sábado, 15 de junio de 2019

CUCHILLOS DE SUPERVIVENCIA



Al día siguiente de que esta escena se viera en los cines de España allá por el año 1982, e imagino que en los de gran parte del mundo, hasta el potito dio por sentado dos cosas: una, que si te hacías con un cuchillo como el del vapuleado, sufrido y un poco psicótico John Rambo serías poco menos que primo lejano de Superman. Y dos, que si llevabas encima un cuchillo de esos, de los que por cierto hasta el día del estreno de la peli el 90% de los humanos no tenían ni puñetera idea de su existencia, podías pasearte por el mundo mundial sabiendo que serías capaz de sobrevivir a cualquier circunstancia por muy adversa que fuese incluyendo el ágape de la Primera Comunión del pequeño orco de tu cuñado más abominable. La demanda de cuchillos de supervivencia fue tan bestial que afamadas firmas cuchilleras que nunca antes se habían dedicado a comercializar ese tipo de productos se volcaron en atender a un mercado ávido de cuchillos para jugar a ser ex-combatientes con neurosis de guerra aunque solo fueran al campo de higos a brevas a ponerse hasta las cejas de paella con la familia. Los paranoicos obsesionados con los holocaustos nucleares estaban convencidos de que poseer un cuchillo como el de Rambo le salvaría de verse reducido a una pústula doliente antes de palmarla convertido en un cáncer andante en menos de una semana, y los que daban por hecho que cualquier día un virus con muy mala leche convertiría en zombis al 99% de la población mundial, no tenían nada que temer porque su cuchillo de supervivencia les ayudaría a salir del brete y a esquivar las dentelladas de esos pútridos y torpones ex-ciudadanos.

Colección de pijadas de un cuchillo de supervivencia. Si
mandas al fabricante un vídeo que demuestre que eres capaz
de sacarlo todo de la empuñadura y volverlo a meter sin que
falta espacio te regalan un viaje de una semana a la jungla
tailandesa para que lo pases pipa jugando a sobrevivir
Por una vez, este no será un artículo meramente didáctico, sino más bien de opinión o, mejor dicho, una mezcla de ambas cosas. La realidad es que es un tema que me ronda por el magín hace bastante tiempo, pero por una cosa o por otra lo he ido demorando así que ya va siendo hora de largar la filípica correspondiente. Pero, ante todo, vayamos por orden. En primer lugar debemos hacernos una pregunta: ¿qué es un cuchillo de supervivencia? Si planteamos este tema a cualquier ciudadano estoy convencido de que la mayor parte, por no decir todos, responderán lo mismo: un cuchillo con mogollón de chorraditas en la empuñadura para solucionar cualquier contingencia. Pero, por muchas chorraditas que lleve, ¿sabe vuecé sobrevivir? Porque por llevar, puede llevar incluso una máquina de coser, un juego de llaves de carraca y una placa vitrocerámica alimentada por energía fotovoltaica para calentar una lata de callos, pero si no sabemos desenvolvernos en un ambiente hostil no nos servirán de nada. 

Cuchillo Buckmaster 184. Al parecer fue diseñado por miembros de los
SEAL, pero los dos pinchos esos deben ser secreto de estado porque nadie
sabe con certeza para qué leches sirven. Algunos sugieren que como un
anclote para trepar por una fina cuerda que se ata a la anilla del pomo
En todo caso, ese tipo de cuchillos han sido el culmen, porque su origen hay que buscarlo mucho mucho tiempo atrás si aplicamos el término "cuchillo de supervivencia" a un cuchillo válido para cualquier uso que nos puede solucionar determinados problemillas en un momento dado, desde rebanar de forma taimada y sutil el pescuezo de un enemigo que está en babia a desollar un conejo, cortar el salchichón del bocata, sacar punta a un palo o incluso rascarnos ese sitio de la paletilla que siempre es inalcanzable. En ese caso, los cuchillos de supervivencia son más antiguos que el hilo negro, porque ya sabemos que desde los tiempos más remotos muchos guerreros de las culturas más dispares portaban en las vainas de sus espadas pequeños cuchillitos auxiliares para estos fines, desde las falcatas de nuestros ancestros iberos a las katanas que hemos visto hace pocas semanas pasando por los kukries nepalíes o los estiletes que llevaban los lansquenetes en sus katzbalger

Luego tenemos el concepto de cuchillo herramienta, mucho más moderno. En este caso hablamos de un arma cuya morfología se sale de lo tradicional, o sea, no se limita a ser una hoja con una empuñadura, sino que está provista de accesorios o acabados para una finalidad concreta que ayude a sus usuarios a tareas muy específicas, como por ejemplo el lomo serrado para cortar madera o la hoja más ancha por la punta para que sirva como machete. Y ello sin restar su principal misión: acuchillar si es necesario. A principios del siglo XIX empezaron a producirse con regularidad modelos de cuchillos/machetes/bayonetas con modificaciones en la hoja o diseñados de forma específica para unidades de ingenieros, zapadores y artilleros. En la foto A tenemos un ejemplo bastante elocuente. Se trata del machete para zapadores modelo 1803 del ejército español, una sólida pieza provista de una hoja de 64'5 cm. de largo y 5 mm. de gruesa con prácticamente todo el lomo serrado. El orificio de la punta era para introducir por el mismo una barra metálica que permitía usar el machete como una sierra de dos manos. Ingenio español, ¿que no? En la foto B tenemos un concepto distinto de arma/herramienta. Se trata del machete modelo 1843 para tropa de ingenieros y artilleros. En este caso se trata de un robusto y pesado machete con una hoja de 41'5 cm. de largo y 6 mm. de grosor con la empuñadura fabricada enteramente de bronce. Su misión no era hacer cortes precisos como el modelo anterior, sino simplemente para desbrozar y cortar ramas o, llegado el caso, cercenar bonitamente cuellos enemigos. 


Por citar un par de ejemplos más modernos tenemos la espada-bayoneta modelo 1879 para la carabina de artillería Martini Henry que vemos en la foto C. Este chisme, que calado en la boca el arma debía hacer extremadamente difícil hacer una puntería decente, tenía casi la mitad del lomo de la hoja serrado para, como ya podemos imaginar, cortar y/o desbrozar la vegetación del lugar elegido para emplazar la pieza. Su larga hoja de 75'5 cm. servía como espada corta para combatir cuerpo a cuerpo, y la guarda de la empuñadura protegería la mano a la hora de detener o desviar de los tajos o golpes enemigos, o sea, prácticamente el mismo concepto que el modelo de ingenieros español mostrado en el párrafo anterior. Otro ejemplo sería la famosa bayoneta modelo 1898/05 (foto D), también con el lomo serrado y que se distribuía entre las unidades de ingenieros y ametralladores con la misma finalidad: desbrozar y cortar madera. Aparte de eso la solían usar los suboficiales, pero no para sobrevivir, sino para diferenciarse de la tropa ya que la infantería normal usaba el mismo modelo pero con el lomo liso, y ya sabemos que si algo produce sueños húmedos entre los tedescos es marcar el estatus personal.


Bien, como es obvio ese tipo de armas, que por cierto fueron usadas por muchos ejércitos europeos, no estaban concebidas para "sobrevivir", ni tampoco, como piensan muchos que han visto demasiadas películas, para hacer más daño al meter por la barriga del enemigo una hoja serrada. Sin embargo, podríamos decir que fueron el germen del concepto de cuchillo de supervivencia que fue tomando forma a lo largo del tiempo. 


Cuchillo de trinchera tedesco de la Gran Guerra. No era un cuchillo de
supervivencia, pero si sabías usarlo mejor que el enemigo sobrevivías
Durante la Gran Guerra, como ya sabemos, el cuchillo de trinchera se convirtió en un arma inseparable del soldado. Eran las herramientas ideales para salir airosos de los feroces combates cuerpo a cuerpo en las angostas trincheras o para silenciar centinelas adormilados durante los golpes de mano nocturnos. Ya hemos hablado de ellos en un artículo hace tiempo, por lo que no hace falta redundar en ese tema salvo para señalar que estos chismes tampoco es que estuvieran ideados para sobrevivir en un entorno hostil y solitario, sino en una puñetera trinchera atestada de ciudadanos deseosos de sacarse las tripas unos a otros. O sea, no se corresponden tampoco con el concepto de cuchillo de supervivencia convencional. Así pues, nos vemos con que en los años 20 eso del "cuchillo de supervivencia" ni siquiera se había inventado y, en puridad, ni siquiera existía ese concepto.


Navaja suiza modelo 1890 y herramientas multiusos procedente de un
códice de Giovanni da Fontana
Curiosamente, lo que sí era una herramienta que verdaderamente ayudaría a solventar muchos pequeños problemas cuando se está en un frente de batalla o simplemente haciendo el gamba en mitad de un bosque llevaba funcionando desde hacía más de 30 años: la navaja de varios usos. Aunque en realidad este tipo de cuchillo con varios accesorios ya estaba inventado en la Edad Media, como vimos en su momento, nadie se había preocupado de corroborar que eran unos artilugios extremadamente útiles. En 1890, un probo cuchillero suizo llamado Karl Elsener logró que el ejército de su país hiciera reglamentaria su Schweizer Taschenmesser (navaja suiza), y ese sí que era un cuchillo que permitiría, sino sobrevivir, al menos solventar mogollón de chorraditas cotidianas. El modelo primigenio estaba provisto de hoja, un destornillador para desmontar el fusil Schmidt-Rubin reglamentario, un punzón y, lo más importante para no palmar de hambre: un abrelatas. Sí, una bayoneta puede valer como destornillador, puede servir de punzón y, obviamente, puede abrir una lata. Pero la navaja era un objeto ligero, pequeño y se llevaba en el bolsillo cómodamente. 


Navaja suiza modelo 1897
Siete años más tarde patentó un modelo más completo que contenía una hoja de menor tamaño para jugar a cirujanos o sacar punta al lápiz y para algo vital en una época en que los tapones de rosca aún no eran cosa cotidiana: un sacacorchos. Esta navaja fue denominada como Schweizer Offiziers-und Sportmesser, cuchillo suizo para oficiales y deportistas. El resto ya lo conocemos más o menos. Elsener se hizo de oro y bautizó poco después su empresa como Victorinox, que actualmente sigue vendiendo millones de estas navajas cojonudas, algunas con más usos que una llave fija del 10-11. Resumiendo: todos los ansiosos por sobrevivir llevan su cuchillo de supervivencia, pero lo que verdaderamente les saca las castañas del fuego a la hora de solucionar problemas son estas navajas que nadie relaciona con la puñetera supervivencia. Yo tengo una desde hace la torta de años y puedo jurar y juro que solo me desprendería de ella para comprar otra igual, y conste que es de las que tienen lo justo para solucionar cosillas cotidianas.


Ka-Bar original de la 2ª Guerra Mundial. Obsérvese que la vaina en vez de
estar cosida y remachada está cosida y grapada para abaratar costos
Bien, con esto llegamos a la 2ª Masacre Mundial sin que el concepto esté aún claro. Firmas como Fairbairn-Sykes o Ka-Bar fabricaron dagas concebidas simplemente para apuñalar con saña bíblica o cuchillos todo uso respectivamente, si bien el concepto "todo uso" o "multiuso" se limitaba a lo habitual en un cuchillo de campo que, por las circunstancias de sus usuarios, también eran válidos para hincarlo en el plexo solar de un enemigo. El famoso Ka-Bar, suministrado por miles y miles a las tropas estadounidenses, era un simple cuchillo con una hoja tipo bowie de 7" (18 cm.) y una empuñadura fabricada a base de discos de cuero que venía bastante bien para absorber el sudor, pero no era un cuchillo de supervivencia. Era un simple cuchillo de campo más práctico y versátil que los knuckle-duster aparecidos durante la Gran Guerra y que, aunque ciertamente servían para cortar el pan para el bocata de media mañana, eran unos chismes bastante limitados en ese sentido. Los knuckle-duster eran para lo que eran: reventarle la jeta al enemigo de un puñetazo y, a continuación, rebanarle el gañote sin más historias. Por lo tanto, el Ka-Bar era un cuchillo de combate, que no supervivencia, con todas las aplicaciones propias de un cuchillo de caza o de campo y nada más.


En el detalle superior se puede apreciar el dentado romo para eliminar
el hielo de los esquís. Muchos creen que es una sierra malucha que no corta
Termina la contienda, el ciudadano Adolf pasa a la historia, pero la humanidad sigue sobreviviendo sin cuchillos de supervivencia. No obstante, en España se había introducido en 1945 un cuchillo que, tiempo después, todo el mundo empezó a asociar con la dichosa supervivencia (foto de la izquierda). Producido en la Fábrica Nacional de Toledo, este pequeño y emblemático cuchillo que recuerda un poco a las puntillas de descabellar reses estaba destinado en principio a las unidades de montaña. De ahí ese curioso lomo dentado con el que no se podría cortar ni un rábano ya que no estaba concebido para serrar madera, sino para eliminar el hielo en los esquís. Su hoja de forma afalcatada de apenas 15 cm. de largo era demasiado corta para que su masa desplazada hacia la punta lo hiciera útil como machete, no valía gran cosa como daga para apuñalar, y jamás entenderé la jodida manía española de fabricar hojas con esa forma, desde el machete de artilleros modelo 1907 hasta las puñeteras bayonetas del CETME B, porque son complicadas de afilar y no aportan nada a la hora de cortar salvo, en el caso que nos ocupa, para desollar un animal gracias a su acentuada curva y sus pequeñas dimensiones. Es un misterio insondable para mí, la verdad. 


Con todo, este cuchillito fue posteriormente reglamentario de las COE's, las famosas Compañías de Operaciones Especiales creadas en 1961, pasando a denominarse como "Cuchillo de Monte para Unidades Especiales", así que ya vemos que lo de la supervivencia seguía IN ALBIS a pesar de que muchos ya empezaban a hablar de él como "cuchillo de supervivencia". Por cierto, a pesar de su birrioso aspecto son extremadamente robustos ya que están fabricados de una sola pieza con la cruceta y el pomo soldados al conjunto. Fueron sustituidos en 1983 por el modelo "Oso Negro" de la firma Aitor, otro cuchillo "de supervivencia" en plan más modernito, con su hoja de lomo serrado, funda de fibra y, como no, afalcatado y feo de cojones.


Y por fin, ¡tachánnnn!, en la década de los 50 del pasado siglo aparece por fin el término "supervivencia" aplicado a un cuchillo. Costó trabajo, pero quien la sigue la consigue, qué carajo. En 1953, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos (Dios maldiga a Earst) convocó un concurso para la fabricación de un cuchillo destinado a los pilotos de la Fuerza Aérea. Al año siguiente, la firma Marble-Arms Corporation presentó un prototipo conforme a los requerimientos del ejército, suministrando varios miles de unidades para que fueran probados en situaciones reales. 


Muchos yankees acabaron usando el cuchillo de piloto, como
vemos en el guripa de la izquierda. Las unidades dedicadas
a patrullar por la jungla y a operaciones de búsqueda y
destrucción eran los usuarios más habituales
En 1959 y tras darle mogollón de trote y señalar las pequeñas modificaciones que debían hacerse conforme a las experiencias de campo, la Marble-Arms, la Ontanio Knife Company y la Camillus Cutlery se presentaron para la licitación del contrato, siendo esta última firma la que se llevó el premio porque hablamos de muuuchos miles de unidades, si bien Marble-Arms no se durmió en los laureles y se dedicó a fabricar una versión civil del mismo sabiendo que se los quitarían de las manos todos los aficionados a la naturaleza, a luchar con osos grizzly a pelo o a irse de excursión con un cuñado y aprovechar la coyuntura para filetearlo en cualquier bosque solitario y umbrío. Había nacido el famoso "Jet Pilot Survival Knife", Cuchillo de Supervivencia para Pilotos de Reactores. Imagino que lo del "jet" lo pusieron porque por aquellos años los cazas de hélice ya eran una antigualla pero, en cualquier caso, se había creado el concepto de un cuchillo cuya finalidad principal era facilitar la supervivencia de su usuario. Pero no con el metro de sedal y la cerilla anti-humedad que años más tarde añadieron los fabricantes en su búsqueda de compradores, sino para sobrevivir en caso de ser derribado y verse en la gran puñeta más solo que la una y rodeado de ciudadanos muy muy cabreados porque media hora antes has regado con napalm la aldea y los cuñados han sobrevivido todos porque estaban en el único sitio donde esa porquería no llegó: en el bar. 


El famoso coronel Robin Olds, con su cuchillo de supervivencia
bien asegurado al arnés del paracaídas. Este "as"obtuvo la "asombrosa"
marca de 16 derribos entre la 2ª Guerra Mundial y Vietnam, unos cuantos
menos que Erich Hartmann, que apenas logró abatir 352 aviones enemigos.
Pero ya sabemos que las victorias yankees valen por 20, ¿no?
En puridad, los de la Marble tampoco es que se devanaran mucho los sesos para diseñarlo porque su parecido con el Ka-Bar es palpable. En todo caso, sus especificaciones variaban en varios aspectos. La hoja debía tener una longitud de 5 pulgadas y ⅛, o sea, 13 cm. justos. En el lomo tenía una sierra de unos dos tercios del largo de la misma, pero no para cortar madera (desafío a cualquiera a que corte sin pararse a descansar una rama de encina del grosor de su muñeca con una sierra de apenas 8 cm.) sino para algo más lógico en un piloto: cortar la fina chapa de aluminio del fuselaje en caso de quedarse encerrado dentro de la cabina. Su aguzadísima y afilada punta permitiría perforar la chapa e introducir la hoja para, a continuación, abrir un boquete por donde escapar. La empuñadura estaba formada por discos de cuero de 3 mm. de grosor impregnada con paranitrofenol, un fungicida que impediría que se pudiera el material en ambientes especialmente húmedos. El pomo era talmente una tuerca exagonal que igual valía como martillo para romper un cristal, clavar un clavo o partirle el cráneo a un devoto seguidor de Mao, de Kim Il-sung o de Hô Chí-Minh. Su funda, fabricada de cuero y en versiones posteriores rematada con una chapa a modo de contera, tenía en su cara externa una pequeña piedra de afilar de carburo de silicio. Los orificios en ambos extremos de la vaina se supone que eran para asegurar el arma con un cordón ya que hablamos de que su usuario sería un ciudadano que podría verse eyectado del avión a una velocidad acojonante y, por último, unos misteriosos orificios en la cruceta que, al parecer, eran para atar el cuchillo a un palo y usarlo como una lanza o, más probablemente, para usar un cordón como fiador. Aparte de todo lo dicho, su pequeño tamaño tenía también un motivo: muchos pilotos preferían llevarlo metido en un bolsillo del chaleco de vuelo para que no les estorbase en momentos decisivos. En fin, ya tenemos un cuchillo que, ciertamente, podía sacarle a uno las castañas del fuego llegado el caso. Su sierra valía para escapar o ayudar a otros a escapar de una carlinga, su pomo le permitiría romper algún obstáculo o accionar alguna palanca o resorte bloqueado del avión, y la piedra de afilar siempre venía bien para tenerlo a punto. Esto sí es un cuchillo de supervivencia para sobrevivir como Dios manda en un entorno muy concreto.


Yankee con un Randall mod. 1 como el que vemos en la foto de la izquierda.
Muchos hombres compraron cuchillos de marcas comerciales para ir
mejor acompañados al combate. Incluso el general Westmoreland
sobrevivía rodeado de enemigos con uno de estos cuchillos artesanos
La guerra de Vietnam fue el punto de inflexión para este tipo de armas. Muchos yankees adquirían a título particular cuchillos como el mencionado, o de las firmas Ka-Bar, Randall y Gerber,  pero en estos casos seguimos hablando del típico cuchillo todo uso, (all purpose como dicen los yankees) sin más historias salvo, en algunos casos, la hoja serrada que, por cierto, en muchos casos estaba concebida en realidad para cortar cuerdas y no embotar el filo. Pero la humanidad vio la luz el día en que Randall o, dicho con propiedad, la "Randall Made Knives", de Orlando (Florida), creó lo que actualmente conocemos como cuchillo de supervivencia. Esta empresa fue creada en 1937, y nunca se dedicó a buscar contratos bestiales con el ejército ni nada similar. Su línea de mercado estaba enfocada hacia el cuchillo artesano para uso civil o militar con un catálogo que pretende cubrir la demanda de cualquier aficionado a la naturaleza, la caza o para ir a vender la democracia y liderar el mundo libre a cualquier parte del mundo. De hecho, hasta diseñaron un precioso modelo chulísimo de la muerte destinado a los astronautas del Proyecto Mercury por si había que sobrevivir en el espacio. Antojadizos, tomen nota: vale unos 450 pavos, así que si quieren sobrevivir en Marte no duden en adquirir uno, que se acaban.


Randall mod. 18 de primera generación. Como se puede ver, aún no
tenía tapón de rosca en la empuñadura, sino un simple tapón de goma
a presión sin más. Este ejemplar muestra la hoja corta de 5'5 pulgadas
Así pues, este probo cuchillero lanzó al mercado el "Model 18 Attack-Survival", o sea, Modelo 18 de Ataque y Supervivencia que, como novedad, tenía el mango hueco, pero vacío para que cada cual metiera dentro lo que le pareciese mejor. El tapón contenía un pequeña brújula cuya utilidad, francamente, pongo en tela de juicio porque cualquiera que haya manejado una alguna vez sabe que como no estén perfectamente horizontales su precisión deja que desear. Con todo, siempre puede venir bien para dárselas uno de experto cuando va con la novia y está más perdido que un submarino en un charco y quiere aparentar que domina la situación aunque esté a punto de echarse a llorar porque casi es de noche, el móvil no tiene cobertura y ha visto unas sombras muy inquietantes moviéndose entre la maleza. Pero lo del mango hueco ya supuso toda una revolución porque ese compartimento herméticamente cerrado permitía guardar cosas verdaderamente útiles: cerillas, pastillas potabilizadoras, una pequeña barra de magnesio para encender fuego si se terminan las cerillas o incluso una pastilla de cianuro por si te pillaba el enemigo y pasabas de que practicasen el medioevo con tu persona.


Randall mod. 18 con hoja de 7'5 pulgadas y tapón roscado con brújula
Inicialmente, este cuchillo tuvo sus detractores en lo tocante a la solidez de la unión de la hoja con la empuñadura. Al carecer de la espiga convencional se cuestionaba si la unión era verdaderamente eficaz, lo que se acabó demostrando con el tiempo. La hoja podía ser de dos longitudes, 5'5 y 7'5 pulgadas (14 y 19 cm. respectivamente), y estaba fijada a una empuñadura de acero inoxidable liso (ahora también se hace cuadrillada) rematada por el pomo-brújula con el exterior cuadrillado para facilitar su apertura con las manos mojadas o llenas de vísceras de cuñados. En la cruceta de bronce también lleva dos orificios como en la del "Jet Pilot Survival Knife", en este caso con la clara intención de facilitar la sujeción del arma a un palo para convertirla en una lanza. Por cierto que ese uso aparece en una escena de "Acorralado" en la que da buena cuenta de un enorme jabalí.


Con él empezó todo. Este es uno de los trece cuchillos que James Lile fabricó para el rodaje de la mítica película.
Por lo visto, seis de ellos se los quedó el Silvestre. Las cosas como son: es chulo a rabiar


El éxito de este cuchillo hizo que otras firmas se decidieran a fabricar armas de este tipo, dando así el pistoletazo de salida que culminó con la dichosa película que hizo que la popularidad de los cuchillos de supervivencia subiera como la espuma de una cerveza mal tirada. Por cierto que el famoso cuchillo de Rambo no era un modelo comercial, sino que fue diseñado ex-profeso para la película por un pequeño fabricante de Arkansas llamado James Lile y que pegó un pelotazo de antología como ya pueden suponer. En la foto de la izquierda podemos ver a Lile junto a Stallone con el cuchillo en cuestión en una muestra de cuchillos personalizados en California en 1985. Supongo que ninguno de los dos podía imaginar la popularidad y la repercusión que tendría ese cuchillo gracias al cual muchos pamplinas anhelan desde entonces tener una escusa para coserse alguna heridilla y mostrarla a los colegas como indudable prueba de su valor y su sangre fría aunque los alaridos durante la operación de costura se oyesen a kilómetros de distancia.


El Explora Survival de Marto. Abajo lo vemos con el guardamanos montado
Bien, a partir de ahí el mercado para este tipo de productos pasó de lo meramente deportivo a lo ridículamente peliculero, a ver quién era capaz de meter más chorradas en el mango o de idear más complementos totalmente absurdos. Me ceñiré a los dos modelos que causaron más furor en España, entre otras cosas porque por aquellos años nadie tenía ni puñetera idea de quienes eran los fabricantes foráneos ni de cómo adquirir un cuchillo en USA, y más con lo restrictivas que han sido siempre las leyes en este país para todo lo referente a las armas, aunque sea un puñetero cuchillo de trinchar. Uno fue el "Explora Survival" que comercializó la firma Marto, Manufacturas y Artes de Toledo. Este cuchillo en realidad no era un diseño propio, sino que lo fabricaban bajo licencia de su creador, Charles Brewer-Carías, un polifacético venezolano naturista, explorador y qué se yo cuántas cosas más. Yo tuve uno de estos cuchillos, cambiado a un conocido por una maqueta a escala 1:9 de una Zundapp de la 2ª Guerra Mundial que llevaba años descatalogada. Una vez se me ocurrió mirar lo que contenía el pequeño bote de la empuñadura y no fui capaz de volverlo a poner todo como estaba pero, en realidad, menos las cerillas impermeabilizadas allí sobraban cosas como el sedal, los anzuelos, una minúscula boya, un cordelito muy fino que no sé para qué carajo sería o la chorrada de la aguja de sutura, como si todos fuésemos capaces de cosernos una herida a pelo.


Ahí lo tienen, el Explora con funda de cuero asegurada
en la trincha izquierda con cinta americana
La hoja serrada traía un transportador de ángulos, un código de señales visuales por si a uno lo buscan desde el aire y una muesca que, encajada con un pivote de acero atornillado en la funda de fibra, lo convertía en una cizalla. Ah, y en el tubo de la empuñadura tenía pintado el alfabeto morse, lo cual es muy útil cuando uno sabe morse, porque si no tienes ni idea, como la mayoría de los humanos, ¿qué pasa si eres capaz de emitir un mensaje a duras penas pero no sabes descifrarlo cuando te responden a toda velocidad? Por último, la empuñadura estaba provista de un guardamanos que podía desmontarse y que, la verdad, no sé qué utilidad tendría salvo como nudillera, uso que por lo general carece de sentido cuando uno está perdido en mitad de un bosque proceloso pegando berridos a ver si alguien te escucha. No obstante, parece ser que estaba considerado con un buen cuchillo y hasta lo sacó Clint Eastwood cuando interpretó al incombustible sargento de artillería Highway que había meado más sangre, echado más polvos, etc. que nadie (esa escena merecía un Oscar, carajo)


Jungle King I con todos sus accesorios. También se fabricó en negro
Pero los de Marto se quedaron cortos ante la creación de Aitor, el Jungle King I (luego hubo un Jungle King II de tamaño más reducido y más tarde un tercero aún más enano), un chisme bastante grande que no solo tenía la empuñadura llena de chorradas, sino que hasta disponía en el interior de la vaina una especie de cajón que contenía más pijaditas incluyendo entre otras un pequeño cuchillo desollador y unas gomas que, previamente colocadas en una horquilla de la vaina, la convertían en un tirachinas, se supone que para cazar animalitos pequeños: pajaritos, conejitos, ratoncitos... A ver, si de críos acertarle a un gorrión ya era una proeza, ¿con 30 o 40 tacos y sin haber usado un tirachinas en tu vida pretendes acertar a un conejo y dejarlo en el sitio, dando además por sentado que el conejo no se movería ante tu amenazadora presencia?  


El  Black Shark con los resortes que hacían de pala de ballesta. La
empuñadura no era el típico tubo hueco, sino que había que desmontar
una cacha para acceder al contenido. Obviamente, si se perdía el tornillo
adiós muy buenas. Imagino que tendría problemas de patentes o algo similar
Pero la cosa fue más allá, porque quiero recordar que un fabricante de no sé dónde sacó un modelo, el "Black Shark", que traía una equipación similar al "Jungle King I", pero con un añadido consistente en unos resortes que, en vez de tirachinas, convertían la vaina en una ballesta, supongo que por sugerencia de los negados que no acertaban con el tirachinas ni a un mamut a dos metros de distancia. En fin, como vemos la cosa pasó de lo medianamente lógico a lo ridículo para satisfacer la enorme demanda de pamplinas deseosos de jugar a sobrevivir. Aún recuerdo la portada de una conocida revista de aquel entonces, "Armas", la primera que se editó en España sobre cuestiones armeras, que en un número de 1985 anunciaban un enjundioso reportaje sobre el Jungle King con este titular tan prometedor: "Sobreviva en "El Día Después" con el Jungle King I", (esa peli se estrenó en 1983) en el que dos compadres, que por cierto todos los meses publicaban algún artículo, se habían pasado un fin de semana en un coto de caza haciendo el gamba y probando las excelencias del producto que, obviamente, fue gentilmente facilitado por la firma Aitor para que lo publicitaran como es debido.

En fin, dilectos lectores, ahora llega el momento de las conclusiones: ¿Sirven de algo estos cuchillos? ¿En verdad merece la pena llevar uno encima para echar un día de campo o caza? ¿La cantidad de accesorios que incluyen tienen una utilidad práctica aparte de dar envidia al cuñado que tiene uno parecido pero con menos chorradas?


En vez de llevar una tirita y una aguja de sutura nos dejamos de chorradas
y nos compramos un paquete de primeros auxilios del ejército. En la red
los venden de mogollón de países. Por cierto, nadie se cose una herida él
solo. Para eso se inventó el cianocrilato, o sea, el Loctite. Te pegas la
herida y tiempo habrá en el hospital de coserla como Dios manda
Francamente, creo que estos cuchillos no sirven de nada. De nada en el sentido de que el 90% de los accesorios o son inútiles o no sabemos darles uso. Nadie va a vivir un holocausto nuclear, y menos aún un holocausto zombi, y si los vive mejor volarse los sesos y acabar de una vez. Nadie se introduce tanto en un bosque como para verse perdido, y más en un país como España donde siempre se atisba a lo lejos una casa, un cortijo o un pueblo. Nadie, salvo que lo haga a posta, se pasa días o semanas en mitad de la nada, y si lo hace seguro que previamente se ha equipado de todo lo necesario incluyendo baterías de repuesto para el móvil porque no puede dejar de mandar selfies a los amiguitos de Instagram o Feisbú en plena naturaleza luchando a muerte contra un grillo o haciendo como que devora una lagartija cruda. Eso del sedal, las pastillas potabilizadoras y demás zarandajas son una mera estupidez, porque si vas al campo llevas un macuto donde puedes llevar un botiquín decente y, llegado el caso, un plegador de corcho con 20 o 30 metros de sedal y varios anzuelos que, por cierto, ¿sabes como se usan? No hace falta comprar cerillas impermeabilizadas porque coges las corrientes, le das un baño de cera y ya no les entra humedad o, mejor aún, te dejas de gilipolleces y te llevas un Zippo o un yesquero de los de toda la vida. Olvídate de tirachinas, ballestas y memeces y mete en el macuto unas cuantas latas de fabada y un chorizo, y no olvides la Victorinox, que esa sí que se será útil porque solo sus tijeritas y sus pinzas valen un tesoro si te clavas algo en un dedo. 

Llevar un cuchillo de supervivencia no garantiza sobrevivir si no sabes desenvolverte en un ambiente, no ya hostil, sino simplemente extraño. ¿No eres capaz de distinguir una seta venenosa de una que no lo es y te vas a dedicar a comer de lo que da el terreno? ¿Te mareas si ves sangre y pretendes desollar a un conejo, abrirlo en canal y meter la mano dentro para sacarle las tripas? ¿Te dan miedo lo bichos y pretendes dormir al sereno rodeado de mogollón de ellos incluyendo víboras, culebras, alacranes y escolopendras, y encima cada vez que un mochuelo ulula pegas un salto acojonadísimo? Nada de eso es problema si llevas el cuchillo de supervivencia, ¿verdad? 


Esa birria de silbato que cabe en cualquier sitio o se lleva colgando del cuello
emite un pitido de 120 dB, 20 más que la bocina de un autobús o un camión.
Si nadie te escucha es que verdaderamente estás muy jodido
Entonces, ¿qué es un cuchillo de supervivencia? Pues, a mi parecer, es aquel que está concebido para salvarte la vida en una situación concreta, como el cuchillo para pilotos. Una herramienta que te permitiría salir de un avión derribado. Eso sí, si fuera te esperan catorce viet-congs armados hasta los dientes el cuchillo no te servirá de nada, como es lógico.  Y digo una situación concreta porque es imposible abarcar todas las situaciones de peligro en las que uno se puede ver implicado. ¿Que te ataca un oso? Pues una de dos, o le pegas un tiro certero o tomas el olivo, porque si pretendes matarlo a cuchilladas antes de que tú lo mates a él te habrá despedazado ¿Que te has caído por un barranco y te has roto una pierna? Pues echarás de menos algo tan chorra como un simple silbato, objeto que casi nadie suele tener en cuenta y que te puede solucionar la papeleta en un caso así e incluso puede servir para ahuyentar algunos animales. ¿Que olvidaste el botiquín y acabas de hacerte una buena raja en la mano? Pues si no tienes agua para lavar la herida te meas en ella y santas pascuas, que peores son las bacterias del ambiente que te rodea que tu propia orina. En definitiva, y por no alargarme más: mejor te compras un buen manual de supervivencia y te dejas de cuchillos. Aprende a buscar el norte por el sol, las piedras o la corteza de los árboles, a usar un mapa, a obtener agua donde no la hay o a preparar trampas sumamente fáciles en vez de tirarte dos horas liado con el tirachinas mientras el conejo se descojona en tu cara porque no le das ni de chamba. Con un metro de sedal y sabiendo donde hay que ponerlo ese día comes conejo asado sin problema. 


¿Que no te resignas a salir sin estar equipado para el holocausto que viene?
Pues déjate de tonterías y te compras un kit como el de la foto, que trae
muchas más chorradas que el cuchillo. ocupa poco espacio y hasta lleva
botones, aguja e hilo por si se te descose uno del polo de Lacoste y luego
te riñe la parienta porque eres un desastre que no tienes cuidado con nada
Entonces, ¿qué llevo encima cuando vaya de excursión a demostrarle a la parienta que soy un tipo valeroso y decidido aunque tengo a diario pesadillas por culpa del pitbull del vecino? Pues aparte del macuto con todo lo dicho, una simple Victorinox y, si quieres darte un poco de pisto, pues un cuchillo de monte mondo y lirondo. Los hay cojonudos por menos de 50 pavos, y me apuesto 3 docenas de cigalas hembras a que en todo el fin de semana no tendrás que sacarlo ni una sola vez de su funda salvo, eso sí, para clavarlo con aire decidido en un viejo tronco junto a la hoguera para demostrarle a nuestra dama que está segura, y que no dudarás en abalanzarte como una fiera contra todo aquel o aquello que pretenda hacerle daño (el spray de pimienta que te prestó tu compadre de la UIP y cuyo chorro alcanza los 5 metros mejor que no lo vea porque te restaría credibilidad).

Bueno, así surgieron los cuchillos de supervivencia y esa es la opinión que me merecen. Por cierto, durante toda mi vida he pasado horas, días y a veces semanas enteras en el campo cazando, pescando o buscando castillos donde Cristo dio las tres voces y jamás he usado más que una navaja o un cuchillo de remate en determinados lances venatorios. Y he sobrevivido, que conste.

Hale, he dicho

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Y si no lo tienes claro, pues olvida el puñetero cuchillo, te ligas una cacharra poderosa, no dejas títere con cabeza y
aquí paz y después gloria, amén de los amenes

jueves, 13 de junio de 2019

FLAKTÜRME BERLIN. FRIEDRICHSHAIN


Maqueta de uno de los proyectos presentados inicialmente por Tamms, en este caso de una Flakturm construida enteramente
de piedra en vez de hormigón, que es como más feillo y tal. Como ya comentamos anteriormente, la idea era que estas
fortificaciones se integrasen armoniosamente en el entorno monumental de la ciudad como una muestra del poder militar
de la futura capital del mundo: Germania 

Bueno, criaturillas, retomamos las poderosas Flaktürme para proseguir con las situadas en Berlín. Conviene aclarar que las tres parejas eran de características muy similares, lo que se dio en llamar Bauart 1 o, como denominaríamos actualmente, de primera generación. Por ello, lo tocante a su distribución interior, dimensiones y tal eran básicamente las mismas salvo los detallitos que se irán enumerando, no sea que algún cuñado tenga información sobre el tema y le demos el gustazo de humillarnos vilmente. No se puede bajar la guardia con esos malvados, ya saben... Así pues, para ir comparando o recordando cualquier dato de interés no estará de más que abran el enlace sobre la Flakturm Zoo por si quieren consultar algo y, de paso, vuelvo a poner la ortofoto donde aparecen las tres parejas de torres para que podamos situarnos. Hela aquí:



Bien, como ya sabemos, tras mogollón de cónclaves, reuniones y ataques de ansiedad, finalmente se decidió la construcción de tres parejas de torres, la primera de la cuales fue la del Tiergarten que se estudió en la entrada anterior de esta pequeña monografía, así que hoy daremos cuenta de las de Friedrichshain, situadas al este de Berlín para ir completando el triángulo que debía proteger la zona central de la población y donde se encontraban los centros del poder político, policial y militar de la misma. Y dicho esto, comencemos sin más demora.

GEFESCHTSTURM II FRIEDRICHSHAIN


La G-Turm de Friedrichshain durante su construcción. A la izquierda se ve
la grúa especial que hubo que usar para elevar las cúpulas blindadas de los
ascensores de munición. El barracón que aparece en primer término era
para los obreros
El 20 de enero de 1941, cuando el hormigón de las Flaktürme del Tiergarten estaba aún fraguando a base de toberas de vapor, se empezó a estudiar la ubicación de la siguiente pareja en el Friedrichshain, un barrio obrero que, para colmo de males, fue de los más castigados por los bombardeos y encima hasta tuvieron la desgracia que quedar en el lado oriental cuando se construyó el Muro en 1961. Lo que sí se tenía claro era que las torres estarían en el Volkpark Friedrichshain, un parque proyectado en 1840 para conmemorar el centenario del ascenso al trono de Federico II de Prusia cuyas obras se desarrollaron entre 1846 y 1848. En principio, la torre de mando estaría ubicada en el centro del parque con la G-Turm situada a 350 metros al oeste, junto a la confluencia de la Am Friedrichshain y la Friedenstraße y justo detrás de la Märchenbrunner, la Fuente del Cuento de Hadas, un monumental estanque inaugurado en 1913 y decorado con estatuas de los personajes de los cuentos de los hermanos Grimm. Sin embargo, la construcción de un proyecto anterior de un edificio de grandes dimensiones en ese lugar obligó a desplazar la G-Turm, lo que a su vez también hizo que la ubicación de la L-Turm se viera modificada de forma que, finalmente, la torre de combate quedó situada en el centro del parque y la de mando a unos 480 metros al nordeste de su hermana mayor.


En la foto podemos ver el parque de Friedrichshain. Los círculos blanco y azul muestran las ubicaciones proyectadas en principio para la G-Turm y la L-Turm respectivamente. Las cruces señalan la posición final de ambas. A la derecha del circulo blanco se ve un pequeño óvalo marrón que corresponde a la Märchenbrunner actual.

Las dimensiones de la G-Turm eran las mismas que la del Tiergarten con solo una diferencia, y es que en la que nos ocupa los nidos de golondrina de la plataforma artillera inferior eran un poco más grandes y que el puesto de mando de la plataforma superior era cuadrangular en vez de circular. Por lo demás, el resto era igual y estaba artillada con piezas similares, inicialmente de 10'5 cm. y posteriormente con los montajes dobles de 12'8 cm. además de las piezas ligeras de 3'7 y 2 cm. emplazadas en la plataforma inferior. Además, como ya se ha comentado, en esta torre fue la única junto a la del Tiergarten en la que se colocaron las descomunales cúpulas blindadas para proteger los ascensores de munición, una grande en cada batería y dos pequeñas para la evacuación de las vainas servidas.

En octubre de 1941 la G-Turm ya estaba operativa, aunque no terminada del todo. En la foto de la izquierda, tomada durante el verano del año siguiente, la vemos erguirse entre la espesa fronda del parque con los cuatro Flak 38/39 de 10'5 cm., pero en los nidos de golondrina de la izquierda se ven aún los encofrados de madera. Además, los postigos blindados de las ventanas aún estaban sin colocar, y solo se aprecian los huecos con las mortajas previstas para su instalación. Estos postigos, que en realidad tenían el tamaño de una puerta de cualquier casa normal, tenían una altura de 2'10 metros, una anchura de 1'07 metros y un grosor de 6 cm. Como recordaremos de la entrada anterior, por dentro disponían de una ventana acristalada normal y corriente.

En cuanto a las instalaciones interiores de luz, agua, etc., eran las mismas que en la G-Turm del Tiergarten. Disponía de su propio generador de electricidad, su hospital, sus dos plantas destinadas a refugio de la población, depósito para obras de arte procedentes de los museos y alojamientos para el personal militar. En la foto de la derecha podemos ver el aspecto del enorme generador que permitía disponer de suministro eléctrico aunque toda la ciudad se quedase a oscuras. Y esto no solo era importante para el funcionamiento de los instrumentos de seguimiento y tiro, quirófanos y tal, sino para los miles de personas apiñadas como sardinas en lata dentro de la torre. Imaginen a diez o veinte mil personas dominadas por el pánico y, encima, sumidos en la oscuridad más absoluta, con los nenes berreando, sus mamás dando alaridos y los papás echando sapos y culebras. Inquietante, ¿no?

La G-Turm del Friedrichshain no tuvo tanta suerte como la del Tiergarten, que apenas sufrió daños durante la contienda. Al estar situada, como hemos dicho, en una zona especialmente castigada por los bombardeos, sufrió varios impactos que dejaron tras de sí las bajas de rigor. La foto nos muestra el incidente de más gravedad, acaecido durante la noche del 3 de febrero de 1945. Una bomba acertó de lleno en el pañol de uso inmediato de la batería "Cäsar"(marcado con la flecha), partiéndolo en pedazos y haciendo explotar nada menos que 400 proyectiles de 12'8 cm. almacenados en su interior y matando a nueve servidores de la pieza. No obstante, y a pesar de los daños producidos, la solidez de la construcción quedó patente ya que un impacto directo más la friolera de 400 proyectiles explotando de golpe solo pudieron romper el pañol de hormigón y poco más.

La G-Turm de Friedrichshain totalmente operativa con los cañones dobles
de 12'8 cm. y la plataforma inferior atestada de artillería ligera
En las primeras horas del 2 de mayo de 1945, el el teniente coronel Karl Hoffmann, comandante de Turmflakabteilung 123, intentó romper el férreo cerco enemigo con todo el personal de la Luftwaffe disponible. Conviene aclarar que Hoffman no tenía su puesto de mando en la G-Turm, sino en la torre de mando, por lo que quizá su intención era sumarse a la defensa de otras torres o incluso de la misma torre de combate. Sea como fuere, debió tener claro que seguir resistiendo tenía menos sentido que pretender que un político sea un sujeto honorable, así que se largó y se acabó lo que se daba.

Plano de la plataforma artillera de la G-Trum, igual al de la
Tiergarten salvo en la forma del puesto de mando. Las
baterías se designaban por nombres de la A a la D:
Anton, Bertha, Cäsar y Dora
Como ocurrió con la G-Turm del Tiergarten y, de hecho, ocurriría con las demás Flaktürme de Berlín, su destino quedó sellado en 6 de diciembre de 1945, cuando mediante el  Decreto Aliado nº 22 se ordenaba destruir todos los edificios y fortificaciones incluidas en el plan de desmilitarización de Alemania. Se dividió la capital en zonas para que cada ejército aliado se encargase de demoler las instalaciones señaladas, quedando Friedrichshain bajo la tutela de los belicosos hijos del padrecito Iósif. Los rusos no estaban por la labor de perder el tiempo, así que nada más publicarse el decreto se pusieron manos a la obra empezando a volar los edificios que les correspondían. No obstante, las autoridades civiles de Berlín lograron convencerlos para que demorasen la destrucción de las Flaktürme que, como ya vimos en la entrada anterior, pretendían destinar como refugio a las ingentes cantidades de personas cuyas casas habían desaparecido y se veían con el invierno encima y sin tener un techo donde cobijarse.

Aspecto de la G-Turm tras el segundo intento. Fue como si la hubieran
cortado con un cuchillo, pero de ahí no pasaron
Pero en cuanto pasó el invierno, los soviéticos mandaron a hacer puñetas a los sin techo, heridos convalecientes y demás personal de la torre y se dispusieron a volarla por los aires. El 29 de abril tuvo lugar un primer intento que, como no podía ser menos, resultó fallido porque estos monstruos, como ya hemos visto, tenían una solidez monolítica. El 2 de mayo siguiente se llevó a cabo un segundo intento que, esta vez sí, logró al menos partir en dos el edificio. O sea, que lo dañaron, pero en modo alguno pudieron demolerlo. Se desconoce la cantidad de explosivos que usaron, así como la distribución de los mismos porque los hijos del padrecito Iósif eran aún más obsesivos con los secretos militares que los tedescos. 

La G-Turm ante la que se puede ver circulando el tren de vía estrecha para
acarreo de materiales
Al igual que hicieron los british (Dios maldiga a Nelson) en primera instancia con la G-Turm del Tiergarten, los rusos decidieron que seguir gastando explosivos y tiempo en reducir a gravilla aquella mole no tenía mucho sentido, así que optaron por enterrarla, lo que ciertamente no era un trabajo rápido. Entre 1946 y 1950 se reclutaron "Notstandsarbeiten", trabajadores de emergencia, para acometer la ardua tarea. Estos eran obreros procedentes de las listas de parados que, caso de no encontrar ocupación en su oficio, debían trabajar de forma obligatoria en las obras públicas. Para transportar los materiales con que sepultar la enorme mole de hormigón, en el verano de 1946 se tendió una línea de ferrocarril de vía estrecha en la que una pequeña locomotora remolcaba un tren formado por vagonetas mineras de esas que vuelcan el contenido hacia un lado. Al parecer, el puñetero tren tenía más peligro que un cuñado ávido de marisco porque descarrilaba cada dos por tres, y la locomotora acababa deslizándose cuesta abajo porque el firme, que había que compactar a medida que el montículo iba ganando altura, no tenía la consistencia adecuada.

Mujeres sepultando la G-Turm en el invierno de 1946/47. Lo verdaderamente
penoso y agotador de este trabajo es que no se trataba de mover paletadas de
tierra, sino de escombros y adoquines, más pesados y difíciles de manejar
Pero aparte del tren con las vagonetas, los obreros no dispusieron de más herramientas para su trabajo que picos y palas. O sea, que tuvieron que mover cientos de miles de metros cúbicos de tierra y escombros para sepultar la G-Turm. De hecho, se emplearon también bastantes cantidades de mujeres que, a la vista del hambre y la necesidad reinante, no debían ser precisamente fortachonas tedescas, sino más bien tedescas canijas que tuvieron que batirse el cobre con frío, calor, lluvia o nieve hasta conseguir sepultar la mole, lo que por fin se consiguió en la primavera de 1950 con la creación de lo que desde entonces se denomina como Großer Bunkerberg, la Montaña del Búnker Grande. Este montículo, de 78 metros de altura, está actualmente cubierto por una densa arboleda y coronado por un mirador. Para llegar a la cima hay unos senderos en los que aún se pueden ver algunas partes de la antigua G-Turm que no quedaron completamente cubiertas. 

La Großer Bunkerberg en 1950. Poco menos que levantar una pirámide mediana a pico y pala. Su altura es la misma
que el cuerpo de campanas de la Giralda de Sevilla, así que los que hayan subido ya pueden hacerse una idea de las
vistas que se contemplan desde esas alturas.

LEITTURM II FRIEDRICHSHAIN

La L-Turm de Friedrichshain era idéntica a la del Tiergarten que ya conocemos pero con la salvedad de que, en este caso, carecía de la plataforma de observación en la azotea de la torre. Por lo demás, sus características y morfología eran las mismas: una grúa en la plataforma inferior, otra en la superior con carril de desplazamiento y la base del radar Würzburg-Riese que, al igual que la del Tiergarten, era ocultado en un pozo de 12 metros en el interior de la torre. La artillería ligera se componía de varios Flakvierling de 2 cm. distribuidos tanto en los nidos de golondrina como en el resto de la plataforma. A mediados de julio de 1944, las piezas de 2 cm. fueron sustituidas por Flak 43 de 3'7 cm. que al cabo de un año fueron nuevamente sustituidos, en esta ocasión por las MG-151/20 de tres cañones.

En esta torre instaló su puesto de mando el teniente coronel Hoffmann, que como ya hemos comentado antes era el comandante de la Turmflakabteilung 123, y en el interior de la primera planta se habilitaron 700 m² para poner a buen recaudo 1.636 pinturas procedentes del Museo Káiser Guillermo además de gran cantidad de obras de arte procedentes de museos etnográficos, esculturas, arte egipcio, griego y romano, etc. En la foto de la izquierda vemos el comienzo del extenso inventario de más de 200 páginas en el que los aliados detallaron minuciosamente todo lo que contenían las torres, en este caso especificando la procedencia de las obras depositadas en las Flaktürme de Friedrichshain. Sin embargo, los rusos ya habían trincado mogollón de objetos y pinturas que, o bien desaparecieron para siempre, o bien desaparecieron hasta que, como por arte de magia, aparecieron de nuevo en museos de Moscú. De hecho, cuando Hoffmann tomó las de Villadiego con el personal militar todo el contenido quedó a merced de los soviéticos, que serían un poco analfabetos en su mayoría pero no tan tontos como para no darse cuenta de que lo que los tedescos guardaban con tanto celo debía ser valioso. El día 6 de mayo, uno de los directores de los museos cuyos fondos se guardaban en la L-Turm fue a recuperar lo que pudiera y vio que la primera planta había ardido entera, y posteriormente, el día 18, también el 2º y el 3er. piso. Cabe suponer que los soviéticos arramblaron con todo y luego metieron fuego al mobiliario o lo que fuera para simular el expolio ya que años después aparecieron más de 400 obras en Moscú, como hemos comentado.

Guarnición completa de la L-Turm: 161 hombres
En cuanto al personal, al igual que ocurrió con la torre de mando de la Tiergarten, a medida que avanzaba el conflicto había que echar mano a lo que había ya que los 100 hombres de la Luftwaffe destinados a cada L-Turm no eran suficientes. Para aumentar la dotación de la artillería de las torres se recurrió a los Luftwaffenhelfer, Auxiliares de la Luftwaffe, una unidad nutrida por mozalbetes de entre 15 y 18 años que, a pesar de su poca edad, estaban muy motivados políticamente y bastante fanatizados. Para no perder los estudios- alucino con el sentido del deber de esta gente- acudían a las L-Türme profesores que por su edad o estado físico no eran aptos para ir al frente, impartiendo clases durante las horas en que estos voluntariosos mocitos estaban libres de servicio. Así mismo se sumaron a la guarnición Blitzmädchen, auxiliares femeninas dedicadas a operadoras de radar y telecomunicaciones. Incluso se aceptaron voluntarios rusos y ucranianos; los primeros porque eran renegados que odiaban a muerte a los comunistas desde el padrecito Iósif para abajo, y los segundos porque odiaban, además de a los comunistas, a los rusos en general y al padrecito Iósif en particular. 

Una vista de la G-Turm del Friedrichshain, al fondo de la imagen, tomada
desde un nido de golondrina de la L-Turm, ambas aún sin terminar. Los sacos
terreros actúan como rudimentario parapeto para proteger a los servidores
del Flakvierling 38. En los arcones junto al parapeto de hormigón está
la munición para uso inmediato
El final llegó poco después de que Hoffmann rompiese el cerco de tropas enemigas, rindiendo ambas torres el médico de mayor graduación ya que los pocos oficiales que quedaban eran todos del cuerpo sanitario. Su destino corrió paralelo al de la G-Turm: el 20 de abril de 1946 se hizo un primer intento de voladura que no logró acabar con la torre. Un segundo intento a principios de mayo acabó con ella sin que, al igual que con la G-Turm, trascendiesen las cantidades de explosivos que necesitaron para volarla. No obstante, debieron meter dinamita como para volarla siete veces porque, según dijeron los que presenciaron la explosión, los muros reventaron hacia fuera como si los hubiesen golpeado con un martillo pilón gigante. Del mismo modo, una vez destruida se procedió a sepultarla formando la Kleine Bunkerberg, la Montaña del Búnker Pequeño, que alcanzó los 68 metros de altura, o sea, diez menos que el de la G-Turm. En 1950, cuando se terminaron los trabajos, se habían removido la friolera de 2,1 millones de m³ de tierra y escombros, o sea, suficiente para llenar unas 825 piscinas olímpicas.

En fin, con esto terminamos por ahora. Con la próxima daremos término a las Flaktürme berlinesas, que ya va siendo hora, qué carajo.

Hale, he dicho

Vista aérea del Volkpark Friedrichshain tras la voladura de las dos torres. Abajo se atisban los restos de la L-Turm, y en
la parte central de la foto la G-Turm partida en dos y volcada hacia atrás, bueno, o hacia adelante, según se mire. Cuatro
años más tarde ya estaban sepultadas, y al día de hoy son meros montículos cubiertos de una espesa arboleda donde acuden
los berlineses a correr con los pinganillos del móvil enchufados en las orejas, a hacer el gamba en los monopatines o a mostrar su chispeante ingenio artístico haciendo pintadas chorras en los escasos restos que aún asoman a la superficie