sábado, 10 de abril de 2021

CURIOSIDADES: EL SS-OBERSTURMBANNFÜHRER GARCÍA

 

García Valdajos con el uniforme de las SS. En el cuello vemos el
parche de SS-Obersturmführer (teniente)

Sí, suena a chiste, pero como que no. De hecho, los aficionados a la 2ª Guerra Mundial posiblemente ya hayan intuido de qué va la cosa, pero lo más probable es que la mayoría piensen que se trata de un desvarío producido por la musa, esa malvada ingrata que, como suele ser habitual por esta época del año, me deja la sección creativa de la sesera más mustia que un bonobo en la Antártida, donde no hay plátanos y hace un frío que pela. Aparte de eso, unos problemillas familiares me tienen bastante disperso porque, las cosas como son, los que de verdad viven del carajo son los tigres, que no quieren saber nada de nadie, su existencia se desarrolla en la más absoluta soledad y solo se arrejuntan un par de días al año para refocilarse con la tigresa del barrio, tras lo cual le largan el consabido "si te vi no me acuerdo" y retornar a su apacible existencia.

Bien, el ciudadano García del que hablamos es Rufino Luis García Valdajos, un auténtico y verdadero friki de la guerra cuya ajetreada existencia daría lugar a varias pelis molonas o incluso a una miniserie si no fuera porque el ciudadano García combatió con los nacionales durante nuestra guerra fratricida y, para remate, no dudó en largarse a Rusia a agradecerle personalmente al padrecito Iósif la ayuda prestada- mejor dicho, vendida por unos cientos de toneladas de oro de la reserva del Banco de España- en dicho conflicto. Sí, ya sé que el ciudadano García fue uno más de los 47.000 paisanos que se fueron al quinto carajo a seguir pegando tiros, pero su caso es más especial porque hablamos de un español en las SS. De hecho, no fue el único, pero es junto con Miguel Ezquerra de los más conocidos. Como ya hemos visto en los artículos que dedicamos a la formación de este siniestro cuerpo desde su cometido primigenio como guardia de corps del ciudadano Adolf hasta ser unidades militares de élite, las SS eran una especie de reserva genética con la que el Reichsführer pretendía llenar el planeta de especímenes absolutamente arios. 

Bronislav V. Kaminski (1899-1944) Este prenda
también daría para una serie y tres palículas

Sin embargo, cuando las cosas empezaron a ponerse chungas y los especímenes selectos empezaron a escasear, el ciudadano Adolf olvidó temporalmente sus escrúpulos raciales y permitió que cualquiera lo suficientemente chalado, fanático o, simplemente, aburrido de la vida, se alistara en las Waffen SS para fardar de uniforme guay y palmarla como un auténtico y verdadero héroe por el Reich de los Mil Años que estaba ya a punto de irse a hacer gárgaras. No sé dónde pudo encontrar pureza racial en los miembros de la Indische Freiwilligen Legión, nutrida obviamente por súbditos hindúes, o la 13ª Gebirgs-Division "Handschar" formada por bosnios y croatas musulmanes, para no hablar de la tenebrosa SS-Sturmbrigade RONA, formada por "untermenschen" rusos y dirigida por el aún más tenebroso Bronislav Vladislavovich Kaminski, un psicópata de manual empeñado en hacer la competencia a Oskar Dirlewanger, pero es posible que los eugenistas del partido encontrasen algún parentesco con los arios remontándose unos cuántos miles de años para justificarlo. Sea como fuere, lo cierto es que cuando hace falta personal se deja uno de chorradas y se acepta a todo quisque con tal de que tenga operativo un dedo para disparar y un ojo con el que apuntar.

Bueno, a lo que vamos...

El ciudadano García era uno de esos sujetos "nasío pa matá", porque la cosa bélica le tiraba mogollón. Nacido en Tordesillas en mayo de 1918 en el seno de una familia acomodada y absolutamente católica, se apuntó en la Falange siendo un adolescente, por lo que cuando empezó la guerra civil acababa de cumplir 18 añitos. Afortunadamente, el estallido del conflicto pilló a la familia García Valdajo en su pueblo, donde se habían ido a pasar las vacaciones estivales porque, en realidad, llevaban viviendo en Madrid desde 1923. O sea, que si el destino no les hubiese sido favorable pues nuestro hombre habría acabado seguramente en alguna cheka o paseado por algún grupúsculo de milicianos por su pertenencia a Falange, pero estos tipos tan belicosos suelen tener bastante suerte por lo general. Ya saben eso de que AVDENTES FORTVNA IVVAT. Inicialmente se sumó a la Guardia Civil como voluntario, que en aquellos momentos hacía falta personal para purgar los pueblos que iban cayendo en manos de los nacionales. Un mes más tarde, en agosto de 1936, se unió a la Bandera Castilla, una de las muchas milicias que se formaron con miembros de Falange y Requetés, similares a las milicias del bando opuesto organizadas por comunistas, anarquistas, etc. y que, debido a su fanatismo político, solían ser tanto unos como otros bastante expeditivos.

El general Orgaz, "inventor" de los alféreces provisionales
y organizador de las academias de los mismos. En el pecho
luce la insignia que él mismo diseñó y que llevó desde junio
de 1938, cuando Franco lo nombró "alférez honorario"

El 11 de enero de 1937 pudo ingresar en la Academia de Alféreces Provisionales de Granada- había otras en Sevilla, Burgos y Ávila-, cuando aún le faltaba casi año y medio para cumplir los 20 años mínimos exigidos para ingresar en dicha academia, pero cómo los provisionales caían como moscas debieron hacer la vista gorda tanto con él cómo con muchos otros. Sus índices de bajas eran tan abrumadores que se hizo famoso un remoquete que decía "alférez provisional, cadáver efectivo: la primera paga para el uniforme, la segunda para el entierro", así que ya pueden hacerse una idea de cómo estaba el patio. En fin, tras pasar la guerra sirviendo en los frentes de Madrid y Extremadura en el Batallón de Cazadores del Serrallo Nº 8, al término de la masacre decidió quedarse en el ejército, que por lo visto era lo que de verdad le gustaba. Según me contó mi venerable abuelo, que también combatió como alférez provisional, al acabar la guerra les daban la opción de hacer un curso de transformación en la academia de Zaragoza y pasar de la escala de complemento a la escala regular como teniente, que es lo que haría el ciudadano García. Lo destinaron a Madrid, donde su familia pudo volver tras la guerra, y allí pasó apaciblemente el tiempo hasta que una nueva llamada a las armas lo puso muy contentito porque, como ocurrió con muchos hombres, el ciudadano García debió convertirse en realidad en un inadaptado, gente que por haberse visto enfrentados a diario con la muerte desde muy jóvenes ya no concebían otra forma de vida.

Partida del primer contingente de voluntarios de la División Azul
La petición de voluntarios para largarse a Rusia a devolver la visita al padrecito Iósif fue de lo más exitosa. La proclama del cuñadísimo Serrano Suñer (en realidad, concuñado de Franco. Estaba casado con Zita, la hermana de Carmen Polo) asegurando que "Rusia es culpable" hizo que decenas de miles de hombres muy motivados ideológicamente, además de muchos que veían en esta movida la oportunidad de "lavar" su pasado, tanto político como criminal, se apuntaran a la fiesta. Y entre ellos estaba el ciudadano García, que por lo visto se aburría como un galápago con la vida cuartelera en la capital. Sin embargo, inicialmente le fue denegado sumarse a la División Azul por estar cubierto el cupo de oficiales, así que se tuvo que chinchar y permanecer en Madrid ávido de vísceras comunistas. Tuvo que esperar hasta septiembre de 1942 para poder alistarse, y buena muestra de su pertinaz obsesión por ir a Rusia es que lo hizo como soldado raso ya que cómo oficial no podía. Así pues, se quitó las dos estrellas de la bocamanga y se largó con sus colegas de una nueva hornada de voluntarios a Logroño, desde dónde partieron hacia Alemania el mes de noviembre siguiente cruzando por la Francia ocupada y luciendo ya los galones de cabo.

Tropas españolas en Krasni-Bor. 5.900 hombres contuvieron el avance
de 44.000 soviéticos apoyados por un centenar de carros de combate
y 800 piezas de artillería

En Rusia, el ciudadano García debió disfrutar como un enano, porque no se perdió una sola movida de las gordas incluyendo la suntuaria escabechina de Krasni-Bor, donde los divisionarios españoles demostraron que una desproporción de diez a uno no era suficiente para meterlos en cintura y, al parecer, sirvió para convencer definitivamente al ciudadano Adolf que invadir España para apoderarse de Gibraltar no era una opción sensata. Decía que "no se puede entrar España sin permiso de los españoles", y bastantes frentes tenía abiertos como para vivir en sus propias carnes las tribulaciones que padecieron los violadores y saqueadores de tumbas enviados por el enano corso 130 años antes. En noviembre de 1943, a la vista del cariz que tomaba la guerra más la presión política de los aliados sobre Franco, hicieron que éste se viera obligado a repatriar a la ya famosa 250 división, pero hubo muchos españoles que aún no habían tendido bastante y optaron por permanecer en el frente ruso chinchando al padrecito Iósif.

A la izquierda vemos al coronel Antonio García Navarro (1890-
1985), que se hizo cargo del mando de la Legión Azul

Entre dos y tres mil ex-divisionarios pasaron a formar la Spanische Freiwilligen Legion (Legión de Voluntarios Españoles), o Legión Azul, donde el ciudadano García sirvió como suboficial. Pero esta unidad tuvo una vida operativa más bien corta, y en marzo de 1944, apenas cinco meses después de liquidar la División Azul, fueron retirados del frente y enviados al campo de maniobras de Stablack, cerca de Königsberg, en Prusia Oriental, para ser debidamente reagrupados y preparados para su repatriación. Sin embargo, nuestro hombre aún seguía pensando que no había pegado bastantes tiros ni liquidado bastantes comunistas, así que optó por desertar del contingente que se encaminaba hacia España en ferrocarril. El 3 de junio de aquel mismo año se envió un oficio a Madrid informando que el día 5 de abril 52 fulanos habían tomado las de Villadiego tirándose del tren en las cercanías de Hanau, por lo que oficialmente eran considerados como desertores y entre ellos estaba, como no podía ser menos, el ciudadano García, que junto a sus colegas se personaron en la oficina de reclutamiento de la Wehrmacht que le pilló más a mano. De allí los remitieron al Quartier de la Reine, un vetusto acuartelamiento donde se agrupaban todos los españoles que pasaban la frontera de estrangis para unirse al ejército alemán. Recordemos que Franco había pasado un año antes de la "no beligerancia" a "qué mal me cae Adolf", por lo que cruzar la frontera para unirse a un ejército extranjero estaba feo y, además, era un delito chungo. Pero había mogollón de falangistas, carlistas y franquistas con ganas de acción, así que la afluencia de súbditos españoles no era un goteo, sino más bien un chorreo.

Postal que muestra el Quartier de la Reine hacia 1917, cuando
servía de acantonamiento a una unidad ferroviaria

Diez días más tarde, el ciudadano García es nuevamente enviado a Stablack con cuarenta camaradas, arribando a su nuevo destino el día 20. Una vez allí, nuestro belicoso paisano recupera su rango de teniente y es cuando comienza su peculiar travesía como miembro de las SS y el SD. Al parecer, lo de pasar a formar parte de estas unidades no fue cosa suya, sino un ofrecimiento de los tedescos para, aprovechando su obvio conocimiento sobre el tema, ayudar a combatir a los maquis de la Resistencia, donde habían ido a parar muchos excombatientes republicanos cuando tuvieron que salir de naja al término de la guerra en España. Junto a él tomó parte en estas actividades su compañero de fatigas Ricardo Botet Moro, que había servido como sargento en la División Azul y que, al igual que el ciudadano García, se había negado a volver a España. Tras pasar el verano de 1944 desempeñando acciones contra el maquis en Normandía, en octubre es enviado a Berlín, donde contacta con el general Wilhelm Faupel, ex-embajador alemán en España y director de Iberoamerikanische Institut, un organismo cuya verdadera misión era coordinar a los españoles que combatían en Alemania contra las órdenes del Caudillo, que ya había pasado del "qué mal me cae Adolf" al "yo no conozco de nada a ese sujeto".

Ricardo Botet Moro luciendo en el cuello
el distintivo de SS-Oberscharführer

Y mientras trapicheaba con el ex-embajador, por mediación de Botet nuestro hombre conoció al famoso líder del partido rexista y mandamás del nazismo en Bélgica, León Degrelle, que en aquel momento estaba formando la que sería la 28ª SS-Division "Wallonien". Botet había conocido a Degrelle cuando el español actuaba como traductor de francés y alemán en el legendario hotel Adlon, en Berlín, tomando buena nota de que el belga estaba buscando como loco voluntarios para su división, hasta el extremo de que no le importaría admitir en ella a los españoles que andaban un tanto dispersos en unidades de todo tipo tras su deserción. Nadie mejor que el ciudadano García para captar al mayor número posible de paisanos para, siguiendo las instrucciones de Degrelle, formar una compañía de españoles en su división, la cual quedaría bajo su mando con los suboficiales Botet, Lorenzo Ocaña y Rafael Lafuente como subalternos con el rango de SS-Oberscharführer, que equivalía al brigada del ejército español. El número de efectivos españoles en la "Wallonien" no está claro, como no podía ser menos, barajándose cifras dispares que van desde los 240 hasta los 400 hombres. En todo caso, la fuente que se considera más fiable es la del SS-Untersturmführer Albert Steiver, que confirma un máximo de 240 efectivos que, debido a los continuos combates en que se veían comprometidos, disminuyeron de forma notable a medida que avanzaba la guerra o, mejor dicho, se aproximaba el fin de la guerra.

Miguel Ezquerra (1913-1984) en su domicilio
madrileño  ya en plena vejez

Con todo, a pesar de que no estaba el horno para bollos y que la "Wallonien" estaba zambullida en todos los fregados para contener el avanzado aliado, incluyendo la ofensiva de Las Ardenas, el ciudadano García se prendó de una tedesca llamada Jutt María von Lutzon, por lo que tuvo que trasladarse a Berlín a cumplir con los requerimientos de la SS Rasse und Siedlungshauptamt, la Oficina de Raza y Asentamiento de las SS que investigaba los orígenes raciales de los novios para corroborar que la preciosa sangre aria no se vería contaminada por genes raritos. Dudo mucho que el ciudadano García fuese un ario de cabo a rabo, pero supongo que sus méritos bélicos permitieron que no le pusieran muchas pegas. Tras cumplir con sus deberes raciales y poner contentita a la tedesca con su furia ibérica, a principios de 1945 nuestro hombre se reincorporó a su destino, donde apenas quedaban un centenar o poco más de españoles que fueron agregados a la Einheit Ezquerra, una unidad formada por dos compañías al mando de otro ex-combatiente de la División Azul, el SS-Hauptsturmführer Miguel Ezquerra Sánchez, un aragonés del mismo pelaje que el ciudadano García que, privado del mando, fue encargado de actuar como enlace entre la unidad y el mando de las SS.

Dos elementos de cuidado: León Degrelle junto a
Otto Skorzeny. La foto se tomó en los años 50 en
España, donde ambos hallaron refugio tras la guerra

Los pocos españoles que quedaban operativos, fieles a la ancestral testarudez hispánica, fueron más leales al ciudadano Adolf que muchos de sus más allegados, que no dudaron en salir echando leches cuando los soviéticos llegaron a los arrabales de Berlín. De hecho, combatieron hasta las puertas de la cancillería codo con codo junto a miembros de la "Wallonien" y de la Legión Letona. Cuando el Reich de los Mil Años se derrumbó y el ciudadano Adolf partió de este mundo con una pastilla de cianuro y un disparo en la boca (no quiso fallar porque sabía lo que le esperaba si lo trincaban con vida), nuestro hombre se quedó totalmente perdido en un Berlín lleno de rusos victoriosos y ávidos de venganza. Durante unos días anduvo merodeando de un lado a otro, intentando escaquearse hasta llegar a la embajada española para pedir refugio, pero se la encontró ocupada por tropas españolas que, al contrario que él y sus compañeros, se habían unido al Ejército Rojo. Finalmente, pudo poner tierra de por medio haciéndose pasar por uno de los trabajadores forzosos que habían sido enviados a Alemania para cubrir la carestía de mano de obra para la industria bélica.

A la vista de esta foto se convence uno de que es cierto
eso de que no hay lugar en el mundo sin una tumba
española

Como pudo, logró alejarse de la zona controlada por los soviéticos, iniciando un periplo por diversos campos de refugiados procurando en todo momento no ser identificado como miembro de las SS, porque entonces lo tenía crudo. Finalmente, el 14 de diciembre de 1945 pudo cruzar la frontera franco-española en Irún, y cinco días más tarde se presentó en su antiguo destino de Madrid como si fuera un recluta que ha faltado a la lista de retreta. No lo recibieron precisamente como un héroe, sino todo lo contrario. El ciudadano García era un puñetero desertor y, peor aún, se había negado a obedecer las órdenes del Caudillo, que sufrió presiones de los aliados durante toda la guerra precisamente a causa de los contingentes de españoles que, a pesar de las órdenes recibidas, fueron a su bola y siguieron dando guerra. De hecho, no solo se enfrentaron a los rusos y a los maquis gabachos, sino también con yankees y con todo el que se les puso delante. Dos años lo tuvieron empapelado por aquella historia pero, al cabo, los mismos oficiales que formaron parte del consejo de guerra estarían más por la labor de darle un aplauso que meterle un paquete, así que el 1 de marzo de 1947 fue absuelto y todos contentos.

En fin, esa fue la curiosa historia del SS-Obersturmbannführer (teniente coronel) Luis García Valdajos que, como habrán podido comprobar y como comenté al principio, da para una serie molona. Tras retomar la vida civil se dedicó a negocios vinateros y a desempeñar cargos de gerifalte falangista. Palmó en Madrid octubre de 1988, e imagino que no habría sido precisamente aburrido pasar una tarde con el ciudadano García escuchándole narrar sus batallitas.

Bueno, vale por hoy, que ando más liado que una puñetera persiana.

Hale, he dicho 

Sobran los comentarios. A los tedescos, ni en sueños se les ocurriría montar un chiringuito de coña en pleno frente, y encima adornado con una bomba de aviación


domingo, 28 de marzo de 2021

CAÑÓN ROTATIVO HOTCHKISS. MUNICIONES Y ESPOLETAS

 

Grupo de tedescos durante la Gran Guerra haciendo uso de un Hotchkiss de 37 mm. como arma de trinchera. El guripa que vemos en el centro tiene ante sí una caja de munición y sostiene un cartucho en cada mano, lo que nos permite hacernos una idea de las dimensiones de este tipo de munición

Bien, veamos los diferentes tipos de proyectiles empleados en estas máquinas. Ante todo, y a modo de recordatorio para lo que vamos a ver, debemos tener presente un detalle: la Hotchkiss construyó seis modelos de cañón diferentes, a saber: el modelo naval de 37 mm. (fig. 1), uno de campaña de 37 mm. que, en realidad, era idéntico al naval con apenas un par de diferencias consistentes en que el de campaña carecía de culata y las miras eran diferentes, como vimos en la entrada anterior. Aparte de eso, el modelo naval era un poco más liviano, alcanzando un total de 210 kilos incluyendo la culata contra los 225 del modelo de campaña. Donde sí se registraban diferencias más notables era en el modelo de 37 mm. pesado (fig. 2), cuyos cañones tenían una longitud de 127,6 cm. contra los 74 de su hermano menor, lo que hacía que el peso total de la pieza alcanzase los 475 kilos.


Luego tenemos los modelos navales de 47 mm. (fig. 3) y 53 mm. (fig. 4) que, como ocurrió con las piezas embarcadas de 37 mm., fueron desmontadas de los buques donde servían a principios del siglo XX por haber quedado obsoletas para su misión original, siendo reconvertidas en cañones de plaza o emplazadas en posiciones costeras para defenderlas de posibles desembarcos, siendo bastante efectivas contra botes para transportes de tropas y, por supuesto, contra los fulanos que lograsen tocar tierra. Cada país diseñó las cureñas que consideró más adecuadas para cada finalidad, por lo que en modo alguno podremos ver semejanza entre las que aún se conservan en cada cañón. No obstante, los pedestales y los montajes giratorios que usaban cuando estaban embarcados fueron igualmente útiles en tierra ya que se trataba de emplazamientos fijos sobre bases de hormigón, siendo en las fortificaciones donde hubo que optar por diseños de cureñas que permitieran mover las piezas de un sitio a otro. Bien, tenemos pues tres calibres para cinco modelos distintos: 37, 47 y 53 mm., cuyos proyectiles eran similares salvo, lógicamente, en el calibre, las cargas de proyección y las carga explosivas. Pero, en su diseño y cometido, eran iguales.

Cañón francés de 40 mm. capturado en un fuerte de Verdún
durante la Gran Guerra
Finalmente tenemos el cañón de plaza de 40 mm., creado ex-profeso como barrefosos y que, por ser precisamente el que se fabricó en menor cantidad, fue lo que favoreció el traslado de sus hermanos navales a complementar la dotación de este tipo de piezas cuando fueron retiradas de los barcos. Para este cañón fue diseñado un proyectil especial ideado para repeler a las tropas que lograran infiltrarse en el foso que defendían y que no era otra cosa más que un bote de metralla que luego veremos con más detalle. Así pues, a los tres tipos de proyectiles mencionados añadiremos este, con lo cual queda completa la colección de cartuchos para toda la gama de cañones rotativos. Por otro lado, como ya podrán imaginar, cada país desarrolló sus propios proyectiles- los de Francia fueron diseñados y fabricados por la Hotchkiss-, lo que supone que haría falta un tocho gordo para explicar cada variante según el tipo de bandas de forzamiento, cargas, etc., por lo que nos ceñiremos a los originales y así me evito tener que cortarme las venas junto a la musa en plan Petronio y Eunice. Y aclarado este punto, al grano...

Empecemos por la vaina. Inicialmente, la Hotchkiss desarrolló una vaina enrollada formada por una lámina trapezoidal de latón cuya base era embutida en un culote de cobre (fig. A). Para reforzar dicho culote e impedir que la uña extractora lo rompiera al sacarla de la recámara se le añadió un disco de hierro fijado al culote mediante tres remaches, como podemos ver en el gráfico inferior. No tardaron mucho en sustituir las vainas enrolladas, que como sabemos tuvieron una vida operativa más bien breve, por un modelo similar fabricado por extrusión si bien, según las fuentes de la época, el modelo anterior no fue eliminado de forma definitiva sino que se siguió empleando en los botes de metralla, imagino que por ser más barata su producción y generar menos presión. Una vez introducida la carga de pólvora se añadía un taco de fieltro engrasado para comprimirla y dejar espacio para el culote del proyectil, que era crimpado al gollete. Pasemos a los proyectiles...

El modelo original era un proyectil rompedor que, como recordaremos, tenía un peso total de 455 gramos debido a la limitación impuesta en la Conferencia de San Petersburgo, que limitaba a un mínimo de 450 gramos la munición explosiva. De estos 455 gramos, 413 correspondían a la carcasa de hierro fundido, 22 gramos a la carga de pólvora, y 20 a la espoleta. La carcasa tenía unas acanaladuras para ajustar la banda de forzamiento de bronce e impedir que esta se quedara atrás en el momento del disparo al tomar las estrías. Como vemos, dicha banda de forzamiento era completamente lisa si bien otros países optaron por bandas estriadas, bien longitudinales o bien con un determinado ángulo. Este proyectil estaba armado con dos tipos de espoleta, la diseñada por Hotchkiss y la francesa Desmarest. Por lo general, la Hotchkiss se destinaba a la munición de campaña, mientras que la Desmarest era la que armaba los proyectiles de los cañones navales por las razones que daremos más abajo. Por lo demás, las carcasas eran pintadas con laca negra para protegerlas de la humedad.

Como ya se comentó en su momento, estos proyectiles eran potencialmente mucho más letales que las ráfagas de las ametralladoras mecánicas de la época. El número de fragmentos de metralla obtenido por disparo superaba con creces el de balas sólidas disparadas por la ametralladora más eficiente, y con la ventaja añadida de que no perdían energía con la distancia ya que esta empezaba a contar en el lugar donde detonaban, que podía ser a uno o dos kilómetros o más de distancia del cañón. En la foto de la derecha podemos ver un muestreo de metralla procedente de un proyectil rompedor de 37 mm. Los fragmentos sombreados en amarillo corresponden a la banda de forzamiento. Los rojos a la carcasa del proyectil, y debajo vemos la espoleta y el culote, que naturalmente también hacían pupa. En total tenemos 23 fragmentos grandes y 3 esquirlas. Desechando las esquirlas- que bien colocadas pueden hacer mucho daño- pongamos una media de 20 cascos de metralla por proyectil. Si alcanzamos una cadencia de 60 disparos por minuto, la más habitual metiendo prisa, tenemos un total de 1.200 proyectiles que superan holgadamente los 300 o 400 proyectiles que podía disparar una Gatling con el añadido de que aquí no hablamos de una bala que producía heridas más o menos limpias y con una trayectoria recta, sino de fragmentos de hierro muy caliente (la metralla quema la piel al producirse la herida) con bordes afilados y que puede impactar de cualquier forma en el cuerpo, produciendo heridas francamente desagradables aparte de mortales. Como es lógico, los proyectiles de más calibre producían una fragmentación mayor, que podía duplicar la de los proyectiles de 37 mm. Veamos las espoletas.

A la izquierda tenemos la Hotchkiss, una espoleta de impacto por inercia. En la figura A tenemos sus diferentes partes: 

1. Tapón de seguridad de plomo. Este tapón sujetaba a presión dos alambres que mantenían el fulminante  alejado del percutor. De ese modo se evitaban accidentes bastante chungos derivados de una mala manipulación. 

2. Los alambres en cuestión. Iban embutidos en el lastre de plomo de la masa de inercia.

3. Tubo de bronce que contenía la masa de inercia

4. Fulminante

5. Percutor

Figura B: Inicio de la secuencia de disparo. El repentino aumento de velocidad hace que el tapón de seguridad se desprenda, liberando la masa de inercia. A partir de ese momento, la espoleta está armada.

Figura C: Impacto. La brusca desaceleración, así como el aplastamiento producido por el choque, hacen avanzar la masa de inercia hacia la punta de la espoleta, haciendo que el percutor detone el fulminante cuyo chorro de fuego sale por el orificio central, iniciando la carga explosiva.

A la derecha tenemos la espoleta Desmarest, que era más básica y primitiva que los conceptos éticos y morales de un político. Como vemos, era una espoleta de impacto formada por dos pequeños tacos de madera sujetos mediante pasadores. En el taco inferior se fijaba el fulminante, y en el superior el percutor. Para sellarla, la parte superior se cubría con una masilla impermeable. No hay mucho que explicar en este caso: en el momento del impacto, el aplastamiento hacía retroceder el percutor hasta golpear el fulminante, nada más. Sin embargo, parece ser que por ese motivo esta espoleta era especialmente sensible, produciendo la detonación con un simple roce incluso impactando sobre ángulos bastante acusados. Este era el motivo por el que, al parecer, era preferida en los cañones navales ya que se aseguraba la detonación del proyectil en casos en los que la Hochkiss habría pasado de largo sin explotar ya que esta requería superficies más compactas y menos angulosas para resultar efectivas. 

Como ya se ha comentado, tanto proyectiles como espoletas eran los mismos para los tres calibres, en los que solo variaban dimensiones, cargas y el tipo de espoleta, más ligera la Desmarest. Para amantes del detalle y de petrificar cuñados, ahí dejo una tabla con las características del proyectil rompedor en todas sus versiones. Obsérvense un par de detalles: las espoletas de los calibres navales son, como se ha dicho, más ligeras, excepto la del cañón de 53 mm., que usaba la Hotchkiss de las piezas de campaña. Así mismo verán que la versión pesada de la pieza de 37 mm. era más pesada y de mayor longitud. Por lo demás, ya ven el peso de la carcasa del proyectil de 53 mm: nada menos que kilo y medio de hierro que, convertido en metralla, debía ser sumamente efectivo a la hora de barrer las cubiertas enemigas. En cuanto a las velocidades iniciales, estas oscilaban dependiendo del calibre entre los 400 y 450 m/seg. aproximadamente.



Prosigamos con el proyectil perforante que, como ya podemos imaginar, era el destinado a penetrar en los cascos de los malvados torpederos. Para ello se diseñó una carcasa de hierro templado al aceite que, como vemos en la vista en sección, tenía la masa y el grosor suficientes para atravesar sin problemas este tipo de navíos, para no hablar de los mercantes o naves de guerra antiguas aún en servicio y que estaban construidos de madera. Su diseño era básicamente similar al del proyectil rompedor, con su banda de forzamiento encastrada en una hilera de acanaladuras pero con una fina acanaladura en el tercio inferior del proyectil para facilitar el crimpado de la vaina. En este caso, por su condición de proyectil perforante, la espoleta estaba situada en el culote, roscada en el mismo. Era una Hotchkiss de inercia que explicaremos a continuación. La capacidad de penetración de esta munición no era para tomarla a broma: en las exhaustivas pruebas a las que se sometió el cañón en Gâvre (Francia) demostró que podía perforar sin problemas el casco de un torpedero clase Lightning a una distancia de 2.500 metros y a 2.000 en un ángulo de 30º.

A 500 metros podía perforar una chapa de 12 mm. de espesor, alcanzando su máxima capacidad de penetración a los 200 metros, atravesando 25 mm. de chapa. Si se trataba de un casco de madera de roble, para detener el proyectil y que detonase sin que sus efectos se notaran en el interior del casco tendría que tener al menos 70 cm. de grosor ya que su penetración alcanzaba los 53 cm. El de 47 mm. era obviamente más poderoso. Podía perforar una chapa de 20 mm. de espesor a más de 2.000 metros. Su secuencia de impacto era rotunda: el proyectil impactaba en el casco y lo atravesaba antes de que se iniciara la detonación, que tenía lugar una vez penetrado en el interior de la nave. Una vez que el proyectil explotaba, sembraba todo el entorno de metralla que, como ya se comentó, dañaba las máquinas, perforaba las calderas (eso suponía inmovilizar el barco hasta que fueran reparadas), atravesaba los mamparos y, por supuesto, se llevaba por delante a todo el personal de la sala de máquinas o de cualquier dependencia situada dentro del casco. La foto de la izquierda es bastante gráfica. Muestra una reproducción de la proa de un torpedero clase Lightning con una angulación de 30º que ha sido atravesada como mantequilla. La parte trasera representaría el primer mamparo, convertido en un colador por la metralla producida por el proyectil una vez detonado. En resumen, estas armas se lo ponían francamente crudo a los torpederos, que podían ser ofendidos a dos kilómetros del objetivo y, caso de acercarse más, ver como sus tripulaciones podían ser diezmadas con los proyectiles rompedores o los metralleros que veremos más adelante.

A la derecha vemos la espoleta de base Hotchkiss que armaban estos proyectiles cuyo funcionamiento era por inercia. En la figura A vemos sus componentes:

1. Percutor

2. Masa de inercia

3. Fulminante

Como vemos, la masa de inercia permanecía en una posición avanzada para impedir que el percutor alcanzase el fulminante durante la manipulación del proyectil. En la figura B tenemos el momento del disparo en el que, a causa del aumento de la velocidad repentino, la masa de inercia retrocede, dejando la punta del percutor preparada para el impacto. En ese momento queda armada la espoleta. La figura C presenta el instante en que, tras el impacto y el brusco descenso de velocidad, la masa de inercia empuja el percutor hacia adelante, detonando el fulminante y produciéndose la explosión. En la tabla inferior tenemos los datos de este tipo de proyectil por calibre para terminar de petrificar al cuñado de turno.



Veamos a continuación el metrallero que, en realidad, se podría decir que era un cartucho de posta lobera a lo bestia ya que carecía de espoleta, o sea, no esparcía la metralla detonando en el aire, sino exactamente igual que un escopetazo. Como vemos en el gráfico de la derecha, el proyectil lo formaba una carcasa de hierro estañado cerrada por la parte inferior con un disco de hierro que se fijaba mediante un rebordeado de la misma carcasa. Esta se llenaba con un determinado número de bolas de plomo endurecido con antimonio en función del calibre del arma, y se cerraba por la parte superior con una copa de zinc fijada mediante el crimpado de la carcasa. Para impedir que las bolas convirtieran el proyectil en un sonajero, el interior se rellenaba con serrín bien compactado. Cuando el proyectil salía del cañón, la inercia de las bolas, más pesadas que la tapa de cinc, la empujaban abriendo la boca de la carcasa y saliendo como si de una perdigonada se tratase. 

En esta foto podemos ver el cargador instalado en la tolva. Como
ya se comentó en la entrada anterior, era retirado una vez que sus
diez cartuchos pasaban a la máquina
Estos proyectiles eran empleados tanto para despejar las cubiertas de los barcos enemigos como en las piezas usadas como barrefosos. Y no hablamos de bolitas tamaño posta, sino de bolas gordísimas: el metrallero de 37 mm. contenía 28 bolas de 19 gramos de peso; el de 47 mm., 30 bolas de 32 gramos, y el de 53 mm. 58 bolas de 28 gramos. Para hacernos una idea: una bala de calibre .45 ACP pesa 15,5 gramos, y una de calibre 12,70 mm. 43 gramos. El alcance eficaz de estos proyectiles rondaba los 200 metros, lo que no era ninguna tontería porque una andanada podía barrer de proa a popa a cualquier torpedero alevoso, y más si aplicamos la misma regla que con la metralla de los proyectiles rompedores: el cañón de 53 mm., el de cadencia más lenta, alcanzaba los 30 disparos por minuto. 30 disparos por 58 bolas supone poner en el aire 1.740 proyectiles. En el caso del cañón de 43 mm., con una cadencia similar al de 37 mm., pues hablamos de 60 disparos que equivaldrían a 1.800 disparos en un minuto, cuatro veces la munición que disparaba una Gatling en el mismo tiempo, y casi el triple de una Maxim modelo 1908 como la usada por los tedescos en la Gran Guerra.

Finalmente, a la derecha tenemos el bote de metralla diseñado para los cañones de plaza de 40 mm. Básicamente era similar a los metralleros vistos anteriormente. En este caso, la carcasa era una fina chapa de hierro estañado cerrada en su parte inferior por un disco de hierro y un tapón de madera crimpado en la parte superior. El contenido era siempre el mismo: 24 bolas de plomo endurecido de 32 gramos de peso y un calibre de .71 pulgadas (18 mm., el mismo diámetro de una escopeta de calibre 12) dispuestas en ocho filas de tres bolas cada una, lo que significaba que si a uno lo alcanzaban con tres o cuatro bolas de esas lo dejarían en un estado lamentable y, casi con seguridad, obtendría una baja por defunción cuasi instantánea. Un Hotchkiss bien resguardado en una casamata o una caponera disparando sin descanso esos cartuchos convertirían un foso en un pequeño apocalipsis porque, recordémoslo una vez más, cada cañón tenía un paso de estrías distinto para formar un cono de fuego que abarcase prácticamente toda la superficie del foso. 

En cuanto a las vainas servidas, recordemos que eran recargables por lo que se recomendaba situar debajo de la ventana de expulsión un cesto o similar para recogerlas sin que se dañaran y, una vez concluida la fiesta, se les extraía el pistón introduciendo un fino botador en el interior de la vaina y expulsándolo con un pequeño martillazo. Luego eran sumergidas durante 36 horas en un baño de agua jabonosa para eliminar mugre y restos de pólvora quemada, tras lo cual quedaban limpias y listas para ser enviadas a fábrica. En la foto de la izquierda podemos ver un cañón naval de 37 mm. emplazado en el puerto de Cherburgo provisto de una red para la recogida de vainas. 

Benjamin Hotchkiss no pudo regodearse en el éxito obtenido con su invento, del que solo el estado francés adquirió cientos de unidades más las que vendió a multitud de países por todo el mundo. Pasó a mejor vida en París en febrero de 1885 con apenas 58 años dejando tras de sí su fructífera empresa que, además de convertirse en un referente en la construcción de armas, se dedicó también a la industria del automóvil. En fin, no creo que se me haya pasado nada especialmente importante, de modo que con esto damos por concluida esta pequeña monografía que, espero, les haya permitido conocer un poco más a fondo estas peculiares armas. 

Bueno, s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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Estos chismes estaban en todos los fregados de la época. El que aparece en la foto, un cañón naval de 37 mm., estaba emplazado en una rudimentaria casamata de un fuerte situado en el monte Peiying durante la guerra ruso-japonesa. A saber cómo leches fue a parar a semejante sitio

jueves, 25 de marzo de 2021

CAÑÓN ROTATIVO HOTCHKISS. MODELOS Y FUNCIONAMIENTO

 

Hotchkiss de 47 mm. emplazado en el cañonero ruso "Donets". El gran tamaño del arma requería que un tercer servidor manejase la manivela mientras que el tirador hacía fuego con el disparador situado bajo el cajón de mecanismos

No, no ha sido cosa mía, sino de la perversa arpía que, cómo saben, de vez en cuando toma las de Villadiego y me deja desamparado hasta que le da la gana de volver. Cuestiones de musas ingratas aparte, para mí siempre ha sido un misterio lo que impulsa la creatividad humana, que a veces tiene una fuerza imparable mientras que otras, sin venir a cuento, se aletarga y lo deja a uno más mustio que un lagarto en Groenlandia en pleno invierno. En fin, dejémonos de filosofías y retomemos el invento del ciudadano Hotchkiss.

Cuando se llevaron a cabo las modificaciones sobre el modelo inicial comentado en el artículo anterior, el resultado fue un arma fabricada con cinco cañones de acero Withworth que, además, sufrió profundos cambios en lo tocante a sus mecanismos de disparo, principalmente en la posición del percutor, que se reubicó en la parte inferior derecha de forma que actuaba sobre el cañón que estaba en la posición inferior del conjunto. Se construyeron dos versiones que podemos ver a la derecha. El que aparece en la figura 1 disponía de un pistolete que permitía hacer fuego en el momento preciso. Recordemos que, aunque en los ciclos de disparo los cañones se detenían, hasta que el giro de la manivela no liberaba el resorte que accionaba el percutor no se produciría el disparo. Con este método, la manivela se detenía, quedando el proyectil a la espera de que el tirador apretase el gatillo. Obviamente, permitía más precisión, pero ralentizaba la cadencia de tiro. Si era preciso aumentar dicha cadencia, el tirador mantenía presionado el gatillo mientras el ayudante giraba la manivela. En la figura 2 tenemos la otra versión, en la que el disparo se produce sin necesidad de ningún mecanismo extra. Bastaba con que se completara el ciclo de giro de los cañones para que la excéntrica del disco central liberase el resorte que, a su vez, empujaba el percutor. En cuanto al pistolete, se sustituyó por un asa que permitía al tirador tener un mejor control sobre la pieza. Añadir a estos detalles que el modelo provisto de pistolete siguió usando la manivela convencional, mientras que el otro estaba provisto de un manubrio con dos piñones cónicos que permitían al tirador girarlo sin tener que alargar el brazo, maniobrándolo a la altura del pecho sin necesidad de un tercer hombre para ello ya que, como ocurría en el modelo anterior, no quedaba fuera del alcance de su brazo. Al parecer, este sistema prevaleció sobre el modelo con el pistolete ya que, al cabo, lo que se esperaba de esta máquina era una alta cadencia de tiro.

En cuanto al corazón del invento, siguió siendo el disco central que, con sus acanaladuras helicoidales y su excéntrica podía hacer funcionar la máquina. La parte izquierda era la que actuaba sobre las cremalleras y la biela que accionaban el émbolo de carga y el extractor, mientras que la excéntrica de la derecha se encargaba de presionar y liberar el percutor. La parte central actuaba sobre la rueda catalina que estaba conectada al eje sobre el que giraban los cañones. Recordemos que en este cañón, los ciclos de disparo no evolucionaban mientras que la manivela giraba, sino que se completaba un único ciclo con cada giro completo. Para entendernos: en un giro se introducía un proyectil en la recámara, se producía un disparo y se expulsaba una vaina servida. Por lo tanto, y teniendo en cuenta que el cañón que disparaba era el que llegaba a la posición inferior del conjunto, había que girar tres veces la manivela antes de que se produjera el primer disparo en el cuarto giro. Caso de detener el fuego con munición ya introducida en la recámara, para descargarla se accionaba un mecanismo que permitía girar a la inversa la manivela, extrayendo los proyectiles con la ayuda de cualquier útil, como un destornillador, que permitiera sacarlo actuando sobre el reborde de la vaina.

Volviendo al mecanismo de disparo, a la derecha vemos el percutor en funcionamiento. El sistema primigenio que vimos en el artículo anterior lo situaba en el cañón superior, produciendo el disparo en el segundo giro de la manivela, y recordemos que lo accionaba un muelle helicoidal, menos potente y más susceptible de romperse que el enorme muelle plano que lo sustituyó y, además, facilitó enormemente la reposición tanto del muelle como de la aguja en caso de avería. Este nuevo percutor estaba provisto de una aleta (flecha roja) sobre la que actuaba la excéntrica del mecanismo. A medida que giraba, empujaba la aleta hacia atrás, comprimiendo el muelle que iba colocado sin más en la tapa del cilindro que alojaba los mecanismos. En la figura 3 vemos cómo la excéntrica está a punto de liberar la aleta, y en la figura 4, con el ciclo de giro completado y el cañón detenido, el percutor sale despedido hacia adelante, detonando el pistón de la vaina y produciéndose el disparo. En el siguiente giro de manivela, un nuevo cartucho será disparado mientras que la vaina del que acaba de usarse caerá por la ventaba de expulsión una vez que el extractor la haya sacado de la recámara. Más básico, imposible.

En la foto de la izquierda podemos ver las tripas de la máquina que, por cierto, podían desmontarse sin necesidad de herramientas salvo un botador para facilitar la extracción de algunos pasadores. Eso no dejaba de ser una ventaja a la hora de solventar averías en plena acción, que es justo cuando el destornillador y la 10-11 desaparecen por arte de magia. En todo caso, las herramientas que acompañaban cada máquina eran lo mínimo que se despacha: una aceitera, un destornillador, un botador, una llave inglesa y un martillo. Además, las piezas de campaña llevaban en el avantrén una pala, un pico y un hacha para preparar los emplazamientos, pero nada más. Bien, ahí tenemos una vista trasera del cajón de mecanismos con la tapa abierta y las orejetas que sujetan el potente resorte del percutor (flecha roja). En el centro vemos el disco helicoidal que se encargaba de hacer funcionar el cañón. La flecha blanca señala el percutor, una enorme barra de acero de unos 20 cm. de largo que se podía quitar y poner en un periquete, bastando solo introducirla en su alojamiento. La flecha púrpura señala el culote del émbolo que empujaba los cartuchos en la recámara.

En lo referente a los sistemas de puntería, había tres tipos, a saber: el del modelo naval que vemos a la derecha estaba formado por una regleta abatible con marcaciones fijas entre 200 y 2.000 metros (200 metros entre marcas). Considerando que el tirador se enfrentaba a un blanco móvil que, además, avanzaba rápidamente hacia él reduciendo la distancia a gran velocidad, no tenía tiempo de ir regulando el alza constantemente, por lo que este sistema le permitía ir cambiando el ángulo de tiro sin tener que dejar de disparar. Simplemente iba usando la marca que le convenía en cada momento. En cuanto a las destinadas a fortificaciones, era un dióptero graduado de 100 a 1.600 metros, y las de campaña estaban equipadas con un alza tangencial con el mismo reglaje de distancias pero, además, disponía de un tornillo que permitía una regulación fina para la corrección lateral del tiro. Por cierto que, aunque las graduaciones las hemos dado en metros, obviamente cada país recibía sus cañones conforme al sistema de medidas oficial en el mismo, por lo que los anglosajones, fieles hasta la médula a su negativa cambiar con el resto del planeta, usaban yardas, los rusos arshín (codo, 72,1 cm.), etc. En todos los modelos, el sistema de puntería estaba instalado en el lado derecho del arma salvo en el cañón de 53 mm., que iba en el izquierdo.

Bien, con esto podemos conocer grosso modo el funcionamiento de estos chismes. Veamos el sistema de carga...


Foto A. En el costado superior izquierdo vemos la tapa de bronce que daba acceso al interior del cajón de mecanismos. Junto a ella, dos orificios donde se introducían los tetones de la tolva de alimentación. Este es el aspecto de la máquina cuando no estaba en funcionamiento.

Foto B. Empieza la fiesta. Hay que cargar la máquina, por lo que hay que abrir la tapa que, como vemos, deja al descubierto la recámara del primer cañón.

Foto C. La flecha señala una placa basculante que, cuando un cartucho avanzaba en dirección a la recámara, se elevaba, interrumpiendo así el paso a los demás cartuchos. La misión de esta pieza era que no se produjeran interrupciones durante el proceso de carga ya que este era por gravedad, y debido a su peso algún proyectil podría atorar o dificultar la introducción del que le precedía. 

Foto D. Ya se ha colocado la tolva con capacidad para siete cartuchos. A partir de ahí, la máquina podrá ser alimentada por un servidor que los irá introduciendo uno a uno o bien, si hay necesidad de desplegar una gran potencia de fuego, hacer uso de cargadores de petaca de diez cartuchos.

Estos cargadores eran simples cajas de chapa de cinc que se encajaban en la tolva, donde los proyectiles iban cayendo por gravedad. Una vez colocado, se giraba la palanca que vemos en el gráfico de la izquierda, lo que permitía abrir la tapa acodada que mantenía cerrado el cargador. Se giraba la tapa y los cartuchos iban bajando sin ayuda de ningún tipo de muelle o mecanismo. Una vez que el contenido del cargador había pasado a la tolva, se retiraba y se sustituía por otro o, caso de no haber muchas prisas, se podía rellenar. Generalmente, estas máquinas solían estar servidas por solo dos hombres en caso de las emplazadas en buques de guerra y de tres en las de campaña, en este caso el tirador, el servidor y un ayudante cuya misión era acarrear la munición desde los avantrenes a la posición, así como rellenar los cargadores, recoger las vainas servidas, etc. Recordemos que los servidores de los cañones navales, al no disponer de avantrenes ni repuestos, se valían de enormes cartucheras para 20 proyectiles que iba introduciendo uno a uno.

Hay que tener en cuenta que el uso táctico de los cañones navales difería por completo de los terrestres, que una vez señalado el objetivo- léase masa de enemigos que avanza- abrían fuego a discreción para matar más y mejor. Pero en el mar el enemigo era un malvado torpedero o, si acaso, una nave dispuesta a abordarles pero, como ya se ha comentado, su misión principal era anular dichos torpederos antes de que les soltaran una andanada y los mandasen al abismo. Por ello, la cadencia de tiro era muy variable. Una vez localizado el barco enemigo, generalmente a 1.500 metros o más de distancia, el tirador se podía tomar su tiempo en apuntar cuidadosamente para, con un poco de suerte, alcanzar el casco y destruir o inutilizar sus máquinas. Ojo, no olvidemos que estamos hablando de una munición que, per se, no podía hundir más que un flotador de patito. Pero sí podía atravesar el fino casco de un torpedero, explotar en su interior y dañar severamente la caldera (hablamos de barcos de vapor) o cualquier otra parte importante de las máquinas, inmovilizando al enemigo y dejándolo a merced de la artillería pesada del buque que, esa sí, hundiría sin problemas al enano peligroso. En la foto de la izquierda podemos ver a dos marineros gabachos (Dios maldiga al enano corso) en plena acción. El servidor va rellenando la tolva con la munición que lleva en la cartuchera (flecha blanca), procurando que el tirador no se quede sin tener qué disparar. La flecha roja señala la palanca de bloqueo de giro horizontal del pedestal, y la azul del vertical. Como es evidente, cuando se entraba en acción podían dejarse libres ambos bloqueos para permitir al tirador mover el arma de un sitio a otro.

Bien, prosigamos con la secuencia de tiro. A medida que el torpedero se aproximaba, el tirador se veía obligado a aumentar la cadencia si no lograba acertarle, alcanzando los 20-25 disparos por minuto aproximadamente, llegando si era necesario a los 60-80 que eran lo máximo posible y eso siempre y cuando el tirador tuviera un brazo parecido al del Chuarcheneguer y una incuestionable resistencia al cansancio. Por otro lado, es evidente que los torpederos no avanzaban inermes hasta alcanzar la distancia adecuada para lanzar sus armas, sino que respondían al fuego enemigo para intentar anular los Hotchkiss. De hecho, para este fin estaban armados con ametralladoras mecánicas- Nordenfelt, Gatling, Montigny, etc.- o incluso con cañones rotativos como los que les disparaban. De ahí que, como vemos en la foto de la derecha, se protegieran a los servidores equipando las piezas con escudos. En este caso se trata de un cañón de 47 mm. de la marina yankee. El escudo, de generosas dimensiones, protegería al tirador del fuego de ametralladora y armas ligeras, pero en ningún caso de un impacto directo de un proyectil perforante de 37 mm. de un Hotchkiss que lo dejaría convertido en comida para gatos.

Los montajes navales eran por lo general pedestales u horquillas con pivotes en las bordas para las piezas de 37 y 47 mm. que ya hemos visto en varias fotos si bien, como es lógico, cada país fabricó su modelo específico. Sin embargo, el cañón de 53 mm., que alcanzaba la tonelada de peso, necesitaba un afuste más consistente como el que podemos ver en la foto de la izquierda. Este bicharraco estaba emplazado en un montaje giratorio sobre una base de acero fijada a la cubierta. Podemos apreciar la corona dentada que permitía girar la pieza con la ayuda del volante que aparece en primer término, mientras que la regulación del ángulo de elevación se hacía con el que se ve detrás. Dentro de los óvalos blancos tenemos el alza y el punto de mira que, como comentamos anteriormente, en este modelo estaban instalados en el costado izquierdo. La verdad es que el aspecto de la máquina acojona, ¿que no?

En cuanto a los cañones terrestres, la única diferencia radicaba, aparte de los sistemas de puntería, en las cureñas. Las piezas de campaña se instalaban en cureñas de artillería convencionales que ya vimos en el artículo anterior, provistas de avantrenes y vagones para municiones. En cuanto a las que eran usadas como artillería de plaza, se diseñaron afustes bastante peculiares que, como podemos suponer, estaban concebidos para piezas estáticas que solo era preciso mover para cambiarlas de sitio dentro del recinto, y teniendo en cuenta que estarían generalmente emplazadas en casamatas o caponeras. Observemos el del grabado de la derecha, que corresponde al modelo reglamentario gabacho para el cañón de plaza de 40 mm. Lo más significativo, aunque pase desapercibido, es que solo permite regular el ángulo de elevación. Recordemos que los cañones de estas máquinas tenían cada uno un paso de estrías diferente, de modo que formaban un cono de fuego capaz de abarcar toda la anchura del foso que defendían por lo que no necesitaban hacer un movimiento de barrido. Otra peculiaridad es su tolva, de menor capacidad pero acompañada de una curiosa bandeja prevista para alojar dos hileras de proyectiles que iban cayendo por gravedad. En este caso, la misión del servidor era no dejar que la bandeja de vaciara.

Y para ir terminando, comentar que la vida operativa de estos chismes fue más larga de lo que pueda pensar más de uno. De hecho, y a pesar de que su sistema de disparo quedó obsoleto antes incluso de la llegada del siglo XX, aún sirvieron durante la Gran Guerra tanto como pieza de artillería de plaza como antiaérea. Sí, y en manos, cómo no, de los tedescos, que son capaces de convertir una puñetera tortuga en un arma de destrucción masiva. En la foto de la izquierda tenemos un testimonio gráfico de lo más elocuente: un cañón de 37 mm. provisto de un sistema de puntería acorde a su cometido y montado sobre un afuste que le permite un ángulo de elevación que alcanza la vertical. Y no solo los usaron en emplazamientos estáticos, sino montados en vehículos de todo tipo- carromatos incluidos- para paliar la inicial carencia de armas con las que combatir a la naciente pero cada vez más dañina arma aérea, para la que a comienzos de la guerra aún no había prácticamente nada con qué hacerle frente. 

Bueno, con esto terminamos. La próxima entrada la dedicaremos a los distintos tipos de munición que usaban estos cañones, dando término así a esta pequeña monografía.

Hale, he dicho

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Cañón naval de 37 mm. montado sobre una cureña de campaña provista de un sillín para el tirador. Debajo del mismo se encuentra el cajón de respetos, cuyo contenido podemos ver en el detalle. Obsérvese la enorme aguja percutora de repuesto situada en segundo lugar por la izquierda

miércoles, 10 de marzo de 2021

CAÑÓN ROTATIVO HOTCHKISS

 

Grabado aparecido en la portada del semanario "Scientific American" del 10 de enero de 1874 que muestra a Benjamin Hotchkiss con jeta desafiante tras su invento. La ilustración, obra de Richard Ten Eyck, muestra el aspecto del modelo original con seis cañones y un ciclo de disparo que, posteriormente, fue modificado

Hace tiempo que no dedicamos un artículo molón a estos artefactos que, aunque con una vida operativa relativamente corta, fueron el germen de las armas automáticas surgidas a finales del siglo XIX que permitirían a los ciudadanos matarse entre ellos más y mejor. No sé si se han parado a pensar que en apenas 25 años, el último cuarto de dicho siglo, se pasó de las armas de avancarga monotiro a los fusiles de repetición manual, bien de palanca, cerrojo o corredera, y a las ametralladoras mecánicas que en pocos años se olvidaron del manubrio que las hacía funcionar para convertirse en segadoras de vidas automatizadas. Una de estas máquinas fue la que vemos en el grabado de cabecera y que, en puridad, no era una ametralladora sino un cañón ya que los proyectiles que disparaba no eran sólidos, sino explosivos en base a un concepto que su inventor, Benjamin Berkley Hotchkiss, tuvo muy claro a la hora de desarrollar su proyecto: el arma más letal sería aquella capaz de aunar la potencia de fuego, sembrando de metralla y no balas el campo de batalla, con una elevada cadencia de tiro. Para entendernos: era mejor poner en el aire un proyectil que se fragmentaba de decenas de afilados trozos de hierro que balas. Si una ametralladora mecánica podía disparar entre 200 y 400 balas por minuto, un cañón que disparase unos 60 proyectiles rompedores en el mismo tiempo y que se fragmentaba en unos 20 cascos de metralla se convertían en 1.200 "balas". Como vemos, una regla de tres bastante elemental, pero irrefutable. Y a eso debemos añadir una ventaja añadida: una bala pierde energía cinética a medida que su velocidad disminuye, por lo que sus efectos son menos contundentes conforme se aleja del cañón. Por el contrario, los cascos de metralla de un proyectil rompedor tienen la misma eficacia a cualquier distancia ya que ello depende del lugar donde explote, repartiendo el mismo haz de fragmentos con la misma energía tanto a 200 metros como a 2.000.

Benjamin Berkeley Hotchkiss (1826-1885)

Hotchkiss, aunque más de uno piense que era gabacho (Dios maldiga al enano corso) por la famosa ametralladora, diseñada por cierto cuando nuestro hombre llevaba ya unos cuantos años criando malvas, en realidad era yankee, concretamente de un lugar llamado Watertown, en aquella época una pequeña población en el estado de Connecticut, a unos 50 km. al SO de Hartford, donde comenzó a trabajar como aprendiz en la Colt's Patent Fire Arms Co. siendo apenas un adolescente. No tardó mucho en alcanzar la maestría en su oficio, y con apenas 20 años ya había diseñado una pieza de artillería de campaña que fue comprada por el gobierno mejicano, e incluso se tiene constancia de su intervención en el desarrollo y mejoras de varios modelos de la Colt. No obstante, el joven Hotchkiss era un tipo ambicioso y, viendo que la competencia en su país no le daba mucho margen para hacerse un hueco en un mercado saturado de inventos, en 1867, cuando solo tenía 27 tacos, lió el petate y se largó a la verde Francia a hacer fortuna. No le fue nada mal en el Viejo Mundo porque, nada más llegar, presentó una vaina metálica que permitiría prescindir del problemático cartucho de papel de los fusiles Chassepot, lo que entusiasmó a los mandamases que sabían lo frágiles que eran esos cartuchos a los que bastaba un poco de humedad o una manipulación poco cuidadosa para inutilizarlos. Así pues, de inmediato entraron en producción en la fábrica de St. Etienne y, lo más importante, Hotchkiss se hizo de una sólida reputación hasta el extremo de que a principios de 1871, un proyecto de cañón rotativo que en aquel momento era solo eso, un proyecto, fuese tenido en cuenta por el gobierno gabacho, mostrando gran interés en el mismo. Parece ser que el pésimo resultado que estaban dando las ametralladoras Montigny durante el violento cambio de impresiones que los gabachos mantenían en aquel momento con los prusianos fue el motivo de echarle el ojo al invento de Hotchkiss. La cosa es que estas máquinas resultaban ser eficaces solo a distancias cortas, por lo que el cañón rotativo que proyectaba el yankee les permitiría, como citamos al comienzo, escabechar tedescos a cualquier distancia gracias a sus proyectiles rompedores, y no tener que esperar a tenerlos encima para empezar la matanza.

Mitrailleuse Montigny con sus dos servidores

De inmediato se llevaron a cabo una serie de pruebas en Viena con un ejemplar fabricado en Austria- en aquel momento Hotchkiss aún no disponía de una factoría propia-, pero los resultados no fueron los deseados aunque sí quedó claro que el concepto de arma tenía un gran potencial. No obstante, los gobiernos de Rusia e Italia adquirieron algunas unidades para pruebas, y el mismo Gobierno de Defensa Nacional francés encargó una batería completa porque andaban un poco preocupados por el imparable avance prusiano que culminó con la humillante derrota de Francia en mayo de 1871, seguida de los conflictos de la Comuna y demás desbarajustes habituales cuando a un país atiborrado de arrogantes les dan las del tigre. Obviamente, a Hotchkiss le daba una higa el orgullo nacional gabacho y, en cierto modo, vería la derrota de su país de adopción como una oportunidad de negocio ya que es habitual que los vencidos empiecen a tramar su venganza a la media hora de firmar la rendición. Así pues, mientras las cosas se normalizaban un poco nuestro hombre aprovechó el tiempo para llevar a cabo una serie de mejoras en su invento.

Como vimos en el grabado de cabecera, el arma estaba compuesta por un haz de seis cañones que giraban sobre un eje, lo que le daba un aspecto muy similar a la máquina diseñada por Gatling y que, en aquel tiempo, era una superventas deseada por todos los ejércitos del mundo. Pero ahí terminaban las semejanzas porque a nivel mecánico no tenían nada que ver. Básicamente, mientras que cada cañón de la Gatling tenía su propio bloque de cierre, su aguja percutora y su extractor, los mecanismos del Hotckiss se limitaban a un disco provisto de una serie de excéntricas que accionaban un único bloque de cierre, un único extractor y una única aguja percutora, así como una rueda catalina en el extremo trasero del eje que hacía girar los cañones. Estas piezas estaban centro de un grueso cilindro situado en la parte trasera de la máquina, y formando un todo con el haz de cañones y cerrado mediante una tapa de bronce que, una vez abierta, permitía acceder a los mecanismos con facilidad. El conjunto se sustentaba en un armazón rectangular obtenido mediante fundición provisto de unos muñones que permitían fijar el arma en una cureña convencional de artillería mediante las muñoneras de rigor. En los grabados de la derecha podemos ver ambas armas: arriba el Hotchkiss, y debajo la Gatling modelo 1862. Aunque a simple vista parezcan versiones similares de la misma arma, en realidad eran completamente distintas tanto en lo tocante a su funcionamiento como a sus prestaciones. Veamos cómo funcionaba el invento del yankee afrancesado...

En la figura A tenemos una vista trasera del arma con la tapa que cubría el cilindro que contenía los mecanismos quitada. Como podemos ver, el arma se alimentaba mediante la tolva 1 situada en el costado izquierdo formando un ángulo de unos 24º que, posteriormente, fueron corregidos hasta unos 72º para facilitar la caída de la munición en la recámara ya que carecía de mecanismos de alimentación, siendo esta por gravedad. En el centro tenemos el disco 2 que, con sus excéntricas era el corazón de la máquina. Al girar ponía en movimiento el resto de las piezas que la harían funcionar, incluyendo la rueda catalina 3 que hacía girar el eje donde se agrupaban los cañones.

En la figura B podemos apreciar la posición de la aguja percutora 4, situada en el cañón superior derecho. El disparo se producía en el segundo ciclo de giro, o sea, tras ser introducido en la recámara. La aguja estaba rodeada por un muelle helicoidal que era comprimido por una de las excéntricas del disco 5 que giraba en el sentido de las aguja del reloj. Luego explicaremos con más detalle el funcionamiento completo de esta pieza.

Finalmente, en la figura C tenemos el bloque de cierre 6 que empujaba el cartucho en la recámara del primer cañón. Dicho bloque se movía mediante la cremallera 7 que, a su vez, era accionada por el engranaje 8. Este engranaje giraba en sentido horario o contra-horario gracias a las excéntricas, y lo mismo ocurría con la cremallera que contenía el extractor 9. Resumiendo: a medida que la manivela giraba, el bloque de cierre empujaba un cartucho, tras lo cual iba retrocediendo hasta que un nuevo proyectil caía ante la recámara, mientras que el extractor agarraba el reborde de la vaina servida y tiraba de ella hasta que caía por una ventana de expulsión situada en la parte inferior izquierda del arma. Como vemos, simple a más no poder. Por lo demás, el fácil acceso al cilindro donde estaban los mecanismos permitía realidad cualquier reparación o labores de mantenimiento con toda comodidad.

Hotchkiss de 37 mm. con su avantrén con capacidad para 300 cartuchos.
Debajo del cofre se ven los cargadores para 10 disparos. El resto de la
munición iba en un vagón aparte
Con todo, Hotchkiss no se conformó con los resultados obtenidos y siguió perfeccionando su máquina independientemente de que hubiese países interesados en ella. No he podido encontrar qué fue lo que motivó la eliminación de uno de los cañones para quedarse finalmente con los cinco que todos conocemos mejor pero, en todo caso, la cuestión es que durante los años 1872 y 1873 no paró de hacer pruebas para perfeccionar tanto las cuestiones mecánicas como el rendimiento balístico del proyectil que, desde el primer momento, se vio condicionado por las directrices fijadas en la Conferencia de San Petersburgo celebrada en 1868 y en la que, entre otras cosas, limitaba el peso de la munición rompedora a un mínimo de 450 gramos incluyendo la carga explosiva. Imagino que esta medida tendría cómo objeto impedir la fabricación de ametralladoras de calibres pequeños pero que, si en vez de disparar munición sólida hacían lo propio con munición explosiva, al fulano al que alcanzasen tendrían que recogerlo con una palita y un cubito de playa. Y la cosa es que Hotchkiss deseaba ante todo que su máquina pudiera disparar una munición de pequeño calibre para, conforme a sus conceptos, aunar la ligereza con la potencia de fuego. Tras calcular las dimensiones y la cavidad interior para contener el explosivo, el resultado fue un proyectil de 37 mm. que, para asegurarse de que nadie le pusiera pegas, tenía una masa total de 455 gramos, que siempre ha habido, hay y habrá gente que se la coge con un papel de fumar.

Fábrica de la Hotchkiss en St. Denis a principios del siglo XX
En julio de 1873 y a petición del Departamento de Marina francés se llevaron una serie de pruebas en Garve donde se efectuaron 500 disparos sin que se produjera una sola interrupción. Durante los ensayos se logró alcanzar una cadencia de tiro de 40 disparos en 30 segundos sobre un blanco situado a 1.750 metros, recogiéndose unos 200 fragmentos de metralla. Por la misma época también se realizaron otras pruebas en Turín (Italia), logrando una cadencia de 60 disparos en 55 segundos que, en una segunda ronda, se redujeron a solo 48 segundos. Su precisión se aseguraba con un bloqueo del cartucho en el momento del disparo mediante un plano situado tras la recámara que impedía la fuga de gases y, por otro lado, esta máquina no disparaba mientras los cañones giraban, como ocurría con la Gatling, sino que en el momento del disparo el ciclo se detenía. De hecho, cada giro de manivela cubría un ciclo con un giro de 72º, por lo que al disparar con el arma inmóvil la precisión mejoraba de forma notable. En 1874, Hotchkiss pudo montar su propia empresa en París, con las oficinas situadas en el 27 de la calle Choiseul mientras que la fábrica se instaló en la cercana localidad de St. Denis. Y además de poder fabricar sus propias armas, nuestro hombre también se embarcó en la manufactura de la munición, calculada meticulosamente por él para obtener el máximo rendimiento posible, léase que matase más y mejor. No obstante, de todo lo referente a los distintos tipos de proyectiles, espoletas y demás zarandajas relacionadas con el municionamiento de la máquina hablaremos largo y tendido en el próximo artículo.

Hotchkiss de campaña provista de escudo frontal
Bien, con la empresa ya en marcha, inicialmente se ofreció un modelo de campaña con cañones de 37 mm. provisto de un escudo rectangular formado por tres planchas articuladas de 5 mm. de espesor y un avantrén y un vagón donde, aparte de herramientas, piezas de repuesto y la pala, el pico y el hacha necesarios para formar una plataforma de tiro decente, llevaba una dotación de 1.400 disparos, 100 de ellos en diez cargadores que se acoplaban en la tolva cuando hacía falta recargar con rapidez. En caso contrario, lo habitual era que el cargador se colocara a la izquierda del tirador con una enorme bolsa-cartuchera de cuero que contenía 20 proyectiles. Esta cartuchera se colgaba del cuello y se aseguraba alrededor de la cintura mediante una correa. Teniendo en cuenta que el cartucho con proyectil explosivo pesaba 740 gramos, tenemos que el sufrido cargador tenía que soportar 14,8 kg. más el peso de la cartuchera, que no debía ser precisamente liviana ya que estaba construida con grueso cuero y partes de madera para darle rigidez. En resumen, que podía acercarse a los 20 kilos. En cuanto a la forma de recargar en este caso, simplemente se iban introduciendo los cartuchos uno a uno en la tolva.

Hotchkiss emplazada en una caponera. Obsérvese el
curioso anclaje para emplazar la máquina
Otra opción que de inmediato hizo ganar adeptos al cañón rotativo fue su uso como barrefosos en las fortificaciones de la época. Si no recuerdo mal, en las entradas dedicadas al fuerte de Douaumont se habló de este tema pero, en cualquier caso, la idea era defender los fosos emplazando en las casamatas situadas en los vértices de los mismos o en caponeras este tipo de cañones que ofrecían un rendimiento mejor que las ametralladoras. ¿Por qué? Fácil... Una ametralladora debe hacer un constante movimiento de barrido horizontal para cubrir toda la anchura del foso, y hablamos de decenas de metros en algunos casos. Si a causa del humo o por realizarse un asalto durante la noche la visión era nula, las ametralladoras disparaban a ciegas, circunstancia que los asaltantes aprovechaban para avanzar reptando mientras las balas pasaban sobre ellos. Sin embargo, Hotchkiss había hecho unos cálculos por los que cada cañón tenía un paso de estrías distinto. Considerando que cuando se empleaban estas armas como barrefosos se usaban botes de metralla, cada disparo lanzaba una lluvia de bolas de plomo con una trayectoria y un cono de fuego distintos. Para entendernos: sin necesidad de mover el cañón ni de rectificar la puntería, con una andanada de cinco tiros se abarcaba la totalidad del foso, dando igual que fuese de día, de noche o que hubiesen cortado la luz por falta de pago.

Torpedero "Azor", de la Armada española. Armado con tres tubos
lanzatorpedos y tres Nordenfelt, estos barcos eran unos enanos
peligrosos para cualquier mastodonte oceánico
Y si la posibilidad de vender su arma como pieza de campaña y cañón de plaza no era bastante, a principios de la década de los 70 surgió otro enemigo potencial a batir: los torpederos. Solo las armadas más poderosas del mundo se podían permitir buques de gran porte como los nuevos acorazados, naves enormes dotadas en un formidable armamento que pondría las peras a cuarto a cualquier enemigo o bombardear cualquier ciudad portuaria sin problemas. Solo enfrentando otro acorazado sería posible vencerlos hasta que a alguien se le ocurrió algo así como la "teoría del enjambre de avispas feroces". Si no tienes pasta para pagarte uno o más acorazados, pues fabrica naves pequeñas, rápidas y baratas armadas con torpedos autopropulsados, una nueva arma que ya no tenían nada que ver con los antiguos torpedos de pértiga cómo el que usó el CSS Hunley para hundir el USS Housatonic en la bahía de Charleston en febrero de 1864. La artillería pesada de un lento y torpón acorazado no podía acertar a un pequeño barco de apenas 50 metros o menos de eslora que podían alcanzar los 30 nudos de velocidad que, cuando llegaba a la distancia adecuada, soltaba una andanada de tres o cuatro torpedos, viraba y se largaba echando leches mientras los del acorazado contemplaban bastante inquietos como unas siniestras estelas se aproximaban casi en la superficie hasta impactar en un costado, abrirle una o más vías de agua y mandarlo al abismo en un periquete.

Hotchkiss naval de 37 emplazado sobre un pedestal en un barco
de la marina rusa 
Estaba claro que la única arma capaz de tener a raya a uno de estos torpederos era un cañón con la suficiente potencia de fuego como para perforar su escaso blindaje, y una cadencia de tiro lo bastante elevaba como para "ametrallarlo" con una densa cortina de fuego gracias a las piezas emplazadas en las cubiertas hasta acertar al torpedero enemigo u obligarlo a dar media vuelta. Varios países captaron rápidamente la eficacia del cañón Hotchkiss, así que empezaron a llegar pedidos de Brasil, Argentina, China, Estados Unidos, y otros países mientras que los gabachos, que precisamente habían sido los primeros en mostrar interés por el arma, aún andaban dudando porque se empeñaban en comparar el rendimiento de las ametralladoras embarcadas con el del cañón que, obviamente, no tenían nada que ver. Los antiguos lacayos del enano corso seguían erre que erre con sus Montigny, sus Nordenfelt e incluso Gatling que les habían comprado a los yankees, pero esas armas solo eran útiles para prevenir o rechazar abordajes, no para detener en seco a un torpedero, así que tardaron su tiempo en decidirse. No fue hasta 1877 cuando, por fin, Francia encargó la compra de centenares de cañones para armar sus barcos, lo que animó a otros países que también estaban aún remisos a adoptarlo como Turquía, Holanda o Grecia.

Batería de Hotchkiss de 37 mm. emplazados en tierra para
defender la entrada del canal de Santiago de Cuba de un
posible ataque yankee
En España, como está mandado, también tardamos lo nuestro en mandar al carajo a las dichosas Nordelfelt de 25 mm. reglamentarias. Un Real Decreto fechado en enero de 1886 ordenaba la compra de estas máquinas si bien la adquisición no debió ser muy cuantiosa ya que dos meses más tarde se modificó el decreto señalando que las Nordenfelt seguirían en activo junto a las nuevas armas, que no se sirvieron hasta 1893 y con las que se armaron diversas naves. En función de su clase, recibieron una dotación mayor o menor, siendo los acorazados los mejor parados con 13 unidades mientras que los cruceros recibieron ocho. De hecho, incluso se llegaron a desembarcar algunas piezas para defender desde tierra bocanas de puertos y demás puntos especialmente sensibles. En todo caso, por aquella nefasta época nuestro otrora inmenso poder militar estaba en las últimas, así que este material acabó hundido o capturado por la escuadra yankee (Dios maldiga a Hearst).

Y como ya me duelen los dedos de darle a la tecla, con esto terminamos por hoy. En la próxima entrada daremos pelos y señales del funcionamiento de las versiones que llegaron a entrar en servicio tras las modificaciones efectuadas a principios de los 70, así cómo los distintos tipos de munición usados, etc. no sin antes señalar que, ante el éxito obtenido y en vista de que los torpederos se fueron haciendo cada vez más potentes, se desarrollaron armas en calibre 47 y 53 mm. para uso naval, así como un modelo de 40 mm. para su empleo como barrefosos. 

Bueno, vale por hoy. 

Hale, he dicho

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Hotchkiss naval de 37 mm. emplazada en la borda de un buque yankee. Obsérvese la palanca acodada, una mejora sobre la antigua en ángulo recto que permitía al tirador un mejor control del arma. Así mismo, conviene reparar en el asa que se ve bajo la culata del arma para facilitar el giro horizontal de la máquina