viernes, 22 de marzo de 2019

6 curiosidades curiosas sobre las espadas japonesas


Daisho formado por una katana y un wakizashi originales. Estas armas son quizás las piezas más representativas de
la panoplia de los samurais durante siglos

El legendario samurai Wakiya Yoshisuke en plan
desagradable con un enemigo al que está hendiendo
el yelmo y lo que hay debajo del mismo con su
tachi. Romper un yelmo de un tajo era la máxima
demostración tanto de la calidad del arma como de
la fuerza del que la manejaba
Estimados lectores, eso de que la primavera la sangre altera es una verdad inexorable. Toooodos los años, desde que me alcanza la memoria, este cambio estacional me sienta como una patada en el hígado, y en vez de ponerme alegre y contentito como los gorriones en busca de gorrionas para refocilarse y tal me convierto en un despojillo. Me duele la puñetera cabeza, las cervicales se me han amotinado y, lo que es peor, me invade una indolencia que hace que solo teclear se convierta en una tarea titánica como la de un Atlas soportando sobre sus lomos el cielo entero. Así pues, y como no tengo el magín para mucha extrusión intelectual, dedicaremos esta entrada a las socorridas curiosidades curiosas que siempre vienen bien para chinchar cuñados y dárselas uno de hombre curto. Y, de paso, aprovecharemos para hablar de un tema que nunca hemos tratado: las espadas japonesas que, por lo general, todo el mundo conoce de forma genérica como katanas

Pero antes de empezar quiero aclarar que este artículo no pretende ser un enjundioso estudio sobre este tipo de armas ya que solo detallar las diferentes curvaturas de sus hojas según el período de construcción o el amplio surtido de puntas de las mismas ya darían para un par de artículos así que, a modo de introducción, nos limitaremos a dar cuenta de forma generalizada de sus orígenes, así como para corregir algunos estereotipos y bulos infundados que suelen ser tomados como artículo de fe por la mayoría de las personas humanas. En todo caso, tengan por cierto que con lo que estudiaremos en este artículo podremos darle el disgusto de su vida a ese cuñado que se compró una réplica en Toledo y la tiene en su soporte en la chimenea del salón como si fuese la espada del mismísimo Takeda Shingen, el belicoso Tigre de Kai que tanta guerra dio en su día y, además, se ha visto unas 83 veces el documental chorra ese en el que aparece el difunto ex-sargento Ermey cortando barras de hielo con uno de esos chismes. Bueno, al grano...

Esta es la imagen de un samurai que nos es más
habitual, con jeta de enfado y armado con dos
espadas. Obsérvese por la posición de las vainas
que ambas están colocadas con el filo hacia arriba
Curiosidad 1. En el imaginario occidental, la figura del samurai está íntimamente ligada a la espada o, mejor dicho, al daisho, que era como estos probos nipones denominaban al juego de dos armas de distinto tamaño que solían portar. Ambas tenían el mismo acabado, ornamentación, etc. Así pues, si nos hablan de un samurai lo primero que se nos viene a la mente es un sujeto con media cabeza afeitada (con esta moda pretendían darse a sí mismos una apariencia de más edad ya que ellos veneran y respetan ante todo a las personas mayores), su elegante indumentaria de seda y sus dos espadas introducidas en el obi, una faja a modo de ceñidor que un occidental tardaría un mes en aprender a colocársela con propiedad. Sin embargo, la realidad era bastante más compleja, como todo lo relacionado con los japoneses, y desde los mismos orígenes de estas armas a las distintas variantes que fueron evolucionando a lo largo del tiempo pasando por las diferentes escuelas de armeros con sus métodos de elaboración, etc., etc., etc. hacen que esto de las katanas sea algo mucho más enrevesado de lo que imaginamos. En realidad, colijo que estas cosas no son aptas para cerebros occidentales, menos puntillosos y más pragmáticos quizás. La cuestión es que los japoneses no designaban a sus espadas por modelos o tipos en sí tal como hacemos nosotros, V.gr. mandoble, bracamarte, estoque, ropera..., sino por sus longitudes y forma de portarlas ya que, en realidad, si nos fijamos todas las espadas japonesas son en sí distintas versiones de un mismo tipo. 

Curiosidad 2. El origen de las espadas japonesas es chino. Sí, criaturas, siendo derrumbar los esquemas de más de uno, pero antes del siglo X, cuando los herreros japoneses no sabían forjar ni un cuchillo para cortar sushi como Buda manda, los nipones se limitaban a adquirir sus espadas en China y Corea. Se trataba de un tipo de espada llamado chokutō, un arma de hoja recta de entre 70 y 80 cm. de largo, de sección triangular y con un solo filo, lo que a hacía apta para herir tanto de punta como de corte. Los nipones establecieron sus centros de fabricación en tres zonas concretas, Yamato, Mutsu y San-in, pero su calidad dejaba mucho que desear porque sus conocimientos metalúrgicos estaban aún en pañales. De hecho, los mandamases y personajes de postín preferían adquirir sus armas en China, siendo las japonesas consideradas como meras copias cutres de las continentales. En la ilustración de la derecha podemos ver a un samurai con la indumentaria propia de mediados del siglo X y en el detalle un chokutō similar a los usados en esa época.

Armeros dando los toques finales a unas hojas casi terminadas.
Lo habitual para completar una espada era un mes como mínimo
Curiosidad 3. ¿Qué por qué razón las espadas japonesas son curvas cuando originariamente eran rectas? Hay teorías diversas, como no podía ser menos. La más antigua data del siglo VIII, cuando las tribus aborígenes del norte del Japón, los emishi, se enfrentaron al gobierno de Nara, que dominaba el sur y el oeste de la isla. Al parecer, estos emishi usaban una espada de hoja curva que se mostró especialmente efectiva a la hora de combatir a caballo como si de un sable de húsar se tratara. Con el paso del tiempo, los samurais fueron readaptando sus espadas chinas dándoles esta forma curvada que les pareció más adecuada para su forma de luchar. No obstante, y como no podía ser menos, hay otras teorías al respecto. Una de ellas, que aunque parezca descabellada no debemos desechar sin más, es que la curvatura de estas espadas no fue más que el resultado de la casualidad. Algún herrero se equivocó aplicando el temple de forma selectiva a la hoja, por lo que las diferencias de temperatura en la misma hicieron que esta se curvara levemente. Y el herrero, en vez de tirar la hoja, optó por lo más inteligente: decir que acababa de crear una nueva espada más eficiente, más bonita y más guay y, como suele pasar, el camelo coló. Sea como fuere, la cuestión es que en el siglo X ya había surgido el tachi, la primera espada curvada, siendo su más encumbrado artífice un armero de Hôki llamado Yasutsuna. A partir de ese momento es cuando se generaliza el diseño característico de las espadas japonesas que, con su multitud de variantes, permanecerá inalterable para siempre.

Aunque nos pueda parecer raro, en la iconografía
japonesa es más habitual la imagen del samurai
a caballo con arco que empuñando una espada
Curiosidad 4. Otro tópico que echará abajo los esquemas del personal es que en modo alguno la espada era la principal arma del samurai. Los primeros samurais que nutrieron los ejércitos a partir del siglo IX basaban su destreza en la monta y el tiro con arco, o sea, la arquería a caballo. Esta disciplina, conocida como kyuba no michi (el camino del arco y el caballo) era la que decidía el éxito en las batallas, y solo cuando la reserva de flechas de su aljaba se agotaba era cuando echaba mano a la espada. Al parecer, estas armas se convirtieron en las principales a raíz de sus luchas con los mongoles que querían invadir Japón, y al enfrentarse en cruentos abordajes era cuando se veían obligados a usarlas de forma preferente. Con todo, los samurais siguieron prefiriendo usar armas enastadas cuando luchaban a caballo de la misma forma que sus coetáneos occidentales preferían la lanza, recurriendo a las espadas en último extremo. ¿Que por qué entonces se ha propalado tanto esa imagen del binomio samurai-espada? Pues por un lado tenemos la gran cantidad de representaciones artísticas de la época que muestran duelos entre samurais haciendo uso de sus espadas, pero el que institucionalizó la espada como el símbolo de la casta militar japonesa fue el shogun Tokugawa Ieyasu (1542-1616), que afirmó que la espada era el alma del guerrero, y que un samurai nunca debería estar sin ella, no ya en la guerra, sino en la vida cotidiana. De ahí es de donde procede esa imagen del samurai con indumentaria civil siempre acompañado de sus armas sujetas en el obi. Además, esta costumbre no solo se convirtió en una cuestión simbólica, sino que servía para anunciar a todos que estaban ante un guerrero, un hombre perteneciente a una casta superior al que se debía respetar y temer. Debemos tener en cuenta que las clases inferiores tenían vedado el uso de parejas de armas salvo un cuchillo o similar, pero hacer ostentación de un daisho sin tener el estatus para ello era la mejor forma de acabar su existencia de una forma muy desagradable.

Tachi con un tahalí jindachi-zukuri, ampliamente usado entre los años 900
y 1530. Estaba formado por dos cordones de entre 120 y 150 cm. fijados
a dos anillas
Curiosidad 5. Como ya comentamos al principio, los nipones dividían sus espadas no por tipos, sino por la longitud de la hoja y por la forma de portarla. Hay cierta controversia acerca de si en dicha longitud iba incluida la espiga, pero bueno, eso carece de importancia de momento. La cosa es que usaban una unidad de medida denominada shaku, que equivalía a 303 mm. El shaku a su vez se dividía en 10 sun, el sun en 10 bu y, finalmente, el bu en 10 rin (no confundir con el ri que sale en todos los crucigramas. Ese medía 3.927 metros). 

Katana con un tahalí buke-zukuri, usado entre 1531 y 1867. En este caso
está concebido para portar el arma en el obi. Para fijar la vaina cuando se
usa armadura lleva en la cara exterior un pasador plano y un cordón de
unos 120 cm. Además, era habitual que en la misma tuviera unos bolsillos
para cuchillos y estiletes de varios tipos de los que ya hablaremos
en su momento más a fondo
Así pues y basándonos en estos baremos, las espadas que tenían una hoja superior a dos shaku eran denominadas daito, y en estas estarían incluidas el tachi y la katana. Las comprendidas entre uno y dos shaku eran los wakizashi, armas de tamaño mediano generalmente usadas como espada auxiliar o por personas que por su condición social tenían permitido usar una espada pero no dos como el caso de los samurais. Finalmente estaban los tanto, armas inferiores a un shaku de longitud y que nosotros identificaríamos como un puñal o daga. El tanto, al igual que el wakizashi, podía también ser usado como arma secundaria, pero del mismo modo era habitual su uso entre mujeres y comerciantes para defensa personal. Otrosí, era el arma que se usaba por norma para cometer seppuku

Pero debemos añadir un tipo más, surgido en el siglo XIV durante el Período Nambokuchō. Se trata de la odachi o nodachi (tachi grande), espadas con una hoja excepcionalmente larga que no podía portarse en la cintura, sino en la espalda (v. ilustración de la derecha). Debido a esta peculiaridad también eran llamadas seoidachi, que viene a querer decir "tachi cargado en la espalda". No obstante, no todos los samuris eran capaces de manejar con soltura uno de estos chismes, demasiado pesados y engorrosos como no se fuera un hombre muy fuerte y diestro. Vendrían a ser algo similar a los faussard o los mandobles occidentales, solo aptos para tipos cachas, por lo que su uso no estaba muy generalizado que digamos. Por otro lado, parece ser que era habitual que se usaran como ofrendas votivas con acabados especialmente lujosos y de tamaños descomunales. Ya sabemos que a las deidades hay que tenerlos contentitos, y más cuando uno va a la guerra y tal...

Curiosidad 6. Y la pregunta obvia: ¿cuándo aparecen las katanas y en qué leches se diferencian de un tachi si ambas armas eran daitos, o sea, espadas de más de dos shoku de largo? Tranqui, troncos, porque tratándose de algo procedente del Japón no se puede dar una respuesta concisa. En primer lugar, la primera vez que se mencionan la katana como un arma distinta al tachi es a finales del siglo XII con el término uchigatana, contrapuesto a tsubagatana que se aplicaba al tachi. Sí, es condenadamente lioso, pero intentaré explicarlo. El palabro tsubagatana hace referencia a un "tachi provisto de tsuba", las guardas más o menos elaboradas y generalmente de forma circular u oval que tenían la misma función que las crucetas de las espadas occidentales: proteger la mano. Por el contrario, una uchigatana era una espada menos elaborada y sin tsuba, o sea, un arma de inferior categoría o para bolsillos menos pudientes, un "tachi para el hombre pobre" (en modo alguno todos los samurais eran gente acaudalada ni mucho menos). Pero el hecho de que originariamente las katanas fueran espadas para inopes no quiere decir que no fueran evolucionando hasta igualarse con el tachi como veremos a continuación.

Marcas en la espiga de una katana. Obsérvese que el filo mira hacia arriba.
Si fuera un tachi las marcas estarían en la otra cara. En las mismas figuran
la fecha de fabricación, el nombre y la edad del herrero, el del probador y
su cuño 
Por otro lado, el tachi no se portaba en el obi, sino pendiente de una correas o cordones que, dependiendo de la época, eran de una determinada forma (cómo no...), o sea, como una espada cualquiera con la salvedad de que no pendía del costado, sino que quedaba perpendicular al cuerpo con la empuñadura más elevada que la punta. El filo miraba pues hacia abajo, y cuando se desenvainaba eran precisos dos movimientos para ponerse en guardia: uno, para la extracción en sí misma, y otro para colocar la espada en la posición deseada que podía ser, bien para detener o desviar un golpe del enemigo, o bien para asestarle un tajo o estocada. Como arma secundaria se llevaría el wakizashi o el tanto en el obi. Bien, al ser costumbre de los armeros grabar sus marcas en la espiga de la hoja, y considerando que dichas marcas tenían que estar mirando hacia fuera aunque quedaran ocultas por la empuñadura, la diferencia entre ambas espadas radica en algo tan chorra como este detalle: las katanas, al ser portadas con el filo mirando hacia arriba, tenían las marcas grabadas en la cara contraria a los tachis, cuyo filo miraba hacia abajo. 

Honolable sensei te filetea en medio segundo y le sobla la mitad del tiempo. Como se aprecia en las secuencias, con un
movimiento fulgurante desenvaina, golpea o desvía un golpe y se pone en guardia

Dos tsubas a juego pertenecientes a una katana y un wakizashi. Ambas
piezas son de hierro, y están datadas hacia 1750
¿Y por qué se portaban las katanas de esa forma? Bien, hay que constatar un detalle, y es que cuando se usaba armadura se llevaban siempre colgando de un ceñidor ya fueran tachis o katanas aunque con el paso del tiempo cada cual adoptó la forma que le pareció más adecuada, hasta el extremo de que no era posible distinguir si se trataba de una u otra espada salvo examinando la posición de las marcas, es decir, que podía llevarse un tachi con el filo hacia arriba y una katana con el filo hacia abajo. Hacia el siglo XV se fue generalizando la forma de portar la espada como katana, que cuando se trataba de ir con armadura se usaba con un tahalí buke-zukuri que permitía ajustarla perfectamente al cuerpo, como si se llevara en el obi. ¿Y qué ventaja tenía esta forma de portarla? Pues que un único movimiento permitía desenvainar y, al mismo tiempo, detener un golpe o asestar el que podía ser el primero y definitivo a un enemigo. ¿Se me entiende? Espero que sí, porque estos amarillos de los cojones tienen que hacerlo todo asquerosamente complicado, que hasta para hacer un puñetero té son necesarios 80 movimientos distintos perfectamente medidos y desarrollados con parsimoniosa espiritualidad.

Bueno, creo que estas seis curiosidades curiosas bastarán de momento para hacernos una idea del tema y, sobre todo, para ver que las espadas japonesas eran algo más que las katanas que venden en la red para que nenes totalmente enloquecidos desguacen a media familia incluyendo al gato. En todo caso, en sucesivas entradas ya iremos desgranando con más detalle todo lo concerniente a los componentes de cada espada, sus métodos de elaboración, etc.

En fin, voy a darme un par de martillazos en el parietal derecho, a ver si se me alivia el jodido dolor de cabeza.

Ya proseguiremos.

Hale, he dicho

Fotograma de la fabulosa cinta de Akira Kurosawa "Kagemusha" (1980), una película que es cuasi obligada para los
amantes del tema bélico nipón. En la imagen vemos a Takeda Shingen en su estrado. A su izquierda, en un soporte,
aparece el tachi. En la cintura lleva el wakizashi del que solo se desprende cuando toca el baño de los sábados. Como
era habitual en personajes de su rango, sus armas siempre le acompañan como testimonio de su autoridad y su estatus

lunes, 18 de marzo de 2019

Manual del buen suicida


La muerte de Séneca, al que le costó la propia vida, y nunca mejor dicho, largarse de este mundo. Primero lo intentó
cortándose las venas, pero no acertó y la hemorragia no era lo bastante copiosa. Lo intentó luego con cicuta,
pero le sentó estupendamente. Finalmente lo logró dándose un baño de vapor, lo que le provocó la asfixia por padecer asma.

Los que hayan invertido algo de tiempo en leer algo sobre la historia de Roma desde la República hasta los primeros tiempos del principado, habrán podido constatar que eso del auto-asesinato era una práctica relativamente frecuente. Catón, Séneca, Petronio, Marco Antonio, Bruto, Casio, Nerón, Otón... Sí, incluso hubo emperadores que decidieron, de mejor o peor gana, poner término a sus días por su propia mano. Obviamente, también habría suicidios entre las clases bajas y los esclavos, pero como esos no contaban para nada pues no ha quedado constancia de su inmolación unipersonal. El hecho de que a un plebeyo le diese un avenate al enterarse de que la parienta se la pegaba con HOGAZVS el panadero y se colgase en el corral, o que el esclavo PVTEATVS se rebanase el pescuezo harto de aguantar al paliza de su amo era algo totalmente irrelevante, pero no tenemos motivos para pensar que el suicidio era algo reservado solo a las clases pudientes. Pero vayamos por partes, porque en Roma eso de quitarse de en medio por la vía rápida no era un tema baladí...

Áyax suicidándose con la espada de Héctor a causa de su
locura por no haber obtenido las armas del peleida Aquiles
tras su muerte a manos de Paris. Por matarse, el atreida
Agamenón ordenó que en vez de incinerado fuera enterrado
Curiosamente, y a pesar de que Roma era heredera directa del mundo, la cultura y la religión helenística, no consideraban el suicidio de la misma forma. Entre los griegos, la autolisis era ante todo un grave pecado contra los dioses- mira por donde, igual que en el cristianismo-, y además una afrenta al estado y a la sociedad. Para ellos, la cosa estaba clarísima: los dioses habían creado a los hombres para que les sirvieran, ergo si se quitaban la vida estaban eludiendo su deber hacia sus creadores. Y lo peor es que, para colmo, los dioses se podían cabrear contra los congéneres del suicida y castigarlos por permitir que se matase; como es evidente, de esto podemos colegir que el hombre se debía a la sociedad en la que vivía, por lo que largarse por las buenas era considerado como una felonía contra sus semejante y contra el estado, algo similar a la traición a nivel militar. 

Platón, inventor del amor platónico a pesar de
su intransigencia con los pobres suicidas
Solo en circunstancias muy concretas se toleraba el suicidio, a saber: una, en caso de que un probo ciudadano sufriera una enfermedad incurable que le produjera terribles sufrimientos que, con los medios de la época, eran imposibles de mitigar, por lo que se consideraba lícito que abreviase el trámite. Esto se llevaba a cabo con cualquier veneno que actuase con prontitud para aliviar al enfermo de sus penurias a modo de eutanasia, que por cierto es un término procedente de las palabras griegas εὒ y θἀνατος (eu thánatos) buena muerte. La otra opción permisible era suicidarse en defensa del estado, que se consideraba lo mismo que palmar en combate. Pero, salvo en esas dos excepciones, el suicidio era de lo peorcito que podía cometer una persona y, de hecho, la sociedad se tomaba cumplida venganza por ello enajenando sus bienes. Platón afirmaba incluso que los suicidas no tenían derecho a unas exequias fúnebres ni señalar su lugar de reposo con lápidas o un mausoleo. Y para reforzar la idea de segregación del que había traicionado a los suyos provocando su propia muerte, se les debía incinerar o enterrar fuera de la ciudad y lejos de los cementerios donde yacían los que habían estirado la pata de forma honorable aunque fuesen abuelos occisos por una pulmonía invernal.

Arrojarse contra la propia espada estaba considerado como la forma más
aséptica de quitarse la vida y, por ser más dolorosa, la más viril
Bien, como hemos podido ver en esta introducción, el tema del suicidio estaba muy mal visto en Grecia. Los que lo llevaban a cabo se convertían en una especie de parias en estado difunto que solo merecían el desprecio de la sociedad. En Roma las cosas no llegaban a esos extremos y, por otro lado, los motivos para suicidarse de forma legítima eran más amplios. Otrosí, el suicidio no se consideraba una afrenta a los dioses, sino, en determinadas circunstancias, una elección tomada por motivos fundados, especialmente entre las clases altas de la sociedad. Por cierto que usaban infinidad de frases para dar a entender que uno se aliñaba a sí mismo, pero no tenían una palabra concreta para ellos como en nuestro caso, suicidio, a pesar de que su etimología es latina: SVI CÆDERE, matarse. Estos probos imperialistas se referían al suicidio como MORTEM SIBI CONSCIVIT (darse muerte), CONSCINCENDA MORS VOLVNTARIA (darse muerte de forma voluntaria), VOLUNTARIAM MORTEM (muerte voluntaria), etc. En todo caso, como decimos, en Roma se admitían más posibilidades de quitarse la vida sin por ello caer en la ira de los dioses y el desprecio del personal. Veamos pues qué métodos solían adoptar para largarse enhoramala al Averno...

La forma más abyecta y, seguramente, la habitual entre la plebe y los esclavos ya que no hay constancia de que ningún patricio la eligiese, era ahorcarse. Pero ahorcarse no solo eran una forma muy desagradable de palmarla, sino que conllevaba una serie de consecuencias post-mortem aún peores. Según las creencias de esta gente, todo aquel que moría sin tocar el suelo, o sea, la Madre Tierra, cometía un pecado terrible y no podía ser aceptado en ella tras la muerte. De hecho, esta creencia estaba extendida en otras religiones ya que, por ejemplo, es la forma de morir que elige Judas como castigo a sí mismo por su traición infinita contra Cristo. En la foto de la izquierda podemos ver un fragmento del lateral de un sarcófago en el que aparece el alevoso por antonomasia colgando de una rama con la bolsa con los 30 denarios de pago a su felonía bajo el cuerpo. De esta creencia procede igualmente la crucifixión como método de ejecución ya que, de ese modo, el reo moría sin estar en contacto con el suelo. Los muertos por ahorcamiento tenían vetado todo tipo de honras fúnebres, y el árbol en el que se habían colgado quedaba maldito. Para purificar tanto el árbol como el lugar se tenía la costumbre de colgar de sus ramas varias OSCILLA, unas pequeñas máscaras con forma de rostro. El palabro, según el visigodo Isidoro, proviene de OS (boca o rostro) y CILLERE (mover), o sea, eran caras que se movían, obviamente por la acción del viento al estar colgadas. 

Varios tipos de OSCILLA
Como dato curioso, añadir que el término oscilar proviene precisamente del OSCILLVM. Por lo demás, la horca era una forma infamante de morir, y no solo para los suicidas, sino también para los que eran ejecutados mediante ese sistema. De hecho, en algunas ciudades se especificaba que los cadáveres de los ahorcados debían ser retirados en un plazo de una hora a contar desde el momento en que se informaba del hallazgo del cuerpo, mientras que en otras se les negaba ser sepultados en los cementerios, e incluso se les arrojaba al Tíber como si fueran reos de alta traición. Para prevenir este espeluznante posibilidad, muchos suicidas preferían el estrangulamiento ya que, de ese modo, morían echando los bofes, pero en el suelo. Por ejemplo, el emperador Heliogábalo siempre llevaba encima varios cordeles para, caso de tener que darse boleta, hacer que un esclavo, liberto o militar le estrangulase y no tener así una muerte maldita. El mismo Gordiano I se estranguló con un cinturón tras ser derrotado por Capeliano en 238 d.C.

Marco Junio Bruto suicidándose tras ser derrotado en Filipos. En este caso
se trató de una muerte honorable ya que prefirió quitarse la vida antes de
caer prisionero en manos de sus enemigos
Por todo ello, las formas de suicidio entre las clases altas diferían del vil ahorcamiento, prefiriéndose el veneno, cortarse las venas o clavarse un arma. Entre los patricios se consideraban varios factores para legitimar el suicidio. Podía ser motivado por una derrota militar, como una forma de desagraviar el honor maltrecho si bien quitarse la vida por no sufrir una derrota sí era deshonroso. Para entendernos, si un militar era derrotado, prefería morir por su propia mano antes que sufrir la deshonra de volver a Roma con esa mancha. Pero si por el contrario optaba por matarse antes de luchar era considerado un mierdecilla indigno y, además, sus bienes eran confiscados, se le privaba de sepultura y su cuerpo era arrojado fuera del campamento para que quedara a merced de las alimañas, como vimos que se hacía en el caso de los desertores y traidores. Por ejemplo, César no tenía consideración con este tipo de suicidas, por lo que no dudaba en ordenar cortarles las cabezas y clavarlas en las PILA de sus tropas, paseándolas como trofeos ya que consideraba su suicidio como un acto de cobardía. Sin embargo, al militar que se mataba con dignidad y por mantener la honra de Roma podían celebrar sus honras fúnebres dentro de la ciudad mientras que en el caso de los anteriores debían ser fuera de las poblaciones. Igualmente se consideraba honorable elegir el suicidio ante la perspectiva de ser ejecutado por el enemigo, por lo que se daban casos de legionarios u oficiales que se apuñalaban mutuamente antes de ser apresados. 

Esto de acuchillarse unos a otros tenía su explicación, y es que era norma que la parte del cuerpo que causaba la muerte del suicida, en este caso la mano que empuñaba la espada, debía ser cortada y enterrada por separado. Por la misma causa, cuando no se trataba de un suicidio colectivo se ordenaba a un servidor que sujetase el arma para abalanzarse contra ella, o bien, como en el caso de Áyax, se clavaba la empuñadura en el suelo para, a continuación, arrojarse encima. Más de uno habrá visto en alguna peli como el aspirante a difunto hace que su liberto preferido le ayude a matarse, y puede que se piense que lo hacían así por falta de valor o decisión. Pero, como vemos, el realidad lo que se pretendía era que su cuerpo no fuera mutilado, porque pasearse manco por el mundo de Ultratumba eran tan desagradable como hacerlo en el de los vivos. 

Eros, en el suelo, suplica a Marco Antonio que lo mate antes de darse muerte
Otra forma de suicido legítimo era por lealtad. Matarse como muestra de amor y fidelidad a un cónyuge, un amigo o su señor era una muestra de espíritu abnegado y noble, para el que carecía de sentido permanecer en este mundo sin poder gozar de la compañía de ese ser querido. Hay mogollón de ejemplos, desde libertos que se suicidaban al mismo tiempo que sus antiguos amos a oficiales que se quitaban la vida si su comandante lo hacía previamente, como por ejemplo el caso de Marco Antonio, cuyo sirviente Eros se mató con la espada de su señor cuando este, tras no hacer caso de sus súplicas para que le diera muerte antes de suicidarse, se mató de mala manera, porque no palmó en el acto. Eros, desesperado, sí acertó de pleno. Otro ejemplo muy conocido de este tipo de suicidios fue el de Pompea Paulina, la mujer de Séneca que, al ver que su marido se quitaba la vida por orden de Nerón, no dudó en cortarse las venas. Sin embargo, enterado el enloquecido emperador de la intentona y no queriendo quizás cargar sobre su maltrecha conciencia una muerte más, envió a unos guardias para ordenar a sus esclavos que le hiciera unos torniquetes y salvaran su vida. 

Catón abriéndose la herida para eviscerarse. Puso empeño el hombre, las
cosas como son...
Otros casos de suicidio se dieron por mera disconformidad con el poder. Era una especie de reivindicación contra determinadas acciones o normas que el suicida consideraba como intolerables, por lo que antes de tener que soportarlas prefería quitarse de en medio. Quizás el caso más conocido sea el de Marcio Porcio Catón el Joven, que tras la victoria de César en Tapso decidió que no quería vivir en una Roma bajo el gobierno de un solo hombre. Catón, quintaesencia de los valores que representaban la República y el Senado, no concebía que Roma quedara en manos de alguien como César, que representaba para él todo lo contrario de sus ideales, así que se arrojó contra su espada, clavándosela en el vientre. No murió en el acto y su físico pudo recomponerlo como pudo, pero el pertinaz empeño de Catón hizo que nada más terminar la cura se arrancara las vendas y se sacase las tripas con sus propias manos. Las cosas como son, ya le echó cojones a la cosa.

El cadáver de Nerón yace inerte y solo. Su concubina Actea y una esclava
se hicieron cargo de su cuerpo, lo incineraron y depositaron sus cenizas
en el panteón de los Domincios para impedir que fuera profanado por la turba
Pero quizás lo que más impelía a los romanos de las clases altas a quitarse la vida era la deshonra. Desde Lucrecia, que se mató tras ser violada por Sexto Tarquino, los romanos de postín preferían la muerte a la infamia de verse sometidos a un proceso que podía acabar con su condena a muerte y, lo que era peor, saber que su cuerpo sería expuesto ante la plebe o, ya en tiempos de Tiberio, en las SCALÆ GEMONIÆ, las Escaleras Gemonías o Escaleras del Luto, un lugar cercano al foro donde acabaron los cadáveres de personajes otrora tan poderosos como Lucio Ælio Sejano, antiguo prefecto pretoriano de Tiberio condenado por traición, estrangulado y arrojado a las Gemonías durante varios días para que la plebe se desfogase con su cuerpo, tras lo cual fue arrojado al Tíber. Pero aparte de la terrorífica perspectiva de saber que su cabeza sería expuesta en el foro y su cuerpo despedazado por la chusma, los aristócratas que veían que el peligro de un juicio con pinta de acabar de mala manera era cosa hecha, optaban por suicidarse para que, según las leyes, sus bienes no fueran confiscados por el estado y su familia quedase en la indigencia. Por ello, cuando eran citados ante los tribunales se metían en la bañera con agua calentita y se hacían cortar las venas o llamaban a un cuñado para que sujetase un puñal mientras se fundía con él en un postrero y odioso abrazo. El mismo Nerón, cuando huía y vio que un piquete de guardias iba a darle caza, vio que no le quedaba otra si bien su falta de valor obligó a su liberto Epafrodito a hundirle un puñal en el cuello, no sin antes recordar a los presentes que el mundo perdería un gran artista.  Ah, y no olvidemos como Petronio, que ya estaba en el punto de mira de Nerón por estar supuestamente implicado en el complot de Pisón, optó por palmarla elegantemente, organizando un banquete por todo lo alto para despedirse de sus amigotes tras el cual se hizo cortar las venas, por lo que se evitó algo tan vulgar como acabar en las Gemonías, lo que hubiese ultrajado su sentido del buen gusto. 

En fin, dilectos lectores, así era grosso modo como el personal se auto-finiquitaba en Roma. Como vemos, había para todos los gustos. En todo caso, lo que considero como más determinante para la proliferación de tanto suicidio era el concepto de que no era un pecado terrible contra las divinidades, como ocurría con los griegos y ocurre con los cristianos y judíos. Unos dioses que no castigan atentar contra la propia vida no te mandaban al puñetero infierno, por lo que en muchos casos se vería más como una liberación que otra cosa. Ah, lo olvidaba... el suicidio como forma de eutanasia también estaba admitido como una muerte digna, debate este que, por cierto, llevamos manteniendo desde hace siglos sin que hasta ahora se hayan logrado aunar posiciones al respecto.

Bueno, ya'ta

Hale, he dicho

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Los orígenes del hara-kiri

domingo, 10 de marzo de 2019

YELMOS VIKINGOS (Los de verdad)


Probos ciudadanos recreacionistas haciendo de cuñados vikingos cabreados. Como salta a la vista, en la imagen se
atisban menos cuernos que en un monasterio trapense

Bien, prosiguiendo con los protectores craneales de estos legendarios nórdicos dedicados al latrocinio como si de políticos se tratara, hoy veremos las diferentes tipologías de yelmos que usaban para impedir que las armas enemigas les dejasen la bóveda craneana severamente perjudicada. Como pudimos ver en la entrada anterior, las alas y los cuernos brillaban por su ausencia, y los yelmos al uso no diferían demasiado de los que se empleaban en otras zonas de la Europa altomedieval. Pero antes de entrar a fondo en la cuestión, hagamos un breve introito que nos permitirán entender mejor el motivo de algunos de los tópicos más propalados acerca de esta gente.

Rapiña, secuestro y asesinatos eran el resultado de
una visita de un félag de vikingos
Puede que muchos vean a los vikingos como una especie de raza aparte que surgieron de las tenebrosas tierras septentrionales de Europa movidos con el único fin de robar a mansalva para, tras rapiñar hasta el tuétano a sus víctimas, retornar en sus elegantes naves para repartirse el botín y gastarlo bonitamente a la espera de organizar otra incursión al año siguiente. A FURORE NORMANNORVM LIBERA NOS DOMINE, de la furia de los hombres del norte líbranos, Señor, salmodiaban los frailes en sus beaterios, los curas en las misas y la gente cuando veían que llegaba la primavera y, con el cambio de estación, una más que probable visita de mangantes embarcados deseosos de dejarlos en pelota picada. Pero la cosa es que, en realidad, antes de que vieran que el pillaje era una buena forma de trincar pasta, los vikingos ya se dedicaban a comerciar entre ellos y con las poblaciones situadas en las zonas costeras del Atlántico. Porque los vikingos no eran una nación en sí mismos, ni un estado gobernado por un monarca. Eran un amasijo de grupos tribales de raza nórdica dirigidos por régulos que habitaban en lo que hoy son Suecia, Noruega y Dinamarca. O sea, que antes del comienzo de la conocida como Era Vikinga ya habían establecido contacto con otras culturas con las que establecieron relaciones comerciales que, como es lógico, les llevó también al intercambio de conocimientos de tipo militar, así como de armas y demás pertrechos adecuados para discutir con el vecino teniendo más probabilidades de salirse con la suya.

Recreación de la costa de Lindisfarne en el siglo VIII, cuando quedó
inaugurada la Era Vikinga con su concienzudo saqueo
Esta Era Vikinga fue el resultado de una explosión demográfica que obligó a los pueblos escandinavos al noble arte de repartir la riqueza en base al conocido aforismo de "lo tuyo es mío y lo mío también". A finales del siglo VIII, concretamente en junio de 793, es cuando muchos historiadores marcan el comienzo de esta peculiar era histórica con el ataque y saqueo de un monasterio situado en Lindisfarne, una pequeña isla situada a kilómetro y medio de la costa nordeste de la brumosa isla de Albión (Dios maldiga a Nelson). A partir de ahí y durante algo más de dos siglos y medio se expandieron como una puñetera plaga, apoderándose de muchas tierras de la citada isla además de Islandia y parte de Vilandia, la actual Terranova, e Irlanda. Pero, además, aumentaron su radio de acción saqueando a destajo por toda la costa atlántica e incluso llegaron al Mediterráneo. Por tierra migraron a través de la actual Rusia hasta Bizancio, donde incluso formaron una unidad de élite como guardia personal del basileus, la Guardia Varega, que perduró hasta la extinción del Imperio de Oriente. El final de esta era tuvo lugar a raíz de la derrota de Harald Harhraada en la batalla del puente de Stamford en 1066, derrotado y muerto por el ejército anglosajón al mando de Harold Godwinson. Así pues, como ya podemos imaginar, a lo largo de ese tiempo tuvieron ocasión de comprar, robar o copiar yelmos de muchos tipos hasta el extremo de que, al día de hoy, no se puede decir con exactitud que hubiese diversos modelos o incluso que creasen una tipología autóctona y exclusiva de ellos. 


Aspecto que tendrían la gran mayoría
de los vikingos que saquearon las costas
de Europa. Lo más que se podían pagar
para protegerse era un simple escudo
Bien, con esta breve exposición podemos ir haciéndonos una idea del cómo y el por qué esta gente se puso tan belicosa. Pero debemos además tener en cuenta que esa imagen de guerrero armado hasta los dientes también es un tópico bastante extendido y, como es lógico, más falso que el currículum vitæ de un político. En realidad, la panoplia del malvado saqueador nórdico era bastante básica: un escudo, sin el cual sus probabilidades de supervivencia eran más bien escasas, una espada y/o un hacha, un scramasax y una lanza. De hecho, esta mínima panoplia se ve retratada tanto en las representaciones artísticas de la época como en crónicas de probos historiadores nada dudosos de parcialidad como el persa Ibn Miskawayh (932–1030), que afirmaba que “luchaban con una lanza y un escudo, y llevaban una espada, una lanza y una daga", o sea, lo mínimo que se despachaba.


El yelmo era una pieza relativamente escasa, y aún más las cotas de malla, cuyo uso estaba prácticamente reservado a faltriqueras rebosantes de monedas de oro de buena ley. Por un códice legal franco, la LEX RIBVARIA  (c. siglo VII), se sabe que un yelmo costaba lo mismo que el escudo, la espada y la lanza juntos, y que una loriga costaba el doble que un casco, por lo que es más que evidente que pocos podrían pagárselos. Una loriga costaba 12 SOLIDVS, un yelmo, 6 SOLIDVS; una espada con su vaina, 7 SOLIDVS, el mismo precio de un caballo, mientras que un escudo y una lanza solo costaban 2 SOLIDVS. El SOLIDVS era una moneda de oro creada por el emperador Diocleciano que, en la época y el territorio que nos ocupa, tenía en un valor equivalente a una vaca. La mayoría de los vikingos eran sujetos que, por su condición de hombres libres, podían usar armas tanto para defender sus posesiones como para arrebatar las de otro, pero se las tenía que pagar él. Y si era, como lo eran la mayoría, hombres dedicados a la ganadería y la agricultura en unas tierras de por sí bastante asquerosillas que no daban mucho rendimiento que digamos, pues tenemos que pocos se podían costear un armamento de postín salvo los más ricos, o sea, los reyezuelos, los régulos tribales y sus allegados, los llamados jarls, que constituían una especie de nobleza nutrida por los hombres más ricos, terratenientes con medios para organizar incluso una pequeña flota y un hirð, una mesnada  a sueldo formada por hirðmenn (en singular, hirðmaðr), hombres pertenecientes a lo que entendemos como casta de guerreros, militares profesionales que vivían del oficio de las armas sirviendo a los mandamases de su territorio.

Y esta sería la apariencia de un vikingo pudiente
Por todo lo dicho podremos entender por qué han llegado a nosotros tan pocos ejemplares, y por qué en los ajuares funerarios que han aparecido suelen brillar por su ausencia. En resumen, que llevamos la torta de años imaginando hordas de vikingos con sus cascos alados o astados y resulta que, de todos los componentes de un félag o hermandad- nombre que recibían los grupos de vikingos que se apuntaban a una incursión-, solo el caudillo y los hirðmenn iban con sus cráneos debidamente protegidos. El resto se tenía que conformar con llevar la cabeza descubierta o, a lo sumo, con gorros de cuero o pieles salvo que en alguna movida anterior hubiesen tenido suerte y trincasen alguno del enemigo o, al menos, los dineros necesarios para adquirirlo al volver a casa. Debido a esto es por lo que no es fácil hablar de un yelmo vikingo propiamente dicho ya que debía ser bastante frecuente que usaran los procedentes de botines obtenidos en los lugares más variopintos, aparte de que en el resto de Europa no es que hubiese una variedad abrumadora de modelos, sino todo lo contrario.

El que a mi modo de ver es el germen de lo que conocemos como yelmo vikingo es el conocido como casco de Valsgärde, una singular pieza de la Era Vendel datada entre los siglos VI y VII. Valsgärde es una granja situada a escasa distancia de Upsala, en Suecia, que desde el siglo XVI ocupa lo que antaño fue un importante centro político y religioso de la zona. El yelmo apareció en los años 20 del pasado siglo formando parte del ajuar funerario de una de las tumbas que se excavaron en aquel momento y que se supone debió pertenecer a un personaje de cierta importancia o incluso de la realeza local. Aunque no es posible saber quién fue su propietario, basta contemplar la réplica que vemos en la imagen de la derecha para deducir que no era de un pelagatos cualquiera.

Probo ciudadano recreacionista con una réplica de otro de los
yelmos hallados en Valsgärde
Este casco estaba formado por una estructura de bronce en la que se añadieron láminas de hierro repujado con escenas de guerreros que, curiosamente, llevan en la cabeza unos cascos con algo que pueden parecer cuernos pero que, en realidad, representan las alas de Hugin y Munin, los cuervos del dios Odín. La parte superior del rostro estaba protegida por un visor rematado en su parte superior por unas "cejas" de bronce con forma de serpientes que, cabe suponer, además de la mera función ornamental buscaba aumentar la protección contra los golpes de armas tanto cortantes con contundentes. En la parte superior del yelmo vemos una pronunciada cresta, también de bronce y destinada a impedir que un hacha enemiga se hundiese el cráneo del dueño. Como complemento, un camal de malla envolvía todo el yelmo, protegiendo de ese modo la nuca, la parte inferior del rostro y el cuello de su portador de los golpes de filo. No se sabe cómo era ni de qué estaba fabricada la guarnición de este tipo de cascos, pero se supone que podía ser algo similar a lo que usaban los romanos, una especie de forro interior de grueso fieltro o cuero pegado directamente a las paredes internas del yelmo; otra posibilidad es que no llevasen guarnición, y que el ajuste a la cabeza se hiciera con una cofia acolchada que, además, serviría para amortiguar los golpes. 


Otro yelmo de la Era Vendel contemporáneo al Valsgärde podemos verlo en la réplica de la derecha. En este caso, el camal de malla estaba sustituido por dos carrilleras que algunos autores proponen que son una herencia de los últimos yelmos usados por los romanos. En la parte trasera y a modo de cubrenucas tiene tres anchas láminas metálicas unidas mediante argollas o bisagras a la banda circular del yelmo. En este caso se trataría también de un diseño que no sería precisamente barato, y que estaría reservado a los nobles o hirðmenn con medios económicos suficientes para pagarlos. Por cierto que una de las formas con que los nobles tenían contentitos a sus hirðmenn era a base de regalarles joyas y armas, objetos que los vikingos valoraban especialmente y que no solo les permitía gozar de una posición económica superior, sino también de marcar su estatus propio de guerrero, que eso siempre venía bien para tener a raya al personal. Por otro lado, los régulos obtenían así una fidelidad monolítica, que nunca estaba de más disponer de tropas fieles para quitar a posibles aspirantes al mando las ganas de conspirar, y aumentar su fama de generosos, por lo que nunca le faltarían hombres a la hora de organizar una de sus incursiones.

Por lo tanto, y tomando como posible origen el ejemplar de Valsgärde, el único que ha aparecido hasta ahora razonablemente completo y que está considerado como de origen vikingo es el yelmo de Gjermundbu, hallado en 1943 en un túmulo funerario en Ringerike, Noruega. La tumba debía haber pertenecido a un tipo adinerado, seguramente un noble, ya que en el ajuar de la misma aparecieron además dos espadas, dos hachas, dos moharras de lanza (las astas vete a saber cuándo se pudrieron), unos estribos y una loriga. El yelmo, fabricado enteramente de hierro, apareció apareció fragmentado en nueve piezas que pudieron ser unidas, más o menos, para reconstruir la pieza añadiendo los cachos que le faltaban. El casco, datado hacia el último cuarto del siglo IX, era, como podemos ver en la foto, una versión "económica" del ejemplar de Valsgärde. Al igual que este, un visor protegía los ojos y la parte superior del rostro de su dueño, y la parte posterior de la cabeza quedaba cubierta por un cubrenucas de malla unido al yelmo mediante los orificios que lo bordean. En la foto de la derecha podemos ver una de las tropocientas réplicas que se han hecho del mismo y que nos permiten ver mejor cuál debía ser su aspecto antes de caerse a pedazos por el óxido.

El yelmo estaba formado por un cerco que actuaba como soporte de todo el conjunto. Por la parte interior se fijaban dos tiras formando una cruz, cubriendo los huecos entre ellas con chapas triangulares debidamente curvadas para adaptarse a la forma del casco. Estas chapas se fijaban mediante remaches con otras cuatro tiras, estas remachadas por la parte exterior al cerco base y a las tiras interiores. Finalmente se añadía el visor y la malla trasera. La parte superior se cerraba mediante un pequeño disco al que se le añadía una espiga puntiaguda que, en algunos casos, podría ser hueca para añadirle un penacho de crin de caballo. En cuanto a la decoración, queda reducida a la mínima expresión con una hilera de incisiones en la parte superior del visor. Así pues, grosso modo podemos decir que, hasta el día de hoy, esta tipología es la única que se considera como genuinamente vikinga o, al menos, vikinga tanto en cuanto no han aparecido restos o ejemplares completos en otras zonas que nos hagan suponer que también podría tomarse como un préstamo de otras culturas. 

A partir del siglo X se generaliza el uso del yelmo cónico fabricado en una sola pieza. Estos yelmos, con una bóveda bastante alta y pronunciada para desviar con más facilidad los tajos y golpes de las armas enemigas, podían estar provistos de una barra nasal que formaba parte solidaria del mismo o bien añadida. Este último caso es el que vemos a la izquierda, concretamente el conocido yelmo de San Wenceslao. Este yelmo, que actualmente se expone en el castillo de Praga, perteneció al duque Wenceslao de Bohemia, que fue alevosamente apiolado por su malvado hermano Boleslav en septiembre de 938. Por ser un hombre extremadamente devoto fue canonizado y elevado nada menos que a la categoría de patrono de Chequia. El yelmo, como vemos en el detalle central, estaba formado por un casco sacado de una sola pieza al que se le añadió una fina banda en el borde, siendo su pieza más relevante la barra nasal formada en forma de cruz. En ella tiene grabado un Cristo crucificado. A la derecha tenemos una réplica que puede valernos para tener una visión más general de esta tipología, que se llevaría con una cofia acolchada para proteger la cabeza o incluso un almófar.


En la foto de la derecha tenemos otros dos yelmos habituales entre los vikingos. El primero es el yelmo de Poznan, datado hacia el siglo XI y construido en una sola pieza incluyendo la barra nasal. Obsérvense los orificios en el borde inferior del yelmo, lo que hace pensar que estaban destinados a sustentar una guarnición de lengüetas o quizás un reborde de cuero que llevaría unido un camal. Debemos también reparar en su acentuada conicidad, que es habitual de ver en las representaciones artísticas de la época. A la derecha podemos ver una réplica de un Spangenhelm formado por varias piezas que lo hacían más fácil de fabricar y, por ende, más barato. El sistema es similar al yelmo de Gjermundbu: una banda circular sobre la que se remachaban las demás piezas, en este caso cuatro tiras exteriores a las que se unían por el interior cuatro chapas triangulares. En el frontal tiene su correspondiente barra nasal que, aunque por su nombre pueda inducir a pensar que solo protegían la nariz, en muchos casos, por su longitud, protegían todo el rostro.


Una variante típicamente nórdica la podemos ver a la izquierda. En este caso se trata de un Spangenhelm con las abultadas cejas en forma de serpientes. En esta réplica podemos ver como un reborde de cuero servía para ajustarlo mejor a la cabeza, que está cubierta por un almófar. Estas cejas permiten atribuir a los vikingos yelmos que, aunque de tipologías habituales en Europa, eran propias de ellos. De hecho, se han encontrado barras nasales formando una sola pieza con estas piezas que en su día estaban unidas a yelmos que han desaparecido. Una de ellas fue hallada en el cofre de herramientas de un herrero danés de Tjele, y datada entre 950 y 975. Cabe pensar que se trataba de una pieza ya terminada y pendiente de añadir a un casco. Está fabricada de hierro con una fina lámina de bronce incrustada en las cejas. Otro hallazgo aislado tuvo lugar en Lokrume, en la isla de Gotland, datado entre 950 y 1000. Esta pieza tenía un acabado más suntuoso, con incrustaciones de plata formando lacerías y con tiras de cobre transversales. En realidad, su mal estado de conservación no permite saber si eran solo unas cejas con su barra nasal o parte de un visor pero, en cualquier caso, al menos nos da una pista para, como dijimos anteriormente, situar determinados hallazgos. Con todo, a partir del siglo XI las decoraciones empezaron a reducirse hasta la mínima expresión, con estriados levemente marcados y no mucho más. 


El tipo más básico es el yelmo de Giecz, datado en el siglo XI y formado por cuatro chapas triangulares remachadas directamente unas con otras, sin tiras ni nervaduras, de manera que formaban el casco una vez unidas. A continuación se remachaban a su vez a una banda circular que, como en los casos anteriores podía estar provista de un camal. Recordemos que la malla era una buena protección contra un arma de corte como hachas o espadas, pero no contra el golpe que propinaba, así como contra armas contundentes como las mazas. Es decir, que el camal impedía que le rebanasen la jeta o, simplemente, que le separasen la cabeza del cuerpo. Pero de lo que no le libraba era de que le partiesen la cara en mil cachos de un mazazo o, peor aún, que lo dejaran en el sitio con las cervicales hechas puré de un hachazo en la nuca. En cuando al cierre en la parte superior se efectuaba con el disco y la espiga puntiaguda que vimos antes, o bien con un fino cilindro que permitiese fijar un penacho de crin. Hay quien sugiere que esta tipología podría ser una importación procedente de los pueblos eslavos y que por su facilidad de construcción y bajo precio bien pudo ser adoptado por vikingos menos pudientes. 


Por añadir una variante más, a la izquierda tenemos un Spangenhelm al que se le han añadido dos carrilleras. El cubrenucas de malla está fijado en la mitad trasera del casco y de las carrilleras, una forma económica de obtener una protección más eficaz. Es más que probable que este añadido fuera una simple mejora, un "extra", como diríamos actualmente, que se le ocurrió a algún herrero para aumentar la protección de los poseedores de este tipo de yelmos. Para fijar las carrilleras bastaba unirlas con unas anillas al casco, tal como aparece en la foto, o si se quería un acabado más fino ponerle unas bisagras. Debajo del casco, como en sus hermanos, tendría su rudimentaria guarnición formada por un relleno de piel que, junto a la cofia que vestía el guerrero, le daría una buena protección contra los brutales testarazos con recibiría en la cabeza. Debemos recordar que un golpe propinado con una maza o un hacha tenían una energía cinética sobrada para hundir la chapa del yelmo, por lo que si no se llevaba una capa acolchada debajo se tenían todas las papeletas para verse tirado con una fractura de cráneo y medio cerebro desmigajado. 


Hirðmaðr provisto de un armamento defensivo de lujo si lo
comparamos con el de sus colegas pobretones. Estos serían los
que tendrían más probabilidades de volver enteros para el
reparto del botín
Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Como hemos visto, los yelmos vikingos no se diferenciaban en gran cosa, cuando no decir que en nada, de los usados por los francos, los anglosajones y en otras partes de Europa. Del mismo modo, hemos podido enterarnos de que estos sujetos no disponían mayoritariamente de una panoplia medianamente amplia, y quizás por ello preferían atacar poblaciones en las que sabían que no había tropas capaces de hacerles frente. Ya sabemos que en algunas de sus incursiones les dieron para el pelo y tuvieron que batirse en retirada, incluyendo a los que alcanzaron Terranova. Estos, tras intentar establecer un asentamiento estable, tuvieron que optar por levar anclas y largarse de vuelta a Islandia debido al constante acoso de los nativos, que supongo no disponían de un armamento especialmente sofisticado sino más bien del paleolítico. Pero poco se puede hacer cuando la mayor parte del félag estaba nutrido por hombres que solo disponían de un escudo para protegerse de las lluvias de flechas y las hachas y cuchillos de sílex de los indios o como queramos llamarlos. 

En fin, no creo que se me olvide nada importante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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