jueves, 29 de enero de 2015

La gente de guerra de las galeras del rey


Soldado de la gente de guerra de una galera apiolando bonitamente a un perro berberisco.
Mal que les pese a los yankees, que no paran de hacer películas sobre sus marines, los nuestros son los más
antiguos del mundo si bien aún nadie ha tenido la ocurrencia de plasmar en celuloide sus muchas hazañas.
Ilustración de © Eduardo Gutiérrez García

La progresiva expansión del Imperio español a lo largo del siglo XVI conllevó un aumento sustancial de las necesidades de la corona en lo tocante a la mejora de la flota de guerra tanto en cuanto nuestros dominios requerían el control de los mares. Esta necesidad era especialmente perentoria en el Mediterráneo a causa de la constante amenaza que sufrían tanto las costas levantinas como las posesiones de la corona en Italia y el norte de África por parte de los agresivos otomanos y los piratas berberiscos que no dejaban pasar la más mínima ocasión para desembarcar en las poblaciones costeras, adentrarse en el territorio saqueando y haciendo cautivos a mansalva para, de forma fulgurante, retornar a sus bajeles con el botín. Ello obligó a los capitanes de galeras, naves de guerra por antonomasia, a adiestrar a un determinado número de tripulantes en el manejo del arcabuz para, llegado el caso, repeler un ataque o llevarlo a cabo cuando se avistaba alguna nave corsaria. Eran los denominados como compañeros sobresalientes, y en sí no eran más que simples marineros que cobraban lo mismo que los demás y con las mismas obligaciones que el resto. Su única particularidad era que, si hacía falta, se liaban a tiros porque combatir, lo que se dice combatir, lo hacían todos si era preciso. No obstante, pronto quedó claro que para mantener las rutas expeditas e impedir que la naves cayeran en manos de los turcos o los berberiscos hacían falta algo más que unos cuantos marineros que supiesen manejar un arcabuz.

Retornando a las naves tras el saqueo
De ahí que los capitanes recibieran la orden de reclutar personal diestro en el manejo de las armas con la misión de combatir contra los enemigos que se pudieran a su alcance, no teniendo estos sujetos obligación de tomar parte en los trabajos relacionados con la maniobra y el mantenimiento de la nave. En primera instancia, en los primeros años del siglo XVI, se conminó a que los tripulantes de las galeras incluyendo los buenas boyas -remeros a sueldo, no convictos condenados- fueran entrenados en el manejo del arcabuz para poder resolver cualquier situación bélica, pero estaba claro que un ciudadano podía ser un buen marino pero un pésimo soldado, así que no había otra solución de reclutar gente destinada ex profeso al manejo de las armas. Pero el camino seguido desde los albores del siglo hasta que se acabó formando un cuerpo de infantes de marina que acabó siendo copiado por todo el mundo fue bastante largo, y dio no pocos quebraderos de cabeza a los mandamases de la milicia hispana desde el rey para abajo.

Arcabucero español de la
primera mitad del siglo XVI
El primer inconveniente que se presentó fue el elevado porcentaje de gente que se alistaba para servir en galeras sin vocación militar ni la más mínima destreza con las armas. La soldada de dos ducados al mes más el medio ducado y el medio quintal de bizcocho que se añadían para su propio mantenimiento puede que fuesen la causa de las ansias marineras de muchos, que veían en las galeras del rey un modo de poder abandonar la anorexia forzosa que se veían obligados a seguir malviviendo en el terruño. Esto no pasó desapercibido en las ordenanzas publicadas en 1531, en las que se insistía en la necesidad de que la gente de guerra de las galeras debían tener la preparación adecuada y saber tirar y manejar con el arcabuz. De ahí que se ordenara al veedor de galeras que se mandase a hacer gárgaras a los inútiles y se establecieran unas pruebas para la admisión del personal nuevo, los cuales debían dejar claro que sabían lo que se llevaban entre manos. Se establecía así mismo que cada nave estaría dotada con treinta arcabuceros al mando de un cabo de escuadra cuya soldada sería de dos ducados y medio al mes más el medio ducado y el medio quintal de bizcocho. Las obligaciones del cabo de escuadra consistían en adiestrar y mantener la disciplina entre la gente de guerra de la nave, así como velar por el buen estado de armas y municiones. También era responsable de organizar las bajadas a tierra, mirando que el personal no desertara sin más.

Galera aprestada para el combate. En el castillo de proa
se ve la gente de guerra y bajo ellos, en la toldilla
las culebrinas que arman la nave.
Pero para que este sistema funcionara eran necesaria una estructura más compleja, creándose la figura del capitán de la gente de guerra, el cual era asistido por un alférez y un sargento. Además, se incluían un pífano y dos tambores para comunicar las órdenes en combate, así como para realizar las llamadas correspondientes a la tropa. No obstante, la inclusión de la gente de guerra como elementos aparte de la marinería comenzó a producir bastantes conflictos ya que estos solo admitían órdenes del capitán y del patrón de la nave, pasando del resto de mandos de a bordo. A ello habría que añadir las constantes pendencias entre la gente de guerra y la de mar- muy propio por otro lado del carácter hispano- ya que los segundos se quejaban de que los primeros no paraban de incordiar durante las maniobras para el gobierno de la nave. Por otro lado, al alistarse debían pagarse de su bolsillo el arcabuz, la coraza y la espada, e ir provisto de un saquito de balas y mechas para el arcabuz. Para impedir que el personal se liara a cuchilladas por cualquier nimiedad, como era bastante frecuente en los soldados españoles de la época, cuando embarcaban debían depositar las espadas en una garita situada a popa, no pudiendo tocarlas hasta que se tocara "a las armas", por lo que si debían bajar a tierra para cualquier cometido, como escoltar al capitán o conducir penados, se les entregaban picas de las que iban en dotación en la galera. Al personal mencionado hay que añadir los encargados de la artillería de la nave. Las galeras, al contrario que los galeones, solo llevaban bocas de fuego a proa y en un número bastante reducido, siendo generalmente culebrinas, falconetes y pedreros las piezas embarcadas. Estas estaban a cargo del cabo lombardero o el condestable, mientras que los juegos de armas estaban bajo el control del mayordomo de la artillería. Además, las galeras iban provistas de armas de abordaje -puñales, dagas, lanzas manescas, hachas, etc.- las cuales eran repartidas tanto entre la gente de guerra como la de mar en caso de necesidad ya que, si las cosas se podían complicadas, todo el mundo arrimaba el hombro incluyendo como se ha dicho antes a los buenas boyas, que dejaban el remo para empuñar una daga o una lanza. 

Disposición de las boca de fuego en una galera. La pieza
principal era la situada en el centro, denominada como
cañón de crujía precisamente por su situación respecto
a la nave
Con todo, el reclutamiento de gente de guerra para las galeras reales no era la fórmula más adecuada para disponer de tropas verdaderamente profesionales. Por otro lado, la escasez de personal dispuesto a enrolarse conllevaba a situaciones extremas, como el hecho de que mocitos y extranjeros sin la más mínima experiencia ni preparación se alistaran atraídos por la paga. A tanto llegó el número de gente inexperta que se dictaron órdenes mediante las cuales se obligaba a expulsarlos y castigarlos para quitarle las ganas al resto de mozalbetes de meterse en camisa de once varas. De ahí que, a medida que avanzaba el siglo XVII, la gente de guerra fuese disminuyendo progresivamente, siendo sustituidos por compañías de los Tercios los cuales, como ya sabemos todos, se nutrían de hombres con verdadera vocación  militar y sumamente diestros en el oficio de las armas. Estas tropas fueron el germen del Tercio de Galeras y el Tercio de Armada que tantas jornadas gloriosas han dado a la nación.

En pleno abordaje, repartiendo muerte y
destrucción más IVA
Pero no debemos confundir ni mezclar a la gente de guerra de las galeras con los infantes de los Tercios ya que los primeros formaban parte de las tripulaciones y cobraban su soldada de manos del patrón de la nave, mientras que los segundos eran soldados que dependían directamente de sus maestres de campo y solo eran embarcados cuando se les requería para ello, permaneciendo mientras tanto en tierra, bien en donde su tercio estuviera guarnicionado, bien en presidios costeros para agilizar su embarque en caso de necesidad. Con el paso del tiempo, la gente de guerra se extinguió por completo, quedando solo en algunos casos pequeños contingentes de no más de diez o doce hombres de la total confianza de los capitanes de las naves para servirles a modo de escolta tanto en las travesías como en combate. 

Bueno, otro día hablaremos de los Tercios de Galeras, que es un tema asaz molón. Por hoy ya vale pues.

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Hale, he dicho...







miércoles, 28 de enero de 2015

Cargas de caballería pesada. Las heridas del jinete




Como ya avanzaba en la entrada anterior, los jinetes no estaban en modo alguno exentos de ser bonitamente aliñados por los infantes que, salvo que se rajaran y salieran echando leches, estaban dispuestos a vender caros sus pellejos. La infantería de la época estaba ya curada de espanto, y las constantes guerras que azotaban Europa permitían disponer de tropas perfectamente adiestradas y, sobre todo, preparadas psicológicamente para enfrentarse a los mayores horrores que se podían presenciar en aquella época. Así pues, demos un somero repaso a las armas con las que los gallardos jinetes de la caballería de línea - y de cualquier tipo llegado el caso- se tenían que enfrentar...

En primer lugar tenemos el arma por antonomasia del infante: el mosquete provisto de una bayoneta de alrededor de medio metro de longitud que convertía el arma de fuego en una eficaz pica. Hasta principios del siglo XIX, en algunos regimientos los oficiales aún estaban equipados con espontones y los sargentos con alabardas, si bien estos últimos dejaron de lado ese chisme para combatir con un mosquete que, entre otras cosas, ofendía al enemigo a más distancia. A eso habría que añadir las espadas o sables típicos de la oficialidad y, en algunos ejércitos, los que equipaban a determinadas unidades de infantería. Y como colofón, los disparos de la artillería que diezmaban a los escuadrones hasta que llegaban al contacto. En definitiva, no lo tenían precisamente fácil a pesar de cabalgar sobre sus briosos pencos. De hecho, el jinete avanzaba literalmente a merced del enemigo los pocos centenares de metros que debía recorrer hasta el choque con la infantería enemiga, y sus únicas defensas las vemos en la ilustración de la derecha: el arzón de la silla que protege los muslos y, cuando se inicie el galope e incline su cuerpo hacia adelante, éste quedará escondido tras la cabeza y el cuello del caballo, por lo que los tiros y la metralla se los llevaba el pobre animalito casi siempre.


Así pues,una vez que el escuadrón iniciaba el avance, durante los primeros centenares de metros eran hostigados con disparos de artillería usando pelotas. Concretamente se tenían que enfrentar a tiros de rebote tal como se muestra en la ilustración superior. Para hacer que las pelotas rebotaran de esa forma se cargaban las bocas de fuego con menos cantidad de pólvora a fin de que su trayectoria fuese menos tensa, impactasen contra el suelo y saliesen rebotadas. De esa forma, al ir la bala paralela al suelo, tras cada rebote dañaba lo suyo y se aprovechaba más cada disparo. Si se disparaba con una trayectoria parabólica la bala se enterraba sin más, por lo que ese método era solo adecuado para disparar granadas que estallaban antes de impactar contra el suelo. Por este motivo y aunque ideado hacia finales del siglo XVII por Vauban para batir fortificaciones o plazas asediadas con la artillería de sitio, el tiro de rebote también era especialmente eficaz contra formaciones cerradas de caballería e infantería. Como ya podemos imaginar, una lluvia de pelotas de hierro ya causaba un número de bajas irritante. 

Cuando la distancia se había disminuido hasta los 150 o 200 metros se cambiaba la munición y se cargaban los cañones con botes de metralla, racimos o cartuchos de piña los cuales pueden vuecedes ver aquí.  Los cartuchos de piña y los botes de metralla iban cargados con balas de fusil y sus efectos eran similares a los de un cartucho de perdigones moderno.  Los racimos contenían varias tongadas de pelotas de un diámetro mayor envueltas en una tela encerada que se quemaba al producirse el disparo, y eran tanto o más mortíferos que los anteriores. Eso que vemos a la izquierda es precisamente un racimo de metralla el cual no debemos confundir con las polladas usadas por la artillería de sitio ya que estas últimas estaban cargadas con granadas mientras que los racimos contenían pelotas macizas. Para hacernos una idea de su potencia destructiva, un racimo para un cañón de 24 libras contenía 20 pelotas de una libra, o sea, unos 450 gramos cada una. Un cañón de a 12 contenía el mismo número de pelotas, pero con un peso de media libra por unidad. 

En cuanto a los botes de metralla eran, como su nombre indica, botes de hojalata cerrados por su parte inferior con un disco de madera llamado salero, en el cual se clavaba el bote. Dependiendo del calibre, como es lógico, se llenaban con más o menos balas. Por ejemplo, un bote para cañón de a 12 contenía 41 balas gruesas y 112 menudas. Para impedir que el traqueteo deformara la hojalata, las balas se compactaban con serrín. En el grabado superior vemos un bote convencional con la carga de pólvora añadida al mismo para acelerar el proceso de carga. La tela encerada con envuelve el conjunto no tenía otra finalidad que preservarlo de la humedad.

Bien, esto es lo que le disparaban a un escuadrón mientras galopaba en plan solemne en busca del enemigo que esperaba ansiosamente la orden de abrir fuego, la cual no se producía hasta que los jinetes estaban a unos 50 o 70 metros de distancia, o sea, en el momento aproximado en que el comandante del escuadrón ordenaba cargar y se iniciaba el galope tendido. En ese momento, el cuadro de infantería abría fuego por secciones, lo que suponían tres o cuatro filas de fusileros que abrían fuego sucesivamente. Cuando eran tres filas, la disposición de las tropas era como aparece en el grabado de la derecha. Si eran cuatro filas, las dos primeras aguardaban rodilla en tierra y en pie las dos segundas. Lógicamente, sólo les daba tiempo a realizar una descarga porque la distancia que debían recorrer los jinetes era ya muy escasa y no era posible recargar, pero esas tres o cuatro descargas sucesivas echaban por tierra a varios caballos más antes del choque. Ojo, recordemos que la mayoría de los impactos se los llevaban los caballos, y sus jinetes o quedaban atrapados bajo los cuerpos de sus pencos o maltrechos por la costalada.

Pero eso no quiere decir que los gallardos coraceros llegasen indemnes hasta el contacto ya que muchas de las balas procedentes de los botes de metralla y del fuego de fusilería acababan incrustadas en sus cráneos o, con suerte, en el peto. A la izquierda vemos tres de ellos con daños diversos. En el primero se aprecia un solo impacto que no llegó a perforar la coraza. El siguiente muestra cuatro hermosos boquetes que, casi con seguridad, fueron hechos al mismo tiempo por sendas balas contenidas en un bote de metralla. Dudo que cuatro infantes acertaran al mismo tiempo y al mismo individuo. El siguiente tuvo al parecer más suerte, ya que presenta al menos cinco señales de impactos de bala sin que ninguno lograra perforar la coraza. 

Bien, llegados a este punto, si la infantería ha podido mantener sus filas cerradas y en buen orden, la caballería se estrellará de forma irremisible contra un muro de bayonetas. Los caballos se negarán a seguir avanzando aunque les hundan las espuelas en los ijares hasta los tacones y la carga habrá fracasado, teniendo que volver grupas con el escuadrón bastante mermado por las bajas. Pero de no ser así, los jinetes se infiltrarán entre los huecos repartiendo estocadas a diestro y siniestro, y puede que en ese momento los infantes se acojonen y opten por largarse de allí a toda pastilla. Pero si conservan buenas dosis de testiculina, no todo está perdido y pueden ofender a los atacantes causándoles más bajas. Un coracero, y caso de no serlo, razón de más, era hombre muerto si se veía rodeado por dos o tres infantes. Lo primero que recibiría sería culatazo en plena jeta o un bayonetazo en el vientre, por debajo del borde de la coraza caso de portarla, en el cuello, debajo de la mandíbula, o como hace ese bravo hispano del cuadro: metiéndosela por el sobaco, forma bastante eficaz para perforarle pulmones y corazón. Eso bastaría para aliñarlo, naturalmente. 

Del mismo modo, podía recibir serias heridas con los espontones y espadas de los mandos y cuyos efectos serían los mismos que los causados por las bayonetas, o bien disparos de pistola a bocajarro. Pero aún podía pasarle algo peor, y es que le mataran el caballo y quedara atrapado bajo el mismo o fuese descabalgado, que para el caso daría igual porque sería acuchillado de forma inmisericorde. Si nos fijamos, los elegantes uniformes de las unidades de caballería de aquella época tenían un fallo garrafal, y es que en todos los casos la vaina de la espada o el sable iba unida al cuerpo mediante un ceñidor y dos tirantes. Bastaba que un infante tirase de la vaina con decisión para descabalgar al jinete, dar con él en el suelo y masacrarlo bonitamente sin más historias. Los húsares, además, llevaban junto al sable el sabretache, que es ese florido portadocumentos que cuelga encima del arma. De hecho, sabretache significa bolsillo del sable, y su origen no era otro que disponer de un sitio donde meter la cartera, el tabaco y el DNI porque los ajustados uniformes de los húsares no permitían ni un mal bolsillo.  De ahí que a finales del siglo XIX se optara por eliminar cualquier cosa que permitiera a un infante tirar del jinete, pasando las espadas a colgar de la silla tal como vemos en la imagen de la derecha, perteneciente a un húsar de Pavía español.

Eylau. Las cosas como son: ver una carga en la que
participaban casi 11.000 fulanos debía ser algo
flipante. Pero para verlos de lejos, naturalmente
En fin, si alguien pensaba que servir en la caballería de línea servía, además de para ligar mogollón y apabullar al cuñado destinado en intendencia y que solo fabrica chuscos, para volver a casa sin un arañazo, se equivoca. Una costalada cabalgando sobre un caballo a galope tendido es suficiente para partirse el cuello y si, además, se produce mientras te disparan con toda clase de porquerías y al final del trayecto te premian con culatazos, bayonetazos, sablazos, pistoletazos e incluso con collejas y pellizcos en la oreja, servir en las unidades de caballería de línea ya no era tan atrayente. Para hacernos una idea en términos numéricos, en la famosa carga mandada por Murat en Eylau (febrero de 1807) tomaron parte 80 escuadrones con un total de 10.700 efectivos, lo que convirtió esta acción de guerra en la carga más masiva de la historia. Pues a pesar de ser un éxito total hasta el extremo de salvarle la cara al enano corso aquel día, la broma costó 1.5oo bajas, o sea un 15% de los efectivos, y eso que tras la misma se reagruparon y volvieron a sus posiciones de partida. Concretando: no hizo falta una segunda carga, todo se resolvió en la primera, y a pesar de eso palmaron 1.500 ciudadanos entre coraceros, dragones y miembros de la Guardia Imperial a caballo. 

En fin, que no era cosa baladí subirse a un penco y pasearse por el campo de batalla con el personal cabreado contigo. Bueno, con esto vale por hoy.

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martes, 27 de enero de 2015

Cargas de caballería pesada. Las heridas del infante




Según pudimos comprobar ayer, tomar parte en una carga era de lo más emocionante y daba material para, caso de volver a casa vivo y razonablemente entero, tirarse contando batallitas el resto de la vida. Sin embargo, estas acciones de guerra conllevaban unas elevadas probabilidades de no salir del brete en buen estado físico. Ya vimos como quedó la coraza del carabinero Favreau, así que no es difícil imaginar el estado en que quedó el tórax del mismo. Así pues, en esta entrada veremos qué tipos de heridas recibían tanto jinetes como infantes, así como los medios de que disponían para, dentro de lo posible, no acabar en la fosa común o pidiendo limosna en la puerta de una iglesia mostrando muñones asquerosamente recosidos.

En primer lugar, veamos las armas que disponían los jinetes y sus efectos. A la derecha tenemos una espada de caballería de línea española modelo 1768 que nos puede valer como arma genérica ya que en los demás países europeos usaban modelos con las mismas características: hoja larga, robusta y provista de profundas acanaladuras, así como una empuñadura provista de guarniciones generalmente de bronce para proteger la mano. Las hojas de estas espadas, de unos 80-90 cm. de longitud media, eran producidas mediante un proceso de forja que las dotaba de una extraordinaria flexibilidad para impedir roturas en el momento clave. Y en dicha flexibilidad radicaba gran parte de sus temibles efectos.

Porque, a pesar de que podían ser usadas para golpear, el coracero estaba entrenado para herir de punta o, al menos, actuar de esa forma durante el contacto aunque ya metido en la vorágine del combate repartiera estocadas o tajos según pudiera o le conviniera. Observemos la postura del aguerrido jinete de la derecha. El cuerpo está inclinado hacia adelante, lo cual tiene dos cometidos: uno, cargar el peso del cuerpo en la dirección donde se producirá el choque, impidiendo así salir despedido de la silla. Y en segundo lugar, ocultar su cuerpo tras el cuello y la cabeza del caballo, ofreciendo el mínimo blanco posible al fuego de fusilería enemigo. Pero centrémonos en su brazo derecho, en el que vemos la espada asegurada en la muñeca mediante el fiador. El codo está levemente flexionado para, en el momento del contacto, estirarlo en estocada, y mantiene la espada con la hoja paralela al suelo y no perpendicular al mismo como muchos piensan. Esto tiene un motivo, como todo en esta vida.

Y es que aparte de ser una postura más cómoda para el brazo y la muñeca, la cosa es que con la hoja de plano se producía una flexión en la misma en el instante de dar la estocada cuyos efectos podemos ver en el gráfico de la izquierda. De arriba abajo tenemos en primer lugar la espada en el ángulo y posición que tendría en la mano del jinete en los instantes previos al contacto. A continuación vemos el momento en que la punta choca contra el cuerpo del infante el cual, tanto en cuanto está conformado por una masa compacta de músculos, vísceras y huesos, ofrece una resistencia a la penetración la cual se ve aumentada por la ropa, correajes, etc. que cubren el torso. Vemos como la hoja comienza a flexionarse debido a dicha resistencia. A continuación, la hoja se va curvando más a medida que va penetrando en el cuerpo del sujeto que, aunque en el gráfico aparezca muy derechito, obviamente se habrá desplazado un poco hacia atrás y hacia abajo. Tengamos en cuenta que esta secuencia no dura ni un segundo apenas. Finamente, vemos como la espada ha atravesado el cuerpo, alcanzando su máxima flexión y asomando por la espalda por una zona inferior a la que correspondería si la hoja se hubiera mantenido recta. No hay que ser un forense del C.S.I de Miami o siquiera  de Benacazón para imaginar los destrozos que la hoja ha producido en los órganos y vasos sanguíneos del infante en apenas el segundo que dura toda la secuencia de la estocada. 

A la derecha tenemos un gráfico que muestra la prueba de flexión a que se sometían las espadas para la caballería de línea en general en las forjas militares de toda Europa, y siendo el paradigma de todas ellas la Fábrica de Toledo. La hoja, como vemos, era doblada hasta alcanzar un ángulo de 45º, requisito que si no cumplía era motivo para desechar la pieza. Así pues, la estocada de que se valían los coraceros de la época producía como hemos visto una herida que, aunque por fuera no tuviera un aspecto muy aparatoso, por dentro había hecho una verdadera escabechina, y de ahí que cualquier infante prefiriera mil veces ser herido por un sable que producía grandes cortes pero eran menos mortíferos -ojo, no quiero decir que un sablazo fuera una tontería- que las estocadas. Un corte podía arreglarse más o menos, pero una estocada que había perforado un pulmón de lado a lado o el estómago tenía menos solución que el afán de latrocinio de los políticos. Por otro lado, y como ya se comentó en una entrada referente a estos temas, el infante podía detener y/o desviar con más facilidad un tajo ya que era un golpe con una trayectoria más previsible. Pero la estocada no se podía detener, sino solo desviar, y si no se hacía con la destreza y la premura necesarios ya podía uno darse por muerto.


Por otro lado, el golpe de filo no era precisamente adecuado entre la caballería de línea debido a que los infantes enemigos tenían, aunque pase desapercibido, dos importantes elementos de defensa pasiva a su favor y sus espadas, aunque podían herir de filo, estaban diseñadas para hacerlo ante todo de punta. Observemos la ilustración de la izquierda, que corresponde a un infante francés. Da lo mismo la nacionalidad en este caso ya que, cuestiones de colorido y diseño aparte, los uniformes de la época se regían por patrones similares. Si observamos la flecha, vemos que esta señala el capote que se llevaba enrollado sobre la mochila y que sobresale por encima de los hombros. Bien, pues ese rollo compacto de gruesa tela encerada era una magnífica defensa contra los golpes de filo ya que las hojas quedaban embotadas contra el mismo, protegiendo de ese modo los hombros y el cuello. Y para la cabeza, los altos chacós de grueso fieltro, los morriones de pelo, o las mitras al uso en algunas unidades de infantería de la época impedían que un tajo le abriera a uno el cráneo por la mitad. O sea, que los infantes no estaban totalmente indefensos ante unos jinetes cuyas monturas, y eso no podían impedirlo porque no forma parte de la naturaleza del caballo, tienden a esquivar los cuerpos de los infantes porque los consideran obstáculos contra los que no debe chocar. De ahí precisamente el intentar mantener un orden cerrado durante la carga, ya que así los caballos no tenían más opción que arrollar lo que tuvieran delante.

A modo de curiosidad, ahí podemos ver los efectos de
una coz en el cráneo de una ciudadana británica cuyo
caballo se asustó un poco al sobrevolar sobre ellos
un aeroplano cuyo sonido espantó al animal
Estas eran pues las heridas causadas por los jinetes de la caballería pesada con sus elegantes y mortíferas espadas. Obviamente, si alguno tenía que echar mano a sus pistolas ya conocemos sus efectos: un disparo en plena jeta o, caso de quedar el arma descargada, se empuñaba por el cañón y se convertía en una eficaz maza gracias a las guarniciones de bronce con que se solían reforzar las empuñaduras de las mismas. Y habría que mencionar los traumas causados por los caballos en forma de pisotones, impactos contra el pecho de estos animalitos o incluso los bocados que endiñan y que no son cosa baladí, que más de uno volvería a casa medio tullido por haberle caído encima un caballo o por haber sido pateado al caer al suelo herido o simplemente por haber tropezado. Pero que nadie piense que los jinetes se iban de rositas y que podían acuchillar a su sabor a los infantes impunemente ya que también se llevaban lo suyo, pero eso ya lo veremos mañana.

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Cuadro de infantería dispuesto para rechazar una carga




lunes, 26 de enero de 2015

Tópicos sobre las cargas de caballería




Hay bastantes tópicos extendidos entre los ciudadanos interesados en cuestiones equino-militares que no se molestan en profundizar en el conocimiento del tema, y que radican por lo general en una serie de estereotipos que, como suele pasar casi siempre, han sido propalados por la literatura o el cine. Este último medio, el cual siempre he considerado como un nefasto propalador de camelos en vez de una eficaz herramienta para divulgar conocimientos a la par que solaz y entretenimiento al personal, ha buscado ante todo la vistosidad del espectáculo antes que el rigor histórico, y de ahí precisamente la creación de esa serie de tópicos que siguen pululando por las mentes de las "personas humanas" que gustan de estos temas.

Los cuadros de picas junto con las mangas de arcabuceros
acabaron con el reinado de la caballería. Como demostraron
los Tercios españoles, una infantería disciplinada
solo podía ser derrotada por la infantería
Como es de todos sabido, la caballería se instituyó como el arma decisiva durante la Baja Edad Media. La evolución del jinete hacia un caballero pesadamente armado y adiestrado ex-profeso para combatir a caballo- según vimos en la entrada dedicada al origen de esta fuerza militar- se convirtió en algo tan devastadoramente eficaz que nada era capaz de hacerle frente. Ello se debía, más que a la potencia en sí de los poderosos bridones y a la destreza de sus jinetes, a la falta de profesionalidad de la infantería de la época. Estos infantes, guerreros de circunstancias que combatían como milicianos conforme a las leyes de la época, eran simples labriegos y campesinos que eran llamados a la guerra por sus señores y que acudían a la misma mal armados y con escasa o ninguna preparación. Si nos ponemos en el lugar de uno de estos milicianos, no hace falta hacer un gran esfuerzo imaginativo para intuir lo que debían sentir al verse venir sobre ellos cien o doscientos caballos enormes cargando estribo contra estribo y cabalgados por profesionales de la guerra provistos de un armamento defensivo y una destreza en su oficio a años luz de la que tenían ellos. Obviamente, salvo que la carga se dirigiera contra mesnadas nutridas por mercenarios o milicianos muy disciplinados y con un nivel de entrenamiento adecuado, el empuje de los caballos coraza desbarataría a la infantería en un periquete y saldrían echando leches del campo del honor como si vieran aparecer en casa un domingo por la mañana al cuñado acompañado de toda la prole incluyendo a su mamá y al chucho adoptado por aquello de la solidaridad con los animalitos. Terrorífico, ¿no?

El mosquete provisto de una larga bayoneta convirtió al
piquero y al arcabucero en un solo hombre
Bien, como ya sabemos, el Renacimiento trajo consigo la profesionalización de los ejércitos y, con ello, el comienzo del declive de la caballería como arma definitiva, retornando la infantería a su antiguo papel de reina de los campos de batalla. Pero el punto de inflexión llegó a partir del siglo XVIII, cuando las batallas las reñían ejércitos de miles de hombres, y los estrategas ya no podían basar el éxito de la jornada en un movimiento fulgurante de sus tropas y sanseacabó. Antes al contrario, las batallas se convirtieron en verdaderas partidas de ajedrez que duraban horas y horas y en las que un error a la hora de mover una determinada unidad en el tablero podía costar muy caro. Y en ese maremagno de tropas distribuidas en una extensión de terreno enorme estaba la gloriosa y gallarda caballería la cual, muy a pesar suyo, ya no tenía el protagonismo de antaño a pesar de que se suele pensar lo contrario. Así pues,¿cómo y bajo qué premisas se decidía llevar a cabo una carga? A ello vamos...

Coraceros españoles
Ante todo, conviene diferenciar entre los distintos tipo de unidades de caballería: caballería ligera, formada por húsares armados con sable y tercerola y empleada sobre todo para misiones de exploración, enlace, hostigamiento o persecución del enemigo en retirada; dragones, que eran jinetes que valían para combatir tanto a caballo como a pie, siendo enviados donde las circunstancias lo requirieran y provistos de un armamento similar al de los húsares; y la caballería pesada o caballería de línea, heredera directa del concepto de la caballería medieval, formada por unidades de coraceros y armados con espada y una o dos pistolas de arzón, de forma similar a los añejos reitres de finales del siglo XVI y el primer cuarto del XVII. La caballería de línea era obviamente la que llevaban el mayor peso de las acciones contra los cuadros de infantería enemiga, si bien no como se suele imaginar. 



Si la infantería no podía cerrar filas o flaqueaba y era
desbordada, la caballería se introducía entre sus filas
a sablear a su sabor al personal. El paso siguiente sería
intentar reagruparse o, en caso contrario, la desbandada
Salvo contadas ocasiones en que una carga improvisada o lanzada al comienzo de la batalla era decisiva, el empleo táctico de estas unidades estaba supeditado a una preparación artillera previa. Sí, aunque suene un poco raro, ya en el siglo XVIII se tenía claro que la caballería pesada no podía intervenir si la infantería no había sido "ablandada" a base de cañonazos que abrieran huecos entre sus filas y desorganizase los cuadros. Era en ese momento cuando, aprovechando el desconcierto y el caos entre los enemigos, se ordenaba cargar a las unidades de coraceros que, previamente apercibidos y que aguardaban la orden en formación, podían acabar de romper la línea de la infantería enemiga atacando de flanco preferentemente. La idea era pues hacer uso de la caballería para rematar lo que previamente había iniciado la artillería o bien, si las circunstancias lo aconsejaban, aprovechar el cansancio de los enemigos tras un largo combate contra la infantería propia para, del mismo modo, dar el empujón final que les obligase a batirse en retirada. Otra opción consistía, según opinaba Wellington, en usar la caballería como una especie de "infantería rápida" que aprovechase el desconcierto o el cansancio enemigo para ocupar sus posiciones mientras que la infantería propia avanzaba para ser ellos los que, finalmente, los expulsaran o aniquilaran. 

Hay que tener en cuenta que en cuanto el enemigo se percatase de que la caballería maniobraba para iniciar una carga, obviamente dirigirían sus recursos contra ellos en forma de disparos de artillería -con balas, granadas o bien con botes de metralla-, lanzando a su propia caballería mediante una contracarga y, naturalmente, un nutrido fuego de fusilería que también hacía estragos entre los jinetes que avanzaban a pecho descubierto y que no podrían ofender al enemigo hasta llegar al contacto. Pero hasta que ese momento llegase muchos caballos volverían de vacío a las líneas de partida, y hablamos de verdaderas escabechinas a veces. Un ejemplo bastante gráfico lo tenemos en la imagen de la derecha, que muestra la famosa coraza del carabinero Antoine Favreau, cuya caja torácica sufrió ciertos desperfectos en Waterloo cuando una bala de cañón puso a prueba la resistencia de la elegante coraza de latón que cubría su cuerpo.  


Aunque esta es la imagen que suele aparecer en las mentes
del personal, la realidad era un poco diferente. Un aspecto
que también influía en lo tocante a la velocidad era el
estado del terreno, que podía obligar a actuar con más
parsimonia si no querían verse enterrados en fango o en
el fondo de una zanja o un arroyo 
Precisamente este estado de indefensión durante el avance era ya motivo de controversia en su época. Así, mientras unos decían que había que cargar con la mayor velocidad posible precisamente para estar el menor tiempo posible bajo fuego enemigo, otros apostaban por mantener el orden de la formación ya que, de lo contrario, se perdía su mayor baza: la potencia de la masa. En todo caso, lo habitual era avanzar al trote o con un galope sostenido ya que, como es obvio, todos los caballos no eran capaces de correr a la misma velocidad a galope tendido, así que era preferible ir más despacio sin perder la formación aún a costa de sufrir un mayor número de bajas. El galope se reservaba para el tramo final, que no solía ser mayor de 50 o 70 metros, o para cuando el enemigo optaba por salir en desbandada y poder así arrollarlos. 


Carga en línea 
Por otro lado, es también inexacta la creencia de que los escuadrones atacaban por norma en masa, formando un amplio frente. En realidad, la distribución de las tropas sobre el campo de batalla estaba condicionada ante todo por el terreno, que podría permitir o no determinados despliegues. En caso de tener ante sí un espacio lo suficientemente amplio sí se cargaba formando líneas y estribo contra estribo, pero si el espacio disponible era inferior se podía optar por disponer los escuadrones de forma escalonada de forma que actuaran en oleadas consecutivas. Al ofrecer una línea más reducida se perdía poder de choque, pero se compensaba con cargas sucesivas, o bien los escuadrones que marchaban tras el que abría la formación se encargaban de intentar envolver al enemigo por los flancos mientras estos estaban ocupados en detener la carga central. En fin, tácticas había muchas, y cada comandante elegía la que podría convenirle en cada momento. Lo que sí debe quedar claro es que la caballería pesada no atacaba en plan masa enloquecida sin orden ni concierto como sale en las pelis porque, y eso se pudo comprobar en su día más de una vez, cargar así era totalmente inútil contra cuadros de infantería que iniciaban un devastador fuego de fusilería en cuanto los tuvieran a tiro. Un jinete aislado no tenía absolutamente nada que hacer contra las bayonetas que erizaban los cuadros de infantes y que se clavarían tanto en él como en su montura nada más llegar al contacto. 


Si la infantería era capaz de mantener las filas cerradas
y no se dejaba acojonar, tenía muchas posibilidades de
rechazar la carga incluso antes de llegar al contacto a
base de mantener una férrea disciplina de fuego
Y para poder mantener ese orden era necesario, como ya se comentó más arriba, avanzar siguiendo unos cánones previamente establecidos en lo referente a la cadencia del paso de los caballos. Esas cargas a galope tendido que tanto molan en las películas eran simplemente inviables ya que los caballos, por si alguien no ha caído en la cuenta, son unos animalitos que no solo se asustan cuando les disparan, sino que se cansan horrores cuando se les obliga a galopar con un ciudadano encima que pesa sus buenos 80 o 90 kilos incluyendo armas y silla. Así pues, la formación avanzaba al trote hasta que se encontraban a unos 200 metros de la línea enemiga. Sí, evidentemente caían muchos como consecuencia de los disparos de la artillería enemiga cuyas balas, rebotando sobre el suelo, se llevaban por delante a varios caballos de una tacada, pero nadie dijo que las cargas fuesen facilonas y gratas para nadie. Así pues, como digo, avanzaban en buen orden hasta que a unos 200 metros se ordenaba iniciar el galope el cual se mantenía hasta que, apenas a unos 50 metros, se ordenaba cargar. 


Toque de carga, comienza la fiesta
En ese momento es cuando se espoleaba a las monturas y se avanzaba a galope tendido extendiendo el brazo que portaba la espada, porque, y ese es otro tópico, mantener la espada con el brazo extendido un rato cansa una burrada. Y si no, prueben vuecedes a mantener apenas un kilo de peso en la mano durante dos o tres minutos y ya me dirán. Había que reservar las fuerzas para el momento supremo tanto en hombres como en caballos, y agotar a ambos antes de tiempo para que quedase la cosa bonita es el enésimo tópico chorra. Además, eso de que todo el escuadrón cargaba enfilando las espadas es otro camelo. De hecho, solo los componentes de la primera línea apuntaban con sus armas al enemigo. Las líneas que marchaban detrás las mantenían en posición vertical hasta el contacto. Por cierto que los húsares, que como se ha dicho iban armados con sables en vez de con espadas, en vez en enfilar los mismos hacia el enemigo los enarbolaban sobre sus cabezas ya que eran armas para herir de filo, por lo que tras el contacto lo que harían sería golpear a arriba abajo, y no herir de punta como un coracero armado con una espada.


Así pues, y resumiendo, las fases de una carga serían así: tras disponer a las tropas se ordenaba desenvainar la espada. Ojo, no se extraía sin más de la vaina, sino que se aseguraba a la muñeca mediante un fiador como el que vemos en la foto de la izquierda. El fiador era un cordón más o menos decorado provisto de un nudo corredizo y cuya finalidad no era otra que impedir la pérdida de la espada. Tras desenvainar y fiar el arma se iniciaba el avance al trote. A unos 180-200 metros, el corneta tocaba a carga y del trote se pasaba a un galope sostenido procurando mantener el orden en la formación. Finalmente, a unos 50 metros, el comandante del escuadrón enarbolaba su espada, ordenaba cargar a viva voz y se lanzaban los caballos a galope tendido hasta llegar al contacto. 

En fin, como hemos visto las verdaderas cargas se alejan un tanto de las que suelen figurar en el imaginario popular. Ni eran tan caóticas, ni galopaban cientos de metros antes del contacto, ni iba cada uno a su bola. Antes al contrario, se intentaba mantener el orden en las filas, no se enarbolaban las espadas dos horas antes de usarlas, se galopaba lo justo e incluso se distribuían en la formación a los suboficiales para que el personal no se largara antes de tiempo o se despistara porque, por ejemplo, en las cargas en línea era habitual que los situados en los extremos tendieran a abrirse más de la cuenta perdiendo incluso el contacto con la formación. Así pues, colocaban en los extremos a los sargentos que, como hombres más experimentados, guardaban mejor el orden cerrado. Resumiendo: ojo con los tópicos, que suelen despistar a cualquiera y luego queda uno fatal cuando discute acaloradamente con el cuñado que, de forma despiadada, te acaba demostrando que estabas en un error.

Bueno, vale por hoy.


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Hale, he dicho...


En el cuadro queda bastante molón pero, en la realidad, la separación entre los efectivos del escuadrón
haría inservible el esfuerzo y la infantería podría rechazar la carga sin muchas complicaciones

Enemigo mío 1



La historia nos ha legado enemistades y odios africanos a mansalva. Desde al famoso y tristemente célebre cambio de impresiones que se saldó de forma bastante dramática entre Caín y Abel hasta nuestros días, no dejan de aparecer ciudadanos que se odian como si de cuñados se tratara. Y la cosa es que, en muchas ocasiones, esos rencores inacabables dan lugar a que la historia cambie de rumbo. Un ejemplo lo tenemos en los dos sujetos de la foto de cabecera: Mario y Sila, enemigos más irreconciliables que una suegra beata y un yerno putañero.


Ahí vemos al primero de ellos resucitado tras unos retoques fotochoperos que nos permiten hacernos una idea de su aspecto en vida, cuando era un tipo importante y tal. Gaio Mario fue, a pesar de sus orígenes plebeyos, uno de los más grandes políticos y militares de Roma, verdadero artífice de la máquina de guerra que permitió a la que apenas un siglo antes era una ciudad-estado birriosa dominar el mundo conocido. Pero sus brillantes logros se vieron empañados por querer estar hasta en la sopa y no permitir que nadie pudiera superarle a pesar de ser ya mayorcito para tanto trajín. Bueno, la cosa es que se cabreó porque a Sila le dieron el mando del ejército para ir contra Mitrídates, y de ahí surgió una guerra civil entre los partidarios de Mario, los populares (que no tienen nada que ver con los de ahora), y los optimates, o sea, los pertenecientes a las clases altas. Con todo, estuvo al pie del cañón hasta su último suspiro, si bien no se sabe de qué murió. Por lo visto fue algo repentino, así que una de dos: o le dio un chungo o le echaron hierbas en la cena.

  
Y este era su mortal enemigo, Lucio Cornelio Sila, perteneciente a una de las gens con más prosapia de Roma. Un auténtico y verdadero aristócrata, vaya. Aunque no le iba a la zaga en lo tocante a genio político y militar respecto a su enemigo -era además 19 años más joven que Mario, así que lo tenía más fácil-, si por algo suele conocer el personal a Sila es por haber alcanzado la dictadura vitalicia tras ganar la guerra civil. Para afianzar su poder se llevó por delante a mogollón de antiguos partidarios de su enemigo a base de proscripciones, incluyendo a Gaio Julio Cesar el cual era sobrino político de Mario. Cuando se hartó de mandar dimitió y se largó a Puteoli a disfrutar de lo que restara de vida, escribir sus memorias y, según las malas lenguas, hacerle arrumacos al actor Mnester, por el que sentía ciertas debilidades. Su resurrección fotochopera se corresponde con el aspecto que, según las crónicas, debía tener en vida ya que decían de él que era un hombre de aspecto impresionante y tal. Por cierto que muchos historiadores han tratado fatal a Sila, considerándolo como un tirano. Sin embargo, las cosas fueron muy diferentes y cabe pensar que lo ponían a caldo para no contristar a César o a Augusto. En fin, malos rollos, ya saben...

Bueno, me piro. No ando últimamente muy inspirado, así que esto es lo que hay.

Hale, he dicho...

viernes, 23 de enero de 2015

Malvados redivivos




No sé si a vuecedes les pasa lo mismo, pero cada vez que miro en los museos las jetas marmóreas que nos legaron los romanos en cantidades masivas, siempre me asalta el mismo pensamiento: ¿cómo serían de verdad estos ciudadanos? Porque esos rostros monocolores con ojos blancos como un calamar, sin vida, inexpresivos, no permiten hacernos una idea clara de los entresijos interiores del personaje. Cierto es que, en su día, estas estatuas estaban policromadas, pero el inexorable paso del tiempo las ha emblanquecido más que si las hubieran metido en lejía. Así pues y como hoy paso de escribir, pues me he deleitado un rato devolviendo a la vida a añejos malvados romanos, de esos que han pasado a la historia por su hijoputez. Vean, vean el antes y el después. La cosa cambia una burrada...



Lucio Elio Sejano o, dicho con propiedad, LVCIVS ÆLIVS SEIANVS, era un sujeto tan malvado, amoral, canallesco, chorizo y trincón que no desentonaría absolutamente nada en el congreso de los diputados esos y, menos aún, en nuestro senado, ese organismo caro, inoperante, absurdo, inútil y refugio de aforados en el punto de mira de la judicatura pero que jamás pierden "la fe en la justicia". En el senado de su época lo vemos en la recreación fotochopera para que vuecedes puedan hacerse una clara idea de como sería el aspecto de nuestro personaje cuando era el alter ego del controvertido y amargado Tiberio y, de paso, el hombre más temido y odiado de Roma durante los años que duró su nefasto validato. 



Gaio Julio César Augusto Germánico, conocido por propios y extraños como Gaio Calígula o, simplemente, Calígula, uno de los más conocidos emperadores gracias a su vesanica conducta, a su monstruosa depravación y a su redomada crueldad. En su momento ya se dedicó una ilustrativa entrada sobre su asesinato, el cual liberó al planeta de un mal bicho que un día, según las malas lenguas, creyéndose Saturno no dudó en sacar del vientre al hijo que él mismo había concebido en su hermana Livila para comérselo como si fuera un bocadillo de calamares el muy hideputa loco. En fin, no creo que nadie lo echase mucho de menos cuando Casio Querea y los demás conjurados lo escabecharon en el teatro.


Tiberio Claudio Nerón, más conocido entre sus tropas como BIBERIVS por su afición al mollate, recreado cuando era joven en el lugar donde se encontraba más a gusto y feliz: un campamento militar. Y no por motivos de índole sexual, sino porque era un militar vocacional y, además, muy competente. Estricto disciplinario, comandante carismático, buen estratega, cuando fue césar se convirtió en un sujeto maniático hasta la paranoia, sádico, depravado, pedófilo y todo lo perverso y malo que puede sacarse a relucir en un hombre. Su retiro en Capri solo sirvió para dejar el poder en manos de Sejano, y entre ambos fabricaron tal cantidad de delitos de traición contra honrados ciudadanos que, siguiendo las leyes, veían sus bienes confiscados por el estado. De ahí que, cuando murió asfixiado con una almohada a manos del prefecto pretoriano Sertorio Macro, dejó las arcas tan llenas de oro como jamás lo volverían a estar en Roma.


Nerón Claudio César Augusto Germánico, cuyo verdadero nombre era Lucio Domicio Ænobarbo por ser hijo de un cónsul de origen plebeyo por nombre Gneo Domicio y de Agripina la Menor, solo tenía dos metas en esta vida: tocar la lira como los dioses y que nadie le llamara Lucio Domicio para chincharle recordándole sus orígenes plebeyos, cosa que le sentaba como una patada en el hígado. No hay que extenderse mucho sobre el nefando Barbas de Cobre, como le llamaba el pueblo. Este personaje, aparte de estar como una cabra, se cargó a su mujer Popea de una patada en la barriga estando preñada, y a su madre, que era un mal bicho también, la intentó matar de mil maneras hasta acabar con ella, pero es que Agripina era incombustible la jodida. Cuando vio que le llegaba su hora y que Galba lo iba a cortar en filetes, su esclava y amante Actea le apremió a que se auto-asesinara para evitar la deshonra. Tras tirarse dos horas clamando "¡Qué grande artista va a perder el mundo!" a ver si así alguien le echaba una mano - no sabía que su club de fans se había disuelto hacía largo rato y que todos sus "amigos" de FACIESLIBRI estaban en aquel momento quitando el "me gusta" a todas sus canciones- la misma Actea le tuvo que empujar el puñal que apoyaba en su garganta de cantante pésimo porque no se atrevía a hacerlo él mismo. En fin, ahí lo tenemos en sus tiempos gloriosos, cuando todos los senadores y patricios le hacían la pelota a todas horas. Los que le rodean no paran de dorarle la píldora, y le juran por Jupiter que toca la lira del carajo. 

Es verdad que los ojos son el espejo del alma, ¿no? Con la jeta coloreada y unos ojillos falsos ya parecen otra cosa. En fin, vale por hoy.

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Hale, he dicho...

jueves, 22 de enero de 2015

El origen del caballero medieval 1ª parte


Dilectos lectores, las cosas claras y el chocolate espeso. Que nadie tenga la osadía de negar que, en algún momento de su vida, ha soñado con ser un caballero de los buenos. Sí, de esos que iban por el mundo desfaziendo entuertos, masacrando bonitamente a sus enemigos y viendo como el hembrerío caía rendido ante su viril prestancia y su gallarda apostura. Todos hemos leído alguna vez sobre la ceremonia en la que los neófitos eran armados caballeros, y eso de que te calzara las espuelas un pibón con una trenza rubia hasta por debajo del culete daba un morbo fastuoso, para no hablar de la que te ceñía la espada, arma que constituía la quintaesencia del espíritu caballeresco. Sin embargo, esa idílica imagen es, una vez más, el enésimo tópico sobre el medioevo que conviene clarificar. Vamos a ello...

ANTECEDENTES HISTÓRICOS
DEL CABALLERO MEDIEVAL


EQVES de tiempos de la república
De entrada, debemos recordar que en todas las sociedades de Occidente anteriores a la Edad Media ya existía el concepto de "caballero". Dentro de las castas sociales de cada cultura había por norma una dedicada a la milicia con el mero fin de disponer de hombres con un entrenamiento militar adecuado para rechazar hipotéticos invasores y, dentro de dicha casta o estamento, los que disponían de medios económicos tenían la posibilidad de combatir a caballo o en un carro de guerra. Esto no solo tenía unas connotaciones de tipo social que los colocaba en un estatus superior al resto, sino que les permitía aumentar notablemente las posibilidades de salir vivos y razonablemente enteros de las guerras y poder volver a casa a contar batallitas a los cuñados mientras estos, aprovechando la ocasión, le dejaban al héroe la bodega llena de aire. 

Buena prueba de ello lo tenemos en el ORDO EQVESTER romano, el segundo estrato social en categoría tras los PATRITII, cuyos miembros, los EQVITES, provenían de los miembros del ejército que se podían costear el caballo y todos los arreos mientras que el resto, que por cierto también se tenían que pagar el equipo, tenían que combatir a pie por falta de medios económicos. Esta superioridad social y económica implicaba poder escalar en el poder político, lo que finalmente convertía al combatiente a caballo, o sea, el caballero, no solo en un miembro de la élite militar y social, sino también en un dirigente que podía alcanzar los más altos cargos en la administración del estado. Recordemos que era precisamente de los EQVITES de donde salían los COMITIS o compañeros, un grupo de selectos entre los selectos destinados a servir como séquito a los PATRITII. Más tarde, en tiempos de los visigodos, los COMITIS siguieron formando una élite política y militar que en la Baja Edad Media dio lugar al COMES, o sea, al conde. 


BUCELLARII del siglo V d.C.
No obstante, el caballero medieval tal como lo conocemos tiene su origen en los pueblos germánicos que dominaron Europa tras la caída del imperio romano en base a una diferencia de tipo social: mientras que el EQVES romano era un ciudadano que pertenecía a un estrato social simplemente por su forma de combatir, los pueblos germánicos se consideraban a sí mismos como una raza de guerreros. El EQVES romano luchaba a cambio de un estipendio, mientras que el guerrero germano (franco, visigodo, lombardo, etc. ) lo hacía porque su honra y su condición de guerrero así se lo demandaban, y sus hijos actuarían igual porque ser de una casta guerrera era algo hereditario. Así pues, para pertenecer al estamento militar no era necesario tener sangre noble o un determinado patrimonio sino, simplemente, ser un hombre libre que había heredado su condición militar de sus ancestros. De hecho, a partir del siglo IV d.C. muchos germanos que pasaban de dedicarse a las labores rurales se enrolaban en las escoltas personales de la aristocracia terrateniente y militar romana a cambio de una paga y el sustento, de donde les dieron el mote de BUCELLARII que no significa otra cosa que comedores de BVCELLATVM, un bizcocho que sustituía al pan cuando estaban en campaña.

La desaparición del imperio conllevó además la extinción de los ejércitos permanentes que habían distinguido ese período histórico. Recordemos que no fue hasta el Renacimiento cuando volvió a aparecer el concepto de ejército profesional al servicio del estado así que, una vez que las legiones pasaron a la historia, la única forma de levantar un ejército era llamando a la guerra a los súbditos del reino. No obstante, algunos gobernantes que se lo podían permitir conservaron a su servicio de forma permanente grupos de militares como los antiguos BUCELLARII  conforme a lo que hoy conocemos como guardia personal. Estos hombres de armas, que seguían sin tener que ser nobles o terratenientes sino simplemente diestros en su oficio, recibían un estipendio a cambio de permanecer al servicio del rey, gobernador, jefe tribal o lo que fuera; por otro lado, siempre podían actuar como pequeña mesnada en caso de emergencia ante un inesperado ataque ya que, como hemos comentado muchas veces, los efectivos de los ejércitos de la Alta Edad Media no eran ni remotamente tan numerosos como narran las crónicas. 

Miniatura del Salterio de Stuttgart (c.825) que
muestra un jinete aún sin estribos
Por último, hay que añadir un detalle que, aunque no lo parezca, fue el germen que dio lugar al concepto de caballero medieval que todos conocemos. Hasta las postrimerías del primer milenio, la caballería no fue en ningún momento el arma decisiva en que se convertiría a partir del siglo XI. El cometido del combatiente a caballo se basaba por lo general en la exploración, el hostigamiento a tropas enemigas, persecución del enemigo y explotación del éxito tras la batalla o incluso como una especie de combatiente multiuso que, gracias a su movilidad, podía ser enviado con rapidez de un lado a otro durante la batalla según las necesidades del momento. Esta forma de luchar estaba basada en la limitación que tenía el jinete que, al carecer de estribos, no podía formar ese conjunto sólido y formidable que supuso el caballero sentado en una silla de arzón alto y provisto de apoyo en los pies que le permitía actuar como arma de choque. 


La ausencia de estribos no permitía cargar embrazando
la lanza, ni golpear apoyando los pies para imprimir
más fuerza
Muchos autores coinciden en que es a partir del año 1000 cuando el estribo y la silla de arzón alto convierten al jinete de caballería ligera la uso hasta aquel momento en un jinete de caballería pesada: un hombre fuertemente armado que podía embestir al enemigo embrazando la lanza o dando tajos con su espada sabiendo que el apoyo que le daba el estribo convertía a su montura en una base estable dentro de lo que cabe. Éste sólido conjunto que convertía a caballo y caballero en una especie de centauro mitológico se agrupaba en formaciones cerradas capaces de barrer del campo de batalla al adversario gracias al silla que, al dar un apoyo en la zona lumbar, les permitía ensartar a un enemigo sin salir despedido hacia atrás, o abrirles la cabeza en dos de un tajo de espada sin que la inercia del golpe les hiciera caer de lado, o golpear sin la fuerza necesaria porque no podían descargar el peso del cuerpo sobre el objetivo al carecer del apoyo necesario.

Jinetes carolingios de mediados del siglo X que ya aparecen
con estribos. En cuanto a la silla, la baticola y el petral la
aseguran sólidamente al caballo mientras que la aparición
del arzón alto permite al jinete quedar unido a su montura
Obviamente, estos combatientes no eran baratos. Sus caballos debían ser especiales, animales grandes y poderosos capaces de soportar el peso tanto de los jinetes como de sus armas. Dichas armas también eran extremadamente caras, y la panoplia de un jinete a caballo en aquel momento era ya bastante compleja: yelmo, almófar, loriga, escudo, espada y lanza como mínimo. ¿Cómo pues se podría disponer a un elevado número de combatientes tan eficaz en una época en que era absolutamente inviable el mantenimiento de un ejército profesional como el que tenían en Roma? ¿Quién podría pagar los caballos y las armas cuyo precio estaban solo al alcance de los terratenientes? No fue muy complicado:


  1. Los monarcas ofrecen como pago a los servicios prestados por estos jinetes tierras de cuyas rentas no solo podrán vivir, sino pagarse sus onerosos equipos.
  2. Estos jinetes son el germen de una nobleza terrateniente que forma a su vez grupos de seguidores, o sea, hombres de armas a caballo que luchan a cambio de un estipendio. Esto permite a la nobleza terrateniente disponer de su propio ejército para hacer frente a otros señores con afán de apoderarse de las tierras del vecino y, lo más importante, poder acudir a las llamadas a la guerra por parte de los monarcas de forma que, como pago a dicha llamada, obtenían más tierras por lo que sus patrimonios aumentaban de forma ostensible. 
  3. De ese modo se acaba creando una red clientelar en la que la corona -o sea, el estado- no mantiene a los profesionales de las armas, sino que dicha carga corre a cargo de la nobleza tanto secular como eclesiástica. A cambio, el rey concede a la nobleza tierras y privilegios.

Fragmento del Tapiz de Bayeux. Estos jinetes del siglo XI
son el germen del caballero medieval que todos conocemos
Así pues, este tipo de combatiente a caballo que, según los estudiosos en la materia surge en la Francia de Carlos Martel a raíz de la batalla de Poitiers (732), se extiende inicialmente hacia la Península debido al constante estado de guerra contra los musulmanes y, a continuación, por el resto de Europa. Independientemente de los usos respecto a los ritos de iniciación caballeresca y demás peculiaridades de cada nación, así fue como surgió la figura del caballero medieval, que no necesariamente era de sangre noble, ni cantaba trovas a las damas ni se paseaba por el mundo en busca de problemas. La realidad era bastante más prosaica y menos idílica, y el ceremonial por el que se regían a la hora de ser armados caballeros tampoco conllevaba la carga religiosa que se suele imaginar. Pero todo eso lo veremos en la siguiente entrada, que por hoy ya he escrito bastante.

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Hale, he dicho...

Ya vemos como las más fascinantes leyendas medievales sobre la caballería tenían su origen en hombres que
elegían como oficio servir de escolta a los aristócratas de su época, de forma similar al concepto de mercenario.
O sea, muy lejos de esa imagen de generosidad y altruismo que se atribuye al caballero medieval