martes, 17 de mayo de 2016

Bastones estoque

Por lo general, los bastones estoque suelen datarse en el magín del personal hacia la segunda mitad del siglo XIX y los albores del XX. Sin embargo, el invento en cuestión es bastante más antiguo de lo que muchos imaginan, y desde unos siglos antes ya se recurría a ocultar afiladas hojas en el interior de inocentes bastones en los que nadie podría imaginar que se escondía un arma. Así pues, y considerando que estoy más atocinado que una boa tras desayunarse a dos exploradores con sobrepeso, pues hoy hablaremos de estas curiosas armas, lo que no requiere mucho desgaste neuronal.

Un cura desplazándose de noche hacia un cortijo o una casa
apartada era presa fácil, para no hablar de los peregrinos que
se movían por lugares muy aislados.
Según detalla Alonso de Venegas en su obra Tratado y Discurso Militar, ya en el siglo XVI los peregrinos y los curas no se andaban con chorradas sabiendo que los caminos estaban infestados de bandidos que, antes de preguntar, ya lo habían escabechado a uno para a continuación dejarlo en pelota picada tirado en una cuneta. Y no solo los caminos eran coto privado de la chusma amiga de lo ajeno, sino las procelosas callejuelas de las ciudades de la época, oscuras como bocas de lobo y llenas de merodeadores deseosos de hacerse con una buena capa, unos maravedises o unos simples zapatos. En aquellos tiempos denominaban a estas armas como espadas secretas, y según el citado autor "es muy hordinario en los peregrinos lleuar por bordón y así mismo muchos clérigos quando se les ofrece de noche salir de sus casas". O sea, que los peregrinos no iban ni remotamente tan indefensos como se suele suponer ya que, además de su callado, dentro del mismo portaban una afilada hoja. Y a eso, añadir los párrocos que eran solicitados de noche para llevar el viático a algún moribundo. Es más que evidente que un bandido desalmado no respetaría estos temas religiosos cuando había de por medio un jugoso botín en forma de porta viático de plata o incluso oro y un crucifijo más o menos costoso.

A lo largo del siglo XVIII, los bastones empezaron a ponerse de moda como complemento de la indumentaria sin necesidad de tener lumbago o un ataque de gota para portarlos. Los nobles, caballeros y demás gente de postín de Europa empezaban a dejar de lado las espadas cuando se movían por la corte o las calles de las ciudades, y su estatus quedaba marcado por lo lujoso de los arreos de sus monturas, por sus carruajes y, naturalmente, por su indumentaria. Sin embargo, eso no los libraba de ser objetivo de mil peligros derivados tanto de sus enemigos personales, que aprovechaban la mínima para tenderles una emboscada en cualquier callejón, y los cortabolsas deseosos de apoderarse de sus escarcelas llenas de monedas de buena ley. En una época en que todo hombre con cierto nivel social estaba versado en los entresijos de la esgrima, verse con que la en teoría fácil presa le ponía bajo la barbilla un aguzadísimo estoque sin saber de dónde había salido debía desconcertar enormemente al agresor.

A finales del siglo XVIII, el uso de la espada en la vida civil pasó a la historia. Desde ese momento, los probos ciudadanos quedaban en teoría indefensos ante las agresiones de los chorizos y malsines que, como alimañas, no paraban de atisbar ante la posibilidad de pescar un buen alijo de monedas, un reloj o cualquier otra baratija además de la ropa. De ahí que los bastones estoque proliferasen enormemente entre los caballeros que, diestros en el manejo de la espada, se valían de estas armas para escabechar a sus posibles agresores, generalmente gentuza armada con un cuchillo cachicuerno o una navaja que no eran enemigos para un aguzado estoque de 60 u 80 centímetros de hoja. De hecho, si el agredido hacía amago de golpear con el bastón al ladrón, lo que sería el movimiento de defensa natural, y este agarraba el extremo de dicho bastón para defenderse o intentar desarmar a su víctima, era el momento decisivo para, dando un fuerte tirón de la empuñadura, sorprender al polític... digoooo... al bandido y, antes de que se recuperase de la sorpresa, meterle el estoque por el cuello o por un ojo, aliñándolo bonitamente en menos que canta un gallo. En la foto superior podemos ver algunos ejemplares de diversos estilos que van desde el mero bastón de vestir a otro en apariencia para ayudarse a caminar. Los materiales con que estaban construidos eran exactamente los mismos que los utilizados para los bastones normales, por lo que no llamaban la atención en absoluto en unas calles en las que todos los hombres de clase media para arriba iba a todas partes con su bastón.

Las hojas, además de las típicas de sección cuadrangular o triangular para herir de punta, podían ser cortas y vaciadas a dos mesas a modo de cuchillo, o incluso llevar dicho cuchillo ensamblado en el bastón en vez de en la empuñadura, como vemos en la foto de la derecha. De ese modo se obtenía un práctico chuzo con el que mantener a una sana distancia a cualquier caco y, caso de no lograr poderlo en fuga, pues meterle la hoja por el plexo solar y finiquitarlo rápidamente. 

De hecho, y a fin de poder ir armado en cualquier circunstancia, incluso se fabricaron fustas estoques destinadas a los hombres que se desplazaban a caballo de un lado a otro y que, en unas circunstancias similares a las anteriormente descritas, si el ladrón intentaba arrebatarle la fusta se veía con dos palmos de acero ante su despreciable jeta. En la foto superior podemos ver un ejemplar con el aspecto que ofrece con el estoque envainado y viceversa. Como salta a la vista, su apariencia es totalmente inofensiva, y nadie podría imaginar lo que va dentro del trenzado de cuero de la fusta.

Estas armas, tanto fustas como bastones, solían ser de producción artesanal si bien hubo algunos modelos fabricados en Toledo y Solingen para su venta convencional. Para que el estoque quedara bien fijado en el bastón sin salirse se recurría a varios métodos. En primer lugar, por simple presión lo cual daría más de una sorpresa tanto al dueño como a los viandantes cuando, a causa de la dilatación de la madera por el calor, se le cayera en plena calle, dejando la hoja a la vista. De ahí que, con mucha más frecuencia, se optara por algún método básico de fijación que no hiciera muy complicado y lento el desenvaine. El más habitual lo tenemos en la foto superior. Se trataba de un simple resorte plano que hacía presión contra la "vaina", o sea, el bastón, de forma que la hoja quedaba fijada al mismo, siendo por otro lado muy fácil de extraer. Por lo general, la unión entre la empuñadura y el resto del bastón era disimulada mediante aros de bronce o plata lisos o decorados, elementos estos bastante habituales en los bastones normales, por lo que tampoco llamaban la atención. Otros preferían algún sistema para desenvainar dando un cuarto de vuelta al bastón, bien mediante un paso de rosca muy corto o bien mediante una simple muesca practicada en la hoja, la cual era encajada en un anillo colocado a modo de embocadura.

El uso de los bastones estoque se vio además muy fomentado por la moda de la esgrima con bastón, un tipo de lucha medieval que había caído prácticamente en el olvido y que fue resucitado precisamente para que los hombres pudieran defenderse con un objeto de uso habitual. De ahí que proliferasen tanto los manuales como las academias donde los caballeros podían aprender a tundir a palos al personal y, ya puestos, si la cosa se ponía fea desenvainar la hoja y mandar a hacer puñetas a su enemigo. A la derecha tenemos un ejemplo de uno de esos manuales, en este caso publicado por la famosa editorial de Saturnino Calleja, el que tenía más cuentos que ídem. Indudablemente, un hombre diestro en la esgrima de bastón y de florete sería un hueso cuasi imposible de roer salvo que se viese rodeado de varios asaltantes y, con todo, antes de verse reducido podría llevarse por delante a más de uno y más de dos.


Mogollón de bastones estoque intervenidos por la
Benemérita
Sin embargo, como España es un país en el que desde siempre se ha impedido que los ciudadanos honrados puedan defenderse de los bellacos y malsines que siempre van armados, pues ya en una Real Orden fechada el 19 de julio de 1852 se prohibían entre otras armas los bastones estoque. De ese modo, mientras que los cacos seguían llevando sus navajas de muelles aunque estuvieran también prohibidas, lo cual les daba una higa, la gente honrada quedaba indefensa ante ellos. Y actualmente seguimos en las mismas, porque este tipo de armas sigue prohibido por el actual reglamento de Armas y Explosivos, y si le metes un puntazo a un chorizo que te amenaza con una navaja te mandan al trullo por haber usado un método "desproporcionado" para repeler la agresión y, además, por tenencia ilícita de armas. Luego, para colmo, el chorizo igual te denuncia y te saca una indemnización por haberle pinchado, caso surrealista este del que tengo constancia que le ha pasado a más de un probo ciudadano. Pero prefiero no ahondar en eso porque me pongo de muy mala leche. En fin, el que quiera deleitarse con estos chismes, en la red hay infinidad de ellos. Eso sí, al menos te permiten su tenencia en el domicilio como objeto de colección.

Hale, he dicho


2 comentarios:

Anna dijo...

Buenos días!!Y se pueden vender?Yo tengo varios de un tatarabuelo y me gustaría venderlos.Pero no sé si se puede.Gracias

Amo del castillo dijo...

Como comento en la entrada, el actual Reglamento de Armas y Explosivos considera ilegal su compra, venta, tenencia y uso, así que mejor los guarda como oro en paño ya que al tratarse de un recuerdo familiar podría tenerlos en su casa por cuestión sentimental y como objetos de colección y ornato. Aunque resulte surrealista, uno puede llevar por la calle un destornillador de 25 cm. de largo más la empuñadura pero no uno de estos bastones. En todo caso y para salir de dudas mejor lea el actual reglamento, que supongo podrá hacerlo a través de la web del Ministerio del Interior, y así sabrá a qué atenerse.

En fin, es lo que hay. Un saludo