martes, 20 de mayo de 2014

La panoplia del guerrero hispánico. El soliferrum



Si hay un arma que junto a la falcata es representativa del guerrero ibérico, esta es sin duda el soliferrum o, mejor dicho, soliferreum si nos atenemos a la denominación que esta peculiar jabalina recibe en las fuentes clásicas. Por citar algunas, tenemos la referencia que hace Tito Livio de la campaña llevada a cabo por Catón contra los ilergetes en 195 a.C. : VT EMISSIS SOLIFERREIS FALARICISQVE GLADIOS STRINXERVNT, o la definición que hace Sexto Pompeyo Festo del mismo: SOLLIFERRVM, GENUS TELI, TOTVS FERREVM [...]QVIA SOLLVM OSCE TOTVM ET SOLIDVM SIGNIFICAT. A estas podemos añadir la proporcionada por Diodoro Sículo el cual, al escribir en griego, lo denominó de la misma forma pero en la lengua helénica como saunion olosideros (saunion olosideros).

Zona de difusión del soliferreum en
la Península Ibérica
Acerca de su origen hay teorías diversas, como es habitual en el momento en que historiadores y arqueólogos tratan de dar una respuesta a estos temas, que a veces parece que basta que un "querido colega" diga blanco para que otro diga negro inmediatamente. Pero la teoría más sólida es que estas armas tuvieron su origen hacia el siglo VI a.C. allende los Pirineos, concretamente en la Aquitania y el Languedoc. Prácticamente al mismo tiempo de su creación fue descendiendo por el levante peninsular hasta llegar a la Andalucía, donde fue un arma especialmente popular entre los siglos IV y II a.C y siendo operativo incluso décadas después según algunas fuentes, las cuales lo citan en fechas tan tardías como el 38 a.C.. La certidumbre de esta teoría acerca de su origen se basa en algo bastante simple: los soliferrea hallados en los ajuares de tumbas del sur de Francia han sido datados como anteriores a los que han aparecido en las tumbas hispanas, así que no hay mucho que discutir ante esto. Por otro lado, parece ser que a medida que el soliferreum fue descendiendo hacia la Península fue desapareciendo de la Galia, donde fue sustituido por un jabalina denominada GÆSVM por los romanos.

Soliferreum procedente de un ajuar funerario
hallado en el conjunto arqueológico
de Tózar-Moclín, Granada
Bueno, no he dicho que la principal característica del soliferreum era que estaba enteramente fabricado en una sola pieza de hierro forjado. Mea culpa por darlo por sentado. Aclarado esto, tenemos que los ejemplares hallados en la Península oscilan entre los 188 y 203 cm. de longitud, teniendo una media de 192 cm. Su peso, difícil de concretar casi siempre por haber perdido mucha masa debido a la corrosión, se ha establecido entre los 600 y los 800 gramos. Por último, la sección del asta oscila entre los 15 y 2o mm. de grosor, siendo dicha sección bastante irregular ya que, por su método de fabricación, era complicado y caro darles un acabado perfectamente uniforme. De ese modo, hay partes del asta con sección cuadrangular mientras otras son redondas o incluso poliédricas.

Su morfología denota que se trata de un arma arrojadiza con una capacidad de penetración muy elevada. Al igual que el PILVM romano, el soliferreum armaba una punta muy pequeña, generalmente triangular o en forma de hoja de laurel, la cual podría perforar sin problemas el escudo de un enemigo y, de paso, herir o matar al que lo sujetaba. Al estar fabricado enteramente de hierro, era imposible cortar el asta del arma, dificultando aún más la extracción de la misma. Veamos las tipologías de las puntas que se han hallado en la Península.


De izquierda a derecha tenemos en primer lugar una punta cónica, obtenida simplemente mediante el afilado del asta. Esta tipología podría ser excluida ya que no hay certeza de que fuera habitual pero, en todo caso, no está de más tenerla en cuenta a pesar de ser extremadamente rara. Las dos siguientes, triangular y lanceolada, son muy frecuentes en la Meseta, donde al parecer tuvieron bastante difusión. Son unas tipologías básicas, adecuadas para la fabricación en masa. La barbada que aparece a continuación, más elaborada, es en sí la más habitual en la Península de forma generalizada, siendo concretamente el sureste del territorio la zona donde han aparecido más ejemplares. Las tres restantes, una en forma de pirámide cuadrangular, otra sin nervadura y una última provista de barbas son más escasas, estando presentes en la zona de Murcia y, solo la barbada, en el yacimiento de Almedinilla (Córdoba). Como vemos, independientemente de su morfología, todas están ideadas para penetrar profundamente. Un soliferreum lanzado por un guerrero ibero habituado desde crío a su uso debía ser capaz de pasar de lado a lado a cualquier enemigo y, considerando que estas puntas estarían bien afiladas, los daños internos debían ser letales de necesidad al interesar vasos sanguíneos y órganos.

Otra peculiaridad de estas armas radica en sus empuñaduras. Como podemos imaginar, no debía ser ni cómodo ni fácil arrojar un hierro de menos de 2 cm. de grosor. Así pues, para mejorar el agarre el asta iba engrosada por la parte central, de forma que llenara la mano del lanzador. Hay incluso una teoría que, no sin razón, afirma que quizás estarían además forradas de cuero o encordadas para hacerlas menos resbaladizas debido a la sangre o el sudor. Veamos las más representativas:


De izquierda a derecha tenemos en primer lugar la tipología más habitual en la Península, basada en un simple ahusamiento sin más. El resto, menos habituales -entre uno y tres ejemplares hallados con la misma morfología- denotan que esta parte del arma, muy austera de por sí, era donde los herreros intentaban darle un toque de personalidad o de distinción, elaborando formas más complejas como las que se exponen. En cuanto al extremo opuesto del asta, eran de menos diámetro que el resto a fin de emular un regatón si bien, en el caso de los soliferrea, eran menos aguzados que en las lanzas.

Por otro lado, y a pesar de que en el imaginario popular e incluso de algún que otro "experto" se suele representar al guerrero hispánico portando dos o tres soliferrea, es más que evidente que solo usaban uno. Esta afirmación se basa en algo tan simple como que en los ajuares funerarios jamás ha aparecido más de un ejemplar por tumba. Es obvio que si solo se encuentra una falcata, un puñal y una o dos moharras de lanza, si usaran más de un soliferreum también estaría presente en el ajuar del difunto. Sin embargo, si solo hay uno es porque solo hacían uso de uno. Esto tiene además su lógica de cara a un hipotético combate: el guerrero lanza el soliferreum poco antes de llegar al contacto para, a continuación, hacer uso de una lanza de empuje de más longitud, más pesada y con una hoja mucho más grande que, caso de perderla o dejar de ser útil, dará paso a la falcata o el puñal. 

En fin, no me enrollo más. Me largo a nolotilizarme, que el jodido hombro me está matando el muy...

Hale, he dicho...