viernes, 21 de abril de 2017

Tribunos militares


El invicto tribuno Marco Vinicio en loor de multitud disfrutando de su bien merecido triunfo. Sin embargo, los honores
y los fastos se los llevaban los mandamases, como es habitual desde los más remotos tiempos.

No sé por qué razón pero, salvo dos o tres pelis de romanos modernas, el bueno, el más listo, el más guapo, el más valiente y, por supuesto, el que se lleva de calle a la chica siempre es el tribuno. Sin embargo, durante la mayor parte de su existencia como rango militar eran unos meros subordinados que, dependiendo de su estatus personal, incluso mandaban menos que un centurión. No obstante, suelen ser considerados como parte de los mandamases de cualquier ejército romano, así que no estará de más dar cuenta del origen y posterior evolución de estos probos ciudadanos independientemente de que en su día se les mencionase de forma somera en una entrada que se dedicó a los diferentes grados que había en una legión, desde el PRIMVS PILVS a los músicos o los encargados de portar las insignias, de modo que esta entrada nos servirá para ir completando nuestros conocimientos sobre las graduaciones del ejército romano.

Rómulo y Remo dándose estopa por sus desavenencias
filiales acerca de donde debía ser fundada la ciudad. Los
buitres que planean no están ahí esperando a ver quien
palmaba, sino por una apuesta. El que más buitres viese
era el que mandaría
En primer lugar, veamos el origen del término. Según el visigodo Isidoro, que sabía mogollón de latín porque para eso hablaba latín con acento sebiyano mejor que nadie. Todo proviene del palabro tribu. Según la tradición, Rómulo dividió a los romanos en tres categorías, los senadores, los guerreros y la plebe, o sea en tres partes, y de ahí proviene tribu, de tres, TRIS en latín. Así mismo, y según detalla en su "Etimologías" (IX 4,18) "los tribunos reciben ese nombre porque proporcionaban a la plebe sus leyes y su apoyo. Se crearon seis años después de la expulsión de los reyes. En aquel tiempo, la plebe se veía sojuzgada por el senado y los cónsules, y fue ella la que instituyó tribunos que vinieran a ser como sus propios jueces y defensores para proteger su libertad y defenderlos de la injusta nobleza". Así pues, la figura del tribuno surgió como algo similar a lo que hoy serían los defensores del pueblo contra los abusos del poder. Por cierto que cuando Isidoro menciona "la expulsión de los reyes" se refiere al fin de la monarquía como consecuencia del derrocamiento de Lucio Tarquinio en 509 a.C., el último rey de Roma. 


Lucio Tarquinio, apodado el Soberbio
En cualquier caso, e independientemente de la tradición que adjudicaba a Rómulo lo de las tribus, el hecho es que las particiones de la sociedad romana eran al parecer una idea tomada de los etruscos. Así, el pueblo se dividía en tres tribus, RAMNNES, TITES y LVCERES, cada una de las cuales estaba formada por diez curias, término que proviene de CO VIRIA, que venía a significar asamblea de hombres armados. A su vez, cada curia estaba compuesta por un determinado número de familias o GENTIS. Esta era grosso modo la organización social romana, que para elegir a sus dirigentes recurrían a una asamblea denominada COMITIA CVRIATA que, mediante votación, elegían al TRIBVNVS MILITVM que estaría al mando de los mil hombres que aportaba cada tribu (cien por curia) en caso de guerra. Recordemos que en aquellos tiempos Roma no tenía ejército profesional, y solo se llamaba a las armas al personal en caso de peligro. Así pues, como vemos, el término tribuno evolucionó de forma que no solo era un cargo de tipo administrativo, sino también militar por ser el designado para estar al frente de las tropas que aportaba cada tribu, o sea, cada una de las tres partes en que se dividía la antigua sociedad romana. Por otro lado, la dignidad tribunicia se obtenía por méritos y no por cuestiones políticas ya que el pueblo elegía al que consideraba más apto. Al cabo, lo que estaba en juego era la supervivencia de todos.


Cónsul empuñando el SCIPIO EBVRNEVS, un
bastón rematado por un águila de marfil que era
el símbolo de su rango. Junto a él, uno de los
doce LICTORES que le daban escolta
Pero como los romanos tenían muy claro eso de que si se quería preservar la paz había que prepararse para la guerra, hubo que crear un pequeño ejército (pequeño si lo comparamos con lo que vino después) para disponer en todo momento de tropas debidamente entrenadas y a punto para hacer frente a cualquier amenaza. Hacia el 362 a.C. se formaron dos legiones que, unos años más tarde, hacia 311 a.C., se aumentaron a cuatro, y que estaban bajo el mando directo de los dos cónsules que eran elegidos anualmente para dirigir el cotarro. En este período, la figura del tribuno pasó a convertirse en la de un subalterno, siendo elegidos por la asamblea seis por cada una de las legiones consulares disponibles. No obstante y aunque el mando supremo lo ostentaba el cónsul, la figura del tribuno seguía gozando de un enorme prestigio ya que seguían siendo los miembros de más alto rango de una legión que tenían experiencia militar. De hecho, mientras que el cónsul seguía siendo un mero político con más o menos conocimientos de la materia, los tribunos debían servir al menos durante cinco años en su unidad, lo que no solo les permitía aumentar notablemente su experiencia, sino también su conocimiento de la misma legión ya que servían en ella durante todo el tiempo que permanecían sujetos a filas.


Representación del dios Marte en el altar de
Domicio Æmobarbo ataviado como si
se tratase de un tribuno militar. El yelmo es del
tipo estrusco corintio
Por otro lado, los cónsules, por razón de su cargo, no tenían la posibilidad de dedicarse a tiempo completo a sus deberes militares, por lo que era habitual que durante su ausencia delegaran el mando de las unidades a su cargo a los tribunos estableciéndose un sistema rotatorio por el que ostentaban el mando dos de los seis que servían en cada legión por períodos de dos meses una vez iniciada la campaña anual, que duraba desde el mes de marzo hasta octubre. No obstante, este sistema acabó siendo abolido por ineficaz ya que una unidad militar no puede estar cambiando de comandante cada dos por tres, imponiendo cada uno las normas y preceptos que consideraba más adecuados para, dos meses después, ser cambiados por el que le sucedía en el mando. En todo caso y como muestra de la importancia que se le daba a la dignidad tribunicia tenemos el hecho de que incluso hombres de rango senatorial que habían sido cónsules, el más elevado rango al que podía aspirar un ciudadano romano, se presentaban a los comicios para ser elegidos tribunos, pasando a servir en una legión a las órdenes del nuevo cónsul.


Recreación de un tribuno angusticlavio según
Embleton. Como vemos, va armado con una
coraza musculada que es rodeada por un
CINTICVLVS. En la cabeza lleva un
casco ático, si bien no hay certeza sobre
el tipo de yelmo empleado por los tribunos
Sin embargo, el problema principal seguía existiendo: los cónsules no tenían el don de la bilocación, y tenían que delegar en alguien de total confianza para que mandase las legiones durante su ausencia. Así es como, hacia el 190 a.C., surgió la figura del LEGATVS, término que no creo necesite traducción, el cual era el que estaría al frente del ejército durante las ausencias del cónsul. En este caso, la figura del tribuno pasaría a convertirse en la de un subalterno de alto rango a las órdenes del legado y que, además de sus deberes puramente militares, debía atender otros heredados de su rango desde la creación del tribunado, que no eran otros que preocuparse del bienestar y de las condiciones de vida de la tropa ya que, tanto en cuanto eran magistrados electos, el pueblo de Roma les había encargado precisamente que velasen por sus soldados. Con todo, dentro del cuerpo tribunicio tenían su propio escalafón por el que, en función de los méritos de cada uno de ellos, se les iba adjudicando el mando de diversas unidades. De ese modo, se les ponía al mando de las unidades de auxiliares o, llegado el caso, incluso de toda un ALÆ MILLIARIÆ de caballería, unidad formada 24 TVRMÆ de 32 hombres cada una.

Para presentarse a los comicios era imprescindible pertenecer al orden ecuestre si bien muchos hijos de senadores no dudaban en probar suerte para, de ese modo, añadir su experiencia militar a su currículum de cara a su futura carrera política, el CVRSVS HONORVM al que cualquier patricio dedicaba su existencia. Pero el aumento progresivo del ejército facilitó que muchos de estos jóvenes con aspiraciones políticas pudieran obviar su paso por unas elecciones ya que los 16 tribunos salidos de los comicios eran enviados a las cuatro legiones consulares, mientras que los necesarios para cubrir las plazas de las legiones de nuevo cuño eran simplemente elegidos a dedo por el cónsul o el legado al mando, lo que favoreció cierto nepotismo ya que estos recurrían a sus hijos, parientes cercanos o incluso a familiares de sus amigos para facilitar el inicio de su carrera política. Esto produjo un notable descenso en la calidad del personal ya que se entregaba el cargo a jóvenes que no necesariamente tenían la vocación ni la capacitación ni, más importante aún, el arrojo necesario para arrostrar una batalla. Así pues, se dieron bastantes casos de tribunos que dieron muestras de una cobardía palmaria, y alguno que otro incluso se puso a llorar a moco tendido ante la perspectiva de tener que verse sumergido en la vorágine de la batalla.


A la izquierda tenemos una recreación de una túnica de
angusticlavio. A la derecha, de laticlavio
Con la llegada del Principado y el gran aumento de legiones que requería el vasto imperio creado hubo que aumentar el número de tribunos por razones obvias, por lo que dejaron de ser elegidos mediante comicios para convertir el rango en una suerte de servicio militar obligatorio para todo aquel que quisiera ser alguien en Roma. Así, aunque se mantenían la media docena tradicional, se dividieron en dos tipos. Por un lado estaba el tribuno laticlavio, un hombre perteneciente al rango senatorial que, a efectos prácticos, era el segundo al mando en una legión tras el legado. El término laticlavio, o LATICLAVIVS, como vuecedes prefieran, hacía referencia al ancho de la banda de color púrpura propia de su estatus social que se llevaba tanto en la toga como en la túnica. LATICLAVIVS es un palabro compuesto de los términos LATVS, ancho, y CLAVVS, franja o banda, o sea, banda ancha. Su permanencia en filas podía oscilar entre los tres y los diez años hasta lograr el anhelado puesto en el senado, lo que alcanzaban en función de las bajas a cubrir y, sobre todo, de sus méritos y la voluntad del emperador, que era al fin y al cabo el que concedía dicho estatus a discreción. Otros, a los que la vida militar era lo que verdaderamente les gustaba, pues se quedaban en el ejército hasta alcanzar el rango de legado. Hubo césares que, como Adriano o Pertinax, habían iniciado su carrera militar como tribunos, pasando muchos años de servicio hasta alcanzar el grado máximo que, por cierto, luego les valió para hacerse con el poder absoluto.

Otra propuesta del aspecto de un tribuno
armado con una LORICA MUSCULATA y
yelmo ático. En vez de sandalias usa
unos CALCEI
En cuanto a los cinco tribunos restantes, pertenecían al orden ecuestre, para lo cual tenían que acreditar una fortuna personal de al menos cuatrocientos mil sestercios. Eran los llamados tribunos angusticlavios que, como sus colegas, también tomaron el nombre en referencia a la banda púrpura distintiva de su rango social, en este caso una banda estrecha. En latín, la palabra ANGVSTIA no solo indicaba un estado de ánimo un poco chungo, sino también tenía la acepción de estrechez o espacio estrecho. Así pues, un TRIBVNVS ANGVSTICLAVIVS era un tribuno de banda estrecha, o sea, perteneciente al orden ecuestre. Pero, aparte del ancho de la banda, esta categoría de tribunos se asemejaba poco a la de sus colegas senatoriales independientemente de que también alcanzaran la dignidad tribunicia como un paso inicial en su CVRSVS HONORVM y, llegado el caso, incluso poder ascender de rango social alcanzando el de senador. Al cabo, el sueño dorado de todo romano era mejorar su estatus ya que ello no solo implicaba una mayor DIGNITAS, sino un notable aumento en los ingresos de la familia gracias a los distintos cargos a los que un miembro de la casta senatorial podía optar. Un gobierno en una provincia podría suponerle verse enriquecido para tropocientas generaciones.

PRIMVS PILVS. Estos centuriones veteranos
eran los depositarios de la confianza total
de los mandos superiores. Al cabo, servían
en la misma unidad durante muchos años
Sin embargo, los angusticlavios carecían de mando efectivo sobre las tropas. Cualquier centurión tenía más poder aunque estuvieran un paso por debajo de ellos en la jerarquía de la legión. Así pues, sus principales cometidos eran de tipo administrativo y judicial. Aparte de la tradicional misión de velar por el bienestar del personal, se dedicaban a actuar como enlaces entre el legado, el tribuno laticlavio y los centuriones, a distribuir consignas, organizar los turnos de guardia y chorradas por el estilo. La andadura de un angusticlavio en la milicia comenzaba a los 18 o 19 años con la SEMESTRI TRIBVNATA, un período de seis meses comprendidos entre marzo y octubre que dedicaba a ir tomando la experiencia y los conocimientos necesarios para el buen desempeño de su cargo. Sin embargo, estos períodos de adiestramiento no podían ser presentados como méritos de cara a su futura carrera política, por lo que muchos jóvenes optaban por tomárselos como unas vacaciones lejos de la tutela paterna para hacer lo que les daba la gana siempre y cuando su unidad no se viera implicada en alguna guerra. Como vemos, estos nuevos tribunos que optaban al cargo solo como trampolín para un ascenso de estatus social ya no tenían nada que ver con sus homólogos de los primeros tiempos, y la nula vocación militar de muchos de ellos era evidente. No obstante, había otros con más sentido común y con ganas de dejar en buen lugar a los patrocinadores que les habían recomendado a tal o cual legado para servir a sus órdenes. De ese modo, en vez de dedicarse a hacer el gamba empleaban la SEMESTRI TRIBVNATA para ir medrando, a hacerse un nombre y, lo más importante para ellos, ser bienquistos por los mandamases que, a lo largo de su estancia en el ejército, favorecerían sus ascensos, lo que sí influiría notablemente en su futura carrera política. 


Otra recreación más. En este caso,
los colores de la túnica y el manto
están basados en una pintura hallada
en Dura Europos, Siria
En tiempos de Clau-Clau-Claudio, un angusticlavio podía alcanzar el rango senatorial sirviendo en el ejército a base de echarle ganas y pasar varios años intentando abrirse camino para ir logrando el mando de unidades auxiliares, primero de infantería y luego de caballería, que jerárquicamente hablando tenían un estatus superior. Tras unos cinco años podía lograr ser inscrito en la lista de ascensos al orden senatorial, lo que quedaba al arbitrio del emperador, y ahí sí que era imprescindible presentar un historial distinguido, y no el de un niñato que había dedicado su paso por la milicia a francachelas y a gastarse en putas y vino su STIPENDIVM o la pasta que papá le mandaba desde casa. Además, era de gran importancia contar con cartas de recomendación tanto de sus superiores como del pariente o amigo que lo patrocinó, y que obviamente le sería entregada si lo había dejado en buen lugar ante el legado al que le pidió el favor. Así pues, con veintitantos o treinta años un miembro del orden ecuestre podía verse formando parte del rango senatorial y, gracias a ello, poder optar a los más elevados puestos del imperio como cónsul, gobernador de una provincia o, ya puestos, la guirnalda imperial.

Como colofón, añadir que cuando se crearon en tiempos de Augusto las cohortes urbanas, estas fueron puestas bajo el mando de un PRÆFECTVS VRBI del que dependían las cuatro que se formaron inicialmente, las cuales estaban compuestas inicialmente por 1.500 hombres a las órdenes de un tribuno si bien en este caso no procedían de ninguna casta superior, sino de antiguos centuriones primipilarios del ejército. En fin, esta es grosso modo la historia de este rango militar que, como hemos visto, sufrió una involución notable desde sus orígenes hasta su desaparición en tiempos de Constantino, pasando de ser la salvaguardia de la patria a un mero trámite para que los niños bien pudieran iniciar una carrera política que les permitiera medrar en una sociedad clasista como pocas. De hecho, ante el aumento de aspirantes al senado y teniendo en cuenta que un tribuno laticlavio debía estar al menos entre tres y cinco años sujeto a filas, se encontraron con que cada vez había menos plazas disponibles para el cargo, mientras que por otro lado había cada vez más jóvenes esperando a ser llamados para cubrir las vacantes. Por ese motivo, en tiempos de Clau-Clau-Claudio se optó por otorgar el rango tribunicio a estos aspirantes aunque no fuesen enviados a servir a ninguna legión, sino a desempeñar cuestiones de tipo administrativo relacionadas o no con la milicia. En fin, que ya no eran lo que fueron. No obstante y a modo de curiosidad final, las legiones acantonadas en Egipto eran por norma mandadas por tribunos en vez de por legados. El motivo no era otro que dicha provincia estaba bajo el mando de un prefecto y no de un gobernador. Y como un prefecto estaba jerárquicamente por debajo de un legado, el primero no podría darle órdenes al segundo así que lo solucionaron enviando a tribunos militares.

Bueno, como la moribundez aún no se me ha ido, estoy ahora mismo al borde del colapso de modo que me piro a tomarme algo que sea especialmente tonificante, a ver si revivo.

Hale, he dicho

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domingo, 16 de abril de 2017

Inventos artilleros. Volando puertas


Sí, ya sé que me prodigo poco en estas últimas semanas, pero es que los cambios de estación me atocinan de forma brutal. La llegada de la primavera no solo me altera la sangre, sino también el magín, y juro por mis augustas barbas que me noto tan falto de vida como el último galápago cuatricentenario de una isla perdida en el Pacífico. En todo caso y ya que hoy es Domingo de Resurrección, que menos que hacer un esfuerzo e intentar revivir un poco con esta entrada sobre curiosidades artilleras. Bien, vamos al grano que no estoy para mucho tecleo.

Convendrán conmigo en que la imagen de la derecha es hoy día bastante frecuente. Vemos escenas similares tanto en las pelis de acción como en las diversas operaciones policiales y militares que se llevan a cabo por todo el mundo para vulnerar los escondrijos donde alevosos terroristas y delincuentes de todo tipo se atrincheran mientras planean sus fechorías. Todos hemos visto hasta la saciedad como un experto en explosivos se acerca sigilosamente a la puerta, adosa un pequeño paquete o caja a la misma y, a continuación, una explosión más o menos gorda en función de lo poderosa que fuese la puerta la derriba, permitiendo la entrada en tromba de la unidad de asalto mientras que todos aúllan eso de "let's go, let's go!!", como si hiciera falta informar a sus colegas que era el momento de iniciar el ataque. En fin, chorradas de yankees...

Obviamente, la mayoría de los que me leen darán por sentado de que eso de volar puertas de forma controlada es un invento moderno, con pocas décadas a cuestas. Sin embargo, como ya hemos visto en algunas entradas dedicadas a inventos que ya estaban inventados, resulta que lo de echar abajo las puertas a golpe de explosivos es más antiguo que el hilo negro. Y no hablamos de derribarlas a cañonazos, lo cual es una obviedad, sino con ingenios creados ex profeso para tal finalidad. De hecho, hablamos de más de tres siglos, que ya es tiempo, así que esas virguerías para invadir de forma expeditiva las guaridas enemigas ya está más inventado que la quijada asnal matacuñados.

Como ya sabemos, a finales de la Edad Media y principios del Renacimiento se hacía uso de pequeños arietes diseñados para echar abajo las sólidas puertas de las fortificaciones de la época. En las obras de Kyeser, Vigevano, Valturio o las copias bajomedievales de Vegecio que han sido comentadas en diversas entradas ya pudimos ver como se llevaron a cabo diseños de todo tipo, más o menos sofisticados, cuya finalidad no era otra que poder manipular esos arietes en espacios reducidos y poder así abrir paso al resto de los compañeros que esperaban el éxito arietario para invadir con furia y denuedo el recinto asediado. Sin embargo, la proliferación de las armas de fuego puso complicado eso de aproximarse impunemente a una puerta. Antes de que los mosquetes y arcabuces se hicieran los dueños del cotarro, a lo más que se arriesgarían era a recibir un virotazo, lo que podría evitarse empleando manteletes que protegieran a los pocos hombres que manejaban el ariete. De hecho, incluso se diseñaron ejemplares como el de la lámina superior, en el que los servidores podían avanzar totalmente protegidos sin temor a ser convertidos en un acerico a base de flechazos. Pero esos ingenios no podían detener una bala, así que hubo que dar de baja los dichosos arietes y pensar en algo menos arriesgado porque el personal pasaba olímpicamente de ofrecerse voluntario para ese tipo de misiones. De ahí que, ya que la pólvora estaba dando tan buenos resultados a la hora de volar las murallas enemigas a base de minas explosivas, pues qué menos que idear la forma de adosar algún ingenio a las puertas de las fortificaciones para mandarlas a hacer gárgaras corriendo el mínimo de riesgos. Veamos de qué iba el invento en cuestión.

Lo que vemos a la izquierda es una especie de campana de bronce provista de dos ganchos cuyo cometido era unirla sólidamente a una plataforma sobre la que se asentaba. Esta campana, de la que había multitud de diseños en cuanto a tamaño y forma más o menos angulosa, tenía en su parte trasera o en un costado un fogón u oído donde se cebaba la carga, en este caso mediante una mecha para que, cuando la explosión tuviese lugar, los hombres que manejaban el ingenio se hubiesen puesto a resguardo, que no era plan de ser convertido en comida para gatos junto a la puerta que querían derribar. 

A la derecha vemos un ejemplo de una de estas campanas unida a su plataforma. Como podemos apreciar, en este caso los ganchos han sido sustituidos por unas piezas por las que entran unos vástagos que sujetan la campana mediante cuñas de hierro. El gancho y el tornillo que se pueden ver en la parte superior de la lámina eran para fijar el ingenio a la puerta. ¿Que cómo? Pues era la única parte complicadilla de la operación ya que, como podemos imaginar, las puertas de los fuertes pirobalísticos de aquella época carecían de ganchos para facilitar al enemigo las cosas, así que había que colocar uno lo suficientemente sólido para soportar el enorme peso del chisme que nos ocupa. No era complicado en realidad ya que, amparados por la oscuridad de la noche y debidamente protegidos por un mantelete, un par de hombres podían acercarse a la puerta y en muy poco tiempo abrir un orificio con una barrena para, a continuación fijar el gancho y salir de allí a toda pastilla. Como ya podemos imaginar, los defensores no podían arriesgarse a abrirla para quitarlo porque los sitiadores los fusilarían bonitamente en cuanto asomasen la jeta. No obstante, no siempre se recurría a este sistema ya que había otros más o menos similares que se usaban según las circunstancias.

Según vemos en la lámina de la izquierda, su proceso se carga no entrañaba muchas dificultades ya que solo requería de la suficiente cantidad de pólvora como para producir una explosión lo bastante potente como para reventar el portón de un fuerte, que por cierto no solo estaban fabricados con gruesos maderos sino que, además, eran reforzados con flejes de hierro. Así pues, según vemos, el artillero se limitaba a llenar el ingenio con pólvora que era bien atacada para  que la deflagración de la misma resultase más potente. Para ello se ayuda de un disco de madera y un pisón que vemos en el suelo. Ante la campana está la base en la que será fijada.

Caso de que la puerta a derribar fuese más sólida de lo previsto, siempre se podía añadir un proyectil capaz de cercenar los flejes de hierro que la reforzaban ya que, de lo contrario, estos serían dañados. La explosión los dejaría retorcidos y tal, pero conservarían la integridad de la puerta por lo que el esfuerzo habría sido en vano. Igualmente, serían bastante eficaces contra los rastrillos que habitualmente se encontraban entre las puertas de las fortificaciones. En la lámina de la derecha vemos tres tipos de estos proyectiles que, según se aprecia, tienen forma dentada para abrirse paso contra su objetivo. Por lo demás, en los dos dibujos de la derecha se puede ver como estas campanas estaban fijadas a su base, las cuales tenían un orificio en el centro para, como es lógico, permitir el paso del proyectil en cuestión o la onda expansiva según el caso.

A la izquierda podemos ver diferentes sistema para fijar las cargas que, en tres de ellos, son sólidamente apuntaladas contra la puerta para que sus efectos no se vieran aminorados. Como supongo ya imaginarán, la detonación produciría un retroceso bastante violento, lo que haría que gran parte de la energía derivada de la explosión se perdiese al separarse el contenedor de la carga de la puerta. De ahí el unirlas a una pesada plataforma o bien apuntalarlas. La cosa era intentar por todos los medios que toda la energía de la carga fuese a parar a la puñetera puerta y abrir en ella un enorme boquete o incluso sacarla de sus quicios.

Otro sistema para adosar estas cargas consistía en colocarlas en carretones que, además, estaban provistos de puntales para dejar el artefacto bien apuntalado contra la puerta a derribar. Este sistema, además de ser más rápido y cómodo, permitía manipular cargas mucho más pesadas que, de otra forma, requerirían la intervención de varios hombres y de un tiempo que no era precisamente fácil de obtener considerando que los enemigos estarían prestos para cazarlos como a conejos a tiro limpio desde lo alto de las murallas. En los ejemplos que mostramos bastaban cuatro hombres para manejar el carretón superior y uno o dos en el caso del inferior. Bastaba adosarlos a la puerta, bajar los puntales y prender la mecha antes de salir echando leches de vuelta a las trincheras propias. El retroceso producido por la explosión hincaría con fuerza los puntales en el suelo, por lo que no sería preciso perder tiempo en fijarlos de forma previa. Cabe suponer que este tipo de acción sería llevado a cabo de forma fulgurante para aprovechar el factor sorpresa, de forma que la explosión cogiese a los defensores más despistados que un submarino en un charco. 


Y si había que salvar un foso tampoco había problema. En la lámina superior vemos un método para endosar la carga contra la pasarela de un puente levadizo gracias a una viga basculante que la sujeta unida a un carretón que está provisto de un contrapeso en su parte posterior en forma, según se aprecia,  de sacos terreros. Así mismo dispone de cuatro anclajes para fijarlo al puente, lo cual se llevaba a cabo sin mayor dificultad ya que, al ser una plataforma de madera, bastaban cuatro grandes clavos para dejarlo totalmente inmovilizado. En cuanto a la mecha, se puede ver claramente como arde en el extremo de la viga, lo que permitiría a los servidores del ingenio meterle fuego una vez adosada la carga para, a continuación, salir corriendo. En fin, que de tontos no tenían un pelo.

La lámina nos muestra como ocho hombres adosan una carga contra un
rastrillo mientras que otro prende la misma desde la parte trasera. El petardo
lleva uno de esos proyectiles dentados que vimos anteriormente destinados
a destruir flejes de puertas o de rastrillos.
Bueno, como vemos se trata de otro invento que ya llevaba inventado hace la torta de tiempo. Por lo demás, dudo mucho que sus cuñados estén al tanto de la existencia de este ingenio, así que pueden aprovechar vuecedes para tomarse justa venganza por haberse zampado las deleitosas torrijas o los suculentos pestiños con que la tía Maripepa nos obsequia todos los años por estas fechas y humillarlos bonitamente ante su total desconocimiento acerca de estos petardos tan peculiares. Por cierto, el invento está recogido en uno de los volúmenes del Artilleriekunst de Johann Matthäus Faulhaber, un ingeniero militar tedesco natural de Ulm que se dedicó entre los años 1680 y 1702 a compendiar todo el conocimiento artillero de la época que, como queda patente, no tenía nada que envidiar al del material empleado por las modernas unidades de asalto.

En fin, vale por hoy. Me siento totalmente moribundo.

Hale, he dicho

lunes, 10 de abril de 2017

Curiosidades curiosas sobre el origen de las SS




Sí, ya sé que en plena Semana Santa no resultaría tal vez adecuado hablar de esos terribles ciudadanos que tanto dieron y siguen dando que hablar, pero como ya en su momento se dedicó una entrada al vil apiolamiento del venerado rabí Yeshua bar Yosef, conocido hasta por los ateos contumaces como Jesucristo o Jesús a secas, pues prefiero seguir con esta temática de la que ya hemos publicado algunas entradas que, por cierto, han tenido bastante éxito. En todo caso, ¿quién no tiene un cuñado con 429 documentales sobre la Orden Negra metidos en el apartado de "favoritos" de Youtube? Necesario es pues disponer de información para plantarles cara y rebatirles adecuadamente las trolas que nos intenten colar por la cara.

El SS-Hauptsturmführer Michael Wittmann.
¿Quién no ha sentido admiración por su hazaña
de Villers-Bocage, cuando su unidad escabechó
al regimiento County of London Yeomanry?
Curiosamente, las SS siguen contando con infinidad de admiradores a pesar de su siniestra fama. Ello es sin duda debido a su faceta puramente militar ya que, justo es reconocerlo, el arrojo y la combatividad de sus unidades han logrado eclipsar ante mucha gente el hecho de que estos belicosos sujetos pertenecían a la misma formación que organizó y llevó a cabo con precisión germánica el genocidio de millones de personas. Algunos dirán, y no sin parte de razón, que hombres como Skorzeny, Peiper o Wittmann no tenían nada que ver con colegas como Eichmann, Eicke o Höss. Al cabo, los tres primeros no se vieron involucrados en los monstruosos crímenes en los que intervinieron los tres segundos pero, no nos engañemos, podían haber luchado por su patria en la Wehrmacht de la misma forma que lo hicieron millones de alemanes, y no formando parte de una de las mayores y más eficientes organizaciones criminales de la historia. Porque la cosa radica en cómo habrían actuado los SS "buenos" si hubiesen sido destinados a una unidad de la Totenkopfverbände en vez de a una división acorazada o de infantería. Me temo que alguien tan admirado como Skorzeny, que ante todo era un organizador nato, habría llevado a cabo una labor que no habría desmerecido en nada a la tenebrosa eficacia de la que hizo gala Eichamnn, así que colijo que, en realidad, como dice el conocido adagio, eran el mismo perro con distintos collares.

Muchos jóvenes alemanes se unieron a las SA y las SS
para vestir un uniforme bonito y comer caliente tres
veces al día antes que por compartir el ideario nazi pero,
además, verse formando parte de la élite era una droga
que a muchos les resultaba terriblemente adictiva
Sea como fuere, lo que muchos desconocen es que la génesis de esta tristemente célebre organización paramilitar fue bastante más prosaica de lo que imaginan y, en todo caso, muy alejada de las brillantes paradas militares y de sus elegantes uniformes negros vestidos por los ciudadanos sumamente arios, rubios y atléticos que solían aparecer en los carteles de propaganda o los documentales de la UFA con los que Leni Riefenstahl embobaba al personal y dejaba claro al resto del planeta que herr Hitler era algo así como un nuevo redentor, un mesías austriaco enviado para vengar a la Gran Alemania de las humillaciones sufridas a raíz del Tratado de Versalles. Porque, como es de todos sabido, si a una sociedad o a una parte de ella no dejan de repetirle a diario que tienen un enemigo, real o imaginario, culpable de sus miserias, que ellos merecen un destino acorde a su glorioso pasado y, además, que son los más listos y los más guapos, pues ya tenemos el caldo de cultivo adecuado para que una juventud como la alemana, que solo había conocido el hambre, el caos y las privaciones derivados de la Gran Guerra, se uniese fervorosamente a formar parte de la élite que salvaría a la patria de todos los males habidos y por haber, y que los perversos culpables de sus sufrimientos recibirían su justo castigo por bellacos, malsines y alevosos. Y en crear ese estado de ánimo, las cosas como son, Hitler fue un maestro consumado.

Hitler a la salida de una de sus apasionadas charlas escoltado
por miembros de las SA. El primero de la izquierda, tocado
con un quepis negro, es un SS
Sin embargo, como ya sabemos, las andanzas del antiguo gefreiter Hitler en el campo de la política fueron bastante movidas. En los turbulentos tiempos de la República de Weimar los mítines solían acabar en algaradas y broncas a palos, cuando no a tiros. Estos mítines no se solían celebrar, como ocurre hoy día, el espacios abiertos y con un público pacífico que como se aburre en casa pues se da un garbeo a escuchar a tal o cual líder político poniendo a caldo al adversario y asegurando que su sistema para que todo funcione mejor es el suyo (en esto los políticos no han variado nada desde que los griegos inventaron la democracia). Antes al contrario, los locales donde por lo general tenían lugar estos eventos solían ser las grandes cervecerías donde, además de disponer del aforo necesario, el personal se ponían de grana y oro a base de zumo de cebada, lo que caldeaba el ambiente una cosa mala. Y como era costumbre en la época, los elementos más bragados de los partidos contrarios al que daba la charla se presentaban en el local para reventar el acto, lo que derivaba en una batalla campal que daba como resultado mogollón de heridos y algún que otro muerto. En fin, algo muy desagradable.

Hitler con algunos miembros del Stabswache. Schreck es el segundo por
la izquierda. Como se puede ver, aún no usan ningún tipo de distintivo
propio del cuerpo salvo la calavera del quepis. Obsérvense los vergajos que
portan los dos SS de los extremos
Obviamente, los líderes de los diferentes partidos disponían de unos pequeños pero aguerridos grupos de guardaespaldas que, ante todo, tenían la misión de protegerlos a ellos independientemente de que el resto del personal se liara a hostias. Es decir, que, en el caso de Hitler, mientras los SA despachaban a los comunistas o socialistas que iban a fastidiarle el mitin, unos cuantos de sus más fieles seguidores se encargaban de impedir que cualquiera se acercase a su amado líder y de sacarlo del local ileso. Concretamente, fue en marzo de 1923 cuando el futuro führer ordenó la formación de esta pequeña pero selecta tropa que fue denominada como Stabswache, palabro que podríamos traducir como "barrera de protección", o sea, lo que hoy es el equipo de seguridad que vela por el charlatán de turno. El Stabswache lo componían apenas una docena de hombres que, independientemente de su testiculina, eran primero y ante todo leales a Hitler por encima de cualquier otro jerifalte del partido. O sea, que pasaban olímpicamente de Röhm y demás mandamases nazis, y solo acataban las órdenes de su líder, al que estaban ligados por un juramento de fidelidad.

Josef Berchtold, el primer Reichsführer
A la vista de que el ambiente se ponía cada vez más tenso y las luchas políticas se asemejaban más a una pelea entre cuñados que a un intercambio de ideas, apenas dos meses después de la creación del Stabswache Hitler decidió aumentar la plantilla del mismo, pasando de la mínima docena inicial a un centenar de hombres. Y como cien no son lo mismo que doce, pues lógicamente hubo que establecer una jerarquía y una organización adecuada porque sino aquello acabaría como el rosario de la aurora. Para ello puso al mando de la nueva unidad a Julius Schreck y a Josef Berchtold, hombres de su total confianza. Ambos habían formado parte del Stabswache primigenio, y Schreck en concreto eran uno de los hombres más allegados a Hitler hasta el extremo de ser su chófer y guardaespaldas personal. En cuanto a Berchtold, había sido un antiguo teniente del ejército imperial durante la Gran Guerra y reciclado luego junto con Schreck en jerifaltes de un freikorps conocido como Marinebrigade Ehrhardt para, finalmente, acabar como tantos otros formando parte del partido nazi. Esta nueva unidad pasó a llamarse Stoßtruppen Adolf Hitler, "tropas de asalto de Adolf Hitler", lo que nos da un indicio de que su cometido ya no solo era proteger íntimamente a Hitler sino también, llegado el caso, a acometer con furia visigoda a sus enemigos políticos de la misma forma que lo hacían las SA. De hecho hasta fueron provistos de un par de camiones para facilitar su desplazamiento a los mítines y, de paso, acojonar a los paisanos ante semejante despliegue de fuerza.

Hess vistiendo en uniforme de las SS.
Era más frecuente verlo con el uniforme
del partido
Puede que alguno se pregunte qué sentido tenía contar con dos fuerzas paralelas, las SA y las SS, cuando además los segundos dependían jerárquicamente de los primeros. La respuesta es simple: a medida que el partido nazi se fue expandiendo más allá de las fronteras de Baviera, cada vez que Hitler salía de "sus dominios" a dar un mitin sabía que la lealtad de los SA era para sus líderes locales antes que para él, así que no era ninguna insensatez ir siempre acompañado de los mismos hombres destinados a velar por su seguridad fuesen donde fuesen sin tener que preocuparse que en tal o cual ciudad podía verse con el culo al aire si las cosas se ponían chungas, lo que como hemos dicho solía ser la tónica habitual. Por esa razón y no otra fue por la que desde el primer momento Hitler se rodeó de hombres absolutamente leales como Rudolf Hess, Julius Shaub, Sepp Dietrich o los mentados Schreck y Berchtold además de Emil Maurice, uno de sus más fervorosos y leales seguidores desde los primeros tiempos del partido y del que, mira por donde, se descubrió años más tarde que uno de sus bisabuelos era judío. Eso sí, en este caso Hitler no olvidó sus servicios ni tampoco que acabó en prisión por lo del putsch de Munich, por lo que ordenó que lo nombraran ario honorario. Total, por un bisabuelo birrioso que llevaba más de 40 años criando malvas no era plan de fastidiarle la vida al hombre.

Así pues, ya vemos que la todopoderosa organización tuvo como origen un simple puñado de leales cuyo cometido no era otro que impedir que un comunista le abriera la cabeza a Hitler con una de las enormes jarras cerveceras que gastan los tedescos. Pero como si algo despierta pasiones furibundas entre los alemanes es todo lo relacionado con la parafernalia militar, está de más decir que rápidamente hubo que diseñar un uniforme para este pequeño grupo de cien hombres y, de esa forma, no solo crear un espíritu de cuerpo sino, quizás más importante para ellos, marcar las diferencias con las SA, de quienes seguían dependiendo de momento. Y por cierto que fue de una forma asaz curiosa.

Foto de 1931 en la que aparece Hitler vistiendo el
uniforme enteramente pardo del partido. Los dos
SS que lo escoltan aún no llevan las conocidas
runas en el cuello de la camisa
Como todos sabemos, el color por antonomasia del partido nazi era el pardo, o sea, un marrón claro. La elección de este color no fue tal, o sea, nadie dijo en ningún momento que los miembros de las SA y luego las SS debían usar camisas de ese color, sino que fue más bien una causalidad, que no casualidad. A finales de 1924, Gerhard Rossbach, un antiguo teniente reciclado en jefe de las SA, adquirió un excedente del ejército imperial compuesto por un lote de camisas de ese color procedentes de las tropas coloniales alemanas destinadas a las posesiones africanas del káiser. Así, cuando en 1925 se decidió uniformar a las SS se recurrió a estas prendas que, junto a unos calzones, una corbata y un quepis de color negro, dieron lugar a su uniforme reglamentario con el añadido de la calavera de la que ya hablamos en su momento. Así pues, el color que llegó a ser temido y odiado en medio mundo no surgió de un diseño específico o por la búsqueda de una simbología a la que tan aficionados eran los nazis, sino a la compra de un lote de prendas de desecho que, obviamente, debieron costar muy baratas para que las arcas del entonces pobretón partido nazi se las pudiera permitir. Pero cuestiones de uniformes aparte, los distintivos de rango seguían siendo los de las SA porque sus propias siglas aún no habían sido inventadas.

Erhard Heiden, el segundo Reichsführer
En 1925 se formó una nueva guardia de corps aún bajo los auspicios de las SA y su todopoderoso jefe, Ernst Röhm, la cual fue rebautizada inicialmente como Schutzkommando y, al poco tiempo, como Sturmstaffel. Finalmente, en noviembre de aquel mismo año y quizás por sugerencia de Göring recibió el nombre con el que pasaron a la historia: Schutzstaffel. Para ingresar en el mismo se requerían hombres de entre 25 y 35 años con buena reputación, que no fuesen conocidos como bebedores o proclives a difamar a sus jefes ni a ser boquiflojos, que no era plan de ir contando hasta a sus cuñados los entresijos del partido o lo que se cocía en las reuniones de los mandamases. Además, para más seguridad, debían ser presentados por dos miembros del partido a fin de prevenir infiltrados de otros partidos o de la misma policía. Fue a raíz de la creación de este nombre cuando surgieron las siglas SS, que hasta entonces no habían sido empleadas. El mando de este nuevo grupo fue encomendado a Berchtold mientras que Schrenck, como se comentó anteriormente, recibió un encargo digno de la confianza que Hitler tenía en él ya que lo separó de la organización para hacerlo su chófer personal y su guardaespaldas. En aquel momento las SS contaban con un millar de hombres bajo las órdenes del Reichsführer Berchtold. 

Sí, que nadie se extrañe. Himmler no fue el primero. Ni siquiera el segundo sino más bien el tercero ya que en 1927 Berchtold presentó la dimisión por su negativa a seguir constreñido por los jerarcas de las SA, siendo sustituido en el cargo por Erhard Heiden. Himmler, su adjunto, fue el que lo relevó apenas dos años más tarde, concretamente en enero de 1929 ante la incapacidad de Heiden por relanzar una organización que, a pesar de su prometedor futuro, se había visto cada vez más marginada a causa de las SA, que los veían como unos competidores que podían arrebatarles el poder como así fue más tarde a raíz de hacerse Himmler con el control de la organización. Conviene aclarar que algunos autores señalan a Julius Schrenck como el primer Reichsführer, por lo que Himmler sería en ese caso el cuarto de la saga, pero en realidad las SS que todos conocemos no existían cuando Schrenck dirigió el germen de las mismas cuando mandaba el Stabswache. En todo caso y como testimonio de lo dicho, en la foto vemos a un joven Himmler que luce en el cuello de la camisa el distintivo de rango de SS-Oberführer, así que aún le quedaba un poco de carrera para alcanzar la cima.

De hecho, ni siquiera existía aún la famosa insignia de las dos runas, que no surgieron hasta 1931 de la mano de un miembro de las SS llamado Walter Heck el cual había sido diseñador gráfico en una empresa dedicada a la fabricación de emblemas y quincallería militar radicada en Bonn y propiedad de un tal Ferdinand Hoffstäter. Heck, que sin duda supo crear uno de los distintivos más simples y a la par significativos de la historia, se limitó a poner juntas dos runas sig bordadas en hilo de plata sobre un parche negro, las cuales estuvieron inicialmente destinadas en exclusiva al Leibstandarte, la más selecta formación de las SS, si bien en 1933 el uso de este símbolo se generalizó en toda la organización. Al parecer, a Heck solo le pagaron 2 marcos y 50 pfenings por los derechos del invento. Hoy día se habría forrado de millones solo con las copias que se hacen, lo que son las cosas. Por cierto que, al parecer, Heck también llevo a cabo el diseño de la insignia de las SA, que en este caso consistía en una runa sig y una A en letra gótica según vemos en la foto superior

Hebilla superior de las SA. La inferior
pertenece a las SS
Aquel mismo año de 1931 se gestó también el que luego sería el famoso lema de las SS: Meine Ehre heißt Treue, Mi honor se llama fidelidad, el cual tuvo su origen al parecer en una carta abierta que Hitler envió a Kurt Daluege tras el llamado Stennes Putsch, una revuelta interna que llevada a cabo aquel año por Walter Stennes, un jerarca de las SA que no estaba conforme con la trayectoria ideológica que estaba tomando el partido. En dicha carta, Hitler invocaba a la lealtad de sus SS con la frase "SS mann, deine Ehre heißt Treue", que viene a querer decir algo así como "hombre de las SS, tu honor se llama fidelidad" en relación al comportamiento de la organización durante la movida de Stennes. La frase moló tantísimo que inmediatamente se tomó como lema y no tardaron en mandarlo estampar en las hebillas de los cinturones del cuerpo, que hasta aquel momento seguían siendo las mismas de las SA, siendo encargadas a la firma Overhoff & Cie. de Lüdenscheid. Como se ve en las fotos de la derecha, ambas son muy parecidas salvo en que la corona de laurel fue sustituida por el lema en cuestión. Como ya sabemos, también fue grabado en sus dagas Holbein, pero de esos puñales tan chulísimos ya hablaremos otro día.

A la izquierda, el Ehrenwinkel. A la derecha, el distintivo
de gefreiter
Como curiosidad final, comentar que en febrero de 1934 Himmler quiso distinguir a los miembros de la vieja guardia con otro símbolo además del Totenkopfring, el anillo del que hablamos en la entrada anterior el cual había sido incorporado al extenso catálogo de quincallería unos meses antes. Consistía en un chevrón de plata que iba colocado en la parte superior de la manga derecha y que no debemos confundir con el distintivo de los cabos del ejército, muy similar por cierto, pero que se llevaba en la manga izquierda. Este distintivo, conocido como Erhenwinkel für Alte Kämpfer o "Ángulo de Honor para Viejos Luchadores" podía ser usado por cualquiera que se hubiera unido a las SS antes del 30 de enero de 1930.

Otto Skorzeny, que acabó sus días en España sin haberse
arrepentido jamás de haber sido miembro de las SS. No
obstante llegó incluso a trabajar para el Mossad
En fin, ese fue el origen de las SS. No deja de ser curioso que una organización que contó con decenas de miles de miembros, varias divisiones militares de todo tipo, que gestionaba en la sombra multitud de empresas que les rindieron pingües beneficios y que llevaron a cabo un proceso de exterminio tan meticuloso que más bien parecía la contabilidad de una firma de relojería suiza surgieran de un simple grupúsculo de veteranos del ejército imperial con la finalidad de proteger al ex-cabo Hitler. Por cierto que cuando salen en los documentales esos vejetes de aspecto venerable a pesar de que sirvieron en el siniestro cuerpo, aún no he visto a uno solo que reniegue de haber pertenecido a las SS. Algunos dicen arrepentirse de haber tomado parte en alguna masacre, otros de haber liquidado a mogollón de judíos, otros no se arrepienten de nada los muy hideputas, pero todos siguen mostrándose orgullosos de haber sido, o de ser aún en su fuero interno, un SS, lo cual no deja de ser un curioso ejemplo de como fomentar un inamovible espíritu de cuerpo que durará toda la vida. De hecho, tras la guerra muchos acabaron asesorando a diversos países de Sudamérica, Egipto, Irán o incluso Estados Unidos o el mismísimo estado de Israel, lo que denota que sus métodos no eran ninguna chorrada. Lo malo fue el uso que les dieron.

En fin, ya tá.

Hale, he dicho

sábado, 1 de abril de 2017

Curiosidades: der Totenkopfring, el anillo de las SS


Esas manos tan cuidadas eran las del siniestro jefe del RSHA,
el tristemente célebre Reinhard Heydrich. En el dedo anular
de su mano derecha se percibe claramente su Ehrenring, que
sustituyó a la alianza matrimonial que se le ve en otras fotos
De toda la abundante quincallería que tanto entusiasmaba a los nazis y en especial a Heinrich Himmler, una de las piezas quizás menos conocida es el anillo que el Reichsführer entregaba a modo de recompensa a los miembros más distinguidos de las SS. Sin embargo, este pequeño y aparentemente simple adorno era tal vez el que contenía una carga simbólica más profunda que todas las medallas, distintivos, parches, cintas y demás parafernalia con que los nazis adornaban sus elegantes uniformes. Hablamos del SS-Ehrenring (anillo de honor de las SS) o, como se le conocía vulgarmente, Totenkopfring (anillo de la calavera), un objeto envuelto en tal misticismo que actualmente aún se fabrican réplicas o versiones basadas en una simbología similar por todo el mundo. Y lo más curioso es que el mercado al que van dirigidos estos anillos no parece ser exclusivamente el de grupos neonazis y coleccionistas, sino a mucha gente que, simplemente, les llama la atención eso de la calavera y las runas. Colijo que la inmensa mayoría de ellos no sabe la historia del anillo en cuestión ya que, de ser así, supongo que no se avendrían a pasearse por el mundo luciendo semejante objeto en un dedo. En cualquier caso, que cada cual se ponga lo que le de la gana y aquí paz y después gloria, amén de los amenes.

Sepp Dietrich junto a varios oficiales del SS-Leibstandarte
durante la celebración del cumpleaños del famosísimo
SS-Strurmbannführer Kurt "Panzer" Meyer, al que podemos
ver tras Dietrich, a la izquierda de la imagen. En la mano
derecha de Dietrich se ve su Ehrenring
El Ehrenring fue una más de las muchas ocurrencias de Himmler que, como muchos sabrán, estaba verdaderamente obsesionado con la búsqueda de todo lo referente a la mitología germánica y sus símbolos que, está de más decirlo, creía a pie juntillas hasta el extremo de mandar a Otto Rahn al Languedoc para intentar averiguar el paradero del Grial basándose en el poema épico "Parsifal", obra de Wolfram von Eschenbach, o mandar una expedición al Tibet en busca de los orígenes de la raza aria. Por cierto que el parecido físico de un tibetano con un alemán se me antoja tan similar como el de un sifón a un botijo. En cualquier caso, lo cierto es que el inefable Heini, como llamaban a Himmler sus más allegados, destinó jugosísimas sumas de dinero a una legión de pseudo-historiadores, "expertos raciales", científicos más falsos que una moneda de plomo y, en definitiva, toda una fauna dedicada enteramente a complacer al obsesivo Reichsführer en su afán por dotar a su Orden Negra de toda una compleja simbología. De hecho, él mismo se creía una reencarnación del emperador Enrique I el Pajarero, así que ya podemos imaginar como estaba el patio. No obstante, Himmler tenía las ideas muy claras en ese sentido ya que sabía perfectamente que la principal herramienta para desarrollar en la población un nacionalismo acérrimo consiste en crear y fomentar todos los mitos, símbolos y personajes que ayudarán a convertir una caterva desorientada en un ejército de fanáticos seguidores que, sin darse cuenta, serán capaces de darlo todo, incluyendo la propia vida, para coadyuvar a la consecución de su ideología, y esto por desgracia lo seguimos viendo a diario aún en pleno siglo XXI.

Naturalmente, Heini también tenía su anillo, que para eso
era el amo del cotarro y se lo otorgó a sí mismo. Se puede
ver perfectamente en el anular de la mano derecha
Bien, aclarado el motivo del por qué Himmler se esforzaba tanto en buscar hasta el paradero de los calzoncillos de Sigfrido o la barra de labios de Brunilda, veamos cómo se gestó la creación del Totenkopfring. La idea estaba inspirada en un anillo que, según las leyendas germánicas, poseía el dios Thor, y que era tan sagrado para los paganos tedescos como el crucifijo para un cristiano. Con un objeto con tanta carga simbólica Himmler pretendía crear una recompensa, una especie de distintivo que pudiera llevarse siempre encima incluso cuando uno se duchaba, cosa que no era posible con una condecoración convencional ya que comprobaron que clavarse el alfiler en el pellejo del pecho resultaba extremadamente doloroso y nada práctico. Así pues, qué mejor que un anillo que, además, es un objeto que desde tiempos inmemoriales está relacionado con las alianzas entre personas, hermandades, tribus, sectas, etc. En este caso, como podemos suponer, dicha alianza era con el Führer, el partido y las SS que, en un futuro no muy lejano, tenía la intención de convertir en una especie de orden militar al uso medieval que sería la salvaguarda de la pureza racial y los guardianes del Reich de los Mil Años que tanto cacareaba Hitler en sus fastuosas movidas en Nuremberg.

Karl Maria Wiligut con uniforme de SS
El diseño fue llevado a cabo por un peculiar personaje llamado Karl Maria Wiligut (1866-1946), que estaba considerado por Himmler como el más profundo conocedor de los entresijos de la simbología del alfabeto rúnico que tanto gustaba en las SS. Al cabo, las mismas siglas de la organización estaban escritas con la runa sig o sigel, que tiene la característica forma como de rayo. Wiligut era un militar austriaco que se distinguió durante la Gran Guerra por su valía, pasando a la reserva en 1918 con el grado de coronel. Pero nuestro hombre, además de ser un militar capacitado, estaba obsesionado por las historias que le contaba su abuelo cuando era crío acerca de la mitología germánica, hasta el extremo de que, tras dejar el ejército, se entregó en cuerpo y alma a estudiar todas esas leyendas como si fuesen absolutamente ciertas. La cosa es que su parienta, hartita de tanta chorrada y que no atendiese a su familia porque dedicaba su vida por entero a sus indagaciones, en 1924 logró que lo metieran en un sanatorio mental, siendo incapacitado porque un tribunal médico declaró que estaba como un cencerro, que era un megalómano contumaz y, lo peor de todo, padecía una esquizofrenia de tomo y lomo. 

Runas armanen
Tres años más tarde pudo largarse del sanatorio, le hizo dos higas a la parienta y a sus hijas y se marchó a Alemania, donde empezó a relacionarse con organizaciones masónicas, de neotemplarios y, en fin, con todas aquellas sectas o grupúsculos pseudo-religiosos y espirituales que se pusieron tan de moda en aquellos años. Y, mira por donde, en 1933 tuvo la suerte de conocer a Himmler, el cual fue inmediatamente seducido por la sarta de historias que Wiligut le contó y que le venían de perlas para su proyecto. Lo nombró SS-Standartenführer (coronel) y lo puso al frente de un departamento de historia para que investigara todo lo investigable. Además, hasta creó un alfabeto rúnico de 18 letras que, en realidad, no eran más que una variación de las runas armanen de Guido von List, un ocultista de cierta fama a finales del siglo XIX y principios del XX. Pero como Himmler se creía todo lo que Wiligut le contaba y, además, le aseguró que estaban basadas en las más profundas raíces de la mitología germánica, pues fueron aceptadas para adornar el dichoso anillo. 

A la derecha podemos ver un Ehrenring desde todas las perspectivas para poder contemplar la compleja simbología que contenía. Se trataba de una pieza de plata cincelada en todo su contorno con hojas de roble, árbol sagrado en la mitología germánica. En lugar preferente, como no, la calavera que identificaba al cuerpo y de cuyo origen ya hablamos en una entrada anterior. A cada lado, con la letra A en la figura inferior y flanqueando la calavera aparecen dos runas sig dentro de un triángulo. Este simbolizaba la vida eterna ya que sus tres caras representan el nacimiento, el desarrollo y la muerte del hombre. La runa está relacionada con el sol y la buena salud, así como con el símbolo pagano de la victoria. Por ello, simbolizaba tanto el saludo nazi "Heil" (salud) como la victoria "Sieg". Fue precisamente de la simbología de esta runa de donde surgió el grito de guerra nazi con que los ciudadanos tedescos se desgañitaban en las movidas hitlerianas: Sieg heil!, que repetían enloquecidos hasta que les sangraban los gañotes. Marcada con la B tenemos una esvástica dentro de un cuadrado. Dicha esvástica está formada por cuatro ur rúnicas, que era símbolo de fertilidad y de la comunión del hombre con los dioses y la eternidad. La letra C muestra la Heilzeichen dentro de un círculo asociado a la prosperidad. La Heilzeichen estaba formada por dos runas sig y una combinación de la runa tyr y la os. El círculo representa el movimiento de la divinidad en la Naturaleza, el círculo de la vida. Las runas sig ya hemos explicado lo que significaban, mientras que la tyr era la representación en forma de lanza del dios de la guerra nórdico del mismo nombre. Este galimatías simbólico venía a querer decir que la muerte carece de poder ante un hombre valeroso, y que no hay que temerla. Finalmente, la letra D nos señala la runa hagall dentro de un hexágono, signo de fuerza ante la adversidad, de la fe inquebrantable en uno mismo y de la capacidad del hombre para alcanzar la máxima sabiduría. En fin, todo eso encierra el puñetero anillo, y ciertamente el tal Wiligut se devanó la sesera a base de bien para encerrar esta interminable letanía en un pequeño aro de plata.

El diseño final del Totenkopfring fue presentado a Himmler el 24 de diciembre de 1933, siendo institucionalizado oficialmente el 10 de abril de 1934. Inicialmente estaba destinado a los miembros más veteranos de las SS, concretamente a aquellos cuyo número de filiación estuviera entre los 3.000 primeros. Con el anillo se adjuntaba un documento con el nombre del destinatario, una explicación abreviada de la simbología que acabamos de explicar y, finalmente, una serie de advertencias en las que se avisaba que el anillo no estaba disponible a nivel comercial, que no debía caer en manos ajenas y que cualquier imitación del mismo era delito. Por último, una sentencia molona: "Tragen Sie den Ring in Ehren!", que viene a querer decir "¡Porta el anillo con honor!", y al final la firma de Himmler. No obstante y a pesar de tratarse de un obsequio personal del mismísimo Reichsführer, parece ser que no todos los beneficiarios del anillo llegaron a obtenerlo ya que los que creían tener derecho al mismo debían solicitarlo a través de los conductos reglamentarios de las SS así que, bien por desinterés, bien por que simplemente se les olvidó o porque les daba una higa el regalito hubo quien nunca llegó a recibirlo. El documento que vemos en la foto superior, fechado el 1 de diciembre de 1934, es el que concedía el anillo al SS-Hauptsturmführer Gehardt, que vete a saber quién leches fue. En todo caso, por la fecha se trataba de uno de los privilegiados con la primera tanda de anillos calavéricos.

El Totenkopfring se entregaba en el estuchito tan chulo que vemos a la derecha (había algunas variantes). La entrega oficial se solía llevar a cabo aprovechando las fechas señaladas del partido o de las SS: el 20 de abril (cumpleaños de Hitler), el 21 de junio (el Sommersonnenwende, la fiesta del solsticio de verano), el 9 de noviembre (la efemérides del Putsch de Munich) y el 21 de diciembre (el Wintersonnenwende, la fiesta del solsticio de invierno), quedando reflejadas en la Dienstaltersliste, una relación donde figuraban los premiados por orden de antigüedad. Por lo demás, en la parte interna llevaba grabada una inscripción con las letras S Lb, abreviatura de Seinem Lieben (A su estimado...), con el apellido del beneficiario y, a continuación la firma de Himmler y la fecha de la concesión. No obstante y a pesar de ser un regalo personal, el propietario del anillo podía verse privado del mismo si era sometido a medidas disciplinarias, pudiendo verse desanillado desde 3 meses a 3 años en función a la falta cometida. Obviamente, si la cosa era muy gorda se lo quitaban para siempre por golfo y por ser un mal nacionalsocialista. Pero lo más peculiar de este objeto era la obligatoriedad de devolverlo al departamento de personal de las SS en caso de muerte, natural o no, para ser depositado en el castillo de Wewelsburg, una peculiar fortaleza triangular situada en Renania que Himmler quería convertir en el Camelot de las SS si la guerra no se lo hubiese impedido. 

Algunos anillos inspirados en el Totenkopfring
Tras la primera hornada de anillos, el Totenkopfring se fue convirtiendo en un preciado objeto que fue imitado por encargo por muchos miembros del partido, la policía y las SS que no figuraron entre los elegidos para ostentarlo. Así pues, recurrieron a joyerías o a los hábiles orfebres judíos de los campos de exterminio para que les elaborasen ejemplares de cierta similitud en oro o plata. Iguales no podían ser porque, recordémoslo, estaba prohibido y te metían un paquete si falsificabas uno, así que le ponían los símbolos más emblemáticos de las SS: las runas y la calavera, pero no mucho más por si acaso.

Castillo de Wewelsburg
No obstante, con la llegada de la guerra la concesión de anillos se hizo menos selectiva ya que, a partir de 1939, muchos oficiales de las SS con al menos tres años de servicio pasaron a formar parte de la élite señalada por Himmler para matar de envidia a sus cuñados con el anillo de la calavera. Sin embargo, como los SS caían como moscas en el campo de batalla muchos ejemplares fueron enviados a Wewelsburg por haber causado sus dueños baja definitiva, quedándose abonando el campo por toda Europa. Tras la primera entrega de 3.000 ejemplares y hasta 1944 se hicieron entrega de unos 14.500 anillos, de los cuales un 64% habían sido depositados en Wewelsburg en enero de 1945, mientras que un 10% no pudieron ser recuperados y un 26% estaban aún en poder de sus dueños, al menos oficialmente ya que si eran capturados por el enemigo no tardarían mucho en tirarlos o en tragárselos si hacía falta con tal de no verse señalados como SS distinguidos, lo que les podía costar un disgusto gordo, sobre todo si caían en manos de los rusos. En la primavera de 1945 y ante el imparable avance enemigo, los SS-Ehrenring depositados en Wewelsburg fueron al parecer llevados a una gruta que fue volada tras ser escondidos en sus entrañas para que no cayeran en poder de los aliados. Y allí deben seguir, porque nadie ha sido aún capaz de dar con el lugar.

Ejemplar original perteneciente al SS-Hauptsturmführer
Kurt Taschner, entregado el 9 de noviembre de 1942.
Quién lo pillara, ¿que no? Con lo que den por él fijo que
hay para unas vacaciones por todo lo alto
En fin, esta es la historia de estos peculiares anillos que, como comentaba al inicio de la entrada, aún se fabrican en cantidades masivas. Si alguno de los que me leen tiene alguno procedente de un abuelo tedesco, que sepa que le puede ganar un verdadero pastizal porque las piezas originales son muy escasas. De hecho, de los 3.000 primeros ejemplares quedan por lo visto menos de veinte unidades, por supuesto depositadas en colecciones privadas, así que ya podemos imaginar lo que pedirían por uno.

Bueno, esto es lo que hay.

Hale, he dicho