martes, 10 de mayo de 2022

DEFENSA PERSONAL. PISTOLA Vs. REVÓLVER

 

Está de más decir que una escena como esta es impensable en España. En ella vemos como varios probos ciudadanos- y ciudadanas, naturalmente- de todas las edades y constitución física entrenan con sus armas de fuego para adquirir la destreza necesaria y poder así proteger sus vidas, las de sus familias incluyendo al chucho y sus patrimonios de los criminales cuyos derechos protegemos por ley.

Sí, la malvada ingrata sigue desaparecida. Pero bueno, ya volverá, y si no vuelve pues tampoco pasa nada. Por lo tanto, seguiremos recurriendo a articulillos que no requieran mucha enjundia porque, debo reconocerlo, estoy en plan piltrafilla a causa de mi innata abominación a los cambios estacionales. Y como no es plan de seguir dando la matraca con las paranoias del camarada Vladimiro, que por cierto se está cubriendo de gloria, pues hoy hablaremos de algunas chorraditas sobre armas cortas que posiblemente muchos desconozcan. Son pijadas de escasa relevancia pero que vendrán muy bien para lo que debe ser nuestra principal misión en esta vida: chinchar cuñados sabiondos. Bueno, procedamos...

El debate entre los defensores de revólveres y pistolas como armas de defensa personal es tan interminable como las discusiones bizantinas en las que se pretendía dirimir el sexo de los ángeles. En España, dónde la legislación sobre la tenencia de armas cortas es una de las más restrictivas del mundo y, encima, la eximente completa por defensa propia es más improbable que acertar la combinación ganadora de la Primitiva, pues no es una cuestión que preocupe demasiado al personal. Más aún, colijo que más de uno preferiría no tener un arma a mano para repeler una agresión ya que es de todos sabido que en este vapuleado país se valoran más los derechos del victimario que los de la víctima, y pegarle dos tiros a un bondadoso ladrón, para no hablar de un beatífico asesino, es la mejor forma de acabar en la trena una larga temporada porque, como es lógico, el criminal es un pobre descarriado al que la malvada sociedad capitalista ha obligado a tomar el camino desviado sin que nadie se haya dignado redimirlo. 

No obstante, en otros países mucho menos guays y enrollados que el nuestro sí se concibe que un ciudadano decente pueda defender su vida y la de los suyos contra un probo canalla miserable y dejarlo seco metiéndole una bala en el cráneo, y es en esos países dónde el mentado debate subsiste y subsistirá hasta que llegue el momento de volver a las hachas de piedra y los garrotes. Así pues, iremos enumerando los principales defectos y virtudes de cada arma y que cada cual saque sus conclusiones si bien no le servirán de gran cosa porque aquí, por no poder, no se puede ni usar una navajita frutera para repeler a un agresor armado con un destornillador de dos palmos de largo porque, como es lógico, la navajita frutera es un arma letal mientras que el destornillador es una inofensiva herramienta propia de honrados aflojatornillos. 

Dos cajas de munición como esta forman la ridícula dotación de
cartuchos que la ley permite adquirir anualmente. Como para ir a
una guerra, vaya...

Dicho esto, lo cierto es que la inmensa mayoría de los sufridos aspirantes a víctima creen que para defenderse con un arma corta basta con ir a una armería, comprar la cacharra más chula y más baratita, una funda y los cien ínfimos cartuchos que la legislación actual permite adquirir ANUALMENTE a los poseedores de la licencia tipo B. Sí, cien, no se me descojonen. Antes solo permitían 25, o sea, para llenar tres cargadores de 8 cartuchos AL AÑO. Esto da una idea bastante clara del concepto de defensa personal que tenemos en España, donde el número de cartuchos para caza menor es ilimitado y se pueden tener en casa hasta 5.000, y si se trata de munición para caza mayor es de 1.000 al año. Absurdo, pero es que en España no hay gobierno que no le tenga pavor a una población armada aunque, como son políticos ergo ignaros parasitarios, no se enteran de un detallito inane: un cartucho de perdigones disparado a corta distancia es muchísimo más letal que una bala de 9 mm. A las distancias normales en que tienen lugar las situaciones de defensa personal, menos de 5 o 6 metros cuando no literalmente a bocajarro, un cartucho de calibre 12 cargado con 34 gramos de perdigones del 5 le volatiliza literalmente la cabeza a un agresor, le puede arrancar de cuajo un brazo o abrirle un boquete en la caja del pecho por el que cabe una pila de las gordas. O sea, que un disparo con la escopeta del abuelo es muchísimo más peligroso y dañino que uno con un arma corta chulísima de la muerte, de esas con linternita debajo, miras de puntero láser, optrónicas, réflex o cualquier otro tipo a cuál más guay y un grifo delante del guardamonte por donde sale güisqui del bueno.

Cooper desenfundando su inseparable Colt 1911. Creo que hasta
se duchaba con ella

Obviamente, los botarates que legislaron esa sarta de memeces no tuvieron en cuenta que un ciudadano con un arma corta encima necesita entrenar con ella para no ser un peligro para sí mismo y para los demás, y que 100 cartuchos no dan ni para una sesión porque, en este caso, no hablamos de pausados entrenamientos de tiro de precisión, sino de lo que se conoce como Recorridos de Tiro, una modalidad de tiro de acción creada por un yankee- cómo no-, que creó escuela en lo tocante a la defensa personal, el coronel Jeff Cooper, del que hablaremos más adelante. O sea, que para entrenar con la sana intención de no convertirse en víctima de uno mismo, habría que federarse con el gasto que conlleva, comprar un arma aparte para practicar esa modalidad ya que las armas de defensa personal son totalmente inadecuadas para eso, y desembolsar además un pastizal en el equipo necesario: funda, cinturones, portacargadores, munición a porrillo o equipo de recarga manual, etc., y puedo dar fe y la doy que el gasto de tanto accesorio es absolutamente suntuario.

Bala tipo brenneke. Las estrías son para imprimirle giro a la misma y
mejorar su precisión. Recordemos que, salvo excepciones, los cañones
de las escopetas son de ánima lisa. Pero esta no es la única, hay infinidad
de diseños a cuál más resolutivo y eficaz

Como ven, todo son facilidades. Sin embargo, el chorizo que se ha agenciado una escopeta recortada solo tiene que ir a una armería donde le venderán la munición que le de la gana incluyendo cartuchos de balas. Sí, las escopetas pueden disparar balas como la que ve en la foto, y doy fe de que son absolutamente devastadoras. En la época en que era un malvado asesino de inocentes animalitos silvestres, antes llamados cazadores, usé y vi usar infinidad de veces este tipo de munición y sus efectos son rotundos. Una recortada de dos cañones cargada con una de esas cosas podría dejar a cualquier agresor en un estado tan lamentable que daría hasta penita al verlo convertido en una despojillo. Por todo ello, como vemos, las leyes hispanas son totalmente contradictorias ya que ponen infinidad de pegas al que quiere un arma para defenderse y se lo ponen a huevo al delincuente que tiene un extenso mercado negro a su disposición y al que, naturalmente, ser condenado por tenencia ilícita de armas le da una higa tanto en cuanto cumplirá la pena al mismo tiempo que la de asesinato, más larga obviamente.

Escopeta recortada. Son más dañinas que un cuñado en pleno
brote psicótico

Por otro lado, portar un arma no garantiza en absoluto la seguridad por una cuestión psicológica bastante chorra pero que, me temo, pocos la consideran cuando se les aparece la Virgen con la licencia tipo B en la mano, porque para que te la den tienes que tener recomendación divina como poco. Bien, nos referimos a algo bastante elemental, pero que pasan por alto la mayoría de los agraciados. La cuestión es: ¿Soy capaz de sacar el arma y pegarle un tiro a un fulano aunque me caiga peor que mi familia política? No es fácil disparar a un homínido aunque sea odioso. Muchos de los que me leen serían incapaces de matar al ratón que les devora el relleno de su butaca predilecta, y hasta compran trampas en las que el animalito queda atrapado para, posteriormente, dejarlo en libertad en cualquier descampado mientras toda la familia aplaude y sonríen contemplando como el ratoncito, al que incluso han bautizado como Romualdo o Luis Alberto, sale cagando leches en busca de un agujero donde meterse. ¿Alguien así sería capaz de volarle la tapa de los sesos a un fulano que esgrime una navaja enorme ante su misma jeta? Dúdolo.

Pero hay otra cosilla más a considerar, y es que si el agresor atisba la más mínima flaqueza o falta de decisión, y tengan por seguro que se percatará de ello tanto en cuanto son gentuza habituada a verse implicada en situaciones de ese tipo, no dudará en desafiarnos e incluso intentará arrebatarnos el arma. Si lo consigue, y no sería el primero, no solo se encontrará con una pistola gratis con la que perpetrar multitud de fechorías, sino que puede que incluso le suelte un balazo, bien durante el forcejeo, bien porque el homínido agresor está un poco alterado anímicamente debido a un preocupante síndrome de abstinencia y su autocontrol está bajo mínimos, así que no se complica la vida y le mete un tiro en la barriga a la víctima para asegurarse de que su capacidad de reacción habrá sido neutralizada. Ojo, esto sale mucho en las pelis, pero me temo que ocurre muchas más veces de lo que imaginan. Repito: disparar contra alguien no es fácil. Nada fácil, puedo asegurarlo.

José Lomas, de 77 años, se enfrenta a 15 de prisión por
librar a la sociedad de un criminal que entró a robar en su sacrosanto
hogar, por lo que lo despachó de un escopetazo. Sr. Lomas, gracias
por su valor y suerte con la "justicia" de los cojones

Con todo, imaginemos que el sujeto no se deja alobar por el miedo y, gracias a que se ha preocupado de saber manejar su arma, es capaz de apuntar con precisión a una zona no letal, como brazos y piernas- ojo, un tiro en la pierna te pilla la femoral y vacías en segundos-, pero para eso hay que reunir una serie de cualidades que no todos tienen aunque quieran: valor, decisión y frialdad. ¿Todo el que lleva encima un arma las tiene? ¿Portar un arma confiere esa serie de virtudes sin más? Ni hablar, portar un arma solo añade peso en la cadera derecha y una sensación de seguridad o, mejor dicho, de falsa seguridad si no tenemos claro que estamos dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias llegado el caso. Y a eso tenemos que añadir que una persona decente, además de tener miedo al agresor que va hasta las cejas de farlopa y no tiene nada que perder, tiene miedo a la ley, a acabar en la trena y a jugarse el pan de su familia si le cae- que le caerá fijo- una condena por defenderse de un hijoputa que, para colmo, hasta tendrá un leguleyo de esos que aspiran a ser estrellas del firmamento judicial y que convertirá al victimario en víctima, le sacará al pseudo-agresor una indemnización suntuaria e incluso recurrirá a alguna ONG tipo "Redentores de Despojos Sociales en Acción" para que le den una paguita.

En resumen, que ir armado no garantiza nada si el ciudadano no tiene claro que si saca el arma tendrá que usarla en caso de que el agresor no se vea intimidado, que tendrá que matarlo si se muestra especialmente agresivo o también dispone de un arma de fuego, y tendrá que asumir el costo que tiene aliviar al mundo de la presencia de un sub-humano que, aunque lo hayan detenido 274 veces y haya pasado dos tercios de su vida en el trullo, tiene más derechos que la gente decente frita a impuestos y que las pasa putas para llegar a fin de mes. Los políticos, cómplices por omisión de los homínidos, no se tienen que preocupar de eso ya que viajan en coches blindados y hasta van a mear acompañados de fulanos de "incógnito" vestidos de negro, con el cráneo rapado y pinganillo en la oreja para que todo el mundo sepa quiénes son los escoltas y poder así liquidarlos los primeros. ¿Nunca se ha preguntado cómo es posible que a los políticos nunca los atraquen, les violen a sus parientas o hijas o les pongan una navaja en el pescuezo en un callejón para robarles el reloj y la cartera? ¿O, caso de ser políticas, cómo es que nunca les dan un tirón o las violan una banda de menas para encima filmarlo todo y colgarlo en las redes sociales? Qué raro, ¿verdad? Todo le pasa a la gente normal, pero a los parásitos nunca o casi nunca, qué cosas...

Sí, ya sé que alguno se morirá de ganas de dejarme en los comentarios donde ya nadie puede comentar eso de que sí ha habido víctimas entre los políticos. Ya, ya sé qué hay algún que otro voluntarioso defensor de esos sheriffs de Nottingham redivivos, pero esos fueron víctimas de terroristas, no de delincuentes comunes, y si el terrorismo duró lo que duró fue precisamente por falta de voluntad de los políticos para cercenar de raíz el problema. Por muchos homínidos que haya con la boina atornillada y la neurona llena de paranoias identitarias, con la formidable fuerza del estado y los medios de que dispone podían haberlos aplastado como cucarachas, pero el político prefiere palmarla antes que ser señalado como un vulnerador de los derechos humanos de los inhumanos, así que a otro con ese cuento. Sea como fuere, el terrorismo se sale de los conceptos que tratamos hoy, así que lo dejamos de lado. Este párrafo es solo una réplica a posibles mentes atribuladas por mi postura tan radical al respecto. 

Bueno, creo que estos pormenores ya los tenemos claros, así que vamos al meollo de la cuestión. Mientras dormitaba ante la caja tonta, un arcángel se le ha aparecido al fulano del Ministerio del Interior que tramita las peticiones de licencias tipo B, lo ha amenazado con una espada llameante, el fulano se ha despertado con los cojones en la garganta y, nada más llegar a su tabuco, rebusca en las montañas de expedientes hasta dar con nuestra petición y le da curso. Damos por sentado que somos unos ciudadanos valerosos, decididos y dispuestos a usar el arma de defensa personal si nos vemos obligados a ello; además, nos hemos apuntado en la Federación de Tiro Olímpico para poder entrenar con regularidad y adquirir un mejor control sobre nuestra arma, así como la destreza necesaria para usarla en situaciones de todo tipo, por lo que es la hora de meditar profundamente en compañía de nuestra amada butaca y con el esmarfon apagado cuál es la opción más acertada. ¿Pistola o revólver? He ahí el dilema.

Bueno, ya me he cansado de disertar porque este introito más que introducción ha sido una filípica en toda regla, así que dejamos el debate sobre el dilema para la siguiente entrada.

Hale, he dicho

Si pudiera hacerse con una de las dos, ¿cuál elegiría? ¿La más potente? ¿La más ligera? ¿La que cargue más munición? ¿La más chula? ¿La más barata? ¿La que sale en todas las pelis? No es un debate baladí, juro a Cristo

lunes, 2 de mayo de 2022

VIVIR DE LA SOLIDARIDAD

 

Vivir de la caridad es un oficio antiquísimo que hoy se ha convertido en todo un entramado empresarial que mueve miles de millones en todo el mundo sin que los verdaderos menesterosos se enteren siquiera de que están siendo usados como mera carnaza para que los granujas de turno se forren gracias a ellos

Una VENATIO en la que el EDITOR se gastaba un pastizal para
ganarse el favor del pueblo. Del éxito de una de estas movidas
podría depender la obtención de algún cargo importante

El ser humano es tanto o más manipulable que un macaco al que premian con un puñado de cacahuetes si, a cambio, hace una pirueta. De hecho, los poderosos y algunos no tan poderosos siempre han recurrido a la manipulación para alcanzar objetivos que, en condiciones normales, serían imposibles por lo intolerable de los mismos. Tenemos mogollón de ejemplos más antiguos que el hilo negro. Los romanos manipulaban al personal una cosa mala para crear estados de opinión entre la plebe y decantar unas elecciones, eliminar a un enemigo político o perpetrar algún pequeño genocidio acusando a los practicantes de tal religión o los miembros de tal raza para que la masa furibunda se encargase de hacer el trabajo sucio, o sea, levantarse en armas y liquidarlos a todos. De no haber sido mediante la manipulación, cualquier romano con dos dedos de frente se diría que por qué había que eliminar a los cristianos cuando ellos eran los primeros en aceptar cualquier religión foránea. Por la misma razón, cualquier ciudadano medieval se preguntaría por qué había ido con sus cuñados a quemar la judería con los judíos dentro y que, gracias a ese avenate provocado por algún poderoso endeudado hasta las cejas, él ya no tendría a quién pedir prestado si la cosecha se la arrasaba el pedrisco o se le morían los gorrinos por alguna enfermedad. En fin, la lista de manipulaciones sería tan larga que, si pudiéramos caminar sobre ellas, llegaríamos a Marte echando un paseo. ¿Que qué tiene que ver la solidaridad con la manipulación? Pues todo. Veamos...

¿Les suena el careto imberbe de ese sujeto? Es un tal Hossein Shahbazi, y les habrá aparecido en mogollón de pantallazos solicitando las firmas de los probos y generosos ciudadanos para impedir que sea ejecutado por la implacable justicia de los ayatolás. Bueno, relacionar el término justicia con esa caterva de orcos con turbante se me antoja un oxímoron, pero según ellos son extremadamente justos ya que se basan en los dictados de su profeta. Bien, la cosa es que llevan varios años pidiendo firmas para impedir su ejecución, como si a los ayatolás les importase un soberano carajo que unas decenas de miles o, ya puestos, millones de occidentales les pidieran no ser tan justos. Para exhortar a la firma, te añaden un aviso diciendo que la ejecución está prevista para el día 25 sin especificar de qué mes o incluso de qué año, porque pasan los días 25 y no ocurre nada.

Otro caso similar es el de esa sonriente ciudadana que también es bastante conocida en los pantallazos de la famosa ONG. Se trata de Nasrin Sotoudeh, una abogada iraní también víctima de los justos ayatolás que ha sido condenada a 30 años en la trena y a recibir 148 latigazos, ni uno más ni uno menos. Bueno, pues llevan años esperando a darle los latigazos, porque siempre piden tu firma para que los ayatolás dejen el látigo en el latigario. Sin embargo, es de todos sabido que esos seres de luz de la religión de la paz no son precisamente dados a dilatar el cumplimiento de sus sentencias, y menos las que conllevan un castigo físico que se administra en público para mayor humillación del reo y mayor adoctrinamiento del pueblo, a los que deben dejar claro que, aparte de no haber nadie más grande que Alláh, éste se encarga de que los malvados que pecan contra sus mandamientos lo tenga crudo. ¿Qué tampoco ven que tenga nada que ver lo de vivir de la solidaridad con abogar por unas víctimas del fanatismo islamista? Bueno, prosigamos...

Fotos hábilmente montadas para emitir un mensaje que calará en
los corazones más impermeables. ¿Quién se resiste a la sonrisa de
un crío? ¿Quién podría obviar su miseria? Lo malo es que ese
mensaje no lo emite el crío, sino el granuja que trinca pasta gracias
a la miseria del crío

Hace ya bastantes años, cuando en la caja tonta empezaron a proliferar los anuncios de las ONG's pidiendo eso de apadrinar a un niño, un familiar me exhortó a sumarme al padrinazgo alegando que por 6 míseros euros mensuales un crío tercermundista podría pasar a ser segundomundista como poco. Repliqué que solo con el costo de la campaña publicitaria- rodaje, anuncios a todas horas, etc.- podrían alimentar a mogollón de críos, por lo que era obvio que aquello sonaba a montaje. Naturalmente, fui acusado de inmediato de cicatero, de insolidario y de ignorante, porque las cadenas televisivas no cobraban nada a las ONG's por la publicidad (falso, por supuesto), y el guaperas cachas y generoso que salía en el anuncio limpiando los mocos a un negrito no era un actor, sino un miembro de la organización que, gentilmente, prestaba su físico para obtener más donativos, quizás de señoras más proclives a ser generosas con un sujeto tan apuesto. A los hombres, como somos más duros de roer, no nos tentaron con una donosa activista que ablandara nuestros graníticos corazones.

Por 2.000 pelas (12 €) mensuales te garantizaban un lavado de conciencia.
Lo que nunca decían era qué porcentaje de las 2.000 pelas llegaba al
negrito de la foto

Al cabo de varios meses, el citado familiar me plantó ante mis augustas barbas una foto de un nene supuestamente peruano con una cara de pena que daba ídem para causar más ídem de ídem. La foto venía acompañada de un texto tipo circular informativa donde explicaba que se llamaba fulanito, que le estaba muy agradecido y, como obsequio, le adjuntaba un dibujo de una casa de colores. Yo, como soy un miserable que solo disfruta arruinando las ilusiones del personal, le dije que reparase en algunos detalles como, por ejemplo, que el texto no estuviera escrito a mano por el apadrinado, que la foto podía ser la misma que habrían recibido varios cientos de padrinos o, mejor dicho, primos más, y que en cualquier colegio se podrían recolectar miles de dibujos en una mañana premiando a cada crío con una bolsa de chucherías por hacerles el trabajo. Está de más decir que el familiar exigió mi lapidación inmediata, pero como nadie le secundó pues se tuvo que chinchar. Con todo, a pesar de sus vehementes protestas colijo que mis razonamientos le debieron hacer mella en su generoso ánimo, porque al cabo de una temporada le pregunté por su apadrinado y me respondió que el tiempo amenazaba lluvia.

Cooperantes que pagan por cooperar. ¿No sería mejor que lo que
pagan lo empleasen para proporcionar alimento y medicinas a los
críos, en vez de enseñarles a cantar el Cumbayá?

Una más. Por aquella misma época, el hijo de un conocido había terminado la carrera y, como está mandado, había enviado cantidades ingentes de curricula a diestro y siniestro sin el más mínimo resultado. A la vista de su éxito tras años dedicados al estudio y a dejar los ahorros del clan bajo mínimos a base de matrículas, libros de texto, etc., se alistó en una ONG como cooperante, eufemismo que se aplica a ciudadanos supuestamente solidarios que, a cambio de un estipendio, ayudan a los parias de la tierra a sobrellevar sus miserias. ¿Qué soy un embustero además de un miserable que disfruta arruinando las ilusiones del personal? Entonces es que el fulano este me engañó cuando me aseguró ante mi pasmada jeta (yo también creía que los cooperantes esos ayudaban gratis) que le pagaban 700 pavos de hace 20 años más el alojamiento, la manduca y los traslados. O sea, 700 pavos limpios de polvo y paja, que para aquella época no es que fuera para tirar cohetes, pero no estaba mal. De hecho, hoy día la mayoría del personal sobrevive con poco más de mil sin que ninguna ONG les pague el monstruoso recibo de la luz o la interminable hipoteca.

¿Van captando ya por dónde van los tiros? La solidaridad se ha convertido en un medio de vida para muchos pícaros que, aprovechando su capacidad como manipuladores, sablean a los dadivosos a base de exprimirles el complejo de culpa que muchos sobrellevan de mala manera por vivir en un país razonablemente próspero por mucho que nuestros abominables políticos se empeñen en llevarnos a la ruina. Además, ser solidario es lo más guay que se puede ser. Un solidario tiene las puertas abiertas en todas partes. Los ayuntamientos les ceden locales para el desempeño de sus actividades, los buitres de los bancos les facilitan atesorar el fruto de sus sablazos e incluso se dejan sablear para deducir impuestos y hasta los gobiernos les dan toda clase de canonjías con tal de no ser señalados como los malvados que se negaron a auxiliar a los negritos hambrientos o a los indios amazónicos acorralados por las implacables empresas madereras. Hoy día, el que es acusado de insolidario lo tiene más crudo que Judas, maldito PER OMNIA SECVLA SECVLORVM por haber vendido a Cristo por 30 siclos de plata que, seguramente, si hubiese regalado a los pobres de Jerusalén no se le habría tenido tan en cuenta su alevosía.

Sí, venga, les dejo que durante un minuto me insulten, me tachen de difamador y se acuerden de todos mis ancestros por afirmar, que no sugerir siquiera, que la solidaridad es al día de hoy un negocio que produce pingües beneficios. Aprovecho para ir a mear, ahora vuelvo...

¿Ya se han desahogado? Yo también. Prosigamos pues...

Agnes en una de sus misiones que, a la vista de las donaciones que
recibía, podrían ser un poco más confortables, digo yo... ¿O no?

Cuando palmó Agnes Gonxha Bojaxhiu, más conocida como Teresa de Calcuta, medio planeta clamó por su inmediata canonización. ¡Santa, santa!, afirmaban sus enfervorecidos seguidores, que exigían al pontificado que se pasase por debajo de la sotana el largo e intrincado proceso de canonización que la Iglesia lleva a cabo para deducir que el candidato a los altares se ha sentado en efecto a la diestra de Dios, y no que está en un jacuzzi con forma de caldera en el puñetero infierno. Sin embargo, varios miembros de la curia, inspirados sin duda por el Maligno, elevaron sus voces protestando por la premura con que se pretendía canonizar a la controvertida monja. En primer lugar, según el Derecho Canónico, uno de los cánones para iniciar el proceso indicaba que debían pasar al menos cinco años tras el deceso del aspirante a la santidad. Y en segundo lugar, y esto fue lo que escoció de verdad al personal, fue que cuestionaron la obra de la buena de Agnes. Más aún, alegaban que en sus misiones no se hacía nada por aliviar o curar a los que acudían a ellas, sino que se limitaban a confortarlos espiritualmente para recibir a la Parca con una sonrisa de oreja a oreja porque cuando estirasen la pata se irían al cielo. Tócate el níspero.

Pero lo peor no era que sus abnegadas beatas se limitasen a contemplar como el personal entregaba la cuchara sin darles siquiera una aspirina, sino que se planteó algo que antes nadie había osado siquiera mencionar: Si esta buena mujer recibía donaciones multimillonarias de todos los acomplejados del planeta y, sin embargo, sus misiones, auténticas casas de la muerte, no ofrecían ningún tipo de atención médica ni personal cualificado que hiciera algo por los enfermos, ¿dónde estaban los millones de dólares que recibía anualmente? ¿A manos de quién o quiénes iban a parar verdaderas fortunas obtenidas por la mediación de personajes como Diana Spencer, que animaba a sus seguidores a sacar la chequera y escribir cifras con varios ceros para ayudar a Agnes en su inconmensurable labor para aliviar al planeta del peso de tanta miseria? Ah... misterio misterioso. 

Clientes-cooperantes de Projects Abroad, una empresa radicada en
R.U. que permite a los acomplejados elegir entre mogollón de destinos
miserables para limpiar sus atribuladas conciencias por unos 1.700
pavos al mes. En ese tiempo te dejan jugar a solidario todo lo que
quieras. De esos 1.700 €, los críos reciben unos 80. ¿Quién se queda
el resto?

Pero lo de Agnes es solo la punta del iceberg. Las ONG's se han convertido en una auténtica industria en la que los generosos con más complejos que un canijo en un concurso de culturistas se dejan la pasta para aliviar sus maltrechas conciencias que, debidamente manipuladas, los hunden en el abismo de la desesperación por haber nacido en un país del primer mundo, pecado original que acosa a los más lerdos del planeta. ¿Saben que han proliferado como hongos las ONG's dedicadas a lo que llaman turismo solidario? Esos cooperantes anónimos que aparecen en algunas ocasiones ni siquiera son de los que cobran, sino que encima pagan por dejarles pasar las vacaciones limpiando culitos de nenes huérfanos, jugando al escondite o haciendo dibujitos a cambio de 1.500 o 2.000 pavos. Sí, no es coña. Pagan lo mismo que lo que cuesta alquilar un apartamento en la playa por irse a aliviar sus conciencias a África o Asia y volver al cabo de un mes con paludismo o malaria con la que presumir ante familia, amigos y demás parientes y afectos. Pero ese pastizal no va a parar a los huerfanitos africanos o los asiáticos, sino a las cuentas corrientes de los pseudo-generosos que organizan esos eventos solidarios. ¿No me creen? Bueno, busquen en la red. Hay información en cantidad sobre ese tema. De hecho, muchos de estos críos ni siquiera son huérfanos, sino retoños de familias pobres que los entregan al orfanato de turno para que, al menos, coman caliente a cambio de hacer el papel de pobre crío abandonado a su suerte y maltratado por la vida. Gracias a su actuación, la ONG que dirige el cotarro se embolsa los donativos de los acomplejados y de los que los pseudo-huérfanos no verán un duro, naturalmente.

La señora negra de la izquierda le deja a la cooperante blanca que
coja a su nene en brazos para sacarse la foto y colgarla en su red
social. Su honor ya está a salvo. A demostrado lo solidaria que es

Pero la cosa no queda ahí. Cuando vuecé pasea por la calle y le asalta un cooperante solicitando un donativo, no crea que es un joven solidario que se quita tiempo de solazarse con sus colegas para hacer una buena obra. No, nada de eso. Son cooperantes mercenarios que curran a cambio de un estipendio para sablear a la gente bajo el escudo protector de cualquier ONG que trabaja afanosamente para erradicar el hambre, el analfabetismo, las enfermedades, la guerra, los cuñados o cualquier otra buena causa. Estas organizaciones han perfeccionado el arte del sablazo con técnicas de mercadotecnia sumamente sofisticadas que permiten manipular a la gente para sacarles el dinero y, también muy importante, sus datos personales y los números de sus cuentas corrientes. Estos datos no son solo usados por ellos, sino que son vendidos a múltiples empresas para bombardearnos a todas horas con maravillosas ofertas. Sí, ya saben, esos que te llaman 8 veces seguidas durante la siesta para que cambies de operador de telefonía, de compañía eléctrica, de gas, etc. Estos pícaros mueven millones a espuertas, y obviamente ganan millones a espuertas de forma que nadie puede acusarlos de estafar a la gente. Total, el que se deja robar no puede denunciar que le han robado, ¿no? Más aún, hasta se han creado empresas que se dedican a asesorar a los creadores de ONG's en el arte de recaudar a base de estimular la compasión de la ciudadanía y cómo reclutar pseudo-cooperantes y adiestrarlos adecuadamente para que desplumen en menos de cinco minutos a los sujetos más correosos.

En fin, criaturas, como ven, vivir de la solidaridad no solo es posible, sino que es bastante recomendable. Basta carecer de escrúpulos, ser un manipulador aceptablemente diestro, viajar un poco en busca de sitios con un índice de miseria adecuado y montar un despachito con las paredes llenas de fotos de niños hambrientos, niñas con burka o crudas escenas bélicas para empezar a recaudar pasta en cantidad. No dudo que haya gente que actúe de buena fe, pero tampoco dudo que muchos, la mayoría quizás, se aprovechan de esa buena fe sin que nadie cuestione sus supuestos elevados principios. No han sido pocos los escándalos que se han destapado ya acerca de directivos y gerifaltes de algunas ONG's bastante famosas, pero al final se corre un tupido velo porque desbaratar el negocio de la solidaridad no beneficia a nadie, empezando por los gobiernos que dan cobertura a estas organizaciones y poder así usarlas como argumento electoral. En resumen, es una auténtica y verdadera mafia, ni más ni menos.

Son, a otro nivel y con técnicas más avanzadas, similares a aquellas pedigüeñas de etnia gitana, antes gitanas a secas, que asaltaban a los píos ciudadanos en las salidas de las misas de 12 con un churumbel en brazos y con la jeta llena de churretes exhortándoles a ser generosos con el crío que pasaba mucha hambre y que muchas veces era prestado por alguna de sus comadres.

-¡Señorito, una limohnita por caridá!- les decía la gitana alargando la mano mientras que con la otra pellizcaba al niño para que llorase y poder así estimular su generosidad-. ¡Ande uhté, que tié carita de marqué! ¡Que mi ninio lleva dó día sin comé!

Y si pasaba de largo, pues le soltaba varias maldiciones calés y, a continuación, se abalanzaba sobre otro ciudadano con jeta de ser más proclive al llanto del nene, que tendría ya el culo lleno de moretones de tanto pellizco.

Bueno, vale de momento. Como la musa sigue en paradero desconocido- igual se ha ido de turismo solidario-, pues ahí dejo esta filípica como testimonio de que sigo en el mundo de los vivos, coleantes y sufridos ciudadanos.

Hale, he dicho

Los mendigos patrios no suelen recibir tantas atenciones por parte de las ONG's. Imagino que es más fácil sacar dinero mostrando un crío canijo que una octogenaria de Móstoles tirada en la puñetera calle

martes, 8 de marzo de 2022

LA VERBORREA DE LOS TIRANOS

 


Sí, la musa sigue en paradero desconocido. Eso no es nuevo como ya saben los que me siguen hace tiempo. Y, del mismo modo, yo acuso con abnegada paciencia el cambio de estación que me lleva a un estado semi-vegetativo en el que la pereza, la desidia, la incuria y la flojera me convierten en un vago de circunstancias. Ciertamente, no padezco el Síndrome de Hiperactividad ese que, curiosamente, antes no padecía nadie y ahora sufren hasta las abuelitas candorosas cuando se reúnen con sus comadres para jugar a la brisca o a despellejar a sus difuntos maromos. En fin, criaturas, ya me he hartado de ver la foto de la pobre cría medio achicharrada por el napalm, y como aún carezco de la energía y la enjundia necesarias para terminar alguno de los articulillos que tengo empezados hace tiempo, pues soltaré otra filípica para dejar constancia de que sigo vivito y coleando. De paso, también vendrá de perlas a mis escasos odiadores para que me odien un poco más, segreguen más bilis y se les ponga la jeta de un inquietante color albero maestrante. En fin, vamos a lo que vamos…

Los tristes sucesos que estamos viviendo en estos días son un testimonio palmario de que el hombre jamás aprende de sus errores y, con machacona insistencia, se empeña en repetirlos sin solución de continuidad una y otra vez. Pero lo que más me ha llamado la atención ha sido el constante ritual de amenazas apocalípticas con las que el camarada Vladimiro nos regala a diario, amenazas que me han retrotraído a la época de la Guerra Fría en que los líderes soviéticos usaban constantemente una retórica basada en la agresión, en una implacable espada de Damocles que en cualquier momento podía caer, apretar el botón y desencadenar el holocausto, y en la recalcitrante y cansina repetición de manidos mantras para justificar su irritante pose de eternos cabreados. Los que ya hayan traspasado la temible barrera del medio siglo de existencia recordarán aquellos discursos de los mandamases del bloque comunista en los que, por norma, achacaban todos sus males al capitalismo que no dejaban practicar a nadie aunque ellos vivían como reyes y del que se tenían que defender aunque los que amenazaban siempre con atacar eran ellos. Con todo, desde que se inventó la carrera de tirano, los más aventajados en el oficio siempre han tenido claro que para ejercerlo con propiedad hay que tener un pico de oro. Un tirano debe ser locuaz si quiere subsistir, y cuanto más desbarre mejor. 

El gordito coreano con su habitual sonrisa que no pierde ni cuando
ordena ejecutar de un balazo en el cogote a su cuñado predilecto.
Los tiranos orientales están hechos de otra pasta
Ante todo, el tirano debe dar una apariencia de granítica solidez y seguridad en sí mismo tanto a sus tiranizados como a sus hipotéticos ofensores. Por ese motivo, el tirano debe estudiar cuidadosamente su lenguaje corporal para que sus gestos apuntalen su palabra. En el collage de cabecera verán que faltan tiranos orientales como Mao Zedong, los incombustibles Kim coreanos y otros tantos genocidas y criminales del Lejano Oriente, pero es que estos fulanos tienen una idiosincrasia totalmente distinta a la de sus colegas occidentales y suelen acompañar sus amenazas con una sonrisa de oreja a oreja, así que no nos valen en esta ocasión. Pero, orientales aparte, el resto siguen paso a paso el "Manual del Tirano Aplicado" que, en realidad, es bastante simple. Se limita a dos gestos básicos en función del discurso. Por un lado tenemos el ademán amenazante, que consiste en levantar el puño mientras juran por sus cuñados que desencadenarán una orgía de muerte y destrucción más IVA a todo aquel que ose plantarles cara. El puño cerrado es sinónimo de fuerza, de seguridad y de poder. El puño golpea sin piedad a los enemigos, y hasta sirve para amenazar al cielo elevándolo todo lo que puedan. Luego está el gesto aleccionador, en este caso adoptando una pose propia de docente que explica a sus alumnos que dos más dos son cuatro. Ese gesto ya aparece en multitud de miniaturas medievales donde se representa al ángel explicando algo a algún santo y tal. Los tiranos suelen emplearlo para asegurar a sus tiranizados que deben seguir puntualmente sus instrucciones para impedir que los enemigos se salgan con la suya, es decir, echarlos a patadas de sus amadas poltronas.

Podríamos añadir un tercero, el que suelen emplear al término de sus peroratas. Es el de "os amo tanto que estoy dispuesto a seguir en el cargo otros 20 años", y es una pose en plan glorioso con los brazos abiertos, como el padre que recibe a mogollón de hijos para fundirse en un abrazo con todos ellos. Brazos abiertos, jeta vuelta hacia el firmamento y ojos cerrados implican haber entrado en un auténtico éxtasis, arrobado por la clamorosa ovación y los vítores que le dedican sus tiranizados. Sí, algo por el estilo de lo que vemos en la foto de la derecha, en la que la inefable Eva Duarte, venerada y odiada al mismo tiempo, se da un baño de masas y se relame de gustito al ver a sus descamisados absolutamente rendidos ante su impagable demagogia. Es el momento del clímax tiránico, cuando el tirano se siente más seguro de sí mismo tanto en cuanto se siente apoyado y arropado por sus tiranizados, que no dudarán en pasar hambre, sed y frío con tal de defenderlo, e incluso palmarla con tal de que su nombre pase a engrosar la lista de abnegados mártires que dieron sus miserables vidas por su persona.

Ahí lo tienen, discurseando como quien está de palique en la
barra del bar hablando del tiempo. El camarada Vladimiro es
un tirano suavito, pero no por ello menos tiránico
De la lista de tiranos más célebres de los últimos tiempos, quizás el único que no se ciñe a los baremos del "Manual del Tirano Aplicado" en lo tocante al lenguaje corporal es precisamente el camarada Vladimiro. Pero, en este caso, no hablamos del típico energúmeno que ha alcanzado el poder mediante el uso de la fuerza, sino de un sujeto frío, calculador y, aunque le hayan llenado la cabeza de pájaros, tiene un autocontrol adquirido en el desempeño de su antiguo oficio. Al cabo, años en el KGB son capaces de moldear el carácter de cualquiera, y el adiestramiento recibido le permite domeñar, al menos en público, su ira y sus pasiones encontradas. No obstante, el camarada Vladimiro sí sigue al pie de la letra el resto del manual: amenaza antes de ser amenazado, promete atacar antes de ser atacado y, en resumen, se ciñe de forma meticulosa a los dogmas de los que le precedieron durante la nefasta y abyecta tiranía soviética. No vocifera como el ciudadano Adolf, no adopta posturas chulescas como el inefable Benito ni tampoco aporrea el atril con un zapato como el camarada Nikita, pero no reniega del uso constante de la amenaza que, en su caso, pronuncia con calma y frialdad. Colijo que ha entendido que el tirano vehemente está muy visto y ya no acojona demasiado, por lo que ha preferido crear una nueva versión, la del tirano calmoso. Un tirano que no pierde el control ni aparece con los ojos inyectados en sangre y las arterias del pescuezo palpitando resulta más atemorizante porque la gente piensa que habla plenamente convencido de lo que dice, y que cumplirá sus amenazas tanto en cuanto las emite con la cabeza fría, y no como producto de un avenate de furia. Es un tirano que ha implantado un nuevo estilo. No pierde los papeles, no se desgañita, no gesticula furiosamente, no grita... Se limita a decir lo que, en teoría, pretende hacer, como un Hannibal Lecter sugiriendo que tu hígado con habas debe resultar especialmente deleitoso acompañado de un buen chianti. Ciertamente, a muchos les causa temor esa actitud gélida como una cripta mohosa.

El tirano calmado tiene además una ventaja añadida: ante los suyos da una imagen de líder sereno, estoico y reflexivo, que no se deja llevar por el corazón sino por la cabeza, y ante los ajenos ofrece una apariencia sólida, alejada del cafre berreante al que ya nadie hace caso porque saben que sus amenazas no son dignas de ser tenidas en cuenta. Ciertamente, es ridículo que el tirano de Venezuela o, más aún, el de Nicaragua, amenacen con respuestas militares demoledoras a su enemigo preferido, los yankees, cuando cualquiera sabe que serían aplastados en un periquete. Y no ya por la obvia superioridad militar de los vecinos del norte, sino porque la mayoría de sus tiranizados están hasta el gorro de aguantar el estado de miseria perpetua al que se ven condenados mientras que ellos, sus familias y su corte de pelotas viven como sátrapas. Por este motivo, estos tiranos bananeros como el que vemos a la derecha, el "luchador por la libertad" Daniel Ortega que echó a Somoza para ser el califa en lugar del califa, en realidad le temen más a ver congeladas sus cuentas en paraísos fiscales ya que son los ahorros para que, el día en que sus tiranizados lleguen al límite, tener medios para pasar el resto de sus miserables vidas en cualquier estado paradisíaco pegándose la vidorra padre con el fruto del latrocinio perpetrado durante décadas en el poder. 

Este payaso, que allá por los 80 era el hombre del saco de Occidente y
que con su verborrea no paraba de amenazar a todo el planeta, se convirtió
en adalid de la paz cuando Reagan hizo un simulacro de Sodoma y
Gomorra con Trípoli en abril de 1986. Se le acabó la chulería
como por ensalmo, y se borró de la lista de tiranos parlantes
Bien, grosso modo, en esto se basa la verborrea de los tiranos. Pero, ¿qué hay tras ella? ¿Por qué siguen todos el manual sin salirse un milímetro? El miedo. Sí, miedo, canguelo, repullo, jindama, pánico, cerote, pavor, horror, esphanto, etc. ¿A qué? A todo. El tirano es por lo general un sujeto que, aunque parezca lo contrario, en realidad adolece de una gran inseguridad en sí mismo. Los tiranos dudan de todo y de todos, son desconfiados como serpientes, duermen con un ojo abierto y padecen verdaderas paranoias pensando que pueden ser envenenados, tiroteados o, simplemente, derrocados y fusilados en cinco minutos como el infausto Ceaucescu y su parienta, más odiada aún que su maromo. El tribunal que los condenó dictó sentencia, esta se cumplió ipso-facto y, con todo, las imágenes recogieron para la posteridad las vehementes protestas de la pareja, que a pesar de haber adquirido ya la condición de cadáveres en vida aún pretendían imponer una autoridad que tenían más perdida que un político el sentido de la decencia. El tirano vive en un estado de constante temor a ser derrocado, procesado, a que se le pidan cuentas de sus actos o, simplemente, a que sus tiranizados sean los que decidan acabar con ellos y se vean colgando cabeza abajo en una gasolinera como el inefable Benito.

Y si tienen miedo a sus tiranizados, más aún lo tienen a los enemigos que se inventan para alcanzar el poder y mantenerse en el mismo. El camarada Vladimiro amenaza con hacer uso de su arsenal nuclear porque tiene miedo de que la OTAN se meta por medio, y sabe que en un conflicto convencional está perdido. Solo la disuasión nuclear ha podido, de momento, frenar a Occidente. A todo ello añade una sarta de embustes propios de tiranos en los que la culpa de todo es del bando opuesto, que es el que les ha atacado, provocado, conspirado y traicionado. Hoy día, en una sociedad hiper-informada estos camelos ya no cuelan, pero ellos siguen fieles al manual y repiten como loros las consignas de siempre, que de momento siguen dando réditos aunque sea a un porcentaje cada vez menor de la población. Y es precisamente la facilidad para transmitir noticias falsas el arma de doble filo con que se enfrentan ya que, del mismo modo que propalan sus bulos, sus enemigos propagan información que desmonta los mismos o, al menos, los pone en tela de juicio. La propaganda convencional ya no vale, y hoy día cualquier fulano con un móvil puede filmar una matanza y en dos minutos ser visualizada por millones de personas. 

Otro tirano amenazante en el momento de pasar por caja
para pagar la factura de sus fechorías. Sus hijos también
tuvieron que hacer frente a la multa, y encima con recargo
Ante eso, a los tiranos solo les queda el recurso de lanzar una amenaza tras otra para intentar acobardar a sus enemigos o mitigar el ansia de venganza de sus tiranizados, la cual caerá más temprano que tarde sobre sus indignas cabezas porque la época en que los Idi Amin o los Batistas eran derrocados y se largaban a un exilio dorado pasó a la historia. Ahora el que la hace la paga, como bien pudieron comprobar bichos como Sadam, Gadafi, Milošević, etc. Que me odien con tal de que me teman, afirmaba el vesánico Gaio Calígula, que sabía que la mejor herramienta para mantenerse en el poder era instaurar un régimen de terror hasta que Casio Querea y varios colegas decidieron que ya lo habían soportado bastante y le dieron boleta a cuchillada limpia. Sin embargo, es la regla de oro que aún siguen los tiranos porque saben que en el momento en que dejen de temerles están perdidos, y no se enteran de que el odio une más que el afecto. El camarada Vladimiro, como todos los tiranos, se ha dejado arrastrar por su vena megalómana para convertirse en un pseudo-zar al estilo del padrecito Iósif en versión de traje caro y corbata, pero es el enésimo déspota que basa su poder en exacerbar un ultranacionalismo enfermizo para, con una mezcla de paternalismo y brutalidad, obtener el apoyo de sus tiranizados para tener carta blanca y perpetrar sus fechorías dándoles un viso de legalidad. Pero la época de la legalidad constreñida al ámbito nacional desapareció en Nuremberg, y pasarse de la raya puede tener nefastas consecuencias para los tiranos. De ahí la obsesión por mantener la amenaza como forma de alejar posibles represalias, porque si son derrotados están perdidos. Nadie, salvo algunos irredentos, moverá un dedo por ellos y lo saben.

En fin, la verborrea de los tiranos no es más que un mero instrumento para justificar su tiranía. El camarada Vladimiro daba por hecho, como en su día lo hizo el ciudadano Adolf, que una rápida victoria le daría patente de corso para proseguir con sus rapiñas e incluso cierta impunidad a una agresión totalmente injustificada. Pero cuidado, porque todo tiene un límite. Cuando el ciudadano Adolf atacó Polonia, muchas voces procedentes del tóxico pacifismo surgido tras la Gran Guerra clamaron que no merecía la pena morir por Danzig. Pero la cosa era que tras Danzig vino una guerra relámpago que se llevó por delante a ejércitos que sobre el papel eran los más poderosos del mundo, y con ello una guerra de casi seis años que costó decenas de millones de muertos. Por lo tanto, a los cagalindes que proclaman que no merece la pena morir por Ucrania les diré que dejen de hacerle la pelota al camarada Vladimiro, del que seguramente cobran un estipendio como topos infiltrados en la sociedad occidental para ganar adeptos a su causa, y que piensen que tras Ucrania puede ser el turno de Rumanía, Hungría, Polonia, Finlandia o Suecia, y tras ellos el resto de Europa. 

Otro empecinado practicante de la verborrea tiránica que jamás pudo
imaginar que se vería pagando por sus crímenes. Si no le hubiera dado
un chungo en su celda durante el juicio, seguramente  al día de hoy
aún se estaría pudriendo en la trena
Sea como fuere, lo cierto es que la verborrea de los tiranos tiene actualmente fecha de caducidad. Las amenazas pierden fuerza, sobre todo cuando el tirano que todos creían invencible resulta que pierde fuelle y acaba empantanado en una guerra de desgaste. El enano corso (Dios lo maldiga cienes de trillones de veces), lo tuvo que reconocer tras su paso por España, donde perdió su reputación ante Europa y se vaporizó su halo de invencibilidad. El camarada Vladimiro no ha sido capaz de aprender de las enseñanzas del enano, y menos aún de las de la propia URSS cuando logró detener, rechazar y, finalmente, vencer al ciudadano Adolf. Y, mira por dónde, lo que creía un paseo militar se ha convertido en una guerra en la que millones de personas lo odian a muerte, les da una higa palmarla defendiendo su suelo y se preocupan de divulgar por todo el mundo sus padecimientos para obtener apoyos. Son los mismos que sufrieron el infame Holodomor desencadenado por el padrecito Iósif y las matanzas indiscriminadas de los Einsatzgruppen del ciudadano Adolf, así que te has equivocado, Vladimiro. Tu verborrea solo ha servido para que los timoratos políticos occidentales tasquen el freno... de momento. En el instante en que tu verborrea deje de ser creíble, estas listo, y si acabas con una bala en el cerebro te lo habrás ganado sobradamente, so imbécil.

Bueno, vale de momento. Con esta filípica dejo testimonio de que sigo en la brecha. Mustio, pero en la brecha, y a la espera de que la musa retorne. Igual se ha pirado a Kiev a echar una mano, quién sabe.

Y los buenistas, guays, pacíficos, amantes del buen rollo y de pasar las horas viendo vídeos de gatitos adorables, recuerden este inapelable aforismo que al día de hoy aún mantiene toda su vigencia: SI VIS PACEM PARA BELLVM, capullos.

Hale, he dicho

Fotos como esta son más devastadoras que diez bombas de racimo. El sufrimiento de la población civil era algo que pasaba desapercibido tiempo atrás, por lo que la verborrea de los tiranos no tenía contrapartida. Pero hoy día cualquier pelagatos excepto yo tiene un esmarfon para sacar fotos y vídeos a mansalva y colgarlos en las redes sociales. A los cinco minutos, cientos o miles de millones de personas estarán poniendo de hideputa para arriba al causante del llanto de esa madre, que se ve con tres críos sola y desamparada ante las hordas del tirano

viernes, 18 de febrero de 2022

LA GUERRA

 

Esta icónica foto tomada por Nick Ut en 1972 supuso un brutal mazazo para las conciencias de Occidente y, sobre todo, de los yankees. Sin embargo, solo ha servido para convertirla en una pieza de museo, porque imágenes similares o peores se ven a diario a lo largo y ancho de nuestro vapuleado planeta sin que nadie haga nada por evitarlo. La guerra está tan arraigada en el ser humano que es imposible acabar con ella

Como es habitual en mi persona, la cercanía del cambio de estación me sume en un estado de desidia y apoltronamiento que me impiden devanarme la sesera con cuestiones enjundiosas. La musa toma las de Villadiego, la butaca me abduce y mi mente se aletarga a la espera de que un repentino chispazo que, a modo de pseudo-big bang a escala unipersonal, me reactive y pueda recuperar mi ritmo habitual. Por lo tanto, y como suelo hacer en estos casos, pues recurro a alguna entrada sobre curiosidades curiosas o, como haré en esta ocasión, a otro articulillo de opinión para pasar página con lo del COVID, que creo ya estará más que leído por los que me siguen con regularidad. Lo que me ha llevado a traer este tema a colación es la inquietante situación de Ucrania, que creo que da para una pequeña filípica sobre la guerra. Pero no, no se me revuelvan inquietos en sus poltronas porque no voy a disertar sobre los motivos que empujan al inefable Vladimiro a liarla parda como si de un antiguo camarada secretario general del partido se tratase, sino que trataremos sobre la guerra en sí, uséase, como fenómeno intrínseco al hombre y algunos primos cercanos más evolucionados como los chimpancés, que para su desgracia también llevan en su acervo genético eso de darse estopa de forma sañuda e inmisericorde. Bien, dicho esto, comencemos...

La guerra es por desgracia algo tan cotidiano que lo vemos tan natural como odiar a los cuñados o echar una meada antes de irnos a planchar la oreja. Todos, y digo todos sin excepción, no hemos parado de oír hablar de guerras desde que nos alcanza la memoria. Los que ya peinen canas o no peinen nada llevan toda su vida al tanto de los odios incurables entre hebreos y palestinos, pasaron la infancia con los telediarios abriendo los titulares con la guerra de Vietnam, y la adolescencia con los conflictos en Irlanda del Norte y las guerrillas y paramilitares que hicieron estragos en Centro y Sudamérica. Les llegó la juventud con las movidas de los soviéticos en Afganistán, las chulerías de Sadam Husein y la desintegración de Yugoslavia, hechos estos que, aunque parezcan que ocurrieron ayer, han pasado ya más de 30 años desde que tuvieron lugar. Finalmente, van camino a la tercera edad con Vladimiro queriendo devolver a la Santa Madre Rusia su antiguo esplendor y los chinos despertando al dragón. Por ello vemos la guerra como parte de nuestras vidas. Es un suceso que no es suceso porque es más recurrente que las primeras comuniones en el mes de mayo, y a los que afortunadamente no nos toca vivirla en nuestras propias carnes hace mucho que no nos altera el pulso. Desgraciadamente, hemos visto ya tantas imágenes del horror que nos pone los pelos de punta ver a un fulano patear a un chucho porque se ha meado en la rueda de su coche, pero nos quedamos indiferentes ante la visión de decenas de cadáveres calcinados por el napalm o de restos humanos esparcidos en una calle de Kabul o Bagdad.

Y precisamente porque la guerra es algo tan cotidiano, colijo que nunca nos hemos parado a pensar en dos cosas bastante chorras, pero que son a mi parecer las que contienen la enjundia de los conflictos armados, a saber: ¿qué las provoca y quiénes les sacan provecho? Vayamos por partes...

Obviamente, los primeros enfrentamientos entre humanos estuvieron motivados por las mismas razones que entre otros bichos: la supervivencia y el aprovechamiento de los recursos naturales, es decir, la disponibilidad de alimento y agua. Aquí no ha lugar al entendimiento o la posibilidad de unirse para que ambas partes puedan compartir lo que haya disponible, sino que prima exclusivamente el egoísmo. Nadie se plantea llegar a un territorio ocupado por otro grupo de humanos y estudiar cómo aunar esfuerzos para sacar el máximo rendimiento de los recursos disponibles, permitiendo la supervivencia de todos. No, nada de eso. Cuando se llega a un territorio aprovechable que ya esté ocupado no se dan ni los buenos días. Antes que eso se empuña el pedrusco, el palo afilado y se intenta liquidar a los habitantes del territorio mientras que estos, como es lógico, hacen lo propio para defenderlo. El humano, al ser un bicho extremadamente inteligente, sabe buscar la forma de compensar su falta de efectivos o de fuerza física ante un grupo enemigo superior, por lo que inventa armas cada vez más eficaces. Por otro lado, su propia inteligencia le hace pensar que su estrategia es acertada, y no dudará en llevarla a los últimos extremos con tal de salirse con la suya. Solo la aniquilación de uno de los bandos dará término al conflicto. Otros animales, menos inteligentes pero más pragmáticos, entienden de inmediato que su enemigo es superior y que hacerle frente carece de sentido, por lo que optan por darse por vencidos en cuanto ven que no podrán apoderarse o echarlos de su territorio. Se resignan y se largan en busca de otro asentamiento. Pero el humano no se resigna hasta que esté prácticamente al límite, y en muchos casos no duda en inmolarse con tal de no dar un paso atrás. Una estrategia suicida, pero somos así de imbéciles.

Este, y no otro, es el origen de las guerras y, aunque permanezca oculto tras las ideologías y los politiqueos, sigue siendo el motivo de las actuales. La diferencia es que ya no luchamos por adueñarnos de un manantial o un bosque lleno de frutales y animalitos que matar y devorar, sino por apoderarnos o controlar los recursos que mueven el mundo: la energía en cualquiera de sus formas, las vías de comunicación que facilitan el comercio, las nuevas tecnologías y, aunque hace años sonaba a ciencia ficción, el espacio, que hemos atiborrado de satélites que nos permiten tener una vídeo conferencia con la parienta desde el otro lado del mundo, llevar a cabo una operación bursátil que nos hará multimillonarios en dos minutos desde un iglú en la Antártida o escribir chorradas en un blog que leerán ciudadanos de todo el mundo preguntándose quién carajo será el español ese cuyo verdadero nombre nadie conoce y cuya jeta siempre permanece oculta tras el yelmo Maciejowski de su avatar. Por cierto que, contrariamente a lo que los agoreros de siempre piensan sobre el fin del mundo- meteoritos, maremotos, ira de Dios, apocalipsis zombis y similares- el fin de nuestra civilización no tendrá lugar porque una roca sideral del tamaño de la provincia de Burgos se estampe contra el planeta ni nada parecido, sino el día en que se colapse internet y nadie pueda siquiera comprar un cuarto de mortadela con aceitunas porque los datáfonos estarán muertos y los bancos bloqueados, y como nuestros eximios gobernantes lo confían todo a la digitalización para controlar en qué gastamos hasta el último céntimo, no habrá dinero en efectivo y habrá que usar el maldito esmarfon hasta para comprar un cucurucho de altramuces. 

Sin embargo, si nos paramos a analizar todo lo dicho hasta ahora, hay un detalle que siempre se nos pasa por alto. Sí, de acuerdo en que la guerra está motivada por un supuesto afán de supervivencia pero, ¿quién nos induce a hacer la guerra? Nadie clama por ella. Nunca un grupo se ha manifestado de forma unánime y simultánea por iniciarla. Antes al contrario, los miembros del grupo de humanos tienen o suelen tener opiniones opuestas o, al menos, opiniones distintas en cómo se debe llevar a cabo la guerra en ciernes. Unos no querrán arriesgarse, otros no lo tienen claro del todo y otros, los más decididos, no dudan en que es necesario embarcarse en un conflicto incluso siendo de dudoso resultado. Cada humano expondrá sus razones y, analizadas una por una, todas serán igual de válidas, pero así no se puede empezar una guerra. Para ello hace falta una voz que es la que se las ingenia para aunar las voluntades, enfervorizar a los dudosos, callar a los negados y exaltar a los convencidos. Es el líder. 

Entre los humanos, el líder es un espécimen especialmente peligroso. No es como el lomo plateado de un clan de gorilas o el macho alfa de una manada de leones. Esos basan su liderazgo en su fuerza física, y cuando esta les mengua con la edad viene un aspirante más joven, les da una soba de muerte, los expulsa y por ahí te pudras. Por el contrario, el líder humano basa su capacidad en su inteligencia aunque sea un alfeñique que no tenga ni media hostia. El líder es manipulador, persuasivo, demagogo... sabe qué es lo que tiene que decir porque sabe qué es lo que los miembros del grupo de humanos quiere oír. Es capaz de intuir lo que cada miembro del grupo desea para sí, cuáles son sus fobias y sus filias y, lo más importante, sabe cómo convertir a los miembros del otro grupo en seres despreciables y enemigos acérrimos aunque no haya habido ofensa previa. Como ya sabemos, la mejor forma de sumar voluntades es crear un enemigo común acompañado de un agravio porque lo que más une a los humanos es el odio, no el amor. Esa táctica es tan antigua como el hombre, y es tan eficaz que aún se usa y sigue surtiendo efecto como vemos a diario. Uno de los ejemplos más conocidos y cercanos en el tiempo sería el ciudadano Adolf, un sujeto gris, sin oficio ni beneficio y que no había destacado en nada, que se despertó un día dándose cuenta de que tenía un pico de oro y le bastó señalar a un enemigo- los hebreos- y un agravio- el Tratado de Versalles- para hundir a una de las naciones más cultas y avanzadas de Europa en una vorágine de terror y acabar en la aniquilación total. De ahí surge entonces la gran pregunta: ¿no se da cuenta la gente de cómo es manipulada por el líder y son capaces de dar la vida por él si saber en realidad qué gana con ello? Pues parece ser que no. Somos muy listos, pero extremadamente gilipollas y manipulables.

¿Y trae cuenta ser líder? Si damos un repasillo a la historia, una mayoría de los líderes que en el mundo han sido se han convertido en el objetivo de otros aspirantes a líder o han acabado muertos por sus liderados cuando estos se han hartado de soportar su liderazgo. Los menos son los que han llegado al fin de sus días apalancados apaciblemente en sus piltras. Ojo, no confundir palmarla de viejo con palmarla de viejo siendo venerados por sus liderados. Muchos han entregado la cuchara sintiendo el implacable peso del odio sobre sus testas, y no pocos han finiquitado precisamente por no poder soportar el rencor de la gente. No obstante, sentirse el líder actúa como una droga, y a pesar de los riesgos que conlleva no son suficientes para amilanar a los más denodados candidatos a ser los que corten el bacalao. ¿Qué es entonces lo que mueve al líder? Ante todo, el poder, y tras el poder, el dinero. Sin embargo, muchos líderes no necesitaban riquezas porque ya las tenían antes de aspirar al mando, por lo que es evidente que prima ante todo el deseo de poder. Marañón lo describió de forma magistral en la biografía que dedicó al conde de Olivares, el todopoderoso valido de Felipe IV que, obviamente, nació con el riñón bien cubierto. Pero a Olivares lo que le motivaba era, como dice el subtítulo de la obra del insigne galeno, "la pasión de mandar".

El bueno de Don Gaspar podría haber llevado una apacible vida en sus vastas posesiones en el alfoz de Sevilla, donde su linajuda familia había acumulado fértiles tierras y dominios como pocas casas nobles en España. Podría haber pasado su existencia rodeado de innúmeras fanegas de olivar que dieron nombre al solar de su linaje y dedicar su tiempo a echar broncas a los criados y administradores de su casa si veía que le sisaban más de la cuenta, contar el oro y la plata de sus rentas y hacer suntuosas donaciones a la Iglesia para asegurarse un trato de favor cuando San Pedro le pidiera el currículum. Pero Don Gaspar tenía espíritu de líder, y en vez de darse la vidorra padre en su palacio de Olivares prefirió trabajar como un mulo en la corte, actuando como rey en la sombra y soportando toda clase de cabreos, disgustos, angustias y odios con tal de mandar para, al final, caer en desgracia y verse en su palacio de Loeches convertido en una triste sombra de lo que fue y, finalmente, acabar desterrado en Toro por obra y gracia de los innumerables enemigos que se había granjeado a lo largo de su valimiento e incluso en el punto de mira del Santo Oficio hasta su deceso con solo 58 años. Obviamente, pagó muy cara la privanza el Guzmán, y ser líder no le reportó otra satisfacción más que mandar.

Bien, la pasión de mando es la que junto a la acumulación de riqueza empuja al líder a organizar una guerra tras otra y, por ende, a empujar a la muerte y la destrucción a miles, cuando no millones, de personas. No dudan en recurrir a unos argumentos más sobados que una teta de vaca frisona, pero la gente sigue sin querer darse cuenta de que los manipulan con los mismos mantras una y otra vez sin solución de continuidad. El líder, ya sea por vocación o por nacimiento, recurre a exaltar las virtudes- reales o no- de sus liderados para enardecerlos y empujarlos al holocausto. Apela al valor y al orgullo para, a continuación, sacar a relucir el agravio.

-¡Somos un gran pueblo al que Fulano ha humillado! ¡Debemos destruir a Fulano! ¡Un pueblo de valientes como el nuestro no puede permitir que unos caguetas como los vecinos se nos pongan chulos!- exclama el líder ante la masa expectante.

-Pero, oiga... ¿en qué nos han chuleado?- pregunta el aguafiestas de turno.

-¡Cobarde, traidor!- replica el líder con las palabras mágicas que callan a cualquiera para no ser estigmatizado para siempre- ¡Tenemos que anticiparnos a los vecinos para que sepan que no se pueden poner chulos con nosotros!

-Pero habría que esperar a ver si se deciden a ponerse chulos, ¿no?- musita el aguafiestas en un postrero intento por evitar el desastre.

-¡Esa es la típica actitud del cobarde!- brama el líder señalándolo con dedo acusador y viendo satisfecho que algunos de sus liderados empiezan a cabrearse con el aguafiestas- ¡No tienes derecho ni al aire que respiras, cacho mamón!

Y ahí se termina el debate. El aguafiestas será encarcelado por derrotista y el resto de liderados partirán a la guerra a palmar porque el líder no puede tolerar que los vecinos se le pongan chulos aunque en ningún momento hayan manifestado la intención de chulearle. Es bastante básico, pero es así. Más aún: la inmensa mayoría de las guerras, por no decir todas, no han estallado por un deseo unánime de un pueblo, sino por el interés de un líder y, a lo sumo, de la élite política y militar que lo sustenta en el poder. Si consultamos la Gran Enciclopedia de la Guerra en 50 tomos, 18 apéndices y 23 sueltos, creo que solo encontraremos guerras motivadas por el ansia de poder de un líder, no porque un pueblo necesitase imperiosamente hacer la guerra a sus vecinos. La guerra, al cabo, es carísima, cuesta muchos recursos, vidas humanas y produce dolor y miseria incluso en los vencedores. Un par de ejemplos chorras, pero muy ilustrativos: la deforestación que sufre la maldita Albión (Dios maldiga a Nelson) y de la que aún no se ha recuperado tuvo su origen en las cantidades ingentes de bosques talados para enviar la madera al Frente Occidental durante la Gran Guerra para entibar trincheras. La misma deforestación que padece España se originó por la imperiosa necesidad de mantener su poderío naval. La construcción de un buque, ya fuese mercante o de guerra, se llevaba una media de 10.000 árboles como mínimo. Multipliquen esa cifra por los miles de barcos que salieron de los astilleros españoles hasta el final de nuestro imperio, cuando hacía poco que el hierro había empezado a sustituir a la madera. Lógicamente, a esa tala masiva debemos sumar la necesidad de aumentar la superficie de tierra cultivable, pero lo cierto es que miles de hectáreas de bosque desaparecieron para siempre para acabar pudriéndose en las trincheras de Flandes y en el fondo del mar.

Así pues, ya vemos que las guerras son unos eventos que, además de desagradables y caros, pueden ser totalmente prescindibles siempre y cuando no haya un líder que se levante oyendo voces o con ganas de aumentar su influencia y su poder. Más aún, muchas guerras se han organizado para crear una cortina de humo cuando los liderados empiezan a cuestionar el liderazgo del líder, y para ello nada mejor que desviar la furia del personal hacia el enemigo creado y el agravio inventado, fórmula que por sistema siempre funciona de maravilla. Veamos algunos ejemplos clamorosos si bien no entraremos a fondo en la enjundia de cada uno ya que para eso tenemos la Gran Enciclopedia de la Guerra en 50 tomos, 18 apéndices y 23 sueltos.

Guerras del macedonio Alejandro, hijo de Filipo. El inmortal y heroico Alejandro no era más que un megalómano con más complejos que un enano jugando en la NBA y totalmente obsesionado con superar la gloria de un padre al que detestaba. Dedicó su breve existencia a conquistar territorios que no suponían ninguna amenaza para Macedonia simplemente por el afán de crear un imperio que pasase a la historia hasta que sus mismas tropas se negaron a seguirle, lo que le costó un berrinche de aúpa por sentirse traicionado. Su liderazgo solo sirvió para producir miles de muertos, miles de viudas y miles de huérfanos en ambos bandos. Su flamante imperio duró lo que su vida, ya que cuando murió sus diádocos se dedicaron a sacarse las tiras de pellejo para trincar su parte del botín.

Guerras civiles en Roma. Un auténtico concurso de egos a ver quién la tenía más grande. Sila contra Mario. César contra Pompeyo. Marco Antonio contra Octavio Augusto. ¿Fueron en bien de Roma? Y un carajo. Fueron para que Sila se convirtiera en dictador vitalicio, César en dictador cesado por las bravas y Augusto en pseudo-rey, y encima para ser sucedido por una banda de trastornados mentales de todo tipo: Tiberio, Calígula, Clau-Clau-Claudio y Nerón, enviado al paro perpetuo por Galba que a su vez fue despedido sin indemnización por Otón, que decidió auto-asesinarse tres meses después antes de caer en manos de Vitelio, que igualó el récord de brevedad de su antecesor tras ser fileteado por los partidarios de Vespasiano, etc. En fin, décadas de guerra para que una serie de líderes ejercieran el liderazgo sin que en ningún momento se pudiera decir que esos conflictos revirtieran en beneficio de los liderados.

Guerra de los Cien Años. La más larga de la historia. De hecho, duró 116 aunque como eso de Guerra de los Ciento Dieciséis Años suena rarito redondearon a la baja. Duró desde 1337 a 1453. ¿El motivo? Satisfacer el ansia de poder de una única persona, Eduardo III de Inglaterra. La prole viril de Felipe IV de Francia (Dios maldiga al enano corso) se fue al hoyo sin ir dejando descendencia, heredando finalmente la corona el hijo de su hermano Carlos de Valois, Felipe VI. De la progenie del hermoso Felipe el Hermoso solo dio fruto su hija Isabel, casada con Eduardo II de Inglaterra que, aunque un poco bastante homosexual, fue capaz de sembrar en ella. Su hijo, Eduardo III, consideró que el trono francés le correspondía por herencia materna, pero en Francia imperaba la Ley Sálica que impedía reinar o transmitir a las hembras, por lo que Felipe VI se hizo con el poder mientras que su sobrino decidía hacer valer sus derechos. Esta guerra empujó a dos reinos a un conflicto interminable que ya pueden imaginar lo que costó, y todo porque al inglés se le metió entre ceja y ceja ostentar dos coronas. 

Guerras Napoladrónicas. Qué decir del abominable enano corso, el Hitler del siglo XIX que sumió a toda Europa en una vorágine de muerte y destrucción para sentar a sus hermanitos en un trono. Jamás podré entender cómo a semejante bicho lo veneran como un auténtico monarca metido en una bombonera marmórea en Los Inválidos. Un bellaco, un tenientillo de chichinabo que, como buen líder, llevó a su país y de paso al resto de Europa a una sucesión de guerras que costaron cientos de miles de muertos, cientos de poblaciones arrasadas, violaciones, miseria y pobreza hasta que lo derrotaron en buena hora en Waterloo y lo mandaron al carajo en una isla en mitad de la nada. Lo justo es que lo hubieran colgado en plaza pública por criminal, pero en fin...

Guerra del Golfo o, mejor dicho, de los golfos, una élite económica y política encabezada por Bush que aprovecharon las paranoias nacionalistas de un cantamañanas psicópata como Sadam Husein para hacerse con el ansiado petróleo sobre el que flota Irak. Las famosas armas de destrucción masiva nunca aparecieron, y la guerra solo sirvió para facilitar la infiltración de yihadistas que han convertido el país en un nido de terroristas que no dudan incluso en perpetrar atentados contra su propia gente. Ese conflicto no tiene aún visos de terminar.

Todos los que han combatido en una guerra han tenido constancia de primera mano del engaño del que han sido objeto. Los que partieron con la cabeza alta y una sonrisa de oreja a oreja volvieron, si es que volvieron, cabizbajos, mustios, ahítos de piojos, hambre y miedo y, en muchos casos, incompletos tras dejar parte de sus anatomías en el campo de batalla. Otros muchos se quedaron atrás abonando la tierra y dejando a sus familias esperando inútilmente por si un día aparecían por el recodo del camino que conducía al terruño. Hombres en la flor de la vida son conducidos al matadero totalmente obcecados por las proclamas del líder y por una hábil propaganda que hace que los fogosos se apunten a un bombardeo y los timoratos escondan sus miedos para no ser señalados. A mi entender, quién mejor ha mostrado cómo las consignas del líder se infiltran en todos los estratos de la sociedad fue Remarque en su inmortal obra "Sin novedad en el frente", donde aparece el viejo profesor Kantorek arengando a sus alumnos para que no dudaran en alistarse de inmediato y servir a la Patria y al káiser. Al final, Kantorek logra salirse con la suya y toda la clase acude en masa a la oficina de reclutamiento del distrito sin que ni uno se quede atrás porque sus mismos padres serían los primeros en tacharlos de cobardes y repudiarlos si no acudían a la llamada de las armas. Luego, cuando conocen la vida en el frente, se capta cómo todos se han dado cuenta del timo leyendo el desolador relato de la muerte de Kemmerich en un hospital de campaña tras legar sus botas a su compañero, Albert Kropp, cuando se entera de que le han amputado una pierna.

En fin, esto de las guerras es una solemne estupidez, y lo dice uno que lleva toda la vida leyendo sobre guerras y que ha dedicado ya más de una década a hablar de guerras y de armas para matar más y mejor en las guerras de todas las épocas. Lo más patético, repito una vez más, es cómo se sigue lavando el cerebro al personal y cómo los líderes siguen logrando que secunden sus propios fines, de los que siempre salen ganando, mientras que los otros caen como moscas, y encima convencidos de que combaten por su país. ¿Cómo leches puede convencerse a un chaval de 18 años de Alabama cuando se apuntó a ir a Afganistán o Irak que no se le había perdido nada allí, y que eso de "voy a luchar por mi país" significaba en realidad "voy a luchar para que cuatro multimillonarios sean aún más multimillonarios"? ¿A qué ese empeño en querer a toda costa que un país anclado en la Edad Media viva en el siglo XXI? ¿Cuántos muertos y mutilados ha costado la cien veces fracasada guerra de Afganistán, un territorio que es un puñetero páramo dónde solo pastan unas cuantas cabras? Alguno dirá que se ha intentado liberar a las mujeres de la tiranía islámica pero, digo yo, igual que echaron a Zahir Sha en 1973 pueden acabar con los talibán, que han retornado sin que los afganos hayan pegado un solo tiro. Y de la misma forma que los iraníes que derrocaron a Reza Phaleví y pusieron a un mal bicho como Jomeini al frente del país, podrían echar a patadas a los ayatolás y acabar con el terror islámico. Sarna con gusto no pica, y Occidente no tiene que meterse en camisa de once varas haciendo de mesías mundial. Que cada cual haga en su casa lo que quiera y todos contentos.

En fin, esta semblanza abarca lo más elemental de la guerra. Enumerar todas y cada una de las causas que pueden provocarlas sería bastante más complejo, pero lo cierto es que, en realidad, el origen siempre es el mismo: el deseo del líder de prevalecer sobre el líder vecino. Sus motivos son lo de menos, y si no los tiene ya se los inventará con tal de que sus liderados acudan con presteza a su llamada para servir de carne de cañón y dar que hablar en los libros de historia. Es bastante simple, pero precisamente las cosas más simples son las que peores consecuencias arrastran.

Bueno, ya está. Por cierto, verán que no he puesto fotos, pero es que me da una pereza terrible pasarme dos horas buscando imágenes adecuadas. Se siente, pero me supera la molicie.

Hale, he dicho

"La horca", grabado nº 11 de la serie "Las Grandes Miserias de la Guerra", obra de Jacques Callot publicada en 1633 para ilustrar lo inhumano de la Guerra de los Treinta Años que asoló Europa. Una guerra en nombre de Dios para perpetrar saqueos, violaciones, asesinatos y mil crímenes más. Absurdo, ¿no?