martes, 8 de marzo de 2022

LA VERBORREA DE LOS TIRANOS

 


Sí, la musa sigue en paradero desconocido. Eso no es nuevo como ya saben los que me siguen hace tiempo. Y, del mismo modo, yo acuso con abnegada paciencia el cambio de estación que me lleva a un estado semi-vegetativo en el que la pereza, la desidia, la incuria y la flojera me convierten en un vago de circunstancias. Ciertamente, no padezco el Síndrome de Hiperactividad ese que, curiosamente, antes no padecía nadie y ahora sufren hasta las abuelitas candorosas cuando se reúnen con sus comadres para jugar a la brisca o a despellejar a sus difuntos maromos. En fin, criaturas, ya me he hartado de ver la foto de la pobre cría medio achicharrada por el napalm, y como aún carezco de la energía y la enjundia necesarias para terminar alguno de los articulillos que tengo empezados hace tiempo, pues soltaré otra filípica para dejar constancia de que sigo vivito y coleando. De paso, también vendrá de perlas a mis escasos odiadores para que me odien un poco más, segreguen más bilis y se les ponga la jeta de un inquietante color albero maestrante. En fin, vamos a lo que vamos…

Los tristes sucesos que estamos viviendo en estos días son un testimonio palmario de que el hombre jamás aprende de sus errores y, con machacona insistencia, se empeña en repetirlos sin solución de continuidad una y otra vez. Pero lo que más me ha llamado la atención ha sido el constante ritual de amenazas apocalípticas con las que el camarada Vladimiro nos regala a diario, amenazas que me han retrotraído a la época de la Guerra Fría en que los líderes soviéticos usaban constantemente una retórica basada en la agresión, en una implacable espada de Damocles que en cualquier momento podía caer, apretar el botón y desencadenar el holocausto, y en la recalcitrante y cansina repetición de manidos mantras para justificar su irritante pose de eternos cabreados. Los que ya hayan traspasado la temible barrera del medio siglo de existencia recordarán aquellos discursos de los mandamases del bloque comunista en los que, por norma, achacaban todos sus males al capitalismo que no dejaban practicar a nadie aunque ellos vivían como reyes y del que se tenían que defender aunque los que amenazaban siempre con atacar eran ellos. Con todo, desde que se inventó la carrera de tirano, los más aventajados en el oficio siempre han tenido claro que para ejercerlo con propiedad hay que tener un pico de oro. Un tirano debe ser locuaz si quiere subsistir, y cuanto más desbarre mejor. 

El gordito coreano con su habitual sonrisa que no pierde ni cuando
ordena ejecutar de un balazo en el cogote a su cuñado predilecto.
Los tiranos orientales están hechos de otra pasta
Ante todo, el tirano debe dar una apariencia de granítica solidez y seguridad en sí mismo tanto a sus tiranizados como a sus hipotéticos ofensores. Por ese motivo, el tirano debe estudiar cuidadosamente su lenguaje corporal para que sus gestos apuntalen su palabra. En el collage de cabecera verán que faltan tiranos orientales como Mao Zedong, los incombustibles Kim coreanos y otros tantos genocidas y criminales del Lejano Oriente, pero es que estos fulanos tienen una idiosincrasia totalmente distinta a la de sus colegas occidentales y suelen acompañar sus amenazas con una sonrisa de oreja a oreja, así que no nos valen en esta ocasión. Pero, orientales aparte, el resto siguen paso a paso el "Manual del Tirano Aplicado" que, en realidad, es bastante simple. Se limita a dos gestos básicos en función del discurso. Por un lado tenemos el ademán amenazante, que consiste en levantar el puño mientras juran por sus cuñados que desencadenarán una orgía de muerte y destrucción más IVA a todo aquel que ose plantarles cara. El puño cerrado es sinónimo de fuerza, de seguridad y de poder. El puño golpea sin piedad a los enemigos, y hasta sirve para amenazar al cielo elevándolo todo lo que puedan. Luego está el gesto aleccionador, en este caso adoptando una pose propia de docente que explica a sus alumnos que dos más dos son cuatro. Ese gesto ya aparece en multitud de miniaturas medievales donde se representa al ángel explicando algo a algún santo y tal. Los tiranos suelen emplearlo para asegurar a sus tiranizados que deben seguir puntualmente sus instrucciones para impedir que los enemigos se salgan con la suya, es decir, echarlos a patadas de sus amadas poltronas.

Podríamos añadir un tercero, el que suelen emplear al término de sus peroratas. Es el de "os amo tanto que estoy dispuesto a seguir en el cargo otros 20 años", y es una pose en plan glorioso con los brazos abiertos, como el padre que recibe a mogollón de hijos para fundirse en un abrazo con todos ellos. Brazos abiertos, jeta vuelta hacia el firmamento y ojos cerrados implican haber entrado en un auténtico éxtasis, arrobado por la clamorosa ovación y los vítores que le dedican sus tiranizados. Sí, algo por el estilo de lo que vemos en la foto de la derecha, en la que la inefable Eva Duarte, venerada y odiada al mismo tiempo, se da un baño de masas y se relame de gustito al ver a sus descamisados absolutamente rendidos ante su impagable demagogia. Es el momento del clímax tiránico, cuando el tirano se siente más seguro de sí mismo tanto en cuanto se siente apoyado y arropado por sus tiranizados, que no dudarán en pasar hambre, sed y frío con tal de defenderlo, e incluso palmarla con tal de que su nombre pase a engrosar la lista de abnegados mártires que dieron sus miserables vidas por su persona.

Ahí lo tienen, discurseando como quien está de palique en la
barra del bar hablando del tiempo. El camarada Vladimiro es
un tirano suavito, pero no por ello menos tiránico
De la lista de tiranos más célebres de los últimos tiempos, quizás el único que no se ciñe a los baremos del "Manual del Tirano Aplicado" en lo tocante al lenguaje corporal es precisamente el camarada Vladimiro. Pero, en este caso, no hablamos del típico energúmeno que ha alcanzado el poder mediante el uso de la fuerza, sino de un sujeto frío, calculador y, aunque le hayan llenado la cabeza de pájaros, tiene un autocontrol adquirido en el desempeño de su antiguo oficio. Al cabo, años en el KGB son capaces de moldear el carácter de cualquiera, y el adiestramiento recibido le permite domeñar, al menos en público, su ira y sus pasiones encontradas. No obstante, el camarada Vladimiro sí sigue al pie de la letra el resto del manual: amenaza antes de ser amenazado, promete atacar antes de ser atacado y, en resumen, se ciñe de forma meticulosa a los dogmas de los que le precedieron durante la nefasta y abyecta tiranía soviética. No vocifera como el ciudadano Adolf, no adopta posturas chulescas como el inefable Benito ni tampoco aporrea el atril con un zapato como el camarada Nikita, pero no reniega del uso constante de la amenaza que, en su caso, pronuncia con calma y frialdad. Colijo que ha entendido que el tirano vehemente está muy visto y ya no acojona demasiado, por lo que ha preferido crear una nueva versión, la del tirano calmoso. Un tirano que no pierde el control ni aparece con los ojos inyectados en sangre y las arterias del pescuezo palpitando resulta más atemorizante porque la gente piensa que habla plenamente convencido de lo que dice, y que cumplirá sus amenazas tanto en cuanto las emite con la cabeza fría, y no como producto de un avenate de furia. Es un tirano que ha implantado un nuevo estilo. No pierde los papeles, no se desgañita, no gesticula furiosamente, no grita... Se limita a decir lo que, en teoría, pretende hacer, como un Hannibal Lecter sugiriendo que tu hígado con habas debe resultar especialmente deleitoso acompañado de un bien chianti. Ciertamente, a muchos les causa temor esa actitud gélida como una cripta mohosa.

El tirano calmado tiene además una ventaja añadida: ante los suyos da una imagen de líder sereno, estoico y reflexivo, que no se deja llevar por el corazón sino por la cabeza, y ante los ajenos ofrece una apariencia sólida, alejada del cafre berreante al que ya nadie hace caso porque saben que sus amenazas no son dignas de ser tenidas en cuenta. Ciertamente, es ridículo que el tirano de Venezuela o, más aún, el de Nicaragua, amenacen con respuestas militares demoledoras a su enemigo preferido, los yankees, cuando cualquiera sabe que serían aplastados en un periquete. Y no ya por la obvia superioridad militar de los vecinos del norte, sino porque la mayoría de sus tiranizados están hasta el gorro de aguantar el estado de miseria perpetua al que se ven condenados mientras que ellos, sus familias y su corte de pelotas viven como sátrapas. Por este motivo, estos tiranos bananeros como el que vemos a la derecha, el "luchador por la libertad" Daniel Ortega que echó a Somoza para ser el califa en lugar del califa, en realidad le temen más a ver congeladas sus cuentas en paraísos fiscales ya que son los ahorros para que, el día en que sus tiranizados lleguen al límite, tener medios para pasar el resto de sus miserables vidas en cualquier estado paradisíaco pegándose la vidorra padre con el fruto del latrocinio durante décadas en el poder. 

Este payaso, que allá por los 80 era el hombre del saco de Occidente y
que con su verborrea no paraba de amenazar a todo el planeta, se convirtió
en adalid de la paz cuando Reagan hizo un simulacro de Sodoma y
Gomorra con Trípoli en abril de 1986. Se le acabó la chulería
como por ensalmo, y se borró de la lista de tiranos parlantes
Bien, grosso modo, en esto se basa la verborrea de los tiranos. Pero, ¿qué hay tras ella? ¿Por qué siguen todos el manual sin salirse un milímetro? El miedo. Sí, miedo, canguelo, repullo, jindama, pánico, cerote, pavor, horror, esphanto, etc. ¿A qué? A todo. El tirano es por lo general un sujeto que, aunque parezca lo contrario, en realidad adolece de una gran inseguridad en sí mismo. Los tiranos dudan de todo y de todos, son desconfiados como serpientes, duermen con un ojo abierto y padecen verdaderas paranoias pensando que pueden ser envenenados, tiroteados o, simplemente, derrocados y fusilados en cinco minutos como el infausto Ceaucescu y su parienta, más odiada aún que su maromo. El tribunal que los condenó dictó sentencia, esta se cumplió ipso-facto y, con todo, las imágenes recogieron para la posteridad las vehementes protestas de la pareja, que a pesar de haber adquirido ya la condición de cadáveres en vida aún pretendían imponer una autoridad que tenían más perdida que un político el sentido de la decencia. El tirano vive en un estado de constante temor a ser derrocado, procesado, a que se le pidan cuentas de sus actos o, simplemente, a que sus tiranizados sean los que decidan acabar con ellos y se vean colgando cabeza abajo en una gasolinera como el inefable Benito.

Y si tienen miedo a sus tiranizados, más aún lo tienen a los enemigos que se inventan para alcanzar el poder y mantenerse en el mismo. El camarada Vladimiro amenaza con hacer uso de su arsenal nuclear porque tiene miedo de que la OTAN se meta por medio, y sabe que en un conflicto convencional está perdido. Solo la disuasión nuclear ha podido, de momento, frenar a Occidente. A todo ello añade una sarta de embustes propios de tiranos en los que la culpa de todo es del bando opuesto, que es el que les ha atacado, provocado, conspirado y traicionado. Hoy día, en una sociedad hiper-informada estos camelos ya no cuelan, pero ellos siguen fieles al manual y repiten como loros las consignas de siempre, que de momento siguen dando réditos aunque sea a un porcentaje cada vez menor de la población. Y es precisamente la facilidad para transmitir noticias falsas el arma de doble filo con que se enfrentan ya que, del mismo modo que propalan sus bulos, sus enemigos propagan información que desmonta los mismos o, al menos, los pone en tela de juicio. La propaganda convencional ya no vale, y hoy día cualquier fulano con un móvil puede filmar una matanza y en dos minutos ser visualizada por de millones de personas. 

Otro tirano amenazante en el momento de pasar por caja
para pagar la factura de sus fechorías. Sus hijos también
tuvieron que hacer frente a la multa, y encima con recargo
Ante eso, a los tiranos solo les queda el recurso de lanzar una amenaza tras otra para intentar acobardar a sus enemigos o mitigar el ansia de venganza de sus tiranizados, la cual caerá más temprano que tarde sobre sus indignas cabezas porque la época en que los Idi Amin o los Batistas eran derrocados y se largaban a un exilio dorado pasó a la historia. Ahora, el que la hace la paga, como bien pudieron comprobar bichos como Sadam, Gadafi, Milošević, etc. Que me odien con tal de que me teman, afirmaba el vesánico Gaio Calígula, que sabía que la mejor herramienta para mantenerse en el poder era instaurar un régimen de terror hasta que Casio Querea y varios colegas decidieron que ya lo habían soportado bastante y le dieron boleta a cuchillada limpia. Sin embargo, es la regla de oro que aún siguen los tiranos porque saben que en el momento en que dejen de temerles están perdidos, y no se enteran de que el odio une más que el afecto. El camarada Vladimiro, como todos los tiranos, se ha dejado arrastrar por su vena megalómana para convertirse en un pseudo-zar al estilo del padrecito Iósif en versión de traje caro y corbata, pero es el enésimo déspota que basa su poder en exacerbar un ultranacionalismo enfermizo para, con una mezcla de paternalismo y brutalidad, obtener el apoyo de sus tiranizados para tener carta blanca y perpetrar sus fechorías dándoles un viso de legalidad. Pero la época de la legalidad constreñida al ámbito nacional desapareció en Nuremberg, y pasarse de la raya puede tener nefastas consecuencias para los tiranos. De ahí la obsesión por mantener la amenaza como forma de alejar posibles represalias, porque si son derrotados están perdidos. Nadie, salvo algunos irredentos, moverá un dedo por ellos y lo saben.

En fin, la verborrea de los tiranos no es más que un mero instrumento para justificar su tiranía. El camarada Vladimiro daba por hecho, como en su día lo hizo el ciudadano Adolf, que una rápida victoria le daría patente de corso para proseguir con sus rapiñas e incluso cierta impunidad a una agresión totalmente injustificada. Pero cuidado, porque todo tiene un límite. Cuando el ciudadano Adolf atacó Polonia, muchas voces procedentes del tóxico pacifismo surgido tras la Gran Guerra clamaron que no merecía la pena morir por Danzig. Pero la cosa era que tras Danzig vino una guerra relámpago que se llevó por delante a ejércitos que sobre el papel eran los más poderosos del mundo, y con ello una guerra de casi seis años que costó decenas de millones de muertos. Por lo tanto, a los cagalindes que proclaman que no merece la pena morir por Ucrania les diré que dejen de hacerle la pelota al camarada Vladimiro, del que seguramente cobran un estipendio como topos infiltrados en la sociedad occidental para ganar adeptos a su causa, y que piensen que tras Ucrania puede ser el turno de Rumanía, Hungría, Polonia, Finlandia o Suecia, y tras ellos el resto de Europa. 

Otro empecinado practicante de la verborrea tiránica que jamás pudo
imaginar que se vería pagando por sus crímenes. Si no le hubiera dado
un chungo en su celda durante el juicio, seguramente  al día de hoy
aún se estaría pudriendo en la trena
Sea como fuere, lo cierto es que la verborrea de los tiranos tiene actualmente fecha de caducidad. Las amenazas pierden fuerza, sobre todo cuando el tirano que todos creían invencible resulta que pierde fuelle y acaba empantanado en una guerra de desgaste. El enano corso (Dios lo maldiga cienes de trillones de veces), lo tuvo que reconocer tras su paso por España, donde perdió su reputación ante Europa y se vaporizó su halo de invencibilidad. El camarada Vladimiro no ha sido capaz de aprender de las enseñanzas del enano, y menos aún de las de la propia URSS cuando logró detener, rechazar y, finalmente, vencer al ciudadano Adolf. Y, mira por dónde, lo que creía un paseo militar se ha convertido en una guerra en la que millones de personas lo odian a muerte, les da una higa palmarla defendiendo su suelo y se preocupan de divulgar por todo el mundo sus padecimientos para obtener apoyos. Son los mismos que sufrieron el infame Holodomor desencadenado por el padrecito Iósif y las matanzas indiscriminadas de los Einsatzgruppen del ciudadano Adolf, así que te has equivocado, Vladimiro. Tu verborrea solo ha servido para que los timoratos políticos occidentales tasquen el freno... de momento. En el instante en que tu verborrea deje de ser creíble, estas listo, y si acabas con una bala en el cerebro te lo habrás ganado sobradamente, so imbécil.

Bueno, vale de momento. Con esta filípica dejo testimonio de que sigo en la brecha. Mustio, pero en la brecha, y a la espera de que la musa retorne. Igual se ha pirado a Kiev a echar una mano, quién sabe.

Y los buenistas, guays, pacíficos y amantes del buen rollito, recuerden este inapelable aforismo que al día de hoy aún mantiene toda su vigencia: SI VIS PACEM PARA BELLVM, capullos.

Hale, he dicho

Fotos como esta son más devastadoras que diez bombas de racimo. El sufrimiento de la población civil era algo que pasaba desapercibido tiempo atrás, por lo que la verborrea de los tiranos no tenía contrapartida. Pero hoy día cualquier pelagatos menos yo tiene un esmarfon para sacar fotos y vídeos a mansalva y colgarlos en las redes sociales. A los cinco minutos, cientos o miles de millones de personas estarán poniendo de hideputa para arriba al causante del llanto de esa madre, que se ve con tres críos sola y desamparada ante las hordas del tirano

viernes, 18 de febrero de 2022

LA GUERRA

 

Esta icónica foto tomada por Nick Ut en 1972 supuso un brutal mazazo para las conciencias de Occidente y, sobre todo, de los yankees. Sin embargo, solo ha servido para convertirla en una pieza de museo, porque imágenes similares o peores se ven a diario a lo largo y ancho de nuestro vapuleado planeta sin que nadie haga nada por evitarlo. La guerra está tan arraigada en el ser humano que es imposible acabar con ella

Como es habitual en mi persona, la cercanía del cambio de estación me sume en un estado de desidia y apoltronamiento que me impiden devanarme la sesera con cuestiones enjundiosas. La musa toma las de Villadiego, la butaca me abduce y mi mente se aletarga a la espera de que un repentino chispazo que, a modo de pseudo-big bang a escala unipersonal, me reactive y pueda recuperar mi ritmo habitual. Por lo tanto, y como suelo hacer en estos casos, pues recurro a alguna entrada sobre curiosidades curiosas o, como haré en esta ocasión, a otro articulillo de opinión para pasar página con lo del COVID, que creo ya estará más que leído por los que me siguen con regularidad. Lo que me ha llevado a traer este tema a colación es la inquietante situación de Ucrania, que creo que da para una pequeña filípica sobre la guerra. Pero no, no se me revuelvan inquietos en sus poltronas porque no voy a disertar sobre los motivos que empujan al inefable Vladimiro a liarla parda como si de un antiguo camarada secretario general del partido se tratase, sino que trataremos sobre la guerra en sí, uséase, como fenómeno intrínseco al hombre y algunos primos cercanos más evolucionados como los chimpancés, que para su desgracia también llevan en su acervo genético eso de darse estopa de forma sañuda e inmisericorde. Bien, dicho esto, comencemos...

La guerra es por desgracia algo tan cotidiano que lo vemos tan natural como odiar a los cuñados o echar una meada antes de irnos a planchar la oreja. Todos, y digo todos sin excepción, no hemos parado de oír hablar de guerras desde que nos alcanza la memoria. Los que ya peinen canas o no peinen nada llevan toda su vida al tanto de los odios incurables entre hebreos y palestinos, pasaron la infancia con los telediarios abriendo los titulares con la guerra de Vietnam, y la adolescencia con los conflictos en Irlanda del Norte y las guerrillas y paramilitares que hicieron estragos en Centro y Sudamérica. Les llegó la juventud con las movidas de los soviéticos en Afganistán, las chulerías de Sadam Husein y la desintegración de Yugoslavia, hechos estos que, aunque parezcan que ocurrieron ayer, han pasado ya más de 30 años desde que tuvieron lugar. Finalmente, van camino a la tercera edad con Vladimiro queriendo devolver a la Santa Madre Rusia su antiguo esplendor y los chinos despertando al dragón. Por ello vemos la guerra como parte de nuestras vidas. Es un suceso que no es suceso porque es más recurrente que las primeras comuniones en el mes de mayo, y a los que afortunadamente no nos toca vivirla en nuestras propias carnes hace mucho que no nos altera el pulso. Desgraciadamente, hemos visto ya tantas imágenes del horror que nos pone los pelos de punta ver a un fulano patear a un chucho porque se ha meado en la rueda de su coche, pero nos quedamos indiferentes ante la visión de decenas de cadáveres calcinados por el napalm o de restos humanos esparcidos en una calle de Kabul o Bagdad.

Y precisamente porque la guerra es algo tan cotidiano, colijo que nunca nos hemos parado a pensar en dos cosas bastante chorras, pero que son a mi parecer las que contienen la enjundia de los conflictos armados, a saber: ¿qué las provoca y quiénes les sacan provecho? Vayamos por partes...

Obviamente, los primeros enfrentamientos entre humanos estuvieron motivados por las mismas razones que entre otros bichos: la supervivencia y el aprovechamiento de los recursos naturales, es decir, la disponibilidad de alimento y agua. Aquí no ha lugar al entendimiento o la posibilidad de unirse para que ambas partes puedan compartir lo que haya disponible, sino que prima exclusivamente el egoísmo. Nadie se plantea llegar a un territorio ocupado por otro grupo de humanos y estudiar cómo aunar esfuerzos para sacar el máximo rendimiento de los recursos disponibles, permitiendo la supervivencia de todos. No, nada de eso. Cuando se llega a un territorio aprovechable que ya esté ocupado no se dan ni los buenos días. Antes que eso se empuña el pedrusco, el palo afilado y se intenta liquidar a los habitantes del territorio mientras que estos, como es lógico, hacen lo propio para defenderlo. El humano, al ser un bicho extremadamente inteligente, sabe buscar la forma de compensar su falta de efectivos o de fuerza física ante un grupo enemigo superior, por lo que inventa armas cada vez más eficaces. Por otro lado, su propia inteligencia le hace pensar que su estrategia es acertada, y no dudará en llevarla a los últimos extremos con tal de salirse con la suya. Solo la aniquilación de uno de los bandos dará término al conflicto. Otros animales, menos inteligentes pero más pragmáticos, entienden de inmediato que su enemigo es superior y que hacerle frente carece de sentido, por lo que optan por darse por vencidos en cuanto ven que no podrán apoderarse o echarlos de su territorio. Se resignan y se largan en busca de otro asentamiento. Pero el humano no se resigna hasta que esté prácticamente al límite, y en muchos casos no duda en inmolarse con tal de no dar un paso atrás. Una estrategia suicida, pero somos así de imbéciles.

Este, y no otro, es el origen de las guerras y, aunque permanezca oculto tras las ideologías y los politiqueos, sigue siendo el motivo de las actuales. La diferencia es que ya no luchamos por adueñarnos de un manantial o un bosque lleno de frutales y animalitos que matar y devorar, sino por apoderarnos o controlar los recursos que mueven el mundo: la energía en cualquiera de sus formas, las vías de comunicación que facilitan el comercio, las nuevas tecnologías y, aunque hace años sonaba a ciencia ficción, el espacio, que hemos atiborrado de satélites que nos permiten tener una vídeo conferencia con la parienta desde el otro lado del mundo, llevar a cabo una operación bursátil que nos hará multimillonarios en dos minutos desde un iglú en la Antártida o escribir chorradas en un blog que leerán ciudadanos de todo el mundo preguntándose quién carajo será el español ese cuyo verdadero nombre nadie conoce y cuya jeta siempre permanece oculta tras el yelmo Maciejowski de su avatar. Por cierto que, contrariamente a lo que los agoreros de siempre piensan sobre el fin del mundo- meteoritos, maremotos, ira de Dios, apocalipsis zombis y similares- el fin de nuestra civilización no tendrá lugar porque una roca sideral del tamaño de la provincia de Burgos se estampe contra el planeta ni nada parecido, sino el día en que se colapse internet y nadie pueda siquiera comprar un cuarto de mortadela con aceitunas porque los datáfonos estarán muertos y los bancos bloqueados, y como nuestros eximios gobernantes lo confían todo a la digitalización para controlar en qué gastamos hasta el último céntimo, no habrá dinero en efectivo y habrá que usar el maldito esmarfon hasta para comprar un cucurucho de altramuces. 

Sin embargo, si nos paramos a analizar todo lo dicho hasta ahora, hay un detalle que siempre se nos pasa por alto. Sí, de acuerdo en que la guerra está motivada por un supuesto afán de supervivencia pero, ¿quién nos induce a hacer la guerra? Nadie clama por ella. Nunca un grupo se ha manifestado de forma unánime y simultánea por iniciarla. Antes al contrario, los miembros del grupo de humanos tienen o suelen tener opiniones opuestas o, al menos, opiniones distintas en cómo se debe llevar a cabo la guerra en ciernes. Unos no querrán arriesgarse, otros no lo tienen claro del todo y otros, los más decididos, no dudan en que es necesario embarcarse en un conflicto incluso siendo de dudoso resultado. Cada humano expondrá sus razones y, analizadas una por una, todas serán igual de válidas, pero así no se puede empezar una guerra. Para ello hace falta una voz que es la que se las ingenia para aunar las voluntades, enfervorizar a los dudosos, callar a los negados y exaltar a los convencidos. Es el líder. 

Entre los humanos, el líder es un espécimen especialmente peligroso. No es como el lomo plateado de un clan de gorilas o el macho alfa de una manada de leones. Esos basan su liderazgo en su fuerza física, y cuando esta les mengua con la edad viene un aspirante más joven, les da una soba de muerte, los expulsa y por ahí te pudras. Por el contrario, el líder humano basa su capacidad en su inteligencia aunque sea un alfeñique que no tenga ni media hostia. El líder es manipulador, persuasivo, demagogo... sabe qué es lo que tiene que decir porque sabe qué es lo que los miembros del grupo de humanos quiere oír. Es capaz de intuir lo que cada miembro del grupo desea para sí, cuáles son sus fobias y sus filias y, lo más importante, sabe cómo convertir a los miembros del otro grupo en seres despreciables y enemigos acérrimos aunque no haya habido ofensa previa. Como ya sabemos, la mejor forma de sumar voluntades es crear un enemigo común acompañado de un agravio porque lo que más une a los humanos es el odio, no el amor. Esa táctica es tan antigua como el hombre, y es tan eficaz que aún se usa y sigue surtiendo efecto como vemos a diario. Uno de los ejemplos más conocidos y cercanos en el tiempo sería el ciudadano Adolf, un sujeto gris, sin oficio ni beneficio y que no había destacado en nada, que se despertó un día dándose cuenta de que tenía un pico de oro y le bastó señalar a un enemigo- los hebreos- y un agravio- el Tratado de Versalles- para hundir a una de las naciones más cultas y avanzadas de Europa en una vorágine de terror y acabar en la aniquilación total. De ahí surge entonces la gran pregunta: ¿no se da cuenta la gente de cómo es manipulada por el líder y son capaces de dar la vida por él si saber en realidad qué gana con ello? Pues parece ser que no. Somos muy listos, pero extremadamente gilipollas y manipulables.

¿Y trae cuenta ser líder? Si damos un repasillo a la historia, una mayoría de los líderes que en el mundo han sido se han convertido en el objetivo de otros aspirantes a líder o han acabado muertos por sus liderados cuando estos se han hartado de soportar su liderazgo. Los menos son los que han llegado al fin de sus días apalancados apaciblemente en sus piltras. Ojo, no confundir palmarla de viejo con palmarla de viejo siendo venerados por sus liderados. Muchos han entregado la cuchara sintiendo el implacable peso del odio sobre sus testas, y no pocos han finiquitado precisamente por no poder soportar el rencor de la gente. No obstante, sentirse el líder actúa como una droga, y a pesar de los riesgos que conlleva no son suficientes para amilanar a los más denodados candidatos a ser los que corten el bacalao. ¿Qué es entonces lo que mueve al líder? Ante todo, el poder, y tras el poder, el dinero. Sin embargo, muchos líderes no necesitaban riquezas porque ya las tenían antes de aspirar al mando, por lo que es evidente que prima ante todo el deseo de poder. Marañón lo describió de forma magistral en la biografía que dedicó al conde de Olivares, el todopoderoso valido de Felipe IV que, obviamente, nació con el riñón bien cubierto. Pero a Olivares lo que le motivaba era, como dice el subtítulo de la obra del insigne galeno, "la pasión de mandar".

El bueno de Don Gaspar podría haber llevado una apacible vida en sus vastas posesiones en el alfoz de Sevilla, donde su linajuda familia había acumulado fértiles tierras y dominios como pocas casas nobles en España. Podría haber pasado su existencia rodeado de innúmeras fanegas de olivar que dieron nombre al solar de su linaje y dedicar su tiempo a echar broncas a los criados y administradores de su casa si veía que le sisaban más de la cuenta, contar el oro y la plata de sus rentas y hacer suntuosas donaciones a la Iglesia para asegurarse un trato de favor cuando San Pedro le pidiera el currículum. Pero Don Gaspar tenía espíritu de líder, y en vez de darse la vidorra padre en su palacio de Olivares prefirió trabajar como un mulo en la corte, actuando como rey en la sombra y soportando toda clase de cabreos, disgustos, angustias y odios con tal de mandar para, al final, caer en desgracia y verse en su palacio de Loeches convertido en una triste sombra de lo que fue y, finalmente, acabar desterrado en Toro por obra y gracia de los innumerables enemigos que se había granjeado a lo largo de su valimiento e incluso en el punto de mira del Santo Oficio hasta su deceso con solo 58 años. Obviamente, pagó muy cara la privanza el Guzmán, y ser líder no le reportó otra satisfacción más que mandar.

Bien, la pasión de mando es la que junto a la acumulación de riqueza empuja al líder a organizar una guerra tras otra y, por ende, a empujar a la muerte y la destrucción a miles, cuando no millones, de personas. No dudan en recurrir a unos argumentos más sobados que una teta de vaca frisona, pero la gente sigue sin querer darse cuenta de que los manipulan con los mismos mantras una y otra vez sin solución de continuidad. El líder, ya sea por vocación o por nacimiento, recurre a exaltar las virtudes- reales o no- de sus liderados para enardecerlos y empujarlos al holocausto. Apela al valor y al orgullo para, a continuación, sacar a relucir el agravio.

-¡Somos un gran pueblo al que Fulano ha humillado! ¡Debemos destruir a Fulano! ¡Un pueblo de valientes como el nuestro no puede permitir que unos caguetas como los vecinos se nos pongan chulos!- exclama el líder ante la masa expectante.

-Pero, oiga... ¿en qué nos han chuleado?- pregunta el aguafiestas de turno.

-¡Cobarde, traidor!- replica el líder con las palabras mágicas que callan a cualquiera para no ser estigmatizado para siempre- ¡Tenemos que anticiparnos a los vecinos para que sepan que no se pueden poner chulos con nosotros!

-Pero habría que esperar a ver si se deciden a ponerse chulos, ¿no?- musita el aguafiestas en un postrero intento por evitar el desastre.

-¡Esa es la típica actitud del cobarde!- brama el líder señalándolo con dedo acusador y viendo satisfecho que algunos de sus liderados empiezan a cabrearse con el aguafiestas- ¡No tienes derecho ni al aire que respiras, cacho mamón!

Y ahí se termina el debate. El aguafiestas será encarcelado por derrotista y el resto de liderados partirán a la guerra a palmar porque el líder no puede tolerar que los vecinos se le pongan chulos aunque en ningún momento hayan manifestado la intención de chulearle. Es bastante básico, pero es así. Más aún: la inmensa mayoría de las guerras, por no decir todas, no han estallado por un deseo unánime de un pueblo, sino por el interés de un líder y, a lo sumo, de la élite política y militar que lo sustenta en el poder. Si consultamos la Gran Enciclopedia de la Guerra en 50 tomos, 18 apéndices y 23 sueltos, creo que solo encontraremos guerras motivadas por el ansia de poder de un líder, no porque un pueblo necesitase imperiosamente hacer la guerra a sus vecinos. La guerra, al cabo, es carísima, cuesta muchos recursos, vidas humanas y produce dolor y miseria incluso en los vencedores. Un par de ejemplos chorras, pero muy ilustrativos: la deforestación que sufre la maldita Albión (Dios maldiga a Nelson) y de la que aún no se ha recuperado tuvo su origen en las cantidades ingentes de bosques talados para enviar la madera al Frente Occidental durante la Gran Guerra para entibar trincheras. La misma deforestación que padece España se originó por la imperiosa necesidad de mantener su poderío naval. La construcción de un buque, ya fuese mercante o de guerra, se llevaba una media de 10.000 árboles como mínimo. Multipliquen esa cifra por los miles de barcos que salieron de los astilleros españoles hasta el final de nuestro imperio, cuando hacía poco que el hierro había empezado a sustituir a la madera. Lógicamente, a esa tala masiva debemos sumar la necesidad de aumentar la superficie de tierra cultivable, pero lo cierto es que miles de hectáreas de bosque desaparecieron para siempre para acabar pudriéndose en las trincheras de Flandes y en el fondo del mar.

Así pues, ya vemos que las guerras son unos eventos que, además de desagradables y caros, pueden ser totalmente prescindibles siempre y cuando no haya un líder que se levante oyendo voces o con ganas de aumentar su influencia y su poder. Más aún, muchas guerras se han organizado para crear una cortina de humo cuando los liderados empiezan a cuestionar el liderazgo del líder, y para ello nada mejor que desviar la furia del personal hacia el enemigo creado y el agravio inventado, fórmula que por sistema siempre funciona de maravilla. Veamos algunos ejemplos clamorosos si bien no entraremos a fondo en la enjundia de cada uno ya que para eso tenemos la Gran Enciclopedia de la Guerra en 50 tomos, 18 apéndices y 23 sueltos.

Guerras del macedonio Alejandro, hijo de Filipo. El inmortal y heroico Alejandro no era más que un megalómano con más complejos que un enano jugando en la NBA y totalmente obsesionado con superar la gloria de un padre al que detestaba. Dedicó su breve existencia a conquistar territorios que no suponían ninguna amenaza para Macedonia simplemente por el afán de crear un imperio que pasase a la historia hasta que sus mismas tropas se negaron a seguirle, lo que le costó un berrinche de aúpa por sentirse traicionado. Su liderazgo solo sirvió para producir miles de muertos, miles de viudas y miles de huérfanos en ambos bandos. Su flamante imperio duró lo que su vida, ya que cuando murió sus diádocos se dedicaron a sacarse las tiras de pellejo para trincar su parte del botín.

Guerras civiles en Roma. Un auténtico concurso de egos a ver quién la tenía más grande. Sila contra Mario. César contra Pompeyo. Marco Antonio contra Octavio Augusto. ¿Fueron en bien de Roma? Y un carajo. Fueron para que Sila se convirtiera en dictador vitalicio, César de dictador cesado por las bravas y Augusto en pseudo-rey, y encima para ser sucedido por una banda de trastornados mentales de todo tipo: Tiberio, Calígula, Clau-Clau-Claudio y Nerón, enviado al paro perpetuo por Galba que a su vez fue despedido sin indemnización por Otón, que decidió auto-asesinarse tres meses después antes de caer en manos de Vitelio, que igualó el récord de brevedad de su antecesor tras ser fileteado por los partidarios de Vespasiano, etc. En fin, décadas de guerra para que una serie de líderes ejercieran el liderazgo sin que en ningún momento se pudiera decir que esos conflictos revirtieran en beneficio de los liderados.

Guerra de los Cien Años. La más larga de la historia. De hecho, duró 116 aunque como eso de Guerra de los Ciento Dieciséis Años suena rarito redondearon a la baja. Duró desde 1337 a 1453. ¿El motivo? Satisfacer el ansia de poder de una única persona, Eduardo III de Inglaterra. La prole viril de Felipe IV de Francia (Dios maldiga al enano corso) se fue al hoyo sin ir dejando descendencia, heredando finalmente la corona el hijo de su hermano Carlos de Valois, Felipe VI. De la progenie del hermoso Felipe el Hermoso solo dio fruto su hija Isabel, casada con Eduardo II de Inglaterra que, aunque un poco bastante homosexual, fue capaz de sembrar en ella. Su hijo, Eduardo III, consideró que el trono francés le correspondía por herencia materna, pero en Francia imperaba la Ley Sálica que impedía reinar o transmitir a las hembras, por lo que Felipe VI se hizo con el poder mientras que su sobrino decidía hacer valer sus derechos. Esta guerra empujó a dos reinos a un conflicto interminable que ya pueden imaginar lo que costó, y todo porque al inglés se le metió entre ceja y ceja ostentar dos coronas. 

Guerras Napoladrónicas. Qué decir del abominable enano corso, el Hitler del siglo XIX que sumió a toda Europa en una vorágine de muerte y destrucción para sentar a sus hermanitos en un trono. Jamás podré entender cómo a semejante bicho lo veneran como un auténtico monarca metido en una bombonera marmórea en Los Inválidos. Un bellaco, un tenientillo de chichinabo que, como buen líder, llevó a su país y de paso al resto de Europa a una sucesión de guerras que costaron cientos de miles de muertos, cientos de poblaciones arrasadas, violaciones, miseria y pobreza hasta que lo derrotaron en buena hora en Waterloo y lo mandaron al carajo en una isla en mitad de la nada. Lo justo es que lo hubieran colgado en plaza pública por criminal, pero en fin...

Guerra del Golfo o, mejor dicho, de los golfos, una élite económica y política encabezada por Bush que aprovecharon las paranoias nacionalistas de un cantamañanas psicópata como Sadam Husein para hacerse con el ansiado petróleo sobre el que flota Irak. Las famosas armas de destrucción masiva nunca aparecieron, y la guerra solo sirvió para facilitar la infiltración de yihadistas que han convertido el país en un nido de terroristas que no dudan incluso en perpetrar atentados contra su propia gente. Ese conflicto no tiene aún visos de terminar.

Todos los que han combatido en una guerra han tenido constancia de primera mano del engaño del que han sido objeto. Los que partieron con la cabeza alta y una sonrisa de oreja a oreja volvieron, si es que volvieron, cabizbajos, mustios, ahítos de piojos, hambre y miedo y, en muchos casos, incompletos tras dejar parte de sus anatomías en el campo de batalla. Otros muchos se quedaron atrás abonando la tierra y dejando a sus familias esperando inútilmente por si un día aparecían por el recodo del camino que conducía al terruño. Hombres en la flor de la vida son conducidos al matadero totalmente obcecados por las proclamas del líder y por una hábil propaganda que hace que los fogosos se apunten a un bombardeo y los timoratos escondan sus miedos para no ser señalados. A mi entender, quién mejor ha mostrado como las consignas del líder se infiltran en todos los estratos de la sociedad fue Remarque en su inmortal obra "Sin novedad en el frente", donde aparece el viejo profesor Kantorek arengando a sus alumnos para que no dudaran en alistarse de inmediato y servir a la Patria y al káiser. Al final, Kantorek logra salirse con la suya y toda la clase acude en masa a la oficina de reclutamiento del distrito sin que ni uno se quede atrás porque sus mismos padres serían los primeros en tacharlos de cobardes y repudiarlos si no acudían a la llamada de las armas. Luego, cuando conocen la vida en el frente, se capta cómo todos se han dado cuenta del timo leyendo el desolador relato de la muerte de Kemmerich en un hospital de campaña tras legar sus botas a su compañero, Albert Kropp, cuando se entera de que le han amputado una pierna.

En fin, esto de las guerras es una solemne estupidez, y lo dice uno que lleva toda la vida leyendo sobre guerras y que ha dedicado ya más de una década a hablar de guerras y de armas para matar más y mejor en las guerras de todas las épocas. Lo más patético, repito una vez más, es cómo se sigue lavando el cerebro al personal y cómo los líderes siguen logrando que secunden sus propios fines, de los que siempre salen ganando, mientras que los otros caen como moscas, y encima convencidos de que combaten por su país. ¿Cómo leches puede convencerse a un chaval de 18 años de Alabama cuando se apuntó a ir a Afganistán o Irak que no se le había perdido nada allí, y que eso de "voy a luchar por mi país" significaba en realidad "voy a luchar para que cuatro multimillonarios sean aún más multimillonarios"? ¿A qué ese empeño en querer a toda costa que un país anclado en la Edad Media viva en el siglo XXI? ¿Cuántos muertos y mutilados ha costado la cien veces fracasada guerra de Afganistán, un territorio que es un puñetero páramo dónde solo pastan unas cuantas cabras? Alguno dirá que se ha intentado liberar a las mujeres de la tiranía islámica pero, digo yo, igual que echaron a Zahir Sha en 1973 pueden acabar con los talibán, que han retornado sin que los afganos hayan pegado un solo tiro. Y de la misma forma que los iraníes que derrocaron a Reza Phaleví y pusieron a un mal bicho como Jomeini al frente del país, podrían echar a patadas a los ayatolás y acabar con el terror islámico. Sarna con gusto no pica, y Occidente no tiene que meterse en camisa de once varas haciendo de mesías mundial. Que cada cual haga en su casa lo que quiera y todos contentos.

En fin, esta semblanza abarca lo más elemental de la guerra. Enumerar todas y cada una de las causas que pueden provocarlas sería bastante más complejo, pero lo cierto es que, en realidad, el origen siempre es el mismo: el deseo del líder de prevalecer sobre el líder vecino. Sus motivos son lo de menos, y si no los tiene ya se los inventará con tal de que sus liderados acudan con presteza a su llamada para servir de carne de cañón y dar que hablar en los libros de historia. Es bastante simple, pero precisamente las cosas más simples son las que peores consecuencias arrastran.

Bueno, ya está. Por cierto, verán que no he puesto fotos, pero es que me da una pereza terrible pasarme dos horas buscando imágenes adecuadas. Se siente, pero me supera la molicie.

Hale, he dicho

"La horca", grabado nº 11 de la serie "Las Grandes Miserias de la Guerra", obra de Jacques Callot publicada en 1633 para ilustrar lo inhumano de la Guerra de los Treinta Años que asoló Europa. Una guerra en nombre de Dios para perpetrar saqueos, violaciones, asesinatos y mil crímenes más. Absurdo, ¿no?

jueves, 3 de febrero de 2022

COVID Y GUERRA BIOLÓGICA

 


Observen la foto. Da un poco de repullo, ¿no? Los más jóvenes la relacionarán posiblemente con algún video juego de esos que te enganchan como las drogas o, quizás, con alguna serie distópica sobre apocalipsis zombis o chorradas por el estilo. A los ya no tan jóvenes les traerá recuerdos bastante inquietantes, cuando la Guerra Fría estaba en su apogeo y la posibilidad de que una guerra total acabara con el planeta quitaba el sueño a la ciudadanía. Con todo, aunque lo más representativo de la época era la imagen de los ICBM's de ambos bandos cruzándose en su trayectoria para desencadenar el holocausto final, el miedo a ver tu ciudad y sus habitantes vaporizados en un nanosegundo no era lo único que provocaba sarpullidos en el personal. Hablamos de la guerra química y, lo peor de lo peor, la guerra biológica. 

Grabado de Leonardo da Vinci que muestra una rudimentaria pero
eficaz arma biológica. Ya que aún no se habían descubierto los virus,
pues te lanzaban una vaca entera con un fundíbulo

Ambas son como sabemos más antiguas que la tos. En las entradas que dedicamos a las mixturas incendiarias pudimos ver que hace siglos ya se tenían los conocimientos suficientes para, combinando diversas substancias, hacer la puñeta al enemigo y achicharrarlo bonitamente. El cénit llegó durante la Gran Guerra con el uso masivo de productos como el fosgeno, capaz de carbonizar los pulmones en un periquete, o la iperita, cuyo contacto convertía al desdichado que se viese afectado por esa porquería en una pústula andante. La guerra biológica también viene de antiguo. Los griegos bombardeaban a los enemigos con vasijas petadas de avispas y alacranes, y en la Edad Media se lanzaban cadáveres de animales o ciudadanos al interior de las poblaciones sitiadas para propalar enfermedades. En fin, es de todos sabido que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, hace 40 o 50 años la información que llegaba a la gente sobre estos temas era mayoritariamente la que ofrecían los medios de comunicación, que siempre adobaban las noticias relacionadas con las desavenencias entre el Este y el Oeste para acojonar a la peña y tenerlos a todos con el corazón en un puño, que es lo que vende. Solo algunas publicaciones dedicadas a la cosa militar, escasas y leídas por unos cuantos, entraban más a fondo en las consecuencias de una guerra total y, aunque te acojonaba lo mismo o más que la noticia en la caja tonta o el periódico, al menos te hacían saber de qué iba la cosa con mucha más precisión.

El miedo a ser víctimas de una guerra atómica hizo que muchas familias
yankees adquirieran su refugio antinuclear. En la prensa de la época
aparecían mogollón de anuncios donde los ofrecían prefabricados,
bastando abrir un hoyo para sepultarlos y, en teoría, tener dónde
meterse si al camarada Kruschev le daba un avenate de los suyos

Por todo ello, en el magín de la abnegada ciudadanía que vivía pensando si podría celebrar su próximo cumpleaños sin verse reducido a pavesas, se formaron una serie de estereotipos alimentados por los bulos, las películas cathastróphicas y los cuñados sabihondos que disfrutaban como enanos encogiéndote el ombligo ante la enésima amenaza por parte de la URSS de apretar el botón (los hijos del padrecito Iósif siempre estaban en plan chulo y desafiante) y la inmediata respuesta de los sobrinos del tío Sam. Resultado: nuestro amado y vapuleado planeta se convertiría en una bola radioactiva durante los próximos 40 siglos, no quedaría bicho viviente salvo las cucarachas y alguna que otra bacteria, y la posibilidad de sobrevivir en un refugio antinuclear era tanto o más aterradora que acabar de una vez en menos de lo que dura un parpadeo. ¿No han visto la película "El día después", rodada en 1983? ¿No? Pues véanla. Cuando por fin salían los títulos de crédito estaba uno más mustio que un concejal acusado por su secretaria de machista, homófobo y maltratador, porque la cinta mostraba de forma cruda e implacable cómo sería un primer ataque nuclear y las consecuencias del mismo a corto plazo. Y te dejaba con la moral por los suelos porque lo que mostraba no iba de cosas imposibles, como ver al abuelo pútrido salir de la fosa dando trompicones y con hambre atrasada, sino algo escalofriantemente real, algo que podía ocurrir en cualquier momento. En resumen, las perspectivas no eran nada halagüeñas, y la posibilidad de un choque OTAN Vs. Pacto de Varsovia irritantemente cercana.

Los soviéticos debían tener el suelo de la Plaza Roja
rehundido de tanto pasear su vistosa colección de ICBM's,
que mostraban al mundo cada vez que tenían ocasión en
sus imponentes paradas militares

La cuestión es que, de los tres tipos de guerra que se contemplaban aparte de la convencional, la omnipresente era la nuclear. Eso del hongo atómico vendía más que el gas venenoso o el virus malvado que matarían discretamente, sin alharacas ni de forma ruidosa, pero sumamente eficaz. Por otro lado, la escasa información al respecto no permitía hacer muchas cábalas sobre esos temas y, a lo sumo, la imagen más difundida era la de un perverso agente enemigo arrojando cepas de ántrax o viruela en el suministro de agua de cualquier gran ciudad, lo que provocaría una epidemia masiva que nadie podría detener. No obstante, la visión de tropas vestidas con trajes NBQ daban a entender que, salvo los obsesionados con palmarla víctimas de un microbio con muy mala leche, ese tipo de guerra se libraría en los frentes de batalla y no contra la población civil, que era reservada para la combustión instantánea del apocalipsis final. Obviamente, en un mundo sin internet que, a pesar de las "feiknius" y las trolas palmarias proporciona unas cantidades de información impensables hace pocas décadas, el concepto de guerra biológica era bastante difuso y, como vemos, basado también en algo capaz de causar una mortandad tremebunda, rápida y definitiva. El enemigo llevaría a cabo un ataque biológico para matar ejércitos o poblaciones enteros, pero nadie se preguntaba qué sentido tendría eso habiendo armas que, de un plumazo, dejarían Nueva York o Moscú convertidas en unas escombreras y al 50% de sus habitantes desintegrados al instante, el 80% del resto palmando al cabo de un par de semanas devorados por el cáncer, y a los escasos supervivientes arrastrando de por vida las consecuencias de la exposición a la radioactividad en forma de enfermedades chungas y engendrando hijos con aspecto de cuñados de La Cosa.

Bien, este introito lo he soltado para que vuecedes se hagan una idea clara del concepto que se tenía de la guerra biológica cuando la guerra biológica se consideraba una amenaza latente, pero que podía manifestarse en toda su crudeza en cualquier momento. Sin embargo, colijo que esa terrorífica imagen de ciudadanos muriendo por las calles es más digna de una serie televisiva que real, y que la verdadera guerra biológica la estamos viviendo actualmente sin darnos cuenta o, al menos, sin llegar a entender que estamos siendo víctimas de un ataque en toda regla, y no de un bicho que se ha presentado de sopetón como en su día lo hizo el de la peste. ¿Que soy un conspiranoico? Bueno, al final me lo cuentan...

Laboratorio de Wuhan. Aquí se gestó todo

Según Alina Chan, una eficiente genetista canadiense aunque tanto su jeta como su apellido denotan claramente su origen oriental, el Covid 19 fue creado en el puñetero laboratorio de Wuhan con fines inconfesables. En la red hay información de sobra sobre dicho laboratorio, sus actividades y cómo salió el virus de las cajas de Petri para cebarse en los humanos, pero la afirmación de la pseudo-canadiense fue tomada a broma tanto por sus colegas como por los gobiernos del mundo. Las revistas científicas más prestigiosas la pusieron de vuelta y media, de la noche a la mañana se convirtió en una apestada y el gobierno chino la acusó de todo lo acusable, jurando por sus muelas que la seguridad del laboratorio de Wuhan era de primera clase y que sus afirmaciones solo eran una vil difamación propia de traidora capitalista para desacreditar a los honrados trabajadores y ciudadanos proletarios de la China-na-na, China-na-na, Chi-na-na. Pero lo cierto es que el virus, procedente de los murciélagos- esos animalitos siempre me han resultado poco recomendables-, no podía hacer tanto daño sin haber sido previamente manipulado. De hecho, ese microbio malvado existe hace años. Apareció en 2012 en una mina de cobre, donde media docena de currantes del laboratorio fueron a recoger caquita de murciélago para sus estudios sobre las enfermedades que propagan esos siniestros mamíferos volantes. Al cabo de unos días se pusieron malitos con los síntomas propios de un gripazo de aúpa y palmaron tres de ellos. Sin embargo, se corrió un tupido velo, nadie dijo ni pío y todos contentos. Total, morirse de gripe tampoco es tan raro...

Los chinos son máquinas. Los yankees usaron a 20.000 de ellos
para construir el ferrocarril transcontinental, obra faraónica ante la
que no se amilanaron. Lo de "trabajar como un chino" creo que
es un dicho más que conocido por todos, ¿no?

Lo que a partir de ahí se coció en Wuhan es un arcano dentro de un enigma encerrado en un misterio, y está de más decir que los chinos jamás reconocerán nada tanto en cuanto los convertiría en los mayores genocidas de la historia. Más aún, la pseudo-canadiense afirma incluso que había más gente en el ajo, gente poderosa con intereses ocultos que tenían los medios para desencadenar la plaga y ganar miles y miles de millones con la cura del mal que ellos mismos habrían creado. Sin embargo, mi teoría conspiranoica es más modesta y localista porque creo o, más bien, estoy convencido, de que la pandemia ha sido creada por China, el Dragón Dormido que se ha dado cuenta de que tiene potencial de sobra para mandar callar a los yankees y su falsa moralina y al inefable Vladímir Vladímirovich Putin y sus anhelos imperialistas del pasado. China se ha convertido en una megapotencia. Hay chinos hasta en la sopa, todo se fabrica en China, dependemos de ellos para los microchips de los automóviles, para decorar los árboles de Navidad y para comer rollitos de primavera. En 20 años han pasado de tener una tecnología tercermundista a ser punteros en lo que quieran y, lo que es peor, disponen de una fuente de mano de obra inagotable que si hace falta curra 16 horas al día por una loncha de chopped caducado y una taza de arroz, mientras que el coetáneo occidental no se mueve de la butaca sino gana al mes lo mismo que un chino en dos años, y protesta o inicia una huelga de vez en cuando para que nadie piense que se conforma con lo que tiene. El chino no protesta y no tiene sindicatos que alienten huelgas porque al que rechiste lo mandan a un campo de trabajo para ser reeducado por saltarse las consignas del partido. Resumiendo: mal que me pese reconocerlo, China es al día de hoy la dueña del mundo, y lo están demostrando con claridad meridiana aunque muchos no lo vean.

Aunque no lo parezca, esta foto pertenece a un polígono industrial
en España. Observen la matrícula de la furgoneta. Se han adueñado
de polígonos enteros donde no ves un solo letrero en español, entre
otras cosas porque sus clientes son los minoristas chinos de los
bazares que han proliferado como hongos

Ahora me harán la pregunta evidente. ¿Qué leches tiene todo esto que ver con el Covid y la guerra biológica? Pues todo, criaturas. Piensen un poco, alejen de sus magines los estereotipos y practiquen el sentido común que, como decía mi abuelo, es el menos común de los sentidos.

Díganme... ¿para qué querrían los chinos llevar a cabo una guerra biológica conforme al cliché que tenemos de ella? ¿Qué ganarían matando a millones de personas? Obviamente nada. Más aún, no les interesa porque China vive de la incompetencia, los complejos, la desidia y la complacencia de Occidente. Si nos matan a todos se quedan sin clientes porque ya nadie iría a sus bazares, nadie pondría el árbol de Navidad que fabrican ellos, bolas y guirnaldas incluidas, y nadie comería rollitos de primavera. ¿Qué es entonces lo que le interesa a China desencadenando una guerra biológica disimulada bajo el disfraz de virus que se ha salido de madre? Es tan evidente que, por lo que salta a la vista, nadie se percata de ello. Es como cuando buscas por toda la casa las llaves que has dejado encima de la mesa y no las ves porque no se te ha ocurrido mirar en la puñetera mesa. Bien, la respuesta es la que es: destruir la economía de Occidente de forma que nuestra dependencia hacia ellos sea absoluta.

Una UCI cualquiera en plena efervescencia. Dejando por un momento
de lado la catástrofe humanitaria, ¿saben cuánto ha costado esto a
Occidente? ¿Cuánto dinero ha costado mantener con vida, no siempre
con éxito, a cada paciente? ¿Qué economía podría resistir semejante
gasto de forma continuada? Captan ya de qué va la cosa, ¿no?

No, no, nada de eso, dirán algunos. El virus ha matado cientos de miles de personas, afirmarán. Cierto, pero en este caso los muertos por el Covid son simples víctimas colaterales. Se han muerto porque sus organismos no han podido con el bicho, pero que mueran diez, cien o mil es lo de menos, y a los chinos les da una higa vender mil árboles de Navidad y mil rollitos de primavera menos. A ellos lo que les importa, y ciertamente lo han logrado, es paralizar la actividad económica de Occidente provocando una pandemia peor que la mal llamada gripe española surgida en los Estados Unidos y que mató a más de 50 millones de personas entre 1918 y 1920. Algún remiso que no ve el bosque porque se lo impiden los árboles aún protestará diciendo que también han muerto ciudadanos chinos. Sí, claro... ¿y qué? ¿Creen que a un gobierno heredero del mayor criminal de la historia planetaria, Mao Zedong (Mao Tse-Tung en los años 70), responsable de la muerte de decenas de millones de paisanos suyos va a preocuparle que palmen diez, veinte o cien mil chinos si sus muertes sirven de excusa para asegurar que el virus no lo han creado ellos? Todo obedece a un plan trazado con meticulosidad oriental, como quien caza mosquitos con unos palillos.

Cuando empezaron a saltar las alarmas, este botarate incompetente
afirmó que "... en España, como mucho no habría más allá de algún
caso diagnosticado
". Aparte de no saber un carajo de nada, lo cierto
es que no sabía un carajo de nada porque colijo que ni se le pasó
por la cabeza que a lo que nos íbamos a enfrentar no era una simple
pandemia, sino un ataque biológico en toda regla

Recuerden el desarrollo de los acontecimientos. A finales de 2019 empiezan a saltar las alarmas. Los políticos, a los que les importan más sus poltronas que sus gobernados, quitan hierro al asunto porque habría que tomar medidas impopulares y, lo que es peor, no tienen ni idea de lo que se nos viene encima. Se limitan a plantarnos algún "experto" que asegura que no hay nada que temer, que es una nueva cepa de gripe o algo por el estilo, y que si hay víctimas serán los abuelos que todos los años caen como moscan por el maldito virus inmortal. Pero al cabo de pocas semanas la cosa se desboca. Miles de contagios, los hospitales abarrotados, los ancianos de las residencias se mueren por centenares, las UCI's colapsadas... y nadie sabe cómo detener la propagación de la enfermedad. En Amazon, los desaprensivos de turno venden una mascarilla de 50 céntimos por 1.000 dólares, los laboratorios se ponen las pilas, pero de entrada ya nos hacen saber que antes de un año no habrá vacuna. Los gobiernos, totalmente desbordados, no tienen más remedio que tomar medidas drásticas para impedir que las víctimas se conviertan en cientos de miles.

Sevilla. Avda. de la Constitución un día cualquiera durante el
confinamiento. Esa calle es un hervidero de gente a diario, sobre
todo turistas. Ya ven el panorama: tiendas y bares cerrados,
desolación, pobreza en ciernes...

Todo quisque encerrado en casa salvo para ir al súper, a la botica, a sacar el chucho a pasear y- manda cojones- al estanco, para que los que no palmen del virus se sigan buscando un cáncer de pulmón o un EPOC como Dios manda. Solo determinados currantes pueden acudir a sus puestos de trabajo. ERTES a mansalva. Mogollón de autónomos y pequeñas empresas al garete. La hostelería al borde de la quiebra total. Miedo. Depresiones. Familiares que se mueren en las UCI's más solos que la una sin que permitan a sus deudos darles un entierro decente. Los escasos botes de gel desinfectante a precio de oro. No hay ni mascarillas para todos. Caos. Pánico. Desesperanza. La guerra biológica empieza a producir sus efectos. La economía se resiente, la productividad baja, los gobiernos no pueden ordenar más recortes porque la gente se les echa encima, y tienen que tragar sapos a causa de su incompetencia y falta de previsión. Se politiza todo, y hasta a la tal Ayuso la acusan de populista por montar un hospital en un tiempo récord para aliviar la presión sobre los hospitales (para mear y no echar gota).

Interminables colas para administra la primera dosis. Pero el bicho
es tan cabrón y está tan bien diseñado que personas con la pauta
completa de tres pinchazos se contagian. ¿Alguien puede creer
aún que es casualidad?

Salen las vacunas. El maná llovido del cielo. Pero somos millones de personas, y los laboratorios no dan abasto. Seguimos confinados, la economía sigue resintiéndose, el PIB disminuye, la deuda del estado aumenta, la inflación sube de forma inquietante, como no se veía desde hace muchos años. Sin embargo, los chinos no parecen acusar estos problemas. Lógico. Ellos ya sabían lo que vendría, y estaban preparados para seguir el guión dando la apariencia de que también se han visto afectados. Crecimiento económico de China en 2020: un 2'2%. En 2021, un 8%. Mientras tanto, el crecimiento económico de USA en 2020 se contrajo un 3'4% para subir un 5'7% en 2021, y en la Eurozona se desplomó un 6'8% en 2020 para recuperarse hasta un 5% en 2021. ¿Quién ha ganado la guerra? China. Y no solo por haber logrado poner de rodillas a Occidente, sino porque nuestras vapuleadas economías son cada vez un enemigo más fácil de batir porque, entre otras cosas, dependemos más de ellos. Pero los chinos no tiene prisa. Se lo toman con filosofía, como buenos orientales, y tras dos años del inicio de la plaga aún seguimos con nuevas mutaciones, con restricciones de movimientos, con las putas mascarillas y sin ver la luz al final del túnel. Gente con la pauta de vacunación completa se contagia; la nueva variante, el Omicron, nos ha vuelto a poner en estado de alarma, y nadie tiene ni pajolera idea de cuándo se acabará esto, si es que se acaba, que está por ver. Un panorama desolador, pero es el que hay.

¿Recuerdan la peli esa de "28 días después"? No sería la primera
vez que una cinta de ciencia-ficción se convierte en una predicción
inexorable. Si Julio Verne vaticinó algo tan imposible en su época
como viajar a la Luna, es más fácil intuir lo que nos espera a la
vista de los últimos acontecimientos

Conclusión. Como ven, una guerra biológica se aleja bastante de la imagen que todos solemos tener in mente. No hemos visto calles llenas de cadáveres, ni saqueos, ni bandas de pirados dedicándose al pillaje y robando la gasofa de los coches abandonados. Nadie nos ha lanzado una bomba llena de porquerías, y menos aún nos han envenenado el agua. Simplemente han dejado suelto un virus especialmente diseñado para que la propagación entre humanos fuese increíblemente rápida. Un virus que se contagia por el aire y que, debido a la globalización y la movilidad de la población, es capaz de extenderse por todo el planeta en cuestión de días, cuando no horas. Las horas que tarda un fulano que viaja en avión en llegar de un continente a otro. En el avión contagiará a medio pasaje, que a su vez transmitirán la enfermedad a todo aquel que se les acerque nada más bajar del aparato. Esto, y no otra cosa, es la verdadera guerra biológica. Silenciosa, taimada y, lo más importante, nadie puede demostrar quién ha sido el que la ha propagado. Un régimen autoritario o una dictadura tiene medios de sobra para callar las bocas que puedan delatarlos, y carecen de escrúpulos para cerrarlas para siempre si creen que alguien se irá de la lengua. Y a todo ello podemos añadir que les ha salido baratísima. Se han ahorrado los miles de millones que cuesta una guerra convencional que, además, siempre pueden perder. Pero con su malévolo virus que les ha costado dos perras gordas han devastado a Occidente sin ningún esfuerzo. Sus bajas, los chinos que hayan palmado de Covid, son irrelevantes. A diario nacen mogollón de chinitos para cubrir las pérdidas, así que no verán su monstruosa demografía afectada en lo más mínimo.

¿Alguien podía imaginar hace dos años que nos veríamos así a todas
horas y, encima, sin saber hasta cuándo durará este mamoneo?

En fin, dilectos lectores, esta es mi teoría de la conspiración viral china. Llegados a este punto, es posible que más de uno piense que ya solo me queda empezar a escuchar voces o pasar el rato dando pellizcos a los cristales con la mirada perdida en el infinito. Otros se darán cuenta de que no han caído en la inquietante posibilidad que acabo de detallar. De hecho, aunque muchos ya admiten de forma más o menos abierta que el Covid es un virus manipulado, nadie parece atreverse a reconocer que es un arma. Pero la pregunta es: ¿quién fabrica un arma si no es para usarla? ¿Qué sentido tiene manipular genéticamente un virus, con el peligro que conlleva, como no sea para darle uso? Sea como fuere yo lo tengo claro, y además añado un detallito final: las mutaciones del bicho perverso, que se propagan a más velocidad que un bulo en mentidero de comadres, no solo viaja más rápido que un tren de alta velocidad, sino que se torna insensible a las vacunas existentes para que la fiesta no se acabe y tengamos que estar hasta vete a saber cuándo poniéndonos un pinchazo tras otro y con restricciones de movimiento cada vez que una nueva cepa hace acto de presencia que, como es evidente, darán como resultado la enésima contracción económica. A mi entender, el experimento de Wuhan ha sido todo un éxito, y ha dejado claro a sus perpetradores que la guerra biológica es extremadamente fácil de desencadenar, muy difícil de combatir y da unos resultados totalmente satisfactorios a muy corto plazo. Ah, y encima super barata. El enano corso (Dios lo maldiga) decía que para ganar una guerra solo hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero. Ahora solo se necesita un laboratorio y unos cuantos bichólogos para crear un arma perfecta.

Ahí lo dejo. Sirva de aviso.

Hale, he dicho 

domingo, 30 de enero de 2022

BUCANEROS

 

Probos canallas carne de horca según un grabado obra de Howard Pyle aparecido en 1887 en la Harper's Magazine bajo el título "El saqueo de Panamá", "gloriosa gesta" perpetrada por estos indeseables que hicieron del latrocinio pseudo-legal su modo de vida

Por lo general, cuando salen a relucir temas sobre piratas que no estén relacionados con políticos y demás entes parasitarios, los términos bucanero, filibustero y corsario también salpican el debate como si fueran todos sinónimos. Bueno, pues no. Estos ciudadanos lo que tenían en común era básicamente que llevaban a cabo sus fechorías en el mar o en ciudades costeras, pero ahí acaban las coincidencias. Un pirata no es lo mismo que un bucanero, y un corsario no es lo mismo que un filibustero. Los únicos que podrían abarcar todas las categorías son los trepas que nos chupan la sangre desde el congreso, los parlamentos de las taifas, diputaciones, ayuntamientos y demás patios de Monipodio, pero el artículo de hoy no va de ladrones de guante blanco, sino de mangantes marítimos. Así pues, acomódense, sírvanse una copita de algún destilado de su elección y tomen buena nota de quiénes eran los bucaneros para, cuando echen por la caja tonta alguna peli de esas de los años 50 donde el capitán pirata es un guaperas que se lleva de calle a todas las chicas que secuestra, puedan planchar a sus cuñados con sus extensos conocimientos sobre ladrones navales con 3ª fase de hepatopatía alcohólica, vulgo cirrosis irreversible y, por ende, mortal.

Captura y posterior ejecución del pirata Eustaquio el Monje frente
a las costas de la isla de Sandwich a manos del almirante Hugh
de Burgh en 1217. Como vemos, la piratería no era nada nuevo

Si tomamos el término pirata como genérico para todo aquel que ejerce su vil latrocinio en el mar, entonces podemos decir que la piratería es más antigua que los balcones de palo. Desde hace siglos, estos chorizos náuticos han hecho de las suyas aprovechando que las naves cargadas de mercaderías estaban más indefensas que un ciudadano honrado en el congreso de los diputados. Eran presa fácil ante una tripulación nutrida por despojos humanos ávidos de riquezas sin tener que doblar el lomo para ganarlas como si de un ministro cualquiera se tratase, y aprovechaban la impunidad que otorga la inmensidad del mar para robar a su sabor, arrojar al agua a los atribulados mercaderes y los marinos de la nave expoliada y en el juzgado nos veremos dentro de un trillón de años. Los ladrones de secano siempre lo han tenido más difícil por razones obvias, y muchos acababan ejecutados a los dos minutos de haber caído en las garras de la autoridad. Hasta el gran César fue capturado por unos malvados acuáticos cuando tuvo que salir de naja de Roma por sus desavenencia con Lucio Cornelio Sila, teniendo que pagar un suntuoso rescate para ser liberado. En resumen, el atraco naval ha sido, y aún es como vemos que ocurre en aguas del cuerno de África, un modo de obtener jugosas ganancias con relativa facilidad.

Galeón español. Estas naves fueron las que durante mucho tiempo
nos dieron la supremacía marítima en todo el mundo
Sin embargo, hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo la piratería tenía un campo de acción más limitado tanto en cuanto las zonas para ejercerla eran más reducidas. Pero la expansión de España y, posteriormente, de Inglaterra, Francia y Holanda (Dios maldiga a ese trío de bellacos) hacia la tierra donde manaba leche, miel y, sobre todo, oro y plata, permitió la proliferación de piratas hasta el extremo de dar lugar a una auténtica edad de oro del atraco acuático entre la segunda mitad del siglo XVII y principios del XIX, cuando el acoso de las armadas de las potencias de la época y la expulsión de sus otrora reductos cuasi inexpugnables les acabó presionando hasta que, finalmente, la carrera de pirata tenía menos salidas laborales que la de un biólogo con un doctorado en los hábitos de apareamiento del gorgojo. Sin embargo, esa época dorada que hemos mencionado no surgió por las buenas, sino como consecuencia de una serie de factores que iban más allá del mero afán de latrocinio de unos cuantos ladrones alcoholizados. El hecho palmario es que podrían haber sido enviados al fondo del mar en un periquete si el trío de bellacos antes mentado no los hubieran usado como instrumento para expoliar y minar el poder del creciente imperio español, y la infestación en las aguas del Caribe por parte de piratas de todo tipo fue apoyada descaradamente por las monarquías inglesa y francesa más la república de la Provincias Unidas de los Países Bajos, vulgo Holanda, para facilitar la implantación de colonias que les facilitasen tomar su parte del inmenso pastel que suponía el continente americano para las depauperadas arcas europeas, llenas de aire a causa de las interminables guerras que mantenían todos contra todos con tal de ser el que llevase la voz cantante.

Las islas del Caribe, donde durante décadas se coció el liderazgo
naval de España, Francia e Inglaterra

A medida que la expansión española por Tierra Firme, como los conquistadores llamaban al continente, fue aumentando, las islas caribeñas fueron dejadas de lado poco a poco. Al cabo, lo que importaba eran las minas de oro y plata para alimentar las depauperadas arcas hispanas que, sobre todo tras la Guerra de los Treinta Años, estaban llenas de aire. Los continuos conflictos bélicos con Francia e Inglaterra, las revueltas en Flandes y el esfuerzo por mantener las posesiones de la corona de los Habsburgo en Italia contra el expansionismo gabacho costaban verdaderos ríos de oro. Por ello, aunque el descubrimiento colombino e inmediata ocupación se llevó a cabo en las Antillas, este cúmulo de islas no reportaban beneficios a la corona y su dominio implicaba un enorme gasto que, en aquel momento, España no podía arrostrar. De hecho, Cuba y Puerto Rico fueron a efectos prácticos las únicas que se conservaron en todo momento bajo control español y, en lo posible, bien guarnicionadas. Sin embargo, otras de menor tamaño o importancia como Jamaica, La Española, Bahamas y todo el archipiélago de las Antillas Menores habían sido abandonadas aunque su posesión nominal seguía siendo española... de momento. La realidad es que esas islas eran improductivas, solo valían para algunos tipos de cultivos, especialmente caña de azúcar y tabaco, y donde estaba de verdad la enjundia era en Tierra Firme con las inagotables minas de oro y plata de Méjico, Perú, etc.

Un boucannier con su mosquete y sus chuchos de caza

El fragante aroma de los metales preciosos llegó a Europa en menos tiempo que un cuñado pela un gamba, y no tardaron en acudir aspirantes a probos colonos huyendo de las guerras y la miseria del Viejo Continente. De ahí que durante el primer cuarto del siglo XVII comenzara un flujo, lento pero constante, de gente en busca de un lugar donde asentarse, y nada mejor para ello que estas islas desechadas por España donde no había otra ley que la que ellos quisieran imponerse, libres de servir como carne de cañón en los ejércitos de sus respectivos países y de verse libres de impuestos para alimentar el inmenso agujero negro que eran los erarios de sus monarcas, siempre endeudados para pagarse sus inacabables guerras. Naturalmente, tampoco faltaban los aventureros de todos los pelajes, fugitivos, y demás canallería europea con las cabezas pregonadas que veían más atrayente vivir en una isla mohosa que en una mazmorra para, finalmente, acabar siendo protagonista de cualquiera de los brutales sistemas de ejecución de la época o, en el mejor de los casos, simplemente colgados en cualquier encrucijada como aviso a los mangantes de la comarca.

Dos bucaneros despiezando unos cerdos salvajes cuya
carne ahumarán en el boucan que aparece en la imagen

Así pues, la población de estas islas se componía de desertores, marineros hartos de sentir el chasquido del rebenque en sus lomos, esclavos fugados y criminales de todo tipo. Uséase, un vecindario de lo más recomendable. Inicialmente se limitaban a ganarse la vida de forma pacífica plantando tabaco que luego introducían de contrabando en Cuba o Tierra Firme o, más frecuentemente, cazando los animalitos de la isla cuya carne ahumaban para venderla a las tripulaciones que pasasen por allí, obviamente gabachos, ingleses o cualquier otro que no fuera español ya que los hispanos, celosos propietarios de las islas, llevaban a cabo alguna que otra incursión para dejarles claro que el título de propiedad era nuestro, y que su presencia no solo era indeseable, sino también tóxica. Pero si los expulsaban, pues se mudaban a otra isla o volvían cuando pasaba el peligro ya que, como hemos dicho, España carecía de medios para mantener un control eficaz sobre tanta isla. De estos cazadores nómadas surgieron los bucaneros, palabro procedente de la lengua arawak usada por los nativos del Caribe, América Central y la parte septentrional de Sudamérica. Tras filetear a sus presas ahumaban su carne colocándola sobre una especie de caseta a modo de ahumadero llamada boucan, que los gabachos afrancesaron como boucannier por ser ellos los primeros en generar esta forma de vida cuando se asentaron en La Española, emblemática isla que, a pesar de ser la primera posesión castellana en el Nuevo Mundo, fue abandonada salvo algunos asentamientos en la costa sur junto a otras, como ya se ha explicado. La Española fue rebautizada por los gabachos como Santo Domingo y actualmente cohabitan en ella la República Dominicana y Haití.

Plantación de tabaco en una colonia francesa. El acoso español
obligó a muchos de estos colonos a abandonar los cultivos o la
caza para dedicarse al pillaje a tiempo completo

La existencia de los boucanniers era bastante básica. Cuando avistaba algún barco de bandera que no fuese española, montaban sus chiringuitos playeros de carne ahumada en las playas, donde los tripulantes llegaban para reponer víveres y hacer aguada. Su economía se ceñía ante todo al trueque ya que en una isla mohosa no hay donde gastar dinero, así que a cambio de su carne aceptaban armas y municiones con las que, además de cazar, intentaban de alguna forma defenderse de las incursiones españolas, otro tipo de alimentos como queso o salazones y, especialmente, ron, destilado sin el cual un probo canalla carne de horca se siente un poco bastante desamparado. Como vemos, la vida de los bucaneros no era especialmente apacible. Las poblaciones de estas pseudo-colonias estaban formadas casi exclusivamente por hombres, y no precisamente de lo más selecto de las sociedades de sus respectivos países. Ya podemos suponer que la necesidad de hembra con la que desfogar los humores viriles debía ponerlos especialmente irritables, y las reyertas y broncas serían bastante habituales. Si a eso sumamos el acoso a que los sometían las tropas españolas cada vez que les hacían una visita, es evidente que su existencia en sus lugares de origen debía ser asquerosísima para preferir la vida asquerosa que tenían que arrostrar.

Vista de la isla de Tortuga en la que podemos ver la posición del
fuerte de Rocher. Artillado con 40 bocas de fuego, convertían el
puerto en un lugar inaccesible para cualquier nave enemiga
No obstante a finales de la década de 1620 empezaron a hartarse de vegetar en La Española / Santo Domingo, roídos de miseria y viendo como su magras ganancias se iban al garete cada vez que un galeón español pasaba por allí, desembarcaban un contingente de infantes de marina y los obligaban a abandonar sus bohíos y escasos enseres para ocultarse en la selva hasta que se largaban con viento fresco tras meterle fuego a todo. Defender la isla de las visitas non gratas era misión imposible porque había demasiadas calas donde podían desembarcar sin problemas, y carecían del número de hombres suficientes para mantenerlas bajo vigilancia y, más aún, para su defensa. Era el momento de liar el petate y buscar un asentamiento más seguro. Este no estaba lejos, a apenas 7 km. al norte de La Española. Era la isla de Tortuga, un pedrusco abrupto y alargado que emergía del mar con una superficie de apenas 180 km² pero que ofrecía una ventaja superlativa a la hora de resguardarse: su costa norte era totalmente inaccesible ante un intento de desembarco, y solo había un puerto en el lado sur donde recalar. A partir de 1640, este puerto estaba defendido por el fuerte de Rocher construido por Jean le Vasseur, un ingeniero militar enviado por el gobernador de San Cristóbal. Por lo tanto, la orografía de la isla la convertía en una fortaleza natural donde los bucaneros podían dormir sus comas etílicos apaciblemente sabiendo que con sus escasas fuerzas podrían repeler las incursiones españolas, que por otro lado eran cada vez más escasas debido a la necesidad de tropas y dinero para sus guerras en la añeja y caduca Europa, donde no sabían vivir sin matarse unos a otros sin solución de continuidad.

Isla de La Española. La presencia hispana se limitaba a algunos
asentamiento en la costa sur. El resto pasó a manos de los bucaneros
hasta que lograron apoderarse de todo el territorio

Los bucaneros no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de un detalle que podía cambiarles la vida de cazadores y contrabandistas al ver que gran parte del tráfico mercante español circulaba precisamente por las aguas situadas entre Cuba y Florida, un canal denominado el Paso de los Vientos. Por allí circulaban los barcos procedentes de San Agustín, Veracruz, Portobelo y Cartagena camino de La Habana, punto de partida hacia la Casa de Contratación de Sevilla, que por aquella época tenía el monopolio del tráfico con las posesiones de Ultramar y por donde pasaba hasta la última onza de oro y plata provenientes del Nuevo Mundo. Esos barcos, cargados hasta las trancas de lingotes de metales preciosos, de especias, maderas tropicales y mil y un artículos que eran importados por los mercaderes de la metrópoli, se convertirían en la nueva fuente de ingresos de estos probos canallas carne de horca. Obviamente, esa imagen de los bucaneros tripulando un poderoso galeón erizado de cañones es el enésimo camelo propalado por el cine. Los bucaneros, al menos en sus comienzos, no disponían de naves de porte para perpetrar sus latrocinios, así que optaron por medios a su alcance que, aunque aparentemente escasos, acabaron resultando más eficaces de lo que podamos imaginar.

Pinaza inglesa

Básicamente, la táctica usada por los bucaneros consistía en aprovechar la sorpresa, actuando con nocturnidad y alevosía contra los galeones mercantes que se les pusieran a tiro. Por lo general, formaban pequeños grupos embarcados en canoas o, a lo sumo, en pinazas provistas de artillería ligera en forma de cañones de pivote y poco más. Las pinazas eran embarcaciones muy marineras, capaces de alcanzar elevadas velocidades que les permitieran escapar de posibles perseguidores y sumamente maniobrables. Sus bodegas tenían capacidad para dar cabida a lo más suculento de los botines que trincaban de sus presas, y sus buenas cualidades en el mar les facilitaban salir echando leches hacia puerto seguro antes de que algún buque de guerra de la armada española pudiera ponerlos en aprietos. No obstante, lo más habitual era recurrir a pequeñas flotas de canoas a remo que, fácilmente, se aproximaban a los mercantes y, de forma inopinada, abordarlos, reducir a los tripulantes y saquear a fondo. Luego cargaban los bienes robados y se iban por donde habían venido o, si les interesaba, se apoderaban del galeón entero, lanzando sus víctimas al mar y artillándolo adecuadamente para usarlo en sus rapiñas navales. Lógicamente, a medida que los bucaneros iban capturando barcos también pudieron mejorar el potencial de sus flotas con naves de más tonelaje y mejor armadas para enfrentarse incluso a barcos de guerra.

A partir de ese momento se estableció una peculiar simbiosis entre los bucaneros y los gobernadores enviados por Francia y Holanda a sus pequeñas colonias en La Española / Santo Domingo y San Cristóbal (Saint Kitts según los gabachos) en el caso de los primeros, y la isla de San Martín en el de los segundos, ambas situadas en el extremo septentrional de las Antillas Menores. En el mapa inferior podemos ver la posición de estas islas, así como el reducto bucanero de Tortuga y Jamaica, que se convirtió en el primer asentamiento inglés en el Spanish Main, nombre que daban estos isleños a las posesiones caribeñas españolas.

Esas cuatro islas birriosas tuvieron en jaque a las posesiones españolas debido a la falta de medios para defenderlas adecuadamente. Solo cuando se pudieron trasladar hombres y armas al Nuevo Mundo se pudo poner coto a la tropelías de los bucaneros


Robert Venables (c.1613-1687)

Oliver Cromwell, el abyecto puritano que hizo rodar la cabeza de Carlos I y que ejerció una dictadura de manual bajo el ambiguo título de Lord Protector entre 1653 y 1658, apenas se hizo con el poder ya puso los ojos en las posesiones de Ultramar españolas. En 1655 envió una flota al mando del general Robert Venables para hacerse un hueco en el Caribe y con vistas a que ese asentamiento fuese la cabeza de puente que serviría de trampolín a posteriores invasiones. El objetivo inicial fue La Española, de donde fueron rechazados. A continuación se dirigieron a Jamaica, una isla prácticamente abandonada, sin defensas adecuadas y cuya mínima población no podía hacer frente a los invasores, que se apoderaron de ella sin problemas. Una vez consumada la conquista de Jamaica, Venables volvió a Inglaterra dejando al mando de la isla a su inmediato subordinado, Robert Fortescue, que apenas tuvo tiempo de disfrutar del cargo porque palmó a los tres meses. Le sucedió Edward D'Oyley, que tras ostentar inicialmente el mando militar fue nombrado por Cromwell gobernador de la colonia, cargo que fue refrendado por Carlos II tras la restauración de la monarquía en 1660.

Un convoy de la Flota de Indias. Como salta a la vista, nadie se
atrevería a enfrentarse a ellos

Obviamente, D'Oyley tampoco se puede decir que estuviera en una posición privilegiada, rodeado de enemigos y asentado en una isla cuya ocupación no era nada rentable salvo por el hecho de estar en una posición de igualdad con los sempiternos enemigos de España: Francia y Holanda, formando así el trío de malvados envidiosos ávidos de apoderarse de los territorios que con tanto esfuerzo ganamos. Pero lo que estaba claro es que ellos tampoco disponían de tropas para atreverse a presentar batalla en Tierra Firme y a lo más que podían aspirar era a hostigar las naves que trasladaban mercancías a hacia España, porque las escuadras que transportaban los tesoros que generaban las minas continentales, o sea, la Flota de Indias, partía formando un convoy de naves mercantes fuertemente protegidas por galeones que las hacía prácticamente invulnerables, y solo algún barco despistado por una tempestad podía ser capturado por los buques enemigos que merodeaban por el Caribe. Sin embargo, sí podían capturar barcos civiles o atacar poblaciones costeras mal defendidas, esquilmarlos como a borregos y retornar a sus puertos en cualquiera de sus islas, donde se sabían a salvo de la armada española. ¿Y quiénes podían ser los más indicados para perpetrar estas fechorías? Exacto, los bucaneros.

Henry Morgan (1635-1688), uno de los bucaneros más famosos.
A pesar de su innoble oficio llegó a ser lugarteniente del
gobernador de Jamaica

Aunque Inglaterra, Francia y Holanda tampoco estaban precisamente en buenas relaciones y llevaban ya tropocientas guerras entre ellos, los unía un enemigo común, España, y la mejor forma de contar con la colaboración de estos probos canallas carne de horca era darles un leve barniz de legalidad a sus rapiñas concediéndoles patentes de corso que los convertían de facto en colaboradores de los gobiernos sus respectivos países. La patente de corso o, como también se les llamaba, cartas de represalia, permitía a estos bellacos a hacer de las suyas y, a cambio de un porcentaje de lo obtenido en sus botines, les ofrecían protección en sus puertos. Obviamente, un bucanero gabacho no podría atacar una nave de los british, ni un british podía robar en un barco holandés, pero todos podían asaltar a mansalva los barcos que iban por norma repletos de mercaderías valiosas, los españoles. De ese modo surgieron dos grupos principales de bucaneros. Por un lado, los gabachos asentados en Tortuga y en la zona occidental de La Española y, por otro, los british de Jamaica, concretamente en Port Royal, donde eran bienvenidos por los mercaderes y traficantes isleños cuando volvían de perpetrar alguna de sus fechorías.

No obstante, y a pesar de gozar de los privilegios que les daban las patentes de corso, los bucaneros nunca aceptaron la autoridad de nadie que no fuera ellos mismos. Los frères de la côte gabachos o brethren of the coast (hermanos de la costa en ambos idiomas) tenían sus propias reglas y, de hecho, solo aceptaban de buen grado la autoridad de los capitanes en cuyos barcos se enrolaban. Durante dos décadas, el Caribe se vio infestado por estos mangantes navales que no pararon de abordar barcos y saquear poblaciones, siempre amparados por las patentes de corso que les darían refugio para gozar de lo ganado y preparar nuevas incursiones. Pero no les duró mucho el chollo porque la existencia de los bucaneros estaba supeditada a la política de los países que los protegían, y si hay algo cambiante en este mundo son las filias y las fobias de los gobernantes, que giran como veletas cuando el viento favorable cambia de dirección. 

Saqueo de Veracruz a manos de bucaneros gabachos en 1683
Los bucaneros ingleses se vieron en el paro tras la firma en 1670 del Tratado de Madrid por el que España reconocía la posesión inglesa de las islas de Jamaica y las Caimán, acordando que ningún navío de ambas potencias se adentraría en aguas ajenas salvo en caso de necesidad y, por supuesto, se daban por terminadas las agresiones en uno u otro sentido. Los más renombrados capitanes bucaneros ingleses como Henry Morgan, John Coxton o Edmond Cooke se la tuvieron que enfundar porque Port Royal le cerró las puertas, así que solo les quedaban dos opciones: ponerse al servicio de los gabachos o hacer un máster de piratería, oficio que empezaría a ganar popularidad entre esta gentuza que no sabían ganarse la vida honradamente y, en este caso, no se veían limitados a robar solo a España, sino a todo bicho viviente. Los gabachos, gracias a las malas relaciones entre Francia y España, pudieron alargar su vida operativa un par de décadas más en las que los gobernadores de Santo Domingo no dudaron en seguir usándolos para saquear a mansalva los principales puertos caribeños como Maracaibo, Veracruz o Campeche. Pero, al igual que sus colegas ingleses, vieron la llegada de su ocaso en 1697 tras la firma del Tratado de Ryswick, que permitió que las potencias europeas pudieran descansar un poco de tanta matanza. Obviamente, los bucaneros gabachos vieron también cómo se les terminaba el momio, así que tuvieron que cambiar sus privilegios de corsarios por la ajetreada vida de piratas. Resumiendo: los bucaneros ya eran historia.

Bueno, sirva este articulillo para desmontar mitos y leyendas sobre estos fulanos que, como hemos visto, tuvieron en realidad una existencia bastante más breve de lo que se suele imaginar, apenas 70 años de los cuales solo 50 fueron de verdadera expansión para, finalmente, desaparecer en el momento en que las mismas potencias que los ayudaron a crecer les retiraron su apoyo. Como ya sabemos, su siguiente paso fue la piratería, pero eso ya es otra historia, y en ese caso el enemigo no era solo España, sino todas las potencias coloniales de la época ya que sus barcos podían ser abordados en cualquier parte del mundo, y ningún mercante estaba a salvo de ser víctima de estos perros del mar, como los llamaban los españoles.

En fin, ya sabemos quiénes eran los bucaneros, cómo surgieron y cómo fue su ocaso. En otro artículo ya entraremos en más detalles sobre las andanzas de estos personajes. Debo decir que me ha costado la propia vida dar término a esta historia porque hace unos días me provoqué un desgarrón muscular en el bíceps izquierdo que me ha puesto el brazo como el de Chuarcheneguer en sus mejores tiempos de "Acabator" y aún duele de cojones, así que igual me demoro un poco para continuar esta entrada hasta que termine de recomponerse la parte afectada, que luce un hematoma como nunca he visto en mi vida, juro a Cristo.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

Pinaza francesa. Estos pequeños pero ágiles y veloces barcos eran ideales para abordar mercantes desarmados. De hecho, la mayoría de las fechorías perpetradas por esta gentuza fueron llevadas a cabo con naves de este tipo, de la misma forma que los piratas somalíes actuales se apoderan de un mercante de varias decenas de miles de toneladas con una lancha provista de un motor fuera borda y media docena de melaninos armados con AK-47