miércoles, 25 de mayo de 2016

Las armas de los Conquistadores españoles


Ante todo conviene aclarar que en esta entrada no se hablará de armamento que no conozcamos ya tanto en cuanto la panoplia usada por las tropas españolas en el Nuevo Mundo era exactamente la misma que la que se utilizaba en Europa: espadas, lanzas, ballestas, arcabuces, etc. ¿Que qué sentido tiene entonces esta entrada? Pues muy fácil. Las armas, obviamente, eran las mismas, pero el enemigo y el terreno en que se usaban no tenían nada que ver con lo que los belicosos españoles se toparon en las Américas, por lo que tuvieron que llevar a cabo diversas modificaciones en el empleo táctico de su armamento, indumentaria y, de paso, aprovechar el efecto psicológico que ejercían sobre los probos indígenas las armas y animales que desconocían: armas de fuego, perros y caballos sobre todo. De todo ello nos ha llegado abundante información tanto gráfica como escrita gracias a los códices, manuscritos e informes enviados a la corona por los mismos que vivieron aquella epopeya, así que podemos hablar con total conocimiento de causa ya que los datos que poseemos actualmente son fiables al ciento por ciento.

Así pues, dividiremos la entrada por tipos de armas, sus efectos y empleo en función de las circunstancias que se daban en aquellas lejanas tierras, las cuales no tenía nada que ver con las del Viejo Mundo. Al grano pues.

Las ventajas y desventajas tácticas

Este solía ser el resultado de muchas escaramuzas y
emboscadas contra unos enemigos a veces invisibles
Está de más decir que las tropas españolas tenían a su favor una serie de factores que les permitía generalmente llevar la iniciativa en la multitud de enfrentamientos que tuvieron con los distintos pueblos amerindios a pesar de que jamás alcanzaron ni remotamente el número de efectivos de sus enemigos. De hecho y a modo de ejemplo, la mesnada con que Cortés desembarcó en Tabasco en 1519 para iniciar la conquista de Méjico no habría servido en Europa más que para una escaramuza de poca monta: 553 peones, 82 ballesteros, 13 arcabuceros, algunos piqueros, los 110 marineros que tripulaban las once naves con que fueron transportados desde Cuba y 200 indios que posiblemente serían usados más bien como porteadores que como combatientes. O sea, ni siquiera un millar de efectivos para enfrentarse a ejércitos que los superaban en cifras del orden de 10 a 1 o más como poco. De hecho, las tropas españolas muy rara vez llegaron a superar el millar de hombres juntando todos los tipos de combatientes, a lo que habría que añadir las escasas piezas de artillería que fueron llegando a las Indias que nunca llegaban a la veintena y en un 80% piezas ligeras como versos, sacres y falconetes. Con todo, es evidente que el pánico que producían las armas de fuego entre los indios era ya de por sí una poderosa arma si bien, como es natural, llegó un momento en que solo las temían por sus efectos y no por sus connotaciones "sobrenaturales".

Infante español con una de sus más temibles
armas: un enorme mastín
Un complemento muy eficaz lo tuvieron en los caballos y los perros de guerra. Los amerindios no habían visto un caballo en sus puñeteras vidas, y eso de contemplar totalmente pasmados como se abalanzaban sobre ellos una suerte de extraño ser mitad hombre mitad bestia de cuatro patas que, además, los ensartaban bonitamente con sus lanzas o los acuchillaban a mansalva, debía resultarles una experiencia más inquietante que ver aparecer en casa a un cuñado un domingo a las 10 de la mañana con toda su familia en pleno. Y con los perros, pues más de lo mismo. Los indios sí tenían perros, pero de unas razas pequeñas, dóciles y sumisas y destinados a servir de alimento llegado el caso. A eso, los españoles les correspondían con mastines, alanos y dogos de gran tamaño, muy agresivos y especialmente adiestrados para la guerra. Para esta gente sería algo similar a si nos azuzan a uno de esos bichos raros que salen en las películas de ciencia ficción. 

Los descomunales cursos fluviales de Sudamérica fueron
unos de los mayores retos para los conquistadores
Por último, debemos considerar el elemento humano. Los españoles que pasaron a las Indias eran hombres muy curtidos en el ejercicio de las armas, hombres que escapaban de la miseria en busca de fortuna y que no solo no tenían nada que perder, sino que les daba una higa dejar el pellejo en su intento de retornar al terruño cargados con el oro y la plata que, según contaban, eran tan abundantes que solo había que agacharse a cogerlos del suelo. Eran además hombres que habían guerreado contra la morisma, contra Francia, en Italia, en Flandes, y poco menos que habían echado los dientes volteando una espada de madera luchando contra enemigos imaginarios en los corrales de sus casas. A eso habría que añadir el natural agresivo y orgulloso de aquellos tiempos, que los impulsaba a luchar hasta vencer o morir por una mera cuestión de honra aunque salieran del brete más pobres y miserables de como llegaron.


Y si los ríos eran una dificultad, las zonas montañosas
ni te cuento. Cruzar senderos así suponía tener que dejar
atrás la caballería y parte de la impedimenta
Pero los valerosos infantes españoles se encontraron con un panorama muy diferente al que conocían de sus andanzas por la Europa. En América, las cosas eran muy distintas, y no se enfrentaban con ejércitos armados y desplegados en el campo de batalla de la misma forma que ellos, sino con tribus que, aunque provistas de un armamento muy inferior, sabían sacarle partido a su entorno y, en muchas ocasiones, poner las peras a cuarto a los invasores. En definitiva, aunque la superioridad tecnológica era evidente, las limitaciones medio-ambientales, la prácticamente inexistente logística y la dificultad para reponer las armas perdidas o deterioradas no pusieron nada fácil crear lo que, con el tiempo, dio lugar al mayor imperio conocido hasta la época.

El impacto del armamento español


Guerrero jaguar
Durante la conquista, los españoles se enfrentaron a ejércitos que, tecnológicamente hablando, estaban siglos por detrás, prácticamente en la Edad de Piedra. El armamento utilizado por los amerindios se basaba en artefactos de madera a los que añadían lascas de obsidiana que, aunque cortantes como el acero, obviamente no tenían ni de lejos su durabilidad ni su resistencia. De hecho, el único metal que usaban era el cobre, poco enemigo para las armaduras y las espadas españolas, que empleaban para elaborar puntas de flecha y cabezas de armas para sus mazas. Así pues, las espadas, junto con las ballestas, los arcabuces y las picas fueron las armas que más sorprendieron a los nativos por motivos diversos: las espadas por su resistencia y su capacidad para anular el efecto de sus armas de madera y, además, por su capacidad para herir de punta. Como ya sabemos, una estocada es mucho más letal que un golpe de filo, y la medicina de los indios estaba a la misma altura que la española: pócimas inservibles, ungüentos hediondos, compresas a base de hierbas y, en vez de rezar a Dios, menear una maraca briosamente por encima del herido para que los dioses fueran benevolentes con él y saliera vivo del brete. Por otro lado, las picas permitían ofender y mantener a los enemigos a distancia, lo que era una novedad para ellos tanto en cuanto jamás se habían enfrentado a un cuadro de picas formado por tropas profesionales y, por otro lado, las lanzas usadas por los indios medían como mucho unos 2,5 metros.


Infante español protegido por un ichcahuipilli
Las ballestas les resultaron enormemente impactantes por la tremenda potencia que podían desarrollar, especialmente las de torno y las de cranecrin. Los indios, cuyo armamento defensivo se limitaba a un escudo y un ichcahuipilli, y eso siempre y cuando se tratase de personajes de cierto estatus, no tenían nada que oponer a estas armas, capaces de atravesar sin problemas sus mínimas defensas corporales. Y en lo referente a los arcabuces, ya podemos imaginar el efecto psicológico que ejercieron: un estampido, una llamarada, y un cuñado caía al suelo fulminado con un boquete en el pecho y otro en la espalda. Cosa de los dioses, naturalmente, que estaban a favor de aquellos sujetos pálidos, barbudos y con muy mala leche. 


En un entorno así de poco o nada servía la proverbial
disciplina de la infantería española en el campo de batalla
Pero a todo lo malo se acostumbra uno, y los indios, que serían impresionables pero no tontos, acabaron habituándose a estas armas y a sacarle beneficio a los peores enemigos de los conquistadores: el clima y el terreno.

En campo abierto, los indios tenían escasísimas probabilidades de salir airosos salvo que su superioridad numérica fuese abrumadora. De ahí que optaran en muchas ocasiones por tender emboscadas aprovechando las zonas selváticas en las que la disciplina de las formaciones españolas perdía su eficacia ya que no podían desplegarse en un terreno semejante. Y en cuando al clima, el calor y la elevadísima humedad ambiental resultaban fatales para hombres embutidos en corazas de hierro, lo que los obligó a irse desprendiendo de ellas porque, total, puestos a morirse era preferible hacerlo rápidamente de un flechazo que consumido por la fatiga o por un golpe de calor. Una muestra de lo penoso que llegaba a ser el clima para los conquistadores es el hecho de que muchos hasta abandonaron el uso de calzas y zapatos, prefiriendo llevar las piernas desnudas y usar como calzado las sandalias de los indios.

Y no solo los combatientes se vieron obligados a aligerar su armamento, sino también los caballos. Las defensas de hierro habituales en estos- testeras, gruperas, etc.- fueron sustituidas por perpuntes similares a los de los humanos, algo similar a los petos que usan actualmente los caballos de los picadores. Estas defensas podían ser también de cuero en forma incluso perneras ya que los españoles tenían una verdadera obsesión por preservar a los escasos caballos disponibles. Recordemos que en América no había cuadrúpedos de estos, que llevarlos desde España era caro y complejo, y que hasta que no se empezaron a reproducir en el Nuevo Mundo la caballería era una unidad no ya de élite, sino de verdadero lujo. 

La cuestionable eficacia de ballestas y arcabuces


Arcabucero español
Aunque, como se ha comentado más arriba, estas armas resultaron enormemente impactantes para los indígenas, la realidad es que su eficacia era muy relativa dejando de lado la cuestión meramente psicológica. Es más, la realidad es que los arcos de los indios eran mucho más polivalentes y adecuados para el tipo de guerra que se desarrollaba allí si bien, afortunadamente para los hispanos, su potencia no se asemejaba ni de lejos a la de los arcos galeses al uso en Occidente. La cosa es que nunca he entendido el motivo del apego español por las ballestas, cuando estaba más que claro que el arco era mucho más eficaz en campo abierto. Sea como fuere, la gran potencia de la ballesta se veía contrarrestada por su lentitud de recarga, que hacía que mientras se completaba el proceso completo de la misma un indio podía poner en el aire hasta una decena de flechas. De hecho, en enfrentamientos en campo abierto hubo que organizar grupos de ballesteros para mantener una cadencia de tiro que contrarrestase de alguna forma a las lluvias de flechas disparadas por los indios. Para ello, mientras que uno era el encargado de disparar, tres o cuatro camaradas se afanaban en cargar y armar al menos un par de ballestas más para que en todo momento hubiera una ballesta a punto. 


Arcabuces, perros y caballos resultaban una buena combinación para
acojonar al personal, las cosas como son
Y lo mismo sucedía con los arcabuces, a los que habría que añadir una dificultad extra: la lluvia. En un clima tan húmedo y con trombas de agua repentinas, un arcabuz se convertía en un tocho de madera con un tubo de hierro que solo servía para dar estacazos al enemigo. Por ello, si a su lentitud de carga añadimos que tanto las mechas como la pólvora quedaban inutilizadas, aparte de su impacto psicológico poco más podían hacer. Una advertencia: no quiero decir con esto que ni las ballestas ni los arcabuces fueran unas armas prácticamente inútiles, sino que su eficacia en combate estaba en las Indias muy por debajo de los resultados habituales en Europa.

El armamento defensivo


Rodeleros españoles armados con coseletes.
Los almetes pronto tuvieron que ser
sustituidos por morriones o borgoñotas
Como ya hemos comentado, las armaduras al uso en España se convirtieron pronto en un estorbo más que en una protección útil. El calor las convertía en verdaderos hornos, y el copioso sudor mezclado con el hierro caliente producía severas rozaduras que, en un clima tan insalubre, podían llegar a resultar mortales al degenerar en una infección. De ahí que las armaduras completas al uso a comienzos del siglo XVI fueran aligeradas de piezas, eliminando en muchos casos las defensas de brazos y piernas para quedarse con el coselete, muchas veces sin espaldar, las escarcelas para proteger al menos parte de los muslos y que no estorbaban tanto. En cuanto a los yelmos, los que acabaron imponiéndose fueron los morriones, los capacetes y las borgoñotas ya que los almetes, las celadas góticas y las borgoñotas cerradas eran simplemente insoportables en un sitio así, prefiriéndose siempre los modelos que permitieran mantener el rostro descubierto para, simplemente, no asfixiarse. Así pues, el calor y el peso de las armas obligó a muchos a quedarse solo con el peto y el yelmo, y otros incluso prefirieron recurrir a las obsoletas cotas de malla que se recalentaban menos. Es más, el agobiante calor hizo que se adoptaran los ichcahuipilli usados por los indios ya que, al cabo, eran la réplica de los antiguos perpuntes. Estas defensas eran capaces de detener los dardos y flechas de los ejércitos aztecas, incas, etc., así que tampoco tenía mucho sentido ir armado con un arnés de 30 kilos de peso en un sitio donde cada paso que se daba era un tormento. No obstante, muchos añadían a la protección de los ichcahuipilli  la loriga, ya que siempre podían toparse con un indio cachas armado de un macuajuitl capaz de decapitar a un caballo de un tajo. 


Hernán Cortés según el magistral pincel de Ferrer
Dalmau. Este cuadro refleja el armamento
defensivo habitual de un jinete español
en las Indias
Solo los jinetes, fuerza de choque por antonomasia con la misión de romper las líneas enemigas, se mantuvieron fieles a las armaduras si bien aligerándolas dentro de unos márgenes razonables para no agotarse tanto ellos como sus monturas. La borgoñota sustituyó a los almetes, y se optó por medias armaduras o armaduras de fajas espesas, dejando las pantorrillas protegidas por sus gruesas botas de cuero. Así mismo, y a fin de limitar el peso extra en los caballos, se sustituyeron las pesadas sillas de monta a la brida por otras a la jineta, bastante más ligeras. Además, eran más útiles para el tipo de guerra que se hacía allí, donde las cargas cerradas de caballos coraza no tenían sentido.

Respecto a los escudos, los españoles llegaron a América con las mismas rodelas que usaban en Europa. Eran los mismos escudos redondos con que los rodeleros escabechaban gabachos en cantidad cuando se infiltraban entre sus cuadros de picas. Pero una rodela metálica de poco servía cuando uno tenía que llevarla encima a todas horas, acabando agotado. Debemos considerar que, según reflejan las crónicas de la época, los españoles se veían obligados a permanecer armados constantemente ante el peligro que suponía verse atacados en cualquier momento. Debido a ello, y al igual que ocurrió con las armaduras, estas pesadas rodelas fueron dejadas de lado en favor de adargas de cuero, mucho más ligeras y capaces de resistir el embate de las flechas indígenas, e incluso escudos fabricados de corcho, lo que es una clara muestra de hasta donde llegaba el empeño por aligerarse de cada gramo extra para resistir en un medio ambiente hostil y agotador en grado sumo.

La artillería


Fragmento del Códice de Tlaxcala en el que se ven varios tamemes acarreando
no solo piezas de artillería, sino incluso a personas.Como se ve en el ángulo
inferior derecho, la disciplina que imponían los españoles era bastante severa
El uso de artillería fue puntual durante la conquista. Las piezas disponibles eran escasas y, por lo general, de pequeño y mediano calibre, y su transporte por zonas donde la jungla apenas permitía avanzar a los hombres era un verdadero infierno. El terreno, como ya hemos comentado, jugaba a favor de los indígenas, convirtiendo estas terribles armas en un engorro de dudosa eficacia. La ausencia de caminos, las selvas impenetrables y los caudalosos cursos fluviales obligaban a acarrearlas desmontadas a hombros de tamemes, porteadores indios al servicio de los españoles y, en más de una ocasión, se vieron obligados a abandonarlas en mitad del camino ante la imposibilidad de seguir avanzando con ellas. Obviamente, en caso de una emboscada no servían absolutamente de nada, y ponerlas en orden de combate llevaba su tiempo ya que había que montar toda la pieza. A eso, añadir el mismo problema que adolecían los arcabuces: la humedad que inutilizaba la pólvora y las mechas. Por otro lado, esta misma humedad obligaba a usar piezas de bronce obtenidas mediante fundición ya que las viejas bocas de fuego de hierro se oxidaban en un periquete y, como ya podemos suponer, aún tuvo que pasar bastante tiempo hasta que se establecieron las primeras fundiciones en América. Además, los cañones de bronce eran mucho más caros que los de hierro, así como más complejos de fabricar.


Como vemos, la logística necesaria para hacer uso de la artillería era un verdadero alarde de voluntad y un despliegue de medios tremendo. Según el cronista Díaz  del Castillo, Cortés tuvo que emplear nada menos que un millar de tamemes para acarrear su parque artillero desde Tlaxcala hasta Méjico para iniciar su asedio,  que era donde estas armas podían desarrollar su verdadero potencial, tanto real como psicológico. Pero los problemas a la hora de emplear artillería no se limitaban al transporte o a las inclemencias del tiempo, sino también a los artilleros. Como ya sabemos, los maestros artilleros eran los únicos con los conocimientos necesarios para disparar las piezas de artillería. En una época en que cada modelo era un mundo y precisaba una determinada carga en función de diversos factores, solo los artilleros cualificados podían hacer buen uso de los tiros disponibles si no querían verlos saltar en pedazos, reventados por emplear una carga errónea. Y, como ya podemos suponer, los maestros artilleros eran tan escasos o más que los caballos, por lo que ver a uno de ellos palmarla de disentería, fiebres o simplemente acribillado a flechazos significaba simplemente que los cañones traídos desde España con tantos esfuerzos y gastos y, posteriormente, acarreados hasta su destino a fuerza de brazos, eran simplemente inútiles.

En fin, como vemos, la superioridad tecnológica española no fue tan determinante como muchos imaginan, y los indios tampoco fueron unos enemigos que salían echando leches al primer disparo de arcabuz. La conquista de América fue ante todo, al menos a mi entender, un faraónico ejercicio de voluntad férrea en el que las verdaderas armas fueron la ambición, el ansia de poder y el infinito anhelo por dejar atrás la miseria que muchos padecieron en Castilla aún a costa de ir a parar a una tierra infernal para ellos. Solo así se comprende como unos cientos de hombres lograran imponerse, por muchas armas que llevasen, a naciones enteras porque, no lo olvidemos, las armas no dan la victoria por sí mismas, sino los hombres que las manejan.

Como colofón, ahí dejo los enlaces a algunas entradas donde se estudian con detalles las armas de esa época por si alguno las desconoce.

La ballesta, tipos de proyectiles, fabricación de los mismos, espadas roperas, arcabuces, adargas y rodelas. Para consultar los diversos tipos de yelmos, mejor pinchar en la etiqueta sobre los mismos porque hay mogollón.

Bueno, ya está. Hora de la pitanza.

Hale, he dicho

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