miércoles, 20 de mayo de 2015

Las picotas, símbolos del poder


Picota de Sortelha, en Portugal. Se yergue justo
delante del castillo que defendía a ciudad
Es de todos sabido que, desde los tiempos más remotos, los humanos nos valemos de todo tipo de símbolos para poner al corriente a nuestros conciudadanos de cualquier cosa que concierna al conjunto de la sociedad. Del mismo modo, y considerando que antaño no había más medios de comunicación que los bandos graznados a voz en grito por los pregoneros en las encrucijadas de las poblaciones, también era preciso dejar bien claro a la peña quién mandaba allí y, muy importante también, que los delincuentes no solo eran perseguidos sino que, una vez capturados, se les aplicaban las leyes de forma inexorable. La costumbre de exponer a los reos al escarnio público o ejecutarlos en presencia de los ciudadanos es antiquísima. De ese modo se lograban dos objetivos: uno, demostrar que el que la hacía la pagaba y que contravenir las leyes estaba muy feo y se castigaba con severidad; y dos, como una forma de persuadir a delincuentes en potencia para que vieran el mal rato que se pasaba a la hora de partir del Mas Acá al Más Allá en manos de los expertos verdugos de la época. De ese modo se intentaba, aunque me temo que sin éxito porque siempre ha habido y habrá criminales, quitar de en medio las malas hierbas y que la gente honrada viviera en paz. 

El enrodamiento era uno de los castigos más crueles que se
pueden imaginar ya que el verdugo iba rompiendo uno
a uno todos los huesos del cuerpo. Se podía
tardar horas en palmarla.
En la Europa de la Edad Media, los castigos y las formas de ejecutar a los reos alcanzaron unos niveles de sadismo y recochineo capaces de asombrar al más enconado psicópata de nuestros días y, curiosamente, aunque la Leyenda Negra anti-española siempre nos ha tachado de crueles, estos métodos tan horripilantes proliferaron en Centroeuropa, Francia o Italia mientras que en la Península nos conformábamos con ahorcar o decapitar a los merecedores de la pena capital. O sea, que aquí no era ni remotamente habitual enrodar, atenazar o despedazar en vivo al personal, y siempre se ha solido dar a los actos de justicia suprema cierto matiz de solemnidad e incluso de respeto por el reo. Naturalmente, eso no quitaba que se aplicara la pena de muerte cada vez que fuera preciso, pero de una forma razonablemente rápida para las costumbres de la época. Y mientras que en Alemania o Francia se exponían los restos del reo o sus cabezas en las puertas de las ciudades o, simplemente, se les dejaba en el lugar de ejecución hasta que se convertían en carroña, en la Península se creó un objeto que simbolizaba a la perfección tanto la autoridad regia como el rigor de las leyes: las picotas.

Los cepos o bretes eran colocados junto a las picotas, donde
el reo permanecería el tiempo que dictaminara la sentencia
expuesto a las burlas y el hostigamiento de la plebe.
No se sabe con exactitud a quien se le ocurrió la creación de las picotas, ni tampoco su etimología. Según algunos autores, su origen se encuentra en la COLVMNA MŒRIA que, según Plinio, los romanos solían colocar en los foros de las ciudades para conmemorar sus victorias y que, al parecer, era donde se denunciaba y exponía a la pública vergüenza a los acusados de ser morosos o derrochadores. O sea, que si un ciudadano debía pasta gansa y alguien lo denunciaba con pruebas de que la deuda era cierta, se le llevaba junto a la columna en cuestión para que, ante todos, sufriera el bochorno de verse señalado como mal pagador, un chorizo y un mal cuñado.

Picota de Barcelos (Portugal), en la que
aún se conserva la cadena que impedía
al reo largarse con viento fresco
La primera noticia que se tiene de estas columnas pétreas procede de Portugal, concretamente de un fuero de 1145 en el que se especifica que el término picota era una palabra procedente del decir popular: "SVSPENDATVR IN ILLO TORMENTO QVOD VULGO DICITVR PICOTA", lo que podríamos traducir como "ahorcarlo mediante la pena que el vulgo llama picota". Esto nos induce a pensar que, originariamente, la picota era una mera horca en la que, según era costumbre, se dejaba colgando el cadáver del reo como advertencia y general escarmiento. Sin embargo, ya en tiempos de Alfonso X se especifica que la picota era el lugar donde se exhibían para mayor escarnio los reos de delitos menores y donde se les aplicaba la pena correspondiente: azotes, cepos, jaulas o, lo que era quizás lo peor: verse expuesto a la chiquillería del pueblo durante varios días en un total estado de indefensión, que ya sabemos la mala leche que gastan los críos. En todo caso, lo que sí parece seguro es que, originariamente, horcas y picotas eran tenidas por la misma cosa: un instrumento para facilitar la ejecución de los reos. Por cierto que en Portugal, aunque inicialmente se les daba el nombre de picotas tal como vimos anteriormente, hacia finales del siglo XV se les denominó pelourinhos, término que ha perdurado hasta nuestros días.

Sin embargo, y como ya se comentó en la entrada dedicada a las ejecuciones en la Edad Media, estas no se llevaban a cabo en el interior de las ciudades, sino a extramuros. Duarte de Armas, en su "Livro das Fortalezas", dejó un amplio surtido de testimonios gráficos cuando, entre 1509 y 1510, se dedicó a realizar un catálogo de las fortificaciones del reino vecino dibujadas por él mismo en vivo y en directo. Un ejemplo lo tenemos a la izquierda, en el que vemos un fragmento de una de las láminas que muestran la cerca urbana y el castillo de Montalegre y donde se aprecia perfectamente en una colina cercana la horca de la ciudad. 

Así pues, una vez cumplida la sentencia, se procedía a decapitar al cadáver para exponer su cabeza en la picota que, por norma, se erguía en el lugar más importante de la población, o sea, en la plaza mayor. Del mismo modo y si la sentencia así lo dictaminaba, el verdugo podría cuartear al muerto a fin de que sus pedazos fueran enviados a los diferentes lugares en los que había cometido sus fechorías para mostrar a la población que, en efecto, el malvado delincuente había sido ajusticiado y su cacho clavado en el garfio de la picota servía, además de como escarmiento a posibles candidatos a la mala vida, para apaciguar las ansias de venganza de las víctimas del reo. A la derecha vemos una recreación de una picota primitiva ya que, al parecer, no tenían necesariamente que ser de piedra sino, caso de no haber nada mejor disponible, bastaba un simple poste de madera provisto de sus garfios para clavar las cabezas o miembros de los ajusticiados, así como de argollas, cadenas y grilletes para los que debían sufrir un castigo en la misma.

Picota de Casas de Don Antonio, en
Cáceres, que aún conserva los garfios
donde se fijaban los despojos
de los reos
Con todo, parece ser que a lo largo del tiempo ha habido cierta confusión a la hora de diferenciar horcas de picotas ya que, en ocasiones, da la impresión de que eran la misma cosa con la única diferencia de que las horcas estaban fabricadas de madera y las picotas de piedra o ladrillo. Covarrubias, en su "Tesoro de la Lengua Castellana" comenta que una picota era "... la horca hecha de piedra, de pica, y el italiano llama empicar al ahorcar". Sea lo que fuere, lo que sí está claro es que, ya a finales de la Edad Media, las picotas tenían un uso muy específico: en ellas se exponía a los condenados a penas menores y las cabezas o cuartos de los ejecutados, sirviendo además de símbolo de la justicia y del poder real y, de hecho, la concesión de un fuero a una determinada población podía incluir o no la autorización para levantar una picota en la misma, siendo esto último un privilegio ya que indicaba que era una villa de postín. Ya en esa época lo habitual era construirlas sistemáticamente de piedra siguiendo unos cánones similares en todos los casos: en primer lugar se construía un basamento formado por varios escalones o gradas a fin de que los que los reos a penas menores fueran bien visibles para los villanos que concurrían a presenciar el castigo. A continuación se erguía una columna provista de argollas en las que fijar las cadenas y grilletes. El conjunto era rematado por un capitel del que emergían cuatro garfios o ganchos fijados por lo general a salientes con forma de animales mitológicos, fieras o cabezas humanoides; y encima de todo se solían colocar diversos motivos como, por ejemplo, un orbe con una cruz que simbolizaba a la realeza, un cuchillo, símbolo de la justicia regia, o el blasón del señor del lugar, ya fuera secular o seglar, o bien el escudo de armas del rey si era una villa de realengo. 

Bráz Cubas da lectura junto a la picota al fuero de la villa de Santos (Brasil) en 1546

Castigando a un esclavo en la picota
La expansión de los imperios español y portugués supuso la exportación de este peculiar símbolo hispánico a las Indias, si bien con una peculiaridad: mientras que en la Península su ubicación obedecía a la concesión de un fuero o el símbolo de la justicia real, en las Indias era además lo que marcaba el lugar fundacional de una población, siendo colocada en el sitio alrededor del cual se desarrollaría el entorno urbano de la misma. De hecho, las que aún subsisten se yerguen justo en el centro geométrico de las plazas mayores donde se conservan. Por lo demás, su uso fue el mismo que en el Viejo Mundo: el lugar donde se castigaba a los reos de delitos menores más el añadido de ser también donde se molía a latigazos a los desgraciados esclavos que, tras intentar escapar, eran atrapados por sus amos y persuadidos por sus capataces de que eso de largarse sin despedirse era de muy mala educación a base de dejarles los muy hideputas las costillas al aire.

Picota de Estremoz (Portugal),
reconstruida entera en 1916
Aún a finales del siglo XVIII se construían algunas picotas para reponer las que se habían deteriorado con el paso de los años. Sin embargo, a comienzos del siglo XIX, concretamente el 26 de mayo de 1813, un edicto de las Cortes de Cádiz ordenaba el derribo de las picotas por considerar que la época en que los súbditos de la corona debían sufrir los infamantes castigos relacionados con las mismas debían quedar atrás. Este edicto fue confirmado en 1837 por la reina doña María Cristina durante la minoría de edad de Isabel II. No obstante, muchas de ellas permanecieron en pie aún sabiendo que se desobedecía una orden real. Ya fuera por tradición aunque no se usaran, o bien por su belleza artística ya que muchas de ellas eran verdaderas obras de arte, o simplemente porque en algunos casos los regidores municipales no hicieron caso o ni se enteraron, la cuestión es que tanto en España como en Portugal aún perduran muchas de estas añejas picotas de estilos diversos, especialmente góticas y renacentistas. Con todo, también se pueden ver muchas que son una simple columna de piedra reciclada de algunas ruinas romanas o árabes porque la categoría de la población tampoco daba para muchas filigranas, o bien otras que fueron reconstruidas por completo ya en el siglo XX partiendo de ilustraciones anteriores, como ocurrió en algunos casos en Portugal.

La elegante y suntuaria picota de Elvas
En fin, esta es, de forma bastante resumida, la historia de estos peculiares postes pétreos que, durante siglos, formaron parte del mobiliario urbano de las poblaciones peninsulares. Su infamante cometido marcó de tal forma que, aún en nuestros días, asociamos el vernos expuestos a una situación bochornosa o humillante con "ponernos en la picota" por lo que, aunque puede que muchos hayan pasado por delante de alguna sin saber siquiera para qué servían, con lo explicado hoy ya podrán identificarlas sin problema. No obstante, no debemos confundirlas con los humilladeros y cruceros que se solían levantar en las encrucijadas ni, por otro lado, ver una de estas picotas y dar por sentado que no lo es por encontrarse alejada del centro de la población ya que, en muchos casos, fueron en su día desplazadas de su lugar original para impedir que fueran derribadas. 

Bueno, vale por hoy.

Hale, he dicho

lunes, 18 de mayo de 2015

Obispos guerreros: Walter von Geroldseck

Recreación del obispo Walter von Geroldseck armado de punta en blanco con su mitra a modo de cimera


Blasón de la
Hohengeroldseck, o sea,
la Casa de Geroldseck
Este personaje, otro segundón de una poderosa casa nobiliaria, es un preclaro ejemplo de la típica dualidad medieval de señor espiritual y feudal. Mucho más desconocido tal vez que sus dos colegas mencionados en entradas anteriores, fue sin embargo el protagonista de una serie de hechos que marcaron de forma indeleble el devenir de la historia de una de las ciudades más importantes de Centroeuropa durante la Edad Media: Estrasburgo. De hecho, si nuestro personaje no hubiese sido nombrado obispo de esa ciudad hoy día su nombre sería a lo sumo uno más en las interminables listas de los árboles genealógicos de las grandes familias nobiliarias de Europa, y su existencia no llamaría la atención ni siquiera a los miembros de su linajuda ralea. Sin embargo, el destino le tenía reservado una breve pero intensa existencia, así que oído al parche, porque es una historia curiosa.




Castillo de los Geroldseck en Ortenau
Los Geroldseck eran una antigua y poderosa familia oriunda de Ortenau, un territorio situado en la margen derecha del Rin, en Baden Württenberg el cual, en la Edad Media, era un condado perteneciente al ducado de Suabia. Nuestro hombre, Walter, había nacido entre 1229 y 1231, siendo el segundo retoño de su generación. El primogénito, Hermann, quedó como cabeza visible del clan mientras que a él, como era habitual, lo destinaron al clero desde una edad muy temprana ya que fue nombrado canónigo de Estrasburgo con apenas 17 años, lo que no supuso ningún problema para, desde aquel momento, ir acumulando cargos y prebendas conforme a su abolengo gracias a las buenas relaciones de su familia con el obispo de Estrasburgo, con Roma y, especialmente, con el poderosísimo Konrad von Hochstaden, arzobispo-elector de Colonia y duque de Westfalia y Angria, el cual le había prometido el cargo de CELLARIVS (tesorero) de la diócesis. Más tarde, en 1252, alcanzó el rango de preboste por lo que con poco más de veinte años vemos a nuestro hombre convertido en un influyente personaje con un gran futuro por delante, detentado cargos de categoría y bajo la protección de los hombres más poderosos del imperio.

Escudo de armas de la diócesis de Estrasburgo.
El número y color de las borlas que penden del
capelo, seis de color verde a cada lado del escudo,
son potestad de obispos, abades mitrados y
prelaturas con poder territorial
Pero antes de continuar narrando su vida, conviene abrir un paréntesis para dar cuenta de como estaban las cosas en Estrasburgo en aquellos tiempos ya que, entre otras peculiaridades, esta ciudad alsaciana no pertenecía en aquella época a Francia, sino al Sacro Imperio. Estrasburgo era una población que disfrutaba de un estatus especial en aquellos tiempos. Ya en el año 982, el emperador Otón II le había concedido una serie de privilegios mediante los que se convertía en un feudo dependiente de la autoridad de su obispo. Con el paso del tiempo y enclavada como estaba en una posición geográfica que la convertían en un importantísimo nudo de comunicaciones entre las más destacadas urbes de Centroeuropa, Francia e Italia, Estrasburgo se había convertido en una especie de ciudad estado en la que el dinero corría a raudales. Y, como suele pasar incluso actualmente, en el momento en que el nivel de vida de una ciudad, comarca o región sube, los habitantes empiezan a tener cada vez más ambiciones y a ser más egoístas, haciendo todo lo posible para sacudirse de encima las obligaciones que atañen a todos los súbditos del reino, no pagar impuestos a la corona y regirse por sus propias normas. Y poco a poco se iban saliendo con la suya ya que obtuvieron del emperador Lotario III la potestad de juzgar a los vecinos en sus propios tribunales, quedando para el obispo el privilegio de nombrar los jueces y, en 1205, la exoneración del pago de impuestos. De hecho, desde 1201 Estrasburgo disfrutaba del estatus de "ciudad libre" bajo la autoridad de su príncipe-obispo si bien los ambiciosos burgueses llegaron incluso hasta el extremo de pretender eliminar también la autoridad episcopal por lo que, en 1224, el obispo Heinrich von Veringen obtuvo del emperador Federico II la potestad para volver a nombrar al jefe del concejo de la ciudad, así como la administración de los bienes comunales. Esta reversión de los privilegios que disfrutaba Estrasburgo empezó a deteriorar las relaciones entre los burgueses y sus señores feudales, iniciándose así una pugna por hacer valer cada cual sus derechos y prebendas que acabó de muy mala manera.

Visitar el casco antiguo de Estrasburgo es como meterse
en una máquina del tiempo. Debe ser una pasada aquello
Y aquí retomamos a nuestro protagonista que, en el año 126o optó a la candidatura por el obispado tras la muerte del anterior titular, Heinrich von Stahleck el cual por cierto fue otro obispo guerrero que dedicó su existencia a invadir territorios vecinos en vez de a repartir bendiciones entre sus levantiscos vasallos. El tema de las candidaturas no estaba complicado ya que Estrasburgo tenía el privilegio de la cooptación entre unas pocas familias entre las que estaban, naturalmente, los Geroldselck. Así pues, entre que Walter se había convertido en un tipo influyente más, por otro lado, los buenos dineros que aflojó su venerable progenitor a los electores para que le dieran el cargo a su retoño, nuestro hombre se vio nombrado obispo el 27 de marzo de 1260 con la única oposición de su primo Heinrich, también canónigo de la diócesis y perteneciente a la rama alsaciana de los Geroldseck. Sin embargo, la consagración no pudo celebrarse inmediatamente ya que, aunque pueda parecer increíble, muchos de los que disfrutaban de prebendas clericales en aquella época ni siquiera estaban ordenados sacerdotes, y ese era el caso de este sujeto el cual tuvo que esperar a ser ordenado por el obispo de Mainz y obtener el placet de Roma, tras lo cual pudo finalmente verse consagrado el 2 de febrero del siguiente año. Cantó su primera misa en la catedral tras una suntuosa procesión por toda la ciudad al frente de 1.500 caballeros y hombres de armas para dejar bien claro que no estaba por la labor de dejarse avasallar por unos burgueses por mucha pasta gansa que tuvieran.

Sepultura de Konrad von Hochstaden,
impulsor de la carrera eclesiástica
de von Geroldseck 
Las cosas no empezaron ni mucho menos con buen pie ya que el nuevo obispo pretendía, en línea con la política marcada por su antecesor, recuperar sus derechos feudales, cosa que levantó ampollas entre los ciudadanos nada más darse cuenta de las intenciones de su señor. Por cierto que otros señores feudales, a la vista de que la situación en sus dominios se asemejaba cada vez más a la de Estrasburgo y sus vasallos obtenían cada vez más poder en detrimento de los viejos privilegios de sus señores, se veían metidos en motines y conflictos armados en los que, como cabe suponer, recibían ayuda de los miembros de su casta nobiliaria. Uno de estos conflictos tuvo lugar entre el obispo de Metz y los señores de Lichtemberg, y queriendo Walter acudir en ayuda del primero se tuvo que quedar con las ganas ya que sus levantiscos vasallos se negaron en redondo a proporcionarle los bastimentos, armas, caballos y tropas necesarias para ello. De hecho, en una carta dirigida al abad de Neuburg el 4 de junio de 1261, cuando apenas llevaba un año en el cargo, se quejaba de esto, así como de que los ciudadanos incluso extorsionaban al clero dependiente de su diócesis quitándoles los dineros y las mercancías si pretendían sacar algo de la ciudad. Al frente del problemático vecindario estaban dos ciudadanos, Nicklaus Zorn y Reimbolt Liebenceller, que, aunque no pertenecían a las familias más influyente de la ciudad, habían logrado a base de malas artes hacerse cada vez más notorios entre los descontentos con la actitud del nuevo obispo. 

Haldenburg hacia finales del siglo X, cuando era una mota castral
El encono entre Walter y sus vasallos era cada vez mayor. A cada faena que hacía un bando, el otro respondía como mejor podía o sabía. Por ejemplo, una de las medidas más impopulares que tomó el obispo fue aumentar por su cuenta y sin consultar al concejo de la ciudad el umgeld, una tasa sobre el vino y las harinas, así como el intento de volver a recaudar los impuestos él mismo. Finalmente, amenazó al personal con la excomunión poniendo como fecha límite la semana de Pentecostés para que reconocieran su autoridad y sus legítimos derechos. Por toda respuesta, el miércoles de Pentecostés los ciudadanos, liderados por sus principales prohombres, atacaron y arrasaron de cabo a rabo el castillo de Haldenburg, a lo que éste les respondió emitiendo un bando en el que excomulgaba a toda la población y ordenaba a sus curas a abandonarla, cosa que ya sabemos acojonaba bastante al personal en aquellos tiempos. Pero los burgueses, que eran previsores y las guardaban todas, buscaron por su cuenta a tres curas pertenecientes a otra diócesis para atender sus requerimientos espirituales. El obispo, con un berrinche de los buenos, se cabreó tanto que armó una mesnada por su cuenta y se dedicó a expropiar y saquear todas las propiedades que quedaban fuera de las murallas y, lo que era peor, bloquear todos los caminos de acceso a la ciudad, lo que estrangularía la principal fuente de ingresos de la misma: el comercio. Como represalia, los ciudadanos organizaron también un pequeño ejército con el que se dedicaron al pillaje y al saqueo de las poblaciones pertenecientes el obispo y a sus aliados. Aquello era ya una guerra abierta.

Aquel estado de cosas solo podía acabar como ya imaginamos, y solo con un enfrentamiento definitivo que decantase el poder hacia uno u otro lado podría acabarse con aquella constante pugna que no beneficiaba a nadie. Así pues, a finales del invierno de 1262 se formaron dos ejércitos dispuestos a todo. El obispo, que tenía a su lado a toda la nobleza de la región por razones obvias, se enfrentaría a las milicias formadas por los vecinos de Estrasburgo para jugárselo todo a un solo envite. El encuentro tuvo lugar el miércoles, 8 de marzo de ese año en un lugar cercano a Hausbergen, una pequeña población a pocos kilómetros al oeste de Estrasburgo. Las fuerzas del obispo no eran moco de pavo: trescientos caballeros y unos seis mil peones los cuales se pusieron en marcha hacia Mundolsheim, una colina que servía de vigía a las milicias bajo el mando de Liebenceller. Desde allí avisaron al resto de las tropas que esperan en Estrasburgo a las órdenes de Zorg, que rápidamente acudieron a unirse a los demás para presentar batalla. El obispo, que observaba como las tropas situadas en Mundolsheim se ponían en movimiento, pensó erróneamente que lo que pretendían es huir hacia Estrasburgo cuando, en realidad, lo que hacían era sumarse a las que salían de la ciudad. Ese error de apreciación fue fatal.

Beckelar y von Eckwersheim dándose leña a mansalva
mientras los dos ejércitos contemplan el resultado del
combate singular
Debido a las prisas por la supuesta persecución, cuando la hueste episcopal llegó a Hausbergen su infantería había quedado muy retrasada debido al entusiasmo por parte de la caballería para finiquitar el asunto con prontitud, que eso de enfrentarse con villanos y escabecharlos bonitamente siempre daba mucho gustirrinín. Antes del choque salió de entre las filas de las milicias burguesas un caballero por nombre Marx von Eckwersheim el cual, como era habitual en la época, retó a combate singular a cualquier campeón de la hueste de obispo. Salió a responder al desafío un tal Beckelar (no tiene nada que ver con el príncipe de la conocida marca de galletas) y, durante largo rato, se dieron estopa a base de bien, matándose sus respectivos y carísimos pencos de batalla hasta que, finalmente salió victorioso von Eckwersheim. En ese momento fue cuando la caballería de von Geroldseck se abalanzó contra las milicias ciudadanas. Sin embargo, no contó con que atacar sin apoyo de la infantería era suicida, cosa que se pudo demostrar cuando los peones enemigos empezaron a descabalgar jinetes sin que estos pudieran ser socorridos por nadie ya que los 300 ballesteros con que contaban los de Estrasburgo y que desplegaron en ambas alas de su ejército se dedicaron a mantener a raya a los 6.000 peones del obispo mientras sus compañeros aliñaban a los gentiles caballeros enemigos. Aquello se convirtió en una masacre en la que el mismo obispo, que hizo gala de un valor temerario, las pasó canutas para salir vivo del brete, perdiendo incluso dos caballos en la batalla.

Las milicias de Estrasburgo vuelven victoriosas a la ciudad.
La escabechina fue notable ya que quedaron sobre el terreno sesenta caballeros incluyendo a Hermann, el hermano mayor del obispo que, al parecer, cayó herido y fue rematado por un peón deseoso de desvalijarlo allí mismo. Otros setenta y tres (otros dicen que solo sesenta y seis) fueron capturados y puestos a buen recaudo en el claustro de la catedral a la espera de obtener por ellos el rescate correspondiente, y el obispo tuvo que salir de naja a refugiarse en la ciudad de Dachstein, la misma de donde había partido al frente de sus tropas para hacer frente a sus vasallos. La derrota fue definitiva, por lo que el obispo se vio obligado a retractarse, levantando la excomunión a los habitantes de la ciudad y a firmar la paz precisamente con los advenedizos que tanto despreciaba. Curiosamente, ningún miembro de las familias principales de Estrasburgo estuvo presente en el acto como muestra de respeto por su antiguo señor. El berrinche que se llevó Walter von Geroldseck por su derrota fue de tal envergadura que, según Koenigshoven, un cronista del siglo XV, "... su frustración y su ira se hicieron legendarias, lo que hizo que se le rompiera el corazón", pero no de forma literal, sino real. Vamos, que le daría un infarto o algo similar que lo fulminó el 14 de febrero de 1263, siendo enterrado junto a su hermano Hermann en la capilla de San Juan, en  la ciudad de Dorlisheim la cual, por cierto, había sido anteriormente saqueada por las milicias de Estrasburgo durante los intercambios de agresiones que mantuvieron ambos bandos antes de la batalla final.

Como vemos, nuestro hombre era un sujeto muy acorde al carácter propio de su linaje que, a pesar de su condición de obispo, hizo prevalecer en todo momento sus prerrogativas como señor secular. Si bien es cierto que su actitud no fue desde el primer momento nada conciliadora, no lo es menos que sus vasallos llevaban décadas arañando cada vez más privilegios a sus señores feudales y que nunca dieron muestra de intentar ceder ni un ápice a fin de lograr un equilibro ventajoso para las dos partes. En fin, métase vuecé a obispo para acabar así.

Hale, he dicho

Grabado de finales del siglo XV que muestra la ciudad de Estrasburgo. Esta ilustración es al parecer la
representación más antigua que se conoce de la ciudad. El curioso título de Argentina debía obedecer a
la riqueza de que hacía gala la ciudad




sábado, 16 de mayo de 2015

Yelmos griegos. El tipo corintio




El hoplita armado con un yelmo corintio
es quizás la imagen más extendida de
los ejércitos del mundo antiguo
Indudablemente, dentro de todas las tipologías de yelmos usados por los pueblos griegos la corintia es la que todo el mundo suele asimilar a estos belicosos ciudadanos. Obviamente, en esto no solo ha intervenido la cinematografía, sino la infinidad de representaciones gráficas con las que decoraban todo tipo de cacharros de cerámica y en la que, de forma muy mayoritaria, aparece este tipo en sus diversas versiones. Por otro lado, es quizás la única denominación que no es moderna. Ya sabemos que la terminología que usamos para denominar el armamento del mundo antiguo procede del ingenio de historiadores y arqueólogos que, de forma más o menos acertada, los bautizaron como les pareció bien a fin de distinguir unas tipologías de otras, optando casi siempre por basarse en su morfología o por el lugar donde apareció el primer ejemplar de la misma tal como vimos en la entrada anterior, dedicada al tipo ilirio. Sin embargo, en este caso nos encontramos con que ya en su época eran llamados así, yelmos corintios. La información se la debemos a Herodoto (428-425 a.C.) el cual narra en su obra "Historia" como dos tribus libias que vivían junto al lago Tritonis (del cual no se conoce su situación geográfica e incluso es posible que desapareciera en algún momento de la historia), los maclies y los auseos, celebraban anualmente un festival dedicado a la diosa Atenea en la que se formaban dos grupos nutridos por doncellas las cuales combatían con piedras y palos para honrar la memoria de sus ancestros. Previamente al combate, "...el pueblo elige a la más hermosa de todas y la arman con un yelmo corintio (seguramente de la tipología más arcaica) y una panoplia griega para luego ser montada en un carro y ser llevada a lo largo de toda la orilla del lago". (Historia, 4.180.3). Así pues, tras el paseo en el carro estas mozuelas se daban de palos y algunas hasta palmaban, lo que achacaban a que eran falsas doncellas que habían sido castigadas por Atenea por haber mentido en lo tocante a su doncellez cuando, en realidad, eran unos pendones desorejados. Una forma un poco chorra de honrar tanto a los difuntos como a la diosa, digo yo...

Por cierto que, ya que mencionamos a Herodoto, lo verdaderamente curioso es lo que dice en el siguiente capítulo el cual reproduzco íntegramente:

"No puedo decir con qué armadura equipaban a sus doncellas antes de que los griegos vivieran cerca de ellos, pero supongo que la armadura era egipcia ya que sostengo que los griegos tomaron su escudo y su yelmo de Egipto"

Da que pensar, ¿no? Como ya sabemos, los griegos ya habían empezado a extender su influencia por toda la ribera mediterránea desde siglos antes con el consiguiente intercambio cultural con todos los pueblos con los que entraron en contacto, así que vete a saber. A la vista de esto, igual resulta que la falcata ibera, considerada como una evolución de la kopis o la machaira griegas, pues fue al revés, y que estas últimas tomaron nuestra falcata como modelo. Pero no nos desviemos del tema, que lo único que quería era dejar constancia de que el tipo corintio ya era conocido así antes de los tiempos de Cristo, así que vamos al grano.

Esta tipología surgió de forma simultánea a la del yelmo ilirio, hacia el siglo VIII a.C. alcanzando un nivel de popularidad mucho mayor ya que su diseño permitía una defensa más eficaz y, por otro lado, su sistema de fabricación le proporcionaba mayor solidez. Recordemos que el tipo ilirio tenía dos graves defectos: no protegía la cara, que quedaba totalmente despejada, y estaba fabricado en dos piezas, lo que lo hacía especialmente vulnerable por la zona de unión de ambas partes. Estos dos defectos se corrigieron sobradamente en el tipo corintio ya que, aunque hay constancia de algunos ejemplares fabricados en dos piezas, la norma era obtenerlos de una sola a base de batir una chapa de bronce. No obstante, a la derecha tenemos una pieza de una de las variantes más primitivas en la que, aparte de los desperfectos y reparaciones llevadas a cabo motivados por daños recibidos en combate, se puede apreciar perfectamente la unión entre las dos mitades que conforman el yelmo. Con todo, debemos tener en cuenta que fabricarlo en dos partes era mucho más barato que si se elaboraba en una sola, así que siempre cabe la posibilidad de que ciudadanos con menos poder adquisitivo- recordemos que la panoplia se la pagaban de su bolsillo- optaran por piezas de peor calidad pero más económicas. En cuanto a la protección del rostro, baste decir que, como se aprecia en la imagen, solo quedaban a la vista los ojos y una franja vertical más o menos ancha que iba desde el bigote hasta la barbilla. 

Busto de Pericles portando un
yelmo corintio
Lógicamente, una mayor protección también conllevaba una serie de inconvenientes: el yelmo era más pesado- podía alcanzar los dos kilos-, el campo visual se reducía de forma notable y, en este caso, la capacidad auditiva se veía muy mermada ya que esta tipología carecía de aberturas u orificios junto a las orejas que permitieran oír mejor. No obstante, estos inconvenientes eran en parte soslayables  debido a la forma de combatir de los hoplitas. Su formación en falange no requería ni tener el oído fino más que para escuchar los toques de bocina con que se deban las órdenes, y su campo visual necesario era el que tenía ante sus narices, donde estaría el enemigo. Lo que sí era un defecto de imposible solución era que, precisamente debido a su forma totalmente envolvente, tenían que ser fabricados a medida, lo cual suponía un gasto extra ya que no era viable la producción en masa y, por otro lado, no se podían aprovechar los recuperados en los campos de batalla o los heredados de los padres salvo que, casualmente, se encontraran con un yelmo cuyo anterior propietario tuviera la cabeza y "accesorios" de la misma repartidos de la misma forma. Bastaría una diferencia de solo dos centímetros menos desde los ojos a la coronilla para que el nuevo usuario quedara totalmente cegado, o la misma diferencia en la anchura del cráneo o el rostro le impedirían meter la cabeza dentro. 

Por lo demás, su excesivo peso y la sensación de agobio que producía entre la tropa hizo habitual que, en las variantes más evolucionadas, se llevara echado hacia atrás, colocándoselo en su posición correcta solo a la hora de entrar en combate, siendo bastante habitual que veamos ese detalle en multitud de representaciones gráficas de la época como el busto de Pericles del párrafo anterior. Pero su mayor peso y su fabricación en una sola pieza no lo convertían en invulnerable, y menos si el enemigo iba armado con una buena espada o una lanza de hierro. De hecho, en museos y colecciones privadas se conservan yelmos de esta tipología en la que se aprecian, como vimos más arriba, los desperfectos causados en combate y,  la vista de muchos de ellos, sus dueños no debieron escapar ilesos del golpe. A la izquierda tenemos un ejemplo bastante gráfico, una pieza de origen espartano que se conserva en el Museo Británico. Se pueden apreciar en la calva del mismo varias abolladuras y, en especial, una hendidura que debió dejar el cráneo de su usuario un tanto averiado. Por la anchura de la misma colijo que pudo tratarse de un lanzazo que le debió llegar casi con toda seguridad al cerebro, aliñando al probo y valeroso ciudadano en un santiamén para poder volver "sobre el escudo" para mayor gloria de su nombre.

En el gráfico inferior podemos ver la evolución de esta tipología de forma que nos resultará más fácil entender los cambios que fueron surgiendo a lo largo del tiempo. En todo caso, debemos tener en cuenta que el yelmo corintio fue la tipología más longeva de todas las usadas por los griegos ya que, según veremos a continuación, algunos llegaron al siglo I d.C.



Tipo A: Es la variante más primitiva, formando prácticamente un cilindro que se ajustaba a la cabeza y que no permitía echarlo para atrás cuando no se combatía. O sea, que o se llevaba puesto o colgando del cuerpo. En un clima cálido como el de Grecia, pasearse con ese chisme de bronce recalentado sobre la cabeza durante horas debía ser asaz irritante. En cuanto a su nivel de protección, esta variante carecía de barra nasal, llevando solo un pequeño escusón que protegía el entrecejo. En cuanto a la defensa del cuello y la nuca, aún era bastante deficiente ya que ambas zonas estaban totalmente expuestas a los tajos del enemigo. Estuvo operativo a lo largo del siglo VIII a.C.

Tipo B: Es una evolución del anterior cuya única diferencia radica en la adición de la barra nasal. Su uso se mantuvo desde mediados hasta principios del siglo VII a.C.

Tipo C: Esta variante ya muestra cambios notables. Tanto los laterales como la zona trasera se han alargado un poco y se ha aumentado el diámetro del yelmo por la zona inferior. De ese modo no solo se protege cuello y nuca, sino que permitía una mejor movilidad gracias al ala trasera que se impuso en las demás variantes. Otra peculiaridad de esta variante radica en la barra nasal, siempre con un acusado ángulo hacia fuera quizás para amortiguar los tajos de espada antes de que pudieran alcanzar la nariz. Este yelmo estuvo operativo durante los siglos VII y VI a.C.

Tipo D: Es una variante del anterior surgida en el siglo VI a.C. denominada MYROS y cuya única diferencia consistía en la decoración de la misma, con el reborde craneal y las cejas que fueron características de las variantes más avanzadas de esta tipología.

Tipo E: Versión contemporánea a la anterior usada por los pueblos itálicos, especialmente etruscos y apulios. Esta variante surgió debido a la costumbre que adoptaron de entrar en combate con el yelmo echado hacia la coronilla, lo que supuso disminuir su tamaño ya que solo necesitaban cubrir la bóveda craneana y parte de la nuca. El tipo E dio paso a las variantes H, I y J que veremos más adelante.

Tipo F: Esta variante, surgida en el siglo VI a.C., tiene la morfología más conocida del yelmo corintio. En este caso, tanto las carrilleras como la parte trasera del yelmo aumentan notablemente de tamaño de forma que cubren por completo el cuello y la nuca de su portador. En algunos ejemplares, la franja que queda entre las carrilleras del yelmo es cuasi inexistente, limitándose a una mera rendija por lo que la única zona vulnerable eran los ojos como si se tratase de un yelmo de cimera del siglo XIII.

Barbota italiana del último cuarto del
siglo XV
Tipo G: Esta variante es la culminación de esta tipología. Básicamente es igual a la anterior salvo por la decoración, consistente en el reborde craneal y las cejas. Muchos de ellos llevaban además delicados cincelados en la parte frontal del yelmo, así como en los laterales. A eso, añadir que se le abrieron dos aberturas para las orejas y poder así aumentar la capacidad auditiva. Esta variante, de una elegancia proverbial, fue por ello tomado por los artistas de todas las épocas como complemento de esculturas de dioses, héroes, etc. Además, su apariencia daba un aire especialmente agresivo al que lo portaba, siendo incluso resucitado durante el Renacimiento en forma de las elegantes barbotas que gozaron de tanta popularidad desde mediados del siglo XV hasta finales del XVI y que se inspiraron en las obras que les llegaron procedentes del mundo antiguo.


Tipos H, I y J: Variantes del tipo E que mencionamos más arriba que derivaron del corintio griego y gozaron de bastante popularidad entre los pueblos itálicos. Estos yelmos, que puede que más de uno los haya visto con unas proporciones extrañas, demasiado pequeños para cubrir enteramente una cabeza y con unas aberturas oculares mínimas, se prestan por ello a ciertas confusiones. Como se ha dicho, la costumbre de portar los yelmos corintios convencionales echados para atrás incluso en combate, los armeros de la zona fabricaron una serie de variantes que, conservando su apariencia original, eran válidos para su nueva forma de portarlos. O sea, que el visor y la barra nasal pasaban a convertirse en meros adornos porque estos cascos solo cubrían la parte superior de la cabeza tal como vemos en la ilustración de la derecha. Las diferencias entre las tres variantes radicaban solamente en la abertura frontal: en el caso de la H, iba cerrada en algunos tramos. En la I, totalmente cerrada, dejando solo el visor y la barra nasal. La J es la única que conservaba los rasgos originales de esta tipología. A eso, añadir que en algunos casos se les añadían carrilleras similares a las usadas en los yelmos áticos que ya veremos en su entrada correspondiente. 


Réplica actual de un yelmo
etrusco corintio con carrilleras
Por lo demás, el sistema de anclaje de los penachos era diferente al usado por los griegos. Por norma, y según era muy habitual entre los pueblos itálicos, estos yelmos iban provistos de un penacho longitudinal anclado a la calva mediante un soporte que podía ir soldado o ser removible según los ejemplos que vemos en el detalle inferior derecho aportados por Conolly. Dicho penacho, fabricado como era habitual con crines de caballo teñidas de colores, se sustentaba en una cresta de madera o incluso de bronce. Al penacho hay que añadir dos antenas laterales en las que se fijaban sendas plumas. Este tipo de yelmo, como decíamos, se mantuvo operativo hasta el siglo I d.C., especialmente entre los tribunos militares romanos que, pertenecientes a un estamento social superior, siempre buscaban elementos de su panoplia que los diferenciaran del resto de las tropas. Veamos a continuación algunas cuestiones referentes a los complementos de este tipo de yelmos.

Las guarniciones

Como ya comentamos en la entrada sobre el tipo ilirio, no ha llegado a nuestros días ningún yelmo que nos permita saber con certeza cómo eran las guarniciones que usaban, habiendo teorías para todos los gustos. La opinión más generalizada es que las variantes más primitivas, A y B, llevaban el interior enteramente forrado de fieltro, lino o cuero, quedando fijado dicho forro al yelmo mediante un cosido a lo largo de todo su contorno gracias a las pequeñas perforaciones que se aprecian en los mismos. En la ilustración inferior podremos verlo con claridad:


Como vemos en el dibujo de la izquierda, todo el borde del yelmo va perforado. La guarnición se adaptaba al interior tras lo cual podía ser cosida como vemos en la ilustración central, o bien rebordeándola  por fuera tal como aparece a la derecha. Esto permitiría sustituirla en caso de necesidad con gran facilidad con solo descoserla. Sin embargo, en las variantes posteriores desaparecen los orificios por lo que solo caben dos opciones: una, que el relleno fuera pegado. Y dos, que simplemente no usaran guarnición. Analicemos ambas posibilidades.


Los pegamentos de la época se basaban en resinas las cuales, una vez endurecidas, eran bastante complicadas de eliminar. Además, el fieltro o el lino con que se fabricaban los rellenos absorberían dichas resinas por lo que, finalmente, se convertirían en una plasta dura, rasposa y molesta para llevarla en contacto con la piel. Recordemos también que hay constancia del uso de gorros de cuero o algún material textil que, obviamente, estaba destinado a proteger la cabeza del roce del metal y del que ya dimos cuenta en la entrada anterior. Así pues, ello nos permitiría suponer que los yelmos de este tipo carecían de guarnición porque, además del tema del gorro, he observado un detalle ciertamente revelador en la decoración de una vasija la cual podemos ver arriba. Los que hayan leído La Ilíada puede que recuerden la expresión "los melenudos acayos" en referencia a los griegos, los cuales se dejaban crecer el pelo de forma notable formando una cascada de guedejas o trenzas que les llegaban muy por debajo de los hombros. Observemos ahora la escena superior, en la que cuatro hoplitas se están armando y todos sin excepción usan yelmos corintios. El segundo por la izquierda lleva su abundante melena recogida en un moño, mientras el siguiente tiene el pelo más corto pero lo lleva sujeto con una cinta y, por último, el de la derecha se está recogiendo el pelo en ese momento. ¿Qué sentido tendría recogerse el pelo, que en esa cantidad resultaría complicado de meter dentro de un casco? A mi entender, la intención era que fuesen precisamente sus largas melenas las que actuasen como guarnición, rellenando con ellas el espacio libre y sirviendo para amortiguar los golpes. Y si a alguien le parece una teoría descabellada añado, y eso se sabe con certeza absoluta, que los toreros de principios del siglo XIX se recogían el pelo con una redecilla para protegerse la nuca de las costaladas que les propinaban los broncos morlacos de la época, detalle que cualquiera puede comprobar en las ilustraciones de aquellos tiempos y que, para los amantes de conocer las fuentes donde me ilustro, leí en su día en el Cossío, que es la biblia de la tauromaquia. O sea, que una buena mata de pelo bien apelmazada es, al fin y al cabo, tanto o más consistente que una capa de fieltro de menos de un centímetro de espesor.

En todo caso, debemos recordar que, como era habitual en los yelmos de bronce, la maleabilidad del material permitía además ajustar las carrilleras a la cabeza para impedir que el casco bailara en la cabeza o, lo que era peor, saliera despedido en pleno combate. Si unimos este detalle a lo dicho más arriba creo que podemos dar por sentado que la eliminación del relleno interior no es una insensatez. 

El maldito enigma de los penachos

Sí, maldito enigma porque no hay tampoco forma de tener nada en claro. Pero vayamos por partes. Hay mogollón de representaciones tanto gráficas como escultóricas en las que es más que evidente que se usaban penachos, lo cual tampoco tendría nada de extraordinario si pudiéramos saber como los fijaban al yelmo. En la imagen de la derecha tenemos cuatro figuritas de diversas épocas y procedencias las cuales nos dejan bien claro que se usaban si bien la segunda por la derecha, procedente de Esparta, es la única que muestra un penacho transversal, variante esta de la que también hay constancia en un fragmento de cerámica de la misma procedencia y que, según algunos autores, podrían ser de uso exclusivo para personajes de elevado rango o incluso monarcas. Pero, en todo caso, repito, es evidente que usaban los dichosos penachos.

Conolly aporta una teoría acerca de la fijación de los mismos basada en un ejemplar conservado en Berlín, la cual vemos a la izquierda. Al parecer, ese ejemplar muestra dos pequeños ganchos en la parte delantera y uno en la trasera que permitirían fijar el soporte con un pasador por delante y un cordón por detrás, tal como se muestra en la ilustración. Sin embargo, considerando que es el único yelmo en el que se han detectado estos ganchos me resulta muy atrevido, aún partiendo de Conolly, asegurar que este sistema era el habitual porque no hay constancia de que haya otros yelmos corintios provistos de este accesorio. O sea, no es la respuesta definitiva, al menos para mí.

Por otro lado, tenemos los ejemplos que nos aportan las esculturas de la época como la que vemos a la derecha. En este caso, el soporte estaría fabricado de bronce y soldado o remachado a la calva del casco, uniéndose a continuación el penacho con su cresta de madera pintada de colores. Conozco al menos un yelmo que lleva una especie de cimera de bronce el cual, aunque es de otra tipología y no lleva penacho sino que va rematada con una cabeza de carnero, concuerda en este caso con esta solución. Pero, ¿qué pasa con la infinidad de yelmos que se conservan en museos y colecciones privadas que no tienen el más mínimo rastro de nada que indique que se les podía poner un penacho? ¿Cómo es posible que haya cantidades masivas de representaciones de todo tipo en la que aparecen yelmos corintios con el puñetero penacho y que no haya sobrevivido uno solo que nos permita saber qué métodos seguían para fijarlos a la calva? 

Solo se me ocurren dos posibilidades y conste que, en todo lo que llevo leído al respecto, no se aporta ninguna teoría y la mayoría se quedan en que no se sabe como lo hacían. Algún autor sugiere que podrían ser crestas de bronce soldadas pero, ¿cómo es que no ha sobrevivido ni una sola, o no se ven rastros de soldaduras en un solo ejemplar? Así pues, como digo, solo quedan dos teorías que, al no haber más tienen que ser válidas las dos o, al menos, una de ellas:

1. Que fueran pegados, cosa que se me antoja poco práctica ya que bastaría un tajo para arrancarla salvo que los griegos hubiesen inventado el epoxi, cosa que dudo. Tampoco vale la teoría de que irían clavados desde dentro ya que no hay ni rastro de orificios en la calva de estos yelmos. O sea, que aunque poco práctico y con la perspectiva de tener que repararlas con frecuencia, podemos pensar que estos penachos podrían ir pegados con resina.

La elevada meticulosidad de las representaciones
artísticas griegas nos han permitido conocer hasta
el último detalle de su panoplia... menos lo de los
malditos penachos, carajo
2. Que solo usaran el penacho personajes muy señalados como símbolo de su rango. Esto disminuiría el número de ejemplares con posibilidades de tener elementos de fijación y, además, si eran enterrados con sus panoplias como era habitual podría explicar por qué no ha llegado ni uno solo a nuestros días. Sí, ya sé que en las decoraciones de la cerámica griega es muy frecuente ver el penacho, pero reparemos en una cuestión: si observamos estas pinturas, vemos que el nivel de detalle que alcanzan es cuasi fotográfico. Basta echar un vistazo al ejemplo que puse más arriba, en el que se aprecian todos los pormenores de los linothorax con que cubren sus cuerpos, la forma de vestirlos, como ponerse las grebas, la decoración de los yelmos, etc. etc. Sin embargo, nunca vemos el detalle de la fijación de los penachos porque, simplemente, no lo hay. O sea, ¿sería posible que al ser pinturas decorativas lo añadieran como un mero ornato para hacer bonito ya que, además, los personajes representados solían ser héroes, reyes, dioses, etc.? ¿Podría ser entonces que, como sugería anteriormente, solo los personajes de rango elevado y los mandos de los ejércitos llevasen el penacho para ser fácilmente identificados mientras que el resto usaban un yelmo sin adornos que, por otro lado, encarecerían bastante una pieza de por sí bastante cara? En fin, ahí dejo las teorías y que cada cual se quede con la que prefiera porque saber, lo que se dice saber con certeza, al día de hoy no sabemos nada al respecto. Sí, ya sé que es una chorrada y que el mundo seguirá girando aunque no lo averigüemos pero, al fin y al cabo, a los que nos apasionan estas cosas nos gusta disolvernos las neuronas para encontrar respuestas a estos temas, ¿no?

En fin, esto es lo que hay. No creo que se me haya escapado nada relevante, así que explicado queda el tipo corintio, amén.

Hale, he dicho








viernes, 15 de mayo de 2015

Obispos guerreros: Philippe de Dreux

A la izquierda tenemos el blasón del obispado de Beauvais, y a la derecha el sello de Philippe de Dreux






Blasón de la Casa de Dreux
Como ya se comentó en la introducción de la primera entrada dedicada a esta serie de obispos belicosos, era habitual que la mayoría de los segundones tanto de la realeza como la nobleza fueran a parar al clero disfrutando, lógicamente, de cargos y prebendas acordes a su rango. Así mismo, se mencionó también que muchos de ellos, más dotados para la milicia que para la oración, no tuvieron el más mínimo inconveniente en participar en todos los conflictos armados en los que tuvieron la oportunidad de tomar parte, pasando de hecho más tiempo en campamentos militares que en las sedes de sus diócesis ejerciendo su ministerio. Y fue precisamente Philippe de Dreux uno de los más preclaros ejemplos de lo dicho ya que, a lo largo de su existencia, se lo debió pasar estupendamente escabechando malvados infieles en Tierra Santa, así como perversos herejes e incluso piadosos fieles en la Europa, que para eso pertenecía a una de las casas más linajudas de Francia. En el ITINERARIVM PEREGRINORVM ET GESTA REGIS RICARDI, una crónica sobre las andanzas del Corazón de León en la Tercera Cruzada, ya lo describían como "...un hombre más devoto de los campamentos que del claustro, de la gloria de la batalla y que se esforzaba en ser un Turpín si podía encontrar a un Carlos". En este caso, conviene aclarar que se hacía referencia a Turpín, arzobispo de Reims y par de Francia, y a Carlomagno. Esto corrobora que, en efecto, el obispo de Beauvais tenía muy poco de cura y mucho de noble belicoso.


Coronación de Felipe II Augusto el 1 de noviembre
de 1179 en Reims a la edad de 14 años
Aparte de sus facetas personales y a modo de completar su pedigrí, su padre Roberto, I conde de Dreux, era el quinto hijo de Luis VI, apodado "El Gordo" ya podemos imaginar por qué. Philippe, nacido en 1158, era a su vez el cuarto de los once hijos habidos con la tercera mujer del conde Roberto, Agnes de Baudemont. El buen conde tuvo en total una progenie de nada menos que trece retoños, lo cual indica que no perdió el tiempo en lo tocante a la perpetuación tanto de la especie como de su linaje. En definitiva, Philippe pertenecía a la familia real de los Capetos y, de hecho, era primo carnal del rey Felipe Augusto al cual sirvió durante toda su vida. Así pues y para proporcionarle un cargo adecuado a su abolengo, nuestro hombre fue elegido como obispo de Beauvais el 17 de mayo 1176, con apenas dieciséis años, y consagrado en Reims cuatro años más tarde. La diócesis de Beauvais era una de las más importantes del reino, hasta el extremo de que sus obispos tenían además el rango de Pares de Francia por lo que, en este caso, el obispado conllevaba además el título de conde. O sea, que Philippe de Dreux era évêque-comté (obispo-conde) de Beauvais. 


Vista de una parte de la ciudadela de Acre
No pasó mucho tiempo hasta que nuestro hombre tuvo ocasión de ejercer sus dotes militares. En septiembre de 1189, en el contexto de la Tercera Cruzada, desembarcó ante Acre junto a su hermano mayor, Roberto, II conde de Dreux, y los condes de Bar y de Brienne, así como un contingente flamenco al mando de Jaime de Avesnes para unirse a la "fuerza multinacional", como se diría actualmente, formada para recuperar el importante puerto marítimo de manos de Salāh ad-Dīn. No procede ahora dar pelos y señales de la complicada trama que llevó a las disputas entre Guy de Lusignan y Conrado de Monferrato por el trono de la Ciudad Santa, así como lo que permitió a este último ostentar la corona gracias a su matrimonio con la, en teoría, heredera al trono, una medio hermana de Sibila de Jerusalén llamada Isabel y cuyo matrimonio con Monferrato ofició precisamente nuestro protagonista de hoy, así que nos limitaremos a decir que el nuevo monarca, que aunque había jurado el cargo aún no había sido coronado, fue aliñado el 28 de abril de 1292 por dos hashshashin enviados por el jeque Sinan, el siniestro Viejo de la Montaña, precisamente cuando volvía de haber estado visitando al obispo de Beauvais. Aunque nunca se supo con certeza si Sinan actuó por su cuenta o pagado por una mano oculta, la cosa es que los francos en general y el obispo en particular acusaron al monarca inglés de estar tras el crimen, cosa que ambos no se perdonaron mutuamente jamás. 


Efigie funeraria de Ricardo de Inglaterra
A tanto llegó el encono entre ambos que, cuando Ricardo fue apresado en 1192 por el duque Leopoldo de Austria a su regreso de Palestina precisamente por el espinoso tema del asesinato de Conrado de Monferrato (que encima era primo del duque), el mismo Philippe de Dreux fue enviado por el rey francés para convencer a Leopoldo para que no permitiera que Ricardo quedara libre. Y no ya por las sospechas no probadas del crimen, sino porque al monarca franco le interesaba más tener al timorato Juan Sin Tierra en Inglaterra que al desmedido y belicoso Ricardo. De hecho, el obispo ofreció en nombre de su rey la abrumadora cifra de 80.000 marcos esterlinos de oro si emparedaba al inglés para siempre jamás en su mazmorra. Sin embargo, la madre de Ricardo, Leonor de Aquitania, logró reunir los cien mil marcos que reclamaba el austriaco así que, tras dos años de cautiverio en el castillo de Ochsenfurt, fue liberado en febrero de 1194. Está de más decir que Ricardo hubiera dado cualquier cosa por poder echar el guante al obispo, al que tachaba de ladrón e incendiario entre otros epítetos nada apropiados para su dignidad clerical.

Castillo de Chinon
Tuvo ocasión el inglés de devolverle la pelota a nuestro hombre, el cual cayó prisionero de las fuerzas del imperio angevino (eran los dominios de la monarquía inglesa de los Plantagenet en Francia), durante una de las muchas escaramuzar que los francos mantenían con los ingleses para intentar echarlos del continente. En este caso en concreto fue durante una incursión en Normandía, concretamente para apoderarse de la ciudad de Milly, cuando el 19 de mayo de 1197 el obispo, que no se quedaba quieto en su diócesis así lo matasen, cayó en manos de un mercenario occitano al servicio de Inglaterra llamado Mercadier, el cual lo envió al castillo de Rouen y, tras intentar fugarse, al de Chinon. Ricardo no estaba por la labor de liberarlo, dándole una soberana higa su condición de noble, de par de Francia, de obispo o de primo del rey, y hasta amenazó con capar al cardenal de Capua, enviado como legado pontificio para, además de convencerlo para iniciar para cruzada, persuadirlo para que liberase al obispo cautivo. Solo tras la muerte del inglés en 1199 durante el cerco al castillo de Chalus pudo recobrar la libertad.


Un emisario muestra al papa
Celestino III la armadura del obispo
por orden del rey Ricardo como
prueba de que estaba en su poder.
El rey Felipe Augusto quiso compensarle el mal trago con la concesión de la archidiócesis de Reims tras la muerte en 1202 del titular de la misma, su tío Guillermo. Conviene aclarar que, en aquellos tiempos, muchas de las diócesis de los reinos estaban bajo el control de la corona, y eran los reyes los que nombraban a sus obispos. No obstante, en este caso se le atragantó el nombramiento ya que, a pesar de contar con la conformidad del cabildo, se le enfrentó el archidiácono Thibaut du Perche al cual no ablandaron ni los 3.000 marcos esterlinos con que los Châtillon habían intentado sobornarlo para favorecer a su candidato Milon de Nanteuil. Pero, a pesar de todo, Philippe siguió en la brecha sin perderse una sola movida, y tiempo le faltó para unirse a la cruzada albigense junto al fiero Simon de Montfort. Así, en 1210, nuestro protagonista se unió al ejército cruzado junto a su hermano Roberto, el vizconde de Ponthieu y Renaud, obispo de Chartres.



Miniatura del siglo XV que representa la batalla de Bouvines. A la
derecha, con una mitra sobre el yelmo, está nuestro hombre.
Tras tantos años de batallar y de verse metido en líos de todo tipo menos los relacionados con la gestión de su diócesis, el conde-obispo Philippe tomó parte en la batalla de Bouvines, celebrada el 27 de julio de 1214 y de la que podrán encontrar vuecedes abundante información en la red por si quieren ahondar en el conocimiento de la misma. Aquí nos limitaremos a comentar que los francos derrotaron bonitamente a una coalición formada por el emperador del Sacro Imperio, varios miembros de la alta nobleza centro-europea, el conde de Flandes y Juan Sin Tierra que, tras la muerte de su controvertido hermano, se convirtió por fin en monarca de Inglaterra. Ojo, el rey Juan no estuvo presente, siendo representado en aquella jornada por su medio hermano el conde de Salisbury. En todo caso, la derrota sufrida por el monarca inglés fue de tal envergadura que sus barones aprovecharon la coyuntura para obligarle a firmar la Carta Magna, pero eso es ya es otra historia. 

Efigie funeraria de William, III conde de Salisbury
Al frente de sus milicias, nuestro hombre combatió junto a su hermano Roberto en el ala izquierda de la hueste regia armado con su maza que, como ya comentamos en la entrada anterior, no se sabe si lo hacían por su condición de clérigo o como símbolo de su rango. Como muestra de que se mantenía en forma en aquella época a pesar de tener 56 años, que era ya una edad avanzada y más para un hombre que había pasado casi toda su vida dedicado a la milicia, aún tuvo bríos para derrotar y apresar a William, hermano bastardo del rey Juan y III conde de Salisbury, apodado Longespée (Espadalarga) y dotado al parecer de una fuerza descomunal. No se amilanó por eso nuestro hombre el cual, sin dudarlo un instante, se abalanzó sobre su enemigo blandiendo su maza y, tras enzarzarse en combate singular, le endilgó tal mazazo en la cabeza al conde que le partió el yelmo, cayendo sin sentido al suelo. 

Poca vida operativa le quedaba ya por delante a nuestro hombre. Tras la jornada de Bouvines debió optar por dedicar la escasa vida que restara a ponerse a bien con Dios y a contarle a su confesor su extensa lista de pecados, falleciendo de causas naturales el 2 de noviembre de 1217 a los 59 años de edad. Fue sepultado en la sede de su diócesis, la catedral de Beauvais. Ciertamente, no creo que se aburriese en su vida.

En fin, así fue la vida de este personaje que, como señalaba al inicio de la entrada, se convirtió en el arquetipo de segundón fiero y belicoso que se paseaba por el mundo con la mitra calada sobre su yelmo. Como colofón, ahí dejó algunas curiosidades curiosas para apabullar de forma inmisericorde a cuñados y compadres listillos.

Curiosidades

Ruinas del castillo de Termes
1. Durante el cerco al castillo de Termes, tanto el conde-obispo de Beauvais como su hermano y los demás nobles que acudieron en ayuda de Montfort optaron por largarse antes de dar término al asedio ya que el señor de Termes, que se había quedado sin agua en su fortaleza, estaba tratando las condiciones de capitulación con el mentado Montfort. A pesar de los ruegos de este para que esperasen un poco a fin de rematar la faena, se fueron enhorabuena sin más explicación por lo que, a raíz de esta deserción, el Papa dictó un norma mediante la cual solo se obtendrían las indulgencias concedidas a los cruzados siempre y cuando cumplieran un mínimo de cuarenta días al servicio de Cristo.

Varios nobles se rinden al rey Felipe Augusto tras su
victoria en Bouvines, como queda patente al ofrecer sus
espadas agarradas por la punta de las mismas.
2. Según el relato que hizo Guillermo el Bretón de la batalla de Bouvines, Philippe de Dreux no quiso darse a conocer tras derrotar tanto al conde de Salisbury como a varios de sus seguidores a los cuales también apioló con su maza. Según el cronista, lo hizo movido por cierto sentido de la modestia debido a su condición de clérigo que le impedía arrogarse éxitos en combate. La verdad, creo que eso se lo inventó el bretón para enaltecer la figura del obispo, y que la realidad fue que, al parecer, el rey Juan lo liberó con la promesa de no volver a derramar más sangre cristiana. De ahí que solo interviniera en la batalla cuando vio que la gente de Salisbury estaban arrollando a su mesnada y que, tras derrotar al conde, renunciase a reconocer su victoria y ordenara que nadie hiciera mención de lo ocurrido para no ser tachado de perjuro.

3. Tras su muerte, la sede de Beauvais fue ocupada precisamente por Milon de Nanteuil, el mismo que compitió con él por la archidiócesis de Reims y que, además, también fue un obispo guerrero en toda regla. Ya se hablará de él más detenidamente en su momento.

4. Su obra póstuma fue la abadía cisterciense de Pentemont, emplazada originariamente en las afueras de Beauvais. El mismo año de su muerte, el conde-obispo Philippe designó el lugar donde debía iniciarse la edificación, señalando además una porción de tierras para huerta y viñedo. Las obras fueron acabadas por su sucesor en el año siguiente.

5. Curiosamente, el castillo de Chinon que sirvió como cárcel al obispo de Beauvais también lo fue para los mandamases del Temple, incluyendo a Jaques de Molay, tras la quema realizada con la orden en 1307 por Felipe IV.


6. Como tantos señores medievales, el obispo de Beauvais tenía potestad para acuñar moneda. A la derecha podemos ver un dinero de plata con un peso de 0,78 gramos. En el anverso se puede ver, en la parte central, una llave (símbolo de la diócesis) y un báculo (atributo del obispo). Alrededor aparece la leyenda PHILIPVS EPS (EPISCOPVS), o sea, Felipe obispo. En el reverso, una cruz paté en el centro y alrededor la leyenda UBRS BELVACI. En este caso hay un error del acuñador ya que debía haber puesto URBS (ciudad). BELVACI era la forma latina del topónimo Beauvais.

7. Su efigie funeraria (imagen inferior), elaborada con cobre esmaltado, se encontraba a la izquierda del coro del altar mayor de la antigua catedral de Beauvais. No he podido encontrar una sola referencia a la misma salvo el grabado que se muestra, por lo que es posible que quedara destruida en un incendio que devastó la catedral en 1225 y que dio paso al edificio gótico consagrado a San Pedro que se conserva actualmente y que fue concluido en 1272.

En fin, ya está.

Hale, he dicho...