martes, 22 de agosto de 2017

Coraceros 2ª parte. Las corazas




Continuemos con la continuación...

y para proseguir con este tema colijo que, ante todo, deberemos darle preferencia a la principal pieza del atuendo de estos belicosos ciudadanos que, además, es la que les daba nombre: la coraza.

Coracero con el 2º modelo de 1806
En primer lugar debemos tener en cuenta que, aunque en apariencia fuesen todas iguales, la realidad es que hubo varios modelos, y que dentro de cada uno de ellos había pequeñas variaciones en función del regimiento al que eran enviadas. Recordemos que en aquellos tiempos se tenía especial empeño en marcar diferencias con las demás unidades de los ejércitos aunque fuese en el troquel de un botón de la casaca o el largo de los calzones, así que había mandamases que se preocupaban de que las tropas a su mando fuesen reconocidas y diferenciadas del resto con chorraditas por el estilo. Ya saben, los "húsares de los 306 botones" o los "dragones del penacho verde pálido". Supongo que igual eran reminiscencias atávicas similares a las que impulsaban a los caballeros medievales a diferenciarse de sus compadres y cuñados para despejar dudas al enemigo, y que en todo momento supieran con quién se enfrentaban.

Coracero del 1er. Rgto. en 1802
Según comentamos en la entrada anterior, los primeros regimientos de coraceros se crearon en 1801 si bien tuvieron que esperar un poco antes de recibir las corazas, las cuales no fueron suministradas hasta el año siguiente. Se trataba del modelo que, como ya se dijo en dicha entrada, había empleado el 8º Rgto. de Coraceros del Rey, una antigua unidad de caballería pesada que había sobrevivido a la revolución y que fue fusionada con el 1er. Rgto. de Caballería pesada para formar la primera unidad de coraceros. No fue cosa baladí fabricar y suministrar los miles de corazas necesarias para cubrir la demanda de los 12 regimientos iniciales, de modo que se tardaron unos tres años en equiparlos a todos. En 1803 se sirvieron las de los regimientos 2º, 3º, 6º, 7º y 8º; en 1804 las de los regimientos 4º, 9º, 10º, 11º, y 12º y, finalmente, en 1805, las del 5º regimiento, que se quedó para el final. Supongo que sería donde iban destinados todos los cuñados de la caballería del enano (Dios lo maldiga por siempre jamás, amén).

Segundo modelo, el más conocido por lo
general, ya desprovisto del espolón inferior
y con un perfil más redondeado
Esta coraza estaba formada por dos piezas, peto y espaldar, y estaban ribeteadas por un total de 34 remaches de cobre cada una. El peto presentaba en la parte frontal un cierto grado de angulación y un espolón inferior, una reminiscencia de las añejas corazas usadas en tiempos de los reitres para desviar las moharras de la infantería enemiga en una época en que esta aún usaba armas enastadas, picas concretamente. Para colocarla sobre el cuerpo disponía de dos hombreras fabricadas de cuero beige y forradas de tela roja que eran fijadas con remaches al espaldar. En sus cuyos extremos vemos sendas piezas de bronce con dos orificios donde se enganchaban en dos remaches semiesféricos de cobre. Una vez unidas ambas partes bastaba meter la cabeza por dentro y ajustarla al cuerpo para, finalmente, abrochar la correa que unía las dos piezas por su parte inferior. Esta correa consistía en dos mitades remachadas al espaldar y provistas de una pequeña hebilla de cobre en la parte frontal. En términos generales, el mantenimiento de las corazas era bastante elemental: impedir que se oxidaran y mantenerlas pulidas a base de frotar con polvo de esmeril o, al menos, con arena fina. Sin embargo, los cinturones acababan partiéndose por el orificio que se usaba a diario, por lo que los talabarteros de los regimientos tenían que reponerlos con cierta frecuencia, así como las hombreras ya que, en este caso, la lluvia y el sol se encargaban de pudrir el cuero que constituía el material base de las mismas. En caso de tener que sustituir el forro interior, inicialmente sujeto con alambres, habría que eliminar los remaches y volverlos a colocar, lo que implicaba tener que usar otros de un diámetro un poco mayor ya que los orificios ganaban un poco de diámetro al remover los antiguos.

En las hombreras es donde se pudieron ver las primeras variaciones de un regimiento a otro ya que, mientras lo habitual era que se recubrieran con escamas de bronce, las de 9º Rgto. lo estaban con dos hileras de anillas de cobre amarillo. Sin embargo, las de 8º no llevaban ningún tipo de protección, estando fabricadas exclusivamente con cuero de color negro. Sea como fuere, escamas o anillas, el motivo de estas era impedir que la correa de la hombrera fuese cortada por un sablazo enemigo. En la foto de la derecha tenemos el modelo normal y el del 9º Rgto. y, de paso, podemos apreciar mejor el sistema de fijación del espaldar al peto. Por norma se abrochaba siempre por el primer orificio, por lo que cabe pensar que el segundo estaba pensado para poder armarse con la coraza en caso de añadir ropa de abrigo debajo de la misma.

El interior de la coraza, como ya comentamos más arriba, estaba forrado con una tela resistente rellena de crin para impedir que el roce con el metal deteriorase los carísimos uniformes de la época. Dicho relleno estaba confeccionado con tejido rojo ribeteado de blanco, y asomaba por el cuello, las mangas y el faldón de la pieza de la misma forma que vemos en la que usa el probo ciudadano recreacionista de la foto, al que se le ve una jeta de satisfacción inmensa por ilustrar esta entrada tan interesante. La coraza que viste es un modelo posterior que sustituyó al inicial en 1806, y que se diferenciaba solo en que, como se puede apreciar, era más redondeado y carecía el típico espolón de las corazas antiguas. La bandolera que le cruza el pecho era la que sostenía la cartuchera que colgaba a la espalda para cargar la trecerola que entró en servicio posteriormente a la época que nos ocupa y de la que hablaremos en su momento. Hubo un tercer modelo de coraza que se empezó a distribuir en 1809 y que tenía un perfil aún más redondeado y tenía el faldón un poco más corto para que resultase más cómoda a la hora de ir montado a caballo, pero por lo demás era igual en todo a la anterior.

Por lo demás, el peso medio de estas corazas era de 7,5 kg. y se suministraban en dos tallas dependiendo de la altura del sujeto. Estaban construidas con chapa de acero o de hierro forjado de 2,8 mm. de espesor, lo que les brindaba una buena protección contra las armas blancas del enemigo- bayonetas, espadas, espontones, etc.-, pero no contra las balas. En la ilustración de la derecha podemos apreciar además como los gruesos rebordes salientes en el cuello y en las aberturas para los brazos estaban concebidos para impedir que la punta de una bayoneta o cualquier otra arma resbalase hacia fuera, clavándose en el cuello, en un hombro o en la axila. En cuanto al borde inferior, el pliegue marcado con la flecha impedía que la punta o el filo de un arma enemiga se desplazase hacia arriba o hacia abajo, y el reborde detendría la punta de una bayoneta que acabaría perforando el bajo vientre. Lógicamente, en caso de que el jinete cayese era hombre muerto si no andaba listo, porque las bayonetas de los cabreados infantes irían derechas a su pescuezo o al borde inferior del peto para, clavándolas hacia arriba, herirlos en el estómago, lo que producía una herida mortal, extremadamente dolorosa y exasperantemente lenta.

Pero, como decimos, contra las balas eran totalmente inservibles salvo casos contados en que impactase una bala perdida que venía volando desde al menos doscientos metros. Hay datos de unas pruebas que efectuaron en 1807 tomando tres corazas: la reglamentaria de los coraceros, un modelo alemán y un antiguo peto de los que usaba la caballería durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763) que pesaba casi lo mismo que la coraza entera del ejército gabacho, 6,5 kg. En dichas pruebas se dispararon balas de mosquete a una distancia inicial de 140 metros, que las dos segundas resistieron mientras que el elegante modelo de los coraceros fue perforado sin problema. Solo el viejo modelo fue capaz de resistir a corta distancia en la última prueba, efectuada a solo 9 toesas (16 metros). Al llevar a cabo las pruebas con pistola, pues más de lo mismo. El modelo francés fue perforado a 33 metros, la distancia inicial, mientras que los otros dos modelos se quedaron tan campantes cuando les dispararon a solo 16 metros. Así pues, los ejemplares que se conservan con abolladuras tan substanciosas como la que presenta el ejemplar de la foto superior fueron el resultado de tener una potra tremenda ya que se trataba de balas perdidas que acertaron en el pecho en vez de en plena jeta, lo que habría acabado con la mísera existencia del usuario de la coraza en cuestión.

Así pues, la protección que brindaban estos chismes era relativa ya que una descarga de fusilería se llevaba por delante a cualquiera de ellos, y solo mostraban su verdadera utilidad cuando, una vez llegados al contacto, protegían a los hombres de los bayonetazos, sablazos y puntazos de los espontones de los sargentos pero, eso sí, siempre y cuando permanecieran sobre sus briosos pencos los cuales, pobrecitos, eran acuchillados sin piedad para derribar sí o sí al jinete y, una vez en el suelo, masacrarlo bonitamente en justa venganza por haber dejado vivo al cuñado en vez de al colega de toda la vida. Y que nadie piense que solo palmaban los coraceros rasos porque los oficiales, tanto en cuanto cabalgaban al frente de sus unidades, eran los primeros en sentir los efectos del fuego enemigo. Un buen ejemplo lo tenemos en el ejemplar de la foto. Se trata de un peto de oficial del modelo inicial de 1802 con un suntuoso boquete similar al de la famosa coraza del carabinero Fauveau, que entregó la cuchara en Waterloo para encabezar la lista de hombres más agujereados de la historia.

Y ya que mencionamos las corazas de la oficialidad, comentar que estas no eran de mejor calidad que las de la tropa, y solo se diferenciaban de ellas en cuatro detalles destinados simplemente a, como era y es norma en todos los ejércitos, marcar las diferencias entre los que mandan y los que obedecen. Como podemos apreciar en el ejemplar de la izquierda, la única diferencia radicaba en una profunda acanaladura grabada en todo el contorno de ambas partes, a tres centímetros del borde y sirviendo de margen a los 34 remaches de latón que contorneaban cada pieza de la coraza. Las diferencias más evidentes las encontramos en las guarniciones. El cinturón era de cuero rojo bordado con hilo de plata en vez de cuero negro mondo y lirondo, y las hombreras, también elaboradas con cuero rojo o de cuero normal forrado de terciopelo del mismo color, estaban ribeteadas con cordones de plata, siendo sustituidas las escamas habituales por hiladas de dos o tres anillas de bronce imbricadas de forma similar a las antiguas cotas de malla. Esto no significa que brindasen más protección tanto en cuanto el peto y el espaldar estaban unidos, por lo que un sablazo en el hombro no implicaría ser herido ya que, como comentamos anteriormente, su verdadera utilidad radicaba en impedir que un tajo propinado por el enemigo cortase la hombrera y abriese la coraza por ese lado. En cuanto al ribeteado del forro de la coraza, en este caso era de plata, y los coroneles llevaban dos franjas en vez de una.

Así pues, y como vemos, las corazas de la oficialidad eran muy similares a las de la tropa. Solo los mandamases supremos de las divisiones de coraceros o los mariscales se encargaban corazas con repujados más o menos vistosos en los contornos de peto y espaldar o incluso algún adorno en el frontal del pecho, que para eso eran los jefazos y había que dejar claro a propios y extraños quién era el que cortaba el bacalao. Conste que esta práctica era habitual en todas partes, e incluso pasaban de usar las espadas o sables reglamentarios por otros elaborados a su gusto. Total, como no solían usarlos mucho tampoco tenía importancia. En el grabado superior tenemos dos ejemplos. El de la izquierda es una coraza de general, y en el de la derecha vemos el perfil de la coraza del mariscal Berthier, cuyo contorno estaba enteramente repujado con hojas de laurel en plan victorioso (en el casco también se hijo repujar una corona similar, qué menos...).

Bien, con esto concluimos. Solo resta añadir que los timbaleros y los cornetas eran los únicos personajes que no usaban coraza. Según vemos en las ilustraciones de la izquierda, los timbaleros iban vestidos a la turca, moda muy en boga en aquellos tiempos (recordemos la entrada dedicada a los mamelucos) porque la cosa arabesca daban un toque exótico. En todo caso, cabe suponer que a estos les daba una higa no usar protección porque los timbales no se usaban en combate. Otra cosa eran los cornetas, que iban junto al oficial al frente del escuadrón y que, para colmo, en vez de cargar espada en mano se tenía que dedicar a tocar su instrumento para dar las órdenes, así que lo tenían verdaderamente crudo porque no podían defenderse salvo que la emprendieran a trompetazos con el enemigo. Por cierto que sus uniformes eran distintos a los de sus camaradas, que también variaban de uno a otro regimiento como está mandado. Para ser más visibles llevaban los colores invertidos respecto a los de su unidad y, en algunos casos, solían usar unas casacas festoneadas de vivos colores para ser fácilmente identificables. Lo malo es que el enemigo también los veía a la legua, así que ya sabemos quién se convertía en blanco preferente porque, de la misma forma que los enlaces eran objetivo principal, los cornetas también encabezaban las listas de los buenos tiradores ya que un oficial sin su turuta lo tenía complicado para impartir las órdenes en mitad del estruendo de la batalla.

Bueno, ya continuaremos con la continuación de esta pequeña monografía coracera.

Hale, he dicho

Entrada anterior pinchando aquí.

Las cosas como son: contemplar una escena similar al natural en su época debía ser todo un espectáculo. Eso sí,
desde lo alto de un cerro o cualquier otro lugar prudentemente alejado, por si acaso.

sábado, 19 de agosto de 2017

Coraceros


Fotograma de la excelente película "Coronel Chabert" (Yves Angelo, 1993) en la que el regimiento de coraceros del susodicho se dispone a tomar parte en la que sería la mayor carga de caballería de la historia durante la batalla
de Eylau, librada entre los días 7 y 8 de febrero de 1807

Testimonio de un british (Dios maldiga a Nelson) que tomó parte en la batalla de Waterloo:


"Esperábamos un ataque de la infantería enemiga con nuestras líneas preparadas y apenas castigadas por el fuego de la artillería. De repente vi como el sargento que inspeccionaba nuestra alineación se detuvo. Yo no entendí el motivo hasta que sentí un hormigueo por las piernas. El suelo empezó a temblar y me invadió una gran angustia. (...) Mi vecino, el veterano Millan, abrió la boca como si fuese a quejarse, pero se quedó mudo de repente, dejando caer al suelo su pipa de arcilla. No la recogió. Se había quedado petrificado"


La inconfundible estampa de un
coracero francés
El motivo de tan repentina desazón fue debido a que la carga de bayonetas que esperaban era en realidad una carga de coraceros que dejó al personal con los testículos del tamaño de perdigones, más acojonados que por la visita repentina de seis cuñados con hambre atrasada. Y es que al pan, pan, y al vino, vino: cuando se menciona el término "coracero" nadie se acuerda de que los demás ejércitos europeos disponían de tropas similares, y lo que a todos se nos viene a la mente es la imagen de un coracero gabacho (Dios maldiga al enano corso). Justo es reconocerlo a pesar de que nuestros vecinos del norte me caen peor que si todos fuesen cuñados míos, pero la verdad no tiene más que un camino, ergo debo reconocer y reconozco que los regimientos de coraceros de la Grande Armée marcaron un hito en la historia militar del siglo XIX. De hecho, y como ya se ha comentado en alguna ocasión, incluso en los albores de la Gran Guerra partieron al frente unidades de coraceros con sus cascos adornados con crines, sus corazas pulidas y sus espadas. Naturalmente, no pasó mucho tiempo hasta que los apearon de sus briosos pencos para que pudieran palmarla como auténticos y verdaderos héroes frente a las Maxim tedescas, pero este hecho demuestra la longevidad de este tipo de tropas aunque por aquellos años tenían ya menos utilidad que un político y estaban más obsoletos que un reloj de arena.

Bien, hecho este breve y belicoso introito para ponernos en situación, iremos al grano. Obviamente, este tema es demasiado extenso para comprimirlo en una sola entrada, así que elaboraremos una pequeña monografía en la que iremos estudiando por separado la historia de este cuerpo, su forma de combatir, su armamento, etc. De ese modo, cuando pongan en algún canal de los tropocientos que hay en antena alguna película o serie ambientada en las guerras napoladrónicas podremos mirar desafiante al cuñado que está acabando con nuestras reservas de malta de 12 años y, de ese modo, tomarnos cumplida venganza humillándolo bonitamente con nuestros conocimientos coraceros.

Oficial del 8º Rgto, de Caballeria
en 1791. Obsérvese la coraza que
posteriormente sería de uso común
en el cuerpo de coraceros
Antes de que el enano se hiciera con el poder ya había en Francia unidades de caballería pesada. De hecho, en 1791 se llevó a cabo una profunda reforma en el ejército de la cual surgió, entre otras cosas, la formación de hasta 28 regimientos de caballería pesada que incluían dos de carabineros y que, posteriormente, se redujeron a 24 cuando el enano anti-cristo alcanzó el consulado en 1799. Originariamente, de todas estas unidades, solo el 8º Rgto. de Coraceros del Rey estaba equipado con corazas desde tiempos anteriores a la revolución, mientras que el resto eran simples regimientos de caballería de línea formados de tres escuadrones (cuatro en el caso de los carabineros) a su vez divididos en dos compañías. Posteriormente, en 1793, se aumentaron todos los regimientos en un escuadrón más a medida que se reducía el número de unidades. 

Al parecer, la idea de crear unidades de coraceros surgió a raíz de la batalla de Marengo (14 de junio de 1800) cuando, teniéndola prácticamente perdida a manos de los austriacos tras seis horas de lucha, el general François Kellerman aprovechó el desconcierto creado en las filas enemigas por la explosión de un tren de artillería y lanzó una carga de caballería pesada que puso en desbandada a los austriacos, que cedieron el campo a sus enemigos. El enano, que era listo como el hambre, se dio cuenta rápidamente de que el uso de formaciones de caballería pesada empleadas en el momento justo podían ser decisivas, y que mientras que los húsares, lanceros y dragones eran válidos para escaramucear, perseguir al enemigo u hostigar el avance de las formaciones del adversario, un ataque en masa de caballería fuertemente armada podía romper las líneas enemigas, partir en dos un ejército y, en definitiva, ganar la batalla rápidamente si se sabían manejar los tiempos con astucia.

Coracero del 1er. Regimiento
Así pues, el 10 de octubre de 1801 se formó el 1er. regimiento de coraceros fusionando el 1º y el 8º regimientos de caballería pesada, y como los del 8º era el único que disponía de corazas, más por tradición que por otra cosa, toda la unidad fue equipada con las mismas. Justo un año más tarde, el 12 de octubre de 1802, se formaron los regimientos 2º, 3º y 4º, y el 23 de diciembre siguiente el 5º, el 6º y el 7º. El motivo de la tardanza en ir formando estas unidades era debido a lo costoso de su equipación, de la que hablaremos detalladamente más adelante. De momento, y para hacernos una idea, solo la coraza costaba el equivalente a cuatro meses y medio de la paga de un coracero raso. En 1804, todos los antiguos regimientos de caballería pesada habían sido reciclados en coraceros, viendo reducido su número a un total de 12 regimientos de cinco escuadrones cada uno y con dos compañías por escuadrón  nutridas por 102 hombres. Finalmente, en 1808, el 1er. Rgto. Provisional de Caballería Pesada pasó a convertirse en el 13º Rgto. de Coraceros, y en 1810 se formó el último, el nº 14, con los hombres del 2º Rgto. de Coraceros Holandeses. Que a nadie extrañe este batiburrillo de unidades que se disuelven para dar lugar a otras. En todas las épocas ha sido una norma habitual modificar tanto unidades como los efectivos de las mismas según el empleo táctico que se les quería dar y las necesidades del momento. También solía ocurrir que, cuando una determinada unidad era aniquilada, en vez de volver a formarla se prefería disolverla definitivamente y traspasar los escasos efectivos supervivientes a otra unidad.

El general Jean-Joseph d'Hautpoul, comandante de la 2ª división
de coraceros formada por 4 regimientos con un total de 1.785
efectivos. Palmó en Eylau durante la famosa carga. Fue
herido de metralla en una pierna y murió pocos días después
ya que se negó a que le amputaran el miembro herido.
Pillaría una gangrena de aúpa, supongo.
La composición de la oficialidad de cada regimiento era como sigue: al mando del mismo estaba un coronel al que le seguían por rango un mayor, dos jefes de escuadrón, dos adjuntos del mayor, un pagador, un cirujano, un ayudante mayor, dos sub-ayudantes mayores, dos adjuntos, un brigada trompeta, un veterinario y seis maîtres (maestros) que eran los sastres, herradores, zapateros, armeros y talabarteros que se dedicaban al mantenimiento en general. En cuanto a las compañías, estaban al mando de un capitán seguido de un teniente, un teniente segundo, un maréchal de-logis-chef, que era el jefe encargado del alojamiento de las tropas asistido por cuatro maréchaux-des-logis, un furriel, ocho brigadas, un corneta y 82 hombres. No obstante, estas cifras no eran en modo alguno absolutas ya que, como ha sido siempre habitual en todos los ejércitos, una cosa son los efectivos teóricos y otros los reales, habiendo diferencias de hasta 100 hombres de un regimiento a otro.

Lancero francés hacia 1812
Bien, la cosa es que el pequeño tirano corso supo sacarle jugo a su idea, y tan entusiasmado estaba con ellos que, haciendo un símil con el ajedrez, afirmaba que "el arma de coraceros es la reina de los movimientos, siendo útiles antes, durante y después de la batalla".  De hecho, tenía muy claro que no debía usarlos así como así, y los hacía permanecer en reserva para que actuasen sola y únicamente cuando era imperioso descargar un golpe decisivo al adversario que decantase la batalla a su favor. De ahí que, por norma, jamás fueran destinados a misiones de enlace, hostigamiento, escoltas o cualquier otro cometido que pudiera mermar sus efectivos o tenerlos ocupados en otra cosa si eran requeridos. Para esas cuestiones dedicaba a sus unidades de caballería ligera, especialmente húsares y lanceros. Estos últimos eran especialmente útiles a la hora de perseguir a un enemigo en desbandada, ensartándolos con sus lanzas como si fueran pinchos de tortilla.

Caballo tordo andaluz, una joya sobre cuatro patas
Como ya podemos suponer, ingresar en estos regimientos de élite no estaba al alcance de cualquiera ya que, por norma, solo se aceptaban hombres de una estatura aventajada, de al menos 1,70, lo que en aquella época implicaba ser un hombre alto. Y aparte de estatura se requería corpulencia, o sea, hombres fuertes capaces de manejar con soltura la pesada espada de 1,1 kg. reglamentaria en el arma de coraceros. Si a alguien le parece poco peso, recuerden que las aparentemente pesadas y anchas espadas medievales solían pesar 100 o 150 gramos menos. Y para hombres grandotes y fornidos se requerían caballos poderosos, naturalmente. Por norma, los regimientos de coraceros requerían animales de entre 4 y 4 años y medio de una alzada que, dependiendo de la época y la disponibilidad, oscilaba entre los 154 y 160 cm., o sea, los más grandes de toda la caballería francesa. Aparte de caballos de razas francesas, especialmente de la Normandía, el enano iba arramblando con todo lo que podía durante sus insaciables saqueos, siendo muy valorados los boulonnais flamencos, unos enormes pencos de hasta 650 kilos con sangre española en sus venas, hannoverianos, holsteiners y, faltaría más, caballos españoles, los mejores del planeta, qué carajo. De hecho, los gabachos los consideraban especialmente valerosos tanto en cuanto se enfrentaban con los fieros toros de lidia en las corridas que tanto sorprendían a aquellos saqueadores de tumbas.

Boulonnais de Flandes. El ejército francés compró miles
de caballos de esta raza para los regimientos de coraceros.
Obsérvese su alzada y su poderoso aspecto
El precio de estos animalitos variaba de forma ostensible ya que no se entregaba un caballo de igual calidad a un guripa que a todo un coronel. Así, el precio de un caballo "raso", por decirlo de algún modo, podía oscilar entre los 500 y los 700 francos de la época, mientras que un coronel tenía asignados 500 francos mensuales solo para la adquisición de sus caballos, y decimos "sus" porque se le asignaban entre 4 y 6, que para eso era el mandamás. Como comparación, el precio de un caballo para un húsar era de solo 100 francos, o sea, la quinta parte que el de un simple coracero. Como podemos imaginar, el gasto en caballos era abrumador. Entre los que enfermaban, los que acababan lisiados y los que palmaban en combate hablamos de decenas de miles de pencos cuyas osamentas siembran la Europa toda, desde las estepas rusas hasta el estrecho de Gibraltar. Ya lo decía el enano: para ganar una guerra solo hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero, y mientras que un caballo normal costaba 500 francos, una libra de pan salía por 1,35, una de mantequilla 2,5, y la paga mensual de un coracero raso era de 9 francos, de modo que comprar uno de aquellos bichos es equivalente a un soldado moderno que se quisiera comprar un Mercedes.

Por otro lado se tenía la costumbre de diferenciar los escuadrones de cada regimiento por el color de sus caballos, lo cual era especialmente útil a la hora de atisbar los movimiento de la unidad desde lo alto de un cerro catalejo en mano o, menos dicho, en ojo. Así, tanto para la caballería ligera como la pesada, el primer escuadrón montaba sobre caballos negros, el segundo bayos, el tercero castaños, y el cuarto caballos tordos. No obstante, a medida que las guerras del enano avanzaban era cada vez más complicado dar con animales cuyas capas casasen con los requerimientos cromáticos de cada unidad, así que hubo que dejar de lado esa norma si bien algunos coroneles se empeñaban en mantenerla a ultranza aunque por norma se aceptó la costumbre prusiana de que los regimientos de coraceros debían usar caballos de capa negra porque se consideraba que eran de más calidad, vete a saber por qué.

Carga en orden cerrado, formando literalmente una
muralla que avanza hacia el enemigo
En cuanto al empleo táctico de las unidades de coraceros, el enano maldito los sacaba a relucir solo cuando era preciso asestar el golpe final, como ya hemos dicho anteriormente, o para repeler cargas de caballería pesada enemiga. En el primer caso solían actuar con el apoyo de la artillería, que durante el avance iba abriendo huecos en la filas enemigas para, una vez llegados al contacto, tener más facilidad para infiltrarse entre las mismas. Los coraceros cargaban formando dos oleadas. La primera, que es evidente que era la de los pringados, era la que se llevaba las descargas de fusilería mientras que la segunda aprovechaba el lapso de tiempo que suponía la recarga de los mosquetes para caer como una tromba contra el cuadro de infantería enemiga y deshacerlos.

Contrariamente a lo que solemos ver en el cine, las cargas no eran una carrera alocada donde cada uno iba a la velocidad que quería o podía, dando lugar a que la formación se descompusiera. Eso sería un chollo para la infantería, que tendría muy fácil rechazarlos ya que carecerían del empuje necesario. Por ello, se insistía en que las formaciones de caballería debían cargar estribo contra estribo manteniendo el paso para, posteriormente, acelerar hasta el trote y llegar al galope solo en los últimos metros, lo que no solo permitía mantener el orden sino también no forzar a las monturas y mantenerlas lo más descansadas posible. Otro camelo es que durante todo el trayecto el jinete avanzaba manteniendo la espada con el brazo extendido, lo que lo agotaría rápidamente. La realidad es que cuando llegaban los momentos previos al contacto era cuando se extendía el brazo con cierto grado de inclinación hacia el cuerpo, pero manteniéndolo perpendicular al mismo, con la hoja de la espada un poco cruzada (véase grabado superior). Esa posición obedecía a dos razones: una, impedir que la rigidez del brazo produjese una lesión o le hiciese salir disparado de la silla al clavar la espada. Y la otra, impedir que una espada enemiga resbalase por la hoja, se deslizase sobre las guarniciones y saliese despedida entre la espada del jinete y su cuerpo, lo que podría cortarle el brazo limpiamente a la altura del codo. Además, inclinaban el cuerpo hacia adelante para que la cabeza y el cuello del caballo les protegiese de las balas enemigas. Esto ya se explicó en su día, pero merece la pena recordarlo. Por último, justo antes de llegar al contacto se alzaban sobre los estribos y se exclamaba fieramente el grito de guerra: "Vive l'empereur!", o sea, "¡Viva el enano!", y empezaba la fiesta. Así pues, esas cargas de tropocientos kilómetros a galope tendido enfilando al enemigo con la espada son el enésimo camelo cinematográfico que casi todo el mundo toma como artículo de fe porque queda como muy gallardo y heroico en la gran pantalla. Recordemos una vez más que el éxito de una carga radicaba en el empuje de una masa de animales que, por naturaleza, no querían chocar contra un obstáculo aunque fuese un recluta canijo, por lo que el triunfo o el fracaso de la misma dependía del buen orden y de la disciplina.

Bueno, con esto vale por hoy. Como se suele decir en estos casos, "continuará..."

Segunda parte pinchando aquí

Hale, he dicho

El coronel del regimiento se dispone a ocupar su posición antes de iniciar la carga. 

jueves, 17 de agosto de 2017

El cañón Ager, ¿la segunda primera ametralladora?




Hombres del 96º Rgto. de Voluntarios de Pennsylvania posando muy
orgullosos junto a un cañón Ager
El comienzo de la Guerra de Secesión de los Estados Juntitos fue el pistoletazo de salida para que todos los magines del personal empezaran a echar humo con tal de inventar algo que matase más y mejor, que es de todos sabido que si todos los enemigos se mueren se acaba antes la guerra. Y, una vez más, nos encontramos con inventos demasiado avanzados para su época porque la tecnología disponible no permitía aprovechar al máximo sus posibilidades, cosa que hemos repetido y tendremos que repetir mogollón de veces. En la entrada de hoy veremos un artefacto que, en pureza, ya era una ametralladora en toda regla ya que funcionaba mediante un sistema mecánico que le permitía mantener fuego sostenido en una época en que las armas al uso aún eran de avancarga, lo cual era un mérito notable y más teniendo como competidora a la Maxim creada por las mismas fechas.  

Hablamos del cañón Ager (o Agar según algunos autores), cuya invención está envuelta de cierto misterio. Su supuesto creador, Wilson Ager, era un creativo ciudadano natural de Rohrsburg, Pennsylvania, que con anterioridad al conflicto había patentado una serie de máquinas de uso agrícola, como una plantadora mecánica de maíz o un artilugio para limpiar el arroz de la cáscara y demás impurezas. Sin embargo, el cañón lo patentó en Londres en 1861 o quizás un año antes. El motivo podría ser que, en realidad, el cañón no era de su autoría, sino que actuó simplemente como un agente de ventas para su comercialización en los Estados Unidos, quizás por tener los contactos adecuados, y se apropió del invento por la cara, cosa que siempre ha sido más frecuente de la cuenta. De hecho, parece ser que la máquina la inventaron en realidad unos tales William Palmer y Edward Nugent, para cuya producción se creó una empresa denominada American Arms Company. Sea como fuere, la cosa es que tanto la autoría del arma como su nombre ha pasado a la historia como de Wilson Ager a pesar de que, según parece, Nugent patentó el cañón en los Estados Unidos en 1862, cuando el arma ya había sido probada e incluso vendidas algunas unidades.

A la derecha tenemos la criatura. Según podemos ver, se trataba de un arma provista de un solo cañón que era alimentado por la tolva que se aprecia en la parte superior de la culata, lo que con el añadido de la manivela que accionaba la máquina le valió el apodo de cooffe mill (molinillo de café) por su obvia similitud con esos chismes domésticos imprescindibles en los hogares hasta que inventaron el café molido si bien su denominación oficial fue el de Union Repeating Gun, o sea, Cañón de Repetición de la Unión. El largo total del arma era de 142 cm., y el del cañón- provisto de ánima rayada para darle más precisión- de 89 cm. Como vemos, estaba montado en una cureña ligera provista de dos cajones para munición a ambos lados y, aunque no aparezca en esta foto, se dotó al cañón de un pequeño escudo para proteger al tirador del fuego enemigo. Una vez emplazada la máquina las correcciones de altura y deriva podían llevarse a cabo fácilmente gracias a su montaje sobre una articulación de bola, y una vez apuntada el arma en la dirección deseada solo había que bloquearla o bien dejarla libre para hacer un cono de fuego. La rabera que sobresale por la parte trasera era precisamente para poder manipularla cómodamente.

Pero lo más sofisticado quizás era el sistema que se había adoptado para que una ametralladora pudiera mantener fuego sostenido cuando los mosquetes aún se alimentaban con cartuchos de papel. En el gráfico de la izquierda tenemos las respuestas al enigma. La figura A nos muestra un contenedor de acero donde iba alojaba la carga. Este contenedor no era más que una pseudo-vaina fabricada en una época en que las vainas aún no se habían inventado, y tenía dos cometidos: por un lado, contener la carga, y por otro hacer las funciones de recámara ya que no llegaba a ser introducido en el cañón. En la figura B vemos una vista en sección del contenedor el cual tenía en su base una chimenea roscada similar a las usadas en los mosquetes Springfield de la época, la cual era cebada con los mismos pistones de cuatro aletas que se usaban en dichas armas. Los contenedores podían cargarse directamente con la pólvora y una bala Minié de calibre .58 (fig. B), o directamente con los mismos cartuchos de papel nitrado de los mosquetes (fig. C), lo que les permitía arder de forma instantánea mediante el chispazo del pistón. En este caso, la carga de pólvora era de 75 grains (4,8 gramos).

Una vez llena la tolva- poniendo buen cuidado en que todos los contenedores estuvieran correctamente orientados con el pistón hacia atrás- se procedía a accionar la manivela situada en el costado derecho del arma. En ese momento empezaba a girar una pieza con forma de estrella con la apariencia de un tambor de revólver abierto (más abajo la mostramos), donde caía por gravedad un contenedor cargado. A medida que se giraba el manubrio, una cuña se elevaba, alineando y bloqueando dicho contenedor contra el cañón como si fuera la recámara del mismo para, a continuación, accionar una leva que liberaba el percutor, produciéndose el disparo. Mientras proseguía el giro de la manivela el tambor seguía girando, expulsando el contenedor servido por la ventana de expulsión que marca la flecha y alimentándose con uno nuevo que caía por la tolva. Este sistema permitía alcanzar una cadencia de entre 100 y 120 disparos por minuto. Por otro lado, los contenedores eran reutilizables, de modo que los que iban siendo expulsados por la máquina podían irse recargando a toda prisa con cartuchos de papel y empistonarlos, disponiendo así de más munición para seguir liquidando malditos sureños esclavistas.

Vistra trasera del cañón en la que se aprecia tanto la morfología de la tolva
como la ventana de expulsión de los contenedores servidos
Sin embargo, el punto flaco del Ager era precisamente su único cañón, que al cabo de unas decenas de disparos se ponía un poco calentito, justamente al contrario que la máquina de Gatling que, al disponer de varios cañones, retrasaba más ese nocivo efecto y eso que el sistema de contenedores cargados con cartuchos de papel fue de hecho empleado por dicha ametralladora hasta la aparición de las vainas de latón. Para aminorar tan nocivo efecto y en un alarde de inventiva, Ager diseñó un sistema de refrigeración consistente en una camisa metálica que envolvía todo el cañón y una turbina que funcionaba conectada a la manivela de forma que mientras esta giraba también lo hacía el ventilador, el cual hacía pasar una corriente de aire entre la camisa y el cañón que no solo ayudaba en enfriarlo, sino que incluso eliminaba posibles restos de papel sin quemar procedente de los cartuchos. 

Esta pieza es, por así decirlo, el corazón de la máquina ya
que era donde iban cayendo los contenedores al girar la
manivela. Al dar 1/6 de vuelta los expulsaba ya vacíos
Con todo, este ingenioso sistema parece que no pasó de la mesa de proyectos, quizás por ser excesivamente complejo. Por ello, y a fin de paliar el problema del sobrecalentamiento, se diseñó además un sistema para remover rápidamente el cañón para ser sustituido por otro, como se hace por ejemplo con la MG-42 alemana, por lo que cada máquina iría acompañada de dos cañones de repuesto para tal finalidad. Pero el problema persistía porque los milites daban por sentado que una máquina semejante estaba creada para mantener fuego sostenido a todo trance, lo cual era un error porque, ni era necesario en una acción real, ni la munición de la época lo permitía. Por un lado, se quejaban de que el consumo de munición era muy elevado, lo que suponía un notable encarecimiento de la misma y una dificultad añadida a la hora de suministrar cartuchos. Entonces, digo yo, ¿para qué leches querían Vds. una ametralladora? Es como pedir un Ferrari que corra a 300 por hora pero gaste 4 litros a los 100 km. Pero al mismo tiempo que se protestaban de lo prohibitivo del consumo de munición se quejaban de que al tener un solo cañón no alcanzaría nunca una cadencia de tiro verdaderamente devastadora, como pasaba con la Gatling, que llegaba a los 350 dpm. En fin, las típicas contradicciones chorras para dar al traste como fuera con el invento encabezadas por el coronel J. W. Ripley, el jefe de la artillería de la Unión que, por norma, se negaba a cualquier tipo de innovación con el apoyo de otros militares tan cerrados de mollera como él.

Fosbery en su madurez. En la época
que nos ocupa tenía solo 29 años
Uno de los que más perjudicó la opinión que se tenía del cañón Ager fue un british, como no, que estuvo de observador en el ejército de la Unión y pudo presenciar las pruebas que se llevaron a cabo para evaluar la máquina. Este sujeto, el entonces mayor George Fosbery (el mismo que inventó el revólver semiautomático Webley-Fosbery en 1895), afirmaba que un solo cañón era incapaz de soportar "la inaudita proeza de efectuar entre 100 y 120 disparos por minuto", según su propio testimonio, y en su demoledor informe añadía que "...lo único que parece olvidarse es que al disparar a razón de 100 disparos por minuto la deflagración de 7.500 grains de pólvora (486 gramos) y casi una libra de plomo pasarían por un solo cañón en ese tiempo. Sus efectos durante el ensayo demostraron que el cañón se puso inicialmente al rojo para, posteriormente, ponerse casi al rojo blanco, y que grandes gotas de metal fundido salían por la boca del cañón, por lo que hubo que detener la prueba por temor a las consecuencias". Obviamente, el genio este no podía imaginar que su propio ejército dispondría apenas 25 ó 30 años más tarde de máquinas con un solo cañón que dispararían más de 650 proyectiles por minuto, pero debía ir de listo profético pontificador, que son peores que los cuñados ahítos de documentales del Canal Historia.

Una réplica moderna del Ager que nos permite apreciar con
más detalle su morfología
Y la cosa es que el metal de las balas en efecto se fundía porque, simplemente, un arma capaz de alcanzar una cadencia de tiro tan elevada no puede disparar munición de plomo que se funde a apenas 300º, pero eso de la munición blindada estaba aún por llegar, así que ahí tenemos una prueba más de que este artefacto estaba demasiado avanzado para su época. Por otro lado, el tipo de munición que disparaba no le permitía un alcance que superase al de un simple mosquete, estando su rango efectivo alrededor de los 900 metros. Su precisión a distancias a partir de los 300-350 metros solo quedaba patente sobre formaciones de tropas o de caballería ya que en las pruebas que se llevaron a cabo disparando contra una valla de 54 metros de largo por 2,13 de alto, o sea, lo que podría ser un cuadro de infantería, solo obtuvo un 40% de aciertos si bien es justo reconocer que una descarga de fusilería no se habría aproximado ni remotamente a ese nivel de precisión.

Lincoln flipando en colores con el Ager. Las pruebas se llevaron a cabo
en el arsenal de Washington. El prototipo fue fabricado por la firma
Woodward & Cox, de Nueva York
Sin embargo, y gracias a la insistencia de J.D. Mills, el representante de la firma, el 16 de octubre de 1861 el arma había sido probada en presencia del mismísimo presidente Lincoln el cual quedó impresionado por su funcionamiento hasta el extremo de encargar allí mismo la compra de diez unidades más el encargo de otras 50 por un importe de 1.200 $ cada unidad (un pastizal para la época), adelantando un 20% del importe total para iniciar la producción. No obstante, y a pesar del entusiasmo de Lincoln, los militares aún estaban bastante remisos a aceptar el invento. De hecho, en la correspondencia que se conserva entre el presidente y el general George McClellan, el primero llega a preguntarle directamente si el ejército quería o no esas armas ante la cantidad de divagaciones y trabas que ponían los militares. McClellan acabó aceptando la compra de las mismas, supongo que por no contristar al jefe supremo que tanto entusiasmo había mostrado, así que recomendó su adquisición por el precio acordado de 1.200 $ la unidad y una entrega inicial del 20%, si bien hizo notar que el precio le parecía excesivamente alto. A la vista de que el personal se lo tomaba con tranquilidad gracias a las constantes pegas que el coronel Ripley ponía a todo lo relacionado con el cañón Ager, en un oficio fechado el 19 de diciembre de 1861, Lincoln ordenaba que "los 50 cañones se encarguen en los términos recomendados por el general (McClellan) y no de otra manera". Bien, pues no fue hasta SEIS MESES más tarde cuando Lincoln envió un nuevo oficio, este de fecha 3 de julio de 1862, en el que sugiere un tanto impaciente que "si las cincuenta armas han sido hechas o entregadas de acuerdo con las recomendaciones efectuadas anteriormente por parte del general y las condiciones ordenadas por mí mismo, que sean recibidas y pagadas". Seis meses en estado de guerra es equivalente a una era geológica en tiempo de paz, así que ya vemos que los milites no pusieron ni remotamente el mismo entusiasmo que el presidente de la nación en el dichoso invento.

Marcado con una X vemos al general McClellan ante Lincoln
durante la batalla de Antietam
Finalmente, los cañones pedidos entraron en servicio, pero fueron generalmente enviados a misiones de escasa relevancia como vigilancia de puentes y chorradas similares, entrando en acción en contadas ocasiones en las que, ciertamente, demostraron su eficacia. La más sonada tuvo lugar el 29 de marzo de 1864 en Middleburg, Virginia, cuando un tal capitán Bartlett mandó abrir fuego contra un escuadrón de caballería confederada a una distancia de unos 750 metros, produciendo una buena escabechina y obligando al enemigo a batirse en retirada dejando en el campo gran cantidad de bajas, y eso con un solo cañón. De hecho, hasta los rebeldes llegaron a disponer de 17 unidades que cayeron en sus manos en Harpers Ferry, en el contexto de la sangrienta batalla de Antietam (más de 22.700 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos para una batalla de un solo día en la que tomaron parte un total de 132.000 efectivos entre ambos bandos, o sea, un 17% de bajas de una tacada, lo que no está nada mal). En todo caso, los Ager que pillaron los sudistas tampoco fueron empleados a fondo, así que de poco les sirvieron si bien uno de ellos tuvo al parecer el honor de ser el primer cañón antiaéreo de la historia cuando en 1864, en el contexto de la segunda batalla de Reams Station, en Virginia, los sudistas abrieron fuego contra un globo de observación de la Unión. Lo que no ha trascendido es si, aparte de darle un susto de muerte al observador, lograron derribarlo.

El final de la contienda supuso también el ocaso del cañón Ager. Las Gatling le habían ganado la partida y las unidades en servicio fueron vendidas a precio de saldo. Actualmente se conservan solo cuatro unidades de la pequeña partida de 60 cañones que entraron en servicio más el prototipo inicial, así que si alguien encuentra uno de ellos en algún granero perdido de Virginia, Carolina del Norte, Alabama o en cualquier lugar donde hubiese tiros, ya sabe, que ponga jeta de despistado y le ofrezca al dueño 20 pavos por librarle de ese trasto que lleva ocupando un sitio en el granero desde tiempos del abuelo Jedediah.

En fin, va siendo hora del yantar, así que me piro.

Hale, he dicho


lunes, 14 de agosto de 2017

El cañón Puckle, ¿la primera ametralladora?


James Puckle (1677-1724)
Más de una vez y más de dos, e incluso afirmaría que más de tres, hemos tratado diversos diseños tan novedosos que, en realidad estaban avanzados a su época como los ooparts esos de los que tanto hablan los aficionados a los ovnis y cosas así. Es decir, que la tecnología disponible no permitía desarrollar al cien por cien el verdadero potencial del invento. Uno de ellos fue indudablemente el curioso cañón revólver ideado por James Puckle, un probo súbdito del rey Jorge I, el primer monarca de la dinastía Hannover, que combinó su oficio de leguyelo con su pasión por inventar cositas raras y hasta escribir relatos moralistas. Pucke era un esquire, o sea, un miembro de la baja nobleza que tendría su equivalencia española en los hidalgos que ostentaban un señorío. Conviene recordar que en la Inglaterra de aquella época si no tenías un título, por birrioso que fuera, simplemente no existías salvo que uno estuviera poseído de tal talento que hasta la más rancia aristocracia se dignasen reconocerlo. ¿Que por qué hemos titulado entre interrogantes lo de primera ametralladora? Porque, en pureza, el chisme ideado por nuestro hombre no era una ametralladora según el concepto que tenemos de esas máquinas, siendo en realidad un cañón revólver en toda regla como los que aún estaban en uso a principios del siglo XX si bien, como es lógico, estos últimos funcionaban con munición metálica mientras que el de Puckle se tenía que conformar con el sistema al uso en su época: carga de pólvora negra con una bola de plomo y disparado mediante una llave de chispa. Sin embargo, la cosa es que merecería ese nombre tanto en cuanto fue al parecer el primer artefacto denominado como machine gun ya que, al cabo, su funcionamiento estaba basado en un mecanismo que explicaremos más adelante.

Ojo, no debemos pensar que dentro de este tipo de armas estarían incluidos los ribadoquines y demás armas multi-cañón como las que diseñaron Kyeser, Von Eyb o Da Vinci ya que estos artefactos no eran armas de repetición, sino afustes sobre los que se instalaban hileras de cañones para poder desplegar una mayor potencia de fuego. A la izquierda podemos ver un ejemplo, en este caso un órgano diseñado por Kyeser provisto de cuatro bocas de fuego. A cambio, eso sí, una vez agotada la munición tendrían que estar una hora recargando una a una las bocas de fuego de que se componía la pieza con lo cual su verdadera eficacia radicaba en una única descarga masiva que, caso se emplear varios de estos cañones, podían ser ciertamente devastadora, pero nada más.

Bien, hechas estas aclaraciones iniciales vamos al grano. A la derecha podemos ver el cañón diseñado por este polifacético sujeto. De entrada salta a la vista su novedoso diseño con ese trípode regulable y con el arma montada sobre un afuste que le permitía girar 360º y ajustar el ángulo de tiro vertical. El arma constaba de un único cañón de bronce de 91 cm. de largo que, al parecer, podía servirse en tres calibres de 1, 1'25 y 1'5 pulgadas, o sea, 25'4, 31'8 y 38,1 mm. Dicho cañón era alimentado por un cilindro que, según el calibre y el tipo de munición, disponía de seis, nueve u once recámaras. Inicialmente, el de seis era para disparar proyectiles cuadrados mientras que los otros dos eran para munición esférica convencional. Lo de los proyectiles cuadrados era una extravagante ocurrencia de Puckle ya que decía estaban destinados a abatir a los infieles otomanos para, según sus propias palabras, ponerlos al corriente de "los beneficios de la civilización cristiana", que por lo visto consistía en que te matasen a balazos. Los proyectiles esféricos, en teoría menos dañinos, eran para masacrar bonitamente a los buenos creyentes, faltaría más. En fin, una chorrada semejante solo se le puede ocurrir a un inglés (Dios maldiga a Nelson).

El arma fue registrada con el número de patente 418 el 15 de mayo de 1718  según el pliego que vemos a la izquierda, donde se explican con pelos y señales los componentes del cañón e incluso la turquesa con la que fundir los proyectiles ya que en aquella época entró en vigor la norma mediante la cual era obligatorio para obtener la patente presentar un plano del invento, así como una descripción del mismo y su funcionamiento. El texto que aparece en la parte inferior es una especie de memoria-dedicatoria firmada por Puckle haciéndole la pelota más desmedida al monarca, echándole flores a mansalva e informándole humildemente que con ese chisme podrá acabar con todos los enemigos de sus dominios. Como se ve en la parte superior, recibió el nombre de Defence, y continuación se añade una curiosa nota que transcribo literalmente:

"Defending king George your country and lawes is defending yourselves and protestant cause. "

Para los que no entiendan la abominable lengua de los anglosajones viene a querer decir: "Rey Jorge, defendiendo su país y sus leyes está defendiéndose a sí mismo y a la causa protestante". Es evidente que este sujeto estaba pelín obsesionado por la cosa religiosa, ¿no? Por cierto que la letanía haciéndole la pelota al rey está fechada unos días después de la presentación de la patente, concretamente el 25 de julio siguiente.

Ejemplar conservado en la Torre de Londres que muestra el arma cargada
con el tambor para balas cuadradas redentoras de infieles otomanos. Pero
lo que creo que no tuvo en cuenta es que al entrar por el ánima cilíndrica
del cañón tomarían esa misma forma.
Pero el Defence, a pesar de que en la patente especificaba que era válido "para defender puentes, brechas, líneas, pasos, barcos, botes, casas y otros lugares" no estaba en realidad destinado a nutrir la infantería ni la artillería del gracioso de su majestad, sino la Navy. De ahí el empeño de la chorrada de las balas cuadradas para hacerle más la puñeta a los otomanos, más concretamente a los piratas berberiscos que infestaban el Mediterráneo y parte del Atlántico y a los que Puckle deseaba con toda su alma hacerles sentir la ira de Dios en forma de plomo cúbico. 

Vista trasera del Defence
Así pues, este artefacto tenía su verdadero potencial cuando fuese instalado en las bordas de los barcos de su majestad para repeler con eficacia y contundencia los intentos de abordaje por parte de los malvados piratas. Si observamos el afuste regulable nos podremos dar cuenta de un detallito, y es que la regulación vertical alcanzaba un ángulo de depresión muy superior al de elevación, -60º concretamente, es decir, que estaba diseñado para apuntar ante todo hacia abajo, o sea, en los instantes previos al hipotético abordaje de un navío inglés por parte de un bajel o un jabeque berberiscos cuya obra muerta era generalmente de una altura inferior.

Foto decimonónica que muestra el Defence con el tambor
para bala esférica montado en el arma y el anti-turcos
en el suelo, en este caso una versión de 9 recámaras ya
que la original para este tipo de munición era de solo 6
Puckle hizo lo imposible para convencer al personal de que su invento era una maravilla, pero topó con lo mismo que Simms con su primer carro de combate: la incredulidad de los mandamases que, para más inri, en aquellos tiempos no eran militares de academia- entre otras cosas porque las academias militares aún estaban por inventar- sino aristócratas que compraban sus rangos soltando buenas guineas a las arcas del rey. O sea que, salvo honrosas excepciones, no eran precisamente unos genios de la guerra. Y el hecho es que el cañón de Puckle podía vaciar un tambor de nueve disparos en un minuto, lo que suponía el triple de lo que podía disparar un fusilero bien entrenado. Pero no le hacían puñetero caso, pobre hombre... No obstante, no desfallecía en su empeño ya que el 31 de marzo de 1722 un periódico de Londres informó que se había llevado a cabo una prueba con el dichoso cañón en la que se efectuaron nada menos que 63 disparos en 7 minutos, lo que en aquellos tiempos era algo asombroso y, para mayor mérito, bajo una tormenta de las que hacen época, lo que habría inutilizado cualquier mosquete reglamentario. Sin embargo, el sistema de cierre de los fogones de las recámaras diseñado por Puckle impedía la entrada de humedad, por lo que la prueba se llevó a cabo sin un solo fallo. Bueno, pues ni por esas. Los lores no acababan de verle la punta al invento para mayor desesperación de su inventor.

El duque de Montagu, único usuario y
cliente de James Puckle.
Al final tuvo que ceder ante lo inexorable y reconocer que debía esperar a su siguiente reencarnación para inventar algo por el estilo. No obstante, logró un encargo de dos unidades por parte de lord John Montagu, II duque de Montagu, que adquirió dos unidades a título personal cuando el rey Jorge lo nombró gobernador de las islas de Santa Lucía y San Vicente en junio de 1722. Sin embargo, al poco tiempo los gabachos (Dios maldiga al enano corso) echaron a patadas al duque de su recién estrenado dominio, y no hay constancia de que los cañones de Puckle llegaran a usarse para mostrar a los enemigos las excelencias de la inventiva inglesa. Con todo, los dos cañones retornaron al terruño ya que, al parecer, ambos se conservan en dos antiguas posesiones de los Montagu: Boughton House, en Northamptonshire, y en el palacio de Beaulieu en Essex. También ser conserva otro, seguramente el prototipo original, en la Armería de la Torre de Londres si bien parece ser que hay otro en el Royal Armouries de Leeds que, al decir de algunos, son en realidad la misma arma. Sea como fuere, sus acabados son verdaderamente buenos, con unos niveles de calidad excelentes. Igual si hubiese fabricado un churro le hacen más caso al pobre...

Jabeque español. Estos navíos de origen árabe no solo
eran usados por piratas sino por las armadas de
varios países debido a su velocidad, maniobrabilidad y
potencia de fuego, pudiendo navegar tanto a vela como a
remo.  Eran lo que se dice unos malos bichos.
En fin, así fue la breve pero intensa historia de la que muchos consideran la primera ametralladora del mundo. Cuando Puckle palmó en 1724 sus descendientes no se tomaron el más mínimo interés en seguir promocionando el invento paterno, que quedó relegado a una mera curiosidad histórica y santas pascuas. No obstante, lo cierto es que podrían haber dado un buen servicio emplazados en los barcos mercantes que eran el principal objetivo de los piratas (no iban a enfrentarse a un navío de línea de 84 cañones, como es lógico), que se llevarían una desagradable sorpresa al ver caer sobre ellos una lluvia de balas ya que podrían usarse formando baterías de varias piezas con las recámaras cargadas con postas o con balas alambradas. Pero, en fin, así son las cosas y por culpa de mucho tonto de baba pasan las cosas que pasan. Veamos a continuación como funcionaba el chisme que nos ocupa...

A la derecha tenemos una vista trasera del arma en la que se aprecia la manivela que permite desmontar el tambor y, debidamente numeradas, las posiciones de las recámaras, nueve en este caso. Para impedir errores, en la parte interna está provisto de una rueda dentada que obliga al tambor a girar en el sentido contrario de las agujas del reloj. Para posicionar una recámara ante el cañón bastaba aflojar el tambor girando la manivela, posicionarlo a mano y volver a apretar, quedando de ese modo obturada el arma. Sobre el tambor podemos ver la llave de chispa que no era necesario cebar a cada disparo ya que dicho cebado estaba ya previsto en los fogones del tambor.

En esa otra foto podemos ver la placa soporte de la llave de chispa abatida hacia adelante si bien no era necesario colocarla así para girar el tambor, sino solo lo justo para permitir su giro. En el círculo rojo podemos ver uno de los fogones tapado con su cubierta giratoria, mientras que en el círculo azul tenemos el de la siguiente recámara ya abierto, dejando a la vista el oído de la recámara. La apertura se llevaba a cabo en realidad ayudado por la placa de mecanismos la cual tenía previsto un pequeño orificio donde quedaba encajado el botón de la tapa del fogón para impedir fallos o aperturas incompletas. La flecha azul señala dicho orificio, mientras que la roja muestra otro de mayor diámetro que será por donde la chispa se comunique con el oído de la recámara.

Ahí tenemos el cañón con el tambor desmontado. Debemos tener en cuenta que, en teoría, cada pieza llevaría como dotación varios de estos tambores los cuales estarían cargados y cebados, listos para su uso. De ese modo se podría mantener una cadencia de tiro impensable para la época, así como desplegar una potencia de fuego equivalente a varias decenas de fusileros disparando sin parar. El paso de rosca es donde era atornillado el tambor mediante la manivela que formaba parte solidaria del mismo, o sea, cada tambor tenía su propio manubrio. La flecha azul señala el retén que impedía girar el tambor en sentido opuesto, y la roja nos muestra el abocardamiento que daba al ánima forma de embudo para facilitar el posicionado de cada recámara.

Vista superior de la placa de la llave. La flecha azul señala el rastrillo. La amarilla la mordaza que sujetaba la piedra, y la roja la palanca de disparo. Así pues, la secuencia completa sería: alinear la recámara, apretar la manivela, abatir el rastrillo, amartillar y dar un golpe con el puño en la palanca de disparo. A continuación solo había que aflojar el tambor girando la manivela apenas un cuarto de vuelta, alinear la siguiente recámara, apretar la manivela y repetir el ciclo. Como vemos, una velocidad galáctica si lo comparamos con la secuencia de carga de un mosquete. Una vez agotada la munición solo habría que sustituir el tambor vacío por otro cargado, operación que se podía efectuar en escasos segundos.

Bueno, básicamente así es como funcionaba este peculiar cañón que, las cosas como son, en todo momento se mostró más que fiable. Pero aún tuvieron que pasar más de cien años para que la tecnología del momento hiciese... "aceptable" la existencia de máquinas de este tipo. Los seres humanos o, al menos, una gran parte de ellos son así de cretinos, me temo (me van a perdonar, pero yo me excluyo porque los más necios suelen ser los que detentan algo de poder). Ah, por cierto, las fotos del funcionamiento proceden de una réplica que se conserva en el Buckler's Hard Maritime Museum de Hampshire, por eso luce tan flamante.

En fin, ya'tá...

Hale, he dicho