viernes, 29 de julio de 2016

El origen de la maza en Occidente


Herakles posando como si fuera la
Sota de Bastos
¿Nunca se han preguntado por qué en los tiempos anteriores a la baja Edad Media Occidental nunca aparece ningún tipo de arma contundente en ninguna representación gráfica o artística, en ninguna crónica o, simplemente, en ningún yacimiento arqueológico? Diría que no. Y, simplemente, porque estamos tan habituados a que la panoplia de los combatientes europeos desde antes de los tiempos de Cristo estuviera limitada a la espada, la lanza y, en determinadas culturas, el hacha, que ni nos lo cuestionamos. Si hacemos un rápido repaso mental vemos que, en efecto, ni los griegos, ni los romanos, ni los pueblos germanos, ni los eslavos, ni los celtas, ni los iberos, ni tampoco los etruscos y demás pueblos itálicos usaban mazas o armas similares, y eso que el primer asesinato de la historia fue con un arma contundente en forma de quijada de burro, indudablemente más aerodinámica que una maza normal y que dejó al iluso de Abel con el cráneo en un estado lamentable, y a Caín marcado para la eternidad como un sujeto nada recomendable. No obstante, el uso de garrotes como armas ya era concebido por los griegos hace la torta de años ya que el mismo Herakles hizo uso de uno fabricado con madera de olivo cuando fue a acometer el primero de sus trabajos, matar al León de Nemea, si bien este animalito resultó inmute a cualquier tipo de armas y tuvo que finiquitarlo estrangulándolo. Desde entonces anda metido en un pleito tras otro con los animalistas, me temo. Pero, en cualquier caso y a pesar de que todo un dios como Herakles concibió el uso de armas contundentes, los viles humanos no se dignaron emularlo y siguieron dale que te pego con sus espadas y sus lanzas.

Mazas hindúes y persas
Pero al otro lado del mundo sí se tenía claro que las mazas eran unas armas no solo efectivas, sino también mucho más fáciles y baratas de fabricar que una espada. Lógicamente, carecían de la efectividad de estas ante enemigos bien protegidos pero si, como era habitual en aquellas latitudes, iban ligeritos de armamento defensivo, sus efectos eran demoledores. Recordemos que ya los egipcios hacían uso de buenas mazas con las que aliñaban bonitamente en nombre de Rá y Amón, que no Ramón, a sus enemigos hititas, asirios, etc., y en tierras aún más remotas, en el Lejano Oriente, se venían usando también desde tiempos muy antiguos. En definitiva, no deja de ser paradójico que en un continente cuyos habitantes han tenido la guerra como principal distracción durante los últimos cuatro mil años se les pasase por alto equipar a sus tropas con armas tan eficaces. 


Detalle de una miniatura de la Biblia
Maciejowski (c. 1250), en el que se ve como un
caballero hunde el yelmo de un enemigo.
Así pues, no fue aproximadamente hasta principios del siglo XII, tras el regreso victoriosos caballeros que retornaron de la Primera Cruzada cuándo, gracias al intenso intercambio cultural habido en aquellas tierras, debieron traerse de recuerdo alguna que otra maza, armas estas que rápidamente se propalaron por toda la Europa. Los motivos de tanta popularidad eran evidentes: eran muy baratas, fáciles de fabricar y sumamente eficaces contra los mal armados peones de las milicias medievales. De ese modo, los gentiles caballeros podían machacar los cráneos de sus mal armados enemigos, convertir sus sesos en comida para gatos y, lo más importante, preservando sus onerosísimas espadas de sufrir algún daño irreparable. Así pues, aquí es cuando surge la pregunta clave: ¿de quiénes copiaron los europeos las mazas que tanta difusión alcanzaron en pocos años? Pues a la respuesta a dicha pregunta está dedicada la entrada de hoy: de los bizantinos.

KATAPHRAKTÓS blandiendo una maza
A pesar de la tradición cultural heredada de Occidente, los bizantinos supieron adoptar todas las ventajas que les ofrecía el contacto con los pueblos orientales. De ahí que las tropas pertenecientes al Sacro Imperio de Oriente, que en aquellos tiempos ocupaba la actual Turquía, los países Balcánicos, Grecia, etc., mostraran una peculiar mezcolanza de armas, tanto ofensivas como defensivas, de ambos lados del mundo. Así, entre otras cosas adoptaron el uso de los KATAPHRAKTOI, la caballería pesada que desde siglos antes ya era empleada por persas, partos y sármatas. Y era precisamente en este cuerpo de élite donde principalmente se usaban las mazas que, en aquella época, estaban consideradas como el arma por excelencia de la caballería. El motivo de esta distinción debía estar basado en el hecho de que los enemigos a los que por lo general se enfrentaban los KATAPHRAKTOI eran tropas desprovistas de yelmos y armaduras, por lo que sus efectos sobre cabezas y cuerpos mal protegidos debían ser bastante contundentes. Así, a fin de que las cargas de los KATAPHRAKTOI fuesen lo más devastadoras posible, los componentes de las cuatro primeras filas de KATAPHRAKTÓS eran equipados, además de con espadas- dos por cabeza- y lanzas, con un par de mazas, las cuales podían ser portadas según León el Diácono en sendas fundas a cada lado del pomo de la silla, metidas en el cinturón o simplemente colgando de la muñeca mediante un fiador. Según el PRÆCEPTA MILITARIA, obra del emperador Nicéforo Focas (c.912-969) las mazas y las espadas eran las armas de choque durante la carga y además cuando, a continuación, comenzaba un combate cerrado donde siempre era más ventajoso el empleo de un arma que podía herir de gravedad o incluso matar golpeando al enemigo de cualquier forma y en cualquier dirección. De hecho, ese mismo manual aconseja que la caballería ligera y los arqueros que iban en formación junto a los KATAPHRAKTOI debían ir también armados con mazas.

KATAPHRAKTOI rematando caídos tras la batalla del río Esperqueo (997).
Como se puede ver, tres de ellos blanden sendas mazas.
El buen uso de estas armas debió dejar perplejos a los caballeros occidentales, los cuales no iban más allá de los efectos propios de espadas y lanzas. Según narraba León el Diácono, las mazas de los KATAPHRAKTOI podían romper sin problemas los yelmos enemigos, sus armaduras y hasta el cráneo de un caballo. Incluso menciona a un combatiente griego por nombre Teodoro Lalakon, el cual debía ser además una mala bestia, que podía no solo destruir los yelmos del personal, sino también los cráneos y los cerebros que había debajo con su maza de hierro. Porque, eso sí, la mayoría de las mazas empleadas en Bizancio estaban fabricadas con bronce, material este que es igual de eficaz que el hierro contra un enemigo mal armado, pero mucho menos o nada efectivo contra uno con la cabeza cubierta por un buen yelmo.

En cuanto a su apariencia, la mayoría de estas mazas estaban conformadas por una cabeza de armas y un mango de madera, así de simple. Las cabezas estaban fabricadas en su mayoría mediante fundición partiendo de moldes de arcilla de dos valvas, por lo que su proceso de colada era de lo más sencillo. En la imagen de la izquierda podemos ver varios ejemplos basados en ejemplares que se conservan en diferentes museos. La forma más habitual era la globular, bien lisa, estriada, o fragmentada, si bien también tenían bastante difusión las formadas por prismas de diversas formas y tamaños como los dos ejemplares de la izquierda. Estas mazas recibían el nombre de RAVDION

Con todo, no solo se fabricaban mazas con el aspecto espartano que acabamos de ver. Según Al-Turtusí, un jurista e incansable viajero andalusí (1057-1127), los combatiente con mayor poder adquisitivo solían forrar el mango con una fina badana o cordobán que eran a continuación decorados con delicados dibujos. Por otro lado, hacia el siglo X apareció una tipología más elaborada que tenía el mango de hierro y la empuñadura con pomo y cruceta como si de una espada se tratase. Estas mazas eran denominadas como SIDERORADVION o SPHATOVAKLION, y colijo que debieron estar inspiradas en el shispar hindú, un tipo de maza de aletas provisto de una empuñadura con las guarniciones similares a las de un sable. A la derecha podemos ver una recreación basada en una maza de aletas turca a la que le he puesto una guarnición de espada bizantina, y supongo que su apariencia debía ser, sino la misma, al menos muy similar a lo que vemos.

En cuanto a las mazas de hierro, su morfología se basaba principalmente en las aletas tal como vemos a la izquierda. Según Nicéforo Urano, un militar de alto rango al servicio del emperador Basilio II, cuando las mazas estaban fabricadas con ese metal eran denominadas como OLOSIDIRA, y al igual que sus hermanas de bronce, también estaban provistas de mangos de madera. No obstante, y supongo que a raíz del cada vez más efectivo armamento defensivo de sus enemigos, cada vez proliferó más el empleo de mazas fabricadas enteramente de hierro. Como ya sabemos de sobra, un mango de madera siempre es susceptible de ser destruido por el filo de una espada o un hacha, y confiar la contundencia de una carga de KATAPHRAKTOI a estas armas convertía en cuasi obligatorio el mejorar la calidad y la resistencia de las mismas. Por otro lado, el mismo Nicéforo Urano recomendaba que las aletas debían tener tres aristas, las cuales tenían que ser afiladas para aumentar su capacidad letal. Este tipo de maza es la que la mayoría suele tener in mente cuando se habla de mazas medievales, y en realidad son unas armas de origen otomano. Por último, cabe reseñar que las mazas se habían convertido, como luego ocurrió en Europa, en símbolos de estatus o de un rango determinado, apareciendo en la iconografía bizantina vistosos ejemplares llenos de petos en manos de guardias, funcionarios de palacio y nobles.

En fin, este es el origen de las mazas usadas en Occidente. Como ya comentamos al inicio de la entrada, sus cualidades hicieron que ganaran gran popularidad en muy poco tiempo, y rápidamente pasaron a formar parte de la panoplia de cualquiera que se dedicase a masacrar ciudadanos, ya fuese un humilde miliciano como un hombre de armas o un poderoso noble. De hecho, los mismos cruzados pudieron probar sus efectos en sus atribuladas carnes cuando, en los conflictos que mantuvieron con los taimados griegos durante la piadosa y a la par sanguinaria expedición, se enfrentaron con los KATAPHRAKTOI de la misma forma que vemos en la ilustración de la derecha. Por último, recordarles que aún en el siglo XVIII la maza siguió en uso como arma para el cuerpo a cuerpo junto con el martillo de guerra en diversas unidades de caballería, así que ya podemos ver que su eficacia le permitió alcanzar una longevidad notable.

Bueno, como es viernes no me enrollo más.

Hale, he dicho

miércoles, 27 de julio de 2016

El origen del caballo de batalla


Supongo que más de una vez nos hemos planteado la siguiente pregunta: ¿cuándo surgió el caballo de batalla? Al hablar de caballo de batalla nos referimos naturalmente a los bridones- o destriers, como vuecedes prefieran-, aquellos descomunales pencos que costaban unos precios tan exorbitantes que, en realidad, muchos caballeros no llegaron a poder adquirirlos en sus puñeteras vidas, teniéndose que conformar con palafrenes, rocines o corceles, animales que, aunque en modo alguno eran baratos, su precio era más asequible a las menguadas bolsas del personal. Es de todos sabido u oído que los caballos de batalla eran tan asquerosamente caros que su pérdida lo dejaba a uno más mohíno que si un cuñado se presenta en casa el día que se abre el jamón 5 jotas que uno compró en un arrebato místico, y solo verlo cojear ya producía severas taquicardias ante la siniestra perspectiva de que el animal se hubiera lisiado en combate.

EQVES romano cabalgando sobre uno de sus pequeños caballos. La ausencia
de estribos le impedía exprimir la energía cinética obtenida por la velocidad
de su montura, así como el peso de ambos.
Por otro lado, la pregunta de cuándo surgió el caballo de batalla conlleva otra, que es cuándo se empezaron a utilizar estos animalitos como un arma de guerra en sí mismos ya que, hasta entonces, los equinos habían sido un medio y no un fin. Me explico: anteriormente a la Edad Media, el caballo había sido un vehículo para transportar a un probo y valeroso ciudadano donde su presencia en el campo de batalla era necesaria, o bien para labores de merodeo, persecución del enemigo, exploración, para tirar de un carro de guerra, etc. Sin embargo, hubo un momento en que el caballo comenzó a formar parte del binomio caballo-jinete en la que ambos se fundían en un solo instrumento bélico cual centauro, y ya no era un animal que acarreaba al combatiente, sino una plataforma móvil desde la que éste podía luchar en una condiciones de clara ventaja sobre el enemigo que lo hacía a pie. Así pues, de este curioso e interesante tema irá esta entrada ya que, como decía, seguramente es algo que muchos nos hemos preguntado más de una vez sin poder obtener una respuesta concreta.

Jinete romano hacia el siglo V
A comienzos de la Edad Media, el panorama ecuestre en los ejércitos europeos era el que ya hemos comentado por encima en el párrafo anterior. Tanto el decadente imperio romano como los cada vez más pujantes bárbaros hacían uso de sus caballos para poder acudir o trasladar tropas de forma rápida a los puntos del campo de batalla donde su presencia era necesaria y, en muchos casos, una vez llegados a destino desmontaban para combatir a pie. O sea, no eran unidades de caballería propiamente dichas según el concepto medieval que tenemos de este tipo de combatientes, sino más bien infantería montada, algo que suena un tanto contradictorio pero que lo define perfectamente. Es decir, su presencia en los campos de batalla era similar a la de los infantes que son trasladados en vehículos acorazados para transporte de tropas, de los cuales se apean para luchar como lo que son, infantes, y a pesar de viajar en vehículos blindados no por ello son consideradas como tropas acorazadas. Además, las unidades de caballería como tales carecían del número de efectivos y la fuerza de choque necesarios para poner en fuga a la infantería, y más aún para romper sus líneas. Recordemos que las TVRMÆ de caballería de cada legión tenían como misión principal la exploración, la persecución del enemigo y establecer escaramuzas para intentar desordenar o causar bajas entre los cuadros enemigos. Pero el concepto de carga demoledora que surgió siglos más tarde aún no se había inventado.

Algunos me dirán que la caballería pesada, los KATAPHRACTOI, ya existían desde mucho antes, pero deben tener en cuenta que, aunque ciertamente eran jinetes acorazados como los que surgieron a partir del siglo XI aproximadamente, les faltaba el ingrediente principal para ser una caballería verdaderamente arrolladora: el estribo, sin el cual el poder de choque no alcanzaba el devastador poder que tuvo la caballería medieval. Por otro lado, los KATAPHRACTOI surgieron entre los pueblos Oriente Próximo y su relación con el caballo de batalla motivo de esta entrada es inexistente. A la derecha podemos ver a un ciudadano-recreacionista representando a un KATAPHRAKTOS cuyo aspecto es realmente intimidatorio. Sin embargo, su eficacia se veía muy mermada por la ausencia de estribos, así como de una silla de arzón alto. Así pues, aunque estos jinetes podían enfrentarse con la infantería con bastante impunidad, al cabo no eran la fuerza decisiva en la que se convirtió la caballería bajo-medieval, cuya sola presencia en el campo de batalla podía bastar para poner al enemigo en fuga.

Caballería carolingia según el Salterio de St.
Gallen (c. 890). Como se puede apreciar, aunque
aún usan sillas de arzón bajo, ya tienen estribos
Por lo demás, parece ser que no fue pues hasta el siglo VIII cuando aumentó la demanda de una caballería potente, precisamente como consecuencia de la invasión de la Península en 711. Concretamente fue a partir de la batalla de Poitiers en 732 cuando quedó claro que una caballería poderosa era lo único que podía detener a los pujantes moros que, deseosos de apoderarse del mundo conocido, cruzaron los Pirineos para aumentar sus posesiones en la Europa. Curiosamente, la demanda de jinetes fue el origen del feudalismo ya que la monarquía carolingia, para aumentar los ingresos de los combatientes a caballo y poder así adquirirlos en la cantidad necesaria, comenzó a dotarlos con tierras arrebatadas a la Iglesia, beneficio este que recibió el nombre de fief, palabro derivado del latín FEODA, de donde proviene el término feudo en español. Esta fórmula tuvo bastante éxito ya que entre los siglos VIII y IX los combatientes a caballo ascendían a unos 36.000 CABALLAVRIVS, los cuales estaban obligados por ley a poseer, además de su montura, lanza, escudo, espada corta, espada larga, arco y flechas. 

Jinete carolingio
Aunque en aquella época las razas equinas no estaban "inventadas", parece ser que los criadores del imperio carolingio ya se preocupaban por obtener animales de un tamaño superior a lo normal. Un testimonio de ello nos lo da Ernoul el Negro el cual, en un panegírico dedicado a Luis el Piadoso (778-840) elaborado entre los años 826 y 828 ya señalaba el gran tamaño de los caballos criados en la tierra de los francos, hasta el extremo de que, según él, eran difíciles de montar debido a su enorme alzada. No obstante, parece ser que la afirmación de Ernoul no era totalmente cierta o, al menos, no todo el mundo prefería usar caballos de semejante envergadura. De hecho, muchas representaciones artísticas de la época muestran a jinetes montados en caballos relativamente pequeños, quizás porque aún seguía vigente entre los francos el sistema de monta utilizado por los romanos. Debemos tener en cuenta que la obra de Vegecio "DE REI MILITARIS" aún seguía siendo la Biblia de los BELLATORES de la época, y en dicha obra se especificaba que el entrenamiento de los jinetes debía ser llevado a cabo a diario sobre un caballo de madera, y que los reclutas debían ser capaces de montar por ambos lados y desde atrás, tanto desprovistos de armas como equipados por completo. ¿Que por qué seguían montando como los romanos cuando ya existía el estribo? Pues porque si caían en plena batalla era imperiosamente necesario volver a auparse encima del caballo, momento ese en que, seguramente, no era tan fácil buscar el estribo y que el animal permaneciese quieto. Así pues, era mejor estar entrenado para volver a subir a la montura de un salto. De hecho, este entrenamiento perduró a lo largo de la Edad Media.

Jinete normando hacia el siglo XII
Con todo, a partir del siglo XI es cuando la caballería, haciendo uso de la silla de arzón alto y de la lanza, es cuando comienza a ganar el protagonismo que mantuvo hasta que con, la aparición de las armas de fuego, llegó su decadencia conforme al concepto medieval de la misma ya que su desaparición de los campos de batalla no tuvo lugar hasta la Segunda Guerra Mundial. Así pues, la generalización de un armamento cada vez más pesado y de un empleo táctico encaminado a la carga en orden cerrado hizo necesaria la cría de caballos de una alzada y con un poder físico cada vez mayores. Hablamos de animales con una alzada de alrededor de 150 cm., un tamaño notable en el siglo XI, obtenidos de caballos de sangre española, franca y escandinava principalmente, y capaces de transportar sobre ellos un jinete provisto de un pesado equipo que estaba formado por la loriga, el escudo, el yelmo y las armas. Obviamente, a medida que el peso del armamento aumentó también lo hizo el de los caballos, que en el siglo XIV incluso superaban los 180 cm. de alzada y cuya prestancia era regia. 

Aunque hay quien cree que se usaban indistintamente machos o hembras, la realidad es que estas últimas estaban reservadas para la cría o para ser usadas como monturas para mujeres o clérigos, estando además la demanda concentrada en los caballos, los cuales no se castraban ya que se consideraba que esta mutilación les disminuía de forma notable la agresividad y la furia necesarios en un campo de batalla, así como la prestancia adecuada para un caballo de guerra. Un ejemplo de esto lo tenemos en los caballos que parecen en el Tapiz de Bayeux, los cuales muestran de forma clara los atributos propios de su sexo. De hecho, hasta después de la Edad Media no se empezaron a castrar caballos con fines militares. 

Bien, estas fueron las causas por las que se fue introduciendo progresivamente lo que conocemos como caballo de batalla. La necesidad de disponer de animales fuertes y poderosos para enfrentarse a la infantería, así como la evolución del empleo táctico de la caballería obligó a criar animales de una alzada cada vez mayor, la cual se fue incrementando con el paso del tiempo a medida que se fueron creando las razas que conocemos actualmente y que, en este caso, fueron el fruto de unas cuidadosas selecciones que dieron como resultado los caballos más impresionantes conocidos hasta la época. Por cierto que los más cotizados, ya en pleno esplendor de la caballería, fueron los caballos españoles criados por los cartujos, por los que en Europa se pagaban cifras astronómicas. 

En fin, ya está.

Hale, he dicho

lunes, 25 de julio de 2016

Los orígenes del hara-kiri




Cuñado en pleno acto reivindicativo
al ser acusado de haberse liquidado
el sake gran reserva etiqueta negra
de una tacada
La imagen del samurai que se raja la tripa como quien se prepara un bocata de mortadela ha hecho que en Occidente se de por sentado de que a estos sanguinarios guerreros les diese una higa palmarla. De ahí que en el magín de los occidentales suela estar muy acendrada la creencia de que los nipones son unos ciudadanos que miran la muerte, no ya como algo irrelevante ante el cumplimiento del deber o por mantener la honra impoluta, sino incluso como una circunstancia ante la que ni se inmutan ni tienen problemas por aceptarla. Sin embargo, el sintoísmo, la religión mayoritaria en el Japón alto-medieval, consideraba la muerte como algo abominable hasta el extremo de que los sacerdotes sintoístas no solían oficiar las exequias de los difuntos ya que, solo por el hecho de entrar en contacto con un cadáver, permanecerían impuros durante tres días. Así pues, solo en casos de personajes de rango muy elevado transigían a presidir estos ritos funerarios y, en cualquier caso, los sumos sacerdotes jamás se avenían a ello. Fue el cada vez más extendido budismo, introducido en el Japón a finales del siglo III por un tal Wani, un filósofo coreano, lo que hizo que la muerte se convirtiera en un designio inexorable, y la visión optimista y vital del sintoísmo se trocase por el fatalismo y la resignación del budismo lo que hizo que el personal se quitara la vida por cualquier pijada.

El budismo fue la filosofía que inculcó la indiferencia
ante la muerte, viéndola como un simple designio
La convivencia entre el sintoísmo y el budismo dio lugar a la creación del bushido, el conocido "camino del guerrero" que se convirtió en la Biblia de los miembros de la casta samurai y que, gracias a los elevados sentimientos del deber y el honor adecuadamente mezclados con el fatalismo y la aceptación de lo inevitable, permitieron a los guerreros japoneses enfrentarse a la muerte con un desprecio absoluto hacia la misma. De hecho, el suicidio ritual acabó convirtiéndose no solo en un método para expiar determinados delitos contra las leyes, la lealtad o la honra, sino como una forma de protesta o, por decirlo de otro modo, una manera de demostrar al personal que se prefería la muerte antes de que su buen nombre quedara empañado por la sombra de la duda o para dejar claro a su señor que su lealtad hacia él permanecía incólume en el caso de que hubiese sospechas de lo contrario.

En rojo tenemos el término harakiri, y en negro seppuku.
Como se puede apreciar, los símbolos son los mismos pero
en un orden diferente
En primer lugar, veamos el término con que se designa esta cruenta forma de largarse de este mundo. Aunque en Occidente es más conocida la palabra harakiri o hara-kiri, en Japón se usa solo como término oral ya que está mal visto emplearla escrita. Ellos prefieren hacer uso del palabro suppuku, que quiere decir lo mismo que harakiri: corte del estómago. ¿Que por qué prefieren una a la otra? Misterios orientales porque, como digo, ambos términos tienen el mismo significado. La única diferencia radica en que se escriben con los mismos signos, pero cambiados de orden, lo que da lugar a pronunciaciones diferentes. Seppuku es como se escribe según la pronunciación on china, que los nipones consideran más culta y elegante, mientras que harakiri es según la forma kun japonesa que ellos mismos, curiosamente, consideran vulgar. Así pues, y para que puedan vuecedes eliminar cualquier duda al respecto, porque sé que hay muchas explicaciones falsas acerca de la co-existencia de ambos términos, sepan que harakiri y seppuku significan exactamente lo mismo: cortarse el estómago o el abdomen.

El porqué se puso de moda eso de abrirse en canal tiene su explicación en la creencia de que el alma residía en el estómago, creencia esta que por cierto estaba bastante extendida por el mundo y en culturas tan dispares como la griega. De hecho, hara significa abdomen, por lo que al cortarlo se ponían de manifiesto dos cosas: en primer lugar, quedaba patente la determinación y el espíritu de sacrificio del samurai ya que, como podemos imaginar, había que tener un valor y una sangre fría fuera de lo común para practicarse un corte tan bestial sin que se les moviera un músculo de la jeta. Al mismo tiempo, con esa auto-mortificación aceptada de buen grado se ponía de manifiesto que el samurai era un fiel seguidor de la filosofía que predicaba el bushido. Por otro lado, la misma aceptación de la muerte y el sistema seguido para infligirla eran por sí mismas un acto honroso ya que abriendo sus entrañas, o sea, donde animaba su alma, el samurai mostraba que ninguna alevosía albergaba en su interior. Por lo visto, no les valía con una declaración jurada ante notario, jeje...

Tamomoto escribiendo su poema de despedida
antes de matarse.
No se sabe cuándo comenzó esta irritante moda de abrirse en canal. No obstante, sí hay constancia de que el suicidio se convirtió en una costumbre entre los guerreros que se veían derrotados o con el honor puesto en entredicho. La noticia más antigua que recoge un caso de suicido es la Hagen Monogatari, una crónica sobre la rebelión Hogen que tuvo lugar en 1156. En ella se da cuenta de como Minamoto-no-Tamomoto, un valeroso samurai del clan de los Minamoto, se dio muerte cuando se vio vencido y rodeado de enemigos. Para auto-asesinarse eligió un método un tanto cruento, ya que se hundió su puñal en la barriga para, a continuación, volver a clavárselo hasta cortarse la médula espinal. Obviamente, este sujeto andaba flojo de anatomía ya que podía haber elegido cincuenta sitios más efectivos y menos dolorosos para matarse, pero la cosa es que así es como decidió quitarse de en medio. Sin embargo, como vemos, el sistema elegido por Minamoto no era el harakiri que todos conocemos y, de hecho, en muchos suicidios posteriores tampoco se siguió este método según detalla la crónica antes mencionada. 

Por ejemplo, tenemos el caso de Minamoto-no-Yorimasa, ocurrido una década después de su pariente; en este caso se limitó a apoyar su espada contra la barriga e inclinarse hacia adelante, lo que tampoco coincide con el harakiri convencional. En otras crónicas posteriores se detallan diversos suicidios y tampoco se asemejan ni en la forma ni en las circunstancias a lo que ya conocemos. Por ejemplo, podemos mencionar el caso de Murakami Yoshiteru el cual, para permitir la huida de su señor el príncipe Morinaga del castillo donde estaban sitiados, se subió a una torre y gritó a los enemigos:

-¡Yo soy el príncipe Morinaga! ¡Mirad con vuestros propios ojos lo que voy a hacer!

Y, sin más, se abrió la barriga, se extrajo un puñado de sus tripas y se las tiró a sus asombrados adversarios. Luego se metió el puñal en la boca y se lo sacó por el cogote. Obviamente, este acto de sacrificio supremo haciéndose pasar por su señor para permitirle salir vivo del brete le valdría al menos una cena homenaje o algo así, digo yo. Otro caso de suicidio recogido en las crónicas es el de Kusunoki Mashasige y el de su hermano Masasue, los cuales se apuñalaron mutuamente al ser derrotados en la batalla de Minatogawa, en 1336. Como vemos, en ninguno de estos casos se recurrió a abrirse el abdomen siguiendo un ritual metódico, y más bien fueron casos de suicidios efectuados aprisa y corriendo para no caer en manos del enemigo y verse descabezados, cosa esta que sería deshonrosa para ellos. Así mismo, al igual que se recurría a hincarse una espada o un puñal también era habitual ahorcarse o incluso quemarse vivo prendiendo fuego a la casa o al castillo y quedándose dentro como si tal cosa.

El refinado y meticuloso ritual que todos hemos visto alguna vez en el
cine surgió durante el shogunato de Tokugawa
Aunque todo el mundo denomina a este suicidio ritual como harakiri, en realidad dicho término podríamos decir que es el de uso genérico ya que dependiendo del delito o la infracción contra el honor que se cometiera era llamado de una forma u otra. Así, si uno decidía darse de baja de forma definitiva en la nómina de los vivos por haber traicionado la lealtad debida a su señor, o bien como prueba de todo lo contrario, el suicidio era denominado como chugi-bara. Chugi significa lealtad, y bara es la contracción de harakiri que, por lo visto, suena de ese modo en japonés. Otro motivo para darse finiquito se empezó a imponer a finales del siglo XVI cuando muchos samurais se aburrían durante los periodos de paz de la Era Keisho o bien preferían palmarla a raíz del fallecimiento de su señor al considerar como algo honorable inmolarse y partir de este mundo para servir a su señor en el Más Allá. Además, eso de cortarse la barriga simplemente por no poder ir a la guerra les pareció a estos indefinibles sujetos como algo por lo que su familia ganaría categoría, y su nombre pasaría a la historia por ser tan valeroso que si no iba a la guerra se enfadaba, no respiraba y, además, se abría en canal. En este caso, el suicidio era denominado como oibara, palabro que viene a querer decir "seguido del harakiri" en referencia a que, tras la muerte del señor, a continuación uno se largaba a hacerle compañía al otro barrio. Por cierto que a raíz del advenimiento del shogunato de Tokugawa Ieyasu a comienzos del XVII, esta costumbre se prohibió terminantemente ya que, con bastante buen sentido, se afirmaba que morirse y dejar de servir a los descendientes de su señor era una gilipollez. ¿Que cómo castigar a unos ciudadanos a los que espicharla les daba una higa? Fácil. En casos así, el shogun ordenaba que se le quitara su feudo y se le concedía a cambio uno de inferior categoría y, por otro lado, se ordenaba que los hijos del infractor también cometieran seppuku. Ambas cosas ya eran un aliciente importante para no contravenir las leyes al respecto dictadas por el shogun.


Sin embargo, durante el shogunato de Tokugawa Ieyasu se difundió el motivo de suicidio más conocido en Occidente, y no era otro que la negligencia o la imprudencia a la hora de mandar las tropas. Todos hemos visto en mogollón de pelis como el general samurai que ha sido derrotado decide matarse como expiación ante su fracaso, costumbre esta que durante la Segunda Guerra Mundial aún perduraba. Este tipo de harakiri recibía el nombre de sokotsu-shi, y significa precisamente muerte por negligencia. De hecho, en tiempos modernos ha habido algún que otro caso de suicidio por negligencia ya que el estricto sentido del deber de los nipones no les permite concebir la vida con su honra manchada por haber cometido algún fallo. Es más, durante la Segunda Guerra Mundial hubo bastantes suicidios por esta causa, si bien se recurría tanto a una espada como vemos en la imagen superior, o a algo más moderno como una pistola. Un ejemplo sería el caso del general Hideki Tojo, el cual se pegó un tiro en la barriga si bien no logró quitarse la vida. De eso se encargaron los yankees cuando lo colgaron del pescuezo tras ser hallado culpable de crímenes de guerra. Por cierto que eso de acusar al personal de crímenes en una guerra siempre me ha parecido un tanto contradictorio, pero en fin...


El famoso escritor Yukio Mishima fue el
último en cometer munen-bara tras su
fallido golpe de estado en 1970. Tras
ver que nadie le hacía puñetero caso se
cabreó y se mató. Ojo, la foto es una
simulación llevada a cabo por sí mismo.
Pero no acaba aquí la lista de motivos para suicidarse. También existía algo tan surrealista como el munen-bara o funshi-seppuku, una inmolación motivada por un cabreo o una humillación. Sí no es coña. Había gente que se abría la barriga por el hecho de haber sufrido algún tipo de desdén o por alguna pendencia chorra, y en vez de darle dos hostias al causante del desprecio, pues se mataban como queriendo decirle "tú eres el responsable de mi muerte por haberme despreciado o enfadado". Si eso se contemplara aquí, todos seríamos víctimas de nosotros mismos a causa de nuestros cuñados, fijo. Un caso famoso acerca de este peculiar motivo para matarse lo protagonizó un tal Sen-no-Rikyu, un afamado maestro de la ceremonia del té que fue gravemente ofendido por el daimio Toyotomi Hideyoshi. Tanto se cabreó el hombre que, sin pensárselo dos veces, se rajó el abdomen, se sacó parte de las tripas, las cortó él mismo y las depositó en una bandeja, la cual ordenó le fuera entregada a Hideyoshi. Digo yo si no habría sido más cómodo y menos doloroso mandarle una postal haciéndole una peineta, ¿no? Pero qué rarita era esta gente, carajo...

En fin, con lo contado creo que podemos tener una clara idea de cómo y por qué surgió esta aberrante costumbre, así de los motivos que inducían al personal a aplicársela a sí mismos con la misma indiferencia con que uno lee las necrológicas de los fallecidos en Alaska anteayer. En otra entrada ya hablaremos con detalle del ritual en sí, que también tiene su enjundia.

Hale, he dicho

viernes, 22 de julio de 2016

Calzado militar romano. La CALIGA

Sin duda, una de las prendas más famosas del mundo romano son las sandalias, o botas, según se mire, usadas por los legionarios. Y ya debían ser bastante populares en su época tanto en cuanto se denominaba de forma coloquial a los soldados rasos como CALIGATII, o sea, los que usan CALIGÆ, y hasta el mismo servicio militar se llamaba CALIGA. No obstante y al contrario de lo que muchos puedan suponer, las CALIGÆ no formaron parte de la indumentaria militar durante todo el imperio. Se desconoce la época exacta en que fue introducida, si bien se suele dar por válido el siglo I a.C., y su uso perduró hasta finales del siglo I d.C. o el primer cuarto del siglo II, cuando fueron sustituidas por otro tipo de calzado. Con todo, dentro de su vida operativa eran empleadas solo por la tropa y los suboficiales ya que los centuriones y, por supuesto, los rangos superiores, utilizaban el CALCEVS, una bota cerrada que se anudaba al tobillo. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que las CALIGÆ fueron un tipo de calzado que se mostró muy adecuado para patear hasta los confines del Imperio, y su resistencia y comodidad permitieron a la infantería romana darse las caminatas bestiales que ya conocemos. Buena prueba de ello es que las reproducciones que se han hecho actualmente basadas en los ejemplares que se conservan han tenido una vida operativa de cientos de kilómetros. Pero antes de entrar a fondo en el tema conviene estudiar de forma somera sus orígenes.

CREPIDA
Su etimología no está nada clara. La única referencia antigua al respecto la obtenemos de Isidoro de Sevilla, el cual sugería que el término CALIGA provenía de CALLVM, o sea, callo, en obvia alusión a las callosidades que tendrían los legionarios de tanto patear el mundo. Otra propuesta acerca de su origen es el de LIGARE, o sea, atar, en referencia a que, por su diseño, iba atada a lo largo de todo el pie, desde los dedos hasta el tobillo. En cuanto al origen de este tipo de calzado se atribuye a la CREPIDA, una sandalia empleada por los griegos de apariencia muy similar cuyo nombre parece ser que provenía de krepis (krepis), en referencia al ruido o CREPITVS que producían al caminar. Por otro lado, y contrariamente a lo que algunos puedan suponer, las CALIGÆ no eran un tipo de calzado exclusivamente militar, sino que era empleado por cualquier persona que tuviera que caminar mucho en sus quehaceres cotidianos- agricultores, carreteros, muleros- o tuviera que llevar a cabo un viaje a pie. De hecho, incluso se confeccionaban CALIGÆ para mujeres, lo que indica que su uso estaba generalizado entre cualquiera que necesitara un calzado resistente de la misma forma que en nuestros días se emplean las botas de senderismo.

No había un patrón estandarizado, por lo que podrían verse CALIGÆ más
o menos abiertas, o cubriendo más o menos los dedos según se puede
apreciar en esas tres réplicas actuales.
Bien, esto es grosso modo lo que sabemos sobre el origen de este calzado. Y ahora toca la pregunta habitual en estos casos: ¿y por qué lo adoptó el ejército? ¿Por qué no usaban unas botas completamente cerradas, que ya existían? En primer lugar, cabe suponer una cuestión de tipo económico. La CALIGA era un calzado que requería menos piel que una bota, y como hemos visto mil veces en los patrones con los que se confeccionaban, salían de una sola pieza. Por otro lado tendríamos cuestiones de tipo higiénico: al ser una sandalia abierta se permitía una correcta ventilación del pie, lo que eliminaba el sudor y, por ende, la aparición de ampollas, lo que en plena marcha suponía quedarse descolgado de su unidad. Esto, en territorio hostil, podía ser suficiente para verse apiolado por las partida de merodeadores que iban aliñando a los que, bien por cansancio, por enfermedad o por tener los pies averiados, se iban quedando atrás. Además, la aireación del pie impedía la aparición de hongos, que en aquella época debía ser una molestia simplemente terrorífica. Por último, su diseño permitía ajustar la CALIGA perfectamente, lo que se traducía en un mayor confort de marcha y la reducción de riesgos de dolorosas rozaduras, torceduras, tropezones, etc.

En ambas fotos se pueden ver unos
VDONES. El de arriba es original, y está
fabricado con lana
Sin embargo, el uso de calzado abierto en zonas de clima frío era un inconveniente, y más cuando en pleno invierno se cubría todo de nieve. Así pues, para combatir el frío se recurría a los VDONES, unos calcetines fabricados con lana que podían ser cerrados o llevar abiertas las partes del talón y los dedos. Cabe suponer que la elección de uno u otro tipo obedecería al nivel de temperatura ya que, en pleno invierno, llevar los dedos descubiertos era lo mismo que no llevar nada. Caso de no disponer de VDONES se recurría a las CALIGÆ FASCIAS, una tela que envolvía el pie. No obstante, se podían usar las dos prendas una sobre otra con un relleno de paja entre ambas cuando el frío era extremo y las congelaciones se convertían en un serio peligro.

La obtención de la piel para la fabricación de calzado no era cosa baladí ya que un cuero de calidad no era ni barato ni fácil de procesar. Para la CALIGA se recurría a piel de vacuno, la cual era sometida a un proceso de curtido mediante taninos vegetales que podía durar incluso dos años. Su fabricación era llevada a cabo por CALIGARII, unos zapateros que, al parecer, digamos que estaban especializados en la confección de este tipo de calzado. La manufactura del mismo no era precisamente simple ya que, una vez recortada la piel conforme al patrón, había que coser esta a una suela inferior de unos 2 centímetros formada por varias capas pegadas y cosidas entre sí, y una plantilla interior de forma que la CALIGA quedaba constituida por tres piezas. Una vez unidas las tres se cosía el talón y se le añadían las finas tiras de cuero con que se cerraban.

Dos suelas originales que aún conservan sus
CLAVI CALIGARII
Pero previamente había que añadir a la suela los CLAVI CALIGARII, los clavos de hierro que caracterizaban a las CALIGÆ, y sobre los que hay más literatura de lo que vuecedes pueden imaginar. Estos clavos, provistos de una cabeza cónica, no tenían otra finalidad que alargar la vida útil del calzado y, al mismo tiempo, aumentar el agarre sobre el terreno para impedir resbalones. No obstante, esta ventaja desaparecía en el instante en que un legionario caminaba sobre un pavimento más o menos pulido ya que las costaladas eran de antología. Por ese motivo, las CALIGÆ de los pretorianos, cuya vida militar se desarrollaba en la ciudad y especialmente en los palacios imperiales, estaban desprovistas de CLAVI CALIGARII. Y no solo para no estar resbalándose a cada momento, sino para no atronar al personal con el ruido que producían al caminar. Por otro lado, algunos autores modernos hacen hincapié en los devastadores efectos de estas suelas claveteadas sobre las jetas de los enemigos, pero colijo que es una chorrada pensar que los clavos se añadían pensando en un uso ofensivo ya que una simple patada o un pisotón no eran suficientes para dejar fuera de combate a un bárbaro cabreado. Intuyo que esto no es más que una exageración derivada de las SATIRÆ de Juvenal en las que se mencionan lo dolorosos que eran los pisotones en una mano, pero sin que se haga referencia alguna a una situación de combate. En definitiva, es como si dijésemos que los tacos de las botas de balompié son muy eficaces para causar terribles lesiones en los adversarios, sobre todo si se les golpea sañudamente en el menisco. Por otro lado, y a modo de curiosidad, el uso de calzado con clavos estaba tan asimilado al mundo romano que los judíos recomendaban en la Mishná (una compilación de leyes hebreas) que no se hiciera uso de este tipo de accesorio por ser típico de sus enemigos. 

El tema de los clavos da mucho de sí para los amantes de los detalles minuciosos ya que, gracias a la gran cantidad de restos de CALIGÆ que se conservan en los museos, se ha podido constatar que se seguían determinados patrones, de los cuales podemos ver algunos ejemplos en la imagen de la derecha. Por norma, en la inmensa mayoría de los casos se claveteaban las partes de la suela en las que el pie ejercía más presión, dejando libre o con menos densidad de clavos la zona del puente del pie. La distribución de los clavos podía ser muy compacta, como vemos en la tercera por la izquierda de la fila inferior, o más ligera, en forma de círculos o círculos concéntricos. En otros casos se empleaban otras formas geométricas en esas zonas como esvásticas, cruces, aspas, en forma de S, etc. Por lo demás, como se puede apreciar, la zona más reforzada era la que correspondía a la parte externa del pie y el talón. No obstante se han hallado ejemplares cuyas suelas están completamente cubiertas de clavos, si bien son los menos. Desconocemos la explicación del por qué se empleaba tal o cual patrón de clavado, y solo podemos suponer que podría ser desde una simple moda a diseños reglamentados por el ejército en función del terreno donde tal o cual legión estaba acantonada o iba destinada. 

Surtido de clavos. Obsérvese que los pequeños no están
doblados, por lo que no alcanzaban a atravesar las suelas
y no precisaban de remachado si bien se perderían con mucha
más facilidad
Con todo, los clavos no eran precisamente baratos y, además, se perdían constantemente, por lo que cada legionario tenía que estar enviando el calzado a un CALIGARIVM con frecuencia para que le repusiera los clavos perdidos. De hecho, incluso se contemplaba una indemnización para la adquisición de clavos denominada como CLAVARIVM y con la que se pretendía cubrir el gasto que suponía la reposición de los mismos. En una relación de gastos aparecida en Vindolanda, un campamento que guarnecía el Muro de Adriano, aparece una reseña acerca de un pedido de un centenar de clavos para un legionario por un importe de dos ases, que era lo que costaba una libra de tocino, del que por cierto había que hacer uso constante para mantener bien engrasado y flexible este tipo de calzado. Gracias a las ingentes cantidades de clavos que han ido apareciendo a lo largo del tiempo podemos tener una idea muy aproximada tanto de su aspecto como de sus dimensiones. Estas no estaban ni mucho menos reglamentadas, pudiendo tener sus cabezas un diámetro comprendido entre los 7 y los 18 mm., y dentro de la misma suela podría haber clavos de diferente tamaño. Igualmente, el número de clavos en cada CALIGA era variable en función del patrón seguido que, como vimos en el párrafo anterior, era de lo más variopinto. De ahí que hubiera suelas con apenas 50 clavos mientras que en otras se alcanzaban los 120 o incluso más, todo ello dependiendo del diámetro de los mismos y del tipo de patrón seguido.

Para obtener una mejor fijación a la suela, estos clavos llevaban por su cara interna una serie de resaltes de los que mostramos dos ejemplos. Se trata de combinaciones de resaltes circulares con aristas longitudinales o bien, como vemos en el ejemplar de la derecha, solo resaltes circulares cuya finalidad era impedir que los clavos girasen a medida que el orificio de la suela fuese tomando holgura. Aunque las puntas eran dobladas y remachadas contra la suela, el constante uso hacía que la presión fuera disminuyendo al ceder el material, por lo que estos resaltes retrasaban la caída del clavo. Con todo y como ya hemos dicho, el mantenimiento de estas piezas era constante, y más cuando un ejército se podía en marcha, dejando literalmente un reguero de clavos a lo largo de toda su ruta. Al fin y al cabo, tomando una media de 200 clavos por legionario hablamos de 1.200.000 de ellos dispuestos a irse cayendo a cada paso que daban.

CALCEVS hallado de Vindolanda. Este fue el tipo de calzado
que se acabó imponiendo
Dicho todo esto, ¿qué fue lo que motivó la desaparición de la CALIGA? Porque lo que sí se tiene claro es que, como se comentó al inicio, no se han encontrado restos fechados más allá de entre finales del siglo I y el primer cuarto del II, ni tampoco se vuelve a hacer referencia a este tipo de calzado en las crónicas de la época. Por desgracia, solo podemos hacer conjeturas al respecto ya que no se han encontrado datos que nos permitan saberlo con claridad, así que nos tendremos que ceñir a la lógica que, como podemos suponer, no tiene por qué corresponderse con la verdad. En todo caso, de las teorías que se ofrecen hay una que podemos considerar como bastante acertada, y no es otra que el sedentarismo que se fue imponiendo en el ejército. En aquella época no eran precisas las constantes caminatas que tenían lugar durante las guerras civiles o durante la expansión del Imperio. Las legiones estaban acantonadas a lo largo del mismo sin necesidad de tener que realidad continuos desplazamientos, por lo que se impuso un tipo de calzado más fácil de fabricar que requería menos mantenimiento y que, además, protegía mejor el pie ya que tanto los dedos como el talón quedaban cubiertos. Así pues, ya vemos que las famosas CALIGÆ tan representativas del soldado romano tuvieron una vida operativa que, a lo sumo, alcanzó los 150 o los 200 años, poco si lo comparamos con otras piezas de la indumentaria militar romana.

En fin, no creo que se me haya pasado nada relevante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

Los CLAVI CALIGARII de esa réplica muestran con gran claridad el distinto nivel de desgaste sufrido. Como se puede
apreciar, los del lado interno del pie están casi intactos, mientras que los del talón, la puntera y la cara externa sí presentan
un elevado nivel de desgaste. Esto también implicaría tener que reponer los CLAVI aunque no se hubiesen perdido.






miércoles, 20 de julio de 2016

Resurrecciones: Marco Agripa


Un día de estos me encuentran licuado bajo mi poltrona en forma de charquito. ¡Pero qué malísima é la caló, cohone! El atocinamiento galopante que padezco me impide activar el cerebro para confeccionar las enjundiosas entradas habituales así que, sintiéndolo mucho, tengo que espaciarlas un poco más so pena de sufrir en calentón en las meninges y quedarme gripado ad secula seculorum. Bueno, la cosa es que, como ya sabrán los que me siguen habitualmente, cuando padezco esta atrofia neuronal suelo recurrir a artículos menos complicadillos, como por ejemplo la serie de entradas que en su día comencé acerca de recreaciones de personajes históricos basándome en bustos de sus personas. Pero, no sé por qué, resulta que dichas entradas han desaparecido del blog. O igual las borré y ni me acuerdo, o qué sé yo... Bueno, la cosa es que no vendría mal recuperarlas ya que solían tener buena acogida entre mis dilectos lectores, de modo que re-inauguro este tema con un personaje nuevo (las antiguas ya las iré reponiendo cuando la angustia calorífica no me permita ir poco más allá de encender el ordenador) y, además, explicando el proceso por si alguno de los que me leen desean probar suerte. No es complicado, y la verdad es que estos juegos fotochoperos permiten pasar dos o tres horas bastante entretenido.

El personaje elegido es el gran Marco Vipsanio Agripa, factótum de Octavio Augusto y, sin lugar a dudas, un hombre dotado de un natural genio militar, así como una notable inteligencia. Durante el desempeño de los diversos cargos que ostentó a lo largo de su vida política supo ganarse el afecto del pueblo a base de obras públicas que embellecieron Roma como nunca antes lo había estado, y su temprana muerte con apenas 51 ó 52 años supuso un mazazo para su amigo Augusto ya que, con toda seguridad, no habría llegado a donde llegó sin el apoyo del ínclito Agripa. Para nuestra recreación hemos elegido el famoso busto que se conserva en el Museo del Louvre, tallado en mármol blanco con una finura de detalle que lo convierte en una fotografía pétrea. Pero antes de proseguir, una recomendación para los que se animen a resucitar ciudadanos famosos, y es que procuren trabajar sobre imágenes lo más grande posibles ya que un buen resultado final dependerá de ello. Bien, al grano...

Tras eliminar el fondo de la foto, lo primero es igualar el color, y más en este caso ya que el busto presenta una mancha anaranjada. Para ello, desaturamos la foto y, creando una máscara de capa sobre la zona a tratar, con la herramienta TONO/SATURACIÓN, procederemos a igualar el color. Es posible que, como ocurrió en este caso, la diferencia de color sea tan notable que sea preferible hacerlo en dos o tres veces mediante capas sucesivas para obtener un resultado decente. Como vemos en la foto, el color quedó igual al del resto del busto, notándose tan solo una textura diferente que trataremos posteriormente. Tras solucionar lo de la mancha maldita hubo que hacerle al buen Agripa un implante de oreja ya que la izquierda está rota, según señala la flecha. Para ello, solo necesitamos recortar la oreja sana, copiarla y colocarla en lugar de la otra, adaptando su forma al ángulo en que está el rostro. Por otro lado, recordemos que una mitad de nuestro cuerpo es diferente a la otra, así que para darle más realismo no conviene que las dos orejas sean idénticas. Finalmente, con la herramienta PINCEL CORRECTOR eliminaremos todas las imperfecciones que presenten la cara, cuello, etc. en forma de picotazos, golpes y demás daños que resten naturalidad al rostro. El resultado de este paso lo vemos en la foto superior.

A continuación debemos suavizar la textura del busto ya que, aunque en apariencia sea muy pulida, cuando le demos el color lucirá bastante basta, por lo que usaremos la herramienta DESENFOQUE GAUSSIANO tras duplicar la capa para poder ajustar la transparencia a nuestro gusto hasta que veamos que el resultado queda convincente. Yo utilicé un filtro de Topaz, concretamente el Topaz Clarity, y dentro del mismo el Skin Smooth and Brighten I, lo que no solo suavizará la textura, sino que prácticamente eliminará los restos de la puñetera mancha naranja y, además, aumentará de forma bastante natural el brillo de la imagen. Ojo, estas cosas son siempre a gusto de cada cual, de modo que el proceso que marco es meramente orientativo. A partir de ahí es cuando comenzaremos a colorear. Para ello, crearemos una máscara de capa de TONO/SATURACIÓN y le daremos el tono que se ajuste a la idea que tenemos de una piel humana. Para poder seleccionar qué partes coloreamos y cuales no, trabajaremos sobre la máscara invertida, o sea, que si "pintamos" de blanco sobre las superficies deseadas, solo estas tomarán el color. Como vemos en la foto superior, el pelo ha quedado tal cual ya que prefiero usar pelo real. El de las estatuas no queda nada creíble tras intentarlo cienes de miles de veces, así que les pongo una peluca y santas pascuas. Una vez coloreada la imagen creamos otra máscara de capa, en este caso de EQUILIBRIO DEL COLOR para afinar al máximo hasta que logremos una tonalidad que consideremos la más acertada. El resultado lo vemos en la imagen superior derecha.

A partir de aquí comienzan los "trasplantes". Hay aficionados a estos retoques que prefieren simplemente colorear los ojos, labios, etc., pero a mi entender el resultado es bastante pobre por mucho que uno se empeñe salvo que dedique tropocientas horas a ello, cosa que no merece la pena ya que en la red tenemos millones de ojos, bocas, pelos, etc. para ajustarlos a nuestros personajes. Basta recurrir a personas cuyos rasgos se ajusten más o menos al que vamos a retocar. ¡Ojo, muy importante! La foto de donde vayamos a obtener prestados los "órganos" deberá ser del mismo tamaño o mayor que la del personaje ya que si tenemos que aumentar el tamaño quedará un churro. Así mismo, deberá estar en una posición similar ya que el ángulo variará. O sea, no nos vale una foto de un fulano en tres cuartos si la de nuestro personaje está de frente.

Así pues, he empezado por un trasplante de ojos del conocido actor Brendan Glesson. ¿Que por qué? Pues porque si se fijan, tiene un rasgo similar al de nuestro Agripa, y es que el párpado superior cae sobre el ojo. Elegí el señalado con la flecha porque es el que más se aproxima a la pose de Agripa, lo recorté tal como vemos en el detalle y lo planté en su sitio. Deberemos igualar el color, luminosidad y saturación con las herramientas adecuadas y, una vez obtenido el resultado que queremos, pues usamos el mismo ojo, pero invertido ya que la conjuntiva siempre la vemos hacia el interior del rostro. Para lograr una buena unión del trasplante, por lo general paso la goma de borrar con una dureza del 0%. De ese modo, el corte brusco que hicimos para recortar el ojo queda difuminado. Ah, conviene conservar una parte de los párpados para que se vean las pestañas ya que, obviamente, tallarlas en mármol era pelín complejo por no decir imposible. Bueno, el resultado del trasplante lo vemos en la foto superior y, solo añadiendo los ojos, el busto de piedra ya parece que ha ganado vida propia. Y para darles aún más realismo, bastará con crear una capa y pintar sobre cada iris un punto blanco al que aplicaremos un DESENFOQUE GAUSSIANO a nuestro gusto. En las fotos del proceso que se muestran no se aprecian por ser demasiado pequeñas, pero en la foto final, que será de una resolución mayor, podrán verlo perfectamente. Y otra cosa: los ojos de Glesson son celestes, así que solo tenemos que aplicar la herramienta TONO/SATURACIÓN para darles el tono marrón que mostramos. No sabemos el color de ojos real de Agripa, por lo que me permito suponer que serían como los de cualquier latino.

Tras los ojos, buscaremos una boca adecuada. En este caso necesitábamos una boca carnosa como la de Agripa, la cual obtuvimos de Cillian Murphy. Lógicamente, encontrar unos labios que no solo sean similares sino que, además, tengan exactamente la misma forma y expresión es complicadillo, así que, tras el recorte que vemos en la foto, tendremos que adaptar su forma a la del personaje con la herramienta adecuada. Para ellos, basta irnos a EDICIÓN - TRANSFORMAR - DEFORMAR y, poco a poco, ir adaptando la boca a nuestro gusto. Una vez obtenido un resultado de nuestro agrado, el proceso es el mismo que el seguido con los ojos.

Bien, ya tenemos ojos y boca. Ahora tenemos que darle un aspecto realista al retrato añadiéndole sus correspondientes arrugas. Aunque el Agripa del busto es evidentemente un hombre de unos treinta y pocos años, las penurias de la vida militar es seguro que le produjeron arrugas desde muy joven. Estas arrugas no suelen ser representadas en los bustos salvo las más tangibles, como las de la frente. Pero, por otro lado, no merece la pena andar retocándolas para obtener una apariencia más realista, así que las trasplantaremos también. O sea, es una operación anti-botox, jeje... Así pues, las arrugas nos las ha prestado Josh Brolin. Las patas de gallo las vemos marcadas en el óvalo, y son las mismas para ambos ojos si bien deformándolas para que no sean iguales. Las de la frente, idem. Para ajustarlas a Agripa solo hay que seguir el mismo proceso que con los ojos y la boca, y ajustar la opacidad para que sean más suaves, no tan marcadas. ¿Que por qué solo uso jetas de actores? Muy sencillo. Porque son sobradamente conocidos, uno está harto de verlos en las pelis y es más fácil ir a tiro hecho que no pasar horas buscando un "donante anónimo" que se ajuste a nuestras necesidades.

Las cejas también se las hemos robado a Brolin ya que este hombre también tiene los párpados caídos sobre los ojos, que aparecen bastante hundidos. Y como en la foto lo tenemos en tres cuartos, pues tendremos que usar una sola ceja, la izquierda en este caso, que duplicaremos y usaremos también para el ojo derecho. El proceso de igualación de color, etc. es el mismo que ya hemos explicado, y además hemos cambiado el tono del pelo por uno un poco más oscuro y, de paso, darle un aspecto más tupido. Con esto ya tenemos prácticamente finiquitados los trasplantes, así que solo nos queda el pelo.

Y no imaginan vuecedes lo endiabladamente difícil que es encontrar un fulano que se peine como los romanos. La moda entre estos ciudadanos salvo que tuvieran el cuero cabelludo como una bola de billar era peinarse hacia adelante, de modo que solo nos queda el recurso de las pelis de romanos en las que aparezcan personajes con ese peinado y que tengan una mata de pelo adecuada. Por lo general suelo recurrir a Kevin McKidd que, en su impronta como Lucio Voreno, me permite al menos fabricar pelucas como Dios manda. La cabellera de Agripa está fabricada con el pelo del recuadro rojo, el cual fue duplicado para sacar el lado opuesto y recortado varias veces para obtener los cachos necesarios para cubrir la parte central de la cabeza. Es un trabajo pelín tedioso, pero no queda otra si queremos obtener un resultado decente. Tras 84 maldiciones y dos amagos de llanto, la peluca quedó como la vemos en el recuadro del centro, tras lo cual se la plantamos a Agripa sobre su gentil testa.

Bueno, con esto ya solo nos queda afinar detallitos: ajustes de tono y color, resaltar luces y fabricarle el sombreado propio de una barba viril, para lo cual se crea un pincel de la forma que explica este probo lusitano de San Youtube de la Información Verdadera y que fue donde aprendí a hacerlo:

https://www.youtube.com/watch?v=wxxh3Ps-hHg

Aunque habla en portugués se le entiende bastante bien y, en todo caso, basta seguir los pasos que se ven en pantalla. Esto de la barba es un detalle que merece la pena ya que, como me sucedía antes de empezar a usarlo, la verdad es que da bastante realismo al retoque. Cuando uno repara en ello se da cuenta de que es impropio ver una jeta vsronil como el culito de un bebé. Se aprecia muy levemente, pero la verdad es que de usarlo a no usarlo se nota. Bueno, este el el resultado final:


Chulo, ¿que no? Ojo, hay que tener en cuenta un detalle, y es que la imagen real, de más de tres mil píxeles de alto, pierde bastante calidad al reducirla, pero es lo que hay. No obstante, creo que todos podemos ver que el resultado final es bastante decente, ¿no? Y si alguien lo duda, pues ahí dejo un fragmento a tamaño natural, donde se aprecia bastante bien, creo yo... ¿Qué por qué no pongo la imagen entera? Leches, porque pesa una burrada y no me la carga el blog. ¡Pero que nadie me niegue que lo que se ve en ese fragmento es a Agripa resucitado, vive Dios! Gente de poca fe...



Bien, como conclusión y para que los que andan cortitos de imaginación puedan ver como sería nuestro hombre cuando aún se paseaba por este palpitante mundo, ahí lo ven, en plena inspección en uno de los muchos campamentos en los que transcurrió su gloriosa vida militar. 

En fin, ahí queda eso.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: En esta ocasión he habilitado los comentarios por si alguien tiene alguna duda y tal.