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Entrada a una mina durante la Guerra de Secesión norteamericana |
Solo a partir de la segunda mitad del siglo XIX la mina fue cayendo en el olvido, y sus técnicas empezaron a desaparecer de los manuales militares. La evolución de la artillería pesada y su devastador poder destructivo permitió abrir brechas en las murallas sin necesidad de enterrar en vida a un ejército de topos, teniendo como escenarios la Guerra de Secesión (1861-1865) entre malvados esclavistas y bondadosos segregacionistas, y en la Guerra de Crimea (1853-1856). En este conflicto, el asedio a Sebastopol a manos de los british y los gabachos, cavaron una mina de 190 metros de longitud para abrir una brecha en el baluarte del Mástil, pero los hijos del padrecito Aleksándr Nikoláyevich Románov, Alejandro II para los amigos, les chafaron el invento a los enemigos, cavando 20 contraminas cargadas con entre 550 y 2.000 kilos de pólvora, más otra cargada con 4 Tm. cavada a 15 metros de profundidad. A partir de ahí, las minas fueron cayendo en el olvido hasta que, en 1915, el estancamiento del frente y la creación de líneas defensivas que requerían bombardeos masivos de artillería pesada que, por otro lado, no garantizaban para nada la ruptura del frente, hizo que el personal desempolvara los viejos manuales para iniciar una guerra que tenía lugar, en vez de en las trincheras, en la tierra de nadie, donde transcurrían kilómetros de verdaderos laberintos de minas y contraminas. Ya nos hemos hecho a la idea, ¿no? Entonces,
fin del INTROITO
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| Artillería pesada british ablandando las posiciones tedescas |
Se ha hablado hasta dejar las gargantas sangrando de la guerra de trincheras y, cuando sale a relucir el tema, casi todos los debatientes coinciden en lo mismo: dos ejércitos se entierran en trincheras precedidas por densas alambradas y defendidas por el fuego de ametralladoras y demás artefactos letales. Si se quería ocupar una de esas líneas había que recurrir a una preparación artillera que abriese camino entre las alambradas y, a continuación, la infantería avanzaba para expulsar a los enemigos de sus trincheras. Esos ataques, como sabemos, se saldaban con cientos de bajas para no conseguir nada o, a lo sumo, ocupar unas posiciones que al cabo de poco tiempo tenían que abandonar porque el enemigo los invitaba a ello a base de machacarlos con fuego de artillería y morteros. En resumen, un estancamiento de años con ataques y contrataques que se traducían en avances o retrocesos de unos cientos de metros en el mejor de los casos.
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Alambradas tedescas. ¿Creen que alguien podría pasar por ahí sin sufrir algunos arañazos? |
Por otro lado, las técnicas de fortificación evolucionaron rápidamente para, obviamente, dificultar al máximo la ocupación de las posiciones enemigas. En este capítulo, los tedescos se llevaban la palma, como es habitual en estas cuestiones. Sus trincheras estaban perfectamente acondicionadas, bien entibadas para evitar derrumbes, con pasarelas de madera para no tener que patear fango, y sus nidos de ametralladoras y puestos de escucha lo suficientemente protegidos. En cuanto a sus refugios, eran sólidos y confortables. Resistían las preparaciones artilleras más sañudas, y cuando el fuego se desplazaba hacia retaguardia, para sorpresa de los atacantes salían de ellos, emplazaban las máquinas y paraban en seco a los vociferantes
british o gabachos que daban por sentado que varias horas de bombardeo habrían bastado para desalojar al enemigo. Pero nones. Y no solo no los habían desalojado, sino que sus alambradas, algunas con decenas de metros de anchura, seguían siendo impenetrables. Resultado: media vuelta y se acabó la fiesta. Por el contrario, las trincheras
british eran una birria, y encima hechas a posta porque los mandamases consideraban que unas posiciones cómodas ablandaban al personal. No obstante, eso no significaba que fueran fáciles de ocupar, o que sus alambradas fueran menos complejas. Y en cuanto a los gabachos, pues más de lo mismo. La conclusión es evidente: el método convencional no era lo suficientemente rotundo para lograr éxitos notables y duraderos.
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Zapadores tedescos. Estos probos homicidas cavaban túneles con la destreza de un topo. Obsérvense los respiradores, imprescindibles para no asfixiarse dentro de la zapa |
Bien, ese era el panorama desde los inicios de la guerra, cuando se dieron cuenta de que las viejas estrategias ya no funcionaban. Y no solo se percataron de que los manuales se habían quedado obsoletos, sino que los métodos empleados para avanzar tampoco eran precisamente eficaces. Había que inventar algo. Y ese algo, en realidad, estaba inventado hacía siglos: avanzar cavando túneles de escasa profundidad hacia las trincheras procurando pasar desapercibidos, lo que no era fácil, y una vez alcanzadas las posiciones enemigas, petar de explosivos el final del túnel y volar la carga. En teoría, se acababa de abrir una brecha, por lo que el siguiente paso era ocuparla y, desde ahí, intentar desalojar el resto de la posición. Básicamente, era una preparación artillera, pero en vez de caer bombas las bombas surgían del suelo. La primera mina se detonó en una fecha tan temprana como el 13 de noviembre de 1914 en el sector de Argonne por el 3
er. Regimiento de Zapadores del Rin. Los tedescos usaron 40 kilos de nada que abrieron un cráter enano, de apenas 6'5 metros de diámetro, pero que fue suficiente para darles el día a los gabachos ya que no pudieron rechazar a los tedescos, que consolidaron la posición conquistada. Un mes más tarde, el 20 de diciembre, repitieron la maniobra en el sector de Festubert, donde el 1
er. Batallón de Zapadores de Westfalia cavó diez ramales ante las posiciones defendidas por los súbditos indios de su Graciosa Majestad. En cada ramal se colocaron cargas de 50 kilos que, tras ser detonados, dejaron a los probos hinduistas un poco atribulados, rindiéndose 815 de ellos más 19 oficiales anglicanos. Todo un logro, y sin una baja propia.
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Zapador british con el respirador Proto. En la jaula llevaban un ratón o un canario para detectar la presencia de monóxido de carbono |
Está de más decir que tanto
british como gabachos tardaron 02" en desempolvar los viejos manuales sobre zapa y minado para dar cumplida réplica a los tedescos. Más aún, tuvieron bien claro que poner a darle al pico y la pala a la soldadesca era contraproducente: primero, porque se retiraba de las trincheras a personal adiestrado para matar, no para cavar; y dos, porque los que debían cavar eran los cavadores profesionales, uséase, los mineros. Antes de que terminase 1914, el general Foch pidió que se reclutaran tropas cuya misión sería exclusivamente hacer de topos, por lo que ni siquiera recibirían adiestramiento militar. A esos no les darían un fusil, sino una pala. Los
british hicieron lo mismo, sacaron de las unidades en servicio a todo aquel que en la vida civil fuese minero. Así surgieron las
Tunnelling Companies, compañías de tuneladores, formadas por los mineros que ya servían en el ejército y por mineros del carbón que habían sido previamente rechazados al enrolarse por ser demasiado viejos o por alguna lesión que, en teoría los incapacitaba para combatir, pero no para darle al pico y la pala.
El artífice de estas unidades fue el teniente coronel John Northon-Griffiths, un diputado del parlamento e ingeniero que, además, era contratista y se encargaba de obras en el alcantarillado. Este fulano contactó con Kitchener planteándole el reclutamiento de currantes apodados como "
clay-kickers", literalmente "pateadores de arcilla", probos topos especializados en cavar túneles a una velocidad endiablada, y encima de forma bastante silenciosa. En el dibujito podemos ver como trabajaban. Se colocaba de espaldas sobre una tabla con un pequeño asiento y un travesaño para los hombros, por lo que le daban el nombre de cruz. Apoyaba la pala que vemos en el detalle contra la pared, empujaba con los pies y se desprendía un cacho de tierra que su cuñado iba retirando. Un tercero la ensacaba y, valiéndose de un pequeño carro, la sacaba del túnel. Y abramos un inciso con una cuestión técnica: el nivel freático de Flandes estaba casi en la superficie, por lo que bastaba profundizar pocos metros en el pozo del que partiría la mina para que se anegase de agua. No podían iniciar el túnel hasta que no encontraban arcilla seca, y aquí era donde los "
clay-kickers" iniciaban su intervención. Era pues imprescindible la presencia de ingenieros de minas y geólogos para saber qué terreno se iban a encontrar, así como el método a seguir en cada caso para poder cavar sin llevarse sustos. Pero de las técnicas cavatorias y el utillaje para ello ya hablaremos con más detalle en otro articulillo, descuiden...
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Miembros de una unidad de asalto en pleno avance. Estos probos homicidas eran especialmente eficaces a la hora de ocupar los cráteres de las minas y hacerse fuertes en ellos |
A partir de 1915, la guerra de minas se intensificó notablemente. La escasez de artillería pesada para destruir las alambradas y la dificultad para alcanzar las posiciones enemigas hizo que el minado se convirtiera en algo irritantemente constante. Una preparación artillera se sabía cuando empezaba, pero lo que nadie sabía es si tras la misma detonaría una mina y mandaría un tramo de las posiciones a volar para no volver a caer. Y con esta proliferación vino un aumento substancial de la potencia de las cargas, naturalmente. En febrero, los tedescos detonaron cuatro minas bajo posiciones gabachas de Massiges, cada una con 5 toneladas de pólvora negra. Nada más asentarse los cascotes y los gabachos se querían enterar de lo que había pasado, se abalanzaron hacia sus trincheras, ocupando y consolidando tres líneas de ellas. Al parecer, los tedescos desarrollaron una especial habilidad para ocupar las posiciones ocupadas antes de que los enemigos lograran abrir fuego para rechazarlos. Y de la misma forma que los
british formaron sus
Tunnelling Companies, pues los súbditos del káiser organizaron las
Stollenbaukompagnien, literalmente compañías de constructores de minas, que también escarbaban una cosa mala.

En fin, esta forma de guerra subterránea se mantuvo hasta 1917, si bien en determinados sectores perduró hasta prácticamente el final de la contienda. El subsuelo de la tierra de nadie se convirtió en un laberinto de kilómetros de minas y contraminas de ambos bandos, y cada cual recurría a lo segundo en el momento en que notaban que los enemigos habían empezado lo primero. De hecho, hasta se recurría a cavar minas falsas en plan escandalosillo para despistar, de forma que los enemigos iniciasen la contramina en esa dirección mientras que la real avanzaba en el más absoluto silencio por otro lado. En otras ocasiones, mina y contramina se cruzaban, dando lugar a escabechinas subterráneas muy desagradables o a la colocación de petardos en las paredes para provocar el derrumbe del túnel vecino. Hablamos de que una galería principal tenía por lo general una altura de alrededor de metro y medio de altura como mucho, y un metro o menos de anchura. A eso, sumar el calor, el agobio y el aire asquerosillo que introducía en el túnel un compresor. En fin, algo muy desagradable. Para hacernos una idea, basta echar un vistazo a la foto de la izquierda, donde vemos a dos zapadores tedescos embutidos en un túnel donde no cabe ni el mango del pico. Y a medida que se avanzaba había que entibar la galería, no le diese al malvado suelo por desplomarse sin avisar.
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British saliendo de sus posiciones en dirección a la matanza el 1 de julio de 1916 |
En cuanto al
modus operandi, la detonación de las minas se solía llevar a cabo inmediatamente después de la preparación artillera, y unos minutos antes del ataque. En teoría, la preparación artillera obligaba a los enemigos a enterrarse en sus refugios, de donde salían para emplazar las ametralladoras y prepararse para detener el ataque de la infantería en el momento en el que la artillería alargaba el tiro. En ese momento debían explotar las minas, creando uno o varios cráteres donde antes había trincheras y que debían ser ocupados rápidamente antes de que los defensores se recuperasen del susto. La operación debía estar perfectamente sincronizada si no querían pasar por el mismo brete que unos canadienses que, aprovechando la barrera artillera, avanzaron para atacar en cuando se alargase el tiro. Pero tanto se acercaron que sus propias minas explotaron cuando estaban literalmente encima, de modo que se fueron al cielo de los guerreros muy cabreados. En todo caso, si se lograba consolidar estos cráteres, se convertían en una especie de cabeza de puente desde donde se proseguiría la ocupación de las demás posiciones. Para evitar estas situaciones, los tedescos optaron por una defensa en profundidad, de forma que si les abrían una brecha en la primera línea, a continuación había otras dos que cerrarían el paso. Y no por cavar una mina gordísima se daba por sentado que la cosa saldría bien. Cuando detonó la mina de Lochnagar, los tedescos ocuparon el cráter antes de que los
british pudieran llegar gracias a la orden de ir tranquilitos y cargados con 30 kilos de equipo, por lo que las toneladas de amonal no sirvieron para nada. Fracaso total y mogollón de isleños caídos por la cagada Haig y Rawlinson.