jueves, 7 de noviembre de 2019

El cine y la guerra: "El rey"


ADVERTENCIA: NO LEAN EL ARTÍCULO ANTES DE VER LA PELI PORQUE ESTO ES UN SPOILER TREMEBUNDO. SIRVA DE AVISO.


Me llamó la atención la aparente cicatriz que luce en la mejilla, que puede querer
representar la de una herida sufrida en Schrewsbury, pero según la trama en
aquella época no se iba de batallas, sino de putas con Falstaff
La verdad, nunca entenderé el pertinaz empeño por parte de la industria cinematográfica en tergiversar la historia con tanto denuedo, cuando no con verdadera saña bíblica, como este caso, que ni es cine histórico ni la obra de Shakespeare de la que se supone es una adaptación. Pésima, pero adaptación mal adaptada. O sea es una versión inadaptada como el yonki que recae por octogésima cuarta vez a pesar de llevar metido en el cuerpo metadona como para desenganchar a 30 elefantes viciosos. Cuando vi el anuncio pensé, iluso de mí, que igual alguien de había decidido de una vez a narrar un hecho histórico tal cual fue pero, como no podía ser menos, al final ha resultado el enésimo fiasco absurdo sobre una batalla archiconocida, Azincourt o Agincourt, como prefieran, que hasta los cuñados se la saben al dedillo por repetida. Pues nada, un cagarro del que solo se pueden entresacar algunos detalles para que los obsesos como yo podamos decir lo de "¡anda, han acertado en eso!" dos o tres veces. En resumen, lastimoso. Bueno, al grano...

La cinta, un producto de la omnipresente Netflix estrenada hace menos de un mes, es una especie de amasijo de dramas shakespearianos y las mentes calenturientas de su director y guionista David Michôd  junto a Joel Edgerton, que además da vida a sir John Falstaff. La verdad, el bodrio histórico es de tal magnificencia que no sé por dónde empezar, así que voy a echar una meada a ver si se me aclaran las ideas. Ahora vuelvo, un momento...

Coronación de Enrique IV según la Crónica de Froissart (c.1479-1483)
Ya. Por cierto, ¿saben que es malísimo retener líquidos en el cuerpo? Sube la tensión al parecer, así que procuren vaciar la vejiga cada vez que noten que está llena, que además se limpia la uretra de posibles bacterias que hayan penetrado por esa recóndita zona del organismo. Bueno, creo que antes de nada conviene aclarar una cosa sobre los dramas históricos del controvertido Shakespeare. El celebérrimo autor era ante todo un pelota impenitente. En sus obras sobre este periodo de las monarquías inglesas (Dios maldiga a Nelson) siempre aparecerán como buenos los Lancaster o sus sucesores, los Tudor, mientras que los York serán los malos malosos. En la primera, "Ricardo II", el bueno es Henry de Bolingbroke, que tras cargarse a Ricardo fue coronado como Enrique IV, primer monarca de la Casa de Lancaster. La segunda, "Enrique IV" (se escribió en dos partes) aparece un disoluto Enrique, futuro Enrique V, entregado a los placeres mundanos y a golfear a mansalva de la mano del depravado sir John Falstaff. 

Efigie funeraria de Enrique V en Westminster.
Según las crónicas, era un hombre enjunto y muy
alto para su tiempo, 1'90 nada menos. La efigie
original estaba recubierta de plata dorada, y las
manos y la cabeza de plata
En la siguiente obra, "Enrique V", este asume que debe portarse bien y ser un rey decente, manda al carajo a Falstaff y se larga a Francia (Dios maldiga al enano corso) a reclamar sus derechos a la corona gabacha. Esto, para los que no estén al tanto del tema, era un conflicto que venía arrastrándose desde tiempos de Felipe IV (sí, el del expolio al Temple), cuando toda su progenie viril palmó sin dejar su semilla bien plantada en la tierra, lo que dio lugar al advenimiento de la dinastía de Valois (Carlos, el hermano de Felipe). Pero había un heredero por línea materna: Eduardo III, hijo de Eduardo II de Inglaterra e Isabel de Francia, o sea, era nieto de Felipe IV. Los gabachos, agarrándose a la Ley Sálica, negaban los derechos al trono de Eduardo, lo que dio lugar al inicio de la Guerra de los Cien Años. Bien, tras "Enrique V", Shakespeare compuso "Enrique VI" (en tres partes), donde se narran los hechos que condujeron a la guerra civil, y en "Ricardo III" aparece el último York como un sujeto absolutamente malvado, más contrahecho de lo que era en realidad y que si lo comparamos con Hannibal Lecter convertiría al enloquecido y refinado psiquiatra antropófago en un discípulo aventajado de Teresa de Calcuta. 

Orson Wells interpretando al desmedido Falstaff en "Campanadas a
medianoche", dirigida por el mismo en 1965
Bien, sirva este precedente literario para que vuecedes tengan claro que, grosso modo y por meras razones mercantilistas, Shakespeare procuraba no contristar a su reina, una Tudor descendiente por línea paterna de los Lancaster, por lo que procuraba enaltecer los logros de sus antecesores, minimizar u omitir descaradamente sus fracasos y, por supuesto, hacer los propio con sus enemigos: magnificar sus maldades y ni una palabra de sus bondades. Así pues, a Enrique V lo retrató como el jovenzuelo descarriado que contravenía los deseos de su padre y rey, pero cuando llega el momento de ponerse serios acomete con la debida diligencia sus deberes para con la corona. Bueno, pues esto es un camelo. Sí, un camelo porque ni Enrique fue jamás un jovenzuelo golfo que pasaba de su rango y de verse soportando el peso de la diadema regia sobre su cabeza, y menos aún tuvo por compañero de jolgorios a un John Falstaff que es un personaje ficticio que aparece en las obras "Enrique IV" y "Enrique V" del Bardo de Avon. Pero la realidad fue otra.

Ricardo II (1367-1399)
Desde que era casi un niño, Enrique se vio zambullido en la política de su país. Se sabe que recibió una espléndida educación, propia de un futuro heredero al trono aunque en aquel momento ni podía sospechar a donde llegaría. Además, Enrique era un segundón, pero su hermano mayor, Eduardo, había entregado la cuchara en 1382, cuando Enrique apenas tenía cinco años de edad. Aprendió latín hasta el extremo de traducirlo, leerlo y hablarlo con fluidez, así como francés y todo lo referente a cuestiones militares, y dedicaba sus ratos de ocio a la caza como cualquier aristócrata de su tiempo, sobre todo a la cetrería. O sea, que no se iba de jarana con nobles de segunda clase dados al vicio, el juego y la molicie. En 1399, cuando nuestro hombre apenas tenía doce años, vio como tras la muerte de su abuelo, Juan de Gante, Ricardo II confiscó los bienes de su familia y desterró de por vida a su padre, quedando él y su joven tío Henry Beaufort (era hijo bastardo pero legitimado de Juan de Gante) como "huéspedes" de Ricardo II, que se los llevó de paseo a Irlanda a someter a los rebeldes de la isla verde si bien le dispensó un trato conforme a su rango, adjudicándole una renta anual de 500 libras. Tras el derrocamiento y asesinato en el castillo de Pomfret de Ricardo II y la coronación de su padre como Enrique IV siguió entregado a sus deberes políticos y militares.

Estatua de Henry Percy, el fogoso Hotspur, en el castillo de
Alnwick. En honor a la verdad, los Percy tenían motivos
sobrados para estar un poco molestos con Enrique IV
Su estreno en la cosa bélica tuvo lugar en 1400, con solo 13 años. Roberto III de Escocia no quiso reconocer a Enrique IV como rey de Inglaterra, y además de ponerse chulo hizo alguna que otra cabalgada contra ciudades fronterizas inglesas. Enrique partió con un ejército de 13.000 hombres que, aunque no tuvieron ocasión de partirle la jeta al escocés, al menos le dejaron claro que mejor se quedaba en su casa sin dar la murga a los vecinos. Nada más volver tuvieron que marchar a Gales, donde Owen Glendower (Owain Glyn Dŵr en lengua galesa) un rico terrateniente, había decidido en septiembre de 1400 que el amo del país era él. Posteriormente, en julio de 1403, su padre lo puso al mando de la tercera batalla (digamos que la batalla era el equivalente a un grupo o cuadro de tropas. Por darle un nombre actual equivalente podríamos decir tercer regimiento o tercera división aunque el número de efectivos era por norma variable) en la jornada de Schrewsbury contra el rebelde Henry Percy, apodado Hotspur (literalmente, espuela caliente).

Recreación del castillo de Aberyswyth. Actualmente está en un estado
un tanto... deplorable
Pero la paz no se imponía ni a tiros, y nunca mejor dicho. El galés seguía dando la brasa, por lo que tuvo que volver a intentar someterlo. En 1407, ya con 20 años y una importante experiencia militar sobre sí, fue capaz de poner cerco y finalmente rendir tras un año de asedio el castillo de Aberystwyth, uno de los principales bastiones de Glendower, con un ejército de apenas 600 hombres de armas, 1.800 arqueros y algo de artillería. En fin, esta entrada no va sobre la vida de Enrique V, pero esta breve semblanza creo que sirve de muestra para tener más que claro que eso de que era un nini que solo sabía irse de parranda y tirar de la VISA de papá, nada. Se lo curró a base de bien, vaya, y las desavenencias que tuvo con su padre al final del reinado de este se debían precisamente a que, mientras Enrique IV no quería meterse en camisa de once varas con el tema de las aspiraciones al trono francés, que bastante tenía en casa con la rebelión galesa y los escoceses, Enrique estaba deseando cruzar el canal y exigir al rey gabacho la entrega de su corona. Por lo tanto, ese comienzo de la cinta en la que se nos muestra un Enrique sumamente cabreado por verse convertido en el heredero de un padre al que odia es más falsa que las promesas de un político. Veamos pues con detalle los constantes errores y anacronismos en los que incurre esta decepcionante cinta.

LOS PERSONAJES

Henry Percy, alias Hotspur (1364-1403)

Muerte de Hotspur en Shrewsbury.
Es el que da comienzo a la película rematando a un enemigo escocés, se supone que tras la batalla de Homildon Hill aunque el nombre no se menciona, librada el 14 de septiembre de 1402. Nos muestra a un Percy bastante joven cuando, en realidad, este personaje tenía en aquel momento 38 años, o sea, era un hombre maduro para la época. La discusión que mantiene con el maltrecho monarca, sin embargo, si está basada en un hecho real. Su cuñado sir Henry Mortimer permanecía cautivo del rebelde galés sin que el rey autorizara pagar su rescate. Imagino que ha sido el único caso en la historia en el que alguien se molesta por un cuñado, pero en fin...  En todo caso, lo cierto es que los Percy tenían más desavenencias con Enrique IV hasta que, finalmente, todo acaba como el lucero de la aurora en Schrewsbury. En la escena que se supone representa dicha batalla (tampoco se menciona el nombre), Enrique reta a combate singular a Hotspur (falso) y finalmente muere a sus manos (aún más falso). De hecho, el ejército inglés en esa jornada estaba liderado por el mismo Enrique IV con su hijo y heredero como lugarteniente. Percy murió al parecer de un flechazo en plena jeta justo en el momento en que se levantó el visor de su bacinete para inspeccionar el campo de batalla, aunque hay otras teorías al respecto. En todo caso, no fue a manos de Enrique- que por cierto también fue gravemente herido en esa batalla también por una flechazo en la cara-, y mucho menos en un combate singular. Las dudas acerca de su muerte obligaron al Enrique IV a mandar exhumar el cadáver, salazonarlo y empalarlo, tras lo cual fue expuesto en el mercado de Schrewsbury. Luego lo mandó cuartear, enviando sus cachos a Londres, Newcastle, Bristol y Chester, y su cabeza a York. Cuando quedó claro a todo el mundo que, en efecto, el fogoso Hotspur era ya historia, devolvieron los restos a su viuda para que se los comiera con garbanzos o hiciera con ellos lo que le pluguiese.

Thomas, I duque de Clarence (1388-1421)

Efigie funeraria del duque de Clarence en la catedral de Canterbury
Hermano menor de Enrique y en la película presentado como heredero al trono por su padre a la vista de los golfo que es su hijo mayor. La realidad es que durante un breve período de tiempo y debido a las disputas entre Enrique y su padre ya casi al final de su vida, este destituyó a su heredero en el consejo real y cedió su sitio a Thomas, pero nada más. Así pues, aunque se les presenta como rivales, es totalmente falso. En ningún momento fue heredero al trono y, contrariamente a lo que se ve en la cinta, durante toda su vida fue un fiel y valioso consejero de su hermano. No era el gordito acomplejado que aparece en pantalla, sino un esforzado guerrero, tomando parte en las campañas en Francia junto a su hermano. Palmó como un auténtico y verdadero héroe en la batalla de Vieil-Baugé, librada el 21 de marzo de 1421 contra un ejército franco-escocés. Tras ser descabalgado lo mató sir Alexander Buchanan de un mazazo que lo dejó listo de papeles, pobrecito... Sin embargo, en la película lo "matan" en Gales justo antes de la muerte de su padre, o sea en 1413.

Sir William Gascoigne (c. 1350-1419)

Ni el puntillero de la Maestranza, leches...
Este personaje aparece como el más importante consejero de Enrique V tras su coronación. En realidad había ostentado el cargo de Lord Chief of Justice of England and Wales (Lord Jefe de Justicia de Inglaterra y Gales), cargo que desempeñó entre 1400 y 1413 y, en aquella época, mandamás supremo en cuestiones judiciales. Hombre al parecer de grandes conocimientos en leyes, ya en tiempos de Enrique IV tuvo sus más y sus menos con el rey debido a su empeño en mantener la independencia de la Justicia del poder regio. Con la llegada al trono de Enrique V fue despedido de su cargo o, a lo sumo, lo ostento durante muy poco tiempo, tras lo cual se retiró sin más a disfrutar de la jubilación hasta su fallecimiento pocos años más tarde. En la cinta no solo se nos muestra como un celoso consejero del rey, sino incluso como el instigador secreto del complot de Southampton del que luego hablaremos, y no de un supuesto asesino a sueldo enviado por los gabachos. Descubierta su alevosía, el mismo rey lo apuntilla de un certero cachetazo en todo lo alto, como si de un miura se tratara.

Thomas de Beaufort, conde de Dorset (c.1377-1426)

Este personaje aparece en la película como el comandante de los arqueros en Azincourt, siendo el enésimo camelo absurdo. Dorset, también retoño de la prole espuria de Juan de Gante y por lo tanto tío de Enrique V, tomó parte en la expedición a Francia, pero no en Azincourt porque, tras el asedio de Hartfleur, fue puesto al mando de una guarnición compuesta por 1.200 peones, 900 arqueros y 300 hombres de armas con la que el monarca inglés mantuvo la posesión de tan importante fortaleza. Los arqueros de Azincourt estuvieron al mando de sir Thomas Erpinhgham. En fin, en la peli pusieron a Dorset a hacer horas extras, y encima de gorra. Por cierto, el blasón que aparece en el ángulo inferior izquierdo luce las armas de la casa real inglesa por ser hijo de Juan de Gante.

Phillippa de Lancaster (1394-1430)

Hermana de Enrique V y la más pequeña de la prole de Enrique IV, se casó en 1406 con Eric de Pomerania, rey de Dinamarca, Suecia y Noruega. Con solo 11 añitos fue mandada a aquellas gélidas tierras sin que haya constancia de que volviera más a Inglaterra, debido entre otras cosas a que los asuntos en su nuevo reino requirieron su presencia y donde llegó a ser regente durante un breve periodo. O sea, que no estuvo en la coronación de su hermano para que le regalaran copas chulas de cristal de Bohemia. Por cierto que, como curiosidad, parece ser que fue la primera reina de la que hay constancia de que se casó vestida de blanco, lo cual no deja de ser lógico siendo como era una impúber en aquel momento.



Exequias de Carlos VI. Observese que al difunto lo llevan
como si fuera en un paso de Semana Santa. Igual le cantaron
una saeta y todo...
Carlos VI de Francia (1368-1422)

Estaba como una cabra el pobre. De hecho le apodaban "el Loco". En 1392 tuvo su primer brote de no sabemos qué variedad de chaladura, pero que ya no le abandonó en toda su vida. Tras la derrota de Azincourt en 1415 se avino a firmar cinco años más tarde el Tratado de Troyes por el que desheredaba al príncipe delfín Carlos VII, aprovechando la sospecha de que era un bastardo, rumor que más bien era un alarido porque todo el mundo estaba al tanto de que su madre, Isabel de Baviera, era una hembra extremadamente promiscua. Para no diluir la sangre de los Valois acordó casar a su hija Catalina con Enrique a raíz de la firma del tratado.

Carlos de Valois, príncipe delfín (1403-1461)

Carlos VII, un personaje que no tuvo nada que ver
con la trama de la película
Este personaje es masacrado sin misericordia ya que, como vemos, en la época en que transcurre la película era un adolescente. Cuando Enrique recibe como obsequio por su coronación una pelota (en realidad eran pelotas de tenis, una ocurrencia que aparece en el "Enrique V" de Shakespeare), tenía solo 10 años, así que no casa mucho con la edad de Robert Pattinson, que interpreta a este personaje. Por otro lado, ni tuvo el mando en Azincourt (tenía solo 12 años en aquel momento), ni fue apiolado por varios peones ingleses tras darse 42 rebalones seguidos en el fango pútrido del campo de batalla. La realidad es que tras la muerte de su padre y tropocientos conflictos derivados del Tratado de Troyes tras la muerte de Enrique, la aparición de Juana de Arco permitió aminorar de forma notable las posesiones inglesas en Francia y, por fin, verse coronado en Reims el 17 de julio de 1429. En resumen, que su intervención en toda esta historia fue totalmente irrelevante pero eso no es problema para ponerlo persiguiendo pajes de los british que se acercan a un río a por agua y a masacrarlos porque es sumamente perverso. En fin, han recreado un personaje grotesco que no sé qué pintaba en la trama, francamente.

Catalina de Valois (1401-1437)

Casada con Enrique V en junio de 1420 cuando aún no había cumplido los 19 años, la temprana muerte del monarca inglés en agosto de 1422 a causa de una feroz disentería durante el asedio a Meaux, apenas le dejó tiempo para una sola preñez que dio como fruto a Enrique VI, pseudo-rey de Francia entre 1422- cuando aún no había cumplido un año de edad- y 1453 por obra y gracia del Tratado de Troyes y último retoño de la Casa de Lancaster ya que con él comenzó la Guerra de las Dos Rosas. 

Joel Edgerton en su rol de Falstaff, armándose para tomar parte en la
batalla de Azincourt que él mismo se adjudicó en el guión
Sir John Falstaff

Personaje ficticio que, como hemos comentado, aparece en las obras de Skakespeare "Enrique IV" y "Enrique V". Al parecer, el personaje estaba inspirado en un tal John Oldcastle, un miembro de los "lollards", una secta que precedió a la reforma protestante y que, por lo visto, contaba entre sus miembros al mismo Enrique IV. En la película no solo es uno de los principales personajes, sino que incluso comanda y plantea la estrategia del ejército inglés en Azincourt cuando el mismo Shakespeare había "matado" al personaje en "Enrique V", cuando se ve abandonado por su antiguo compañero de juergas al ser coronado rey. En fin, no veo la necesidad de perpetrar estas pifias. Si querían hacer una representación de la obra de Shakespeare, pues vale, pero no ha sido ni lo novelado ni lo real, habiendo material y personajes de sobra para haber logrado un producto históricamente fiel. Lo repito: no entiendo estas prácticas de la industria del cine.

El asesino gabacho (no se le da nombre en el reparto)

Bien, aquí es donde mezclan churras con merinas aprovechando también la parte shakespeariana del guión. Presentan a un hipotético asesino enviado por el príncipe delfín, que con unos 11 o 12 años ya tenía al parecer más peligro que una cobra con paperas. Según esta trama, el asesino lo había mandado sir William Gascoigne para forzar la guerra con Francia, lo cual es, aparte de falso, una chorrada innecesaria ya que Enrique tenía, como hemos visto, especial interés en darse un garbeo por el continente para reclamar sus derechos al trono. Para darle enjundia a la cosa, implica a Cambridge y Gray que son decapitados. Bien, ahora veamos como fue el verdadero complot de Southampton.

Cambridge y Gray a punto de dejar de sufrir migrañas para siempre
El 31 de julio de 1415, poco antes de partir hacia Francia, Enrique recibió al atribulado Edmund Mortimer, V conde de March (1391-1425). Este probo súbdito le traía una sorprendente noticia: una conspiración urdida por Richard de Conisburgh, III conde de Cambridge (cuñado de Mortimer, mira por donde), Henry Scrope, III barón de Scrope Marsham, lord Clifford y sir Thomas Gray para asesinar a Enrique, llevarlo a Gales y coronarlo con el apoyo de los rebeldes. Cabe suponer que a Enrique se le debió poner la jeta a cuadros cuando tuvo noticia de un complot contra él de boca del que, en teoría, sería el principal beneficiario del mismo. Pero, al parecer, Mortimer no estaba por meterse en líos, delató a los que querían hacerle rey y prefirió ser un fiel y abnegado vasallo del nuevo rey. Obviamente, Enrique lo perdonó, pero Cambridge, Gray y Scrope pagaron su alevosía, siendo descabezados entre los días 2 y 5 de agosto. Mortimer tuvo un brillante comportamiento durante la campaña de Francia para demostrar que era un sujeto honorable y tal. Palmó de peste bubónica en enero de 1425 con 33 años. Como vemos, llegar a los 40 era toda una proeza en aquellos tiempos.

En fin, ya vemos que, salvo los personajes menos relevantes de la trama, al resto los han masacrado históricamente hablando. Esto no son "licencias artísticas", sino verdaderas burradas que solo sirven para confundir a la gente y poner de mala leche a los que están un poco más puestos en la materia. Veamos el tema de atrezzo, que con eso al menos no se han ensañado tanto, y algún que otro gazapo digno de juzgado de guardia...


Este me provocó un sarpullido. Antes de comenzar la batalla (la de Azincourt, naturalmente), el sufrido Enrique acude al campamento gabacho donde el altivo y psicótico delfín lo recibe esperando su rendición. Pero no, el bravo Harry se postra como si fuera su vasallo y le pide resolver el asunto mediante combate singular. Por cierto, reparen en la extraña armadura del delfín, que luego veremos con más detalle.


Aquí acertaron, menos mal. El fotograma recoge el momento en que el ejército inglés llega al lugar donde plantarán cara al gabacho. La película está rodada en Hungría e Inglaterra, pero el sitio es clavado a como debió ser el original, una amplia vaguada flanqueada por espesas arboledas a ambos lados que servirán de apoyo a sus flancos. A la izquierda estaría el pueblecito de Azincourt, y a la derecha Tramecourt. En el centro es donde se dieron estopa a base de bien aprovechando la acumulación de agua por las lluvias.

Esta es grave. La espada de Enrique V. Todo el mundo sabe cómo es la espada de Enrique V. Los nenes lo aprenden antes de nacer, y si te quieres nacionalizar británico (puagggg...) te la incluyen en el test de buen ciudadano. Está expuesta en Westminster junto con el yelmo, el escudo y la silla de guerra del monarca. Bueno, coñas aparte, lo que se muestra como la espada del rey apareció en el triforio (sí, un sitio un poco raro) de la abadía en 1869, por lo que no se puede asegurar al cien por cien que fuera suya. Sin embargo, a mi entender todo apunta a que sí ya que se trata de un ejemplar característico del tipo XV de Oakeshott: espada de una mano con pomo de disco, hoja con sección de diamante y una nervadura central para darle aún más rigidez. Este tipo de espadas se diseñaron para penetrar en las lorigas y, sobre todo, en las cada vez más abundantes armaduras de placas. Estas espadas estuvieron vigentes entre 1290 y 1415. La que pende del costado del personaje es una espada de mano y media con toda la pinta de ser una XVIIIb, tipología vigente entre 1410 y 1510. Se trata de un arma con la hoja de sección similar a la anterior pero más larga y provistas a veces de guardalluvia. Las hojas de estas espadas prácticamente no tenían filo ya que su misión era herir de punta, por lo que su esgrima contemplaba empuñarlas por el tercio fuerte para ayudarse a empujar o a trabar el arma del enemigo.


Los combates están bastante bien traídos, las cosas como son. No aparecen esas estudiadas coreografías donde los contendientes se pasan media hora soltando insidiosas estocadas y fintando hábilmente ante los golpes del enemigo. En este caso se dan estopa a lo bestia, ya sea con las espadas o, caso de perderlas, a puñetazos, patadas o como sea con tal de acabar con el vencido metiéndole el puñal por el visor o bajo el mismo. En este sentido, las escenas de lucha vienen bastante bien para desmitificar los supuestamente caballerosos enfrentamientos medievales en los que, en realidad, se recurría a todas las artimañas, por sucias que fuesen, para matar al adversario.


A la mêlèe le damos un 9 por lo menos. Es lo mejor de la película: fangosa, asquerosa, hedionda, sudorosa, berreante, angustiosa y pútrida. Intuyo que deben haber intervenido todos los grupos de probos ciudadanos recreacionistas de Rusia y alrededores, que como sabemos son los más cafres del gremio y se dan unas sobas mortíferas los fines de semana. No me privo de proclamarlo: está muy bien presentada y, al igual que los combate singulares, desmitifican por completo esas batallitas donde todo el personal se empareja con un enemigo y se ponen a chocar las espadas hasta que a uno le toca caerse haciéndose el muerto. En esta no. Aquí la cosa va de todos contra todos y, francamente, hace pensar en cómo leches se podían identificar con las cotas de armas cubiertas de barro, sangre y vísceras. En fin, está muy bien, no se puede negar.

Y tras una batallita tan guay llega el cantamañanas del delfín con una armadura rarita y un almete aún más raro y, además, anacrónico por completo y todo se detiene porque se le ha antojado desafiar a combate singular al inglés. Es un poco bastante muy chorra meter ese corte cuando la batalla casi ha concluido y los gabachos están siendo bonitamente masacrados para recrear la humillación del abyecto y malvado príncipe delfín que, tras ser incapaz de mantener el equilibrio en el lodazal y caer varias veces, a una señal de Enrique varios peones se abalanzan contra él y lo trituran sin piedad. Pero, como ya avanzamos anteriormente en las descripciones de los personajes, el delfín estaba por aquella época en París sin poder imaginar que sería desheredado y que, si la disentería no hubiese acabado con Enrique, jamás habría sido rey de Francia por mucha Juana de Arco que llegase a la corte diciendo que oía voces porque la corte ya no sería de un rey francés, sino de uno anglo-francés. En fin, este personaje es la gran cagada de toda la película.



Una de cal y otra de arena. El cerco a Harfleur. Como vemos, fabricaron y pusieron en funcionamiento tres fastuosos fundíbulos con los que bombardean sin descanso el castillo y tal. Las escenas nocturnas lanzando pellas ardientes son chulísimas de la muerte. No se sabe con exactitud la tormentaria de que dispuso el inglés, pero sí se tiene constancia de que hizo uso tanto de artillería pirobalística como neurobalística. Aparte de eso, el campamento inglés está muy bien recreado, así como las naves que transportan al ejército del bravo Harry gracias a unos estupendos efectos digitales. Pero... Harfleur era en aquella época un puerto de mar en la costa normanda. De hecho, sus murallas daban paso a las naves que podían atracar en un puerto situado en el interior de las mismas. O sea, que ese castillo tan molón que aparece en lo alto de una colina pinta ahí lo mismo que un santo con dos pistolas. Digo yo que podrían haberlo recreado digitalmente, ¿no? En la foto de la derecha pueden ver una maqueta con el aspecto de la ciudad en la época que nos ocupa. El interés de Enrique por apoderarse de ella no era otro que establecer una cabeza de puente segura para poder moverse del continente a la isla sin tener que complicarse la vida.


El armamento está completito y surtido. Sin embargo, hay que puntualizar algunos detalles chorras. Aunque pueda parecer lo contrario, el que hasta ahora permanece imbatido por su fidelidad histórica es el del "Enrique V" de Laurence Olivier (foto de la izquierda), una cinta con nada menos que 73 años a cuestas, es decir, una época en la que, en teoría y como vemos en muchas otras películas de aquellas fechas, se solía fantasear bastante con esos temas. Sin embargo, Olivier recurrió a una fuente infalible y de cuya verosimilitud nadie podría dudar: las efigies mortuorias de los nobles contemporáneos al momento histórico en que transcurre la acción. Son "fotos" de principios del siglo XV que muestran con pelos y señales cada pieza, los diferentes tipos de yelmos, mallas, diseños en general, y hasta las hebillas que usaban, e Inglaterra está llena de tumbas con sus estatuas yacentes para tomar datos a mansalva. Las de la película que nos ocupa son básicamente correctas aunque cronológicamente hablando algunas de las que muestran son un poco posteriores. Sí, ya sé que hablamos de hilar demasiado fino, pero no conviene dejar nada al azar no sea que algún cuñado se haya empollado el tema. 

En tiempos de Azincourt se había popularizado ya la armadura de placas, pero era una costumbre más o menos generalizada recubrirlas con una cota de armas ajustada a la misma con simples fines de identificación. También empezaba a proliferar el uso de las celadas góticas pero lo más característico era el bacinete cuyo camal había sido sustituido por una gorguera que permitía que el peso del mismo no descansase sobre la cabeza, sino sobre los hombros. En las fotos de la derecha tenemos un par de ejemplos. Como vemos, la enorme gorguera envolvía el cuello y no dejaba resquicios por donde meter una daga de arandelas. El único sitio vulnerable era la cara. El bacinete estaba desprovisto de visor, lo que permitía un campo de visión más amplio, de vital importancia en una época en que no era precisamente raro que los jinetes echasen pie a tierra para combatir a pie (como en Azincourt, por ejemplo). El burelete que por norma llevan en el bacinete, por lo general ricamente decorado, es una reminiscencia de los que se usaban para ajustarse sobre el mismo un yelmo de cimera o de justa. Caso de no usar este tipo de casco, lo habitual era recurrir a los bacinetes de pico de gorrión- con (foto A) o sin camal de malla (foto B)- o a un gran bacinete (foto C) que pesaba más que un fin de semana con la familia política. 



También es meritorio que se hayan molestado en fabricar caparazones de malla para los sufridos pencos del reparto, pero en este caso se trata de un accesorio ya obsoleto (foto inferior). A principios del siglo XV las protecciones de los caballos, al igual que las de sus amos, eran de placas. Así, estos animalitos solían ir recubiertos con caparazones de tela con los colores o escudos de armas del jinete, y se les protegía la cabeza con la testera y el cuello con la capizana, una sucesión de placas como si del cuerpo de una langosta se tratase que llegaba desde la testera hasta la cruz. No obstante, en este aspecto y como en todo lo concerniente a la panoplia de cada caballero, la protección pasiva tanto de hombre como de animal dependía del poder económico de cada cual, y pocos eran los que se podían permitir adquirir, además de su armadura, la del caballo.



Y para terminar, las... muñequeras. De verdad, esto se está convirtiendo en algo obsesivo. ¿Quién las inventó? ¿De dónde sacaron la idea? ¿En qué se basaron? Juro por mis barbas de mariscal austro-húngaro que he visto miles, sí, miles de ilustraciones de la época, y jamás, en ni una sola, aparece nadie con esas muñequeras de cuero. Ídem de tiempos de los romanos, pero de eso ya hemos hablado cienes y cienes de veces. Los hombres cubiertos con una armadura no las necesitaban, y los peones, alabarderos, ballesteros, arqueros, etc. no las usaban. Por favor, si alguien ve una sola ilustración de la época donde salga una, que me lo diga. O si conoce a alguien dedicado a la industria del cine, que nos informe, porque ya es una cuestión de honra, carajo. Vean, vean...



Ah, lo olvidaba. Un detalle digno de mención y que solo por eso ya merece un reconocimiento: el típico chirrido de las espadas al desenvainarse lo ha omitido. No suena ni una vez. DEO GRATIA

Bueno, no creo que olvide ningún detalle de importancia. Como verán, de la batalla en sí prácticamente no se ha comentado nada porque es archiconocida, así que bastará con que comparen lo que vean en la película con lo que ya conocen. Por lo demás, como decíamos al principio, es la enésima oportunidad desaprovechada de hacer una buena película histórica. No obstante, y como hay gustos para todo, a los amantes de la acción y el fango ensangrentado les parecerá cojonuda como espectáculo visual, que eso sí lo han logrado, y merece un par de cartones gordos de palomitas por lo menos. 

Bueno, ya'tá

Hale, he dicho

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El fulano que hace de Enrique V mantiene durante toda la película un tono de voz mezcla de susurro con ira contenida
que parece que le va a dar una alferecía en cualquier momento. La verdad es que no me ha gustado su interpretación.
Tiene la misma naturalidad que un maniquí de sastrería barata

domingo, 3 de noviembre de 2019

Q-SHIPS


Escenas como esta se repetirían centenares de veces entre 1914 y 1918. Por la magnitud de la explosión tiene toda la
pinta de que el mercante ha sido alcanzado por un torpedo lanzado en superficie y ha partido en dos la nave enemiga

No deja de causar perplejidad que un país como Inglaterra (Dios maldiga a Nelson mogollón de veces), que forjó su imperio a base de robar, piratear y saquear al resto del planeta y que hasta ennoblecía a escoria que cualquier país civilizado mandaría a la horca, se quedaran con la jeta a cuadros cuando los U-boote tedescos empezaron a mandarles a pique sus mercantes, y más cuando tuvieron, como es habitual en esos isleños, la peregrina idea de que imponer un bloqueo naval a Alemania quedaría sin respuesta porque ellos son los más guays de la galaxia. Bien, hecha esta cariñosa referencia a nuestros enemigos de toda la vida junto con los gabachos (Dios maldiga al enano corso), vamos al grano. Puede que muchos desconozcan qué es eso de un Q-ship, o sea, un barco Q, así que antes de entrar a fondo en la materia convendrá aclararlo para los que no estén al tanto del tema. Veamos pues...

El U-9, un barco botado en 1910 y que ya tenía unas prestaciones que lo
hacían temible ante un enemigo que no sabía como hacer frente a este
tipo de naves
La Gran Guerra, como es de todos sabido, fue la génesis de las armas modernas que actualmente se emplean para masacrarse más y mejor. Y, en el caso que nos ocupa, supuso el despegue del submarino, un artefacto que ya llevaba dos siglos inventado y que, como se ha mostrado en un par de artículos, ya hicieron sus pinitos en la Guerra de la Independencia yankee y la Guerra de Secesión entre los yankees y los malvados rebeldes esclavistas del sur, aunque quedó claro que le faltaban unos cuantos hervores para dar de sí todo su potencial. Esos hervores llegaron en los primeros años del siglo XX, cuando la tecnología permitió que pudieran pasearse por el mar razonablemente bien armados, navegar sumergidos algo más que el largo de una piscina y, lo más importante, no irse al fondo como una piedra por cualquier chorrada. No obstante, a pesar de que luego se convirtieron en ambas guerras en la primera potencia en lo tocante a submarinos, a comienzos del siglo los tedescos aún no consideraban estos chismes como naves verdaderamente ofensivas, sino más bien un medio disuasorio para proteger las aguas propias. El mismo almirante Tirpitz, mandamás supremo de la Reichsmarineamt por aquella época, incluso se negaba a fomentar la proliferación de los Unterseeboot, palabro de donde proviene el conocido acrónimo U-boot que todos conocemos. Solo la amenaza de que las demás potencias europeas les estaban tomando la delantera en este tema hizo que se dejaran de chorradas y se pusieran todos manos a la obra para obtener una flota submarina decente.

El U-38 en plena acción, conminando a los tripulantes del velero mercante
que se larguen echando leches o se van a pique con su barco
Bien, cuando comenzaron las hostilidades en agosto de 1914, los tedescos apenas disponían de una pequeña flota de 26 U-boote, cuatro de los cuales eran los primeros que se habían construido entre 1906 y 1912 y se usaban solo para prácticas. De hecho, sus enemigos iban muy por delante en la fabricación de submarinos: los gabachos disponían de nada menos que 73 unidades, los abominables british 64, y hasta la por aquel entonces neolítica Rusia les superaba con 29 naves. Pero, ojo, aunque los tedescos estaban en una teórica desventaja, nada más lejos de la realidad tanto en cuanto las prestaciones de sus U-boote superaban con creces a las naves enemigas. Por ejemplo, mientras que los amados súbditos del káiser fabricaban submarinos con una cubierta acorazada sobre el casco de presión, los demás no tenían previsto nada semejante. Esto implicaba que su capacidad para sumergirse era mucho mayor, alcanzar mucha más profundidad e incluso resistir impactos que habrían sido fatales para sus adversarios. Más aún, aunque los submarinos tedescos operativos en 1914 eran en su mayoría naves con motores de queroseno, una autonomía bastante birriosa y un armamento aún más limitado (dos lanzatorpedos a proa y dos a popa que salían ya cargados de la base, más dos torpedos de repuesto para los tubos de proa, o sea, seis en total), los british, que al cabo eran los más afectados en cuestiones navales, tenían en dotación unos torpedos tan pésimos que era habitual que se fuesen al fondo nada más dispararlos o, peor aún, que ni siquiera explotaban al impactar contra los buques enemigos. Y como arma de cubierta llevaban un cañón de 12 pulgadas que obligatoriamente tenían que disparar orientado hacia proa porque si se les ocurría hacerlo de costado el retroceso podía hacer volcar la nave. Y a todo esto, sumarle que tanto la autonomía como la velocidad de los U-boote superaba a la de los enemigos, y que antes de 1918 podían sumergirse en apenas 40 o 45 segundos, tiempo que lograron rebajar a solo 30 segundos a finales del conflicto.


El Antwerp, uno de los primeros Q-ships
Como vemos, los british tenían motivos de sobra para preocuparse aunque las verdaderas prestaciones de los U-boote no las conocían pero, en todo caso, optaron por curarse en salud y mandar la flota a Scapa Flow por si las moscas. Por otro lado, ni Churchill, en aquel momento Primer Lord del Almirantazgo (era un cargo político, no militar) ni el almirante John Fisher, Primer Lord del Mar (justo lo contrario, o sea, era un cargo militar) podían imaginar que el káiser ordenara atacar a las pobres e indefensas naves mercantes porque eso estaba muy feo y no era propio de países civilizados. De hecho, incluso en la marina tedesca había quien miraba con malos ojos esas prácticas tan poco caballerosas pero, tal como quedó demostrado, la época de las batallas entre caballeros eran historia (en realidad jamás ha habido una guerra caballerosa, pero bueno...). La cuestión es que, en realidad, los que abrieron la Caja de Pandora fueron los british imponiendo un férreo bloqueo naval por un lado y, por otro y a la vista de que no disponían de nada eficaz para contrarrestar la amenaza de los submarinos enemigos, empezaron a preparar pequeños mercantes, pesqueros, arrastreros, vapores, veleros y, en fin, cualquier cosa que flotase pudiera ser armada con algunos cañones y hacer lo que mejor sabe un inglés: actuar como un auténtico y verdadero pirata. Así surgieron los Q-ships.


La tripulación del U-9. En el centro, con las manos cruzadas, aparece su
comandante, el kapitänleutnant Otto Weddingen. Estos probos súbditos del
káiser bajaron los humos a los british de forma radical
El término Q-ship no se empezó a usar de forma oficial hasta finales de 1916, al parecer por tener su base principal en el puerto irlandés de Queenstown. Hasta aquel momento, la armada los denominaba como "buques señuelo" o "barcos misteriosos". Y ambas denominaciones eran de lo más acertado porque la idea consistía simplemente en engañar a los submarinos tedescos haciéndoles creer que se trataban de inofensivos barcos mercantes, la presa más jugosa para mandar al abismo y chinchar bonitamente a los isleños. Porque la triste realidad es que la todopoderosa Navy, con sus magníficos acorazados, cruceros y demás naves de gran porte no tenían nada con qué combatir a estos taimados y sigilosos enemigos subacuáticos. Eran pequeños, iban bien armados y eran ilocalizables cuando se sumergían. Hasta 1916 no empezó a llegar la tecnología necesaria para ello con el hidrófono, pero esos chismes tenían un alcance muy limitado, apenas 1 o 2 millas, mientras que el torpedo alemán de prestaciones más birriosas tenía un alcance de 2 km. a 32 nudos de velocidad, y de 2'6 km. a 27 nudos, por lo que antes de que lo detectaran podía mandar un regalo en forma de puro con entre 136 y 200 kilos de trinitrotolueno. Además, el hidrófono localizaba la presencia del submarino, pero no su posición. Para ello había que colocar tres naves y triangularla por su señal, y para ello tenían que parar máquinas porque el ruido de las hélices interfería una burrada. Y, para colmo, sus minas y torpedos podían mandar a hacer gárgaras a cualquier barco enemigo. El primer toque de atención lo recibieron apenas siete semanas después de entrar en guerra, cuando los arrogantes british recibieron la noticia de que un submarino tedesco, el U-9, había hundido en menos de una hora a tres de sus cruceros: el Aboukir, el Hogue y el Cressy. Se les debió indigestar el té con plum cake de calabacines y boniatos, porque no podían imaginar que una de aquellas bañeras subacuáticas hubiese podido acabar nada menos que con tres naves de superficie en un periquete.


Pequeño mercante en pleno proceso de reconversión para hacer de él un
Q-ship. Estos barcos, que no merecían un torpedo y podían ser hundidos
fácilmente a cañonazos, eran el señuelo perfecto hasta que los tedescos
se dieron cuenta de que tenían más peligro que un cuñado sediento
Ante semejante panorama, lo mejor que se les ocurrió fue echar mano de barcos de pequeño tamaño que, como una lombriz en el anzuelo, atrajesen de forma irresistible a los comandantes de los U-boote y los hiciera salir de las profundidades para, conforme a la Ley de Capturas, abordarlos y comprobar su nacionalidad y el manifiesto de su carga ya que, aunque navegasen bajo la bandera de un país neutral, caso de tener como destino un país enemigo era irremisiblemente hundido. La dotación de torpedos de los submarinos a comienzos de la guerra era más bien escasa, por lo general apenas seis unidades que reservaban para enfrentarse a naves de guerra y de cuyo uso debían dar cuenta al retornar a base, por lo que preferían usar el cañón de cubierta para, una vez que la tripulación del mercante abandonase el barco, echarlo a pique a cañonazos o colocando cargas explosivas en la víctima aspirante a pecio perpetuo. Por lo tanto, la estrategia consistía en engañar a los submarinos  haciéndolos emerger una vez que comprobaban que lo que tenían delante era un jugoso mercante de cualquier tipo. En el momento en que salían a la superficie, mostraban de forma inmediata el armamento que llevaban a bordo y se liaban a cañonazos antes de que al sorprendido comandante le diese tiempo de hacer uso de su armamento de cubierta, de lanzarles un torpedo o de sumergirse, para lo cual necesitaban de casi un minuto durante el cual una tripulación bien entrenada podía endilgarle varios cañonazos.


El Farnborough, un vapor de tres islas fuertemente artillado al
mando del capitán Campbell, uno de los más famosos comandantes de
Q-ships. En la imagen superior vemos su aspecto original, con las cruces
señalando la posición de su armamento. Debajo, después de ser disfrazado
El 2 de noviembre de 1914 los british decidieron iniciar el bloqueo, lo que fue replicado por los tedescos tres días más tarde declarando los mares que rodeaban las islas como zona de guerra submarina, y la cosa es que no tardarían mucho en poner en servicio naves con la autonomía necesaria para plantarse en la costa escocesa sin problemas. Además, estaban bastante cabreados porque un mercante al que uno de sus submarinos iba a inspeccionar lo embistió, por lo que se autorizó a usar torpedos si creían que había riesgo para la nave. Y para poner las cosas más complicadas, en febrero de 1915 los tedescos se dejaron de escrúpulos y optaron por lo más cómodo: atacar sin previo aviso, o sea, no se molestarían en asomarse a la superficie, instarlos a detenerse mediante un disparo por la proa, abordarlos, etc. sino que, sin más historias, emergerían y harían uso del o los cañones de cubierta, por lo general de 8'8 y/o 10'5 cm., más que suficiente para mandar al fondo a cualquier mercante con un disparo colocado en la línea de flotación. La opción B era que si sospechaban algo raro no se andasen con miramientos, les lanzaran un torpedo y santas pascuas. Así pues, comenzó una peculiar carrera de engaños y fullerías navales en la que los Q-ships ideaban formas de tentar al enemigo, mientras que el enemigo se volvía cada vez más desconfiado y se iba aprendiendo todos los trucos para no dejarse engañar. 


Cañón de 12 libras oculto en un bote salvavidas falso. Como
vemos en la foto inferior, el bote se separaba en dos mitades
para abrir fuego por ambas bandas
A finales de noviembre de 1914, los british tenían listo el primer Q-ship, el Victoria, cuya vida operativa fue bastante breve ya que no fue capaz de dar con un solo U-boot por lo que al cabo de un mes lo mandaron a hacer puñetas. Lo sucedió el Antwerp, un barco armado con dos cañones de 12 libras que tampoco dio el resultado que se esperaba porque, simplemente, presentaba un aspecto sospechoso a los comandantes de los U-boote. El capitán del Antwerp, el teniente comandante Godfrey Herbert, abogó por el uso de un tipo de barco denominado "de tres islas", unos mercantes de tres o cuatro mil toneladas llamados así por tener toldillas de proa y popa y con el puente de mando en el centro de la nave. Este concepto de barco era especialmente apoyado por el vicealmirante Lewis Bayly, responsable del South-Western Approaches (zona marítima que comprende el suroeste de las islas), que era precisamente donde más mercantes eran hundidos. Sus amplias bodegas permitían acumular combustible, pertrechos, municiones y provisiones para travesías de hasta un mes de duración, disponían de espacio para instalar artillería en cantidad y, lo más importante, eran lo suficientemente grandes como para poner los dientes largos al comandante de un submarino, pero no tanto como para malgastar un torpedo. O sea, el Q-ship ideal para hacer salir a la superficie al enemigo y atacarlo con el armamento de cubierta. No obstante, la armada recurrió como ya se ha dicho a todo lo que pudiera facilitar la ardua tarea de engañar a los cada vez más sagaces tedescos, e incluso ofrecían la suculenta cifra de 1.000 libras como gratificación a los tripulantes de un Q-ship que lograse hundir un U-boot. Además, por la obvia peligrosidad de su trabajo recibían una prima, la Hard Lying Money, de 6 chelines diarios para el mandamás, 2,5 para los suboficiales y 2 para la marinería.

Con todo, su primera victoria tardó un poco en producirse. No fue hasta el 23 de junio de 1915 cuando el Taranaki, un arrastrero reciclado en Q-ship al mando del teniente comandante Edwards en combinación con el submarino C-24 al mando del teniente Taylor, lograron hundir al U-40 en la costa este de Escocia. La primera victoria de un Q-ship en solitario tuvo lugar un mes más tarde, el 24 de julio, cuando el Prince Charles al mando del teniente Wardlaw aliñó al U-36 en la costa norte de las Hébridas abriendo fuego a menos de 600 metros y echándolo a pique tras recibir varios impactos. Eso sí, el palmarés del U-36 era de lujo: en mayo capturó a dos barcos y hundió otro, los tres de países neutrales, y en el mes siguiente hundió otros trece y capturó uno más. Como se ve, la diferencia entre la relación operatividad-eficacia de unos y otros era apabullante.


Otro ingenioso subterfugio, en este caso un lanzador de
bombas anti-submarinas oculto bajo una escotilla de pozo
falsa. Bastaba quitar la lona y abatir las mamparas para
ponerlo en orden de combate
Los ardides se basaban en una sofisticada tramoya y una tripulación que, vestida de paisano, debía aparentar en todo momento que eran atribulados marinos muy acojonados ante la presencia del submarino. Se recurría a cualquier cosa: cubiertas falsas, mamparos plegables, cabinas de cubierta también falsas y, por supuesto, banderas de otros países. A medida que los british ideaban una nueva puñetería los tedescos no solo se tornaban más cautos, sino que podían complicarles la vida a los tripulantes del Q-ship ya que los alemanes los consideraban como franc-tireurs, francotiradores, un ejército irregular creado por los gabachos durante la Guerra Franco-Prusiana que iban sin uniforme y actuaban al margen de las normas establecidas, por lo que podían liquidar a toda la tripulación sin perpetrar por ello un crimen de guerra. De ahí que se ordenara a los comandantes de los Q-ships que justo antes de abrir fuego izasen el White Ensing (Pabellón Blanco), la bandera de combate de la Royal Navy. Para agilizar el proceso y no dar ni medio segundo de tiempo al enemigo, algunos Q-ship tenían unido el cierre de uno de los cañones a la cuerda de la bandera para no olvidar izarla con la tensión del momento y, a medida que aprestaban la pieza, enarbolaban la misma. Para no dar oportunidades al enemigo, los artilleros se seleccionaban entre lo más granado de la armada ya que apenas disponían de un minuto o menos para efectuar un mínimo de tres disparos que, a ser posible, impactasen todos en la nave enemiga.


Un Q-ship ha logrado hundir un submarino tedesco. Estos encuentros se
saldaban de forma satisfactoria al que reaccionaba con más presteza. Era
una partida siniestra que duraba un par de minutos como mucho y en la que
lo que se jugaba el personal era la vida
Básicamente, la táctica que usaban consistía en que cuando el submarino hacía acto de presencia, parte de la tripulación simulaba huir echando al agua los botes salvavidas a toda prisa y de forma tan realista que, al parecer, en un caso incluso llevaban una jaula con un loro de peluche dentro que, en la distancia, aparentaba ser la atribulada mascota del barco. Era los que denominaban "grupos de pánico", que remarían para no colocarse entre el Q-ship y el submarino y no estorbar cuando sus colegas abrieran fuego. El resto de la tripulación que quedaba a bordo eran los artilleros y parte del personal no combatiente que era empleado para ayudar a desmontar la tramoya. Si el comandante del submarino se tragaba el anzuelo, se aproximaría al Q-ship para asegurar el tiro o bien perseguiría a los botes (en teoría el mercante señuelo estaría vacío de personal en ese momento) para trincar a la tripulación y poder identificar tanto el barco como el contenido del mismo. En ese lapso de tiempo, los botes maniobrarían para obligar al submarino a ofrecer el costado al Q-ship, momento en que saldría a relucir la artillería y abrirían fuego. 


Artilleros del Antwerp disparando un cañón de 12 libras emplazado sobre
una cabina de cubierta. Las paredes aparecen abatidas para permitir abrir
fuego en cualquier dirección. Como podemos ver, visten de paisano
En otras ocasiones, el señuelo simulaba una huida navegando en zigzag mientras que con una tobera de falso vapor hacían creer al comandante del submarino que los observaba por el periscopio que iban a toda maquina cuando, en realidad, lo que hacían era ir cada vez más despacio para permitir que les alcanzara. Un mercante de vapor podía alcanzar una velocidad de 10 nudos o algo más, mientras que el submarino no pasaba de 8 o 10 nudos en inmersión, así que había que dejarse pillar. Lógicamente, los tedescos no eran tontos y también tenían sus trucos, como hacer las aproximaciones por popa para no ponerse a tiro de los cañones enemigos y, si no lo tenían claro, preparaban un torpedo con el tubo ya inundado y listo para lanzarlo si una vez en superficie y en plena actuación el comandante alemán notaba algo raro. Precisamente para aminorar el riesgo de ser alcanzados por un torpedo, los Q-ship eran por norma barcos con muy poco calado con la esperanza de que pasasen por debajo de la quilla sin llegar a impactar. Porque un torpedo era un arma de efectos incuestionables: si hacía diana mandaba al abismo al barco sí o sí. De hecho, para intentar retrasar el hundimiento muchos Q-ships llenaban el espacio disponible en las bodegas con toneles y cubas vacíos, madera o, en resumen, cualquier cosa que lo mantuviese a flote al menos el tiempo necesario para poder disparar al submarino y hundirlo o dañarlo gravemente. 


El C-24, uno de los pocos submarinos que logró acabar con un U-boot
También llegaron a probar ataques combinados de Q-ship con submarinos propios como el que citamos antes entre el Taranaki y el C-24. Mediante un cable telefónico mantenían el contacto entre ambos cuando sospechaban de la presencia de un U-boot. Una vez que este daba la cara, el Q-ship informaba de que estaba siendo atacado, y en ese momento el submarino british emergía y hacía lo propio por lo que el tedesco se vería atrapado entre dos fuegos. No obstante, esa táctica apenas se usó porque no demostró ser verdaderamente eficaz y era imposible de llevar a cabo cuando el mar se movía un poco, para no hablar de cuando hacía mal tiempo ya que era muy difícil mantener el contacto telefónico. Por otro lado, los comandantes de los Q-ships se veían obligados a cambiar de disfraz constantemente. Si habían estado patrullando una zona durante una serie de días no podían volver a la misma mostrando el mismo aspecto ya que pondría en guardia al submarino más despistado. ¿Qué hacía un mercante solitario dando vueltas por allí sabiendo el peligro que corría? Así pues, pintaban el casco de otro color, cambiaban de posición las cabinas falsas o le daban a las cubiertas otro aspecto tendiendo lonas como si fueran mamparos, artificio este que solía darles problemas si se levantaba viento porque flameaban y el subterfugio era visible a gran distancia, por lo que el comandante del U-boot que pudiera estarlos observando no lo dudaría: torpedo y a otra cosa, mariposa.


Un cañón oculto tras una lona sobre el puente de mando del Baralong, cuyo
comandante llevó a cabo una de las mayores villanías de la Royal Navy
En fin, más o menos así eran y así actuaban los Q-ships. Cuando en 1917 se impusieron los convoyes, estas naves señuelo dejaron de tener sentido si bien se mantuvieron operativas el resto del conflicto incluyendo los PQ, patrulleras de la Royal Navy susceptibles de ser usadas como Q-ships por su facilidad para ser "disfrazadas". Su reducido tamaño, de unas 1.250 toneladas de registro bruto, era ideal para que los comandantes tedescos hicieran palmitas cuando les echaban la vista encima ya que eran los típicos mercantes dignos de ser hundidos a mayor gloria del káiser. Pero estas naves eran unos huesos muy duros de roer: alcanzaban los 20 nudos de velocidad, iban fuertemente armados con cañones de 4 pulgadas y 12 libras y su escaso calado, de apenas 2,4 metros, les permitía tener muchas posibilidades de salir ilesos de un ataque con torpedos. 


La goleta Mary B. Mitchell, un Q-ship que se enfrentó con el U-17 en junio
de 1917. El submarino abrió fuego a 4.500 metros, lo que demuestra que a
aquellas alturas de la guerra no se fiaban ni de una beatífica morsa. En esta
ocasión y tras un intenso intercambio de disparos la cosa acabó en empate
debido a la nula visibilidad. Ambos barcos salieron ilesos
Con todo, como se ha dicho ya, los convoyes se convirtieron en la principal herramienta para proteger el tráfico marítimo que, no obstante, costó a los aliados la friolera de 11.948.702 de toneladas enviadas al fondo del mar en forma de 6.394 naves.  A cambio, los Q-ships solo lograron hundir 12 submarinos de los 187 que perdió Alemania en toda la guerra, y causaron daños de diversa consideración a otros 60 que, naturalmente, fueron reparados y puestos nuevamente en servicio. Como vemos, un balance sumamente magro por no decir ridículo a pesar del empeño puesto en este tipo de naves, del riesgo que corrieron sus tripulantes y de las sumas de dinero invertidas en su compra, armado y mantenimiento. De hecho, en fechas tan tardías como abril de 1918 aún se alistaron seis veleros equipados con un motor auxiliar cada uno para no verse inmovilizados en caso de una calma chicha y que iban armados con dos cañones de 12 libras, uno de 4 pulgadas y un obús de 7'5 pulgadas. En todo caso, los encuentros entre Q-ships y U-boote eran cada vez más escasos ya que los primeros eran ya empleados principalmente para escoltar convoyes, y en 1918 solo tuvieron lugar once encuentros entre submarinos alemanes y Q-ships. El último fue el 30 de julio de aquel año, y salió triunfante el U-boot.

Los convoyes tampoco pudieron acabar con la amenaza de
los U-boote. En este caso vemos al U-93 a punto de mandar
al fondo a una goleta. Estos barcos, que en muchas ocasiones
se quedaban atrás si el viento no era propicio, se convirtieron
en una presa fácil en cuanto se quedaban solos en el mar
En fin, creo que con esto ya tenemos un avance general de lo que fueron los Q-ships y del papel que desempeñaron en la guerra naval. Por cierto que los british aprendieron poco de ello, mientras que los tedescos tomaron buena nota de todo para volver a las andadas en el siguiente conflicto, en las que sus "manadas de lobos" siguieron contaminando el océano con cientos de miles de toneladas de acero, fuel-oil y munición de todas clases y cebando a los peces con miles de marineros, dejando un reguero de osamentas roídas por todo el Atlántico. En otra entrada ya hablaremos con más detenimiento del armamento y demás chorraditas interesantes sobre estos barcos. Por cierto, para los amantes de las estadísticas: el porcentaje más elevado de pérdidas de U-boote, un 40% nada menos, fueron provocados por accidentes o por causas desconocidas. El siguiente, un 20%, por las minas. Los 12 hundidos por los Q-ships apenas llegaron a un 7%. En cuanto a los Q-ships, no se sabe con exactitud la cifra de unidades operativas ya que hasta 1917 no hubo un mando generalizado que se encargase de las operaciones de estos barcos, por lo que se dieron muchos casos de capitanes que requisaban un mercante que les parecía chulo y se limitaban a disfrazarlo y trasladar el armamento a bordo. Digamos que tenían pocas limitaciones a la hora de acometer sus misiones, y se movían de un lado a otro según su intuición. En cualquier caso, las cifras oscilan entre los 113 y casi 200 unidades, de las que se perdieron 59 en total. De ellas, 36 fueron hundidas combatiendo contra los U-boote, 6 se fueron a pique por accidentes, 16 por torpedos o minas, y una fue capturada por los tedescos.

Bueno, con esto vale de momento. Ya seguiremos hablando de las andanzas de estos barcos y de la guerra contra los mercantes que, las cosas como son, fue de todo menos caballerosa y honorable. Más aún, las fechorías que se perpetraron dejó claro que las guerras las ganaba el que ponía más cadáveres sobre el tapete, y que tampoco servía de nada perdonar hoy la vida de un enemigo que mañana no dudaría en liquidarte sin pararse a pensar que le permitiste seguir vivo.

Hale, he dicho


Uno menos...