viernes, 13 de febrero de 2015

Brigantinas 2ª parte




Prosigamos...

Ayer vimos la evolución y la tipología de las brigantinas, así que hoy estudiaremos su proceso de fabricación.

La base para la elaboración de una brigantina era inicialmente un tejido basto y robusto o bien cuero ya que, como recordaremos, en un principio era un tipo de armadura destinada a hombres de armas, arqueros, ballesteros y, en general, profesionales de la milicia. Según Leguina, sobre dicha base se colocaban los remaches para, posteriormente forrar el conjunto por dentro con una tela o cuero similares si bien esto último era un tipo de acabado menos habitual. Al adoptar la nobleza estas armaduras, obviamente se mejoró el acabado usando telas de precio como la seda, el terciopelo o el brocado. En la ilustración superior podemos ver dos ejemplares con unas terminaciones propias de gente adinerada. La brigantina de la izquierda no solo va provista e mangas, sino que de su borde inferior cuelgan dos faldones unidos mediante lazos que cumplen la misma función que las escarcelas de las armaduras de platas: cubrir las caderas hasta el comienzo de los muslos. Además, para colmo de refinamiento técnico incluso han colocado unos codales en las mangas para facilitar la flexión de los brazos. En cuando al ejemplar de la derecha es más simple: aunque también tiene sus escarcelas, carece de mangas que en este caso serían complementadas con una camisa de malla o incluso con brazales completos de platas.

Las launas eran obtenidas, como es lógico, mediante el batido del metal hasta lograr el grosor adecuado. Además, los avances en la metalurgia de la época permitirían un nivel de acerado tal que, fabricando piezas de un grosor inferior a los 2 mm. tuvieran una resistencia superior. Estas launas eran curvadas mediante un patrón conforme a su posición en la pieza ya que, al ir solapadas, debían adaptarse a cada zona del cuerpo. Para ello, además, variaban de tamaño en función de su posición. Una vez terminadas se las estañaba para evitar en lo posible la corrosión. La fijación a la tela base era, como ya se ha comentado y cómo podemos ver en el gráfico superior, mediante remaches en perforaciones agrupadas por tríos en triángulo o bien en hileras. Se ponía especial cuidado en evitar comprar brigantinas de mala calidad, ya que, para abaratar los costos, solían remachar las launas con menos clavos, o poner menos launas de las adecuadas, creando así una prenda mucho menos resistente. Según el “Proyecto de Ordenanza para los Armeros de Córdoba” del año 1512,  se advertía que “...ninguna  se guarnezca menos de mil clavos...”, y más adelante añade que “...ningunas corazas se guarnezcan en baldés, ni en badanas ni en cuero de perro...” ya que este tipo de pieles, demasiado finas, eran más adecuadas para la fabricación de guantes que para reforzar una brigantina, que requería una piel más gruesa y rígida como la de vacuno.

En la imagen inferior vemos el aspecto de una brigantina por dentro, con la distribución de las launas en base a su posición en la armadura. Obsérvese que estas armaduras se fabricaban en dos piezas separadas, las cuales se unían por los hombros mediante correas. Para cerrarlas, lo habitual era mediante correas en la parte frontal de la misma mientras que las fabricadas para justas se cerraban en el costado derecho bien con correas o bien mediante cordones. En todo caso, el cierre habitual en las brigantinas de guerra era frontal como el que aparece a la derecha de la imagen, un ejemplar con forro de cuero propio de hombres de armas.



En cuanto a los remaches o clavos, como los denominaban en la época, eran de dos tipos. Por un lado, tenemos los remaches normales formados por una cabeza con un vástago que era remachado por la parte interna de la pieza y al que previamente se le había provisto de una arandela para impedir que el remache se saliera. En la imagen de la izquierda, en blanco y negro, tenemos tres ejemplares de este tipo de remache en los que se aprecia claramente tanto la cabeza de los mismos como las arandelas. La distancia entre ambas partes, de alrededor de un cm., nos permite tener una clara idea del grosor que alcanzaban estas armaduras entre las launas, que al ir solapadas ocupaban el doble de su espesor, más el tejido base y su posible forro interior. Para su mejor conservación, estos remaches se doraban o eran fabricados mediante aleaciones de cobre y estaño en diferentes proporciones. En la parte superior aparecen otros tipos de remaches, en este caso cincelados y propios de una brigantina de postín. A la derecha vemos otro tipo de elaboración de estos roblones que, como se muestra, estaban formados en dos partes: el remache propiamente dicho y el roblón cincelado u obtenido mediante estampación con un cuño. Recordemos que estos accesorios se fabricaban a mano uno a uno, así que la diferencia de precio entre una brigantina elaborada con remaches normales a una terminada con remaches cincelados debía ser notable. 

Al igual que había maestros lorigueros que se dedicaban a la elaboración de cotas de malla, está de más decir que también había artesanos suyo oficio era la fabricación de clavos, remaches y roblones como podemos ver en la ilustración inferior. Y al igual que imbricar los miles de anillas que requería una loriga se llevaba meses, tampoco era cosa de dos días terminar los cientos de remaches que requería una brigantina de calidad. Esto es una preclara muestra de que la mano de obra necesaria para la fabricación de cualquier tipo de armas, tanto ofensivas como defensivas, precisaba de la intervención de varios artesanos, desde el curtidor de pieles al tejedor pasando por el herrero, el de los remaches, el cordelero, etc.


Bien, básicamente este sería el método seguido para la fabricación de brigantinas. Nos resta solo detallar los jacos con launas cosidas mencionados en la entrada anterior.

A la derecha podemos ver dos ejemplares originales de la época. En ambos casos, son jubones como los usados en la vida civil, desprovistos de mangas con un cuello alto que protegería esa zona del cuerpo. El cierre es frontal mediante lazadas o cordeles pasados por ollaos como si de un corsé se tratase. Su elaboración era bastante más simple que en el caso de las brigantinas ya que, como se comentó en su momento, las launas no iban remachadas a la tela base, sino cosida. En el centro podemos ver, en la parte superior, el detalle de la trama de cordelería necesaria para sustentar las launas que podemos ver abajo. Por otro lado, dichas launas eran todas de forma similar: un rectángulo con las esquinas superiores matadas y con un orificio en la zona central por donde se pasaban los cordeles que unían el conjunto, pasándose de forma alterna por delante y detrás de cada launa por lo que eran necesarios dos cordones por hilada en cada sentido. 


Obviamente, este sistema no solo abarataba muchísimo la pieza sino que, además, las reparaciones podían llevarlas a cabo sus mismos propietarios sin necesidad de tener que recurrir a un armero. Le bastaba echar mano de un poco de bramante para sustituir las piezas desprendidas por los golpes. Por otro lado, la ausencia de remaches aligeraba notablemente la pieza ya que su peso podía verse rebajado a la mitad del de una brigantina con mil clavos, quedando reducido a unos 8 kg. Como vemos, sus niveles de acabado no alcanzaban al de las brigantinas si bien no por ello su capacidad para proteger el cuerpo de sus usuarios era inferior; unos acabados más o menos lujosos no eran necesariamente indicio de mejor protección y estos jacos, a pesar de su burdo aspecto, no tenían nada que envidiar a las lujosas brigantinas de la nobleza.

Bueno, creo que no se me ha olvidado nada, así que sanseacabó.

Hale, he dicho...