martes, 26 de marzo de 2024

HISTORIAS DE LA MILI. DE CUERNOS E INFIDELIDADES

 


Amados hermanos en Cristo, me temo que para seguir haciendo relleno tengo que continuar recurriendo a anécdotas castrenses. Seis articulillos, seis, tengo empezados y por mi vida que llevo unos meses más atocinado que un morlaco aculado en tablas pidiendo la muerte. En fin, es lo que hay. Con todo, al menos dispongo de un extenso surtido de narraciones- todas rigurosamente ciertas, doy fe- de las peripecias sufridas por mí o por conocidos en los ambientes cuarteleros que tanto me gratificaban el espíritu porque, como ya saben soy un militar frustrado que lleva la torta de años arrepintiéndose de haber perdido la baja del ejército. ERRARE HVMANVM EST, y en este caso erré de forma incluso inhumana, pero la vida no da nunca segundas oportunidades más que en las películas. Bueno, a lo que vamos...

Esta peculiar historia no la viví yo personalmente, sino que me la contó con pelos y señales un teniente coronel de Infantería de Marina que servía en San Fernando, en la provincia de Cádiz. Conocí a este BELLATOR en el campo de tiro del Puerto de Santa María, donde acudía con cierta frecuencia porque allí había un ambiente mucho más sano y fraternal que en Sebiya, donde abundaban los que, como decía el inefable visir Iznogud, estaban deseando ser presidente en lugar del presidente. Presidente de la Federación Andaluza, se entiende. Puñaladas traperas se daban constantemente, villanías sin cuento se perpetraban, y al final pagábamos los federados, que estábamos hasta los cojones de aquel juego de tronos de chichinabo, porque la presidencia no daba más que para algún viajito a Madrid con los gastos pagados y algún almuerzo con el politicucho de turno. 

El teniente coronel en cuestión era un sujeto bastante divertido. Odiaba a su suegra de forma palmaria, rotunda e inexorable, sentimiento que era recíproco, como no podía ser menos, y yo me partía la caja escuchándole las putaditas que se hacían mutuamente ante la total impotencia de su cónyuge, que ya no sabía de lado de quién ponerse. En fin, lo cierto es que me lo pasaba bien escuchándole narrar sus historias mientras nos regalábamos el gaznate con zumo de cebada bien frío en el bar del polígono de tiro. 

Un día, no recuerdo a santo de qué, salió a relucir el tema de las vasectomías que, por aquel entonces, empezaron a ponerse de moda entre los ciudadanos hartos de fornicar con el miembro viril forrado de látex o de practicar el pecado de Onán que, contrariamente a la común creencia, no consistía en machacársela como un bonobo en celo, sino el COITVS INTERRVPTVS, vulgo marcha atrás. Así pues, para satisfacer a la propia sin riesgo de preñeces indeseadas o incluso de refocilarse con la querida sin que esta pudiera aparecer un mal día con un crío acusándote de ser el progenitor, la cosa es que hubo una avalancha de primates deseosos de pseudo-castrarse, y más si, como en el caso que nos ocupa, el interfecto ya tenía más que cumplidos sus deberes para la propagación de la especie.

El fulano en cuestión era un brigada, también de Infantería de Marina, cuya parienta había engendrado la escandalosa cifra de seis retoños. Al parecer, era una de esas prolíficas hembras a las que basta husmear la bragueta del maromo para quedar preñadas de forma inexorable. El abnegado suboficial, cuya soldada no daba para mucha virguerías, las pasaba putas para llegar a fin de mes sacando adelante a aquella tropa que, como todos los mocitos, devoraban como pirañas, la ropa se les quedaba pequeña en meses y, encima, había que pagarles los estudios. Por lo visto, la parienta no podía tomar píldoras anticonceptivas por no sé qué contraindicación hormonal, así que al brigada solo le quedaban dos opciones para cumplir el débito conyugal de manera satisfactoria: seguir forrándose el pito de goma con el consiguiente riesgo de rotura y esparcimiento del licor seminal en el útero o, si quería garantías absolutas, cortar por lo sano y cercenar el conducto deferente, cerrando así el paso a la legión de bichitos cabezones con cola que solemos fabricar los hombres para atacar sin piedad los óvulos mujeriles. Con seis críos sanos es evidente que se decidió por la segunda opción.

Total, que el brigada se largó al hospital militar de su circunscripción a pedir cita al urólogo y manifestar su deseo de ser esterilizado. El urólogo le replicó que no había problema pero, contrariamente a las normas de los hospitales civiles en aquella época, a los que solicitaban una vasectomía se les hacía previamente un análisis para comprobar si, en efecto, sus testículos aún estaban operativos y cualificados para seguir fabricando bichitos con cola. El brigada, extrañado ante aquel protocolo, preguntó el motivo del mismo. El galeno le explicó que, cuando se trataba de hombres ya maduros, había ocasiones en las que la capacidad reproductiva había menguado por completo, y que lo que emitían al eyacular contenía bichitos totalmente inútiles, o bien que, por cualquier enfermedad padecida en algún momento, se hubiesen quedado estériles. Esta prueba previa no tenía otro fin que comprobar si, en efecto, el solicitante seguía siendo fértil ya que, de lo contrario, tanto él como el Ejército se ahorraban, uno el mal rato, y el otro el dinero de la intervención.

El brigada se tuvo que resignar y sentirse un poco avergonzado, como nos pasaría a cualquiera, cuando una enfermera le dio un bote y una revista bastante manoseada llena de imágenes de señoritas de formas rotundas como su madre las trajo al mundo para estimular su libido. Le señaló una pequeña habitación donde podría ejercer de bonobo en celo y, al cabo de pocos minutos, nuestro hombre salió con la jeta amoratada a causa del esfuerzo, las prisas y la vergüenza. Hizo entrega del bote y la revista ante la total indiferencia de la enfermera, a la que la visión de botes llenos de bichitos con cola le daba una soberana higa, y le dio cita para que, pasados unos días, volviera a recoger los resultados y el dictamen del urólogo, que por cierto era comandante médico.

Llegado el día, el brigada se personó en la consulta del urólogo, que muy sonriente lo invitó a sentarse y tal. Abrió una carpeta y, ante la jeta cuadriculada del suboficial, emitió su diagnóstico.

-Güeno, una buena notisia, brigada- dijo sin saber la tormenta que iba a desencadenar-. No se tié uhté que operá. É uhté ehtéri, no pué tené hijoh.

Obviamente, el urólogo no estaba al tanto de la abundosa prole del brigada, que no sabía si ponerse blanco como una tapia o colorado como un tomate.

-¿Cómo que no pueo tené hijoh, mi comandante? ¡Tengo séi ná meno!

El comandante se quedó perplejo ante aquella réplica.

-Imposible- insistió-. É uhté ehtéri.

-Po será de un tiempo pa'cá, hohtia, porque a vé quién sino ha preñao a mi mujé.

-A vé, creo que no m'ha entendío, brigada...- musitó el urólogo sin saber cómo soltarlo-. É uhté ehtéri de nasimiento. Uhté no ha podío engendrá en su vía.

El brigada no sabía cómo tomarse aquello, y el comandante no atinaba a explicarle que, tras el análisis, era patente que padecía alguna tara de nacimiento que le impedía procrear. El suboficial, al que le iba a dar un soponcio, hasta sacó una foto familiar de la cartera y se la enseñó al médico.

-¡Pero, mire uhté, mi comandante, si tó tien mi cara, cohone!- protestaba enseñando la dichosa foto en la que, en efecto, aparecían seis chavales que eran clavados a su padre.

-Mire uhté, brigada- concluyó el urólogo, que ya empezaba a maldecir la hora en la que mandó analizar el semen del tipo aquel, al que si le hubiesen hecho la vasectomía sin tantas historias se habría largado tan tranquilo-, uhté ha nasío sin posibilidá de fabricá ehperma. No tengo ni idea de quién carajo son loh crío, pero le aseguro que de uhté no son. Pregúntele a su mujé. 

El brigada salió del hospital como un miura picado de tábanos, y con lo que rumió camino de su casa llegó como un rinoceronte en pleno brote psicótico. Como es lógico, se encaró con la parienta pidiéndole explicaciones. Al parecer, al principio la mujer se hizo la nueva, como no podía ser menos. A los dos minutos se hizo la ofendida por poner en duda su decencia, y a los cinco minutos, cuando el brigada le soltó la primera tanda de hostias (hoy día, además de cornudo, se vería camino del trullo por malvado heteropatriarca maltratador), confesó una verdad que, imagino, a aquel pobre hombre le debió sentar como una coz en el hígado. Los seis críos, los seis retoños por los que llevaba años luchando para sacar adelante, a los que velaba cuando se ponían pachuchos, a los que quería más que a su vida, eran de su hermano, y de ahí el parecido en la foto que mostró al médico. La parienta había estado toda su vida matrimonial refocilándose con su cuñado (¡Ay, los cuñados...!), y no la había dejado preñada una, ni dos, ni tres, sino seis veces. La mujer, que ni podía imaginar que su marido era estéril de nacimiento, pues no se preocupaba de poner medios para evitar embarazos inexplicables ya que el brigada, además, era de los que gustaban de verse de viejo con una tropa de nietos destrozándolo todo a su alrededor. En resumen, un desastre.

Tras jurarle venganza y tal, dejó al pendón de la parienta llorando a moco tendido victimizándose un poco, como suelen hacer la mujeres aún siendo culpables, y se largó en busca del hermano, con el que tuvo un cambio de impresiones extremadamente violento, como ya podrán imaginar. Está de más decir que el vínculo fraternal quedó totalmente vaporizado PER OMNIA SECVLA SECVLORVM, y que al día siguiente el brigada ya estaba en un despacho de abogados para iniciar los trámites de divorcio. Si no recuerdo mal, en aquella época aún no estaba vigente el divorcio sin más, sino que tenía que pasar un determinado tiempo de separación legal por si la cosa se arreglaba y, de lo contrario, cumplido ese plazo se procedía a la disolución del vínculo. Y, naturalmente, una vez justificado ante el juez que los críos no eran suyos, no solo se libraba de aquella arpía, sino de tener que seguir manteniéndolos por mucho que le doliera porque, al cabo, los quería como hijos. 

Dejando aparte lo chusco de la historia, que parece sacada de una comedia española de los 80 aunque es totalmente verdadera, lo cierto es que aquello fue un drama de categoría. Ver de repente que tu mujer, a la que has amado y respetado, te la ha estado pegando durante años, y no con un extraño, sino con tu propio hermano, debe ser algo demoledor. Y ver que tus seis queridos retoños son los seis bastardos que el hideputa de tu hermano ha puesto en el mundo con la colaboración del putón de tu mujer, ni te cuento.

En fin, así de jocosa y, a la par, terrible fue esta historia. Mi conocimiento de todos los detalles no son producto de mi imaginación, sino de que el brigada servía en la unidad del teniente coronel que me contó el drama y que fue su paño de lágrimas y se tuvo que tragar de cabo a rabo esta ominosa historia de cuernos, infidelidades y, lo peor de todo, de traiciones por parte de las personas que más puedes querer: tu mujer y tu hermano.

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho



No hay comentarios: