sábado, 21 de mayo de 2016

Los perros de guerra de los conquistadores españoles


La visión de los hombres barbudos cubiertos de hierro acompañados de
poderosos perros traídos del otro lado del mar producían verdadero
terror entre los indios
Hace ya varios billones de nanosegundos se publicó una entrada sobre el uso de estos adorables animalitos en las desavenencias entre humanos. Dicha entrada trató este interesante tema de forma generalizada, desde los remotos tiempos en que asirios o romanos se hacían acompañar por enormes molosos hasta la Edad Media, cuando eran lanzados contra las cargas de caballos coraza recubiertos por armaduras y provistos de picas y teas de resina ardiente que espantaban a los ilustres pencos de los caballeros. Así pues, y considerando que los perros de guerra jugaron un papel importantísimo en la conquista del Nuevo Mundo, estimo que no estaría de más tratar este tema de forma más detallada. Al cabo, en muchos casos podríamos asegurar que muchas de las victorias de los españoles sobre los indios se debieron en gran parte a estos fieros animales. Veamos pues...

Antes de nada y para comprender el tremendo impacto que supuso la llegada a las Indias de los perros de presa españoles convendría saber qué tipos de cánidos existían en el Nuevo Mundo donde, al contrario que los caballos, los perros ya formaban parte de la vida de los humanos desde hacía 8.000 años. Sin embargo, estos animales eran todo lo opuesto a los alanos, dogos y mastines hispanos: muy dóciles, mansos, simples perros falderos que, en algunos casos, incluso eran criados para ser sacrificados en sus ritos religiosos así como para ser comidos como si se tratase de un conejo o un pollo. Algunas de estas razas ni siquiera ladraban y, en todos los casos, no mostraban agresividad en ningún momento. En definitiva, pacíficos chuchos domésticos que solo se preocupaban de comer y dormir. El afecto que sentían los indios por sus perros llegaba al extremo de que, según fray Reginaldo de Lizárraga, cuando los sacaban a pasear ni siquiera permitían que caminasen, sino que los llevaban en brazos. Cronistas españoles como fray Bernardino de Sahagún dieron cumplida cuenta de las razas más representativas, las cuales podemos ver en la ilustración superior, tres de ellas, de la A a la C extraídas del Libro XII de la Historia General de las Cosas de Nueva España, también conocida como el Código Florentino, obra de este autor. 

Ejemplar de xoloitzcuintli. Como se ve, es feo de cojones.
Parece un gremlim de esos, ¿verdad?
El A es el llamado xoloitzcuintli, un perro al que desde que era cachorro le aplicaban una resina para que perdiera el pelo. A cambio de dejarlo en cueros, por la noche los cubrían con mantas no se fueran a resfriar. Esta raza estaba considerada como sagrada ya que acompañaban a los muertos en su viaje al Más Allá, por lo que cuando el dueño palmaba liquidaban al chucho y lo enterraban junto a él. El B es un izcuintli, un animal de tamaño medio que era considerado como una especie de mestizo. El C es un ejemplar de talchichi, una raza destinada sobre todo como alimento. De hecho, eran castrados para que engordasen con más rapidez y eran ofrecidos en los mercados junto a pollos, pavos, etc. Los españoles los llamaban perrillos comestibles, y ciertamente en más de una ocasión tuvieron que catarlos al verse sin otra cosa que llevarse a la boca. De hecho, se extinguió debido a la escasez de carne que solían padecer los españoles. Por último tenemos el D, un perro mudo denominado gozque, otra raza también destinada a servir de alimento al igual que como animal de compañía o para ser sacrificado a los dioses. Según la RAE, el término gozque proviene de gozc, que era la voz que usaban los indios para llamar a los perros. Al parecer, esta raza tenía una carne especialmente buena, hasta el extremo de que los españoles los comían deleitándose con su sabor, y bastaba abrirlo por el espinazo como si de un lechón se tratase, y asarlo. Por cierto que de esta raza solo nos quedan las piezas de cerámica como la que mostramos ya que se extinguieron.

Como vemos, las razas amerindias no tenían más rasgos en común con los perros de presa hispanos que pertenecer a la misma especie animal. Los indios llevaban desde siempre conviviendo con unos chuchos apacibles, totalmente indefensos y que solían servir de primer plato en muchas ocasiones. Obviamente, el impacto que les produjo la llegada de los perros españoles debió ser bestial.

Ilustración del Códice de Florencia que muestra el
desembarco de las tropas de Cortés en Méjico. Junto al
ganado, echado en el suelo en actitud vigilante, aparece
un perro guardián
Los perros procedentes del Viejo Mundo llegaron a las Indias en 1493, en el segundo viaje de Colón. El encargado de organizar la flota fue Juan Rodríguez de Fonseca, en aquel momento deán de la catedral hispalense el cual hizo embarcar una veintena de mastines y galgos, así como reses de diversas especies que no existían en las Indias para comenzar la colonización. Cabe suponer que, inicialmente, el envío de estos perros no tenía relación con un posible uso militar, sino de guarda y de caza. No obstante, cuando la expedición llegó a La Española y vieron que los indios habían arrasado el fuerte de la Navidad y no habían dejado títere con cabeza, Colón tuvo claro que los perros embarcados por el deán iban a serle de gran ayuda en cuanto se percató del espanto que producían en los indios. Eran animales muy grandes, fuertes, que emitían poderosos ladridos y, sobre todo, extremadamente agresivos. 

A la izquierda tenemos ejemplares de las razas utilizadas por los conquistadores para dedicarlas a fines militares. El A es un majestuoso mastín, unos animales que pueden alcanzar los 100 kilos de peso y que, a pesar de su carácter en apariencia indolente, en situación de defensa y ataque se convierten en verdaderas fieras, y de eso doy fe porque tuve dos de esos animalitos. El mastín más conocido en su época fue Amadís, propiedad de Juan de Rojas, gobernador de Santa Marta. Este animal ganó fama durante las represalias contra las poblaciones de Bonda, Pocigueyca y Taironaca. El B es el famoso alano, una raza que se la creía extinta hasta que hace unos 30 años se pudo recuperar. Los alanos son también una raza autóctona española que produce unos perros que, aunque de tamaño medio, unos 60 cm. hasta la cruz, son increíblemente fuertes y muy agresivos. Además, son extremadamente fieles y muy inteligentes, siendo el paradigma de estos chuchos los famosos Becerrico y su hijo Leoncillo, los que ya fueron mencionados en la entrada dedicada a los perros de guerra. Estos dos animales producían tal pavor entre los indios que incluso cuando lograron acabar con ellos los españoles procuraron propalar por todas partes que seguían vivos para aumentar el mito en que ambos se habían convertido. El C es un dogo español, un animal de una alzada un poco más pequeña que el alano pero igualmente poderoso. Por último, en D tenemos un lebrel o galgo español, raza que se usó más con fines venatorios pero que, llegado el caso, también hizo un buen servicio como perro de guarda e incluso para atacar a los indios. Prueba de ello fue el comportamiento de Bruto, un galgo propiedad de Hernando de Soto el cual era especialmente hábil a la hora de atrapar indios huidos, como en un caso en que fue capaz de derribar uno tras otro a cuatro de ellos una y otra vez hasta que sus amos llegaron y los apresaron de nuevo. Aunque es un perro muy enjuto, su alzada supera los 70 cm. lo que no es moco de pavo y, como es lógico, capaces de atrapar al indio más veloz como si tal cosa.

Alano español en actitud un poco agresiva. Induda-
blemente, verse atacado por ese adorable chucho
debía ser muy desagradable
Pero el uso militar de estos perros no solo se limitaba al ataque sin más. Antes al contrario, eran también extremadamente útiles como centinelas, para descubrir las trampas que los indios solían poner en los senderos y, quizás lo más importante, para hacer frente a estos cuando tendían una emboscada en plena jungla sin dar tiempo ni a calar las cuerdas en los arcabuces o a armar las ballestas. Y no solo protegían a sus amos de los ataques de los indios, sino también de las fieras que poblaban la selva, haciendo frente y derrotando a las panteras y jaguares que, de vez en cuando, aparecían para atacar a los caballos o reses de los campamentos. Cada perro tenía asignado un adalid a modo de guía canino, el cual se encargaba de su cuidado, alimentación y adiestramiento. Bastaba darles la orden de "¡Tómalo!", "¡Es ido!" o "¡Búscalo!" para que estos feroces perros se abalanzaran contra cualquiera sin dar muestra en ningún momento de miedo o recelo. Hay gran cantidad de testimonios de los cronistas españoles de la época que narran como estos adalides no dudaban en lanzar su perro contra algún indio huido, permitiendo luego, cuando era atrapado, que el animal lo despedazara literalmente y se lo comiera, lo que contribuía a aumentar el terror cerval que estas bestias despertaban entre los nativos. 

Para ayudar a provocar más pánico, los adalides equipaban a sus perros con carlancas o carrancas, unos collares rígidos de gran anchura que ya se usaban en España desde los tiempos más remotos para proteger el cuello de los perros de guarda de los ataques de los lobos. Si a las carrancas se les añadía el corte de orejas y del rabo, el desdichado que se viera atacado por uno de estos chuchos estaba perdido ya que no podía echar mano a ninguna parte de la anatomía perruna para intentar quitárselo de encima. En las fotos de la izquierda podemos ver varios ejemplares en los que destacan las largas y aguzadas puntas que imposibilitarían agarrar al perro por el pescuezo. En la foto inferior vemos un alano provisto de uno de estos collares el cual le abarca toda la longitud del cuello. Además, las chapas donde se articulan los petos protegen al animal de golpes propinados con armas cortantes.

Pero además de estos collares, a los animales más selectos les proveían de una pechera denominada carlanca de lanceta que, como vemos en la ilustración de la derecha, estaban armadas con afiladas hojas o pinchos. Para protegerlos de las flechas y dardos envenenados de los indios les añadían un escaupil, castellanización del término ichcahuipilli, una prenda similar a los perpuntes al uso en Europa, la cual estaba fabricada con algodón y era la armadura habitual de los indios. Los escaupiles, endurecidos a base de baños en salmuera, era sumamente eficaces a la hora de detener los proyectiles enemigos, sobre todo los untados con curare. Obviamente, para los conquistadores estos animales tenían un valor enorme, y se esforzaban en protegerlos como fuese. La pérdida de uno de ellos no solo suponía un gran quebranto a las tropas, sino motivo de regocijo para los indios, que veían que aquellas temibles bestias eran vulnerables.

Una "montería" de indios. Esta aberrante acción fue
perpetrada en muchas ocasiones. 
Con el paso del tiempo los perros de guerra se utilizaron cada vez más, y no ya en batalla, sino como medio de represión contra los indios rebeldes o para someter a los caciques que no se prestaban de buen grado a colaborar con los conquistadores. En algunos casos se llegó incluso a alimentarlos por sistema con carne humana ante la indiferencia de los capitanes que mandaban las tropas, y hasta se llegaron a organizar cacerías humanas de indígenas para obtener carne con qué dar de comer a sus chuchos. A esto habría que añadir los aperreos con que se castigaba a los sediciosos o a los reos de sodomía o bestialismo, pecados nefandos que los españoles aborrecían. Un ejemplo de ello sería el aperreo al que Balboa sometió al hermano del cacique Cuareca, al cual encontraron con unos cuarenta homosexuales como él vestidos de mujer, costumbre esta que, al parecer, adoptaban los indios para dar a conocer sus apetencias sexuales al personal. Está de más decir que todos fueron despedazados ante la rechifla de Balboa y su gente. Así mismo, se recurría al aperreo como escarmiento en casos de rebelión, como hizo Pedro de Ursúa con los 1.200 esclavos negros que se amotinaron en Panamá en 1522 al mando de un tal Bayano. Tras sofocar la revuelta, el cabecilla fue enviado a España para ser juzgado mientras que muchos de los rebeldes, enviados de vuelta a Panamá y a Nombre de Dios, fueron aperreados en presencia de sus compinches para quitarles las ganas de volver a amotinarse sin permiso.

Un aperreo contra un cacique
Finalmente y debido a las protestas del clero ante el emperador Carlos, éste promulgó en octubre de 1541 una Real Cédula en la que no solo se prohibían los aperreos entre los indios, que al cabo eran tan vasallos suyos como un zamorano, sino que también se ponía término a la existencia en el virreinato del Perú de "perros carniceros", como eran denominados. Además, se ordenaba matar a los ejemplares adiestrados para la guerra, si bien dudo mucho que se llevase a cabo semejante orden con la prontitud y el rigor debido. En años sucesivos estas medidas se fueron extendiendo por todos los territorios de la corona, llevándose a cabo matanzas de estos animales que tan buen servicio habían prestado. Con todo, al fin y al cabo los perros solo eran culpables de hacer lo que les mandaban. Esto provocó que muchos de estos animales, quizás abandonados por sus dueños, se asilvestrasen, provocando grandes matanzas de ganado que causaban enormes pérdidas entre los colonos, llegándose en algunos cabildos a recompensar a los vecinos que lograran matar al menos dos perros al mes, para lo cual debían presentar como prueba sus orejas.

Al final, el término de la conquista propiamente dicha y la normalización de las relaciones entre los amerindios con los españoles supusieron el abandono definitivo de los perros de guerra en las Américas. Las razas autóctonas fueron desapareciendo debido al enorme consumo como alimento que de ellos se hizo, mientras que las importadas desde España se difundieron y mezclaron entre ellas con otros fines más pacíficos, como perros de guarda, de pastor o de simple compañía.

Bueno, es hora de merendar, así que sanseacabó.

Hale, he dicho

Almagro parte a descubrir tierra al sur del Perú en 1536. Al frente camina un adalid con dos enormes perros

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