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| Gratificante ambiente laboral bajo tierra. Un lugar bien iluminado, con música de fondo, barra libre... |
La guerra de minas siempre ha sido una forma de combatir bastante asquerosilla, las cosas como son. No todos valen para enterrarse en vida en un túnel por el que tiene que caminar agachado o incluso inclinado como un nipón ante el mikado, respirando polvo, sudando como un pollo y notando la falta de oxígeno, y así durante horas. Y, cuando eran relevados, no los esperaba una espléndida ducha caliente con abundante jabón, champú anti caspa y colonia buena, ni tampoco un masaje tonificante para relajar los músculos contraídos por tantas horas adoptando posturas forzadas. Antes al contrario, una mera lavada de jeta con agua de ignota procedencia, una escudilla de rancho posiblemente frío, una rebanada de pan negro y, finalmente, desplomarse en el catre de campaña dentro de un refugio- también bajo tierra-, sin quitarse la ropa llena de mugre y arropado con una manta llena de piojos, a pesar de lo cual tardaban cosa de cuatro segundos en quedarse fritos. Los más heroicos aún le echaban ganas para escribir una carta mientras fumaban un cigarrillo o una pipa. Y no, no todos valían para zapador. Ni siquiera hombres que sobre el suelo se portaban como héroes eran capaces de soportar la claustrofobia y la incertidumbre constante por verse enterrados en vida por un derrumbe.
Y la cosa es que, contrariamente a lo que muchos piensan, los trabajos de zapa durante la Gran Guerra contaban con el apoyo de una tecnología bastante avanzada, producto del enorme auge de la minería industrial surgido durante la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX. A eso debemos añadir la gran cualificación de los geólogos y los ingenieros de minas que tenían los conocimientos necesarios para saber dónde se movían, cómo debían moverse y qué medios debían emplear para no sufrir un derrumbe nada más avanzar medio metro en la galería de ataque. Así pues, vamos derechos al
INTROITO
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| Hijos del padrecito Nikolái Aleksándrovich en una rudimentaria trinchera, pero trinchera al fin y al cabo |
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| Honolables guelelos del mikado en otra trinchera, esta más pulcra y mucho mejor diseñada, hasta con apoyos para el codo |
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| Galería tedesca. Estos probos homicidas tenían una técnica muy depurada para la cosa minera, al igual que para construir sus trincheras y fortificaciones |
fin del INTROITO
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| Zapadores zapando en la zapa. Miles de hombres sirvieron en ese destino tan desagradable |
Por otro lado, debemos dejar de lado la idea de que las labores de zapa tenían que llevarse a cabo por sistema en el más absoluto silencio. Había veces que sí, pero otras, la mayoría, pues no precisaban de tanta discreción por una razón bastante chorra: ambos bandos formaban un escándalo bajo tierra. Lo que sí hacían era diversificar el ruido para que el enemigo no pudiera adivinar tan fácilmente de qué dirección venía el túnel de ataque, por lo que se abrían varios ramales en los que se usaba maquinaria, perforadoras o se detonaban barrenos, volviendo locos a los escuchas que ya no sabían en qué dirección buscar. En la foto de la izquierda vemos a un gabacho (Dios maldiga al enano corso) con el audífono del geófono incrustado en la oreja a ver si pilla algo, aunque por su jeta impasible da la impresión de que no acaba de tener éxito. El cuñado del pico lleva previsto un respirador, no sea que un flujo de monóxido de carbono lo deje listo de papeles.
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| Vagoneta extrayendo cascotes de creta. Estos chismes eran bastante escandalosos bajo tierra |
Otro indicador consistía en mogollón de fulanos picando, lo que se traducía en que estaban cavando la cámara de hornillo. Había que fabricar un espacio amplio para dar cabida a la carga explosiva, y para eso no bastaban dos cuñados dándole a la piqueta. En la foto de la izquierda tienen a varios tedescos muy laboriosos bajo la atenta mirada de un suboficial haciendo sitio para petarlo de pólvora. Tanto picoteo mosqueaba si solo provenía de un sitio, pero si el ruido llegaba de cinco más ya no se sabía de qué iba la cosa. A veces, incluso se recurría a picos movidos mediante cables desde la boca de la mina. Se sujetaban por la base del mango en un soporte con un simple pasador que le permitiera oscilar, y solo había que colocarle una cuerda o un cable. Se daba un tirón y el pico se levantaba. Se soltaba, y el pico caía. Si ponías cuatro picos, pues eran cuatro fulanos en plena faena. Qué astutos, ¿no? También se recurría a barrenar el espacio requerido, lo que aceleraba el trabajo. Y, para disimular, pues la treta de siempre: detonar simultáneamente más barrenos en distintas galerías y en distintas direcciones para que no se pudiera localizar cuál era la peligrosa. Los gabachos probaron una perforadora diseñada por el Servicio Electromecánico de Versalles, el modelo Bornet, con capacidad para abrir un orificio de 15 cm. de diámetro. Una vez alcanzada la profundidad máxima, se cargaba con unos barrenos; una vez detonados, se proseguía haciendo agujeros hasta dar forma a una cámara de hornillo bastante decente, con capacidad para nada menos de 10 Tm. de explosivos.
En cuanto a la maquinaria, cada cual tenía sus preferencias. Los tedescos se inclinaron por la eléctrica, para lo cual disponían de baterías de generadores situadas en trincheras de apoyo cercanas a las bocas de las minas. Desde ahí se tendía una línea de cableado que era sepultado para no verse afectado en lo posible por un bombardeo, y a partir de ahí se tomaba un cable para cada herramienta o aparato: perforadoras, ventiladores, bombas de agua e incluso iluminación eléctrica, que era más guay que el farolillo tenebroso o la vela de sebo pobretona. A la derecha tenemos un ejemplo. Se trata de un martillo perforador para roca Siemens-Schuckert, un trasto bastante pesado que requería el emplazamiento de una columna hidráulica para sustentarlo. Para que se hagan una idea, funciona igual que una de esas Hilti que el simpático del vecino pone en marcha los domingos a las 8 de la mañana para dedicarse al bricolaje doméstico y, de paso, joderle el despertar a media calle. Para hacer perforaciones para barrenos, ya mostramos a un probo homicida mostrando uno de ellos en un articulillo anterior. Era un chisme idéntico a las típicas barrenas de carpintero, pero de un acero más resistente. Bastaba un orificio de unos 50 cm. para meter el petardo con su mecha, arrimarle un cerillo y alejarse a toda pastilla hasta que explotaba. Si se quería armar menos escándalo y el trazado del túnel se prestaba a ello, pues se introducían en la roca varios barrenos que eran detonados al unísono.
La versión gabacha la vemos a la izquierda. Un martillo perforador, pero neumático, como esos tochos que se usan para levantar el asfalto o las aceras y que ponen de los nervios a todo el vecindario durante las ocho horas en las que el currante, con los riñones convertidos en un amasijo carnoso, va sacando cachos de pavimento. La escena que muestra la foto corresponde al túnel Marchand, contra la posición tedesca de Courte Chausse en diciembre de 1915. La maquinaria que funcionaba mediante compresores era bastante eficiente y era también válida para la ventilación de las galerías. Por lo general, se usaban máquinas estadounidenses de la firma Ingersoll-Rand que ya era empleada en la minería industrial desde antes de la guerra. También emplearon equipos de excavación mecanizados diseñados por un tal Charles François Mascart, un ingeniero especializado en ese tipo de maquinaria. Por lo demás, los gabachos se vieron obligados a aumentar notablemente el uso de maquinas de este tipo ante la escasez de mano de obra cualificada, cosa que a sus amados aliados les sobraba porque, contrariamente a estos y a los tedescos, tenían mineros a cascoporro.
De hecho, los british probaron no pocos diseños para la perforación de túneles o la apertura de trincheras de aproximación, pero nunca obtuvieron resultados satisfactorios. Al final, y siempre fieles a sus tradiciones más acendradas, pues seguían recurriendo a los clay-kickers, los pateadores de arcilla que ya conocemos, y que cuando llegaban a la creta sustituían las palas por picos. En la ilustración vemos el trío básico: uno saca la pella de arcilla con la pala, otro va despejando el hueco echándola para atrás y, finalmente, otro la ensaca y la va apilando en una carretilla, de la cual tirarán sus cuñados cuando esté llena.
Y por mentar maquinaria chula, no se pierdan esa tuneladora usada por los austríacos. Nada que envidiar una tuneladora moderna, de esas que te cavan en dos días un túnel para el AVE. Lo malo es que solo funcionaba bien sobre creta. Si topaba con un estrato de arcilla la cosa ya no iba igual de bien, y si era arcilla húmeda se embotaba, formando una masa de barro en la barrena frontal y había que echar mano a las palas. En fin, ya vemos que no hay nada nuevo bajo el sol, y que las máquinas y herramientas que se usaban hace más de 100 años estaban totalmente operativas, y son prácticamente iguales que las actuales salvo que las modernas llevan una pintura muy chula, unos embalajes muy molones, manuales de instrucciones en 48 idiomas menos en español y, en algunos casos, baterías que permiten prescindir del enchufe y el cable que siempre queda corto.
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| Zapadores tedescos pelando cables para unir los detonadores |
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| Oficial british pendiente de la Hora H para darle caña al detonador que tienen delante de él |
Estos chismes también procedían del mundo civil, no habiendo una estandarización de los mismos. Cada unidad usaba los que les enviaban y santas pascuas, por lo que había mogollón de modelos circulando por ahí. A la derecha tenemos un Zundmaschine, uséase, un detonador tedesco. Esos chismes tenían menos mecanismos que un chupete. Observen: las flechas colorás marcan los bornes donde se conectarán los cables que van a los detonadores. La flecha amarilla marca un borne de prueba, por lo que antes de realizar la conexión definitiva colocamos uno de los cables en el mismo y damos corriente. En el extremo de los cables tendremos un aparatito que compruebe si la corriente llega o no. Si es que sí, pues se procede a usar los bornes "de verdad". Para cargarlo, se saca la llave de donde la vemos y la colocamos en el orificio con la flecha azulita y le damos cuerda. Cuando haga tope, el aparato estará listo. Cambiamos la llave de sitio, la giramos en sentido horario y "pum". Los más conocidos son esos de la marca ACME con la palanca descendente como los que usa el desdichado coyote intentando atrapar al correcaminos, ya saben, pero el funcionamiento es el mismo. Este que mostramos, al menos, tiene el borne de prueba, que no es plan de apretar la palanca en el momento clave y verse como el coyote, que explota el TNT cuando se acerca a ver qué leches ha pasado.
Y del ruido pasemos al silensio sepurcrá, como decimos por estos lares... El tema de las escuchas durante la zapa se lo tomaban muy en serio, como es lógico. Si uno tenía un chisme con el que podía oír los entresijos bajo tierra de la misma forma que el médico se entera de que tienes los bronquios hechos una mierda de tanto tabaco, pues sería de necios no aprovecharlo. A la izquierda tenemos un oficial de ingenieros gabacho enganchado a un geófono a ver si se entera de algo interesante. La importancia de estos aparatos no solo radicaba en la detección de actividad enemiga, sino también, como ya hemos comentado, en monitorizar sus hábitos de trabajo, horarios, tipos de máquinas o herramientas empleadas, barrenado de galerías, etc. Y para ello no solo usaban aparatos de diversa tecnología, sino incluso métodos más antiguos que la tos, como la captación de sonidos con recipientes de agua, el mismo que ya usaban los griegos 2.500 años antes pero adaptados a la época. En vez de observar las vibraciones producidas en el agua por los golpes de pico del enemigo, pues metían dentro del cacharro un micrófono. Ya saben que el sonido se propaga con más rapidez y distancia en el agua que en el aire. También usaban- tanto gabachos como british- una cantimplora francesa de metal a la que, simplemente, acoplaban el auricular de un estetoscopio corriente y moliente. Al parecer, los british eran especialmente entusiastas con este rudimentario sistema, ya ven... Estos fulanos, con tal de ir a la contra, hasta se dejan matar.
Con todo, los pioneros en la materia y los que usaban aparatos más eficaces eran, como no, los tedescos. Veamos los dibujitos de la derecha. En el A aparece un tedesco usando un Knieriem 1915-17, que consistía en una varilla de acero clavada en la pared del túnel. Las vibraciones que captaba eran amplificadas por un peso conectado a un micrófono eléctrico, las cuales eran escuchadas con los auriculares. Estos aparatos podían distribuirse en la mina, centralizándolos en un puesto de escucha con capacidad para hasta 10 micrófonos. Esto permitía, entre otras cosas, controlar al detalle la actividad enemiga para, una vez cargada y sellada la mina, calcular con bastante exactitud el momento más indicado para hacerla detonar. El B nos muestra a un zapador gabacho usando el geófono Sistema Perrin 1915, que funcionaba de una forma distinta al alemán. Este chisme, inventado por el profesor de física y química Jean Perrin, se valía de dos discos que vemos en el suelo y que estaban llenos de mercurio o plomo encapsulados entre membranas de mica, lo que amplificaba vibraciones mínimas que se escuchaban a través del estetoscopio. Entre los discos se colocaba una brújula para determinar de qué dirección provenía el sonido mediante triangulación. Los british también hicieron uso de este aparato, que era tan sensible que, si el operador se tumbaba en el suelo, escuchaba sus latidos, sus pulmones funcionando y el roce de la ropa contra el suelo. Ambos bandos hicieron uso de más aparatos producidos por otras firmas, pero los mostrados son los más reseñables y no es plan de enrollarme más de la cuenta.
Bueno, dilectos malvados, con esto concluimos. Nos ha faltado hablar de la cuestión respiratoria, pero creo que eso merece un articulillo propio porque es, quizás, el tema más desconocido acerca de la guerra de minas. Total, hasta los cuñados con el CI de un bonobo saben que son túneles que explotan, pero seguro que no saben un carajo de los entresijos aéreos bajo el suelo, de modo que de eso hablaremos en la siguiente entrada.
BENDICO VOBIS NOBILIS LECTORES
Hale, he dicho
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