sábado, 24 de noviembre de 2018

TUNICA MILITAR ROMANA. República y Principado


Probo ciudadano recreacionista vestido con
su túnica reglamentaria. Lo que apoya en el
suelo no es una guitarra eléctrica, sino una
pala
INTROITO

No deja de ser paradójico que se conozca con pelos y señales toda la panoplia de armas usadas por el ejército romano y, sin embargo, algo tan básico como la túnica sea a estas alturas la protagonista de enjundiosos estudios porque, al menos las de la época que nos ocupa hoy, no se sabe con certeza si hubo uno o varios modelos, ni tampoco algo tan elemental como su color. Esto último es objeto de apasionados debates entre los probos ciudadanos recreacionistas que, desde hace unos 30 años, no paran de indagar en ese tema, asacando teorías de lo más variopintas sin que, en realidad, se haya podido dar aún ninguna respuesta a este misterioso arcano. Por este motivo más de uno ha acabado en la bañera emulando al gran Petronio, el refinado ARBITER ELEGANTIARVM que, harto de escuchar a Nerón rascar la lira, decidió poner término a su existencia junto a la deleitosa compañía de la hermosa Eunice si bien, me temo, que en el caso de los indagadores de este misterio cromático no los acompañó en el tránsito más que los berridos de la parienta porque ese mes se le había pasado pagar el recibo del Ocaso, y si palmaba costaría un pastizal la broma. Puede que más de uno se pregunte qué sentido tiene pasarse la vida intentando averiguar algo que, en sí, es bastante irrelevante, pero condición humana es buscar afanosamente lo que desconocemos para, finalmente, si logramos averiguarlo llegar a la conclusión de que no merecían la pena el esfuerzo y el tiempo invertidos. Pero, por suerte o por desgracia, somos así y es lo que hay. Y dicho esto, vamos al tema que el camino es largo.

Hay mucha literatura exponiendo cienes y cienes de teorías sobre las puñeteras túnicas pero, por desgracia, la enorme cantidad de "sin embargos", "no obstantes" y "peros" es tan abrumadora que, al final, acaba uno llegando a una única e inapelable conclusión: te quedas igual que estabas, es decir, sin saber a qué carta quedar. Apenas han aparecido restos textiles de la época que nos ocupa. Una muestra la podemos ver en la foto de la derecha, donde mostramos algunos de los que aparecieron en Masada, la Numancia judía de la que ya hablamos en su día. Sin embargo (este es el primero de mi lista personal), no es posible saber si pertenecían a túnicas militares porque, como era habitual en los campamentos de la época, la presencia de personal civil era frecuente tanto dentro como fuera en forma de individuos dedicados a los cometidos más variopintos, desde putas para aliviar los humores del personal a proveedores de vituallas o tratantes de cualquier suministro para el ejército. Sea como fuere, la cuestión es que con esas muestras de tejido poco se puede saber salvo la calidad del mismo, la urdimbre y el tipo de tinte empleado.

Probo ciudadano recreacionista vistiendo una exomis.
Como vemos, era una prenda amplia que, si se terciaba,
permitía cubrir el hombro derecho cuando no se estaba
trabajando o matando gente
Bien, la cuestión es que las únicas referencias que tenemos acerca del aspecto de la túnica militar son las representaciones artísticas de la época, como estelas funerarias, la Columna de Trajano y alguna que otra procedente de mosaicos y ajuar culinario doméstico. El término TVNICA procede, según el visigodo Isidoro que tiene el gran honor de ser paisano mío, de TONVS, o sea, ruido, ya que era lo que producía al caminar con ella puesta. Por razones que veremos más adelante, al menos en lo que a mí respecta colijo que, como tantas otras cosas, la túnica militar procedía del mundo griego, concretamente de la ἐξωμίς  (exomis), una túnica muy extendida entre los helenos y que los espartanos usaban teñida de color rojo o púrpura usada. Su etimología es bastante descriptiva: ἐξω (exo, fuera) y ωμως (omos, hombro), o sea, la típica túnica que se usaba dejando el hombro derecho libre de ropa para trabajar y/o combatir sin ningún tipo de traba o impedimento. Esta túnica era denominada por los romanos, según Isidoro, como TVNICA RUSSATA en referencia a su color, afirmando que las teñían en ese tono para que la sangre producida por las heridas en combate fuesen menos visibles y no envalentonasen al enemigo (Etimologías, XIX 22, 6-7). 

Aclarado este hipotético origen, la túnica militar era básicamente un rectángulo de lana formado por dos piezas cuyos bordes salían del telar orillados para no tener que cogerles un dobladillo. Aunque el tema del tejido también levanta polémicas, de eso hablaremos más tarde, ciñéndonos de momento a su apariencia. No hay certeza de que se fabricaran en distintas tallas si bien diversos grupos recreacionistas han podido comprobar que tampoco había necesidad de ello. Además, y esto es criterio mío, debemos recordar que para ingresar en el ejército romano se requería una talla mínima y una constitución fibrosa, por lo que no debía haber demasiada diferencia en la estatura y constitución del personal. Su elaboración era extremadamente simple: bastaba coser los costados y la parte superior dejando una abertura para la cabeza y dos para los brazos, siendo una vez vestida ceñida por el CINGVLVS. El tema del cinturón tenía su enjundia porque, por norma, debía estar siempre bien ajustado, siendo síntoma de afeminamiento llevarlo flojo. De hecho, un castigo habitual para faltas menores consistía en obligar a los causantes de la ira de los centuriones a pasearse por el campamento con la túnica puesta, pero sin cinturón, lo que provocaba las burlas de sus compañeros y ser tratado de cobarde y sodomita. En la ilustración superior vemos a un legionario en tan amargo trance y, de paso, podemos ver el aspecto que ofrecía la túnica una vez vestida. Era un saco de patatas, vaya...

Como salta a la vista, era una prenda muy amplia y holgada ya que sabemos las dimensiones de forma muy aproximada. La más exacta nos la proporciona un papiro datado hacia en 138 d.C. en el que figura un pedido de ropa y mantas a una fábrica de tejidos de Filadelfia, en Egipto, para suministrar al ejército de Capadocia. En el papiro se especifican las medidas exactas de una túnica, que debía tener 3,5 codos de largo (155 cm.) por 3 codos y 4 dedos de ancha (140 cm.). Esta desmesurada anchura hacía que los extremos colgasen sobre los brazos cubriendo casi hasta los codos, pero la cuestión es que, en realidad, carecían de mangas. Recordemos que, al igual que pasaba con el cinturón, hasta allá por el siglo III d.C. las mangas también estaban mal vistas y consideradas propias de afeminados, tolerándose solo en críos pequeños y ancianos durante los meses invernales. Así pues, el aspecto que debían presentar las túnicas de la época que nos ocupa sería más o menos el que vemos en la ilustración de la izquierda. Ciertamente, no se puede decir que fuese un traje elaborado por un sastre del Strand (Dios maldiga a Nelson). Como vemos, para compensar la longitud de la prenda se recurría al cinturón, formando una bolsa sobre el vientre más o menos amplia en base a la estatura del sujeto y de forma que quedase por encima de la rodilla para que no estorbase al caminar o al correr. El brazo extendido nos muestra la gran cantidad de tejido sobrante que caía sobre los hombros.

Hay también una controversia (como no) por este tema, asegurando algunos autores que los legionarios disponían de dos túnicas, una para usar cuando no portaban armadura y otra para combatir, siendo esta última de unas proporciones más ajustadas. No hay constancia de esto y, de hecho, se han realizado pruebas que demuestran que precisamente ese exceso de tejido era incluso ventajoso ya que amortiguaba mejor los roces con la loriga. Una de las causas para divulgar esta teoría son las estelas funerarias aparecidas en la Germania, únicas en el mundo militar romano, que muestran al finado vestido con un tipo de túnica totalmente distinto y de las que podemos ver dos ejemplares en la foto de la derecha. La de la izquierda corresponde a Annaio Davezo, un auxiliar de la III COHORTE dálmata cuya túnica forma una amplia curva en su parte inferior llena de pliegues que, además, no coinciden con los de la parte superior, lo que ha hecho pensar que podría tratarse de una especie de SVBLIGACVLVM al estilo de los gladiadores y, en vez de ceñido con un cinturón, con un BALTEVS más ancho que ocultaría que la parte superior era como una especie de camisa corta. En cuanto a la estela de la derecha, pertenece a Plubio Flavoleo Cordo, de la LEGIO XIIII. Muestra un plisado menos complejo, pero mantiene la parte inferior también curvada. Ambas estelas están datadas hacia mediados del Principado, y por los hallazgos disponibles parece ser que esta moda solo estuvo vigente en la primera mitad del siglo II d.C., comenzando a decaer en la segunda. Siendo pues una tipología tan localizada y de tan breve duración, la opinión más extendida es que en realidad se trata de licencias artísticas de los escultores de la zona y, de hecho, se ha intentado imitar ese acabado con prendas tanto de lana como de lino sin que sea viable con ambos tipos de tejidos.

Escena de la Columna de Trajano que muestra a un grupo de legionarios
talando árboles. Algunos llevan el hombro derecho descubierto, mientras que
los marcados con el círculo rojo tienen la prenda recogida en la nuca
Así pues, lo más probable es que el legionario usara un único tipo o modelo independientemente de que tuviera más de una. Hay constancia de cartas en las que se pedía a la familia el envío de una túnica extra, bien por deterioro de la propia o por disponer de otra fabricada con un tejido más ligero o cálido en función del clima, y considerando que durante determinadas épocas el importe del vestuario se detraía del sueldo del personal, pues nunca estaba de más sacarle a papá una túnica gratis por la que el ejército le cobraba en este período unos 6 denarios. Se baraja la posibilidad de que usaran una, bien de lana, bien de lino, en su color natural o blanqueado y otra, la TVNICA RUSSATA mencionada anteriormente por Isidoro, cuando entraban en combate. Tampoco hay constancia de esto, pero es una posibilidad a tener en cuenta. Y retomando el tema de su procedencia griega, en este caso sí tenemos testimonios sobrados en la Columna de Trajano o el sarcófago de Belvedere (c. finales siglo II d.C.), donde se puede ver en varias escenas de la misma al personal trabajando con la túnica colocada de ambas formas, o sea, cubriendo el torso o dejando el hombro al aire. 

También hay infinidad de polémicas con el tema del hombro a pesar de que hay testimonios sobrados de la existencia de este tipo de túnica, más que nada en base a que esta sería, por así decirlo, una prenda de trabajo, existiendo otra que quedase más ajustada al cuerpo. Como vemos a la derecha, el legionario que aparece de espaldas muestra el aspecto de la túnica con el sobrante de tela recogido en una especie de moño con la ayuda de un cordel o una fina correa de cuero. Aunque hay quien afirma que esto debía suponer una incomodidad, la realidad es que no solo no estorbaba para nada cuando se vestía la loriga (se han hecho tropocientas pruebas, como está mandado), sino que incluso protegía el cogote del roce con la amplia ala trasera de la GALEA. En cuando a su cuñado, que aparece de frente, vemos que en efecto el brazo despejado suponía una mayor comodidad para manejar las pesadas dolabras del ejército y ayudaban a soportar mejor los rigores de los climas cálidos de la ribera mediterránea. Para vestirla de forma "reglamentaria" bastaba meter el brazo por su abertura y pedir a un compañero que le recogiera el "moño" de tejido sobrante, cosa que ciertamente podrían incluso hacerse ellos mismos de la misma forma que un melenas se recoge la coleta.

Un aditamento en el que no se suele reparar es la correa que vemos en el relieve de Chatsworth que podemos ver a la izquierda y que hemos sombreado de rojo. Se trata de una estrecha tira de cuero que, al parecer, estaba decorada con tachones de bronce. Como vemos, de ellas no pende ni la espada ni ninguna bolsa, quedando muy ceñidas al cuerpo. La teoría más aceptada es que era para recoger el tejido sobrante que caía sobre los costados y no dificultase la extracción de la espada que, como sabemos, en el caso de los legionarios pendía en el lado derecho del cuerpo. No es ningún dislate pensar que la correa en cuestión no tenía otra finalidad ya que era habitual que los legionarios permaneciesen armados en todo momento, incluso cuando estaban fuera de servicio sin armadura o dedicados a sus faenas cuarteleras. De ese modo, en caso de emergencia, no se verían con el pomo de la espada trabado en la enorme túnica en la que cabía un senador ahíto de tripas de oso confitadas con miel y pastel de lenguas de colibrí.

En lo referente al color, que es lo que produce más espasmos cerebrales en los probos ciudadanos recreacionistas, no hay en modo alguno seguridad acerca del mismo. Aunque tradicionalmente se representa a los legionarios con una túnica roja, actualmente se está imponiendo la teoría de que en realidad usaban una del color natural del tejido o bien blanqueado, independientemente de que Isidoro de Sebiya nos asegure que se vestían una roja para emular a los espartanos y disimular la sangre. Así pues, la opinión más aceptada es que legionarios y suboficiales vestían una túnica en un tono crudo, los tribunos y demás mandos superiores en blanco con las franjas en color púrpura propias de su estatus social, y que solo los centuriones la vestían en rojo para ser más fácilmente identificados. A mí esta teoría me resulta un tanto absurda por dos motivos: un centurión armado dejaba poca túnica a la vista, y para ser identificados en batalla ya usaban la vistosa CRISTA TRANSVERSA, el penacho transversal que era muchísimo más visible que unos pocos centímetros de tela asomando por debajo de las PTERIGES. En lo que a mí respecta, me inclino a pensar que todos vestían del mismo color salvo los mandos superiores para poder hacer más visibles las CLAVI propias de su rango, pero el resto usaban uno u otro color en base a la disponibilidad del mismo.  Por cierto que hay constancia gráfica en algunos retratos procedentes de legionarios que sirvieron en Egipto que muestran que sus túnicas también usaban CLAVI, pero obviamente de otros colores, en concreto rojo y negro sobre túnicas de color claro (v. foto superior). En estos casos no se trataba de tiras de tela cosidas sobre la prenda, sino que eran tejidas al elaborar la pieza. 

El tema de los tintes no era ningún misterio para Roma. De hecho, por todo el imperio había tintorerías cualificadas si bien era en la Galia donde estaban las mejores fábricas por el extenso surtido de colores y tonalidades que obtenían de materias orgánicas y minerales. En todo caso, la mayoría eran de origen vegetal con un mordiente para fijarlos al tejido, por lo general alumbre o sales de hierro que obtenían de algo tan simple como el óxido de los clavos. El alumbre era el preferido para realzar el brillo del color final. Tampoco era ningún secreto para ellos el proceso para blanquear la tela, que ya sabemos que una de las más acendradas tradiciones romanas era usar siempre ropa absolutamente blanca hasta que con la llegada del imperio se empezaron a poner de moda los colores en la vida civil. El rojo lo obtenían de la RVBIA TINCTORVM, vulgo rubia roja, una planta abundante que permitía obtener tinte barato en cantidad sin problemas. Al parecer, solo en la brumosa Albión no se daba esta planta, pero siempre se podía importar liofilizado o bien recurrir a la cuajaleche (GALIVM VERVM). En cuanto a la rubia roja, esta planta ya se usaba en Egipto 2.500 años antes de los tiempos de Cristo, y no revestía ningún problema para su elaboración. Incluso con la adición del mordiente se podían obtener distintas variedades de tono que podían ir desde el amarillo melocotón al marrón.

Solo el púrpura era verdaderamente caro, muy caro, y por ello usado solo por las clases sociales muy pudientes de un estatus social más elevado y, obviamente, los césares y familia. La púrpura solo la sabían elaborar los tintoreros de Oriente Próximo, en especial los de Tiro, donde vivía el crustáceo llamado MVREX BRANDARIS de donde se obtenía el precioso tinte. Como vemos en la foto, no son más que puñeteras cañaíllas como las que nos comemos en el chiringuito de Chipiona o Matalascañas, pero la buena de verdad era la de Tiro. Este tinte, cuyo proceso de elaboración guardaban como oro en paño, costaba en aquella época 100 denarios la libra (273 gramos) el más barato, habiendo variedades que alcanzaban la friolera de 1.000 denarios la libra. Un legionario ganaba en aquella época unos 300 denarios al año, así que ya podemos hacernos una idea del precio del dichoso tinte que solo se podían permitir los legados, procónsules y tribunos de las familias más pudientes. Como dato curioso, añadir que se obtuvo una púrpura falsa tiñendo con añil encima de prendas rojas. Había otro que se sacaba de un liquen fermentado con orina rancia que, supongo, dejarían orear un par de lustros antes de que se le fuese el pestazo de retrete de estación de ferrocarril de los años 60. En todo caso, lo cierto es que la púrpura auténtica era muchísimo más resistente a los lavados y al desgaste, por lo que las prendas teñidas de púrpura falsa daban el cante en seguida. Por todo ello y en base a la facilidad con que los tejidos al uso admiten el tinte se ha propuesto la teoría (sí, otra más) de que la lana, al ser más fácil de teñir era la que se solía usar para estos menesteres, si bien en caso de dejarla en su color natural este podía variar enormemente en base a la raza de la oveja de la que se obtenía el tejido. Mientras tanto el lino, más complicado de fijar los colores, se dejaba en su color natural o se blanqueaba dejándolo al sol. 

Distintos fragmentos de la Columna de Trajano en la que aparecen tropas
auxiliares. Todos visten túnicas muy cortas, prácticamente lo que daría de
sí una camiseta moderna. Obsérvese que no usan el típico cinturón militar
que, en una prenda así, no tendría utilidad alguna
Como colofón, añadir un detalle acerca de la longitud de las túnicas ya que en algunos testimonios de la época, como la Columna de Trajano, se aprecian tropas auxiliares que la usan mucho más corta. Esto no casa con las estelas funerarias de este tipo de tropas que muestran túnicas iguales a las de los legionarios, por lo que surge el enésimo dilema con sus correspondientes teorías al respecto. Una de ellas sugiere que era una mera forma de diferenciar a los ciudadanos de los que no lo eran y facilitar de ese modo su identificación. Eso se me antoja una chorrada ya que los auxiliares no servían mezclados con legionarios y todo el mundo podía identificarlos por sus estandartes, así que tomaría como más lógica la que supone que, simplemente, se trataba de tropas procedentes de territorios en los que su moda particular les hacía usar un tipo de túnica más corto que, por otro lado, facilitaba a los jinetes auparse de un salto en sus caballos (recordemos que aún estaban por inventar los estribos). Vistiendo bajo la túnica el BRACÆ propio de los jinetes podían permitirse usar una túnica corta que les hiciese más fácil moverse.

Reconstrucción realizada por el ilustrador Graham Sumner
basada en el retrato de un féretro de un soldado romano
fallecido en Egipto. En el mismo vemos que viste una túnica
blanca, seguramente de lino, con dos CLAVI rojas a cada lado.
Cruzando le pecho lleva la correa destinada a recoger el
sobrante de tela que mencionamos anteriormente
Bueno, dilectos lectores, como vemos el tema de las puñeteras túnicas daría para 19 tomos, pero con lo que hemos visto ya podemos hacernos una idea del tema aunque, como ha quedado aún más claro, determinados detalles aún no tienen una respuesta concreta. Y colijo que más que a falta de información se debe a que la poca que hay es interpretada por tropocientos historiadores a su manera para tener la razón, costumbre muy irritante entre estos probos estudiosos que, por lo general, en muchas ocasiones suelen anteponer sus egos a los datos disponibles. Sea como fuere, creo que hemos aportado información suficiente para que cada cual se haga sus propias teorías y las añada a las que ya hay, que no son pocas. En una próxima entrada hablaremos de la túnica militar desde el final del Principado hasta el finiquito del Imperio, y en este caso sí se disponen de pruebas contundentes que no dan lugar a tanto "no obstante",  "pero" o "sin embargo" que citamos al comienzo de este artículo.

En fin, se acabó lo que se daba, amén y tal.

Hale, he dicho

Probos ciudadanos recreacionistas emulando legionarios de tiempos de la República. Como salta a la vista, el color de la
túnica prácticamente no puede verse por estar tapada por la loriga. Por otro lado, y contradiciendo a Isidoro, mientras que
los primitivos espartanos no usaban armadura y ciertamente el rojo disimulaba el color de la sangre, en este caso resaltaría
bastante sobre el gris metálico de la cota de malla. 

4 comentarios:

dani dijo...

Pero tenía entendido que entre la túnica y las protecciones metálicas se colocaban un tejido acolchado o de cuero.
La historia es así, hay que interpretar los datos que se tienen. Hasta que aparezca un legionario (mejor si son varios) congelado en un glaciar............

Amo del castillo dijo...

Ciertamente, en su día ya hablamos del SVBARMALIS, Sr. Dani y, de hecho, se usaba. Lo que no sabemos es si era una norma o algo optativo, o si se usaba en función del tipo de armadura o del clima. Quizás fuese más habitual en tribunos y demás oficiales de alto rango por sus túnicas elaboradas con tejidos menos bastos si bien hay quien afirma que todos empleaban la misma tipología. Como bien dice, habrá que esperar a que aparezca un legionario congelado o momificado en alguna cueva y nos saca de dudas.

Un saludo

Cidi Hamete dijo...

Buenas tardes tenga vuesamercé. Yo es que soy más del siglo XVI español y europeo (que son intercambiables). Por lo que me gustaría preguntarle (si tiene usted alguna opinión, claro) por la Historia del Imperio romano de Josep Padró, en dos volúmenes de la Editorial Gredos.

Amo del castillo dijo...

Lo siento, Sr. Cidi, pero la desconozco. Con todo, colijo que comprimir la historia del imperio romano en solo dos volúmenes suena a demasiado generalista. Ya ve que la Historia de España de Menéndez Pidal tiene 65 volúmenes, así que ni tanto ni tal calvo...

Un saludo