jueves, 17 de noviembre de 2011

Difuntos de abolengo y sus ritos funerarios, 3ª parte: El quebrantamiento de escudos



La destrucción de la panoplia de armas del guerrero muerto era un ritual que se remontaba a los tiempos más lejanos y llevado a cabo prácticamente por todos los pueblos europeos de la antigüedad. En muchos ajuares iberos han aparecido las armas del difunto, depositadas en su tumba tras ser inutilizadas. En realidad, no se sabe a ciencia cierta si este ritual se llevaba a cabo con el fin de que la tumba no fuera profanada para robar dichas armas, o bien como un símbolo de la ruptura del muerto con el mundo de los vivos, o por ambas cosas.  

En cualquier caso, esta costumbre pagana trascendió en el tiempo y, ante las protestas de la Iglesia, ganó especial difusión entre los siglos XIII y XVI, dando lugar a ceremonias y rituales semejantes a los que se llevaban a cabo en tiempos remotos, con procesiones formadas por lloronas de oficio, familiares, amigos y vasallos del muerto en las que se llevaban a cabo desaforadas muestras de dolor por la pérdida acaecida, y en las que, como los añejos guerreros hispanos, se destruían sus escudos y armas. Eran las que se conocieron en Castilla como "quebrantamientos de escudos" y "arrastre de banderas", y en el reino de Aragón como "córrer les armes" o "solemnitat de descoament de cavaills".

Tanto en cuanto era un ritual de evidentes reminiscencias paganas, la Iglesia, como digo, los desaprobaba por completo. Sin embargo, la casta militar de la época no estaba por la labor de someterse a los entredichos clericales, y organizaban unas honras fúnebres tan sonadas que los obispos ponían el grito en el cielo, si bien no les hacían mucho caso que digamos. El obispo Cabeza de Vaca ya dejó constancia del zafarrancho que se organizaba: "...cuando alguno muere los homes e las mugeres van por los barrios e por las plaças aullando e faziendo aullar los perros, e rascando las caras e mesando las crines e los cabellos de las cabeças, e quebrando escudos, e faziendo otras cosas que no convienen." Pero, a pesar de tachar esta costumbre de "mala e aborrescible", hasta las reinas iban tras el cuerpo de sus maridos dando alaridos, arañándose la cara y el pecho y jalándose los pelos.


La procesión iba encabezada por el difunto armado de punta en blanco que, transportado en unas andas y a la vista de todo el mundo (si su estado de conservación lo permitía, como es lógico), llevaba al lado su espada, y era precedido por las banderas tomadas al enemigo en acciones de guerra. Tras él, una pléyade de lloronas, endechaderas entonando las hazañas del difunto, los criados con sus perros de caza, a los cuales pateaban de vez en cuando para que aullaran en señal de duelo, sus caballos, con las colas cortadas, a los que también hostigaban para que relinchasen, y hasta terneras que diesen el contrapunto a tan escandalosa tropa con sus mugidos. A todo eso, unir el tañido de bocinas y añafiles que, con bastante ímpetu, hacían sonar los criados para hacer saber a todo el mundo, como si la cosa pudiese pasar desapercibida, de la pena enorme que sentían por la muerte de su señor. En determinados puntos del recorrido hasta la iglesia donde tendrían lugar las exequias, la comitiva se detenía para que los hidalgos y caballeros de la casa  y que formaban parte de la misma rompiesen los escudos y arrastrasen por el suelo las banderas. Hay que decir que estos escudos solían ser fabricados para la ocasión, ya que tanta ruptura escuderil requería bastantes más de los que poseía el muerto. En la foto superior podemos ver a un caballero en el momento de arrastrar un estandarte. Además, lleva el escudo a la funerala, o sea, al revés. Estos estandartes eran posteriormente colocados cerca del sepulcro, o en la capilla donde éste estaba ubicado, así como un escudo.


En bastantes sepulcros de la época se molestaron de dejar reflejado todo este ritual, como el que aparece en la foto de cabecera, correspondiente a la familia Boil, en el convento de Santo Domingo (Valencia), en el que vemos las lloronas lamentándose con grandes gestos de dolor y, a la izquierda, a un caballero portando un escudo a la funerala. Su caballo va cubierto con bardas negras en señal de duelo. Añadir que estos rituales, en el caso de funerales regios, no solo se llevaban a cabo en la ciudad donde tenían lugar los mismos, sino en las demás poblaciones de importancia del reino, organizándose una comitiva similar en cada una de ellas y cumpliendo cada parte del mismo en lo referente al quebrantamiento de escudos y arrastre de pendones hasta la iglesia donde tendría lugar el funeral por su atribulada alma de pecador. En Aragón incluso se formaba un carrusel de jinetes alrededor del féretro del monarca, los cuales, preguntando por el rey a gritos, se tiraban al suelo desde sus monturas cuando el canciller real les informaba de que había muerto. En la foto de la derecha podemos ver la fingida costalada en una de las cabeceras del sepulcro de los Queralt. En fin, un número...

Solo cuando la Inquisición tomó cartas en el asunto se puso término a todo el acompañamiento de animales que aullaban, relinchaban y mugían "por ser color de gentiles y judíos y negocio que aprovecha poco para el alma", y es de todos sabido que eso de ser tomado por morisco o judío entre la linajuda nobleza hispana sentaba como un tiro. Solo perduró hasta inicios del siglo XVI el quebrantamiento de escudos, el arrastre de pendones y las lloronas, siendo Fernando el Católico el último en ser objeto de tan controvertido ritual. La monarquía hispánica, ya bajo el cetro unificado de Carlos I, dejó de lado la cuestionable, religiosamente hablando, costumbre que ponía de los nervios a las altas esferas eclesiásticas. Para la Iglesia, la muerte no es el fin, sino el principio, así que eso de organizar tanto duelo cuando se suponía que el finado iba a reunirse con Dios no podía ser visto como algo terrible, ya que "...esto fazian los gentiles non creyendo la dicha resurrección".

VITA MVTATVR NON TOLLITVR. Hale, he dicho...




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