domingo, 20 de enero de 2013

La legión romana: El reclutamiento






Si tomáramos un puñado de reclutas de los ejércitos modernos y los metiéramos en una máquina del tiempo hasta el siglo I, verían sorprendidos que la vida en los campamentos romanos no era muy diferente de la que se lleva a cabo en los actuales. De hecho, el ejército romano era el único en aquella época que tenía un sistema de reclutamiento, entrenamiento, castigos, recompensas, etc., totalmente equiparable de hecho con el de cualquier ejército moderno. Veamos qué le ocurría a un mozalbete que, deseoso de fama y gloria, mandaba a hacer gárgaras el terruño familiar o la perspectiva de verse de panadero de por vida y se enrolaba en una legión.

Ante de nada, una aclaración: a lo largo del tiempo, las condiciones de reclutamiento, las pagas o la duración del servicio fueron variando. Así pues, esta entrada hablará de forma un poco genérica, ya que éste no es el lugar para llevar a cabo un estudio profundo de un tema que se llevaría mogollón de entradas. Dicho ésto, vamos al grano...

Condiciones de reclutamiento

Ante todo, conviene aclarar que aunque en tiempos de la república el servicio de las armas solo era para los ciudadanos romanos, la necesidad de tropas obligó en muchas ocasiones a lo largo del tiempo a llevar a cabo reclutamientos en las provincias, y ya en tiempos de César se crearon unidades nutridas únicamente por galos o con personal procedente de todas partes del imperio: hispanos, asiáticos, africanos e incluso germanos.



Aclarado esto, decir que para entrar a formar parte del ejército había que tener como mínimo 17 ó 18 años. Aunque en tiempos de la república el servicio era voluntario, la necesidad de tropas a causa del cada vez mayor imperio a controlar hizo necesarias las delectus o levas, llevadas a cabo mediante sorteo. Con todo, siempre eran preferidos los voluntarios por razones obvias y, además, procedentes de ambientes rurales ya que los naturales de grandes poblaciones eran más proclives a la deserción y los disturbios debido a la añoranza de la vida urbana y por las incomodidades derivadas de la vida militar. En todo caso, dependiendo de la época, cualquiera que tuviera entre 17 y 46 años podía enrolarse por un período mínimo que en tiempos de la república era de seis años y que ya con Augusto se alargó hasta los 20. Al término de éste período, el legionario tenía dos opciones: o se reenganchaba o se licenciaba con una paga de 3.000 denarios o una porción de tierra para crear una granja o una explotación agrícola. Esto supuso la fundación de muchas poblaciones ya que los legionarios licenciados, que por fuerza debían permanecer solteros durante el servicio, se instalaban con su compañera e hijos habidos durante su vida militar en lugares cercanos a los campamentos, dando así lugar a colonias que, con el tiempo acababan siendo ciudades (León sería un ejemplo).

Por otro lado, se miraban mucho las condiciones físicas de los reclutas. Se prefería especialmente a los hombres fibrosos y delgados, considerados como más aptos para soportar las duras condiciones de la milicia. La estatura ideal era de 6 pies romanos (177 cm.), lo que indica que la estatura media de aquella época no tenía nada que envidiar a la actual. Aunque se tiene constancia por hallazgos en enterramientos de hombres más bajos, de alrededor de 1,65, el legionario normal era un hombre que no era precisamente un alfeñique. A los más altos los destinaban a las cohortes más selectas, e incluso hubo legiones en la que todos sus componentes tenían al menos esa estatura mínima ideal. 

Los candidatos eran reconocidos por médicos para corroborar su buen estado físico, y eran rápidamente desechados los conocidos como ladrones y los inmorales. Tras ser finalmente aceptados, los reclutas eran enviados a un campamento donde eran puestos en manos de instructores a fin de convertirlos en soldados capacitados. Y no era una experiencia ciertamente agradable...

El entrenamiento militar

Cuando los reclutas llegaban al campamento, talmente como solemos ver en las pelis de marines USA, el recibimiento era glorioso. Un veterano centurión lleno de costurones y cicatrices y con muy mala leche se hacía cargo de los novatos, imponiendo una disciplina absolutamente férrea y haciendo ver al personal que alistarse no implicaba ganar fama y gloria, sino estacazos, latigazos y castigos variados. 



Los centuriones o pilus (a los que ya dedicaré una entrada para ellos solitos) eran la base del ejército romano y, además, unos sujetos sumamente desagradables y tiránicos. Salidos de la tropa y ascendidos exclusivamente por méritos y antigüedad, eran hombres hechos en las batallas, duros y correosos como una suela de caligae, dados a aceptar sobornos y demás corruptelas y, por encima de todo, con una mala uva fastuosa. Provistos de una retorcida porra fabricada con una vara de parra, no dudaban en probar su resistencia en los lomos y cráneos de los sufridos reclutas cuando éstos no obedecían con la rapidez del rayo, y el pánico que inspiraban a los neófitos era más que suficiente para, en los cuatro meses que duraba el infierno, convertir a pacíficos granjeros en aguerridos legionarios y a trocar a los libertinos y listillos urbanitas en obedientes soldados.



Durante el entrenamiento, dos veces al día debían practicar con las armas. Para ello, les daban una espada de madera y un escudo más pesados que los de verdad, y debían pasar horas golpeando un poste para aprender los rudimentos de la esgrima. Debían lanzar sus pila, aprender a maniobrar en el campo, adoptando de forma fulminante las órdenes de las distintas formaciones: en círculo, en cuña, formar testuda, etc. Y todo ello bajo los gritos del pilus y sus ayudantes, de forma que, cuando caía la noche y podían retirarse a sus contubernia, caían como muertos en sus piltras. 


Otra fase del entrenamiento eran las marchas, en las que debían recorrer cargados con toda la impedimenta (unos 30 kilos solo el armamento) una distancia de 20 millas (unos 29 km.) en cinco horas a paso normal, o bien 35 km. en el mismo tiempo a marchas forzadas. La capacidad andarina de los legionarios llegó a ser proverbial, sorprendiendo a menudo a enemigos que los suponían más lejos. De hecho, hubo ocasiones en que fueron capaces de cubrir distancias de 75 km. en una sola etapa. Sí, setenta y cinco kilómetros de una tacada y cargados como mulas. Acojona, ¿eh? Estas agotadoras marchas se realizaban tres veces al mes, por lo que al cabo de su instrucción el recluta había caminado como para ir andando desde Sevilla a Madrid. Y aparte de lo dicho, debían practicar con el arco, el puñal y, en definitiva, tener dominio con todo tipo de armas, así como de pugilato y, por supuesto, saber nadar, para lo cual debían zambullirse en los ríos y hacer gala de su destreza acuática.



Transcurridos los cuatro meses de entrenamiento, el recluta ya pasaba a ser legionario, y era enviado a una legión en la que, salvo que fuese disuelta, se pasaría toda su vida militar cobrando una paga o stipendium que, durante todo el siglo I d.C, ascendía a 225 denarios anuales cobrados cada cuatro meses. De la paga se detraía una cantidad de 110 denarios que iban a parar a una caja comunal de cada legión y que estaba destinada a equipo, manutención y demás gastos entre los que se incluían los del entierro. El dinero extra que les venía era procedente de premios por el buen resultado de una batalla o cuando un emperador llegaba al poder, costumbre que se generalizó para ganarse la fidelidad de las tropas.



Una vez alistado en una legión, al personal se le destinaba a diferentes servicios en función de sus aptitudes, incluyendo las administrativas ya que estas unidades tenían una compleja burocracia, como en un ejército actual, llevando contabilidades, estadillos, inventarios y la larga lista de obligaciones de tipo administrativo propias de un ejército complejo como el romano. Y a partir de ahí, si el legionario tenía ambición y capacidad, podría medrar en su legión a base de ascensos. A lo máximo que podía aspirar un legionario era al grado de primus pilus, la primera lanza, que era el centurión al mando de la primera cohorte (la más importante y la que contaba con más efectivos), y que, de facto, se podía decir que era el verdadero jefe de la unidad solo por debajo del praefectus castrorum ya que los legados y prefectos eran rangos otorgados por el senado para llevar a cabo una determinada acción, y los tribunos militares eran jóvenes procedentes de la aristocracia que debían pasar por un período de estancia en el ejército como inicio de su carrera política. 

La disciplina


Como ya se ha dicho, la disciplina era férrea. Los castigos estaban a la orden del día, siendo el más leve de ellos llevarse un estacazo en la espalda por parte del centurión. La falta más grave de todas, castigada con la muerte, era poner en algún momento en peligro la vida de sus compañeros, bien durmiéndose durante la guardia o llevando a cabo cualquier omisión en su deber que pudiera hacer peligrar la vida de los demás. Ante un caso así, la sentencia era inapelable: fustuarium, lo que quiere decir que el infractor era muerto a palos por sus mismos camaradas.

Había más castigos y, lógicamente, también recompensas, pero esos sólo eran aplicables a legionarios y no a reclutas, así que ya se mencionarán en otra entrada.

En fin, ésta era la vida del recluta hasta que pasaba a formar parte de una legión. Los romanos tenían muy acendrado el espíritu de cuerpo, y para ellos suponía un orgullo pertenecer a una legión afamada, por la cual darían la vida sin rechistar. Su sentido de la camaradería y del apoyo a los compañeros era perfectamente comparable a las actuales unidades de cualquier ejército, y una vez licenciados, eso de haber pertenecido a tal legión les insuflaba un aire de superioridad moral como hoy día pasa con los que lucen tatuajes de la Legión o de cualquier otra unidad  de élite. En definitiva, como se ha visto, no han cambiado mucho las cosas en 20 siglos.

Bueno, ya seguiremos.

Hale, he dicho...



14 comentarios:

Déjame que te cuente dijo...

Bueno, al menos hoy en día te echan y no te matan a palos...

Amo del castillo dijo...

A palos había que matar a más de uno y más de una, Pilarita...

Marqués de las Doce y Media dijo...

Buena entrada, como de costumbre.
Me gustaría preguntar acerca de quién llevab el entrenamiento de velites, rorarii y accensi en tiempos de la República, así como quién los dirigía en el combate. Siempre he pensado que este tipo de infantería ligera eran pobres diablos que ni siquiera poseían la ciudadanía romana, y de hecho, probablemente los suministraran los aliados itálicos y las zonas rurales e incluso urbanas cercanas a Roma, pero me gustaría conocer su opinión.

Trancos dijo...

Siguen teniendo lecciones que darnos, los jodios, despues de 2000 años. Nos creemos unos pioneros en todo lo que tenemos y hacemos, sin darnos cuenta de que esta todo inventao. Si se cargaban a palos al que se dormia en su imaginaria, razon tendrian para hacerlo. Que no se haga ahora acarreara disgustos a la hora de la verdad cuando toque pasar de la teoria a la practica.

Amo del castillo dijo...

Ciertamente, Sr. Marqués, ese tipo de tropas eran las menos valiosas del ejército. Pero considerando la época en que estuvieron operativos, cuando servir en el ejército era obligado para todos los ciudadanos, es evidente que se trataba de aquellos suyos medios económicos eran ínfimos tanto en cuanto en aquella época cada legionario debía pagar de su bolsillo el armamento.

Por otro lado, la instrucción de estas tropas estaría encomendada a los mismos que adiestraban a los legionarios normales. Igualmente, sus mandos serían centuriones. Recordemos que éste grado era el mismo para todas las tropas, pero su rango dentro del cargo era diferente según las tropas que mandasen. Así pues, no tenía la misma categoría un centurión que mandaba la primera cohorte que la décima. Los ascensos consistían precisamente en ir progresando de cohorte, siendo el culmen mandar la primera.

Un saludo y gracias por su comentario

Amo del castillo dijo...

Así es, Sr. Trancos, todo está ya inventado. Y matar a palos al que se dormía de guardia suponía poner sobre aviso al resto, porque la vida de 6.000 hombres estaba en juego si se encontraban en territorio hostil. En mis tiempos el castigo era de un mes de calabozo. La disciplina se ha relajado, jeje...

Un saludo y gracias por el comentario

Axil dijo...

Maese Amo del Castillo, permítame recomendarle, si por un casual no ha pasado ya por sus manos, una divertida y ligera lectura:

http://www.casadellibro.com/libro-legionario-el-manual-del-soldado-romano/9788446032168/1799506


Conscribe te militem in legionibus, pervagare orben terrarum, inveni terras externas, cognosce miros peregrinos, eviscera eos

(Enrólate en las legiones, viaja a lugares lejanos, conoce gente exótica e interesante y descuartízala)

Amo del castillo dijo...

Suena bastante bien, Sr. Axil, especialmente lo de las evisceraciones. Tomo nota del manual en cuestión.

Agradecido le quedo por su aportación. Un saludo

Jose dijo...

Muy interesante el tema de las legiones. El problema de hablar de ellas es de la gran cantidad de cambios que hubo durante la historia de Roma como civilización, que abarca, si contamos con el Imperio de Oriente, cerca de 23 siglos, es decir, su civilización duró más tiempo que el que llevamos nosotros contando la venida del mesias, con lo cual nos podemos hacer una idea de la diferencia de los primeros ejercitos consulares que se pegaban contra los etruscos en el Lacio, y de los que tomaron sus tácticas, sus cuadros, su armamento etc, pasando por los ejército de comitatenses y mercenarios con catafractas y demás que comandaría Belisario y Narcés en el siglo VI con Justiniano, hasta la caída de la ciudad (Constantinopla), ya metidos casi en el renacimiento, asaltada por los jenízaros de Mehmet. Se suele hablar entonces de las legiones "clásicas" de la república o del Principado. Las legiones de manípulos y centurias, y las de cohortes. Es un tema, que como muy bien dice el Amo del Castillo, daría para muchísimas entradas. Sin embargo quiero hacer una pequeña contribución, desde mi desconocimiento de los temas bélicos, de los que el autor de blog como siempre, anda sobrado.

La historia de Roma es inseparable de las legiones. Si bién el genio romano se demostró en muchas disciplinas, ninguna se hubiera desarrollado tanto sin haber podido contar con el entonces mejor ejército del mundo conocido (y me aventuro a que del desconocido también). La civilización romana no se entendería sin el ejercito. Era tal su importancia capital, que muchas de sus atribuciones pasaron a formar parte de la civitas, del pomerium. Por ejemplo, en época de la república, el órgano más importante de decisión política se llamaba Comicio Centuriado. Y esto es así porque en dicho comicio originariamente se reunian los ciudadanos para las cuestiones militares. No en vano, cuando sus atribuciones pasaron a ser políticas, siempre se reunieron en el Campo de Marte, indicando su origen castrense. Siguiendo con este comicio, su función era la de votar las leyes presentadas ante él por el Cónsul de ese año, o para elegir magistrados, o para ejercer las atribuciones jurisdiccionales del Pretor como la provocatio ad populum, por el que se conmutaba la pena capital por el exilio. Era lo más parecido al poder legislativo de la época. Para poder participar de esas votaciones era imprescindible tener el ius sufragii, y por lo tano ser ciudadano romano, y estar censado. El censo era muy importante, porque a través de él se reclutaba a los futuros soldados, y se cobraban los impuestos. Este censo, en la època de pureza republicana, estaba dividido en 193 centurias, separadas por criterio timocrático, y se reservaban 5 inermes, es decir, sin armas. Dos de pontoneros, dos de músicos y una de portadores de bajage. Y hablando de un censo que ya era ciudadano, aquí se ve el vestigio de su origen militar.

Ni que decir tiene que en la misma época, para iniciar el cursus honorum, además de que tu familia estuviera forrada, fueras ciudadano romano y contaras con al menos 27 años, era necesario haber servido como mínimo 10 años en las legiones.

Me ha hecho grácia el comentario de las mulas que has hecho, puesto que efectivamente, a raíz de una reforma del ejército hecha por Cayo Mario en el 107 a.C, por el cual principalmente las centurias pasan a ser cohortes, y se cambía la base del reclutamiento desde los ciudadanos con poder adquisitivo y tierras para poder pagase la panoplia, a reclutar de forma masiva a la plebe, al capitae censi, pagando entonces el erario público el armamento, se adoptan tambien cambios logísticos. Y es que antes el bagaje se llevaba en carros con acémilas que retrasaban mucho la marcha. Desde entonces el legionario sería obligado a llevar su equipo a las espaldas, y para no desfallecer en el intento fueron objeto de un entrenamiento exhaustivo. Debido a estas palizas, las legiones de Mario se llamaron ya en aquella época "las mulas de Mario".

Jose dijo...


Igualmente, cuando se fundaba una colonia romana en tierras consquistadas, el criterio urbanizador, era el de presentarse una comisión del Senado para elegir sitio, y a continuación marcar el Cardo y el Decumano, al igual que se hacía en el campamento legionario. A partir de ahí se parcelaba el terreno y se procedía a repatir en lotes más o menos iguales a los colonos.

Incluso algún campamento romano dió origen luego a un asentamiento permamente, como es el caso de la ciduad de León, que no se llama así por tener que ver nada con ningún León, aunque su bandera lo contemple, sino porque es la contracción de Legión, pues de todos es sabido que durante siglos, allí estuvo acantonada la Legio VII Gémina Pía Félix, con muchos solados reclutados en los alrededores y que incluso algunos pasaron a la história de una manera o de otra en las tradiciones y religión de la zona, como San Marcelo y Santa Nonia, santos de advocación en León, el uno soldado Romano y la otra su mujer, que tuvieron dos hijos, San Facundo y San Primitivo, que darían nombre a la no menos ilustre villa de Sahagún.

Y así podríamos esar durante días enteros. Fué el ejercito romano un especial e importante elemento civilizador en las zonas donde se acantonaba, contribuyendo a la romanización de una forma muy intensa.

Como podemos ver, el ejercito romano fue columna vertebral de su civilización, y de su tiempo. Sin él no se podría entender ni su cultura, ni menos aún la nuestra. Para concluir, a mi juicio, solo hubo cosa más importante para los romanos que su ejercito, y a su vez constituye su mayor legado hacia nosotros, sus herederos, y es su Derecho.

Un saludo.

derkxl dijo...

muchas gracias camarada
saludos

Amo del castillo dijo...

Abrumado me deja vuecé, Sr. Jose, por su interesante y pormenorizada exposición.

Un saludo

Jose Miguel dijo...

Me ha encantado la entrada, como siempre. La última foto es apoteósica XD

Amo del castillo dijo...

Lo celebro Sr. José Miguel. La foto de cierre la encontré de casualidad y me vino de perlas a fin de simbolizar que el ejército romano y los actuales tienen pocas diferencias a lo tocante en parafernalia y forma de vida.

Un saludo y gracias por el comentario