domingo, 21 de enero de 2018

Protección antigás. Limpieza de refugios y trincheras

Dos british sacan a un compañero de una trinchera que se está llenando de gas a una velocidad preocupante. La
acumulación en su interior podía suponer que, mientras en la superficie no fuese precisa la máscara, en la trinchera
había que llevarla puesta para no palmar asfixiado

A lo largo de varias entradas hemos ido dando cumplida cuenta de lo asquerosa que era la guerra química, y no ya por el número de bajas que produjo, que si lo comparamos con las de la artillería o las ametralladoras fue un número insignificante, sino por el terror visceral que despertaba entre las tropas enfrentarse a un ataque de gas. Incluso desencadenó un nuevo trastorno psicológico denominado neurosis de gas que llegaba al extremo de que cualquiera que lo padecía prefería mil veces ser herido por la metralla antes que verse como los desdichados a los que afectaba de forma más agresiva el fosgeno, el gas de cloro o la iperita: escupiendo trozos de pulmón calcinados, asfixiándose hasta morir en medio de una terrible agonía a causa del edema pulmonar, o cegados con las retinas achicharradas.

Trinchera gabacha bajo un ataque de gas. En esos momentos era cuando
la ansiedad y el miedo podían jugar una mala pasada ya que un ataque de
pánico podía empujar a despojarse de la máscara y palmarla en un periquete
Por lo general, cuando se habla de los ataques con gas, ya fuese mediante proyectiles de artillería o con cilindros proyectores aprovechando que el viento era favorable, se piensa que nada más dar la alarma todo el mundo se enfundaba la jeta con la máscara antigás y esperaban pacientemente a que el aire disipase la nube tóxica y, salvo los que estaban en babia y no se la habían puesto a tiempo, el resto sobrevivía sin mayor problema. Sin embargo, las cosas no eran tan simples, y el viento solo ayudaba en parte a liberar la superficie de la mortífera y espesa neblina amarillenta que tanto acojonaba al personal. Este tipo de substancias eran más pesadas que el aire, por lo que la acumulación en el interior de las trincheras y, aún más, en los refugios, complicaba enormemente despejarlos de gas. El viento barría la superficie del terreno, pero los cráteres, trincheras y, en resumen, cualquier zona situada a un nivel inferior, permanecían llenas porque el aire pasaba por encima sin empujar el tósigo.

Portada de un ejemplar del Daily Mirror de mayo de 1915 que muestra
a unos poilus aparentemente dormidos pero que, en realidad, sufrieron
un ataque con gas mientras descansaban, matándolos a todos. El titular,
muy estudiado por la propaganda, decía: "Maldad, tu nombre es Alemania"
Esto produjo no pocas bajas en los comienzos de la guerra química ya que había quien no se percataba de este detalle, y al ver a sus camaradas situados en posiciones más elevadas sin las máscaras daban por hecho que el peligro había pasado, se quitaban las suyas y adiós muy buenas. En esas zonas la concentración de gas era además mucho mayor ya que, como decimos, por su densidad buscaba las partes del terreno más deprimidas, así que bastaban un par de bocanadas buscando aire fresco tras un largo rato con la máscara puesta para que fuese mortal. Los efectos ya los conocemos: quemazón en los ojos, irritación en el aparato respiratorio y, a partir de ahí, una agonía indescriptible. En fin, algo muy desagradable.

Así pues, había que buscar la forma de evacuar las trincheras y los refugios de las masas de gas que permanecían acumuladas en el interior de los mismos ya que, de no hacerlo, podrían permanecer inundadas de porquería durante horas y horas o incluso días enteros. Y como este es un tema que, por lo general, es bastante desconocido, pues dedicaremos esta entrada a describir los métodos seguidos por los sufridos combatientes para despejar de gas sus miserables trincheras y sus pútridos refugios tras sufrir un ataque de cualquiera de ellos, lacrimógeno, cloro, fosgeno, etc., salvo la iperita ya que esa porquería actuaba de otra forma y, como ya se comentó en su momento, los medios antigás convencionales no funcionaban con los vesicantes. Bueno, al grano...

Hasta se diseñaron palomares a prueba de gas
para las palomas mensajeras
Cuando se generalizó el uso del gas quedó bastante claro que había que idear formas para limpiar las posiciones, especialmente los refugios que, por razones obvias eran donde más tiempo quedaría acumulado al carecer de más medios de ventilación que la entrada y, a lo sumo, un respiradero en el techo para renovar un poco el aire viciado del interior. Por norma, se recomendaba no entrar sin máscara antigás en un refugio una vez limpio hasta pasadas tres horas, y había que dejar pasar al menos doce para dormir en el interior, tiempo este que podía alargarse notablemente si el ataque había sido especialmente intenso o en el caso de haber empleado vesicantes. Inicialmente se pensó en neutralizar el gas mediante productos químicos que, con la reacción consiguiente, en teoría anularía la toxicidad del mismo. Para los que no entiendan el proceso, es lo mismo que cuando tomamos bicarbonato para quitarnos la acidez de estómago. Una sal como el bicarbonato neutraliza el exceso de ácidos al convertirlos en una base. Eso me lo enseñaron en una clase de química de 8º de E.G.B. y aún lo recuerdo, lo que son las cosas... 

En los albores de la guerra química se probó rociar los refugios con una solución a base de hiposulfito sódico y bicarbonato con la ayuda de un pulverizador Vermorel, un chisme como el que vemos en la foto de la derecha y que funciona exactamente igual que los que hoy día se emplean para fumigar plantas, árboles o cuñados. En teoría, la solución mencionada neutralizaba el gas de cloro, pero con el fosgeno no daba los resultados apetecidos, por lo que se añadió tetramina de hexametileno pero, sin embargo, la mezcla resultante no era capaz de eliminar el gas cuando se hallaba en altas concentraciones, y en el interior de un refugio no es que fuesen altas, es que se podía cortar con un cuchillo. A la vista de los resultados la pulverización de este tipo de substancias quedó relegada a la limpieza del material depositado en los refugios como ropa, mantas, etc. ya que si no se eliminaban los restos de gas podían producir lesiones de menor entidad, pero lesiones al fin y al cabo, tanto en los ojos como en el tracto respiratorio.

Los tedescos, siempre dados a métodos más expeditivos, idearon un cartucho cuya sección vemos en el gráfico de la derecha. Se trata del Entstankerungspatrone, palabro impronunciable salvo que se tengan 6 juegos de cuerdas vocales y dos lenguas que viene a significar cartucho desodorizante. Ojo, no era para que los sobacos del personal despidieran aroma a lavanda, sino para rociar con su contenido las zonas donde el gas acumulado no se podía evacuar. El invento consistía en un cartucho fabricado de cartón-piedra para ser disparado con las pistolas de señales reglamentarias. En su interior contenía una ampolla de vidrio protegida por tacos de fieltro en los extremos y una envuelta de papel corrugado. La rotura y expulsión del contenido de dicha ampolla se lograba mediante una carga de 1,4 gramos de pólvora negra, y el conjunto estaba sellado en su parte superior con una capa de pegamento y un disco de cartulina. La ampolla podía contener dos tipos de substancia y, en función de la misma tenía una denominación concreta. Los cartuchos marcados como E-I estaban cargados con 7 gramos de dimetil anilina, y el E-II con una mezcla de dimetilpiridinas. Llegado el momento, se disparaban dos cartuchos, uno de cada tipo, en el interior de los refugios inundados de gas, y en caso de que fuera lacrimógeno solo se usaba el E-II. Pero, al igual que el rociador usado por los aliados, esto tampoco lograba limpiar la atmósfera en el interior de los refugios, dejando en lugar del gas un ambiente tan enrarecido y tan irritante que, aunque ya no era venenoso, era igualmente irrespirable. 

Alarma por un ataque de gas. Escuchar las campanas, sirenas
o carracas que avisaban de la presencia de gas en las
trincheras era para muchos como oír las trompetas del
apocalipisis
Así pues, quedaron claras dos cosas: una, que evacuar el gas de refugios y trincheras con seguridad solo era posible mediante un proceso de ventilación. Y dos, que en el caso de los refugios más valía prevenir que curar, por lo que se idearon protecciones que impidieran la entrada de gas en el interior. Si despejar una trinchera ya era trabajoso, hacer lo propio en un reducto bajo tierra era todo un reto. Inicialmente se probó a efectuar una evacuación mediante bombas que extraían el aire del interior gas incluido, pero la manipulación de dichas bombas, manuales o accionadas mediante un motor eléctrico, era engorroso y en modo alguno se disponía del suficiente número de unidades para limpiar todos los refugios del sector afectado por el ataque. 

Por lo tanto, se recurrió a la prevención a base de proteger la entrada de los refugios con una especie de persianas  o cubiertas enrollables como las que vemos en el gráfico de la derecha. Se trataba de dos bastidores, uno hacia el exterior y otro hacia el interior según hemos marcado con una línea roja. Se fabricaban con listones de madera de 10 𝑥 2,5 cm. y formando un ángulo de entre 15 y 20º. En la parte superior de cada bastidor vemos enrollado un lienzo o una manta en cuyos lados se cosían unos pesos de plomo que se fijaban a los laterales para lograr un mejor ajuste. Estas cubiertas eran unos 20 cm. más largas que la altura total de la entrada para que la barra de hierro colocada en el extremo inferior de las mismas ayudase a sellar el acceso. Entre ambos bastidores debía haber una distancia que permitiera entrar y salir del refugio de forma que antes de abrir una de las persianas se pudiera cerrar perfectamente la anterior, como si fuera una cámara de descontaminación moderna.

Enfermera practicando la evacuación de un
refugio. Era muy importante habituarse a respirar
con la máscara puesta, lo que no todo el mundo
lograba a la primera.
Las cubiertas se empapaban con agua o con una solución de glicerina rociada con el Vermorel que vimos anteriormente, teniendo que remojarlas cada vez que se secaban. Los tedescos empleaban una manta o lo que denominaban como Schutzsalzdecke, una especie de edredón cuyo relleno consistía en turba humedecida con una solución de carbonato de potasio. Para obtener su máxima eficacia se insistía en entrenar a las tropas de forma que aprendieran a entrar y salir de los refugios de forma que la pérdida de aire limpio del interior o la entrada de gas desde el exterior fuese mínima. Con esas medidas se pudieron tener refugios a prueba de gas en primera línea para albergar puestos de primeros auxilios, de mando, de comunicaciones, etc. Lo único que había que tener en cuenta era que, por ejemplo en caso de los puestos sanitarios, había que poner los bastidores a una distancia tal que permitiera entrar con una camilla pudiendo, tal como se dijo antes, cerrar una persiana antes de abrir la siguiente. Este sistema era eficaz contra cualquier tipo de gas incluyendo vesicantes.  

Otra solución de circunstancias para evacuar gases del interior de los refugios y que se mostró mucho más eficaz que el rociado de productos químicos fue mediante fogatas que, en base al tamaño y el número de respiraderos disponibles, se debían ubicar en un sitio determinado. La intención es evidente: crear un tiro natural de forma que el calor de la fogata empujase al gas hacia el exterior a través de los respiraderos o directamente por la entrada. Para entenderlo mejor echemos un vistazo en el gráfico de la derecha, donde hemos representado un refugio convencional, o sea, con una única entrada de aire que era el acceso al mismo y a cosa de un metro de profundidad respecto al fondo de la trinchera. En ese caso, la fogata había que colocarla en el centro del reducto y a unos 15 cm. de altura sobre el suelo para obtener los mejores resultados. Se consideraba que había que emplear aproximadamente medio kilo de combustible, preferentemente madera seca o cualquier otro material que emitiese poco humo, por cada 3 m³ de capacidad interior. Se recomendaba mantener el combustible dentro de una lata con su tapa para protegerlo de la humedad y tenerlo siempre a punto para usarlo tras un ataque. Era necesario dejarlo arder al menos 10 minutos para que se despejase el ambiente, o más en caso de que el refugio fuese más grande, como es lógico. 

En lo tocante a las trincheras, la limpieza de gas no resultó tan problemática ya que, al fin y al cabo, estaban a cielo abierto. Para despejarlas de porquería se recurrió a algo tan básico y al mismo tiempo tan eficaz como un simple pai-pai a lo bestia. En la foto de la derecha podemos ver tres modelos diferentes empleados por los british (Dios maldiga a Nelson). En sí, el método era más simple que la mononeurona de un político ya que solo había que coger a un grupo de hombres y ponerlos a abanicar la trinchera con ímpetu y denuedo hasta lograr expulsar del interior todo el gas acumulado tras un ataque. Estos chismes, denominados como canvas trench fans, o sea, ventiladores de lona para trincheras, no eran más que lo que ven: una estructura formada por varillas de madera como si fueran cometas y forradas por una lona resistente para soportar el afanoso meneo que les deban para limpiar las míseras zanjas trincheriles.

En la ilustración de la derecha vemos la forma de empleo de estos abanicos. Era denominada como "out of step", que podríamos traducir como "fuera de sintonía" o sea, que mientras uno golpeaba el suelo el que le seguía levantaba el abanico, y así sucesivamente. Aunque parezca una chorrada, una hilera de hombres podía limpiar una trinchera en cuestión de segundos mientras avanzaban aporreando el suelo sin descanso. La turbulencia creada por los pai-pais estos hacían que el gas se elevase, y en el momento en que salían de la trinchera el aire lo empujaba o lo disipaba. También se podían poner dos hombres enfrentados y separados varios metros que iban avanzando uno contra el otro mientras echaban aire, de forma que cuando se encontraban habían limpiado todo el trayecto dejado tras de sí. 

También eran válidos para despejar el gas acumulado en los refugios si bien era más laborioso. En primer lugar había que despejar el tramo de trinchera donde estuviera el acceso al mismo. A continuación, un hombre, o mejor dos, se dedicaban a echar aire muy lentamente a ras del suelo y hacia el interior para permitir la salida del gas a medida que iba entrando aire puro. Una vez limpiado el interior siempre era conveniente entrar en el refugio y dar un último repaso para procurar extraer los posibles restos de gas acumulado entre las tablas del suelo, lo jergones, etc. y, caso de disponer de un respiradero, intentar que dichos restos salieran por el mismo. En caso no haber abanicos como los que se han mostrado valía cualquier cosa, desde un saco al pellejo del lomo de un cuñado, un capote o, en resumen, cualquier cosa que echase aire en cantidad incluyendo los gaiteros del regimiento, que debían tener una capacidad pulmonar envidiable. Por cierto, en el vídeo pueden ver una breve secuencia en la que varios british limpian una trinchera en un periquete. La calidad de la imagen es una birria, pero es muy ilustrativa.


En fin, con esto vale por hoy. Como vemos, la protección contra el gas iba mucho más allá de ponerse la máscara. De hecho, contiene todo un mundo ya que era preciso proteger todo lo habido y por haber, desde la ropa a las cajas de munición para impedir que el gas se adhiriese a cualquier objeto y produjese lesiones en la piel o los ojos del personal. Es más, algunas substancias podían incluso atacar determinados componentes metálicos de los proyectiles de artillería o de mortero como el latón de las espoletas o los estopines, lo que tendría unas consecuencias fastuosas a la hora de manipularlos. Incluso las mismas cintas de lona de munición para las ametralladoras podían verse afectadas por la acción del gas, así que ya vemos que su nociva presencia no se limitaba a fastidiarle a uno los bronquios o las retinas. En todo caso, de esos pormenores ya iremos hablando en sucesivas entradas

Bueno, supongo que este tema no era muy conocido para vuecedes, así que ya saben: denle un toque al cuñado belicista que asegura que lo sabe todo y lo humillan a su sabor delante de la suegra para clavar un clavo más en su ataúd. 


El profesor Fritz Haber (señalando con el dedo), padre de la guerra química y artífice del empleo de gases asfixiantes de
todo tipo en el ejército alemán, donde sirvió con el grado de capitán. La foto muestra a Haber explicando los pormenores
de los proyectiles de gas de cloro que aparecen en el suelo. La posibilidad de lanzar gas de este modo permitía llevar a
cabo ataques muy precisos contra las posiciones enemigas sin tener que contar con el factor meteorológico

17 comentarios:

dani dijo...

Muy interesante el artículo. Supongo que hoy día se acudiría a ventiladores portátiles.

Amo del castillo dijo...

Bueno, se recurriría a ventiladores si hubiera trincheras y se usaran gases tan obsoletos como el fosgeno o el cloro. Pero la realidad es que si en un conflicto moderno se volviera a la guerra química no daría tiempo a usar nada porque se emplearían gases nerviosos que dejan al personal como pajaritos en un periquete. Una rociada con sarín o tabún y en menos de 15 minutos adiós muy buenas.

Un saludo

dani dijo...

Bueno señor Amo, no todo son guerras entre países en el top de desarrollo. Entre Iraq e Irán hubo una guerra en la que se usaron medios químicos y aquello por muy infernal que fuera no fue el fin del mundo.
Y más recientemente en Siria se han usado armas químicas.

Amo del castillo dijo...

Los iraquíes usaron iperita, si mal no recuerdo, Sr. Dani. Pero, en todo caso, las cantidades de gases tóxicos empleados en esos conflictos eran un estornudo comparado con los miles de toneladas que se lanzaron en la Gran Guerra. Si se efectuara un ataque usando la misma cantidad de tabún que de fosgeno se llevaban por delante a miles de hombres de una tacada.

Un saludo

Anónimo dijo...

Señor Amo, como siempre, estupenda entrada.
Quería redundar en un concepto que ha señalado: el proceso de puesta de la máscara, que no es trivial para que ésta sea realmente eficaz. Lo he tenido que hacer por trabajo ya hace más años de los que yo quisiera confesar —bueno, y en la «mili», pero estamos hablando de cosas serias; las máscaras y el NBQ tenían más agujeros que la banca española—. Es importante estar bien afeitado, tranquilo, y saber tomar las primeras bocanadas con la máscara puesta, porque la falta de aire —o mejor, la alta presión diferencial— produce ansiedad con cierta facilidad. Imagínese si eso se hace totalmente preparado para trabajar, lo que debían pasar al oír la campana mientras estaban meando, faltos de sueño, agresivos y más cansados que un perrillo.

Amo del castillo dijo...

Así es, Sr. Maldito, y por eso mismo he insistido en ese detalle. Al hilo de su explicación, comentarle que, de hecho, en el ejército nos ponían la máscara para correr un poco y habituarnos a la escasez de aire, así como a la dificultad para respirar. Ciertamente, más de uno y más de dos se la tenían que acabar quitando al cabo de un minuto literalmente asfixiados y con un ataque de ansiedad bastante evidente, y más por la sensación de angustia que por otra cosa. En fin, la presencia de ánimo nunca debe perderse si bien bajo fuego enemigo no es cosa baladí, pero a la guerras se va a exterminar enemigos o a palmarla como auténticos y verdaderos héroes, amén y tal. Como es de todos sabido, DVLCE ET DECORVM EST PRO PATRIA MORI

Un saludo y gracias por su comentario

Iván The last emperor dijo...

Saludos, mi buen señor Amo del castillo. Llevo tiempo siguiendo su blog y me preguntaba si podría dedicar un espacio a ejércitos y armas de Asia (China, Tailandia,Japón,etc...). Me interesa mucho y no hay mucha información en la red.

PD: Quería felicitarle y agradecerle que llegue a gente joven como yo con su ameno y entretenido contenido, buscando siempre la lógica y la verdad, sin caer en las viles garras de mitos y leyendas que tergiversan la historia y que todo el mundo da por sentado.

Espero que le lleguen mis palabras.

Devotio iberica dijo...

Mire que mis lecturas tengo sobre la Gran Guerra y ni idea del sistema de limpiar trincheras abanicando con los "ventiladores de lona". Desde luego su blog es una mina Sr. Amo. Nunca te acostaras...

Por cierto, y aunque se salga del tema, hablando de curiosidades, siempre me he preguntado por la potencia y por tanto la velocidad incial a la que salían las flechas de los distintos arcos históricos, y no hay manera oiga, todo dios que si potencia en libras y demases, que para la época estaba muy bien, pero ya tenemos cronografos y esas cosas. El peso de las flechas si que lo encuentras pero la velocidad inicial,al menos en español, no hay tu tia. Así que me atrevo a preguntarle a usted, o proponerle tener a bien un día hacer una entrada al respecto. Que nos quite de dudas en las discusiones de cuanta potencia tenían realmente las flechas.

Amo del castillo dijo...

Tomo nota de su sugerencia, Sr. Iván. Ciertamente, el tema del armamento oriental no se ha mencionado aún y no estaría de más dedicarle alguna entrada. Voy a buscar en mis fuentes, a ver qué encuentro. Por lo demás, me congratula saber que la juventud se muestra interesada por la historia en general y la militar en particular. Siempre es bueno saber que hay jóvenes que no están seducidos o, mejor dicho, abducidos, por la tecnología audio-visual.

Un saludo y gracias por su comentario

Amo del castillo dijo...

Que yo sepa hay bastante información al respecto, Sr. Devotio. Se han efectuado tropocientos ensayos y pruebas de todo tipo con réplicas de arcos de época, así como sus proyectiles, para sacar velocidades, capacidad de penetración, potencia, etc. En todo caso, tomo nota de su sugerencia como ampliación a la entrada que en su día se dedicó al arco largo y que si no ha leído puede hacerlo en este enlace:

http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2013/12/el-arco-largo-el-arma-que-humillo-la.html

Un saludo y gracias por su comentario

nathan hale smith patton dijo...

Sacar gas con fuego? Los gases de la primera guerra no fueron explosivos o incendiarios?

Amo del castillo dijo...

Sr. Nathan, escriba 500 veces "Los gases de la Gran Guerra solo eran asfixiantes o vesicantes" ¿De dónde saca eso a estas alturas, hombre de Dios? Con la de entradas que se han dedicado al gas y sus efectos, ¿cómo pregunta si eran explosivos o incendiarios?

nathan hale smith patton dijo...

Habia leido por ahi que el gas zyklon b podia explotar si estaba muy concentrado, ademas viendo como una simple lata de insecticida y un cerillo puedes hacer un simple lanzallamas me hacia preguntat si los gases empleados en la gran guerra eran inflamables en determinado grado

Amo del castillo dijo...

A ver, eso no lo habrá leído en lo del Taringa, ¿verdad? El Zyklon B eran un matarratas a base de cristales de ácido prúsico que, al contacto con el aire, reaccionaba y se convertía en gas. A algún cerebrito de las SS se le ocurrió usarlo para finiquitar personas, y de una forma muy desagradable, por cierto. Pero el que una determinada substancia en determinadas condiciones reaccione de una determinada forma no quiere decir que el fosgeno, la iperita, el difosgeno o el cloro usados en la Gran Guerra fuesen incendiarios.

Por otro lado, la chorrada esa de prender el chorro de un aerosol de insecticida, aparte de tener consecuencias bastante peligrosas porque puede acabar incendiando la casa entera, se produce por el propelente, que suelen ser hidrocarburos extremadamente inflamables. Pero, aparte de eso, hablamos de una amalgama de porquerías químicas para matar moscas o para que la sala de estar huela a lavanda, no para quemar bronquios de probos ciudadanos.

En cualquier caso, no soy químico ni conozco la posible reacción de un gas asfixiante en determinadas circunstancias producidas en un laboratorio con fines experimentales, pero lo que sí le puedo decir es que ninguno de ellos estaba concebido como arma incendiaria ni ninguno llegó a arder en su uso o manipulación como arma química.

Un saludo

nathan hale smith patton dijo...

No, no lo lei en taringa si no en un libro de quimicos torta de años, en el ejercito no habia para hacer gas venenoso?

nathan hale smith patton dijo...

Y porque no usar gas sarin? Si ese gas se creo en 1938 en alemania, porque usar un matarratas?

Amo del castillo dijo...

El problema no era mandar fabricar gas venenoso incluyendo el sarín. El problema radicaba en que eso implicaría poner en marcha pedidos a la industria química alemana de productos cuyo uso nadie podía justificar. No se podía pedir la fabricación de esas porquerías porque rápidamente todo el mundo se enteraría que no se estaban usando en el frente, ergo la pregunta que vendría a continuación sería que dónde y para qué se usaba. Los nazis tenían una obsesión rayana en la paranoia por ocultar la solución final hasta el extremo de que en la famosa reunión de Wannsee se ordenó destruir hasta las notas que tomaron los asistentes a la misma, y las actas sobre lo que allí se habló solo eran accesibles, aparte de para Hitler o Himmler, para Heydrich y Eichmann, pero no para los que participaron en la conferencia. Así pues, el problema de cómo gasear a miles y miles de personas no radicaba en el producto en sí, sino en usar uno que no levantara sospechas de cara al mismo pueblo alemán, que en su mayor parte no supo de la infamia cometida hasta el término de la guerra, cuando fueron liberados los campos de exterminio por los aliados y salieron a relucir las cámaras de gas y los crematorios.

Inicialmente se planteó un simple tiro en la nuca, pero era un sistema lento que obligaría a disponer de personal para las ejecuciones ya que no todo el mundo se resignaría a palmarla como un cordero pascual y, además, el costo de la munición resultaba excesivo. Llegaron a la conclusión de que lo más adecuado era el engaño, haciendo creer a los judíos que serían trasladados por lo que se empezó a gasear al personal metiéndolos en autobuses herméticamente cerrados con los escapes conectados hacia el interior para producir un envenenamiento por monóxido de carbono, pero era un sistema lento, rendía poco y era caro ya que había que consumir mucha gasolina. La solución era el Zyklon B porque se trataba de un producto comercial cuya compra en cantidad por parte de las SS no levantaría sospechas ya que era un raticida. Además, producía la muerte por inhalación de ácido cianhídrico en un tiempo relativamente breve que no solía exceder de los 20 minutos, y con apenas un par de latas se liquidaban decenas de personas que atestaban una cámara de gas. Se les metía en las cámaras con la excusa de que era para desparasitarlos y listo. Una vez muertos iban directamente al crematorio y sanseacabó la historia. Así mataban cargamentos enteros en cuestión de horas.

La descontaminación de las cámaras era fácil y rápida mediante extractores para volver a llenarlas rápidamente una vez limpias de excrementos de los recién muertos. Si hubiesen usado sarín la descontaminación no sería tan fácil, y su manipulación era muchísimo más peligrosa. Para el Zyklon B bastaba verter el contenido de la lata en las aberturas del techo y taparlas. Una vez que se comprobaba que no quedaba nadie vivo se ponían en marcha los extractores que vaciaban de gas la cámara pasando el ácido por filtros. Entonces entraban en acción los Sonderkommandos encargados de evacuar los cadáveres y limpiar el interior a la espera de un nuevo grupo.

En resumen, no era nada fácil pretender matar a cientos de miles de personas sin que se enterase absolutamente nadie o, al menos, el menor número posible de gente. Como es lógico, si una fábrica de productos químicos recibe cantidades ingentes de pedidos de gases tóxicos rápidamente empezarían las preguntas. Con el Zyklon B nadie preguntó nada y, además, mataba mucho más rápido de lo que haría el fosgeno.