martes, 16 de julio de 2024

BESTIARIO HERÁLDICO: EL ÁGUILA (ACTUALIZADO)

 

Juraría por mis aristocráticas barbas que si hay un bicho que cualquier primate, incluyendo a los cuñados con severas carencias intelectuales, identifican con la cosa heráldica, es el águila. De hecho, la vemos en mogollón de escudos de armas, tanto nobiliarios como de países, y es indudable que proporcionan a los blasones una prestancia inigualable. Su fuerza, su fiereza, su vuelo altanero y su desafiante apariencia la han asociado desde los tiempos más remotos al poder y al valor. De hecho, se puede considerar al águila como la bestia heráldica más antigua que se conoce, y durante siglos ha figurado y figura en los blasones de los linajes más encumbrados del planeta salvo, naturalmente, en los de países de nuevo cuño como yankeelandia que, carentes de historia de la buena, se intentaron igualar a los demás plantando un águila calva que resulta un poco bastante quiero y no puedo, la verdad... Bien, todos sabemos que el águila es un pájaro sumamente chulo y tal, pero no viene mal ponernos en contexto con un 

INTROITO

Bajorrelieve que muestra a Imdugud, una deidad sumeria
representada con forma de águila y cabeza de león. Era el
dios del Viento del Sur y de las tormentas
Si echamos un vistazo al "Diccionario de Símbolos" de Cirlot, en la entrada que dedica al águila podremos corroborar que, en efecto, estamos ante un bicho de categoría. 
El águila es “…símbolo de la altura, del espíritu identificado con el sol y del principio espiritual. […] Como se identifica con el sol y la idea de la actividad masculina, fecundante de la naturaleza materna, el águila simboliza también al padre. Se caracteriza además por su vuelo intrépido, su rapidez y familiaridad con el trueno y el fuego. Posee pues el ritmo de la nobleza heroica.” Por si esto fuera poco, el águila o parte de su anatomía- alas y cola en concreto- han sido asociadas con divinidades desde antes de que Noé se metiera a armador. En las zonas de Oriente Medio y Oriente Próximo, las diversas culturas que habitaron aquel territorio, tales como sumerios, hititas, babilonios, asirios y egipcios, tuvieron dioses asimilados al águila: Teshub, Marduk, Ashur, Amón-Ra y alguno que otro más.

Siglos más tarde, el águila no perdió su categoría como símbolo divino. Tanto griegos como romanos, herederos estos últimos del panteón de los primeros, no dudaron en escoger el águila y el rayo como atributos del poder del principal dios y mandamás de la miríada de dioses que regían hasta las más mínimas actividades de los mortales. e hecho, y según algunos tratadistas, el águila tomó en manos de los probos imperialistas latinos carta de naturaleza como animal heráldico aunque la heráldica no se inventara hasta siglos más tarde. 

AQVILIFER de una legión. Eran elegidos entre
los hombres más bragados de cada unidad ya que
debían defender el águila con su vida, y palmarla
si era preciso para impedir que le fuera arrebatada
Sin embargo, este pájaro tuvo los mismos fines que la heráldica tal como se ideó: identificar a un pueblo y a su ejército. Acompañaba por norma a la estatuaria jupiterina, por lo que cualquier cuñado podía identificarlo de inmediato. Además, los emperadores la portaban en su cetro, y las AQVILÆ se convirtieron en la insignia principal de una legión que, portada en manos del AQVILIFER, actuaba como enseña y como talismán, siendo su pérdida considerada como una catástrofe en toda regla que marcaría con un mal fario perpetuo a la unidad por haber permitido su pérdida en manos del enemigo. Ya sabemos todos lo que significaba su pérdida en batalla: la legión quedaba en entredicho hasta que no fuera recuperada, el AQVILIFER lo mejor que hacía era palmar como un héroe defendiéndola, y los castigos a las tropas por tamaña deshonra podían ser desde multas y privación de raciones a una DECIMATIO en toda regla. A tal extremo llegaba la cosa aquilífera que, en las exequias imperiales, se ataba a un águila por una pata con una larga cuerda, dejándola unida a la pira funeraria. Cuando el fuego la consumía y el animal podía largarse de allí echando leches un poco harto de pasar calor, se consideraba que era el momento en el que el alma del difunto se elevaba al cielo para darle las buenas tardes a Júpiter.

Por lo demás, el AQVILA LEGIONIS no solo era la insignia sagrada de una legión, sino que incluso los SCVTA de sus componentes mostraban los atributos de su dios principal: los rayos y, en vez del águila completa, las alas de la misma, diseño que por cierto trascendió en el tiempo hasta la Edad Media, cuando fueron denominados como vuelos o medios vuelos, ya se representase una sola ala o ambas. En la foto de la izquierda podemos ver un grupo de probos ciudadanos recreacionistas con sus escudos alados y rayados. En algunos casos, y según el comandante de la unidad, se añadían una o dos TABVLÆ ANSATA, unos pequeños rectángulos de bronce donde se grababa el número de la legión.

Reverso de una moneda de 5 francos de Napoladrón III.
Como ven, el águila es idéntica a la usada por Roma
Concluiremos este introito señalando que el águila siguió presente en las casas reales tras la caída del imperio romano hasta nuestros días. El primero en no dejarla caer fue Carlomagno, rey de los francos que, tras lograr ser coronado por León III el 25 de diciembre de 800 como IMPERATOR ROMANVM GVBERNANS IMPERIVM, se instituyó como cabeza visible del Sacro Imperio Romano y plantó un águila en la puerta de su palacio de Aquisgrán, convertida en capital de sus dominios. Posteriormente, el águila se extendió por la Europa toda de la mano tanto de nobles como de monarcas, y así siguen hasta el día de hoy. Esta ave ha sido y es tan valorada que hasta un psicópata genocida como el enano corso (Dios lo maldita mil trillones de veces) puso una sobre su inicial y, remedando a las legiones romanas, repartió águilas a diestro y sinestro en banderas y rematando las astas de las mismas. Y no solo él, sino los herederos de su estirpe de plebeyos de chichinabo. 

Bien, este breve introito nos permite ponernos en contexto y saber algo sobre el origen del águila como bestia noble asimilada desde hace 50 siglos al menos a los dioses más divinos. Pasemos pues a su existencia como animal heráldico en España, donde ocupa el tercer puesto tras el lobo y el león y muy por encima de otras aves incluidas las rapaces.

La introducción en los reinos peninsulares del águila se desarrolló a lo largo del siglo XIII. Al parecer, el primer monarca que adoptó esta bestia como una enseña personal fue el gigantesco Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra que se meó en las calaveras de los negros que defendían el pabellón del miramamolín en la gloriosa jornada de Las Navas. Según algunos cronistas, su padre, Sancho VI, ya hacía uso del águila y la empleaba como firma en algunos documentos, pero su sucesor lo adoptó de forma definitiva tanto como complemento de su firma como en el SIGILLVM e incluso como distintivo personal. En la foto de la izquierda tenemos un documento en el que aparece el águila en cuestión, trazada por su propia mano y no la de algún amanuense regio. Como salta a la vista, el águila de Don Sancho ya tenía el aspecto de las que surgieron posteriormente: la vemos en posición frontal, con las alas desplegadas y las patas y la cola abiertas, mostrando sus tarsos y garras, y la cabeza de perfil. 

Don Sancho no se conformó con hacer dibujitos aguileños en el papeleo burocrático de su reino sino que, además, pasó a hacer uso del ave en su sello, como ya hemos dicho, modificando de ese modo el habitual en sus ancestros, que solían representarse a sí mismos cabalgando en actitud de cargar contra los enemigos embrazando la lanza y protegiéndose con los típicos escudos de cometa de la época. Además, no ponían en el sello ninguna referencia a sus personas, por lo que todo quisque debía dar por sentado que se trataba de tal o cual monarca. Sin embargo, Don Sancho rompió los esquemas y diseñó uno mucho más chulo. A la derecha podemos verlo. Arriba vemos un ejemplar original, y debajo una recreación del mismo obra de Don Ignacio Vicente Cascante, autor de la "Heráldica General y Fuentes de las Armas de España". En este caso sí se especifica claramente quién es el dueño del SIGILLVM. En una cara aparece Don Sancho en la pose habitual, pero embrazando un escudo donde figura el águila negra de su firma, y una orla que reza "SANCIUS . DEI . GRATIA REX . NAVARRE" (Sancho, rey de Navarra por la gracia de Dios), mientras que en la otra cara vemos la misma águila, también orlada por una inscripción que dice "BENEDICTVS. DOMINVS. DEUS. MEVS." (Bendito Señor Dios mío), y rematada por una cruz patada. Por cierto que es curioso el uso de forma indistinta de la U y la V, que en todos los casos se pronunciaba como U.

El suntuoso sepulcro renacentista de Doña
Beatriz de Suabia, situado en la epístola de la
Capilla Real de la catedral de Sevilla. En el
detalle pueden ver el águila de los Hohenstaufen
La introducción del águila en los demás blasones hispanos provino de la actual Alemania, concretamente de Suabia, un ducado del Sacro Imperio cuyo postrero titular fue Conradino de Hohenstaufen, decapitado por orden del perro franco Carlos de Anjou en 1268 cuando apenas contaba con 16 años tras vencerlo en la batalla de Tagliacozzo. Fue pues de la Casa de Hohenstaufen de donde llegaron dos hembras que entroncaron con las dos casas reinantes en el siglo XIII en Castilla y Aragón. Hablamos de Beatriz de Suabia (1205-1235), hija de Felipe de Hohenstaufen, hermano del emperador Enrique VI del Sacro Imperio, y de Constanza de Sicilia (1249-1302), hija de Manfredo, un bastardo de Federico Barbarroja que se elevó hasta el trono de Sicilia. En ambos casos, como hemos dicho, las dos pertenecían al ilustre linaje de los Hohenstaufen. La primera matrimonió con Fernando II de Castilla y III de León, dándole la escandalosa cifra de 10 retoños, lo que en una mujer que palmó con apenas 30 años se puede considerar todo un récord. La segunda hizo lo propio con Pedro III de Aragón, dándole una descendencia que, aunque no alcanzó la de su prolífica parienta, tampoco se quedó corta: cuatro varones y dos hembras. Eran conejas estas tedescas, sangre de Cristo...

En lo tocante a Castilla, el primer infante que asumió el águila en su blasón fue el infante Don Felipe (c. 1231-1274), un peculiar personaje destinado a la carrera eclesiástica que gozó de los rangos más elevados, que para eso era un infante de Castilla, siendo incluso designado como primer arzobispo de Sevilla si bien nunca llegó a detentar el cargo en favor de su coadjutor, Raimundo de Losana. Sin embargo, parece ser que la vida clerical no satisfacía al noble infante, que acabó colgando los hábitos para casarse en 1258 con la princesa Cristina de Noruega (1234-1262). Bien, la cuestión es que Don Felipe tomo como armas un cuartelado con el castillo de Castilla y el águila de los Hohensteufen aportada por su madre. El resultado pueden verlo a la derecha y no difiere prácticamente nada del creado por el rey navarro, mostrándose en posición frontal, con las alas extendidas y caídas hacia abajo, la cola y las patas abiertas y la cabeza mirando hacia la derecha (sí, Vds. la ven hacia la izquierda, pero recuerden que la descripción de los escudos se da como si uno estuviera dentro del escudo).

En cuanto a la aportación de la rama de los Hohenstaufen de Sicilia, básicamente estaba concebida de la misma forma que la del infante castellano. En este caso, el infante Don Jaime, heredero a la corona aragonesa, también tomó las armas maternas para añadirlas a un blasón cuartelado junto a las paternas, en este caso los cuatro palos de gules sobre oro de Aragón. Ojo, y que nadie salte graznando que esa es la banderita de Cataluña, porque no tiene nada que ver el tocino con la velocidad, y menos aún las banderas de las taifas actuales con las enseñas medievales. No olviden que Petronila, hija de Ramiro II el Monje, se matrimonió con el conde de Barcelona (Cataluña estaba aún por inventar), cuyas armas eran los cuatro palos y no esa chorrada de la "cuatribarrada" que tanto repiten los ignaros de estos tiempos que no saben un carajo de nada, porque cuatro barras son otra cosa totalmente distinta a cuatro palos. Sea como fuere, y al prevalecer la línea masculina aunque fuese de inferior rango a la femenina, los dichosos palos de Ramón Berenguer IV se convirtieron en la Señal Real, y a sus títulos condales añadió el de PRINCEPS de Aragón al convertirse en el consorte.

Finalmente, debemos añadir el que posteriormente se convirtió en el escudo del reino de la Dos Sicilias, concedido inicialmente a los hermanos de Don Jaime, Federico y Pedro que, al quedarse inicialmente en infantes a secas, adoptaron un blasón con las mismas armas, pero cuartelado en sotuer, siendo la primera vez  que esta partición se adoptaba en la heráldica hispana con la finalidad de diferenciar entre las armas regias de las de sus hermanos. Con todo, y como decimos, con el paso del tiempo fueron las usadas por las Dos Sicilias al renunciar Jaime I al dicho reino, siendo asumido por su hermano Fadrique. Fue por este motivo por el que las armas de un infante se convirtieron en un reino hasta que, con la extinción de la Casa de Habsburgo, dicho reino quedó desvinculado de la corona española, si bien sus reyes seguían perteneciendo a la nueva casa reinante, los Borbón. Ya en el siglo XIV, el águila está definitivamente consolidada como bestia heráldica con la misma forma que hemos visto hasta ahora, siempre en sable (negro) salvo que se indique algún detalle contrario, como el color del pico, la lengua, las patas o las garras. Las distintas variantes ya las veremos en mejor ocasión, porque son mogollón de ellas.

Para ir concluyendo, que con la joía caló no estoy para muchas florituras, añadiremos que el águila española por antonomasia es la que hemos visto hasta ahora, recibiendo el nombre de águila pasmada. Su ejemplo más representativo es la del escudo Isabel I de Castilla y, posteriormente, de los Reyes Católicos, siglos después recuperado por el extinto Caudillo y por lo cual es señalado como un "escudo franquista" por la rojambre casposa e ignara que respira el mismo aire que los demás primates patrios. Una variante es el águila exployada, galicismo derivado de éployée (desplegada), en cuyo caso el ave se presenta con las alas desplegadas formando una curvatura hacia arriba. Su diseño pueden verlo a la izquierda. Actualmente podemos encontrar en la red tropocientos ciudadanos pseudo-heraldistas que ofrecen al respetable la elaboración de su escudo de armas, si bien omiten que, como he repetido cienes de veces, los blasones no pertenecen a los apellidos, sino a las familias. Bien, la cosa es que casi la práctica totalidad de ellos plantan águilas exployadas en vez de águilas pasmadas, que sería la "reglamentaria" en España. Solo si se especifica que el águila irá exployada es cuando se presentará de esta forma. Otros, aún más "expertos", creen que el águila exployada es la bicéfala, lo que también es un error notable.

El águila bicéfala surgió a mediados del siglo XII de la mano de Teodoro I Láscaris, emperador de Nicea. Las dos cabezas tenían un claro significado: Teodoro tenía la intención de unificar el Imperio Romano de Oriente con el de Occidente, cosa que no llegó a ocurrir. Tras la restauración del Imperio Bizantino en 1259 por Miguel VIII Paleólogo, éste adoptó el águila bicéfala como símbolo de dicho imperio, que perduró hasta que los malditos infieles adoradores del falso profeta Mahoma se apoderasen de su capital, Constantinopla, en 1453. A Iván III, zar de Rusia (zar o, mejor dicho, tsar, es la corrupción fonética de CÆSAR), casado con Sofía Paleólogo, le faltó tiempo para auto-instituirse como aspirante al extinto imperio bizantino por el linaje de su parienta, adoptando el águila bicéfala. Lo mismo hicieron los emperadores del Sacro Imperio y, en resumen, todos los que se consideraban con derecho a la corona bizantina que quedaría en manos de los otomanos para siempre, lo que no impidió que tuviera más novios que la guapa del pueblo. Ese es el origen de águila bicéfala que muchos confunden con el águila exployada.

En España fue introducida por Carlos I cuando fue coronado como emperador del Sacro Imperio, pero los heraldistas hispanos no admitían ese bicho que parecía un experimento fallido de laboratorio. Así pues, optaron por considerarla como dos águilas superpuestas con las cabezas contornadas, uséase, cada una mirando hacia un lado. De hecho, no era un capricho de los reyes de armas de la época, sino una infracción de las reglas heráldicas españolas. En Alemania, por el contrario, no eran consideradas como animales monstruosos tanto en cuando sus mandamases eran los primeros en plasmarlas en sus blasones.

Concluimos con el escudo de los Reyes Católicos, cuartelado con las armas de ambos monarcas y con los símbolos propios de cada uno de ellos: el yugo y el nudo gordiano por parte de Don Fernando y las flechas de Doña Isabel. Las acémilas actuales, refocilándose en su idiocia crónica, creen que como se ven un yugo y unas flechas tienen algo que ver con la Falange, y que el águila de San Juan (un águila pasmada limbada) fue un invento de Franco. Más de uno ha "exigido" la destrucción de estos escudos acogiéndose a la Ley de Memoria Selectiva sin molestarse en averiguar de qué época son. Por desgracia, ser gobernados por un psicópata y dar voz a estultos que precisan hasta de un manual de instrucciones para hacer buen uso del papel higiénico, traen estos desafueros que serían risibles si no implicaran atentados palmarios contra nuestra historia.

En fin, con esto terminamos. Más adelante ya dedicaremos otro articulillo a dar cuenta de la extensa variedad de águilas heráldicas, que dan tema para rato.

Que el estío les sea leve.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM
ATQVE SINISTRA DELENDA EST IN VNIVERSA TERRA

sábado, 6 de julio de 2024

PARTES DEL CASTILLO: ALBACARA

 

Vista aérea del castillo de Peracense, en la provincia de Teruel, que por si no lo saben, existe. En la imagen se puede apreciar la extensa albacara y, a la derecha, el castillo propiamente dicho.

Hace ya dos eras geológicas que no disertamos sobre castillos, de modo que va siendo hora de elaborar un articulillo sobre el tema, aunque no sea especialmente enjundioso porque, como saben, la llegada del estío y la joía caló me reblandece la cosa esa que habita dentro de mi cráneo. Así pues, hablaremos de los albacares, parte muy importante de los castillos medievales y que, por lo general, solemos pasar por alto cuando visitamos uno de ellos. Además, no es plan de que un cuñado nos sorprenda con el palabro y nos humille delante de toda la familia. Bien, para ponernos en contexto, procedamos con un breve

INTROITO

Castillo de Olvera (Cádiz), encaramado en un peñasco y cuyo
acceso se encuentra al final de un empinado y serpenteante
sendero por el que solo cabe un hombre de frente. Como es
obvio, no necesitaba una guarnición numerosa para defenderlo

Según su ubicación sobre el terreno, los castillos no solo servían para albergar una guarnición militar destinada a complicar la existencia de una hueste dispuesta a adentrarse en territorio ajeno. Aunque en la Península, debido a su abrupta orografía (recuerden que España es el segundo país más montañoso de Europa tras Suiza), abundan los castillos roqueros, nidos de águilas absolutamente inexpugnables y que solo podían ser rendidos por hambre y/o sed, cuando los aljibes se vaciaban y los defensores empezaban a devorarse unos a otros, muchos otros se edificaban en posiciones que, aunque ventajosas para su defensa, eran mucho más accesibles. Estos castillos, de dimensiones más amplias y con capacidad para albergar guarniciones más numerosas, podían servir de refugio a los pobladores de la comarca, de forma que, cuando se detectaban movimientos de tropas en las fronteras, los siempre sufridos ciudadanos rurales tuvieran un lugar donde refugiarse y poner la honra de sus mujeres e hijas, sus bienes muebles y sus ganados a salvo de las ávidas zarpas de los invasores, ya fueran los participantes de una aceifa agarena o una cabalgada cristiana.

Reconstrucción de una mota castral, donde vemos la torre del
señor feudal y la mínima población que se refugiaba tras la
empalizada. La defensa del reducto se veía mejorada con un
foso húmedo que se inundaba mediante un alquezar conectado
con el río cercano

Ojo, esta función secundaria de refugio para civiles no solo se dio en la Península, sino en toda la Europa si bien, en este caso, el enemigo no era un moro deseoso de saquear a destajo, sino el noble del feudo vecino que se dedicaba a expoliar a todo quisque, bien por ganas de chinchar, por pura necesidad para calentar el puchero o por añejos odios de cuyo origen nadie se acordaba ya. En este caso hablamos de las motas castrales, pequeñas poblaciones o aldeas defendidas por una simple empalizada y un foso que eran defendidos por las exiguas guarniciones de la torre construida sobre un montículo, ya fuera natural o artificial. Cuando comenzaba la jornada, los habitantes salían a trabajar sus tierras y a pastorear con sus ganados, que obviamente permanecían a buen recaudo durante las noches. Cuando atardecía, todos volvían a casa, izaban el puente levadizo y cerraban la puerta de la empalizada para impedir visitas non gratas. Sea como fuere, y como ya se explicó en su día, la mota castral apenas tuvo difusión en la Península salvo en algunas zonas lindantes con la Marca Hispánica.

Este era el último acto de cualquier saqueo de manual. Obviamente,
no era lo mismo verte dentro de tu casa en llamas que ver de lejos
como quemaban tu casa aunque aún te quedasen 3 lustros de
hipoteca por delante
Bien, la cosa es que el estado de guerra permanente que se dio en la Península durante siglos obligó a crear fortificaciones específicas en las que dar cabida a los pobladores o la gente que vivía cerca de las fronteras que, por razones obvias, eran por sistema las más expuestas a sufrir en sus enjutas carnes las violencias y los saqueos del vecino, independientemente de que adorase a Alláh o a Dios nuestro Señor, que siendo el mismo hay que ver la de siglos que llevamos matándonos por eso. La cosa es que el peligro de que la aceifa o cabalgada anual se llevara por delante el esfuerzo de años, más la posibilidad de verse pasado a cuchillo o esclavizado, obligó a diseñar espacios seguros donde los pobladores de alquerías, granjas o asentamientos cercanos tuvieran un lugar donde refugiarse y donde los hombres, gente ruda habituada a la guerra, podían sumarse a la guarnición usando como armas sus aperos de labranza. No olvidemos que las horcas, mayales, zapapicos, hachas y guadañas eran unos chismes temibles en manos de estos ciudadanos que, además, eran extremadamente diestros en su manejo. Así surgió la albacara.

Castillo de Medellín (Badajoz), situado al NE de la población. Dotado
de un antemuro del que ya queda poco, el interior estaba claramente
dividido en dos partes por un muro diafragma: la situada al oeste,
sombreada de verde, era la albacara. La oriental, de rojo, era el patio
de armas del castillo. La flecha señala la posición de la puerta de acceso
Albacara o albácar es un palabro de origen árabe, concretamente de al-baqqāra, que viene a significar la vaquería, tomando las reses vacunas como término genérico para cualquier ganado, ya fuese bobino, caprino, ovino o cuñadino. La albacara, contrariamente a las motas castrales, permanecían desocupadas mientras no hubiera peligro de un ataque, y se pueden ver tanto en castillos cristianos como en los hisn agarenos. Cuando la paz reinaba en el mundo y tal, para lo más que se usaban, caso de no haber espacio disponible en otra zona del recinto, era para construir en ellas cuadras y corrales de donde se suministraba a la guarnición de carne fresca, pero nada más. Sin embargo, en cuanto algún mensajero traía noticias chungas o las atalayas lanzaban ahumadas para alertar de la presencia de enemigos, todos los habitantes de la zona de influencia del castillo salían echando leches hacia el mismo con los bienes que podían llevar consigo y, lo más preciado de todo, el ganado y/o las reservas de grano, tocino, encurtidos y demás provisiones con las que llenar el buche mientras pasaba la tormenta.

No necesariamente se construía la albacara al mismo tiempo que el castillo. En la Península, donde por lo general se reformaban las fortalezas agarenas tomadas por los cristianos, podían estar inicialmente conformadas como un castillo mondo y lirondo. Sin embargo, cuando la zona empezaba a repoblarse, uno de los factores más importantes para incentivar al personal era, precisamente, ofrecerles protección asegurada en una fortificación guarnecida por belicosos freires de alguna orden militar o los hombres de armas del noble al que había sido concedida la tenencia. Así pues, llegado el caso, se procedía a construir una muralla anexa a la del castillo para dar cabida a la albacara pero, eso sí, siempre separada del patio de armas que albergaba la zona militar del mismo. A la derecha tenemos otro ejemplo, en este caso el castillo de Feria. Como ven, la distribución es idéntica a la de Medellín con las salvedades de la morfología del recinto ya que este se tenía que adaptar a la orografía del terreno. Y, al igual que el caso anterior, vemos la zona militar de rojo, el muro diafragma con la torre del homenaje en el centro y, de verde, la albacara. Obviamente, su muralla disponía de torres de flanqueo y adarve para su mejor defensa, ya que el ataque podía venir desde cualquier sitio llegado el caso.

Veamos un ejemplo más, por si alguno aún no lo tiene claro. En la ortofoto podemos ver el castillo de Trujillo, situado en un cerro al norte de la ciudad. Es un hisn andalusí en toda regla provisto de varias albarranas y accesos directos defendidos por torres. El castillo, sombreado de rojo, fue edificado con anterioridad a la albacara, por lo que en este caso no tenemos el muro diafragma habitual, sino la muralla norte del recinto separándolo de la albacara que vemos sombreada de verde, en un amplio espacio totalmente despejado. Además, se construyó con su propia entrada, que vemos señalada con una flecha también de verde, en la muralla oeste, embutida entre dos potentes torres. El acceso al castillo se hace por la puerta original, situada al sur (flecha roja). Por lo demás, veremos que es habitual que las cisternas o, al menos, las de más capacidad, se encuentren en la zona militar ya que, siendo el último reducto defensivo, era el que debía disponer de las mayores reservas de agua. Por otro lado, estando los albacares vacíos la mayor parte del tiempo, tampoco se consideraría importante cavar un aljibe, siendo más fácil fabricar pequeñas albercas de superficie.

Concluimos con otro detalle que puede que más de uno se esté preguntando: ¿por qué la albacara siempre esta separada de la zona militar, aunque fuera construida al mismo tiempo que el castillo? Observen ese plano. Pertenece al castillo de Noudar, en el distrito de Beja (Portugal), y literalmente pegado a la frontera española. Vean el pequeño tamaño del recinto del castillo comparado con la enorme albacara que, como se aprecia por los restos de cimientos, cuando el peligro agareno se alejó dio lugar a una pequeña ciudad con su muralla. Los agarenos se habían ido, pero los castellanos estaban al acecho. Obviamente, había que mantener bien diferenciadas las zonas de uso civil del militar.

Pero, incluso en tiempos anteriores, una avalancha de labriegos acojonados podía incluir a espías alevosos que se infiltraban en el interior del castillo para informar a los suyos. No era complicado dejar caer un cacho papel desde la muralla con un plano acerca de la situación de poternas, puntos débiles, etc., por lo que es más que evidente que los civiles no debían tener ni puñetera idea de la distribución de la zona militar y el reducto. En la foto de la izquierda pueden ver el patio de armas del castillo de Feria visto desde el muro diafragma, que además sirve de acceso a la torre. En la esquina izquierda se encuentra el aljibe principal a ras del suelo. Esa zona debía permanecer siempre en el más absoluto secreto.

Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Así pues, ya saben por qué hay castillos que parece que tienen dos patios de armas cuando, en realidad, solo tienen uno. Lo otro es la albacara.

Hale, he dicho

Albacara del castillo de Burgalimar, en Baños de la Encina (Jaén), antes de su restauración. En primer término vemos la torre y parte del muro diafragma que separaban la alcazaba del resto del recinto que, en este caso, se construyó todo ex-novo

sábado, 29 de junio de 2024

BESTIARIO HERÁLDICO: EL OSO

 

Desde los tiempos más remotos, el oso ha sido identificado como un símbolo del poder, la fuerza y la fiereza. Su aspecto masivo, su imponente estatura cuando se yergue sobre sus patas traseras, sus descomunales zarpas y la mala leche que gastaban y gastan lo entronizaron como reyes de los bosques europeos, donde abundaban hasta que la tóxica presencia de los primates bípedos redujera su número al mínimo. Lo cierto es que, aunque los fabricantes de juguetes y los dibujantes de relatos infantiles los hayan logrado encasillar como adorables animalitos peludos, la cosa es que son una fieras temibles, sumamente agresivas y de carácter impredecible. Su descomunal fuerza los hace prácticamente invencibles salvo que se les abata con armas de fuego o se les cace ayudados por rehalas de perros de buen tamaño pero, de por sí, son auténticos depredadores sin más enemigos que el hombre, que corona la pirámide de bichos malignos del planeta y el único que es cazado, perseguido y aniquilado en cantidades masivas por los de su misma especie. 

INTROITO

Pinturas rupestres de la cueva de Chauvet-Pont-d'Arc que
muestran una pareja de osos. Están datadas en unos
32.000 años de nada
Para justificar la presencia del oso en los blasonarios medievales tenemos que remontarnos unos años, algo así como el neolítico. En aquellos tiempos, el oso cavernario era la fiera más poderosa que habitaba en la Europa, y nuestros atribulados ancestros se acojonaban bastante cuando escuchaban sus profundos rugidos en las cercanías. De hecho, no dudaban en invadir sus cuevas y obligar a los homínidos que las habitaban a salir echando leches so pena de ser desahuciados previa evisceración y/o pérdida de alguno de sus miembros. Para congraciarse con un bicho tan poderoso, nuestros tatarabuelísimos optaron por practicar ritos apotropaicos para congraciarse con esos bicharracos y adorarlos haciéndoles la pelota adecuadamente. Los brujos tribales se cubrían con pieles de oso y llevaban a cabo toda una serie de fórmulas mágicas para congraciarse con unos animales que consideraban parientes cercanos de sus deidades.

Placa de bronce datada entre los siglos VI y VIII d.C. que nos
muestra un berserker cubierto con una piel de oso
El oso mantuvo durante siglos y siglos su preeminencia entre las bestias terrestres. Por ejemplo, los griegos le daban el nombre de άρκτος (árktos), palabro proveniente de άρχἡ (archí), que entre otras acepciones contempla las de poder y autoridad. Otro ejemplo lo tenemos en el famoso rey Arturo o, mejor dicho, Arthus, derivado del término galés arth que, mira por donde, también significa oso. Incluso los berserkers, los desaforados guerreros vikingos que combatían hasta las cejas de farlopa, se solían cubrir con pieles de osos para dar a entender a los enemigos que eran unos ciudadanos especialmente fuertes y agresivos. De hecho, el oso erguido manoteando amenazadoramente con sus zarpas se asimilaba a la pose de un temible guerrero. Más aún, una de las etimologías de berserker parece ser berr, oso en lengua germánica. En alemán moderno es bär. Así pues, ya vemos que los osos han sido relacionados desde tiempos de Noé con el poder, la fuerza e incluso la realeza. Fin del INTROITO

Canecillos de la colegiata de San Pedro en Teverga, Asturias.
A la izquierda vemos un oso, y a la derecha un jabalí, otro animalito
heráldico caído en desgracia del que ya hablaremos un día de estos
Bien, como hemos visto, el oso ha sido un animal íntimamente relacionado con cultos y costumbres paganas, lo que lo puso en el punto de mira del cristianismo porque los bichos vinculados a ídolos y tal estaban mal vistos por el clero. De hecho, el oso es atributo de pecados como la ira, la gula, la pereza y la lujuria, este último proveniente de la creencia de que estos animales se sentían atraídos por las mujeres, que podían fornicar con ellas y que incluso las raptaban para fabricarles híbridos de oso y humanos. Sí, una chorrada monumental de la que, para más inri, jamás se pudo obtener una prueba fehaciente como es obvio, pero ya sabemos que el personal del medioevo se creía a pie juntillas todas las supersticiones habidas y por haber, e incluso hombres ilustrados como Agustín, obispo de Hipona y Padre de la Iglesia, juraba por sus antiguos pecados carnales que VRSVS EST DIABOLVS, uséase, que el oso era el diablo, y fue él precisamente el que adjudicó a estos bichos toda la retahíla de pecados capitales. A tanto llegó la abominación contra ellos que suelen aparecer con frecuencia en los canecillos románicos como atributo de dichos pecados junto a los blasfemos, los ladrones y demás morralla pecaminosa.

Ya sabemos que la autoridad del clero en aquellos tiempos era superlativa, y que su capacidad para acojonar al personal con los peores castigos tras la muerte ponían los pelos como escarpias hasta a los mismos monarcas. Así, cuando la heráldica aún estaba por inventar, todos los símbolos y amuletos relacionados con los osos fueron desapareciendo a pesar de que su posesión era símbolo de valor y fuerza: cabezas, pieles, amuletos y collares a base de colmillos o garras, etc. Poco a poco, el ancestral rey de los bosques y el mayor símbolo de poder de toda Europa tuvo que ceder el puesto al león, un bicho desconocido en el continente y, lo más importante, era uno de los atributos de Jesucristo, por lo que la cosa estaba clara: si el león era el Hijo de Dios y el oso el diablo, el bicho que prevalecería sería el león.


En la foto superior tenemos un ejemplo bastante elocuente. Muestra el tímpano de la MAGNA PORTA de la catedral de Jaca, donde vemos un crismón flanqueado por sendos leones. El que nos interesa es el de la derecha, que está representado pisoteando un oso y un basilisco, ambos animales atribuidos a fuerzas malignas. Sobre el león nos informan de que IMPERIVM MORTIS CONCVLCANS E LEO FORTIS, el poderoso león aplasta el imperio de la muerte. Esta frase lapidaria podemos traducirla como "Jesucristo aplasta a Satanás". Como podemos ver, el oso había sido metamorfoseado de fiera poderosa a bicharraco asquerosillo. Animalito...

Capitel de la iglesia de Sta. María de Soterraña en Sta. María la Real
de Nieva (Segovia) que muestra a un caballero lanceando un oso
en un bosque
Sin embargo, a pesar del pertinaz empeño de la Iglesia por erradicar el oso de cualquier cosa que no fuera dañina, tras la aparición de la heráldica quedó claro que aún era relacionado con las misma virtudes que siglos antes. Mientras que los héroes y caballeros de los relatos de la época mataban leones con sus propias manos, los reyes y nobles hacían lo propio con los osos. El motivo es obvio: en Europa no había leones, y por mucho que insistieran en los libros de caballerías que Lanzarote del Lago, Amadís de Gaula o Palmerín de Inglaterra habían vencido sendos leones, los personajes de carne y hueso hacían lo propio con los abundantes osos de la época, que además era más peligroso que cazar un animal como el león, del que ni siquiera conocían cuál era su aspecto real. Así pues, el hecho de dar caza a uno de estos poderosos animales era motivo de orgullo, y sus figuras pasaron a adornar los blasones de la nobleza como muestra de su fuerza, su coraje y su poder. Todos los blasonarios de Europa admitieron la presencia del oso condenado por la Iglesia a la condición de cuñado de Belcebú, y desde la Península Ibérica a Centroeuropa y desde la Península Itálica a la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), no se cortaron un pelo a la hora de plantar en sus escudos de armas a estos animales. Veamos pues la evolución osuna de estos bichos.

El oso, como ya se ha comentado, era asimilado a la condición de guerrero con muy mala leche. De ahí que en la Península se le asignara generalmente el papel de agareno cabreado cuando se le representaba erguido sobre sus patas traseras y agitando los brazos, es decir, la posición de rampante habitual que, según algunos tratadistas, en el caso del oso se le daba el nombre de desenfrenado. A la derecha podemos verlo en su representación más habitual, con una hirsuta pelambre en sable (negro), sobre un fondo plata, oro o gules (rojo), lampasado y armado (con la lengua fuera y las zarpas en gules), y en este caso mostrando su miembro viril, si bien esto no es frecuente ya que se da por sentado que los animales que aparecen en los blasones son machos salvo que se indique lo contrario, en cuyo caso, para identificar las hembras, se las presenta con algún cachorro o desprovista de los atributos propios del macho, como la cornamenta de los cérvidos. Esta es la forma de oso que encontraremos en la mayoría de los blasones españoles, en los que el oso ocupa el tercer lugar entre los bichos terrestres autóctonos tras el lobo y el jabalí.

Esta posición es la que se extendió por la Europa continental, siendo así la habitual en la Península, Francia, la actual Italia y el Sacro Imperio. No obstante, en la brumosa Albión se optó por una forma, digamos, abreviada del oso: solo se presenta la cabeza, pero con dos variantes que podemos apreciar en la imagen izquierda. En la figura 1 tenemos una cabeza con el cuello, que es la forma habitual en Inglaterra, mientras que la 2, sin cuello, es la propia de Escocia. No albergan ningún significado diferente. Solo los diseñaron así en su día los reyes de armas de la época y así se quedaron.

¿Y qué significado pueden tener esos muestrarios de úrsidos? Pues básicamente dos: "soy un guerrero absolutamente feroz, tanto como el oso que ves en mi escudo, de modo que ándate con ojo", o bien "he vencido a malvados enemigos fieros como el oso que ves en mi escudo y luego me meé en sus calaveras, de modo que ándate con ojo".

En cualquier caso, como ya sabemos, el surtido de posiciones que adoptan las bestias heráldicas es bastante extenso y, por lo general, el mismo en cualesquiera de ellas y con un significado similar. Así, tenemos el oso pasante asociado a un árbol, generalmente al roble, símbolo del linaje y el arraigo  del propietario del blasón. En este caso, la fiera pretende dar a entender al personal que dicho linaje está salvaguardado por guerreros valerosos y fuertes. Como vimos el artículo dedicado al lobo, es relativamente frecuente presentarlos cebados, uséase con un cordero en sus fauces como símbolo de haber capturado botín o despojos a los enemigos. Sin embargo, en el caso del oso no se hace uso de esta figura, que en la heráldica española queda reducida en la práctica al omnipresente lobo, bicho predilecto de las armerías hispanas por encima de cualquier otro.

También podemos encontrarnos al oso empinado en el árbol. En este caso, y también al igual que en el del lobo, se muestra a dicho árbol como símbolo del solar o los dominios del noble, y el oso como al enemigo que intentó conquistarlos y no pudo. Esta fórmula también nos vale si, en vez de un árbol, ponemos una torre, un castillo o una muralla, que nos hará saber que el oso/maldito agareno no fue capaz de culminar exitosamente el asedio gracias a la valentía y la fuerza de los defensores. Por cierto que es posible que el blasón de la izquierda les recuerde a algo. En efecto, al oso empinado en el madroño de la villa de Madrid. Sí, oso, no osa, por mucho que la progresía se empeñe  por feminizar hasta las tapas de criadillas de toro, ya que no hay una sola referencia histórica que diga que se trata de una hembra por lo que, como hemos dicho, salvo que se diga o se muestre claramente lo contrario, el animal será un macho. Además, el escudo de la milicia concejil madrileña desde la Edad Media ya mostraba como emblema un oso negro sobre plata como el que hemos presentado en primer lugar. Fue precisamente este emblema militar el que, posteriormente, dio lugar al escudo de la población.

Y por añadir algunas variaciones que, no obstante, no son frecuentes, tenemos al oso arrestado, es decir, representado con un bozal o con una argolla en la nariz, en este caso pudiendo además estar unida a una cadena que lo mantiene cautivo en un castillo, torre, etc. No creo que haga falta explicar qué simboliza, pero lo explico: oso arrestado = agarenos apresados. Y concluiremos con las cimeras que, como saben, se portaban sobre el yelmo como elemento identificativo del combatiente, si bien estos chismes eran más frecuentes en los pasos de armas, torneos y demás movidas castrenses. Así, mientras que otros animales como los leones o los lobos consistían en un monigote que aparecía sentado sobre el burelete o la corona, en el caso del oso lo habitual era presentarlos solo de medio cuerpo agitando los brazos, o sea, como un oso rampante partido en dos. Como colofón, añadir solo que el color habitual para estas bestias es el sable y, en menor grado, natural, es decir, de un color pardo. Muy raramente se ven osos en gules y, por supuesto, aún menos en otros esmaltes.

En fin, ya hemos visto como la bestia maldita por la Iglesia sobrevivió sin problemas a pesar de las anatemas clericales. Este emblemático animal, asociado desde tiempos inmemoriales a la fuerza y el poder, resistió sin problemas las paranoias de un clero empecinado en achacarle todos los defectos habidos y por haber.

Bueno, s'acabó

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

Miniatura del Códice Manesse, elaborado entre los años 1305 y 1340, que muestra a un joven caballero dando muerte a un fiero oso, hazaña que, por lo que vemos, le valió para plantar a la fiera en su escudo de armas. Encima de la escena podemos apreciarlo en el lado izquierdo, mientras que en el derecho tenemos el yelmo con la cimera

martes, 28 de mayo de 2024

HASTA VELITARIS

 

Grupos de VELITES infiltrándose entre los paquidermos enemigos, a los que hostigan arrojándole sus aguzadas jabalinas para cabrearlos y romper la formación

Hace ya varios cientos de lustros virtuales publicamos un articulillo sobre los VELITES, la infantería ligera del ejército romano durante la República. Como recordarán, y si no lo recuerdan echen un vistazo al mismo pinchando en el enlace, estos probos homicidas eran los ciudadanos-soldados con menos poder adquisitivo de la augusta Roma. Como ya se explicó en su día, en aquellos tiempos, la aspirante a capital del imperio carecía de ejército profesional, por lo que cada ciudadano acudía a la llamada de las armas pagándose su panoplia de su bolsillo y, por ende, era destinado a una unidad conforme a las características del mismo. El ejército se dividía en HASTATI, PRINCIPES y TRIARII, que conformaban la infantería pesada, más los EQVITES pertenecientes a las clases más pudientes ya que podían pagarse un penco para no tener que caminar mucho. Los menos pudientes eran los VELITES (hagan el favor de pronunciar "uelites", con U), que nutrían la infantería ligera y que, por la misma razón, eran los menos pudientes de todos. 

VELES dispuesto para el combate. Su mínimo armamento
defensivo, limitado a la PARMA, le permitía más agilidad
y velocidad que sus compañeros de la infantería pesada

Cada legión contaba entre sus efectivos con 1.200 VELITES cuya misión era mucho más importante de lo que se suele pensar, siendo generalmente más tenida en cuenta la infantería pesada que se movía por el campo de batalla conforme al despliegue táctico propio de los helenos, la falange, pero sin el apoyo de los VELITES podían tenerlo bastante crudo. Estos hombres, generalmente los más jóvenes del ejército- de ahí por lo general sus escasos medios económicos-, podían ofrecer dos ventajas innegables: una, su juventud y agilidad les permitían moverse rápidamente donde su presencia era requerida; y dos, su escaso armamento les facilitaba esa rapidez para desplegarse, si bien no por ello ofrecían una capacidad ofensiva despreciable. Como ya vimos en su momento, su panoplia defensiva se limitaba a un casco baratucho de bronce o, simplemente, nada, y a una PARMA, una rodela mucho más liviana y manejable que el SCVTVM de la infantería pesada. En cuando a las arma ofensivas, solo portaban un gladio o un puñal y tres o cuatro HASTÆ VELITARIS, unos dardos de pequeño tamaño que eran la base de su panoplia y con los que hacían mucho más daño de lo que imaginan. Sin embargo, poco se habla de esas armas que, a lo tonto, eran capaces de deshacer una carga de caballería, de elefantes o de diezmar un cuadro de infantería enemiga, tras lo cual salían echando leches a sus líneas en busca de la protección que les brindaban sus compañeros de armas. El gladio quedaba relegado a las escasas ocasiones en las que se veían obligados a llegar al cuerpo a cuerpo, por lo que su arma principal era el HASTA VELITARIS o VERUTVM, un chisme bastante ignorado y que, por ello, será el protagonista de este articulillo. Bueno, al grano...

Ojo, que eso de la infantería ligera tampoco lo inventaron los
romanos. Ahí ven a un peltasta tracio dando guerra en tiempos
del macedonio Alejandro, allá por el 300 a.C. Como se puede
comprobar, su panoplia es idéntica a la romana

Ante todo, debemos tener en cuenta algunos detalles que se suelen pasar por alto. Como ya saben, la infantería pesada procedía al lanzamiento de sus PILA tras el IMPETVS contra la formación enemiga. Al marchar en filas compactas, las probabilidades de herir o matar a un enemigo eran bastante grandes, por lo que el infante no tenía que ser un fenómeno a la hora de buscar precisión en sus lanzamientos. Con ser capaz de cubrir la distancia habitual ya había cumplido. Su PILVM, provisto de una enorme capacidad de penetración, atravesaría el escudo de cualquier cuñado con la energía suficiente para herirlo o, en el peor de los casos, obligarle a soltar el escudo porque el peso de la lanza lo hacía inmanejable, y pretender arrancarlo en plena fiesta era misión imposible. Sin embargo, el VELES se veía obligado a tener una precisión mucho mayor tanto en cuanto no solía arrojar sus HASTÆ VELITARIS contra una masa compacta, sino contra objetivos mucho más dispersos: infantería ligera enemiga durante una escaramuza, caballería que se cruzaba con ellos a toda velocidad o incluso diez o doce elefantes que, aunque lentos y torpones, iban tripulados por uno o dos arqueros que podían mantener a distancia a los VELITES antes de que estos pudieran ofenderlos. Por lo tanto, tenían que tener una destreza notable en el lanzamiento de sus dardos, y no le quedaba otra que aprovechar cada uno de ellos si no querían verse "sin munición" en plena movida. Luego hablaremos con detalle de la dotación de VERVTI de la que disponían. Como es obvio, lograr esa destreza en un ejército profesional en el que se podían pasar horas practicando no tenía ningún misterio, pero cuando se era el ciudadano panadero, el ciudadano curtidor o el ciudadano albañil que acudían a la llamadas de las armas de higos a brevas, la cosa ya no era tan fácil. Un currante tenía que calentar el puchero a diario, y no tenía mucho interés y aún menos tiempo para irse a un descampado a hacer prácticas.

VELITES cabreando seriamente a los cartagineses que tripulan un elefante un
poco pasado de tamaño para los que se usaban en realidad. En todo caso, un
grupo de estos infantes podía convertir al paquidermo en un acerico en un
periquete, matándolo por la abundante hemorragia producida por las HASTÆ
VELITARIS
que penetraban hasta sus entrañas

Y no solo tenían que adquirir la destreza necesaria para acertar en el blanco, sino también la potencia mínima para lograr el máximo alcance posible con la suficiente energía como para ofender a los enemigos. Como ya sabemos, la energía cinética se obtiene de la masa y la velocidad del proyectil, por lo que un dardo ligero, pero muy rápido o pesado pero muy ligero o lento no tenían la efectividad que lograba una combinación de ambos factores- velocidad y masa- capaz de perforar un escudo o una coraza enemigos y, además, hacer carne y penetrar en el cuerpo produciendo una herida grave o mortal. Y, por otro lado, cuanto más alcance se lograse, más fácil era mantener alejados a los enemigos ávidos de devorar sus vísceras bien regadas con GARVM. En resumen, ser destinado como VELES no era precisamente ningún chollo, y más si consideramos que eran los primeros en empezar a establecer escaramuzas con el enemigo, acudir con presteza como apoyo al lugar del campo de batalla donde hicieran falta refuerzos o adelantarse al ejército para realizar o prevenir emboscadas o divisar los movimientos enemigos. ¿Qué cómo sabemos si estos ciudadanos eran capaces de alcanzar la destreza necesaria para el desempeño de sus funciones? Pues esa es la cosa, que no lo sabemos. Nadie ha dejado constancia de las actividades del personal cuando no estaban sujetos a filas y se dedicaban a sus oficios, de modo que, lo más que podemos hacer es suponer que, en efecto, dedicarían parte de su tiempo a ir adquiriendo cada vez más destreza en el manejo de las armas, entre otras cosas porque les iba la vida en ello.

VELES con su panoplia al completo. Obsérvense los distintos yelmos que
solían emplear. Los tres superiores son del tipo Montefortino galo que fue
adoptado por todo el ejército romano
Bien, la cosa es que no han llegado a nosotros testimonios gráficos de los VELITES, ni en forma escultórica ni pictórica. Supongo que nadie mandaría decorar su TABLINVM (el despacho del PATER FAMILIAS) o el ATRIVM con las tropas más pobretonas del ejército, prefiriendo poner al peleida Aquiles dándole estopa al priamida Héctor ante los muros de Troya o, mejor aún, a Vercingétorix humillado ante Roma. Sin embargo, afortunadamente, sí disponemos de fuentes históricas solventes con las que reconstruir de forma bastante aproximada el aspecto de estos inopes homicidas. La más detallada procede de Polibio, el cual fue enviado como rehén a Roma en 167 a.C. tras la batalla de Pidna y tuvo ocasión de empaparse a fondo acerca del universo de los futuros amos del mundo. En su Libro VI de "Historias" nos dice que a los VELITES "...se les ordena llevar una espada, jabalinas y un escudo, el cual es fuerte y lo suficientemente grande como para brindar protección, es circular y mide tres pies de diámetro (1 metro). También usan un casco sencillo, y a veces lo cubren con una piel de lobo o algo similar para protegerse y actuar como un distintivo por el cual sus jefes pueden reconocerlos y juzgar si luchan con valentía o no". 

Y de la misma forma que nos describió a los VELITES, Polibio también se tomó la molestia de legarnos en aspecto de su arma principal, la HASTA VELITARIS. Con todo, debemos tener en cuenta un detalle, y es que no había una estandarización en lo referente a su longitud y tipo de moharra. Al cabo, los PILA de la infantería pesada tampoco observaban una uniformidad determinada, y en ambos casos podemos decir que, partiendo de un patrón básico, cada unidad o en cada provincia se fabricaban de una forma u otra, quizás considerando el enemigo a batir. No era lo mismo tener que vulnerar la gruesa piel de un elefante que el fino pellejo de un nubio, por poner un ejemplo. 

Bien, según el probo Polibio, la HASTA VELITARIS tenía un asta de dos codos de longitud (90 cm.), y estaba armada con una moharra de alrededor de un palmo, uséase, unos 20 cm. si bien en este detalle nos extenderemos un poco más adelante. Su morfología era más básica que la sesera de un alcalde de pueblo: un cubo de enmangue del que emergía una larga pica cuadrangular que se iba afilando hacia la punta hasta convertirla literalmente en una aguja o bien en una mínima pirámide, también cuadrangular, lo que aumentaba enormemente su poder de penetración. El grosor del asta, en base a los ejemplares que se han hallado, oscilaba entre los 17 y los 19 mm., y se solían usar maderas muy densas para aumentar el peso de estas armas y dar, en lo posible, más estabilidad a su vuelo. Generalmente se recurría al fresno o al cornejo, un arbusto que produce gran cantidad de ramas bastante derechitas y que, como su nombre genérico indica, era duro como un cuerno (CORNVS, de donde proviene el término cornejo). Esto no era óbice para que se emplearan otros tipos de madera en caso de no disponer de las mencionadas, como haya, castaño, etc. En la ilustración de la izquierda hemos recreado las moharras más generalizadas de estos chismes. En A podemos ver una cuyo proceso de forjado está casi concluido. Tras dar forma a la moharra, se bate el extremo inferior hasta convertirlo en una lámina, la cual será enrollada para formar el cubo de enmangue tal como vemos en B. El cubo no se soldaba, sino que ambos extremos de la chapa se solapaban sin más. Al ser unida la moharra al asta mediante un pasador remachado, el conjunto era lo bastante sólido. En C tenemos otra tipología, en este caso la descrita por Polibio: un hierro aguzado de sección cuadrangular sin más y el cubo de enmangue. 

Varias moharras procedentes del yacimiento de Šmihel, en Eslovenia.
Se pueden apreciar los diversos grados de deformación de las mismas
Estas moharras se deformaban fácilmente tanto al impactar contra un escudo enemigo como si se clavaban en el suelo. ¿Recuerdan la famosa polémica acerca de este efecto provocado en los PILA? Bueno, pues aquí no hay polémicas ni leches. Esos hierros tan finos se doblaban una cosa mala, y se tiene constancia de ello gracias a la cantidad de ejemplares hallados en contextos que no dejan lugar a dudas. Más aún, al clavarse en un escudo, lo habitual era que se deformasen aún más si se intentaba extraer, por lo que tenía lugar el archimanido efecto que obligaba al dueño del escudo a deshacerse de él por razones obvias, dejándolo descubierto ante sus enemigos. Siendo la dotación de HASTÆ VELITARIS más bien escasita- tres o, a lo sumo, cuatro unidades-, y considerando que en una simple escaramuza inicial podían agotarlos, parece ser que los reparaban en plena batalla. Marco Anneo Lucano lo explica claramente cuando dice que "...TVNC OMNIS LANCEA SAXO ERIGITVR" (... luego, las lanzas se enderezaban con una piedra), lo que nos induce a pensar que, tras un choque inicial y como era norma en los VELITES, estos se retiraban tras los HASTATI hasta que llegase el momento de actuar nuevamente, momento que aprovecharían para, tras recoger las HASTÆ tiradas por el suelo, enderezar en lo posible las moharras golpeándolas con una piedra. No debía ser muy complicado tanto en cuando no estaban templadas. Aún más, al final de la batalla se podrían recoger y ponerlas en manos de los herreros de la legión, que las repararían a base de forja o, llegado el caso, cortarían la parte deteriorada y las afilarían de nuevo, lo que explicaría la diferencia de longitudes entre moharras.

Pero este diseño no era precisamente óptimo, especialmente en lo tocante a la precisión. Su corta asta y su escaso peso le daban una trayectoria bastante errática, de forma que más allá de los 15 o 20 metros a lo sumo era francamente difícil acertar a un blanco con forma y tamaño de primate. A todo ello contribuía el mínimo diámetro del asta, que impedía un agarre capaz de impulsar el arma aprovechando al máximo la fuerza del tirador, como ocurría con el PILVM. Observen la foto de la izquierda, donde podemos apreciar el agarre de una jabalina. Un asta de 15 o 20 mm. de diámetro se pierde en la mano, que cuando más grande sea peor lo tiene para obtener un buen lanzamiento. Si alguna vez han jugado a las batallitas, quizás recuerden que el impulso lo da solo la base del dedo índice, desaprovechando el potencial que proporciona el conjunto de la mano y la muñeca. Para remediarlo, los VELITES equipaban sus HASTÆ con un mínimo accesorio más antiguo que la tos, que como está mandado tampoco inventaron ellos y que les permitía mejorar notablemente el rendimiento del arma: el AMENTVM.

El AMENTVM era algo tan simple como una lazada hecha con una tira de cuero de unos 8 o 10 mm. de ancho que ya usaban tanto los guerreros como los atletas griegos en sus juegos olímpicos. De hecho, hay mogollón de testimonios gráficos de la época en los que aparecen probos lanzadores arrojando sus jabalinas provistos de este accesorio. En lo tocante a nuestros imperialistas, Polibio no hizo mención al mismo cuando describió a los VELITES, pero sabemos que lo usaban gracias a Cicerón, que menciona las HASTÆ VELITIBVS AMENTATÆ, uséase, las jabalinas de VELITES provistas de AMENTVM. AMENTVM es un palabro que no tiene traducción a otros idiomas actuales, y en sus Etimologías, mi paisano Isidoro se limita a decir que "... es una correa que se adapta a la parte central del asta de las armas arrojadizas. Y se denomina AMENTVM porque, atada en medio de la lanza, facilita su lanzamiento." Esta lazada birriosa era la clave para convertir una jabalina poco eficiente en un arma absolutamente temible ya que, además de impulsarla con más fuerza y velocidad, lo que aumentaba su energía cinética, le proporcionaba una trayectoria mucho más estable, tensa y, por ende más precisa. Un VELES bien adiestrado en su manejo pasaba de ser una simple mosca cojonera a un tábano que, si te picaba con su VERVTVM, te podía pasar de lado a lado como sardinilla malagueña en espeto. Pero no crean que el AMENTVM era una simple tira de cuero que se ponía en cualquier sitio y santas pascuas. Antes al contrario, su manejo requería una depurada técnica, y en función de las circunstancias se podía recurrir a más de una forma de uso.

Ante todo, el VELES debía estar muy familiarizado con sus armas y conocer el punto exacto del centro de gravedad, donde debía empuñarla. Hacerlo más adelante o más atrás darían como resultado un lanzamiento pésimo y, peor aún, con un alcance mínimo. El método de lanzamiento más habitual lo vemos en las fotos de la izquierda, por el que el asta se apoyaba en la mano siendo sujetada por los dedos meñique, anular y pulgar. El AMENTVM, de unos 20-25 cm. de largo, debía situarse de forma que el bucle quedara justo en el centro de gravedad del arma para obtener las mejores prestaciones. Dicho centro de gravedad lo hemos marcado de rojo en ambas astas. En cuanto a la forma de fijar el AMENTVM, tenemos dos, cada cual a elegir por su usuario. En A vemos un AMENTVM unido al asta mediante un nudo que podía incluso reforzarse con un pequeño clavo. Como es obvio, era la unión más sólida ya que impedía que la tira de cuero se deslizase por el asta en el momento del lanzamiento pero, por contra, si el AMENTVM se alargaba por el uso o una humedad excesiva, podía variar por completo las prestaciones del lanzamiento. En B tenemos otra forma, basada simplemente en un bucle (Fig. B') que se desliza hasta que el AMENTVM quede a la distancia exacta, dando así a más opciones según las circunstancias. Sea como fuere, en ambos casos el lanzamiento se realiza impulsando el arma con los dedos más potentes de la mano, el índice y el corazón.

A la derecha tenemos otra forma de colocar el AMENTVM. En este caso, y con la correa fijada de las dos maneras que ya hemos visto, se le da una vuelta alrededor del asta con la finalidad de imprimir al arma una rotación similar a la de un proyectil moderno. La idea era, como ya podrán imaginar, mejorar la estabilidad del vuelo hacia el objetivo. No obstante, había que calcular bien la porción de correa que envolvía el asta ya que, caso de darle más de una vuelta, el giro resultante hacía que a, a partir de los 15 metros aproximadamente, el arma girase en sentido lateral, impactando de lado y no de punta ya que al dar más vueltas al AMENTVM, este se aleja del centro de gravedad del arma, empeorando en lanzamiento. Todas estas experiencias son resultado, como ya supondrán, de pruebas llevadas a cabo actualmente con réplicas basadas en la descripción de Polibio, que dan como resultado una HASTA VELITARIS de aproximadamente 500 gramos de peso incluyendo el de una moharra de 210 gramos y una longitud total de 115 cm. 

VELES en plena acción. Observen cómo empuña
su VERVTVM, y los dedos índice y corazón metidos
en el AMENTVM
En cuanto a las prestaciones obtenidas, la diferencia entre usar o no el AMENTVM es notable. Lanzándolo sin el mismo, la distancia obtenida oscila entre los 30-35 metros si el lanzamiento se realizaba en una posición estática. Si por el contrario se efectúa tras una carrera previa, se puede alargar hasta los 35-37 metros. Sin embargo, con el AMENTVM usado de la forma más habitual, que es la que vimos en primer lugar, el alcance se alarga hasta los 50-55 metros tanto si se lanza en posición estática como con carrera previa. Con el AMENTVM enrollado en el asta, la distancia se reducía un poco, alrededor de los 45-50 metros como máximo. No obstante, esto supone alrededor de un 40-50% más de alcance que sin el AMENTVM. En lo tocante a la capacidad de penetración sobre una coraza o peto de bronce, con el blanco a 15 metros o menos,  sin AMENTVM se obtienen unos 11 mm., suficientes para provocar al menos una herida superficial. Curiosamente, a distancias cortas el rendimiento del AMENTVM es inferior, alcanzando solo 90 mm. Pero a 25 metros los resultados se invierten, logrando 60 mm. sin AMENTVM y 70 con el mismo. Obviamente, si el enemigo era alcanzado en una zona de su anatomía sin protección ya podía encomendarse a los dioses y tal, porque quedaba listo de papeles en un periquete.

Y para concluir, la enésima duda que devana las seseras de los aficionados a estos temas. ¿Cuál  era la dotación de VERVTI de los VELITES? Livio menciona que el número de jabalinas era de siete por hombre, y ciertamente hay testimonio de ello. En la foto de la derecha podemos ver el monumento funerario datado en el siglo III d.C. de un tal Aurelio Muciano, que en su mano derecha empuña una especie de carcaj con al menos seis HASTÆ (puede que sean más). Sin embargo, salta a la vista que tantas astas, por finas que fuesen, no cabrían en una mano que, además, tenía que empuñar la manija del escudo. Por otro lado, no parece lógico que unas tropas a las que ante todo se les exigía movilidad y rapidez se vieran entorpecidos por ese chisme colgando de la espalda. Así pues, en lo que a mí respecta, solo caben dos opciones partiendo de la base que cada VELES no portaba en combate más de tres.

Opción 1: Cabe la posibilidad de que llevasen encima HASTÆ con distintos tipos de moharra, según el enemigo  batir. Antes de entrar en combate, se extraían del carcaj las más adecuadas, quedando el resto depositadas en el suelo a la espera del regreso de sus dueños.

Opción 2: Eran todas iguales, pero como solo podía llevar tres o, si acaso, cuatro si el VELES tenía una manaza importante, pues permanecían de reserva. De ese modo, tras volver de un primer choque con el enemigo podían reponer las HASTÆ perdidas o inutilizadas independientemente de que pudieran enderezar las que tenían tiempo de recoger durante su retirada.

Bien, con todo lo dicho colijo que ya saben algo sobre unas armas de las que sabían más bien poco o nada, de modo que ya tienen otra herramienta más para chinchar a sus miserables cuñados. Y tras varios meses de sequía, esperemos que con la llegada de la joía caló la musa de los cojones no vuelva a tomar la de Villadiego, que estas últimas vacaciones han sido más bien un año sabático, qué carajo.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

Los VELITES se reagrupan tras los HASTATI tras una escaramuza inicial contra los elefantes púnicos, algunos de los cuales vemos en franca huida ya que sus conductores han palmado o se ven sin el combatiente que les acompañaba