lunes, 13 de enero de 2020

Pistolas de repetición II. La pistola Laumann


Rarita, ¿que no...?

Como ya señalamos en el artículo anterior, la Volcanic resultó un fiasco a nivel comercial pero, sin embargo, supuso, y nunca mejor dicho, el pistoletazo de salida para que el personal se pusiera las pilas para desarrollar una pistola de repetición razonablemente operativa. En honor a la verdad, tampoco es que se devanasen demasiado la sesera porque la miríada de diseños que se plantearon partían casi todos del mismo concepto mecánico que la Volcanic, o sea, repetición mediante un mecanismo de palanca. Se llevaron a cabo mogollón de proyectos con más o menos acierto. Algunos ni siquiera pasaron de la hoja de patentes. Otros consiguieron llegar al nivel de prototipo, y unos pocos a una ínfima producción de unas decenas de unidades que acabaron como curiosidades en las estanterías de los mismos fabricantes o en un cajón de escritorio como regalo a algún mandamás del ejército para hacerle la pelota y obtener un contrato.

El seguro se accionaba bajando la palanca habiendo colocado el martillo
previamente en posición intermedia. Dicha palanca lo bloqueaba sin que
pudiera avanzar o ser amartillado
La cuestión es que a comienzos de la última década del siglo XIX, los gerifaltes tedescos ya le estaban dando vueltas a la idea de mandar al garete los revólveres reglamentarios, los Reich Comissions Revolver 1879 y 1883 que, en realidad, eran mecánicamente iguales salvo en la longitud del cañón- 181 mm. el primero y 117 el segundo- y en las diferencias en el diseño del armazón, empuñadura y alvéolos del tambor que podemos apreciar en la foto de la derecha. Por lo demás, eran unas armas sólidas, con un acabado como solo los tedescos saben acabar un arma y con capacidad para seis disparos de calibre de 10'6 25R, un cartucho de potencia media que ya empezaba a quedarse corto a la vista de lo desagradables que se estaban poniendo las guerras, o sea, más de lo habitual. En su refinamiento mecánico hasta disponían de seguro, una pieza cuasi inexistente en todos los revólveres que en el mundo han sido, pero su defecto principal, aparte de ser armas de acción simple, era el sistema de recarga, aún más lento que el de un Colt 1873. Tras agotar la munición se abría un portillo situado en el costado derecho, pero carecía de varilla extractora. Si por un exceso de temperatura o presión las vainas se habían dilatado y no caían solas, había que echar mano a una pequeña baqueta que se llevaba en la pistolera, vaciar el tambor paso a paso y recargar. Y si se perdía la baqueta pues te chinchabas o buscabas un palito para empujarlas, y mientras tanto docenas de enemigos se entretendrían agujereándote el pellejo y hurgándote en las tripas con sus bayonetas. En resumen, era hora de buscar algo más moderno y eficiente, y en 1891 ya estaban realizando pruebas con pistolas de repetición con tanto entusiasmo que hasta quedó suspendida la adquisición de más revólveres a la espera del resultado de dichas pruebas.

Salvator-Dormus en calibre 8x17R. Ya le dedicaremos un articulo, tranquilos
La pistola que nos ocupa hoy no es que destacase especialmente sobre sus competidoras diseñadas por Bittner, Rieger, Passler y Seidl o Schulhof, pero su relevancia radica en el hecho de que fue la base para crear la que, según algunos autores, fue la primera pistola semiautomática. Otros atribuyen la primacía a la Salvator-Dormus por una mera cuestión de fechas de patentes: la de Laumann data del 25 de noviembre de 1891, mientras que la Salvator-Dormus es de apenas cuatro meses y medio antes, el 11 de julio pero, como está mandado, la polémica surge en lo tocante a cuándo se diseñó, y no cuándo se patentó, y es en este aspecto en el que algunos otorgan la primacía a  Laumann ya que el proyecto que dio origen al modelo semiautomático se llevó a cabo antes de 1890. De hecho, la patente de la pistola de repetición es del 4 de febrero de 1890, e incluso hay una anterior presentada en Gran Bretaña (Dios maldiga a Nelson) de fecha 10 de marzo de 1889. En fin, en este tema, como suele pasar, siempre habrá teorías para todos los gustos, así que cada cual opte por la que prefiera. Con todo, esta no fue la única patente que registró nuestro hombre ya que posteriormente llevó a cabo una serie de mejoras de las que quiso dejar constancia legal, por si las moscas. 

No se sabe prácticamente nada del tal Laumann, Josef de nombre de pila, salvo que tenía su taller en Ottakring, un suburbio de Viena. Ni siquiera he podido dar con una mísera foto de nuestro hombre, que no se molestó en hacerse una y dejar dicho en su testamento que fuese conservada unos 130 años para que pudiésemos conocer su aspecto. Del mismo modo, ignoramos en qué época comenzó a diseñar su pistola, así que nos tenemos que basar en las patentes que fue registrando a lo largo del tiempo. En cualquier caso, y a modo de descripción general del arma, ofrecía una serie de ventajas notables sobre la Volcanic, sobre todo en lo referente al sistema de alimentación. Según podemos ver en el gráfico de la derecha, que corresponde al croquis que acompañaba a la patente británica, la pistola disponía de un depósito delantero- sistema que como sabemos luego popularizaron Mauser y Bergmann- donde se alojaba un cargador para cinco cartuchos. Estos eran empujados hacia arriba por la leva sombreada de rojo que, a su vez, era impulsada por el muelle helicoidal marcado con la flecha. Una vez agotada la munición se liberaba el peine presionando un botón situado en el costado derecho del arma y cayendo por la parte inferior del depósito. Obviamente, esto agilizaba enormemente la recarga y, a pesar de tener un cartucho menos de capacidad que un revólver convencional, solo por el tiempo que se ahorraba en recargar ya era todo un avance.

Otra innovación en este tipo de armas consistía en una palanca de seguro que se accionaba con el pulgar. En la foto A vemos la palanca en posición de disparo. El tetón que sobresale del cierre es el percutor. Al girar la palanca en sentido horario actuaba según el estado del arma. Si tenía un cartucho en la recámara bloqueaba el percutor y la palanca del mecanismo de repetición. En la foto B vemos la palanca en posición de seguro con el arma descargada ya que el percutor está oculto, y en ese caso bloqueará solo la palanca. Las fotos nos permiten ver también su rudimentaria alza tangencial que transcurría a lo largo del lomo del armazón.

Pero lo más importante estaba en el mecanismo de repetición que, contrariamente a la Volcanic, era sumamente fácil de accionar si bien a costa de hacerlo excesivamente complejo y, además, necesitar una munición especial ya que esta intervenía en el proceso de armado. En la foto A vemos el arma cargada y lista para hacer fuego. La flecha blanca señala el botón de retención del cargador, y la azul la ventana de expulsión del mismo cuando se agotaba la munición. En la foto B ya se ha producido el disparo, y para llegar al punto que muestra la foto han tenido que sucederse las siguientes operaciones: el cierre del arma no se completaba hasta que el percutor golpeaba el pistón, cuyo alojamiento era más profundo de lo habitual para que, una vez que la presión había descendido al salir la bala, retroceder y empujar el percutor, accionando así un resorte que, a su vez, ponía en movimiento una leva que hacía retroceder el cierre y avanzar la anilla de la palanca (no había que empujarlo, sino que bastaba con soltarlo para que avanzase), que es el instante que vemos en la foto. En cierto modo, casi podría decirse que era un sistema semiautomático si no fuera porque había que meter el dedo en la anilla y tirar hacia atrás para reiniciar todo el proceso: la vaina servida había sido expulsada y, al tirar de la anilla de la palanca, el cierre introducía un nuevo cartucho al avanzar y solo había que apretar de nuevo el gatillo. Simple, pero para ello requería de una mecánica demasiado compleja para un arma que aspiraba a servir en un ejército, y más precisando una munición especialmente diseñada para ella. De hecho, del cartucho apenas se sabe poco más que su denominación: 7'8 x 19R, cuyas prestaciones tampoco se conocen.

En este otro gráfico podemos ver la secuencia de disparo con una vista en sección que nos permite observar los mecanismos, en esta ocasión tomando como modelo una versión mejorada del modelo inicial patentado el 3 de junio de 1890 que, como se puede ver en el detalle, se había sustituido la larga leva elevadora para la munición por una curvada que era impulsada desde abajo por un muelle helicoidal. Así mismo, si agrandamos la imagen se puede apreciar el resorte de retención del cargador. Ojo, en este caso no se podía recargar como las Mauser, colocando un peine y empujando la munición hacia el depósito, sino con un sistema similar al, por ejemplo, fusil Berthier: los cartuchos iban en su cargador, que podía rellenarse metiéndolos uno a uno o bien introduciendo en el depósito otro previamente cargado. Por lo demás, salta a la vista la intención de convertirla en un arma militar por la anilla que vemos en la culata, habitual en aquella época para colocarles un fiador rodeando el cuello de forma que los distinguidos oficiales pudieran ser debidamente estrangulados con el mismo cuando llegaban al cuerpo a cuerpo. En cuanto al peso del arma, era de 980 gramos, y su longitud total de 276 mm. de los que solo 115 corresponden al cañón debido a la posición avanzada del cargador.

Vista del costado derecho del arma en posición de fuego. A la derecha, fuera
de escala, vemos el cargador cuyo frontal estaba totalmente abierto en toda
su longitud para permitir actuar al elevador
Bien, así era grosso modo la pistola Laumann. Como vemos, solo le faltaba un pequeño empujón para convertirse en una pistola totalmente semiautomática, pero todo hace suponer que el probo vienés inventaba mucho pero andaba escaso de fondos para meterse en palabras mayores, o sea, fabricar una serie de unidades para presentarla a las pruebas que los ejércitos tesdescos y austriacos estaban llevando a cabo. En algún momento de 1891, que este tema también es un misterio misterioso, Laumann contactó con los hermanos Schönberger, que fueron los que patentaron al año siguiente la versión semiautomática. En realidad, tampoco se sabe si fueron los Schönberger los que desarrollaron el mecanismo o fue Laumann, que optó por venderles la patente ante la imposibilidad de afrontar por sí mismo la puesta en marcha del proyecto. Del modelo 1891 que hemos presentado hoy tampoco se conoce la cifra de ejemplares fabricados, aunque casi de forma unánime se estiman entre 30 y 35 unidades, de las cuales solo unas pocas han llegado a nuestros días y por las que se pagan jugosas cifras. 

En fin, con esto terminamos por hoy, que no tengo el cogote para muchas tonterías. Ya hablaremos de la versión semiautomática, no problemo...

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Diseño de la última patente presentada por Laumann, en este caso en Estados Unidos el 7 de noviembre de 1893, cuando la
versión semiautomática ya estaba en marcha hacía un año. Imagino que su intención era impedir que los yankees le pisaran
la idea aunque por aquellos lares no se dormían en los laureles preciamente

lunes, 6 de enero de 2020

Pistolas de repetición I. La pistola Volcanic


Pareja de pistolas Smith & Wesson, las que podríamos denominar como Volcanic de 1ª generación

Qué menos que dedicar un artículo para que, a modo de regalo de Reyes (no olviden que los Reyes son los padres), puedan chingarle bonitamente la tarde/noche a sus cuñados mientras sus pequeños orcos se patean las espinillas con saña bíblica con sus adorables primitos por pillar el vídeo-juego más anhelado de la temporada, en el que se pilota un dron capaz de vaporizar a todos los profes del colegio con un realismo absolutamente asombroso. Así pues, trataremos de un tema que estoy seguro que sus hermanos políticos 💣💩desconocen por completo: las pistolas de repetición. Sí, pistolas de repetición. No, no hablamos de pistolas semiautomáticas, sino de repetición. O sea, pistolas que funcionan mediante la manipulación manual de un mecanismo. Y no, no son revólveres porque, como vemos en la foto, ese chisme tan raro carece de tambor, por lo que es una pistola. 

Maxim haciendo una demostración con su máquina en 1884. Obsérvese el
montón de vainas servidas que se ven delante de la misma
Pero, ante todo, tengamos claros los conceptos: un arma automática o semiautomática es aquella que aprovecha la presión generada por la combustión del propelente para, activando una serie de mecanismos, extraer la vaina servida, expulsarla e introducir un nuevo cartucho en la recámara. La diferencia entre automática y semiautomática se basa en una sola pieza: el desconector, que hace que, aunque mantengamos apretado el gatillo, el fiador y la nuez del martillo queden separados, ergo el martillo no caerá ni percutirá el cartucho. Así pues, un arma automática disparará mientras tengamos el gatillo apretado hasta agotar la munición, mientras que en una semiautomática deberemos soltar el gatillo y volver a apretarlo para disparar de nuevo. Pero antes de que esta mortífera virguería de la mecánica fuera puesta en escena por obra y gracia del señor Hiram Stevens Maxim con la fabricación y entrada en servicio de su ametralladora automática en 1884, el resto de armas ligeras se basaban en sistemas monotiro o de repetición manual mediante mecanismos de palanca o de tambores rotativos que, no obstante, permitieron aumentar de forma notable la potencia de fuego de las tropas. Pero centrémonos en las armas cortas, que son las protagonistas de hoy.

Cargadores (o inyectores) para cartuchos de calibre .44 Mg,
.38 Sp. y .357 Mg. con una canana de muestra
En los primeros años del último cuarto del siglo XIX, los revólveres eran las armas más extendidas y, de hecho, adoptadas por todos los ejércitos occidentales. Eran precisos, con una capacidad de munición bastante aceptable, entre 5 y 7 cartuchos dependiendo del calibre y el modelo y, de forma mayoritaria, con munición lo suficientemente potente como para dejar en el sitio a cualquier enemigo con un balazo bien colocado. Pero tenían un defecto que en aquella época era complicado resolver: la lentitud de su recarga. Un arma militar que consume sus seis cartuchos de media en un periquete suponía que su dueño solo tenía dos alternativas: llevar encima más de un revólver o bien encomendarse a San Judas y Santa Rita, patronos de las causas chungas para que lo sacasen vivo del lance, y meter mano a su espada o sable de oficial para acabar palmando como un auténtico y verdadero héroe. Simplemente no tenía tiempo de recargar. Los revólveres de armazón basculante, como los Schofield (su nombre real era Smith & Wesson nº 3) o los Webley, que entraron en servicio en 1870 y 1887 respectivamente, facilitaban al menos la extracción instantánea de las vainas servidas al abrir el armazón, pero la recarga seguía siendo lenta como un purgatorio, cartucho a cartucho, mientras que el comanche o el sikh de turno se le echaba encima y le daba un mínimo de 46 puñaladas al atribulado oficial. Aún estaban por inventar los cargadores rápidos con los que se introducen los seis cartuchos a la vez con suma rapidez ya que algunos incluso están provistos de un muelle que los empuja cuando tocan el tetón de retención del tambor.

Por este motivo, los magines del personal echaban humo para idear algún mecanismo que permitiera dos cosas: una, disponer de un arma con una cadencia de tiro aún más rápida que la de un revólver. Y dos, aún más importante, que no solo pudieran cargar más munición, sino que la recarga de la misma fuese cuestión de unos instantes. Obviamente, no era un tema baladí y, de hecho, a mediados del siglo XIX ya hubo intentos para producir algo con unas prestaciones similares, pero de momento sin el éxito deseable. Veamos como se desarrolló esta curiosa historia...


El 10 agosto de 1848, un probo neoyorkino llamado Walter Hunt obtuvo la patente Nº 5.701 para desarrollar y producir lo que denominó como "rocket ball", la bala cohete, un ingenioso sistema que eliminaba el soberano coñazo de tener que recargar mordiendo el cartucho de papel, atacar la carga y la bala, etc. ya que todo lo necesario estaba dentro de la bala, un generoso tocho de plomo de calibre .54 del que, al parecer, se hicieron prototipos en tres longitudes: 22, 24 y 26 mm. Como vemos en el gráfico, era una bala ojival cuyo interior estaba hueco como una minié, pero con la diferencia de que la carga de pólvora iba dentro de ese hueco, lo que permitía prescindir de cartuchos de papel o incluso de las incipientes vainas de latón. Como vemos, la bala/cartucho quedaba sellada mediante un disco de corcho en cuyo centro había un orificio que se sellaba con sebo para que no se derramase la pólvora. La ignición se llevaba a cabo mediante un pistón convencional de avancarga, o sea, tras cada disparo había que reponerlo. Este proyectil solo adolecía un defecto insuperable: la carga de pólvora era muy escasa para proporcionarle la velocidad y, por ende, la energía cinética necesaria para hacerlo verdaderamente eficaz.





Walter Hunt (1796-1859). Este probo inventor
desarrolló mogollón de ideas de lo más variopintas,
incluyendo algo tan conocido y usado como los
imperdibles, que patentó el 10 de abril de 1849
Obviamente, Hunt no desarrolló este proyectil porque se aburría y no tenía nada mejor que hacer ya que, en aquel momento, no había ningún arma en el mundo capaz de dispararlo. La idea era que fuese la bala para el fusil de repetición que también estaba desarrollando y que podemos ver en la foto superior, un rifle de retrocarga con depósito tubular y sistema de repetición por palanca. El 21 de agosto de 1849, un año después de patentar el proyectil, le fue concedida la patente del arma con el número 6.663 bajo el nombre de "Volition Repeater", que podríamos traducir como arma de repetición a voluntad. Su funcionamiento era bastante simple: se introducían las balas cohete en el depósito tubular que había bajo el cañón, se accionaba la palanca y un proyectil era introducido en la recámara. Solo había que añadir el pistón que, con la ayuda de una pistonera, el proceso de carga se agilizaba enormemente comparado con las armas de la época. A estas alturas, puede que más de uno se pregunte qué leches tienen que ver las pistolas de repetición con los rifles inventados por el tal Hunt, pero la cuestión es que, ciertamente, este sujeto fue, por decirlo de algún modo, no solo el padre de ese tipo de pistolas, sino también de los rifles de palanca Henry y Winchester de los que se han vendido y se venden millones hasta el día de hoy.


Lewis Jennings
Con todo, el "Volition Repeater" estaba aún bastante verde, así que Hunt se asoció con otro inventor llamado George Arrowsmith para desarrollarlo adecuadamente. Hunt le cedió los derechos de sus patentes, se supone que a cambio de algún tipo de compensación, y encargó mejorar el diseño a uno de los mecánicos de Arrowsmith, Lewis Jennings, que estuvo años implicado en este interminable proyecto. No obstante, apenas seis meses después de constituirse la sociedad, Jennings ya había mejorado de forma notable el arma de Hunt, patentándola el 25 de diciembre de 1849. Arrowsmith se dedicó a promocionar el invento en busca de posibles compradores o socios capitalistas acompañándose de un prototipo para veinte disparos nada menos. No tardó mucho en dar con un inversionista interesado, Courtlandt Palmer, un hombre muy activo en el mundo de los negocios que ya había sido presidente de la Stonington & Providence Railroad y líder del ramo de la ferretería en Nueva York. Palmer, que debía tener buen olfato para los negocios, no dudó en meterse en el ajo, comprar los derechos de las patentes  y, en 1850, llegar a un acuerdo con la firma Robins & Lawrence, de Windsor, Vermont, para empezar a fabricar 5.000 unidades sin tener siquiera compradores a la vista, por lo que está claro que el tal Palmer debía ser también un optimista de primera clase. Y aquí entró en escena otro de los grandes hombres que han pasado a la historia por su intervención en el desarrollo de las armas de repetición de palanca: el supervisor de la Robins & Lawrence, Benjamin Tyler Henry, un sesudo maestro mecánico que por aquella época apenas tenía 29 años.


Rifle rediseñado por Jennings y patentado en 1849. Fabricado en calibre .54 por Robins & Lawrence entre 1851 y 1852



Horace Smith (1808-1893)  y Daniel Baird Wesson (1825-1906)
Pero, además de Henry, también se unieron a la empresa los que verdaderamente dieron empuje a la versión de arma corta del primigenio invento de Hunt: Daniel Wesson y Horace Smith, que ya habían acaparado una gran experiencia en el desarrollo y la fabricación de armas de fuego. En agosto de 1851, Smith presentó y obtuvo la patente de las mejoras efectuadas en el diseño de Jennings registradas apenas seis meses antes pero, por no alargar demasiado el tema de las andanzas comerciales de toda esta tropa, que fue interminable, abreviaremos diciendo que la empresa se fue al garete un año más tarde. Ni el sistema de repetición era aún lo bastante sólido ni encontraron clientes dispuestos a adquirir su rifle de repetición, debido también, como se ha dicho, a la escasa potencia del proyectil que disparaba. La quiebra le costó a Palmer un verdadero pastizal, que para eso era el que había puesto los dólares, mientras que el resto se quedaron bastante mohínos al ver frustradas sus esperanzas para seguir avanzando en el desarrollo de lo que parecía un arma de lo más prometedora. 

Durante dos o tres años, nuestros prolíficos inventores se tuvieron que conformar con darle al papel y al lápiz, al menos mientras Palmer se recuperase de la costalada financiera. El 14 de febrero de 1854 les fue concedida a Smith y Wesson la patente de una pistola de retrocarga con sistema de repetición de palanca cuyos planos podemos ver en la lámina de la derecha. Era la primera pistola que pondría en el mercado la celebérrima firma. En puridad, el chisme este era una versión acortada del rifle de Jennings cuyo sistema de repetición de palanca era el mismo, así como la munición que disparaba que, aunque difería de la bala cohete diseñada originariamente por Hunt, era básicamente el mismo concepto según veremos un poco más adelante. En cuanto a la apariencia general del arma, era muy similar a las pistolas monotiro sistema Flobert, que disparaban un cartucho de pequeño calibre con vaina pero sin pólvora, por lo que la bala era proyectada únicamente por la presión que generaba el fulminante. Estas pistolas estaban muy de moda por aquella época para el tiro de salón, para lo que no se necesitaba más potencia que la necesaria para atravesar una diana de papel colocada a 1o o 15 metros como actualmente se hace con las pistolas de aire comprimido. De hecho, en la descripción de la vista lateral del arma especificaron que era la misma que se usaba en las armas que "...generalmente se denominan “pistolas de salón”, siendo, como creemos, una invención francesa.


En el detalle podemos ver el punzonado de la firma en la cara superior del
cañón. Obsérvese que se informa de que está fabricado con "cast steel",
acero fundido. Esa misma frase se punzonaba en la cara derecha del cañón
Por fin, el 20 de junio de 1854, Palmer, Wesson y Smith lograron formar una nueva sociedad radicada en Norwich, Connecticut, para sacar provecho al montón de patentes que previamente había adquirido Palmer de los diseños de Hunt, Jennings y el mismo Smith. Aunque no figurase en la sociedad, Henry también estaba en el ajo y, al parecer, la idea era dividir la producción de armas cortas y largas, las primeras bajo la marca que se haría famosa en el mundo entero: Smith & Wesson. Como vemos en la foto, inicialmente los armazones de estas armas eran de hierro fundido, llevando en las pletinas laterales un grabado con motivos florales para darles un toque de distinción. Se ofrecieron en dos tamaños y dos calibres. La más pequeña (denominada como Nº 1 aunque se empezó a fabricar en segundo lugar) tenía un cañón de 4 pulgadas de calibre .30, si bien por las tolerancias que se le daban al ánima para disparar la bala cohete se la considera como un calibre .31, y su depósito tubular tenía capacidad para seis balas, que no cartuchos. La grande, denominada Nº 2, era de calibre .38 aunque por los mismos motivos que la anterior es considerada como un calibre .41, y se servía con cañones de 8 pulgadas- aunque se fabricaron algunas unidades de 6 pulgadas- y capacidad para 8 proyectiles. Como podemos ver, en estos modelos los cañones eran cilíndricos en sus dos últimos tercios, siendo ochavado solo el primero. Estas armas estaban marcadas como "Smith & Wesson", no como Volcanic porque esta empresa no existía aún, y se fabricaron unas 700 unidades más, posteriormente, otras 500 por la Volcanic Repeating Arms Company con piezas sobrantes (luego lo detallaremos), mientras que del modelo grande se acabaron unas 500 unidades. O sea, que la producción de ambos modelos bajo la firma de Smith & Wesson apenas llegó a las 1.200 armas, 1.700 si incluimos las 500 manufacturadas por la Volcanic.

En lo tocante a los cambios efectuados en la bala cohete original, podemos verlos en el gráfico de la derecha. Ante todo, hubo que añadirle un pistón ya que en un arma que pretendía ser de repetición no era de recibo tener que seguir reponiendo los pistones cada vez que se cargaba. Por lo tanto, y según vemos en la figura A, se diseñó un contenedor que se componía, si lo miramos de fuera adentro, de una copa de latón (fig. C) con un orificio por donde debía entrar el percutor del arma. Dentro de dicha copa se colocaba un disco de corcho o material similar también con un orificio, pero en este caso para mantener en su sitio el fulminante. El contenedor quedaba cerrado por una copa convexa en forma de cruz (Fig. D) fabricada de hierro o acero que hacía de yunque. Al parecer, inicialmente el contenedor de la substancia fulminante- a base de fulminato de mercurio como era habitual- se fabricaron de vidrio para, al poco tiempo, pasarse al cobre. En la figura B vemos la secuencia de disparo: el pistón detona y la deflagración sale por los cuatro espacios libres que deja la lámina cruciforme que cierra el contenedor, iniciando la carga de pólvora. Por lo demás, las balas estaban provistas de entre 6 y 8 bandas de engrase para lubricar el cañón en cada disparo e impedir o retrasar el emplomado de las estrías. En la figura E podemos ver el aspecto de una bala original. Esta munición, a pesar de estar en uso desde 1854, no fue patentada hasta dos años más tarde, concretamente el 22 de junio de 1856. En cuando a las prestaciones de estas balas cohete, eran simplemente patéticas. El proyectil de calibre .41 pesaba solo 100 grains y alcanzaba una velocidad en boca de 80 m/seg., menos que el saque de un simple aficionado al tenis. En cuanto a su potencia, apenas daba para apiolar a un cuñado canijo a medio metro: 80 julios, menos de la que se obtiene de un misérrimo 6,35 mm. 


Oliver Winchester (1810-1880)
Bien, estos fueron los primeros pasos de la que se había convertido en la primera pistola de repetición. Sin embargo, la vida operativa de la empresa fue más corta que la de un pavo en Navidad, porque en julio de 1855 y por motivos que no se conocen con exactitud, la Smith & Wesson pasó a la historia para ser reciclada en la Volcanic Repeating Arms Company, radicada en New Haven, Connecticut, donde aparece como uno de sus principales accionistas un fabricante de ropa para hombres llamado Oliver Fisher Winchester, de Boston, que metió pasta gansa en la nueva empresa. La Volcanic compró todos los activos de la firma anterior, las patentes y las piezas ya terminadas para fabricar las 500 unidades del modelo nº 1 de la Smith & Wesson que mencionamos anteriormente. Estos dos probos inventores se desentendieron de la Volcanic porque lo que de verdad tenían en el punto de mira era la inminente caducidad de la patente Rollin White que les permitiría fabricar revólveres convencionales con cartucho metálico, que era donde de verdad estaba el pelotazo como quedó claro. Solo Wesson permaneció un breve período de tiempo vinculado con la Volcanic como supervisor de la nueva empresa, seguramente para adiestrar al personal y ponerlos al corriente de la producción, que hasta 1856 se siguió llevando a cabo en la fábrica de Norwich. Posteriormente, cuando se trasladó la fabricación a New Haven, fue sustituido por William Hicks.


Como dato curioso y aunque no tenga relación con este artículo, el acuerdo de venta de la empresa a la Volcanic suponía que todas las patentes y tal pasaban a su propiedad como hemos dicho, incluyendo una cláusula por la que Daniel Wesson, que había estado trabajando en un cartucho metálico desde hacía tiempo, no podría beneficiarse del desarrollo que los nuevos propietarios hicieran de dicho cartucho para sus armas. Este cartucho estaba basado precisamente en el sistema Flobert, pero añadiendo una carga de propelente. Constaba de una vaina con reborde fabricada con una fina lámina de cobre que contenía una bala esférica. En el reborde se distribuía la composición fulminante, obteniendo así un cartucho de percusión anular. A continuación iba la carga de pólvora tapada por un disco metálico perforado y, finalmente, la bala con el espacio vacío interior relleno de grasa para lubricar el cañón a cada disparo y retrasar el emplomamiento del mismo. Este cartucho se convirtió en la munición más vendida de la historia y que aún sigue produciéndose por millones todos los años: el .22 de percusión anular, y fue el que permitió a Henry y luego a Winchester fabricar mogollón de calibres para sus celebérrimos rifles de palanca. 


Bien, retomando el tema pistoleril, la Volcanic aprovechó como es lógico la patente de la pistola de repetición si bien con una serie de cambios de tipo estético, porque en lo tocante a lo mecánico permaneció prácticamente invariable. Aunque se siguió ofreciendo en los mismos tamaños y calibres, el cajón de mecanismos dejó de fabricarse de hierro para hacerlo con bronce, un material más barato, fácil de trabajar y que era insensible a la oxidación, o sea, un acabado propio de las armas destinadas a equipar a la marina. Además, el lomo de la empuñadura se hizo enteramente curvado, sin el pequeño resalte del modelo original que impedía que el arma resbalase hacia atrás al disparar. También se optó por usar una empuñadura igual para los dos modelos, grande y pequeño, que como vimos antes en el segundo caso era con forma de plátano. Otro cambio lo vemos en el cañón, que pasó a ser enteramente octogonal y, por último, tenemos la palanca, de cuyo anillo se eliminó el espolón para apoyar el dedo anular.


Incluso se fabricaron versiones con cañones extralargos de 16, 20 y 24 pulgadas en calibre .41, aunque también se experimentó con los calibres .40, .44 y .50. Por su mayor longitud podían montar un depósito de mayor capacidad, de hasta 20, 25 y 30 proyectiles respectivamente. Como es obvio, semejantes bicharracos tenían como finalidad usar la pistola como una carabina, costumbre que ya hemos visto en otras firmas si bien la ridícula potencia de su munición hacían impensable que su uso no fuera otro que pegar unos tiros a botellas viejas en el patio trasero de casa o en cualquier descampado. En la foto de la derecha podemos ver un par de modelos provistos de culatas de madera y de varillas de hierro, las cuales eran fijadas mediante una muesca y un tornillo. En fin, un juguete molón y poco más si bien sus precios no eran precisamente baratos, sino todo lo contrario. El modelo de calibre .31 con cañón de 4" y capacidad para 6 proyectiles costaba 12 $. De este mismo calibre se fabricó una versión de tiro al blanco con cañón de 6" y 10 proyectiles de capacidad por un precio de 13,5 $. La pistola de armazón grande se ofrecía con cañones de 6 y 8 pulgadas y una capacidad de 8 y 10 proyectiles, ambas por 18 $. En cuanto a los modelos de carabina costaban 30, 35 y 40 $. Valga como comparación el hecho de que un Winchester modelo 1894 costaba 40 años más tarde entre 13,16 y 15,53 $ dependiendo del calibre. Como extra se ofrecía la posibilidad de que el cajón de mecanismos fuese plateado y grabado como las antiguas pistolas de Smith & Wesson por un importe de 1,50 $ para el modelo pequeño, 2 $ para la grande y 3 para las carabinas. La munición era también bastante cara: 10 $ el millar de calibre .31 y 12$ para el calibre .41.


Vista lateral del croquis de la patente de 1854 que nos permite ver la
colocación de los proyectiles en el depósito, así como el mecanismo elevador
de los mismos y el muelle/empujador que los hace retroceder en el depósito
tubular. Obsérvese como las puntas de las balas se apoyan peligrosamente en
el fulminante de la que tienen delante
Pero la trayectoria de la empresa tampoco acababa de encauzarse adecuadamente, porque en agosto de 1856, cuando apenas llevaban unos meses funcionando, ya comenzaron a tener dificultades económicas. Finalmente, a principios del año siguiente tuvieron que venderla a Winchester para cubrir las deudas que habían contraído con él ya que fue el que puso el dinero para ir saliendo al paso. Cabe pensar si la quiebra no fue en realidad un astuto complot de Winchester para quedarse con la compañía por cuatro duros ya que solo las patentes valían un pastizal, sobre todo la que amparaban el mecanismo de palanca y el cartucho de fuego anular diseñado de Wesson, ambas piezas angulares de los futuros rifles de palanca que lo harían millonario.


Volcanic de bolsillo con cañón de 4" en un estado cuasi flamante. Por su
rareza, una de estas armas puede costar hoy más de 35.000 $ sin problema
El 25 de abril de 1857 nació la enésima empresa, denominada en esta ocasión como The New Haven Arms Company, que se estableció en la misma fábrica de la Volcanic y donde siguieron manufacturando los mismos productos que la extinta empresa con la salvedad de que, lógicamente, se cambió el punzonado, que pasó a ser NEW HAVEN CONN. PATENT FEB. 14, 1854, o sea, la fecha de la patente nº 10.535 que concedieron a Smith y Wesson para el mecanismo de palanca que había inventado Hunt, mejorado Jennings y finalmente desarrollado por los dos socios. Las pistolas Volcanic se fabricaron en la nueva empresa entre 1858 y 1860, desconociéndose el número de unidades manufacturadas. La Volcanic era un arma que, en realidad, no podía tener futuro ante la rivalidad del revólver de cartucho metálico. De entrada, su principal inconveniente era, como hemos dicho, su birriosa munición que, además, tenía el inconveniente añadido de que, al tener un depósito tubular, existía el riesgo de que la punta de una bala percutiese en el pistón de la que la precedía, produciéndose entonces una descarga en cadena con las consecuencias que podemos imaginar. Y, además, parece ser que ocurrió más de una vez. Sí, podrían haber sustituido esa munición por cartuchos metálicos, pero ya vimos que la patente de Wesson había pasado a manos de Winchester, así que no había nada que hacer al respecto.


En cuanto a su funcionamiento, era bastante básico pero requería el uso de ambas manos, una empuñaba y la otra accionaba la palanca. Podía amartillarse y hacer avanzar la palanca con el dedo corazón, pero eso solo estaba al alcance de hombres con manos grandes y fuertes, y aún así solo para el modelo pequeño. Como es obvio, amartillar un revólver era mucho más fácil. El tema de la recarga no era el peor problema ya que era al menos igual de lenta- o rápida, según se mire- que la de un revólver de armazón basculante teniendo en cuenta que, caso de usar cartuchería metálica, la vaina servida sería expulsada al accionar la palanca. Veamos su funcionamiento. En la foto superior tenemos una serie de piezas sombreadas con distintos colores que nos ayudarán a entenderlo sin problemas. La palanca acciona una leva (amarillo) en cuyo extremo vemos un tetón que hace oscilar una biela (azul), la cual desbloquea otra leva (verde) que hace avanzar y retroceder el cierre que contiene el percutor (recordemos que se puede amartillar a mano o bien mediante el empuje del cierre). Al mismo tiempo, un elevador que queda oculto en la parte delantera del cajón de mecanismos sube un proyectil desde el depósito y lo enfrenta a la recámara. Al cerrar la palanca el cierre avanza, empujando el proyectil y quedando el arma a punto para disparar. En la foto inferior vemos el arma ya cargada, pero hemos resaltado un detalle que aparece dentro del círculo rojo: es la posición de las levas que bloquean el cierre y, como se puede comprobar, no es un mecanismo especialmente sólido ni mucho menos. Basta que la presión sobre la palanca se afloje un poco para que las levas cedan por su propio peso y, en el momento del disparo, la presión haga salir despedido hacia atrás el cierre. Esto sería muy raro con la bala cohete y sus paupérrimas prestaciones, pero con un cartucho de más potencia sería un peligro potencial a cada disparo e incluso hacer que el cierre saliera del cajón de mecanismos para incrustarse en la frente del tirador. Esta fue otra de las razones por las que las Volcanic no acabaron de ganar popularidad. 


Cargar el arma no tenía ninguna complicación, y es similar al de cualquier arma moderna con cargador tubular. Veamos las fotos. En la A tenemos una vista inferior de depósito en la que se aprecian el muelle y el empujador, provisto en este caso de una bola para comprimir el muelle y poder abrir el depósito. En la B hemos comprimido el muelle hasta liberarlo del tubo del depósito y giramos el casquillo que lo contiene. Este casquillo es un simple manguito cilíndrico que gira sobre el cañón. En la foto C podemos ver el casquillo girado unos 45º, dejando expedita la entrada del depósito. En la foto D vemos el tubo y el casquillo con más detalle. La flecha señala la pletina que impedía que el casquillo se saliera de su sitio. Una vez lleno de munición basta girarlo y dejar que el muelle se expanda hasta que el empujador toque el culote del último cartucho. 


La bola del empujador corresponde al modelo inicial de la Smith & Wesson/Volcanic inicial. En las armas con armazón de bronce se sustituyó por una pieza de ese mismo material con forma de corazón, como vemos en la foto. Esta nos permite además apreciar el sistema de fijación del casquillo al cañón que, aunque visualmente era octogonal en toda su longitud, en realidad tenía el extremo cilíndrico para acoger el casquillo, al que sí se le daba forma ochavada para no romper la línea estética del arma. El bloqueo de esta pieza se efectuaba mediante un manguito que, a su vez, era fijado al extremo del cañón, pudiendo ser removido en caso de avería o rotura del muelle. Por lo demás, las Volcanic, fuese cual fuese el fabricante en su corta vida, era un arma muy bien acabada, con un ajuste entre las piezas de un nivel superior y propio de un arma de muy buena calidad. Pero, como es lógico, eso no servía de nada a la hora de repeler una agresión, y una simple Derringer de calibre .41 era mucho más eficiente que estas armas a pesar de su enorme tamaño y su intimidatorio aspecto si bien, eso sí, siempre podían usarse como una maza empuñándolas por el cañón e incrustando la culata en la testuz del adversario.


Matar, mataban poco. Pero al menos acojonaban, ¿que no?
En fin, criaturas, con esto no creo que me haya dejado nada relevante en el tintero. Añadir solo que los artífices de estas armas tomaron cada cual su camino mientras que las Volcanic acababan de extinguirse tras su exigua vida operativa. Smith y Wesson se dedicaron a fabricar revólveres, inaugurando su extensa producción con el famoso modelo Nº 1 con cartucho de calibre .22 de percusión anular del que vendieron decenas de miles de unidades, mientras que Henry y Winchester hicieron lo propio con sus rifles de palanca y, todos a una, se forraron a base de bien. Voluntad le echaron, las cosas como son. No obstante, la Volcanic sirvió de punto de partida para diseñar otras pistolas de repetición que, finalmente, dieron lugar a la creación de las pistolas semiautomáticas, de ahí comenzar por esta peculiar arma que, al cabo, se puede decir que fue la que marcó el camino. De todo ello ya iremos hablando, palabrita del Niño Jesús.

Bueno, pues con esto terminamos. Espero que hagan llorar amargamente a sus cuñados y se libren de su abyecta presencia durante una temporada, al menos hasta que en Semana Santa les entre el ansia de devorar pestiños y torrijas de pescuezo.

Hale, he dicho

ENTRADA RELACIONADAS:

Pistolas de repetición II. La pistola Laumann


Pareja de Volcanic en sus dos presentaciones de calibres .31 y .41

miércoles, 1 de enero de 2020

Guerras, profetas y agoreros


Los british presentaron desde primera hora una imagen diabólica de sus enemigos, especialmente del káiser, al que no
dudaron en identificar con el Anticristo. Ahí lo vemos junto a Satanás con el "parte mensual" de asesinatos: 164 bebés,
178 niños, 292 mujeres y una cifra oculta por el brazo diabólico de no combatientes. Aunque hoy día ese tipo de
propaganda se prestaría más bien al cachondeo, en aquellos tiempos era sumamente eficaz
"Samuel dijo a Saúl: el Señor me envió a que te ungiera por rey sobre su pueblo, sobre Israel. Ahora pues, está atento a las palabras del Señor. Así dice el Señor de los ejércitos: Yo castigaré a Amalec por lo que hizo a Israel, cuando se puso contra él en el camino mientras subía de Egipto. Ve ahora y ataca a Amalec, y destruye por completo todo lo que tiene, y no te apiades de él. Antes bien, da muerte tanto a hombres como mujeres, a niños como a niños de pecho, a bueyes como ovejas, a camellos como asnos." (Libro de Samuel, 15: 1-3) 

Saúl, bastante acojonado por haber desobedecido a Yahvé al no dar muerte
a Agag, rey de los amalecitas, intenta retener a Samuel, rompiéndole el
manto. "Hoy, el Señor ha arrancado de ti el reino de Israel, y lo ha dado a
un prójimo tuyo que es mejor que tú
", replicó el profeta. Nada mejor que
las amenazas divinas para tener al personal más derecho que una vela
Acojona, ¿que no? Y se supone que semejante cafrada la dijo Yahvé por boca de uno de sus profetas, que era aún más cafre. Como vemos, eso de recurrir a las deidades, a profetas, adivinos y demás agoreros de todos los pelajes para influir en el desarrollo de las guerras es más antiguo que la tos. Los ejércitos griegos y romanos no empezaban una batalla sin el visto bueno de sus augures, y los monarcas medievales no daban un paso sin el beneplácito de la Iglesia; nuestros gloriosos Tercios combatían por Dios y en el nombre de Dios, cosa que, casualmente, también hacían nuestros heréticos enemigos luteranos y anglicanos. Las partidas de guerrilleros que emboscaban bonitamente a los gabachos durante la francesada (Dios maldiga al enano corso) solían ser alentados por algún belicoso fraile que, además de rezar, no dudaba en echar mano a un trabuco bien atiborrado de posta lobera para dejar a los saqueadores de tumbas y violadores de monjas del enano convertidos en un amasijo de carne picada para alimento de perros, y desde entonces hasta nuestros días aún se recurre a Dios para que el personal no se amohíne demasiado al saber que van a palmarla sí o sí. Más aún, actualmente ya vemos que sigue habiendo tontos de babero que se creen a pie juntillas que si se inmolan llevándose por delante a varios infieles irán al Cielo a refocilarse eternamente con 72 pibones sin miedo a que una andropausia feroz les desplome el miembro viril tras varios siglos de fornicio continuado. 

Millán Astray, admirador del bushido y
dotado de un valor temerario, instauró un
culto a la muerte que hizo de la Legión
un cuerpo verdaderamente temible
Cuando se acude a la llamada de las armas, hasta los ateos contumaces se sienten reconfortados sabiendo que el Dios en el que no creen está con ellos, y rezan fervorosamente para que las municiones lleguen a tiempo o la artillería enemiga se confunda con las coordenadas y sus proyectiles pasen de largo. Al cabo, el hombre es un animal miedoso al que la perspectiva de entregar la cuchara le acojona mucho a pesar de los "¡Viva la Muerte!" de Millán Astray o el "Ya hablaremos de capitulación después de muertos" que espetó el maestre de campo Bobadilla a los cantamañanas de los holandeses en Empel. En resumen, que una cosa es tener elevadas dosis de testiculina para afrontar el trance supremo sin que se te mueva un músculo de la jeta y otra que, a pesar de ello, uno no deje de sentir cierto repullo ante semejante perspectiva. Por todo lo dicho, lo que está claro es que cuando hay guerra los dioses están con uno, y el enemigo es un lacayo del mal, ya sean espíritus malignos, dioses del inframundo con mala leche o, por supuesto, el malvado entre los malvados: Satanás.

Bien, hecho este introito, inauguraremos el año con una nueva serie de artículos que dedicaremos precisamente a la relación entre la guerra y el uso de la astrología, el ocultismo, las viejas profecías e incluso eventos paranormales para usarlos contra los enemigos porque de todo ello ha habido a lo largo del tiempo, y la supuesta intervención de elementos o entes ajenos a los humanos ya vienen de largo desde que Josué mandó al carajo las murallas de Jericó con solo tocar las trompetas. Porque, en realidad, estas historias no han dejado de ser una sutil forma de guerra psicológica con dos únicos fines: subir la moral de las tropas convenciéndolos de que cuentan con la ayuda de una entidad omnipotente- Dios, Yahvé, Alláh, Júpiter, Tutatis, etc.- y asimilar a los enemigos como unos seres infrahumanos, unos lacayos del mal a los que hay que exterminar como sea para librar al mundo de su maligna simiente.

La invasión de Bélgica, parte inicial de Plan
Schlieffen para atacar Francia, ya dio material
en cantidad para la propaganda. La imagen
muestra a un tedesco sonriente sobre cadáveres
de críos y mujeres con el siguiente titular:
"Su forma de hacer la guerra"
Aunque pueda parecer mentira, la Gran Guerra fue increíblemente prolífica en la divulgación de estas cuestiones que, por lo general, no suelen ser mencionadas en los textos donde se narra el desarrollo de la misma. A lo más, sucesos supuestamente paranormales como los famosos ángeles o los arqueros ingleses que sacaron las castañas del fuego a los british (Dios maldiga a Nelson) en Mons en agosto de 1914. Ya sabemos que estos isleños son maestros consumados en la propaganda, y desde el primer momento vieron un filón en la cosa sobrenatural para convertir a los tedescos en esbirros del Maligno y al káiser en el Anticristo nada menos. Publicaciones de todo tipo, incluyendo la prensa seria, se hacían eco de innumerables chorradas, predicciones, profecías y, en menor grado, de los que afirmaban que la guerra era el Armagedón, el Apocalipsis anunciado por Juan. A estos les hacían menos caso porque, lógicamente, afectaba a ambos bandos por igual. Así pues, todos estos camelos, debidamente adobados con el apoyo de la Inteligencia militar e incluso de los curas desde los púlpitos, ayudaban a propalar las invenciones más dispares en unas poblaciones que, en aquel momento, aún eran devotas, iban a misa los domingos, eran creyentes de forma mayoritaria ya fuesen tanto católicos como protestantes y, sobre todo, crédulas y susceptibles de creerse cualquier memez porque el nivel cultural de los ciudadanos de la época era más bien escaso y al alcance de solo unos pocos

Joséphin Péladan (1859-1918)
No tuvo que pasar mucho tiempo desde el comienzo de las hostilidades para que el primer agorero sorprendiera a propios y extraños con una revelación de lo más sorprendente. Hablamos del famoso caso de llamado hermano Johannes, un supuesto clérigo de principios de siglo XVII que dejó una serie de predicciones que ríase vuecé de Nostradamus. Estas profecías fueron publicadas en Le Figaro entre el 10 y el 17 de septiembre de 1914, o sea, menos de dos meses después de empezar la guerra. Su difusor fue un peculiar personaje llamado Joséphin Pédalan, apodado a sí mismo como "Le Sar Mérodack" o el Vidente, un tipo que tendría un futuro sumamente prometedor en la telebasura de nuestros días. Prolífico novelista, crítico de arte, aficionado a la magia negra, la videncia y el ocultismo, había nacido en Lyon en 1859. Como vemos en la foto, también gustaba de ofrecer un aspecto estrafalario de pseudo-místico e incluso recurría a trucos fotográficos para que sus ojos aparecieran con las pupilas dilatadas y ofrecer así una mirada de esas que los crédulos de turno piensan que son capaces de leer el alma. Su progenitor, Adrien Pédalan, era un escritor de temas religiosos y recopilador de profecías que en 1871 había incluso publicado un libro titulado "El nuevo "Liber Mirabilis" (Libro Maravilloso), o todas las profecías auténticas de los tiempos presentes". Y de su colección de profecías debió extraer las del misterioso hermano Johannes, que antes de palmarla en 1890 había legado a su retoño. Según afirmaba, Pédalan padre había obtenido los documentos por un monje premonstratense de Saint Michel de Trigolet que a su vez los había recibido de un tal abate Donat. Obviamente, nadie vio jamás los originales y solo tenemos la más que cuestionable palabra de Pédalan acerca de su autenticidad.

Pédalan informó a sus lectores que las profecías en cuestión eran solo una parte de una larga retahíla de augurios- como siempre bastante horripilantes porque no hay un solo agorero que profetice algo benéfico como la cura del cáncer o el descubrimiento de una energía limpia e inagotable- que se extendían desde el siglo XVI al XX. Entre ellas mencionaba la entronización de Benedicto XV, que ascendió al solio pontificio el 3 de septiembre de 1914. Obviamente, si las profecías del Johannes este hubiesen sido comprobadas habrían sido una verdadera revelación, ya que se anticipaba más de doscientos años al suceso. Pero el Vidente se limitó a publicar un fragmento de 17 profecías en referencia al Anticristo por venir que, francamente, parecían hechas a medida. Veamos algunos ejemplos por no alargarnos demasiado:

Fragmento de un fotograma perteneciente a una
película de 1914 en el que se puede apreciar
claramente la diferencia de tamaño del brazo
izquierdo del káiser, que en esta ocasión lleva
la mano en el bolsillo para intentar disimularla
2. El verdadero Anticristo será uno de los monarcas de su tiempo, un hijo de Lutero. Invocará el nombre de Dios y se entregará para ser su mensajero. Obviamente hace referencia al káiser por lo de hijo de Lutero, o sea, un rey tedesco.

4. Será un hombre con un solo brazo, pero sus soldados sin número, cuyo lema será "Dios con nosotros", se parecerán a las legiones del infierno. Esta es aún más evidente. El káiser Guillermo nació con el brazo izquierdo más corto, motivo por el que siempre aparece en las fotos empuñando el sable, con el puño apoyado en la cadera, cubierto por un capote o metiendo la mano en el bolsillo a fin de disimular ese defecto. Y "Dios con nosotros", "Gott mit uns", era el lema de Prusia desde 1701 y que prosiguió tras la Unificación alemana. Dicho lema aparecía en las hebillas del ejército tedesco incluso cuando el ciudadano Adolf cortaba el bacalao. 

11. Sus palabras engañosas serán como las de los cristianos, pero sus actos se parecerán a los de Nerón y los perseguidores romanos. Habrá un águila en su escudo de armas, como también en la de su lugarteniente, el otro emperador malvado. En este caso hace también una clara referencia a la bandera alemana o al águila de Prusia, así como la que aparece en el escudo del imperio Austro-Húngaro del emperador Francisco José.

Benedicto XV, coronado papa justo una semana antes de
que Le Figaro publicase las profecías del hermano
Johannes. Ya era casualidad, ¿no?
12. Pero este último es cristiano, y morirá de la maldición del Papa Benedicto quien será elegido al comienzo del reinado del Anticristo. Esta es la más sugerente, porque el Benedicto anterior, catorceavo de su nombre, reinó entre 1740 y 1758. En todo caso, deja claro que es un Benedicto el que será elegido al comienzo del reinado del Anticristo, o sea, el inicio de la Gran Guerra. En cuanto a la muerte del "lugarteniente", el emperador Francisco José, tuvo lugar en 1916 cuando tenía ya 86 años, así que no había que ser un lince para intuir que en 1914 ya le quedaba apenas un telediario. Además, era ya un hombre derrotado por sus múltiples desgracias personales: el asesinato de su mujer, el suicidio de su hijo Rodolfo, el atentado que le costó la vida a su otro heredero, etc.

15. Antes de que el Anticristo sea derrocado, habrá que matar a más hombres que los que se encuentran dentro de los muros de Roma. Todos los reinos tendrán que unirse en la tarea, porque el gallo, el leopardo y el águila blanca nunca obtendrían lo mejor del águila negra si las oraciones y los votos de toda la humanidad no llegaran a su apoyo. En esta profecía hace referencia a los aliados: el gallo es Francia, el leopardo Inglaterra y el águila blanca a Rusia. No contó con que el águila blanca se volvería extremadamente roja en 1917.

Posteriormente publicó otra serie titulada "La batalla de las bestias" formada por otras 17 profecías para el siglo XXI que obviaremos por no venir al caso salvo dos que, curiosamente, podrían ser aplicables a la 2ª Guerra Mundial:

21. El águila negra, que vendrá de la tierra de Lutero, sorprenderá al gallo desde otro lado e invadirá la mitad de la tierra del gallo. Es obvia la coincidencia con la invasión alemana de 1940 contra Francia, cuya mitad del territorio quedó ocupado por los tedescos, pero se adelantó 60 años.

Horatio Bottomley (1860-1933). Editor, orador,
parlamentario, defraudador... Un figura, vaya
31. El Anticristo perderá su corona y morirá abandonado y demente. Su Imperio se dividirá en veintidós Estados, pero ninguno tendrá una fortaleza, un ejército o naves de guerra. Lo de los veintidós estados no cuadra, pero es evidente que Hitler, el Anticristo de esta serie, perdió su corona y murió abandonado y demente o, al menos, un tanto inestable a nivel psicológico. En fin, estos augurios, como suele pasar, siempre se pueden hacer coincidir con algún suceso o personaje notable ya que su misma ambigüedad facilita las cosas. De hecho, el editor de "John Bull", un famoso dominical patriotero y sensacionalista, Horatio William Bottomley, intentó buscar notoriedad afirmando que tenía constancia de la existencia de certificados médicos que diagnosticaban que el káiser estaba loco. "El potencial chiflado de Postdam" lo titulaba. Lo pusieron a caldo al pobre hombre, carajo...

Bien, esta fue, como decimos, la primera "revelación" que convertía a los tedescos en siervos del mal y a su emperador el Anticristo tantas veces anunciado a lo largo de los siglos. Pero los augurios del hermano Johannes solo fueron el  comienzo. Hubo más, y de algunos sumamente curiosos sobre todo por parte de esos probos ciudadanos tan aficionados a echar mano a un lápiz y pasarse dos semanas sin moverse de la butaca buscando fórmulas o combinaciones que hagan coincidir la fecha nefasta con algún detalle aleatorio. Eso así, siempre a toro pasado como ocurrió con el tristemente famoso 11-S, que a partir del cual desde los códigos de barras de los preservativos a la fecha de caducidad de una lata de berberechos podían coincidir con tan siniestra fecha si se aplicaba la fórmula o el algoritmo adecuado. 

Entre junio y julio de 1915, algunos periódicos británicos anunciaron que un estudiante canadiense había descubierto de forma matemática e irrefutable que el káiser, pobrecito, era la Bestia del Apocalipsis. El fulano este habría sido un genio de los sudokus esos, porque ya le echó imaginación. Para su genial revelación tomó la palabra KAISER, y dio a cada letra del alfabeto un valor numérico empezando por la A = 1 y terminando por la Z = 26, añadiendo al valor de cada letra un seis ya que KAISER tiene seis letras. El resultado lo vemos a la derecha. Como vemos, la cifra final es el terrorífico número 666. Hay que ser retorcido y/o estar aburrido para llegar a semejante conclusión, y habría que ver cuántos lápices y cuantos folios gastó para obtener ese número que venía de muerte a la propaganda para, una vez más, corroborar de forma "irrefutable" que el káiser era un sujeto extremadamente malvado, una mala persona, y sus tropas una caterva de orcos cabreados. 

Número de septiembre de 1918 de "The Occult
Review", publicada por Ralph Shirley. En este
ejemplar aparece un artículo de Trefusis sobre "las
vibraciones" en el que afirmaba que Francisco de
Asís tenía mejores vibraciones que Nerón, tócate el
níspero
Otra lacra que le endilgaron al denostado káiser fue nada menos que considerarlo la reencarnación de Nerón. Como ya sabemos, el nefando hijo de la perversa Agripina la Menor y Lucio Domicio Ænobarbo estaba considerado un monstruo de perversidad por las persecuciones llevadas a cabo contra los proto-cristianos y, además, por incendiario y por tocar la lira de pena. Bien, pues si no eran suficientes la afirmaciones del estrafalario Péladan o los enjundiosos cálculos del canadiense, un escritor sobre temas ocultistas llamado Arthur Trefussis, que por cierto solía publicar sus neuras en la revista "The Occult Review", tomó como referencia a Lucio Cecilio Firmiano Lactancio, un escritor y apologista que escribió a principios del siglo IV una predicción según la cual Nerón volvería como un mensajero y precursor del Maligno para devastar la Tierra. El tal Trefusis se devanó la sesera para establecer paralelismos entre los excesos cometidos por los tedescos en Bélgica con la maldad de Nerón, añadiendo que el hundimiento del Lusitania en mayo de 1915, los gases asfixiantes y los lanzallamas ya figuraban en la mente de Nerón por lo que la cosa estaba clara: Guillermo de Hohenzöllern era Nerón reencarnado. Pero, al igual que el nefasto emperador, el káiser sería derrotado y vería su reino destruido, tras lo cual una revolución se ensañaría con su pueblo. En esto sí acertó, las cosas como son, porque ya sabemos que lo del Armisticio sentó fatal a los tedescos, y la República de Weimar solo sirvió para caldear aún más los ánimos.


Está de más decir que, como no podía ser menos, los tedescos también tenían sus astrólogos y profetas al servicio de la causa. Como contrapartida a la virguería numérica del canadiense, la revista "Zentralblatt für Okkultismus" publicó en 1916 otra enjundiosa combinación alfanumérica con el número de letras de káiser y fechas astrales relevantes, llegando a la conclusión, como no podía ser menos, de que Su Majestad Imperial no solo no era el Anticristo sino que, en realidad, era un instrumento de Dios destinado a exterminar a los enemigos de la Gran Alemania, que para eso Gott mit ihnen. Es evidente que esta profecía resultó un fiasco enorme, pero al menos sirvió para elevar un poco la moral a los sufridos súbditos del último Hohenzöllern. Por otro lado, la propaganda alemana estaba por lo general más encaminada a enaltecer los valores patrios, sus símbolos y tradiciones y, por supuesto, la figura del káiser que a demonizar o despreciar al enemigo. La mayoría de los carteles solían ofrecer imágenes de soldados victoriosos acompañados de valkirias y cosas así. Al cabo, su población civil no tuvo que padecer los abusos habituales de un ejército de ocupación, así que no era plan de poner mocitas tedescas violentadas por gabachos o british porque eso jamás ocurrió.

Harold D. Lasswell (1902-1978)
En fin, sirva esta pequeña muestra de cómo los agoreros, más o menos creíbles, se valieron de la credulidad del personal para propalar sus camelos. Curiosamente, en 1915 el presidente de la Sociedad Universal de Estudios Psíquicos, Edmond Duchatel, propuso que al término de la contienda se celebrase una especie de congreso para cotejar todas las profecías que se iban propalando a medida que avanzaba la guerra y, de ese modo, poder comprobar si verdaderamente tenían una base real o eran fruto de la imaginación de los listos de turno. Las conclusiones extraídas fueron que la práctica totalidad de ellas carecían del más mínimo rigor, y que su validez como evidencias psíquicas o científicas era simplemente inexistente. No obstante, años después de terminar la guerra el entonces joven sociólogo yankee Harold Dwight Lasswell, pionero de la teoría de la comunicación, publicó en 1927 su primera obra, "Técnica de Propaganda en la Guerra Mundial", en la que hizo especial hincapié en el valor de las profecías para reforzar la moral de los propios y en socavar la de los extraños. Su teoría, bastante lógica y llena de sentido, era que los estratos de la población con un nivel cultural inferior, ergo más crédulos y susceptibles a las supersticiones, recibirían estos augurios de buen grado y les ayudarían a soportar mejor las penurias de la guerra; mientras tanto, las personas con un nivel superior pasarían de esas chorradas, pero al serles indiferentes no se preocuparían de rebatirlas.


Mdme. de Thèbes (1845-1916) en su elegante salón de la Avda.
de Wagram, en París. 
De entre toda la pléyade de adivinos y profetas circunstanciales, señaló en especial la influencia ejercida por Anne Victorine Savigny, cuyo "nombre artístico" era Madame de Thèbes. Esta prójima fue una famosa clarividente y quiromántica que en las Navidades de todos los años publicaba un almanaque con las profecías del año venidero por el módico precio de 1'5 francos, costumbre que aún perdura en los cuentistas de turno con sus adivinaciones y horóscopos de Año Nuevo. La Savigny, que gozaba de una gran fama y que recibía a todo tipo de personajes incluida la realeza en su salón parisino, ejerció una gran influencia con sus predicciones entre el público más crédulo si bien no tuvo tiempo de profetizar demasiado ya que palmó en 1916. No obstante, le dio tiempo a elaborar sus augurios para el año siguiente, último en el que se publicó el almanaque. Por cierto, todo hay que decirlo, sus predicciones fueron publicadas tras su muerte en el New York Times, y en las que anticipaba que estallaría una guerra y que "Francia se involucraría en ella, que Bélgica sería devastada con fuego y espada, que parte del territorio de Francia se separaría por un tiempo del resto, y que los eventos sangrientos tendrían lugar en Varsovia" si bien esta siniestra profecía casa con la que vimos anteriormente del hermano Johannes y coincide más con la 2ª Guerra Mundial que con la Primera.

En fin, criaturas, con esto terminamos. Esperemos que el 2020 no sea tan chungo como se presenta porque, aunque no suelo ser agorero, lo veo bastante negro, para qué mentir. Suerte y buena salud para todos, amén de los amenes.

Hale, he dicho


Tarjeta postal gabacha con todo tipo de amuletos. "Buena suerte para los poilu", dice el texto. Como vemos, hay de todo:
herraduras de la buena suerte, tréboles de cuatro hojas, el nº 13 que para algunos es buena fortuna, la Mano de Fátima para
los moros, el edelweiss para las tropas de montaña y el elefante, augusto bicho que, además de buena suerte, favorece la
longevidad, don muy importante en un sitio donde la gente caía como moscas a diario. Por cierto que ese animal era el que
aparecía en los almanaques de Mdme. de Thèbes sobre el lema "Je ne trompe pas j'avertis" (Yo no engaño, advierto)