jueves, 20 de febrero de 2020

TORRE DEL HOMENAJE. LA TORRE GÓTICA


El impresionante castillo de La Mota, en Medina del Campo (Valladolid). Comenzado a construir por orden de Juan II de
Castilla a mediados del siglo XV, las obras se alargaron durante el reinado de Enrique IV para ser concluido en 1483 por
los Reyes Católicos. Su alta y poderosa torre del homenaje, coronada por una torre caballera de la que apenas quedan
restos, aún conserva las marcas de los impactos de los bolaños que la alcanzaron durante las movidas entre la corona y
la nobleza de la época. Tiene 40 metros de altura y su interior se divide en cinco plantas

A mediados del siglo XIII y bajo el reinado del santo monarca Fernando, tercero de su nombre, la Reconquista experimentó un empuje como nunca antes se había visto hasta el extremo de que, en las postrimerías de ese siglo, la presencia de malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma quedó reducida al reino de Granada. Pero cuestiones geo-políticas aparte, a partir de mediado del siglo XIV la castramentación en los territorios también empezó a sufrir diversos cambios en base a una serie de factores, a saber:

1. Las fronteras con los territorios enemigos cada vez estaban más lejos, lo que hizo que se reformaran o se construyeran EX-NOVO las fortalezas destinadas a controlar los reinos peninsulares. Lógicamente, estos castillos adoptaron los usos arquitectónicos de la época, añadiendo a los mismos nuevos dispositivos defensivos surgidos por aquel entonces. Mientras tanto, las antiguas fortalezas que en su día habían formado la primera línea defensiva fueron abandonadas por carecer de utilidad militar y fueron desapareciendo con el paso del tiempo.

Torre del castillo de Villena (Alicante). Sobre el primer
cuerpo de tapial, el marqués de Villena, Juan Pacheco,
hizo construir otro más de mampostería. Dividida en 4
plantas, tiene una altura aproximada de 28 metros
2. Los nobles y las órdenes militares que ostentaban las tenencias, cuando no los mismos monarcas, tomaron estos castillos como lugar de residencia, lo que obligaba a construirlos con las comodidades y las dependencias necesarias, no solo para la guarnición, sino para la servidumbre y demás personal de tipo administrativo necesarios para el buen desarrollo de la cosa pública.

3. Mientras que el castillo de frontera seguía conservando su austeridad puramente militar, aunque con los añadidos adecuados para mejorar su capacidad defensiva, su tamaño y su morfología seguían siendo similares a los de antaño. Eran, por compararlos con un término actual, bases avanzadas donde solo vivían la guarnición y el alcaide. El tenente prefería mantenerse a una distancia razonablemente segura, o sea, lejos de la frontera, donde se estaba más tranquilo y era más improbable ver aparecer las jetas renegridas de moros cabreados con ansias homicidas.

4. Los reyes precisaban de poderosas fortificaciones para tener a raya a la levantisca y siempre ávida de poder nobleza hispánica, por lo que era imperioso disponer de buenos castillos guarnecidos con tropas y alcaides fieles a la corona porque los nobles, bien por su propia mano, bien alentando en la sombra rebeliones entre los pobladores de sus dominios, aprovechaban la más mínima oportunidad o signo de debilidad para chinchar a los monarcas a fin de mantener o aumentar sus privilegios.

y 5. El castillo se convierte en el símbolo del poder real, o sea, del estado, y para acojonar al personal nada mejor que plantarle en las cercanías una masa pétrea atestada de tropas dispuestas a someter por las malas o por las peores a los rebeldes, poner a los cabecillas de la asonada en manos de los corregidores regios y acabar la fiesta ahorcándolos si eran plebeyos, poniendo sus cabezas en el tajo si pertenecían al estamento noble o bien manteniéndolos a buen recaudo en cualquier mazmorra si convenía mantenerlos vivos.

Típica distribución de una torre gótica cuyo
acceso está defendido por una ladronera, hay
más entrada de luz natural gracias a las ventanas
y los entresuelos suelen estar formados por
bóvedas de crucería.
Bien, ese sería, grosso modo, el contexto en el que se desarrollaron estas torres. Para hacernos una idea de las principales diferencias con las torres románicas echemos un vistazo al plano de la izquierda, donde se han señalado las características más reseñables. En primer lugar debemos resaltar el engrosamiento de los muros, que pasaron de las típicas dos varas castellanas (167 cm. aprox.) que vemos en la mayoría de los castillos anteriores a la época que nos ocupa, a los 2, 3, y en algunos casos incluso más metros de espesor (los de la  torre de Chinchilla por ejemplo medían 4 varas, o sea, 3,34 metros). El motivo es más que evidente: a partir del siglo XIV la artillería demostró que su poder destructivo superaba con creces al de los fundíbulos, manganas y demás tormentaria. Por otro lado, su altura y su superficie también aumentaron de forma notable. Ante las dos plantas- baja y primera- de las torres románicas, nos encontramos con edificios de entre dos y cinco plantas que alcanzaban alturas de más de 30 metros, y en algunos casos, como la torre del castillo de Beja, en Portugal, los 47, siendo la torre del homenaje más alta de Europa. Obviamente, este aumento de altura implicaba convertirse en un objetivo más fácil para las rudimentarias bombardas y culebrinas de la época, pero en algunos casos se contrarrestó este inconveniente "enterrando" los castillos construidos EX-NOVO en fosos muy profundos. De ese modo se reducía la silueta del mismo, pero en caso de querer asaltarlo la altura a franquear era igual o superior a la de un castillo románico.


La pasarela de fábrica es posterior al castillo que, en origen
disponía de un puente levadizo
Un buen ejemplo lo podemos extraer del castillo de Chinchilla de Montearagón, que fue prisión del malévolo César Borgia y que vemos en la foto de la derecha. Este foso tenía "dos picas de profundidad y 27 pasos de ancho" (unos 11 metros de hondo por unos 37 de ancho), a los que habría que sumar la altura de la muralla a contar desde el borde del foso. Además, como se aprecia en la imagen, la base de la muralla se excavó en la roca viva dándole a la escarpa forma de talud o rebotadero, lo que obligaba a usar escalas aún más largas para alcanzar el parapeto si es que lograban colarse en el foso, que ya de por sí era una proeza ya que tendrían que usar las mismas escalas destinadas al asalto para bajar al mismo, y todo ello bajo el fuego intenso por parte de los defensores.


Otras característica de estas torres es el uso de ventanas, geminadas o con arcos de diversos tipos, que permitían la entrada de luz natural y una mejor aireación de las cámaras. Para impedir la entrada de bolaños o cualquier otro tipo de proyectil se protegían con sólidas rejas trabadas como ya se explicó en su momento. El engrosamiento de los muros permitió la construcción de tabucos ventaneros, los típicos "cortejadores" donde los habitantes de la torre podían dedicarse a chismorrear o a sus aficiones durante los ratos de ocio sin tener que estar supeditados a todas horas a la tenue luz de un candil o una vela. El que vemos en la foto corresponde al castillo de Feria (Badajoz), y en la misma podemos apreciar el enorme grosor del muro de la torre. Por cierto que para chafar al cuñado inquieto que no sabe por dónde atacarnos durante una de estas visitas castilleras, si nos preguntan si se usaba cristal para las ventanas la respuesta es que no. Por aquel entonces se recurría a finísimas láminas de alabastro o vitelas que dejaban pasar la luz si bien un tanto tamizada, pero menos da una piedra.


También se fueron dejando de lado las escaleras de tiro recto siendo más habituales las de caracol, bien aprovechando el grosor del muro o un borje adosado a la muralla. La que vemos en la foto, correspondiente al castillo de Estremoz (Portugal), muestra claramente su morfología. Estas escalera tenían la ventaja añadida de que dificultaban enormemente el paso a una fuerza atacante, que se vería obligada a subir uno tras otro debido a lo angosto del espacio disponible, lo que las hacía fácilmente defendible. De hecho, un hombre armado con una alabarda o una bisarma tendría bastantes dificultades para ascender por un sitio tan estrecho y de escasa altura, que casi no dejaría espacio para manejar el arma mientras subía los altos peldaños. Además, se veían con el inconveniente añadido de que en cada piso se cerraba una gruesa puerta de roble bien atrancada con su alamud que eran imposibles de derribar como no fuera con un pequeño ariete, y por una escalera así era impensable acarrear uno. Solo quedaba la opción de intentar prenderle fuego.


Su mayor superficie hizo posible que las cámaras de estas torres fueran mucho más amplias, y en algunos casos incluso se compartimentaban distribuyendo varias dependencias en cada planta. En la foto vemos una de las cámaras de la torre del castillo de Santa María da Feira, en Portugal, cuya alta bóveda ojival permitía incluso desdoblarla y construir un sobrado tal como sugieren los mechinales que vemos en el muro y donde se empotrarían las jácenas que sustentaban un entresuelo de madera. Esa planta superior podía usarse como almacén, alcobas o dependencias para el servicio. Al fondo vemos una chimenea mural, que aparecieron a lo largo del siglo XIII y que permitió prescindir de los braseros que llenaban las dependencias de humo hasta hacer el aire irrespirable debido, precisamente, a la ausencia de ventanas. Como vemos, estas torres podían ser perfectamente el alojamiento de un noble de alto rango o de una testa coronada y, además, a toda la familia en pleno menos a sus cuñados, que obviamente eran enviados a la pocilga del castillo.


Y precisamente porque las torres góticas se convirtieron en vivienda de gente de postín se generalizó la construcción de letrinas. Obviamente, ver a todo un conde o incluso a un rey galopando hacia las cuadras con la jeta desencajada por un repentino apretón estaba feo y atentaba contra su dignidad, así que lo más adecuado era, aprovechando sus gruesos muros, construirles una letrina para que pudieran dar de vientre mientras releían la correspondencia o atendían asuntos de estado con sus secretarios esperando fuera. Un buen ejemplo lo tenemos a la derecha. Se trata de la letrina del castillo de Peñafiel (Valladolid), situada en un descansillo entre dos plantas. En su época disponía de una puerta, así como de un asiento de madera con su orificio correspondiente. El contenido del intestino grueso o la vejiga del personal iba a parar a la liza, donde imagino que circularía poco personal, y si lo hacía sería mirando hacia arriba por si acaso. Ojo, no en todas las torres góticas veremos letrinas, en cuyo caso cabe suponer que seguían recurriendo a orinales y similares que los criados se encargarían de vaciar donde fuese más adecuado. Por otro lado, puede que encontremos alguna en un castillo románico como el de Loarre, pero en ese caso lo más probable es que sea producto de una reforma posterior en el tiempo. Recordemos que estos edificios eran sometidos a constantes reparaciones y obras para adaptarlos al uso más idóneo según la época. Por cierto, un detalle que posiblemente le haya asaltado a más de uno. Es raro ver las solerías originales, por lo general desaparecidas hace la torta de años debido al expolio. Cuando vean esos suelos terrizos se preguntarán con qué ensolaban los suelos, y la respuesta es bastante simple: por lo general, grandes losas de piedra de mayor o menor calidad y, con mucha más frecuencia, ladrillos de adobe o toba colocados a espina de pez o a soga y tizón.

Bien, con lo explicado ya podemos hacernos una idea de las condiciones de habitabilidad de las torres góticas que, como salta a la vista, eran en todos los sentidos muy superiores a las austeras torres románicas que vimos en el artículo anterior. Pero lo más importante eran las mejoras a nivel defensivo, que convertía estas torres en castillos dentro del castillo de forma que apoderarse de una por las bravas era muy difícil salvo que se dispusiera de artillería para bombardearla hasta reducirlas a escombros o bien logrando la rendición de sus defensores. Veamos los dispositivos de defensa más relevantes...


Ante todo, la ladronera. Por lo general, todos los accesos e incluso los costados de las torres tenían confiada la defensa en vertical a las ladroneras, que permitían cubrir los ángulos muertos en el instante en que el enemigo lograra aproximarse al muro de la torre. En cuando intentasen derribar la puerta, una buena rociada de cuadrillos de ballesta o una cálida ducha de brea puesta a hervir en la chimenea del salón solían ser lo suficientemente persuasivas como para hacer desistir a los enemigos más enconados. El que vemos en la imagen protegía la puerta del castillo de Fregenal de la Sierra, y su parapeto aspillerado permitía además hostigar a los asaltantes que se aproximasen al recinto antes siquiera de lograr acercarse al muro. Por lo demás, el ángulo de tiro de un agresor era en la práctica nulo para intentar colar un virote entre las ménsulas e introducirlo al interior.


Era habitual que los accesos ya no se abrieran a varios metros de altura, sino a nivel del suelo. Otra opción era abrir un acceso al nivel del suelo para la cámara de la planta baja y otro elevado para la zona, digamos, privada, al que se accedía por un vano situado al nivel del primer piso y al que se llegaba por lo general a través de una pasarela levadiza conectada con el adarve. Obviamente, una puerta a nivel del suelo disponía de medios para defenderla además de una ladronera. En casos así era habitual anteponer una camisa o un muro diafragma que incluso podría reforzarse con un pequeño foso franqueable mediante un puente levadizo. En ese caso, y para mantener a los enemigos a raya, se distribuían por el interior del muro varias cámaras de tiro desde donde se podía asaetear o  abrasar a tiros al que se acercase. En las fotos tenemos dos ejemplos. A la izquierda tenemos el foso que defendía el muro diafragma que separaba la torre del castillo de Peñafiel del patio de armas sudeste. Provisto de unas acentuadas escarpa y contraescarpa de piedra sería muy difícil intentar trepar por ellas. En su día el acceso se realizaba mediante un puente levadizo. No obstante, a la primera planta se accedía por otra puerta desde el adarve. A la derecha tenemos un caso similar, en este caso en la alcazaba de Alcalá de Guadaíra, concretamente a la zona palaciega construida por los Ponce de León en el siglo XV. Como vemos, una camisa con varias troneras precedida de un foso hoy día casi cegado complicaban bastante asaltar el recinto.


En la foto de la izquierda podemos ver un ejemplo de entrada baja y entrada a la primera planta, en este caso en el castillo de Chaves (Portugal). La planta baja tiene actualmente una corta escalera que, posiblemente, fuese labrada en algún momento posterior a la construcción de la torre, así como la apertura del vano de la puerta, siendo la original la que se abre en el primer piso y a la que se accede mediante una pasarela tendida entre dos balcones sustentados por ménsulas (flecha roja). En estos casos, como ya se comentó en la entrada sobre las torres románicas, la planta baja quedaría completamente aislada, sin ventanas ni aspilleras y usada como almacén. Por ello, antes de visitar cualquier castillo conviene ponerse al día en lo referente a sus distintas fases constructivas ya que puede inducirnos a error el ver una obra que creamos es original cuando, en realidad, igual procede de una restauración de hace 50 años y que se hizo para facilitar el acceso a los visitantes, como por ejemplo la puerta que abrieron para entrar directamente a la planta baja del castillo de Olvera, en Cádiz.


Y por fin llegamos a la estructura defensiva más característica de la torre gótica: la escaraguaita. La escaraguaita, como se explicó en su día, era un pequeño cubo macizo sustentado por ménsulas o lámparas aboceladas que permitían flanquear la torre donde se situaban. Por lo general, estas pequeñas torres podremos verlas en las esquinas, con lo que serían cuatro en total, o con una más en cada cara de la torre, sumando un total de ocho si bien hay casos excepcionales como el castillo de Coca que da cabida a una pareja por costado más las esquineras, por lo que dispone de nada menos que doce. En puridad, su capacidad de flanqueo no es todo lo eficaz que pueda parecer tanto en cuando apenas sobresalen de los paramentos de la torre pero, no obstante, los parapetos amatacanados como los que vemos en la foto, correspondiente al castillo de Torrelobatón, permitirían la defensa en vertical del recinto.


Al ser enteramente macizas, el acceso a su pequeño terrado se realizaba mediante una escalera situada en la misma azotea como la que vemos en la foto. Con capacidad para no más de dos o tres hombres, desde las escaraguaitas podía intentar flanquear a posibles atacantes si bien, en más de un caso, su presencia obedecía más a cuestiones estéticas que meramente prácticas debido al mínimo ángulo de tiro disponible hacia la vertical. Por otro lado, en algunos castillos como el de la foto se sustituyó la merlatura original por un parapeto a barbeta abocelado que permitía un uso más eficiente de las pequeñas piezas de artillería emplazadas en las azoteas- falconetes, ribadoquines, versos, etc.- que lo tenían muy complicado para tener que variarlas de posición cada vez que había que apuntar a través de una almena. De ahí que los defensores que manejaban ballestas o arcabuces se vieran muy expuestos a la hora de asomarse para disparar, siendo preferible que se desplazaran a las plantas inferiores donde se abrían aspilleras o troneras. En otros casos y para impedir esa exposición cuasi suicida, se abrían troneras en los parapetos, pero su operatividad se limitaba a objetivos situados a cierta distancia por carecer de ángulo de tiro para disparos cercanos.


Una variante la tenemos en el uso de borjes esquineros que, además de su capacidad de flanqueo, actuaban como contrafuertes. En el caso de la foto, correspondiente al castillo de Fuensaldaña, están combinados con escaguaitas en cada costado de la torre. El resultado práctico de esta combinación es básicamente igual que en el caso anterior si bien el borje tenía una pequeña ventaja: impedía al enemigo colocarse en la misma esquina, donde podía obtener con facilidad un ángulo muerto que lo situase fuera de tiro. Sea como fuere, lo que sí podemos tener claro es que si hay un elemento que caracteriza a las torres góticas son precisamente las escaraguaitas y los borjes coronando sus altivas y desafiantes siluetas. Conviene añadir que es típico en este tipo de estructura en las fortificaciones peninsulares sobrepasar escasamente la altura del parapeto de la torre, mientras que en Europa es más frecuente que sean más altas. 


Castillo de Salses. Como salta a la vista, ya no tiene nada que ver con sus
ancestro bajomedievales
En fin, básicamente así eran las torres góticas. Con la llegada del siglo XVI y la cada vez más sofisticada artillería estos castillos quedaron más obsoletos que los balcones de palo. Las murallas altas y las torres aún más altas se acababan de convertir en grave inconveniente, por lo que llegó la hora de ir jubilando los castillos neurobalísticos para dar paso a las fortificaciones pirobalísticas, diseñadas con perfiles muy bajos y rodeadas de fosos anchos y profundos para ofrecer un blanco mínimo a la artillería enemiga. Un buen ejemplo lo tenemos en el castillo de Salses (actualmente en Francia), mandado construir por Fernando el Católico en un tiempo récord, entre 1497 y 1503 por el ingeniero castellano Ramiro López. Las altas torres se convirtieron en baluartes, y las torres del homenaje simplemente pasaron a la historia antes de que los bolaños de varios quintales disparados por las bombardas las demolieran en pocos días. 

Bueno, creo que no se me ha olvidado nada importante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

REJAS Y CANCELAS


CHIMENEAS Y TABUCOS


LAS LETRINAS


LADRONERAS

PARTES DEL CASTILLO: LA ESCARAGUAITA Y EL BORJE

TORRE DEL HOMENAJE. LA TORRE ROMÁNICA



La majestuosa torre del homenaje del castillo de Beja (Portugal). Con 47 metros de altura y tres plantas con lujosas
bóvedas de crucería, esta magnificente torre fabricada enteramente de mármol se construyó por orden de don Dinis en
1347. Para su defensa cuenta con una ladronera sobre la puerta de entrada y grandes ladroneras esquineras a la altura del
tercer cuerpo. Es de visita obligada si se anda por esa zona

sábado, 15 de febrero de 2020

TORRE DEL HOMENAJE. LA TORRE ROMÁNICA


Castillo de Guimarães, paradigma de las fortificaciones románicas con su poderosa torre del homenaje emergiendo en el
centro del patio de armas. Para acceder a la misma hay que cruzar una pasarela tendida entre la puerta y el adarve

Como vengo haciendo últimamente, estoy repasando los artículos más añejos de este insigne e ilustrativo blog (no, no tengo abuela, palmó la pobre hace la torta de años) porque, por razones obvias, muchos de ellos están pidiendo a grito pelado una actualización. En los albores de esta travesía virtual y debido a mi inexperiencia elaboraba unas entradas más escuetas que, debo reconocerlo, actualmente las veo poco enjundiosas. Una de ellas es la que se publicó un ya archilejano 6 de mayo de 2011 (carajo, como pasa el tiempo, blablabla, etc...) sobre la parte más importante de los castillos europeos, la torre del homenaje, y al releerla constato que, en efecto, necesita pero ya una puesta a punto tanto en lo concerniente al texto como a las ilustraciones, que por aquel entonces tenía que elaborar con el Paint, rudimentaria herramienta que solo permitía unos acabados bastante pobretones por no decir paupérrimos de solemnidad. Bueno, pues no me enrollo más y actualicemos lo concerniente a estas egregias y magnificentes torres. Hale, al grano...

Ante todo, debemos recordar que las fortificaciones árabes carecían de este tipo de torres. Los castillos que perduran en la Península, especialmente en España, construidos por los malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma y en los que vemos que se yergue una de ellas dominando el entorno es un añadido cristiano. Bien aprovechando una torre-puerta en recodo, bien modificando cualquier torre de flanqueo que se considerase adecuada o, más habitualmente, construida EX NOVO e integrada en el conjunto de la fortaleza. Un ejemplo lo podemos ver en la foto de la derecha, que corresponde al castillo de Burgalimar, en Baños de la Encina (Jaén), una fortificación milenaria cuyos orígenes se remontan a mediados del siglo X pero en el que, sin embargo, la torre del homenaje que vemos a la izquierda sobresaliendo de sus hermanas menores procede de una reforma del siglo XV, en pleno apogeo de los conflictos que padeció el reinado de Enrique IV el Pitopáusico. 

Patio de la Sima del castillo de Alcalá de Guadaíra (Sevilla). A la izquierda se
ven los restos de la vivienda del alcaide, y en el ángulo inferior parte de los
baños. La gran torre del centro no debe confundirnos ya que no era más que
la torre-puerta del recinto más antiguo
Está de más decir que el abominable cuñado que nos acompaña en la visita castillera ya estará incubando la pregunta con la que piensa que nos dejará en evidencia: ¿Y dónde se aposentaba entonces el alcaide de los castillos andalusíes? Entonces nos permitiremos una pausa para darle suspense a la cosa, lo miraremos de arriba abajo como quien mira a un paramecio acusado de malversar fondos de la charca pútrida donde habita y, poniendo jeta de dios pagano que contempla a los mortales desde el Olimpo, le daremos la respuesta a su pregunta: El alcaide vivía en dependencias construidas en el patio de armas, ciertamente más cómodas y acogedoras que las desafiantes pero, a la par, lóbregas torres cristianas concebidas más como último reducto defensivo que como vivienda. Y mientras se recupera del amago de accidente vascular-cerebral le pondremos algún ejemplo como el del castillo de Alcalá de Guadaíra, donde actualmente se pueden ver los restos de la casa donde vivía el alcaide, un espléndido "chalé" de casi 400 m² situada en el lado oeste del Patio de la Sima que, a todas luces, debía ser bastante más agradable que una torre y que tenía hasta un bonito patio porticado de unos 75 . De hecho, incluso se han descubierto al lado los restos de las instalaciones sanitarias de la fortaleza incluyendo baños y todo. 

Ceremonia en la que un vasallo presta pleito de homenaje a su señor natural.
Entre ambos, un secretario da fe del acto
Aunque algunos autores sugieren que el origen de estas torres fue importado por los cruzados desde Tierra Santa en base a los escritos de Procopio de Cesárea, la realidad es que más bien parece ser al revés ya que, desde tiempos anteriores a la Primera Cruzada, el concepto de torre del homenaje, keep o donjón era conocido en Europa ya que hay constancia de la existencia de este tipo de torres en el siglo X (véanse las entradas relacionadas que aparecen al final del artículo). En lo que a mí respecta, no hay lugar a dudas: las motas castrales, de donde proviene el concepto de torre señorial defensiva, existía antes de que el papa Urbano II predicase la Cruzada y gran parte de la nobleza franca y normanda se largara a Tierra Santa a escabechar malvados agarenos. El origen de los nombres que se le da a este tipo de torres tiene en todos los casos un motivo claro: en español es donde el señor feudal recibía pleitesía por parte de sus vasallos o donde un noble de rango inferior se ponía bajo la protección de uno superior mediante pleito de homenaje. En francés el término donjón proviene de DOMINVM, o sea, hace una clara evidencia al señor del castillo. Y en inglés, keep es “mantener”, “guardar”, lo que casa perfectamente con el cometido de estas torres: servir de alojamiento al señor comarcal y de refugio a su gente en caso de verse atacados.

En la foto tenemos un ejemplo que nos permitirá entender mejor esta tipología. En la misma vemos una empalizada fabricada con troncos afilados tras la cual discurre una pasarela de madera hace las funciones del adarve. A la torre se accedía mediante una simple escala de mano que era retirada desde el interior. Caso de contar con un foso, para acceder al recinto se solía recurrir a un puente levadizo accionado mediante cigoñales. La pasarela, una vez elevada, servía de puerta. La torre estaba fabricada con gruesos tablones de madera y cuyo diseño se regía por unos patrones bastante básicos a la vista de los escasos testimonios gráficos que han llegado a nosotros, como el Tapiz de Bayeux, porque, por razones obvias, ninguna ha sobrevivido para poder corroborar cual era su apariencia real. En cualquier caso, la que vemos es una reconstrucción bastante realista que muestra la simpleza de su morfología: sustentada por cuatro gruesos postes bien asentados sobre el terreno, una plataforma conformaba la planta inferior donde se abría la puerta de acceso. En sus paredes se abren una o más aspilleras para poder asaetear bonitamente al enemigo. La planta superior es de una superficie superior para que el suelo de su perímetro sirva de rudimentario cadalso. Si los asaltantes lograban superar la empalizada y se pegaban a la torre las aspilleras no servirían de nada, así que solo se les podía atacar desde la vertical. El conjunto está rematado por un tejado a cuatro aguas recubierto por lajas de pizarra.

En la ilustración podemos ver el sistema que seguían para
afianzar los postes: en un hoyo de la profundidad deseada
se colocaba una piedra plana que actuaba como base para
impedir que el peso del edificio los hundiese, tras lo cual
se rellenaba con tierra y guijarros bien colmatados
Pero estas torres tenían muchos puntos flacos. De entrada, la madera estaba sometida a la acción de parásitos, que la podían arruinar en poco tiempo, así como de las inclemencias meteorológicas. Pero lo peor era la evidente combustibilidad de los materiales que, en caso de asedio, podían convertirla en una pira con una simple andanada de flechas incendiarias o mediante una pella ardiente empapada en brea o azufre lanzada por una mangana. Para prevenirlo se recurría a revocar las paredes con yeso. No obstante, y a pesar de sus defectos estructurales, la silueta de estas rudimentarias fortificaciones coronando las motas europeas fueron durante muchos años el símbolo del poder político y militar de la nobleza. En definitiva, cuando estas torres pasaron de ser unos edificios aislados y formaron parte de un conjunto fortificado, la torre del homenaje se convierte, además de en la vivienda del alcaide de la fortaleza, en el último reducto defensivo tanto para él como para la guarnición del castillo. Por ello, era la torre más fuerte y mejor dotada para la defensa. Era el corazón del castillo. Si la torre del homenaje caía, la fortificación se había perdido.

Castillo de Magaña (Soria), que muestra una torre del homenaje bajo-
medieval como las que vemos en la mayor parte de los castillos españoles.
Como podemos apreciar, es un edificio muy sólido, de gruesos muros y
con pocos vanos de pequeño tamaño para impedir que puedan entrar
proyectiles desde el exterior. Las cámaras de estas torres apenas tenían
luz natural, y la iluminación dependía siempre del uso de candiles
En la Península, la torre del homenaje, macho, caballero o, como las llaman en Portugal, torre de menagem, existieron hasta que los castillos medievales cayeron en la obsolescencia y fueron definitivamente abandonados a favor de las fortificaciones pirobalísticas. No obstante, cada época ha conocido un estilo diferente, siendo en algunos casos modificadas con el paso del tiempo para adaptarlas a las necesidades del momento. En otros casos, las más antiguas fueron demolidas en algún momento de la historia para, sobre sus cimientos, edificar una nueva torre. La torre del homenaje era por lo general la única dependencia habitable fabricada de obra. Solo con la llegada de los grandes y complejos castillos góticos se empezaron a edificar cuarteles, almacenes y demás dependencias de piedra o ladrillo. En ellas se almacenaban provisiones, armas y, por encima de todo, agua ya que, caso de tener que convertirse en el último reducto defensivo y con el castillo lleno de enemigos, sin el preciado líquido la resistencia no se alargaría más de tres o cuatro días. De ahí que, en muchos casos, encontremos cisternas en el subsuelo de las torres, así como sobrados o sótanos con capacidad para disponer de vituallas para meses. Veamos pues la tipología de las que dedicamos el artículo de hoy: la torre románica

Si alguien piensa que ser el tenente o el alcaide de uno de estos castillos era un chollo, se equivoca. Y no ya porque sus rentas o su paga fueran mayores o menores, o sus posibilidades de medrar fueran muchas o pocas, sino porque vivir en el macho de un castillo románico era lo más parecido a habitar en una lóbrega mazmorra. No obstante, si comparamos el vivir en una torre húmeda y oscura con el sobrevivir en una palloza con todos los miembros de la familia amontonados y durmiendo junto a las acémilas para tener un poco de calor, la perspectiva de la torre ya no es tan terrorífica. 

La torre románica, presente en las fortificaciones ubicadas en el tercio norte de la Península, era por lo general un edificio muy básico y carente de cualquier elemento que se aproximase, no ya al refinamiento, sino incluso a lo que hoy día entendemos como comodidades básicas. De entrada, la mayoría no tenían siquiera chimeneas, obteniendo el calor de braseros que llenaban la cámara de humo y que debían convertir el ambiente en irrespirable. A ello, añadir que tampoco solían tener ventanas, por lo que la renovación de aire y la entrada de luz estaban encomendadas a la puerta de acceso y a las angostas aspilleras que había en cada planta y que en invierno eran un coladero de viento gélido. Las necesidades fisiológicas se hacían en las cuadras ya que carecían de letrinas, y el mobiliario se limitaba a la cama, algún baúl, una mesa y algunos taburetes o jamugas. Y, si acaso, algún repostero para intentar aminorar la humedad que salía de los gruesos muros. Por lo general, los accesos solían estar separados del suelo varios metros a fin de dificultar la entrada al interior de la torre en caso de verse invadidos. En ilustración superior vemos un par de ejemplos bastante habituales: a la izquierda tenemos el más básico, que consta de una entrada a la que se llega mediante una escala de mano que era retirada desde el interior de la torre. A la derecha aparece un ejemplar provisto de un patín, que es la escalera de obra que llega a la puerta. El patín podía discurrir adosado al muro de la torre, como aparece en la ilustración, o bien paralelo al mismo pero separado un metro o algo más a fin de hacer aún más compleja la entrada. Para cruzar se servían de una pasarela que, como en el caso de la escala vista anteriormente, era retirada hacia el interior de la torre, o bien mediante un pequeño puente levadizo. 

Otra opción era servirse de escaleras similares a los patines de obra pero fabricados con madera. Es fácil saber si una torre en la que no hay patín de obra se usó una escala o una escalera para acceder a ella: las que usaban escala carecen en la fachada de mechinales en los que se empotraban las vigas que sustentaban la escalera. En todo caso, los accesos podían ser más variados si bien los mostrados son los más habituales. Así pues, tenemos torres a las que se accedía mediante una pasarela o un puente, pero desde el adarve. En otros casos, si la torre no estaba aislada en el patio de armas, o sea, integrada en la muralla, se podía llegar a ella a través del adarve, tal como vemos en la ilustración superior. Según vemos en el plano de planta, la torre corta el adarve lo cual era especialmente ventajoso en caso de que el enemigo lograra rebasar la muralla ya que, si desconocían la distribución interior del recinto, podían verse bloqueados. Esta torre, que actúa como elemento flanqueante, dispone de aspilleras orientadas para batir la muralla, para hostigar al frente e incluso mirando hacia el patio de armas por si el enemigo invadía el interior de la fortaleza. Obviamente, desde la azotea de la torre también podía hostigarse al enemigo arrojando piedras, brea hirviendo, arena caliente o disparando virotes de ballesta.

Bien, así era la apariencia exterior de las torres románicas, pero, ¿cómo eran por dentro? En el plano de sección de la derecha podremos verlo perfectamente. Esta tipología no alcanzaba la esbeltez ni la altura de las torres góticas, y su superficie era más bien modesta. El interior estaba generalmente compartimentado en una planta baja (al decir planta baja debemos entender que era la planta al nivel del acceso) que, caso de estar sobreelevada, disponía de una planta inferior a modo de sótano que podía tener usos diversos, si bien lo habitual es que se habilitara como cisterna o como almacén. Muchas torres románicas contaban solo con estas dos plantas, por lo que la planta “baja” era a la vez la alcoba del alcaide y la estancia donde despachaba sus asuntos. En otros torres podremos encontrar con una planta más, por lo que la superior sería la alcoba y la inferior la dependencia de trabajo. En el detalle inferior de la derecha tenemos el aspecto de una torre con el patín exento y pasarela que mencionamos anteriormente, y en la parte superior una última opción que también podemos encontrar con frecuencia: el cuerpo inferior de la torre es simplemente macizo como prevención ante los efectos de máquinas de batir como arietes o trépanos. Esta morfología es habitual en las torres adosadas a las murallas que son las que, obviamente, pueden ser ofendidas por el enemigo. De ahí que sean las torres exentas aisladas en los patios de armas las que suelan tener el cuerpo inferior hueco. Y una advertencia final, y es que nadie fantasee cuando vean un hueco en el suelo dando por sentado que es la siniestra y lóbrega mazmorra del castillo. En los castillos que se suelen visitar serán más bien cisternas o silos, como ya se explicó en su día acerca de este tipo de dependencias supuestamente carcelarias.

Veamos algunas fotos que nos permitirán hacernos una clara idea de todo lo expuesto. En la imagen de la izquierda tenemos la torre del castillo de Sortelha, expresión de lo más básico que se puede construir. La torre se yergue sobre una masa granítica que emerge en el interior del pequeño patio de armas de la fortaleza. Construida enteramente de sillería bien escuadrada, el acceso al interior se realizaba por la abertura que se ve en el costado izquierdo del edificio. Dicho acceso da a la única cámara de la torre ya que, al estar construida sobre una base rocosa impenetrable, no podía contar con dependencias inferiores. Ante la ausencia de mechinales en la fachada donde se abre el vano podemos afirmar que para entrar se usaba una escala de mano que, como es lógico, solo sería retirada en caso de que unos hipotéticos asaltantes lograran desbordar a la guarnición, momento en que todos los defensores que aún estuvieran operativos se metían en la torre para establecer un último bastión defensivo de donde ya no saldrían salvo que llegase ayuda o acabaran rindiéndose antes de devorarse unos a otros o por carecer de agua.



Arriba tenemos otro ejemplo, en este caso de la torre del castillo de Monforte. La foto de la izquierda nos permite apreciar su acceso, a través del adarve. Así mismo, la flecha roja nos señala la hilera de canecillos que dieron sustento a un matacán que circunvalaba la torre si bien esto es un añadido posterior al trazado primitivo del edificio. Por otro lado, enmarcado en azul tenemos una hilera de canes que sustentaban el maderamen de una techumbre sobre la entrada, cosa bastante sensata en un lugar como ese en el que el mal tiempo y los crudos inviernos producen unos temporales de nieve y lluvia notables. Sobre los canes se aprecian los restos de una regola para impedir filtraciones en la unión entre la techumbre y el muro. Por lo demás, merece la pena reparar en el angosto vano de la puerta, por la que un hombre medianamente corpulento no puede entrar de frente. Esto no tenía otra finalidad, como era habitual, que dificultar el acceso. De nada servía una tromba de enemigos intentando invadir la torre si no cabían por la puerta más que de uno en uno. En cuanto a la foto de la derecha, nos muestra el interior de la torre, la cual contaba con dos cámaras más un subterráneo, que en realidad estaba por encima del nivel del suelo, destinado como almacén. La flecha roja marca la hilera de canes que sujetaban las vigas del entresuelo, y sobre la misma vemos la cámara de tiro de una de las aspilleras de la torre. En la cámara superior, destinada a vivienda, se permitieron el lujo de abrir en algún momento de su historia una ventana geminada.

Bueno, con esto ya tenemos más que actualizado parte del viejo artículo de hace varios años. Para no alargarme más, dejaremos las torres góticas para otro día, que por hoy ya he tecleado bastante, leches.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Magnífico ejemplar de torre del homenaje exenta, en este caso en el castillo de Melgaço, en el distrito de Viana do Castelo,
Portugal. Con la entrada de acceso situada en la primera planta, la cámara inferior era usada como almacén, y la segunda
planta como alojamiento para el tenente o el alcaide. Al fondo, delante de las escaleras, vemos el aljibe de la fortaleza,
excavado en la roca viva sobre la que se asienta todo el recinto.

miércoles, 12 de febrero de 2020

ASHIGARU, LA INFANTERÍA PLEBEYA


Contingente de ashigaru armados con lanzas. Estas tropas, surgidas de los campesinos del más bajo nivel social,
lograron convertirse en piezas fundamentales en los ejércitos de los daimyo

Cuando vemos una película ambientada en el Japón medieval, puede que muchos piensen que los ejércitos que aparecen en las batallitas que tienen lugar se nutrían exclusivamente de samurai. Total, todos llevan armaduras, todos llevan en la espalda el sashimono que los distinguía de las tropas enemigas y todos usaban un armamento similar. En resumen, la impresión que dan es que en Japón había más samurai que políticos en España ya que había suficientes para formar mogollón de ejércitos de miles de hombres con los que los daimyo se dedicaron durante décadas y décadas a masacrarse bonitamente. Sin embargo, la realidad es que los efectivos de samurai con pedigree eran los menos, afirmación ante la que cualquier cuñado ahíto de documentales de Canal Historia levantaría la ceja perplejo. ¿Quiénes formaban entonces el grueso de los vistosos ejércitos nipones? Pues los ashigaru que ya mencionamos en la entrada anterior. Los "pies ligeros" que eran básicamente una réplica de los milicianos medievales europeos, o sea, campesinos que acudían a la llamada de las armas para sumarse al pequeño contingente de samurai para defender el territorio o bien hacerle una visita al daimyo vecino y dejarle el cortijo arrasado hasta los cimientos. Veamos pues en qué consistían los ashigaru y como, con el paso del tiempo, se acabaron convirtiendo en unos elementos fundamentales en los ejércitos de la época.

El emperador Tenmu (c.631-186)
La necesidad de formar ejércitos razonablemente numerosos contando con la población ya la planteó el emperador Tenmu a principios de su reinado, a partir del último cuarto del siglo VII. Pero por aquel entonces el estado no disponían de infraestructuras ni medios para establecer un sistema de reclutamiento, y menos aún para controlar que los llamados a filas acudieran en su momento a prestar servicio militar. El pueblo se preocupaba más por dedicar todos sus hombres útiles a sus labores, y el personal pasaba del tema y desertaban sin que nadie pudiera evitarlo. Total, que a la vista del fracaso obtenido por lograr disponer un ejército como Buda manda, Tenmu les hizo dos higas y se olvidó del tema. Así pues, se tuvieron que conformar con recurrir a los terratenientes con medios económicos suficientes como para disponer de un caballo y armas- los primeros samurai- y que además pudieran aportar campesinos de sus tierras o incluso aumentar sus efectivos contratando los de otros dominios. 


Genin escoltando a su señor. Como vemos,
está provisto de armadura y va armado con
espada y naginata cuya hoja lleva cubierta
con una funda de cuero
Los que por lazos de parentesco y fidelidad al clan del samurai eran considerados como hombres de confianza eran denominados genin, asistentes del guerrero, cuya misión principal era transportar toda la impedimenta del samurai al que servían y, llegado el caso, prestarle su ayuda en el campo de batalla si la vida de este corría peligro. Además, debían ir recolectando las cabezas cortadas por su señor para la ya conocida ceremonia de presentación tras la batalla para darse postín y tal. Hay que considerar que, en aquella época y según el código de conducta de estos probos orientales, la guerra era una especie de duelo personal entre los samurai de un bando y otro, y no dos masas de combatientes que se abalanzaban como carneros en celo para darse estopa con saña bíblica. Si por su valor y dedicación se hacían merecedores de ello, un genin podía verse elevado al rango de samurai con lo que ello conllevaba. Pero el resto de la infantería estaba formada por labriegos cuya fidelidad era más que cuestionable, mal armados y peor entrenados, por lo que no era raro que si la campaña se alargaba más de la cuenta tomasen las de Villadiego y dejasen a su señor/contratador tirado. En realidad, estos hombres eran lo más bajo del escalafón social del Japón, gente sin los elevados principios morales y éticos y demás zarandajas a los que les daba una higa todo lo que no fuera intentar trincar algo de botín si, tras la batalla, su bando era el vencedor. Así, no era raro que se dedicaran al pillaje e incluso a rematar a los samurai heridos para expoliarlos, robándoles sus armas, armaduras, etc.


De izquierda a derecha vemos a Noda Shirô, Koshirô Hyôgo y Kusunoki
Masatsura bajo una lluvia de flechas. Obviamente no salieron con vida
del brete
La primera vez que aparece en las crónicas el término ashigaru es en la batalla de Shijōnawate, librada en febrero de 1348 en el contexto de las Guerras Nanboku-chō que enfrentó a las dos facciones lideradas por sendos emperadores, el del Norte y el del Sur. En las crónicas de la batalla de cita a los shashu no ashigaru, que eran contingentes de arqueros que habían copiado el sistema mongol aprendido de estos cuando invadieron Japón un siglo antes. Hasta aquel momento el arquero por antonomasia era el samurai, cuya destreza con el arco era incluso más valorada que con la espada. Pero el samurai a caballo solo podía ofender a un enemigo en concreto, mientras que los shashu no ashigaru, disparando andanadas de flechas contra la masa atacante, especialmente la caballería enemiga, resultaban devastadores. La ilustración de la derecha nos muestra de forma bastante gráfica como la densa lluvia de flechas acabó dando la victoria a la Corte del Norte, con varios samurai muertos a causa de los proyectiles y a tres de sus líderes que no saben ya donde meterse para esquivarlos.


Ashigaru durante la Guerra de Onin. Como vemos, ofrecen
un aspecto deplorable, armados con simples cañas de bambú
afiladas e incuso uno que ha atado una hoz a una caña
En el sigo XV y tras el estallido de la sangrienta Guerra de Onin y el posterior Período de los Estados Combatientes en los que los daimyo acabaron con el bofuku de los shogun, estaba ya más que claro que la única forma de disponer de tropas suficientes era reclutando a campesinos que nutriesen de forma notable los ejércitos de los daimyo. Sin embargo, su fidelidad y su rendimiento en combate seguían siendo más que cuestionables. Si se les echaba encima la época de la cosecha se largaban sin dar explicaciones, su entrenamiento seguía siendo más que deficiente y, lo peor de todo, que no tenían el más mínimo reparo a la hora de cambiar de bando, y mientras una campaña la hacían bajo la bandera de una daimyo podían hacer la siguiente bajo la de otro si este les ofrecía unos jugosos incentivos. Como vemos, aumentar el número de efectivos de un ejército con semejante morralla no tenía mucho sentido, y la única forma de conseguir tropas fiables que, además, fuesen verdaderamente útiles en el campo de batalla era estableciendo lazos de fidelidad entre los daimyo y sus tropas y proporcionarles tanto las armas como el adiestramiento adecuados para hacer de ellos verdaderos soldados y no una banda de chusma dedicada ante todo al pillaje.


Dos armaduras originales de ashigaru del siglo XV. En el detalle central
vemos un tipo de protección más básico para la cara, consistente en un
protector de hierro que cubría frente y mejillas y se anudaba en el cogote
El primer paso para fidelizar a los ashigaru y, tanto o más importante, crear un espíritu de cuerpo, fueron las okashi gusaku, las armaduras en préstamo. Eran unas armaduras básicas, consistentes en una coraza o do lisa formada por láminas de hierro y provistas de faldones o kitsazuri que les protegían la parte superior de los muslos. Para protegerse los brazos usaban unas kote, unas mangas cubiertas en parte por placas metálicas, y las piernas se las protegían con suneate, unas grebas de hierro atadas sobre unas polainas de tela o kaihan. Para la cabeza era habitual el uso del jingasa, el típico sombrero cónico oriental que, en este caso, se fabricaba de hierro y se proveía de un cubrenucas de tela para proteger el cogote del sol si bien algunos se protegían con kabuto sencillos. Los daimyo con más medios económicos hacían pintar su mon en el peto, y algunos incluso mandaban lacar todas las armaduras del mismo color. De ese modo se lograba una uniformidad que siempre ayudaba a igualar a los hombres y aumentar los lazos que les unían a su señor.


Los tres tipos de armas en que se especializó la
infantería: lanza, arco y arcabuz
Con todo, la infantería de la época no solo se nutría de ashigaru, sino también de ji-samurai, hombres pertenecientes a un rango inferior a los samurai normales cuyos medios económicos les obligaban a trabajar a tiempo parcial como labradores y solo acudían a la llamada a las arma cuando el daimyo los convocaba. El constante y voraz afán expansionista de estos últimos obligó a muchos ji-samurai a optar por dedicarse por entero a la milicia o, por el contrario, pasar del tema y ejercer exclusivamente como granjeros. En caso de decidirse por la vida militar ingresaron en los ejércitos de los daimyo como ashigaru, abandonando sus aldeas y yéndose a vivir a los castillos de los grandes señores para sumarse a la guarnición de los mismos. Así, entre los ashigaru y los jin-samurai acabaron formando una competente fuerza de infantería que, además, se vio cada vez más especializada mediante la división de hombres en base al tipo de arma que usaban, arqueros, lanceros y, a partir de mediados del siglo XVI, arcabuceros. De hecho, estas tropas acabaron siendo decisivas en los campos de batalla hasta el extremo de que su importancia superaba notablemente a la de los samurai.


Arigashu pertenecientes al zori tori de un samurai cuidan y dan de comer
al penco de su señor. Como vemos, uno le ofrece el grano directamente
de su jingasa
Con los ashigaru ocurrió algo similar. Como su permanencia en filas se limitaba al tiempo de la campaña y, a pesar de los avances en los medios de reclutamiento, aún seguían alistándose los oportunistas de siempre que solo buscaban medrar a base de pillaje y expolio de cadáveres, los daimyo con medios suficientes se inclinaron por disponer de un contingente de ashigaru de élite que permanecían todo el año sujetos a filas. En realidad, para estos hombres era una oportunidad de mejorar su estatus social y olvidarse de acabar artríticos hasta la cejas por pasarse media vida en los campos de arroz. Los que lograban destacar y presentar alguna que otra cabeza a su señor tenían muchas opciones para ser elevados de rango y ser nombrados samurai, lo que conllevaba además obtener un feudo. El inicio de su carrera era como genin para, a base de méritos, lograr un puesto en el zori tori, un cuerpo de asistentes personales de un samurai de alto rango o el daimyo compuesto por sus ashigaru personales incluyendo el portador de sandalias- que aunque parezca una chorrada era uno de los cargos más anhelados-, el portador del yari, la lanza del señor, el del nobori, la bandera del mismo, y un ordenanza que igual valía como camarero, para ayudarle a armarse o para darle un masaje en el pescuezo con cremita y tal.


Teppo ko gashira con el bastón de bambú
propio de su rango. Lo que parece una ristra
de chorizos alrededor del cuello es en realidad
una bolsa con las raciones diarias de arroz
Los cuadros de infantería eran puestos bajo el mando de un samurai de confianza del daimyo que, por lo general, solía imponer una disciplina férrea entre su gente.  Estos samurai estaban distribuidos en una escala jerárquica perfectamente organizada para un mejor control de las tropas en el campo de batalla y, ante todo, organizar el entrenamiento que les permitiría rendir al máximo. Así pues, las unidades de ashigaru de un ejército estaban al mando de un arigashu taisho, hombres de la máxima confianza del daimyo ya que bajo ellos tenían tanto a los arqueros como los lanceros como los arcabuceros. Por debajo de ellos estaban los ashigaru  kashira, al mando de unidades equivalentes en efectivos a los de una compañía de infantería moderna, por lo general 150 hombres divididos en dos tipos de armas, V. gr. 75 arqueros y 75 arcabuceros. Finalmente estaban los  los ashigaru ko kashira, lugartenientes de los anteriores  que tenían bajo su mando a 30 hombres. Otro oficial era el teppo ko gashira, encargado exclusivamente de las escuadras de arcabuceros formadas por cinco de ellos más un arquero cuya misión eran mantener un mínimo de potencia de fuego o alejar a posibles enemigos mientras que sus compañeros recargaban. El distintivo de mando de los ko gashira era una caña de bambú por lo general lacada de rojo a modo de bastón de mando en cuyo interior llevaba una baqueta especialmente sólida para usarla como repuesto en caso de que a alguno de sus hombres se le partiera la suya. 


Escuadra de arcabuceros protegidos por manteletes. Estas unidades
se convirtieron en armas decisivas a partir de mediados del siglo XVI
Este elevado nivel de especialización se logró por mediación de Toyotomi Hideyoshi, cuyo padre había servido como ashigaru bajo Oda Nobuhide, padre de Oda Nobunaga, pertenecientes al famoso clan de daimyo de la provincia de Owari. Hideyoshi, que logró unificar el Japón durante el período Sengoku, tenía bastante claro que si permitía que otros daimyo lograban acumular tropas bien armadas y entrenadas como habían hecho Nobunaga, jamás lograría someter a los poderosos señores feudales deseosos de adueñarse de los territorios de sus vecinos y más allá. Así pues, en 1588 emitió un edicto, la Caza de las Espadas, mediante el cual los ashigaru que se enrolaban a tiempo parcial tenían prohibido abandonar los campos y portar armas. Por lo tanto, los daimyo se veían en la coyuntura de sumar el máximo posible de campesinos a sus ejércitos a costa de dejar los campos abandonados, lo que no se podían permitir porque eran la base del sustento tanto familiar como del personal a su servicio y sus tropas. 


Samurai rodeado por su guardia personal formada por otros samurai de rango
inferior y ashigaru. A los lados se pueden ver los porteadores que el Edicto
de Separación impedía usar como combatientes
No obstante, y precisamente para evitar maniobras por parte de los taimados daimyo que intentasen eludir la norma, Hideyoshi añadió en 1591 el Edicto de Separación, una segunda ley por la que se prohibía que los vasallos de los señores feudales cambiasen de estado. O sea, que un campesino ya no podría dejar de serlo bajo pena de muerte de la misma forma que un ashigaru no podía volver a sus labores rurales. Por lo tanto, los campesinos solo podían servir en un ejército como trabajadores, es decir, ejerciendo de porteadores, forrajeadores, carpinteros, leñadores o, en resumen, cualquier actividad que no implicase tomar las armas. Takeda Shingen llegó incluso a hacer uso de sus mineros- su clan explotaba varias minas de oro- para usarlos como tuneladores durante los asedios para minar las muralla, así que ya vemos que siempre hubo opciones para sacarles provecho a los currantes de cada feudo si bien para cuestiones puramente militares estuvieron vedados para siempre. 


Ashigaru portando el hata jirushi y el uma-jirushi de su señor.
Esto suponía un gran honor para los miembro del zori tori
El sucesor de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu, pudo llegar a culmminar la implantación definitiva del Edicto de Separación, labor que no fue nada fácil precisamente por las constantes fullerías de los daimyo para escaquearse de la norma. Pero por aquel tiempo, los ashigaru ya habían logrado ascender de estatus, siendo considerados como samurai de rango inferior. Su nivel de especialización permitió incluso establecer sistemas de respuesta rápida en cuanto algún señor tenía noticia de que sus dominios estaban bajo amenaza. Para ello, desde antes de la Caza de las Espadas los ashigaru acudían a sus labores cotidianas en el campo dejando las lanzas clavadas en el suelo junto a un par de sandalias de paja, pendientes del sonido de la horagai, una bocina hecha con una caracola que era la señal de acudir a los puntos de reunión y aprestarse a la defensa. Takeda Shingen estableció incluso un sofisticado sistema de atalayas de madera conocidas como noroshi, que eran unas torres en cuya parte superior se suspendía un recipiente con material combustible que se elevaba sobre un mástil y que era visible a gran distancia. O sea, un sistema básicamente idéntico al de las almenaras hispanas. Estas noroshi estaban distribuidas por toda la frontera de su feudo y llegaban hasta Kofu, la capital del mismo, siendo complementadas por mensajeros a caballo que recorrían una determinada comarca para poner sobre aviso al personal. Con este sistema, Takeda podía multiplicar por diez los efectivos de las guarniciones permanentes de sus castillos en muy poco tiempo. Ese tipo de actuaciones fueron precisamente las que obligaron a Hideyoshi y a su sucesor Ieyasu a imponer el Decreto de Separación, porque de no ser así cualquier daimyo podía formar un ejército de miles de hombres entre sus tropas fijas y las provisionales sacadas de los campos de arroz.

Bien, con esto ya podemos hacernos una idea de qué fueron los ashigaru y de la importancia que llegaron a tener pese a surgir de simples campesinos. Para lo referente a los distintos tipo de tropas y su organización ya dedicaremos otro artículo para poder estudiarlos con detenimiento.

Bueno, de momento vale por hoy.

Hale, he dicho


Un samurai acosado por varios ashigaru dispuestos a dejarlo en cueros tras darle muerte. Los otrora invencibles
y respetados samurai acabaron siendo  muy a su pesar uno más en el campo de batalla ante una infantería capacitada