domingo, 26 de septiembre de 2021

ÓRGANOS DE STALIN. EL BM-13

 

Pseudo-apocalipsis a pequeña escala y en formato económico

Ante todo, hay un detalle que debe quedar bien claro: el padrecito Iósif no sabía tocar el órgano. Más aún, durante su estancia en el seminario de Tiflis no solo no aprendió a tocarlo, sino que se convirtió en un marxista irredento. Además, la música sacra ortodoxa no hace uso de ese instrumento, de modo que dudo que alguna vez estuviera cerca de uno de ellos. Para los que lo desconozcan el mote de Stalinorgel lo crearon los tedescos debido a la semejanza de los lanzadores con los tubos de los órganos, así como por el siseante y siniestro silbido que emitían cuando se disparaban. Aclarado este sutil detalle semántico, procedamos:

Ya en su día dedicamos algún que otro artículo a los cohetes Congreve y su uso tanto terrestre como naval a principios del siglo XIX. Por otro lado, ya sabemos que estos chismes eran usados por los chinos hace la torta de años para sus masacres, así que hablamos de un arma con siglos de antigüedad. Solo el perfeccionamiento de la artillería en lo referente al alcance y, sobre todo, a la precisión, envió al baúl de los recuerdos a un arma en apariencia tan prometedora. Sin embargo, y a pesar del atraso endémico en lo tocante a tecnología por aquella época, Rusia introdujo estas armas en su arsenal en 1827, dándoles un extenso uso durante la Guerra Ruso-Turca entre 1828 y 1829, llegando a producir un lanzador remolcable para seis proyectiles. Sin embargo, como hemos dicho, el imparable avance de la artillería convencional  relegó al olvido a los cohetes, que se vieron limitados a su uso como bengalas y permanecieron en estado latente unos añillos hasta que, curiosamente, fueron resucitados por los mismos rusos. 

V. A. Artemiev (1885-1962) y N. K. Tichomírov (1859-1930)

El resucitador fue Vladímir Andréevich Artemiev , que ya en 1908 y con apenas 23 años andaba investigando con cohetes de bengalas en la fortaleza de Brest-Litovsk. Este probo ingeniero fue enviado en 1919 al Laboratorio de Dinámica de Gases (Gazodinamicheskoy laboratorii para el que quiera fardar ante sus cuñados), donde se puso en contacto con otro sesudo cohetero, Nikolái Ivánovich Tichomírov, con la intención de desarrollar cohetes de combustible sólido. La solución vino de la mano del por aquel entonces coronel Ivan Platonovich Grave, que en 1916 había inventado un propelente a base de polvo de piroxilina mezclado con trinitrotolueno, lo que daba como resultado una combustión potente y estable. La patente le fue confirmada en 1924 y consistía en barras compactadas de 70 mm. de diámetro que fueron fabricadas en la Fábrica de Pólvora de Shlisselburg. Hasta aquel momento se había usado como propulsor pólvora negra, pero su rendimiento era obviamente muy inferior al del nuevo compuesto. Este se probó por primera vez el 3 de marzo de 1928 tras haber pasado tropocientas pruebas hasta dar con las proporciones adecuadas, alcanzando el cohete una distancia de 1.300 metros. Este chisme fue la base de partida para la posterior creación de los cohetes disparados por los dichosos órganos.

G. E. Langemák (1898-1938)
Pero encontrar el propulsor adecuado era solo parte del problema porque, en realidad, lo que aún estaba por solucionar era la forma de dar al proyectil la estabilidad y la precisión adecuadas. Recordemos que los cohetes de Congreve usaban una simple varilla como estabilizador, y que no fue hasta 1844 cuando William Hale desarrolló una pieza helicoidal que hacía girar el cohete, pero la precisión obtenida no se consideraba la idónea para un arma moderna. Artemiev se dedicó a ir probando sistemas de guiado, lo que le llevó varios años de investigación porque hasta mediados de 1933 no pudo probar algo con un éxito aceptable. Se experimentó con dos diseños, el RS-82 y el RS-132 (RS = Rakietnyi Snariad, misil cohete, para los que insistan en fardar ante sus cuñados), de 82 y 132 mm. de calibre y provistos de estabilizadores de aletas con los que obtuvo una trayectoria razonablemente precisa a distancias comprendidas entre los cinco y seis mil metros, si bien estaban muy lejos de la precisión de cualquier pieza de artillería. En este diseño participó Geórgi Érijovich Langemák, un ingeniero militar de origen alemán de los más cercanos a Artemiev que, cómo no, acabó sus días víctima de la purga de 1937 con la que el psicótico padrecito Iósif eliminó de un plumazo a la mayoría del personal que tenía más de dos dedos de frente. De hecho, aunque el desarrollo del proyecto inicial era de Artemiev, Langemák es considerado como el padre del órgano staliniano que, en realidad, en Rusia era conocido de forma mayoritaria como Katyusha (Катюша en cirílico, por si aún no se han quedado contentos y quieren seguir chinchando a sus cuñados), aunque del origen del mote ya hablaremos al final del artículo. 

Fuego de saturación producido por una salva de Katyusha. Al
impactar sobre una zona relativamente pequeña, sus efectos eran
demoledores
Bien, en vista de que de momento no era posible obtener una precisión que permitiese que un cohete acertara en el objetivo como el proyectil de un cañón, se optó por la posibilidad de hacer fuego mediante salvas, o sea, disparando al unísono mogollón de cohetes para batir una determinada zona. Es lo que se conoce como fuego de saturación. Para los que nunca hayan oído ese término, el fuego de saturación es un concepto por el que un área relativamente pequeña es sometida a un bombardeo breve, pero de una intensidad devastadora que la artillería convencional no puede alcanzar. Pongamos un ejemplo: los informes del frente nos dicen que en tal zona el enemigo ha concentrado un regimiento entero para iniciar una ofensiva. 

Y estas eran las herramientas para lograr la saturación. Mientras que
un cañón convencional podía disparar un proyectil cada cinco o
diez segundos, un Katyusha disparaba una docena o más-
dependiendo del modelo- en el mismo tiempo
Si abrimos fuego con la artillería disponible, imaginemos que una docena de bocas de fuego con una cadencia de tiro de seis proyectiles por minuto, implicaría que en cinco minutos de bombardeo caerían sobre el enemigo 360 proyectiles. Obviamente, las tropas enemigas no se iban a quedar como pasmarotes esperando a ser machacados, sino que nada más oírse el silbido de la primera andanada saldrían corriendo como conejos en busca de refugio. Esa primera andanada sería lógicamente la más efectiva, mientras que las restantes pillarían a la mayor parte del personal a cubierto, pudiendo salir razonablemente indemnes del susto. Sin embargo, una batería formada por 12 lanzacohetes con capacidad para 24 proyectiles, solo en la primera salva dejaría caer sobre las atribuladas cabezas de los enemigos 288 cohetes de golpe. Y si los lanzadores eran de 48 cohetes, la cifra se elevaría al doble: 576 proyectiles de una tacada y sin que a los pardillos de turno les de tiempo a buscar un hoyo donde meterse. Y no solo produciría gran cantidad de bajas, sino que una parte importante de su material también sería destruido sin posibilidad de ponerlo a salvo. En resumen, es un concepto táctico tan eficaz que hoy día sigue totalmente vigente, y no hay guerra en la que no hagan acto de presencia vehículos provistos de lanzadores que, eso sí, están armados con cohetes mucho más potentes y precisos que los usados por los rusos si bien no son raros de ver en algunos de los interminables conflictos de Oriente Medio lanzadores de la época soviética que aún siguen operativos.

Bien, estos son los antecedentes del Katyusha que, en puridad, fue el cohete en sí ya que el soporte para los lanzadores no fue el mismo a lo largo de su vida operativa. Se recurrió a camiones rusos, así como a americanos obtenidos gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo, chasis de carros de combate, trineos, trenes blindados, vehículos sobre orugas e incluso se instalaron en barcos, pero de la amplia variedad de medios sobre los que funcionaron estos chismes hablaremos con detalle en otra ocasión para no alargarnos demasiado. De hecho, incluso se llegaban a disparar cohetes sustentados sobre bastidores colocados directamente sobre el suelo, e incluso simplemente dentro de un armazón colocado dentro de un hoyo que les permitiera orientarlos en dirección a donde en teoría estaba el enemigo. Un alarde de tecnología, vaya... Con todo, su uso masivo- el fuego de saturación, ya saben- los hizo bastante eficaces, y donde caían solo quedaba una extensión de terreno calcinada y los restos achatarrados de los vehículos que hubiese en el mismo aparte de cachos dispersos del personal a los que no dio tiempo de escabullirse.
 En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo del variopinto uso que se podía dar a estos artefactos: dos guripas soviéticos ocultos tras unas ruinas se disponen a lanzar un M-31 de 300 mm. colocado dentro de un armazón (metálico o de madera) sustentado sobre unos ladrillos.

Ferviente hija del padrecito Iosif instalando cohetes RS-82 bajo
las alas de un avión. Obsérvense las peculiares hélices para el
armado de las espoletas
En cuanto a la vida operativa de estos cohetes, curiosamente no comenzó sobre los lanzadores que estamos hartos de ver en fotos, sino instalados en aviones. Su estreno en una acción de guerra tuvo lugar en el río Jaljin Gol, que marcaba los límites de China con la URSS, durante un breve conflicto con los honolables guelelos del mikado entre mayo y septiembre de 1939 por cuestiones fronterizas entre la república soviética de Mongolia y las tropas japonesas que ocupaban Manchuria. En esta ocasión se armaron inicialmente en los Polikarpov I-16 de una escuadrilla de cinco aparatos al mando del capitán Nikolái Ivánovich Zvonarev, agregada al 22º Rgto. de Cazas del mayor  Grigory Panteelevich Kravchenko, instalándose bajo las alas ocho raíles (4 en cada ala) para otros tantos cohetes RS-82. Además, no fueron usaros como armamento aire-tierra, sino para abatir aviones enemigos. 

I-16 armado con ocho cohetes RS-82

N. I. Zvonarev (1911-1986)
El grupo de Zvonarev, que actuó entre los días 19 de agosto y 16 de septiembre, realizó 85 salidas, participando en 14 acciones de combate en las que lograron alcanzar 13 victorias, las cuales se debieron principalmente a que atacaron formaciones cerradas de aparatos nipones, lo que facilitó su derribo ya que la precisión de los RS-82 estaba aún un poco lejos de la de un Sidewinder. Bueno, no nos engaños, el RS-82 estaba en el neolítico cohetero aire-aire, pero al menos tuvieron la primicia. Ojo, ya en la Gran Guerra se habían empleado contra dirigibles y globos de observación, pero obviamente estos artefactos eran un poco más grandes que un caza japonés, el primero de ellos muy lento, y el segundo totalmente estático, así que tampoco había que tener un prodigio de precisión para acertarles. En cualquier caso, el padrecito Iósif, celoso de que la existencia y, sobre todo, los detalles de esta nueva arma cayeran en manos enemigas, ordenó que todo lo concerniente a su manejo y uso fuera llevado con el máximo secreto, hasta el extremo de que los pilotos que tomaron parte en la escuadrilla de Zvonarev eran miembros especialmente seleccionados del NKVD cuya fidelidad al padrecito Iósif y al partido estaba por encima de cualquier comentario. 

G. I. Kravchenko (1912-1943)
Los mentados pilotos fueron, (por si aún desean hundir más en la miseria a sus cuñados) los tenientes I. Mikhailenko, S. Pimenov, V. Fedosov y T. Tkachenko. Más aún, ante el temor que de alguno de los I-16 fuera derribado y cayese en manos enemigas, Kravchenko había recibido la orden, que a su vez transmitió a Zvonarev, de que bajo ningún concepto se involucraran en combates aéreos contra los aparatos de los honolables guelelos del mikado, superiores en velocidad y armamento. Por lo tanto, su misión era localizar al enemigo, abalanzarse contra ellos, dispararles la salva de cohetes a una distancia de entre 1.500/850 metros aproximadamente y salir echando leches antes de que los nipones se recuperasen del susto. Por cierto que el uso de cohetes aire-tierra se propaló de forma increíble durante la 2ª Guerra Mundial. En el caso de los yankees, hicieron gran uso de ellos desde sus cazas Corsair y Mustang principalmente para ataques a tierra, y los tedescos perpetraron fastuosas escabechinas con los R4M que armaban los Me-262, con los que derribaron cantidad de bombarderos B-17. En fin, ya sabemos que el uso de cohetes aire-aire y aire-tierra son actualmente la principal arma de que disponen los aviones modernos para hacer la puñeta al enemigo, ya vaya volando o dándose un paseo por una carretera.

Vista trasera de un ZIS-5 con el lanzador cargado
Con todo, y a pesar de que la escuadrilla de Zvonarev salió de aquella guerrita indemne y con varios derribos en su haber, lo cierto es que fueron necesarios una media de 24 cohetes por derribo, lo que no se puede decir que fuese especialmente rentable cuando se podía lograr lo mismo con un par de docenas de cartuchos de ametralladora que costaban bastante menos dinero, así que estaba claro que el verdadero potencial de estas armas era como cohete tierra-tierra. De forma paralela a su uso como arma aire-aire, en octubre de 1938 y bajo la dirección del Instituto de Innovación para Propulsión a Chorro Nº 3 (Reaktivnyy nauchno-issledovatel'skiy institut, Реактивный научно-исследовательский институт en cirílico y más conocido por sus siglas РНИИ3 y a partir de 1937 НИИ3 (NII3), por si les apetece impulsar a sus cuñados a una autolisis definitiva) se creó un prototipo de lanzador instalado sobre el chasis de un camión ZIS-5, un vehículo de 3 Tm. y dos ejes de diseño moderno ya que su producción había comenzado en 1933. El lanzador consistía en un bastidor colocado de forma transversal, mirando hacia el lado derecho del vehículo para que los chorros de fuego no afectaran la cabina del camión si bien la ventanilla del copiloto estaba provista de una chapa de blindaje. Sobre dicho bastidor iban 24 raíles que permitirían disparar una salva de otros tantos cohetes del modelo M-13 de 132 mm. El M-13 era un modelo derivado del RS-132 con una carga explosiva de 4'9 kilos, y tenía un alcance de unos 8-8'5 km. aproximadamente.

Vista lateral del MU-1 sobre un ZIS-6. En el extremo de la
caja se aprecia el mecanismo para regular el ángulo de tiro,
así como la ventanilla blindada
Sin embargo, este prototipo salió un churro por varios motivos. En primer lugar, los lanzadores eran el mismo modelo usado en los aviones, por lo que la carga de los cohetes se efectuaba por la parte delantera de los mismos, lo que retrasaba enormemente el proceso. Por otro lado, la posición fija del lanzador obligaba a apuntar moviendo el camión hasta situarlo en una posición más o menos aproximada hacia el objetivo y, finalmente, la escasa sustentación que ofrecía daba como resultado un churro de precisión. Además, la elevada temperatura que alcanzaban los chorros de los cohetes, entre los 1.100-1.200º, dañaba al vehículo, especialmente a los neumáticos traseros que recibían la primera llamarada de lleno. En vista del éxito obtenido, cambiaron de vehículo, usando un ZIS-6 de tres ejes con un lanzador de 24 raíles, pero dando unos resultados igual de pésimos porque, en realidad, el problema estaba en la posición del lanzador, no en la plataforma que lo sustentaba. No obstante, a esta versión se le añadió un mecanismo para regular el ángulo de tiro vertical que demás permitía un pequeño giro horizontal lo que, aunque ya suponía un adelanto, no solucionaba el problema. Este prototipo recibió el nombre de MU-1 (МУ-1, механизированная установка, mekhanizirovannaya ustanovka = instalación mecanizada nº 1).

En vista de que el MU-1 resultó un fiasco, estaba claro que había que ver la forma de diseñar un MU-2 que funcionase si no querían acabar todos metidos en un vagón de ganado camino de un gulag en el quinto pino, así que se pusieron las pilas y vieron que solo había que cambiar la posición del lanzador, colocándolo en sentido longitudinal al vehículo. Al disponer de menos espacio a lo ancho hubo que reducir el número de raíles del lanzador a ocho, si bien para compensarlo en cada raíl se podían colocar dos cohetes, uno arriba y otro abajo. El bastidor sobre el que reposaban era una estructura un poco más compleja a base de tubos con una capacidad de giro horizontal de 10º a cada lado (20º en total), y la elevación vertical podía regularse entre los 15º y 45º, lo que permitía un alcance mínimo de 3 km. y un máximo de 9 km. En el gráfico de la derecha vemos el mecanismo de elevación (fig. A) y el horizontal (fig. B) mediante un tornillo sin fin. Además, se acopló en el lado izquierdo del bastidor un visor de artillería convencional, por lo que ya no era preciso estar una hora maniobrando el camión hasta colocarlo más o menos mirando al objetivo. Con estas mejoras solo había que situarlo en dirección al blanco, ajustando la puntería moviendo el lanzador hacia donde fuera preciso.

También se añadieron dos gatos hidráulicos en la parte trasera de la caja para proporcionar una base estable en el momento del disparo que, como veremos a continuación, no se producía mediante una salva simultánea, sino con un intervalo de medio segundo. Así mismo, la puesta en batería se acortaba de forma notable, requiriendo solo entre 5 y 1o minutos, siendo el tiempo de carga de otros 5 minutos más. Para completar la lista de mejoras, como la nueva disposición del lanzador haría que las llamaradas de los cohetes dieran de lleno en la cabina, se instalaron chapas sujetas mediante bisagras para poder bajarlas cuando se entraba en acción. Cuando llegaba la hora de largarse bastaba plegarlas sobre el techo. Ambos accesorios podemos verlos en las fotos de la izquierda.

BM-13 sobre un camión ZIS-6. Obsérvese la posición de los gatos
traseros cuando no estaba en posición de tiro, así como las
perforaciones de los raíles del lanzador para aligerarlos de peso
Tras las pruebas pertinentes y corroborar que, finalmente, el arma funcionaba como Lenin manda, el MU-1 pasó a convertirse en el BM-13 (Boyovaya Maszina 13 = vehículo de combate 13), del que se fabricaron cinco unidades para ir adiestrando a sus futuros servidores. Además se construyó un lanzador extra que fue enviado a Sebastopol para ser instalado en una patrullera y probar su rendimiento como arma embarcada. El Comité de Defensa del Estado quedó sumamente satisfecho con los resultados de las pruebas, por lo que en la primavera de 1941, cuando el ciudadano Adolf ya estaba a punto de dar la orden para iniciar la Operación Barbarroja, se comenzó la producción en serie. Con apenas tiempo para disponer de cantidades aceptables de la nueva arma, cuando los tedescos entraron en la Santa Madre Rusia sin molestarse ni en llamar a la puerta apenas se habían fabricado siete unidades que, junto con 3.000 cohetes M-13 habían sido enviados a Moscú. El mismo día en que dio comienzo la invasión, el 22 de junio de 1941, se comenzaron a fabricar tanto camiones como cohetes en la fábrica Komintern de Voronezh, seguida de los talleres Kompressor de la capital soviética. En octubre, y ante el peligro de verse desbordados, la producción se trasladó a Chelyábinsk, remota población situada en los Urales que quizás recuerden de cuando hablamos de los carros de combate rusos. 

El capitán Flerov (1905-1941). Palmó como los
buenos el 6 de octubre sin llegar a disfrutar de
los laureles de la victoria, durante una refriega
en Bogatyri tras una breve pero muy intensa
vida operativa
Estas siete unidades formaron la primera batería operativa de BM-13 al mando del capitán Ivan Andreevich Flerov, que entró en servicio el 28 de junio, apenas seis días después del comienzo de la invasión. Cada vehículo tenía una dotación de siete hombres: un artillero jefe, un artillero, un encargado de manejar los mandos de regulación del lanzador y cuatro cargadores. Dichas dotaciones fueron seleccionadas entre el personal de la Escuela de Artillería Feliks Dzierzynski, anteponiendo ante todo que fuesen miembros del partido. Al padrecito Iósif no se le quitaba de la cabeza lo de mantener a ultranza el secreto sobre la existencia de la nueva arma, hasta el extremo de que el término "BM-13" no se pudo usar en el papeleo administrativo hasta después de la guerra, cuando hasta el Tato ya sabía de qué iba la cosa. Más aún, poco después del inicio de la guerra se obligaba al personal a firmar una declaración por la que se comprometían a, en caso de peligro, destruir los vehículos para impedir que cayeran en manos enemigas, así como a escapar como fuese para no caer prisioneros y ser obligados a dar información sobre los mismos, llegando si era preciso a suicidarse. Chungo, ¿qué no? Para que no hubiera dudas al respecto, en una orden emitida por el padrecito Iósif el 1 de octubre de 1941 se dejaba bien claro que los BM-13 "...deben ser protegidos como tecnología de alto secreto del Ejército Rojo. Por este motivo, estas máquinas y la munición para ellas no deben caer en ningún caso en manos del enemigo. Este material debe mantenerse bajo una constante y particularmente severa vigilancia en todo momento. La responsabilidad de la preservación de estos secretos recaerá sobre los comandantes de los frentes y los ejércitos." En resumen, que si no te pegabas un tiro ya se encargaría el NKVD de hacerlo por ti, y si los tedescos te echaban el guante toda tu familia se iría de vacaciones a Siberia solo con billete de ida. Incluso se ordenó de forma explícita que, para un mejor aprovechamiento del material, jamás se emplearan los BM-13 contra objetivos pequeños o de poca importancia, debiendo reservarse solo para neutralizar el avance de grandes formaciones de infantería o carros de combate, para romper las líneas enemigas en caso de participar en una ofensiva y sobre concentraciones de tropas. Además, nunca debía hacerse uso de los lanzadores sobre objetivos situados a una distancia relativamente lejana, en la que su escasa precisión restaría eficacia, delegando esos cometidos para la artillería convencional.

BM-13 de la primera serie preparado para abrir fuego en Stáyara
Russa, en septiembre de 1941
El estreno del BM-13 tuvo lugar el 14 de julio, tras ocupar los tedescos la ciudad de Orsha, nudo ferroviario de vital importancia. La batería de Flerov se trasladó al sector y se dispuso para lanzar la primera salva, que tuvo tugar a las 15:15 horas. Hay varias versiones sobre esta acción de guerra, alguna incluso asegurando que, en realidad, no tuvo lugar hasta dos días más tarde debido a que los ingenieros tedescos tenían que adaptar el ancho de las vías para sus trenes (las rusas eran más estrechas) pero, en todo caso, en lo que sí coinciden todos es que el estreno supuso una escabechina fastuosa ya que los cohetes alcanzaron vagones cargados de munición, con las consecuencias que podemos imaginar. El BM-13 se mostró como un arma indudablemente eficaz, y aunque tenía sus ventajas también presentaba una serie de inconvenientes.

Cargando un M-13 en su raíl. Para realizar
esta operación bastaban escasos segundos
Entre las ventajas, la principal era su obvia contundencia. La batería de Flerov, con apenas siete lanzadores, podía dejar caer sobre los enemigos 112 cohetes cargados con casi 5 kilos de alto explosivo en menos de diez segundos, lo que no dejaba prácticamente tiempo para reaccionar. Su recarga era relativamente rápida, y con dotaciones bien entrenadas el tiempo podía reducirse a un par de minutos o poco más. Los raíles, al contrario que las cañas de los cañones, que debían ser sustituidas cada un determinado número de disparos, tenían una vida operativa ilimitada, y cada lanzador era acompañado por dos camiones cargados con más cohetes para que la fiesta no terminase en seguida. En cuanto a los inconvenientes, el principal era, aparte de que la precisión nunca llegó a ser la deseable, la descomunal humareda que producía cada salva, localizable a kilómetros de distancia. Esto obligaba a que, salvo que la batería estuviera en una posición protegida por elevaciones que la ocultaran de la vista del enemigo, nada más realizar los disparos tenían que salir echando leches y cambiar de emplazamiento antes de que la artillería enemiga los machacara con fuego de anti-batería, y esos sí tenían precisión de sobra para acertarles de lleno sin problemas. Con todo, la posibilidad de moverse con rapidez de un sitio a otro llegó a convertirse en una ventaja ya que despistaba totalmente a los observadores tedescos, que se veían incapaces de ubicar en los mapas de dónde habían salido los disparos.

Bien, con todo lo que hemos visto ya conocemos la gestación, el nacimiento y los primeros pasos de estas emblemáticas armas. De sus distintas versiones, los diferentes vehículos que se usaron como plataforma y la variedad de proyectiles que fueron surgiendo durante la guerra ya hablaremos otro día, que en esta ocasión ya me he explayado en demasía. Solo nos resta ver los entresijos del cohete B-13, así como su sistema de disparo y el origen del sobrenombre "Katyusha".

En primer lugar, el cohete. En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección del mismo para ver con detalle la distribución de su interior. Como podemos apreciar, el cohete se dividía en tres partes: la cabeza de guerra, que contenía la espoleta, el detonador y  la carga explosiva que, en este caso, era de 4,9 kilos de trinitrotolueno o de termita si se quería usar como arma incendiaria. También se estudió usarlo como proyectil de guerra química, pero eso lo veremos más adelante. A continuación tenemos el cuerpo que contiene la carga de propelente, formada por siete barras de polvo de piroxilina perforados longitudinalmente por el centro. Su distribución la vemos en la figura F'. El propelente se iniciaba con dos cartuchos piro-eléctricos como el que vemos en la figura E', colocados a ambos lados del tetón de enganche delantero. Estos cartuchos se iniciaban mediante una descarga eléctrica que inflamaba la carga de pólvora que llevaban en su interior y que, a su vez, iniciaba el propelente del cohete. Por último tenemos los escapes por donde salía el gas producido por la combustión del propelente, que se realizaba de adelante hacia atrás. 

El proceso de carga era muy simple. Bastaba deslizar los dos tetones de fijación por la ranura del raíl hasta que quedasen bloqueados en su posición, para lo cual se accionaba hacia la derecha la palanca marcada con la flecha roja. El bloqueo debía asegurarse antes de elevar el lanzador si no querían ver como los 16 cohetes caían uno tras otro al puñetero suelo. En el círculo vemos el terminal eléctrico que llevaba cada raíl en cada costado, y que contenían los bornes que daban la corriente necesaria para iniciar los cartuchos piro-eléctricos. Una vez que se completaba la carga del lanzador, el artillero realizaba los ajustes de altura y deriva y todo el personal se retiraba a una distancia prudencial para no quedarse convertidos en torreznos soviéticos o verse asfixiados por la enorme temperatura que desprendían los cohetes, así como la densa polvareda de humo tóxico que desprendían. A partir de ahí solo había que abrir fuego, de lo cual se encargaba el artillero jefe accionando el cuadro de mandos colocado delante del asiento del copiloto.

A la derecha podemos verlo. Se trataba de una pequeña caja conectada mediante la manguera G a una batería auxiliar situada sobre el chasis, de donde tomaba la corriente. De ahí partían dos cables: uno conectado a la carrocería para hacer masa, y el otro se dividía en ramales que iban a las cajas de cada raíl. En primer lugar, se cerraba el circuito accionando el interruptor de cuchillas F. A continuación se introducía y giraba la llave A en la caja de conexión C para establecer el contacto, tras lo cual se encendía el chivato D para comprobar que todo estaba en orden. A partir de ahí, el arma estaba lista para abrir fuego, para lo que se giraba el disco del disparador a razón de dos vueltas por segundo durante 17 veces. De ese modo no se producía una descarga al unísono, sino escalonada con una escasa diferencia de tiempo. La duración de la andanada dependía del número de cohetes, pero en este caso sería de unos 15 segundos como mucho. La verdad es que presenciar una salva de uno de estos chismes debía ser algo sobrecogedor.

A medida que el artillero giraba a toda pastilla el disco, la corriente eléctrica iba llegando a los raíles, produciéndose una chispa en el contacto entre la superficie del raíl y el tapón del contenedor de los cartuchos piro-eléctricos. En ese momento, se inflamaba el contenido e iniciaba el propelente del cohete, saliendo disparados a una velocidad de unos 350 m/seg., o sea, similar a la de una bala de 9 mm. Parabellum, lo que no es ninguna tontería para semejante trasto. Los cohetes podían armarse con espoletas de impacto o de proximidad, dependiendo del objetivo, y su dispersión al caer sobre el terreno elegido como blanco formaba una densa cadena de explosiones casi simultáneas. Para hacernos una idea, la batería del capitán Flerov, formada por siete lanzadores de 16 cohetes permitía arrojar sobre las atribuladas testas tedescas nada menos que 112 cohetes en un intervalo de diez segundos. Por lógica, para conseguir lo mismo con artillería convencional harían falta 112 cañones. Con todo, algunas versiones posteriores que podían disparar hasta 48 cohetes, si hablamos de una batería convencional formada por cuatro lanzadores hablamos de nada menos que 192 proyectiles, y como ya podrán imaginar una batería no solía actuar en solitario. Podían juntarse varias y, con ello, disparar cientos de cohetes de golpe sobre un enemigo que no sabría dónde leches meterse para escapar del fin del mundo a escala reducida.

Lidiya Ruslanova cantando ante las ruinas del Reichstag de
Berlín el 2 de mayo de 1945
Bueno, con esto no creo que queden dudas acerca del sistema de disparo. En cuanto al mote, hay tropocientas versiones, aparte de más apodos que ya iremos desgranando. En esta ocasión nos quedamos con el más conocido, Katyusha, que era el título de una canción que, como está mandado, narra como una jovencita llamada así echa de menos a su amado que está haciendo el servicio militar. La canción fue compuesta en 1938 con música de Matvéi Blanter y letra de Mijáil Isakovski, e interpretada por primera vez por Lidiya Andreevna Ruslanova, una famosa cantante floclórica de la época. Katyusha es el diminutivo de un diminutivo, o sea, el diminutivo de Katya que, a su vez, lo es de Yekaterina, Catalina. Por lo tanto, Katyusha sería lo mismo que si en español decimos Catalinita. La teoría más aceptada es que, debido al secretismo que impedía denominarlos como BM-13, en la documentación oficial se les asignó la letra K, correspondiente a la fábrica Komintern de Voronezh, donde comenzó la producción del arma, por lo que se recurrió, como es habitual en todos los ejércitos del mundo, a ponerle un mote que coincidiera, en este caso, con la inicial extra-oficial del BM-13. Puede que, cuando la oigan, a más de uno le suene la música. Es la del "Casatschok", una pegadiza canción que puso muy de moda el cantante francés Georgie Dann en 1969, pero cuya letra no tiene nada que ver con la original. De hecho, este fulano se tiró la torta de tiempo forrándose con sus cancioncillas que, año tras año, eran declaradas "la canción del verano" y se escuchaban en todas las verbenas, ferias, tómbolas y hasta en los bailes juveniles de la época. Ahí pueden escucharla.


En fin, espero que les haya resultado interesante. Como ya he dicho, más adelante y con suerte antes de que acabe el año seguiremos con el tema. Mientras tanto, vayan provocando arcadas en sus cuñados y primos lejanos contemplando cualquier documental sobre el tema. 

Hale, he dicho

La batería del capitán Flerov lista para abrir fuego y sembrar muerte y destrucción más IVA sobre los malvados tedescos

sábado, 18 de septiembre de 2021

EL BT-5 EN ESPAÑA


Un BT-5 semioculto en un olivar en alguna parte del Frente de Aragón

El ciudadano Christie encaramado en su carro modelo 1931
durante una demostración en Fort Myer aquel mismo año
Aunque pueda sonar un poco extraño, el origen de este emblemático carro de combate soviético se debe a un yankee, concretamente a John Walter Christie, un audaz y creativo personaje que aunaba a su ingenio innato un pertinaz empeño en llevarse fatal con el ejército de su propio país, con los que no tuvo lo que se dice buenas relaciones debido a una mera cuestión de intereses encontrados: Christie quería vender sus máquinas por todo el mundo, pero el Departamento de Guerra no permitía vender armamento a terceros lo que hizo que tuviera que recurrir a diversos subterfugios para salirse con la suya. Obviamente, no nos extenderemos en la vida y milagros de este personaje ya que hay información de sobra en la red sobre su trayectoria, así que nos ajustaremos a lo que nos atañe en cuanto al desarrollo del BT-5. La idea de donde surgió este chisme se basaba en la fabricación de carros de combate y vehículos tractores para artillería autopropulsada durante la Gran Guerra. Con una visión bastante avanzada para aquel momento, llegó a una conclusión de una evidencia palmaria: los vehículos sobre cadenas no toleraban bien los trayectos largos por carretera, lo que obligaba a disponer de grandes cantidades de camiones para transportar los vehículos de un punto a otro del frente, con el consiguiente gasto en combustible, recambios, averías, etc. La idea de Christie consistía en algo bastante simple, pero en teoría sumamente eficaz: construir un vehículo convertible, o sea, capaz de circular sobre cadenas o, cuando hubiese que hacerlo sobre carreteras, removerlas fácilmente y hacer lo propio sobre ruedas. Una vez llegados a destino, se le volvían a colocar- operación que se realizaba en menos tiempo que un yankee se trasegaba un chupito de güisqui ilegal de Tennessee elaborado por su cuñado Jeremiah Still- y el vehículo podía empezar su andadura campo a través.

El invento fue denominado como M1919, y podemos verlo en la foto de la izquierda. Cuando se eliminaban las cadenas, el bogie central se elevaba, circulando sobre cuatro ruedas. El diseño prometía, así que en 1921 se entregó un ejemplar al ejército yankee para realizar diversos ensayos en el campo de pruebas de Aberdeen, en Maryland, pero surgieron tal cantidad de fallos que finalmente fue rechazado. En 1921 fue nuevamente presentado, en esta ocasión con la torreta sustituida por un cañón de 6 libras emplazado en una barbeta frontal y una suspensión en la rueda delantera a base de unos potentes muelles helicoidales que proporcionaban un confort de marcha mucho mayor, o sea, el germen de lo que luego sería la famosa suspensión Christie adoptada por muchos carros de combate rusos y británicos. Pero el chisme aquel no acabó de convencer al ejército, así que también fue desechado después de tres largos años en los que hubo que llevar a cabo tropocientas modificaciones para ir solucionando para problema que iba surgiendo.

Está de más decir que Christie no era de los que se desanimaban, así que siguió estrujándose la sesera para lograr un producto que resultase verdaderamente atractivo a sus posibles clientes. Tenía claro que la madre del cordero estaba en su concepto de tren de rodaje convertible, así que se centró en mejorarlo todo lo posible para conseguir un vehículo extremadamente ágil y, sobre todo, que proporcionase un confort de marcha superior a las sufridas tripulaciones de la época, a los que zarandearse dentro de una caja de hierro suponía un suplicio agotador. Las suspensiones de ballestas al uso en la época no eran precisamente suaves, y cada bache, obstáculo o zanja se convertían en un símil de una lata de galletas con tres o cuatro ratones dentro zarandeada por un macaco en pleno brote psicótico.

Aspecto de la distribución de los muelles de la suspensión.
Obsérvese que el de la rueda delantera va colocado en
posición horizontal

El resultado fue el vehículo que vemos en la foto superior, en el que eliminó los bogies centrales del modelo 1921 y los sustituyó por dos ruedas de un tamaño similar a las de tracción y dirección del mismo, dotando a cada una de ellas un sistema de suspensión independiente de forma que cada rueda se adaptase a las irregularidades del terreno en vez del bogie que contenía dos ruedas. Como vemos en el detalle, cada una estaba provista de un muelle helicoidal que iba montado en el interior de una carcasa por la parte interna del casco, lo que los protegía de cualquier avería provocada por la suciedad, el barro o un fragmento de metralla. En cuanto al casco, como se aprecia en la foto carecía de torreta, estando equipado por una ametralladora montada sobre un raíl semicircular más otra en la proa que sería manejada por el conductor. Cabe suponer que obvió la torreta porque donde estaba la enjundia del vehículo eran en la suspensión y el sistema de rodaje convertible ya que, llegado el caso, diseñarle una torreta era lo menos complicado.

En la foto de la derecha podemos ver la eficacia de la suspensión Christie en un BT-5 operativo. Observen como cada rueda se ajusta al terreno, mientras que la barcaza permanece prácticamente horizontal, demostrando además que, llegado el caso, si por algún motivo se veía con las cadenas inutilizadas, el vehículo tenía capacidad para seguir en movimiento, lo que no era un tema baladí porque, como sabemos, una mina birriosa o un impacto de un cañón canijo que rompiese un solo eslabón bastaba para inmovilizar el vehículo, que de inmediato era convertido en un colador a manos de la artillería anticarro o, simplemente, se incendiaba con una botella de gasofa y se esperaba a que la tripulación saliese para, en vez de palmarla carbonizados, palmaran acribillados pero, eso sí, dándoles el aire fresquito en sus sufridas y mugrientas jetas.



El ciudadano Christie pilotando su modelo 1931, luego denominado
como T-3 por el ejército yankee. Obsérvese el singular perfil de su
proa, cuyos acusados ángulos permitirían desviar los
proyectiles enemigos con facilidad

Echen un vistazo a la foto superior. En las fotos A y B podemos ver dos secuencias del montaje de una de las cadenas en un modelo 1931. Cada una constaba de 73 eslabones de 25'4x25 cm. que se unían mediante un simple pasador. Para instalarla bastaba tenderla en el suelo para que el vehículo rodase sobre ella, y una vez montadas ambas se accionaba el cambio de transmisión. Con orugas, la rueda tractora era el rodillo trasero, y cuando se cambiaba a las ruedas, una cadena de transmisión actuaba sobre la pareja trasera de ruedas, siendo la pareja delantera la que permitía maniobrar el vehículo con un volante. Con las orugas se recurría a las tradicionales palancas que frenaban la de un lado u otro. En la foto C vemos el carro ya con sus cadenas listas, y en la D tenemos una imagen circulando sobre ruedas por una carretera, donde podía alcanzar la astronómica velocidad de 110 km/h. Está de más decir que una columna de estos vehículos podía sorprender a un enemigo que ni por asomo imaginaría que podrían llegar tan rápido a la zona de combate, ya que el transporte en camiones era, además de mucho más lento, engorroso debido al trabajo de carga, estibado y posterior descarga. Sin embargo, el diseño de Christie permitía un traslado fulgurante, requiriendo solo unos minutos colocar las orugas que, mientras que no se usaban, eran estibadas sobre el casco, detrás de la torreta, o en los guardabarros, y además en fragmentos ya unidos para agilizar la instalación al máximo. En todo caso, y como hemos visto en una de las fotos superiores, en caso de necesidad extrema el carro podía incluso adentrarse campo a través sin las cadenas. 

Bien, con estos datos ya estamos al tanto del origen de la saga de los BT rusos. Para los que no lo sepan, el BT-5 era uno de los componentes de dicha saga, que se componía de 6 modelos diferentes- 1, 2, 3, 4, 5 y 7- que, a su vez, se dividían en 16 tipos según su cometido. BT (БТ en cirílico) no es más que el acrónimo de Быстроходный танк (Bystrykhodniy Tank), que no significa otra cosa que Tanque Rápido porque, ciertamente, corrían una cosa mala, y más si los comparamos con sus coetáneos. Aclarado este detalle semántico, procedamos.

El Cunningham T1E2 finalmente rechazado por la Amtorg para
decidirse por el Christie. El T1E2, aparte de su peculiar configuración
con el motor situado delante, al menos tenía una torreta operativa
armada con un cañón semiautomático de 37 mm. y una
ametralladora coaxial M1919 de calibre 30-06.
Lo tripulaban de dos hombres
Mientras que el ciudadano Christie se dedicaba a promocionar sus vehículos, el padrecito Iósif había ordenado formar una comisión con el encargo de patearse todos los países europeos y Estados Unidos cuyo cometido era buscar y adquirir carros de combate modernos. La tecnología soviética estaba por aquellos tiempos un poco bastante muy atrasada, y por otro lado las naciones Occidentales aún no veían el peligro que suponía el gigante bolchevique. Dicha comisión, dirigida por el general Innokentiy Andreyevich Khalepskiy, que ya salió a relucir por estos lares en el artículo dedicado al T-26, estableció en los Estados Unidos la firma Amtorg Trading Corporation, radicada en Nueva York y destinada a establecer lazos comerciales con la James Cunningham, Son & Co., la Timken y la US Wheel Track Laying Corporation de Rahway, Nueva Jersey, propiedad de Christie, donde se presentaron en abril de 1930 a bichear los inventos del prolífico yankee. Los hijos del padrecito Iósif se quedaron tan entusiasmados con el M1928 que rápidamente enviaron un telegrama a Moscú para asegurarles que el yankee no tenía inconveniente en venderles los que quisieran, y para que anularan el pedido de una unidad del T1E2 hecho a la Cunningham. El día 28 de aquel mismo mes se firmó un contrato para la venta de dos unidades por un importe de 60.000 dólares, un surtido de piezas de repuesto por un total de 4.000 dólares, más otro con la cesión de la patente y la licencia de fabricación por la suntuaria suma de 100.000 dólares más, lo que comprometía a Christie a asesorar a todo un regimiento de ingenieros venidos ex-profeso de la Unión Soviética para ponerse al corriente de los entresijos del vehículo. Por cierto que la Amtorg también aprovechó la coyuntura y, a través de su representante Robert Cruse, un letón de origen alemán, adquirieron una gran cantidad de motores de aviación Liberty como excedentes de guerra y que, convenientemente modificados, fueron las plantas motrices para las primeras series de los BT.

El tanque volador de Christie. No se le puede negar que, al menos,
la propaganda que publicaba era de lo más sugerente. Lo malo era
que ese chisme no volaba ni a tiros

Los dos vehículos tuvieron que ser enviados a base de subterfugios debido a una ley emitida en 1923 durante la presidencia de Warren Harding que limitaba la venta de armas a países extranjeros, pero Christie logró soslayarla alegando que, en realidad, lo que le había vendido a los rusos eran dos tractores "modelo 1940" (consideraba sus carros tan adelantados que les endosó una fecha de fabricación correspondiente a doce años más tarde). No obstante algunos gerifaltes del ejército estaban con la mosca detrás de la oreja e insistieron en que la venta de aquellos chismes era totalmente irregular pero, al final, entre dimes y diretes el envío partió camino de la Unión Soviética el 24 de diciembre de 1930, por lo que le venta no tenía vuelta atrás. Obviamente, los rusos se cabrearon un poco cuando desembalaron los dos "tractores" y vieron que no llevaban las torretas que, en teoría, debían llevar los carros modelo 1940 que acababan de adquirir, por lo que imagino que debieron cuestionar seriamente la honorabilidad de la madre de Christie que, para callarles la boca y zanjar el asunto, les devolvió 25.ooo dólares y hasta les ofreció por 20.000 dólares uno de sus más estrafalarios proyectos: un ejemplar del Flying Tank modelo 1932, nada menos que un carro al que se le adaptaban unas alas y un timón de cola más un motor situado en el plano superior. Ojo, los rusos no se lo tomaron a coña, porque de esa estrambótica idea sacaron posteriormente el Antonov A-40 el cual, aunque parezca increíble, llegó a volar sin problemas remolcado como un planeador, pero eso ya es otra historia. Por lo tanto, nos quedamos en los dos carros enviados por Christie sin torreta, pero lo cierto es que el yankee se la metió doblada a los rusos porque, como ya tenían constancia en el ejército americano, sus prometedores diseños estaban en eso, en fase de "prometedores", porque la realidad es que aún fallaban una cosa mala.

Conocida foto de un BT-2 de la producción final haciendo gala de
su agilidad. Este carro estaba armado con un cañón de 37 mm. y una
ametralladora DT en una rótula situada junto al escudo del cañón

Es evidente que tenían por delante un verdadero reto. Por un lado, debían preparar los planos para poder iniciar la producción en serie; por otro, ir eliminando la cantidad de fallos que iban saliendo a medida que los vehículos eran probados y, finalmente, había que diseñarle una torreta y plantear qué tipo de armamento se instalaría en la misma. Uno de los ejemplares recibidos fue enviado al campo de pruebas de Nakhabino, mientras que el otro lo remitieron al Glavnoe konstruktorsko biuro-Orudiyno-arsenalniy trest, interminable retahíla de palabros raros que significan Oficina de Diseño Principal del Monopolio de Arsenal y Armamento, abreviado GKB-OAT para no tener que gastar tinta repitiendo el nombre. De este departamento salió en 1927 el primer vehículo de la serie, el BT-1, del que se fabricaron pocas unidades. Para agilizar el desarrollo de la producción y seguir mejorando el diseño se trasladó el trabajo a la Fábrica de Locomotoras Komitern de Jarkov al frente de Nikolai Toskin, el ingeniero que más tiempo había permanecido en la fábrica de Christie poniéndose al tanto de los entresijos de la máquina aquella, y dedicando especial atención a lo que verdaderamente era más necesario: el diseño de la torreta, que se encomendó al equipo dirigido por Anatoly Kolesnikov. Así, a medida que pasaba el tiempo fueron surgiendo los modelos BT-2, BT-3 y BT-4 hasta que, finalmente, en octubre de 1932 se pudo completar el diseño del BT-5 aunque, eso sí, con el asunto de la torreta pendiente porque las diseñadas para los modelos anteriores eran demasiado pequeñas para dar cabida a un cañón anticarro adecuado.

Tukhachevski cuando aún estaba en estado de gracia.
Fueron precisamente sus conceptos tácticos sobre el
uso de los carros de combate los que se anticiparon a
los de la Blitzkrieg, haciendo sonar las alarmas en el
Abwehr y el RSHA, que se las ingeniaron para hacer
creer al padrecito Iósif que era un traidor y quitarlo de
la circulación por su indudable capacidad militar

Está de más decir que el paraíso comunista era más bien un purgatorio bolchevique en el que fabricar un puñetero tornillo en la maravillosa Arcadia del padrecito Iósif era un reto más arduo que los doce trabajos de Hércules, por lo que convertir los dos vehículos del ciudadano Christie en dos carros de combate razonablemente operativos no era para tomarlo a broma. Lo más surrealista es que, encima, ya fuese de corazón o para hacerle la pelota al zar rojo, desde los gerifaltes del partido a los jefecillos de cualquier fábrica de cordones de zapatos perdida más allá de los Urales no dejaban de repetir como loros que la Unión Soviética era la releche, que se vivía mejor que en Yankeelandia y que, por supuesto, su nivel tecnológico estaba varios siglos por delante del resto del mundo. De hecho, los técnicos de la Amtorg que tuvieron la ocasión de valorar los diseños de Christie repetían a todo el que quería escucharlos que este era “un desdichado por haber nacido en el mundo capitalista, por lo que no tendría la oportunidad de desarrollar sus ideas con total plenitud”. Obviamente, el “desdichado” Christie habría tenido la suerte de acabar en un Gulag por haberles vendido aquellos dos trastos llenos de defectos, pero por “desgracia” para él nació en un país capitalista donde ese tipo de errores se pagaban de una forma menos expeditiva. De hecho, el mismo mariscal Mijaíl Nikoláyevich Tukhachevski, eminencia gris y mandamás del Ejército Rojo, llegó a sugerir al padrecito Iósif que se le ofreciera al ciudadano Christie una sustanciosa cantidad de dinero para que se trasladase al paraíso comunista y ayudase al desarrollo de sus nacientes fuerzas acorazadas, lo que fue duramente criticado “por sucumbir a las enseñanzas e ideas de la burguesía occidental”. En fin, ya sabemos cómo acabó Tukhachevski en la purga de 1937 en la que, además de ser fusilado, aprovecharon para liquidar a más de la mitad de su familia cuñados incluidos, por si acaso había algún malvado capitalista entre ellos.

BT-2 de las primeras series, en este caso armado con dos ametralladoras
paralelas y otra más en una rótula. Como salta a la vista, sus tripulantes
están en un estado lamentable con una baja permanente asegurada

En resumen, aunque el nivel de sus ingenieros era aceptable, el de los escalones intermedios era bastante birrioso, el de los obreros simplemente un churro, y la tecnología y medios de sus fábricas cuasi tercermundistas. Y lo peor, como ya hemos comentado alguna vez, era la burocracia kafkiana y el miedo constante a meter la pata en cualquier nimiedad, lo que equivalía a una visita nocturna de la GPU o, a partir de 1934, del NKVD, con el consiguiente viaje a Siberia pagado por el beatífico estado soviético o, si el error había sido más grave, ser dado de baja definitiva mediante un balazo en el cogote. Así tenían que currar aquellas pobres víctimas del santuario bolchevique, donde las calidades de los aceros nunca eran las deseadas, donde las soldaduras eran pésimas, las piezas de fundición saltaban como el cristal y cada departamento iba a su bola, de forma que cuando se combinaban las piezas fabricadas por cada uno de ellos no coincidían ni los orificios de los tornillos. Obviamente, esta serie de inconveniente retrasaba de forma alarmante la puesta en marcha de cualquier proyecto, y más aún la producción en masa que sobre el papel decía una cosa y la cruda realidad otra muy distinta. A modo de ejemplo, una vez que lograron planificar el primer modelo de la serie BT, el BT-2 (el BT-1 recordemos que había sido de facto un vehículo de pruebas), se había planteado fabricar 50 unidades en 1931, cifra que no alcanzaron por los pelos ya que a finales de año se habían construido nada menos que tres. En fin, no debía ser nada fácil la vida para estos probos bolcheviques.


Puesto de conducción del BT-2., similar al del BT-5 y el BT-7
Como decíamos, el desarrollo del casco era lo menos problemático ya que contaban con la base de partida del vehículo de Christie, pero la torreta y el armamento eran harina de otro costal. En cuanto a las plantas motrices, no se complicaron la vida: se valieron de los motores Liberty adquiridos por Robert Cuse o bien de sus réplicas construidas en la URSS, el M-5. No obstante, dieron infinidad de problemas, al igual que las transmisiones y los eslabones de las orugas, que se rompían debido a la pésima calidad del acero. De los primeros 35 BT-2 enviados al 5º Bon. de Tanques de la Brigada Mecanizada Kalinovskiy, 27 de ellos tuvieron que ser devueltos a fábrica al cabo de pocos meses para ser literalmente reconstruidos porque se caían a cachos, así que ya vemos que los controles de calidad brillaban por su ausencia. En cuanto a las primeras torretas, las iniciales eran de hierro dulce porque aún no había suficiente producción de acero, por lo que era un material inservible pero que había costado un dinero en producirse aunque acabaran en la chatarra antes siquiera de haber entrado en servicio.

Cuadro de mandos del BT-5
En fin, un desastre de lo más desastroso. Y en cuando al armamento, inicialmente se decidió emplear el PS-2 de 37 mm., un desarrollo de Pavel (según otras fuentes, Petr o Pyotr) Nikoláevich Syachintov, un brillante ingeniero que diseñó varias armas y que, como tantos otros, acabó sus días en la purga de 1937 que decapitó literalmente al Ejército Rojo porque últimamente el padrecito Iósif se despertaba todos los días oyendo voces. No obstante, el PS-2 fue finalmente desechado en favor del Rheinmetall tedesco, cuya denominación como cañón para carros fue B-3. Pero como las torretas que ya estaban fabricadas para adaptarle el PS-2 no admitían el B-3, que era más grande, pues más dinero a la basura y nuevo rediseño que, al cabo de pocos meses, también fue eliminado porque los militares decidieron que sería más adecuado instalar el modelo 20K de 45 mm., una versión más potente del Rheinmetall que también armaba al T-26, por lo que, por enésima vez, hubo que rediseñar la torreta para dejarle sitio. De locos, ¿qué no?

A la izquierda tenemos la primera torreta, diseñada en la fábrica de Mariupol y en la que podemos ver el añadido en la parte trasera para dar cabida al cañón 20K. A la derecha vemos el modelo elíptico ( ellipticheskaya bashnya ) que se estandarizó para la serie BT y los T-26


BT-5RT en el que se ve la antena de barandilla que rodeaba
la torreta y, en caso de necesidad, servía de asidero a las
tropas que montaban sobre el casco
En fin, para no alargar más esta interminable agonía mecánica, daremos un breve salto en el tiempo para trasladarnos hasta 1932 y estudiar el desarrollo del BT-5, cuya duración fue como el parto de la burra. El primer vehículo terminado salió de la cadena de montaje el 21 de octubre de aquel mismo año. La planta motriz seguía siendo el Liberty, pero ya estaban en proyecto otros dos motores completamente nuevos: el M-17 de gasolina y el BD-2 de gasóleo. En cuanto a la maldita torreta, la diseñada inicialmente ya no valía. Era una pieza cilíndrica que apenas dejaba espacio para el PS-2, por lo que al añadirle un cañón de más envergadura hubo que hacer un apaño de circunstancias, remachándole en la parte trasera un añadido para dar cabida a la culata del 20K. A este había que añadirle la ametralladora DT más el equipo de radio que llevarían los carros de mando, aproximadamente en un porcentaje de uno de cada seis. El aparato de radio, una 71-TK-1, fue instalado en 20 unidades a finales de 1933, las cuales fueron denominadas como BT-5RT. La antena era la típica de barandilla rodeando la torreta que solemos ver en los carros rusos de la época y que no tenía otro cometido que impedir que fuera vista desde lejos. Tras la primera serie se volvió a cambiar la torreta por una de soldadura que usaría también el T-26. Su forma era elíptica y disponía de dos escotillas, además de un periscopio de observación para el comandante/cargador (situado a la derecha) y un visor de puntería para el tirador.

Remunicionando el carro a través de la escotilla
del conductor. La mayoría de los proyectiles iban
estibados en el suelo de la torreta

Por lo demás, aunque las prestaciones del BT-5 son fáciles de encontrar, daremos algunas de las más significativas. El peso total alcanzaba las 10’2 Tm. en orden de combate; la velocidad sobre ruedas era de 111 Km/h, y campo a través sobre cadenas de 63 Km/h, así que ya vemos que el apelativo de “tanque rápido” se lo había ganado sobradamente. De hecho, no había otro vehículo similar en la época capaz de desarrollar esas prestaciones. Tenía una capacidad para 333 litros de combustible que le daban una autonomía de 300 Km. por carretera y de 200 campo a través. En cuanto a la dotación de municiones era de 115 proyectiles de 45 mm. (72 en los equipados con radio) y de 2.394 cartuchos de 7’62x54R para la ametralladora coaxial DT distribuidos en 38 tambores de 63 cartuchos. En cuanto a su tripulación, imagino que ya lo habrá intuido: 3 probos hijos del padrecito Iósif: conductor, tirador y el sufrido comandante/cargador que, aparte de cargar el arma y achicharrarse las manos para evacuar las vainas vacías, debía observar el campo de batalla, dirigir el vehículo, señalar los blancos y, si encima estaba al mando de una unidad, procurar que no se le desmandara el personal y tomaran las de Villadiego en cuanto tuvieran ocasión. O sea, ser el jefe no era ningún premio.

Bien, con esto ya conocemos el origen y desarrollo del BT-5, llamado a ser junto al BT-7 el carro de combate principal en la URSS de la época, así que ya va siendo hora de dar cuenta de su periplo hispano.

T-26 en alguna carretera durante la batalla de Belchite
transportando sobre el casco a cuatro milicianos

La opinión más extendida es que el envío del BT-5 a España no tenía otro cometido que probar su rendimiento en combate. Por aquellas fechas, el padrecito Iósif ya había suministrado 256 T-26 además de los BA-3 y BA-6. El uso táctico de la serie BT era totalmente distinto, y bastante novedoso para la época: mientras el T-26 era un carro de apoyo para infantería, los BT estaban concebidos para lo contrario, o sea, aprovechando su elevada velocidad, romper las líneas enemigas y adentrarse profundamente en su territorio acompañado de infantería destinada a protegerlos una vez alcanzados sus objetivos. A los que hayan estudiado un poco el tema seguro que se les ha venido de momento a la cabeza la imagen de los T-34 atestados de tropas avanzando a toda leche en el Frente Oriental, así que como ven esta táctica estaba ya inventada. De hecho, hay fotos en las que se ven tropas republicanas sobre los T-26 rodando por las carreteras y, aunque no hay constancia de que se limitaran a transportarlos al frente, cabe la posibilidad de que una vez entrados en fuego actuaran de esa forma. Sea como fuere, lo que sí sabemos es que en el caso de los BT-5 sí se empleó esta táctica, como ahora veremos.

El 30 de julio de 1937, el vapor Cabo San Agustín (foto de la derecha), de 10.100 Tm. de peso muerto y 12.275 Tm. de registro bruto y que había sido requisado junto con otros barcos a la naviera sevillana Ybarra y Cía., partía de Sebastopol literalmente petado de material que el padrecito Isósif iba enviado a cuenta de las 510 toneladas de oro (el 72’6% de las reservas del Banco de España, la cuarta mayor del mundo antes de empezar la guerra) enviadas por el gobierno de Largo Caballero a Moscú. O sea, que si alguno todavía cree que la ayuda soviética salió gratis, de eso nada. Más aún, a los pardillos republicanos les cobraron en dólares basándose en el cambio con el rublo que mejor les parecía- siempre en favor a ellos, naturalmente-, y en muchas ocasiones por material viejo u obsoleto. Y por cobrar les cobraban hasta los salarios de los estibadores en Rusia e incluso las vacaciones del personal destinado al tema administrativo. Sí, no es coña. El padrecito Iósif tan alabado por el Lenin español y sus conmilitones y cuya jeta plasmaban en enormes pancartas en Madrid se la estaba metiendo doblada y con creces, pero de ese tema ya hablaremos otro día porque fue algo que clamaba al cielo. Un latrocinio en toda regla, vaya…

Vista superior de un BT-5 que nos permite atisbar lo
angosto de la cámara de combate, así cómo el delgado
blindaje que protegía a sus tripulantes. Sus mejores bazas
eran su gran velocidad y el magnífico cañón que armaba

Bien, robos soviéticos aparte, el Cabo San Agustín transportaba un flete suntuario que, entre otras cosas, incluía 62 cazas Polikarpov I-16 con repuestos y munición, 40 hélices, 68 ruedas de repuesto para los bombarderos Tupolev SB-2, 56.905.000 cartuchos de diversos calibres, 45 motores M-26 para los T-26, 50.000 fusiles Mosin-Nagant, 3.007 ametralladoras Maxim y, la madre del cordero, 50 carros BT-5 con el siguiente material complementario: 50 motores M-5 de repuesto, equipos de radios para los vehículos de mando, surtido de repuestos para las revisiones, 10 cañones 20K de repuesto, 8 ametralladora DT de repuesto con 80.000 cartuchos, 45.000 proyectiles perforantes y 20.000 rompedores. Vamos, que si el barco se hunde, a los gerifaltes de la exhausta república les da un chungo y palman del berrinche, porque les cobraron por cada carro nada menos que 29.600 dólares (aproximadamente, unas 364.000 pesetas de la época) sin contar el resto del material de repuesto. Sin embargo, el Cabo San Agustín arribó sin novedad en el puerto de Cartagena el 10 de agosto siguiente, pasando los BT-5 a formar el denominado Regimiento Internacional de Tanques. Con los vehículos llegó un contingente al mando del coronel Kondratyev nutrido por carristas rusos procedentes del 5º Cuerpo Mecanizado de Kalinovskiy especialmente adiestrados para proporcionar el máximo rendimiento a las máquinas, más un grupo de españoles y miembros de las Brigadas Internacionales seleccionados previamente y que habían sido enviados a la escuela de carros de Gorki unos meses antes para recibir la instrucción adecuada. La idea era que, por supuesto, los carros estarían al mando de personal soviético hasta que las tropas españolas aprendieran a manejarlos y, a partir de ahí, hacerse a un lado y dejar los BT-5 en manos de los carristas republicanos que, a la vista de lo visto, no se puede decir que sus actuaciones fueran especialmente brillantes ya que por aquella época habían perdido alrededor de un 50% de los T-26 disponibles. Esto, considerando que los nacionales no disponían de ningún carro capaz de hacerles frente y que la destrucción de los blindados rusos se debía solo a la artillería anticarro o al botellazo de gasofa, más las posibles averías en combate, no dice mucho de sus tripulaciones, pa qué mentí

Mapa realizado a mano del sector Fuentes de Ebro (círculo negro)-
Mediana, donde se aprecian las posiciones nacionales

Bien, la cosa es que los valiosos 50 BT-5 recibidos no entraron en acción de inmediato, siendo enviados al Frente de Aragón aguardando la ocasión para demostrar sus virtudes. Los asesores enviados por el padrecito Iósif y cuya palabra era ley consideraron que había que esperar el momento adecuado a pesar de que las cosas pintaban bastante mal para el Ejército Popular. Las tropas nacionales tenían cercadas las zonas que aún quedaban por ocupar en la cornisa cantábrica, en concreto Vizcaya, Santander y Asturias, de la que solo su capital, Oviedo, estaba en manos de los nacionales. La estrategia de los mandamases del ejército republicano era iniciar ofensivas de diversión en zonas del Frente de Aragón para distraer tropas del Frente Norte, lo que permitiría a los extenuados defensores de la zona poner en orden sus posiciones y tener un respiro ya que era imposible enviarles refuerzos. Pero todas las iniciativas del Ejército Popular se estrellaron contra la monolítica resistencia de los nacionales. Estas ofensivas iban desde pequeños intentos de avances en determinadas zonas a movimientos de envergadura como la batalla de Brunete, que tras unas sangrías en hombres y material insustituibles no sirvieron de nada, pero los republicanos seguían erre que erre, intentando desgastar como fuera la línea del frente aragonés para forzar a los nacionales a aliviar la presión sobre el norte. En agosto de aquel año se inició una nueva ofensiva en Belchite con la intención de recuperar Zaragoza sin que lograran apoderarse de la capital aragonesa, y aunque pudieron ocupar Belchite a costa de más de 8.000 bajas, el gasto de hombres y material no sirvió de nada porque la zona norte seguía igual de comprometida. Sin embargo, los asesores soviéticos insistían constantemente en seguir intentando avanzar sobre Zaragoza, y la llegada de los BT-5 les permitió forzar una nueva ofensiva basada en un ataque en masa que rompiese las líneas nacionales y, con la infantería transportada en los carros, rematar a los defensores de las posiciones enemigas y asegurar el terreno. El punto a batir era Fuentes de Ebro, un enclave que ya había sido atacado infructuosamente durante la noche del 26 al 27 de septiembre por el XII Cuerpo de Ejército apoyado por 32 T-26 sin que consiguieran otra cosa que tener que dar media vuelta bastante mohínos.

Varios oficiales nacionales observan uno de los BT-5 destruidos
en la nefasta jornada de Fuentes de Ebro

Para la ocasión se constituyó el XXI Cuerpo de Ejército, formado por las divisiones 11, 25 y 45, esta última reforzada por la XV Brigada Internacional, de la que el 24º Batallón, nutrido por españoles, sería el encargado de darse el gratificante paseo sobre los flamantes BT-5. Al parecer, los mandos republicanos no veían nada claro aquella novedosa estrategia, y menos aún avanzar sobre unas posiciones que un mes antes habían resistido sin inmutarse un ataque de envergadura. El encargado de dirigir la operación fue el general Modesto, que por lo visto se sintió molesto por el nombramiento y declinó hacerse cargo de lo que consideraba sería el enésimo fracaso para romper el frente. La pelota se la pasaron al coronel Casado, que casaba mejor con el proyecto. La ofensiva se inició el día 11 de octubre contra la línea Fuentes de Ebro-Valdescalera sin que el parte del día del ejército nacional mencione la intervención de carros de combate. En el del día siguiente sí se especifica que “en el sector de Fuentes se han rechazado varios ataques en los que el enemigo hizo fuerte preparación artillera y empleó tanques, de los que se inutilizaron al enemigo nueve”, pero en este caso se debían referir a carros T-26 que también tomaron parte en la fiesta. La intervención de los BT-5 no tuvo pues lugar hasta el día siguiente, 13 de octubre. Ese día, las tropas se dispusieron a iniciar una vez más su avance sobre Fuentes de Ebro, una pequeña localidad situada a unos 25 Km. al sureste de Zaragoza, esperando la llegada de los BT-5 que tuvieron que trasladarse a toda velocidad al punto de partida para iniciar el ataque. Mientras tanto, se llevaría a cabo una preparación artillera y un bombardeo a media altura para ir ablandando las posiciones enemigas, pero la falta de coordinación en la ejecución del plan ya no auguraba nada bueno. Los partes de guerra de ambos bandos son un tanto inconexos y, a veces, incluso no coinciden en el desarrollo de la operación, pero lo que sí quedó clarísimo es que el estreno de la joya de la corona del padrecito Iósif fue un rotundo fracaso.

Un suboficial nacional muestra los cuatro impactos que
dejaron fuera de combate otro de los BT-5, posiblemente
a manos de un T-26 capturado. Imagino que el conductor
quedó bastante perjudicado

Hacia las 13:00 horas, cuando los nacionales se habían recuperado sobradamente de los bombardeos previos al avance y esperaban la embestida, los BT-5 iniciaron el ataque con los escasos hombres que podían transportar. Sus estrechos guardabarros y el mínimo espacio disponible tras la torreta, ocupado por el enorme tubo de escape, no permitía imágenes cómo las de esos T-34 con tropocientos infantes apiñados encima. Además, carecían de cualquier tipo de asidero, y solo los carros de mando, con sus antenas de barandilla, ofrecían un sitio donde agarrarse. El movimiento de los vehículos provocó la caída de más de uno, que se quedaban como pasmarotes en mitad de la nada esperando a que los nacionales los frieran a tiros o sus propios carros los arrollaran. No obstante, los BT-5 lograron romper la línea e iniciar la penetración, pero lo que no consiguieron fue que los defensores salieran echando leches de sus posiciones. Antes al contrario, se limitaron a esperar a que pasaran para, a continuación, dar simplemente media vuelta y empezar a machacar a los atribulados republicanos que habían logrado llegar a destino mientras que la artillería anticarro empezaba a dar cuenta de los BT-5 que no sabían dónde meterse. Sin embargo, según los republicanos el fracaso se debió a que delante de las posiciones nacionales había grandes extensiones de cañaverales con acequias que habían permitido anegar la zona, retrasando o impidiendo el avance. El parte de guerra nacional de ese día da cuenta de que “en el Sector Sur del Ebro, los rojos han lanzado hoy varios ataques de gran intensidad, especialmente contra las posiciones de Fuentes, Mediana y Cillero, siendo rechazados todos ellos. En el primero de estos puntos lo realizó con fuerte preparación artillera y con 50 tanques, de los que 16 quedaron inutilizados en nuestro poder”. En el parte del día siguiente se corrige la cifra de carros destruidos hasta las 28 unidades “de los que quedaron cinco en las proximidades de Mediana y 23 en las de Fuentes de Ebro”, mientras que el mismo Modesto da una cifra de 19 bajas. En fin, ya vemos que la cantidad no está del todo clara pero, en todo caso, lo que sí es incuestionable es que la ofensiva fracasó estrepitosamente a pesar del número de efectivos comprometidos y, lo peor de todo, que el valioso contingente de BT-5 que se suponía iban a decantar la balanza en favor del Ejército Popular habían sido literalmente barridos del mapa, siendo diezmados hasta ver en un solo día cómo aproximadamente la mitad de ellos quedaban convertidos en chatarra en los alrededores de Fuentes de Ebro. Y para rematar el desastre, 16 carristas soviéticos entregaron sus atormentadas almas bolchebiques al paraíso celestial del padrecito Iósif. En resumen, el estreno del prometedor BT-5 fue un desastre, pero no por culpa del vehículo, sino del mal uso que se le dio y la pésima planificación de la ofensiva.

BT-5 abandonado en aparente buen estado. Muchos de los carros
capturados por los nacionales eran abandonados por las averías
causadas por el mal mantenimiento de los vehículos o la falta de
repuestos. De ahí el elevado número de unidades usadas contra
sus dueños una vez puestos en orden de combate

No obstante, el resto de los vehículos seguían plenamente operativos, así que había que darles uso, que bastante caros los habían cobrado los cicateros soviéticos. Su siguiente acción tuvo lugar en Teruel, ciudad que los republicanos consideraban un objetivo viable y, sobre todo, de gran importancia a nivel político. Un ejército que no había logrado recuperar ni una sola capital en lo que llevaban de guerra tenía la necesidad imperiosa de insuflar algo de moral a las cada vez más decaídas tropas que veían como los nacionales, sin prisa pero sin pausa, avanzaban en todos los frentes o se limitaban a permanecer estáticos sin que las ofensivas del Ejército Popular lograran hacerles mella. En la ofensiva, iniciada el 15 de diciembre de 1937, tomaron parte varias decenas de vehículos blindados y 42 carros de combate entre T-26 y BT-5. Pero Teruel, defendido por apenas 4.000 hombres de los que una gran parte eran voluntarios civiles armados, fue un hueso duro de roer, y la pequeña guarnición al mando del coronel Rey d’Harcourt obligó a las tropas republicanas a combatir casa por casa. Pero el BT-5 no estaba concebido precisamente para el combate callejero en una ciudad cuasi medieval, con calles estrechas y quebradas, donde desde cualquier balcón o azotea podían llover botellas de gasofa. Obviamente, las tropas de Franco no tardaron en responder y, de hecho, aunque la guarnición de Teruel no se rindió hasta el 8 de enero, ya desde el 19 de diciembre anterior habían llegado al sector algunas unidades del general Aranda, por lo que se pudo ver una situación un tanto peculiar: los republicanos asediando Teruel hasta lograr la rendición de sus defensores mientras que los nacionales cercaban a los republicanos para obligarlos a abandonar la ciudad. La ocupación de una capital que, aunque de escasa importancia y menor tamaño suponía una gran victoria moral para el enemigo, debía ser recuperada como fuese y empleando los medios que hiciesen falta. Franco, cuya mentalidad de la vieja escuela era de los que no dudaban en mandar al matadero a su abuela si hacía falta, reunió un poderoso ejército para arrebatarles a los republicanos su pequeña gran victoria, iniciando una contraofensiva de envergadura para expulsar al enemigo.

Librea que lucieron los BT-5 en Teruel, con la torreta pintada con
la bandera republicana. Varios de ellos cambiaron de color a los
pocos días

En esta ocasión, los BT-5 pudieron dar de sí todo su potencial cuando llegó la hora de hacer frente a los CV-33 y Panzer I que enviaron los nacionales. A principios de febrero, la compañía al mando del capitán Sirotin logró detener un ataque de infantería apoyada con carros, destruyendo varios CV-33 que, obviamente, no eran enemigos para el poderoso BT-5. En los últimos días de la contraofensiva nacional, aún pudieron provocar más bajas entre los blindados nacionales. El día 20, el teniente Razgulyaev logró destruir dos Panzer I de los que tomaban parte en un ataque por la zona noroeste de Teruel pero, sin embargo, el enemigo no se quedó mirando como los BT-5 perpetraban sus escabechinas. El día anterior, un contraataque llevado a cabo por el XXII Cuerpo de Ejército republicano sobre El Tocón y los Altos de la Torana con el apoyo de tres compañías de T-26 y una de BT-5 más dos secciones de autoametralladoras se toparon con diez cañones anticarro, cinco de la 13ª División en El Tocón y otros cinco de la 1ª brigada de la 84ª División en La Torana, más una compañía de Panzer I y una sección de T-26 capturados a los republicanos. El encuentro se saldó con una derrota para los republicanos y la destrucción de cuatro de sus T-26 y tres BT-5. Como vemos, el número de efectivos acorazados disminuía una cosa mala y, lo que era peor: el padrecito Iósif no estaba por la labor de enviar a España más carros de combate a pesar de que aún quedaba saldo de sobra del envío de oro que había recibido.

Un BT-5 con la torreta del modelo primitivo capturado por los
nacionales en el Frente de Aragón. Se puede ver que, como era
costumbre con los vehículos que tomaban en el campo de batalla,
pintaban la bandera bicolor en la torreta para su mejor identificación

En cuanto a Franco, aprovechando la recuperación de Teruel y que había acumulado en el sector gran número de efectivos y material de todo tipo, planeó lo que sería la puntilla para la república: una ofensiva que partiese en dos el este peninsular, que junto con Madrid era el territorio que aún permanecía en poder del gobierno. El 9 de marzo, y aprovechando que ya no hacía tanto fresquito- en Teruel el termómetro alcanzó los -20º- se inició la ofensiva destinada a colapsar el frente republicano. En esta ocasión los BT-5 tomaron parte en ambos bandos. Por el republicano, las escasas unidades operativas que les quedaban, y en el de los nacionales algunos vehículos capturados y puestos en orden de combate. Aunque en algunas fuentes se indica que los BT-5 capturados por las tropas de Franco nunca llegaron a entrar en combate y que solo se usaron para prácticas, lo cierto es que sí lo hicieron y hay testimonios gráficos que muestran estos carros con el típico repintado con la bandera bicolor como identificación, tal como se hacía con los T-26, y sustituyendo la numeración usando números romanos pintados en la proa. Otra cosa es que la escasez de unidades y la falta de repuestos no permitiera mantenerlos operativos tras la guerra. Sea como fuere, lo cierto es que tras la Ofensiva de Aragón los efectivos de BT-5 habían quedado reducidos a apenas 18 unidades, los carristas rusos le hicieron dos higas a la cálida España para volver a sus gélidas estepas y las tripulaciones pasaron a ser formadas íntegramente por personal español.

Otra pareja de BT-5 capturados por los nacionales y puestos de
nuevo en funcionamiento. Obsérvense los escudos de los cañones
pintados con la bicolor

Como es lógico, con 18 ejemplares nadie podría pretender cambiar el curso ni de un arroyo con un caudal similar al de la meadita de un neonato, por lo que a partir de la Ofensiva de Aragón su presencia se vuelve prácticamente irrelevante. Tras aplastar al ejército republicano en el frente aragonés, el siguiente objetivo era Valencia, que dejaría Cataluña aislada y lista para ser ocupada, por lo que a un año vista del final de la guerra el resultado se podía ya dar por hecho a pesar de la tenaz insistencia del gobierno republicano, empecinado en cambiar lo que ya era inexorable. Como todos sabemos, el último coletazo tuvo lugar en el Ebro apenas tres meses más tarde, una ofensiva a gran escala planificada por el general Vicente Rojo, al decir de muchos el mejor estratega con diferencia del ejército republicano. El objetivo, el de siempre: recuperar terreno perdido. Pero las tropas de Franco, con la moral por las nubes, bien armadas y pertrechadas ya no iban a dar ni un paso atrás a pesar de que la ofensiva, totalmente sorpresiva, obtuvo algunos éxitos iniciales.

Uno de los BT-5 que intervinieron en Javalambre

La última acción de los BT-5 de la que he podido tener constancia fue la batalla de Javalambre, entre los días 18 y 25 de septiembre de 1938. Esta ofensiva no fue más que una de las muchas operaciones menores destinadas a aliviar la presión en las zonas más comprometidas pero que, como prácticamente todas, acabaron fracasando. En este caso, el objetivo era cortar la carretera y el ferrocarril de Teruel a Sagunto a la altura de Sarrión-Albentosa atacando el flanco derecho de las posiciones nacionales que avanzaban hacia Valencia. Para ello se formó un Cuerpo de Ejército compuesto por las divisiones 67, 70 y una División Táctica Especial formada por las brigadas 63 y 129 Internacional, todas ellas actuando conjuntamente con las divisiones 39 y 48 que ya ocupaban el sector. Como fuerza de apoyo contaban con una compañía de T-26, otra de BT-5 y un batallón de vehículos blindados y autoametralladoras. La fiesta empezó a las 06:15 horas del día 18. Tras lograr desalojar a los nacionales de algunas de sus posiciones, el día 21 se inició la contraofensiva con los refuerzos llegados al sector, empezando a recuperar terreno. Mientras tanto, efectivos de la 67 división intentaban retomar el avance por la Loma de la Casa y la Loma de Tolero con el apoyo de tres BT-5 y dos T-26, avance que fue detenido con el saldo de un carro destruido por un cañón de 75 mm. El día 24, a pesar de que proseguir la ofensiva ya no tenía sentido, los mandos republicanos se obstinaron en proseguir las operaciones, interviniendo varios T-26 y algún BT-5 en la carretera a Manzanares hasta que fueron parados en seco por una batería anticarro de 37 mm. Para abreviar, fiasco total y pérdidas de vidas para nada porque la guerra estaba ya más perdida que un político en una cámara acorazada de banco vacía.

Dos BT-5 puestos fuera de combate durante la Ofensiva de Aragón


El final del camino. Un grupo de críos disfrutando como enanos
con el BT-5 que formaba parte de la exposición de armamento
capturado a los republicanos realizada en San Sebastián en agosto
de 1938. ¿Saben de algún nene que no flipe con estos chismes?
Bueno, con esto damos por concluido el periplo del BT-5 en tierras españolas. Como hemos visto, su intervención no fue en modo alguno significativa por una mera cuestión de desconocimiento a la hora de explotar su verdadero potencial. La guerra de España fue un extraño híbrido en la que se mezclaron las trincheras y frentes estáticos con columnas móviles y rápidos avances si bien la mentalidad de los mandos nacionales, todos africanistas, seguía anclada en el concepto de que para culminar una ofensiva de forma exitosa era preciso lograr el exterminio del enemigo. Sea como fuere, lo cierto es que el BT-5 era un buen carro de combate, muy superior a lo que podían enfrentarle sus enemigos potenciales del momento como eran Alemania e Italia, para no hablar del resto de naciones del este de Europa. Entre 1932 y 1940, la serie de los BT alcanzó la nada despreciable cifra de 8.122 unidades, la inmensa mayoría del BT-5 y el BT-7, pero la Blitzkrieg y los Panzer III y IV tedescos dejaron claro que su época ya había concluido. Ya no hacía falta tanta velocidad, sino blindajes más gruesos y cañones más potentes, por lo que los BT se verían relegados a misiones de reconocimiento y poco más.

En fin, se acabó lo que se daba, que entre una cosa y otra llevo ya tres días liado con esta interminable filípica, carajo.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: Alguno habrá visto que la entrada ha estado varias horas desaparecida. Ello se ha debido a que he tenido que rehacerla enterita ya que, por obra y gracia de Blogger, que cada día nos lo pone más fácil, al añadirle el texto de la actualización se desconfiguró todo todito toto.

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EL T-26 EN ESPAÑA

EL BA-3 Y EL BA-6 EN ESPAÑA

Foto coloreada que muestra otro BT-5 capturado por los nacionales, por lo que, como hemos visto en los testimonios gráficos mostrados, eso de que no llegaron a entrar en acción no se sostiene. Obsérvense los tramos de cadenas estibados en el guardabarros y detrás de la torreta