lunes, 18 de marzo de 2019

Manual del buen suicida


La muerte de Séneca, al que le costó la propia vida, y nunca mejor dicho, largarse de este mundo. Primero lo intentó
cortándose las venas, pero no acertó y la hemorragia no era lo bastante copiosa. Lo intentó luego con cicuta,
pero le sentó estupendamente. Finalmente lo logró dándose un baño de vapor, lo que le provocó la asfixia por padecer asma.

Los que hayan invertido algo de tiempo en leer algo sobre la historia de Roma desde la República hasta los primeros tiempos del principado, habrán podido constatar que eso del auto-asesinato era una práctica relativamente frecuente. Catón, Séneca, Petronio, Marco Antonio, Bruto, Casio, Nerón, Otón... Sí, incluso hubo emperadores que decidieron, de mejor o peor gana, poner término a sus días por su propia mano. Obviamente, también habría suicidios entre las clases bajas y los esclavos, pero como esos no contaban para nada pues no ha quedado constancia de su inmolación unipersonal. El hecho de que a un plebeyo le diese un avenate al enterarse de que la parienta se la pegaba con HOGAZVS el panadero y se colgase en el corral, o que el esclavo PVTEATVS se rebanase el pescuezo harto de aguantar al paliza de su amo era algo totalmente irrelevante, pero no tenemos motivos para pensar que el suicidio era algo reservado solo a las clases pudientes. Pero vayamos por partes, porque en Roma eso de quitarse de en medio por la vía rápida no era un tema baladí...

Áyax suicidándose con la espada de Héctor a causa de su
locura por no haber obtenido las armas del peleida Aquiles
tras su muerte a manos de Paris. Por matarse, el atreida
Agamenón ordenó que en vez de incinerado fuera enterrado
Curiosamente, y a pesar de que Roma era heredera directa del mundo, la cultura y la religión helenística, no consideraban el suicidio de la misma forma. Entre los griegos, la autolisis era ante todo un grave pecado contra los dioses- mira por donde, igual que en el cristianismo-, y además una afrenta al estado y a la sociedad. Para ellos, la cosa estaba clarísima: los dioses habían creado a los hombres para que les sirvieran, ergo si se quitaban la vida estaban eludiendo su deber hacia sus creadores. Y lo peor es que, para colmo, los dioses se podían cabrear contra los congéneres del suicida y castigarlos por permitir que se matase; como es evidente, de esto podemos colegir que el hombre se debía a la sociedad en la que vivía, por lo que largarse por las buenas era considerado como una felonía contra sus semejante y contra el estado, algo similar a la traición a nivel militar. 

Platón, inventor del amor platónico a pesar de
su intransigencia con los pobres suicidas
Solo en circunstancias muy concretas se toleraba el suicidio, a saber: una, en caso de que un probo ciudadano sufriera una enfermedad incurable que le produjera terribles sufrimientos que, con los medios de la época, eran imposibles de mitigar, por lo que se consideraba lícito que abreviase el trámite. Esto se llevaba a cabo con cualquier veneno que actuase con prontitud para aliviar al enfermo de sus penurias a modo de eutanasia, que por cierto es un término procedente de las palabras griegas εὒ y θἀνατος (eu thánatos) buena muerte. La otra opción permisible era suicidarse en defensa del estado, que se consideraba lo mismo que palmar en combate. Pero, salvo en esas dos excepciones, el suicidio era de lo peorcito que podía cometer una persona y, de hecho, la sociedad se tomaba cumplida venganza por ello enajenando sus bienes. Platón afirmaba incluso que los suicidas no tenían derecho a unas exequias fúnebres ni señalar su lugar de reposo con lápidas o un mausoleo. Y para reforzar la idea de segregación del que había traicionado a los suyos provocando su propia muerte, se les debía incinerar o enterrar fuera de la ciudad y lejos de los cementerios donde yacían los que habían estirado la pata de forma honorable aunque fuesen abuelos occisos por una pulmonía invernal.

Arrojarse contra la propia espada estaba considerado como la forma más
aséptica de quitarse la vida y, por ser más dolorosa, la más viril
Bien, como hemos podido ver en esta introducción, el tema del suicidio estaba muy mal visto en Grecia. Los que lo llevaban a cabo se convertían en una especie de parias en estado difunto que solo merecían el desprecio de la sociedad. En Roma las cosas no llegaban a esos extremos y, por otro lado, los motivos para suicidarse de forma legítima eran más amplios. Otrosí, el suicidio no se consideraba una afrenta a los dioses, sino, en determinadas circunstancias, una elección tomada por motivos fundados, especialmente entre las clases altas de la sociedad. Por cierto que usaban infinidad de frases para dar a entender que uno se aliñaba a sí mismo, pero no tenían una palabra concreta para ellos como en nuestro caso, suicidio, a pesar de que su etimología es latina: SVI CÆDERE, matarse. Estos probos imperialistas se referían al suicidio como MORTEM SIBI CONSCIVIT (darse muerte), CONSCINCENDA MORS VOLVNTARIA (darse muerte de forma voluntaria), VOLUNTARIAM MORTEM (muerte voluntaria), etc. En todo caso, como decimos, en Roma se admitían más posibilidades de quitarse la vida sin por ello caer en la ira de los dioses y el desprecio del personal. Veamos pues qué métodos solían adoptar para largarse enhoramala al Averno...

La forma más abyecta y, seguramente, la habitual entre la plebe y los esclavos ya que no hay constancia de que ningún patricio la eligiese, era ahorcarse. Pero ahorcarse no solo eran una forma muy desagradable de palmarla, sino que conllevaba una serie de consecuencias post-mortem aún peores. Según las creencias de esta gente, todo aquel que moría sin tocar el suelo, o sea, la Madre Tierra, cometía un pecado terrible y no podía ser aceptado en ella tras la muerte. De hecho, esta creencia estaba extendida en otras religiones ya que, por ejemplo, es la forma de morir que elige Judas como castigo a sí mismo por su traición infinita contra Cristo. En la foto de la izquierda podemos ver un fragmento del lateral de un sarcófago en el que aparece el alevoso por antonomasia colgando de una rama con la bolsa con los 30 denarios de pago a su felonía bajo el cuerpo. De esta creencia procede igualmente la crucifixión como método de ejecución ya que, de ese modo, el reo moría sin estar en contacto con el suelo. Los muertos por ahorcamiento tenían vetado todo tipo de honras fúnebres, y el árbol en el que se habían colgado quedaba maldito. Para purificar tanto el árbol como el lugar se tenía la costumbre de colgar de sus ramas varias OSCILLA, unas pequeñas máscaras con forma de rostro. El palabro, según el visigodo Isidoro, proviene de OS (boca o rostro) y CILLERE (mover), o sea, eran caras que se movían, obviamente por la acción del viento al estar colgadas. 

Varios tipos de OSCILLA
Como dato curioso, añadir que el término oscilar proviene precisamente del OSCILLVM. Por lo demás, la horca era una forma infamante de morir, y no solo para los suicidas, sino también para los que eran ejecutados mediante ese sistema. De hecho, en algunas ciudades se especificaba que los cadáveres de los ahorcados debían ser retirados en un plazo de una hora a contar desde el momento en que se informaba del hallazgo del cuerpo, mientras que en otras se les negaba ser sepultados en los cementerios, e incluso se les arrojaba al Tíber como si fueran reos de alta traición. Para prevenir este espeluznante posibilidad, muchos suicidas preferían el estrangulamiento ya que, de ese modo, morían echando los bofes, pero en el suelo. Por ejemplo, el emperador Heliogábalo siempre llevaba encima varios cordeles para, caso de tener que darse boleta, hacer que un esclavo, liberto o militar le estrangulase y no tener así una muerte maldita. El mismo Gordiano I se estranguló con un cinturón tras ser derrotado por Capeliano en 238 d.C.

Marco Junio Bruto suicidándose tras ser derrotado en Filipos. En este caso
se trató de una muerte honorable ya que prefirió quitarse la vida antes de
caer prisionero en manos de sus enemigos
Por todo ello, las formas de suicidio entre las clases altas diferían del vil ahorcamiento, prefiriéndose el veneno, cortarse las venas o clavarse un arma. Entre los patricios se consideraban varios factores para legitimar el suicidio. Podía ser motivado por una derrota militar, como una forma de desagraviar el honor maltrecho si bien quitarse la vida por no sufrir una derrota sí era deshonroso. Para entendernos, si un militar era derrotado, prefería morir por su propia mano antes que sufrir la deshonra de volver a Roma con esa mancha. Pero si por el contrario optaba por matarse antes de luchar era considerado un mierdecilla indigno y, además, sus bienes eran confiscados, se le privaba de sepultura y su cuerpo era arrojado fuera del campamento para que quedara a merced de las alimañas, como vimos que se hacía en el caso de los desertores y traidores. Por ejemplo, César no tenía consideración con este tipo de suicidas, por lo que no dudaba en ordenar cortarles las cabezas y clavarlas en las PILA de sus tropas, paseándolas como trofeos ya que consideraba su suicidio como un acto de cobardía. Sin embargo, al militar que se mataba con dignidad y por mantener la honra de Roma podían celebrar sus honras fúnebres dentro de la ciudad mientras que en el caso de los anteriores debían ser fuera de las poblaciones. Igualmente se consideraba honorable elegir el suicidio ante la perspectiva de ser ejecutado por el enemigo, por lo que se daban casos de legionarios u oficiales que se apuñalaban mutuamente antes de ser apresados. 

Esto de acuchillarse unos a otros tenía su explicación, y es que era norma que la parte del cuerpo que causaba la muerte del suicida, en este caso la mano que empuñaba la espada, debía ser cortada y enterrada por separado. Por la misma causa, cuando no se trataba de un suicidio colectivo se ordenaba a un servidor que sujetase el arma para abalanzarse contra ella, o bien, como en el caso de Áyax, se clavaba la empuñadura en el suelo para, a continuación, arrojarse encima. Más de uno habrá visto en alguna peli como el aspirante a difunto hace que su liberto preferido le ayude a matarse, y puede que se piense que lo hacían así por falta de valor o decisión. Pero, como vemos, el realidad lo que se pretendía era que su cuerpo no fuera mutilado, porque pasearse manco por el mundo de Ultratumba eran tan desagradable como hacerlo en el de los vivos. 

Eros, en el suelo, suplica a Marco Antonio que lo mate antes de darse muerte
Otra forma de suicido legítimo era por lealtad. Matarse como muestra de amor y fidelidad a un cónyuge, un amigo o su señor era una muestra de espíritu abnegado y noble, para el que carecía de sentido permanecer en este mundo sin poder gozar de la compañía de ese ser querido. Hay mogollón de ejemplos, desde libertos que se suicidaban al mismo tiempo que sus antiguos amos a oficiales que se quitaban la vida si su comandante lo hacía previamente, como por ejemplo el caso de Marco Antonio, cuyo sirviente Eros se mató con la espada de su señor cuando este, tras no hacer caso de sus súplicas para que le diera muerte antes de suicidarse, se mató de mala manera, porque no palmó en el acto. Eros, desesperado, sí acertó de pleno. Otro ejemplo muy conocido de este tipo de suicidios fue el de Pompea Paulina, la mujer de Séneca que, al ver que su marido se quitaba la vida por orden de Nerón, no dudó en cortarse las venas. Sin embargo, enterado el enloquecido emperador de la intentona y no queriendo quizás cargar sobre su maltrecha conciencia una muerte más, envió a unos guardias para ordenar a sus esclavos que le hiciera unos torniquetes y salvaran su vida. 

Catón abriéndose la herida para eviscerarse. Puso empeño el hombre, las
cosas como son...
Otros casos de suicidio se dieron por mera disconformidad con el poder. Era una especie de reivindicación contra determinadas acciones o normas que el suicida consideraba como intolerables, por lo que antes de tener que soportarlas prefería quitarse de en medio. Quizás el caso más conocido sea el de Marcio Porcio Catón el Joven, que tras la victoria de César en Tapso decidió que no quería vivir en una Roma bajo el gobierno de un solo hombre. Catón, quintaesencia de los valores que representaban la República y el Senado, no concebía que Roma quedara en manos de alguien como César, que representaba para él todo lo contrario de sus ideales, así que se arrojó contra su espada, clavándosela en el vientre. No murió en el acto y su físico pudo recomponerlo como pudo, pero el pertinaz empeño de Catón hizo que nada más terminar la cura se arrancara las vendas y se sacase las tripas con sus propias manos. Las cosas como son, ya le echó cojones a la cosa.

El cadáver de Nerón yace inerte y solo. Su concubina Actea y una esclava
se hicieron cargo de su cuerpo, lo incineraron y depositaron sus cenizas
en el panteón de los Domincios para impedir que fuera profanado por la turba
Pero quizás lo que más impelía a los romanos de las clases altas a quitarse la vida era la deshonra. Desde Lucrecia, que se mató tras ser violada por Sexto Tarquino, los romanos de postín preferían la muerte a la infamia de verse sometidos a un proceso que podía acabar con su condena a muerte y, lo que era peor, saber que su cuerpo sería expuesto ante la plebe o, ya en tiempos de Tiberio, en las SCALÆ GEMONIÆ, las Escaleras Gemonías o Escaleras del Luto, un lugar cercano al foro donde acabaron los cadáveres de personajes otrora tan poderosos como Lucio Ælio Sejano, antiguo prefecto pretoriano de Tiberio condenado por traición, estrangulado y arrojado a las Gemonías durante varios días para que la plebe se desfogase con su cuerpo, tras lo cual fue arrojado al Tíber. Pero aparte de la terrorífica perspectiva de saber que su cabeza sería expuesta en el foro y su cuerpo despedazado por la chusma, los aristócratas que veían que el peligro de un juicio con pinta de acabar de mala manera era cosa hecha, optaban por suicidarse para que, según las leyes, sus bienes no fueran confiscados por el estado y su familia quedase en la indigencia. Por ello, cuando eran citados ante los tribunales se metían en la bañera con agua calentita y se hacían cortar las venas o llamaban a un cuñado para que sujetase un puñal mientras se fundía con él en un postrero y odioso abrazo. El mismo Nerón, cuando huía y vio que un piquete de guardias iba a darle caza, vio que no le quedaba otra si bien su falta de valor obligó a su liberto Epafrodito a hundirle un puñal en el cuello, no sin antes recordar a los presentes que el mundo perdería un gran artista.  Ah, y no olvidemos como Petronio, que ya estaba en el punto de mira de Nerón por estar supuestamente implicado en el complot de Pisón, optó por palmarla elegantemente, organizando un banquete por todo lo alto para despedirse de sus amigotes tras el cual se hizo cortar las venas, por lo que se evitó algo tan vulgar como acabar en las Gemonías, lo que hubiese ultrajado su sentido del buen gusto. 

En fin, dilectos lectores, así era grosso modo como el personal se auto-finiquitaba en Roma. Como vemos, había para todos los gustos. En todo caso, lo que considero como más determinante para la proliferación de tanto suicidio era el concepto de que no era un pecado terrible contra las divinidades, como ocurría con los griegos y ocurre con los cristianos y judíos. Unos dioses que no castigan atentar contra la propia vida no te mandaban al puñetero infierno, por lo que en muchos casos se vería más como una liberación que otra cosa. Ah, lo olvidaba... el suicidio como forma de eutanasia también estaba admitido como una muerte digna, debate este que, por cierto, llevamos manteniendo desde hace siglos sin que hasta ahora se hayan logrado aunar posiciones al respecto.

Bueno, ya'ta

Hale, he dicho

domingo, 10 de marzo de 2019

YELMOS VIKINGOS (Los de verdad)


Probos ciudadanos recreacionistas haciendo de cuñados vikingos cabreados. Como salta a la vista, en la imagen se
atisban menos cuernos que en un monasterio trapense

Bien, prosiguiendo con los protectores craneales de estos legendarios nórdicos dedicados al latrocinio como si de políticos se tratara, hoy veremos las diferentes tipologías de yelmos que usaban para impedir que las armas enemigas les dejasen la bóveda craneana severamente perjudicada. Como pudimos ver en la entrada anterior, las alas y los cuernos brillaban por su ausencia, y los yelmos al uso no diferían demasiado de los que se empleaban en otras zonas de la Europa altomedieval. Pero antes de entrar a fondo en la cuestión, hagamos un breve introito que nos permitirán entender mejor el motivo de algunos de los tópicos más propalados acerca de esta gente.

Rapiña, secuestro y asesinatos eran el resultado de
una visita de un félag de vikingos
Puede que muchos vean a los vikingos como una especie de raza aparte que surgieron de las tenebrosas tierras septentrionales de Europa movidos con el único fin de robar a mansalva para, tras rapiñar hasta el tuétano a sus víctimas, retornar en sus elegantes naves para repartirse el botín y gastarlo bonitamente a la espera de organizar otra incursión al año siguiente. A FURORE NORMANNORVM LIBERA NOS DOMINE, de la furia de los hombres del norte líbranos, Señor, salmodiaban los frailes en sus beaterios, los curas en las misas y la gente cuando veían que llegaba la primavera y, con el cambio de estación, una más que probable visita de mangantes embarcados deseosos de dejarlos en pelota picada. Pero la cosa es que, en realidad, antes de que vieran que el pillaje era una buena forma de trincar pasta, los vikingos ya se dedicaban a comerciar entre ellos y con las poblaciones situadas en las zonas costeras del Atlántico. Porque los vikingos no eran una nación en sí mismos, ni un estado gobernado por un monarca. Eran un amasijo de grupos tribales de raza nórdica dirigidos por régulos que habitaban en lo que hoy son Suecia, Noruega y Dinamarca. O sea, que antes del comienzo de la conocida como Era Vikinga ya habían establecido contacto con otras culturas con las que establecieron relaciones comerciales que, como es lógico, les llevó también al intercambio de conocimientos de tipo militar, así como de armas y demás pertrechos adecuados para discutir con el vecino teniendo más probabilidades de salirse con la suya.

Recreación de la costa de Lindisfarne en el siglo VIII, cuando quedó
inaugurada la Era Vikinga con su concienzudo saqueo
Esta Era Vikinga fue el resultado de una explosión demográfica que obligó a los pueblos escandinavos al noble arte de repartir la riqueza en base al conocido aforismo de "lo tuyo es mío y lo mío también". A finales del siglo VIII, concretamente en junio de 793, es cuando muchos historiadores marcan el comienzo de esta peculiar era histórica con el ataque y saqueo de un monasterio situado en Lindisfarne, una pequeña isla situada a kilómetro y medio de la costa nordeste de la brumosa isla de Albión (Dios maldiga a Nelson). A partir de ahí y durante algo más de dos siglos y medio se expandieron como una puñetera plaga, apoderándose de muchas tierras de la citada isla además de Islandia y parte de Vilandia, la actual Terranova, e Irlanda. Pero, además, aumentaron su radio de acción saqueando a destajo por toda la costa atlántica e incluso llegaron al Mediterráneo. Por tierra migraron a través de la actual Rusia hasta Bizancio, donde incluso formaron una unidad de élite como guardia personal del basileus, la Guardia Varega, que perduró hasta la extinción del Imperio de Oriente. El final de esta era tuvo lugar a raíz de la derrota de Harald Harhraada en la batalla del puente de Stamford en 1066, derrotado y muerto por el ejército anglosajón al mando de Harold Godwinson. Así pues, como ya podemos imaginar, a lo largo de ese tiempo tuvieron ocasión de comprar, robar o copiar yelmos de muchos tipos hasta el extremo de que, al día de hoy, no se puede decir con exactitud que hubiese diversos modelos o incluso que creasen una tipología autóctona y exclusiva de ellos. 


Aspecto que tendrían la gran mayoría
de los vikingos que saquearon las costas
de Europa. Lo más que se podían pagar
para protegerse era un simple escudo
Bien, con esta breve exposición podemos ir haciéndonos una idea del cómo y el por qué esta gente se puso tan belicosa. Pero debemos además tener en cuenta que esa imagen de guerrero armado hasta los dientes también es un tópico bastante extendido y, como es lógico, más falso que el currículum vitæ de un político. En realidad, la panoplia del malvado saqueador nórdico era bastante básica: un escudo, sin el cual sus probabilidades de supervivencia eran más bien escasas, una espada y/o un hacha, un scramasax y una lanza. De hecho, esta mínima panoplia se ve retratada tanto en las representaciones artísticas de la época como en crónicas de probos historiadores nada dudosos de parcialidad como el persa Ibn Miskawayh (932–1030), que afirmaba que “luchaban con una lanza y un escudo, y llevaban una espada, una lanza y una daga", o sea, lo mínimo que se despachaba.


El yelmo era una pieza relativamente escasa, y aún más las cotas de malla, cuyo uso estaba prácticamente reservado a faltriqueras rebosantes de monedas de oro de buena ley. Por un códice legal franco, la LEX RIBVARIA  (c. siglo VII), se sabe que un yelmo costaba lo mismo que el escudo, la espada y la lanza juntos, y que una loriga costaba el doble que un casco, por lo que es más que evidente que pocos podrían pagárselos. Una loriga costaba 12 SOLIDVS, un yelmo, 6 SOLIDVS; una espada con su vaina, 7 SOLIDVS, el mismo precio de un caballo, mientras que un escudo y una lanza solo costaban 2 SOLIDVS. El SOLIDVS era una moneda de oro creada por el emperador Diocleciano que, en la época y el territorio que nos ocupa, tenía en un valor equivalente a una vaca. La mayoría de los vikingos eran sujetos que, por su condición de hombres libres, podían usar armas tanto para defender sus posesiones como para arrebatar las de otro, pero se las tenía que pagar él. Y si era, como lo eran la mayoría, hombres dedicados a la ganadería y la agricultura en unas tierras de por sí bastante asquerosillas que no daban mucho rendimiento que digamos, pues tenemos que pocos se podían costear un armamento de postín salvo los más ricos, o sea, los reyezuelos, los régulos tribales y sus allegados, los llamados jarls, que constituían una especie de nobleza nutrida por los hombres más ricos, terratenientes con medios para organizar incluso una pequeña flota y un hirð, una mesnada  a sueldo formada por hirðmenn (en singular, hirðmaðr), hombres pertenecientes a lo que entendemos como casta de guerreros, militares profesionales que vivían del oficio de las armas sirviendo a los mandamases de su territorio.

Y esta sería la apariencia de un vikingo pudiente
Por todo lo dicho podremos entender por qué han llegado a nosotros tan pocos ejemplares, y por qué en los ajuares funerarios que han aparecido suelen brillar por su ausencia. En resumen, que llevamos la torta de años imaginando hordas de vikingos con sus cascos alados o astados y resulta que, de todos los componentes de un félag o hermandad- nombre que recibían los grupos de vikingos que se apuntaban a una incursión-, solo el caudillo y los hirðmenn iban con sus cráneos debidamente protegidos. El resto se tenía que conformar con llevar la cabeza descubierta o, a lo sumo, con gorros de cuero o pieles salvo que en alguna movida anterior hubiesen tenido suerte y trincasen alguno del enemigo o, al menos, los dineros necesarios para adquirirlo al volver a casa. Debido a esto es por lo que no es fácil hablar de un yelmo vikingo propiamente dicho ya que debía ser bastante frecuente que usaran los procedentes de botines obtenidos en los lugares más variopintos, aparte de que en el resto de Europa no es que hubiese una variedad abrumadora de modelos, sino todo lo contrario.

El que a mi modo de ver es el germen de lo que conocemos como yelmo vikingo es el conocido como casco de Valsgärde, una singular pieza de la Era Vendel datada entre los siglos VI y VII. Valsgärde es una granja situada a escasa distancia de Upsala, en Suecia, que desde el siglo XVI ocupa lo que antaño fue un importante centro político y religioso de la zona. El yelmo apareció en los años 20 del pasado siglo formando parte del ajuar funerario de una de las tumbas que se excavaron en aquel momento y que se supone debió pertenecer a un personaje de cierta importancia o incluso de la realeza local. Aunque no es posible saber quién fue su propietario, basta contemplar la réplica que vemos en la imagen de la derecha para deducir que no era de un pelagatos cualquiera.

Probo ciudadano recreacionista con una réplica de otro de los
yelmos hallados en Valsgärde
Este casco estaba formado por una estructura de bronce en la que se añadieron láminas de hierro repujado con escenas de guerreros que, curiosamente, llevan en la cabeza unos cascos con algo que pueden parecer cuernos pero que, en realidad, representan las alas de Hugin y Munin, los cuervos del dios Odín. La parte superior del rostro estaba protegida por un visor rematado en su parte superior por unas "cejas" de bronce con forma de serpientes que, cabe suponer, además de la mera función ornamental buscaba aumentar la protección contra los golpes de armas tanto cortantes con contundentes. En la parte superior del yelmo vemos una pronunciada cresta, también de bronce y destinada a impedir que un hacha enemiga se hundiese el cráneo del dueño. Como complemento, un camal de malla envolvía todo el yelmo, protegiendo de ese modo la nuca, la parte inferior del rostro y el cuello de su portador de los golpes de filo. No se sabe cómo era ni de qué estaba fabricada la guarnición de este tipo de cascos, pero se supone que podía ser algo similar a lo que usaban los romanos, una especie de forro interior de grueso fieltro o cuero pegado directamente a las paredes internas del yelmo; otra posibilidad es que no llevasen guarnición, y que el ajuste a la cabeza se hiciera con una cofia acolchada que, además, serviría para amortiguar los golpes. 


Otro yelmo de la Era Vendel contemporáneo al Valsgärde podemos verlo en la réplica de la derecha. En este caso, el camal de malla estaba sustituido por dos carrilleras que algunos autores proponen que son una herencia de los últimos yelmos usados por los romanos. En la parte trasera y a modo de cubrenucas tiene tres anchas láminas metálicas unidas mediante argollas o bisagras a la banda circular del yelmo. En este caso se trataría también de un diseño que no sería precisamente barato, y que estaría reservado a los nobles o hirðmenn con medios económicos suficientes para pagarlos. Por cierto que una de las formas con que los nobles tenían contentitos a sus hirðmenn era a base de regalarles joyas y armas, objetos que los vikingos valoraban especialmente y que no solo les permitía gozar de una posición económica superior, sino también de marcar su estatus propio de guerrero, que eso siempre venía bien para tener a raya al personal. Por otro lado, los régulos obtenían así una fidelidad monolítica, que nunca estaba de más disponer de tropas fieles para quitar a posibles aspirantes al mando las ganas de conspirar, y aumentar su fama de generosos, por lo que nunca le faltarían hombres a la hora de organizar una de sus incursiones.

Por lo tanto, y tomando como posible origen el ejemplar de Valsgärde, el único que ha aparecido hasta ahora razonablemente completo y que está considerado como de origen vikingo es el yelmo de Gjermundbu, hallado en 1943 en un túmulo funerario en Ringerike, Noruega. La tumba debía haber pertenecido a un tipo adinerado, seguramente un noble, ya que en el ajuar de la misma aparecieron además dos espadas, dos hachas, dos moharras de lanza (las astas vete a saber cuándo se pudrieron), unos estribos y una loriga. El yelmo, fabricado enteramente de hierro, apareció apareció fragmentado en nueve piezas que pudieron ser unidas, más o menos, para reconstruir la pieza añadiendo los cachos que le faltaban. El casco, datado hacia el último cuarto del siglo IX, era, como podemos ver en la foto, una versión "económica" del ejemplar de Valsgärde. Al igual que este, un visor protegía los ojos y la parte superior del rostro de su dueño, y la parte posterior de la cabeza quedaba cubierta por un cubrenucas de malla unido al yelmo mediante los orificios que lo bordean. En la foto de la derecha podemos ver una de las tropocientas réplicas que se han hecho del mismo y que nos permiten ver mejor cuál debía ser su aspecto antes de caerse a pedazos por el óxido.

El yelmo estaba formado por un cerco que actuaba como soporte de todo el conjunto. Por la parte interior se fijaban dos tiras formando una cruz, cubriendo los huecos entre ellas con chapas triangulares debidamente curvadas para adaptarse a la forma del casco. Estas chapas se fijaban mediante remaches con otras cuatro tiras, estas remachadas por la parte exterior al cerco base y a las tiras interiores. Finalmente se añadía el visor y la malla trasera. La parte superior se cerraba mediante un pequeño disco al que se le añadía una espiga puntiaguda que, en algunos casos, podría ser hueca para añadirle un penacho de crin de caballo. En cuanto a la decoración, queda reducida a la mínima expresión con una hilera de incisiones en la parte superior del visor. Así pues, grosso modo podemos decir que, hasta el día de hoy, esta tipología es la única que se considera como genuinamente vikinga o, al menos, vikinga tanto en cuanto no han aparecido restos o ejemplares completos en otras zonas que nos hagan suponer que también podría tomarse como un préstamo de otras culturas. 

A partir del siglo X se generaliza el uso del yelmo cónico fabricado en una sola pieza. Estos yelmos, con una bóveda bastante alta y pronunciada para desviar con más facilidad los tajos y golpes de las armas enemigas, podían estar provistos de una barra nasal que formaba parte solidaria del mismo o bien añadida. Este último caso es el que vemos a la izquierda, concretamente el conocido yelmo de San Wenceslao. Este yelmo, que actualmente se expone en el castillo de Praga, perteneció al duque Wenceslao de Bohemia, que fue alevosamente apiolado por su malvado hermano Boleslav en septiembre de 938. Por ser un hombre extremadamente devoto fue canonizado y elevado nada menos que a la categoría de patrono de Chequia. El yelmo, como vemos en el detalle central, estaba formado por un casco sacado de una sola pieza al que se le añadió una fina banda en el borde, siendo su pieza más relevante la barra nasal formada en forma de cruz. En ella tiene grabado un Cristo crucificado. A la derecha tenemos una réplica que puede valernos para tener una visión más general de esta tipología, que se llevaría con una cofia acolchada para proteger la cabeza o incluso un almófar.


En la foto de la derecha tenemos otros dos yelmos habituales entre los vikingos. El primero es el yelmo de Poznan, datado hacia el siglo XI y construido en una sola pieza incluyendo la barra nasal. Obsérvense los orificios en el borde inferior del yelmo, lo que hace pensar que estaban destinados a sustentar una guarnición de lengüetas o quizás un reborde de cuero que llevaría unido un camal. Debemos también reparar en su acentuada conicidad, que es habitual de ver en las representaciones artísticas de la época. A la derecha podemos ver una réplica de un Spangenhelm formado por varias piezas que lo hacían más fácil de fabricar y, por ende, más barato. El sistema es similar al yelmo de Gjermundbu: una banda circular sobre la que se remachaban las demás piezas, en este caso cuatro tiras exteriores a las que se unían por el interior cuatro chapas triangulares. En el frontal tiene su correspondiente barra nasal que, aunque por su nombre pueda inducir a pensar que solo protegían la nariz, en muchos casos, por su longitud, protegían todo el rostro.


Una variante típicamente nórdica la podemos ver a la izquierda. En este caso se trata de un Spangenhelm con las abultadas cejas en forma de serpientes. En esta réplica podemos ver como un reborde de cuero servía para ajustarlo mejor a la cabeza, que está cubierta por un almófar. Estas cejas permiten atribuir a los vikingos yelmos que, aunque de tipologías habituales en Europa, eran propias de ellos. De hecho, se han encontrado barras nasales formando una sola pieza con estas piezas que en su día estaban unidas a yelmos que han desaparecido. Una de ellas fue hallada en el cofre de herramientas de un herrero danés de Tjele, y datada entre 950 y 975. Cabe pensar que se trataba de una pieza ya terminada y pendiente de añadir a un casco. Está fabricada de hierro con una fina lámina de bronce incrustada en las cejas. Otro hallazgo aislado tuvo lugar en Lokrume, en la isla de Gotland, datado entre 950 y 1000. Esta pieza tenía un acabado más suntuoso, con incrustaciones de plata formando lacerías y con tiras de cobre transversales. En realidad, su mal estado de conservación no permite saber si eran solo unas cejas con su barra nasal o parte de un visor pero, en cualquier caso, al menos nos da una pista para, como dijimos anteriormente, situar determinados hallazgos. Con todo, a partir del siglo XI las decoraciones empezaron a reducirse hasta la mínima expresión, con estriados levemente marcados y no mucho más. 


El tipo más básico es el yelmo de Giecz, datado en el siglo XI y formado por cuatro chapas triangulares remachadas directamente unas con otras, sin tiras ni nervaduras, de manera que formaban el casco una vez unidas. A continuación se remachaban a su vez a una banda circular que, como en los casos anteriores podía estar provista de un camal. Recordemos que la malla era una buena protección contra un arma de corte como hachas o espadas, pero no contra el golpe que propinaba, así como contra armas contundentes como las mazas. Es decir, que el camal impedía que le rebanasen la jeta o, simplemente, que le separasen la cabeza del cuerpo. Pero de lo que no le libraba era de que le partiesen la cara en mil cachos de un mazazo o, peor aún, que lo dejaran en el sitio con las cervicales hechas puré de un hachazo en la nuca. En cuando al cierre en la parte superior se efectuaba con el disco y la espiga puntiaguda que vimos antes, o bien con un fino cilindro que permitiese fijar un penacho de crin. Hay quien sugiere que esta tipología podría ser una importación procedente de los pueblos eslavos y que por su facilidad de construcción y bajo precio bien pudo ser adoptado por vikingos menos pudientes. 


Por añadir una variante más, a la izquierda tenemos un Spangenhelm al que se le han añadido dos carrilleras. El cubrenucas de malla está fijado en la mitad trasera del casco y de las carrilleras, una forma económica de obtener una protección más eficaz. Es más que probable que este añadido fuera una simple mejora, un "extra", como diríamos actualmente, que se le ocurrió a algún herrero para aumentar la protección de los poseedores de este tipo de yelmos. Para fijar las carrilleras bastaba unirlas con unas anillas al casco, tal como aparece en la foto, o si se quería un acabado más fino ponerle unas bisagras. Debajo del casco, como en sus hermanos, tendría su rudimentaria guarnición formada por un relleno de piel que, junto a la cofia que vestía el guerrero, le daría una buena protección contra los brutales testarazos con recibiría en la cabeza. Debemos recordar que un golpe propinado con una maza o un hacha tenían una energía cinética sobrada para hundir la chapa del yelmo, por lo que si no se llevaba una capa acolchada debajo se tenían todas las papeletas para verse tirado con una fractura de cráneo y medio cerebro desmigajado. 


Hirðmaðr provisto de un armamento defensivo de lujo si lo
comparamos con el de sus colegas pobretones. Estos serían los
que tendrían más probabilidades de volver enteros para el
reparto del botín
Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Como hemos visto, los yelmos vikingos no se diferenciaban en gran cosa, cuando no decir que en nada, de los usados por los francos, los anglosajones y en otras partes de Europa. Del mismo modo, hemos podido enterarnos de que estos sujetos no disponían mayoritariamente de una panoplia medianamente amplia, y quizás por ello preferían atacar poblaciones en las que sabían que no había tropas capaces de hacerles frente. Ya sabemos que en algunas de sus incursiones les dieron para el pelo y tuvieron que batirse en retirada, incluyendo a los que alcanzaron Terranova. Estos, tras intentar establecer un asentamiento estable, tuvieron que optar por levar anclas y largarse de vuelta a Islandia debido al constante acoso de los nativos, que supongo no disponían de un armamento especialmente sofisticado sino más bien del paleolítico. Pero poco se puede hacer cuando la mayor parte del félag estaba nutrido por hombres que solo disponían de un escudo para protegerse de las lluvias de flechas y las hachas y cuchillos de sílex de los indios o como queramos llamarlos. 

En fin, no creo que se me olvide nada importante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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miércoles, 6 de marzo de 2019

¿QUIÉN INVENTÓ LOS YELMOS VIKINGOS?


Probos ciudadanos recreacionistas con la verdadera indumentaria usada por los vikingos. Como podemos apreciar,
no se vislumbran cuernos por ninguna parte, y si los hay están discretamente ocultos, ya me entienden...

El famoso "Yelmo de Waterloo", hallado en el Támesis en 1868 y datado
entre el 150 y el 50 a.C. Fabricado de bronce, está considerado como una
pieza destinada a fines meramente ceremoniales
Entre los muchos tópicos extendidos por el mundo y que de tanto repetirlos prácticamente todos dan por ciertos es que los yelmos usados por los vikingos tenían cuernos como si de consentidores de mancebías se tratara o incluso alas, como el famoso galo Astérix cuyas aventuras han hecho las delicias de millones de críos incluido yo (cuando era crío, naturalmente). Sin embargo, lo de los yelmos astados o alados es más falso que las promesas electorales de un político, y la realidad es que estos belicosos ciudadanos, más dados a vivir del latrocinio y el pillaje que a ganarse las habichuelas de formas más honestas, no tenían más cuernos que los que en un momento dado les pusieran sus respectivas cónyuges ni más alas que las de los capones que devoraban con hambre canina al volver de sus correrías. 


Dios del lingote, un pequeño ídolo de  bronce
datado hacia el siglo XII a.C. hallado en
Enkomi, Chipre. Como vemos, en su casco
luce dos cuernos
La cosa es que, curiosamente, mientras que los pueblos micénicos sí usaban yelmos decorados con pequeños cuernecillos, los hombres del norte no se paseaban por ahí dando cornadas, y hay constancia de que hasta en Japón o en la Europa de la baja Edad Media se empleaban como distintivo o cimera en los yelmos. Los cuernos, símbolo de poder, decoran las divinas testas de algunas deidades paganas, y se han hallado ejemplares ceremoniales de yelmos provistos de protuberancias que se consideran como tales pero lo cierto es que, como hemos comentado anteriormente, en el caso de los vikingos es el enésimo camelo repetido un trillón de veces, ergo es aceptado como verdadero. En fin, dicho lo dicho, y para derribar el falso mito, dedicaremos esta entrada a estudiar de dónde surgió eso de que los yelmos usados por los vikingos estaban por norma provistos de estos aditamentos córneos o alados. Así podremos darle un disgusto tremendo a ese cuñado que se gastó una pasta gansa cuando adquirió en "Milanuncios" una supuesta réplica provista de unos cuernos enormes o unas alas dignas de un buitre leonado y lo muestra orgullosamente a las visitas colocado en la repisa de la chimenea del salón. Ojo, no le de un avenate y se lo ponga para agredirnos en plan victorino furioso al saberse engañado.

Bien, como tantos otros camelos históricos, este también surgió en el siglo XIX, cuando el romanticismo se empeñaba en ciscarse en la Historia de verdad para propalar mitos que, aunque con una base cierta en algunos casos, en realidad eran de forma mayoritaria meras leyendas que, eso sí, solían resultar bastante molonas. Los responsables o, al menos, los iniciadores del caso que nos ocupa fueron artistas alemanes y eslavos que, siguiendo la moda de la época, se zambullían de lleno en las leyendas y mitos nórdicos, que daban morbo a un personal que pagaba de buen grado por obras que representaban escenas del glorioso y, a la par, legendario pasado de los pueblos del norte. Uno de ellos fue Johan August Malmström (1829-1901), un prolífico pintor sueco que, como hijo de su época, pintaba unos cuadros chulísimos de la muerte representando temas de la mitología nórdica, bosques nemorosos con hadas, escenas de críos verdaderamente deleitosas y cosas así. A la izquierda podemos ver su obra titulada "El mensajero de Ælla ante los hijos de Ragnar Lodbrok" (sí, el mismo de la serie televisiva), pintado en 1857. En la escena vemos que el mensajero lleva en la cabeza un yelmo con unas alas más propias de un Odín que de un simple recadero, pero bueno... No obstante, el ambiente general de la escena sí es bastante acertado, las cosas como son.

Lo de las alas ya venía de antes, concretamente de un predecesor de Malmström, Peter von Cornelius (1783-1867), un pintor que, aunque la mayor parte de su obra consistió en temas bíblicos y frescos para decorar iglesias con los que alcanzó una notable fama, también dedicó varias obras a recrear estos mitos germánicos. Este hombre, imbuido de un profundo sentimiento nacionalista y patriótico, desarrolló un estilo sencillo y propio de la corriente artística a la que pertenecía, los Nazarenos, un grupo romanticista alemán que pretendía hacer resurgir el arte cristiano de la Edad Media. En el tema que nos ocupa, a la derecha podemos ver una de sus creaciones. Representa al alevoso Hagen de Tronek, el que asesinó a traición a Sigfrido clavándole su lanza por la espalda mientras bebía de una fuente. La escena nos lo muestra arrojando el tesoro del difunto al Rin tras dar muerte al héroe.  Como vemos, el personaje aparece enteramente armado de una forma pseudo-histórica y con la cabeza cubierta también por un yelmo con alas.


Otro artista al que también debemos el favor de poder decorar con alas nuestros yelmos de vikingos fue Julius Schnorr von Carolsfeld (1794-1872), coetáneo de Cornelius y perteneciente también al grupo de los Nazarenos. Pintor igualmente muy cotizado en su época, al igual que su colega llegó a ponerse al servicio de Luis I de Baviera, recibiendo el encargo de decorar la Residenz del monarca en Munich, la capital de su reino, a base de frescos inspirados en temas legendarios germánicos. El que vemos a la izquierda, ejecutado en 1848, representa "La lucha ante las escaleras" en el Nibelungensaele. Como podemos apreciar, su estilo es muy similar al de Cornelius, y entre los combatientes se ven varios en cuyos cascos lucen las alas de rigor. 

En fin, ya vemos de donde surgieron las alas en cuestión. Simplemente fueron consecuencia de una idea infundada que, indudablemente, daba un aspecto más heroico a los personajes, pero que en modo alguno estaba basada en datos históricos de la misma forma que el parecido con la realidad de las panoplias de armas que recrearon ambos artistas en sus obras  era pura coincidencia. Sea como fuere, lo cierto es que lo de las alas fue tomado como artículo de fe, y desde entonces no han faltado ilustradores y artistas de todo tipo que no las hayan incluido en sus obras referentes a esta temática. Pero si las alas son un aditamento emblemático, mucho más lo son los cuernos. Si le decimos a un crío, a un cuñado o incluso a un político que nos dibuje un vikingo me apuesto una docena de torrijas a que todos pondrán cuernos en sus yelmos. En este caso, la idea provino de un solo hombre,  Carl Emil Doepler (1824-1905), un probo tedesco bastante polifacético ya que, además de pintor, era ilustrador y diseñador de vestuario.

Este hombre fue el encargado de crear el atrezzo para el estreno en el primer Festival de Bayreuth, celebrado en 1876, de la ópera wagneriana "El anillo de los nibelungos", y aprovechó la coyuntura para inventar lo de los cuernos, que en este caso puso en los yelmos de los figurantes como los que vemos en la foto de la derecha. Al parecer, fue el mismo Wagner el que insistió en que el vestuario fuese algo que representara fielmente la apariencia de los pueblos germánicos. Según una carta que le envió en diciembre de 1874 dándole instrucciones al respecto, le decía que lo que necesitaba era "nada menos que un retrato característico compuesto de figuras individuales y con detalles personales extraordinariamente vívidos de un período de cultura no solo alejado de nuestra época sino que no tiene asociación con ninguna experiencia conocida". 


Wotan, según el boceto de Doepler para el estreno.
En este caso lleva alas, que para eso es un dios
Wagner quería ante todo dar el mayor realismo a los personajes siguiendo la pauta de aquel momento, marcada por una búsqueda extrema del rigor histórico en los vestuarios y decorados de las obras de teatro y las óperas. Los dos personajes más señalados de esta corriente eran Franz Dingelstedt, director de la Ópera de la Corte de Viena desde 1867 y el duque Jorge II de Sajonia-Meiningen, un aristócrata que dedicó gran parte de su vida al mecenazgo y la producción artística teatral y musical. Mientras que el primero procuraba dar además de rigor un gran impacto visual a sus creaciones, el duque, un erudito historiador y notable dibujante y pintor, daba a sus producciones tal grado de verosimilitud que incluso hacía que los actores vistieran armaduras auténticas cuando actuaban. Por todo ello, Wagner insistió a Doepler en que no hiciera mucho caso a las representaciones mitológicas de Cornelius, von Carolsfeld o Malmström porque no le parecían en modo alguno fiables a  pesar de haberse empeñado al máximo en reflejar la apariencia medieval de los nibelungos.

Otro de los bocetos originales de Doepler, en este
caso el vestuario para Hunding, uno de los
personaje de la obra. Obsérvese que tanto la espada
como el puñal son de tipologías etruscas
Así pues, en vez de seguir la estela de los pintores románticos del momento le exhortaba a centrarse en los historiadores romanos que, a su modo de ver, hacía ya siglos habían tenido contacto o información de primera mano con los pueblos germánicos. Doepler tomó buena nota y se empapó de todas las fuentes habidas y por haber sin caer en la cuenta de un detalle, y es que las referencias históricas a las que recurrió daban cuenta de una indumentaria de tipo ceremonial propia de druidas, sacerdotes o régulos tribales, y no la empleada en realidad en combate por guerreros. Es más, en algunos casos debió confundir churras con merinas porque llegó a dar por válidas panoplias y objetos ceremoniales de pueblos que no tenían nada que ver con los germanos como, por ejemplo, los etruscos, los aqueos o, como comentábamos al principios, los micénicos. Al parecer, a Wagner no le agradaron los bocetos que le presentó inicialmente Doepler, por lo que se hicieron algunos cambios que tampoco acabaron de convencer al compositor porque representaban justamente lo contrario que tenía in mente. Incluso Cósima, la mujer de Wagner, se mostraba claramente insatisfecha porque, según anotó en su diario, los bocetos de Doepler se habían mostrado como "una fantasía arqueológica en detrimento de elementos trágicos y míticos", añadiendo que le "gustaría algo más simple, más primitivo". Sin embargo, la cuestión es que los cuernos quedaron oficialmente inventados, y desde entonces han quedado unidos de forma indeleble en el imaginario popular a estos fieros mangantes del norte.

En fin, criaturas, de este modo nació y se empezó a divulgar la creencia de que los vikingos decoraban sus yelmos con alas y cuernos. Todo proviene de la imaginación de pintores del romanticismo alemán y de errores de interpretación de un diseñador de vestuario pero bueno, cosas más pintorescas se han visto. Y con esto concluimos por hoy. En la próxima entrada veremos como eran en realidad los cascos de estos ciudadanos nórdicos, y de paso nos servirá para actualizar a fondo una entrada bastante generalista que ya se publicó hace ocho años (carajo, como pasa el tiempo, etc...)

Hale, he dicho

viernes, 1 de marzo de 2019

PATINES, PASARELAS Y RAMPAS


Castillo de Montalegre (Portugal) Su acceso elevado
tenía ante sí una terraza a la que se accedía mediante
una escalera, posiblemente de madera. Quizás la terraza
estuviera ideada para depositar la escalera si era necesario
removerla de su sitio en caso de peligro. Para ello,
bastaría elevarla con unas sogas desde la azotea de la torre
En nuestras andanzas castilleras habremos visto multitud de veces que la puerta de acceso de la torre del homenaje se encuentra a varios metros de altura respecto al suelo. Como seguramente todos habrán imaginado, esta peculiar disposición estaba encaminada no solo a dificultar la profanación del sacrosanto hogar a los cuñados más indeseables, sino también a los enemigos que intentaran hacerse con el control de la torre. Pero, ¿de dónde surgió la idea? 

Como ya tuvimos ocasión de ver en su momento, las motas castrales dieron paso allá por el siglo XII a la aparición de la torre del homenaje en la Península, el keep en la brumosa isla de los anglosajones (Dios maldiga a Nelson) y el donjon en la tierra de los francos (Dios maldiga al enano corso). Estas torres, que en su origen apenas disponían para su defensa de una empalizada, se veían seriamente amenazadas en caso de que los asaltantes lograran traspasar su débil y única línea defensiva, por lo que a alguien se lo ocurrió que si la puerta se situaba a una altura adecuada, los enemigos lo tendrían muy difícil para invadir la torre. Sí, podrían adosar una escala al muro pero, ¿quién se sube a intentar derribar un portón de roble de 15 cm. de grosor asegurado con uno o dos alamudes mientras que desde la azotea o la ladronera que defendía la puerta le tiraban pedruscos enormes? Era virtualmente imposible, por lo que solo restaba sentarse a esperar a que los ocupantes de la torre se quedaran sin agua ni víveres, siendo por lo general más habitual que fuesen los sitiadores los que tuviesen que abandonar el cerco al quedarse sin vituallas o por la llegada del invierno.

Reconstrucción virtual de la Torre de los Herberos
(c. siglo XIII) en Dos Hermanas (Sevilla) Estas
atalayas solían tener casi siempre accesos elevados
como defensa para los torreros
Pero, como es lógico, el mismo problema que tenían los atacantes para entrar lo tenían los habitantes del castillo ya que, al carecer de alas que les permitieran volar como gorriones, no podían salvar la altura a la que se encontraba la puerta. Para ello se idearon una serie de obras o accesorios que, sin restar eficacia a los accesos elevados, permitieran al personal entrar y salir del edificio o incluso eliminarlos llegado el caso de peligro. Hablamos de los patines, pasarelas retráctiles, puentes levadizos y rampas que, salvo que se construyeran de fábrica, no han llegado a nuestros días o bien han sido sustituidos por aborrecibles engendros de acero inoxidable o del maldito acero corten tan de moda entre los "expertos" que "ponen en valor" nuestras añejas fortalezas. Así pues, dedicaremos esta entrada a dar cuenta de estas estructuras que pasan prácticamente desapercibidas cuando, en realidad, eran de una importancia vital hasta el extremo de que de ellas podía depender la supervivencia de los que defendían una torre. A continuación veremos algunos ejemplos que nos permitirán comprender mejor en qué consistían.


En la foto de la derecha tenemos lo que podríamos llamar el arquetipo del origen de los patines. Se trata de la poderosa torre del homenaje del castillo de Melgaço, el el distrito de Viana do Castelo (Portugal) construido en el siglo XIII. Estamos ante la típica torre exenta aislada en el interior del recinto, heredera directa de las torres que formaban parte de las motas castrales. Eran, como salta a la vista, edificios de gran altura en cuyos paramentos prácticamente no se abría ni un solo vano salvo alguna aspillera. La puerta se encuentra aproximadamente a unos cinco metros de altura sobre el nivel del suelo, y originariamente solo se podía acceder a ella mediante una escala removible. O sea, una escalera de mano monda y lironda que, en caso de necesidad, una vez que la guarnición se encerraba en la torre era retirada al interior, dejando a los enemigos con un palmo de narices. Obviamente, la zapa era prácticamente imposible por dos motivos: uno, porque la torre está basada en un afloramiento granítico. Y dos, porque el matacán que la circunvala impedía la aproximación. Este matacán está actualmente cegado porque antaño la torre fue usada como campanario y torre de reloj, que fueron suprimidos en buena hora cuando se restauró en 1962.

En esta foto, precisamente de las obras de restauración, se puede ver la torre sin la escalera metálica que actualmente permite el acceso a su interior. Sin embargo, lo mejor es que la rudimentaria escalera usada por los operarios nos permite ver con toda claridad cómo sería la forma de acceder al recinto en su forma primigenia. Cabe suponer que más de uno debió partirse la crisma subiendo o bajando por ella, pero mejor eso que verse con enemigos ávidos de vísceras entrando por la angosta puerta de la torre. Es posible, y esto es una conjetura mía, que incluso la escala podría quedar suspendida a gran altura pegada al muro colgando de una soga que se manejaba desde la azotea, lo que ahorraba el indudable trabajo de tener que estar metiendo y sacando la escalera. Con todo, cabe suponer que esto solo se haría en caso de peligro ya que no tenía mucho sentido remover la escala si no había necesidad o la perspectiva de un ataque inminente.

Este tipo de torres románicas, muy frecuentes en la mitad norte peninsular, se basaban por norma en un patrón similar. Por citar otro ejemplo mostramos la torre del castillo de Linhares, en el distrito portugués de Guarda. Como en el caso anterior, se trata de una potente torre que, en esta ocasión no es exenta sino que está integrada en el muro diafragma que parte en dos la fortaleza. Aunque el origen de la fortaleza medieval data de tiempos de Alfonso III de León, que la arrebató a la morisma, su aspecto actual se debe a Don Dinis. Como en el ejemplo anterior, la entrada está a varios metros sobre el nivel del suelo, y en este caso defendida por una ladronera que impediría la aproximación a la puerta.


La foto de la izquierda, datada en 1958, nos permite ver, como en el ejemplo anterior, el aspecto de la torre sin el adefesio de acero inoxidable que le adosaron. Además, también tiene su escala apoyada en el muro, lo que nos viene de perlas para no tener que esforzar mucho la imaginación. Si alguien se pregunta si no podría ser posible que en su época usaran una escalera como la metálica, pero fabricada de madera, diría que en este caso lo dudo por la ausencia de mechinales en el paramento de la torre. Sí, podría construirse apoyada solo en el suelo, pero dudo mucho que una gente que cuando hacían algo lo planteaban a largo plazo se molestaran en fabricar una escalera cuya vida operativa sería bastante corta. Bastarían dos o tres inviernos para que los encastres dieran tanto de sí con los cambios de temperatura y humedad que no tardaría mucho en venirse abajo, por lo que sería imprescindible contar con el apoyo de la estructura en mechinales para darle solidez y durabilidad al conjunto.

Y para concluir con este tipo de accesos más primitivos tenemos la torre del castillo de Vilar Maior, también en el distrito de Guarda. En esta ocasión podemos observar una torre adosada a la muralla y convertida además en un elemento flanqueante de la misma. El acceso a la puerta, como podemos ver, se lleva a cabo por el adarve, pero como medida de seguridad la puerta está a alrededor de 140 cm. por encima del nivel del terrado. Bastaba una pequeña escala para entrar y salir, pero esa mínima altura complicaba mucho las cosas a un enemigo que, aunque dueño del adarve, no podía emplear ni un pequeño ariete para embestir la puerta ya que carecía de espacio para ello y, como es lógico, sus servidores se verían hostigados tanto desde la azotea como desde la aspillera que se abre en la segunda planta. Así pues, como hemos visto, en principio el problema de la seguridad de la torre lo solventaban con una simple escala que, aunque incómoda e insegura de manejar, suponía una notable ventaja contra los enemigos.

Lógicamente, cabe suponer que este sistema tan elemental estaba limitado a fortificaciones puramente militares habitadas solo por la guarnición y el alcaide, lo que no quita que en un momento dado pudiera acompañarle su familia en alguna dependencia del patio de armas o en la misma torre. En todo caso, su simplicidad castrense hace pensar lo primero. Sin embargo, otras fortalezas eran el hogar de casas nobles o incluso de monarcas que, como podemos imaginar, disponían de medios para preservar la seguridad sin riesgo de partirse el cuello de una costalada. El ejemplo que mejor nos viene para este caso sería el emblemático castillo de Guimarães, reconstruido por Enrique de Borgoña en el siglo XII y que le dio parte de su aspecto actual, convirtiéndolo en su propia residencia y la de su mujer Teresa, la bastarda de Alfonso VI de Castilla y León que propició la secesión del Condado Portucalense para formar el nuevo reino. No obstante, la torre fue obra de don Dinis, por lo que debemos datarla hacia la segunda mitad del siglo XIII. Este castillo, considerado como una de las siete maravillas de Portugal, es un típico ejemplar de fortaleza románica cuya potente torre del homenaje, exenta y situada en el centro del recinto, tiene su acceso a la altura del adarve, pero para llegar al interior hay que cruzar una pasarela. La torre, que como vemos en la foto carece de elementos defensivos salvo las aspilleras que se abren en sus muros, se unía al adarve mediante una pasarela que, por lo que podemos deducir en base a lo que se conserva, podría ser retráctil, o sea, se retiraba hacia el interior de la torre en caso de peligro ayudándose quizás con una soga desde la azotea.

La foto de la derecha nos permite ver el durmiente que sustentaba la pasarela. Como salta a la vista, carece de ranguas para colocar una pasarela basculante a modo de puente levadizo, así que solo cabe pensar en dos posibilidades: una, que la pasarela fuese, como hemos dicho, retraída hacia el interior. Y otra, que fuese elevada tirando de una soga a través del orificio que se abre sobre el dintel, quedando adosada al muro y sirviendo como una segunda puerta. Los pequeños mechinales que se ven a ambos lados de las jambas no creo que sean de la época original de la torre, sino abiertos siglos más tarde para colocar una pasarela fija con pasamanos como la que existe actualmente para impedir que los turistas se caigan en un despiste, lo que sería bastante enojoso y tal. En cualquier caso, ya vemos como esta torre podía quedar totalmente aislada del resto del edificio. Su planta baja tenía capacidad para almacenar provisiones para mucho tiempo antes de que sus defensores se vieran obligados a rendirse por anorexia obligatoria.

Los accesos mediante pasarelas no fueron raros. Otro ejemplo lo tenemos en el castillo de Chaves. Debido a que a lo largo de su historia ha sufrido infinidad de reformas, nos limitaremos a poner nuestra atención en el voladizo que hemos señalado con la flecha ya que la entrada inferior, que da a un entresuelo bajo el cual se encuentra un aljibe, se abrió posteriormente. El voladizo en cuestión era lo que permitía el acceso al interior de la torre, al cual se llegaba también por el adarve, pero en este caso sin que la torre estuviera exenta, sino adosada a la camisa que la protegía y cuyo acceso vemos en el muro que aparece en primer término. Este voladizo estaba cortado, quedando vacío un espacio de más de dos metros que solo podía salvarse mediante una pasarela tendida desde el lado del balcón que quedaba unido a la torre. Las ladroneras que coronan el edificio datan de finales del siglo XIV aproximadamente, así que no debe confundirnos a la hora de identificarlos como construidos inicialmente para defender la torre, edificada hacia mediados del mismo siglo.

Pero si nos fijamos en esa vieja foto cuando la pasarela actual no existía, vemos señaladas por las flechas dos gruesas argollas que, en este caso, sí podían haber sustentado el eje de una pasarela levadiza que sería fácilmente basculada tirando con un torno instalado junto a la ladronera que hay sobre la puerta o incluso desde la azotea. Otra opción sería tirar desde el mismo balcón ayudados por alguna garrucha colocada en el muro. En fin, las opciones podrían ser muchas, pero ya vemos que con estas pasarelas podía aislarse el edificio sin verse limitados a la incomodidad de las escaleras de mano. Por cierto, el voladizo que vemos en este caso no es un matacán ni una ladronera. Las ménsulas solo sirven de sostén al balcón en sí.

Quizás nos ayude a comprenderlo mejor este grabado de Viollet-le-Duc, que presenta un tipo de torre aislada usada como atalaya o para controlar los pasos de montaña en zonas abruptas con una orografía que era necesario controlar para impedir que ejércitos enteros se adentraran en el territorio como si tal cosa. Como podemos ver, se trata de una torre protegida por una camisa cuyo acceso, situado a una determinada altura del suelo, solo es posible mediante un puente levadizo que iba desde la ménsula que lo sustentaba al durmiente colocado en el adarve. Para abatirlo o tenderlo se valía de una cadena tendida desde el torno situado en la ladronera, por lo que en caso de que el enemigo lograra traspasar la primera línea defensiva siempre se encontraría con la imposibilidad de llegar a la puerta de la torre. La ladronera y las aspilleras que cubrían los dos flancos que no daban al abismo permitirían a los defensores hostigarlos hasta aburrirlos y hacer que se largaran enhorabuena de allí.

Pero no siempre se recurría a pasarelas para alcanzar vanos abiertos por encima del nivel del suelo. En este otro grabado podemos ver como una puerta situada a menos de dos metros de altura podía convertirse en inaccesible como el caso del castillo de Vilar Maior que vimos al principio. Se trata de la poterna de la torre de Saint-Nazaire, una barbacana situada al sur de la cerca urbana de Carcassonne. Esta poterna, a la que actualmente se accede por una rampa de fábrica, en origen contaba con una rampa retráctil similar a la que aparece en el grabado. Solo había que tirar de ella hacia dentro, bajar el rastrillo, cerrar la puerta y allí no entraban ni los ratones. No se podía usar un ariete ni tampoco intentar meterle fuego porque los defensores situados en el cadalso superior se encargarían de mantener a raya tanto a los posibles servidores de un ariete como a los que intentaran arrimar algo ardiente. Así pues, cuando vean este tipo de puertas situadas a escasa altura no significa que el nivel del suelo haya bajado, sino que en su día disponían de estas pequeñas rampas retráctiles para facilitar el paso.

En cuanto a los patines, se trataba de obras de fábrica, generalmente adosadas al muro de la torre o, en algunos casos, exentos para dificultar aún más el acceso. Un ejemplo lo podemos ver en el castillo de Olvera (Cádiz). Este edificio, construido tras su conquista a los malditos agarenos en 1327, tiene su entrada al nivel de la primera planta, con una inferior que se usaría como almacén aunque actualmente se puede acceder a ella mediante un vano a ras del suelo. Para la extracción de agua se valían de un amplio bajante abierto en el grosor del muro por el que se podía descolgar un balde hasta el aljibe que se abre al pie de la torre. Este patín podría incluso haber tenido pequeños merlones para mejorar su defensa, aunque eso es una conjetura mía. Sea como fuere, lo cierto es que su angosta escalera y el mínimo rellano que quedaba libre en su parte superior no permitía otra cosa que ser machacado desde la azotea porque apenas cabrían dos personas más bien canijas. Este tipo de patín de fábrica adosado es bastante habitual en muchas fortificaciones que lo añadieron en fechas posteriores a la edificación de la torre.

Un tipo de patín más sofisticado lo podemos ver en la torre de los Velasco, en Espinosa de los Monteros (Burgos). En este caso, el patín no da acceso directo a la puerta situada en el primer piso, sino a una pequeña torre o borje cuadrangular provisto de su propia puerta y merlatura aspillerada para facilitar su defensa además de dos buzones. Este edificio, mandado edificar por Pedro Fernández de Velasco en la primera mitad del siglo XV, se vio añadido con el patín y el borje hacia finales del mismo siglo y es además un ejemplo muy ilustrativo sobre lo que eran las torres señoriales de la época: pequeños castillos palaciegos fortificados que, aunque con las comodidades de una casa solariega y sin las carencias de un castillo puramente militar, no por ello dejaban de lado los elementos defensivos que permitiesen a sus ocupantes resistir las agresiones de vecinos con mala leche, villanos levantados en armas contra su señor o, ya puestos, incluso a los mismos reyes que la nobleza no paraba de fastidiar con sus interminables exigencias, su insufrible arrogancia y sus insaciable voracidad por poseer más tierras y más poder. 


Bien, estos serían grosso modo los sistemas de acceso más habituales en las puertas elevadas al uso en la Edad Media. Lógicamente, como en tantas otras cosas, la variedad o el estilo no estaban marcados por una norma fija, sino por el capricho del constructor si bien, como vemos, más o menos se solían ceñir a un patrón común. La creatividad de los constructores medievales rayaba a veces en lo diabólico, así que podemos encontrarnos las cosas más variopintas. Por último, conviene tener en cuenta que, como tantos otros elementos defensivos de la Edad Media, estos no desaparecieron cuando estas añejas fortificaciones cayeron en la obsolescencia. Tal como ocurrió con los matacanes y las ladroneras, los accesos elevados siguieron en uso durante mucho tiempo más. En la foto vemos una de las poternas que se abren en la escarpa del foso principal del fuerte de Graça, en Elvas (Portugal), a las que se accede mediante unas escaleras exentas conectadas con la puerta mediante una pequeña pasarela levadiza. Estas poternas, de las que se cuentan dos por cortina, una en cada extremo, estaban ideadas para permitir a los defensores de las obras exteriores evacuar el foso en caso de verse rebasados. Una ver subida la pasarela y cerrada la gruesa cancela que hay tras la misma, la defensa quedaba en manos de los fusileros situados en la escarpa y la contraescarpa, más los cañones que batían de flanco las cortinas desde las cañoneras que vemos sobre la pasarela.


Torre de las Palomas (Málaga)
De hecho, incluso se conservó el primitivo sistema de escalas, particularmente en las torres de defensa costeras que se edificaron en el siglo XVII para prevenir los ataques de los piratas berberiscos que infestaban el Mediterráneo en aquella época. Estas torres estaban generalmente basadas en un patrón similar: una planta principal donde se abría el acceso, y la planta baja usada casi siempre como aljibe que se alimentaba de las aguas pluviales que llegaban al mismo mediante conductos abiertos en la azotea. Por lo general, en estas se emplazaban una o dos bocas de fuego para intentar persuadir a los piratas que aquel sitio no era adecuado para llevar a cabo sus rapiñas pero, no obstante, en caso de verse asediados sus escasos defensores disponían de agua y provisiones para resistir, así como de leña para hacer una fogata con la que avisar a las torres cercanas y a la población de que había moros en la costa, y nunca mejor dicho. En muchas de ellas se construyeron ladroneras para defender el acceso, que como vemos estaba a una altura más que respetable. Debido a ello, es más probable que usaran escalas de cuerda en vez de madera. En la azotea, sobre la puerta, se pueden observar los restos de las dos ménsulas que sujetaban la ladronera que defendía el acceso a la torre. 


Para concluir, veamos el peculiar patín exento que permitía el acceso al fuerte de San Sebastián, en Castro Marim (Portugal). Este fuerte, construido durante la Guerra de Restauración a mediados del siglo XVIII, tenía su único acceso por el terraplén del recinto, al que se llegaba por esa angosta escalera que ponía a prueba el equilibro del personal. Una vez arriba solo se podía cruzar mediante la pasarela levadiza que había en la puerta que, curiosamente, era la espadaña de la antigua ermita situada donde se erigió el fuerte y que se desmontó para este uso. En el siglo XIX se abrió una puerta de paso al piso inferior cuando se usó como acuartelamiento para el Batallón de Cazadores nº 4, que permaneció en el fuerte entre 1819 y 1829.

Bueno, hijos míos, no creo que olvide nada importante, así que vale por hoy.

Hale, he dicho

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Vista lateral del patín exento del fuerte de San Sebastián. Da un poco de repeluco imaginarse subiendo por ahí a toda prisa.
El tramo inicial que falta se derribó para dejar espacio para dependencias militares cuando se abrió la puerta a nivel del
suelo, haciendo inservible el patín