sábado, 7 de febrero de 2015

Escopetas de combate 1ª parte




Actualmente, la presencia de escopetas de combate es muy frecuente. Las vemos en manos de las unidades de la policía o la guardia civil cuando nos cruzamos con un control de carreteras, y no hay película de acción en la que tanto buenos como malos no hagan uso de ellas. Desde hace ya más de un siglo, el sistema de repetición que más ha proliferado para estos fines es la escopeta de corredera o de trombón o, como la llaman los yankees, "slide-action" o "pump-action", un sistema de repetición manual especialmente eficaz que impide en la práctica encasquillamientos de cualquier tipo y, muy importante también, aprovecha el movimiento natural de la mano izquierda durante el retroceso producido por el disparo para recargar. Curiosamente, las escopetas de corredera eran desconocidas en España hasta que el cine las dio a conocer porque, en el suelo patrio, sacabas al personal de las monotiro en calibre .410 Mg. o 9 mm. para el nene, de las de dos cañones - superpuestos o yuxtapuestos- o de las semi-automáticas y ahí se acababa la historia. Valga a modo de anécdota de que yo debí ser quizás el primero en Sebiya en guiar un arma de este tipo (una Franchi) ya que en la Intervención no sabían que tipo de escopeta era y bajo qué tipología guiarla, teniendo que demostrarles largamente que no era un arma semi-automática, sino de repetición manual. En fin, ya sabemos que los beneméritos son a veces un poco duros de entendederas, al menos los de aquella época.

Las escopetas, ya sean monotiro, de dos cañones, semi-automáticas o de repetición mediante corredera o palanca, tienen una serie de ventajas que las hacen especialmente convenientes para el combate a distancias cortas, a saber:

  1. Sus efectos son devastadores. Cargadas con postas, si alcanzan de lleno a un hombre es como si le hubiesen metido una ráfaga en el cuerpo ya que es alcanzado al mismo tiempo de varios proyectiles- más o menos dependiendo del número de postas del cartucho- de calibre 7,65 a 9 mm. De hecho, a partir de determinadas distancias, cuando el cono de fuego se abre, es posible incluso alcanzar a más de un enemigo si estos están cerca el uno de otro.
  2. Por otro lado, para tirar con escopeta no es preciso ser un buen tirador. Debido precisamente a las cortas distancias a la que se dispara, así como al tipo de munición usado, cualquier cuñado con el pulso temblón podría acertar sin demasiados problemas.
  3. Por último, y este detalle fue el que la hizo candidata nº 1 para el combate callejero en tiempos modernos, debido a que las postas son de plomo no se producen rebotes que, caso de usar munición blindada, podrían ser muy peligrosos entre civiles inocentes durante un enfrentamiento en núcleos urbanos poblados. De hecho, en la policía de los Estados Juntitos se contempla incluso como arma anti-disturbios - "riot-gun" dice ellos-, de forma que, si las cosas se ponen verdaderamente chungas ante una horda cabreada y ni el gas CS o los palos meten en vereda al personal, disparan andanadas de cartuchos de 36 postas un metro antes de la primera fila de ciudadanos cabreados de forma que, al rebotar contra el asfalto, les alcancen en las piernas produciendo heridas muy superficiales pero muy aparatosas debido a la pérdida de energía tras el rebote. Obviamente, eso no lo sabe el indignado de turno, que solo se ve las piernas bañadas en sangre y se acojona tanto que se le quita la indignación de forma radical. 


Soldado de un regimiento de caballería de
Virginia armado con una escopeta de perrillos
Así pues, no debemos dar por sentado que el concepto de escopeta de combate va unido de forma inexorable con las escopetas de corredera ya que, de hecho, cualquier escopeta sería válida para tal fin. Otra cosa es escoger la que mejor se adapta a las condiciones de combate para las que se las necesita. El uso bélico de las escopetas surgió durante la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865) a manos de la caballería confederada, que las usaban para abrir huecos entre las filas enemigas. De ese modo, mientras la mayoría del escuadrón la emprendía a sablazos con el personal, varios jinetes armados con escopetas de avancarga de dos cañones las descargaban a bocajarro, matando o hiriendo con cada andanada a varios enemigos y logrando así abrir un hueco por donde sus compañeros podían infiltrarse sable en mano para masacrar bonitamente a los "malditos yankees".


La eficacia en combate tras la guerra civil quedó tan patente que el ejército americano no solo no arrinconó la escopeta sino que, antes al contrario, hicieron un amplio uso de ellas para dar estopa a los indios que, cuando se enfadaban, eran difíciles de reducir con las armas convencionales al uso, o sea, revólveres y rifles palanca de calibre 44-40. Cabe suponer que el consumo de peyote y porquerías similares les daba una energía como la del refresco ese que dicen que te da alas. De hecho, el mismo general Crook, el que logró la rendición del temible chiricahua Goyaaté, más conocido como Gerónimo, siempre iba acompañado de una escopeta de dos cañones que portaba terciada sobre el arzón de la silla de montar. Por cierto que debía montar de pena, porque siempre iba en mula. Es evidente que si un militar tan avezado en el combate contra sujetos especialmente dados a la violencia usaba estas armas es porque su eficacia estaba por encima de todo comentario.

Pero era más que evidente que con escopetas de dos cañones no se podían hacer gran cosa si a uno le embestían más de uno o dos indios hasta las cejas de farlopa, así que hubo que adoptar algo con más capacidad de carga. Curiosamente, el sistema de corredera que hoy día es tan emblemático en los yankees no lo inventaron ellos. No obstante, aunque las primera patentes aparecieron en Inglaterra y Francia entre 1850 y 1880 fue una firma americana la primera en fabricarlas en serie. Fue la Spencer, la que diseñó la famosa carabina de repetición, la primera que puso en el mercado un arma de este tipo la cual fue patentada en 1892. Sin embargo, su elevado precio no la hizo atractiva al ejército, que optó por la Burgees, una curiosa escopeta plegable destinada al uso policial la cual podía ser portada por policías de paisano oculta bajo las levitas y los amplios gabanes de la época tal como se ve en la foto de la derecha. La Burgees tenía un problemilla, y es que no podía usar el sistema de corredera ya que la patente aún la disfrutaba Spencer, así que tuvo que optar por un de sistema de palanca la cual quedaba oculta en el guardamanos, por lo que había que tirar del guardamontes para cargarla. Por otro lado, aunque la Burgees iba bien para uso policial o carcelario, como arma militar no era especialmente recomendable, así que no tuvo el éxito esperado.

Winchester modelo 1893
Fue, como no, el prolífico cerebro de John Moses Browning el que finalmente fue capaz de diseñar un producto verdaderamente válido, como todos los que inventó y que, de hecho, aún mantienen su vigencia. Hablamos de la Winchester mod. 1893, una escopeta de corredera de calibre 12 con martillo externo y un depósito tubular para cinco cartuchos de munición. Sin embargo, esta escopeta se creó en un momento clave ya que fue la época de la transición de la pólvora negra a la pólvora nitrocelulósica, así que, estando el modelo 93 fabricada para soportar las presiones de la primera, su vida operativa fue bastante corta. Su sustituta fue la que quizás sea la escopeta de combate más emblemática que se haya fabricado: la Winchester modelo 1897, que era un versión ya adecuada para soportar las presiones de las modernas pólvoras de base nitrocelulósica y con recámara para cartuchos de calibre 12-76, o sea, lo que actualmente la gente conoce como calibre 12 magnum. El 76 se refiere a la longitud de la vaina: 76 mm. Las medidas habituales en las recámaras de las escopetas de calibre 12 están entre 65 y 70 mm., por lo que ya podemos deducir que el 12-76 era y es aún más potente que la munición normal. 

Campilan filipino de principios del siglo XX. Con chismes como esos, los
moros decapitaban de un tajo a los "libertadores" yankees
La adopción de esta escopeta se debió a la insistencia del general Pershing cuando los bellacos yankees nos robaron por la jeta nuestras islas Filipinas y se dieron de boca con los moros de allí. Los "libertadores" enviados por el tío Sam no solo vieron perplejos que sus revólveres reglamentarios de calibre .38 Long Colt no valían un pimiento, sino que la munición de sus fusiles Krag-Jorgensen tampoco hacía efecto entre los juramentados filipinos que se abalanzaban contra la inope oficialidad yankee campilan en mano y, aunque los acribillaban a tiros, lograban casi siempre su objetivo. De ahí que tuvieran que inventar el .45 ACP para las pistolas y, como arma especialmente dedicada a su ferocidad, proveer a las tropas con la Winchester mod. 1897. Es más: a la vista de como estaba allí el patio y de que sus "liberados" seguían igual de cafres, los mandamases tuvieron incluso que ordenar una dotación de cuatro escopetas por compañía para la vigilancia de sus asentamientos porque los tagalos se dedicaban a desguazar a machetazos a las parientas y a los nenes de los oficiales yankees. Estos moros atiborrados de drogas aparecían de forma sorpresiva entre la maleza y no daban apenas tiempo a reaccionar. Igual estos memos pensaban que los españoles no podíamos sujetar a los tagalos y ellos lo harían sin más con sus autosuficientes sonrisillas de WASP de los cojones, no te digo...

En todo caso, tan contentito se quedó Pershing con el resultado de las Winchester que, cuando estalló la Gran Guerra y los yankees se metieron en ella casi al final de la misma, los doughboys marcharon al Viejo Continente armados con una versión adaptada para la guerra de trincheras del modelo 97 y que podemos ver en la imagen inferior.


Efectos de un disparo con postas de 000
Como vemos, hubo que realizar algunas modificaciones. La primera de ellas consistió en dotar al arma de anillas para la corra porta-fusil, complemento muy importante cuando hay que caminar kilómetros con ese chisme a cuestas. Por otro lado, hubo que adaptarle un engarce para la bayoneta, imprescindible en la guerra de trincheras. En este caso no se complicaron la vida y usaron el modelo 1917 reglamentario del ejército, un arma copiada de la británica modelo 1913 usada en el Enfield. De hecho, las dos acanaladuras que se ven en las cachas eran para no confundirlas y que unos u otros no usaran el modelo equivocado ya que el engarce era distinto. Finalmente, se recubrió el cañón con una chapa perforada para no achicharrarse la mano cuando se usaba la bayoneta. 

De izquierda a derecha: sección de un cartucho de postas
de calibre 12. Cartucho semi-metálico de cartón. Cartucho
de latón. Paquete de 25 cartuchos de munición de 9
postas del 00 para calibre 12 fabricado por la Remington
Hay que tener en cuenta que esta escopeta no disponía de interruptor de disparo, o sea, no era como las escopetas modernas que, cada vez que se dispara hay que soltar el gatillo para que este vuelva a armarse al recargar. Por lo tanto, si se dejaba apretado, disparaba sola cada vez que se accionaba la corredera, lo cual era especialmente eficaz para lograr una alta cadencia de tiro durante los asaltos a trincheras o nidos de ametralladoras lo que, como es lógico, se traducía en un notable aumento de la temperatura del cañón. Otro cambio hubo que llevarlo a cabo en la munición la cual, como era habitual en los cartuchos de escopeta, estaba fabricada con un casquillo de latón corto donde iba la carga de pólvora mientras que el resto, correspondiente a la longitud que ocupaban el taco y las postas, era de cartón. Con la humedad reinante en las trincheras es evidente que esta munición duraba menos que un político en la cárcel por meter mano en la caja más de la cuenta, así que tuvieron que sustituir las vainas tradicionales por otras fabricadas enteramente de latón. El cartón, aparte de deshacerse en caso de humedad extrema, se hincha y no entra en la recámara, lo cual era muy irritante si había que disparar en días lluviosos y con la munición expuesta al barro trincheril.

Terroríficos efectos causados en un fémur
a causa de un postazo en la cadera
La irrupción de este tipo de arma causó furor entre los tedescos, que no estaban preparados para algo así. De hecho, los devastadores efectos de los disparos de postas a corta distancia en las trincheras les dejó un poco perplejos ya que ellos, como todo el mundo en Europa, hacía uso de las armas habituales desde siempre. En realidad no sabían qué era lo que producía tan terribles heridas hasta que echaron el guante a dos doughboys que iban armados con sendas escopetas modelo 97 y, a raíz de ello, los yankees recibieron a través de su embajada en Suiza, que al ser neutrales hacían de enlaces para estos temas, un cable del gobierno alemán protestando por el uso de aquella munición. No deja de ser pintoresco que se espantaran por las heridas causadas por las postas mientras que ambos bandos se abrasaban los pulmones con el fosgeno. Bueno, está de más decir que a los yankees les dio una higa la protesta, alegando que el uso de postas estaba dentro de los límites impuestos en la convención de La Haya ya que mataban con la rapidez, la eficacia y la dignidad adecuada. 

En la imagen izquierda vemos en primer lugar el revestimiento perforado para ventilar el cañón unido al adaptador para la bayoneta. Este accesorio, como vemos abajo a la izquierda, se fijaba al cañón del arma con tres tornillos. En el gráfico se puede ver la secuencia de montaje de la bayoneta. En lo tocante al funcionamiento de estas armas, era de una simpleza increíble. Una vez lleno el depósito tubular se accionaba la corredera hacia atrás, y en ese momento se abría el cerrojo y el primer cartucho se posicionaba sobre la teja elevadora. Al empujar la corredera hacia adelante, la teja subía y colocaba el cartucho ante la recámara, donde era introducido por el cierre, quedando amartillada. Recordemos que si esta operación se llevaba a cabo apretando el gatillo se producía el disparo nada más cerrar la recámara. 

Bueno, ya seguiré en otro momento, que es hora de echarle algo de nutriente al cuerpo.

Hale, he dicho...


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