del recinto,
permitiéndose el paso de un lado a otro a través de las torres situadas en los extremos del mismo.

lunes, 23 de marzo de 2015

Partes del castillo: antemuros


Aspecto de la muralla almohade de Sevilla en la que se aprecia el antemuro que la rodeaba. Estas obras exteriores
debían ante todo tener una altura notablemente inferior a la de la muralla que defendían para, entre otras cosas,
permanecer bajo el dominio de los defensores en caso de que los enemigos lograran expulsar a la guarnición del
antemuro. 

El antemuro, término procedente del latín ANTEMVRALE, es, como ya podemos imaginar, una muralla situada delante de la muralla principal como primera línea defensiva. Es también denominado como falsabraga, un galicismo procedente del término fausse-braye, así como barbacana, un arabismo derivado de bäb al-báqqara (puerta de las vacas) si bien este último puede dar pie a ciertas confusiones ya que por barbacana se entiende también a cualquier tipo de fortificación exterior destinada a defender zonas o puntos de importancia, generalmente las puertas y los puentes. De hecho, la palabra pudo ser introducida por los cruzados ya que, por ejemplo, Alberto de Aquisgrán, cronista de la Primera Cruzada, comenta en el Libro IV de su “Historia de Jerusalén” al referirse a sus murallas que  tenían un “ANTEMVRALE QVOD VULGO BARBICANAS VOCAMVS”. Es decir, que los francos empezaron a hacer uso del término barbacana como una forma vulgar del culto ANTEMVRALE, si bien otros autores como Spelman afirmaban que el término fue introducido por los españoles, los cuales lo tomaron de los andalusíes, cosa esta que también entra dentro de lo posible.

Así pues, y considerando que barbacana puede inducir a error y que con el término antemuro se describe a la perfección este tipo de muralla, colijo que los apropiado sería usar barbacana para las fortificaciones exteriores que defendían puntos concretos. Aclaradas las cuestiones etimológicas, diremos que, en resumen, el antemuro era una muralla de menor altura destinada a actuar como primera línea defensiva, anulando de ese modo la acción de máquinas de batir como el ariete, o de aproche como bastidas y tolenos, y construido a menor altura a fin de no restar visibilidad ni ángulo de tiro a los defensores situados en el adarve de la muralla principal. Por ello, podremos ver antemuros con torres de flanqueo o, en su defecto, dientes de sierra,  así como cámaras de tiro, su parapeto y su adarve y, naturalmente, una merlatura similar a la de la muralla que precede. Un buen ejemplo lo tenemos en la imagen superior, correspondiente al antemuro de la alcazaba de Yabir, el Alcalá de Guaraíra (Sevilla). Como vemos, en este caso no se optó por una torre convencional, sino por unos salientes que facilitaban el flanqueo de la muralla pero que no ofrecían protección por la zaga de forma que, caso de que el antemuro fuese rebasado por el enemigo y este se hiciera con el control de la liza, no pudieran usar la torre para hostigar la muralla, quedando a merced de los defensores de la misma al carecer de cualquier tipo de protección.

Aspecto de la liza de la muralla almohade de Sevilla.
La evacuación de la misma en caso de que los defensores
se vieran desbordados no era fácil ya que no había postigos
que permitieran refugiarse en la ciudad.
El espacio de terreno comprendido entre la muralla y el antemuro se denominaba liza y en cuanto a su morfología, es exactamente igual que la de una muralla normal con la única salvedad de que, por sistema, siempre será más baja por los motivos detallados más arriba. En cuanto al origen del término, como siempre, nos movemos en las dudas que surgen a raíz de teorías diversas ya que el periodo en que el latín pasó a irse vulgarizando hasta convertirse en las lenguas medievales dio lugar a multitud de variantes que dificultan estos temas. La etimología que ofrece la RAE para esta acepción del término es un galicismo: lice. Sin embargo, me parece más coherente la versión que nos da Almirante, en la que proviene del latín bajo LICIÆ, que era al parecer como denominaban a las empalizadas o barreras que precedían a sus fortificaciones. Para ello se basa en la obra de Charles du Fresne, señor de Canje, "GLOSSARIVM MEDIÆ ET INFIMÆ LATINITATIS", escrita en 1678 y en el se cita que "...MVRI FIRMATI SUNT LIGNEIS CASTILLVLIS, AC LICIIS". O sea, que la liza era un sólido muro de maderos como si se tratara de un pequeño castillo. Así pues, resulta que la liza sería en realidad el antemuro propiamente dicho si bien, por motivos que desconocemos, pasó a designar la zona comprendida entre estos y la muralla principal.

Por último, conviene señalar que el origen de estos sistemas defensivos se pierde en la memoria del tiempo ya que hay constancia de su existencia en fortificaciones de los egipcios o los hititas y, en algunos casos, incluso hay constancia de fortificaciones que tenían más de un antemuro. 

Hale, he dicho...

Vista del antemuro de la alcazaba de Niebla (Huelva), preparada para hacer frente a las primitivas armas pirobalísticas
del Renacimiento. Como vemos, en toda su extensión va provista de cámaras de tiro en las que se abren troneras
de cruz y orbe para la arcabucería de la guarnición. Este tipo de antemuro fue el último exponente de estas obras
defensivas ya que la rápida evolución de la artillería condenó a la extinción a los castillos medievales en pro de las
fortificaciones de traza italiana.

domingo, 15 de marzo de 2015

Sistemas defensivos. Torres-puerta 2ª parte




Torres-puerta con patio interior

Esta tipología, que podemos ver en algunas fortificaciones musulmanas de origen almohade o bien reformadas por ellos, eran una verdadera trampa mortal a todo aquel invasor que se aventurara en su interior. Hemos visto como las puertas en pasadizo suponían un freno al avance de atacantes que lograban vulnerar la primera puerta ya que a continuación había más obstáculos pero, en este caso, la estructura de la torre no solo ponía ante los enemigos una segunda o una tercera puerta o rastrillo, sino que los introducía en un pequeño patio rodeado de un elevado muro provisto de un parapeto desde el cual los defensores podían aniquilar literalmente al grupo de asaltantes que se viera dentro del mismo, sin poder avanzar porque una segunda puerta se lo impedía, y sin poder dar marcha atrás y salir de allí porque sus compañeros, ignorantes de la trampa, los empujaban hacia adelante.

La foto de la derecha nos muestra un ejemplo de este tipo de puerta-torre. Se trata de la puerta de acceso a lo que era el primer recinto del alcázar de Arriba, en Carmona (Sevilla). Su apariencia es la de una torre-puerta de pasadizo convencional: puerta frontal que tienen en primer lugar un rastrillo tras el que se encuentra una puerta. Para su defensa, un matacán ocupa todo el frontal de la fachada, y no dispone de torres de flanqueo cercanas ya que el antemuro en el que se encuentra esta torre está rodeado de un foso de dimensiones respetables. Así pues, una tropa decidida y provista de un ariete podía adosarlo a la puerta protegido por una tortuga, echarla abajo en poco rato y, de ese modo, invadir el interior del recinto. Pero era precisamente cuando echaban el rastrillo y la primera puerta abajo e invadían en tropel el interior de la torre cuando se encontraban con la trampa fatal.

El gráfico de la izquierda nos lo muestra perfectamente. En el plano en sección vemos que la torre cuenta con un rastrillo y una puerta en primer lugar y, en el otro extremo de la misma, una segunda puerta. La fachada principal tiene un parapeto que queda escondido tras el que en su día coronaba el matacán, lo que indica que esta estructura debió ser un añadido posterior a la construcción de la torre. Esto forma una pequeña azotea en la que los defensores maniobraban mientras el enemigo aún no había logrado franquear la primera puerta. Pero, según vemos en el gráfico inferior que nos muestra la planta de la torre, el pequeño patio descubierto que hay dentro de la misma está totalmente rodeado por un parapeto desde el cual los defensores podían hostigar y masacrar a su placer a las tropas enemigas atrapadas dentro del recinto. Veamos la distribución de la torre.

A. Patio interior, en el que posiblemente habría una pequeña dependencia usada como cuerpo de guardia

B. Muro de la torre sobre el cual se desarrolla el adarve que permite a los defensores moverse alrededor del mismo. A este adarve se accedía mediante una escalera en la parte interior del antemuro.

C. Azotea delantera en la que, además, estaba emplazado el torno del rastrillo, cuya ranura aparece en el plano marcada en rojo

D.    Parapeto de esta azotea.

Y todo este dispositivo era solo para dar paso a un gran patio de armas que es donde actualmente se encuentra el Parador Nacional de Turismo porque, para entrar en el alcázar, era necesario franquear una puerta de triple recodo cuya tipología detallaremos más abajo. Así pues, como vemos, estas torres con patios interiores eran aún más letales que las que tenían el techo cerrado por una bóveda con una buhedera desde donde se hostigaba al invasor. En este caso, los defensores no se veían limitados por el angosto espacio de la buhedera, sino que tenían a su disposición todo el perímetro interior de la torre para dispararles desde todas las direcciones posibles. Así pues, las puertas con patio interior, aunque con menor difusión que otras tipologías, estuvieron en uso en diversas zonas peninsulares por parte tanto de andalusíes como de hispanos, alcanzando épocas bastante tardías como la que vemos a la derecha, construida en el siglo XV en la cerca urbana de Alcalá de Guadaíra si bien en este caso el patio estaba situado delante de la puerta que vemos en la foto y que desapareció hace ya mucho tiempo debido a que, a lo largo del siglo XX, se permitió la construcción de viviendas adosadas a la muralla en lo que actualmente es el arrabal de San Miguel.

Torres-puerta en recodo

La puerta en recodo simple surgió en  Oriente Medio, concretamente en la recién creada Madīnat as-Salam, la Ciudad de la Paz fundada hacia el 762 por el segundo califa de la dinastía abasí Abu Ja’far Abd-Allah ibn Muhammad al-Mansur. Esta ciudad palaciega, similar a la Madīnat al-Zahrā’ cordobesa, fue el germen de donde surgió posteriormente la ciudad de Bagdad.

La imagen izquierda nos muestra la típica puerta en recodo simple, concretamente la denominada Puerta del Buey, perteneciente a la cerca urbana de Niebla (Huelva). Según Torres Balbás, esta tipología fue introducida en la Península procedente del Magreb hacia el siglo XI, concretamente de la mano de la dinastía zirí, fundadores de la taifa granadina en 1013. Según Balbás, las primeras puertas en recodo fueron las de Monaita y la de Las Pesas, ambas en la cerca urbana de Granada. A partir de ese momento, esta tipología fue evolucionando en complejidad hasta alcanzar su máximo esplendor bajo la dinastía nazarí, la última poseedora de territorios en la Península antes de la caída de Granada en 1492.

Pero antes de proseguir, convendría explicar qué ventajas tácticas ofrecían este tipo de puertas ya que, como hemos comentado, gozaron de gran difusión en la Península y fueron ganando complejidad con el paso de los años. Para ello, veamos el gráfico de la derecha, en el que se muestra una muralla provista de una puerta en recodo convencional. La puerta, situada junto a la muralla, obliga a los atacantes a avanzar ofreciendo su flanco izquierdo a los defensores. Por otro lado, tenemos una torre de flanqueo situada a unos 20 metros de distancia de la torre-puerta. ¿Qué pasaría si los atacantes representados con la flecha azul deciden intentar asaltar la torre-puerta con, por ejemplo, una máquina de batir? Independientemente de las bajas sufridas durante el avance hacia la muralla, cuando logran acercarse a la misma reciben una lluvia de virotes marrones procedentes de la muralla que merman aún más sus efectivos. Para batir la puerta tienen que colocarse pegados a la muralla, donde los virotes marrones dejan de tener efectividad por perder el ángulo de tiro. En ese momento, los asaltantes están en un ángulo muerto respecto a la muralla. Pero en ese instante es cuando entran en acción los ocupantes de la torre-puerta y la torre de flanqueo. Estos últimos hostigan por la zaga al enemigo lanzándoles flechas naranjas mientras estos poco pueden hacer para defenderse ya que si se cuelgan los escudos a la espalda, quedan expuestos a las flechas amarillas que parten de las aspilleras de la torre-puerta y las verdes que les arrojan desde la azotea de la misma. Y mientras tanto, los que han logrado acercarse a la puerta y comienzan a batirla con el ariete, ven caer sobre ellos brea, vinagre o arena a una temperatura que les obliga a desistir si no quieren morir achicharrados allí mismo.

Por todo lo dicho, muchos atacantes podían ser literalmente frenados en seco en su avance o incluso rechazados por un número de defensores significativamente inferior sin que estos sufran una sola pérdida. Es pues evidente que este tipo de estructura defensiva era más eficaz que las puertas convencionales abiertas sin más en una muralla aunque estuvieran defendidas por ladroneras o por las torres de flanqueo cercanas. Con todo, puede que alguno se diga que, al cabo, la diferencia en cuestión de efectividad entre una torre-puerta como la mostrada y una puerta embutida entre dos torres, como vimos en la entrada anterior, es prácticamente inexistente, y que la puerta de Lanhoso que vimos en la misma podía ser defendida igual de bien que las puertas-torre en recodo como la que acabamos de estudiar. Ante eso, diría que ciertamente tienen su parte de razón los que así piensen pero, ¿qué ocurriría si el enemigo logra franquear la puerta? Eso lo vemos en el gráfico superior, en el que podemos ver la planta y el alzado de una torre-puerta en recodo que nos permitirán estudiar su interior. Y es precisamente ahí donde está la verdadera diferencia entre una torre-puerta y una puerta normal aunque esté defendida por cien torres. En ese caso, una vez que el enemigo logra franquear la puerta, una tromba de asaltantes se interna sin más obstáculos en el patio de armas y lograría seguramente reducir a la guarnición ya que la diferencia de efectivos era siempre notable, y siempre a favor de los asaltantes. Sin embargo, si estos lograban vulnerar la puerta de la torre, solo habían logrado avanzar un paso.


Plano de la Puerta de la Justicia, de la Alhambra de
Granada. Esta puerta es un buen ejemplo de como esta
tipología se puede hacer cada vez más compleja hasta
convertirlas en una ratonera
Y ello era debido a que la vanguardia de los atacantes se veían de repente encajonada literalmente en un espacio angosto, con el paso cerrado por otra puerta o un rastrillo, o ambas cosas, mientras que sus compañeros empujan con fuerza hacia dentro porque mientras no lograsen introducirse en la torre-puerta los defensores seguirían diezmándolos de la misma forma que vimos anteriormente. Pero la vanguardia no puede avanzar un paso más: el ariete no cabe en un lugar tan reducido, donde no disponen de espacio ni para balancearlo. De hecho, ni siquiera ellos mismos pueden apenas moverse debido al empuje de los que esperan fuera y, para colmo, desde una buhedera situada en el intradós de la bóveda empieza a llover sobre ellos brea hirviendo que los defensores han tenido la precaución de poner a calentar en un enorme caldero situado en la cámara superior. Solo han tenido que volcarlo a través de la buhedera para, a continuación, arrojar unos trapos empapados en aceite ardiendo para convertir la cámara inferior de la torre-puerta en un horno crematorio del que no pueden salir hasta que sus compañeros se den cuenta de que se están quemando vivos. O puede incluso que los defensores hayan aprovechado parte de la brea para lanzarla una vez más por la ladronera, calcinando así a todo aquel que se encontraba bajo la misma empujando hacia dentro. En definitiva, una experiencia muy desagradable, de esas de las que los salen vivos obtienen una baja por depresión de las gordas.

En fin, básicamente, ya no hay nada más que contar sobre este tema.

Hale, he dicho...

Interior de una puerta en recodo simple, en este caso la Puerta del Agua, en la cerca urbana de Niebla.
La segunda puerta, como se ve, tiene las gozneleras por dentro, pero eso no quiere decir que se pudiera
abrir desde el interior de la torre ya que era atrancada desde el otro lado. 

viernes, 13 de marzo de 2015

Sistemas defensivos. Torres-puerta 1ª parte


Vista de la torre-puerta de la ciudadela de Alepo en una fotografía de finales del siglo XIX. Esta puerta es lo que
podríamos considerar como la quintaesencia de esta tipología. Su intrincada estructura interna, así como los
dispositivos de tiro vertical que la defendían, la convertían en inviolable. Sus dimensiones son de por sí similares
a las de un pequeño castillo de planta rectangular con sus aproximadamente 1.500 m
² de superficie.

Las torres-puerta, o puertas-torre, como prefiramos, fue un recurso defensivo bastante difundido en los castillos y cercas urbanas peninsulares, especialmente los desarrollados por los andalusíes. Pero, ante todo, conviene hacer una aclaración, y es que no es lo mismo esta estructura defensiva que el hecho de abrir el vano de una puerta en un lienzo de muralla defendida por dos torres aunque dicha puerta se encontrase literalmente embutida entre ambas. Eso no es una torre-puerta, sino una puerta defendida por dos torres. Esta aclaración es especialmente digna de ser tenida en cuenta ya que veremos cantidad de puertas magníficamente defendidas que podrían dar lugar a error a la hora de clasificarlas, como ocurriría en el caso que vemos en la imagen derecha, correspondiente al castillo de Lanhoso (Portugal). Como vemos, su apariencia podría dar a entender que se trata de una puerta torre. Sin embargo, y a pesar de que el vano se abre en un espacio tan angosto que no permite el paso de tres hombres juntos, la puerta se abre en una cortina de la muralla sin más. De hecho, el adarve de dicha cortina es el que permite el acceso a las torres de flanqueo, y la puerta no cuenta con ninguna otra defensa que la que le proporcionan las torres si bien, que todo hay que decirlo, no era fácil acercarse siquiera a esa puerta tanto por la amenaza que suponían las torres como por el hecho de que se encuentra al final de una tosca escalinata labrada en la misma piedra sobre la que se asienta el castillo. Casos como este podremos ver con bastante frecuencia, por lo que no debe dar lugar a engaño y debemos saber observar cuidadosamente cada estructura ya que podemos ver algunas que nos harían dudar o, simplemente equivocarnos.

Las empinadas escaleras o rampas eran un elemento defensivo 
añadido ya que, por razones obvias, dificultaba la aproximación 
de las máquinas de asedio de la época.
La imagen izquierda nos muestra una de las puertas de la cerca urbana de Marchena (Sevilla), en concreto la Puerta de la Rosa. Como vemos, la configuración es la misma que la del castillo de Lanhoso: un vano que se abre al final de una escalera y embutido entre dos potentes torres de flanqueo. Pero, no obstante y a pesar de sus evidentes similitudes, la Puerta de la Rosa sí es una torre-puerta. Basta cruzarla, avanzar unos metros y girarse para ver su aspecto interior (foto derecha). Resulta que, en efecto, no se trataba de una puerta defendida por dos torres de flanqueo, sino que es una torre-puerta que, para mejorar su capacidad defensiva, fue diseñada de forma que la misma torre se convertía en elemento flanqueante de sí misma. Ciertamente, el alarife al que se le ocurrió la idea era un verdadero portento, y supo aprovechar un zigzagueo en la muralla para colocar esa torre que, además de su uso como puerta, más que flanquear enfilaba toda la cortina que se extendía ante ella. Aclarada pues esta puntualización, pasemos a estudiar esta tipología de torres-o de puertas- más a fondo.

Torres puerta de pasadizo o acceso directo

Es evidente que, desde que se creó el primer recinto fortificado, fue necesario favorecer como fuese la defensa de los accesos al mismo. De poco o nada sirve una fortaleza provista de grandes murallas y potentes torres si cualquiera podía vulnerar fácilmente la puerta. Esto, que puede parecer una perogrullada, no lo tenían en cuenta en muchas ocasiones en las que vemos vanos en cortinas que no tenían ni una mala torre de flanqueo, ni siquiera una ladronera desde la que hostigar a posibles asaltantes de modo que, como vemos, no por ser algo obvio era tenido en consideración por alarifes y constructores que, bien por falta de conocimientos poliorcéticos, bien por simple economía o falta de medios, optaban por lo más fácil. Pero la tónica general era, desde siempre, proveer los accesos de las mejores defensas posibles,  y uno de ellos fue la torre-puerta ya que encomendar la entrada a un recinto fortificado a la estructura mejor concebida para la defensa era, a todas luces, la opción más acertada. 

El uso de este tipo de elementos defensivos no era ninguna novedad. La foto derecha, tomada por Félix Bonfils hacia 1880, muestra la torre puerta que daba acceso a la barbacana que defendía el paso al palacio de Herodes el Grande en Jerusalén. No se trataba precisamente de una torre excepcionalmente fuerte, pero  sí lo suficiente como para dar cabida a un pasadizo que favoreciera la inclusión de estructuras defensivas más persuasivas que una simple puerta, para cuya instalación no era precisa ninguna torre sino que bastaba la muralla. En cualquier caso, queda claro que, hace dos mil años, las torres-puerta estaban contempladas por los ingenieros militares de la época. Pero estas torres podían dar mucho más de sí. Bastaba darles el tamaño adecuado para construir en ellas estructuras que aumentasen notablemente las dificultades a la hora de intentar hacerse con el control de las mismas.

En el gráfico inferior tenemos un ejemplo de torre-puerta de pasadizo peninsular, correspondiente al castillo de Fregenal de la Sierra (Badajoz), cuya tenencia fue concedida a la orden del Temple por el rey Alfonso X, quedando de ese modo incorporado a la encomienda de Jerez de los Caballeros.




A. Vista en sección de la torre en la que podemos ver la distribución de los diferentes elementos defensivos emplazados en la cámara baja. En primer lugar hay una puerta, la cual era defendida por la ladronera que vemos en la cámara superior. Tras dicha puerta se encontraba un rastrillo con una buhedera sobre el mismo, el cual daba paso a un zaguán donde, posiblemente, se instalaba el cuerpo de guardia. Finalmente otra puerta completaba las defensas de la entrada, a lo que habría que unir varias aspilleras abiertas en la fachada a nivel de la cámara superior.

B. Planta de la cámara superior en la que vemos las dos aspilleras que flanquean la ladronera para enfilar el espacio situado ante la torre-puerta. Hacia la parte interior del recinto se abren dos ventanas geminadas de fábrica bastante burda. La escalera de caracol labrada en el muro daba acceso a la azotea ya que el de esta cámara era por el adarve, según vemos en las puertas que permitían cerrar el paso del mismo en caso de verlo en manos del enemigo. Para acceder al adarve hay una escalera de piedra adosada a la muralla.

C. Planta de la cámara superior en la que vemos la distribución de las puertas y el rastrillo, así como el zaguán. Es digno de reseñar el considerable grosor de los muros de esta torre.

Con más o menos estructuras defensivas, este ejemplo mostrado nos resulta totalmente válido para conocer la morfología de las torres-puerta en pasadizo las cuales, por cierto, tuvieron gran difusión en Europa, donde se llegaron a construir puertas de una complejidad cuasi diabólica por la gran cantidad de dispositivos emplazados en las mismas. Básicamente una de las mayores diferencias respecto a las torres-puerta peninsulares sería la profusión de puentes levadizos sobre fosos que, gracias a la abundancia de cursos fluviales, podían ser inundados, aumentado de ese modo las dificultades a posibles sitiadores a la hora de intentar vulnerar estas intrincadas y poderosas torres-puerta. Un ejemplo podemos verlo en el grabado inferior, correspondiente a la Puerta de San Lázaro, de la cerca urbana de Avignon. Esta puerta, que resultó destruida por una tremenda inundación provocada por el río Durance en 1358, fue mandada reconstruir por el papa Urbano V hacia 1364. 



Como vemos en el grabado de la izquierda, la puerta se abría entre dos salientes rematados por un matacán entre los que se alojaban los cigoñales de la pasarela que daba acceso a la puerta. En el plano de sección se puede ver que el puente no era el único obstáculo que debían cruzar los hipotéticos asaltantes ya que, a continuación, se toparían con un rastrillo seguido de una buhedera y una puerta. A todo ello hay que añadirle el foso que separaba la torre-puerta de la barbacana que la precedía. Como vemos, plantearse franquear esa amplia colección de elementos defensivos no era precisamente moco de pavo, y los que lo intentaban solían ser bonitamente escabechados ante la muralla salvo que lograran abrir una brecha en la misma, porque atacar a pelo una puerta de este tipo era la forma más fácil de causar baja definitiva en la milicia.

Bueno, ya seguiremos, que los viernes no conviene estrujarse mucho el magín. 

Hale, he dicho...

jueves, 12 de marzo de 2015

Renault FT 17 3ª parte



Bien, con esta entrada concluiremos dando cuenta de los entresijos y detalles de este pequeño carro que, como hemos ido viendo, marcó el comienzo de una tipología que aún perdura y, de momento, perdurará hasta que inventen chismes como los que aparecen en las pelis de "Acabator". 

De entrada y aunque no creo que haya que redundar en este detalle, conviene tener en cuenta que el FT disponía de un espacio interior tan reducido que sus tripulantes no podían superar una talla de más de 1,65 para ir razonablemente cómodos o, mejor dicho, para no ir como un arenque prensado. Naturalmente, a una estatura más bien escasa habría que añadir una constitución tirando a delgado por la misma razón. En el gráfico superior, correspondiente a una ilustración de la época basada en el prototipo inicial, podemos ver la ubicación de los dos tripulantes del carro. El conductor iba literalmente sentado en el suelo del casco, sobre una almohadilla. El jefe de carro no disponía de asiento de ningún tipo sino, como vemos en el gráfico, de una banda de cuero o lona si bien lo habitual era ir de pie. 

La cámara del motor no iba separada del resto del vehículo por lo que ya podemos imaginar que el ruido ensordecedor, los gases y el calor que despedía el motor no hacían la marcha en el FT un paseo precisamente agradable. Por ese motivo, los vehículos construidos en Estados Unidos fueron provistos de un mamparo precisamente para preservar a la tripulación de estas incomodidades. Por otro lado, si observamos el gráfico anterior veremos que el depósito de gasolina iba literalmente pegado al jefe de carro así que una perforación en el mismo garantizaba ver inundado el interior del carro con gasofa que podía inflamarse en un periquete, convirtiendo en sendos torreznos a los tripulantes. En la imagen superior tenemos una vista en sección del interior del casco que nos permite hacernos una clara idea de la distribución del mismo. En este caso, el asiento del conductor va provisto de un respaldo a base de una banda de lona que haría menos incómodo pasarse horas sentado con las piernas estiradas (este detalle del respaldo variaba según el fabricante). Tras el asiento vemos la cámara de combate con uno de los dos armarios de munición- iba uno a cada lado- para los proyectiles de 37 mm. del cañón. La dotación era de 24o unidades, prácticamente todos con proyectiles de fragmentación si bien se solían adjuntar algunos metralleros y perforantes. El manubrio que aparece en el mamparo era para el arranque desde el interior del vehículo. En la parte exterior del mismo, donde iba el patín, iba otra manivela para arrancarlo desde fuera.

A la derecha tenemos la ametralladora Hotchkiss de calibre 8x50 R instalada en la torreta. Para apuntarla disponía de un visor de un aumento que aparece sobre la máquina y en la argolla trasera se le acopló una culata para facilitar el manejo de la misma. La rótula sobre la que iba montada permitía una elevación de 35º y una depresión de 20º. Para su funcionamiento contaba con una dotación de 4.800 cartuchos de munición distribuidos en peines de 24 cartuchos si bien estos podían unirse para agilizar la recarga y desplegar más potencia de fuego. En cualquier caso, para el manejo de la máquina el jefe de carro no disponía de ningún tipo de ayuda. Él mismo tenía que sacar los peines de las cajas de munición, empalmarlos si procedía, cargar, recargar y, naturalmente, disparar.

Lo mismo ocurría con el cañón Puteaux. De hecho, para facilitar su manejo estaba concebido como si de un fusil se tratase tal como podemos apreciar en la lámina de la izquierda. El jefe de carro introducía el proyectil, apoyaba el hombro en la culata y empuñaba el pistolete que se ve en la parte inferior. Para disparar solo tenía que apretar la palanca marcada con la flecha roja. Para protegerle la cara del retroceso tenía del escudo de chapa que vemos sobre la culata y para manipular la pieza había una palanca a la izquierda que permitía ajustar el ángulo vertical. La puntería se efectuaba con un visor como el de la ametralladora. 

Para girar la torreta no disponía de las habituales coronas dentadas que todos conocemos, sino un simple sistema de rodamientos. Del mismo modo, el giro no se efectuaba mediante una manivela sino a mano, empujando el asa marcada con la flecha roja. La negra señala la palanca de bloqueo de la torreta, la cual había que inmovilizar antes de disparar el cañón ya que, de lo contrario, al tirador le resultaría muy difícil efectuar una buena puntería. Por otro lado, cuando el vehículo estaba en movimiento el peso del cañón hacía oscilar peligrosamente la torreta en todas direcciones así que lo mejor era bloquearla sino quería uno verse con la jeta partida por un golpe de la culata de la pieza. 

A la izquierda tenemos el fastuoso puesto de conducción, envidiado por los propietarios de Ferraris y demás automóviles de gama altísima. Como se ve, estos chismes tenían menos mecanismos que un chupete. En el centro vemos el asiento, que en este caso dispone de un pequeño respaldo. A su izquierda hay un cajón de respetos para las herramientas y sobre el mismo, casi tapado por el detalle, el soporte para un extintor. Delante del asiento aparecen las dos palancas para conducir el carro y tres pedales que, de izquierda a derecha, son el embrague, el acelerador y el freno. La parte señalada por el óvalo es la que tenemos en el detalle, donde se aprecia mejor la palanca de cambios- cuatro marchas pa'lante y una pa'trá, y un acelerador manual. Las cadenas que cuelgan a cada lado del puesto de conducción eran para mantener abiertas las dos puertas frontales, no fuesen a caer de golpe cuando se circulaba y ocasionaran una rotura de osamentas bastante irritante en el conductor. 

Y si para conducir tenía pocos mecanismos, el cuadro de mandos era lo mínimo que se despachaba. Estaba situado a la derecha del conductor, y su sencillez era algo más que espartana. En la parte superior está el velocímetro, calibrado hasta la friolera de 20 km/h. Curiosamente, ese sistema de velocímetro giratorio lo usaban hasta hace pocos años algunos coches de la marca Citroën. Abajo a la izquierda está el manómetro para la presión del aceite. A la derecha está el conector del magneto que había que girar en el sentido de las agujas del reloj antes de darle al manubrio para arrancar el motor. Debajo está el cuenta kilómetros y, finalmente, un cuenta metros. Todas las tuercas que se ven en la foto son de las uniones de las placas de blindaje a la estructura del carro.

Esa foto nos permite ver el aspecto de las escotillas del conductor abiertas. Las dos delanteras iban provistas de un cierre interno, y la frontal tenía un regulador que le permitía llevarla más o menos abierta. Cuando se cerraba totalmente, el conductor disponía de una estrecha mirilla de visión directa hacia el frente y una a cada lado en el casco. El campo visual que daban era mínimo como podemos suponer. El banderín que se aprecia sobre la cúpula de ventilación era para identificar el armamento de cada carro. Si portaba un cañón era de color rojo y, si era una ametralladora, azul.



De izquierda a derecha tenemos: escotilla frontal del conductor en la que se aprecia la mínima anchura de la mirilla de visión, inferior al calibre de una bala de ametralladora normal. Los muelles helicoidales que se ven en las bisagras eran para mantener cerrada la escotilla por presión ya que carecía de sistemas de cierre interno. En el centro vemos el patín trasero y, dentro del círculo rojo, el vástago en el que se acoplaba la manivela de arranque. El patín podía ser removido extrayendo el pasador que se ve en la parte superior del mismo. A la derecha tenemos una vista interior de la torre, en este caso armada con una ametralladora. Salta a la vista el mínimo espacio disponible en el que el jefe de carro debía desempeñar todas sus funciones.

Los FT aún estuvieron operativos en los albores de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en los ejércitos francés y polaco si bien ya podemos suponer el final que tuvieron. No obstante, muchas unidades cayeron en manos alemanas que los usaron para misiones de vigilancia en retaguardia o, como vemos en la foto, empleando sus torretas junto a las de los Somua que capturaron para usarlas como cúpulas blindadas de casamatas en las líneas fortificadas. De hecho, no hace mucho incluso aparecieron en Afganistán los restos de las escasas unidades que en su día sirvieron en ese país y que, al parecer, fueron aniquilados cuando los soviéticos les hicieron una visita allá por los 80. 

Ah, lo olvidaba... También se fabricó una versión del FT como vehículo de mando equipado con radio, aparato que en la Gran Guerra era algo revolucionario. Se encargaron 200 unidades y, como vemos en la foto, iba desarmado. En su interior portaba un aparato marca Eroter que era un mamotreto y que, al parecer, era excesivamente delicado para soportar el traqueteo constante que sufría a bordo de estos trastos. Esta versión fue denominada como TSF ( de télégraphie sans fil, o sea, telegrafía sin hilos). 

En fin, no creo que se me olvide nada relevante. Como foto de cierre dejo una imagen frontal de un FT con las escotillas abiertas y en la que se puede ver a sus dos tripulantes en el interior del carro, de forma que podremos hacernos una idea del mínimo espacio disponible en su interior.

Hale, he dicho...