domingo, 1 de noviembre de 2026

LA MINA DE LOCHNAGAR, 1ª Parte (ACTUALIZADO)

 

Cráter de la mina de Lochnagar. Podemos hacernos una idea de sus dimensiones tomando como referencia la mínima silueta del ciudadano situado al otro lado del boquete, en el centro de la imagen.


La Boisselle en estado pre-apocalíptico. Tras la batalla
quedó en estado post-apocalíptico, uséase, literalmente
arrasada hasta los cimientos

La Boisselle es un pueblo birrioso en el Departamento del Somme, en la Alta Francia. Actualmente está unido con otra mínima población llamada Ovillers y, entre ambas, forman el pueblo birrioso. Su población es de 431 habitantes, de modo que imaginen lo concurrido que estaba aquello en 1915. Sin embargo, y como hemos visto mogollón de veces, poblaciones de chichinabo adquieren una importancia vital por estar en el punto estratégico situado justo en el lugar que ambos bandos desean poseer, por estar cerca de un nudo ferroviario importante o lo que sea. Y, mira por donde, este fue el caso de La Boisselle, que pasó de convertirse en una aldeucha irrelevante a un sitio donde nadie quería ir porque las posibilidades de palmarla allí eran enojosamente elevadas. En los comienzos de la Gran Guerra, el implacable avance tedesco lo ocupó y fortificó a base de bien, y junto con Beaumont-Hamel- aún más birrioso, con apenas 200 habitantes hoy día-, formaron una barrera en la que los Aliados no veían la forma de abrir una brecha y, a partir de ella, romper las líneas tedescas que, como ya hemos comentado otras veces, estaban poderosamente fortificadas. Bien, ya saben dónde está el sitio, de modo que pasemos al 

INTROITO

Si se habla de las devastadores minas de la Batalla del Somme, los cuñados y primos lejanos mencionan las de Lochnagar, Beaumont-Hamel y, con suerte, la Y Sap. Pero la cosa es que el 1 de julio de 1916 se detonaron nada menos que 19 minas. Sí, diecinueve. De ellas, ocho se cavaron en el sector de Mametz y tres en el de Carnoy. Estas últimas fueron minas de poca monta- es un decir- usadas más que nada como acciones diversivas para despistar a los tedescos. Pero luego tenemos siete más que no pretendían despistar a nadie, sino reventar medio frente. Una en Beaumont-Hamel la situada más al norte, tres en Fricourt y tres en el sector de La Boiselle incluida la Y Sap. Finalmente, tenemos la de Lochnagar, en el extremo sur y cargada con apenas 60.000 libras de amonal, a unos 650 metros de La Boisselle. A la izquierda pueden ver un mapa de la época dónde aparecen las minas de Lochnagar y la Y Sap, con lo que pueden ponerse en situación, e imaginar el estado que quedaría el pueblo birrioso, situado en el centro de la fiesta. Como podrán suponer, su población había tomado las de Villadiego dos años antes por razones obvias. 

Explosión de amonal en Beirut. La carga no era ni de
lejos similar a la de Lochnagar, de modo que ya pueden
hacerse una idea de la eficacia del malvado invento
Aprovecho para hacer un inciso explosivo. ¿Saben qué es el amonal, un explosivo barato, muy potente y que en los tiempos activos de las hienas vascas era muy usado para sus bombas lapa? Pues una mezcla de nitrato de amonio usado como fertilizante, por lo que cualquier cabrón puede comprarlo libremente (¿recuerdan el nitrato de chile, que antaño se veía anunciado por todas partes?) y polvo de aluminio, que actúa como potenciador de la explosión. Fabricarlo en plan compadre es tan chorra que cualquier cuñado podría hacerlo- ojo con el piojo-: basta ir a una tienda de abonos y a una carpintería de aluminio, comprar un cacho y liarse con la lima hasta reducir el cacho a polvo, y no me pregunten las proporciones, archicanallas, que ya intuyo sus intenciones. A nivel militar o industrial se le suele añadir trinitrotolueno para amentar aún más sus efectos. En todo caso, y a modo de dato curioso para provocar taquicardia a los "expertos", las cargas de las 19 minas que dieron inicio a la fiesta sumaban nada menos que 225.000 libras de amonal, uséase, 
102.058 kilos de nada. 102 Tm. Diez camiones y medio de cuatro ejes. Una burrada, ¿qué no? De hecho, se afirmó que la detonación de la mina de Lochnagar produjo el estampido más gordo de la historia hasta aquel momento, aunque luego se dijo que no fue para tanto porque, obviamente, los miles de toneladas de tierra que había sobre la carga amortiguaron el ruido.

Cañón de campaña de 18 libras (84 mm.), el arma estándar
de calibre medio de los british. Era increíblemente eficaz
gracias a su elevada cadencia de 12 dpm que, combinada
con el uso de metralleros, obligaban al enemigo a enterrarse
en sus refugios. En situación defensiva, realizaban severas
escabechinas entre las oleadas de atacantes
Bien, la cosa es que en épocas tan tempranas como diciembre de 1914, los gabachos (Dios maldiga al enano corso) ya hicieron la primera intentona por romper el frente en ese sector detonando una mina el 25 de ese mes. Pero los tedescos la detectaron antes de alcanzar la distancia adecuada a base de contraminas. Pero, a pesar del fracaso, los Aliados tuvieron claro que las fortificaciones enemigas en el sector comprendido entre La Boisselle y Beaumont-Hamel era imposibles de vulnerar con los métodos habituales, léase preparaciones artilleras y ataques de infantería, adornando los intermedios con bombardeos regulares a base de morteros de trinchera. Como podrán imaginar, los tedescos no se quedaban impasibles, y devolvían cumplidamente todos los obsequios enviados. En resumen, aquello era un agujero negro que tragaba cantidades industriales de munición. Como botón de muestra, basta recordar la producción de proyectiles de artillería en el mes previo a la ofensiva: 3.700.000 unidades. 

Y para concluir el INTROITO. ¿De dónde surgió el nombre de mina de Lochnagar, cuando muchos la llaman como mina de La Boisselle? Pues de la trinchera que conducía a la boca de la mina. Pueden que en alguna peli hayan visto que era habitual poner nombres de calles a las trincheras, entre otras cosas para no perderse en aquellos laberintos para topos. Así, Lochnagar Street fue el punto de partida del túnel. Lochnagar es una montaña de solo 1.155 metros sobre el nivel del mar (foto de la derecha) situada en los Montes Grampianos, en Escocia, y era y es un lugar muy frecuentado por excursionistas, senderistas y demás ciudadanos amantes de echar los bofes los fines de semana dándose unas caminatas mortíferas. Bien, puestos en contexto, vamos al grano poniendo

fin al INTROITO

Composición geológica en el sector de La Boisselle
Los british (Dios maldiga a Nelson) hicieron acto de presencia en el sector de La Boisselle en el verano de 1915, y el panorama no era precisamente alentador. Sus compadres gabachos llevaban un año liados con un duelo diario contra los tedescos, empeñados en lograr que una puñetera mina alcanzase sus posiciones, habiendo cavado nada menos que 61 y algunas de ellas cargadas con hasta 20 Tm. de explosivos. Pero no había forma. Los probos topos germanos iban siempre un paso por delante, y cuando los gabachos iniciaban una cava, al cabo de unas decenas de metros detectaban la presencia de los zapadores enemigos fabricando una contramina y, lo que era peor, casi siempre por debajo de ellos. En ese caso, los gabachos interrumpían la cava y la iniciaban en otra dirección para, tras unos días de pico y pala, volver al mismo guion de siempre: los tedescos estaban bajo ellos o en paralelo, y quizás, incluso cargando una cámara de hornillo para volatilizarlos o, lo que era peor, sepultarlos en vida. 

Capitán Henry Malkin Hance
(1879-1945)
Cuando la 179ª Compañía de Túneles al mando del capitán Henry Malkin Hance se hizo cargo del sector y recibieron los informes preceptivos de sus aliados, se quedaron un poco inquietos al darse cuenta de que la tierra de nadie se había convertido literalmente en un queso de Gruyère sin que ningún bando hubiese avanzado o retrocedido ni medio metro. Y a esto, añadir el terreno de la zona, que podemos ver en el gráfico del párrafo anterior. Bajo una capa superficial de marga había otra de limo. A continuación, arcilla con fragmentos de pedernal para, en lo más profundo, una masa de creta, uséase, piedra caliza dura de cojones que, obviamente, dificultaba la zapa. Y por si fuera poco, el nivel freático complicaba bastante la apertura de pozos para iniciar los túneles, hasta el extremo de que había ocasiones en las que había que tener bombas en marcha las 24 horas del día para evacuarlos de agua. De hecho, las típicas imágenes de las trincheras anegadas con el agua por las rodillas del personal no eran solo consecuencia de las lluvias, sino del maldito nivel freático que, en algunas zonas, estaba casi a nivel del suelo, y bastaba un mínimo de humedad para que empezara a aflorar una mezcla de agua y limo desde el suelo que convertía la trinchera en un asqueroso spa de barros medicinales. En fin, muy desagradable todo.

Capitán Thomas Charles Richardson
(1885-1916)
Los zapadores tedescos habían logrado detonar unas cuantas minas que pudieron sepultar algún refugio, pero sin  intención de abrir una brecha y culminar la zapa con un ataque, uséase, chinchar por chinchar y poner de los nervios a los gabachos. En noviembre se sumó a la fiesta la 185ª Compañía de Túneles al mando del capitán Thomas Charles Richardson que, al igual que el personal de su tropa, era un experto en la cosa de cavar bajo tierra. Los componentes de ambas compañías estaban formadas por mineros profesionales, bien extraídos del ejército, bien reclutados en las minas de carbón y que previamente no habían sido considerados útiles para el servicio. El mismo Richardson había estado currando antes de la guerra en Río de Janeiro para construir un alcantarillado decente. Bien, estas dos compañías fueron las encargadas de preparar las 19 minas, cuyo desarrollo omitiremos porque no vienen al caso y prefiero centrar el tema en la de Lochnagar, que es la protagonista del articulillo y, además, fue la más gorda de todas. Ojo, para no sacarla de contexto conviene concretar que, aunque figure por separado, la mina de Lochnagar formaba parte de las cuatro que, en total, fueron detonadas en el sector de La Boisselle: Lochnagar, la Nº 2, la Nº5 y la Y Sap, que fue la tercera en potencia tras la que nos ocupa y la de Beaumont-Hamel.

Por otro lado, el tema de los pozos para iniciar la zapa no era moco de pavo. En la foto de la derecha tienen un ejemplo bastante elocuente: miembros de una Stollenbaukompagnien (Compañía de Minadores) tedescos cavando un pozo en el que, a pesar de su escasa profundidad, ya vemos que el fondo está anegado. Observen la bomba situada a la izquierda del entibado para impedir que se acumule aún más agua. Y la cosa era que había que profundizar hasta que se encontrase una capa de arcilla seca, donde ya se podía empezar el túnel. Los british lo solventaron de forma bastante eficaz, que para eso sus mandos eran ingenieros de minas o similares. Para ello recurrían al tablestacado o, en la abominable lengua de los anglosajones, el spilling, palabro rarísimo que posiblemente nunca hayan leído pero que están hartos de ver: el tablestacado es, por ejemplo, los tubos de hormigón pretensado que se usan actualmente para forrar las paredes de los pozos, que antaño había que labrar con hileras de ladrillos. Los british usaban tubos de acero de 180 cm. de diámetro que eran colocando con extrema precisión con la ayuda de cuatro gatos hidráulicos de 5 Tm. hasta alcanzar una profundidad adecuada, que podía alcanzar tranquilamente 20 metros o más.

Plano que marca el punto de partida y el trayecto de la
mina de Lochnagar. Obsérvese la distancia hasta el pueblo
Bien, el patio estaba así de animado a finales de 1915. Entre las minas, contraminas y bombardeos por parte de ambos bandos, los british habían bautizado el sector comprendido entre Beaumont-Hamel y La Boisselle como Glory Hole, el Agujero de la Gloria, y hasta se consideraba muy complicado, cuando no imposible, que la infantería lograse avanzar en aquel paraje lunar con la táctica convencional sin caer como moscas, porque el terreno era intransitable. Así pues, y dentro del contexto de la futura ofensiva, se planeó la construcción de cuatro minas en el sector de La Boisselle: la Nº 2, la Nº 5, la Y Sap y la mina de Lochnagar. Las dos primeras estaban destinadas a destruir las contraminas y minas tedescas, la segunda las posiciones tedescas al norte de La Boiselle, y la de Lochnagar a avanzar sobre el pueblo, que los tedescos habían fortificado a conciencia ocupando los sótanos de las viviendas en ruinas. Este reducto había sido bautizado como Schwabenhöhe (Alturas de Suabia)
. Este plan se mantuvo en el más absoluto secreto en vista de que los tedescos parecían tener un vidente que sabía el trazado de todas las minas enemigas antes de empezarlas. El capitán Richardson optó por una solución bastante sensata: iniciarla lejos del Agujero de la Gloria, que estaba ya un poco visto y que los enemigos tenían acribillado de contraminas. Además, el tierra de nadie de aquel sector sí estaba casi limpia de cráteres, lo que permitiría a la infantería avanzar de forma ordenada. La operación dio comienzo el 11 de noviembre de 1915. 

Sección aproximada de la mina. Ojo, no está a escala
Así pues, para que la boca de la mina no fuera detectada por los tedescos, se cavó el pozo en Lochnagar Street, a unos 125 metros por detrás de las líneas propias. La aviación alemana se pasaba el día entero revoloteando por la zona y sacando fotos a destajo, precisamente en busca de movimientos raritos que saltaban a la vista comparando las imágenes de días anteriores. Si se sospechaba algo, la artillería y los morteros de trinchera machaban sin más el motivo de la duda, por lo que el pozo no solo debía ser lo más discreto posible, sino también que no se produjeran alrededor movimientos que lo delatasen. En todo caso, esto suponía que el túnel debería tener algo más de 300 metros de longitud para alcanzar las líneas enemigas, lo que era todo un desafío. Observen el gráfico de la derecha. Inicialmente se cavó un pozo vertical de 9 metros de profundidad, al final del cual se construyó una cámara donde llegaban los escombros y desde donde eran extraídos. De la cámara partía una galería de ataque con una inclinación de 45º, que avanzó hasta alcanzar los 14 metros de profundidad y una longitud de 35 metros. A partir de ahí se inició un túnel horizontal que en breve se extendió a lo largo de unos 15 metros. La galería para extraer el material partía de la cámara con mucha menos inclinación, y salía a la superficie a unos 30 metros por detrás del túnel. La extracción de escombros era cosa de la infantería, que no daba abasto para sacar y repartir por el terreno tanto material, ya que una acumulación del mismo sería detectada rápidamente por los aviadores tedescos, cosa que no consiguieron porque en enero la montaña de creta blanca daba un cante tremendo, y las fotos aéreas delataban que algo se cocía. 

Dos zapadores en plena faena. El fulano de la izquierda
lleva enchufado en las orejas un geófono, una especie de
fonendoscopio para detectar ruidillos raritos. Observen
la pared del túnel, formada por una masa de creta maciza
Los tedescos empezaron a hostigar la zona pensando que estaban bombardeando la boca del túnel, pero la idea de poner la galería de extracción separado del mismo se mostró un acierto. Hay que tener en cuenta que el ritmo de trabajo de los mineros era de unos 5 metros diarios, y por cada 30 cm. de avance se producían 48 sacos de tierra, lo que se convertía en un trabajo infernal para los encargados de sacarlo de la cámara hasta el exterior. Para agilizar la extracción, a principios de diciembre se instaló una vía minera con una vagoneta. Como vemos, cansa solo leerlo. Para darle más encanto a la cosa, en enero de 1916 hubo que abrir un nuevo túnel. El principal seguía a unos 14 metros de profundidad, pero requería una bomba funcionando las 24 horas porque no paraba de manar agua. En vista de lo visto, Richardson decidió profundizar el túnel un par de metros más, y abrir otro de forma paralela que llegó a los 30 metros. Esto permitió, aparte de currar con los pies secos, detectar posibles contraminas tedescas que se cruzasen entre ambos túneles y, más importante aún, despistar a los zapadores enemigos con el ruido producido en el túnel superior, que disimularía el producido en el más profundo.

Consecuencias de cualquier incidente
dentro de un túnel. Chungo, ¿no?
Pero los tedescos ya tenían clarísimo que, a pesar de la lejanía hasta La Boiselle y el boquete glorioso, los british estaban tramando algo, y gordo. A finales de enero llevaron a cabo un golpe de mano para dar con el pozo de la mina, aunque sin éxito. Echaron el guante a doce guripas del Regimiento de Essex por si sabían algo, pero el secreto seguían bien guardado. Pero los germanos son un poco cabezotas, y no se rindieron. Detectaron movimiento en una de las galerías de Inch Street, de dónde partían las minas Nº 2 y Nº 5 de La Boisselle y, mira por donde, en ese momento andaba por ahí el capitán Richardson probando un aparato de escucha. Los tedescos no desaprovecharon la ocasión. Desde su contramina detonaron una carga que alcanzó la de los british y, ante la estrechez del entorno, el metano provocado por la explosión soltó una bola de fuego fastuoso y absorbió cantidades masivas de monóxido de carbono, que mató a Richardson, al 2º teniente Latham y a 16 zapadores. No palmaron de la explosión, sino achicharrados y asfixiados, como los abuelos que se quedaban sopa en la mesa camilla con los braseros de cisco y no despertaban nunca más. Y en vista de que la 185ª Compañía se había quedado huérfana, la enviaron como refuerzo a las minas situadas al norte, siendo sustituida por la 179ª al mando del capitán Hance, que debió rugir de alegría al verse enviado a la puñetera mina de Lochanagar.

Puesto de escucha gabacho equipado con sismomicrófonos
en busca de actividad alemana
Cuado Hance llegó al sector de La Boisselle tres semanas después del deceso de Richardson, el túnel de ataque de la mina- el superior- había alcanzado una longitud de 244 metros, mientras que el secundario, situado a una cota inferior, iba por los 165 metros. Hance no se devanó mucho la sesera y detuvo la cava del túnel inferior para disponer de todo el personal en el principal que, además, era el que se encontraba más cerca de las posiciones enemigas. Además, los tedescos ya sabían que en aquel sector se estaba cavando una mina, así que las precauciones de Richardson ya no tenían sentido. En aquel momento, lo más importante era seguir avanzando en el más absoluto silencio, y cuando hablamos de silencio es decir que no se podía ni emitir una leve ventosidad culera. A finales de marzo, el túnel estaba ya a solo unos 45 metros de las posiciones tedescas, y el silencio hubo que triplicarlo porque los enemigos se pasaban el día dando vuelta por sus contraminas con los geófonos soldados a las orejas en busca hasta de un ratón dando un paseo. La cosa llegó al extremo de que hubo que suprimir la vagoneta para sacar escombros. Para hacerla lo más silenciosa posible, ese chisme rodaba sobre una vía de madera, y las ruedas tenían llantas de goma. Pero Hance no se arriesgó, y ordenó que se formara una cadena humana para ir sacando los sacos de escombros. Los zapadores tenían que currar sin botas sobre sacos de arena, y cada vez que sacaban una lasca de material había que cogerla al vuelo, bien por él, bien por un fulano colocado junto a él. En esa zona, la creta estaba fragmentada en grietas, por lo que se usaron unas herramientas similares a las picas Croft para, introduciendo la punta de la bayoneta, hacer palanca y sacar un fragmento de roca.

Y a todo este cúmulo de comodidades debemos añadir la ventilación. Como los compresores eran muy escandalosos y delatarían la posición de la mina, optaron por la vieja escuela: enormes fuelles de herrero provistos de una manguera que llegaba hasta el final del túnel. Sin embargo, ya pueden imaginar la calidad del aire que llegaba a los zapadores, que se verían jadeando como tísicos, empapados en sudor, llenos de tierra y hasta meándose encima para no abandonar su puesto. Según testimonios del personal, hasta las velas se apagaban por el poco oxígeno que les llegaba, por lo que tenían que colocarlas junto a la salida de la manguera y, aún así, solo daban una luz mortecina. Qué angustia, carajo... Los tedescos, como vemos en la foto de la derecha, optaron por ventiladores mecánicos que, aunque no tan silenciosos como los fuelles, proporcionaban un caudal de aire más intenso y mayor calidad. En todo caso, está de más decir que el rendimiento del personal bajó una burrada. A la durísima creta había que sumar el agotamiento acumulado, por lo que a finales de marzo el avance se redujo ostensiblemente. De los 5 metros iniciales de cuando se empezó el túnel, se redujo a la ínfima cifra de 30 cm. al día. Tres días y medio para avanzar un mísero metro. Para que el poco aire decente que llegaba cundiese más, Hance ordenó reducir el tamaño del túnel. Total, ya faltaba poco, de modo que la altura del mismo se bajó a 135 cm., y la anchura a 75 cm. y recordemos que en ese tabuco debían trabajar dos hombres, y tras ellos los encargados de ensacar la tierra. Una delicia, vaya...

Capitán Wilfred Bartram Creswick
(1886-1916)
Y por si esto fuera poco, a la puñetera mina la habían mirado al menos 18 tuertos, porque el Ángel de la Muerte no paraba de planear sobre ella. El siguiente en entregar la cuchara fue el capitán Wilfred Bartram Creswick, un ingeniero perteneciente al 4º Bon. de Infantería Ligera de Yorkshire, que fue asignado como supervisor técnico a las minas de Inch Street y Lochnagar Street. El 10 de abril de 1916 no tuvo nada mejor que hacer que darse un garbeo subterráneo para comprobar como iban los trabajos y, como está mandado, los tedescos se enteraron de que alguien se movía por allí y tardaron un periquete en volar la galería, matando allí mismo al probo capitán, al zapador Stephen Devine, de la 179ª Compañía, y al soldado William Cross, del Rgto. de Essex. Sus cuerpos aún reposan en algún lugar del Glory Hole hasta el Día del Juicio, porque el derrumbe provocado por la explosión hizo imposible recuperar los cadáveres. Esto superó a Hence, que ya llevaba tiempo dando muestras de que el agotamiento, tanto físico como psicológico, habían hecho su labor de zapa- nada más descriptivo para un zapador- y colapsó por completo. Lo mandaron a un centro de descanso a Marsella, donde pasó una temporada hasta que se recuperase un poco, pobrecito. Pero, para que no se perdiera la fiesta, el 7 de junio ya estaba de vuelta a su amada mina.

Capitán James Young
(1886-1916)
En cuanto a Creswick, fue sucedido por el capitán James Young, otro ingeniero de minas que debía echar de menos sus asquerosas minas de carbón y la silicosis, pero no le quedaba otra. Con la mina tan avanzada, sobre Young recaería el trabajo de terminarla, cargarla y detonarla, si es que los tedescos no lo volatilizaban como habían hecho con su predecesor. Por cierto que, el mismo día en el que Hance partió hacia Marsella, los tedescos no quisieron dejarlo marchar sin hacerle una fiesta de despedida. Llevaron a cabo otro golpe de mano en las posiciones de los british que transcurrían justo encima de los túneles de la mina, que se saldó con la captura de 29 guripas a los que, aunque no se menciona, no me cabe duda de que les sacaron información. Todo se estaba cociendo bajo ellos, y es imposible que no vieran al menos las hileras de hombres sacando sacos y sacos de tierra a 30 metros de sus posiciones durante semanas las 24 horas del día. Pero fiestas aparte, para cubrir el puesto de Hance se hizo cargo su segundo al mando en la compañía, el capitán Gilbert Rowan, otro ingeniero más del vivero de ingenieros procedentes de las minas británicas. Imagino que Rowan, 
en vista de la trayectoria vital de sus predecesores, no le hizo ni pizca de gracia aceptar el cargo. En todo caso, le gustase o no, tuvo que hacerse cargo de la evolución de la zapa y de tener a raya al personal de la 179ª Compañía que, al parecer, estaban empezando a mostrar cierto hartazgo tras verse durante meses trabajando literalmente como mulos.

Oficial british usando un geófono VI.27
en busca de los malos malosos
Y a medida que la zapa avanzaba, empezaron a quedar claras ciertas cosas que, al parecer, aún no se habían tenido en cuenta. El objetivo de la Y Sap estaba claro y no había dudas al respecto, pero la de Lochnagar sí presentaba algunas cuestiones de tipo táctico que había que resolver. La trayectoria del túnel iba en dirección a la posición 
Schwabenhöhe que, como ya dijimos antes, era un bastión magníficamente fortificado por el que, en teoría, la infantería british tendría que pasar, porque de intentar conquistarlo, nada de nada. Ante semejante panorama, Rowan decidió abrir dos ramales con sus dos cámaras de hornillo, de forma de el cráter que se formase fuese lo más amplio posible. La idea consistía en colocar las cargas separadas unos 75 metros. Pero era evidente que los tedescos tenían cada vez más claro por dónde venían los tiros, quizás mediante la información obtenida a los guripas que trincaron durante el golpe de mano. No pasaron muchos días hasta que empezaron a escuchar sobre ellos movimiento de zapa, en este caso de la 1ª Compañía de Reserva del 13º Batallón de Zapadores de Würtemberg al mando de teniente Sihler. Éste fulano cavó, partiendo de la posición de Schwabenhöhe, nada menos que siete galerías de escucha en varias direcciones, a ver si daba con los enemigos, llegando a estar a menos de 40 metros del túnel de Lochnagar. Sihler no acababa de encontrar la mina, de modo que, en vez de avanzar, se puso a escarbar, alcanzando una cota inferior a la de los british. 

Sellado de una cámara a manos de un oficial.
Este trabajo jamás lo hacía la tropa, sino un
mandamás ayudado si acaso por un suboficial.
Además de sacos terreros se usaban gruesos
maderos e incluso vertidos de hormigón
Ante la proximidad del inicio de la ofensiva, Rowan no perdió el tiempo. Sabedor de que las primeras oleadas de atacantes necesitarían apoyo logístico en forma de comida y munición, sacó a personal de minas menores para cavar en tierra de nadie pero cerca de las importantes lo que llamaban "russian saps", zapas rusas. Estas consistían en trincheras poco más profundas que la estatura de un hombre, y cubiertas con solo 50 o 100 cm. de tierra. A medida que se acercaban a las posiciones enemigas, salían a cielo abierto. Estas zapas permitían además el envío de refuerzos que no tenían que perder tiempo sorteando el infame paisaje de la tierra de nadie. Y mientras que unos cavabas las zapas rusas, otro contingente se entretenía en abrir el segundo ramal de la mina principal mientras que Sihler seguía dando palos de ciego. A mediados de junio, la Y Sap había alcanzado su objetivo, justo debajo de las posiciones tedescas. Pero a la Lochnagar aún le quedaban por cubrir unos 30 metros, y Hance, que ya había vuelto de su permiso, no quiso arriesgarse a que los enemigos diesen con su mina y la mandasen al carajo. Lochnagar era la madre del cordero porque era la que cerraba la línea de brechas que, en teoría, debían abrir las demás desde Beaumont-Hamel hacia el sureste. Así pues, dio por concluida la zapa y comenzó a excavar las cámaras de hornillo para llevar a cabo la carga. Considerando los 30 metros que aún faltaban para alcanzar las trincheras tedescas, hizo sus cálculos para sobrecargar la mina (de ahí que Lochnagar fuese la más gorda), a fin de proyectar la mayor cantidad posible de tierra sobre las trincheras alemanas. La Y Sap los haría volar por los aires, pero la de Lochnagar los enterraría vivos e, igual de importante, formarían un talud lo suficientemente elevado sobre el nivel del terreno que les permitiría defender el cráter desde una posición dominante mientras que el resto de sus colegas se adentraban en zona tedesca y rodeaban La Boisselle para expulsarlos de allí.

Bueno, aquí terminamos por hoy. Como la cosa se alarga más de lo que imaginaba porque no he querido dejar atrás detalles importantes, prefiero hacer una segunda parte.

Pírome a merendar. Yo os bendigo, amén y tal

PETRVS SANCHODICI DELETVS EST

Foto aérea del cráter de la mina de Lochnagar. Obsérvese la distancia a la que quedó de las posiciones tedescas, así como la blancura del cráter a causa de la creta que expulsó la detonación

miércoles, 28 de octubre de 2026

LAS MINAS EN LA GRAN GUERRA

 

Momento en el que detonan los 18.416 kg. de amonal de la mina bajo el reducto alemán de Hawthorn, cerca de Beaumont-Hamel, a las 07:20 horas del 1 de julio de 1916, día del comienzo de la Batalla del Somme. A pesar de la espectacular explosión, sus efectos no sirvieron absolutamente para nada. No obstante, acojona, ¿qué no?

Zapadores tedescos del Bon. von Brauch nº 3 ante la entrada del
túnel de acceso a una mina. La barrena del fulano del centro
era para colocar cargas destinadas a destruir túneles enemigos

Hasta los cuñados y primos lejanos más despistados conocen esa foto, tomada por el teniente Ernest Brooks a cosa de medio kilómetro de distancia. Sin embargo, a pesar de la apocalíptica explosión, que abrió un cráter digno de un meteorito gordo- unos 135 metros de diámetro por 24 de profundidad- solo vaporizó a 30 tedescos que estaban justo sobre la mina. Les salió carísima a los british (Dios maldiga a Nelson) su matancita. Por otro lado, cuando surge el tema minero, la mayoría de los primates debatientes solo mencionan la citada mina de Beaumont-Hamel y/o la de Lochnagar, pero no se han enterado de que el inicio de la Batalla del Somme la marcaron en realidad la detonación de 19 minas cavadas por las compañías de tuneladores, y que desde 1915, tanto tedescos como gabachos (Dios maldiga al enano corso) como british llevaban ya detonadas cientos y cientos de minas, y que después del Somme siguieron detonando cientos y cientos de minas. No lo sabían, ¿verdad? Pues ya lo saben, panda de impíos. Ahora, la pregunta de rigor: 

- Oiga, ¿pero eso de las minas no era más que para rendir fortificaciones? 

Pozí, pero una fortificación puede adoptar múltiples formas, incluyendo líneas defensivas protegidas por alambradas más espesas que medio litro de caldo con dos kilos de Maizena, y con mogollón de probos homicidas armados con cosas muy dañinas como ametralladoras, morteros de trinchera, granadas de mano e incluso fusiles. Más aún, la Gran Guerra ha sido el conflicto en el que más minas se cavaron, y con diferencia, hasta el extremo de poder hablar de una auténtica guerra subterránea. Así pues, para ponernos en contexto, comencemos con el

INTROITO

Castillo del Huevo, en Nápoles. Al trabajo de la cava se
sumó el hecho de que está ubicado en un estrecho istmo,
por lo que solo había un angosto pasillo donde fabricar la mina

El minado como forma de expugnación castral es más antiguo que la tos. No se sabe quién lo ideó, ni cuándo se puso en práctica el invento, pero tiene más años que la vid de Noé. En su día dedicamos una entrada sobre el tema cuya lectura recomienda ya que, al cabo, son las abuelas de las minas del siglo XX. Estas minas, como sabemos, consistían en un túnel que llevaba hasta los cimientos de una torre o muralla, tras lo cual se cavaba una cámara de hornillo entibada, se petaba de materiales combustibles y se le metía fuego. Cuando el entibado se quemaba, el peso del edificio hundía la cava, provocando el colapso del mismo. Su descendiente, la mina explosiva, fue un invento español, como ya explicamos en su día. La propagación de la pólvora en la Europa permitió a su inventor, Pedro Navarro, mandar a hacer gárgaras un lienzo de muralla del castillo del Huevo, o castel dell'Ovo, como prefieran, el 12 de junio de 1503. Desde ese momento, las minas fueron un elemento cuasi obligado en los asedios a fortificaciones pirobalísiticas cuando el fuego de mortero y obuses no lograban abrir una brecha. En sí, el sistema era igual al anterior: túnel hasta los cimientos pero, en vez de petar la cámara de hornillo con material combustible, pues lo petaban con toneles de pólvora, lo sellaban con puntales y sacos terrenos y lo detonaban con una salchicha. El minado se convirtió pues en una ciencia.

Entrada a una mina durante la Guerra de Secesión
norteamericana
Solo a partir de la segunda mitad del siglo XIX la mina fue cayendo en el olvido, y sus técnicas empezaron a desaparecer de los manuales militares. La evolución de la artillería pesada y su devastador poder destructivo permitió abrir brechas en las murallas sin necesidad de enterrar en vida a un ejército de topos, teniendo como escenarios la Guerra de Secesión (1861-1865) entre malvados esclavistas y bondadosos segregacionistas, y en la Guerra de Crimea (1853-1856). En este conflicto, el asedio a Sebastopol a manos de los british y los gabachos, cavaron una mina de 190 metros de longitud para abrir una brecha en el baluarte del Mástil, pero  los hijos del padrecito Aleksándr Nikoláyevich Románov, Alejandro II para los amigos, les chafaron el invento a los enemigos, cavando 20 contraminas cargadas con entre 550 y 2.000 kilos de pólvora, más otra cargada con 4 Tm. cavada a 15 metros de profundidad. A partir de ahí, las minas fueron cayendo en el olvido hasta que, en 1915, el estancamiento del frente y la creación de líneas defensivas que requerían bombardeos masivos de artillería pesada que, por otro lado, no garantizaban para nada la ruptura del frente, hizo que el personal desempolvara los viejos manuales para iniciar una guerra que tenía lugar, en vez de en las trincheras, en la tierra de nadie, donde transcurrían kilómetros de verdaderos laberintos de minas y contraminas. Ya nos hemos hecho a la idea, ¿no? Entonces, 

fin del INTROITO

Artillería pesada british ablandando las posiciones tedescas
Se ha hablado hasta dejar las gargantas sangrando de la guerra de trincheras y, cuando sale a relucir el tema, casi todos los debatientes coinciden en lo mismo: dos ejércitos se entierran en trincheras precedidas por densas alambradas y defendidas por el fuego de ametralladoras y demás artefactos letales. Si se quería ocupar una de esas líneas había que recurrir a una preparación artillera que abriese camino entre las alambradas y, a continuación, la infantería avanzaba para expulsar a los enemigos de sus trincheras. Esos ataques, como sabemos, se saldaban con cientos de bajas para no conseguir nada o, a lo sumo, ocupar unas posiciones que al cabo de poco tiempo tenían que abandonar porque el enemigo los invitaba a ello a base de machacarlos con fuego de artillería y morteros. En resumen, un estancamiento de años con ataques y contrataques que se traducían en avances o retrocesos de unos cientos de metros en el mejor de los casos.  

Alambradas tedescas. ¿Creen que alguien podría pasar por
ahí sin sufrir algunos arañazos?
Por otro lado, las técnicas de fortificación evolucionaron rápidamente para, obviamente, dificultar al máximo la ocupación de las posiciones enemigas. En este capítulo, los tedescos se llevaban la palma, como es habitual en estas cuestiones. Sus trincheras estaban perfectamente acondicionadas, bien entibadas para evitar derrumbes, con pasarelas de madera para no tener que patear fango, y sus nidos de ametralladoras y puestos de escucha lo suficientemente protegidos. En cuanto a sus refugios, eran sólidos y confortables. Resistían las preparaciones artilleras más sañudas, y cuando el fuego se desplazaba hacia retaguardia, para sorpresa de los atacantes salían de ellos, emplazaban las máquinas y paraban en seco a los vociferantes british o gabachos que daban por sentado que varias horas de bombardeo habrían bastado para desalojar al enemigo. Pero nones. Y no solo no los habían desalojado, sino que sus alambradas, algunas con decenas de metros de anchura, seguían siendo impenetrables. Resultado: media vuelta y se acabó la fiesta. Por el contrario, las trincheras british eran una birria, y encima hechas a posta porque los mandamases consideraban que unas posiciones cómodas ablandaban al personal. No obstante, eso no significaba que fueran fáciles de ocupar, o que sus alambradas fueran menos complejas. Y en cuanto a los gabachos, pues más de lo mismo. La conclusión es evidente: el método convencional no era lo suficientemente rotundo para lograr éxitos notables y duraderos. 

Zapadores tedescos. Estos probos homicidas cavaban túneles
con la destreza de un topo. Obsérvense los respiradores,
imprescindibles para no asfixiarse dentro de la zapa
Bien, ese era el panorama desde los inicios de la guerra, cuando se dieron cuenta de que las viejas estrategias ya no funcionaban. Y no solo se percataron de que los manuales se habían quedado obsoletos, sino que los métodos empleados para avanzar tampoco eran precisamente eficaces. Había que inventar algo. Y ese algo, en realidad, estaba inventado hacía siglos: avanzar cavando túneles de escasa profundidad hacia las trincheras procurando pasar desapercibidos, lo que no era fácil, y una vez alcanzadas las posiciones enemigas, petar de explosivos el final del túnel y volar la carga. En teoría, se acababa de abrir una brecha, por lo que el siguiente paso era ocuparla y, desde ahí, intentar desalojar el resto de la posición. Básicamente, era una preparación artillera, pero en vez de caer bombas las bombas surgían del suelo. La primera mina se detonó en una fecha tan temprana como el 13 de noviembre de 1914 en el sector de Argonne por el 3er. Regimiento de Zapadores del Rin. Los tedescos usaron 40 kilos de nada que abrieron un cráter enano, de apenas 6'5 metros de diámetro, pero que fue suficiente para darles el día a los gabachos ya que no pudieron rechazar a los tedescos, que consolidaron la posición conquistada. Un mes más tarde, el 20 de diciembre, repitieron la maniobra en el sector de Festubert, donde el 1er. Batallón de Zapadores de Westfalia cavó diez ramales ante las posiciones defendidas por los súbditos indios de su Graciosa Majestad. En cada ramal se colocaron cargas de 50 kilos que, tras ser detonados, dejaron a los probos hinduistas un poco atribulados, rindiéndose 815 de ellos más 19 oficiales anglicanos. Todo un logro, y sin una baja propia.

Zapador british con el respirador Proto. En la jaula llevaban
un ratón o un canario para detectar la presencia de
monóxido de carbono
Está de más decir que tanto british como gabachos tardaron 02" en desempolvar los viejos manuales sobre zapa y minado para dar cumplida réplica a los tedescos. Más aún, tuvieron bien claro que poner a darle al pico y la pala a la soldadesca era contraproducente: primero, porque se retiraba de las trincheras a personal adiestrado para matar, no para cavar; y dos, porque los que debían cavar eran los cavadores profesionales, uséase, los mineros. Antes de que terminase 1914, el general Foch pidió que se reclutaran tropas cuya misión sería exclusivamente hacer de topos, por lo que ni siquiera recibirían adiestramiento militar. A esos no les darían un fusil, sino una pala. Los british hicieron lo mismo, sacaron de las unidades en servicio a todo aquel que en la vida civil fuese minero. Así surgieron las Tunnelling Companies, compañías de tuneladores, formadas por los mineros que ya servían en el ejército y por mineros del carbón que habían sido previamente rechazados al enrolarse por ser demasiado viejos o por alguna lesión que, en teoría los incapacitaba para combatir, pero no para darle al pico y la pala. 

El artífice de estas unidades fue el teniente coronel John Northon-Griffiths, un diputado del parlamento e ingeniero que, además, era contratista y se encargaba de obras en el alcantarillado. Este fulano contactó con Kitchener planteándole el reclutamiento de currantes apodados como "clay-kickers", literalmente "pateadores de arcilla", probos topos especializados en cavar túneles a una velocidad endiablada, y encima de forma bastante silenciosa. En el dibujito podemos ver como trabajaban. Se colocaba de espaldas sobre una tabla con un pequeño asiento y un travesaño para los hombros, por lo que le daban el nombre de cruz. Apoyaba la pala que vemos en el detalle contra la pared, empujaba con los pies y se desprendía un cacho de tierra que su cuñado iba retirando. Un tercero la ensacaba y, valiéndose de un pequeño carro, la sacaba del túnel. Y abramos un inciso con una cuestión técnica: el nivel freático de Flandes estaba casi en la superficie, por lo que bastaba profundizar pocos metros en el pozo del que partiría la mina para que se anegase de agua. No podían iniciar el túnel hasta que no encontraban arcilla seca, y aquí era donde los "clay-kickers" iniciaban su intervención. Era pues imprescindible la presencia de ingenieros de minas y geólogos para saber qué terreno se iban a encontrar, así como el método a seguir en cada caso para poder cavar sin llevarse sustos. Pero de las técnicas cavatorias y el utillaje para ello ya hablaremos con más detalle en otro articulillo, descuiden...

Miembros de una unidad de asalto en pleno avance. Estos
probos homicidas eran especialmente eficaces a la hora de
ocupar los cráteres de las minas y hacerse fuertes en ellos
A partir de 1915, la guerra de minas se intensificó notablemente. La escasez de artillería pesada para destruir las alambradas y la dificultad para alcanzar las posiciones enemigas hizo que el minado se convirtiera en algo irritantemente constante. Una preparación artillera se sabía cuando empezaba, pero lo que nadie sabía es si tras la misma detonaría una mina y mandaría un tramo de las posiciones a volar para no volver a caer. Y con esta proliferación vino un aumento substancial de la potencia de las cargas, naturalmente. En febrero, los tedescos detonaron cuatro minas bajo posiciones gabachas de Massiges, cada una con 5 toneladas de pólvora negra. Nada más asentarse los cascotes y los gabachos se querían enterar de lo que había pasado, se abalanzaron hacia sus trincheras, ocupando y consolidando tres líneas de ellas. Al parecer, los tedescos desarrollaron una especial habilidad para ocupar las posiciones ocupadas antes de que los enemigos lograran abrir fuego para rechazarlos. Y de la misma forma que los british formaron sus Tunnelling Companies, pues los súbditos del káiser organizaron las Stollenbaukompagnien, literalmente compañías de constructores de minas, que también escarbaban una cosa mala.

En fin, esta forma de guerra subterránea se mantuvo hasta 1917, si bien en determinados sectores perduró hasta prácticamente el final de la contienda. El subsuelo de la tierra de nadie se convirtió en un laberinto de kilómetros de minas y contraminas de ambos bandos, y cada cual recurría a lo segundo en el momento en que notaban que los enemigos habían empezado lo primero. De hecho, hasta se recurría a cavar minas falsas en plan escandalosillo para despistar, de forma que los enemigos iniciasen la contramina en esa dirección mientras que la real avanzaba en el más absoluto silencio por otro lado. En otras ocasiones, mina y contramina se cruzaban, dando lugar a escabechinas subterráneas muy desagradables o a la colocación de petardos en las paredes para provocar el derrumbe del túnel vecino. Hablamos de que una galería principal tenía por lo general una altura de alrededor de metro y medio de altura como mucho, y un metro o menos de anchura. A eso, sumar el calor, el agobio y el aire asquerosillo que introducía en el túnel un compresor. En fin, algo muy desagradable. Para hacernos una idea, basta echar un vistazo a la foto de la izquierda, donde vemos a dos zapadores tedescos embutidos en un túnel donde no cabe ni el mango del pico. Y a medida que se avanzaba había que entibar la galería, no le diese al malvado suelo por desplomarse sin avisar.

British saliendo de sus posiciones en dirección a la matanza
el 1 de julio de 1916
En cuanto al modus operandi, la detonación de las minas se solía llevar a cabo inmediatamente después de la preparación artillera, y unos minutos antes del ataque. En teoría, la preparación artillera obligaba a los enemigos a enterrarse en sus refugios, de donde salían para emplazar las ametralladoras y prepararse para detener el ataque de la infantería en el momento en el que la artillería alargaba el tiro. En ese momento debían explotar las minas, creando uno o varios cráteres donde antes había trincheras y que debían ser ocupados rápidamente antes de que los defensores se recuperasen del susto. La operación debía estar perfectamente sincronizada si no querían pasar por el mismo brete que unos canadienses que, aprovechando la barrera artillera, avanzaron para atacar en cuando se alargase el tiro. Pero tanto se acercaron que sus propias minas explotaron cuando estaban literalmente encima, de modo que se fueron al cielo de los guerreros muy cabreados. En todo caso, si se lograba consolidar estos cráteres, se convertían en una especie de cabeza de puente desde donde se proseguiría la ocupación de las demás posiciones. Para evitar estas situaciones, los tedescos optaron por una defensa en profundidad, de forma que si les abrían una brecha en la primera línea, a continuación había otras dos que cerrarían el paso. Y no por cavar una mina gordísima se daba por sentado que la cosa saldría bien. Cuando detonó la mina de Lochnagar, los tedescos ocuparon el cráter antes de que los british pudieran llegar gracias a la orden de ir tranquilitos y cargados con 30 kilos de equipo, por lo que las toneladas de amonal no sirvieron para nada. Fracaso total y mogollón de isleños caídos por la cagada Haig y Rawlinson.

Bueno, criaturas, creo que ya tendrán una idea de qué iba la cosa subterránea. En otro articulillo ya hablaremos con detalle de las técnicas y medios empleados para convertirse en topos homicidas.

Hora de merendar.

Hale, he dicho

PETRVS SANCHODICI DELETVS EST

Cráter de una mina alemana. Obsérvese como han fortificado el borde del mismo con sacos terreros para disponer de parapetos y consolidar el terreno para impedir derrumbes. Incluso han cavado un refugio con unos maderos cubiertos de sacos

domingo, 25 de octubre de 2026

Pz.Kpfw. III - MODELOS DE PRE-PRODUCCIÓN A-D

 

PzKpfw. III Ausf. A en un campo de maniobras. Como es de suponer, estas pruebas se alejaban un poco de los obstáculos que podían surgir en el campo de batalla

SALVETE, BELLATORES

Algo tan chorra como cambiar una cadena o ponerla en su
sitio ya era motivo para inmovilizar un carro un laaargo
rato y la intervención de personal especializado
En el artículo anterior dedicado a esta serie ya vimos los intrincados senderos que hubo que seguir para llegar solo al nacimiento de la criatura, pero la crianza de la misma tampoco fue moco de pavo. Y es que, aunque a algunos les parezca que diseñar un carro de combate es cosa de dos tardes haciendo dibujitos en un cuaderno, nada más lejos de la realidad. Un ejemplo: ya habrán visto que, en muchos casos, el talón de Aquiles de estas máquinas solía estar en la transmisión. Muchos se dirán que con poner otra mejor se terminaba el problema, pero es que diseñar una transmisión tampoco era cosa de hacer dibujitos en el cuaderno. La transmisión debía estar concebida para un motor de una determinada potencia y un par de motor máximo, por lo que si no eran adecuados la transmisión se iba a hacer gárgaras, pero si el motor era flojito el carro se convertía en una tortuga anémica. 

PzKpfw. IV Ausf. E en plena avería de las
gordas, que eran mucho más frecuentes de
lo que la gente imagina
Hasta los puñeteros engranajes cambiaban su rendimiento en función de su lugar en el mecanismo; el número de dientes de una rueda tractora podía suponer que la cadena se saliera por menos de un pito. Usar ruedas con llanta de goma o toda la rueda de acero influía en el confort de marcha y en la duración de la cadena; aumentar el blindaje en 20 mm. implicaba aumentar el peso varias toneladas, por lo que la dichosa transmisión ya no valía porque no tenía fuerza para hacer girar las ruedas tractoras aunque el motor sí tuviera potencia para hacerlo, ergo había que modificarla. En fin, la lista de factores daría para llenar el cuaderno porque estas máquinas eran un todo. Si algo fallaba, fallaba todo, y de ahí la necesidad de dedicar meses y meses a hacer pruebas y más pruebas porque, en este caso, solo funcionaba el método de prueba y error hasta dar con la tecla. Y, con todo, cuando creían que ya habían obtenido el producto deseado, se daban cuenta de que una cosa son las pruebas en un campo de maniobras y otra el rendimiento en combate, que podía variar de forma ostensible. Y, en ese caso, se encontraban con decenas o cientos de carros fabricados que había que retirar del frente para mejorarlos y un programa de producción que había que revisar de cabo a rabo. En fin, este párrafo les servirá para comprender como ingenieros muy cualificados tardaban lustros enteros en pasar de la mesa de planos a la fábrica y, aún así, cagarla porque el paso de rosca de una tuerca que sujetaba el carburador no era el adecuado. De ahí, entre otras cosas, la larga gestación del Panzer III, que duró más que el de una elefanta. Bueno, aclarado este punto, pasemos al imprescindible 

INTROITO

KwK 36 de 37 mm., producido por la Rheinmetall-Borsig.
Con una dotación de solo tres probos homicidas, se mostró
un arma muy eficaz hasta que el aumento de blindaje de
los carros enemigos lo hizo obsoleto. Con una dotación
bien preparada alcanzaba una cadencia de unos 12-14 dpm.
En el detalle vemos el PzGr. 18 usado al principio de la guerra
Cuando los fulanos del 
Waffen Prüfen 6 consideraron que el parto del Zugführerwagen era por fin el parto de la criatura, lo cierto es que tras el parto viene la lactancia, uséase, que aún quedaba camino por delante. En primer lugar, había que decidir el armamento principal, tema que llevaba tiempo trayendo cola. El debate era 37 mm. Vs. 50 mm. En aquella época se consideraba que, en base a los blindajes al uso, con un cañón entre 37 mm. y 54 mm. sobraba para vulnerar el de cualquier carro enemigo. Por ejemplo, el cañón estándar de los british (Dios maldiga a Nelson) era el OQF de 3 libras, uséase, 47 mm. El de los bolcheviques, el 20-K de 45 mm. y el de los gabachos (Dios maldiga al enano corso) el SA35 de 47 mm. Ciertamente, el cañón estándar del ejército tedesco, el KwK 36 de 37 mm., era el menos potente, pero con el proyectil perforante PzGr. 18 podía penetrar 29 mm. a 500 metros y 34 mm. a 100 metros. Por lo tanto, podría dejar fuera de combate a cualquier carro de los años 30 sin problema. El T-26 de los bolcheviques tenía un blindaje máximo de 15 mm., y el Hotchkiss H35 gabacho 40 mm. Con estos argumentos, los artilleros insistían en que el Zugführerwagen debía armar el KwK 36 ya que, además, siendo el estándar de la infantería, facilitaría tanto la logística como la producción. Los del bando de Guderian acabaron cediendo a pesar de que incluso el ciudadano Adolf abogaba por el cañón de 50 mm., pero con la condición de que el tamaño y el anillo de giro de la torreta debía ser apto para albergar una pieza de ese calibre si más adelante era necesario. Como sabemos, a los pocos meses de empezar la fiesta ya quedó claro que el KwK 36 se había quedado corto. Carros como el Matilda II, con un blindaje frontal de 78 mm. podía pasearse a medio metro de un KwK36 impunemente, y los carros gabachos se mostraron más duros de roer de lo que habían pensado, especialmente el Char B1 bis, con su blindaje de 60 mm.

PzKpfw. III Ausf. A sumergiéndose en una zanja llena de
fango pútrido para comprobar si es inmute al tétanos
Y, por otro lado, como se indica en el título del artículo, aún se estaba muy lejos de iniciar la producción en masa. En este caso obraron con cautela, y optaron por ir fabricando series muy cortas de carros que no solo serían probados en campos de maniobras, sino en combate. De hecho, todos los carros comprendidos entre los modelos A y D participaron en las campañas de Polonia, Flandes y Francia, incluyendo su adaptación como carros de mando. Esto permitió hilar más fino, sobre todo en lo que, desde el primero momento, se mostró como más sensible: la suspensión. Tres tipos distintos se probaron hasta dar con la que todos conocemos, formada por seis pares de ruedas con barras de torsión. También salió a relucir el escaso blindaje de estas máquinas porque, de la misma forma que su KwK 36 podía perforar un carro ligero enemigo, cualquier cañón enemigo podía perforar el blindaje del PzKpfw. III que, de hecho, era vulnerable incluso para un cañón de 20 mm. o un fusil anticarro. En fin, así estaba el patio cuando se acometió la fabricación del primer modelo de la serie.

Fin del INTROITO

ALGUNAS ACLARACIONES PREVIAS

Maqueta de madera a escala 1:1 del Z.W.1 fabricada por la Krupp
El 11  de enero de 1934, y en el mayor de los secretos porque el ciudadano Adolf aún no había mandado a hacer puñetas el Tratado de Versalles, tuvo lugar una reunión del Estado Mayor General en la que se decidió iniciar el proyecto que, como vimos en el artículo sobre el origen de estas máquinas, sería el germen del PzKpfw. III. Siguiendo la cadena de mando, porque los tedescos ni sacan punta al lápiz si alguien no se lo ordena, a finales de ese mismo mes el Inspektorat 6 ordenó a la Waffen Prüfwesen 6 el desarrollo de un carro de combate armado con un cañón de 37 mm. o, según el sistema alemán, 3,7 cm. Como recordaremos, este vehículo recibió el ambiguo nombre de Zugführerwagen (Z.W., vehículo de comandante de pelotón), para que los inspectores de los Aliados no sospecharan que sus enemigos ya llevaban tiempo pergeñando cómo vengarse de las humillaciones sufridas desde 1918.

Así, el espermatozoide de carro de combate siguió recibiendo la designación de Z.W., añadiendo un número para identificar cada nuevo proyecto y de los que se llegaron a crear hasta ocho. Del mismo modo, la denominación táctica del vehículo en sí también fue cambiando con el tiempo hasta que llegó la hora de arrancarse las caretas y mostrar al universo que, sin prisa pero sin pausa, habían creado un auténtico carro de combate. Colijo que más de un espía se llevó una bronca de antología por no haberse enterado de nada. Fueron nada menos que cinco, a saber:
  1. Gefechtskampfwagen (vehículo de combate), en junio de 1934.