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miércoles, 22 de julio de 2026

CURIOSIDADES CURIOSAS ACORAZADAS

 

Bueno, estimados seguidores, si el otro día contamos una curiosidad curiosa aérea, pues hoy tocan curiosidades curiosas sobre carros de combate, chismes estos que contienen mogollón de chorraditas que pasan desapercibidas aunque las veamos constantemente y nunca nos hayamos preguntado qué son y para qué sirven. Veamos...

Estoy seguro de que han visto cienes de fotos del T-34 y del KV-1, y dudo mucho que no hayan reparado en esos pequeños discos en los laterales de la torreta, cada uno con una mínima rendija encima. ¿Saben qué puñetas son? Po mu fási. Son troneras por donde sacar el cañón de una pistola para repeler malvados enemigos que se aproximaban por los flancos. La rendija era, simplemente, para localizar al fulano y apuntarle de mala manera. Ese disco era en realidad la parte exterior de un tapón de forma troncocónica del mismo largo que el grosor de la coraza, y era retenido por un pasador. Cuando se liberaba, caía hacia fuera quedando sujeto por una pequeña cadena. Una vez repelido el malvado enemigo, se tiraba de la cadenita, el tapón volvía a su sitio y se aseguraba con el pasador. Pasemos a otra...

Observen la foto A. Corresponde a la rótula de la ametralladora de proa de un Sherman. ¿No echan nada en falta? Seguramente no, porque esta chorradita suele pasar desapercibida. Bien, la cosa es que no hay ningún orificio para el visor del fulano que maneja la máquina. En la foto B sí podemos verlo en un Tiger, y en la C en un T-34/76. En ambos casos, como en casi todos los carros de combate, la ametralladora estaba provista de un visor para que el tirador pudiera saber dónde leches tiraba. En la foto D tenemos al de un M-13/40 italiano manejando las dos máquinas emplazadas en la proa, una pareja de Bredas modelo 38. Como ven, el italiano tiene la frente pegada a un tope acolchado sobre el visor para no darse coscorrones con el movimiento del vehículo. Ahora, la pregunta: ¿y cómo leches apuntaban los ametralladores de los Sherman? Pues de ninguna forma. No podían apuntar. Se limitaban a corregir el tiro con la ayuda de la munición trazadora, observando por el periscopio giratorio M-6 instalado en la escotilla. En resumen, si el tirador veía un objetivo, primero tenía que disparar una ráfaga y, según la trayectoria de las trazadoras, mover la máquina hasta lograr colocar los disparos sobre el blanco. Un poco absurdo, ¿no? Bien, prosigamos...

Seguramente, esta la sepan hasta los críos de teta, pero también es posible que haya algún cuñado que aún no sepa de qué va la cosa. En la foto de la izquierda pueden ver al famoso SS-Haupsturmführer Michael Wittmann, as superlativo de la maquinaria acorazada del ciudadano Adolf hasta que lo achicharraron junto a su tripulación en agosto de 1944. La superficie de su Tiger aparece recubierta de una textura estriada llamada zimmerit, una pasta con el aspecto de mortero con que se recubrían los carros y cañones autopropulsados entre agosto de 1943 y septiembre de 1944. La misión del zimmerit era impedir que los enemigos adosaran a los carros minas magnéticas. Era una pasta compuesta de sulfato de bario, acetato de polivinilo disuelto al 50% con benceno para darle la textura pastosa, pigmento ocre, sulfuro de zinc y serrín. Una vez aplicada una capa de entre 1 y 5 cm. de espesor se le daba la textura, que podía ser el estriado de la foto izquierda- la más frecuente- o bien una cuadrícula con punteado interior del Panther de la derecha. Finalmente, se aceleraba el proceso de secado calentándola con sopletes, evaporando el benceno y dándole una dureza notable. El invento, desarrollado por la Chemische Werke Zimmer & Co., era bastante eficaz, pero se dejó de usar porque se extendió una falsa creencia: ardía como la yesca. Y aunque se comprobó que era falso, nunca más se usó. Por cierto, el zimmerit nunca se aplicaba en el frente, sino directamente en las fábricas. Veamos más...

Como ya sabemos, los T-34, los los KV-1 y sus distintas versiones y derivados llevaban en la parte trasera del casco tres depósitos cilíndricos con capacidad de 90 litros cada uno. Se instalaba uno en el costado izquierdo y dos en el derecho. Con esos 270 litros extra más los 575 almacenados en el interior, el T-34/85 de la foto podía alargar su autonomía hasta, aproximadamente, los 300 km. circulando por carretera, con un consumo de "solo" 2'7 litros por kilómetro. Hoy día, al precio que está el gasoil, un lleno costaría unos 1.300 pavos dependiendo de la gasolinera. Bien, la cosa es que los depósitos exteriores no estaban conectados con el motor o los depósitos interiores para ir rellenando. De ser así, bastaría un impacto en esos cilindros para que el fuego se extendiera al interior y reventara literalmente el vehículo. De ahí que se usaran como los famosos jerrycans, o sea, para rellenar trasvasando el gasoil con el vehículo parado y manualmente. Otra...

Para conducir un T-34 había que estar bastante cachas. Esos chismes, con su construcción básica y burda, no disponía de unos mandos suaves y tal, sino todo lo contrario. En la foto tenemos una vista trasera del puesto de conducción, que básicamente coincidía con el de un automóvil salvo que, en vez de volante, tenía las dos típicas palancas. Entre ellas vemos tres pedales- embrague, freno y acelerador- y, marcada con la flecha colorá, la palanca de cambios, 4 +1 para los T-34/76 y 5+1 para el T-34/85. Hasta aquí, nada nuevo salvo por un detalle. Para accionar las palancas que embragaban las ruedas había que ejercer una tracción de 60 kilos nada menos. De hecho, en muchos casos los pilotos tenían que soltar una de ellas para mover la otra con las dos manos. Debían acabar con los brazos un poco doloridos. Por cierto, y aprovechando la foto, a la derecha se ven los tambores para la ametralladora Degtyarev DT27, la cual estaba provista de una bolsa de lona para recoger las vainas servidas y no dejar el suelo de vehículo lleno de miles de ellas. Sigamos...

Los Tiger también estaban provistos de troneras anti-malvados pero, como no podía ser menos, con unos acabados mucho más finos que los soviéticos. En la foto A podemos ver su aspecto. Consistía en un disco bien gordo atornillado al casco y con una ranura destinada más a hacer fuego en sentido vertical que horizontal. En la foto B la podemos ver por dentro. Para abrir o cerrar la tronera se giraba un disco interior tal como vemos en la imagen. Aunque carecía de visión directa sobre el posible atacante, la cúpula del jefe de carro abarcaba un campo de 360º alrededor del vehículo, y el tamaño de la tronera permitía el uso de subfusiles además de simples armas cortas. En las versiones iniciales, estas troneras se instalaban en ambos costados. Posteriormente, como vemos en la foto C, la del lado derecho se eliminó para instalar una escotilla de escape que, además, venía bastante bien para expulsar las vainas servidas del cañón de 88 mm., que eran bastante grandes y no era plan de dejarlas dando bandazos en el interior de la cámara de combate. Y una más, que ya me duele la puta cabeza, para variar...

Recuerdan esa escena, ¿no? Pertenece a la batallita final de la aclamada película "Salvar al soldado Ryan", cuando el valeroso y taciturno capitán Miller introduce el cañón de su Thompson por el visor del piloto de un Tiger con la intención de hacerle mucho daño. Bien, pues es el enésimo camelo cinematográfico que pretenden colar a los cuñados y a los que no están duchos en la materia. ¿Creen que los tedescos iban a poner en liza un carro cuyo piloto podía ser escabechado en un periquete o, peor aún, ser puesto fuera de combate metiendo por ahí una simple granada de mano. Bueno, ponó. El visor en cuestión estaba protegido por un cristal antibalas laminado de 90 mm. de grosor que, obviamente, una bala del .45 ACP del Thompson no podía ni arañar. El conjunto consistía en cinco cristales embutidos en una carcasa de acero de 2'5 mm. de grosor con un separador de goma más otro cristal más fino al final, por el lado interior. Aparte de eso, si se fijan en la estructura exterior, la parte superior del visor se podía bajar desde dentro, estrechando el mismo en caso de verse sometido a un fuego muy intenso ya que, en un momento dado, un cascote de metralla podría astillar o romper el cristal. En ese caso, podían sustituirlo por otro nuevo ya que llevaban repuestos a bordo, pero lo cierto es que lo que vemos en la película es una simple chorrada para entusiasmar a la peña y nada más. Por cierto que si las cosas se ponían verdaderamente chungas, el piloto cerraba totalmente el visor frontal y se valía del que llevaba en la escotilla.

Bueno, criaturas, vale por hoy. Ya seguiremos y tal.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

domingo, 19 de julio de 2026

UNA CURIOSIDAD CURIOSA AÉREA

 


Estimados lectores, tras hacer un intenso ejercicio de acumulación energética, he logrado reunir los bríos necesarios para publicar este articulillo que, aunque breve, es posible que resulte curioso a más de uno porque no es una cuestión de la que suelan hablar con sus cuñados. Veamos...

Observen la foto superior. Nos muestra una imagen archi-repetida durante la 2ª Masacre Mundial, en la que un caza abrasa a tiros a un enemigo, le incendia el aceite, la gasofa o ambas cosas y se acabó lo que se daba. Por cierto, si alguna vez se han preguntado quién leches filmaba esos combates aéreos, era el mismo piloto. Los cazas de la 2ª GM estaban generalmente equipados con un chisme llamado foto-ametralladora, una cámara instalada en el morro que se ponía en marcha cuando el piloto apretaba el pulsador y disparaba el armamento de a bordo. A la derecha pueden ver una de ellas. Se trata de una cámara Tipo N-6 GSAP fabricado por Fairchild Aviation, un chisme que cargaba 50 pies (15'24 metros) de película de 16 mm. en b/n fabricada por Eastman Kodak. La película iba en un contenedor metálico, y equipó a la práctica totalidad de los cazas yankees del conflicto. La cámara se ponía en funcionamiento durante 5 segundos cada vez que se abría fuego, y se podía elegir la velocidad de filmación, 16 o 64 fotogramas por segundo. ¿Y que para qué leches servían las foto-ametralladoras? Pues para confirmar derribos, analizar el comportamiento de aviones propios o del enemigo, analizar los combates, etc. 

Armamento de una de las alas de un P-51
Bien, la curiosidad curiosa no tiene nada que ver con las foto-ametralladoras, pero lo incluyo para que informen a sus cuñados cómo se obtenían esas pelis que, aunque muy movidas y borrosas, son bastante chulas, la verdad. Y estas pelis tan chulas son las que sí nos permiten plantear la cuestión de la curiosidad: ¿Cómo era posible que, según vemos por la trayectoria de las balas trazadoras, era tan difícil acertar a un enemigo? ¿Cómo una lluvia literal de cientos proyectiles pasasen de largo sin tocar al avión que iba delante? Ojo, que en algunos casos hablamos de cazas armados con hasta ocho máquinas. Las primeras versiones del Spitfire llevaban ocho Browning calibre .303 British (Dios maldiga a Nelson), y la mayoría de los cazas yankees más mortíferos- P-47, P-51 y F-4U- armaban seis Browning M2 de calibre 12'70 mm. Una ráfaga de apenas cinco segundos de cualquiera de ellos ponía en el aire cientos de proyectiles muy dañinos. 

Bien, observen ahora ese otro fotograma. Procede de una filmación realizada por la Fairchild de un P-51 que atacó a un barco el cual, obviamente, no navega tan rápido como un avión. Prácticamente está inmóvil, y totalmente a merced del caza. Se puede ver el fulgor de las trazadoras, que pasan a decenas de metros del barco, y más lejos los surtidores de agua que levantan los proyectiles a más de 50 metros del objetivo. ¿A qué es debida esa imprecisión? ¿El piloto es un cuñado que no le daría ni a un mamut con sobrepeso a dos metros? Pues nones. Era debido a un problema que tenían absolutamente todos los cazas de aquella época: la correcta alineación de las armas. ¿Que de qué leches va eso? Pues esa es la curiosidad curiosa...

Armeros tedescos ajustando el mecanismo sincronizador
de un Fokker. Al disparar el arma y perforar la bala el círculo
de madera podían saber cual era la zona segura para disparar
Como ya saben, durante la Gran Guerra se planteó un dilema chungo: si se instalaban las máquinas en el capó del avión lo más probable era ver saltar hechas astillas las hélices nada más abrir fuego. Obviamente, en aquella época no se podían instalar en las alas porque, en ese caso, serían estas las que se harían astillas debido al retroceso, por lo que no quedó otra que emplazar las armas fuera del radio de giro de las hélices. En algunos casos, un tirador iba en la cabina delantera de aviones con hélice impulsora, uséase, detrás del fuselaje. En otros, como en el SE-5A de los british, se colocó sobre el plano superior. Pero fueron los tedescos, como no, los que ya tenían ideado desde 1910 un mecanismo. La idea fue de August Euler, un probo aviador y constructor de aeroplanos que diseñó un chisme que interrumpía el disparador del o de las armas cuando la pala de la hélice pasaba delante de la boca de fuego. 

Bien, la cosa es que, por aquel entonces, ni las distancias de combate ni la solidez de los aviones hacían necesario instalar más de un par de máquinas, por lo que la alineación de las mismas no era complicado. Bastaba con que el punto de impacto coincidiera con el punto de mira y poco más. Sin embargo, cuando los aviones empezaron a ser más robustos y los bombarderos se diseñaron cada vez más grandes y, encima, armados hasta los dientes, quedó claro que había que aumentar el armamento de los cazas. Pero el morro de un avión no daba para mucho, teniendo en cuenta que tenía que dar cabida ante todo al motor, de modo que se trasladó a las alas lo cual, además, eliminaba el inconveniente del sincronizado con las hélices. Pero esto trajo otro problema: ¿hacia dónde disparan varias máquinas divididas en dos baterías separadas varios metros? Tomemos como baremo al Spitfire, que tuvo varias combinaciones de armas a lo largo del tiempo...


Cartucho del .303 British Vs. 20 mm.
Obsérvese la sutil diferencia entre
ambos
Ahí tenemos dos de ellas. El Mk. I, el modelo más primitivo, armaba ocho máquinas con la distribución que vemos en el dibujito. Como las ocho máquinas empezaron a quedarse cortitas porque los Me-109 tedescos empezaban a llevar armas más pesadas, pues no les quedó otra que hacer lo propio: eliminar cuatro máquinas y sustituirlas por dos cañones Hispano de 20 mm. en el modelo Mk. IX. En los gráficos vemos punteado de rojo la trayectoria teórica de cada arma. Pero es exactamente eso, teórica. La velocidad y altitud del avión, la dirección del viento, la temperatura de cada arma y mil factores más influyen en dicha trayectoria, lo que hacía que la concentración de fuego fuese un poco bastante muy complicada de lograr, de modo que el enemigo podía ser rociado de balas que pasaban por todas partes, menos por donde él estaba, como vimos en la imagen del barco. Y a eso debemos sumar otro factor: no tiene la misma velocidad, la misma cadencia de tiro ni el mismo alcance una bala de calibre .303 British, uséase, el mismo de los fusiles de infantería, que la de un cañón de 20 mm. Sí, es cierto que, por lo general, el piloto dispusiera de un selector para disparar con las armas que le convinieran según el blanco a batir, pero si las cosas estaban chungas pues disparaban con todo, y el punto de impacto de las ametralladoras no era el mismo de los cañones. Para ello no queda más remedio que calcular la convergencia de tiro.

Y ahí tenemos el resultado. Los armeros colocaban en tierra el aparato en posición horizontal, y regulaban el ángulo de las máquinas de forma que los disparos se cruzasen a una determinada distancia considerada como la más idónea en función del calibre del arma y del enemigo a batir. Por ejemplo, no era lo mismo para un Me-109 disparar contra otro caza que no podía devolverle el fuego porque estaba a su cola, que a un B-17 o un B-24 literalmente erizado de ametralladoras de calibre 12'70 que podían reducirlo a chatarra volante en un periquete. De ahí que, en el caso de un aparato armado solo con ametralladoras, estas tuvieran un ángulo de convergencia de unos 250-300 metros. Si el caza tenía armas de diferentes calibres, se graduaban las ametralladoras por un lado, mientras que el ángulo de convergencia de los cañones se alargaba hasta los 400 ó 450 metros.

Este problema, que era bastante recurrente por los constantes desajustes, se solventó en parte instalando armas en el morro. Aviones como el Me-109 o el Zero llevaban dos ametralladoras pesadas sobre el motor, y en el caso del Me-109 G6 incluso llegó a disponer de un cañón de 20 mm. que disparaba a través del buje de la hélice. Otros, como el P-38, que tenía los motores en las alas- o las alas en los motores, según se mire, estaba provisto de cuatro M2 de calibre 12'70 y un cañón de 20 mm. agrupados en el morro, con lo que lograba una concentración de fuego a lo bestia. Los tedescos hicieron lo propio con el Me-262, cuyo morro también estaba libre para meter chismes en cantidad. Estos optaron por cuatro cañones Mk-108 de 30 mm. que eran máquinas de picar bombarderos. En este caso, disponía de un selector para disparar solo con dos cañones o con los cuatro y, a pesar de estar en el morro, en los dos aparatos citados también precisaban de una correcta graduación de convergencia. La del Me-262, al ser las cuatro armas del mismo calibre, estaban graduadas entre 450 y 500 metros.

En fin, esta es la curiosidad curiosa. Ojo, que esto de la convergencia no pasó a la historia en dos días. Durante muchos años más fue necesario controlar este aspecto tanto en cuanto aviones de todas las naciones seguían armadas  con baterías colocadas en sitios diferentes. ¿Recuerdan el F-86 Sabre, con sus dos tríos de máquinas en los costados? ¿O el F-5, con sus dos cañones en el morro? Bueno, pues hasta que no se llegó al uso de un único cañón no se acabó el problema. Bastaba con graduarlo conforme al sistema de puntería para que alcanzase el blanco y santas pascuas, aparte de que la artillería aérea ya se usa más bien poco, habiendo tomado el protagonismo los tropocientos tipos de misiles diseñados para destruir tropocientos tipos de objetivos. A la derecha tenemos un cañón rotativo M-61 Vulcan de 20 mm. Con una cadencia teórica de 6.000 dpm, uséase, 100 disparos por segundo, puede volatilizar cualquier cosa sin tener que preocuparse del dichoso ángulo de convergencia. Basta con que el arma y la mira apunten al mismo sitio.

Bueno, la curiosidad curiosa aérea ha concluido. Es hora del aperitivo, de modo que me piro.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM


martes, 24 de febrero de 2026

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA 2ª GUERRA MUNDIAL. JAPÓN

 

Honolable guelelo del mikado encaramado en un árbol buscando algún yankee para enviarlo con sus antepasados. Como vemos, está desprovisto de cualquier tipo de camuflaje. Le basta con la frondosidad de su apostadero.

PAX VOBISCVM, abnegados lectores. Sí, tengo esto un poco bastante abandonado, pero ya saben que, cuando se me pasa el avenate y me invade uno de mis ataques de molicie, no me mueve ni una horda de cuñados zombificados ávidos de vísceras. Y bien, dadas estas breves explicaciones, vamos al grano que para luego es tarde.

Fotograma de la magnífica cinta "Las flores de la Guerra"
(2011), que nos muestra un tirador chino armado con un
Mauser. En la cabeza lleva un casco alemán mod. 1935
Es justo reconocer que no solemos asociar la imagen de los francotiradores con los honolables guelelos del mikado. Seguramente, la neutralidad del Japón en la Gran Guerra los mantiene alejados de nuestros magines, y solemos asociarlos más bien con los siniestros ocupantes de un búnker en alguna isla del Pacífico tras una ametralladora picando carne anglosajona durante algún desembarco, o bien atacando en plan suicida una posición enemiga porque eso de palmarla por el emperador era lo más guay y honolable del mundo. Sin embargo, el ejército nipón contaba con tiradores selectos y armas destinadas a finiquitar enemigos a distancia desde que, a raíz de la Guerra Sino-Japonesa en 1937, sintieron en sus carnes la eficacia de los francotiradores chinos. 

Tropas chinas dándose un garbeo al norte de Pekín en 1937
Antes de 1934, el general Chiang Kai-shek se había preocupado de formar un ejército decente para darse estopa con otros señores de la guerra del Celeste Imperio, contando con unos efectivos nada despreciables que alcanzaron la cifra de 380.000 probos homicidas y una oficialidad procedente de forma mayoritaria de la Academia Militar de Whampoa, ubicada en la ciudad de Cantón. Además, el honolable genelal había 
adquirido a los tedescos cantidades importantes de armas y equipo, entre los que había fusiles Gewehr 98 provistos de las magníficas ópticas germanas y, lo más importante, los chinos habían recibido adiestramiento por parte de los veteranos combatientes de la Gran Guerra, con lo que su eficacia resultó bastante contundente. Los honolables guelelos del mikado tomaron buena nota y, como es habitual en estos orientales, se pusieron manos a la obra de inmediato para solventar esa carencia en su ejército.

Sin embargo, y a pesar de que a nivel tecnológico Japón no tenía nada que envidiar a Occidente, la solución que adoptaron para proveer a su ejército de armas para francotiradores fue un tanto peculiar, y no precisamente muy acertada que digamos. Bueno, lo cierto es que fue una birria de solución, pero no esperemos que el cerebro de un nipón funcione igual que el de un señor de Zamora. Así pues, echaron mano del fusil reglamentario de infantería, el Tipo 38, en uso en aquella época. El Tipo 38, Año 38 de la Era Meiji, o sea, 1905, entró en servicio al año siguiente. Era un arma de excelente calidad y estándares de acabado muy altos. Su acción, diseñada por el capitán Kijiro Nambu, estaba basada en la acción 98 alemana. Lo más peculiar de este diseño era la cubierta de acero que protegía el cerrojo de polvo y mugre, lección que traían aprendida de la Guerra Ruso-Japonesa. Esta cubierta se deslizaba por dos acanaladuras fresadas a ambos lados del cajón de mecanismos, avanzando y retrocediendo junto al cerrojo. En la foto de la izquierda podemos ver el peculiar aspecto de este accesorio que, como resulta obvio, impedía la entrada de porquería en el cerrojo. Podemos observar además los dos orificios situados a la altura de la recámara para permitir la fuga de gases en caso de un problema con la munición, impidiendo así que reventase el cañón y provocando graves lesiones al tirador. El arma mantuvo el alza de corredera convencional, graduada de 400 a 2.400 metros con incrementos de 100 metros. La palanca del cerrojo era recta.

En cuanto a la munición, disparaba el cartucho 6'5 x 50SR, el cual no era especialmente poderoso pero, al menos, tenía un retroceso menos violento que el 8 x 57 tedesco o el 30-06 yankee. Con una energía en boca de 2.600 julios, estaba bastante lejos de los 3.800 y 3.900 de los antes mencionados para una bala de peso similar. No obstante, esta carencia de potencia se solventó más tarde, cuando llegó la hora de liquidar anglosajones que estaban más fortachones que los chinos, introduciendo el 7'7 x 58 mm. Arisaka, pero de ese hablaremos más adelante. Por lo demás, y c
omo era habitual en casi todos los fusiles de la época, el arma disponía de un almacén para cinco cartuchos en clips que se colocaban en una ranura situada en la parte trasera del cerrojo (véase foto de la derecha). Era habitual sellar el fulminante y el gollete con laca para impedir la entrada de humedad, que en aquellas latitudes se cuela por todas partes. El color de la laca permitía identificar el tipo de munición: verde para la trazadora, negra para la perforante y rojo para los cartuchos destinados específicamente a los tiradores.

Fusil Tipo 38. Se calcula que se fabricaron alrededor de 2.998.000 unidades desde su entrada en servicio hasta principios de los 40 en los arsenales de Tokio, Kokura, Nagoya, Jinsen (Corea) y Mukden (Manchuria). Obviamente, el grueso de la producción se llevó a cabo en Japón


Vista parcial del Arsenal de Kokura. El complejo era
un conjunto descomunal de factorías
Bien, así era grosso modo el germen para el primer fusil de francotirador del Japón. Sí, un arma de serie sin más cuentos. Como hemos visto en otros artículos sobre este tema, lo de diseñar armas específicas para finiquitar primates a distancia aún no estaba de moda, y los ejércitos se limitaban a echar mano de lo disponible y, a lo sumo, hacerle algunas mejoras para obtener unas prestaciones más adecuadas. Así pues, en 1935 se empezaron a realizar pruebas con el Tipo 38, para lo cual se designó al coronel Namio Tatsumi, de la Academia Militar de Toyama. Para ello se dispuso de 700 unidades fabricadas en el arsenal de Kokura, importante ciudad que concentraba una gran cantidad de la industria militar japonesa y que por dos veces estuvo considerada como objetivo principal en los dos ataques nucleares yankees. Como ya vimos en su día, la espesa capa de nubes que cubría la población en los días 6 y 9 de agosto de 1945 la libraron de sufrir los destinos de Hiroshima y Nagasaki. 

El coronel Tatsumi no se complicó mucho la vida. De hecho, las armas destinadas a francotiradores ni siquiera eran seleccionadas entre las más precisas de un lote, como solían hacer otros ejércitos. Y como mejoras, pues tampoco se devanó el magín. Para facilitar la puntería se acopló un monópode formado por una simple varilla de acero fijada a una abrazadera y que se mantenía plegado mediante dos flejes situados en la parte interna de la pieza. En la foto podemos ver el monópode desplegado, y podemos observar que su aspecto no parece especialmente sólido. En todo caso, a medida que avanzaba el conflicto se fue prescindiendo de ella.

La palanca del cerrojo fue alargada y curvada como, por ejemplo, se hizo con el Mosin-Nagant ruso para poder accionarlo sin golpear el visor. La bola se sustituyó por otra con forma ovoide, lo que permitía su manejo sin necesidad de hacer un rebaje en la madera de la culata. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del arma, a la que hubo que eliminarle la cubierta protectora del cerrojo para adaptarle el visor. Y es precisamente en el tema de la óptica donde nos encontramos con la "mejora" más mejorable del arma.

El visor era una pieza extremadamente básica derivada de un modelo comercial, concretamente el Nikko modelo 11. Tenía 2'5 aumentos y un campo de visión de 10º, y se fijaba al arma mediante un tornillo y un fleje a una placa base unida al cajón de mecanismos con una cola de milano, lo que proporcionaba un conjunto sólido que no se moviera con el maltrato propio de un arma militar. Porque la cuestión es que, si el visor se desajustaba, el tirador no podía corregir el tiro de la forma convencional, sino que había que enviarlo a fábrica para ser puesto a punto de nuevo.

Sí, suena bastante esotérico, pero viniendo de unos ciudadanos que para hacer el té tienen que hacer 80 movimientos, ni uno más ni uno menos, puede esperarse todo. Y es que los visores eran montados y centrados en la fábrica, sin que hubiera posibilidad de realizar ningún ajuste por parte del tirador. Más aún, ni siquiera se podía regular el foco, de modo que el puñetero visor era lo mínimo que se despachaba. ¿Qué cómo se las aviaba el tirador para afinar la puntería si el visor carecía de retículo convencional y de mecanismos para ajustarlo? Pues con lo que ven en la foto. Ambos retículos eran fijos, y en el vertical vemos las distancias con las que el tirador se ayudaba para apuntar al objetivo. Esta retícula estaba graduada desde 100 hasta 1.500 metros, y el honolable flancotiladol se tenía que estrujar la retina para calcular la distancia a la que se encontraba el ciudadano enemigo. Para corregir o calcular la deriva, bien por haber viento cruzado, bien por estar el blanco en movimiento, tenemos el retículo horizontal. Si por un golpe o cualquier otro motivo el visor se desajustaba, apaga y vámonos. Solo en la fábrica se podía volver a poner punto en blanco, o sea, a 100 metros. Por toda esta serie de inconvenientes, el visor recibía el mismo número de serie del arma donde iría instalado.

Este fusil fue renombrado como Tipo 97 o, más concretamente 
九七式狙撃銃, indescifrables dibujitos que, trasliterados, sonarían como kū-nana-shiki sogekijū, o sea, “fusil de puntería Tipo 97”. Al quedar el visor situado a la izquierda se pudieron conservar las miras abiertas, lo que, viendo el problema de la falta de mecanismos de ajuste, permitiría seguir usando el arma mientras llegaba el momento de remitirla a la fábrica. Además, había tiradores que optaban por usarlas cuando las condiciones lumínicas no permitían hacer puntería con el visor. En la foto de la derecha tenemos el alza desplegada. Para tiro a corta distancia se plegaba y se usaba un tablón con una muesca en V graduada a 100 metros. El punto de mira, que según el fabricante podía estar protegido por un túnel abierto, se fijaba al cañón mediante una base con una cola de milano, y también según el fabricante con un tornillo o dos pasadores. El punto carecía de corrección lateral, así que había que recurrir a la intuición de un buen tirador. Se fabricaron alrededor de 8.000-9.000 unidades en el Arsenal de Kokura entre los años 1938 y 1939, y 14.500 en el de Nagoya entre 1938 y 1943, lo que hacen un total aproximado de 22.500 - 23.500 unidades en total. 

Pero el Tipo 97 no fue el único fusil de francotirador en servicio, pero del siguiente seguiremos hablando mañana porque ya me duele la cabeza. Bueno, mañana o pasado, ya veremos...

Hale, he dicho






martes, 28 de octubre de 2025

CURIOSIDADES CURIOSAS SOBRE CARROS DE COMBATE SOVIÉTICOS

 

T-34/85 provisto de un bastidor para sujetar un barreminas

PAX VOBISCVM, sufridos, abnegados y siempre bien ponderados lectores que, a pesar de la desidia que me atocina últimamente, hacen gala de una paciencia equiparable a la de Job a la espera de un nuevo articulillo. Bueno, pues hoy la musa se ha dignado hacerme una breve visita, de modo que procedo a dar cuenta de una relación que, aunque poco enjundiosa, les permitirá humillar a los miserables de sus cuñados con algunas curiosidades curiosas sobre los carros de combate con los que el padrecito Iósif hizo frente al ciudadano Adolf.

Colijo que los aficionados a estas máquinas de muerte habrán visto tropocientas fotos de las mismas y, del mismo modo, infiero que más de una vez y más de dos se habrán hecho mil preguntas acerca de tal o cual accesorio, pieza, etc. de las mismas. Bien, pues a continuación podrán ver aclaradas algunas de sus cuitas y poder resoplar de satisfacción sabiendo que no palmarán llevándose la duda a la fosa. Veamos pues...

CURIOSIDAD 1.

Observen la foto de la derecha, donde aparece un BT-5, un carro ligero que se mantuvo operativo durante todo el conflicto aunque el protagonismo se lo llevó el omnipresente T-34. Como ven, no lleva cadenas, y es que la serie BT (Bystrohodnyi tank, tanque ligero) estaba equipada con un tren de rodaje que podía funcionar con o sin las mismas. Este sistema tenía sus ventajas ya que, cuando había que circular sobre carreteras o caminos compactos, en menos de una hora se podían desmontar las cadenas, estibarlas sobre el casco y circular como un vehículo convencional. Esto proporcionaba un mayor confort de marcha y alcanzar más velocidad. Para ello, el piloto disponía de un volante convencional, que se conectaba a la dirección de forma que las ruedas delanteras girasen como las de un automóvil, como vemos en la rueda marcada de rojo. Cuando se colocaban las cadenas, el carro circulaba con las dos palancas de siempre. ¿Qué por qué no se usó ese sistema en el T-34, que usaba la misma suspensión Christie? Fácil: la cadena del T-34 pesaba unos cientos de kilos más, lo que requeriría horas para efectuar el cambio.

CURIOSIDAD 2.

¿Nunca se han preguntado qué leches es esa barandilla que se ve en las torretas de algunos carros? Bueno, pues no es una barandilla, es la antena de la radio. Rarita, ¿no? Pozí, pero tenía su razón de ser, aunque era tan chorra que se acabó suprimiendo. Con esa antena circular se pretendía que no fuera visible, como podría ocurrir con una antena convencional. En realidad, una antena apenas se distingue en la lejanía, de modo que acabaron eliminando la pseudo-barandilla. Pero observen que, de todos los carros de la foto, solo lleva la antena el primero. El resto no. ¿Por qué? Pues porque la escasez de equipos de radio obligó a que solo los carros de mando de las compañías estuvieran equipadas con las mismas hasta bien avanzada la guerra. ¿Y cómo se comunicaban con los demás carros de la unidad? Ahora lo vemos...

CURIOSIDAD 3:

La carencia de radios había que suplirla con el sistema antiguo: a base de banderas. Observen el fulano de la foto. En cada mano lleva una bandera, una blanca y otra colorá. Así pues, cuando el comandante de la compañía tenía que dar órdenes a sus carros tenía que asomarse por la escotilla con sus banderitas y ponerse a menearlas, dando por sentado que los jefes de carro de la unidad estarían pendientes de sus indicaciones. Si alguno estaba en Babia, pues se liaba parda. Obviamente, éste sistema no era en absoluto fiable, pero era lo que había. Por el contrario, los sofisticados carros de los malvados tedescos sí estaban provistos de radios cojonudas para no tener que asomar medio cuerpo por la escotilla y arriesgarse a que una ráfaga de ametralladora lo friese bonitamente.

CURIOSIDAD 4.

Precisamente para poder asomarse sin que les endilgasen un balazo, las escotillas de muchos carros soviéticos se abrían al revés. Cuando lo habitual era hacia atrás o hacia un lado, las de los T-26, los BT y los T-34 se abrían hacia adelante. Aunque en la foto anterior podemos observarlo, en ésta queda más claro. La imagen muestra tres T-34 modelo 41/42, provistos de una única escotilla que actuaba como un auténtico escudo para los tripulantes de la torreta. Pero la protección les costaba ver dificultada la visión hacia adelante, como queda claro en la foto. En todo caso, la escotilla permitía al comandante de una compañía agitar sus banderitas sin que un francotirador le metiera una bala en el cráneo.

CURIOSIDAD 5.

Otro detalle en el que posiblemente hayan reparado: las asas distribuidas en el casco y la torreta, en éste caso de un T-34. Y no, no eran para estibar equipo extra, sino probos homicidas. No había estándares en cuanto a su forma o distribución sobre el vehículo y, de hecho, ni siquiera se colocaban en las fábricas, sino a nivel de unidad. De ahí que la mayoría sean lo que vemos en la foto: redondos burdamente curvados, soldados y colocados al antojo del personal. Ojo, solo verán éste accesorio en los carros soviéticos. En los de otros ejércitos no aparecen. ¿Por qué? Pues ahora lo vemos...

CURIOSIDAD 6.

Una de las máximas de los manuales del Ejército Rojo era que los carros no debían atacar sin apoyo de la infantería. Sí, puede parecer una chorrada que los poderosos carros de combate necesiten el apoyo de mogollón de probos homicidas canijos y llenos de piojos para no ser destruidos, pero todo tiene su explicación. Un carro es como un rinoceronte, que es una bestia imparable pero ve menos que un gato de escayola. Ante un ataque en masa, los malvados enemigos se apostaban en pozos de tirador o escondrijos que les permitían pasar desapercibidos para, llegado el momento, endilgarles una mina magnética o un chupinazo con un Panzerfaust. Precisamente para evitarlo, los carros iban acompañados de infantería cuya misión era neutralizar a los enemigos mientras que los rinocerontes arrollaban las líneas tedescas. Y para poder trasladar hasta el campo de batalla su dotación de defensores servían esas asas a fin de no irlos perdiendo por el camino que, por lo general, no tenía precisamente la superficie uniforme de una autovía. En la foto vemos un T-34 atestado de infantería trepando por una pendiente camino del matadero. Por lo general, la dotación reglamentaria de infantes de cada carro era de seis hombres, aunque en modo alguno se respetaba a rajatabla.

CURIOSIDAD 7.

Puede que más de uno haya reparado en que no son raras las fotos en las que aparece un KV-1 o su hermano mayor, el KV-2, con las cadenas flojuchas, colgando de los rodillos de retorno como el de la foto. Esto no se ve en los carros con suspensión Christie, pero sí en las convencionales. El motivo de aflojar la tensión de la cadena era que la acumulación de fango las sacase de las ruedas tractoras o tensoras. En un territorio como el ruso, en el que las lluvias o la nieve convertían el terreno en inmensos cenagales, era un problema bastante serio, y ver un batallón de carros inmovilizado y expuesto al fuego enemigo por culpa del barro asaz enojoso. Pero la madre del cordero la tenemos en el detalle de la foto, un accesorio invisible y que nadie conoce salvo que sepa de su existencia: es una cuña soldada al casco junto a la rueda tractora que actuaba como una cuchilla para eliminar la plasta de barro adherida a la cadena. Si a eso sumamos que el bailoteo de los rodillos de retorno facilitaba escupir el fango, pues tenemos que era menos probable ver como una cadena de una tonelada de peso se saliese de su sitio, dejando el carro vendido al enemigo.

CURIOSIDAD 8.

Otra imagen bastante recurrente es la que vemos a la derecha: carros soviéticos cubiertos por parrillas bastante cutres fabricadas de forma artesanal con malla sobre bastidores metálicos o incluso somieres de camas robados de casas alemanas. Pero, ojo, este accesorio solo aparece en las postrimerías del conflicto, cuando los combates se desarrollaban en muchas ocasiones en el interior de las ciudades y había que luchar casa por casa. En éstos casos, el enemigo no eran veteranos homicidas de la Wehrmacht o las SS, sino fanáticos nenes de las Hitlerjugend ávidos de palmarla por su amado ciudadano Adolf o vetustos abuelos del Volkssturm ávidos por perder de vista de una vez al ciudadano Adolf. En estos casos, los probos homicidas del padrecito Iósif se preocuparon bastante al ver como desde cualquier ventana, montaña de escombros o respiradero de un sótano salía el cohete de un Panzerfaust y aniquilaba el carro que encabezaba la formación por una calle, dejándola bloqueada y a sus cuñados expuestos a ser también víctimas de los lanzagranadas enemigos. Con esa solución de circunstancias pudieron evitar que las cargas huecas no alcanzaran el casco o la torreta de sus carros, salvando así a muchos de ellos de ser destruidos y a sus tripulantes de verse reducidos a la condición de momias carbonizadas.

CURIOSIDAD 9.

Es posible que ésta la conozca más de uno, pero como es posible que haya más de dos que no tengan ni idea, pues la pongo. Hablamos de los troncos estibados en los guardabarros. Y esto no solo lo vemos en los carros soviéticos, sino en casi todos. Y no, no eran para reforzar el blindaje, ni para hacer fuego ni para liarse a palos con el enemigo si se acababan las municiones, sino para usarlos cuando el carro se atascaba en el barro, o sea, algo similar a las planchas que actualmente usan los todoterrenos cuando se ven en circunstancias similares. Si el fango atrapaba y cegaba las orugas, se echaba mano del tronco y se ponía debajo de las cadenas para que estas tuvieran donde agarrarse. Algo primitivo, pero bastante útil, la verdad...

CURIOSIDAD 10.

Otra imagen bastante recurrente es la de los depósitos de combustible externos. En la foto podemos ver un T-34/85 con la configuración habitual de dos depósitos en el costado derecho y uno en el izquierdo, lo que proporcionaba un total de 270 litros extra. No obstante, podían añadirse más, eliminarlos todos o colocar otros dos de forma cuadrangular en la parte trasera. Los dos cilindros que vemos en esta foto y que aparecen sobre los tubos de escape no son depósitos de gasofa, sino de fumígeno para crear una nube de humo a lo bestia si las cosas se ponían chungas y había que salir echando leches. Curiosamente, ésta solución de los depósitos externos solo la emplearon los hijos del padrecito Iósif, mientras que en los carros tedescos o aliados aparecen en la parte trasera mogollón de jerrycans de 50 litros para reponer gasofa.

En fin, criaturas, con estas diez curiosidades curiosas tienen para chinchar a sus cuñados diez veces antes de que les dejen la botella de Hennessy XO llena de aire. Si a pesar de todo las curiosidades no les hacen efecto, pues viertan un poco de lejía en el brandy. Sí, ya sé que es una infamia, pero todo sea por acabar con el miserable.

Bueno, vale de momento.

Hale, he dicho


viernes, 9 de diciembre de 2022

MÉTODOS DE EJECUCIÓN. EL POSTE AUSTRIACO

 

Ejecución mediante ahorcamiento en poste de Ferenc Szálasi el 12 de marzo de1946 en la cárcel de Budapest. Este pájaro, líder del partido Cruz Flechada y mandamás títere de los nazis en Hungría, fue apiolado junto a Gabor Vajna, Károly Beregfy y József Gera. Muestran el pecho desnudo tras haber sido auscultados por el médico para comprobar que habían pasado definitivamente a la historia

Una gente que se lo pasa divinamente bailando valses y jaleando con una sonrisa de oreja a oreja la Marcha Radetzky tooooooodos los primeros de año como si fueran parvularios contentitos, no pueden estar a favor de la pena de muerte. Y la cosa viene de tiempo atrás, cuando Viena se rendía ante el genio de Mozart y las óperas de Salieri. Ya por aquel entonces y, a pesar de que no era oro todo lo que relucía, eso de ejecutar malvados criminales no estaba bien visto. Ciertamente, las condiciones para aplicar el castigo supremo estaban bastante bien definidas, pero la tónica habitual era conmutar la pena por largas temporadas en la trena salvo para casos en los que el delito fuera especialmente horripilante. Ya en 1781, el emperador José II dictó una norma por la que todas las sentencias de muerte debían pasar por sus manos, y no se podrían aplicar sin su firma. Apenas seis años más tarde, la pena capital fue abolida... de momento. Hasta aquel entonces tampoco se puede decir que el método de ejecución estuviera minuciosamente detallado en las leyes en vigor. No había verdugos oficiales, por lo que la ejecución la llevaba a cabo cualquier ciudadano, bien porque se ofrecía para ello, bien por servir en la casa del noble en cuyos dominios se había perpetrado el crimen y le tocaba pasar el mal trago o incluso por policías. En resumen, la cosa ejecutoria no la tenían especialmente atendida, como sí ocurría en otros países.

Abramos un paréntesis para detallar de forma somera cómo estaba el tema judicial en aquella época. Ante todo, lo más significativo es que, como hemos dicho, no había un método de ejecución reglamentado. Como en muchos países de la época, la forma de acabar con el reo quedaba al arbitrio del juez, que obviamente solía aplicar la pena más cafre o más compasiva según el delito cometido. Así, las opciones eran por lo general el enrodado, la decapitación o la horca. Dichas ejecuciones no se efectuaban en el interior de las ciudades, sino a extramuros y en un lugar elevado- una loma o colina cercana- donde poder dejar al reo colgando para servir de pasto a la volatería carroñera de la comarca y, por supuesto, como escarmiento, que la letra con sangre entra. En otros casos se limitaban a enterrar al difunto allí mismo. Debido a su ubicación, los emplazamientos para las ejecuciones recibían el nombre de Galgenberg, que literalmente significa "monte de la horca", siendo usado el término horca en este caso como sinónimo de patíbulo, o sea, el lugar donde se aliñaba al personal indeseable para la sociedad. En la xilografía de la derecha podemos ver una representación de estos lugares de ejecución hacia el siglo XVI si bien la costumbre perduró bastante tiempo. Como se puede apreciar, en primer término aparece la horca, y detrás una rueda sobre un poste, que era como se exponían tras aplicar la sentencia a los desdichados que habían sufrido tan tremendo castigo. La horca, como vemos, es de suspensión, aún hoy día vigente en países donde los piadosos clérigos mahometanos y demás seres de luz aplican de forma implacable sus leyes medievales. En este caso, el reo era subido por la escalera, donde lo esperaba el verdugo. Tras colocarle el dogal en el cuello se limitaba a empujarlo y ahí te pudras. Luego hablaremos de los efectos del ahorcamiento. Cerramos paréntesis.

"Catálogo" de instrumentos de suplicio y muerte
que se podían ver en un Galgenberg. Entre ellos
vemos la picota

Bien, como decíamos, José II mandó al baúl de los recuerdos la pena capital, pero no se tardó mucho en tener que reinstaurarla porque, al cabo, el miedo al castigo es lo que tiene a raya a los malvados. Los disturbios que se desencadenaron tras la muerte del emperador y la entronización de su hermano y sucesor, Leopoldo, obligó a implantarla nuevamente para castigar los delitos de traición, si bien poco después se amplió a otros crímenes ordinarios. Leopoldo no duró mucho en este mundo, siendo sucedido por su hijo Francisco- segundo de su nombre- en 1792. Este hombre consideró que lo más sensato era mantener la pena capital. Al cabo, siempre convenía tener una herramienta persuasiva para meter las cabras en el corral a los criminales más criminales de todos los criminales. No obstante, los delitos susceptibles de ser castigados con la muerte quedaron relegados a los más execrables y perversos. Por aquella época ya debía practicarse el ahorcamiento en el poste, si bien no hay constancia de cuándo hizo su aparición. Por aportar una teoría de cosecha propia, pudo tener su origen mucho antes en la Pranger (picota) o Gack, donde se aplicaban los castigos físicos y, llegado el caso, se podría colgar a algún reo de uno de sus ganchos. En este caso, se le daba el nombre de schnellgalgen (horca rápida), y ciertamente no debían tardar mucho en poner un dogal en el pescuezo y dejar al reo colgando como una longaniza.

Sea como fuere, la cosa es que en 1870 se estableció el ahorcamiento como forma de pena capital, eliminando los refinados y cruentos métodos que aún perduraban incluyendo la rueda y dejando la decapitación para sus primos tedescos. Así mismo, se designaron cinco prisiones donde llevar a cabo las ejecuciones, que serían efectuadas por verdugos profesionales que cobraban 800 florines anuales más una prima de 25 por trabajo cumplido. Dichos verdugos estarían destinados a las cárceles de Viena, Praga, Budapest, Osijek y Graz. Tras la Gran Guerra, la pena capital fue nuevamente abolida para ser reinstaurada una vez más por el canciller Engelbert Dollfuss el 11 de noviembre de 1933. El primer reo no tardó mucho en ser ejecutado, concretamente el 1 de enero del siguiente año. Se trataba de un tal Peter Strauss, condenado por incendiario y finiquitado por el nuevo verdugo, Johann Lang, sobrino de Josef y seguidor de la saga verduguil de la familia.

El instrumento original era un chisme más básico que la sesera de un político, y con los mismos mecanismos que un chupete. Consistía en un poste de alrededor de 2'20-2'50 metros de alto por unos 30 cm. de ancho y unos 15 de grosor en cuyo extremo había un gancho o un pivote donde enganchar la cuerda y nada más. El reo era colocado dando la espalda al poste y se le subía en un taburete o una pequeña plataforma. A continuación, el verdugo se encaramaba en una escalera de mano o un estrado de dos o tres escalones y se colocaba tras el poste. Colocaba el dogal en el cuello del reo y enganchaba el extremo opuesto en el poste. A su señal, sus ayudantes aupaban al reo y quitaban el taburete, para a continuación soltarlo. La caída era de apenas 15 o 20 cm. Generalmente, su propio peso era suficiente para cerrar el dogal y cortar en seco el riego sanguíneo al cerebro, como ya hemos explicado en otra entrada. Para ello, se usaban cuerdas de escaso diámetro fabricadas de cáñamo hervido, un material muy poco o nada flexible para impedir que amortiguase la caída. Algunos verdugos, como Josef Lang, el titular de la plaza de Viena entre 1900 y 1918, engrasaban y enjabonaban la cuerda para que corriera sin trabas por el nudo y se cerrase contra el cuello rápidamente. Más adelante, y para acelerar la muerte del reo, los ayudantes tiraban de él hacia abajo agarrándolo por los hombros o bien tirando de una soga que, previamente, le había sido anudada a los tobillos y pasada por un perno que vemos en la parte inferior del poste.

Todo esto provocaba la consabida anoxia cerebral que dejaba al reo inconsciente casi al instante, sobreviniendo la muerte al cabo de cuatro o cinco minutos, cuando el cerebro muere definitivamente por falta de oxígeno. Durante ese tiempo el sujeto no se daba cuenta de nada (se supone, porque ninguno volvió para contarlo), y los escasos movimientos que hacía eran espasmos involuntarios. En contadas ocasiones, la constitución física del reo podría alargar un poco más el proceso. Un hombre enjuto y de poca masa corporal podría no quedar inconsciente de momento, así que le tocaba pasar un muy mal rato mientras que las vías respiratorias y los vasos sanguíneos se iban bloqueando. Con todo, según los testimonios de la época, en el peor de los casos no solían tardar más de un minuto en perder el conocimiento. Eso sí, el minuto sería eterno. Una vez que el verdugo constataba que el reo ya había palmado lo indicaba al médico, que era el encargado de certificar oficialmente el deceso. En la foto superior podemos ver el resultado de una ejecución en poste, llevada a cabo en la persona de Fabio Filzi en julio de 1916 a manos de Lang. No debe extrañarnos la presencia de tanto militar ya que la horca se incluyó en el repertorio ejecutor del ejército junto al fusilamiento. Además, Filzi, junto a Cesare Battisti fueron condenados por alta traición por haberse alistado en el ejército italiano cuando, en aquel momento, por su lugar de nacimiento eran austriacos.

En todo caso, el verdugo podía acelerar la muerte del reo rompiéndole el cuello a mano. En la foto vemos dos secuencias de la ejecución de Ferenc Szálasi que nos muestran el momento en que los ayudantes lo aúpan mientras que el verdugo asegura el dogal al poste. Tras soltarlo una vez retirada la plataforma, el verdugo agarra la cabeza de Szálasi para finiquitarlo con prontitud. Por cierto que, como se puede ver, estos probos homicidas no seguían la moda tedesca a base de chisteras y levitas. Van vestidos con ropa de calle corriente y moliente, y nada en su aspecto podía hacer suponer cuál era su siniestro oficio. Finalmente, tras quedar claro que el reo había muerto le sería descubierto el pecho para que el médico lo corroborase. Fin de la historia.

Por lo demás, cuando había que efectuar varias ejecuciones no se usaba el mismo poste para todas, sino que se plantaban tantos como reos. Como vemos en la foto, perteneciente a los preparativos del ajusticiamiento que vemos en la imagen de cabecera, se erigieron cuatro postes para otros tantos reos, los cuales no eran ejecutados de forma simultánea, sino uno tras otro. Tras la desaparición del imperio austro-húngaro, los nuevos países surgidos de su antiguo territorio o área de influencia siguieron usando el poste, pero con variaciones en el proceso de la ejecución. En Serbia, por ejemplo, los reos que esperaban su turno no podían presenciar el ahorcamiento del que les precedía, mientras que en Hungría tenían que contemplar como sus compañeros de suplicio palmaban uno tras otro. Tras certificarse la muerte se les cubría el rostro con una capucha y se les dejaba una hora colgando para evitar resurrecciones inesperadas.

Posteriormente se hicieron diversas modificaciones en el poste para hacerlo más eficaz a la hora de acabar con el reo con la máxima prontitud. Como vemos en la ilustración, el gancho pasó al frontal del poste, mientras que en la parte superior se instaló una polea. Otra similar iba situada en el extremo inferior, embutida en una mortaja practicada en el poste, que también vio aumentada su altura hasta los 3 metros. La posición del verdugo también cambió de lugar, pasando de atrás al lado derecho, hacia donde se había desplazado el gancho. En este modelo, la preparación del reo era un poco más larga, pero sus efectos eran fulminantes y de eso hay testimonios cinematográficos obtenidos de las ejecuciones de diversos mandamases nazis a los que ajustaron las cuentas tras la derrota. El proceso era como sigue: el reo era colocado de espaldas al poste, momento en que se le ataban los tobillos con una soga que era pasada hacia atrás por la polea inferior. A continuación se le ceñía al pecho un ancho cinturón de cuero o lona abrochado con una hebilla situada bajo la axila izquierda; el cinturón estaba a su vez unido a otra soga que se pasaba por la polea superior. Una vez preparado, los ayudantes lo izaban. Veamos la secuencia completa con el temible SS-Obergruppenführer Karl Hermann Frank como protagonista, al que los checos enviaron al puñetero infierno a hacer compañía a su predecesor, el aún más temible Reinhard Heydrich. La ejecución tuvo lugar el 22 de mayo de 1946 en la prisión de Pankrác, donde tantos checos habían padecido la tiranía nazi...


Foto 1: Uno de los ayudantes del verdugo ata los tobillos de Frank y pasa la cuerda hacia atrás.

Foto 2: A continuación se le ciñe el cinturón al pecho, y la cuerda se pasa por la polea superior. Los ayudantes tiran de ella y suben al reo hasta el extremo del poste.


Foto 3: El verdugo, en este caso un policía, pasa el dogal por el cuello del reo y sujeta el extremo al gancho. Como vemos, lleva puestos unos guantes blancos.

Foto 4: Llega el momento decisivo. El verdugo empuja hacia arriba la cabeza de Frank y, en ese instante, sus ayudantes sueltan la soga. El reo cae bruscamente, descendiendo alrededor de medio metro. En la filmación se aprecia claramente el frenazo en seco. Los ayudantes agarran la soga inferior y tiran con fuerza para acelerar la dislocación de las vértebras y la asfixia.

Foto 5: El verdugo no deja de empujar la cabeza hacia arriba. Aunque parezca que, en realidad, le está tapando la boca y la nariz para impedirle respirar, esta maniobra tiene otro cometido: favorecer el dislocamiento de las cervicales. De hecho, en un momento se ve como mueve la cabeza a ambos lados. Frank levanta un poco el brazo izquierdo, pero el tiempo transcurrido desde la caída hasta la inmovilidad absoluta apenas dura 10 segundos, y en ningún momento se aprecian gestos de dolor o espasmos en el reo. La pérdida de conocimiento ha sido prácticamente instantánea.


Foto 6: Frank ha palmado sin decir ni pío. El verdugo suelta el cinturón y lo deja colgando de la soga. 

Foto 7: Vemos como los ayudantes (uno de ellos permanece oculto tras el poste) siguen tirando con fuerza de la soga inferior. El verdugo se quita los guantes, que a continuación arrojará delante del poste.


Foto 8: Por último, el médico comprueba que el reo está más muerto que Carracuca. Primero le ausculta el pecho, y luego le toma el pulso. Frank ha palmado definitivamente,

Foto 9: En esta foto vemos la conclusión del ahorcamiento de otro nazi de postín, el SS-Obergruppenführer Kurt Daluege, liquidado también en Pankrác el 24 de octubre de 1946. El fotograma muestra el momento en que el verdugo arroja los guantes al suelo con cierto aire de desprecio. Los ayudantes siguen tirando de la soga inferior, por si las moscas.

Ejecución de László Endre en Budapest
el 29 de marzo de 1946. La foto muestra
como el verdugo disloca el cuello del reo
mientras que sus ayudantes tiran con fuerza
de la soga. La flecha marca el perno donde
estaba situada
En fin, así funcionaba el poste austriaco. Tras los ajustes de cuentas con los malvados nazis y sus lacayos de Hungría, Checoslovaquia, etc., este método fue recuperado una vez que terminaron los procesos llevados a cabo por los aliados. En Austria, el último reo en pasar por el poste fue Johann Trnka, ajusticiado el 24 de marzo de 1950 en Viena por haberse cargado a dos abuelitas candorosas a las que quería robar. La pena de muerte en Austria fue abolida en febrero de 1968. En Yugoslavia, se siguió empleando junto al fusilamiento hasta 1959. En Checoslovaquia perduró hasta 1954, cuando fue sustituido por una horca más convencional formada por un travesaño entre dos postes. El reo era colocado sobre una trampilla que era accionada desde una habitación contigua a la cámara de ejecución. Donde más tiempo estuvo operativo el poste fue en Hungría. La última ejecución con este método se efectuó el 14 de julio de 1988 en la persona de Ernő Vadász, un mal bicho condenado a muerte por torturar y asesinar a un hombre. También fue el último reo ejecutado en ese país, donde fue abolida la pena capital dos años más tarde.

Y, finalmente, la cuestión acerca de cómo muere un reo por ahorcamiento. Como es evidente, los estudios realizados se basan en hipótesis que, salvo que se invente como resucitar a los difuntos, no podrán ser corroboradas de forma fehaciente. Con todo, las autopsias realizadas en los cadáveres, así como la observación del proceso hasta comprobar la muerte del sujeto, permiten al menos establecer una base bastante sólida para hacernos una idea.

Ante todo, nos ceñiremos al ahorcamiento en suspensión. Los de caída media o larga seguido por los anglosajones no entran en esta cuestión ya que, en esos casos, salvo que ocurra algo raro el deceso se produce por dislocación de las cervicales y rotura de la médula espinal. En el caso que nos ocupa, a pesar de que la caída  es mínima o casi nula, el dogal se cierra como un cepo sobre el cuello debido al mismo peso del reo. Se ha calculado que basta una fracción de segundo (algo tan mínimo como 0'02") para que la cuerda apriete una cosa mala. Se supone que el reo podría sentir un agudo dolor por el estiramiento de las vértebras, así como por la acumulación de sangre en la cabeza, siempre y cuando no se produzca una rotura de la médula espinal. Sin embargo, ese dolor apenas duraría medio segundo antes de que el sujeto perdiera el conocimiento. Y ojo, no debemos confundirnos cuando nos dicen que un ahorcado palma en 5 minutos, pensando que durante ese tiempo permanecería totalmente consciente y sufriendo una indescriptible agonía. El cerebro tarda un tiempo en apagarse, como ya se ha explicado. Durante ese tiempo, algunas funciones vitales seguirán funcionando, y el corazón puede seguir latiendo, pero el proceso es imparable y el reo ni siente ni padece porque su sistema nervioso se ha ido al garete. De hecho, ahí tienen al ciudadano Frank en la mesa de autopsias. Observen su rostro amoratado por la acumulación de sangre venosa en la cabeza. No muestra signos de dolor, sino más bien de un sueño placentero. La profunda marca del dogal nos demuestra que la presión que ejerció sobre el cuello bastó para apiolarlo de inmediato, a lo que colaboró el verdugo dislocándole las vértebras. Resumiendo, la horca es bastante más eficaz y rápida que métodos más modernos como la cámara de gas, la silla eléctrica y, por supuesto, la controvertida inyección que ha dado ya mucho que hablar por el sufrimiento que produce, aparte del interminable proceso de preparación del reo desde que entra en la cámara de ejecución hasta que le inyectan las porquerías esas. Nada que ver con los escasos segundos que Pierrepoint tardaba en colgar a un condenado, o los que se tomaba Reichhart para descabezar a un cuñado enemigo del estado.

Bueno, ya me he enrollado bastante. S'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

"Mártires de Arad", obra de Thorma János. La escena representa el ahorcamiento del primero de los nueve oficiales del ejército austriaco que fueron condenados por traición y ejecutados el 6 de octubre de 1849. Otros cuatro habían sido fusilados poco rato antes. Como vemos, cada poste espera a su usuario, los cuales aguardan su turno junto a los curas un poco bastante acojonados