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lunes, 6 de julio de 2015

Malvados: Viktor Brack




Josef Mengele, apodado El Ángel de la
Muerte, se hizo especialmente famoso
por sus experimentos con gemelos. La foto
corresponde a su etapa como médico
militar en la 5ª SS-Panzergrenadier
Division Wiking en el frente ruso
Cuando se habla de los infames experimentos "científicos" llevados a cabo por los "médicos" de las SS, a casi todo el mundo le viene a la mente de forma cuasi instantánea la sonriente y a la par siniestra jeta del SS-Hauptsturmführer Josef Mengele, el más famoso de estos monstruos que, en nombre de la ciencia, cometieron las más abyectas aberraciones con los desgraciados que cayeron en sus manos. No obstante, Mengele no fue el único protagonista de los minuciosos y elaborados planes diseñados por los nazis para finiquitar a todo aquel que les estorbara en la consecución de su Reich de los mil años y, de hecho, creo que la fama de este sujeto obedece más a su fuga y largo peregrinar por Sudamérica para, al final, acabar de rositas sin pagar su crímenes en Brasil en 1979. De hecho, Mengele no fue sino un engranaje más de la máquina de exterminio al servicio del estado nacionalsocialista. Es más, el sonriente y afable Josef ni siquiera fue un picatoste importante, habiendo por encima de él bastantes burócratas que eran los que de verdad organizaban las matanzas conforme a las órdenes recibidas por Hitler y Himmler.


Carl Clauberg, que en su antro de los
horrores del Bloque 10 de Auschwitz
esterilizaba gitanas con inyecciones
en el útero de nitrato de plata... sin
anestesia, naturalmente. A pesar de ser
un enano birrioso le apodaron como
"La Bestia", así que...
Afortunadamente, muchos de estos artífices del genocidio en nombre de la ciencia cayeron en manos de los aliados y la mayoría de ellos acabaron condenados a largas penas de prisión o, simplemente, colgados del pescuezo por asesinos. Ese fue el caso de nuestro hombre, una de las principales cabezas visibles de los programas de eutanasia llevados a cabo por el estado alemán a raíz de la llegada al poder de los nacionalsocialistas y que, como decía anteriormente, formaba parte de una pléyade de pseudo-científicos que son desconocidos para la gran mayoría del personal. Así pues, tiempo es de ir dando a conocer a estos psicópatas porque lo peor que se puede hacer es ignorar la historia ya que es la mejor forma de repetirla. Veamos pues...

Philipp Bouhler
De entrada conviene aclarar que Viktor Brack, a pesar de su total implicación con estos temas médicos, ni siquiera estaba licenciado en Medicina. Vaya, que no solo no era médico, sino que ni siquiera sabía una palabra de medicina. De hecho, la carrera que había estudiado era la de Económicas en la universidad de Munich y su única relación con la ciencia médica se limitaba a que su progenitor ejercía dicha profesión. Pero nuestro hombre supo medrar desde los primeros tiempos del nazismo ya que, tras convertirse en un acérrimo seguidor de Himmler y llegar a ser chófer personal suyo, se afilió al partido y a las SS en 1929 con el número 901, donde desarrolló una fulgurante carrera alcanzando en poco tiempo elevadas responsabilidades dentro del organigrama del NSDAP. Tanto es así que en abril de 1936 ya había alcanzado el rango de SS-Obersturmbannführer y el nombramiento de oficial de enlace con el SS-Obergruppenführer Philipp Bouhler, jefe de la Kanzlei des Führers des NSDAP (KdF en su forma abreviada), que traducido al román paladino sería Cancillería del Führer del Partido Obrero Alemán Nacional Socialista, un organismo creado en 1934 que no tenía nada que ver con la Cancillería del Reich y que, para entendernos, era una oficina donde se trataban todas las cuestiones relacionadas con el funcionamiento del partido nazi. 

Carta fechada el 1 de septiembre de 1939
y dirigida a Bouhler y Brack en la que
Hitler ordenaba el comienzo de la
Aktion T-4
Posteriormente, ya con el grado de SS-Oberführer, fue nombrado en 1939 Oberdienstleiter del Amt II (Oficina II) del KdF ubicada en el número 4 de la Tiergartenstraße, la Calle del Zoo (curiosa coincidencia, ¿no?), oculta bajo el inocente acrónimo de T-4 a causa de la obsesión de los nazis por el secretismo. En esa época es cuando Brack pudo demostrar su valía ante sus jefes ya que fue cuando comenzó el desarrollo de la denominada Aktion T-4, un plan minucioso para quitar de en medio a todos los ciudadanos alemanes que, independientemente de su raza y/o religión, supusieran una carga para el estado. O sea, un plan para practicar la eutanasia entre los deficientes mentales, personas con problemas psíquicos, taras hereditarias, malformaciones y, en definitiva, que fuesen improductivos y, al mismo tiempo, una lacra racial dentro de la Arcadia aria deseada por los nazis. La misiva en la que Hitler ordenaba poner en marcha dicha operación y que podemos ver a la derecha estaba redactada, como era habitual para casos como este, con unos términos ambiguos que no permitieran mostrar el trasfondo real de la orden en toda su crudeza. De ahí que en la carta en cuestión ordenase a Bouhler y a Brack que, bajo su responsabilidad, designaran al personal médico adecuado para discernir qué personas podían ser consideradas como incurables para, en base a ello, concederles una muerte misericordiosa (sic) tras ser debidamente estudiadas.  

Cartel de propaganda del partido nazi
anterior a la guerra en el que se informa que
el costo de mantener con vida a un deficiente
mental como el que aparece en el mismo
ascendía a 60.000 marcos durante toda su
existencia.
Para llevar a cabo esta operación con la mayor discreción se aprovecharon diversos edificios usados anteriormente como sanatorios, asilos o similares en diversas localizaciones: Brandenburg, Bernburg, Grafeneck, Hadamar y Sonnenstein en Alemania y Harteim en Austria. Obviamente, aquí no se trataba de liquidar judíos y demás "enemigos del estado", sino retoños de ciudadanos alemanes de pleno derecho, lo que complicaba bastante obtener la autorización paterna para ello ya que, en realidad, la Aktion T-4 no estaba amparada bajo ninguna norma que le diera cobertura legal. De ahí que tanto médicos como comadronas recibieran la orden de dar parte de todos los críos que nacieran con cualquiera de las taras o malformaciones dictaminadas por la oficina de Brack y, para eliminar sospechas, estas criaturas eran enviadas a cualquiera de los centros arriba mencionados a fin de eliminarlos sin más con la excusa de que allí recibirían un tratamiento adecuado. De hecho, el secretismo sobre estas monstruosas actividades requirió que el mismo Brack adoptase el alias de Yennerwein para que su nombre permaneciera en el anonimato.

Christian Wirth, que tras una
"gloriosa" carrera fue bonitamente
escabechado en mayo de 1944 por
unos partisanos yugoslavos
En el sanatorio de Brandenburg bajo el mando del Kriminalkommissar de Stuttgart, el SS-Obersturmführer Christian Wirth, inicialmente se finiquitaba a estas criaturas con un simple tiro en la nuca si bien rápidamente se sustituyó este método por la asfixia mediante monóxido de carbono en pequeñas cámaras de gas bajo la apariencia de duchas. Para tal fin se recurría a cualquier dependencia adecuada dentro del mismo centro a fin de evitar movimientos en el exterior que levantasen sospechas entre el personal. Según palabras del mismo Brack durante el proceso que se celebró en Nuremberg, "antes de ser conducidos en grupos de diez o quince dentro de la cámara de gas, los enfermos eran sometidos a inyecciones de morfina, escopolamina o se les drogaba con pastillas de somníferos". Una vez muertos eran incinerados en un horno crematorio igualmente instalado dentro del centro para, finalmente, enviar a la familia de cada difunto una caja con un montoncito de cenizas tomadas de las resultantes tras cada cremación sin preocuparse de que fueran mezcladas. Así mismo, la cajas eran acompañadas de una sentida carta de pésame en la que se informaba que el deceso había sido como consecuencia de una pulmonía o una deficiencia cardíaca. Como vemos, las cámaras de gas fueron una invención de la oficina de Brack ya que este sistema de ejecución en masa no fue empleado en los campos de exterminio hasta más tarde, tras la siniestra Conferencia de Wannsee celebrada el 20 de enero de 1942 en la que se decidió como llegar a la "solución final" del problema judío.

Cámara de gas del centro de Hadamar, diseñada al parecer
por un tal Albert Widmann, un funcionario de la policía,
con la ayuda de los químicos August Becker y Helmut
Kallmeyer. La primera en entrar en sevicio fue la del
centro de Brandenburg
La Aktion T-4 fue suspendida en agosto de 1941 con la intención de retomarla tras la guerra si bien para esa fecha ya habían sido eliminadas 70.273 personas con deficiencias de todo tipo. Y aunque el secretismo imperante había sido la tónica desde el inicio del programa, no hubo forma de impedir que trascendiera al público hasta el extremo de que los críos se amenazaban cuando se peleaban diciéndose unos a otros que los enviarían a los hornos de tal o cual centro, y los ancianos sentían pánico al pensar que los enviaran a un asilo ya que daban por hecho que serían liquidados sin más. Pero los niveles de eficacia logrados por Brack no serían desaprovechados ya que, tras la suspensión del programa, se decidió que era hora de estudiar la forma de quitar de en medio a las personas que no era rentable mantener con vida en los campos es concentración y, sobre todo, empezar a limitar la proliferación de judíos y gitanos. Para esto último, nuestro hombre sugirió la esterilización mediante rayos X.

El SS-Oberführer Viktor Brack hacia 1940, en plena
efervescencia de la Aktion T-4
En una carta secreta fechada el 28 de marzo de 1941 y dirigida a Himmler, Brack informaba de una serie de "experiencias piloto" como las llamarían actualmente en las que daba cumplida cuenta de los experimentos realizados para lograr esterilizar a los judíos, tanto hombres como mujeres, de forma eficaz y, sobre todo, rápida. En dicho informe especificaba que bastaría aplicar en la zona genital una cantidad comprendida entre 500 y 600 roentgens durante dos minutos a los hombres y entre 300 y 350 durante tres minutos a las mujeres. Debido a que la radiación quemaba las zonas adyacentes, sugería que los rayos se aplicaran protegiendo el resto del cuerpo con placas de plomo si bien esto delataría las intenciones de los verdugos. Por lo tanto, en un alarde de sádico ingenio para impedir que los destinados a este cruel método se dieran cuenta de lo que les pasaría, ideó una oficina provista de ventanillas en las que supuestos funcionarios del campo los entretendrían durante el tiempo requerido en cada caso con preguntas chorras mientras que la radiación actuaba desde una abertura situada a la altura de los genitales. Según sus cálculos, con uno de estos dispositivos se podrían esterilizar entre 150 y 200 personas al día, mientras que si se construían veinte se podría alcanzar la cifra de 3.000 a 4.000 personas. Este inhumano método no solo se aplicaba entre los judíos, sino también con polacos, gitanos y demás razas consideradas como "sub-humanas" si bien en muchos casos los sometidos a este tratamiento fueron, según el pliego de acusaciones de la fiscalía militar USA, castrados posteriormente mediante una intervención quirúrgica y finalmente eliminados sin más. Y como culminación a su larga lista de bestialidades, Brack también asumió la tarea de llevar a cabo la Aktion 14 f 13, un programa que tras su enigmática denominación alfa-numérica escondía el exterminio de todo aquel que fuese incapaz de trabajar. Recordemos que en aquellas fechas aún no se había decidido eliminar físicamente a los internados en los campos, por lo que estas medidas se habían tomado de forma preventiva para impedir la proliferación de estas "razas malditas".

Brack en los instantes previos a su ejecución,
fotografiado en el cadalso de Landsberg
El término del conflicto permitió echar el guante a Brack y a otros muchos médicos de las SS que habían llevado a cabo multitud de experimentos a cual más sádico con seres humanos. En el caso de nuestro hombre, fue detenido en Stuttgart por el Counter-Intelligence Corps (Cuerpo de Contra-Inteligencia) de los yankees el 20 de mayo de 1945, mientras se hacía pasar por un tal Hermann Ober (Ober era el apellido de soltera de su mujer Thea). Como era habitual, transcurrieron varios días hasta que finalmente se pudo averiguar su verdadera identidad ya que todos estos jerifaltes solían disponer de documentos falsos que les permitieran escapar de tapadillo. El 9 de diciembre de 1946 dio comienzo en Nuremberg un proceso contra 23 de estos elementos entre los que se encontraba Viktor Brack el cual, por mucho que quiso eludir su responsabilidad echando la culpa a Himmler y a Hitler, como solían hacer todos los acusados, se vio desenmascarado por la abundante correspondencia oficial rescatada y los testimonios de los que lograron escapar con vida de la quema a pesar de que juró y perjuró que no era antisemita, que no había tomado parte en el genocidio y que consideraba la eutanasia como un acto moralmente justificable. El 20 de agosto del siguiente año se dictaron, entre otras condenas, siete penas de muerte incluyendo la de nuestro hombre, el cual fue encontrado culpable de los cargos de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y pertenencia a una organización criminal (las SS). Fue ahorcado en la prisión de Landsberg- la misma que sirvió para encerrar a Hitler tras el fallido Putsh de Munich- el 2 de junio de 1948. 

Patíbulos de Landsberg. Se usaban dos para irlos
alternando: mientras en uno se dejaban pasar los 20
minutos que legalmente debía permanecer el reo colgado
de la horca, en el otro se procedía a una nueva ejecución
La cifra de personas exterminadas bajo la dirección de Brack no es conocida con exactitud si bien la fiscalía hablaba de "cientos de miles". Por otro lado, la eutanasia practicada dentro de la Aktion T-4 ni siquiera tenía cobertura legal ya que se llevó a cabo bajo instrucciones secretas y sin acogerse a ningún tipo de ley, por lo que tampoco quedó exento de responder de estos crímenes. Francamente, no alcanzo a entender como aún puede haber nazis en el planeta cuando, a estas alturas, cualquiera puede conocer con pelos y señales las burradas que cometieron. En cualquier caso, a los afines a esta ideología les sugiero practiquen un poco la empatía e imaginen lo que sería ver como a un hijo o a un hermano lo gasean simplemente por haber nacido con una pierna más corta que otra o como les achicharran los testículos o los ovarios por haber nacido en otro país.

Hale, he dicho



Estrado de los acusados durante el juicio. La flecha señala a Viktor Brack. En primera fila, en el extremo izquierdo,
aparece el SS-Gruppenführer Karl Brandt, médico personal de Hitler e igualmente implicado en todo lo referente a
la Aktion T-4. También fue ejecutado.





viernes, 24 de diciembre de 2021

UNIDAD 731. ORIGEN

 

Oficiales de la Unidad 731 ante la fachada de su primera sede en Harbin. En el centro de la primera fila aparece Kitano Masaji, jefe de la unidad desde 1942 hasta el final de la guerra

Dos fulanos de la Unidad 731 haciéndole perrerías a un joven
chino. Los afortunados eran los que palmaban de un ataque
cardíaco, única forma de ahorrase semanas de sufrimientos
inenarrables que pondrían los pelos de punta a Jack el Destripador

Las figuras más siniestras de la "medicina" experimental en seres humanos se suelen relacionar con el nazismo, cuya lista de monstruos encabeza Josef Mengele si bien en el caso de este pájaro creo que se debe, más que a su trayectoria, al hecho de que lograse escapar impune para, años más tarde, palmarla en buena hora de un chungo que le dio mientras se bañaba en una playa brasileña y feneciendo ahogado que, al cabo, vendría a ser algo similar al justo destino que tuvieron sus colegas Brand, Brack, Gebhardt, Sievers y demás "científicos". Sin embargo, en la otra punta del mundo los honolables guelelos del mikado perpetraban estas prácticas aberrantes cuando programas de exterminio como la Aktion 4 aún no estaban siquiera planteados, y si los crímenes perpetrados por los "médicos" de las SS hacen palidecer de espanto a más de uno, los de la Unidad 731 provocarían pesadillas a Hannibal Lecter. 

Manos congeladas de un preso chino para estudiar tanto el proceso
de la congelación como de la subsiguiente gangrena. Una vez
concluido el estudio, al chino le pegaban dos tiros. Ya no era útil
a la "ciencia"
De hecho, las actividades de esta organización durante más de una década no se limitaron, como en el caso de los nazis, a experimentar con los desgraciados que les facilitaban en los campos de exterminio, sino a la captura de cientos de miles de personas destinadas a pasar por los tormentos más inimaginables con fines militares. La Unidad 731 llevó a cabo un genocidio de manual cuyas cifras de víctimas jamás podrán saberse con certeza, pero las estimaciones más pesimistas hablan de alrededor de 400.000, la mayoría de ellas destinadas a la inoculación de microbios con muy mala leche, ensayos de guerra bacteriológica, química y vivisección. Vivisección a pelo, naturalmente. O sea, sin anestesia. En resumen, cualquier película "gore" de esas que están tan de moda en la que varios adolescentes se ven en mitad de un bosque, sin cobertura en el móvil y perseguidos por un fulano con una motosierra o un machete enorme con el lomo serrado no llegaría ni de lejos a los experimentos llevados a cabo por la Unidad 731.

Documento de identidad de un miembro de la Unidad 731

Por cierto, y antes de proseguir, una puntualización de tipo semántico. Ignoro el motivo, pero en español se la denomina como Escuadrón 731 cuando, en realidad, el término original es 部隊, unos dibujitos ininteligibles para los occidentales que trasliteramos como butai, palabro traducible como unidad o destacamento y que veo más acorde que el de escuadrón, más aplicable a unidades aéreas o de caballería que a matasanos con más mala leche que un político cesado antes de cumplir el cómputo de tiempo para trincar la paguita vitalicia. Tras un rato peleándome con un diccionario y un traductor y para que puedan darle un berrinche a sus cuñados, el nombre completo en la lengua de los honolables guelelos del mikado es 731 部隊, que una vez trasliterado sería nan-san ichi butai, uséase, algo así como "unidad setecientos tres uno". Así pues, y aunque en las referencias en español a esta mortífera caterva de galenos enloquecidos es la de escuadrón, aquí usaremos el término unidad y santas pascuas.

Bien, hecho el introito de rigor y la aclaración semántica para los aficionados a exprimir detallitos con los que fardar delante de la familia política, vamos al tema en cuestión...

Hospital japonés durante la Guerra Ruso-Japonesa.
Salta a la vista que no se asemeja mucho a las
imágenes de los hospitales militares de esa época

Paradójicamente, el origen de la Unidad 731 era lo totalmente opuesto al concurso de psicópatas SVMMA CVM LAVDE en que acabó degenerando. Antes al contrario, el cuerpo de sanidad militar japonés se dedicó en cuerpo y alma a combatir el "enemigo invisible", uséase, los gérmenes y bacterias que provocaban más bajas que los enemigos visibles, es decir, los enemigos. Y no era para menos porque, tras el recuento de bajas producidas en la Primera Guerra Sino-Japonesa entre agosto de 1894 y abril de 1895, palmaron apenas 1.132 honolables guelelos del mikado. Sin embargo, casi 12.000 de ellos se marcharon al Celeste Edén del Loto Sagrado debido al taimado y alevoso enemigo silencioso, en este caso y de forma mayoritaria, por disentería. Curiosamente, mientras que en los ejércitos occidentales el personal caía como moscas por todo tipo de enfermedades, a la sanidad militar parecía darle una higa esa cuestión porque no se podían muchos medios- cuando no ninguno- para impedirlo. Pero, por el contrario, los médicos militales del mikado se quedaron con jeta de crisantemo imperial cuando vieron que por cada guelelo caído en combate, diez se habían vaciado a causa de una cagalera atroz. Un poco desproporcionado para una guerra de poco más de ocho meses.

Shiga Kiyosi (1871-1957) en su campo de exterminio para bacterias,
o sea, su laboratorio

El razonamiento subsiguiente fue de una obviedad palmaria: los microbios matan una cosa mala, ergo hay que hacerle una guerra sin cuartel a los microbios. Todos los galenos del mikado se pusieron manos a la obra con el tesón y la machaconería propia de estos orientales y, en pocos años, sus avances fueron tan notables que a principios del siglo XX el Japón contaba con la mejor sanidad militar del mundo. Y no por curar un balazo, que eso era lo fácil, sino por poner coto a las enfermedades que diezmaban literalmente los ejércitos, descubriendo entre otras cosas los bichos que producían el beriberi y la disentería. De hecho, la SHIGELLA DYSENTERIÆ, la bacteria de Shiga que produce la disentería, fue descubierta por el doctor Shiga Kiyoshi, por lo que el puñetero microbio asqueroso pasó a los anales de la medicina con su nombre. En resumen, aprendieron tan bien la lección que, en su siguiente guerra contra los rusos (febrero 1904-septiembre 1905), sus bajas por enfermedades se redujeron al asombroso porcentaje de apenas un 0'2%, algo absolutamente impensable en las grandes masas humanas que se ponían en liza en las guerras de la época.

Un herido es evacuado al hospital de campaña. Lo acompañan un
médico, un sanitario y los camilleros. Aunque la foto tiene toda la
pinta de ser propagandística, es un reflejo de lo en serio que se
tomaban estos orientales la cosa sanitaria
Los médicos japoneses impusieron una doctrina totalmente opuesta a la convencional: desde sus inicios, la sanidad militar solo entraba en acción cuando se producía una baja. En la japonesa, su trabajo empezaba en el instante en que su ejército se ponía en movimiento, previniendo ante todo las enfermedades producidas por el consumo de alimentos y/o agua en mal estado que se traducían a los pocos días en epidemias de tifus, disentería o cólera que dejaban a miles de hombres fuera de combate ante siquiera de haber pegado un tiro. Así, hasta los hospitales de campaña estaban provistos de laboratorios bacteriológicos, aparatos de rayos X e incluso un pequeño equipo portátil para analizar el agua, mientras que los rusos caían como moscas a causa del agua contaminada. Y cuando decimos como moscas hablamos de decenas de miles de hombres que, por cierto, cuando cayeron en manos de los japoneses, estos se preocuparon de proporcionarles el tratamiento médico adecuado, cosa que no se molestaron en hacer los suyos, dejándolos tirados a merced del enemigo. Obviamente, en aquella época los honolables guelelos del mikado tenían un sentido del honor y una ética que, por desgracia, se evaporó unos años más tarde. Más aún, los médicos militares no estaban supeditados al ejército, sino que tenían autoridad, conforme a su graduación, para imponer determinadas normas dentro de su ámbito de actuación, como prohibir el consumo de agua o alimentos que se habían comprobado previamente que no eran aptos para ello u obligar a las tropas a tomar medidas de tipo higiénico o sanitario, desde el mismo aseo personal al uso de profilácticos en los putiferios destinados al desfogue de las tropas.

Anuncio en la prensa de 1923 que confirma que el Sol
Naciente resplandece más si uno se toma la pastillita de
Seirogan antes de cada comida para no irse de vareta
Su afán de perfeccionismo llegó al extremo de distribuir píldoras de creosota para prevenir infecciones producidas por el consumo de alimentos en mal estado o contaminados. La creosota tiene por lo visto un sabor bastante asquerosillo, como a madera quemada, por lo que muchos soldados hacían caso omiso de la recomendación y las tiraban. Al darse cuenta y ante la imposibilidad de controlar que decenas de miles de hombres se tomaran puntualmente la pastilla, bastó colocar en los envases el siguiente mensaje: "Es la voluntad del emperador que cada soldado tome este medicamento después de cada comida". Bastó esa orden concisa para que no se saltaran ni una sola toma. Era la voluntad del mikado, y la voluntad del mikado era la voluntad de los dioses. Como dato curioso, estas pastillas fueron apodadas como "píldoras para conquistar Rusia" ya que, obviamente, sus enemigos carecían de ellas. Recibían el nombre de seirogan, un acrónimo que contenía los palabros "sei", que significa conquistar, y "ro" que en la grafía nipona significa rocío y Rusia. Años más tarde, al término de la 2ª Guerra Mundial y para eliminar referencias enojosas, se cambió el grafismo de "sei" para variar el significado, pero de forma que la pronunciación sería la misma, seirogan, si bien ya no tenía connotaciones agresivas, sino más pacíficas: "eficaces gotas de rocío". Por lo visto, hoy día fabrican esas píldoras más de treinta firmas farmacéuticas y se siguen vendiendo por millones en las boticas niponas para combatir la diarrea, así que supongo que será un remedio bastante eficaz para no acabar con una gastroenteritis tras una paella preparada por algún cuñado de esos que le ponen mejillones caducados.

Empleados del Ferrocarril del Sur inspeccionando el lugar
del sabotaje, que a la vista de los ínfimos daños producidos no
harían descarrilar ni una vagoneta
Sin embargo, el buen rollito y los beatíficos matasanos nipones no iban a durar mucho. A principios de los años 30, la URSS miraban con ojos tiernos a Manchuria como una forma de aumentar sus ya de por sí inmensos dominios hacia el sur. Y justo en la Península de Corea estaban los honolables guelelos del mikado, que también ansiaban apoderarse de la desdichada Manchuria para aumentar sus posesiones continentales y, quizás con el tiempo, extenderlas aún más a costa de sus vecinos. El detonante para iniciar la invasión, que al parecer pudo haber sido un ataque de falsa bandera, fue el llamado el "Incidente de Mukden". Este suceso tuvo lugar a las 22:30 horas del 18 de septiembre de 1931 contra la vía férrea del Ferrocarril del Sur de Manchuria en Liu-tiao kou, entre las estaciones de Mukden y Wen-kuan-tun, y oficialmente perpetrado por tropas regulares chinas, que fueron repelidas por la guarnición nipona. El Ferrocarril del Sur era la joya de la corona ferroviaria japonesa en el continente. Vagones confortables, coches cama suntuosos, vagón restaurante de lujo, empleados que hablaban perfectamente inglés y ruso... en fin, un Orient Express en plan nipón que, además, era una arteria de vital importancia para el trasiego de personas, mercancías y tropas hasta la costa.

Tropas japonesas entrando en una ciudad de Manchuria. No
podían imaginar los chinos lo que se les venía encima

Tres días más tarde, un contingente de honolables guelelos del mikado procedente de Corea se presentó en la frontera de Manchuria, que ocuparon en apenas tres meses, creando a continuación un pseudo-estado bajo el protectorado del Japón. Esta nación ficticia fue bautizada como Manchukuo, y como dirigente títere recurrieron al último emperador de China, Pu Yi, enviado al paro en 1912 y postrero vástago de la dinastía Qing que, muy occidentalizado él, había adoptado el nombre de Henry Puyi. Vamos, como un chino que monta un bazar en Los Ángeles. Pu Yi fue puesto al frente del país con el título de Director Ejecutivo de Manchukuo, como si fuera un empleado de alguna multinacional si bien, muy a su pesar, Pu Yi mandaba menos que un guardacoches, y en todo momento permaneció bajo la férrea tutela de los japoneses sin tener la posibilidad de firmar ni un autógrafo sin que los fulanos del Kempeitai le dieran permiso. Era literalmente un pelele, un jarrón decorativo y nada más. Y aparte de eso, como ya se habló en su día, los japoneses despreciaban profundamente a los chinos, considerándolos seres inferiores cuya misión en este planeta era ser sus siervos. Digamos que para los nipones eran los judíos y eslavos orientales. Por lo tanto, la ocupación de Manchuria dio a los japoneses material humano de sobra para llevar a cabo la segunda desgracia que les deparaba el destino: Shirō Ishii. ¿Qué quién leches es ese? Ahora mismo lo veremos...

Shirō Ishii (1892-1959)

Decir que Shirō Ishii fue el Mengele japonés sería elevar al tedesco varios grados de perversidad. Digamos que el ciudadano Josef se lo tomaría como un cumplido, porque no le llegaba a Ishii ni a las suelas. Nuestro psicópata de ojos rasgados había nacido en 1892 en Shibayama, en la prefectura de Chiba. Era el cuarto retoño de una familia de terratenientes que, gracias a la posición económica paterna, pudo matricularse en 1916 en la Universidad Imperial de Kioto, ya en aquella época reconocida como un centro docente de gran prestigio. Desde su ingreso en la facultad, Ishii ya empezó a darse a conocer debido a su personalidad un tanto peculiar, que chocaba bastante con la idiosincrasia y las buenas formas imperantes en la sociedad japonesa. Era un tipo agresivo, manipulador, egoísta y, sobre todo, dominado por una ambición desmedida que le llevó muchas veces a faltar el respeto a los que por jerarquía o estatus estaban por encima de él. No obstante, nuestro hombre tenía bastante talento ya que se graduó en 1920, especializándose en microbiología y bichos especialmente malignos que, aunque invisibles al ojo humano, mataban más que una horda de hunos cabreados.

El Protocolo de Ginebra de 1925 pretendía acabar con imágenes
como esta. Los japoneses hicieron una lectura inversa: el horror
que producía la perspectiva de usar armas químicas y
bacteriológicas podía ser usado como elemento persuasivo

Pronto comprendió que en el ejército tendría un campo de investigación muchísimo más extenso, porque estaba muy interesado en todas las cuestiones relacionas con la propagación de plagas y demás desastres, así que en 1921 se presentó para formar parte del cuerpo de sanidad militar, siendo aceptado como oficial a prueba y teniente médico en la Guardia Real de Japón. Su actividad castrense fue alternada con diversos estudios universitarios, donde destacó sobremanera alcanzando el reconocimiento de los más encumbrados científicos nipones por sus enjundiosos artículos. Sin embargo, el 17 de junio de 1925 Japón firmó junto a 36 países más el Protocolo de Ginebra, lo que en teoría pondría término a los proyectos del ciudadano Ishii, que se moría de ganas de preparar porquerías sumamente letales. Dicho protocolo consideraba que "...el uso en la guerra de gases asfixiantes, venenosos o de otro tipo, así como todos los líquidos, materiales y recursos similares, han sido justamente condenados por la opinión general del mundo civilizado." Obviamente, la Gran Guerra fue el acicate para prohibir el uso de estas substancias chungas, pero Ishii tenía argumentos de sobra para convencer a los mandamases de que el uso más idóneo para el tratado era como papel higiénico. Su razonamiento eran tan simple como contundente: si las potencias del mundo habían llegado a la conclusión de que la guerra química y bacteriológica debía ser prohibida, es que porque era de una eficacia fuera de toda duda. Por lo tanto, sus proyectos estaban bien encaminados.

Sadao Araki (1877-1966)

Para ilustrarse largo y tendido sobre el tema, entre 1928 y 1930 se pateó a fondo varios países de Europa y Oriente Próximo para estudiar todo lo referente a las experiencias de sus respectivos ejércitos en lo tocante a guerra química y, sobre todo, guerra bacteriológica. Porque el ciudadano Ishii tenía metido en la cabeza que enfrentarse al enemigo con microbios era mucho más barato y eficaz que con tropas y, de hecho, tomó como ejemplo las devastadoras epidemias de peste bubónica que asolaron Europa durante siglos. Había llegado al convencimiento de que la propagación del bacilo YERSINIA PESTIS podría acabar con la vida de medio planeta llegado el caso, y que si era capaz de demostrar la validez de sus ideas sobre el uso militar de este tipo de bichos Japón aplastaría sin problemas a sus más enconados enemigos, empezando por los chinos, naturalmente. Cuando volvió al Japón, presentó sus conclusiones al general Sadao Araki, un aristócrata de rancia estirpe samurai que en aquel momento ostentaba el cargo de Ministro de Guerra. Araki era un ultranacionalista tanto o más agresivo que Ishii que en 1924 había fundado la Kokuhonsha, una sociedad secreta formada por militares y civiles de alto rango cuya doctrina era bastante parecida a la del ciudadano Adolf: convertir el Japón en un estado totalitario con la misión de expandir sus territorios, todo ello bajo la directriz del emperador, al que profesaban una lealtad monolítica. Para que se hagan una idea del pelaje de este personaje, he ahí una de sus máximas: "La misión del Japón es alcanzar la supremacía en Asia, los Mares del Sur y, finalmente, las cuatro esquinas del mundo." En fin, está de más decir que las ideas de Ishii cuadraban a la perfección con las de Araki, al que le faltó tiempo para facilitar al siniestro galeno todos los medios para poner en marcha su proyecto.

Filtro modelo Otsu, con capacidad para filtrar agua para
un batallón. Se podía trasportar a lomos de una acémila
En 1932 se fundó en el hospital militar de Tokio el Laboratorio de Investigación de Prevención de Epidemias, donde Ishii se dedicó a buscar medios para impedir la propagación de enfermedades en las tropas del mikado, llegando a diseñar y patentar un sistema portátil de filtrado de agua para que no tuvieran que beber de los charcos. El filtro consistía en un cilindro de un metro de largo y 45 cm. de diámetro provisto de una palanca que introducía el agua a presión y la forzaba a pasar a través de un filtro a base de diatomita, por lo que las tropas podían coger agua de cualquier sitio, filtrarla y trasvasarla a unos porteadores que acompañaban a cada unidad con un pequeño bidón en la espalda para reponer las cantimploras. El invento fue probado por Ishii delante de los mandamases de turno y, para dar fe de la confianza que tenía en el mismo, se meó en el agua, la filtró y se la bebió. Lo que no sabemos es si el fulano este era de una de esas sectas que se beben sus meados antes del desayuno, pero la cosa es que impresionó tanto al personal que se adoptó de inmediato. 

Aguadores en plena acción. Un soldado puede luchar estando
hambriento, pero la sed acaba con cualquiera en 24 horas, y si
a la sed producida por la fatiga se suma el calor, ni te cuento
La firma Nippon Tokusho Kogyo Kabushiki Kaisha obtuvo la concesión en exclusiva para su fabricación previo pago al inventor de 50.000 yenes, pero les trajo cuenta porque se forraron. De hecho, el filtro de Ishii se fabricó en varios tamaños para suministrar agua potable tanto a un solo hombre- el modelo Bo, que era muy similar a una bomba para inflar ruedas- como a un regimiento- el modelo Ko-, produciéndose en total cinco modelos de distintos tamaños para servir según los efectivos de una unidad. A cada uno lo suyo: Ishii era un mal bicho, pero hizo posible que Japón fuera en esa época el único país del mundo con un ejército equipado para que cualquier hombre dispusiera de agua potable sin tener que recurrir a productos químicos que hacían el agua imbebible o a grandes y complejas depuradoras que en muchos casos no se podían trasladar al frente. En resumen, estos filtros no solo fueron una innovación totalmente adelantada a su tiempo, sino que evitó que decenas de miles de hombres de vieran, como ocurrió en la Primera Guerra Sino-Japonesa, combatiendo sin pantalones (no es coña) porque se estaban vaciando sin descanso por la puñera disentería hasta que la deshidratación los derrotaba y caían redondos al suelo.

Ocho prisioneros chinos esperando a que dé comienzo un experimento
sobre congelación. Salta a la vista que hace un frío acojonante
Pero Ishii tenía un defectillo, nada de importancia... Su obsesión por adelantarse a las consecuencias de las enfermedades o a los efectos de agentes externos como el gas en cualquiera de sus variantes hizo que llegara a la conclusión de que experimentar con animales no era viable tanto en cuanto sus organismos no son una réplica del humano. Algo que a un macaco lo mata de inmediato, a un hombre le hace menos efecto y viceversa. Por otro lado, tenía especial interés en estudiar hasta dónde era capaz de resistir una persona la agresión de cualquier patógeno o veneno, llevarlo al límite y, a continuación, averiguar la forma de recuperarlo. En puridad, el concepto en sí tiene su lógica porque si se sabe cómo atajar una enfermedad en su estado más avanzado, obviamente es mucho más fácil sanar al paciente cuando apenas muestra síntomas o, en el caso de tropas afectadas por gas, tener previsto el tratamiento para hombres que han estado expuestos al mismo durante lapsos de tiempo tan largos que serían casi mortales. Pero, como es lógico, provocar esos efectos en personas sanas y forzadas a ello es un tanto monstruoso. Sin embargo, los conceptos sobre la ética médica y la moral de Ishii debían ser similares a los de un bordillo de acera, porque a él lo que le importaba era avanzar en sus investigaciones a toda costa. Finalmente, Ishii no solo pretendía disponer de medios para sanar a sus propias tropas, sino crear armas biológicas y químicas que cualquier ejército o población no fueran capaces de anular, propalando epidemias o substancias tóxicas que no dejaran títere con cabeza.

Primera sede de la Unidad 731 en Harbin
Para disponer de material experimental, o sea, gente con la que probar los efectos de bacterias y demás maldades, a mediados de 1932, cuando la ocupación militar de Manchuria estaba ya terminada, Ishii se trasladó con su equipo a Harbin, ciudad situada en un importante nudo ferroviario que facilitaba la llegada de material y personal. La invasión de Manchuria supuso la expulsión de Japón de la Sociedad de Naciones, lo que le liberaba por completo de ceñirse a pautas moralmente aceptables. O sea, que le vino de perlas para tener carta blanca y hacer todas las perrerías que quisiera a la gente. Entre los prisioneros de guerra puestos a buen recaudo en campos de concentración y los elementos subversivos que el Kempeitai iba recolectando, Ishii se vio con cantidades ingentes de personas de todas las edades y de ambos sexos (entonces había solo dos, no como ahora, que ya he perdido la cuenta) para llevar a cabo todo tipo de experimentos.

Miembros de la Unidad 731. Como vemos, también se componía
de mujeres
Ishii no tardó mucho en percatarse de que Harbin no era precisamente el lugar más adecuado para montar su chiringuito. Era una ciudad con un enorme trasiego de gente, y las actividades de su equipo médico debían permanecer en el más absoluto secreto. Y no ya por impedir que trascendieran a la población, sino a los tropocientos espías que pululaban por la ciudad al servicio de Rusia y China, los principales enemigos de Japón en aquel momento. Así pues, recogieron los bártulos y se largaron a Beiyinhe, situada a 100 km. al sur de Harbin y escasamente poblada, con no más de 300 casas y una extensa superficie despejada al sur de la población. Antes de la llegada de Ishii y su gente se presentó un destacamento militar que informó al jefe de la aldea que tenían tres días para liar el petate y largarse de allí. Los atribulados vecinos no se lo hicieron repetir dos veces, así que se marcharon a toda velocidad por si las moscas, porque ya sabían como las gastaban los honolables guelelos del mikado cuando no se les obedecía con presteza.

Cuartel General del ejército japonés en Kuantung
Una vez desalojada la zona, se incendiaron las casas y se arrasó todo para construir lo que sería la sede de la Unidad Tōgō. Se seleccionó un área de 500 m² para la construcción del edificio, y en la extensa explanada al sur de la ex-aldea se acondicionó el terreno para disponer de un aeródromo. Las obras se llevaron a cabo con más hermetismo que la cámara funeraria de un faraón. Para llevarlas a cabo se contrató personal chino con unos salarios muy inferiores a lo habitual en el país, cosa que aunque no les hizo ni pizca de gracia tuvieron que aceptar sí o sí. El edificio estaba formado por dos secciones: una albergaría las oficinas, las viviendas para el personal, comedores y almacenes, y la otra los laboratorios, las celdas para tener a buen recaudo a sus cobayas humanas y un horno crematorio con el que deshacerse de sus víctimas sin dejar ni rastro de ellos. Para las obras de esta última sección se usaron currantes nipones para que los chinos no tuvieran ni idea de lo que se cocía allí. La obsesión por el secreto llegaba al extremo de que, cuando había que recurrir a ellos para llevar materiales o equipo, les obligaban a meterse en una especie de cestas fabricadas con ramas de sauce de forma que no veían absolutamente nada. Una vez dejada su carga en la zona indicada, salían caminando dentro de la cesta y no se la podían quitar hasta que no estuvieran bien lejos.

El complejo, que se construyó en apenas un año, estaba rodeado por un muro de tres metros de altura coronado por una concertina electrificada. Un foso rodeaba todo el perímetro del muro, y la única puerta de acceso tenía ante ella un puente levadizo, talmente como un castillo medieval, por lo que recibió el nombre de Fortaleza de Zhongma. Zhongma era el nombre con que los lugareños conocían a la aldea de Beiyinhe. Tenía capacidad para un millar de reclusos, y una guarnición militar patrullaba las 24 horas del día para impedir que absolutamente nadie se acercase. Ojo, no te avisaban para decirte que estabas entrando en una zona restringida, simplemente te soltaban un balazo. El secreto llegaba al extremo de que los vagones de los trenes que pasaban a un kilómetro de distancia del recinto debían echar las cortinillas mientras la Fortaleza estuviera al alcance de la vista. El nivel de paranoia obsesiva con el secretismo hizo que incluso los chinos que trabajaron en las zonas del complejo menos comprometidas y que habían sido llevados desde otras poblaciones fueron liquidados una vez concluida las obras. Solo pudieron contarlo los que trabajaron exclusivamente en la construcción del muro exterior. Acojonante, ¿qué no?

La fortaleza de Zhongma tras ser abandonada
La Unidad Tōgō comenzó su actividad bajo el mandato de Ishii, que por aquel entonces había alcanzado el rango de Cirujano Principal del ejército si bien su complejo dependía jerarquicamente del Estado Mayor del Ejército de Kwantung. Sin embargo, el complejo celosamente guardado por Ishii tuvo una vida operativa bastante corta. El 23 de septiembre de 1934, y aprovechando el Festival del Medio Otoño, dos presos, Tsuyang Wang y un tal Li que habían sido capturados junto con otros chinos en una de las arbitrarias redadas del Kempeitai, aprovecharon para tomar las de Villadiego cuando el carcelero, que con lo de el festival tenía una cogorza fastuosa, les acercó a la celda un cesto con comida y una botella de sake. Mientras Wang cogía el cesto que le pasaba por entre los barrotes, Li lo agarró por la cabeza y lo golpeó con saña bíblica contra la puerta hasta dejarlo sin sentido. Le cogió las llaves y salieron de la celda junto con unos 40 presos más. Pudieron echar mano de una escalera para subir al muro donde, en teoría, se habría quedado fritos por la concertina electrificada pero, providencialmente, en aquel momento hubo un corte de luz que anuló las defensas y apagó los reflectores, así que pudieron ir escapando a toda prisa. Li se quedó sobre el muro para ayudar a los que subían, y al parecer fue alcanzado por un disparo. El resto salieron en todas direcciones como gazapos si bien fueron capturados o abatidos todos menos una docena. Cinco de ellos se marcharon a Xinfatun, y los otros siete a Chengjagang. Tras su exitosa fuga se unieron a la resistencia china para hacerles la puñeta a los honolables guelelos del mikado, como es lógico.

Pero la fuga implicaba algo más que cuestionar la seguridad del recinto. Lo verdaderamente chungo era que doce testigos de lo que se cocía en la Fortaleza  de Zhongma estarían al día siguiente contando a todo bicho viviente, no solo los experimentos que se llevaban a cabo, sino la distribución de las dependencias, el número de guardias, etc. En resumen, ya no era un lugar seguro, así que tocaba largarse de allí y, por supuesto, desmantelar el complejo para no dejar ni rastro de nada. El lugar elegido para la mudanza fue Pingfang, en aquella época un suburbio de Harbin. El nombre japonés de la zona era Heibo. Para proceder a la construcción del nuevo complejo se procedió de forma similar a Beiyinhe, si bien en esta ocasión se eligió una superficie aún mayor de forma que abarcaba nada menos que una superficie de 6'1 km² y comprendía 60 edificios más un aeródromo en su interior.

Plano de uno de los bloques de celdas. Obsérvese el pasillo
posterior que las rodea para que ninguna de al exterior del recinto
A los habitantes de la zona se les compraron sus casas y sus tierras por un precio marcado por las autoridades japonesas que, obviamente, era muy inferior a su valor de mercado, por lo que dejaron al vecindario sin casa, sin tierra donde trabajar y, encima, con las cosechas ya sembradas sin poder ser recolectadas. Para agilizar al máximo el ritmo de las obras se trajeron del Japón operarios del Grupo Suzuki, que trabajaron como enanos las 24 horas al día en turnos de 12 horas. Los bloques destinados a las celdas, denominados como "edificios ro", estaban divididos en dos secciones: la nº 7 para hombres y la 8 para mujeres y críos. Sí, los niños no se libraban de pasar por las garras de Ishii y sus investigadores. Estos bloques estaban concebidos como los de una prisión de altísima seguridad para impedir otro episodio como el de la fuga de Zhongma, por lo que solo disponían de una ventana que daba al pasillo central y una abertura para sacar los brazos cuando se les hacían extracciones de sangre. Los tabiques entre las celdas eran una masa de hormigón de entre 30 y 4o cm. de espesor. La parte trasera no daba al exterior, sino a un corredor interno que transcurría entre las celdas y el muro del edificio. También se construyeron tres grandes hornos crematorios para eliminar los cadáveres de los que ya habían amortizado su utilidad para la investigación.

No obstante, las celdas era relativamente confortables en comparación con las de las prisiones de la poca. Disponían de calefacción y refrigeración, un inodoro con cisterna y el suelo era de madera. Más aún, la dieta destinada a los presos era abundante y variada, y se observaba en todo momento que la higiene tanto de los reclusos como de las celdas fuera impecable. Pero no nos confundamos. Tantas comodidades no estaban destinadas a hacer la vida menos penosa en una cárcel de la que nadie salía vivo, sino para que el personal estuviera en perfectas condiciones físicas para arrostrar los experimentos que harían con sus cuerpos. Se suponía que la guerra química y bacteriológica estaba destinada a afectar a hombres sanos y bien alimentados, no a despojillos medio muertos, por lo que para calibrar de forma precisa las dosis o sesiones de "tratamiento" debían hacerse sobre personas en un estado físico similar. El Ishii pensaba en todo, el muy cabrito. 

Núcleo central del complejo de Pingfang. Los edificios que se
ven en el interior de los patios son los bloques de celdas

Y mientras duraban las obras, que por su envergadura no pasaban desapercibidas a los habitantes de los alrededores, cuando preguntaban a los japoneses qué estaban construyendo allí les respondían que un aserradero. Uno de los médicos soltó una coña en privado diciendo que, en efecto, era un aserradero en el que los presos eran los troncos, maruta en japonés. El chiste tuvo éxito, hasta el extremo de que por norma a los desdichados que iban a dar con sus huesos en el complejo de Pingfang se les llamó por norma maruta. Por lo demás, las condiciones de seguridad eran draconianas: un muro de 2,5 metros de alto y un metro de ancho, un foso de 3 metros de ancho y profundo, concertinas electrificadas con alto voltaje y, debido a la proximidad de una ciudad con aeropuerto, el espacio aéreo sobre el complejo estaba cerrado a cal y canto para cualquier avión que no perteneciera al ejército japonés. De hecho, ante la presencia de cualquier intruso, un caza despegaría de inmediato desde el aeródromo del complejo y lo derribaría sin contemplaciones. Este aeródromo era especialmente útil a Ishii, que viajaba con bastante frecuencia a Tokio para presentar los resultados de sus investigaciones.

Criadero de ratas donde eran infectadas con el bacilo de la peste
bubónica para usar las pulgas como agente transmisor

El 25 de junio de 1936 y, en teoría, con la autorización del emperador (muchos sostienen que en realidad firmó una cosa y luego el gobierno hizo otra), quedó establecida la Unidad 731, dependiente del Departamento de Prevención de Epidemias y Purificación del Agua del Ejército de Kwantung, si bien esta denominación no empezó a usarse oficialmente hasta agosto de 1941, denominando de forma genérica como Unidad 731 a todas las sucursales del complejo de Pingfang que se habían ido añadiendo a la siniestra lista de centros de experimentación a modo de campos subsidiarios en Anda, Xinjing, Guangzhou, Beijing, Singapur y la isla de Okunoshima, a escasa distancia de Hiroshima y donde desde 1928 se había establecido una fábrica de iperita. Además, se empezó a permitir personal civil en el complejo para que pudieran llevar a cabo prácticas y obtener información de primera mano. Al parecer, hubo bastantes científicos y médicos que no tenían ni idea de las aberraciones que se estaban llevando a cabo en Pingfang, y se les pusieron los pelos como escarpias al ver el panorama. Pero, ¿quién era capaz siquiera de elevar una mínima protesta al todopoderoso Shirō Ishii, que por aquel entonces tenía ya el rango de Cirujano General de Ejército?

Vista general del enorme complejo de Pingfang. En la parte
central derecha se ven perfectamente las chimeneas de los
hornos crematorios

En fin, con esto ya podemos conocer a fondo cómo y por qué nació esta horripilante unidad que, entre el personal de Pingfang y sus sucursales llegó a tener a unas 20.000 personas trabajando en estas factorías de muerte. De las perrerías y demás canalladas que practicaban con los chinos ya hablaremos en otro artículo, pero para que se hagan una idea, la vida media de los reclusos era de un mes salvo en el caso de las mujeres preñadas que, por meras cuestiones "científicas", iban estudiando la evolución del embarazo hasta que, tras el parto, madre e hijo acababan en los crematorios. Por lo demás, y para que no me salga algún cuñado haciéndome un "spoiler" de esos, si alguien se pregunta si Ishii y sus conmilitones no acabaron colgado de una soga como tantos procesados por crímenes de guerra en Alemania y Japón, sepan que todos los miembros de la Unidad 731 escaparon impunes. Sí, cierren sus bocas abiertas como brocales de pozo. Los yankees, como detallaremos más delante, no tuvieron problemas para ofrecer a Ishii la impunidad a cambio de sus vastos conocimientos sobre guerra química y bacteriológica de la misma forma que hicieron la vista gorda con Von Braun, sin el cual nunca habrían dispuesto de misiles balísticos. No dudaron en ahorcar militares que obedecían órdenes, o a un chalado como Streicher que se limitaba a escribir libelos bastante bordes contra los judíos, pero no mató a nadie. Sin embargo, el creador, impulsor y perpetrador de una de las mayores infamias de la historia moderna se fue de rositas junto a sus colegas porque sus conocimientos valían más que los cientos de miles de víctimas que causaron. Solo una docena de personajes que cayeron en manos de los rusos fueron juzgados y condenados a diversas penas de cárcel. Flipante, ¿no?

En fin, criaturas, esta noche no olviden activar la Claymore del felpudo y soltar los perros de presa por si se presenta la familia política a dar buena cuenta el marisco y demás delicadezas gastronómicas. PAX IN VNIVERSA TERRA y esas cosas que se dicen. 

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

KEMPEITAI

Otra panorámica, esta tomada en 1940, que permite contemplar las descomunales dimensiones del complejo de la Unidad 731. En su interior cabría un pueblo pequeño

miércoles, 22 de julio de 2015

Malvados. Irma Grese




Grese antes de convertirse en aspirante
a genocida. Nadie podría pensar lo que
se ocultaba tras su hermosa fachada.
En la extensísima nómina de los peores hideputas que en el mundo han sido desde que Caín le incrustó una mandíbula de borrico en el cráneo a su beatífico hermano por unos celos tontos, los varones se llevan la palma ya que, debido al patriarcado imperante desde antes del Diluvio, salvo contadas excepciones las féminas han carecido del poder y/o los medios para ejercer la hijoputez de forma notoria. No obstante, algunas de ellas han logrado escalar a la cima de la lista de los mayores sádicos que ha conocido la historia haciendo gala de una mala leche de tal envergadura que harían palidecer de envidia al mismísimo Atila o incluso al depravado y perverso Gaio Calígula. La que quizás sea la psicópata número 1 clase A Extra Superior es la protagonista de la entrada de hoy, provista de un currículum que empequeñece a la de la sádica y degenerada Erzsébeth Báthory: Irma Ilse Ida Grese, también conocida entre propios y extraños como La Perra de Belsen o La Bestia Bella. Otros de sus alias, menos explícitos pero que igualmente se propalaron bastante, fueron El Ángel de Auschwitz y El Ángel Rubio. Es obvio que los ángeles debieron cabrearse de forma notable al verse equiparados con este monstruoso ser.

Hermosas, atléticas, con pedigree ario desde
al menos 200 años antes, las chicas de la
BDM eran las incubadoras de los futuros
retoños absolutamente arios del Reich
de los Mil Años.
Irma Grese tuvo una adolescencia chunguilla, las cosas como son. Era la tercera de la prole de cinco retoños que su padre, un lechero por nombre Alfred, le había hecho a su madre, Berta, la cual se autoasesinó en 1936 empinándose una botella de salfumán cuando se enteró que su amado Alfred le había puesto los cuernos con una camarera. En el año 38 y a la vista de que le daban dos higas los estudios, se afilió a la Bund Deutscher Mädel (Liga de la Juventud Femenina Alemana), la versión mujeril de las Juventudes Hitlerianas en las que se inculcaba a las nenas arias que era sumamente importante ser buenas madres y esposas para sembrar el planeta de críos rubitos y adorablemente arios bajo el incuestionable dogma de las tres K's: kinder, küche, kircher, que venía a significar niños, casa, iglesia. Pero lo que a Grese de verdad la ponía a cien era ingresar en las SS y convertirse en una celosa defensora de la fe nacionalsocialista, cosa que inicialmente no pudo lograr al ser menor de edad (había nacido en octubre de 1923).



Karl Gebhardt, colega de Viktor Brack
y, al igual que él, ahorcado en la cárcel
de Landsberg en 1948.
Ante la imposibilidad momentánea de alistarse en el siniestro cuerpo, Irma Grese se tuvo que buscar la vida trabajando de dependienta y de jornalera para acabar de limpiadora en el hospital de Hohenlychen cuyo director, el SS-Brigadenführer Karl Gebhardt, le echó el ojo a la guapa y fanática Irma tras lo cual la convirtió en su amante si bien, tras dos años en el hospital, no pudo obtener el título de enfermera por ser aún demasiado joven. No obstante, Gebhardt consideró que su amante era un diamante en bruto que no merecía la pena perder para la causa, por lo que la instó a esperar un poco hasta cumplir la edad adecuada y poder presentarse en el campo de Ravensbruck con una carta de recomendación suya dirigida a sus colegas "médicos". En marzo de 1941 se personó en el campo en cuestión donde, una vez más, la echaron para atrás ya que aún tenía 17 años si bien le dijeron que volviera por allí al cabo de seis meses una vez cumplidos los 18. Está visto que la precocidad de la rubia Irma le supuso más de un berrinche. Sin embargo, tardó un año en retornar a Ravensbruck, trabajando mientras tanto en una granja de vacas lecheras. Finalmente, en marzo de 1942 pudo por fin ser aceptada como SS-Aufseherin o supervisora (literalmente significa matrona). A partir de aquel momento, Irma Grese tenía carta blanca para dar rienda suelta a sus depravados instintos.

María Mandel tras su captura a
manos de los yankees. Fue ejecutada
en Polonia en 1948

Tras un año de entrenamiento, en marzo de 1943 fue enviada al complejo de Auschwitz, siendo destinada al campo de Birkenau. Para los que lo desconozcan, Auschwitz era en realidad un complejo formado por tres campos denominados como Auschwitz, Birkenau y Monowice más una serie de subcampos de menor relevancia. La joven Irma se distinguió rápidamente por su especial celo, que iba más allá del mínimo grado de bestialidad que requería el reglamento para no ser acusado de bondadoso con los enemigos del estado. De ahí que en otoño de aquel mismo año fuera ascendida a SS-Oberaufseherin o supervisora mayor, teniendo por encima suya solamente a la SS-Lagerführerin (jefa de campo, aunque solo del personal femenino) María Mandel, otro auténtico y verdadero mal bicho. Por aquellas fechas, Irma Grese era ya todo un referente en lo tocante al más depravado y monstruoso sadismo.






Irma Grese junto a Kramer, ambos custodiados por un soldado
británico tras la captura de ambos en abril de 1945.
Porque Irma Grese era una sádica auténtica, una psicópata carente del más mínimo atisbo de algo que podamos relacionar como piedad hacia el género humano. Cuando fue procesada tras caer en manos de los británicos, las declaraciones de las testigos que sobrevivieron al infierno de Birkenau y Belsen eran simplemente escalofriantes, y su crueldad iba mucho más allá de lo que se pueda imaginar. La lista de bestialidades era tan larga o más que la de los peores elementos de las SS: palizas hasta la muerte, azuzar sus perros para que devoraran al desgraciado causante de su enojo, convertir en esclavas sexuales a las prisioneras que le gustaban físicamente- era bisexual-, a las cuales enviaba a la cámara de gas cuando se hartaba de ellas, dar de vergajazos en los pechos de las mujeres para provocarles infecciones que acabaran en la amputación de los mismos, presenciando envuelta en un morboso placer sádico las intervenciones sin anestesia de aquella desdichadas y, en fin, un larguísimo et cétera capaz de revolver las tripas al más pintado. De hecho, y según los testimonios de varias supervivientes, el sadismo de Irma Grese iba mucho más allá que el del médico del campo, el siniestro SS-Haupsturmführer Josef Mengele, o el mismo jefe del campo, el SS-Haupsturmführer Josef Kramer.

Internas de Birkenau. ¡Ay de aquella que resultase
atractiva a los ojos de Irma Grese...!
A esta relación de "cualidades" habría que añadir la pasión que sentía por el lujo y la buena ropa, conteniendo en su alcoba armarios atestados con modelitos procedentes de las mejores modistas de Berlín, París, Viena o Praga, lo que hace suponer que trincaba pasta y joyas a las prisioneras que llegaban al campo ya que su sueldo de 54 marcos no daba para muchas virguerías. Además, cuidaba su aspecto personal con verdadera obsesión, siéndole especialmente deleitoso pasearse por el campo luciendo un uniforme impecable, las botas bruñidas como espejos y un peinado absolutamente perfecto. Obviamente, su hermosura era motivo de atracción incluso para los mismos presos, siendo para esta arpía un placer añadido ver a estos desgraciados mirarla de reojo-mirar directamente a un guardia era motivo sobrado para recibir una paliza monumental- con una mezcla de admiración y pánico. Según parece, llegó incluso a quedarse preñada, obligando a una judía húngara por nombre Gisella Perl, que ejercía como médico de las internas, a que le practicase un aborto a cambio de un abrigo, el cual nunca le llegó a entregar la muy cicatera. Por cierto que esta médico fue una de las supervivientes que declaró contra Grese y puso al tribunal al tanto de  muchas de las burradas que llevó a cabo la sanguinaria guardiana.

Irma Grese durante el proceso, marcada con el nº 9. A su
izquierda, con el 10, Ilse Lothe. Con el nº 8, Hertha Ehlert.
Ehlert fue condenada a 15 años mientras que Lothe

fue absuelta.
El final del conflicto cogió a Grese en el campo de Bergen-Belsen, el cual se rindió a las tropas británicas en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1945. Al despuntar el día, los guardianes abrieron la entrada del campo para esperar a sus captores en perfecto estado de revista. Está de más decir que los ingleses se quedaron de piedra cuando entraron en el interior del mismo y contemplaron estupefactos el dantesco espectáculo que tenían ante ellos. Tras interrogar al personal, fueron puestos a disposición de la autoridad militar para ser procesados por crímenes de guerra y delitos contra la humanidad, iniciándose la causa el 17 de septiembre de aquel mismo año en Lüneburg contra 45 acusados incluyendo a Grese.

Albert Pierrepoint
El juicio duró hasta el 17 de noviembre siguiente, resultando condenados a muerte ocho miembros de las SS y tres guardianas del campo: Irma Grese, Elizabeth Völkenrath y Johanna Bormann (no, no era pariente de Martin Bormann). Durante el proceso y a pesar de los testimonios presentados, Grese mostró en todo momento una arrogancia fría y distante, negó haber participado en nada de lo que se le acusaba y, naturalmente, ella se limitó a cumplir órdenes, excusa habitual en estos casos que, por cierto, no sirvió de nada a ninguno de los procesados. Para llevar a cabo las ejecuciones fue llamado el verdugo en activo en Gran Bretaña, Albert Pierrepoint el cual se desplazó a la cárcel de Hamelin para disponerlo todo. 



LA EJECUCIÓN

Cámara de ejecución de la prisión de Hamelin
Los condenados fueron trasladados a unas celdas situadas en un pasillo en el que los Ingenieros Reales habían construido una horca en una dependencia situada al final del mismo. El viernes 13 de diciembre, pasadas las nueve de la mañana, comenzaron las ejecuciones. Los británicos, siempre tan caballerosos ellos, decidieron apiolar en primer lugar a las damas de forma individual, mientras que los caballeros fueron llevados al cadalso por parejas para abreviar. Pierrepoint, sabiendo que Grese era en realidad una jovencita, en un gesto misericordioso que la rea jamás tuvo con nadie la hizo sacar en primer lugar para que no oyera el ruido procedente de la cámara de ejecución al abrirse la trampilla y provocarle inquietud. Así pues, con todo ya preparado, el asistente nombrado por el ejército para ayudar al verdugo y actuar como intérprete, el sargento mayor O'Neil, abrió el celda de Grese, la cual salió sonriente como si tal cosa. Pierrepoint le ordenó secamente que le siguiera, dirigiéndose a continuación a la cámara de ejecución. 

Las guardianas de Bergen-Belsen formadas en el campo
tras su rendición a las tropas británicas. Las jetas de varias
de ellas acojonarían a un rottweiler con hidrofobia.
Además del verdugo y su ayudante, formaban la lúgubre comitiva el general Edmund J. Paton Walsh, encargado de las ejecuciones, la Sra. Wilson, subdirectora de la prisión de Strangeways y encargada de supervisar las ejecuciones de las tres condenadas, el director de la prisión de Hamelin, los testigos y el médico. La rea y demás acompañantes entraron en la cámara a las 09:34 horas, siendo ésta colocada sobre una marca de tiza dibujada sobre la trampilla. Grese, que debía tener la sangre de horchata, en ningún momento dio muestras de flaqueza, limitándose a exclamar "Schnell!" (¡Rápido!) a Pierrepoint cuando éste iba a colocarle la capucha. Inmediatamente, el diestro verdugo le puso la lazada en el cuello y accionó la palanca que abría la trampilla. El cuerpo de Grese cayó al vacío y murió de forma prácticamente instantánea si bien, siguiendo las normas procesales británicas, el cuerpo permaneció colgando de la soga durante 20 minutos aunque en teoría debían estar durante una hora, proceso este que se solía abreviar en las ejecuciones de los reos por los procesos de crímenes de guerra por razones obvias ya que siempre se trataba de varios de ellos y había que aligerar.

Las dos guardianas que acompañaron a Grese al patíbulo,
Elizabeth Völkenrath y Johanna Bormann. Viendo sus
jetas, nadie podría imaginar la mala leche que gastaban.
Tras certificarse la muerte del monstruo, su cadáver fue descolgado y depositado en un ataúd. Las otras dos condenadas fueron ejecutadas a continuación. Elisabeth Völkenrath cayó por las trampilla a las 10:04, mientras que Johanna Bormann lo hizo a las 10:38. A continuación comenzaron las ejecuciones de los hombres. Respecto al destino final de los restos de los condenados, hay dos versiones: una dice que fueron enterrados en el patio de la cárcel de Hamelin en vez de en el cementerio de la prisión a fin de impedir que el lugar se convirtiera en un centro de peregrinación de nazis irredentos. Dicha versión añade que estos restos fueron exhumados en 1954 y trasladados al cementerio de Am Wehl. La otra, quizás más probable a la vista de lo que se hizo con la mayoría de los reos condenados en diversos procesos, es que fueron cremados y arrojados a un arroyo.

Así acabó Irma Grese con 22 años casi recién cumplidos. No obstante y a pesar de su juventud, su vida operativa fue lo suficientemente larga como para ser encumbrada al Olimpo de las sádicas más sanguinarias de la Historia a pesar de no ser tan conocida como otras malvadas. Helene Kopper, una de las supervivientes que testificaron en el proceso, aseguró que Grese llegaba a liquidar la escandalosa cifra de 30 o más personas al día de forma totalmente arbitraria. En fin, una hideputa de primera clase. Así se pudra en el infierno por siempre jamás, amén de los amenes.

Varias guardianas paseando durante el recreo en prisión ante la mirada
de los soldados que se amontonan para contemplarlas como bichos raros.
La de la izquierda es Völkenrath, y la fea de la derecha Hilda Lohbauer,
a la que le cayeron 10 años aunque la soltaron en 1950.

ALGUNAS CURIOSIDADES CURIOSAS

1. Aunque el padre de Grese estaba afiliado al partido nazi, cuando se presentó su adorable hijita con el uniforme de las SS se agarró un cabreo de antología, echándola de su casa. Al parecer, a raíz de aquello se dio de baja en el partido o, al menos, pasó del mismo para siempre.

2. Grese era de las pocas guardias femeninas autorizada para portar un arma de fuego, haciendo uso de su pistola en infinidad de ocasiones para martirizar aún más a los desgraciados que se ponían al alcance de su vista. Junto a la pistola, su arma preferida era una fusta fabricada con celofán en el mismo campo que, al decir de ella misma y los testigos que declararon en el juicio, tenía un amenazador color blanquecino. Lo habitual era el uso de fustas o vergajos de piel.

3. A la derecha podemos ver la confirmación de la sentencia de muerte de Irma Grese firmada el 7 de diciembre de 1945 por el mariscal Montgomery. En la misma se especifica que la ejecución deberá ser llevada a cabo 24 horas después de la recepción de la misma, y ser devuelta una vez consumada la pena de muerte. En el apartado inferior aparecen las firmas del director de la cárcel y de uno de los testigos presentes, el mayor Goulden, así como la fecha y la hora en que se rubricó el documento, las 10:03 horas del 13 de diciembre de 1945.

4. El 12 de diciembre, Pierrepoint se personó en la prisión de Hamelin para proceder al medido y pesado de los reos ya que, según el sistema británico, conforme a la estatura y peso de cada reo se aplicaba una determinada longitud de la caída que asegurase una rotura instantánea de las cervicales. Irma Grese medía 1,65 metros y pesaba 68 kilos, por lo que según la tabla oficial publicada en 1913, a ese peso correspondería una caída de 6 pies y 6 pulgadas, o sea, 198 cm. Sin embargo, Pierrepoint aumentó dicha caída hasta los 7 pies y 4 pulgadas (223,5 cm.), lo que correspondía a una persona con un peso de unos 60 kilos. Cabe suponer que lo hizo para asegurar la rotura del cuello con una caída mayor que la que le correspondía por su masa corporal, si bien era un aspecto que había que calibrar con precaución porque una caída demasiado larga podía provocar una decapitación del reo.

5. Los británicos, al contrario de los yankees, no publicaban imágenes de las ejecuciones. De hecho, el sistema procesal de esta gente incluso obligaba a firmar al verdugo, a su asistente y demás participantes en las ejecuciones la aceptación de la Ley de Secretos Oficiales, por la que no podían revelar detalles de las mismas. De ahí que no haya fotos de las ejecuciones llevadas a cabo por los tribunales ingleses durante los procesos de la posguerra. Curiosamente, en la red se da como verdadera la que vemos a la derecha, lo cual es completamente erróneo. En realidad, es un fotograma de una película realizada por los estadounidenses durante la ejecución de varios criminales de guerra japoneses la cual pueden vuecedes ver aquí: 


6. Aparte del incuestionable testimonio de la película, en la que verán que el verdugo y el sargento que aparece a la izquierda de la foto son las mismas personas, hay varios datos que permiten corroborar que se trata de una ejecución llevada a cabo por los americanos, a saber: de entrada, el verdugo que aparece en la foto no es Pierrepoint y, además, va vestido de uniforme. El nudo de la soga es el típico nudo corredizo con siete vueltas reglamentario en USA. Por último, la capucha es negra mientras que en las ejecuciones británicas se empleaba por norma una blanca.

7. La cuerda en cuestión estaba fabricada con esparto ya que este material, al ser muy poco flexible, aseguraba que al final de la caída no se estirase, aminorando el efecto de dicha caída y con ello la posibilidad de que el cuello no se rompiera de forma instantánea. El grosor de la misma era el dictaminado por las normas inglesas: ¾ de pulgada, 19 mm. En cuanto al nudo corredizo, carecían del mismo. El sistema usado por los ingleses se basaba en un ojal de bronce por el que corría la soga, cuyo extremo era forrado de una suave badana para aminorar el roce en el cuello del reo. Para bloquear la lazada se ajustaba sobre el ojal una arandela de cuero que, posteriormente, se cambió por una de goma. Por otro lado, parece ser que este sistema era mucho más efectivo que el usado por los yankees ya que aseguraba un cierre más firme en el cuello al caer el reo a pesar de que los americanos tenían por norma engrasar la soga por el mismo motivo. Se empleaba una soga por reo, colocando una nueva tras cada ejecución.

8. El proveedor de cuerdas para las ejecuciones era la firma londinense John Edgington & Co., los cuales eran fabricantes de tiendas de campaña y cordaje para la marina. El tema de las cuerdas para los ahorcamientos era llevado con la máxima discreción por la empresa, no dando pábulo a tal actividad. Le elaboración de las sogas era de lo más cuidadoso conforme a la tradición perfeccionista de estos isleños: usaban cáñamo italiano de la mejor calidad, y el forrado del extremo lo hacían con fina y suave piel de becerro. Cada cuerda, de 9 u 11 pies de longitud (274 o 335 cm.), se fabricaba enteramente a mano, empleando para ello entre cinco y seis días. El artesano que las elaboraba era un tal Harry Moakes, el cual se pasó toda su vida currando en la empresa. Con sus sogas se ahorcaron a mogollón de criminales nazis.

Grese a su llegada al tribunal durante el proceso
9. Pierrepoint cobraba 15 libras por cada reo ejecutado y se le abonaban aparte los gastos de viaje y las dietas. La mitad del importe de lo ganado se le entregaba en el momento, y la otra mitad al cabo de dos semanas. O sea, que se embolsó 165 libras por medio día de trabajo, un pastizal para la época.

10. La prensa convirtió a Irma Grese en todo un fenómeno popular. A diario, los periodistas la esperaban para hacerle fotos a mansalva mientras los críos se agolpaban gritando y saludándola. Su indudable hermosura y las historias que contaban sobre ella daban un morbo tremendo al personal, así que ya vemos que eso de fomentar los detalles escabrosos no es un invento moderno.

En fin, ya está.

Hale, he dicho


Fosa común abierta por los británicos en Bergen-Belsen para enterrar a los cientos de cadáveres que
encontraron tras ocupar el campo. Los aliados obligaron a los SS presentes, hombres y mujeres, a acarrear
los escuálidos cadáveres hasta la fosa.