jueves, 8 de diciembre de 2016

Armaduras medievales modernas. La Sappenpanzer


Grupo de tedescos vistiendo sus Sappenpanzer. Con las granadas de mango que se asemejan a mazas medievales
casi parecen sacados por un túnel del tiempo desde cuatro siglos atrás


Soldado alemán vistiendo una
Sappenpanzer del modelo inicial
Prosiguiendo con la serie monográfica dedicada a la armaduras empleadas durante la Gran Guerra, en esta ocasión hablaremos del modelo diseñado por el ejército alemán, la denominada como Sappenpanzer (armadura de trinchera) o también como Brustpanzer (armadura de pecho) y Grabenpanzer (armadura de zanja). Como ya vimos en la entrada dedicada a la coraza Ansaldo empleada por los italianos, dicho diseño era bastante versátil ya que podía ser empleada tanto como armadura de trinchera, como parapeto para tiradores e incluso por los arditi que se infiltraban en las trincheras enemigas para dar golpes de mano. Sin embargo, la Sappenpanzer no ofrecía tantas opciones y, aunque con un peso similar a la Ansaldo, su diseño mostraba claramente que su empleo estaría limitado a posiciones estáticas como centinelas, observadores de primera línea, escuchas, ametralladores, artilleros y, en definitiva, cualquier soldado cuya misión le obligara a permanecer en lugares expuestos, especialmente a la metralla de la artillería enemiga. No hay evidencias de que los tedescos se preocupasen de buscar un diseño alternativo más ligero para su empleo por parte de infantería o tropas de asalto, por lo que podemos dar por sentado que se limitaron a buscar una armadura lo suficientemente sólida como para reducir el número de bajas entre las tropas más expuestas al fuego enemigo en determinados cometidos.

Dos observadores con la coraza colgando a la espalda, lo que
les protegería de proyectiles de artillería o metralleros
que explotasen detrás o encima de ellos
La Sappenpanzer debió hacer su aparición hacia la segunda mitad de 1916 ya que, aparte de ser la época en que comenzó a ser vista en el frente por las tropas aliadas, un año más tarde cayó en manos de estas un documento firmado por el mariscal Ludendorff procedente de un oficial alemán prisionero en el que se apremiaba a llevar a cabo una serie de reformas en la citada armadura, lo que indica que ya llevaba meses operativa y que había sido testada en el frente el tiempo suficiente como para tener claros los defectos a corregir en su diseño. En dicho documento dejaba constancia demás de que no era en modo alguno recomendable usar la Sappenpanzer durante operaciones propias de la infantería, y que correr, saltar o gatear con aquel chisme encima solo servía para agotarse y verse entorpecido.

La coraza original, pintada con el típico feldgrau (gris de campaña) alemán, estaba conformada por un peto de 47 cm. de largo rematado por la parte superior por dos largas extensiones curvadas cuyo cometido era sustentar la coraza sin necesidad de correas. De ese modo, la Sappenpanzer quedaba colgando de los hombros, pudiéndose quitar en un periquete en caso de necesidad; por otro lado, este sistema permitía usarla tanto del derecho como del revés colgándola a la espalda si era preciso. Para proteger el abdomen y la zona púbica estaba provista de tres placas a modo de cola de langosta unidas con dos correas de lona tal como se aprecia en la imagen superior. Para eliminar la posibilidad de que el roce entre ellas hiciese ruido se añadían dos capas de fieltro de pelo de vacuno por placa. 

Los tedescos, gente pragmática como nadie, se preocuparon de producir estos chismes en base a un razonamiento impepinable: había soldados bajitos y soldados grandotes, así que se fabricaron en dos tallas, señalando la misma en la parte interior izquierda tal como vemos en la foto, dentro del círculo. Esta toma podemos también apreciar las amplias hombreras que permitían usarla sin necesidad de correas de ajuste, si bien este sistema tenía un defecto: si el soldado se tenía que tumbar y avanzar a rastras lo tenía más que complicado. Por lo demás, era una coraza fabricada con acero Krupp aleado con silicio-níquel que le proporcionaba una dureza superior a 360 HB, o sea, que era más duro que un cuerno porque el acero inoxidable se queda en 250 HB. Su peso, dependiendo de la talla, iba desde los 8,6 a los 10,8 kilos, siendo el grosor de la chapa de 3,3 mm. en la talla grande y de 3,5 en la pequeña. Sí, no es un baile de números. La coraza de mayor tamaño se fabricaba con una chapa 0,2 mm. más fina para ahorrar peso. Esto es hilar finísimo, pero ya sabemos como las gastan los germanos, ¿no? En todo caso, dicho grosor le permitía resistir disparos directos con munición de calibre 30-06 a 55 metros y, lo más importante, protegía de la infinidad de fragmentos y esquirlas de metralla que volaban por los campos de batalla y que producían cientos de bajas diarias.

Pero, como ya comentamos anteriormente, la Sappenpanzer tenía un uso restringido. El Alto Mando se dio por enterado en cuanto empezaron a llegar informes del frente en los que se hacía referencia a lo engorrosa que era para tropas en movimiento, así como la dificultad que suponía cualquier actividad con ella puesta, principalmente lanzar granadas y disparar. Esto último se debía a que el borde de la coraza impedía mover el brazo hacia adelante y, por otro lado, la cantonera de acero de los fusiles alemanes resbalaba sobre su superficie, también metálica. En la foto de la derecha podremos apreciar mejor este detalle. Como vemos, la flecha señala la zona mencionada, y se puede ver como, en efecto, deja muy poco espacio para poder mover el brazo con la libertad necesaria a la hora de arrojar bombas de mano o apoyar la culata del fusil. Así mismo, la imagen nos muestra el alto nivel de protección que ofrecía la Sappenpanzer ya que cubría por completo el bajo vientre y la zona púbica, siendo la primera de ellas una parte de la anatomía humana donde las heridas son más dolorosas en caso de que una bala o la metralla alcancen el estómago. También conviene señalar la embocadura para el cuello, que impedía que un proyectil que impactase en el pecho y saliese desviado hacia arriba entrase por la parte inferior de la mandíbula.

Estas y otras modificaciones fueron sugeridas durante un periodo de varios meses de pruebas en el que se entregaron gran cantidad de corazas a las tropas del Sexto Ejército para su evaluación. Tras contrastar todos los informes recibidos se recomendó llevar a cabo las siguiente mejoras:

En primer lugar, rebajar la parte del peto que limitaba el movimiento del brazo, la cual hemos sombreado en rojo en el gráfico de la izquierda. De ese modo se ganaba movilidad especialmente a la hora de lanzar granadas. Para mejorar el apoyo de la culata del fusil se añadió un tope como el que vemos en el detalle y que era fijado en la zona señalada por la flecha. Este tope impedía que al apretar la culata contra el hombro o al disparar resbalase hacia afuera debido al retroceso. También se sugería dotar a la Sappenpanzer de dos correas para impedir que colgase cuando el usuario tuviese que permanecer o avanzar tumbado. Estas correas se fijarían mediante unos ganchos a la pieza E, de las que iría una en cada costado. Sin embargo, parece ser que, finalmente, se prefirió un cinturón que rodeaba la espalda de lado a lado por la zona lumbar en vez de las dos correas cruzadas ya que ese sistema requeriría de menos tiempo para quitársela con rapidez. 

Soldado yankee posando con una Sappenpanzer delante de
una pila de armaduras capturadas a los alemanes
También se recomendaba que las hombreras estuviesen fabricadas con piezas aparte fijadas con tres tornillos para poder ajustarla a la anchura de la espalda y la caja torácica del usuario, y para aliviar la presión que ejercía la coraza tras largos periodos de tiempo con ella puesta se recomendaba forrar dichas hombreras por dentro con algún tipo de acolchado. Por último, se añadirían dos ganchos F para poder llevar colgando bolsas de herramientas, granadas o, en definitiva, cualquier impedimenta. Así pues, para testar toda esta serie de reformas se fabricó inicialmente una pequeña partida de dos unidades por compañía que fueron enviadas al 2º batallón del 95 Rgto. de Infantería. Los resultados debieron ser altamente satisfactorios ya que hasta el final de la contienda se fabricaron nada menos que medio millón de Sappenpanzer

En fin, nada más resta que contar. Si acaso, añadir que la Sappenpanzer debió ser objeto de la codicia de los british (Dios maldiga a Nelson) ya que se conservan fotos como la de la izquierda, en las que se ven tommies usando estas corazas, y eso que el ejército británico (Dios maldiga de nuevo a Nelson) fabricó varios modelos, los cuales ya podremos ver con detenimiento en una próxima entrada. En todo caso, lo que sí quedó claro es que la Sappenpanzer fue el modelo que más difusión tuvo y el que se fabricó en más cantidad, así que debió funcionar bastante bien, digo yo...

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho



martes, 6 de diciembre de 2016

RETIARIUS TUNICATUS, los gladiadores homosexuales



Mirmilón y tracio. Estos tipos de gladiadores encarnaban la quintaesencia
de la virilidad entre el público, especialmente el femenino, todo lo contrario
a los RETIARII TVNICATI que veremos a continuación
Por regla general, muchos piensan que la homosexualidad no solo estaba tolerada en Roma, sino incluso vista en cierto modo como si se tratase de una especie de moda o pecado menor. Sin embargo, independientemente de que la condición de bisexuales u homosexuales fuesen cosa sabida en determinados personajes como Adriano, Galba, Sila o el depravado Gaio Calígula, que además practicaba el incesto, la realidad es que en modo alguno era considerada como moralmente aceptable por el personal. Recordemos, por ejemplo, cómo a César se le acusó durante mucho tiempo de haberse prostituido a Nicomedes, rey de Bitinia, cuando éste le dio asilo al verse obligado a largarse de Roma cuando Sila lo proscribió, y hasta se tuvo que vengar de los que lo tacharon de μαλακός (malakos, blando), que era como los griegos denominaban de forma despectiva a los homosexuales, calzándose a las parientas de todos sus enemigos políticos para demostrar que de malakos nada y, de hecho, toda su vida fue un hembrero de tomo y lomo. Séneca lo manifestaba claramente en sus QVESTIONES NATURALES (VII,31.3) cuando decía que "aún no hemos abandonado por completo toda virilidad. Lo que nos queda de buenas costumbres desaparece bajo la elegancia y brillantez de nuestros cuerpos. Hemos vencido a las mujeres en afeites; los colores de las meretrices, que nuestras matronas rechazaron, los hemos adoptado nosotros. Aféctense actitudes afeminadas, paso inseguro y delicado: no andamos, nos deslizamos; nos adornamos los dedos con anillos, y en cada falange brilla una piedra preciosa". Así pues, como vemos, el tema de la homosexualidad no estaba ni remotamente tan tolerado como se suele imaginar, independientemente de que la alta sociedad se permitiera semejantes prácticas ya que, como pasaba, pasa y pasará, los que detentar el poder y la riqueza suelen hacer lo que les da la real gana.

Así pues, los EFFEMINATA y los CINÆDI estaban muy mal considerados, y solían ser blanco de las puyas y las demoledoras ironías de los picos de oro de la época. Otro ejemplo lo tenemos en la Sátira II de Juvenal, donde narra como un miembro de la nobilísima familia de los Gracos "...dio 400 sestercios de dote a un tañedor de corneta (se refiere al CORNV)" al desposarse con el mismo como si de hembra se tratase, y añade que "gran cena hubo luego donde estuvo la nueva desposada (el Graco ya citado) del consorte en el pecho reclinada". ¿Que a santo de qué este introito acerca de la homosexualidad en Roma? Pues para que vuecedes se pongan en situación para comprender mejor el cómo y el por qué de estos peculiares gladiadores. Veamos pues...

Retiario. Al parecer, del mismo modo que los
tracios, mirmilones u hoplómacos eran los más
demandados por las matronas romanas, estos eran
los más solicitados por los homosexuales ricachones
para sus escarceos
Como ya sabemos, dentro de toda la FAMILIA GLADIATORIA, los RETIARIVS eran considerados como la clase más baja, los infames entre los infames. Este desprecio supino se debía a que sus técnicas de combate eran consideradas como poco honorables ya que se basaban en agotar al adversario, abusar de su agilidad para esquivar sus golpes y ataques y, en definitiva, rehuir en todo momento el cuerpo a cuerpo aprovechándose de su red para atraparlos. Según Suetonio, el inefable Clau-Clau-Claudio "hacían degollar a todos los que caían (...) y, en especial a los RETIARII, cuyo semblante moribundo le gustaba contemplar". ¿Y cómo diferenciar, dentro de los vilipendiados RETIARII, a los que aún eran más abominables según la moral romana? Pues vistiéndolos con una túnica por ser considerada esta prenda como algo propio de afeminados entre luchadores que, salvo contadas excepciones, combatían cubiertos exclusivamente por el BALTEVS y el SVBLICACVLVM. Recordemos que, para un romano, vestir una túnica con manga larga estaba mal visto por ser precisamente propio de afeminados, de modo que ya podemos ver como eran de puntillosos con estos temas. Así pues, de esa forma se creó un nuevo tipo de gladiador asimilado a los RETIARII pero que, para marcar la diferencia de cara al público, luchaban vestidos con una túnica. Eran pues los RETIARII TVNICATI.

SECVTOR, el adversario habitual de los retiarios
Obviamente, no por ser homosexual uno se veía obligado a la condición de gladiador, ni mucho menos estaba considerado como un delito como asombrosamente aún ocurre en nuestros días en determinadas culturas sino que, simplemente, se les diferenciaba del resto de luchadores quizás como una forma de escarnio por tratarse, según Petronio, de GLADIATORIS OBSCENVM. Ya sabemos que los romanos eran especialmente imaginativos a la hora de buscar formas con las que hacer más divertido los MVNERA, y una de ellas consistió en echar a la arena a un retiario señalado como afeminado por su indumentaria para que se viera las caras con un SECVTOR o un MURMILLO en teoría muy machotes ambos. El Graco mencionado anteriormente dio un lamentable espectáculo ya que, según Juvenal, "estaba de tridente armado siguiendo al mirmilón por la arena" para, finalmente, fallar al lanzarle la red y verse obligado a salir echando leches para no caer ante su irritado contrincante, el cual se sintió extremadamente humillado por verse obligado a combatir contra un EFFEMINATVS que, además, era evidente que no se trataba de un profesional, sino uno de tantos romanos que se alistaban en un LVDVS para, durante un tiempo previamente pactado, luchar en la arena. De hecho, por relatos como este hay autores como S. G. Owen que sugieren que el uso de la túnica podría servir para señalar la diferencia entre los típicos gladiadores esclavos de los que se alistaban en los LVDI por su propia voluntad. Sin embargo, yo personalmente difiero de esta opinión ya que, según hemos visto en entradas anteriores, todo aquel que se pusiera en manos de un lanista renunciaba a todos sus privilegios como ciudadano, y se veía relegado a la misma condición infamante que el resto de la FAMILIA GLADIATORIA durante toda la duración del contrato. Y, por otro lado, los que se alistaban para combatir como tracios, hoplómacos, etc., no vestían ninguna prenda diferente a las usabas por sus colegas esclavos ni llevaban encima nada que los distinguiese como ciudadanos que habían elegido convertirse en gladiadores por su propia voluntad.

Mosaico que muestra al SECVTOR Astynax enfrentándose al
TVNICATI Kalendio. Este presenta una túnica que le cubre
solo el hombro izquierdo, seguramente para tener más
movilidad.  La letra theta Θ que se ve sobre Kalendio
indica que no salió vivo del brete a pesar de haber
logrado atrapar a su oponente con la red
Los lanistas los aceptaban como pupilos porque la demanda de gladiadores era constante, y si encima podía ofrecer a los EDITORES de los MVNERA algo más, digamos, exótico, pues más dinero obtenía por el alquiler de sus luchadores. De hecho, incluso se sugiere que podrían actuar como cómicos, organizando divertidas peleas entre gladiadores convencionales muy cabreados por verse obligados a luchar contra una especie de payasos circenses. En todo caso, lo que sí sabemos en que los TVNICATI no podían convivir con sus colegas heterosexuales ya que estos los despreciaban con toda su alma y eran habituales las pendencias y riñas entre unos y otros. Un retiario convencional QVI NVDVS PVGNARE, que combatía desnudo, o sea, con el torso descubierto, detestaba a aquellos que lo hacían vestidos con la dichosa túnica. Así pues, para vitar males mayores los TVNICATI eran alojados en dependencias aparte, separados del resto de sus colegas, IN QVO MORBVM SVVM EXERCEAT, o sea, donde practicaban su pasión sin que nadie les diera el coñazo.

Para mayor desesperación de los defensores de las
buenas costumbres, la homosexualidad y la pederastia
se introdujeron en Roma hacia el siglo II a.C. El
mismo Tiberio fue un pedófilo contumaz durante su
retiro en Capri
Colijo que para ingresar como TVNICATVS en un LVDVS no bastaba con ser homosexual a secas, o sea, un hombre de apariencia normal pero con apetencias contrarias a su sexo, sino que debían ser EFFEMINATA o CINÆDI, es decir, hombres de aspecto y maneras afeminados. Un EFFEMINATVS era en sí un sujeto de apariencia y hermosura femeninas, mientras que un CINÆDVS, latinización del griego κιναιδος (kinaidos), eran sujetos cuyo aspecto era aún más ambiguo y, por decirlo de alguna forma, indefinido, y que además se prestaban a ser sodomizados y a adoptar el rol pasivo en una relación homosexual. Como es lógico, poner en la arena a un gladiador de apariencia viril aunque en realidad fuese homosexual no despertaba el morbo entre la berreante plebe que se desgañitaba en los anfiteatros, así que echaban por delante a los TVNICATI que, con su indumentaria, ya anunciaban lo que eran. En todo caso, algunos autores sugieren que la afluencia de gladiadores homosexuales a los LVDI podría ser debida a que allí nadie los incordiaba demasiado y podían llevar a cabo sus apetencias sin que nadie los molestara. Al cabo, solo los personajes de postín se lo podían permitir sin tener que dar cuentas a una sociedad tan contradictoria como la romana ya que, según Séneca, "mientras que uno se amputa lo que le hace hombre, el otro busca asilo deshonrado en el circo, se vende para morir y se arma para hacerse infame", o sea, que se unían motu proprio a un LVDVS para convertirse en un gladiador. Diría pues que queda claro que, en efecto, muchos homosexuales preferían alistarse con un lanista a pesar de caer en un oficio infamante y peligroso con tal de librarse de la presión social y familiar.

Otro TVNICATVS que, al igual que el anterior
presenta la túnica cubriéndole solo el hombro
izquierdo. En este caso muestra su daga
ensangrentada, lo que indica que venció a su
oponente, un tal Mazicinus
Por otro lado, en modo alguno debemos considerar a los TVNICATI como unos inútiles que solo salían a la arena para causar la rechifla de la plebe. Como es lógico, las tendencias sexuales no tienen nada que ver con el coraje y el vigor físico aunque en aquellos tiempos se pensaba lo contrario, así que podrían enfrentarse con cualquier adversario con las misma probabilidades de éxito que un retiario heterosexual a pesar de las burlas de Juvenal al respecto cuando, refiriéndose a los TVNICATVS, decía que "estas mismas son a quienes fatigan y hacen sudar la cíclada (prenda propia de matronas) y la seda. Nota el quejido con que dan los golpes que les enseñó el maestro, como se dobla el yelmo bajo el peso...". Si embargo, Suetonio relata como durante unos juegos presididos por Calígula, cinco TVNICATI se enfrentaron con otros tantos SECVTORES, rindiéndose los primeros a los segundos apenas comenzó el combate. Cuando Calígula ordenó degollarlos por su escasa o más bien nula combatividad, uno de los TVNICATVS echó mano a su tridente y escabechó a sus cinco enemigos, dejando al personal con un palmo de narices, especialmente al controvertido césar que vio aquel acto como "el asesinato más cruel" tanto en cuanto los TVNICATVS, una vez rendidos y sentenciados, debían aceptar su destino según las normas. No se sabe como acabó la cosa, pero merece señalar que el TVNICATI le echó bemoles y que, en cierto modo, la rendición debió ser más bien un ardid para acabar con los SECVTORES en un periquete.

Un EQVES, gladiador que combatía a caballo. Quizás su
túnica estaba permitida por emular durante los combates
a la caballería convencional
En fin, no se sabe mucho más de estos curiosos combatientes. Debieron aparecer durante el principado, quizás en tiempos de Gaio Calígula, al que su degenerado carácter le hacía idear chorradas cada vez más surrealistas para contentar a la plebe cuando se despertaba creyendo que era Venus o incluso Zeus. Tampoco se sabe cuando desaparecieron, al menos como homosexuales declarados pero, en cualquier caso, no deja de ser digno de señalar que, en una sociedad como la romana, estos personajes fueran tan mencionados por autores como Juvenal, Séneca o Petronio, lo que es un claro indicio de que alcanzaron cierta fama. Por último, comentar que no se sabe a ciencia cierta por qué en el caso de los TVNICATI se consideraba la túnica como signo de infamia ya que otros gladiadores como los EQVES o los VENATORES la usaban sin que por ello sufrieran ningún menosprecio. A mi entender, la causa más probable sería, como se mencionó anteriormente, porque los gladiadores luchaban con el torso desnudo, lo que se tomaba como signo de hombría, por lo que los que carecían de esa condición debían hacerlo cubiertos. O, también como una posibilidad, que dicha túnica estuviese provista de mangas largas lo que, como ya comentamos anteriormente, se consideraba propio de afeminados, siendo muy mal visto vestirlas salvo en el caso de críos pequeños y ancianos que, por su edad, precisaban de prendas de abrigo.

Bueno, se acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

sábado, 3 de diciembre de 2016

Asesinatos: Clito el Negro


Alejandro a punto de dejar en el sitio a su fiel Clito
Es probable que muchos de los que me leen ya conozcan el ominoso fin de Clito, uno de los más fieles servidores del desmedido Filipo II y, a la muerte de este, de su hijo Alejandro III. Pero como también es probable que otros muchos no hayan oído hablar  en su vida de este probo sujeto, pues no estaría de más dar cumplida cuenta de los luctuosos hechos que dejaron de manifiesto por enésima vez el verdadero carácter del belicoso monarca macedonio, el Sikander deificado por los persas. Porque Alejandro, como sucede con todos los hombres que han llevado a cabo grandes hazañas o han creado grandes imperios, ocultaba en realidad una personalidad compleja, una ambición sin límites y, quizás lo peor, una megalomanía propia de quien es nombrado dios viviente y encima va y se lo cree. Alabado sin descanso por muchos de los que narraron su vida, la realidad es que se trataba de un personaje con más carencias afectivas que una iguana viuda encerrada de por vida en un terrario, proclive a todo tipo de excesos, totalmente rendido ante el peloteo y los halagos pero, al mismo tiempo, celoso e irritable en grado sumo con quién le mostraba su verdadero rostro. Su mayor afán y lo que le llevó a conquistar por conquistar hasta que sus mismas tropas le tuvieron que decir "basta ya" no fue ni más ni menos que la implacable ansiedad, el inagotable deseo de superar a su padre, y no supo o no quiso darse cuenta de que la lealtad de sus valerosos falangitas se empezó a resquebrajar cuando quiso, quizás con buena fe, igualar a todos sus súbditos sin ver que los vencedores no estaban por la labor de ser considerados como iguales a los que habían derrotado en el campo de batalla. Y no, esto no va de la vida de Alejandro, pero conviene tener en cuenta esta serie de facetas sobre la personalidad del macedonio para entender mejor toda esta historia. Así pues, tras este introito, vamos al grano.

Los hetairoi rodean a su rey durante la batalla
Clito, hijo de Dropidas, nació en una fecha indeterminada entre los años 380 y 367 a.C. Nuestro hombre pertenecía a una noble familia macedonia cercana a la persona de Filipo ya que su hermana Lanice fue nodriza del heredero, el futuro Alejandro Magno. Su mote no obedecía, como algunos creen, al color de su pelo sino para diferenciarlo de otro Clito apodado el Blanco, hiparco (ιππαρχός) de la caballería macedonia. Tras haber servido lealmente a Filipo, su hijo lo mantuvo en uno de los puestos de más responsabilidad del ejército, ostentando el rango de comandante de la ilé basiliké, el Escuadrón Real formado por los hetairoi (εταῐροι), los Compañeros, las personas más allegadas a los monarcas macedonios cuya misión consistía en protegerlos en todo momento. Clito, cuya fidelidad a Filipo había sido absolutamente granítica, era el hombre más indicado para semejante puesto ya que juró lealtad a Alejandro nada más ser asesinado Filipo, y en una nación donde hasta aquel momento ni un solo monarca había palmado de viejo apaciblemente tirado en su piltra, contar con vasallos fieles siempre era un punto a favor para poder ir cumpliendo años hasta que una conjura organizada por algún hermano, hijo, cuñado o incluso ajeno a la familia real pusiera término a su mandato y, naturalmente, a su existencia.

Momento en que Clito siega el brazo de Espitrídates. A la izquierda,
tapándose el rostro herido, Resaces intenta quitarse de en medio
Su hecho más conocido tuvo lugar en la batalla del río Gránico, celebrada en mayo del 334 a.C., al comienzo de la invasión macedonia al vasto imperio de Darío III. En dicha batalla, Clito salvó la vida de su rey si bien, como es habitual en estos casos, hay diversas teorías al respecto. La más conocida nos la da Plutarco que, en su "Vida de Alejandro", narra como este fue reconocido por el penacho y las dos plumas blancas que lucía en su yelmo por Espitrídates, sátrapa de Lidia y Jonia, y su hermano Resaces. Mientras que Alejandro hería en la cara a Resaces con su xysthon, una lanza de unos 3,5 metros de largo propia de los jinetes, Espitrídates le arrojó un dardo que le partió el penacho y le atravesó el yelmo hasta herirlo levemente. A continuación metió mano a su espada para rematar a Alejandro pero, en aquel momento, Clito lo pasó de lado a lado con su lanza. Sin embargo, Quinto Curcio afirmaban que, en realidad, fue el mismo Alejandro el que acabó con Espitrídates y que Clito se limitó a interponer su escudo entre su rey y Resaces, que se abalanzaba en aquel momento en ayuda de su hermano. Por otro lado, la escena que describe Diodoro detalla como la lanza de Espitrídates atravesó el escudo de Alejandro para, finalmente, impactar contra su hombro derecho, protegido por la coraza. Por último, el mismo Diodoro es el que dio la versión que afirma que Clito cortó de un golpe el brazo del sátrapa mientras que Alejandro finiquitaba al hermano de este, el cual le habría partido el yelmo con un golpe de espada. En todo caso, la cosa es que el macedonio pudo proseguir sus conquistas gracias a Clito, sin cuya intervención habría sido bonitamente escabechado y Alejandro habría pasado a la historia como el enésimo rey de Macedonia muerto antes de tiempo.

La vidorra de ensueño que los macedonios encontraron en los palacios
persas pudieron ser motivo para la orientalización de Alejandro
En las sucesivas batallas que tuvieron lugar hasta la muerte de Darío, Clito siguió ostentando el mando de la ilé basiliké, y su lealtad fue premiada cuando, tras la caída en desgracia y ejecución de Filotas en el 330 a.C., fue designado junto con Hefestión, el más abnegado amigo y leal compañero de Alejandro, para mandar los hetairoi y, posteriormente, a finales del verano del 328 a.C. fue recompensado con las satrapías de la Bactriana y la Sogdiana. Como vemos, la posición de Clito en el entorno de Alejandro estaba totalmente consolidada, y nadie podría imaginar los sucesos que estaban por venir a causa, principalmente, de la actitud del macedonio hacia las naciones vencidas. 

Un noble persa se postra ante el rey. La proskynesis, o sea,
el acto de acatamiento absoluto ante un ser viviente, era una
costumbre considerada como abominable por los macedonios,
que solo se postraban ante sus dioses. Alejandro la aceptó
muy a pesar de sus nobles
Alejandro procedía de una cultura en la que primaba la austeridad y abominaba de los lujos. De hecho, los persas siempre habían sido sañudamente criticados por los griegos debido precisamente a las narraciones que llegaban desde Oriente, en las que se daba cuenta de los lujos inimaginables y los palacios de ensueño en los que vivían los monarcas persas. Y Alejandro, al que su megalomanía lo hizo rendirse al constante halago por parte de la aristocracia de sus antiguos enemigos, no tardó mucho en orientalizarse en sus costumbres, lo que siempre fue mal visto tanto por sus tropas como por sus allegados cuando lo veían vestido con una mezcla de indumentaria a la moda de los persas y los medos. Para colmo, para afianzar su naciente dinastía no dudó en casarse con las hijas de sus antiguos enemigos de forma que su descendencia fuese el fruto de un mestizaje considerado por los macedonios como indigno. 

Jinete rodeado de pájaros de buen augurio. Los griegos
eran tan supersticiosos como luego lo fueron los romanos
Según Plutarco, en el otoño de aquel mismo año de 328 a.C. llegó el final de Clito no sin antes, como está mandado, tuviesen lugar los presagios de turno que auguraban un desenlace bastante chungo. Un buen día llegó al palacio de Alejandro en Samarcanda un cargamento de frutas procedentes de Grecia, lo que agradó en extremo al monarca. Al parecer, hizo llamar a Clito para compartir con él- y suponemos que también con el resto de los hetairoi- aquel obsequio procedente de su añorada Macedonia, donde no habían vuelto desde hacía ya varios años. Cuando los mensajeros del rey llegaron a casa de Clito para darle aviso, éste se encontraba sacrificando unas reses a los Dioscuros, dos héroes hijos de Zeus y Leda más conocidos como Cástor y Pólux. Clito, que obedeció la orden de forma inmediata, salió acompañado de los emisarios y, curiosamente, tres de las reses que estaban dispuestas para el sacrificio siguieron a nuestro hombre.

Alejandro, que tuvo conocimiento de este curioso suceso, lo notificó enseguida a dos famosos adivinos espartanos, Aristandro y Cleomantis, que rápidamente coincidieron en que era una señal de mal fario. A Alejandro, que era tanto o más supersticioso que sus congéneres, no le hizo ni pizca de gracia aquel presagio, y menos aún cuando recordó que, tres días antes, había tenido un sueño en el que Clito, vestido de negro, aparecía sentado junto a los hijos de Parmenión, los cuales habían muerto todos. Esto acojonó un poco al macedonio, que ordenó a sus adivinos llevar a cabo los sacrificios necesarios para alejar los malos augurios y así, sin más historias, todos prefirieron olvidarse de aquel asunto y acudir a la fastuosa comilona que el monarca había ordenado preparar. 

Banquete entre griegos. Se ponían de grana y oro en
todos los sentidos
Como era habitual en todos los saraos entre macedonios, estos no tardaron en agarrarse unas cogorzas de antología. Dados como eran al consumo del vino, solían beber de forma totalmente inmoderada mientras que los persas presentes se dedicaron, como tenían por costumbre con sus reyes, a hacerle la pelota de la forma más descarada al vanidoso Alejandro. Pero lo que hizo perder la paciencia a Clito fue cuando alguien comenzó a recitar unos versos obra de un tal Pránico en los que se mofaba cruelmente de Andrónico, a la sazón cuñado de Clito, que junto a Caranos, Erigyos y Artabazos había sido derrotado por el rebelde Satibarzanes y, además, había palmado en batalla. Cuando los macedonios presentes empezaron a protestar, Alejandro, en vez de hacer callar al cantor, siguió jaleando y riéndose de la sátira junto a sus palmeros persas. Clito, que ya estaba bastante recalentado por el vino, se encaró con el rey. A nadie debe extrañar esa teórica falta de respeto ya que los Compañeros tenía ese privilegio, poder tratar de igual a igual a sus reyes.

Así pues, nuestro hombre afeó a Alejandro que se burlase de aquellos desgraciados, a lo que este replicó que era cosa suya confundir desgracia con cobardía. Eso terminó de airar a Clito, que no dudó en recordarle que si estaba vivo y apalancado en su montaña de cojines era gracias a él.

-¡Esta cobardía te salvó a ti, descendiente de los dioses, cuando ya tenías encima la espada de Espitrídates, y a la sangre de los macedonios y a estas heridas debes el haberte elevado a tal altura, que te das por hijo de Amón renunciando a Filipo!- le gritó Clito bastante cabreado.

Alejandro, que tenía una tendencia a la cólera equiparable a sus ansias de inmortalidad, se enzarzó con Clito en un violento intercambio de palabras que no presagiaba nada bueno. El Negro no paraba de lanzarle puyas cada vez más hirientes, actitud propia de hombres que llevan demasiado tiempo tragando quina, y le espetó que los afortunados eran los macedonios muertos ya que no tendrían que ver como los suyos eran azotados por los medos y buscaban la intercesión de los persas para ser recibidos en audiencia por su rey. A eso añadió que no llamase a su mesa a hombres libres que hablaban con franqueza, y que mejor viviera entre bárbaros y esclavos que adorasen su ceñidor persa y su túnica blanca. 

Alejandro, completamente fuera de sí, le tiró una manzana a la cabeza y se revolvió en busca de su espada, la cual había sido previsoramente escondida por Aristófanes, uno de sus guardias, a la vista del cariz que estaba tomando la pendencia. Mientras tanto, los más cercanos a Clito lo sacaron a empellones del salón sin que este dejase de gritar y reprocharse a Alejandro todo lo que le tenía guardado, así que la cosa se puso verdaderamente... tensa. Tras ser finalmente expulsado de la sala, logró entrar por otra puerta y exclamó encarándose nuevamente con Alejandro:

-¡Qué injusticia, ay de mí, comete Grecia!

Momento en que Alejandro ensarta a Clito
Eso fue la gota que colmó la ya de por sí exigua paciencia del macedonio que, a falta de otra cosa, arrebató una lanza a un guardia y la arrojó contra Clito, acertándole con tanto tino que este apenas pudo emitir un estertor antes de quedarse más tieso que la mojama. Ver a su amigo de tantos años, a su leal súbdito hermano de la mujer que lo crió, muerto pasado de lado a lado por la lanza fue suficiente para que se evaporasen de golpe tanto el alcohol trasegado como la ira que lo dominaba. Enloquecido por el remordimiento se abalanzó hacia el cadáver y extrajo el arma homicida para, a continuación, intentar clavarse la moharra en el pescuezo pero, afortunadamente, sus somatophylakes (cuerpo de guardaespaldas nutrido por la nobleza) anduvieron rápidos de reflejos y lo agarraron, impidiéndole cometer un auto-asesinato allí mismo. 

Así acabo el valeroso Clito tras servir a dos generaciones de reyes macedonios. ¿Se pasó tres pueblos y debió callarse? Colijo que lo mejor habría sido cantarle las cuarenta a su debido tiempo a su desmedido monarca, porque la ira del paciente es la peor que existe. En cuanto a Alejandro, ni fue el primer avenate de su vida ni el último. Su carácter era de todo menos comedido, y acostumbrado cada vez más a las costumbres persas digería fatal que le hablasen con franqueza y que le recordasen que los persas habían sido enemigos de Grecia durante siglos. En cualquier caso, se quedó el hombre bastante contrito por su mala acción. Según Plutarco, lo llevaron a sus aposentos, donde pasó toda la noche llorando a moco tendido y mortificándose por su mala leche y su mal beber, no permitiendo la entrada a nadie. Finalmente, y a la vista de que su explosivo carácter podría hacerle acabar de mala manera, los hetairoi llamaron a Aristandro, el adivino espartano que le anticipó que sus visiones oníricas eran un mal presagio, y que por ese motivo sus actos eran en realidad un designio de los dioses. Así, al convencerlo de que la muerte de Clito había sido prevista por la divinidad y que él fue la mera mano ejecutora, se quedó más tranquilo.

¡Mare mía! ¿Qué é lo que he jesho, pó Dió?
Flavio Arriano nos da una versión similar, en la que cargaron el muerto a Dionisos, dios del bebercio y del tintorro, y declararon que fue el que indujo a Alejandro a actuar de tan deleznable manera al estar totalmente poseído por los influjos de la bebida. A eso añade que, en realidad, todos sus lamentos y llantos no fueron más que un mero subterfugio para librar al rey de la responsabilidad de un asesinato, y que el macedonio, ya con la cabeza fría, no se arrepintió de haber escabechado a Clito por haberle dicho cuatro verdades.

En fin, así son las cosas. Cuando el que mata es el que está por encima de todos hay que mirar para otro lado. En cuanto al insigne Alejandro, podemos aplicarle la máxima de que el que mata a un hombre es un asesino, pero el que mata miles es un héroe, lo que en su persona se cumple al pie de la letra.

Bueno, hora de merendar, así que me piro.

Hale, he dicho

Bajorrelieve que muestra a Alejandro sujetado por sus guardaespaldas mientras que uno de ellos intenta arrebatarle la
lanza con la que acaba de matar a Clito el Negro, que yace exánime en el suelo


jueves, 1 de diciembre de 2016

Mitos y leyendas: Los carros falcados


Fotograma de la película "Alejandro Magno", dirigida por Oliver Stone en 2004, en la que se recrea la impetuosa carga
de los carros falcados persas contra la falange macedónica durante la batalla de Gaugamela

No nos engañemos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con irrumpir  guiando un carro falcado en el bodorrio de un cuñado o en una de esas abominables cenas de empresa que ya se van planificando en estas fechas? ¿Quién no ha sentido espasmos de placer imaginando la jeta de asombro de su jefe o de su pelota más abominable al verse partido en dos por la afilada guadaña de una de sus ruedas? ¿Quién no ha sentido vahídos de éxtasis glorioso al recrear en su magín a un cuñado con las piernas limpiamente seccionadas para, a continuación, ser bonitamente pateado por los caballos? Así es, dilectos lectores. Todos, en algún momento de nuestras aplatanantes existencias, hemos visto en una peli o en algún cómic esos siniestros carros de guerra que, por su aspecto, podrían poner en fuga a la infantería más bragada. Sin embargo, como tantos otros mitos del mundo antiguo, sus efectos teóricos sobrepasaron a los reales y, aunque su apariencia induce a pensar que una hueste provista de esos chismes sería invencible, no era oro todo lo que relucía. Veamos pues de qué iban estos peculiares vehículos de combate.

Guerreros escitas. Como vemos, sus armas e indumentaria son de origen
helenístico
Como ya hemos visto en las entradas que en su día se publicaron sobre los carros de guerra, estos trastos tienen un origen bastante remoto. De hecho, todas las culturas del mundo antiguo los emplearon con mayor o menor acierto si bien la realidad es que el nivel de efectividad de los carros era más psicológico que práctico, y solo cuando se enfrentaban a tropas mal disciplinadas era cuando sembraban el caos y provocaban la huida en desbandada de los enemigos, dominados por el pánico ante el inquietante avance de decenas o cientos de carros envueltos en una nube de polvo y precedidos por un fragor que le encogía en ombligo al más pintado. Puede que la posibilidad de que una infantería bien entrenada frenase en seco a estos costosos artefactos indujese a algún estratega a aumentar su poder ofensivo, así como su agresiva apariencia. No se sabe quién ni cuando se crearon los carros falcados si bien se atribuye el invento a los escitas, un pueblo que ocupaba extensas zonas del sur de Rusia, Ucrania y Asia Central, o sea, aproximadamente lo que actualmente es Kazakstan. De ahí que también se les suela denominar carros escitas, lo que en pureza sería más correcto ya que el término "falcado" procede de los historiadores romanos los cuales, por cierto, denominaban a los escitas como sármatas. Lo comento solo para que alguno que otro no se líe ya que ambos pueblos, escitas y sármatas, eran la misma cosa.

Hipótesis acerca del aspecto que debían tener los
carros escitas de Ciro el Grande
No obstante, historiadores de la antigüedad como Jenofonte atribuían la idea a Ciro el Grande, el cual seguramente la tomó por mero contacto con los pueblos escitas. Recordemos que los dominios persas se extendían al sur de los territorios escitas, por lo que habría un extenso intercambio de todo tipo incluyendo, como no, en lo relacionado con la milicia. Según la Ciropedia, obra escrita entre los años 365 y 380 a.C., el mismo Ciro manifestaba que "...las guadañas se han instalado en los ejes, y que la intención es conducirlos (los carros) hacia las filas enemigas". Obviamente, esto no prueba que Ciro hubiese inventado nada, sino que en su ejército ya se empleaban, así que atribuirle la idea se me antoja excesivamente atrevido. Sea como fuere, gracias a estas crónicas podemos tener claro que los carros escitas ya estaban operativos antes del siglo VI a.C.

Grabado decimonónico alemán que muestra un carro escita arrollando
enemigos. Estas imágenes propias del romanticismo han sido las causantes
en gran parte de la fama de estos artefactos
Al parecer, y siempre según Jenofonte, el empleo táctico que Ciro daba a estos carros era el de simples armas de choque. Contrariamente a la imagen que solemos tener de las tripulaciones de los carros de guerra, formadas por lo general por el conductor y uno o dos combatientes, los carros escitas del monarca persa eran unos tanques tirados por dos o cuatro caballos cubiertos por sendas lorigas de malla y tripulados por un solo hombre, el conductor, también fuertemente protegido. Además, el carro en sí estaba enteramente fabricado con madera lo suficientemente sólida como para proteger a su único tripulante de los proyectiles que le arrojasen, ya fuesen lanzas, dardos o flechas. Según la descripción que da Jenofonte, en cada extremo del eje se colocaba una guadaña de dos codos de largo (el codo persa era de 50 cm. mientra que el griego era de 46, así que por ahí andaba la cosa), y por debajo de estos otra serie de guadañas (no especifica la cantidad) apuntando hacia el suelo y cuyo cometido podemos suponer que era despedazar a los que eran previamente arrollados por los caballos. Su misión era abalanzarse contra la infantería enemiga a fin de romper sus filas y permitir de ese modo que la caballería que marchaba tras los carros se pudiese introducir por las brechas, pudiendo así acuchillar a los enemigos a su sabor y aniquilarlos bonitamente.

Ningún carro, por formidablemente armado que fuese, podía romper un
cuadro de infantería bien disciplinada
Sin embargo, los carros de guerra en general ya habían mostrado hacía tiempo sus limitaciones. De entrada, para desplegar toda su eficacia debían operar en terreno llano y libres de obstáculos, circunstancias estas que solo se encontraban de forma sistemática en Egipto. Bastaría que la batalla se desarrollase en un pedregal para que quedasen totalmente anulados. Por otra parte, una infantería lo suficientemente disciplinada podía detenerlos y rechazarlos, y para eso los griegos lo tenían fácil gracias a sus hoplitas formados en impenetrables falanges erizadas de lanzas, de modo que no servía de gran cosa gastarse un dineral en fabricarlos y dotarlos de caballos para, a la hora de la verdad, verse relegados a la condición de trastos inútiles que solo ejercían cierta presión psicológica contra tropas mal entrenadas. Además, como ocurría con los elefantes, si se revolvían contra sus propias tropas en retirada podían causar más bajas que el mismo enemigo.

Una representación de un carro escita persa avanzando seguido de la
caballería
De hecho, los griegos le tomaron rápidamente la medida a los carros escitas. En la batalla de Cunaxa (septiembre de 401 a.C.), en la que combatió el mismo Jenofonte, los hoplitas griegos a sueldo de Ciro el Joven espantaron a los caballos de los 150 carros escitas que el rey Artajerjes hizo cargar contra ellos. Los griegos se limitaron a dar grandes voces invocando a Ares al tiempo que golpeaban sus pesados escudos con las moharras de sus lanzas, lo que hizo ingobernables a los carros que, finalmente, fueron abandonados por sus conductores. Esto no es óbice para afirmar que cuando el terreno era el adecuado, los carros escitas fueran un arma formidable. Un ejemplo de esto nos lo da también Jenofonte que, en sus Helénicas, narra como 700 hoplitas espartanos fueron sorprendidos por dos carros escitas persas que, rápidamente, se abalanzaron contra ellos seguidos por 400 jinetes. Los carros, que contra una infantería tan diestra como la espartana podrían suponerse inútiles, fueron sin embargo capaces de arrollarlos y desbaratar sus filas debido a que, por un exceso de confianza, marchaban sin formar. Esto permitió a la caballería finiquitar a un centenar de ellos antes de que pudieran retirarse echando leches. 

Escena de la batalla de Gaugamela en la que vemos como los carros escitas
avanzan entre la falange seguidos por elefantes de guerra
Pero aparte de estas escasas e insignificantes victorias, la realidad era que los carros escitas tenían pocas posibilidades de triunfar contra los acérrimos enemigos de los persas, los griegos, cuya infantería estaba perfectamente entrenada para hacer frente a todo tipo de caballería. La última ocasión en que los persas hicieron uso de estos carros fue contra la falange del macedonio Alejandro en Gaugamela el 331 a.C. En esta nefasta jornada para las armas persas, el rey Darío había ordenado preparar un número de carros escitas con la intención de que rompieran las infranqueables líneas de los falangitas macedonios. Como ya hemos comentado, estos vehículos solo eran plenamente eficaces si operaban sobre terreno llano y libre de obstáculos, por lo que hizo preparar tres pistas por las que pudiesen avanzar a toda velocidad seguidos por elefantes de guerra y caballería. Como vemos, no se devanó mucho la cabeza Darío ya que su intención era recurrir a la táctica de siempre: los carros rompen las filas y la caballería penetra entre ellas para rematar la faena. Sin embargo, el caudillo macedonio se olió el plan y ordenó a los comandantes de su ala derecha, la situada ante las pistas fabricadas por los persas, que preparasen a sus tropas para que, a una orden, abriesen sus filas ordenadamente y simplemente dejasen pasar los carros. Luego volverían a cerrarlas para detener a la caballería mientras que los carros serían aniquilados por los jinetes macedonios. 

Los carros persas se introducen entre las filas de falangitas sin causarles
el más mínimo daño
La acción se llevó a cabo de la forma prevista: los carros atacaron con denuedo por las pistas mientras que los falangitas adoptaron una formación oblicua que les permitió abrir sus filas rápidamente. Al mismo tiempo enfilaron sus sarisas contra los carros cuyos conductores se vieron obligados a avanzar por los pasillos formados entre las filas si no querían verse ensartados como acericos y, finalmente, fueron aniquilados por la caballería macedonia y la infantería ligera que les hizo caer encima una lluvia de dardos. Curiosamente, y a pesar de que la eficacia de los carros escitas era más que cuestionable, los mismos griegos no dudaron en adoptar estos vehículos y emplearlos en sus guerras cuando el insigne Alejandro estiró la pata y sus diádocos se dedicaron a masacrarse entre unos y otros para trincar el cacho más grande del imperio creado por su antiguo rey.

Pero de eso ya hablaremos en la siguiente entrada, que por hoy ya he escrito bastante.

Hale, he dicho

Entradas relacionadas:

Los carros de guerra hititas
Los carros de guerra egipcios

sábado, 26 de noviembre de 2016

7 curiosidades curiosas sobre los "militari arditi"


Grupo de oficiales pertenecientes al IX Reparto tras su victoria sobre los austriacos en Col Moschin, una de las montañas
que conforman el macizo del Grappa, en junio de 1918. La gran mayoría de los que aparecen en la foto no sobrevivieron
a la guerra, y eso que ya quedaban pocos meses para la firma del armisticio. Esto da fe de la dureza de las acciones en
las que intervenían los Reparti d'Assalto

Bueno, prosiguiendo con el tema de los arditi, nada mejor que una entrada para dar cuenta de algunas curiosidades curiosas, de esas que dejan perplejos a los compadres y amiguetes ante nuestra sapiencia, embelesada a la parienta, que podrá presumir de tener un maromo culto y, por supuesto, humillados a esos abyectos cuñados que solo parecen vivir para demostrar lo que saben de todo. Así pues, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que está lloviendo más que el día que enterraron a Bigote y que no ando especialmente exultante de ánimo, procedamos a elaborar esta entrada que tampoco requiere demasiada enjundia porque las curiosidades en cuestión las he ido recopilando a medida que iba preparando los artículos anteriores sobre los arditi.

Unas tropas que atacaban al enemigo con una pierna
de menos, una muleta en una mano y el fusil en la
otra debían tener mejor paga sí o sí.
Esto es propaganda y lo demás son chorradas
1. Pertenecer a una tropa de élite tiene sus pros y sus contras, como todo en esta vida. Uno de los pros más importantes es el tema pecuniario ya que, por razones obvias, uno suele palmarla más contentito si nota en el bolsillo de la guerrera la cartera bien llena de billetes. Y así es como solían morirse los arditi tanto en cuanto cobraban un salario notablemente más alto que sus colegas del ejército regular. La paga diaria de un soldado del ejército era de 89 céntimos de lira a los que había que descontar 38 del rancho, 27 del pan y 14 en concepto de indumentaria, por lo que al sufrido guripa italiano le quedaban solamente 10 céntimos a los que se sumarían 40 céntimos que el estado concedía a cada hombre en concepto de prima de guerra. Total, 50 céntimos  para gastárselos en su persona si es que vivía para ello. La realidad es que era una birria de paga ya que, por ejemplo, un kilo de pan costaba 55 céntimos, así que tenía que batirse el cobre durante un día para poder comprarse de su bolsillo una hogaza. Sin embargo, un ardito veía su paga aumentada en 20 céntimos al día, lo que suponían 70 céntimos que ya daban para añadir a la hogaza una cajetilla de 10 cigarrillos. Sí, era también una paga mierdosa, pero al menos se podían permitir elegir entre palmarla de un tiro o de un cáncer de pulmón, ¿no? Además de los soldados, el resto del personal de cada Reparto obtenía su correspondiente plus: los sargentos aumentaban su paga convencional de 1 lira y 88 céntimos con 30 céntimos más, y los marescialli (mariscales, lo que para nosotros serían los sargentos primeros y los brigadas) entre 1 y 2,5 liras dependiendo de su categoría (hay hasta cinco).

De vuelta de una acción de guerra en Bassano del Grappa.
Otro de los privilegios de los arditi es que eran
transportados al frente en camiones mientras que la
infantería regular solo se movía a pie
2. Otro pro importantísimo eran las raciones, más abundantes que en el ejército. Así, mientras que en este la ración diaria de carne era de 200 gramos, un ardito se podía zampar 30 gramillos más. Los 200 gramos de pasta del ejército eran aumentados hasta los 250, mientras que de pan recibían lo mismo (menos mal), 700 gramos. Sin embargo, les daban un cuarto de litro de vino al día mientras que sus colegas se tenían que conformar con la misma cantidad cada cinco días, y 10 gramos diarios de café que, del mismo modo, los del ejército solo veían cada dos días. Pero esto era lo que los arditi obtenían de forma reglamentaria, lo que tampoco daba para ganar una guerra con la barriga llena, así que se valían de su condición de candidatos de primera clase a la fosa común para llevar a cabo toda clase de tropelías y hurtos en las poblaciones cercanas donde, al parecer, no solían privarse de echar el guante a la fauna doméstica para dar buena cuenta de gallinas, gansos, etc. De hecho, su descaro llegaba a extremos inauditos ya que hasta se daban casos de grupos de arditi que asaltaban las columnas de aprovisionamiento de su propio ejército amenazando a los conductores de los camiones con granadas de mano. Unos golfos, vaya...

No tenían abuela ni la necesitaban
a la vista de esta postal de la época,
en la que una signorina cae rendida
ante la viril prestancia de un ardito
3. Esta permisividad no solo producía severas tortícolis entre los mandos de tanto mirar para otro lado, sino que también daba lugar, además de a gamberradas y robos, a excesivos escarceos con el hembrerío de la comarca. Conviene señalar que los arditi nunca permanecían estacionados en primera línea más tiempo que el necesario para llevar a cabo una acción determinada, tras la cual volvían a retaguardia o a sus campamentos a la espera de volver a ser llamados para sacar las castañas del fuego a sus colegas de la infantería. Al estar exentos de servicios mecánicos (ambigua expresión cuartelera que designa a todos los trabajos desagradables como barrer, fregar, cocina, etc.) y de hacer guardia, estos fogosos sujetos se aburrían como galápagos, así que aprovechaban las noches para largarse en busca de frondosas mocitas que no dudaban en dejarse meter mano por aquellos valerosos soldados que tanta guerra daban tanto en el campo de batalla como en la piltra. Al final, el Comando Supremo decidió trasladar los campamentos bien lejos de los núcleos de población porque la cosa pasaba ya de castaño oscuro.

A la izquierda, soldado de infantería de línea.
A la derecha, un ardito.
4. Otro privilegio consistía en el uniforme. El teniente coronel Bassi, creador de los Reparti d'Assalto, tuvo claro desde el primer momento que los hombres destinados a llevar a cabo operaciones especiales debían ir a la muerte lo más cómodos posible. Por ello, sustituyó la guerrera reglamentaria del ejército, la típica prenda de la época con cuello alto y sin bolsillos exteriores, por la que usaban las unidades ciclistas de los bersaglieri. Esta prenda tenía el cuello abierto con solapas y dos bolsillos de pecho. Además, tenía un bolsillo grande situado en la parte trasera, como los chalecos de caza menor, destinado a contener las numerosas granadas de mano de dotación de estas tropas. Como prenda interior usaban un jersey de cuello vuelto, también propio de los ciclistas, abotonados desde el hombro izquierdo hasta el cuello. En cuanto a los pantalones, empleaban los calzones hasta las rodillas mod. 1909 de las unidades alpinas en vez del bombacho de la infantería. 

Las pantorrillas las cubrían con vendas o con calcetines altos si bien, desconozco el motivo, muchos preferían las vendas. Las botas solían ser también las usadas por los alpinos, un calzado especialmente robusto con las suelas claveteadas y con grapas en todo el contorno de las mismas. En la foto de la derecha podemos ver su apariencia, en este caso calzadas por alpinos. Ciertamente, debían ser el arma secreta de los arditi ya que un pisotón o una patada con eso debía tener unos efectos simplemente demoledores. Las cabezas se las cubrían con el scodellino (la pantalla), o sea, el quepis reglamentario modelo 1905, o el fez de fieltro negro rematado por una generosa borla del mismo color inspirado en la red de pelo usada por los bersaglieri. En fin, un uniforme ciertamente avanzado para su época ya que el resto de las tropas en liza aún seguían con sus guerreras de cuello alto incluidos los Stormtruppen tedescos. Bueno, y los oficiales british (Dios maldiga a Nelson), que usaban guerrera abierta con camisa y corbata, prenda esta última cuyo uso en el frente siempre me ha parecido propio del típico esnobismo de esos isleños.

Aprendiendo el manejo de los lanzallamas
5. Pero no era oro todo lo que relucía. Ciertamente, recibían mejor paga, raciones más abundantes y hasta se pasaban tres pueblos cuando no combatían, pero a cambio caían como moscas y su número de bajas era escandalosamente alto tras cada acción a pesar de que, contrariamente a la infantería regular, los arditi dedicaban sus estancias en retaguardia a entrenar a diario. Pero no chorradas de instrucción en orden cerrado y cosas así, sino el duro entrenamiento diseñado por Bassi para tener al personal fibroso, ágil, en perfecta forma física y dispuestos a salir hacia el frente en cualquier momento. Se tocaba diana a las seis de la mañana, pero no con la típica corneta, sino con una andanada de morteros para saltar de la piltra con alegría y tal. Tras el aseo personal comenzaba una inolvidable jornada en la que los oficiales de cada Reparto deleitaban a sus hombres con un completo programa de actividades gracias al cual, cuando daba término la instrucción las seis de la tarde, por lo general estaban todos para el arrastre. A las 10 de la noche se tocaba silencio pero, curiosamente, no se pasaba lista porque se daba por sentado que más de uno se largaría fuera del campamento a darse un revolcón o a otros temas menos... espirituales. Sin embargo, nadie faltaba nunca cuando se volvía a tocar diana. Obviamente, plantear semejante conducta en un campamento alemán, austriaco, inglés o francés era simplemente impensable.

Practicando un avance protegidos por una cortina de humo
6. Pero a pesar de tan dura existencia y del elevado número de bajas que solían acaparar, las solicitudes de ingreso en los Reparti d'Assalto nunca faltaron. Los candidatos a convertirse en militari arditi eran enviados al campo de adiestramiento situado en Sdricca di Manzano donde, aparte de recibir su nuevo uniforme propio de este tipo de tropas, se veían sometidos a un riguroso programa de entrenamiento que incluía pruebas psicológicas, instrucción de combate con fuego real y hasta los entretenían con chispeantes juegos para poner a prueba el valor del personal. Uno de los preferidos era sorprenderlos con una voz de alarma para, a continuación, lanzarles cerca un Thévenot. En función a la reacción por parte del aspirante a ardito se estimaba cómo sería su comportamiento en combate. Otro de los enjundiosos test para calibrar la testiculina del personal era el denominado dondolo, "el columpio" el cual no consistía precisamente en balancearse en uno de esos deleitosos chismes. En realidad, en lo único en que se asemejaban era en la estructura, igual a la de un columpio, pero en lugar del asiento ponían una soga con una longitud acorde a la estatura del soldado. Al final de la soga anudaban un peso que, al oscilar como un péndulo, debía pasar tan cerca de la jeta del soldado que podría arrancarle la gorra al golpearle la visera. Para salir airoso de este juego tan guay debía uno permanecer como una estatua mientras veía como el péndulo se aproximaba peligrosamente, y al parecer solo unos cuantos de todos los que pasaron por Sdricca di Manzano resistieron sin que se les encogiera en ombligo. En cualquier caso, lo cierto es que alrededor de un 10% renunciaban y volvían a sus unidades de origen por lo que, por norma, las insignias y distintivos del Reparto no se entregaban hasta después de dos o tres semanas, cuando lo más duro del entrenamiento ya había pasado. 

"¡Te pegooo! ¡Te pegooooooo!"
Está de más decir que esta gente tenía un elevadísimo
concepto de sí mismos, y se hacían una propaganda
bestial, las cosas como son
7. El entrenamiento de los arditi no tenía nada que envidiar al de las modernas unidades de asalto. No solo practicaban con armas de todo tipo, sino que llevaban a cabo maniobras bajo fuego real de lo más estimulantes a fin de crear entre las tropas un sentimiento de inmunidad que, a la hora de la verdad, les permitía dominar el miedo y las ganas de salir echando leches de aquel infierno. Para lograr ese estado psicológico, Bassi había diseñado todo un sofisticado programa de entrenamiento en el que, además de lo detallado anteriormente, se despertaba en plena noche al personal y se les hacía equiparse a toda velocidad para salir de maniobras, o incluso lanzaban petardos en el interior de los barracones para que aprendieran a controlarse y a actuar en todo momento sin perder la sangre fría, lo que obviamente salvó muchísimas vidas. No obstante, a pesar de que lo que ocurría en Sdricca di Manzano no salía de allí, no pasó mucho tiempo hasta que empezó a correr el rumor de que las bajas producidas por semejante entrenamiento eran poco menos que similares a las del frente, si bien eso nunca se pudo corroborar. El ejercicio más elaborado y que dio pie a estos rumores era la collina tipo, la colina de los monigotes. Consistía en una reproducción exacta de una posición fortificada austriaca que debía ser atacada bajo fuego real una y otra vez hasta que la unidad asaltante lograra sincronizarse a la perfección con el fuego de cobertura de la artillería propia y las armas de apoyo. Este ejercicio podía ejecutarse en cualquier momento, de día o de noche, bajo la luz del sol, la lluvia, la nieve o el siniestro fulgor de la luz de magnesio de las bengalas. En fin, muy divertido y estimulante, ¿que no? Eso sí, una vez que lograban funcionar como una máquina bien engrasada eran muy difíciles de vencer, como demostraron sobradamente en el campo de batalla y pudieron dar fe de ello las tropas austro-húngaras.

Bueno, con esto ya han tenido vuecedes lectura para un ratito. En una próxima entrada daremos cuenta del armamento de estas tropas a nivel de unidad para sumarla a la que se publicó no hace mucho sobre el armamento individual.

Hale, he dicho