miércoles, 21 de octubre de 2020

HERIDAS Y MUTILACIONES AUTOINFLIGIDAS EN LA GRAN GUERRA

 

Fotograma de la cinta "Largo domingo de noviazgo" (2004) que muestra a dos poilus a punto de
dispararse mutuamente en la mano en el momento en que la caja de música de la saboneta que se ve
sobre la cureña de la derecha se detenga. Muchos hombres prefirieron eso a una muerte casi segura

Hay ocasiones en que la población civil es más temible que un ejército.
El soldado puede respetar los usos de la guerra. El paisano que ha
visto como violan y matan a su mujer e hijas no tiene piedad. De ahí
que fuese preferible acabar sin dientes o sin mano antes que sin cabeza

Provocarse uno mismo una herida o una lesión para escaquearse de ir al frente es un fenómeno relativamente moderno. Es una forma de actuar surgida a raíz de las guerras modernas que obligan al combatiente a permanecer largos períodos de tiempo sujetos a filas y, por ende, a tomar parte y saborear largamente las miserias de la guerra en todas sus variantes: miedo, estrés, violencia gratuita, etc. Como ya sabemos, las guerras medievales no planteaban semejante perspectiva ya que, aunque durasen décadas, el combatiente solo participaba en alguna batalla que duraba pocas horas, mientras que el resto del tiempo estaría en su casa dedicado a su oficio hasta una nueva llamada a las armas. De hecho, incluso los caballeros y hombres de armas, profesionales de la guerra, debían esperar a que se organizase una ofensiva contra territorio enemigo si bien en su caso dicha espera se sobrellevaba de mala manera ya que era su medio de vida. Posteriormente, ya en el Renacimiento, los ejércitos profesionales nutridos por hombres curtidos en los espantos bélicos no tenían problema a la hora de arrostrar tan desagradables eventos castrenses, y no se les movía un músculo de la jeta ni durante la batalla como en los posteriores saqueos, violaciones y masacres contra civiles que solían tener lugar a veces. En aquellos tiempos, el cobarde no lo tenía complicado: desertaba y santas pascuas. Quitarse de en medio era relativamente fácil, y bastaba largarse a un territorio lejano a su lugar de origen con un nombre distinto para iniciar una nueva vida lejos de los prebostes deseosos de colgarlo de una rama como ejemplo al resto del personal.

Y cuando los veteranos contaban lo divertida que había sido la
excursión, menos interés había por apuntarse. Restos de gabachos
aparecidos en Kalinigrado

Sin embargo, las guerras iniciadas por el enano corso (Dios lo maldiga cienes y cienes de teratrillones de veces) cambiaron el panorama. En la misma Francia, la demanda de tropas para cubrir todos los frentes abiertos por el enano en su insana obsesión por colocar un trono debajo de los indignos culos de sus aún más indignos hermanos hizo necesario recurrir al reclutamiento de hombres jóvenes que, una vez pasadas las primeras victorias y a la vista de lo que contaban los veteranos de España y Rusia, pues como que se desmotivaban un poco. Los relatos sobre la crueldad de los españoles, que convertían en comida para gatos a los que trincaban en cualquiera de las emboscadas que tendían a las columnas que se desplazaban por su abrupta orografía, ponía verdosos de miedo a más de uno. Y la visión de los veteranos que habían vuelto de Rusia sin manos, nariz ni orejas perdidos en cualquier parte porque, simplemente, se les caían al suelo congeladas, pues tampoco resultaba un estímulo. Muchos de ellos se veían de por vida en un carrito con cuatro ruedas porque habían perdido las piernas, y eran observados por los jóvenes en edad militar mendigando en las puertas de las iglesias con sus añejas medallas, verdaderas o no, colgando de la pechera para inspirar compasión en la indiferente multitud que pasaba ante ellos. Ya no era unos héroes, sino unos parias.

Y si al hambre y el frío se suma el acoso implacable de un enemigo ansioso
de venganza, pues más motivos para pegarse un tiro donde sea. La escena
pertenece a un fotograma de la magistral cinta de Ridley Scott "Los
duelistas", rodada en 1977. El que no la haya visto ya está tardando

Como vemos, las circunstancias ya no eran las mismas que las guerras vividas por sus abuelos, y la perspectiva de ser enviados a cientos o miles de kilómetros de casa, abandonar familias, novias u oficios sin saber cuándo tocaría volver, si es que se volvía, tuvo como consecuencia que los conscriptos recurrieran a cualquier cosa con tal de librarse de la escabechina. Unos se metían en el primer barco que saliera con destino al Nuevo Mundo, pero otros, más expeditivos, se aseguraban que de ninguna forma pudieran ser declarados aptos para el servicio sin necesidad de largarse al quinto pino. Bastaba saltarse los premolares de una buena pedrada o, de un tajo, cortarse el pulgar derecho. Los primeros serían inútiles porque no podían morder los cartuchos de papel y cargar sus armas, y los segundos tampoco valdrían porque sin el pulgar no se puede ni llevar el fusil ni agarrarlo para abrir fuego con él. ¿Y quién demuestra que el dedo no lo perdió poniendo un cepo para cazar alimañas, y que los premolares no tomaron camino por su cuenta durante una reyerta tabernaria? Con actos como los que hemos puesto de ejemplo podríamos decir que se inauguró la herida autoinfligida para librarse de ir a la guerra. Sí, cierto es que más de uno quedó señalado como cobarde, pero el 99'9% de ellos estaban convencidos de que más vale cobarde vivo que héroe difunto.

Zuavo del ejército de la Unión a punto de decirle adiós a su brazo
derecho, y al parecer a pelo, sin ningún tipo de anestesia

Este fenómeno vino para quedarse. En la Guerra de Secesión, durante la cual las tropas se vieron abocadas a cuatro largos años de penurias, también proliferaron los casos de autolesión entre soldados que, hastiados de todo, optaron por provocarse cualquier tipo de herida que, no solo los librase de permanecer en el ejército, sino que les supusiese la licencia y, de ese modo, volver a casa aunque fuera con un cacho de menos. ¿Y qué mejor excusa que haber sido herido en combate? Un hombre con un agujero de bala siempre lo tenía más fácil que uno con un brazo roto alegando una mala caída, y siempre podían repararte el hueso y enviarte de nuevo al frente. De ahí que, ya avanzado el conflicto y con ello la desesperación de muchos, proliferasen de forma inquietante las heridas en las manos, sobre todo las que producían la pérdida de dedos. Un agujero en la mano podía curarse si los tendones no habían resultado dañados, pero si la mano derecha de un hombre diestro se quedaba sin índice y pulgar lo tenía hecho, porque los dedos no crecen como el pelo o las uñas. De hecho, no crecen, así que padecer un breve pero intensísimo dolor a cambio de la licencia y del salvoconducto para volver a casa merecía la pena sobradamente.

Orificio de entrada de una herida de bala a quemarropa. Salta a la vista
el círculo de piel quemada producido por la pólvora

Obviamente, los cirujanos militares no se chupaban el dedo y veían que muchas de esas heridas iban acompañadas de quemaduras y restos de pólvora, lo que dejaba claro que eran heridas autoinfligidas. Por aquel tiempo aún no se castigaba de forma reglamentaria estas lesiones provocadas por uno mismo. De hecho, posiblemente no estaban contempladas en los códigos de justicia militar y, en realidad, un desertor o un rebelde lo tenía mucho más crudo porque, mientras que estos eran enviados a prisión o ejecutados sin más, los segundos eran simplemente puestos en manos de los médicos militares que, a modo de sutil venganza, les aplicaban las curas de la forma más dolorosa posible, sin emplear ningún tipo de anestésico y manipulando la herida hasta que el desdichado soltase unos berridos que se oirían en Canadá. Por ejemplo, los que eran enviados al hospital de sangre con media mano colgando como consecuencia de un disparo, ni éter ni leches. Se la terminaban de amputar y reparar en vivo por cobardica. Pero todo era soportable con tal de perder de vista el frente de batalla. De hecho, tras el comienzo de la Campaña de Overland el 4 de mayo de 1864, apenas cuatro días después se contabilizaron en el ejército de la Unión al menos cien casos de autolesiones, lo que induce a pensar que el personal debía estar ya al límites de su resistencia psíquica y física y no era para menos: en apenas siete semanas se produjeron 88.000 bajas de un total de 185.000 efectivos entre ambos bandos, o sea, nada menos que el 47%.

Oficina de reclutamiento en Toronto, agosto de 1914. Al personal se
le borró la sonrisa de la jeta antes de que acabase el año

El estallido de la Gran Guerra no supuso ni mucho menos una merma de este tipo de bajas por voluntad propia, sino más bien lo contrario. Desde el primer momento, la versión industrializada del Apocalipsis produjo verdaderas avalanchas de probos ciudadanos que, tras el entusiasmo inicial, se dieron cuenta de que permanecer allí no era nada recomendable, así que empezaron a buscar mil formas de escaquearse. Los niveles de bajas eran algo jamás visto, y la artillería cosechaba a diario su ración de vidas incluso entre los que estaban a varios kilómetros de primera línea. En el ejército alemán tomaron parte un total de 11.000.000 de combatientes, de los cuales fueron baja en algún momento 7.142.558 hombres incluyendo 1.773.700 muertos, por lo que hablamos nada menos que de un 65%. En el ejército austro-húngaro el porcentaje fue aún más terrorífico: de un total de 7.800.000 de combatientes, 7.020.000 fueron bajas, lo que se traduce en un asombroso 90%, incluyendo 1.200.000 muertos. Para los que no lo asimilen fácilmente, porque semejantes matanzas a veces no se digieren bien, hablamos de que 9 de cada 10 hombres fueron heridos o murieron. Está de más decir que a los aliados no les fue mejor. Los gabachos enviaron al matadero un total de 6.161.000 hombres de los que fueron baja 5.624.000 incluyendo 1.358.000 muertos, lo que nos da un jugoso 70% solo en heridos, y los british (Dios maldiga a Nelson) sin incluir canadienses, australianos y demás tropas coloniales que lucharon tanto en el Frente Occidental como en Turquía, pues de un total de 3.190.000 hombres pasaron por los hospitales 2.090.000, mientras que 908.000 fueron enviados del tirón a la fosa común, o sea, un porcentaje similar a de los austriacos. Y en esta siniestra relación no se han incluido los desaparecidos en combate, que también fueron en total varios cientos de miles, ni las potencias menores o las que, como Rusia o Estados Unidos, tuvieron una intervención limitada en el conflicto, así que cualquiera puede imaginar las dimensiones astronómicas de bajas.

Cartucho desmontado del .303 British. Los fideos son las barras de cordita

Ya desde el comienzo de la fiesta el personal buscaba como sea quitarse de en medio, y no ya para buscar la herida que los enviase de vuelta a casa, sino incluso para ejercer los servicios mecánicos en retaguardia. Los métodos elegidos eran generalmente supuestas enfermedades imposibles de comprobar si eran o no falsas o provocadas: lumbago, sordera, ceguera, locura eran los más recurrentes. ¿Quién te demuestra que no te duele la espalda después de cargar pesadas cajas de munición? ¿Y quién demuestra que tras una explosión cercana no te has quedado sordo como una tapia o cegado por el destello? ¿Y quién dice que no estás loco cuando se pasas el día haciendo el gilipollas y aunque te den de hostias sigues haciendo el gamba? Otros optaban por medios más, digamos, sofisticados. Por ejemplo, simulaban ataques de epilepsia haciéndose cortes en las encías y metiéndose un trocito de jabón para provocar espuma o recurrían al "chewing cordite", masticar cordita. La munición británica usaba cordita en finas barras como propelente para la munición del calibre .303 British, por lo que bastaba extraer el proyectil, sacar un poco de cordita y masticarlo un rato. Sus efectos eran de lo más convincentes: fiebre alta y alteraciones en el ritmo cardiaco. Obviamente, un análisis de sangre delataría al infractor, pero el frente no era un hospital de Londres.

Paciente con ambas extremidades afectadas por pie de trinchera. Como
vemos, ya ha perdido los dedos y poco le falta para perder el resto.
No obstante, muchos preferían volver mutilados, pero vivos
Otros ingerían ácido pícrico, un explosivo usado tanto como potenciador como detonador en las espoletas, por lo que era muy abundante en el frente. Una dosis de esa porquería lo ponía a uno amarillo como un limón, por lo que era inmediatamente evacuado con un supuesto ataque de ictericia. Del mismo modo, se vertían substancias irritantes en los ojos para provocarse conjuntivitis, se echaban cualquier cosa que produjese una severa infección en una herida leve que, si llegaba a gangrenarse, supondría la amputación del miembro afectado y la vuelta a casa sin la más mínima sospecha porque la gangrena estaba tan presente como los piojos. Una opción muy creíble era empeorar los síntomas del pie de trinchera si este aparecía. Cierto era que posiblemente acabaría con uno o dos pies amputados, pero pasearse en una silla de ruedas en la brumosa Albión era más atractivo que pasearse de uniforme por una trinchera asquerosa de Flandes. Algunos incluso se inyectaban gasolina o esencia de trementina en las rodillas para producirse sinovitis, que es una inflamación aguda de la membrana sinovial que recubre la articulación de la rodilla y que si se cronifica te deja cojo de por vida. Otros, en fin, sobornaban sin más historias a los sanitarios para que les facilitasen medicamentos que, usados en demasía, producían unos efectos secundarios sumamente persuasivos como para librar a cualquiera de la semana obligatoria en primera línea, y hasta se dieron casos de hombres que contrajeron enfermedades venéreas, con el riesgo que conllevaba en aquella época pillar un sifilazo, refocilándose con las putas más tóxicas para largarse a casa aunque fuera con el miembro viril medio desintegrado, y eso que ese tipo de enfermedades en aquellos tiempos era, además de peligroso y extremadamente doloroso, un estigma imborrable a nivel social.

Para los médicos, estos simuladores no era precisamente un problema menor. Hablamos de miles de hombres urdiendo mil formas a cuál más sofisticada para quitarse de en medio, y sin medios para desenmascarar a los falsarios que se habían puesto morados de mascar cordita o de meterse gasofa en cada articulación del cuerpo. Aparte del "ojo clínico" de cada cual, que ciertamente hubo médicos con una asombrosa capacidad para captar los subterfugios del personal, se optó por incentivar a las tropas para que delatasen a los infractores aunque con magros resultados. Al cabo, nadie delata a un camarada así como así y, de hecho, eran más proclives a testificar y jurar por sus cuñados que los males del farsante eran totalmente ciertos. Otros no se andaban con remilgos y, ante la más mínima sospecha, les apretaban bien las clavijas con tratamientos de choque hasta que el supuesto enfermo se curase de forma cuasi milagrosa y poco menos que pidiese de rodillas ser enviado de nuevo a su unidad. 

Víctima de la neurosis de guerra, pasando más tiempo debajo de la
piltra que sobre ella buscando refugio ante cualquier ruido
No obstante, los médicos se encontraban en estos casos ante un dilema bastante grave. Ya tenían sobrada experiencia con los casos que se presentaban de neurosis de guerra, hombres que, como vimos en su momento. acababan con la psique literalmente vaporizada, convertidos en peleles convulsivos que apenas podían moverse o con tales desórdenes psicológicos que no podían dormir en lugares cerrados por la claustrofobia o, como aparece en una película de la época, mostrarse aterrado ante la sola visión de un quepis de oficial que le mostraba un médico, a tal grado de pánico le llevaba la simple idea de que un superior se le acercase aunque fuera solo su gorra. Por todo ello, muchos médicos daban por sentado que los hombres que se autolesionaban eran víctimas de la neurosis de guerra cuando, en realidad, no necesariamente estaban relacionados. Esta forma de ver las heridas autoinfligidas sirvió para librar a muchos de ser castigados por cobardía ante el enemigo, así de claro.

Dos manos con heridas autoinfligidas en proceso de curación. Con
suerte, la bala no destrozaba los tendones y la mano recuperaría su
movilidad tras la convalecencia
Aunque es obvio que alguien que se pega un tiro en la mano o un pie, o que ingiere cualquier porquería que igual lo acaba matando no está con la sesera al 100% de rendimiento, hay que considerar que la autolesión era un acto perfectamente premeditado, planificado y llevado a cabo con pleno conocimiento de cómo dañarse sin que la herida resultase especialmente peligrosa con una sola finalidad: librarse de combatir. Por lo tanto, autolesionarse no era en sí una enfermedad mental, sino cobardía pura y dura. De hecho, millones de hombres arrostraron las mismas penurias sin llegar a esos extremos, y los afectados por neurosis de guerra solían tener una sintomatología similar, pero practicada de una forma distinta. Por ejemplo, no se dispararía cuidadosamente en una mano procurando no estropeársela demasiado, sino que agarraría un cuchillo en pleno ataque de histeria y se daría catorce puñaladas en las piernas o, llegado el caso, se volaría la tapa de los sesos. Sin embargo, esa duda siempre estuvo presente en la ética de muchos médicos, que confundiendo churras con merinas optaban por mirar hacia otro lado o hacer la vista gorda salvo que fuese algo tan flagrante que no podría dejarse pasar bajo ningún concepto.

Por otro lado, los camelos para escaquearse de forma circunstancial no valían en realidad para largarse a casa. No se podía alegar cada vez que la unidad partía a primera línea una enfermedad, aunque fuese distinta, porque ni los oficiales, ni muchos menos los sargentos que previamente habían sido soldados y se las sabían todas, iban a dejarse engañar sin más. Por lo tanto, lo más viable era buscar la bonne blessure (buena herida en francés), el heimatschuss (literalmente el disparo de casa, o sea, la herida que te permitiría ser repatriado) o la blighty one, frase en argot sin traducción en español que viene a querer decir "la herida que te manda a casa". Blighty era un término acuñado en la India para denominar al terruño. Es la corrupción fonética del hindú bilāyatī, "el país que gobierna", o sea, Inglaterra. Así pues, todos los british o, al menos la gran mayoría, estaban deseando recibir la blighty one que los mandase a casa, bien lejos de aquel infierno.

Una aparatosa herida autoinfligida en la axila que,
probablemente, dejará al sujeto con el brazo inútil. Uno
de los médicos nos la muestra mientras otro le administra
anestesia antes de intervenirlo. Estas heridas podían acabar
muy mal porque, aparte de la infección, en el momento del
disparo podía interesar una arteria y palmarla en dos minutos
Obviamente, dispararse conllevaba, aparte de la molestias que ya podemos imaginar, un riesgo añadido porque una cosa era decir que te dolía la espalda y otra presentarse ante el médico con un boquete en la mano y un cerco de piel quemada con abundantes restos de pólvora. Ni el médico más benevolente se tragaría el camelo, así que había que idear formas de despistar al más sagaz matasanos. Algunos se untaban yodo en cantidad en la zona de la piel quemada por el disparo para que se formasen ampollas y la eliminasen, si bien este proceso tardaba algunos días en surtir efecto, por lo que solo era factible en los hospitales de sangre y con la complicidad de algún sanitario. Por ello, lo habitual era disparar a través de un saco terrero para impedir las quemaduras, pero eso de la mano- siempre la mano izquierda salvo zurdos- o un pie- el sitio donde era más raro recibir un disparo un hombre que camina, seguía resultando enormemente sospechoso. De ahí que algunos optaran por intentar dispararse en el brazo, la pierna o incluso en el sobaco, poniendo el cañón debajo del mismo y apretando el gatillo con el pulgar del pie debido a la longitud del fusil. Esto era un problema añadido, porque si te encontraban berreando con una herida en el brazo y la bota y el calcetín al lado, como que no era nada creíble. De ahí que algunos, más astutos, se dejaran herir de verdad por el enemigo. Bastaba subirse a la banqueta de la trinchera y dejar a la vista la parte del cuerpo adecuada, en este caso un brazo o el hombro porque poner un pie en el parapeto sería de estúpidos redomados. Los francotiradores enemigos, que jamás dormían ni descansaban, avistarían rápidamente el posible objetivo, regalándole al falsario un espléndido y preciso disparo. Como ya podemos suponer, era imposible además identificar qué calibre y tipo de proyectil había producido la herida ya que eran por norma sedales y la bala no se podía recuperar.

Y, en fin, algunos llegaban a tal extremo de desesperación- aquí si habría que considerar la neurosis de guerra- que en vez de asomar una mano asomaban la cabeza, deseosos de recibir un balazo en plena jeta porque a ellos les faltaba valor para pegarse un tiro. Con todo, los suicidios no fueron en modo alguno casos aislados. Más de una vez aparecía en un recoveco de una trinchera un camarada con el cañón del fusil metido en la boca y con el cogote volatilizado, o bien convertido en puré con la ayuda de una bomba de mano.

Parte de defunción del soldado Michel Seguin, fusilado
el 8 de diciembre de 1914 en Elverdinge, Bélgica. Igual que
con los autolesionados tenían menos rigor, con los cobardes
y los rebeldes no pasaban ni una
Ahora bien, ¿cuáles eran las consecuencias de ser sospechoso de autolesionarse? En teoría, en cualquier ejército suponía ser pasado por las armas sin más historias, precisamente porque se consideraba un acto de cobardía ante el enemigo. Sin embargo, parece ser que los tedescos no padecieron esa plaga, al menos de forma tan generalizada como los aliados y especialmente los australianos que sirvieron en Gallipoli. Estos últimos llegaron a tales extremos de agotamiento físico y psicológico durante su penosa estancia en la siniestra península que acabaron literalmente convertidos en sombras que apenas podían caminar cien metros sin detenerse so pena de caer redondos al suelo. De ahí que se prefiriese correr un tupido velo por varios motivos sobre el tema de las heridas autoinfligidas a pesar de que en los estados mayores se tenía perfectamente asumido que era un delito muy común aunque no quisieran enterarse oficialmente de ello. ¿Por qué ese silencio? Ante todo, por una mera cuestión de honra. Un ejército que reconoce que tiene miles de casos de autolesionados al mes es un ejército que reconoce estar nutridos por cobardes, y eso queda fatal de cara a la omnipresente propaganda. Por otro lado, dar pábulo a ese tipo de noticias era aún más nocivo a la hora de alentar al personal a alistarse y para las familias de los combatientes. Lo primero que pensarían es en qué clase de infierno estarían viviendo para verse obligados a pegarse un tiro aunque fuera en una mano. Por lo tanto, lo más sensato era callarse y dejar que todo quedara dentro de los círculos castrenses. Donde no se mostraba piedad era con los desertores, los rebeldes o los que mostraban una manifiesta cobardía ante el enemigo. Esos eran fusilados sin contemplaciones tras un consejo de guerra sumarísimo. 

Brazalete para los autolesionados. Llevar uno era poco menos
que el estigma de Caín
Con todo, los infractores no se iban de rositas. Los sospechosos eran señalados con las siglas SIW (Self Inflicted Wound, herida autoinfligida) con una interrogante al lado en sus fichas médicas, lo que los convertía literalmente en unos apestados en los hospitales, siendo objeto de burlas y desprecios por los demás pacientes, así como de un tratamiento médico sin miramientos incluso por parte de las bondadosas VAD (Voluntary Aid Detachment, Destacamento de Auxiliares Voluntarias), que veían con malos ojos a los falsarios que intentaban escaquearse. Los yankees, por orden del general Pershing, incluso eran marcados con un brazalete amarillo que llevaban sobrepuestas las letras SIW con fieltro negro para mayor escarnio y, caso de ser un falsario redomado, que optase por una recuperación milagrosa y se largarse a su unidad antes de soportar la humillación. Lo malo era cuando ingresaban a un herido que verdaderamente lo había sido por accidente o por la imprudencia de un compañero ya que recibía un trato similar sin ser culpable de nada. Y la cosa es que nadie estaba libre de sospecha ya que se dieron casos de heridas autoinfligidas en hombres que previamente habían sido condecorados por su valor pero, por desgracia, llegaba un momento en que las dosis de testiculina se agotaban y ya no daban más de sí.

Médico controlando la evolución de los hombres que presentan síntomas
de pie de trinchera. Uno de ellos ya se ha puesto de un inquietante color
negro, por lo que lo más probable es que degenere en una gangrena.
Más de uno se alegraría horrores ante la perspectiva de una amputación
En cualquier caso, la cuestión es que no hay cifras fiables de los casos de autolesionados porque se prefirieron ocultar sin más. De hecho, los archivos de los ejércitos canadiense y australiano susceptibles de obtener información al respecto fueron destruidos tras la guerra, y de los 343.153 consejos de guerra celebrados en el ejército británico, apenas 3.904 fueron de acusados de autolesionarse, y ninguno acabó delante de un pelotón de fusilamiento. Afortunadamente para ellos, se limitaron a aplicarles correctivos a base de servicios más penosos, multas, suspensión de paga o, en resumen, todo el amplio surtido de medidas disciplinarias capaces de poner las peras a cuarto al más empecinado impostor, siendo la peor de ellas pasar una buena temporada en prisión. Curiosamente, el porcentaje más elevado de heridas autoinfligidas del que se tiene noticia lo tuvieron los hindúes enviados al Frente Occidental a principios de la guerra. En apenas dos semanas entre los meses de octubre y noviembre de 1914, el 57% de sus bajas sufrían heridas en una mano, lo que no dejaba lugar a dudas. Como con los hindúes no tenían los mismos miramientos que con los autóctonos, no se anduvieron en esta ocasión con remilgos y fusilaron a cinco por cobardía ante el enemigo, lo que actuó de forma balsámica para reducir el índice de autolesionados. Con todo, estaba claro que aquellos hombres no solo no se habituarían jamás al infierno bélico occidental, sino que el clima y las condiciones de vida les resultaban insoportables así que un año más tarde los mandaron a Mesopotamia, donde había menos cañones, menos fango pútrido y menos humedad. Un caso similar ocurrió con los australianos, que procedentes de un clima diametralmente opuesto y hechos a combatir en el secarral turco, vieron como los casos de amputaciones por pie de trinchera alcanzaban cifras pasmosas. 


Curiosamente, cuando la guerra iba alcanzando su final, especialmente tras la Kaiserschlacht en la primavera de 1918, los casos de autolesiones, antes de disminuir, aumentaron. Es evidente que la causa no fue otra que la obsesión por ver el final cercano y caer en combate cuando ya casi había terminado la fiesta. Es comprensible que hombres que habían pasado por un infierno en vida durante años se vieran acometidos por un pánico cerval, en las postrimerías del conflicto, a dejar el pellejo cuando igual faltaban días o semanas para volver a casa. Eso pudo con la entereza de muchos que, durante su permanencia en el frente, jamás habían dado muestras de cobardía. Pero el instinto de supervivencia pudo más y no dudaron en acelerar su retorno, por si las moscas. Afortunadamente para ellos, pudieron escapar con una bronca y verse limpiando letrinas el resto de la guerra o, si la herida lo merecía, ser enviado a casa sin honor pero vivito y coleando. Otros, como el que vemos en la ilustración de la izquierda, no aguantaron hasta el final y prefirieron largarse de este mundo sin más historias. El dibujo es de la colección editada por Otto Dix en 1924 titulada "Der Krieg", donde muestra con toda su crudeza la verdadera cara del conflicto.

En fin, así fue como proliferaron las heridas autoinfligidas. Como ya sabemos, lo que empezó cortándose un dedo o saltándose los dientes no ha terminado ni creo que termine nunca mientras haya guerras. Los casos de autolesionados siguieron apareciendo durante la 2ª Guerra Mundial, Corea y, sobre todo, en Vietnam. Y hoy día, en las “misiones de paz” donde los yankees, líderes de la democracia por cojones, pues también se les dispara el fusil mientras lo limpian o se pillan los dedos con la puerta de un Humvee, que eso de que te trinquen diez afganos cabreados o fanáticos del califato ese para filetearte no es nada interesante. 

Bueno, no creo que olvide nada, así que vale por hoy. 

Hale, he dicho

Sutil método para que un francotirador te chafe una mano. En la oscuridad de la noche, el cigarrillo que
sostiene haría pensar el enemigo que se trata de un pardillo que piensa que la paz reina en el mundo, por lo que no dudaría en volarle supuestamente la cabeza. Sin embargo, solo le revienta una mano. Si no hay testigos que delaten el subterfugio, ¿quién demostraba que era intencionado?

viernes, 16 de octubre de 2020

CALABOZOS Y MAZMORRAS. LA REALIDAD

 

Torre de Dalibor, en el castillo de Praga y llamada así por su primer huésped, Dalibor de Kozojedy. Este probo delincuente fue invitado a un "todo incluido" por acaudillar una revuelta de siervos en 1498. Obviamente, la mazmorra no es lo que vemos, sino lo que está debajo del pequeño brocal que aparece en el centro y desde donde los reos eran descolgados mediante una soga y una polea. Fue usada como prisión hasta el siglo XVIII

Bueno, prosigamos...

En la entrada anterior ya pudimos ver que la Edad Media no era, a nivel jurídico, el páramo lleno de arbitrariedades que la mayoría suele tener en el magín. Había leyes que cumplir, y el personal podía pleitear con los nobles e incluso con la corona sin tener que preocuparse como hoy de que te lapiden en las redes sociales. De hecho, en los archivos de protocolos hay toneladas y toneladas de legajos en los que se dan pelos y señales de los a veces interminables procesos que se mantuvieron en esa época entre gente de todo tipo de pelaje. Obviamente se perpetraron infamias por intereses económicos o políticos como el expolio del Temple de la misma forma que hoy día se fabrican pruebas falsas para acabar con la reputación de alguien molesto para el poder, pero eso ha sido, es y será parte de nuestra existencia y solo acabará cuando el último humano se deje caer junto a un árbol y deje de respirar. Eso es lo que hay, sí o sí, y es tan inexorable como la falta de moral de los políticos.

Cuando salen a relucir las mazmorras medievales esta es la imagen que,
indefectiblemente, aparece en las mentes del personal
Bien, como ya desmontamos el mito, veamos hoy cuál era la realidad, porque no podemos andar diciendo que la Tierra es plana con una foto de la misma tomada desde la luna ya que sería poco creíble, y los cuñados se descojonarían en nuestras jetas por falta de argumentos para sustentar que el mito es más falso que Judas. 
Antes de nada conviene clasificar los distintos tipos de candidatos a ser encerrados. Básicamente podemos distinguir tres clases bien diferenciadas: los presos de guerra, los políticos y los delincuentes comunes. Los primeros no eran criminales, sino gente honorable que por ser derrotados y apresados no merecían recibir maltrato alguno. Por lo tanto, como ya se ha comentado, mientras la familia reunía el rescate se limitaban a mantenerlos a buen recaudo en un castillo donde podía incluso gozar de cierta libertad de movimientos. El preso empeñaba su palabra en que no haría ninguna travesura y esperaba pacientemente la llegada de los dineros alojado en una dependencia razonablemente confortable. No pasaría frío ni hambre, entre otras cosas porque, por un lado, no interesaba devolverlo en mal estado, lo que podría en entredicho la honorabilidad del que lo mantenía preso; por otro lado se tenía en cuenta el QVID PRO QVO, y no era plan de que, al cabo de un tiempo, diera la casualidad de que el antiguo cautivo se convertía en carcelero de su antiguo guardián y, obviamente, le daría un trato similar al recibido.

En cuanto al preso político las cosas variaban porque su cautiverio y posibilidades de liberación no dependían ni de un rescate ni de un código penal, sino de la voluntad del monarca. Ha habido presos políticos de todos los pelajes: reyes destronados, príncipes ansiosos de heredar la corona antes de tiempo, nobles rebeldes ávidos de poder, eclesiásticos celosos con los que cuestionaban su autoridad espiritual y secular y, naturalmente, pelagatos que por cualquier motivo se convertían en héroes del pueblo y que amenazaban la estabilidad del reino. Ser un preso político no garantizaba necesariamente gozar de determinados privilegios durante su encierro, y podían verse linajudos cautivos languideciendo en míseros tugurios si el encono de su carcelero lo relegaba a la condición de sujeto non grato cuyo deceso de forma más o menos natural era muy deseable. Obviamente, un encierro riguroso ayudaría a solventar el problema. No obstante, lo habitual era dar al cautivo unas condiciones de vida conforme a su rango. 
Por ejemplo, a la derecha tenemos la alcoba del palacio de Sintra en la permaneció hasta su muerte Alfonso VI de Portugal tras ser derrocado por su propio hermano, Pedro II. Como vemos, es un alojamiento como el que cualquier rey usaría en circunstancias normales. 

Por citar a otro preso político de postín veamos el lugar de encierro del desmedido César Borgia en el castillo de Chinchilla, donde no fue metido en un hoyo, sino en la planta superior de la torre del homenaje, una sala que, aunque no era un resort de lujo, al menos permitía la entrada de luz natural y disfrutaba de un espacio interior razonablemente amplio. La torre, de 40 metros de altura al nivel de la azotea y unos muros de 4'2 metros de grosor, tenía solo dos cámaras con una superficie de 6 metros de lado. La superior se cerraba con una bóveda de nada menos que 12 metros de altura, el equivalente a una casa de cuatro pisos que no la haría precisamente acogedora (posiblemente estaría partida con uno o dos entresuelos de madera), pero mejor eso que un pozo. Si buscamos a un preso foráneo podemos señalar a Ranulf Flambard, obispo de Durham, que fue el primer huésped de la Torre Blanca, germen de la Torre de Londres. Este personaje, que por lo visto era profundamente detestado por todo el mundo incluyendo a sus cuñados por su arrogancia y despotismo, fue acusado de malversación por Enrique I y enviado a la Torre para quitarlo de en medio si bien su encierro no fue precisamente penoso ya que tenía una asignación diaria para su sustento de dos chelines, que era mucho más de lo que ganaba 
de jornal un currante en aquella época. 

La torre Cradle, construida por Eduardo III en la muralla sur de la Torre
de Londres. En su interior había dos cámaras como la del grabado
que fueron usadas como cárcel si bien su uso primigenio no era tal,
sino más bien una especie de trastero o almacén por lo que se ve
Como ya podrán imaginar, los presos políticos categoría pelagatos lo tenían francamente negro y esos eran los que acababan con sus míseras osamentas en los peores antros del reino para borrarlos de la memoria del personal hasta que, pasado un tiempo razonable, se les echaba cualquier tósigo en la bazofia cotidiana o, simplemente, se les dejaba palmar de hambre. Luego bastaba con meterlos en un hoyo discretamente o, mejor aún, tapiar la cámara y olvidarse para siempre de que allí estuvo Fulano. Aquí, no obstante, nos surge un pequeño escollo porque las prisiones de los personajes de fuste son conocidas, pero las de estos famosetes medievales no han llegado por lo general a nosotros, y menos aún el lugar concreto donde fueron recluidos. Las crónicas no se han molestado en registrar esos datos, así que nos han dejado
IN ALBIS al respecto. 

Cámara subterránea de la Torre Flint, en la esquina SE de la Torre de
Londres, donde pasó una temporada Edward Courtenay por orden de
Enrique VIII. Como vemos, es una simple dependencia multiusos, por
darle un nombre actualizado. La cosa es que no era una mazmorra ad hoc
Al mismo nivel que los pelagatos políticos podríamos situar los suplantadores de príncipes o nobles que, dados por muertos y enterrados, aparecían al cabo del tiempo asegurando que eran los verdaderos personajes contando las historias más variopintas acerca de sus penurias pasadas y de cómo el destino había permitido que pudieran retornar para reclamar lo que, en teoría, les pertenecía, y daban lugar a no pocas asonadas por parte de un pueblo que, por lo general, solía ver con simpatía a estas supuestas víctimas de la implacable arbitrariedad regia. Un buen ejemplo de suplantador ya lo citamos en el artículo sobre los desdichados hijos de Eduardo IV de Inglaterra, recluidos y posteriormente asesinados en la Torre de Londres supuestamente por su archimalvado tío Ricardo de Gloucester. Nos referimos a Perkin Warbeck, un listo que, gracias a su parecido físico con el ya extinto Eduardo, se hizo pasar por Ricardo de Shrewsbury, el segundón de la desdichada pareja de hermanos víctimas de su taimado tío. Este pseudo-príncipe, apoyado por nobles deseosos de trocar su ayuda por favores, incordió lo suyo durante varios años hasta que, finalmente, pudieron echarle el guante y mandarlo a la Torre. Eso sí, en este caso no se preocuparon de crear un mártir ya que el mismo Warbeck acabó reconociendo públicamente, de buen o mal grado, que era un falsario de tomo y lomo, por lo que no hizo falta meterlo en conserva en una mazmorra y lo colgaron en Tyburn para que no incordiara más y, de paso, advertir a posibles pseudo-herederos que era más saludable dedicarse a la cría de champiñones.

Preso a la espera de juicio. Metido en una dependencia del castillo
y aherrojado al muro ni podía escapar ni nadie podía liberarlo

Y finalmente llegamos al que, en cierto modo, es el verdadero protagonista de esta historia: el delincuente común. Estos eran los destinados a los lúgubres calabozos que, según la mitología popular, eran los huéspedes eternos de las mil y una dependencias de cualquier castillo. Entre los camelos del vulgo, las milongas de juglares y contadores de cuentos más los imaginativos autores de novelas del romanticismo se crearon estos ergástulos donde se iban marchitando como una mata de rábanos a pleno sol en agosto. Asesinos, ladrones, falsificadores, violadores, consentidores, proxenetas, pederastas y demás fauna había en todas partes, pero no por ello sus crímenes quedaban impunes, que para eso los alguaciles disponían de medios adecuados para trincarlos y llevarlos en presencia de los corregidores para que les pusieran las peras a cuarto. Y como no había cárceles ni se concebía la construcción ex profeso de edificios para esta finalidad, pues mientras se incoaba el proceso les echaban los hierros y lo metían en cualquier sitio donde no pudiera escapar ni "ser escapado".

Brocal de una supuesta mazmorra en el castillo de La Mota. Se encuentra
en el interior de una torre esquinera en cuyos muros se abren
varios vanos incluyendo cámaras de tiro de troneras para batir el foso. Este
pozo valdría como prisión, pero por su posición en el recinto sería posiblemente
un pañol donde mantener la pólvora seca y a salvo de incendios
Tanto ha llegado a calar esta leyenda en las mentes del personal que prácticamente la totalidad de autores que han estudiado el tema han llegado de forma unánime a la misma conclusión: antes de dar por sentado que una dependencia fue construida como prisión, desde el primer momento hay que considerar una serie de factores que lo dejen claro de forma cuasi inapelable ya que no hay fuentes documentales que así lo certifiquen. Este asunto debía carecer de interés en su época como para dejar constancia de su construcción, así que la única guía es la observación de cada dependencia ya que, por otro lado, tampoco han pasado a la historia las prisiones de los criminales vulgares, sino solo las de personajes de cierta relevancia. De ahí que Prospero Mérimée, que además de escribir novelas chulas fue entre 1833 y 1852 Inspector General de Monumentos Históricos, advirtiese sensatamente en las Instrucciones del Comité Histórico de Arte y Monumentos que "debemos advertir a nuestros lectores que tengan cuidado con las tradiciones locales unidas a las mazmorras subterráneas. 
Con demasiada frecuencia se dan colores atroces a la Edad Media, y la imaginación acepta con demasiada facilidad las escenas de terror que los novelistas sitúan en tales lugares. ¡Cuántos sótanos y almacenes no se han tomado por horribles mazmorras! ¡Cuántos huesos y restos de cocinas no han sido considerados como restos de las víctimas de la tiranía feudal!". Como vemos, ya por aquel entonces se tenía bastante claro que eso de los terribles tugurios infernales eran un camelo.

La afirmación de mesié Mérimée (¿cómo carajo se pueden poner dos acentos en la misma palabra?) eran tan acertada que en la misma capital gabacha (Dios maldiga al enano corso) tenían ejemplos como el que vemos a la derecha. Se trata de una cámara situada en el subsuelo de una torre de la Bastilla, habiendo varias de ellas en el recinto. Como vemos, la cámara, a la que se accedía por una angosta escalera de caracol, consta de una bóveda con una aspillera que daba al foso y estaba circunvalada por una acera de apenas un metro de ancho. En el centro, un cono invertido con un desagüe. Si esto había sido concebido como calabozo habría sido sin duda un engendro del más refinado sadismo, porque vivir en un metro de suelo y pensar que si te duermes y caes en el hoyo ya no sales de ahí volvería loco al más pintado en pocas semanas. ¿Qué sentido tendría semejante ocurrencia digna de película de psicópatas de esos que un mal día se levantan oyendo voces? Ninguno. Para acabar con la psique de un preso basta meterlo en un pozo en la más absoluta oscuridad sin necesidad de tanto refinamiento y, por otro lado, ¿qué se ganaba haciendo perder la chaveta a alguien? La explicación nos la dio Viollet-le-Duc: eran neveros, y precisamente el hecho de que hubiera más de uno confirmaría que, de ese modo, se dispondría de hielo para enfriar bebidas, sorbetes o cualquier otra cosa durante todo el año. Obviamente, todo el mundo había pensado que, una vez más, se trataba de la enésima muestra de perversidad medieval.

Una curiosa pseudo-mazmorra, en este caso situada en una pequeña
dependencia a la derecha del altar de la iglesia de San Miguel, en el
castillo de Turégano y que hemos marcado de verde. Aquí estuvo dos
años el architraidor Antonio Pérez y, como salta a la vista, es seguro
que a nadie se le ocurrió construir ahí un calabozo. Simplemente se
usó esa habitación porque se consideró la más adecuada. Pues como este
caso son la mayoría de las mazmorras consideradas como tales
En la década de los 90 del pasado sigo, el profesor de arqueología experimental de la universidad de Nueva York James R. Mathieu ya sentó en cierto modo las bases para llevar a cabo una inspección inicial que permitiera intuir si una determinada dependencia había sido construida
AB INITIO como cárcel o, simplemente, se trataba de una habitación más. Fijó un criterio bastante básico de tres puntos que, al menos, era una base de partida: debía tener poca o ninguna iluminación, un solo acceso y carecer de chimenea, que podría ser un medio para proporcionar ayuda al recluso en forma de armas o herramientas que le facilitaran la huida. A estos tres puntos se podría añadir un cuarto: la existencia de huecos para uno o más alamudes en la parte exterior de la puerta. Como se explicó en su momento, todas las puertas de un castillo estaban concebidas para ser cerradas desde dentro menos, naturalmente, las destinadas a contener algo o alguien que no debía salir del interior. Pero esto tampoco es determinante por una razón bastante simple: podía ser la cámara de caudales del castillo que, como centro administrativo de un territorio, podría acumular importantes cantidades de dinero procedentes de las alcabalas y tributos que había que mantener a buen recaudo hasta que llegase la hora de enviarlas a las chancillerías. Una combinación bastante viable sería una dependencia superior que sería donde curraban los contables y escribanos y otra al mismo nivel o, mejor aún, subterránea, donde era imposible que entrara cualquier persona ajena al castillo.

De hecho, incluso las dependencias situadas bajo o sobre las puertas de acceso a las fortificaciones, en muchos casos identificadas con calabozos, también han sido desmentidas. Las primeras eran los pozos de los mecanismos de determinados tipos de puentes levadizos que reunían las tres condiciones señaladas por Mathieu: sin luz, con un solo acceso y obviamente sin chimenea (en esta entrada podrán verlo claramente). Las segundas, pues lo mismo: cámaras para mecanismos de puentes y, en este caso, también de rastrillos. Al final, solo habría un elemento que indicaría que una determinada dependencia estaba concebida para un uso carcelario independientemente de que, si no era preciso recurrir a ella como cárcel, se pudiera emplear para cualquier otra cosa como guardar el brandy del bueno durante las visitas de la familia política: las letrinas. Obviamente, en una cámara subterránea más bien de pequeñas dimensiones no pintaba nada una letrina, por lo que estos inodoros medievales eran una prueba que garantizaba de forma más fehaciente un uso carcelario, más que la ausencia de chimeneas o que el cierre quedase por fuera. En el plano de la derecha tenemos un buen ejemplo: la mazmorra de pozo del castillo de Dirleton, en Escocia. Se trata de un tipo de prisión de dos niveles, uno superior para hombres libres o de cierto estatus y otro inferior al que se accedía por una simple abertura en el suelo de la cámara superior, la cual se cerraba mediante una reja o una losa asegurada con una barra de hierro o similar. Este pozo, que como se ve estaba en parte excavado en la roca, disponía de una letrina en el nicho que aparece al fondo y que desaguaría en una fosa séptica, por lo que sus emanaciones llenarían la celda de un hedor muy irritante.

Planta baja de la Gran Torre del castillo de Warkworth, en Northumberland.
En esta cámara se encontraba la contaduría, y la trampilla que vemos en el
suelo daba acceso a un pequeño sótano donde se guardaban los dineros
Bien, estos eran los tipos de huéspedes de los calabozos medievales y el tipo de prisión que por su rango se les solía asignar. Pero conviene también que
 analicemos por qué se relacionan las lúgubres mazmorras con los castillos como si estos edificios fueran los únicos donde se encerraba al personal. El castillo no solo era un recinto militar, sino también el centro administrativo y judicial de una determinada porción de territorio. Además de alojar una guarnición, en el mismo se llevaba a cabo la recaudación de impuestos y la administración de justicia que era llevada a cabo por jueces designados por la corona. Podía tener potestad para juzgar el noble que ostentase la tenencia o el feudo, el alcaide en quien delegaba el noble o corregidores o adelantados designados por el rey. Cada país tenía sus normas al respecto. En las ciudades había audiencias con sus jueces, escribanos, guardias y demás personal, aparte de las dependencias donde custodiar a los presuntos. Por ejemplo, en la Sevilla renacentista había una Real Audiencia por donde pasó el mismísimo Cervantes que tenía los calabozos en un recinto separado que, al parecer, comunicaba con las dependencias judiciales mediante un pasadizo subterráneo para impedir que, en un momento dado, los compadres del reo pudieran liberarlo cuando era conducido de prisión ante el juez. Sin embargo, en los villorrios y poblados que en aquellos tiempos estaban en mitad de la nada, era el castillo el que debía cumplir ese cometido.

Un juicio en la Edad Media. Los dos compadres de la derecha
tienen pinta de perdedores innatos, no sé por qué...

Como es lógico, a un criminal no era posible mandarlo a una ciudad situada a dos o tres días de camino, así que se le enviaba al castillo a ser juzgado por la persona competente para ello. Como ya vimos, el reo quedaba en custodia si se consideraba adecuado mientras que se incoaba el proceso, y para ello se recurría a cualquier dependencia donde no solo no pudiera escapar, sino también donde sus familiares y colegas pudieran sacarlo. Sótanos, silos, cisternas, pozos o la cámara de una torre se prestaban para ello, y si el fulano era considerado especialmente peligroso se le aherrojaba y santas pascuas. Una vez juzgado se le aplicaba la pena y ahí terminaba la historia. Igual pasaban meses o años antes de que fuera necesario volver a recurrir a una de estas mazmorras de circunstancias, por lo que construir una dependencia ex-profeso no era necesario salvo que por la densidad de población, que obviamente repercutiría en el índice de delitos, el uso de una o más dependencias para fines carcelarios obligase a disponer de calabozos exclusivamente destinados a este fin. Y no olvidemos un detalle importante: los presos en espera de juicio no podían ser sometidos
SINE DIE al rigor de esos terroríficos calabozos, entre otras cosas porque si no era declarado culpable o, de serlo, era condenado al pago de una simple multa, haberlo tenido semanas o meses en un sitio semejante era contrario a las leyes. Por lo tanto, podríamos incluso dar por hecho que, aunque con un mobiliario espartano y un simple jergón, su permanencia en prisión no sería el infierno en vida que solemos imaginar, sino un breve período que a nosotros se nos antoja espantoso porque no concebimos un trato semejante  a un presunto (bueno, en las cárceles tailandesas o sudamericanas sí) mientras que a ellos solo le suponía una incomodidad de circunstancias.

Mazmorra de la Torre Melusina, en el castillo de Fougères. En su interior, casi
lleno de escombros, aparecieron varias balas de cañón y multitud de huesos que
luego se comprobó eran de animales. No obstante, bastaron para dar pábulo a
las leyendas de turno. Con todo, en algún momento fue usada como cárcel
ya que dispone de una mínima entrada de aire y una letrina
En resumen, con esto ya creo que quedan despejadas las dudas respecto al mito mitológico de las lóbregas mazmorras donde la gente eran simplemente abandonada hasta palmar debido a la pésima alimentación y las enfermedades derivadas de vivir en un ambiente totalmente insalubre, aparte de los efectos psicológicos producidos por el aislamiento y la oscuridad. Hemos visto cómo las dependencias de un castillo podían ser usadas como calabozos de circunstancias, que eran la inmensa mayoría, por lo que solo nos resta mostrar algunos casos, pocos en comparación con el resto, de prisiones construidas ex-profeso, lo que, insistimos, no significa que las penas de privación de libertad fueran la norma sino, simplemente, se tenían en cuenta para disponer de un lugar seguro para impedir fugas o bien donde alojar a esos presos políticos que, en este caso, sí se veían relegados a largos períodos de internamiento que a veces eran de por vida. Pero, no lo olvidemos, estos eran la excepción, no la regla y, como hemos visto, lo habitual por su rango era alojarlos en cámaras o dependencias medianamente confortables. Por lo tanto, las opciones se reducen a simples ergástulos para la custodia de delincuentes en espera de juicio, y hubo nobles o reyes que prefirieron en algunos casos disponer de dependencias idóneas para ello en vez de conformarse, como hacía la mayoría, con meter al presunto en cualquier parte.

En primer lugar veamos un tribunal capitalino, o sea, una audiencia como podría haberla en cualquier población europea en la que, como hemos dicho, los calabozos tenían exactamente el mismo fin que los actuales en los juzgados: custodiar al preso hasta que sea juzgado. Para ilustrarnos veamos la distribución del tribunal eclesiástico de Sens, donde se juzgaba al clero bajo la jurisdicción del arzobispo de la archidiócesis. Las flechas negras indican la entrada al edificio y, girando a la derecha, el paso a un amplio salón donde se encontraban los calabozos. La flecha roja marca la escalera que conducía a la primera planta, donde estaba la sala del tribunal. En azul tenemos los cuatro calabozos distribuidos de la siguiente forma: el 1 era independiente del resto. Tenía su propia entrada y junto a él vemos una pequeña cámara marcada de verde en la que un guardia podía escuchar lo que hablaba el preso a través de una pequeña abertura fuera de la vista del mismo. Esta estancia tendría posiblemente la misión de servir de apostadero en caso de que el preso recibiera una visita y poder estar al tanto si tramaba algo. Luego están los calabozos 2, 3 y 4, situados sucesivamente. El 2 podría ser más bien una habitación de paso porque en el suelo, pintado de gris, vemos una trampilla que daba a una mazmorra subterránea que disponía de entrada de luz y letrina. No sería raro que estuviese reservada para sujetos especialmente inquietos o que no conviniera mezclar con otros presos que seguramente compartirían los calabozos superiores, lo bastante amplios como para albergar a varios de ellos. Por cierto que las paredes de los calabozos superiores están llenas de las típicas inscripciones carcelarias que se han datado entre los siglos XIII y XV. Sin embargo, en el subterráneo no hay apenas rastros de presencia humana, por lo que es posible que se usara solo en contadas ocasiones. En fin, como vemos, no difieren mucho de cualquier juzgado moderno.

En cuanto a mazmorras que puedan ser identificadas sin ningún género de dudas, me temo que nos tenemos que salir de España, donde ni se tiene noticia de ninguna ni tampoco que hayan existido si bien, por desgracia, hay demasiados castillos en ruinas como para comprobarlo de forma fehaciente. Así pues, toca migrar y mirar a los vecinos del norte, donde podemos encontrar uno de los mejores ejemplos de este tipo de prisión. Se trata del castillo de Pierrefonds, comenzado a construir en 1396 por orden del duque de Orleans, hermano de Carlos VI. Como vemos en el plano, constaba de dos cámaras superpuestas en la planta baja de una torre. La superior disponía de letrina y dos angostas entradas de luz que, como se puede observar, estaban al final de una empinada rampa. La inferior era lo que algunos autores denominan una mazmorra de botella por su evidente similitud con esos recipientes. Tenía un único acceso por el "tapón de la botella" que, una vez cerrado con una losa asegurada con una barra de hierro y un candado, dejaba el antro sumido en la oscuridad más absoluta. Con todo, dejarlo abierto no facilitaría mucho la fuga ya que, como vemos en la escala, tenía unos seis metros de altura imposibles de salvar. Para estancias más prolongadas se había previsto una letrina. Hay más de una prisión de este tipo en el citado castillo, una de ellas con un profundo pozo en el centro lo que hace pensar que, en ese caso, la mazmorra inferior no era usada como cárcel ya que dicho pozo suministraba agua al castillo, agua que podía ser fácilmente contaminada por el preso vaciando vejiga e intestinos a mansalva en el pozo. Por cierto que en la letrina de una de estas torres apareció el esqueleto de una mujer sin que se sepa si acabó ahí motu proprio o se cayó mientras daba de vientre. Chungo, ¿que no? Por cierto, en España podemos encontrar alguna que otra "prisión de botella", como la del castillo de los Sarmiento, en Fuentes de Valpero (Palencia) y, si no recuerdo mal, en el de Montemolín (Badajoz). Pero volvemos al eterno dilema: ¿mazmorras o silos usados eventualmente como mazmorra? Más bien lo segundo. O, en puridad, auténticas y verdaderas mazmorras ya que casi con seguridad su uso original fue el de despensa ya que no solo carecen de luz, sino de letrinas o entradas de aire. Son compartimentos totalmente estancos, ideales para la conservación de alimentos.

Este tipo de prisión doble también se ve en la brumosa Albión, donde las denominan "pit prisons", prisiones de pozo, y la existencia de una planta superior más confortable o, mejor dicho, menos inmunda que la inferior hace suponer que esta estaba destinada a hombres libres, mientras que la inferior, absolutamente desagradable, era para los siervos. Un ejemplo sería el que mostramos en el plano de la derecha que se encuentra en el castillo de Comlongol, en Escocia. La estancia se halla en el interior del grueso muro del salón principal y, como vemos, lo forma una cámara superior sin más entrada de aire o luz que la puerta en recodo y una estrecha dependencia inferior a la que se accede por una trampilla. Como está mandado, las dudas sobre su uso surgen de inmediato porque, ¿no había otro sitio para poner una mazmorra que junto al salón principal? Aparte de su uso eventual como cárcel, ¿no sería más lógico que se tratara de una despensa con su bodega o almacén para salazones y encurtidos? En resumen: cómo no se trate de casos tan evidentes como los de los castillos de 
Pierrefonds o Dirleton siempre habrá decenas de explicaciones sobre la existencia de estos antros antes que su uso carcelario que, insistimos, en caso de serlos debían habitarse durante períodos bastante breves porque nadie resiste mucho metido en un agujero negro como la pez. 

Aunque podamos detallar algún que otro ejemplo más, con lo mostrado ya tenemos una idea bastante clara de cómo eran los escasos ejemplares que perduran de mazmorras indudablemente construidas con la finalidad de encerrar probos criminales. Lo que desconocemos es la duración de su encierro si bien no debemos olvidar que, caso de ser un enemigo del estado, su permanencia podía alargarse más de lo necesario. Por lo tanto, ha llegado el momento de las

CONCLUSIONES

Prisión de Eduardo II de Inglaterra en el castillo de Berkeley, donde
fue asesinado en 1327. Con todo, el alojamiento no tiene nada que ver
con calabozos saturados de humedad y miasmas
Es indudable que en la Edad Media, como en cualquier período de la historia, fue necesario encerrar a los delincuentes. Como hemos visto, la inexistencia de penas de prisión que no aparecieron hasta después del Renacimiento no hacía necesaria la construcción de cárceles, usándose como calabozo de circunstancias cualquier dependencia del consistorio o castillo donde se administraba justicia. Solo en los casos ya detallados de prisioneros de guerra y presos políticos era cuando sí se consideraba la posibilidad de largos encierros si bien muchos de ellos, debido al rango del cautivo, no se practicaban en míseros tabucos sino en cámaras de torres o similares. No hay ningún testimonio de que se encerrase a alguna persona sin más y durante tiempo indefinido en esos pozos negros que acabarían con la vida del huésped en poco tiempo, y si se hizo tendría más que ver con venganzas de tipo personal que por cuestiones legales.

Por otro lado, el binomio castillo-mazmorra siniestra no aparece hasta mucho más tarde, cuando las penas de prisión aparecen en los códigos penales y se hace necesario construir cárceles para una población reclusa cada vez mayor. ¿Y qué mejor sitio para encerrar al personal que un castillo sin uso desde hacía cien o doscientos años y que con poco dinero podía adaptarse para ello? Ya tenemos el primer eslabón que une los castillos con las mazmorras sin que nadie se percate al parecer de que dichas mazmorras fueron construidas o procedían de reformas posteriores a la Edad Media. A la derecha tenemos una mazmorra de la abadía de Mont Saint Michel, concretamente donde estuvo preso durante varios años en el más absoluto aislamiento Armand Barbès, un revolucionario socialista acusado de rebelión y asesinato. ¿Que cómo una abadía sirvió de cárcel al enésimo "salvador del mundo"? Porque Luis XIV la convirtió en prisión política y, tras la Revolución francesa, se convirtió en una Bastilla marítima que por su situación se convertía en un emplazamiento perfecto para tener al personal non grato bien lejos. En su momento de mayor auge durante las movidas revolucionarias del siglo XIX llegó a albergar a 14.000 reos en condiciones peores que en la Edad Media, y tras ser visitada por personajes como Victor Hugo, tiempo faltó para rematar la formación del citado binomio de castillo = cárcel horrenda.

Castillo de San Jorge, sede del Santo Oficio en Sevilla. Ojo, no nos confundamos.
Este castillo no era una cárcel, sino un centro administrativo donde había
muchas más dependencias de todo tipo que calabozos
¿Qué nos queda entonces del mito? Solo la existencia de presos políticos, entre los que debemos incluir los arrestados por el Santo Oficio. Los herejes eran también enemigos de los estados oficialmente católicos, por lo que era necesario separar las ovejas negras de resto del rebaño. Desde el siniestro Muro de la inquisición de Tolosa al castillo de San Jorge hispalense, estos centros de detención era donde se dirimía mediante persuasivos interrogatorios la ortodoxia del personal que, caso de no ser demostrable, implicarían penas de tipo pecuniario, combinadas a veces con privación de libertad que, en estos casos, no era considerado como un castigo penal en sí, sino como un período de purgación y sacrificio para limpiar el alma de tentaciones heréticas. Los herejes contumaces y los relapsos, como sabemos, eran tenidos por imposibles y entregados a la justicia secular para su eliminación física ya que el Santo Oficio no podía condenar a la pena capital ni ejecutarla.

Acceso y plano de planta de la mazmorra de la Torre de César
en el castillo de Warwick
Sin embargo, el mito no muere porque la mayoría de la gente desconoce todo lo explicado en estas dos entradas y porque, para colmo, en los castillos donde existe cualquier tugurio con pinta cochambrosa tardan 0,3 nanosegundos en colocar en la puerta el letrerito de "mazmorra", que eso da mogollón de morbo, y más a los críos que a los padres. Y si añaden algunos instrumentos de tortura burdamente remedados, más aún. Los nenes contemplan ensimismados el pseudo-potro imaginando al profe de matemáticas berreando mientras un verdugo con sobrepeso lo estira al cuadrado, y el padre de los nenes sueña embelesado confundiendo el maniquí del reo con el cuñado que se liquidó de un trago la reserva de Vega-Sicilia que tenía preparada para las Navidades. Incluso se hacen visitas teatralizadas que están tan de moda para darle más "autenticidad" a la cosa con probos ciudadanos recreacionistas haciendo de implacables verdugos mientras otros se asemejan a la pareja de cautivos eternamente colgados de un muro que, con su chispeante ingenio, nos hacía llorar de risa el impagable y inolvidable Forges. Por ejemplo, en el castillo de Warwick, las mazmorras que visita el personal pagando un suplemento de 10 libras sobre el precio de la entrada- hasta te garantizan que el día de la visita lloverá para dar más morbo- ni son mazmorras ni nada que se le parezca. Es un simple teatrillo para críos donde se emula, de forma grotesca por lo que he visto en fotos,- lo malvadísimos que eran los jueces medievales. La verdadera mazmorra se encuentra en la Torre de César, y esta no se visita porque es un simple agujero cerrado con una reja. Pero, por desgracia, como visitar rejas mohosas no da dinero, pues montan la función en otra zona del castillo, donde por 26 libras te prometen pasar un día inolvidable en plan Disneylandia medieval. 

En fin, con esto terminamos. No creo que queden ya dudas al respecto y que desde ahora sepamos distinguir entre el mito y la realidad, así que ya tienen material para irritar sobremanera al cuñado sabihondo que se ha visto tropocientos documentales de Canal Historia donde cuentan lo terribles que eran los calabozos y mazmorras medievales.

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Pseudo-mazmorras del alcázar de Niebla, donde la exposición de varios chismes de tortura ya hacen
creen a los visitantes que los Guzmán no tenían nada mejor que hacer que convertir su hermoso castillo
en una academia donde se daban másteres de verduguez y sadismo. Estas dependencias, situadas bajo la liza, eran almacenes y pañoles de munición que, para facilitar su transporte hacia diversas zonas del
recinto, dispone de esas aberturas que se ven en la bóveda, a través de las cuales se podían distribuir
rápidamente municiones a las piezas emplazadas en el antemuro. El resto no son más que patrañas para
atraer turistas, y si alguna vez se encerró a alguien ahí bastó aherrojarlo en cualquier muro el tiempo
necesario para que el señor conde de Niebla lo despachara