jueves, 24 de marzo de 2016

Malvados: Conrado de Marburgo


Vidriera de la fachada este de la iglesia de
Sta. Isabel, en Marburgo. En ella vemos a
Konrad von Marburg despojando de sus
ropas seculares a la citada Sta. Isabel
Por desgracia, la religión ha sido utilizada desde los tiempos más remotos por algunos hombres para poder dar rienda suelta a sus más bajos instintos. De ese modo, escudándose en el nombre de Dios, Yavé, Jehová, Alláh o como queramos llamarlo, estos sujetos se han aprovechado de una hipotética defensa de la pureza de la fe para acometer con saña bíblica a todo aquel que no compartiese sus mismos principios, creencias, ideas políticas o incluso su modo de vida o sus norma sociales. Esos sujetos han pasado a formar parte de la caterva de malvados que, durante su paso por este mundo, dieron bastante que hablar y, en la mayoría de los casos, el personal acabó bastante hartito de ellos.

Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el protagonista de la entrada de hoy, Conrado de Marburgo o, más propiamente dicho, Konrad von Marburg, uno de los más enconados y, a la par, desmedido enemigo de los cátaros, valdenses y demás herejes de todo tipo de pelaje que, por decirlo de forma que todos lo entiendan, se pasó catorce pueblos a la hora de someter a aquellos que no se avenían de buen grado a mandar a paseo sus heréticas creencias. Pero von Marburg no solo se distinguió por su desaforado y por lo general excesivo ardor...¿piadoso?, sino también por ejercer su ministerio como válvula de escape de ciertas tendencias que cualquier loquero de nuestros días no dudaría en clasificar como sádicas y propias de un sociópata. Y no solo en el concepto general del término, sino en el que alberga determinadas conductas sexuales. Veamos cómo las gastaba el prenda este...



Sello de Konrad von Marburg. En la
leyenda se puede leer PRÆDICATOR
VERBI DEI
, predicador de la palabra
de Dios. Puede que este detalle diera
lugar a la creencia de que era dominico,
ya que en aquellos tiempos eran
llamados predicadores.
No se sabe prácticamente nada sobre la juventud de von Marburg aparte de su fecha de nacimiento, hacia 1180 en dicha ciudad, que en aquellos tiempos formaba parte del landgraf (condado) de Turingia. Aunque algunos autores le consideraban como dominico o incluso franciscano, lo cierto es que, en realidad, era un simple cura que, según sus contemporáneos, tenía cierto nivel intelectual ya que recibía de ellos el título de MAGISTER, maestro, lo que indicaría haber llevado a cabo estudios en alguna de las escasas universidades de la Europa de aquellos tiempos. Las descripciones que han llegado a nuestros días acerca de su personalidad son bastante explícitas: era un hombre dotado de un pico de oro, con una enorme capacidad para subyugar a todo aquel que se acercase a él, muy persuasivo y con un carácter extremadamente dominante. Del mismo modo, era muy austero, un experto teólogo, defensor a ultranza de la pureza de la fe católica y un asceta que abominaba de cualquiera que llevase una vida entregada a la molicie o que se relajase en sus obligaciones espirituales. Cualquiera me dirá que ese no es precisamente el retrato de un hombre perverso, pero es que la verdadera maldad de von Marburg estaba latente en su corazón, deseosa de tener la más mínima oportunidad de aflorar de su interior si alguien con el suficiente poder le daba alas para ello.



Lotario dei Conte di Segni, que reinó como
Inocencio III. Papa con apenas 37 años, fue el
creador de la Inquisición para combatir las
boyantes herejías de cátaros y valdenses.
Sus incuestionables capacidades como divulgador llegaron a oídos del papa Inocencio III que, para los que no lo sepan, fue el creador de la Inquisición, órgano destinado a combatir la expansión de la herejía cátara en el Languedoc, donde acudió para hacer uso de su labia a ver si había forma de meter por vereda de los herejes. Debemos recodar que la inquisición primigenia, dependiente de los obispos, tenía como misión establecer debates en los que los mejores oradores del momento intentaban rebatir con sólidos argumentos teológicos las falsas creencias de los heresiarcas cátaros, y no tenía nada que ver con la siniestra institución en que se convirtió más tarde. La labor de los primeros inquisidores era solo PERSVASIO (convencer), y no COERCITIO (castigar). Sin embargo, tras muerte de Inocencio en 1216 y a la vista de los nulos resultados de su política inquisitorial, el nuevo pontífice, Honorio III, relajó la presión sobre los herejes, por lo que nuestro hombre retornó a su país y, por encargo del papa, se hizo cargo a lo largo de varios años de diversas gestiones de tipo administrativo que denotan su capacidad de trabajo y sus conocimientos de derecho canónico.



Pintura que recrea el momento en que el
landgrave de Turingia pone en manos de
von Marburg la dirección espiritual de su
joven esposa, Erzsébet de Hungría
En 1225 entró en contacto con Ludwig IV, landgrave de Turingia y conde palatino de Sajonia, el cual estaba casado con una piadosa mujer hija del rey Andrés II de Hungría. Hablamos de Erzsébet o, castellanizado, Isabel, la que luego se acabó convirtiendo en 1235 en Santa Isabel de Hungría, patrona de mogollón de corporaciones y hasta ciudades ya que fue la promotora de la primera leprosería de Europa. Era la releche de buena esta criatura que, con apenas 18 años y el beneplácito de su también joven marido, tomó como confesor al nefando Konrad, que adoptó con ella actitudes ciertamente propias de un auténtico sádico. Bajo la hipnótica y arrolladora personalidad del cura este, la existencia de la angelical Erzsébet dio un giro brutal. De entrada, la obligó a despedir a las dos damas que la acompañaron desde Hungría cuando se casó con el landgrave y las sustituyó por dos arpías bajo la apariencia de monjas. Y lo peor era que el muy bellaco, con la excusa de que pretendía penitenciarla por sus pecados, no dudaba en abofetearla e incluso fustigarla con una vara larga y gruesa, dejándola llena de verdugones y hematomas. Y para colmo la obligaba también a llevar a cabo penosos ayunos que la tenían con menos fuerzas que un muelle de guita. 



Cuadro del pintor romántico francés Philip Hermógenes Calderón que recrea
de forma dramática la depravada conducta de von Marburg, el cual obliga a
desnudarse ante un altar a su pupila Isabel de Hungría para azotarla.
Un testimonio de la extrema crueldad tanto física como psicológica que este energúmeno ejercía sobre su pupila se lo debemos a Isentrud von Hörselgau, una de sus sirvientas, la cual dio cuenta de que un día su señora no pudo acudir a uno de los sermones del confesor debido a que una parienta suya, la margravina de Meissen, había ido a visitarla. Von Marburg se agarró un cabreo de aúpa al ver su ego vilipendiado por preferir la pobre Erzsébet atender a su visitante que escuchar sus diatribas de siempre, así que le dijo que se largaba y que buscara otro confesor. La landgravina, que a aquellas alturas debía tener un síndrome de Estocolmo preocupante, se llegó a postrar en el suelo suplicándole que no se fuera. Von Marburg solo accedió a perdonarla cuando la desdichada aceptó quedarse en camisa y ser azotada como penitencia por su "grave pecado". En otra ocasión, un caballero por nombre Rudolf Schenk von Vargilia se entrevistó con la landgravina para hacerle saber que entre el vulgo corrían extraños rumores acerca de la relación que mantenía con su confesor, del que todos sabían ya que era un mal bicho. Esta le mostró la espalda llena de hematomas y cicatrices diciéndole que eran a causa del gran amor que su padre espiritual sentía hacia ella, que la penitenciaba a base de bien para que purgara sus pecados. De traca, vaya...



Santa Isabel lavando a un leproso
Con todo, la beatífica Erzsébet sacaba energías de donde apenas había para, a diario, atender a los enfermos de su leprosería y, en definitiva, socorrer a todo aquel que precisara de su ayuda, y hasta lavaba personalmente a los leprosos cosa que, en aquella época, no solo requería un estómago a prueba de bomba, sino un espíritu de entrega sobrehumano ya que esa terrible enfermedad era aún incurable y con las consecuencias que todos conocemos para los desdichados que la contraían. Además, aunque hoy sabemos que no todas los tipos de lepra son contagiosos, en aquella época se daba por sentado que solo tocar a un leproso casi garantizaba un contagio seguro. Esta buena mujer, que tras enviudar en 1227 cuando apenas tenía veinte años recién cumplidos, se hizo terciaria franciscana, muriendo en 1231 con solo veinticuatro años, no se sabe si de agotamiento o por haber contraído alguna enfermedad por estar constantemente al cuidado de los desahuciados de Marburgo.



Von Marburg señalando una pira donde arde un hereje y
donde acaba de enviar a la desdichada que suplica por su
vida mientras un guardia la agarra del pelo.

Tras su período de confesor con la bondadosa landgravina, la muerte del papa Honorio dio paso en 1229 al advenimiento en la sede pontificia de Ugolino de Segni, sobrino de Inocencio III que reinó como Gregorio IX, el cual decidió retomar la represión de los herejes de forma mucho más expeditiva, retirando el poder a los tribunales eclesiásticos a la vista de sus exiguos resultados obtenidos para entregarlo a los inquisidores, que solo debían dar cuenta de sus actos a su persona y a nadie más. Eso fue la llave que liberó totalmente al ser cruel, cuasi diabólico que era en verdad Konrad von Marburg. Tras recibir el encargo del papa Gregorio para que se convirtiese en inquisidor de Renania, comenzó una negra época en que el sadismo y la arbitrariedad de este personaje alcanzó límites que jamás se habían visto en un clérigo, y ni siquiera los implacables inquisidores del Languedoc le llegaban a la altura de las rodillas en su insaciable sed de sangre.



Gregorio IX, que aumentó notablemente el poder de los
inquisidores, lo que dio lugar a multitud de abusos por
parte de los más celosos "guardianes de la fe"
Su primera víctima fue el preboste de Goslar, un tal Heinrich Minnike, al que tras dos largos años de proceso logró enviar al quemadero. Y, a partir de ahí, las quemas masivas y un estado de terror que algunos autores modernos han llegado a comparar con el implantado por Hitler fueron la tónica general. De hecho, cuando von Marburg hacía acto de presencia en cualquier ciudad, esta quedaba literalmente desierta. Acompañado de un dominico llamado Konrad Tors y un seglar tuerto y manco del que solo se sabe que se llamaba Hans y que alardeaba de poder ver a través de las paredes para saber si tras las mismas se ocultaba algún hereje, las escabechinas que llevaba a cabo el cruel sacerdote alcanzaban cifras asombrosas, llegando a mandar a la hoguera de una tacada a decenas e incluso cientos de personas basándose en denuncias que ni se molestaba en indagar, en testimonios que no se preocupaba de contrastar o en meras sospechas basadas en cualquier arbitrariedad. No se hizo de muchos amigos precisamente.



Castillo de Marburg, en cuyas cercanías von Marburg
mandó quemar a decenas de herejes en un lugar que, al
parecer, recibió el nombre de "Arroyo de los Herejes"
y que ha llegado a nuestros días.
Era tal su afán exterminador que, dándose cuenta de que en muchos casos podría llevarse por delante a inocentes, prometía dar la condición de mártires a aquellos que, tras ser quemados, se comprobara que habían sido erróneamente ejecutados, por lo que podrían ir al cielo muy contentitos y tal. No obstante, una de sus máximas era que prefería quemar a cien inocentes antes de dejar escapar a un solo hereje, lo que es una preclara muestra de que este sujeto, además de ser un auténtico genocida, debía estar como un cencerro. Obviamente, los resultados obtenidos eran en teoría inmejorables ya que la represión ejercida por von Marburg estaba siendo de lo más eficiente. De hecho, los acusados preferían incluso declararse herejes sin serlo, tras lo cual abjuraban y recibían su castigo: ver como rapaban sus cabezas para quedar señalados como herejes, portar cruces amarillas en la ropa y acudir a la iglesia los domingos, pero no para oír misa, sino para recibir una buena tanda de latigazos como recordatorio de que ser un enemigo de la Santa Iglesia estaba muy feo. 


Ludwig, landgrave de Turingia, acompañado de su escudero y un paje.
Nunca podría haber imaginado en manos de qué personaje había puesto
a su pobre mujer
Por todo ello, el mismo papa Gregorio le escribió en octubre 1231 una elogiosa misiva en la que, además de llamarle "amado hijo", le otorgaba poderes para nombrar delegados y ayudantes, proceder como mejor le pareciera en los juicios y pleitos que se iniciaran y, en definitiva, para convertirse en una especie de legado pontificio con plenos poderes que solo debía dar cuenta de sus actos al mismísimo papa, quedando así por encima de cualquier ley o norma secular incluyendo la autoridad de nobles y monarcas. A tanto llegó la obsesión por las herejías de este malvado que hasta "resucitó" antiguas creencias acerca de sectas luciferinas que, en realidad, formaban más bien parte de tradiciones añejas que de realidad. Pero el informe que le envió al papa Gregorio acojonó tanto a este que no cuestionó para nada la palabra de su legado, y se quedó tan convencido de que el culto al Maligno se había extendido por Alemania que incluso emitió la bula VOX IN RAMA para hacer frente a aquel nuevo desafío contra Dios y la Santa Iglesia. Quizás esta maniobra se debió más bien al hecho de que el catarismo, mucho menos extendido en aquellas tierras que en el sur de Francia, apenas era ya un enemigo a batir, por lo que le convenía crear nuevos enemigos para poder seguir masacrando gente a su sabor.



Heinrich VII von Hohenstaufen
El estrella de von Marburg empezó a declinar a raíz de la denuncia interpuesta a un poderoso noble, el conde Heinrich von Sayn, por pertenecer a la secta luciferina. Sin embargo, no lo pudo juzgar él mismo por haber exigido el conde conforme a su derecho como noble, serlo en la corte del emperador. Esto significó que las altas jerarquías eclesiásticas que hasta aquel momento le habían apoyado le volvieron la espalda, que una cosa era quemar pringados y otra meterse con la alta nobleza germana y, peor aún, con el Rey de Romanos Heinrich VII, hijo del emperador Federico II el cual no estaba precisamente en buenas relaciones con el papado sino más bien todo lo contrario. Así pues, los testigos aportados por el nefando inquisidor en el juicio celebrado en Maguncia acabaron resultando poco o nada creíbles ya que incluso se supo que varios de ellos declararon por mera enemistad hacia el conde, así que von Marburg se la tuvo que enfundar si bien, fiel a su desmedido carácter, exigió nada menos que predicar una cruzada en Alemania para acabar con la herejía. Pero las cosas ya no le iban a funcionar igual.

De entrada, los obispos de Tréveris y Maguncia enviaron sendas cartas al papa quejándose de la conducta del inquisidor, al que acusaban de tal exceso de celo en el desempeño de su cargo que más bien parecía un ángel exterminador que un servidor de la Santa Iglesia. Y el papa, que en aquella época andaba bastante absorbido por los cátaros y valdenses que no lograba eliminar en Francia, pues tampoco parece ser que pusiera mucho empeño en defender a su otrora paladín de la ortodoxia. Pero lo peor para von Marburg era que había rebasado con creces la paciencia de nobles y plebeyos, y sus días estaban ya contados. 



Lápida que señala el hipotético lugar
donde fue asesinado von Marburg.
Mientras volvía desde Maguncia a su feudo de Marburgo en compañía de sus inseparables Tors y el tuerto Hans que, a pesar de tener un solo ojo aún seguía viendo a través de las paredes, más un franciscano llamado Gerhard Lutzelkolb, un grupo de conjurados le tendieron una emboscada, al parecer en un lugar llamado Hof Capelle, en el municipio de Ebsdorfergrund, un pequeño asentamiento agrícola fundado por los teutones y situado a escasos kilómetros al sur de Marburgo. Aunque nunca se supo oficialmente quiénes fueron los asesinos, nadie dudó de que se trató de caballeros afines al conde von Sayn o incluso gente enviada por el mismo rey Heinrich. Según Otto Rahn, que se pateó toda aquella zona en busca de griales y demás añejas tradiciones, estuvieron en el ajo el mismo conde von Sayn, los hermanos Heinrich y Marquard von Solms, los von Dernbach y los von Wilnsdorf. Acabaron con el inquisidor y su mínimo séquito en un periquete, y por lo visto el cruel von Marburg que tanta gente había mandado al quemadero acabó sus días suplicando por su vida, si bien esto último tiene más bien pinta de moraleja ejemplarizante que de verdad ya que, como decíamos antes, nunca se supo a ciencia cierta quienes participaron en el asesinato, que tuvo lugar el 30 de julio de 1233. 



Iglesia de Sta. Isabel, una de las
más antiguas del gótico alemán
Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de Santa Isabel, su antigua pupila espiritual, templo que fue iniciado en 1235 por la Orden Teutónica, de quién es patrona, el mismo año en que fue canonizada la sufrida y ejemplar víctima del diabólico von Marburg. Cabe suponer que inicialmente fue sepultado en la misma capilla dedicada a San Francisco donde ya reposaba la landgravina desde su muerte. Sobre dicha capilla fue donde se construyó la iglesia en cuestión.

Al final, ni el mismo papa Gregorio se dignó alabar a su antiguo y pertinaz inquisidor. En 1234 se lamentó del enorme poder que había concedido a semejante sádico, y se quejó amargamente del mal uso que hizo del mismo y la gran CONFVSIO que había creado entre los fieles bajo su tiránica autoridad. No obstante, se abstuvo de repudiar al inquisidor y condenó a sus asesinos aunque estos, como ya podemos suponer, quedaron totalmente impunes. Así acabó este abyecto personaje que, en realidad, para lo único que sirvió fue de baldón de la Iglesia a la que decía defender, si bien a costa de segar cientos de vidas que, en su mayor parte, eran inocentes que se vieron en las redes de un energúmeno carente del más mínimo sentimiento de caridad cristiana. Así arda en el puñetero infierno por toda la eternidad, amén de los amenes.



Estatua yacente de Konrad von Marburg en la iglesia de Santa Isabel. En la mano derecha se puede ver el flagelo que
simbolizaba su supuesto ascetismo y su afán penitente. De hecho, fue conocido como "El Azote de Alemania", si bien por
motivos totalmente diferentes

Y como cierre, una breve reflexión: todos han oído hablar alguna vez del controvertido Tomás de Torquemada, que ha pasado a la historia como arquetipo del más depravado sadismo. Bien, pues Torquemada, que en realidad se convirtió en la enésima víctima de la Leyenda Negra anti-española, sin dejar de adolecer cierto fanatismo, era un verdadero santo comparado con el degenerado este que disfrutaba azotando mocitas medio desnudas. Sin embargo, mientras que todos conocen a Torquemada es posible que muchos de los que lean esta entrada no hayan oído hablar en sus vidas de Konrad von Marburg. Sirva pues de aviso que antes de juzgar los actos de un determinado personaje conviene estar al tanto de los de otros que, posiblemente, los superen en maldad. Ah, y de la misma forma que muchos creen que los españoles fuimos los que inventamos la Inquisición, pues ya ven que fue Inocencio III, y no para combatir judíos ni moriscos, sino cristianos herejes.

En fin, para ser Jueves Santo ya vale.

Hale, he dicho


Konrad von Marburg echando la bronca cotidiana a la beatífica Isabel de Hungría y, de paso, darle unos cuantos latigazos
de propina. Aunque solo fuese por haber aguantado a este déspota sanguinario ya se ganó el cielo con creces.