viernes, 6 de mayo de 2011

Fuerte de São Jorge de Oitavos


Distrito de Lisboa
Coordenadas: 38º 41' 59" N // 9º 28' 05" O
Acceso desde España: El fuerte de Oitavos se encuentra en Cascais, a pie de carretera siguiendo la EN247

Este pequeño fuerte fue edificado a mediados del siglo XVII por orden de don João IV para defender las playas de Guincho y de Guia, cruzando fuegos con los fuertes de São Brás, situado hacia el NO, y el de Nossa Senhora de Guia, al SE. Su misión no era otra que la de defender la desembocadura del Tajo, inmenso coladero de posibles tropas enemigas, especialmente las procedentes de España que, en plena Guerra de Restauración, no paraban de hacer de las suyas por mar y tierra a fin de aplastar la resistencia portuguesa.
Como ya se comentó en una entrada anterior, la costa portuguesa dispone de pocas playas lo suficientemente amplias como para llevar a cabo un desembarco de envergadura, y precisamente este fuerte defendía dos de ellas. Concretamente la playa del Guincho, situada a su derecha, era especialmente susceptible de verse invadida por tropas enemigas. Para ello, aparte del fuerte, disponía en su exterior de una tenaza de más de 150 metros de larga ante la mencionada playa que, durante la bajamar, era fácilmente accesible. La tenaza disponía de un parapeto y banqueta para fusileros que podían rechazar a posibles agresores apoyados por las cuatro bocas de fuego que emplazadas en el fuerte.
Su guarnición era en sí misma mínima, apenas las dotaciones de sus cuatro cañones: tres maestros artilleros y dieciocho soldados, todos al mando de un cabo. Su uso militar se extendió hasta finales del siglo XIX cuando, en 1889, fue cedido a la Guardia Fiscal. Actualmente está perfectamente restaurado, y en sus dependencias han instalado un pequeño museo. La entrada es libre.
Pasemos a verlo con más detalle:
El fuerte tiene forma poligonal irregular de cinco lados, y está edificado a un solo nivel: En la zona trasera es donde se encontraban las dependencias habituales como cuartel, comedor, cocina, casa del comandante, capilla y pañol, y en una terraza delantera orientada hacia el mar es donde estaban emplazadas las bocas de fuego. Cuenta con cuatro garitas en sus vértices. La entrada, situada en la fachada este, da acceso a un pequeño patio de distribución que vemos en la foto:

Las escaleras dan acceso al parapeto que circunvala el recinto. Como se ve, los paramentos se encuentran enlucidos con mortero de cal y arena, que es como en realidad estaba en su época, y no con la piedra vista. Este revoco era, obviamente, para protegerlo de la intemperie, y más en un ambiente saturado de salitre. Tanto las escaleras como las jambas de la puerta de acceso están labradas con sillería de granito muy basta.








Aquí vemos la terraza con sus cuatro cañones. Se podrá observar que el parapeto cuenta con más cañoneras, abiertas para, moviendo las piezas, cubrir más ángulos de tiro y poder así cruzar fuegos con los fuertes que tenía a cada lado. La solería está formada por grandes losas de granitos, muy resistente al peso de las piezas de artillería y al brutal retroceso que desarrollaban al ser disparadas.







En esa foto podemos ver la letrina, un mero nicho abierto en el muro que da al mar, donde desaguaba. Como se ve, la guarnición disponía de todo tipo de...comodidades de tipo sanitario. Bueno, en realidad es así, ya que en la mayoría de este tipo de fortificaciones, las necesidades fisiológicas se hacían donde buenamente se podía.
Merece la pena detenerse un rato a visitar este fuerte, entre otras cosas por su magnífico estado de conservación. En esa zona de litoral hay varios que formaban una línea defensiva que bajaba desde Cascais hasta Lisboa. No todos están en tan buen estado, pero por su facilidad de acceso y sus peculiaridades, merece la pena patearlos uno a uno.
Conviene tener en cuenta los horarios de las mareas, ya que algunos de ellos, literalmente embutidos en salientes rocosos en el mar, no se pueden ver bien por fuera cuando está la marea alta. Lo digo porque las vistas que ofrecen desde sus zonas frontales suelen ser a veces impresionantes, como se puede ver en la foto interior.








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Armamento medieval: La ballesta

Bueno, como ya he anunciado, inicio también una serie de entradas dedicadas al armamento usado por los ejércitos de las épocas que nos ocupan. Todo lo que se explicará es válido no solo para Portugal, sino también para el resto de la península ya que  las armas al uso eran las mismas prácticamente en toda Europa Occidental. 
Las entradas irán mezcladas, alternando las referentes al armamento ofensivo o defensivo, dependiendo de como me pille el estado de ánimo. Y como hoy me siento belicoso, comienzo con el arma en su época más letal, temida, potente y devastadora: La ballesta. Vamos a ello:

Parece ser que fueron los árabes los que introdujeron la ballesta en la península allá por el siglo XI, alcanzando rápidamente una gran difusión. Como todo el mundo sabe, se trata de un armazón de madera sobre el que se montaba una pala igualmente de madera, de acero o una combinación madera y acero. La cuerda se solía fabricar con fibras vegetales o tendones de animales en función de la potencia de la pala o verga, la cual a veces se forraba de cuero, sobre todo cuando se trataba de palas compuestas.
El uso de este tipo de armas siempre estuvo rodeado de cierta controversia. En 1139, en el Concilio de Letrán, el papa Inocencio II amenazaba con la excomunión a todo aquel que usase una ballesta contra un cristiano “por el peligro que representaba para la humanidad un arma semejante”. Para su uso contra la morisma, es evidente que la Iglesia no ponía impedimentos. De su potencia quedó un gráfico testimonio en boca de Fernando III cuando el asedio a Sevilla:

“...tales ballestas tenían los moros que a muy grande trecho facien grand golpe, e muchos golpes ovimos visto, de los cuadriellos que los moros tiraban, que pasaban al caballero armado, e salien d`el e ivanse perder, e escondiense todos so tierra, tan rezios vienen”.

O sea que, a gran distancia, no sólo tenían potencia para atravesar de lado a lado a un caballero cubierto por una lóriga y el perpunte que vestían debajo, sino que incluso, tras ello, se enterraban profundamente en el suelo. En cualquier caso, las saetas disparadas por estas armas tenían a media-larga distancia menos precisión que un arco, debido a la menor longitud que las flechas, que solían medir alrededor de los 80-90 cm. y tenían por ello mayor estabilidad en vuelo.
Pero a pesar de su potencia, la utilidad de las unidades de ballesteros en batallas en campo abierto siempre  fue cuestionada por la lentitud de su recarga, quedando estos expuestos durante la misma y teniendo que ser protegidos por cuadros de piqueros a fin de no ser diezmados por la infantería o la caballería enemigas. Para protegerse durante la recarga comenzaron a usarse los paveses, enormes escudos dotados de un pincho en su parte inferior para clavarlos en el suelo y poder así el ballestero recargar su arma sin que las flechas o los virotes enemigos los hiriesen.
En función del sistema de carga, podríamos dividirlas en los siguientes tipos:

Ballesta de estribo:
Iban provistas de un estribo en la parte delantera por donde el ballestero metía el pie para poder tirar de la cuerda, que era tensada a mano. Eran las más fáciles de recargar si bien, por razones obvias, eran las menos potentes. No podían atravesar una cota de malla, pero sí podían pasar un perpunte.





En la lámina de la derecha podemos ver un ballestero en pleno proceso de carga. En su costado derecho porta una aljaba para virotes, de donde cogerá uno para armar la ballesta. Como se ve, es un momento en que el ballestero está totalmente indefenso. Solo con el enemigo a distancia o debidamente resguardado podrá recargar sin temor a caer herido o muerto. Los diez o quince segundos necesarios para completar el ciclo completo bastarían para que un enemigo cercano lo liquidase sin problemas.

Ballesta de dos pies:
De características similares a la anterior, pero sin estribo. Para cargarla, el ballestero sujetaba el arma con los dos pies apoyados en la pala y tiraba con las manos de la cuerda. El tiempo necesario para la operación es el mismo que en el caso anterior.

Ballesta de gancho:
Se cargaban de forma similar a las anteriores, pero se tensaba la cuerda mediante un gancho sujeto a un cinturón, usando la fuerza del cuerpo para tensar la pala, lo que, aparte de permitir cargar armas de más potencia, aliviaba los dedos del tremendo cansancio producido al tirar repetidas veces de la cuerda. La velocidad de recarga era prácticamente igual.


Ballesta de gafa:
Su sistema de carga consistía en un mecanismo denominado gafa o “pata de cabra”. Había dos formas de accionarla. Como se ve en la lámina de la izquierda, en este caso queda enganchada en el extremo de la cureña para hacer apoyo, mientras la palanca móvil empuja la cuerda hasta quedar enganchada en la nuez.






En la lámina de la derecha podemos ver la otra forma. La palanca móvil se apoya en dos tetones que sobresalen de la cureña, que es donde haremos el punto de palanca. El otro extremo de la gafa, provisto de unos ganchos, hará que, al tirar de ella, se tense la cuerda.. Estas armas solían tener una pala de alrededor de 75 kg. de potencia. Para su recarga, el ballestero no precisaba de estribo.



En la ilustración de la izquierda podemos ver como se efectuaba el ciclo de carga. Una vez montada la gafa en la cureña y enganchada la cuerda, bastaba empujar hacia abajo la palanca. Era un sistema relativamente rápido, que permitió aumentar la potencia de estas armas, si bien el ballestero quedaba indefenso durante los segundos que duraba la operación de carga. En el peor de los casos, siempre podía arrojar su arma al suelo y echar mano a la espada o el chafarote que pende de su costado para repeler cualquier agresión.

Ballesta de cranequin:
Este era un mecanismo de cremallera que, accionado por una manivela, tensaba la cuerda. Como se ve en la ilustración inferior, el cranequín quedaba fijado a la culata del arma mediante una gruesa soga. Una vez enganchada la cuerda, se accionaba el manubrio hasta que ésta quedaba enganchada en la nuez. A continuación se sacaba el cranecrín, se armaba el virote y se disparaba.



El cranequín, de cuya existencia ya se tiene constancia en la segunda mitad del siglo XIV, fue toda innovación tecnológica, ya que permitió aumentar notablemente la potencia de las palas que, sin éste mecanismo, habría sido imposible tensar a mano. Obviamente, el aumento de potencia tuvo su precio: la recarga se tornó mucho más lenta. Pero compensó por el hecho de poder batir blancos a más distancia con energía suficiente para acabar con cualquiera que no fuese protegido por una armadura de calidad a toda prueba.





En la ilustración de la derecha vemos como se llevaba a cabo el proceso de carga. El ballestero, con su arma apoyada en el suelo, gira a toda velocidad la manivela del cranecrín hasta que la cuerda quede enganchada en la nuez. Una vez concluido el proceso, desmontará el mecanismo, se lo colgará del cinturón, sacará un virote de la aljaba y armará la ballesta. Como se ve, un proceso muy lento para desarrollarlo a campo abierto con seguridad. Pero si el ballestero contaba con la protección del parapeto de una muralla y podía apuntar con tranquilidad, con ese tipo de ballesta podía dejar en el sitio a cualquiera que se moviera a menos de 50 o 60 pasos de distancia.

Ballesta de torno:
Eran las más pesadas y potentes de todas, hasta el extremo de que podían pasar de lado a lado una cota de malla a más de 300 metros. Su potencia era abrumadora, de alrededor de los 200 kg. Como es evidente, para vencer semejante tensión era necesario un mecanismo muy potente: el torno o armatoste. Se trataba de un juego de poleas montado sobre un armazón metálico que se colocaba en la culata del arma. De él salían dos cuerdas provistas de dos ganchos para tensar la pala. Provistos de dos manivelas, el ballestero las giraba hasta hacer que la cuerda se enganchase en la nuez. Este sistema era el más lento de todos, precisando un ballestero cualificado alrededor de un minuto para completar el ciclo completo de carga. En ese tiempo, un arquero entrenado podía poner en el aire una docena de flechas.
Por esta razón, las ballestas de torno no solían usarse en los campos de batalla, sino más bien en las defensa de fortificaciones o emplazamientos donde los ballesteros pudiesen recargar a cubierto, y donde no era precisa una cadencia de tiro elevada, sino precisión y potencia. En la imagen izquierda vemos como se llevaba a cabo el proceso de carga: el ballestero, con el arma sujeta con el pié por el estribo, monta el armatoste y, girando las manivelas, vence la excepcional potencia de la pala hasta que la cuerda quede enganchada en la nuez. Tras eso, desmonta el armatoste, lo cuelga del cinturón y arma la ballesta. Era un proceso tan largo y engorroso que hasta nosotros ha llegado su mecanismo de carga como sinónimo de algo pesado y complicado de manejar: el armatoste.
En cuanto a su efectividad, hay una crónica que relata como un caballero francés fue alcanzado en la pierna por un virote disparado por una de estas ballestas. El dardo le travesó la pierna, cubierta por la armadura, traspasó la silla de montar y, finalmente, se clavó profundamente en el costado de su montura, matándola en el acto. El ballestero estaba a unos cien pasos de distancia. Eso da una idea de la demoledora potencia de estas armas.

 

Mecanismos: 
Los mecanismos de una ballesta eran bastante básicos. Conforme vemos en la lámina de la derecha,  era un simple retén llamado nuez (pieza B), generalmente fabricado con hueso, que, al oscilar hacia atrás cuando enganchaba la cuerda, quedaba bloqueado por la llave de disparo (pieza A). Este simple mecanismo permaneció inalterable durante todo el tiempo en que las ballestas estuvieron en uso sin sufrir ningún tipo de modificación, lo que indica que, a pesar de su simpleza, cumplió su cometido a la perfección.


Proyectiles:
El proyectil de la ballesta era la saeta o virote. Por norma, eran dardos más cortos que la flecha, entre 30 y 40 cms. de largo, dotados de estabilizadores fabricados con cuero o madera ya que las plumas habituales no resistían el brutal empuje que recibía cuando se disparaba. En los diferentes tratados de la época podemos encontrar varias denominaciones, si bien no queda claro si son en función del tipo de punta que armen, o bien son simples sinónimos independientemente de la punta que utilicen. Así pues, si nos ceñimos al tipo de punta, tendremos tres denominaciones conforme a lo que podemos ver en la lámina inferior:
La figura A muestra una saeta con punta barbada que dificultaba enormemente su extracción, optando muchas veces los heridos por este tipo de flechas extraer el asta y dejar la punta dentro del cuerpo. Queda armada en el asta mediante un cubo de enmangue.
 La figura B pertenece a un pasador. Como se ve, se trata de una larga y aguzada punta de forma piramidal. En este caso, dispone de un arponcillo para dificultar también su extracción. Los pasadores eran especialmente adecuados para atravesar cotas de malla. La afilada punta entraba por una anilla y, con la fuerza del impacto, la abría y penetraba en el perpunte y el cuerpo. Como se ve en la lámina, carece de cubo de enmangue. Su fijación al asta, que para éste tipo de puntas era un palmo más larga de lo habitual, era mediante el vástago inferior, embutido en un orificio practicado en la misma. Es de suponer que este peculiar tipo de fijación era para que, una vez clavado en el cuerpo del enemigo, la punta se separase del asta y quedase dentro sin posibilidad de extracción, con las consecuencias que se pueden suponer.
La figura C es de un cuadrillo. Este tipo de puntas, con forma de pirámide cuadrangular, eran muy pesadas, idóneas para atravesar los blancos más correosos, como brigantinas o armaduras de placas.  Ese tipo de punta, de acero bien templado, en un virote disparado por una ballesta de torno solo podía ser detenido por armaduras a toda prueba. Las de menos calidad o los soldados protegidos por cotas y/o perpuntes no tenían salvación si eran blanco de un cuadrillo bien colocado. El cuadrillo de la imagen dispone en el cubo de enmangue de un arponcillo para, como hemos visto antes, dificultar la extracción.
La ballesta tenía además una ventaja añadida: en caso de quedarse sin proyectiles, podía usar bodoques. Estos eran unas bolas de barro cocido de extraordinaria dureza que, aunque nada podían contra un caballero armado de punta en blanco, sí era capaz de dejar en el sitio a un peón con el rostro descubierto. Un bodoque colocado en la nariz podía causar una muerte instantánea. Llegado el caso, podían usarse hasta pequeños guijarros, y parece ser que incluso se fabricaron ballestas destinadas a ese tipo de proyectil. Como se ve, la ballesta era un arma de lo más versátil y socorrida.
Finalizar comentando que, según los inventarios de armas que se conservan de distintos castillos, parece ser que era costumbre guardar parte de las astas separadas de las puntas. Ello puede obedecer a varios motivos: uno de ellos, simplemente porque las astas las fabricaba un carpintero y las puntas un herrero, los cuales servían los pedidos por separado y era el usuario el que armaba las saetas. Otro, que se almacenasen así a fin de armar las puntas adecuadas según las circunstancias. En cualquier caso, de lo que sí ha quedado constancia es que, por norma, la provisión de saetas con puntas de todo tipo, ya fuesen pasadores o cuadrillos, solía ser bastante abundante.
Bien, con esto creo que queda más o menos claro de qué va el tema. El que quiera saber algo más, que pregunte. He dicho.

Partes del castillo: La torre del homenaje

El origen de la torre del homenaje se remonta a las primitivas fortificaciones formadas por una única torre rodeada de empalizada y foso donde vivía el señor de la comarca y, llegado el caso, se refugiaba en caso de verse atacado por una fuerza hostil. La razón del nombre es obvia: es donde el señor feudal recibía pleitesía por parte de sus vasallos.
Cuando pasa de ser un edificio aislado a formar parte de un conjunto fortificado, la torre del homenaje se convierte, además de en la vivienda del tenente de la fortaleza, en el último reducto defensivo. Por ello, era la torre más fuerte y mejor dotada para la defensa. Era el corazón del castillo. Si la torre del homenaje caía, la fortificación se había perdido. En los castillos medievales portugueses podremos ver dos tipos de torre diferentes, a saber:
1: Torres adosadas a la muralla, formando parte de la misma y con las mismas funciones defensivas que una torre de flanqueo normal, fuera aparte de su condición de vivienda y reducto del tenente o alcaide.
2: Torres exentas, ubicadas en el centro aproximado del patio de armas. Como ya se comentó en la entrada dedicada al castillo de Guimarães, este tipo de disposición fue introducida por el Temple. Como característica especial, decir que prácticamente todas tienen la entrada a varios metros sobre el nivel del suelo, a fin de facilitar su defensa, accediendo a la puerta mediante un patín, una pasarela desde el adarve o, simplemente, una escala que era retirada desde el interior de la misma, dejándola completamente aislada del resto del edificio.
Veamos algunos croquis que nos permitirán entenderlo con más facilidad:

En esta imagen vemos la típica torre románica. Consta de dos plantas, y la entrada a la misma puede ser a nivel del suelo o desde el adarve, como si de una torre de flanqueo se tratase. Dispone de dos cámaras y azotea, y el acceso a las plantas superiores se realiza mediante una escalera labrada en el grosor del muro o bien mediante escaleras de madera. La separación más habitual entre plantas es mediante una bóveda de cañón, si bien podremos ver ejemplares en que eran de madera, para lo cual se disponían ménsulas de piedra en los muros para sustentar las jácenas sobre las que iba el entarimado.
Para su defensa, cuenta con un matacán que defiende la entrada de la torre, así como de aspilleras con derrame hacia abajo para aumentar el ángulo de tiro inferior de las ballestas. El entresuelo de madera que vemos en la imagen es un sobrado que servía como almacén y al que se accedía mediante la buhera, que es el orificio que vemos en el suelo de la planta superior. Las buheras, además, tenían otros usos, como el hostigamiento en vertical del enemigo en torres de flanqueo, pasadizos de albarranas, etc. Pero de eso ya se hablará en su momento, cuando detallemos las defensas exteriores.
Como se ve, este tipo de torre es un edificio austero, sin comodidades de ningún tipo. Carecían por lo general de chimeneas, así como de letrinas. Las entradas de luz eran exclusivamente las estrechas aspilleras que se abrían en los muros, por lo que era necesario el uso constante de candiles de aceite para iluminar el interior. Aparte de la puerta de entrada, se observará que incluso los vanos de las escaleras cuentan con sus puertas, y cada una de ellas se podía atrancar desde el interior con un alamud. Estaban concecibas para ser selladas hasta el último confín de las mismas.

En la ilustración de la derecha vemos el aspecto exterior de una de estas torres. En este caso, la entrada se realiza mediante un patín, escalera adosada de flanco al muro para impedir manejar un pequeño ariete para forzar la puerta. Es además la entrada habitual en las torres exentas introducidas por el Temple. El matacán permite tanto la defensa en vertical como el hostigamiento a distancia gracias a la aspillera que se abre en su parapeto. Estos dispositivos defensivos no solo podremos verlos defendiendo la puerta de entrada, sino también en cada flanco de la torre, a fin de impedir la aproximación del enemigo por cualquiera de sus costados. En cuanto a los patines, podían ser construidos con piedra, como el de la ilustración, o bien de madera. A más de una torre subiremos por una horrible escalera metálica que sustituye a la original pero, por desgracia, los señores que se dedican a restaurar estos edificios suelen distinguirse tanto por su pésimo gusto como por su aparente desconocimiento de las estructuras originales de los castillos.

Esta ilustración nos muestra la misma torre, pero con el patín exento, o sea, separado del muro de la torre. No es habitual encontrar esta disposición, pero habrá que dejar constancia de su existencia. Como se ve, un pequeño puente permitía el acceso a la torre. Este ejemplo nos valdría también para el caso de torres exentas a las que se accedía desde el adarve, como la de Guimarães. Obviamente, es el tipo más seguro de entrada, ya que una vez subida la pasarela, era prácticamente imposible entrar en el edificio. En el interior de la torre había por lo general acopio de víveres y agua para resistir algunos días hasta la llegada de ayuda del exterior. Si es que la ayuda llegaba a tiempo, claro, lo que no siempre sucedía.








A la derecha vemos un plano en sección de una de estas torres. Como se puede ver, dispone en su interior de un aljibe. Mucho cuidado cuando entremos en una de estas torres si se trata de un castillo abandonado, porque en la oscuridad podemos no reparar en el orificio de recogida de agua y darnos una costalada monumental, ya que, aunque suelen estar medio cegados, en algunos casos hablamos de varios metros de profundidad y, encima, aún recogen el agua que cae por las canalizaciones que hay en la azotea de la torre. Por ello, entre otras cosas, siempre se debe ir provisto de una linterna cuando visitemos estos edificios, así como ir acompañados. No hablamos de castillos abiertos al público dentro de un pueblo, sino de fortificaciones totalmente aisladas, lejos de núcleos urbanos, y si tenemos un percance de este tipo podemos no contarlo y pasar a formar parte para siempre con nuestros huesos del recinto del castillo.




Finalmente, aquí vemos una torre gótica. Como se ve, ofrecen más elementos defensivos que las anteriores: Además de los típicos matacanes, dispone de escaraguaitas, que son esos garitones esquineros, así como de un segundo cuerpo. Este tipo de torres se alejan de las austeras torres románicas, siendo más frecuente verlas en castillos palaciegos. Además, sus cámaras cuentan con elementos decorativos como bóvedas con crucería, ventanas geminadas y demás detalles estéticos que, sin merma de sus cualidades como edificio defensivo, les daban una apariencia, aparte de más elegante, un mayor confort interior, con chimeneas, letrinas en algunos casos, ventanas con poyetes y, en fin, todo lo necesario para ser el alojamiento de un noble, y no de un simple alcaide. Como ya vimos en una entrada anterior, el máximo exponente de este tipo de torre lo tenemos en Beja, y bastará compararla con la de Sortelha para ver las enormes diferencias entre las torres románicas y las góticas.
Con esto terminamos esta entrada que, de forma muy resumida, creo que explica con claridad lo más significativo de las torres del homenaje que, por cierto, recibían también el nombre de machos y donjón, término éste último procedente del francés que suele emplearse generalmente para designar torres exentas rodeadas de una muralla y poco más. El que quiera saber algo más, pues que pregunte, que para eso estamos. He dicho.