domingo, 19 de enero de 2014

Asesinatos 11. El duque de Guisa



Enrique I, duque de Guisa
Uno de los vicios de las grandes casas nobiliarias en Europa ha sido la ambición desmedida. Cualquier aficionado a la historia habrá leído qué se yo la de veces que tal noble quiso ser rey o que suplantó la voluntad del rey. Y como en muchos casos esos nobles tenían más dinero y más poder que la misma corona, pues lógico es que aspirasen a trocar de sus testas la corona ducal, marquesal o condal por la real, más pesada pero, a la par, más gratificante, y cambiar el manto de terciopelo por el de armiño.

Uno de tantos casos sería el que nos ocupa hoy que, por cierto, viene al hilo de la entrada anterior de esta serie de Asesinatos y que estuvo dedicada a la cruenta muerte del almiranteGoligny. Hablamos de Henry I de Lorraine o, si lo preferimos en español, Enrique I de Lorena, III duque de Guisa, príncipe de Joinville y conde de Eu, llamado Le Balafré (el Acuchillado) pero no por haber recibido en su aristocrática jeta un tajo de espada, sino un pistoletazo endilgado por un reitre al servicio de los protestantes durante la batalla de Dormans en octubre de 1575, cuando nuestro hombre apenas contaba con 24 años.  


Guisa es herido en la batalla de Dormans
Guisa era el típico aristócrata de su época: valeroso, bien dotado para la milicia, apuesto y, sobre todo, un intrigante de tomo y lomo. Como correspondía a su linaje, era un miembro aventajado de la corte, en la que hasta mantuvo un idilio con la princesa Margarita, que luego fue casada por su madre, la taimada Catalina de Médicis, con Enrique de Navarra para intentar acabar con las guerras de religión que estaban asolando Francia. Pero Guisa, además de todo lo dicho, era un fanático católico que odiaba a muerte a los herejes y, especialmente, a Enrique, que además de ser un devoto calvinista le había pisado a su amante y, con ello, sus posibles aspiraciones al trono.



Enrique III, el último Valois
Tras la muerte de Carlos IX sin herederos, su hermano Enrique, duque de Orleans y de Anjou, ascendió al trono. Pero el nuevo monarca no tenía aún heredero varón por lo que, sin imaginarlo siquiera, el Borbón de Navarra era de momento el segundo en la línea sucesoria tras el hermano menor del rey, Francisco, duque de Alençon. Las malas lenguas aseguraban que Anjou era afeminado, otros que un sodomita redomado y otros, en fin, que era estéril, impotente, etc., y que incluso tuvo numerosos amantes. En realidad, bien pudo ser un bisexual ya que también se sabe de varias amantes femeninas, pero la cosa es que, en aquel momento, aún no había engendrado un solo retoño. Pero aparte de sus cuitas sexuales, Enrique deseaba ante todo acabar de una vez con la sangría de los conflictos religiosos, por lo que aceptó firmar el edicto de Beaulieu con los protestantes haciéndoles una serie de concesiones. La respuesta de Guisa fue crear la Santa Liga Católica para poner freno por enésima vez a la expansión del calvinismo en Francia y, de paso, se alió con Felipe II de España para tener un formidable aliado en favor suyo.



El Día de las Barricadas
En definitiva, así fueron las cosas hasta que el 12 de mayo de 1588 el pueblo de París, un poco harto de la debilidad y las concesiones a los protestantes por parte del rey, se amotinó en lo que llamó el Día de las Barricadas, obligando a Enrique III a salir a toda velocidad hacia Chartres para no ser víctima de las iras de la plebe, tras la que muchos veían la larga mano de Guisa. El motín supuso a Enrique comprometerse a no dar jamás tregua ni descanso a la lucha contra el protestantismo. La humillación sufrida por el monarca, así como los fundados temores a que se hiciera con el poder gracias a la ayuda de España y de gran parte de la nobleza católica, motivaron la sentencia de muerte de Guisa.



El 18 de diciembre de 1588, el rey convocó a sus hombres de mayor confianza: el mariscal d' Aumont , Nicholas d' Angennes , señor de Rambouillet, y el señor de Beauvais Nangis. Sin dudarlo les consultó qué se debía hacer con Guisa, a lo que le respondieron que les diera un día para meditarlo. No hubo unanimidad en como acabar con el duque, ya que el rey deseaba un método radical y expeditivo mientras que alguno de sus confidentes sugería que debía ser juzgado y, si procedía, ejecutarlo. Pero Enrique estaba ya tan decidido a finiquitarlo por la vía rápida que hasta había encargado doce puñales a un armero parisino, así que optó por hacer el encargo a un tal Loignac, un oficial de su guardia totalmente carente de escrúpulos y deseoso de hacer méritos. Loignac aceptó sin dudarlo ni un instante, y aseguró al monarca que cumpliría el encargo con la ayuda de "Los Cuarenta y Cinco", un grupo de guardias reclutados por Jean Louis de Nogaret, duque de Épernon, entre la baja nobleza gascona como guardias de la persona del rey.



Charlotte, baronesa de Sauve
La noche del 22 de diciembre, al sentarse a la cena, Guisa encontró bajo su servilleta una nota de aviso en la que se leía "El rey desea mataros". Pero el duque no se dejaba acojonar así como así y, pidiendo recado de escribir, puso en el reverso de la nota "No se atraverá", tras lo cual arrojó el papel sobre la mesa. Después de cenar se encamó con su amante la baronesa de Sauve, una de las muchas espías que la reina madre, Catalina de Médicis, tenía en la corte. Así, llegamos al día D, el 23 de diciembre.

A las cuatro de la mañana, el rey Enrique recibió a los nueve guardias seleccionados para llevar a cabo el asesinato y distribuyó entre ellos las dagas que había encargado tras lo cual se retiró a la sala del consejo. Guisa, que había sido convocado por el rey en el gabinete regio contiguo a la sala, se detuvo un instante ante las dependencias de la reina madre para presentarle sus respetos, pero ésta no quiso recibirle alegando encontrarse indispuesta. Prosiguió hacia el gabinete real, ante cuya puerta estaba Revol, el secretario del rey, lo que extrañó a Guisa.

-¿Qué ocurre, Revol?- preguntó Guisa, extrañado de ver allí al secretario en vez de en el gabinete-. ¿Qué os pasa? Estáis muy pálido. Frotaos las mejillas, frotaos las mejillas.
- Nada malo, monseñor- respondió-, es solo que el señor de Nambu no me permitió la entrada por orden expresa del rey.



Guisa es apuñalado
Al acceder al gabinete se encontró con Loignac y los demás guardias, los cuales se inclinaron respetuosos. Guisa avanzó hasta el tapiz que cubría la discreta puerta que daba acceso al salón del consejo y, al ir a levantarlo, sus asesinos se abalanzaron contra él y le asestaron cinco puñaladas en el pecho y el cuello.

-¡Dios, ten misericordia!- exclamó mientras intentaba desenvainar la espada.



Pero el arma se le había enredado en la capa y, además, sus matadores lo intentaban inmovilizar agarrándolo por los brazos y las piernas. Escupiendo los borbotones de sangre que le subían desde la garganta, su notable fuerza física le permitió ir de un lado a otro de la habitación mientras los asesinos seguían agarrándolo hasta que, finalmente, la intensa hemorragia lo dejó sin fuerzas y cayó al suelo ante la cama del monarca. Enrique entró en su gabinete y contempló a su enemigo tras preguntar "si ya estaba hecho". Cuando lo vio tumbado en el suelo exclamó:

-¡Dios mío, qué alto es! Parece más alto que cuando estaba vivo.

Tras consumarse el asesinato, el rey se reunió con sus ministros en la sala del consejo y les dijo:

-Yo soy el único rey- dejando claro al personal que la influencia y el poder de Guisa habían terminado para siempre.

Tras el consejo fue a visitar a su madre, que estaba enferma de gota.

-¿Cómo os sentís?- preguntó a la reina madre.
-Mejor- respondió ella.
-Yo también me siento mucho mejor, esta mañana me he convertido de nuevo en el rey de Francia,  y el rey de París está muerto- añadió Enrique III en clara alusión al Día de las Barricadas.



Enrique de Borbón
Así acabó el poderoso duque de Guisa, cosido a puñaladas en un dormitorio. Ni siquiera tuvo unas exequias dignas de su rango ya que, al día siguiente, su cadáver fue incinerado y sus cenizas arrojadas al Sena, como si fuera el más vil de los criminales. Sin embargo, la sombra de Guisa persiguió a su asesino: Enrique III fue apuñalado por un dominico miembro de la Liga Católica apenas ocho meses después de la muerte del duque. Eso permitió que Enrique de Borbón, contra cuyo ascenso al poder tanto había luchado Guisa, fuera rey de Francia.

Está visto que nada sale como uno quiere, ¿verdad? Bueno, me piro que es hora de cenar.



Hale, he dicho...



¿Ya está hecho?