domingo, 8 de noviembre de 2026

GUERRA DE MINAS. Cuando no queda aire, 1ª Parte

 

Grupo de rescatadores british (Dios maldiga a Nelson) equipados con respiradores autónomos Proto y Draeger. Estos probos ángeles de la guarda subterráneos salvaron mogollón de vidas, y poca gente lo sabe


Imagen, posiblemente una pose, de un zapador provisto
de respirador intentando rescatar a un cuñado medio muerto.
No obstante, no se alejaría mucho de la realidad
La guerra de minas no solo era asquerosilla, sino también asfixiante. Esta faceta de la vida de los topos bípedos es bastante desconocida porque, por lo general, cuando alguien muestra interés sobre este tema buscan fotos de la detonación de la mina de Beaumont-Hamel o del cráter de Lochnagar, y poco más. En resumen, suelen limitar sus conocimientos a que los bandos en liza se dedicaban a cavar túneles, petarlos de explosivos y volar por los aires a los enemigos. Sin embargo, sobre la vida de los zapadores planeaba una amenaza tanto o más tenebrosa que verse enterrado por un derrumbe: quedarse sin aire, para lo cual no tenía que colapsar el entibado ni que el enemigo volase una contramina que echase abajo la galería. Simplemente, el aire respirable se terminaba y solo quedaba monóxido de carbono y/o metano, substancias ambas menos recomendables que subir al Everest sin oxígeno y fumando Celtas cortos. Y la cosa es que, obviamente, los efectos nocivos de estas substancias eran ya sobradamente conocidos porque se daban en la minería industrial, donde las galerías estaban a una profundidad aún mayor y se abrían paso a golpe de barreno porque ahí no se preocupaban de alarmar a nadie ya que no había enemigos al otro lado. Sin embargo, parece como si los militares pensaran que la cosa no iba con ellos hasta que empezaron a ver como el personal se veía afectado de forma dramática. Pongámonos pues en situación con el correspondiente

INTROITO

Observen la foto de la izquierda. Se trata de una galería de ataque de una mina gabacha (Dios maldiga al enano corso) en el sector S de Butte de Vauquois, una colina coronada por un simpático pueblecito que fue desintegrado literalmente como consecuencia de ser el escenario de la que seguramente fue la guerra de minas más espeluznante del conflicto. Gabachos y tedescos se dieron estopa con saña bíblica durante toda la guerra, detonándose nada menos que 519 minas y cavándose 22 km. de galerías. La que ven en la foto tiene, como se ve, una acusada inclinación, una longitud de 120 metros y el final de la misma está a 36 metros de profundidad, profundidad que fue superada por la contramina tedesca en cuanto detectaron la de la foto. Bien, si en una estación de metro moderna, con sistemas de extracción y renovación de aire a lo bestia y sin esas estrecheces se nota el ambiente pesado, y cuando es hora punta aún más, imaginen cómo sería la calidad del aire en esa tumba, donde el aire viaja hasta el fondo por la tubería que ven arriba a la izquierda. Y hablamos de un aire enviado por un compresor de hace más de un siglo, ojo...

Y los que trabajan al final del túnel consumen más oxígeno que un ciudadano que pasea su chucho o lee apaciblemente las necrológicas en un banco del parque. Son primates que le dan al pico o a la pala como si les fuera la vida en ello, rellenan sacos para retirar los escombros o empujan carretillas llenas de creta. Como es lógico, jadean como galgos tras perseguir a una liebre durante hora y media, ergo su consumo de oxígeno es muy elevado, pero el oxígeno disponible es menos abundante del que hay en el parque donde el ciudadano lee necrológicas. Bien, pues para reponer ese oxígeno disponían de compresores como el de la foto de la derecha que, además, era el que suministraba aire para el funcionamiento de las perforadoras y martillos neumáticos. Se solían instalar a 9 metros de profundidad para preservarlos de un posible ataque de artillería, y el aire era canalizado por tuberías como las del párrafo anterior. Ojo, a mitad de camino no se reponía nada. El aire iba directamente al fondo de la galería. Así pues, imagínense picando piedra en un ambiente cargado, aspirando un aire que han expirado 833 veces tanto vuecé como sus cuñados, con una humedad pringosa que se pega al cuerpo sudoroso y lleno de tierra pegada al mismo, jadeando y resoplando, y todo ello sumado a una siniestra penumbra porque, precisamente por la escasez de oxígeno, los candiles solo alumbran con una llama mortecina. Por eso los tedescos, más previsores, se preocuparon de proporcionar luz eléctrica. Así, al menos, a todo lo dicho podían quitarle la siniestra penumbra. Menos da una piedra. Bien, con esto creo que ya se han hecho a la idea, de modo que

fin del INTROITO

Explosión de metano en una mina de carbón neozelandesa
en 2010. Se saldó con 29 muertos
A pesar de todo, la mala calidad del aire no era el peor enemigo de los zapadores, y eso que la falta de oxígeno provocaba no pocos desmayos entre el personal. Lo verdaderamente chungo era la presencia de metano y/o monóxido de carbono, y estos no solo provocaban desmayos, sino un deceso rotundo si el afectado no era socorrido de inmediato porque, simplemente, sus pulmones se colapsaban por la ausencia- que no escasez- de oxígeno. De ahí a la hipoxia, y de la hipoxia a la parada cardio-respiratoria había un paso. Bueno, un pasito. Es una cuestión bastante chunga, la verdad, porque ambas substancias son indetectables. No avisan, no pasa nada que denote su presencia hasta que ves como tu primo lejano cae redondo y, al mismo tiempo, notas como se te nubla la vista antes de acompañar a tu primo al coma profundo y ni te enteras de que te has abierto la cabeza contra un pedrusco al caer al suelo. Son substancias gaseosas, insípidas, incoloras e inodoras (el olor del metano doméstico es un aditivo para detectar fugas, bien 
mercaptano o bien tetrahidrotiofeno), y el metano lleva de regalo que es muy muy inflamable. Una bolsa de metano producida por una explosión puede provocar otra y llevarse por delante a los que pille por medio.

Zapador british echándole alpiste al canario. A la derecha,
un resucitador de pajaritos
Bien, como es evidente, ambas porquerías no surgen por generación espontánea, sino que son consecuencia de las detonaciones subterráneas. Los mineros profesionales que servían en las unidades de zapadores ya sabían del tema, pero ni ellos mismos habían tenido constancia de semejantes acumulaciones. ¿Por qué? Po mu fási. Porque en las minas industriales, los barrenados eran ínfimos en comparación con las monstruosas cargas de las minas militares. Media docena de barrenos son una chispa de yesquero comparada con una cámara petada con varias toneladas de amonal, chedita o simple pólvora negra. La detonación consumía el oxígeno y dejaba de recuerdo una masa de monóxido de carbono o metano. Pero esa masa no se quedaba ahí, esperando la salida, sino que se filtraba por las grietas del terreno y podía aparecer a decenas de metros de distancia. Como podrán imaginar, la detonación de una mina que creaba un cráter a cielo abierto no producían este efecto ya que el monóxido de carbono y el metano se liberaban, pero bajo tierra no. Bajo tierra se quedaban encerrados esperando a sus víctimas. Y para prevenirlo, cada grupo de zapadores iba acompañado de un tenor emplumado (no se me subleven las hembristas por omitir a las sopranos emplumadas, porque entre las aves canoras solo cantan los machos). Los canarios, con sus mínimos pulmoncitos y su ritmo cardíaco de hasta 1.000 pulsaciones por minuto en situación de estrés, pues acusaban la presencia del metano o el monóxido de carbono antes que nadie. Estos adorables pajaritos, gracias a los cuales se salvaron muchas vidas de primates, eran muy queridos por sus colegas bípedos que, como ven en la foto de la derecha, hasta diseñaron cámaras de resurrección para ellos. Eran cajas metálicas herméticas provistas de una pequeña bombona de oxígeno, y lo normal era que se recuperasen en escasos minutos. Inciso: cada día que pasa estoy más convencido de que los primates somos una especie dañina a tope. No conformes con matarnos entre nosotros, añadimos a nuestras masacres a pobres animales que no tienen nada que ver con nuestros malos rollos y que han palmado por millones a lo largo de la historia. El día que nos extingamos, el planeta resoplará aliviado. No entiendo como Dios pudo crear a unos malos bichos como los humanos. Fin del inciso.

Rescatista provisto de un respirador Proto es descendido
por un pozo, camino de la galería colapsada por el gas
Así pues, estas concentraciones de gas apresadas en lo que los Aliados llamaban camouflets, fueron la principal causa de muertos en la guerra de minas. Sí, más que las provocadas por detonaciones o derrumbes. ¿Que qué es un camouflet? Pues un espacio hueco que quedaba en el subsuelo cuando se detonaba una contramina, o incluso cavidades cercanas a la superficie que quedaban cerradas al explotar una mina normal. El gas podía incluso romper la pared de roca si bajaba la presión atmosférica- lo que facilitaba su expansión-, invadiendo una galería y liquidando al personal, que ni le daba tiempo de ver que el canario ya había palmado. Y si era metano y se filtraba por las grietas, la llama de un candil o un fósforo al encender un cigarrillo podía provocar una explosión gorda y no dejar títere con cabeza. La cuestión, en resumen, es que la detonación de la carga principal quemaba todo el oxígeno que había en la zona, y lo que quedaba era el puñetero monóxido de carbono y/o el metano producto de la explosión. En ese momento era cuando los equipos de rescatadores tenían que actuar a toda leche para sacar de allí con vida a sus compañeros y al canario, que no tenía culpa de las putadas que se hacían entre primates, pobrecitos... 

Lo peor de todo es que los militares no se dieron cuenta de los efectos secundarios de las explosiones nada más empezar la fiesta, y eso que los ingenieros de minas que nutrían las unidades de zapadores ya sabían de qué iba la cosa, pero, como hemos comentado, no imaginaron el alcance que tendría en una guerra subterránea. De hecho, antes de que el problema empezase a ser un verdadero problema y de ponerse a criar canarios a cascoporro, no era raro que los mismos compañeros del ciudadano desmayado también palmasen porque intentaban ayudarlo pensando que era un simple desmayo producido por el cansancio o cualquier cosa de poca gravedad. Así, en vez de sacarlo a rastras a toda leche, pues lo incorporaban le echaban agüita en la jeta mugrosa y le daban palmaditas para reanimarlo. Pero el fulano ya estaba reanimado contándole su vida a San Pedro, y a los pocos minutos llegaban sus compadres sin comprender aún qué había pasado. Y buena prueba de que el puñetero gas no perdonaba lo tenemos en uno de los mayores siniestros registrados en el conflicto, cuando 18 zapadores british entregaron la cuchara a causa de un vacío creado precisamente por una explosión de metano en el sector de La Boisselle, que llenó la galería de monóxido de carbono. Cuando fueron a buscarlos, el equipo de rescatistas se encontró encima con un peculiar síntoma que no habían visto aún en las intoxicaciones provocadas por este gas, y en que los afectados se tornaban extremadamente violentos y totalmente inmanejables, llegando incluso a atacar a los rescatistas. No obstante, y a costa de jugarse la vida intentando sacar de allí a aquellos energúmenos monoxidados, pudieron llevar a varios de ellos a la superficie. En la foto de la derecha podemos ver a un rescatista llevando a cabo maniobras de reanimación. Está equipado con un respirador autónomo Proto, y junto al monoxidado se puede ver la caja que contiene el equipo de resucitación Novita, fabricado por la Siebe Gorman & Co. Ltd. Al canario imagino que ya le habían dado el alta.

Bueno, ya saben lo que pasaba cuando no quedaba aire respirable en el interior de una mina asquerosa. La segunda parte la dedicaremos a los distintos aparatos que se diseñaron para que los rescatistas pudieran rescatar a los necesitados de ser rescatados. Eran unos verdaderos alardes para la época, les anticipo.

CVRATE VT VALEATIS BELLATORES MEVS

Hale, he dicho


PETRVS SANCHODICI DELETVS EST

Equipo de rescate civil de poco antes del inicio de la guerra. Todos llevan el respirador Proto, y en el suelo vemos, de izquierda a derecha, un respirador Leipzig alemán con su largo tubo y su fuelle, el resucitador Novita y el bendito canario, que los rescatistas también llevaban consigo para saber dónde empezaba la concentración de gas

viernes, 6 de noviembre de 2026

TÉCNICAS DE MINADO

 

Zapadores british (Dios maldiga a Nelson) posando para la posteridad en la boca de una mina. Aunque muchos crean que los túneles se cavaban a base de pico y pala, lo cierto es que se disponía de mogollón de tecnología para ello, procedente de las minas industriales de la época

Gratificante ambiente laboral bajo tierra. Un lugar bien
iluminado, con música de fondo, barra libre...
La guerra de minas siempre ha sido una forma de combatir bastante asquerosilla, las cosas como son. No todos valen para enterrarse en vida en un túnel por el que tiene que caminar agachado o incluso inclinado como un nipón ante el mikado, respirando polvo, sudando como un pollo y notando la falta de oxígeno, y así durante horas. Y, cuando eran relevados, no los esperaba una espléndida ducha caliente con abundante jabón, champú anti caspa y colonia buena, ni tampoco un masaje tonificante para relajar los músculos contraídos por tantas horas adoptando posturas forzadas. Antes al contrario, una mera lavada de jeta con agua de ignota procedencia, una escudilla de rancho posiblemente frío, una rebanada de pan negro y, finalmente, desplomarse en el catre de campaña dentro de un refugio- también bajo tierra-, sin quitarse la ropa llena de mugre y arropado con una manta llena de piojos, a pesar de lo cual tardaban cosa de cuatro segundos en quedarse fritos. Los más heroicos aún le echaban ganas para escribir una carta mientras fumaban un cigarrillo o una pipa. Y no, no todos valían para zapador. Ni siquiera hombres que sobre el suelo se portaban como héroes eran capaces de soportar la claustrofobia y la incertidumbre constante por verse enterrados en vida por un derrumbe. 

Y la cosa es que, contrariamente a lo que muchos piensan, los trabajos de zapa durante la Gran Guerra contaban con el apoyo de una tecnología bastante avanzada, producto del enorme auge de la minería industrial surgido durante la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX. A eso debemos añadir la gran cualificación de los geólogos y los ingenieros de minas que tenían los conocimientos necesarios para saber dónde se movían, cómo debían moverse y qué medios debían emplear para no sufrir un derrumbe nada más avanzar medio metro en la galería de ataque. Así pues, vamos derechos al 

INTROITO

Hijos del padrecito Nikolái Aleksándrovich en una
rudimentaria trinchera, pero trinchera al fin y al cabo
Aunque se considera la Gran Guerra como el primer conflicto estático, lo cierto es que el ensayo para este nuevo tipo de movida se dio en la Guerra Ruso-Japonesa librada entre 1904 y 1905 entre los hijos del padrecito Nikolái Aleksándrovich Románov y los honolables guelelos del mikado Mutsuhito. Concretamente en Mukden, una población de Manchuria, se produjo un estancamiento en un frente de 64 km. donde los nipones ya hicieron sus pinitos mineros, si bien  bastante birriosos, a nivel local y de magros resultados. ¿Y para qué?, se preguntarán vecedes. Bueno, ya lo hemos comentado en alguna ocasión, pero lo repetimos: si un ejército carece de artillería lo suficientemente potente como para destruir las fortificaciones enemigas desde arriba, lo intenta por abajo. En aquella época no se podían lanzar 10 o 20 Tm. de explosivos en dos minutos, pero sí se podía volar la misma cantidad en un segundo, y con unos efectos bastante contundentes.

Honolables guelelos del mikado en otra
trinchera, esta más pulcra y mucho mejor
diseñada, hasta con apoyos para el codo
Los observadores militares enviados por las potencias occidentales a contemplar la fiesta se quedaron un poco perplejos ya que se consideraba la guerra de minas como algo totalmente obsoleto, y añadieron en sus informes a los estados mayores la ocurrencia de los honolables guelelos. No obstante, los british, que como siempre tienen que nadar a contracorriente del resto del planeta, se negaban a aceptar que una fortificación de campaña- léase trincheras, alambradas y fortificaciones ligeras- no se pudieran tomar mediante un asalto de infantería, aunque un 80% de la infantería se quedase tirada en la tierra de nadie, segada por las ametralladoras y el fuego de barrera. De hecho, en su manual "Ataque y Defensa de Fortalezas" emitido en 1910, afirmaban rotundamente que eso de las minas era cosa de la Edad Media, y que la infantería podía solventar el problema sin problema, y que las alambradas no eran ningún problema. El que los bajó del limbo fue el teniente coronel Robert Harvey, de la Escuela Británica de Ingeniería Militar, que les hizo ver que una posición bien fortificada a base de alambradas impenetrables era perfectamente defendible solo con el fuego de las ametralladoras, y que si no se disponía de artillería suficiente no quedaba otra que minarla para borrarla del mapa. Basta recordar las tremebundas escabechinas perpetradas por el fuego cruzado tedesco años más tarde, cuando liquidaban compañías enteras antes de haber tenido tiempo ni de alcanzar las alambradas enemigas.

Galería tedesca. Estos probos homicidas tenían una técnica
muy depurada para la cosa minera, al igual que para
construir sus trincheras y fortificaciones
La prueba de que este nuevo tipo de guerra estaba en marcha la tenemos en el hecho de que, ya en noviembre de 1914, apenas tres meses después del comienzo de la fiesta, los tedescos empezaron a pergeñar maldades subterráneas contra los gabachos en el sector del Marne. Y es que esto de las minas tenía un efecto contagioso tremendo, y si uno de los bandos la iniciaba, al otro no le quedaba otro remedio que emularlo porque una mina solo se combate con una contramina. Así se abrió la Caja de Pandora minera, que no empezó a decaer hasta 1917, cuando las líneas de frente empezaron a ser más flexibles, pudiendo dejar atrás esta terrible guerra del subsuelo. Solo perduraron los refugios por razones obvias, ya que el personal tenía que disponer de agujeros donde meterse cuando la cosa se ponía calentita. Por cierto que esta tecnología fue la que ayudó en la siguiente guerra para construir refugios antiaéreos decentes para la población civil, cuando los devastadores bombardeos convertían las preparaciones artilleras de la Gran Guerra en tracas de verbena de barrio. Y dicho esto,

fin del INTROITO

Zapadores zapando en la zapa. Miles de hombres sirvieron
en ese destino tan desagradable
Ante todo, debemos tener en cuenta el factor humano. Y es que, independientemente de que hubiera disponible tecnología que facilitase el trabajo, dicha tecnología no siempre estaba disponible. Hablamos de maquinaria civil en la que el ejército debía poner pasta para adquirirla, mientras que la tropa salía más barata. Por otro lado, el uso de esta maquinaria no siempre era viable. Ya vimos como las cuatro minas de La Boisselle hubo que cavarlas íntegramente a mano por temor a que los zapadores tedescos localizaran sus galerías y los mandasen al garete con varios cientos de kilos de explosivos. Por último, otro inconveniente fue la falta de personal, que no era un tema menor. Cuando la guerra de minas se generalizó, se optó por reclutar mineros profesionales que, bien por la edad, bien por padecer alguna lesión que los hacía inútiles para el servicio de las armas pero no para darle a la pala, habían sido rechazados cuando fueron a alistarse. A estos se les llamó a filas, pero ni siquiera tuvieron que hacer la instrucción propia de un recluta. Les enseñaban las cuatro chorradas ordenancistas, los rangos del ejército y poco más. Y como no eran suficientes, pues sacaron de las unidades de combatientes a los que sí habían sido aceptados para servir en filas y, además, eran mineros. Pero, claro, eso suponía mermar los efectivos de estas unidades, efectivos de los que no podían prescindir en muchos casos. Resumiendo, la disponibilidad de personal para servir como zapadores fue un problema endémico durante todo el conflicto. Y, con todo, creo que candidatos no faltarían. Al cabo, mejor jugarse el pellejo abriendo una galería que ir a una muerte segura durante cualquier ataque.

Por otro lado, debemos dejar de lado la idea de que las labores de zapa tenían que llevarse a cabo por sistema en el más absoluto silencio. Había veces que sí, pero otras, la mayoría, pues no precisaban de tanta discreción por una razón bastante chorra: ambos bandos formaban un escándalo bajo tierra. Lo que sí hacían era diversificar el ruido para que el enemigo no pudiera adivinar tan fácilmente de qué dirección venía el túnel de ataque, por lo que se abrían varios ramales en los que se usaba maquinaria, perforadoras o se detonaban barrenos, volviendo locos a los escuchas que ya no sabían en qué dirección buscar. En la foto de la izquierda vemos a un gabacho (Dios maldiga al enano corso) con el audífono del geófono incrustado en la oreja a ver si pilla algo, aunque por su jeta impasible da la impresión de que no acaba de tener éxito. El cuñado del pico lleva previsto un respirador, no sea que un flujo de monóxido de carbono lo deje listo de papeles.

Vagoneta extrayendo cascotes de creta. Estos chismes
eran bastante escandalosos bajo tierra
Pero, aparatitos aparte, lo cierto es que los mismos zapadores eran capaces de intuir determinados movimientos o intenciones en base a lo que escuchaban sin necesidad de chismes raros. Los mismos hábitos de trabajo del personal ya permitían prever qué podía pasar en breve, y no crean que bajo tierra los sonidos no se transmiten, y que estar en un túnel es lo más parecido a vivir en una cripta. Por ejemplo, en terreno calcáreo, el sonido de los picos se podía escuchar hasta a 45 metros de distancia, que se reducían a 9 si el terreno era arenoso, de arcilla o de cualquier material blando. Un fulano circulando por un túnel se oía a 9 0 10 metros sobre un suelo de creta, y a 2 o 3 sobre arena/arcilla, y la voz usando un tono normal a unos 3 o 4 metros en roca, salvo si se daba en el pie con el pico, en cuyo caso se oía el berrido en todo el frente. Así pues, el sonido de vagonetas en dirección hacia el final del túnel podría indicar que se estaba empezando a cargar la cámara de hornillo. Un constante ir y venir lo dejaba claro, porque solo había una vía con una única vagoneta para transportar toneladas de explosivos. Y si tras el tránsito todo se sumía en un silencio sepulcral, lo más probable era que a detonación de la mina estuviese al caer. Acojone total, ¿qué no? 

Otro indicador consistía en mogollón de fulanos picando, lo que se traducía en que estaban cavando la cámara de hornillo. Había que fabricar un espacio amplio para dar cabida a la carga explosiva, y para eso no bastaban dos cuñados dándole a la piqueta. En la foto de la izquierda tienen a varios tedescos muy laboriosos bajo la atenta mirada de un suboficial haciendo sitio para petarlo de pólvora. Tanto picoteo mosqueaba si solo provenía de un sitio, pero si el ruido llegaba de cinco más ya no se sabía de qué iba la cosa.
 A veces, incluso se recurría a picos movidos mediante cables desde la boca de la mina. Se sujetaban por la base del mango en un soporte con un simple pasador que le permitiera oscilar, y solo había que colocarle una cuerda o un cable. Se daba un tirón y el pico se levantaba. Se soltaba, y el pico caía. Si ponías cuatro picos, pues eran cuatro fulanos en plena faena. Qué astutos, ¿no? También se recurría a barrenar el espacio requerido, lo que aceleraba el trabajo. Y, para disimular, pues la treta de siempre: detonar simultáneamente más barrenos en distintas galerías y en distintas direcciones para que no se pudiera localizar cuál era la peligrosa. Los gabachos probaron una perforadora diseñada por el Servicio Electromecánico de Versalles, el modelo Bornet, con capacidad para abrir un orificio de 15 cm. de diámetro. Una vez alcanzada la profundidad máxima, se cargaba con unos barrenos; una vez detonados, se proseguía haciendo agujeros hasta dar forma a una cámara de hornillo bastante decente, con capacidad para nada menos de 10 Tm. de explosivos.

En cuanto a la maquinaria, cada cual tenía sus preferencias. Los tedescos se inclinaron por la eléctrica, para lo cual disponían de baterías de generadores situadas en trincheras de apoyo cercanas a las bocas de las minas. Desde ahí se tendía una línea de cableado que era sepultado para no verse afectado en lo posible por un bombardeo, y a partir de ahí se tomaba un cable para cada herramienta o aparato: perforadoras, ventiladores, bombas de agua e incluso iluminación eléctrica, que era más guay que el farolillo tenebroso o la vela de sebo pobretona. A la derecha tenemos un ejemplo. Se trata de un martillo perforador para roca Siemens-Schuckert, un trasto bastante pesado que requería el emplazamiento de una columna hidráulica para sustentarlo. Para que se hagan una idea, funciona igual que una de esas Hilti que el simpático del vecino pone en marcha los domingos a las 8 de la mañana para dedicarse al bricolaje doméstico y, de paso, joderle el despertar a media calle. Para hacer perforaciones para barrenos, ya mostramos a un probo homicida mostrando uno de ellos en un articulillo anterior. Era un chisme idéntico a las típicas barrenas de carpintero, pero de un acero más resistente. Bastaba un orificio de unos 50 cm. para meter el petardo con su mecha, arrimarle un cerillo y alejarse a toda pastilla hasta que explotaba. Si se quería armar menos escándalo y el trazado del túnel se prestaba a ello, pues se introducían en la roca varios barrenos que eran detonados al unísono.

La versión gabacha la vemos a la izquierda. Un martillo perforador, pero neumático, como esos tochos que se usan para levantar el asfalto o las aceras y que ponen de los nervios a todo el vecindario durante las ocho horas en las que el currante, con los riñones convertidos en un amasijo carnoso, va sacando cachos de pavimento. La escena que muestra la foto corresponde al túnel Marchand, contra la posición tedesca de Courte Chausse en diciembre de 1915. La maquinaria que funcionaba mediante compresores era bastante eficiente y era también válida para la ventilación de las galerías. Por lo general, se usaban máquinas estadounidenses de la firma Ingersoll-Rand que ya era empleada en la minería industrial desde antes de la guerra. También emplearon equipos de excavación mecanizados diseñados por un tal Charles François Mascart, un ingeniero especializado en ese tipo de maquinaria. Por lo demás, los gabachos se vieron obligados a aumentar notablemente el uso de maquinas de este tipo ante la escasez de mano de obra cualificada, cosa que a sus amados aliados les sobraba porque, contrariamente a estos y a los tedescos, tenían mineros a cascoporro.

De hecho, los british probaron no pocos diseños para la perforación de túneles o la apertura de trincheras de aproximación, pero nunca obtuvieron resultados satisfactorios. Al final, y siempre fieles a sus tradiciones más acendradas, pues seguían recurriendo a los clay-kickers, los pateadores de arcilla que ya conocemos, y que cuando llegaban a la creta sustituían las palas por picos. En la ilustración vemos el trío básico: uno saca la pella de arcilla con la pala, otro va despejando el hueco echándola para atrás y, finalmente, otro la ensaca y la va apilando en una carretilla, de la cual tirarán sus cuñados cuando esté llena. 

Y por mentar maquinaria chula, no se pierdan esa tuneladora usada por los austríacos. Nada que envidiar una tuneladora moderna, de esas que te cavan en dos días un túnel para el AVE. Lo malo es que solo funcionaba bien sobre creta. Si topaba con un estrato de arcilla la cosa ya no iba igual de bien, y si era arcilla húmeda se embotaba, formando una masa de barro en la barrena frontal y había que echar mano a las palas. En fin, ya vemos que no hay nada nuevo bajo el sol, y que las máquinas y herramientas que se usaban hace más de 100 años estaban totalmente operativas, y son prácticamente iguales que las actuales salvo que las modernas llevan una pintura muy chula, unos embalajes muy molones, manuales de instrucciones en 48 idiomas menos en español y, en algunos casos, baterías que permiten prescindir del enchufe y el cable que siempre queda corto.

Zapadores tedescos pelando cables para unir los
detonadores
Bien, veamos a continuación la cosa ruidosa, uséase, los explosivos. Hasta 1916 y debido a la escasez de las cantidades necesarias de explosivo, se siguió usando la pólvora negra. Cuando el aumento en la fabricación de los mismos lo pudo permitir, se recurrió a diversos tipos de explosivo industrial, del mismo que se usaba en las obras públicas, canteras, etc. Los british, como vimos en el articulillo de Lochnagar, solían usar por sistema el amonal, un explosivo baratito y fácil de fabricar a base de nitrato de amonio y polvo de aluminio que actuaba como potenciador. Por si no se han percatado, el término amonal salió de unir los nombres de ambas porquerías: "amo", de amonio, y "al" de alumio. Amo + al = amonal. A este se le añadía también trinitrotolueno para hacer la detonación más rápida. Deben saber que la potencia de un explosivo está condicionada por la velocidad con la que detona. Por ejemplo, el clorato de potasio que se usa para curar las llagas en la boca y que los nenes de antaño usábamos para fabricar bombitas con las que asustar a las nenas mezcándolo con azúcar, tiene una velocidad de detonación de 6.000 m/seg., uséase, rápida de cojones. La del amonal es de apenas 4.400 m/seg. En todo caso, hablamos de un producto bastante seguro a la hora de manipularlo si bien es muy sensible a la humedad por ser higroscópico. De ahí que se envasara en sacas de lona engomada para que no se echase a perder. Por otro lado, si se trataba de detonar grandes cantidades era necesario añadirle algún ingrediente extra para darle más sabor a la cosa. Por ejemplo, la mina de St. Eloi, detonada durante la batalla de Messines, y que fue la más gorda de los british con una carga de 93.300 libras (42.3200 kg.), requirió un cebo compuesto por 300 libras (136 kg.) de gelignita, un explosivo de aspecto gelatinoso a base de nitroglicerina, nitrato de potasio, serrín y algodón pólvora. Tiene además las ventajas de ser muy estable, fácil de manipular y prácticamente insensible a la humedad, pudiendo detonar incluso bajo el agua.

Oficial british pendiente de la Hora H para darle caña al
detonador que tienen delante de él
Los gabachos preferían la chedita o, dicho correctamente, perclorato de chedita, que debe su nombre a la ciudad de Chedde, en la Alta Saboya, donde se empezó a fabricar a inicios del siglo XX. E
s un tipo de explosivo a base de cloratos (principalmente clorato de potasio o perclorato de amonio) mezclados con sustancias combustibles como aceites (por ejemplo, aceite de ricino) u otros nitratos para darle mayor estabilidad. Por cierto, y a título de anécdota, cuando terminó la fiesta tenían almacenadas 5.000 Tm. de esa porquería a la que no hubo forma de darle salida, de modo que no se complicaron la vida y las arrojaron en el río Arve, que quedó contaminado durante décadas. Los ecolojetas modernos la habrían liado parda ante tamaña monstruosidad, y esta vez con razón. Y, finalmente, los tedescos se decantaban por uno similar al amonal, la westfalita, porquería igualmente basada en el nitrato de amonio. Se envasaba de bloques de 1 kg. envueltos en papel o cartón encerado para aislarlo de la humedad. Y para que los explosivos exploten hace falta un explotador, y no hablamos de malvados empresarios que roban a los sufridos obreros, ni tampoco de los parásitos que cobran un pastizal por pasar el rato leyendo el periódico en el Congreso. Nos referimos a los detonadores. 

Estos chismes también procedían del mundo civil, no habiendo una estandarización de los mismos. Cada unidad usaba los que les enviaban y santas pascuas, por lo que había mogollón de modelos circulando por ahí. A la derecha tenemos un Zundmaschine, uséase, un detonador tedesco. Esos chismes tenían menos mecanismos que un chupete. Observen: las flechas colorás marcan los bornes donde se conectarán los cables que van a los detonadores. La flecha amarilla marca un borne de prueba, por lo que antes de realizar la conexión definitiva colocamos uno de los cables en el mismo y damos corriente. En el extremo de los cables tendremos un aparatito que compruebe si la corriente llega o no. Si es que sí, pues se procede a usar los bornes "de verdad". Para cargarlo, se saca la llave de donde la vemos y la colocamos en el orificio con la flecha azulita y le damos cuerda. Cuando haga tope, el aparato estará listo. Cambiamos la llave de sitio, la giramos en sentido horario y "pum". Los más conocidos son esos de la marca ACME con la palanca descendente como los que usa el desdichado coyote intentando atrapar al correcaminos, ya saben, pero el funcionamiento es el mismo. Este que mostramos, al menos, tiene el borne de prueba, que no es plan de apretar la palanca en el momento clave y verse como el coyote, que explota el TNT cuando se acerca a ver qué leches ha pasado.

Y del ruido pasemos al silensio sepurcrá, como decimos por estos lares... El tema de las escuchas durante la zapa se lo tomaban muy en serio, como es lógico. Si uno tenía un chisme con el que podía oír los entresijos bajo tierra de la misma forma que el médico se entera de que tienes los bronquios hechos una mierda de tanto tabaco, pues sería de necios no aprovecharlo. A la izquierda tenemos un oficial de ingenieros gabacho enganchado a un geófono a ver si se entera de algo interesante. La importancia de estos aparatos no solo radicaba en la detección de actividad enemiga, sino también, como ya hemos comentado, en monitorizar sus hábitos de trabajo, horarios, tipos de máquinas o herramientas empleadas, barrenado de galerías, etc. Y para ello no solo usaban aparatos de diversa tecnología, sino incluso métodos más antiguos que la tos, como la captación de sonidos con recipientes de agua, el mismo que ya usaban los griegos 2.500 años antes pero adaptados a la época. En vez de observar las vibraciones producidas en el agua por los golpes de pico del enemigo, pues metían dentro del cacharro un micrófono. Ya saben que el sonido se propaga con más rapidez y distancia en el agua que en el aire. También usaban- tanto gabachos como british- una cantimplora francesa de metal a la que, simplemente, acoplaban el auricular de un estetoscopio corriente y moliente. Al parecer, los british eran especialmente entusiastas con este rudimentario sistema, ya ven... Estos fulanos, con tal de ir a la contra, hasta se dejan matar.

Con todo, los pioneros en la materia y los que usaban aparatos más eficaces eran, como no, los tedescos. Veamos los dibujitos de la derecha. En el A aparece un tedesco usando un Knieriem 1915-17, que consistía en una varilla de acero clavada en la pared del túnel. Las vibraciones que captaba eran amplificadas por un peso conectado a un micrófono eléctrico, las cuales eran escuchadas con los auriculares. Estos aparatos podían distribuirse en la mina, centralizándolos en un puesto de escucha con capacidad para hasta 10 micrófonos. Esto permitía, entre otras cosas, controlar al detalle la actividad enemiga para, una vez cargada y sellada la mina, calcular con bastante exactitud el momento más indicado para hacerla detonar. El B nos muestra a un zapador gabacho usando el geófono Sistema Perrin 1915, que funcionaba de una forma distinta al alemán. Este chisme, inventado por el profesor de física y química Jean Perrin, se valía de dos discos que vemos en el suelo y que estaban llenos de mercurio o plomo encapsulados entre membranas de mica, lo que amplificaba vibraciones mínimas que se escuchaban a través del estetoscopio. Entre los discos se colocaba una brújula para determinar de qué dirección provenía el sonido mediante triangulación. Los british también hicieron uso de este aparato, que era tan sensible que, si el operador se tumbaba en el suelo, escuchaba sus latidos, sus pulmones funcionando y el roce de la ropa contra el suelo. Ambos bandos hicieron uso de más aparatos producidos por otras firmas, pero los mostrados son los más reseñables y no es plan de enrollarme más de la cuenta. 

Bueno, dilectos malvados, con esto concluimos. Nos ha faltado hablar de la cuestión respiratoria, pero creo que eso merece un articulillo propio porque es, quizás, el tema más desconocido acerca de la guerra de minas. Total, hasta los cuñados con el CI de un bonobo saben que son túneles que explotan, pero seguro que no saben un carajo de los entresijos aéreos bajo el suelo, de modo que de eso hablaremos en la siguiente entrada.

BENDICO VOBIS NOBILIS LECTORES

Hale, he dicho

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PETRVS SANCHODICI DELETVS EST

Ahí tienen a cuatro devoradores de budín de boniatos y pasteles de riñones deslomándose con dos bombas manuales para achichar la enorme charca que se ha formado en la boca de una mina. Lo lógico sería usar bombas eléctricas o de gasofa, pero es obvio que queda más elegante y deportivo darle a la palanca. Y es que de donde no hay no se puede sacar...

miércoles, 4 de noviembre de 2026

LA MINA DE LOCHNAGAR, 2ª Parte

 


Galería transversal british cavada por la 179ª
Cía. de Túneles en el sector de La Boisselle.
Fue descubierta en 2022. Observen la consistencia
de terreno de creta. La galería está a 24 metros
de profundidad, y sus medidas son de 137x84 cm.
Si alguien pensaba que el culebrón este de la mina era cuestión de cavar un túnel, petarlo de explosivos, arrimarle un cerillo y se acabó lo que se daba, ya puede ver que la cosa era mucho más compleja, y constantemente surgían problemas de todo tipo incluyendo el deceso de probos homicidas que tomaban parte en la fiesta. En la primera parte hemos hablado largo y tendido del dédalo de minas y contraminas que se habían cavado en el sector comprendido entre Beaumont-Hamel y La Boisselle, pero colijo que muchos no acaban de hacerse a la idea. Bien, pues en el dibujito de arriba sí podrán verlo mejor. Lo que ven es solo una parte de la zona minada para el inicio de la ofensiva del Somme, concretamente la conocida como Glory Hole, situado entre las minas de Lochnagar y la Y Sap. Las rayas rosa son las posiciones tedescas, y las celeste las de los british (Dios maldiga a Nelson). En rojo y azul tienen las minas de ambos bandos, donde una meada de ratón era detectada de inmediato y daba paso a la detonación de turno para provocar el derrumbe de una mina o contramina. Hablamos de un laberinto de unos 5 km. sumando todos los túneles, los cuales se cavaron en apenas año y medio entre diciembre de 1914 y julio de 1916 a profundidades comprendidas entre los 4 y los 30 metros. Y no crean que en ese período de tiempo se detonaron unas cuantas minas, no... Fueron nada menos que 110. Y, como pueden ver, para evitar ese maremagno tunelero se trazaron las dos minas principales del sector de La Boisselle, donde el subsuelo estaba más despejado. Y aclarado este detalle, prosigamos con la historia...

Una posición tedesca pulverizada por una mina. En teoría,
éste sería el resultado óptimo
Bien, en el articulillo anterior dejamos al personal a punto de culminar las zapas para, a continuación, petarlas de explosivos para dar inicio a la ofensiva. Pero como el introito ya lo hice en su momento, explicaré un detalle que, posiblemente, muchos no hayan tenido en cuenta: ¿Cuándo se detonaba la mina? Y no, no se le daba estopa en cualquier momento. De hecho, había que sincronizar con la mayor exactitud la artillería, la infantería y la mina. Ante todo, cuando la artillería propia alargaba el tiro. En una ofensiva normal, era el momento en el que la infantería salía de las trincheras, esperando que la preparación artillera previa hubiese destruido o desalojado las posiciones enemigas. Pero, habiendo minas por medio, había que considerar un factor más. No se podían detonar hasta que la artillería alargase el tiro, pero la infantería no podía salir nada más alargar el tiro porque, como pasó más de una vez, los escombros de la mina caían sobre ellos o incluso les pillaba de lleno. Si esperaban demasiado para detonarlas, se encontraban con las posiciones enemigas castigadas solo por la artillería, por lo que el minado habría sido inútil. ¿Entonces, cuándo era el momento idóneo? Dependía de diversos factores, sobre todo la distancia a recorrer por la infantería por la tierra de nadie. Si estaban lejos de las posiciones enemigas, podían detonar la mina en el momento en el que la artillería alargaba el tiro. Si estaban cerca, se detonaban uno o dos minutos antes de la hora H para dar tiempo a que los escombros cayeran. En resumen, no se podía hacer a tontas y a locas porque, de lo contrario, la explosión podía causar una matanza propia o, por el contrario, no hacer ningún efecto en los enemigos. Y aclarado esto, retomemos el tema...

A mediados de junio, el general Sir Henry Seymour Rawlinson, mandamás del Cuarto Ejército, informó al personal de que el inicio de la ofensiva estaba al caer. Obviamente, el día y la hora permanecían en el más absoluto secreto. Por lo tanto, la 179ª Compañía de Túneles ya sabía que había que ponerse las pilas, y los probos homicidas de la 34ª División que debían atacar precisamente el sector de La Boisselle, empezaron a sentir un angustioso hormigueo desde la ingle hacia el cuello. Como ya comentamos en la 1ª parte, por esas fechas la Y Sap ya estaba terminada, pendiente solo de recibir la orden para cargarla. Como vemos, el túnel de ataque se inició alejándose de las posiciones tedescas para, una vez alcanzada una distancia prudencial, girar 90º y dirigirse hacia las mismas. Por el contrario, la mina de Lochnagar aún tenía por delante 30 metros para llegar a las trincheras alemanas, y 30 metros en un momento en el que la dureza de la creta solo les permitía avanzar 30 cm. al día, pues como que complicaba un poco la cosa. De ahí que Hance decidiera sobrecargarla para, en vez de volatilizar a los tedescos, enterrarlos bajo los escombros.

Bolsa de 25 libras (11'3 kg.) de amonal
La orden de cargar las minas no tardó mucho en llegar, y Hance tuvo que calcular cuidadosamente las cantidades de amonal que debían depositarse en las cámaras de cada una. Las dos que partían de Inch Street, las Nº 2 y 5, serían cargadas con 8.000 libras (3.629 kg.) cada una. Su misión sería derrumbar las posiciones tedescas de su zona de influencia. La Y Sap recibiría 40.000 libras (18.145 kg.), y la de Lochnagar dos, una de 24.000 libras (10.886 kg.) y otra de 36.000 (16.329 kg.), en total 60.000 libras (27.215 kg.). Esto suponía que había que acarrear hasta las bocas de las minas 116.000 libras (52.617 kg.), y desde ahí hasta las cámaras. El acarreo, que se llevaba a cabo de noche, supuso transportar 2.320 cajas de amonal, cada una con 50 kg. de explosivo que, a su vez, se dividían en dos bolsas de lona engomada de 25 libras. Las cajas se unían por pares con unos listones que hacían las veces de asas. Así pues, cada fulano tenía que cargar con 100 libras, 45 kg. mal contados por cada paseo. La operación duró una semana. Ojo, el acarreo hasta la boca de la mina lo llevaba a cabo la infantería. Desde la boca a las cámaras de hornillo, los zapadores. Así compartían la echada de bofes.

2º Teniente Stanley Bullock
La carga de Lochnagar la inició en capitán Young auxiliado por el teniente Fox. Recordemos que esta operación debían llevarla a cabo exclusivamente oficiales, y que no bastaba con apilar sacos y largarse. Para acarrear el explosivo hubo que recurrir a una cadena humana porque tanta gente resollando de arriba abajo agotaban literalmente el poco aire que había en el túnel, colocándose a cosa de metro y medio unos de otros. Debido precisamente al agotamiento provocado por la falta de aire, cuando llegó el relevo de Young apenas habían podido colocar 20 sacos. Se hicieron cargo del trabajo el 2º teniente Stanley Bullock y el 2º teniente Alexander McKay. A las 07:00 horas ya habían colocado 400 sacos de explosivo, y esto con los testículos convertidos en perdigones porque sabían que los tedescos los buscaban, y si los localizaban y les metían un petardo no encontrarían de ellos ni los cordones de las botas. Y, además de distribuir los sacos por la cámara, había que ir conectando los detonadores, que debían estar adecuadamente distribuidos entre la montaña de sacos para obtener la máxima efectividad. Cada carga de 30.000 libras llevaba 12 detonadores accionados por un generador eléctrico. Para más seguridad, se añadió otro sistema de reserva por si fallaba el primero. Obviamente, si eso pasaba era imposible eliminar el sellado de la mina. 
En fin, se respiraba la tensión y tal... 

Cuando Young les tomó el relevo, las cargas estaban ya apiladas y los detonadores conectados, por lo que se limitó a revisarlo todo y, una vez comprobado que estaba correcto, ordenó sellar las cámaras. Para ello, se amontonaron procurando apisonarlos al máximo decenas y decenas de sacos llenos de creta que habían preparado a lo largo del túnel. El sellado ocupó un total de 350 pies (106 metros) a partir de la bifurcación que conducía a las dos cámaras de hornillo. Las cuatro minas estaban ya listas para dar un susto gordísimo a los tedescos a pesar de que sabían de sobra que bajo tierra se estaba pergeñando alguna maldad contra ellos. En la foto de la derecha podemos ver a cuatro zapadores de la 1ª
 Reserve Kompagnie del Württembergisches Pionier-Bataillon Nº 13 embutidos en un tabuco asquerosillo en busca de los british. Se encuentran a 36 metros de profundidad, muy por debajo de la mina de Lochnagar cuyo recorrido no acertaron a localizar. Obsérvese la bombona de oxígeno que se encuentra a la derecha, precisamente como prevención de un exceso de monóxido de carbono que los liquidaría en un periquete. Hay que hacer constar que, de la misma forma que los british tenían buenos cavadores procedentes de las minas de carbón, los tedescos no se quedaban cortos ya que sus unidades de zapadores se nutrían de personal procedente de la Cuenca del Rhur, uno de los centro mineros más importantes de Europa.

Capitán Hugh Kerr y teniente Ralph Hawtrey
El día 24 de junio se inició la preparación artillera, que debía durar cinco días. Eso anunció al personal que la ofensiva empezaría el 29, por lo que la tarde del 28, los oficiales designados por Hance para detonar las minas se presentaron en el Cuartel General de la 34ª División a recibir instrucciones. La mina de Lochnagar sería detonada por el capitán Young y el 2º teniente Fox. Los 2º tenientes Bullock y McKay se harían cargo de las minas nº 2 y 5, y el capitán Kerr  junto al teniente Hawtrey harían lo propio con la Y Sap. Se les informó que la Hora Cero sería a las 07:30, sincronizaron los relojes, que eso mola mucho, y cada mochelo a su olivo.

Oficiales de la 179ª Compañía de Túneles
Pero no habían acabado de llegar al olivo cuando les informaron que tenían que volver al Cuartel General. Había contraorden. ¿Que por qué no se le dijeron a cualquier guripa en qué consistía la contraorden? Porque, de hacerlo así, a los cinco minutos toda la división sabría qué había pasado. La tropa, cuando menos detalles sepa mejor. Solo le basta con escuchar los silbatos de los oficiales y salir de la trinchera a palmarla como auténticos y verdaderos héroes. Bueno, la contraorden era que se retrasaba 48 horas el comienzo de la ofensiva porque llovía a mares y no era plan de pillar un catarro. Pero los tedescos, mosqueados por aquel repentino aluvión artillero, no se lo pensaron mucho e iniciaron un feroz fuego de contrabatería para animar aún más la cosa. El personal encargado de las detonaciones se angustiaron un poco y no era para menos, porque los detonadores estaban colocados en las entradas de las minas. Por lo tanto, si un proyectil enemigo caía en las cercanías podía causar un derrumbe en algún lugar de la galería, causando un destrozo irreparable en todo el tendido de cables que llevaban a las cámaras. Para asegurarse de que los cables permanecían intactos, los oficiales no paraban de comprobar los circuitos de encendido haciendo pasar corriente de baja intensidad desde una batería para detectar movimiento en un galvanómetro.

Sección del cráter de Lochnagar
Y, finalmente, tras meses de trabajo a lo bestia, llegó el momento. A las 07:28, Bullock presionó la palanca del detonador, haciendo explotar la carga de la mina Nº 2. Unos segundos más tarde, Young detonó exitosamente la de Lochnagar. De inmediato, McKay hizo lo propio con la Nº 5. Kerr activó el suyo y la Y Sap saltó por los aires. La mina de Lochnagar lanzó por los aires unas 84.000 Tm. de tierra y creta en una columna de unos 1.300 metros de altura. Las dimensiones del cráter las pueden ver en el gráfico de la izquierda. Los escombros sepultaron unos 185 metros de trincheras alemanas, pero tanto ruido tuvo unos resultados bastante magros. Sabedores de lo que se cocía, los tedescos se habían retirado de primera línea, por lo que, tras las triunfalistas declaraciones iniciales de los british, finalmente se concluyó que las bajas producidas por la monstruosa mina fueron bastante birriosas. La unidad que cubría ese sector, la 5ª Compañía de 110º Rgto. de Infantería de Reserva, solo tuvo 109 bajas entre los días 27 de junio y 3 de julio. El día 1 solo palmaron 35 hombres, sepultados dentro del refugio donde se guarecían de la artillería british.

British avanzando sobre sus alambradas camino
del matadero
Y en cuanto a la ofensiva, a la Hora Cero, las 07:30, la artillería alargó el tiro y la primera oleada de 4.000 probos homicidas de la 34ª División salieron de sus posiciones. Otras dos oleadas más les siguieron, pero los tedescos, en el momento en el que dejaron de lloverles bombas, salieron de sus refugios en 
Schwabenhöhe, emplazaron sus ametralladoras y empezaron a picar carne. Ante ese panorama, los de la primera oleada se plantearon dar media vuelta, pero solo para darse de bruces con los de la segunda oleada y formar un barullo de gente en la tierra de nadie que el fuego cruzado tedesco convirtió en un pim-pam-pum. Cayeron como moscas, vaya. Y aunque finalmente lograron alcanzar el cráter y penetrar en la zona alemana, un contrataque los devolvió al puñetero cráter, no pudiendo ocupar La Boisselle hasta el día 4 de julio. 

Epílogo: Entre el 1 de julio y el 18 de noviembre- tres meses y medio mal contados-, palmaron, desaparecieron o fueron heridos más de 1.100.000 probos homicidas entre ambos bandos. Creo que la mina de Lochnagar salió carísima.

Bueno, estimados míos, hasta aquí llegó la cosa. 

AVE ATQVE VALE

Hale, he dicho

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PETRVS SANCHODICI DELETVS EST

Aspecto actual del cráter de Lochnagar. Lo compró un probo ciudadano llamado Richard Dunning cuando se enteró de que, allá por los 70 del pasado siglo, unos malvados habían tapado el de la Y Sap. La compra ha garantizado su conservación, y es primorosamente cuidado por los "Amigos de Lochnagar", que reciben mogollón de turistas anualmente para ver el suntuoso boquete