jueves, 24 de abril de 2014

Los odiados y temidos cómitres de galeras


Cómitre de galeras animando
amablemente al personal a darle
al remo con ímpetu y denuedo
Ilustración de ©
Eduardo Gutiérrez García
Como ya adelanté en la entrada anterior dedicada a los galeotes y sus míseras existencias, de todo el personal que nutría las tripulaciones de las galeras del rey eran los cómitres y sus ayudantes los sotacómitres, los sujetos más odiados, temidos y aborrecidos por la chusma que, como autómatas escuálidos, bogaban al ritmo implacable del silbato y sintiendo en sus lomos el brutal estallido del rebenque a la más mínima señal de flaqueza.

El cómitre, dueño y señor de la crujía de la nave que en su angosto reino longitudinal condenaba las espaldas de la chusma firmando la sentencia en sus costillas a golpe de corbacho, ha sido siempre un personaje denostado y visto poco menos que como un verdugo que se ensañaba con los penados con sádico afán. Pero en esto, como en tantas otras cosas, se parte de estereotipos y prejuicios infundados. El cómitre no solo desempeñaba uno de los cargos de más responsabilidad de la nave sino que, además, estaba entre los rangos más elevados de la misma, teniendo por superiores directos solo al capitán, al patrón y al piloto. O sea, que no era un pelagatos cualquiera, sino un tipo que, independientemente del aspecto amenazador y etílico con que nos regala el incomparable lápiz del Sr. Gatsby, tenía sobre sí muchos deberes relacionados con el buen gobierno de la nave.

Galera del siglo XIV
El término cómitre tiene una linajuda etimología ya que proviene del latín COMES, o sea, la misma que los condes. Las obligaciones de los cómitres ya aparecen en las Siete Partidas, concretamente en la cuarta ley del título vigésimo cuarto de la Segunda Partida y, curiosamente, en aquella época eran los que mandaban en las galeras reales. O sea, eran los capitanes. Y no era cosa baladí el cargo ya que, en agosto de 1253, Alfonso X contrata a 21 marineros procedentes de Cantabria, Francia e Italia a los que, aparte del salario, les otorga casas y tierras en Sevilla (con obvios intereses repoblacionistas por otro lado). A cambio del cargo, estos cómitres tenían la obligación de reponer la nave cada nueve años, para lo cual iban a partes iguales con la corona en el reparto de los botines que pudieran apresar. O sea, funcionaban a base de patentes de corso.

Dromon bizantino, de donde
surgió la galera medieval
Estos cómitres, elegidos directamente por el rey, eran unos caudillos de mar y guerra cuya misión iba encaminada tanto al combate como a la navegación, disponiendo para este segundo fin un subalterno denominado naochero, el cual era el que sabía de vientos, donde recalar, etc. Recordemos que las galeras de aquella época no se aventuraban muy lejos de las costas. Y, por otro lado, los remeros eran todos voluntarios que formaban parte de la tripulación, llevando a gala el bogar en las galeras del rey, oficio que, como ya sabemos, fue degradándose hasta que en el siglo XVI era sinónimo de lo más ruin y bajo a lo que un ser humano podía llegar. Pero en aquellos tiempos primigenios de la marina de guerra hispana no precisaban de nadie que los fustigase para echar los bofes al remo, sino solo alguien que se limitase a marcar el ritmo de boga ya que los remeros escupían el hígado bonitamente y de forma totalmente voluntaria.

Galeotes
A partir de 1529, el mando de las galeras pasa a ostentarlo el capitán, seguido en el mando por el patrón de la nave. Al ser cada vez más relevante el papel de los militares en la marina, en ausencia del capitán detentaban el mano el cabo o el alférez. De este modo, los cómitres quedaron relegados a lo que desde ese momento fueron sus cometidos principales: la maniobra de la galera y la vigilancia de la chusma asistido por su segundo, el sotacómitre. En 1587, el salario de un cómitre era de 1.500 maravedises al mes mientras el de su ayudante se quedaba en 1.050. Si los comparamos con los 7.000 que ganaba el capitán se comprenderá el por qué las untadas de mano y las mordidas eran la tónica habitual para todo aquel que estuviera por debajo de ambos en el escalafón. Por poner un ejemplo, los cómitres eran los encargados del reparto de leña para que la chusma pudiera prepararse su magra pitanza a base de caldero de habas por lo que, a pesar de tener derecho a la leña, debían soltar algún dinero para obtenerla si así lo estimaba oportuno el cómitre. Dicho dinero procedía de las ganancias en el juego o de las ventajas que pudieran obtener por determinados servicios con derecho a paga. Así mismo, el cómitre era el encargado de aposentar a la tripulación ajena al barco, como los infantes de marina, sus mandos y demás pasaje. Así pues, este era otro método para obtener un pequeño sobresueldo ya que todos, como es lógico, optaban a alojarse en los sitios menos asquerosos de la galera. La tropa de guerra optaba por dormir en las ballesteras, unas plataformas situadas entre los bancos de boga que eran lo que les permitía su peculio. 

Estimulando al personal a lo largo de la crujía
Con el reparto del agua ocurría lo mismo: era el cómitre el que se encargaba de estibarla y de repartir las raciones, poniendo buen celo en que nadie desperdiciara ni una gota ya que escupirla o derramarla estaba penado con una multa de un real. Otro de sus cometidos era mantener a la chusma en un estado higiénico aceptable, lo cual no dejaba de ser todo un mérito considerando las condiciones de vida de estos forzados, los cuales dormían bajo el mismo banco de boga o cuartel, recibiendo de lleno los vapores pútridos que manaban de la sentina de la nave. De hecho, según un bando del marqués del Viso fechado en 1663, se castigaba con una multa de un mes de sueldo a los cómitres que no velaran por el buen cumplimiento de esta norma, para lo cual ordenaban también al barbero y al cirujano que ayudasen en este cometido al cómitre. Así, además de mantener al personal en estado de revista, una vez al mes se llevaba a cabo una limpieza a fondo de toda la nave, tras lo cual se frotaba con romero para eliminar los malos olores. Supongo que debían gastar quintales de esa hierba aromática para eliminar el aroma a galeote pútrido. Por cierto que también se hacía por una pequeña superstición, ya que se consideraba que el romero traía buena suerte.

Don Álvaro de Bazán y Guzmán
I marqués de Santa Cruz
La elección del cómitre ya no era como antaño, dictada por el rey y tras una consulta con otros doce cómitres expertos (un método similar al seguido para los adalides, como se vio en la entrada sobre este rango militar). En el siglo XVI, tanto a cómitres como sotacómitres los nombraba el capitán general de la flota en base a su experiencia como gente de mar, siendo imprescindible haber ejercido de marineros si bien tenían adjudicado un arcabuz y su munición porque, si había fiesta, entraban en combate si era preciso. Por su rango, formaba parte de la junta o consejo de guerra convocado por el capitán y, en definitiva, la importancia de este cargo era de tal envergadura que en las Ordenanzas de 1607 se estipuló que hubiese un cómitre de respeto por cada tres galeras en caso de que alguno cayera enfermo, herido o, simplemente, estirara la pata. El sueldo en esta época era de entre tres y cuatro ducados al mes, dependiendo del tipo de galera en la que sirvieran, y un ducado menos el sotacómitre. 

Vista por la aleta de babor de una galera 
española del siglo XVII
En el siglo XVII aparecieron las figuras de cómitres secundarios a fin de ayudarle en sus múltiples obligaciones. De ese modo surgió el cómitre de medianía, el cual se encargaba de dirigir la boga. En casos así, el cómitre pasaba a llamarse cómitre mayor. También existía un cómitre de popa y uno de silencio, que era elegido entre la marinería y ambos bajo el mando del sotacómitre. Por último, tenemos al cómitre real el cual iba, como podemos imaginar, en la galera capitana. El cómitre, como responsable de la maniobra de la nave, debía responder ante el capitán general de los posibles desperfectos que surgieran a raíz de sus errores, generalmente roturas de remos y cosas así. En esos casos, tanto el capitán como el cómitre eran obligados a pagar los daños ocasionados según una orden dada por el marqués de Santa Cruz en 1620. En el caso de los remos, por ejemplo, debían pagar el importe de dos de ellos por cada uno roto. Vamos, que no se andaban con tonterías a la hora de mantener la disciplina a todos los niveles. En esa época, el salario del cómitre había ascendido hasta los seis ducados al mes. Por último, comentar que los cómitres se alojaban en la cámara de velas, situada en la parte central de la nave, junto al piloto y dos consejeres. El sotacómitre lo hacía en otra cámara situada más a proa, donde se guardaban las medicinas y la cual compartía con el botero, el artillero, el barbero y el alguacil del agua. Como se ve, ni en un crucero de cinco estrellas.

Las postrimerías de los cómitres
En el siglo XVIII comenzó el ocaso de las galeras y, del mismo modo, la importancia del cómitre en favor de la oficialidad de mar y guerra. Finalmente, este cargo que durante siglos tuvo tanta preeminencia en la marina española acabó desapareciendo, siendo sustituidos por los contramaestres, encargados del manejo de la jarcia y de la disciplina entre la marinería. Pero los que jamás pudieron olvidar en sus míseras vidas a cómitres y sotacómitres fueron los galeotes que tuvieron que sufrir la brutal e implacable disciplina que era capaz de convertir al más rebelde en un auténtico autómata a golpe de rebenque. Bastaba un pitido y la voz de "¡Fuera ropa!" para que, todos a una, se despojaran de camisa y calzones, agarraran el remo y esperaran tensos la orden para iniciar la boga de arranque. Nadie mejor que Covarrubias lo pudo describir:

"Sólo un silbo del cómitre ponen tan gran presteza por obra lo que se les manda, que parecen un pensamiento, sin discrepar uno de otro, como si todos ellos fuesen miembros de una sola persona y se gobernasen por ella."

Bueno, ya está.

Ah, por cierto... ¿cómo es posible que a estas alturas aún no se haya hecho una película como Dios manda sobre la batalla de Lepanto? Se llenan los cines para ver cagadas made in USA sin el más mínimo rigor histórico y aún no se le ha ocurrido a ninguno de nuestros "artistas" recrear una de las mayores victorias de las armas hispanas y de la historia.

Hale, he dicho...


miércoles, 23 de abril de 2014

Nostalgias y recuerdos de un ex-pijo IX


Escaparate de Matequerías Leonesas, en la
calle Velázquez. La foto se hizo en un mes de
diciembre, por lo que el personal se detenía a
admirar las delicias expuestas.
Una de las cosas que más añoro de mis tiempos de pijo son las tiendas de antaño. Eran comercios con personalidad propia, con olor y esencia propios. El dependiente te conocía, te recibía como si fueras el rajá de Kapurthala, te trataba de usted y te llama don Fulano. Con aire místico te ofrecía una nueva colonia para caballero, o te presentaba las últimas telas de popelín suizo para las camisas. Recuerdo cuando era crío las tiendas del centro de Sebiya, todas desaparecidas en favor de modernas franquicias con menos personalidad que una ameba. La calle Velázquez, Tetuán, Sierpes, O'Donell, Puente y Pellón... ¿qué fue de ellas?

¿No eran mejores estas tiendas de barrio que los
impersonales y aburridos hipermercados?
Se me iban los ojos ante el escaparate de Mantequerías Leonesas, con aquellos enormes botes de aceitunas rellenas de anchoas o pimientos morrones (rellenas de anchoas de verdad, no de "conglomerado sabor anchoa"). Eran unas aceitunas gordales absolutamente idénticas, calibradas y colocadas una a una con santa paciencia con unos palillos por la operadora de turno en la factoría. O el famoso jamón de Casa Marciano, en la calle Lineros, que debía ser de un brontosaurio porque pesaba treinta y tantos kilos. Aquellas tiendas de "coloniales y ultramarinos finos", con unas estanterías que llegaban al techo y en las que se alineaban las latas de conservas colocadas con milimétrica precisión. Y las legumbres, al peso, en sacos y con un letrerito de pizarra para poner el precio. Y su sempiterno dependiente que jamás envejecía, que siempre se llamaba Antoñito o Curro, que vestía una bata azul mahón y llevaba un lápiz en la oreja. ¿Ya nadie recuerda lo prácticas que son las orejas para sujetar lápices? Claro, es que ya nadie los usa, carajo.

Auténtico y verdadero espanto de una conocida franquicia
situado a menos de 50 metros de la catedral de Sebiya.
Pero eso, por desgracia, es ya parte de la historia. Uno a uno, los comercios de toda la vida ha ido pasando a mejor vida. Han sido devorados por los Zara, los C&A, los Dia, los Café de Indias, los FNAC y los 100 Montaditos. Todos son iguales, miméticos, calcados, entras en uno de Pontevedra y es idéntico al de Zamora o al de Bollullos del Condado. Y lo peor, lo que no soporto, lo que me subleva, lo que me enerva, lo que despierta la fiera que duerme dentro de mi: te atiende de mala manera una niñata con las tetas operadas que podría ser tu hija o un guaperas de gimnasio con las cejas depiladas que, a pesar de que les hablas de usted, te tutean como si fueras su coleguilla de fin de semana. Instintos homicidas me entran, sangre de Cristo. ¡Lo juro! Un ejemplo del antes y el ahora:

ANTES:

Clienta: Güeno día, Martíne (Martíne, evidentemente, era el encargado)
Martíne: ¡Güeno día, doña Engrasia! ¡M'halegro de verla! Ehtá uhté radiante hoy. ¿Y su señó marío? Bien, ¿no? Y su pare, ¿cómo anda der reuma? ¿Y er ninio,qué tal en el colegio? ¡Góme, atienda uhté a la señora de Fernánde! ¿Le apetese sentarse un ratito, doña Engrasia, que tié uhté pinta de vení cansá? Ahora mihmo mando a Manolito a que le traiga un café. A uhté le guhta cortao, ¿no?

AHORA:

Clienta: Güeno día (no sabe como se llama el encargado porque es el noveno que ve en lo que va de año y, además, ese no atiende sino que vigila con aspecto de hiena hambrienta al personal. Así pues, le atiende una chica monísima con dos dedos de maquillaje en la jeta, un piercing en cada ceja, otro en la lengua, un tatuaje junto a la carótida y otro en el tobillo que representa una mariposa con escarlatina)
Chica: (Se limita a hacer un  gesto con la cabeza porque está liada con el móvil)

Y sanseacabó. Y encima, aún demora unos segundos el atender a la clienta porque, cuando entró, estaba mandado un wasa a su amiga Jennifer del Rocío para informarle y, de paso, darle envidia, de que el finde pasado se tiró a Iván Alberto, el cachas de moda en la pandilla. 

Otro centro comercial sebiyano. Parece sacado de una
de esas pelis futuristas en las que la peña está como robotizada
Y los centros comerciales, mejor ni nombrarlos. Solo una vez en mi vida he entrado en uno, y porque no me quedaba más remedio. Tenía que imprimir unas fotos en tamaño bestia y allí había una franquicia de esas que era la única que encontré en Sebiya donde me hicieran el trabajo. Pero los veo en las pelis o en la publicidad de la prensa y son absolutamente abominables. Quieren aparentar calidez, pero son más fríos que el culo de un pingüino. Quieren dar una imagen de profesionalidad, pero el personal que atiende no sabe de la misa la media porque son chavales que contratan por una miseria para cubrir el expedient, trincar subvenciones y con contratos de quince días. Igualito que antes, que entraba el personal a currar con 14 años y se tiraban en el mismo sitio toda la vida. Allí no eres nadie, nadie te conoce, eres una sombra que tiende una tarjeta de crédito para alimentar la insaciable voracidad de un datáfono y a otra cosa, mariposa. 

Hasta los puñeteros kioskos
"homologados" son feos de
cojones, ¡hohtia!
Antes no hacía falta pedir una hoja de reclamaciones porque cualquier comerciante se tiraba tres días en la cama malo con fiebre solo con pensar que un cliente se presentara protestando en su establecimiento. Antes te trataban como a una "persona humana", como dicen ahora, y no como una cosa que entra a molestar y a la que hay que despachar cuanto antes para seguir hablando por el móvil o enviando wasas de esos a razón de 83 por minuto. Antes, el dependiente se sabía de memoria hasta tu talla de calzoncillos. Ahora no solo no sabe un carajo, sino que de mala gana te señala hacia el infinito diciéndote "los calzoncillos, en el tercer pasillo" y se da la vuelta dejándote con la palabra en la boca porque, además, quieres saber donde están los calcetines.

En fin, hablar de esto me está empezando a deprimir, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho...

¿A que da "zuzto"? Si te pierdes ahí, no sales jamás. 

martes, 22 de abril de 2014

El khopesh: hacha, hoz y espada


En muchas ocasiones, hay armas que se convierten en un símbolo de un determinado ejército cuando, en realidad, el origen de dicha arma es distinto. Un ejemplo palmario sería el gladio, que la historia unió de forma indefectible a las legiones romanas cuando, en realidad, ellos se limitaron a adoptarlo de las espadas cortas usadas por los guerreros iberos. Lo mismo ocurre con el khopesh, una espada de peculiar morfología que por norma se asimila a los egipcios cuando lo cierto es que ellos, como hicieron los romanos con el gladio, se limitaron a adoptarlo de otro pueblo.

De hecho, fueron los mismos egipcios los que sufrieron en sus carnes los devastadores efectos del khopesh ya que, al parecer, el origen de este arma, que se remonta hacia el año 3000 a.C., era sumerio. Fue en aquella época cuando de mano de este enigmático pueblo, cuyos orígenes son aún desconocidos, dio comienzo la Edad del Bronce, material con el que comenzaron a fabricar sus armas. Prácticamente al mismo tiempo hicieron su aparición los asirios, que ocuparon las tierras altas situadas al nordeste de Mesopotamia y que, obviamente, bebieron de la cultura sumeria. Un ejemplo lo podemos ver en la ilustración de la derecha, en la que tenemos un khopesh hallado en Sappara y que, según rezan las inscripciones en escritura cuneiforme que aparecen en la hoja y en el contrafilo de la misma, perteneció al rey Adad-nirari I el cual reinó entre los años 1307 y 1275 a.C. La inscripción completa dice así: “Palacio de Adad-nirari I, rey del universo, hijo de Arik-den-ili, rey de Asiria, hijo de Enlil-nirari, rey de Asiria”

El como esta espada acabó en manos de los egipcios no se sabe. Hay una teoría que apunta a que es una evolución del hacha de hoja tipo épsylon, la cual podemos ver en la ilustración de la izquierda junto con un khopesh. Dicha evolución es razonada en base a que, convirtiendo el hacha en espada, podía ser manejada con una mano. Eso se me antoja absurdo ya que estas hachas, de un tamaño similar al khopesh (alrededor de los 60 cm.) podían ser manejadas sin problema con una sola mano tal como podemos ver en multitud de bajorrelieves y pinturas en las que se ven tropas egipcias portando un hacha y sujetando el escudo con la mano izquierda. 

A la derecha tenemos un ejemplo. Muestra un grupo de infantes egipcios pertenecientes a la escolta enviada por Hatshepsut a la Tierra de Punt y que, como vemos, no solo portan el escudo y un hacha, sino también una lanza. Así pues, la teoría que se basa en una evolución del hacha tipo épsylon se me antoja como una mera búsqueda de la similitud entre dos armas, pero nada más. De hecho, los sumerios y los asirios llevaban siglos usándola antes que los egipcios.

Así pues, restan dos teorías, a saber: una, que fue introducida por los filisteos y fenicios, que era como conocían los griegos a los cananeos, durante sus luchas contra los egipcios y de quienes pudieron aprender la manufactura de este tipo de arma. Y otra, que a mi modo de ver es la más posible tanto en cuanto es la más simple, que adoptaron esa arma en cuando vieron que su poder era mucho mayor que el de sus hachas cuyas hojas, de mucho menos grosor, eran destrozadas ante el poderoso embate del khopesh de sus enemigos y, para colmo, también podía convertir en pedazos sus escudos de mimbre forrados de piel. Así pues, con la llegada del Imperio Nuevo hacia el 1550 a.C., el khopesh se convierte en el arma más popular entre la infantería egipcia. 

Es además en esta época cuando el khopesh no solo se propala por Egipto, sino que incluso es adoptado por los faraones como símbolo de su poder, cosa que ya hacían los asirios desde mucho tiempo antes asociándolo por sistema tanto a reyes como a los dioses. De hecho, incluso es representado en manos de las tropas de Ramsés III decapitando a sus enemigos derrotados durante sus luchas contra los Pueblos del Mar. Como vemos en la ilustración de la derecha, en este caso se trata de un arma de modestas dimensiones lo que indica que, a pesar de su escaso tamaño, su contundencia era más que suficiente para cortar un pescuezo sin problemas.


Bien, esta es de forma un tanto resumida, si bien tampoco hay muchos datos más que aportar, del khopesh. Si acaso, el nombre que, como muchos sabrán, significa "pata trasera" en referencia a la similitud de su morfología con las extremidades traseras de las reses. Veamos ahora algunos ejemplares que, dicho sea de paso, se han hallado en un excelente estado de conservación por haber aparecido en tumbas reales, lo que ha permitido que lleguen a nuestros días casi como nuevos.

El que vemos a la derecha es quizás uno de los más conocidos. Perteneció a Ramsés II y, según se puede observar, se trata de un arma ceremonial. Su masivo aspecto y su gruesa hoja sin filo así lo indican. La acusada curva producía un desplazamiento del centro de gravedad que aumentaba enormemente su contundencia. Está fabricada en una sola pieza de bronce y, en apariencia, solo le faltan las cachas.

Dos de los ejemplares mejor conservados proceden de la tumba de Tutankamón, que podemos ver a la izquierda. La superior, muy similar a la de Ramsés II, tiene también todo el aspecto de tratarse de un arma ceremonial. Sin embargo, la inferior, con una hoja más sobria y menos curvada, sí tiene pinta de tratarse de un arma de combate. Ambas tienen cachas de ébano, y la inferior las lleva además reforzadas por unas cinchas, creo que de plata.

A la derecha tenemos otra más, en este caso solo la hoja la cual muestra una curva mucho más corta. Se trata de otro ejemplar ceremonial decorado con electrón, una aleación de plata y oro. Fue hallada en Siquem, en Palestina. Con todo, aunque no estuviera afilada, un golpe en la cabeza podría abrirla en dos sin problema.

Uno más, en este caso de hoja corta, similar al que blande el egipcio de más arriba que decapita enemigos. Obsérvese que en todos los ejemplares mostrados provistos de empuñadura, esta está diseñada para afianzar el agarre ya que, por su morfología, al golpear tendería a salir despedida de la mano. Estas armas estaban diseñadas para golpear, como todas las falciformes, y su golpe debía ser tremendo. Un tajo propinado en el canto de un escudo podría abrirlo en dos sin problema y su hoja curvada permitiría también trabar las hojas de las espadas enemigas.

El khopesh cayó en la obsolescencia en el ocaso del Imperio Nuevo, hacia el 1070 a.C. La cada vez mayor presencia del hierro y los avances en la metalurgia convirtieron el khopesh en un trasto pesado y fácil de anular con una buena espada de hierro. Pero durante los siglos y siglos que estuvo operativo, nada menos que casi 20 siglos, causó grandes estragos entre los que tuvieron que sufrir en sus cráneos su potente golpe de filo. Una posible víctima de una de estas armas la tenemos a la derecha. Se trata de la momia del faraón Seqenenre Tao II, que la palmó a inicios del siglo XVI a.C. combatiendo contra los hicsos. Obsérvense los dos tajos que muestra en pleno cráneo, pobre hombre.

Bueno, se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho...

lunes, 21 de abril de 2014

Dos cuentos de visitas


En el día de hoy, a las 23:08 horas del día veintiuno de abril del año de Nuestro Señor de 2014, 2052 de la Era Hispánica, onomástica de los santos Tiburcio, Máximo y Valeriano, se han alcanzado los dos cuentos de visitas. 

Qué bien, ¿no?

Hale, he dicho...

La asquerosa vida de los galeotes





Hace ya dos años y medio (¡carajo, como pasa el tiempo!) ya se publicó una entrada sobre la chusma de galeras si bien era bastante generalista, a fin de desmitificar los tópicos que suelen estar presentes en el imaginario popular. Pero creo que el tema de las galeras españolas durante el Renacimiento da de sí para elaborar algunas entradas bastante curiosas e ilustrativas. Así pues, dedicaré esta nueva serie precisamente a los que fueron los protagonistas de aquella primera entrada y que, al fin y al cabo, eran el "motor" de las galeras del rey. 

Grilletes
Los motivos por los que un ciudadano podía acabar dándole al remo durante varios años eran de lo más variado: robo, violación, asesinato -que curiosamente estaba menos penado que el robo- consentidor de mancebías, deserción, etc. Fue en 1506 cuando se tuvo noticia por vez primera de la existencia de forzados de galeras ya que, anteriormente, los remeros eran personal voluntario que se enrolaba por una paga. Así pues, estos malvados ciudadanos que acababan en una galera se topaban inicialmente con el alguacil, un subordinado del cómitre que les daba la bienvenida herrándolos, o sea, colocándoles en los tobillos sendos grilletes los cuales eran cerrados mediante un remache de modo que los puñeteros grilletes les acompañarían durante toda su condena. Solo serían encadenados al banco cuando el cómitre así lo ordenase, lo que era habitual con los elementos más rebeldes, peligrosos y antes de entrar en combate.

Galera aragonesa
A continuación el barbero le rapaba la cabeza. Este pelado radical tenía dos objetivos: uno, como medida de tipo higiénico. Y el otro, ser fácilmente identificado en caso de fuga. Se le proporcionaban dos camisas, dos calzones, una almilla, un bonete rojo y un par de zapatos. Esta ropa se le iría haciendo jirones a medida que pasase el tiempo. El sol y los lavados con agua salada eran los ingredientes perfectos para destrozar la ropa en no mucho tiempo. 

Tras ser engrilletado y rapado era destinado a un banco en el que con tres o cuatro galeotes más se encontraba con el remo. Hasta mediados del siglo XVI, la boga habitual era a tercerol, o sea, un remo por galeote. Pero este sistema era bastante problemático de cara a la logística ya que era preciso llevar repuestos para tres tipos de remos diferentes. A fin de simplificar este problema, se adoptó la boga a galocha, en la que se usaba un solo tipo de remo que era manejado por tres, cuatro o cinco hombres dependiendo del tamaño de la galera. Así pues, si hablamos de una galera real, de entre 300 y 500 toneladas, el neófito no se encontraba con un remo cualquiera, no, sino una cosa enorme que más bien parecía un árbol sin ramas. Véase el gráfico inferior:


Ahí tenemos el remo: un tocho de madera de haya de unos 11 metros de largo (dependiendo de los tratados de construcción variaban las dimensiones) y alrededor de 130 o 150 kilos de peso (o sea, unos 25 kilos mínimos por remero) cuya pala medía 2,5 metros de longitud. De la longitud total del remo, unos 3,5 metros iban dentro de la nave, y se encajaba entre dos estacas llamadas escamas, siendo fijado mediante un cordaje o estrobo. Para reforzar la caña del remo se le añadía la galaverna, una especie de forro o engrosamiento de entre 1,5 y 1,8 metros, que era sustituido cuando era preciso sin que el remo acusase desgaste. Debido al grosor del mismo, se clavaban en el guión unas manillas para que los galeotes pudieran agarrar el remo. El tramo final o puño se rebajaba para asir dicho remo ya que el que ocupaba ese puesto era el más experto del banco puesto que era el que llevaba la cadencia y, además, era el que realizaba el mayor esfuerzo. Si observamos el gráfico y considerando que el movimiento del remo es circular, el remero más cercano al casco será el que menos tenga que estirarse, y el más cercano a la crujía, la pasarela central de la galera, el que realizaba un movimiento más acusado. Además, por el ángulo del remo hacia el agua, el puño le quedaba a la altura del pecho, por lo que el esfuerzo de la boga era aún mayor.

Chifle
El galeote aprendía a odiar a toda la peña en pocas horas tras su llegada, pero el que se llevaba la mayor cuota de odio, así como de miedo, era el cómitre y su segundo, el sotacómitre. Estos personajes, que eran los encargados tanto de la maniobra como de todo lo referente con la chusma de la galera, no dudaban ni un segundo en estimular al personal al más mínimo atisbo de flojera a golpe de rebenque o corbacho, que eran unos gruesos cabos con un nudo en el extremo que, restallado en el lomo, obraban verdaderos milagros y hacían desaparecer como por ensalmo el agotamiento. El ritmo lo marcaban con silbatos, chifles, o tambores, un sonido que para el galeote era como escuchar las trompetas del Apocalipsis.

Salvo que hiciera viento y no fuera preciso bogar para mover la nave, los turnos de boga eran de hora y media que, cuando se trataba de una travesía, no eran excesivamente pesados ya que a cada golpe de silbato remaban los cuarteles pares, y al siguiente los impares. De ese modo, el ritmo de boga se rebajaba a la mitad. En términos numéricos: de 22 golpes de remo al minuto se quedaban en 10. Pero cuando la galera se topaba con un temporal y buscaba refugio en alguna ensenada, echaban el ancla y la chusma se veía obligaba, si era preciso, a bogar sobre hierro, que no era otra cosa que remar contra el viento para impedir que el huracán y la corriente partieran el cabo del ancla y se vieran lanzados contra los arrecifes o encallados de mala manera. 

Rebenque
Obviamente, el momento más nauseabundo era cuando se entraba en combate. En la víspera se aumentaban las raciones de agua y rancho para que el personal estuviera en condiciones de hacer frente a la dura prueba que se avecinaba. A fin de impedir que la chusma se rebelase en el momento clave, los alguaciles encadenaban al personal pasando una cadena por los grilletes mientras esperaban el momento en que el cómitre ordenara "¡fuera ropa!" y diera comienzo la boga de arrancada o pasaboga. Eso quería decir que, a continuación, el silbato pitaría a una endiablaba velocidad, y que los siguientes 15 ó 20 minutos serían absolutamente infernales porque ese ritmo de boga era algo simplemente bestial. En momentos así, los remeros de mayor responsabilidad, los espalderes, eran decisivos. Los espalderes iban en el último banco de popa, junto a la crujía. Remaban al revés, o sea, de cara a proa, a fin de observar a sus compañeros de fatigas ya que ellos eran los que determinaban el ritmo de boga conforme al marcado por el cómitre. Y, para animar la fiesta, tanto éste como el sotacómitre no paraban de dar paseos por la crujía estimulando a la peña con amables palabras de ánimo en forma de vigorizantes latigazos en el lomo.

Los distintos tipo de remeros eran:

Los espalderes, ya mencionados antes. Al ser cargos de responsabilidad, solían ser buenas boyas, o sea, remeros a sueldo. Obviamente, no iban herrados. Solían ir dos por galera y, por su categoría dentro de los remeros, tenían derecho a "ración de cabo", más completa y en más cantidad que la que se suministraba a la chusma.

Los curulleros, que iban en los banco de proa. Además de remar debían ayudar en el manejo de los juegos de armas de los cañones, que en las galeras iban siempre en la proa. El curullero solía ser un cargo de confianza.

Los alieres eran los que realizaban maniobras para repeler los abordajes, así como los encargados de manejar el esquife de la galera.

Los proeles. Estos no formaban parte de la chusma, sino que eran pajes y grumetes. Iban en los bancos de proa y, además de bogar, debían ayudar a los artilleros y defender el abordaje.

El resto eran chusma pura y dura, formada por buenas boyas, forzados y esclavos. En función de la nave, el número de galeotes variaba. Por poner un ejemplo, una galera capitana llevaba embarcados unos 350 remeros para nutrir los 56 bancos que llevaba: 27 a babor y 28 a estribor. Por lo demás, la existencia de estos sujetos era una auténtica birria: 



El abordaje
Las enfermedades causaban estragos entre ellos debido a las pésimas condiciones higiénicas: el escorbuto, el tétanos, el beri-beri y la pelagra. Dormían al raso y, si la mar estaba un poco picada, se empapaban por el agua que entraba en la nave. Cuando entraban en combate, si la nave se hundía toda la chusma se iba al fondo encadenados a la misma. Si los abordaban, podían sufrir todo tipo de heridas o arder vivos si la galera era incendiada. La disciplina era simplemente férrea. El cómitre no dudaba el moler a palos al personal por la más mínima falta, y los conatos de rebelión eran solucionados arrojándolos al mar o colgándolos de una antena. Si blasfemaba o juraba por Dios, por la Cruz, los santos o la Virgen, le endilgaban un año más de condena, y si repetía, pues otro año más y santas pascuas. Los sodomitas, "tanto el paciente como el haciente", eran quemados vivos en cuanto se tocara tierra en presencia de toda la Armada. Por último, mencionar que la alimentación era muy deficiente, ya que solo se repartía carne y vino tres veces al año. El resto de los días se comía bizcocho, habas cocidas, garbanzos y arroz. De hecho, el índice de mortalidad ascendía a un 13% anual sin contar las bajas en combate pero, a pesar de ello, muchos galeotes, al acabar su condena y volver a la vida normal, no lograban integrarse a su condición de hombre libre, por lo que acababan enrolándose de buenas boyas porque, tras ocho o diez años dándole al remo y con las palmas de las manos duras como una suela, no sabían hacer otra cosa.

Y como colofón, comentar el patético destino que aguardaba a los galeotes en caso de ser apresados por una galera otomana o berberisca. Los musulmanes o esclavos de esa raza estaban de enhorabuena, pero los galeotes cristianos pasaban a formar parte de la chusma del enemigo o eran esclavizados. Y ahí ya no había posibilidad de esperar el fin de la condena porque, ¿quién daría medio maravedí de rescate por sus asquerosas vidas? Lo tenían crudo, juro a Cristo.

En fin, ya seguiremos.

Hale, he dicho...


Vista superior de la proa de una galera. Se aprecia perfectamente la crujía que corre por el centro de la nave, así como los bancos de los remeros dispuestos como si fueran la espina de un pez.

sábado, 19 de abril de 2014

10 curiosidades curiosas sobre los galeones españoles



Los galeones, a pesar de su aspecto un poco rechoncho, fueron las naves que permitieron a España convertirse en un imperio como jamás viose y acrecentar los dominios de su católica majestad Felipe II hasta que no se pusiera el sol en ellos, lo cual era estupendo para estar siempre moreno. 

Así pues, hoy toca hablar de algo más apacible porque no estoy para muchos trotes. ¿No he dicho a vuecedes que llevo ya tres meses con un tendón del hombro roto? Bueno, pues dicho queda. Me está haciendo pasar un quinario el muy... En fin, que hoy tocan temas navales, que son como más relajantes tras la ardorosa entrada de ayer. Veamos pues...

1. A fin de protegerlos de la humedad y de la broma, el casco de los galeones era recubierto desde la quilla hasta la línea de flotación por una capa de lona embreada. A continuación se añadían finas láminas de plomo para, finalmente, recubrirlo todo con una capa de grasa de origen vegetal o animal. La obra muerta, o sea, la parte del casco que sobresalía del agua, era pintada por lo general con bandas negras alternada con ocres, amarillas, azules o rojas.

2. En el siglo XVI y principios del XVII, los galeones no tenían asignada una dotación de armamento embarcado fijo en el buque. Por el contrario, tanto las bocas de fuego como la pólvora y las municiones permanecían en los arsenales a la espera de ser embarcados en cada nave en función de la cantidad de piezas que necesitara según la travesía a realizar. Una vez retornados a puerto, tanto las piezas como las municiones debían ser devueltos a los arsenales.

3. Dependiendo de su tonelaje, variaba la cantidad de bocas de fuego y el tipo de las mismas, que solían ser, de menos a más cantidad, cañones, sacres, culebrinas y medias culebrinas. Los galeones entre 500 y 600 toneladas iban armados con 24 piezas, los de 700 a 850 toneladas, entre 30 y 40 piezas, y los más grandes, de 1.000 toneladas, unas 50 piezas. Como armamento ligero contra personal y para barrer las cubiertas enemigas de forma previa a los abordajes se usaban pequeños falconetes, cañones de pivote de retrocarga mediante una alcuza y que cargados con metralla (esquirlas de pedernal, clavos, etc) hacían verdaderas escabechinas.

4. Los proyectiles usados, aparte de las típicas pelotas de hierro, eran balas enramadas, palanquetas, angelotes y balas rojas. Estas últimas eran pelotas normales puestas al rojo vivo en un hornillo antes de ser cargadas para provocar incendios en las naves enemigas. 

5. El número de tripulantes se obtenía mediante la proporción de un hombre por tonelada, si bien en caso de guerra se elevaba a un hombre y medio. A mediados del siglo XVI la proporción varió, disminuyendo la gente de mar a uno por cada 5,5 toneladas a fin de dejar sitio a la infantería de marina. A principios del siglo XVII se volvió a modificar, embarcando un marinero por cada seis toneladas y cuarto, y un infante de marina por cada cuatro toneladas. Estas cantidades eran, como cabe suponer, variables en función de la travesía. No era lo mismo partir en una misión de guerra, donde primaban los artilleros y los infantes de marina, que dar escolta a un convoy a las Indias o para transportar una carga y pasajeros que no formaban parte de los roles de la nave.

6. Durante los siglos XVI y XVII, la marina de guerra española tenía una peculiaridad única respecto a las demás armadas europeas, y es que el capitán del barco no tenía jurisdicción sobre la infantería de marina, la cual estaba al mando de su propio capitán. De ese modo, el capitán del barco era designado como capitán de mar, y mandaba sobre la marinería mientras que la tropa quedaba al mando de un capitán de guerra. Esta norma perduró hasta bien avanzado el siglo XVII.

7. Los galeones que venían de las Indias cargados de metales preciosos contaban con un oficial de tipo burocrático denominado maestre de plata, el cual era designado por la Casa de Contratación, ubicada en Sevilla, ya que esta ciudad tenía en aquellos tiempos el monopolio del comercio con las provincias de Ultramar. Es decir, todos los buques que salían y llegaban de las Indias lo hacían desde Sevilla, lo que convirtió esta ciudad en la más rica de la Hispania toda. Dicho privilegio lo mandó al garete el primer Borbón, el cual lo trasladó a la ciudad de Cádiz. Eso fue, a mi modo de ver, una memez ya que Cádiz, siendo población costera, era más vulnerable a los ataques de los ingleses y holandeses (Dios los maldiga), mientras que Sevilla, siendo un puerto fluvial, era cuasi inaccesible para los piratas esos.

8.Las necesidades fisiológicas se hacían en unos pequeños tabucos situados en la proa, a los lados del bauprés y denominados jardines. Con todo, muchos tripulantes vaciaban sus orinales en las sentinas, de donde salían emanaciones capaces de hacer perder el conocimiento a un rinoceronte.

9.La dieta de la armada española era mucho más saludable que la de otras marinas europeas, en las que el escorbuto era habitual. En los galeones españoles, por el contrario, era una enfermedad bastante rara. La ración por hombre y día consistía en 700 gramos de galleta o bizcocho, legumbres secas y medio azumbre de vino. Cuatro veces en semana se repartía carne en salazón previamente hervida mientras que los miércoles, viernes y sábados se suministraba pescado, también en salazón y hervido. En caso de combate inminente, se repartían raciones de queso para evitar encender fuegos a bordo. A todo ello se añadían cebollas, ajo, aceitunas, aceite y vinagre, lo que suponía un aporte de vitaminas que impedía la aparición del temido escorbuto. Para que luego hablen los guiris del ajo...

10. Como España siempre ha sido un país católico como Dios manda, cada barco llevaba su propio capellán el cual celebraba las llamadas "misas secas" en las que no se comulgaba a fin de evitar que, con el mareo, el personal acabase echando los bofes hostia incluida, lo cual estaba muy feo y no se podía consentir.

Bueno, ya está. Me piro a chutarme un Nolotil, que esto duele de cojones.

Hale, he dicho...



viernes, 18 de abril de 2014

Las armas incendiarias en la Edad Media




El fuego, ese gran descubrimiento que permitió a la humanidad devorar filetes de mamut en su punto, ha sido usado como arma desde tiempos inmemoriales. El fuego lo destruye todo, desde la palloza de un labriego a ciudades enteras, incluyendo a los cuñados más abominables de todos. 

Obviamente, no es plan de soltar aquí una filípica narrando los pormenores del fuego como arma desde tiempos de los sumerios hasta el moderno napalm, así que nos limitaremos a la Edad Media, periodo histórico en el que, debido al constante estado de guerra y los innumerables asedios que tuvieron lugar, el fuego fue uno de los principales protagonistas para convertir a los enemigos en momias calcinadas de forma que podían darlos de baja definitivamente en sus listas de enemigos a eliminar. Veamos pues...

Ante todo, debemos tener en cuenta que el fuego era básicamente un arma de asedio, no anti-persona. Eso que se ve en las pelis de los arqueros clavando una flecha incendiaria en plena barriga a un enemigo queda muy molón y da tela de repeluco, pero para matarlo no hacía falta que la flecha ardiera. Bastaban los 15 ó 20 centímetros de vara de fresno rematada por una punta barbada de hierro para finiquitarlo bonitamente. Por otro lado, también era un arma muy a tener en cuenta en las marinas de guerra ya que los barcos estaban fabricados de madera si bien el hecho de llevar a bordo substancias inflamables era un riesgo que pocos estaban dispuestos a correr hasta la aparición de la pólvora y, con ello, la artillería naval.

Así pues, algunos se preguntarán: ¿qué utilidad tenía entonces el fuego como arma? ¿cómo podía destruir un castillo fabricado de piedra? Pues muy fácil. Los "bombardeos" medievales a base de bolaños de piedra que pesaban varios quintales no solo servían para intentar derribar murallas, sino también para, mediante tiro parabólico, ir destruyendo las techumbres de las dependencias interiores del castillo, todas fabricadas de madera incluyendo muchas veces incluso la de la torre del homenaje y sus entresuelos, como ya se vio en una entrada al respecto. Dentro de esas dependencias había almacenes con provisiones, armas, dormitorios para la guarnición, etc. Si un proyectil incendiario caía dentro, se acabaron las provisiones, se acabaron las armas y se acabó dormir bajo techo. La moral se venía abajo, no había qué comer y, como consecuencia de ello, la rendición sería un hecho mucho antes de lograr abrir una brecha en la muralla o de intentar un asalto de dudoso éxito que, además, produciría muchas bajas propias.

Por lo tanto, nuestros belicosos ancestros no dudaban en hacer uso del fuego cada vez que se terciaba, y pagaban elevadas sumas a los ingenieros militares de la época que guardaban como oro en paño los secretos de las mixturas más virulentas a la hora de achicharrar al enemigo. Veamos algunas de ellas:

La falarica.  Se trataba de un dardo de gran tamaño que se lanzaba mediante una balista o un escorpión, armas de asedio ya usadas por los romanos y que perduraron hasta bien avanzada la Edad Media. Según San Isidoro, iba provista de una bola en el hierro, posiblemente para darle más contundencia. Su punta la podemos ver en la imagen de la derecha. Como se puede apreciar, la punta está "hueca" para alojar en ella estopa empapada en brea o azufre. Eso bastaba para incendiar cualquier cosa susceptible de arder, incluyendo los pabellones, carros y, naturalmente, las máquinas de asedio de los sitiadores ya que tanto las balistas como los escorpiones también podían ser usados por los sitiados. Y, como ya podemos suponer, intentar matar a un enemigo con una balista era como matar una mosca a escopetazos, entre otras cosas porque la balista era una máquina apta para objetivos fijos, no para acertar a un tipo que corría como un gamo de un lado a otro para esquivar las flechas y virotes del enemigo.

Máquina para lanzar fardos o pellas ardiendo
Pero la falarica era lo más básico. Los ingenieros de la época tendían a hacer uso de métodos mucho más contundentes que simples dardos incendiarios. Dichas preferencias solían ir encaminadas a provocar incendios del tal magnitud que fueran incontrolables, provocando la rendición de la plaza sitiada o bien el levantamiento del cerco por parte de los sitiadores. Un ejemplo de lo segundo lo tenemos en el sitio a Berwick, llevado a cabo por los ingleses en 1319 contra la guarnición escocesa que defendía la plaza. Los escoceses contaban con la ayuda de un ingeniero de origen flamenco por nombre John Crabbe, el cual diseñó un fardo de lana que iba impregnado de alquitrán y azufre. Dicho fardo iba atado a unos aros de hierro y eran lanzados o, mejor dicho, dejados caer, mediante un toleno, que eran unas grúas contrapesadas muy al uso en aquella época. El objetivo no era otro que la techumbre de la entrada a la mina con que los ingleses pretendían abrir una brecha en la muralla. Dicha techumbre había sido blindada para protegerla precisamente del fuego así que, previamente al lanzamiento del aro incendiario, la dañaron a base de bolaños para que el fuego penetrase. Cuando se culminó la acción, los zapadores quedaron incinerados, pudiendo escapar solo unos pocos.

Otro método, este bastante usado por los sitiadores y que sale mucho en las pelis porque resulta muy vistoso, eran las pellas. Las pellas eran bolas fabricadas con estopa por lo general, e impregnadas en brea y azufre. Eran lanzadas con máquinas de tiro parabólico como las manganas, con lo que se conseguía introducirlas en el interior de las fortificaciones. Un método similar era lanzar vasijas de barro con brea caliente y provistas de una mecha. Al romperse la vasija, la brea se inflamaba con facilidad al estar previamente calentada y salía despedida en todas direcciones, produciendo aún más daños que las pellas. Incluso los mismos asaltantes o sitiadores podían hacer uso de lo que podríamos llamar granadas incendiarias, artefactos como los que vemos en la foto de la izquierda. Como se puede comprobar, su similitud con las primeras granadas de mano es bastante grande. Estas pequeñas vasijas de barro podían llenarse de brea o de pólvora cuando ésta hizo su aparición en Europa. Sus efectos en este caso también podían ser contra los asediados o viceversa ya que, si se rompían o estallaban cerca de un enemigo, podía prenderle la ropa o llenarle el cuerpo de esquirlas de barro cocido cortantes como cuchillas.

Un invento similar a las pellas eran unas cestas llenas de paja y lino bien prensado, todo empapado de grasa animal que, por cierto, arde que es una cosa mala. Se lanzaban del mismo modo que las pellas, con manganas o fundíbulos. Este sistema lo usaron los cátaros de Montségur para intentar quemar uno de los fundíbulos de los cruzados, pero sin éxito ya que estos se dieron cuenta de las intenciones del personal y pudieron apagar el fuego a tiempo. 

Mangana o mangonel
Pero, indudablemente, de donde vinieron las mixturas más elaboradas y mortíferas fue de Oriente y de Bizancio. Tanto los árabes como los griegos idearon mogollón de fórmulas, algunas quizás obtenidas en la China, las cuales llegaron a Europa gracias a los cruzados o mediante antiguos tratados de tiempos de los romanos, como el que el duque de Anjou, Godofredo de Plantagenet, usó durante el cerco a Montreuil-en-Bellay en 1147. En este caso, se trataba del Sexto Libro de Vegecio, en el cual aparecía una fórmula de la que se valió para despejar la brecha que había conseguido hacer con un ariete. Mandó fabricar un recipiente de hierro, el cual se llenó con aceite de nuez, lino y semillas de cáñamo. Una vez lleno se selló y se puso a calentar en un horno hasta que notaron como el aceite hervía. Lo sacaron y enfriaron con agua la cadena que sujetaba el recipiente tras lo cual la sujetaron al brazo de una mangana y lo lanzaron contra la brecha. Al chocar contra el suelo, el recipiente se abrió con gran violencia, extendiendo el fuego por todas partes e incendiando varias casas adosadas a la muralla. La magnitud del incendio hizo huir de la zona a la guarnición, lo cual fue aprovechado por los asaltantes que, en cuando el incendio remitió un poco, se apresuraron a invadir la brecha.

Otra maligna receta nos vino del LIBER IGNIVM, una obra de Marcus Græcus en la que da la receta de una mixtura denominada "aceite de los filósofos", la cual constaba de polvo de ladrillo rojo, aceite de linaza y aceite de nuez o de cáñamo. Esta mezcla se debía destilar, tras lo cual se obtenía el producto que, según el tal Græcus, ardía más que la sala de espera del Infierno. Pero el invento más letal y asqueroso era, como es de todos sabido, el fuego griego. Nada era capaz de apagarlo. 

Una nave bizantina abrasa a una enemiga con un
chorro de fuego griego
El fuego griego fue inventado por los bizantinos en el siglo VII d.C. Fue introducido en Europa por los cruzados que trajeron la fórmula de Tierra Santa y, al parecer, fue usado en el Viejo Continente por primera vez en el sitio de Nottingham en 1.194. Parece ser que su fórmula, mantenida en secreto durante siglos, era la siguiente: azufre, ácido tartárico, brea, sulfato cálcico, sal hervida, petróleo, aceite común y el extracto de una planta gomo resinosa llamada paula sarcocolla. Para usarlo era preciso calentarlo previamente. Según la crónica de Geoffrey de Vinsauf (s. XII) sólo el vinagre lo apagaba, y la arena sólo mitigaba sus demoledores efectos. Al cabo, nada o casi nada permanece en el limbo para siempre, que si se pone oro en cantidad de por medio se ablandan las lenguas más pétreas.

Su uso en Europa no llegó al nivel técnico de los bizantinos, que idearon incluso la forma de lanzarlo como si de un lanzallamas se tratase (ya hablaremos de eso en otra entrada), así que se limitaron a lanzarlo en vasijas provistas de mechas fabricadas con trapos o similares. Lo peor del fuego griego era que, por su textura pegajosa, se adhería a todo, incluyendo al pellejo del personal lo que producía quemaduras terroríficas. Solo saber que el enemigo disponía de fuego griego podía ser suficiente para provocar la huida o la rendición del enemigo. Como dato curioso, señalar que durante el cerco a Sevilla (1247-1248), los andalusíes lanzaron por el río corriente abajo varias balsas cargadas con fuego griego a fin de incendiar las naves castellanas, si bien no tuvieron éxito en la acción. 

Y también como curiosidad final, comentar que en el Concilio de Letrán (1139), en el mismo en que se prohibió el uso de las ballestas contra cristianos, se vetaron igualmente las armas incendiarias. Como hemos visto, le hicieron el mismo caso al papa con las armas incendiarias que con las ballestas, o sea, que se pasaron las anatemas  pontificas por el forro. Con todo, la existencia de estas mixturas incendiarias tuvieron su fin con la pólvora, que era mucho más efectiva y por la que no había que pagar a alquimistas o ingenieros verdaderas fortunas para que las fabricasen. 

En fin, ya está.

Hale, he dicho...