sábado, 17 de noviembre de 2018

Diseño Heráldico


Hace unos días, un viejo amigo y compañero de fatigas castilleras me estuvo enseñando sus últimos trabajos en el arte del blasón y, ciertamente, debo reconocer que es un figura en estos temas del león rampante y tal. Así pues y ya que está liado dando forma a una web sobre heráldica, pues le ofrecí anunciarse en el blog por si alguno de mis dilectos lectores quiere matar de envidia a sus cuñados luciendo un blasón de fuste encima de la chimenea o, mejor aún, en la puerta de la despensa, donde actuaría como crucifijo mostrado en plena jeta a un vampiro sediento de hematíes y no podría saquearla impunemente.

Bueno, coñas aparte lo cierto es que trabaja bastante bien, es formal y cumplidor (no me ha sobornado, es que lo conozco hace la torta de años) y, además, trabaja a unos precios muy asequibles y más si los comparamos con los que se ven en la red. Aparte de eso, sabe dar unos acabados espléndidos y elegantes a sus escudos de armas. Mientras pone en marcha la dichosa web, que eso se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba, pueden contactar con él a través de su correo electrónico para que facilite un muestrario a los que puedan estar interesados. Yo no me llevo comisión, así que no hace falta que digan que van de mi parte. Su hombre es Juan Manuel, y la dirección de contacto es 

reydearmas.siglo21@gmail.com

A continuación pueden ver algunos de sus diseños a título de muestra












Chulos, ¿que no?... Bueno, ahí queda eso

Hale, he dicho

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La batería Billinghurst-Requa


Miembros de la 18ª Batería Independiente de artillería ligera de Nueva York posando junto a esa cosa que parece el carrillo
de un vendedor de camarones de Chipiona de los años 50. En realidad se trata de la protagonista de la entrada de hoy, y la
foto fue tomada en Main St., en Rochester, Nueva York, donde se encontraba el taller de uno de sus creadores, William
Billinghurst

Réplica de un ribadoquín medieval. El concepto empleado en la batería
Billinghurst-Requa era básicamente el mismo con la salvedad de que
no había que cargar los cañones por la boca
Ya sabemos que las guerras son, por suerte o por desgracia, uno de los más poderosos acicates para que el personal se estruje la sesera para idear tanto cosas buenas como malas. Si además esa guerra tiene lugar en una época en que la industria estaba en plena evolución y en un país cuyo potencial para desarrollarla era fastuoso, pues se da lugar a una auténtica explosión de creatividad que hace que lo que se invente hoy quede obsoleto mañana porque detrás de uno viene otro aún más listo con una idea mejor. Este fue el caso de la batería Billinghurst-Requa, un chisme que algunos consideran como una primitiva ametralladora mientras que otros lo ven como una reminiscencia más moderna y desarrollada de los cañones de órgano surgidos a finales de la Edad Media. Sea como fuere, lo que nadie le puede negar al invento es que fue la primera máquina ametralladora que usó cartuchería metálica, que no es tema baladí tanto en cuanto permitía la recarga y el suministro de municiones de forma mucho más racional que otras armas contemporáneas como el cañón Ager, que en realidad usaba cartuchos de papel metidos en unas pseudo-vainas de acero con un pistón convencional de avancarga para iniciar la pólvora.  

Josephus Requa en su madurez
El que en realidad diseñó esta máquina o, al menos, el que pergeñó la idea inicial fue Josephus Requa (1833-1910), un probo sacamuelas que, cuando apenas tenía 14 años, se colocó como aprendiz en la armería que William Billinghurst, el otro padre de la criatura, poseía en Rochester, Nueva York. Entre 1849 y 1852 estuvo currando y adquiriendo conocimientos a base de darle a la lima y manejando el torno pero, sin embargo, no debió ver futuro en el oficio o simplemente encontró una nueva vocación, así que en 1853 se largó a a estudiar odontología. Cinco años más tarde volvió a Rochester, donde abrió una consulta y se dispuso, como mandan los cánones, a ganar pasta, hacerse un futuro, casarse con su prometida Mary Groat y tener mogollón de churumbeles. Porque si eres un WASP y no cumples con eso de ser un ciudadano ejemplar integrado en tu comunidad, no vas a la iglesia y no tienes una familia maravillosa ni eres un buen yankee ni pollas en vinagre. Obviamente, no tenía ni la más remota idea de los negros nubarrones que se cernían sobre Yankeelandia por obra y gracia de los malditos rebeldes esclavistas del sur. 

Chulo, ¿que no? Todo de bronce, para que no se oxidase,
y con la manivela plegable, como los carretes modernos
El compadre del invento era, como ya hemos anticipado, William Billinghurst (1803-1880), que con unos 20 años ingresó como aprendiz en una armería propiedad de un tal Joseph Medbury para, alrededor de 1830, empezar a trabajar en el taller armero propiedad de los hermanos James y John Millar de Rochester. No pasó mucho tiempo hasta que nuestro hombre empezase a destacar por encima de los demás oficiales de la firma por la extremada calidad de sus trabajos. Recordemos que, en aquella época, salvo las armas contratadas por el ejército, las destinadas al mercado civil se hacían por encargo, y como es lógico las armerías más solicitadas eran las que ofrecían un nivel de calidad más alto. En 1841 compró a James Millar su parte de la empresa, haciéndose en seguida de un renombre con la fabricación de un rife de tambor cuya patente pertenecía a sus antiguos jefes. De hecho, entre su selecta clientela llegó a tener nada menos que al maharajá de Bombay y a Pedro II,  emperador del Brasil, que pagaban sin problemas los nada menos que 400 dólares que Billinghurst cobraba por su afamado rifle, el cual tenía un plazo de entrega de unos tres meses. Como dato curioso acerca de este personaje, los aficionados a la pesca sepan que gracias a él pueden usar el carrete para las cañas de trucha, desarrollado y patentado por nuestro hombre en 1859. Y como no he podido dar con una sola foto de este sujeto, pues pongo su carrete, que seguramente le resultará familiar a más de uno que sea aficionado a la cola de rata y la mosca seca.

Registro de la patente original de fecha 16 de
septiembre de 1862. El prototipo era, como vemos,
de solo siete cañones
Bien, tras esta breve semblanza biográfica para ponernos en situación acerca de estos personajes, pasemos sin más al invento. Una vez comenzada la guerra civil, el ejército de la Unión empezó a buscar un arma de repetición destinada básicamente a sustituir en ciertos cometidos a la artillería de pequeño calibre. Según explicamos en su día, el concepto primigenio de la ametralladora era, como su nombre indica, ametrallar al enemigo, pero con más precisión, contundencia y alcance que los tradicionales botes de metralla al uso en la época. O sea, no eran las armas de apoyo de la infantería modernas, sino sustitutas económicas de la artillería que disparaban munición más barata y precisaban de menos medios para su traslado, etc. Así pues, toda idea que fuese viable para poner en marcha un proyecto de máquina ametralladora era bienvenida en aquel momento. El 29 de junio de 1861 apareció uno de tantos anuncios al respecto en la prensa local de Rochester, concretamente en el Rochester Daily Union & Advertiser, el cual llegó a oídos de Requa a través de Albert G. Mack, un conocido suyo que sabía de sus comienzos en el tema de las armas. Requa, que por aquel entonces estaba entregado por entero a hacer berrear a sus pacientes sacando muelas del juicio sin anestesia, se sintió picado por la petición de ayuda de su gobierno, así que se puso manos a la obra y diseñó una batería de cañones que, originariamente, se cargaba con cartuchos de papel. Con sus bocetos y notas bajo el brazo se presentó en la empresa de su antiguo jefe y amigo, William Billinghurst, que con sus evidentes conocimientos podría pulir la idea y darle forma al proyecto. 

Para hacernos una idea del tamaño, su anchura era de
apenas 25 cm. aproximadamente
Antes de pasar a mayores fabricaron un modelo a escala que, como vemos en la foto de la izquierda, constaba de cinco pequeños cañones octogonales de 6 pulgadas como los usados en las pistolas monotiro de pistón en cuya parte trasera había un cierre deslizante que se accionaba mediante dos palancas. La idea consistía en que una vez accionado el mecanismo de disparo se produjese la descarga de todos los cañones de forma simultánea. El conjunto estaba montado sobre una cureña sobre ruedas para facilitar su transporte, como luego vino a ser habitual en este tipo de armas. Este modelo, que aún se conserva en el museo de West Point, estuvo durante muchos años expuesto en el escaparate de la armería de Billinghurst. Pero que nadie piense que este modelo a escala se hizo por capricho, sino para ver si, en efecto, su funcionamiento era viable antes de meterse en producir un prototipo a tamaño real que costaría un pastizal sin tener aún garantías de que fuese adquirido por el ejército. La maqueta quedó concluida el 11 de julio de 1861, tras lo cual Requa citó a una docena de militares, técnicos y políticos en su consulta de Rochester para presentarles el proyecto que, adecuadamente adobado, causó una profunda impresión entre los asistentes ya que, según el sacamuelas, aquel chisme era poco menos que la antesala del Apocalipsis. Finalmente y tras comprobar que la maqueta pegaba tiritos sin problemas fue cuando decidieron fabricar el modelo a tamaño real, el cual salió por un montante de 500 dólares, que no era una cifra precisamente birriosa en aquella época.

El arma a tamaño natural estaba formada por una batería de 25 cañones cilíndricos de calibre .52 (según otras fuentes, calibre .58. Curiosamente, en todas las que he manejado muestran esa extraña disparidad entre ellas) de 61 cm. de largo. Como vemos en las fotos de la derecha, la batería estaba montada sobre un simple bastidor que permitía desmontar la máquina de la cureña en un periquete. Además, mediante la liberación de un pasador también se podía remover el cierre, inutilizándola por completo en caso de que el enemigo pudiera hacerse con ella, lo que no era mala idea, que más de una vez las armas propias han servido para fastidiar a sus dueños (¿recuerdan el caso de PILVM que se doblaba al impactar?). Las fotos nos muestran la batería con el cierre abierto y las recámaras a la vista para poder introducir la carga. Para cerrarla bastaba bascular las dos palancas hacia adelante, quedando a partir de ese momento bloqueado el cierre y lista para abrir fuego. El conjunto pesaba un total de 227 kilos. Con la cureña subía hasta los 627 kilos. Además, la pieza contaría con su correspondiente avantrén para las municiones.

El cartucho que disparaba estaba supeditado al sistema de carga. O sea, no podía emplear otra munición que no fuera la suya. Obviamente, este detalle bastaría hoy día para rechazar cualquier arma, pero en aquellos tiempos no se andaban con tantos remilgos y, por otro lado, la práctica totalidad de armas usadas por ambos ejércitos eran aún de avancarga. Según vemos en la foto de la izquierda, la vaina tenía una amplia pestaña destinada a encajarse en los cargadores de la máquina, mientras que el culote convexo tenía la misma finalidad según veremos a continuación. La toma de fuego se producía por el pequeño orificio que vemos en la base del culote ya que las vainas con pistón estaban aún por inventar. Por lo demás, montaba una bala de calibre .52 de 28 gramos de peso que podía dejarlo a uno en un estado francamente lamentable si le alcanzaban de lleno. La vaina tenía unos 5 cm. de largo, y el cartucho unos 63 mm. en total.

En la figura A podemos observar una vista en sección de la vaina. Su parte inferior, muy gruesa para soportar las elevadas presiones de la carga que contenía, estaba perforada para recibir el fuego que iniciaría la deflagración de la pólvora. Estas vainas, al carecer de pistón, eran fácilmente recargables, siendo necesario únicamente pasarlas por un recalibrador ya que tras cada disparo las vainas sufren una pequeña dilatación que dificultaría su entrada en la recámara una vez recargadas. La figura B muestra la vaina ya cargada con pólvora y una bala maciza con tres bandas de engrase para retrasar el ensuciamiento del cañón. Recordemos que la combustión de la pólvora negra deja muchos residuos. Finalmente, en la figura C vemos el cartucho completo.

Lo más original, como hemos anticipado, era sus sistema de carga. Consistía en una bisagra de piano fabricada con chapa de acero y con tantos orificios como cartuchos eran precisos, 25 en el caso de las máquinas destinadas al ejército. En el proyecto original, estos cargadores eran denominados como clamps, o sea, cepos, aunque actualmente se les da el nombre de clips. En la lámina de la izquierda podemos ver uno para siete proyectiles que nos servirá de ejemplo. La figura A muestra el clip vacío y abierto. Los orificios de la lámina inferior tenían el mismo diámetro de la vaina, mientras que los de la lámina superior eran un poco más pequeños, del tamaño del culote, para impedir que los cartuchos se salieran del clip. En la figura B tenemos el cargador lleno, pudiéndose apreciar los culotes de los cartuchos con el reborde apoyado en la lámina y los pequeños orificios para iniciar la carga de pólvora. Por último, en la figura C se puede ver el cargador cerrado, listo para ser introducido en la máquina. Como vemos, los rebordes quedan cubiertos por la lámina de la bisagra. En la foto inferior podemos ver un cargador para 25 cartuchos. En los avantrenes ya se llevaban los cargadores llenos para agilizar al máximo el proceso de recarga, por lo que con cada máquina se compraban un determinado número de ellos, cien por lo general, que permanecían en dotación con la misma. Como es evidente, recargarlos era muy fácil. Bastaba poner a los dos pringados de turno a rellenarlos y santas pascuas. Para su mejor preservación se introducían en unas fundas de piel.



Los mecanismos de la máquina eran de una complejidad similar a los de un sacacorchos. Aparte del proceso de carga, del que hablaremos a continuación, la máquina solo tenía tres mecanismos: en el círculo rojo aparece el martillo, que carecía de muelle y nuez. O sea, era una simple pieza oscilante accionada por un tirón mediante una simple cuerda. La flecha roja indica la rueda para regular la elevación, y la flecha blanca una palanca con la que se podía regular la apertura en abanico de los cañones. Este mecanismo tenía como finalidad facilitar la dispersión de la descarga para abarcar más o menos campo en función de las necesidades del momento. A título orientativo, con la máxima apertura la dispersión a 900 metros de distancia era de 110 metros aproximadamente.


El proceso de carga tenía la misma enjundia que el cerebro de un político, o sea, lo mismo que una ameba con un C.I. de -160. En la foto superior vemos la máquina con el cierre abierto. Las dos palancas están hacia arriba y la tapa del mismo retraída, dejando a la vista el espacio donde irá la carga. En primer lugar colocaremos el cargador en la zona sombreada de azul e introduciremos los cartuchos en las recámaras de los cañones. A continuación verteremos un reguero de pólvora por la zona sombreada de amarillo que actuará como cebo. Una vez terminado el proceso de carga procederemos a accionar el cierre girando las palancas, y al mismo tiempo avanzará la barra del cierre marcada con la flecha roja para bloquear el cargador. Dicha barra tiene una forma dentada para permitir el paso del fuego que iniciará la pólvora de los cartuchos. La pieza marcada con la flecha verde, una en cada costado del armazón, es la que sostiene y permite deslizarse tanto la tapa como la barra del cierre. Por último se colocará un pistón normal de fusil (se recomendaba el Eley Double Waterproof) en una chimenea situada en el centro de la tapa, para, finamente, tirar del cordel que acciona el martillo señalado con una flecha blanca y se producirá la descarga. En teoría, todos los cañones dispararían al mismo tiempo si bien, en realidad, el primer disparo se produciría en el cañón central para, de forma cuasi instantánea, ir ardiendo el cebo a izquierda y derecha, disparando los cañones hacia los extremos en una fracción de segundo. Sea como fuere, se puede decir que la descarga sería prácticamente simultánea. 

Obsérvese la humareda encima de la máquina, procedente de la combustión
del cebado
Este sistema era bastante fiable y no podía producir interrupciones ya que, en caso de que algún cartucho fallase, no se producirían interrupciones ni encasquillamientos. Simplemente quedaría sin disparar, y sería extraído junto a las vainas servidas una vez efectuada la descarga. Para ello solo había que sacar el cargador y santas pascuas. No obstante, si el ambiente estaba muy cargado de humedad o llovía era casi imposible lograr un funcionamiento adecuado ya que, por razones obvias, el cebo se mojaría y no ardería ni a la de tres. Con todo, si algún abnegado guripa se ponía al lado con un paraguas igual se lograba poner en funcionamiento la máquina. En la imagen de la izquierda vemos el instante en que se produce la descarga. Es un pésimo fotograma de un pésimo vídeo grabado con un pésimo móvil por un ciudadano con evidente síntomas de un Parkinson feroz, porque ha costado la propia vida atrapar un instante en que no se estuviera meneando. En cualquier caso, en condiciones normales su cadencia de tiro era bastante aceptable. Con una dotación de tres hombres se lograban efectuar una media de siete descargas por minuto, lo que suponían 175 disparos. Otra cosa era su precisión, pero de eso hablaremos más adelante.

James W. Ripley (1794-1870)
Tras probar a fondo la máquina, aún quedaba la parte más ardua: convencer a los picatostes del ejército que no solo funcionaba, sino que mataría enemigos a mansalva y ayudaría a ganar la guerra en un periquete. Pero el que tomaba las decisiones era el general de brigada James Wolfe Ripley, jefe de suministros de la artillería y auténtica bestia negra de cualquier cosa que sonase a innovación. Aunque metódico y gran organizador capaz de sacar el máximo provecho de los medios de que disponía, estaba totalmente cerrado a introducir cualquier arma que se saliera de los cánones del momento. De hecho, su cerrazón al negarse a introducir armas de retrocarga que habrían permitido acortar notablemente la guerra le supuso su cese en septiembre de 1863 pero, por desgracia para Requa, cuando se presentó con su máquina en Washington el 22 abril del año anterior aún estaba Ripley al frente de su departamento. Tras alquilar una modesta habitación en una vivienda particular, intentó ser recibido por el mandamás hasta que, finalmente, le fue concedida una entrevista. Tras explicarle el proyecto, la respuesta de Ripley debió dejarle la jeta a cuadros a nuestro sesudo sacamuelas ya que afirmó que, aunque le arma le parecía interesante, no era conveniente ponerla en servicio ya que los soldados gastarían muchísima munición y costaría un pastizal en cartuchos. Si Ripley hubiese llegado a saber lo que se podía gastar en apenas una hora durante la Gran Guerra solo en munición de ametralladora se le habría vaporizado el cerebelo.

Vista superior de una réplica que permite ver la recámara y el cierre
abiertos. En el centro del cierre se aprecia el martillo con la pequeña
rabera donde se ataba el cordón que lo accionaba
Requa salió del despacho del cabezón aquel como alma que lleva el diablo, pero sin la más mínima intención de rendirse. Por encima de Ripley solo estaba Lincoln, así que no dudó en pedir una audiencia que le fue concedida el 1 de mayo siguiente gracias a una carta de presentación facilitada por su colega, el Dr. Maynard. Lincoln, como ya vimos en la entrada dedicada al cañón Ager, era un hombre mucho más receptivo ante los avances de la tecnología y tras escuchar a Requa lo envió de vuelta al obcecado general con una nota personal en la que le decía escuetamente que volviera a escuchar al inventor. Pero Ripley era, además de terco como una mula, más chulo que un ocho porque se pasó la petición presidencial por el arco del triunfo. Solo cuando recibió, no una segunda petición, sino una orden personal de Lincoln para que organizase una prueba oficial para el arma fue cuando se doblegó el puñetero Ripley, que si llega a ser por él aún estaríamos matándonos a pedradas.

Amiel W. Whipple (1818-1863)
El 12 de mayo se celebró una primera sesión de pruebas en el campo de tiro del Departamento de Artillería con resultados satisfactorios y contando con la presencia del mismo Lincoln, que por lo que se ve le molaban estas demostraciones. El día 24 tuvo lugar una segunda prueba, esta vez presenciada por el general Amiel Weeks Whipple, un ingeniero militar con una mentalidad totalmente distinta a la de Ripley. En el informe que se cursó el día 31 anotó de su puño y letra en el dorso del mismo que "una de estas baterías instalada en cada fuerte se sumaría en gran medida a la eficacia de este comando". Por desgracia, Whipple palmó justo un año más tarde. Fue gravemente herido en Chancellorsville por un francotirador, siendo trasladado el 4 de mayo de 1863 a Washington tras recibir la extrema unción en el mismo campo de batalla. Una vez en la capital fue ascendido a general de brigada, y el día 7 a mayor general pocas horas antes de estirar la pata. Estos ascensos galopantes solían efectuarse sobre todo para que a las viudas e hijos menores les quedase una pensión lo más decente posible.

Las pruebas llevadas a cabo fueron de lo más variadas con la finalidad de testar a fondo el rendimiento del arma en lo referente a la cadencia de tiro, alcance y precisión. Merece la pena enumerarlas para que podamos apreciar los baremos por los que se regían en aquellos tiempos.

Aspecto de la ametralladora con su avantrén
En primer lugar se efectuaron nueve descargas sucesivas, o sea, 225 disparos, sobre un blanco de 6 pies de alto por 30 de ancho ( 1'82 × 9 metros) situado a 475 yardas (434 metros). Tras graduar las miras después de la primera descarga solo se lograron 27 impactos. El resto salieron desviados a la izquierda. A continuación se efectuaron cuatro disparos con un solo cañón a un blanco de 12 pies de alto por 6 de ancho (1'82 × 3,6 metros) situado a 75o yardas (685 metros), acertando un solo disparo. A continuación, se dispararon dos descargas completas de 25 cartuchos cada una contra un blanco de 28 × 20 pulgadas (0'7 × 0'5 metros) situado a 150 yardas (137 metros). De la primera descarga acertaron dos disparos, y de la segunda cuatro. Luego se hicieron otras dos descargas más, pero con los cañones divergentes (abiertos en abanico), lo que supuso una dispersión de 4'5 metros de ancho.

Grabado de época con una vista trasera de la batería Requa. Sobre los
cañones se puede ver un cargador lleno, el cierre abierto y un accesorio
consistente en dos tapas abatibles para preservar el arma de la suciedad
y la lluvia
Para obtener el alcance efectivo se trasladó el arma a un puente para disparar contra el agua, lo que permitiría ver con más precisión dónde impactaban los proyectiles. En primer lugar se efectuó un único disparo con 8º de elevación, obteniendo un alcance de 1.100 yardas (1.005 metros). Un segundo disparo con 9º de elevación alargó el tiro hasta las 1.200 yardas (1.097 metros). Luego se hizo una descarga completa a 8º, obteniendo el mismo alcance que con un solo disparo y con una dispersión de 5'5 metros. A continuación se realizó una descarga completa a 600 yardas (548'5 metros) para calcular la dispersión con los cañones divergentes, logrando una apertura del cono de fuego de 75 yardas (68'5 metros). En la prueba de cadencia a la misma distancia se realizaron 6 descargas, o sea, 150 disparos, en 50 segundos con una dispersión similar. 

Vista frontal de la máquina. En la parte inferior del armazón se aprecia la
rueda para regular la elevación del arma
En cuanto al rendimiento de la máquina, en ningún momento mostró síntomas de fatiga ni de recalentamiento debido, entre otras cosas, a que al estar los cañones separados podía pasar el aire entre ellos, evitando el aumento de la temperatura. Se pudo dar por sentado que podría funcionar durante horas sin que se acumulase suciedad excesiva que dificultase su rendimiento ni que se produjese un excesivo recalentamiento. Además, se comprobó que, llegado el caso, no sería complicado adaptarle una plancha frontal de blindaje para proteger a los servidores de la máquina. Como vemos, aunque en lo tocante a precisión no era para tirar cohetes, en general el resultado fue considerado satisfactorio, e incluso como vimos antes el mismo general Whipple recomendó su empleo como arma de plaza. De hecho, incluso se consideró la posibilidad de que sustituyera a los cañones de 6 libras cuando tuviesen que usar botes de metralla ya que la batería Requa parecía más precisa y fiable a las distancias habituales para el empleo de esa munición, generalmente inferior al medio kilómetro. Sin embargo, nuestro hombre se tuvo que volver a Rochester sin que los militares mostrasen interés en efectuar algún pedido, así que solo les restaba plantear ventas a nivel particular, práctica esta bastante común en aquella guerra en la que los mandos de regimientos o divisiones adquirían por su cuenta las armas que estimaban oportunas. Obviamente, no hablamos de cantidades de importancia, pero menos daba una piedra y, al menos, lograrían publicidad si el rendimiento de las máquinas era bueno y se corría la voz.

Batería de cinco máquinas, posiblemente de las que sirvieron durante el
asedio al fuerte Wagner, en Carolina del Sur, entre julio y septiembre de 1863
Pero la cuestión es que tanto Requa como Billinghurst estaban ya más tiesos que la mojama, sobre todo Requa, que desde que empezó aquella empresa había dejado de sacar muelas y se había quedado sin ingresos. Por ello, no tuvieron otra opción que buscar patrocinadores que pusieran el dinero necesario para seguir promocionando la máquina y obtener ventas. El 25 de julio de 1862 firmaron un contrato con dos socios financieros, David Smith y Cyrus Bradley, que acordaron realizar una nueva prueba en Rochester dándole al evento el máximo posible de publicidad para atraer público. Dicha prueba se celebró el siguiente día 12 de agosto en el río Genesse, congregándose gran cantidad de público para contemplar el evento ya que los periódicos locales lo habían anunciado a bombo y platillo para darle relumbrón a la cosa. El blanco consistía en un tonel situado a unos 550 metros de distancia, dejándolo como un colador ante el regocijo del personal, que veían muy contentitos como aquel chisme podría hacer lo mismo con los malditos rebeldes esclavistas del sur. Pero lo más importante es que los inversores quedaron convencidos y soltaron la pasta, pudiendo así iniciarse una pequeña serie para intentar venderla a las unidades que se animaran a hacerse con uno o más ejemplares. Así pues, se acordó la fabricación de 50 unidades y se procedió a patentar el invento el 16 de septiembre siguiente. Los cañones fueron encargados a la firma Remington mientras que 30 máquinas se fabricarían en la Parmenter & Bramwell de Troya, Nueva York, y las otras 20 se harían en la armería de Billinghurst de Rochester. Ya solo quedaba recibir pedidos. 

El primero llegó de parte de la 18ª Batería Independiente de artillería ligera de Nueva York al mando de capitán Albert G. Mack, el mismo que en su día comentó a Requa el requerimiento por parte del ejército para la aportación de proyectos de este tipo de armas. Su unidad adquirió dos ametralladoras con sus correspondientes accesorios. Cada unidad salió por 1.000 dólares, y entraron en fuego inmediatamente estando operativas desde septiembre de 1862 hasta julio de 1865 en diversos frentes de batalla. No obstante, su jefe, el capitán Mack, no pudo saborear la victoria porque lo dejaron seco el 5 de julio de 1863 durante el asedio a Port Hudson, en Louisiana. En la imagen de la derecha podemos ver el anuncio que se publicó en el  Rochester Daily Union & Advertiser solicitando voluntarios para servir en la Rochester Rifle Battery, equipada con "armas capaces de efectuar 200 disparos por minuto con la precisión de un fusil de precisión" y, lo más importante, sus miembros "estaban exentos de hacer de guardias, la parte más desagradable del servicio" y, además, cobrarían una prima de 159 dólares al alistarse más otra de 90 al incorporarse a la unidad. Debió irles bien con el invento, porque el 23 de diciembre siguiente el capitán Silas Crispin realizó un nuevo pedido de material consistente en 600 cargadores a un precio de 50 dólares el centenar y 15.000 vainas vacías.


Quincy A. Gilmore (1825-1888)
Durante su estancia en Louisiana, las baterías de Requa llamaron la atención del general Quincy Adams Gilmore, que solicitó al Departamento de Suministros la adquisición de las cinco máquinas necesarias para equipar las baterías que fueron empleadas a fondo en el asedio y conquista del fuerte Wagner, una correosa fortificación situada en la Isla Morris, en Carolina del Sur, y que costó la propia vida desalojar de malditos rebeldes esclavistas del sur. El importe de las cinco ametralladoras ascendió a 5.482'72 dólares. Esta acción fue seguramente la más importante en la que intervino la ametralladora de Requa ya que construyeron 19 emplazamientos en las distintas paralelas a medida que el asedio fue cerrándose. Así, se emplazaron cuatro en la 1ª paralela, cinco en la 2ª, dos en la 3ª, cinco en la 4ª, dos en la 5ª y una última en un avance junto a la zapa destinada a minar la muralla para el asalto final. Obviamente, las máquinas se fueron trasladando de emplazamiento a medida que se iban cavando nuevas trincheras, siendo destinadas principalmente a batir las mismas de flanco en caso de que fueran ocupadas por los enemigos como a hostigar grupos de zapadores que intentasen neutralizar sus propias trincheras. En el plano inferior podemos ver la distribución de los emplazamientos. Ojo con los de la primera paralela ya que, aunque solo se ven dos, cada uno de ellos albergaba a su vez dos emplazamientos.


Los colores de los círculos indican a qué paralela pertenecen: 1ª, marrón; 2ª, rojo; 3ª, azul, 4ª, naranja; 5ª. verde. En el
extremo derecho, dentro un un círculo negro, está el avance


Desde el primer momento quedó claro que estas armas rendían mucho mejor en posiciones defensivas, tanto como arma de sitio o plaza como para controlar caminos y puentes. De hecho, algunos la denominaron así, ametralladora de puente, en referencia a los puentes cubiertos como los de esa peli de Clint Eastwood en la que un fotógrafo se encoña con una paleta de Madison. Adecuadamente protegidas con un parapeto de sacos terreros o gaviones cerraban literalmente el paso a cualquier contingente enemigo que quisiera franquear la posición, abrasándolos bonitamente a tiros. También se adquirieron dos unidades para la defensa del campo de prisioneros para oficiales de la Confederación ubicado en la isla Morris, en Charleston. En el gráfico superior podemos ver las dos máquinas emplazadas en la misma entrada del campo, con capacidad para 600 belicosos y malvados rebeldes esclavistas sureños. Cabe suponer que las Requa estaban ahí para impedir tanto que se largaran como que sus conmilitones acudieran a liberarlos.


El teniente Stockton
Tras participar en otra serie de acciones, como la reconquista del fuerte Sumter y las batallas de Pietersburg y Cold Harbor, finalmente el ejército accedió a efectuar una nueva prueba, la cual tendría lugar en el Arsenal de Washington bajo la dirección del teniente Howard Stockton. La prueba se limitó a testar la precisión del arma, que como vimos antes era precisamente su punto más débil. Se efectuaron 300 disparos contra un blanco de 7 × 15 pies (2'13 × 4'5 metros) situado a 640 yardas (585 metros), logrando solo 26 míseros impactos. El informe resultante dio cuenta de la facilidad de manejo del arma, así como la simplicidad y fiabilidad de sus mecanismos. Y a pesar de su evidente falta de precisión, se hizo constar que sería una opción digna de ser tenida en cuenta por el ejército, especialmente, como comentábamos al principio, para sustituir a los cañones de 6 libras cuando llegaba el momento de disparar botes de metralla. A la vista de dicho informe, el Departamento de Suministros hizo por fin un pedido de cinco unidades, pero para aquel entonces la guerra hacía más de un año que había terminado porque el informe no se le dio curso hasta 1866. 


Benjamin F. Butler (1818-1893)
No se sabe cuál fue el destino de la totalidad de las 50 máquina fabricadas, habiendo teorías de todo tipo al respecto en las que no vamos a entrar porque no merece la pena andar conjeturando historias raras. Pero lo cierto es que la batería Billinhurst Requa tenía ya menos futuro que un político reclamado en 18 juzgados anticorrupción: el 9 de mayo de 1862, Richard Gatling había patentado su primer modelo, una verdadera ametralladora que disparaba cartuchos metálicos de fuego central, por lo que un arma como la que nos ocupa ya estaba más trasnochada que Drácula. Y para colmo de males, incluso se quedaron sin cobrar un pedido cursado el 14 de julio de 1864 por el mayor general John Dix para el suministro de dos máquinas, 9.800 cartuchos y 550 cargadores con destino al Ejército del James, un contingente al mando del general Benjamin Franklin Butler formado por unidades de Virginia y Carolina del Norte destinado a controlar las orillas del río James. Las Requa fueron usadas satisfactoriamente por un destacamento del 16 Rgto. de Artillería Pesada de Nueva York, pero a la hora de pasar la factura del material suministrado por un importe de 2.532 dólares, esta fue rechazada a pesar de haber sido dado el visto bueno por Butler. Sin embargo, el pedido no fue cursado de forma reglamentaria ya que solo el jefe superior de la oficina de suministros podía llevar a cabo compras a cargo del gobierno, y siempre con la autorización del Secretario de Estado de Guerra. Al parecer, Butler optó por hacerse el sueco no fueran a meterle un paquete por hacer uso de material adquirido de forma "ilegal" y salió diciendo que el material no llegó siquiera a usarse. En resumen, que se quedaron sin cobrar. 


Parque de artillería, posiblemente en Virginia. Justo en el centro, tras el
furgón que aparece en primer término, vemos asomar los 25 cañones de
una Billinghurst Requa
En fin, así fue grosso modo la corta pero intensa vida de la batería Billinghurst Requa. Tras su aventura comercial, ambos llegaron a la conclusión de que lo mejor era seguir dedicándose a lo suyo, el uno fabricando armas de postín a la aristocracia de medio mundo y el otro sacando muelas y poniendo otras de repuesto procedentes de los cadáveres. Sí, no se me acojonen, aún no existían los protésicos dentales y era habitual usar los dientes en buen estado de los muertos. El mismo Washington, que si observan sus retratos siempre aparece con la boca como hinchada, era a causa de una dentadura postiza fabricada con cuero y dientes cadavéricos. Antes de retornar a su consultorio, Requa tuvo el detalle de hacer un postrero servicio a la patria a pesar de estar exento por ser hijo único con un padre anciano que dependía de él. En 1864 se alistó en la Guardia Nacional de Nueva York, siendo enviado al campo de prisioneros de Elmira, donde apenas permaneció tres meses antes de colgar el uniforme y volver a su consultorio que, por cierto, su venerable progenitor se preocupó de mantener en buen estado durante su ausencia mientras duró su periplo como fabricante de armas. Actualmente se conservan cuatro ametralladoras en diversos museos que, por cierto, están en perfecto estado.

Bueno, criaturas, con esto terminamos por hoy, que este artículo ha sido largo y enjundioso.

Hale, he dicho

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La foto, datada en 1863, muestra una de las cinco máquinas asignadas al 39º Rgto. de Illinois durante el cerco al
fuerte Wagner. A la izquierda vemos los comandantes de la batería, los tenientes Wheleer y Kinsbury

domingo, 11 de noviembre de 2018

Escudos de torre


Fotograma de la conocida película "Troya" (2004) de Wolfgang Petersen,
en la que vemos a unos abnegados ciudadanos troyanos con una suerte de
escudos de torre en su versión más primitiva, contemporánea a los de los
frescos de Acrotiri que veremos más adelante
Como ya vimos en la entrada que dedicamos hace unos días al aspis hoplita, esta no fue ni mucho menos la primera tipología surgida en el mundo griego, siendo precedida por otros diseños más arcaicos aparecidos hacia el período Heládico Medio III (c.1700 - c.1550 a.C.). Nos referimos concretamente a los escudos de torre y de ocho, cada uno de los cuales tendrá su artículo propio como no podía ser menos y no ya por ahondar en el estudio de los mismos, sino también por sus peculiares diseños, muy alejados del concepto que por lo general solemos atribuir a este tipo de armamento defensivo, que deben aunar resistencia con la suficiente ligereza como para permitir a sus portadores emplearlo con la prontitud necesaria en el campo de batalla ante enemigos tanto o más ágiles que ellos. Así pues, comenzaremos por la tipología más antigua de la que tenemos constancia, los escudos de torre.

Está de más decir que esa denominación no es de época, sino un término acuñado en tiempos modernos- como ocurre con tantas otras armas del mundo antiguo- en base a su morfología, que por el saliente en su borde superior y su gran tamaño los hace parecer una torre con su merlón. Al parecer, los minoicos daban a sus escudos el nombre de σακος (sákos), si bien de forma genérica, así que no sabemos si este modelo tenía algún nombre específico o, simplemente, era llamado como el resto de tipos que hubiere en aquella época. Tampoco se sabe cuándo surgieron ni quién los inventó, si bien pudieron haber estado inspirados o fueron tomados en préstamo de alguna cultura de Oriente Próximo. 

El primer testimonio gráfico que muestra la existencia de estos escudos lo tenemos en un fresco de Acrotiri, una población minoica ubicada en la isla de Thera (o Santorini, como también se le llama actualmente), situada a unos 100 km. al norte de Creta. Este asentamiento fue destruido por un terremoto seguido de una erupción volcánica que, según los análisis más recientes, debió tener lugar hacia el 1600 a.C. y dejó la ciudad hecha una porquería, tal como ocurrió con Pompeya cuando al Vesubio le dio por ponerse a toser. Entre los numerosos frescos apareció el que vemos en la imagen de la derecha, donde se pueden ver a varios guerreros protegidos por unos enorme escudos rectangulares y armados con largas picas. Estos escudos, según el esquema de color de los mismos, estarían recubiertos con pieles de cabra ya que coincide en algún caso- que hemos señalado con dos flechas- con uno de los animales que se ven en el fresco.

Guerrero minoico provisto de un escudo de torre,
lanza y casco de colmillos de jabalí. El dibujo nos
permitirá hacernos una clara idea del enorme tamaño
que alcanzaban estos escudos
Esta podía haber sido la tipología más antigua de este modelo de escudo ya que los testimonios gráficos posteriores en los que aparecen presentan cierto cambios. Está de más decir que, por desgracia, al estar construido con materiales perecederos casi en su totalidad apenas han llegado a nosotros algunos restos que nos permitan analizarlos más a fondo. Así pues, en base a las representaciones artísticas que se conservan, vemos que se trataba de una pieza de enorme tamaño que cubría al guerrero desde la barbilla hasta al menos la mitad de la pantorrilla o quizás hasta los tobillos. Eran, por así decirlo, una especie de tabique portátil. Tenían forma rectangular con una extensión semicircular o lobular en su borde superior para proteger la cabeza de su usuario, y cierto grado de curvatura para envolver al combatiente. Estaban construidos con una plancha de mimbre o finas ramas de sauce densamente entrelazadas sobre un bastidor en forma de aspa, formando todo ello una estructura o armazón razonablemente ligero para no convertir el escudo en un mamotreto casi inamovible debido a su elevado peso ya que este armazón era posteriormente recubierto por varias capas de piel, generalmente de bovino si bien no sería ningún dislate pensar que se usarían las pieles disponibles según vimos en el fresco de Acrotiri. 

Las pieles podrían unirse entre ellas y, a su vez, al armazón de mimbre, mediante unas grapas de alambre de cobre o bronce. Esta suposición se basa en el hallazgo en 1951 de 150 grapas de dicho material en la Tumba V del Hospital Nuevo en Cnosos, teoría que se vio en cierto modo corroborada por la aparición de un material similar en la tumba de pozo de Agios Ioannis que había sido descubierta un año antes durante la construcción de una fosa séptica en un domicilio particular. Una vez formado el conjunto de armazón y pieles se remataba con una tira de cuero o bronce bordeando todo el escudo. En las láminas de la derecha vemos los planos de sendas tumbas, y en la superior en concreto la distribución del ajuar funerario formado por las armas del difunto, así como restos cerámicos donde se depositaban las ofrendas habituales en estos casos para no largarse de este perro mundo nada más que con lo puesto y poder disponer de chorraditas dignas del rango del muerto para darse pisto en el Averno.

En la lámina de la izquierda podemos ver lo entresijos de su fabricación. En la figura A vemos el anverso del escudo, al que hemos recubierto con dos pieles más una última con el pelo hacia el exterior. El conjunto se ha bordeado con una tira de piel cosida. En la figura B vemos el reverso, donde se aprecia la estructura de mimbre y el bastidor sobre el que se instalaba. Estos escudos se portaban colgados del hombro izquierdo con el τελαμόν (telamón), una larga correa de cuero de alrededor de metro y medio para tener libres ambas manos, necesarias para manejar las enormes lanzas al uso. No obstante, disponían de una manija situada en el vértice del armazón de madera que vemos en la ilustración para poder moverlos en caso de necesidad. No debían ser nada fáciles de manejar, y menos aún ante una avalancha de enemigos según veremos más adelante.

El fiero Áyax pisoteando cadáveres de
enemigos vencidos
También hay constancia de que podían tener una cubierta formada por una fina lámina de cobre o bronce similar a la que posteriormente usaron los aspis. De este detalle no solo tenemos testimonios gráficos, sino también escritos. Concretamente, en el Canto VII de la "Ilíada" Homero se tomó la molestia de describir detalladamente el escudo del hercúleo Áyax, el "baluarte de los acayos", cuando nos dice que "...Áyax, semejante a una torre, se le acercó (a Héctor), ostentando broncíneo escudo hecho de siete pieles de buey. El excelente Tikio, que habitaba en Hila, lo había construido con siete pieles de otros tantos robustos toros, recubriéndolas de bronce. Y llevando este escudo ante su pecho, Áyax Telamonio aproximóse a Héctor...". Cabe suponer no obstante que lo de las siete pieles fue una excepción debido a la descomunal fuerza física de nuestro héroe ya que una piel de toro viene a pesar unos 30 kilos. Si aprovechamos solo la mitad hablamos de 15 kilos, que multiplicado por siete suponen nada menos que 105 más el peso de la lámina de bronce y el armazón. Obviamente, estamos ante la típica exageración atribuible al deseo de enaltecer la fuerza, el valor, etc. del guerrero de turno porque un escudo de más de cien kilos solo serviría para dejarlo caer encima del enemigo y dejarlo como un sello de correos. Por cierto que, curiosamente, el nombre que se da al tiracol del escudo, telamón, es el mismo que el del padre de Áyax, Telamón, rey de Salamina. 

Así pues, del mismo modo que se podían cubrir con pieles de vacuno o cabra también era habitual hacer lo propio con láminas de bronce, supongo que en función del poder adquisitivo del guerrero. Hablamos de una época en la que los ejércitos profesionales no existían en esta zona de Europa y que la defensa del territorio estaba confiada a ciudadanos-guerreros que adquirían su panoplia en base a sus ingresos. En la lámina de la derecha podemos ver un ejemplo basado en un anillo de oro del "Tesoro de los Sellos" de Tisbe. Como vemos, toda la superficie está recubierta por una lámina de bronce con dos rebordes. Como motivos decorativos tiene umbos de diversos tamaños repartidos por el escudo sin que estos tengan nada que ver con la habitual función defensiva de estas piezas que, como sabemos, estaban destinadas a proteger la zona del escudo donde se encontraba la manija y, por ende, la mano que la empuñaba.

Otro testimonio gráfico bastante significativo es este sello hallado en la Tumba Circular A de Micenas, datado hacia el siglo XVI a.C. Estos sellos eran al parecer usados por monarcas y gobernantes a título personal, o sea, que no eran un mero adorno. El sello muestra en el centro a dos guerreros luchando con espada, mientras que otro situado a la derecha se protege con un escudo de torre cubierto de bronce y hostiga a uno de sus enemigos con una lanza. El lancero, como es habitual en el mundo micénico, lleva en la cabeza el típico casco de colmillos de jabalí.

Esta daga, aparecida en la Tumba de pozo IV de Micenas, presenta en su hoja una exquisita decoración que muestra la cacería de un león a manos de varios guerreros, dos de los cuales por cierto portan escudos de ocho lo que indica que, aunque surgidos posteriormente, compartieron parte de su vida operativa con los de torre. En el detalle podemos ver como el guerrero lo lleva colgando a la espalda mediante el telamón mientras que usa su lanza para intentar abatir a la fiera. El nivel de detalle del trabajo nos permite ver claramente tanto el telamón como la forma de colgar el escudo sobre el hombro izquierdo. 

En esa misma tumba apareció una larga tira de bronce decorada con rosetones que es atribuida precisamente a una de estas correas y que podemos ver en la foto de la izquierda. La pieza, de 140 cm. de largo y entre 4 y 5'5 de ancho, presenta en ambos lados un fino doblez que obviamente estaba destinado a fijarla a la correa de cuero. La ductilidad de este material permitía doblarlo hasta cierto límite sin que se partiera o se agrietara. Las dos muescas en forma de diábolo que vemos en uno de los extremos parece ser que servían para abrochar el telamón al extremo de una pieza similar colocada al otro lado del escudo.

La figura A muestra el extremo con las citadas muescas, mientras que la B presentaría el extremo opuesto donde se habría fijado un pasador C formado por el travesaño D y un pequeña lámina terminada en gancho, tal como la hebilla de un cinturón. Para unir ambos extremos, bastaría introducir el pasador por una de las muescas de la pieza A, quedando fijados ambos extremos. El uso de una u otra muesca permitiría regular la longitud del telamón. El cierre lo podemos observar en la figura A: el extremo del pasador quedaría por debajo, sacando el mismo por la muesca y enganchándolo al travesaño.


Por concluir con los testimonios gráficos, arriba podemos ver una reconstrucción de la decoración de un ritón de plata, procedente también de la prolífica Tumba IV de Micenas. En este caso podemos ver como unos guerreros protegidos con escudos de torre se enfrentan a otros que hacen lo propio con escudos de ocho. Esto corrobora que, en efecto, ambas tipologías coexistieron en el tiempo y, por el tipo de yelmo que usan todos los guerreros, también en el mismo territorio. Merece la pena observar las líneas de guiones que representarían las grapas o las costuras que unían las pieles unas con otras y, tal vez, también al armazón de mimbre.  Con todo, parece ser que el uso de uno tipo u otro no obedecía más que al poder adquisitivo del usuario. Los escudos de ocho, mucho más complejos tecnológicamente, serían más caros de producir que los de torre. Lo que sí se acepta de forma generalizada es que a raíz de la aparición de los escudos de ocho, estos fueron sustituyendo poco a poco a los de torre por su mayor versatilidad si bien, como hemos dicho, su mayor precio no los haría asequibles para todos, por lo que debieron convivir durante muuuucho tiempo. A este respecto, añadir solo que la aparición del escudo de torre en la Grecia continental tuvo lugar un siglo más tarde, al menos en base al hallazgo más antiguo que lo atestigüe. Nos referimos a la ya citada Tumba IV de Micenas, datada en el Heládico Tardío IB (c.1500 - c.1450 a.C.)

Anillo del "Tesoro de los Sellos" que muestra a dos guerreros
usando escudos de torre. Debía ser todo un alarde de fuerza
y destreza lograr desviar esa mole para alcanzar al enemigo
Bien, con lo visto ya tenemos una idea bastante clara de la morfología, el desarrollo y la vida operativa de estos chismes. Sin embargo, aún queda por comentar lo concerniente a su uso ya que es un tema que ha protagonizado y protagoniza intensos debates porque, lógicamente, un escudo tan peculiar no se podía manejar como uno convencional. Su peso y, sobre todo, su tamaño, ofrecían una protección muy buena, pero como contrapartida imponía una evidente limitación de movimientos. Veamos pues las teorías al respecto. Según las diversas representaciones artísticas en las que aparecen escudos de torre, sabemos que podían portarse de tres formas: sobre la espalda, el pecho o sobre el costado izquierdo. Se han llevado a cabo pruebas con escudos y lanzas a tamaño real por probos ciudadanos que se han prestado a ello, y en función de sus movimientos en un hipotético campo de batalla se han llegado a diversas conclusiones bastante interesantes. 

Empezaremos por la posición del escudo en el pecho, que es de la primera de la que tenemos noticia. Como vemos en la ilustración de la derecha, estando en posición de ataque la curvatura del escudo cubre el pecho, y bastaría girarse un poco hacia su izquierda para que todo el cuerpo quedara totalmente protegido. Sin embargo, aunque dar pasos muy cortos sería factible, correr con el escudo en esa posición sería la mejor forma de machacarse las espinillas y el cuello o la barbilla. A cada zancada se recibiría primero un golpe en la pierna, que haría bascular el escudo y golpearía a continuación la cara. A la hora de clavar la lanza, prácticamente no se podría obtener impulso con el brazo derecho, que por la anchura del escudo apenas podría avanzar hasta golpear con el borde. Habría que coger la lanza con los brazos muy abiertos para poder obtener la energía necesaria para propinar un golpe con la fuerza necesaria (recordemos que en casos así la derecha empuja y la izquierda apunta hacia el enemigo). Por último, si era el guerrero el que recibía el golpe, solo estando en posición terciada mantendría la estabilidad. Si le pillaba de frente sería muy fácil hacerlo caer; su mismo escudo lo empujaría hacia atrás. En cuanto a esta forma de portarlo estando en formación, todo el que no estuviera en primera fila lo tenía muy difícil para golpear al enemigo por carecer de espacio, por lo que los de la primera deberían alejarse unos de otros al menos 1'5 metros para dejar sitio a los de atrás adoptando una formación al tresbolillo.

Veamos ahora el escudo sobre el hombro. En esta posición, tal como vemos en el gráfico, la curvatura del escudo envolvía por completo al combatiente, ofreciendo al enemigo solo la cabeza y el extremo inferior de las piernas. Al caminar también se golpeaban espinillas y cara o cuello, aunque la carrera era menos problemática si se mantenía un trote corto. Para clavar solo se podía tomar impulso con la mano derecha ya que la izquierda tenía muy limitado el movimiento. Era una forma de combatir que, al parecer, carecía de la precisión necesaria y agotaba pronto el brazo derecho por ser el que hacía todo el trabajo. En esta posición, el guerrero podía hacer frente con facilidad a los enemigos situados justo delante o a su derecha. Si quería atacar a alguno colocado a su izquierda tendría que girar en esa dirección, por lo que quedaría expuesto al enemigo y, por otro lado, el borde de su escudo podría verse obstaculizado por el de un compañero. Por esa razón, también era preciso dejar al menos entre 1'5 y 2 metros entre unos y otros. Cuando se usaba esta última distancia era cuando se disponía de la máxima movilidad en cualquier dirección sin verse trabados con sus propios camaradas. A la hora de recibir un golpe, esta posición era la más estable, siendo difícil desestabilizar al combatiente que no precisaba cambiar de postura para protegerse mejor.

Y, por último, el escudo a la espalda que hemos visto en varios de los testimonios gráficos anteriores. Ciertamente, era una posición muy peculiar para un hombre que, se supone, tenía al enemigo delante, no detrás, pero era bastante viable según las circunstancias. Ante todo, era la más fácil para caminar sin golpearse e incluso correr sin golpearse constantemente. La anchura del escudo tampoco limitaba el movimiento de los brazos. Si observamos la figura de la derecha, es evidente que pueden lanzarse golpes contundentes sin el más mínimo estorbo mientras que la mitad trasera del cuerpo permanece a cubierto por la curvatura del escudo. Con todo, es en la defensa donde podía tener más problemas ya que, caso de girarse un poco para detener el golpe, perdería de vista al enemigo y, por otro lado, quedaría en una posición poco estable para recibir un lanzazo sin verse empujado y caer. 

Guerrero aqueo haciendo frente a un carro de guerra.
Como es lógico, las pruebas efectuadas se han basado
en combates en formación. De momento no sabemos
nada sobre el uso de estos escudos en combates
individuales o ante un caso como el de la imagen
En función a los ensayos llevados a cabo se dedujo que combatir con el escudo a la espalda con el pecho hacia el enemigo era la mejor forma de palmar allí mismo, pero era muy útil si había que poner pies en polvorosa por razones obvias. Si se colocaban terciados, o sea, ofreciendo el costado izquierdo al enemigo tal como mostramos en el gráfico superior, el combatiente disfrutaba de un amplio campo visual. En caso de adoptar una formación cerrada solo podían golpear a los enemigos situados frente a ellos, por lo que era conveniente abrirse a más de 1'5 metros para tener más movilidad sin verse desprotegidos. Esta posición era, aunque pueda parecer contradictorio, una de las más ventajosas para el combatiente: tenía medio cuerpo protegido, y bastaba un leve giro para quedar totalmente protegido ante un ataque enemigo. Podía así mismo golpear en cualquier dirección sin perder el campo visual; solo podría verse comprometida la estabilidad en caso de girar más de la cuenta. 

En resumen, se pudo comprobar que, contrariamente a lo que podríamos pensar, una formación muy cerrada era totalmente inviable. Cuando se ven estos armatostes por primera vez se piensa que estaban diseñados para formar un muro de escudos, pero ya vemos que no era así. De hecho, la distancia ideal entre combatientes era de 1'5 metros, no siendo aconsejable ampliarla más para ganar movilidad por el riesgo de ser demasiado vulnerables en caso de que un ataque masivo lograse infiltrarse entre las filas y abrir una brecha. La posición óptima para luchar era, curiosamente, con el escudo a la espalda y el cuerpo terciado, que era la que ofrecía más seguridad, estabilidad y capacidad para golpear sin tener que cambiar de posición. Solo ofrecía un inconveniente notable en caso de verse bajo una lluvia de flechas ya que al agacharse quedarían totalmente de espaldas al enemigo, momento que podrían aprovechar para cargar contra ellos, por lo que siempre les quedaría la opción de, con un rápido movimiento, colocar el telamón sobre el hombro izquierdo para mantenerse protegidos y, al mismo tiempo, avanzar contra las filas enemigas. En todo caso, estas conjeturas se basan en comportamientos de personas actuales, no de los guerreros de la época que, con toda seguridad, eran muchísimo más diestros en su manejo en determinadas circunstancias y sabrían adoptar de inmediato la posición más correcta en cada momento. 

Bueno, criaturas, creo que no se me ha olvidado nada relevante. Y como esta entrada quedaría coja sin los escudos de ocho, pues ya hablaremos de ellos otro día.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Hoy, 11 de noviembre de 2018, se cumple el primer centenario del término de la Gran Guerra, el peor infierno concebido en la historia para los que tuvieron que combatir en ella. Esperemos que no se vuelva a repetir jamás.

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no tenemos ni idea de cómo se desarrollaban y, menos aún, como terminaban