martes, 29 de noviembre de 2022

JOHANN REICHHART, EL VERDUGO POLIVALENTE

Ciertamente, las ideologías tóxicas manchan todo lo que tocan. Por ejemplo, cuando se habla del ejército alemán de la 2ª Guerra Mundial el cuñado de turno suelta la perla de "el ejército nazi", como si todos sus componentes fueran fervientes seguidores del ciudadano Adolf. Lo mismo ocurre con nuestro probo ejecutor protagonista de este articulillo por lo que, cuando sale a relucir, de inmediato se le considera como un eficiente verdugo nazi. Sin embargo, Reichhart ya ejercía su siniestro oficio cuando el ciudadano Adolf no era más que un ex-combatiente que bicheaba en los tugurios tedescos en busca de elementos subversivos, y el NSDAP no era más que el DAP a secas dirigido por Anton Drexler, e incluso lo siguió ejerciendo cuando el ciudadano Adolf se había convertido en un torrezno carbonizado a medias y su Reich de los Mil Años ya era historia. De hecho, nuestro hombre tenía la mentalidad propia de un funcionario que da por sentado que su oficio es absolutamente necesario para mantener el orden social y culminar los procesos judiciales. No era un sádico que se regodeaba ejecutando reos y, de hecho, durante toda su carrera y tras su jubilación padeció numerosas depresiones precisamente porque la conciencia le pesaría más que un elefante bien criado. Reichhart, al igual que sus colegas foráneos Pierrepoint o Deibler, no se veía a sí mismo como un homicida a secas, sino como el último eslabón de la justicia, que era la que había puesto al reo en sus manos. Él no lo mataba por placer ni porque le diera la gana, sino porque un juez así lo había decidido. Por lo tanto, no se consideraba responsable de la muerte del condenado, sino un mero brazo ejecutor del estado. Otra cosa es el motivo que lleve a alguien a sacar la carrera verduguil, y más de uno dirá que, como nadie les obligó a ejercer semejante oficio, pues eran unos malvados intrínsecos. Lo que no piensan a la hora de juzgarlos es el contexto social, familiar o económico que les tocó vivir y, como es habitual hoy día, lo ven todo bajo el prisma de nuestra época y no de hace 100 años, cuando estos hombres decidieron convertirse en "ejecutores de sentencias", como se intitulaba nuestro verdugo patrio Bernardo Sánchez Bascuñana, verdugo de la Audiencia de Sevilla desde 1949 hasta que palmó en 1972.

Guillotina Mannhardt modificada que se usó en
la prisión de Stadelheim, en Múnich. Como se
puede ver, carece de tablero basculante. La chapa
del bastidor se añadió para ocultar la cuchilla de
la vista del reo
Por lo tanto, debemos despojarnos de nuestros prejuicios y de la moralina que muchos sacan a relucir cuando se tratan estos temas y, antes de tachar a Reichhart como un nazi sanguinario, detenerse a indagar un poco sobre su trayectoria laboral y vital. Así, más de uno puede que se sorprenda cuando le diga que se preocupó de modificar su herramienta de trabajo para abreviar al máximo el momento supremo, de forma que el reo apenas tuviese tiempo de enterarse de nada. Para ello, suprimió la tabla basculante en la que se inmovilizaba al reo (véase el artículo sobre la Fallbeil), lo que conllevaba un tiempo que hacía la espera absolutamente terrorífica. Para agilizar el trance, en cuanto se descorría la cortina negra que ocultaba la máquina mientras se leía la sentencia y demás chorradas protocolarias, los dos ayudantes cogían en volandas al reo, lo tumbaban boca abajo y cerraba el cepo que le aprisionaba el cuello. En ese instante, Reichhart liberaba la cuchilla y se acabó lo que se daba. Cuando, con voz solemne, anunciaba que "la sentencia se ha cumplido", no habían transcurrido ni cinco segundos. Del mismo modo, incluso llegó a proponer la implantación de la horca anglosajona, lo que fue rechazado porque a los picatostes del ministerio de Justicia, que esos sí que eran nazis diplomados o lo disimulaban muy bien, les parecía un sistema menos humillante y compasivo para el reo. Por lo tanto, prefirieron mantener el método aparentemente brutal de colgarlo de un gancho como si se tratara de una res en el matadero. Para los que desconozcan esta forma de ejecución, quizás convenga abrir un paréntesis y detallarla.

Fotograma de la cinta "13 minutos para matar a Hitler" (2015), donde
nos muestran con crudo realismo la ejecución del ex SS-Gruppenführer
Arthur Nebe en la cárcel de Plötzensee el 21 de marzo de 1945 por su
implicación en el atentado contra el ciudadano Adolf el 20 de julio
del año anterior 
Los ahorcamientos llevados a cabo en las cárceles tedescas eran burdos, primitivos, aún más siniestros que los que se realizaban en la isla mohosa de Albión (Dios maldiga a Nelson), en sus antiguas colonias de ultramar o cualquier otro país donde se tuviera la horca como sistema penal. De hecho, ni siquiera se usaba un patíbulo, y la ejecución tenía lugar en una sala vacía en la que se habían dispuesto uno o varios ganchos similares a los de los mataderos. El reo era llevado a dicha sala y, sin más historias, era aupado por el ayudante del verdugo, en estos casos seleccionados entre homicidas especialmente forzudos. Entonces, el verdugo, que esperaba en una pequeña escalera, ponía en el cuello del sujeto un dogal hecho con una cuerda de piano o un cable de acero, tras lo cual el forzudo soltaba al reo. En teoría, al no haber caída y, por ende, dislocamiento de cervicales, el sujeto palmaba a causa de un estrangulamiento que se prolongaría lo suficiente como para causar una muerte terriblemente agónica. 

Secuencia de la película anterior en el que vemos al médico
comprobando que Nebe ya ha causado baja definitiva
Pero, en realidad, la tremenda presión ejercida en el cuello por el dogal cortaba de inmediato la circulación sanguínea al cerebro, haciendo que el reo quedase inconsciente casi al instante y muriendo por anoxia en tres o cuatro minutos en los que, obviamente, no se daría cuenta de nada. Así pues, la "horca nazi" no era más cruel en sí misma, sino más humillante. El reo quedaba colgado como una longaniza mientras los asistentes esperaban un tiempo prudencial hasta que el médico presente certificaba que el músculo cardíaco del desdichado se había gripado definitivamente. A continuación era descolgado y enviado a la facultad de medicina para ser objeto de estudio. Sí, en la Alemania del ciudadano Adolf los reos de muerte eran por ley enviados para satisfacer la demanda de cuerpos con los que los estudiantes de medicina aprendían los entresijos del organismo, y solo si la familia lo solicitaba se les entregaba el cuerpo. Los reos de traición y los enemigos del estado solo podían ser retirados previa autorización de la Gestapo.

Bien, creo que tras este introito habrá quedado claro que Reichhart no tenía más vinculación con el nazismo que el hecho de haberse afiliado al partido en 1937, como hicieron mogollón de funcionarios por la cuenta que les traía. Al cabo, y nos guste o no, el ciudadano Adolf era el canciller legalmente establecido, y todo aquel que currase para el estado tenía que ceñirse a lo que el estado disponía porque no era plan de verse puesto en entredicho en una época y un país donde eso podía costarle a uno serios disgustos. Y dicho esto, vamos al grano...

Hasta la introducción de la guillotina, los útiles para decapitar en
los estados germanos eran el hacha y, sobre todo, la espada. Como
vemos en el grabado, el reo se iba de este mundo cómodamente
Johann Baptist Reichhart aterrizó en este atribulado mundo el 29 de abril de 1893 en Wichenbach, una pequeña aldea situada entre Wörth an der Donau y Tiefenthal, en Baviera, a orillas del Danubio. Sí, uno de esos parajes que te dejan embobado y que tanto salen en las edulcoradas pelis de Sissi. Desde el siglo XVIII, su familia venía ejerciendo de Scharfrichter, que en cristiano significa verdugo. Como complemento a su oficio, ya que cobraban por ejecución consumada e igual ganaban un pastizal al año que no veían un duro, compaginaban dicho oficio con el de Wasenmeister (literalmente, maestro de los prados), un trabajo cuyo cometido era eliminar las reses muertas en las granjas, así como los bichos que aparecían en los caminos y ciudades para impedir la propagación de enfermedades. El Wasenmeister se los llevaba para enterrarlos o incinerarlos ya que su carne no se consideraba apta para el consumo humano, pero no sin antes aprovechar todo lo aprovechable del animal, desde la piel a la grasa para fabricar jabón o el pelo para fabricar fieltro. Al ser ambos unos oficios tenidos por degradantes, los verdugos y su complemento laboral solían ser trabajos muy endogámicos que pasaban de padres a hijos, e incluso se matrimoniaban entre personas con cierto parentesco porque el personal no quería relacionarse con esta gente tan siniestrilla.

El tío Franz (a la derecha) junto a sus ayudantes y la Mannhardt
posando en la cárcel de Stadelheim
Cuando Johann nació, su tío Franz Xaber ya ejercía como Nachrichtergehilfe (ayudante del verdugo) del Reino de Baviera. Era un personaje curioso el tío Franz... Con jeta de tedesco bonachón y orondo, era un ciudadano sumamente piadoso y con una profunda fe hasta el extremo de que, cuando palmó en 1934, legó todo su patrimonio a la Iglesia y costeó la construcción de la pequeña capilla ubicada en un paraje llamado Monte de los Olivos, en Falkenstein. Más aún, era tan pío que, después de una ejecución, encendía una vela por el difunto y pagaba de su bolsillo una misa para que el infierno le fuera razonablemente soportable. El tío Franz, que ejerció como verdugo entre 1894 y 1924, con 73 tacos a cuestas y 58 cabezas cortadas decidió que era hora de dar de mano y retirarse, no sin antes ofrecerle el puesto a su sobrino Michael, el hermano mayor de Johann. Pero a Michael no le iba eso de descabezar ciudadanos por muy malas personas que fuesen, así que la oferta recayó en el joven Johann que, con 31 años, estaba ansioso por alcanzar una estabilidad familiar y económica. Tras haber servido como soldado raso durante la Gran Guerra y haber vuelto a casa entero e ileso, se buscó la vida como hostelero, vendedor ambulante de libros e incluso como profesor de baile. Sin embargo, la crítica situación en que había quedado Alemania tras la guerra no le permitió tener éxito en ninguno de los proyectos emprendidos, por lo que prefería asegurarse el futuro con un trabajo fijo.

Reichhart en sus inicios, vistiendo la indumentaria exigida a los
verdugos: chistera, levita y corbata de pajarita. Un ejecutor debía
vestir acorde a la tenebrosa solemnidad del momento
Así pues, por recomendación del tío Franz, nuestro hombre firmó su contrato verduguil con el 1er. fiscal del Tribunal Regional de Múnich I el 27 de marzo de 1924, no sin antes aprender todo lo aprendible acerca de su nuevo trabajo, practicando incluso con cadáveres. Apenas cuatro meses más tarde, el 24 de julio siguiente, Reichhart se estrenó como verdugo en la cárcel del distrito de Landshut descabezando a Rupert Fischer, un malvado parricida que se había cargado a la parienta en un avenate, seguido de Andreas Hutterer, su cómplice. En aquella época, los verdugos aún no tenían un salario fijo, sino solo un estipendio por ejecución que ascendía a 150 marcos más otros 10 al día en concepto de dietas más el transporte. Por otro lado, en toda Baviera había una sola máquina, la misma Mannhardt empleada por el tío Franz y que permanecía en la cárcel muniquesa de Stadelheim, por lo que cuando sus servicios eran requeridos en otra ciudad había que transportarla desmontada en ferrocarril. 

Guillotina Mannhardt. Obsérvese la
fijación de la cuchilla a la máquina
La máquina, cuidadosamente embalada en sólidas cajas de madera, era inspeccionada a fondo antes de partir, y se comprobaba que no faltase ni un tornillo. Junto a las piezas viajaba un juego de cuchillas que eran seleccionadas por el verdugo cuando veía la constitución del reo. Al parecer, Reichhart era especialmente intuitivo en ese aspecto, y siempre supo elegir la cuchilla más adecuada, la cual había que cambiar en caso de tener que ejecutar a más de un reo en el mismo día si bien esta operación no era nada complicada ya que la Mannhardt solo necesitaba aflojar cuatro tuercas para remover la cuchilla. Una vez en destino, se montaba la máquina y se comprobaba que funcionaba a la perfección. El debut de nuestro hombre salió a pedir de boca. No titubeó, no se acojonó, y sus ayudantes funcionaron como una máquina bien engrasada junto a la Mannhardt. Cuando la cabeza de Fischer cayó al recipiente, anunció que "la sentencia se ha cumplido" y todos contentos. El fiscal le dio varias palmaditas en el lomo y le auguró un gran porvenir. Y, ciertamente, parecía que por fin llegaba la seguridad económica y laboral que tanto anhelaba nuestro hombre, que veía cómo su país no salía del hoyo en el que había caído como consecuencia de la guerra y del nefasto Tratado de Versalles que los había empujado a la miseria más miserable.

Reichhart (a la derecha) en sus comienzos junto a sus
ayudantes y la Mannhardt de la prisión de Stadelheim.
Obsérvese al fondo la cortina negra que ocultaba la
máquina al reo hasta que llegaba el momento supremo
Los comienzos eran de lo más prometedores ya que en 1924 realizó siete ejecuciones, y nueve en 1925, pero a partir de ese año comenzaron a disminuir hasta el extremo de que en 1928 solo tuvo lugar una decapitación. El gobierno de la República de Weimar había decidido adoptar una política de benevolencia, supongo que para aliviar la enorme tensión social que se respiraba en Alemania. Obviamente, Reichhart vio sus ingresos reducidos prácticamente a cero, por lo que solicitó de las autoridades una remuneración que le permitiera al menos calentar el puchero. La última ejecución había tenido lugar el 20 de enero de aquel año, y para su sustento y el de su familia- su mujer y tres hijos- necesitaba un mínimo de entre 50 y 70 marcos semanales. El ministerio de Justicia comprendió el estado de penuria del verdugo estatal, así que le concedieron un pago especial de 500 marcos más la autorización para tener un oficio secundario que le permitiera ganarse la vida con un mínimo de dignidad. Así pues, decidió largarse a La Haya, en Holanda, donde montó una verdulería que comenzó a funcionar bastante bien, compaginando su vertiente comercial con viajes a su jurisdicción cada vez que era requerido para descabezar algún reo. Sin embargo, y a pesar de que mantenía su verdadero oficio en el más absoluto secreto, alguien se fue de la lengua y se supo quién era y a qué se dedicaba. Está de más decir que comprar hortalizas y frutas a un tendero que ejecutaba gente y, para colmo, era alemán, se hizo muy cuesta arriba a sus clientes. Reichhart pensaría que lo había mirado un tuerto, porque por mucho interés que ponía no había forma de lograr una posición estable. Así pues, a principios de 1933 decidió volver a Múnich para reiniciar por enésima vez su vida. No debía tenerlo fácil ya que tenía que alimentar cuatro bocas: la de la parienta y su prole, dos varones y una hembra llamados Heribert, Marianne y Hans, nacidos en 1922, 1925 y 1927 respectivamente.

Sin embargo, la mudanza coincidió con el ascenso al poder del ciudadano Adolf, y las cosas cambiaron radicalmente cuando, en junio de aquel mismo año, el estado le aseguraba unos ingresos anuales de 3.000 marcos, aparte del estipendio correspondiente por cada ejecución  consumada. Además, aunque nunca pudo alcanzar la condición de funcionario estatal, dejó de depender del estado bávaro para pasar a formar parte del personal del Ministerio de Justicia del Reich, que parecía dispuesto a aumentar de forma substanciosa los todeskandidaten que deberían pasar por las manos de nuestro hombre. El cambio de patrón le supuso además un aumento de 720 marcos a su salario, y su ámbito de trabajo se extendió a Sajonia.

Recreación de la cámara de ejecuciones de Stadelheim hacia 1943.
En este reino particular de Reichhart vemos la guillotina que permanecía
oculta tras la cortina negra de la imagen inferior. Una vez leída la
sentencia y cumplidos los trámites protocolarios, se descorría y el
reo era entregado al verdugo. Una vez consumada la ejecución, el
cuerpo era sacado por la puerta del fondo
Por otro lado, el perfeccionismo innato de Reichhardt y su escrupuloso sentido del deber causó muy buena impresión en sus nuevos jefes, que vieron en él un elemento de primera clase para desarrollar su política de represión contra los nuevos enemigos del estado. Esto hizo que, posteriormente, Reichhart fuera visto como un furibundo nazi cuando, en realidad, solo era un cumplidor obsesivo de su trabajo que no se preguntaba los motivos por los que cada reo había sido condenado, y le daban dos higas germánicas que fuera por asesinato, violación o, simplemente, por poner a caldo al ciudadano Adolf en plena calle. Él se consideraba un ejecutor de la justicia, y en aquel momento la justicia era la que dictaban los nazis. De hecho, sus antecedentes no eran precisamente los de un nacionalsocialista de primera generación ya que, durante la guerra, se sumó a la Liga Espartaquista, un movimiento revolucionario de ideología marxista que estuvo operativo entre 1914 y 1919. Así pues, nuestro hombre era en realidad un instrumento fiel y obediente que, de la misma forma que se puso al servicio de la República de Weimar, pues cuando cambiaron las tornas hizo lo propio con los nazis. En resumen, aunque no era un funcionario tenía la mentalidad de un funcionario que, para dar muestras de su entusiasmo y fidelidad, no dudó en apuntarse al NSDAP en mayo de 1937, posiblemente sin tener ni puñetera idea de qué iba la cosa. Reichhart solo tenía claro que los nazis le daban por fin trabajo en cantidad, y para él era lo único importante.

Tribunal Popular presidido por Freisler (en el centro). Este mismo
pájaro fue el que mandó a las horcas de Plötsensee a los implicados
en la Operación Walkiria, y a la guillotina de Stadelheim a los hermanos
Scholl y a Christoph Probst, ejecutados por Reichhart en febrero de 1943
El índice de condenas a muerte fue aumentando de forma notable por obra y gracia del Volksgerichtshof, el Tribunal Popular instaurado en 1934 que, además de juzgar delitos comunes, se hizo cargo de todo lo referente al derrotismo, subversión o para combatir a cualquier ideología que pudiera suponer un peligro para el estado nazi, especialmente los movimientos de izquierdas. Su más conocido miembro fue el furibundo Roland Freisler, que no dudaba en mandar a la muerte a jóvenes que apenas habían sobrepasado la mayoría de edad o, si hacía falta, a adolescentes. Un mal bicho era Freisler, ciertamente. En cuanto a Reichhart, el panorama se presentaba por fin de lo más alentador. El 25 de agosto de 1937, el Ministerio de Justicia del Reich reorganizó tanto el cuerpo de verdugos como su jurisdicción, creándose tres plazas de ejecutores y otros tantos territorios. Además, para facilitarles el trabajo se instalaron guillotinas en cada centro de ejecución, por lo que nuestro hombre pudo prescindir del Opel Blitz que, en un primer momento, le habían facilitado para que pudiera transportar su máquina de un lado a otro con más comodidad.

Bueno, ya vale por hoy. Mañana actualizo y damos término al articulillo. 

Hale, he dicho




domingo, 20 de noviembre de 2022

SPLITTERSCHUTZZELLEN

 

Surtido de supositorios gordísimos fabricados con hormigón, enésima muestra del ingenio bélico tedesco. Lo que no invente esta gente no lo inventa nadie

Dos sobrinos del tío Sam bicheando un SSZ en algún
lugar del territorio arrebatado a los tedescos, que sembraron
media Europa con supositorios gordos hormigonados

Sí, Splitterschutzzellen. Me apostaría mi abundosa y mayestática pelambre facial a que el 99'5% de los que me siguen no han leído ni oído ese palabro rarito en sus vidas, y sus cuñados menos aún. Como solo los tedescos pueden escribir un término de 20 letras de las cuales apenas cinco son vocales y pronunciarlo sin sufrir un colapso lingual, pues optaremos por la versión abreviada: SSZ. Este galimatías gramatical viene a significar algo así como "célula de protección contra la metralla", si tomamos el término zelle como célula y no como celda, cabina o caseta". En fin, que cada cual le ponga el palabro que prefiera. Yo he tomado célula porque suena como más técnico y tal. No obstante, los supositorios gordos tenían más nombres: Einmannbunker (búnker para un hombre), Einzelschutzraum (refugio individual), Luftschutzstelle (refugio antiaéreo), e incluso Kochbunker (búnker de Koch) y Kochtöpfe (ollas de Koch), estos últimos en referencia al SA-Obergruppenführer Eric Koch, Reichsverteidigungskommissar (Comisario de Defensa del Reich) para Prusia Oriental y, desde noviembre de 1944, jefe del Volkssturm de dicho territorio, que recibió en aquellas fechas la orden de Goebbels de construir mogollón de supositorios gordos cuando el Reich de los Mil Años veía severamente recortada su esperanza de vida y se planteaban mil formas de contener a las desaforadas hordas del padrecito Iósif. En cualquier caso y para no tener que andar copiando y pegando el palabro rarito, pues nos limitaremos a usar su breve y cómodo acrónimo que mencionamos antes: SSZ.

Bien, creo que ya ha quedado claro el objeto de los supositorios gordos, que no era otro que brindar una protección adecuada a los abnegados tedescos cuando se veían bajo una lluvia de bombas. Sin embargo, su uso se remonta a tiempos anteriores al conflicto; y no solo en Alemania, sino en otros países de la Europa se diseñaron estas pequeñas casamatas que podían acoger a una, dos o incluso diez personas. Así pues, hagamos un pequeño introito antes de entrar a fondo en el tema.

A partir de la segunda mitad de los años 30 el ambiente se enrareció bastante por obra y gracia del ciudadano Adolf, que sin prisa pero sin pausa iba rearmando su atribulada Germania para tomarse cumplida venganza por la humillación sufrida en 1918. Las cosas se pusieron cada vez peor, algo similar a los años más calentitos de la Guerra Fría a pesar del buenismo de algunos líderes europeos, creyendo los muy ilusos que lo más sensato era mantener una política de apaciguamiento. Esto solo sirvió para que el ciudadano Adolf los tomara por el pito de un sereno y se convenciera aún más de que el personal estaba muy acojonado gracias a sus ínfulas de pseudo-nibelungo colérico. En Alemania se empezaron a fabricar unas pequeñas casamatas unipersonales destinadas sobre todo a operarios de fábricas, portuarios y ferroviarios que pudieran verse muy lejos de los refugios antiaéreos. Igualmente, podrían ser muy útiles como protección en caso de incendios o cualquier percance habitual en las industrias peligrosas en las que hubiera la posibilidad de que algunos currantes se quedaran aislados por el lugar donde desempeñaban sus trabajos. En la foto superior podemos ver dos ejemplos de estos SSZ iniciales, fabricados enteramente de metal.

El concepto era en sí bastante simple ya que se trataba de refugios portátiles que podían colocarse en cualquier sitio y que se podían trasladar sin problemas. Su peso, de apenas unos 600 kilos en los modelos más reducidos, permitía a una grúa engancharlo por las argollas que vemos en la parte superior y cargarlo o descargarlo de un camión en menos que canta un gallo. A la derecha podemos ver uno de los primeros modelos que se instalaron en las fábricas hacia 1935, construido por la Mannesmannröhren-Werke AG. Se trata de una campana de chapa de acero de 10 mm. de grosor, una altura de 195 cm. y un diámetro de 120 cm. en la base. La cúpula estaba formada por cuatro gajos más el sombrerete, siendo todo el conjunto unido con soldadura eléctrica. El cuerpo era de una pieza plegada, y con el suelo formado por un disco de acero también soldado al conjunto. Disponía de cuatro ranuras que daban a su ocupante un campo visual de 360º y era fijada mediante cuatro pernos a una base de hormigón para impedir su vuelque. Este refugio ofrecía protección contra explosiones- siempre y cuando no cayera la bomba demasiado cerca- y contra el fuego ya que en el interior disponía de unos portillos corredizos para sellar las ranuras de visión. Lo que no ofrecía era protección contra el gas o humos por lo que, en caso de necesidad, su ocupante debería hacer uso de la máscara. También se fabricó una versión para dos o tres personas con un diámetro de 145 cm. en la base, una altura de 215 cm. y un peso de 800 kg. que incluso se puso a la venta para particulares que, como los yankees en la Florida de los años 60, tuvieran problemas de insomnio pensando qué pasaría si se liaba parda y les llenaban la azotea de bombas.

Apenas comenzada la guerra quedó claro que estos refugios metálicos no eran viables. El acero con que estaban construidos era caro y escaso, por lo que se decidió usar una estructura de menos grosor reforzada con una capa exterior de 25 cm. de hormigón, solución esta que no supuso ninguna ventaja y sí encarecer y dificultar el proceso de fabricación, por lo que finalmente se decantaron por hacerlos solo de hormigón. Pero, ojo, no cualquier hormigón, sino uno armado con dos mallas de corrugados de 5 mm. soldados unos a otros. Los grosores de las paredes oscilaban entre los 10 y los 40 cm. si bien lo más habitual era alrededor de los 15 cm. Al cabo, si una bomba caía cerca destruiría irremisiblemente el refugio de todas formas, y 15 cm. de hormigón armado ofrecían protección suficiente para que cualquier probo currante tuviera una oportunidad de salir vivo del brete. En la imagen de la izquierda podemos ver un SSZ de los más básicos, destinado a operarios o incluso policías urbanos. Se consideraba que, en muchos casos, determinados hombres no podían meterse en un refugio en cuanto sonaba la sirena de alarma porque no podían dejar desprotegidos sus puestos de trabajo o, en el caso de los policías, permitir que los malvados que se dedicaban al pillaje en cuanto veían las calles desiertas camparan a sus anchas. Así pues, refugios como el que vemos les permitían permanecer a salvo sin dejar de vigilar. En este caso se trata de una célula cuyo acceso carecía de puerta móvil, quedando el vano protegido por un muro envolvente que facilitaba el acceso mientras que impedía la entrada de metralla en el interior.

Poco antes de que empezara la fiesta, hacia mediados de 1939, los mismos polacos ya habían tomado buena nota del invento y lo vendían a particulares por el módico precio de 100 zlotys el modelo unipersonal, si bien también se tenía previsto fabricarlos con capacidad para cuatro o cinco personas y dotarlo con un par de asientos y un sistema de ventilación y filtrado de aire accionado a mano por lo que, además de proteger de la metralla o la onda expansiva de las explosiones, libraría a las sufridas familias polacas de respirar porquerías. Se trata del refugio "Bastión", que como vemos se parece a un proyectil de cañón a lo bestia. Estaba construido con hormigón y una puerta de acero y, en vista de cómo se estaba poniendo el patio, el gobierno polaco decidió emprender su fabricación en masa para instalarlos en enclaves de importancia militar como puentes,  nudos ferroviarios, etc. Sin embargo, todo quedó en la intención porque, como ya sabemos, el 1 de septiembre de aquel año la poderosa máquina de guerra del ciudadano Adolf se puso en movimiento y arrasó con todo lo que pilló a su paso. En cualquier caso, el intento por parte de los polacos de equiparse con estos búnkeres pequeñajos deja claro que no eran una chorrada pergeñada por la belicosa mentalidad germánica. De hecho, no solo no era una chorrada, sino que tuvo un éxito tremendo y los SSZ se convirtieron así en el primer sistema defensivo prefabricado construido en masa.

Folleto publicitario de la firma DYWIDAG, uno de
los más prolíferos fabricantes de SSZ, que nos muestra
a un currante metiéndose en su refugio instalado en
su puesto de trabajo
Bien, este fue el origen de los búnkeres unipersonales que, al poco de comenzar la guerra, se propagaron como chisme en reunión de comadres. En el momento en que los british (Dios maldiga a Nelson) empezaron a hacerles visitas nocturnas, los SSZ se instalaron por doquier. Como ya comentamos, inicialmente se concibieron ante todo para dar cobijo a currantes alejados de los refugios antiaéreos, pero a medida que la guerra aérea se recrudecía hubo que aumentar de forma notable las existencias de búnkeres. Las ciudades se llenaron de ellos, no solo para uso policial, sino también para empleados bancarios, bomberos, porteros de edificios oficiales del cualquier tipo y, en resumen, para todo aquel que tuviera que permanecer en su puesto por muchas bombas que cayesen. Y además de las ciudades, todo tipo de instalación militar, almacenes, tinglados portuarios o cualquier cosa que pudiera ser objetivo de la aviación enemiga se vio plagado de SSZ. Por otro lado, hay que tener en cuenta que solo las poblaciones de más de cien mil habitantes disponían de refugios comunes, mientras que en las ciudades más pequeñas cada cual se buscaba la vida si eran atacados. El personal recurría a los sótanos, bodegas o a las alcantarillas si hacía falta, por lo que la presencia de varios SSZ siempre era bienvenida porque, aunque apretujados, siempre podían meterse dentro los que el ataque pillaba desprevenidos y lejos de cualquier refugio.

Refugio para varias personas construido sobre una estructura de acero.
Obsérvense las dos argollas situadas en la parte superior para facilitar
su transporte. La escasa renovación de aire que permitían las mirillas
había que compensarla instalando tubos de ventilación en el techo
A partir de 1941 se amplió el número de usuarios de estos refugios portátiles a raíz de la creación de la Werkschutz, una unidad policial destinada a proteger las fábricas de saboteadores y  del pillaje que se producía cuando sonaba una alarma y todos se largaban echando leches. Los miembros de la Werkschutz, que debían poseer elevadas dosis de testiculina para permanecer dentro de un supositorio de hormigón mientras caían bombas a su alrededor, se encargaban de vigilar como perros de presa que ningún saqueador arramblara impunemente con todo lo que pillase. También se instalaron en puentes, centrales eléctricas o incluso para mantener a buen recaudo los detonadores de cargas explosivas instaladas en dichos puentes, vías férreas o cualquier otra instalación susceptible de ser volada antes de permitir que cayese en manos enemigas. Y, por supuesto, no solo se ciñeron al territorio alemán, sino también a todas las zonas ocupadas por los tedescos, especialmente en el este. Decenas de miles de SSZ fueron sembrados por todas partes.

En cuanto a la morfología y diseño de los SSZ, inicialmente no había ninguna reglamentación al respecto. Cada fabricante construía su producto como le daba la gana si bien, como es habitual en estos germanos, los baremos de calidad siempre se tenían muy en cuenta; y no ya porque forma parte de su idiosincrasia, sino también porque no era plan de que el consejo de administración y los miembros del departamento de diseño de una empresa recibieran una inesperada visita de dos probos agentes de la Gestapo a pedir explicaciones de por qué los SSZ de la última remesa se habían desmoronado en cuanto estallaron dos bombas lejanas. Por todo ello, aparte de su estructura metálica reforzada y el uso de cementos de gran calidad, se procuraba hacerlos de forma que su instalación fuese lo más rápida y fácil posible a pesar de que hablamos de estructuras nada livianas. El peso de los SSZ oscilaba entre las tres y las cuatro toneladas dependiendo del modelo, lo que a pesar de todo no evitaría que la onda expansiva de una bomba gorda lo volcase. Para impedirlo, y tal como vimos en el SSZ metálico con forma de campana, se practicaban vaarios orificios en el suelo para fijarlos con gruesos pernos a una base de hormigón que era enterrada para darle más solidez al conjunto. En la imagen izquierda tenemos un ejemplo. Se trata de un SSZ construido por una firma parisina (obviamente a instancias de los ocupantes alemanes) en el que vemos la base con varias perforaciones para fijarlo a los cimientos. Ojo, los modelos tedescos carecían de ese disco de hormigón, y el suelo del refugio se circunscribía a la superficie interior del mismo. No obstante, he preferido mostrar esta foto para que se aprecien mejor los orificios en cuestión. Por cierto, si uno de esos supositorios gordos volcaba sobre la puerta, su ocupante ya podía rezar porque lo echaran de menos tras el ataque y no lo dieran por muerto, porque de lo contrario se quedaría dentro experimentando la horripilante sensación de vivir una novela de Edgar Allan Poe.

SSZ superviviente en una calle alemana. A saber qué leches pinta ahí.
En este caso, el refugio fue reforzado por un talud de mampostería
revestida de cemento.
Y precisamente porque había mogollón de fabricantes y cada cual a su iba a su bola, nos encontramos con la misión imposible de dar cuenta de todos y cada uno de los modelos que se construyeron. De hecho, un mismo fabricante podía ofrecer varios diseños, lo que complicaría aún más la tarea. Por este motivo nos limitaremos a señalar los más frecuentes o más peculiares si bien, en algunos casos, las diferencias de diseño son menores. Con todo, a partir de 1943 las autoridades tomaron cartas en el asunto y se dictaron una serie de normas en lo tocante a calidades, grosores y dimensiones, asignando a cada fabricante y modelo una designación oficial que debía figurar en una placa fijada en el interior donde aparecía el nombre de la empresa, la referencia del modelo y el número de personas que podía albergar. Imagino que, tal vez por la escasez de metal, se sustituyó en algunos casos la placa por una impresión en el mismo hormigón. Sea como fuere, el aspecto de cada SSZ siguió quedando al arbitrio del constructor y, en cuanto al precio, oscilaba entre los 430 y 525 marcos. 

Placa de la Westermann & Co. Debajo indica que es una firma dedicada
a las construcciones de hormigón (obvio) radicada en Broistedt, en la
Baja Sajonia, la capacidad del refugio y, finalmente, la
referencia asignada al producto
Cuando terminó la guerra, los aliados se encontraron con miles de SSZ que, como está mandado, había que destruir por si a los irredentos de turno les daba por volver a liarla parda. Obviamente, semejante tarea costaría un pastizal tremendo tanto en material como en recursos humanos, por lo que muchos de ellos fueron olvidados y aún permanecen en su lugar, siendo objeto de muchas excursiones y paseos por parte de los aficionados a estos temas para dar con los supervivientes. Otros, aprovechando la facilidad para transportarlos, fueron removidos de sus ubicaciones y llevados a depósitos donde han permanecido durante décadas sin que nadie les hiciera puñetero caso. Otros, finalmente, fueron reaprovechados para uso civil como refugio para los artificieros de las canteras, a los que venía de perlas un buen búnker para llevar a cabo sus voladuras sin riesgo para sus envolturas carnales. No obstante, la inmensa mayoría de ellos fueron destruidos, para lo cual se llevó a cabo un método curioso: se llenaban de agua y se detonaba una carga en su interior. la enorme presión ejercida por el líquido facilitaba enormemente su destrucción total con un gasto de explosivos muy inferior al que se necesitaría para hacer lo mismo, pero "en seco".

Bien, estos serían los orígenes y posterior evolución de los SSZ. A continuación veremos las tipologías más representativas, así como algún que otro modelo cuyo fabricante no ha sido posible dilucidar pero que, por su peculiar diseño, creo que merece la pena reseñarlos. 

La firma que más expansión logró fue la Dyckerhoff & Widman AG, DYWIDAG para los amigos, cuya producción abarcó desde 1941 a 1945. Fundada por Wilhelm Gustav Dyckerhoff en 1865, desde su nacimiento fue una empresa pionera en el desarrollo de la construcción con cemento y sus derivados, alcanzando en poco tiempo gran fama incluso a nivel internacional. Aún existe hoy día tras haber pasado por varias manos, como es habitual. En lo que nos concierne, los SSZ de DYWIDAG fueron instalados por toda Alemania y varios países del este, en los que aún perduran una cantidad relativamente alta de ejemplares. Su modelo más característico lo podemos ver a la derecha. Constaba de un cuerpo cilíndrico construido en una sola pieza con una forja de doble malla de 20x20 que le daba una resistencia muy elevada. Con un diámetro exterior de 120 cm., sus paredes de 15 cm. de espesor dejaban un espacio interno de 90 cm. de diámetro donde podían meterse hasta dos personas. Curiosamente, los DYWIDAG que han llegado a nuestros días son todos con una capacidad máxima de dos o tres personas, no conociéndose otros de mayor tamaño. Su altura interior era de 180 cm, por lo que los ciudadanos especialmente arios y altos se tenían que encoger hasta que terminase la fiesta. La puerta, situada a 40 cm. del suelo para no verse inmovilizada por escombros, tenía unas dimensiones de 80
x60 cm., estaba también fabricada de hormigón y disponía de un cierre accionable desde fuera y desde dentro. Como vemos en la ilustración, estaba anclada al cuerpo con robustas bisagras unidas por un perno. Para disponer de visión hacia el exterior se abrían cuatro mirillas que daban una visión de 360º.

Y aunque lo habitual era suministrarlas con una sola puerta, también se fabricaban con dos para que no se convirtieran en una trampa mortal si un derrumbe bloqueaba el acceso o, como ya hemos comentado, volcaba a causa de la onda expansiva producida por un bombazo gordo y la puñetera puerta quedaba mirando hacia abajo. En la foto podemos ver uno de estos SSZ y, además, nos permite apreciar el grosor de una de dichas puertas, así como su cierre, con menos mecanismos que un chupete. De hecho, básicamente todos los refugios montaban cierres similares basados en una pletina basculante. Total, nadie iba a entrar a robar... 

Pero la característica más peculiar de los DYWIDAG era el techo, formado por una pieza cónica cuyo grosor podía variar entre los 15 y los 53 cm. según se pidiese. Este se instalaba en el cuerpo fijándolo con seis pernos situados en otros tantos rebajes practicados en el borde de la pieza, siendo después sellados con mortero. Así mismo, antes de colocarlo también se vertía mortero en el contorno del cuerpo para obtener una mayor fijación al conjunto. El fabricar el techo como una pieza aparte no solo permitía elegir su grosor independientemente del cuerpo del refugio, sino que además facilitaba su transporte y montaje. Para fijarlo al suelo se anclaba a la base de hormigón con otros seis pernos. En cuanto al peso, oscilaba entre los 3.240 kilos del modelo para una o dos personas y los 4.110 para el de dos o tres. Una vez instalado el refugio se procedía a pintarlo, por lo general con esquemas de camuflaje cuando se instalaban fuera de las ciudades. No obstante, hacia el final de la contienda pasaron de tanta pijada germánica porque, total, nadie iba a desperdiciar una bomba para apiolar al pringado que se meaba encima de pánico mientras duraba el bombardeo. Esto del pintado podemos hacerlo extensivo a todos los refugios ya que no era cosa del fabricante, sino del mandamás de la instalación, fábrica o lo que fuese donde era colocado. Prosigamos...

No he podido dar con el creador de este peculiar diseño, pero por ser algo diferente creo que merece la pena incluirlo en esta relación. Como vemos, se trata de un refugio con forma de bala formado por cuatro gajos unidos mediante unas pletinas acodadas a 90º que van integradas en cada parte y unidas entre ellas mediante tornillos pasantes. En cada casco se abre una mirilla. El techo está formado por una pieza elíptica, igualmente unida al cuerpo mediante el mismo sistema de tornillos. Encima de todo podemos ver la argolla que permitía manipularlo con la ayuda de una grúa. Este sistema, aunque obviamente menos resistente que los SSZ obtenidos de una sola pieza, tenía al menos la ventaja de que facilitaba enormemente su montaje, así como la sustitución de una parte dañada. La puerta, instalada sobre un bastidor de acero, está construida con hormigón vertido sobre una estructura metálica. Las bisagras aparecen soldadas. En cuanto al cierre, por los ejemplares que se conservan parece ser que solo se podía accionar desde el interior, teniendo en la parte exterior una simple asa para abrir. No he podido obtener datos sobre sus dimensiones y demás detalles, pero por algunas fotos he podido inferir que sus paredes tenían un grosor de unos 20 cm., y su capacidad era para solo una o dos personas. Conviene añadir, y esto es extensivo a cualquier otro SSZ, que las bases de hormigón eran previamente cubiertas con una lechada de cemento antes de asentar el refugio para crear una superficie uniforme. Por otro lado, el interior de los mismos se pintaba de blanco o cualquier otro color claro para aliviar la evidente sensación de claustrofobia que se debía padecer en esos ataúdes hormigonados. Sigamos prosiguiendo...

A la izquierda tenemos otro SSZ cunero fabricado con materiales mixtos, uséase, cuerpo de hormigón y puerta de acero. Su perfil es muy similar al Mannesmann enteramente metálico que vimos más arriba y, aunque no podría confirmarlo, no me extrañaría que procediera del mismo fabricante. Como vemos, tiene forma de campana rematada con una argolla, y está provisto de cuatro mirillas fabricadas con chapa para obtener un campo visual de 360º. El techo es una pieza aparte que se fijaba en el cuerpo mediante pivotes y mortero. Lo más señalado es su única puerta, construida con una hoja de una sola pieza de acero plano, sin adaptarse a la curvatura del refugio. Está montada sobre un bastidor metálico empotrado en el hormigón del cuerpo, y colgada de unas bisagras con largas pletinas soldadas a la hoja. Como tantos otros, el cierre se puede accionar por ambas partes mediante una pletina basculante. El grosor del cuerpo es de 15 cm. Prosigamos más...

Este otro, con una acusada forma de supositorio gigante, era la tipología habitual de la firma Westermann & Co. cuya chapa de identificación vimos anteriormente. Esta empresa fabricó los SSZ entre 1942 y 1944. Se trata de un refugio bastante básico con un cuerpo muy similar al anterior, o sea, fabricado en dos piezas y con el techo finalmente unido al cuerpo. También presenta la argolla para facilitar su manejo. La puerta, de 105x65 cm., es una pieza de hormigón con el mismo perfil curvado que el resto del refugio, y es de hormigón mondo y lirondo, es decir, no cuenta con bastidor ni nada semejante fabricado con acero. Las bisagras están empotradas en cada lado mediante garras y unidas por un perno atornillado. En el lado opuesto había una pequeña salida de emergencia no apta para ciudadanos orondos ahítos de salchichas y Sauerkraut bien regados con mogollón de picheles de cerveza, porque apenas medía 36x36 cm., uséase, eran solo válidas para canijos. El sistema de cierre es un asa metálica con forma elíptica que se gira como un pomo para bascular una pletina alojada en el interior. Dicha pletina está soldada a otra asa para poder abrir y cerrar desde dentro. El refugio dispone de seis mirillas situadas a 1'70 metros de altura que, por cierto, no están centradas respecto a la puerta. No sé el motivo, pero se fabricaban así. Quizás fuese porque el cuerpo se sacaba de dos mitades y partir en dos un par de mirillas daba problemas. Los Westermann se construían con una capacidad para 1-2 personas, con unas dimensiones exteriores de 3x1'5 metros y una pared de 20 cm. de espesor, lo que producía unas dimensiones internas de 2'25x1'10 metros. Otro proseguimiento...

Este otro diseño fue obra de la firma muniquesa Leonhard Moll Betonwerke GmbH & Co., fundada en 1894. Al igual que la DYWIDAG, la Moll fue una empresa puntera en su campo y, como curiosidad, patentaron las primeras traviesas de ferrocarril fabricadas con hormigón que actualmente vemos en todas las vías. El refugio estaba formado por un cuerpo cilíndrico de 2'30 metros de altura y provisto de entre 4 y 6 mirillas. El cuerpo tenía un espesor de 25 cm., y en su interior había dos pequeños asientos de madera. Su capacidad era para 1-2 personas. En cuanto al techo, era un sombrerete cónico con un espesor de 30 cm. Lo más peculiar de su diseño es la puerta con su curiosa forma abombada por los extremos. Tanto bisagras como cierre eran similares a los que ya hemos visto anteriormente en otros diseños. El refugio estaba provisto de dos puertas gemelas situadas en lados opuestos. El peso total del Moll era de 5.300 kilos, y se empezó a producir a partir de 1942. Vamos a proseguir un poco más...

Y proseguimos con el SSZ producido por la Humerohr GmbH radicada en Doberlug-Kirchhain, en Brandeburgo. Como en otros diseños, este refugio se construía en tres partes que luego eran unidas para formar una sola pieza. Las bisagras estaban empotradas en el grosor de las paredes, por lo que había que prever dos mortajas para dar cabida a los cilindros de la puerta. Esta estaba fabricada de hormigón sobre un bastidor de acero de 7 cm. de profundidad, y con un cierre por pletina basculante accionada por un picaporte tanto fuera como dentro. Las mirillas, cuatro en total, disponían de una chapa perforada como la que vemos en el detalle, destinada a impedir la entrada de esquirlas pequeñas o proyectiles de aviación, cuando los cazabombarderos enemigos ametrallaban las instalaciones en vuelo rasante. Los Humerohr que se conservan eran refugios grandes, con capacidad de hasta siete ciudadanos. El que mostramos en la ilustración tiene una altura de 2'60 metros- 2'05 metros en el interior- y un diámetro externo de 2'05 metros. Sus paredes, de solo 15 cm. de espesor, proporcionaban un diámetro interior de 1'75 metros. El techo tiene un grosor de 21'5 cm., y en su extremo superior tiene empotrada una tuerca donde se roscaba la argolla que, una vez instalado el SSZ en su lugar, era retirada. Bueno, un proseguimiento final...

...para mostrar el refugio de la Klöcknerwerke AG que, con diferencia, construía los SSZ más gordos de todos. Hablamos de refugios con unas paredes de nada menos que 40 cm., lo que los hacía especialmente masivos aunque fuesen para un máximo de dos ocupantes. Debido a su peso, el cuerpo se fabricaba en tres tramos de 60 cm. de largo cada uno, que añadidos al techo y la puerta hacían un total de cinco piezas, lo que daba una altura interior de 1'80 metros que, con los 50 cm. de grosor del techo, hacían un total de 2'30 metros. En el cuerpo se abrían seis mirillas que quedaban a la altura de los ojos de un hombre de estatura normal. Para fijarlo a la base de hormigón se usaban cuatro vástagos de 40 mm. de diámetro. Atención especial merece su única puerta, un tocho de hormigón de 40 cm. de espesor y unas dimensiones de 74x62 cm. que, como vemos, requería unas bisagras especiales que abarcaban toda su anchura, siendo fijadas mediante gruesos tornillos pasantes para soportar su enorme peso. El cierre no requiere explicación ya que era como los de sus hermanas, una pletina basculante. Como ya podemos imaginar, el peso total de esta mole no era moco de pavo, alcanzando los 10.000 kilos. No obstante, también se fabricó una versión más ligera, con paredes de 25 cm. y que estaba fabricada en tres partes, como todas las vistas hasta ahora.

Bueno, dilectos malvados, con esto terminamos. Espero que este tema les haya resultado revelador y, con seguridad, podrán usarlo como arma extremadamente dañina contra sus cuñados cuando se pongan especialmente cansinos.

Concluimos pues, que es hora de merendar y eso no lo perdono.

Hale, he dicho

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Dos refugios supervivientes que se conservan en lo que hoy parece ser un jardín descuidado o algo por el estilo. Igual el dueño de la propiedad los compró por si el refugio le pillaba en la gran puñeta...

lunes, 14 de noviembre de 2022

ENANAS MALVADAS

 

Octocoptero R18 en el instante en que deja caer su enana malvada sobre algún pardillo o, quizás, sobre algún transporte de tropas o carro de combate con todas las escotillas abiertas de par y par y que se presta a intentar colar la enana a través de una de ellas

DronesVision Revolver 860, made in Taiwan. Ese chisme puede
portar 8 granadas de mortero de 60 mm. y masacrar una pequeña
unidad de infantería en un santiamén. Tiene una autonomía de vuelo
de 20 minutos y un radio de acción de 20 km.

Las hordas del camarada Vladimiro siguen avanzando hacia atrás, y ya hay voces entre los más desaforados energúmenos rusos exigiendo que lo derroquen y, de paso, le metan una bala en el cráneo. Ahora, sin quererlo ni beberlo, el camarada Vladimiro se ha encontrado con dos enemigos a los que les cae fatal: los ucranianos y los sectores más ultranacionalistas de su país. Bueno, pues que se joda, no haberse metido en camisa de once varas. Y mientras tanto, pues seguiremos dando testimonios variados sobre el invento que ha revolucionado esta guerra: los drones y sus malvadas enanas que, a lo tonto a lo tonto, han escabechado ya a mogollón de hijos de Putin y sus onerosas máquinas de guerra de forma económica y eficaz. Aunque a más de uno se le pase por alto, no es un tema baladí porque esta nueva arma está a punto de enviar a los carros de combate a las cocheras para siempre. Estamos presenciando un tipo de guerra que, hasta hace poco, era cosa de ciencia ficción: máquinas manejadas a distancia dotadas de una gran potencia de fuego y capaces de destruir casi cualquier cosa sin que la vida del fulano que la maneja corra peligro porque está en la gran puñeta escondido en un búnker. Hace 20 o 30 años, esto solo se podía ver en las pelis del espacio, pero ya se ha hecho realidad; los drones cargados con enanas malvadas se están haciendo los amos del cotarro y están convirtiendo los campos de batalla en unos sitios aún más inseguros de lo que eran porque ya apenas quedan escondites donde meterse para pasar inadvertidos. En breve, lo temible no será una oleada de cientos de carros de combate, sino de miles de drones dejando caer sus bombitas y sembrando muerte y destrucción + IVA por un precio módico.

Probos homicidas ucranianos cargando una granada VOG17
en un DJI Mavic 3 de fabricación china. En Amazon se puede
adquirir por menos de 2.000 pavos

Con todo, aparte de los drones diseñados para uso militar, es justo reconocer que al fulano al que se le ocurrió echar mano de drones comerciales- baratos y muy pequeños- para sorprender a los enemigos y darles boleta ha sido fastuosa. Y no solo por sus evidentes efectos a la hora de dejarlos fuera de combate, sino por la enorme presión psicológica que supone el saber que, en cualquier momento, una enana malvada les puede caer al lado y liquidarlos. Ya no vale la seguridad que brinda el hoyo o la trinchera, donde nadie los veía. Ahora, un dron de 1.000 euros o menos se pasea como Pedro por su casa en busca de objetivos, te localiza y te deja caer una o dos bombitas drónicas y se acabó la fiesta. De hecho, y como hemos visto en articulillos anteriores, una de estas enanas bien colocada sobre un poderoso carro de combate puede destruirlo por un precio ínfimo. Hay cientos de imágenes en las que los vemos literalmente devorados por las llamas producidas por la dotación de proyectiles del carro, y todo con una pequeña granada que vale dos duros que se coló por una escotilla abierta.

T-80 en llamas tras ser alcanzado por dos enanas malvadas
que entraron por la escotilla del comandante. Tras el carro
le llegó el turno al vehículo de recuperación que vemos a
la izquierda
Puede que más de uno se haya quedado perplejo al ver como una de estas enanas malvadas no solo dejan en el sitio al hijo de Putin que le pilla más cerca, sino que pueda dejar fuera de combate a un transporte de tropas o un T-80 de más de 40 toneladas provisto de blindaje reactivo. Ciertamente, vemos no sin cierto asombro como la enana se introduce en la torreta y, en cuestión de segundos, furiosas llamaradas emergen por las escotillas, lo que indica que los atribulados tripulantes ya son historia y han pasado a adquirir la condición de pavesas. Pero no hace falta tener tanta puntería porque, como veremos a continuación, esos chismes pueden impactar sobre la parrilla del motor e inutilizarlos en un periquete. Al cabo, de lo que se trata es de anular la capacidad combativa de la maquinaria de guerra del camarada Vladimiro, que al día de hoy presenta unos números rojos bastante inquietantes. Inquietantes para él, naturalmente.

Para perpetrar estas suntuosas escabechinas, los ucranianos no han tenido que recurrir a armamento de ultimísima generación ni mucho menos. De hecho, dos de las granadas más empleadas para estos menesteres son modelos más viejos que el hilo negro que, con pequeñas modificaciones, se han mostrado terriblemente eficaces y, lo más importante, a precios ridículos. Hablamos de granadas que cuestan unas decenas de dólares que destruyen un carro de combate de más de tres cuartos de millón de pavos, así que la relación costo-eficiencia es sobresaliente. Veámoslas con más detenimiento...

Guripas soviéticos practicando el manejo de las RKG-3 hacia
finales de los años 70 del pasado siglo. Aunque la foto muestra
un lanzamiento hacia la proa del carro, en realidad se recomendaba
dejar pasar los vehículos enemigos y atacarlos por detrás, donde el
blindaje es mucho menos espeso
Paradójicamente, una de las enanas más malvadas de todas procede del arsenal de la antigua URSS. Hablamos de la RKG-3, acrónimo de Ruchnaya Kumulyativnaya Granata o, lo que es lo mismo, granada de mano de carga hueca. Este chisme entró en servicio nada menos que en 1950, por lo que lleva ya 72 años dando guerra y, a la vista de lo visto, aún tiene vida operativa por delante, y más sin tenemos en cuenta que en los arsenales de los países del antiguo Pacto de Varsovia y los segregados de la URSS debe haber aún millones de ellas. La RKG-3 surgió para aumentar la capacidad de la infantería en la lucha contracarro sin necesidad de recurrir a lanzagranadas y similares. Obviamente, en un hipotético campo de batalla de la época, en la que los carros de combate jugarían un papel clave, no era ningún desatino proveer a las tropas de armas sencillas y eficaces con las que destruir los vehículos enemigos. La RKG-3 era, además, un arma barata de la que se podían fabricar millones en poco tiempo y no precisaba de adiestramiento específico para su uso. Bastaba con tener un brazo para arrojarla.

Su aspecto, como vemos en la foto A, era el de una típica granada de mango. Sin embargo, en este caso dicho mango no era un simple palo, sino que albergaba en su interior el mecanismo de percusión y un pequeño paracaídas que tenía dos funciones: una, como estabilizador para procurar que la granada cayera de morro; y dos, actuar como seguro de distancia ya que al abrirse tiraba de una pieza que liberaba el percutor de inercia de la granada. De ese modo, si al tontaina de turno se le caía de la mano o la tiraba a poca distancia, no pasaba nada siempre y cuando el paracaídas no se hubiese abierto. El ciclo completo de lanzamiento consistía en retirar la anilla de seguridad y lanzar la granada, momento en que la carcasa del mango se desprendía y se abría el paracaídas. El alcance con un mínimo de precisión oscilaba entre los 15 y los 25 metros dependiendo de la fuerza de cada cual, considerando que el peso del arma es de 1.070 gramos, que no es ninguna tontería. En la foto B tenemos una vista en sección de la granada, en la que podemos observar sus partes más significativas. Lo más reseñable es la carga explosiva, compuesta por 567 gramos de RDX o trinitrotolueno. El detonador activaba la carga principal que, a su vez, detonaba la secundaria.

A pesar de su pequeño tamaño, apenas 362 mm. incluyendo el mango, la capacidad perforante de la RKG-3 era suficiente para destruir cualquier carro de la época, ya que el modelo original podía penetrar hasta 125 mm. impactando con un ángulo de 90º. Posteriormente se fue mejorando su potencia destructiva con la introducción de los modelos RKG-3M, RKG-3T y RGK-3EM, que atravesaban respectivamente 165, 170 y 220 mm. de coraza, por lo que cualquier carro moderno podría ser vulnerado con ellas. Obviamente, en estos tiempos eso de plantarse a pocos metros de un carro para arrojarle una bomba no es nada recomendable, y más si se hace con aviesas intenciones, por lo que las existencias del arsenal ucraniano están siendo recicladas en el modelo RKG-1600 que vemos en la foto superior. La cabeza de guerra sigue siendo la misma, pero el mango se ha eliminado y se ha sustituido por un estabilizador fabricado con una impresora 3D por la firma PJSC Mayac, que también ha desarrollado una espoleta de impacto especial para su uso como arma aérea. En el extremo se puede ver una pequeña hélice que actúa como seguro de distancia, como una bomba clásica convencional. Al caer, la hélice gira y activa la espoleta cuando haya realizado un determinado número de vueltas, lo suficiente para que, si explota de manera fortuita, no dañe al dron.

Como hemos mostrado- e incluso insistido varias veces- en artículos anteriores, la precisión que alcanzan los operarios de los drones es notable, de menos de un metro a una altura de 300. A esa altitud, el dron es prácticamente invisible y, por supuesto, inaudible. A la izquierda podemos ver a un probo homicida ucraniano con unas gafas de realidad virtual para dirigir con más precisión su aparatito. A este paso, la guerra se va a convertir en un vídeo juego donde la gente palma de verdad, lo juro...

Bien, esta granada que hemos mostrado en primer lugar es la responsable en gran parte de las espectaculares y dramáticas imágenes que nos muestran la crudeza y la implacable eficiencia de las mismas. Además, la operatividad de los drones permite un constante acoso al enemigo. Tienen, según el modelo, autonomía sobrada para realizar varios ataques en breve tiempo, por lo que pueden lanzar su carga, retornar, recargar y volver al ataque rápidamente. Son difíciles de localizar, de derribar, y sus operadores pueden actuar con casi total impunidad porque tienen un alcance de hasta 5 km. Y, mientras hacen de las suyas, pueden cambiar de posición para que el punto de retorno difiera del punto de partida, y así, ir moviéndose de un lado a otro para impedir que el enemigo los localice y les manden un misilazo.

Guripa yankee en Vietnam mostrando su M-79 y la granada
que dispara. Era una fórmula muy válida para sustituir a los
engorrosos morteros y las imprecisas granadas de fusil
Bien, veamos otra que, aunque aún más enana, no es por ello menos malvada: las granadas yankees de 40 mm. 
Estos chismes no se crearon como arma anticarro, sino para dar potencia de fuego a las secciones de infantería. Entraron en servicio en los años 60 de la mano del lanzagranadas M-79, esa cosa con aspecto de retaco de bandolero que tanta fama alcanzaron en Vietnam. Posteriormente se amplió su uso con el M-203, ese tubarro que se coloca debajo del guardamanos del M-16 hasta que, finalmente, se pueden usar en diversos sistemas de armas de disparo múltiple que las hace absolutamente devastadoras por la potencia de fuego que despliegan. Obviamente, las granadas de 40 mm. fueron ampliando su surtido a medida que pasaron los años, y actualmente se puede disponer incluso de pequeñas bombas termobáricas que deben ser más dañinas que un cuñado con hidrofobia.

Dron Mavic 3 armado con dos granadas de carga hueca M-430A1
Hoy día hay disponible un amplio abanico de este tipo de granadas, pero en el caso que nos ocupa debemos señalar dos modelos o, mejor dicho, cuatro, ya que cada uno tiene su versión mejorada. Por un lado tenemos la M-383 y la M-384 de alto explosivo, cargadas con 54'5 gramos de Compuesto A5, una mezcla que contiene un 98'75% de RDX y un 1'25% de ácido esteárico, un ácido graso saturado  con apariencia de cera que actúa como desensibilizante para hacer más estable el hexógeno de la carga principal. Estas enanas malvadas son las que se suelen arrojar sobre los hijos de Putin, y su carga explosiva las hace bastante dañinas porque, aunque la metralla no alcance al enemigo, la conmoción producida por la onda expansiva puede ser letal. La versión anticarro la vemos en la foto de la izquierda. Tenemos dos modelos: la M-430 y la M-430A1 de alto explosivo y doble propósito, ambas de carga hueca con capacidad para perforar 57 y 76 mm. respectivamente.

Considerando que los vehículos de transporte de tropas del camarada Vladimiro tienen un blindaje de unos 10 mm. por la parte superior, podremos comprender como con una sola de estas aparentemente birriosas granadas de apenas 86 mm. de largo incluyendo la vaina que, en este caso, no sirve de nada, puede destruir sin problemas un BTR o similar y, ya puestos, aniquilar a sus tripulantes. En cuanto a los carros, pues surten un efecto similar al de las RKG-3. Vean, vean...


La secuencia que mostramos apenas dura 6 segundos, o sea, el lapso de tiempo entre la primera y la tercera foto. En la 1 vemos a la enana en pleno descenso. En la 2 se puede apreciar la leve humareda que sale de la escotilla del tirador, por donde ha penetrado con una precisión admirable; en la 3, las furiosas llamaradas producidas por la dotación de proyectiles colocados en el suelo de la torreta formando un círculo, el talón de Aquiles de estas máquinas. Bien pues, como decimos, en apenas 6 segundos una enana malvada que cabe en la mano se acaba de pulir una máquina que, a plena carga, con su dotación completa y sus tres tripulantes se acerca al millón de pavos. No está mal, ¿no?

Pero no solo las enanas malvadas hacen de las suyas. Los ucranianos echan mano a lo que sea con tal de seguir haciendo la pascua al enemigo, y hasta recurren a granadas de mortero que, en este caso, tienen que lanzar con la ayuda de los drones más potentes con capacidad para soportar su peso. Aunque no son armas diseñadas para actuar como granadas anticarro, su potencia permite destruir sin problemas vehículos ligeros cuyo blindaje superior, como hemos dicho, apenas alcanza el centímetro de espesor.


No creo que haga falta hacer muchos comentarios a la vista de la imágenes, tomadas por cierto con infrarrojos. En la primera podemos ver el gran pepino cayendo a plomo. En la siguiente lo vemos aproximándose a su objetivo, un BMP-1. Finalmente, explota y lo deja bastante perjudicado. Y, como comentamos al principios, estos drones de gran capacidad también pueden portar varias granadas de las mostradas más arriba, por lo que se pueden permitir acosar con saña bíblica a enemigos correosos o, ya puestos, realizar un pequeño bombardeo de alfombra a escala para diezmar a un grupo de hombres o asegurarse la destrucción de cualquier vehículo.

En fin, con esto acabamos. Espero que les haya resultado ameno y, como siempre, que les sea una eficaz herramienta para chinchar a sus odiosos cuñados, que seguro que apoyan al camarada Vladimiro. Bueno, ya seguiremos.

Vladimiro, eres un infame, un genocida y un asqueroso. Así te ahorquen.

SLAVA UKRAINI, y que te den por el saco.

Hale, he dicho

Un enjambre de moscas cojoneras. Así será en breve la guerra moderna