viernes, 18 de abril de 2014

Las armas incendiarias en la Edad Media




El fuego, ese gran descubrimiento que permitió a la humanidad devorar filetes de mamut en su punto, ha sido usado como arma desde tiempos inmemoriales. El fuego lo destruye todo, desde la palloza de un labriego a ciudades enteras, incluyendo a los cuñados más abominables de todos. 

Obviamente, no es plan de soltar aquí una filípica narrando los pormenores del fuego como arma desde tiempos de los sumerios hasta el moderno napalm, así que nos limitaremos a la Edad Media, periodo histórico en el que, debido al constante estado de guerra y los innumerables asedios que tuvieron lugar, el fuego fue uno de los principales protagonistas para convertir a los enemigos en momias calcinadas de forma que podían darlos de baja definitivamente en sus listas de enemigos a eliminar. Veamos pues...

Ante todo, debemos tener en cuenta que el fuego era básicamente un arma de asedio, no anti-persona. Eso que se ve en las pelis de los arqueros clavando una flecha incendiaria en plena barriga a un enemigo queda muy molón y da tela de repeluco, pero para matarlo no hacía falta que la flecha ardiera. Bastaban los 15 ó 20 centímetros de vara de fresno rematada por una punta barbada de hierro para finiquitarlo bonitamente. Por otro lado, también era un arma muy a tener en cuenta en las marinas de guerra ya que los barcos estaban fabricados de madera si bien el hecho de llevar a bordo substancias inflamables era un riesgo que pocos estaban dispuestos a correr hasta la aparición de la pólvora y, con ello, la artillería naval.

Así pues, algunos se preguntarán: ¿qué utilidad tenía entonces el fuego como arma? ¿cómo podía destruir un castillo fabricado de piedra? Pues muy fácil. Los "bombardeos" medievales a base de bolaños de piedra que pesaban varios quintales no solo servían para intentar derribar murallas, sino también para, mediante tiro parabólico, ir destruyendo las techumbres de las dependencias interiores del castillo, todas fabricadas de madera incluyendo muchas veces incluso la de la torre del homenaje y sus entresuelos, como ya se vio en una entrada al respecto. Dentro de esas dependencias había almacenes con provisiones, armas, dormitorios para la guarnición, etc. Si un proyectil incendiario caía dentro, se acabaron las provisiones, se acabaron las armas y se acabó dormir bajo techo. La moral se venía abajo, no había qué comer y, como consecuencia de ello, la rendición sería un hecho mucho antes de lograr abrir una brecha en la muralla o de intentar un asalto de dudoso éxito que, además, produciría muchas bajas propias.

Por lo tanto, nuestros belicosos ancestros no dudaban en hacer uso del fuego cada vez que se terciaba, y pagaban elevadas sumas a los ingenieros militares de la época que guardaban como oro en paño los secretos de las mixturas más virulentas a la hora de achicharrar al enemigo. Veamos algunas de ellas:

La falarica.  Se trataba de un dardo de gran tamaño que se lanzaba mediante una balista o un escorpión, armas de asedio ya usadas por los romanos y que perduraron hasta bien avanzada la Edad Media. Según San Isidoro, iba provista de una bola en el hierro, posiblemente para darle más contundencia. Su punta la podemos ver en la imagen de la derecha. Como se puede apreciar, la punta está "hueca" para alojar en ella estopa empapada en brea o azufre. Eso bastaba para incendiar cualquier cosa susceptible de arder, incluyendo los pabellones, carros y, naturalmente, las máquinas de asedio de los sitiadores ya que tanto las balistas como los escorpiones también podían ser usados por los sitiados. Y, como ya podemos suponer, intentar matar a un enemigo con una balista era como matar una mosca a escopetazos, entre otras cosas porque la balista era una máquina apta para objetivos fijos, no para acertar a un tipo que corría como un gamo de un lado a otro para esquivar las flechas y virotes del enemigo.

Máquina para lanzar fardos o pellas ardiendo
Pero la falarica era lo más básico. Los ingenieros de la época tendían a hacer uso de métodos mucho más contundentes que simples dardos incendiarios. Dichas preferencias solían ir encaminadas a provocar incendios del tal magnitud que fueran incontrolables, provocando la rendición de la plaza sitiada o bien el levantamiento del cerco por parte de los sitiadores. Un ejemplo de lo segundo lo tenemos en el sitio a Berwick, llevado a cabo por los ingleses en 1319 contra la guarnición escocesa que defendía la plaza. Los escoceses contaban con la ayuda de un ingeniero de origen flamenco por nombre John Crabbe, el cual diseñó un fardo de lana que iba impregnado de alquitrán y azufre. Dicho fardo iba atado a unos aros de hierro y eran lanzados o, mejor dicho, dejados caer, mediante un toleno, que eran unas grúas contrapesadas muy al uso en aquella época. El objetivo no era otro que la techumbre de la entrada a la mina con que los ingleses pretendían abrir una brecha en la muralla. Dicha techumbre había sido blindada para protegerla precisamente del fuego así que, previamente al lanzamiento del aro incendiario, la dañaron a base de bolaños para que el fuego penetrase. Cuando se culminó la acción, los zapadores quedaron incinerados, pudiendo escapar solo unos pocos.

Otro método, este bastante usado por los sitiadores y que sale mucho en las pelis porque resulta muy vistoso, eran las pellas. Las pellas eran bolas fabricadas con estopa por lo general, e impregnadas en brea y azufre. Eran lanzadas con máquinas de tiro parabólico como las manganas, con lo que se conseguía introducirlas en el interior de las fortificaciones. Un método similar era lanzar vasijas de barro con brea caliente y provistas de una mecha. Al romperse la vasija, la brea se inflamaba con facilidad al estar previamente calentada y salía despedida en todas direcciones, produciendo aún más daños que las pellas. Incluso los mismos asaltantes o sitiadores podían hacer uso de lo que podríamos llamar granadas incendiarias, artefactos como los que vemos en la foto de la izquierda. Como se puede comprobar, su similitud con las primeras granadas de mano es bastante grande. Estas pequeñas vasijas de barro podían llenarse de brea o de pólvora cuando ésta hizo su aparición en Europa. Sus efectos en este caso también podían ser contra los asediados o viceversa ya que, si se rompían o estallaban cerca de un enemigo, podía prenderle la ropa o llenarle el cuerpo de esquirlas de barro cocido cortantes como cuchillas.

Un invento similar a las pellas eran unas cestas llenas de paja y lino bien prensado, todo empapado de grasa animal que, por cierto, arde que es una cosa mala. Se lanzaban del mismo modo que las pellas, con manganas o fundíbulos. Este sistema lo usaron los cátaros de Montségur para intentar quemar uno de los fundíbulos de los cruzados, pero sin éxito ya que estos se dieron cuenta de las intenciones del personal y pudieron apagar el fuego a tiempo. 

Mangana o mangonel
Pero, indudablemente, de donde vinieron las mixturas más elaboradas y mortíferas fue de Oriente y de Bizancio. Tanto los árabes como los griegos idearon mogollón de fórmulas, algunas quizás obtenidas en la China, las cuales llegaron a Europa gracias a los cruzados o mediante antiguos tratados de tiempos de los romanos, como el que el duque de Anjou, Godofredo de Plantagenet, usó durante el cerco a Montreuil-en-Bellay en 1147. En este caso, se trataba del Sexto Libro de Vegecio, en el cual aparecía una fórmula de la que se valió para despejar la brecha que había conseguido hacer con un ariete. Mandó fabricar un recipiente de hierro, el cual se llenó con aceite de nuez, lino y semillas de cáñamo. Una vez lleno se selló y se puso a calentar en un horno hasta que notaron como el aceite hervía. Lo sacaron y enfriaron con agua la cadena que sujetaba el recipiente tras lo cual la sujetaron al brazo de una mangana y lo lanzaron contra la brecha. Al chocar contra el suelo, el recipiente se abrió con gran violencia, extendiendo el fuego por todas partes e incendiando varias casas adosadas a la muralla. La magnitud del incendio hizo huir de la zona a la guarnición, lo cual fue aprovechado por los asaltantes que, en cuando el incendio remitió un poco, se apresuraron a invadir la brecha.

Otra maligna receta nos vino del LIBER IGNIVM, una obra de Marcus Græcus en la que da la receta de una mixtura denominada "aceite de los filósofos", la cual constaba de polvo de ladrillo rojo, aceite de linaza y aceite de nuez o de cáñamo. Esta mezcla se debía destilar, tras lo cual se obtenía el producto que, según el tal Græcus, ardía más que la sala de espera del Infierno. Pero el invento más letal y asqueroso era, como es de todos sabido, el fuego griego. Nada era capaz de apagarlo. 

Una nave bizantina abrasa a una enemiga con un
chorro de fuego griego
El fuego griego fue inventado por los bizantinos en el siglo VII d.C. Fue introducido en Europa por los cruzados que trajeron la fórmula de Tierra Santa y, al parecer, fue usado en el Viejo Continente por primera vez en el sitio de Nottingham en 1.194. Parece ser que su fórmula, mantenida en secreto durante siglos, era la siguiente: azufre, ácido tartárico, brea, sulfato cálcico, sal hervida, petróleo, aceite común y el extracto de una planta gomo resinosa llamada paula sarcocolla. Para usarlo era preciso calentarlo previamente. Según la crónica de Geoffrey de Vinsauf (s. XII) sólo el vinagre lo apagaba, y la arena sólo mitigaba sus demoledores efectos. Al cabo, nada o casi nada permanece en el limbo para siempre, que si se pone oro en cantidad de por medio se ablandan las lenguas más pétreas.

Su uso en Europa no llegó al nivel técnico de los bizantinos, que idearon incluso la forma de lanzarlo como si de un lanzallamas se tratase (ya hablaremos de eso en otra entrada), así que se limitaron a lanzarlo en vasijas provistas de mechas fabricadas con trapos o similares. Lo peor del fuego griego era que, por su textura pegajosa, se adhería a todo, incluyendo al pellejo del personal lo que producía quemaduras terroríficas. Solo saber que el enemigo disponía de fuego griego podía ser suficiente para provocar la huida o la rendición del enemigo. Como dato curioso, señalar que durante el cerco a Sevilla (1247-1248), los andalusíes lanzaron por el río corriente abajo varias balsas cargadas con fuego griego a fin de incendiar las naves castellanas, si bien no tuvieron éxito en la acción. 

Y también como curiosidad final, comentar que en el Concilio de Letrán (1139), en el mismo en que se prohibió el uso de las ballestas contra cristianos, se vetaron igualmente las armas incendiarias. Como hemos visto, le hicieron el mismo caso al papa con las armas incendiarias que con las ballestas, o sea, que se pasaron las anatemas  pontificas por el forro. Con todo, la existencia de estas mixturas incendiarias tuvieron su fin con la pólvora, que era mucho más efectiva y por la que no había que pagar a alquimistas o ingenieros verdaderas fortunas para que las fabricasen. 

En fin, ya está.

Hale, he dicho...


jueves, 17 de abril de 2014

Las armas que hicieron frente a los conquistadores españoles


No podían ni imaginar los indios la que se les venía encima...

No suelo salirme del continente europeo a la hora de confeccionar mis entradas, pero creo que sería bastante interesante desplazarnos allende el océano y estudiar el armamento que usaban los nativos de las Indias, no solo contra los conquistadores, sino también en sus guerras tribales entre mexicas, incas, zapotecas, mayas y demás ciudadanos naturales del Nuevo Mundo que, en pureza, era tan viejo como el nuestro. Según parece, estos sujetos no se llevaban nada bien desde antes de la llegada de los españoles, y se dedicaban a tener violentos cambios de impresiones entre ellos y a darse estopa bonitamente desde mucho tiempo atrás, tras lo cual echaban mano a los prisioneros de guerra y les sacaban el corazón a pesar de que aún no eran precisos para hacer trasplantes. Tan mal se llevaban que, una vez empezada la invasión española, tampoco dudaban en aliarse con los velludos hombres que venían del este con tal de fastidiar al vecino.

A pesar de lo avanzado de su cultura, de construir unas pirámides fastuosas, de elaborar precisos calendarios y de ponerse de chocolate hasta las cejas, los indios desconocían el hierro por lo que sus armas estaban fabricadas con toda suerte de materiales, tales como la obsidiana, maderas de variedades especialmente duras, hueso, pedernal y, más raramente, cobre. Además, básicamente usaban todos un armamento similar, prácticamente sin variaciones de ningún tipo. En todo caso y como es evidente, el armamento hispano superaba al de los cabreados pobladores que veían como los barbudos cubiertos de hierro se apoderaban de sus tierras y tesoros. Y, además, hacían uso de caballos, animales totalmente desconocidos en aquella tierra, y de mastines y alanos con tan mala leche que unos cuantos eran capaces de poner en fuga a mogollón de indios. De estos animalitos ya se publicó una entrada hace tiempo y que pueden vuecedes repasar pinchando aquí.

Pero, en cualquier caso y a pesar de la superioridad tanto tecnológica como táctica de los ejércitos españoles, no fue precisamente fácil para nuestros ancestros dominar el continente porque les dieron bastante guerra con sus primitivas armas. Veamos pues con qué armamento se enfrentaron a los belicosos conquistadores ávidos de fama y oro. O, mejor dicho, de oro y fama, creo yo...

ARMAMENTO DEFENSIVO

EL ESCUDO

El escudo usado por estos pueblos era similar a las rodelas usadas en Occidente. Recibían el nombre de chimalli, y eran piezas de un diámetro de entre 50 y 75 cm.  Para su construcción se usaban materiales bastante variados: madera sólida forrada de una fina chapa de cobre que, a su vez, era decorada con repujados e incrustaciones, o bien varas endurecidas con fuego, bambú, juncos o mimbres unidos mediante hilos de algodón. A continuación se recubrían con piel, la cual era profusamente decorada con pinturas, añadidos de metal y/o piedras de colores (preciosas o no) o plumas. A modo de protección adicional para las piernas colgaban en la parte inferior del escudo tiras de tela gruesa decorada con plumas. En todo caso, parece ser que los guerreros ordinarios no usaban decoración de ningún tipo, quedando esta reservada a los mandos y a su aristocracia militar, o bien a modo de recompensas o condecoraciones, como en el caso de haber hecho dos cautivos, lo que permitía a su usuario a decorar su chimalli con motivos en color negros denominados “desgarros de halcón”. Otras decoraciones habituales eran el xicalcoliuhqui (manda cojones el palabro) y el cuexyo. Veamos el aspecto de estos escudos...


A: Chimalli cuexyo. Este tipo de decoración podía ir pintado en diversos colores, siendo los motivos siempre iguales. Las medias lunas podían ser de oro.
B: Chimalli con "desgarros de halcón" perteneciente a un guerrero que ha hecho dos cautivos que, como era costumbre en estos sujetos, serían posteriormente sacrificados a sus dioses y tal.
C: Chimalli xicalcoliuhqui. Se trata de un diseño habitual entre los pueblos mesoamericanos en forma de greca que, al parecer, está relacionado con el pájaro-serpiente Quétzalcóatl. Por lo visto, también era usado por la élite de los cuahchic.
D: Chimalli tozmiquizyo. Es un diseño que representa una calavera de perfil.
E: Reverso de un chimalli en el que se aprecia perfectamente su construcción. Como se explicó antes, consta de una serie de varas reforzadas por otras dos colocadas perpendicularmente para darle mayor resistencia al conjunto. Igualmente se aprecian las tiras de tejido que cuelgan para proteger las piernas.

LA CORAZA

Para la protección corporal usaban un jubón prácticamente igual a los antiguos perpuntes usados en Occidente llamados ichcahuipilli. Eran, como se ve en la ilustración de la derecha, una prenda acolchada fabricada con varias capas de algodón algodón endurecidas con salmuera y pespunteado formando rombos. Además de su en su color natural, podían ir teñidos de tonalidades más vivas, como el rojo o el azul. Su finalidad no era repeler los proyectiles, sino detenerlos gracias a las capas de tejido que, una tras otra, iban absorbiendo su energía hasta pararlo definitivamente. Esta prenda era llevaba bajo las vestimentas rituales de los guerreros jaguar o águila, los mandos militares, caciques, etc. Su diseño se adaptaba muy bien al clima húmedo de aquella zona ya que absorbía el sudor y no eran ni remotamente tan agobiantes como las armaduras usadas por los españoles, por lo que estos no dudaron en adoptarlos.

EL YELMO

La protección de la cabeza estaba encomendada a unos peculiares yelmos fabricados con maderas especialmente duras como la caoba, a las que se les daba la forma del animal que representaba a los únicos guerreros que tenían el privilegio de usarlos: así pues, tenemos de izquierda a derecha los jaguares, el tzitzimitl o dios de la venganza, y los coyotes.


Los guerreros ordinarios combatían con la cabeza descubierta, así que cabe suponer que caían como moscas. Estos yelmos, como podemos suponer, proporcionaban una protección bastante buena ya que la madera, dura de por sí, alcanzaba además unos grosores notables que eran capaces de resistir tanto los golpes de mazas como de las espadas españolas. Para proteger la cabeza de roces, el guerrero vestía una cofia acolchada de algodón similar a las usadas en Occidente. Para asegurar el yelmo a la cabeza, se fijaban al mismo dos correas de tela o cuero que se anudaban bajo la barbilla. Además de estos guerreros de élite, la aristocracia hacía uso de este tipo de yelmos, si bien con forma de sus dioses, símbolos tribales o cualquier bicho que les cayera simpático como loros, monos, cocodrilos, lobos u osos.

ARMAMENTO OFENSIVO

ARMAMENTO CONTUNDENTE

En primer lugar tenemos las macanas, una mazas fabricadas con maderas muy duras cuya contundencia acusaban incluso las mismas tropas españolas con sus yelmos y corazas de hierro. Estas armas, endurecidas con fuego, eran casi tan demoledoras como sus primas Occidentales de hierro o acero y ya podemos imaginar sus efectos sobre una cabeza desprotegida. De hecho, cuando combatían entre indios, eran usadas con cierta precaución para dejar sin sentido al enemigo ya que, según sus costumbres, intentaban hacer el mayor número posible de prisioneros de guerra para sacrificarlos tras la batalla. La que aparece debajo es una versión de sección romboidal que se asemeja al macuahuitl, el arma predilecta de estos guerreros y que veremos a continuación. En todo caso, como vemos, es un simple tocho de madera que podía ser bastante dañino golpeando tanto por las aristas como de plano. La protuberancia del extremo era para mejorar su agarre.

Otra variedad de macana iba provista de una cabeza de armas en forma de estrella, tal como vemos en la foto de la izquierda. Está fabricada con cobre mediante fundición y, aunque carecería de la masa de una cabeza similar de bronce o hierro, no por ello carecía de contundencia. Provista de un mango de madera embutido en el orificio que se aprecia en la foto, esas macanas podían producir terribles heridas y, naturalmente, romperle el cráneo incluso al cuñado más belicoso del enemigo. Con todo, y como se ha explicado en las entradas dedicadas a las mazas, el verdadero peligro de este tipo de armas estaba más que en la posibles fracturas en las heridas abiertas que producían, las cuales podían infectarse casi con toda seguridad.

El macuajuitl era, como digo, el arma más usada por todas las tribus y naciones mesoamericanas. Por asimilarla a un arma Occidental podríamos decir que era una especie de espada de doble filo, pero con la contundencia de un hacha. Fabricados con maderas duras, tenía unas dimensiones bastante generosas: alrededor de un metro de largo, diez centímetros  de ancho y cinco de grosor, lo que evidentemente les daba un peso notable si bien, como vemos en el dibujo inferior, también se fabricaban más pequeños. Pero lo verdaderamente efectivo eran las cuchillas de obsidiana que llevaba embutidas a cada lado y aseguradas mediante una resina bituminosa. La obsidiana puede ser tan cortante como el acero afilado si bien, como es natural, dicho filo lo perdían mucho antes por lo que debían sustituir las piezas. De su devastador poder dejó constancia un soldado español el cual narró que vio con sus propios ojos como un indio golpeaba a un caballo en el pecho, sacándole las entrañas y matándolo en el acto. Así mismo, también vio como en otra ocasión golpearon en la nunca a otro caballo, decapitándolo limpiamente y cayendo su cabeza a sus pies.

Una variante del macuajuitl era  el cuauhololli la cual no era usada por los aztecas, pero sí por el resto de tribus. Como vemos, era básicamente la misma arma pero con una pala de mayor tamaño y provista de un mango más largo rematado en una bola de madera, posiblemente para equilibrarlo y que también podía ser usada como maza. Cabe suponer que su efectividad era aún mayor que la de su hermano menor.

ARMAS DE CORTE

Básicamente, disponían de unas hachas bastante rudimentarias. En la ilustración podemos ver tres ejemplos que nos ilustran acerca de su morfología. A la izquierda tenemos un hacha cuya hoja es un fragmento de pedernal. En el centro aparece otra hacha de piedra, en este caso pulida y más bien ideada como arma contundente. Finalmente, a la derecha vemos un hacha cuya hoja está fabricada de cobre. En todos los casos, los mangos son más bien cortos y rechonchos, de forma fusiforme con el extremo más abultado para darles más peso y, por ende, más contundencia. Entre las hachas vemos dos muestras de cuchillos de pedernal fabricados en una sola pieza. El de la derecha, además de afilado está dentado. Su capacidad de corte está por encima de toda duda, ya que era con estos cuchillos con los que, sin problemas, los sacerdotes abrían la caja torácica de los prisioneros para extraerles el corazón mientras aún latía.

ARMAS DE LANZAMIENTO

El arco o tlauitolli fue introducido en la región mesoamericana por los chichimecas, que en tiempos remotos lo usaban como arma de caza. Los arcos indios estaban fabricados con una sola pieza de madera nogal o de tejo de entre 125 y 150 cm. de longitud, y cuya cuerda estaba generalmente fabricada con tendones o con cuero crudo. Las flechas, hechas con madera de viburno, eran enderezadas a base de aplicar humedad y calor e iban armadas con puntas de obsidiana, pedernal, cobre o simplemente afilando el asta y endureciéndola con fuego. Aunque el uso táctico del arco lo concebían como los europeos, es decir, lanzando lluvias de proyectiles como paso previo al ataque, no eran al parecer unas armas especialmente efectivas.

Por ello, preferían la honda, arma con la que no solo tenían gran destreza (la inmensa mayoría de la tropa, de procedencia campesina, sabían usarla), sino que sus proyectiles eran capaces incluso de dañar a un soldado español con la cabeza cubierta por su tradicional morrión. De hecho, la honda era un arma devastadora a distancias medias. Por lo general, medían alrededor de metro y medio y estaban fabricadas con fibras de pita. Podían lanzar una piedra aovada a una distancia de unos 180-200 metros. Para su manejo, la honda disponía en uno de sus extremo de una lazada por la que se introducían los dedos corazón, anular y meñique. El otro extremo, el que se soltaba, se agarraba entre el índice y el pulgar. Cuando no se usaba, los honderos la portaban anudada alrededor de la cabeza.

Pero el arma preferida era sin dudas la dardo o nduvua, la cual arrojaban con el atlatl, un lanzador que era capaz de imprimir al proyectil un 60% más de energía que si fuera lanzado de la forma convencional, alcanzando los 45 metros con la suficiente eficacia para hacer bastante pupa. A la derecha tenemos varias ilustraciones que nos permitirán entenderlo a la perfección. En la parte superior vemos el dardo, un arma de alrededor de un metro provista de tres estabilizadores fabricados con plumas. Su punta, como en el caso de las flechas, era de obsidiana, pedernal o cobre. Abajo aparece el atlatl, en cuyo extremo tenía una muesca donde se encajaba la culata del dardo. Los dos anillos eran para sujetarlo con los dedos índice y corazón, lo que permitía impulsarlo con mucha energía. Abajo a la izquierda vemos el dardo montado en el lanzador y su posición tras el lanzamiento. Finalmente, a la derecha podemos ver la secuencia completa de lanzamiento. Como arma para distancias medias, eran sumamente efectivos incluso contra las tropas españolas, sobre las que arrojaban verdaderas lluvias de dardos antes de llegar al contacto.

Por último, tenemos la lanza de empuje o tepuztopilli, un arma de entre 1,75 y 2,75 metros de longitud la cual, como vemos en el detalle inferior de la imagen de la derecha, se fabricaba de forma similar al macuajuitl. En una moharra similar a las metálicas, pero en este caso de madera, se embutían lascas de obsidiana mediante el mismo método explicado más arriba. Aunque estas lanzas también podían ser lanzadas, estos guerreros siempre preferían reservarlas para el cuerpo a cuerpo.

Bueno, creo que no olvido nada. Para otra entrada ya hablaremos de las tácticas y la organización militar de estos belicosos ciudadanos si bien, muy a pesar suyo, de nada les sirvió ante la tecnología y las tácticas procedentes de España.

Hale, he dicho....

martes, 15 de abril de 2014

Los últimos legionarios. El armamento




Bueno, prosigamos con el tema legionario. He creído conveniente, ya que es un tema asaz extenso, ir completándolo con más entradas a fin de poder detallar mejor cada uno de sus pormenores ya que, como se pudo entrever en la entrada anterior, el ejército romano tras las reformas llevada a cabo por Diocleciano y Constantino no tuvo ya nada que ver con el que todos solemos imaginar, o sea, el ejército bajo-imperial. Así pues, hoy hablaremos del armamento.

Como ya sabemos, los romanos tenían la costumbre de adoptar las armas de otros pueblos en el momento en que veían que podían sacarles partido. De hecho, podíamos decir que solo el enorme SCVTVM, el PILVM y la LORICÆ SEGMENTATA eran creaciones genuinas de ellos, siendo el resto de su panoplia armas prestadas de otras culturas. Está de más decir que dicha costumbre siguió vigente hasta el final del imperio y más, como pudimos ver en la entrada anterior, cuando se permitió el acceso al ejército de todos los pueblos del orbe romano, considerados como iguales tras las reformas de Diocleciano. Veamos pues los cambios que se fueron realizando a medida que el tiempo avanzaba y el imperio se iba yendo al garete sin prisa pero sin pausa...

EL YELMO

Las típicas GALEÆ gálico-imperiales e itálico-imperiales permanecieron en uso hacia el siglo III. Estos yelmos, cada vez más elaborados y complejos, fueron eliminados de la panoplia militar romana a pesar de su probada eficacia. Quizás fuera su complejo proceso de manufactura, así como la cada vez más desidiosa maquinaria estatal la que obligó al ejército a dejar de lado tan magnífico yelmo por otros mucho más básicos. El último ejemplar de este tipo del que se tiene noticia es una GALEA de bronce hallada en Nieder-Mörlen, en Alemania, y posiblemente perteneció a algún miembro de la XXX LEGIO VLPIA VICTRIX, creada por Trajano en 105 y que permaneció guardando la frontera del Rin hasta el siglo V. En la ilustración superior podemos ver una reconstrucción del este soberbio ejemplar el cual, como podemos ver, va provisto de una enorme ala trasera para proteger tanto la nuca como los hombros de su usuario.

Sin embargo, y como ya he comentado, estos yelmos tan sofisticados fueron pasando a la historia básicamente por dos motivos. Uno, porque las fábricas estatales se habían expandido por todo el imperio y, debido a ello, cada una fue adoptado el tipo de yelmo que se adaptaba más al estilo de cada zona. Recordemos que en la época que nos ocupa, un germano o un sármata usarían un yelmo acorde a la panoplia habitual de su  pueblo. Y por otro, que al ser destinada una unidad a otra región del imperio, sus componentes los comprarían, bien a nivel local, bien en alguna fábrica estatal si es que algunas de las 35 repartidas por el imperio les pillaba razonablemente cerca, por lo que el concepto de yelmo reglamentario uniforme en todo el ejército pasó a ser historia. Además, se unificaron las tipologías de forma que infantería y caballería usaban el mismo casco y no como antaño, que cada cuerpo usaba un modelo reglamentario propio.

Por esta serie de motivos, el tipo de yelmo que se fue imponiendo durante el siglo III fue el que vemos a la izquierda, una tipología de spangenhelm. El ejemplar en concreto se encontró en Der el-Medineh y, como vemos, no tiene nada que ver con las añejas GALEÆ. El capacete estaba fabricado en seis partes unidas con otras tantas mediante remaches tomando una forma cónica que, en este caso, era más adecuada para escupir los tajos de espadas descargados de arriba abajo. Sin embargo, la desaparición de la amplia ala trasera dejó los hombros totalmente desprotegidos: un tajo dirigido al lateral de la cabeza acababa aterrizando irremediablemente en  el cuello o en su unión con el hombro. Sus amplias carrilleras cubrían totalmente las orejas, lo que obviamente restaba bastante capacidad auditiva y, finalmente, la barra nasal que tanta profusión alcanzó durante la baja y la alta edad media no era en sí más que un sustituto barato de la visera de la GALEA, mucho más adecuada para detener un tajo dirigido a la parte frontal de rostro. Aparte de esta serie de detalles que denotan una merma en la protección de a la cabeza, la calidad del yelmo es bastante inferior a la de los modelos reglamentarios de antaño y, además, estaba condicionada al poder adquisitivo del usuario. 


En la imagen superior tenemos otras tres tipologías habituales de este período. A la izquierda es similar al anterior, pero con el capacete más redondeado y va coronado por una cresta o arista como refuerzo. Es una tipología de influencia sármata cuya manufactura, al igual que en en el caso anterior, es bastante burda comparada con las GALEÆ bajo imperiales. En este caso, ni las carrilleras ni el cubrenucas, que también es móvil, van provistos de bisagras sino que se sustentan mediante tiras de cuero internas. El tipo del centro es un modelo muy básico denominado "de cresta" por la pequeña pieza que une las dos mitades de que se compone el capacete. Sus carrilleras, de pequeño tamaño, van provistas de aberturas para las orejas y el cubrenucas, en este caso, ha sido reducido a la mínima expresión. Esta tipología apareció en el siglo IV y, al parecer, era la más habitual en las fábricas estatales por su simplicidad de diseño. Por último, tenemos  otro tipo spangenhelm que, en este caso, lleva como cubrenucas un pequeño paño de malla. En todas estas tipologías, el nivel de acabado iba en consonancia con el poder adquisitivo del comprador.

Para terminar con las prendas de cabeza, falta mencionar el gorro panonio que tanta popularidad ganó entre las tropas de la época. Se trataba de un gorro cilíndrico de piel, con o sin pelos, el cual usaban en todo momento salvo a la hora de combatir. Como decía Vegecio, lo usaban para no tener que sentir constantemente el peso del yelmo en la cabeza, lo de es una clara señal de que el espíritu de sacrificio que había convertido al legionario en una máquina se había diluido como por ensalmo. La ilustración de la derecha nos muestra claramente su morfología. En este caso, la reconstrucción procede de un mosaico que representa una escena de caza.

EL ESCUDO

Los grandes y pesados escudos de los legionarios también cayeron en el olvido, básicamente por convertirse en un elemento obsoleto de cara a las nuevas formas de combatir. Hay muchas teorías que pretenden justificar este cambio pero, básicamente, colijo que la principal fue que el PEDES de la época, al combatir en un orden más abierto, necesitaba un escudo que le facilitara ese tipo de combate ya que el SCVTVM tradicional era válido solo para combates muy cerrados. De aquellos grandes rectángulos combados que protegían casi enteramente el cuerpo del combatiente se pasó a un escudo oval, más pequeño y ligero y con apenas curvatura o completamente plano. El escudo oval medía entre 90 y 110 cm. de largo por su eje mayor y su fabricación era más simple. Se unían listones de madera de 1 cm. de espesor, tras lo cual se forraba de cuero. El típico borde de bronce de antaño fue sustituido por una tira de cuero crudo de forma que, al secarse, se contrajera a fin de hacer más sólida la pieza. El sistema de agarre era el de siempre: una manija tras un umbo central de hierro o bronce y, como se explicó en la entrada dedicada a los dardos plomados, en su reverso iban cinco de estos proyectiles. En la ilustración superior podemos ver un escudo por el anverso, el reverso y de perfil antes de ser forrado de cuero. En el centro vemos el reverso con la manija y los cinco MARTIOBARBVLI dispuestos para su uso. Otra particularidad de este nuevo tipo de escudo radicaba en los dibujos identificativos de cada unidad.


Como vemos, adoptaron una simbología totalmente nueva. Cada unidad tenía su diseño propio, que en este caso serían los de los OCIANANI, MATTIACI,ASCARII, CORNVTI, CELTÆ y PETVLANTES.  Esta costumbre también influyó de forma significativa en la pérdida de la uniformidad ya que, tras una batalla, todos los que habían quedado con el escudo dañado no tenían posibilidad de reponerlo ya que el estado, como ya sabemos, había optado por dar subsidios al personal y que cada cual se buscara la vida. Así pues, no les quedaba otra que recuperar los que quedaban en el campo de batalla, que bien podían ser de unidades diferentes, y limitarse a pintarlos con el color más significativo de su unidad y dejar los detalles para cuando pudiera o encontrara a alguien que supiera hacerlo con propiedad. Así, por ejemplo, un ASCARII optaría por pintarlo de rojo omitiendo el jabalí hasta dar con algún artista que se lo pintara.

LA ESPADA Y EL PUÑAL

El gladio también pasó a formar parte de la gloriosa historia junto a los legionarios que los blandieron. El arma que lo sustituyó fue la SPATHA de origen celta que ya usaba la caballería desde tiempos de la República. La SPATHA, estaba provista de una hoja más larga, de entre 60 y 85 cm. Su forma era recta, de doble filo y sección lenticular, adecuada para golpear de filo así como para clavar sobre enemigos protegidos.  Al igual que el gladio, iba suspendida mediante un tahalí si bien se varió su posición: mientras el legionario la llevaba en el costado derecho, los PEDES la cambiaron a su lugar natural, el costado izquierdo. El motivo de este cambio no era otro que el mismo que obligó a cambiar de escudo: la infantería ya no buscaba el contacto cerrado para apuñalar con sus gladios al enemigo y, además, la SPATHA era más eficaz para descargar tajos sobre los cráneos de los enemigos. En cuanto al PVGIO, también acabó desapareciendo. Fue sustituido a nivel particular por cualquier tipo de cuchillo adquirido en los mercados locales. Pero no cuchillos de impronta militar, sino los típicos "todo uso" que igual valían para degollar a un enemigo que para cortar el pan para preparar el bocata de antes de la batalla. 

LAS ARMAS ARROJADIZAS

Moharras barbadas de angón
Aparte de los MARTIOBARBVLI, de los que se habló largo y tendido en una entrada anterior y cuya lectura recomiendo a todos aquellos que no la hayan leído, el PILVM que tantas victorias dio a las legiones fue sustituido por otro tipo de lanzas. Como jabalina ligera se adoptó la VERVTA, una lanza corta, de alrededor de 180 cm. que, según parece, no era más que una copia del angón germano, del cual también se habló en una entrada y que estuvo en uso hasta al menos el siglo XIII. Además, se adoptó un tipo de lanza más pesada para clavar, la HASTA. Estas lanzas, que en realidad ya estaban en uso en manos de los HASTATI, fue sustituida por el PILVM para, al cabo de 300 años, volver a ser usada por la infantería de la época. 

Las HASTÆ eran unas armas provistas de una asta de alrededor de dos metros, provistas de una moharra, como tantas otras cosas, acorde al gusto de sus usuarios. Así, igual se veían unidades nutridas por germanos con HASTÆ armadas con moharras con forma de lengua de carpa como las que vemos en la imagen de la derecha. Aunque podían ser lanzadas en los instantes previos al contacto, su verdadera misión era mantener al enemigo a distancia y lancearlo bonitamente sin tener que llegar al cuerpo a cuerpo.

Como sustituto del PILVM, según Vegecio se tomó el SPICVLVM, una lanza provista de un largo hierro rematado en una pequeña punta, posiblemente en forma de hoja de laurel y barbada.  Cabe suponer que las razones del cambio eran simplemente de tipo logístico y económico. El PILVM era una lanza cara, cuya fabricación requería de varios pasos que retardaban y encarecían su terminación. Sin embargo, el SPICVLVM era, como vemos en la foto, un arma de características similares pero más simple: un largo hierro en cuyo extremo hay un cubo en enmangue para acoplar el asta y una punta en el otro extremo con un poder de penetración similar al del centenario PILVM.

LAS ARMAS DE LANZAMIENTO

Reconstrucción de una ARCVBALISTÆ
Como ya adelanté en la entrada anterior, los SAGITARII o arqueros dejaron de formar unidades aparte para quedar integrados en la suya propia e intervenir con el arco si era requerido para ello. El arco usado por los últimos legionarios de Roma era el típico arco compuesto del que ya hablamos en una entrada reciente, así que basta echarle un vistazo para ponerse al día sobre ese tema. Pero no solo disponían de arcos sino también de ballestas. Aunque por norma se considera que estas armas hicieron acto de presencia en Europa en la Edad Media, al parecer los romanos ya las usaban en las postrimerías del Imperio. Según señala Amiano, las unidades de infantería disponían de ARCVBALISTÆ, ballestas manejadas por los BALISTARII, hombres especialmente diestros en el manejo de estas armas del mismo modo que los SAGITARII  lo eran con el arco. Las ARCVBALISTÆ no eran al parecer usadas en batalla, sino para hostigar al enemigo durante las escaramuzas y en el Strategikon, obra datada en el siglo VI, se especifica que estas armas eran capaces de lanzar flechas a grandes distancias. Con todo, no hay constancia de que dispusieran de algún mecanismo de recarga, por lo que cabe suponer que su potencia sería similar a la de una ballesta de estribo medieval.

Bueno, creo que no olvido nada. Lo tocante al armamento defensivo corporal lo dejaré para la entrada próxima, en la que hablaremos de la indumentaria, porque tengo un dolor de cabeza suntuario y paso de escribir más, qué carajo.

Hale, he dicho...


domingo, 13 de abril de 2014

Los últimos legionarios 1ª parte


En las mentes del personal, la imagen que prevalece del legionario romano independientemente de la época es el soldado ataviado con el equipo usado durante los dos primeros siglos de nuestra era, o sea, portando su enorme SCVTVM, con la GALEA en la cabeza, la LORICA SEGMENTATA protegiéndole el cuerpo y sus inseparables PILA y GLADII para combatir. Pero en las postrimerías del imperio, esa imagen no solo se había desvanecido, sino que se habían ido degradando hasta convertirse en un patético remedo de los hombres que habían creado el mayor imperio conocido hasta aquella época. 

En la imagen inferior tenemos un ejemplo de la evolución sufrida en el aspecto del legionario desde el siglo I hasta el V que nos permitirá hacernos una clara idea de lo que hablamos:


Como vemos, las diferencias son palmarias. Del legionario de férreo aspecto del siglo I acabamos con un PEDES o peón apenas protegido con un escudo y un casco de características muy inferiores a la GALEA tradicional. ¿Cómo se llegó a este estado de cosas? Ese será el motivo de esta entrada...

El emperador Diocleciano
En el siglo III, el emperador Diocleciano llevó a cabo una profunda reforma en todos los estamentos del imperio, incluido el ejército. Y una de las reformas más significativas fue la abolición de la obligatoriedad de ser ciudadano romano para formar parte de las legiones, las cuales fueron también eliminadas en favor de unidades menos numerosas pero más flexibles tácticamente. Era evidente que mantener todo un imperio a base de levas nutridas solo por los ciudadanos era imposible, así que no se dudó en nombrar federados a todas aquellas tribus o naciones que, con el tiempo, se habían romanizado. Por otro lado, el sistema de circunscripciones que obligaba a los ciudadanos a servir en el ejército se maleó a base de bien, ya que los romanos "puros" optaban por pagar a cambio de no ir y, en realidad, los altos estamentos del ejército preferían trincar la pasta y contratar a un germano o un galo que iría de buena gana a la vista de poder obtener un buen botín.

El imperio romano a finales del siglo IV
Por otro lado, las unidades tradicionales fueron reconvertidas. Había unidades estáticas cuya finalidad no era otra que formar parte de las guarniciones que vigilaban las fronteras del imperio y que recibían el nombre de LIMITANEI si eran fronteras terrestres o RIPENSES si se trataba de limites fluviales. Estas unidades languidecían durante años y años apalancados en el mismo sitio, dedicando la gran parte del día a cuestiones ajenas al ejército como atender su granja o su negocio, lo cual les estaba permitido, yendo a sus cuarteles cuando le tocaba algún servicio o una guardia. A cambio, recibían raciones de comida para su familia, una especie de subsidio para adquirir ropa y, como las arcas del estado estaban llenas de aire en vez de oro, la paga la recibían en especie. Al acabar su contrato de 2o años obtenía una serie de beneficios y exenciones fiscales, además de la añeja dación de una parcela de tierra, semillas e incluso, en tiempos de Constantino, de una pareja de bueyes para las labores del campo.


Caballería siglos IV-V
Pero el núcleo principal del ejército lo componían los COMITATENSES, unidades formadas por unos 1.000 ó 1.200 hombres distribuidos en puntos concretos para acudir, en caso de necesidad, a repeler cualquier posible agresión de allende las fronteras. Dentro de los COMITATENSES había una serie de unidades de élite menores denominadas PALATINI, las cuales eran una especie de tropas de primera clase para acompañamiento del emperador. A fin de ahorrar adiestramientos específicos, Vegecio comentaba que se propiciaba el que las tropas se adiestraran en el uso de todo tipo de armas, desapareciendo así las unidades de arqueros, honderos, etc. Para sustituirlos, se tomaba a PEDES normales que mostraban cierta capacidad para el manejo de dichas armas y, aunque combatían como sus compañeros, se recurría a ellos en caso de necesidad con el arma específica. Así pues, había SAGITARII o arqueros, EXCVLCATORES, especialistas en el lanzamiento de jabalinas, FVNDITORES u honderos y BALLISTARII o artilleros, los cuales manejaban las balistas y escorpiones. Pero el cuerpo que sufrió los mayores cambios fue la caballería, que de ser en los tiempos de la República una pequeña unidad dedicada a la exploración, el merodeo o la persecución del enemigo, pasó a convertirse en la protagonista de las batallas en detrimento de la infantería, lo que dio lugar a que esta arma fuera posteriormente y durante siglos el arma decisiva en los campos de batalla, tal como hemos visto en las entradas dedicadas a este tema.


PEDES del siglo V
El reclutamiento, como vimos más arriba, suponía una serie de beneficios para que el servicio militar resultase atractivo al personal. Pero los tiempos habían cambiado y muchos romanos no tenían el más mínimo interés en entregar la cuchara en la otra punta del mundo o verse relegado a morirse de asco en una guarnición en las fronteras del norte. De hecho, la férrea disciplina de antaño tuvo que ser substancialmente aminorada y una vez reclutado el personal había que marcarlos en una mano o un brazo para dificultarles una hipotética deserción. La monolítica uniformidad de las legiones antiguas desapareció ya que, aunque el estado tenía en teoría que suministrar el equipo al soldado y disponían de fábricas estatales para este fin, en la práctica cada cual optaba por adquirir la ropa en las tiendas locales con el dinero que le daban para ello, así que se podían ver las indumentarias más variopintas ya que cada cual se compraba la ropa conforme a sus gustos. Por otro lado, cada unidad podía estar formada por individuos de diversos orígenes; germanos, celtas, galos, isaurios, ilirios, etc., por lo que cada cual optaba por una moda acorde a su cultura en lo tocante a colores y dibujos.

De hecho, el proverbial espíritu de sacrificio que había distinguido a las legiones romanas del resto de los ejércitos de su época, así como la disciplina impuesta por los centuriones a golpe de bastón se quedó en nada. Mientras que un legionario era obligado a cavar una zanja con la armadura y el casco puestos por si el enemigo atacaba de repente, los PEDES de los siglos IV y V solo se ponían la armadura cuando partían hacia primera línea de combate, y en vez del casco usaban un gorro de origen panonio para no sentir el peso de la GALEA. En vez de portar todo su equipo (unos 30 kilos) ellos mismos en la FVRCA, lo cargaban en carros que acompañaban al ejército, de forma que la tropa caminaba solo con las armas y el escudo. 

En cuanto a las posibilidades de ascender, es evidente que un ejército que sufría pocas bajas lo tenía crudo. En las unidades fronterizas, salvo por las jubilaciones o morirse de una disentería o algo así no había forma de que quedaran plazas vacantes. Así pues, el personal se veía pasar toda su vida militar como soldado raso y, como mucho, podía optar si tenía medios para ello por sobornar a su tribuno. En el ejército de campaña dichas posibilidades aumentaban, pero ni remotamente como en los tiempos en que Roma vivía en un constante estado de guerra. 




En resumidas cuentas, aunque a pesar de su declive el ejército romano seguía siendo una máquina de guerra respetable, la falta de motivación por parte de los romanos nativos y su nulo interés por la milicia, que antaño se consideraba como un honor solo digno para los ciudadanos, obligó a tener que recurrir a los que en otros tiempos fueron sus enemigos más enconados. O sea, se pusieron simplemente en manos de los temidos bárbaros. Incluso tuvieron lugar motines, como ocurrió con el ejército galo de Juliano durante la desastrosa campaña de Persia, que habrían sido simplemente impensables en tiempos de César o de Tiberio. Pero, como siempre sucede y sucederá, los imperios los crean hombres decididos y ambiciosos y los pierden sus sucesores, que prefieren entregarse a la molicie y a disfrutar de lo ganado por los que les precedieron.

En la próxima entrada hablaremos de su equipación y organización interna así que, de momento, 

hale, he dicho...



sábado, 12 de abril de 2014

Curiosidades: Diversas formas absurdas de morir en combate


Como es lógico, todos solemos pensar que los que marcharon al frente a dejar el pellejo durante la Gran Guerra lo hicieron de las formas habituales: de un disparo, con los pulmones calcinados por el gas, incinerados por un lanzallamas o reducidos a carne picada por la acción de la artillería. Sin embargo, hubo infinidad de casos en que los sufridos combatientes entregaban la cuchara por motivos que, en ocasiones, no tenían mucho o nada que ver con los convencionales. Veamos algunos de ellos...

Estrangulado con tu propio fiador. Parece una coña, pero que se lo pregunten a los fantasmas de los elegantes oficiales británicos a los que apiolaron de una manera tan poco gallarda. Como vemos en la foto de la derecha, los ingleses usaban un fiador cuya lazada iba alrededor del cuello. El otro extremo iba unido a una anilla en la culata de su revólver reglamentario Webley para evitar su pérdida en combate. Así pues, los malvados tedescos se percataron de que aquel peculiar complemento del uniforme de sus enemigos venía de perlas para estrangular a sus usuarios cuando tenían lugar aquellos violentos cambios de impresiones en las trincheras. Está de más decir que, en cuanto se dieron cuenta de lo peligroso que era el maldito fiador, los oficiales british optaron por eliminarlo de su equipación o, a lo sumo, colocar la lazada en la hombrera, donde era más complicado que se volviera contra su propio gaznate.

Soldados alemanes ayudan a un francés a salir del fango
Tragado por la tierra. Como hemos visto a lo largo de las entradas dedicadas al centenario de la Gran Guerra, la tierra de nadie era un paisaje lunar lleno de cráteres. Miles, cientos de miles de cráteres que las tropas debían sortear cada vez que avanzaban. Estos cráteres les servían de protección por lo general ya que, cuando arreciaba el fuego de ametralladora o la artillería iniciaba un fuego de barrera, era el único sitio donde meterse. Pero estos cráteres podían convertirse en una trampa asquerosamente mortal. Cuando llegaba el otoño y hasta la primavera, las constantes lluvias los convertían en unos pozos llenos de fango pútrido que podían tragarse a un hombre sin problemas. Y si encima iba uno herido, peor aún. El fango tiraba del desdichado que caía en su poder hacia abajo y no lo soltaba salvo que, como vemos en la foto, alguien, aunque fueran enemigos, se apiadaran de uno y lo ayudaran a salir de la poza inmunda. Muchos, muchísimos de los que figuraron en las listas de bajas como desaparecidos en combate acabaron en uno de aquellos hoyos de barro. Desaparecieron para siempre sin dejar ni rastro.

Pistola Ruby calibre 7,65 mm.
Por comprar una pistola eibarresa. Los aficionados a estos temas belicosos ya saben, y si no lo saben yo se lo digo, que la población guipuzcoana de Eibar ha sido desde tiempos inmemoriales un importante centro de producción de armas, tanto cortas como largas. Los que hayan hecho la mili recordarán las estupendas Star modelo A de 9 mm. largo, o incluso las Astras 400 del mismo calibre. Sin embargo, durante la Gran Guerra tuvieron tal demanda por parte del ejército francés que poco menos que se fabricaban pistolas hasta en los zaguanes de las casas particulares a golpe de lima. El motivo no era otro que la escasez de armas cortas de dicho ejército y, por otro lado, el inconveniente que suponía para los oficiales recargar sus revólveres Lebel en plena refriega, por lo que optaban por adquirir a título particular pistolas semi-automáticas, por lo general de calibre 7,65 mm. que eran copias de modelos muy conocidos, como las FN belgas. Obviamente, y ante tal avalancha de pedidos, la calidad de las armas enviadas a Francia era cuasi inexistente. Ello provocó que multitud de oficiales gabachos fueran liquidados por sus enemigos a causa de encasquillamientos y averías en sus pistolas en el momento más delicado de la situación. Esto produjo una propaganda tan negativa hacia la industria armera de Eibar que tardaron años en lavar su imagen, y no era para menos. Ya podemos imaginarlo: el teniente Jean-Pierre Rochefort cayó como un héroe a causa de haber comprado una pistola Ruby, o Victoria, etc.

Hélice de un Morane-Saulnier francés provista
de los deflectores metálicos
Por una mala sincronización. Pero no de horarios, sino de la hélice del avión con la ametralladora del mismo. Al principio del conflicto, los aviones eran dedicados básicamente a tareas de reconocimiento, por lo que llevaban dos tripulantes: el piloto y un observador que además manejaba una ametralladora montada en un afuste circular con meros fines defensivos. De hecho, el mismo von Richthofen empezó así su fulgurante carrera de as de la aviación alemana. Pero cuando el avión de caza empezó a concebirse, resulta que si disparaban la ametralladora a través del arco de la hélice- fabricada de madera- podían verla convertirse en astillas y darse un trompazo glorioso. Fueron un germano, como no, el que inventaró un mecanismo de sincronización que hacía que el disparo no se produjera hasta que la pala de la hélice estuviera horizontal.  Franz Schneider se llamaba el probo inventor. Y mientras tanto, los aliados se devanaban los sesos ideando chorradas como, por ejemplo, colocar unos deflectores metálicos que desviaran la bala y que muchas veces rebotaba hacia el mismo motor del aparato, provocando su auto-derribo. Obviamente, abandonaron la idea porque resultaba asaz peligrosa. Es justo reconocer que la eficacia teutona en temas bélicos era envidiable.

Dos observadores en un globo
cautivo. Se ven claramente los
arneses de sus paracaídas
Por no usar paracaídas. Alguno se preguntará si esto va de viñeta del genial Ibáñez, pero no. Los pilotos no los usaban por dos motivos: primero, porque las cabinas de los aviones de la época no dejaban espacio para ello ya que los modelos iniciales eran excesivamente voluminosos. De hecho, incluso los asientos de algunos aparatos eran de mimbre para aligerar peso y ocupar el menor espacio posible. Y por otro, porque se pensaba que si los pilotos tenían la posibilidad de salvarse sin más, a las primeras de cambio saltarían sin apenas combatir. Más suerte tenían los observadores de artillería que ocupaban los globos cautivos ya que, al ser estos un objetivo prioritario de la aviación enemiga, en cuanto veían en el horizonte aproximarse un avión se lanzaban ya que no era posible bajarlos a tiempo. Además, los globos eran inflados con hidrógeno, lo que los hacía explotar cuando les disparaban con munición trazadora. No fue hasta 1918 cuando se introdujo un paracaídas medio decente para los pilotos, aunque el nivel de fallos era inquietante y muchos de ellos se estamparon contra el suelo ya que eran ingenios bastante defectuosos y fallaban más que un bolígrafo de a peseta. Ah, el paracaídas ese lo ideó, una vez más, un alemán por nombre Otto Heinecke, y uno de los que le debieron la vida fue el inefable Hermann Göring, que fue derribado y tuvo la fortuna de que su flamante paracaídas no le falló.

Ejecución llevada a cabo por un pelotón francés. Mientras
el oficial que manda el piquete enarbola su sable para
ordenar "¡fuego!", un suboficial espera junto a él con el
revólver preparado para efectuar el tiro de gracia.
Por cobarde. Por desgracia, la capacidad para dominar el pánico no es la misma en todo el mundo. Los que lo logran son denominados valientes, y lo que no lo consiguen son los titulados como cobardes. Los cobardes, con la psique simplemente aniquilada ante tal vorágine de horror, eran juzgados en consejo de guerra sumarísimo y ejecutados sobre la marcha. Bien por intentar desertar, bien por auto-lesionarse, muchos desdichados acabaron sus días acribillados a balazos, pero no del enemigo, sino de sus propios camaradas. En el ejército francés se ejecutaron 640 soldados por esta causa, mientras que los británicos fusilaron a 306. Los alemanes, que solían tener más miedo a sus superiores que a la misma muerte, solo se vieron en la necesidad de eliminar a 48 hombres durante todo el conflicto, lo que denota que la férrea e implacable disciplina prusiana era bastante útil para estos menesteres.

En fin, así son las cosas. Como hemos visto, puestos a palmarla en una guerra se puede palmar por las cosas más variopintas.

Hale, he dicho...