martes, 30 de junio de 2015

Asesinatos: Lidice


Monumento a los niños asesinados de Lidice, obra de Marie Uchytilová

Muchas veces tenemos noticia de lugares insignificantes, remotos pueblecitos perdidos en lo más recóndito de la geografía de un territorio que, por desgracia, pasan de la más plácida ignorancia mundana a primera plana de formas bastante traumáticas por las causas más dispares y, en muchas ocasiones, podríamos decir que por simple mala suerte. Ese sería el caso de Lidice, un villorio con menos de medio millar de habitantes situado en Bohemia, en la actual República Checa, arrasado hasta el suelo el 10 de junio de 1942. Veamos como quedó sellado su fatal destino.

Kubiš y Gabčík durante su época de entrenamiento
en Inglaterra.
A eso de las 10:35 horas del 27 de mayo de 1942, el elegante Mercedes 320 del SS-Obergruppenführer Reinhard Heydrich, a la sazón Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, avanzaba por la calle Kirchmayer camino del castillo de Praga, sede del Protectorado. Al llegar a la cerrada curva que unía la calle Kirchmayer con la avenida V Holešovičkách, el vehículo tuvo que disminuir la velocidad de forma notable. Allí lo esperaban desde hacía más de una hora y media los sargentos del ejército checo Jan Kubiš y Josef Gabčík para culminar la Operación Antropoide, un plan diseñado a lo largo de varios meses por oficiales checos en el exilio y agentes del SOE británico para dar matarile al siniestro Carnicero de Praga el cual, desde su nombramiento como Reichsprotektor en septiembre de 1941, había hecho todo lo posible para ganarse su apodo y, naturalmente, el odio visceral de toda la población. Heydrich se desplazaba sin escolta, seguro de que nadie sería capaz de atentar contra él, en un vehículo descubierto y sentado junto al conductor. O sea, que para chulo, él. Solo lo acompañaba su chófer personal, el SS-Oberscharführer Johannes Klein. En el momento clave, Gabčík se plantó delante del vehículo obligando a Klein a frenar en seco. El sargento checo apuntó con su arma, un subfusil Sten de 9 mm. Parabellum, para escabechar de forma inmisericorde al malvado nazi pero, !oh cruel destino¡, el maldito subfusil, una de las armas más feas de la historia, se encasquillo dejando a Gabčík con un palmo de narices y a Heydrich y su acompañante un pelín perplejos ante el inopinado ataque.


Estado en que quedó el vehículo de Heydrich tras el atentado. Obsérvese
el enorme boquete que produjo en la carrocería la bomba lanzada por
Kubiš. En el detalle podemos ver una de las que el checo abandonó en el
lugar de los hechos.
Pero no era el Reichsprotektor hombre de amilanarse así como así, de modo que se puso de pié en el coche y desenfundó su pistola para repeler la agresión mientras que Klein hacía lo propio. En aquel momento, Kubiš lanzó una granada fabricada a base de explosivo plástico y armada con una espoleta de percusión contra el vehículo, estallando junto a la parte trasera del mismo y reventando la rueda y el guardabarros. La metralla atravesó la chapa y el respaldo del asiento delantero, alcanzando la espalda de Heydrich e hiriéndole con varias esquirlas de metralla. Sin darse aún cuenta de que estaba herido, bajó del coche disparando para, a los pocos segundos, empezar a vacilar y acabar tumbado junto al radiador del Mercedes. Mientra tanto, Klein se enfrentaba con Gabčík, que había echado mano a su pistola, intercambiando varios disparos hasta que el chófer fue alcanzado en una pierna. Los dos ejecutores pudieron salir echando leches mientras que la gente que circulaba por la zona se acercaban al lugar del atentado y pedían auxilio. Rápidamente, Heydrich y Klein fueron trasladados al cercano hospital de Bulovka.


Esta es posiblemente la última foto del Reichsprotektor. Fue hecha la noche anterior al día del atentado durante un
concierto en el palacio Valdstejnk. A la derecha de Heydrich se encuentra su mujer Lina, y a continuación el
SS-Gruppenführer Karl Hermann Frank, su lugarteniente y sucesor en el cargo.



Funeral de Heydrich
A toda prisa, Heydrich es intervenido por el profesor Hollbaum el cual se encuentra con un panorama nada gratificante ya que una esquirla había perforado el pulmón izquierdo, produciendo un neumotórax que se lo colapsó. Así mismo, el diafragma también había sido perforado, una costilla había quedado astillada, la espina dorsal estaba tocada aunque con la médula intacta y, lo más grave, la metralla le había alcanzado el bazo, el cual tuvo que serle extirpado. Aparte de eso fue preciso retirar los restos de tapicería y del relleno de crin de la misma, lo que suponía un grave riesgo de infección. Mientras tanto, Himmler ordenó a su médico personal, el doctor Gebhardt, que partiera de inmediato hacia Praga para hacerse cargo del paciente, llegando a la ciudad el mismo día por la noche. Al cabo de una semana, cuando parecía que la cosa iba mejorando, Heydrich sufrió un colapso hacia mediodía que lo dejó en coma, entregando la cuchara a las 04:30 horas de la madrugada siguiente como consecuencia, según la opinión más extendida, de una septicemia a lo bestia producida por la infección que le provocaron los cuerpos extraños que le penetraron en las heridas. Era el 4 de junio de 1942, y con la muerte de Reichsprotektor se iniciaría una de las más crueles represalias de los tiempos modernos. 


Frank y Daluege. Ambos acabaron colgados de un poste en la cárcel de
Pankrác, en Praga, el 22 de mayo y el 24 de octubre de 1946
respectivamente
Hitler, presa de uno de sus habituales ataques de furia homicida ante la "tamaña osadía" de sus enemigos que le habían apiolado a uno de su favoritos como si tal cosa, ordenó que la venganza fuera sonada, a lo que se entregaron con gran denuedo tanto Frank como su inmediato colaborador, el SS-Obergruppenführer Kurt Daluege, enviado por Himmler como asesor policial. De hecho, tras la muerte de Heydrich comenzó una oleada de terror en la que se llevaron a cabo infinidad de detenciones para buscar a los posibles cómplices que hubieran podido ayudar a los asesinos los cuales, por cierto, habían sido muertos junto a los demás miembros del grupo enviado desde Inglaterra tras un duro asedio mantenido por tropas de las SS en la iglesia de los Santos Cirilo y Metodio, donde se habían atrincherado. Y entre toda la información recabada durante los días posteriores al atentado, salió a relucir el nombre de Lidice, que de esa forma se vio en el punto de mira de Hitler para dar un escarmiento de primera categoría.


Anna y Václav, prueba palmaria de que escribir cartas
chorras es tan peligroso o más que poner gilipolleces
en el Twitter ese.
Las circunstancias por las que Lidice se vio envuelto en semejante catástrofe no fueron más que un cúmulo de errores y malentendidos ya que, como es de todos sabido, la mentalidad cuadriculada de los tedescos no da para muchas florituras mentales y menos si el que las tenía que llevar a cabo era un miembro de la Gestapo. La cosa es que un checo colaboracionista por nombre Jaroslav Pála encontró entre el correo de su fábrica de baterías ubicada en Slaný una carta destinada a una de las operarias llamada Anna Maruščáková, la cual estaba de baja aquel día. Está de más decir que le faltó tiempo para abrir y leer la puñetera carta, escrita por un tal Václav Říha, cuyo texto le resultó sospechoso. Muy contentito por poder actuar de chivato como buen traidorzuelo que colabora con el enemigo, se presentó en la policía para dar parte del hallazgo, haciéndose cargo de la dichosa carta dos agentes checos que se quitaron el mochuelo de encima y la enviaron al cuartel de la Gestapo del distrito de Kladno, donde cayó en manos de un funcionario llamado Oskar Felk. Este sujeto entró en éxtasis místico pensando que la carta podría ser la clave para descubrir las maniobras de los alevosos paracaidistas que habían venido desde tan lejos a escabechar a su idolatrado Heydrich, así que tiempo le faltó para dar parte inmediatamente a su inmediato superior, el SS-Haupsturmführer Harold Wiesmann.


Los dos Pepiks
La carta era en realidad una chorrada monumental en la que Říha, que al parecer se bebía los vientos por Anna, quería darle la impresión de que formaba parte de la resistencia para hacerse el importante, estupidez que solemos cometer los hombres a ciertas edades en que las hormonas nos nublan el entendimiento. Sin embargo, lo que amoscó enormemente al inspector Flek fue que, tras detener a la chica el 4 de junio, esta le confesó que la carta se la había entregado un desconocido el cual le había pedido que llevara a la familia Horák, residentes en Lidice, los saludos de Pepik. Y mira por donde, resulta que en cuanto empezó a hurgar se encontró con que, en efecto, en el pueblo había vivido un tal Josef Horák y en Cábarna, una población cercana, Josef Stříbrný, o sea, dos "Pepiks" de los que hacía mucho no se sabía nada y que, en realidad, se habían largado a Inglaterra como muchos checos a unirse al ejército británico. De hecho, ambos eran tenientes de la RAF y formaban parte del 311 Escuadrón de Bombardeo. En todo caso, los "saludos de Pepik" acabaron de muy mala manera.


A la izquierda, el SS-Standartenführer Geschke.
A la derecha, el SS-Standartenführer Böhme.
Muy contentito por el grandioso hallazgo, Wiesmann pasó los datos de la investigación al jefe de la Gestapo en Praga, el SS-Standartenführer Hans Ulrich Geschke, el cual envió un destacamento de la policía a Lidice y a Cábarna en busca de posibles cómplices del atentado. Tras un registro minuciosamente germánico, se tuvieron que convencer de que allí ni había complices ni leches. Pero como si algo detestaba la Gestapo era hacer el ridículo, optaron por detener a las familias Horák y Stříbrný, así como a los infelices Anna y Václav los cuales fueron remitidos a Mauthausen y ejecutados en octubre de aquel mismo año. Y a todo eso añadieron en la investigación que el enamorado tontaina de Vávlav Říha se había encontrado con Pepik Horák, el cual le había encargado dar saludos a la familia. Obviamente, el Pepik este no podía saludar a nadie porque estaba en Inglaterra, pero eso a Geschke le daba una higa. Lo importante era apuntarse el éxito de la investigación. Y para no quedarse cortos, añadieron de cosecha propia que en Lidice habían descubierto un importante depósito de armas y municiones, una emisora clandestina y hasta grandes cantidades de alimentos racionados. Por soltar camelos que no quede. 


Lídice antes de la guerra. En primer término aparece el
granero que sirvió de cuartel general.
El día 9 de junio llegó la orden a la Gestapo del distrito de Kladno de ponerse en estado de alerta. A las 16:00 horas se presentó el mismísimo Geschke en persona acompañado por el jefe del SD de Praga, el SS-Standartenführer Horst Böhme, con las órdenes dictadas por el nuevo Reichsprotektor Frank: según el dictamen del führer, la población masculina de Lidice debía ser pasada por las armas, y el pueblo arrasado hasta el suelo ya que, según había quedado "demostrado", el grupo enviado por el SOE había recibido ayuda por parte de los habitantes de la población. Inmediatamente se formó un contingente de unos 300 hombres nutrido por tropas de la Wehrmacht, Schutzpolizei y la gendarmería checa, los cuales se presentaron en Lidice a las 21:00 horas- estaban solo a 16 km. de Praga- y establecieron el puesto de mando en un antiguo granero desde donde Geschke organizó la masacre si bien previamente prefirió ordenar que los gendarmes checos permanecieran fuera del pueblo ante el temor de que, como era previsible, se negaran a tomar parte en la matanza o incluso se enfrentaran a ellos por defender a sus compatriotas.


A la izquierda, el cura de Lidice Josef Štemberka, de
73 años. Fue dando auxilio espiritual a todas las
víctimas hasta que no quedó nadie, tras lo cual fue
fusilado junto al alcalde (foto dcha.), el cual tuvo que ir
comprobando los nombres de los que iban matando.
En aquel momento, Lidice tenía una población de 192 hombres, 196 mujeres y 96 críos menores de 16 años. Así pues, lo primero que hicieron fue convocar al alcalde, František Hejma, para que se personase con el padrón municipal para llevar a cabo el recuento de varones ejecutables. Una vez confeccionada la lista- los alemanes no hacen nada sin una jodida lista de por medio-, a eso de las dos de la mañana, empezaron a ir casa por casa para ir separando a los hombres del resto de los vecinos. Todos ellos fueron conducidos a la granja de los Horák mientras que las mujeres y los críos debían presentarse con los objetos de valor en la escuela. Los hombres eran nuevamente controlados por el probo funcionario Felk que descubrió "la conspiración" para corroborar que no se escapaba nadie y, mientras tanto, se llevaba a cabo un meticuloso expolio de las arcas municipales de donde se requisaron 716.934 coronas y 85 céntimos, de las que medio millón se destinaron a los gastos de desescombro y el resto fueron para la Gestapo en concepto de gastos incurridos en la represalia. Manda cojones, ¿no? Encima les cobraban su propia destrucción. Aparte del dinero, se quedaron con la gran mayoría de los objetos de valor ya que la lista que entregaron era tan birriosa que ni siquiera en un villorrio de tres al cuarto como Lidice había tan poco oro y plata.


Piquete de "schupos", los temidos miembros de la policía de seguridad
alemana. Además de la matanza de Lidice protagonizaron varias más
en Polonia y en gettos de judíos
Una vez realizadas todas las listas habidas y por haber, ocupación que les llevó toda la noche, a las cinco de la mañana metieron a las mujeres y los críos en varios camiones y se los llevaron a Kladno, mientras que a las 08:00 horas comenzaron los fusilamientos en el jardín de la granja de la familia Horák. Los piquetes estaban formados por diez hombres de la Schutzpolizei que iba ejecutando a grupos de cinco bajo la dirección de Böhme y Weismann. Al ver que la cosa iba demasiado lenta ordenaron aumentar los grupos hasta diez hombres, de forma que tocaban a una bala por reo. 


Por otro lado, los policías se dieron cuenta de que las balas estaban rebotando en el muro contra el que disparaban, así que sacaron de las casas los colchones de las camas y los colocaron contra el muro tal como se aprecia en la foto de la izquierda. A medida que iban cayendo, los siguientes grupos tenían que colocarse más adelante mientras el piquete tenía que retroceder. Al final de la matanza, una amplia franja del jardín había quedado cubierta de cadáveres. Hacia las 10:30 horas ya no quedaba ningún hombre vivo, y tras el recuento de víctimas se comprobó que solo eran 171, por lo que faltaban 21 para completar los 192 varones ejecutables de Lidice. Obviamente, eso puso de los nervios a los ejecutores que rápidamente se pusieron en movimiento para localizarlos. 


Informe de la matanza redactado por el
SS-Hauptsturmführer Wiesmann
Al final no escapó ni uno solo: ocho de ellos habían sido detenidos anteriormente y estaban en el cuartel de la Gestapo de Kladno. Tras comprobar sus identidades fueron fusilados inmediatamente. Otros once se habían ausentado del pueblo por cuestiones laborales, por lo que no supuso ningún problema irles echando el guante y liquidarlos a medida que volvían a su ya inexistente población. Solo restaban dos: un molinero y un obrero los cuales se había suicidado. El molinero se ahorcó y el obrero se cortó las venas en el sótano de su casa. Tras la masacre Lidice fue incendiado y arrasado, y los muertos sepultados en un lugar desconocido en los alrededores de la población. Las mujeres fueron enviadas al campo de Mecklenburgo, donde murieron 53 de las 196 que había en Lidice. Pero lo peor fue el destino de los críos, los cuales fueron purgados en el campo de Lodz por sus características raciales y entregados unos cuantos en adopción a familias alemanas. El resto fueron remitidos a Chelmo, donde fueron gaseados. Una vez acabado el siniestro trabajo, Frank pudo anunciar con aire satisfecho que "nadie recordará nunca que existió un pueblo llamado Lidice". Pagó con su vida la infamia, afortunadamente.


Lidice antes de proceder al desescombro y allanado.
La idea era que el terreno fuera convertido en una finca
para la viuda de Heydrich
Cuando el mundo supo la noticia, los niveles de espanto subieron varios puntos. A modo de homenaje, diversas poblaciones del planeta cambiaron sus topónimos por el de Lidice, e incluso muchas niñas fueron llamadas por ese nombre. Tras la guerra, los que ordenaron u organizaron la matanza no se fueron de rositas. Además de Frank fueron ejecutados Daluege, Wiesmann y Felk. Böhme se suicidó mientras que Jaroslav Pála fue condenado a cadena perpetua por chivato y por colaboracionista. Varios subalternos también fueron procesados y condenados a penas de prisión. El único que se escapó fue Geschke, que desapareció y nunca más se supo. Tras la guerra se abrió una suscripción a nivel mundial para reconstruir el pueblo, que actualmente existe por mucho que el cabronazo de Frank se empeñase en borrarlo de la faz de la tierra.

En fin, esa fue la historia.

Hale, he dicho 



A la izquierda vemos a tres schupos posando en plan victorioso ante las ruinas de la ciudad antes de meterles fuego.
A la derecha aparecen el camarógrafo Franz Treml y su ayudante, ambos de paisano con cascos, filmando los sucesos
de Lidice. Los alemanes tenían la impenitente costumbre de dejar testimonios gráficos de todas sus bestialidades, lo 

que permitió tras la guerra mandar al patíbulo a muchos de ellos. 


lunes, 29 de junio de 2015

Asesinatos: Ernst Röhm




Röhm a principios de 1934 rodeado de sus
pretorianos. No podía ni imaginar lo que se
le venía encima
Seguramente, casi todos los que me leen sepan quién era este orondo germano de aspecto macizo y achaparrado con jeta de insaciable trasegador de cerveza muniquesa y devorador de salchichas con sauerkraut. Y para los que no lo sepan, pues les diré que se trata del que fuera el todopoderoso jefe de las SA, las violentas tropas de asalto con que el partido nacionalsocialista alemán ponía las peras a cuarto al que no levantaba el brazo y se desgañitaba gritando sieg heil! cuando herr Hitler largaba sus inflamadas arengas anti-semitas en las cervecerías de Munich. La cuestión es que el capitán Ernst Röhm fue un preclaro ejemplo de como se puede llegar a lo más alto para un mal día darse cuenta de que, casi sin quererlo, uno se vuelve tan peligroso para sus conmilitones que estos acaban por apiolarlo sin dar más explicaciones y, para colmo, hasta le fabrican un cúmulo de acusaciones y pruebas falsas que justifiquen de cara a la galería su "cese fulminante".

Y, mira por donde, mañana es precisamente el octogésimo primer aniversario de la famosa escabechina que ha pasado a la historia como "la noche de los cuchillos largos", en la que herr Hitler, un poco preocupado porque el cada vez más poderoso Röhm y sus SA podían llegar incluso a cesarlo a él, optó por adelantarse y dar el finiquito a los principales jerifaltes de las Sturmabteilungen en favor de los SS, sus nuevos favoritos. Veamos como fue la historia...


Críos jugando con fajos de billetes. El dinero,
simplemente, no valía ni el papel con que
estaba fabricado.
Como es de todos- o casi todos- sabido, las penurias por las que pasó Alemania tras el armisticio de 1918 favorecieron enormemente el ascenso de Hitler al poder. Su portentosa oratoria unida a una demagogia inaudita lograron hacerle escalar poco a poco hasta llegar a lo más alto. No obstante, no fue un camino de rosas ya que el ambiente en la Alemania de los años 20 estaba un poco tenso por la hiperinflación monstruosa- un huevo llegó a costar en noviembre de 1923 nada menos que 80.000 millones de marcos, y no es coña-, el paro galopante y, en definitiva, por la desesperanza y la sensación de humillación suprema. Así las cosas, las SA creadas inicialmente por el partido nazi para reventar los mítines de otros partidos- ojo, que tanto socialistas como comunistas también tenían sus guardias de corps- y para defenderse de los agitadores adversarios, fueron una institución que, sin prisa pero sin pausa, se acabó convirtiendo en un refugio de parados, ex-miembros de los freikorps, ex-combatientes inadaptados, extremistas y radicales de todas las calañas incluyendo a comunistas y marxistas varios reciclados, psicópatas, ciudadanos dados a la violencia extrema y, en fin, una fauna variopinta que alcanzó la preocupante cifra de tres millones de miembros, todos ellos bajo el mando directo de Ernst Röhm el cual solo respondía ante Hitler.


Röhm, segundo por la derecha, junto a Hitler, Ludendorff, Frick
(vestido de paisano) y otros implicados durante el juicio por el putsch
Röhm había combatido durante la Gran Guerra con determinación y valor, acabando la misma con el grado de capitán y habiendo recibido varias heridas, una de las cuales le dejó la jeta bastante averiada. De hecho, la nariz le quedó con un aspecto "bicolor" bastante extraño ya que, al parecer, la perdió y se la debieron colocar en su sitio a tiempo. Tras el armisticio permaneció en el ejército y se unió al freikorps del general von Epp. En marzo de 1919 conoció a Hitler tras afiliarse al que fue el germen del partido nazi, el DAP (Deutshe Arbeiterpartei, Partido Obrero Alemán), tomando parte en el putsch de Munich en 1923, lo que le costó una condena de un año y tres meses que no llegó a cumplir al ser suspendida la misma. Conviene añadir que fue Röhm el que, gracias a sus numerosos contactos, hizo posible el que el desconocido gefreiter Hitler empezara a relacionarse con gente importante.


Primeras unidades de las SA. Como vemos, aún no se había
impuesto la uniformidad entre ellos.
En 1924, Röhm recibió de Hitler la orden de reorganizar las SA a fin de convertirlas en algo más que una banda de matones, misión esta que nuestro hombre cumplió con su habitual eficacia reemplazando la organización por el frontbann, que era la misma cosa pero reciclada ya que, tras el putsch, las SA habían quedado fuera de la ley. En 1925, tras prescribir la prohibición sobre las antiguas secciones de asalto, estas recobraron su denominación oficial si bien este tema ya le supuso su primer encontronazo con Hitler ya que Röhm quería unir los miembros del frontbann con los de las SA, lo que le fue denegado. Por lo visto, el cabreo le sentó fatal al brioso Ernst el cual optó por quitarse de en medio ya que el tema político empezaba a resultarle un tanto asquerosillo, largándose a Bolivia como asesor militar en 1928. Sin embargo, dos años después volvió en cuanto Hitler lo llamó ya que, al fin y al cabo, le unía una gran amistad con el futuro führer. De hecho, Röhm era prácticamente la única persona que podía tutearle y llamarle por su nombre de pila.


Edmund Heines. La Cruz de Hierro
de 1ª clase que luce la ganó como
teniente durante la Gran Guerra
El 5 de enero de 1931, Röhm se hizo cargo del mando supremo de las SA bajo el rango de Oberster SA-Führer, el cual había detentado el mismo Hitler durante el periplo boliviano de nuestro hombre. Pero Röhm era excesivamente visceral, demasiado radical para tener en sus manos una organización paramilitar que, ya en aquella época, contaba con más de un millón de miembros. No pasó mucho tiempo hasta que empezaron a llover las quejas acerca del comportamiento de las SA, los cuales no solo se dedicaban a putear a los judíos sino que, siendo como eran en su mayoría una banda de maleantes, no paraban de molestar a la gente por las calles, así como tomar parte en reyertas con otros partidos políticos y un largo et cétera bastante irritante. A todo eso había que sumar el hecho de que Röhm, al igual que su lugarteniente Edmund Heines y otros muchos altos cargos de las SA, eran homosexuales y no se privaban de ocultarlo, lo cual era un verdadero problema tanto en cuanto en aquella época las prácticas homosexuales estaban penadas por la ley, y no solo en Alemania, sino en todas partes. Obviamente, a Hitler le resultaba complicado encubrirlos y más de cara a sus cada vez más afines miembros de la alta sociedad, militares de elevado rango y demás picatostes.


Ernst Röhm en el cénit de su poder.
Obsérvense las cicatrices de la cara y el
extraño aspecto de su nariz
El culmen del malestar de Hitler con sus otrora predilectos SA llegó en 1934. Röhm, que en realidad pasaba de la política y se consideraba ante todo un militar, empezó a darse cuenta de que ni él ni sus cachorros contaban ya para nada. Acusaba al führer de haberse arrimado a los militares prusianos, a los poderosos industriales, a los hombres de negocios, y la tan cacareada revolución iba encaminada hacia el olvido. En definitiva, no paraba de poner a caldo al jefe supremo ya que, está de más decirlo, Röhm era un sujeto bastante bragado y no se cortaba un pelo a la hora de manifestar sus opiniones delante de todo el mundo. El mismo canciller Hindenburg dio un severo toque de atención a un Hitler que estaba ya tan cabreado que encargó a Theodor Eicke, en aquellos tiempos comandante del campo de Dachau, elaborar una lista de personas indeseables para, si llegaba el caso, purgar las filas del partido. Y, para acabar de fastidiarla, Röhm, que era además ministro sin cartera, se empeñó en que lo nombraran ministro de defensa, así como fusionar las SA con el Reichswehr. Eso puso histérico al general von Blomberg que, además de ser él mismo el ministro, sentía calambres en el cogote solo de imaginar como el mínimo ejército de cien mil hombres que les permitía el Tratado de Versalles era fagocitado por los más de tres millones con que las SA contaba ya en aquella época. Tal escándalo montó Blomberg que hizo llegar sus quejas a Hitler a través del jefe de la Oficina Ministerial del Reichswehr y enlace con el partido, el general von Reichenau, para que Röhm se retractara por escrito de semejante opción. 


Los generales von Blomberg (izda.) y von Reichenau (dcha.)
Pero la aparente retractación de Röhm no calmó las aguas ya que aquel estado de inquietud fue aprovechado por los dos principales enemigos del belicoso Oberster: Himmler y su alter ego, Reinhard Heydrich, el cual ya había puesto en marcha por orden de Hitler la Operación Colibrí mediante la cual empezaron a circular todo tipo de murmuraciones a fin de minar la credibilidad de nuestro hombre, poniendo en entredicho su fidelidad al partido y al führer. En un alarde de ingenio hasta fabricaron pruebas que demostraban que el estado francés había pagado a Röhm doce millones de marcos para que derrocase a Hitler con la ayuda de sus SA. 


A la derecha tenemos al SS-Gruppenführer Reinhard
Heydrich, en aquel momento jefe de la policía de Baviera.
A la izquierda, el SS-Gruppenführer Sepp Dietrich.
El 23 de junio apareció en un despacho de la sección de Defensa del Reichswehr una supuesta instrucción secreta de Röhm en la que se llamaba a las armas a las SA, mientras que su lugarteniente Edmund Heines recibía otra en la que se alertaba de una acción del ejército contra las SA y, a la par, el general von Kleist, comandante de la capitanía de Breslau, recibía otra en la que se informaba de "febriles preparativos por parte de las SA". Como vemos, toda una operación de intoxicación digna de Heydrich. Para rematar la cosa, la Asociación del Reich de Oficiales Alemanes expulsó a Röhm de sus filas, lo que significaba que ya no estaría bajo la protección de sus antiguos conmilitones. En definitiva, su final ya estaba perfectamente planificado con meticulosidad germánica. El encargado de arrestar y "cesar" a los integrantes de la lista negra era el SS-Gruppenführer Sepp Dietrich el cual se personó a solicitar armamento- en aquella época las SS estaban aún desarmadas- en la oficina de organización del ejército, y hasta llevaba una lista falsa proporcionada por Heydrich en la que figuraba el nombre del jefe de dicha oficina como candidato a ser aliñado por las SA tras el hipotético golpe de estado que estaban gestando su malvado jefe y sus secuaces. Obviamente, entregó a Dietrich todo lo que quiso.


Hotel Hanslbauer. La flecha marca la habitación que
ocupaba Röhm la madrugada del 30 de junio de 1934.
Así estaban las cosas a finales de junio de 1934 mientras que Röhm, que estaba en Babia, ni se había enterado aún de lo que se cocía. De hecho, al ser ya época de vacaciones había reservado para él y Heines dos habitaciones en el hotel Hanslbauer, situado en la orilla del lago Tegernsee, en la ciudad bávara de Bas Wiessee, a 48 km. de Munich. El día D sería el 30 de junio por lo que Hitler, a fin de no despertar suspicacias, se largó el día 28 a la boda del Gauleiter Terboven, en Essen, en la que oficiaba como padrino. Aquella misma noche llamó por teléfono a Röhm en plan conciliador para ordenarle que convocara a todos los altos cargos de las SA en Bad Wiessee a fin de mantener una reunión el día 30 y poder aclarar las cosas. El día 29, con Röhm y sus colegas en el hotel, el Völkischer Beobachter, el órgano de difusión del NSDAP, publicaba un artículo firmado por Blomberg en el que, además de hacer una declaración formal de fidelidad a Hitler, le autorizaba en nombre del ejército a actuar contra las SA. La sentencia del orondo y enérgico Röhm estaba ya firmada, rubricada, sellada, y echada al correo.


Röhm, vestido con el traje tradicional bávaro, baja las
escaleras del hotel Hanslbauer. Cabe suponer que era el
picadero predilecto tanto de él como de Heines para sus
devaneos amorosos.
El 29 de junio, Himmler "inició" la revolución de las SA, o sea, la hipotética revuelta que sería el detonante para poner en marcha toda la maquinaria dispuesta meticulosamente para acabar con el poder de Röhm y sus secciones de asalto. De forma repentina empezaron a aparecer por las calles de Munich grupos de SA sin aparentemente misión alguna, pero eso disparó las alarmas. Estos hombres habían salido mediante órdenes llegadas no sabían de donde ni de qué manera, y ni siquiera con consignas concretas. De hecho, los mismos jefes que les ordenaron salir dieron contraorden rápidamente. Pero eso fue suficiente para que el Gauleiter de Munich entrara en estado de pánico y llamara al führer muy acojonado para dar parte. Hitler, que estaba en Bad Goderberg presenciando una de esas chorradas con antorchas que tanto gustaban a los nazis, salió como un cohete hacia Munich, donde llegó hacia las cuatro de la mañana. En primer lugar, arrestó a los mandamases de las SA de la ciudad, el Obergruppenführer Schneidhuber y el Gruppenführer Schmidt, a los que mandó arrestar tras arrancarles las charreteras echando literalmente espumarajos por la boca. Luego salió hacia Bad Wiessee a rematar la faena.

La columna de vehículos llegó a la ciudad al despuntar el día. Hitler iba acompañado de Goebbels, Otto Dietrich y Victor Lutze, éste último destinado a ser el sucesor de Röhm al mando de las SA. Al llegar al hotel, Hitler bajó del coche empuñando un látigo y subió a la habitación de Röhm acompañado de dos policías. Entró como una tromba berreando:

-¡Röhm, estás detenido!

Este, que estaba durmiendo como un tronco, balbuceaba un saludo sin saber qué carajo pasaba.

-¡Heil, mi führer!- decía medio dormido.

-¡Estás detenido!- repitió Hitler, tras lo cual dio media vuelta y salió echando leches mientras los dos policías lo sacaban de la piltra y lo metían en un coche para enviarlo a la prisión muniquesa de Stadelheim, donde fue puesto a buen recaudo mientras se iniciaba la purga. 


Prisión de Stadelheim, en Munich. Aún sigue en activo
a pesar de su siniestra memoria
El siguiente en ser arrestado fue Heines, el cual estaba en aquel momento en pleno regodeo con uno de sus amantes, al parecer un joven de apenas 18 años. Tras la escabechina hotelera, Hitler se dirigió a Munich a fin de interceptar personalmente a todos los jerifaltes que, siguiendo sus órdenes, se debían reunir con él en Bad Wiessee aquel mismo día. La recolecta fue bastante fructífera ya que cayeron en sus manos más de doscientos mandamases de las SA que acudían desde toda Alemania para la conferencia, siendo igualmente facturados a la prisión de Stadelheim. A las diez de la mañana, Goebbels telefoneó a Berlín para comunicar la palabra clave "Kolibri", con la cual se iniciaba el arresto inmediato de todos los integrantes de la lista elaborada en su día por Eicke. Sin perder ni un minuto, Himmler puso en movimiento a sus SS los cuales echaron el guante a todos los que aparecían en la lista de marras para, a continuación, ser conducidos a la academia de cadetes de Groß Lichterfelde, donde eran fusilados sin más historias a medida que iban llegando a la misma. En cuanto a Hitler, tras terminar la purga en Bad Weissee se largó a Berlín no sin antes dejar una lista de Sepp Dietrich en la que había marcado con una cruz los que debían ser ejecutados inmediatamente en Stadelheim. En dicha lista no aparecía el nombre de Röhm.

A la izquierda, Max Amann, jefe de prensa del NSDAP.
A la derecha, Hess, jefe del partido y lugarteniente de Hitler
Durante todo el día siguiente, el sonido de las descargas seguía escuchándose tras los muros de Groß Lichterfelde y Stadelheim mientras que Röhm se revolvía como un tigre enjaulado en la celda nº 70 de la prisión muniquesa. Hitler dudaba si liquidarlo o no ya que, al fin y al cabo, sus servicios al partido y a su misma persona habían sido muchos. Pero la presión del ejército, de Göring, de Himmler y del mismo Hindemburg pudo más que sus escrúpulos y, finalmente, dio orden de darle el cese definitivo. 

-En otros tiempos ha estado a mi lado ante el tribunal del pueblo- confesó a Max Amann en referencia al proceso por el putsch de Munich, dudando aún. 

-¡Hemos de liquidar al mayor cerdo de todos!- replicó Amann, uno de los más antiguos miembros del partido - ¡Yo mismo lo mataré!- añadió así como un poco exaltado.

-No, ese es asunto mío- terció Rudolf Hess, que estaba presente.


Eicke y Lippert, los ejecutores de Röhm
Pero Hitler no concedió ese "placer" a ninguno de los dos. Ordenó a Eicke y al SS-Hauptsturmführer Michael Lippert a darle boleta aunque, eso sí, en recuerdo a su vieja amistad le daba la opción de suicidarse. Eicke y Lippert se personaron en la celda de Röhm para comunicarle la orden mientras le dejaban sobre la mesa una pistola con un solo cartucho y un ejemplar del Völkischer Beobachter en el que se daba cumplida cuenta de todos los sucesos acaecidos el día anterior para que se diera cuenta de que su suerte estaba echada. Tras informarle que le daban diez minutos para auto-asesinarse salieron de la celda y esperaron no sin antes escuchar de Röhm un último desafío propio de su carácter indómito.

-¡Ni hablar!- exclamó- ¡Que venga Adolf a matarme!

Pero, obviamente, Adolf estaba muy ocupado en Berlín demostrando a los militares que el peligro había sido conjurado, y que las otrora poderosas SA ya eran historia. A los diez minutos, Eicke y Lippert entraron en la celda y vieron a Röhm de pie, sacando pecho a través de la camisa desabrochada. Sin más historias, le endilgaron varios disparos que lo liquidaron allí mismo. Lippert lo remató una vez caído al suelo.


Lippert declarando ante la celda donde fue
ejecutado Röhm durante el proceso que se
celebró en 1957
Así acabó Ernst Röhm, baleado como un criminal por otros aún más criminales. Al igual que sus conmilitones, no pudo imaginar el complot que Himmler y Heydrich habían urdido buscando su perdición, aunque tampoco podría creer que su peregrina idea de convertir sus SA en el ejército de la Gran Alemania en ciernes caería como un jarro de agua gélida sobre los militares encabezados por von Blomberg y el mismo canciller Hindenburg. Como comentaba más arriba, Röhm era un sujeto incapaz de entender los entresijos de la política. En su mentalidad de militar acérrimo no cabían las sutiles maniobras en las que su antiguo amigo Adolf se movía como pez en el agua y que le permitieron alcanzar el poder para, posteriormente, deshacerse de todo aquel que pudiera resultarle un lastre en su afán de dominar por completo al país empezando por el mismo von Blomberg, al que las SS fabricaron también una serie de "pruebas irrefutables" acerca de que su segunda mujer, mucho más joven que él, había ejercido la prostitución, lo que le obligaba a divorciarse de ella o dimitir de todos sus cargos. Hizo lo segundo porque, obviamente, lo que buscaban los nazis era que se largase, no que renunciara a su mujercita.


Tumba de Ernst Röhm
En cuanto al resto de los ejecutados durante la purga, muchos de ellos fueron apareciendo en bosques y ríos ya que sus matadores no se dignaron ni a entregar sus cadáveres a sus familiares o darles sepultura ellos mismos. Heines fue también asesinado en Stadelheim mientras que su hermano Oskar, también detenido por las SS, fue ejecutado un día después en un bosque junto a Werner Engels, al igual que él un Obersturmbannführer de las SA. Röhm tuvo más suerte, su cuerpo fue enterrado en el panteón familiar del cementerio de Westfriedhof, en la tumba nº 1 de la serie 3ª de la parcela 59. Está de más decir que las SA quedaron relegadas a una fuerza residual sin la más mínima relevancia ni influencia. El poder cayó en manos de las SS y, con ellos, el SD y la Gestapo, los cuales superaron con creces la mala leche de sus adversarios como es de todos sabido. Como colofón, añadir que en 1956 las autoridades de Munich iniciaron un proceso contra Lippert y Sepp Dietrich por el asesinato de Röhm (a buenas horas mangas verdes), el cual no concluyó hasta mayo del siguiente año, siendo declarados culpables y condenados a 18 meses de prisión. 

Bueno, así se escribió esta historia.

Hale, he dicho...


Röhm junto a dos de sus más enconados enemigos: Himmler y Göring, causantes de su caída en desgracia. La
foto data de octubre de 1931, cuando aún no podía ni imaginar el final que tendrían sus días de gloria.




jueves, 25 de junio de 2015

12 curiosidades curiosas sobre el fuerte de Douaumont






Bueno, como colofón a las dos entradas anteriores, creo que resultarán amenas algunas curiosidades curiosas sobre este emblemático fuerte. Vendrán de perlas para tenerlas como "munición de reserva" a la hora de abrumar al cuñado sabihondo por si algún día nos desafía con un documental del Canal Historia ese o del Discovery. Bueno, ahí van...

1. Como ya vimos, el nombre del fuerte obedecía al topónimo del pequeño pueblo junto al que se edificó. Dicha población tenía un origen bastante antiguo ya que su etimología era galo-romana. Douaumont provenía de DIVVS MONS, el monte sagrado, quizás en referencia a que, en aquella época sería algún lugar de culto druídico o algo por el estilo. 

2. El armamento inicial del fuerte se basaba en artillería de plaza ya que aún no se habían instalado las casamatas retráctiles. Por lo tanto, las piezas estaban emplazadas de la forma convencional, o sea, en el terraplén y separadas unas de otras mediante traveses. En 1890 había en servicio 22 bocas de fuego distribuidas de la siguiente forma: seis cañones de 155 mm., seis de 120 y cuatro de 95. Para la defensa del foso se emplazaron seis cañones revólver de 40 mm., los mismos que había cuando comenzó la guerra.

3. Cuando se llevaron a cabo las reformas a raíz de la crisis del torpedo entre abril de 1887 y noviembre de 1888, que según vimos en la primera entrada dedicada a este fuerte obligó a reforzar todas las fortalezas en uso o en construcción, se emplearon 28.000 m³ de hormigón de diversos tipos en función de la resistencia requerida en cada zona. Para las obras se empleó una cuadrilla formada por 60 hombres.

4. La guarnición pernoctaba en unas casamatas con una capacidad para 60 hombres, los cuales dormían en literas dobles como las que vemos en la foto con capacidad para cuatro hombres cada una. Estas literas eran bastante amplias ya que tenían dos metros de largo por 1,5 de ancho, o sea, como una cama de matrimonio moderna. Los suboficiales dormían con la tropa en literas aparte, y los oficiales en una dependencia para ellos. En Douaumont, la guarnición se componía de 19 oficiales, 44 suboficiales y 828 soldados antes de que fuera semi-desactivado al comienzo de la guerra.

El círculo muestra la posición de la casamata
5. Además de las casamatas retráctiles, entre 1901 y 1907 se construyó en el fuerte una casamata de Bourges, un tipo de fortificación ideada por el comandante del arma de Ingenieros Laurent en 1885. Estas casamatas, llamadas así por haber sido construida la primera en esa población, estaban concebidas para hostigar de flanco a posibles atacantes. Debido a su disposición y morfología, eran imposibles de localizar al enemigo que venía de frente. Como vemos en la foto, constaban de dos casamatas protegidas por una techumbre de hormigón de 1,75 metros espesor y unos muros del mismo material de 2,5 metros de grueso. En cada casamata se emplazaba un cañón de 75 mm. servidos por 15 hombres y un oficial que desde un observatorio daba las instrucciones de tiro. En las casamatas había dos pañoles con 96 disparos cada uno para uso inmediato, más otros 800 situados en un pañol subterráneo. El costo de este tipo de obra ascendía a 90.000 francos oro. Esta casamata fue desactivada debido a la orden de trasladar toda la artillería disponible para su uso en campaña. 

Lavabos y duchas
6. El fuerte disponía de instalaciones sanitarias convencionales que incluían duchas, lavabos y letrinas. El agua que se usaba para ello era la que se almacenaba en las cisternas de la fortaleza y, aunque había agua corriente, carecían de calderas para calentarla por lo que el personal se tenía que lavar con agua fría. Cabe pues suponer que el aroma a chotuno que se respiraría en los dormitorios sería capaz de tumbar a un rinoceronte cabreado. En cualquier caso, la ración de agua por hombre y día era bastante escasa si consideramos que en la misma se incluía, además de la que se bebían, la usada para la higiene personal y para lavar la ropa: solo cinco litros. 






Recreación de la típica cocina de los fuertes de Verdún

7. El fuerte, como es lógico, disponía de cocina en la que, además del rancho, se cocía el pan a razón de 750 gramos por hombre y día. Dicha cocina estaba al cargo de un solo cocinero el cual era asistido por miembros de la guarnición en las labores de pinches, o sea, pelando papas, fregando cacerolas y cosas así. Dicha cocina se encontraba en una casamata del nivel superior, disponiendo de un sistema de ventilación para impedir que el personal palmara a consecuencia del tufo que despedía el carbón con que se cocinaba. Las provisiones almacenadas eran repuestas cada seis meses. Para impedir que los roedores hicieran de las suyas, los fuertes solían disponer de una buena guarnición de gatos para mantener a raya a los invasores ratoniles. 

Vista del interior de la casamata retráctil
de 155 mm. El acceso a la parte superior
se realizaba por una escalera lateral
8. Los pañoles de munición estaban situados en las entrañas más profundas del fuerte. Para evitar al máximo la humedad eran estibadas sobre tarimas formadas por vigas de madera de roble separadas 40 cm. del suelo y se procuraba mantener una buena circulación de aire en cada dependencia. Para alumbrar los pañoles se usaban faroles ubicados en nichos y protegidos por un grueso cristal para impedir que alguna chispa o llama iniciara una catástrofe. El manejo de estos faroles se llevaba a cabo a través de un pasillo exterior. La munición estibada no era para tomarla a broma: 

2.000 proyectiles de 155 mm. 
3.000 proyectiles de 75 mm. 
86.400 cartuchos de 8 mm. 
10.400 proyectiles de 40 mm. 
600 proyectiles de 121 mm. 

O sea, que si aquello reventaba no quedaba del fuerte ni el recuerdo, y de los gatos anti-ratones tampoco. No obstante, los pañoles se encontraban en la parte norte del recinto, separados de las dependencias centrales por si acaso.

9. El fuerte disponía de dos cisternas con una capacidad cada una de 520 m³, o sea, algo más de un millón de litros. El agua se obtenía tanto de la que se recolectaba gracias a la lluvia como la que se filtraba por el suelo si bien el sistema defensivo de Verdún disponía de tres estaciones de bombeo para rellenar las cisternas que estuvieran bajas de nivel a fin de que nunca faltara agua en los fuertes. Para distribuirla por el fuerte se disponía de bombas. En la foto de la derecha podemos ver el aspecto de una de ellas. Estaban situadas en el nivel inferior del fuerte, en el centro del mismo y junto a los almacenes y un pañol destinado a la munición ligera.

10. Los fuertes de Verdún estaban comunicados mediante teléfono y telégrafo, además de una red de ferrocarril de vía estrecha para facilitar el suministro de provisiones y municiones. Hay que tener en cuenta que, además de los fuertes, toda la zona contaba con obras exteriores, reductos y posiciones fortificadas que se sumaban a la defensa en caso de guerra.

11. Entre la ocupación alemana y la posterior reconquista por los franceses, el fuerte de Douaumont fue alcanzado por unos 120.000 proyectiles de artillería, de los que al menos 2.000 eran de un calibre superior a 270 mm. No obstante y a pesar del paisaje apocalíptico que quedó tras la batalla, el interior del fuerte aún era perfectamente habitable. De ahí que fuera estudiado a fondo por los ingenieros militares franceses tras la guerra para tomarlo como ejemplo para la construcción de la Línea Maginot que, como ya vimos en su día, tampoco sirvió para detener al ejército alemán apenas doce años más tarde. 

Interior de uno de los osarios
12. El fuerte estaba emplazado en un cerro a 395 metros sobre el nivel del mar. De ahí que los alemanes denominaran el lugar como der Berg, la montaña. No obstante, debido a su forma pentagonal le dieron otra denominación con unas connotaciones más tenebrosas: der Sargdeckel, la tapa del ataúd. No andaban descaminados ya que, tras la guerra, se construyó un enorme osario que alberga los restos de 130.000 soldados franceses y alemanes repartidos en 52 cámaras de 14 m³ cada una situadas a lo largo de una galería abovedada de 137 metros de largo. Las obras duraron desde 1920 hasta 1927.

Bueno, supongo que con esta docena de curiosidades curiosas podrán vuecedes dejar callado al cuñado más empecinado.

Hale, he dicho

miércoles, 24 de junio de 2015

La curiosa conquista del fuerte de Douaumont 2ª parte


Vista aérea del fuerte de Douaumont en nuestros días. A la derecha se aprecia la casamata para el cañón de 155 mm.,
un poco más arriba y a la izquierda, la de 75 mm. y en el ángulo izquierdo una de las destinadas a las ametralladoras

Bueno, prosigamos...

ARTILLERÍA

Cañón de 155 mm. modelo 1877 sistema De Bange,
la pieza más potente emplazada en estos fuertes. 
En el proyecto inicial, los fuertes que componían el perímetro defensivo de Verdún tenían prevista una dotación de determinadas bocas de fuego de artillería de plaza conforme a los usos de la época, las cuales eran emplazadas tras los parapetos y separadas unas de otras mediante traveses para anular los efectos del temible fuego de enfilada. Pero la crisis del torpedo mencionada en la entrada anterior que obligó a reformar los métodos constructivos del momento también relegó a la obsolescencia a este tipo de artillería ya que, debido a la enorme potencia de los nuevos explosivos, bastaría una andanada bien colocada para borrar del mapa toda la artillería emplazada en un fuerte. Así pues, los cañones de 155, 120 y 95 mm. dejaron paso a casamatas blindadas capaces de resistir lo que les echaran encima de forma que tanto las piezas como sus servidores pudieran mantener disciplina de fuego aunque les llovieran las bombas enemigas.

La imagen superior muestra la torreta Galopin para
dos obuses de 155 mm. La central es la versión
155R en posición elevada, sobresaliendo apenas 80
cm. sobre el terreno. En la inferior vemos la misma
en posición retraída.
Estas casamatas retráctiles ya estaban más que inventadas por el capitán británico Cowper Coles en 1857 para uso naval, pero fue el comandante Galopin, un ingeniero militar gabacho, el que desarrolló la que equiparía a los fuertes de Verdún. Estas casamatas, diseñadas en 1889, irían armadas con dos obuses de 155 mm. que, mediante un sistema de contrapesos, podían ascender o ser ocultadas en apenas tres segundos y efectuar un giro de 360º en solo un minuto. Sin embargo, los algo más de tres metros de longitud de los cañones obligaban a fabricar una enorme casamata cuyo precio se disparaba hasta los 850.000 francos, por lo que se optó por una versión reducida de la misma que iba armada con un solo obús al que se había reducido la longitud del cañón a solo 1,18 metros. Esta versión, denominada como 155R (R de raccourci, acortado), iba instalada en una casamata de solo 4,1 metros de diámetro- la anterior era de 5,4 metros- protegida por una cúpula de 30 cm. de espesor. Su peso total era de 70 toneladas y era mucho más barata que su hermana mayor: "solo" 537.500 francos oro cada una. De la versión larga solo se llegaron a fabricar cinco ejemplares instaladas en los fuertes de Manonviller- dos unidades-, Pont St. Vincent, d'Arches y la batería de L'Eperon, mientras que de la recortada se terminaron trece unidades si bien solo se llegaron a instalar doce, siendo las primeras en entrar en servicio las destinadas a los fuertes de Douaumont, Moulainville y Rozelier, emplazadas en 1908 y siendo necesaria una dotación de 20-22 servidores para el funcionamiento de cada pieza.

La artillería secundaria la componían los famosos cañones de 75 mm. modelo 1897, unas piezas que fueron una verdadera pesadilla para las tropas tedescas por su mortífera cadencia de tiro y el amplio surtido de proyectiles que era capaz de disparar, siendo especialmente temibles los metralleros que diezmaban a las tropas refugiadas en trincheras o que avanzaban por tierra de nadie. Al igual que la casamata anterior, fue también el comandante Galopin el que realizó el diseño el cual contemplaba la instalación de dos cañones en cada una. Con una cadencia de entre once disparos por minuto por pieza y un alcance de casi cinco kilómetros, las dos casamatas emplazadas en Douaumont podrían mantener a raya a cualquier fuerza que intentara aproximarse al recinto. La casamata, embutida en un cilindro de hormigón como su hermana mayor, se basaba en un funcionamiento similar tal como podemos ver en el gráfico superior. Tal como se puede apreciar, constaba de un contrapeso unido a una leva que podía ser accionado por un dos hombres para que la casamata emergiera o se ocultara en apenas tres segundos. En cuanto a sus dimensiones, eran de solo 2,3 metros de diámetro y alcanzaban un peso de 85 toneladas. La dotación de cada una de ellas era de 15 hombres, su costo ascendía a 310.000 francos oro y su puesta en servicio tuvo lugar el 7 de abril de 1913.

A continuación tenemos las casamatas para las ametralladoras, de las que fueron instaladas dos unidades en el fuerte de Douaumont. Dichas casamatas estaban equipadas con dos ametralladoras Hotchkiss de 8 mm. que, como se aprecia en la foto, estaban colocadas coaxialmente, pero una más elevada que la otra para poder alimentarlas sin problema- recordemos que funcionaban con peines-, y la idea no era hacer uso de ambas al mismo tiempo, sino de forma alternativa para dar lugar a que una se enfriara mientras la otra mantenía fuego sostenido. La dotación para estas casamatas era de cuatro hombres, siendo el tirador el que hacía girar la misma empujando con los pies ya que el único mecanismo de que disponían era el elevador. Ante ella y a un nivel inferior se encontraba una pequeña cúpula de observación desde la cual se informaba a los servidores de las máquinas la posición del enemigo mediante un sistema acústico de tubos como los empleados en los buques de la época. El mecanismo para emerger u ocultarse era también de contrapesos, siendo el peso de cada casamata de 25 toneladas. Su precio era de 72.000 francos, mientras que el de las cúpulas de observación, que también estaban instaladas delante de las casamatas de los cañones, era de solo 15.000 francos y pesaban 7,5 toneladas. Su ángulo de visión era de 240º y carecían de capacidad para girar.

Por último tenemos las piezas destinadas a la defensa de los fosos, las cuales ya se mencionaron en la entrada anterior. Se trataba de seis cañones revólver Hotchkiss de 40 mm. modelo 1879 (foto de la izqda.) el cual podía alcanzar una cadencia de tiro de hasta 60 disparos por minuto, lo que convertiría el sector del foso donde disparase en un verdadero infierno. Por otro lado disponían de cuatro piezas de a 12 modelo 1853/59 como la que vemos a la derecha, un viejo cañón de bronce de 121 mm. de calibre que solo lograba una cadencia de un disparo por minuto. Como recordaremos de la entrada de ayer, estas piezas estaban emplazadas en las casamatas construidas en la contraescarpa del foso para batir los mismos en caso de verlo invadido por los enemigos. 

Bien, como hemos visto, la concentración de fortificaciones y de artillería en el sector de Verdún hacían impensable un avance enemigo en esa zona. La dotación de bocas de fuego era impresionante: 427 piezas de artillería, 268 ametralladoras, 86 morteros y 203 cañones revólver más un reserva de 250 cañones, 50 morteros y ocho ametralladoras. A eso, añadir una guarnición total de 64.400 hombres. Así pues, más de uno se dirá que era cuasi imposible avanzar por esa zona sin ser literalmente convertidos en comida para gatos. Sin embargo, nada de eso ocurrió. ¿Cómo fue posible? Veamos...

LA CAÍDA DEL FUERTE DE DOUAUMONT

Obús Gamma de 42 cm. Esta pieza era la versión de artillería de sitio del
famoso M-Gërat, el Gran Bertha
En agosto de 1915, el alto mando francés llegó a una conclusión que se mostró catastrófica. A la vista de la gran cantidad de material tomado por los alemanes durante su avance por Bélgica, llegaron a la conclusión de que las líneas defensivas eran susceptibles de convertirse en un chollo para el enemigo si este lograba apoderarse de la enorme cantidad de piezas de artillería y munición depositados en los cuarenta y cuatro fuertes que rodeaban Verdún. Por lo tanto, creyeron que lo más oportuno era desarmar dichos fuertes y enviar tanto sus cañones como sus guarniciones al frente en función de las necesidades del momento, dejando solo las bocas de fuego emplazadas en las casamatas, las cuales no eran operativas como artillería de campaña, junto a sus servidores, y solo la munición para uso inmediato almacenada en las mismas casamatas. De hecho, incluso se planificó la voladura de estas fortificaciones en prevención de que fueran ocupadas por el enemigo, por lo que el fuerte de Douaumont fue preparado para su destrucción con 5 Tm. de explosivos que serían detonados antes de que cayera en manos de los germanos. En enero de 1916 todo estaba listo para llevar a cabo la voladura si el ejército alemán aparecía por allí, y en febrero la guarnición del fuerte se había visto reducida a apenas 56 hombres para manejar las cuatro casamatas y los cañones de los fosos, lo que suponía un total de apenas tres cañones y cuatro ametralladoras para hacer frente al enemigo en campo abierto más los diez cañones que entrarían en acción para defender los fosos si los asaltantes lograban traspasar la espesa alambrada de 50 metros de ancho y la valla metálica que rodeaba todo el fuerte. Al mando de la mínima guarnición estaba un sargento sexagenario llamado Chenot.


Antes y después del pueblo de Douaumont. Lo único que quedó
del mismo tras la batalla fue un cartel indicando que allí estaba
la población. Fue literalmente borrado del mapa.
Así estaban las cosas cuando, el 21 de febrero de 1916, a las 04:00 horas, tres Gamma abrieron fuego contra los puentes que cruzaban el Mosa y la estación de ferrocarril de Verdún, manteniendo una lenta cadencia de tiro hasta que cuatro horas más tarde comenzó la verdadera preparación artillera: 1.200 cañones abrieron fuego al unísono a las 07:15 horas, fuego que no cesó hasta 45 minutos más tarde. El fragor era tan bestial que llegó a oírse a 200 km. de distancia. Los alemanes avistaron el fuerte de Douaumont en la mañana del 25 de febrero y, ante la magnificencia del mismo, dieron por sentado que les esperaría una verdadera escabechina si intentaban apoderarse de él sin saber que, en realidad, estaba prácticamente a su merced. De hecho, la pequeña guarnición había optado por enterrarse en las entrañas del fuerte dado que ya llevaban cuatro días soportando el constante martilleo de la artillería enemiga sobre ellos, incluyendo 62 disparos realizados por los Gamma que, cada vez que caía uno sobre el recinto, era como un simulacro del Apocalipsis. Al norte del fuerte intentaban resistir varios batallones franceses mientras que otras unidades hacían lo propio en el mismo pueblo de Douaumont, situado a apenas 100 metros al oeste de la fortaleza. Frente a ellos se encontraban los regimientos de granaderos nº 8 y 12 y los regimientos de infantería 20, 24 y 64, todos ellos pertenecientes al III cuerpo de ejército del general von Lochow. 


A la izquierda, el teniente Eugen Radtke. A la derecha, el
capitán Hans Joachim Haupt
Hacia las 15:00 horas, las tropas alemanas habían arrollado a las francesas, alcanzando el pueblo. Pero en ese momento, la artillería pesada alemana abrió fuego de nuevo, lo que hizo que dos oficiales del 2º batallón de 24 regimiento de Brandenburgo, el teniente Radtke y el capitán Haupt, avanzaran hacia el fuerte a pesar de que el fuego propio lo batía de forma inmisericorde para, aprovechando que sus defensores estarían en teoría abrumados por el bombardeo, asaltarlo sin más. Intentaron detener el fuego avisando a los suyos mediante bengalas, pero sin éxito; así pues, aguantaron el chaparrón a la espera de que cesara el bombardeo. Curiosamente, los gabachos que defendían el pueblo no abrieron fuego de ametralladora contra los atacantes ya que estos, muy astutamente, habían desenroscado los pinchos de sus pickelhaube, por lo que fueron tomados por zuavos del ejército francés en retirada. Pero a los atacantes aún les quedaba un obstáculo final por superar, y era la valla metálica que rodeaba el foso y que era imposible de escalar. Sin embargo, un proyectil de un Gamma había abierto una brecha en la parte norte de la contraescarpa, por lo que Radtke, seguido por el sargento Wiedenhus y el cabo Baack, se introdujo en el foso descolgándose con la ayuda de las correas portafusiles de sus dos acompañantes anudadas entre sí. Eran las 16:00 horas.


A la izqda. el sargento Kunze. A la dcha. el teniente Brandis.
En el cuello se puede ver la Orden Pour le Mèrite obtenida
por hacer una llamada telefónica en el momento justo.
El capitán Haupt no tardó en seguir a Radtke acompañado de varios hombres más que, para salvar la altura del foso, se ayudaron con unos postes de telégrafos a falta de otra cosa mejor. Pero permanecer en el foso era suicida porque el fuego propio no cesaba, así que optaron por intentar introducirse en el interior del fuerte mientras que no paraban de lanzar bengalas e incluso hacer señales con banderas. Pero la cercanía de la noche y la nevada que caía en aquel momento impedía a los observadores de la artillería alemana ver nada de lo que ocurría en el recinto. A partir de aquí surgen dos versiones diferentes: una indica que Haupt, que había logrado entrar por una puerta blindada destruida por la artillería, empezó a recorrer el fuerte junto a varios de sus hombres hasta dar con la guarnición, la cual estaba escondida en lo más profundo de las dependencias inferiores. Chapurreando francés les ordenaron rendirse, pero los defensores parecían no enterarse de nada. En esto, otro grupo de alemanes apareció con un gabacho al que habían apresado en una cúpula de observación, intentando hacerse entender con él a ver si se rendían de una puñetera vez. Una vez logró convencer a sus camaradas, el observador los guió hasta el lugar donde estaban ocultos el sargento Chenot y 25 de sus hombres, los cuales se rindieron sin más historias a pesar del cabreo del viejo suboficial por ver su magnífico fuerte tomado por un puñado de enemigos. Mientras tanto, Radtke había podido entrar por otro lado y apresó a otro grupo de defensores, acabando así con la "resistencia heroica" de los mismos. La otra versión es similar, pero la protagoniza un sargento llamado Kunze el cual entró solo debido a que sus compañeros se temían una emboscada en el laberíntico interior del fuerte. Pero Kunze le echó cojones a la cosa, se pateó los corredores y barracones hasta dar con los servidores de la casamata de 155 mm. a los cuales apresó pistola en mano. A continuación encontró a la alelada guarnición y los encerró a todos en una dependencia hasta que se le unieron el teniente Radtke y su gente. No obstante, hay que aclarar que la historia de Kunze nunca pudo ser corroborada ni refutada de forma determinante, ni siquiera por los miembros de su unidad.


Aspecto de la zona de la contraescarpa por donde entraron
las tropas alemanas. Se observa parte de la valla metálica
destruida por la artillería
¿Qué ocurrió de verdad? Nunca lo sabremos. En todo caso, el que se arrogó el éxito de la empresa fue el teniente Brandis, uno de los últimos que entró en el fuerte cuando ya estaba en poder de sus compañeros pero que, muy listillo él, fue el primero en comunicar la hazaña gracias a una línea telefónica tendida entre el fuerte y la base de partida. Enterado el príncipe Guillermo, que era el que dirigía el cotarro junto a von Falkenhayn, lo elevó a los altares del Olimpo militar ya que fue premiado con la más preciada condecoración alemana, la Orden pour le Mèrite, y fue considerado como el héroe de Douaumont. Hasta escribió un libro narrando su "hazaña" que se convirtió en un auténtico best seller de la época. Hay que tener jeta, ¿no? El siguiente en ser premiado fue el capitán Haupt, y en cuanto a Radtke, aunque recibió la Cruz de Hierro de 1ª clase unos meses más tarde, no se le reconoció su meritoria actuación. 


Foto que muestra a los asaltantes descendiendo
por los postes que mandó colocar el capitán
Haupt. La foto debió hacerse en plan recreación
tras la toma del fuerte, ya que en aquel momento
nevaba y es muy cuestionable que un fotógrafo
acompañara a las tropas
Así pues, el que era el más poderoso enclave defensivo de Verdún fue tomado por un puñado de soldados alemanes en apenas media hora. Los defensores, atocinados y escondidos en las entrañas del fuerte, no hicieron absolutamente nada por defenderlo salvo los servidores de la casamata de 155 mm. que, sin enterarse de nada de lo que estaba ocurriendo en el interior del recinto, seguían disparando no sabían hacia donde, pero suponiendo que habría alemanes donde caían sus obuses hasta que fueron finalmente hechos prisioneros. De hecho, la conquista fue tan fácil que los alemanes, temiendo que fuera una trampa y que en realidad lo que querían los gabachos era volar el fuerte con ellos dentro, lo registraron a conciencia en busca de explosivos. En cuanto a la impresión causada en el ejército francés, la caída de Douaumont fue un verdadero cataclismo y una humillación que les costó la propia vida digerir. Para los alemanes, fue un triunfo de los que hacen época, y en las ciudades se hicieron repicar las campanas y se cerraron los colegios al día siguiente en cuanto se supo la noticia, la cual fue publicada a bombo y platillo en todos los periódicos bajo el titular de "Douaumont ist gefallen!" (¡Douaumont ha caído!). Por contra, los gabachos, más corridos que una mona, dieron una noticia más falsa que una moneda de plomo en la que aseguraban que los tedescos habían intentado conquistar el fuerte varias veces sufriendo gran cantidad de bajas. Sin embargo, la única que hubo fue un soldado que se desolló una rodilla el solito.

En fin, de esta forma tan prosaica fue conquistado el  poderoso fuerte de Douaumont, aproximadamente a las 16:30 horas del 25 de febrero de 1916. No obstante, esta historia no termina aquí ya que los gabachos, muy cabreados, hicieron lo imposible por recuperarlo, pero eso ya lo contaré otro día. 

Hale, he dicho


Estado en que quedó el fuerte al término del conflicto. Sobre él cayeron decenas de miles de proyectiles de todos los
calibres tanto alemanes como franceses. No obstante y a pesar del paisaje lunar que vemos en la foto, las dependencias
interiores quedaron intactas, lo que denota la calidad de la construcción.