lunes, 28 de enero de 2013

Curiosidades funerarias del mundo romano II



Bueno, tras el lapso findesemanero, en los que siempre conviene evadirse un poco con actividades lúdicas que nos solacen cuerpo y mente (léase no dar un palo al agua), retomamos el hilo de la entrada anterior y proseguiremos dando un repasillo al curioso mundo funerario romano. Por cierto que se me acaba de venir a la memoria una anécdota referente al tema tanatorio, concrétamente de cuando mi venerable abuelo paterno tuvo a bien poner término a su estancia mundana a la avanzada edad de ciento y tres años nada menos. Cuando el fulano de la funeraria apareció para darnos el sablazo con las pompas y demás gastos del entierro, a la vista de lo oneroso de féretro elegido por la familia (medio kilo de las antiguas pesetas), comenté que más cuenta traía fabricarse uno mismo el pijama de madera y guardarlo a la espera del deceso. El funerario, cuyo aspecto era innegablemente el de un asalariado de una de estas modernas casas de la muerte, me informó muy serio que si tal cosa hacía, no me enterraban al fiambre. O sea, que te retratabas o te dejaban al abuelo en casa para que te lo comieras con tomate. Éste vil negocio de la muerte lleva ya varios miles de años rindiendo jugosos beneficios a los que a ello se dedican, de lo que coligo que he marrado mis pasos en ésta vida, y que me habría ido mucho mejor si me hubiese dedicado a ayuda de cámara mortuorio. En fin, al grano...

Es más que evidente que los romanos tampoco se libraban del gasto funerario, y que debían pagar a plañideras, al de la flores (también ponían a los difuntos floreados, como hacemos nosotros), al marmolista, al de la madera para la pira, al de los ungüentos, y al que cavaba el hoyo, naturalmente. Vaya, que sale uno más caro al dejar el mundo que al llegar al mismo. 

Los romanos, dependiendo de la época, eran incinerados o enterrados, y dentro de cada método también había diversas variantes en función de la categoría social del muerto y del poder adquisitivo de sus deudos. Los únicos que salían prácticamente gratis eran los pobres de solemnidad y los esclavos, para los cuales bastaba un simple agujero en el suelo y ahí te pudras. Veamos con detalle el ritual en cada caso...

LA CREMACIÓN

Éste uso fue heredado del mundo helenístico. Hasta el siglo I d.C se practicaba con una frecuencia similar a los enterramientos, si bien a inicios de ese siglo se generalizó mucho más hasta hasta finales del siglo II. La llegada del cristianismo mandó al olvido las incineraciones tanto en cuanto contravenían su doctrina: el cuerpo debe conservarse para que el día del Juicio Final pueda uno encarnarse de nuevo.

En cuanto al método seguido para cremar cadáveres, había dos, el bustum y el ustrinum. Veamos sus diferencias:

El bustum consistía en enterrar el cuerpo en el mismo lugar donde se llevaba a cabo la cremación. Para ello, abrían una fosa de poca profundidad en la que se apilaba leña y, tras arder, las cenizas eran simplemente enterradas in situ junto a su ajuar funerario. El bustum era por lo general el método aplicado a las clases menos pudientes ya que era mucho más económico. Sobre la tumba, como era habitual, se colocaba una lápida, un cipo o lo que la familia se pudiera permitir.

El ustrinum era el sistema habitual en las clases más pudientes. Tras la cremación, las cenizas y los restos óseos que no se habían carbonizado por completo eran recogidos y depositados en una urna, la cual era a continuación enterrada junto al ajuar en una tumba aparte o enviada a un columbario familiar. Básicamente, el ustrinum era un quemadero reutilizable tanto en cuanto sólo servía para disponer la pira, quedando limpio el lugar tras su uso. Es habitual en las necrópolis ver el emplazamiento de estos quemaderos, que generalmente lo conforman una pequeña depresión en el terreno rodeada por un círculo de ladrillos. 

El ritual

Tras colocar el cadáver encima de la pira, el hijo mayor o el pariente más allegado prendía fuego a la misma volviendo el rostro. A la pira se añadían los cadáveres de los animales sacrificados en honor al difunto, y se vertían ungüentos y resinas aromáticas a fin a aminorar el hedor proveniente de la carne quemada. Una vez consumida la pira, los restos se apagaban con leche y vino y se cubrían con tierra, caso de ser un bustum, o bien se recogían las cenizas y se depositaban en una urna cineraria la cual, como se ha dicho anteriormente, podía ser enterrada o colocada en un columbario. Antes de retirarse los asistentes, estos se purificaban con agua. Recordemos que los romanos consideraban los cadáveres como algo impuro, y debían eliminar todo resto de contaminación en sus personas.

El enterramiento de las cenizas


Tégula
Caso de ser enterradas, podía serlo en una fosa normal o una cista, que consistía en un hoyo revestido interiormente de piedra o ladrillo y cubierto con el mismo material o con tégula, las grandes tejas cuadradas romanas. En la ilustración de abajo podemos ver un bustum, una cista y un columbario. El columbario era generalmente un subterráneo al que se accedía mediante una escala de mano por un angosto pozo. En las paredes se abrían pequeñas hornacinas donde eran depositadas las urnas junto con sus ofrendas. Estos columbarios no sólo podían ser familiares, sino también gremiales. Las fosas las veremos en el apartado de los enterramientos, ya que eran las mismas que en éste caso. 






Las urnas podían ser de diversas formas y materiales, tal como podemos ver en las fotos de abajo. De izquierda a derecha tenemos una urna de piedra, cuya tapa podía ser plana o prismática, de vidrio, de cerámica o de plomo.





LA EPIGRAFÍA LAPIDARIA

Nos centraremos en la forma más habitual, o sea, la usada por la inmensa mayoría de la gente. Los romanos eran bastante escuetos en éste tema, grabando en sus lápidas una serie de fórmulas rituales en forma epigráfica y acompañados del nombre del difunto, su edad y algún adjetivo elogiando alguna virtud, como fidelísimo, amantísimo, piadoso, etc. A veces también se añadía el oficio. Tanto lápidas como grabados solían ser un tanto toscos por lo general, y en ocasiones ni siquiera guardaban un interlineado convencional.


Veamos la lápida de la derecha, que nos servirá como ejemplo básico: 

En primer lugar vemos las siguientes iniciales: D.M.S., que significa Dis Manibus Sacrum, o sea, consagrado a los dioses manes. A continuación, el nombre del difunto, en éste caso una mujer llamada Dasumia Procne. Luego tenemos su edad, 40 años. En la última línea tenemos PIA IN SVIS, piadosa con los suyos, y otra serie de iniciales: H.S.E.S.T.T.L. que significan HIC SITVS EST SIT TIBI TERRA LEVIS, o sea: aquí yace, te sea la tierra leve. Ésta fórmula, junto a la inicial, son siempre el encabezamiento y el final de la práctica totalidad de las lápidas romanas.

Concluyo la entrada comentando algo que he observado en muchas ocasiones, y es la gran cantidad de lápidas en la que se observa, cuando se trata de mujeres, que murieron muy jóvenes, entre los 20 y los 25 años. Coligo que serían víctimas de los partos, que hasta hace relativamente pocos años eran causa de multitud de fallecimientos entre las féminas. Pobrecitas, ¿no?

Bueno, ya seguiremos.

Hale, he dicho...