jueves, 11 de febrero de 2016

Monografías: el SCUTUM romano. Evolución 3


Bajorrelieve de Croy Hill, datado hacia el siglo I d.C. Se
lo considera un fragmento de un cipo funerario, y muestra
a tres legionarios equipados con la tipología más conocida:
el escudo semi-cilíndrico
Con lo que hemos ido viendo a lo largo de las dos entradas anteriores ya hemos cubierto el desarrollo del SCVTVM en todas sus variantes desde que los comienzos de Roma hasta finales de la República en el siglo I a.C. Fue precisamente en esa época, hacia mediados del reinado de Augusto, cuando el escudo oval que durante tanto tiempo había protegido a los ínclitos ciudadanos de Roma empezó a ser poco a poco relevado por una nueva tipología que, como ya comenté al inicio de esta monografía, es la que generalmente conoce todo el mundo. Aunque los autores de la época no nos legaron ningún testimonio acerca de los motivos de este cambio, tampoco hace falta echarle mucha imaginación para darse cuenta de ello. 




A mi entender es algo bastante simple: el escudo oblongo dejaba demasiados espacios libres por donde las armas enemigas podían colarse cuando las cohortes adoptaban determinadas formaciones de nueva creación. De hecho, una testuda formada con escudos oblongos era mucho menos densa que una formada con el nuevo modelo, y por mucho que apretasen las filas para intentar solaparlos y cubrir el máximo posible los huecos, nunca llegarían a la masa compacta de una barrera o una formación realizada con escudos rectangulares. Basta echar un vistazo a la imagen de la derecha para comprenderlo en un periquete: la testuda inferior es impenetrable, mientras que la formación superior de escudos ovales tiene tal cantidad de resquicios que una lluvia de flechas enemigas harían blanco con toda seguridad en más de un legionario.


A la izquierda tenemos una recreación del tipo más primitivo. Como vemos, aún conserva la SPINA, si bien ya no es de madera, sino metálica. Conserva igualmente cierto abombamiento en los laterales, y su curvatura es más acusada que en los escudos oblongos. Un detalle significativo fue la aparición normalizada de motivos decorativos, generalmente a base de alas, rayos y crecientes, así como cuernos de unicornio y coronas de laurel. La opinión más generalizada es que cada legión adoptaba un diseño en concreto, y lo que variaba era el color de fondo según la cohorte. No obstante, no hay certezas al respecto, y son más bien conjeturas de las que los obsesos en la materia llevan décadas debatiendo. Por otro lado, y esto sí se sabe con seguridad, esta tipología era menos pesada que sus colegas ovales. Obviamente, el escudo ganó en superficie, por lo que se convertiría en un trasto enormemente pesado y nada manejable, así que variaron su sistema de fabricación y lo hicieron menos grueso, de forma que se pudieron rebajar unos 2,5 kilos sobre el modelo anterior, quedándose en los 7,5 kilos de media. Su altura oscilaba por los 100-105 cm., y su anchura entre 80 y 90 cm., más que suficientes para cubrir a un hombre desde las rodillas hasta la cara. Por cierto que esta disminución de peso implicó, como es lógico, una estructura menos compacta, por lo que se hizo necesario reforzar el reverso del escudo con listones distribuidos de la forma que vemos en la ilustración superior.


La evolución del modelo anterior dio como resultado los escudos que vemos a la derecha, en los que el abombamiento lateral desapareció definitivamente para acabar con una morfología rectangular. Este escudo, creado durante el siglo I d.C., fue el modelo que perduró hasta la aparición de los grandes escudos ovalados y circulares de las postrimerías del Imperio. Además del estrechamiento experimentado en sus laterales, se aligeró aún más de peso, quedando en solo 5,5 kilos según las reconstrucciones que se han realizado de este tipo de escudo. De ahí que precisara aún de más refuerzos para mantener una estructura lo más sólida posible en forma de esos ángulos de bronce que aparecen en cada esquina. Además, el grosor dejó de ser uniforme para pasar a tener una sección más gruesa por el centro y más delgada por los extremos, lo que favorecía la elasticidad de la pieza y, por ende, una mayor facilidad para absorber golpes. Por lo demás, podemos ver dos diferencias en la instalación del umbo: en la figura A aparece con las solapas embutidas en la estructura lígnea del escudo, mientras que en la figura B tenemos la configuración convencional, remachado en la superficie del mismo. Durante esta época prevalecieron los umbos circulares y rectangulares tanto de hierro como de bronce. Por último, señalar que, según se aprecia en la figura B, en aquella época ya se consignaba el número de la legión en unas pequeñas cartelas situadas en los laterales.


Lógicamente, al igual que sus ancestros, estos escudos también eran protegidos por fundas de cuero como las que vimos en las entradas anteriores, si bien con algunas particularidades. La más significativa fue la adición de elementos identificativos, especialmente en lo tocante a la legión donde servían sus usuarios. De ahí que, tal como vemos en la ilustración de la izquierda, se colocara una cartela en la parte superior de la funda donde figuraba, pintado o repujado, el número de la legión. Las dos correas que penden bajo dicha cartela era para mantener la funda enrollada cuando no se usaba.


Pero no solo se empezó a utilizar la cartela antes mencionada, sino también determinados motivos en la parte de la funda que cubría el umbo y que podemos ver en la figura de la derecha. Por un lado, según se aprecia en el detalle superior, algunos optaban por pintar el animal o símbolo propio de su unidad. Otros se conformaban con poner su nombre, que ya sabemos que chorizos ha habido, hay y habrá en todos los ejércitos de todo el mundo. Recordemos que mucho antes ya se acostumbraba a poner el nombre en el escudo, así que debieron surgir cacos de fundas y hubo que coser un parche con el nombre del dueño de la misma, por si las moscas.


En lo referente a las demás unidades o tipos de tropas del ejército romano, básicamente siguieron utilizando los mismos modelos de siempre. En el caso de los porta insignias y los músicos, permanecieron fieles a sus PARMÆ durante toda la época del principado y el imperio. Un buen testimonio gráfico lo tenemos a la izquierda. Se trata de la lápida de un tal Aurelio Suro, un BVCINATOR que sirvió en la LEGIO I ADIVTRIX PIA FIDELIS. La lápida está datada hacia el 210 d.C., cuando el buen Aurelio dejó de soplar su bocina para largarse en compañía de sus parientes, sus dioses lares y manes y, naturalmente, sus cuñados, con apenas 40 años de edad. Como se puede ver en el bajorrelieve, junto al difunto aparece su PARMA, muestra de su condición de músico junto con la bocina que porta apoyada en el hombro izquierdo.


Los que también permanecieron invariables fueron los CLIPEI utilizados por las unidades de caballería y las tropas auxiliares, tanto a caballo como de infantería. El que aparece en primer lugar corresponde a los auxiliares bátavos que combatieron en la batalla del Monte Graupius, celebrada en el 84 d.C. Como vemos, en aquella época las tropas auxiliares también habían tomado la costumbre de adornar sus SCVTVM. El otro ejemplar pertenece a una tipología menos conocida pero que también estuvo en uso entre este tipo de tropas, así como en la caballería regular. Como vemos, es de forma rectangular y de dimensiones similares a su colega ovalado. El reverso lo he recreado conforme a un escudo de este tipo hallado en Doncaster (Inglaterra), que tiene la peculiaridad de que la manija está colada en sentido vertical, en una pletina de bronce que, además, sirve como refuerzo a la estructura del escudo. Estos ejemplares, como era norma en los CLIPEI, eran planos. ¿Qué por qué no usaban los AVXILIORVM los mismos escudos que la infantería regular? Pues muy fácil: porque los CLIPEI eran más baratos de fabricar, y para eso los AVXILIORVM no eran ciudadanos romanos. De hecho, mientras que dichos ciudadanos usaban yelmos de hierro, los auxiliares se tenían que conformar con los de bronce, así que ya vemos que eso de las clases lo tenían muy acendrado. 


Así permanecieron las tipologías en servicio hasta mediados del siglo III d.C., cuando retornaron los escudos ovales y circulares que hacía tanto tiempo habían sido relegados al olvido. La razón no podía ser otra que la introducción de nuevas técnicas de combate para las que estos eran más adecuados. Durante ese tiempo, la única variación significativa que sufrieron los escudos semi-cilíndricos fue la sustitución de las cantoneras de bronce por otras de cuero crudo pero, por lo demás, su aspecto siguió siendo el mismo. A la izquierda tenemos un bajorrelieve de un cipo funerario datado hacia el siglo III d.C. en el que vemos a su espalda un escudo ovalado, muestra palpable de que, en aquella época, ya estaban de nuevo en servicio. El difunto es Aurelio Justino- por lo que se ve, los Aurelios caían como moscas- un legionario de la LEGIO II ITALICA que palmó heroicamente cuando combatía contra los malvados dacios. No obstante, hubo un tiempo en que convivieron ambos tipos de escudos hasta que, de forma definitiva, se eliminó el rectangular en favor de los ovales y circulares. Pero eso lo veremos en la siguiente entrada, que ya me he enrollado más de la cuenta.

Hale, he dicho



Como podemos ver, el escudo semi-cilíndrico podía formar barreras muy compactas que eran muy difíciles de franquear
por los enemigos. De hecho, los escudos que usan muchas unidades de policías anti-disturbios de diversos países son
similares a estos, y siguen usando técnicas muy parecidas para detener en seco o cerrar el paso a los amotinados de turno

martes, 9 de febrero de 2016

Monografías: el SCUTUM romano. Evolución 2


Bien, hoy toca, como salta a la vista por la ilustración con que encabezamos la entrada, la insigne caballería. Este cuerpo, que inicialmente se nutría con la aristocracia romana debido al alto costo de la montura y su mantenimiento- recordemos que los miembros del ejército debían costearse su equipo en aquellos tiempos- también se preocupó de buscarse un escudo adecuado a sus necesidades y a su forma de combatir que, como ya podemos suponer, no tenía nada que ver con la de la infantería. Un jinete debía enfrentarse a los enemigos procurando en todo momento ofrecer su costado izquierdo y, para no caer escabechado a las primeras de cambio, debía disponer de un escudo lo suficientemente grande como para cubrir su persona al máximo. Debemos tener en cuenta que estos EQVITIS montaban sin la ayuda del estribo, por lo que su estabilidad en la silla no era la que tenían los caballeros medievales. Además, la mínima protección que les ofrecían sus lorigas, que no llegaban más allá de la cintura, los hacía especialmente vulnerables.


De esto no tardaron mucho en darse cuenta de que sus primitivos escudos no daban la talla a la hora de combatir. Se trataba de unas adargas circulares fabricadas con piel de buey que eran denominadas como POPANVM por su similitud con unos pasteles del mismo nombre usados en sus sacrificios rituales. Estos escudos, al parecer de origen sabino, carecían de la resistencia adecuada para ir por ahí conquistando el mundo, así que, según Polibio, fueron desechados por modelos de origen griego, más robustos por estar fabricados con madera y cuero si bien no especificó en qué momento tuvo lugar el cambio de tipología. En la ilustración superior podemos ver la apariencia de estos escudos. El bajorrelieve representa al caudillo sabino Metio Curtio cayéndose de cabeza con su penco en una zona pantanosa donde, según la leyenda, luego surgió el lago Curtio. La escultura permite apreciar con detalle el aspecto de su POPANVM, con la zona central en bajorrelieve y una cabeza de Gorgona pintada en la misma. Al lado tenemos una reconstrucción en la que quizás se puedan ver mejor los detalles. 


Por cierto que este tipo de escudo gozó de una breve reaparición hacia finales de la República según el testimonio que ofrece ese bajorrelieve, perteneciente al monumento funerario de un EQVES que cruzó la Laguna Estigia camino al Averno en Tesalónica, hacia tiempos de Augusto. La escena muestra al difunto con un crío- su hijo o un joven esclavo- portando el POPANVM en plan escudero, mientras que su caballo se puede ver a través de una ventana. No obstante, puede que esta tipología fuera retomada más bien con meros fines ornamentales, votivos o para paradas y desfiles varios. Y a todo esto, la POPANVM era una especia de torta que se elaboraba a base de harina, queso y miel, y digo yo que si la ofrecían a los dioses no debía estar mala porque es de todos sabido que Júpiter y compañía gastaban muy mala leche cuando se cabreaban, y más si les ofrecían viandas u ofrendas asquerosillas.


Prosiguiendo con el sustituto de la POPANVM, a la izquierda tenemos la PARMA que tomó el relevo a la misma. Su anverso presenta la misma SPINA que sus colegas de infantería, pero en este caso no sirve para alojar la mano que empuña el escudo ya que, como vemos en la imagen del reverso, el sistema de agarre es el mismo que el de los aspis: una abrazadera de bronce y una manija de cuero. Esta PARMA sigue el sistema de construcción que se impuso desde aquella época, a base de listones pegados y cubiertos con cuero para darle consistencia. Sin embargo, estas pequeñas rodelas solo cubrían el tronco del jinete, quedando sus piernas expuestas a los golpes de los enemigos, así que pronto tuvieron que volver a cambiar de escudo porque eso de regresar a casa con una pierna de menos no resultaba nada atrayente al personal.


Así pues, parece ser que se inclinaron por un enorme escudo de origen galo como el que muestra el jinete de la de foto de la derecha, presente en la decoración de una crátera datada en la primera mitad del siglo IV a.C. que se conserva en el Museo de la Universidad de Leipzig.  Como vemos, se trata de una pieza de generosas dimensiones, de forma oblonga y provista de una SPINA vertical aparte de una serie de figuras decorativas. El escudo, gracias a su gran tamaño, no solo cubre el tronco y la pierna izquierda del jinete, sino incluso los ijares de su montura. Y como en este caso no precisaba que tuviera la habitual curvatura de los modelos de infantería ya que solo se requería cubrir una parte del cuerpo, la sección del escudo era completamente plana, morfología esta que se mantuvo a lo largo del tiempo sin variaciones de ningún tipo en ese sentido.


Y ahí tenemos el resultado: el CLIPEVS, el que sería durante siglos el escudo reglamentario de la caballería romana. De hecho, perduró hasta la extinción del imperio sin apenas modificaciones salvo las concernientes a la decoración de los mismos que, como sabemos, fueron variando a lo largo del tiempo. Según podemos apreciar, se trataba de un escudo plano de forma hexagonal u oblonga, enteramente rodeados por una cantonera de bronce que los preservaba de los daños propios de la batalla y el uso cotidiano. En el centro estaban provistos de un umbo de hierro o bronce, y la sujeción se llevaba a cabo mediante una simple manija, lo que no ha dejado siempre de llamarme la atención por el hecho de que, en ese caso, los jinetes debían empuñar su escudo y las riendas con la misma mano, y ello sin la ayuda de un tiracol como los usados en la Edad Media. Soy de la opinión de que es posible que la usaran aunque no haya testimonios gráficos de ello, y más si tenemos en cuenta que los CLIPEI, como todos los escudos romanos, estaban provistos de dos anillas para la correa de transporte que, en este caso, bien podrían hacer las veces de tiracol.


El sistema de fabricación de los CLIPEI era el mismo que se empleaba con los demás modelos de infantería, por lo que debía ser muy pesado, sobre todo a la hora de manejarlo a lomos de un caballo, motivo este por el que, como antes comentaba, me inclino a pensar que usaban un tiracol o incluso un sistema de empuñe basado en el aspis, con abrazadera y manija. Sea como fuere, no hay constancia del aspecto que tenían el reverso de estos escudos, así que nos quedaremos con las ganas de saberlo a ciencia cierta. Por lo demás, al igual que sus hermanos de armas, los CLIPEI disponían de una funda de cuero para preservarlos durante las marchas y los acantonamientos. En este caso, la reconstrucción que he realizado está basada en la que hizo Connolly, que a su vez se basó en los restos de una funda hallada en Valkenburg y que recreó con una abertura para el umbo. A mi parecer, lo que le ocurrió es que perdió el parche de cuero que cubría el umbo, y no que fuera descubierto. Colijo que lo lógico sería que esa pieza, precisamente por su vulnerablidad a la lluvia y los ambientes húmedos cuando estaba fabricada de hierro, debía estar también cubierta. Por otro lado, dicha abertura permitiría la entrada de agua, perjudicando el resto del escudo, de ahí que haya recreado una funda completamente cerrada por el anverso.


En lo tocante al transporte, los EQVITIS al menos se libraban de cargarlo sobre sus sufridos lomos durante las marchas. Según Josefo, la costumbre era llevarlos colgando terciados en el lado izquierdo de la silla, pendiendo de la misma por los cuernos de ese ladode la misma mediante una correa de cuero de la forma que vemos en la figura A, o bien bajo el sudadero, tal como aparece en la figura B. Cabe pensar que la primera forma se adoptaba cuando había cierto peligro y era posible tener que recurrir al escudo en cualquier instante ya que esa manera de llevarlo no debía ser cómoda, reposando sobre la pierna del jinete, o bien en caso de ir el EQVES caminando junto a su montura. La que hemos visto en la figura B sería la ideal para marchas o traslados por zonas no hostiles ya que al ir bajo el sudadero no estorbaba la pierna en ningún modo. En todo caso, estas dos formas de transportar el escudo aparecen en diversas escenas de la Columna de Trajano, por lo que no puede haber duda de que hayan sido habituales en la caballería romana.

Bueno, se acabó por hoy. 

Hale, he dicho

Monumento dedicado a Lucio Emilio Paulo, datado hacia el 167 A.C., en el santuario de Apolo de Delfos que conmemora su aplastante victoria sobre los macedonios en la batalla de Pidna. En el bajorrelieve se puede ver
como un EQVES porta una PARMA provista de SPINA como el que presentamos más arriba. El hecho de aparecer esta en posición horizontal es lo que nos permite deducir su sistema de agarre a base de abrazadera y manija. Su fuese solo
la manija habitual similar a la del CLIPEVS, la SPINA aparecería vertical.



lunes, 8 de febrero de 2016

Monografías: el SCUTUM romano. Evolución 1


Fragmento del altar de Domicio Enobarbo, datado en el
siglo I a.C., que muestra el tipo de escudo usado en tiempos
de la República por la infantería romana
Cómo odio los lunes, carajo... En fin, prosigamos. 

Según vimos en la entrada anterior, los probos ciudadanos de la ínclita Roma acabaron adoptando un tipo de escudo de origen samnita según la opinión más extendida. Su morfología podemos observarla en la imagen de la izquierda, en la que aparecen dos legionarios portando sendos escudos de forma oblonga provistos de una SPINA central idéntica a la del escudo trapezoidal que mostramos en la entrada anterior. Obviamente, los romanos tomaron la idea del ejemplar samnita para, a continuación adaptarlo a sus necesidades en función de la forma de combatir de sus legiones. Veámoslo por partes:



A la derecha tenemos una reconstrucción del mismo con las proporciones de la descripción que Polibio hizo del escudo reglamentario, en la que especificaba que se trataba de una pieza convexa con una altura de 118 cm. y una anchura de 74. La curvatura era de 10 cm. La cara externa se cubría primeramente con lienzo, y después con piel de vacuno. Según podemos observar, está provisto de un umbo metálico y de SPINA, si bien inicialmente dicho umbo, tal como se aprecia en los del altar de Domicio Enobarbo, era una pieza de madera.



A la izquierda tenemos una figura que muestra una vista en sección de ese tipo de umbo el cual, junto a la SPINA, formaba un conjunto de tres piezas. Obviamente, la madera no podía ofrecer una protección similar a la que proporcionaban el bronce o el hierro, y de ahí el fabricar umbos de metal que cubrieran el de madera y cuyo aspecto podemos ver junto a la figura anterior, así como su apariencia una vez colocados en el escudo. Además se añadieron dos protecciones en los bordes superior e inferior en forma de cantoneras de bronce remachadas al escudo. La finalidad de estos añadidos estaba muy clara: el superior debía protegerlo de los tajos de las armas enemigas, y el inferior del uso cotidiano cuando se apoyaba en el suelo, a lo que convendría tal vez añadir que, aunque no estaba concebido para ello, podría también servir para golpear las canillas o los pies de los enemigos. El borde metálico unido al peso del escudo garantizaría, además de un berrido atroz por parte del damnificado, una fractura de tibia que dejaría fuera de combate al más pintado. Por lo demás, disponía de dos anillas en el reverso donde se fijaba una correa de transporte la cual debía ser eliminada a la hora de entrar en combate, ya que no se aprecia la misma en las representaciones artísticas que han llegado a nuestros días.


Relieve que muestra a los llamados
"Guerreros de Estepa", aparecido
en esa población sevillana. Ambos
portan sendos escudos de época
republicana sin decoración
En lo referente a la decoración de estos escudos hay división de opiniones. Vegecio afirmaba que cada cohorte pintaba diferentes signos en sus escudos, y que cada legionario ponía en el reverso su nombre, así como el número de cohorte y centuria donde servía. Este último detalle ha sido tenido en cuenta en la recreación que vimos más arriba. No obstante, Polibio, que se molestó en hacer una descripción tan detallada del escudo de infantería romano y además era contemporáneo al mismo, no mencionó nada respecto a cuestiones decorativas. Por otro lado, Sexto Julio Frontino narraba una anécdota según la cual Escipión  el Africano, durante el cerco a Numancia, se quejaba de como un legionario había decorado primorosamente su escudo mientras que no había prestado tanta atención a su espada. Obviamente, eso no demuestra que esa práctica fuera común y, en todo caso, a mi parecer, lo más lógico es que se pintara la cubierta del escudo de determinados colores en función de la unidad con meros fines identificativos, pero sin adornos de ningún tipo. Sea como fuere, en la reconstrucción que he hecho de esta tipología me he permitido poner una cabeza de Medusa y que cada cual opine lo que tenga a bien porque, de momento, nadie puede afirmar nada al respecto en un sentido u otro.


Bien, cuestiones estéticas aparte, la cosa es que el legionario del período republicano estaba equipado con un escudo concienzudamente fabricado- de eso ya hablaremos en su momento-, diseñado para dar un rendimiento óptimo y, aunque manejable, muy pesado precisamente por el sistema de elaboración seguido. En reconstrucciones llevadas a cabo por Connolly inspiradas en el único ejemplar original de la época (imagen suprior), hallado en 1900 en Kasr al-Harit (Egipto), se ha concluido que pesaba unos 10 kg., que no es moco de pavo. Hablamos de un escudo de 128 cm. de alto por 63,5 de ancho que los sufridos legionarios debían acarrear permanentemente sobre sus personas colgado en la espalda con la correa de transporte cruzando horizontalmente el pecho, o empuñado por la manija cuando entraban en combate, lo que nos indicaría que estos hombres poseían una fuerza notable gracias al constante ejercicio. Si alguien lo duda, que se ponga a hacer filigranas con una bombona de Butano vacía, que pesa 12,5 kilos, y nos cuente qué nota en el brazo al cabo de solo cinco minutos. 


¿Cómo poder manejar con soltura un escudo tan pesado? Según Vegecio, entrenando al personal con escudos fabricados con trenzados de ramas de sauce que pesaban el doble de uno normal, o sea, manejando un escudo de unos 20 kilos nada menos. Cabe suponer que estos sujetos debían tener unos brazos similares a los del increíble Hulk ese, porque manejar un trasto de ese peso solo con el esfuerzo de la muñeca y la presa de la mano izquierda no creo que sea apto para el hombre moderno. Además, Vegecio añade que el entrenamiento con dicho escudo, así como con una espada de madera también el doble de pesada que un gladio normal, se llevaba a cabo dos veces al día, por la mañana y por la tarde. En la figura superior hemos recreado un escudo de entrenamiento que, como vemos, consta de un entramado de ramas finas con una cubierta de cuero cosida al mismo. Para sujetarlo va provisto de una rudimentaria manija atada a la estructura de ramas ya que, obviamente, aquí no se podrían usar remaches.


Bien, este era el escudo reglamentario de la infantería hasta el siglo I a.C. No obstante, como ya se anunció en la entrada anterior, no era el único modelo en uso. Los músicos y los porta insignias de cada legión estaban exentos de acarrear por los vastos dominios del imperio el enorme y pesado escudo de sus camaradas ya que bastante tenían con ir cargados con sus instrumentos y las insignias de cada unidad. Así pues, y para no quedar indefensos, estaban equipados con una PARMULA, una pequeña rodela como la vemos en la ilustración superior. Las PARMULÆ, según se ve en las fotos de la derecha, pertenecientes a la Columna de Trajano, las transportaban colgadas en el costado izquierdo, bajo el brazo. Eran piezas bastante ligeras en comparación con sus hermanos mayores, estando fabricadas con listones de madera recubiertos de cuero. Todo el escudo está canteado con bronce para reforzarlo de cara a los golpes de los enemigos, así como para darle más solidez al conjunto. El ejemplar recreado en la imagen corresponde a la época de César, y en el centro presenta un umbo circular fabricado de hierro que permitía asestar demoledores golpes en las jetas enemigas durante los cuerpo a cuerpo. En este caso sí procede decorar el anverso del escudo ya que en esa época se había generalizado esa costumbre. Las alas y los rayos eran por lo general símbolos bastante recurrentes en aquel período, así como añadir el nombre, el número o el animal que representaba a una determinada legión.


Concluiremos la entrada de hoy haciendo mención a las fundas protectoras que se usaban para preservar los SCVTA de las inclemencias del tiempo y la suciedad durante las marchas y los acantonamientos. Los romanos, gente pragmática hasta la médula, tenían claro que un escudo no era precisamente barato, y que había que preservarlo todo lo posible salvo cuando llegaba la hora de combatir. Para ello, eran guardados en unas fundas de cuero que cubrían todo el anverso y se cerraban en el reverso mediante un cordón pasado por un dobladillo, y bien embadurnadas con grasa animal eran totalmente impermeables. En la ilustración vemos dos reconstrucciones de estas fundas. La de la izquierda corresponde a la de una PARMULA, mientras que la de la derecha muestra la parte trasera de un escudo de infantería. Todas las fundas eran iguales, o sea, el mismo tipo para todos los SCVTA, adaptándose solo a su forma.

Bueno, para ser lunes abominable ya me he enrollado bastante. Mañana sigo, que aún queda bastante por contar.

Hale, he dicho


Ciudadanos recreacionistas ambientados en la época de la República. La foto nos permite tener una clara idea del
generoso tamaño que alcanzaban sus SCVTA, así como el elevado nivel de protección que proporcionaban a las tropas.


domingo, 7 de febrero de 2016

Monografías: el SCUTUM romano. Orígenes




Por regla general, cuando se hace referencia al escudo usado por las legiones romanas lo primero que se viene a las mentes del personal es la conocidísima tipología semi-cilíndrica. De hecho, cualquiera que se deleitase en sus años jóvenes con las maravillosas aventuras de Astérix, Obélix y los irreductibles galos de su aldea en la Armórica conoce esos escudos y, ciertamente, los personajes creados por René Goscinny y Albert Uderzo han servido para difundir entre la chavalería multitud de detalles que, en muchos casos, incluso han sido un acicate para que cantidad de mozalbetes se afanen en aprender más sobre ese período de la historia. En cualquier caso, la cuestión es que esa tipología en concreto ni fue la primera, ni la única ni tampoco la más usada por las legiones, así que dedicaremos esta pequeña monografía a dar un repasillo a los entresijos de esta pieza de la panoplia romana que, sin duda, fue determinante a la hora decidir muchas de sus victoriosas campañas a lo largo y ancho de su vasto imperio.


Figurita de bronce datada hacia el
500 a.C. que representa un hoplita
etrusco. Como vemos, usa armadura
de lino, aspis y grebas. Solo los perso-
najes pudientes podían permitirse una
panoplia semejante.
Como es de casi todos sabido, el armamento usado por el ejército romano era un compendio de plagios. Gente práctica hasta la médula, no se preocupaban de inventar nada al respecto, prefiriendo adoptar las armas de las naciones enemigas que, a su parecer, podían serles de utilidad o darles un mejor rendimiento. El yelmo y la loriga eran de origen celta, la espada y el puñal de infantería eran hispanos, y el escudo primigenio estaba basado en los utilizados en el mundo helénico, de quienes los romanos fueron fieles herederos culturales en muchos aspectos. Porque, originariamente, los escudos empleados por la pujante tribu itálica- así como los samnitas, sabinos, oscos y etruscos- eran básicamente los mismos que los aspis usados por los hoplitas griegos, así como su forma de combatir en falanges, o sea, en orden cerrado. Sin embargo, en una sociedad en la que los ciudadanos eran llamados a las armas cuando era preciso y además tenían que costearse su propio armamento, solo los más pudientes podían permitirse el elevado costo que suponía adquirir un escudo al estilo griego. Por otro lado, debían procurar que el tipo elegido fuera lo más eficaz posible ya que, precisamente por su carencia de medios económicos, su protección dependería exclusivamente de su escudo al no poder pagar las corazas de bronce al uso en aquella época. 



De ahí que los menos pudientes se equiparan con escudos fabricados con madera y cuero, dejando de lado las láminas de bronce y las abrazaderas empleadas en los aspis griegos. Por otro lado, se buscaba que fuesen de un tamaño tal que les permitiese cubrir el máximo posible de sus anatomías para ofrecer el menor blanco posible a los enemigos ávidos de desparramar sus vísceras en el campo de batalla. Un ejemplo lo tenemos en la ilustración de la derecha, donde aparece una de las tipologías más primitivas, que podríamos datar hacia el 500- 400 a.C., y que correspondería a los usados por los ciudadanos más pobretones. Se trata de una pieza fabricada con listones de madera, posiblemente de sauce o álamo, pegados unos a otros y con una longitud de alrededor de 1 metro. Para darle consistencia al conjunto se ha reforzado por su cara interna con dos listones transversales, y ha sido forrado con una capa de cuero o lino fijada al escudo mediante pequeños clavos por el reverso del mismo. La pieza más significativa es el umbo central, fabricado con bronce y que protege la mano que empuña la manija, habiendo desaparecido la abrazadera típica de los aspis. Por último conviene señalar la imagen que ofrecemos del perfil de este modelo, que acusa una leve curvatura. El motivo de esta no es otro que aumentar la superficie a cubrir del cuerpo del portador del escudo ya que los aspis solo protegían de forma eficaz el costado izquierdo, quedando el derecho más expuesto y a merced de la defensa que le proporcionaría el escudo del camarada situado a su derecha. 


Pero como siempre ha habido clases, los ciudadanos con más medios económicos se procuraban piezas de más calidad, como es lógico. A la izquierda podemos ver un ejemplo que, al igual que el anterior, ha sido fabricado siguiendo el mismo proceso y con materiales similares. Sin embargo, su morfología y dimensiones son distintas, así como el umbo y la SPINA central que parte en dos la superficie del escudo. En este caso hablamos de una pieza hexagonal de un largo que permitiría cubrir a su portador desde las rodillas hasta el cuello aproximadamente, con un perfil curvado que tiende a envolverle. El umbo está provisto de una especie de cresta en el centro con la que el escudo ya no solo es un arma defensiva, sino también ofensiva. Un golpe en plena jeta podría dejar fuera de combate a cualquier enemigo aprovechando además el peso de este ejemplar y, para mejorar aún más su capacidad defensiva, el refuerzo vertical llamado SPINA tiende a desviar hacia los lados cualquier proyectil lanzado contra él: piedras, glandes, flechas o dardos. Esta SPINA, que se convirtió en una pieza característica de los escudos romanos hasta la aparición del tipo semi-cilíndrico, estaba fabricada con madera y se fijaba al escudo mediante clavos.

Según algunos autores, el origen de esta morfología estaba en los escudos usados por samnitas y sabinos, los irreconciliables vecinos de los romanos. Otros, por el contrario, afirman su naturaleza celta. Sea como fuere, la cuestión es que esta morfología se generalizó por sus incuestionables cualidades, pasando a ser el escudo normalizado de la infantería. A la derecha vemos un detalle de la misma procedente de una SITVLA de bronce que formaba parte del ajuar funerario de una tumba de la necrópolis de Arnoaldi, y está datada hacia el 450 a.C. Curiosamente, este ejemplo tan primitivo ya muestra lo que sería la panoplia habitual de los legionarios de siglos posteriores, formada por el yelmo, el escudo y dos jabalinas además de la espada. En este caso, dicho escudo es rectangular.


A la izquierda podemos ver una reconstrucción de otra tipología samnita basada en una descripción de Livio, en la que afirmaba que era el de uso habitual entre su infantería hacia el año 300 a.C. Se trata de una pieza trapezoidal en la que, a la vista de su estrecha SPINA, el agarre debía ser aún mediante abrazadera y manija según se aprecia en la imagen del reverso. El motivo de esta morfología obedece a un intento de aumentar la protección del pecho, mientras que su parte inferior más estrecha facilitaba al parecer el movimiento del combatiente. El origen de este modelo es incuestionable ya que aparece en diversas representaciones artísticas de la época, e incluso se puede ver en un bajorrelieve hallado en Venafro (Italia) datado hacia el 50 d.C. Dicho bajorrelieve representa a unos gladiadores samnitas, uno de los cuales porta un escudo de este tipo.


Con todo, los umbos se convirtieron en un complemento de las SPINÆ y fueron desde aquella época una parte inseparable de los escudos romanos hasta tiempos de Augusto. Como es lógico, la mano que empuñaba dichos escudos debía estar debidamente protegida para no tener que ver los dedos tomando camino por otro lado, así que se elaboraban piezas lo suficientemente sólidas como para resistir los desaforados golpes propinados por los bárbaros de toda índole y provistos de armas sumamente contundentes. A la izquierda tenemos varios ejemplos que corresponden a las morfologías habituales, siendo el primero de la izquierda de la fila superior el que se impuso en primer lugar entre los escudos de la infantería. Las aberturas situadas en los extremos superior e inferior tenían como finalidad dar cabida a la SPINA. En lo tocante a los materiales empleados, eran por norma el hierro y el bronce, obteniendo una única pieza mediante batido. La fijación al escudo se llevaba a cabo mediante remaches pasantes, lo que permitía su sustitución en caso de necesidad sin tener que complicarse mucho la vida.

Pero aparte de los umbos que hemos visto en el párrafo anterior, sin adornos de ningún tipo, en los museos se conservan bastantes ejemplares de otros sumamente lujosos, hallados en muchos casos formando parte de ajuares funerarios. Sus niveles de acabado y el delicado trabajo que presentan ha hecho pensar que se pueden tratar de piezas votivas o procedentes de escudos de parada como los utilizados por los EQVITES en sus alardes durante las ejecuciones de la HIPPIKA GYMNASIA, opinión esta que me parece bastante creíble tanto en cuanto estas piezas están datadas en la época imperial, precisamente cuando tenían lugar estos ejercicios ecuestres. En la foto superior mostramos dos piezas a modo de ejemplo, demasiado elaboradas y caras para que cualquier dacio  o germano cabreados los chafaran bonitamente.

Como colofón a esta primera parte, que hoy es domingo y no estoy para darle mucho a la tecla, comentar un detalle acerca del término SCVTVM. Este palabro no se usaba para designar una tipología determinada, como muchos suelen creer, sino que era como denominaban de forma genérica a los escudos de la misma forma que hacemos nosotros, reservando determinados términos para tipos concretos como, por ejemplo, los broqueles, las tarjas o las adargas. Así pues, SCVTVM era como un romano llamaba a cualquier escudo, tuviera la forma que tuviera. Según Marco Terencio Varrón, el término deriva de la palabra SECTURA, que significaba cortado. Ello se debía a que los escudos se fabricaban con cantidad de madera cortada en piezas pequeñas- como ya veremos en su momento-, y jurovos que no seré yo el que discuta al insigne polígrafo.

En fin, vale por hoy. Mañana, más

Hale, he dicho


La foto es un buen ejemplo de como un uso inteligente del escudo lo convertía en un elemento defensivo de lo más
versátil. Esa muralla erizada de aguzados PILA era prácticamente infranqueable hasta para los germanos más
feroces hasta las cejas de farlopa.

martes, 2 de febrero de 2016

Bayonetas de cubo




Sí, ya sé que en su día se habló de las diversas tipologías de bayonetas incluyendo las de cubo. Sin embargo, no se explicó nada acerca de sus diversas morfologías, su proceso de fabricación, etc. Así pues, al grano, que para luego es tarde. Empezaremos con el proceso de fabricación, si bien conviene echar antes un vistazo a la ilustración de la derecha, en la que podemos ver los cuatro pasos necesarios para montar una bayoneta en el fusil. Como podemos apreciar, de arriba abajo, en primer lugar se emboca el cubo con el cañón y se desliza el punto de mira a través de la ranura. Una vez haga tope al final de la misma, se gira un cuarto de vuelta a derecha y se empujará de nuevo por la siguiente ranura hasta que, finalmente, quede bloqueado en el cañón. Mientras se mantuvo este sistema, las bayonetas debían quedar ancladas a un costado del cañón ya que la baqueta del fusil impedía otra disposición que no fuera esa.

En cuanto a su manufactura, como ya supondrán vuecedes, estas armas tenían menos mecanismos que un chupete. Básicamente, podemos decir que se componían de dos piezas: el cubo y la hoja. No obstante, algunos modelos tenían una argolla en la embocadura del cubo a modo de refuerzo, cerrando la ranura por donde entraba el punto de mira. Las bayonetas de cubo de aquella época, al carecer de resortes de retenida, debían encajar perfectamente en el cañón ya que, de lo contrario, se moverían constantemente e incluso podían desprenderse del mismo, lo que en plena batalla era muy irritante. En la ilustración superior tenemos los dos tipos de cubos más habituales. El de la izquierda es el más básico, y es un simple manguito con su ranura para el punto de mira sin más historias. Aunque era el menos fiable, muchísimos modelos reglamentarios en diversos países estaban fabricados con este sistema. El de la derecha presenta una argolla ovoidal denominada nariz, en cuyo interior tenía una entalladura o puente por donde entraba el punto de mira. De ese modo se impedía que el cubo, debido a su uso constante, se abriese, lo que haría aún más inseguro el armado de la bayoneta en el fusil. 

Por ese motivo se introdujo un nuevo sistema que podemos ver a la derecha. Además de la nariz se añadió una abrazadera o anilla con una morfología similar. Su finalidad era asegurar el punto de mira que, al pasar por el puente de dicha abrazadera, permitía el giro de esta, bloqueando de ese modo el cubo al cañón de una forma mucho más sólida y fiable. El tornillo que vemos en la abrazadera en cuestión no tenía otra finalidad que regular la presión de la misma para que permitiese el giro pero no que bailase sobre el cubo. O sea, que no era para quitarlo o ponerlo en su lugar ya que eso era imposible una vez unido dicho cubo a la hoja, ni tampoco para fijar de forma permanente la bayoneta al fusil. En la parte superior de la imagen podremos ver con más detalle la apariencia de la nariz una bayoneta que, en este caso, su puente presenta un corte con aristas. La forma del puente dependía de la sección del punto de mira, como es lógico.

No obstante, aunque lo habitual era que las ranuras de engarce fueran rectilíneas formando ángulos de 90º, algunos modelos usaban un sistema de ranura helicoidal, o sea, que obligaba a efectuar un suave giro de un cuarto de vuelta a la bayoneta durante la secuencia de armado en el fusil. A la izquierda tenemos un ejemplo, en este caso perteneciente al modelo 1854 del ejército austriaco que, además, dispone de una anilla encajada entre dos resaltes. Estos detalles evidencian que se trata de un arma muy bien terminada, y no como otras muchas que veremos más adelante que, la verdad, ofrecen unos acabados de lo más birrioso.

En esa otra ilustración vemos la secuencia de montaje de una bayoneta. El cubo y la hoja han sido forjados por separado, recibiendo cada pieza el temple adecuado. Al parecer, las hojas no se templaban en exceso, supongo que para impedir su rotura en combate a la vista del mal trato que recibían. De ese modo, antes de partirse se doblarían. Así pues, una vez terminadas las dos piezas se unían mediante soldadura. Algunos modelos presentaban en el codo una pequeña base como la que aparece en la ilustración para hacer la unión más sólida. Otras, por el contrario, tenían el codo unido al cubo sin más. La misión del codo no era otra que mantener la hoja a una distancia del eje axial del cañón que permitiera la recarga del fusil sin desollarse los nudillos más de la cuenta la atacar la carga con la baqueta. Por otro lado, se pretendía también preservar dentro de lo posible la hoja de los restos de pólvora que salían con el disparo. Recordemos que la pólvora negra es muy higroscópica y, por ese motivo, favorece la oxidación del metal.

En lo tocante a la sección de las hojas, la más frecuente fue por norma la triangular. La cara superior era siempre plana para que los dedos no se dañasen al cargar el arma, mientras que las dos caras inferiores podían ser lisas o con vaceos para aligerarla de peso y darle más resistencia. En el centro tenemos una bayoneta con la hoja de sección cruciforme, morfología esta que perduró en el tiempo hasta el siglo XX con, por citar un par de ellas, la Rosalie francesa y la del Mosin-Nagant ruso. Por último aparece una hoja de cuchillo convencional, perteneciente a modelo 1859 del ejército austriaco. Obviamente hubo algunos modelos más bastante escasos y que apenas tuvieron difusión, provistos de hojas con anchuras desproporcionadas o las formas más peculiares, pero en esta ocasión nos centraremos en las tipologías habituales.

En lo referente a las terminaciones, como ya comentaba más arriba, en muchos casos vemos ejemplares pésimamente acabados, con claras señales de las herramientas usadas para fabricarlas. Donde más se aprecia esta falta de cuidado es precisamente en la ranura del cubo, que suelen presentar las marcas de la segueta con que la cortaron, así como de la lima con que les dieron forma, si bien de manera muy burda. Los ejemplos que vemos a la derecha son una muestra palmaria de lo dicho. Pertenecen a modelos británicos y norteamericanos, y en los óvalos rojos se pueden apreciar perfectamente las marcas antes citadas. De hecho, las ranuras ni siquiera están bien alineadas ni tienen una anchura uniforme, así que no parece que se tomasen muy a pecho darle al producto final un acabado razonablemente decente. Del mismo modo, se ven incluso casos en los que el interior del cubo ni siquiera es cilíndrico, por lo que al pardillo que le tocase una de esas las pasaría putas para armarla en su fusil.

Por último, conviene mencionar las vainas. Puede que muchos den por sentado que las bayonetas de cubo iban siempre fijadas al fusil, pero no era así. De hecho, todas disponían de su correspondiente vaina y su tahalí, piezas estas que, como no salen en las películas, son prácticamente desconocidas. Sin embargo, según podemos ver en la foto de la izquierda, había modelos de diversos tipos. De hecho, la lista sería larguísima por lo que no me queda otra que mostrar solo esos ejemplos como más representativos. Las vainas solían fabricarse de cuero, y en algunos casos con brocal y contera de bronce. Unas, como la que aparece en segundo lugar por la derecha, iban cosidas directamente al tahalí, el cual quedaba unido al cinturón o disponían del suyo propio, en muchos casos fabricado de tela de lino tal como aparece la reconstrucción de la izquierda, ideado para portarlo en bandolera. Otras, como la de la derecha, tenían una presilla para fijarlas o quitarlas del cinturón con rapidez. En el caso de las fundas para las bayonetas españolas, se fabricaban de cuero con el interior de costillas de madera para  darles rigidez. Como guarniciones tenía una contera y un brocal provisto de botón para sujetarla al tahalí, de forma que su aspecto sería similar al modelo que aparece en el centro de la foto.

En fin, con esto queda explicado, si bien de forma somera, lo más básico de este tipo de bayonetas. No obstante, con lo dicho se puede abarcar prácticamente la totalidad de las tipologías más habituales, así que para cuestiones más enjundiosas ya hablaremos en mejor ocasión con más detenimiento sobre determinados modelos.

Hale, he dicho