viernes, 6 de noviembre de 2026

TÉCNICAS DE MINADO

 

Zapadores british (Dios maldiga a Nelson) posando para la posteridad en la boca de una mina. Aunque muchos crean que los túneles se cavaban a base de pico y pala, lo cierto es que se disponía de mogollón de tecnología para ello, procedente de las minas convencionales de la época

Gratificante ambiente laboral bajo tierra. Un lugar bien
iluminado, con música de fondo, barra libre...
La guerra de minas siempre ha sido una forma de combatir bastante asquerosilla, las cosas como son. No todos valen para enterrarse en vida en un túnel por el que tiene que caminar agachado o incluso inclinado como un nipón ante el mikado, respirando polvo, sudando como un pollo y notando la falta de oxígeno, y así durante horas. Y, cuando eran relevados, no los esperaba una espléndida ducha caliente con abundante jabón, champú anti caspa y colonia buena, ni tampoco un masaje tonificante para relajar los músculos contraídos por tantas horas adoptando posturas forzadas. Antes al contrario, una mera lavada de jeta con agua de ignota procedencia, una escudilla de rancho posiblemente frío, una rebanada de pan negro y, finalmente, desplomarse en el catre de campaña dentro de un refugio- también bajo tierra-, sin quitarse la ropa llena de mugre y arropado con una manta llena de piojos, a pesar de lo cual tardaban cosa de cuatro segundos en quedarse fritos. Los más heroicos aún le echaban ganas para escribir una carta mientras fumaban un cigarrillo o una pipa. Y no, no todos valían para zapador. Ni siquiera hombres que sobre el suelo se portaban como héroes eran capaces de soportar la claustrofobia y la incertidumbre constante por verse enterrados en vida por un derrumbe. 

Y la cosa es que, contrariamente a lo que muchos piensan, los trabajos de zapa durante la Gran Guerra contaban con el apoyo de una tecnología bastante avanzada, producto del enorme auge de la minería industrial surgido durante la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX. A eso debemos añadir la gran cualificación de los geólogos y los ingenieros de minas que tenían los conocimientos necesarios para saber dónde se movían, cómo debían moverse y qué medios debían emplear para no sufrir un derrumbe nada más avanzar medio metro en la galería de ataque. Así pues, vamos derechos al 

INTROITO

Hijos del padrecito Nikolái Aleksándrovich en una
rudimentaria trinchera, pero trinchera al fin y al cabo
Aunque se considera la Gran Guerra como el primer conflicto estático, lo cierto es que el ensayo para este nuevo tipo de movida se dio en la Guerra Ruso-Japonesa librada entre 1904 y 1905 entre los hijos del padrecito Nikolái Aleksándrovich Románov y los honolables guelelos del mikado Mutsuhito. Concretamente en Mukden, una población de Manchuria, se produjo un estancamiento en un frente de 64 km. donde los nipones ya hicieron sus pinitos mineros, si bien  bastante birriosos, a nivel local y de magros resultados. ¿Y para qué?, se preguntarán vecedes. Bueno, ya lo hemos comentado en alguna ocasión, pero lo repetimos: si un ejército carece de artillería lo suficientemente potente como para destruir las fortificaciones enemigas desde arriba, lo intenta por abajo. En aquella época no se podían lanzar 10 o 20 Tm. de explosivos en dos minutos, pero sí se podía volar la misma cantidad en un segundo, y con unos efectos bastante contundentes.

Honolables guelelos del mikado en otra
trinchera, esta más pulcra y mucho mejor
diseñada, hasta con apoyos para el codo
Los observadores militares enviados por las potencias occidentales a contemplar la fiesta se quedaron un poco perplejos ya que se consideraba la guerra de minas como algo totalmente obsoleto, y añadieron en sus informes a los estados mayores la ocurrencia de los honolables guelelos. No obstante, los british, que como siempre tienen que nadar a contracorriente del resto del planeta, se negaban a aceptar que una fortificación de campaña- léase trincheras, alambradas y fortificaciones ligeras- no se pudieran tomar mediante un asalto de infantería, aunque un 80% de la infantería se quedase tirada en la tierra de nadie, segada por las ametralladoras y el fuego de barrera. De hecho, en su manual "Ataque y Defensa de Fortalezas" emitido en 1910, afirmaban rotundamente que eso de las minas era cosa de la Edad Media, y que la infantería podía solventar el problema sin problema, y que las alambradas no eran ningún problema. El que los bajó del limbo fue el teniente coronel Robert Harvey, de la Escuela Británica de Ingeniería Militar, que les hizo ver que una posición bien fortificada a base de alambradas impenetrables era perfectamente defendible solo con el fuego de las ametralladoras, y que si no se disponía de artillería suficiente no quedaba otra que minarla para borrarla del mapa. Basta recordar las tremebundas escabechinas perpetradas por el fuego cruzado tedesco años más tarde, cuando liquidaban compañías enteras antes de haber tenido tiempo ni de alcanzar las alambradas enemigas.

Galería tedesca. Estos probos homicidas tenían una técnica
muy depurada para la cosa minera, al igual que para
construir sus trincheras y fortificaciones
La prueba de que este nuevo tipo de guerra estaba en marcha la tenemos en el hecho de que, ya en noviembre de 1914, apenas tres meses después del comienzo de la fiesta, los tedescos empezaron a pergeñar maldades subterráneas contra los gabachos en el sector del Marne. Y es que esto de las minas tenía un efecto contagioso tremendo, y si uno de los bandos la iniciaba, al otro no le quedaba otro remedio que emularlo porque una mina solo se combate con una contramina. Así se abrió la Caja de Pandora minera, que no empezó a decaer hasta 1917, cuando las líneas de frente empezaron a ser más flexibles, pudiendo dejar atrás esta terrible guerra del subsuelo. Solo perduraron los refugios por razones obvias, ya que el personal tenía que disponer de agujeros donde meterse cuando la cosa se ponía calentita. Por cierto que esta tecnología fue la que ayudó en la siguiente guerra para construir refugios antiaéreos decentes para la población civil, cuando los devastadores bombardeos convertían las preparaciones artilleras de la Gran Guerra en tracas de verbena de barrio. Y dicho esto,

fin del INTROITO

Zapadores zapando en la zapa. Miles de hombres sirvieron
en ese destino tan desagradable
Ante todo, debemos tener en cuenta el factor humano. Y es que, independientemente de que hubiera disponible tecnología que facilitase el trabajo, dicha tecnología no siempre estaba disponible. Hablamos de maquinaria civil en la que el ejército debía poner pasta para adquirirla, mientras que la tropa salía más barata. Por otro lado, el uso de esta maquinaria no siempre era viable. Ya vimos como las cuatro minas de La Boisselle hubo que cavarlas íntegramente a mano por temor a que los zapadores tedescos localizaran sus galerías y los mandasen al garete con varios cientos de kilos de explosivos. Por último, otro inconveniente fue la falta de personal, que no era un tema menor. Cuando la guerra de minas se generalizó, se optó por reclutar mineros profesionales que, bien por la edad, bien por padecer alguna lesión que los hacía inútiles para el servicio de las armas pero no para darle a la pala, habían sido rechazados cuando fueron a alistarse. A estos se les llamó a filas, pero ni siquiera tuvieron que hacer la instrucción propia de un recluta. Les enseñaban las cuatro chorradas ordenancistas, los rangos del ejército y poco más. Y como no eran suficientes, pues sacaron de las unidades de combatientes a los que sí habían sido aceptados para servir en filas y, además, eran mineros. Pero, claro, eso suponía mermar los efectivos de estas unidades, efectivos de los que no podían prescindir en muchos casos. Resumiendo, la disponibilidad de personal para servir como zapadores fue un problema endémico durante todo el conflicto. Y, con todo, creo que candidatos no faltarían. Al cabo, mejor jugarse el pellejo abriendo una galería que ir a una muerte segura durante cualquier ataque.

Por otro lado, debemos dejar de lado la idea de que las labores de zapa tenían que llevarse a cabo por sistema en el más absoluto silencio. Había veces que sí, pero otras, la mayoría, pues no precisaban de tanta discreción por una razón bastante chorra: ambos bandos formaban un escándalo bajo tierra. Lo que sí hacían era diversificar el ruido para que el enemigo no pudiera adivinar tan fácilmente de qué dirección venía el túnel de ataque, por lo que se abrían varios ramales en los que se usaba maquinaria, perforadoras o se detonaban barrenos, volviendo locos a los escuchas que ya no sabían en qué dirección buscar. En la foto de la izquierda vemos a un gabacho (Dios maldiga al enano corso) con el audífono del geófono incrustado en la oreja a ver si pilla algo, aunque por su jeta impasible da la impresión de que no acaba de tener éxito. El cuñado del pico lleva previsto un respirador, no sea que un flujo de monóxido de carbono lo deje listo de papeles.

Vagoneta extrayendo cascotes de creta. Estos chismes
eran bastante escandalosos bajo tierra
Pero, aparatitos aparte, lo cierto es que los mismos zapadores eran capaces de intuir determinados movimientos o intenciones en base a lo que escuchaban sin necesidad de chismes raros. Los mismos hábitos de trabajo del personal ya permitían prever qué podía pasar en breve, y no crean que bajo tierra los sonidos no se transmiten, y que estar en un túnel es lo más parecido a vivir en una cripta. Por ejemplo, en terreno calcáreo, el sonido de los picos se podía escuchar hasta a 45 metros de distancia, que se reducían a 9 si el terreno era arenoso, de arcilla o de cualquier material blando. Un fulano circulando por un túnel se oía a 9 0 10 metros sobre un suelo de creta, y a 2 o 3 sobre arena/arcilla, y la voz usando un tono normal a unos 3 o 4 metros en roca, salvo si se daba en el pie con el pico, en cuyo caso se oía el berrido en todo el frente. Así pues, el sonido de vagonetas en dirección hacia el final del túnel podría indicar que se estaba empezando a cargar la cámara de hornillo. Un constante ir y venir lo dejaba claro, porque solo había una vía con una única vagoneta para transportar toneladas de explosivos. Y si tras el tránsito todo se sumía en un silencio sepulcral, lo más probable era que a detonación de la mina estuviese al caer. Acojone total, ¿qué no? 

Otro indicador consistía en mogollón de fulanos picando, lo que se traducía en que estaban cavando la cámara de hornillo. Había que fabricar un espacio amplio para dar cabida a la carga explosiva, y para eso no bastaban dos cuñados dándole a la piqueta. En la foto de la izquierda tienen a varios tedescos muy laboriosos bajo la atenta mirada de un suboficial haciendo sitio para petarlo de pólvora. Tanto picoteo mosqueaba si solo provenía de un sitio, pero si el ruido llegaba de cinco más ya no se sabía de qué iba la cosa.
 A veces, incluso se recurría a picos movidos mediante cables desde la boca de la mina. Se sujetaban por la base del mango en un soporte con un simple pasador que le permitiera oscilar, y solo había que colocarle una cuerda o un cable. Se daba un tirón y el pico se levantaba. Se soltaba, y el pico caía. Si ponías cuatro picos, pues eran cuatro fulanos en plena faena. Qué astutos, ¿no? También se recurría a barrenar el espacio requerido, lo que aceleraba el trabajo. Y, para disimular, pues la treta de siempre: detonar simultáneamente más barrenos en distintas galerías y en distintas direcciones para que no se pudiera localizar cuál era la peligrosa. Los gabachos probaron una perforadora diseñada por el Servicio Electromecánico de Versalles, el modelo Bornet, con capacidad para abrir un orificio de 15 cm. de diámetro. Una vez alcanzada la profundidad máxima, se cargaba con unos barrenos; una vez detonados, se proseguía haciendo agujeros hasta dar forma a una cámara de hornillo bastante decente, con capacidad para nada menos de 10 Tm. de explosivos.

En cuanto a la maquinaria, cada cual tenía sus preferencias. Los tedescos se inclinaron por la eléctrica, para lo cual disponían de baterías de generadores situadas en trincheras de apoyo cercanas a las bocas de las minas. Desde ahí se tendía una línea de cableado que era sepultado para no verse afectado en lo posible por un bombardeo, y a partir de ahí se tomaba un cable para cada herramienta o aparato: perforadoras, ventiladores, bombas de agua e incluso iluminación eléctrica, que era más guay que el farolillo tenebroso o la vela de sebo pobretona. A la derecha tenemos un ejemplo. Se trata de un martillo perforador para roca Siemens-Schuckert, un trasto bastante pesado que requería el emplazamiento de una columna hidráulica para sustentarlo. Para que se hagan una idea, funciona igual que una de esas Hilti que el simpático del vecino pone en marcha los domingos a las 8 de la mañana para dedicarse al bricolaje doméstico y, de paso, joderle el despertar a media calle. Para hacer perforaciones para barrenos, ya mostramos a un probo homicida mostrando uno de ellos en un articulillo anterior. Era un chisme idéntico a las típicas barrenas de carpintero, pero de un acero más resistente. Bastaba un orificio de unos 50 cm. para meter el petardo con su mecha, arrimarle un cerillo y alejarse a toda pastilla hasta que explotaba. Si se quería armar menos escándalo y el trazado del túnel se prestaba a ello, pues se introducían en la roca varios barrenos que eran detonados al unísono.

La versión gabacha la vemos a la izquierda. Un martillo perforador, pero neumático, como esos tochos que se usan para levantar el asfalto o las aceras y que ponen de los nervios a todo el vecindario durante las ocho horas en las que el currante, con los riñones convertidos en un amasijo carnoso, va sacando cachos de pavimento. La escena que muestra la foto corresponde al túnel Marchand, contra la posición tedesca de Courte Chausse en diciembre de 1915. La maquinaria que funcionaba mediante compresores era bastante eficiente y era también válida para la ventilación de las galerías. Por lo general, se usaban máquinas estadounidenses de la firma Ingersoll-Rand que ya era empleada en la minería industrial desde antes de la guerra. También emplearon equipos de excavación mecanizados diseñados por un tal Charles François Mascart, un ingeniero especializado en equipos de excavación. Por lo demás, los gabachos se vieron obligados a aumentar notablemente el uso de maquinaria de este tipo ante la escasez de mano de obra cualificada, cosa que a sus amados aliados les sobraba porque, contrariamente a estos y a los tedescos, tenían mineros a cascoporro.

De hecho, los british probaron no pocos diseños para la perforación de túneles o la apertura de trincheras de aproximación, pero nunca obtuvieron resultados satisfactorios. Al final, y siempre fieles a sus tradiciones más acendradas, pues seguían recurriendo a los clay-kickers, los pateadores de arcilla que ya conocemos, y que cuando llegaban a la creta sustituían las palas por picos. En la ilustración vemos el trío básico: uno saca la pella de arcilla con la pala, otro va despejando el hueco echándola para atrás y, finalmente, otro la ensaca y la va apilando en una carretilla, de la cual tirarán sus cuñados cuando esté llena. 

Y por mentar maquinaria chula, no se pierdan esa tuneladora usada por los austríacos. Nada que envidiar una tuneladora moderna, de esas que te cavan en dos días un túnel para el AVE. Lo malo es que solo funcionaba bien sobre creta. Si topaba con un estrato de arcilla la cosa ya no iba igual de bien, y si era arcilla húmeda se embotaba, formando una masa de barro en la barrena frontal y había que echar mano a las palas. En fin, ya vemos que no hay nada nuevo bajo el sol, y que las máquinas y herramientas que se usaban hace más de 100 años estaban totalmente operativas, y son prácticamente iguales que las actuales salvo en que las modernas llevan una pintura muy chula, unos embalajes muy molones y, en algunos casos, baterías que permiten prescindir del enchufe y el cable que siempre queda corto.

Y por hoy damos de mano, que es hora de merendar. Mañana actualizo.

Hale, he dicho





miércoles, 4 de noviembre de 2026

LA MINA DE LOCHNAGAR, 2ª Parte

 


Galería transversal british cavada por la 179ª
Cía. de Túneles en el sector de La Boisselle.
Fue descubierta en 2022. Observen la consistencia
de terreno de creta. La galería está a 24 metros
de profundidad, y sus medidas son de 137x84 cm.
Si alguien pensaba que el culebrón este de la mina era cuestión de cavar un túnel, petarlo de explosivos, arrimarle un cerillo y se acabó lo que se daba, ya puede ver que la cosa era mucho más compleja, y constantemente surgían problemas de todo tipo incluyendo el deceso de probos homicidas que tomaban parte en la fiesta. En la primera parte hemos hablado largo y tendido del dédalo de minas y contraminas que se habían cavado en el sector comprendido entre Beaumont-Hamel y La Boisselle, pero colijo que muchos no acaban de hacerse a la idea. Bien, pues en el dibujito de arriba sí podrán verlo mejor. Lo que ven es solo una parte de la zona minada para el inicio de la ofensiva del Somme, concretamente la conocida como Glory Hole, situado entre las minas de Lochnagar y la Y Sap. Las rayas rosa son las posiciones tedescas, y las celeste las de los british (Dios maldiga a Nelson). En rojo y azul tienen las minas de ambos bandos, donde una meada de ratón era detectada de inmediato y daba paso a la detonación de turno para provocar el derrumbe de una mina o contramina. Hablamos de un laberinto de unos 5 km. sumando todos los túneles, los cuales se cavaron en apenas año y medio entre diciembre de 1914 y julio de 1916 a profundidades comprendidas entre los 4 y los 30 metros. Y no crean que en ese período de tiempo se detonaron unas cuantas minas, no... Fueron nada menos que 110. Y, como pueden ver, para evitar ese maremagno tunelero se trazaron las dos minas principales del sector de La Boisselle, donde el subsuelo estaba más despejado. Y aclarado este detalle, prosigamos con la historia...

Una posición tedesca pulverizada por una mina. En teoría,
éste sería el resultado óptimo
Bien, en el articulillo anterior dejamos al personal a punto de culminar las zapas para, a continuación, petarlas de explosivos para dar inicio a la ofensiva. Pero como el introito ya lo hice en su momento, explicaré un detalle que, posiblemente, muchos no hayan tenido en cuenta: ¿Cuándo se detonaba la mina? Y no, no se le daba estopa en cualquier momento. De hecho, había que sincronizar con la mayor exactitud la artillería, la infantería y la mina. Ante todo, cuando la artillería propia alargaba el tiro. En una ofensiva normal, era el momento en el que la infantería salía de las trincheras, esperando que la preparación artillera previa hubiese destruido o desalojado las posiciones enemigas. Pero, habiendo minas por medio, había que considerar un factor más. No se podían detonar hasta que la artillería alargase el tiro, pero la infantería no podía salir nada más alargar el tiro porque, como pasó más de una vez, los escombros de la mina caían sobre ellos o incluso les pillaba de lleno. Si esperaban demasiado para detonarlas, se encontraban con las posiciones enemigas castigadas solo por la artillería, por lo que el minado habría sido inútil. ¿Entonces, cuándo era el momento idóneo? Dependía de diversos factores, sobre todo la distancia a recorrer por la infantería por la tierra de nadie. Si estaban lejos de las posiciones enemigas, podían detonar la mina en el momento en el que la artillería alargaba el tiro. Si estaban cerca, se detonaban uno o dos minutos antes de la hora H para dar tiempo a que los escombros cayeran. En resumen, no se podía hacer a tontas y a locas porque, de lo contrario, la explosión podía causar una matanza propia o, por el contrario, no hacer ningún efecto en los enemigos. Y aclarado esto, retomemos el tema...

A mediados de junio, el general Sir Henry Seymour Rawlinson, mandamás del Cuarto Ejército, informó al personal de que el inicio de la ofensiva estaba al caer. Obviamente, el día y la hora permanecían en el más absoluto secreto. Por lo tanto, la 179ª Compañía de Túneles ya sabía que había que ponerse las pilas, y los probos homicidas de la 34ª División que debían atacar precisamente el sector de La Boisselle, empezaron a sentir un angustioso hormigueo desde la ingle hacia el cuello. Como ya comentamos en la 1ª parte, por esas fechas la Y Sap ya estaba terminada, pendiente solo de recibir la orden para cargarla. Como vemos, el túnel de ataque se inició alejándose de las posiciones tedescas para, una vez alcanzada una distancia prudencial, girar 90º y dirigirse hacia las mismas. Por el contrario, la mina de Lochnagar aún tenía por delante 30 metros para llegar a las trincheras alemanas, y 30 metros en un momento en el que la dureza de la creta solo les permitía avanzar 30 cm. al día, pues como que complicaba un poco la cosa. De ahí que Hance decidiera sobrecargarla para, en vez de volatilizar a los tedescos, enterrarlos bajo los escombros.

Bolsa de 25 libras (11'3 kg.) de amonal
La orden de cargar las minas no tardó mucho en llegar, y Hance tuvo que calcular cuidadosamente las cantidades de amonal que debían depositarse en las cámaras de cada una. Las dos que partían de Inch Street, las Nº 2 y 5, serían cargadas con 8.000 libras (3.629 kg.) cada una. Su misión sería derrumbar las posiciones tedescas de su zona de influencia. La Y Sap recibiría 40.000 libras (18.145 kg.), y la de Lochnagar dos, una de 24.000 libras (10.886 kg.) y otra de 36.000 (16.329 kg.), en total 60.000 libras (27.215 kg.). Esto suponía que había que acarrear hasta las bocas de las minas 116.000 libras (52.617 kg.), y desde ahí hasta las cámaras. El acarreo, que se llevaba a cabo de noche, supuso transportar 2.320 cajas de amonal, cada una con 50 kg. de explosivo que, a su vez, se dividían en dos bolsas de lona engomada de 25 libras. Las cajas se unían por pares con unos listones que hacían las veces de asas. Así pues, cada fulano tenía que cargar con 100 libras, 45 kg. mal contados por cada paseo. La operación duró una semana. Ojo, el acarreo hasta la boca de la mina lo llevaba a cabo la infantería. Desde la boca a las cámaras de hornillo, los zapadores. Así compartían la echada de bofes.

2º Teniente Stanley Bullock
La carga de Lochnagar la inició en capitán Young auxiliado por el teniente Fox. Recordemos que esta operación debían llevarla a cabo exclusivamente oficiales, y que no bastaba con apilar sacos y largarse. Para acarrear el explosivo hubo que recurrir a una cadena humana porque tanta gente resollando de arriba abajo agotaban literalmente el poco aire que había en el túnel, colocándose a cosa de metro y medio unos de otros. Debido precisamente al agotamiento provocado por la falta de aire, cuando llegó el relevo de Young apenas habían podido colocar 20 sacos. Se hicieron cargo del trabajo el 2º teniente Stanley Bullock y el 2º teniente Alexander McKay. A las 07:00 horas ya habían colocado 400 sacos de explosivo, y esto con los testículos convertidos en perdigones porque sabían que los tedescos los buscaban, y si los localizaban y les metían un petardo no encontrarían de ellos ni los cordones de las botas. Y, además de distribuir los sacos por la cámara, había que ir conectando los detonadores, que debían estar adecuadamente distribuidos entre la montaña de sacos para obtener la máxima efectividad. Cada carga de 30.000 libras llevaba 12 detonadores accionados por un generador eléctrico. Para más seguridad, se añadió otro sistema de reserva por si fallaba el primero. Obviamente, si eso pasaba era imposible eliminar el sellado de la mina. 
En fin, se respiraba la tensión y tal... 

Cuando Young les tomó el relevo, las cargas estaban ya apiladas y los detonadores conectados, por lo que se limitó a revisarlo todo y, una vez comprobado que estaba correcto, ordenó sellar las cámaras. Para ello, se amontonaron procurando apisonarlos al máximo decenas y decenas de sacos llenos de creta que habían preparado a lo largo del túnel. El sellado ocupó un total de 350 pies (106 metros) a partir de la bifurcación que conducía a las dos cámaras de hornillo. Las cuatro minas estaban ya listas para dar un susto gordísimo a los tedescos a pesar de que sabían de sobra que bajo tierra se estaba pergeñando alguna maldad contra ellos. En la foto de la derecha podemos ver a cuatro zapadores de la 1ª
 Reserve Kompagnie del Württembergisches Pionier-Bataillon Nº 13 embutidos en un tabuco asquerosillo en busca de los british. Se encuentran a 36 metros de profundidad, muy por debajo de la mina de Lochnagar cuyo recorrido no acertaron a localizar. Obsérvese la bombona de oxígeno que se encuentra a la derecha, precisamente como prevención de un exceso de monóxido de carbono que los liquidaría en un periquete. Hay que hacer constar que, de la misma forma que los british tenían buenos cavadores procedentes de las minas de carbón, los tedescos no se quedaban cortos ya que sus unidades de zapadores se nutrían de personal procedente de la Cuenca del Rhur, uno de los centro mineros más importantes de Europa.

Capitán Hugh Kerr y teniente Ralph Hawtrey
El día 24 de junio se inició la preparación artillera, que debía durar cinco días. Eso anunció al personal que la ofensiva empezaría el 29, por lo que la tarde del 28, los oficiales designados por Hance para detonar las minas se presentaron en el Cuartel General de la 34ª División a recibir instrucciones. La mina de Lochnagar sería detonada por el capitán Young y el 2º teniente Fox. Los 2º tenientes Bullock y McKay se harían cargo de las minas nº 2 y 5, y el capitán Kerr  junto al teniente Hawtrey harían lo propio con la Y Sap. Se les informó que la Hora Cero sería a las 07:30, sincronizaron los relojes, que eso mola mucho, y cada mochelo a su olivo.

Oficiales de la 179ª Compañía de Túneles
Pero no habían acabado de llegar al olivo cuando les informaron que tenían que volver al Cuartel General. Había contraorden. ¿Que por qué no se le dijeron a cualquier guripa en qué consistía la contraorden? Porque, de hacerlo así, a los cinco minutos toda la división sabría qué había pasado. La tropa, cuando menos detalles sepa mejor. Solo le basta con escuchar los silbatos de los oficiales y salir de la trinchera a palmarla como auténticos y verdaderos héroes. Bueno, la contraorden era que se retrasaba 48 horas el comienzo de la ofensiva porque llovía a mares y no era plan de pillar un catarro. Pero los tedescos, mosqueados por aquel repentino aluvión artillero, no se lo pensaron mucho e iniciaron un feroz fuego de contrabatería para animar aún más la cosa. El personal encargado de las detonaciones se angustiaron un poco y no era para menos, porque los detonadores estaban colocados en las entradas de las minas. Por lo tanto, si un proyectil enemigo caía en las cercanías podía causar un derrumbe en algún lugar de la galería, causando un destrozo irreparable en todo el tendido de cables que llevaban a las cámaras. Para asegurarse de que los cables permanecían intactos, los oficiales no paraban de comprobar los circuitos de encendido haciendo pasar corriente de baja intensidad desde una batería para detectar movimiento en un galvanómetro.

Sección del cráter de Lochnagar
Y, finalmente, tras meses de trabajo a lo bestia, llegó el momento. A las 07:28, Bullock presionó la palanca del detonador, haciendo explotar la carga de la mina Nº 2. Unos segundos más tarde, Young detonó exitosamente la de Lochnagar. De inmediato, McKay hizo lo propio con la Nº 5. Kerr activó el suyo y la Y Sap saltó por los aires. La mina de Lochnagar lanzó por los aires unas 84.000 Tm. de tierra y creta en una columna de unos 1.300 metros de altura. Las dimensiones del cráter las pueden ver en el gráfico de la izquierda. Los escombros sepultaron unos 185 metros de trincheras alemanas, pero tanto ruido tuvo unos resultados bastante magros. Sabedores de lo que se cocía, los tedescos se habían retirado de primera línea, por lo que, tras las triunfalistas declaraciones iniciales de los british, finalmente se concluyó que las bajas producidas por la monstruosa mina fueron bastante birriosas. La unidad que cubría ese sector, la 5ª Compañía de 110º Rgto. de Infantería de Reserva, solo tuvo 109 bajas entre los días 27 de junio y 3 de julio. El día 1 solo palmaron 35 hombres, sepultados dentro del refugio donde se guarecían de la artillería british.

British avanzando sobre sus alambradas camino
del matadero
Y en cuanto a la ofensiva, a la Hora Cero, las 07:30, la artillería alargó el tiro y la primera oleada de 4.000 probos homicidas de la 34ª División salieron de sus posiciones. Otras dos oleadas más les siguieron, pero los tedescos, en el momento en el que dejaron de lloverles bombas, salieron de sus refugios en 
Schwabenhöhe, emplazaron sus ametralladoras y empezaron a picar carne. Ante ese panorama, los de la primera oleada se plantearon dar media vuelta, pero solo para darse de bruces con los de la segunda oleada y formar un barullo de gente en la tierra de nadie que el fuego cruzado tedesco convirtió en un pim-pam-pum. Cayeron como moscas, vaya. Y aunque finalmente lograron alcanzar el cráter y penetrar en la zona alemana, un contrataque los devolvió al puñetero cráter, no pudiendo ocupar La Boisselle hasta el día 4 de julio. 

Epílogo: Entre el 1 de julio y el 18 de noviembre- tres meses y medio mal contados-, palmaron, desaparecieron o fueron heridos más de 1.100.000 probos homicidas entre ambos bandos. Creo que la mina de Lochnagar salió carísima.

Bueno, estimados míos, hasta aquí llegó la cosa. 

AVE ATQVE VALE

Hale, he dicho

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PETRVS SANCHODICI DELETVS EST

Aspecto actual del cráter de Lochnagar. Lo compró un probo ciudadano llamado Richard Dunning cuando se enteró de que, allá por los 70 del pasado siglo, unos malvados habían tapado el de la Y Sap. La compra ha garantizado su conservación, y es primorosamente cuidado por los "Amigos de Lochnagar", que reciben mogollón de turistas anualmente para ver el suntuoso boquete

domingo, 1 de noviembre de 2026

LA MINA DE LOCHNAGAR, 1ª Parte

 

Cráter de la mina de Lochnagar. Podemos hacernos una idea de sus dimensiones tomando como referencia la mínima silueta del ciudadano situado al otro lado del boquete, en el centro de la imagen.


La Boisselle en estado pre-apocalíptico. Tras la batalla
quedó en estado post-apocalíptico, uséase, literalmente
arrasada hasta los cimientos

La Boisselle es un pueblo birrioso en el Departamento del Somme, en la Alta Francia. Actualmente está unido con otra mínima población llamada Ovillers y, entre ambas, forman el pueblo birrioso. Su población es de 431 habitantes, de modo que imaginen lo concurrido que estaba aquello en 1915. Sin embargo, y como hemos visto mogollón de veces, poblaciones de chichinabo adquieren una importancia vital por estar en el punto estratégico situado justo en el lugar que ambos bandos desean poseer, por estar cerca de un nudo ferroviario importante o lo que sea. Y, mira por donde, este fue el caso de La Boisselle, que pasó de convertirse en una aldeucha irrelevante a un sitio donde nadie quería ir porque las posibilidades de palmarla allí eran enojosamente elevadas. En los comienzos de la Gran Guerra, el implacable avance tedesco lo ocupó y fortificó a base de bien, y junto con Beaumont-Hamel- aún más birrioso, con apenas 200 habitantes hoy día-, formaron una barrera en la que los Aliados no veían la forma de abrir una brecha y, a partir de ella, romper las líneas tedescas que, como ya hemos comentado otras veces, estaban poderosamente fortificadas. Bien, ya saben dónde está el sitio, de modo que pasemos al 

INTROITO

Si se habla de las devastadores minas de la Batalla del Somme, los cuñados y primos lejanos mencionan las de Lochnagar, Beaumont-Hamel y, con suerte, la Y Sap. Pero la cosa es que el 1 de julio de 1916 se detonaron nada menos que 19 minas. Sí, diecinueve. De ellas, ocho se cavaron en el sector de Mametz y tres en el de Carnoy. Estas últimas fueron minas de poca monta- es un decir- usadas más que nada como acciones diversivas para despistar a los tedescos. Pero luego tenemos siete más que no pretendían despistar a nadie, sino reventar medio frente. Una en Beaumont-Hamel la situada más al norte, tres en Fricourt y tres en el sector de La Boiselle incluida la Y Sap. Finalmente, tenemos la de Lochnagar, en el extremo sur y cargada con apenas 60.000 libras de amonal, a unos 650 metros de La Boisselle. A la izquierda pueden ver un mapa de la época dónde aparecen las minas de Lochnagar y la Y Sap, con lo que pueden ponerse en situación, e imaginar el estado que quedaría el pueblo birrioso, situado en el centro de la fiesta. Como podrán suponer, su población había tomado las de Villadiego dos años antes por razones obvias. 

Explosión de amonal en Beirut. La carga no era ni de
lejos similar a la de Lochnagar, de modo que ya pueden
hacerse una idea de la eficacia del malvado invento
Aprovecho para hacer un inciso explosivo. ¿Saben qué es el amonal, un explosivo barato, muy potente y que en los tiempos activos de las hienas vascas era muy usado para sus bombas lapa? Pues una mezcla de nitrato de amonio usado como fertilizante, por lo que cualquier cabrón puede comprarlo libremente (¿recuerdan el nitrato de chile, que antaño se veía anunciado por todas partes?) y polvo de aluminio, que actúa como potenciador de la explosión. Fabricarlo en plan compadre es tan chorra que cualquier cuñado podría hacerlo- ojo con el piojo-: basta ir a una tienda de abonos y a una carpintería de aluminio, comprar un cacho y liarse con la lima hasta reducir el cacho a polvo, y no me pregunten las proporciones, archicanallas, que ya intuyo sus intenciones. A nivel militar o industrial se le suele añadir trinitrotolueno para amentar aún más sus efectos. En todo caso, y a modo de dato curioso para provocar taquicardia a los "expertos", las cargas de las 19 minas que dieron inicio a la fiesta sumaban nada menos que 225.000 libras de amonal, uséase, 
102.058 kilos de nada. 102 Tm. Diez camiones y medio de cuatro ejes. Una burrada, ¿qué no? De hecho, se afirmó que la detonación de la mina de Lochnagar produjo el estampido más gordo de la historia hasta aquel momento, aunque luego se dijo que no fue para tanto porque, obviamente, los miles de toneladas de tierra que había sobre la carga amortiguaron el ruido.

Cañón de campaña de 18 libras (84 mm.), el arma estándar
de calibre medio de los british. Era increíblemente eficaz
gracias a su elevada cadencia de 12 dpm que, combinada
con el uso de metralleros, obligaban al enemigo a enterrarse
en sus refugios. En situación defensiva, realizaban severas
escabechinas entre las oleadas de atacantes
Bien, la cosa es que en épocas tan tempranas como diciembre de 1914, los gabachos (Dios maldiga al enano corso) ya hicieron la primera intentona por romper el frente en ese sector detonando una mina el 25 de ese mes. Pero los tedescos la detectaron antes de alcanzar la distancia adecuada a base de contraminas. Pero, a pesar del fracaso, los Aliados tuvieron claro que las fortificaciones enemigas en el sector comprendido entre La Boisselle y Beaumont-Hamel era imposibles de vulnerar con los métodos habituales, léase preparaciones artilleras y ataques de infantería, adornando los intermedios con bombardeos regulares a base de morteros de trinchera. Como podrán imaginar, los tedescos no se quedaban impasibles, y devolvían cumplidamente todos los obsequios enviados. En resumen, aquello era un agujero negro que tragaba cantidades industriales de munición. Como botón de muestra, basta recordar la producción de proyectiles de artillería en el mes previo a la ofensiva: 3.700.000 unidades. 

Y para concluir el INTROITO. ¿De dónde surgió el nombre de mina de Lochnagar, cuando muchos la llaman como mina de La Boisselle? Pues de la trinchera que conducía a la boca de la mina. Pueden que en alguna peli hayan visto que era habitual poner nombres de calles a las trincheras, entre otras cosas para no perderse en aquellos laberintos para topos. Así, Lochnagar Street fue el punto de partida del túnel. Lochnagar es una montaña de solo 1.155 metros sobre el nivel del mar (foto de la derecha) situada en los Montes Grampianos, en Escocia, y era y es un lugar muy frecuentado por excursionistas, senderistas y demás ciudadanos amantes de echar los bofes los fines de semana dándose unas caminatas mortíferas. Bien, puestos en contexto, vamos al grano poniendo

fin al INTROITO

Composición geológica en el sector de La Boisselle
Los british (Dios maldiga a Nelson) hicieron acto de presencia en el sector de La Boisselle en el verano de 1915, y el panorama no era precisamente alentador. Sus compadres gabachos llevaban un año liados con un duelo diario contra los tedescos, empeñados en lograr que una puñetera mina alcanzase sus posiciones, habiendo cavado nada menos que 61 y algunas de ellas cargadas con hasta 20 Tm. de explosivos. Pero no había forma. Los probos topos germanos iban siempre un paso por delante, y cuando los gabachos iniciaban una cava, al cabo de unas decenas de metros detectaban la presencia de los zapadores enemigos fabricando una contramina y, lo que era peor, casi siempre por debajo de ellos. En ese caso, los gabachos interrumpían la cava y la iniciaban en otra dirección para, tras unos días de pico y pala, volver al mismo guion de siempre: los tedescos estaban bajo ellos o en paralelo, y quizás, incluso cargando una cámara de hornillo para volatilizarlos o, lo que era peor, sepultarlos en vida. 

Capitán Henry Malkin Hance
(1879-1945)
Cuando la 179ª Compañía de Túneles al mando del capitán Henry Malkin Hance se hizo cargo del sector y recibieron los informes preceptivos de sus aliados, se quedaron un poco inquietos al darse cuenta de que la tierra de nadie se había convertido literalmente en un queso de Gruyère sin que ningún bando hubiese avanzado o retrocedido ni medio metro. Y a esto, añadir el terreno de la zona, que podemos ver en el gráfico del párrafo anterior. Bajo una capa superficial de marga había otra de limo. A continuación, arcilla con fragmentos de pedernal para, en lo más profundo, una masa de creta, uséase, piedra caliza dura de cojones que, obviamente, dificultaba la zapa. Y por si fuera poco, el nivel freático complicaba bastante la apertura de pozos para iniciar los túneles, hasta el extremo de que había ocasiones en las que había que tener bombas en marcha las 24 horas del día para evacuarlos de agua. De hecho, las típicas imágenes de las trincheras anegadas con el agua por las rodillas del personal no eran solo consecuencia de las lluvias, sino del maldito nivel freático que, en algunas zonas, estaba casi a nivel del suelo, y bastaba un mínimo de humedad para que empezara a aflorar una mezcla de agua y limo desde el suelo que convertía la trinchera en un asqueroso spa de barros medicinales. En fin, muy desagradable todo.

Capitán Thomas Charles Richardson
(1885-1916)
Los zapadores tedescos habían logrado detonar unas cuantas minas que pudieron sepultar algún refugio, pero sin  intención de abrir una brecha y culminar la zapa con un ataque, uséase, chinchar por chinchar y poner de los nervios a los gabachos. En noviembre se sumó a la fiesta la 185ª Compañía de Túneles al mando del capitán Thomas Charles Richardson que, al igual que el personal de su tropa, era un experto en la cosa de cavar bajo tierra. Los componentes de ambas compañías estaban formadas por mineros profesionales, bien extraídos del ejército, bien reclutados en las minas de carbón y que previamente no habían sido considerados útiles para el servicio. El mismo Richardson había estado currando antes de la guerra en Río de Janeiro para construir un alcantarillado decente. Bien, estas dos compañías fueron las encargadas de preparar las 19 minas, cuyo desarrollo omitiremos porque no vienen al caso y prefiero centrar el tema en la de Lochnagar, que es la protagonista del articulillo y, además, fue la más gorda de todas. Ojo, para no sacarla de contexto conviene concretar que, aunque figure por separado, la mina de Lochnagar formaba parte de las cuatro que, en total, fueron detonadas en el sector de La Boisselle: Lochnagar, la Nº 2, la Nº5 y la Y Sap, que fue la tercera en potencia tras la que nos ocupa y la de Beaumont-Hamel.

Por otro lado, el tema de los pozos para iniciar la zapa no era moco de pavo. En la foto de la derecha tienen un ejemplo bastante elocuente: miembros de una Stollenbaukompagnien (Compañía de Minadores) tedescos cavando un pozo en el que, a pesar de su escasa profundidad, ya vemos que el fondo está anegado. Observen la bomba situada a la izquierda del entibado para impedir que se acumule aún más agua. Y la cosa era que había que profundizar hasta que se encontrase una capa de arcilla seca, donde ya se podía empezar el túnel. Los british lo solventaron de forma bastante eficaz, que para eso sus mandos eran ingenieros de minas o similares. Para ello recurrían al tablestacado o, en la abominable lengua de los anglosajones, el spilling, palabro rarísimo que posiblemente nunca hayan leído pero que están hartos de ver: el tablestacado es, por ejemplo, los tubos de hormigón pretensado que se usan actualmente para forrar las paredes de los pozos, que antaño había que labrar con hileras de ladrillos. Los british usaban tubos de acero de 180 cm. de diámetro que eran colocando con extrema precisión con la ayuda de cuatro gatos hidráulicos de 5 Tm. hasta alcanzar una profundidad adecuada, que podía alcanzar tranquilamente 20 metros o más.

Plano que marca el punto de partida y el trayecto de la
mina de Lochnagar. Obsérvese la distancia hasta el pueblo
Bien, el patio estaba así de animado a finales de 1915. Entre las minas, contraminas y bombardeos por parte de ambos bandos, los british habían bautizado el sector comprendido entre Beaumont-Hamel y La Boisselle como Glory Hole, el Agujero de la Gloria, y hasta se consideraba muy complicado, cuando no imposible, que la infantería lograse avanzar en aquel paraje lunar con la táctica convencional sin caer como moscas, porque el terreno era intransitable. Así pues, y dentro del contexto de la futura ofensiva, se planeó la construcción de cuatro minas en el sector de La Boisselle: la Nº 2, la Nº 5, la Y Sap y la mina de Lochnagar. Las dos primeras estaban destinadas a destruir las contraminas y minas tedescas, la segunda las posiciones tedescas al norte de La Boiselle, y la de Lochnagar a avanzar sobre el pueblo, que los tedescos habían fortificado a conciencia ocupando los sótanos de las viviendas en ruinas. Este reducto había sido bautizado como Schwabenhöhe (Alturas de Suabia)
. Este plan se mantuvo en el más absoluto secreto en vista de que los tedescos parecían tener un vidente que sabía el trazado de todas las minas enemigas antes de empezarlas. El capitán Richardson optó por una solución bastante sensata: iniciarla lejos del Agujero de la Gloria, que estaba ya un poco visto y que los enemigos tenían acribillado de contraminas. Además, el tierra de nadie de aquel sector sí estaba casi limpia de cráteres, lo que permitiría a la infantería avanzar de forma ordenada. La operación dio comienzo el 11 de noviembre de 1915. 

Sección aproximada de la mina. Ojo, no está a escala
Así pues, para que la boca de la mina no fuera detectada por los tedescos, se cavó el pozo en Lochnagar Street, a unos 125 metros por detrás de las líneas propias. La aviación alemana se pasaba el día entero revoloteando por la zona y sacando fotos a destajo, precisamente en busca de movimientos raritos que saltaban a la vista comparando las imágenes de días anteriores. Si se sospechaba algo, la artillería y los morteros de trinchera machaban sin más el motivo de la duda, por lo que el pozo no solo debía ser lo más discreto posible, sino también que no se produjeran alrededor movimientos que lo delatasen. En todo caso, esto suponía que el túnel debería tener algo más de 300 metros de longitud para alcanzar las líneas enemigas, lo que era todo un desafío. Observen el gráfico de la derecha. Inicialmente se cavó un pozo vertical de 9 metros de profundidad, al final del cual se construyó una cámara donde llegaban los escombros y desde donde eran extraídos. De la cámara partía una galería de ataque con una inclinación de 45º, que avanzó hasta alcanzar los 14 metros de profundidad y una longitud de 35 metros. A partir de ahí se inició un túnel horizontal que en breve se extendió a lo largo de unos 15 metros. La galería para extraer el material partía de la cámara con mucha menos inclinación, y salía a la superficie a unos 30 metros por detrás del túnel. La extracción de escombros era cosa de la infantería, que no daba abasto para sacar y repartir por el terreno tanto material, ya que una acumulación del mismo sería detectada rápidamente por los aviadores tedescos, cosa que no consiguieron porque en enero la montaña de creta blanca daba un cante tremendo, y las fotos aéreas delataban que algo se cocía. 

Dos zapadores en plena faena. El fulano de la izquierda
lleva enchufado en las orejas un geófono, una especie de
fonendoscopio para detectar ruidillos raritos. Observen
la pared del túnel, formada por una masa de creta maciza
Los tedescos empezaron a hostigar la zona pensando que estaban bombardeando la boca del túnel, pero la idea de poner la galería de extracción separado del mismo se mostró un acierto. Hay que tener en cuenta que el ritmo de trabajo de los mineros era de unos 5 metros diarios, y por cada 30 cm. de avance se producían 48 sacos de tierra, lo que se convertía en un trabajo infernal para los encargados de sacarlo de la cámara hasta el exterior. Para agilizar la extracción, a principios de diciembre se instaló una vía minera con una vagoneta. Como vemos, cansa solo leerlo. Para darle más encanto a la cosa, en enero de 1916 hubo que abrir un nuevo túnel. El principal seguía a unos 14 metros de profundidad, pero requería una bomba funcionando las 24 horas porque no paraba de manar agua. En vista de lo visto, Richardson decidió profundizar el túnel un par de metros más, y abrir otro de forma paralela que llegó a los 30 metros. Esto permitió, aparte de currar con los pies secos, detectar posibles contraminas tedescas que se cruzasen entre ambos túneles y, más importante aún, despistar a los zapadores enemigos con el ruido producido en el túnel superior, que disimularía el producido en el más profundo.

Consecuencias de cualquier incidente
dentro de un túnel. Chungo, ¿no?
Pero los tedescos ya tenían clarísimo que, a pesar de la lejanía hasta La Boiselle y el boquete glorioso, los british estaban tramando algo, y gordo. A finales de enero llevaron a cabo un golpe de mano para dar con el pozo de la mina, aunque sin éxito. Echaron el guante a doce guripas del Regimiento de Essex por si sabían algo, pero el secreto seguían bien guardado. Pero los germanos son un poco cabezotas, y no se rindieron. Detectaron movimiento en una de las galerías de Inch Street, de dónde partían las minas Nº 2 y Nº 5 de La Boisselle y, mira por donde, en ese momento andaba por ahí el capitán Richardson probando un aparato de escucha. Los tedescos no desaprovecharon la ocasión. Desde su contramina detonaron una carga que alcanzó la de los british y, ante la estrechez del entorno, el metano provocado por la explosión soltó una bola de fuego fastuoso y absorbió cantidades masivas de monóxido de carbono, que mató a Richardson, al 2º teniente Latham y a 16 zapadores. No palmaron de la explosión, sino achicharrados y asfixiados, como los abuelos que se quedaban sopa en la mesa camilla con los braseros de cisco y no despertaban nunca más. Y en vista de que la 185ª Compañía se había quedado huérfana, la enviaron como refuerzo a las minas situadas al norte, siendo sustituida por la 179ª al mando del capitán Hance, que debió rugir de alegría al verse enviado a la puñetera mina de Lochanagar.

Puesto de escucha gabacho equipado con sismomicrófonos
en busca de actividad alemana
Cuado Hance llegó al sector de La Boisselle tres semanas después del deceso de Richardson, el túnel de ataque de la mina- el superior- había alcanzado una longitud de 244 metros, mientras que el secundario, situado a una cota inferior, iba por los 165 metros. Hance no se devanó mucho la sesera y detuvo la cava del túnel inferior para disponer de todo el personal en el principal que, además, era el que se encontraba más cerca de las posiciones enemigas. Además, los tedescos ya sabían que en aquel sector se estaba cavando una mina, así que las precauciones de Richardson ya no tenían sentido. En aquel momento, lo más importante era seguir avanzando en el más absoluto silencio, y cuando hablamos de silencio es decir que no se podía ni emitir una leve ventosidad culera. A finales de marzo, el túnel estaba ya a solo unos 45 metros de las posiciones tedescas, y el silencio hubo que triplicarlo porque los enemigos se pasaban el día dando vuelta por sus contraminas con los geófonos soldados a las orejas en busca hasta de un ratón dando un paseo. La cosa llegó al extremo de que hubo que suprimir la vagoneta para sacar escombros. Para hacerla lo más silenciosa posible, ese chisme rodaba sobre una vía de madera, y las ruedas tenían llantas de goma. Pero Hance no se arriesgó, y ordenó que se formara una cadena humana para ir sacando los sacos de escombros. Los zapadores tenían que currar sin botas sobre sacos de arena, y cada vez que sacaban una lasca de material había que cogerla al vuelo, bien por él, bien por un fulano colocado junto a él. En esa zona, la creta estaba fragmentada en grietas, por lo que se usaron unas herramientas similares a las picas Croft para, introduciendo la punta de la bayoneta, hacer palanca y sacar un fragmento de roca.

Y a todo este cúmulo de comodidades debemos añadir la ventilación. Como los compresores eran muy escandalosos y delatarían la posición de la mina, optaron por la vieja escuela: enormes fuelles de herrero provistos de una manguera que llegaba hasta el final del túnel. Sin embargo, ya pueden imaginar la calidad del aire que llegaba a los zapadores, que se verían jadeando como tísicos, empapados en sudor, llenos de tierra y hasta meándose encima para no abandonar su puesto. Según testimonios del personal, hasta las velas se apagaban por el poco oxígeno que les llegaba, por lo que tenían que colocarlas junto a la salida de la manguera y, aún así, solo daban una luz mortecina. Qué angustia, carajo... Los tedescos, como vemos en la foto de la derecha, optaron por ventiladores mecánicos que, aunque no tan silenciosos como los fuelles, proporcionaban un caudal de aire más intenso y mayor calidad. En todo caso, está de más decir que el rendimiento del personal bajó una burrada. A la durísima creta había que sumar el agotamiento acumulado, por lo que a finales de marzo el avance se redujo ostensiblemente. De los 5 metros iniciales de cuando se empezó el túnel, se redujo a la ínfima cifra de 30 cm. al día. Tres días y medio para avanzar un mísero metro. Para que el poco aire decente que llegaba cundiese más, Hance ordenó reducir el tamaño del túnel. Total, ya faltaba poco, de modo que la altura del mismo se bajó a 135 cm., y la anchura a 75 cm. y recordemos que en ese tabuco debían trabajar dos hombres, y tras ellos los encargados de ensacar la tierra. Una delicia, vaya...

Capitán Wilfred Bartram Creswick
(1886-1916)
Y por si esto fuera poco, a la puñetera mina la habían mirado al menos 18 tuertos, porque el Ángel de la Muerte no paraba de planear sobre ella. El siguiente en entregar la cuchara fue el capitán Wilfred Bartram Creswick, un ingeniero perteneciente al 4º Bon. de Infantería Ligera de Yorkshire, que fue asignado como supervisor técnico a las minas de Inch Street y Lochnagar Street. El 10 de abril de 1916 no tuvo nada mejor que hacer que darse un garbeo subterráneo para comprobar como iban los trabajos y, como está mandado, los tedescos se enteraron de que alguien se movía por allí y tardaron un periquete en volar la galería, matando allí mismo al probo capitán, al zapador Stephen Devine, de la 179ª Compañía, y al soldado William Cross, del Rgto. de Essex. Sus cuerpos aún reposan en algún lugar del Glory Hole hasta el Día del Juicio, porque el derrumbe provocado por la explosión hizo imposible recuperar los cadáveres. Esto superó a Hence, que ya llevaba tiempo dando muestras de que el agotamiento, tanto físico como psicológico, habían hecho su labor de zapa- nada más descriptivo para un zapador- y colapsó por completo. Lo mandaron a un centro de descanso a Marsella, donde pasó una temporada hasta que se recuperase un poco, pobrecito. Pero, para que no se perdiera la fiesta, el 7 de junio ya estaba de vuelta a su amada mina.

Capitán James Young
(1886-1949)
En cuanto a Creswick, fue sucedido por el capitán James Young, otro ingeniero de minas que debía echar de menos sus asquerosas minas de carbón y la silicosis, pero no le quedaba otra. Con la mina tan avanzada, sobre Young recaería el trabajo de terminarla, cargarla y detonarla, si es que los tedescos no lo volatilizaban como habían hecho con su predecesor. Por cierto que, el mismo día en el que Hance partió hacia Marsella, los tedescos no quisieron dejarlo marchar sin hacerle una fiesta de despedida. Llevaron a cabo otro golpe de mano en las posiciones de los british que transcurrían justo encima de los túneles de la mina, que se saldó con la captura de 29 guripas a los que, aunque no se menciona, no me cabe duda de que les sacaron información. Todo se estaba cociendo bajo ellos, y es imposible que no vieran al menos las hileras de hombres sacando sacos y sacos de tierra a 30 metros de sus posiciones durante semanas las 24 horas del día. Pero fiestas aparte, para cubrir el puesto de Hance se hizo cargo su segundo al mando en la compañía, el capitán Gilbert Rowan, otro ingeniero más del vivero de ingenieros procedentes de las minas británicas. Imagino que Rowan, 
en vista de la trayectoria vital de sus predecesores, no le hizo ni pizca de gracia aceptar el cargo. En todo caso, le gustase o no, tuvo que hacerse cargo de la evolución de la zapa y de tener a raya al personal de la 179ª Compañía que, al parecer, estaban empezando a mostrar cierto hartazgo tras verse durante meses trabajando literalmente como mulos.

Oficial british usando un geófono VI.27
en busca de los malos malosos
Y a medida que la zapa avanzaba, empezaron a quedar claras ciertas cosas que, al parecer, aún no se habían tenido en cuenta. El objetivo de la Y Sap estaba claro y no había dudas al respecto, pero la de Lochnagar sí presentaba algunas cuestiones de tipo táctico que había que resolver. La trayectoria del túnel iba en dirección a la posición 
Schwabenhöhe que, como ya dijimos antes, era un bastión magníficamente fortificado por el que, en teoría, la infantería british tendría que pasar, porque de intentar conquistarlo, nada de nada. Ante semejante panorama, Rowan decidió abrir dos ramales con sus dos cámaras de hornillo, de forma de el cráter que se formase fuese lo más amplio posible. La idea consistía en colocar las cargas separadas unos 75 metros. Pero era evidente que los tedescos tenían cada vez más claro por dónde venían los tiros, quizás mediante la información obtenida a los guripas que trincaron durante el golpe de mano. No pasaron muchos días hasta que empezaron a escuchar sobre ellos movimiento de zapa, en este caso de la 1ª Compañía de Reserva del 13º Batallón de Zapadores de Würtemberg al mando de teniente Sihler. Éste fulano cavó, partiendo de la posición de Schwabenhöhe, nada menos que siete galerías de escucha en varias direcciones, a ver si daba con los enemigos, llegando a estar a menos de 40 metros del túnel de Lochnagar. Sihler no acababa de encontrar la mina, de modo que, en vez de avanzar, se puso a escarbar, alcanzando una cota inferior a la de los british. 

Sellado de una cámara a manos de un oficial.
Este trabajo jamás lo hacía la tropa, sino un
mandamás ayudado si acaso por un suboficial.
Además de sacos terreros se usaban gruesos
maderos e incluso vertidos de hormigón
Ante la proximidad del inicio de la ofensiva, Rowan no perdió el tiempo. Sabedor de que las primeras oleadas de atacantes necesitarían apoyo logístico en forma de comida y munición, sacó a personal de minas menores para cavar en tierra de nadie pero cerca de las importantes lo que llamaban "russian saps", zapas rusas. Estas consistían en trincheras poco más profundas que la estatura de un hombre, y cubiertas con solo 50 o 100 cm. de tierra. A medida que se acercaban a las posiciones enemigas, salían a cielo abierto. Estas zapas permitían además el envío de refuerzos que no tenían que perder tiempo sorteando el infame paisaje de la tierra de nadie. Y mientras que unos cavabas las zapas rusas, otro contingente se entretenía en abrir el segundo ramal de la mina principal mientras que Sihler seguía dando palos de ciego. A mediados de junio, la Y Sap había alcanzado su objetivo, justo debajo de las posiciones tedescas. Pero a la Lochnagar aún le quedaban por cubrir unos 30 metros, y Hance, que ya había vuelto de su permiso, no quiso arriesgarse a que los enemigos diesen con su mina y la mandasen al carajo. Lochnagar era la madre del cordero porque era la que cerraba la línea de brechas que, en teoría, debían abrir las demás desde Beaumont-Hamel hacia el sureste. Así pues, dio por concluida la zapa y comenzó a excavar las cámaras de hornillo para llevar a cabo la carga. Considerando los 30 metros que aún faltaban para alcanzar las trincheras tedescas, hizo sus cálculos para sobrecargar la mina (de ahí que Lochnagar fuese la más gorda), a fin de proyectar la mayor cantidad posible de tierra sobre las trincheras alemanas. La Y Sap los haría volar por los aires, pero la de Lochnagar los enterraría vivos e, igual de importante, formarían un talud lo suficientemente elevado sobre el nivel del terreno que les permitiría defender el cráter desde una posición dominante mientras que el resto de sus colegas se adentraban en zona tedesca y rodeaban La Boisselle para expulsarlos de allí.

Bueno, aquí terminamos por hoy. Como la cosa se alarga más de lo que imaginaba porque no he querido dejar atrás detalles importantes, prefiero hacer una segunda parte.

Pírome a merendar. Yo os bendigo, amén y tal

Hale, he dicho

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Foto aérea del cráter de la mina de Lochnagar. Obsérvese la distancia a la que quedó de las posiciones tedescas, así como la blancura del cráter a causa de la creta que expulsó la detonación