martes, 9 de agosto de 2011

Mitos y leyendas: Rodrigo Díaz




No creo equivocarme si afirmo que, hasta la inope juventud producto de la ESO, sabe quién fue Rodrigo Díaz o, al menos, lo conocen por alguno de sus motes: el Cid o el Campeador. Este épico personaje, prototipo de las virtudes hispánicas, el más fiel vasallo, el más fiero guerrero para los castellanos y, por otro lado, el Azote de Alláh, la Ira de Dios, el tirano, el perro enemigo para los musulmanes es, sin duda, el más desvirtuado y alejado de la realidad de nuestra historia. Quizás más acertados estaban los musulmanes de su época. Ibn Bassam, un historiador andalusí natural de Santarém (Portugal, aunque en aquel tiempo en la taifa de Badajoz), escribió sobre él en su "Tesoro de las hermosas cualidades de la gente de la península":

"...(era) por la práctica de la destreza, por la suma de su resolución y por el extremo de su intrepidez, uno de los grandes prodigios de Alláh."


Gran culpa de ello la tiene el Cantar de Mio Cid, una obra épica compuesta allá por el siglo XII por un anónimo trovador que, eso sí, digamos que creó la primera obra propagandística de la historia, dando pié con ello a una serie de bulos que la mayoría de la gente toma como artículo de fe. No voy a contar aquí la vida y milagros del belicoso infanzón, que para eso ya hay abundante bibliografía. En especial, sugeriría la que escribió Martínez Díez, muy recomendable para conocer a fondo tanto los hechos como la verdadera personalidad de nuestro héroe nacional por excelencia, al que se le atribuyen todo tipo de virtudes caballerescas. Así pues, me limitaré a contrastar los camelos que la mayoría de la gente toma por ciertos, y que no lo son. Vamos a ello…

Antes de nada, el origen de sus motes:
Rodrigo Díaz, o sea, Rodrigo hijo de Diego, parece que ya era conocido como Campidoctor o Campidoctoris cuando sirvió como armiger o alférez real al servicio del rey don Sancho, su compañero en la schola regis, en la que se educaron juntos, y principal protector por haber sido paje suyo. De hecho, incluso lo apadrinó cuando fue armado caballero a la temprana edad de 14 años. El término campidoctor podría traducirse como estratega, dando fe de sus méritos en las luchas por aunar las coronas que el padre de don Sancho, el rey Fernando I, repartió entre su progenie. Así pues, Campeador no es más que la forma moderna de ese término.
En cuando a lo de Cid, es posterior. Cid o, mejor dicho, Çid, es la corrupción fonética del árabe “sayiddi” o señor, y fue el apelativo con que lo aclamaron los moros de la taifa de Zaragoza cuando, sirviendo a su emir al-Muqtadir, retornó glorioso de vapulear al conde de Barcelona. Tanto al-Muqtadir como los vecinos se adelantaron varias leguas para salir a recibirle mientras lo jaleaban gritándole: ¡¡Sayiddi, sayiddi!!.
Ah, y firmaba como "Ego, Ruderico" (Yo, Rodrigo). Así que nada de "Roy" o "Ruy". Su nombre era Rodrigo, y como tal se autodenominaba él mismo. Los musulmanes, aparte de llamarlo "perro enemigo", usaban la corrupción fonética del castellano "Rodrigo el Campidoctor" al árabe: Ludrik al-Kabayatur.



Rodrigo Díaz mata en duelo a su suegro, el conde Lozano o conde de Gormaz:
Eso de matar al suegro está muy feo, y más si es antes de la boda. Según la leyenda, el conde, que dicho sea de paso, no era ni Lozano ni de Gormaz, sino de Oviedo, afrenta a Diego Laínez cuando el rey Fernando designa a éste como preceptor del infante don Sancho, cargo que el conde esperaba para sí, tras lo cual Rodrigo le pide satisfacción y lo liquida en un duelo a muerte. Absurdo tanto en cuanto en esa época, con nuestro héroe a punto de casarse, es obvio que el infante no precisaba de preceptores, ya que era incluso unos diez años mayor que él. En realidad, su matrimonio con Jimena Díaz fue lo que hoy se conoce como un braguetazo ya que la dama en cuestión era de un linaje superior al de Rodrigo, que no pasaba de ser un simple infanzón. De hecho, Jimena estaba emparentada con la casa real castellano-leonesa.


La jura de Santa Gadea:
A pesar de los poemas épicos tan molones sobre la jura del rey Alfonso y lo solemne que suena eso de “...sobre un cerrojo de fierro et una ballesta de palo, allí tomó juramento Mio Çid al rey castellano”, ni hubo tal jura, ni la tomo Rodrigo Díaz. Sí es cierto que siempre planeó sobre don Alfonso la sombra de la duda de su posible implicación en el asesinato de su hermano Sancho ante los muros de Zamora, pero en aquel momento don Alfonso estaba exiliado en Toledo, bajo la protección de su emir, que era vasallo de la corona castellana. Doña Urraca, que urdió el regicidio y de la que se dice sentía por su hermano Alfonso algo más que amor fraternal, no creo que necesitase aliados para ello. Era una hembra sobradamente bragada para llevar a cabo su complot. Don Alfonso se limitó, como todos los monarcas de la época, a jurar los privilegios y fueros de la Iglesia, la nobleza y demás. Rodrigo no fue desterrado por tomar un juramento que, obviamente, no tomó. Siendo como era, a pesar de su origen y de que los nobles de la época eran casi todos analfabetos, un hombre culto, tras la coronación del rey se dedicó a sus asuntos y, a veces, ejerció como juez por su conocimiento de las leyes del reino.



El destierro de Rodrigo Díaz:
Como se ha dicho, no fue por tomar juramentos regios. En gran parte fue por la enemistad que sentía por García Ordóñez, uno de sus más enconados enemigos y al que se la tenía jurada. Nuestro héroe fue enviado a la taifa de Sevilla a cobrar unos tributos atrasados, porque los moros solían ser bastante morosos. Mientras permanecía en Sevilla, una hueste de la taifa de Granada hizo acto de presencia a dar guerra, porque deben saber que entre los moros se llevaban quizás incluso peor que con los cristianos. Y en dicho ejército estaba Ordóñez, al cual le presentó batalla en Cabra (Córdoba), los derrotó bonitamente, lo hizo preso y le jaló de las barbas a su sabor, que era gran humillación para un caballero. Eso no gustó a don Alfonso, porque Ordóñez era un figurón de la curia real. Y la gota que colmó el vaso fue una algara que, por su cuenta, emprendió contra la taifa toledana como represalia por haber saqueado las tierras de Gormaz, señorío de su mujer, Jimena. Y como don Alfonso tenía en gran estima al emir de Toledo, al-Qadir, por haberle protegido durante su exilio, pues se cabreó y lo desterró. Rodrigo reunió a sus allegados y hombres de armas con ganas de hacer fortuna y se largó a la taifa de Zaragoza, donde se puso al servicio de al-Muqtadir. En ese tiempo se dedicó a batallar contra todos los enemigos del moro a cambio de su soldada: el rey de Aragón, el conde de Barcelona, las taifas de Lérida, Albarracín, Murcia, etc. Hay que decir que jamás fue derrotado, y que, contrariamente a lo que se suele pensar, Rodrigo Díaz fue simple y llanamente un mercenario.

Las hijas del Cid y los infantes de Carrión:
Ni se llamaban Elvira y Sol, ni se casaron con estos inexistentes, malvados y alevosos infantes, ni las afrentaron vilmente en el robledal de Corpes. Rodrigo Díaz tuvo tres hijos: Diego, que murió en la nefasta jornada de Consuegra al servicio del rey Alfonso con apenas 19 años, María, que se casó con Ramón Bereguer III, conde de Barcelona, y Cristina, casada con Ramiro Sánchez, nieto del rey García Sánchez de Navarra. Ambas, como se ve, tuvieron maridos muy por encima de su clase social, y ambas fueron madres de testas coronadas. Eso denota que, aunque mercenario, nuestro héroe gozaba de un inusual prestigio para ser un mero infanzón.
Eso sí, cuando ocupó Valencia se autotituló como príncipe, si bien nunca pensó en coronarse como rey, cosa que, según las leyes de la época, podía hacer sin problemas por derecho de conquista, ya que la empresa fue llevada a cabo por él mismo, y a costa de su peculio personal.
 




Tras la toma de Valencia, Rodrigo muere defendiendo su ciudad contra los almorávides, y hasta gana una batalla después de muerto:
Rodrigo Díaz llevó a cabo los actos más inhumanos para apoderarse de Valencia. Llegó hasta a hacer quemar vivos a los moros que, muertos de hambre, escapaban de la ciudad. Sus mesnaderos los atrapaban y los quemaban ante los muros para quitarle las ganas a los valencianos de poner tierra de por medio o, si estaban en un estado de salud aceptable, los vendían a los trujimanes que, como buitres, esperaban en el puerto de Valencia las remesas de esclavos a buen precio. El fin de esta aberración no era otro que hacerlos rendirse por hambre. A más población, más bocas que alimentar, ergo antes se acababan las mínimas provisiones que iban quedando. Pero el mandamás de la ciudad, el caíd Ibn Jaffar, era un hueso duro de roer, entre otras cosas porque se había hecho con el poder asesinando al emir, al-Qadir, el mismo que anteriormente lo fue de Toledo. El empeño por parte de Rodrigo de apoderarse de Valencia no era otro que establecer un señorío propio, sin tener que estar bajo la lupa de la linajuda nobleza castellano-leonesa, que nunca le perdonó llegar tan alto siendo de un linaje inferior al suyo.
Los almorávides, al mando de Yusuf Ibn Texufin, fueron varias veces derrotados por Rodrigo. De hecho, nuestro héroe se convirtió en una pesadilla y una obsesión para estos moros que jamás pudieron vencerle. Nunca pusieron sitio a Valencia mientras estuvo vivo. De hecho, cuando la ciudad cayó en manos de Rodrigo en 1094 se restableció la normalidad, y allí vivió hasta que, en julio de 1099, con unos 49 o 50 años, se murió no se sabe de qué. Con todo, era una edad aceptable para morirse en aquella época. Parece ser que arrastraba ciertas secuelas de una antigua herida de lanza en el cuello, así como de una caída de caballo durante una batalla. En todo caso, nadie lo mató. Simplemente pasó al Más Allá de forma totalmente natural.
Por cierto, creo que no hace falta mencionar que lo de la batalla después de muerto a lomos de Babieca es ya surrealista, ¿no?. El genial Ibañez lo retrata de forma muy jocosa y divertida en ese dibujo, ¿verdad?

Bueno, creo que no se me escapa ningún camelo importante. Los expuestos más arriba son los más populares y significativos, así que, como se ve, ni eran tan gentil ni tan generoso ni tan magnánimo como se le ha retratado. Era simplemente el producto de su época: un hombre increíblemente audaz, extremadamente ambicioso, cruel hasta límites insospechados, desmedido, con un valor temerario y, todo hay que decirlo, enormemente carismático entre sus tropas, que lo veneraban, y un verdadero estratega que, en todas sus campañas, salió victorioso. Nadie, jamás, pudo derrotarle a pesar de enfrentarse casi siempre con ejércitos que superaban al suyo con creces. El que quiera saber algo más, pues que pregunte. O que se compre una buena biografía del héroe. Conocer su vida es bastante interesante. Hala, he dicho...





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