miércoles, 22 de julio de 2026

CURIOSIDADES CURIOSAS ACORAZADAS

 

Bueno, estimados seguidores, si el otro día contamos una curiosidad curiosa aérea, pues hoy tocan curiosidades curiosas sobre carros de combate, chismes estos que contienen mogollón de chorraditas que pasan desapercibidas aunque las veamos constantemente y nunca nos hayamos preguntado qué son y para qué sirven. Veamos...

Estoy seguro de que han visto cienes de fotos del T-34 y del KV-1, y dudo mucho que no hayan reparado en esos pequeños discos en los laterales de la torreta, cada uno con una mínima rendija encima. ¿Saben qué puñetas son? Po mu fási. Son troneras por donde sacar el cañón de una pistola para repeler malvados enemigos que se aproximaban por los flancos. La rendija era, simplemente, para localizar al fulano y apuntarle de mala manera. Ese disco era en realidad la parte exterior de un tapón de forma troncocónica del mismo largo que el grosor de la coraza, y era retenido por un pasador. Cuando se liberaba, caía hacia fuera quedando sujeto por una pequeña cadena. Una vez repelido el malvado enemigo, se tiraba de la cadenita, el tapón volvía a su sitio y se aseguraba con el pasador. Pasemos a otra...

Observen la foto A. Corresponde a la rótula de la ametralladora de proa de un Sherman. ¿No echan nada en falta? Seguramente no, porque esta chorradita suele pasar desapercibida. Bien, la cosa es que no hay ningún orificio para el visor del fulano que maneja la máquina. En la foto B sí podemos verlo en un Tiger, y en la C en un T-34/76. En ambos casos, como en casi todos los carros de combate, la ametralladora estaba provista de un visor para que el tirador pudiera saber dónde leches tiraba. En la foto D tenemos al de un M-13/40 italiano manejando las dos máquinas emplazadas en la proa, una pareja de Bredas modelo 38. Como ven, el italiano tiene la frente pegada a un tope acolchado sobre el visor para no darse coscorrones con el movimiento del vehículo. Ahora, la pregunta: ¿y cómo leches apuntaban los ametralladores de los Sherman? Pues de ninguna forma. No podían apuntar. Se limitaban a corregir el tiro con la ayuda de la munición trazadora, observando por el periscopio giratorio M-6 instalado en la escotilla. En resumen, si el tirador veía un objetivo, primero tenía que disparar una ráfaga y, según la trayectoria de las trazadoras, mover la máquina hasta lograr colocar los disparos sobre el blanco. Un poco absurdo, ¿no? Bien, prosigamos...

Seguramente, esta la sepan hasta los críos de teta, pero también es posible que haya algún cuñado que aún no sepa de qué va la cosa. En la foto de la izquierda pueden ver al famoso SS-Haupsturmführer Michael Wittmann, as superlativo de la maquinaria acorazada del ciudadano Adolf hasta que lo achicharraron junto a su tripulación en agosto de 1944. La superficie de su Tiger aparece recubierta de una textura estriada llamada zimmerit, una pasta con el aspecto de mortero con que se recubrían los carros y cañones autopropulsados entre agosto de 1943 y septiembre de 1944. La misión del zimmerit era impedir que los enemigos adosaran a los carros minas magnéticas. Era una pasta compuesta de sulfato de bario, acetato de polivinilo disuelto al 50% con benceno para darle la textura pastosa, pigmento ocre, sulfuro de zinc y serrín. Una vez aplicada una capa de entre 1 y 5 cm. de espesor se le daba la textura, que podía ser el estriado de la foto izquierda- la más frecuente- o bien una cuadrícula con punteado interior del Panther de la derecha. Finalmente, se aceleraba el proceso de secado calentándola con sopletes, evaporando el benceno y dándole una dureza notable. El invento, desarrollado por la Chemische Werke Zimmer & Co., era bastante eficaz, pero se dejó de usar porque se extendió una falsa creencia: ardía como la yesca. Y aunque se comprobó que era falso, nunca más se usó. Por cierto, el zimmerit nunca se aplicaba en el frente, sino directamente en las fábricas. Veamos más...

Como ya sabemos, los T-34, los los KV-1 y sus distintas versiones y derivados llevaban en la parte trasera del casco tres depósitos cilíndricos con capacidad de 90 litros cada uno. Se instalaba uno en el costado izquierdo y dos en el derecho. Con esos 270 litros extra más los 575 almacenados en el interior, el T-34/85 de la foto podía alargar su autonomía hasta, aproximadamente, los 300 km. circulando por carretera, con un consumo de "solo" 2'7 litros por kilómetros. Hoy día, al precio que está el gasoil, un lleno costaría unos 1.300 pavos dependiendo de la gasolinera. Bien, la cosa es que los depósitos exteriores no estaban conectados con el motor o los depósitos interiores para ir rellenando. De ser así, bastaría un impacto en esos cilindros para que el fuego se extendiera al interior y reventara literalmente el vehículo. De ahí que se usaran como los famosos jerrycans, o sea, para rellenar trasvasando el gasoil con el vehículo parado y manualmente. Otra...

Para conducir un T-34 había que estar bastante cachas. Esos chismes, con su construcción básica y burda, no disponía de unos mandos suaves y tal, sino todo lo contrario. En la foto tenemos una vista trasera del puesto de conducción, que básicamente coincidía con el de un automóvil salvo que, en vez de volante, tenía las dos típicas palancas. Entre ellas vemos tres pedales- embrague, freno y acelerador- y, marcada con la flecha colorá, la palanca de cambios, 4 +1 para los T-34/76 y 5+1 para el T-34/85. Hasta aquí, nada nuevo salvo por un detalle. Para accionar las palancas que embragaban las ruedas había que ejercer una tracción de 60 kilos nada menos. De hecho, en muchos casos los pilotos tenían que soltar una de ellas para mover la otra con las dos manos. Debían acabar con los brazos un poco doloridos. Por cierto, y aprovechando la foto, a la derecha se ven los tambores para la ametralladora Degtyarev DT27, la cual estaba provista de una bolsa de lona para recoger las vainas servidas y no dejar el suelo de vehículo lleno de miles de ellas. Sigamos...

Los Tiger también estaban provistos de troneras anti-malvados pero, como no podía ser menos, con unos acabados mucho más finos que los soviéticos. En la foto A podemos ver su aspecto. Consistía en un disco bien gordo atornillado al casco y con una ranura destinada más a hacer fuego en sentido vertical que horizontal. En la foto B la podemos ver por dentro. Para abrir o cerrar la tronera se giraba un disco interior tal como vemos en la imagen. Aunque carecía de visión directa sobre el posible atacante, la cúpula del jefe de carro abarcaba un campo de 360º alrededor del vehículo, y el tamaño de la tronera permitía el uso de subfusiles además de simples armas cortas. En las versiones iniciales, estas troneras se instalaban en ambos costados. Posteriormente, como vemos en la foto C, la del lado derecho se eliminó para instalar una escotilla de escape que, además, venía bastante bien para expulsar las vainas servidas del cañón de 88 mm., que eran bastante grandes y no era plan de dejarlas dando bandazos en el interior de la cámara de combate. Y una más, que ya me duele la puta cabeza, para variar...

Recuerdan esa escena, ¿no? Pertenece a la batallita final de la aclamada película "Salvar al soldado Ryan", cuando el valeroso y taciturno capitán Miller introduce el cañón de su Thompson por el visor del piloto de un Tiger con la intención de hacerle mucho daño. Bien, pues es el enésimo camelo cinematográfico que pretenden colar a los cuñados y a los que no están duchos en la materia. ¿Creen que los tedescos iban a poner en liza un carro cuyo piloto podía ser escabechado en un periquete o, peor aún, ser puesto fuera de combate metiendo por ahí una simple granada de mano. Bueno, ponó. El visor en cuestión estaba protegido por un cristal antibalas laminado de 90 mm. de grosor que, obviamente, una bala del .45 ACP del Thompson no podía ni arañar. El conjunto consistía en cinco cristales embutidos en una carcasa de acero de 2'5 mm. con un separador de goma más otro cristal más fino al final, por el lado interior. Aparte de eso, si se fijan en la estructura exterior, la parte superior del visor se podía bajar desde dentro, estrechando el mismo en caso de verse sometido a un fuego muy intenso ya que, en un momento dado, un cascote de metralla podría astillar o romper el cristal. En ese caso, podían sustituirlo por otro nuevo ya que llevaban repuestos a bordo, pero lo cierto es que lo que vemos en la película es una simple chorrada para entusiasmar a la peña y nada más. Por cierto que si las cosas se ponían verdaderamente chungas, el piloto cerraba totalmente el visor frontal y se valía del que llevaba en la escotilla.

Bueno, criaturas, vale por hoy. Ya seguiremos y tal.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

domingo, 19 de julio de 2026

UNA CURIOSIDAD CURIOSA AÉREA

 


Estimados lectores, tras hacer un intenso ejercicio de acumulación energética, he logrado reunir los bríos necesarios para publicar este articulillo que, aunque breve, es posible que resulte curioso a más de uno porque no es una cuestión de la que suelan hablar con sus cuñados. Veamos...

Observen la foto superior. Nos muestra una imagen archi-repetida durante la 2ª Masacre Mundial, en la que un caza abrasa a tiros a un enemigo, le incendia el aceite, la gasofa o ambas cosas y se acabó lo que se daba. Por cierto, si alguna vez se han preguntado quién leches filmaba esos combates aéreos, era el mismo piloto. Los cazas de la 2ª GM estaban generalmente equipados con un chisme llamado foto-ametralladora, una cámara instalada en el morro que se ponía en marcha cuando el piloto apretaba el pulsador y disparaba el armamento de a bordo. A la derecha pueden ver una de ellas. Se trata de una cámara Tipo N-6 GSAP fabricado por Fairchild Aviation, un chisme que cargaba 50 pies (15'24 metros) de película de 16 mm. en b/n fabricada por Eastman Kodak. La película iba en un contenedor metálico, y equipó a la práctica totalidad de los cazas yankees del conflicto. La cámara se ponía en funcionamiento durante 5 segundos cada vez que se abría fuego, y se podía elegir la velocidad de filmación, 16 o 64 fotogramas por segundo. ¿Y que para qué leches servían las foto-ametralladoras? Pues para confirmar derribos, analizar el comportamiento de aviones propios o del enemigo, analizar los combates, etc. 

Armamento de una de las alas de un P-51
Bien, la curiosidad curiosa no tiene nada que ver con las foto-ametralladoras, pero lo incluyo para que informen a sus cuñados cómo se obtenían esas pelis que, aunque muy movidas y borrosas, son bastante chulas, la verdad. Y estas pelis tan chulas son las que sí nos permiten plantear la cuestión de la curiosidad: ¿Cómo era posible que, según vemos por la trayectoria de las balas trazadoras, era tan difícil acertar a un enemigo? ¿Cómo una lluvia literal de cientos proyectiles pasasen de largo sin tocar al avión que iba delante? Ojo, que en algunos casos hablamos de cazas armados con hasta ocho máquinas. Las primeras versiones del Spitfire llevaban ocho Browning calibre .303 British (Dios maldiga a Nelson), y la mayoría de los cazas yankees más mortíferos- P-47, P-51 y F-4U- armaban seis Browning M2 de calibre 12'70 mm. Una ráfaga de apenas cinco segundos de cualquiera de ellos ponía en el aire cientos de proyectiles muy dañinos. 

Bien, observen ahora ese otro fotograma. Procede de una filmación realizada por la Fairchild de un P-51 que atacó a un barco el cual, obviamente, no navega tan rápido como un avión. Prácticamente está inmóvil, y totalmente a merced del caza. Se puede ver el fulgor de las trazadoras, que pasan a decenas de metros del barco, y más lejos los surtidores de agua que levantan los proyectiles a más de 50 metros del objetivo. ¿A qué es debida esa imprecisión? ¿El piloto es un cuñado que no le daría ni a un mamut con sobrepeso a dos metros? Pues nones. Era debido a un problema que tenían absolutamente todos los cazas de aquella época: la correcta alineación de las armas. ¿Que de qué leches va eso? Pues esa es la curiosidad curiosa...

Armeros tedescos ajustando el mecanismo sincronizador
de un Fokker. Al disparar el arma y perforar la bala el círculo
de madera podían saber cual era la zona segura para disparar
Como ya saben, durante la Gran Guerra se planteó un dilema chungo: si se instalaban las máquinas en el capó del avión lo más probable era ver saltar hechas astillas las hélices nada más abrir fuego. Obviamente, en aquella época no se podían instalar en las alas porque, en ese caso, serían estas las que se harían astillas debido al retroceso, por lo que no quedó otra que emplazar las armas fuera del radio de giro de las hélices. En algunos casos, un tirador iba en la cabina delantera de aviones con hélice impulsora, uséase, detrás del fuselaje. En otros, como en el SE-5A de los british, se colocó sobre el plano superior. Pero fueron los tedescos, como no, los que ya tenían ideado desde 1910 un mecanismo. La idea fue de August Euler, un probo aviador y constructor de aeroplanos que diseñó un chisme que interrumpía el disparador del o de las armas cuando la pala de la hélice pasaba delante de la boca de fuego. 

Bien, la cosa es que, por aquel entonces, ni las distancias de combate ni la solidez de los aviones hacían necesario instalar más de un par de máquinas, por lo que la alineación de las mismas no era complicado. Bastaba con que el punto de impacto coincidiera con el punto de mira y poco más. Sin embargo, cuando los aviones empezaron a ser más robustos y los bombarderos se diseñaron cada vez más grandes y, encima, armados hasta los dientes, quedó claro que había que aumentar el armamento de los cazas. Pero el morro de un avión no daba para mucho, teniendo en cuenta que tenía que dar cabida ante todo al motor, de modo que se trasladó a las alas lo cual, además, eliminaba el inconveniente del sincronizado con las hélices. Pero esto trajo otro problema: ¿hacia dónde disparan varias máquinas divididas en dos baterías separadas varios metros? Tomemos como baremo al Spitfire, que tuvo varias combinaciones de armas a lo largo del tiempo...


Cartucho del .303 British Vs. 20 mm.
Obsérvese la sutil diferencia entre
ambos
Ahí tenemos dos de ellas. El Mk. I, el modelo más primitivo, armaba ocho máquinas con la distribución que vemos en el dibujito. Como las ocho máquinas empezaron a quedarse cortitas porque los Me-109 tedescos empezaban a llevar armas más pesadas, pues no les quedó otra que hacer lo propio: eliminar cuatro máquinas y sustituirlas por dos cañones Hispano de 20 mm. en el modelo Mk. IX. En los gráficos vemos punteado de rojo la trayectoria teórica de cada arma. Pero es exactamente eso, teórica. La velocidad y altitud del avión, la dirección del viento, la temperatura de cada arma y mil factores más influyen en dicha trayectoria, lo que hacía que la concentración de fuego fuese un poco bastante muy complicada de lograr, de modo que el enemigo podía ser rociado de balas que pasaban por todas partes, menos por donde él estaba, como vimos en la imagen del barco. Y a eso debemos sumar otro factor: no tiene la misma velocidad, la misma cadencia de tiro ni el mismo alcance una bala de calibre .303 British, uséase, el mismo de los fusiles de infantería, que la de un cañón de 20 mm. Sí, es cierto que, por lo general, el piloto dispusiera de un selector para disparar con las armas que le convinieran según el blanco a batir, pero si las cosas estaban chungas pues disparaban con todo, y el punto de impacto de las ametralladoras no era el mismo de los cañones. Para ello no queda más remedio que calcular la convergencia de tiro.

Y ahí tenemos el resultado. Los armeros colocaban en tierra el aparato en posición horizontal, y regulaban el ángulo de las máquinas de forma que los disparos se cruzasen a una determinada distancia considerada como la más idónea en función del calibre del arma y del enemigo a batir. Por ejemplo, no era lo mismo para un Me-109 disparar contra otro caza que no podía devolverle el fuego porque estaba a su cola, que a un B-17 o un B-24 literalmente erizado de ametralladoras de calibre 12'70 que podían reducirlo a chatarra volante en un periquete. De ahí que, en el caso de un aparato armado solo con ametralladoras, estas tuvieran un ángulo de convergencia de unos 250-300 metros. Si el caza tenía armas de diferentes calibres, se graduaban las ametralladoras por un lado, mientras que el ángulo de convergencia de los cañones se alargaba hasta los 400 ó 450 metros.

Este problema, que era bastante recurrente por los constantes desajustes, se solventó en parte instalando armas en el morro. Aviones como el Me-109 o el Zero llevaban dos ametralladoras pesadas sobre el motor, y en el caso del Me-109 G6 incluso llegó a disponer de un cañón de 20 mm. que disparaba a través del buje de la hélice. Otros, como el P-38, que tenía los motores en las alas- o las alas en los motores, según se mire, estaba provisto de cuatro M2 de calibre 12'70 y un cañón de 20 mm. agrupados en el morro, con lo que lograba una concentración de fuego a lo bestia. Los tedescos hicieron lo propio con el Me-262, cuyo morro también estaba libre para meter chismes en cantidad. Estos optaron por cuatro cañones Mk-108 de 30 mm. que eran máquinas de picar bombarderos. En este caso, disponía de un selector para disparar solo con dos cañones o con los cuatro y, a pesar de estar en el morro, en los dos aparatos citados también precisaban de una correcta graduación de convergencia. La del Me-262, al ser las cuatro armas del mismo calibre, estaban graduadas entre 450 y 500 metros.

En fin, esta es la curiosidad curiosa. Ojo, que esto de la convergencia no pasó a la historia en dos días. Durante muchos años más fue necesario controlar este aspecto tanto en cuanto aviones de todas las naciones seguían armadas  con baterías colocadas en sitios diferentes. ¿Recuerdan el F-86 Sabre, con sus dos tríos de máquinas en los costados? ¿O el F-5, con sus dos cañones en el morro? Bueno, pues hasta que no se llegó al uso de un único cañón no se acabó el problema. Bastaba con graduarlo conforme al sistema de puntería para que alcanzase el blanco y santas pascuas, aparte de que la artillería aérea ya se usa más bien poco, habiendo tomado el protagonismo los tropocientos tipos de misiles diseñados para destruir tropocientos tipos de objetivos. A la derecha tenemos un cañón rotativo M-61 Vulcan de 20 mm. Con una cadencia teórica de 6.000 dpm, uséase, 100 disparos por segundo, puede volatilizar cualquier cosa sin tener que preocuparse del dichoso ángulo de convergencia. Basta con que el arma y la mira apunten al mismo sitio.

Bueno, la curiosidad curiosa aérea ha concluido. Es hora del aperitivo, de modo que me piro.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM


miércoles, 15 de julio de 2026

HERÁLDICA EPISCOPAL DE ESPAÑA

 


Dilectos lectores, finalmente he decidido no mezclar churras con merinas, porque una cosa es hablar de probos homicidas y otra de probos meapilas. Por lo tanto, he creado un nuevo blog dedicado a ese tema para los entusiastas de la ciencia del blasón y santas pascuas. Los artículos sobre cuestiones técnicas se publicarán en ambos sitios, pero en el nuevo blog se tratará solo de los armoriales episcopales hispanos. 

En fin, FACTVM EST. Aquí tienen el enlace por si quieren echar un vistazo y dejar su opinión al respecto, porque ahí sí se puede comentar. ¡OJO CON EL PIOJO! Ahí solo se habla de curas. De mezclar lo de aquí con lo de allí, nanay, que más de un alevoso fijo que ya estaba a punto de perpetrar algo. 


https://heraldicaepiscopal.blogspot.com/


Bueno, me piro al patio a regarme un rato.

Hale, he dicho

martes, 7 de julio de 2026

HERÁLDICA ECLESIÁSTICA. ORÍGENES

 

Bien, estimados lectores, demos comienzo a esta nueva temática que, palabrita del Niño Jesús, es más interesante de lo que pueda creer más de un hereje enemigo de Dios. Desde hace casi mil años, la heráldica ha formado parte de la cultura occidental, y por ello es merecedora de estudio. Muchos la tienen como una mera muestra de vanidad, pero la cosa va más allá de lucir blasones en la chimenea del salón para chinchar bonitamente a los cuñados plebeyos. Bueno, vamos al grano que para luego es tarde y jase una caló que te caga🌞🌞.

ANTECEDENTES

El león de León, considerado por algunos como el emblema
heráldico más antiguo de Europa, con lo cual no coincido
en base a lo que leerán en el párrafo siguiente. En todo caso
sí es muy antiguo. Fue adoptado por Alfonso VII, y posiblemente
fuese creado con anterioridad. Así, el león se convirtió en el
escudo del Rey y, por extensión, del reino

Como creo haber explicado, y si no lo he hecho lo hago ahora, la heráldica surgió como una forma de identificarse en combate. En la vorágine de la batalla era bastante recomendable ser reconocido por propios y extraños, por lo que los BELLATORES de la época pintaban en sus escudos cualquier chorrada para que sus colegas no lo escabecharan a hachazos al confundirlo con un enemigo. Aún no podemos hablar de heráldica en sí, sino una forma de ser reconocido que no estaba limitada a la nobleza, sino a cualquiera que portase un escudo lo cual, mira por donde, no estaba al alcance de cualquier miliciano. Un escudo valía un dinerito, y solo los personajes de cierto estatus se lo podían permitir. Por eso, el porcentaje de caídos en batalla era escandalosamente alto entre los peones y tranquilizantemente bajo entre nobles y hombres de armas, uséase, los profesionales de la guerra. Esta decoración podía variar con el tiempo, o añadirle cualquier detalle que conmemorase una hazaña. Si Pero Gómez decoraba su escudo con una franja roja y en un encuentro con los malditos agarenos descabezaba a uno de sus caudillos y volvía victorioso con la testuz del fulano clavada en su lanza, pues añadía a la franja una lanza rematada por una cabeza con turbante, con lo que sus compadres tomaban nota de que Pero había vencido a un almocadén o un arráez enemigo.

Estos motivos decorativos no eran hereditarios. Cada cual ponía lo que le daba la gana y, de hecho, tanto en cuanto no había reglas al respecto, cada cual hacía y deshacía sin tener que dar explicaciones. En cualquier caso, ya tenemos constancia de esta costumbre a mediados del siglo X, concretamente durante los torneos en los que tomaba parte Enrique I de Sajonia, el Pajarero para los amigos, donde se menciona que los participantes ya llevaban vistosas decoraciones en sus escudos, lo cual ayudaba obviamente a que el respetable supiera quién se enfrentaba con quién. En la ilustración de la derecha tenemos una miniatura datada hacia 1530 donde podemos ver a Otón I (912-973), hijo del Pajarero y a cuyos pies aparece su escudo de armas. Finalmente, es entre los siglos XI y XIII cuando la ciencia del blasón toma forma, y esos dibujitos chulos ya no identifican a un individuo en concreto, sino como perteneciente a una familia con un gloriosa genealogía de BELLATORES con muy mala leche y que llevaban generaciones dando estopa y sirviendo al rey. Y ahora viene la pregunta obvia: ¿si lo de poner dibujitos chulos era cosa de BELLATORES, ¿por qué el clero se sumó a esta costumbre si ellos no iban a la guerra? Pues a eso vamos...

NACIMIENTO DE LA HERÁLDICA ECLESIÁSTICA

Fragmento del Tapiz de Bayeux que muestra al piadoso
Odo con su garrote, muy preocupado por dejar el suelo
manchado de sangre de sajones
Bueno, antes de nada debemos recordar que muchos clérigos sí tomaban parte en sanguinolentas movidas. Si dan un repaso a los artículos sobre obispos guerreros verán que no fueron pocos los que tomaron las armas las veces que hizo falta para defender sus tierras o a sus aliados, siendo el ejemplo más antiguo el obispo Odo de Conteville, medio hermano del Duque de Normandía, al que acompañó durante la jornada de Hastings en 1066 armado de un ostentoso garrote. Lo del garrote era para acabar con sus enemigos sin, en teoría, derramar sangre cristiana, aunque colijo que si a uno le reventaba la cabeza y le esparcía los sesos por el campo de batalla no se preocupaba demasiado. De hecho, no solo obispos, sino también papas trocaron la sotana por la armadura y la mitra por el almete cuando se terció. Tenemos el ejemplo de Julio II, que se pasó media vida dando estopa y peleándose con Miguel Ángel porque veía que no iba a ver terminada su fastuoso mausoleo, como así fue. No obstante, justo es reconocer que estos belicosos curas eran la excepción y no la norma, pero tuvieron sus motivos para hacer uso de blasones por una razón bastante simple: eran, además de siervos de Dios, señores temporales que impartían órdenes además de cartas pastorales, y en ambos casos había que dar fe de su autenticidad con el correspondiente sello.

Con todo, no fue hasta mediados del siglo XIII cuando los pontífices empezaron a hacer uso de escudos de armas. Al cabo, en aquella época eran por norma hombres pertenecientes a las más linajudas familias, y hacían uso de las armas de sus aristocráticos clanes. Ya vimos en el artículo anterior el primer blasón pontificio, perteneciente a Inocencio III. En esta ocasión mostramos el de su sucesor, Censio Savelli, que reinó con el nombre de Honorio III. En este caso también vemos el blasón familiar: de gules, dos bandas de oro. En jefe, de plata, una rosa de gules sumada de un pájaro del mismo color y acostada de dos leones, también de gules. Los Savelli eran una familia archi-linajuda que contaba entre sus miembros una lista literalmente kilométrica de clérigos de alto rango, condotieri, militares, senadores y títulos a cascoporro. En resumen, Honorio era, aparte de vicario de Cristo, un monarca absoluto con poder sobre extensos territorios que, además, tenía que usar su inmensa influencia para proteger los intereses de su familia. En sus bulas, sus encíclicas y demás papeleo debía dejar bien claro a sus destinatarios quién era el autor, y de esos documentos tenían que pender vitolas con sellos de cera o lacre con las armas pontificias. 

Está de más decir que los arzobispos, obispos y abades no tardaron mucho en imitar al jefe de Roma. Al cabo, ellos eran la alta nobleza de la Iglesia, y del mismo modo tenían intereses terrenales que debían gobernar. Pocos años más tarde, el alto clero ya se había fabricado sus escudos de armas pero, al igual que los pontificios, bajo unas normas diferentes tanto en la forma de los escudos así como en los ornamentos exteriores, básicamente porque no pertenecían a la milicia y, aunque nobles en su mayoría, en muchos casos combinaban las armas propias con motivos relacionados con su oficio, como devociones, símbolos espirituales, etc
.

Bien, con este breve resumen ya podemos hacernos una idea del cómo y por qué surgió la heráldica clerical, que a lo tonto a lo tonto se ha ido extendiendo hasta nuestros días si bien, curiosamente, hay algún que otro prelado que, a mi entender, prefiere prescindir de blasón y adoptar un logo en plan moderno-guay porque, colijo, pensarán que eso de los escudos de armas está más trasnochado que Drácula y a la gente ya no le mola ese supuesto alarde de clasismo. A la izquierda podemos ver un ejemplo. Se trata del sello de monseñor Gómez Cantero, actual obispo de Almería el cual ha preferido dejar de lado el escudo de armas y optar por una etiqueta similar a la de una marca de galletas veganas. Pero yo afirmo que se equivocan. Si algo mantiene a la Iglesia, guste o no, son sus tradiciones, y cada vez que se han querido "modernizar" les ha salido el tiro por la culata. En fin, ellos sabrán...

Bueno, ya seguiremos, que hay tema para rato

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM 

Hale, he dicho


jueves, 25 de junio de 2026

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO...

 

PAX VOBISCVM, CARISSIMI FRATES


Escudo de armas de Lotario di Segni, que reinó
como Inocencio III entre 1198 y 1216. Es el
primer blasón pontificio del que tenemos noticia

Han transcurrido ya seis meses de este año del Señor de 2026- que por cierto está resultando bastante enojoso- y solo he publicado un artículo. MEA CVLPA. La desidia me supera, la molicie me apabulla, la incuria me domina, pero no puedo permitir que un camino de quince años se quede estancado en la nada sin más. Por lo tanto, y mientras la musa bélica se digna retornar, vamos a ampliar una de las temáticas que ya forman parte de mi repertorio bloguero, y todo gracias a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Rrrrrrrromana, como decía el genial Salvador Dalí. ¿Qué a santo de qué éste avenate? Pues les cuento...

Llevo unos meses dedicado a la cosa heráldica que, como saben, es una de mis aficiones más acendradas. Sin prisa pero sin pausa, elaboré los armoriales de la Santa Sede, de los camarlengos y los blasones de Sede Vacante. Cuando los concluí acometí una empresa más ambiciosa: los armoriales de las diócesis y archidiócesis españolas. Y mientras iba avanzando y comprobando la información tan cutre y dispersa sobre este tema, decidí, en un arranque de generosidad, donarlos a cada diócesis una vez concluido cada armorial. De ese modo, los aficionados a estos temas, que son más numerosos de lo que puedan imaginar, podrían disponer de información centrada sin tener que pasar horas y horas bicheando en la red, y tenerlo todo a mano sin perder el tiempo.

Escudo de Raimundo de Losana, más conocido
como Don Remondo, segundo arzobispo de Sevilla
tras su reconquista a manos del Santo Monarca en
noviembre de 1248. En esta serie de artículos aprenderán
por qué cada prelado lleva el capelo de un determinado
color, un determinado número de borlas y demás detalles

Bien, he completado ya dos o tres y otros están pendientes de que los señores archivistas se dignen responderme sobre las armas de tal o cual prelado de los que no encuentro información por ninguna parte. Semanas llevo esperando en algunos casos sin que aún se hayan dignado siquiera mandarme al carajo por cansino. Simplemente te ignoran, como suele ser habitual. Colijo que si los llamara para donarles un cortijo responderían enseguida, y si mi consulta fuese para completar una tesis doctoral dirigida por Monseñor Mengano, pues posiblemente también obtendría respuesta. Pero ni pienso donarles un cortijo, y menos aún elaborar ninguna tesis. Solo pretendo poner a su disposición un archivo que cuesta semanas de trabajo, pero eso no parece que les entusiasme. De hecho, de los dos armoriales enviados hasta ahora las respuestas han sido tan lacónicas y breves que, no sé por qué, colijo ni se han molestado en descargar los archivos. Se han limitado a un simple "gracias" entre la salutación y la despedida de rigor. Nada más. Tres breves renglones. Ni un solo comentario, nada... Un poco frustrante, ¿no?

Escudo de la última Sede Vacante tras el
fallecimiento del papa Francisco, siendo
camarlengo el cardenal Kevin Farrell. Ese
sería el blasón de la Santa Sede hasta la
elección del nuevo pontífice

Resumiendo: esta circunstancia me ha llevado a decidir lo que tenía in mente hace ya bastantes días porque, no sé por qué, ya barruntaba que estas donaciones les resultarían más irrelevantes que una legión de chinos haciendo fotos a la Giralda, por lo que la donación me la haré a mí mismo. Por lo tanto, iniciaré una enjundiosa serie sobre heráldica eclesiástica en la que, aparte de mostrar los armoriales citados, se dará cuenta de las normas sobre la elaboración de los blasones clericales con todo lo que conllevan: mobiliario, decoración exterior, lemas y divisas, etc.

Solo me queda por decidir una cosilla, y es volver a permitir los comentarios por si alguien tiene alguna duda o quiere profundizar en un tema concreto, pero eso tengo aún que meditarlo un poco. En fin, en breve tomaré la decisión.

Bueno, dilectos y abnegados lectores, espero que esta nueva etapa sea del agrado de vuecedes mientras que la malvada musa belicosa retorna de una jodida vez.

CVRATE VT VALEATIS, FRATRES

Hale, he dicho

sábado, 18 de abril de 2026

CUMPLELUSTROS FELIZ, CUMPLELUSTROS FELIZ Y ESAS COSAS QUE SE DICEN...

 

Portada original del blog. Ya ha llovido, ha habido sequías, epidemias y sucesos de todo tipo desde entonces... TEMPVS FVGIT


SALVETE, CARISSIMI ET ABNEGATI LECTORES

Como suelo estar en la inopia para el tema de las efemérides, pues hace una semana se me pasó por alto mentar el decimoquinto cumpleaños del blog. Sí, estimados seguidores, quince años. Década y media. Tres lustrosos lustros. El primer artículo estuvo dedicado al castillo de Marvão porque, como ven en la portada primigenia, en aquella época la temática del blog era el patrimonio castellológico del reino vecino. Con el paso del tiempo, dicha temática se fue ampliando y mutando, hasta que finalmente mandé al carajo los castillos del reino vecino, el nombre del blog haciendo referencia al reino vecino, así como todo lo referente al reino vecino. El motivo fue uno de mis iracundos avenates del que ya di cumplida cuenta en su día y que no voy a repetir porque no viene al caso.

En fin, no voy a soltar un auto-panegírico porque, total, no tengo abuela y ya saben que mis niveles de autoestima son estratosféricos, pero sí quería dejar constancia de la efemérides, 2011-2026.

Bueno, ya'tá.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho


martes, 24 de febrero de 2026

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA 2ª GUERRA MUNDIAL. JAPÓN

 

Honolable guelelo del mikado encaramado en un árbol buscando algún yankee para enviarlo con sus antepasados. Como vemos, está desprovisto de cualquier tipo de camuflaje. Le basta con la frondosidad de su apostadero.

PAX VOBISCVM, abnegados lectores. Sí, tengo esto un poco bastante abandonado, pero ya saben que, cuando se me pasa el avenate y me invade uno de mis ataques de molicie, no me mueve ni una horda de cuñados zombificados ávidos de vísceras. Y bien, dadas estas breves explicaciones, vamos al grano que para luego es tarde.

Fotograma de la magnífica cinta "Las flores de la Guerra"
(2011), que nos muestra un tirador chino armado con un
Mauser. En la cabeza lleva un casco alemán mod. 1935
Es justo reconocer que no solemos asociar la imagen de los francotiradores con los honolables guelelos del mikado. Seguramente, la neutralidad del Japón en la Gran Guerra los mantiene alejados de nuestros magines, y solemos asociarlos más bien con los siniestros ocupantes de un búnker en alguna isla del Pacífico tras una ametralladora picando carne anglosajona durante algún desembarco, o bien atacando en plan suicida una posición enemiga porque eso de palmarla por el emperador era lo más guay y honolable del mundo. Sin embargo, el ejército nipón contaba con tiradores selectos y armas destinadas a finiquitar enemigos a distancia desde que, a raíz de la Guerra Sino-Japonesa en 1937, sintieron en sus carnes la eficacia de los francotiradores chinos. 

Tropas chinas dándose un garbeo al norte de Pekín en 1937
Antes de 1934, el general Chiang Kai-shek se había preocupado de formar un ejército decente para darse estopa con otros señores de la guerra del Celeste Imperio, contando con unos efectivos nada despreciables que alcanzaron la cifra de 380.000 probos homicidas y una oficialidad procedente de forma mayoritaria de la Academia Militar de Whampoa, ubicada en la ciudad de Cantón. Además, el honolable genelal había 
adquirido a los tedescos cantidades importantes de armas y equipo, entre los que había fusiles Gewehr 98 provistos de las magníficas ópticas germanas y, lo más importante, los chinos habían recibido adiestramiento por parte de los veteranos combatientes de la Gran Guerra, con lo que su eficacia resultó bastante contundente. Los honolables guelelos del mikado tomaron buena nota y, como es habitual en estos orientales, se pusieron manos a la obra de inmediato para solventar esa carencia en su ejército.

Sin embargo, y a pesar de que a nivel tecnológico Japón no tenía nada que envidiar a Occidente, la solución que adoptaron para proveer a su ejército de armas para francotiradores fue un tanto peculiar, y no precisamente muy acertada que digamos. Bueno, lo cierto es que fue una birria de solución, pero no esperemos que el cerebro de un nipón funcione igual que el de un señor de Zamora. Así pues, echaron mano del fusil reglamentario de infantería, el Tipo 38, en uso en aquella época. El Tipo 38, Año 38 de la Era Meiji, o sea, 1905, entró en servicio al año siguiente. Era un arma de excelente calidad y estándares de acabado muy altos. Su acción, diseñada por el capitán Kijiro Nambu, estaba basada en la acción 98 alemana. Lo más peculiar de este diseño era la cubierta de acero que protegía el cerrojo de polvo y mugre, lección que traían aprendida de la Guerra Ruso-Japonesa. Esta cubierta se deslizaba por dos acanaladuras fresadas a ambos lados del cajón de mecanismos, avanzando y retrocediendo junto al cerrojo. En la foto de la izquierda podemos ver el peculiar aspecto de este accesorio que, como resulta obvio, impedía la entrada de porquería en el cerrojo. Podemos observar además los dos orificios situados a la altura de la recámara para permitir la fuga de gases en caso de un problema con la munición, impidiendo así que reventase el cañón y provocando graves lesiones al tirador. El arma mantuvo el alza de corredera convencional, graduada de 400 a 2.400 metros con incrementos de 100 metros. La palanca del cerrojo era recta.

En cuanto a la munición, disparaba el cartucho 6'5 x 50SR, el cual no era especialmente poderoso pero, al menos, tenía un retroceso menos violento que el 8 x 57 tedesco o el 30-06 yankee. Con una energía en boca de 2.600 julios, estaba bastante lejos de los 3.800 y 3.900 de los antes mencionados para una bala de peso similar. No obstante, esta carencia de potencia se solventó más tarde, cuando llegó la hora de liquidar anglosajones que estaban más fortachones que los chinos, introduciendo el 7'7 x 58 mm. Arisaka, pero de ese hablaremos más adelante. Por lo demás, y c
omo era habitual en casi todos los fusiles de la época, el arma disponía de un almacén para cinco cartuchos en clips que se colocaban en una ranura situada en la parte trasera del cerrojo (véase foto de la derecha). Era habitual sellar el fulminante y el gollete con laca para impedir la entrada de humedad, que en aquellas latitudes se cuela por todas partes. El color de la laca permitía identificar el tipo de munición: verde para la trazadora, negra para la perforante y rojo para los cartuchos destinados específicamente a los tiradores.

Fusil Tipo 38. Se calcula que se fabricaron alrededor de 2.998.000 unidades desde su entrada en servicio hasta principios de los 40 en los arsenales de Tokio, Kokura, Nagoya, Jinsen (Corea) y Mukden (Manchuria). Obviamente, el grueso de la producción se llevó a cabo en Japón


Vista parcial del Arsenal de Kokura. El complejo era
un conjunto descomunal de factorías
Bien, así era grosso modo el germen para el primer fusil de francotirador del Japón. Sí, un arma de serie sin más cuentos. Como hemos visto en otros artículos sobre este tema, lo de diseñar armas específicas para finiquitar primates a distancia aún no estaba de moda, y los ejércitos se limitaban a echar mano de lo disponible y, a lo sumo, hacerle algunas mejoras para obtener unas prestaciones más adecuadas. Así pues, en 1935 se empezaron a realizar pruebas con el Tipo 38, para lo cual se designó al coronel Namio Tatsumi, de la Academia Militar de Toyama. Para ello se dispuso de 700 unidades fabricadas en el arsenal de Kokura, importante ciudad que concentraba una gran cantidad de la industria militar japonesa y que por dos veces estuvo considerada como objetivo principal en los dos ataques nucleares yankees. Como ya vimos en su día, la espesa capa de nubes que cubría la población en los días 6 y 9 de agosto de 1945 la libraron de sufrir los destinos de Hiroshima y Nagasaki. 

El coronel Tatsumi no se complicó mucho la vida. De hecho, las armas destinadas a francotiradores ni siquiera eran seleccionadas entre las más precisas de un lote, como solían hacer otros ejércitos. Y como mejoras, pues tampoco se devanó el magín. Para facilitar la puntería se acopló un monópode formado por una simple varilla de acero fijada a una abrazadera y que se mantenía plegado mediante dos flejes situados en la parte interna de la pieza. En la foto podemos ver el monópode desplegado, y podemos observar que su aspecto no parece especialmente sólido. En todo caso, a medida que avanzaba el conflicto se fue prescindiendo de ella.

La palanca del cerrojo fue alargada y curvada como, por ejemplo, se hizo con el Mosin-Nagant ruso para poder accionarlo sin golpear el visor. La bola se sustituyó por otra con forma ovoide, lo que permitía su manejo sin necesidad de hacer un rebaje en la madera de la culata. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del arma, a la que hubo que eliminarle la cubierta protectora del cerrojo para adaptarle el visor. Y es precisamente en el tema de la óptica donde nos encontramos con la "mejora" más mejorable del arma.

El visor era una pieza extremadamente básica derivada de un modelo comercial, concretamente el Nikko modelo 11. Tenía 2'5 aumentos y un campo de visión de 10º, y se fijaba al arma mediante un tornillo y un fleje a una placa base unida al cajón de mecanismos con una cola de milano, lo que proporcionaba un conjunto sólido que no se moviera con el maltrato propio de un arma militar. Porque la cuestión es que, si el visor se desajustaba, el tirador no podía corregir el tiro de la forma convencional, sino que había que enviarlo a fábrica para ser puesto a punto de nuevo.

Sí, suena bastante esotérico, pero viniendo de unos ciudadanos que para hacer el té tienen que hacer 80 movimientos, ni uno más ni uno menos, puede esperarse todo. Y es que los visores eran montados y centrados en la fábrica, sin que hubiera posibilidad de realizar ningún ajuste por parte del tirador. Más aún, ni siquiera se podía regular el foco, de modo que el puñetero visor era lo mínimo que se despachaba. ¿Qué cómo se las aviaba el tirador para afinar la puntería si el visor carecía de retículo convencional y de mecanismos para ajustarlo? Pues con lo que ven en la foto. Ambos retículos eran fijos, y en el vertical vemos las distancias con las que el tirador se ayudaba para apuntar al objetivo. Esta retícula estaba graduada desde 100 hasta 1.500 metros, y el honolable flancotiladol se tenía que estrujar la retina para calcular la distancia a la que se encontraba el ciudadano enemigo. Para corregir o calcular la deriva, bien por haber viento cruzado, bien por estar el blanco en movimiento, tenemos el retículo horizontal. Si por un golpe o cualquier otro motivo el visor se desajustaba, apaga y vámonos. Solo en la fábrica se podía volver a poner punto en blanco, o sea, a 100 metros. Por toda esta serie de inconvenientes, el visor recibía el mismo número de serie del arma donde iría instalado.

Este fusil fue renombrado como Tipo 97 o, más concretamente 
九七式狙撃銃, indescifrables dibujitos que, trasliterados, sonarían como kū-nana-shiki sogekijū, o sea, “fusil de puntería Tipo 97”. Al quedar el visor situado a la izquierda se pudieron conservar las miras abiertas, lo que, viendo el problema de la falta de mecanismos de ajuste, permitiría seguir usando el arma mientras llegaba el momento de remitirla a la fábrica. Además, había tiradores que optaban por usarlas cuando las condiciones lumínicas no permitían hacer puntería con el visor. En la foto de la derecha tenemos el alza desplegada. Para tiro a corta distancia se plegaba y se usaba un tablón con una muesca en V graduada a 100 metros. El punto de mira, que según el fabricante podía estar protegido por un túnel abierto, se fijaba al cañón mediante una base con una cola de milano, y también según el fabricante con un tornillo o dos pasadores. El punto carecía de corrección lateral, así que había que recurrir a la intuición de un buen tirador. Se fabricaron alrededor de 8.000-9.000 unidades en el Arsenal de Kokura entre los años 1938 y 1939, y 14.500 en el de Nagoya entre 1938 y 1943, lo que hacen un total aproximado de 22.500 - 23.500 unidades en total. 

Pero el Tipo 97 no fue el único fusil de francotirador en servicio, pero del siguiente seguiremos hablando mañana porque ya me duele la cabeza. Bueno, mañana o pasado, ya veremos...

Hale, he dicho