martes, 8 de noviembre de 2016

Curiosidades: el primer barco hundido por un submarino




Apostaría una caja de deleitosas yemas de San Leandro más una dosis de insulina para el que sea capaz de devorarla de una tacada, a que si le preguntan a un cuñado de esos que tienen el salón lleno de colecciones de temas bélicos a base de fascículos adquiridos con santa paciencia durante décadas cuál fue el primer barco de la historia hundido por un submarino, responderían lo mismo: el Lusitania. A continuación elevarían los ojos al cielo presas de un glorioso éxtasis místico para proceder a rematarnos añadiendo con voz meliflua que lo hundió el U-20 el 7 de mayo de 1915, tras lo cual se esponjaría de gusto en su butaca con la vana pretensión de habernos hundido en la miseria. Pues va a ser que nones, odioso brother-in-law de los cojones, porque no fue el Lusitania ni tampoco durante la Gran Guerra, sino nada menos que 51 años antes. Obviamente, al cuñado se le desencajaría su abominable jeta, en su rostro lívido se dibujaría una mueca de agonía indescriptible como muestra palmaria de su asombro e incredulidad y entonces, mientras jadea a punto de sufrir un colapso por la derrota, le contamos la cruda verdad a la par que se le va deshaciendo el cerebro hasta quedar reducido a una pulpa con aspecto de comida para gatos.

La víctima, la corbeta de 12 cañones USS Housatonic.
Bastaron cinco minutos para pasar a la historia como el
primer buque hundido por un submarino 
El primer barco de la historia hundido por un submarino fue el USS Housatonic durante la noche del 17 de febrero de 1864, en el contexto de la Guerra de Secesión. El verdugo fue el submarino confederado CSS H.L. Hunley, que le adosó un torpedo Singer y lo mandó al fondo de la bahía de Charleston, en Carolina del Sur, donde la armada yankee había establecido un riguroso bloqueo naval. Y no pongan cara de extrañeza ni mencionen los ingenios de los españoles Monturiol y Peral ya que, aunque eran mucho más avanzados tecnológicamente que el confederado, la habitual incuria hispánica para con sus genios los relegaría al olvido mientras que otros sacaban jugo a la idea. Pero no nos liemos y vayamos con orden porque, de lo contrario, no nos enteraremos de nada. Empecemos por los

ANTECEDENTES

El USS Alligator. Tenía 14 metros de eslora y una
tripulación de 12 hombres. Ni arenques en un tonel, vaya...
La guerra submarina no era cosa nueva cuando estalló la Guerra de Secesión. Desde hacía muchos años se venía experimentando como hacer la puñeta al enemigo de forma silenciosa e invisible si bien, como es lógico, la tecnología de la época tampoco daba para muchas virguerías. Pero como es bien cierto que la necesidad agudiza el ingenio hasta límites insospechados, en este conflicto se dieron una serie de circunstancias que aceleraron de forma notable el desarrollo de este tipo de armas. Dichas circunstancias no eran otra cosa que los bloqueos navales que ambos bandos se imponían a lo largo de la costa atlántica, especialmente por parte de los estados del norte que, mucho más desarrollados a nivel industrial, disponían de una flota más numerosa y eficaz. De hecho, incluso habían construido un submarino, el USS Alligator, propulsado por remos (¡!), para posteriormente, en 1863, sustituir tan pintoresco sistema por una hélice accionada mediante una manivela. No obstante, el Alligator no tuvo tiempo de mostrar sus cualidades ya que se fue a pique el 2 de abril de aquel mismo año.

Vista de perfil del CSS David con el torpedo Lee. Debajo aparece en
posición de ataque, casi sumergido. De hecho, el casco ni siquiera
estaba totalmente cerrado por la parte central, donde se encontraba el timón
Pero los que tenían verdadera necesidad de librarse del férreo bloqueo naval eran los estados del sur, que se veían con las comunicaciones con Europa totalmente cortadas y, por ende, con la imposibilidad de importar suministros para el esfuerzo de guerra. De ahí que el gobierno de la confederación ofreciera una suntuaria recompensa de 100.000 dólares para todo aquel capaz de fabricar un barco capaz de hundir al USS New Ironsides, un ironclad que los traía por la calle de la amargura a causa del bloqueo. Para ello, varios hombres de negocios de Charleston fundaron la Southern Torpedo Company, la cual dio lugar a la construcción del David, un navío que, en pureza, no era un submarino ya que no podía navegar totalmente sumergido. El David era propulsado por un pequeño motor de vapor que, obviamente, precisaba de una chimenea para evacuar el humo de la caldera, por lo que esta asomaba por la superficie, delatando su presencia. Iba armado por un torpedo de pértiga Lee (de estos chismes ya hablaremos otro día), el cual podemos ver en el grabado superior. Pero el David no tuvo la misma suerte que su homónimo bíblico ya que fracasó en su intento por acabar con el New Ironsides durante el ataque que llevó a cabo el 5 de octubre de 1863.

Representación un tanto idealizada del Pioneer
En fin, los confederados siguieron diseñando navíos de este tipo si bien todos adolecían el mismo problema, y es que no se podían sumergir. Sin embargo, no solo se había acometido la empresa de fabricar submarinos en Charleston. En 1861, un grupo formado por Horace Hunley, James McClintock y Baxter Watson se unieron en Nueva Orleans para diseñar y poner en funcionamiento otro tipo de navío, este con capacidad para sumergirse completamente. El resultado fue el artefacto que vemos en el grabado superior al cual bautizaron como Pioneer, una nave con forma de puro de hierro de unos 10 metros de largo y apenas 1,2 metros por su parte más ancha. Iba tripulado por dos hombres, uno de los cuales era el que tendría que echar los bofes dándole vueltas a la manivela que hacía girar la hélice mientras el otro gobernaba el barco. El aire era renovado por un simple tubo que permanecía unido a un flotador en la superficie, y el lastre sería regulado mediante bombas manuales.

Foto de la Park & Lions de tiempos de la guerra civil
Pero Nueva Orleans cayó en manos de los yankees, así que los afanosos diseñadores tuvieron que largarse a toda mecha de allí para instalarse en la fábrica de Park & Lions Machine Shop, en Mobile, Alabama, donde se les unió un teniente de origen británico llamado William Alexander que, al parecer, tenía experiencia en esas cuestiones. El problema seguía siendo el sistema de propulsión, por lo que se devanaban los sesos para crear un motor electro-magnético con la suficiente potencia y autonomía para mover uno de sus submarinos porque con la manivela era imposible ir más allá de los dos nudos, o sea, 3,7 km/h. Una birria, vaya... 

Plano de planta y sección del Hunley realizado de memoria por el teniente
Alexander tras el hundimiento de la nave.
Para fabricar un nuevo modelo de submarino se unió a los tres emprendedores rebeldes Edgar C. Singer, sobrino del inventor de las máquinas de coser que tantos trabajos y pinchazos en los dedos llevan ahorrados a los que se dedican a darle a la aguja y el hilo. La nueva empresa recibió el nombre de Singer Sumergible Corporation, y el resultado del nuevo diseño era un cilindro ovalado con la proa afilada en cuyo interior se habían dispuestos dos tanques para lastre, uno a proa y otro a popa, regulados mediante bombas manuales. Como añadido llevaba láminas de hierro atornilladas a la quilla que, en caso de necesidad, podían ser liberadas desde el interior. Sus dimensiones eran de 10 metros de largo, 1,20 de ancho y 1,50 de alto con una capacidad para ocho tripulantes que aprendieron rápidamente lo que sentía una sardina cuando eran envasada en una lata de conservas. La propulsión se llevaba a cabo mediante un cigüeñal conectado a una hélice, lo que permitía alcanzar la "asombrosa" velocidad de 4 nudos. Para la renovación del aire emplearon un sistema mucho más eficaz que el del Pioneer: dos tubos conectados a un fuelle que, al ser accionado, expulsaba por una válvula el aire viciado mientras que por la otra permitía la entrada de aire fresco.


En ese mínimo espacio tenían que
darle al manubrio los siete
tripulantes. Como podemos ver, no era
un trabajo apto para claustrofóbicos
Para acceder al interior del ataúd náutico se habían dispuestos dos escotillas de reducidas dimensiones que, provistas de ojos de buey, permitirían en teoría al timonel ver bajo el agua cuando se sumergían, operación esta que solo podía llevarse a cabo durante la aproximación al blanco ya que, aparte de carecer de medios para controlar el rumbo bajo el agua, el nivel de inmersión estaba limitado a la longitud del tubo de renovación del aire. Estas escotillas quedaban selladas al cerrarse mediante unas juntas tóricas de caucho. En honor a su principal instigador y coautor fue bautizado como USS H.L. Hunley, siendo botado en julio de 1863. Dos semanas más tarde fue probado en presencia del almirante Buchanan adosando un torpedo de pértiga a una vieja gabarra y, tras el prometedor resultado, fue trasladado por tren desde Alabama a Charleston, donde el general Beauregard ya se estaría plateando incluso recurrir al vudú para romper el maldito bloqueo. Una vez en destino fue botado en una ensenada cercana a la isla Sullivan, y es a partir de ese momento cuando podemos comenzar con los

HECHOS


El Hunley en dique seco tras ser recuperado de su segundo
hundimiento
El submarino fue puesto bajo el mando del teniente John Payne, y como tripulantes se seleccionaron a siete hombres, todos ellos pertenecientes a la armada dando por sentado que se desenvolverían mejor que una tripulación formada por miembros del ejército. Pero las cosas no empezaron con buen pie, y nunca mejor dicho, porque el 30 de agosto el memo de Payne, en un despiste, pisó el timón de profundidad estando en cubierta, lo que hizo que la nave se inclinara hacia abajo bruscamente. Al estar las escotillas abiertas, el Hunley se hundió en un santiamén, quedando dentro del mismo cinco de sus tripulantes que se ahogaron sin remisión. Reflotar y poner el submarino nuevamente operativo costó tres semanas de trabajo durante las cuales el bloqueo no paraba de mermar los pertrechos disponibles en Charleston. 


Dibujo realizado en 1900 que muestra la disposición de los
tripulantes del Hunley. Todo muy amplio y cómodo como se puede ver
Una vez puesto en orden de combate se reclutó a una nueva tripulación, esta vez voluntaria a la vista de lo ocurrido, procedente del personal de la fábrica de Mobile. A Payne lo mandaron a hacer puñetas por torpe, y pusieron al mano de la nave a un joven oficial de apenas 27 años procedente del 21º Rgto. de Voluntarios de Alabama por nombre George Erasmus Dixon el cual, curiosamente, se encontraba convaleciente de una herida en la pierna que lo había dejado cojo. Y digo curiosamente porque la bala Minié que le dispararon no le destrozó la cadera gracias a que impactó en una moneda de oro de 20 dólares que le había regalado su novia y que, por razones obvias, había tomado como un talismán y siempre la llevaba encima. Diría que es una gilipollez porque las probabilidades de que volvieran a dispararle en el mismo sitio serían casi tan ínfimas como las de encontrar a un político que sea inteligente y honesto, pero en fin, las supersticiones, ya saben...


El teniente Dixon y sus siete voluntarios se disponen a
embarcar en el Hunley. Es la noche del 17 de febrero de 1864
Con todo, el tema de la superstición no era para menos porque al Hunley parecía que un tuerto lo había estado mirando fijamente un año seguido ya que el 15 de octubre siguiente volvió a hundirse, en esta ocasión debido a que el agua rebosó por encima de los mamparos que separaban las cámaras de lastre del resto de la nave. Su creador, Horace Hunley, que en esta ocasión dirigía los entrenamientos, y otros siete pringados más fueron dados de baja para siempre jamás por ahogamiento galopante mientras que el bloqueo seguía asfixiando a Charleston y el general Buchanan no paraba de apremiar a los gafes del submarino para que, de una vez por todas, hicieran algo más útil que hundirse ellos solos. Tras reclutar a otros siete candidatos a palmarla con los pulmones llenos de agua, Dixon decidió dejarse de pruebas y entrenamientos e ir directamente al grano. Así pues, tras reflotar nuevamente la nave, repararla, adiestrar lo mínimo exigible a los... ¿deberíamos llamarlos "heliceros" ya que en vez de remar hacían girar una hélice?, se eligió la noche del 17 de febrero de 1864 para llevar a cabo su primera acción de guerra. El objetivo sería el USS Housatonic, que se encontraba a unas 5 millas de la costa.


El submarino iría armado con un torpedo de pértiga, como ya se comentó anteriormente, diseñado por Singer. Este chisme consistía en un cilindro de cobre con capacidad para unos 40 kilos de pólvora negra que, al parecer, serían detonados por una espoleta a distancia. O sea, que una vez adosado al costado de la nave enemiga, el submarino se retiraría a una distancia de seguridad de unos 45 metros manteniéndose unido al torpedo mediante un alambre. Una vez alcanzada la distancia de seguridad bastaría tirar del mismo para iniciar la carga que, contra un casco de madera, era suficiente para abrir una vía de agua a lo bestia como podemos ver en el grabado superior, que muestra una prueba realizada en Francia en 1877 en el casco de la fragata La Bayonnaise. Como queda patente, los efectos de este tipo de armas eran de lo más expeditivos.


Torpedo Dixon. A la derecha se puede ver la espoleta
y el iniciador de la misma
A las 20:45, Dixon y sus "heliceros" comenzaron la aproximación a la corbeta enemiga, siendo descubiertos por los centinelas que abrieron fuego inmediatamente contra el submarino. No se sabe en qué momento el Hunley delató su presencia, pero colijo que la alarma debió desencadenarse cuando la nave clavó el arpón que permitiría dejar el torpedo adosado al casco. En todo caso, una vez completada la aproximación retrocedieron para activarlo, logrando abrir una vía de agua que mandó al fondo al Housatonic en menos de cinco minutos junto con cinco de sus tripulantes. Sin embargo, es evidente que el submarino estaba gafado porque no pudo volver a recoger los laureles de la victoria. Se desconoce qué fue lo que pasó, pero la cosa es que al poco rato el Hunley se fue a pique con su tripulación a hacer compañía a su víctima. 


Se han hecho multitud de conjeturas acerca de las causas del hundimiento del submarino, pero personalmente me inclino por la que sugiere que pudo haber sido alcanzado por la onda expansiva del torpedo. Quizás se vieron obligados a detonarlo antes de alcanzar la distancia de seguridad para no ser machacados por la artillería del Housatonic, que a la vista del panorama se estarían disponiendo a abrir fuego a toda prisa. La cosa es que a más de 8 kilómetros de la costa y pudiendo alcanzar una velocidad máxima de solo 7 km/h. en superficie, siempre y cuando no hubiese impedimentos de ningún tipo, cabe suponer que la explosión abriría alguna fisura o grieta en la endeble estructura de la nave de forma que acabó inundándose, pereciendo todos sus tripulantes. La moneda de 20 dólares no le sirvió de nada en esta ocasión al pobre Dixon. En el mapa que mostramos aparece dentro de un óvalo rojo la marcación del lugar proximado donde fue botado el Hunley en la isla Sullivan que, en realidad, era en aquella época una porción de tierra firme semi-aislada del continente por una marisma que se extendía al norte de la misma. 


George E. Dixon
En 1995 se pudieron extraer los restos del submarino que actualmente pueden visitarse para hacerse la fotito y tal. En el interior se hallaron los restos de la tripulación incluyendo la moneda amuleto de Dixon en cuyo reverso había mandado grabar el recordatorio del día en que la moneda le salvó, sino la vida, al menos de verse sin una pierna. Decía así: "Shiloh / April 6 1862 / My life preserver / G.E.D.", lo que significa " Shiloh  / 6 de abril de 1862 / Preserva mi vida / George Erasmus Dixon". Shiloh es la batalla donde fue herido el día que se cita en el grabado. 

En fin, así es como fue hundido un navío por un submarino por primera vez en la historia. Cierto es que tuvieron un mal fario impresionante incluyendo a su constructor principal, a sus tres tripulaciones y a su postrero comandante, que tiene cojones salir vivo de una batalla para acabar ahogado en un chisme semejante, pero el destino es así de cruel. En todo caso, seguro que sus cuñados lo celebraron largo y tendido los muy canallas.

Bueno, pues ya está.

Hale, he dicho 


Recreación del Hunley en plena aproximación. Como se puede ver, el torpedo Dixon estaba fijado a una pértiga de hierro
de unos 5 metros de largo rematada por un arpón que se clavaría en el casco de la nave enemiga. Tras fijar el torpedo, el
submarino desprendería la pértiga y se retiraría manteniéndose unido a dicho torpedo por el alambre que permitiría detonarlo
una vez alcanzada la distancia mínima de seguridad

8 comentarios:

alfonsodf dijo...

Para subirse en un tonel de estos había que tenerlos bien puestos, tenía toda la pinta de ser una misión suicida a la desesperada, tipo kamikaze, y supongo que los desgraciados marineros sabrían que estaban metiéndose en su ataúd.

Amo del castillo dijo...

La verdad es que, a la vista de los "éxitos" iniciales, o una de dos: o eran suicidas seleccionados entre los más locos del ejército, o les habían prometido destinar a sus cuñados a primera línea de batalla con el compromiso de que cayeran los primeros. En todo caso, la historia está llena de aspirantes a héroes que palmaron sabiendo que las probabilidades de salir vivos del brete eran mínimas.

alfonsodf dijo...

Yo no tengo madera de héroe, no me hubiera metido en uno de estos ni que me prometieran atar a mi cuñado a la pértiga del submarino.

Amo del castillo dijo...

Todos somos héroes en potencia, Sr. Alfonso. Solo necesitamos el aliciente para serlo

Jerezano dijo...

Tuvo que ser muy grave lo que le hizo su cuñado. Ánimo.

Amo del castillo dijo...

De los cuñados puede esperarse cualquier cosa, son unos malvados sin remisión

Antonio dijo...

Vi un documental sobre este hecho hace años sobre su rescate. Muy interesante. Quizá al excelente artículo, le añadiría que pese a no haber información exacta, se las arreglaron para identificar a todos los fallecidos y honrar su memoria. Como debería ser.

Coincido con su juicio de las causas del hundimiento. Es algo inherente a experimentos arriesgados. Su artículo anterior, es otra buena muestra de esos ensayos novedosos de los que se aprende a base de bajas.

Desde luego, para meterse en un trasto de esos, con un historial de naufragios y bajas de cuidado, había que tenerlos de titanio, o estar muy desesperados.

Saludos cordiales

Amo del castillo dijo...

No solo identificaron a los tripulantes sino que incluso reconstruyeron sus jetas con esa técnica forense mediante la que cubren con unas chinchetas gordas una copia del cráneo y le meten pasta de modelar hasta dar, en teoría, la apariencia original al sujeto. Yo, la verdad, dudo mucho de la fiabilidad de estas técnicas ya que el autor se rige por unos baremos con demasiadas variables a mi entender, pero en fin, da morbillo a la cosa.

Por lo demás, celebro que haya sido de su interés. Un saludo