martes, 18 de septiembre de 2018

Focas de guerra


Cuidador del zoo de Londres dando de comer a un león
marino antes de largarse al frente
Sí, no va de coña. Focas. Esos simpáticos animalitos que hemos enseñado incluso a palmotear con aire de felicidad suprema como el tonto del pueblo cuando le regalan un caramelo de anís. El humano, en su infinita e incurable iniquidad, ha hecho uso a su antojo del resto de las especies que habitan el planeta, desde algo tan básico como alimentarse como cultivar cepas de virus con más peligro que un cuñado con tres hipotecas; y no ya para investigar como erradicarlos, sino para hacer uso militar de ellos mediante abominables guerras biológicas que, contrariamente a lo que muchos piensan, no son ni mucho menos cosas del presente o el pasado inmediato, sino más antiguas que el hilo negro. Por este motivo, es de todos sabido que desde antes de los tiempos de Cristo los humanos hemos empleado diversos bichos para sacarles provecho durante nuestros violentos cambios de impresiones, sobre todo equinos y perros, pero a medida que evolucionaban nuestras guerras estas se hacían cada vez más complejas y sofisticadas, así que no dudamos en recurrir a la fauna para aprovechar sentidos y cualidades físicas que, en nosotros, son una birria o han perdido intensidad por falta de uso, verbi gratia, el olfato, el oído, la vista, la velocidad, la fuerza, etc. 

U-boot tipo I. A pesar de su aspecto birrioso, esos chismes mandaban
mensualmente al fondo del océano miles y miles de toneladas de barcos
enemigos, tanto mercantes como de guerra, con impunidad casi absoluta
por la falta de medios para detectar su siniestra presencia
La Gran Guerra fue, aparte de la mayor matanza conocida hasta su época, motivo de estrujamiento cerebral entre el personal científico de las naciones en liza. Como es evidente, ya no bastaba con ser más numerosos y tener los garrotes más gordos para derrotar al enemigo pero, por otro lado, en muchos aspectos la ciencia aún estaba en pañales, así que no dudaron en echar mano a todo bicho viviente para sacar jugo a sus dotes físicas, en este caso la capacidad auditiva de determinados mamíferos marinos como las focas o, más concretamente, los leones marinos con los que la Royal Navy (Dios maldiga a Nelson) llevó a cabo una serie de pruebas para detectar la presencia de submarinos tedescos que, a mediados de la contienda, llevaban hundidos más barcos que pasteles de riñones podían devorar diez cuñados británicos hambrientos en un año. De hecho, los cientos de miles de toneladas de mercantes que estaban echando a pique empezó a preocupar tan seriamente a los british que, muy a su pesar, tuvieron claro que si no daban con la forma de menguar la presencia de submarinos enemigos en el Atlántico podía incluso costarles la guerra a pesar de que, en aquella época, el cincuenta por ciento del tráfico marítimo estaba en manos del imperio británico. Bueno, dicho esto para ponernos en situación, vamos al grano sin más demora...

Großadmiral Henning von Holtzendorff (1853-1919)
En el cuello luce a Orden Pour le Mérite obtenida en
marzo de 1917 por chinchar a base de bien a los
súbditos del gracioso de su majestad
La en aquel momento todopoderosa flota británica había impuesto a los tedescos un férreo bloqueo naval que había cerrado literalmente con llave el acceso a los puertos alemanes con lo que ello suponía, y no ya de cara a suministros de materias primas, sino de alimentos para su población civil, lo que impuso desde los primeros compases de la guerra un racionamiento que se fue haciendo más severo a medida que avanzaba la contienda. La respuesta de los belicosos germanos no tardó en llegar, pero de la forma más sinuosa y taimada que podían imaginar los british, y era en forma de una implacable guerra submarina orquestada por el almirante Henning von Holtzendorff, que a finales del 1916 logró eliminar los escrúpulos caballerosos del káiser y comenzar una guerra sin cuartel contra cualquier buque que se dirigiera a las costas británicas. Así, a partir de enero de 1917 los U-boote tedescos hundían con precisión germánica todo lo que flotaba  incluyendo barcos de países neutrales que mantenían relaciones comerciales con el Reino Unido. Esto provocó, aparte de las lógicas pérdidas económicas monstruosas, una psicosis y un estado de terror que hizo descender el tráfico marítimo por razones obvias. Ponerse en el campo visual de un periscopio tedesco implicaba que, en menos que un cuñado te vacía una botella de Vega Sicilia, dos siniestras sombras paralelas avanzasen a escasa profundidad hacia el objetivo para, unos instantes más tarde, detonar en plena línea de flotación y mandar al carajo al barco con su tripulantes incluidos en cuestión de minutos.


Mercante acertado de lleno por un torpedo alemán. En menos de 10 minutos
desaparecería para siempre en el abismo, sumándose a la larguísima lista
de buques hundidos por los U-boote. En estos casos, al estar el enemigo
desarmado, lanzaban los torpedos desde superficie para asegurar el tiro o lo
hundían a cañonazos y, de paso, aprovechaban para inmortalizar la
escena, que siempre venía bien para la propaganda
A modo de ejemplo, algunas cifras que nos resultarán bastante contundentes. En febrero de 1917, los U-boote tedescos mandaron al fondo del abismo 256.000 toneladas solo de tráfico mercante de los british, y en el mes de abril siguiente duplicaron la cifra hasta las 513.000 toneladas. Al comenzar aquel año, los alemanes disponían de 140 submarinos para hacer bonitamente la puñeta a los british, ampliando esa cantidad a un ritmo de nada menos que ocho unidades mensuales. Para hacerles frente, los isleños habían ido aumentando su flota de destructores y submarinos a razón de cinco y dos mensuales respectivamente, pero con el inconveniente de que, una vez entregados, tardarían quince meses en poder aumentar el número de efectivos porque ese era el tiempo que tardaban en construir un destructor, mientras que un submarino se llevaba dos años. Por el contrario, los tedescos apenas tardaban seis meses en botar un submarino desde que ponían la quilla, y sus bajas habían sido ínfimas si las comparamos con sus enemigos ya que en todo el año de 1916 solo pudieron hundir 22 U-boote, y la mayoría porque los sorprendieron en superficie mientras recargaban las baterías. En resumen, la cuestión es que en los primeros meses de 1917 el acoso de los submarinos alemanes habían costado ya alrededor de 13.000 vidas de british devoradores de budín de boniatos, y diariamente echaban a pique una media de 25.000 toneladas. Es pues más que evidente que los isleños esos llevaban meses literalmente de los nervios porque, de no hallar una solución, podían verse reembarcando las tropas de vuelta y pidiendo la paz a los belicosos germanos.


Esto era por lo que todos los vigías rezaban fervorosamente para no avistarlo.
La estela producida por el periscopio de un submarino enemigo
era el peor de los augurios que se podía tener en plena travesía
Desde el año anterior ya estaban devanándose la sesera entre los mandamases del Almirantazgo y el Board of Invention and Research (BRI, Junta de Inventos e Investigación), un organismo creado en julio de 1915 y formado por científicos y miembros de la Royal Society dedicado a estrujarse las neuronas para buscar avances sobre telegrafía inalámbrica. ultrasonidos y acústica submarina, para lo cual recibían jugosas subvenciones por parte del Almirantazgo a pesar de que, debido a que eran civiles, no estaban sujetos a la jerarquía militar y pasaban olímpicamente de las mentes cuadriculadas de los uniformados, motivo este por lo que los odiaban profundamente y tal. De hecho, rebautizaron en plan de coña el nombre de la Junta en base a sus siglas en inglés, BRI, como Board of Intrigue and Revenge, Junta de Intriga y Venganza. 


Sala de torpedos de un U-boot. Cuando se oía por el tubo acústico la
cavernosa voz del capitán ordenando "Rohre eins und zwei los!" (¡Tubos uno
y dos- o el número que fuese-, fuera!) empezaba la fiesta. Cuando el oficial
de armas anunciaba "Torpedos laüft!" (¡Torpedos corriendo!) ya no se
apartaba la vista del cronómetro hasta que la explosión indicase que
habían alcanzado su objetivo
Con todo, sus honorables miembros se esforzaban denodadamente para buscar una solución satisfactoria, y hasta recopilaban sugerencias de todo tipo por parte de la ciudadanía deseosa de colaborar de alguna forma con el esfuerzo de guerra. Durante su existencia entre 1915 y 1917 recibieron nada menos que unas 37.500 ideas e inventos de todas clases, incluyendo alrededor de 14.ooo referentes a la guerra antisubmarina. Algunas era para enmarcarlas, las cosas como son. Un probo ciudadano planteó crear parejas de nadadores que debían patrullar en botes por las rutas comerciales donde actuaban los submarinos tedescos y, una vez avistada la estela del periscopio, lanzarse al agua provistos de una bolsa de tela negra y un martillo. La idea consistía en que uno de ellos debía tapar el periscopio para impedirles ver mientras el otro intentaría romper el cristal. Al cabo, un submarino sin periscopio era como un francotirador ciego, y tendrían que volver a su base a repararlo. Otro, más surrealista aún, sugirió entrenar gaviotas para que se hicieran caquita en los dichosos periscopios, cegándolos con la mierda de los pájaros. Lo que no dijo es como indicarle a gaviota el sitio exacto donde debía aliviarse, o si sería recomendable proporcionarles algún laxante para aumentar su capacidad ofensiva. Por citar otro tanto o más extravagante aún tenemos el que proponía sembrar el fondo de determinados puntos estratégicos del Mar del Norte con toneles llenos de sales de frutas Eno. Sí, la misma que se sigue usando actualmente para aliviar la acidez de estómago cuando nos pasamos siete pueblos con las judías pintas con chorizo que la parienta borda como nadie. Bueno, pues este sujeto sugirió que, una vez colocados los toneles como si de minas se tratase, cuando se sospechase de la presencia de submarinos alemanes se pudiesen abrir mediante un sistema de control remoto desde tierra. La efervescencia de las sales de frutas en contacto con el agua empujaría a los submarinos hacia la superficie, momento que se aprovecharía para cañonearlos bonitamente. En fin, solo Mr. Bean o unos memos de solemnidad como sus paisanos podían plantearse semejantes gilipolleces.


Reginald A. Fessenden (1866-1932)
Pero, ideas absurdas aparte, hasta aquel momento, lo más prometedor que tenían entre manos era el hidrófono o sonar, un chisme derivado del oscilador inventado por un sesudo canadiense llamado Reginald Aubrey Fessenden que, inicialmente, fue concebido para detectar grandes obstáculos a distancia y como transmisor de morse subacuático. Sir Ernst Rutherford tomó la idea para desarrollar un aparato capaz de emitir una señal acústica que, al ser devuelta por un obstáculo, permitiera localizar la posición del mismo. Pero los avances en este aparato no iban a la velocidad necesaria ya que su alcance estaba de momento limitado a un par de millas náuticas, no detectaba con facilidad objetos del tamaño de un submarino y, caso de hacerlo, era muy difícil señalar su posición sin detener el barco, momento este que lo dejaría inerme ante el U-boot que, está de más decirlo, también habría detectado la presencia del enemigo y estaría inundando los tubos lanzatorpedos para enviarles un recado en forma de unos cientos de kilos de explosivos. En fin, que la cosa estaba muy, pero que muy chunga.


Sir William H. Bragg (1862-1942)
Y ya que estaba tan chunga, no quedaba otra que tener en cuenta algunas de las sugerencias que la ciudadanía enviaba al BRI salvo, lógicamente, las similares a las comentadas anteriormente. Y una de ellas partió de un artista de variedades llamado Joseph Woodward o, según se anunciaba en su espectáculo, "capitán" Joseph Woodward, que en 1916 ofreció al profesor sir William Henry Bragg, miembro de la Royal Society que el año anterior había sido galardonado con el Premio Nobel de física, su tropa de leones marinos con el fin de ser adiestrados para localizar submarinos enemigos aprovechando la increíble capacidad auditiva de estos animalitos, especialmente cuando se movían en el agua y que les permitía detectar la presencia de bancos de peces a grandes distancias. Básicamente, lo que planteaba Woodward era entrenarlos para conseguir que, al igual que el chucho de Pavlov babeaba al escuchar un metrónomo, relacionasen el sonido de las hélices de un submarino con la obtención de alimento ya que estos bichos precisan alrededor de 50 kilos de pescado diarios para subsistir, o sea, algo así como un 15% del peso de un macho adulto (ojo, hay muchas variedades de esta especie con acusadas diferencias de tamaño entre unas y otras), lo que les obliga a dedicar varias horas al día solo a llenar la panza. Aunque parezca descabellado, Bragg se tomó muy en serio la oferta de Woodward.


El "capitán" Joseph Woodward con su atuendo
de trabajo. Obviamente, el rango lo usaba
como nombre artístico ya que nunca fue
militar ni nada por el estilo
El iniciador de la saga fue James Woodward, padre de nuestro hombre, el cual empezó a interesarse por estos bichos cuando era el encargado del acuario que poseía su suegro, un tal Joseph Catt, en Ramsgate Harbour, en el condado de Kent. Hacia 1870 había capturado una foca que, con santa paciencia, había logrado adiestrar como mero reclamo para el público, que siempre ha gustado de ver como los animales adoptaban actitudes cuasi humanas. Unos años más tarde, en 1878, siendo ya director del Royal Aquarium de Londres, decidió que le resultaría más rentable formar un espectáculo de variedades con focas a las que enseñó a tocar campanas, subir y bajar escaleras y a hacer como si tocasen el banjo. Así pues, mandó a hacer gárgaras el acuario y, junto a sus hijos Joseph y Alfred, decidió montar su troupe que, ciertamente, tuvo bastante éxito por lo poco visto hasta aquel momento. Al cabo, las focas son unos animalitos muy simpáticos y con sus movimientos torpones cuando están fuera del agua hacían la delicia de los nenes e incluso de los padres de los nenes. Su primer contacto con un león marino lo tuvo durante una gira por los Estados Juntitos en 1888, cuando su hijo Joseph adquirió en San Francisco uno de estos bichos al que, en honor de la ciudad, bautizaron como Frisco. Según su propio testimonio, basó el adiestramiento de este animal en su insaciable apetito, dedicándole entre tres y cuatro horas diarias en las que, como premio si se portaba bien, se ventilaba nada menos que 10 kilos de pescado fresco. Y, al parecer, no era fácil someter a Frisco porque los leones marinos, aunque no son especialmente agresivos, tienen un carácter excesivamente tímido y, por otro lado, su inagotable curiosidad les hacía distraerse constantemente, sobre todo cuando se producía algún ruido extraño que detectaban enseguida precisamente gracias a la infalible capacidad auditiva que luego quisieron usar como arma de guerra. Por lo demás, no son susceptibles de obedecer a base de castigos físicos como ocurre con un caballo, y si se cabrean pueden soltarle a uno una dentellada capaz de arrancarle la mano. Con todo, la habilidad como adiestrador de Woodward llegó al extremo de enseñar a uno de sus leones marinos a conducir una moto provista de un sidecar en el que viajaba su mujer Nina dando vueltas por la pista. Bien, así fue como el "capitán" Woodward se hizo de un nombre en el mundo artístico y por qué ofreció a sus inteligentes animalitos al BRI para intentar poner freno al implacable acoso de los U-boote tedescos. 


Profesor Edgar Allen
Las pruebas se iniciaron el 16 diciembre de 1916 bajo la supervisión del profesor Edgar Johnson Allen, director del laboratorio de la Asociación de Biología Marina en Plymouth. Una vez recibido el visto bueno de Allen, Woodward fue autorizado a comenzar un programa de adiestramiento con tres animales seleccionados por su capacidad auditiva en la piscina de una casa de baños ubicada en la calle Cranston, en Glasgow. En primer lugar debía quedar claro que los leones marinos eran capaces de obedecer determinadas órdenes a base de sonidos mientras estaban en un medio subacuático perturbado con otra serie de ruidos para "despistar" y, además, rodeados de truchas que, obviamente, eran una golosina que debían ignorar. Para impedir que se las zampasen, Woodward había diseñado un bozal de alambre provisto de una pequeña trampilla por la que se les podía entregar su arenque de premio si se portaban bien. Un mes más tarde se efectuó una nueva prueba en presencia del profesor Albert Wood, de la Estación Experimental del Almirantazgo, en una piscina de 17 metros de largo para corroborar tanto la velocidad de movimiento como la capacidad auditiva de estos animales comparándola con un hidrófono, empleando para ello un aparato que emitía diversos tipos de sonidos. En teoría, esta prueba permitiría obtener un mínimo de nivel de confianza en los leones marinos en vista de su comportamiento durante las pruebas. Como "objetivo" pusieron media docena de truchas nadando en la piscina, lo que permitiría comprobar si el león marino podía saber su posición en base al ínfimo sonido ultrasónico que el pez hacía con la cola al moverse en el agua, y en el bordillo de la misma colocaron una campana que, como el metrónomo de Pavlov, debía ser el sonido de referencia para estos bichos.


Alfred Woodward. Aunque no intervino de
lleno en el proyecto colaboró en determinados
momentos con su hermano
En efecto, en cuanto el león marino usado para la prueba se metió en el agua se lanzaba con precisión matemática sobre las truchas, pero sin poder devorarlas gracias al bozal que le habían puesto. De vez en cuando hacían sonar la campana que, en teoría, le haría desistir de la persecución, pero su glotonería podía más y no paraba de dar bandazos de un lado a otro a una velocidad tremenda en busca de las desesperadas truchas que, obviamente, no habían sido informadas de que su predador no podía comérselas. Finalmente, las truchas se fueron al fondo literalmente agotadas, por lo que el león marino se quedó inmóvil con la cabeza sumergida y la cola fuera del agua, a la espera de que se produjera algún sonido que indicara que había comida a la vista. En ese momento hicieron sonar la campana y, esta vez sí, acudió a recibir su recompensa. En resumen, la cosa es que sin el elemento perturbador de posibles presas se podía comenzar un plan de adiestramiento basado en el sonido de la puñetera campana. Poco después se repitió el experimento en una piscina al aire libre de 43 metros de largo, donde el profesor Wood pudo constatar que la capacidad auditiva del animal era similar a la de un hidrófono si se movía bajo el agua a una velocidad de al menos 8 nudos (unos 15 km/h) mientras que, curiosamente, el aparato no era capaz de registrar el ruido producido por el león marino cuando pasaba cerca de él salvo que se moviera en la superficie. 


Ante lo que parecía un comienzo prometedor, se decidió proseguir las pruebas en un ambiente acuático de mayor amplitud, concretamente en el lago Bala, en Gwynedd, Gales, que tenía una superficie de 4,84 km². Su forma alargada, de casi 6 km. de largo por apenas 1 de ancho dio lugar a dudas acerca de su idoneidad de cara a proseguir las pruebas en mar abierto, pero se conformaron con el emplazamiento señalado que, obviamente, fue envuelto en el mayor secreto. Se prepararon alojamientos para 5o leones marinos que se obtendrían de diversos zoológicos para aumentar la dotación inicial de apenas tres animales propiedad de Woodward más un cuarto llamado Queenie que había sido cedido en concepto de préstamo por la Sociedad Zoológica de Londres. 


Un oficial de la Armada y un civil del equipo de Woodward alimentando a
dos hembras de león marino en Bala. El dimorfismo sexual en esta especie
es muy acusado, habiendo grandes diferencias de tamaño y peso entre
machos y hembras
Para llevar a cabo las pruebas, sir Watkin Wynn ofreció varios botes y naves de recreo de su propiedad. Las pruebas se llevaron a cabo entre el 30 de marzo y el 6 de julio de 1917 procurando en todo momento que no trascendieran al público por razones obvias. Para proseguir el adiestramiento era evidente que habría que sustituir las campanas por algo más eficiente a largas distancias, por lo que el mismo Bragg diseñó una máquina que emitía un repiqueteo audible bajo el agua a unas tres millas, pero aquel sonido lo único que hacía era asustar a los animales hasta el extremo de que uno de ellos, Queenie, salió echando leches del agua cuando la escuchó a unos 300 metros de distancia. Otro aparato que tuvo más éxito emitía un sonido similar al de un timbre eléctrico, a cuya llamada atendían algunos animales a una distancia de una milla náutica (1.852 metros).


El profesor Albert B. Wood
El profesor Wood consideró que en un par de meses se podrían mejorar los resultados, alargando la distancia de audición hasta las dos o tres millas, pero no contó con que no era lo mismo escuchar un sonido en un lago de aguas tranquilas de apenas un kilómetro de ancho que en mitad del océano. Otro inconveniente que se presentó en el momento en que las distancias eran mayores que las de una piscina pública era la posibilidad de seguir al león marino durante sus andanzas marítimas porque, obviamente, las distancias serían mucho mayores. Al parecer, estos bichos nadan sumergidos a toda velocidad durante más de un minuto para asomarse a la superficie menos de un segundo para tomar aire. Si a eso sumamos el estado del mar, que no era una balsa de aceite como podemos imaginar, en cuya superficie se produciría un movimiento de agua que impediría totalmente seguir el rastro del animal. A alguien se le ocurrió reparar en que, por lo general, las gaviotas solían volar en círculos cuando un león marino estaba de caza a ver si podían pillar algunas sobras, pero en modo alguno podían basar el seguimiento del animal con la ayuda de estos pájaros. Finamente se optó por un flotador de vivos colores unido a un cable  para ayudar a localizarlo, pero solo servía para ralentizar su avance, distraerlo y, en más de una ocasión, trabarse en el mismo cuando no acababa roto. Incluso se pensó en que patrullas aéreas contribuyesen al seguimiento del animal pintándole el lomo con grasa de color bermellón durante el día y de pintura fosforescente de noche, pero tampoco sirvió de nada.


Un oficial recompensando a un león marino durante las
pruebas en alta mar
En resumen, las cosas no avanzaban ni remotamente como parecía que iban a evolucionar al principio de las pruebas. La tendencia de los leones marinos era tomar las de Villadiego, el carácter de cada uno de ellos era totalmente distinto y era imposible seguir una pauta común de adiestramiento, e incluso uno llamado Joffré, como el comandante en jefe del ejército gabacho, palmó del estrés producido por ello a pesar de que en todo momento recibían un trato afable y cariñoso por parte de sus cuidadores. En las primera pruebas efectuadas en mar abierto durante la primera mitad de junio de 1917 quedó claro que lo de la piscina había sido un espejismo, y que el comportamiento de estos bichos cuando se veían en mar abierto era el mismo: sólo querían nadar y comer y, para colmo, se pudo constatar que en ese ambiente su capacidad auditiva era similar a la de un hombre equipado con un hidrófono. En las pruebas que se efectuaron durante una semana con el submarino C15 como objetivo estando sumergido, la distancia más amplia a la que lograron detectarlo fue de apenas 180 metros y eso que la tripulación del sumergible hizo bastante ruido para llamar la atención de su perseguidor. 


Premiando a Billiken, uno de los animales probados en alta
mar. Obsérvese el collar con el cable que lo unía al flotador
Ante el evidente fracaso, el contra-almirante Allenby, que estaba al mando del C15, sugirió a Woodward que, aunque le agradecía su esfuerzo y dedicación, lo mejor sería que volviese a su espectáculo de variedades. Sin embargo, y aprovechando que Allen no había estado presente, Woodward le escribió para intentar retomar las pruebas en el lago Bala alegando que tampoco se podía pretender un éxito rotundo en las primeras experiencias en mar abierto. Los animales acusaron, según su parecer, la calidez del agua, que les invitaba a disfrutar de ella despreocupándose de su verdadera misión, así como de la existencia de sonidos y luces que les resultaban extraños por haberse criado en cautividad, efecto este que se veía acentuado por su naturaleza tímida. Por todo ello, estaba seguro de que un segundo intento en el mar depararía mejores resultados. Allen coincidió en que, con el tiempo, parte de estos inconvenientes podrían superarse a base de dedicación y, de hecho, a pesar de haber estado siete días en mar abierto no acabaron desapareciendo y retornaron con sus cuidadores... más o menos. Pero quedaban más flecos sueltos que no sabía como solventar. El más importante era la velocidad que eran capaces de alcanzar, que en las pruebas efectuadas en Bala alcanzaron una media máxima de 5 nudos, y por otro lado quedó claro que estos animales no eran capaces de detectar la presencia de un submarino estacionado bajo el agua o navegando sumergido a poca velocidad. En definitiva, que solo se había demostrado que podían detectarlos a una distancia tan escasa que el mismo submarino podría haber avistado y atacado a su objetivo mucho antes y, por otro lado, en caso de navegar a toda máquina no podrían seguirlos. Un U-boot podía alcanzar unos 15 nudos en superficie y 11 sumergido.


Finalmente se decidió desechar el proyecto porque, como ya comentamos al principio, la premura por encontrar una solución era cada vez más acuciante y lo único que había quedado claro durante el medio año de pruebas es que los leones marinos eran unos actores estupendos en la pista de un circo, pero en su ambiente natural "recuperaban" sus verdaderos instintos y convencerlos de que debían comportarse conforme al guión sin desviarse ni un milímetro era demasiado pedir a estos pobres animales. El Almirantazgo nunca llegó a ver con buenos ojos el proyecto, como prácticamente todo lo que salía del BRI, hasta el extremo de que a poco de comenzar las pruebas en el lago Bala en febrero de 1917, el director de la División Anti-submarina, el contra-almirante Alexander Duff, se cachondeó vilmente del ellos en un informe reservado aduciendo sus extraordinarios intentos por "cazar submarinos con grupos de focas en un lago". Finalmente, y a pesar de la oposición inicial de los mandamases del Almirantazgo a recurrir a los convoyes, no les quedó más remedio que adoptar este tipo de formación en la que los mercantes, en vez de ir solos y desamparados, navegaban en grupo protegidos por naves de guerra. Muy a su pesar tuvieron que reconocer que era la solución más sensata a pesar de que en principio se negaban a ello, y más cuando los yankees se unieron a la fiesta y, por ende, su poderosa flota se sumó a la Royal Navy para persuadir a los U-boote de que dejasen de merodear impunemente como hasta entonces.  


Tras la guerra, los Woodward siguieron con su espectáculo de variedades hasta que, allá por los años 20, la llegada del cine hizo caer en picado este tipo de entretenimientos. No obstante, durante el resto de la vida operativa de su troupe no dejaron de hacer mención orgullosamente a su colaboración con la lucha anti-submarina, y a que sus leones marinos eran "los actuales cazadores de submarinos del Almirantazgo", según vemos en ese folleto publicitario datado en diciembre de 1921. Obviamente era un mero camelo publicitario, pero al menos se habían preocupado en su momento por hacer algo útil por su país. En las fotos superiores del folleto vemos a la derecha a Joseph, y a la izquierda a su hermano Alfred, ambos con sus uniformes de capitanes de su tropa de leones marinos. En el cementerio de Ramsgate, donde falleció en 1933 el fundador de la saga, el "capitán" James, se yergue un monumento de mármol negro en el que se da cuenta de la contribución de los Woodward al esfuerzo de guerra. En la parte superior del mismo se puede ver una placa de bronce en la que tres de estos animales aparecen haciendo equilibrios sujetando distintos objetos con sus hocicos y con una inscripción que dice: "1898, los primeros leones marinos equilibristas"

Bueno, dilectos lectores, espero que les haya resultado interesante, y no ya por la evidente peculiaridad de estos hechos, sino por lo desconocido que es por estos pagos el cómo se recurrió a estos bichos para intentar acabar con la avanzada maquinaria naval tedesca. Juraría por mis augustas barbas y mis egregios bigotes que no debe haber ni un solo cuñado que haya oído hablar de esta historia en su miserable existencia de sableador inmisericorde, así que aprovechen para hundirlos de una vez por todas.

Hale, he dicho


Parte superior del monolito de la familia Woodward en el cementerio de Ramsgate, una población costera en Kent

jueves, 13 de septiembre de 2018

Tropas obsoletas de la Gran Guerra. Dragones franceses


Destacamento de dragones del ejército francés cruzando una población belga a comienzos de la guerra

Dragones de finales del siglo XIX dedicados a sus prácticas cotidianas
con el sable y la lanza
Hace unos meses iniciamos una serie de entradas dedicadas a las tropas obsoletas que combatieron en la Gran Guerra, sin haberse enterado al parecer de que los tiempos en que las guerras eran gloriosas y el personal siempre palmaba casi sin enterarse de un aséptico tiro en el corazón habían pasado a la historia para siempre jamás. Como vimos en dicha entrada, los brillantes regimientos de coraceros marcharon al frente dando por sentado que los malvados tedescos saldrían echando leches con solo atisbar en la distancia el fulgor de sus corazas y sus cascos bruñidos destelleando al sol matutino. Pero los tedescos no solo no salieron echando leches, sino que hicieron uso de sus más de 12.000 ametralladoras para convencerlos de que se bajaran de sus gallardos pencos, se despojaran de sus suntuosas armas y se enterraran en las asquerosas trincheras llenas de fango y ratas, como todo el mundo. Aquello supuso un trauma gordísimo  para los gabachos (Dios maldiga al enano corso), que jamás podían imaginar que las grandilocuentes arengas de sus mandamases eran más falsas que las promesas de un político, y que ya nadie se batiría en retirada por muy guapos que acudiesen al campo del honor. Incomprensiblemente, la lección que debían haber aprendido en la breve pero intensa guerra Franco-Prusiana debería haberles hecho prever que las cosas estaban cambiando a una velocidad inquietante, pero ellos seguían en sus trece con sus corazas bruñidas, sus vistosos uniformes pantalones rojos incluidos y sus cascos como los que se usaban en tiempos del tiránico enano pichicorto. En resumen, estaban más trasnochados que Drácula. Y no solo conservaban sus regimientos de coraceros, sino también de húsares, cazadores y, por supuesto, dragones, que son de los que hablaremos hoy.

Dragón de la Guardia Imperial del enano. Obsérvese
que por aquella época no usaban sable, sino la espada
mod. Año XII la caballería de línea. Así mismo, en vez
de tercerola porta un fusil Año IX como el de
la infantería más su bayoneta para combatir a pie
Grosso modo, los dragones eran, por decirlo de una forma simple y sin complicaciones, infantería a caballo. Su origen, que se remontaba al siglo XVII- algunos autores lo adelantan al siglo XVI- se debió simplemente a la necesidad de desplazar unidades de infantería con la máxima rapidez posible a los puntos en que era necesario apoyar a las tropas que mostraban síntomas de empezar a flaquear. Así pues, cuando el enlace del mandamás les hacía llegar la orden, montaban en sus pencos y salían a toda pastilla a echar una mano al regimiento tal o al batallón cual, porque desde la colina donde el jefe atisbaba el panorama se veía claramente que serían arrollados de un momento a otro. La llegada de tropas de refresco no solo podía servir para rechazar a los enemigos, sino para hacer subir la decaída moral de sus compañeros, que veían que no los dejaban tirados. Pero los dragones no se limitaban a actuar como refuerzos y, una vez consolidada la posición, largarse con viento fresco sino que, llegado el caso y si lograban poner al enemigo en fuga, explotar el éxito y, aupándose en sus caballos, echar mano a la espada y perseguirlos para acuchillarlos bonitamente y que no dieran más guerra o, si era necesario, incluso cargar contra la infantería enemiga como cualquier unidad de caballería.

De arriba abajo: modelo 1807, modelo 1812 y modelo 1823
En tiempos del enano se habían convertido en una caballería ligera con misiones similares a los húsares, pero con la salvedad de que, además de la espada y el fusil con que iban armados, a cuatro regimientos de dragones se les añadió una lanza con lo mirada puesta en Rusia, donde su Grande Armée de saqueadores de tumbas y violadores de monjas no tenía tropas adecuadas para ofender a los fieros cosacos. El arma entregada inicialmente era la lanza modelo 1807, destinada en realidad a los lanceros polacos al servicio del enano. Era un lanza provista de una moharra de 25,5 cm. de largo y de sección cruciforme con un tope en su base con forma de champiñón para impedir una penetración excesiva, pero fue sustituida en 1812 por un modelo un poco más corto pero más pesado que superaba los 3,2 kg y una moharra de 21 cm. Como dicho modelo no acababa de convencer al personal, en 1823 se diseñó un nuevo modelo más corto y ligero con una moharra de sección triangular de solo 12,7 cm. de longitud, pero con unas barretas de enmangue mucho más largas para proteger el asta de los tajos de las armas enemigas. 

Dragón de finales del siglo XIX. En la mano
lleva la lanza modelo 1890 con asta de bambú
Finalmente, hacia el último cuarto del siglo XIX la tendencia era fabricar las astas de bambú macho, mucho más resistente y flexible que las maderas tradicionales, pero las dificultades para disponer del dichoso bambú alargaron la implantación de dicho modelo hasta nada menos que 1890. En este caso, su moharra de 15 cm. volvía a recuperar la forma cuadrangular de sus antecesoras pero, como ya sabemos, el bambú no se puede perforar para introducir remaches, por lo que dicha moharra estaba atornillada a un cubo de enmangue provisto de un pequeño tope de forma discoidal y los botones para sujetar la banderola. No obstante, y ante la permanente dificultad para obtener el bambú necesario para dotar a sus brillantes regimientos de caballería, a los gabachos no les quedó más remedio que optar por algo tan vulgar y chabacano como el acero, que sus ancestrales enemigos, los malvados prusianos y los españoles anclados en la Edad Media y el Santo Oficio ya usaban. Así pues, llorando amargamente porque las lanzas de bambú eran muchísimo más elegantes, no les quedó más remedio que diseñar un nuevo modelo cuya asta estaba fabricada con tubo sin soldadura y armada con una moharra de sección triangular de apenas 12,4 cm. de largo, quizás con la caballerosa intención de hacer poca pupa al enemigo. Al final de la misma llevaba un disco de tope como su elegante antecesora y, por aquello de darle un toque de distinción, la empuñadura consistía en una envuelta o funda de cuero en cuya parte superior tenía una anilla para abrochar en la misma el porta-lanza. En la foto inferior podemos ver el modelo 1913 en toda su extensión de 297 cm.  Su peso era de 2,17 kilos y la fabricaba la Manufactura d'Armes de Châtellerault. No obstante, y a pesar de su aspecto más bien birrioso, algunos la consideraban como un arma temible si se sabía manejar. Sea como fuere, lo cierto es que se dejó de fabricar en 1915, y el resto de la contienda transcurrió con las unidades servidas hasta la fecha.

En el detalle podemos ver claramente la moharra de este modelo. La eficacia del disco tope fue rápidamente cuestionada
por su pequeño tamaño, que de poco servía ante el empuje de un caballo lanzado al galope

Foto tomada en París el 4 de agosto de 1914, apenas comenzada la fiesta. En
la misma vemos un escuadrón de dragones camino del frente luciendo su
anacrónico aspecto. Cuatro regimientos estaban acantonados en la capital
Bien, la cuestión es que, como hemos visto en este largo introito, a partir de los conflictos del enano corso con el resto del planeta se acabó por armar a los dragones con lanzas, teniendo en ellos una herramienta todo uso para desempeñar cualquier cometido en el campo de batalla: cargas convencionales, misiones de exploración, escolta, escaramuceo, apoyo a otras unidades de infantería combatiendo tanto a pie como a caballo y persecución del enemigo. Y así llegamos al pacífico y apacible siglo XX, con los gabachos pensando que las guerras seguían siendo unos debates un tanto exaltados entre dos bandos pero, eso sí, manteniendo la caballerosidad en todo momento y, por supuesto, no desperdiciando la ocasión para deslumbrar a las damas con sus vistosos uniformes, con cascos bruñidos, charreteras de hilo de oro o plata y hebillas y botonaduras de latón que destellaban a kilómetros de distancia.

Curiosa postal coloreada que muestra la sección de ametralladoras de un
regimiento de dragones haciendo prácticas de tiro. Se hace un tanto extraño
ver a unos probos ciudadanos vestidos como sus bisabuelos en
Waterloo manejando armamento moderno
Al estallar la contienda, el ejército gabacho disponía de la, en teoría, mejor y más nutrida caballería de los ejércitos en liza. En el caso que nos ocupa, nada menos que 32 regimientos de dragones distribuidos en distintas divisiones de caballería. Debido al problema con las lanzas de bambú, de los 32 regimientos solo seis estaban equipados con el modelo 1890, mientras que los 26 restantes usaban el nuevo modelo 1913 de acero. Cada división estaba formada por tres brigadas que, por lo general, combinaban unidades de dragones y coraceros salvo en el caso de las divisiones 2ª, 5ª, 8ª y 10ª, cuyos efectivos eran enteramente de dragones. Una brigada estaba formada a su vez por dos regimientos más una sección de ametralladoras. Además, cada división contaba con su propia brigada de artillería formada por dos baterías, un grupo ciclista formado por tres secciones de cazadores y una de ingenieros y, finalmente, un destacamento de comunicaciones. 

Patrulla de dragones explorando en busca de enemigos. Esta foto nos permite apreciar el aspecto del casco con la
funda protectora. Por detrás asoma el penacho de crin. En este caso van desprovistos de lanzas

En cuanto al resto del armamento podemos verlo a la izquierda. Aparte de la dichosa lanza, lo componían el sable de caballería ligera modelo 1822 que, como vemos, tenía ya casi un siglo a cuestas y aún estaría en servicio varios años más. Como todas las armas blancas del ejército francés, además de bonita y elegante era sólida y bastante eficiente. A su guarnición de bronce se añadía una hoja levemente curvada de 93 cm. de largo y 3,1 cm. de ancho. A partir de 1840 se le añadió un guardapolvo de piel de búfalo. La vaina, fabricada de acero niquelado, disponía de una única anilla para prenderla tanto del fiador como de la silla, tal como vemos en la foto, mediante un gancho. Para evitar destellos y un excesivo deterioro de la misma se protegía con una funda de cuero color avellana. Y como arma de fuego, la misma carabina de caballería Berthier modelo 1892 calibre 8×50R Lebel que ya vimos en la entrada dedicada a los coraceros, pero lógicamente sin el rebaje que hubo que hacerle en la culata para disparar con la coraza puesta. A eso, añadirle la bayoneta que vemos debajo de la carabina para cuando había que pringarse como la infantería. Se trata del modelo 1892, una robusta arma provista de una hoja de 40 cm. con anchas acanaladuras y el galluelo habitual en muchas de las bayonetas de su época. Para los que lo desconozcan, el galluelo servía para trabar y, llegado el caso, partir la hoja de la bayoneta enemiga durante el cuerpo a cuerpo. Eso de que era para hacer de tope y no pringar de sangre el cañón es la enésima chorrada más falsa que el curriculum de un político. La longitud total del la misma era de 51,4 cm. Los cornetas y oficiales usaban el revólver modelo 1892 en lugar de la carabina.

Patrulla de dragones escoltando prisioneros de guerra a retaguardia, una de las labores habituales de este tipo de tropas.
La foto debió tomarse en las primeras semanas de la guerra ya que, según podemos observar, aún conservan las hombreras
trenzadas y los distintivos de las mangas muy vistosos

Como vemos, no iban precisamente desarmados al combate si bien pronto tuvieron que comprobar que los tiempos de los sables y las lanzas estaban quedando obsoletos a una velocidad preocupante, para no hablar del resto del equipo, que estaba más anticuado que los pantalones de campana. A la derecha vemos el casco modelo 1874 que, en aquel momento, era el mismo para coraceros y dragones. En la foto A lo podemos ver sin los aditamentos propios que tanto contribuían a darle realce: el penacho sobre la cresta de la foto B y el plumero que se colocaba en el portaplumas situado en el lado izquierdo. Dicho plumero (foto C) era escarlata excepto para el coronel del regimiento, que usaba plumas blancas de garza, el personal del cuartel general, que lo llevaban tricolor, y los músicos, en cuyo caso era de color rojo y blanco. Como vemos en la imagen, se fijaba al casco mediante un clip a presión de forma que podía colocarse para paradas y demás eventos militares, eliminándose a la hora de irse a pegar tiros. El penacho del crestón fue definitivamente eliminado. Solo permaneció inalterable la larga crin de caballo que pendía de dicho crestón y que asomaba por un agujero practicado en la cubierta de tela de la foto D, puesta en servicio en 1901 más que nada para preservar el casco del deterioro propio del uso cotidiano. Además de la color caqui que vemos en la imagen se fabricó una en azul oscuro. Con todo, ya en tiempos del enano se fabricaron cubiertas protectoras de este tipo con el mismo fin salvo que, durante la Gran Guerra, su uso se hizo obligatorio al revés, o sea, se quitaba cuando se estaba en retaguardia y se ponía cuando se marchaban al frente porque un casco semejante se convertiría en objetivo de los tiradores enemigos nada más presentarse en las trincheras. Aparte de todo lo comentado, el interior tenía la típica guarnición de cuero formada por siete lengüetas que se regulaban de la forma tradicional mediante un cordón. El ala que cubría la nuca también estaba forrada de cuero en su interior.

El uniforme era igualmente anacrónico porque a la guerra había que ir vestido como Dios manda. De izquierda a derecha vemos en primer lugar el uniforme de tropa y suboficiales que constaba de guerrera azul, los consabidos pantalones rojos sin los cuales Francia dejaría de existir y botas de montar. Del cinturón pende una cartuchera para la munición de la carabina, que, como recordaremos, se alimentaba con peines de tres cartuchos. La correa que cruza el pecho era para la cantimplora, y el casco va cubierto con la funda protectora. El fulano del centro pertenece al grupo ciclista que, como no tenía penco en el que cargar los chismes, tenía que llevar un macuto y el capote enrollado cruzándole el pecho. En vez de botas de montar lleva calcetines altos y botas de media caña, y la cabeza se la cubre con un gorro cuartelero. Finalmente, a la derecha vemos a un dragón con su elegante capote con esclavina prácticamente igual que el que se usaba en tiempos del enano. La tradición y la elegancia ante todo, qué carajo...

Escuadrón de dragones cruzando una población, obviamente en retaguardia ya que tanto los oficiales como la tropa lleva
el plumero lateral en el casco y las charreteras en los hombros. Había que dar buena imagen ante el paisanaje, supongo...

Los oficiales vestían de forma similar pero variaba el color de la guerrera, que en este caso era negra. A la derecha podemos ver en primer lugar a un capitán con uniforme de diario que, en este caso, sí lleva el plumero lateral en el casco ya que no había peligro de que le volasen los sesos ante una referencia de tiro tan vistosa. En los hombros lleva las tradicionales charreteras a las que tan aficionados han sido siempre los gabachos- aún las usan en desfiles y demás saros-. El de la derecha es un ayudante que, en vez de botas, calza unas polainas. La ilustración nos permite además apreciar la apariencia de la vaina del sable con su cubierta de cuero y los correajes que, así como la funda de la pistola, eran de cuero bruñido y teñido de negro. Como prenda de cabeza alternativa podían usar un gorro cuartelero o un quepis, si bien a la vista del escalofriante número de bajas producidas en las trincheras por heridas en la cabeza se dejaban de chorradas y se calaban el casco, que aunque no era tan sólido como un Adrian, al menos evitaba más de un chichón.

Naturalmente, en cuanto el personal se percató de lo desagradable que podía ser que a uno lo vieran desde la gran puñeta, se tomaron medidas drásticas para reducir al máximo la visibilidad de las tropas. En la figura izquierda podemos ver a un soldado de 1ª clase que, si lo comparamos con los anteriores, ya ha experimentado substanciosos cambios si bien estos no afectaron de forma uniforme a todas las unidades de dragones, más que nada en función del destino que tuvieran. En este caso vemos que a nuestro hombre le han quitado sus pantalones rojos que, como ya dijimos, sin ellos Francia se vaporizaría en un nanosegundo y, a cambio, le han proporcionado unos espantosos calzones de pana marrón. Las polainas han sido sustituidas por vendas y las hombreras de hilo plateado han desaparecido. Así mismo, el distintivo de rango se ha visto reducido a la mínima expresión, una pequeña barra roja terciada en la bocamanga, y los botones de latón han sido descosidos para poner en su lugar una botonadura civil de color oscuro. También el casco ha sufrido una notable modificación ya que su elegante y emblemático crestón de bronce ha sido desmontado. Estos cambios se llevaron en una época tan temprana como finales de 1914, así que podemos imaginar que las cosas no estaban para lucirse mucho en la línea del frente. En cuanto al de la derecha, se trata de un suboficial que prácticamente ya no conserva casi nada de su antiguo uniforme. Viste la guerrera azul horizonte de la infantería, los pantalones rojos que aún estaban vigentes en 1915 y sin los cuales, como era de todos sabido, Francia sería aplastada por un meteorito o algo similar, y su carabina Berthier de caballería ha sido cambiada por un fusil Lebel con su bayoneta Rosalie. Del mismo modo, el correaje es el propio de la infantería. Así fue como se uniformó a las unidades de dragones que fueron definitivamente apeadas de sus pencos, o bien cuando debían pasar largas temporadas en el frente combatiendo como infantería monda y lironda.

La inutilidad del uniforme tradicional en un campo de batalla moderno y la necesidad de unificar al máximo la indumentaria por meras cuestiones de tipo logístico y económico hizo que los dragones acabaran, tal como vemos en la foto de la derecha, con la misma indumentaria que la infantería casco incluido. Salvo las botas, que se conservaban si había que montar a caballo, el resto era igual al resto del ejército. Puede que alguno se pregunte qué sentido tenía conservar la lanza a esas alturas, y la verdad es que no tenía mucho lógica ir cargando con ese chisme salvo en caso de toparse con alguna patrulla enemiga y que se abalanzasen sobre ellos con rapidez fulgurante para convertirlos en pinchitos morunos. Lo cierto es que, a pesar de todo, las lanzas y los sables siguieron en activo hasta el final de la contienda.

Un testimonio gráfico lo tenemos en la foto de la izquierda, tomada a principios de abril de 1918. Se trata del 9º Rgto. de dragones camino a su retaguardia tras haber intervenido en Roye, en el contexto de la Operación Michael. No fue una simple escaramuza, porque en apenas quince días palmaron o fueron heridos casi medio millón de hombres, que no es moco de pavo. No obstante, en esta acción las unidades de caballería francesas combatieron como infantería aunque los vemos de vuelta con sus pencos y sus lanzas. 

En fin, criaturas, ya vemos que estas tropas obsoletas dieron guerra como pudieron o les dejaron. Pero a pesar de que la Gran Guerra supuso el fin de sus vistosos uniformes, sus gallardos jacos, sus lanzas y sus sables, muchas de estas unidades perduraron en el tiempo de la misma forma que vemos en el ejército español regimientos de caballería que, eso sí, solo les queda el nombre y las hazañas del pasado, porque van montados en carros de combate, que ciertamente son más seguros que ir paseándose por el frente en la grupa de un caballo por mucha lanza y mucho sable que se lleve encima.

Bueno, ya seguiremos con más antiguallas bélicas.

Hale, he dicho

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viernes, 7 de septiembre de 2018

Las primeras espoletas modernas. Espoletas de tiempo


Batería formada por dos cañones Parrot de 30 libras en Fort Putnam, en Carolina del Sur, durante la Guerra de Secesión.
Junto a las piezas vemos grandes cantidades de proyectiles ojivales diseñados para sus ánimas rayadas, que en aquel
conflicto empezaron a desbancar a las tradicionales balas esféricas. En la punta de los mismos se pueden ver los tapones
que preservaban la carga de la humedad, y que se retirarían en el momento de montar las espoletas una vez que empezaba
la fiesta. La ausencia de viento en este tipo de piezas obligó a desarrollar espoletas que se iniciasen con mecanismos
más modernos.


Este tipo de espoleta tan rudimentario perduró
no obstante hasta bien avanzado el siglo XIX
mientras que los cañones y obuses usaban
modelos mucho más avanzados
En su día, cuando hablamos de la artillería de plaza y sitio, salieron a relucir los rudimentarios métodos con los que se fabricaban las espoletas de tiempo, o sea, espoletas capaces de hacer detonar un proyectil transcurrido un determinado tiempo desde que eran disparados. Para ello se recurría a algo tan simple como un tapón de madera perforado de un extremo a otro, y en cuyo interior se colocaba una paja de centeno rellena de una substancia incendiaria llamada mixto que ardía a una determinada velocidad. Sabiendo cuánta cantidad ardía por segundo, el artillero solo tenía que cortar la paja a la longitud deseada para que el proyectil detonase en el momento que estimase oportuno, todo ello basándose en unas tablas en las que figuraban los tiempos en función de la distancia recorrida. De ese modo se podía hacer estallar una bomba de mortero encima de los defensores de un baluarte y convertirlos en comida para peces, o bien retardar la detonación más tiempo para esperar a que, gracias a su peso, penetrase por la techumbre de un cuartel o un almacén y explotase en el interior del recinto. En las imágenes de la derecha tenemos en primer lugar una vista en sección de una bomba de mortero con su carga de pólvora y la espoleta ya colocada y lista para ser iniciada antes del disparo. En la foto inferior vemos una espoleta original cuyo cuerpo de madera tenía grabada una escala de tiempo que el artillero usaría como referencia a la hora de cortarla con la pequeña sierra que vemos junto a ella (ojo, no están a escala. La hoja de la sierra medía unos 25 cm. de largo, y la espoleta la mitad aproximadamente). El motivo de hacerlas con forma cónica era para impedir que, debido a la inercia en el momento del disparo, el mixto saliera despedido hacia el interior del proyectil, produciendo su explosión y matando a los servidores de la pieza. 

La ignición de estas espoletas podía llevarse a cabo de dos formas distintas. En el caso de los morteros, cuyo proyectil quedaba asentado sobre la carga de proyección a pocos centímetros de su enorme boca, se prendían sin más con un botafuego para, a continuación, iniciar la carga y disparar. En el caso de los cañones y obuses, en los que por razones obvias eso era imposible ya que la granada estaba en lo más profundo del ánima, se aprovechaba el viento para que la deflagración de la pólvora que pasaba por el mismo adelantase al proyectil y prendiese la espoleta. ¿Qué no se acuerdan de qué era el viento? Pues además del aire en movimiento, era el espacio que quedaba entre el proyectil y el ánima del cañón ya que los primeros se fundían con una tolerancia de aproximadamente dos milímetros para facilitar la recarga cuando la suciedad empezaba a acumularse en el ánima y por la dilatación producida por los disparos. Y como una imagen vale más que tropocientos discursos, veamos el gráfico de la derecha, donde seguramente lo comprenderá de inmediato hasta un cuñado hasta las cejas de orujo de garrafón. En la figura A tenemos un fabuloso obús Gribeauval de 6 pulgadas de los usados por la artillería del enano corso (Dios lo maldiga hasta que se congele el infierno, amén). Ha sido cargado, en la recámara podemos ver el saquete de pólvora y, justo delante, una granada provista de su taco de madera. El oído, previamente cebado con polvorilla, ha sido prendido con un botafuego, pudiendo ver en la ilustración como esta se va quemando para iniciar la carga del saquete que, antes de cebar, el artillero perforó con su aguja para romper la tela y permitir que el fuego del cebado llegase a la carga. Figura B: la llama del cebado acaba de llegar al saquete, cuyo contenido empieza a arder. Figura C: la carga de proyección se inicia, empezando a generarse gases a una enorme presión que impulsarán el proyectil. Figura D: la deflagración de la pólvora pasa entre el mínimo espacio que queda entre el proyectil y las paredes internas del ánima, prendiendo la espoleta colocada en la parte delantera del mismo. Figura E: el proyectil inicia su avance por el interior del ánima. El mixto de la espoleta empieza a consumirse mientras que los gases incandescentes producidos por la deflagración de la carga salen por la boca de fuego, precediendo al proyectil. A partir de ese momento, este saldrá disparado hacia el objetivo mientras que el mixto de la espoleta se consume hasta que, una vez quemado, alcance la carga del proyectil, provocando su explosión y fragmentándose para matar a cuantos más enemigos mejor. Bien, así de simple era todo el proceso, que en sí mismo no duraba más de unos escasos segundos desde que se prendía el cebado hasta que el proyectil explotaba. ¿Por qué escasos segundos, no más de 4 o 5 por lo general? Porque el alcance de los cañones de principios del siglo XIX y la velocidad de sus proyectiles no requerían de más tiempo, nada más. Era lo que necesitaban para detonar a la distancia máxima que alcanzaban, que dependiendo del calibre y el tipo de munición podía oscilar entre los 300 y los 1.000 metros.

Cañón Rodman de 15 pulgadas (381 mm.) emplazado en una cureña giratoria.
Estas monstruosidades artilleras eran impensables a principios del siglo XIX.
Era capaz de lanzar un proyectil de 192 kg. a casi 5 km. de distancia
Pero tras las guerras del genocida corso, la artillería fue experimentando una notable evolución. De ser un arma de apoyo a pequeña escala se convirtió en una formidable maquinaria destinada a ablandar de tal modo las defensas y los efectivos del enemigo que, en teoría, la infantería propia tendría muy fácil avanzar una vez que sus cañones habían machacado bonitamente al personal. Como es lógico, una cosa era la teoría y otra la práctica ya que nadie se quedaba mirando al infinito mientras llovía metralla a su alrededor, pero lo cierto es que las piezas de mediados del siglo XIX vieron como aumentaban tanto su alcance como su poder destructivo, y los ejércitos de la época pasaron de disponer unos pocos cientos de bocas de fuego en el mejor de los casos a contar con miles de ellas. La artillería de campaña empezó a fabricarse con cañones de ánima estriada que les daban un alcance y una precisión impensables apenas 30 o 40 años antes, y el perfeccionamiento en las técnicas de fundición permitía fabricar cañones mucho más eficientes y sólidos.

Bien, puestos más o menos al corriente de como estaba el patio a mediados del siglo XIX, veamos como fue la evolución de las espoletas que más difusión tuvieron, en este caso las de tiempo ya que permitían sacar el máximo partido a cada disparo debido a que el artillero podía elegir el momento más adecuado para su explosión. Y como para que haya avances notables es necesario que haya una guerra decente, ya que de lo contrario los magines del personal se atocinan al no tener que devanarse la sesera para idear formas de matar más y mejor, fue a raíz de este conflicto cuando se sentaron las bases para los diseños que se irían desarrollando durante la segunda mitad del siglo hasta llegar, ya en la Gran Guerra, a los sofisticados mecanismos de relojería ideados a finales del XIX que permitían una precisión absoluta. Así pues, al grano que el camino es largo...

Uno de los avances más significativos consistió en algo tan simple como sustituir la madera por el cobre o el latón a la hora de fabricar las espoletas. Las típicas espoletas cónicas como la que mostramos en el primer párrafo eran introducidas a martillazos con un mazo de madera, y su principal inconveniente radicaba en que, al cortarlas, se solía derramar la pólvora que contenían a pesar de estar prensada, lo que daba lugar a fallos notables con explosiones prematuras o, simplemente, no llegaban a producir la detonación. Así pues, la solución a este problema vino de la mano de varios sesudos ciudadanos que, en realidad, se basaron en lo mismo para fabricar espoletas que se diferenciaban solo en la forma, porque su funcionamiento era el mismo: Hotchkiss, Dyer o Parrot serían las más significativas en este caso. En la foto de la derecha tenemos varios ejemplares que, como salta a la vista, tienen una morfología y unas dimensiones similares. El diámetro oscilaba alrededor de los 2,5 cm., y la longitud entre los 3 y 6 cm. aproximadamente. 

Lo habitual era que los proyectiles llegaran a los repuestos o las baterías con la espoleta ya montada pero sin la carga, que solo se colocaba en el momento del disparo. Mientras tanto, se sellaba el orificio con un tapón para preservar el interior de la humedad. Como es lógico, una espoleta metálica provista de un paso de rosca de 12 hilos por pulgada era más sólido que un taco de madera introducido a golpes y que, además, no precisaba de más manipulación que, llegado el momento, colocar la carga con el retardo deseado. En la foto de la derecha vemos varios paquetes de mixtos calibrados en origen con diferentes retardos, que aquí mostramos de 5 a 30 segundos en fracciones de 5. El texto que vemos en el paquete nos informa, aparte del arsenal de fabricación, la fecha y el tiempo de retardo, de que para extraer los mixtos había que abrir la tapa del envase- obvio-, tirar de una de las cintas- también obvio- y, finalmente, ayudarse empujando con el dedo por la parte inferior del paquete como si se tratase de una cajetilla de cigarrillos. Menos mal que añadieron esas instrucciones porque, de no ser así, igual el ciudadano Abraham pierde la guerra contra los malditos rebeldes esclavistas sin que sus tropas, analfabetas la mayoría como era habitual en aquella época en todas partes, hubiesen podido dar un solo cañonazo por no saber como sacar los puñeteros mixtos de su envase. 

El motivo de alargar tanto dichos retardos no se debía más que al aumento en el alcance de las piezas de la época, que podía llegar a los 5 km. sin problemas. A modo de ejemplo, a la derecha tenemos una tabla de tiro de un cañón Parrot de 20 libras (93,2 mm. de calibre real) para una carga de 2 libras de pólvora de mortero. En la primera columna vemos la elevación, en la segunda el tipo de proyectil- bote de metralla o granada- y su peso, el alcance en yardas y, finalmente, el retardo. Como vemos, en el caso de los botes de metralla (case-shot) se disparaba con la pieza prácticamente horizontal ya que se trataba de batir tropas cercanas, a menos de 800 metros, por lo que el retardo era muy rápido. Para el caso de granadas disparadas a grandes distancia con una trayectoria parabólica, en este caso hablamos de un máximo de 17,25 segundos. 

Los mixtos consistían en simples conos de substancia incendiaria envueltos en una tira de papel que, como se puede ver en la foto, tenía impreso el tiempo de retardo y una escala en la que cada raya equivalía a un segundo. De ese modo, el artillero podía afinar aún más el tiempo de la detonación. O sea, que si consideraba que esta debía producirse a los 23 segundos, tomaba un mixto de 25 y cortaba dos rayas. 25 - 2= 23, ¿no? Pues eso. La longitud era la misma independientemente del retardo, que se acortaba o alargaba variando la composición del mixto.

Para ilustrar su funcionamiento hemos tomado como ejemplo una espoleta Hotchkiss. En la figura superior tenemos una vista en plano y en sección de la misma. En la parte superior tenía dos ranuras para atornillarla al proyectil ayudándose de un útil, y una vez bien apretada se colocaba el tapón hasta que llegaba el momento de abrir fuego. A la derecha vemos el retardo una vez extraído del paquete siguiendo las complejas instrucciones que describimos antes y que hasta un cuñado podría intuir sin mucho desgaste neuronal. En la figura inferior vemos el mixto ya colocado en la espoleta. Para ello se recurría a un pequeño mazo de madera, pero sin pasarse golpeando para no chafarlo sino, simplemente, asentarlo bien en su alojamiento. Como vemos, aún se conservaba la forma cónica tradicional que, como comentábamos al principio, impedía que la inercia empujase el mixto hacia el interior del proyectil, detonando la carga antes de tiempo. El sistema de ignición era el tradicional: la llamarada producida por la deflagración de la pólvora pasaba a través del viento del ánima e inflamaba el mixto. Una vez que la combustión llegaba al final del mismo se transmitía a la carga del proyectil y este explotaba. No obstante, conviene concretar que este sistema no valía con los modernos proyectiles para cañones de ánima rayada que, al carecer de viento, no dejaban pasar el fogonazo de la carga de proyección, por lo que había que practicarles unas acanaladuras longitudinales, tres por lo general, para que el fuego adelantase al proyectil y pudiese iniciar el mixto. Pero de esos entresijos ya hablaremos otro día, que sino nos liamos.

Sin embargo, los modelos que hemos visto hasta ahora no se diferenciaban de los más antiguos más que en los materiales con que estaban fabricados y, obviamente, su mayor precisión y mejor acabado. Seguían dando un buen servicio y eran más fiables que las viejas espoletas de madera o de paja de centeno, pero se seguían viendo afectados por los agentes meteorológicos, la humedad, y su manipulación siempre debía efectuarse con cuidado para no romper los mixtos que, al cabo, estaban envueltos con una tira de papel mondo y lirondo. Debido a ello, la espoleta que verdaderamente marcó un antes y un después fue la inventada por Charles Bormann, un capitán del ejército belga que ideó la que sin duda fue la espoleta más satisfactoria del conflicto y que, aunque introducida por el ejército de la Unión antes de la guerra, en 1852, fue copiada por el de la Confederación si bien no llegaron a alcanzar los baremos de calidad de sus enemigos. 

En la ilustración de la derecha podemos ver su aspecto, que era básicamente como la chapa de un botellín de zumo de cebada. Pero que nadie se confunda, porque a pesar de su aparente simpleza era de una eficacia probada y, más importante aún, segura de manipular. De hecho, podía incluso estar montada en el proyectil sin problemas antes de que llegara el momento de abrir fuego, como veremos a continuación. Sus dimensiones eran de 41 mm. de diámetro y apenas 11 mm. de grosor, y estaba fabricada con una aleación de plomo y estaño. Como vemos en las dos imágenes de la derecha, tenían una escala que iba desde 1 a 5,25 segundos en fracciones de ¼ de segundo. La de la derecha correspondería a la copia del ejército de los malvados rebeldes esclavistas, que las fabricaban con un retardo de hasta 5,5 segundos. Las dos muescas cuadradas que vemos en su superficie eran para ajustar el útil de apriete.

A la derecha podemos verlo, si bien había distintos modelos con empuñaduras diferentes. En este caso se trata de una llave de bronce obtenida mediante fundición en cuyo extremo tenemos la "copia en negativo" de la cara superior de la espoleta. Ojo, esta herramienta no era para regular el tiempo de retardo, sino solo para atornillarla al proyectil, haciendo que quedase firmemente asentada en una arandela de cuero que hacía de separador con el orificio por el que se comunicaba el fuego de la espoleta a la carga del proyectil una vez consumido el tiempo deseado.

Para marcar el tiempo de retardo bastaba con perforar la escala de la espoleta en la marca del tiempo que se considerase oportuno. Para ello se hacía uso del punzón que vemos a la derecha, al que bastaba un simple golpe en el champiñón de bronce del extremo para abrir una pequeña hendidura en la carcasa de la espoleta. Recordemos que al ser de una aleación de plomo y estaño era un material dúctil y fácil de penetrar, y más con un punzón de acero como el que mostramos. El orificio en cuestión solo se practicaba con el proyectil a punto de ser cargado para evitar accidentes y despistes que podían costar un disgusto aún más gordo que si un cuñado nos localiza la colección de películas cochinas que guardamos como Yahvé guardó al pueblo de Israel de la ira del faraón.

Bien, una vez perforada la escala en la marca del tiempo deseado, veamos la secuencia de ignición paso a paso. En la figura A vemos el interior de la espoleta, que consistía simplemente en una acanaladura con forma de herradura que contenía la substancia incendiaria. En un extremo el canal comunicaba con el orificio central que daba paso al interior del proyectil. En la figura B tenemos la chispa que acaba de prender en el mixto a través de la hendidura que se ha practicado en la carcasa de la espoleta, en este caso 2,5 segundos de retardo. La figura C muestra como la substancia incendiaria empieza a arder en ambas direcciones. Por el lado derecho llegará al final de la acanaladura sin mayores consecuencias, pero por el lado izquierdo podrá alcanzar el orificio central tal como vemos en la figura D. En ese momento, el fuego del mixto pasará por el mismo y prenderá la carga del proyectil, provocando su explosión.

Este tipo de espoleta fue empleado sobre todo en proyectiles esféricos ya fuesen granadas o metralleros como el que mostramos a la derecha, así como en botes de metralla. Podemos ver la carcasa del proyectil con el alojamiento en la parte superior para la espoleta con un paso de rosca de 12 hilos por pulgada. A continuación, en color marrón, aparece la arandela de cuero que actuaba como separador y, finalmente, la arandela con el orificio de comunicación que, además, actuaba como tapón para la carga y la metralla. Se trata de un simple tornillo de ojo de serpiente con su orificio en el centro sin más historias. La carga consistía en un tubo de estaño relleno de pólvora, y la metralla eran balas de fusil de calibre .65. Para inmovilizarlas se llenaba la carcasa de asfalto que, una vez solidificado, mantenía las bolas en su sitio. Finalmente se introducía el tubo con la carga y se sellaba con el tornillo. A partir de ahí solo restaba montar la espoleta.

Como conclusión, añadir solo que se fabricaron también unas espoletas más sofisticadas con mecanismos combinados de retardo e impacto, concretamente la Sawyer y la Schenkl, pero de esas ya hablaremos otro día. Así mismo, dejamos para otra entrada la evolución que siguieron las espoletas tipo Hotchkiss, Parrot, etc. en los años siguientes, que para ser viernes ya me he enrollado bastante.

Bueno, criaturas, ahí queda eso. Espero que sorprendan a sus cuñados cuando les den la murga con el último vídeo que han colgado en Youtube sobre la Guerra de Secesión.

Hale, he dicho