sábado, 15 de febrero de 2020

TORRE DEL HOMENAJE. LA TORRE ROMÁNICA


Castillo de Guimarães, paradigma de las fortificaciones románicas con su poderosa torre del homenaje emergiendo en el
centro del patio de armas. Para acceder a la misma hay que cruzar una pasarela tendida entre la puerta y el adarve

Como vengo haciendo últimamente, estoy repasando los artículos más añejos de este insigne e ilustrativo blog (no, no tengo abuela, palmó la pobre hace la torta de años) porque, por razones obvias, muchos de ellos están pidiendo a grito pelado una actualización. En los albores de esta travesía virtual y debido a mi inexperiencia elaboraba unas entradas más escuetas que, debo reconocerlo, actualmente las veo poco enjundiosas. Una de ellas es la que se publicó un ya archilejano 6 de mayo de 2011 (carajo, como pasa el tiempo, blablabla, etc...) sobre la parte más importante de los castillos europeos, la torre del homenaje, y al releerla constato que, en efecto, necesita pero ya una puesta a punto tanto en lo concerniente al texto como a las ilustraciones, que por aquel entonces tenía que elaborar con el Paint, rudimentaria herramienta que solo permitía unos acabados bastante pobretones por no decir paupérrimos de solemnidad. Bueno, pues no me enrollo más y actualicemos lo concerniente a estas egregias y magnificentes torres. Hale, al grano...

Ante todo, debemos recordar que las fortificaciones árabes carecían de este tipo de torres. Los castillos que perduran en la Península, especialmente en España, construidos por los malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma y en los que vemos que se yergue una de ellas dominando el entorno es un añadido cristiano. Bien aprovechando una torre-puerta en recodo, bien modificando cualquier torre de flanqueo que se considerase adecuada o, más habitualmente, construida EX NOVO e integrada en el conjunto de la fortaleza. Un ejemplo lo podemos ver en la foto de la derecha, que corresponde al castillo de Burgalimar, en Baños de la Encina (Jaén), una fortificación milenaria cuyos orígenes se remontan a mediados del siglo X pero en el que, sin embargo, la torre del homenaje que vemos a la izquierda sobresaliendo de sus hermanas menores procede de una reforma del siglo XV, en pleno apogeo de los conflictos que padeció el reinado de Enrique IV el Pitopáusico. 

Patio de la Sima del castillo de Alcalá de Guadaíra (Sevilla). A la izquierda se
ven los restos de la vivienda del alcaide, y en el ángulo inferior parte de los
baños. La gran torre del centro no debe confundirnos ya que no era más que
la torre-puerta del recinto más antiguo
Está de más decir que el abominable cuñado que nos acompaña en la visita castillera ya estará incubando la pregunta con la que piensa que nos dejará en evidencia: ¿Y dónde se aposentaba entonces el alcaide de los castillos andalusíes? Entonces nos permitiremos una pausa para darle suspense a la cosa, lo miraremos de arriba abajo como quien mira a un paramecio acusado de malversar fondos de la charca pútrida donde habita y, poniendo jeta de dios pagano que contempla a los mortales desde el Olimpo, le daremos la respuesta a su pregunta: El alcaide vivía en dependencias construidas en el patio de armas, ciertamente más cómodas y acogedoras que las desafiantes pero, a la par, lóbregas torres cristianas concebidas más como último reducto defensivo que como vivienda. Y mientras se recupera del amago de accidente vascular-cerebral le pondremos algún ejemplo como el del castillo de Alcalá de Guadaíra, donde actualmente se pueden ver los restos de la casa donde vivía el alcaide, un espléndido "chalé" de casi 400 m² situada en el lado oeste del Patio de la Sima que, a todas luces, debía ser bastante más agradable que una torre y que tenía hasta un bonito patio porticado de unos 75 . De hecho, incluso se han descubierto al lado los restos de las instalaciones sanitarias de la fortaleza incluyendo baños y todo. 

Ceremonia en la que un vasallo presta pleito de homenaje a su señor natural.
Entre ambos, un secretario da fe del acto
Aunque algunos autores sugieren que el origen de estas torres fue importado por los cruzados desde Tierra Santa en base a los escritos de Procopio de Cesárea, la realidad es que más bien parece ser al revés ya que, desde tiempos anteriores a la Primera Cruzada, el concepto de torre del homenaje, keep o donjón era conocido en Europa ya que hay constancia de la existencia de este tipo de torres en el siglo X (véanse las entradas relacionadas que aparecen al final del artículo). En lo que a mí respecta, no hay lugar a dudas: las motas castrales, de donde proviene el concepto de torre señorial defensiva, existía antes de que el papa Urbano II predicase la Cruzada y gran parte de la nobleza franca y normanda se largara a Tierra Santa a escabechar malvados agarenos. El origen de los nombres que se le da a este tipo de torres tiene en todos los casos un motivo claro: en español es donde el señor feudal recibía pleitesía por parte de sus vasallos o donde un noble de rango inferior se ponía bajo la protección de uno superior mediante pleito de homenaje. En francés el término donjón proviene de DOMINVM, o sea, hace una clara evidencia al señor del castillo. Y en inglés, keep es “mantener”, “guardar”, lo que casa perfectamente con el cometido de estas torres: servir de alojamiento al señor comarcal y de refugio a su gente en caso de verse atacados.

En la foto tenemos un ejemplo que nos permitirá entender mejor esta tipología. En la misma vemos una empalizada fabricada con troncos afilados tras la cual discurre una pasarela de madera hace las funciones del adarve. A la torre se accedía mediante una simple escala de mano que era retirada desde el interior. Caso de contar con un foso, para acceder al recinto se solía recurrir a un puente levadizo accionado mediante cigoñales. La pasarela, una vez elevada, servía de puerta. La torre estaba fabricada con gruesos tablones de madera y cuyo diseño se regía por unos patrones bastante básicos a la vista de los escasos testimonios gráficos que han llegado a nosotros, como el Tapiz de Bayeux, porque, por razones obvias, ninguna ha sobrevivido para poder corroborar cual era su apariencia real. En cualquier caso, la que vemos es una reconstrucción bastante realista que muestra la simpleza de su morfología: sustentada por cuatro gruesos postes bien asentados sobre el terreno, una plataforma conformaba la planta inferior donde se abría la puerta de acceso. En sus paredes se abren una o más aspilleras para poder asaetear bonitamente al enemigo. La planta superior es de una superficie superior para que el suelo de su perímetro sirva de rudimentario cadalso. Si los asaltantes lograban superar la empalizada y se pegaban a la torre las aspilleras no servirían de nada, así que solo se les podía atacar desde la vertical. El conjunto está rematado por un tejado a cuatro aguas recubierto por lajas de pizarra.

En la ilustración podemos ver el sistema que seguían para
afianzar los postes: en un hoyo de la profundidad deseada
se colocaba una piedra plana que actuaba como base para
impedir que el peso del edificio los hundiese, tras lo cual
se rellenaba con tierra y guijarros bien colmatados
Pero estas torres tenían muchos puntos flacos. De entrada, la madera estaba sometida a la acción de parásitos, que la podían arruinar en poco tiempo, así como de las inclemencias meteorológicas. Pero lo peor era la evidente combustibilidad de los materiales que, en caso de asedio, podían convertirla en una pira con una simple andanada de flechas incendiarias o mediante una pella ardiente empapada en brea o azufre lanzada por una mangana. Para prevenirlo se recurría a revocar las paredes con yeso. No obstante, y a pesar de sus defectos estructurales, la silueta de estas rudimentarias fortificaciones coronando las motas europeas fueron durante muchos años el símbolo del poder político y militar de la nobleza. En definitiva, cuando estas torres pasaron de ser unos edificios aislados y formaron parte de un conjunto fortificado, la torre del homenaje se convierte, además de en la vivienda del alcaide de la fortaleza, en el último reducto defensivo tanto para él como para la guarnición del castillo. Por ello, era la torre más fuerte y mejor dotada para la defensa. Era el corazón del castillo. Si la torre del homenaje caía, la fortificación se había perdido.

Castillo de Magaña (Soria), que muestra una torre del homenaje bajo-
medieval como las que vemos en la mayor parte de los castillos españoles.
Como podemos apreciar, es un edificio muy sólido, de gruesos muros y
con pocos vanos de pequeño tamaño para impedir que puedan entrar
proyectiles desde el exterior. Las cámaras de estas torres apenas tenían
luz natural, y la iluminación dependía siempre del uso de candiles
En la Península, la torre del homenaje, macho, caballero o, como las llaman en Portugal, torre de menagem, existieron hasta que los castillos medievales cayeron en la obsolescencia y fueron definitivamente abandonados a favor de las fortificaciones pirobalísticas. No obstante, cada época ha conocido un estilo diferente, siendo en algunos casos modificadas con el paso del tiempo para adaptarlas a las necesidades del momento. En otros casos, las más antiguas fueron demolidas en algún momento de la historia para, sobre sus cimientos, edificar una nueva torre. La torre del homenaje era por lo general la única dependencia habitable fabricada de obra. Solo con la llegada de los grandes y complejos castillos góticos se empezaron a edificar cuarteles, almacenes y demás dependencias de piedra o ladrillo. En ellas se almacenaban provisiones, armas y, por encima de todo, agua ya que, caso de tener que convertirse en el último reducto defensivo y con el castillo lleno de enemigos, sin el preciado líquido la resistencia no se alargaría más de tres o cuatro días. De ahí que, en muchos casos, encontremos cisternas en el subsuelo de las torres, así como sobrados o sótanos con capacidad para disponer de vituallas para meses. Veamos pues la tipología de las que dedicamos el artículo de hoy: la torre románica

Si alguien piensa que ser el tenente o el alcaide de uno de estos castillos era un chollo, se equivoca. Y no ya porque sus rentas o su paga fueran mayores o menores, o sus posibilidades de medrar fueran muchas o pocas, sino porque vivir en el macho de un castillo románico era lo más parecido a habitar en una lóbrega mazmorra. No obstante, si comparamos el vivir en una torre húmeda y oscura con el sobrevivir en una palloza con todos los miembros de la familia amontonados y durmiendo junto a las acémilas para tener un poco de calor, la perspectiva de la torre ya no es tan terrorífica. 

La torre románica, presente en las fortificaciones ubicadas en el tercio norte de la Península, era por lo general un edificio muy básico y carente de cualquier elemento que se aproximase, no ya al refinamiento, sino incluso a lo que hoy día entendemos como comodidades básicas. De entrada, la mayoría no tenían siquiera chimeneas, obteniendo el calor de braseros que llenaban la cámara de humo y que debían convertir el ambiente en irrespirable. A ello, añadir que tampoco solían tener ventanas, por lo que la renovación de aire y la entrada de luz estaban encomendadas a la puerta de acceso y a las angostas aspilleras que había en cada planta y que en invierno eran un coladero de viento gélido. Las necesidades fisiológicas se hacían en las cuadras ya que carecían de letrinas, y el mobiliario se limitaba a la cama, algún baúl, una mesa y algunos taburetes o jamugas. Y, si acaso, algún repostero para intentar aminorar la humedad que salía de los gruesos muros. Por lo general, los accesos solían estar separados del suelo varios metros a fin de dificultar la entrada al interior de la torre en caso de verse invadidos. En ilustración superior vemos un par de ejemplos bastante habituales: a la izquierda tenemos el más básico, que consta de una entrada a la que se llega mediante una escala de mano que era retirada desde el interior de la torre. A la derecha aparece un ejemplar provisto de un patín, que es la escalera de obra que llega a la puerta. El patín podía discurrir adosado al muro de la torre, como aparece en la ilustración, o bien paralelo al mismo pero separado un metro o algo más a fin de hacer aún más compleja la entrada. Para cruzar se servían de una pasarela que, como en el caso de la escala vista anteriormente, era retirada hacia el interior de la torre, o bien mediante un pequeño puente levadizo. 

Otra opción era servirse de escaleras similares a los patines de obra pero fabricados con madera. Es fácil saber si una torre en la que no hay patín de obra se usó una escala o una escalera para acceder a ella: las que usaban escala carecen en la fachada de mechinales en los que se empotraban las vigas que sustentaban la escalera. En todo caso, los accesos podían ser más variados si bien los mostrados son los más habituales. Así pues, tenemos torres a las que se accedía mediante una pasarela o un puente, pero desde el adarve. En otros casos, si la torre no estaba aislada en el patio de armas, o sea, integrada en la muralla, se podía llegar a ella a través del adarve, tal como vemos en la ilustración superior. Según vemos en el plano de planta, la torre corta el adarve lo cual era especialmente ventajoso en caso de que el enemigo lograra rebasar la muralla ya que, si desconocían la distribución interior del recinto, podían verse bloqueados. Esta torre, que actúa como elemento flanqueante, dispone de aspilleras orientadas para batir la muralla, para hostigar al frente e incluso mirando hacia el patio de armas por si el enemigo invadía el interior de la fortaleza. Obviamente, desde la azotea de la torre también podía hostigarse al enemigo arrojando piedras, brea hirviendo, arena caliente o disparando virotes de ballesta.

Bien, así era la apariencia exterior de las torres románicas, pero, ¿cómo eran por dentro? En el plano de sección de la derecha podremos verlo perfectamente. Esta tipología no alcanzaba la esbeltez ni la altura de las torres góticas, y su superficie era más bien modesta. El interior estaba generalmente compartimentado en una planta baja (al decir planta baja debemos entender que era la planta al nivel del acceso) que, caso de estar sobreelevada, disponía de una planta inferior a modo de sótano que podía tener usos diversos, si bien lo habitual es que se habilitara como cisterna o como almacén. Muchas torres románicas contaban solo con estas dos plantas, por lo que la planta “baja” era a la vez la alcoba del alcaide y la estancia donde despachaba sus asuntos. En otros torres podremos encontrar con una planta más, por lo que la superior sería la alcoba y la inferior la dependencia de trabajo. En el detalle inferior de la derecha tenemos el aspecto de una torre con el patín exento y pasarela que mencionamos anteriormente, y en la parte superior una última opción que también podemos encontrar con frecuencia: el cuerpo inferior de la torre es simplemente macizo como prevención ante los efectos de máquinas de batir como arietes o trépanos. Esta morfología es habitual en las torres adosadas a las murallas que son las que, obviamente, pueden ser ofendidas por el enemigo. De ahí que sean las torres exentas aisladas en los patios de armas las que suelan tener el cuerpo inferior hueco. Y una advertencia final, y es que nadie fantasee cuando vean un hueco en el suelo dando por sentado que es la siniestra y lóbrega mazmorra del castillo. En los castillos que se suelen visitar serán más bien cisternas o silos, como ya se explicó en su día acerca de este tipo de dependencias supuestamente carcelarias.

Veamos algunas fotos que nos permitirán hacernos una clara idea de todo lo expuesto. En la imagen de la izquierda tenemos la torre del castillo de Sortelha, expresión de lo más básico que se puede construir. La torre se yergue sobre una masa granítica que emerge en el interior del pequeño patio de armas de la fortaleza. Construida enteramente de sillería bien escuadrada, el acceso al interior se realizaba por la abertura que se ve en el costado izquierdo del edificio. Dicho acceso da a la única cámara de la torre ya que, al estar construida sobre una base rocosa impenetrable, no podía contar con dependencias inferiores. Ante la ausencia de mechinales en la fachada donde se abre el vano podemos afirmar que para entrar se usaba una escala de mano que, como es lógico, solo sería retirada en caso de que unos hipotéticos asaltantes lograran desbordar a la guarnición, momento en que todos los defensores que aún estuvieran operativos se metían en la torre para establecer un último bastión defensivo de donde ya no saldrían salvo que llegase ayuda o acabaran rindiéndose antes de devorarse unos a otros o por carecer de agua.



Arriba tenemos otro ejemplo, en este caso de la torre del castillo de Monforte. La foto de la izquierda nos permite apreciar su acceso, a través del adarve. Así mismo, la flecha roja nos señala la hilera de canecillos que dieron sustento a un matacán que circunvalaba la torre si bien esto es un añadido posterior al trazado primitivo del edificio. Por otro lado, enmarcado en azul tenemos una hilera de canes que sustentaban el maderamen de una techumbre sobre la entrada, cosa bastante sensata en un lugar como ese en el que el mal tiempo y los crudos inviernos producen unos temporales de nieve y lluvia notables. Sobre los canes se aprecian los restos de una regola para impedir filtraciones en la unión entre la techumbre y el muro. Por lo demás, merece la pena reparar en el angosto vano de la puerta, por la que un hombre medianamente corpulento no puede entrar de frente. Esto no tenía otra finalidad, como era habitual, que dificultar el acceso. De nada servía una tromba de enemigos intentando invadir la torre si no cabían por la puerta más que de uno en uno. En cuanto a la foto de la derecha, nos muestra el interior de la torre, la cual contaba con dos cámaras más un subterráneo, que en realidad estaba por encima del nivel del suelo, destinado como almacén. La flecha roja marca la hilera de canes que sujetaban las vigas del entresuelo, y sobre la misma vemos la cámara de tiro de una de las aspilleras de la torre. En la cámara superior, destinada a vivienda, se permitieron el lujo de abrir en algún momento de su historia una ventana geminada.

Bueno, con esto ya tenemos más que actualizado parte del viejo artículo de hace varios años. Para no alargarme más, dejaremos las torres góticas para otro día, que por hoy ya he tecleado bastante, leches.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Magnífico ejemplar de torre del homenaje exenta, en este caso en el castillo de Melgaço, en el distrito de Viana do Castelo,
Portugal. Con la entrada de acceso situada en la primera planta, la cámara inferior era usada como almacén, y la segunda
planta como alojamiento para el tenente o el alcaide. Al fondo, delante de las escaleras, vemos el aljibe de la fortaleza,
excavado en la roca viva sobre la que se asienta todo el recinto.

miércoles, 12 de febrero de 2020

ASHIGARU, LA INFANTERÍA PLEBEYA


Contingente de ashigaru armados con lanzas. Estas tropas, surgidas de los campesinos del más bajo nivel social,
lograron convertirse en piezas fundamentales en los ejércitos de los daimyo

Cuando vemos una película ambientada en el Japón medieval, puede que muchos piensen que los ejércitos que aparecen en las batallitas que tienen lugar se nutrían exclusivamente de samurai. Total, todos llevan armaduras, todos llevan en la espalda el sashimono que los distinguía de las tropas enemigas y todos usaban un armamento similar. En resumen, la impresión que dan es que en Japón había más samurai que políticos en España ya que había suficientes para formar mogollón de ejércitos de miles de hombres con los que los daimyo se dedicaron durante décadas y décadas a masacrarse bonitamente. Sin embargo, la realidad es que los efectivos de samurai con pedigree eran los menos, afirmación ante la que cualquier cuñado ahíto de documentales de Canal Historia levantaría la ceja perplejo. ¿Quiénes formaban entonces el grueso de los vistosos ejércitos nipones? Pues los ashigaru que ya mencionamos en la entrada anterior. Los "pies ligeros" que eran básicamente una réplica de los milicianos medievales europeos, o sea, campesinos que acudían a la llamada de las armas para sumarse al pequeño contingente de samurai para defender el territorio o bien hacerle una visita al daimyo vecino y dejarle el cortijo arrasado hasta los cimientos. Veamos pues en qué consistían los ashigaru y como, con el paso del tiempo, se acabaron convirtiendo en unos elementos fundamentales en los ejércitos de la época.

El emperador Tenmu (c.631-186)
La necesidad de formar ejércitos razonablemente numerosos contando con la población ya la planteó el emperador Tenmu a principios de su reinado, a partir del último cuarto del siglo VII. Pero por aquel entonces el estado no disponían de infraestructuras ni medios para establecer un sistema de reclutamiento, y menos aún para controlar que los llamados a filas acudieran en su momento a prestar servicio militar. El pueblo se preocupaba más por dedicar todos sus hombres útiles a sus labores, y el personal pasaba del tema y desertaban sin que nadie pudiera evitarlo. Total, que a la vista del fracaso obtenido por lograr disponer un ejército como Buda manda, Tenmu les hizo dos higas y se olvidó del tema. Así pues, se tuvieron que conformar con recurrir a los terratenientes con medios económicos suficientes como para disponer de un caballo y armas- los primeros samurai- y que además pudieran aportar campesinos de sus tierras o incluso aumentar sus efectivos contratando los de otros dominios. 


Genin escoltando a su señor. Como vemos,
está provisto de armadura y va armado con
espada y naginata cuya hoja lleva cubierta
con una funda de cuero
Los que por lazos de parentesco y fidelidad al clan del samurai eran considerados como hombres de confianza eran denominados genin, asistentes del guerrero, cuya misión principal era transportar toda la impedimenta del samurai al que servían y, llegado el caso, prestarle su ayuda en el campo de batalla si la vida de este corría peligro. Además, debían ir recolectando las cabezas cortadas por su señor para la ya conocida ceremonia de presentación tras la batalla para darse postín y tal. Hay que considerar que, en aquella época y según el código de conducta de estos probos orientales, la guerra era una especie de duelo personal entre los samurai de un bando y otro, y no dos masas de combatientes que se abalanzaban como carneros en celo para darse estopa con saña bíblica. Si por su valor y dedicación se hacían merecedores de ello, un genin podía verse elevado al rango de samurai con lo que ello conllevaba. Pero el resto de la infantería estaba formada por labriegos cuya fidelidad era más que cuestionable, mal armados y peor entrenados, por lo que no era raro que si la campaña se alargaba más de la cuenta tomasen las de Villadiego y dejasen a su señor/contratador tirado. En realidad, estos hombres eran lo más bajo del escalafón social del Japón, gente sin los elevados principios morales y éticos y demás zarandajas a los que les daba una higa todo lo que no fuera intentar trincar algo de botín si, tras la batalla, su bando era el vencedor. Así, no era raro que se dedicaran al pillaje e incluso a rematar a los samurai heridos para expoliarlos, robándoles sus armas, armaduras, etc.


De izquierda a derecha vemos a Noda Shirô, Koshirô Hyôgo y Kusunoki
Masatsura bajo una lluvia de flechas. Obviamente no salieron con vida
del brete
La primera vez que aparece en las crónicas el término ashigaru es en la batalla de Shijōnawate, librada en febrero de 1348 en el contexto de las Guerras Nanboku-chō que enfrentó a las dos facciones lideradas por sendos emperadores, el del Norte y el del Sur. En las crónicas de la batalla de cita a los shashu no ashigaru, que eran contingentes de arqueros que habían copiado el sistema mongol aprendido de estos cuando invadieron Japón un siglo antes. Hasta aquel momento el arquero por antonomasia era el samurai, cuya destreza con el arco era incluso más valorada que con la espada. Pero el samurai a caballo solo podía ofender a un enemigo en concreto, mientras que los shashu no ashigaru, disparando andanadas de flechas contra la masa atacante, especialmente la caballería enemiga, resultaban devastadores. La ilustración de la derecha nos muestra de forma bastante gráfica como la densa lluvia de flechas acabó dando la victoria a la Corte del Norte, con varios samurai muertos a causa de los proyectiles y a tres de sus líderes que no saben ya donde meterse para esquivarlos.


Ashigaru durante la Guerra de Onin. Como vemos, ofrecen
un aspecto deplorable, armados con simples cañas de bambú
afiladas e incuso uno que ha atado una hoz a una caña
En el sigo XV y tras el estallido de la sangrienta Guerra de Onin y el posterior Período de los Estados Combatientes en los que los daimyo acabaron con el bofuku de los shogun, estaba ya más que claro que la única forma de disponer de tropas suficientes era reclutando a campesinos que nutriesen de forma notable los ejércitos de los daimyo. Sin embargo, su fidelidad y su rendimiento en combate seguían siendo más que cuestionables. Si se les echaba encima la época de la cosecha se largaban sin dar explicaciones, su entrenamiento seguía siendo más que deficiente y, lo peor de todo, que no tenían el más mínimo reparo a la hora de cambiar de bando, y mientras una campaña la hacían bajo la bandera de una daimyo podían hacer la siguiente bajo la de otro si este les ofrecía unos jugosos incentivos. Como vemos, aumentar el número de efectivos de un ejército con semejante morralla no tenía mucho sentido, y la única forma de conseguir tropas fiables que, además, fuesen verdaderamente útiles en el campo de batalla era estableciendo lazos de fidelidad entre los daimyo y sus tropas y proporcionarles tanto las armas como el adiestramiento adecuados para hacer de ellos verdaderos soldados y no una banda de chusma dedicada ante todo al pillaje.


Dos armaduras originales de ashigaru del siglo XV. En el detalle central
vemos un tipo de protección más básico para la cara, consistente en un
protector de hierro que cubría frente y mejillas y se anudaba en el cogote
El primer paso para fidelizar a los ashigaru y, tanto o más importante, crear un espíritu de cuerpo, fueron las okashi gusaku, las armaduras en préstamo. Eran unas armaduras básicas, consistentes en una coraza o do lisa formada por láminas de hierro y provistas de faldones o kitsazuri que les protegían la parte superior de los muslos. Para protegerse los brazos usaban unas kote, unas mangas cubiertas en parte por placas metálicas, y las piernas se las protegían con suneate, unas grebas de hierro atadas sobre unas polainas de tela o kaihan. Para la cabeza era habitual el uso del jingasa, el típico sombrero cónico oriental que, en este caso, se fabricaba de hierro y se proveía de un cubrenucas de tela para proteger el cogote del sol si bien algunos se protegían con kabuto sencillos. Los daimyo con más medios económicos hacían pintar su mon en el peto, y algunos incluso mandaban lacar todas las armaduras del mismo color. De ese modo se lograba una uniformidad que siempre ayudaba a igualar a los hombres y aumentar los lazos que les unían a su señor.


Los tres tipos de armas en que se especializó la
infantería: lanza, arco y arcabuz
Con todo, la infantería de la época no solo se nutría de ashigaru, sino también de ji-samurai, hombres pertenecientes a un rango inferior a los samurai normales cuyos medios económicos les obligaban a trabajar a tiempo parcial como labradores y solo acudían a la llamada a las arma cuando el daimyo los convocaba. El constante y voraz afán expansionista de estos últimos obligó a muchos ji-samurai a optar por dedicarse por entero a la milicia o, por el contrario, pasar del tema y ejercer exclusivamente como granjeros. En caso de decidirse por la vida militar ingresaron en los ejércitos de los daimyo como ashigaru, abandonando sus aldeas y yéndose a vivir a los castillos de los grandes señores para sumarse a la guarnición de los mismos. Así, entre los ashigaru y los jin-samurai acabaron formando una competente fuerza de infantería que, además, se vio cada vez más especializada mediante la división de hombres en base al tipo de arma que usaban, arqueros, lanceros y, a partir de mediados del siglo XVI, arcabuceros. De hecho, estas tropas acabaron siendo decisivas en los campos de batalla hasta el extremo de que su importancia superaba notablemente a la de los samurai.


Arigashu pertenecientes al zori tori de un samurai cuidan y dan de comer
al penco de su señor. Como vemos, uno le ofrece el grano directamente
de su jingasa
Con los ashigaru ocurrió algo similar. Como su permanencia en filas se limitaba al tiempo de la campaña y, a pesar de los avances en los medios de reclutamiento, aún seguían alistándose los oportunistas de siempre que solo buscaban medrar a base de pillaje y expolio de cadáveres, los daimyo con medios suficientes se inclinaron por disponer de un contingente de ashigaru de élite que permanecían todo el año sujetos a filas. En realidad, para estos hombres era una oportunidad de mejorar su estatus social y olvidarse de acabar artríticos hasta la cejas por pasarse media vida en los campos de arroz. Los que lograban destacar y presentar alguna que otra cabeza a su señor tenían muchas opciones para ser elevados de rango y ser nombrados samurai, lo que conllevaba además obtener un feudo. El inicio de su carrera era como genin para, a base de méritos, lograr un puesto en el zori tori, un cuerpo de asistentes personales de un samurai de alto rango o el daimyo compuesto por sus ashigaru personales incluyendo el portador de sandalias- que aunque parezca una chorrada era uno de los cargos más anhelados-, el portador del yari, la lanza del señor, el del nobori, la bandera del mismo, y un ordenanza que igual valía como camarero, para ayudarle a armarse o para darle un masaje en el pescuezo con cremita y tal.


Teppo ko gashira con el bastón de bambú
propio de su rango. Lo que parece una ristra
de chorizos alrededor del cuello es en realidad
una bolsa con las raciones diarias de arroz
Los cuadros de infantería eran puestos bajo el mando de un samurai de confianza del daimyo que, por lo general, solía imponer una disciplina férrea entre su gente.  Estos samurai estaban distribuidos en una escala jerárquica perfectamente organizada para un mejor control de las tropas en el campo de batalla y, ante todo, organizar el entrenamiento que les permitiría rendir al máximo. Así pues, las unidades de ashigaru de un ejército estaban al mando de un arigashu taisho, hombres de la máxima confianza del daimyo ya que bajo ellos tenían tanto a los arqueros como los lanceros como los arcabuceros. Por debajo de ellos estaban los ashigaru  kashira, al mando de unidades equivalentes en efectivos a los de una compañía de infantería moderna, por lo general 150 hombres divididos en dos tipos de armas, V. gr. 75 arqueros y 75 arcabuceros. Finalmente estaban los  los ashigaru ko kashira, lugartenientes de los anteriores  que tenían bajo su mando a 30 hombres. Otro oficial era el teppo ko gashira, encargado exclusivamente de las escuadras de arcabuceros formadas por cinco de ellos más un arquero cuya misión eran mantener un mínimo de potencia de fuego o alejar a posibles enemigos mientras que sus compañeros recargaban. El distintivo de mando de los ko gashira era una caña de bambú por lo general lacada de rojo a modo de bastón de mando en cuyo interior llevaba una baqueta especialmente sólida para usarla como repuesto en caso de que a alguno de sus hombres se le partiera la suya. 


Escuadra de arcabuceros protegidos por manteletes. Estas unidades
se convirtieron en armas decisivas a partir de mediados del siglo XVI
Este elevado nivel de especialización se logró por mediación de Toyotomi Hideyoshi, cuyo padre había servido como ashigaru bajo Oda Nobuhide, padre de Oda Nobunaga, pertenecientes al famoso clan de daimyo de la provincia de Owari. Hideyoshi, que logró unificar el Japón durante el período Sengoku, tenía bastante claro que si permitía que otros daimyo lograban acumular tropas bien armadas y entrenadas como habían hecho Nobunaga, jamás lograría someter a los poderosos señores feudales deseosos de adueñarse de los territorios de sus vecinos y más allá. Así pues, en 1588 emitió un edicto, la Caza de las Espadas, mediante el cual los ashigaru que se enrolaban a tiempo parcial tenían prohibido abandonar los campos y portar armas. Por lo tanto, los daimyo se veían en la coyuntura de sumar el máximo posible de campesinos a sus ejércitos a costa de dejar los campos abandonados, lo que no se podían permitir porque eran la base del sustento tanto familiar como del personal a su servicio y sus tropas. 


Samurai rodeado por su guardia personal formada por otros samurai de rango
inferior y ashigaru. A los lados se pueden ver los porteadores que el Edicto
de Separación impedía usar como combatientes
No obstante, y precisamente para evitar maniobras por parte de los taimados daimyo que intentasen eludir la norma, Hideyoshi añadió en 1591 el Edicto de Separación, una segunda ley por la que se prohibía que los vasallos de los señores feudales cambiasen de estado. O sea, que un campesino ya no podría dejar de serlo bajo pena de muerte de la misma forma que un ashigaru no podía volver a sus labores rurales. Por lo tanto, los campesinos solo podían servir en un ejército como trabajadores, es decir, ejerciendo de porteadores, forrajeadores, carpinteros, leñadores o, en resumen, cualquier actividad que no implicase tomar las armas. Takeda Shingen llegó incluso a hacer uso de sus mineros- su clan explotaba varias minas de oro- para usarlos como tuneladores durante los asedios para minar las muralla, así que ya vemos que siempre hubo opciones para sacarles provecho a los currantes de cada feudo si bien para cuestiones puramente militares estuvieron vedados para siempre. 


Ashigaru portando el hata jirushi y el uma-jirushi de su señor.
Esto suponía un gran honor para los miembro del zori tori
El sucesor de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu, pudo llegar a culmminar la implantación definitiva del Edicto de Separación, labor que no fue nada fácil precisamente por las constantes fullerías de los daimyo para escaquearse de la norma. Pero por aquel tiempo, los ashigaru ya habían logrado ascender de estatus, siendo considerados como samurai de rango inferior. Su nivel de especialización permitió incluso establecer sistemas de respuesta rápida en cuanto algún señor tenía noticia de que sus dominios estaban bajo amenaza. Para ello, desde antes de la Caza de las Espadas los ashigaru acudían a sus labores cotidianas en el campo dejando las lanzas clavadas en el suelo junto a un par de sandalias de paja, pendientes del sonido de la horagai, una bocina hecha con una caracola que era la señal de acudir a los puntos de reunión y aprestarse a la defensa. Takeda Shingen estableció incluso un sofisticado sistema de atalayas de madera conocidas como noroshi, que eran unas torres en cuya parte superior se suspendía un recipiente con material combustible que se elevaba sobre un mástil y que era visible a gran distancia. O sea, un sistema básicamente idéntico al de las almenaras hispanas. Estas noroshi estaban distribuidas por toda la frontera de su feudo y llegaban hasta Kofu, la capital del mismo, siendo complementadas por mensajeros a caballo que recorrían una determinada comarca para poner sobre aviso al personal. Con este sistema, Takeda podía multiplicar por diez los efectivos de las guarniciones permanentes de sus castillos en muy poco tiempo. Ese tipo de actuaciones fueron precisamente las que obligaron a Hideyoshi y a su sucesor Ieyasu a imponer el Decreto de Separación, porque de no ser así cualquier daimyo podía formar un ejército de miles de hombres entre sus tropas fijas y las provisionales sacadas de los campos de arroz.

Bien, con esto ya podemos hacernos una idea de qué fueron los ashigaru y de la importancia que llegaron a tener pese a surgir de simples campesinos. Para lo referente a los distintos tipo de tropas y su organización ya dedicaremos otro artículo para poder estudiarlos con detenimiento.

Bueno, de momento vale por hoy.

Hale, he dicho


Un samurai acosado por varios ashigaru dispuestos a dejarlo en cueros tras darle muerte. Los otrora invencibles
y respetados samurai acabaron siendo  muy a su pesar uno más en el campo de batalla ante una infantería capacitada

lunes, 10 de febrero de 2020

Un nuevo blog


Dilectos lectores, he creado un nuevo blog. No, no va de armamento, ni de historia militar ni gaitas. Es un simple desahogadero, un sito donde plasmar lo que pienso sobre el mundo que me rodea. No pretendo dármelas de filósofo, ni de ir de gurú ni nada semejante. La intención es simplemente compartir con el que quiera leerme mis neuras y darle opción de, si le apetece, que cuente las suyas. No pretende ser un lugar de debates ni nada por el estilo. He dejado los comentarios abiertos para que cada cual, si le da la gana, escriba lo que quiera sin tener que leerlo para moderarlo. Como verán, no contiene nada más que el texto. No hay enlaces a otros blogs, no hay publicidad, ni contador de visitas, ni etiquetas, ni la relación de seguidores ni nada. Es solo un texto que a algunos les parecerá ridículo, a otros les sonará a chaladura y a algunos hasta es posible que compartan mis opiniones. Sea como fuere eso es lo de menos. Es, por decirlo de alguna forma, como si hablase conmigo mismo cuando no tengo nada mejor que hacer. 

En la columna de la derecha podrán ver el icono para enlazar con esta criatura producto de mi calenturiento cerebro. En fin, ahí queda eso.




Para entrar en el blog, un certero disparo AQUÍ

Hale, he dicho

viernes, 7 de febrero de 2020

ENSEÑAS Y HERÁLDICA DE LOS SAMURAI

Fotograma de "Ran" (1985), obra maestra de Akira Kurosawa que nos ofrece, entre otras cosas, el increíble espectáculo
visual de un ejército compuesto por samurai y ashigaru con las banderas de su señor Hidetora Ichimonji y sus ambiciosos
hijos Taro Takatora y Jiro Masatora. El que no haya visto aún esta cinta está en pecado mortal, lo sepa

Como ya vimos en su día, la heráldica surgió en Europa como una mera necesidad para identificarse en la vorágine del combate y no darle excusas a cualquier cuñado para que te estampase su hacha en plena jeta aduciendo que ibas vestido como el caudillo enemigo. De esa necesidad surgió la ciencia que acabó convirtiéndose con el paso del tiempo en una forma de mostrar tanto a amigos como enemigos que los ancestros propios no solo los tenían bien puestos, sino que eran bienquistos por los monarcas y gozaban de su confianza. En puridad, podríamos incluso afirmar que la heráldica es algo universal ya que cualquiera que reúna a cuatro compadres para ir a la guerra necesita ser reconocido por propios y ajenos, y hasta la tribu más perdida de África, Asia o Sudamérica también tenían que recurrir desde los tiempos más remotos a insignias que hicieran saber a los enemigos con quienes se jugaban los cuartos, ya fuesen las calaveras de los abuelos pintadas de rosa chicle, el pellejo de un antílope albino o un cacho trapo con alguna chorrada pintada en el mismo. 

Samurai escoltado por un sirviente a pie que
porta una bandera con su blasón
En lo tocante a la heráldica japonesa podríamos decir que, básicamente, está basada en principios similares a la europea si bien difiere de forma radical en lo tocante a mobiliario, diseño e incluso la forma de presentar los distintivos familiares ya que, mientras en Europa se recurría al escudo para identificarse, en Japón tuvieron que buscar otras soluciones ya que ellos no usaban esos chismes tan prácticos. Por otro lado, aunque en los albores de la heráldica europea no había normas respecto al diseño y cada guerrero pintaba en su escudo lo que le daba la gana, posteriormente no solo se convirtió en una ciencia con una reglas tan estrictas que solo los reyes de armas eran capaces de interpretar cada mueble, símbolo y color de un blasón, sino que solo los monarcas tenían potestad para otorgarlos y, llegado el caso, añadir o modificar el contenido del escudo de armas. Sin embargo, en el Japón no hubo unas normas tan estrictas y, de hecho, llegó un momento en que cualquier pelagatos podía elaborarse su distintivo familiar, cosa que en Europa se consideraba y se considera un fraude, cuando no un delito. En fin, basta de introitos y vamos al grano, que para luego es tarde.

La ilustración muestra un carro donde viaja el mismo emperador durante
la Rebelión de Heiji. En el carro viajan él y la emperatriz huyendo del
palacio imperial escoltados por varios samurai
Curiosamente, el origen de la heráldica en el Japón no se inició con fines bélicos, sino para identificar a los mensajeros. Los primeros emperadores del Japón hacían uso de su distintivo personal, el mon, que era pintado en un estandarte que portaban sus mensajeros cuando viajaban al continente a resolver temas diplomáticos con sus vecinos de la China. Los ejemplos más primitivos datan del Período Nara (710-784), de donde se conservan ilustraciones en las que aparecen carros para los mensajeros y funcionarios imperiales decorados con un diseño consistente en una estrella rodeada de otras ocho que, a simple vista, parecen un flor de ocho pétalos. El mon era el distintivo familiar de los personajes de cierta relevancia, el equivalente, por buscarle un símil comprensible, al escudo de armas de un linaje europeo. Sin embargo, carecían de la complejidad de los blasones occidentales en lo tocante a diseños y colores y, de hecho, ni siquiera estaban sujetos a otro cometido que como distintivo en sí. En el Japón no se hacía uso de torres, castillos o edificios de cualquier tipo, formas geométricas complejas ni objetos de lo más variopinto, y en lo referente a los animales eran muy escasos. Se limitaban a adoptar un diseño elegante pero básico, generalmente inspirado en motivos florales, cuerpos celestes y formas geométricas simples. 

Kiku no go mon, el emblema por antonomasia de la
monarquía japonesa y, desde 2005 de la nación
No había unas normas fijas en lo tocante al color, e incluso había veces en que ni siquiera se recurría al mon en batalla, sino que se limitaban a decorar sus banderas con unos colores que hicieran un contraste significativamente visible para, simplemente, saber quiénes eran los amigos y quiénes los enemigos. Solo había un mon que permanecía inalterable, y era el del emperador, el kiku no go mon, el archifamoso crisantemo de 16 pétalos que, según algunos estudiosos, es en realidad una representación idealizada o esquemática del sol en la que los pétalos de la flor serían los rayos. La flor de 16 pétalos era de uso exclusivo para el emperador, mientras que el heredero usaba uno con 14 pétalos. A partir de 1871, tras la Restauración Meiji, quedó totalmente prohibido que nadie usase un mon que pudiera ser confundido con el crisantemo imperial. Solo un vasallo del emperador tuvo el privilegio de usar ese símbolo, el valeroso Kusunoki Masashige, que palmó heroicamente en 1336 en la batalla de Minatogawa sin que su lealtad hacia el emperador Go Daigo cediera ni medio adarme, yendo voluntariamente a una muerte segura por obedecer a su señor. Por ello, Go Daigo concedió a su familia usar como distintivo el kikusi mon, el crisantemo en el agua, simbolizando con ello que gracias a Masashige el crisantemo real se mantuvo a flote. Este es el único caso, que se sepa, en el que un determinado distintivo familiar fue concedido por el mikado.

Dos tipos de hata jirushi
Esta necesidad de recurrir a un símbolo identificativo surgió en el siglo X con la instauración de los shogun. A lo largo de casi dos siglos, las familias de terratenientes estuvieron dándose las del tigre para, poco y poco, batallando unos contra otros, fueron cayendo los aspirantes a hacerse con el poder y relegar al emperador a una mera figura decorativa hasta que a finales del siglo XII solo quedaron dos: los Taira y los Minamoto. Después de varios enfrentamientos, fueron los Minamoto los que lograron el triunfo y, con ello, el anhelado título de shogun en 1192, régimen dictatorial que se mantuvo hasta el siglo XVI. En aquella época y como ya se ha comentado, el uso del mon en batalla no era obligado, y se solía recurrir a enseñas que bastasen para identificar a los buenos de los cuñados. En este caso se empleaban los hata jirushi, una bandera mucho más larga que ancha que pendían de un travesaño colocado en el extremo de una larga asta, bien embutido en un lado o bien en forma de cruz, algo así como los lábaros usados por los emperadores romanos. Estas banderas eran portadas por el hata sashi, un samurai que, a modo de heraldo o abanderado, cabalgaba o corría tras su señor para señalar en todo momento, tanto a amigos como enemigos, dónde se encontraba. Y además del mon o un color liso determinado adornado con franjas que hicieran contraste, algunos señores solían optar por escribir con tinta negra oraciones a los shinto kami- los dioses-, por los que más vocación sentían o incluso exhortaciones o proclamas al valor o a alguna de sus hazañas. En esto, como vemos, a pesar de que por aquel entonces Europa y Japón se desconocían por completo, había una coincidencia bastante peculiar ya que por estos lares se recurría a adornar las banderas con imágenes sagradas de Jesucristo, la Virgen, ángeles o el santo de turno.

A la derecha vemos con más precisión el hata jirushi de
Takezaki Suenaga: una bandera en la que aparece su mon en
la parte superior sobre fondo blanco y el tercio inferior de
color azul. El mon consiste en tres losanges huecos sobre el
ideograma "yoshi", que significa "viejo"
El hata jirushi tenía más utilidades además de informar al planeta entero de que su dueño estaba presente en la batalla, sino también después de la misma. Por ejemplo, era costumbre de los samurai colgar el hata jirushi con su mon de las murallas de un castillo o una ciudad tomada y en la que él en concreto había sido el primero en coronarla y hacer frente a los defensores. Por otro lado, se empleaba en la ceremonia de presentación de las cabezas de los enemigos a los que había derrotado, truculenta costumbre de estos honolables guelelos del mikado. Como creo que ya se ha comentado alguna vez, los samurai encargaban limpiar y peinar las cabezas de sus enemigos para presentarlas a su señor para ganar prestigio y, de paso, alguna recompensa. En dicha presentación se colocaba junto a los trofeos el hata sashi con la bandera y los testigos que diesen fe de la hazaña. En la ilustración izquierda vemos el hata sashi trotando tras su señor, Takezaki Suenaga, un samurai vasallo de Muto Kagesuke que se distinguió durante la invasión mongol a Japón en 1274 y hasta mandó elaborar el conocido Mōko Shūrai Ekotoba, un pergamino en plan Tapiz de Bayeux donde se detallaban sus hazañas para presentarlas al shogun y recibir una recompensa por ello.

Ibaku donde el daimyo se zampa una paella de marisco con sus colegas
En esta misma época también se generalizó la costumbre de decorar con el mon el ibaku o maku. El ibaku era unas pantallas de tela que, a modo de zona reservada, permitían al comandante de un ejército o un señor reunirse con sus hombres de confianza o, simplemente, pegarse un siestazo mortífero aislado de miradas indiscretas. De hecho, el término con que se denominó al régimen de los shogun, bakufu, proviene precisamente de estos pabellones sin techo. Lo instituyó el primer shogun, Minamoto Yoritomo en 1192, y significa precisamente "el gobierno detrás de la cortina". El ibaku, claramente distinguible en la cima de algún otero cercano, era perfectamente visible tanto por las tropas del noble de turno como por las enemigas. Al parecer, con el paso de tiempo se tomó la costumbre de bordar o pintar el mon cada vez más grande, para que a nadie le quedase duda de que allí estaba el cuartel general del mandamás.

También para identificarse ante propios y extraños era habitual pintar el mon en los manteletes con que los arqueros se protegían de los proyectiles enemigos, sobre todo en los asedios. A medida que pasaba el tiempo, los ejércitos de los señores feudales crecían en efectivos, disminuyendo comparativamente el número de hombres a caballo en favor de la infantería, más barata de mantener y con un uso táctico más flexible en el campo de batalla. En el caso de la ilustración de la izquierda, correspondiente a una batalla de las Guerras Genpei entre los clanes Minamoto y Taira, vemos el mon de los primeros, la flor de la genciana, otros con franjas horizontales y algunas exhortaciones de tipo religioso para que el kami de turno se apiade de sus miserables almas de devoradores de sushi y los deje irse al cielo si palman como auténticos y verdaderos héroes a mayor gloria de su señor.

Y por último, señalar que también era costumbre bordar el mon en la espalda del jinbaori, el típico sobretodo sin mangas que usaban los samurais de alto rango. También podía aparecer en el kabuto (el casco), por lo general encima de la visera. En todo caso, insistimos en que el uso de mon no estaba en modo alguno reglado por las estrictas normas de la heráldica occidental, y su diseño no obedecía más que al capricho de su dueño, que podía buscar en él un símbolo alegórico relacionado con su clan, sus antepasados o alguna hazaña notable realizada por él o por alguno de sus ancestros. Por poner un ejemplo para que nos sirva de orientación a la hora de valorar los motivos para crear un mon, sirva el de Kumagai Naozane, que aunque inicialmente estaba al servicio del clan Taira se pasó secretamente al bando de los Minamoto (el tema de la tan tatareada lealtad del samurai es bastante cuestionable a ojos de los occidentales). Tras la derrota de Minamoto Yoritomo en Ishibashiyama en 1180, Naozane recibió la orden de buscar al enemigo vencido, que encontró oculto en un árbol. Para no delatar a su nuevo señor, agitó las ramas con su arco y salieron dos palomas volando espantadas, pudiendo así justificar a sus acompañantes que allí no había nadie escondido. De ahí que adoptase como mon dos palomas y el nombre de Hachiman Dai Bosatu, un emperador deificado al que atribuían a las palomas ser sus mensajeras. O sea, que nada que ver con los castillos, torres, leones y demás mobiliario habitual con la heráldica occidental. 

Los usos de la guerra y los efectivos habituales de los ejércitos empezaron a variar hacia mediados del siglo XV, empezando por la dificultad de llevar cada samurai su correspondiente hata shasi junto a él. Los combates eran cada vez menos a nivel individual y más formando masas de hombres cuya identificación se complicaba enormemente, así que hubo que idear nuevas formas para reconocerse unos a otros más allá de los hata jirushi de siempre, que quedó relegado al papel de identificar a todo un ejército, y no a nivel individual de cada combatiente. O sea, se convirtieron en la enseña global de todos los efectivos de la hueste por lo que para señalarse individualmente se optó por distintivos más pequeños y, de paso, menos engorrosos. Inicialmente se crearon los sode jirushi, unos pequeños banderines con el mon del samurai que se colocaban sobre las hombreras de las armaduras. Del mismo modo otro optaron por los kasa jirushi, la insignia del casco, que se colocaba en la parte delantera sobre su cimera personal o colgando de una anilla en la parte trasera del kabuto (véanse las figuras de la ilustración superior). Las tropas que seguían a estos samurai de más rango adoptaron las mismas insignias, por lo que sería el primer tipo de uniformidad en los ejércitos japoneses.  

Ashigaru armado de naginata, tanto
y wakizashi (c. 1470)
En el último cuarto del siglo XV surge el Sengoku Jidai, el Período de los Estados Combatientes, en el que los daimyo (grandes nombres) empiezan a luchar entre ellos para aumentar sus dominios ante la cada vez mayor falta de autoridad de los shogun. Este constante estado de guerra civil obligó a reclutar más tropas que, aunque ajenas a la casta de guerreros por antonomasia, los samurai, llegado el caso podían dar tanta guerra o más. Eran los ashigaru (pies ligeros), tropas de infantería a sueldo que igual valían para manejar una naginata que para disparar un arcabuz cuando las armas de fuego llegaron a Japón de manos de los portugueses. Los ashigaru eran un símil de los mercenarios suizos en Europa: se apuntaban al que pagaba más y mejor, de modo que a los daimyo no les quedó más remedio que tratarlos generosamente si no querían verlos en la siguiente campaña haciéndoles frente. Y para ello, nada mejor que proveerlos de un armamento defensivo que los pusiera contentitos así que tuvieron que rascarse el bolsillo para equiparlos con las okashi gusoku, armaduras cedidas en concepto de préstamo mientras permanecieran a su servicio. Como es obvio, un ejército que ya contaba con miles de hombres necesitaba imperiosamente medios para que el comandante del mismo supiera quiénes eran los que se movían en el campo de batalla, y los pequeños banderines colgando del casco no servían de nada en la distancia.  

Los ejércitos ya no eran una masa informe que se abalanzaba sin más contra el enemigo. Ahora se dividía en cuadros nutridos por hombres provistos con armamento de diversos tipos: lanceros, arqueros y arcabuceros, aparte de la caballería formada por contingentes de samurai. El comandante del ejército debía saber organizar aquellos miles de hombres para que la batalla no acabara como el rosario de la aurora, así que hubo que crear la figura del hata bugyo, el encargado de las banderas, cuya misión era controlar en todo momento que las enseñas de cada unidad estaban donde debían estar. Para ello disponía de un contingente de varios cientos de hata sashi, los abanderados, provistos de estandartes de diversos colores que, además, podían llevar el mon del daimyo. En todo caso, lo importante era saber quién era quién para impartir las órdenes a la unidad adecuada. Para facilitar la visión se creó el nobori, un tipo de bandera similar a la hata jirushi pero de mayor tamaño que, por lo general, el abanderado llevaba en un soporte de cuero atado a la cintura o a la espalda. A veces, su enorme tamaño obligaba a que le acompañasen dos asistentes que, como vemos en la ilustración superior, sujetaban el estandarte con cuerdas para que ni bandera ni abanderado salieran volando si se levantaba un vetarrón importante. En todo caso, lo aparatoso y molesto de su tamaño hizo que finalmente se usaran solo para identificar unidades de gran tamaño o, simplemente, para poner varias en fila ante el enemigo y acojonarlo un poco.

El nobori acabó convirtiéndose más en un objeto decorativo, y se recurrió a algo más simple y, al mismo tiempo, más útil porque si el portador del nobori palmaba y nadie se podía hacer cargo del estandarte, la unidad quedaba "invisible" para el comandante del ejército. Así pues, se introdujo un nuevo tipo de enseña de menor tamaño destinada a ser llevada por todos y cada uno de los componentes de la tropa. Era el sashimono, que es quizás el distintivo que todo el mundo identifica con el Japón medieval. El sashimono era inicialmente como un hata jirushi, pero de un tamaño muy inferior que se colocaba en un soporte en la espalda del combatiente, ya fuera samurai o ashigaru. Cada unidad tenía su color propio, que generalmente se elegía entre los cinco "colores de la suerte": rojo, azul, amarillo, blanco y negro, a los que se podían añadir franjas de diversos colores si era preciso o el mon del daimyo. Para colocarlo se ponía a la espalda un soporte de madera lacada provisto de dos cordones que se pasaban bajo las axilas y se anudaban sólidamente a dos argollas situadas en el peto de la armadura como podemos ver en el gráfico de la derecha.

Este accesorio no solo permitía identificar fácilmente a cada unidad por presentar en la distancia una vistosa masa de un mismo color, sino que ofrecía ante el enemigo un espectáculo que podía hacer que a más de uno le entrasen ganas de volver a casa sin perder un minuto. No pasó mucho tiempo hasta que se empezaron a adoptar también formas tridimensionales como abanicos, calabazas, sombrillas, serpentinas, penachos de plumas, discos y, en fin, una miríada de diseños para personalizar cada vez más cada unidad y cada ejército.

Las enseñas de los daimyo también sufrieron cambios. A principios del siglo XVII tenían la costumbre de adoptar de forma mayoritaria dos banderas: el o uma jirushi, o gran estandarte, y el ko uma jirushi o estandarte menor. Igual eran un nobori tradicional o recurrían, al igual que en el caso de los sashimono, a diseños tridimensionales con formas similares, fabricados con maderas ligera y telas y que tuvieran un significado simbólico para el personaje en cuestión. De hecho, podían juntar varios de estos estandartes que se situaban en el ibaku como si fuera una especie de santuario castrense. En ellos se podían ver sombrillas, ramas, cuerpos celestes, las dichosas calabazas, oraciones e invocaciones, etc. Por cierto que el primero en usar el hi no maru, el disco rojo que representa al sol y que se acabó convirtiendo en la bandera del Japón fue Takeda Shingen, aunque su gran estandarte era una bandera azul con una cita de Sun Tzu, el famoso estratega chino, que decía: "Rápido como el viento, mortal como el fuego, silencioso como el bosque y estable como la montaña". En estos casos, los abanderados eran por lo general ashigaru por ser uno de los principales objetivos de los samurai con ganas de hacer méritos ya que cortarles la cabeza y presentarla a su señor era un acto simbólico que venía a significar que había decapitado al comandante del ejército enemigo, así que si el hata sashi caía descabezado no solía haber muchos candidatos a sustituirlo salvo otro ashigaru que, llevando a cabo este acto de valor, podía verse recompensado e incluso elevado de rango social.

Pero la enseña de más categoría para los samurai al servicio de un daimyo de postín era el horo. Estos hombres, que formaban parte de lo más selecto de los vasallos del señor feudal, solían formar parte de su escolta personal o actuaban como mensajeros en batalla, diferenciándose del resto portando el horo en vez de un sashimono. Este peculiar aditamento estaba formado por un oikago (manda cojones el palabro), un armazón de mimbre como el que vemos a la derecha. Se sujetaba a la espalda del mismo modo que el sashimono convencional. Sobre el... oikago (💩😂) ese se colocaba el horo, que era una especie de capa provista de varias cintas para unirla al armazón. Cuando el samurai cabalgaba se llenaba de aire, dándole un aspecto vistoso muy útil sobre todo cuando actuaban como mensajeros. Obviamente, el color y demás decoración eran por lo general los del daimyo al que servían. Como utilidad extra parece ser que eran razonablemente eficaces para detener flechas que le vinieran por la espalda, pero para eso ya llevaban su armadura. Como inconveniente, cada ve que se llenaban de aire esos chismes era como llevar un paracaídas cuando uno llega al suelo: tiraba para atrás una cosa mala. Portar un horo era signo de distinción, y los daimyo más poderosos proveían a los samurai de sus escoltas con prendas de vistosos colores para darse pisto. Oda Nobunaga tenía a sus órdenes dos unidades de élite que se diferenciaban por usar un horo rojo o negro, mientras que los miembros del tsukai ban (cuerpo de mensajeros) solían usar colores muy brillantes para identificarlos mejor en el desempeño de su misión. El rango de los portadores de un horo llegaba al extremo de que, caso de caer en combate, su matador envolvía su cabeza en el mismo para la presentación de cabezas ritual tras cada batalla.

Samurai cabalgando con el horo hinchado de aire. No debía ser nada
cómodo llevar esa cosa en la espalda, y menos si había que combatir
Con todo, y como ya comentamos al principio del artículo, la obtención de un mon no dependía de la voluntad del emperador como ocurriría en Europa, dónde sólo los monarcas tienen potestad para ello, encargando a un rey de armas la elaboración del blasón en base a los méritos del agraciado. Como hemos visto, en el Japón cada cual adoptaba la simbología que quería, le añadía o le quitaba motivos y colores, e incluso a partir del siglo XVII los plebeyos empezaron a agenciarse sus propios mon. Parece ser que la iniciativa partió de los actores del teatro kabuki que, desde siempre, ha sido uno de los espectáculos más populares en el Japón. Sin embargo, cuando representaban alguna obra recreando la vida de algún noble estaba prohibido que pusieran en su ropa el mon del mismo, cuyo uso era absolutamente personal e intransferible. De ahí que, para no restar verosimilitud al atrezzo, optasen por inventar un mon para cada personaje hasta el extremo de que, con el paso del tiempo, se convirtieran en el blasón de diversas dinastías de actores. De hecho, hacia finales del siglo XVIII había ya registrados 64 mon por parte de los actores más relevantes de Edo. Y como a todo el mundo le gusta darse pisto, pues los mercaderes y gente con cierto nivel económico no dudaron en gastarse un dinero en la obtención de un mon para su familia, que eso de pasearse con una flor de loto bordada en el lomo daba mucho morbo. 

Bueno, criaturas, ya me he enrollado bastante. Si van al Japón podrán asombrar a los hijos del mikado con sus conocimientos nobiliarios, de modo que igual los convidan a sake del bueno. Por cierto, ¿se han fijado que las banderolas que suelen usar los concesionarios de automóviles son talmente como los norobi japoneses? Si no han caído, ya tienen algo más para humillar a sus abyectos cuñados.

Hale, he dicho