lunes, 27 de junio de 2022

VARAS DE MEDIR

 

Los que me leen desde España ya habrán visto cienes de veces este titular:


No creo que haga falta entrar en detalles, porque la prensa e, imagino, la caja tonta, habrán dado cuenta del luctuoso suceso hasta la saciedad. Ese fulano, por nombre Fernando González de Castejón y Jordán de Urríes, IX marqués de Perijá y XVI conde de Atares, en un avenate homicida le endilgó un tiro a la consorte y, de paso, a una amiga que estaba en el lugar y la hora equivocados. Tras el doble asesinato tuvo al menos la gentileza de ahorrarnos a los paganos las costas del proceso y mantenerlo la torta de años en el trullo a costa del estado, pegándose un tiro y auto-ajusticiándose. El cabrito ese, al parecer, era la oveja negra del clan. Un vivales con la sesera a falta de un hervor y, en resumen, un prenda de cuidado.

Bien, un hideputa menos en el mundo al que no echarán de menos ni sus cuñados. Sin embargo, no ha habido un solo titular en el que se le haya citado por su nombre. Siempre han hecho referencia al "conde asesino" o el "aristócrata asesino", como si el hecho de ser un mal bicho fuese inherente a la nobleza. No han puesto "el asesino de la calle Serrano", que habría bastado para identificarlo porque en la calle Serrano no se cometen asesinatos a diario, sino que se ha insistido constantemente en su condición de aristócrata. 

Pero, ¿se imaginan si aparece este titular?


Se lía parda. Bueno, no creo que haya un solo periodista que se hubiese atrevido pero, de haberlo, en medio nanosegundo los ciudadanos de etnia gitana, antes gitanos a secas, habrían clamado al cielo, acusando al autor del titular de racista, fascista, xenófobo y todos los "fobos" que tengan a mano tanto en cuanto equipara de alguna forma su raza, etnia o cómo carajo quieran llamarla con la condición de asesino. Todos los gitanos y, por supuesto, la progresía sectaria hispana, habrían salido en tromba pidiendo dimisiones, lapidaciones y crucifixiones, porque eso de resaltar que el asesino era gitano está muy feo. El fulano era un machista maltratador y punto. No hace falta entrar en detalles sobre sus genes.

¿Y qué me dicen de este?


Pues la reacción habría sido la misma. Los probos subsaharianos, antes negros a secas, con o sin papeles, habrían puesto el grito en el cielo, coreados una vez más por la progresía casposa que exigiría de inmediato el despido del periodista que ha tenido la osadía de señalar que el criminal pertenecía a esa raza. ¿Se han dado cuenta que cuando un crimen pasional lo protagoniza un español no hay problema con mencionar su origen y, por supuesto, su nombre y apellidos, pero cuando procede de Sudamérica, Rumanía, Marruecos o cualquier otro país solo ponen sus iniciales para no marcar al resto de sus paisanos con el estigma del crimen?

Uno más...


Sobran los comentarios, ¿no? Si aparece este titular, a estas horas los bomberos aún estarían apagando contenedores de basura y los empleados municipales limpiando las toneladas de porquería que los jóvenes progresistas, el futuro de la nación, habrían desparramado por todas las capitales de España. Dirán que un asesino es un asesino, y en este caso era además un hombre maltratador y violento perteneciente a esa apolillada élite decadente y parasitaria que es la nobleza, residuo de explotadores, de fornicadores patológicos, último bastión de vagos CVM LAVDE y, naturalmente, machistas contumaces porque la arrogancia propia de los de su clase los convierte en asesinos en potencia. En resumen, lo relevante no parece haber sido que un tal Fernando González de Castejón se haya cargado a su mujer y a una amiga de la familia, sino que el asesino- su nombre es lo de menos- era un conde, un aristócrata.

Pero la cosa no queda ahí. Pretender asimilar a la aristocracia con crímenes pasionales no era bastante al parecer, así que había que resaltar otras "cualidades" del asesino. Vean unos fotogramas de un vídeo publicado en el diario "El Mundo" acerca del suceso.


Y yo me pregunto, ¿se habría dado relevancia a las fotos en este hipotético caso que vemos a continuación?


Juraría por mis muelas del juicio que no, y más si consideramos que la progresía vetusta y apolillada venera a esos dos sátrapas, imagino que porque no se ven obligados a vivir bajo su yugo y porque cuando van de visita a Cuba o Venezuela los tratan a cuerpo de rey. Bueno, de presidente de república, que esos no son monárquicos aunque les mola bastante vivir como monarcas.

Este es el siguiente fotograma del mismo vídeo:


Obviamente, un fulano que tiene "una cruz militar" (imagino que la Cruz de Hierro, digo yo...) con una esvástica debe ser al menos primo lejano del ciudadano Adolf, ergo un genocida en potencia. Es un detalle muy importante lo de la "cruz militar". Por cierto, si registran la vivienda de un aficionado al coleccionismo o a las cuestiones de militaria, encontrarán quincallería de tiempos de los nazis como para ponerlo en cuarentena cuarenta siglos.

Pero me pregunto si habrían permitido publicar este otro comentario:



Juraría que nones. Total, el puño, la rosa, la hoz y el martillo no tienen relación alguna con los desórdenes mentales del asesino, así que no ha lugar a mencionar ese detalle ya que los probos ciudadanos que también tienen en casa puños, rosas, hoces y martillos podrían ser señalados como potenciales maltratadores y homicidas.

Uno más. En el fotograma previo a este que verán abajo se hacía saber que el asesino no trabajaba, lo cuál no veo qué tiene de particular tanto en cuanto los políticos no saben lo que es doblarla a pesar de sus suntuarios suelzados, momios y prebendas. Así mismo, es de todos sabido que la Arcadia de cualquier español es que le toque la Primitiva, pero no para crear una empresa o ampliar la que ya tiene, sino para mandar al carajo a todo el mundo, largarse a algún paraíso fiscal y no dar golpe durante el resto de su vida. Bien, así pues, tras advertir que el asesino no trabajaba, nos explican los motivos de su incuria y su vagancia:



Conformes con que el fulano ese era un criminal desalmado pero, ¿desde cuándo es malo ganar pasta de los beneficios de una empresa creada por uno mismo? Si puso al frente a empleados cualificados y solo tenía que ir una vez al mes a echar unas firmas, pues ya quisieran muchos poder hacer lo mismo. Pero lo más chirriante es lo de las herencias. ¿También es malo heredar un pastizal tan cuantioso que te libere de la carga del trabajo, del estrés, de levantarte a las 6 de la mañana, de soportar colas en el transporte público o atascos en hora punta, de los berrinches, de aguantar broncas de jefes psicópatas, etc., y todo para que al cabo de tropocientos años te quede una pensión de mierda que ni siquiera habrás podido mejorar con planes de pensiones privados porque te habrán expoliado a fondo a base de impuestos?

Obviamente, este otro comentario habría sido censurado sí o sí:


Por no hablar de este otro...


En fin, creo que con estas muestras es suficiente para ver con claridad el motivo del título de este articulillo. Está de más decir que nadie pretende justificar ni aminorar la responsabilidad del asesino. De hecho, si de mí dependiera y no se hubiese aplicado justicia a sí mismo, ese fulano no veía más la luz del sol o, mejor aún, iría derecho al palo, que es donde deben acabar todos los que perpetran crímenes de ese tipo, ya sea contra sus parientas, sus parientes, sus hijos, sus vecinos y... bueno, lo de los cuñados habría que analizarlo con más detenimiento.

Lo que me chirría como portón de castillo mohoso es la continua machaconería resaltando su clase social, estigmatizando así a muchas personas decentes y trabajadoras e incluso políticos incluyendo algún socialista (José Barrionuevo, el polémico ministro del Interior con Felipe González, fue II vizconde de Barrionuevo), que pertenecen a la aristocracia. El asesino era Fernando González de Castejón y punto. Ser conde, arquitecto, ingeniero de caminos, informático, barrendero o sexador de huevos es lo de menos. Del mismo modo, si hay gente que tiene en casa una foto del Ché Guevara, un psicópata de manual, ¿por qué no puede tenerla del ciudadano Adolf? Puestos a tener fotos de psicópatas, podemos tener una foto del enano corso (Dios lo maldiga), de Leopoldo II de Bélgica, de Pol-Pot, del padrecito Iósif, de Idi Amín, de Pedro I, de Gadafi, de Fidel Castro, de Pinochet, etc. Si algo han sobrado en el planeta son cabrones con poder.

Otrosí, me irrita sobremanera que si alguien pone en su casa- donde cada cual puede poner lo que le salga del níspero- una foto de Franco, automáticamente sea señalado como un peligro público. Pero si pone una de Lenin o del padrecito Iósif pasa a ser considerado un probo progresista, que no sé por qué se consideran como tales porque, cada vez que gobiernan, en vez de progresar se atrasa varias décadas.

Vivimos en una época tenebrosa en la que las distintas varas de medir se emplean a diario contra todo aquel que es considerado como ajeno al pensamiento único y contraviene los mantras de la nueva inquisición que nos pretende imponer cómo hablar, qué comer, qué beber, cómo viajar y hasta cómo fornicar. Una sociedad decadente y podrida hasta la médula que exige un permiso paterno para ir a ver un museo con la clase, pero permite abortar sin que se entere ni el tato. Una sociedad clientelar en la que ya no prima el mérito y el esfuerzo, sino el sexo al que pertenece cada cual. Una sociedad en la que priman los prejuicios y los estereotipos más abyectos. En fin, una mierda de sociedad. Luego me miran como un bicho raro porque me niego obstinadamente a salir de mi burbuja, qué carajo...

Bueno, no quería dejar enfriar este tema del que en una semana ya nadie hablará, pero que es un preclaro ejemplo de las varas de medir que usan a diario para separar lo que se considera bueno de lo malo solo por ser de una clase social, una profesión o un sexo determinado.

Hale, he dicho

miércoles, 22 de junio de 2022

LOS ANDARES DE PUTIN

 


A ver, las cosas claras y el chocolate espeso. Ni musas fugitivas ni pollas en vinagre. Llevo una temporada de capa caída porque, como me ha ocurrido otras veces, no me apetece pasarme horas traduciendo, elaborando gráficos, dibujitos o buscando fotos. Ya está, así de simple. Así pues, cuando me da un leve avenate busco algo facilito para escribir unas líneas, cubrir el expediente y sanseacabó. Y dicho esto, vamos a lo que vamos...

Desde que el infame camarada Vladimiro se levantó oyendo voces en las que el padrecito Iósif le animaba a hacer resurgir de sus cenizas la vetusta, apolillada y fallida URSS, su persona ha sido objeto de tropocientas especulaciones chorras o no tan chorras pero, en todo caso, imposibles de corroborar. Los personajes más siniestrillos o polémicos de la historia siempre han sido objeto de miles de bulos a cual más surrealista pero que, por obra y gracia de la incultura palmaria del personal, se dan por ciertos. Curiosamente, uno muy extendido es el de los capados por heridas de guerra. De Franco y Hitler se propaló bastante, como si ser herido en los testículos fuese algo deshonroso o mermase la capacidad intelectual del sujeto. Algunos, en el colmo del desbarre, aseguraba que la voz atiplada del extinto Caudillo se debía precisamente a esa herida, sin saber que el tono de voz lo marca la adolescencia, y que una vez deformada la laringe por la secreción hormonal ya no cambia aunque a uno le quiten los testículos, la próstata, la picha o el hígado. Lo cierto es que Franco recibió una herida en el vientre durante la guerra de África que casi lo manda a la fosa, y el ciudadano Adolf respiró iperita, pero sus partes pudendas permanecieron intactas. 

También son muy celebrados los bulos sobre desviaciones o perversiones sexuales. Curiosamente, mientras que hoy día se tolera e incluso se anima a practicar todo tipo de fornicio por muy exótico que sea, si sale a relucir el nefando Benito alguno intentará denostarlo afirmando que era un golfo, un putañero y que tenía mogollón de amantes, motivo por el que cantidades masivas de celebridades de todo tipo podrían entonces ser vilipendiadas. No hace mucho leí un titular de un pseudo-artículo "histórico" donde se decía que el ciudadano Adolf era aficionado al sado-masoquismo para ponerlo, además de malvado, como un pervertido sexual, pero si dices que no has visto la peli esa de las cincuenta sombras de no sé quién te miran como si fueses un carca retrógrado. En fin, la sabemos que la retro-progresía casposa y cavernaria del planeta tiene varas de medir para todos los gustos.

Hecho este introito, creo que merece la pena dedicar unas líneas al tema de los andares del camarada Valdimiro, de los que se han escrito ya bastantes artículos en la prensa y cienes y cienes de vídeos en Yutub planteando todo tipo de teorías. Como creo que ya saben hasta en Raticulín, este psicópata camina con el brazo derecho pegado al cuerpo, sin el balanceo habitual que nos permite un mejor equilibro cuando andamos, mientras que el izquierdo se mueve normalmente. La teoría más sensata es, lógicamente, la que lo achaca a alguna patología que permanece en secreto si bien ha habido hasta cónclaves de neurólogos para estudiar el motivo de esa inmovilidad, aunque me temo que de neurología sabrán mucho, pero de armas y de cómo usarlas no saben un carajo. Yo me inclino más por una lesión residual o una secuela por su afición por el judo. Como ya sabrán, el camarada Vladimiro es un judoca experto- cinturón negro nada menos- que lleva la torta de años practicando ese arte marcial, y no sería ni mucho menos el primero que se jode una articulación a causa de una luxación, una rotura de tendones (dan guerra eterna, doy fe), ligamentos, etc. Cuando el adversario te agarra del brazo para voltearte, un tirón excesivamente potente podría dislocar un hombro sin problemas y dejarlo averiado para siempre, y más si la lesión se produce a partir de cierta edad en la que los efectos de la rehabilitación no son tan eficaces como cuando uno tiene 25 años. 

Sin embargo, la teoría más exitosa es la del "paso del pistolero". Mogollón de "expertos" de Yutub que son como el maestro Liendre, que de todo saben pero de nada entienden, han propalado esa historia en base a que, según afirman, en los manuales del extinto KGB se entrenaba al personal a caminar con el brazo caído para, en caso de peligro, tener la mano lo más cerca posible del arma para desenfundarla con la máxima presteza. En honor a la verdad, yo no he leído el manual ese y colijo que los que propalan esa teoría tampoco pero, si nos basamos en el sentido común, creo que se puede desmontar con bastante facilidad. Veamos cómo...

1. A la derecha tenemos un uniforme del KGB de tiempos de la desaparecida URSS, cuando el camarada Vladimiro aún no oía voces y si las oía hacía oídos sordos. En realidad, era igual que los del ejército regular salvo en los distintivos. Bien, observen la pistolera. Es la típica funda militar con solapa abrochada con un botón de bronce y sujeta al cinturón con dos presillas. Pretender desenfundar con rapidez una pistola metida ahí es como querer pelar una mandarina con guantes. La mano derecha tiene que soltar el botón y, con la muñeca, empujar la solapa hacia arriba y asir la empuñadura. Pero como el arma suele entrar un poco a presión, hay que agarrar la funda con la mano izquierda para impedir que al dar el tirón para sacar la pistola tiremos al mismo tiempo de dicha funda y del cinturón. En resumen, que llevar el brazo pegado al cuerpo no sirve para nada. Lo que sí serviría es cambiar esa mierda de funda por algo más moderno que no requiera el uso de la mano zurda, como la mayoría de las que actualmente usan las policías de los países modernos. Por este motivo, podemos colegir que la costumbre del brazo inmóvil obedecería más bien a cuando se sirve de paisano, no de uniforme.

2. ¿Qué es lo primero que pretende un agente policial cuando va de paisano? Exacto, pasar lo más desapercibido posible. Confundirse con la gente, ser invisible. Y si además eres un puñetero espía, razón de más. Por lo tanto, ¿tiene sentido que un fulano del KGB se pasee delante de la embajada de los Estados Juntitos con el brazo derecho inmóvil para que hasta las limpiadoras sepan que es del KGB? Vendría a ser lo mismo que la manida imagen del agente de la Gestapo con abrigo de cuero y sombrero de ala caída. Daría un cante tremendo y los posibles sospechosos saldrían echando leches nada más verlos aparecer. Por razones obvias, un tipo de la Gestapo procuraba ante todo pasar desapercibido, tener el aspecto de un probo ciudadano tedesco con jeta de trasegador de zumo de cebada, bigotito de cepillo e indumentaria corriente de calle. Y por la misma razón, un policía dedicado a perseguir el tráfico de drogas tendrá pinta de yonki, se dejará rastas, vestirá de guarrillo e incluso esnifará farlopa y fumará porros a mansalva. No va a ser tan gilipollas como para presentarse en el gueto de los traficantes con un traje de Armani, oliendo a colonia cara, diciendo que ni fuma ni bebe y recomendando al personal que lleven una vida sana. Por lo tanto, la teoría del brazo caído para desenfundar yendo de paisano también se me antoja insostenible tanto en cuanto delataría a todo aquel que perteneciera a la siniestra organización político-policial. Ahí ven al archimalvado agente Toht de la famosa peli "En busca del Arca perdida", que no se quita el abrigo de cuero ni en pleno desierto y, para pasar más desapercibido aún, luce el emblema del NSDAP en la solapa. Obviamente, nadie se dio cuenta de que era de la Gestapo...¿o sí?

3. Con todo, aceptamos que un agente de paisano va armado, pero eso tampoco obliga a llevar el brazo tieso. Como ya explicaremos a fondo cuando me anime a termina el articulillo dedicado a la opción pistola Vs. revólver para defensa personal, no siempre se quiere o se puede llevar oculta una pistola en el costado derecho. Veamos varias opciones que harían absurdo lo del brazo inmóvil:

A) Vestido con traje. Las chaquetas se cortan por sistema entalladas a la cintura, por lo que llevar algo debajo haría que se viese de lejos un abultamiento asaz sospechoso. Por ese motivo, es más habitual que si se viste una chaqueta se lleve a la espalda o en una sobaquera. En ese caso, sí se puede cortar el traje de forma que el abultamiento producido por el arma se note menos porque, además, en el costado derecho se suele colocar una funda para uno o dos cargadores de respeto. 

B) Vestido con ropa ligera. En épocas primaverales o calurosas, un hombre armado puede portar su pistola en el costado sin problema porque se pone un jersey, una cazadora, un polo o una camisa de manga corta de esas que se llevan por fuera. Al ser ropa amplia destinada a permitir que el aire circule, se disimula con facilidad. Pero, al igual que ocurre cuando se lleva la pistola en una funda de costado con chaqueta, la cercanía de la mano al arma tampoco soluciona gran cosa por una sencilla razón: tenemos que recurrir casi siempre a la mano izquierda para levantarnos la prenda y, de ese modo, evitar que el martillo o el espolón de la empuñadura se enganche en la ropa, retardando aún más la extracción, retardo que puede ser eterno si nos enfrentamos a un fulano que ya nos encañona y aprovecha la coyuntura para meternos una bala en el cráneo. Como vemos en la foto de la derecha, el probo ciudadano se dispone a repeler una agresión con su arma, y se tiene que ayudar de la mano izquierda para evitar que se le enganche en el jersey que viste sobre la camisa.

C) En Rusia hace un frío que pela en invierno, así como en los países de Europa Central donde el KGB estuvo operativo mientras existió. Ya me dirán de qué leches sirve llevar el brazo pegado al arma cuando se viste un grueso y largo abrigo que habría que levantar o desabrochar para extraer un arma enfundada en el costado. En ese caso, lo lógico sería llevar la pistola en una sobaquera, en cuyo caso solo hay que ayudarse con la mano izquierda para descubrirse el costado y empuñar el arma. Sí, tal como lo ven en la foto. Se vista la ropa que se vista, si se quiere efectuar una extracción rápida hay que ayudarse con la mano izquierda y, en este caso, tampoco sirve de nada mantener el brazo inmóvil junto al costado derecho porque la puñetera pistola la llevamos precisamente en el costado izquierdo.

D) El desenfunde cruzado. Crossdraw, lo llaman los yankees. Consiste en llevar el arma en una funda en el costado izquierdo tal como vemos en la foto. Este tipo de fundas es muy recomendable para personas que conducen un coche ya que, en caso de necesidad, les facilita la extracción sin riesgo de engancharse con el cinturón de seguridad o  de tener dificultades por estar la pistola en el lado más estrecho del puesto de conducción. Además, el desenfunde cruzado facilita un movimiento natural de enfilado hacia el agresor cuando se extrae porque la funda, como vemos, queda en una posición casi horizontal, lo que sería un inconveniente si se lleva en el costado derecho. En fin, que si se usa una de estas pistoleras tampoco sirve de nada el brazo inamovible. 

Bien, estas serían las opciones más habituales para un hombre armado. No se han tenido en cuenta otras como las fundas tobilleras, las riñoneras o los bolsos de mano por no alargarnos más en la cuestión pero, en todo caso, ya vemos que eso del paso del pistolero es, al menos a mi entender, una chorrada que no se sostiene ante un análisis medianamente razonado. De hecho, los gurús que todo lo saben se basan en este libro que dicen que es el manual del KGB y que se puede adquirir en Amazon. Pero, ojo, eso no es ningún manual, sino un libro escrito por un tal A. Dolmatov donde explica los métodos de entrenamiento del KGB. En la tapa lo pone bien clarito: "Cómo los soviéticos entrenan para combate personal, asesinato y subversión". Con todo, lo que sí debemos tener claro es que si esa técnica del paso del pistolero fuese tan eficaz, todas las policías del mundo la habrían adoptado, digo yo... Y, por otro lado, de entre los miles de agentes del KGB retirados ¿solo se ha observado este comportamiento en el camarada Vladimiro? ¿Y cómo es que los agentes del FSB, herederos directos del KBG, no parece que caminen de esa forma? ¿Quizás es que a estas alturas se han percatado de que andar así solo sirve para que el personal te cale nada más aparecer en escena? En fin, que no me cuadra nada.

Y es que, además, el camarada Vladimiro no siempre ha ido con el brazo tieso. Ahí lo ven en una fotito de hace unos años. Se le ve más joven, más ágil, más delgado y braceando briosamente como un guripa saliendo del cuartel con un pase de pernocta en el bolsillo. Pregunto: ¿cómo es que hasta ahora nadie había reparado en lo del paso de pistolero? ¿Tal vez porque antes andaba con normalidad y ahora no? Porque el camarada Vladimiro ingresó en el KGB en 1975, o sea, que debería llevar unos 45 años andando rarito, y como él miles de colegas que servían en esa siniestra unidad. Pero resulta que solo a raíz de su visita NON GRATA a Ucrania es cuando todo el planeta se ha dado cuenta del detalle del brazo estatuario. Muy raro, ¿qué no?

Ahí tienen al camarada Vladimiro haciendo el gamba. El tirón
que le dan del brazo derecho podría fastidiarle el hombro sin
problema a un sesentón por muy en forma que esté, ¿no?

En fin, dilectos lectores, colijo que estamos ante el enésimo bulo que, a fuerza de repetirlo, se ha convertido ya en un dogma inamovible. Mi conclusión ya la anticipé al comienzo de este articulillo. Esa inmovilidad tiene toda la pinta de ser la causa de una lesión, probablemente producida por su afición al judo la cual no ha dejado de practicar a pesar de no ser ya un mozuelo. Un hombre de sesenta y tantos años que sufre una rotura de tendones, ligamentos o algo por el estilo queda ya bastante perjudicado el resto de su vida, la zona afectada le dolerá constantemente y se verá limitado en ciertos movimientos. Tendrá que recurrir al consumo de analgésicos y anti-inflamatorios con regularidad, y estará de mala leche permanente porque vivir con el dolor como compañero inseparable acaba agriándole el carácter a cualquiera. Y hablo con total conocimiento de causa porque tengo jodido hace mucho tiempo el supraespinoso del hombro derecho y, mira por donde, a veces tengo que reprimir el braceo cuando camino porque duele que te cagas, no es raro que de noche o durante la siesta me despierte un dolor lacerante, el Nolotil y el Ibuprofeno ya los tengo en cestitos encima de la mesa, como si fueran caramelos de anís, y como asumo que estaré así el resto de mi vida pues me agarro unos cabreos de antología, pero sin poder desahogarme invadiendo al vecino porque, entre otras cosas, tiene un pitbull con muy mala leche. ¿Qué por qué no me lo he operado? Eso es otra historia. Se intentó, y casi me cuesta la vida por culpa de la muy hija de... En fin, un año de estos igual lo cuento.

Bueno, s'acabó por hoy.

Hale, he dicho

El camarada Vladimiro cuando ejercía de agente del KGB en Alemania Oriental. ¿Nadie se daba cuenta de que caminaba con un brazo tieso o, en realidad, andaba como todo el mundo para pasar desapercibido?

miércoles, 25 de mayo de 2022

PESADILLAS DE GUERRA 3

 

Bueno, como la segunda parte de la entrada dedicada a la defensa personal y al dilema de pistola Vs. revólver aún está sin terminar, llevo unos días dedicados a ir dando forma a lo que sería la tercera entrega de la serie "Pesadillas de Guerra", cuya segunda parte se publicó hace ahora casi dos años justos. Sí, no hace falta que me digan que llevan una temporada quitadas de la venta, pero la cosa es que quería efectuar una serie de correcciones y mejoras que, para qué mentir, apenas he empezado. Es de todos sabido que el tiempo no existe ni en la memoria de Dios ni en la mía, así que ya las volveré a publicar cuando estén revisadas... supongo.

No obstante, en aquella ocasión ya anticipé que habría una tercera entrega, dedicada en esa ocasión a delirios, pasmos, sustos y paranoias ambientadas en el ejército gabacho (Dios maldiga al enano corso) ya que la segunda se centró en los tedescos. Bueno, pues para darle un poco de morbo a la cosa ahí dejo un fragmento de uno de los relatos que ya tengo más avanzados y que espero les ponga los dientes largos. Ojo, que nadie piense que esta entrega se publicará pasado mañana. Ya saben que, en mi caso, lo único que se tiene cierto es cuándo empiezo, pero el día y la hora en que acabaré algo no lo sé ni yo. Bueno, ahí lo dejo junto con la que será la portada que, por cierto, también anticipé en su día si bien le he añadido una bruma siniestrilla para darle un aspecto más tenebroso a la foto. 

Espero que les guste. Ahí queda eso.

POST SCRIPTVM: Si ven alguna errata no se extrañen. Lo que van a leer está sin revisar, así que igual encuentran fallos que ya serán corregidos cuando llegue el momento, pero es que ahora no me apetece, la verdad...



EL DUELO


    Ser francotirador no era un oficio apto para cualquiera. Y no ya por la obvia necesidad de tener una puntería muy superior a lo habitual, sino porque también había que estar hecho de una pasta distinta. Un francotirador no podía dormitar en la trinchera, ni fumar un cigarrillo o una pipa, ni echar una partida de cartas con los compañeros o pasar el rato escribiendo la enésima carta a su amada Rosalie, Margaret o Greta. Por el contrario, su vida consistía en arrastrarse antes del alba hasta su apostadero, dónde pasaría todo el día hasta que, con la llegada de la noche, pudiera retornar a sus líneas. Durante las interminables horas de vigilancia permanecería en el interior de un tubo de hierro cuya apariencia externa era prácticamente idéntica a un árbol medio achicharrado por las explosiones, en un ínfimo tabuco excavado en el borde de un cráter o dentro de un monigote de cartón piedra con aspecto de cadáver de caballo. En realidad, el surtido de apostaderos eran tan extenso como la imaginación de sus autores, pero siempre buscando lo principal: pasar totalmente desapercibidos en un campo de batalla en los que los tiradores de ambos bandos se sabían de memoria lo que tenían ante ellos. Conocían cada cráter, cada cadáver, cada estaca retorcida, cada resto de armones de artillería destrozados por la metralla y cada charco de lodo. Ver un cadáver cambiado de postura o un cráter medio tapado disparaba todas las sospechas, y se convertirían en objetivo preferente ante la posibilidad de que hubieran sido sustituidos por aquellos muñecos que eran réplicas exactas de cada objeto o cuerpo tirado en la tierra de nadie.

    De hecho, todos los tiradores llevaban siempre encima un cuaderno donde anotaban meticulosamente el fragmento de tierra martirizada que se extendía delante de su apostadero, elaborando planos y croquis con la distribución del paisaje y lo que aparecía dentro de su campo visual. Con la ayuda de unos prismáticos, todos los días pasaban revista del panorama, lo comparaban con sus notas y, si era necesario, se añadían cambios de los que se tenía certeza no eran producto de un ardid enemigo, como un nuevo surtido de cadáveres resultados de un fallido ataque durante la víspera o el cuerpo sin vida de un camillero cazado cuando intentaba recuperar a algún herido.

    Pero lo peor era la inmovilidad absoluta que se requería y la dificultad para cambiar de postura. Al cabo de un rato metido en un tubo de hierro de apenas 60 cm. de diámetro, el hormigueo en las piernas era insufrible, y las punzadas en la espalda enormemente irritantes. A ello había que sumar la asfixiante temperatura que alcanzaba el tubo en verano y frío glacial del invierno, así como la imposibilidad de salir del apostadero para hacer sus necesidades. Esto último era especialmente enojoso porque a lo más que llegaban era a orinar de forma que no se lo hicieran encima o a dar de vientre colocándose de lado, teniendo que permanecer el resto del día junto a sus propias heces poniendo cuidado de no mancharse con ellas. Y, finalmente, las comidas se limitaban a un chusco y un trozo de tocino regado con agua de la cantimplora o, con suerte, con vino o algo más estimulante como el sucedáneo de café que distribuían entre la tropa o, mejor quizás, té, que frío era más agradable que el café helado. En resumen ser francotirador no era precisamente ningún momio, y cuando el enemigo localizaba a uno y no podían neutralizarlo no dudaban en dispararle varias andanadas de mortero para darlo de baja sine die.

    El sargento Augier maldecía a diario haber accedido a ejercer el oficio de homicida selecto. Cierto era que no se veía en el trance de tener que avanzar por tierra de nadie viendo como sus camaradas caían como bolos ante el infernal fuego de las Maxim alemanas, pero en cambio sabía que figuraba el primero de la lista de todos los tiradores enemigos de su sector. Tenía muy claro que el más mínimo fallo, cualquier movimiento o señal que delatase su presencia tendría como respuesta inmediata un disparo que ni siquiera oiría, porque estaría muerto cuando una bala dos veces más veloz que el sonido penetrase en su cara antes de darse cuenta de que acababa de cometer el primer y último error de su vida en el frente.

 Augier había aprendido a andar mientras pegaba tiros con una destartalada  escopeta de un cañón. Su padre, un hortelano normando más aficionado a la caza furtiva que a plantar cebollas y ajos, le inculcó desde que tuvo uso de razón la pasión por la caza y las armas. En realidad, a Augier le gustaba más el tiro que la cosa venatoria si bien no dejaba escapar la ocasión de abatir un hermoso jabalí que llenaría la despensa familiar para varios días. Su madre y sus hermanas se abalanzaban sobre él cuando lo veían llegar cargando la presa y, en menos que cantan un gallo, ya lo habían desollado y cuarteado como expertas carniceras, procediendo a continuación a elaborar embutidos y cecina con su carne. No obstante, lo que hizo de Augier un tirador selecto fue su afición irrenunciable a disparar contra latas de conservas y botellas colocadas cada vez a mayor distancia. Con el viejo fusil Chassepot heredado del abuelo Pierre de cuando la guerra con los prusianos llegó a ser capaz de abatir un conejo medio oculto en la maleza a 150 metros, y aprendió por sí solo todos los entresijos del tiro de precisión, desde cómo calcular las distancias basándose en la observación de árboles o plantas a la desviación que sufriría el proyectil a lo largo de su trayectoria debido al viento cruzado.

    Cuando lo llamaron a filas, tras nueve semanas infernales fue destinado a un regimiento de infantería donde, nada más llegar, preguntaron si en el grupo de novatos había alguno con experiencia con las armas. Está de más decir que Augier no dudó ni un segundo en dar un paso al frente. El abuelo Pierre le insistió en que aceptara cualquier cosa que pudiera librarlo de verse convertido en un sufrido infante, así que no desaprovechó la oportunidad. Junto a él se presentaron unos cuantos más, pero su conocimiento sobre armamento se limitaba al habitual en los cazadores de pelo y pluma, o sea, eran buenos tirando con una escopeta a una perdiz al vuelo, pero eso de acertar a un fulano a 300 metros se les antojaba imposible. Sin embargo, en las pruebas que se llevaron a cabo para corroborar la habilidad de cada voluntario, Augier se llevó la palma. Ante las asombradas jetas del capitán y los dos suboficiales que clasificaban a los aspirantes a tiradores selectos, Augier metió los cinco tiros de prueba en una moneda de 10 francos, y eso, en un blanco situado a 100 metros con un fusil ordinario y sin visor, era una proeza que nunca antes habían tenido la ocasión de presenciar. Está de más decir que, mientras los demás fueron enviados de vuelta a su unidad para morir como aguerridos infantes, a Augier le regalaron los galones de cabo y le dieron un espléndido Lebel provisto de un visor de tres aumentos. Comparado con el Chassepot del abuelo Pierre, aquel fusil parecía sacado de una de las visionarias novelas de Julio Verne.

    Sin embargo, el ejército francés no tenía un concepto claro de la importancia de los francotiradores en la guerra de trincheras. Al contrario que sus aliados británicos y sus enemigos alemanes, que disponían de escuelas y armas específicas para ellos, los fósiles del estado mayor francés seguían dando más importancia al color de los pantalones que a ponerse al día en cuestiones de estrategia, y a aquellas alturas seguían asegurando que la bayoneta era el arma decisiva. Por eso, mientras que sus aliados diseñaban y desarrollaban equipos, armamento y apostaderos cada vez más sofisticados, ellos solo habían llegado a aceptar dos tiradores por compañía armados con fusiles de serie seleccionados por tener más precisión que sus hermanos y, en un alarde de generosidad, acoplarles un visor. La cruda realidad era que, si el ejército había aceptado eso de desplegar asesinos a distancia, fue más que nada por ofrecer una respuesta a los letales tiradores alemanes, cuya mortífera precisión habían sufrido ya con largueza sin poder responderle más que con unas testimoniales salvas de artillería disparadas a ciegas, porque lo cierto era que no tenían ni idea de dónde se ocultaba el fulano que acababa de dejar seco al furriel cuando llevaba el rancho a primera línea, por lo que la compañía se quedaba ese día sin furriel y en ayunas.

    No obstante, los británicos les habían cedido algunos trajes de camuflaje que, ante el asombro de Augier, los convertían en seres invisibles aún a escasos metros de distancia, y un surtido de manuales explicando mil formas de preparar apostaderos, entrenamiento y demás cuestiones relacionadas con el tiro de precisión e incluso cómo fabricar señuelos para detectar la presencia de tiradores enemigos. Los británicos disponían de talleres en los que equipos de escultores y pintores elaboraban unos monigotes tan verídicos que, al menos inicialmente, no había francotirador alemán que se resistiese a disparar sobre ellos cuando veía el cabezón de un supuesto oficial inglés asomar por el parapeto. Un disparo lo destrozaba al instante pero, antes de que el alemán se diera cuenta del subterfugio y de que había delatado su posición, un tirador británico lo había dejado seco metiéndole una bala por debajo de la visera del casco. Obviamente, los alemanes se volvieron más cautos cuando se percataron del engaño si bien aquellas tretas seguían surtiendo efecto, sobre todo cuando las condiciones de luz y visibilidad no daban muchas opciones acerca de si disparar o no.

 La cuestión es que el estancamiento de los frentes propició especial protagonismo a los francotiradores. Posiciones que permanecían estáticas durante semanas o meses daban lugar a represalias de todo tipo, desde rechonchos proyectiles disparados por morteros de trinchera a pequeñas pero letales granadas de fusil que, en ambos casos, por su trayectoria parabólica podían acertar en el interior de una trinchera y matar a los desdichados que en aquel momento despachaban su rancho, escribían una carta a casa o dormitaban antes de que les tocase entrar de guardia. Y, sobre todo, empezaron a tener lugar verdaderos duelos entre los tiradores que cubrían cada sector, que parecía que jamás dormían y nunca bajaban la guardia. A ambos lados de la tierra de nadie tenía lugar una silenciosa pero implacable guerra psicológica para matar a más enemigos que el enemigo y, sobre todo, para acabar con el causante de sus muertes.

    Naturalmente, Augier ya tenía su enemigo personal. En realidad no sabía si era uno o más porque desconocía si la unidad situada frente a sus posiciones disponía de varios tiradores y de ser así, si se relevaban para mantener la tensión al límite las veinticuatro horas del día. Para los que padecían la guerra de trincheras, la perspectiva de que les volasen los sesos si por un descuido asomaban unos pocos centímetros de la cabeza por encima del parapeto acababa siendo más devastadora que ser víctima de un ataque con gas, y tener la certeza de que los tiradores enemigos siempre estaban al acecho acababa desmoronando la moral de muchos soldados, sobre todo los novatos que, apenas llegados al frente, veían con los ojos dilatados por el miedo como su compañero caía como un pelele con media cabeza volatilizada, e incluso con el cigarrillo que se estaba fumando en el momento fatal aún pegado en sus labios sin vida.

    Sea como fuere, la cuestión es que Augier hacía tiempo que tenía su obsesión cotidiana en Fritz, como había llamado a su émulo del bando opuesto. Le daba igual que fuesen uno o varios Fritz, porque lo que estaba claro es que operaba de forma constante en su sector, sus víctimas eran por sistema hombres de su batallón y jamás había podido detectar si los disparos podrían proceder de forma simultánea de más de un sitio, por lo que dedujo que, caso de ser más de uno, su posición era siempre la misma. Augier no podía dejar de reconocer que Fritz no era precisamente tonto, sino más bien lo contrario. A raíz de los interrogatorios a prisioneros alemanes se había enterado de que, por lo general, sus tiradores selectos eran bávaros o, más bien, furtivos bávaros. Muchos de ellos habían sido sacados de las cárceles dónde cumplían penas de poca monta por sus fechorías en tierras del barón von Fulano o del conde von Mengano, que se llevaban unos berrinches de aúpa cuando veían que el mejor venado de sus cotos había sido abatido por uno de aquellos merodeadores de la caza ajena. Pero cuando empezó la guerra y ante la necesidad de disponer de buenos tiradores sin tener que perder mucho tiempo en adiestrarlos, a alguien se le ocurrió la genial idea de ofrecer a aquellos tipos la opción de ver condonadas sus penas a cambio de enrolarse como tiradores en el ejército imperial. Ciertamente, no tuvieron que insistirles mucho. Eran hombres habituados a vivir en total libertad, zambullidos en los espesos y umbríos bosques donde practicaban lo que para ellos era tanto afición como medio de vida, y vegetar en una celda de cinco metros cuadrados se les asemejaba a ser enterrados en vida.

    Obviamente, Augier no podía saber si Fritz era un bávaro reciclado en tirador de élite o un berlinés que, como él, se había aficionado al tiro desde crío, pero lo cierto es que ya había enviado a la fosa común a veintiocho hombres de su batallón sin que absolutamente nadie hubiera podido detectar su presencia. Fritz era una sombra, un espectro que se estaba convirtiendo en una peligrosa leyenda porque, como es habitual en el ser humano, las tropas ya le habían atribuido una serie de cualidades poco menos que sobrenaturales, y de ser un fulano de carne y hueso algunos ya hablaban de fantasmas vengadores y demás milongas rápidamente propaladas por radio macuto. En un ejército donde la gran mayoría de sus componentes eran pueblerinos sin apenas formación, cuando no analfabetos ahítos de escuchar cuentos para viejas al amor de la lumbre o en las tabernas, aquel alemán invisible que había matado a casi treinta compañeros debía ser con toda seguridad un ente superior imposible de eliminar.

   Augier había construido su apostadero debajo de un viejo árbol del que solo quedaba el tronco. Había visto algo similar en uno de los manuales facilitados por sus aliados, y requirió al capitán de su compañía la ayuda de personal cualificado para remover cantidad de tierra y preparar una pequeña madriguera justo bajo el tronco, cuyas raíces asomaban por la tierra desgranada del pequeño talud donde se mantenía en pie a duras penas. Al cabo de unos días le enviaron un par de tipos cuyo oficio civil de mineros les permitía cavar y entibar el reducto en pocas horas aprovechando la noche para no despertar sospechas entre los incansables escuchas enemigos. Habituados a trabajar en la penumbra, en tres horas habían sacado un par de metros cúbicos de tierra y, con la ayuda de unos pilotes y tablones, convirtieron la madriguera en un lugar incluso confortable si se comparaba con los nichos abiertos en las escarpas de las trincheras en los que sus camaradas se protegían a duras penas de la lluvia y el frío. Y, lo más importante, no se veía obligado a permanecer horas y horas inmóvil, podía cambiar de postura sin delatar su presencia e incluso hacer sus necesidades en un cubo que cubría de tierra para evitar aspirar el repulsivo aroma que desprendían las heces mezcladas con los orines. Como plataforma de tiro le habían fabricado una tarima que le permitía incluso dormir por las noches sin necesidad de retornar a sus líneas, y disponía de espacio de sobra para almacenar agua y provisiones de forma que, si lo consideraba oportuno, podía pasar allí tres o cuatro días sin dar al enemigo oportunidad de cazarlo cuando salía o entraba de su apostadero. Más aún, ante la angosta tronera fabricada con tablones disimulados con maleza había dispuesto unos sacos terreros que le permitían apoyar el fusil y hacer fuego manteniendo la boca del arma dentro de la madriguera, por lo que el humo o el fogonazo del disparo serían, en teoría, totalmente invisibles a ojos del enemigo.

    Con todo, Augier aún no había logrado igualar el siniestro registro de víctimas de Fritz. Según su contabilidad, solo podía estar seguro de haber abatido una docena de boches, y eso porque pudo atisbar claramente a través del visor como sus cabezas estallaban antes de caer a plomo. Otros cuatro los tenía como posibles, pero no estaba seguro de haber acabado con ellos. A lo sumo, podría haberlos herido de más o menos gravedad, pero en su oficio solo contaban los que causaban baja definitiva si bien su décima víctima le valió el ascenso a sargento, que siempre venía bien para poder estar al mismo nivel que los suboficiales chusqueros que se creían los amos del batallón y campaban a sus anchas mientras los oficiales hacían la vista gorda. Sin embargo, su registro de víctimas y su ascenso no impedían que Fritz prosiguiera haciendo gala de su implacable precisión. Había días que conseguía abatir a dos o tres despistados, que eran contemplados por sus compañeros poniendo cara de sorpresa y espanto al mismo tiempo. No acababan de digerir cómo era posible que el camarada con el que estaban charlando hacía dos minutos sobre mujeres o lo que harían al término de la guerra, ambos temas recurrentes en todas las tropas del frente, ya no estaba vivo. Por el contrario, su cuerpo yacía en el fondo de la trinchera con los ojos vidriosos abiertos de par en par y un pequeño orificio en alguna parte de la frente o la cara. Para no provocar escenas de histeria o que se desencadenase el pánico entre los novatos, con toda rapidez aparecían dos camilleros y evacuaban al cadáver tapado con una manta no sin antes partir en dos la chapa troquelada de identificación y entregar una mitad al suboficial de su sección. La otra mitad la metían en la boca del difunto por si alguien, en un futuro lejano, daba con la fosa común y quería saber quiénes se pudrían allí.

    Sin embargo, y a pesar de las bajas infligidas entre sus camaradas por Fritz, Augier no lo odiaba. Al cabo, el alemán hacía exactamente lo mismo que él, y de la misma forma que Fritz pasaba horas y horas apostado esperando que algún francés cometiera un error, él hacía lo propio con los alemanes. Pensaba que igual hasta le habrían puesto un nombre ficticio y que entre las posiciones alemanas se hablaba de Pierre o Jean-Baptiste. No obstante, Augier sentía dentro de sí el instinto cazador, la misma sensación de nervios contenidos y ansias homicidas cada vez que hacía un aguardo a alguna presa antes de la guerra. Desde que apenas había luz, sacaba sus prismáticos y empezaba a pasearlos de un lado a otro en la confianza de atisbar de una vez el apostadero de Fritz. Eran unos prismáticos espléndidos, unos Zeiss alemanes propiedad del extinto teniente Du Berry que, según él, había llevado consigo en sus viajes a los más remotos parajes del planeta antes de la guerra. Sin embargo, el viaje vital de Du Berry llegó a la estación término apenas dos semanas después de llegar a la compañía, cuando un metrallero alemán lo redujo a una pulpa sanguinolenta de la que solo escaparon indemnes su inmaculado quepis y los prismáticos guardados en su lujosa funda de cuero forrada por dentro con un elegante fieltro color granate. El capitán pensó que serían más útiles a un tirador que a la familia del difunto, que ni siquiera se preocuparían por las maltrechas posesiones de Du Berry tras la lluvia de bolas de acero que cayó directamente sobre él.

    -Estos prismáticos pertenecían a un oficial boche que cayó prisionero- susurró el capitán a Augier cuando, discretamente, le entregó el estuche en un recodo de la trinchera- ¿Verdad que sí, sargento?

   -Naturalmente, mi capitán- respondió Augier convirtiéndose en cómplice de la rapiña-. De hecho, yo mismo se los requisé cuando lo trajeron a la trinchera.

    -Es Vd. muy sagaz, Augier- replicó el capitán dándole una palmadita en la espalda-. Ciertamente, Vd. podrá sacarles más provecho que la familia del pobre Du Berry, y espero que no tarde mucho en acabar de una vez con ese maldito boche que, a este paso, va a aniquilar a todo el batallón antes de que acabe esta puta guerra.

    Augier aceptó el cigarrillo que le tendió el capitán. Nada que ver con la porquería que distribuían a la tropa, con más palos que hebra. Tabaco egipcio obsequio de sus queridos aliados, que para eso lo traían de Oriente Medio corriendo gran riesgo durante las travesías.

    -Cace de una vez a ese hijo de puta boche, Augier- murmuró el capitán poniéndose muy serio-. El coronel me pide explicaciones a diario, los novatos se cagan por la pata abajo cada vez que ese Fritz o como quiera que le haya puesto de nombre deja en el sitio a uno de los nuestros, y liquidarlo supondría una inyección de moral a nuestra gente.

    -Sabe que hago lo que puedo, mi capitán. Cuando llega la noche me arden los ojos de escrutar las líneas enemigas, pero ese fulano parece invisible.

    El capitán meneó la cabeza, tiró el cigarrillo consumido a medias y, sin más, dio media vuelta y se largó chapoteando en el fango de la trinchera.

    -¡Mátelo de una vez!- exclamó sin volver la cabeza-. ¡Acabe con ese cabronazo y tiene mi palabra de que al día siguiente lucirá los galones de sargento mayor!

Bueno, ¿qué...? ¿Mola o no? En fin, ya iré avanzando algunos fragmentos más. O no, yo qué sé...

Hale, he dicho

martes, 10 de mayo de 2022

DEFENSA PERSONAL. PISTOLA Vs. REVÓLVER

 

Está de más decir que una escena como esta es impensable en España. En ella vemos como varios probos ciudadanos- y ciudadanas, naturalmente- de todas las edades y constitución física entrenan con sus armas de fuego para adquirir la destreza necesaria y poder así proteger sus vidas, las de sus familias incluyendo al chucho y sus patrimonios de los criminales cuyos derechos protegemos por ley.

Sí, la malvada ingrata sigue desaparecida. Pero bueno, ya volverá, y si no vuelve pues tampoco pasa nada. Por lo tanto, seguiremos recurriendo a articulillos que no requieran mucha enjundia porque, debo reconocerlo, estoy en plan piltrafilla a causa de mi innata abominación a los cambios estacionales. Y como no es plan de seguir dando la matraca con las paranoias del camarada Vladimiro, que por cierto se está cubriendo de gloria, pues hoy hablaremos de algunas chorraditas sobre armas cortas que posiblemente muchos desconozcan. Son pijadas de escasa relevancia pero que vendrán muy bien para lo que debe ser nuestra principal misión en esta vida: chinchar cuñados sabiondos. Bueno, procedamos...

El debate entre los defensores de revólveres y pistolas como armas de defensa personal es tan interminable como las discusiones bizantinas en las que se pretendía dirimir el sexo de los ángeles. En España, dónde la legislación sobre la tenencia de armas cortas es una de las más restrictivas del mundo y, encima, la eximente completa por defensa propia es más improbable que acertar la combinación ganadora de la Primitiva, pues no es una cuestión que preocupe demasiado al personal. Más aún, colijo que más de uno preferiría no tener un arma a mano para repeler una agresión ya que es de todos sabido que en este vapuleado país se valoran más los derechos del victimario que los de la víctima, y pegarle dos tiros a un bondadoso ladrón, para no hablar de un beatífico asesino, es la mejor forma de acabar en la trena una larga temporada porque, como es lógico, el criminal es un pobre descarriado al que la malvada sociedad capitalista ha obligado a tomar el camino desviado sin que nadie se haya dignado redimirlo. 

No obstante, en otros países mucho menos guays y enrollados que el nuestro sí se concibe que un ciudadano decente pueda defender su vida y la de los suyos contra un probo canalla miserable y dejarlo seco metiéndole una bala en el cráneo, y es en esos países dónde el mentado debate subsiste y subsistirá hasta que llegue el momento de volver a las hachas de piedra y los garrotes. Así pues, iremos enumerando los principales defectos y virtudes de cada arma y que cada cual saque sus conclusiones si bien no le servirán de gran cosa porque aquí, por no poder, no se puede ni usar una navajita frutera para repeler a un agresor armado con un destornillador de dos palmos de largo porque, como es lógico, la navajita frutera es un arma letal mientras que el destornillador es una inofensiva herramienta propia de honrados aflojatornillos. 

Dos cajas de munición como esta forman la ridícula dotación de
cartuchos que la ley permite adquirir anualmente. Como para ir a
una guerra, vaya...

Dicho esto, lo cierto es que la inmensa mayoría de los sufridos aspirantes a víctima creen que para defenderse con un arma corta basta con ir a una armería, comprar la cacharra más chula y más baratita, una funda y los cien ínfimos cartuchos que la legislación actual permite adquirir ANUALMENTE a los poseedores de la licencia tipo B. Sí, cien, no se me descojonen. Antes solo permitían 25, o sea, para llenar tres cargadores de 8 cartuchos AL AÑO. Esto da una idea bastante clara del concepto de defensa personal que tenemos en España, donde el número de cartuchos para caza menor es ilimitado y se pueden tener en casa hasta 5.000, y si se trata de munición para caza mayor es de 1.000 al año. Absurdo, pero es que en España no hay gobierno que no le tenga pavor a una población armada aunque, como son políticos ergo ignaros parasitarios, no se enteran de un detallito inane: un cartucho de perdigones disparado a corta distancia es muchísimo más letal que una bala de 9 mm. A las distancias normales en que tienen lugar las situaciones de defensa personal, menos de 5 o 6 metros cuando no literalmente a bocajarro, un cartucho de calibre 12 cargado con 34 gramos de perdigones del 5 le volatiliza literalmente la cabeza a un agresor, le puede arrancar de cuajo un brazo o abrirle un boquete en la caja del pecho por el que cabe una pila de las gordas. O sea, que un disparo con la escopeta del abuelo es muchísimo más peligroso y dañino que uno con un arma corta chulísima de la muerte, de esas con linternita debajo, miras de puntero láser, optrónicas, réflex o cualquier otro tipo a cuál más guay y un grifo delante del guardamonte por donde sale güisqui del bueno.

Cooper desenfundando su inseparable Colt 1911. Creo que hasta
se duchaba con ella

Obviamente, los botarates que legislaron esa sarta de memeces no tuvieron en cuenta que un ciudadano con un arma corta encima necesita entrenar con ella para no ser un peligro para sí mismo y para los demás, y que 100 cartuchos no dan ni para una sesión porque, en este caso, no hablamos de pausados entrenamientos de tiro de precisión, sino de lo que se conoce como Recorridos de Tiro, una modalidad de tiro de acción creada por un yankee- cómo no-, que creó escuela en lo tocante a la defensa personal, el coronel Jeff Cooper, del que hablaremos más adelante. O sea, que para entrenar con la sana intención de no convertirse en víctima de uno mismo, habría que federarse con el gasto que conlleva, comprar un arma aparte para practicar esa modalidad ya que las armas de defensa personal son totalmente inadecuadas para eso, y desembolsar además un pastizal en el equipo necesario: funda, cinturones, portacargadores, munición a porrillo o equipo de recarga manual, etc., y puedo dar fe y la doy que el gasto de tanto accesorio es absolutamente suntuario.

Bala tipo brenneke. Las estrías son para imprimirle giro a la misma y
mejorar su precisión. Recordemos que, salvo excepciones, los cañones
de las escopetas son de ánima lisa. Pero esta no es la única, hay infinidad
de diseños a cuál más resolutivo y eficaz

Como ven, todo son facilidades. Sin embargo, el chorizo que se ha agenciado una escopeta recortada solo tiene que ir a una armería donde le venderán la munición que le de la gana incluyendo cartuchos de balas. Sí, las escopetas pueden disparar balas como la que ve en la foto, y doy fe de que son absolutamente devastadoras. En la época en que era un malvado asesino de inocentes animalitos silvestres, antes llamados cazadores, usé y vi usar infinidad de veces este tipo de munición y sus efectos son rotundos. Una recortada de dos cañones cargada con una de esas cosas podría dejar a cualquier agresor en un estado tan lamentable que daría hasta penita al verlo convertido en una despojillo. Por todo ello, como vemos, las leyes hispanas son totalmente contradictorias ya que ponen infinidad de pegas al que quiere un arma para defenderse y se lo ponen a huevo al delincuente que tiene un extenso mercado negro a su disposición y al que, naturalmente, ser condenado por tenencia ilícita de armas le da una higa tanto en cuanto cumplirá la pena al mismo tiempo que la de asesinato, más larga obviamente.

Escopeta recortada. Son más dañinas que un cuñado en pleno
brote psicótico

Por otro lado, portar un arma no garantiza en absoluto la seguridad por una cuestión psicológica bastante chorra pero que, me temo, pocos la consideran cuando se les aparece la Virgen con la licencia tipo B en la mano, porque para que te la den tienes que tener recomendación divina como poco. Bien, nos referimos a algo bastante elemental, pero que pasan por alto la mayoría de los agraciados. La cuestión es: ¿Soy capaz de sacar el arma y pegarle un tiro a un fulano aunque me caiga peor que mi familia política? No es fácil disparar a un homínido aunque sea odioso. Muchos de los que me leen serían incapaces de matar al ratón que les devora el relleno de su butaca predilecta, y hasta compran trampas en las que el animalito queda atrapado para, posteriormente, dejarlo en libertad en cualquier descampado mientras toda la familia aplaude y sonríen contemplando como el ratoncito, al que incluso han bautizado como Romualdo o Luis Alberto, sale cagando leches en busca de un agujero donde meterse. ¿Alguien así sería capaz de volarle la tapa de los sesos a un fulano que esgrime una navaja enorme ante su misma jeta? Dúdolo.

Pero hay otra cosilla más a considerar, y es que si el agresor atisba la más mínima flaqueza o falta de decisión, y tengan por seguro que se percatará de ello tanto en cuanto son gentuza habituada a verse implicada en situaciones de ese tipo, no dudará en desafiarnos e incluso intentará arrebatarnos el arma. Si lo consigue, y no sería el primero, no solo se encontrará con una pistola gratis con la que perpetrar multitud de fechorías, sino que puede que incluso le suelte un balazo, bien durante el forcejeo, bien porque el homínido agresor está un poco alterado anímicamente debido a un preocupante síndrome de abstinencia y su autocontrol está bajo mínimos, así que no se complica la vida y le mete un tiro en la barriga a la víctima para asegurarse de que su capacidad de reacción habrá sido neutralizada. Ojo, esto sale mucho en las pelis, pero me temo que ocurre muchas más veces de lo que imaginan. Repito: disparar contra alguien no es fácil. Nada fácil, puedo asegurarlo.

José Lomas, de 77 años, se enfrenta a 15 de prisión por
librar a la sociedad de un criminal que entró a robar en su sacrosanto
hogar, por lo que lo despachó de un escopetazo. Sr. Lomas, gracias
por su valor y suerte con la "justicia" de los cojones

Con todo, imaginemos que el sujeto no se deja alobar por el miedo y, gracias a que se ha preocupado de saber manejar su arma, es capaz de apuntar con precisión a una zona no letal, como brazos y piernas- ojo, un tiro en la pierna te pilla la femoral y vacías en segundos-, pero para eso hay que reunir una serie de cualidades que no todos tienen aunque quieran: valor, decisión y frialdad. ¿Todo el que lleva encima un arma las tiene? ¿Portar un arma confiere esa serie de virtudes sin más? Ni hablar, portar un arma solo añade peso en la cadera derecha y una sensación de seguridad o, mejor dicho, de falsa seguridad si no tenemos claro que estamos dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias llegado el caso. Y a eso tenemos que añadir que una persona decente, además de tener miedo al agresor que va hasta las cejas de farlopa y no tiene nada que perder, tiene miedo a la ley, a acabar en la trena y a jugarse el pan de su familia si le cae- que le caerá fijo- una condena por defenderse de un hijoputa que, para colmo, hasta tendrá un leguleyo de esos que aspiran a ser estrellas del firmamento judicial y que convertirá al victimario en víctima, le sacará al pseudo-agresor una indemnización suntuaria e incluso recurrirá a alguna ONG tipo "Redentores de Despojos Sociales en Acción" para que le den una paguita.

En resumen, que ir armado no garantiza nada si el ciudadano no tiene claro que si saca el arma tendrá que usarla en caso de que el agresor no se vea intimidado, que tendrá que matarlo si se muestra especialmente agresivo o también dispone de un arma de fuego, y tendrá que asumir el costo que tiene aliviar al mundo de la presencia de un sub-humano que, aunque lo hayan detenido 274 veces y haya pasado dos tercios de su vida en el trullo, tiene más derechos que la gente decente frita a impuestos y que las pasa putas para llegar a fin de mes. Los políticos, cómplices por omisión de los homínidos, no se tienen que preocupar de eso ya que viajan en coches blindados y hasta van a mear acompañados de fulanos de "incógnito" vestidos de negro, con el cráneo rapado y pinganillo en la oreja para que todo el mundo sepa quiénes son los escoltas y poder así liquidarlos los primeros. ¿Nunca se ha preguntado cómo es posible que a los políticos nunca los atraquen, les violen a sus parientas o hijas o les pongan una navaja en el pescuezo en un callejón para robarles el reloj y la cartera? ¿O, caso de ser políticas, cómo es que nunca les dan un tirón o las violan una banda de menas para encima filmarlo todo y colgarlo en las redes sociales? Qué raro, ¿verdad? Todo le pasa a la gente normal, pero a los parásitos nunca o casi nunca, qué cosas...

Sí, ya sé que alguno se morirá de ganas de dejarme en los comentarios donde ya nadie puede comentar eso de que sí ha habido víctimas entre los políticos. Ya, ya sé qué hay algún que otro voluntarioso defensor de esos sheriffs de Nottingham redivivos, pero esos fueron víctimas de terroristas, no de delincuentes comunes, y si el terrorismo duró lo que duró fue precisamente por falta de voluntad de los políticos para cercenar de raíz el problema. Por muchos homínidos que haya con la boina atornillada y la neurona llena de paranoias identitarias, con la formidable fuerza del estado y los medios de que dispone podían haberlos aplastado como cucarachas, pero el político prefiere palmarla antes que ser señalado como un vulnerador de los derechos humanos de los inhumanos, así que a otro con ese cuento. Sea como fuere, el terrorismo se sale de los conceptos que tratamos hoy, así que lo dejamos de lado. Este párrafo es solo una réplica a posibles mentes atribuladas por mi postura tan radical al respecto. 

Bueno, creo que estos pormenores ya los tenemos claros, así que vamos al meollo de la cuestión. Mientras dormitaba ante la caja tonta, un arcángel se le ha aparecido al fulano del Ministerio del Interior que tramita las peticiones de licencias tipo B, lo ha amenazado con una espada llameante, el fulano se ha despertado con los cojones en la garganta y, nada más llegar a su tabuco, rebusca en las montañas de expedientes hasta dar con nuestra petición y le da curso. Damos por sentado que somos unos ciudadanos valerosos, decididos y dispuestos a usar el arma de defensa personal si nos vemos obligados a ello; además, nos hemos apuntado en la Federación de Tiro Olímpico para poder entrenar con regularidad y adquirir un mejor control sobre nuestra arma, así como la destreza necesaria para usarla en situaciones de todo tipo, por lo que es la hora de meditar profundamente en compañía de nuestra amada butaca y con el esmarfon apagado cuál es la opción más acertada. ¿Pistola o revólver? He ahí el dilema.

Bueno, ya me he cansado de disertar porque este introito más que introducción ha sido una filípica en toda regla, así que dejamos el debate sobre el dilema para la siguiente entrada.

Hale, he dicho

Si pudiera hacerse con una de las dos, ¿cuál elegiría? ¿La más potente? ¿La más ligera? ¿La que cargue más munición? ¿La más chula? ¿La más barata? ¿La que sale en todas las pelis? No es un debate baladí, juro a Cristo