lunes, 21 de enero de 2019

Curiosidades: la muerte en las legiones


DVLCE ET DECORVM EST PRO PATRIA MORI aunque, la verdad, no acabo de tenerlo muy claro

Es de todos sabido que tarde o temprano nos llega a todos la hora de entregar la cuchara. No obstante, hay oficios en los que las probabilidades de que ese momento llegue antes aumentan de forma bastante inquietante por el riesgo que implica el desempeño del mismo. Uno de ellos es, como ya podemos suponer, la milicia, un trabajo que cuando reina la paz en el mundo es estupendo porque cobras sin dar golpe, pero cuando las cosas se ponen chungas tienes todas las papeletas para obtener una baja definitiva e irreversible. 

Encaramarse sobre una TESTVDA para alcanzar la empalizada enemiga
y abrir paso a los compañeros a golpe de DOLABRA te garantizaba ser un
difunto de primera si dejabas el pellejo en el intento
Hoy día, todos los caídos en la milicia son iguales. No importa que hayan muerto de un balazo en el cráneo en plena batalla o al cabo de dos meses como consecuencia de las heridas recibidas durante la misma, o incluso de una pulmonía contraída durante una guardia en una noche en la que el termómetro se desplomó de golpe a 20 bajo cero y no llevaba ni una mala camiseta. Todos son muertos en acto de servicio, más o menos heroico, pero palman cumpliendo su deber y por ello merecedores del máximo respeto. Sin embargo, en el mundo romano, que no creo que haya habido una sociedad más reglamentada en la historia, las cosas eran diferentes porque dependiendo del cómo, del dónde y del cuándo se podía ser un difunto de primera clase, un muerto de segunda o un despojo de mierda de tercera y, obviamente, en función de ello las exequias y el trato que recibía el cadáver serían diferente. En resumen, que hasta para diñarla te ponían condiciones si querías ser considerado como un probo ciudadano o un cagarruta cuya memoria debía ser borrada como el recuerdo de un cuñado occiso. Dulce y honorable es morir por la Patria, decía el gran Horacio, pero la verdad es que morirse con una lanza germánica que entra por la barriga y sale por la espalda, con el brazo separado del cuerpo por un tajo de falcata ibera, o viendo como la pierna se pone negra por momentos y empiezan a apestar una cosa mala y te devora una fiebre capaz de fundirte hasta las uñas, no creo que sea nada dulce ni decoroso aunque sea por la patria. Colijo pues que los que exclaman de forma rotunda esas frases lapidarias que quedan muy bien en las elegías fúnebres no tienen ni la más remota idea de lo que es morir en combate, ya sea de un flechazo, un balazo o un infección de caballo. Veamos pues cómo actuaban estos probos imperialistas con sus muertos, y aprovechen para memorizarlo que creo que el Canal Historia no ha hablado nunca de eso, ergo pillarán a sus cuñados en la inopia. Bien, al grano pues...

Un centurión y un legionario defendiendo al AQVILIFER. Cualquier cosa
antes que permitir que el águila cayera en manos enemigas porque, además
de la deshonra, gafaría a la legión de forma inexorable
Una sociedad con tan elevado sentido de la honorabilidad distinguía en todo momento lo honroso de lo deshonroso hasta para ir a mear. Obviamente, para morirse también se diferenciaba si el finiquito existencial era lo uno o lo otro. Caer en combate era, como podemos suponer, la forma más honorable de morir ya que se entregaba la vida en defensa del pueblo romano, del Senado, de los compañeros e incluso de los cuñados. En esta muerte honrosa se incluían los que palmaban defendiendo las insignias cuando veían que su portador era abatido y se lanzaban a recuperarlas de manos de los enemigos. Esto era en sí mismo equivalente a un suicidio, una forma de morir que, a pesar de lo frecuente, no estaba bien vista entre los romanos. Pero al dar la vida de forma voluntaria para recuperar el VEXILLVM, el AQVILA o el SIGNIFER de su unidad se consideraba que su sacrificio era un  muestra de valor, ergo era honorable. Así pues, los que morían luchando o eran triturados a hachazos para recuperar un estandarte eran muertitos de primera.

Los MEDICI manejaban instrumentales sorprendentemente avanzados.
Pero recordemos que hasta que no se inventó la penicilina el personal
caía como moscas a causa de las infecciones
Obviamente, no todas las bajas eran fulminantes. Ya sabemos que la muerte en combate no era generalmente instantánea o razonablemente breve, por lo que muchos heridos debían ser evacuados al CASTRVM para intentar recomponerlos. Conviene puntualizar que los servicios sanitarios de las legiones eran de primera clase, con instalaciones y personal que actualmente hay países que ya los quisieran para ellos, pero de eso ya hablaremos más despacio otro día. En todo caso, es evidente que un determinado número de heridos fallecieran en los días inmediatamente posteriores a la batalla. Septicemias, gangrenas y demás procesos infecciosos para los que no había cura o, simplemente, por el hecho de haber sufrido hemorragias que dejaban al aspirante a héroe difunto tan debilucho que bastaba un estornudo para liquidarlo bonitamente. Estos muertos, aún no habiendo caído en combate ESTRICTO SENSV, su defunción era consecuencia del mismo, por lo que recibían el mismo tratamiento de sus compañeros que habían dejado sus vapuleadas envolturas carnales en mitad del campo. Pero, ¿qué pasaba con los cadáveres de estos?

Este era el panorama tras la batalla: rematar a los heridos enemigos, separar
a los muertos de los heridos y trasladar a estos al campamento
Tras la batalla, las tropas volvían al CASTRVM, donde se mandaba formar, se pasaba lista y se contabilizaban las bajas incluyendo a los desertores que habían preferido tomar las de Villadiego. Como ya sabemos, el contacto con todo lo relacionado con la muerte era considerado como impuro por los romanos, por lo que debían purificarse antes de acceder al recinto del campamento. El CASTRVM era una extensión de Roma, por lo que suelo era sagrado y no podía contaminarse. Así pues, la entrada al mismo se realizaba por la PORTA PRÆTORIA que, al estar orientada hacia poniente, se la relacionaba con el mundo de ultratumba. Para establecer una especie de barrera purificadora se barría el suelo inmediatamente anterior a la entrada con escobas confeccionadas con ramas de laurel, o bien se colgaban ramas de este árbol en el dintel de la misma. Sin embargo, los cadáveres de los caídos quedaban en el campo de batalla, y solo los heridos retornaban al CASTRVM porque no podían contaminarlo...aún.

-¿No han inventao aún la anestesia, oiga?
-Ponó, tardará unoh cuanto de sigloh, así que ajo y agua.
-Ej que duele de cohone, hotia...
-Po te jode como Herode, carajo. Y cállate que me va a salí la cohtura torsía
Coñas aparte, la atención médica en los hospitales de los CASTRA era muy
buena, mejor que la que muchos podían obtener en la misma Roma
Aunque no hay referencias al respecto, podemos suponer que, aún en el caso de que la legión hubiese sido derrotada, o sea, no era la dueña del campo, se debía pactar entre ambos bandos una tregua para retirar los cuerpos y darles honrosa sepultura, costumbre que, al cabo, era común en todos los pueblos. Así pues, una vez terminado el recuento de bajas que era inmediatamente enviado a Roma para que quedara constancia de las mismas, grupos de legionarios se encargaban de recoger a sus compañeros caídos. Se les despojaba de las armas, que para eso valían un pastizal y, además, ya en tiempos del Principado eran propiedad estatal, y se amontonaban sobre una o varias piras que, conforme a la tradición, eran encendidas durante el ocaso. El motivo de la CREMATIO no solo era de tipo higiénico, lo que se solucionaría con un mero enterramiento masivo, sino espiritual ya que los romanos asociaban el fuego al alma, facilitando así que los espíritus de sus colegas muertos pudieran abandonar sus envolturas carnales y largarse a toda velocidad al mundo de ultratumba y descansar en paz. Una vez consumidas, los restos se enterraban en una fosa común. Ojo, una cremación de este tipo no daba como resultado un montón de cenizas como las que nos entregan actualmente cuando el abuelo pasa por el crematorio, donde hasta muelen con una máquina los restos de huesos que no se han pulverizado por la acción del calor, así que lo que iba a parar a la fosa eran cenizas de hombres y madera mezcladas más restos medio carbonizados de huesos grandes o densos como caderas, pelvis, vértebras o cráneos. 

Un tribuno evacuando a su legado herido del campo de batalla. Si sale vivo
del brete obtendrá una corona cívica. Si no será un suicida honorable
Por otro lado, no solo morían legionarios u oficiales subalternos, sino también tribunos o incluso el mismo comandante de la legión, ya fuese un legado o un cónsul. A estos personajes se les reservaba un ritual aparte con cremación para ellos solitos mientras que los EQVES llevaban a cabo el DECVRSIO EQVITVM, una especie de parada o danza marcial que se llevaba  a cabo con los caballos alrededor de la pira mientras esta se consumía. Una vez apagada se recogían las cenizas y demás restos y se depositaban en una urna para ser enviada a su familia de forma que pudieran darle sepultura en su panteón familiar y completar todos los ritos y fastos fúnebres acordes a su rango. En cuanto al resto del personal, una vez que llegaban a Roma las listas de bajas eran puestas en manos de funcionarios que se encargaban en comunicar a la familia del caído que ya podían dejar de preocuparse por él. Con todo, debemos recordar que muchos legionarios que servían en los acantonamientos permanentes repartidos por el imperio formaban una familia con mujeres con las que se amancebaban y que, como es natural, les daban hijos, los cuales eran considerados como herederos de sus bienes aunque no podían obtener la ciudadanía ya que el matrimonio no estaba legalmente permitido y, por lo tanto, sus hijos no eran legítimos.

Banquete funerario. Aunque el difunto estuviera metido en un hoyo en la
lejana Britania, el funeral había que completarlo de cabo a rabo so pena
de verse impuros para los restos
Para los romanos era especialmente importante el tema del FVNVS, las honras fúnebres, ya que el ritual facilitaba la partida del alma del difunto y, más importante, alejaban malos espíritus y phantasmas cabreados por haberse ido sin un funeral como Júpiter manda. Una familia con un muerto era NEFAS, nefasta, por lo que a ellos también les resultaba imperioso purificarse con los rituales necesarios. Como la mayoría se debían llevar a cabo sin la presencia del difunto, que había acabado en una fosa común a cientos de kilómetros de Roma, se procedía a un FVNVS IMAGINARIVM. Los gastos derivados de los rituales incluyendo el banquete fúnebre, las lloronas, los músicos y el cenotafio en su honor (muchas estelas funerarias que vemos en los museos jamás tuvieron bajo ellas a su correspondiente muerto) corrían a cargo el ejército, que echaba mano del SEPOSITA, la cuota obligatoria que se detraía del sueldo a cada legionario para gastos de equipo, sanidad o, como en este caso, fallecimiento. 

El SEPOSITA se guardaba junto a los dineros de la legión en el AEDES, el recinto sagrado del CASTRVM donde se custodiaban los estandartes (de eso ya hablamos en su día). En caso de que el difunto gozase de una posición económica holgada por su estatus social, en su testamento podría dejar ordenado que se celebrasen unas exequias de postín con un FVNVS PRIVATVM cuyo costo lo pagaba la familia, que para eso tenían pasta de sobra. Por cierto que en las estelas funerarias se ponía, aparte del nombre, la edad, rango y alguna frase piadosa pero no las causas de la muerte, por lo que no era posible saber si esta había sido en combate o de una cagalera atroz. Solo hay escasas excepciones en las que se menciona este detalle, e incluso se conserva una del cenotafio de un centurión llamado Marco Caelio Rufo, de 53 años, caído durante el desastre de Teutoburgo y en el que se dice que "si alguna vez aparecen sus huesos, deben ser enterrados aquí". Por desgracia, del pobre Caelio nunca más se supo, y sus cenizas aún abonan los bosques de Germania, amén. En la foto de la izquierda podemos verla. En la lápida aparece su persona revestida, como era habitual, con el emblema de su rango, el VITIS, y sus condecoraciones, TORQVIS y PHALERÆ. Además, le acompañan los bustos de dos de sus antepasados.

Erigiendo un TROPÆVM tras la batalla. En el suelo
se ven las armas enemigas que luego se colocaran sobre
el montículo
En cuanto a los heridos, los que fuesen entregando la cuchara en lo días posteriores a la batalla corrían la misma suerte que sus compañeros. Una vez fenecidos sus cuerpos eran llevados fuera del CASTRVM por la PORTA PTRÆTORIA y se seguía el mismo proceso: CREMATIO + FOSSA y aquí paz y después gloria. Los gastos de sepelio, ritos y demás zarandajas eran también costeados por el ejército, y en casa su correspondiente FVNVS para alejar los malos rollos espirituales. A nivel militar y de forma excepcional se podía erigir un TROPÆUM o trofeo, una costumbre heredada de los griegos. El TROPÆUM, palabro proveniente de τρὀπαιον (trópaion), consistía originariamente en una especie de monigote formado con un tronco de árbol (o un simple poste de no haber árbol a la mano) revestido con una armadura, el yelmo y, en dos ramas colocadas a modo de travesaños, el escudo de un enemigo. Era una forma de ofrenda a los dioses como acción de gracias y como aviso a los enemigos de la victoria que acababan de obtener; digamos que era una especie de toma de posesión del campo del honor. Los romanos lo adoptaron inicialmente con la misma simbología vistiendo en monigote con armas de legionario y agrupando en la base armas capturadas al enemigo pero, posteriormente, tomó unas connotaciones diferentes ya que no se colocaba en el campo de batalla, sino en unas parihuelas en las que, además, sentaban a los prisioneros de guerra más señalados para pasearlos en la cabalgata de los generales que volvían victoriosos a Roma y a los que el Senado concedía el triunfo.

Los romanos debían tener un presupuesto suntuoso para
sacrificios, porque estaban constantemente chantajeando a
los dioses. Y no solo con animales, sino con incienso,
maderas aromáticas, frutas, etc. Lo que fuera para que no se
cabrearan más de la cuenta
Bien, estos eran los difuntos más ilustres, los que daban su vida por la patria y tal. Pero en el ejército también se podía morir de otras formas menos honorables, como está mandado, principalmente de enfermedades, bien contraídas a nivel individual o como consecuencia de una epidemia. Los romanos, que eran supersticiosos hasta la médula, consideraban que las plagas eran un castigo enviado por los dioses por cualquier agravio aunque no tuviese nada que ver con ellos. Es decir, que igual los dioses se habían cabreado porque el emperador Fulano era un sujeto disoluto e indecente y castigaba a todo bicho viviente, lo que por cierto siguió practicando afanosamente el cristianismo hasta épocas relativamente cercanas para tener al personal debidamente acojonado. En cuanto se detectaba la presencia de un miasma, término procedente del griego que significa "contaminación", saltaban todas las alarmas porque la ira divina podía acabar con una legión entera en un periquete. Lógicamente, en una época en que no se sabía qué leches era un puñetero virus había que echarle la culpa a alguien. Así pues, los augures y sacerdotes que acompañaban al ejército a modo de capellanes castrenses empezaban a practicar LVSTRATIOS y sacrificios para aplacar la cólera de los dioses y alejase de ellos el miasma que, según sus creencias, tenía vida propia y se movía por el territorio a su antojo. Los muertos como consecuencia de la plaga eran sacados a toda leche del CASTRVM, cremados y enterrados porque tontos no eran y sabían que mantener cadáveres especialmente impuros (imaginemos lo que supondría para ellos la visión de un hombre cubierto de viruela) no era nada recomendable. En este caso también se procedía del mismo modo que con los caídos en combate, pero eran muertos de segunda ya que no solo no habían muerto en batalla, sino por un designio de los dioses. Mejor escapaban los que fallecían como consecuencia de algún tipo de accidente como caídas de caballo o haciendo algún tipo de obras en el CASTRVM ya que, al cabo, estaban en acto de servicio. No obstante, su muerte tampoco era considerada como honorable. 

Al final, los que salían mejor parados eran los buitres y los cuervos de la
comarca, que se ponían de grana y oro
Y ya solo nos quedan los despojos de mierda de tercera clase, los desertores y los suicidas. Cuando se procedía a pasar lista tras la batalla se interrogaba al personal por los desaparecidos porque en aquella época aún no te podía volatilizar un obús. Había muertos, heridos e ilesos, pero si faltaba alguien solo podía ser por dos motivos: o se había largado o habían preferido matarse antes de combatir. Los testigos aportaban la información oportuna y se procedía en consecuencia. Ya dijimos al principio que un legionario que moría intentando rescatar un estandarte o incluso auxiliar a un compañero estaba considerado como un suicida, pero honorable. Pero el que se mataba para no luchar o para no caer prisionero en vez de morir matando era un traidor y no merecía más que el desprecio de sus compañeros. Así pues, los cadáveres de los que podían encontrar eran simplemente abandonados en el campo como pasto de buitres y alimañas, por lo que sus atribuladas almas de cobardicas jamás encontrarían descanso y vagarían para siempre en forma de espíritu puñetero, y a los desertores a los que podían echar el guante les reservaban una muerte que también los condenaría a vagar en la nada AD SECVLA SECVLORVM: serían ahorcados o crucificados. ¿Que por qué no degollados, lapidados o apaleados como era más habitual en el ejército? Muy fácil. Pues porque según las creencias de los romanos, todo aquel que palmaba sin tocar el suelo su alma no lograría alcanzar el inframundo y sus cuerpos quedarían colgando del instrumento de suplicio como carroña. Habría que distinguir otro tipo de suicidio, en este caso el de mandos que, ante una sonada derrota, preferían la autolisis a enfrentarse al Senado o al emperador, pero de ese tema ya hablaremos en una entrada dedicada a los suicidas, que también tiene su enjundia.

En fin, criaturas, así era el mundo funerario en las legiones. Como hemos, no es que difiera mucho de las modernas honras que se rinden a los que mueren como los buenos. Con todo, el final siempre es el mismo: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. 

Hale, he dicho

Las legiones de Varo tuvieron una muerte dulce y honorable, pero curiosamente ni uno de ellos pudo manifestarse
al respecto

lunes, 14 de enero de 2019

Curiosidades: la logística de las legiones romanas


Esta es la imagen que se nos suele venir a la cabeza cuando hablamos del ejército romano en marcha: estandartes, insignias,
músicos y una interminable formación que se pierde en la lejanía. Sin embargo, nunca tenemos en consideración la
IMPEDIMENTA que, de por sí, suponía cientos de animales y carros para transportar todo lo necesario, desde víveres y
agua a máquinas de guerra


Escena de la Columna de Trajano que muestra a las tropas
cargando naves para aprovisionar al ejército imperial
por el Danubio
Por lo general, cuando sale a relucir el tema de las legiones en sus diversas facetas, solemos omitir la que quizás sea una de las más importantes: la logística. Sí, esa cosa que aunque es más antigua que la tos no ha sido hasta los tiempos modernos cuando se le ha dado la relevancia que merece. Porque si un ejército no dispone de vituallas ni le reponen todos los bastimentos que se van deteriorando a lo largo de una campaña tiene la derrota asegurada. Un ejército hambriento rinde menos que una linterna sin pilas, y más en una época en que las tropas debían acarrear todo su equipo durante interminables etapas a lo largo de varios días, lo que como es lógico requería un aporte de calorías más que notable. Así pues, en las charlas con que los cuñados intentan apabullarnos con sus conocimientos adquiridos en los pésimos documentales de Canal Historia, se habla de las legiones en orden de combate, las legiones en marcha, las legiones acantonadas, los campamentos de las legiones e incluso lo cojonudas que eran las letrinas de los CASTRA, donde podían hacer caquita apaciblemente mientras ponían a caldo al legado, al tribuno, al centurión, al mismo césar y, por supuesto, al colega al que le prestaron 20 denarios hacía dos años y no había forma de recuperarlos. 

La imagen nos da una idea de los chismes que tenían que cargar los
legionarios, a los que había que añadir sus raciones para los días que
durase la campaña
Solemos tener más o menos claro cómo se distribuían las tropas en cada marcha (de todas formas ya hablaremos de este tema más detenidamente), o de la dieta habitual de estos probos imperialistas. Sin embargo, el tema de la logística es quizás una de las temáticas más desconocidas porque, como no tienen mucho de heroico en apariencia, pues no se le da importancia. Pero la tenía de la misma forma que actualmente un ejército no podría pasar más de 3 ó 4 días sin sus raciones de combate porque, simplemente caerían redondos al suelo con una hipoglucemia o deshidratados como un tuareg que perdió el camello en mitad del desierto a 1.500 km. del oasis más cercano. Un imperio que cada vez se extendía más y con unas fronteras cada vez más lejanas de la metrópoli tuvo que dar forma a un complejo sistema logístico para poder suministrar a sus ejércitos, bien llevándoles suministros, bien recurriendo a la población local o, ya puestos, ponerse en plan borde y requisar todo lo habido y por haber aún a costa de dejar a los civiles sin una migaja que llevarse a la boca. 

Partida de forrajeadores haciendo acopio de condumio para los animales
de la legión. Harían falta cientos de kilos solo para saciarlos apenas un día
Por lo tanto, en esta entrada veremos cómo y de qué forma fueron mejorando su red logística que, aunque sin la meticulosidad romana, podemos aplicar incluso a los ejércitos medievales ya que durante siglos el tema de los suministros a los ejércitos en campaña permaneció prácticamente invariable por una cuestión bastante simple: las guerras, aunque durasen años, en realidad se limitaban a largas épocas de inactividad intercaladas con alguna que otra batalla o incursión. Así se podían tirar décadas enteras cuando la realidad era que si se eliminaba dicho tiempo de inactividad duraban unos días, o sea, los invertidos en librar las tres o cuatro batallas de turno hasta que uno de los contendientes optaba por rendirse o por dar término a su invasión. 


En este fragmento de la Columna de Trajano podemos ver
a la izquierda una gran cantidad de madera apilada preparada
para su transporte. A lo largo de la espiral de la columna
aparecen varias más
Cuando llegaba la primavera empezaban a prepararse, a comienzos del verano se ponían en movimiento, y en cuanto el otoño hacía acto de presencia daban media vuelta y se largaban cada cual por donde habían venido. Solo en casos de asedios extremadamente largos en los que las tropas sitiadoras tenían asegurado el sustento durante el otoño y el invierno se optaba por mantener el cerco para no dejar al enemigo recuperarse, perdiendo así el tiempo y los medios ya invertidos durante meses. Pero, fuera aparte de estos casos excepcionales, las campañas se limitaban por lo general a breves y violentos encuentros tras los cuales podían ocurrir dos cosas: una, que ambos ejércitos retornaran a su lugar de origen, uno victorioso y el otro derrotado; y dos, que el victorioso decidiera ocupar el terreno que dejaba libre el derrotado, lo que solo se podía llevar a cabo si se tenían aseguradas las vías de suministro para pasar la invernada ya que, de no ser así, acantonarse o prolongar la ocupación militar era simplemente imposible, y más estando rodeados por una población hostil y restos del ejército vencido deseosos de tomarse cumplida venganza fileteando a los merodeadores, forrajeadores, exploradores y, en definitiva, a cualquiera que saliera del campamento. En resumidas cuentas, que no era ni remotamente tan fácil de imaginar lo complejo y lo costoso que era solo el hecho de poner en marcha una legión de cinco o seis mil hombres más los 300 jinetes y sus respectivos pencos, o sea, lo mínimo que se despachaba para una campaña normal y corriente tanto de agresión como defensiva. Así pues y hecho el introito vamos al meollo de la cuestión.


Legionario cargando la acémila de su CONTVBERNIVM. En el serón se aprecian
los chismes que transportaban, en este caso utensilios de cocina
Es más que probable que muchos que me leen no hayan caído en un detalle cuando en las pelis salen esas interminables columnas de combatientes caminando por mitad de la nada, y es que esos miles de hombres necesitaban diariamente unas cuantas toneladas de grano, varios cientos de kilos de legumbres y carne o pescado, miles de litros de agua y cientos de litros de vinagre. A eso, debemos añadir el consumo de los cientos de acémilas que acompañaban a una legión. ¿Cómo dice? ¿Que acaso las acémilas no podían alimentarse del pasto del campo? Si lo había sí, pero si no había pasto, ¿qué? Además, un mulo, caballo, asno o buey que llega al final de la jornada agotado de cargar con unos 150 kilos de peso o tirar de un carro cargado hasta las trancas necesita forraje de calidad, grano y pasto fresco para recuperar las energías además de grandes cantidades de agua. A título orientativo, un mulo o un caballo precisa de unos 25 litros de agua al día, y un hombre cargado con su equipo y armas en un clima medianamente cálido al menos 3 litros. Pero eso no es todo. Esos cinco o seis mil hombres tienen que hacer fuego para cocinar y/o calentarse, y puede que no haya un puñetero leño seco en kilómetros a la redonda. No vale ponerse a talar porque la madera verde arde muy mal- si es que logran que prenda- y, lo que es peor, levanta grandes humaredas que delatan su presencia a grandes distancias. No hablamos de una fogatita, sino de una hoguera por CONTVBERNIVM, 8 hombres, así que los fuegos de campamento de una legión podían superar los 65o como mínimo. Y para eso había que añadir a la IMPEDIMENTA grandes cantidades de leña seca en prevención de que durante el camino no encontraran ninguna. 


Carro cruzando un vado con la ayuda de varios legionarios. Estos lugares
se convertían en lodazales intransitables tras ser pateados por miles de
hombres y animales
Como ya podemos imaginar, ningún militar razonablemente competente se plantearía arriesgarse a partir sin, por ejemplo, una provisión adecuada de agua porque no tenía ni puñetera idea de si había cursos fluviales o fuentes donde proveerse o, caso de haberlos, si estaban secos ya que las campañas, como se ha dicho, se iniciaban en época seca. Pero es que, además, el malvado enemigo, sabedor de que el ejército debía cruzar por tal río en tal sitio porque era el único vado posible en muchísimos kilómetros, podía envenenar las aguas arrojando cadáveres de animales o de cuñados corriente arriba, lo que anulaba en un periquete la combatividad de los cinco mil probos invasores por haber bebido agua contaminada. Así pues, debía salir de casa con miles de litros de agua para que la campaña, por lo general de solo unos días de duración, no se fuera al garete por morirse de sed media legión. Para hacernos una idea, solo a razón de dos litros diarios por hombre (eran más, más lo que necesitaban para las bestias) eran precisos 10.000 litros, que multiplicados por diez días de campaña ascendían a 100.000 litros o, lo que es lo mismo, 100 m². Por si alguien no se hace una idea de cuánto volumen supone eso, sería el de una piscina de 10 metros de largo, 5 de ancho y 2 de profundo, o sea, una piscina cojonuda para rodearla con una concertina y minas anti-persona no sea que un cuñado se presente con sus pequeños orcos a llenarla de meados y hongos un domingo cualquiera. El agua, al igual que el vino y el vinagre, solía transportarse en odres para evitar roturas y ahorrar peso. Un odre de piel de cabra tenía una capacidad relativa en base al tamaño del animal, pero si le damos una media de 30 litros por odre harían falta 3.333 unidades solo para esos 100.000 litros, que ya hemos dicho que en realidad eran más, y eso solo para cinco días de ida y cinco de vuelta y sin saber dónde podrían reponer el agua consumida, más el tiempo que llevaba rellenar miles de odres. En fin, nos movemos en cifras que, seguramente, muchos ni se han planteado en la vida, pero sirva este ejemplo para darnos cuenta del enorme gasto y previsión necesarios para poner la máquina en marcha. Dicho esto, veamos con más detalle estas cuestiones.


Escena de la Columna de Marco Aurelio. En este caso presenta un carro
cargado con armas y pertrechos
Por regla general, la RES FRVMENTARIA, o sea, los suministros de víveres para hombres y animales que el ejército romano solía llevar consigo, oscilaban entre los 15 y los 30 días, dependiendo de la distancia del destino. Ojo, cuando hablamos de raciones para 15 o 30 días significa que la distancia máxima a recorrer era de entre 7 y 15 días, porque luego había que desandar los andado. Ya hemos visto que la distancia que se recorría en una etapa normal era de 20 millas romanas (29 km.), por lo que la distancia máxima prevista podría ser en este caso de unos 200-250 km. a lo sumo desde el punto de partida más otros tantos de vuelta. Si se disponía de vías de suministro seguras (muchas de las carreteras romanas abiertas por su imperio surgieron precisamente como vías de suministro para el ejército), siempre cabía la posibilidad de hacerles llegar víveres en caso de que la campaña se prolongase más de la cuenta o, caso de no estar en territorio hostil, adquirir suministros en las poblaciones que les pillaban de paso. Si por el contrario se movían por territorio enemigo ya no era tan fácil, porque los convoyes de víveres eran atacados a pesar de ir protegidos, y la población civil optaba por la añeja táctica de la tierra quemada, o sea, meter fuego al grano y llevarse al ganado o matarlo de no ser posible trasladarlo, no dejando nada aprovechable al invasor. 


Típico carromato romano de cuatro ruedas tirado por una yunta de bueyes,
en este caso cargado de toneles. Entre la IMPEDIMENTA de una legión
figuraban decenas de vehículos de este tipo solo para el transporte
de víveres y agua
Generalmente, cuando se iniciaban campañas de larga duración que suponían además la ocupación de territorio enemigo como parte de la política expansionista del imperio, se estudiaba la posibilidad de usar puertos marítimos o las vías fluviales para hacer llegar víveres y bastimentos a unos ejércitos que ya no estaban formados por una mísera legión, sino por varias, por lo que hablamos de veinte o treinta mil hombres a los que había que llenar el buche a diario. De no ser posible hacer uso de las vías fluviales, como por ejemplo hicieron Adriano con el Danubio o Tiberio con el Elba, había que recurrir al transporte terrestre, mucho más arriesgado como ya hemos dicho. No obstante, a medida que el imperio se extendía se iban estableciendo puestos y depósitos de aprovisionamiento que llegaban hasta el LIMES, las fronteras del imperio, por lo que el punto de partida del ejército no era la metrópoli, sino un CASTRVM estable situado a cientos o miles de kilómetros cuya guarnición obtenía sus vituallas de esos depósitos. 


Legionario cargado como una mula: armas, ropa de abrigo,
una muda, utensilios de cocina y sus "raciones de combate"
empacadas en la SARCINA, la tatarabuela de la actual
mochila militar
Otra cuestión era el transporte de las vituallas. Antes del Principado, lo habitual era disponer de dos acémilas por CONTVBERNIVM de ocho hombres más dos servidores no combatientes en las que se cargaba la pesada tienda de campaña de cuero, las herramientas, el pequeño molino de mano, el CIBVS CASTRENSIS (las raciones de campaña) y el forraje para las dos bestias. Dos mulas por CONTVBERNIVM suponían nada menos que 1.250 animales para una legión de 5.000 hombres, a las que había que sumar las destinadas a los carros para el agua, vinagre, vino, los pabellones de los oficiales y, en un momento dado, incluso máquinas con sus respectivos proyectiles. Estas se solían transportar desmontadas. Y, un añadido más, las herramientas y útiles de carpinteros y herreros que debían acompañar al ejército para montar las máquinas, repararlas llegado el caso, herrar bestias, reparar armas, etc. Esta enorme cantidad de animales, aparte del gasto que acarreaban al erario público, suponían una rémora en la movilidad de las tropas y, por ende, un retraso a la hora de alcanzar los objetivos marcados, por lo que Gaio Mario, en sus reformas del ejército, decidió que se suprimieran parte de los animales para el bagaje, teniendo que llevar cada legionario sus propias raciones para los días que durase la campaña, lo que suponía una media de 20 kilos extra según Vegecio, a los que había que añadir los otros 20 de las armas y el equipo individual transportado en las típicas FVRCÆ que nos resultan tan familiares y que fueron implantadas precisamente a raíz de estas reformas que convirtieron a los legionarios en las famosas "mulas de Mario". Así, cada hombre se veía paseando por su enorme imperio con unos 40 kilos de carga (más que un soldado moderno armado hasta los dientes), quedando un solo animal para el CONTVBERNIVM y las herramientas comunes, o bien transportar los de varios CONTVBERNIA en un carro en común. Los carros, recordémoslo, eran un grave problema si había que cruzar cursos fluviales, por lo que se prefería prescindir de ellos. 


Un descanso y un sorbo de tinto para recuperar
fuerzas. Era increíble la resistencia que tenían estos
incombustibles ciudadanos
Así pues, aquí tenemos que a la magnificente legión de probos imperialistas los acompañaba una columna de cientos de acémilas que debían ir fuertemente protegidas si no querían verlas en manos de guerrilleros enemigos, y eran distribuidas en la formación en base a determinados factores como, por ejemplo, la dirección desde donde podría atacar el enemigo, o bien si avanzaban o se retiraban o incluso en función del terreno por donde se movían. Aparte de eso, si se terminaba el forraje debían detener la marcha y designar hombres para forrajear, teniendo que desplazarse la distancia necesaria para recolectar los cientos de kilos necesarios para alimentar a las bestias mientras que otro grupo de escolta vigilaba celosamente por si aparecían enemigos dispuestos a darles las del tigre. Si regresaban sin forraje o les mataban las mulas ya sabían que deberían abandonar parte de la IMPEDIMENTA con lo que ello suponía. De ahí el interés cada vez mayor en reducir al máximo el número de animales por legión ya que el imperio crecía cada vez más, las distancias a recorrer eran mayores, y ya no se trataba, como en tiempos de la República, de campañas de una semana donde importaba poco perder toda la IMPEDIMENTA porque estaban como mucho a tres o cuatro días de casa.

Otra cuestión era el tipo de víveres que el legionario llevaba encima, lo que se dirimía en base a la hipotética duración de la campaña, así como el terreno donde se llevaría a cabo. Veamos dos opciones básicas, porque lógicamente podían ser muchas debido al mogollón de factores que eran tenidos en cuenta por el legado, que al cabo era el que debía organizar el cotarro con la ayuda del PRÆFECTVS ANNONÆ, que era el encargado de los suministros.


Moliendo la ración de trigo para 8 hombres,
operación cotidiana que, además de ser un
coñazo, debía suponer una larga espera hasta
tener el pan listo para consumir
Opción 1. Para una campaña breve se prefería llevar encima harina ya molida o BVCCELLATVM (galleta). La primera no tenía tiempo de estropearse, y la segunda no precisaba cocción ya que estaba preparada. Para su consumo, como ya se explicó en su momento, era preciso remojarla porque estaba dura como un cuerno. La ración media diaria (según qué autor, porque hay varias hipótesis) oscilaba por los 850 gramos de grano/harina o de 650 de galleta, menos densa y pesada por contener menos humedad. La harina tenía además la ventaja de que, caso de no disponer de tiempo para cocer el pan, se mezclaba con agua obteniendo PVLTIS, las gachas a las que los romanos eran muy aficionados. La grasa alimenticia la llevaban en forma de aceite envasado en ánforas u odres y carne de cerdo en salazón, y como complementos se recurría, como es lógico, a cosas que no se echaran a perder rápidamente como aceitunas, quesos y, caso de disponer de ellos, huevos e higos y frutos secos que aportaban gran cantidad de calorías. Como vemos, la realidad es que era una dieta muy rica en hidratos, grasas y proteínas, todos ellos necesarios para que un sufrido imperialista fuese capaz de pasearse 30 ó 40 km. sin caer reventado.


Odres. Valían para cualquier líquido y duraban años y años
Opción 2. La logística para campañas largas era obviamente más complicada de organizar. De entrada, se prescindía de la harina porque se estropeaba con rapidez- sobre todo en zonas húmedas-, prefiriéndose el grano. Ello suponía que cada CONTVBERNIVM debía molerse su ración diaria de unos 7 kilos de grano, preparar la masa y cocerla como ya se explicó en su momento (véase la entrada relacionada al final del texto). También se solía cambiar el aceite por LARDVM, manteca de cerdo que servía para cocinar, freír o comerla sin más. Su envasado era más cómodo que el aceite, que debía transportarse en ánforas u odres, y solo en caso de que no se dispusiera de ganado porcino se sustituía por mantequilla obtenida de la leche. El resto de vituallas eran básicamente las mismas ya que un queso o un tonel de aceitunas duraban bastante tiempo, a lo que podemos añadir las legumbres que se consumían hervidas. Como es lógico, si podían echar el guante a cualquier cosa comestible que les sacara de la monotonía de siempre era bien recibida, como verduras, carne o pescado frescos, mariscos, moluscos tanto marinos como fluviales, etc. No obstante, un legado podía ordenar reducir el surtido de víveres si quería aligerar al máximo el peso de las vituallas para una acción rápida, limitándolas a grano o BVCCELLATVM, manteca de cerdo y queso.


CONTVBERNIVM, la pesada tienda de campaña de cuero
para 8 hombres. Era de las pocas cosas que tuvieron que
seguir siendo transportadas por acémilas o carros
En cuanto a los líquidos, aparte de la imprescindible agua, se transportaba ACETVM (vinagre), que como ya se contó en su momento se podía consumir mezclado con agua (POSCA) o a pelo si se veía que las fuerzas flaqueaban. En ocasiones excepcionales el legado podía permitir la distribución de vino, como en la víspera de la batalla o para celebrar cualquier efemérides. Aparte de eso, recordemos que el vinagre tenía propiedades antisépticas, por lo que era bastante eficaz para lavar heridas, tenía diversas propiedades curativas y prevenía el temible escorbuto por su contenido en vitamina C. Según Catón, durante las marchas únicamente se debía permitir saciar la sed con agua, y solo cuando los síntomas de cansancio empezaban a hacerse notar entre el personal era cuando se permitía beber POSCA si bien, como es lógico, cada legado adoptaba la norma que le daba la gana. No obstante, el vinagre sin diluir podía producir una fastuosa borrachera así que convenía vigilar al personal no fuesen a beber, en vez de agua con vinagre, vinagre con agua, ya me entienden. Por regla general, los líquidos eran transportados en odres o toneles, dejando de lado las ánforas siempre que fuera posible por su fragilidad y su elevado peso. 


Legionarios haciendo acopio de ganado procedente de un saqueo.
Como es obvio, siempre que era posible se echaba mano a los
recursos del enemigo, práctica que aún perdura si bien ahora en vez
de cabras o grano se prefiere el petróleo o los minerales
Una vez que la estructura del imperio estuvo sólidamente consolidada se hizo necesario establecer una red de comunicaciones en las vías que habían trazado por todo el territorio. Estas comunicaciones eran vitales en muchos aspectos ya que era necesario hacer llegar a Roma correos urgentes con información acerca de lo que ocurría en las fronteras, así como las órdenes de los emperadores al respecto. Del mismo modo, se estableció un servicio de correos por el que las mismas tropas podían contactar con sus seres queridos y, aprovechando la misiva, pedirles dinero porque se habían jugado la paga a los dados o se la habían gastado en putas y juergas y, por supuesto, para que los legados pudieran enviar solicitudes de vituallas a destacamentos o CASTRA en el LIMES cuando determinadas reservas empezaban a menguar. Este servicio de correos estaba formado por STATIONES VIARVM que ya empezaron a funcionar en tiempos de Augusto organizadas por el indudable talento militar de Marco Vipsanio Agripa, su hombre de confianza, y básicamente eran lo mismo que las casas de postas que estuvieron en funcionamiento hasta que desaparecieron las diligencias, pero en este caso destinadas exclusivamente para uso militar. Eran usadas por jinetes que se iban relevando a cada tramo para el correo urgente, o bien por carromatos a los que se reponían los tiros por animales de refresco. La complejidad que alcanzó este sistema obligó- según las fuentes a consultar en tiempos que iban desde Cla-Clau-Claudio a Adriano- a la creación de un funcionario responsable del buen funcionamiento de las STATIONES y todo lo que ello suponía.


Cargando un bote con toneles. El suministro por vía fluvial no solo era más
barato, sino también más rápido y seguro. Los bastimentos proceden del
depósito fortificado que aparece a la derecha de la imagen
Se trataba del PRÆFECTVS VEHICVLORVM, cargo de gran responsabilidad desempeñado por un EQVITE y que no se ponía en manos de cualquier cuñado o compadre, sino de hombres de probada experiencia en temas administrativos y de transporte. Estos funcionarios se encargaron además de facilitar carros y animales para el ejército cuando se solicitaban para formar un convoy de aprovisionamiento en lugares fuera de las STATIONES. Por poner un ejemplo, el legado Fulanus había adquirido una determinada cantidad de grano para su legión acantonada en el LIMES y precisaba de vehículos de transporte. Pues enviaba al PRÆFECTVS VEHICVLORVM un mensaje en el que le requería los vehículos y acémilas necesarias para transportarlas al CASTRVM (recordemos que no hablamos de unas decenas de sacos, sino cientos y cientos conteniendo toneladas de trigo para alimentar a miles de hombres durante meses o incluso un año entero).


Probo ciudadano recreacionista empacando su SARCINA. A su
considerable peso habría que añadir alrededor de 1,2 kilos por cada
ración extra en caso de tener que partir con más víveres de lo habitual
en prevención de una campaña un poco más larga
Como vemos, la complejidad de la intendencia romana no tenía nada que envidiar a la de cualquier ejército actual y, al igual que ocurre en tiempos modernos, solo en caso de que fuera imposible cumplimentar la petición del legado Fulanus, este se vería obligado a requisar los vehículos y animales necesarios a la población civil, bien pagando un estipendio en concepto de alquiler o compra si estaban en territorio amigo o, si se terciaba o estaban en territorio hostil, pues se lo llevaban por la cara, todo ello ante el obvio cabreo de los propietarios que se veían sin su mula para poder arar el campo o su carro para transportar sus productos a los mercados. El PRÆFECTVS VEHICVLORVM debía actuar en perfecta coordinación con el encargado de los suministros de víveres de las legiones de cada provincia, el PRÆFECTVS ANNONÆ o, en su defecto, el PROCVRATOR, a los que, como se ha dicho, debía facilitar el transporte de las vituallas necesarias, especialmente cuando se preveía una campaña y había que disponer de todo lo necesario antes de ponerse en marcha. 


Arcobalista transportada desmontada sobre un carro.
De la misma forma se podía llevar un onagro, una enorme
balista o incluso un ariete y su tortuga
En fin, con lo expuesto creo que ya podemos hacernos una idea bastante clara de que la logística, esa organización tan desconocida y tratada a lo sumo muy por encima cuando se habla de estos temas, no es que fuera importante, es que era vital para iniciar cualquier campaña. No hablamos de llenar unas cuantas cantimploras y cargar un carro con media docena de quesos y un par de sacos de trigo, sino de hacer acopio de miles de litros de agua, vinagre y vino, de decenas de toneladas de grano (unos 4.25o kilos diarios para una legión de 5.ooo hombres), de legumbres, toneles de higos secos, de quesos, de aceitunas e incluso de madera seca y forraje y grano para los animales, además de juntar cientos de acémilas y carros para transportarlo todo, miles de odres, de toneles, etc. Me apuesto mis augustas barbas a que más de uno y más de dos de los que me leen no han caído nunca en estos detalles. 

Bueno, hasta aquí hemos llegado por hoy.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


sábado, 5 de enero de 2019

El Cañón de París


Cañón de París montado en el campo de tiro de la marina de Altenwalde. Su excesivo alcance impidió que las pruebas
se llevaran a cabo en el polígono de la Krupp en Meppen porque se quedaba corto para este monstruo

Dilectos lectores, el 2018 se fue al carajo. Pero lo horripilante es que parece que empezó ayer, así que miedo me da pensar cómo pasará de rápido el 2019 para, en un año más, empezar con la tercera década del siglo XXI. Bueno, ya sabemos que el tiempo es el enemigo inexorable del hombre y tal, así que ajo y agua. Me da la impresión de que ya he dicho algo parecido anteriormente, pero bueno, da lo mismo. Dicho esto, comencemos.

Terminando de montar un cañón al que aún no se le han colocado los tirantes
que lo mantienen alineado
Como anticipé antes de que el año que se acaba de ir al carajo se fuese al carajo, este 2019 lo iniciaríamos con la precuela del famoso Wilhelm-Geschütz que tanto dio que hablar en su día por sus increíbles prestaciones en lo referente a alcance, porque en lo tocante a poder destructivo obtuvo unos resultados un tanto birriosos pero, eso sí, acojonar acojonó enormemente al personal. En los comentarios derivados de la entrada anterior, varios lectores hicieron especial hincapié en la cuestionable utilidad de invertir el pastizal que debió costar sacar adelante este chisme para unos resultados tan magros pero, como iremos viendo, aparte de mostrar al mundo la superioridad tecnológica de los tedescos colijo que este descomunal cañón fue en realidad un primer paso que acabó en costalada debido al final de la contienda con la derrota alemana. Es más que posible que, de haber dispuesto de más tiempo, su creador, el profesor Rausenberger, habría podido desarrollar el proyecto obteniendo prestaciones cada vez más asombrosas y, posiblemente, un poder destructivo mucho más contundente que el inicial. 

Bertha Krupp, heredera del imperio metalúrgico, y su
marido, Gustav von Bohlen und Halbach, verdadero
artífice del encumbramiento de la empresa y principal
fautor del rearme alemán tras la guerra. Por concesión
especial del káiser se le permitió usar el ilustre apellido
de su cónyuge anteponiéndolo al suyo propio.
El Cañón de París no surgió de un repentino avenate neuronal de Rausenberger. Como ya podemos suponer, fue el resultado de un proceso iniciado mucho antes de su puesta en servicio. Concretamente, fue en 1914, cuando el imparable avance del ejército imperial permitió a sus mandamases acariciar la esperanza de alcanzar la costa gabacha (Dios maldiga al enano corso) y, desde allí, bombardear Dover, distante 34 km. de Calais, en la costa normanda. En los albores del conflicto, la artillería terrestre estaba basada en artillería de campaña y en artillería de sito, esta última compuesta por obuses de gran calibre y un alcance relativamente corto, de alrededor de los 15 km. y cuyo paradigma fue el mostruoso Gamma Gërat de 42 cm., un arma de solo 12 calibres de largo concebida inicialmente como pieza de artillería costera y, posteriormente, como obús de asedio para machacar literalmente los poderosos cinturones de fortificaciones que defendían la frontera enemiga. Pero para alcanzar distancias superiores era necesario disponer de una artillería de largo alcance que, en aquel momento, solo estaba en servicio en la marina a bordo de los poderosos acorazados y cruceros de la Kriegsmarine. Así pues, surgió la idea de emular a los nipones que, durante la Guerra Ruso-Japonesa, emplearon a fondo artillería naval contra las fortificaciones rusas en Port Arthur. 

38 cm. SK/L 45, más conocido como Langer Max, emplazado en una
posición que combina el trazado ferroviario con la Bettungsschiessgerüst,
una plataforma giratoria que también empleó el cañón de París
Y, como no, fue la omnipresente Krupp la que recibió el encargo de la Junta Naval de desarrollar un cañón capaz de dar un susto de muerte a los british (Dios maldiga a Nelson), acometiendo la empresa con eficiencia germánica para ofrecer en poco tiempo unos resultados bastante alentadores con un cañón naval de 380 mm. y 45 calibres de largo que disparaba un proyectil de 1.050 kg. con el que se obtuvieron distancias de hasta 43 km., superando los requerimientos de la marina para alcanzar Dover. Sin embargo, el ejército imperial no fue capaz de alcanzar la costa de Calais, por lo que se tuvieron que conformar con bombardear Dunkerque, Yprés, Nancy y Verdún. Pero mientras que este monstruo primigenio era emplazado en afustes fijos, se desarrolló un proyecto para adaptar otro cañón naval, en este caso de 355 mm. y 53 calibres de largo, como pieza de artillería ferroviaria, logrando colocar un proyectil de 325 kilos a 57 km. de distancia. Fue durante las pruebas con este tipo de cañones cuando descubrieron, como siempre de forma casual en casos así que, contrariamente a la teoría de que el alcance máximo se obtenía con un ángulo de elevación de 45º, se lograban alcances notablemente superiores entre los 50 y los 55º. El motivo lo descubrieron en seguida: al lograr ascender a una altura mucho mayor, alcanzando prácticamente la estratosfera donde el proyectil volaba en casi en el vacío o con una densidad del aire mínima, la fricción cuasi inexistente permitía llegar mucho más lejos. ¿Que por qué no se dieron cuenta antes, ya que estas piezas llevaban tiempo en servicio? Pues porque cuando estaban montadas en las casamatas de acero de los barcos de guerra su máxima elevación oscilaba entre los 20 y lo 3o grados. Evidentemente, el alcance era muy inferior, pero como un barco enemigo era un objetivo muy pequeño y los instrumentos de puntería y visión tampoco daban para distancias mayores, pues nadie cayó en la cuenta de que, en realidad, estos enormes cañones estaban siendo desaprovechados, bastándoles el hecho de que pudieran perforar las planchas de acero del casco o la cubierta de las naves enemigas llegado el caso.

Proyectil flecha moderno en el momento en que el sabot se desprende del
mismo. La Vo que alcanzan es escalofriante, y a pesar de su ínfimo calibre
traspasan la coraza frontal de un carro de combate como si fuera mantequilla
Y mientras el ejército imperial seguía arrollando todo lo que encontraba a su paso, París empezó a estar a una distancia cada vez más corta del frente de batalla, lo que hizo que, ya que no pudieron bombardear la costa británica, al menos pudieran arrasar un poco la capital del enemigo. Pero para ello haría falta disponer de una pieza capaz de ir aún más allá de los casi 60 km. alcanzados con el cañón naval de 355 mm., así que el profesor Rausenberger, el jefe del departamento de artillería de la Krupp, metió la sesera en la exprimidora para asacar un artefacto capaz de alcanzar una distancia mucho mayor. Aquí se presentó una disyuntiva entre las teorías de Rausenberger y las de su asistente y director técnico de su departamento, el profesor Otto von Eberhard. Este último estaba estudiando la posibilidad de usar el cañón L/52 de 355 mm. para disparar proyectiles sub-calibrados de 210 mm. envueltos en un sabot, o sea, una carcasa que contenía el proyectil para ajustarlo al calibre real del arma y que se desprendía nada más abandonar el cañón. El sabot permitía aumentar notablemente la carga de pólvora ya que el peso del proyectil era muy inferior, lo que se traducía en unas presiones en recámara mucho más bajas con un alcance mayor. Y como colijo que a más de uno esto le sonará a chino, abriremos un paréntesis para explicarlo.

Una de las plataformas giratorias en pleno montaje. Se instalaban sobre
una gruesa cama de hormigón para resistir el enorme peso de la pieza
Hay una serie de reglas fijas en balística. Una de ellas es que si un proyectil pesa X kilos, con una carga de X1 kilos logrará un alcance A con una presión en recámara P. Si aumentamos la carga, aumenta la presión, lo que puede llevar a picos insoportables para la resistencia del arma y hacerla explotar. Por lo tanto para aumentar la carga sin subir la presión solo queda una opción: reducir el peso del proyectil o emplear una pólvora de quemado más lento, pero esta última posibilidad no es válida para las piezas de artillería porque usan un tipo de pólvora diferente al de las armas portátiles. En resumen: para hacer que un cañón de calibre 355 mm. que dispara un proyectil de 325 kilos con un alcance de 57 km. duplique ese alcance solo cabe una posibilidad, reducir el calibre y, por ende, el peso, pudiendo así aumentar la carga de proyección obteniendo una presión en recámara similar. ¿Me he explicado? ¿No? Pues la jodimos, porque no sé como exponerlo de forma más básica. En todo caso, igual alguno de sus cuñados sabe algo del tema, aunque lo dudo. Sea como fuere, lo cierto es que los sabot ideados por von Eberhard son hoy de uso común en la artillería moderna, especialmente en la munición fecha que disparan los carros de combate armados con cañones de 120 mm.

A la izquierda vemos el SMS "Prinz Eitel Friedrich", hermano también
inacabado del "Ersatz Freya", junto al acorazado clase Bayern "Württenberg"
en el puerto de Hamburgo en 1920. Obsérvense los cuatro alojamientos
para las casamatas de la artillería principal prevista para las naves
Pero Rausenberger no acababa de ver claro lo de los proyectiles sub-calibrados, entre otras cosas porque eran algo tan novedoso que sus resultados estaban aún por ver. Así pues, se inclinó por aplicar su teoría, más conservadora por cierto, que consistía en aprovechar cañones de 355 mm. y recalibrarlos con cañas de 210 mm., disparando un proyectil de alrededor de 100 kilos con el que aseguraba podría alcanzar sin problemas los 100 km. Para ello, requirió a la Kriegsmarine que le fueran entregados los nueve cañones SK/L45 de 35 cm. que estaban destinados al Ersatz Freya, un crucero de batalla de la clase Mackensen que no se llegó a construir. Rausenberger presentó el proyecto al coronel Max Bauer, con el que tenía buena amistad y, además, era el jefe de la sección de artillería del estado mayor, el cual a su vez lo pasó al mariscal Hindenbrug y al general Ludendorff para su aprobación, la cual dependía en realidad del Reichmarineamt, ya que la marina era la dueña de los cañones. Finalmente se aprobó la cesión de los cañones con la condición de que fuesen servidos por personal de la armada. Recordaremos como en la entrada anterior se especificó que las tres unidades emplazadas en Mont-de-Joie fueron manejadas por un batallón de artillería naval al mando de un contralmirante. Así pues, con las bendiciones y parabienes de los mandamases, nació el Wilhelmmunternehmen, o sea, el Proyecto Wilhelm con el que se bautizó la empresa en honor al káiser y que acabaría generando el Wilhelm-Geschütz.

La criatura en pleno parto en los talleres de la Krupp
de Essen
Apenas iniciado el proyecto, en febrero de 1917 el general Ludendorff ordenó que el alcance del cañón debía ser de 120 km. en lugar de los 100 previstos inicialmente. La orden se basaba en que el ejército imperial llevaría a cabo una retirada hacia el nordeste de París, alejando el objetivo esos 20 km. de diferencia. Esta medida supuso tener que rehacer mogollón de cálculos, especialmente en lo tocante a la Vo del proyectil, que debía ser al menos de 1.600 m/seg. cuando en aquel momento se estaban moviendo en cifras que oscilaban entre los 940 y los 1.000 m/seg. Por otro lado, el diseño original se basaba en introducir en los cañones de 35 cm. una caña calibrada a 21 cm. de 21 metros de longitud. Para alargar el tiro 20 km. más era necesario aumentar la longitud hasta los 24 metros como mínimo para aprovechar al máximo los gases de la deflagración de la pólvora, pero las máquinas de estriar de la Krupp alcanzaban solo los 18 metros. La solución que dio Rausenberger fue añadir un tramo final de ánima lisa que sería unido al cañón de ánima rayada mediante una brida. Al parecer, se fabricaron extensiones de tres longitudes diferentes, 3, 6 y 12 metros, que podían intercambiarse para modificar el alcance. El resultado final fue un cañón de 34 metros de longitud compuesto por las siguientes partes: un metro del cierre, una recámara de 3 metros, un tramo estriado de 18 metros y una extensión de ánima lisa de 12 metros. 12+18+3+1=34, ¿no?

El cañón ya montado en un afuste naval listo para abrir fuego en el campo de
Altenwalde. Este tipo de afuste permitía girar, pero pivotando la parte
delantera mientras que la trasera rodaba por un raíl. Obsérvense los enormes
contrapesos de hierro colocados sobre la recámara para compensar la
enorme longitud del cañón, así como la estructura que lo sustenta
Pero los problemas técnicos no acababan ahí. Los cálculos hechos sobre la carga se fueron al garete y hubo que rehacerlos, aumentando la carga básica de 120 kilos hasta los 200 de carga máxima, lo que generaría un aumento de 1.000 atmósferas en recámara, 4.000 contra las 3.000 probadas hasta el momento. Y como guinda del pastel, mantener totalmente recto un tubo muy fino en relación a su longitud y que, encima, pesaba más que un mulo ahogado. Resultado: una caída de 90 mm. que se solventó con el característico armazón y los tirantes que sujetaban el cañón en toda su longitud. Para hacer las correcciones pertinentes se colocaba un instrumento óptico en la recámara y un cristal esmerilado en la boca del cañón. En dicho cristal aparecía un retículo en forma de cruz que debía coincidir en el instrumento trasero, lo que se conseguía tensando los tirantes de la estructura del cañón. Una vez que se lograba alinear ambas piezas se bloqueban los tirantes. Cabe suponer que esta medición se llevaría a cabo con cierta frecuencia debido a las distorsiones surgidas a raíz del calentamiento de la pieza, pero no hay datos al respecto.

Y a toda esta serie de interminables problemas se sumaba uno más: la munición, cuyo diseño fue un verdadero alarde de ingenio, y más tras las primeras pruebas de tiro real en Altenwalde que resultaron un verdadero churro. Estas se llevaron a cabo entre el 23 y el 24 de julio de 1917, disparando en dirección suroeste en dirección a la isla de Borkum, una lugar de poco más de 30 km² en el archipiélago de las Frisias Orientales a una distancia aproximada de 130 km. del campo de tiro. Supongo que no apuntarían a la isla, porque estaba habitada por pescadores y, además, contaba con algunas instalaciones militares. Para empezar, el disparo inicial, efectuado con un proyectil inerte por si acaso, se llevó por delante la extensión de ánima lisa, que tuvo que ser sustituida porque la enorme presión la arrancó de cuajo. Una vez solventado el problema se realizaron dos disparos más que nunca se supo dónde leches fueron a parar. Un tercero, que tras recalcular carga y ángulo de tiro pensaban que alcanzaría los 76 km. se quedó en menos de 56. Los dos siguientes se volatilizaron, cayendo sus cachos a menos de 2 km. de distancia, y tras el magnífico estreno se comprobó que el desgaste del ánima había sido muy superior a lo esperado, aunque del tema del desgaste hablaremos más tarde. Como nadie sabía a qué podrían deberse tantos fallos decidieron enviar el cañón a la Krupp, en cuyo campo de tiro de Meppen, provisto de terraplenes de recuperación, podrían ver el estado de los proyectiles para investigar los errores.

Una vez que se recuperaron los cachos de los proyectiles disparados se vio claramente donde estaba el problema. Como vemos en el gráfico de la izquierda, era un modelo diseñado por Rausenberger provisto de una aguzadísima ojiva hueca ideada para mejorar de forma notable su aerodinamismo, ofreciendo una mínima resistencia al aire. Esta ojiva estaba atornillada a un cuerpo central que, a su vez, actuaba como tapón del cuerpo principal, donde iba la carga explosiva de TNT y la espoleta. Como vemos en el gráfico, las paredes de este cuerpo principal eran especialmente gruesas, de unos 5 cm., para que resistiera la enorme fricción que sufriría al recorrer el cañón, y de ahí el poco espacio disponible para los apenas 7,7 kilos de explosivo que almacenaba. Pero el problema estaba en que, como si se tratara de un proyectil convencional, solo estaba provisto de dos bandas de forzamiento de bronce que, como recordaremos, son unos anillos (lo habitual es que lleven solo uno) destinados a tomar las estrías que lo hacen girar y, al mismo tiempo, sellan dichas estrías para impedir que los gases de la deflagración de la pólvora adelanten al proyectil, creando una turbulencia al salir por la boca del cañón que influye notablemente en la trayectoria y, por ende, en la precisión. Y la cuestión es que, debido a las altas presiones, la enorme temperatura y la elevada velocidad que alcanzaba el proyectil a lo largo de su recorrido por la parte estriada del ánima, las bandas de forzamiento simplemente se fundían, o sea, que el resultado era una trayectoria errática incapaz de acertar a un mamut con sobrepeso a medio kilómetro de distancia.

Pero al problema de las bandas de forzamiento inservibles había que añadir otro, y era la transición del ánima rayada a la lisa, en cuyo momento, con las bandas de forzamiento prácticamente fundidas, los gases adelantaban al proyectil y creaban tales turbulencias que era imposible predecir su trayectoria. En resumidas cuentas, había que rediseñar totalmente el puñetero proyectil. Como era evidente que el bronce no valía, Rausenberger optó por mecanizar las estrías en dos resaltes de la misma carcasa, de forma que al introducir el proyectil en el cañón se alojasen directamente en el estriado del mismo. Al ser de acero, en teoría debían resistir todo el estrés consecuencia del disparo. Para sellarlo, ya que este material no era dúctil como el bronce, se empleó una banda de una aleación de asbestos y estaño. El modelo resultante lo tenemos en la figura A, donde apreciamos las dos bandas estriadas. El resultado fue otro fiasco porque el sellado era totalmente defectuoso, y aunque las estrías de las bandas de forzamiento resistían el roce las turbulencias que adelantaban al proyectil le producían la misma trayectoria errática del anterior. Una vez suprimido el asbestos se colocó tras la segunda banda estriada una banda de forzamiento de bronce cuya misión sería únicamente sellar las estrías, pero sin resultados satisfactorios porque se seguía fundiendo y con los gases colándose a través de las bandas estriadas de acero, sobre todo en el momento en que el proyectil pasaba del ánima rayada a la lisa. Esto tenía un efecto añadido, que era una notable pérdida de presión que repercutía negativamente en el alcance del arma.

En noviembre de 1917 y tras tropocientos cañonazos fallidos dieron por fin con la fórmula correcta. El problema de la toma de estrías quedaba solucionado con las dos bandas mecanizadas directamente en la carcasa, pero el paso del ánima rayada a la lisa fue, las cosas como son, un alarde de ingenio. En el instante en que el proyectil entraba en el extensor, el espacio vacío que quedaba tanto en las estrías de acero como en las bandas de forzamiento de bronce permitían el paso de los gases con las consabidas consecuencias: turbulencias, pérdida de presión y disminución de la velocidad, lo que se traducía en trayectoria errática y disminución del alcance. Había que idear pues la forma de que al pasar a la extensión de ánima lisa el sellado no se perdiera. Y para ello se diseñó el proyectil que vemos a la izquierda. ¿Qué es igual a los anteriores pero con una banda de forzamiento más? Sí, pero con truco. En este caso, las dos bandas de bronce estaban montadas sobre una hilera de muescas mecanizadas en sentido longitudinal, de forma que el interior de dichas bandas quedaba encajado en ellas. Al ser los senos donde se alojaban estas muescas de un tamaño mayor, esto les permitía un leve giro de forma que al pasar de una sección del cañón a la siguiente, las de bronce girarían lo justo para mantener el sellado cerrando el paso a los gases a través de las estrías de las bandas de acero. Veamos la secuencia del disparo para entenderlo mejor:

En el gráfico inferior podemos ver el proyectil a punto de pasar a la extensión de ánima lisa. Se aprecia la brida que une las dos partes del cañón, la rayada y la lisa, y la masa de gas incandescente empujando al proyectil. Las bandas de forzamiento de bronce mantienen selladas las estrías para que los gases no adelanten al proyectil. Observemos que las estrías de las bandas de bronce y las de acero están alineadas. No olvidemos este detalle porque es importante. Por último, la línea de puntos señala la "frontera" entre las dos secciones del cañón.


En el siguiente gráfico, las bandas delanteras acaban de pasar al extensor de ánima lisa. Es el momento clave que permite que el proyectil permanezca sellado. Apenas 50 mm. después de pasar al lado liso, la banda de bronce sufre un efecto de contragiro que, en realidad, significa que al tener cierta capacidad de movimiento se detiene por una fracción de segundo mientras que el proyectil sigue girando en el sentido horario. Observemos, tal como señala la flecha, que gira unos milímetros a la izquierda, interponiéndose delante del fondo de las estrías de la banda de acero. Al mismo tiempo, la banda trasera, que aún permanece alineada, permite el paso de gases hacia el centro del cuerpo principal del proyectil, pero sin dejarlos pasar de ahí ya que las bandas delanteras han sellado por completo el cañón.


Y, finalmente, las bandas traseras pasan al lado liso, teniendo lugar en la banda de bronce un efecto idéntico a la que le precede: ha girado en sentido contrario al reloj, sellando la parte trasera del proyectil. Solo queda un remante de gas entre ambas bandas que no supone nada en términos de efectividad. El proyectil proseguirá su avance por los 12 metros de ánima lisa sin que ninguna turbulencia ni pérdida de presión afecte para nada su velocidad ni su trayectoria. Como vemos, un derroche de tecnología que pocos habrían sido capaces de solucionar.


Los resultados sí fueron enteramente satisfactorios esta vez. Los primeros disparos alcanzaron sin problemas los 100 km. de distancia, llegando a los 126 con un aumento de la carga sin que se produjeran picos de presión. Según los ingenieros presentes en la prueba, ese día las condiciones atmosféricas no habían sido todo lo buenas que hubieran deseado porque, de ser así, afirmaban que podrían haber llegado incluso a los 130 km. 

Proyectil, carga suplementaria, carga principal y vaina
contenedora de un cañón de 21 cm. Obsérvese que la vaina
mide nada menos que 125 cm. de altura
Ya solo quedaba solventar el tema del enorme desgaste que sufría el ánima debido a las altísimas presiones y a la fricción, que recordemos que al cuarto disparo de la batería nº 1 de Mont-de Joie ya se había comido casi 7 cm. de material, y que un oficial de balística debía ir midiendo el desgaste tras cada disparo. De hecho, el desgaste se traducía en dos efectos: uno, un aumento progresivo del calibre del cañón a medida que las estrías se iban desgastando, y otro, un desgaste en el comienzo de la recámara que, según detallamos en la entrada anterior, hacía que el valor de introducción del proyectil fuese aumentando de forma paulatina. Para hacernos una idea del desgaste tan bestial que sufrían estas armas basta compararlo con el de un cañón naval de 35 cm. en condiciones normales: mientras que este último tenía una vida operativa de unos 800 disparos- lo que ninguno llegaba a efectuar en toda una guerra y les daba prácticamente para toda la vida operativa del buque donde servían- el Cañón de París debía reemplazar la caña a los 60-70 disparos, momento en que debían ser enviados a la Krupp para sustituir las cañas desgastadas por otras nuevas. Pero, para no perder prestaciones mientras llegaba ese momento, el equipo de Rausenberger había creado un ingenioso sistema para ir compensando el progresivo desgaste del ánima que, no lo olvidemos, se dejaba sentir a partir de los 4 o 6 disparos. Para ello, la munición de cada cañón se producía en serie de 20 unidades secuenciales, y cada proyectil con un calibre determinado en función del nivel de desgaste que medía el oficial de balística tras cada disparo. Estos proyectiles iban debidamente numerados para saber en qué orden debían usarse, y en las tablas que vimos en la entrada anterior figuraba la carga que debía llevar cada uno junto a los demás datos de presión, temperatura, etc. que había que tener en cuenta por cada cañonazo que se daba. Todo estaba meticulosamente calculado, hasta el extremo de que los polvorines situados cerca de los emplazamientos en el frente se mantenían a una temperatura constante de 15º para que no se viese afectada la cantidad de pólvora necesaria para cada nuevo disparo.

Aspecto actual de uno de los emplazamientos, que a este paso aún durará
posiblemente varios siglos antes de que el tiempo y la vegetación lo destruya
A partir de aquí hay que retomar la entrada anterior, cuando en el verano de 1917 se envió a un grupo de observadores del Oberste Heeresleitung en busca del lugar más adecuado para emplazar los tres primeros cañones, que empezaron a batir la capital gabacha el 23 de marzo del año siguiente. Rausenberger afirmaba que podría haber reconvertido varios cañones más para mantener París bajo fuego artillero durante un año entero, e incluso se estaba proyectando una extensión de ánima lisa de 15 metros que habrían permitido alargar el tiro hasta los 142 km., con lo que podrían haber bombardeado Londres desde las costas de Calais llegado el caso. Por otro lado, también se estaba estudiando un nuevo proyectil que sustituyera el de 210 mm., cuyos efectos eran poco más que psicológicos, por uno de 305 mm. de 300 kilos y un alcance de 170 km. Pero, como ya sabemos, el término de la guerra puso fin a toda esta serie de proyectos. 

El cañón en su posición más elevada
Los cañones en servicio fueron rápidamente enviados a Alemania, donde fueron fundidos para no dejar ni rastro de ellos. Las cañas de repuesto disponibles también fueron reducidas a nada, y con ellas toda la documentación habida y por haber para que nada pudiera llegar a manos de los aliados, que por cierto ofrecían jugosas recompensas a los que facilitaran información sobre el Cañón de París. Incluso se prohibió por parte del gobierno alemán la publicación de las memorias de Rausenberger cuando este palmó en 1926, si bien hubo personal del equipo técnico que pasó cantidad de información al coronel yankee Henry Miller, que en 1930 publicó en Londres el único libro sobre esta peculiar arma. Los tedescos que se fueron de la lengua fueron procesados por un tribunal de Leipzig y les metieron un paquete de aúpa por boquiflojos, pero colijo que el tal Miller debió untarles a base de bien para que soltaran información. No fue hasta 1988 cuando el ingeniero canadiense Gerald Bull pudo hacerse con las memorias inéditas de Rausenberger y publicar otro libro al respecto. Por cierto que este personaje, que al parecer colaboró con el extinto Sadam Hussein, fue liquidado por el Mosad por ser amiguito del siniestro dictador iraquí. Las amistades peligrosas, ya se sabe...

Cañón ya montado en la posición de Mont-de-Joie. Obsérvese el cuidadoso
camuflaje a base de vegetación al que se añadían redes llegado el caso
Bien, así se gestó el controvertido Cañón de París, cuya vida operativa fue de apenas unos meses, desde finales de marzo de 1918 hasta el Armisticio, disparando un total de 393 proyectiles, todos sobre París. Y como ya me he enrollado bastante por hoy, dejaremos para otro día las acciones en las que intervino y una serie de conclusiones finales acerca de su dudosa relación costo/eficacia. Sea como fuere, lo cierto es que fue un reto que en la época en que tuvo lugar dejó claro a todo el mundo que la capacidad tecnológica de los tedescos estaba muy por encima de la que disponían los Aliados. Hoy sabemos que la aviación resultaba mucho más eficaz en todos los sentidos, pero desconocemos hasta dónde podrían haber llegado disparando cañones que igual podrían poner un proyectil de varios cientos de kilos a 200 km. por detrás de las líneas enemigas, que no es moco de pavo.

Bueno, con esto concluimos. El 2019 queda oficialmente inaugurado, amén de los amenes.

Hale, he dicho

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Espléndida foto que nos permite apreciar con todo detalle el cañón montado sobre una plataforma giratoria.