domingo, 2 de octubre de 2011

Los comienzos de la artillería: La bombarda o lombarda

Sí, ya sé que debía haber empezado por la dichosa bombarda, pero entonces lo habría hecho bien, con orden y tal. Pero el orden es tan... aburrido...

Bueno, a lo que vamos... La bombarda fue el primer artilugio diseñado para lanzar proyectiles mediante la deflagración de la pólvora. No hay unanimidad en el origen del nombre, si bien suele ser la opinión más extendida la del padre Mariana, que decía que derivaba de Lombardía, por ser allí la primera ciudad donde se diseñaron. Según el diccionario de Covarrubias (1675), el término bombarda proviene de bombus y ardea, que vendría que querer decir algo así como zumbido ardiente. Pero, por otro lado, en la Edad Media se conocía a estos artefactos como lombardas, no como bombardas. Sin embargo, yo difiero de la opinión de Mariana tanto en cuanto es cosa sabida que fue en España el primer sitio de Europa donde se usó la pólvora con fines militares, así que dudo mucho que, usandolas antes que los italianos, les diesen un nombre derivado de una ciudad donde se desconocía la existencia de estas armas cuando aquí ya se usaban.
En las crónicas de aquella época se mencionan constantemente los truenos, en referencia al estampido que producía el disparo. Pero esa referencia es respecto al sonido, no al arma en sí misma. Puede también que "bombarda" provenga del alemán bomber y steen, palabros que significan en tedesco catapulta y piedra o bolaño. Hay que tener en cuenta que, aunque el invento es hispano, como es habitual en nuestra genética, no explotamos luego nuestras genialidades, y fueron maestros artilleros alemanes y flamencos los primeros que se dedicaron a fabricar en serio estos chismes, y a ofrecer sus servicios por toda Europa a los monarcas y nobles dispuestos a pagar buenos dineros por disponer de la terrorífica artillería.
En fin, este es uno más de los tantos y tantos términos cuyo origen se pierde en la memoria del tiempo, y me temo que no lo sabremos nunca. En cualquier caso, en el siglo XIV sí se menciona de forma habitual la lombarda como componente principal de los trenes de artillería de la época.

Las primeras bombardas eran cañones de grueso calibre, destinados a lanzar bolaños contra las murallas de las fortificaciones enemigas. Estaban fabricadas de la misma forma que los morteros que vimos en la entrada anterior, a base de forja. Sin embargo, no se cargaban por la boca, como suele creerse, sino que eran armas de retrocarga. Ahí tenemos una:


A la izquierda vemos una bombarda completa, formada por la caña o tomba, y la recámara o mascle. En el extremo de la caña vemos la joya, rudimentario punto de mira que permitía al maestro artillero apuntar el arma. A lo largo de la caña, varias argollas destinadas a sujetar la pieza con cuerdas al afuste. En la parte inferior vemos la recámara, así como una vista en sección de la misma. Como podemos observar, el diámetro interior de la recámara es el mismo que el de la caña, contrariamente al caso de los morteros vistos en entradas anteriores.


En esa otra ilustración tenemos una bombarda montada en un afuste de los más primitivos. Era un simple cajón colocado directamente sobre el suelo, y apuntalado por detrás con gruesos maderos asegurados con estacas para impedir que el brutal retroceso del arma la moviese de su sitio. Como ya se puede suponer, no era plan de tener que apuntar la pieza tras cada disparo, ya que estas bombardas superaban en muchos casos las dos toneladas de peso (las hubo de incluso 6 Tm.). Así pues, el maestro artillero, una vez elegido el lugar para su emplazamiento, la apuntaba mientras sus ayudantes la calzaban y, una vez fijado el blanco, se inmovilizaba. Para proteger a sus servidores, se fabricaba una posición artillera en toda regla, a base de cestones llenos de tierra y, ante la pieza, un mantelete basculante que solo era abierto en el momento de abrir fuego. De esa forma, quedaban a salvo de los disparos tanto de arcabuz como de ballesta que les dirigían desde la fortificación sitiada. Hay que tener en cuenta que el alcance eficaz de estas piezas estaba entre los 100 y los 200 metros, distancias a las que un arcabucero o un ballestero podía, son suerte, acertar a alguien. Y, por razones obvias, los servidores de las piezas de artillería en general y los maestros artilleros en particular, eran blancos preferentes. En caso de caer en combate, se podía decir que la pieza quedaba inútil por ser ellos los únicos que conocían su manejo.


Según hemos visto, una vez emplazada la pieza, esta quedaba fijada al lugar hasta el fin del cerco, o hasta que un disparo de la artillería enemiga la alcanzase de lleno, o hasta que, debido a un recalentamiento, reventase. Y, además, otro inconveniente era que este tipo de afuste no permitía la más mínima corrección. Debido a ello, pronto se diseñaron cureñas que, al menos, permitían corregir el ángulo vertical, a fin de cambiar el punto de impacto si era necesario para ir destruyendo progresivamente una cortina de muralla o una torre en la que abrir una brecha. En el dibujo de la izquierda podemos ver su aspecto. Bastaba sacar la manija del montante delantero y, con la ayuda de una grúa, subir o bajar la pieza hasta la altura deseada.


Finalmente, ya bastante avanzado el siglo XV, se diseñaron cureñas dotadas de ruedas que, además de permitir el transporte de la pieza con más facilidad, las dotaban de movilidad para cambiar su emplazamiento si era preciso. Ahí tenemos un ejemplo de una bombarda alemana de esa época montada sobre una cureña con ruedas. Junto a ella, la cuchara para la pólvora, varios bolaños y una piqueta para fabricarlos. Pero no todo eran ventajas con este tipo de afuste, ya que las ruedas que le facilitaban la movilidad hacían que, tras cada disparo, fuese necesario volver a apuntar la pieza, ya que esta retrocedía varios metros debido al retroceso.

Su proceso de carga era el siguiente: el maestro artillero cargaba la recámara en el orden habitual, o sea, pólvora, taco y bolaño o pelota. Luego se fijaba la recámara a la caña, se la sujetaba mediante cuerdas, y se prendía el cebado mediante un hierro al rojo llamado broncha o con una mecha. Posteriormente, ya en el siglo XV, se "normalizó" el proceso de carga, que hasta entonces cada maestro armero llevaba a cabo según su criterio, de forma que la carga debía ocupar las 3/5 partes de la recámara, otro quinto por un taco de madera (de sauce, pino o tilo preferentemente), y el otro quinto se dejaba vacío para hacer de cámara de combustión y dar aire a la pólvora para un mejor quemado. En este caso, el proyectil se introducía por la boca del ánima y se empujaba hasta el fondo de la misma.

Pero que nadie piense que, por el hecho de tener otra recámara preparada, la cadencia de tiro era más elevada que con un cañón de avancarga. No, nada de eso. Tras el disparo había que refrescar la pieza y dejarla enfriar antes de realizar otro. Dependiendo de la carga (a más carga, más se calentaba como es lógico), este tiempo podía ir desde las dos o tres horas a incluso todo el día. Si tenemos en cuenta que había bombardas monstruosas que precisaban de una cantidad de pólvora superior a los 160 Kg. para lanzar un bolaño de más de 500 kilos, ya podemos imaginar que no se enfriaba con un mero chorrito de agua. Además, las tensiones creadas en el hierro tras el disparo hacían preciso revisar cuidadosamente el arma para vigilar la aparición de daños, hernias o grietas que indicasen que un disparo más supondría un reventón letal.

Durante el siglo XV, el uso de este tipo de piezas proliferó enormemente entre los ejércitos hispanos y, especialmente, en el castellano debido a las constantes campañas contra la morisma que aún ocupaba el sur peninsular. Los cercos de plazas como Antequera, Ronda o Málaga fueron donde se pudo sentir el verdadero poder de estas nuevas armas que, ya bastante perfeccionadas, causaron terribles estragos en fortificaciones que eran tenidas por imbatibles con los medios neurobalísticos anteriores a la aparición de la pólvora. Para lograr sus fines se fabricaron piezas de un tamaño tan descomunal como la famosa bombarda “Gijón” (era habitual bautizarlas), que sirvió en el ejército del infante don Fernando el de Antequera, que precisaba de nada menos que veintidós bueyes para tirar de ella y podía disparar bolaños de casi 250 kilos. Posteriormente, el infante mandó construir una pieza para el cerco a Antequera (1410) que era tirada por un tren de cuarenta bueyes y precisaba de una dotación para su emplazamiento y manejo de doscientos hombres. Ejemplos similares se vieron en otras zonas de Europa, como unas bombardas que los venecianos arrebataron al ejército milanés y que disparaban bolaños de unos 280 kg. de peso.

Pero no pasó mucho tiempo hasta que los cerebros grises de la guerra de aquella época se percatasen de que las bombardas, aunque efectivas, eran tremendamente engorrosas de manejar, de transportar (un tren de artillería como el mencionado en el párrafo anterior había veces en que apenas podía avanzar 8 ó 10 km. al día), y que sus efectos podían ser similares si se reducía el calibre y se alargaba la caña. O sea, proyectiles más ligeros disparados por armas menos pesadas y que, por ambas razones, alcanzaban una velocidad muy superior. En definitiva: se igualaba la energía cinética del proyectil que, aunque más liviano, alcanzaba una velocidad muy superior. Así nacieron piezas que condenaron a la bombarda a la obsolescencia. Hablamos de la culebrina y todas las derivadas de ella: cerbatanas, falconetes, ribadoquines, versos, sacres, etc. Pero de esas, ya hablaremos otro día, que por hoy ya he hablado bastante.

Hale, he dicho...


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