En varias entradas se ha mencionado el perpute, complemento de la cota de malla usado durante todo el tiempo en que estas estuvieron operativas. Sin embargo, no he explicado a fondo qué era y para qué servía, de modo que ahí va:
Hay cierta confusión acerca de la denominación de ésta prenda, ya que hay autores que la llaman así, otros le dan el nombre de gambax, posiblemente una corrupción fonética del francés gambesson y, finalmente, otros la denominan belmez. Igualmente, tampoco está claro si se usaba exclusivamente bajo la lóriga, o bien se podía vestir también por encima de esta dándole además el uso de cota de armas al ir decorada con los colores del blasón de su dueño. Lo que sí está claro es que muchos usaron el perpunte simplemente porque no se podían costear una cota de malla. En la “Gran Crónica de Ultramar” podemos leer:
"Vistiose el obispo un gambax de xamete, e sobre el la loriga, que era muy fuertemente obrada”
Conviene aclarar que el xamete (pronúnciese shamete) era una tela de seda ricamente trabajada, y que a nadie le extrañe que los obispos e incluso los papas fueran a la guerra, que al igual que eran líderes espirituales, también eran señores terrenales y con los dineros no se juega. En cualquier caso, si nos atenemos a la cita anterior y a la lógica, que hace cinco o diez siglos no defería mucho de la nuestra en estos menesteres, me inclinaría a dar por sentado que el perpunte se vestía bajo la lóriga ya que, de lo contrario, aparte de estar expuesto a los roces provocados por el metal, cosa que podía provocar una infección o un tétanos que se lo llevaba a uno a la tumba, los cortes y puntazos de las armas blancas lo estropearían en breve tiempo. En definitiva, la cota de malla detenía el tajo, y el perpunte amortiguaba el golpe.
En la lámina de la izquierda se puede ver a otro soldado de infantería de alrededor del siglo XIV que viste un perpunte de manga corta que cubre el cuello y, por abajo, hasta media pierna. Va abrochado por delante con agujetas de cuero. Su armamento consiste en una alabarda del tipo más primitivo, un bacinete y una espada corta. Su única defensa es el perpunte ya que, bajo el mismo, viste una túnica corta de algodón y las calzas. Calza zapatos de cuero.
Como se ve, el perpunte era una túnica acolchada, generalmente fabricada con algodón basto y rellena de crin o varias entretelas. Aunque pueda parecer lo contrario, era una protección bastante eficaz contra los golpes propinados con armas contundentes, evitando así las fracturas óseas. Ojo, que nadie piense que vistiendo un perpunte se convertía uno en invulnerable. Un mazazo de lleno en la espalda te partía el espinazo sin problemas. Pero para golpes de refilón o rebotes, impedían al menos acabar con las costillas hundidas en los pulmones. Obviamente, su precio era muy inferior al de una cota de malla, lo que permitía a los peones, ballesteros y milicianos en general llevar un mínimo de protección.
En la lámina de la derecha podemos contemplar un caballero del siglo XIII. Viste una corta de armas bajo la cual lleva la cota de malla. Por debajo de esta asoma un perpunte que le llega por debajo de las rodillas. Va abierto a los lados para permitirle montar a caballo. En la cabeza lleva un yelmo de cimera, y sus armas son una espada y una daga.
En este caso, sí hablamos de una protección superior en todos los sentidos. La cota de malla protegerá de golpes de filo, flechas e incluso virotes de ballesta si estaba fabricada a toda prueba. El perpunte, contra las armas contundentes. Como ya se puede suponer, llevar encima todo esto suponía, aparte de un peso extra ciertamente notable, un inconveniente a la hora de combatir en las épocas estivales tan extremadamente cálidas de la Península. Solo cabalgar armado de esa manera a una temperatura de 25º, que no es ni mucho menos el máximo que se suele alcanzar en la mitad sur de la Península, debía ser algo agotador, aparte de precisar de un constante consumo de agua para evitar una deshidratación o un golpe de calor. No hay noticia de si hacían algo para evitar pasar por semejante calvario, por lo que deduzco que esta gente debían sufrir las inclemencias del tiempo, tanto el frío como el calor, mucho mejor que nosotros. Y si no las soportaban, eran hombres muertos, caían fulminados durante una marcha y ahí acababa su historia.
En cuanto a las brigantinas, también llamadas jacos o coracinas, eran unas corazas ligeras que hicieron su aparición durante la segunda mitad del siglo XIV. Inicialmente era una prenda parecida al perpunte, pero fabricada de forma diferente. Como se ve a la izquierda, sobre una base de tela fuerte o cuero, se remachaban launas de metal que luego quedaban cubiertas por otro tejido, como el terciopelo, la seda o el algodón. Los clavos quedaban a la vista, y la parte interior remachada era cubierta por otra capa de tela o cuero. A principios del siglo XV, la brigantina fue acortada, tomando la apariencia de un jubón ajustado a la cintura. Era un prenda ligera, que no impedía el movimiento, pero al mismo tiempo proporcionaba una protección bastante buena.
En sus comienzos, las brigantinas eran usadas generalmente por las tropas de a pié, si bien posteriormente fueron también adoptadas por los caballeros y hombres de armas. A las que pasaban la prueba, o sea, las que resistían un disparo de ballesta de torno, o la media prueba cuando se trataba de ballestas de gafa, se les estampaba en una de sus escamas un cuño que así lo certificaba. Estas, obviamente, aparte de ser las más caras eran las más pesadas, alrededor de los 12 Kg.
Se ponía especial cuidado en evitar comprar brigantinas de mala calidad, ya que, para abaratar los costos, solían remachar las escamas con menos clavos, o poner menos escamas de las adecuadas, creando así una prenda mucho menos resistente. Según el “Proyecto de Ordenanza para los Armeros de Córdoba” del año 1512, se advertía que “...ninguna se guarnezca menos de mil clavos...”, y más adelante añade que “...ningunas corazas se guarnezcan en baldés, ni en badanas ni en cuero de perro...” ya que este tipo de pieles, demasiado finas, eran más adecuadas para la fabricación de guantes que para reforzar una brigantina. Se fabricaron incluso brigantinas para justas y torneos, que se abrochaban por el costado derecho e iban provistas incluso de una ristre para la lanza. Las normales de guerra, iban abrochadas por delante con correas de cuero.
La brigantina fue una prenda muy utilizada por la infantería de la época, ya que no les restaba movilidad, proporcionaba una buena protección contra dardos y armas punzantes, y era más resistente a los golpes de armas contundentes. Su forma de uso más habitual en esa época era combinada con una barriguera. En la ilustración de la izquierda aparece en primer término, a la derecha de la imagen, un arquero equipado con una brigantina negra bajo la cual lleva una camisa de malla. Se aprecian perfectamente los clavos con se remachaban las launas del interior, así como el ajuste al cuerpo del soldado. Sobre la cabeza lleva el habitual bacinete usado por estas tropas, que les daban protección sin impedirles los movimientos necesarios para manejar su arma. El caballero caído que vemos a la izquierda, en primer término, lleva igualmente una brigantina en sustitución del habitual peto de las armaduras de placas. La zona abdominal la lleva reforzada con una barriguera. Eso permitía al combatiente mucha mejor movilidad, sin ver el cuerpo limitado de movimientos, especialmente en los giros, muy necesarios para fintar o esquivar golpes del enemigo. Así pues, la brigantina aunaba la protección de la lóriga y el perpunte con la del peto de placas, pero con un peso inferior y sin restar tanta movilidad. Su uso proliferó entre todo tipo de tropas, especialmente entre arcabuceros y arqueros que, a la hora de apuntar sus armas, precisaban de protecciones que no limitasen sus movimientos.
Bueno, con esto queda explicado el tema. El que quiera saber algo más, que pregunte. He dicho.





