jueves, 12 de enero de 2017

Curiosidades: cómo hacerse invisible sin que se note


Estos parapetos de acero era lo más próximo al término "mimetizarse" que se tenía al comienzo de la guerra. Obviamente,
en aquella época les daba una higa que el enemigo supiera que estaban allí. Lo importante era solo poder dispararle impunemente tras la protección que brindaba un escudo de trinchera

En la entrada que dedicamos a los árboles falsos ya anticipamos como estos peculiares subterfugios bélicos sirvieron, además de a los observadores de primera línea, como apostaderos a los francotiradores que acechaban a todas horas al personal. Sin embargo, en la fase inicial del conflicto estos temibles ciudadanos no se preocupaban lo más mínimo por disimular su presencia en primera línea, y menos aún por ocultarse ya que se parapetaban tras los escudos de trinchera o las máscaras de acero concebidos para actuar de forma totalmente impune. Así pues, su misión consistía inicialmente en apostarse tras el parapeto y limitarse a esperar a que algún despistado bajase la guardia para aliñarlo mediante un certero balazo. Sus presas eran, aparte de los codiciados oficiales, hombres obligados generalmente a moverse de un sitio a otro: enlaces, operadores de transmisiones que tendían o reparaban líneas telefónicas, proveedores de munición o, ya puestos, los orondos furrieles que acudían a primera línea a distribuir el rancho. Algunos de estos tiradores, más diestros que sus colegas, llegaban incluso a abatir enemigos situados más atrás de la primera línea, como fue el caso de ese  artillero británico de la foto superior, alcanzado en el costado derecho justo en el instante en que disparaba su cañón. En el óvalo rojo se puede ver la pequeña nube de polvo producida por el impacto. Por cierto, esta sí es una foto única, y no las que trucaba de forma descarada en Córdoba el falsario de Robert Capa para hacerse famosete.


Desde hacía siglos, los cazadores tedescos se daban buena maña para
engañar a sus presas. Un ejemplo lo tenemos en este grabado del siglo XVI,
que muestra a dos cazadores ocultándose tras una vaca falsa que se
mueve con la ayuda de dos cuñados ocultos dentro de ella
Como ocurrió con tantas cosas en los albores del conflicto, en este aspecto los aliados también se vieron en desventaja ya que aún no se habían creado las escuelas de tiradores que surgieron posteriormente, y los tedescos disponían entre sus filas de abundantes cazadores procedentes de las clases media y baja de la sociedad, especialmente bávaros y sajones que tenían como oficio antes de comenzar la guerra el de guardas forestales. Por otro lado, en Alemania, la caza mayor era una actividad relativamente extendida a todos los niveles, y el método de caza al uso en su país era el rececho, o sea, abatir reses a distancias notables procurando no acercarse demasiado para no espantarlas. Esto permitió que el ejército imperial dispusiera desde el primer momento de tiradores de primera clase que, además, estaban habituados a permanecer inmóviles y en silencio durante horas y, además, a mimetizarse perfectamente. Sin embargo, en la brumosa Albión solo cazaban los aristócratas y los burgueses con alto poder adquisitivo, estando la caza prácticamente vedada a las clases media y baja, lo que hacía que solo hubiese tiradores decentes entre la oficialidad. Algo parecido ocurrió a los gabachos, en cuyo país la caza mayor estaba solo al alcance de la gente con posibles, y no al de los pringados que tuvieron que marcharse al frente nada más comenzar la fiesta. Así pues, desde el primer momento los hábiles tiradores germanos pusieron las peras a cuarto a sus enemigos casi con total impunidad ya que estos no disponían de efectivos adiestrados para contrarrestar su presencia en primera línea.

Un oficial inspecciona un puesto de tiro formado por un
escudo de trinchera y unos sacos terreros
Naturalmente, esta situación se empezó a convertir en algo muy desagradable así que, a falta de otros métodos más sutiles, empezaron a decantarse por la vía más expeditiva: cada vez que un francotirador era localizado se efectuaba una llamada a la batería más cercana para que le enviara una andanada de obuses y santas pascuas. Esto obligaba a los tiradores a cambiar de posición constantemente si no querían verse reducidos a la condición de pitanza para las hordas de ratas que infestaban las trincheras deseosas de devorar lo que fuera, desde suelas de botas a solomillos de soldado, así que se aprovecharon de las nacientes técnicas de camuflaje para intentar volverse invisibles a un enemigo cada vez más sagaz y que no dejaba pasar el más mínimo error. Bueno, en realidad el término invisible debemos aplicarlo en este caso como una cuasi perfecta fusión con el terreno ya que visibles sí eran, pero lo difícil era diferenciar sus personas entre la tierra y la maleza circundantes, como si de conejos achantados se tratase. Los que hayan practicado la caza menor saben a lo que me refiero, cuando solo con la ayuda de las sensitivas narices perrunas se puede localizar a una presa, ya sea de pelo o de pluma, que está perfectamente mimetizada y que no vemos ni a un metro de distancia.

Tiradores franceses equipados con primitivos trajes
de camuflaje confeccionados con tela pintada. Si no
te mataban de un tiro te mataban del susto
Así pues, lo primero que se les ocurrió a ambos bandos fue dificultar la visibilidad a los tiradores enemigos con los métodos más curiosos. Los alemanes, por ejemplo, pintaban los sacos terreros de colores vivos para dificultar la visión mediante el deslumbramiento, mientras que los british se dedicaban a colgar trapos en las alambradas para que con su movimiento impidieran a un posible francotirador distinguir en la distancia lo que ocurría tras los puñeteros trapos. Y en cuanto a los tiradores, las primeras medidas que tomaron fue envolver en arpilleras tanto sus fusiles como los visores, procurando además que sobre estos hubiera siempre algo que actuara como parasol para que no les delatase un destello de la lente. Así mismo, se empezaron a utilizar gabanes y máscaras de tela pintadas a manchas ya que se dieron cuenta de tres cosas: una, que el color del uniforme, aunque fuese de tonos apagados, era visible desde Marte para un observador provisto de unos buenos prismáticos. Dos, que el tono rosáceo de sus jetas los hacían visibles a distancias aún mayores. Y tres, que el blanco ocular, aunque pueda parecer increíble, era suficiente para distinguir el careto de un ciudadano de las trincheras aunque estuviera camuflado. O sea, que si te veían los ojos estabas listo. 

La idea inicial para elaborar estos trajes pintados partió de los franceses si bien los british la copiaron y mejoraron notablemente, dando lugar a los ghillies suits, los famosos trajes de camuflaje fabricados con tiras de tela de forma que se confundían totalmente con el entorno y que podemos ver a la izquierda. Por lo visto, la realidad es que el invento ya venía de antiguo por ser un subterfugio propio de los cazadores de Escocia, que se cubrían con trapos y cosas así para que sus presas no los detectasen. El término ghillie proviene precisamente del gaélico gille, servidor, en referencia a los monteros que ayudaban a los señores en sus lances venatorios, y fueron empleados por primera vez a nivel militar por los Lovat Scouts, un regimiento escocés, durante la Segunda Guerra Boer. Al parecer, los boers, cazadores infalibles, acribillaban a los british que daba gloria verlos empleando para ello sus rifles de caza mayor, incluyendo calibres para elefantes. Así pues, no debía ser especialmente agradable ponerse al alcance de uno de estos eficientes colonos.

Estas prendas se mostraron enormemente eficaces según podemos observar en las fotos de la derecha, tomadas a unos 7 metros de distancia. En la superior solo podemos atisbar la boca del fusil Enfield del tirador, la cual hemos marcado dentro del óvalo rojo tras invertir una media hora en localizarla. El sujeto, cubierto por una maraña formada por una red que actúa de soporte a trozos de tela, trapos y vegetación del entorno, permanece totalmente invisible aún sabiendo que está ahí, lo que demuestra que una mimetización cuasi perfecta era posible. La foto inferior establece una comparativa entre un fusilero postrado tras un montón de maleza y que es perfectamente visible por su gorra de plato y su jeta de british ahíto de pastel de riñones (puaggg...), y otro cubierto por un ghillie suit y del que solo adivinamos su presencia gracias también a la boca del fusil que empuña. En poco tiempo, estos hombres, debidamente adiestrados, eran capaces de aproximarse peligrosamente a las líneas enemigas y balearlos bonitamente permaneciendo inmóviles cual perdiz achantada.

Ghillie suit  original expuesto
en el Imperial War Museum de Londres
Pero también era necesario disimular tanto el estampido del disparo como el fogonazo y la mínima nube de polvo que levantaba el rebufo del mismo, y más si se actuaba en condiciones de poca luz como eran el amanecer o la puesta de sol. Recordemos que no siempre retumbaba la artillería ni las ametralladoras tableteaban incansables, lo que ocultaría por completo el sonido de un tiro aislado, y que los tiradores aprovechaban la más mínima oportunidad para escabechar al tontaina de turno independientemente de la hora que fuese. Pero, por otro lado, los observadores enemigos acechaban sin descanso, por lo que verse delatado por estos factores suponía convertirse inmediatamente en blanco prioritario de la artillería y los tiradores del bando opuesto, así que tendría que abandonar a toda prisa una ventajosa posición elaborada con mucho cuidado al amparo de la noche y a la que no podría volver porque habría docenas de ojos controlando a todas horas si se había movido de su sitio hasta una cagada de mosca.

Así pues, para impedir que un débil fogonazo, el polvo o un disparo producido en un instante de silencio sepulcral dejara claro en todo el sector que el eximio tirador Fulano estaba apostado en tal sitio, se fabricaban rudimentarios pero eficaces puestos de tiro en los que, tal como vemos en la ilustración de la derecha, el fusil descansaba dentro de una caja disimulada entre los sacos terreros. En el extremo colocaban una malla de gallinero sobre la que ponían algún matojo o incluso tierra, dejando libre un mínimo resquicio que daba al francotirador el espacio suficiente como para controlar un amplio campo visual de las posiciones enemigas. De ese modo, cuando el disparo se producía el sonido quedaba totalmente apagado por la caja y la nube de polvo era invisible dentro de la misma, siendo imposible distinguir su origen y su procedencia. Del mismo modo, el fogonazo era ocultado por el camuflaje colocado sobre la malla de gallinero, con lo que era muy difícil, por no decir imposible, averiguar de donde había salido la bala que acababa de incrustarse en buena hora en el cráneo del insoportable sargento Williams, o Dupont, o Müller. 


Conocida foto en la que se ve a un tirador australiano en
Gallipoli intentando escabechar algún turco con la ayuda
de su observador. El fusil se apuntaba mediante un juego de
espejos ajustado a las miras, y se disparaba tirando de un cordel.
Al parecer, los tiradores turcos no perdonaban ni un solo error
Por otro lado, en las trincheras se afanaban por intentar engañar al tirador que en dos días había liquidado a media docena de colegas incluyendo al sanitario y a dos enlaces, así que recurrían a provocar un disparo que delatase la presencia del infalible francotirador. Para ello se recurría a los conocidos telescopios caseros a base de espejos con los que se podía atisbar lo que ocurría en las trincheras enemigas sin necesidad de asomar la jeta por encima del parapeto. Mientras tanto, otro soldado hacía asomar un falso cabezón de cartón piedra a ver si el enemigo se animaba y le soltaba un balazo y, de ese modo, intentar averiguar donde leches se escondía. Porque la cosa llegó al extremo de, al igual que se fabricaban árboles postizos, también se elaboraban cabezas absolutamente indistinguibles en la distancia. Estos monigotes, tal como vemos en la foto superior, los empezaron a emplear los gabachos, procedentes de su versátil taller de Amiens donde un selecto grupo de pintores y escultores daban forma a sus engaños de tramoya. Para poder mantener un nivel de fabricación conforme a la demanda se elaboraron varios originales en yeso que, posteriormente, eran vaciados con cartón piedra y pintados con gran realismo, logrando de ese modo tener varias jetas distintas a disposición del personal. Obviamente, no era plan de usar siempre el mismo títere contra el mismo tirador porque éste no se creería que el sargento Williams, al que voló la tapa de los sesos ayer tarde, tenía hermanos sextillizos.

Tirador turco escoltado por dos anzacs tras ser apresado
disfrazado de hombre-arbusto
Así comenzó una especie de competición entre tiradores y "tiroteables" en ambos bandos. Los primeros procuraban a toda costa ser invisibles mientras que los segundos se empeñaban tenazmente de aprender a diferenciar un matojo o un montón de tierra auténticos de otros aparentemente iguales pero más falsos que la honestidad de un político y, al mismo tiempo, a provocar una reacción por parte de sus impasibles adversarios para lograr localizarlos. De ese modo, el ingenio de los combatientes se aguzó hasta lo inverosímil, yendo más allá de los conocidos trajes de camuflaje o las arpilleras para envolver las armas.

Uno de los más celebrados subterfugios fue el del caballo muerto. En una época en la que ambos ejércitos tenían que recurrir a miles de animales para desplazarse, la presencia de cadáveres de equinos en los campos de batalla era tan habitual como la de humanos. Así pues, a uno de los enjundiosos artistas del taller de Amiens se le ocurrió fabricar un caballo occiso con cartón piedra con tal realismo que, tras sustituir a un cadáver de verdad durante la noche, permitía a un tirador alojarse en su barriga, apostándose antes de la salida del sol y retirándose al anochecer. De ese modo, nadie sospecharía de un mulo o un caballo muertos en mitad de la tierra de nadie, donde un hipotético enemigo no tendría la más mínima oportunidad de escapar si era localizado. Sin embargo, muchos enemigos fueron eliminados antes de que se dieran cuenta de que el puñetero caballo era más falso que un malta de 24 años regalado por un cuñado, y además sirvió de inspiración a los tedescos para llevar a cabo sus propios monigotes que, por cierto, incluían incluso supuestos cadáveres humanos. 

Otro recurso era disponer en los parapetos elementos muy descarados y propios de tiradores como los escudos de trinchera. La intención era desviar la atención del enemigo y darle a entender que el francotirador estaba allí, lo cual era falso, naturalmente. Tal como vemos en la foto de la derecha, las flechas señalan dos de esos escudos y entre ambos una plancha de cinc ondulada, habitual para protegerse de la intemperie. El círculo azul señala el que en teoría podía ser el puesto de tiro pero, en realidad, este se encontraba en el óvalo rojo, aprovechando como visera un viejo saco terrero medio vacío. O sea, que el tirador estaba bajo un montón de tierra que había sido ahuecado.

Como vemos, el terreno era también aprovechado de forma ventajosa de las maneras más taimadas y sutiles. Otro método para fabricar ingeniosos puestos de tiro consistía en cavar bajo un cráter situado en una ladera o un desnivel tal como vemos en el gráfico de la izquierda. Con premeditación y alevosía se aprovechaba la noche para ir cavando y entibando el terreno bajo el cráter hasta darle salida por el lado opuesto. Luego se colocaban unos sacos, la correspondiente malla de gallinero para dar sujeción al camuflaje de la abertura y santas pascuas. ¿Quién podría imaginar que bajo un cráter podría ocultarse el implacable cabo Schültz, que cuando era guarda del coto del conde Von Greim asombraba a propios y extraños abatiendo corzos a más de medio kilómetro sin usar visor telescópico? Nadie, por supuesto, ni siquiera el teniente Johnson cuando, a bordo de su Sopwith Camel, sacaba fotos a destajo de aquel sector del frente.

El tema del terreno daba muchísimo de sí ya que cualquier sitio con el potencial adecuado por su posición estratégica era susceptible de ser convertido en un puesto de tiro permanente en el que un francotirador podía incluso alojarse durante días o semanas hasta que fuese descubierto o, en todo caso, que la posición perdiese su utilidad por movimientos en el frente. Para ello se seguía un sistema similar al anterior: una vez localizado un lugar idóneo, se enviaba un grupo de zapadores que, en pocas horas, podía preparar el apostadero. A continuación, el tirador solo tenía que apalancarse dentro provisto de agua y víveres y dedicarse a pasar el día acechando las trincheras enemigas, aliñando a todo aquel que se le pusiese a tiro empezando por la oficialidad, por supuesto. Un ejemplo de este tipo de refugio lo vemos en la ilustración superior, en la que nos muestra un puesto de tiro situado bajo unos árboles. Pero a falta de árboles también podía recurrirse a cualquier masa forestal, viejos parapetos abandonados o incluso a los desniveles propios de las cunetas de las carreteras si la situación de estas ofrecía un campo de tiro interesante.

En fin, con todo lo visto creo que podemos hacernos una idea de a donde llevaba el ingenio de los combatientes durante la Gran Guerra para explotar la habilidad de sus tiradores, en algunos casos con métodos tan extravagantes como el que vemos a la izquierda, desarrollado por los yankees y que consistía en colocar un parapeto de cristal con un poco de inclinación hacia abajo para que reflejase el suelo situado ante él. Obviamente, el que inventó era chorrada no había pisado el frente en su vida. Pero, aparte de la memez del espejo, en ambos bandos llegaron a desarrollar refinadas técnicas de camuflaje que aún día siguen vigentes. 

No obstante, a pesar de su indudable capacidad para volverse invisibles ante los ojos del enemigo, su oficio no estaba ni remotamente lejos de quedar exento de riesgos tal como vemos en las dos fotos de la derecha, en las que se muestran dos francotiradores cazados por otros más certeros o con más suerte que ellos. Porque del mismo modo que los francotiradores afinaban constantemente sus técnicas, los observadores hacían lo propio, y provistos de elementos ópticos de calidad eran capaces de intuir que junto a aquel matorral o tras aquellas latas viejas se ocultaba un francotirador. Para ello, lógicamente, aprendieron de sus propios tiradores, que fueron los que les explicaron como un parapeto de sacos totalmente desordenados eran los ideales para abrir entre ellos el ínfimo resquicio que precisaban para apuntar, o que un cadáver aparentemente putrefacto cuyo olor alejaría hasta a una hiena era en realidad un monigote tan bien elaborado que ni a escasos metros sería uno capaz de darse cuenta que tal cadáver era falso.

En fin, ya saben vuecedes como hacerse invisibles sin que se note, y no sería ninguna tontería aprovechar estas técnicas para, una vez adaptadas a nuestro entorno cotidiano, disfrazarnos de pared, de farola o incluso de caca de chucho para pasar desapercibidos ante una inesperada visita de la familia política.

Hale, he dicho

Solo el fusil delata a este probo súbdito de su graciosa majestad.Cualquiera que estuviera incluso a menos de 20 metros
seria abatido sin saber que lo acechaban a menos de un tiro de piedra

miércoles, 4 de enero de 2017

Tirachinas bélicos: la catapulta Leach-Gamage



Como ya comentamos en la entrada que se dedicó a los morteros de trinchera, el comienzo de la Gran Guerra pilló a los aliados sin armas adecuadas para ofender a un enemigo que se había enterrado literalmente en unas trincheras magníficamente diseñadas y construidas. Ante la palmaria escasez de morteros, tanto british como gabachos (Dios maldiga etc., etc...) se veían enfrentados a un serio problema por razones obvias: la única forma de hacerle la puñeta a un señor que circula por una zanja es introducir un explosivo dentro de la zanja y, como no dispongo de armas de tiro parabólico, el señor de la zanja sigue circulando por ella mientras que sus colegas, que sí disponen de esas armas, se dedican a machacarme bonitamente a mí y a mis conmilitones antes y después del desayuno. Chungo, ¿no?

Secuencia de lanzamiento de una jam-tin. Como salta a la vista, la
distancia obtenida no es precisamente para lanzar cohetes
Aunque pueda parecer una chorrada, la carencia de un determinado tipo de arma estaba poniendo las cosas francamente preocupantes a los aliados. Un cañón puede acertar en una trinchera, pero acertar a una estrecha zanja de apenas metro y medio o menos de ancho era un pelín complejo para una pieza situada a varios kilómetros de distancia. Era pues evidente que lo sensato, caso de no disponer de morteros, sería arrojar granadas de mano, pero ni los soldados más forzudos eran capaces de lanzar una de ellas a más de 35 ó 40 metros de distancia, y menos aún de pasarse horas arrojando una tras otra porque se les cansaba el brazo una cosa mala. En definitiva, que mientras se fabricaban los morteros de trinchera necesarios y en la cantidad requerida podrían pasar aún semanas o meses que serían bastante complicados de sobrellevar ante un enemigo bien pertrechado de armas de este tipo.

Réplicas de balistas construidas por Schramm. Se muestran en el
Saalburg Museum de Hesse, en Alemania. El ejemplar construido por
el profesor de Cambridge debía ser similar al de la izquierda
Así las cosas, un profesor de historia de Cambridge tuvo la idea de desempolvar los viejos tratados de Vegecio para intentar reconstruir una balista romana y poder disponer de ese modo de un arma barata y eficaz para suplir, al menos de forma temporal, la carencia de morteros. Esto no debe causar extrañeza a nadie porque no fue precisamente el primero al que se le ocurrió resucitar la tormentaria de antaño ya que, a finales del siglo XIX, un ingeniero militar alemán por nombre Erwin Schramm ya hizo sus pinitos al respecto en incluso llevó a cabo alguna demostración ante el káiser Guillermo. Así pues, este probo docente envió los planos y todos los datos necesarios para la construcción de la balista a un oficial del Regimiento de Cambridgeshire, destinado en el sector de Ypres. El oficial presentó el proyecto al coronel del regimiento y, a la vista de como estaban las cosas por allí, decidieron acometer la empresa a pesar de que el trasto aquel no era precisamente un juguete ya que sus dimensiones eran notables: alrededor de 2,10 metros de alto y más de 250 kilos de peso. Una vez construida comenzaron a efectuar pruebas pero, o el profesor de historia olvidó enviar el manual de instrucciones, o aquel chisme no era nada fácil de manejar porque no eran capaces de acertar ni una sola vez. Quizás deberían haber intentado, ya que el espiritismo estaba tan de moda por aquellas fechas, invocar a algún artillero romano para que les orientase, pero la cosa es que la balista rediviva fue un fracaso completo.

Catapulta Leach-Gamage que se conserva en el Memorial Museum
de Canberra, Australia
Sin embargo, no solo el profe de historia se preocupaba por las carencias del ejército del Gracioso de Su Majestad. En octubre de 1914 se personó en el despacho de Louis Jackson en el Departamento de Guerra un arquitecto llamado Claude Pemberton Leach que había diseñado un curioso artefacto claramente inspirado en los tirachinas empleados por los nenes para apiolar indefensos pajaritos, destrozar cristales del vecindario o, por indicación expresa de sus progenitores, saltarle un ojo al cuñado más despreciable. Hablamos, naturalmente, de esos tirachinas en forma de Y que todos hemos usado hasta la llegada de las video-consolas y demás chismes modernos que tienen a los críos totalmente aplatanados y carbonizándose las retinas delante de una pantalla. En plan triunfante, Leach juró por sus ancestros al funcionario aquel que había efectuado pruebas con una máquina construida por él mismo y que había logrado lanzar una pelota de golf a 200 yardas, unos 180 metros, lo cual tampoco era ningún alarde porque un jugador de golf profesional es capaz de lanzarla más lejos. No obstante, a Jackson no le pareció la idea ningún dislate y le pidió que llevara a cabo las reformas necesarias para aumentar la potencia del chisme aquel, y que una vez logrado fuese a verle de nuevo.

Los almacenes Gamage hacia los años 20
Leach no tenía los medios para efectuar las mejoras pedidas por Jackson, así que se presentó en el departamento de Ciclismo, Deportes y Sastrería en General de los grandes almacenes Gamage, que al parecer eran como un Cortinglé pero a lo bestia y tan bien surtido que se podía adquirir desde una aguja de coser hasta una pianola pasando por fertilizante para el tiesto de gladiolos o incluso el féretro para el abuelo. Al cabo de unos meses, concretamente el  22 de mayo de 1915, Leach presentó la máquina ya perfeccionada para solicitar su patente, la cual le fue concedida un año más tarde por aquello de la maldita burocracia. No obstante, la fabricación de la catapulta ya había comenzado porque, según las leyes de los british, un invento podía producirse si estaba destinado a emplearse en el extranjero independientemente de que, una vez concluidos los trámites pertinentes, se reembolsaran al dueño de la patente los haberes derivados de su fabricación con efecto retroactivo.




El chisme en cuestión podemos verlo en el gráfico superior. Se trataba de un simple armazón en forma de Y provisto de unos haces de tiras caucho unidos en el centro por una bolsa confeccionada de lona. Para tensarla tenía instalado en el larguero una caja de engranajes provista de un trinquete y un manubrio con el que se estiraban los haces de caucho mediante un cable de acero. Una vez alcanzado el grado de tensión necesario se colocaba una bomba de mano jam tin o una granada de bola nº 15, que eran las únicas granadas disponibles en aquel momento, se encendía la mecha y se accionaba la palanca que liberaba la bolsa. A continuación se repetía la misma operación sin preocuparse de otra cosa que no fuera la rotura de las tiras de caucho las cuales, debido sobre todo a la acción degradante del sol, se deterioraban con bastante rapidez . En cuanto al mecanismo de disparo podemos verlo en la ilustración superior derecha. Se trataba de un simple gancho unido a un retén pivotante que, al descender, lo liberaba, permitiéndole girar y soltando a su vez la bolsa con la granada dentro. Aunque podía dispararse a mano, hay imágenes en las que se ve como uno de los servidores de la catapulta prefiere golpear la pieza con un palo, quizás para evitarse un doloroso latigazo si alguna tira de goma se rompía en aquel instante.

El precio de la catapulta era de 6 libras, 17 chelines y 6 peniques, lo que no la hacía especialmente barata si tenemos en cuenta que tampoco usaba materiales raros. Para amantes de las comparaciones, un sargento mayor de infantería cobraba en aquella época 5 chelines y 2 peniques diarios. Por otro lado, la máquina era muy ligera, apenas unos 25 kilos, y para su manejo solo precisaba de dos hombres: uno para darle a la manivela y otro para colocar y encender las granadas. En las imágenes inferiores podemos ver una secuencia completa de lanzamiento:


En la foto A vemos como uno de los servidores agarra la bolsa con una especie de bichero para traerla de vuelta. En la B podemos ver como engancha la bolsa con el gancho. La foto C muestra al otro servidor dándole a la manivela. En la D, los haces han alcanzado el punto de tensión máximo y se coloca la bomba. La foto E muestra el instante del lanzamiento y, por último, en la F se ve marcada por la flecha la explosión de la jam tin tras la casucha sobre la que se están llevando a cabo las pruebas. Si se usaba una bomba nº 15 se le montaba una mecha de 9 segundos ya que la destinada al lanzamiento manual era de solo 5 y explotaba antes de alcanzar el blanco. De hecho, invertía 4,5 segundos en volar unos 70 metros. A la derecha podemos ver un ejemplar de ese tipo de granada que conserva el capuchón protector de la mecha, la cual podía encenderse con un simple frictor o una colilla. Estas granadas tenían un peso de 780 gramos de los que 156 eran la carga explosiva a base de amonal.


Cargando la catapulta con una jam tin. Obsérvense los sacos terreros
colocados en el extremo de la máquina para aminorar el desplazamiento
hacia adelante que experimentaba por la acción de las tiras de caucho al
ser liberadas
Una vez recibido el placet del Departamento de Guerra, la catapulta fue enviada a la Sección Exprimental de Hythe y puesta en manos del capitán Todhunter para que llevara a cabo las pruebas oportunas antes de darle el visto bueno final si bien, como comentamos anteriormente, la firma Gamage ya las estaba fabricando y enviando al frente Occidental. Las modificaciones sugeridas por Todhunter fueron, en primer lugar, adjuntar un manual de instrucciones para que el personal no tuviera que pasarse dos días haciendo pruebas en plena batalla. Así mismo modificó la bolsa, aconsejando que se enviaran a Francia las necesarias para sustituir las que estuvieran en servicio y, para mejorar su potencia, se aumentó el número de tiras de caucho de las seis originales a doce por cada lado con un diámetro de media pulgada cada una, o sea, 1,27 cm. Con ese número de tiras se había logrado lanzar un objeto de 510 gramos a una distancia de 145 metros dando a la catapulta un ángulo de 35º. Además, Todhunter señaló que sería aconsejable colocar un inclinómetro en un costado de la máquina para poder calcular con precisión las distancias ya que en modo alguno se debía tensar más o menos la catapulta para lograr más o menos alcance, sino que se debían quitar tiras de caucho en todo caso, colocando entonces la máquina con el ángulo necesario. A título orientativo, con una inclinación de 41,5º era como se obtenía el alcance máximo, unos 180 metros.


Disparando la catapulta con la ayuda de un
palo. En este caso la máquina va a ser
cargada con una bomba nº 15
Una vez en servicio, la catapulta de Leach consiguió ser un arma razonablemente precisa y suplió como pudo la ausencia de los tan solicitados morteros, pero a pesar de todo no lograron encontrar con una solución a su verdadero punto flaco: las tiras de caucho. Porque no solo se deterioraban rápidamente por la acción del sol, sino que además iban alargándose a medida que se usaban hasta que llegaba un momento en que perdían totalmente la elasticidad requerida, mermando por ello su alcance y su precisión. Se llegó a la conclusión de que la única forma de impedir la degradación del material sería vulcanizándolo, pero si se sometía al caucho a este proceso lo volvía excesivamente rígido, así que, finalmente, debieron optar por seguir usando el caucho puro y cambiar las tiras cada vez que fuera preciso. Aunque se fabricaron diversas sustancias que, en teoría, podían alargar la vida operativa del caucho, la realidad es que no sirvieron de nada. Así pues, solo restaba cuidarlas al máximo a base de mantenerlas limpias, sin restos de grasa o aceite y, sobre todo, vigilando que no se fuesen enrollando sobre sí mismas. Durante las pruebas en Hythe, el capitán Todhunter reparó precisamente en este detalle, y se percató de que era habitual que el caucho se fuese rizando solo, por lo que cada tira podía tener una longitud diferente al cabo de varios disparos. Aparte de eso, el deterioro aumentaba de forma notable.


Imagen que muestra la granada en el aire tras ser lanzada
Por otro lado, la escasa velocidad que este sistema de tiras de caucho imprimía a los proyectiles más las mechas humeantes hacían posible verlas venir, por lo que los germanos tenían tiempo de sobra en muchas ocasiones para salir echando leches y ponerse a cubierto. Otra cosa era cuando actuaban de noche ya que, siendo un arma prácticamente silenciosa cuyo único sonido era el latigazo que se producía en el momento de soltar las gomas, era muy difícil localizar su posición y, más aún, ver venir la bomba. Con todo, a mediados de 1915 ya se dejaron de producir si bien las unidades en servicio aún permanecieron activas hasta mediados del año siguiente aunque, curiosamente, en algunos casos solo se usaban para lanzar a los alemanes mensajes insultantes metidos en bolas de barro. En total se fabricaron 3.152 ejemplares, un número respetable si consideramos que la catapulta Leach-Gamage fue la única de este tipo en servicio en el ejército británico. No obstante, se diseñaron otros modelos que no llegaron a entrar en producción. Por último, y a título de curiosidad, en mayo de 1916, cuando estas armas ya estaban totalmente obsoletas, el Departamento para la Guerra de Trincheras destinó 300 unidades para entrenamiento de tropas en Gran Bretaña, quizás pensando que si la guerra se alarga demasiado igual habría que volver a emplearlas, por lo que no sería mala idea que las tropas conocieran su empleo.

En fin, ya está. Más adelante hablaremos de otras catapultas igualmente peculiares.

Hale, he dicho

domingo, 1 de enero de 2017

Curiosidades: O.P. trees, los árboles camuflados de árboles


No, no se trata de un árbol ahuecado. Es un árbol totalmente falso al que solo lo delata la base abierta y el encofrado
que lo mantiene erguido. Este árbol fue empleado por los anzacs australianos durante la batalla de Mesines, en 1917

Claro que se puede camuflar un árbol. ¿Que cómo? Pues haciendo que parezca un árbol, naturalmente. O sea, cogiendo un árbol de mentirijillas y plantándolo para que parezca que es de verdad, no como esos tiestos de plantas de plástico que te ponen en las oficinas y que son más falsos que un cuñado ofreciéndote un Montecristo de buena fe. Pero antes de entrar en materia quizás convenga ponerles en antecedentes acerca del origen del camuflaje.

Locomotora británica con una cubierta de camuflaje durante la Guerra
Anglo-Boer. La ilustración data de enero de 1900
El término camuflaje proviene del gabacho camouflage, que a su vez lo tomó allá por el siglo XIX del italiano camuffare, que viene a significar disfrazarse u ocultar. Eso de disfrazarse u ocultarse en los campos de batalla es un invento que no tiene más de 120 años aproximadamente ya que, anteriormente, los milites procuraban hacer precisamente todo lo contrario: lucir uniformes de vivos colores para aparentar que eran más numerosos y más chulos. Sin embargo, tras la Guerra de Secesión fue quedando cada vez más claro que las nuevas armas de repetición y la artillería de retrocarga hacían más aconsejable pasar lo más desapercibido posible y, de hecho, se realizaron estudios en los que se pudo constatar que las unidades provistas de uniformes vistosos sufrían más bajas que las que usaban colores más apagados, como el verde o el gris. Ciertamente, se tomaron en serio este tema porque, cuando estalló la Gran Guerra, todos los ejércitos implicados usaban uniformes de colores que se confundían con el terreno excepto los memos de los gabachos, que aún seguían con sus pantalones rojos a pesar de las serias advertencias de algunos que eran menos memos que los mandamases que se veían acometidos por severos ataques de ansiedad ante la sola idea de usar pantalones de un color menos llamativo. Lógicamente, las circunstancias acabaron imponiendo el empleo de un uniforme color "azul horizonte" que, bien embadurnados de barro, sangre y restos de vísceras de los camaradas, daban menos cante.

Aparato de observación provisto de cámara. Las fotos
resultantes delataban hasta la presencia de un lagarto canijo
Pero la Gran Guerra trajo además la observación aérea. Los aeroplanos de aquella época fueron equipados con unas cámaras cojonudas que fotografiaban el terreno con gran precisión y que, una vez revelados los negativos, las imágenes eran escrupulosamente analizadas por equipos de gente adiestrada en la materia y capacitados para distinguir en el puñetero suelo si había algo raro solo por la textura de la imagen o las sombras que proyectaba. Y, para colmo, en una guerra estática en la que solo cambiar de sitio el cráneo de un cuñado caído en tierra de nadie ya implicaba un bombardeo preventivo de 7 horas por si acaso, pues lo mejor era aparentar que no se movía de su sitio ni la pelota de un escarabajo. Así pues, se hizo imperiosamente necesario urdir sinuosos y taimados métodos para impedir que los observadores enemigos, provistos de binoculares con una óptica de calidad, fueran capaces de detectar cualquier movimiento extraño en las líneas contrarias, y más aún para zafarse de la amenaza latente pero constante de los francotiradores. 

Francotirador con uniforme de camuflaje
junto a un O.P. tree
Estos detestados ciudadanos, que parecía que jamás dormían, ni comían o que ni siquiera iban a echar una meada, no paraban de atisbar con sus visores telescópicos, siempre dispuestos a meterle una bala en el cráneo al pardillo de turno que estaba en Babia y asomaba la cabeza más de la cuenta por encima del parapeto. ¿Recuerdan esta escena?


En los parapetos hay algunos tiradores. Tienen fusiles equipados con catalejos y examinan el sector enemigo. De vez en cuando, suena un disparo.

Ahora oímos sus exclamaciones:
-¡Tocado!
-¿Has visto el brinco que ha pegado?
El sargento Oellrich se da la vuelta y se apunta, orgullosamente, un impacto. Hoy está en cabeza del campamento de tiro con tres disparos que, de forma indudable, han hecho blanco.


Daba igual que el sol brillase en el firmamento, que el furriel no se hubiese retrasado en la entrega del rancho o que hubiese llegado carta de la novia. La cosa es que los francotiradores podían poner término a la existencia de cualquier desgraciado en un periquete, así que lo más sensato era poner todos los medios posibles para impedirlo. Pero, obviamente, la acción daba lugar a la reacción, que en este caso consistió en crear artificios que, debidamente aprovechados, lograban literalmente fundir a estos siniestros tiradores con el entorno, permitiéndoles actuar casi con total impunidad sin que nadie fuese capaz de detectar su presencia.

Cabezas de cartón piedra colocadas en un parapeto. Eran
especialmente útiles para que los francotiradores delatasen
su posición
En fin, así estaba el patio y, a la vista de semejante panorama, los mandamases no tardaron mucho en ponerse las pilas y estudiar a fondo cómo y de qué forma podían pasar lo más inadvertidos posible ya que, desde el primer momento, serios y enjundiosos estudios sobre la materia afirmaban categóricamente que la única forma de evitar ser localizado por el enemigo era volverse invisible, con lo que las probabilidades de que una bala enemiga les acertase en plena jeta eran las mismas que las de encontrarse con un cuñado un sábado a la hora del aperitivo y que lo convidase a langostinos de Sanlúcar regados con una botella de "La Guita" helaíta der tó, o sea, una entre seis trillones. Pero como de momento la tecnología disponible no hacía posible la invisibilidad salvo que uno se encontrase la capa de Sigfrido, pues había que recurrir a algo menos sofisticado.

Gabacho encaramado en una plataforma de
observación. Aunque en aparincia la fronda le
proteja, la realidad es que está más vendido que un
náufrago rodeado de tiburones con hambre atrasada
Bien, esas fueron las causas de la creación de una auténtica escuela del camuflaje liderada inicialmente por los gabachos (Dios maldiga al enano corso), si bien de esto ya hablaremos en otra ocasión. Hoy toca hacerlo de los árboles falsos ideados por Lucien-Victor Guirand de Scévola, un pintor francés que podríamos decir fue el padre del camuflaje moderno. La cosa es que los observadores caían como moscas debido precisamente a que, obligados por su necesidad de observar todo lo observable en las líneas enemigas, tenían que situarse en posiciones elevadas que los ponían a la vista de todo el mundo. Inicialmente, si era posible, se subían en plataformas construidas en los árboles e intentaban disimular su presencia a base de ramas y cosas así. Pero los prismáticos y los visores de los francotiradores eran implacables, y los baleaban bonitamente para que no observasen más, que eso de ser un mirón estaba muy mal visto. Ojo, que la cosa no era para tomarla a broma porque, llegado el caso, si se detectaba la presencia de un observador no se dudaba en dispararle una andanada de bombas de mortero para convertirlo en carne picada.

Árbol procedente del taller de Amiens. Si no fuera por el
cabezón del gabacho que asoma, nadie imaginaría que es
más falso que un billete de 3 euros
Así pues, este Guirand, que estaba al mando de la Section de Camouflage del ejército francés ubicada en Amiens, tuvo una idea genial, un subterfugio que sería casi imposible de detectar por el enemigo: construir un árbol falso con el interior hueco, de forma que el observador pudiera permanecer a salvo de las asechanzas del enemigo. Básicamente, el árbol falso estaba formado por un tubo de hierro que a continuación se recubría con una corteza que podría estar fabricada de metal, de lona pintada o incluso ser natural, y debidamente fijadas a la estructura principal. Ahora, alguno pensará que eso era una chorrada, y que todos sospecharían de un árbol que ayer no estaba allí. Precisamente por eso, el equipo de Guirand se desplazaba al sector del frente donde era preciso colocar un puesto de observación y, entre todos los troncos machacados por la metralla, elegían uno que se prestase tanto por su posición como por sus dimensiones para esa finalidad. Una vez elegido el que consideraban más adecuado tomaban medidas del mismo, hacían fotos y bocetos y se largaban a toda prisa a su taller de Amiens a fabricar una réplica exacta del mismo.

O.P. tree terminado en el taller británico
de Wimereux
Una vez terminado, volvían al lugar y, aprovechando la noche, preparaban el intercambio arrancando las raíces del árbol verdadero y dejándolo todo a punto para, a la noche siguiente, volver y terminar de eliminarlo y, a continuación, sustituirlo por el falso. Finalmente se tendía una línea telefónica desde el pseudo-árbol a la posición más cercana ya que de poco sirve saber lo que hace el enemigo si uno no puede contarlo. Así pues, de ese modo, cuando amanecía nada había cambiado en el panorama visual de la zona. El primer árbol fue "plantado" en mayo de 1915, a unos 40 km. al este de Amiens, en el sector de Lihors. El tubo que daba forma al supuesto árbol era más bien angosto y apenas dejaba sitio a su ocupante pero, al menos, salvo que le acertara de lleno un proyectil de artillería, estaría seguro ya que el blindaje resistía los disparos de armas ligeras. La corteza estaba fabricada con chapa tomando la forma y las rugosidades propias de la misma, siendo solo posible distinguir el engaño si se lograban visualizar los tornillos que sujetaban los fragmentos de chapa, los cuales se solapaban unos con otros. Está de más decir que los british (Dios maldiga a Nelson) tardaron en copiarles la idea el mismo tiempo que dura el apareamiento de una mosca con un moscón. 

Maqueta del árbol de Solomon que se expone
en el War Museum londinense
El encargado de llevar a cabo la réplica del árbol de Guirand de Scévola fue Solomon Joseph Solomon, un prestigioso pintor y renombrado retratista miembro de la Royal Academy que por aquellos tiempos contaba ya con 54 años. Solomon había sido convocado por el Cuartel General británico en Francia y fue nombrado teniente coronel para dirigir el equipo de artistas encargados de emular la unidad del pintor gabacho que tanto éxito estaba teniendo. El encargo le llegó del mariscal Haig en persona, el cual le ordenó expresamente diseñar un O.P. (observation post), que era el nombre que recibieron estos árboles falsos por parte de los british. Solomon se puso en marcha rápidamente acompañado de Leon Underwood, un joven escultor modernista que colaboró activamente en la tarea, y se personó en el Cuartel General del II Ejército, cerca del canal del Yser, para desarrollar el proyecto y dar forma al que sería el primer observatorio camuflado del ejército británico. Solomon tomó como referencias los abundantes álamos, sauces y abedules de la zona, tomando abundantes notas y dibujando bocetos de los mismos, eligiendo finalmente un sauce por considerar que era en más factible para confeccionar una réplica aprovechando que, por el nivel de destrozo del tronco, cualquiera daría por imposible la opción de ocultarse encima o detrás el mismo, por lo que nadie repararía en él.

Planos detallados de un O.P. tree, por si alguno quiere fabricarse un ejemplar y ponerlo en el jardín para prevenir
ataques por sorpresa de cuñados y familia política los domingos, festivos y fiestas de guardar

Base y asiento de un árbol de observación alemán. Las cosas
como son: se nota la impronta tedesca en la manufactura
del dichoso árbol
Con los datos necesarios volvió a Inglaterra, donde supervisó la construcción del O.P., el cual estaba formado por secciones de tubo de hierro ovaladas de 46x56 cm. que, tras ser unidas mediante tornillos, formarían una columna hueca provista de peldaños para alcanzar el mínimo asiento que se encontraba en lo más alto. A continuación, el tubo sería recubiert0 de corteza natural procedente de un sauce seco que fue localizado en el Gran Parque del castillo de Windsor, residencia vacacional de los monarcas, por lo que hubo que pedir permiso al rey Jorge V para talarlo. Obviamente, el rey accedió, faltaría más. Así, de paso, le quitaban de en medio aquella momia lignaria de forma gratuita. Una vez terminado el árbol solo había que montar las secciones, forrarlas con la corteza y fijar el conjunto a una base previamente asegurada en el suelo y recubierta de sacos terreros. El invento pesó unos 355 kilos, y para su traslado y colocación fue necesario un equipo de doce hombres. La sustitución del viejo sauce muerto por su réplica tuvo lugar la noche del 11 de marzo de 1916.

Boceto realizado de memoria por el mismo Solomon
en el que representa la instalación del primer O.P. tree
la noche del 11 de marzo de 1916
La operación fue todo un éxito y los british llevaron a cabo gran cantidad de "trasplantes", especialmente en la zona situada al norte de la carretera de Béthune a La Bassée ya que era un terreno llano en el que cualquier elevación disponible, por escasa que fuese, proporcionaba un excelente campo visual. De hecho, ya en el invierno de 1915 los british habían decidido crear un Servicio de Camuflaje Británico tras la visita de un grupo de oficiales al taller de Guirand en Amiens. Así pues, convocaron voluntarios con experiencia en oficios que se prestasen a construir decorados, como tramoyistas, carpinteros y escultores diestros en el trabajo con cartón piedra. Una vez formado el equipo de artesanos y expertos en la materia los enviaron a un pequeño taller en Amiens, cerca del de sus aliados, para posteriormente ser ubicados de forma definitiva en uno de mayor tamaño en Wimereux, cerca del puerto de Boulogne. De ese modo, el 22 de marzo de 1916 los british establecieron el Special Works Park (Parque de Talleres Especiales) , ambigua denominación para "camuflar la unidad de camuflaje" organizada bajo el mando del teniente coronel ingeniero Francis Wyatt y con el también teniente coronel Solomon como asesor técnico.

Bocetos extraído del cuaderno de campo de Leon Underwood en el que se detalla la posición de diversos árboles, el entorno, medidas, su aspecto general y, en definitiva, cualquier dato que ayudase a realizar una copia lo más fiel posible

Reseña del número de diciembre de 1917
de la revista Popular Mechanics en la que
se muestra el montaje de un O.P. tree
Un ejemplo de la extrema habilidad que desarrollaron los british en el tema de los árboles falsos es que llegaron a plantar 45 observatorios de los que solo 6 fueron alcanzados por la artillería enemiga, e incluso llegaron a plantar y mantener un árbol falso a 45 metros(¡!) de las líneas alemanas sin que se dieran cuenta de ello. Solomon diseñó un árbol más antes de dedicarse a otras cuestiones, en este caso un supuesto roble de más de 13,5 metros de altura instalado al sur de Yores. 

Pero, ojo, que nadie piense que los tedescos se quedaron atrás en esta materia porque ellos también desarrollaron sus propios arbolitos de tramoya. Baumbeobachter los llamaban ellos, o sea, árboles observatorios, y tanto les valían para meter dentro un observador de artillería como un francotirador que era capaz de pasar el día entero metido en aquellos puñeteros tubos con tal de obtener buenas presas. En este caso, por los ejemplares fotografiados por tropas australianas, estaban construidos del mismo modo que los de Solomon, así como a base de una estructura cubierta de lienzo pintado y con forraje añadido para darle más autenticidad a la cosa. Por el ejemplar que se conserva en el War Memorial (véase foto inferior) se ha podido saber que los alemanes iban más allá en el refinamiento a la hora de crear sus árboles falsos. Por ejemplo, el asiento estaba forrado de madera para hacer menos incómodas las horas que los observadores debían pasar en su interior, y para impedir que una bala perdida o un fragmento de metralla los dejase en el sitio, en vez de efectuar una visión directa sobre el terreno lo hacían a través de un periscopio, estando las mirillas situadas por encima de la cabeza del observador. Así mismo, dichas mirillas podían cerrarse para impedir la entrada de metralla si, de forma repentina, el enemigo iniciaba un bombardeo que pudiera afectarle. En cuanto a la corteza, era metálica, pero a las arrugas propias de la misma le habían añadido una especie de mortero que, entre otras cosas, contenía restos de conchas de moluscos, lo que le daba una textura sorprendentemente similar a la de una corteza real.

Dos baumbeobachter alemanes tomados por los australianos. A la derecha vemos un ejemplar que se conserva en el
Australian War Memorial de Camberra. Pasarse varias horas o todo el día metido en ese tubo no debía ser apto
para claustrofóbicos

En fin, estos eran los árboles camuflados que, ciertamente, dieron bastante juego a lo largo del conflicto y demostraron que sus creadores eran unos auténticos artistas del engaño, capaces de hacer ver lo que no era real a los sagaces observadores enemigos que solo con notar la ausencia de una hormiga en la tierra de nadie hacían saltar las alarmas. Así pues, como colijo que este tema es asaz interesante, en sucesivas entradas iremos dando cuenta de los increíbles subterfugios que ambos bandos urdieron para volverse más invisibles que un político acusado de malversación, prevaricación y cohecho a la salida del juzgado.

Bueno, comienza el 2017. TEMPVS FVGIT, carajo.

Hale, he dicho

"Erigiendo un árbol de camuflaje" (1919) obra de Leon Underwood, uno de los coautores de los O.P. trees británicos


viernes, 30 de diciembre de 2016

Morteros de trinchera. Morteros de 58 mm. tipos 1, 1 bis y 2


Mortero de 58 mm. tipo 1 bis rodeado por la escuadra de cinco hombres que lo sirven y el oficial de su sección. Uno de
los servidores sujeta la lanada que pasará tras cada disparo mientras que otro carga una bomba  de 16 kg. Obsérvese como
han emplazado la pieza contra la pared de la posición para aminorar el retroceso


Mortero de 58 mm. tipo 2 en posición de tiro
Bueno, hoy toca Gabacholandia. La presencia de los morteros de trinchera de 25 cm. tedescos debieron ser una inquietante sorpresa tanto para los british como los poilus (Dios maldiga a Nelson y al enano corso fifty-fifty), que no podían imaginar que a menos de un kilómetro de sus posiciones sus enemigos disponían de un arma tan devastadora como para alcanzar un refugio situado entre 7 y 10 metros bajo tierra, o para abrir un cráter de 6 metros de profundidad y 10 de diámetro. Colijo pues que a los primeros se les atragantaron las pastas de la tea time, y los segundos el tintorro peleón que solían llevar en las cantimploras. No obstante, los magines del personal comenzaron a humear ostentosamente a fin de dar con algún tipo de arma con la que contrarrestar la abrumadora potencia de fuego que los probos súbditos del káiser desencadenaban sobre ellos y les dejaban las alambradas, las trincheras y los nidos de ametralladoras hechos unos zorros, independientemente del elevado número de bajas que les producían.

La solución por parte de los gabachos no tardó en llegar más que unos meses de la mano de un sesudo militar, el comandante ingeniero Duchêne, perteneciente al X Ejército, el cual diseñó una pieza para salir del brete basada en el mismo concepto que el lanzaminas alemán no sin tener que sortear mil trabas para desarrollar su proyecto ya que, aún en una época tan temprana de la guerra, ya se hacían notar la escasez tanto de materias primas como de explosivos y munición. Recordemos que, por ejemplo, muchos fuertes se vieron despojados de casi toda su artillería para enviarla al frente, como ocurrió con el otrora poderoso fuerte de Douaumont. Como podemos suponer, los aliados daban por hecho que podrían detener a los belicosos tedescos en el campo de batalla, y la realidad es que todas esas fortificaciones desarmadas habrían sido quizás las únicas capaces de detener el empuje del ejército imperial. A finales de diciembre de 1914, Duchêne pudo concluir una pieza de forma casi artesanal, recurriendo al reciclado de materiales porque el general Joffre no permitía que se gastase ni un cartucho de fusil de más. El invento, por no llamarlo engendro, podemos verlo a la derecha, y según reza el gráfico recibió la denominación de mortier de 58 nº1 o mortier 58 T nº1.

Un poilu se dispone a encender la mecha que disparará la bomba de 16
kilos que carga su mortero. Sus colegas, al parecer, han optado por
contemplar la escena desde un discreto octavo plano, por si acaso.
Se trataba de un simple tubo de 58'3 mm. de calibre en cuya parte posterior se había añadido una barra de acero macizo roscada en un tope de vagón de ferrocarril que hacía de placa base. El conjunto se sustentaba sobre un rudimentario bípode provisto de un arco lleno de perforaciones que permitían graduar el tiro vertical, pero para correcciones horizontales había que mover la pieza entera. Para cargarla se introducía en el tubo un saquillo con 60 gramos de pólvora BC, la de uso reglamentario para artillería. Para los amantes de los datos minuciosos por si algún cuñado se resiste a ser humillado, sepan que en el ejército gabacho la pólvora era designada con la letra B, más una letra más que indicaba la filiación y la mezcla según el arma a la que estaba destinada. Dichas pólvoras estaban fabricadas a base de nitrato de celulosa, etanol y una pequeña porción de difenilamina para dar estabilidad al compuesto. A continuación se cebaba la carga con una mecha de 5 segundos y se introducía el proyectil, una bomba de 16 kilos fabricada también de forma artesanal aprovechando carcasas de proyectiles de artillería de 150 mm. De hecho, la ojiva, que en circunstancias normales era una pieza de acero soldada o enroscada al cuerpo del proyectil, en este caso era de madera con un ovalillo roscado en su interior para poder atornillar la espoleta. Bajo la bomba vemos un vástago con el interior hueco que era lo que se introducía en el tubo del mortero, cuya ánima era lisa, y tres aletas de chapa para darle estabilidad durante el vuelo. Por su apariencia... ¿aeronáutica?... le dieron el pomposo y sonoro apodo de "torpedo aéreo". En cuanto a la carga, era de 6 kilos de perclorato de amonio. No obstante, sus prestaciones no estaban mal del todo: su cadencia de tiro era de un disparo cada dos minutos, con un alcance máximo de 350 metros.

Corrigiendo el ángulo de tiro vertical. Lo malo es
que si el disparo fallaba por 30 metros a la derecha
había que corregir a ojo de buen cubero
A mediados de enero de 1915, los "Ateliers Métallurgiques de La Chaléassière" de St. Etienne enviaron al frente las primeras 70 unidades que, todo hay que decirlo, dieron un resultado satisfactorio a pesar de sus carencias y su escasa precisión, propiciada ante todo por su rudimentaria base. No obstante, al menos pudieron demostrarle a los germanos que ya disponían de un chisme capaz de dar respuesta a sus morteros de trinchera si bien, lógicamente, los efectos de la bomba de 16 kilos estaban muy lejos de equipararse a los devastadores proyectiles de 25 cm. alemanes.  Pero el que se puso más contentito fue Joffre, que vio como el probo Duchêne era capaz de fabricar un arma con cachos de trenes viejos y carcasas de desecho, así que lo mandó a paso ligero a la Escuela de Pirotecnia de Bourges para mejorar el invento. Duchêne tardó apenas el tiempo de ajustarse las gafas y sacarle punta al lápiz, porque en febrero ya había creado un modelo que no solo era mejor, sino que no se parecía en nada a su predecesor.

Cabe suponer que mientras trabajaba en su primer y rudimentario proyecto, Duchêne ya andaba maquinando como sería su sucesor, porque de no ser así no se comprende como en menos de un mes ya tenía listo el sustituto del T1. Así, en febrero de 1915 ya estaba listo el mortier 58 T nº2 que se parecía a su predecesor lo mismo que un botijo a una cuchara de palo. En el grabado superior podemos ver a la criatura ya emplazada con todos sus accesorios y, como podemos comprobar, tenía una apariencia como que más sólida que el modelo anterior. 

A la derecha tenemos el tubo, una rechoncha pieza de acero de apenas 55 cm. de largo y un peso de 75 kilos. Como vemos, está formada por dos partes, el tubo en sí y una culata de donde emergen los muñones que fijarán el conjunto a la estructura del mortero. En la parte superior vemos el orificio donde se acoplaba el mecanismo de disparo Forgeat, el cual veremos con detalle más abajo. La sustancia detonante era a base de fulminato de mercurio. No obstante, el primitivo sistema de mecha se continuó usando.


El tubo se montaba en un armazón de acero tal como vemos en la figura A. Dicho armazón contenía el mecanismo de elevación, que se ve bajo el tubo, consistente en un tornillo sin fin y una rueda de bronce. Dicho ángulo iba desde los +45 a los +82,5º, y para asegurar la posición del tubo este se fijaba con las palometas situadas en los arcos laterales. Esta estructura pesaba 226 kilos y, como vemos, carecía de sistemas para amortiguar el retroceso. Para absorber dicho retroceso se instalaba la estructura sobre la base de la figura B que, además, disponía en su parte posterior de un arco que permitía regular el azimut 17'5º a cada lado. La base estaba compuesta de cinco gruesos durmientes de nogal unidos con pernos y reforzados en la parte delantera con un ángulo de hierro en forma de U. Finalmente, en la figura C podemos ver el mortero en posición de tiro. El peso total de la base incluyendo el arco de hierro era de 162 kilos, por lo que el conjunto total del arma ascendía a 463 kilos de nada. Para su acarreo manual eran precisos 15 hombres: dos para el tubo, siete para la estructura, que se podía desmontar en cuatro piezas, y seis para la base. 


Pero si las condiciones del terreno así lo exigían, la pieza podía emplazarse sobre una base de madera aún más amplia y resistente a fin de darle al arma la estabilidad necesaria e impedir que tras varios disparos se hubiese hundido de forma desigual en el suelo. Esta estructura, formada por durmientes de madera unidos por pernos a escuadras y ángulos de hierro tenía un peso de 890 kilos, y para su transporte hasta la posición a través de los dédalos de trincheras del frente se precisaba de otros catorce hombres más. Para emplazarla era preciso cavar previamente una superficie de unos 2 m² y unos 13 cm. de profundidad con la finalidad de inmovilizarla totalmente.


En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del mortero en su base que, debido a su achaparrado aspecto así como por el mínimo brinco que daban cuando eran disparados, fueron rápidamente apodados por los servidores de estas piezas como crapouillots, o sea, sapitos. Por cierto que la foto procede de uno de los tropocientos monumentos a los caídos que hay en Francia y, curiosamente, gran cantidad de ellos están decorados con estos morteros, así que debieron tomarles mucho cariño o bien les sobraron por cientos. En todo caso, el resultado del proyecto de Duchêne fue un arma sólida, robusta y que además funcionaba sin dar problemas ya que, como vemos, tenía menos mecanismos que un chupete. De hecho, el de elevación era el único porque hasta carecía de sistemas de puntería, la cual se calculaba a base es escuadra y plomada, como hacía el bisabuelo Jean-Baptiste cuando servía en la artillería en tiempos del enano corso. Para su puesta a tiro solo había que juntar las piezas, atornillarlas y, a continuación, fijarla a la base, operación esta que solo requería un rato dándole a la llave inglesa. Una vez emplazado, sus prestaciones eran bastante decentes ya que, dependiendo del sistema de disparo, podía alcanzar una cadencia de 1 disparo cada 2 minutos en caso de emplear la mecha de 5 segundos, o de 1 disparo al minuto si se usaba el mecanismo de percusión, lo que suponía una cadencia de 60 disparos a la hora en fuego sostenido, que no es moco de pavo para un arma de estas características.


Rápidamente se puso en producción el nuevo modelo, ordenándose el cese de la fabricación del tipo 1, del que en total se entregaron 180 unidades. Debido a la premura por disponer del tipo 2 se encargó la manufactura de los mismos a una empresa privada de St. Étienne, la cual entregó las 140 primeras unidades en el mes de abril. Ante la masiva demanda de este tipo de armas, el Estado Mayor decidió crear unidades destinadas exclusivamente al manejo de las mismas para recibir el adiestramiento adecuado y sacarles así el máximo rendimiento posible. Estas unidades, contrariamente a lo que hicieron los alemanes, dependían del arma de Artillería. Cada pieza estaba encomendada a una sección compuesta por un jefe, un adjunto y los 15 pardillos que debían deslomarse transportando los componentes de cada mortero hasta primera línea. Además, para facilitar el suministro de munición se fabricaron sencillos pero eficaces soportes y atalajes que, colocados a la espalda como una mochila o colgando de los hombros, permitían el acarreo de entre dos y tres proyectiles dependiendo del peso. Ojo, que nadie piense que por norma se recurría a fastidiar las cervicales del personal ya que el transporte a mano se efectuaba solo en las trincheras, donde lógicamente no había cabida para vehículos o acémilas.


Así pues, se diseñaron dos carretones que permitían acercar tanto el mortero como las municiones hasta primera línea y los podemos ver en las ilustraciones de la izquierda. La superior nos muestra el destinado al mortero, el cual podía ser tirado tanto por acémilas como por hombres, y además de la pieza transportaba dos cajas para las espoletas. Abajo vemos el vehículo para los proyectiles cuya capacidad dependía del tipo de bomba. A título orientativo, podía transportar 18 bombas L.S. o 10 bombas D.L.S., de 18 y 35 kilos respectivamente. Y si no había disponibles ninguno de los inventos mostrados, pues se cogía "voluntarios" a la docena de pringados que siempre hay en todas las compañías y se les invitaba amablemente a transportar los proyectiles a cuestas, indicándoles que tuvieran especial cuidado con no dañar los estabilizadores o la cola del proyectil ya que, de ocurrir, quedarían inutilizados.


Sin embargo, la aparición del tipo 2 no detuvo el genio creativo de Duchêne, que además había preparado de forma paralela otro diseño para sustituir, en teoría, al primer modelo. Básicamente era una versión ligera del tipo 2, y recibió el nombre de tipo 1 bis, y podemos compararlo con su hermano mayor en la foto de la derecha. El 1 bis estaba formado por un tubo del mismo calibre pero con las paredes menos gruesas, y se asentaba sobre una placa base más pequeña que, no obstante, le proporcionaba un asentamiento lo suficientemente estable. 


Carecía de mecanismo de elevación, por lo que para regular el tiro vertical había que aflojar las palometas laterales y ajustar el ángulo con la escuadra, tal como vemos en la foto de la izquierda. Y, tal como le ocurría a su predecesor, no tenía capacidad de regulación horizontal, así que se tenían que conformar con el típico sistema de prueba-error. No obstante, este pequeño mortero de solo 181 kilos de peso puesto en batería vino de perlas al ejército para aumentar la gama de piezas disponibles que, por otro lado, al disparar los mismos proyectiles no causaban problemas logísticos. Por otro lado, el 1 bis precisaba de una dotación menor, en este caso de un suboficial y cuatro hombres que se bastaban para transportar la placa base y el tubo. Su producción se encargó también a empresas privadas, y las primeras unidades salieron de la línea de producción prácticamente al mismo tiempo que el T2. Hacia el mes de junio de 1915 había operativos, además de los primeros T1, nada menos que 564 T1 bis y 276 T2, y se calcula que hacia el final del conflicto debía haber más de 3.000 unidades dando guerra si bien este tipo de armas cayó en la obsolescencia en la fase final de la guerra por su condición de armas estáticas. En cualquier caso, durante los años que estuvieron activos no defraudaron a sus usuarios, que es lo importante cuando se acude a la llamada de las armas a chinchar al enemigo bonitamente.


En lo referente a la munición, estas armas disponían de una extensa gama de proyectiles a elegir. El primero que entró en acción fue una versión mejorada de la bomba de 16 kilos que vimos anteriormente. Esta mantenía la misma carga explosiva, pero el cuerpo del proyectil ya estaba fabricado de forma totalmente industrializada. Según vemos en la ilustración de la derecha, estaba compuesto por tres partes soldadas entre ellas, con su correspondiente orificio roscado en la ojiva para alojar la espoleta y otro, también roscado, en el culote para acoplar la cola. Para darle estabilidad a su trayectoria disponía de tres aletas colocadas a 120º una de otra que eran soldadas al cuerpo de la bomba. Su velocidad inicial era de apenas 80 metros por segundo, por lo que casi podría verse como volaba, y su alcance máximo estaba en los 650 metros. Su longitud total era de 62,6 cm., y se fabricaron en dos versiones, la A y la B. La única diferencia entre ambas era la forma más redondeada de la primera y más angulosa de la segunda. La que mostramos en la ilustración superior es la B.





Un poilu cargando un T1 bis con una
bomba de 16 kg., lo que nos permite
hacernos una idea de sus dimensiones
En lo referente a los colores, dependiendo de la carga se empleaba un determinado color o una combinación de varios. En la figura A vemos el, digamos, color básico denominado gris artillería, un tono celestón más o menos como el que se aprecia en el dibujo. Los proyectiles pintados enteramente de este color estaban cargados con chedita, un explosivo a base de clorato con una porción de aceite de ricino que le daba más estabilidad. Debe su nombre a la ciudad de Chedde, donde se empezó a fabricar a inicios del siglo XX. La figura B pertenece a los proyectiles cargados con explosivos cuyo principal componente era el perclorato de amonio o de potasio, que eran identificados con una banda verde de 20 mm. de ancho. La figura C es la que corresponde a los explosivos a base de nitrato, como la melinita, a base de ácido pícrico y quizás el más empleado por el ejército francés, o cresylita 60/40, alto explosivo combinado en dicha proporción con ácido pícrico y nitrato. En último lugar vemos la figura D que presenta un proyectil con la ojiva en negro y en el extremo una banda azul de 20 mm. de ancho, los cuales estaban cargados con pólvora negra y se empleaban para instrucción y prácticas de tiro. En cuanto al que vimos en el párrafo anterior pintado de verde, este color correspondía a cualquier proyectil que contuviese sustancias tóxicas. El número que vemos en la ojiva, así como la existencia de una banda blanca en el centro, indica que es un proyectil de gas, en este caso de collongita, una porquería inventada en 1915 por un fabricante de tintes llamado Descollonges en su planta de Villeurbanne. La collognita era una mezcla de fosgeno, tetracloruro de estaño y cloruro de arsénico, por lo que colijo que respirar semejante porquería no debía ser nada recomendable. Por cierto, la cola del proyectil nunca se pintaba, e iba engrasada para facilitar su introducción en el mortero, y el interior de las carcasas era pintado con brea para impedir que la carga tocase las paredes de las mismas ya que el contacto con el hierro podría producir cambios en la composición del explosivo.


A continuación podemos ver la bomba de 45 kilos, 23 de los cuales eran de explosivo, y con una longitud de 80,3 cm. En este caso, el cuerpo estaba también formado por tres partes, estado la posterior remachada al resto del conjunto. Como su hermana menor, tenía también tres aletas estabilizadoras. Lo único que permanecía invariable en todos los modelos era la cola del proyectil, diferenciándose solo en la longitud de la misma. En este caso hemos presentado la bomba cargada en otro T1 bis, siendo más grande el proyectil que el arma. En lo referente a sus prestaciones, su velocidad de salida era más lenta aún: 63 metros por segundo, o sea, como un saque de tenis a manos de un artrítico crónico. Su alcance máximo estaba en los 400 metros.


Y la que vemos ahora es, más que una bomba, un bombón. Concretamente la hermana mayor, con una longitud de 107 cm. y un peso de 40 kilos de los que 10 eran de explosivo. Su denominación oficial era bomba flecha tipo D, y no variaba en nada en lo tocante a su construcción respecto a las que hemos visto anteriormente. No obstante, a pesar de su forma más estilizada sus prestaciones eran similares a la de 45 kilos ya que su velocidad inicial era de 67 metros por segundo y su alcance máximo de 450 metros. En la foto la vemos cargada en un T2, y debe tratarse de una imagen de propaganda o hecha por el poilu para enviarla a casa porque no tiene la espoleta montada y, además, esa mirada condescendiente al infinito poniendo jeta de ángel exterminador recién desayunado no parece propia de un soldado en plena acción.


Con la entrada en servicio del T2 se fabricaron otros tres tipos de proyectiles que incorporaban algunas novedades. Una de ellas consistía en los estabilizadores que, en dos de los modelos, de tres pasaron a seis. Para darles más rigidez, se les estampaba por su parte central una nervadura tal como se aprecia en la ilustración. El modelo más ligero era la bomba L.S. con un peso total de 18 kilos, de los que 5,35 eran de explosivo. Su longitud era de 79 cm., y tenía una velocidad inicial de 117 m/seg. con un alcance muy superior al de la bomba de 16 kilos: 1.250 metros. El de la izquierda es un proyectil cargado con chedita, mientras que el de la derecha presenta la tonalidad verde de los que iban llenos de porquería. Las letras y números que lleva pintados son una variación que solo usaron las bombas L.S. entre 1917 y 1918, y estas indican de arriba abajo: el 5 y las letras CO, el contenido, en este caso collognita. A continuación la fecha de carga, el lugar donde se fabricó (en clave) y el peso que, al parecer, en los proyectiles de gas superaba un poco al nominal. En cuanto a las espoletas, son la I.T. de impacto de las que ya hablaremos más adelante.


La siguiente en potencia era la bomba D.L.S. de 35 kilos con una carga de 10. Su longitud era de 95 cm., y tenía una velocidad inicial de 83 m/seg. y un alcance máximo de 670 metros. La que presentamos a la izquierda sería un ejemplar cargado con chedita ya que está enteramente pintada de gris artillería, mientras que la otra, con medio cuerpo pintado de amarillo, estaría cargada con melinita. Por cierto que, en caso de usar este explosivo, se añadía una banda roja en el centro para indicar que la carga era inferior al nominal, mientras que si se pintaba una banda similar en blanco era al contrario, la carga era superior. Un dato específico de esta bomba, así como de la L.S. mostrada en el párrafo anterior, es que disponían de un eficaz sistema de obturación para impedir fugas y aprovechar de ese modo todos los gases producidos por la deflagración de la carga. Dicho sistema era bastante básico, pero no menos eficiente; consistía en colocar en el extremo de la cola un disco de cobre que se expandía en el momento del disparo, cerrando de ese modo el mínimo espacio de viento entre la cola y el ánima.


Por último tenemos la bomba A.L.S., un proyectil provisto de tres estabilizadores y con un peso de 20 kilos con una carga de 6'4 de explosivo. Sus prestaciones eran de 117 m/seg. y un alcance máximo de 1.250 metros. Pero lo más significativo de este modelo consistía en que la carga de proyección iba dentro de la cola del proyectil. Esto suponía que, al detonar dicha carga más cerca del centro de gravedad del cuerpo de la bomba, mejorase de forma ostensible su precisión. En la foto podemos ver su apariencia cargado en un T2, y la espoleta con que hemos ilustrado este ejemplar es una R.Y. de impacto. Por norma, según veremos más abajo, todos los proyectiles de mortero gabachos se cargaban casi siempre con espoletas de este tipo, y no como hacían los tedescos que de forma sistemática empleaban espoletas de doble uso, mucho más fiables por cierto.


A la izquierda tenemos las espoletas en cuestión. La figura A es el modelo R.Y. de impacto. Se armaba gracias a la repentina aceleración del proyectil al ser disparado, y su carga detonante era a base de fulminato de mercurio, compuesto habitual en las espoletas debido a su sensibilidad y su velocidad de ignición si bien era un producto bastante inestable y corrosivo. La figura B es el modelo I.T, que carecía de mecanismos de armado. Debido a ello tenía que llevar un alambre y un casquillo a modo de pasador y tope de seguridad respectivamente, siendo retirados ambos en los instantes previos al disparo. En cuanto a la figura C, es la espoleta de impacto 24/31 modelo 1916, la cual tenía un sistema de armado por inercia similar a la R.Y. Estas espoletas armaban sobre todo a las bombas de 16 kg. Por último, en la figura D vemos el mecanismo de percusión Forgeat empleado en el mortero tipo 2. Consta de un casquillo que se roscaba en un orificio situado en la parte superior del tubo, como ya mostramos en el croquis en sección del mismo. Para iniciar la carga de proyección se le añadía un estopín similar a una vaina cargado con pólvora negra y, a continuación, se tiraba de un cordel unido a la anilla para comprimir el muelle helicoidal que impulsaba el percutor. Al llegar al límite de tracción, la anilla dejaba escapar el cordel, el muelle empujaba el percutor y se producía el disparo. A continuación, mientras uno de los servidores recargaba el arma, otro extraía el mecanismo para reponer el estopín. Este sistema, aparte de resultar más fiable y rápido que la mecha de retardo, favorecía la obturación en el momento del disparo ya que no dejaba escapar gases por el orificio de carga.


Con todo, la ignición por mecha de 5 segundos siguió vigente durante todo el conflicto. En la foto de la derecha vemos como un servidor de un T1 bis arrima una cerilla para prender dicha mecha, tras lo cual todo el personal se apartaba y se ponía a cubierto, por si acaso, hasta que se producía el disparo. Por cierto que, como podemos suponer, esto de encender mechas se volvía bastante complicado cuando el tiempo se ponía chungo y caía agua a raudales, lo que era relativamente frecuente en el frente Occidental durante casi todo el año. 


Dos servidores de un tipo 2 en plena acción. Mientras uno de
ellos pasa una lanada para limpiar el ánima, otro coloca el
mecanismo de disparo
En lo tocante a las cargas de proyección, consistían en saquillos con diferentes pesos según el tipo de proyectil a emplear y el alcance que se deseaba obtener. Así pues, estos saquillos se confeccionaban con tubos de lino blanco de unos 5 cm. de diámetro con cuatro cargas base: 60, 135, 160 y 185 gramos. La inferior era de B.C., o sea, pólvora de cañón, mientras que las tres superiores eran de ballistita, una de las primeras pólvoras sin humo fabricadas por Nobel a base de nitroglicerina y algodón pólvora que, al parecer, era excesivamente corrosiva y deterioraba las ánimas de los cañones. Además, había dos cargas de incremento de 25 y 65 gramos de ballistita para aumentar la carga si era preciso. Dentro de los saquillos de las cargas base iba una pequeña bolsa de muselina con 12 gramos de pólvora negra de filiación FFF que, en realidad, era la que iniciaba la carga de proyección cuando la mecha o el estopín cumplían su trabajo. Cada saquillo llevaba impreso el peso de la carga, el tipo de pólvora, la fecha de producción y las siglas de la fábrica pero, para evitar errores, los de la carga de 160 gramos eran de tela color verde, y estaba cosido en dos mitades para reconocerlo mejor durante la noche.


Grupo de poilus tomándose un respiro durante el acarreo de bombas de
45 kg. hasta primera línea. Junto a ellos aparece un tedesco prisionero al que
seguramente le han obligado a echar una mano so pena de dejarlo libre
con un cartel colgando que diga "Amo al enemigo" o "Soy un traidor,
pegadme un tiro, me lo merezco"
Las bombas D.L.S empleaban la carga de 60 gramos y la de 135, si bien esta última era para obtener su máximo alcance. Las L.S. las de 60 y 160 gramos, y las A.L.S. las de 185 gramos. A todas ellas se les añadían cuando procedía las cargas de incremento. Así pues, para hacernos una idea, un mortero que iba a disparar una bomba D.S.L. de 18 kilos contra un objetivo situado a, por ejemplo, 320 metros, era cargado en primer lugar con un saquillo de 60 gramos con su carga de iniciación de 12 gramos de pólvora negra que, lógicamente, debía quedar en el fondo de la recámara. A dicha carga se le añadían dos más de incremento de 25 gramos. Con esa carga y las tablas de que disponían los artilleros sabían qué ángulo debían dar exactamente a la pieza para alcanzar su objetivo, que en este caso sería de 71º. 


Posando ante un tipo 2 armado con una L.S.
Merece la pena comparar la posición cutre y
fangosa de esta gente con las que vimos en la
entrada del sMW de 25 cm. alemán, perfectamente
entibadas y camufladas
En fin, con esto creo que cualquiera podrá apabullar bonitamente a su cuñado o incluso una alianza de varios de ellos juramentados para desafiarnos tras tragarse 94 documentales del Canal Historia y de cartearse con los profes de la academia de Sandhurst que aparecen en los mismos. A modo de colofón, comentar que el empleo casi exclusivo de espoletas de impacto en la munición de estos morteros obedecía a su empleo táctico, basado ante todo en la destrucción de alambradas, trincheras, fuego de barrera y lanzamiento de gas. Su masa no era capaz de alcanzar las profundidades de su colega tedesco y, por otro lado, la destrucción de fortificaciones de más envergadura era preferible dejarla en manos de la artillería pesada. No obstante, para cometidos muy concretos se armaban espoletas de retardo, sobre todo a la hora de intentar destruir trincheras impactando en el interior de las mismas. Así pues, para hacernos una idea del poder destructivo de estas armas daremos una breve pero ilustrativa relación de sus efectos contra diversos objetivos a modo de epílogo.


Curioso fotograma en el que vemos a un poilu salir a escape tras encender la
mecha en  un T2, la cual se ve como humea de forma ostentosa. La bomba
es una DLS en la que, por cierto, no se aprecia ninguna espoleta, así que
igual se trataba de una película de propaganda
Si caía dentro de una trinchera o, a lo sumo, a medio metro de distancia, una bomba L.S. o una de 16 kg. podían destruir entre 1 y 3 metros, mientras que una D.S.L. destruía entre 2 y 4 metros. Estas últimas podían además destruir el techo de troncos y tierra de un nido de ametralladoras. Las mismas bombas y en el mismo orden podían destruir entre 2 y 2,5 metros de alambrada en los primeros casos y entre 3 y 4 en el segundo. Para acabar con un tramo de unos 100 metros de trincheras hacían falta entre 300 y 400 L.S. o bien entre 150 y 200 D.L.S. A la vista de estas cifras puede que ahora más de uno comprenda el motivo de aquellas preparaciones artilleras bestiales en las que se disparaban decenas de miles de proyectiles de todo tipo ya que, de lo contrario, no había forma de destruir las defensas enemigas y más en el caso de los alemanes que, como sabemos, fortificaban como nadie.

En fin, creo que no olvido nada relevante, así que corto ya porque esta entrada ha sido XXXL por lo menos. 

Hale, he dicho


Después de cien años, aún siguen apareciendo proyectiles de los "sapitos" por los campos de Flandes. En este caso se
trata de dos bombas de 16 kilos que, al menos la que vemos en primer término, incluso conserva la espoleta. Según
estimaciones llevadas a cabo por el ejército francés, aún tardarán unos siete siglos más hasta dejar totalmente limpias
las zonas donde se batieron el cobre, y eso que cada año destruyen cientos y cientos de proyectiles que aparecen
por todas partes, incluyendo sembrados donde son arrancados de la tierra por las gradas de los tractores. Acojona, ¿eh?