viernes, 27 de febrero de 2015

Los enigmáticos cortagos


El estudio de la tormentaria y la poliorcética medieval nos depara a veces pequeños enigmas que, por lo general, no son ciertamente fáciles de dilucidar. Hablamos de máquinas o ingenios que aparecen en viejos códices que debemos interpretar ya que en los mismos no se hace referencia a su manejo o incluso a su nombre. Sin embargo, la cuestión es que existieron ya que los vemos perfectamente dibujados en los tratados de la época y, como en el caso que nos ocupa, incluso hay alguna que otra mención a su uso. No obstante, eso no facilita dilucidar con exactitud todo lo necesario para conocer los entresijos del invento en cuestión, así que nos vemos obligados a estrujarnos un poco la neurona para intentar asacar algo razonablemente lógico. 


A la derecha tenemos al protagonista de la entrada de hoy, el cortago. En este caso se trata de una ilustración de la obra de Valturio  DE RE MILITARI, escrita en 1472 y dedicada al condottiero Sigismundo Pandolfo, el Lobo de Rimini. Como vemos, se trata de una bombarda cuya ánima forma un ángulo recto y es definida según se puede leer en el grabado, como "otra admirable máquina", pero sin especificar como funcionaba o para qué servía. De hecho, ni siquiera menciona su nombre. En otras obras de la época se pueden ver copias del invento, pero sin darnos tampoco pistas al respecto. 


En el Diccionario Etimológico Militar de Almirante, que se limitar a copiar textualmente la definición que da de este artefacto el conde de Clonard, se especifica que el cortago era también denominado como compago, pero si miramos la página anterior del tratado de Valturio nos encontramos con este otro artefacto en el que, como vemos, aparece ese término. Sin embargo, COMPAGO en latín significa ensamblaje o unión, por lo que es evidente que el grabado no hace referencia al artefacto en sí, sino a la forma de ensamblarlo con su afuste que, en este caso, parece ser una base de madera en la que se atornilla la culata de la bombarda para usarla como un batemuros. Así pues, a mi modo de ver, el compago no era sinónimo de cortago sino una forma de ensamblar piezas de artillería con su afuste. 


Efigie sepulcral de Francisco Ramírez
Llegados a este punto tenemos poca cosa. Solo el conocimiento de la existencia de una peculiar pieza de artillería con una forma extraña y aparentemente poco o nada útil y cuya denominación tampoco queda clara. Pero, ¿para qué servía y cómo se usaba? Solo hay una referencia, y nos la da la Crónica de los Reyes Católicos escrita por Hernando del Pulgar y citada por Clonard. En la misma, se da cuenta de como Francisco Ramírez, capitán general de la artillería regia al servicio de Castilla, hizo minar una torre durante el cerco a Málaga. La resistencia de la guarnición de la torre era enormemente enconada, por lo que convertían en un suicidio aproximarse a la misma. Así pues, "... fizo una mina que llegaba fasta el cimiento de la torre primera (eran dos torres que defendían un puente), é fizo cabar fasta que llegó á lo hueco de la torre, é allí puso un cortago la boca arriba, é armáronlo para que tirase al suelo de la torre sobre el qual estaban los moros que la defendían."


Mina explosiva. Como vemos, el hornillo debía quedar
totalmente sellado para que su efectividad fuera
máxima
Tras dejar instalado el cortago, al cual no mencionan en ningún momento como compago, la lucha prosiguió con denuedo hasta que, a la vista de que era imposible desalojar a los enemigos de la torre, "... los artilleros pusieron fuego al cortago que estaba armado debaxo del suelo de la torre, é con el tiro que fizo derribó gran parte del suelo do estaban los moros que la defendían, é cayeron quatro dellos...(por el agujero abierto en el suelo)", quedando la torre totalmente inutilizada para su defensa, teniendo que ser evacuada por sus defensores. Esta es la única referencia que podemos encontrar al uso de este tipo de piezas que, por lo que se ve, funcionó adecuadamente y no hizo necesario el enorme gasto de pólvora habitual en las minas explosivas. Para detonar la misma se recurría a una larga salchicha que era prendida en la boca de la mina. Pero la ilustración de Valturio no nos da muchas pistas acerca de la morfología interna del arma. En el grabado que vimos más arriba solo se aprecia su aspecto externo, el oído que aparece llameando en la culata y la cureña de madera formando un ángulo recto. Pero, ¿cómo sería su interior? ¿Cómo se cargaría?

La respuesta podemos tenerla en un detalle aparentemente sin importancia que aparece en una lámina del Códice Latino 197. Abajo podemos verlo, dentro del ovalo rojo:




El protagonista de la ilustración es, obviamente, el jinete que va armado con uno de los primitivos truenos de mano que iban unidos al arzón de la silla. Sin embargo, a la derecha tenemos lo que obviamente son dos cortagos, dos bocetos que el artista plasmó como aprovechando el espacio libre que le quedaba en el folio. Conviene aclarar que las ilustraciones de este códice son en parte diseños y bocetos dispuestos de forma un tanto caótica y con algunas anotaciones acerca de su manejo. Por lo tanto, solo tendríamos que interpretar el boceto que nos legó el anónimo dibujante que ilustró el códice, lo que nos da la pieza que podemos ver en la ilustración superior. Tal como aparece en el boceto del códice, la pieza de mayor tamaño es desmontable: por un lado tenemos la recámara y por otro la caña. Dicha recámara sería cargada y atacada de la misma forma que una bombarda tras lo cual se le enchufaría la caña, se aseguraría el conjunto a la cureña y solo restaría añadirle la salchicha que dispararía el bolaño o la pelota de hierro con que estaba cargado. Es posible que se sellara la mina de la misma forma que las explosivas para aprovechar al máximo la presión desarrollada por la detonación.


En cuanto a la pieza de menor tamaño, en apariencia es un artefacto similar. En este caso, la recámara no forma un ángulo recto, sino que está encastrada directamente en la caña. En el detalle se ve como el proyectil sale disparado hacia arria, por lo que queda demostrado cual era su uso, su forma de emplazamiento y su efectividad. Así pues, ya hemos avanzado bastante. Tenemos que el cortago era una pieza de artillería destinada exclusivamente a actuar contra fortificaciones en sustitución de las minas, que fue empleado con éxito a finales del siglo XV, y que su existencia era conocida en al menos España e Italia. Solo nos quedaría por resolver una duda: ¿por qué este invento no prosperó mientras que se extendió por todas partes el uso de las minas explosivas, las cuales requerían grandes cantidades de pólvora y trabajo para que resultaran verdaderamente efectivas?


Colijo que la respuesta es simple. Un bolaño disparado hacia arriba no tenía poder destructivo suficiente para derribar una muralla de dos o tres metros de espesor. Lo mismo podríamos decir sobre una torre cuya base era maciza hasta la altura del adarve, lo que se traduciría en varios metros y, por ende, muchas toneladas de piedra y tierra para ser perforados por un simple bolaño. Así pues, solo cabe una respuesta posible, la cual he interpretado conforme podemos ver en la ilustración de la derecha: los cortagos solo eran utilizables contra torres si previamente se vaciaba la mayor parte del cimiento para que el bolaño pudiera ascender y, tal como narra Pulgar, perforar el suelo y destruirlo para inutilizar la torre en cuestión. Pero, ¿no era más fácil no andarse con tantas historias y volar sin más el objetivo? Evidentemente, creo yo. Por eso, los enigmáticos cortagos fueron una más de las tantas armas que apenas alcanzaron difusión por su escasa efectividad y la complejidad de su manejo para unos resultados poco contundentes. 

Bueno, creo que con esto quedaría aclarado este pequeño enigma, y que hemos podido dilucidar el funcionamiento de estas peculiares máquinas.

Hale, he dicho...

lunes, 23 de febrero de 2015

Rastrillos y órganos


Rastrillo y torno de la Torre de Londres

Los rastrillos- también denominados peines- aparecieron en Europa hacia el siglo XII, concretamente en Francia. La proliferación de este dispositivo tan extremadamente longevo, ya que estuvo operativo hasta el siglo XIX en los fuertes pirobalísticos de la época, se debió ante todo a la necesidad de poder cerrar con presteza los accesos de los castillos en caso de necesidad, o sea, por un ataque por sorpresa. Debemos considerar que el manejo de los puentes levadizos  era engorroso y lento, y que las puertas podían verse bloqueadas ante una masa de atacantes empujando hacia dentro. De ahí la aparición de los rastrillos los cuales, al descender desde su emplazamiento elevado, podían cerrar el paso de forma rápida y obligando a los posibles agresores a retirarse de su trayectoria ya que, por norma, estaban rematados por aguzados petos de hierro. Entre estos petos y su peso- varios cientos de kilos o incluso más de una tonelada- podían dejar literalmente clavado contra el suelo a todo aquel que se interpusiera en su paso, así que el personal atacante se andaba con ojo ante la visión de uno de estos dispositivos ya que ninguno, por razones obvias, quería verse aplastado y perforado a las primeras de cambio.

Su ubicación en los accesos de las fortificaciones podía ser delante o detrás de la puerta, si bien es más habitual verlos a continuación de estas. Del mismo modo, podía haber más de uno a lo largo del pasillo de entrada, formando así una trampa mortal a los invasores que se viesen copados entre dos rastrillos que eran imposibles de mover a viva fuerza porque, simplemente, su peso era excesivo incluso para varios hombres. Del mismo modo y a fin de impedirlo se podrían bloquear desde la parte superior, donde estaban los mecanismos para izarlo. Tal como vemos en la ilustración derecha, los rastrillos eran una reja fabricada con madera y/o hierro que se embutían en unas acanaladuras practicadas en el muro para bloquearlos totalmente. 

Con todo, en los castillos peninsulares es extremadamente difícil poder contemplar un rastrillo original, siendo los que se suelen ver burdas réplicas que, en casi todos los casos, ni se asemejan en nada a los de época e incluso ni siquiera están completos, estando formados solo por la mitad del mismo asomando entre las acanaladuras del acceso. En lo tocante a su funcionamiento, en la ilustración izquierda podemos ver los mecanismos que lo hacían subir o bajar. Como podemos observar, en una dependencia situada sobre la puerta se emplazaba un torno provisto de una rueda dentada con un retén que bloqueaba el rastrillo a la altura deseada. Para ayudar a manipular el torno se añadían unos contrapesos lo cual agilizaba bastante el izado de la pesada reja. Para hacerlo bajar de golpe bastaría liberar el retén y, ayudado por su peso, el rastrillo descendería de golpe, cerrando el paso de forma contundente.

Pero los rastrillos no solo eran emplazados en los accesos principales de los castillos, sino también en determinadas zonas sensibles como las puertas de las torres del homenaje o, en definitiva, cualquier zona que fuera considerada como de vital importancia y, por ello, que debía ser bloqueada con rapidez en caso de alarma. En la ilustración derecha tenemos un ejemplo, en este caso de un rastrillo fabricado enteramente con hierro ya que, por el pequeño tamaño del vano de la puerta, es factible construirlo con un material más resistente si bien más pesado. El torno, al igual que el ejemplo anterior, va provisto de dos contrapesos que, en este caso, descienden a través de dos huecos abiertos en los muros a fin de no precisar de mucha altura para emplazar el torno.

Los órganos


Pero la eficacia del rastrillo tenía su punto flaco, que no era otro que la facilidad con que podía ser bloqueado por los atacantes si estos sabían de la existencia del mismo e iban preparados para inutilizarlo. Bastaría un simple poste que, colocado en la ranura del muro, limitaría el descenso de la reja, dejando libre el paso a los enemigos y sin posibilidad de impedirlo. Para contrarrestar este inconveniente se creó una variante denominada órgano, la cual consistía en un juego de barrotes independientes sin trabazón alguna entre unos y otros, de forma que si uno o más eran bloqueados por algún objeto, los demás podían descender sin problemas. Su configuración podemos verla en la imagen izquierda. En este caso, el órgano lo conforman siete barrotes fabricados con hierro o una combinación de madera y hierro los cuales están suspendidos de un travesaño horizontal mediante largas cadenas de forma que, caso de bloquearse uno de los barrotes, no interfiera en el descenso del resto. En cuanto al mecanismo de izado es el mismo tipo de torno que vimos en los rastrillos convencionales. 


En este caso, los muros no precisaban de las acanaladuras para guiar la reja. Solo en la parte superior del vano se apreciarían unos orificios de forma romboidal o cuadrangular, según la disposición de los barrotes, por donde asoman estos tal como vemos en la ilustración derecha. Con todo, este dispositivo no tuvo tanta aceptación como los rastrillos ya que, al parecer, era más engorroso de manejar y la obra para su instalación más compleja. En cualquier caso, hay fortificaciones pirobalísticas del siglo XVIII que los usaban. Un ejemplo lo tenemos en el fuerte de Gracia (Elvas, Portugal), en donde se pueden observar las aberturas del órgano que cerraba el paso al reducto principal si bien los barrotes y mecanismos pasaron a la historia vaya a saber cuando ya que esta fortificación fue usada como prisión militar hasta hace pocas décadas. Por otro lado, de todos los fuertes que he visitado en el país vecino, que han sido prácticamente todos, es el único donde he visto este dispositivo, optando los demás por el tradicional rastrillo.

Bueno, para ser lunes ya vamos servidos, así que sanseacabó.

Hale, he dicho...

sábado, 21 de febrero de 2015

Estoques



Ante todo, se me espanten los anti taurinos porque estos estoques de los que hablaremos hoy no tienen nada que ver con las peculiares espadas con que los diestros finiquitan a los nobles y fieros toros hispanos. Antes al contrario son una tipología de espadas que, ciertamente, resultó bastante longeva y que dio pie a la creación de una de las armas con la impronta más española que se ha creado: la espada ropera. Pero no nos adelantemos y vayamos paso a paso...

Fragmento de la Biblia Maciejowski (c. 1240) que nos
muestra los demoledores efectos de las espadas diseñadas
para herir de filo.
Tal como pudimos ver en la serie de entradas dedicadas a las armaduras de transición, a partir del siglo XIII se empezaron a introducir en las panoplias de los hombres de armas y profesionales de la guerra diversas piezas rígidas que, inicialmente, estaban fabricadas con cuero hervido y más adelante por placas de hierro que cubrían tanto el tronco como las extremidades de los combatientes. Aunque las espadas al uso en la época seguían siendo las herederas de las antiguas espadas vikingas, armas formadas por una poderosa hoja muy ancha y una amplia acanaladura central que les daba gran flexibilidad y, por ende, ideales para herir de filo, era evidente que para dejar fuera de combate a un enemigo bien armado ya no valían. Esto no quiere decir, como es lógico, que esa tipología de espadas quedara relegada a la obsolescencia en dos días ya que la inmensa mayoría de los peones que nutrían las milicias de la época no disponían de armamento pasivo adecuado y, como podemos imaginar, los caballeros y hombres de armas seguían escabechándolos bonitamente propiándoles tajos bestiales que podían descabezarlos de un golpe o hundirles la hoja en sus atribulados cráneos hasta los dientes sin mucho problema. Pero lo que estaba cada vez más claro es que las potentes espadas al uso hasta esa época ya no valían para aliñar a un combatiente que iba cada vez más forrado de hierro en forma de lorigas y cotas de placas que, ya en el siglo XIV, se convirtieron en armaduras de platas prácticamente impenetrables.

Así pues, los armeros tuvieron que aplicarse el cuento y buscar nuevos diseños que permitieran vulnerar las cada vez más sofisticadas armaduras ante las que espadas ya no podían hacer nada. De hecho, una simple protección de cuero hervido no podía ser tajada por el filo de una de ellas, y solo haciendo uso de pesadas hachas, martillos de guerra o de mazas se podía intentar neutralizar a un enemigo bien armado. De ese modo surgió una nueva tipología cuyas hojas ya no eran anchas ni provistas de acanaladuras, sino estrechas, de sección romboidal y provistas de unas puntas aguzadas literalmente como agujas. Eran los estoques, término éste que, según Almirante, proviene del alemán stock si bien Leguina añade dos términos más hispanos aunque menos conocidos: espetones y espiches. Por cierto que de este último es de donde colijo debe venir lo de espichar. O sea, uno la espichaba cuando lo finiquitaban de un golpe de espiche. A la izquierda podemos ver uno de estos estoques, datable en este caso entre 1270 y 1350. La hoja es una pieza triangular de 74,5 cm. de longitud, 5,7 cm. de anchura y sección romboidal que la hacen mucho más rígida que sus antecesoras. La espiga se ha convertido en una fuerte pieza de sección rectangular y está rematada por un pomo discoidal. Todos estos detalles se traducen en un arma diseñada para herir de punta, valiéndose incluso de las dos manos: una empuña y la otra apoya la palma en el pomo para aumentar la fuerza del empuje, a lo que ayuda su peso: 1.450 gramos, lo que supone una masa muy elevada si la comparamos con los apenas 1.000 gramos de una espada destinada a herir de filo. De ese modo sí podían vulnerarse las cada vez más tupidas lorigas o incluso las placas de las cotas de la época. Por otro lado, no tardaron mucho en surgir las empuñaduras de mano y media (detalle inferior de la imagen) ya que una sola mano valía para dar tajos, pero no siempre para imprimir la suficiente energía a una estocada.

A lo largo del siglo XIV, las hojas fueron haciéndose cada vez más estrechas y puntiagudas en la misma proporción en que las armaduras de platas se iban haciendo más complejas y dejaban cada vez menos resquicios por donde clavar. Del mismo modo, algunas hojas eran de sección hexagonal como la que vemos a la derecha, un arma datada entre 1370 y 1400 y con una longitud de 82 cm. Dicha sección evolucionaba hacia la romboidal a medida que se aproximaba a la punta. El conjunto resultante era una hoja extraordinariamente rígida que, a pesar de su aparentemente escasa robustez, era como si empuñásemos un puntero de picapedrero. En algunos casos tenían una acanaladura que ocupaba solo el primer tercio de la hoja y, por norma, siempre de muy escasa profundidad para no hacerle perder rigidez. En cuanto al pomo es de los denominados como "de frasco de perfume", muy adecuados también para apoyar la palma de la mano.

Los estoques eran la única opción viable contra las armaduras que, ya a finales del siglo XV, se habían extendido por toda Europa. Y no solo entre los caballeros sino incluso entre hombres de armas con medios económicos e incluso soldados a sueldo que con la introducción de las brigantinas podían permitirse disponer de un armamento defensivo adecuado. El ejemplar que vemos en la foto superior data de 1460 y su hoja de 86 cm. de largo  tiene una sección que le da aún más rigidez: el primer tercio es hexagonal, y los dos siguientes romboidales. Y para aumentar su resistencia, una larga y fina nervadura recorre toda la hoja, dándole a la punta una sección casi cruciforme, similar a la de las bayonetas de cubo. Un puntazo bien colocado en una axila, entre las rendijas de la armadura, en la ingle o en el visor podía significar verse con varios centímetros de acero en el cuerpo que bastaban para que el enemigo espichara de forma gloriosa y eficiente.

Como vemos, una espada con una hoja de esa longitud y una empuñadura
de mano y media podía acomodarse perfectamente bajo el brazo y
empuñarla por la hoja ya que estas, al estar destinadas a herir de punta,
no estaban afiladas.
Una de las peculiaridades del estoque residía, además de en su especial morfología, en que era habitual hacer uso del mismo como si de una pequeña lanza se tratase. En las crónicas de la época hay testimonios de esto, señalando que los caballeros portaban la espada colgando del arzón derecho de la silla a fin de desenvainarla con facilidad cuando perdían o partían la lanza para, a continuación, embrazarla bajo la axila y atacar al enemigo y, por cierto, de forma bastante eficaz. El caso más antiguo que conocemos lo protagonizó Jean de Joinville, canciller de Luis IX de Francia y que tomó parte en la Séptima Cruzada. En la crónica de dicha expedición dejó constancia de como mató a un sarraceno tras embrazar su estoque como si de una lanza se tratase y, tras alcanzarlo, lo pasó de lado a lado cual aceituna rellena de anchoas con un mondadientes. En España, Marineo Sículo narraba como Fernando el Católico se vio en una ocasión seriamente comprometido al no poder desenvainar el estoque que pendía del arzón de su silla de montar, por lo que desde entonces optó por llevarlo siempre ceñido a la cintura.

Por este motivo, a lo largo del siglo XV se fueron alargando las hojas ya que tanto para usarlas como lanza de circunstancias como para ofender a los enemigos a más distancia era lo más ventajoso. El ejemplar de la izquierda, datado hacia 1525, tiene una hoja de 91,7 cm. de largo y apenas 3,5 de ancho, lo que la convierten en un estilete de gran tamaño, perfecto para apuñalar con saña bíblica a los enemigos mejor armados. Por otro lado, su peso la hacían un arma solo apta para hombres fuertes y diestros en el manejo de estas armas ya que alcanza los 1.400 gramos. De ahí que empezaran a fabricarse hojas provistas de recazo, una superficie de unos 3  ó 4 cm. de sección rectangular situada al comienzo de la hoja y totalmente desprovistas de filo que permitía pasar el dedo índice por encima de la cruceta y apoyarlo en la hoja, lo que ayudaba a equilibrar mejor el arma y poder así manejarla con más soltura a pesar de la extremada longitud de la espada.

La proliferación de los estoques, armas que por cierto gozaron de gran difusión en la Península, obligó a los tratadistas de la época a elaborar manuales para su correcto manejo y en los que era habitual ver imágenes como la que aparece a la derecha, en la que dos caballeros armados de punta en blanco usan sus estoques de una forma en apariencia poco o nada ortodoxa para lo que todos consideramos que era la esgrima de la época. Y es que agarrando el estoque por la hoja no solo se podían imprimir puntazos mortíferos, sino trabar la espada del enemigo o incluso usar la cruceta, recta o con una leve curvatura por lo general, como si de un pico se tratara o para hacer caer al adversario, tras lo cual le metían un puntazo en el sobaco, las ingles o en el visor del yelmo y aquí paz y después gloria, amén.

Por último, hacer una breve mención a los pomos usados en los estoques, los cuales eran generalmente de las cuatro tipologías que vemos a la izquierda. En primer lugar tenemos un pomo en forma de pera. A continuación, uno de frasco de perfume. El siguiente es discoidal y, por último, uno en forma de pera plana. Todos ellos, lógicamente, con sus pequeñas variantes y tamaños conforme a los gustos del dueño del arma pero, en todo caso, todos tienen algo en común y no es otra cosa que su forma redondeada y libres de aristas aguzadas que permitían apoyar la palma de la mano para potenciar el empuje.

El estoque, como ya adelantamos al inicio de la entrada, fue una tipología muy longeva ya que permaneció en activo hasta finales del siglo XVI, cuando evolucionaron hacia las espadas roperas que, al cabo, eran estoques llevados a la perfección tecnológica absoluta, armas perfectas para lanzar las estocadas más letales y para la que los maestros de esgrima de la época escribieron los manuales más enjundiosos del mundo. Enfrentarse con un avezado combatiente provisto de una espada ropera con una hoja de más de un metro de largo era tener todas las papeletas para ser aliñado antes siquiera de darle tiempo para encomendarse al Hacedor. Una estocada fulgurante podía atravesarle la cabeza de lado a lado o meterle la punta por el esternón hasta topar con el espinazo.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho...

Espada perteneciente a Estore Visconti, muerto en enero de 1413 durante el asedio de Monza. El arma, que apareció en la tumba de este belicoso ciudadano colocada sobre su cadáver momificado, es un preclaro ejemplo de la culminación de los estoques que surgieron a lo largo del siglo XIV. Su hoja mide 70,8 cm. de largo por 5 de ancho, y el peso total del arma es de 1,54 Kg. Como vemos, se trata de una espada robusta, muy pesada y provista de una hoja de sección romboidal lo suficientemente rígida y fuerte como para penetrar la loriga más tupida. Estas armas, a pesar de su aspecto estilizado, eran temibles en manos de un hombre diestro en su manejo




viernes, 20 de febrero de 2015

¿Cómo se fabricaban las bombardas?




Bombarda sobre su afuste y el cabrestante necesario para
colocarla en el mismo. En el manguito final se observa la
joya, un resalte destinado a hacer de punto de mira.
Aunque la fecha de introducción de la pólvora en Europa aún sigue siendo objeto de debate- y me temo que seguirá siéndolo durante mucho tiempo-, lo que sí tenemos claro es el sistema de fabricación de las primeras piezas de artillería, o sea, las bombardas o lombardas. A lo largo de todo el siglo XIV y hasta mediados del XV, la tecnología necesaria para construir las enormes piezas de la época no alcanzaba el nivel necesario para manufacturarlas mediante fundición, así que había que recurrir a la forja como si de una armadura se tratase. Por otro lado, este método constructivo también limitaba tanto el diseño de la pieza como la homogeneidad de los materiales según veremos a continuación.



Básicamente, una bombarda de la época que nos ocupa estaba formada por dos piezas: la caña y la recamara. Según vemos en el gráfico inferior, la caña era el cañón propiamente dicho. Era un cilindro hueco cuya construcción no era moco de pavo precisamente, y requería muchísimas horas de mano de obra ya que, como vemos en el gráfico A, el núcleo de la pieza estaba conformado por un determinado número de duelas de hierro que había que obtener a base de martillear y martillear hasta darle la forma adecuada. Obviamente, a mayor calibre más duelas de metal eran precisas. Una vez obtenidas las necesarias, había que limar los laterales según vemos en el gráfico B para ajustarlas unas a otras usando para ello una matriz de madera. Como ya podemos suponer, lograr una alineación adecuada a lo largo de toda el ánima era todo un logro. Cuando la matriz estaba totalmente forrada con las duelas de hierro se reforzaba el conjunto mediante manguitos que eran introducidos en caliente de forma que, al enfriarse, se contrajeran y ajustaran las duelas como si de un tonel se tratase. Se colocaban tantos manguitos como fuera necesario para cubrir toda la longitud de la caña. En el gráfico C tenemos una vista frontal del conjunto, formado por la matriz de madera, las duelas que la rodean y, finalmente, los manguitos.



Cuando la caña quedaba terminada se le añadían una serie de aros para reforzarla aún más soldándolos mediante caldeo y, al mismo tiempo, facilitar la sujeción de la pieza a su afuste gracias a las argollas de hierro que dichos aros tenían a cada lado. De esa forma, la pieza era asegurada mediante gruesas sogas que inmovilizaban más o menos el conjunto. El siguiente paso era fabricar la recámara, que era una pieza de morfología y construcción similar a la caña pero cerrada por un extremo y provista por el otro de un enchufe que era encajado dentro de dicha caña tal como vemos en el gráfico A de la ilustración inferior. En B tenemos una vista en sección de ambas piezas que nos permite saber la estructura interna tanto de la recámara como de la caña. La recámara era perforada dando lugar al oído, el orificio que, previamente cebado con polvorilla, permitía iniciar la carga de pólvora. El extremo de la caña donde era enchufada la recámara debía acoger de la forma más ajustada posible a esta a fin de impedir fugas de gases que restarían potencia al disparo. Por último, en C vemos la pieza ya cargada y lista para hacer fuego. Aunque los maestros armeros de la época guardaban sus conocimientos con más celo que un político el botín atesorado tras años de poltrona, por norma la carga solía ocupar las 3/5 partes de la recámara, añadiendo un taco de madera que ocuparía otro quinto del espacio disponible y quedando el quinto restante vacío. En el extremo de la caña vemos el bolaño de piedra que será disparado.




El inconveniente que tenía este sistema de recámara y caña separados era que, tras cada disparo, había que remover las cuñas y sogas que bloqueaban ambas piezas, requiriendo largo tiempo solo el sacar la recámara, recargarla y volverla a colocar en su sitio. De ahí que ya a mediados del siglo XV se optara por fabricar las bombardas de una sola pieza uniendo caña y recámara con varios manguitos que eran soldados mediante caldeo a fin de que el conjunto adquiriera la solidez necesaria. Este sistema no solo agilizaba el proceso de carga sino, como se puede suponer, la resistencia del conjunto tanto en cuanto resultaba más homogéneo. 

Porque, como ya se comentó al principio, este sistema de fabricación no proporcionaba a cada pieza un nivel de homogeneidad adecuado ya que cada una de las duelas y cada uno de los manguitos no habían sido fabricado exactamente igual que los demás componentes de la bombarda. Ello conllevaba ciertos riesgos que el maestro artillero debía tener siempre muy en cuenta ya que las temperaturas que alcanzaban estas piezas tras cada disparo podían alterar de forma negativa su estructura y producirse una explosión que acabase con la vida de los que se encontraban cerca de ella. De hecho, por norma había que esperar a que el metal se enfriara para poder recargar lo que hacía que la cadencia de tiro de estos mamotretos fuera insignificante durante las primeras décadas tras su introducción en los ejércitos de la época, siendo en algunos casos de solo dos disparos al día si bien lo habitual era entre ocho y diez. A más calibre, mayor carga de pólvora lo que se traducía en una mayor temperatura y, por ende, más tiempo para enfriarse. El resultado de un reventón lo tenemos en la imagen superior que, de paso, nos permite apreciar claramente las duelas y los manguitos que conformaban la pieza.

Bolaños de la famosa bombarda Mons Meg, de 51 cm.
de calibre y 175 kg. de peso
Debido a que inicialmente se consideraba que debía primar la masa del proyectil sobre su velocidad (eso de la energía cinética aún no lo tenía claro), las bombardas resultantes alcanzaban un calibre y un peso considerables, siendo necesario para su transporte gran cantidad de personal y de animales de tiro. Por mencionar un ejemplo podríamos citar la bombarda de Gante, pieza en dotación del ejército de Borgoña a finales del siglo XIV. Esta bombarda tenía un calibre de 638 mm., 244 cm. de longitud y disparaba un bolaño de piedra de 270 kg., para lo cual eran necesarios 63 kg. de pólvora nada menos. Con todo, su alcance efectivo no iba más allá de los 200 ó 300 metros. Para la fabricación de la caña fueron necesarias 32 duelas y 41 manguitos sin contar los aros de refuerzo.

En fin, no creo que se me olvide nada.

Hale, he dicho...

jueves, 19 de febrero de 2015

Enemigo mío 3



El asesinato de Julio César no solo supuso un tremendo revulsivo en la sociedad y la política romana, sino también el nacimiento o el encono de odios entre los diversos líderes de cada facción o aspirantes a serlos. De hecho, los asesinos del dictador daban por sentado que el pueblo los aclamaría como a sus libertadores, pero se llevaron un chasco tremendo porque no solo no los aclamaron, sino que incluso pidieron sus cabezas porque, las cosas como son, César le caía muy bien al personal y veían en sus matadores a una panda de OPTIMATES envidiosos que solo querían ser los amos del cotarro.

De entre los conspiradores, tenemos a uno en especial que, aunque tenía un pico de oro proverbial, faltó a clase el día que hablaron sobre el arte de nadar y guardar la ropa. Hablamos, naturalmente, del inefable Marco Tulio Cicerón o, dicho con propiedad, MARCVS TVLLIVS CICERO (se pronuncia kikero, que por cierto significa garbanzo), un peculiar ciudadano que se pasó la mitad de su vida política haciéndole la pelota a César y la otra media odiándolo fervorosamente Sin embargo, a pesar de su pública enemistad hacia el dictador, hasta los mismos asesinos no quisieron que tomara parte en el magnicidio porque tampoco se fiaban de él ni un pelo. En realidad, Cicerón era el típico político romano que debió vivir décadas antes, cuando la honestidad y el deber para con la cosa pública era algo sacrosanto para los padres de la patria. Sin embargo, se vio envuelto en una vorágine de ambiciones desmedidas y, por su incuestionable elocuencia, deseado por las dos facciones surgidas a raíz de la guerra civil entre César y Pompeyo. Simplemente se equivocó de bando cuando, a pesar de la insistencia de César por sumarlo a su partido, prefirió ponerse de parte de Pompeyo y los senadores que, en teoría, defendían la pureza de la república.


Ahí podemos ver la reconstrucción de su jeta, basada en uno de los escasos retratos que se conservan de su persona. Cicerón era de orígenes plebeyos si bien en algún momento de la historia alguno de sus ancestros fue elevado de rango, alcanzando el ORDO ECVESTER. Pero eso no quita que tuviera un cerebro de primera clase y que su capacidad con la oratoria y la dialéctica aún sean la quintaesencia del verbo para cualquier orador que se precie a pesar de haber pasado más de dos mil años de su ominosa muerte, de la que se dio cumplida cuenta en esta entrada que se publicó en su día. Obviamente no me refiero a oradores de la actual clase política ya que esos ni saben lo que es, no ya la oratoria, sino siquiera saber hablar de forma razonablemente inteligible. Sus rebuznos, ladridos y farfullos más bien se asemejan a los que emitiría un homo afarensis en plena persecución de un mamut bien gordo. 


Y aquí lo tenemos, un ratito antes de largar su primera Filípica contra Marco Antonio- que también era un enconado enemigo suyo- lo que solo le sirvió para que su nombre fuera subrayado en la lista negra que Antonio y Augusto tenían preparada para vengar la muerte de su amado líder. Y no porque tuviera las manos manchadas de sangre, sino por su indecisión, su empeño en no aclararse y, sobre todo, porque su pico de oro tenía más peligro que una caterva de germanos cabreados.


Y aquí tenemos a su enemigo Octavio, el cual cambió de nombre varias veces a lo largo de su vida como era habitual en los romanos de postín cuando eran adoptados por otros o se les añadía algún mote por alguna proeza o hazaña. En todo caso, como ha llegado a nosotros de la forma más conocida es como Augusto, al que se dedicó un mes del año en su honor -agosto- de la misma forma que a su tío abuelo César se le dedicó el mes de julio. Cuando su mentor y pariente fue acuchillado alevosamente en el senado, nuestro hombre solo tenía 19 años. Su corta edad y su nula experiencia política y militar dio a entender a muchos que sería un simple pelele empezando por Antonio, un hombre curtido en todos los aspectos, leal seguidor de César y que en aquel momento tenía ya 39 años. Pero todo el mundo se equivocó de medio a medio. El rubito, paliducho y en apariencia birrioso Octavio supo irse quitando de encima uno a uno a sus competidores para alcanzar el poder incluyendo a los de su propia facción. Solo los más leales a su persona, como Agrippa, pudieron acompañarle en el carro de la victoria. Y, obviamente, Cicerón no estaba entre los agraciados con su generosidad, sino más bien lo contrario ya que su oposición a Marco Antonio y su incuestionable posicionamiento en favor de los OPTIMATES lo hicieron candidato de primera clase a la proscripción y, por ende, a pasar a formar parte de los habitantes del Más Acá para ir a nutrir el censo de los del Más Allá. 


He aquí al joven Octavio en pleno debate senatorial cuando los debates senatoriales servían para algo más útil que leer el periódico, hacer sudokus de esos o dar trabajo a traductores que no sirven para nada. Obviamente, hablamos de una época en que la política era un instrumento destinado al bien común, no para el bien de una horda de trepas sin oficio ni beneficio con menos moral y decencia que la que se podía encontrar en el patio de Monipodio. Alguno pensará que el verdadero enemigo de Cicerón fue Marco Antonio tanto en cuanto era el, en teoría, aspirante número uno a suceder a César. Pero Octavio era en realidad un enemigo sutil y taimado, no como Antonio, al que se le veía venir desde lejos. Octavio se dejaba querer, no parecía peligroso, pero nunca le tembló el pulso para ordenar la muerte de los que consideraba un obstáculo en su carrera. Así pues, igual que permitió la muerte de Cicerón para contentar a Antonio, luego no dudó en acabar con su aliado cuando dejó de serle útil. En fin, que a pesar de sus pocos años tenía una enjundia impropia de su edad.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho...

miércoles, 18 de febrero de 2015

Fury



Hace bastante tiempo que no publico una entrada sobre cine histórico así que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, creo que esta reciente película se merece una mención aunque la época en que transcurre se salga un poco del ámbito histórico del blog. Por cierto que nunca entenderé la absurda manía de las distribuidoras cinematográficas de cambiar los títulos de las películas. Si se titula "Fury" en referencia al nombre del carro de combate, a santo de qué ponerle esa chorrada de "Corazones de acero", que en Sudamérica rebajan a simple hierro cardíaco. Por lo demás, la película vale para echar una tarde devorando palomitas a todo aquel que se deleite en la contemplación de estos monztruoz azezinoz en acción ya que, las cosas como son, aunque el argumento tiene menos enjundia que la bóveda craneana de un político y está muy visto eso del papanatas que se ve rodeado de tipos feroces y despiadados pero que al final se vuelve igualmente feroz y despiadado como sus conmilitones, las escenas de acción están a mi entender bastante bien traídas y, lo más importante, no cometen gazapos notables salvo uno que, en realidad, está relacionado con el desenlace final si bien de eso hablaremos más adelante.

Por lo demás, a quien en realidad quiero dedicar la entrada no es a la película en sí, sino a su protagonista que no es precisamente el sargento Wardaddy (que curiosamente significa "papá guerra") ni sus valerosos muchachos, sino al Fury, el Sherman que tripulan esos cinco ciudadanos yankees incluyendo al papanatas. Daré cuenta de algunos detalles curiosos acerca del carro de forma que puedan vuecedes apabullar bonitamente a sus cuñados, y parar la peli cada cuatro minutos para explicarles los pormenores de la máquina bélica en cuestión de forma que, con suerte, se largue humillado antes de que medie la película y no tenga tiempo de dejarnos la botella de malta de 12 años llena de aire. Veamos pues...


El Fury es un carro Sherman cuya denominación oficial era M4A3E8. Ese galimatías alfanumérico significaba: carro medio modelo M4 versión A3 con suspensión horizontal HVSS (Horizontal Volute Spring Suspension) que dio lugar al E8. Los yankees, por aquello de abreviar, lo denominaban Easy Eight. Dicha suspensión fue instalada solo en esta versión de las tropocientas que se hicieron del Sherman ya que las anteriores eran del tipo VVSS, o sea, bogies de suspensión vertical. El tipo HVSS era lo verdaderamente representativo de esta versión tanto en cuanto era lo que la diferenciaba de los restantes A3. Por otro lado, mejoraba notablemente el confort de marcha a la tripulación, disminuía de forma significativa la presión específica sobre el suelo y requería de menos mantenimiento por desgaste que la VVSS.

Aunque las especificaciones del Sherman se pueden encontrar en cualquier parte, aporto algunos datos para ir apabullando al cuñado nada más empezar la película: entró en servicio en agosto de 1944. Iba armado con un cañón de 76 mm. emplazado en un montaje M62 a su vez instalado en una torreta T23 obtenida mediante fundición. El peso total del vehículo era de 33.700 kg., con un blindaje máximo en el frontal del casco de 108 mm. y 64 mm. en la torreta, a los que habría que añadir otros 89 mm. más del escudo del cañón. La torreta disponía de un sistema hidráulico- además del manual- para girarla, realizando un giro completo en apenas 15 segundos. El motor era un Ford GAA de 8 cilindros y 450 CV que requería de 636 litros de gasolina para obtener una autonomía de unos 160 km. Ojo, la autonomía de estos chismes siempre se calcula circulando por carretera a velocidad de crucero (unos 30 km/h. en este modelo), por lo que obviamente siempre era inferior. Un paseo en el Fury saldría hoy un poco caro al precio que está la gasofa ya que se tragaba entre 4 y 5 litros al kilómetro. La velocidad máxima era de solo 42 km/h., más o menos la habitual en los carros de combate de su época, y su caja de cambios tenía cinco marcha pa´lante y una pa´tráh.

Bien, dicho esto veamos algunos detalles para ir dando al botón de pausa del DVD y empezar a poner inquieto al cuñado.


Foto 1. La flecha señala un arco metálico que rodea la rótula de la ametralladora de proa. Era el soporte para una cubierta de lona impermeable que se usaba solo para los desplazamientos en tren, etc. A la derecha se ve el trinquete del cañón, que se usaba igualmente en las mismas circunstancias. A la izquierda aparece una de las luces del vehículo. La visera que la cubre era para que no fueran detectadas a distancias grandes o desde el aire.
Foto 2. Eso es el ventilador del compartimiento delantero del casco, destinado tanto a renovar el aire interior como a evacuar los humos producidos por los disparos. En el techo de la torreta había otro. Con todo, las tripulaciones solo cerraban las escotillas si la cosa estaba verdaderamente chunga ya que el aire se volvía irrespirable cuando se hacía fuego con una cadencia elevada.
Foto 3. Esos muelles eran para facilitar la apertura de la escotilla del cargador. Justo encima de la flecha se ve el retén para dejar bloqueada dicha escotilla cuando estaba abierta ya que un simple bache podría bastar para dejarla caer encima del que se asomara por ella, hundiéndole el cráneo de forma sorpresiva y con consecuencias muy desagradables.
Foto 4. Esas bandas metálicas eran para sujetar una lona de protección del escudo del cañón a fin de impedir la entrada de agua y suciedad entre este y el montaje de la torreta. Era habitual perderlo o, cuando se estropeaba, no reponerlo.


Ahí tenemos el puesto de conducción. En la foto de la izquierda vemos los instrumentos para conducir el carro y el asiento del piloto, el cual era regulable en altura y distancia. Para circular se hacía uso de las dos palancas que aparecen en el centro de la imagen. Eran simples frenos que actuaban sobre la rueda de tracción de cada lado. Para frenar el vehículo no había pedales, sino que se tiraba para atrás de ambas palancas. El piloto tenía dos pedales: uno a la derecha para el acelerador y otro a la izquierda para embragar. A su derecha tenía tres palancas más: una era el freno de mano, otra para el cambio de marchas y la otra era un acelerador manual para cuando se circulaba por carretera a velocidad de crucero. Ah, y hasta tenía una bocina que se accionaba pisando un botón situado justo encima del pedal de embrague por si se cruzaba alguna viejecita candorosa o un chucho desvalido a causa de la guerra.

En la foto de la derecha vemos el tablero de controles situado a la izquierda del piloto y que el mejicano Gordo tiene lleno de fotos de familia que, por cierto, si se fijan dos de ellas son idénticas. En dicho tablero tenía todo lo necesario: velocímetro, cuenta-revoluciones, indicadores de presión y temperatura del aceite, botón de arranque, amperímetro y varios chivatos. Si el motor no arrancaba siempre se podía echar mano a un manubrio que se introducía por la parte trasera y, en plan coche años 20, intentar ponerlo en marcha echando los bofes. 


Para poder ver lo que pasaba en el exterior del vehículo disponían de varios periscopios, los cuales eran desmontables y además llevaban varios de repuesto por si acaso.

Foto 1. Muestra el periscopio del ametrallador de proa, o sea, el papanatas. La flecha señala una almohadilla de cuero destinada a apoyar la frente cuando se observaba, no fuese uno a abrirse la cabeza con el meneo de la marcha campo a través.
Foto 2. Estos periscopios eran giratorios, pero accionados a mano tal como se ve en la foto. El piloto tenía otro igual, lo que limitaba bastante su campo visual. De ahí que solo optaran por cerrar la escotilla cuando entraban en combate con infantería enemiga cerca de ellos. Si era contra otros carros o durante un avance, conducían con la cabeza fuera.
Foto 3. Esa foto no es del Fury, sino de otro de los Shermans que lo acompañan, concretamente en este caso un M4A1. Como vemos, el periscopio instalado en la escotilla de esta versión no giraba, sino que estaba orientado hacia el lado izquierdo en el caso del piloto y del derecho en el del ametrallador. Para compensarlo, disponían de sendos visores de visión frontal que se ve delante de la escotilla.
Foto 4. La foto nos permite apreciar el sistema de montaje de los periscopios del Fury, los cuales iban encastrados en una carcasa hueca provista de una ranura por la que se deslizaba un tornillo que se apretaba mediante una rueda dentada, la cual podemos ver dentro del círculo rojo. Si se quería ocultar el periscopio durante los traslados para que no se ensuciaran bastaba aflojar el botón, tirar un poco hacia abajo y volver a apertar. La parte superior quedaría tapada por una tapa metálica provista de una bisagra que le permitía girar de arriba abajo sin tener que manipularla.
Foto 5. Escotilla del jefe de carro, circunvalada por cinco visores que, la verdad, permitían un campo de visión inferior prácticamente nulo debido a su ángulo. Eran por otro lado la única entrada de luz natural cuando se cerraban todas las escotillas. 


Foto 1. En esa vista frontal del carro vemos: dentro del círculo rojo está la abertura para el telescopio T-92 con el que el tirador apuntaba el cañón. En el círculo amarillo está la ametralladora coaxial, una Browning M1919 que, además de su evidente misión defensiva, tenía como objeto marcar los blancos antes de disparar el cañón para no desperdiciar el proyectil. En el círculo blanco aparece la abertura del mortero M3 de calibre 2" destinado a lanzar botes de humo cuando hacía falta salir echando leches sin que el enemigo pudiera apuntarle o saber hacia donde se dirigían. 
Foto 2. En tirador en acción apuntando la pieza a través del telescopio T-92. El jefe de carro designaba el objetivo y ordenaba al cargador el tipo de munición a emplear, que podía ser perforante cuando el objetivo era otro carro, rompedora para atacar a la infantería y de fósforo blanco cuando convenía convertir en torreznos al personal o incendiar lo que fuese. El tirador solo disparaba cuando recibía la orden de abrir fuego por parte del jefe de carro. 
Foto 3. Eso es, y por una vez no mete la gamba el director de turno, que te ponen a veces lo que se ve por un visor telescópico de otro modelo, lo que el tirador veía por el T-92. En la parte superior se lee "76 M62", o sea, cañón de 76 mm. y montaje M62. El resto de símbolos son un escalímetro para calcular distancias, derivas, etc.
Foto 4. Lo que aparece dentro del círculo rojo era un sistema instalado en versiones más primitivas del Sherman y que, tal como parece ser, es un punto de mira. Pero no era usado para apuntar el cañón, sino para que el jefe del carro pudiera orientar la torreta en dirección al blanco ya que él era el encargado de designarlos. Una vez orientada la pieza el tirador se encargaba del resto.


Ahí vemos el interior de la torreta, que tenía un diámetro de solo 175 cm. en el que se tenían que desenvolver tres personas y la culata del cañón. Como vemos, está pintada de blanco como era habitual para aminorar la sensación de claustrofobia. Otros ejércitos pintaban los interiores de celeste claro, de beige o incluso de plata.

Foto 1. A es el asiento del cargador. B el del jefe de carro y C el del tirador. Alrededor del anillo de la torreta se ven los soportes para la munición de uso inmediato. El resto, hasta los 71 proyectiles de dotación del carro, iban distribuidos en los costados y el suelo del casco en armarios "húmedos", un sistema que se ideó para impedir que, caso de incendiarse el interior del vehículo o fuese alcanzado por un proyectil enemigo, explotara la munición. La idea consistía en que estos armarios iban rodeados de agua la cual se derramaba si el armario era alcanzado. Aunque esta medida era considerada por muchos como una gilipollez ya que una carga hueca reventaba el carro llevara agua o no, según las estadísticas del ejército alrededor de un 10-15% de los carros con almacenaje húmedo se incendiaron frente al 60-80% de los que iban provisto de almacenaje seco. En fin, las estadísticas ya se sabe... En cuanto a la culata del cañón, la vista que ofrece la foto muestra la rejilla destinada a proteger el costado izquierdo del tirador ya que, en caso de despiste o por un movimiento repentino del vehículo, éste podía verse aplastado por el retroceso del cañón. 
Foto 2. Vista superior del puesto del tirador con todos los mandos necesarios para su cometido. En la parte superior del centro de la foto se ven los prismáticos del jefe de carro en su funda. Aunque en la película aparezca un interior bastante caótico debido a la costumbre de dejar cada cosa donde a uno le parece, la realidad es que estos chismes estaban provistos de todo lo necesarios para tener cada cosa en su sitio y cada sitio para su cosa, incluyendo las herramientas y respetos del vehículo que permitían a la tripulación llevar  a cabo reparaciones de todo tipo incluyendo el cambio de ruedas o cadenas averiadas.
Foto 3. Ese pedal muestra dos botones. El del círculo rojo era para disparar el cañón, y el amarillo para la ametralladora coaxial. Este sistema de disparo eléctrico era puesto en marcha mediante una llave con su chivato correspondiente que, al ser girada, encendía dicho chivato de rojo, indicando que el sistema eléctrico de disparo estaba listo. Caso de no funcionar, el cañón era disparado de forma manual. La ametralladora, en ese caso, era disparada por el cargador valiéndose del visor que tenía sobre el techo de la torreta.
Foto 4. Con esa rueda el tirador accionaba el ángulo de tiro del cañón. Para girar la torreta tenía un mando eléctrico y otro manual. El ángulo de elevación y depresión oscilaba en ese modelo entre los +25º y los -12º.


Foto 1. Para comunicarse entre los miembros de la tripulación se recurría a un laringófono, que es ese collar que el piloto lleva al cuello con dos micros apoyados a cada lado de la laringe. Era un sistema bastante práctico ya que quedaba pegado al cuerpo y no estorbaba para nada. Por cierto que en los bombarderos se usaba el mismo tipo. De ese modo, el tremendo ruido en el interior del vehículo permitía hablar e impartir órdenes entre los ocupantes del mismo. 
Foto 2. Una vista del equipo de radio instalado en la parte trasera de la torreta. La radio solo podía ser usada por el jefe de carro, que era el que tenía el único micro disponible.
Foto 3. El sargento Wardaddy aparece con el casco de carrista del que pende un cable con una clavija marcada en rojo. Esta clavija se conectaba a otro cable que iba a un sistema centralizado por el que la voz recogida por los laringófonos iba a parar a los auriculares que equipaban los cascos. Eso sí, podían hablar todos a la vez de modo que no sería muy agradable semejante galimatías. En todo caso, siempre se podía desconectar la clavija y santas pascuas.
Foto 4. En el círculo vemos las conexiones al sistema interno de comunicaciones. Se aprecian dos cables: uno para el casco y otro para el laringófono.


Aquí tenemos el fallo garrafal de la película. En la batallita final, los malvados SS intentan, y al final logran, lanzar un par de granadas al interior del Fury. Bien, eso era en realidad imposible. Veamos por qué:

Foto 1. En el círculo vemos el sistema de cierre de las escotillas del casco. Ese pivote era bloqueado mediante un cierre interno que impediría abrir la escotilla desde fuera.
Foto 2. Lo mismo, pero para la escotilla del jefe de carro.
Foto 3. Idem de idem, en este caso en la escotilla del cargador vista desde dentro. Se aprecia perfectamente el básico pero eficiente sistema de cierre, que no es más que una palanca giratoria que hace que el perno transversal bloquee la escotilla.
Foto 4. La escotilla de escape en el suelo del casco por la que el papanatas logra escapar antes de que las dos granadas lanzadas dentro del Fury exploten. Obviamente, a nadie se le ocurriría intentar acceder desde fuera por ella ya que, además, también era bloqueada desde dentro. Esa escotilla estaba situada detrás del asiento de ametrallador de proa,  y el resto de la tripulación lo tenía complicadillo para llegar hasta ella salvo que fuesen culebras. El que peor lo tenía sería el piloto, que tendría que pasar por encima de la enorme transmisión que partía en dos el de por sí escaso espacio disponible en el casco.

En definitiva, si la infantería enemiga no disponía de armas anticarro no tenían literalmente forma humana de entrar en el vehículo como no fuera volándolo con explosivos. Era, por así decirlo, como cercar un castillo sin máquinas de asedio. Es un detalle bastante chorra y un fallo absurdo pero, en fin, peores cosas se han visto en el cine bélico.


El armamento secundario del carro consistía en dos ametralladoras M1919A4 de calibre 30-06 (7,62 mm.) y una ametralladora pesada M2HB de calibre .50 (12,70 mm.) emplazada en el techo de la torreta para uso, en teoría, anti-aéreo, si bien se usaba más contra vehículos ligeros, camiones e infantería enemigos. La Browning extra que porta el Fury encima de la torreta es eso, un extra. No he visto ninguna foto de un Sherman con dos ametralladoras en la torreta. De hecho, muchos prescindían incluso de la M2. La dotación de proyectiles en el Easy Eight era de 600 cartuchos de calibre .50, 6.250 de 30-06 y 12 botes de humo para el mortero M3. Esta era la munición estibada en el interior del vehículo, pero las tripulaciones siempre cargaban con varias cajas de munición extra en la parte trasera del carro.

Foto 1. Vista del mortero M3, el cual era accionado manualmente por el cargador. Justo delante del mismo se puede ver el visor de este tripulante.
Foto 2. Puesto del ametrallador de proa. Bajo la máquina se ve el soporte para la caja de munición señalado con una flecha. Dentro del círculo rojo se aprecia el aspirador de humos que estaba conectado con el extractor que vimos más arriba. Su ubicación no tiene otra finalidad que evacuar los gases producidos por los disparos de la ametralladora. En cuanto a la puntería, el ametrallador no disponía de visores de ningún tipo. Para ello se tenía que servir del periscopio de la escotilla y guiarse por las balas trazadoras que, como bien dicen en la película, se montan una por cada cinco cartuchos normales, lo cual es por cierto habitual en todos los ejércitos del mundo mundial.
Foto 3. Las flechas señalan dos ángulos de hierro colocados en la trasera de la torreta que estaban destinados a estibar la ametralladora pesada durante los traslados. En teoría, iban provistos de unos enganches para sujetar cajón de mecanismos y cañón, ambas piezas separadas. En la práctica, la M2 nunca era removida de su sitio salvo para repararla, e incluso durante los traslados ferroviarios se limitaban a cubrirla con su lona de protección. Así pues, el soporte de marras servía para colgar de todo menos la ametralladora.
Foto 4. Una vista del afuste exterior de una ametralladora. Los pasadores marcados con las flechas eran los retenes que sujetaban la máquina al mismo. Para removerla solo había que extraerlos y, en un periquete, la ametralladora era reemplazada o colocada en otro sitio. Iban roscados por cierto.
Foto 5. Esa pequeña escotilla situada en el costado izquierdo de la torreta era para evacuar las vainas de cañón servidas. Obviamente, en un espacio tan reducido como era el interior de la torreta ya era un gran molestia ver acumuladas varias vainas rodando de un lado a otro y a una temperatura bastante elevada.


Esa imagen de los Shermans forrados de sacos terreros y con troncos en los costados es bastante habitual en las fotos de la época. Era un modo ideado por las tripulaciones para compensar el escaso blindaje que era traspasado como si fuera mantequilla por los proyectiles de 75 mm. de los Panthers y los de 88 mm. de los Tigers. Para ello, se valían de unos 140 o 150 sacos terreros colocados sobre una viga soldada a cada lado del casco y a las que se añadían unas especies de rejas para contenerlos. Los sacos añadían un peso extra de unas tres toneladas al carro. A eso, sumaban cualquier cosa capaz de aminorar los letales impactos de los cañones enemigos, desde fragmentos de cadenas a ruedas de repuesto o incluso a tramos de chapa extra soldada en puntos clave de la torreta y los costados del carro, llegándose incluso a llevar a cabo esta mejora desde las fábricas. En cuanto a los troncos, su finalidad era ayudar a sacar el carro de la arena o el fango cuando se atascaba.

Aparte de eso, era habitual llevar estibado en el exterior toda clase de objetos, desde munición extra a cajas de raciones C, bidones de gasolina- los famosos jerrycans copiados a los alemanes-, macutos, mantas, lonas, el cubito, etc. La imagen del Sherman literalmente atestado de chismes es de hecho bastante icónica, y los aficionados al modelismo militar llevan la torta de años siguiendo los diseños de dioramas que genial Verlinden puso de moda hace 30 años y en los que se veían carros que parecían camiones de mudanzas. 


La vívida y terrorífica escena del Sherman ardiendo es bastante realista. A pesar de las medidas contra-incendios esos chismes ardían que daba gusto, y más si un panzerfaust te metía por el costado un chorro de gas incandescente a 3.000º. A la derecha vemos la instalación contra-incendios en la torreta. En el óvalo grande aparecen dos depósitos con 10 libras de dióxido de carbono, y en el pequeño vemos el mecanismo de presión. El sistema contra-incendios era accionado por el piloto, habiendo otro mando en el exterior del vehículo. Ojo, este sistema era para apagar incendios en el motor. Para el interior del carro se disponía solo de dos extintores de 4 libras, uno en la torreta y otro en el casco. O sea, que si el Sherman era alcanzado ardía sí o sí. 

En fin, aunque este tema daría para mucho más, supongo que con estos datos curiosos se puede dejar callado y humillado al cuñado más pertinaz. En todo caso, si el jodido muestra aún más conocimientos siempre se le puede echar matarratas al güisqui y santas pascuas. Añadir solo que el Sherman tuvo una vida operativa bastante larga. De hecho, a raíz de la creación del estado de Israel en 1947, como nadie quería vender armas a los judíos pues estos ciudadanos tan maltratados optaron por enviar compradores a todas las chatarrerías de los Estados Juntitos, donde había miles de Shermans para desguace de los excedentes de la guerra. Compraron cientos de ellos como chatarra, para lo cual nadie les podía objetar nada y, una vez en Israel, canibalizando piezas de unos y otros lograron formar una fuerza acorazada que, junto a la pericia de sus tripulantes, pusieron las peras a cuarto a sus enemigos árabes. Más tarde reformaron sus Easy Eight dotándolos inicialmente de un cañón francés de 75 mm., dando lugar al modelo M50 y, posteriormente, le pusieron uno de la misma procedencia de 105 mm. que precisó rediseñar la torreta, dándole más longitud para albergar la enorme culata del cañón. Era el denominado M51, el cual puso las peras a cuarto a los T-55 egipcios aún siendo estos mucho más modernos. Estuvo operativo hasta los años 70 nada menos.

En fin, ya vale por hoy. Como imagen de cierre dejo esa vista cenital del Fury tras la batalla final rodeado por multitud de enemigos muertos. 

Hale, he dicho...