viernes, 24 de junio de 2016

Mitos y leyendas: la Inquisición española




Antonio Pérez, el todopoderoso secretario
de Felipe II que acabó convirtiéndose en el
mayor traidor de la historia española.
Vendido a los ingleses, fue uno de los más
empeñados coadyuvadores de la Leyenda
Negra que nos persigue desde hace siglos.
Si a cualquier ciudadano se le pregunta por la institución más infame, sádica, sanguinaria y malvada de todos los tiempos, apostaría diez litros del deleitoso, sabroso y maravilloso puchero que prepara mi Pilarita a que respondería sin dudarlo que la Inquisición. Y cuando se habla de inquisiciones, el personal no se molesta en especificar que se refiere a la española ya que dan por sentado que fue la única que existió en todo el planeta. O sea, que la famosa Leyenda Negra creada por los enemigos de España- Inglaterra y los Países Bajos- fue tan eficazmente propalada que hasta los mismos españoles acabaron creyéndosela por obra y gracia de ese absurdo complejo de inferioridad que nos atenaza desde hace décadas y que nos hace sentir vergüenza de haber sido los dueños de un inmenso imperio. Bueno, el que se lo quiera creer y el que quiera sentirse inferior, porque yo jamás he padecido semejante sentimiento de culpa ni me he creído una palabra de esa absurda leyenda. Y gran culpa de ello lo tiene el hecho palmario de que el personal tiene la irritante tendencia a creerse todo lo que les digan sin molestarse en corroborar si es cierto, de modo que así nos luce el pelo.

Así pues, y aprovechando que los hijos de la Gran Bretaña se largan en buena hora del seno europeo en un arrebato de la infinita soberbia que siempre ha caracterizado a esa raza de piratas y ladrones, pues procederé a desmentir muchas de las creencias sobre lo que fue la base principal para crear esa siniestra leyenda que nos hizo parecer a los ojos del mundo como los seres más fanáticos, sádicos y perversos del mundo mundial.

1. Los españoles crearon la Inquisición

Barbacoa de cátaros muy anterior a que en España se
plantearan siquiera establecer el Santo Oficio
Falso. La Inquisición la fundó el papa Lucio III en 1184 a raíz de la publicación de la bula AD ABOLENDAM debido al cada vez más preocupante avance del catarismo, secta proveniente del este de Europa que encontró gran acogida en el Langedoc en aquella época. Esta primera inquisición delegaba en los obispos para mantener la pureza de la fe y frenar la herejía, pero fue un fracaso debido a que gran parte del clero languedociano, obispos incluidos, simpatizaba de forma más o menos abierta con los cátaros. De ahí que, en 1231, Gregorio IX optara por poner la inquisición bajo el control directo del pontificado tras publicar el decreto ILLE HVMANI GENERIS. La misión de combatir la herejía recayó en la orden de los Predicadores, luego conocida como dominicos por santo Domingo de Guzmán, uno de los más preclaros cerebros de su época y denodado defensor de la fe católica. Por cierto que en aquellos primeros tiempos la intención era convertir a los herejes celebrando apasionados debates entre los principales picos de oro de cada lado, católicos y cátaros, en los que cada parte defendía sus creencias. El fracaso de esta política "blanda" contra los herejes dio paso luego a la Cruzada Albigense, la única predicada para combatir cristianos.

2. Bueno, no crearon la Inquisición, pero fueron los primeros en adoptarla.

Pedro II
También falso. De hecho, los primeros en aceptar la presencia de inquisidores en sus dominios fueron el conde de Tolosa (muy a su pesar) y el rey de Francia. En pureza, el primer estado que la admitió como institución oficial fue Aragón en 1249 bajo el reinado de Pedro II el Católico, un ferviente monarca que puso bastante empeño en limpiar sus dominios de herejes. Cabe suponer que, aparte de su desmedido afán por mantener la pureza de la religión en su reino, lo que preocupaba al monarca era el inquietante avance hacia el sur de una secta que, caso de aceptar su presencia, lo convertiría de facto en un protector de la misma, lo que le acarrearía algo aún peor: el entredicho de Roma y el convertirse en objetivo de otros reyes que aprovechaban la más mínima excusa para, con el placet del papa, invadir sus tierras y mandarlo a paseo por sospechoso de herejía. Eso fue precisamente lo que acabó con el otrora poderoso condado de Tolosa, dueño y señor del Languedoc, que acabó siendo fagocitado por la corona francesa por la actitud ambigua, cuando no abiertamente favorable, hacia los cátaros.

3. Entonces, ¿cuándo apareció la Inquisición española?

Emblema del Santo Oficio. El lema pertenece,
tal como figura en el escudo, al salmo 73:
Levántate Señor, y juzga tu causa
Mucho tiempo después. De hecho, la Inquisición no fue implantada en el reino de Castilla hasta el 1 de noviembre de 1478, durante el pontificado de Sixto IV y tras la publicación de la bula EXIGIT SINCERAS DEVOTIONIS AFFECTVS, y su cometido inicial no era precisamente perseguir herejes, sino vigilar que los judíos y moriscos que juraban por sus barbas haberse convertido al cristianismo lo habían hecho de corazón. Era de todos sabido que muchos de ellos habían aceptado ese trágala para no verse expulsados de Castilla, y que en la intimidad de sus hogares seguían practicando la religión de sus mayores. La lucha contra la herejía en España no tuvo lugar hasta la aparición y propalación del luteranismo varias décadas más tarde. Por otro lado, no podemos hablar de Inquisición española hasta la verdadera unión de las coronas de Castilla y Aragón ya que este último reino no aceptó inicialmente las condiciones de la bula de Sixto IV. Es más, incluso cuando Felipe II encargó a la Inquisición la investigación sobre las traiciones llevadas a cabo por Antonio Pérez pensando que si le daba a sus maldades un tinte religioso le sería más fácil acabar con él, éste alevoso, refugiado en Aragón, se fue de rositas precisamente porque los inquisidores castellanos no pudieron arrestarlo debido a que carecían de jurisdicción para ello. Recordemos que hasta el advenimiento de la dinastía borbónica no se acabaron con los absurdos y obsoletos fueros medievales que aún perduraban, y por desgracia aún perduran en algunas zonas, en todo el país. En definitiva, que la Inquisición española como tal fue más bien la última que se implantó en Europa.

4. Vale, pero eran malísimos de la muerte, tenían muy mala leche y sometían al personal a terribles tormentos.

Virgen de Nuremberg, producto del
chispeante ingenio de los tedescos
para idear maldades
No más que cualquier otra inquisición europea. No debemos olvidar que la tortura era admitida en todas partes como un eficaz sistema para obtener confesiones, y en países con una imagen tan civilizada como Alemania aún se permitía el uso de la siniestra virgen de Nuremberg a mediados del siglo XIX, mientras que en España jamás se habían usado esos diabólicos artefactos. Por otro lado, los medios de tortura inquisitoriales no permitían la efusión de sangre, por lo que no podían emplearse máquinas o métodos cruentos. Obviamente, eso no quiere decir que el potro, la garrucha, la cuna de Judas o la toca no fueran una bestialidad, pero no más que otros de los usados por la justicia civil. Por otro lado, los interrogatorios inquisitoriales se llevaban a cabo bajo la supervisión de un médico, el cual indicaba cuando debía cesar el tormento llegado el caso.

El enrodamiento, que consistía en ir rompiendo uno a uno
cada hueso de las extremidades, gozó de bastante difusión
allende nuestras fronteras. En España jamás se emplearon
métodos de ejecución tan sádicos como ese y otros muchos
que tuvieron validez legal en Alemania, Francia o Inglaterra
Es cosa casi desconocida por el personal el hecho de que, ante todo, los inquisidores procuraban sonsacar a los sospechosos que, como es lógico, negaban su condición de herejes. O sea, que no se recurría a la tortura nada más ser arrestados sino que, previamente, se les sometía a intensos interrogatorios en los que los dominicos recurrían a la PRACTICA, una obra de Bernardo Guidonis, mucho más conocido como Bernardo Gui, en la que volcó toda su experiencia como inquisidor. En dicha obra se detallaban los hábiles recursos dialécticos y estratagemas de los que se valían los herejes para escaquearse, y de las respuestas que daban para ocultar su verdadera condición. Por ejemplo, cuando se quería obligar a un cátaro a recitar el Credo, como esta secta se negaba a aceptar dicha oración respondían poniendo jeta de cordero degollado que no podían porque nadie se había molestado en enseñárselo. Algunos ejemplos más:

-¿Cuáles son tus creencias?- pregunta el inquisidor para que el sospechoso se delate.

-Yo creo en lo que los buenos cristianos deben creer- respondían de forma ambigua ya que un cátaro o un luterano eran cristianos también.

-¿Crees en la transubstanciación del pan y el vino en la carne y a sangre de Cristo?

-¿Es que no debo creer en eso?

-No te pregunto si debes creerlo, sino si lo crees.

-Yo creo en todo lo que vuestra paternidad y otros santos doctores me ordenen que crea.

Ahí estaba la trampa: al mencionar los "santos doctores" el sospechoso se refiere a los mandamases de su secta. En fin, estos interrogatorios se convertían en un interminable juego de frases de doble sentido y de verdades y mentiras dichas a medias. Solo en el caso de que no hubiera forma de que el sospechoso reconociera su pertenencia a una secta o declarase que el motivo de la denuncia era cierto se recurría al tormento, si bien de forma previa se conducía al preso a la dependencia donde se llevaba a cabo la tortura para que viera los instrumentos y se acojonase. Por lo general, la sola visión del potro solía ejercer un efecto fulminante, y solo los más enconados herejes se veían arrostrados a padecer un estiramiento que los hacía crecer de golpe hasta 20 centímetros nada menos. Sin embargo, en la siniestra y atrasada España nunca se usaron métodos como el que vemos a la derecha, empleado en la avanzada y tolerante Alemania sobre todo con los sodomitas. El motivo de poner cabeza abajo al reo no era otro que mantener el cerebro irrigado, alargando de ese modo el suplicio ya que, a pesar de la tremenda hemorragia que produciría, la cabeza no se quedaba sin sangre de inmediato.

5. ¿Y las pobrecitas brujas, qué? ¿No acabaron en la hoguera trillones de pobres mujeres que, en realidad, eran honradas herboristas o simples curanderas?

Imagen de los famosos procesos contra las brujas de Salem,
en los que decenas de personas fueron enviadas a prisión,
condenas y ejecutadas sin las más mínimas garantías legales
y bajo la presión rayana en la histeria de los puritanos
Falso no, falsíííísimo. Precisamente, en España fue donde menos incidencia tuvo la persecución de la brujería, apenas un 8% entre los siglos XVI y XVIII. Aquí preocupaban más los judeizantes y los protestantes, y precisamente fueron estos últimos los que, bajo el patronazgo del rebelde Guillermo de Orange, usaron la religión como arma política para justificar su traición a su legítimo rey, que lo eran también de España. Aprovecho para incidir en que los Países Bajos no eran "una colonia española" ni estaban "bajo dominio español", sino que eran unos territorios totalmente independientes en ese sentido pero que, mira por donde, pertenecían al mismo monarca que reinaba en España, en Portugal o en Nápoles. Pero el uso de tropas españolas para mantener la autoridad real hizo que se viera como una opresión española sin pararse muchos a comprobar que, además, en los contingentes regios iban tropas italianas, portuguesas, alemanas, etc. Y siguiendo con el tema de la brujería, esta fue mucho más perseguida en países como Alemania, donde se ejecutaron a unas 25.000 personas, mientras que en los dominios de los Austrias apenas llegaron a las 500. Y conviene además tener en cuenta que muchas de estas inocentes herboristas y curanderas se dedicaban, además de a preparar filtros amorosos y demás pócimas chorras, a practicar abortos o a elaborar venenos y maleficios de todo tipo para, previo pago, enviar a la tumba a personas non gratas.

6. Bueno, mataron a pocas brujas, pero cualquiera te denunciaba y te metían en un calabozo sin más.

El castillo de Triana, sede del Santo Oficio en Sevilla
hasta la abolición del mismo. No solo era prisión, sino
"edificio de oficinas" en el que se desarrollaba toda la
administración y la burocracia de la Inquisición hispalense
Otro mito más falso que Judas. Según Walsh, la realidad era bien distinta ya que, de entrada, era necesario que una denuncia fuese corroborada por más de una persona, tras lo cual se abría una investigación secreta para ver si los denunciantes podrían tener algún tipo de malquerencia contra el denunciado. Por ejemplo, si le debían dinero, si había algún tipo de pleito civil de por medio y se usase el Santo Oficio para liquidar a la parte contraria o si eran sus cuñados y querían quitarlo de en medio porque se bebía todo el vino almacenado en la bodega de casa. Una vez comprobado que, en efecto, la denuncia era justificada era cuando se procedía a la citación del sospechoso. Pero, curiosamente, una inmensa mayoría de denuncias se quedó en nada porque los investigadores del Santo Oficio no vieron motivo para iniciar un proceso, o pudieron comprobar que la denuncia era infundada. Y ojo, eso podría acarrear un serio disgusto al que había efectuado la denuncia por haber levantado falso testimonio contra un inocente. Por otro lado, la Inquisición no solo velaba por la pureza de la fe, sino que también actuaba contra los blasfemos, los propaladores de supersticiones o los místicos que aseguraban que tal o cual santo, o incluso el mismísimo Jesucristo, se les aparecían y les contaban su vida y tal.

7. ¿Ah, sí? ¿Y qué me dice de Torquemada, ese monstruoso ser que mandó a la hoguera de miles y miles de inocentes?

Matanza de San Bartolomé. Tras la masacre parisina se
calcula que unas 50.000 personas fueron víctimas de la
persecución religiosa en la culta y refinada Francia
Pues le diría que le dé un repasito al tema, porque las gigantescas cifras que la leyenda ha atribuido a fray Tomás de Torquemada han sido revisadas por historiadores tan poco sospechosos de parcialidad como Walsh o Kamen y no son ni remotamente tan escandalosas. Torquemada, que ciertamente protagonizó la etapa más dura del Santo Oficio, no fue más allá de las 2.000 personas- la mitad de los 4.000 hugonotes liquidados en la Noche de San Bartolomé de una sola tacada- condenadas por herejía, y recordemos que la Inquisición no mandaba quemar a nadie. Eso lo llevaba a cabo la justicia civil, a la que eran entregados los reos de herejía y ejecutados. O sea, que la Inquisición no tenía poder para mandar ejecutar a nadie. Lo que hacía era, por decirlo de alguna forma, "desentenderse" del condenado, al que renunciaba a intentar convencer de sus errores, y lo ponía en manos de la justicia secular, cosa que hacían el resto de las inquisiciones de Europa porque eran las normas. Por cierto que Torquemada, el siniestro martillo de herejes, aunque fanático hasta el tuétano, al menos era el primero en dar ejemplo ya que hacía gala de una austeridad proverbial, se ponía cilicios hasta el el hígado, jamás probaba la carne y dormía en una puñetera tabla sin más tapija que su hábito. Por lo demás, el supuestamente feroz dominico estaba considerado como uno de los más preclaros intelectuales de su época, incluso se molestó en fundar la Confraternidad de la Anunciación, destinada a proveer de dote a las mocitas sin medios económicos que, de otro modo, no se habría podido casar.

8. Bien, vale, pero no por ello la Inquisición dejaba de ser una institución sanguinaria a tope.

Fragmento del famoso cuadro de Berruguete
que muestra a dos herejes que va a ser
agarrotados antes de encender la pira.
Falso también. Según autores como Kamen o Parker, apenas un 4% de los procesos iniciados acababan en la entrega del reo al brazo secular, y la proporción de condenas a muerte entre los procesos civiles y los religiosos eran de cien a uno. La inmensa mayoría de las condenas fueron multas, imposición de sambenitos o penas de prisión. Además, solo eran quemados vivos los relapsos, o sea, los que aún en el mismo palo de la hoguera se negaban a abjurar de sus herejías. En caso de hacerlo, el reo era estrangulado mediante garrote y luego su cadáver quemado. Y ojo, que en las actas de los procesos aparecen como "quemados" bastantes herejes que fueron juzgados en rebeldía por haber puesto tierra de por medio a tiempo, por lo que eran quemados en efigie. Sea como fuere, en Inglaterra, Alemania, Francia o Suiza acabaron convertidos en torreznos bastantes más personas, incluyendo a Miguel Servet, condenado por los calvinistas y enviado a la hoguera sí o sí porque al mismísimo Calvino se le metió entre ceja y ceja. O sea, que estaba condenado de forma irremisible aún antes de ser procesado.

9. ¿Me está vuecé sugiriendo que los protestantes, esos probos ciudadanos que se negaron a seguir sometidos a la abyecta tiranía del pontificado, también ejercían una suerte de Inquisición?

Calvino, que llegó a adquirir la fea
costumbre de procesar a todo aquel que
le discutiera sus creencias. Con todo
fue canonizado por la iglesia protestante
No se lo sugiero,  sino que lo afirmo categóricamente. De hecho, los protestantes eran tanto o más fanáticos que los católicos, y personajes como Lutero, Calvino, Zwinglio, Knox o Cranmer fueron unos represores del mismo nivel que el vilipendiado Torquemada. Lo que tanto reprocharon al catolicismo, ellos lo elevaron a la quinta potencia, persiguiendo de forma despiadada a todo aquel que no se doblegara ante sus nuevos dogmas. Y estos no se andaban con tonterías, porque los puritanos que se largaron a incordiar al Nuevo Mundo no se cortaban un pelo a la hora de castigar de la forma más cruel a sus propios herejes, castigos que en España jamás se llevaron a cabo por el Santo Oficio: corte de orejas, perforación de la lengua con hierros candentes, persecución del culto católico, segregación civil por motivos religiosos, etc.


10. En fin, que la Inquisición española era la quintaesencia de la bondad y la tolerancia, ¿no?

Irlandés torturado por tropas inglesas en
1798. Para que luego estos vainas digan
que somos más malos que nadie
No. Era simplemente un tribunal religioso más que no fue ni remotamente tan perverso ni tan sádico como se le ha representado durante siglos, y al que debemos juzgar con ecuanimidad para no caer en lo mismo que los que crearon la Leyenda Negra: la difamación gratuita. Como hemos aclarado, el tristemente famoso Santo Oficio no fue ni creado ni mucho menos difundido por España, ni de sus tribunales y autos de fe salieron tantos quemados como se suele imaginar. Y como los amantes de lo políticamente correcto me saldrían ahora diciendo que solo he pretendido justificar a los perseguidores de la libertad religiosa y la cultura, pues le responderé que los protestantes hicieron exactamente lo mismo, y que, ya puestos, la represión que llevó a cabo el Santo Oficio tuvo al menos un efecto positivo, que no fue otro que eliminar la posibilidad de que en España estallaran las guerras religiosas que durante décadas asolaron a países como Alemania, Francia o, en definitiva, todos aquellos en los que se dio ocasión a que la religión sirviera como arma política. Por lo demás, conmino a todos aquellos que se ceban de forma despiadada con este tipo de instituciones y se auto-erigen en jueces implacables en nombre de las libertades que, aunque sé que les costará trabajo, hagan el ímprobo esfuerzo de olvidarse por un momento de sus firmes creencias y se pongan en el lugar y la época en que este tipo de instituciones estuvieron vigentes.

Masacre de Vassy, en la que las tropas del duque de Guisa
mataron a 63 hugonotes e hirieron a un centenar más en el
contexto de la Primera Guerra de Religión en Francia.
Como es lógico, plantearse hoy día la existencia de este tipo de instituciones sería impensable. Pero lo que también es impensable es que haya aún gente que persista en la costumbre de repudiar determinadas costumbres o leyes sin pararse a pensar que en su día tuvieron su razón de ser, y que los que nos precedieron en el tiempo no eran tontos cuando adoptaban ese tipo de soluciones. En fin, como hemos visto, ni la Inquisición española fue la más terrible, ni acabaron en la hoguera los cientos de miles de herejes que por norma se les ha atribuido. La Inquisición fue implantada por un motivo bastante simple, el cual hoy carece de relevancia en el mundo Occidental, y no es otro que el hecho de que la política y la religión iban de la mano. La tolerancia religiosa que hoy se considera un logro de nuestra sociedad era imposible en una época en que, precisamente por la costumbre de los humanos de imponer a los demás nuestras ideas, el surgimiento de ideas o de una fe diferente a la de la mayoría solo podría significar el comienzo de enfrentamientos debidos al empeño de ambas partes por imponer su criterio al contrario. Buen ejemplo de ello es el efecto de las teocracias que aún perduran en determinados países musulmanes, que pretenden seguir en la Edad Media sea como sea.

En fin, espero haber desmitificado un absurdo mito.

Hale, he dicho

"Interrogatorio en la cárcel" (c. 1710), obra de Alessandro Magnasco. A cualquiera que se lo pongan por delante y le
pregunten qué representa el cuadro respondería sin dudarlo que a la Inquisición española. Sin embargo, obsérvese que
los que dirigen el interrogatorio del sujeto que pende de la garrucha no son religiosos, sino jueces seglares.




miércoles, 22 de junio de 2016

Los carros de guerra hititas




Recreación del ejército hitita
Cuando sale a relucir el tema de los carros de guerra del mundo antiguo, de forma inmediata surgen en los magines de los ciudadanos aficionados a la historia los estilizados y elegantes carros egipcios, a los que ya se dedicó una entrada en su momento. El motivo no puede ser más evidente: han llegado a nosotros multitud de representaciones artísticas en las que aparecen los faraones paseándose en estos vehículos arrollando enemigos y disparando sus arcos en plan plaga bíblica. Así mismo, la cinematografía ha hecho uso de estos chismes porque, las cosas como son, molan una burrada a la hora de ponerlos llevando a cabo sus vistosas evoluciones en los campos de batalla de mentirijillas de las pelis. Sin embargo, no solo fueron los egipcios los que hicieron uso de los carros de guerra, sino prácticamente todos los pueblos de aquella parte del mundo entre los que se encontraban uno que acabó convirtiéndose en una de las mayores potencias militares del Mundo Antiguo: los hititas.

Hattusa, la capital del imperio rodeada por un impresionante
cinturón amurallado.
Los hititas surgieron hacia finales de la Edad del Bronce, allá por el siglo XVII a.C., en la parte central de la península de Anatolia a raíz de la progresiva unión de las diversas tribus que habitaban la zona, dando lugar al denominado como reino de Hatti, de donde procede el actual término de hitita ya que esta gente se llamaban a sí mismos como los habitantes de la Tierra de Hatti, cuya capital estaba en Hattusa, fundada por el primer monarca hitita: Hattusili. Estos probos ciudadanos iniciaron un ambicioso proyecto de expansión para, entre otras cosas, hacer frente a sus belicosos vecinos del sur y del este: el reino de Mitani, los asirios, los babilonios y, sobre todo, los egipcios. El máximo esplendor del reino de Hatti llegó de la mano de Suppiluliuma cuando, hacia 1320 a.C., acabó con el reino de Mitani, su más próximo vecino. Esto le permitió ponerse al mismo nivel de las otras potencias militares y económicas de Oriente Próximo, y dejar claro a babilonios, asirios y egipcios que los hititas eran unos sujetos importantes y que ponerse borde con ellos no era buena política.

Escribas hititas en pleno papeleo o, mejor dicho, tablilleo ya que lo escribían
todo en tablillas de barro salvo los tratados y documentos importantes, para
lo cual empleaban láminas de oro, plata o bronce.
Curiosamente, por lo general se suele dar por sentado que los hititas eran gente extremadamente agresiva, muy belicosa y dada a invadir a diestro y siniestro o a arrasar todo lo que se les pusiera por delante. Pero esto, como tantas otras cosas, es una mera leyenda urbana. El reino de Hatti, contrariamente a esa imagen de fieras corrupias que no sé quién les ha otorgado, eran unos tipos bastante inteligentes que sabían que las guerras eran carísimas, y que la mejor forma de mantenerse en paz con el vecindario era llevar una política de pactos que favoreciera el comercio y el tránsito de personas y mercancías ya que, de lo contrario, la miseria se enseñorearía de la zona. Pero, lógicamente, para que a uno lo tuviesen en cuenta a la hora de pactar acuerdos era preciso, tal como pasa hoy día, estar respaldado por una potente fuerza militar. Si no se tiene un ejército que acojone al personal, un país tiene menos influencia que el obispo de Calahorra en La Meca, así que los hititas se preocuparon de crear uno lo suficientemente numeroso y entrenado como para que los faraones y los monarcas asirios y babilonios se lo pensaran dos veces antes de ponerse chulos.

Daga de Tutankamón. Un análisis reciente afirma que el metal procede de
un meteorito pero, ¿en qué se diferenciará el hierro estelar del terrícola?
Por otro lado, los hititas disponían de un secreto por el que muchos habrían invitado a sus cuñados un mes entero al apartamento en el delta del Nilo todo incluido con tal de obtenerlo: el hierro. Sí, dilectos lectores, por su alguno no lo sabe, los que averiguaron la forma de manufacturar el hierro en plan industrial fueron los hititas (¿no han leído la fantástica novela "Sinuhé el egipcio", de Mika Waltari? Ahí mencionan ese dato). Hacia el 2700 a.C. este material ya era conocido en toda Asia Menor, pero su obtención y posterior proceso de fabricación eran muy costosos, en cantidades muy escasas y encima dando como resultado un metal de paupérrima calidad. De hecho, los sumerios debían obtenerlo de los meteoritos que encontraban en sus dominios ya que lo llamaban "el metal del cielo". Sin embargo, hacia el 1400 a.C., mientras que los enemigos de los hititas debían conformarse con sus armas de bronce o a pagar a precio de oro un simple puñal de hierro, estos ya eran capaces de obtener y fabricar dicho metal a granel. Se cuenta que un faraón pidió a los hititas que le revelaran el secreto pero, como es lógico, estos no soltaron prenda. Se limitaron a enviarle en plan regalo de cortesía una daga que, según se dice, es la misma que apareció en el ajuar funerario de Tutankamón.

Pero además de disponer de las mejores armas, los hititas tuvieron muy claro que para potenciar al máximo su ejército debían contar con algo más que una infantería eficaz, así que organizaron unidades de carros destinadas a actuar como fuerza de choque cuando llegaba el momento de poner las peras a cuarto a sus enemigos, especialmente a los egipcios cuya infantería era la más eficiente del momento. Así pues, dedicaremos esta entrada a estudiar los vehículos de guerra con que las tropas de Hatti metieron en cintura a su vecindario, así como el empleo táctico que dieron a los mismos. Así pues, al grano...

Bajorrelieve que muestra el diseño más primitivo de los
carros hititas, tirados en este caso por un solo caballo.
No tardaron en añadir otro más por razones obvias ya
que un solo animal quedaría agotado en poco tiempo.
El carro de guerra fue introducido en la península de Anatolia por los hurritas hacia principios del siglo XVI a.C. Inicialmente era un vehículo muy similar al fabricado por los egipcios, formado por una estructura lígnea muy ligera forrada a su vez con piel de buey y tirado por dos caballos. Dicha estructura tenía cabida para dos tripulantes: el kartappu o conductor, y el šuš, un combatiente armado con un arco compuesto el cual iba protegido por una armadura de escamas de bronce y un yelmo para, de ese modo, poder asaetear al enemigo sin tener que estar constantemente preocupado por caer herido. El arco iba colocado en una funda al costado del carro, mientras que la aljaba la portaba a la espalda. Sin embargo, a diferencia con el carro egipcio, el eje del modelo hitita estaba situado en la parte central de la caja en vez de atrás del todo. Este detalle tenía su pro y su contra: la posición centrada respecto a la estructura del carro le daba más solidez y le permitía transportar una carga más pesada. Por contra, le restaba movilidad, sobre todo en los giros cerrados, y lo hacía más lento. ¿Qué por qué lo hicieron así en vez de imitar el modelo egipcio, mucho más liviano y ágil? Pues porque, al parecer, mientras que los egipcios usaban el carro como una plataforma móvil de tiro para hostigar a flechazos al enemigo, los hititas lo utilizaron como arma de choque en formaciones cerradas, por lo que la movilidad quedaba supeditada a la solidez del vehículo.

En la ilustración de la izquierda podemos apreciar la diferencia entre ambos diseños. En la parte superior vemos un carro egipcio, mientras que en la inferior tenemos el modelo hitita. El egipcio presenta un ancho eje en la parte trasera de la caja, lo que les permitía evolucionar a gran velocidad ante las tropas enemigas mientras que el combatiente de a bordo disparaba flechas contra ellos. De ese modo se convertían en un blanco muy difícil de acertar, actuando como auténticas moscas cojoneras de las que era imposible librarse. Sin embargo, el diseño hitita estaba ideado para poder soportar más carga ya que, al estar el eje en el centro de la caja, el peso de los tripulantes se repartía entre éste y el yugo que uncía los caballos, cansando menos a los animales. Esta posición del eje le impedía efectuar giros a gran velocidad so pena de volcar, pero era un mal menor ya que, como hemos dicho, la misión de los carros hititas no era hostigar al enemigo, sino aplastarlo literalmente. Para ello, los hititas organizaron escuadrones de 10 carros como unidad básica, y escuadrones de entre 30 y 50. Las grandes unidades estaban formadas por 100 carros que, como podemos suponer, debían ejercer un efecto enormemente disuasorio entre los enemigos que debían esperar estoicamente la embestida de una masa de 200, 400 carros o muchos más llegado el caso.

Tripulante de un carro de guerra hitita. Las
largas melenas que lucían hizo que, tras la
batalla de Qadesh, Ramsés II los llamara en
plan despectivo humty, mujeres guerreras.
No obstante, un empleo más agresivo de los carros de guerra no eran garantía de éxito si el enemigo también disponía de ellos, y los egipcios eran verdaderos maestros en su manejo. De hecho, la mayor lentitud de los carros hititas los convirtieron muchas veces en presa fácil frente a los rápidos y ágiles vehículos de sus enemigos, los cuales se lanzaban contra la masa de carros que avanzaba contra la infantería hostigándolos sin descanso con sus andanadas de flechas. Ello obligó a acorazar a sus caballos, cubriéndolos con caparazones de gruesos tejidos o incluso de escamas de bronce, lo que los hizo aún más lentos y, por ende, más vulnerables. Por lo tanto, la verdadera efectividad de los carros hititas se desarrollaba contra la infantería, que carecía de medios para detener una tromba de decenas o cientos de unidades lanzadas contra ellos. Pero cuando se tenían que enfrentar contra otras unidades de carros las cosas ya no eran lo mismo, y si eran atacados por los flancos mientras que cargaban contra la infantería enemiga podían verse muy mermados por la acción de los arqueros a caballo o sobre carros mucho más ágiles que los suyos y que podían asaetearlos bonitamente mientras que los hititas debían avanzar respondiendo como podían pero sin romper su formación de ataque, básica para poder aplastar a la infantería enemiga.

Bajorrelieve egipcio que muestra un carro hitita con sus tres
tripulantes, entre los que se puede ver perfectamente el
escudero. 
De ahí posiblemente que, según quedó abundante constancia gráfica por parte de los egipcios, en tiempos de la batalla de Qadesh (mayo de 1274 a.C.), los hititas habían añadido un tercer tripulante que permitiera aminorar el elevado número de bajas causadas por las flechas enemigas. Este nuevo tripulante tenía como misión hacer de escudero, sobre todo del conductor. Así pues, la distribución de los tripulantes era la siguiente: el conductor iba en el centro de una caja de alrededor de 125 cm. de ancho por 100 de profunda y alrededor de un metro de alta cuyo suelo estaba fabricado con tiras de cuero entrecruzadas. A su izquierda estaba el escudero, protegiendo al conductor de las flechas y jabalinas enemigas, y a su derecha el arquero el cual, en aquellos tiempos, había visto ampliada su panoplia de armas con una lanza destinada a acuchillar a los enemigos en el momento del contacto o como arma defensiva en caso de verse apeado del carro por haber volcado o por haber sido heridos o muertos los caballos. 

Recreación de los dos tipos de escudos usados por los carristas
hititas. Estos tipos de escudos eran los diseños más habituales
entre los ejércitos de Oriente Próximo de aquella época: una
estructura de mimbre recubierta con una piel de vacuno.
Para sujetarlos bastaba una simple manija de madera
quizás forrada de cuero o cuerda
Así pues, el despliegue táctico del ejército hitita por aquella época se basaba en una carga masiva de carros que, en teoría, desharía o pondría en fuga a la infantería enemiga, quedando la propia relegada al papel de meros rematadores del ejército adversario. Obviamente, esta estrategia era enteramente eficaz cuando el enemigo carecía de carros en una cantidad similar, lo que no era precisamente habitual ya que todos los pueblos de Asia Menor contaban con estos vehículos en mayor o menor grado. Un testimonio de ello nos lo da Hattusil III, sucesor de su hermano mayor Muwatalli II que, cuando estaba destinado como gobernador de la zona norte del imperio, afirmó que hubo jefes tribales que llegaron a oponerse a su autoridad enfrentándole con nada menos que 800 carros. Aunque obviamente la cifra está inflada para darse más importancia, lo que sí queda claro es que, en efecto, el empleo de los carros de guerra estaba generalizado en toda la zona.

Pero, al igual que en otras naciones, el carro no solo era empleado como una mera máquina de guerra. Antes al contrario, su uso era símbolo de un estatus superior, e incluso los mismos monarcas hititas se paseaban por el mundo aupados en uno de ellos para hacer ver al personal que eran reyes de postín. De hecho, parece ser que incluso eran empleados como elementos disuasorios patrullando las poblaciones que ocupaban a fin de sembrar el miedo entre la población, aminorando o incluso borrando de sus atribuladas mentes el deseo de rebelarse contra sus opresores. 

Momento en que un carro hitita llega al contacto con la infantería enemiga.
Debía ser muy inquietante verse venir encima uno de esos, supongo...
Por último, solo nos resta señalar que, contrariamente a lo que podamos imaginar, los carros de guerra no  eran empleados como medio de transporte durante los avances de los ejércitos hititas. O sea, que sus tripulantes no se desplazaban en ellos durante los días o semanas que durase el viaje hasta el lugar donde se iniciarían las operaciones militares. Parece ser que sus estructuras, aunque sólidas para participar en una batalla, podían padecer serios desperfectos a lo largo de un trayecto de kilómetros y kilómetros cargados con tres hombres en una época en que no existían caminos adecuados. Por el mismo motivo, los caballos de los tiros no eran obligados a acarrearlos a fin de no agotarlos y para que estuvieran frescos cuando llegase el momento decisivo. Así pues, mientras que los animales eran simplemente conducidos por sus guías desprovistos de carga y los tripulantes caminaban como el resto de las tropas, los carros de guerra eran tirados por asnos como los que empleaban para el transporte de todos los bastimentos y pertrechos habituales en cualquier ejército de cualquier época, incluyendo en este caso piezas de repuesto como ruedas, etc. 

Ramsés II kopesh en mano en plena refriega con un carro
hitita durante la batalla de Qadesh. No sé por qué, pero intuyo
que el megalomaníaco faraón no debió meterse en el fregado
hasta ese extremo.
En fin, con esto creo que ya podemos tener una idea bastante clara de como eran y como se usaron estos carros. Tal como hemos ido indicando, su empleo táctico se basaba principalmente en cargas masivas siempre y cuando el terreno lo permitiera. Pero su principal inconveniente radicó siempre en su clara desventaja en lo tocante a la movilidad, en lo que eran superados con crecer por los carros egipcios. De hecho, en caso de verse envueltos en una refriega contra estos podían verse diezmados a pesar de su mejor protección y su tripulación de tres hombres ya que la maniobrabilidad de los carros egipcios les permitían girar alrededor de ellos sin que, por el contrario, los hititas pudieran llevar a cabo maniobras evasivas so pena de volcar y ser a continuación escabechados in situ. Con todo, y a pesar de la sonada derrota sufrida en Qadesh (de la que muchos dicen que no fue para tanto y que, en realidad, el éxito egipcio fue una hábil maniobra propagandística del inefable Ramsés), los carros de guerra hitita fueron una eficaz arma de combate que, como quedó patente a la vista de su vasto imperio, les permitió pasar de ser un puñado de tribus una potencia militar de primer orden.

Bueno, ahí queda eso. Es hora de merendar.

Hale, he dicho

miércoles, 15 de junio de 2016

Malvados: Walter Reder



Apostaría dos docenas de croquetas de atún Made by Pilarita (son absolutamente deliciosas, lo juro) a que la mayoría de los que me leen jamás han oído nombrar a este malvado tedesco con jeta, no ya de no haber matado una mosca en su vida, sino siquiera una ameba con tos ferina. Sin embargo, en su día fue bastante famosillo y, de hecho, en Italia aún conservan de él un siniestro recuerdo porque fue más temido que la peste. De hecho, sus "hazañas" no tuvieron nada que envidiar a las de otros de sus colegas mucho más conocidos, como el tristemente célebre jefe del SD en Roma, el SS-Oberstrumbannführer Herbert Kappler o el SS-Haupsturmführer Klaus Barbie, mandamás de la Gestapo de Lyon durante el gobierno de Vichy. En fin, Reder era un sujeto muy desagradable y con muy mala leche a pesar de su rostro añinado por el que le dieron el mote de Bubi (chico, niño en alemán coloquial). No obstante, sus víctimas le dedicaron otro apodo menos cariñoso, El Manco, a raíz de haber perdido su antebrazo izquierdo en 1943 en Járkov (Ucrania), en el frente ruso, como consecuencia de una herida de metralla. Bien, hecha esta breve presentación de nuestro personaje de hoy, veamos sus antecedentes.


Bubi luciendo la cinta de la Cruz de Hierro
de 2ª clase ganada en 1940 durante la
invasión de Polonia. En el cuello de la
guerrera se ven los parches de la
División Totenkopf
Reder era de origen austriaco, de cuando su Freiwaldau natal pertenecía aún al imperio de los Habsburgo si bien posteriormente se convirtió en una ciudad de la Bohemia que los tedescos ocuparon y dejaron en manos del aún más siniestro Heydrich. Esos cambios de manos territoriales le llevaron desde muy jovencito a convertirse en un apasionado pangermanista y un defensor del renacimiento de un nuevo imperio alemán con Austria formando parte del mismo. O sea, fue uno de los muchos austriacos partidarios del Anschluss que se entregaron en cuerpo y alma al naciente nacionalsocialismo propalado por el gefreiter Hitler, que como ya sabemos emocionaba mucho al personal durante sus arengas patrióticas en las cervecerías de toda Alemania mientras sus SS y sus SA se daban de palos con los comunistas y socialistas que pretendían reventarle los mítines. En fin, tan estimulantes le resultaron al joven Reder los encendidos discursos de herr Hitler que en febrero de 1933, con 18 años recién cumplidos, se enroló en las Juventudes Hitlerianas. Tres años más tarde fue enviado a la Junkerschulen (las escuelas de formación de las SS) de Braunschweig, siendo integrado en las SS-Totenkopfstandarten 1. "Oberbayern". Una vez iniciada la guerra formaba parte de la 3. SS-Panzer-Division Totenkopf bajo el mando de Theodor Eicke, uno de los asesinos del nefando capitán Röhm.


Reder en la época en que fue enviado a Italia.
Además de la Cruz de Hierro de 2ª clase luce
la de 1ª clase, ganada en 1941, la Medalla de
Herido de Plata bajo la misma, concedida por
haber perdido el antebrazo (ya había obtenido
la Negra por una herida en el cuello en 1941),
y la Insignia de Asalto de Infantería. En el
cuello, su más preciado galardón:
 la Cruz de Caballero
Posteriormente fue enviado al frente ruso, concretamente a Ucrania, donde se distinguió en la lucha contra los aguerridos partisanos rusos que, como moscas cojoneras, no paraban de incordiar la retaguardia de la Wehrmacht en su empeño por acabar con el padrecito Stalin y, de paso, convertir en mano es obra esclava a sus sufridos compatriotas. Allí fue donde perdió su querido antebrazo si bien su herida y su comportamiento le hicieron merecedor de medallas (en esa ocasión fue cuando ganó la Cruz de Caballero) y ascensos, que ya sabemos que entre los tedescos siempre han sido especialmente valorados los soldados que obedecen las órdenes sin rechistar aunque les digan que deben degollar a su abuela en el altar de una iglesia. Así pues, tras su periplo en el Frente Oriental y con el empleo de SS-Sturmbannführer, fue puesto al mando del (tomen vuecedes aire para pronunciarlo del tirón) SS-Panzer-Aufklärungsabteilug der 16. SS-Panzergrenadier-Division "Reichsfürer SS", que traducido antes de sufrir una apnea bestial significa que era el comandante del batallón de reconocimiento de la 16ª División de Granaderos Acorazados de las SS "Reichsführer SS". Esta unidad fue creada en 1941 como una especie de guardia de corps de Himmler con efectivos a nivel de batallón. Luego, en 1943 y a raíz de la necesidad de tropas para la lucha anti-partisana en el frente ruso, fue elevada al rango de división, donde nuestro hombre alcanzó fama y gloria. O sea, que hizo gala de buenas dosis de mala leche para aplastar a los irritantes guerrilleros que no paraban de hostigar la retaguardia y las vías de comunicaciones del ejército alemán.


Reder hacia 1939, quizás antes de la guerra ya
que ostenta el rango de SS-Obersturmführer
alcanzado en enero de ese mismo año. Obsér-
vese que en el cuello luce la calavera de la
Totenkopf  en vez de las típicas runas
Bien, esas fueron las andanzas de nuestro hombre antes de que, gracias a su experiencia en la lucha anti-partisana, fuera enviado a Italia no sin antes pasar un breve espacio de tiempo en el Ersatz-Battalion 3, una unidad destinada a finiquitar el gueto de Varsovia. Los que me leen se dirán que, hasta ahora, nada de lo reseñado sobre nuestro Bubi sería propio de un malvado. De hecho, era un tipo valeroso, herido en combate gravemente dos veces y premiado con varias medallas al valor que lo distinguían como un auténtico y verdadero guerrero germánico. Sin embargo, fue en Italia donde este hombre dio rienda suelta a su crueldad. ¿Fue porque estaba  ya más quemado que el cenicero de un bingo y le dio por ahí? ¿Se debió tal vez a la manida escusa de "cumplía órdenes" que se emplea siempre cuando uno se pasa tres pueblos a la hora de obedecer a los jefes sin preguntarse dónde está el límite? ¿O simplemente se trató del enésimo psicópata que aprovechó las circunstancias de la terrible época en que le tocó vivir para dar rienda suelta a sus instintos homicidas en cuanto tuvo el poder y la la ocasión para ello? Esto es lo que veremos a continuación porque, como es habitual, en estos casos a veces puede parecer complicado separar el grano de la paja, y más aún diferenciar entre lo que es obedecer una orden y, aprovechando la orden, excederse largamente en el celo a la hora de cumplir la misma.


El SS-Gruppenführer Max Simon,
comandante de la división Reichsführer
SS
en el periodo en que Reder se
despachó a gusto.
En mayo de 1944, Reder fue enviado a Italia con su unidad con la misión de cubrir la retirada del ejército alemán que, cada vez más presionado por las tropas estadounidenses, se estaba retirando hacia el norte intentando que dicha retirada no se convirtiera en un caos. De hecho, la orden era ir dejando tras ellos un reguero de destrucción que dificultase el avance aliado, pero parece ser que Bubi se lo tomó demasiado a pecho porque no solo se dedicó a arrasar poblaciones y a hacer frente a las bandas de partisanos sino que, ya puestos, sembró literalmente el terror a base de exterminar a todo bicho viviente. El 12 de agosto, el batallón de Reder se presentó en una mínima población de apenas 300 habitantes llamada Sant'Anna di Stazzema, en la provincia de Lucca. Debido a que los hombres ya se habían marchado a sus labores antes de la llegada de los tedescos, solo pudieron echar mano a los viejos, las mujeres y los críos, los cuales fueron sacados de sus casas, que fueron incendiadas inmediatamente. Allí introdujeron al personal en tres establos para, a continuación, liquidarlos con bombas de mano mientras que abrían fuego contra todo aquel que intentara largarse de allí. El balance final de la acción de Sant'Anna di Stazzema fue de 560 víctimas incluyendo a 150 mujeres que, tras ser encerradas en la iglesia del pueblo, fueron ametralladas y a continuación calcinadas con lanzallamas ante el mismo altar del templo.


Víctimas de la matanza de Sant'Anna di Stazzema
Eso fue el comienzo de una absurda y siniestra relación de acciones de castigo que culminaron en Marzabotto el 29 de septiembre. O sea, que el batallón de Reder se dedicó durante cinco semanas a llevar a cabo una profunda limpieza de toda la región. Se emplearon a fondo, las cosas como son: tras la escabechina de Sant'Anna di Stazzema se presentaron en Pero, una pedanía de la anterior población. Ordenaron al vecindario reunirse en la plaza de la aldea, donde fueron ametrallados y a continuación quemados junto a montones de paja. Al ser demasiados cuerpos para tan poco combustible recurrieron a los bancos de la iglesia para dar fuerza a la pira, a la que también arrojaron tras soltarles un balazo a todos los que se habían escondido y que fueron hallados en el minucioso registro llevado a cabo casa por casa. Tras arrasar el municipio de Sant'Anna di Stazzema el batallón inició su tétrico itinerario por los abruptos caminos de montaña de la región. En Valdicastello tomaron como rehenes a 801 vecinos y enviados a Nozzano. Tras proseguir su avance, el día 17 fueron atacados por una partida de guerrilleros que les causó 16 bajas. La represalia no se hizo esperar, naturalmente.


Algunos de los rehenes fusilados en San Terenzo
Esta tuvo lugar el 19 de agosto, cuando Reder se presentó en San Terenzo. Allí ordenó matar a 53 paisanos sacados de los rehenes de Valdicastello, los cuales fueron muertos a tiros o ahorcados. Mientras su gente llevaba a cabo la masacre, Bubi esperaba apaciblemente en una fonda de la población, almorzando como si tal cosa. Y como buen experto en la materia, había ordenado a varios destacamentos de su unidad que permanecieran fuera del pueblo, sabedor de que mucha gente lograría escapar siendo como eran buenos conocedores del terreno. No se equivocó El Manco, porque a media mañana ya habían pescado a 107 fugitivos, casi todos mujeres y críos, que fueron ametrallados a primera hora de la tarde en otra aldea situada apenas a 15 minutos andando desde San Terenzo. Solo sobrevivió una cría de ocho años. Así, con 160 muertos en su haber, Reder cuadró los números de la represalia  de 10 a 1 impuesta por Hitler en caso de que las tropas alemanas fueran atacadas por civiles o partisanos.


Miembros de la brigada Stella Rossa. Obsérvese que el
armamento que portan es todo británico: subfusiles Sten
y revólveres Webley
Tras la siniestra semana, Reder recibió la orden de llevar a cabo una acción de castigo contra los partisanos de la comarca de Carrara, donde operaba entre otras la brigada denominada Stella Rossa al mando de un comunista por nombre Mario Musolesi, apodado Lupo, el Lobo. Como apoyo al batallón de Reder fue invitada a colaborar la Brigada Negra de la región al mando  de un tal Ludovici, el cual no creo que acabase sus días tranquilamente en su piltra porque los italianos se vengaban bonitamente de los fascistas a medida que les echaban el guante. La acción comenzó el día 24 de agosto, llevándose a cabo la destrucción de Gragnola, Monzone, Ponte Santa Lucia y Vinca, donde no dejaron una casa en pie para que no sirvieran de refugio a los partisanos y, de paso, no dejaron bicho viviente porque liquidaron a todo el vecindario sin que se llegase a saber el número real de víctimas debido a que eran poblaciones perdidas en los montes y ni se pudo tener constancia de los que pudiesen morir en pleno campo sin que nunca más se supiese de ellos.


Croquis original del ataque a Vinca. Como se ve,
Reder sabía lo que hacía: en todas sus operaciones
de castigo siempre rodeaba el pueblo y atacaba
por varios sitios a la vez para impedir que los
civiles pusieran tierra de por medio
El colofón a esta serie de matanzas tuvo lugar un mes más tarde. El mariscal Kesselring, comandante en jefe del ejército alemán en Italia, ordenó a las unidades de SS bajo su mando que se tomaran rehenes para proteger su retirada hacia el norte, indicando que se fusilara a estos en caso de que los partisanos llevaran a cabo acciones de guerra o emboscadas contra el ejército alemán. Informado por las autoridades fascistas de la comarca de que la población apoyaba a los partisanos de la Stella Rossa, Reder tuvo claro que semejante actitud por parte de los paisanos merecía una represión contundente. El 29 de septiembre, el batallón de El Manco llegó a Casaglia, el primer poblado del municipio de Mazarbotto que sentiría en sus propias carnes la vesánica brutalidad tedesca. El cura llamó a todo el vecindario para que se refugiara en la iglesia, pero esto no frenó a los despiadados SS de Bubi. Sin preocuparse lo más mínimo del lugar donde estaba refugiado el vecindario, sin más historias le volaron los sesos al párroco mientras dirigía un rosario, así como a una mujer paralítica que no se dio la suficiente prisa por salir del templo. Al resto los condujeron al cementerio, donde fueron ametrallados. En total fueron 147 víctimas, 50 de ellas críos. 


Víctimas de Marzabotto. Como se ve, entre ellas aparece
un niño.
Pero la fiesta solo había empezado, ya que aún quedaban varias pedanías pendientes de visitar por el batallón de Reder. Luego pasaron por Castellino, Tagliadazza, donde liquidaron a 11 mujeres y 7 niños, y Caprara, cuyos 108 habitantes fueron exterminados a bombazos tras ser encerrados en la fonda local. Las poblaciones arrasadas durante los seis días que duró la represión en Marzabotto fueron, además de las ya citadas, Sperticano, San Martino, Filanda, Pioppe, Pánico (manda cojones el topónimo), Dévolo, Ceprimo, Canovetta, San Giovanni  y Murazze. El número total de víctimas nunca ha podido ser calculado con exactitud. Inicialmente se tomó como válida la cifra de 1830 muertos, si bien Reder admitió durante su juicio solo 728. Además, de 55 de ellas no se tuvo noticia hasta el año 1966, cuando aparecieron en una mina abandonada en la que fueron ejecutados. Los SS de Reder acabaron con familias enteras, y hoy día la memoria de estos luctuosos hechos sigue muy viva entre los italianos ya que aún viven algunos de los que padecieron la brutalidad germánica siendo críos. De hecho, en la red se pueden ver multitud de reseñas periodísticas y vídeos recientes en los que se recuerda la marcha de la muerte de Walter Reder. 


Varios de los niños asesinados en Marzabotto
Pero el batallón de El Manco no solo se limitó a no dejar títere con cabeza, no... Además de los paisanos asesinados, mataron más de 2.500 cabezas de ganado, destruyeron más de 800 casas, siete puentes, cinco escuelas, nueve iglesias y cinco capillas. La maquinaria agrícola fue destruida, y los campos de labor y las huertas incendiados. Y si canallesca fue la actuación de Reder, aún fue peor la actitud de Mussolini, que fue puntualmente informado de la represión llevada a cabo por Reder a través de Dino Fantozzi, el jerarca fascista de Bolonia, provincia a la que pertenecía Marzabotto. Y digo peor porque el inefable duce no dijo ni pío, y ni se molestó en quejarse a Kesselring por la matanza llevada a cabo entre sus compatriotas. Claro está que le debía la vida tanto al mariscal como a Otto Skorzeny, el audaz SS que lo rescató de su prisión en el Gran Sasso pero, al menos, podía haber hecho el papel y protestar un poco el muy hideputa. El 5 de octubre, Reder dio por concluida la represión dejando tras de sí un reguero de muerte y destrucción. La víctima más joven fue Walter Cardi, de apenas 15 días de edad cuando los SS lo finiquitaron a tiros junto a toda su familia.


Walter Reder durante el proceso
En marzo de 1945, toda la división Reichsführer SS se rindió a los british cerca de Klagenfurt (Austria). Reder fue puesto en libertad al poco tiempo por su condición de mutilado, pero en cuanto se enteraron de que estaba en búsqueda y captura desde hacía tiempo por sus siniestras excursiones en Italia fue nuevamente detenido en Salzburgo, donde tenía su casa, y enviado al campo de concentración de Glasenbach. En 1948 fue extraditado a Italia, donde se le incoó proceso por crímenes de guerra en 1951, siendo sentenciado a cadena perpetua tras un farragoso juicio en el que cientos de víctimas, familiares de los asesinados y demás testigos de las matanzas juraron a más no poder que El Manco era un demonio que había ordenado toda aquella masacre sin pestañear. 


El castillo de Gaeta, a orillas del Tirreno
Mientras tanto, Reder insistía sin inmutarse que solo obedecía órdenes y que los testigos mentían, y de ahí no había forma de sacarlo. Fue enviado al castillo de Gaeta a cumplir su pena, pero Reder no estaba por la labor de pasarse el resto de su vida en el trullo. En abril de 1967 envió una sentida carta de perdón al alcalde de Marzabotto ya que, según el sistema judicial italiano, nadie podía ser indultado sin recibir previamente el perdón de sus víctimas. El alcalde, en vez de mandarlo al carajo, tuvo la decencia de organizar un referendo entre los supervivientes para ver qué decidían. De los 288 vecinos que aún vivían, 282 dijeron que de perdón nada de nada, mientras que cuatro aspirantes a la santidad votaron que sí. Aparte de esos votos hubo uno en blanco y uno nulo. O sea, que había que esperar.


Durante el proceso, con Klaus von
Heydebreck, uno de sus tres abogados.
Los otros dos eran italianos: Mevio
Magnarini y Giovanni Schiro. A ambos
les costó ganarse muchos enemigos el
defender al malvado alemán
Pero como los nazis siempre fueron muy corporacionistas, surgieron movimientos en favor de Reder por aquello del "cumplía órdenes de sus malvados jefes" que, lógicamente, estaban criando malvas y ya no podían rendir cuentas de nada empezando por el mismo Kesselring. Así pues, el gobierno italiano empezó a recibir presiones de todo tipo, cartas de adhesión al ex-SS, miles de firmas pidiendo su indulto, medios periodísticos haciendo campaña a su favor, etc. Con todo, tuvo que esperar casi 20 años más tras su primer intento de ser perdonado antes de que, finalmente, en 1984 el gobierno de Aldo Moro tragara por mandar a casa a Reder tras enviar éste otra dramática carta implorando el perdón a sus víctimas de Mazarbotto. Sea como fuere, la cuestión es que Reder fue liberado en enero de 1985 y recibido en Austria en loor de multitud incluyendo honores militares y todo, lo cual fue también motivo de polémica ya que fue a darle la bienvenida al aeropuerto el mismísimo ministro de Defensa del gobierno austriaco. Al parecer, produjo bastante urticaria el hecho de que les estrechara efusivamente la mano a un criminal de guerra convicto.


Foto de Reder durante su larga estancia en
el castillo de Gaeta. Esta imagen en concreto
data de enero de 1970
Y como era de esperar, Bubi ni se había arrepentido de sus crímenes ni leches. En cuanto se vio seguro en su país se retractó del perdón tantas veces suplicado, por lo que los italianos, muy cabreados, presentaron una queja y solicitaron la extradición del alevoso comandante. Pero los austriacos dijeron que nones, así que nuestro hombre se quedó muy contentito por su triunfo que, aunque tardío, le debió saber a gloria a pesar de haberse tirado 35 años en la trena. Y gracias podía dar porque, en el proceso, el fiscal había pedido para él la pena de muerte, de la que se escapó gracias a que Magnarini, su abogado principal, alegó cuatro cuestiones que sembraron las dudas en el tribunal: primero, que la pena de muerte ya había sido abolida antes del juicio aunque cuando tuvieron lugar los hechos estaba vigente. Segundo, que si el comandante en jefe de las fuerzas alemanas en Italia, el mariscal Kesselring, iba a salir de prisión en aquellos días tras cumplir apenas siete años de la cadena perpetua que debía purgar después de serle conmutada la pena de muerte que le cayó encima, como es que siendo este el responsable directo de todas las fechorías llevadas a cabo por los tedescos iba a comerse el marrón uno de sus subordinados. Tercero, porque sembró la duda acerca de la intervención directa de Reder en algunas matanzas, echando la culpa a los feldgendarmes del SS-Sturmbannführer Loos, el jefe de la unidad de policía militar de la división, y al SS-Obersturmführer Fisher, alegando que estos actuaron por su cuenta sin consultar a Reder. Y por último, dejó claro que la represalia estaba considerada como una acción de guerra legítima, y más cuando se trataba de castigar ataques de tropas irregulares como eran los partisanos. En fin, que se escapó de ser fusilado y, las cosas como son, el alegato de Magnarini debió resultar efectivo porque el tribunal tardó seis horas en dictar un veredicto que, de no haber sido por la brillante intervención del abogado defensor, se habría resuelto en cinco minutos.


Reder tras su regreso a Austria celebrando su
liberación.
Walter Reder palmó tranquilamente en Viena en abril de 1991, siendo enterrado en Gmunden, un delicioso pueblo de la Alta Austria. Así pues, ¿fue Reder un auténtico malvado o el enésimo pringado que se tuvo que comer el marrón mientras que sus superiores se fueron de rositas? A la vista de lo visto, que cada cual opine lo que tenga a bien. Yo lo tengo claro, que para eso lo he incluido en la sección de malvados con pedigrí. Un sujeto que ordena matar a gente indefensa, poco menos que sacados de sus piltras para ser apiolados sin compasión, un militar que no duda en mandar asesinar a críos de pecho como Walter Cardi, a Tito Lalli, de veintitrés días de edad, a Jole Marchi, de tres meses, o a Giorgio Benassi, de seis, es un criminal despiadado y sanseacabó. En España hemos tenido que padecer monstruos similares hasta hace muy poco tiempo, y quienes actúan así jamás deben ser perdonados y menos si no piden perdón de verdad a sus víctimas.

En fin, esta es la historia. 

Hale, he dicho


Esquela mortuoria de Maria Vittoria Paganelli, fusilada el 30 de septiembre de 1944 con apenas 7 años de edad
junto a su tía y sus primos en Marzabotto. Por cierto que los que apretaron el gatillo quedaron totalmente impunes
de tan aberrante crimen