jueves, 19 de septiembre de 2019

Curiosidades: el obús secreto de Shuvalov


Rarito, ¿verdad?

Piotr Ivánovich Shuvalov (1710-1762) en
el cenit de su gloria. Su brazo reposa en un cañón
como clara referencia a su vinculación con estas
armas tan resolutivas
El creador de esta especie de trabuco transversal fue Piotr Ivánovich Shuvalov, miembro de una familia de terratenientes muy cercana a los círculos del poder gracias a su hermano mayor Alexander y, ante todo, un trepa de tomo y lomo que logró alcanzar una notabilísima influencia en la zarina Elizavéta Petróvna Románova, Isabel I de Rusia para los amigos. Su incuestionable capacidad para colarse por los tortuosos recovecos que conducían a lo más alto fue en realidad lo que le permitió dar a conocer su faceta como inventor ya que, de lo contrario, hubiese sido uno más entre la miríada de militares que se pasaban las horas muertas ideando chismes raros que les permitiesen medrar en la archiclasista sociedad rusa y, por supuesto, en el aún más elitista cuerpo de oficiales del ejército, donde si no tenías un apellido pintabas menos que un sujeto honrado y trabajador en el Congreso. No nos extenderemos en la vida y milagros de este sujeto ya que, aunque es bastante desconocido por estos lares, hay información sobrada en la red para todo aquel que quiera saber más sobre su persona. Nosotros nos limitaremos a plasmar una breve semblanza para que los perezosos que pasen de buscar quién fue el ciudadano Shuvalov se puedan poner en contexto.


Mavra Yegorovna Shelepeva (1708-1759)
Su adolescencia y primera juventud la pasó haciendo el gamba en la corte- de jovencito había servido como paje durante los últimos años del reinado del zar Pedro I, aquel bicharraco de más de dos metros que no dudó en ejecutar a su primogénito tras una tormentosa relación paterno-filial-, viendo pasar un mandatario tras otro (el tema sucesorio entre la muerte de Pedro I y el ascenso de Elizavéta es para hacer un culebrón) hasta el derrocamiento en 1741 de Ivan VI cuando apenas era un bebé de un año. Shuvalov, que se puso de parte de la aspirante al trono, Elizavéta Petróvna- era hija del controvertido Pedro I-, tuvo claro que favorecería más a sus intereses decantarse por la hija del difunto zar antes que por un crío que, obviamente, sería manipulado hasta su mayoría de edad. En 1742 fue cuando comenzó su meteórico ascenso gracias a su ventajoso matrimonio con Mavra Yegorovna Shepeleva que, además de ser tres años mayor, por los retratos que han llegado a nosotros debía ser prima hermana de Gambrinus. Pero lo importante no es que fuera feilla y tal, sino que pertenecía a una linajuda familia de nobles boyardos y, más importante aún, que desde 1719 era dama de honor de la gran duquesa Anna Petrovna Románova, hermana mayor de la zarina Elizavéta y que palmó muy jovencita la pobre, con apenas 20 años, de fiebre puerperal tras parir en 1728 al que sería el futuro zar Pedro III. No obstante, el infausto suceso no supuso a la Shepeleva verse despedida de la corte, sino todo lo contrario. Más aún, la antigua dama de honor de la difunta tsesarevna se convirtió en la principal amiga y confidente de Elizavéta, así que matrimoniarse con ella era la mejor forma de dar el gran salto hacia el poder.


Imperatritsa i Samoderzhitsa Vserossiskaya
Elizavéta Petróvna Romanova, dicho en cristiano católico,
la emperatriz y autócrata de todas las Rusias Isabel I
(1709-1761)
Su apoyo a la nueva zarina le valió de entrada el rango de chambelán interino, que posteriormente fue mejorado con un ascenso a teniente de la Guardia y, más tarde, a mayor general, además de ser galardonado con las Ordenes de Santa Ana- creada en recuerdo de la difunta hermana de la zarina- y San Alexander Nevski y el puesto de senador por Livonia. En 1746 obtuvo el título de conde, lo que le permitió mangonear a su sabor, y en 1756 el grado de General Feldzeichmeister, una graduación de origen tedesco adoptada por Pedro I que en Rusia equivalía al comandante supremo de la artillería, siendo el primer militar que lo ostentó Alexander Archilovich Imeretinsky en 1699. Como es lógico, la obtención de este rango favorecería aún más la propalación de su invento, presentado tres años antes como un medio para renovar el vetusto parque artillero ruso que hacía más de 20 años que no se modernizaba. Además, el estallido de la Guerra de los Siete Años ya se mascaba en el ambiente, por lo que era recomendable no dormirse en los laureles y adecuarse al moderno armamento de sus enemigos empezando por Prusia, que bajo el mando de Federico II empezaba a escalar puestos entre la élite militar de la Europa toda. Bueno, con esto creo que podemos hacernos una idea acerca del personaje en cuestión, así como del contexto histórico en que se movió. 


Planos del "obús secreto" junto a los distintos tipos de munición
que disparaba.
La primera mención acerca de esta peculiar arma se remonta al 2 de julio de 1753, cuando Shuvalov presentó en el Senado su proyecto como una pieza especialmente ideada para mejorar la eficacia de los botes de metralla. Como es de todos sabido, tanto los botes como las polladas, racimos y demás municiones de este tipo formaban un cono a partir de su salida por la boca del cañón, lo que hacía que gran parte de los proyectiles se desperdiciara. Unos irían a parar al suelo sin causar el menor daño al enemigo, y otra pasaría sobre sus cabezas. Así pues, y por dar una cifra, digamos que solo un tercio de la munición lograría impactar en los asquerosos cuerpos de los asquerosos enemigos. Por lo tanto, la idea consistía en algo tan simple como que el bote de metralla no formara ese cono, sino que ayudado por la boca de fuego elíptica se distribuyera horizontalmente formando un letal abanico. 


Ojo, Shuvalov no inventó la paella porque se conservan piezas datadas en fechas anteriores basadas en el mismo principio si bien estaban concebidas para disparar pelotas convencionales, lo que no quita que, llegado el caso, se pudiera usar metralla. Esta peculiar pieza que vemos a la derecha y que se conserva en el Museo Histórico de Artillería, Ingenieros y del Cuerpo de Señales de San Petersburgo, aparece catalogada como cañón experimental de hierro fundido de 3 libras, y se fabricó en Olonets en 1722, o sea, cuando nuestro probo trepa apenas contaba con 12 años. El cañón, que tiene el ánima con la misma forma que la boca, se cargaba tres pelotas de 3 libras envueltas en una pieza de lino colocadas sobre una bandeja de madera. La verdad es que el invento no tiene mucho sentido ya que su única peculiaridad radicaba en la posibilidad de disparar tres proyectiles al mismo tiempo, cosa que se podía hacer, y con mayor cantidad de proyectiles, con un cañón convencional cargado con una pollada. En todo caso, lo que sí parece claro es que este chisme se quedó en fase experimental y santas pascuas.


Comparativa del radio de acción de un cañón normal (arriba) y el
producido por el obús de Shuvalov (abajo)
Así pues, aunque el concepto de dispersión basado en un ánima más ancha que alta ya existía, el invento de Shuvalov estaba orientado a disparar metralla de la forma que explicamos anteriormente, buscando de ese modo una mayor eficacia en cada disparo. Una vez presentado el proyecto en el Senado recibió el visto bueno, que para eso la parienta del influyente Shuvalov estaba todo el día chismorreando con la imperatritsa y a ver quién era el guapo que contristaba al aspirante a todo lo aspirable. Los planos fueron entregados al mayor general Mikhail Tolstoi, de la Cancillería Principal de Artillería y Fortificación, con la orden de que "se fundieran de inmediatos dos obuses de la forma más secreta" para llevar a cabo las pruebas pertinentes. Ambas piezas se fabricaron en el arsenal de Moscú bajo la dirección de Tolstoi, la colaboración del mayor Musin-Pushkin y el maestro Stepanov. El 10 de noviembre de 1753 se llevaron a cabo las pruebas de tiro real en presencia de miembros del Senado, de la Academia Militar y diversos mandamases que no se querían perder la fiesta. Para ello se colocaron dos blancos: uno, de 26 brazas (55,38 metros) de ancho y 3 arshins (2,13 metros) de alto a una distancia de 100 brazas (213 metros). El segundo, de 26 brazas de ancho y 4 arshins (2,8 metros) de alto, a una distancia de 125 brazas (266 metros). La braza rusa se había establecido en tiempos de Pedro I como equivalente a 7 pies ingleses, o sea, 2,13 metros. El arshin equivalía a 71 cm.


Una de las piezas que se conservan. Obsérvese su recargada decoración
En el informe que se redactó tras la prueba se afirmaba que el nuevo obús era mucho más eficiente que las piezas reglamentarias en aquel momento, y que su radio de acción era 21 brazas más amplio en sentido horizontal. La verdad, teniendo en cuenta la influencia de nuestro hombre cabe preguntarse si los elogios dedicados al invento eran reales o, por el contrario, un mero peloteo para no contristarlo. Me temo que nunca lo sabremos, pero lo que sí es cierto es que el Senado decidió adoptar el obús, realizándose un pedido inicial de 69 unidades por un importe de 64.439 rublos, más una dotación de otros 11.380 anuales en concepto de gastos de mantenimiento de las piezas. El calibre en boca era de 95 x 207 mm., o sea, que el calibre real era de 95 mm. o, según el sistema de la época, ½ pud (el pud equivalía a 16,4 kilos). La longitud de la caña era de 162 cm. con un peso de 491 kilos que, sumados a la cureña, hacían un total de 848 kilos. Su alcance eficaz se fijó entre 400 y 500 metros, y se asignó a cada pieza una dotación de 150 proyectiles, principalmente botes de metralla de hojalata con 168 balas de mosquete o bien con 48 bolas de mayor calibre. Cada obús estaría servido por siete hombres: un jefe de pieza/tirador y seis artilleros.


Vista trasera que nos permite apreciar la cuña y,
señalada con una flecha, la ubicación de la
pequeña concha donde se encontraba el oído
Los obuses fueron inicialmente distribuidos en tres compañías cuyos componentes debían efectuar un juramento por el que se comprometían bajo pena de muerte a no informar absolutamente a nadie de las peculiaridades de estas piezas las cuales, según escribió en sus memorias el comandante Mikhail Vasilyevich Danilov en 1771, cuando el obús secreto lo conocían hasta las comadres de Berlín, que "...el obús fue llamado secreto y no se permitió a nadie que lo viera, y estaba cubierto con tapas de cobre y bloqueado con un candado. Y los sirvientes que los disparaban, los oficiales y los soldados asignados a tal arma, hicieron un juramento especial para que no mostraran a nadie el cañón del obús secreto, aunque muchos ya lo conocían". Dicho juramento venía a decir más o menos: "Yo, Fulano Ivanóvich,  prometo y juro por el gran Dios y ante su Sagrado Evangelio que estoy decidido a servir con los obuses secretos. Lo juro por el juramento general ordinario, por lo que siempre será mi deber mantener el secreto, y lo que veo y sé no lo comunicaré a nadie ni conversaré sobre el mismo". Y no iban de coña. Como se te escapara una sola palabra te ponían delante de un pelotón de fusilamiento en menos que canta un gallo porque, de hecho, la obsesión por mantener el misterio llegó al extremo de que, cuando no estaban en servicio- léase disparando en plena batalla- ya vemos lo que nos cuenta Danilov con lo de los cubrebocas de cobre. Finalmente, el número inicial de obuses se redujo a 50 unidades por considerarlas suficientes para empezar, y se integraron en un Cuerpo de Bombarderos formado por cuatro compañías al mando del teniente coronel Kalistrat Musin-Pushkin. Al parecer, para tener al personal contentito y tal se les concedió una paga más elevada e incluso preferencia en el escalafón a la hora de obtener ascensos. En cuanto a los obuses, como hemos visto en el plano expuesto más arriba, tenían una larga recámara cilíndrica con el oído situado en una concha en la parte superior de la lámpara. La regulación de la altura se llevaba a cabo por el método tradicional: dos servidores elevaban la pieza con sendos espeques mientras que el artillero la apuntaba y la bloqueaba con una cuña de madera. 


Vista en sección de los dos tipos de ánimas. En la figura superior vemos
la del modelo de 1753 con la recámara cilíndrica, y debajo la del modelo
de 1758 con la recámara cónica
No obstante, en 1758 se sustituyó la recámara cilíndrica por una cónica- más adecuada para disparar proyectiles de metralla- y la cuña por un tornillo que permitía más precisión a la hora de apuntar y prescindir de los servidores con los espeques. Además, la imperatritsa decretó la fabricación de otras 30 unidades con el calibre modificado. Al parecer solo se llegaron a fabricar tres muestras, dos de las cuales se encuentran en el museo de San Petersburgo y la otra en el Museo de la Flota del Mar Negro en Sebastopol. Una es de 65 x 130 mm., otra de 70 175 y otra, la mayor de todas, de 120 x 235 mm. Así mismo y tras intentar disparar pelotas y granadas, se llegó a la conclusión de que aquellos chismes solo eran válidos para los distintos tipos de proyectiles de metralla a pesar de que se fabricó una bala con forma de melón que, al parecer, fue un fracaso rotundo. Imagino que si sus cualidades balísticas eran similares a la impredecible trayectoria de un balón de rugby no debían ser especialmente eficaces. Por lo visto, se conserva algún ejemplar en el Museo de Armas Polonia en Kołobrzeg, pero me ha sido imposible dar con una foto, y eso que cuando me pongo a buscar puedo pasarme horas intentándolo, pero no ha habido forma. Si alguien la consigue, se agradecerá que nos la facilite. 


Ejemplar conservado en Sebastopol. Obsérvese que se prescindió de la
recargada ornamentación del modelo anterior. Se cambió también la
posición del oído al primer cuerpo de la caña, o sea, la ubicación habitual
En cuanto al bautismo de fuego de los obuses secretos tuvo lugar en la batalla de Groβ-Jägersdorf, librada el 30 de agosto de 1757 contra los prusianos, que fueron pseudo-derrotados porque el mariscal Apraksin, que mandaba el ejército ruso, decidió largarse tras la victoria por motivos no del todo aclarados. La actuación de los obuses secretos parece que fue satisfactoria, y para no delatar su presencia en el campo de batalla fueron combinados con piezas convencionales de 3 libras a razón de 4 a 1. Según informó el mismo Apraksin, los disparos de estas armas no permitieron a la infantería prusiana romper las filas propias, siendo especialmente mortíferos contra la caballería enemiga. Con todo, y a pesar del secretismo que se quería imponer a toda costa, parece ser que sus disparos eran perfectamente diferenciables por su sonido y porque despedían un humo oscuro. A saber por qué, porque la combustión de la pólvora negra emite un humo blanco, pero la cosa es que los que vivieron la batalla dejaron claro que "...pudimos verlos y distinguirlos claramente de los disparos de otros cañones por su sonido especial y por su humo negro y espeso". En fin, un misterio misterioso... Por cierto que dos piezas fueron destruidas por la acción de la artillería enemiga.


Una vista general que nos permite ver la pieza completa con su cureña
Pero tras su aceptable estreno sobrevino el desastre. Justo un año más tarde, el 25 de agosto de 1758, tuvo lugar la batalla de Zorndorf, que en esta ocasión enfrentó al mismísimo Federico II con el conde Villim Villimovich Fermor, que había reemplazado a Apraksin tras ser relevado por la imperatritsa a causa de su inexplicable retirada tras haber ganado la batalla. En esta ocasión la victoria se decantó por los prusianos, pero lo peor fue que estos lograron echar el guante a 17 obuses secretos. Según el mayor general Borozdin, que fue el encargado de informar a Shuvalov (por esas fechas ya era el mandamás de la artillería), se recurrió incluso a húsares y cosacos a los que se prometió una jugosa prima si lograban recuperar los obuses, pero no pudieron hacer nada. El secreto acababa de irse al carajo si bien los prusianos se quedaron con las ganas de saber qué tipo de munición disparaban porque cuando se apoderaron de los obuses estos ya habían agotado su dotación de municiones, y los que aún conservaban algunos proyectiles volaron los avantrenes antes de que cayeran en manos enemigas. Sea como fuere, la cosa es que las piezas fueron llevadas inicialmente a Kyustrin y, posteriormente, a Berlín, donde fueron exhibidas ante el público con un letrero donde se informaba en tono de burla: "El gran secreto de los rusos". Tras la muestra se conservaron tres como trofeos y el resto fueron enviados a la fundición. Supongo que Shuvalov se agarró un cabreo de antología.


Primer plano del interior del obús. Al fondo vemos la recámara cilíndrica.
Su ánima elíptica hacía que el suministro de munición fuese un quebradero
de cabeza ya que no podían usar los botes de metralla convencionales
A pesar de los elogiosos informes que se fueron redactando en las diversas acciones en las que los obuses secretos tomaron parte, la realidad es que su eficacia era similar a la de los cañones normales. Un bote de metralla disparado por una de estas piezas eran tan letal como si lo disparase un cañón mondo y lirondo o un unicornio, otro invento de Shuvalov que, en esta ocasión, si se mostró notablemente superior a otras piezas de la época. Pero no mezclemos churras con merinas, que de los unicornios ya hablaremos otro día. La cuestión es que, como decimos, el obús secreto no aportó nada en realidad, y su elevado costo de producción, la lentitud de su recarga, sus limitaciones respecto a los tipos de munición que podía disparar así como lo complejo de su fabricación hicieron que fueran quitados de en medio en el momento en que el probo trepa entregó la cuchara en 1762, apenas diez días después de su querida imperatritsa. Eso sí, en agradecimiento por los servicios prestados, el nuevo zar lo nombró mariscal de campo, siéndole llevado el bastón de mando propio de su rango al lecho del dolor para que palmase contentito. Con todo, Shuvalov había previsto que sus queridos y arcanos obuses fueran también desplegados como artillería de plaza en las fortificaciones que defendían las fronteras, así como la fabricación de diez unidades para dotar las fortificaciones de Siberia. 


Por cierto que, a pesar de que el prusiano se había cachondeado vilmente de los obuses parece ser que intentaron hacer algo similar, como se puede ver en este ejemplar que se conserva en el museo de San Petersburgo si bien se asemejan más al cañón experimental que vimos al principio ya que toda su ánima es rectangular con un calibre de 5x4 pulgadas. En la decoración del primer cuerpo queda clara su procedencia: en el centro vemos el anagrama del monarca prusiano, FR, Fridericus Rex, y sobre el mismo el lema que se aprecia en la cartela, VLTIMA RATIO REGIS (El último argumento de los reyes), aforismo que adoptó inicialmente Luis XIV y, más tarde, Federico de Prusia, que ordenaron que en las piezas fundidas durante su reinado apareciese esta frase. En las fotos podemos ver el aspecto de la criatura. En la imagen de la derecha aparece el anagrama regio, así como el lema anteriormente citado. La flecha señala un tetón perforado donde se fijaría una llave de chispa para disparar el arma.


Y aún hay otro pseudo-obús secreto que, por lo que vemos, era un secreto a voces. En este caso se trata de un ejemplar que se conserva, magníficamente por cierto, en un museo de Copenhague del que solo se ofrece una escueta información: está datado en 1700, lo que creo se trata de un error, y que es un modelo experimental de 3 libras, o sea, lo mismo que el cañón de ánima rectangular que vimos al principio. Colijo pues que más bien se trata de una versión de esa pieza que, como comentamos, estaba destinada a disparar andanadas de tres proyectiles cosa que, por cierto, ya se hacía desde mucho tiempo antes en los cañones normales simplemente superponiendo tres pelotas delante de la carga de proyección.


Otra vista en primer plano de la boca de fuego
En fin, esta es la breve historia de estos curiosos obuses. No hay unanimidad en el número de piezas fabricadas, como está mandado. Mientras que unos afirman que solo se produjeron los 50 obuses aprobados inicialmente, otros aumentan la cifra hasta los 70. Según V. Otochkin, en los registros de artillería de Moscú figura que se llegaron a fabricar 72 unidades de las que 13 fueron enviadas a sus aliados austriacos. Christopher Duffy reduce el préstamo a solo cuatro unidades enviadas al mariscal Daun, las cuales fueron probadas en agosto de 1759 para ser devueltas en febrero del año siguiente agradeciéndoles la gentileza y tal porque, en realidad, fueron desechadas al comprobar que el alcance era insuficiente y las cureñas excesivamente pesadas. Respecto al número total de ejemplares fabricados, este mismo autor aumenta aún más la cifra ya que, a las unidades en servicio, añade 181 más destinadas a sustituir los cañones de 3 libras en servicio. En fin, en este tema el secreto aún perdura porque no hay consenso. 


De izda. a dcha., Fermor y Saltykov, los dos probos quejicas que le
echaron valor al enfrentarse al todopoderoso Shuvalov
En todo caso, lo que si parece claro es que, tal como hemos comentado ya varias veces, la vida operativa de estas piezas estuvo ligada a la de su creador a pesar de los elogiosos informes que llegaban sobre su actuación en combate. Obviamente, no vas a mandarle un informe al jefe supremo de la artillería diciéndole que sus criaturas no valen un pimiento, y menos en una país y en una época en la que bastaba un susurro al oído de la imperatritsa para que, al cabo de media hora, te vieras engrilletado y camino de Siberia para no volver en muchos años, si es que volvías. No obstante, todo hay que decirlo, el comandante Danilov comentaba en sus memorias que el conde Fermor y el mariscal Piotr Semyonovich Saltykov no se andaron con chorradas y manifestaron abiertamente las carencias del invento, y que solo la influencia de Shuvalov permitió que siguieran en servicio. Sea como fuere, la cuestión es que en 1762, cuando el probo trepa empezaba a enfriarse en su tumba, los obuses secretos fueron retirados de servicio, figurando en los inventarios del ejército hasta la década de los 80.

Bueno, hijos míos, ya me he enrollado bastante. Y aprovechen para dejar a sus cuñados in albis con lo de estos obuses, porque me juego una caja de Vega-Sicilia Único de la añada que prefieran a que no saben una papa sobre este tema, así que leña al mono.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

Proyectiles de artillería, 2ª parte 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. 6 curiosidades curiosas 6


Más o menos así sería la trampilla que localizó de forma fortuita el
sargento Green en Cu Chi
Bien, dilectos lectores, con este artículo terminamos esta ilustrativa monografía vietnamita. En el mismo veremos además algunas piezas de su equipo que se mencionaron de pasada y no nos detuvimos a analizarlas un poco más a fondo. Al grano pues...

1. La primera vez que los yankees tuvieron constancia física de la existencia de los túneles fue el martes, 11 de enero de 1966 en el contexto de la Operación Crimp, en Cu Chi. El "afortunado" descubridor fue el sargento Stewart Green, perteneciente al 1er. batallón del 28º Rgto. de Infantería al mando del teniente coronel Robert Haldane. Green era un sujeto canijo y reseco de apenas 58 kilos que, agotado de ver como los charlies aparecían y desaparecían como por ensalmo sin que nadie pudiera perseguirlos o hacerles frente, se echó un rato a descansar junto a sus compañeros. De repente, notó que algo le pinchaba en la espalda, y dando por sentado que se trataba de alguno de los bichos que poblaban la zona y que tenían más mala leche que los vietcongs, se levantó rápidamente para buscarlo y chafarlo de un pisotón. Pero, cual no fue su sorpresa cuando vio que no había bichos, y que lo que le había "picado" en la espalda era un clavo que sobresalía de una pequeña trampilla de madera llena de agujeros de ventilación. Era la primera vez que se encontraba uno de esos túneles de los que tanto habían oído hablar pero que, hasta el momento, permanecían más invisibles que la lista de gastos de las tarjetas black de los políticos. 

Un rata saliendo de un túnel. Generalmente ofrecían el mismo
aspecto: sudorosos, sucios y con la mirada extraviada
Tras informar a Haldane, Green y algunos hombres más se internaron en el túnel. De inmediato encontraron una enfermería con suministros médicos que fueron llevados a la superficie por uno de los hombres del grupo y entregados al capitán Kennedy, de la Unidad de Inteligencia. Mientras que bicheaban el hallazgo, las demás neo-ratas tuneleras salieron echando leches por el boquete aquel. El último en salir fue Green, que informó que en un pasadizo lateral se habían topado con unos 30 charlies que, al igual que ellos, se quedaron con la jeta a cuadros. Se asustaron tanto unos como otros y cada cual dio media vuelta y salieron zumbando en direcciones opuestas. Kennedy ordenó a Green, que ya debía estar maldiciendo la hora en que descubrió el puñetero túnel, que volviera con un intérprete para conminar a los charlies a rendirse, de lo que podemos deducir que el tal Kennedy no debía estar en Inteligencia, sino pegando sellos en una estafeta militar porque los vietcongs no se iban a rendir porque se lo pidiera un paisano acompañado por un sargento yankee birrioso. En cualquier caso, al poco rato salieron con Green dándole collejas al intérprete porque, según aseguraba, se había negado a decir una palabra. El vietnamita se defendía alegando que le faltaba el aire, que no podía respirar y que por eso no pudo hablar. Obviamente, a aquellas horas los vietcongs estaban ya en Birmania por lo menos.

Evacuando a un rata herido
Haldane ordenó entonces verter un poco de gasofa y arrojar varios botes de humo rojo en el túnel para obligar a salir a los malvados enemigos. Cual no fue la sorpresa de los presentes cuando, al cabo de pocos minutos, vieron emerger del suelo mogollón de fumarolas rojas. Era los respiraderos del túnel, por lo que aquel día también tuvieron conocimiento de que aquellas ratoneras eran más complejas de lo que habían imaginado. A la vista de lo visto ordenó arrojar granadas de CS, pero sin resultado porque lo que no sabía era que el complejo tenía miles de metros de galerías. Finalmente, Green, que se consideraría  gafe entre los gafes, tuvo que entrar una vez más para guiar al equipo de demolición encargado de destruir el túnel. Cuando la entrada fue colapsada Haldane puso jeta de satisfacción ante el deber cumplido, pero en realidad lo único que había conseguido era echar abajo una ínfima parte del complejo. La historia de los ratas de túnel acababa de empezar, y durante casi una década tendrían que enfrentarse con los peores miedos del ser humano: la oscuridad absoluta, la asfixia, ser enterrado vivo o verse rodeado de los bichos y sabandijas más asquerosos que se pueda uno imaginar.

Trampa con estacas punji para visitas non gratas. Son fáciles de preparar y,
sobre todo, baratas. No estaría de más instalar una en el recibidor  de casa
para defender el sacrosanto hogar de la familia política.
2. Las dos trampas más habituales que un rata se podía encontrar eran pozos con estacas punji y granadas accionadas por un hilo. En realidad, prácticamente eran las únicas que podían funcionar en un túnel. No creo que ninguno que los que me leen desconozcan las malvadas estacas esas. Los vietcongs las ponían por todas partes y de las formas más variopintas: en senderos, en vados de ríos o canales, plantadas en el fondo de un pozo, en pasarelas basculantes, en rodillos... En fin, la lista sería interminable. En los túneles no era preciso que el pozo tuviera mucha profundidad ya que el rata iría gateando, por lo que no debería exceder de más de la mitad de la longitud de un brazo. De ese modo, al plantar la mano en el suelo este se hundiría y se vería con una o más estacas atravesándosela en base a la densidad de palos que hubieran plantado en el fondo. 

Malvados y alevosos vietcongs preparando un pozo con estacas punji
en un sendero que era el paso habitual de sus cuñados
Preparar una de estas trampas era tan básico que hasta un político aprendería en dos minutos. Bastaba cavar el pozo, plantar varias hileras de finos troncos de bambú afilados en bisel- en algunos casos les daban a la punta forma de arpón para dificultar su extracción-, lo cubrían con una fina estera de palma o tiras de bambú y esta a su vez la ocultaban con tierra. Si una de esas estacas se clavaba lo más sensato no era intentar extraerlas in situ, sino cortarla y evacuar al herido fuera del túnel para ser trasladado a un hospital. Como añadido al evidente destrozo que podía causar en los tendones, los vietcongs las solían untar con excrementos o substancias venenosas. Por lo demás, el término punji parece ser de origen birmano, y aunque este tipo de trampas ya debían usarlas los hombres primitivos, no fue hasta 1872, con la llegada de los british (Dios maldiga a Nelson) a Extremo Oriente, cuando se tuvo constancia de ellas. Cabe suponer que, originariamente, se usaban ante todo para cazar animales. Con todo, aunque este tipo de heridas puede dar bastante repeluco, en realidad no albergaban complicaciones para un equipo médico yankee. Bastaba abrir la herida, extraer la estaca, limpiar y comprobar que no quedasen restos y coserla. Le metían un chute de antitetánica,  lo tenían cinco días a base de penicilina y estreptomicina y santas pascuas. Peor era un balazo de un Kalashnikov, obviamente.

La otra trampa era más chunga por razones obvias, pero no parece ser que se cobrase muchas vidas. Consistía en algo tan simple como una lata embutida en la pared del túnel. Dentro se colocaba una granada de mano, por lo general de origen ruso o chino si bien no eran despreciadas las de procedencia yankee que caían en manos del Vietcong. Como vemos en el detalle, tenemos una granada F1 rusa metida en la lata con el pasador de seguridad extraído. Un finísimo hilo atado a la granada se tendía hacia la pared opuesta de forma que si el rata no lo veía tiraba del mismo, sacando la granada de la puñetera lata. En ese momento la palanca saltaría, explotando entre los 32 y 42 segundos habituales en el retardo de las granadas comunistas. Obviamente, al rata no le daba tiempo de poner tierra de por medio, por lo que si la bomba explotaba adiós muy buenas. Sin embargo, como decíamos al principio, no era un tipo de trampa que funcionase bien en ese entorno ya que el hilo era detectado con cierta facilidad al brillar con la luz de la linterna. Caso de ser detectada, el rata sacaba cuidadosamente la granada de la lata y le colocaba un pasador de seguridad, de los que iba bien provisto. El pasador yankee ajustaba perfectamente en las granadas soviéticas y chinas, así que conjuraba el peligro y seguía adelante. Donde sí eran verdaderamente peligrosas estas trampas era en el exterior, cuando la maleza hacía invisibles los hilos, pero de eso ya hablaremos otro día. Bueno, no quiero mentir, un mes de estos. O un año de estos, seamos realistas...

3. Como hemos comentado, los yankees disponían de un amplio surtido de granadas para perjudicar severamente a los enemigos. A la derecha podemos verlas. La A es una granada de fragmentación M26 "Lemon", por su evidente forma de cítrico. Estaba cargada con 575 onzas (164 gramos) de Compuesto B y una espoleta de retardo de 5 segundos. La B es la M67, otra granada de fragmentación. Estaba cargada con 180 gramos de compuesto B y una espoleta de retardo entre 4 y 55 segundos. La C es una granada ofensiva Mk 3A2, cargada con 8 onzas (226 gramos) de trinitrotolueno. Ese chisme era devastador, con un radio de acción mortal de 2 metros. Pero donde se mostraba más eficaz era en los espacios cerrados debido a la gran onda expansiva que desarrollaba el explosivo. Por último, la D es una M34 "Willie Pete", una granada con una carga de 430 gramos de fósforo blanco activada por un retardo de 4 segundos. Su radio de acción era de unos 30 metros, así que arrojada dentro de un túnel podía ser algo fastuoso. Sin embargo, estas monerías solo podían usarse para despejar la entrada antes de que el rata se aventurase en el interior del túnel, eliminando posibles enemigos y/o activando trampas explosivas. Sin embargo, una vez dentro el rata no podía hacer uso de ellas ni siquiera lanzándolas contra una cámara lateral o un recodo. La onda expansiva lo dejaría hecho un despojillo, por lo que no le quedaba otra que confiar en su pistola. No disponía de otra arma ya que, como vemos, las granadas podían volverse contra él.

4. Ahí tenemos el teléfono TA-1/PT del que tanto hemos hablado pero que aún no hemos visto. En la parte superior vemos el estuche del aparato. En cuanto al teléfono, tenía un peso de 125 kilos y un potencia para emitir hasta una distancia de 4 millas (64 km.). Lo que parece un enchufe son en realidad los bornes de presión donde se metían los cables. En la base está el regulador de volumen. Entre el receptor y el emisor aparece la luz de aviso de llamada. Se encendía cuando desde superficie querían hablar. Y en los costados aparecen dos teclas, la de abajo había que mantenerla pulsada mientras se hablaba, y la otra, que apenas se ve, se pulsaba cuando se quería transmitir, avisando a superficie.  En la parte trasera llevaba un clip para sujetarlo al cinturón o el correaje. Ese chisme era de vital importancia para el rata ya que bajo tierra los aparatos de radio funcionaban menos que un cerebro en plena siesta tras devorar tres platos de lentejas con chorizo. Como es obvio, se empleaban dos aparatos, uno el rata y otro en superficie.

5. El cordón umbilical que unía ambos teléfonos era el cable WD-1, que se distribuía en estos casos en la bobina MX-306A/G, con una capacidad de media milla (804 metros). El cable iba saliendo por el orificio central y, aunque no lo pueda parecer, cuando se llevaban varias decenas de metros fuera era bastante engorroso tener que ir tirando del mismo, y más cuando se habían dejado atrás varios recodos en los que invariablemente se quedaba un poco pillado. En caso de que el rata fuera con un hombre de apoyo, era este el que iba cargando con el puñetero teléfono y tirando del dichoso cable. Eso sí, en base al cable extraído de la bobina al menos se podía saber con bastante exactitud la distancia recorrida hasta que el rata decidía dar media vuelta y salir del hoyo.

6. La compañera inseparable del rata era la linterna en ángulo recto MX-991/U. Estaba fabricada de plástico y era estanca, así que podía usarse sin problema en los asquerosamente húmedos, cuando no chorreantes túneles. Como vemos, tenía un clip para sujetarla al correaje, y a partir de 1973 el interruptor estaba protegido por unas solapas para impedir apagones repentinos por error o en caso de caerse. En la parte inferior está el interruptor en sí, y encima un pulsador para emitir en morse. Estaba alimentada por dos baterías BA-10. Dentro de la tapa tenía una bombilla de repuesto y varios filtros, dos rojos, uno azul, uno blanco y otro blanco difuso. Estas lentes se usaban para emitir distintos tipos de señales. Con todo, algunos ratas preferían usar linternas rectas, si bien eran los menos.

Bueno, imagino que con estas seis curiosidades curiosas podrán chinchar bonitamente al cuñado que se compró los fascículos esos de "Nam", que salieron hace la torta de años. En cualquier caso, creo que con todo lo explicado hemos podido aprender y comprender la penurias de estos probos exploradores subterráneos cuando "corrían el hoyo" y se veían en el "black echo", el eco negro, como denominaban a esos túneles infinitos donde solo había tinieblas impenetrables.

En fin, es la sacrosanta hora de merendar, así que me piro, vampiro.

Hale, he dicho

Sacando a un rata de un pozo. Algunas entradas no estaban configuradas en forma de suave pendiente, sino como
pozos de varios metros de profundidad en los que, a veces, había varios accesos perpendiculares  a distintos niveles.
Ya los veremos en su momento

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. Demolición de túneles


Preparando una voladura con dos cargas de demolición
M37, que junto a la M183 eran las más habituales
Bueno, criaturillas, este artículo es el penúltimo de la pentalogía sobre los insignes roedores de las procelosas profundidades indochinas. Ya hemos visto cuáles fueron sus orígenes, como asesinaban y como gaseaban a los enemigos, así que solo nos resta detallar como inutilizaban sus intrincadas ratoneras para chincharles a base de bien. La última entrada que completará esta ilustrativa monografía la dedicaremos a dar cuenta de algunas curiosidades curiosas para rematar cuñados ahítos de ver como Forrest... Forrest Guuummp se mete en un túnel sin dudarlo ni un instante cuando se lo ordena el controvertido y exaltado teniente Dan (por cierto, este mes se cumple nada menos que un cuarto de siglo del estreno de esta fantástica película. Carajo, como pasa el tiempo, blablabla, etc...). 

Bien, ya vimos como se recurría a expulsar o gasear cual moscas cojoneras a los inquilinos de los túneles, tras lo cual se procedía a su demolición a base de meter explosivos como para poner en órbita a una docena de cuñados. Los miembros de las unidades de ingenieros que eran enviados como apoyo de superficie se encargaban de dictaminar la cantidad necesaria y el tipo de carga más adecuado para mandarlo todo a hacer puñetas si bien, como ya comentamos, en caso de tener ante ellos un complejo de categoría se tenían que limitar a colapsar las entradas que se habían podido localizar, así como los respiraderos. De ahí la importancia de esas bocas de túneles como la que mostramos situada bajo el agua, ya que de ese modo la mayor parte del complejo quedaba indemne y se podían reabrir las entradas que habían sido voladas. Total, si habían sido capaces de excavar decenas o incluso centenares de metros, podían volver a rehacer uno o más túneles de 10 o 20 metros para recuperar los accesos colapsados por los explosivos.


Sonriente vietcong cavando uno de los túneles
de Cu Chi. Obsérvese la peculiar textura del
terreno que, una vez seco, adquiriría la
consistencia de una puñetera roca. Un día de estos
ya dedicaremos algunas entradas al proceso de
construcción de esas fortificaciones subterráneas
No debía ser fácil demoler estos túneles. Es posible que, a pesar de que hayan visto mogollón de fotos de ratas de túnel no se hayan percatado de un detalle: nunca se ven entibados. La naturaleza del terreno no los hacía necesarios porque en muchas zonas de Vietnam era a base de laterita, una tierra arcillosa rica en hierro- de ahí su característico tono rojizo- que cuando está seca es dura como el hormigón. Solo se ablanda con la humedad, por lo que generalmente cavaban los túneles en la época de lluvias que era cuando se podía trabajar con relativa facilidad. Pero en época seca, que era cuando se llevaban a cabo la mayoría de las operaciones de búsqueda y destrucción porque cuando se habla de "época de lluvias" en Vietnam hablamos de lluvias torrenciales durante días y días, la tierra de los túneles estaba dura como si fuera granito, ergo había que meter estopa en cantidad para echarlos abajo.

Dicho esto, el ingeniero encargado de llevar a cabo la voladura se basaba principalmente en la profundidad y la longitud del túnel. Básicamente, el cálculo era el siguiente: para una profundidad de tres metros o menos se requerían 2 libras (900 gramos) de explosivo por cada 30 cm. de longitud. Haciendo una sencilla regla de tres sabríamos que, por ejemplo, para un túnel de solo cinco metros, que equivalen a 16 pies, serían necesarios aproximadamente 15 kilos de explosivo. ¿Que no se hacen una idea de a qué equivale esa cantidad? Pues una mera orientación: era casi la misma carga de la bomba alemana SC50, en este caso concreto 16,4 Kg., así que con esto podemos calcular lo que hacía falta para acabar con un túnel birrioso. Lógicamente, a medida que aumentaba la profundidad la proporción aumentaba: entre tres y seis metros había que duplicar la carga, por lo que un túnel similar requeriría 30 kilos, y entre seis y nueve metros se triplicaba, uséase, 45 kilos de nada. Está de más decir que para los líderes del mundo libre y de la democracia planetaria eso no suponía ningún problema, pero no por ello el dato no deja de ser interesante ya que nos aclara puntos curiosos como la ausencia de entibado y la correosa resistencia del suelo vietnamita, que permitió que gran cantidad de complejos quedaran cuasi intactos aunque se colapsaran las bocas y pozos de acceso a los mismos.


Mochila M85 y bloques de C4 M112 y M5A1 (no están a escala)
El ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, principalmente a base del archiconocido C4, dinamita, trinitrotolueno, nitrato de amonio y B4 para diversos dispositivos ideados para cometidos muy concretos. De este amplio abanico solo se emplearon los que se adaptaban mejor a la destrucción de los túneles y, llegado el caso, para despejar zonas de maleza circundante a las entradas. Veamos los más usados. Las cargas de demolición que alcanzaron más difusión eran las denominadas como satchel carges, cargas de mochila o macuto, que no eran más que determinadas cantidades de paquetes de explosivo contenidos en un macuto M85. Aunque inicialmente se llenaban con paquetes de TNT, este explosivo quedó relegado a la gran cantidad de gases tóxicos que producían al explotar. Fue sustituido por el mucho más versátil y manejable C4 en las cargas de mochila M37, que contenía ocho bloques M5A1 de 2,5 libras (1,1 kilos, o sea, 8,8 kilos en total). Cada bloque estaba envasado en plástico traslúcido blanco, y en las tapas de los extremos traían ya previstos dos orificios para perforar el bloque e introducir los detonadores. Los bloques M5A1 fueron reemplazados por los M112, de 1,25 libras (566 gramos, 9 kilos en total) de C4 dando lugar a la carga de mochila M183, que contenía 16 bloques M112 envueltos en Mylar de color verde con un respaldo adhesivo. El Mylar es como se conoce en USA al PET, uséase, el plástico con que se fabrican las botellas de agua, refrescos, etc.


En una solapa interior de la mochila M85 ya traía la mecha o el cordón detonante más los detonadores necesarios para llevar a cabo la voladura. En el caso de la M37 llevaba 1,5 metros de mecha convencional con un detonador M7 en cada extremo. Estos detonadores consistían en una simple cápsula de aluminio que contenía una pequeña carga de ignición que se activaba con la mecha y que, a su vez, detonaba una carga principal de RDX que era la que producía la explosión del C4. Veamos la secuencia de fotos que nos muestra todo el proceso a seguir para preparar la carga.

1. Ahí tenemos la mochila, en la que aparece escrito el tipo de carga que contiene. Era una bolsa de lona que se cerraba con cintas y provista de un asa para transportarla. 

2. Esta foto muestra la mochila abierta y los dos paquetes de cuatro bloques en que se dividía el explosivo. Ayudado con el punzón de la tenaza M2, el ingeniero está practicando un orificio para introducir uno de los detonadores M7. A continuación hará lo mismo en uno de los bloques del otro paquete. En el detalle podemos ver el bloque M5A1.



En la foto vemos más cerca como el ingeniero engarza el
detonador M7. En el detalle tenemos una tenaza M2 como
la que tiene en la mano. La primera muesca engarza el
detonador, la segunda corta la mecha. El punzón superior del
mango es para perforar el C4, y el inferior es un destornillador
3. El ingeniero muestra el metro y medio de mecha que acompaña al kit explosivo. Esta mecha era convencional, o sea, no funcionaba con detonadores eléctricos lo que no quiere decir que, si se deseaba, se pudiera sustituir por cordón detonante, que siempre era preferible ya que permitía controlar el momento exacto de la explosión.

4. El ingeniero introduce los detonadores en los orificios practicados en cada bloque de C4

5. Aquí vemos como prepara la mecha que unirá a la de la carga. En función del retardo deseado será más o menos larga. Estas mechas eran un simple cordón de fibra con un núcleo de pólvora negra, todo ello dentro de una funda de plástico para impermeabilizarlo. En el extremo de la mecha ha colocado un detonador M7 que activará la mecha de la carga. En la foto vemos como lo engarza con la tenaza M2.

6. Une la mecha de la carga con el detonador de la mecha principal con cinta aislante. 


Para introducir la mecha se aflojaba un poco el casquillo del
extremo derecho y se removía el tapón de seguridad. Se metía
la mecha y se enroscaba el casquillo para fijarla al iniciador.
7. En el extremo de la mecha principal coloca el iniciador M60 (foto de la derecha) que prendía la mecha. Esta se consumía a una velocidad de 40 segundos por cada 30 cm., o sea, que había tiempo de ir a tomarse unas birras llegado el caso. En la secuencia que hemos mostrado, el ingeniero ha usado unos dos metros de mecha principal más el metro y medio de mecha secundaria, o sea, 2,75 metros por paquete ya que la mecha secundaria está dividida en dos. Traduciendo: 9 pies de mecha, a 40 segundos por pie serían 360 segundos, que es lo mismo que 6 interminables minutos. Obviamente, esta secuencia está filmada durante unas prácticas, y en situaciones reales el largo de la mecha sería muy inferior. 

8. Introduce la carga en el túnel


9. Activa el iniciador. Para ello retiraba el pasador de seguridad, tiraba de la anilla colocada en el extremo, la soltaba y un muelle helicoidal en el interior lanzaba un percutor contra el pistón que, al detonar, prendía la mecha. A partir de ahí solo restaba ponerse a cubierto y esperar a que la mecha se consumiera. Por cierto que, caso de no disponer de iniciadores, con una simple cerilla se podía prender el cordón de la forma que mostramos en el gráfico.

10.¡BOOOMMM! Al carajo el túnel.


Con la carga M183 el proceso era básicamente el mismo pero con dos diferencias: en vez de una mecha secundaria con dos detonadores se usaban dos tramos de cordón detonante y cuatro detonadores que, en este caso, se activaban mediante un detonador eléctrico. El cordón detonante era en la práctica igual que la mecha, pero en vez de contener pólvora negra llevaba un núcleo de pentrita que, además de ser un potente explosivo, era muy adecuado para usar en ambientes muy húmedos o incluso bajo el agua ya que no es soluble en la misma. Veamos la secuencia de fotos porque una imagen vale más que dieciocho discursos.


Tras proceder a colocar los detonadores y el cordón detonante de forma similar a lo descrito en el caso anterior, ya solo queda preparar la detonación.

A. El ingeniero une el cable eléctrico al detonador. Bastan un par de vueltas en cada borne y apretarlos.

B. Prepara la llave que al girar producirá la corriente eléctrica que iniciará los detonadores.

C: Media vuelta a la llave y adiós muy buenas.

D:¡BOOOMMM! Otro túnel al carajo. Como es evidente, este sistema era más fiable, cómodo y garantizaba un control total sobre la detonación porque aquí no había que andar midiendo mechas ni calculando el tiempo que tardaría en explotar la carga. Con los detonadores eléctricos solo se producía la explosión cuando se activaba el mismo, ni antes ni después. Por cierto, había otros detonadores que en vez de llave usaban una tecla de presión, en este caso muy usados en las minas Claymore que se distribuían alrededor de los campamentos para convertir en comida para gatos a los enemigos que se acercaran con aviesas intenciones.


Preparando la voladura de un árbol con un par
de bloques de C4
Como hemos dicho, el ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, pero aunque podían ser válidas para volar túneles, su diseño estaba destinado ante todo a acabar con fortificaciones de hormigón o para abrir cráteres de gran tamaño capaces de inutilizar carreteras o pistas de aterrizaje, así que las obviaremos tanto en cuando se salen del tema que nos ocupa. Si acaso, mencionar que cuando se localizaba un túnel ubicado entre una espesa fronda se recurrían a bloques sueltos de C4, TNT o dinamita para despejar la zona de arboleda o, caso de encontrarse en el interior de masas de arbustos o bambú, se empleaban los conocidos torpedos Bangalore (sí, los de "Salvar al soldado Ryan"), diseñados originariamente para destruir alambradas. Y si eran capaces de destruir alambradas, pues también bambúes, naturalmente. De hecho, incluso se llegaron a usar para destruir tramos de túneles ya que estaban diseñados de forma que podían empalmarse unos tramos con otros hasta un total de 60 metros nada menos. El Bangalore M1A2 tenía una longitud de 1,5 metros, 8,2 cm. de diámetro y una carga de 10'5 libras (4,7 kilos) de Compuesto B4. El B4 contiene un 60% de RDX, un 39,5% de TNT y un 0,5% de silicato de calcio. Como carga de iniciación y refuerzo lleva en cada extremo media libra (226 gramos) de Compuesto A3, formado por un 91% de RDX y un 9% de cera, esta última destinada a recubrir, insensibilizar y unir las partículas de RDX.


Los Bangalore se suministraban en cajas de madera con diez unidades más sus correspondientes manguitos de empalme y un manguito delantero redondeado para facilitar el avance cuando se empujaba el torpedo entre zonas pedregosas, con vegetación, etc. Como vemos en el gráfico de la derecha, los manguitos de empalme estaban ranurados para encajar sólidamente los extremos de cada torpedo. En la parte inferior vemos el proceso de empalme de dos torpedos, que se repetiría las veces que fuera necesario hasta obtener la longitud necesaria. Al final de cada torpedo tenemos el iniciador/refuerzo de Compuesto A3 que podía ser detonado de cualquier forma: con detonador de mecha convencional, eléctrico o incluso con cordón detonante, para lo cual bastaba con envolver el iniciador de A3 con ocho vueltas de cordón, pero ni una más ya que podría romper el tubo y separar el iniciador del cuerpo principal, separándolo e impidiendo así que explotase todo el conjunto. Por lo demás, los Bangalores también podían usarse, llegado el caso, para despejar campos de minas, abriendo un sendero libre de ellas por donde las tropas podían avanzar sin problema. No obstante, los charlies carecían de medios para minar grandes áreas de terreno, por lo que eran más dados a llenar la jungla de trampas más primitivas y, por ende, mucho más difíciles de detectar aunque no por ser más rudimentarias eran menos eficaces. Un simple cartucho de escopeta o de calibre .50 podía hacerle picadillo el pie al que lo pisara, pero de esas putaditas ya hablaremos en mejor ocasión.  


Para concluir no quisiera dejar de citar un par de sistemas de voladura un tanto peculiares y poco usados pero que nos vendrán muy bien para sorprender a algún cuñado que se haya ilustrado sobre el tema. Uno de ellos consistía en aparcar cerca del túnel un helicóptero cargado con bombonas de acetileno que podían inundar hasta 9 m³ de túnel cada una. Con el compresor del helicóptero se insuflaba el acetileno, que actuaría en combinación con las cargas de demolición depositadas previamente. Cuando se procedía a detonarlas, el acetileno se inflamaba y alcanzaba una temperatura de unos 2.700º; esta letal combinación de gas y explosivos convertía en un horno crematorio los túneles situados hasta unos 6 metros de profundidad, que era más de lo habitual en la mayoría de ellos. 


Otro método similar, pero sin necesidad de helicópteros era el equipo de demolición XM-242 a base de nitrometano (foto A), un combustible líquido con una potencia superior incluso al trinitrotolueno y que se usaba para destruir túneles de hasta 150 metros de largo y tres metros de profundidad sin verse limitados por recodos o pozos interiores ya que se introducía mediante una manguera de plástico blando que se adaptaba al recorrido sin problemas. Para ello se recurría a dos bidones con 55 galones (208 litros) de nitrometano cuyo contenido era introducido mediante la citada manguera en cuyo extremo se hacía un simple nudo para hacer de tapón (foto B). El líquido era impulsado por una bomba de gasolina. Una vez que el rata había llevado la manguera hasta el lugar deseado, para producir la explosión del nitrometano se colocaba una lámina de C4 de media libra (227 gramos) y media pulgada de grosor (1,27 cm.) envolviendo la manguera (foto C), junto con dos detonadores accionados por electricidad. Una vez que la manguera y el explosivo estaban dispuestos se procedía a llenarla con los 416 litros de combustible de los dos bidones. Una sonda indicaba cuando estaban vacíos, momento en que se procedía a la voladura (Foto D). Los efectos debían ser fastuosos, porque más de 400 litros de una porquería más potente que el TNT en el interior de un angosto túnel no eran para tomarlos a broma. No obstante, a pesar de su indudable contundencia parece ser que este sistema no tuvo excesiva difusión, llevándose la palma las mochilas explosivas detalladas anteriormente. Es evidente que, al cabo, primó lo más manejable sin por ello perder poder destructivo, y en la puñetera jungla no era fácil transportar e instalar los dos pesados bidones con su compresor o despejar la zona para que aterrizase un helicóptero para meter acetileno como para soldar la chapa de un acorazado.

Bueno, con esto podemos terminamos. Como hemos visto, el tema de las demoliciones requería una notable inversión de tiempo y material, aparte del personal cualificado para ello porque hasta para determinar la colocación de los paquetes de explosivos había que saber lo que se hacía. No bastaba con colocarlos junto a la entrada o en mitad de un túnel, sino buscando los lugares donde la demolición sería más eficaz e hiciese más complicado para el Vietcong excavar de nuevo el túnel o buscar su trayectoria original. Para ello, se ubicaban en los recodos, en las entradas de las cámaras laterales y a intervalos determinados de forma precisa en caso de querer demoler trayectos de túneles demasiado largos. 

En fin, no creo que se me olvide nada, así que s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho


Una choza arde tras haber sido descubierta en su interior la entrada a un túnel y ser volada con una carga de demolición.
EL Vietcong podía ubicar los accesos a los túneles en los sitios más impensables. No obstante, los yankees tampoco
eran tontos y acabaron aprendiendo muchos de sus ingeniosos trucos para ocultarlos