jueves, 11 de julio de 2019

Malvados: Bonnie Parker y Clyde Barrow


Fotograma de la cinta "The Highwaymen" ("Los salteadores de caminos", en España "Emboscada final" debido a la misteriosa costumbre de traducir los títulos como les da la gana), dirigida en este mismo año por John Lee Hanckok. La escena muestra la consumación de la "ejecución extrajudicial" de los famosos criminales a manos del capitán de los Ranger de Texas Frank Hamer y cinco policías más en una carretera birriosa y polvorienta a unos doce kilómetros y medio al suroeste de Gibsland, Luisiana

Una gasolinera en mitad de la nada. De estos
humildes establecimientos sacaban estos
degenerados el picoteo diario
Curiosamente, está muy extendida la creencia de que estos archifamosos criminales yankees (Dios maldiga a Hearst) eran admirados, cuando no reverenciados, por sus paisanos a pesar de su infame trayectoria que se consumó con un palmarés de decenas de atracos a bancos, gasolineras, tiendas de carretera, secuestros y, según el FBI, la nada despreciable cifra de trece asesinatos que perpetraron sin reparos porque Barrow y su banda no se complicaban la existencia si en cualquier robo veían que podían torcerse las cosas. Es decir, que si alguien hacía un amago para defenderse, o para extraer un arma o, simplemente, hacer un movimiento sospechoso, lo abrasaban a tiros y santas pascuas. Por estos motivos la realidad era muy distinta, y fue precisamente la presión popular ante la interminable sucesión de crímenes de la infame pareja y sus compinches lo que obligó a tomar medidas expeditivas para acabar de una vez por todas con ellos. Ya sabemos que los yankees no se andan con chorradas, reinserciones de psicópatas desalmados ni buenismos con los delincuentes, y hace 85 años menos aún. Hoy día te preguntan e inmediatamente te disparan, pero en aquella época te disparaban antes de preguntar nada y sanseacabó.

"Bonnie Dunaway" chuleando vilmente a un mostachudo Frank Hamer que,
por cierto, nunca usó bigote. No entenderé jamás estas licencias, y más
tratándose de personajes que, al menos en su país, son muy conocidos
El cine, como suele pasar, ha sido el fautor de la mitificación de estos dos malvados de manual. La conocida película dirigida en 1967 por Arthur Penn presentó a unos simpáticos, románticos y alocados Bonnie y Clyde protagonizados por Warren Beatty y Faye Dunaway formando una parejita guay que poco menos que robaba a los ricos para dárselo a los pobres cuando, en realidad, robaban a todo el mundo y si no robaban a los pobres es porque no tenían nada que robarles. Además, a causa de las habituales "licencias artísticas" del cine yankee, presenta la emboscada final como una especie de venganza personal del capitán Hamer por haberle secuestrado (falso) y humillado (aún más falso). La realidad es que Hamer solo conocía las jetas de estos dos prendas por fotos, porque solo los vio en persona el día en que los escabecharon bonitamente y para entonces no se parecían en nada a las fotos porque estaban en un estado lamentable. 


Ficha policial del Departamento de Policía de Dallas en la que vemos a un
joven Clyde Barrow, alias Jack Hale, alias Elvin Williams, donde ya figura
una larga lista de crímenes iniciada en 1926, cuando con solo 17 años robó
un coche. Al final se especifica que es un sujeto muy peligroso y se
recomienda tener mucha precaución cuando se proceda a su arresto
En fin, aunque hay bastante información sobre este tema suele ser bastante generalista y, como suele pasar, plasmada a base de los copia-pega habituales. Por lo tanto, colijo que no está de más añadir algo más enjundioso para darle un disgusto a algún cuñado de esos que admiran a los bandidos y se saben de memoria la vida y milagros tanto de los forajidos patrios como de los foráneos, desde el legendario Pasos Largos a Bin Laden, el primero merecedor del dudoso honor de ser el último bandolero tradicional, puesto ocupado por los políticos poco después, y el segundo el penúltimo hijo de la grandísima puta orbitario que así arda en lo más profundo de la sima infernal, amén de los amenes. Bien, no vamos a hacer un compendio de las andanzas de Bonnie Elizabeth Parker, alias Bonnie, y Clyde Champion Barrow, alias Clyde, porque entonces esto no sería un artículo bloguero, sino una enciclopedia del crimen derivado de la Gran Depresión, así que nos limitaremos a dar cuenta de como se gestó la celada que puso término a sus miserables existencias el 23 de mayo de 1934, cuando apenas contaban con 23 y 25 años respectivamente y tras una breve pero intensa carrera profesional de apenas dos años de duración. 


Bonnie Parker, siempre bien vestida, coqueta
y más peligrosa que una mamba con paperas
Por cierto, una puntualización acerca del segundo nombre de Barrow: aunque aparece en algunas fuentes como Chesnut, en toda la documentación de los archivos del FBI y en fichas policiales figura como Champion. Obviamente, me creo más lo que diga un documento oficial de la todopoderosa organización del aún más todopoderoso J. E. Hoover que lo que pueda afirmar cualquier otro. 

Estos dos golfos basaban su impunidad en dos factores, uno geográfico y otro mecánico. El geográfico consistía en que, aprovechando los límites jurisdiccionales de las policías estatales, solo llevaban a cabo sus fechorías en poblaciones cercanas a las fronteras de forma que, cuando las autoridades querían darse cuenta de lo que había pasado, no solo habían puesto tierra de por medio, sino que habían traspasado la frontera y ya no podían perseguirlos. ¿Que por qué no continuaba la persecución la policía del estado vecino? Pues porque los robos no eran un delito federal, o sea, a nivel de todo el país, por lo que un ladrón de Texas podía pasearse por Nuevo Méjico u Oklahoma siempre y cuando no delinquieran en uno de esos estados. Así, mientras cometían sus fechorías en Texas y Luisiana, al sur, y Missouri, al norte, disponían de una franja central formada por Oklahoma, Arkansas y Mississippi para escaquearse. El tema mecánico consistía en que, precisamente para escaquearse con rapidez, precisaban de los mejores automóviles del mercado, rápidos y con capacidad para varios pasajeros. Sus vidas dependían de poner tierra de por medio a toda velocidad tanto ellos como los miembros de su banda, así como el arsenal que llevaban siempre encima nutrido por audaces robos en las armerías de la Guardia Nacional.


Alguien, quizás un miembro de su banda,
escribió con letra infantil en la foto "Bonnie y
Clyde robaron este coche para mí en 1933"
De la gran cantidad de fotos que esta peculiar pareja legó a la historia en su afán exhibicionista, es bastante recurrente la pose junto a un automóvil. Al cabo, el éxito de sus fechorías dependía de esas máquinas. La marca preferida por Barrow era la Ford, y dentro de la gama de este fabricante el que mejor impresión le causó fue el Ford V8 modelo 40B de 1934, un sedán de cuatro puertas con capacidad para cinco personas, un potente motor de 85 caballos y una carrocería fabricada con una chapa a lo bestia, no como ahora, que chocas con un mosquito por la autopista y ya tienes que dar parte al seguro si es que el mosquito está asegurado. Este vehículo, que había sido robado en Bienville Parish, Luisiana, causó tan buena impresión en este mangante que hasta envió una carta al mismísimo Henry Ford en la que le aseguraba que "...mientras tenga aire en mis pulmones, le diré que fabrica unos automóviles excelentes..." y que "...aunque mi negocio no es estrictamente legal, no le perjudica decirle que tiene un auto estupendo en el V8.

Barrow posando con parte de su arsenal. A los dos Colt y
un Smith & Wesson hay que sumarles un fusil Krag-
Jorgensen del ejército en calibre .30-40 Krag, una escopeta
semiautomática Remington 11 con cañón y culata
recortados y una Stevens 520 de corredera
Bien, ese era el modus operandi de la banda: cometían un atraco y huían a toda velocidad al estado vecino, pasando horas sin dejar de conducir para no dar tregua a sus perseguidores. Si les surgía algún problema o la policía lograba interceptarlos, no dudaban un instante en abrir fuego y liquidarlos. Iban literalmente armados hasta los dientes con pistolas, revólveres, escopetas e incluso armas largas automáticas, concretamente el BAR modelo 1918 de calibre 30-06, un arma del ejército que con el selector en tiro automático se convertía en una ametralladora capaz de parar en seco a los perseguidores más contumaces. Disponían de al menos cuatro de estos fusiles. Uno había sido robado en la armería de la Guardia Nacional de Oklahoma en julio de 1933, y otros tres más en un arsenal de Illinois en el mes siguiente. El BAR era capaz de atravesar de lado a lado las carrocerías de los coches de aquella época que, como decíamos anteriormente, estaban fabricados con una chapa fastuosa. De hecho, en un tiroteo que tuvieron con la policía del condado de Dallas cerca de Sowers, en Texas, los agentes usaron exclusivamente subfusiles Thomson sin que su munición de calibre .45 ACP pudiera atravesar la carrocería del vehículo en el que huían Barrow y el resto del personal, mientras que su BAR dejo hecho una birria el vehículo policial lo que, al menos, sirvió para tener claro que si querían acabar con esta gentuza lo suyo era proveerse de armamento militar y dejarse de chorradas.


Las armas "personales" de estos dos prendas. A la izquierda vemos un Colt Detective de calibre .38 Special con cañón de
dos pulgadas y tambor con capacidad para cinco cartuchos perteneciente a Bonnie Parker. A la derecha, una Colt 1911
de calibre .45 ACP con cargador con capacidad para siete cartuchos perteneciente a Clyde Barrow. No están a escala

Una de las muchas fotos policiales que fue acumulando Henry Methvin
a lo largo de su fructífera carrera. Palmó en 1948 arrollado por un tren
estando borracho. El mundo no se perdió nada con su deceso, naturalmente
La gota que colmó el vaso tuvo lugar el 16 de enero de 1934, cuando Barrow decidió llevar a cabo una audaz operación para permitir la fuga de varios de sus compinches, condenados a trabajos forzados en la prisión de Eastham, en el condado de Houston, Texas. Aprovechando la salida de los presos para sus labores cotidianas facilitaron la huida de Raymond Hamilton, Hilton Bybee, Joseph Palmer y Henry Methvin, que según algunos autores en realidad no pertenecía a su banda, pero aprovechó la coyuntura para largarse de allí. Barrow había estado preso en Eastham, una cárcel que no era como las de ahora, con tele, gimnasio, piscina, etc., sino un antro donde los guardias estaban seleccionados entre los más sádicos del cuerpo de prisiones del estado. Al parecer, el grado de desesperación de Barrow debido a los malos tratos y a la extenuación por las condiciones de trabajo llegó a tal extremo que llegó a cortarse el pulgar y parte del índice del pie izquierdo con tal de que lo dieran de baja, motivo este por lo que algunos autores toman este suceso como una especie de venganza contra sus antiguos carceleros. En realidad diría que eso era irrelevante en este caso ya que Barrow fue a Eastham porque sus colegas estaban allí, y si hubiesen estado en otra prisión habría actuado exactamente igual.

Lee Simmons (1873-1957)
Pero esta fuga, que se saldó de forma victoriosa para los malos malosos, tuvo dos efectos secundarios que acabaron resultando fatales para ellos: uno, el hecho de que Palmer hirió de gravedad a uno de los guardias, Joseph Crowson, que murió a los pocos días. El alcaide de la prisión, Lee Simmons, le juró en el lecho del dolor que acabaría con toda la banda porque aquello, además, le había puesto en evidencia ante sus superiores y, aún peor, la opinión pública. Y, por otro lado, permitir a Methvin que se uniera a la banda, que al cabo fue el fautor inconsciente del final de Parker y Barrow. Methvin, que apenas tenía 21 años, era el típico paleto muy dependiente a nivel psicológico de su familia. Eran las típicas personas criadas durante generaciones en un ambiente rural y que su mismo aislamiento les hacía establecer vínculos muy fuertes entre ellos más allá de los lógicamente afectivos. Su padre, Irvin, Ivy para los amigos, tenía una pequeña granja en Gibland, al norte de Luisiana, a apenas 48 km. al sur de Arkansas y a 80 al este de Texas donde sembraba algodón en los claros del espeso bosque de pinos donde tenía la finca. Esta dependencia de Methvin hacia su familia hizo posible cazar a Bonnie y Clyde.

Frank Hamer hacia 1908, cuando era marshal de
Navasota, Texas. No siempre fue ranger, sino que
fue intercalando este oficio con otros de tipo policial.
En la cintura lleva su "Old Lucky", y empuña un
Winchester 1895 de calibre 30-40 Krag
Mientras la banda retomaba sus andanzas, Simmons aprovechó el clamor popular para convertir la persecución de estos chorizos en un asunto de primera magnitud, logrando que las autoridades estatales le dieran poco menos que carta blanca para acabar con ellos como fuera. Para perseguirlos buscó y convenció a Frank Hamer, un capitán retirado de la Texas Highway Patrol (Patrulla de Carreteras de Texas). Había solicitado el retiro en 1932 tras salir elegida por segunda vez Miriam Amanda Ferguson como gobernadora del estado, lo que por lo visto no hizo nada de gracia ni a él ni a 40 colegas que también se largaron del cuerpo porque las relaciones del mismo con este personaje no eran precisamente cordiales debido al apoyo que la mayor parte de los Rangers manifestaron al rival de Ferguson, Ross Sterling. Hamer, que en aquel momento tenía 50 años, fue reincorporado al servicio agregado a las autoridades penitenciarias del estado como investigador especial con una asignación de 180 dólares mensuales aparte de su pensión y el derecho de apropiarse de cualquiera de las pertenencias de la banda cuando los arrestase. Lo del arresto era en realidad una mera formalidad porque Simmons lo que quería eran las cabezas de Barrow y Parker, y desde el primer momento le dejó muy claro a Hamer que él no se entrometería en la forma de cumplir su misión, limitándose a sugerirle que "los pusiese en su lugar" y que "disparase a todos los que se le pusieran a tiro". Aquello era obviamente una ejecución extrajudicial en toda regla que, aparte de eliminar a esos dos seres tóxicos, impediría convertirlos en un fenómeno de masas gracias a un juicio mediático que acapararía los titulares de la prensa durante semanas o meses. Muerto el perro se acabó la rabia, debió pensar Simmons, y después de un par de semanas nadie recordaría al gang de Barrow. Está de más decir que Hamer no dijo ni pío, y que en ningún momento cuestionó la "sutil" sugerencia del cabreadísimo alcaide de Eastham.

Manny Gault ejerciendo como ranger. Es lo que tienen los yankees: solo allí
un simple lechero puede acabar de policía sin pasar por una academia,
y encima hacerlo bien
Los métodos de Hamer eran poco menos que los de un pistero sioux. Era un sujeto taciturno y observador capaz de obtener datos sobre el terreno en los que nadie reparaba. Pero, además, era inteligente y analítico, y rápidamente se percató de que, como comentábamos al principio, la estrategia de Barrow consistía en atracar un banco cercano a la frontera del estado y largarse. En base a sus actuaciones a lo largo del tiempo logró trazar su "zona de operaciones", y basar la búsqueda partiendo de los lugares en los que podían refugiarse, precisamente en las aisladas granjas de sus familiares o de los miembros de su banda. Así, mientras que la banda seguía con sus rapiñas, Hamer iba analizando sus movimientos y obteniendo información de los mismos gracias a las pistas que iban dejando tras de sí junto a un colega que, al igual que él, se había dado de baja en los Rangers tras la reelección de Ferguson, Benjamin Maney "Manny" Gault, un ex-lechero de 47 años que había trabado amistad con Hamer a mediados de los años 20 y que, con la llegada de la Gran Depresión, vio como su granja se iba al carajo. Gracias a su amigo Hamer pudo ingresar en los Rangers, donde demostró ser un sujeto extremadamente leal, capacitado y bien provisto de la testiculina necesaria para enfrentarse a los maleantes de la época, especialmente a los miembro del Klan que habían convertido el estado en un feudo de los WASP

Informe del FBI donde se detalla un robo perpetrado el 19
de febrero de 1934 por la banda de Barrow en una
armería de los Rangers de Texas, de la que sustrajeron
cuatro fusiles BAR y trece pistolas Colt 1911 con
abundante munición para ambas armas
Por otro lado, Hamer, con datos aportados por el FBI, que no serían tan sagaces pero disponían de unos medios que ya quisiera cualquier policía de la época, investigó los movimientos de los familiares de la banda por si aparecían por sus domicilios. Los encargados de vigilar la granja de Irvin Methvin fueron Robert Alcorn y Theodore Hinton, Bob y Ted para los amigos y compadres, seleccionados por el sheriff del condado de Dallas, Richard Allen "Smoot" Schmid. Alcorn y Hinton empezaron a merodear por la zona pidiendo además la ayuda de Henderson Jordan, el sheriff de Bienville Parish, y a mediados de febrero de 1934, apenas un mes después de la sonada fuga, ya pudieron constatar la presencia de Barrow en la comarca junto a Bonnie y Henry Methvin. Hamer, al que no se le escapa ni una hormiga coja en mitad de un hormiguero, pudo corroborar que, en efecto, sus presas no estaban lejos gracias a los rastros que iban dejando durante sus paradas: colillas de Camel de Bonnie o de Bull Durham de Clyde, restos de bocadillos y, quizás lo más relevante, trozos de lechuga con que ella alimentaba a un conejo blanco que llevaba consigo como mascota. Como es evidente, nadie se pasea por el mundo con un conejo a cuestas, así que ese detalle era especialmente revelador.

Así se publicó la noticia del doble asesinato en Grapeville.
Pinchar en la imagen para verla bien grande
Pudieron comprobar que, al menos en dos ocasiones, Barrow había llevado a Methvin a ver a su familia, y al parecer incluso se estaba planteando comprar una casa en la propiedad para trasladar allí a la familia de Bonnie, poder reunirse con ellos en el verano y convertirla en una base de operaciones. Mientras tanto, Barrow prefirió quitarse de en medio porque el ambiente estaba ya bastante tenso. El 1 de abril anterior, él y Methvin se habían cargado a los policías de carretera H.D. Murphy y Edward Wheeler cerca de Grapevine, en Texas, y según contaron algunos testigos Bonnie Parker remató a uno de ellos disparándole a bocajarro en la cabeza con una escopeta de calibre 16. En realidad, hay tropocientas teorías y versiones sobre este luctuoso suceso, pero ahí cometieron un error garrafal porque el revuelo que se formó a raíz de la matanza fue descomunal debido a que Murphy, que el día de autos coincidía con su primer día de servicio, estaba a punto de contraer matrimonio, y esas cosas afectan mucho a la mentalidad familiera yankee. Y para poner las cosas aún más tensas de lo que estaban, la frustrada esposa del difunto se presentó en el entierro vistiendo el traje de novia que iba a llevar al altar. 


"Cal" Campbell, la última víctima de esta alevosa pareja
Así pues, la gente bramaba pidiendo las cabezas de estos dos- a Methvin nadie lo había reconocido- y todo el mundo vigilaba celosamente por si avistaban a la nefanda pareja y, de paso, poder optar a las jugosas recompensas que se ofrecían por ellos y John Doe (Juan Sin Nombre, que es como denominan los yankees a los desconocidos). Ojo, algunas de las recompensas eran por sus cuerpos muertos. O sea, nada de "alive or dead", sino totalmente "dead". Pero como aún no tenían bastante, cinco días después mataron a William Calvin Campbell, un policía viudo de 60 años, en Commerce, Oklahoma. Al asesinato se sumó el secuestro del sheriff local, Percy Boyd, al que soltaron tras cruzar la frontera con Arkansas con una camisa limpia, algo de dinero para el viaje de vuelta y el encargo de informar a la opinión pública de que Bonnie Parker no fumaba puros, sino cigarrillos, debido a una foto que se había difundido de esta arpía en la que aparecía empuñando un arma con un cigarro en la boca en plan chica mala, pero solo era una pose. La gente estaba que echaba sapos y culebras con los dos niñatos estos.


Foto en la que aparece Parker con un cigarro y por la que
secuestraron a Percy Boyd. Era muy importante hacer
saber al mundo entero que Bonnie era una chica fina que
solo fumaba cigarrillos y no cigarros como un marimacho
Así pues, y para esperar a que se apaciguasen los ánimos, Parker y Barrow se largaron al condado de Nacogdoches, donde vivía Dee Brown, un tío materno de Clyde. El tal Brown, que se dedicaba desde siempre a la elaboración clandestina de whisky, tenía su guarida en una zona muy aislada junto al río que daba nombre al condado. La finca, rodeada de una valla con alambre de púas y cerrada por una sólida cancela, era el lugar ideal para desaparecer una temporada porque allí no iban ni los cuñados de Brown a sablearle su alcohol ilegal. Y es en este momento donde se gesta la traición que se consumó con la muerte de la parejita. La opinión más extendida es que Irvin Methvin negoció con Hamer venderle a Barrow y su amanda asesinita a cambio de exculpar a su retoño de sus crímenes, a lo que Hamer accedió porque Henry era un cantañamanas cuya verdadera participación en los asesinatos de Grapevine era cuestionada y, por otro lado, lo primero y principal era cumplir con la misión que le habían encomendado. Sin embargo, otras fuentes aseguran que Methvin padre no intervino para nada en esta trama, y que el que puso a la policía en la pista correcta fue un falsificador que, tras ser detenido, dio el chivatazo para salir airoso del brete. En todo caso, al final veremos con detalle el origen de estas teorías.

Este sujeto, cuyo nombre no he tenido forma de localizar, fue detenido por Clint Peoples, ayudante del sheriff de Conroe, Texas. Cuando estaba ya enjaulado le espetó a Peoples:

-¿Quiere atrapar a alguien que buscan y que son realmente malos, Clyde y Bonnie?


De izda. a dcha. Joe Palmer, Barrow y Methvin. La banda
se disolvió tras una sucesión de atracos consecutivos
tras la sonada fuga de Eastham para darse un respiro y
dificultar su captura, quedando solo el trío formado
por Barrow, Parker y Methvin como objetivo principal
de la búsqueda
Peoples, al que se le debieron abrir las fauces de par en par por la sorpresa, no daba crédito a la oferta. Pero el fulano aquel le aclaró que los había visto con frecuencia en la propiedad de Brown, de donde no salían en todo el tiempo. Peoples llamó en seguida a su jefe, y con otros dos policías más y el delator salieron echando leches a la destilería de Brown, donde quedaron a la espera de que el chivato hiciera las indagaciones oportunas. A las cuatro de la mañana volvió con malas noticias: la pareja se había largado a Luisiana dos días antes sin saber que, en realidad, se estaban acercando peligrosamente a sus perseguidores. 

El 19 de mayo, casi a medianoche, Hamer, Gault, Hinton y Alcorn llegaron en dos coches a la ciudad de Shreveport, en Luisiana, más quemados que el cenicero de un bingo tras varios días dando vueltas de un lado a otro sin parar de conducir, turnándose para dormir mientras el otro manejaba el volante y comiendo a base de bocadillos. Tomaron dos habitaciones en un hotel que disponía de aparcamiento junto a las mismas de forma que podían salir a toda velocidad en caso de necesidad. Dejaron sus respectivos arsenales en los asientos traseros cubiertos por sendas mantas y se fueron a descansar. El día 20, domingo, lo dedicaron a recuperar fuerzas y al día siguiente Hamer recibió una llamada del sheriff local pidiéndole que se pasara por su oficina para darle una noticia importante. Hamer no tardó ni dos minutos en personarse en la misma, y lo que le contó el sheriff debió ponerlo extremadamente contentito. La noche anterior, un coche patrulla había detectado la presencia de la pareja junto a una tercera persona que fue identificada como Henry Methvin en el aparcamiento del Café Majestic. Barrow optó por arrancar y salir a toda velocidad mientras que Methvin, que estaba llegando al coche con unos bocadillos y unos refrescos, se subió al vehículo y se esfumaron en la noche. Esto dejó claro a Hamer que el trío estaba de visita en la granja de Methvin padre, que estaría del hijo y sus invitados forzosos hasta las gónadas, y que había llegado el momento de buscar un sitio adecuado para interceptarlos cuando se dirigieran a la granja familiar. 


Henderson Jordan, sheriff de Bienville Parish. Palmó en
un accidente de tráfico en Lincoln Parish con apenas
61 años en junio de 1958. En la foto tenía solo 33 años
Hamer y su pequeño pero decidido grupo salieron a toda pastilla hacia Arcadia, a 80 km. al este de Shreveport para contactar con el sheriff Jordan que, por su profundo conocimiento de la comarca, era la persona más indicada para ayudarles a localizar el lugar más idóneo para tender una emboscada a los fugitivos. Casualmente, al llegar a Minden, situada más o menos a mitad de camino, encontraron un puente en obras que obligó a los dos coches a dar un pequeño rodeo. Y, mira por donde, Hinton pudo ver como se cruzaba con ellos un Ford V8 de color gris claro y llantas amarillas conducido por Barrow y, junto a él a Bonnie Parker. Justo cuando iba a frenar para dar media vuelta les alcanzó el coche donde viajaban Hamer y Gault, que no se dieron cuenta de nada, así que optaron por seguir camino hacia Arcadia para no espantar a la presa. Al menos estaban ya totalmente seguros de que seguían allí, y se movían por la zona como si nadie tuviera nada que ver con ellos.  Esta vez la suerte les había sonreído de nuevo, pero el cerco se estrechaba cada vez más. Entre las decenas de informes que constantemente recababa el FBI de los vecinos que afirmaban haberlos visto por la zona y la identificación en vivo y en directo en Shreveport estaba claro que la pareja caería antes o después.


Hinton y Alcorn en un fotograma de una película realizada poco después del
suceso para reconstruir los hechos. Hinton empuña un BAR, y Alcorn un
Remington modelo 8 que se ve en las secuencias siguientes. La película se
filmó exactamente en el mismo lugar donde ocurrió todo
Hamer y compañía llegaron a Arcadia hacia las 21:00 horas. Puso al corriente de todo a Jordan y este le pidió que contara también con su ayudante, Prentiss Oakley. A medianoche llegaron al lugar que el sheriff  consideraba como el más adecuado en una zona cercana a Bienville Parish: la carretera comarcal 154, un largo y estrecho camino rural que transcurría a través de un denso bosque en dirección nordeste suroeste, uniendo las carreteras estatales 49 y 20. Ocultaron los coches entre la maleza cubriéndolos con ramas y se dispusieron a esperar con santa paciencia a ver si a la pareja les daba por pasar por allí camino de la granja de Methvin. La espera se hizo eterna como un purgatorio porque entre los feroces mosquitos que infestaban la comarca, la ansiedad, los puñeteros nervios que les hacía saltar como resortes cada vez que oían acercarse un coche más la privación de sueño, se empezaron a agotar con más rapidez de lo deseable. De hecho, intentaron dormir por turnos de parejas en los coches mientras otros cuatro vigilaban, pero no había forma de conciliar el sueño. El día 22 por la mañana prosiguió la interminable espera, y así transcurrió toooooodo el día sin que Barrow apareciese con su V8. Sucios, hambrientos, agotados y muertos de sueño amaneció el miércoles, 23 de mayo. Llevaban allí un día y dos noches, y los ánimos empezaban a flaquear cuando, de repente, al poco tiempo de haber amanecido, apareció en el camino la vieja camioneta Ford A de Irvin Methvin rodando en dirección sur. 


Fotograma de "The Highwaymen" que muestra de forma bastante realista
el aspecto que debía presentar la camioneta de Irvin Methvin mientras que
a lo lejos se ve como se aproxima el Ford V8 de Barrow
Rápidamente, Hamer decidió interceptarlo con la intención de usarlo como cebo, lo que contradice la teoría más extendida de que Methvin había sido el que vendió a la nefasta pareja a cambio de la impunidad de su hijo. Sorprendido al verse rodeado por seis hombres armados entre los que estaban Hinton y Alcorn, a los que ya conocía por haberlo visitado varias veces en busca de información, Irvin empezó a protestar con el típico argumento que siempre usan los yankees hasta cuando no los dejan mear en una esquina: estaban vulnerando sus derechos civiles, añadiendo que no sabía a qué venía aquella detención arbitraria y que no tenía ni idea de dónde estaba su hijo. Pero sus protestas no sirvieron de nada. Jordan se puso tras él y lo llevó a empellones hasta un árbol apartado de su escondrijo entre la maleza y lo esposó con los brazos abrazando un árbol. Mientras tanto, Alcorn maniobró la camioneta para colocarla mirando hacia la derecha en el carril más alejado de su posición. La elevaron con el gato y le sacaron la rueda delantera derecha para dar la impresión de que había sufrido un pinchazo. Si Barrow pasaba por allí se detendría a ayudar al viejo Methvin. Ese sería el momento decisivo.


Los seis policías se había pertrechado del mejor armamento posible para no dar la más mínima oportunidad a Barrow y su compañera, y más sabiendo que no dudaban en enfrentarse a quien fuera con armas procedentes de sus rapiñas en las armerías de la Guardia Nacional. Hamer estaba armado con un rifle semiautomático Remington modelo 8 en calibre .35 Remington (foto 1). Eran de una versión para uso policial modificada para acoger cargadores de 20 cartuchos adquirida en una armería de Saint Joseph, en Misouri. Además llevaba su inseparable Colt 1873 de calibre .45 Long Colt adquirido cuando era marshal en Navasota, Texas, y al que apodaba "Old Lucky". Jordan y Alcorn llevaban armas similares con cargadores para 15 cartuchos compradas en Austin, Texas. Además se usaron dos Colt Monitor en calibre 30-06 (foto 2), una versión del BAR fabricada por la Colt que se diferenciaba del original en que estaba provisto de empuñadura de pistola, un guardamanos sobredimensionado para facilitar el agarre disparando a ráfagas y un enorme freno de boca para controlarlo mejor. Gault y Oackley estaban armados con este poderoso fusil. Por último, el BAR 1918 de Hinton (foto 3), también en calibre 30-06. Como debían sentirse desprotegidos, cada hombre añadió también una escopeta Remington semiautomática modelo 11 (foto 4) de calibre 12 más las armas cortas de cada uno de ellos.  En resumen, aquellos seis probos homicidas estatales podían desplegar más potencia de fuego que una sección de infantería durante la Gran Guerra.


Colt 1902 en calibre .38 Super Auto perteneciente a Barrow. Fue subastada
no hace mucho tiempo por un importe de 99.450 $ con una estimación
máxima de 175.000 $. Aunque casi 100.000 $ es un dineral, el arma no
levantó al parecer la expectación que se esperaba
Barrow y Parker tampoco iban mal pertrechados. Aparte del arsenal que llevaban en el coche y del que daremos cuenta más adelante, Bonnie siempre llevaba entre las piernas un pequeño revólver Colt Detective Special con cañón de dos pulgadas de calibre .38 Sp. con capacidad para cinco cartuchos. Barrow colocaba a su derecha una Remington modelo 11 con el cañón y la culata recortados para poder manejarla con más facilidad dentro del coche. En la culata tenía siete marcas correspondientes a otros tantos hombres asesinados con aquel chisme. Y además de la escopeta llevaba encima su inseparable pistola Colt 1911 de calibre .45 ACP, así que el encuentro prometía convertirse en una batalla campal si daban la más mínima oportunidad a los dos forajidos. De hecho, Parker, que apenas pesaba 45 kilos a pesar de ser más bien alta, 165 cm. (5 pies y 5 pulgadas según su ficha del FBI) era capaz de disparar un BAR desde la cadera con una precisión notable. Desde el hombro no le resultaba precisamente fácil porque el retroceso era demasiado para ella, pero lo cierto es que podía defenderse sin problemas con un arma de semejante potencia.


Gault muestra a la cámara la escopeta recortada
Remington y el BAR de Barrow. En camisa vemos
a Hamer, que debía fumar como un carretero porque
rara es la foto en la que no aparece con un cigarrillo

A las 09:15 hizo por fin acto de presencia el Ford V8 en la carretera mientras Irvin Methvin no paraba de berrear esposado al árbol afirmando por enésima vez que estaban violando sus derechos civiles y blablabla. Pero la atención de los seis policías estaba ya volcada al 200% en el automóvil gris que avanzaba a toda velocidad por aquella carretera polvorienta en dirección a Gibsland para reunirse con Henry. Bonnie se estaba comiendo un bocadillo y llevaba en el regazo un mapa de Luisiana y una revista que acababa de comprar. Era muy presumida y siempre iba bien vestida y peinada. Aquel día llevaba un vistoso traje rojo con zapatos del mismo color, y su pelo cobrizo perfectamente arreglado y perfumado. Barrow vestía un traje de rayas y, según era costumbre en él, conducía sin zapatos. Las gafas de sol que solía usar no las llevaba puestas porque el sol matinal lo tenía a la espalda. En el asiento trasero llevaba todo su arsenal perfectamente limpio y dispuesto para la acción tapado con una manta.


Prentiss Oakley, el hombre que mató a Clyde Barrow posando con la
colección de 15 matrículas que hallaron bajo el asiento del V8 de la pareja
Cuando Barrow vio la camioneta aparcada y sin rueda la reconoció en seguida. Se detuvo y empezó a mirar en todas direcciones en busca de Methvin cuando, de repente, se escuchó un grito ahogado. Bonnie gritó que había visto moverse algo entre la maleza que había en el lado izquierdo de la carretera, y ya no pudo decir nada más porque un infierno se desencadenó sobre ellos. Nadie sabe o ninguno de los que tomaron parte en la ejecución lo supo o quiso explicarlo, pero la cosa es que la orden de abrir fuego no partió de Hamer. El primero en disparar fue Prentiss Oakley, el ayudante del sheriff de Bienville Parish que, o bien quiso apuntarse el tanto, o tal vez vio algo que le hizo sospechar que Barrow ya empuñaba un arma. El caso es que se irguió y, sin dudarlo un instante, disparó contra él acertándole en la cabeza y saliendo la bala por la nuca, destrozándole la columna vertebral. Vamos, que Barrow no llegó ni a escuchar el disparo. Una fracción de segundo después, los otros cinco policías descargaban sus armas convirtiendo el V8 literalmente en un colador y llevándose la peor parte el ya cadáver de Barrow por estar más cerca del grupo. Entre el fragor de los disparos, que se escuchó en los pueblos cercanos, aún pudieron oír un alarido de pánico de Bonnie, aterrorizada al ver lo que se le venía encima. 


Así quedó el lado izquierdo del Ford que fue el que recibió la mayoría de los
impactos. Obsérvese la concentración de disparos en la puerta del conductor
tras la que se encontraba Barrow, que debió quedar convertido
en un amasijo de carne agujereada
Barrow, que había dejado metida la primera velocidad, soltó el pedal del embrague al palmarla, por lo que el Ford empezó a rodar lentamente hacia el carril izquierdo para, tras recorrer unos 45 metros, quedar detenido en la cuneta. Pero sus ejecutores no dejaron de disparar a pesar de que el coche estaba ya como un queso de Gruyere. Una vez vaciados los cargadores de los fusiles echaron mano a las escopetas, cargadas cada una con cinco cartuchos de postas y, finalmente, aún sacaron sus armas cortas para vaciarlas en los cuerpos acribillados de Barrow y Parker. Cuando se detuvo el tiroteo, Hinton se acercó a la puerta del conductor, pero no pudo abrirla porque el talud de la cuneta se lo impedía. Barrow tenía la cabeza destrozada y volcada hacia atrás. Dio la vuelta rodeando el coche y abrió la otra puerta para ver a Bonnie Parker tumbada hacia un lado en dirección a su compinche/amante. La incorporó para comprobar que, en efecto, estaba más muerta que Carracuca y la dejó de espaldas contra el asiento. Con todo, la puñetera arpía aún había tenido tiempo de empuñar su pequeño Colt si bien no pudo llegar a dispararlo.


Así quedó Clyde Barrow. La mancha oscura en el ojo izquierdo no se debe a
un disparo, sino que es solo una mancha de sangre de la herida en la cabeza
Cuando soltaron a Methvin del árbol estaba hecho una fiera, y en cierto modo no sin razón. Con un cabreo de antología juraba por sus muertos que informaría de todo al FBI de su detención ilegal y de como habían asesinado a los ocupantes del coche sin haberles dado siquiera la oportunidad de rendirse, dando por sentado que su hijo Henry estaba dentro. Evidentemente, si aquello trascendía las cosas podían ponerse feas, y más con la gobernadora Ferguson odiando a muerte a los Rangers, Hoover y el FBI envidiosos por no haberse podido apuntar el éxito de la aniquilación de Barrow y Parker, y con una opinión pública voluble y tornadiza que igual pedía las cabezas de los forajidos que los convertían en héroes nacionales a los dos días. Para tranquilizarlo, Hamer le permitió acercarse al coche para que comprobase que Henry no estaba. Al verlo más calmado, el circunspecto ranger aprovechó para convencerlo de que tenía poder para influir en las autoridades y que fueran indulgentes con su hijo si se callaba la boca, así que Methvin no tuvo más opción que aceptar. Al cabo, a él solo lo habían tenido un rato esposado a un árbol y sobre su hijo planeaba la amenaza de acabar achicharrado en la silla eléctrica, así que acabó propalando el bulo que ha trascendido en todas partes: Irvin Methvin traicionó a Barrow y Parker a cambio de la vida de su hijo, lo cual era cierto, pero con la salvedad de que la "traición" se había cometido con efectos retroactivos. 


El vehículo tras el tiroteo. En el asiento delantero se ve el cadáver de Parker
Sea como fuere, eso fue lo que se contó para dar una respuesta satisfactoria a todo el mundo: el gang de Clyde y Bonnie era ya historia, sus crímenes habían sido vengados, y la justicia había triunfado una vez más aunque de forma un tanto expeditiva. En todo caso, lo cierto es que los dos amantes eran carne de patíbulo si hubiesen llegado a ser juzgados, de modo que el estado se ahorró un dinerito con un juicio cuyo veredicto se sabía antes de empezar. Obviamente, Hamer hizo jurar a sus compañeros de ejecución que nadie diría jamás una sola palabra de como se había gestado la operación, ni su pequeño chantaje a Methvin y, mucho menos, que no habían dado tiempo a los dos fugitivos ni a decir buenos días. El último superviviente del grupo, Theodore Hinton, contó a su hijo toda la historia antes de palmarla, la cual aparece con pelos y señales en una autobiografía que fue publicada en 1979 tras su fallecimiento dos años antes.


Una vez calmados los ánimos se procedió a registrar el coche y el personal se quedó alucinado al ver el arsenal que llevaban encima. En la foto podemos ver parte del mismo, porque no coincide con lo que se ve en imágenes sacadas durante el registro efectuado en la misma carretera. Salieron a relucir tres BAR 1918, un fusil de cerrojo Krag-Jorgensen, un subfusil Thomson, dos escopetas Remington modelo 11, tres pistolas Colt modelo 1902, el revólver que se ve en la funda y que no se aprecia modelo ni marca, y además el Colt Detective de Parker y la Colt 1911 de Barrow. A todo ello y como se ve en la foto, sumarle cantidades ingentes de munición para todas las armas incluyendo nada menos que cien cargadores de 20 cartuchos para los BAR, lo que suponía 2.000 cartuchos del 30-06 para repartir estopa a base de bien, e incluso encontraron bajo el asiento delantero quince placas de matrículas para ir dando el cambiazo cada vez que cometían una fechoría. En cuanto a los impactos recibidos por el coche y sus ocupantes, hay división de opiniones, como no podía ser menos. 


El grupo de probos homicidas justicieros. En pie, de izda. a dcha. tenemos a
Prentiss Oakley, Theodore Hinton, Robert Alcorn y Maney Gault. En
cuchillas y en el mismo sentido a Frank Hamer y Henderson Jordan
La más generosa afirma que fueron 187 impactos que produjeron a Barrow 48 heridas y 37 a Parker. Las estimaciones más moderadas dan un total de 130 impactos, y la autopsia realizada por el doctor Wade reveló en su informe que el cuerpo de Clyde tenía un total de 17 heridas y el de Bonnie 26. Está de más decir que estas cifras jamás podrán corroborarse ya que, viendo lo ocurrido entre Hamer y Methvin padre, ya hasta se puede suponer que también se pudo influir en el forense para que aminorase el número de heridas y no dar aquella impresión de ensañamiento inmisericorde porque, francamente, el número oficial de heridas de Barrow no casa mucho con los más de 50 impactos que se pueden contar solo en la puerta delantera, más los que entrasen por la ventanilla y el parabrisas. Total, estaban total y definitivamente muertos y, como ya comentamos, no convenía dar una impresión negativa ante la opinión pública. Lo cierto es que, al parecer, el embalsamador las pasó canutas para recomponer las maltrechas envolturas carnales de ambos difuntos ya que estaban literalmente hechas puré a balazos.


Hinton, a la izquierda, ya en su vejez contemplando el "Coche de la Muerte"
en alguna feria donde se permitía verlo por 25 centavos. A la izquierda hay
un letrero de aviso prohibiendo sacar fotos
Bien, así acabó esta historia. Bueno, acabó la nefasta existencia de Barrow y Parker, porque la movida mediática que se formó a continuación también tuvo su enjundia, si bien eso mejor lo dejamos para otro día porque ya me he enrollado más de la cuenta. Añadir solo que, conforme le prometió Simmons, el capitán Hamer se apoderó de prácticamente todo el arsenal de la pareja que, aparte de costar un dineral por sí solo, con el tiempo adquiriría un valor seguro como objetos atractivos para coleccionistas, fetichistas y frikis en general. El Ford se lo quiso quedar el sheriff Jordan, pero un juez federal consideró que siendo un bien robado debía ser restituido a su propietaria, Ruth Warren, residente en Topeka, Kansas. Warren alquiló y, posteriormente, vendió el vehículo a un tal Charles Stanley, que lo expuso en ferias y demás eventos chorras a los que tan aficionados son los yankees. Actualmente se conserva en Primm, Nevada, en el vestíbulo del Whiskey Pete's Casino, un local de esos donde te dejan la bolsa llena de aire como te descuides.


Obsérvese el curioso error en el etiquetado de la munición. Dice que el
calibre es de 35 mm., o sea, similar a un cañón anticarro. En realidad, un
.35 equivale a un 9 mm. De hecho, la denominación europea de este
cartucho es 9×48 mm.
Ah, se me olvidaba. Una curiosidad curiosa de regalo que apostaría mis excelsas barbas a que no hay cuñado que la conozca: el Remington modelo 8 de calibre .35 Rem. que usó Hamer era el arma de caza preferida del general Gonzalo Queipo de Llano, pero en su versión deportiva con capacidad para solo cinco cartuchos. La munición, un calibre que apenas tenía demanda en España, la fabricaron a partir de 1945 en la Pirotecnia de Sevilla y en honor a su introductor y casi único usuario era denominada como .35 Don Gonzalo. Con esto fijo que empujan a un rápida y eficiente autolisis al cuñado que se ha visto todos los documentales que hay en Youtube sobre Bonnie y Clyde.

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho


Aspecto actual de la carretera 154. En el amplio arcén de la izquierda se ve un monolito que reproducimos en el detalle.
Es el lugar donde fueron liquidados Barrow y Parker, y el aspecto que presenta el monolito en cuestión imagino que se debe a la cantidad de trozos que el personal lleva arrancados como recuerdo. En unos pocos años habrá desaparecido y tendrán que poner uno de titanio. La gente es la descojonación, lo juro... No respetan ná...

domingo, 7 de julio de 2019

Puylaurens, el último refugio


Impresionante vista aérea del castillo de Puylaurens encaramado sobre el monte Ardu. Las guías turísticas dicen que desde
la base de la roca se tardan 15 minutos en subir, pero debe ser un camelo para que el personal no se acojone, acuda y,
una vez allí, acometan el arduo ascenso. Fumadores, corazones averiados y ciudadanos con sobrepeso, mejor se quedan
en los merenderos que hay junto a la taquilla fumándose un cigarrito o comiéndose unos filetitos empanados

Lotario di Segni, Inocencio III para los amigos y promotor
de la Cruzada Albigense que acabó con la pujanza del
catarismo aunque sus rescoldos aún duraron un siglo más
Ya hemos hablado anteriormente de algunas de las fortificaciones que los cátaros usaron como refugio y/o santuario durante la larga y sangrienta cruzada albigense. Estas fortalezas, situadas en el corazón del Rasés, eran nidos de águilas en los que tanto el rey de Francia como los nobles que apoyaban la aniquilación de los infectados, despectivo término con que se solían referir a estos sufridos herejes, veían como sus mesnadas se estrellaban una vez tras otra contra ellas, y solo a base de dinero, esfuerzo y con el constante acoso con que poco a poco la Inquisición los acorralaba en las ciudades de la Occitania pudieron ir apoderándose de ellas. Como hemos visto en los artículos dedicados a este tema, los cátaros contaban con la ayuda de los faidits, nobles pertenecientes a la más rancia nobleza del Languedoc que, contrariamente a la proverbial mansedumbre de los buenos hombres, eran extremadamente belicosos, gente fiera habituados a los trabajos de la guerra desde que apenas salían de la infancia y, además, muy cabreados por verse esquilmados por los cruzados, la Iglesia y los reyes de Francia. Sus tierras y castillos habían ido a parar a manos de sus enemigos, y solo en casos excepcionales podían conservar algo de su antiguo patrimonio a base de rendir pleito de homenaje a nobles de más rango o al rey de Aragón, que solía mirar para otro lado de vez en cuando para chinchar a su colega gabacho.

Montségur, otro castillo cómodo y accesible no apto para asmáticos
Tras la caída de Montségur en marzo de 1244, a los atribulados herejes solo les quedaban dos reductos razonablemente seguros en lo que antaño había sido poco menos que el patio trasero de su casa, Quéribus y Puylaurens, aparte de las cuevas del Sabarthès, ubicadas en lo más profundo y más salvaje del Rasés, donde ni los hombres de armas del senescal de Carcassonne se atrevían a adentrarse. En resumen, lo tenían bastante chungo. Los inquisidores habían establecido una red de chivatos tan tupida que no escaparía ni un chaquete herético, los vecinos que antaño les mostraban simpatía o incluso les apoyaban no solo se cambiaban de acera con tal de no cruzarse con un infectado, sino que daban media vuelta y salían echando leches a denunciarlo a los Predicadores que, sin prisa pero sin pausa, habían sabido inculcar auténtico miedo entre el personal a base de multas, penas de prisión, penitencias o, peor aún, acabar en el Muro (la prisión del Santo Oficio en Tolosa) de por vida. 

En fin, el panorama era de lo más desalentador. Del final de Quéribus ya hablamos largo y tendido en su momento, así que hoy toca Puylaurens, el último refugio de esto probos herejes en el Languedoc. 

Flanco sur del castillo. En la foto se aprecia el zizagueante y empinado
sendero que conduce al acceso principal. Al final del mismo se pueden
ver los restos de la barbacana que lo defendía
La historia de este castillo es, como la de sus hermanos occitanos, compleja y difícil de seguir en muchas ocasiones. En las fuentes que podemos consultar no es raro encontrar contradicciones, lagunas en el tiempo, fechas alteradas y, en resumen, datos que nos resultan bastante complicados de corroborar, así que nos ceñiremos a lo que, a mi entender, es lo más fiable en lo tocante a este peculiar castillo. Y dicho esto, al grano que para luego es tarde.

No se sabe quién fortificó el risco donde actualmente vemos el castillo de Puylaurens si bien se le atribuye un origen muy antiguo, de la época galo-romana. Es probable que, inicialmente, fuese una simple atalaya para controlar el paso de Campérié, en el camino que une Perpiñán con Foix. Su etimología no ofrece dudas ya que en documentos del siglo X se cita el lugar como CASTRVM PODIO LAVRENTI, el castillo de la montaña del laurel, que en occitano se traducía como puèg laurenç. Actualmente el risco de 697 metros de altura donde se yergue recibe el nombre de Mont Ardu, el Monte Difícil, así que ya nos podemos imaginar que llegar arriba no era un paseo agradable, y menos si los ocupantes del castillo te esperaban para recibirte como si fueras un cuñado de visita dominical. 

El conde Sunifredo (915-968) 
Aunque no hay datos al respecto, cabe suponer que Puylaurens tuvo gran importancia durante los conflictos entre visigodos y la posterior formación de la monarquía carolingia porque ya aparece a mediados del siglo X, concretamente en 958 cuando Sunifredo II, conde de Cerdaña y Besalú y señor de Fenouillet, dona a Pons, abad de Saint-Michael de Cuxa, el valle de Boulzane incluyendo el castillo, donde parece ser que ya existía o que se edificó una iglesia consagrada a Saint-Laurent, San Lorenzo, como obviamente no podía ser menos. En 1162, la comarca pasa a estar bajo el dominio del rey de Aragón si bien los señores de Fenouillet conservan el castillo en feudo hasta que en 1209, con el comienzo de la Cruzada Albigense, empieza la persecución tanto de los herejes como de todos los que de una forma u otra los apoyan.


Blasón de los Fenouillet
En 1203, Ava, señora de Fenouillet recién enviudada de Hugues de Saissac y, por lo visto, fiel seguidora del catarismo, ya debía presentir que las cosas se iban a poner bastante chungas. En efecto, apenas un año más tarde ve como le arrebatan sus dominios en favor de Dalmau de Creixell, un caballero aragonés al servicio de Pedro II. En 1209 y a fin de hacer valer sus derechos y recuperar sus tierras se larga con su hijo Peire,  de unos nueve o diez años, a rendir pleito de homenaje a Aymeri III, vizconde de Narbona y enemigo poco entusiasta de los cátaros, pero no le quedaba otra que posicionarse a favor de los cruzados. Estando bajo la protección del narbonese, los Fenouillet pudieron recuperar de momento sus dominios. Veinte años más tarde, Ava de Fenouillet se desprende de su miserable envoltura carnal y, siendo noble, imagino que algún perfecto le impartiría el CONSOLAMENTVM antes de palmarla para no tener que volver a reencarnarse más, y su hijo Peire, ya con unos 30 años, se ha convertido en un combativo noble que se había casado al menos unos nueve o diez años antes con Giraude o Geralda de Calders, que también era cátara. Al parecer, durante sus algaras había corrido las tierras de Nuño Sánchez, señor del Rosellón, y siendo como era un faidit en potencia prefirió ceder el señorío de Fenouillet antes de verlo confiscado, de modo que así mataba dos pájaros de un tiro. La verdad es que no tengo del todo claro si este hombre llegó a ser un cátaro convencido o, simplemente, se dedicó a ir de un lado a otro conforme le interesase más, porque la cosa es que cuando murió en el verano de 1243 fue enterrado en el cementerio de la comandancia templaria de Mas-Dieu, por lo que habría abjurado de su fe herética y de alguna forma estaba vinculado a la orden si bien no sabemos de qué modo ya que se desconoce si estaba viudo, en cuyo caso sí podía ser miembro de pleno derecho. Sea como fuere, la cosa es que los Saissac ya no eran los dueños de Puylaurens.

Blasón de los Barbeira
Sin embargo, el cambio de dueño parece que no afectó a sus ocupantes porque un faidit fue puesto al frente de la fortaleza, concretamente Chabert de Barbeira que, como recordaremos, fue el defensor de Quéribus. Por este motivo, Puylaurens no cerró sus puertas a todos los infectados que acudían en busca de refugio. Se tiene constancia de que Benoit de Termes, heresiarca del Rasés, habitó en el castillo varios años, entre 1233 y 1241, falleciendo en el mismo. Hacia el final del verano de 1242 (según otras fuentes en 1246), un caballero llamado Pons-Roger de Salses escoltó hasta Puylayrens a un grupo de cátaros encabezados por Peire Paraire, un perfecto que había ejercido como diácono en Frontiers-Cabardès, una población fundada en 1203 por Sicard de Puylaurens (se refiere a la ciudad, situada a unos 88 km. al norte del castillo) y Olivier de Saissac, y a la que Ava de Fenouillet logró asociar a su hijo Peire, que tendría apenas tres o cuatro años en aquel momento. La cuestión es que Puylaurens solo ejerció de refugio temporal de todos los infectados que, ante la creciente inseguridad del territorio y el acoso constante, buscaban un sitio donde poder ponerse a salvo de los hombres de armas del senescal de Carcassonne para, posteriormente, buscar una ruta de escape hacia cualquier zona donde no hubiera peligro. Muchos, la mayoría, se largaron a Lombardía. De hecho, mientras que en 1250 había más de 200 perfectos en el Languedoc, en los 40 años siguientes, entre 1259 y 1299, el número de estos se ve reducido a apenas a 35.

Plato del día, barbecue cathare. Cientos y cientos de estos controvertidos
herejes acabaron en las piras por negarse a abjurar. Al considerar la muerte
como una liberación definitiva de este perro mundo, preferían pasar un mal
rato con tal de no tener que volver por aquí jamás de los jamases
Pero Puylaurens, afortunadamente para sus ocupantes, no se vio sometido a un férreo asedio ni a tener que elegir entre abjurar de su fe o arder como teas. Aunque algunas fuentes afirman que en 1250 pasó definitivamente a manos del rey de Francia, es más probable que la caída de Puylaurens tuvieran lugar cinco años más tarde, seguramente tras la caída de Quéribus a manos del senescal de Carcassonne. A partir de aquel momento ya no quedaban más sitios donde meterse, y es más que obvio que Puylaurens estaba el siguiente en la lista del senescal. Es posible incluso que Chabert de Barbeira se viese obligado a entregar la plaza tras la caída de Quéribus. En cualquier caso, en 1255 Puylaurens pasó definitivamente a manos de Luis IX y el último refugio de los cátaros se fue al garete. Tres años después con la firma del Tratado de Corbeil en mayo de 1258 en el cual y entre otras cosas Jaime I renunciaba a los castillos de Termes, Niort, Quéribus, Peyrepertuse y Puylaurens, que pasaban a ser la frontera sur de Francia. A cambio, Luis IX renunciaba a sus derechos sobre los condados de Barcelona, el Rosellón y Cerdaña.

Luis IX con su madre Blanca de Castilla, que ejerció la regencia con mano
de hierro durante la minoría de edad del monarca. Logró acabar con la
amenaza de la herejía para dedicarse a masacrar agarenos en Tierra Santa
y, finalmente, palmarla miserablemente en Túnez de disentería en 1270
Aquí acaba la historia de Puylaurens como castillo cátaro, pero en modo alguno su vida operativa. Al convertirse en un enclave de gran importancia estratégica, en 1260 Luis IX mandó mejorar sus defensas y guarnecerlo con 25 hombres de armas al mando de Odon de Monteuil porque, tratados aparte, los reyes de Aragón y Francia se seguían haciendo amables visitas de vez en cuando para recordarse mutuamente que se caían fatal. De esta época datan la torre del homenaje, las torres y murallas que se conservan actualmente y la torre situada en el extremo sudoeste, conocida posteriormente como la Torre de la Dama Blanca (luego contaremos el origen de este nombre). Tras la muerte del rey Luis su hijo Felipe, III de su nombre, prosiguió con las obras de fortificación, que duraron hasta 1285. A principios del siglo XVI se dio forma a su característico sendero en zigzag, quedando el conjunto con el aspecto con que lo conocemos hoy día. Su ocaso comenzó a raíz del Tratado de los Pirineos (1659), que desplazó la frontera francesa más hacia el sur, por lo que su importancia estratégica era ya irrelevante, y más tratándose de un castillo medieval en una época en que la artillería se había enseñoreado de los campos de batalla y los asedios. No obstante, siguió manteniéndose una pequeña guarnición nutrida principalmente de veteranos ya un poco inútiles para servicios normales hasta que, finalmente, con la llegada de la Revolución en 1789 fue definitivamente abandonado. Como dato curioso añadir que Puylaurens, que no pudo ser conquistado ni por el mismísimo Simón de Monfort, que lo intentó una vez durante la cruzada aunque sin éxito, fue tomado y ocupado temporalmente por tropas españolas en 1635 en el contexto de la Guerra Franco-Española (1635-1659). Para chulos nosotros, qué carajo...

Bien, esto es lo que hemos podido asacar sobre esta singular fortaleza, verdadero paradigma de los castillos roqueros porque solo imaginar como debieron desenvolverse los albañiles que lo construyeron produce vértigo, moviéndose prácticamente sobre el vacío para colocar piedras de varios quintales de peso sobre andamios a base de palos y pasarelas de madera en los que lo mejor era no mirar nunca hacia abajo. Pasemos ahora a dar una somera descripción del recinto con sus partes más relevantes ya que en la red hay mogollón de fotos para recrearse largo y tendido. Veamos...


Bien, empecemos por el principio, que es lo más razonable. Antes de llegar al castillo hay que subir por el sendero en zigzag que da repeluco solo verlo en foto. Los nueve muros, como avanzamos anteriormente, son un añadido del siglo XVI. Su misión no era otra que frenar o ralentizar a hipotéticos asaltantes y obligarlos a subir poco menos que en fila india, con lo que su ímpetu quedaría tan mermado que con pocos defensores situados en la barbacana podrían pararlos en seco. Avenates patrioteros aparte, parece ser que la única vez que fue ocupado se debió a que la mitad de la guarnición estaba en la población costera de Leucate cuando un pequeño ejército español de 800 hombres logró apoderarse del castillo en 1635, así que de poco sirvió en eta ocasión el enrevesado y traicionero camino de ascenso.


Si logramos coronar el cerro sin escupir el hígado en cualquier sitio, nos encontramos con la barbacana, un pequeño recinto formado por una camisa que en su época estaría almenada y con un adarve construido de madera para su defensa. Si observamos el plano superior, junto a donde hemos puesto la letra B hay un pequeño tramo del muro que se introduce en el recinto y que creo que es un postigo. No he podido dar con ninguna foto que lo muestre claramente, pero tampoco hace falta echarle imaginación porque ese rehundido no pinta nada en semejante sitio salvo eliminar ángulos de visión desde el exterior que delaten la presencia del postigo. En todo caso, para escaparse por semejante sitio ya había que echarle testiculina, las cosas como son. Bien, una vez que traspasamos la barbacana nos contramos con el acceso principal, una puerta con arco rebajado protegida por una buhedera que también vale, llegado el caso, como buzón matafuegos. La muralla donde se abre la puerta está flanqueada por el noroeste por la del reducto, así que llegar solo era toparse con un obstáculo más.


Tras la puerta nos encontramos un pequeño patio que da acceso al patio de armas. La foto, que puede inducir a engaño, muestra la puerta de acceso sobre la cual vemos el arco donde se abre la buhedera más su correspondiente parapeto. El engaño o efecto óptico puede hacer pensar que las aspilleras que se ven en primer término se abren en el muro donde está la puerta, pero en realidad están en el interior del muro del patio. Para despejar dudas he marcado de rojo los límites del vano de la puerta que, además, presenta el hueco del alamud en el lado izquierdo de la foto. Esta obra debió llevarse a cabo durante la campaña emprendida por Luis IX, y ciertamente suponía una dificultad extra en caso de que los asaltantes lograran traspasar la puerta principal del recinto, que solo podría ser eliminada metiéndole fuego porque en el escaso espacio disponible en el sendero y en el interior de la barbacana lo más que cabría sería un pequeño ariete.


Esta imagen corresponde al interior del patio. En el muro vemos las aspilleras que en la foto anterior hemos visto por dentro. Con esta obra tendríamos tres obstáculos difícilmente salvables antes de poder entrar en la fortaleza propiamente dicha, y aún una vez alcanzado el patio de armas las dificultades para seguir avanzando no menguaban ni un ápice. Francamente, no es habitual ver castillos que de por sí sean complicados de conquistar solo por su posición geográfica y que, además, contengan tal cúmulo de obras defensivas para ponerlo aún más difícil.



Esta vista aérea nos permite apreciar mejor el patio de armas, un amplio recinto en forma de trapecio irregular de unos 1.500 m² de superficie que se extiende en dirección este-oeste. En su época, además de las dos dependencias de fábrica de las que quedan algunos restos, el contorno del recinto estaría ocupado con otras de madera adosadas a la muralla, como era habitual. El círculo señala el postigo del lado este (véase el detalle), donde imagino tendrían un paracaídas en un armario junto a la puerta porque, como se puede ver, la salida daba directamente al vacío. La flecha señala la escalera que permitía acceder al estrecho adarve por el que se llegaba a la puerta del reducto. Para ponerlo aún más difícil, el adarve estaba cortado y solo se podía cruzar mediante una pasarela que era retirada desde el interior. Las murallas, como vemos, no son especialmente gruesas, apenas 120 cm. porque, simplemente, era imposible adosar máquinas de batir, por su posición y su altitud quedaban fuera del ángulo de tiro de los fundíbulos, y su base rocosa hacía literalmente imposible el minado. Igual tocando todos a una varias trompetas lograban derribarlas, aunque creo que después de lo de Jericó semejante hazaña no se ha vuelto a repetir.


En esa otra foto vemos el acceso al reducto.  En primer término vemos el muro del patio interior con sus aspilleras abocinadas, y a la derecha una barandilla de la pasarela de madera que conduce a la puerta, que como la de acceso principal también estaba defendida por una buhedera. El reducto se componía de una amalgama de dependencias unidas unas a otras de forma que da la impresión de haber sido construidas en épocas distintas, formando un conjunto bastante poco homogéneo. Bajo una de ellas se encuentra la cisterna que permitía el suministro de agua en caso de que el enemigo lograra apoderarse del patio de armas. El reducto era de por sí un castillo dentro del castillo, y hasta el acceso al adarve solo podía llevarse a cabo desde el mismo. Por cierto, aunque visto desde el aire pueda parecer que había patinillos interiores o espacios abiertos, no era así. La realidad es que todo el reducto estaba compartimentado en dos niveles al menos, y por supuesto techado dando lugar con ello a dependencias entre los edificios principales: la torre del homenaje y las dos torres redondas. Hay mogollón de fotos en la red donde pueden darse espléndidos garbeos virtuales para corroborarlo.



En esa vertiginosa foto cenital nos podemos hacer una idea del interior del reducto. En la parte inferior vemos la Torre de la Dama Blanca, que debe su nombre al espectro- un castillo sin fantasma es como unas gambas sin zumo de cebada helaíto der tó- de Blanca de Borbón, la desdichada tataranieta de Luis IX que fue casada con Pedro I, el taimado y vesánico monarca de Castilla. Puede que todos se pregunten qué leches pinta ahí la phantasma de la pobre doña Blanca, a la que le pilla un poco lejos el castillo gaditano donde fue vilmente apiolaba, pero la cosa es que, según cuentan, en algún momento de su breve vida antes de ser enviada a Castilla pernoctó o vivió unos días en Puylaurens. En todo caso, como está mandado, de vez en cuando dicen que se la ve dándose un garbeo por las murallas envuelta en un halo vaporoso y tal, como no podía ser menos. Bueno, ectoplasmas regios aparte, en rojo hemos marcado el estrecho pasadizo donde se encuentran las letrinas del castillo, cuya morfología no deja de ser también un tanto peculiar.



Ahí tenemos las letrinas, que tras un buen tramo empotradas en la muralla caen en la ladera oeste del risco. Dos de ellas son como que aparece en el detalle inferior, unas meras abertura sin apoyo ni nada por el estilo. O sea, había que apalancarse en cuclillas y si te pillaba en plena tormenta o cayendo una nevada de antología supongo que el personal optaría por orinales antes que salir ahí en plena noche y palmarla de una pulmonía. La del detalle superior es un tabuco abierto en el grosor de la muralla que quizás en su época tuviese algún asiento de madera o similar. En fin, que no son precisamente inodoros de diseño.


Para terminar, algo verdaderamente inusual: un tubo de voz o, al menos, eso afirman. En uno de los muros de la Torre de la Dama Blanca, junto a una nervadura de la bóveda, se ve una acanaladura tallada en la piedra que, según vemos en el detalle inferior, se pierde en dirección a la planta superior de la torre. Cabe suponer que contendría un tubo de cobre porque así, sin más, no creo que sirviese de mucho, y bastaría un simple agujero en el techo para, dando un berrido, hacerse oír por el que estaba abajo. A mí, si les digo la verdad, más bien me parece un tubo destinado a recoger el agua de lluvia de la azotea para conducirla a la cisterna del reducto, que se me antoja más práctico que tomarse tanto trabajo para chismorrear sin tener que andar subiendo y bajando escaleras. En fin, no he logrado encontrar ninguna foto que muestre el recorrido íntegro de la acanaladura en el muro, así que me limito a exponer la impresión que me causa y que, ciertamente, no coincide con algo tan sofisticado e inservible para la época. Más me inclino a pensar que los gabachos han querido ver algo único en innovador antes que algo tan corriente como un conducto de aguas pluviales y darle así ese matiz de exclusividad a su castillo.

Bueno, criaturas, ya me he enrollado en demasía. Con lo expuesto creo que, aparte de la cosa histórica, podemos hacernos una idea de cómo era esta peculiar fortaleza. Si no me pillasen tan lejísimos y no me diese tanta pereza me animaría a visitar todos los castillos cátaros que, ciertamente, deben ser espectaculares tanto por su morfología como por el entorno donde se encuentran pero, en fin, también me gustaría ir a la luna pero lo que no pué sé no pué sé, y ademá é imposible.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

CASTILLOS CÁTAROS